La caja de pandora   elizabeth gage
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  • 1. Elizabeth Gage La caja de Pandora ~1~
  • 2. Elizabeth Gage La caja de Pandora ELIZABETH GAGE LA CAJA DE PANDORA ~2~
  • 3. Elizabeth Gage La caja de Pandora A Mailey B's Donde está el hogar ~3~
  • 4. Elizabeth Gage La caja de Pandora Índice Resumen................................................................................ 5 AGRADECIMIENTOS......................................................... 6 Prólogo .................................................................................... 9 libro primero.......................................................................... 25 1............................................................................................ 26 libro segundo....................................................................... 197 libro tercero.......................................................................... 408 libro cuarto........................................................................... 618 EPILOGO.......................................................................... 779 ~4~
  • 5. Elizabeth Gage La caja de Pandora RESUMEN Nacieron la misma noche, en hospitales separados por miles de kilómetros, pero tuvieron un destino común. Laura, de piel sedosa y ojos oscuros, poseía una serenidad impropia de una niña. Mientras creció fue desarrollando un gran talento heredado de su padre, lo que le permitió introducirse en un mundo sofisticado y relacionarse con la crema de la sociedad. Tess, herniosa desde su nacimiento, pelirroja y de ojos verdes, supo explotar al máximo una ofensiva sensualidad. Ambiciosa y ansiosa de poder, Tess sojuzgó a todos los hombres que la rodearon, utilizándolos para obtener sus propósitos. Haydon Lancaster, amado por Laura y Tess, hijo de uno de los hombres más ricos de Estados Unidos, elegante, encantador y mimado por el éxito, fue la víctima del amor de las dos mujeres. Los tres formaron un triángulo pasional que destrozó sus vidas. ~5~
  • 6. Elizabeth Gage La caja de Pandora AGRADECIMIENTOS Quisiera dar mi sincero agradecimiento, por su cooperación y consejo en la preparación de esta novela, a las siguientes personas y entidades: Capitol Historical Society, de EE.UU. Historical Society, de Washington D.C. International Association of Clothing Designers. Coty. Historical Society, de Nueva York. Brooklyn/Long Island Historical Society. Photographic Society, de América. Professional Photographers, de América. CW3 Glen A. Bender, del Ejército de EE.UU. (ret.)Sargento Mayor Henry Natad, del Ejército de EE.UU. (ret.)Doctor Ernst H. Huneck. Agradezco especialmente a la señora Tina Gerard y al señor Jon Kirsh su indispensable ayuda en mi investigación acerca de los primeros años de cadenas de televisión, la industria de la moda en América y la situación política internacional entre los años 1950 y 1964. Mi más cordial agradecimiento a aquellos actores y testigos que han compartido generosamente conmigo sus recuerdos de esa época y han deseado permanecer en el anonimato. Aunque los años turbulentos de las administraciones Kennedy y Eisenhower aparecen como fondo de los acontecimientos de esta novela, quisiera advertir al lector que dicho fondo se ha utilizado de forma ficticia y no como exponente intencionado. El poder, tal como algunos personajes de esta historia lo manejan en la ficción, no es asequible o no debería serlo en una sociedad libre. Por fin quiero dar las gracias al señor Bill Grose, al señor Michael Korda y a la señora Trish Lande, mis editores en Simón & Schuster, Libros de Bolsillo, por su ~6~
  • 7. Elizabeth Gage La caja de Pandora ayuda y consejos; también al señor Jay Garon por su paciencia, apoyo y amistad en cada etapa de mi trabajo. Elizabeth Gage ~7~
  • 8. Elizabeth Gage La caja de Pandora Pandora fue la primera mujer sobre la tierra. Zeus estaba furioso porque Prometeo había robado el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. Ordenó a Vulcano que creara un ser de tierra y agua. Iba a ser una criatura malvada que todos los hombres desearían. Vulcano creó una mujer. Afrodita le dio la belleza, Atenea el dominio de las artes, las Gracias le entregaron sus atractivas ropas y Hermes la dotó de astucia y zalamería. Zeus le puso el nombre de Pandora. Pandora llevaba una caja y los dioses le habían advertido que no debía abrirla nunca. Pero ella no pudo reprimir su curiosidad y por fin levantó la tapa. Todos los pecados, toda la maldad, las angustias y preocupaciones del mundo saltaron fuera de la caja. Pandora la cerró tan rápidamente como pudo, pero todo había escapado excepto una cosa: la esperanza, lo único que quedaba para consolar a la humanidad. ~8~
  • 9. Elizabeth Gage La caja de Pandora PRÓLOGO 1964 ~9~
  • 10. Elizabeth Gage La caja de Pandora La historia no suele preocuparse por ensalzar a los héroes dudosos, que fueron los primeros en descubrir las grandes calamidades. A últimos de semana, cuando lo peor ya había terminado y casi todo el mundo, dentro y fuera de Washington, comprendía que la suerte de la nación sólo podía cambiar para peor, un montón de periódicos se tomó la molestia de informar que había sido Dan Aguirre, alerta pese a la confusión general que rodeaba a Haydon Lancaster, quien había pensado en Bess y había salido en su busca. Y la había encontrado. No era de extrañar que las agencias dedicadas al cumplimiento de la ley estuvieran aquella noche sumidas en el caos. En vista de lo que había ocurrido, docenas de agentes seleccionados habían sido enviados para proteger de cualquier daño a todos los candidatos, republicanos, demócratas y del tercer partido. Naturalmente, nadie creía que fuera realmente necesario, porque el peligro había pasado. La orgullosa demostración del poder policial era más una demostración simbólica que un verdadero acto de protección. Lo peor ya había pasado y no podía remediarse. Pero mientras Dan Aguirre recorría el poco familiar cuartel general del FBI, en Pennsylvania Avenue, y comparaba distraído su perfecta ordenación con la mustia vulgaridad de su oficina de la brigada de detectives en Nueva York, había empezado a preguntarse acerca de la mujer de Lancaster y había llamado al agente encargado de la custodia en la casa de Georgetown para preguntar por ella. —Está durmiendo —le dijeron—. Está con sedantes desde las once y media. Le dieron Seconal y se durmió al instante. Dan consultó su reloj. Eran las dos y media de la madrugada. Reflexionó un instante. —¿Cuándo la vio por última vez? —preguntó. —Uno de los nuestros está de guardia junto a su puerta. No sé cuánto tiempo lleva allí. Hará cosa de una hora. Dijeron que no se la molestara. Dios mío, después de lo que ha visto esta noche... —¿ Le importaría echarle un vistazo por mí? —pidió Aguirre. ~10~
  • 11. Elizabeth Gage La caja de Pandora Se hizo un silencio. Aguirre percibió el resentimiento del FBI cuando éste oyó la demanda del intruso. La agencia no podía tolerar que nadie les insinuara su obligación y menos aún un poli de Nueva York. —Oiga, oficial, ¿cómo me ha dicho que se llamaba? —Aguirre. Dan Aguirre. —Pues bien, oiga Dan, yo cumplo órdenes. Nos mandaron que la sedáramos, la encerráramos y nos sentáramos junto a su puerta. Ahora bien, si usted quiere cambiar las órdenes... —De acuerdo —interrumpió Dan con sequedad—. Jim Cipriani está por alguna parte cerca de aquí. ¿Tendrá que pedírselo él mismo o me hará usted el favor? El agente dejó de protestar al oír el nombre de su superior. —No, está bien. Espere un momento y lo comprobaré. Aguirre oyó que dejaban el auricular bruscamente encima de la mesa en la casa de Georgetown, una casa que él no había llegado a ver. Solamente podía imaginar la vida que habían llevado los Lancaster en ella durante los últimos siete años, tiempo que había conducido al joven senador Lancaster al umbral de la Casa Blanca. ¿Quién podía haber sospechado que todo ello conducía a la culminación de esta noche? Aguirre sacudió la cabeza. Había demasiado misterio en la más simple historia humana, demasiado enigma. Uno sólo alcanzaba a percibir un estrecho corredor de las vidas de la gente, como atisbado por el ojo de una cerradura. Lo demás permanecía en sombras. Pero, para un ojo entrenado, lo poco que se veía estaba erizado de significados demasiado oscuros como para ignorarlos. Los acontecimientos de aquella noche, que ahora formaban parte de la historia, habían ocurrido porque ningún ojo entrenado, incluido el suyo, se había preocupado de mirar en la dirección adecuada. Pero lo pasado, pasado estaba. Ahora Dan Aguirre debía pensar en el presente. Tenía que estar seguro de que Bess Lancaster estaba a salvo en su casa aquella noche. De no ser así, si estaba en libertad, todo cambiaría. La historia que había terminado a los ojos ya doloridos de la nación, tal vez no hubiera terminado aún. Una tensión sin nombre fue creciendo en el interior de Aguirre al prolongarse la pausa al otro extremo del hilo. Después, por fin, levantaron el teléfono. Se oía un tumulto de fondo> puntuado por voces urgentes llamándose de un punto a otro. ~11~
  • 12. Elizabeth Gage La caja de Pandora —¡Dios mío! —exclamó el agente por el teléfono—. No lo comprendo. Debe de haber simulado estar dormida. Estaba tan pálida, tan fuera de... Parecía un ciervo herido. —Entonces, ¿ha escapado? —preguntó Aguirre. —Sí, durante la hora pasada. La ventana está cerrada de manera que ninguno de nuestros hombres en el exterior sospechó nada. Señor, es que no lo comprendo. —Está bien —terminó Aguirre, conteniendo el taco que tenía en la punta de la lengua—. Gracias. Colgó y se precipitó a la habitación contigua, llena de gente. Cipriani, un agente gordo cuyo humor y aspecto desordenado lo diferenciaba de los hombres-G que capitaneaba, palideció al recibir la noticia. —Mande gente a todas las residencias de los Lancaster —ordenó a un ayudante—. Envíe a alguien al despacho de Lancaster y a todos los cuarteles de la campaña. Maldita sea. El despacho, una escena de silenciosa preocupación momentos antes mientras los agentes esperaban en la larga noche, se llenó de movimiento. Se llamaba por teléfono y se daban portazos a medida que los hombres salían a cumplir las órdenes. Dan Aguirre se apoyó en la mesa de Cipriani ajeno al movimiento que lo rodeaba. «Tenía que haberlo supuesto.» No había llegado a conocer a Elisabeth Lancaster, pero sabía lo bastante de ella para comprender que era de esperar aquel acto de astucia desatinada. No iba a aceptar la destrucción de su mundo yaciendo en su propio dormitorio, sedada por indiferentes agentes gubernamentales. Actuaría. Únicamente Dan Aguirre, entre todos los hombres que había allí aquella noche, tenía una vaga idea de en qué podía consistir esa acción. Miró a Cipriani, una buena persona pero limitada por la organización para la cual trabajaba. El FBI desempeñaba muy bien cierto tipo de trabajos, pero el reto contra el que se enfrentaban ahora se apartaba de sus misiones habituales. No conocían a Haydon Lancaster, senador y candidato a la presidencia de Estados Unidos. Y era obvio que tampoco conocían a su esposa. Pero Dan Aguirre sí. El pasado había venido en busca de Lancaster esta noche y envolvía a su esposa ahora, mientras ella se dirigía hacia su destino invisible. Durante mucho tiempo, sin ~12~
  • 13. Elizabeth Gage La caja de Pandora saberlo, Dan Aguirre había tenido la clave de aquel pasado. Sin embargo, solamente había comprendido su significado pocas horas antes. Bien, mejor tarde que nunca. Ahora sabía adónde se dirigía Bess. Levantó el teléfono y pidió una conferencia. —Aquí Aguirre —anunció cuando le contestaron—. inmediatamente. Tengo que llegar a Nueva York en un salto. Oiga, necesito ir Consultó su reloj. Se preguntó de cuánto tiempo disponía. Si la señora Lancaster se había ido durante la hora pasada, podría llegar antes que ella. Después de todo, Bess debía moverse con precaución, mientras que él solamente tendría que montarse en un helicóptero o avión de la policía. Lanzando mentalmente una moneda al aire, decidió no hablar de la historia con los de Nueva York. Probablemente tampoco lo creerían. Mientras salía apresuradamente del cuartel general se esforzó por suprimir la sensación de angustia que lo oprimía. Parecía como si el destino estuviera concluyendo su trabajo inacabado esa noche. Quizá ninguna mente humana podía haber previsto lo ocurrido. Tal vez ninguna mano humana podía detener lo que aguardaba. Hacía demasiado tiempo que se había sembrado la semilla. Ahora que los terribles frutos estaban maduros, se llevarían cuantas vidas humanas quisieran y quizá salvarían otras. ¿La de Laura? Esa era la cuestión. Así que Dan Aguirre había dejado al torpe FBI atrás y había corrido, solo en la noche, a hacer cuanto pudiera por Laura. Aunque fuera demasiado tarde. El despacho estaba iluminado por la anticuada lámpara de estilo federal, con pantalla verde, que había sobre la mesa. Al otro lado de las ventanas se veía la silueta de Albany, un cambio indescriptible de la sede gubernamental de un gran estado. El senador estaba sentado en su gran sillón, en mangas de camisa y tirantes. La chaqueta estaba colgada en el mismo perchero que había tenido en su despacho de Washington. Un recuerdo de la primera cámara del senado que había funcionado ~13~
  • 14. Elizabeth Gage La caja de Pandora hasta 1859; según la leyenda, había sostenido los sombreros de Webster y Clay, se trataba de uno de los objetos adquiridos en Luisiana. Su visión lo llenaba de pesar. Como tantas otras de sus pertenencias, era una reliquia de un tiempo en que cuanto le rodeaba casaba con su gran poder. Un poder que le había sido arrebatado por Haydon Lancaster. El edificio estaba en silencio. Nadie trabajaba aquella noche. De momento, la campaña que determinaría el futuro inmediato de la nación acaparaba la atención de los legisladores y del público. Después de todo, las leyes podían hacerse y deshacerse en cualquier momento. La elección de un presidente era harina de otro costal. Miró a la muchacha que yacía desnuda sobre la alfombra, delante de él. Lo contemplaba con los ojos entornados, curiosa y maliciosa. Las manos de la chica revolotearon ligeras sobre sus rodillas. El cabello le colgaba en la espalda, que era muy delgada. Alcanzaba a ver los firmes globos de sus nalgas como un perfil pálido detrás de su cabeza. Su perfume impregnaba el aire cargado de humo del despacho. La ropa que llevaba al llegar —un ceñido traje de seda, medias finas y unas diminutas bragas y sostén negros—, estaba esparcida por el suelo, donde había ido cayendo durante el lánguido strip-tease que había representado unos minutos antes. Llevaba zapatos con tacones de aguja, sin duda para hacer frente a cualquier eventualidad, pero se los había quitado cuando comprendió que eran irrelevantes para lo que él deseaba. ¡Qué joven era! Bajo la máscara intemporal de su vocación, no debía de superar los veintidós o veintitrés años. A esa edad, su hija había sido una insegura estudiante de facultad, todavía aficionada al chocolate, preocupada por su cutis y conmovedoramente angustiada por si su licenciatura en historia había sido una buena decisión después de todo. Una chiquilla. Sin embargo, la criatura que yacía a sus pies estaba separada de los años humanos por un abismo más profundo que la promesa del dinero del que vivía. De ahí que sus ojos, amparados tras una mirada de tímida dominación, estuvieran tan vacíos. Vivía de acuerdo con las caricias de alquiler, tenía que admitirlo. En todos los aspectos era la mejor de su oficio. Desde el momento en que había llegado, alta, sensual, casi demasiado bella para ser verdad, se había dado cuenta del estado de ánimo del hombre y había modulado su seducción de acuerdo con ello. Su actitud, de pie o sentada, resultaba sugestiva; cada movimiento de sus manos parecía algo lascivo: cuando tocaba el soporte de las plumas del antiguo senado que había sobre la mesa, mientras pasaba el dedo a lo largo del respaldo del sofá o se llevaba la copa de jerez a los labios. Cuando levantó el mazo que le había regalado el jefe de la mayoría en Washington, diez años atrás —uno del montón que sobrevivía aún de la ~14~
  • 15. Elizabeth Gage La caja de Pandora colección del propio Calhoun—, cualquiera hubiese pensado que se trataba de un instrumento de perversión. La muchacha intuía que en el pasado había sido un hombre importante. Su mirada de soslayo no lo perdía de vista, incluso mientras contemplaba las fotografías de él con Eisenhower, Roosevelt, Truman y los otros, colgadas en la pared detrás de su escritorio. Todos los movimientos de ella parecían esbozos de la danza más triunfal que iniciaría en cuanto descubriera lo que se esperaba de ella. Pero él no decía nada. Quizá formaba parte de su naturaleza cautelosa de político, o quizá después de la catástrofe reciente no sabía bien lo que quería. La verdad era que ni siquiera sabía por qué la había invitado. El sexo parecía ser la última cosa en que pudiera pensar aquella noche. Sin embargo, de algún modo quería tener a alguien cerca. Nunca se había sentido tan solo. Por eso ella estaba allí. Había empezado a decir indecencias en cuanto se instaló en el sofá. Una chica como ella no tenía tiempo que perder. —¿Por qué me miras así? —le había preguntado dirigiéndole una mirada larga y lenta que sin duda era una de las mejores armas de su arsenal—. Yo diría que eres un tipo retorcido. Lo siento desde aquí, así que no trates de negarlo. Había dejado la copa y se plantó delante de él, ondulando sutilmente su largo cuerpo, con los brazos en jarras. —¿Qué parte de una chica prefieres? —preguntó mientras se bajaba la cremallera del traje de forma que éste cayó blandamente al suelo y dejó al descubierto miembros pálidos animados por el negro del sostén y las bragas, como flores oscuras—. ¿Qué te parece aquí? —Se soltó el sostén y con el dedo recorrió un seno firme y redondo. Sus ojos lo taladraron con inquisitiva fijeza—. ¿O tal vez prefieres aquí abajo? —Unas manos delgadas pasaron debajo del elástico de las bragas para bajárselas hasta las rodillas—. ¿Te gusta jugar con las chicas aquí abajo? Luego hizo una pirueta para mostrarle el trasero, sus bonitas nalgas, firmes, maduras y sensuales. —¿O acaso prefieres esta parte? —murmuró al tiempo que lo observaba por encima del hombro—. ¿Prefieres aquí donde no debes hacerlo? ¡Qué vergüenza! Se acercó a él, se dejó caer de rodillas y sonrió: —Vaya, vaya —ronroneó mientras le bajaba la cremallera del pantalón—. Eres muy grandote, ¿verdad? ~15~
  • 16. Elizabeth Gage La caja de Pandora Empezó a jugar con él. La destreza de sus manos y sus labios lo asombró. Sus caricias parecían las atenciones de una enfermera competente cuyos movimientos fueran automáticos, rápidos y fluidos a fin de terminar el trabajo en el menor tiempo posible. Resultaba agradable. La impersonalidad medicinal de su trabajo encontraba un eco perverso en su propio vacío interior. Su oficio era el más antiguo y más frío del mundo. Este vínculo con él, quizá más que su cruda habilidad, le provocaba un orgasmo más deprisa de lo que había esperado. Al percibir la última oleada, la joven murmuró palabras de ánimo y trabajó con más rapidez. En aquel preciso instante sonó el teléfono. —¡Mierda! Era demasiado tarde. El espasmo final había llegado, pero la sorpresa del inesperado ruido había malogrado su placer. Se maldijo por no haber desconectado el teléfono. No contaba con que sonara aquella noche. No le quedaba más remedio que contestar. —¿Quién es? —preguntó irritado al receptor, sin apartar los ojos de la muchacha. Escuchó un momento, a través del aliento entrecortado de su malgastado orgasmo. De repente palideció. —¿Está seguro? —preguntó—. ¿Cuándo ocurrió? La muchacha lo miraba ahora con una desagradable expresión de perplejidad e impaciencia. Escuchó un poco más, respiró para poder formular una pregunta, pero permaneció en silencio. No daba crédito a lo que estaba oyendo. —Lancaster —suspiró al fin—. Santo Dios. Luego atendió a una pregunta del que llamaba. —No —respondió con firmeza—. Ahora nada. Ningún comentario hasta mañana por la mañana, como muy pronto. Por el amor de Dios. Está bien. Manténgame informado a este número, a menos que le ordene lo contrario. Colgó el teléfono. Por un momento pareció perdido en sus pensamientos, con los ojos fijos en el cielo nocturno que se veía por la ventana. Luego miró hacia abajo, a la muchacha. Parecía a la vez resignada y llena de reproches. Sabía que su representación ya estaba olvidada. El trabajo había eclipsado el placer. ~16~
  • 17. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Vístete —ordenó Amory Bose—. Márchate ahora. —El tono mandón de su voz encerraba cierta nota de simpatía. Después de todo, ella se había esforzado en el empeño. Encontró unos billetes de cien dólares en su cartera y lanzó tres sobre la mesa mientras ella se ponía la ropa interior. No vio cómo recogía el dinero antes de ponerse el abrigo para marcharse. Ya se había olvidado de su existencia. Los pensamientos que bullían en su mente lo cegaban. La ironía de la noticia superaba cualquier otra consideración. «Lancaster —pensó airado—. Hijo de puta.» Incluso en ese final absurdo, Lancaster había conseguido frustrarlo, porque ahora iba a ser un héroe para siempre. Se ganaría definitivamente el corazón del público. Eso, más que cualquier otra victoria, era lo que Bose había querido evitar. Lancaster fuera de circulación, precisamente lo que Bose había aspirado durante todo ese tiempo, pero como ganador. Un ganador a los ojos del mundo. Amory Bose sacudió la cabeza, reflexionando acerca de aquella ironía demasiado exquisita incluso para que su astuta mente política la midiera. Estaba acostumbrado a las vicisitudes de la realidad política cotidiana, pero lo que había sucedido aquella noche pertenecía más a los misterios del destino que a un simple acto humano. Así se escribe la historia, musitó Amory Bose, sonriendo por fin al cerrarse la puerta del despacho y quedarse a solas consigo mismo y la imagen de la sonrisa de Lancaster. La Union Station de Chicago estaba casi desierta. El reloj del portal que conducía a los andenes marcaba las 4.08 de la madrugada. Unos pasajeros desperdigados y soñolientos esperaban a que les llegara el momento. Había un marinero dormido con la cabeza apoyada en el petate y su cabeza rapada le daba un aspecto muy joven y vulnerable. Cerca de él roncaba un borracho que intentaba parecer lo más respetable posible, incluso durmiendo, para evitar que se lo llevara la policía de la estación antes de la mañana. Una mujer con dos pesadas bolsas de lona, un enorme bolso de paja y dos niños dormidos estaba sentada, abrumada, en uno de los bancos de madera, mirando sin ver. A todas luces se trataba de una inmigrante, seguramente camino de reunirse con su marido en alguna parte. Contemplaba la tierra prometida de América a través de ~17~
  • 18. Elizabeth Gage La caja de Pandora unos ojos apagados por el choque con lo desconocido y quizá por el sombrío espectáculo de una docena de salas de espera que había visto antes que ésta. En la única taquilla abierta había un encargado adormilado tras la reja, ignorando la revista juvenil sobre el mostrador, mientras descansaba con la barbilla apoyada en la mano. Se oía música de alguna radio, por alguna parte. De repente unos pasos tranquilos despertaron al hombre de los billetes. Tragó saliva a pesar suyo cuando vio aparecer ante él a una joven de sorprendente belleza. Llevaba un impermeable ligero que revelaba el perfil de unos senos juveniles. Le pareció advertir el movimiento de las caderas bajo el tejido crujiente. Observó también que llevaba un bolso y una pequeña maleta. —Diga, señora —exclamó con cierto exceso de galantería—. ¿En qué puedo servirla? Ella miró tras de sí a la desierta estación. —¿Cuándo sale el próximo tren? —preguntó. —¿Con qué destino? —La suave curva de los labios y la sombra de una sonrisa en los ojos de la mujer al mirarlo a través de los barrotes captaron la atención del empleado. —Depende —respondió. Él rebuscó en su horario. —Hay un expreso para Albuquerque que sale dentro de diez minutos —leyó—. Llegará a eso de las ocho de la noche de mañana. O, veamos, el especial a Los Ángeles. Este llega el miércoles por la mañana. Luego está el tren regular a Nueva York, Filadelfia o Washington. La joven sacudió la cabeza. —No, ése no. Su belleza volvió a impresionarlo. Tenía el cabello castaño, limpio y ondulado. Los ojos eran como dos aguamarinas, brillaban con candor infantil y un asomo de sensualidad. —También tenemos el de las cuatro y media a Las Vegas y otros puntos del oeste. Llegará a la caída de la noche. Hará calor allí en esta época del año, me imagino — prosiguió el empleado, tras apartar la mirada de ella con cierta dificultad. —Las Vegas —repitió la joven—. Parece un lugar agradable. Primera clase, por favor. ~18~
  • 19. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Sí, señora —alargó la mano para coger un billete y dirigió una mirada de soslayo a las suaves mejillas y los ojos brillantes. Mientras él le preparaba el billete, la joven miró a su alrededor. La voz que cantaba en la radio, una clara voz de barítono, resonaba sin brillo en el mármol del suelo y las paredes. La canción era de amor, oyó, y de pérdida. Escuchó unos instantes antes de volverse al hombre de los billetes. —Veintitrés cincuenta —le estaba diciendo. Metió la mano en el bolso y sacó un billete de cincuenta dólares. —¿Se ha enterado de la gran noticia de Washington? —le preguntó mientras abría el cajón para darle cambio. —¿Gran noticia? —Alzó las cejas en un gesto inquisitivo. —El caso Lancaster. —Agitó la cabeza—. Menuda historia. Algo terrible. Con lo guapo que era el joven. Vaya, yo estaba convencido de que iba a ser nuestro próximo presidente. Ya me había preparado para votar y todo eso. Pero, ya ve señorita, nunca se sabe. Nunca se sabe. La joven asintió y un asomo de cautela veló su expresión de correcto interés. —El Tribune de última hora trae la historia —añadió señalando el quiosco al otro extremo de la sala de espera. Los ojos de la muchacha siguieron el dedo nudoso mientras guardaba el cambio. —Gracias —le dijo. —Nunca se sabe —repitió el hombre con un suspiro—. Eso es lo único que se puede decir en este mundo donde vivimos. Caramba, nunca se sabe. La vio cruzar la sala. Su paso era elástico, grácil. Resultaba muy digna y femenina en sus movimientos. Observó que se dirigía directamente al quiosco. Se acercó a la anciana que vendía caramelos, cigarrillos y periódicos. Compró un Tribune y se sentó en uno de los bancos vacíos. Estudió la primera página durante mucho rato. El titular de la cabecera era enorme, pero la historia era solamente un esbozo, una noticia que había llegado demasiado tarde para poder incluirla en las páginas centrales. Sólo aparecía un resumen de lo que había ocurrido. Cerró los ojos un momento. Conservó el periódico entre las manos. En la radio, la voz cantaba la despedida de un amor que nunca moriría. ~19~
  • 20. Elizabeth Gage La caja de Pandora No veía al empleado de la taquilla, cuya mirada fascinada seguía fija en ella desde detrás de las rejas de la ventanilla. El hombre no trató de adivinar los pensamientos de la joven, porque las bonitas piernas que emergían del impermeable y el cabello que caía sobre los hombros seguían captando toda su atención. «Lancaster —pensaba la joven—. Pero ¿cómo ha podido...?» La historia la había impresionado. Era lo último que hubiera esperado. Ella, precisamente, había sabido la situación de Haydon Lancaster, un día antes, y lo que iba a ocurrirle a él y al país. Ella lo había hecho posible, casi a costa de su propia vida. Pensó en Amory Bose. Su mente ágil trabajaba con rapidez, intentando atar cabos. Lo que le había ocurrido a Lancaster debió de proceder del campo izquierdista. Bose no podía tener nada que ver en ello. Después de todo, los planes de Bose para Lancaster ya formaban parte del pasado. Gracias a ella. Gracias a Leslie. No obstante, había ocurrido. Precisamente ahora, cuando todas las batallas habían sido ganadas y perdidas, y el polvo se posaba alrededor del próximo presidente de Estados Unidos, el hombre casi nominado, casi elegido. Sin embargo, había ocurrido. Leslie dobló el periódico y lo dejó en el banco, a su lado. Volvió a cerrar los ojos tanto por el persistente asombro como por la fatiga de su largo viaje. De pronto, pensó en Bess. ¿Cómo se sentiría Bess esta noche? ¿Estaría amargada? ¿Derrumbada? ¿O tal vez aliviada, en cierto modo, porque la guerra por fin había terminado, porque se había librado la última batalla? Leslie no lograba imaginarlo. Después de todo, apenas conocía a Bess. Sus caminos se habían cruzado sólo fugazmente, gracias a Amory Bose. No obstante, era Leslie quien había hecho lo único que podía salvarlo todo para Bess y para su marido. En fin. El mundo es un caleidoscopio, había dicho alguien en una ocasión. Un ligero movimiento de la rueda y todo se coloca en un lugar distinto. Todos los fragmentos de forma y de color caen en nuevas posiciones con un dibujo irreconocible. Incluso las reglas del juego cambiaban sin cesar. Los planes desesperados y los sueños de los que habían participado en el juego estaban ya olvidados. ~20~
  • 21. Elizabeth Gage La caja de Pandora Miró el billete que tenía en la mano. Las Vegas. El lugar donde unos dados lanzados o el capricho de la bailarina bola en la ruleta cambiaban el destino de los seres humanos. ¿Por qué no? Sería un buen sitio para que ella esperara los acontecimientos. Miró al banco donde la inmigrante seguía sentada e inmóvil, con los brazos alrededor de los hombros de sus hijos dormidos. América debía de parecerle una tierra dura e indiferente, que volvía una espalda fría a sus angustias, mientras la dejaba olvidar su hogar y adaptarse a los nuevos retos completamente sola. En cambio, para los niños, tan pequeños ahora, el viejo hogar no sería más que un recuerdo. En realidad, menos que un re—cuerdo: un sueño olvidado que guardarían en su interior sin saberlo, mientras se precipitaban hacia su propio futuro, un futuro que mostraría sus triunfos demasiado tarde. Un instante demasiado tarde, como la tímida bola de la ruleta. El atractivo rostro de Haydon Lancaster, visto poco antes en la portada del periódico, parecía permanecer en su mente como la sonrisa del gato de Cheshire, llena de un encanto sutil y complejo, con sus secretos conservados por una ley que uno no podía adivinar. Una ley de la que ningún ser humano podía escapar. Todas las apuestas quedaban anuladas, todas las promesas rotas. ¿Qué quedaba? Leslie sonrió. Quedaba la vida. Una broma pesada, tal vez, pero algo que podía contarse al final. Los dioses eran crueles, pero tenían un curioso sentido del humor que sus peones no solían apreciar. Bien, Las Vegas pues. ¿Por qué no? Dan Aguirre frenó chirriando su coche sin distintivo en la calle llena de charcos, delante de la vieja fábrica donde estaba situado el ático. Dejó el coche aparcado en doble fila y abrió la puerta. De un salto cruzó la acera mientras sus pasos resonaban misteriosos en el aire húmedo de la noche. El portal se abría ante él con sus viejos buzones y listas de inquilinos. Llamó a todos los timbres a la vez. Por un instante la espera de una respuesta le pareció interminable. De pronto el interfono le interrogó desde uno de los apartamentos. —Policía. Emergencia —gritó—. Soy el detective Aguirre. Abra la puerta, por favor. ~21~
  • 22. Elizabeth Gage La caja de Pandora Después de una breve pausa y con gran alivio por su parte se oyó un zumbido y pudo abrir la puerta. El conocido ascensor estaba esperando, pero recordó lo lento que era y enfiló la escalera subiendo los escalones de tres en tres. Cuando llegó al ático estaba sin resuello. Al detenerse en el rellano vio que la puerta de Laura estaba cerrada. Llamó una vez, dos veces, con la mano libre en la culata de la pistola que llevaba en la sobaquera. No obtuvo respuesta. Probó la puerta. No estaba cerrada. Muy despacio, después de llamar de nuevo, giró el pomo y vio cómo se le abría la puerta. Palideció al mirar a la sala de estar. Allí estaban las dos. En seguida comprendió que había llegado demasiado tarde. Había sangre por todas partes. Resultaba difícil identificar a las dos mujeres, porque ambas estaban cubiertas por una horrible capa roja que brillaba oscura y pegajosa a la luz de la lámpara del pequeño salón. Un instinto ancestral le advirtió que una de ellas estaba muerta. Descansaba con la cabeza apoyada en el regazo de la otra, quien permanecía sentada y ausente apoyada en el pesado sofá. Aguirre percibió que su mano seguía aferrando inútilmente el revólver bajo la chaqueta. Suspiró. Sólo le quedaba interrogar a la que seguía viva. Esta parte de su trabajo, la más triste, era cuanto quedaba por hacer. Se acercó a su lado, se arrodilló y carraspeó. —¿Qué ha pasado? —preguntó. La mujer no dio muestras de haberle oído. Estaba absolutamente inmóvil, con la mirada perdida. —Perdóneme —insistió—, pero tengo que saberlo. —Tocó el cuello del cadáver en busca del pulso. Nada. Comprobó que el disparo había atravesado el corazón. A quemarropa probablemente. La que seguía con vida continuaba mirando al vacío, con las manos hundidas casi posesivamente en la cabellera de la muerta. La vacuidad de sus ojos le provocaron un escalofrío en la espalda. Parecía como si se hubiera despedido del planeta. Se preguntó si sería capaz de hacerla reaccionar. ~22~
  • 23. Elizabeth Gage La caja de Pandora Súbitamente, recordó al niño. —¿Qué ha pasado con...? —Señaló al dormitorio. Por fin ella sacudió la cabeza. En realidad se trataba del esbozo de un movimiento, el primer indicio de haber percibido la presencia del policía. Él se levantó, fue hacia el dormitorio y abrió la puerta sin hacer ruido. Dentro, en la cama, había un cuerpo menudo cubierto por una manta. No descubrió rastros de sangre. Dan Aguirre, que también era padre, supo por instinto que el niño estaba vivo y profundamente dormido. Para asegurarse se acercó, levantó la manta y la dejó caer de nuevo cuando vio la carita que reposaba en la almohada. Cerró la puerta y volvió al cuarto de estar. Seguía sentada en el suelo, apretando el cuerpo muerto contra su pecho. —Tengo que saber lo que ocurrió —dijo, mientras se agachaba a su lado—. Antes de llamar a nadie. Por favor. Por fin lo miró, pero sin fijar la vista. Parecía observar detrás de él a algo más allá de la estancia, más allá de la noche. Luego oyó una voz débil, un murmullo que repetía la pregunta: —¿Qué ha ocurrido? —Cuéntemelo. —Rozó su brazo empapado de sangre. Ella no retrocedió. Su carne parecía indiferente, casi tan fría como la de la muerta. El dolor, pensó, podía provocar esta reacción. Los vivos son ca—paces de poner el pie en la tumba en pos de aquellos que han contado mucho para ellos. Pareció reflexionar, con la frente fruncida, toda concentración. Después lo miró. —Hemos recibido lo que nos merecíamos —murmuró. Aguirre esperó, mirándola a los ojos. —Pero no lo vimos llegar —añadió—. Hacía mucho tiempo que se avecinaba, ¿sabe? —Parecía tranquila, como si midiera un teorema—. ¡Ojalá lo hubiéramos visto! —No lo comprendo. —Yo tampoco —dijo. Sus ojos volvieron a empañarse. Las palabras parecían cerrar una puerta ante él. Sentía que se le estaba escapando, cada vez más lejos. Ahora empezó a mecer a la muerta entre sus brazos, murmurando con dulzura a sus oídos sordos. Aguirre no logró captar las palabras porque salían en un murmullo demasiado débil para resultar inteligible. ~23~
  • 24. Elizabeth Gage La caja de Pandora Era un sonido pavoroso. Aunque el significado escapaba incomprensiblemente a la razón de Aguirre, las palabras parecían debilitar su valor para ponerse en pie, para ir al teléfono, para cumplir con su cometido. «Hemos recibido lo que nos merecíamos.» Se levantó. Miró a ambas mujeres, una viva y una muerta. La muerta parecía curiosamente en paz, la viva inhumanamente vacía. Dan Aguirre suspiró. Había presenciado muchas escenas de crímenes en su vida, pero la realidad de la muerte jamás le había causado, hasta ahora, semejante impacto. Parecía devorar la habitación, la hora, el mundo entero. Con un esfuerzo se volvió al teléfono. Las fotografías de las paredes giraron ante él, rostros cuyas obsesivas expresiones sacaban un nuevo brillo oscuro de la proximidad de la muerte. «Pero no lo vimos llegar.» «¡Ojalá lo hubiéramos visto!» Que así sea, decidió. No quedaba nada que decir ni que pensar. Su propia antífona era tan buena como cualquier otra. Demasiado tarde, pensó Dan Aguirre. Demasiado tarde. ~24~
  • 25. Elizabeth Gage La caja de Pandora LIBRO PRIMERO PENSAMIENTOS GRISES ~25~
  • 26. Elizabeth Gage La caja de Pandora 1 22 de abril de 1933 Nacieron la misma noche, en hospitales situados a seiscientos kilómetros el uno del otro. Era muy tarde cuando los Dameron llegaron al Hospital de la Sagrada Familia, ubicado en la zona granjera al este de Cleveland. Iban camino de St. Louis, por lo que no tenían un ginecólogo personal. Sólo los residentes podían ocuparse del parto. El médico encargado era el doctor Firmin, un joven graduado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Toledo, que estaba en período de residente. La señora Dameron era una mujer menuda y crispada, cuyos modales faltos de humor contrastaban vivamente con los de su marido Robert... «Llámenme Bob», dijo a las enfermeras con un guiño, alardeando de un atractivo que no lograba disimular la preocupación por el estado de su esposa. Hubo cierta inquietud respecto de la capacidad de que las estrechas caderas de la señora Dameron pudieran soportar un parto normal, así que fue cuidadosamente vigilada durante las cuatro horas que duró el alumbramiento. Entretanto, a primera hora de la madrugada, en la zona sur de Chicago una pareja de inmigrantes había llegado al servicio de urgencias del Hospital Michael Reese. Su apellido era Bélohlavék y como habían llegado a América hacía poco tiempo, tampoco tenían médico personal. La señora Bélohlavék había roto aguas a media noche y se estaba dilatando muy deprisa. Esta pareja era el polo opuesto de los Dameron. La señora Bélohlavék, el nombre checo impronunciable salía de sus labios como un murmullo, era una mujercita dulce y bonita que conseguía hacer sonreír a las enfermeras a pesar del dolor. Tenía el cabello castaño y fino, una tez rosada y unos modales cariñosos que parecían disculparse por el jaleo que ocasionaba su condición. Su marido era un hombre amargado y ceñudo cuyos ojos negros expresaban suspicacia y censura de cuanto lo rodeaba, incluso la esposa que lo avergonzaba por ser el centro de tanta atención. La doctora Eunice Diehl, una facultativa experta que pertenecía a la plantilla del centro, se hizo cargo del caso. Las contracciones eran regulares. Las enfermeras se ~26~
  • 27. Elizabeth Gage La caja de Pandora quedaron en espera del inminente nacimiento. En la sala de espera el señor Bélohlavék aguardaba sentado y malhumorado la llegada de su primer hijo. Resultó que el hijo de los Dameron nació primero. El joven doctor Firmin, ocupado con otros pacientes de urgencias durante la larga espera para la dilatación de la señora Dameron, fue reclamado en el último momento para un caso de accidente al otro extremo del pasillo. Cuando volvió, con el fórceps preparado por si se presentaba alguna complicación, la criatura ya estaba llegando a este mundo. Era una niña. Resultaba fácil predecir que sería pelirroja, con la tez clara de la clásica muchacha irlandesa. Al limpiarle los bronquios, el médico experimentó una extraña sensación. Era como si la preciosa criatura tratara de decirle algo, de una forma urgente y curiosamente adulta. —Te estaba esperando —parecía decirle al abrir los ojos por primera vez, unos ojos luminosos, turbios, pero ya teñidos con el brillante verde esmeralda que adquirirían más tarde—. Pero no estabas aquí. El médico rechazó la sensación y se aseguró de que tanto la madre como la hija estaban bien, luego corrió de nuevo junto a su caso de accidente. Entretanto, en Chicago, la doctora Diehl se dedicó enteramente al nacimiento normal de la pequeña Bélohlavék, que fue una niña tranquila, ni siquiera lloraba. Aunque su tez era clara, a todas luces tendría el cabello y los ojos oscuros. Parecía absorta en sus cosas, impávida ante las idas y venidas que la rodeaban en la sala de partos. Sin embargo, la doctora advirtió algo sorprendente en la criatura. Tenía los ojos muy grandes y de una profundidad desconcertante. Aunque, naturalmente, era demasiado pequeña para fijarlos, contemplaban el nuevo mundo con una especie de obsesiva aquiescencia, como si vieran mucho, demasiado, y poseyeran ya un conocimiento interior que no debería encontrarse en un ser tan diminuto. La doctora Diehl se quedó decepcionada al ver que el huraño padre checo no se mostraba nada contento cuando le enseñaron a su nueva hijita. Sin duda había esperado que su esposa le diera un heredero varón. Las palabras que le murmuró al ir a visitarla estaban cargadas de mal disimulado reproche. Aunque hablara en una lengua extranjera, se percibía con toda claridad. ~27~
  • 28. Elizabeth Gage La caja de Pandora La doctora quedó impresionada por aquella insensibilidad masculina. En su opinión, la recién nacida era una auténtica belleza y una personita admirable. Sintió un deseo nostálgico de averiguar qué sería de ella cuando creciera. Sin embargo, tales impulsos eran normales en una persona que traía nuevas vidas al mundo. Al final de su turno, la doctora Diehl había olvidado su impresión de la pequeña Belohlavék y también su nombre ridículamente complicado. Se marchó a casa a las seis de la mañana y dejó de pensar en aquello. Mientras, en Ohío, el doctor Firmin se ocupó de las necesidades posnatales de la nueva hija de los Dameron. Le complació que el padre, cuyo encanto irlandés no había menguado por la tensa espera de aquella noche, no parecía decepcionado por recibir una niña en lugar de un chico. Aunque la gozosa ocasión del nacimiento no parecía haber proporcionado mucha felicidad a la amargada señora Dameron, su marido repartía puros a todo el que se le ponía por delante. Estaba excitado con su niñita. Los Dameron abandonaron el hospital de Ohío un día después para continuar el viaje a su nuevo hogar en St. Louis. La familia Belohlavék abandonó el Michael Reese en dirección a su casita en la zona sur el mismo día del nacimiento, debido a la insistencia del padre. Al día siguiente, ambos nacimientos eran simples anotaciones en los libros del hospital, con certificados de nacimiento para ambas niñas registrados en los archivos de Ohío e Illinois respectivamente. El mundo oficial se desentendió de ambas criaturas. Entre los que habían intervenido, nadie pensó que las grandes figuras de la historia también fueron criaturas indefensas en un día lejano, tanto los villanos como los héroes, de manera que ellos podían haber tenido un pequeño papel en el curso futuro de una nación al traer al mundo aquellas dos chiquillas en esa fría noche de abril. Después de todo, incontables criaturas las habían precedido, y las seguirían innumerables más. Así terminaba la rutinaria aventura de una noche y quedaba consignada al pasado. El futuro empezó. Laura, porque ése fue el nombre elegido por los Belohlavék para su hija, recordaría los primeros siete años de su vida como un equilibrio incierto de su alma infantil entre dos centros de gravedad en conflicto: su madre y su padre. ~28~
  • 29. Elizabeth Gage La caja de Pandora Joseph Belohlavék era sastre. Se había traído desde Checoslovaquia su habilidad, además de su amargura. Odiaba América, pese a sus presuntas oportunidades, se pasaba todo el tiempo libre de que disponía en sombría meditación sobre su pasado en su antiguo país. Había tenido una novia allá, aunque éste era un hecho que su hija nunca conocería, una muchacha cuyos padres ricos no le permitieron casarse con él porque no tenía tierras y pertenecía a una familia sin perspectivas. En circunstancias poco claras, de las que su carácter tormentoso tuvo buena parte de culpa, renunció a su novia y se arregló con la muchacha con quien se casó más tarde, una criatura dulce, atractiva y sin un céntimo, llamada Maryna, con la que emigró poco después. Aunque en cierto modo comprendía que había salido beneficiado, ya que la muchacha con quien se casó era más lista y más cariñosa que su primera novia, y además América le reservaba un futuro mejor que su vieja patria, Joseph Bélohlavék no podía reprimir el resentimiento. Durante sus primeros años, la pequeña Laura se acostumbró al hecho de que su padre en realidad no formaba parte de la familia. Trabajaba de sol a sol en un pequeño cobertizo, su taller de costura, detrás de la casa. Cuando no estaba cosiendo, se iba de compras en busca de tela a los mercados de mayoristas en el centro de la ciudad. A la hora de cenar, solía entrar en la cocina sin pronunciar palabra, respondía con un suspiro a las noticias que le daba su mujer acerca del vecindario mientras comía y se retiraba a toda prisa a su cobertizo para coser un poco más. No hablaba con su hija durante la cena ni le daba las buenas noches con un beso. El único reconocimiento de su existencia era una mirada forzada de soslayo, que estaba cargada de pesar. La chiquilla era demasiado joven para comprender la amargura de su padre por no haber tenido un varón que perpetuara el apellido. Tampoco alcanzaba a entender que su propio nacimiento tenía algo que ver con los cuatro abortos posteriores que acabaron con las esperanzas de su madre de traer otro niño al mundo. Sin embargo, era una criatura sensible y enseguida comprendió que su padre estaba decepcionado con su existencia. Así que instintivamente se refugió en su madre, cuyo cariño y comprensión fueron para ella su baluarte cotidiano. Cogidas de la mano, ambas se enfrentaron a la vida en una gran ciudad americana. Como ésta era la única tierra que conocía Laura, la pequeña tuvo que vivir con la paradoja de tener que conocer los lugares y peligros de la zona sur explicados por una madre que aún no hablaba bien el inglés y cuya comprensión del Nuevo Mundo se basaba más en rumores y fantasías que en un conocimiento real. ~29~
  • 30. Elizabeth Gage La caja de Pandora Entretanto, el padre seguía siendo una presencia impersonal y temible que Laura evitaba ocultándose en los rincones cuando él se acercaba y guardando silencio en su presencia. La niña nunca se dio cuenta de que su nacimiento había completado el proceso de alienación y exilio iniciado con su matrimonio. Él había soñado ser un terrateniente en su patria, admirado por amigos y parientes, con un hijo que heredara su apellido y sus posesiones. En cambio, era un inmigrante anónimo perdido en el tumulto de un país ajeno, donde ni los nombres ni la gente duraban porque el torrente impersonal del comercio y del progreso lo arrastraba todo. Así que, a los ojos de Laura, el padre adquirió la frialdad y la indiferencia de la ciudad que se extendía más allá de sus cuatro paredes. Nunca fue una cálida protección contra lo desconocido. Lo temía más que a nada. Es decir, lo temía hasta el día en que le empezó a enseñar a coser. Era invierno. Su madre la había mandado al cobertizo a buscar a su padre para un recado. Lo encontró trabajando en un pedazo de tela en su vieja máquina Singer, que le había costado todos sus ahorros. —Pojd'te sem —le dijo de pronto en checo—, siéntate sobre mis rodillas y aprende algo. Observó cómo la aguja bailaba sobre un feo retal de tela, apresurándose y yendo despacio de acuerdo con unas órdenes misteriosas procedentes del cuerpo tenso y cauteloso de su padre. Se acurrucó en su regazo, asustada por aquella pequeña y aguzada arma que se clavaba en la suave tela. Después, asombrada, vio a su padre cortar el hilo y dar la vuelta a la tela. Enseguida vio que era una blusa de alegres colores, perfectamente cosida, que había aparecido inesperadamente como un conejo de la chistera de un mago. Joseph Bélohlavék descubrió el entusiasmo de su hija por su oficio y empezó a enseñárselo. Aceptó el reto con naturalidad, pese a su tierna edad. Disfrutaba con el trabajoso proceso de coser fragmentos informes hasta conseguir que la pieza terminada surgiera de pronto con la belleza de su diseño y color finales. Desde el primer día, Laura supo que por fin había forjado una relación con su padre. Su mente infantil nunca sospechó que su talento para la costura permitía que su padre imaginara que, al menos por inclinación, era el hijo que su mujer no había podido darle. Sin embargo, ella disfrutaba con la aceptación que notaba cuando estaba sentada sobre las rodillas de su padre en el cobertizo y manejaba la máquina. A veces, él le hacía vestiditos especiales y pequeños conjuntos con telas que había conseguido en la ciudad. Se los probaba, con los dedos curiosamente suaves al alisar ~30~
  • 31. Elizabeth Gage La caja de Pandora las prendas sobre su cuerpecito. En aquellos momentos había tal ternura bajo la superficie de su tacto, que la hacía resplandecer. Pero fuera del cobertizo era el mismo padre de siempre: silencioso, preocupado, absorto en sus recuerdos amargos y en un odio tan intenso hacia el mundo que Laura no podía evitar sentir que ella y su madre estaban incluidas. Por eso ahora llevaba una doble vida, agarrada a mamá para las necesidades diarias de cariño, contacto, besos y sonrisas, mientras en secreto esperaba los intervalos robados cuando, en la desordenada intimidad del cobertizo, renovaba el extraño pero importante vínculo con su padre. La apoteosis de aquella intimidad ocurrió la víspera de Todos los Santos, cuando contaba seis años. Su padre había encontrado retales de raso entonos pastel en uno de sus viajes de compras; la mañana de aquel día la sorprendió con un terminado y completo traje de arlequín más o menos de fantasía perfectamente rematado con ribetes de color, una nariz postiza y un delicioso gorrito cónico. Era el traje más precioso que Laura hubiera visto o imaginado nunca. Cuando salió de paseo con su madre, colgada de su brazo, miró hacia atrás y vio a papá de pie en la puerta, contemplándola. No quería tomar parte en el ajeno ritual americano de salir a dar vueltas con ella por el vecindario, pero la saludó con la expresión orgullosa que, por una vez, pareció brillar con todo el cariño que Laura había echado de menos en él durante aquellos años. Se volvió de nuevo para agitar la mano, una y otra vez, tirando de la mano de su madre para que frenara un poco su avance por la acera. Papá fue retrocediendo poco a poco, mientras le devolvía el saludo y aceptaba el amor de su hija con una expresión de frágil ternura que parecía decirle: «Lo sé, pequeña, lo sé. Soy un hombre frío y amargado, pero te quiero también, con todo el corazón que te entrego.»El recuerdo de aquella tarde permanecería como un centinela sobre el casi olvidado desfile de los primeros años de Laura. El peldaño donde estaba su padre, la luz que iluminaba su flaca silueta, la precavida sonrisa en sus labios, todo iba a desaparecer más pronto de lo que creía posible. Porque en la primavera siguiente, los padres de Laura murieron. Un pariente checo que había comentado las posibilidades de Milwaukee y el padre de Laura, nunca a gusto en Chicago, habían decidido, impulsivamente, trasladarse con la familia. Llenó una furgoneta, vieja y alquilada, con sus pertenencias y emprendieron el camino por la carretera 21 el diecinueve de marzo, una mañana fría y desapacible cuyos fuertes vientos procedentes del lago trajeron inesperada nieve y cellisca. ~31~
  • 32. Elizabeth Gage La caja de Pandora Viajaron todo el día, molestos por el lento tráfico y las carreteras resbaladizas. A última hora de la tarde, mientras Laura dormía en el regazo de su madre, un coche perdió el control, los embistió de frente y proyectó la furgoneta fuera de la carretera. Laura pasó directamente del sueño a la inconsciencia al golpearse la cabeza contra el salpicadero. Despertó dieciocho horas más tarde en un hospital de Wisconsin, en la silla junto a su cabecera aguardaba una de sus tías, a quien no había visto nunca. A la desconcertada chiquilla se le dijo que sus padres estaban en el cielo, pero que la familia se ocuparía de ella. Milagrosamente, sus heridas eran superficiales y a las dos semanas ya estaba fuera del hospital y en el tren hacia Queens, en la ciudad de Nueva York, donde por decisión del extenso consejo de familia la acogerían el tío Karel y su esposa americana. Equipada por la naturaleza con una facilidad infantil para aceptar el destino, Laura apreció con ojos bien abiertos su nuevo entorno y ni por unun momento se le ocurrió que, a su modo, estaba sufriendo un destierro similar al que había desarraigado a sus padres de su patria para transformarlos en asombrados vagabundos, separados uno de otro así como de su mundo. Sencillamente, volvió a empezar. Los primeros siete años de su vida se convirtieron en una prehistoria tan opaca como la del hombre primitivo, una época sombría sobrevivida y olvidada. Los Dameron llamaron a su hija Elizabeth, en recuerdo de una serie de tías, primas y abuelas irlandesas. Era una niña preciosa, tan bonita que casi de la noche a la mañana pasó a formar parte de la interminable batalla que había enfrentado a sus padres desde el día en que se casaron, cinco años antes de su nacimiento. Bob Dameron era un hombre muy apuesto y mujeriego. Medía más de metro ochenta, tenía el cabello rubio y una complexión robusta. Los ojos le brillaban y sus modales eran educados y chistosos. Era rápido con su surtido de anécdotas irlandesas aptas para cualquier situación de acuerdo con su grado de propósito sexual. Bob era un representante comercial, popular y relativamente afortunado, de una casa que fabricaba utensilios de cocina y pequeños aparatos en St. Louis. Era un conocido político de la ciudad, un edecán de un cacique local que había conseguido entrar en el partido demócrata haciendo multitud de pequeños favores a los votantes, desde ayudar a un pequeño tendero con un préstamo a asegurarse de que ~32~
  • 33. Elizabeth Gage La caja de Pandora los barrenderos limpiaban bien los callejones de su barrio sin dejar atrás botellas y latas vacías. Nadie que conociera a Bob Dameron alcanzaba a comprender cómo un apuesto vividor como él pudo haberse casado con una criatura tan reseca y sin humor como su esposa. Flora Dameron no tenía encanto personal ni intereses de ningún tipo. Se pasaba el día limpiando y volviendo a limpiar la modesta casa propiedad de Bob en un barrio de trabajadores y se parapetaba tras la puerta de muelles de su cocina, donde no estaban invitados ni su marido ni su hija. Se rumoreaba que Flora había aportado al matrimonio una dote que Bob necesitaba desesperadamente en la época de su boda. Esto no se había confirmado. Pero lo que sí era probable, si no cierto, era que Bob había tenido muchos líos antes y después de haberse casado. Gracias a sus actividades comerciales y a sus visitas políticas, conocía a docenas de mujeres. Ofrecía sus encantos físicos a muchas de ellas siempre que encontrara tiempo y energía para ello, pero prefería a las casadas, porque sólo ellas tenían la discreción de comprender y agradecer una dedicación limitada. Bob no alardeaba de infidelidad. Por el contrario, se servía de su tactoe inteligencia para ocultarla con brillantes resultados. No obstante, su aguda mujer no se dejaba engañar. Aunque no se lo echaba en cara, porque su educación y personalidad prohibía semejante comportamiento en una esposa, desplegaba un carácter suspicaz y quejoso, y un odio por América que disimulaba los celos de su marido. Bob gritaba a los cuatro vientos que profesaba un gran afecto por su esposa. Pero los que pasaban alguna velada con los Dameron estaban acostumbrados al aspecto familiar de Flora rechazándole con un desaprobador movimiento de hombros cuando él trataba de abrazarla y besarle la mejilla. En esos momentos la preocupación por las apariencias era mucho menor, en su mente, que el reproche por la eterna infidelidad de su marido. Nunca le perdonó sus escapadas. Y, por un curioso proceso de extensión, nunca perdonó a su hija tampoco. Porque la pequeña Elizabeth, a quien su encandilado padre llamaba Tess en recuerdo de una tía favorita que él había admirado de niño, no era sólo una auténtica belleza casi antes de dar los primeros pasos, sino que pronto se desarrolló en ella una personalidad traviesa y algo perversa que ponía los pelos de punta a su madre. Tenía el cabello rojo resplandeciente, ojos verdes y brillantes, y una tez cremosa y salpicada de pecas como puntos luminosos. Estaba perfectamente formada y se movía con gracia natural. Desde el principio quedó de manifiesto que sabía cómo ~33~
  • 34. Elizabeth Gage La caja de Pandora meterse a su padre en el bolsillo. No podía negarle nada. Además, había una expresión sabia en los ojos de la pequeña cuando jugaba con él, que apenas pasaba inadvertida a su rabiosa madre. Flora Dameron se encontró incapaz de educar con disciplina a su hija, no sólo por la testarudez de la criatura, sino porque no podía contar con su marido para que la apoyara. Así, a medida que pasaba el tiempo, inconscientemente empezó a identificar a la niña con las mujeres sin rostro que recibían la pasión extraconyugal de Bob, y por tanto, le echaba a ella la culpa de la atmósfera enrarecida de la casa Dameron. Nunca se vio a la madre demostrar afecto de ningún tipo a su hija. Por el contrario, la trataba como a una odiada rival, una enemiga bajo su techo a la que debía vigilar con cauteloso disgusto y someter a duras restricciones adoptadas para someter su carácter rebelde. Bob no se fijaba en la desaprobación de su esposa. A sus ojos, la pequeña Tess no sólo era hermosa, sino alegre y brillante, como debía ser una auténtica muchacha irlandesa. Se la llevaba en sus salidas para presentarla a sus amigotes políticos y a los electores; incluso en secreto la presentó a alguna de sus amantes, para que pudieran admirar su picara sonrisa, sus brillantes ojos verdes y su inteligente personalidad. La niña no parecía molesta por la obcecada enemistad de su madre y enrealidad se preocupaba poco de ella. Se bañaba en el cálido amor de su padre y se aprovechaba de él como caballeroso defensor cuando su precocidad la metía en líos con sus amigos o en la escuela. Bob, por su parte, adoraba a Tess y parecía imperturbable ante el hecho de que su reseca esposa resultara incapaz de concebir otros hijos después de la primera. No acusaba la falta de un hijo varón. Su hija le bastaba. Vivía holgadamente, con un buen futuro en política y una vida amorosa colmada. ¿Qué más podía desear? Pero, de pronto, algo salió mal. Durante el verano del séptimo año de Tess, Bob Dameron tuvo la tremenda desgracia de encontrarse en los brazos de una de sus amantes cuando el marido de la dama en cuestión regresó inesperadamente de un viaje de negocios. El incidente llegó a los oídos equivocados y la cosa terminó en un escándalo. La posición de Bob en el barrio quedó malparada. Sus ambiciosos rivales empezaron a tocar teclas políticas, la balanza se inclinó contra Bob y perdió su puesto como acompañante del candidato. Para completar el desastre, sus jefes de la fábrica de utensilios de cocina se inquietaron y lo despidieron. ~34~
  • 35. Elizabeth Gage La caja de Pandora Deprimido, Bob se cobijó en el refugio privado que había montado en el tercer piso de su vieja casa y empezó a ahogar sus horas vacías con whisky irlandés Bushmill. Ya no lucía sus elegantes trajes de tres piezas, sino que permanecía sentado en camiseta leyendo noticias deportivas y salía sólo para apostar a un caballo o a visitar a alguna amiga leal. A medida que transcurría el tiempo, aumentaba su depresión. Dejó de comer con su mujer y su hija, salía a todas horas borracho de su casa para recorrer las tabernas del centro de la ciudad o incluso gastarse los pocos dólares que le iban quedando en alguna prostituta. Estaba perdiendo su encanto y sólo le quedaba su irresponsabilidad. Un buen día la joven Tess recibió una llamada en su clase de segundo grado de la escuela elemental del vecindario y fue llevada al despacho del director, donde se le comunicó la terrible noticia. Su casa se había incendiado. Sus padres habían muerto, porque las llamas habían devorado las viejas maderas de la estructura antes de que los bomberos pudieran llegar a la escena. Se suponía que el fuego se había iniciado en la vieja leonera de Bob, arriba, donde el hombre se habría quedado durmiendo la borrachera con un puro encendido y olvidado en la mano, que al caer sobre la alfombra marcó su destino y el de su mujer. La niña miró a los ojos del director sin emoción. Su belleza no había sido nunca tan asombrosa como en aquel momento de dolor, cuando con valentía guardó la pena en su interior. Se mandó llamar a una prima de su madre y un consejo de familia decidió su suerte. No había futuro para ella en St. Louis. Los únicos miembros de la familia que tenían suficientes recursos para hacerse cargo de ella fueron localizados en California, en un barrio pobre de San Diego. El entierro se celebró ante gran número de amigos y parientes, incluyendo los antiguos compañeros de trabajo y de política que tan recientemente habían vuelto la espalda a Bob, así como un nutrido grupo de mujeres que en el futuro añorarían sus modales cortesanos y sus encantos en la cama. Una hora después del entierro, la pequeña Elizabeth se encontró en un tren camino de California, acompañada de una tía que estaba todo menos encantada por la idea de una boca más que alimentar. La estancia de Tess Dameron en el gran corazón del Medio Oeste había terminado, como había terminado la de la pequeña Laura Bélohlavék seis meses antes que ella. ~35~
  • 36. Elizabeth Gage La caja de Pandora 2 BBC Noticias, 10 de junio de 1937 Los británicos sintieron algo especial hoy cuando Reid Lancaster, el consejero especial del presidente Roosevelt en asuntos angloamericanos, llegó con su familia a Southampton a fin de entrevistarse con el monarca, el primer ministro Chamberlain y miembros del Parlamento con el propósito de hacer planes para una nueva iniciativa en favor del new deal de Roosevelt e inaugurar un programa de intercambio que proporcionaría empleos a ciudadanos británicos así como fondos de ayuda a los necesitados en toda Gran Bretaña. Lancaster, a quien se considera como el prototipo del financiero americano, descendiente de un linaje legendario de las dinastías Stuart y Lancaster, desembarcó con su familia aclamado por los vítores de una gran multitud que había acudido a recibirlo. A su lado aparecía su esposa Eleanor, nacida Brand, heredera de la famosa fortuna en cosméticos; su hijo mayor Stewart, un joven de veinte años bien parecido, que actualmente estudia leyes en la Universidad de Yale; Haydon, de once años, y Sybil de cinco, una rubita deliciosa que fue la preferida de los periodistas en cuanto pisó Inglaterra. Los Lancaster estarán en Londres quince días porque Reid Lancaster se propone establecer un programa, que ha sido llamado un «nuevo préstamo a la vida», para aliviar la gran depresión que ahoga Inglaterra. Damos la bienvenida a esta ilustre familia de británicos trasplantados y les deseamos una estancia feliz y fructífera. —¡Eh, pequeño! Date prisa, mamá te necesita. Stewart Lancaster aguardaba de pie en la entrada, vestido de frac con corbata negra, absurdamente atractivo en su precoz masculinidad de 20 años, con nariz aguileña, cabello negro como el azabache y brillantes ojos oscuros que sonreían a su hermano menor. Para completar su principesca imagen sólo le faltaba la chistera, que no tardaría en ponerse para la noche de gala en Buckingham Palace. Los símbolos de la formalidad británica le sentaban bien pese a su porte atlético. Después de todo, su nombre recordaba las viejas raíces de su familia en la tradición ~36~
  • 37. Elizabeth Gage La caja de Pandora británica. Él era el más reciente de una larga línea de Stewart que habían ocupado lugares de privilegio en el árbol genealógico de la familia. Los Lancaster se habían empeñado en modificar la ortografía del nombre unos doscientos años atrás para ocultar sus intercambios matrimoniales con el clan rival de los Stuart. Stewart parecía encarnar el desconcertante espíritu Lancaster que combinaba rebeldía intencionada con el respeto por la tradición. Llevaba el inmenso pasado de su prestigiosa familia con la misma indiferencia con que vestía el frac que ceñía su firme cuerpo aquella noche. Su hermano lo miró desde la cama donde estaba leyendo lánguidamente un libro. Hal sólo contaba once años, pero en su rostro ya se advertía el aura única de los varones Lancaster. Sin embargo, en el caso de Hal había un algo soñador que no encajaba del todo con la famosa imagen. Tenía los ojos oscuros y radiantes de los Lancaster, pero en ellos brillaba algo tierno y fantástico que lo dulcificaba y le confería otro aspecto. Stewart era de pura cepa Lancaster, cortado por el mismo patrón que su padre, con una arrogancia y un humor jovial que ocultaban una verdadera comprensión de su misión en la vida. Comprendía a la perfección el significado de ser el primogénito de Reid Lancaster en medio de una gran depresión que no podía ni remotamente rozar la fortuna Lancaster, por desastroso que fuera el efecto más allá de la fortaleza de orgullo y poder de los Lancaster. También sabía a la perfección adonde lo conducían su educación en Yale y su posterior licenciatura en Derecho, en Harvard. Al cabo de muy pocos años, Stewart ocuparía un puesto importante en el imperio financiero de su padre. El cargo aumentaría en importancia, paso a paso, cuando Reid Lancaster decidiera que ya era hora de abandonar y entrara en un amable semirretiro dejando las riendas de los grandes negocios e intereses filantrópicos de la familia en manos de Stewart. Éste sería el encargado de administrar el infatigable crecimiento de la fortuna Lancaster; lo nombrarían consejero de presidentes, embajador en naciones dependientes de la ambición e intrigas americanas y finalmente llevaría la dinastía adelante mediante enlaces matrimoniales entre los Lancaster y otras familias de similar influencia y educación. Todo esto lo sabía Stewart con una certeza que no era intelectual, sino instintiva. Este conocimiento formaba parte de su juvenil exuberancia y de su manifiesta felicidad en el mundo hasta tal punto, que a los ojos de su hermano menor Hal desprendía casi una seguridad divina. Así que había algo más que un asomo de respeto en los ojos del muchacho cuando levantó la vista del libro y sonrió. ~37~
  • 38. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Venga, Hal —sonrió Stewart mientras entraba en el cuarto—. Enséñame cómo peleas. Con una total indiferencia por el elegante atuendo que vestía y que arrugaría con su juego, Stewart se lanzó hacia Hal y lo estrechó con fuerza. Hal rió encantado y trató de zafarse del abrazo de hierro de su hermano. Stewart era muy fuerte, ya en la escuela se le consideraba un peso medio, y el hermano menor no podía escapar. —Tampoco eres tan fuerte —protestó riendo, mientras empujaba el pecho de Stewart. Aunque era decididamente inferior en tamaño y fuerza, el muchacho se defendió con valentía y se negó a rendirse o a tomar demasiado en serio su probable derrota. Golpeó las costillas de Stewart, sujetó sus brazos en vano y lanzó su cuerpo de un lado a otro en su esfuerzo por desasirse, riendo sin parar. La ropa de Stewart estaba ahora completamente desordenada, y su cabello alborotado por la pelea, pero se mantuvo más firme que nunca. Hal, al ver que sus fuerzas empezaban a flaquear bajo la garra de hierro de su hermano mayor, tuvo una inspiración que podía salvarlo. Levantó la rodilla y golpeó a Stewart entre las piernas, no con fuerza para hacerle daño, aunque sí con suficiente autoridad para demostrarle que era vulnerable. —¡Oooh! —gritó Stewart, simulando agonía—. Esto es juego sucio. No se admiten golpes bajos. —Se doblegó y se sujetó la entrepierna con ambas manos—. Estoy castrado —gimió—. ¿Sabes qué significa esto, pequeñajo? Hal se apoyaba en una mano mientras contemplaba a su hermano con una sonrisa burlona. —Sí. Significa que cantarás con voz de falsete. Stewart despeinó al muchacho y se levantó diciendo: —Bueno, no vayamos a estropear la mercancía —sonrió y se enderezó la corbata. Hal contempló en silencio cómo Stewart se ordenaba la ropa con movimientos tranquilos, acomodaba un rizo errante y se apoyaba en el marco de la puerta, como si acabara de salir del remate de un pastel nupcial. ¡Qué guapo era! Nada en el mundo parecía capaz de turbar la mítica compostura de su cuerpo. Hal se dio cuenta de que la referencia de Stewart a la «mercancía» se relacionaba de alguna manera con diversas insinuaciones acerca de las precoces proezas de su hermano con el sexo opuesto. Ambas partes de la familia, tanto los Lancaster como los Brand, sabían de sobra que más de una debutante había perdido la cabeza por ~38~
  • 39. Elizabeth Gage La caja de Pandora Stewart. No sólo porque era el varón joven más deseable en muchas generaciones de Lancaster, sino porque se mostraba muy inclinado hacia los encantos femeninos. Este hecho impresionaba al joven Hal, porque comprendía que el halo especial del hermano mayor y más fuerte abarcaba también un aspecto misteriosamente sensual. Stewart sentía deseos y había gustado placeres que Hal no alcanzaba a imaginar. Para Hal, las relaciones con chicas no eran más que tonterías afeminadas indignas del fuerte orgullo masculino. Sin embargo, ahora no tenía más remedio que aceptar la evidencia: ambas cosas iban de la mano en el cuerpo erguido y atractivo de su hermano y en el brillo irónico de sus ojos. El indiferente comentario de Stewart «no vayamos a estropear la mercancía» revelaba una oscura y privada sensualidad que avergonzaba a Hal. El juego de esta noche había sido algo más comedido que, digamos, dos años atrás. Desde que Stewart se había marchado a Yale, los dos hermanos se habían distanciado un poco. Stewart pertenecía cada vez más a su propio futuro y a sus diversas obligaciones, que incluían conversaciones más largas y privadas con su padre en la biblioteca o en el despacho de Manhattan. Hal no estaba celoso de la intimidad de Stewart con Reid Lancaster, porque comprendía que ambos tenían algo en común que no poseía Hal. Además, papá era una figura tan lejana para Hal que resultaba imposible desear su tiempo y su atención. A Hal no parecía importarle la soledad; se sumía en la lectura y dedicaba muchas horas a la introspección soñadora. De manera que esa noche, mientras Stewart iba a ser presentado al rey y a una docena de importantes consejeros del Imperio, como heredero y mano derecha de su padre, Hal permanecería en casa, solo y atendido por los criados. —¿Qué vas a hacer esta noche? —preguntó Stewart todavía apoyado en el quicio de la puerta. —Dan una obra por la radio, La caída de la casa Zusher —respondió Hal—. Dice mamá que puedo oírla cuando Syb se haya acostado. —Magnífico —sonrió Stewart distraído—. Ojalá no tuviera que asistir a esa fiesta. Su descontento parecía real, pero Hal adivinó que si Stewart no estuviera ocupado esa noche, no elegiría pasar la velada con él y con Sybil. —Bueno —sonrió Stewart—. Tengo que ir a limpiarme los zapatos. Papá me partirá la cabeza si no estoy hecho un maniquí. Tú tranquilo, Hal. Ah, no te olvides, mamá te está esperando. ~39~
  • 40. Elizabeth Gage La caja de Pandora Las últimas palabras fueron pronunciadas con una seriedad nacida de una antigua norma de los Lancaster: lealtad a mamá. Eleanor Brand Lancaster era una espléndida mujer de cuarenta años, ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, de tez pálida, ojos color avellana y fino cabello castaño con atractivas mechas grisáceas. Sus dos hijos habían heredado el lustroso cabello negro de los Lancaster, mientras que su hija de cinco años, cuyos rizos rubios no daban indicios de oscurecerse, parecía haberlo heredado del linaje de los Creighton, la dinastía industrial de la cual procedía la madre de Eleanor. Como en muchas familias de tres hijos, dos habían salido parejos. Los dos chicos eran iguales, morenos y fuertes, mientras que Sybil era menuda, rubia, con una personalidad propia. Sin embargo, los tres retoños parecían haber pasado de largo ciertas cualidades de Eleanor. Ninguno tenía su rostro ovalado, su delicada frente, su tez pálida. Todos habían heredado los rasgos de los atractivos Lancaster y, en el caso de Sybil, los ojos azules de los Creighton. A pesar de ello, Eleanor era feliz con el resultado. No deseaba la inmortalidad. Sin embargo, no podía evitar sentirse apartada de la receta genética de sus propios hijos y exiliada en cierto modo del fruto de sus propias entrañas. La gran belleza de sus tres hijos la hacía sentirse un poco sola. Eleanor Lancaster tenía una expresión preocupada, casi angustiada, aunque disimulada por la sofisticación inherente en ella y producto de la acaudalada sociedad de donde procedía. Formaba parte de ella y era así desde hacía tanto tiempo que a nadie se le ocurría recordar que no había sido visible en sus años de estudiante. No obstante, ya se apreciaba claramente en la fotografía de su boda que todavía adornaba la repisa de la chimenea del salón pequeño, en Newport. También brillaba en sus ojos en cada fotografía familiar tomada donde estuviera Reíd Lancaster. Ni siquiera ella sabía por qué Reid Lancaster la atemorizaba, pero persistía el hecho de que a los cinco minutos de estar con el matrimonio, incluso un completo extraño advertía que Reid aterrorizaba a su esposa. Quizá, se decía a veces, se debía a la forma en que surgía en carne y hueso del gran linaje de sus antepasados. Era casi como si él mismo fuera un atractivo antepasado, un famoso bribón del siglo XVIII o XIX que se había escapado de su marco dorado en una de las galerías de la familia, saltando a la vida de forma misteriosa a sus pies. ~40~
  • 41. Elizabeth Gage La caja de Pandora La increíble virilidad de su sonrisa, más Douglas Fairbanks que Douglas Fairbanks, solían decir sus primos, resplandecía siempre igual en todas las fotografías que se le tomaban, bien con su familia o con el millar de dignatarios que iban de Roosevelt a Henry Ford, o el Príncipe de Gales. Era la sonrisa Lancaster, la misma que aparecía en muchos de los retratos familiares, pero destilada e intensificada al máximo de energía para ese avatar particular del linaje. De la tradición Lancaster procedía el imponen—te modo en que Reid cruzaba una estancia sobre sus largas piernas para estrechar la mano de un invitado, la agilidad de su gesto cuando señalaba un cuadro o una vista, o su modo de coger por el codo a un visitante al pasearlo por Newport o la casa de Manhattan. Incluso su tranquila atención cuando ayudaba a Eleanor a sentarse o le rozaba afectuosamente la mano, todo ello era puro Lancaster de alarmante masculinidad y en cierto modo impersonal. La centelleante y terrible sonrisa de Reid Lancaster sólo se dulcificaba cuando observaba a Stewie. Su primogénito y heredero, ya tan parecido a él, provocaba en Reid una desacostumbrada ternura, sobre todo cuando creía que nadie lo miraba. Contemplaba cómo el muchacho montaba a caballo, nadaba, navegaba a vela, y sus ojos se llenaban de una tierna tristeza, quizá por su propia decadencia, pero también lleno de un inmenso orgullo de que aquel muchachote alto y guapo, aquel sol maravilloso que era Stewart, tomara las riendas de todos sus asuntos cuando llegara el momento de pasarle la antorcha. Había fotografías de los dos juntos en la playa de Newport que encogían el corazón. Parecían la encarnación del mismo hombre, primero de joven y después ya maduro. La inmortalidad era visible en la fotografía, cómo la sangre de una gran familia creaba nuevas vidas. Reid parecía sentir que la muerte nunca le arrebataría nada porque siempre quedaría Stewart para seguir en su lugar. Sin embargo, Eleanor no participaba en esta comunidad de espíritu. Los Lancaster eran ante todo un clan de hombres. La misma cortesía de su marido hacia ella formaba parte del muro que la mantenía alejada de él y fuera del destino de elección al que él pertenecía tanto como sus antepasados. Su bienvenida a Stewart a esta sociedad secreta no hacía sino confirmar el apartamiento de su mujer. Además, esa amabilidad distante iba de la mano de otro tipo de traición. En círculos sociales y financieros era del dominio público que Reid Lancaster había tenido muchas amantes. Éste era un rasgo y una marca familiar, el insaciable apetito por las aventuras sexuales, combinado con una casi excesiva deferencia protectora hacia la esposa. La amalgama estaba tan enraizada, tan identificada con ~41~
  • 42. Elizabeth Gage La caja de Pandora los Lancaster, que a nadie en generaciones se le había ocurrido censurar a los hombres Lancaster por sus pecados. Al contrario, se les admiraba. Eran conquistadores, ávidos, jóvenes llenos de fuerza como potros que después crecían y se transformaban en adultos resistentes y asombrosamente masculinos, irresistibles para las mujeres, antes de volverse al fin en viejos astutos, cuyos instintos no quedaban empañados por la edad. Morían como patriarcas, casi siempre de fallos cardíacos, pero sin excepción dejaban su marca en el mundo. Incluso en el ataúd parecían llevar una aureola de inflexible dureza varonil. Eran una raza orgullosa de creadores de imperios, cuyo destino estaba íntimamente ligado a la creciente riqueza de una nación. Las mujeres con las que se casaban, generalmente elegidas por sus fortunas personales, siempre vivían a su sombra y estaban orgullosas de ello. Porque los hombres Lancaster tenían una misión. Eran los pilares de la propia tierra y de todas las ciudades que se habían edificado en ella. Así que la infidelidad de Reid Lancaster, padre de Stewart y del pequeño Hal, no constituía una novedad para nadie. En su comportamiento sexual no se había desviado un ápice del modelo de sus antepasados, excepto quizás una vez. Había una historia en la familia, siempre musitada y nunca confirmada, según la cual Reid se había enamorado de una muchacha que no pertenecía a su clase, poco antes de su compromiso y enlace con Eleanor Brand. Una larga conversación a solas con su padre había puesto fin al idilio y asegurado el matrimonio con Eleanor, pero Reid continuaba enamorado de la misteriosa joven. Circulaban rumores de cartas conservadas, de escapadas secretas durante los últimos años, de una pasión duradera que se ocultaba tras las escenas de la vida pública de Reid. Sin embargo, nadie logró confirmar o negar los rumores, porque tuvo muchas amantes a lo largo de los años, en ocasiones dos o tres a la vez. Además, un gran amor no formaba parte del estilo Lancaster clásico, al contrario que la ambición y la descarada promiscuidad. Lo que Eleanor supiera o sospechara de todo ello no hacía sino aumentar su temor ante el marido. Vivía en una especie de trance permanente y su expresión pasaba de la admiración a la alarma al verlo entrar en una habitación, montar a caballo, levantar un teléfono o jugar con sus hijos. Curiosamente, su actitud hacia Stewart apenas se diferenciaba. Pocas veces se atrevía a llamarle la atención o a reñirlo como haría una madre, hacerle ordenar su habitación, lavarse la cara o peinarse. Desde el principio, su hijo mayor estuvo más allá de su dominio. Incluso de niño, había anticipado sus órdenes y accedido a ellas por adelantado. Se mostraba casi paternal al ahorrarle la necesidad de hacerle reproches o disciplinarlo. ~42~
  • 43. Elizabeth Gage La caja de Pandora Muy pronto había sabido por instinto que como heredero de su padre poseía una mítica autoridad. Por tradición familiar, él era el cabecilla, su madre la seguidora. Así que se comportaba como un hijo perfecto, besaba siempre la mejilla de su madre en un tierno despliegue de respeto y luego seguía su camino sin dedicarle más atención. Eleanor lo contemplaba cuando salía de la casa para una tarde de navegación, una partida de polo, una cita con una muchacha, y sus ojos lo seguían con el mismo pavor y admiración que sentía por su marido. Sin lugar a dudas, los Lancaster eran una familia de hombres. Eleanor era poco más que un mueble añadido a sus vidas. Pero, con eterna gratitud, había una excepción. Hal entró en el salón para dar las buenas noches a su madre. —Ahora voy a mi habitación —anunció mientras contemplaba la perfecta vista de Hyde Park al otro lado de las ventanas. Iba vestido con pantalones de diario y un jersey que ceñía su esbelto cuerpo y acentuaba tanto su infancia como la pubertad que no tardaría en llegar. —Quédate un momento conmigo —le pidió mirándolo, animada. El muchacho se acercó y la contempló con sus ojos oscuros rebosantes de una tranquila curiosidad que la encantaba. —Dime —le preguntó—. ¿Qué harás esta noche? —Voy a leer —respondió. La cogió de la mano mientras ella le pasaba el otro brazo por la cintura—. Después cenaremos. Después escucharemos la radio y después me acostaré. —Un plan muy sensato —asintió Eleanor, sonriendo—. Pero te echaré de menos. —Yo a ti también. Con su porte erguido, con sus ojos inteligentes que estudiaban su nuevo entorno, ya era un Lancaster. Su cuerpo infantil crecía como una planta, imposible de retrasarlo ni un segundo en su salto hacia la virilidad. No obstante, era aún lo bastante niño para dejarla que lo abrazara así, como si perteneciera al abrazo y quisiera quedarse junto a ella. Cuando permitía que le tocara, le parecía llegar directamente al corazón de la ternura y vulnerabilidad que lo situaba al margen de los otros Lancaster, y eso le había ganado el corazón casi desde el día de su nacimiento. ~43~
  • 44. Elizabeth Gage La caja de Pandora Después del nacimiento de Stewart, Eleanor había tenido problemas para dar a luz. Antes de que naciera Hal había tenido tres abortos y su hijo menor la mantuvo en la cama cuatro meses antes del parto. Pero la espera había valido la pena. Estaba tan contenta con él que rechazó la idea de tener más hijos hasta que, inesperadamente, a los cuarenta años, había concebido a Sybil. Hal era su orgullo y alegría, su tesoro personal. Stewart era el alter ego y el sucesor de Reid, el río donde fluía su sangre vital, en cambio Hal pertenecía a Eleanor. Naturalmente, sabía que debía quedarse en segundo plano, como siempre, y dejarle que siguiera su destino de Lancaster, con dinero, éxitos y un sinfín de mujeres. Sin embargo, sabía que ahora mismo poseía algo de él muy precioso. Se lo entregaba libremente, cosa que Stewart jamás hubiera soñado hacer; y por ello se sentía tranquila y feliz en su compañía. Había algo maravilloso en Hal, una claridad que sólo le pertenecía a él. Lo situaba aparte no sólo de los Lancaster, sino de los muchachos corrientes de su edad. Eleanor sabía que este don de humor extravagante y grave, esta prudencia cauta, no procedía de ella porque, pese a su naturaleza preocupada, no era una mujer profunda. Sin embargo, algo sonaba en su corazón cuando Hal volvía sus hermosos ojos hacia ella, como si algo en él le recordara una oportunidad que había desperdiciado una vez, una sensibilidad que su propio destino no le había permitido disfrutar. Quizá, reflexionó Eleanor, el rasgo que poseía había adornado a un miembro de la familia en el pasado y él lo había heredado a lo largo de las generaciones por un capricho del destino. La vida puede ser sutil de mil maneras. Lo llamaron Hal, aunque ninguno de los Haydon de la familia había utilizado jamás este diminutivo, en memoria de un tío bisabuelo que había dejado una huella especial en la historia de los Lancaster. El primer Hal (cuyo auténtico nombre era Harry) había escrito poesía y música con gran sorpresa y disgusto de los Lancaster contemporáneos y, según se decía, se había suicidado por amor. Su retrato colgaba ahora en la mansión de Park Avenue. Eleanor ignoraba la verdad que se ocultaba tras la historia, pero dudaba de que ese antepasado poseyera la mezcla, única en Hal, de descaro y tierna curiosidad, característica que lo convertía en un varón Lancaster más completo y más irresistible. Pero de una cosa estaba segura: Hal era la joya de la familia, su diamante. Stewart era simplemente uno más del linaje de los apuestos Lancaster, todos sus rasgos, admirables pero previsibles. Quizá, solía pensar, era en beneficio del gran público que el poder y las obligaciones quedaran reservadas para Stewart a fin de que Hal se viera libre de la ~44~
  • 45. Elizabeth Gage La caja de Pandora impersonalidad de la vida Lancaster y encontrara para sí un individualismo personal del cual habían carecido todos los demás. Por lo menos esperaba que así fuera. El chiquillo aún le sostenía la mano. —Mamá —preguntó—. ¿De dónde vino la Depresión? —Bueno —le respondió despacio y frunciendo el ceño—. Todo el mundo es pobre, Hal. Todo el dinero desapareció de los negocios y de los bancos que hacen girar el mundo. Y todos los que trabajaban por dinero perdieron sus empleos porque no quedaba dinero. —¿Adonde fue el dinero? —A decir verdad, yo tampoco lo entiendo. El dinero sencillamente se encogió porque la gente se asustó y no quisieron poner lo que tenían en los bancos o invertirlo en negocios para que aumentara. —¿Pero el dinero siempre encoge o aumenta? ¿No puede seguir tal como está? —Aunque te parezca tonto, creo que es algo así, cariño. —Eleanor sonrió con tristeza—. El dinero es una cosa muy extraña. Dejó que sus ojos recorrieran su carita. ¡Qué inteligente era! ¡Qué típico de él haberle planteado la pregunta a ella en lugar de dirigirse a Reid! Sin embargo, ella no podía contestarle. Era una pregunta Lancaster, cargada de ansiosa curiosidad acerca del estado del mundo y de las estructuras que lo sostienen. Pero Hal le había concedido su confianza, Stewart jamás lo hubiera hecho. Stewart hubiera sabido encontrar la respuesta por sí solo, a través de la misteriosa red con que los Lancaster se comunicaban mutuamente y compartían sus secretos y sus ambiciones. No obstante, Hal se lo había preguntado a ella. Su pequeña fórmula era eficaz. En efecto, el dinero no podía continuar como estaba porque tampoco el mundo podía seguir siendo el mismo. Todo ello se escapaba de las manos como mercurio helado, camino de alguna espantosa acumulación en alguna parte, y dependía del hambre de los depredadores que trabajara para ellos o acabaran destruidos por él. El mundo había perdido el valor para batallar. El viento no hinchaba las velas. Eso era la Depresión, el miedo que hacía apartarse del coso de riesgo y peligro donde los hombres habían luchado con tanta alegría sólo unos años atrás. Eleanor Lancaster lo comprendía porque el miedo era un antiguo conocido de ella. ~45~
  • 46. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Pero nosotros no somos pobres —declaraba el niño. —No. Somos afortunados. Tenemos mucho dinero. La Depresión también nos afecta, pero no tanto como a los demás. —¿Por qué tenemos tanto dinero? Se atrevió a acariciarle el cabello mientras pensaba la respuesta. La felicidad de tenerlo entre sus brazos le hacía difícil pensar con claridad. —Los miembros de nuestras familias, la de tu padre y la mía, invirtieron con prudencia su dinero hace muchos años y trabajaron para que aumentara. El dinero creció mucho y volvieron a invertirlo. Entonces nos hicimos muy ricos y aún seguimos enriqueciéndonos. Había indiferencia en su voz, pero también tristeza al hablar de la voracidad del mundo de los negocios y del éxito que les rodeaba a ambos como paredes con oídos. No le gustaba pensar en el futuro de Hal en este mundo, un futuro que le devoraría el alma si se descuidaba. Porque, después de todo, era un Lancaster con una sangre que tarde o temprano ardería ante el reto de una gran ambición. Hoy se aferraba a una parte del niño que parecía la delicada flor de su juventud. Ignoraba cuánto tiempo podría luchar contra la otra parte. —¿Compartimos el dinero con otras personas? —preguntó el niño con el ceño fruncido. —Claro que sí. Lo entregamos para candad, hacemos donaciones, entregamos grandes cantidades de dinero todos los años. —¿A qué gente? ¿Los conocemos? —No —confesó—. Jamás los he visto. Reciben el dinero a través de agencias. Hal se quedó pensativo. —Me gustaría conocerlos —dijo—. Me gustaría que vinieran aquí y se les diera el dinero. Aquellas palabras encogieron el corazón de Eleanor. Parecía que el niño sintiera la soledad de los acaudalados, su alejamiento de la raza humana, lo cual formaba parte de las obligaciones de las grandes fortunas. —Cuando sea mayor, voy a ser médico. Así podré conocer a todo tipo de gente, porque cuando estén enfermos tendrán que venir a verme. «Qué gran médico serías, pequeño mío», se dijo. ~46~
  • 47. Elizabeth Gage La caja de Pandora —¿Quién es Hitler? —preguntó de pronto. Su mente de once años había saltado ya a otro tema. Quizá se le ocurría pensar en Hitler porque esa noche se encontraban en Europa. —Hitler es el canciller de Alemania. Es un hombre de mal genio y mucha gente le teme, pero algunos dicen que es bueno para Alemania. No sé bien la respuesta. Hal se estaba preparando ahora para dejarla. Lo percibía. —¿Puedes darme un abrazo? —le pidió casi suplicante. El chiquillo la estrechó y con un gesto que era peculiar en él, al despedirse dejó que sus dedos resbalaran por el brazo de su madre hasta la palma de la mano. —Te quiero —dijo la madre. —Yo también te quiero. —¿Soñarás conmigo? —Lo haré —le prometió. Una sonrisa se quedó prendida en sus labios mientras lo miraba salir de la habitación. Al pasar la puerta, entró la niñera con Sybil. —Ya es hora de dar las buenas noches a mami —murmuró la niñera con su decidida voz inglesa cuando los rizos rubios de Sybil eclipsaron la silueta de Hal. Con un esfuerzo, Eleanor Lancaster cambió de marcha emocional y sonrió ante los ojos pensativos de su hija de cinco años. Hal esperó un momento fuera, escuchando, mientras su madre daba las buenas noches a la pequeña. —Duerme bien ahora —decía la voz—. Da un beso a mami. Entraré a verte cuando vuelva. Nunca «te quiero». Siempre «te veré luego». Mamá mencionaba el futuro como para cubrir un vacío en el presente, cuando daba las buenas noches a Sybil. Hal se había fijado en ello hacía tiempo. Y desde entonces lo turbaba. Subió a su alcoba, un lugar desconocido que lo intrigaba, cuyos cuadros, mesas y olor británico y extraño eran tan diferentes de los de casa. Exploraría los rincones mañana y durante los siguientes días. Se sentó en la cama y cogió el libro de historia ~47~
  • 48. Elizabeth Gage La caja de Pandora de Inglaterra que se había traído en el barco. Aunque lo había terminado, volvió a hojearlo en busca de sus pasajes preferidos. Empezaba ya a apartar su joven mente de lo que acababa de oír. Al cabo de un rato le llegaría el turno de ir a dar un beso a Sybil. Le daba pena y el comportamiento de sus padres con ella lo dejaba perplejo. Sabía de algún modo que a mamá no le gustaba, que nunca se había encariñado con ella. Papá, por su parte, apenas se daba cuenta de su existencia. Hal era demasiado pequeño para comprender hasta qué punto la concepción de Sybil y su nacimiento habían trastornado el delicado mecanismo de la personalidad de Eleanor Lancaster. Al acercarse a la madurez, Eleanor había encontrado por fin su puesto entre los Lancaster, no sin un considerable esfuerzo y coste personal, cuando llegó el inesperado embarazo. Ya había aceptado el papel solitario de su vida conyugal y había dado dos hijos a su marido. Había sufrido los mil sobresaltos naturales al criar a dos muchachos sanos y enérgicos. Aquella vez, cuando el caballo tiró a Stewie en Larchmont y en otra ocasión, en que su velero se perdió en una tormenta, en Newport, y la guardia costera le notificó su salvamento cuando ya se había preparado para lo peor. Luego la fiebre reumática de Hal, que le mantuvo en cama cuatro meses y medio, un patético y valeroso chiquillo cuyo corazón preocupó gravemente a los médicos respecto a su supervivencia hasta que, por fin, llegó la mejoría. Aquel episodio había despojado a Eleanor de algo que nunca volvió a recobrar. Todos aquellos terrores quedaban lejos de Eleanor y sólo le preocupaba vivir la vida día a día cuidando de su propia madre moribunda, cuando Sybil surgió de la nada. Anteriores penalidades ya habían devorado el aguante de Eleanor. No le quedaba nada. Otra madre, feliz de conseguir por fin una niña después de los dos fuertes muchachotes, hubiera disfrutado con la criatura y se hubiera dedicado a ella, con la esperanza tal vez de un profundo lazo femenino que la acompañara al envejecer. Pero Eleanor ya había dado lo mejor de sí misma a Hal y por otra parte, a los cuarenta años se sentía tan insegura de su feminidad que aborrecía tener que compartirla con un delicioso paquete de rubia perfección que provocaba exclamaciones de admiración a legiones de parientes Lancaster. Por último, se sentía demasiado cansada para agotarse tras la niña, para pensar en quemaduras, caídas y cardenales. Curiosamente Sybil era muy dada a los accidentes, por no mencionar las futuras crisis de muchachos, trajes de debutante y corazones ~48~
  • 49. Elizabeth Gage La caja de Pandora destrozados, y el colegio adecuado y el marido apropiado. Las relaciones de Eleanor con su madre no habían sido un lecho de rosas. Buscó en su interior, pero no supo encontrar un recurso que le permitiera criar a su hija. Si se debió a este fracaso por parte de Eleanor, o a otra causa invisible, nadie supo por qué las cosas empezaron a torcerse con Sybil. Sin embargo, algo fallaba. Aunque los indicios eran sutiles, nadie en la familia podía ignorarlos. Incluso de chiquitina se observaba un distancia—miento en Sybil, una quebradiza absorción en sí misma, una ausencia total de las sonrisas, risitas y energía que se espera de un bebé. La mirada dura de sus ojitos desconcertaba. Los mismos parientes que la habían envuelto en miradas de adoración cuando era pequeña se mantenían distantes cuando cumplió los dos años. Hubo discusiones respecto a la idea de llevarla a un psiquiatra infantil. Pero Reid estaba demasiado ocupado y Eleanor excesivamente inquieta con los muchachos. Por otra parte, la idea de una enfermedad mental resultaba demasiado vergonzosa para esperar que la ratificara una consulta médica. Se llegó a un compromiso y sometieron a la niña a una serie de rutinarias pruebas psicológicas. Cuando se descubrió que su coeficiente de inteligencia era un impresionante 165, sus padres asumieron, esperanzados, que su inteligencia sobrenatural dificultaba el ajuste a la normalidad. La mejoría llegaría con el paso del tiempo, seguro. Así que no hicieron nada más. Sin embargo, Sybil no mejoró. La expresión de sus ojos se hizo más oscura, más introvertida, y el patrón de sus juegos más raro. Pasaba horas sola, sin hacer el menor ruido y sin salir de su habitación. No parecía dormir nunca. Las diversiones de las niñas corrientes como juguetes, música, la radio, la dejaban fría. Se encerraba con sus lápices de colores y sus cuadernos de dibujo, o simplemente miraba por la ventana. Pero, sus padres, protectores, seguían negándose a aceptar que su pequeña estaba enferma. Había una razón especial para ello. Los Lancaster, como muchas familias cuya enorme riqueza ha cubierto incontables generaciones y cuyos matrimonios habían sido elegidos dentro de un limitado grupo de la alta sociedad, habían desarrollado una especie de espíritu de clan. Se mostraban tolerantes con las peculiaridades entre los suyos que, en otra gente, se hubieran considerado excentricidad o pura demencia. Todos recordaban al primo Denys, el hipocondríaco, que siempre llevaba una cartera llena de píldoras y telefoneaba a su médico lo menos seis veces al día. También estaba el tío abuelo Montague Lancaster, a quien habían detenido miles de veces por robar en las tiendas. La abuela Leonie había sido una ninfómana en su juventud. Georgia, la prima favorita de Reid, que se pasaba el día limpiando la casa, ~49~
  • 50. Elizabeth Gage La caja de Pandora durante muchos años había abrigado la creencia de que unos enemigos siniestros le habían colocado un transmisor de radio en un diente. La famosa promiscuidad de los hombres Lancaster parecía corresponder en las mujeres de la familia a una tendencia a enfermedades neuróticas, que a veces se presentaban en forma de palpitaciones, fobias, ansiedades morbosas y, en el caso de dos o más tías, al suicidio en plena juventud. Sí, había muchas personas raras entre los Lancaster, así como en la familia de Eleanor. Todos consideraron correcto que se aceptara como normal la peculiar tristeza del carácter de Sybil, perdonada de antemano y correctamente ignorada. Además, era una niña y la suerte de las mujeres del clan no parecía interesar tanto como el futuro de Stewart o de Hal. Así que la niña seguía su camino, pasaba gran parte del tiempo con una o más niñeras, jugando plácidamente a solas y mirando de un miembro a otro de la familia en la mesa del comedor, bueno, cuando comía con ellos, como si fueran desconocidos que la recibían sólo por una noche. Sybil era como una invitada en su propia casa y parecía saberlo. Los Lancaster estaban dispuestos a permitírselo y perdonárselo todo. Sin embargo, no le abrían sus brazos ni sus corazones, porque no les había facilitado la tarea cuando tuvo la oportunidad. Su sexo y su temperamento estaban en contra de ella y ahí terminaba todo. Las filas de la familia estaban tan firmemente cerradas como las paredes de piedra de su mansión de Park Avenue. Con una excepción. Hal esperó hasta que la niñera hubo salido y llegó en silencio hasta la puerta de Sybil. Echó un vistazo al interior, descubrió el cuerpecito casi imperceptible bajo la ropa y se acercó con sigilo a la cama. Lanzó un sordo gruñido y oyó una risa disimulada bajo las mantas. Vio que su hermana se revolvía con goce anticipado y terror simulado. —Soy el monstruo de Piccadilly —masculló esforzándose por imitar una voz cavernosa—. Te voy a llevar. Las risas aumentaron a medida que se acercaba y el cuerpecito se retorció en la cama. —Te agarraré —dijo siniestramente pero con un toque de ironía—. No he comido una niña en toda la semana y estoy hambriento. ~50~
  • 51. Elizabeth Gage La caja de Pandora Se acercó más, relamiéndose, hasta que su rostro sólo estuvo separado de ella por la sábana y supo que ella notaba su aliento. Cuando comprendió que ella ya no podía esperar más, apartó la sábana y le dio un beso en el cuello. —¡Hummmm, qué bueno! ¡Qué bocado tan sabroso! La niña trató de encogerse de hombros para impedir que siguiera, pero él de pronto le hizo cosquillas, vio el cuello expuesto de nuevo por su involuntaria reacción y plantó de nuevo sus labios sobre la tierna carne mientras los chillidos de la pequeña le ensordecían. Ahora se debatía de verdad, pero disfrutaba del asalto y él protestaba contra su cuello. —¡Eh! —exclamó—. ¿Cómo quieres que llegue si no me dejas? Venga, espera. — Volvió a hacerle cosquillas para que moviera la cabeza—. Eso está mejor. Ñam, ñam. Es la niña más sabrosa que he comido en estos días. Agitaba las piernas como loca, sus manitas lo empujaban y el sonido de su hilaridad y excitación lo exaltaban como siempre, así que siguió con la comedia aunque mamá se quejaba de que Sybil tenía hipo de tanto reírse antes de dormir. —Delicioso —comentó. Notó el fresco aliento de la niña mientras le hacía cosquillas en el vientre—. Buen bocadito. —¡Hal, basta! —gritó entre carcajadas, una risa gutural que encantaba a Hal—. Harás que me moje los pantalones. Él se incorporó, una vez terminado el ritual de obertura, y la contempló con una sonrisa llena de cariño. —¿Lo has pasado bien? —preguntó. —Sí —le respondió con su vocecita afectada, peculiar en ella—. He jugado con la niñera y he dibujado en mi cuaderno. Hal sonrió. La niña hablaba siempre con frases completas, con cada adverbio y conjunción perfectamente colocados. Años atrás la familia había observado con asombro que no había aprendido a hablar como los demás niños, con millares de tropiezos, frases repetidas y palabras copiadas de los adultos. Empezó a hablar un poco tarde, pero cuando se animó a ello habló como un adulto. Era como si el lenguaje le hubiera llegado completo de la noche a la mañana. —¿Me enseñas lo que has dibujado hoy? —preguntó Hal. La niña saltó de la cama, encontró el cuaderno encima de la mesa y se lo tendió. Al encender la luz para observar los dibujos, ella se sentó a su lado, apretada contra él ~51~
  • 52. Elizabeth Gage La caja de Pandora con enternecedor sentido de posesión, como si necesitara aquel contacto físico todo el tiempo posible. Hal abrió el cuaderno. Los dibujos eran sorprendentes, como siempre. Poseía un talento infantil y natural para los colores, pero también un sentido innato de la línea, planos y ritmo, que siempre lo sorprendía porque Hal era también un artista en el dibujo. Sin embargo, las formas de ella resultaban grotescas. Eran masas enormes, macizas, oscuras y amenazadoras. —¿Qué es esto? —preguntó indicando una abstracción verdosa. —Es una oruga —le respondió—. Se está comiendo una hoja. —¿Y esto? —volvió la página. —Un dinosaurio. Ha caído en un pozo de brea. No se puede mover, ¿ves? — señaló una masa oscura que parecía un charco de sangre sucia. Hal asintió despacio. La forma era realmente terrorífica. Su imaginación estaba llena de fieras, monstruos diabólicos, hechos repugnantes. Además, los describía con tal fría ecuanimidad que resultaba terrorífico. —Vamos a contar una historia —sugirió el muchacho al tiempo que cerraba el cuaderno. Apagó la luz y ella se metió en la cama. Éste era su ritual nocturno. Hal empezaba la historia y Sybil le ayudaba a contarla. Se alternaban, cada uno hablaba a continuación del otro. Luego, cuando la niña se cansaba, Hal la terminaba y veía cómo se iba durmiendo mientras él hablaba. Era una responsabilidad que le encantaba, porque la tristeza de la niña tocaba una fibra en lo más hondo de él. Tenía un lazo con ella que no alcanzaba a comprender. Él no se consideraba triste en absoluto, pero reconocía en sí la pena de ella. A veces parecía como si ella lo liberara de su propia melancolía al cargársela dolorosamente sobre sus hombros. La protegía porque comprendía de algún modo que el resto de la familia no se preocupaba por ella. Pero mientras le enseñaba, jugaba con ella y aprendía de ella, también percibía que su hermana le resultaba algo esencial, algo que él necesitaba pero no podía nombrar. —Bien, ¿cuál será la historia? Empieza tú. Ella lo miró y dijo: —Había una vez un príncipe. ~52~
  • 53. Elizabeth Gage La caja de Pandora Hal suspiró y entornó los ojos. —Siempre dices lo mismo —protestó—. Cada noche hay un príncipe. —Pero tú dijiste que yo podía empezar —asintió, porfiando. —Está bien. Erase una vez un príncipe. —Le acarició el cabello y contempló el relieve de su cuerpo bajo las mantas. Se le estaban alargando las piernas. Empezaba a alejarse de la infancia. ¡Era tan bonita!—. Y el príncipe viajó a un extraño reino donde vivía una princesa muy hermosa. Se enamoró de ella. —Pero en el reino había un dragón —añadió Sybil—. Un dragón terrible que vivía bajo tierra. Vivía en una cueva, donde el océano se unía a la tierra. Era una cueva oscura y mojada. —Sí —continuó Hal—. El rey y sus soldados habían tratado de luchar contra el dragón, pero muchos habían muerto y parecía que nadie podía salvar el reino. —También había una bruja —intervino Sybil rápidamente. Siempre quería que hubiera brujas en sus historias. —Efectivamente, había una bruja —asintió Hal, quien entornó de nuevo los ojos —. Ella era la verdadera razón por la que nadie podía vencer al dragón, porque siempre que un soldado bajaba a la cueva, la bruja lo hechizaba. —Y el dragón tiraba de él bajo el agua y lo devoraba —concluyó Sybil, morbosa. —Así es. Bien, nuestro príncipe aseguró a la princesa que mataría al dragón. Ella le habló de la bruja, pero él le aseguró que también vencería a la bruja con una jugarreta. Sybil frunció el ceño. Intentaba imaginar lo que seguía. El trabajo de su mente rápida la embelleció aún más. —El príncipe fue a visitar a un sabio —inició Hal. La niña se animó. —Y el sabio le dijo cómo tenía que romper el hechizo. Hal se enorgulleció de ella. —Muy bien. Lo único que tenía que hacer era esperar hasta que la bruja se durmiera y pronunciar tres palabras mágicas en su oído. Entonces ella no podría despertar hasta pasadas veinticuatro horas y él se deslizaría en la cueva sin que lo viera. Así podría luchar con el dragón y salvar la ciudad. Cuando la bruja despertara, el dragón ya no estaría y su poder ya no aterrorizaría al reino. —Así que pronunció las tres palabras mágicas —dijo Syb. ~53~
  • 54. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Sybil kabibil kabob —entonó Hal con solemnidad. —Y la bruja se durmió. —La pequeña se rió de las palabras mágicas. —Entonces —continuó Hal—, el príncipe cogió su espada y su lanza y se adentró en la cueva inundada para luchar contra el dragón. —Pero la bruja despertó. La voz de Sybil sonó clara, casi agresiva. Hal había notado eso varias veces. Tenía un don especial para destruir los finales felices. —Corrió cueva abajo —prosiguió Sybil—. Empleó un hechizo especial para convertirse en una princesa. Cuando vio al príncipe en el agua, le gritó: «Estoy aquí, el dragón me ha cogido, ¡auxilio!» El príncipe se volvió a mirarla y creyó que era la princesa. Como se había vuelto, el dragón lo mordió, tiró de él bajo el agua y lo mató. Hal fue perdiendo la sonrisa mientras miraba la figurita acostada. Se sentía segura, implacable en la tragedia que había provocado. —Pero ¿cómo pudo despertar la bruja? —preguntó. —Porque las tres palabras mágicas no eran lo bastante fuertes —explicó Sybil—. La bruja durmió un poco, pero luego despertó y se hechizó para parecer una princesa y hechizó al príncipe para que se volviera y la mirara, después el dragón lo arrastró y se lo comió. Algo misterioso se apoderó de Hal. Aunque ya se había familiarizado con la oscura imaginación de Sybil, esa noche parecía ser la primera vez que su hermana había confiado lo bastante en él para descargar su terrible peso. Lo contemplaba con sus ojos claros, tan tranquila como si acabara de saludar a alguien en lugar de asesinar a su príncipe. Hal le sonrió. —Y después vivieron felices —dijo. Las palabras parecieron un desafío entre ellos. Sybil no comentó nada, sino que continuó mirándolo con una expresión de burlón escepticismo. —De verdad —insistió Hal—. El viejo sabio conocía un hechizo que devolvió la vida al príncipe y éste pisó la garra del dragón, que se marchó aullando. El príncipe hizo una mueca a la bruja y ella también se fue llorando. Después el príncipe se casó con la princesa y lo nombraron rey y tuvieron muchos hijos. Del cielo cayeron frutas de azúcar, y a nadie se le pusieron los dedos pegajosos al comerlas, y ninguna de las niñas del reino tuvo que volver a lavar y limpiar sus habitaciones. Así que todos fueron felices y comieron perdices. ~54~
  • 55. Elizabeth Gage La caja de Pandora Sybil lo miró mientras él se iba y sus palabras resonaron como un exorcismo o una súplica, o como un frágil lazo tendido entre hermanos, porque, sin él, a lo mejor Sybil podría escaparse para siempre a una región más allá de su alcance. —¡Qué tonto eres! —comentó Sybil. —Lo mismo que tú —le respondió algo inquieto—. Pero te quiero. Ahora, duérmete. Apagó la luz y la besó otra vez. Luego ella se volvió y quedó de espaldas a Hal, con los ojos todavía abiertos mirando la pared desnuda. Cuando el muchacho salió de la alcoba, la cama estaba silenciosa. Las semanas siguientes estuvieron llenas de nuevos lugares, sonidos y gente con delicioso acento británico, que hablaban mucho de los tres hijos Lancaster. Después llegó el momento de volver a casa, al colegio, a los amigos, planes y preocupaciones. Hal no volvió a pensar en la historia que había compartido con Sybil durante su primera noche en Inglaterra, en el verano de 1937. Habían de transcurrir muchos años antes de que volviera la vista atrás y se dijera que después de aquella noche con Sybil, nunca más había vuelto a dormir tranquilo como antes. ~55~
  • 56. Elizabeth Gage La caja de Pandora 3 Los Ángeles Times, 19 de diciembre de 1941 AMÉRICA VA A LA GUERRA Hoy ambas casas del Congreso han pasado por mayoría el proyecto de ley, aprobado por conferencia, que obliga al servicio militar a todos los americanos de 20 a 44 años. La nueva ley se dictó después del ataque japonés a la flota americana en Pearl Harbour, que ocurrió el 7 de diciembre, «una fecha infamante», según las palabras del presidente Roosevelt. El ataque debilitó severamente las fuerzas navales americanas del Pacífico e hirieron la moral americana en el mismo momento en que la nación se ponía en pie de guerra. Cientos de miles de americanos no esperan a que se confirme la nueva ley del servicio selectivo y ya se están alistando en los centros de reclutamiento de toda la nación... —Está bien, muchachos. ¡Brindemos! La casita estaba llena de invitados. Aunque en un rincón se alzaba festivo un árbol de Navidad, las mentes de más de una docena de jóvenes allí reunidos no se preocupaban por las fiestas, sino por la guerra, que hacía estragos al otro lado del mar. Sabían que estaban a punto de luchar en aquella contienda, dejando a sus mujeres e hijos que celebraran las fiestas venideras sin ellos. La mayoría, lo mismo que su anfitrión, eran jóvenes sin trabajo, que se proponían alistarse inmediatamente para la guerra. Ésta era la casa de Dennis Linehan, un trabajador del muelle en paro que, como sus amigos, había vivido en San Diego desde que su familia se instaló allí, desde hacía una generación, como parte de la expansión irlandesa en toda California. La población irlandesa de San Diego, siempre muy unida, lo estaba mucho más desde que la Depresión dejó parte de sus mejores hombres sin trabajo. Ahora que la guerra había venido a cambiarlo todo, Dennis Linehan y sus amigos se preparaban ~56~
  • 57. Elizabeth Gage La caja de Pandora para luchar como irlandeses por su tierra de adopción, con un ardiente sentido de comunidad y de orgullo. —¡Un brindis, Dennis! —gritó alguien. Todos los ojos se volvieron a Dennis, el anfitrión, a quien todos consideraban el más elocuente. —Muy bien. —Dennis levantó su vaso de cerveza—. Brindo por la buena y vieja Norteamérica y por todos los muchachos que van a ganar al teutón y a su nuevo compañero, el asqueroso Japón. Y por las mujeres que nos esperarán. —¡Oíd, oíd! —Muy bien, Dennis. Los hombres alzaron sus vasos con un grito. Se daban perfectamente cuenta de que Gran Bretaña era el único bastión que impedía a los alemanes arrasar el mundo civilizado. Ahora que Estados Unidos, herido por japoneses dementes, entraba por fin en la guerra, sus irlandeses tendrían la oportunidad de luchar por su patria en el suelo de Europa. —Una canción, Dennis —reclamó un joven. —¡Una canción! —repitieron los demás—. Vamos Dennis. No nos falles esta noche. Dennis Linehan se ruborizó. Era un hombre de unos treinta años, guapo, de mejillas curtidas, ojos castaños y tiernos, y un vivo sentido del humor. Alguien se había sentado ante el viejo piano vertical que había en la sala. Dennis carraspeó y llamó la atención del acompañante. Al empezar a cantar se hizo el silencio. Junto a los lagos y colinas de Killarney, islas de esmeralda y arroyos serpentinos, senderos y valles boscosos, se pierden los recuerdos cariñosos. Se notaba una nostalgia contenida en toda la habitación mientras su voz entonaba aquellos versos. Durante los últimos años de dolor, las canciones de Dennis habían sido un bálsamo para sus compañeros durante el ocio obligado y pasado en la frustración del desempleo. Ahora parecía como si les recordara a todos la lejana ~57~
  • 58. Elizabeth Gage La caja de Pandora patria por cuya verde libertad lucharían en realidad cuando se enfrentaran con el enemigo. Las alas de los ángeles brillarán, reflejando una tenue luz divina, hermoso hogar, Killarney, siempre bello, Killarney. Cuando hubo terminado la canción se hizo una larga pausa. Irlanda brillaba en el corazón de todos los presentes, mientras su patria de adopción se preparaba, a su alrededor, para la guerra. —América es hermosa —gritó alguien al captar el estado de ánimo general. Dennis sonrió a su mujer e hijos y empezó a cantar. Preciosa por sus cielos despejados, por las oleadas de trigo ambarino, por la majestad de sus montañas purpúreas dominando la llanura de frutales... Las sílabas enjoyadas nunca habían sonado tan hermosas como su voz las presentaba ahora. Sus ojos tenían un extraño resplandor y llamó a una niña sentada al otro extremo de la habitación. Ella se le acercó y se sentó en sus rodillas mientras seguía cantando. Dennis apoyó la mano en el hombro de la pequeña y acarició los rizos pelirrojos. Formaban una escena enternecedora, el hombre en pleno vigor, dispuesto a ir a la guerra, cantando en honor de su tierra de adopción con su hija sentada en las rodillas. Su belleza irlandesa parecía la suma de los sentimientos que despertaba la voz de Dennis. No era hija de su sangre, lo sabían, aunque formaba un todo natural con él. Era la huérfana de su primo Bob, que dos años atrás había perecido en un incendio junto con su mujer. La niña se llamaba Elizabeth y estaba viviendo con los Linehan desde la tragedia. Dennis, que tenía dos hijos varones pero ninguna niña, la había aceptado de todo corazón y se decía que la quería tanto como si fuera de su propia sangre. La llevaba ~58~
  • 59. Elizabeth Gage La caja de Pandora consigo a todas partes, con penas y trabajos reunía algún dinero para comprarle pequeños regalos y presumía de ella ante sus compañeros cuando paseaban juntos por la ciudad. La trataba como a una princesa, y en realidad lo parecía. A los ocho años ya tenía las piernas largas y lisas de una colleen preciosa, y una tez lechosa salpicada de pecas. Su ardiente cabello rojo brillaba con reflejos dorados y sus ojos resplandecían tan verdes como las colinas de la madre patria. Su personalidad, a la vez traviesa y precozmente femenina, encantaba a todo el mundo. Todos los presentes sabían que la congoja de la separación a la que se enfrentaba Dennis Linehan al marcharse a la guerra se debía en gran parte a su niña. Sus ojos empañados expresaban sin lugar a dudas ese dolor mientras la mantenía abrazada contra él y su pura voz de tenor lo expresaba de forma tan palpable que muchos de sus amigos lloraban cuando terminó la canción. América, América, Dios volcó en ti Su gracia, y de mar a mar coronó tu bondad con la hermandad. Estallaron los aplausos, ahora más apagados, porque comprendían la desesperación de la guerra que se acercaba y las vidas que se perderían en ella. La belleza de la niña parecía simbolizar todo lo que dejarían tras ellos, quizá para siempre. La mirada del grupo se posó en ella con amor y admiración. Pero había una persona en la habitación cuyos pensamientos esa noche eran del todo diferentes. Kathleen Linehan miraba a su marido y a la niña que él sostenía en el regazo. Los ojos de la chiquilla tenían una expresión dulce, llena de afecto por su padre adoptivo y de respeto por los presentes. Había algo remoto y vagamente triste en su profundo verdor, que constituía el secreto de su encanto. Sin embargo, Kathleen Linehan sabía que esta expresión estaba preparada especialmente para Dennis y sus amigos. Era una máscara, como todo lo demás en la chiquilla. Sólo Kathleen sabía lo necesario que era sacar a esta niña de la familia lo antes posible. Dos años atrás, cuando Bob Dameron y su mujer murieron y la familia eligió a Dennis y Kathleen para criar a la pequeña Elizabeth, Kathleen había recibido a la ~59~
  • 60. Elizabeth Gage La caja de Pandora niña con los brazos abiertos. Era una mujer buena, a quien le encantaba ayudar a la familia. Además, pensó que sus dos hijos, mayores que la niña, disfrutarían mimando a su nueva hermanita. Pero casi inmediatamente después de que llegara la niña, una criatura de sólo siete años, Kathleen había notado algo. El comportamiento de Elizabeth, tan dulce y encantadora con Dennis y los chicos, cambiaba cuando se trataba de la propia Kathleen. La primera vez que se quedó a solas con Elizabeth, Kathleen sintió que una gran frialdad emanaba de ella. Cuando la niña quiso sentarse sobre las rodillas de Dennis, que la había adorado desde el primer momento, miró a Kathleen a través de la habitación de un modo extraño, con una especie de triunfo solapado y tranquilo en sus ojos verdes. Kathleen estaba segura del amor de su marido y se reprochaba las desconcertantes sensaciones de celos que la acosaron durante aquellas primeras semanas y meses tras la llegada de Elizabeth. Sin embargo, poco después, su intuición femenina le advirtió que los sentimientos de Dennis respecto de su hija adoptiva habían cambiado. Cuando la sostenía sobre las rodillas o paseaba con ella, su mirada reflejaba una emoción más profunda que el simple afecto de un padre adoptivo. Era la mirada que un hombre dirige a una mujer, no a una niña. A partir de aquel día, Kathleen se dedicó a vigilar a su marido, calculando cuánto tiempo pasaba a solas con Elizabeth, angustiada, preocupada. Aunque ocultaba sus sospechas bajo un comportamiento maternal hacia la niña, sabía que Elizabeth era un auténtico adversario que vivía bajo su techo, un adversario decidido. Aquel brillo triunfal en los ojos de Tess cuando miraba a Kathleen resultaba insoportable. Ahora, dos años después, aunque Kathleen no se atrevía a confesarlo, en lo más hondo de su corazón cristiano no cabía la menor duda de que había algo anormal entre Dennis y Elizabeth. La silenciosa preocupación por la niña nublaba su normalmente feliz personalidad. La intimidad que mantenían era demasiado evidente incluso en presencia de amigos. Por más que Kathleen procurara no perderlos de vista, observó que encontraban tiempo para estar solos cuando ella no podía estar presente y los muchachos habían salido. La verdad era inevitable ya. Bajo el techo de Kathleen vivía una hermosa fuerza destructora de sobrenatural inteligencia. ¡Y aquella sirena sólo tenía nueve años! Kathleen se preguntaba cómo podía haber creado la naturaleza semejante criatura. Sabía que Bob y Flora Dameron habían tenido un matrimonio desgraciado y que el marido, antes de su muerte, había mimado desaforadamente a su hija. Flora había sido una madre severa y nada cariñosa. Pero ¿podía tal cúmulo de circunstancias crear un ser tan peligroso como Elizabeth? Kathleen creía recordar una vieja historia ~60~
  • 61. Elizabeth Gage La caja de Pandora familiar según la cual los Dameron, en el siglo pasado, habían producido más de una mujer de moral dudosa. Entre los esqueletos del armario familiar había, según se comentaba, dos o tres cortesanas seductoras, que habían sacado gran cantidad de dinero a los ricos de Dublín y habían roto muchos corazones. La historia no se había confirmado, porque ninguno de los primos Dameron quería hablar de ella. ¿Podía ser la pequeña Elizabeth portadora de semejante tara hereditaria? ¿A eso se debía que Flora Dameron se hubiera vuelto contra su hija tan pronto, después del nacimiento? Kathleen Linehan ignoraba la respuesta, pero no estaba dispuesta a ver a su familia arruinada como había ocurrido con la de Bob Dameron. Esta noche tenía un plan. Al cabo de pocos días, Dennis se iría a la guerra. Una vez lejos, Kathleen se desharía de Elizabeth. Ya había preparado el terreno con las extensas familias Linehan y Dameron. Ella estaba trabajando en una industria textil que fabricaba uniformes para el ejército. Con los dos chicos en la escuela, le resultaba excesivo ocuparse también de la pequeña. Al menos, esa excusa había dado a los parientes. Todos estuvieron de acuerdo en que un internado de monjas sería la única solución. Cuando Dennis se hubiera marchado, la pequeña Tess sería enviada a Bakersfield, donde asistiría al colegio del Sagrado Corazón para muchachas y pasaría las vacaciones con su tío Ned y su esposa Diana. Por supuesto, si Dennis se hubiera enterado, jamás habría aprobado semejante plan. Pero Kathleen había sostenido una larga y grave conversación con Diana y con su hermana Moira, y ambas comprendieron que la niña debía mantenerse apartada de Dennis hasta que fuera mayor. Sólo estableciendo una separación de kilómetros y una muralla de parientes entre ella y Dennis, todos los demás respirarían tranquilos. Sobre todo Kathleen. Era la única solución. Mientras Kathleen contemplaba a la pequeña, de aspecto tan inocente y a la vez tan peligrosa, pensó en Hitler y en Múnich, y en la vergüenza de Chamberlain y de los aliados, los paños calientes y las aceptaciones que habían conducido al desastre que ahora amenazaba al mundo. Si se hubiera hecho algo antes para cortar el mal de raíz, jamás se habría llegado a este extremo y la violencia que ahora consumía al mundo tal vez se hubiera podido evitar. Kathleen estaba dispuesta a no cometer el mismo error. Protegida por su conocimiento secreto, estudiaba a la hermosa criatura sentada en las rodillas de Dennis. De algún modo la niña notó el escrutinio y volvió sus ojos ~61~
  • 62. Elizabeth Gage La caja de Pandora verdes hacia ella. ¡Qué claros eran, y qué complicados! Para cualquier observador de la escena, era solamente una larga mirada cariñosa de hija adoptiva hacia su madre. Había que observarla a través de los ojos de Kathleen para descubrir lo que había en ella. El reto frío, el odio, el triunfo, una mirada secreta de mujer a mujer, inapreciable para un tercero. En cierto modo, comprendió Kathleen, ya era demasiado tarde. Demasiado tarde para limpiar de culpa el corazón de Dennis y para eliminar el mal que había causado a su familia y a su amor. Pero se tenía que alejar al demonio de todos modos y recoger los fragmentos. Sí, era demasiado tarde. Pero mejor tarde que nunca, se dijo Kathleen Linehan, quien apartó los ojos de la niña y contempló a su marido. ~62~
  • 63. Elizabeth Gage La caja de Pandora 4 7 de junio de 1942 Se rumorea que se está librando una gran batalla naval y aérea entre las fuerzas americanas y japonesas en los alrededores de la isla Midway, un pequeño atolón lejano situado en el Pacífico, de gran importancia estratégica como base potencial para futuros ataques japoneses contra las instalaciones americanas en el Pacífico. Según fuentes bien informadas, aunque los estadounidenses se ven ampliamente superados por la flota japonesa, que puede contar con unos cinco portaaviones, de tres a cinco acorazados, incontables cruceros y destructores, están determinados a defender la isla a toda costa... Hal estaba echado en la cama, escuchando la radio y contemplando los mapas que había colgados en las paredes. Al otro lado de la ventana, el Upper East Side era como un fondo gris bajo el cielo nublado. Más allá del patio, el rumor del tráfico era un murmullo distante. Era un día frío y deprimente, estaba a punto de llover. «El portaaviones Yorktown, según fuentes bien informadas, se encuentra en el área y puede verse involucrado en la batalla contra la flota japonesa...»Las noticias continuaron en el gran aparato de radio que el señor Lancaster había regalado a Hal por Navidad para que pudiera escuchar las noticias de la guerra en la intimidad de su habitación. Los mapas que Hal había ido coleccionando mostraban los teatros de guerra más importantes, del Pacífico al frente ruso. Había dibujado flechas que mostraban los avances y los repliegues de los aliados, y había marcado en lápiz y con números la resistencia de las tropas y el balance de las pérdidas americanas y enemigas. Hal era un experto precoz en todo lo concerniente a la guerra, desde equipamiento a estrategia e investigación de armamento. Había dedicado su cerebro de dieciséis años a las complejidades del combate al igual que muchos de sus compañeros hacían con automóviles, fútbol universitario o los New York Yankees. Aunque comprendía que sus mapas mostraban una batalla en zigzag contra un enemigo decidido y poderoso, y un mundo en el filo de la navaja entre totalitarismo y libertad, su juventud lo protegía del miedo que podía haber sentido ante ese peligroso equilibrio. Sólo contemplaba la victoria para su bando, un hecho inevitable ~63~
  • 64. Elizabeth Gage La caja de Pandora basado en el derecho, el honor y en el hecho crucial de que Stewart estaba luchando por su país en aquel momento. Por este motivo, Hal se incorporó para escuchar la emisión con especial interés. Stewart, piloto naval, ya había estado en acción ese año en las islas Marshall y en el Mar del Coral. Había escapado milagrosamente indemne cuando su portaaviones, el Lexington, se perdió en mayo. Ahora, aunque la censura militar le había impedido explicar su situación en las últimas cartas, Hal tenía la seguridad de que se encontraba en otro portaaviones, quizás el Yorktown, sin duda ocupado en la batalla de Midway. «Te doy mi palabra, hermanito —le había escrito Stewart apenas dos semanas atrás—. Estamos librando una gran batalla en esta parte del mundo. Da gracias de encontrarte en casa y alejado del peligro.» Hal recordaba ahora las palabras, que le transmitían una desconcertante tranquilidad. No quería estar sano y salvo en casa, metido en su escuela preparatoria mientras su hermano arriesgaba la vida como piloto naval contra soldados japoneses desesperados. Quería estar donde estaba Stewart. Se volvió para mirar la fotografía de éste, sobre el tocador. El bello rostro cincelado lo contemplaba bajo la gorra de teniente con indiferente arrogancia y una sonrisa resplandeciente. Era un rostro lleno de confianza, que reflejaba una fe absoluta en la causa que servía Stewart y en su habilidad por servirla bien y con heroísmo. Abajo, en las paredes de la biblioteca y del salón, había otras fotografías. Mostraban a Stew durante su graduación en el ROTC 1 Naval, el día en que recibió sus alas de piloto; Stew en casa de permiso, después de haber ascendido a teniente. Su sonrisa era idéntica en todas las fotografías, tanto que casi podía haber sido transferida con algún procedimiento óptico de una imagen a la siguiente. Tenía este rasgo en común con su padre. Lucía la sonrisa como una armadura que demostrara su habilidad para dominar al mundo. En cuanto al padre, el rostro que aparecía en las fotografías tomadas con Stewart mostraba más que un resto del alivio que sentía a cada regreso de su hijo y del miedo silencioso en que vivía cuando Stewart se había ido. El padre había compartido parte de la exaltación de Stewart cuando los japoneses atacaron Pearl Harbour y lo reclamaron para entrar en acción inmediata. No obstante, no era tan optimista y tenía que ocultar su ansiedad al resto de la familia cuando oía a diario las noticias de la guerra y al preguntarse por la seguridad de su hijo. 1 Siglas de Reserve Officers Training Corps: Unidad de Entrenamiento de los Oficiales de la Reserva. (N. de la T.) ~64~
  • 65. Elizabeth Gage La caja de Pandora El último permiso de Stewart después de la acción de mayo en el Mar del Coral había representado un alivio de la preocupación para toda la familia. Al contrario de tantos veteranos de combate, que se sienten incapaces de hablar de la guerra con los seres queridos, Stewart se había mostrado excitado y voluble al referir historias acerca de sus propias hazañas y de las de sus compañeros pilotos. La guerra no parecía acobardarlo en absoluto. Al contrario, le ofrecía una salida para su impetuosa virilidad. Encontró tiempo para estar con Hal y confiar sus preocupaciones acerca de las victorias japonesas en el Pacífico al hermano menor, de quien sabía que era un experto en la guerra. Al advertir la frustración de Hal por ser demasiado joven para entrar en acción, porque nadie creía que esta guerra fuera a durar más de un par de años, Stewart le habló de hombre a hombre respecto a la superioridad del enemigo e incluso compartió su sentimiento de pérdida por los amigos que no habían vuelto. Esta confesión fraternal confirmó la ilimitada admiración de Hal hacia Stewart y le hizo sentirse menos alejado del reto con que se enfrentaba su patria. Una especie de magia se extendió por toda la casa de Park Avenue durante aquel permiso, mientras la inextinguible confianza de Stewart disipaba la tensión de sus padres y dirigía el optimismo de todos acerca del resultado final de la guerra. Hoy, al escuchar las noticias sobre la lejana isla de Midway, supo que al cabo de otras cinco o seis semanas Stewart volvería a estar con ellos, con más historias y más sonrisas con que consolar a su familia. —Eh, príncipe Hal, ¿qué hay de nuevo? Hal levantó la vista, sorprendido. No había oído la suave llamada a su puerta. Un rostro delicioso, enmarcado por una vaporosa melena castaña, estaba mirándolo con los labios entreabiertos en una suave sonrisa ante su ensoñación. —Muy poco —contestó—.Estaba mirando por la ventana. —Vaya. Ahí fuera no habrá gran cosa de nuevo. La alta y esbelta Kirsten Shaw entró en la alcoba sin ceremonias, se dejó caer en la cama junto a Hal, cruzó las piernas y le revolvió el pelo con afecto. Vestía pantalones y una blusa estampada, con un jersey ligero sobre los hombros y anudado al cuello por las mangas. Hal siempre se sentía incapaz de hablar cuando Kirsten andaba cerca, porque ella poseía una seguridad de palabra combinada con ~65~
  • 66. Elizabeth Gage La caja de Pandora una especie de flexibilidad de cuerpo graciosa y resistente que lo hacía sentirse desplazado. Kirsten contaba con algo más de veinte años, es decir, unos seis más que Hal. Había sido miembro no oficial de la familia Lancaster desde que Hal alcanzaba a recordar. Durante su adolescencia había pasado varias vacaciones con los Lancaster en Newport y Bar Harbor, y después de la última enfermedad de su madre se había unido a la familia también en la ciudad. El padre de Kirsten había sido compañero de Reid Lancaster en Yale y durante la Primera Guerra Mundial, y cuando murió en la guerra, Reid se había tomado un interés personal por Kirsten. Dorothy, su madre, nunca había sido una persona muy fuerte, ni siquiera sensata, era prima lejana de los Lancaster y se sintió más que feliz al ver que se le presentaba una sólida figura paterna para su hija. Cuando Dorothy murió, Reid mantuvo una conversación seria y sincera con la muchacha, que a la sazón contaba dieciocho años. Ella le confesó que prefería incorporarse al clan Lancaster a que la facturaran a la casa de los parientes Shaw, en Detroit. Esto era lógico desde un punto de vista social, puesto que la boda de Dottie en la familia Shaw nunca había sido aprobada por los Lancaster. Así fue como Kirsten se unió a la familia. No tardó en integrarse, aunque mantuvo un obstinado individualismo que la separaba de sus nuevos primos y de sus padres. Era inseparable de Stewart, pero más como competidora que como hermana. Se comparaba con él en su habilidad para la equitación, el tenis y la natación, por no mencionar el golf, deporte en que podía vencerlo en un juego igualado. Era una atleta natural y decidida, y sus largos brazos y piernas se movían en perfecta armonía. Al crecer, Hal se unió a ellos en partidas a tres en Shinnecock Hills o Winged Foot, y en dobles de tenis cuando podían encontrar una pista. Siempre le pareció que Stewart toleraba a Kirsten sin sentir un verdadero afecto por ella, mientras que Kirsten, de edad parecida a la de Stewart, tenía celos de su puesto en la familia y sobre todo se preocupaba por demostrar que era su igual. Entretanto, hacía de hermana mayor y confidente de Hal, quien no era muy simpático ni muy comunicativo. Sin embargo, Hal siempre sintió que Kirsten estaba más cerca de Stewart que de él, tanto en temperamento como en edad. No obstante, fue ella, con su sentido poético, quien lo bautizó antes que nadie como «príncipe Hal», en homenaje a sus cuentos nocturnos con Sybil. Además, ~66~
  • 67. Elizabeth Gage La caja de Pandora insistía en retarlo afectuosamente con referencias a la obra Enrique V de Shakespeare, durante toda su niñez y adolescencia. —Buenos días, mi dulce Hal —le gritaba al verlo pasar por una habitación o cuando bajaba a desayunar—. ¿Cómo se lleva el demonio con tu alma? O bien cuando cabalgaban, le soltaba sólo para hacerlo rabiar: —Te ruego, mi buen príncipe Hal, digno hijo de rey, que me ayudes a montar. El mote de «príncipe Hal» le quedaba bien, no sólo por la generosidad espiritual de Hal, parecida a la del rey preferido de Shakespeare, sino porque había algo de heroísmo y sacrificio silencioso en el joven que impresionaba a cuantos convivían con él. Reid Lancaster ignoró a Kirsten desde el momento en que la aceptó bajo lá égida de su nombre y de su responsabilidad. A pesar de ello, la joven se hizo rápidamente indispensable para Eleanor, porque su sentido social era infalible y siempre sabía qué invitaciones debían ser contestadas, qué fiestas aceptadas y qué regalo elegir para un pariente determinado en una ocasión concreta. Kirsten era el mayordomo de todos, secretaria general y muchacha para todo, así como el alma de cualquier fiesta. Su inteligencia y su vivo ingenio la convertían en una presencia indispensable en todas las reuniones Lancaster, donde la frivolidad era prácticamente desconocida. Los parientes estaban siempre encantados de verla aparecer, llena de vida, dispuesta a divertirse, cuando la familia de Reid asistía a algún acto importante. La preciosa Kirsten Shaw era la más ambigua de las criaturas, una huérfana que caía bien a todos, que nadie amaba en especial, y que sonreía sin cesar como si nada del mundo pudiera afectarla. Acababa de graduarse en Vassar y probablemente tendría un brillante futuro en cualquier campo que eligiera, así como la mejor boda que Reid Lancaster pudiera arreglar para ella. Pero por el momento estaba aquí, en casa, donde era el más jovial de todos los espíritus agobiados por la guerra en espera del regreso de Stewart desde el Pacífico. Naturalmente, circulaba como quería por la casa, así que Hal no se sorprendió de verla aparecer así en su habitación. Las doncellas no pisaban el ala después de primera hora de la mañana, porque sus padres consideraban que tenía derecho a sus dominios particulares ahora que Stewart ya no ocupaba la habitación contigua. Creían que sus hijos tenían derecho a la intimidad, sobre todo durante su crecimiento. ~67~
  • 68. Elizabeth Gage La caja de Pandora Pero Kirsten respetaba sólo su propio derecho a circular por donde se le antojara. Además, se reservaba el privilegio de hermana de acercarse al pequeño Hal siempre que se le ocurriera. Y ahí estaba. —Todavía siguiendo a nuestro Stew, ¿verdad? —preguntó mientras miraba los mapas de las paredes con sus flechas y alfileres—. ¿Qué tal vamos? Hal se mostró interesado. —Hemos recuperado Etiopía y los alemanes no pueden vencer a Inglaterra por el aire. Después de lo del Mar del Coral, los japoneses saben que podemos vencer. Creo que Midway es la clave de todo. —Señaló un puntito en el Pacífico, marcado en su mapa por grandes flechas—. La guerra se decidirá aquí. —Bien por nosotros —exclamó Kirsten. Su interés por las sutilezas de la guerra no era extraordinario—. ¿Cómo está Stew? —Bien. Ambos sabían que Stewart sólo escribía cartas a Hal, que eran consideradas más sensibles y confidenciales que las dirigidas a toda la familia. Kirsten a veces había expresado interés por algunas partes de ellas, con una expresión extraña en el rostro. A todos les parecía como si en cierto modo se sintiera celosa de lo que Stewie pudiera hacer al otro lado del mar. Sin embargo, esta vez aceptó la lacónica respuesta de Hal, echada hacia atrás, apoyada en los codos y con las piernas cruzadas. —Hoy cenaremos a las siete —anunció bostezando—. Madre dice que no te retrases. Por centésima vez Hal observó la forma curiosa de emplear la palabra «madre». Significaba claramente, «tu madre». Algo en la voz de Kirsten daba a entender que en realidad ella no pertenecía a la familia. Aunque Kirsten parecía disfrutar de la independencia que conllevaba esta distinción, Hal se preguntaba con frecuencia si se sentiría sola. No dijo nada. Ella se quitó las sandalias y movió los finos dedos del pie al aire de junio cuando la brisa revolvió las cortinas. Tenía un modo especial de ponerse cómoda en cualquier lugar, enroscando sus largas piernas en los muebles, que parecían recibirla con los brazos abiertos, y contemplando los objetos cercanos con ojos oscuros que miraban plácidamente soberanos, como si todo lo que su vista abarcaba le perteneciera. ~68~
  • 69. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Añoras a Stewart, ¿verdad? —preguntó, observando a Hal desde su postura reclinada. Hal se encogió de hombros. La pregunta lo desconcertó. —No importa, tonto. Sólo quería decir que eres un buen hermano para él. ¿Te ha escrito esta semana? Hal movió la cabeza con un gesto afirmativo y cruzó la habitación con sus largas piernas de potrillo para alcanzar una carta en una estantería. Vaciló un instante, repasando mentalmente el contenido, pero se la tendió a Kirsten. —¿Me la dejas leer? ¿De verdad? —preguntó interesada. —Adelante. —Era la primera vez que le daba una de las cartas de Stew. Aunque estaba violando sus propias normas, algo en la manera con que había hablado de su madre hacía un instante hizo que la compadeciera y no quiso que se sintiera aislada. Observó cómo se mordía el labio inferior, concentrada, mientras leía. Su melena caía sobre la almohada. La forma del sostén se perfiló bajo la blusa cuando volvió la carta para leer rápidamente las confidencias del muchacho. Hal distinguía el crucifijo colgado de su cuello; el padre de Kirsten había sido católico y ella había emergido de los desastres familiares algo religiosa. Sin embargo, no veía el final de la joya, escondido entre las sombras del escote. Mientras leía, la muchacha movía una rodilla dulcemente, como un péndulo. Desde donde Hal se encontraba alcanzaba a percibir su atractivo perfume, un aroma delicado pero algo almizclado que armonizaba con su personalidad atlética. De pronto, Hal se sintió incómodo. Se había descubierto fijándose de nuevo en la feminidad de Kirsten. Le resultaba imposible recordar cuándo había ocurrido por primera vez, el pasado otoño quizás, o durante el verano, o tal vez mucho antes. En cambio, sí sabía que sus momentos a solas con él lo excitaban ahora de forma distinta. Además, sus bromas lo ruborizaban como nunca lo habían hecho antes. Una vez Stewart había partido a la guerra, Kirsten y Hal se habían acercado más. Ya no le parecía tan mayor y, paradójicamente, tampoco le resultaba familiar como antes. Había algo exótico en ella, algo tentador. Cuando la veía cruzar una habitación, notaba que sus sentidos se enervaban al acercársele. Sus ojos la seguían contra su voluntad, recorriendo la esbelta espalda felina hasta la curva de las caderas y las largas piernas, con la mirada alerta al oculto ritmo de sus movimientos. Esto lo avergonzaba y lo turbaba porque Kirsten, desde que le alcanzaba la memoria, había sido sólo una compañera de juegos, una hermana mayor algo extraña. Desde luego, era antinatural verla como a una mujer. ~69~
  • 70. Elizabeth Gage La caja de Pandora Siguió observándola ahora mientras terminaba la carta y la echaba sobre la mesa, a todas luces decepcionada por su contenido. —¡Hombres! —exclamó con una mueca—. En realidad os gusta la guerra, ¿verdad? Hal se encogió de hombros y respondió: —Queremos ganar. —Bueno, si no os importa arrasar tres cuartas partes de Europa entre tanto, supongo que es lo que queréis. Hal no supo qué contestarle. Observó que ella lo estaba mirando con atención y una expresión sutil iluminaba sus bellas facciones. —¿Sabes una cosa? —le preguntó. Hal sintió cierta incomodidad en su interior. Sospechó que ella se proponía decirle algo que él prefería no oír. —¿Qué? —Estás creciendo —anunció estudiándolo con una sonrisa perezosa—. Ya estás hecho todo un hombrecito. Hurtó el rostro a su mirada y no contestó nada. —Te estás volviendo un chico muy guapo —le dijo, mientras se recostaba nuevamente de modo que el tejido de su blusa se tensó sobre el pecho. Hal, impresionado, creyó distinguir la sombra de un pezón bajo el brillo blanco del sostén —. Lo mismo que tu famoso hermano —continuó mirando la fotografía de Stewart sobre el tocador—. Pero todavía más. —Venga ya —le reprochó, volviéndose a mirar los mapas de las paredes. El tema que ella había planteado lo desconcertaba, así que trató de minimizar su significado. Para él, luchar y morir era mucho más importante que ser guapo. —Pues lo eres —insistió, divertida por su confusión. —Eso no le importa a nadie —protestó Hal, quien se alejó indeciso de ella, hacia la ventana. —Te importará un día de éstos —le aseguró—, cuando tú y tus compañeros de Choate empecéis a escaparos por la ciudad en busca de chicas fáciles, si no lo habéis hecho ya. —Yo no —respondió. ~70~
  • 71. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Pues no te sorprendas si algunas de nuestras debutantes más atractivas empiezan a echarte el ojo. Hal volvió a ruborizarse. Sabía que ella estaba en lo cierto. Algún día le importarían las chicas. Pero ahora la idea le parecía absurda. Recordaba de siempre que la noción del romance, del amor, lo había llenado de asco y de desprecio, como si se tratara de una ocupación afeminada e indigna de un verdadero hombre. Pero últimamente, como Kirsten parecía intuir, su mente se había visto invadida por pensamientos nuevos acerca de las mujeres. Se encontraba soñando despierto sobre la forma de sus piernas, la dulce atracción de sus voces, el hueco en la base del cuello que conducía a la carne cremosa y oculta de sus senos. Con frecuencia veía una muchacha desconocida por la calle y después fantaseaba respecto a ella durante horas y días. Hubiera querido hablar con Stewart acerca de estas sensaciones. El hermano mayor había tenido docenas de amigas y estaba prometido a Marcia Stallworth, la debutante más atractiva e inteligente del año anterior. Una unión perfecta, según papá, para ambas familias. Stewart lo sabía todo acerca de las mujeres. Pero Stewart no estaba allí. Así que Hal sufría a solas su extraña y nueva sensación. Por alguna razón no quería confiarse a sus compañeros de estudios. Estos sentimientos eran demasiado privados, demasiado turbadores para confiárselos a unos chicos ignorantes de su misma edad. Las noches de Hal eran ahora un tormento. Le costaba conciliar el sueño tendido boca abajo, perseguido por soñolientas fantasías de muchachas que le sonreían, de muslos alargados y tostados que desaparecían bajo una falda, o de la riqueza misteriosa y colorida del cabello femenino al velar mejillas sedosas y ojos sutiles. Tenía que cambiar de postura muchas veces porque el roce de la ropa de cama le endurecía el sexo y alejaba de nuevo el sueño. El esfuerzo por dormirse le llevaba horas. Estos pensamientos renacían en ese momento, mientras contemplaba a Kirsten. Seguía aún apoyada en la cabecera y los dedos de los pies desnudos se movían en silencio. Lo estaba observando con una especie de desenfadada penetración que lo asombró. Se ruborizó un vez más al ver que la mirada de ella recorría su cuerpo y volvía al rostro. —Pensabas en lo que te he dicho, ¿verdad? —preguntó socarrona. —¿Sobre qué? ¿Qué me estás diciendo? —No te me escabullas. Conozco a los hombres, compañero, y sé muy bien cuándo empiezan a calentarse. ~71~
  • 72. Elizabeth Gage La caja de Pandora Se rió con una risa contenida y gutural mientras observaba el efecto que causaban sus palabras. —No te avergüences —le dijo, mientras su rodilla seguía moviéndose al mismo ritmo suave—. Eso demuestra que eres un hombre de verdad, como tu hermano. Tranquilízate, Hal. Deja que ocurra. Te espera mucho placer y diversión. Hal se volvió. Se dio cuenta horrorizado de que el tono acariciador de su voz lo estaba excitando. Lo asustaba porque parecía poder leer su mente, o mejor dicho, leer algo en su mente que quizá no estaba allí antes, pero que había surgido al oír sus palabras, adelantándose de pronto para que ella pudiera descubrirlo. —¿Qué te pasa? —la voz de ella sonaba a su espalda. —Nada. —Hal sacudió la cabeza—. Estás loca, nada más. —Sus palabras eran una débil negación de lo que su cuerpo expresaba con tanta elocuencia. La oyó suspirar. Hubo un susurro en las ropas de la cama como si ella se hubiera movido. Mantuvo los ojos fijos en el panorama de la ciudad que se extendía tras la ventana. Después le pareció oír un paso. A lo mejor se iba. Quizás iba a dejarlo en paz. En efecto, mientras escuchaba, se cerró la puerta, despacio y en silencio. Pero algo le indicó que ella seguía en la habitación. —No te vuelvas —ordenó ella—. Casi se me olvida. Tengo una sorpresa para ti. Hal se sintió entre la espada y la pared. Todavía estaba excitado. No podía volverse. Y ahora ella había cerrado la puerta. Estaban completamente solos, porque nadie más visitaría en todo el día ese piso. ¿Por qué le hacía esto? ¿Por qué no lo dejaba en paz? Oyó un tenue ruido de ropas, que lo estremeció. ¿Se estaba arreglando la blusa? Sería una buena idea, iba demasiado escotada. Al fin la oyó. —Todo en orden Hal. Ya puedes volverte. Se volvió y miró. Lo que vio lo dejó sin palabras. Llevaba todavía la blusa, pero los pantalones estaban doblados sobre la cama, a su lado, y las sandalias abandonadas en el suelo. Unas piernas largas y doradas emergían de unas bragas de seda rosa, los muslos aterciopelados continuaban en unas pantorrillas esbeltas sobre unos pies desnudos cómodamente plantados en la alfombra. —¡Por Dios, Kirs! —masculló a su pesar—. ¿Qué estás haciendo? ¿Estás loca? ~72~
  • 73. Elizabeth Gage La caja de Pandora —No. —Sacudió la cabeza. Se colocó un dedo sobre los labios mientras sus ojos recorrían el cuerpo de Hal—. A la vista está que no. Creo que he acertado el momento, remolón. El se había vuelto hacia Kirsten y ella le miraba la entrepierna con una fijeza que lo paralizaba. Sus muslos se movieron y percibió el sexo tras las bragas, una presencia oscura y misteriosa. —Puede venir alguien —objetó débilmente. —No, Hal. —Movió su bonita cabeza y le sonrió—. Las doncellas están abajo y mamá ha salido. Estamos sólo tú y yo. Mientras la miraba, mudo de sorpresa, ella arqueó la espalda y se desprendió de la blusa. Un sostén diminuto le cubría el pecho. ¡Qué esbelta y hermosa era, con su desnudez solamente velada por dos girones de tela en el pecho y la ingle! Jamás había sospechado lo sensual que podía resultar aquella forma alargada y flexible, y estaba abrumado. —Kirsten, estás loca —murmuró. Fríamente, ella volvió a reclinarse sobre la cama y levantó los muslos para que él pudiera ver entre las piernas. La curva de una nalga asomó tras la seda de las bragas. El cabello se extendió sobre sus hombros y los dedos de los pies se agitaron como en una llamada. —Creo que cierta persona se está poniendo en forma y se preocupa demasiado — susurró. Lo miró a los ojos y su desnudez pareció llegar a él a través de la estancia. —Kirs, ¿por qué haces esto? —murmuró. —Porque ya es hora. No seas vergonzoso, príncipe Hal. Cuando llegó la hora de Stewart también se lo hice. Pero me engañó, el muy bandido. Había estado follando con la fresca de Rosemary Hall sin que yo lo supiera. La mención de Stewart llenó a Hal de extrañas sensaciones. Kirsten lo miró con más fijeza si cabe. —Pero contigo no es así, ¿verdad? Estás limpio como una margarita, ¿no es cierto? Las únicas chicas que has tenido han sido creadas por esa mente maligna tuya, ¿verdad, Hal? Oh, te conozco. Eres demasiado decente como para andar tonteando a tu edad. Hal vio de nuevo cómo se movían los muslos, se fijó en las bragas que cubrían el sexo de la muchacha casi como una invitación obscena. Sólo que ahora comprendió ~73~
  • 74. Elizabeth Gage La caja de Pandora lo castas que habían sido sus fantasías acerca del acto amoroso, nunca habían ido más lejos de esto. Estaba completamente fuera de su elemento. —Cierra los postigos —le rogó con dulzura. Sin saber por qué, Hal obedeció. Cuando se volvió con la habitación en penumbra, descubrió que ella se estaba desabrochando el sostén. Mientras miraba, la tenue cobertura cayó y descubrió unos senos firmes, perfectos, con duros pezones rosados. Ella se inclinó y le dijo: —Quítate los pantalones. Hal estaba aterrorizado, tanto de sí mismo como de sus sentidos en ebullición ante la ansiosa autoridad de Kirsten. Parecía que se hubiera adelantado a sus pensamientos y lo hubiese acorralado, como hacía con tanta frecuencia con su vivo sentido de la estrategia en el ajedrez, el tenis y otros juegos. No obstante, él se habría negado, se habría arriesgado a que se enfadara y molestara, de no haber sido por su alusión a Stewart, que fue como un alfilerazo a su orgullo, sin saber cómo. Se soltó el cinturón con dedos temblorosos. Los pantalones se deslizaron al suelo. Sintió cómo su sexo tensaba los ceñidos calzoncillos de algodón. Ya se notaba mojado, como tantas veces se había sentido en la cama cuando las visiones femeninas que lo atormentaban le robaban el sueño. Los ojos de la muchacha estaban golosamente fijos en él. Se le acercó arrastrándose sobre la cama. Y ahora, una nota de ternura vibró en su voz. —Está bien, pequeño —dijo y se arrodilló ante él—. Vas a estar muy bien. Sus dedos le acariciaron las caderas antes de pasar por debajo del elástico y empezar a tirar de los calzoncillos hacia abajo, poco a poco. —Buen chico. Ya imaginaba que serías así, Hal —murmuró entre ronroneos. Unas manos suaves le acariciaron la espalda, tranquilizadoras, pero siempre acercándolo a ella. Le ayudó a quitarse la camisa y los calzoncillos enredados a sus pies. Entonces sintió los dedos femeninos subiendo lentamente por sus piernas, a lo largo de las rodillas y del interior de los muslos, encontrando al fin su sexo, que ni siquiera se tocaba él mismo. Le agarró el pene con un suspiro. Ante su sorpresa, Hal se dio cuenta de que ella necesitaba las dos manos para encerrarlo. ~74~
  • 75. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Mi real Hal, mi dulce amor —incluso ahora lo hostigaba con Shakespeare. Pero se mostró reverente al besar su pene, luego, frotó la mejilla contra su cuerpo con un afecto casi maternal. Parecía intuir que era aún demasiado joven para que ella lo tomara en la boca. No quería estropear las cosas escandalizándolo, así que empezó a acariciarle el pene con una dulce languidez, utilizando los pulgares en la punta hasta que lo sintió estremecerse. Entonces se incorporó y retrocedió para que él viera cómo se bajaba las bragas por las hermosas piernas. El oscuro triángulo pareció hacerle un guiño y ella lo atrajo a la cama junto a ella. —Ven, precioso —lo invitó, retorciéndose bajo él de modo que sus muslos pudieran acariciarse—. Tengo una cosa que te va a gustar. Lo besó apasionada y su lengua le invitó a probar y explorar el fragante interior de su boca. Luego le ofreció un seno firme y joven y él lo chupó mientras la oía suspirar con un ansia profunda. Ella había abierto los muslos y rozaba las caderas de Hal y cuando él probó el duro pezón y lo sintió tensarse entre sus labios y lengua, se dio cuenta de que había encontrado el camino entre las piernas de Kirsten. Un ritmo desenfrenado pareció dominarlo y lo sacudió en oleadas irresistibles desde el estómago a la espalda y por un instante creyó que el cuerpo había dejado de pertenecerle. Pero entonces descubrió algo extraño en su interior, una especie de sabiduría en su duro pene que en aquel instante se estaba instalando en el interior de ella y la acariciaba hábilmente con la punta hasta que los suspiros femeninos de pronto expresaron impaciencia. —Oh, cariño, venga —exclamó enloquecida por el juego en su pezón y el erecto pene que se movía en su sexo—. Pronto. Él dejó que el ritmo lento y agotador que le movía siguiera su camino y el asta fue entrando, un poco más, luego más, hasta que por fin quedó hundida hasta la empuñadura. Con gran sorpresa, Hal la sintió estremecerse y luego oyó un grito ahogado. Se contuvo un instante, pero las manos impacientes en sus caderas y el gemido de ella le indicaron que el placer se había adueñado de Kirsten. —¡Oh, Dios, Hal! ¡Oh, Dios! Eres maravilloso. —Su voz era un gemido desolado, completamente distinto de cualquier sonido que jamás hubiera oído salir de Kirsten. Miró su rostro apasionado. Se movía de un lado a otro, se ocultaba en la cabellera extendida sobre la almohada y los pezones ardientes bailaban cuando los senos se agitaban bajo sus acometidas. ~75~
  • 76. Elizabeth Gage La caja de Pandora De repente una asombrosa sensación de poder vino a mezclarse con el goce de sus ijares. Una antigua sabiduría salida de sabe Dios dónde le indicó lo que tenía que hacer. Preparó una acometida lenta y sintió que arrancaba un profundo gemido de placer de lo más hondo de ella. Entró y salió, arriba y abajo, tierno y cuidadoso en sus caricias al sexo de su amante y contempló cómo respondía con gritos de anticipación, de goloso deseo, de súbito éxtasis. Empezó a comprender que se adueñaba de ella al poseerla con su cuerpo. A despecho de todas sus bromas y su narcisismo, ahora era su esclava, el juguete de su carne. —Oh —gemía—. Oh, Hal... más... más... —Él comprendió que aquella cosa entre sus piernas podía seguir así toda la noche, sacando fuerza de su propia exaltación, jugueteando con ella con lánguidas acometidas, dominándola con golpes más enérgicos, más rápidos, triunfante en su dominio al arrancarle infinitos gritos de pasión. Nunca llegó a saber cuánto duró ese momento de dulce expansión en el que la muñeca viviente que tenía entre los brazos le regalaba con el cantar oscuro de sus orgasmos. Pero al fin, ayudado por los extraños murmullos de la carne femenina que lo acariciaba, empezó a llegar la última oleada y el cuerpo de Hal siguió una ley privada, hundiendo cada vez más deprisa en ella su lomo y sus caderas. Oyó gritos patéticos de asombro y de rendición y sintió que los muslos de ella le estrechaban con fuerza cuando embistió en el último espasmo. Su orgasmo fue como un río que fluyó de él y a través de ella en grandes oleadas, mientras Kirsten le aferraba los hombros y lo envolvía con sus gritos. Cuando por fin se desmoronó exhausto encima de ella, Kirsten se echó a llorar, lo abrazó y le besó los párpados. —Mi amor —musitó—. Eres increíble. Nunca había sentido nada igual con nadie. ¡Dios mío! Permanecieron así durante mucho rato, ella lo acarició con palabras mientras su pene tardaba en dejarla. Cuando finalmente salió de ella, Hal oyó un pequeño gemido de pesar, pero Kirsten siguió echada junto a él, estudiándolo a través de sus ojos llenos de admiración, paseando sus dedos acariciadores por aquel cuerpo joven, rozando el sexo que la había hecho gozar tanto. Cuando se incorporó, él vio el crucifijo, olvidado hasta entonces, colgando como un talismán entre los pechos. Ella se levantó para vestirse y él siguió desnudo, contemplándola. Vio aquella figura suave aún resplandeciente por su posesión, que desaparecía bajo el sostén y las bragas, luego los pantalones y la blusa, iba ~76~
  • 77. Elizabeth Gage La caja de Pandora recobrando la compostura a medida que las ropas velaban su cuerpo, aunque todavía se la notaba sacudida por lo que había ocurrido. Se detuvo delante del espejo de Hal para ordenarse el cabello. Cuando se volvió a mirarlo con una sonrisa, ya volvía a ser la mujer viva y atlética en lugar de la esclava sollozante que momentos antes había tenido entre los brazos. En aquella transformación Hal descubrió un enigma acerca de las mujeres que no olvidaría jamás. La mirada burlona en el bello rostro de Kirsten al observarlo, además de su ropa, era la máscara que había derribado sus propias defensas y obligado a poseerla. Pero detrás de ésta, había otra máscara, el rostro distorsionado por el deseo y el éxtasis que la había sacudido bajo su cuerpo, con los ojos entornados, quizá ciegos, ofuscados por el placer. ¿Cuál era la verdadera? ¿La sirena sonriente o el animal en celo? ¿Detrás de cuál de esas caras se ocultaba en realidad el corazón de una mujer? ¿O acaso ambas máscaras eran puertas cerradas a una realidad que incluso en sus más profundos ataques nunca llegaría a tocar? Ésa era la cuestión. Aunque su mente joven aún no alcanzaba a verlo con claridad, el desconcierto que le hacía sentir seguía latente en sus sentidos cuando Kirsten, completamente vestida y muy hermosa en la habitación en penumbra, se inclinó para besarlo. Los labios de Kirsten rozaron los suyos, luego le acariciaron brevemente la mejilla, el pecho, descendieron por el estómago y, con suma ternura, besaron el sexo. Luego, recobrada su fría compostura como si se tratara de una invisible armadura, se acercó a la puerta. —Te veré en la comida, remolón —rió, apuntándolo con una pistola imaginaria que formó con el pulgar y el índice, antes de cruzar el umbral. Cuando se hubo ido, Hal se quedó echado, desnudo en la cama, mirando al espejo donde se reflejaba la ventana y escuchando el murmullo de la ciudad que llegaba de fuera. Los mapas seguían en su sitio en las paredes, con su imagen del mundo en guerra. La fotografía de Stewart seguía en el tocador junto a las fotos de papá, mamá y Sybil. Pero algo había cambiado. Le pareció como si una dimensión oculta, que había estado buscando durante todos esos años, le hubiera sido revelada por fin. El mundo entero, la familia, la guerra, su propia persona tenían ahora un significado diferente, nuevo, que los muchachos nunca pueden entender pero que los hombres empiezan a barruntar. Con aquel nuevo significado, nació en Hal una nueva persona. ~77~
  • 78. Elizabeth Gage La caja de Pandora Le gustó. Sintió que podía volver la esquina con más facilidad, con una confianza nueva, ahora que conocía este secreto. Aunque algo en todo ello le entristecía, algo en el enigma de las dos caras de Kirsten y el vacío impenetrable que se ocultaba detrás de ellas, también poseía un orgullo nuevo para acompañar esa tristeza. «Nunca había sentido nada igual con nadie. ¡Dios mío!» Las palabras de Kirsten resonaban aún en sus oídos mientras permanecía entre los muros, antaño familiares, de su alcoba, que ahora también habían cambiado. Hal se quedó pensativo en la cama un buen rato antes de levantarse. Aquella noche, durante la cena, miró a Kirsten al otro lado de la mesa, estudiando sus mejillas, sus ojos leonados, sus cejas, el cabello que estaba ahora recogido para resaltar el bonito traje de noche que lucía. Estaba de buen humor, se metía con mamá por una obligación social olvidada, se burlaba de las variadas tías Lancaster a sus espaldas y dirigió incluso uno o dos dardos afectuosos a papá que se sentaba en la cabecera. Incluso preguntó a Syb qué tal le había ido en el colegio y escuchó con suma atención la respuesta de la niña. Sólo una vez dirigió una mirada fugaz y encubierta a Hal, una mirada inadvertida que le indicó lo que ya sabía de antemano: que ahora era suya, siempre que la deseara y por tanto tiempo como quisiera. La conversación era amable y sorprendentemente ingeniosa. Hal escuchaba con silenciosa atención, saboreando el aspecto del mundo a través de sus ojos nuevos. Después, a las siete y media, los interrumpió el mayordomo. —Una llamada telefónica, señor —murmuró al oído de Reid Lancaster—. Es el senador Thorensen. Dice que es muy urgente. Papá se excusó y abandonó la estancia. Transcurrieron cinco minutos. La mesa se quedó en silencio porque el temor de Eleanor Lancaster acalló toda conversación. Por fin regresó su marido. Venía pálido como un fantasma y parecía haberse encogido dentro de su propia piel. —Se trata de Stewart —dijo. Su voz sonaba baja, confidencial, pero la angustia que se apreciaba en ella rebotó en las paredes como un trueno cruel—. Está... Mamá se puso en pie de un salto y se aferró a él con unos dedos tan fríos como la misma muerte. ~78~
  • 79. Elizabeth Gage La caja de Pandora —¿Qué? —gritó—. ¿Qué? La abrazó. —Stewart ha muerto, cariño. Hal apartó la mirada de ellos. Sus ojos se posaron en Kirsten. Lo miraba fijamente con una expresión que ya nunca olvidaría. No era precisamente culpa ni dolor, ni siquiera pena. Era una especie de horror. Entonces se levantó, tragándose sus propias lágrimas, y se fue junto a su madre. ~79~
  • 80. Elizabeth Gage La caja de Pandora 5 Brooklyn, Nueva York 11 de junio de 1951 —Próxima parada, Neptune Avenue. Neptune Avenue es la próxima. La voz del conductor era un sonido sordo que salía del pequeño altavoz, desde la parte delantera del tren. Los pasajeros escucharon distraídos, con las mentes absortas en sus propios destinos. El tren, un viejo caballo de batalla del metro, marcado por todas las señales de la vejez, avanzaba en dirección a Coney Island. Muchos de los pasajeros eran jóvenes que se dirigían a una velada en un parque de atracciones, quizá para celebrar la llegada del verano o su graduación en la escuela superior. Tal era el caso de la joven pareja que se sentaba cerca del frente. El muchacho era alto, guapo, un atleta de curso superior a juzgar por la letra que llevaba en la chaqueta. La chica era tal vez compañera de clase, aunque su tamaño menudo le daba una apariencia más joven. Estaban sentados mirando en diferentes direcciones y aunque no se cogían las manos ni exhibían ningún otro signo exterior de cariño, una curiosa afinidad parecía unirlos. El muchacho se llamaba Rob Emmerich. Se graduaba en el último curso en la Escuela Superior Martin van Buren de Queens. Era hijo de un próspero empresario constructor y se disponía a empezar un curso de estudios comerciales en la Facultad de Brooklyn, en otoño, y en verano trabajaría con su padre sin abandonar los estudios. Se había resistido a la insistencia de su padre para que se olvidara de la facultad y pasara a integrarse en la Emmerich Construction Company inmediatamente. Quería tener la oportunidad de poner a prueba sus alas en el mundo antes de decidir si de verdad quería dedicarse al negocio familiar. Rob Emmerich era el chico más popular de la última clase del Martin van Buren. Tenía un bonito pelo oscuro, ojos grises que brillaban con juvenil arrogancia y una anhelante sensibilidad que enloquecía a todas las chicas. Era la estrella del equipo universitario de baloncesto y había ganado insignias en béisbol, así como en la pista. Se esforzó en sacar buenas notas y encontraba tiempo para distinguirse en el equipo de debate tanto como en el deporte. ~80~
  • 81. Elizabeth Gage La caja de Pandora Rob era el que más «probabilidades tenía» para todo. Era la quintaesencia de las estrellas de escuelas superiores, privilegiado, confiado y perfectamente equipado para cualquier futuro que eligiera. Pero esta noche el futuro de Rob Emmerich pendía de una balanza delicada y fuera de su control. Nueve meses atrás había ocurrido un inesperado cambio de fortuna, al principio de su último año. A la sazón salía con Bonnie Corcoran, una chica bonita y lista de su propia clase, cuyos padres, propietarios de una conocida cadena de tiendas en Queens y Brooklyn, consideraban a Rob la pareja perfecta para ella. Bonnie era una de las animadoras, una estudiante sobresaliente y la estrella del grupo más popular de la escuela, como confirmaba su título de Reina de la Bienvenida. Llevaba saliendo con Rob, más o menos en serio, desde la escuela elemental. Se daba por sentado que su compromiso se anunciaría poco después de su graduación, seguido de una boda y una feliz vida matrimonial. Pero durante la primera semana del curso superior, Rob se había fijado por primera vez en Laura Belohlavék, la discreta muchacha checa de nombre imposible de pronunciar. Laura no era una chica popular. En realidad no mantenía ningún tipo de relación social. No sólo procedía de una familia marginal, sino que, además, era huérfana. Desde que ingresó, las demás chicas interpretaron su timidez y su peculiar delicadeza de modales como propios de una personalidad retraída, y la rechazaron de su grupo. Si alguien hubiera preguntado a Rob acerca de Laura Bélohlavék antes de aquella primera semana de inglés superior, hubiera jurado que jamás se había fijado en ella durante los tres años transcurridos en la escuela superior. Así de invisible resultaba. Pero se fijó en ella en la clase de inglés y su belleza frágil y etérea, sus ojos oscuros y tez de porcelana, la extraña manera de ocultarse en sí misma, lo subyugaron. La suerte quiso que tropezara con ella en el vestíbulo, entre clase y clase, y que se encontrara iniciando una conversación con ella. Le pareció un poco impresionada por las atenciones de alguien tan importante, más bien, pensó, absolutamente sorprendida. A continuación, Rob se dio cuenta de que se había cruzado intencionadamente con ella después de las clases para acompañarla a casa, e insistió en llevarle los libros. Mientras andaba a su lado se maravilló ante su cuerpo menudo y ante la perfección de la figura bajo las ropas hechas en casa que tan bien le sentaban. ~81~
  • 82. Elizabeth Gage La caja de Pandora Su naturaleza tímida parecía arrancarle extraordinarias confidencias acerca de sí mismo. Sin embargo, mientras hablaba se sentía torpe y en su presencia se le trababa la lengua. Había una dulzura en su comportamiento que, combinada con esos ojos grandes y profundos, lo desazonaban. Era dulce y vulnerable en sus reacciones, no obstante, se advertía una profundidad en ella de la que carecían las demás chicas de la escuela. Cuando terminó el primer paseo, algo turbador e inefable se había apoderado de Rob Emmerich. Luchó contra aquel sentimiento durante una semana y después hizo acopio de valor para llamar a Laura a su casa y pedirle una cita. Con gran alivio por su parte, ella aceptó. Colgó el teléfono con mano temblorosa mientras oía aún la vocecita en el oído y se preguntaba en qué lío se estaba metiendo. Llevó a Laura a ver una película, Un lugar en el sol, y después a tomar un batido en un lugar donde muchos ojos interesados los observaron mientras charlaban durante una hora. De nuevo Rob se sintió arrastrado por una extraña necesidad de abrir su corazón a Laura. Su aspecto frágil le hizo sentirse como un patán a su lado, pero lo escuchó con una silenciosa atención que tocó un punto sensible en su interior y le dio a entender que era comprendido de un modo como jamás lo había sido, ni siquiera por sí mismo. Bonnie Corcoran no tardó en enterarse por sus chismosas amigas de que Rob había pasado una tarde con Laura. Se sintió más sorprendida que herida, por lo menos al principio. Aunque Laura se había transformado en la escuela superior en una adolescente bonita y atractiva, las demás chicas, cegadas por la fama de impopularidad que se le atribuía, no supieron descubrir su sorprendente belleza. Tampoco quisieron ver tras su timidez el aura de melancolía y misterio que la distinguía de todas las demás a los ojos del sexo opuesto. Pero cuando Rob hubo salido tres o cuatro veces con Laura, para lo cual tuvo que anular con frecuencia sus citas con Bonnie, toda la escuela comprendió que algo estremecedor estaba ocurriendo. Bonnie consiguió conservar su dignidad no quejándose a Rob. A pesar de todo, se quemó los ojos llorando ante sus amigas. Sus padres, alarmados por la ruptura de lo que les habían parecido unas relaciones perfectas, decidieron hablar con los Emmerich. Rob no tardó en encontrarse soportando sermones de sus compañeros de equipo respecto a lo insensato de su comportamiento. Le siguió una conversación seria con su padre donde discutieron la importancia del futuro, junto con la prudencia social de un enlace con Bonnie Corcoran y la locura de perder el tiempo con una desconocida, de nombre impronunciable y sin padres. ~82~
  • 83. Elizabeth Gage La caja de Pandora Todo fue inútil, Rob se encontró volviendo salida de la escuela y saliendo con ella una y estudiaba nerviosamente en el espejo y se maldiciendo el pelo revuelto que en tiempos encanto masculino. a llamar a Laura, esperándola a la otra vez. Antes de ir a buscarla se cambiaba de ropa varias veces, había aceptado como parte de su No se atrevía a darle un beso de buenas noches, sino que se conformaba con cogerle la mano en el cine y cuando ya no podía resistir más su misteriosa atracción, la rodeaba con el brazo al caminar. Una noche la llevó a casa y la retuvo en la oscuridad cerca de la puerta de su edificio. Se la quedó mirando a la luz de la luna de otoño. No distinguía sus ojos, pero de su cuerpo emanaba un resplandor tan tierno que tuvo que tomarla en sus brazos. Jamás había experimentado nada tan mágico como aquella forma menuda, frágil y tibia en su abrazo. —Laura —empezó, sin saber realmente lo que quería decirle. Sin embargo, las palabras llegaron solas—. Eres una princesa. Ella se rió de su exageración y trató de animarlo. Pero él no podía desprenderse de aquella extraña emoción, mezcla de excitación y timidez, de exaltación y vergüenza, que Laura provocaba en él. Algo en Laura le hacía no sólo preguntarse acerca de sí mismo, sino de todas las verdades que había dado por sentadas durante toda su vida. Acerca de todo, en realidad, excepto de ella. Parecía como si todas las chicas con las que había tratado en su desenfadado pasado fueran meramente un descolorido preludio de esta extraña experiencia, el primer amor auténtico de su vida. Pero ¿era acaso un amorío? No hubiera podido decirlo. No podía alejarse de Laura ni hacer acopio de valor para decirle lo que sentía por ella. Iban juntos a todas partes: al cine, a partidos de pelota, a tomar helados, cafés y cenas, y a bancos en el parque; y cada semana Rob estaba más profundamente hechizado por Laura. Laura recorría los pasillos de la escuela con él, lo contemplaba jugando en el equipo de baloncesto y le ayudó a redactar su solicitud de admisión a la facultad. Él esperó con ella la decisión de la Universidad de Nueva York respecto a su beca en arte y temió en silencio la separación de sus respectivas carreras que eso comportaría. Por Navidad le regaló una pulsera de plata donde se atrevió a grabar su nombre junto al de ella. Laura le regaló un jersey que ella misma había tejido. Cuando se lo puso sintió un sutil estremecimiento, como si sus manitas le acariciaran a través de la lana nueva. ~83~
  • 84. Elizabeth Gage La caja de Pandora Cuando el invierno dio paso a la primavera, Rob había cambiado por completo. Estaba más delgado porque su apetito se había visto afectado por su obsesión hacia Laura. También dormía menos ahora, y andaba como en sueños. Recibió su admisión en la Facultad de Brooklyn y la gran noticia de la concesión de la beca para Laura como una sentencia de muerte. Sabía que esto le permitiría abandonar a su familia adoptiva e instalarse en un apartamento en Manhattan cuando se marchara a la facultad, y la idea de verse separado de ella le destrozó el corazón. Los amigos le hablaron de la desolación de la pobre Bonnie, ahora que el momento de su compromiso oficial pasaba sin cumplirse. Escuchó con hastío. Sólo podía pensar en Laura, que cada día parecía afirmarse en el centro de su corazón al tiempo que se le escapaba de las manos y lo atormentaba con su misterio. Así que los días que pasaban empujaban su vida de doble filo al borde del abismo y aumentaban la intensidad de la duda que iba creciendo dentro de Rob Emmerich. Algo iba a romperse. —Próxima parada, Coney Island. Coney Island la próxima. Por fin habían llegado. EÍ aroma de la brisa marina y del verano que se acercaba flotó sobre la grasa de las vías y los olores de los coches y de las instalaciones del parque de atracciones. El cambio de estación se notaba en la electricidad del aire nocturno, un fermento glorioso que incluso el aburrimiento de Brooklyn era incapaz de sofocar. Rob se volvió hacia Laura. Ella lo contemplaba con curiosidad. —¿En qué estás pensando? —preguntó Laura. —Empieza a hacer calor. —Con la cabeza señaló los árboles al otro lado de la ventana, con sus hojas nuevas que se volvían más oscuras y abundantes—. Estaba pensando en este verano. No quiero que llegue. —¿Por qué no? —le preguntó—. A lo mejor será divertido. —Trata de cubrir tejados en un día de agosto —comentó refiriéndose al trabajo que su padre le había asignado para el verano en Emmerich Construction—. El alquitrán se calienta tanto que puede derretirte. Laura no dijo nada. Si conocía la verdadera razón de su tristeza, no lo demostró. El se decía mentalmente que estaría dispuesto a pasar el resto de su vida poniendo tejas bajo un sol abrasador si supiera que encontraría a Laura al volver a casa. ~84~
  • 85. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Dime una cosa —le pidió—. ¿Qué vas a hacer cuando te gradúes en arte? Me refiero para ganarte la vida. —Podría ser maestra. O profesora de universidad, si llego lo bastante lejos. — Laura se mordió el labio, pensativa—. O puedo encontrar trabajo en un museo. Quizá pudiera ayudar a restaurar pinturas o preparar exposiciones. Me gustaría. Siempre me han gustado los museos. Sus palabras lo entristecieron porque describían un futuro donde él no figuraba. Sabía lo seria que era respecto al arte. Una vez la había acompañado al Metropolitan Museum cuando preparaba su petición de la beca a la universidad. Uno de los Van Gogh del museo, un cuadro de unos pajares y un granero, la había dejado muda. Cuando él le preguntó por qué la fascinaba tanto, Laura había sido incapaz de explicárselo. «El color, el sol», había murmurado. La profundidad de su amor por la pintura no le había pasado inadvertida, porque nunca había visto aquella expresión en los ojos de Laura cuando lo miraba a él. —¿Y si no hicieras esto? —volvió a preguntar. Lo miró desconcertada. —Quiero decir —explicó—, ¿y si no pudieras hacerlo? ¿Te desilusionarías mucho? —Nadie puede conocer el futuro —le contestó con una sonrisa. Él apartó la mirada con los ojos llenos de turbación. —Ahí está el problema. —De pronto se le iluminó el rostro—. Oye —dijo, tomándola de la mano—. Puede que algún día seas directora del Met. Necesitarás a alguien para que construya tus grandes exposiciones. Naturalmente me llamarás a mí. Yo traeré a todos mis hombres y echaré abajo paredes y construiré nuevos tabiques y colgaré cuadros tuyos. Claro que sí. Soy algo torpe, así que a lo mejor arranco algunos brazos y piernas de tus esculturas, pero ¿qué más da? De todos modos, las esculturas buenas de verdad no tienen nariz. Le divertía su propia fantasía y no soltaba la mano de Laura. —Probablemente dejaré muchos rastros de alquitrán, creosota y serrín —continuó —. Pero no te importará. Cuando la gente me llame torpe, tú les dirás: «No, no lo es. Lo que ocurre es que tiene un sentido peculiar de dónde poner las cosas.» Y todos tus empingorotados amigos de Manhattan te creerán y me encontrarán muy original y me invitarán a todas sus fiestas. ~85~
  • 86. Elizabeth Gage La caja de Pandora Laura reía a carcajadas, con la nariz arrugada y los ojos medio cerrados, divertida. Jamás había visto nada tan hermoso como su rostro, ni oído nada más bello y más musical que su risa algo gutural. —Estás loco —le dijo. —Bueno, es una gran cualidad en un hombre, ¿no crees? Sólo trabajo y nada de juegos es demasiado. Un poco de locura puede arreglarlo todo. —Tienes razón —asintió sonriéndole—. Un hombre lo necesita. Rob le sujetó la mano con más fuerza cuando bajaron del tren. Parecía haber cobrado ánimos. Pero una especie de sexto sentido iba diciendo a Laura que el futuro que él le había descrito no llegaría a suceder. Podía leerlo en su rostro, aunque comprendía que él no alcanzaba a verse. Este sexto sentido la había estado acompañando desde su más tierna infancia. Era un extraño estado de ánimo o un aura que proyectaba una sombra sobre los seres que rodeaban a Laura, llenándole la mente de pensamientos no deseados acerca de los secretos que se escondían tras sus rostros cotidianos y el mundo que ocupaban. Había aprendido a llamar estos episodios «pensamientos grises» porque encerraban una cualidad misteriosa y melancólica. Los pensamientos parecían salir de una cuarta dimensión desde debajo del mundo, como las aguas profundas que corrían bajo la superficie brillante de un océano, donde extrañas corrientes y verdades insospechadas se desplazaban en silencio y ondulaban con sus movimientos la superficie sin que las criaturas que flotaban por encima se dieran cuenta de ello. Cuando era muy pequeña estos sentimientos la habían asustado, porque había algo prohibido en ellos, algo poético y turbador que no encontraba eco en lo que otra gente, niños o adultos, parecían pensar de la vida en general y de ellos en particular. Los pensamientos encerraban a Laura más profundamente en sí misma y daban una nueva imagen del mundo. Por si fuera poco, representaban un peligro concreto cuando se dejaba llevar libremente por ellos. Los miembros de su nueva familia eran reacios a sacarla de sus sueños para encargarle cualquier tarea doméstica y empezaron a burlarse de ella por sus «ausencias» poco después de que se incorporara a la casa. Incluso durante la infancia, cuando era sólo una niña de grandes ojos, Laura comprendió en un momento dado que el tío Karel y la tía Martha no sentían gran ~86~
  • 87. Elizabeth Gage La caja de Pandora afecto por ella, que sólo la habían acogido después de la muerte de sus padres porque las peticiones de la extensa familia habían venido acompañadas por un estipendio que facilitó su aceptación bajo su techo. Su hija, Ivy, de edad parecida a la de Laura, la consideraba una amenaza y se mostraba abiertamente hostil; mientras que su hermano Wayne, adolescente en aquella época, era una presencia demasiado remota para influir de algún modo en la vida de Laura. Laura era como un pez fuera del agua en aquella familia. Tolerada por sus miembros como una molestia inevitable, aceptaba su suerte lo mejor que podía y trataba de esquivar los castigos y los pequeños insultos que conllevaba su posición. No obstante, esta posición cambió cuando el talento precoz de Laura para la costura fue descubierto por la tía Martha, una mujer siempre al acecho de ahorrar un céntimo. Laura se vio obligada a servir de modista de la familia, primero remendando prendas viejas y después cosiendo ropa nueva no sólo para Martha e Ivy (que nunca llegaron a perdonárselo), sino también para el tío Karel y Wayne. Tan sorprendente era el talento de Laura para improvisar patrones a partir de unas medidas, y para crear prendas que parecían captar la esencia de la persona y sacarla a la luz a través de una u otra prenda, que a no tardar la familia ahorró una fortuna en ropas y al mismo tiempo se distinguió entre los admirados vecinos. Como resultado de su inesperada proeza, Laura se ganó un gran respeto por parte de la familia, del que no había disfrutado antes. Las bromas a sus expensas disminuyeron y se le permitió una mayor intimidad, lo cual incluía su propia alcoba. La habitación había sido un cuartito trastero donde se guardaba la máquina de coser que había pertenecido a su padre junto con los tejidos con que trabajaba Laura. Pero este forzoso reconocimiento no hizo a Laura menos tímida ni introvertida. A partir de entonces, sus pensamientos privados tendían un velo permanente entre ella y la familia que la rodeaba. El velo no tardó en extenderse también entre ella y la gente del vecindario, para alcanzar también a los maestros de la escuela. Por fin pareció abarcar a toda la raza humana que vivía en Queens, Nueva York, una raza que se iba haciendo más familiar a medida que Laura ganaba experiencia, pero que permanecía siempre ajena. No estaba segura de lo que ganaba o perdía viviendo a semejante distancia del mundo exterior. Por una parte, el velo de los «pensamientos grises» entre ella y los demás la hacía sentirse sola, porque era evidente que nadie más compartía con ella su peculiar forma de contemplar el mundo. Pero, por otra parte, sólo a través de este velo veía algo especial acerca de esa misma gente, algo que ellos desconocían y que al parecer no podía vislumbrarse a través de ningún otro medio que no fueran los pensamientos grises. ~87~
  • 88. Elizabeth Gage La caja de Pandora Esta idea pesaba en ella ahora con gran fuerza y la tensión en Rob al estrechar su mano parecía responderle sin palabras. Disfrutaron de una velada feliz, tocada por un triste sentimiento de separación y nostalgia. La escuela ya quedaba tras ellos. Ahora les esperaba un breve verano de transición, seguido por una nueva vida que ninguno de los dos alcanzaba a imaginar con claridad. Los dos crecerían y sin duda ya no experimentarían las cosas como antes. Ésta era quizá la corriente secreta más dolorosa de la magia melancólica de aquella noche. Dispararon en un tiro al blanco y Rob ganó para Laura una muñeca grotesca pero divertida. Pasearon entre las casetas y miraron a la mujer gorda, al hombre flaco y al hermafrodita, que era mitad hombre mitad mujer. Contemplaron los fenómenos, los enanos y los seres de cabeza diminuta, y vieron al hombrecito sin brazos ni piernas que tenía tres dedos de pie saliéndole del costado. Laura estaba fascinada por ellos, porque parecían ser normales y corrientes al fumar cigarrillos, sorber coca-colas y preguntarle con su acento del Bronx qué curso estudiaba en el colegio. Debieron de pensar que era más joven, pues su aspecto despertaba en ellos un sentimiento protector. Laura sintió dejarlos y cuando llegó el momento de marcharse, el hombrecito sin brazos ni piernas hizo prometer a Rob que la cuidaría mucho. Después fueron a las famosas montañas rusas, de donde Laura salió mareada y sin fuerzas, también visitaron el salto del paracaídas. Pero lo que más la asustó fue la vuelta en la gigantesca noria. Cuando la enorme noria se detuvo con ellos suspendidos arriba del todo, mientras nuevos pasajeros subían abajo, a Laura le pareció como si todo el mundo se hubiera parado con un chirrido, como para demostrar mejor con qué rapidez solía girar y lo precario que era el equilibrio de las criaturas humanas en la superficie. El paisaje bajo ellos, tan urbano al acercarse al borde del océano desatado, se extendía a sus pies tan remoto y abstracto como un mapa captado por esa extraña pausa en medio de la eternidad. El tiempo y el espacio conspiraban por separar a Laura del mundo de Brooklyn y de Queens, hacia los que, pese a todo, sentía un extraño afecto. Todos estos años había sentido como si anduviera sobre una tierra a la cual no pertenecía, tanteando su camino a través de un laberinto en el que sus pies nunca llegaban del todo al suelo y donde nunca podría sentirse a sus anchas. ~88~
  • 89. Elizabeth Gage La caja de Pandora Esa noche, al encontrarse en el umbral de su futuro, quería volver la vista atrás, a la vida que había llevado hasta entonces para abrazarlo todo, tal como la rueda gigantesca le permitía verlo a sus pies. Pero ese mismo futuro tiraba irresistiblemente de ella y la alejaba, de forma que su visión mental atraída ya hacia las aventuras que la esperaban a la vuelta de la esquina no le dejaba tiempo para entretenerse en la tierra de su juventud, que en realidad había sido una tierra de exilio. Guardaron el túnel del amor para lo último. Mientras se acercaban, Laura comprendió que éste había sido el deseo secreto de Rob. Entraron en el pequeño bote y Rob remó hasta la pequeña isla que estaba bañada por un pálido claro de luna. Se sentaron en la hierba y escucharon los gritos de la multitud y los estallidos del tiro al blanco, al otro lado del agua. Ahora la noria estaba encima de ellos, girando, deteniéndose y cambiando la dirección como un extraño maestro de ceremonias nocturno, hablando con sus movimientos a las distantes y pálidas estrellas acerca de las aspiraciones de los humanos que corrían a sus pies. Impaciente consigo misma por percibir siempre algo cósmico en las cosas más cotidianas, Laura acalló sus pensamientos y se volvió a Rob. Sus ojos estaba fijos en ella. Parecía presa de algo que lo torturaba. —¿Qué te ocurre? —le preguntó—, ¿qué te pasa? Dímelo. Él sacudió la cabeza. El dolor que había en Rob parecía envolverla también a ella. Alargó su manita para acariciarle la mejilla. Y, sin saber cómo, se encontró en brazos de Rob y sus besos húmedos le recorrieron las mejillas, los ojos, la frente y el cabello, besos que parecían debatirse en agonía ante el cuerpo de Laura mientras Rob la abrazaba más y más. Sintió la desesperación del muchacho, oyó que se le quebraba el aliento. Laura se apretó contra él, sus brazos lo rodearon, sus propios labios recorrieron el rostro de Rob. Pero una pena indescriptible le estrujaba el corazón. Él sintió que su vida dependía de Laura. Nunca como en este abrazo se había sentido tan unida a él, y al mismo tiempo tan ajena. Sus besos fueron un don de necesidad y de añoranza, pero no de unidad. —Oh, Laura —murmuró en su oído, dulcemente, como si no quisiera que lo oyera —. No te vayas. Quédate conmigo. Sé mi esposa. Quédate conmigo para siempre. Te quiero. ~89~
  • 90. Elizabeth Gage La caja de Pandora Durante largo rato ella escuchó el eco de aquellas palabras en su mente. En cierto modo sabía que desde el principio habían sido inevitables, que desde el primer momento ella estaba destinada a escucharlas. Esta noche era el momento en que debían ser pronunciadas. Lo sostenía por el hombro con un brazo y la otra mano descansaba sobre el pecho de Rob, como si inmovilizándolo, manteniéndolo en una determinada posición, donde podía sentirlo y observarlo, compartiera su dolor e hiciera lo que debía. Un insignificante movimiento de su cabeza en el hueco del hombro le dio la respuesta. Aunque la comprendió inmediatamente, la mantuvo abrazada mientras penetraba en lo más profundo de sus esperanzas. Mucho más tarde, después de aquel largo abrazo que los había mantenido tiernamente unidos para que se fueran acostumbrando a la verdad que había surgido entre ambos, se pusieron silenciosamente en pie y volvieron al bote. —¿Sabes? —dijo Rob mientras remaba de vuelta al parque—. He estado pensando, Laura. Tal vez no sería mala idea aceptar la proposición de mi padre. Podría dejar la facultad y trabajar para él todo el año próximo. Sólo haría tejados durante el verano. Luego iré a la oficina y aprenderé el negocio. Podría dedicar algún tiempo a comparar las cosas, a pensar en ellas. Luego podría decidirme acerca de la facultad. ¿Qué te parece? Ella sonreía en la sombra mientras el gemido de los remos y el rumor del agua los acompañaba. —A mí me parece un buen plan. Lo vio asentir. Ahora parecía más relajado, incluso aliviado. Lo miró a los ojos y le pareció ver la imagen de Bonnie Corcoran en lo más profundo. La playa se acercaba, la enorme noria silenciosa giraba al revés por encima del parque. Ahora le tocaba a Laura relajarse. Se fijaron en la echadora de cartas cuando iban camino de la salida del parque. Era una barraca pequeña. Una mujer de edad indeterminada estaba lánguidamente sentada fuera, en una silla plegable. Se levantó al ver que se ~90~
  • 91. Elizabeth Gage La caja de Pandora acercaban y sonrió. Resultaba curiosamente atractiva con su atuendo holgado y abalorios. Tenía una expresión bondadosa. —¿Van a casa? —preguntó— ¿Quieren que les diga la buenaventura primero? Rob se volvió a Laura, quien se encogió de hombros y sonrió. Miraron el precio que se anunciaba junto a la entrada. Habían gastado mucho dinero esa noche y estaban indecisos. La mujer les leyó fácilmente el pensamiento. —Esta noche es gratis —anunció al tiempo que apartaba la cortina—. Será mi regalo. Pasen. Entraron en la barraca. El lugar estaba violentamente decorado con signos zodiacales, estrellas y otros símbolos del arcano. A pesar de ello, la mujer era simpática, maternal, inspiraba a la vez confianza y curiosidad. —¿Quién pasa primero? —preguntó señalando una mesita con una bola de cristal y dos sillas. Se adivinaba una inmensa tolerancia en su mirada, como si de tanto contar falsos futuros hubiera visto millares de rostros y aprendido mucho acerca de la gente. Rob se ofreció. La mujer le indicó que se sentara, le tomó las manos y estudió sus palmas con atención, recorriendo las líneas con el dedo. Sacó una baraja y descubrió las cartas una a una, ignorando la bola de cristal. Entonces, sin soltar la mano de Rob, lo miró a los ojos. —Veo mucha felicidad. Una casa de ladrillos. La ventana de arriba... habrá un accidente allí. Su hijo, un niño, resultará herido. Pero se recuperará y estará bien. Una esposa muy buena y también una niña. Mira por encima de un periódico y la ve mientras juega. Otro chico quizás, algo más tarde. —Una mirada cansada asomó a sus ojos y soltó la mano de Rob—. Veo mucha felicidad —repitió—. Tendrá suerte. Rob le dio las gracias y cedió la silla a Laura. La mujer miró primero los ojos de Laura, luego su mano. Casi inmediatamente se quedó indecisa. Luego se volvió hacia Rob. —¿Le importaría salir y dejar solas a las damas un momento? —le rogó, disimulando algo grave tras la graciosa invitación. Rob salió, obediente, tras prometer esperar a Laura fuera. La mujer estudió minuciosamente las palmas de las manos de Laura. Luego volvió las cartas una a una. Cuando hubo terminado suspiró y miró a los ojos de Laura con una extraña y triste sonrisa. ~91~
  • 92. Elizabeth Gage La caja de Pandora —¿Quiere saberlo? —Por supuesto. La mujer le cogió las manos. —Veo un cruce. Este cruce es de lo más importante. Habrá mucho amor, pero también mucho dolor. Un gran amor trae más dolor que un amor corriente. Calló un instante. —Veo una separación. Veo una muerte. No será por su culpa, pero sí debido a usted. Su sino lo quiere así. Cuando llegue el momento, su reto consistirá en comprender esto y en aceptarlo. Pero hay algo más —continuó—. Es esa separación; incluso después de la muerte, le dará lo que él desea por encima de todo. Gracias a usted, suya será la eternidad. Si acepta este dolor. Siguió una pausa. Entonces Laura oyó su propia voz preguntando: —¿Quién es él? La mujer movió la cabeza. —Esto no se lo puedo decir. Cuando llegue el momento, sabrá que él es para usted. Se lo prometo. El frío de las manos de la mujer pareció transmitirse al cuerpo de Laura. Estaba como traspuesta, incapaz de romper el hechizo. Por fin los ojos de la mujer volvieron a brillar y pareció relajarse. —Pero no me haga demasiado caso —sonrió—. No soy más que una charlatana. — Señaló la puerta—. Su acompañante es muy guapo. Vaya junto a él. Laura se acercó a la puerta pero se volvió para mirar a la mujer por última vez. No quería despedirse aún. La mujer se apiadó de ella. —Es un buen futuro —concluyó—. Nunca querrá volverle la espalda. Un instante después estaba junto a Rob. —¿Por qué me hizo salir? —preguntó—. ¿Cuál es el oscuro secreto? Laura pensó un momento. Luego se echó a reír y le cogió la mano. —Dijo que estaría en un museo, con un hombre que deja caer serrín por todas partes. —Ah, bueno. Sabía que ganaría dinero. Anduvieron cogidos de la mano todo el camino de regreso a casa en metro. Pero Laura estaba pensativa. Las palabras de la mujer ya se habían desvanecido de su ~92~
  • 93. Elizabeth Gage La caja de Pandora memoria, pero la habían convencido de que ya era hora de que su futuro se manifestara. El guapo chico que tenía a su lado, tan fácil de tocar y de retener, era tan fugaz como las delicadas hojas verdes en estos árboles de junio. Ya era hora de que el verano las tostara con su ardiente brisa y luego el otoño las hiciera caer heladas de las ramas cuando el tiempo hiciera que el mundo siguiera girando. Rob la dejó en la puerta de su casa con un beso que provocó insensibles llamaradas en su nuevo estado de mujer, estremeciéndola, aunque poniendo un final a la música que había estado oyendo toda la noche. Era el último beso. Estaba segura. Pero este adiós resultaba en cierto modo más dulce que cualquier bienvenida, más tocado por la eternidad. Cuando él hubo desaparecido, fue a su alcoba y se tendió en silencio sobre la cama. Las paredes que la rodeaban parecían a punto de echar a volar, llevándose consigo todo el barrio de Queens y los últimos diez años y dejando espacio libre para una nueva vida insospechada lejos de este tiempo y de este lugar. Laura reflexionó en lo que sabía y en lo que ignoraba hasta que el alba brilló a través de las cortinas de su ventana. Ya era mañana. Con este pensamiento se durmió al fin. ~93~
  • 94. Elizabeth Gage La caja de Pandora 6 Corea del Norte, al sur de Unsán 31 de octubre de 1950 Eran las tres y media. La Compañía de rifles D, I Batallón, V de Caballería, estaba en la margen del río Ch'ongyang, preparándose para cruzar. El batallón tenía órdenes de cubrir este terreno y alcanzar el punto de reunión a las 6 de la tarde, como máximo. Desde finales de septiembre la compañía había formado parte de la continua marcha hacia el norte del V y VIII de Caballería hacia el Yalu, acompañado por las KOR2 I y VIII Divisiones. Después de la arriesgada aunque afortunada invasión de Inch'on por MacArthur y de la captura de Seúl, los coreanos del norte iban a la desbandada. La resistencia había sido desigual pero lo bastante dura como para causar importantes bajas en el batallón. Éstas incluían al capitán McBride, comandante de la compañía, quien fue alcanzado por un fragmento de metralla norcoreana en las costillas y enviado a casa. Su sustituto, un antiguo jefe de pelotón de rifles llamado Hal Lancaster, iba ahora a la cabeza de la compañía, mirando a través del fangoso río. A su lado avanzaba su sargento, Chester Coats, un veterano de la Segunda Guerra Mundial y un soldado de carrera. Un sol deslumbrante los machacaba y la reverberación de los rayos en el agua los cegaba. Gracias a la marcha rápida impuesta por Lancaster, llegaron con una hora de adelanto. Los hombres estaban cansados, pero anhelantes por llegar al campamento antes de la caída de la noche y disfrutar de un buen descanso previo a la marcha del día siguiente. El río en aquel punto no era profundo, pero sí ancho. Cuarenta y cinco metros de agua a la altura del pecho. Según el cuartel general del batallón, los NKPA 3 se encontraban a unos tres kilómetros por delante, así que no había motivo de preocupación. El río no era de gran importancia estratégica y el único puente se encontraba a ochocientos metros al este. 2 Abreviatura de Corea empleada en EE.UU. (N. de la T.) 3 Siglas de North Korea People's Army: Ejército Popular de Corea del Norte. (N. de la T.) ~94~
  • 95. Elizabeth Gage La caja de Pandora Como todos sabían, cada día se tropezaban con diferentes emboscadas y dejaban importantes bajas siempre que los coreanos del norte decidían, como si echaran una moneda al aire, atacar a sus perseguidores sólo para diezmarlos. Había que estar ojo avizor en todo momento. Así que era un caso de «proceder con prudencia» como cada día de esta fea guerra, un día en que el aburrimiento de una marcha forzada podía verse interrumpida en cualquier momento por fuego de artillería o de mortero, o por la explosión de una mina que arrancaba la pierna, el brazo o la vida de un compañero. Lancaster iba comentando con el sargento. —Yo iré delante al cruzar el río —dijo—. Retenga al pelotón detrás para que nos cubra con sus armas. Lo haremos cruzar el último. De pronto, Chet Coats pareció preocupado. Sus ojillos oscuros recorrieron las colinas, llenas de árboles retorcidos y maleza, al otro lado del río. Se rascó la barbilla sin afeitar, preocupado—. Teniente —habló en voz baja al muchacho bien parecido que estaba a su lado—. Hay algo en todo esto que me desconcierta. Estos bandidos saben que venimos. No hay razón para defender este río, pero tampoco hay ningún motivo para dejarlo en manos enemigas. No me gusta la atmósfera. Lancaster volvió sus ojos oscuros a las hileras impenetrables de mimbreras que envolvían la otra orilla. El sargento Coats percibía sus pensamientos. Los dos hombres se conocían ya muy bien. —El reconocimiento del batallón informó de que la zona estaba limpia —objetó Lancaster—. La artillería se encuentra a bastantes kilómetros de distancia. No podemos reclamar apoyo aéreo... Coats aplastó con calma una columna de hormigas que se arrastraba bajo su bota como un caballo que golpeara el suelo de su cuadra con el casco. —Tal vez deberíamos enviar una patrulla para reconocer la posición. Sólo para asegurarnos —apuntó. Lancaster reflexionó. —Nuestras órdenes son reunimos con la Compañía A a las seis —replicó—. Nos dijeron que fuéramos deprisa. El reconocimiento aéreo ya ha peinado el área. Volvió a escudriñar las colinas de la otra orilla con ojos cautelosos, claros. En la larga marcha hacia el norte también había tenido que tomar decisiones como ésta. Tal era el precio de un inesperado ascenso en el campo de batalla, que lo había promocionado de jefe de pelotón a comandante de compañía. ~95~
  • 96. Elizabeth Gage La caja de Pandora Coats observó al teniente. Conocía lo suficiente a Lancaster para comprender que su máscara de tranquilidad calculadora no era más que mera apariencia. Su personalidad real era simpática e incluso humorística. Odiaba la guerra, la odiaba con un asco interior que lo espoleaba hasta el final sin flaquear. No quería estar allí, pero su rígido sentido del deber le obligaba a cumplir con su trabajo. En muchos aspectos, Lancaster era un pez fuera del agua entre sus propios hombres. Heredero de una fortuna legendaria, se había graduado en Choate y Yale, y acababa de terminar derecho en Harvard cuando empezó la guerra y se alistó. Estaba prometido con Diana Stallworth, que según se decía era la muchacha más hermosa salida de las filas de la alta sociedad en veinte años. Se rumoreaba que abrigaba ambiciones políticas para después de la guerra. Todo esto tal vez lo habría apartado de los componentes de la compañía, que hablaban con desagradables acentos barriobajeros y sólo esperaban poder pagar las cortinas de sus cocinas a plazos si salían con vida de aquella guerra odiosa. Lancaster les parecía a todos un galán de cine que conducía a sus hombres a través de los arrozales y de las colinas rocosas de Corea. Pero a los hombres no parecía importarles su acento refinado, el dinero de su familia o incluso su reputación de conquistador. Le gastaban bromas acerca de todas estas cosas, pero en un tono que demostraba que habían llegado a aceptarlo y respetarlo. Era un jefe severo que siempre cumplía con el reglamento, nunca se mostró condescendiente con sus hombres. Quizá, pensaba Coats, por eso McBride había elegido a Lancaster para sustituirlo como comandante de la compañía. Coats observó que el joven entornaba los ojos para estudiar el río. —Está bien —dijo por fin Lancaster, quien se echó el casco atrás para pasarse la mano por el pelo—. Procederemos con cautela. Yo iré delante. —Sí, señor. Coats se rezagó reflexionando sobre la complejidad del combate. Pensó que Lancaster estaba equivocado, pero no discutió su lógica ni dudó de su preocupación por la seguridad de sus hombres. En aquel momento sólo había dos modos de hacer las cosas según el reglamento. Lancaster ya había tomado partido. Coats se volvió a los hombres y les gritó: —Está bien, pedazos de bestia. Cerrad las bocas y abrid bien los ojos. Jefes de patrulla, desplegad a vuestros hombres. Vamos a cruzar. ~96~
  • 97. Elizabeth Gage La caja de Pandora Con un gemido general de cansancio y desgana, la columna se puso en pie. Las patrullas de tiradores se desplegaron a lo largo de la orilla. El pelotón de artillería permaneció en la retaguardia con sus morteros de 60 y 81 mm y rifles de 57 mm sin retroceso, listos para cubrirlos por si se presentaba un ataque desde el otro lado de la corriente. Más de un centenar de hombres se adelantó en un silencio casi absoluto. Al vadear el río, sólo se oía el ruido del agua y el golpe ocasional de la culata de un rifle contra la canana. La corriente era débil; la brisa, insignificante. Lancaster había llegado casi a la orilla opuesta, con su contingente de tiradores, cuando sobrevino un hecho sorprendente. De pronto un grupo numeroso y revuelto de ancianos y niños, unos sesenta o setenta en total, emergió de la espesura de juncos en la ribera, y corrió en dirección a los americanos como si fueran sus salvadores. Lancaster indicó a la compañía que se detuviera e intentó comunicarse con el más cercano de los civiles. Parecían refugiados, deslumbrados e histéricos. Un viejo tiraba del brazo de uno de los soldados, gritándole patéticas imprecaciones. Parecía como si lo hubieran azotado y estaba en los huesos. Hal llamó a Coats para que lo ayudara a interpretarlo. Al hacerlo se dio cuenta de que todo aquel grupo de harapientos estaba en muy malas condiciones. Se los veía demacrados, cubiertos de suciedad y en algunos casos con lo que parecía sangre seca sobre terribles heridas. Muchos de los niños iban prácticamente desnudos, con las ropas hechas girones. Pensándolo bien, parecían antes prisioneros de guerra maltratados que simples refugiados. Pese a su aparente cansancio y desnutrición la gente rebosaba de la energía que produce el pánico. Hablaban a los hombres y se aferraban a ellos, zarandeándolos de un lado a otro. Chester Coats acababa de llegar junto a Hal Lancaster. —¿Qué vamos a hacer, teniente? —Tratar de organizar a esa gente y descubrir qué le ha sucedido. — Lancaster frunció el ceño—. Luego llame al cuartel general del batallón y adviértales que nos acompaña un grupo de refugiados. Por suerte llevamos una hora de ventaja. Nos van a entorpecer. En caso necesario, los acompañaremos al punto de reunión y los entregaremos al personal de enlace con el KOR. ~97~
  • 98. Elizabeth Gage La caja de Pandora Mientras hablaba advirtió que la mayoría de los civiles se precipitaba de cabeza al agua. Una anciana vadeaba de rodillas mientras bebía en la palma de las manos con ansiedad. Muchos de los niños hacían lo mismo. «¿Qué demo...?» La incongruencia de su comportamiento llamó la atención de Hal, como una señal de advertencia que asaltara su mente. —Oiga, sargento —comentó Coats—. Esta gente está muerta de sed. ¿De dónde viene? ¿Por qué no han bebido antes si hace rato que están aquí? Chester Coats se había quitado el casco y se rascaba la calva, pensativo. —Cielos. Que me aspen si lo entiendo. Si no pareciera una locura, diría que alguien los empujó fuera de los árboles, ante nuestras narices, sólo para... En aquel momento, una ráfaga de ametralladora salió de la orilla, a menos de cincuenta metros de donde se encontraban. Los ojos de Hal estaban todavía fijos en su sargento. Antes de poder volverlos hacia el fuego, vio cómo la cabeza de Chester Coats estallaba en un chorro de sangre y sesos. La mano con que se había estado rascando la calva, colgó absurda por un instante en el aire, un objeto sin vida antes de que su grueso cuerpo cayera, decapitado, en el agua sucia y empezara a teñirla de rojo oscuro. Hal se quedó como transfigurado por un brevísimo instante. Oía los pequeños morteros coreanos disparando al mismo tiempo que el pesado fuego de las ametralladoras. Con el resultado de media docena de muertos, como mínimo. Comprendiendo al fin que su subordinado de confianza no era más que un cadáver bajo el agua, a sus pies, Hal se volvió para examinar la situación. Los civiles iban corriendo hacia las tropas en el agua y los rodeaban enloquecidos, mientras las balas procedentes de la playa les barrían sin distinción. El fuego de mortero cortaba la retirada de la columna a retaguardia mientras que las ametralladoras se cebaban en los pobres soldados rasos atrapados en el agua. La Compañía D era un blanco perfecto, atrapada en mitad de un río fangoso ya enrojecido por su sangre y la de los civiles. Tal vez deberíamos enviar una patrulla para que reconociera la posición. Las palabras de Coats resonaban en la memoria de Hal. Las escuchó un instante, lo bastante para comprender que había cometido un error y arriesgado innecesariamente la vida de sus hombres hasta tal punto que incluso podía morir él también. Pero la sensación de culpabilidad no entorpeció su reacción. Gritó retirada a la columna del río, indicó a los que tenía más cerca que se pusieran a cubierto y corrió hacia la orilla. ~98~
  • 99. Elizabeth Gage La caja de Pandora Al hacerlo vio más fuego de ametralladora segando sin piedad a ancianas y niños, algunos de los cuales aún estaban bebiendo cuando las balas los alcanzaron. Había cadáveres por todas partes. El brazo amputado de un niño flotaba perezosamente sobre las aguas. Hal cruzó tambaleante aquel caos en dirección a los árboles, oyendo que las balas fatales silbaban a su alrededor. Al hacerlo, se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Los civiles famélicos debían de ser prisioneros de los NKPA, tal vez procedentes de los pueblos vecinos. Los norcoreanos habían sabido que las fuerzas aliadas cruzarían este río en su camino hacia el Yalu. Así que se habían traído su provisión de rehenes civiles, sin duda muertos de hambre y de sed, azotados y aterrorizados durante días, quizá semanas, y después llevados a la orilla del río para distraer a los soldados rasos lo suficiente para que un nido oculto de NKPA pudiera atacar. ¿Por qué? Mientras Hal arrastraba los pies entre la maraña de juncos de la ribera, se dijo que los NKPA lo habían hecho únicamente para matar americanos y a lo mejor como represalia contra esos aldeanos y granjeros que de alguna manera suponían hostiles. Había oído hablar de las atrocidades de los norcoreanos y presenciado algunas en su camino. Sin embargo, nunca se le hubiera ocurrido que los NKPA sacrificarían setenta y cinco civiles desvalidos sólo por el placer de destrozar una compañía de soldados rasos, cuando el ejército de NKPA se estaba ya retirando hacia el Yalu. Tal vez sus generales habían decidido que unas cuantas bajas más harían que los americanos se mostraran más tolerantes en la mesa de negociaciones, y les recordarían que los del norte iban en serio. Esta idea, todos aquellos inocentes que morían ante sus ojos como simples peones de ajedrez, cifras anónimas de guerra, junto con los hombres desesperados de su propia compañía, representó para Hal un golpe más doloroso que la bala que se había incrustado en su brazo derecho unos momentos antes sin que se diera cuenta. Sin embargo, no tenía tiempo de pensar con diplomacia en la brutal ecuación de sangre, porque al mirar a su espalda desde su cobertura entre matorrales, vio el monstruoso desfile de sus hombres, que se debatían aquí y allá en el agua, cegados por el sol implacable. La mitad de su columna se retiraba hacia la orilla opuesta, donde el fuego de mortero coreano ya empezaba a estallar, mientras que el resto se desangraba y moría, y los enloquecidos civiles se les agarraban desesperados en busca de protección. Hal pensó con rapidez. Sabía que sus artilleros no podían montar los morteros de 60 y 81 mm a tiempo de socorrer a la columna. Ni la petición de ayuda de la radio traería apoyo artillero o aéreo antes de que la compañía fuera aniquilada. Las ~99~
  • 100. Elizabeth Gage La caja de Pandora defensas de sus hombres eran inútiles mientras el enemigo los mantuviera emboscados de aquel modo. No podía esperar ayuda de ninguna parte. Estaba solo. Miró hacia la cresta de la colina cercana y vio el humo del fuego de ametralladora de los NKPA. Era interrumpido y pesado, pero su oído entrenado le indicó que sólo procedía de una posición, y que quizá sólo habría algunos NKPA desperdigados entre los árboles. Empezó a subir hacia la posición, con su MI colgando en la espalda, sus cartucheras manchadas ahora por la sangre que manaba de su brazo herido. La adrenalina proporcionó una inesperada fortaleza a sus piernas agotadas y a sus manos anhelantes al comprender que ya no le quedaba tiempo. A menos que fuera capaz de detener el fuego de los NKPA, todos sus hombres y los civiles estarían muertos en cuestión de minutos. No había la menor confusión o desvío en el camino para confundirlo y llevarlo a una decisión errónea. Una curiosa indiferencia palpitaba en él, porque sabía que ya no quedaba nada excepto las balas y su voluntad de detenerlas. Siguió colina arriba como un loco, empujado por la rabia y la imagen de los niños que se ahogaban en su propia sangre en el agua. Ahora llevaba el arma cogida en las manos, puesta en automático y repartiendo balas contra la maleza de la ladera. Las veinte cartucheras de munición se agotaron casi enseguida durante el ataque, pero disparaba y recargaba el arma sin darse cuenta; sus dedos trabajaban como una máquina. Una segunda bala le acertó entre el cuello y el hombro, pero no se detuvo al sentir el impacto. Las matas y las hojas se agarraban a él y le impedían el paso mientras se arrastraba colina arriba. Cogió una de las granadas que llevaba en el cinturón, sacó la argolla y la lanzó hacia arriba sin aminorar el paso. Con gran sorpresa por su parte, sintió el impacto pero no oyó la explosión. Ya no había ningún ruido a su alrededor, excepto una especie de latido infrahumano dentro de su cerebro. Sintió un renacer de energía empujándole y un curioso vacío interior que lo liberaba de cualquier temor. No oía el extraño grito jadeante que le escapaba de la garganta, ni sintió la tercera bala que se incrustó en su muslo. Tenía el nido muy cerca y sus piernas, maquinalmente, le acercaban a él; respiraba con dificultad, disparaba sin cesar, un rugido interior más allá de toda preocupación, más allá de todo, excepto de la muerte. No percibía el fuego que se dispersaba a sus espaldas mientras sus hombres subían la colina, tratando de cubrirlo. ~100~
  • 101. Elizabeth Gage La caja de Pandora Por lo que a Hal se refería, estaba solo. Excepto por Stewart. Porque Stewart se le apareció de la nada, un sonriente Stewart resplandeciente con su uniforme de gala, de pie ante la puerta de la alcoba de Hal, llamándole. «Venga, pequeño, Tenemos que hacer cosas.»¿O tal vez se trataba de un Stewart más joven? ¿Un Stewart adolescente que llamaba a Hal para ir a cabalgar, o a jugar a tenis o a navegar una soleada mañana de domingo? Qué más daba. Era Stewie, sonriendo a través de su muerte con su viejo desenfado, llamándole, ordenando a Hal que lo acompañara. Hal estaba embargado ahora por una alegría demencial, mezclada incomprensiblemente con su rabia, que le llenaba como un gas volátil y letal. Siguió cargando hacia arriba, ya muerto, indiferente a las balas que atravesaban el escaso follaje y tropezaban con sus piernas, sus costillas, su hombro. Lanzó su última granada cuando llegó a la cima de la colina. Después de que estallara, saltó al interior del bunker. Estaba lleno de norcoreanos. Sólo había matado a unos pocos. Los demás parecían sorprendidos. Vio que el de la ametralladora se volvía para dispararle. Hal le disparó al pecho. Otro NKPA se lanzó a la ametralladora sin soldado. Hal le disparó con tanta frialdad como si fuera un blanco en una galería de tiro. Luego estudió la escena. Había unos diez o quince norcoreanos moviéndose, algunos de ellos heridos. Hal se lanzó contra el que tenía más cerca, con la bayoneta alzada. El hombre recibió la cuchillada en el cuello y cayó inmóvil mientras Hal tiraba del alma. En aquel instante, Hal recibió una bala en la espalda. Algo le dijo que la herida era grave y apretó los dientes cuando se volvió para disparar. Viocómo saltaban los cuerpos mientras vaciaba el cargador. Se dispuso a cargar de nuevo y descubrió que se le había terminado la munición. Alzó el arma como una jabalina y la lanzó contra un soldado joven que lo apuntaba. Le dio de lleno en el rostro. La sangre inundó su uniforme al desplomarse. Hal cayó de rodillas, derribado por la bala de la espalda pero sin perder el sentido. Agarró el rifle de un NKPA y se volvió para disparar a los dos norcoreanos que se disponían a situarse tras la ametralladora. Uno de ellos cayó con un suspiro, sangrando por el pecho. El otro sacó la pistola, miró a Hal como si se tratara de una aparición y trató de apuntarle. Hal le disparó al estómago y volvió al bunker. ~101~
  • 102. Elizabeth Gage La caja de Pandora Se había confundido. Había más NKPA, o tal vez eran otros que lo habían visto y corrieron en ayuda de sus compañeros. El rifle estaba vacío ahora, Hal sacó su revólver y les disparó. Volvió a sentir que lo herían de nuevo, esta vez en la muñeca. Las balas ya no importaban. De todos modos sabía que el disparo en la espalda iba a matarlo, así que cuanto le lanzaran ahora no podía empeorar las cosas. En realidad, quizá ya estaba muerto. En ese caso, razonó, podía seguir disparando tanto como quisiera. Era un fantasma. No resultaba extraño que se lo quedaran mirando tan desalentados. Oyó gritos en inglés. Quizá sus hombres subían a la colina. Bueno, ya no importaba. Había matado a toda su compañía, causado sus muertes por su inexperiencia y su obediencia a las órdenes, por su absurda confianza. Si alguno de los soldados sobrevivía a la emboscada, se acordaría de Hal como el teniente inepto que había llevado a sus compañeros a la muerte. Así sea, pensó Hal, mientras seguía disparando a los NKPA que estaban curiosamente inmóviles, quizá también muertos. «Entonces, estamos todos muertos —musitó—. Así que seguiremos disparando eternamente.»No era asombroso que todo este vigor circulara por las heridas de su cuerpo. Oleadas de muerte caían sobre el bunker, llevándole hacia el cielo. Hoy era el triunfo de la muerte. Era un silogismo tan simple que se preguntó por qué no había pensado antes en él: la muerte no puede morir. Esta ironía lo sostuvo y siguió disparando, sangrando por la boca, los oídos y por media docena de heridas mientras las balas lanzaban sus impotentes maldiciones a los risueños dioses de la guerra. Estaba apuntando al último joven coreano que lo encañonaba o trataba de huir, muerto o vivo, cuando una última bala lo derribó. Giró como una peonza al caer y se quedó mirando al cielo azul que le hacía guiños a través del humo, un firmamento tan plácido como el de un campo de golf en Long Island, en junio. Pero recordó que aquél no era un día de verano. Era el treinta y uno de octubre. La víspera de Todos los Santos. Sonrió al ver otros tres coreanos que se le acercaban con las armas en ristre. Sabía que estaría muerto antes de que pudieran disparar. A su modo patético, era por lo menos el ganador. En aquel instante, como correspondía, una última imagen de Stewart se le apareció, descarado y guapo, sonriente como siempre. «Vamos, príncipe Hal. Tenemos mucho que hacer.» ~102~
  • 103. Elizabeth Gage La caja de Pandora Consiguió sonreír, escupiendo sangre al entreabrir sus labios. Stewart se colocó detrás de los vivos y se rió entre ellos mientras se preparaban para matar a Hal y sonrió con ojos brillantes, demostrando una alegría absurda y cómica. Hal empezó a sentir el cansancio. «Bien, Stewie —murmuró—, nos han alcanzado a los dos. Lo siento por mamá.» Vio el rostro de su madre, con sus dulces ojos preocupados, y pensó en su soledad. Mala suerte. Mala suerte. Su rostro fue el último que desapareció, apartado por las oleadas azules y limpias que pasaban sobre su cabeza, dejándolo en ninguna parte. Perdió el sentido antes de alcanzar a comprender que las tres figuras que se precipitaban al bunker eran sus propios hombres. Ramírez y Kartner iban en cabeza y Dick Terrell a retaguardia. Ramírez miró el montón de soldados enemigos muertos y silbó. —¡Cabrones! —exclamó, mientras soltaba su arma y miraba a Terrell—. Joder, mira esto. ¡El muy cabrito se los ha cargado a todos! —¿Está vivo? —preguntó Ramírez, dubitativo. Kartner corrió junto a Hal, alarmado por la sangre que le cubría la cara. Kartner vio su propio rostro reflejado en las pupilas ciegas de Hal. Le tomó el pulso y asintió. —Apenas. —¡Dios mío! —Ramírez sacudió la cabeza—. El teniente ha salvado nuestras cochinas vidas. Terrell no dijo nada. Iba contando los cuerpos que rodeaban la forma inerte de Haydon Lancaster. Se detuvo en diecisiete porque Kartner le gritaba que ordenara el cese al fuego a los hombres de abajo. ~103~
  • 104. Elizabeth Gage La caja de Pandora 7 14 de febrero de 1951 Reinaba el silencio en la explanada sur de la Casa Blanca. Una banda militar y una guardia de honor estaban firmes. Unos combatientes en traje de gala, muchos en silla de ruedas, se alineaban ante una pequeña concentración de mirones y periodistas. Un contingente de generales y militares de alto rango se hallaba presente, incluyendo el jefe del Estado Mayor Conjunto y un representante del teniente general Matthew Ridgeway, el comandante de todos los ejércitos de tierra de Corea. El presidente, una imagen familiar con su abrigo y sus gafas, estaba ante un conjunto de micrófonos, de cara a los veteranos reunidos. Una brisa invernal típica de Washington enrojecía sus mejillas mientras contemplaba la escena que se le ofrecía. Aunque la ocasión era alegre, los pensamientos del presidente eran sombríos. Se disponía a conceder el máximo honor de la nación para una acción que había ocurrido hacía tres meses, un día de Difuntos, a decir verdad, en el mismo momento en que las fuerzas chinas habían intervenido en la guerra de Corea y cambiado su curso definitivamente. Desde la fatídica semana de finales de octubre, el VIII Ejército y el X Cuerpo habían tenido que retirarse ante la enorme ofensiva china. El teniente general Walker, comandante del VIII Ejército, había muerto en un accidente de coche. Las fuerzas estadounidenses habían tenido que evacuar Seúl y las negociaciones del alto el fuego con los comunistas chinos no habían dado ningún resultado. Y lo peor, el general MacArthur, comandante supremo de las Naciones Unidas, había estado haciendo declaraciones irresponsables y peligrosas respecto al modo en que el país manejaba el conflicto. Si no se podía hacer entrar en razón a MacArthur, pronto habría que relevarlo. Esta acción comprometería la posición del presidente como comandante en jefe, dada la enorme popularidad de MacArthur entre el electorado. Así que aquella tarde, el presidente era un hombre muy preocupado. Su país estaba metido en una guerra y no parecía ser capaz de ganar. Además, hasta hacía poco, todos los expertos de la administración consideraban que el enemigo era inconsecuente. El campo de batalla era una tierra lejana de la que poca gente había oído hablar hasta que había empezado la sangrienta lucha, poco menos de un año ~104~
  • 105. Elizabeth Gage La caja de Pandora atrás. La magnífica victoria, la victoria que haría historia, de los aliados sobre el nazismo y el imperio japonés ya no era más que un recuerdo. El mundo había cambiado de la noche a la mañana. Ahora el mal resultaba más difícil de identificar y mucho más duro de combatir. Sin embargo, algunos valores no habían cambiado. El presidente se sintió alentado al contemplar el texto que le habían preparado. Describía un acto de valentía y de autosacrificio que no solamente era exaltado en sí, sino por su carácter especialmente americano. Le hacía enorgullecerse de su país y confiaba en que durante los meses terribles e inciertos que tenía por delante, sabría resistir y tal vez engrandecerse más que nunca. Después de carraspear, el presidente habló ante el micrófono: —Cuando cruzaban el río Ch'ongyang, el teniente Haydon Lancaster y su compañía sufrieron la brutal emboscada de un pelotón de soldados norcoreanos emplazados junto al río. El enemigo utilizó, de forma despiadada y salvaje, a un numeroso grupo de coreanos civiles asustados, todos ellos ancianos y niños, como señuelo para sembrar la confusión entre los americanos. El presidente hizo una pausa cuando vio que el horror de la situación que describía se dejaba sentir entre los militares presentes. —El teniente Lancaster —prosiguió—, al comprender que su compañía de ciento treinta hombres, así como los civiles atrapados y desvalidos estaban expuestos al peligro de la aniquilación, se abrió paso, solo, hacia el nido de la ametralladora enemiga y recibió diversos impactos mientras se acercaba. Con un completo desprecio hacia su seguridad personal e indiferencia por las heridas aún más serias sufridas al alcanzar su destino, atacó y neutralizó al enemigo: mató o hirió gravemente a veintitrés soldados norcoreanos antes de que sus hombres llegaran a la escena. »Los observadores estiman que la acción desesperada del teniente Lancaster en favor de sus hombres y de los civiles atrapados a la orilla del río puede haber salvado unas ciento cincuenta vidas, la mayoría de las cuales se habrían perdido si la ametralladora y el fuego de mortero del enemigo no hubieran sido acallados en cuestión de minutos. «Durante la lucha contra el enemigo, el teniente Lancaster sufrió heridas que hubieran incapacitado a un hombre normal. Cuando sus compañeros de infantería llegaron al bunker, estaba inconsciente, pero rodeado por los cuerpos del enemigo a cuya fuerza superior él se había enfrentado solo. ~105~
  • 106. Elizabeth Gage La caja de Pandora El presidente hizo una pausa. Un silencio respetuoso se había adueñado de la explanada sur, donde los asistentes se esforzaban por imaginar la escena que él evocaba. —Con mi más profunda gratitud y admiración, pensando en aquellos cuyas vidas salvó y todos los que han estado y estarán inspirados por su gallardía y sacrificio, hoy entrego el más alto galardón de la nación, la Medalla de Honor del Congreso, al teniente Haydon Lancaster. El presidente se inclinó para poner la medalla alrededor del cuello de Lancaster. Al hacerlo, vio que el dolor contraía la sonrisa de gratitud del joven. Los médicos aseguraban que Lancaster podría llevar una vida normal, pero sólo después de una larga y dolorosa rehabilitación. —Enhorabuena, teniente —murmuró—. Le debemos mucho. —Gracias, señor presidente. —Recupérese muy pronto —deseó el presidente—. Creo que su país le necesitará en el futuro. Se fijó en una extraña expresión en los ojos oscuros del soldado, llena de humildad y también de algo parecido a la tristeza. Una mano vendada empezó a alzarse para saludar al comandante en jefe. —Hoy, no, teniente. Deje que sea yo quien le salude. Al pensar en las balas todavía alojadas en el interior de aquel cuerpo joven, el presidente casi olvidó sus propios problemas. Nunca se había sentido tan orgulloso de ser americano. ~106~
  • 107. Elizabeth Gage La caja de Pandora 8 Sacramento, California 19 de julio de 1951 Louis Benedict era un hombre satisfecho. Su firma medianamente importante de productos electrónicos, Benedict Products, Inc., tenía una sólida solvencia y estaba en rápido crecimiento, después de unos principios lentos que lo habían tenido trabajando por las noches durante más de una década. Hacía ya tiempo que había devuelto la totalidad del dinero que le había prestado su suegro para empezar el negocio. A los cuarenta y seis años, Lou era por fin dueño de su propio destino. Miró hacia atrás, al principio de su carrera, los días de ingeniero para una gran compañía de San Diego, los primeros años de matrimonio con Barbara, el nacimiento de los hijos, la larga lucha por levantar Benedict Products. Lo consideraba un proceso necesario que lo había llevado felizmente a la plataforma donde hoy se encontraba. Tenía tres hijos preciosos: Paul, de dieciséis años; Cindy, de trece, y Joyce, de once. Tenía una casa encantadora de cuatro habitaciones en un atractivo barrio de Sacramento. Tenía buenos vecinos, amigos que les admiraban a él y a Barbara, y un puesto en la comunidad. Lou estaba tal vez un poco harto de sus esfuerzos de los últimos quince años, pero feliz con los resultados. Hoy podía mirar ante sí a fin de afianzar su mercado en California del Norte y por la costa de Los Ángeles y San Diego, y tal vez muy pronto abrir algunas sucursales en el oeste si sus contratos nacionales iban en aumento. El negocio era floreciente. En realidad, casi demasiado floreciente. La economía de posguerra favorecía razones sociales como la Benedict, porque la electrónica formaba parte de la fuerza del futuro que arrastraba la industria americana y la tecnología. A Lou le daba miedo el trabajo de montar más sucursales, de encontrar más gerentes; contratar y despedir era lo único del negocio que realmente aborrecía, y no lo hacía demasiado bien, por lo que delegaba en otro las responsabilidades cruciales y el tener que preocuparse por problemas que él no sabía dilucidar entre sus cuatro paredes. Así que esperó un poco mientras veía cómo la fábrica luchaba por satisfacer todos los encargos y escuchaba quejas de sus representantes y vendedores, que se ~107~
  • 108. Elizabeth Gage La caja de Pandora enorgullecían de sus nuevas conquistas en ciudades lejanas y estaban ansiosos de que montara sucursales. Lou era el tipo de empresario que necesitaba ocuparse personalmente de todo. No sólo conocía a todos los empleados de Benedict Products, sino que conocía hasta el último material, cada esquema salido del tablero de diseño y cada cuenta de beneficio y pérdida antes que sus propios contables. Era capaz de hacer el trabajo de cada empleado, varón o hembra, y solía desempeñarlo cuando alguien estaba enfermo. Muchas noches volvía a casa con las uñas sucias y la camisa manchada, sonriendo ante las quejas de su mujer porque estaba haciendo el trabajo de toda la fábrica, él solo. Sus amigos lo llamaban blando. Conocía a las familias de sus empleados, los llamaba o visitaba personalmente cuando estaban en apuros e incluso les concedía préstamos, sin interés, de su propio bolsillo. Diez años atrás había organizado un plan de participación en los beneficios que no sólo le había valido el cariño de sus obreros, sino que también le había hecho ganar una mención de «patrono ideal» en las publicaciones comerciales de California. Ninguno de los jóvenes e inteligentes gerentes de Benedict Products se molestaba en dejar la compañía para ganar más en otra parte. Benedict era la más rara de todas las rarezas: una gran familia feliz. Lou estaba tan gordo como cualquier otro hombre de su edad que habitualmente bebiera demasiadas cervezas y martinis el fin de semana, también comía demasiadas hamburguesas y patatas fritas cuando la acumulación de trabajo no le permitía un almuerzo con menos calorías. No podía decirse que fuera guapo, pero su tez rubicunda, tostada por partidas de golf bajo el sol de Sacramento, las ropas bien cortadas, el cabello rubio y canoso, y los ojos algo soñadores, le conferían un aspecto de sana prosperidad americana que daba gloria de ver. Además, razonaba cuando se detenía para mirarse al espejo, no tenía por qué parecerse a Cary Grant para desempeñar su trabajo. Lou Benedict era, si no el más creativo de los hombres, un ser honrado en quien se podía confiar. Y si no era el más feliz de los hombres, estaba satisfecho con su vida. El concepto de profunda realización personal, algo vago en su adolescencia y en los años de facultad, había sido ampliamente eclipsado por el valor reconfortante del trabajo intenso. Sus relaciones de alcoba con Barbara ya no eran lo mismo que antes. Ella era una agradable mujer de cabello castaño procedente de una antigua familia sureña de California, a quien él había considerado un bombón cuando lo aceptó diecinueve años atrás. La tensión del negocio y de mantener una familia los había distanciado en ~108~
  • 109. Elizabeth Gage La caja de Pandora la cama, pero seguían siendo una pareja unida y la constancia de su afecto compensaba la falta de un lazo más apasionado entre ellos. Puestos a juzgar, Lou Benedict sentía que poseía cuanto necesitaba para esta vida. Su pasado y su futuro se unían en un nido tibio y reconfortante de esperanzas y obligaciones que le compensaban con creces de todas las emociones que había dejado de experimentar en el camino. Al menos eso creía. —Hay una tal señorita Dameron —le anunciaron desde el departamento de personal—. Solicita la vacante de la sección de material. No tiene experiencia pero ha obtenido un alta puntuación en los tests y tiene una licenciatura por la Universidad de Wisconsin. —¿Qué está haciendo por aquí? —preguntó Lou. —No viene del Medio Oeste. Creció en California. Tiene un buen promedio en la facultad, según su solicitud. Y bueno, creo que debería verla, señor. Lou sabía qué significaba esto. La solicitante debió de causar una excelente impresión en la sección de personal. No encontraban nada en contra. El debía tomar la decisión. —Está bien. Mándemela —ordenó. Unos momentos más tarde llamaron a su puerta. La secretaria asomó la cabeza para anunciar a la señorita Dameron. Después de ponerse la chaqueta para estar más presentable como presidente de la compañía, Lou se levantó y esperó ante el escritorio. Una pelirroja alta y muy bonita, sorprendentemente juvenil para sus veintidós años, pero casi demasiado segura para su edad, entró en el despacho y le tendió la mano. —¿Cómo está, señorita Dameron? —dijo Lou, indicándole la butaca de las visitas. La observó por el rabillo del ojo al sentarse. Su falda severa le ceñía las largas y aristocráticas piernas. Un bolso de piel se instaló a su lado en el suelo con un leve suspiro. Lo miró con unos asombrosos ojos verdes, cuya profundidad contaba una historia bastante más compleja que la expresión atenta de su rostro. Se dio cuenta de que era mucho más que bonita. ~109~
  • 110. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Bien —empezó—. La sección de personal me ha contado cosas muy interesantes acerca de usted, señorita Dameron. Dígame, ¿cómo se ha interesado por la electrónica? Nosotros somos una compañía curiosamente apartada del camino de una joven con educación universitaria. ¿Qué universidad dijo, por favor? —La Universidad de Wisconsin, Madison, señor —contestó, doblando las manos sobre las rodillas. —¿Cómo fue a parar a Wisconsin? —preguntó Lou, obligándose a mirarle el rostro, aunque sus ojos estaban tentados de recorrer las curvas claramente apreciables bajo la falda y la blusa—. Hace mucho frío en aquella parte del país, ¿verdad? La joven sonrió. Era una sonrisa dulce y elegante que lo reconfortó al mismo tiempo que turbaba cierta parte secreta de su cuerpo. —Wisconsin tenía un buen programa comercial —explicó— y me concedieron una beca, así que me trasladé. Pero tanto frío y nieve no estaban hechos para mí. En cuanto me licencié volví directamente a California. Siempre he querido trabajar aquí. Su solicitud estaba abierta delante de Lou. Vio que sus padres no vivían. Era huérfana desde muy pequeña, dedujo. Aunque su porte era controlado y serio, percibió un rescoldo tan femenino que una pequeña parte de su corazón fue hacia ella. —Empecé buscando los anuncios de trabajo en las publicaciones comerciales — continuaba explicando— y encontré la suya en seguida. Estoy interesada en materiales, compras y dirección. Sé algo de electrónica que aprendí en la escuela. Me gusta la gente de aquí y, bueno, su compañía goza de gran reputación, señor Benedict. Me pareció que valía la pena intentarlo —sonrió—. Naturalmente, depende de lo que opine de mí. Lou empezó a explicarle los productos de su compañía y los mercados. Al hacerlo se fijó en que la solicitante cruzaba las piernas. Tenía el cuerpo de una reina de belleza, alta y con el cuerpo casi tan esbelto como una amazona. El cabello rojo como una llama con reflejos dorados aumentaba su atractivo, al igual que su tez blanca salpicada de pecas como manchitas de sol. Ella le formuló un par de preguntas mordaces mientras Lou seguía con su discurso, unas preguntas que demostraban que conocía su trabajo y que sabía lo que hacía funcionar aquel tipo de negocio. Esto lo impresionó. Pero no tanto como sus muslos, que se movían apenas mientras lo escuchaba, o las finas pantorrillas tras el velo de las medias. Tenía las piernas más hermosas que jamás hubiera visto fuera de una revista de moda. ~110~
  • 111. Elizabeth Gage La caja de Pandora Su postura en la silla era correcta y sin embargo curiosamente provocativa. Incluso los largos dedos cruzados en su regazo eran como criaturas capaces de indecibles hazañas sensuales. Sus ojos nunca se apartaron de los de él, y su expresión sutil parecía acariciarlo incluso a distancia. Al fijarse en cada detalle de su presencia física, el total de su atractivo aumentaba en progresión geométrica. Estaba cayendo bajo su hechizo a pesar de sí mismo. Lou no era un hombre lo bastante mundano como para comprender que estaba presenciando el más calculado despliegue de lenguaje corporal jamás presentado ante un empresario vulnerable. Sólo sabía que la mirada de aquellos ojos y la sonrisa de su carne, combinadas con los méritos sin discusión, iban a hacer casi imposible que le negara un puesto en su compañía. Cuando Lou hubo terminado su discurso, ella lo sorprendió al señalar la fotografía de Barbara y los niños que tenía sobre una estantería detrás del escritorio. —Tiene una familia encantadora, señor. Sus hijos se parecen al padre. —Gracias —respondió mientras se volvía a mirar la fotografía—. No estoy seguro de que sea una suerte. Barbara es la única de la familia con la cabeza bien sentada sobre los hombros. Al hablar, la velada implicación de su cumplido llegó al corazón de sus instintos masculinos. Lo estaba felicitando por su virilidad así como por su atractiva familia. Tuvo que hacer un esfuerzo por mirarla a los ojos mientras le formulaba las preguntas de rigor. Sus respuestas fueron concisas y correctas. Lo impresionó su orgullo tranquilo y su compostura, y lo sedujo el atisbo de intimidad en su voz y porte. Por fin ya no quedaba más que rendirse. —Bien —suspiró—. No me importa confesarle, señorita Dameron... —Oh, llámeme Liz, por favor. —Liz, pues —sonrió—. No me importa confesarle, Liz, que Benedict Products está tan interesada en usted como usted lo está en nosotros. Si su preparación y sus méritos sirven como indicación, tendrá un buen futuro entre nosotros. Somos una pequeña y sólida compañía y trabajamos duro como equipo. No somos la General Motors, pero estamos orgullosos de lo que hacemos. Puede que no se haga famosa trabajando aquí, pero será respetada y aprenderá su oficio tan bien como podría hacerlo en otra parte. Su rostro se iluminó al oír la buena noticia, de manera que pareció más bonita y más joven que antes. ~111~
  • 112. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Gracias, señor Benedict. Le agradezco su confianza. No lo defraudaré. Se levantaron a la vez. Cuando la joven se irguió ante sus ojos sintió un asomo de desmayo. Unos pechos firmes resaltaron bajo la suave tela de la blusa y sus caderas se movieron magníficamente bajo la falda. Era una belleza tan sorprendente que resultaba imposible captar todas sus facetas en el breve tiempo de una entrevista. Pero aquel problema ya estaba remediado. En adelante vería a Liz Dameron en Benedict cada día. —¿Cuándo le gustaría empezar? —le preguntó. —No hay mejor momento que el presente. —Llevaba el bolso en la mano. —Muy bien. La acompañaré yo mismo a la sección de material y la presentaré a Larry y a Glen. Pueden empezar ahora mismo a enseñarle el oficio. Mientras caminaban hacia el ascensor, le preguntó si tenía piso. Le contestó que vivía con una amiga hasta que encontrara un apartamento para ella sola. Le ofreció unos días libres para que se ocupara del asunto, pero ella los rechazó con una sonrisa. Se esforzó en apartar la vista de su cuerpo cuando lo precedió al interior del ascensor y se preguntó si alguien en los pasillos se habría fijado en ellos dos. Cinco minutos después, la había presentado al personal de la sección de material y volvía a su despacho. Al despedirse de ella sintió cierta congoja, porque en sus ojos le pareció ver un asomo de melancolía al despedirse. La joven agitó dulcemente la mano tras la puerta de cristales antes de volverse a Larry Whitlow, el gerente de material. Cuando se encontró de nuevo en la soledad de su despacho, Lou experimentó un íntimo placer casi culpable al retener en su memoria la imagen de la nueva empleada. Pese a su esfuerzo encontró que su concentración en el trabajo estaba turbada por fantasías acerca de cuándo volvería a verla. Aquella noche, durante la cena, pareció preocupado mientas Barbara y los chicos comentaban las incidencias del día. Su mujer advirtió la mirada perdida de sus ojos. Sin embargo, a la mañana siguiente se dedicó al trabajo como de costumbre; llegó temprano al despacho y dedicó toda su atención a una docena de responsabilidades diferentes. A Lou Benedict, un hombre muy ocupado, no se le ocurrió comprobar los informes referentes al título de la señorita Dameron o pedir una copia de su expediente en la secretaría de la Universidad de Wisconsin. No tenía tiempo para esas tonterías en el mundo del trabajo competitivo de hoy en día. Además, Lou no era un hombre suspicaz. ~112~
  • 113. Elizabeth Gage La caja de Pandora Así que nunca sospechó que la frescura juvenil de Liz Dameron podía deberse al hecho de que en realidad sólo contaba dieciocho años. A decir verdad, después de la sofisticada representación en su oficina, tal idea era simplemente impensable. ~113~
  • 114. Elizabeth Gage La caja de Pandora 9 Universidad de Nueva York 3 de octubre de 1951 —Por favor, presten atención. El profesor Nathaniel Clear permaneció inmóvil como una estatua delante de la tarima. Los doscientos alumnos de la clase se quedaron silenciosos al instante. El único ruido fue el rápido movimiento de las páginas de los cuadernos al prepararse para tomar apuntes sobre lo que eligiera decirles. El profesor paseó la mirada sobre los estudiantes. Sus ojos eran negros como el carbón. Tenía el cabello oscuro con unas vetas grises en las sienes. Su piel tostada le daba un aspecto de pirata burlón, acentuado por el cuerpo delgado y fuerte bajo la cazadora y el jersey de cuello alto. El efecto que causaba en los estudiantes era complejo; por una parte era un hombre controlado cuyos silencios inspiraban terror y respeto en los que esperaban oír sus juicios. En cambio, cuando el tema lo entusiasmaba, paseaba de un extremo a otro de la tarima con movimientos cargados de energía viril, manteniendo a los espectadores pegados a los asientos. Su fama casaba con su atractivo personal. A los treinta y ocho años, era el catedrático más joven asignado a una cátedra honoraria de historia pedagógica moderna en la Universidad de Nueva York. Era el jefe del seminario de Historia del Arte, un colaborador de cualquier organización erudita en este campo y autor de tres libros importantes: un estudio de Caravaggio derivado de su discurso doctoral en Johns Hopkins; una monografía sobre Van Gogh que le había merecido en Francia el prestigioso premio D'Arras, y un estudio reciente acerca del desnudo en el arte clásico y romántico que le había proporcionado fama mundial. Nathaniel Clear era un prodigio, sin lugar a dudas la atracción del Departamento de Arte de la Universidad y de todos los estudiantes de la Facultad. Pese a su estricta política de puntuación y al duro esfuerzo que exigía a sus alumnos, sus clases estaban invariablemente llenas desde el primer día de inscripción y seguidas por montones de oyentes fascinados. Laura había decidido conseguir una beca allí, sobre todo por el profesor Clear. Y teniendo en cuenta su ojo crítico, había escrito el ensayo sobre Delacroix para ~114~
  • 115. Elizabeth Gage La caja de Pandora acompañar su solicitud. ¿Quién sabe? Tal vez fue uno de los jueces que leyeron el ensayo y decidieron admitirla con una beca total. Incluso antes de empezar su curriculum, había decidido dedicar su tesis al desnudo, tan impresionada estaba por el brillante trabajo de Clear sobre el tema. Nathaniel Clear era la razón por la que Laura estaba sentada ahora en la décima fila del aula, con la pluma preparada y su atención fija en el hombre de la tarima. Clear se disponía a hablar. Un profundo silencio se adueñó del aula. Señaló un montón de ensayos y dijo: —Tengo sus ejercicios. Dadas las circunstancias, estoy bastante decepcionado. Hemos hablado del desnudo como un acercamiento al cuerpo humano salido de una declaración temática, icónica, a una plástica y formal. Ésta fue la esencia de nuestro trabajo sobre Miguel Ángel, Giorgione y Rubens. Les pedí que analizaran pinturas concretas con el propósito de profundizar nuestra comprensión de este cambio de perspectiva. Colocó cerca de él los papeles que habían sobre la mesa. —En general, lo que me han entregado es paja —dijo pasándose la mano por el cabello—. Refritos de fórmulas lingüísticas robadas de los libros que han leído, incluidos los míos. Hizo una pausa para recorrer con la vista las filas de estudiantes, visiblemente nerviosos. —Tal vez les interesará saber que leo personalmente sus ejercicios sin excepción. No utilizo estudiantes graduados para que me ayuden en este trabajo. Cuando leo sus ejercicios, busco varias cosas. Por supuesto, dedicación al tema. Esfuerzo, sinceridad. Naturalmente sé que encontraré algún trabajo falto de inspiración, no todos podemos ser intelectuales. No todos tenemos ojo para el arte. Pero yo espero ver su trabajo, no el mío. Yo ya he leído mis libros, ¿saben? Sus palabras provocaron unas risitas. —Inútil decir que la dedicación que busco no siempre está ahí. Algunos asisten a las clases solamente para licenciarse. Lo haremos, pero mal, claro. Pero obtendremos el título. La risa, más tensa ahora, se desvaneció rápidamente. —Pero lo que yo realmente deseo ver —añadió con mayor seriedad— es la persona que posee habilidad intelectual y un ojo para el arte, que está dedicada al esfuerzo y que tiene corazón. Porque tal vez les interese saber, estudiantes aburridos, que un cerebro solo no puede dar buenos resultados en esta asignatura ni en ~115~
  • 116. Elizabeth Gage La caja de Pandora cualquier otra disciplina humanística, ni siquiera en las ciencias. Sólo un corazón, una vulnerabilidad ante el mundo, una habilidad en percibir la realidad exterior dará la capacidad de interpretar el arte. Hizo una pausa para que sus palabras hicieran mella en los estudiantes. Luego levantó un solo ejercicio del montón. —Voy a leerles un par de párrafos redactados por un alumno de esta aula, que posee la cualidad que describo. Este ejercicio, debo decir, es el único que recibirá un sobresaliente esta semana. Así que el resto de ustedes pueden volver a sus tableros. Ahora, por favor, presten toda su atención. El tema es la Fête Champêtre, de Giorgione, que, como sabrán o deberían saber, fue el modelo para La merienda de Manet, que suscitó una tremenda excitación en París hará unos ochenta años. Sostuvo el trabajo en alto y empezó: —Nuestro autor dice lo siguiente: «No puedo estar de acuerdo con Horsowski cuando dice que la relación entre pinturas es puramente formal. Creo que Manet empezó imitando, a su aire, la imagen de la belleza femenina de Giorgione. Sin embargo, fue más allá. Vio que a través de la historia el cuerpo femenino se ha tratado más como algo ideal que como realmente humano y por lo tanto, con suma frecuencia, más digno de admiración que de respeto. Así, Manet se fijó en que los dos hombres del cuadro de Giorgione ni siquiera miran a las mujeres presentes, sino que entablan una conversación mientras ellas les sirven vino y tocan música. Manet parodió esta estructura de modo que la mujer desnuda que aparece en primer término mira directamente, aburrida y curiosa, a quien contempla la tela, mientras que los hombres del cuadro la ignoran. »E1 planteamiento de Giorgione se ampara en el uso del mito y la tradición pastoral. Pero Manet plantea el tema de tal forma que atrae sobre sí la ira del gremio artístico. Manet está irónicamente enterado de que el tema pastoral, antaño inocente, dos hombres vestidos y dos mujeres desnudas, escandalizará al más académico de los críticos. Y así nos lo hace ver demostrándonos su sentimiento por la belleza de la forma femenina, así como su simpatía por la condición de las mujeres en el mundo.» El profesor dobló el trabajo y lo devolvió al montón. —Aquí tenemos a un alumno que siente el porqué de la forma y que no se limita a repetir la vieja cantilena de que el aspecto formal es «importante» en arte. Ella ve... caramba, se me ha escapado que es una chica. Lo siento, no quería hacerlo y por supuesto no voy a revelar su identidad. Ella descubre que el empleo de la forma se basa no sólo en un punto de vista social de las mujeres como figuras, sino también en el comentario del artista sobre este punto de vista. ~116~
  • 117. Elizabeth Gage La caja de Pandora El auditorio escuchaba con atención. Nathaniel Clear se encogió de hombros y continuó: —En mi opinión, no se ha adentrado lo bastante en su análisis. Tenía que haber seguido adelante y extendido su pensamiento sobre la Olympia de Manet y quizá la Venus durmiente de Giorgione. Podía haber descubierto que en un principio hay más en Giorgione que una visión socialmente ratificada de las mujeres. En efecto, no ha comentado todos los aspectos. Sonrió a través de unos ojos oscuros que recorrieron el aula con una especie de reto y añadió: —Pero todavía es joven, ¿no es verdad? Además, posee esa cualidad, quizá dudosa, quizá peligrosa, que podríamos llamar la capacidad de cambiarse por una pintura. Es ella y la gente como ella quienes presentarán los planteamientos sobre arte que importan en este mundo. La felicito. Y aunque sé que no puede ponerse en pie y saludar, espero que añadan sus felicitaciones a las mías. Estalló el aplauso, algo obligado por la autoridad del profesor, pero también muestra de auténtico reconocimiento. —Y ahora —dijo mientras se apartaba rápidamente del montón de ejercicios— pasemos a nuestro trabajo. El último día habíamos empezado en el Renacimiento. Su voz llenaba la gran aula, pero Laura seguía clavada en su asiento, confiando en que nadie descubriera que estaba roja como un tomate. Había creído que su ejercicio era espantoso. Lo había escrito deprisa y corriendo con un terror anticipado por lo que el profesor Clear haría con su temible lápiz azul. Le gustaba el cuadro que había elegido para comentar, el moreno y sensual Giorgione y la extraña locura de Manet, pero ni por un instante creyó que los entendiera de verdad. Sin embargo, Nathaniel Clear había alabado el ejercicio y a la propia Laura. Durante cuatro semanas le había costado tanto apartar los ojos de él que ahora apenas tenía la presencia de espíritu suficiente para tomar notas claras de la clase. No solamente era guapo de un modo atrevido y único, sino que también estaba tan lleno de vida, tan lleno de energía y de brillo, que el mero hecho de mirarlo la dejaba sin aliento. Cuando lo vio por primera vez, le sorprendió su juventud y el humor agresivo y vivaz que mantenía a sus alumnos en constante alerta. ¡Qué diferente era del tono ~117~
  • 118. Elizabeth Gage La caja de Pandora frío y razonado de sus libros! Vestido con sus ceñidos pantalones oscuros que se adaptaban a sus largos muslos, el enevitable jersey de cuello alto y la cazadora debajo de la cual se adivinaba su torso, caminaba por la tarima como un felino en la jungla, ágil y peligroso. A medida que pasaban las semanas, Laura encontró que la voz pausada de sus escritos empezaba a armonizar con sus bruscas e incisivas conferencias. Comprendió que la intelectualidad de Nathaniel Clear era una cosa viril, valiente. Se servía de su mente como un atleta se sirve de su cuerpo, con fuertes giros musculares, poderoso esfuerzo y orgullosa confianza en su habilidad para dominar el tema que estudiaba. Había algo heroico en él que dejaba a Laura subyugada de admiración. Desde el primer día de clase ella supo que no se había equivocado al elegir la Universidad de Nueva York por él. La atracción de sus libros quedaba apagada por la excitación de trabajar bajo su tutela. Si había algo importante que aprender en arte, Nathaniel estaba en posesión de ello. Se propuso asistir a todas las asignaturas que daba Nathaniel Clear sisu consejero de facultad se lo permitía. Estaba dispuesta a remover cielo y tierra a fin de ensanchar su mente para poder entender y hacer suyos sus pensamientos. Hoy había dicho a todo el mundo que era digna de él. ¡Hoy le había dado un sobresaliente! Al terminar la clase se unió al grupo de alumnos reunidos al pie de la tarima para recoger los ejercicios. Encontró el suyo y ya se disponía a salir de la clase cuando una voz la detuvo. —De modo que tiene una cara además de un nombre. Se volvió para ver a Nathaniel Clear a su espalda, con sus largos brazos cruzados sobre el pecho. Laura se ruborizó y se quedó muda con el ejercicio apretado en la mano. —Su trabajo ha sido brillante —añadió mientras se le acercaba—. Me alegro de haber tenido la oportunidad de decírselo en persona. —Oh, gracias, profesor Clear —respondió con voz apagada. La impresionaba su presencia física, que desde tan cerca resultaba imponente. Era mucho más alto de lo que imaginaba y de aspecto más fuerte. Un leve aroma de tabaco y de loción para ~118~
  • 119. Elizabeth Gage La caja de Pandora después del afeitado emanaba de él junto con la natural frescura de una piel masculina. Hubo un momento de silencio. Parecía estudiarla, algo escéptico de que aquella diminuta criatura, tan torpe y vergonzosa, hubiera redactado el ejercicio que tan altamente había valorado en público. —Venga algún día a tomar café conmigo —indicó en tono perentorio—. Quisiera saber más de usted. De dónde procede, cómo ha venido a parar a mi clase. Ese tipo de cosas —sonrió—. Después de todo, me gusta saber quiénes son mis mejores alumnos. —Oh, gracias —balbuceó, sosteniendo aún el ejercicio en una mano y los libros en la otra—. Sería..., bueno, muchas gracias. Él consultó el reloj. —Son las cuatro. ¿Por qué no vamos ahora? Laura se quedó inmóvil, sin saber qué responder. —Ya no tiene más clases hoy, ¿verdad? —preguntó alzando una ceja. Tras una breve vacilación Laura sacudió la cabeza. —No creo; quiero decir, no. —Iba camino de la biblioteca, ¿verdad? Le había leído la mente. Se pasaba todas las tardes de cuatro a siete estudiando en una de las grandes salas de consulta antes de ir a su apartamento a cenar. —Vamos —rió mientras la cogía del brazo—. Ya veo que ha estado trabajando demasiado. No vaya a la biblioteca, necesita un descanso. La fuerza persuasiva de sus dedos era demasiado para Laura. Con una débil sonrisa avanzó detrás de él. Su despacho era pequeño y estaba atestado de grandes libros de arte. Se hallaba al final de un corredor con paneles de madera, con Una perfecta vista del Washington Square Park y por detrás se perfilaba la ciudad. La dejó sola un instante, salió al vestíbulo y sirvió dos tazas de café. Cuando volvió la encontró contemplando la vista. Las hojas volaban en el aire frío junto con algunos copos de nieve mientras los estudiantes corrían a sus residencias o al metro. ~119~
  • 120. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Una tarde gótica —comentó, como si le leyera el pensamiento—. El silbido del viento, el cielo encapotado, todo el mundo con los pelos revueltos y las chicas deliciosas con sus mejillas coloradas y las bufandas al cuello. Una buena tarde universitaria, ¿no está de acuerdo señorita Bélohlavék? Laura levantó la vista asombrada. Había pronunciado perfectamente su nombre, las sílabas checas salían de sus labios con absoluta naturalidad. —Hablo un poco el checo —sonrió mientras le pasaba la taza de café—. En mi trabajo uno acaba recogiendo fragmentos de muchos idiomas. Se acomodó en la butaca giratoria detrás de la mesa, con una pierna atlética pasada por encima del brazo, y la miró. Ahora iba viendo muchas más facetas de él: la nariz aguileña, las muñecas fuertes, velludas, bajo las mangas del jersey, las chispitas doradas de sus ojos oscuros. —Hábleme de usted —le pidió en el mismo tono decidido con que la había interpelado en el aula. Laura trató de ordenar sus pensamientos. —Bueno —respondió—. Me crié con unos tíos aquí, en Queens, después de que... después de que mis padres murieran. Asistí a la escuela superior Martin van Burén. Solía dibujar mucho y al principio pensé dedicarme a la pintura. Pero lo dejé y decidí que me gustaba la historia del arte. Luego oí hablar de usted. Hice una solicitud aquí en la universidad y conseguí ganar una beca. En realidad no hay nada más. No soy muy interesante. —Oh, sí que lo es. —La miraba fijamente— . Más de lo que usted cree. Lo estoy viendo. ¿Así que piensa licenciarse en arte? —Oh, sí —asintió Laura. —¿Trabajará de graduada? —Desde luego, si es posible. Me gustaría. —¿Qué? ¿En qué especialidad? ¿Qué época? —Bueno, todavía no estoy segura —se ruborizó—. Creo que elegiré el desnudo. Le estaba arrancando confidencias que jamás había compartido con nadie. Sus pensamientos más íntimos acerca del arte parecían relacionados con el cuerpo humano y con un misterio que la había intrigado durante mucho tiempo, pero en el que debía profundizar algo más antes de llegar a comprenderlo. Su vocación por el arte era inseparable de esta preocupación personal. El profesor Clear le sonreía. ~120~
  • 121. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Tratando de quitarme el sitio, ¿eh? —Oh, profesor Clear —murmuró al recordar su brillante trabajo sobre el desnudo —. Jamás podría... —Tonterías —la interrumpió—. Desde luego que lo hará. Será original, hará un buen trabajo y cooperará. ¿Para qué estamos en esta especialidad, sino para poner los cimientos a fin de que otros vayan más allá que nosotros? Se hizo un silencio. La fuerza combinada de su penetración y de su magnanimidad la dejó desconcertada. —La razón de que hoy la hiciera compartir nuestra clase fue que percibí algo del auténtico artista en el modo de escribir sobre arte. Algo profundamente sentido, algo que la diferencia de los demás. Ahora, dígame: ¿me equivocaría mucho si le dijera que me ha dicho una mentira inocente hace un momento, cuando me aseguró que había dejado de dibujar? Volvió a ruborizarse. Qué fácilmente la entendía. —Sigo dibujando —admitió—, a ratos perdidos. Pero no guardo nada. Esto no era del todo cierto, porque en aquel momento, en una carpeta en su pequeño apartamento, había bocetos del propio Nathaniel Clear, con su chaqueta y su jersey de cuello alto, hechos de memoria cuando dejaba que sus pensamientos viraran hacia la imagen de él en el aula oscura. Si descubrió la mentira, no lo dijo. —No estoy seguro de que sea una decisión acertada. Su trabajo de arte es un documento suyo. Al destruirlo, está pisoteando parte de su propia personalidad, puesto que le resta importancia. Preferiría que lo amontonara todo en algún rincón y lo guardara, aunque nunca lo volviera a mirar. Laura no dijo nada. No se atrevía a encontrarse con su mirada, que la analizaba fríamente, aunque estaba pendiente de cada una de sus palabras. —En cambio —le sonrió— me dice algo más acerca de usted. Es como una pista más en el misterio. Quería ser artista y lo abandonó. Pero continúa dibujando, aunque tira su trabajo. Nunca abre la boca en mi clase, nunca levanta la mano, y sin embargo escribe el trabajo más brillante que he visto en mucho tiempo. ¿Quiere que le diga lo que me hace pensar todo esto? Laura, intrigada, asintió lentamente. —Me hace pensar en que se siente indecisa por una buena razón. Es distinta de los demás. Indudablemente mejor, pero sobre todo diferente. Esta diferencia la hace ~121~
  • 122. Elizabeth Gage La caja de Pandora sentirse al margen, como exiliada. No se integra. A medida que vaya creciendo y aprendiendo, no tendrá que vivir nunca conel aburrimiento de los sueños laboriosos de los demás; pero tampoco tendrá su sentido de seguridad o de pertenencia. Calló para dejar que sus palabras calaran en ella. Podían parecerle presuntuosas, dado que apenas la conocía, de no haber sido tan terriblemente ciertas. —Ahora —continuó— esta soledad la asusta. No quiere estar sola. Desea mezclarse, pero ya sospecha que nunca lo conseguirá. Es un dilema, ¿no le parece? Así que piensa que ha encontrado un compromiso. Se buscará usted un lugar al margen de la sociedad corriente. Y este lugar puede ser un título en historia del arte y un rincón en alguna parte, donde enseñará. Un rincón tranquilo que le permita cierta creatividad sin tener que pagar el precio de esta creatividad. Usted no quiere la vida de privaciones del artista, Laura, ¿puedo llamarla Laura? Ninguna buhardilla invadida de cucarachas. Al contrario, un despacho cómodo repleto de libros como éste. ¿Acierto? El rubor de Laura se había transformado en una avergonzada palidez. Había visto a través de ella. Lo que faltaba en su análisis eran sus pensamientos grises, acerca de los que él no sabía nada. Esos pensamientos la acompañaban después de tantos años y mantenían su opresión en el lugar más recóndito de su imaginación. Parecía estar en constante contacto involuntario con una región oscura por debajo de un mundo soleado de esfuerzo y optimismo humanos, una región que parecía a la vez trágica y curiosamente hermosa. Sus ojos parecían taladrarla, pero su sonrisa se dulcificó. —¿Qué? —le preguntó—. ¿He adivinado? —No lo sé —sonrió Laura—. Tendré que pensar en ello. Algo musical en su voz le encantó. Le dijo: —Sabe, es muy bonita. En realidad, si no le importa la observación de un esteta, es hermosa de un modo especial, de un modo diferente. Uno de estos días un joven se le acercará y tratará de apartarla de todos estos sueños para convertirla en ama de casa y madre. Laura contempló sus manos, frías, que sujetaban la taza. —¿Acaso ya ha aparecido? Sacudió la cabeza en un ademán negativo. —Mejor. Debería dejar que sus sueños tengan una oportunidad antes de abandonarlos. ~122~
  • 123. Elizabeth Gage La caja de Pandora Laura lo miró turbada. —Se enfrenta a un dilema y esto arrastra a mucha gente distraída. Voy a darle una información gratis, Laura, ¿puedo llamarla Laura? Todavía no me ha dicho que sí... —Sí —respondió Laura, riéndose. —El caso es que cuando consiga su título y su pequeño despacho y empiece a preparar cursos y ejercicios que corregir, descubrirá que sus compañeros de la universidad se parecen tan poco a usted como los que la rodean ahora. Sorprendida por esta idea, Laura lo escuchó con atención. —Ante todo serán comerciantes, en busca de un dólar, un ascenso, una promoción, decididos a pisotearla si pueden. Excepto que en este negocio los ascensos se llaman subvenciones y colegiaturas, y las promociones se llaman tenencias. Y el dinero de la profesión no son dólares, sino publicaciones, libros y artículos. No crea que sus colegas serán gente como usted, en absoluto. Se encontrará más sola que nunca. Pero, en cierto modo, ¿no será ése el mejor lugar para usted, Laura? Arrugó la frente. Se sentía muy rara en su compañía. Por una parte la sometía a una disección despiadada, pero por otra parecía acariciarla con su humor y comprenderla realmente. —No sé qué decir —murmuró. —No tiene que decir nada —sonrió—. Relájese. Siguieron sentados, hablando, mientras el café se enfriaba en la taza. Poco después él le preguntó si quería que se lo calentara. Miró el reloj y se dio cuenta de que ya era tarde. La lámpara de su mesa proyectaba una luz amarillenta en la habitación, porque en el exterior ya había anochecido. —Será mejor que me marche. No sé cómo darle las gracias, profesor Clear. —Por favor, no me llame así. No puedo soportar que me llamen por mi apellido. Suena a marca de detergente o limpiacristales. Entre nosotros, fuera de clase, llámeme Nate. Sus labios intentaron modular el diminutivo, pero no lo consiguió, de manera que se limitó a sonreír. ~123~
  • 124. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Voy a pedirle una última cosa —añadió él, inclinándose—. Espero que haga el favor de aceptar, aunque ya me ha dado más de lo que merezco a través de su ejercicio y de su tiempo. Laura esperó, anhelante. —¿Quiere cenar conmigo? Laura abrió los ojos, maravillada como un niño. No podía creer lo que estaba oyendo. —¿Y bien? —insistió—. No soy un ogro. No voy a comérmela. —Yo... quiero decir... ¿cuándo? —No hay mejor tiempo que el presente —contestó alegremente—. Ya la he apartado de sus libros todo este tiempo. Una hora más ya no tiene importancia. —Pero usted estará ocupado —protestó. —Si estuviera ocupado no se lo hubiera pedido. Nunca voy adonde no quiero ir, ni estoy con gente con la que no quiero estar. Además, se lo debo, Laura. Me ha devuelto gran parte de mi fe en la mente del alumno. Deje que se lo pague. —No me debe nada. La idea de que él se sintiera obligado a ella le parecía demencial. —Bien, hágalo entonces para complacerme. Tiene buen corazón, lo estoy viendo. No va a negar a un académico solitario una hora de su compañía. Sentía ganas de reírse de la absurda caricatura de sí mismo. ¡Por Dios, una hora de su tiempo valía como un año de las suyas! Esta idea le indicó cuál debía ser su respuesta. —Está bien. Gracias. —Gracias a usted, Laura. Cenaron en un pequeño restaurante italiano de Greenwich Village. Laura no recordaría nunca lo que comió en aquella cena o lo que dijo Nathaniel Clear. Sólo sabía que durante una hora le contó casi todo lo que sabía de sí misma y mucho de lo que no era consciente de saber. Las palabras le salieron como un torrente incontrolable, tan llenas de anhelo y de inocencia que más tarde se asombraría del hecho de que él no se burlara de su ingenuidad ni una sola vez, sino que la escuchara con absoluta seriedad. ~124~
  • 125. Elizabeth Gage La caja de Pandora Después de la cena le preguntó dónde vivía e insistió en acompañarla a casa. Por el camino se detuvo para enseñarle un edificio de apartamentos, alto y estrecho, cerca del Washington Square Park. —Yo vivo ahí —anunció—. En el piso diecisiete. —Debe de tener una vista maravillosa —observó Laura. —Por eso lo elegí —asintió él—. ¿Ve aquella ventana de la esquina, allí arriba? Es mi apartamento. Alcanzo a ver hasta el centro de la ciudad a la izquierda y hasta la estatua de la Libertad y los muelles a la derecha. Tener la ciudad a mi alcance bien vale el alquiler que pago. —Me lo imagino —sonrió Laura. —¿Quiere verlo? —preguntó—. Suba un momento. La llevaré a su casa después. —La verdad, no tiene que hacerlo —protestó Laura—. Ya le he hecho perder demasiado tiempo. —¡Eh! —Él levantó un dedo amenazador—. Acuérdese de lo que le dije acerca de mi tiempo. Nunca lo malgasto en gente que no me importa. Por el contrario —miró su reloj, ceñudo—, me siento culpable reteniéndola así. Sé que tiene mucho que hacer. Diga que no, si es preciso, lo comprenderé. Laura sonrió, pensando en lo imposible que le resultaría negarse a un ruego de Nathaniel. De nuevo él leyó su pensamiento y le devolvió la sonrisa. —¿Acepta a subir un momento? —concluyó mientras la cogía del brazo—. No lo lamentará. —Está bien. El edificio no tenía portero. Entraron en un diminuto ascensor y salieron al pequeño rellano del piso diecisiete. Había tres puertas. Nathaniel Clear abrió una con sus llaves e indicó a Laura que entrara. Al encender la luz de la lámpara de encima de la mesa, ella miró a las ventanas. Apenas daba crédito a sus ojos. La vista sobre el Village resultaba sobrecogedora. Las calles que ella recorría en sus ocupaciones cotidianas se extendían a sus pies como pequeños senderos torturados a la sombra de los grandes rascacielos del centro. Tal como había afirmado Nathaniel Clear, las aguas oscuras de la bahía de Nueva York llegaban hasta el horizonte, donde la estatua de la Libertad iluminaba el primer plano. ~125~
  • 126. Elizabeth Gage La caja de Pandora Era la más hermosa panorámica de Nueva York que jamás hubiera contemplado o imaginado. Parecía captar la ciudad desde un ángulo privilegiado que le devolvía su juventud y seguridad de espíritu, ahuyentando la tristeza y el cinismo mediante alguna lógica de perspectiva tan misteriosa como la de un gran pintor. —¿Qué le parece? —le preguntó a su espalda. —Una maravilla. Mientras hablaba, sintió que el abrigo de lana le resbalaba de los hombros. Él fue a colgarlo a un ropero mientras ella contemplaba las estanterías que cubrían las paredes. Había centenares de libros y sólo un tercio de ellos hablaban de arte. Los demás trataban de filosofía, literatura, incluso matemáticas, en diferentes idiomas, incluyendo francés, alemán, italiano y ruso. —Bueno, no me interprete mal —observó mientras le entregaba una copa llena de un líquido amarillento que podía ser jerez—. Hay una cosa en el dormitorio que me gustaría que viera. La dejaré que entre sola mientras yo me quedo aquí. No la he traído aquí para que viera mis bocetos. Encendió la luz del dormitorio y regresó al cuarto de estar cuando entró ella. Tuvo la visión embarazosa de una gran cama, pesados cortinajes y más libros. Al volverse a la pared que él le había indicado, vio una pintura pequeña pero llamativa enmarcada en negro. Se acercó algo más para examinarla. A primera vista daba la impresión de ser una composición completamente abstracta que podía representar un estado de ánimo imposible de plasmar en una imagen figurativa. Los colores eran obsesivos, las líneas atrevidas y extrañas. Pero, poco a poco, Laura descubrió que al fin y al cabo había una forma reconocible, oculta tras los gruesos brochazos grises, negros y morados. Era una muchacha. Se la veía de perfil. El cabello oscuro, la tez curiosamente luminosa, aunque las líneas de la cara estaban solamente esbozadas por la intersección de los bloques de color que la traspasaban. Lo más sorprendente de todo: la entera composición de la pintura se centraba en el oscuro iris del ojo, que miraba más allá del plano del cuadro hacia algo que quien lo contemplaba no podía ver. Un ojo fascinante. Brillante, claro, pero envuelto en cierto modo por su propia visión, lleno de carácter y de una complejidad indecible. Laura sintió instantáneamente que esta muchacha, esta modelo, si era real, era alguien muy interesante, poco corriente. ~126~
  • 127. Elizabeth Gage La caja de Pandora Era una pintura brillante, terriblemente confiada, que combinaba la penetración psicológica de los viejos maestros con la abstracción agresiva y formal de la modernidad. Parecía casi demasiado impetuosa y potente para su pequeño marco. De repente, Laura comprendió por qué Nathaniel Clear se la mostraba. Se volvió y lo vio de pie en el umbral. —Lo ha pintado usted, ¿verdad? —le preguntó. —Fue lo último que hice. No le diré cuánto tiempo hace que lo pinté. No quiero envejecerme más de lo que estas canas indican. Sólo le diré que hace mucho tiempo. —Es maravilloso —exclamó Laura, quien paseaba la mirada del cuadro a su creador—. ¿Por qué dejó de pintar? Entró en la alcoba y se colocó a su espalda, mirando el cuadro. Laura vio que sus ojos recorrían la superficie. Esto hacía en cierto modo que la presencia de la muchacha en el cuadro fuera más apremiante. —Era una persona muy especial para mí —explicó— hace mucho tiempo, cuando yo era mucho más joven y más optimista. No tan importante como sería una mujer en la actualidad para mí. Eso creo. No sé si es bueno malo. En cualquier caso, murió. Enfermó de leucemia, a los veinte años. Pinté el cuadro justo después de enterarme de que estaba enferma. Luego, cuando hubo muerto, decidí que ésta sería mi última obra, como un gesto en su honor. Pero fue una decisión mental. Se rió. Luego continuó: —Ella me hubiera matado si se hubiera enterado de que iba a dejarlo. Pero yo sabía algo que ella ignoraba, Laura. Yo sabía que había dicho todo lo que podía decir un artista en aquel momento. Lo veía en esta pintura y lo sentía acabado. Además, me sentía feliz a mi modo. Encontraba sumamente excitante cruzar aquella línea sabiendo que no podía volverme atrás. —¡Pero no debió hacerlo! —exclamó Laura, quien se volvió a mirarlo—. Esto es maravilloso. Brillante. Debió haber seguido... Nate sacudió la cabeza negativamente, sonriendo con cierta tristeza. —No —dijo—. Confunde el ocaso con el alba. Eso es lo que hay en el cuadro: un final. Lo conservo para que me recuerde lo que ha terminado, lo que no puede recobrarse, pero también para recordarme que debo pensar en el futuro. Admiro genuinamente lo que veo en él: la juventud, la ira, la confianza, pero todo esto no me hace lamentar lo que soy ahora, en la actualidad. ¿No es eso lo que cada pintura es realmente? ¿Una declaración acerca del pasado del artista y de su futuro? Un fragmento de tiempo en su más puro estado. ¿Quién dijo esto? Bueno, no importa. ~127~
  • 128. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Sigo pensando que está en un error —replicó Laura moviendo la cabeza—. Debería haber seguido pintando. Todavía puede hacerlo. —¿Por qué? —la retó. —Porque... —arrugó la frente, concentrándose—. Porque los cambios que usted ha sufrido, los cambios de que ha estado hablando, también podrían reflejarse en los cuadros. Incluso las pérdidas, las esquinas dobladas, los pasos que no pueden volverse atrás. —Se detuvo al sentirse arrastrada por sus propias palabras—. Todo lo que me ha confiado podría haberse plasmado en pinturas —terminó un poco confusa. —Cuando me conozca mejor —objetó él—, comprenderá la imposibilidad de lo que dice. Ella lo miró a los ojos y otra vez al cuadro. —¿No se siente solo? Sin pintar, quiero decir. Yo sé que sí me sentiría. De repente se le ocurrió que aquella ambigua pintura contenía los pensamientos grises de Nathaniel Clear. Comprendió por qué había querido dejarlos atrás, aunque sin duda se sentía despojado sin ellos, como se sentiría ella si algún día expulsara sus sentimientos más profundos, para siempre. —Encuentro mucha paz recordando quién era y lo que podía hacer. Hoy sé quién soy y lo que más me importa. A veces lo que ha terminado nos parece más valioso. No hay de qué avergonzarse, Laura. Los únicos verdaderos paraísos, dijo una vez no sé quién, son los paraísos perdidos. Caramba, ya estoy otra vez con citas. Se la quedó mirando, midiendo su perplejidad. —Dígame una cosa. ¿Me mostraría su trabajo si yo se lo pidiera? Ahora que me he mostrado al desnudo, ¿haría usted lo mismo para mí? —la observaba atentamente. Laura vaciló pensando en sus bocetos y acuarelas, todos ellos salidos de lo más profundo de su vida privada, cada uno contenía algo misterioso, no previsto para salir a luz del día. —¿No se acuerda? —le advirtió, prudente—. Los he tirado todos. —Hablando por hablar, pues —insistió, como si la creyera—. Si aún le quedara uno que no hubiera tirado todavía. —Tendría vergüenza —contestó sencillamente, mirando el cuadro de la pared. —Yo también. Guardaron silencio. A Laura no se le ocurría ninguna respuesta. Sesentía en desventaja al encontrarse junto a un hombre tan inteligente. Era distinto de ~128~
  • 129. Elizabeth Gage La caja de Pandora cualquiera que hubiera conocido. Tan sabio, tan conocedor, y sin embargo, no tenía miedo de confesar sus propios miedos, sus propias limitaciones. Miró una vez más a la muchacha del cuadro. Parecía bonita y feliz, pero se presentía un sentimiento complicado y profundo en ella que hacía más obsesivo su encanto. —¿Cómo era? —preguntó Laura. —Era alegre, divertida. Le gustaba estar activa, se comportaba como una ostra para la que el mundo fuera receptáculo natural, incluso cuando supo que no era así. Conocía su otra cara, pero no quería ceder a ella. Convirtió en una cruzada su esfuerzo por mantenerla oculta tras una sonrisa. Laura inclinó la cabeza. Aunque no aparecía ninguna sonrisa en el cuadro, uno se daba cuenta de lo que expresaba Nathaniel Clear. —Era muy valiente —prosiguió—. Incluso cuando se moría, no permitió que apareciera su lado oscuro. Siguió haciendo planes. Dejó de hablar tan bruscamente que Laura comprendió que una fuerte emoción lo había hecho enmudecer. Sintió el impulso de tocarlo, pero le faltó valor para hacerlo. Tampoco supo encontrar palabras para llenar el silencio que él había dejado. —Le diré un secreto —suspiró por fin—. En realidad la he traído aquí para que viera el cuadro, no la vista. ¿Adivina por qué? —No —replicó, moviendo negativamente la cabeza. —Vuelva a mirarla. Observó de nuevo el rostro del retrato, los ojos velados con su turbia claridad. Algo en la muchacha era terriblemente privado, tanto que el cuadro en sí parecía indiscreto aunque la mostraba sólo de perfil. Sólo entonces advirtió Laura que el cabello de la joven era corto como el suyo. —¿No tiene la impresión de estar mirándose al espejo? —preguntó Nathaniel Clear. Laura volvió a estudiar el cuadro. En efecto, los ojos oscuros de la muchacha y su cabello guardaban cierto parecido con ella. —Se parece a usted, ¿no cree? Laura no supo qué contestar. La comparación parecía rebajar en cierto modo a la muchacha. Ella se sentía de lo más vulgar comparada con tan exótica criatura. ~129~
  • 130. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Claro que no es como ella —observó—. Usted es el otro lado, el lado que ella mantenía oculto. Tal vez por eso quise que la viera y que ella la viera a usted. —¿Ella, verme a mí? —Laura se volvió a Nathaniel. —¿Por qué no? Quizá de algún modo se está usted contemplando en un espejo. Ahora ve la parte de usted que ella no podía aceptar para sí. Quizá la he visto a usted en ella desde el principio. Quizá la pinté porque algo en mí sabía que la encontraría algún día. Todo es posible. Aquella idea se enroscó en Laura como una serpiente, porque era similar a cientos de pensamientos que había tenido acerca de cosas que le habían ocurrido a ella, a gente que había conocido y a sensaciones que experimentaba desde su más tierna infancia. ¡Qué hondo había hurgado en su mente, después de tan poco tiempo de conocerse, captando ideas que ella no había querido reconocer! La asustaba y al mismo tiempo la hacía sentirse protegida. Él no se había movido ni había hablado. Seguía todavía de pie a su espalda, mientras la lámpara del dormitorio proyectaba su sombra sobre ella. Cuando el calor de él envolvió a Laura, algo dentro de ella pareció partirse. Todos los comentarios de Nathaniel acerca del cuadro, y sus pequeñas burlas seguidas de observaciones más serias y profundas la hicieron sentir menos sola por primera vez. Alguien capaz de ver con bondad a través de los más íntimos pensamientos de Laura, generoso con su intuición, su experiencia y su sabiduría. Su proximidad abría un vacío hambriento que enervaba a Laura, porque había pasado muchos años tratando de ocultárselo a sí misma. Él debió de advertir que ella estaba a punto de caerse de la frágil rama a la que llevaba tanto tiempo agarrada y sola, porque con suma ternura le apoyó una mano cálida sobre el hombro. Toda ella se estremeció ante la leve caricia de los dedos masculinos, superficial, pero ya tan profunda. Por un momento no se movieron. Luego, lentamente, él empezó a volverla hacia sí. Se estremeció una vez más, al borde del pasado y del futuro, y sintió como si parte de ella tratara de huir de Nathaniel para regresar de nuevo al mundo que conocía. Pero él se le adelantó y los largos brazos que la detuvieron también la tranquilizaban. La acercó a su pecho y la acalló dulcemente con un susurro, como un padre indulgente, mientras le acariciaba el hombro con una palma suave. Avergonzada de su propia debilidad, se permitió descansar contra él, temerosa de tocarlo. El pequeño susurro la tranquilizaba y se sintió al borde de un abismo del que ~130~
  • 131. Elizabeth Gage La caja de Pandora siempre se había apartado durante su prudente vida, el abismo de necesitar a alguien más. Sus labios le rozaron el pelo, porque era mucho más alto que ella. Las manos se deslizaron de sus hombros al cuello y unos dedos delicados le frotaron la nuca, calmándola. Sin saber cómo, aquellos mismos dedos le levantaron la cabeza, lenta, inevitablemente, hasta que sus ojos se llenaron de la oscura belleza de su rostro y los labios se abrieron para él con un ansia única. El beso fue muy dulce al principio, hasta el punto de que apenas se diocuenta de lo que estaba ocurriendo. Un leve roce de labios, embriagador como el brillo de sus ojos que se acercaban más y más, conociéndola toda sin haberla tocado. Lo que ocurrió a continuación fue borroso. El beso se había hecho más profundo, más insistente. En su interior ardía una bengala carmesí. Se disparó por sus piernas hasta su espalda en un paroxismo tan intenso que le cortó el aliento. Por un instante le pareció algo natural, un calor delicioso en todos los sentidos, una prueba del hecho maravilloso de ser mujer. Luego, un chispazo y se volvió insoportable, unos labios que oprimían los suyos, la presión de un duro cuerpo varonil contra el suyo, las manos apoyadas en la espalda, ahogándola. Nunca supo cómo se desprendió del abrazo, cómo se arrancó de lo que le estaba ofreciendo. Sólo sabía que había transgredido una ley terrible al abrirse a él de aquel modo; había tentado a la suerte que seguramente no tardaría en castigarla por su presunción. La voz de los reproches en el interior de su mente la hizo sorda a sus propias palabras al excusarse con torpeza. Luego encontró el abrigo y huyó del apartamento, precipitándose hacia abajo, a la fría oscuridad. Sólo volvió en sí al recorrer la última manzana hasta su casa. La turbación se sumó a su vergüenza mientras subía corriendo la escalera, cerraba la puerta con llave y se dejaba caer en la cama, sin quitarse el abrigo. ¿Cómo había podido arrastrarlo por aquel camino? ¿Cómo había podido abrir aquellas puertas prohibidas a una parte de sí misma que había contenido durante tantos años? ¿Qué locura le había hecho abandonar todas las defensas con una sonrisa infantil, como si ningún castigo en la tierra pudiera acobardarla? Durante un buen rato, reflexionó deslumbrada acerca de lo que le había ocurrido. Después, incluso antes de pensar en apagar la luz, el cansancio la venció pesadamente y unos sueños turbados vaciaron su mente de todo pensamiento y de toda esperanza. ~131~
  • 132. Elizabeth Gage La caja de Pandora ~132~
  • 133. Elizabeth Gage La caja de Pandora 10 Más de una docena de veces en los días que siguieron a su decepcionante cena con Nathaniel Clear, Laura dio gracias a Dios por los exámenes trimestrales. Lo único que se interponía entre ella y los sentimientos insoportables que llevaba dentro era la urgencia inmediata del trabajo. Asistía a las clases, comía apresuradamente en la cafetería, estudiaba más horas que nunca en la biblioteca y se preparaba para los exámenes en silenciosa desesperación. Memorizó montañas de material, preguntándose si se le quedaría algo en la cabeza, porque su mente era como un océano negro en el que todo el material flotante se hundía. Haciéndose una taza de café tras otra en la pequeña cocina de su apartamento, se enterró en la historia de Europa, en sus dos cursos de arte y en el de biología, que era el más difícil de todos. Sabía que se enfrentaría a un gran número de preguntas objetivas en todos los exámenes, con fechas, nombres y nomenclatura biológica que resultaba de una complejidad aturdidora. Se sumió en los hechos casi como si fueran una droga que la aislara de todo lo demás. Con el transcurrir de los días, se fue apoderando de ella una indiferencia tensa, convulsa, que la reconfortó. En su interior se sentía curiosamente cálida, como un horno, pero durante todo el día tenía los pies y las manos como un témpano. El mundo parecía muy alejado de ella y por consiguiente fácil de manejar. Se obligó a asistir a la última clase de Nathaniel Clear antes de finalizar el trimestre, pero no pudo decidirse a sentarse en su asiento de siempre, en el sector izquierdo de la fila doce. Por el contrario, se sentó arriba, en las sombras del aula, junto con los alumnos que tenían miedo de que les preguntaran o de que se notara su ausencia cuando no asistían a clase. Abrió su cuaderno, decidida a tomar apuntes acerca de la abstracción de la conferencia de Clear sin tener en cuenta al hombre que había tras sus pensamientos. Al hacerlo, se fijó en el ejercicio referente a Giorgione y Manet que tanto le había alabado. Se cayó del cuaderno y lo apartó del sitio donde se sentaba. Tomó apuntes minuciosamente detallados de la clase. El Desnudo en rosa de Matisse fue proyectado en la pantalla por encima del atril, y por el rabillo del ojo vio que el puntero recorría las atrevidas líneas de la rodilla levantada de la mujer desnuda, la curva del muslo, la preciosa estructura esbozada por los brazos y la cabeza pequeña, miniaturizada por el artista en beneficio de la composición, y no obstante, más llamativa debido a esta misma circunstancia. ~133~
  • 134. Elizabeth Gage La caja de Pandora Palabra por palabra, Laura fue anotando todo lo que decía Clear de pie en la tarima, sin mirarlo. Curiosamente, empezó a sentir como si el chorro de sus pensamientos le llegara a través de su pluma, como si Clear la utilizara voluntariamente a modo de intermediaria para que extendiera su esencia líquida por las páginas de su propio cuaderno. Laura observaba este proceso maravillada, admirando la penetrante fuerza de su inteligencia aun cuando evitaba observarlo mientras paseaba nerviosamente, arriba y abajo, delante de ella. Durante los intervalos en los apuntes oía murmullos detrás de ella. Eran voces de muchachas, claramente marcadas de admiración femenina hacia la figura distante del profesor Clear. Su charla risueña estaba llena de mal disimuladas expresiones de curiosidad sexual acerca de él. Laura las reconoció. Era un trío de muchachas que le habían llamado la atención en la clase anterior. Siempre se sentaban ahí detrás, donde podían hablar sin ser oídas. Eran estudiantes de cursos superiores, graduadas, se había fijado en ellas alguna vez en el pasillo, fuera de las oficinas del departamento. Asistían a este curso como oyentes, pero en realidad iban solamente porque eran admiradoras de Clear y seguidoras virtuales de todas sus clases. Les obsesionaba su estilo enigmático, como a casi todo el mundo, por cierto, y les gustaba mantenerse a su sombra el mayor tiempo posible. Aunque en apariencia no les prestaba atención y a veces hacía comentarios sarcásticos en clase acerca de «la estudiante a la caza de un título superior después de la graduación» y a la «estudiante núbil que confiesa a su profesor, de un modo que llega al alma, que haría cualquier cosa por conseguir una buena nota en la asignatura», esto no las desanimaba a la hora de asistir a las clases y de intercambiar pequeños murmullos acerca de su atractivo y sus supuestas hazañas sexuales, devorándolo con los ojos y tomando un par de apuntes escasos durante sus conferencias. La más guapa de las tres era una rubia llamada Sandra Richter. Laura sabía su nombre porque ambas estaban matriculadas en Pintura Moderna 103, donde Sandra tenía la irritante costumbre de levantar continuamente la mano para formular al profesor Zuckerman preguntas intrusivas y ridículamente superficiales. Laura se desentendió de las chicas que hablaban detrás. Sin embargo, el eco de sus murmullos la entristecía, porque el misterio del sexo era algo que ahora tenía presente las veinticuatro horas del día. ~134~
  • 135. Elizabeth Gage La caja de Pandora Tal como resultaron las cosas, el ciego ensimismamiento de Laura en sus estudios consiguió el efecto deseado. Conocía todas las respuestas de su examen de Historia Europea y redactó un ensayo conciso y perfectamente razonado acerca de la influencia de la Triple Alianza de Bismarck sobre el equilibrio del poder europeo hasta la Primera Guerra Mundial. En su examen de biología se abrió camino sin tropiezos a través de los sistemas reproductores, digestivos y nerviosos de los invertebrados, las propiedades fotosintéticas de las plantas, la complejidad de la fecundación entre las flores. Contestó todas las preguntas del examen trimestral de Pintura Moderna porque sabía qué tipo de respuestas quería el meticuloso profesor Zuckerman, y volcó hasta la última brizna de su energía e inteligencia en el difícil examen que planteó Nathaniel Clear. Cuando todo hubo terminado, un viernes por la tarde, se marchó caminando despacio por las calles de la ciudad hasta su casa. Era una tarde oscura y ventosa, y pensó que el mundo nunca le había parecido tan deliciosamente helado y reflexivo. Subió la interminable escalera hasta su piso, sin cansarse, pese a que había comido muy poco durante los días previos a los exámenes. Estaba más allá del agotamiento, más allá de todo, excepto de ese blando desprendimiento en el que nada podía afectarla. Se quedó sentada al borde de la cama, demasiado preocupada para pensar en la cena, cuando oyó el zumbido. Laura se sobresaltó. Era la primera vez que sonaba el interfono desde que empezó el curso. No lo había vuelto a oír desde el día en que el tío Karel y el primo Wayne la habían ayudado a trasladar sus escasas pertenencias hasta el apartamento antes de volver a su propia vida en Qeens. Pulsó el botón y preguntó: —¿Quién es? La voz que le llegó por el aparato era masculina, pero incomprensible. Tuvo que repetir la pregunta. —Nate Clear —comprendió por fin—. Tengo una cosa para usted. Laura palideció. —¿Qué? ¿Yo qué? —preguntó con torpeza. ~135~
  • 136. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Su ejercicio sobre Giorgione —le llegó la voz distorsionada en la que, no obstante, captó un eco del tono profundo del profesor—. Alguien lo encontró en el aula. Supongo que lo perdió. A Laura se le había cortado el aliento. No se había dado cuenta de que le faltaba el ejercicio hasta ahora. Pero el sonido de su voz en el interfono despertó un recuerdo que había suprimido e instantáneamente pensó que, en efecto, había perdido el ejercicio, desaparecido de su carpeta. Por lo visto lo había dejado en alguna parte o se le había caído. Tenía unos segundos para decidir qué hacer. La voz del profesor era decidida, carente de humor o de calidez. Miró desesperadamente tras ella al pequeño y abarrotado estudio. Tenía un aspecto realmente abyecto, con su fea cocina y fregadero, muebles viejos, paredes amarillentas y una asquerosa ventana que daba al respiradero exterior. Entonces se volvió al aparato. Con los ojos cerrados, la mente vacía, pulsó el botón para abrir la puerta de entrada. Dio un paso atrás como horrorizada por lo que había hecho. Se vio de refilón en el espejo sobre el fregadero. Estaba horrible. Su pelo revuelto por el viento, descuidado. Las mejillas hundidas por el exceso de trabajo. Agarró el peine y se lo pasó apresuradamente por el cabello. Era demasiado tarde para añadir un toque de color a sus mejillas. No tardaría ni un instante en subir. Recogió el abrigo tirado en una silla y lo colgó de un gancho detrás de la puerta. Sacó los libros de encima de la cama, echó una última mirada desesperada a las cuatro solitarias paredes y esperó atontada frente a la puerta. Oyó pasos en la escalera, rápidos y atléticos. Quizá subía los peldaños de dos en dos. Luego se produjo el silencio en el rellano y hubo una llamada en la puerta que le hizo dar un respingo. Se adelantó, se enredó con la falleba que parecía no querer colaborar y por fin giró el pomo para abrir la puerta. Involuntariamente se apartó un poco cuando le hubo franqueado el paso. Nathaniel Clear estaba delante de ella, con su cabello oscuro brillante a la luz de la bombilla desnuda del rellano. Llevaba una chaqueta de cuero que le ceñía el pecho y los hombros. Tuvo la visión fugaz de unos pantalones oscuros que revelaban la fuerza felina de sus piernas. Con él llegó un soplo de aire fresco y le pareció que le acariciaba la piel de la mejilla. ~136~
  • 137. Elizabeth Gage La caja de Pandora Ahora por fin vio lo que él llevaba en la mano. —Perdió esto. —Le tendió el ejercicio—. Alguien lo trajo al despacho y me lo entregaron. Se me ocurrió que se lo devolvería camino de casa. Supuse que no querría que se perdiera dada su gran calidad. Vio que también traía un cuadernillo de examen en la mano, separado del ejercicio. —También le he traído su examen trimestral. Lo he corregido esta mañana. Sobresaliente, por supuesto. Ha hecho un buen trabajo. La mirada de Laura lo hizo enmudecer. Se quedó un instante inmóvil, de pie en el umbral. Después se adelantó despacio y cerró la puerta tras él. Laura estaba con los brazos caídos, las palmas de las manos vueltas hacia él, temblorosas. Le resultaba imposible ver la mirada suplicante y de entrega en sus propios ojos. Después de una pausa que pareció el trance más largo que jamás hubiera soportado, se encontró en sus brazos. El contacto le resultaba más familiar que las paredes que la rodeaban. Era como si nunca se hubiera separado de él, como si aquel estúpido intervalo de trabajo, de noches en vela y de penoso estudio jamás los hubiera separado. El alivio embargó sus sentidos y comprendió que ya no podría contener más la tormenta que bullía en su interior. Apoyó las manos sobre las caderas de él. Los besos de Nathe le acariciaron la frente, los párpados, las mejillas. —Lo sé Laura —murmuró en su oído—. Lo sé. Laura alzó el rostro hacia él y abrió los labios para recibir aquella lengua masculina que había encontrado su pareja y la acariciaba lentamente. El fermento cálido que la había atemorizado hacía una semana, volvió, le recorrió las piernas y le hizo temblar las rodillas, excitándola de arriba abajo, mucho más ahora porque había perdido la fuerza de oponerse a ello. Ya era hora de que se abandonara a sus brazos y se entregara a lo que debía suceder. Lo hizo con un suspiro agradecido. —Mi dulce Laura —murmuró Nathaniel Clear, quien pareció comprender la lucha de la joven y el placer de su capitulación—. Ya ha pasado todo. ~137~
  • 138. Elizabeth Gage La caja de Pandora 11 Lou Benedict observó a Liz Dameron desde una distancia segura. Larry Whitlow le informó de que el trabajo de la joven en su departamento era poco menos que fenomenal para una principiante. Tenía instinto para hacer planes de antemano y para la política monetaria involucrada en la adquisición y administración de materiales. Además, había conseguido familiarizarse, y ni Larry ni Lou podían imaginar cómo o cuándo, con el pasado de Benedict Products y su presente en el mercado; tenía excelentes sugerencias respecto al tipo de estrategia de producción que funcionaría mejor para el futuro de la compañía. Pasaba muchas horas de su tiempo libre en la División para la Investigación y Fomento del Producto, trabajando sobre los complicados efectos de la economía de posguerra y los recientes avances científicos acerca de metales y electrónica. Era evidente que se tomaba su nueva carrera muy en serio. Cumplía todo su trabajo anticipándose al programa, sus compañeros la apreciaban y ahorraba a Larry muchos quebraderos de cabeza al descargarlo de parte de sus responsabilidades cuando había mucho trabajo. En resumen, era una joya. Como cabeza de la empresa, Lou siempre se había interesado personalmente en los materiales, así que era normal que visitara con regularidad el departamento. Liz levantaba la cabeza y lo saludaba afectuosamente agitando la mano cuando entraba. De vez en cuando le decía algo cuando pasaba camino del despacho de Larry. —¿Qué tal la tratan por aquí? —No puedo quejarme, señor. Su charla inocente casi se le atragantaba, porque ya en la puerta le había impresionado la ropa que llevaba la joven e incluso trataba de grabarla en su memoria mientras le hablaba, a fin de recordarlo con calma, más tarde. Solía llevar sencillas faldas plisadas, que le sentaban muy bien, y jerséis que le ceñían el firme pecho y el delgado torso con especial delicadeza. A veces llevaba vestidos bonitos de colores brillantes, o trajes sastre con los que tenía un aspecto maravilloso, porque su feminidad desbordaba el corte severo de la prenda. ~138~
  • 139. Elizabeth Gage La caja de Pandora También tenía un conjunto negro, falda y jersey, que dejó a Lou sin aliento la primera vez que lo vio y que invadió sus fantasías a partir de aquel día. Había dejado que su brillante cabellera roja cayera sobre la superficie negra, y Liz resplandecía en él, con su tez cremosa y mágica como una creación en color en medio de aquellas paredes grises del despacho, con sus ojos verdes centelleando como joyas cuando le sonrió. Lou se encontró cruzándose con ella en el pasillo con sorprendente frecuencia. ¿O acaso era que subconscientemente estaba siempre al acecho? No podía negar que se apartaba un poco de su rutina habitual a fin de tropezarse con ella. Siempre estaba con amigas, dos o tres chicas de varios departamentos. Su belleza hacía que pareciesen perros callejeros junto a una diosa griega. Cuando aparecía, él casi se detenía sobre sus pasos. A veces, su imagen lo mantenía despierto por la noche, tendido junto a Barbara. Esto lo dejaba confuso y lo preocupaba al despertar, a la mañana siguiente, con los ojos irritados. Al contemplar a su esposa dormida, Lou empezó a reflexionar acerca de su vida matrimonial. Barbara había engordado, su carne ya no era firme y sus encuentros amorosos eran cada vez menos frecuentes. Ahora los chicos eran mayores, ella dedicaba más tiempo a sus cosas, agrupaciones femeninas, almuerzos con amigas, veladas en su club de bridge. Sospechaba desde hacía tiempo que ya no sentía ningún deseo sexual hacia él, y admitía que el sentimiento era recíproco. Lou Benedict nunca se había tenido por un hombre apasionado. Los hijos, la escuela, las vacaciones y el negocio le bastaban, o al menos le habían bastado. Pero ahora echaba de menos algo. Ese algo se había instalado inesperadamente tras la puerta de cristales de la sección de Materiales, donde Liz Dameron trabajaba ante su mesa telefoneando, recogiendo informes y proyectos, levantando la cabeza para sonreír a sus compañeros de trabajo y ocupándose de sus muy preciosos asuntos. Lou trató de sacudirse la obsesión que se apoderaba de él. Alarmado por la cantidad de tiempo libre que dedicaba a pensar en Liz, trabajaba más, se quedaba en el despacho hasta muy tarde. Luego se preguntaba si en realidad se había quedado porque esperaba que Liz también trabajara hasta más tarde, se cruzara con él en el somnoliento pasillo, le dirigiera unas palabras, quizás incluso aceptara que la invitara a una copa. Maldiciendo esta fantasía, trató de ser severo consigo mismo. Buscó el modo de comprender el cambio de vida por el que pasaba en su madurez y los inevitables estremecimientos y tentaciones que debían acompañarlo. ~139~
  • 140. Elizabeth Gage La caja de Pandora Sin embargo, sus esfuerzos por auto examinarse fueron en vano. Lou no era un hombre introspectivo. Durante más de veinte años había vivido sólo para actuar y trabajar de firme. No era un pensador. Vivía su sueño de éxito personal y de seguridad económica sin analizar los motivos o las fuerzas que se agitaban en su interior. Así que no estaba preparado para el efecto que Liz Dameron había causado en él. Finalmente se decidió a invitarla a almorzar. Tenía una buena excusa. Larry Whitlow iba a ocupar provisionalmente el puesto de Vern Innis como vicepresidente de la compañía, porque Vern estaba en la cama con una misteriosa hepatitis. El resultado era que el departamento de materiales se quedaría sin director. Liz ya conocía el departamento casi tan bien como Larry; sus abundantes indicaciones y sugerencias durante las reuniones así lo demostraban. Era la elección obvia para un gerente interino, pese a su juventud y aparente inexperiencia. Además, no había nadie en el departamento a quien Lou pudiera confiar la responsabilidad. La llevó a un restaurante muy discreto en Stockton Boulevard para comunicarle la noticia. Ella tomó un jerez mientras él saboreaba su martini. Aceptó la noticia con una sonrisa sincera, grave incluso en su alegría. —Es una noticia maravillosa —declaró—. Le agradezco la confianza que deposita en mí. Sé que puede contar conmigo para el trabajo. He estado esperando tener algo más de responsabilidad. Me gustaría estar en situación de aprender más de la compañía. —Es sólo temporal, claro. Esperamos que Vern no tarde en volver a su despacho. Pero tendremos en cuenta su buen trabajo, Liz, y lo recordaremos, se lo aseguro. —Gracias por la oportunidad, señor Benedict. —Lou. —Se le escapó la palabra antes de darse cuenta de lo que estaba diciendo. —Lou. —Su sonrisa era tímida al mirarlo. Mantuvieron una charla intrascendente mientras comían y Lou se encontró contándole más de lo que se proponía acerca de sus sentimientos como jefe de la compañía e incluso como hombre. Algo en la sonrisa de la muchacha, con su pequeño resplandor de confianza y bienvenida, parecía invitarlo a hablar. Aprovechó la oportunidad de pedir otro martini mientras seguían conversando. Merecía la pena ~140~
  • 141. Elizabeth Gage La caja de Pandora comunicarse así con ella, aunque lo considerara un charlatán y pensara que había bebido más de la cuenta. A pesar de todo, ella no daba muestras de incomodidad y lo animaba con sus preguntas, aunque se mantuvo distinguida y grave, y siguió la conversación dentro de la corrección más estricta. Cuando volvieron al trabajo, le estrechó rápidamente la mano. Era sólo la segunda vez que la tocaba desde que la conocía, pero ahora el contacto parecía más íntimo. Después de dejarla, ella volvió a su departamento y empezó a preparar su traslado al despacho de Larry. Cuando Lou hablaba de Liz con Barbara, le sorprendía encontrar que su esposa no compartía su orgullo por el trabajo de la nueva empleada ni su entusiasmo por la sangre nueva que había traído a la administración. Barbara la había conocido el Día del Trabajo, en la excursión para empleados, pero no había comentado nada respecto a ella desde entonces. Lou se sacudió este conflicto casi subliminal con su mujer, razonando tranquilamente que debía de haber algo que la preocupaba, al extremo de no devolverle sus sonrisas o asentir cuando le hablaba de Liz. Sin embargo, ahora veía a Liz con mayor frecuencia y se intercambiaban más notas y llamadas telefónicas. Descubrió que sin querer o por falta de tacto, seguía mencionando a la muchacha a la hora de cenar. Liz esto, Liz aquello... La indiferencia de Barbara se hizo más pétrea. Lou empezó a sospechar que o bien sentía una animosidad personal hacia la muchacha por alguna razón de tipo neurótico, o bien la ofendía lo que imaginaba ser una incontrolada admiración hacia ella por parte de su marido. Naturalmente, la propia Liz no sospechaba todo aquello, puesto que nunca veía a Barbara y Lou nunca hablaba de su matrimonio cuando estaba con Liz, excepto por breves alusiones a los problemas de sus hijos, sus éxitos en la escuela, o los quebraderos de cabeza ocasionados por su adolescencia. Lo sorprendió muchísimo cuando, de pronto, Liz los invitó a él y a Barbara a una cena en su pequeño apartamento. No podía rehusar. Liz era ahora una parte importante de la compañía. ~141~
  • 142. Elizabeth Gage La caja de Pandora La velada fue sutilmente tensa. Liz los recibió con una sonrisa, los instaló en el sofá, sirvió a Lou un martini preparado exactamente tal como le gustaban, y un ginger ale para Barbara, que no tomaba alcohol. Preparó un atractivo surtido de entremeses y sostuvo una animada charla mientras les servía una cena modesta pero bien preparada. Liz se mostró dulcemente acogedora en su comportamiento y Lou se sorprendió al comprobar que Barbara se mantenía distante. Su esposa se comportó con frialdad toda la velada y fue gélidamente correcta al dar las gracias a Liz cuando se despidieron. Lou se atrevió a reprochárselo en el coche, camino de casa. —¿No podías mostrarte más amable? —preguntó, apartando los ojos del camino para mirar su rostro pensativo—. La pobre muchacha ha tratado de ser simpática, por el amor de Dios. Piensa en todo el trabajo que se ha tomado. —Déjalo —respondió Barbara evasiva—. No me encuentro bien. Estoy segura de que es una chica estupenda. A pesar de todo, en sus ojos se leía una opinión diferente. Durante las cuatro semanas siguientes Liz dirigió con éxito el departamento, manteniéndolo tranquilo pero a la vez estrechando las relaciones con su personal. Sus informes a Lou en las reuniones de ejecutivos eran más organizados y concretos que los de Larry, con todos los datos calculados en porcentajes y rigurosamente comparados a las cifras del año anterior, del otro e incluso de cinco años atrás. Su percepción intelectual del movimiento económico en la sección de material como función de una gran compañía parecía aún más preciso que el de Lou. —Es una joya —confesó a Larry en privado—. Me alegro de que esté aquí con eso de la enfermedad de Vern. Larry asintió, pero sus ojos normalmente alegres estaban velados. Después de todo, esta atractiva novata lo estaba suplantando en el puesto que tendría que volver a ocupar en cuanto Vern se recuperara. Dándose cuenta, Lou añadió: —Me sentiré más tranquilo cuando vuelvas a ocuparte tú, Larry. Pero me alegra comprobar que se esfuerza. ~142~
  • 143. Elizabeth Gage La caja de Pandora El desequilibrio causado por la ausencia de Vern parecía redundar en beneficio de la compañía y Lou se felicitó por haber podido disponer de tan buenos empleados en la crisis. Era sincero consigo mismo cuando daba gracias a la suerte por Liz Dameron. Era la eficiencia en persona. De no haber llegado tan providencialmente, ahora estaría hasta el cuello de preocupaciones. Pero cuanto más cerca de ella trabajaba, descubría que su apreciación de las habilidades de la joven se confundía con la admiración por su juventud y belleza. Ahora era un concepto único: la incansable energía y confianza de una joven hermosa e inteligente. Ya no podía ocultarse que sus noches en blanco junto a su esposa dormida pertenecían a Liz. Era dueña de sus pensamientos. Aunque las señales de peligro procedentes de Barbara le aconsejaran hablar menos de Liz, quitarle importancia cuando comentaba cosas de la compañía, el tiempo que pasaba pensando en ella aumentaba. Recordaba el aspecto de Barbara sentada ante la pequeña mesa el día de la cena en el apartamento de Liz. Una junto a la otra, las dos mujeres le habían parecido la personificación de la juventud y la vejez. Liz, toda color y belleza; Barbara mustia pese a su maquillaje y al elegante vestido que llevaba. La doble imagen perseguía a Lou, porque era mucho más que un recuerdo. Parecía representar también un cambio, una bifurcación en el camino entre un pasado que conocía de sobra y un futuro tan prohibido como atrayente. Representaba un cambio del que no podía evadirse. Su misma existencia le pedía seguir adelante, elegir una nueva dirección, dar el primer paso. Día a día, sutilmente a medida que las fantasías dominaban todos sus pensamientos, empezó a pensar que ya había dado el primer paso. Las noticias acerca de Vern Innis empezaban a ser más descorazonadoras. Los análisis parecían rechazar la hepatitis infecciosa y cada día se debilitaba más. Cuando Lou fue al hospital a visitarlo, Vern tenía un aspecto pálido y demacrado. Una noche, ya tarde, Lou llamó a Liz Dameron a su casa desde el despacho. —Me pregunto si podría pasar un momento —pidió—. Me gustaría comentar una cosa con usted. ~143~
  • 144. Elizabeth Gage La caja de Pandora Hubo un corto silencio en la línea. De repente se sintió como un colegial, temeroso de que se negara. —Naturalmente —respondió tranquila—. Venga. Cuando llegó, ella llevaba puesto el conjunto negro que tanto gustaba a Lou. A la tenue luz de la lámpara de su mesa, resplandecía como una aparición. Le sirvió una copa y luego se sentó, mirándolo expectante. —Estoy preocupado por Vern —empezó—. Tengo la impresión de que pasará mucho tiempo antes de que vuelva con nosotros. Los médicos no nos dan buenas noticias. Creo que está muy enfermo. —Cuánto lo siento. Esperaba que su recuperación fuera más rápida. Lou bebió un sorbo. —Ahora bien, todo eso me pone en un aprieto. Si Vern se ve obligado a retirarse, tendré que poner a Larry en su puesto. Pero eso me dejaría sin un gerente permanente en la sección de material. Podría revisar las listas de personal, claro, y tratar de encontrar a alguien. Tenemos empleados estupendos, pero no estoy seguro de que eso sea lo más conveniente. Hubo un silencio. Lou respiró hondo. —Me pregunto qué le parecería, Liz, ocupar el puesto de Larry de forma permanente. Liz pareció sorprendida. —Estoy segura de que no será necesario. Vern saldrá pronto de su problema, ¿no cree? —Bien, pero debemos de estar preparados para cualquier eventualidad —insistió Lou—. ¿Se ve capaz para el puesto? La joven pareció reflexionar. Le resultaba raro que una criatura tan hermosa se sumiera en tales reflexiones, pesando una situación triste con un rostro hecho para las sonrisas y la felicidad. Lou observó de nuevo un extraño fondo de melancolía, sensible e incluso triste, en los ojos de Liz. Parecía hacerla infinitamente más profunda e incluso más atractiva que antes. Por fin dijo, animada: —Aprecio la confianza que deposita en mí. Si llega a ser necesario, lo haré lo mejor que pueda. Confío en que no le fallaré. Sonrió. Lou vaciló antes de continuar, exhalando un profundo suspiro. —Bien. Me ha quitado un peso de encima. ¿Sabe?, todos pensamos que ha desarrollado un trabajo magnífico, Liz. Me reconforta saber que puedo contar con ~144~
  • 145. Elizabeth Gage La caja de Pandora usted. Una cosa más —añadió—. Por favor, no se ofenda si le parezco demasiado curioso. Espero que su nuevo puesto no provoque ningún conflicto en su vida privada. Tengo el convencimiento de que es usted una mujer de carrera, Liz. Pero si tiene planes, matrimonio, hijos, lo que sea, que le impidan aceptar esta nueva responsabilidad con nosotros, la cosa sería diferente. Necesita mucha dedicación por su parte, en tiempo y energía. No quisiera forzarla a abarcar demasiado. —No se preocupe por eso —rió Liz—. No tengo más planes que los de Benedict Products. Después de aquellas palabras se hizo un silencio entre ambos. Lou miró los paisajes que colgaban de las paredes. La modestia del apartamento parecía resaltar con mayor espectacularidad la belleza de la joven. La seguridad que ella le había dado lo relajó y le dolió tener que romper este momento de confianza e intimidad. —Bien —suspiró—. Será mejor que me vaya. Liz se levantó al mismo tiempo que él y fue al ropero para buscarle el abrigo. —Gracias por recibirme sin previo aviso. —Ha sido un placer —le sonrió, mientras le tendía el abrigo junto a la puerta—. Venga cuando quiera. En un gesto de amabilidad le sostuvo el abrigo por el cuello para que pudiera ponérselo, de espaldas a ella. Sintió que las manos de Liz le alisaban el tejido sobre la espalda. Debido a la proximidad alcanzaba a percibir su fragancia y casi sintió el calor de su cuerpo a través de la trinchera. Al volverse sintió que se le aflojaban las rodillas. Le pareció ver un asomo de sonrisa en los labios de la joven. De pronto, se puso seria. —Liz. —La sílaba le salió espontáneamente. En el último instante algo se había apoderado de él al sentir el contacto de aquellas suaves manos sobre los hombros. Se debatió inútilmente para contenerse. Su preocupación por Vern, su confusión personal en los últimos dos meses, la copa que había tomado; era demasiado. La joven parecía animarle a apoyar la cabeza sobre su precioso hombro para olvidarse de los problemas. —Lo siento —dijo abrumado—. Lo siento de verdad... —Olvídelo. —Le tocó los labios para que se callara—. Venga cuando quiera. Le aseguro que siempre me alegro de verle. ~145~
  • 146. Elizabeth Gage La caja de Pandora Volvió a sonreír con dulzura, tranquilizándolo. Se sintió atraído hacia ella por una fuerza más allá de toda resistencia humana. Ella lo observaba interesada; aunque no se movía parecía acercarse a él y envolverlo. De pronto se le escapó la mano sin darse cuenta, y casi le tocó el brazo bajo el jersey negro antes de poder retirarla. Ella era como un imán, irresistible, incitante. Aguantó hasta el último instante, esclavo de la sombra, del silencio y de los bellos ojos que le contemplaban con franqueza. La carne bajo la ropa lo atraía con una insistencia inhumana. Sintió que se tambaleaba en el aire cargado. Sus labios fueron acercándose a ella centímetro a centímetro, en la entrega más lenta y angustiosa de toda su vida. Luego, como si los hados se compadecieran de él, terminó la espera. La tenía en los brazos, los labios de ella le rozaban la boca, y sus dedos le acariciaban la nuca. Sintió la suave presión del pecho y de las caderas contra sí. Su beso fue tímido, un roce tibio y superficial, pero algo en su cuerpo debió de advertirla, dominar su natural reserva, porque entreabrió los labios y una lengua suave y cautelosa acarició la suya con delicado tanteo. La abrazó y por primera vez sintió el tacto de su espalda. ¡Qué suave era! ¡Cómo se acurrucaba aquel cuerpo precioso entre sus brazos! Su sabor vino a sumarse a las sensaciones que ya lo embargaban. Nunca había experimentado o imaginado nada tan maravilloso como aquel beso. Pero antes de que pudiera seguir saboreándolo, despertó en él un hambre nueva, una excitante intimidad en los mensajes que iban de un cuerpo a otro. Sentía el calor del deseo femenino eclipsando su casi juvenil aquiescencia. Era toda una mujer, majestuosa, hermosa, dispuesta para el amor. Bajo sus pantalones, el sexo se le había despertado y estaba erecto, esforzándose por llegar a la pelvis de la joven, de modo que tuvo que contorsionarse para evitar tocarla. «Me desea. —Oyó una voz exultante en su interior—. Dios mío, me desea.» Oscilaban en la penumbra. Lou no podía moverse ni soltarla. Asustado ante su propia pasión, se esforzó por dominarse, por adquirir un control que no llegaba. Decidió dejar que sus manos hicieran lo que quisieran, y resbalaron por la espalda de Liz hasta llegar a los dos suaves globos que tanto había admirado. Para cerrarse por fin encima de ellos, apretándola contra la hambrienta dureza de su sexo con un gemido que le quemó la garganta. Ella lo detuvo. ~146~
  • 147. Elizabeth Gage La caja de Pandora —No —murmuró con voz muy queda, apartando la cara y apoyando una mano en el pecho del hombre—. Lou, no. El sonido de su propio nombre en aquellos dulces labios fue la orden más imperiosa. Escarmentado por su modestia, pero más que convencido de la necesidad de interrumpirse, la soltó. —Dios mío, cuánto lo siento, Liz. No sé qué se ha apoderado de mí. Por favor, no piense... Pero su sonrisa había reaparecido, desarmándolo. —No lo sienta —le dijo, mirándolo tranquila. Entonces, con una dulzura que desplazó el último lastre que retenía sus pies en tierra, le devolvió el abrazo, rozándolo de nuevo con un beso. Al hacerlo, él sintió otra vez la tímida presión de aquel pecho, el roce de sus largos muslos y de su pelvis contra sí, la caricia de sus dedos en la nuca. Creyó morir. —Ahora sea buen chico —le dijo, rozándole los labios. Lou se apartó, impresionado por su belleza, tratando de medir su propia vergüenza y recobrar cierto equilibrio. Se esforzó por encontrar palabras, pero no se le ocurrió ninguna. —Debería irse ahora —le aconsejó—. Su esposa estará ansiosa. —De verdad, Liz, lo siento —barbotó. Liz movió la cabeza y le dio unas palmadas en el hombro mientras le abría la puerta. El bello rostro de Liz ya desaparecía, una visión irreal iluminada por llameantes ojos verdes, cuando sus últimas palabras llegaron a él. —No se preocupe. De verdad. Venga cuando quiera. Cuando quiera. ~147~
  • 148. Elizabeth Gage La caja de Pandora 12 Durante el mes siguiente, Laura vivió en un sueño. Era un sueño extraño, cargado de pesada estimulación intelectual, un impulso creciente así como una ardiente intoxicación sensual que Laura nunca había considerado posible. Llevaba una doble vida. Asistía a las clases, tomaba abundantes apuntes y pasaba largas horas estudiando en la biblioteca. Iba siempre un paso por delante de sus profesores, que eran aficionados a tender pequeñas trampas en sus exámenes y preguntas, de modo que los que esperaban un sobresaliente sacaban un notable, cada notable un aprobado, a fin de mantener constantemente a los alumnos al borde del fracaso. Laura estudió la personalidad de sus profesores para encontrar debilidades que le permitieran cogerlos desprevenidos y arrancarles el sobresaliente, mediante un trabajo voluntario que no se esperaban, mencionando un artículo que hubieran publicado, o descubriendo una escuela de crítica a la que pertenecieran. Laura hacía todo esto con la cabeza muy clara y la más fría determinación del mundo. No obstante, mientras una mitad de ella se esforzaba con una completa concentración por conseguir un perfecto sobresaliente en su primer curso de facultad, la otra mitad aguardaba agazapada ajena a este deseo insignificante, y ansiosamente dedicada a algo completamente distinto. Cuando sonaba el teléfono, la voz profunda de Nate se metía en su oído con una silenciosa invitación y entonces su otra mitad prohibida la asaltaba como un forajido, transformándola en un instante en una criatura que sólo vivía para el placer que la esperaba al otro lado de la línea. Laura dejaba su trabajo, que había terminado pronto en espera de esta llamada que ahora le llegaba varias veces a la semana, y se apresuraba a lo largo de las calles batidas por el viento hacia la casa de Nate, y subía en el ascensor hasta el rellano donde él le abría la puerta para recibirla. Entonces la cogía entre sus brazos y le besaba la mejilla mientras cerraba la puerta tras ella. Después, con sorprendente cortesía, la sentaba en el sofá de su sala de estar y le preguntaba cómo le había ido el día, las clases, las notas, los exámenes. Las ~148~
  • 149. Elizabeth Gage La caja de Pandora respuestas solían ser breves, casi monosilábicas, como las de una niña, porque su necesidad de él ahogaba su interés por los estudios. Por fin, él se echaba a reír, como si le leyera el pensamiento, y la abrazaba. Ahora sus besos eran serios y tan íntimos que en un instante la carga eléctrica del deseo masculino pasaba a sus brazos acercándola cada vez más a él. La pasión casi los enloquecía en los primeros momentos. Pasaban al dormitorio y se desnudaban en un abrir y cerrar de ojos, sus labios y sus manos buscaban zonas de placer tan intenso que se veían obligados a unirse y terminar cuanto antes. Sólo después de aquel primer encuentro ardiente recobraban el aliento, se dejaban caer sobre la mullida cama y saboreaban la novedad de estar juntos mediante pequeñas caricias, abrazos y ternezas murmuradas. Durante aquel instante encantado, a media luz, Laura yacía sin fuerzas en los brazos de su amante. No lograba distinguir su rostro porque la noche caía temprano en aquella estación. Sin embargo, el cuerpo de Nate era como una fortaleza que la protegía de todas las incertidumbres del mundo exterior, y ella se dejaba mecer adormecida en su sombra, una esclava del hechizo que le tendía con su cuerpo y su personalidad. Su propia ceguera le parecía un bálsamo ya que sólo quería verlo a él. A pesar de todo, los dedos perezosos y los labios sabios de Nate eran como llamaradas que se acercaban al rescoldo que dormía en el interior de sí misma, y en seguida volvía a abrirse a él. Esta vez se amaban más despacio, con una intimidad deliberada, consumiéndose más pese a la languidez. Nate tanteaba y encontraba los puntos secretos, tan recientemente descubiertos, que parecían enloquecerla de deseo. Cuando él ya no podía contener más su excitación, la cubría con su cuerpo y la acometía con tal fiereza que la dejaba sin aliento. Laura se arqueaba y se esforzaba para que él llegara hasta lo más hondo dé su cuerpo, para que cuando su pasión estallara la poseyera por completo, sin que ningún rincón de sí misma quedara ajeno al acto. Cuando todo había terminado y sentía las perezosas pulsaciones de su cuerpo lleno de la semilla de Nate, tenía la impresión de que esa esencia líquida y viril que la había catalizado destruía su antiguo ser y lo reemplazaba por uno nuevo capaz de pensar, de ansiar, de un éxtasis que jamás había imaginado ni en sus más pecaminosas fantasías. Oían el rumor de la ciudad al otro lado de la ventana, alguna sirena, un camión que circulaba pesadamente por un callejón, la risa de una pareja al pasear por la calle. Laura percibía el jadeo y la respiración de la ciudad, que les enviaba su enorme ~149~
  • 150. Elizabeth Gage La caja de Pandora vitalidad a través del frágil edificio y luego a través de sus venas, cuando el contacto de su amante hacía que se estremeciera incluso su mismo corazón. Curiosamente, los pensamientos grises seguían flotando a su alrededor. Sin embargo, ya no eran una vieja y hundida melancolía, sino algo lírico y feliz. Cantaban la locura del cambio y de la novedad que la cogían desprevenida como la sorpresa que encandila a un niño. Celebraban la secreta metamorfosis que se oculta bajo la mansa igualdad y rutina de todos los días, un cambio peligroso tal vez, pero lleno de magia y de aventura. Contempló la silueta de Nathaniel Clear en la cama junto a ella. Comprendió que en muchos aspectos seguía siendo un enigma para ella. Algo en Nate se mantenía siempre al margen, incluso en la intimidad. Hablaba poco de su pasado, y nunca de su familia: Laura tuvo que enterarse a través de un graduado del departamento de Arte que Nate tenía un hermano en Oregón. Se negaba a hablar de arte con ella en sus momentos privados, alegando que no quería llevar a casa el trabajo del despacho. Su relación con ella parecía meramente física, sin palabras. Cuando le hablaba era con un humor que parecía leer su mente a la par que cada vez revelaba menos de sus propios pensamientos, que calificaba de poco importantes cuando ella se interesaba por ellos. A veces su mirada parecía reflejar preocupaciones secretas, que no mencionaba. Laura sospechó que trataba de protegerla de las complejidades de su vida, para no preocuparla. Aquel hecho no le gustó porque quería compartirlo todo con él, tanto el dolor como el placer. Pero le concedía de buen grado su intimidad, no sólo porque aún letenía miedo, sino porque consideraba que el mejor regalo de una mujer adulta era conceder a su amante una existencia independiente, no exigirle que perdiera la libertad. En cierto modo esa separación grave y fríamente ponderada sólo añadía misterio y romanticismo a su unión. A veces, cuando todo parecía seguro, pasaba la noche con él y hacían el amor por la mañana; sus caricias mutuas los sacaban de la somnolencia y en el transcurso de unos instantes mágicos llegaban a una excitación súbita. Después la sentaba desnuda delante de él a la luz de la ventana y le contaba cómo la pintaría si todavía se dedicara a ello. Hablaba de los cuadros de Manet, de su modelo Victorine, de la obsesionante Dora de Picasso y explicaba a Laura que sus encantos excepcionales podían engendrar obras maestras tan grandes como aquéllas. Con frecuencia solían contemplar juntos el cuadro de la muchacha en su dormitorio. Nate se colocaba detrás de Laura con las manos en sus caderas, frotándose contra ella, haciendo que la joven entornara los ojos de placer. ~150~
  • 151. Elizabeth Gage La caja de Pandora Era como si la muchacha del cuadro se pareciera cada vez más a ella. ¿O acaso era ella la que captaba rasgos del cuadro? No podía decirlo. Le parecía estar viviendo en medio de un sueño como el de Dorian Grey, en el que la imagen espectral de la pintura se comunicaba con lo más hondo de su propio ser. —A veces me parece muy diferente —confesó a Nate mientras contemplaba la tela. —¿Más parecida a ti? —Le había leído el pensamiento. Asintió en silencio. —Bien, a lo mejor tú la has cambiado —dijo—. En realidad, sé que lo has hecho. Para mí no representa lo mismo que antes. Supongo que éste es el medio para que los vivos establezcan contacto con los muertos. No hay nada sagrado. No hay nada que permanezca igual. Laura escuchaba sus palabras, sentía su hechizo y era feliz. Cuando asistía a sus clases la emoción de oírlo hablar era mucho mayor que antes. Advertía que lo entendía mejor porque conocía al hombre que se ocultaba tras los pensamientos que fluían deslumbrantes a través de aquella voz profunda hasta su propia pluma. Podía abrazar sus conceptos con la misma aceptación con que recibía su cuerpo. Su propio crecimiento intelectual se veía espoleado por él hasta alcanzar unas cimas que jamás había esperado escalar cuando entró por primera vez en el aula. Pero, al mismo tiempo, mientras atisbaba por encima de las filas de compañeros la tarima donde Nathaniel Clear paseaba de un extremo a otro, moviendo con energía brazos y piernas, con el pecho palpitando bajo el jersey, no podía evitar gozar en privado del hecho de saber cómo era aquel cuerpo desnudo. Aquellas manos sensibles que gesticulaban en la tarima conocían cada centímetro de Laura, al igual que los labios que entonaban palabras cuya fuerza mantenía en vilo a la enorme clase. ¡Qué ilusorios, qué insignificantes eran aquellos veinte metros de espacio humano, aquellas hileras de asientos, aquellos estudiantes que la separaban de su amante! Incluso ahora era como si estuviera en sus brazos, seducida por su voz, perdida en el placer de pertenecerle incluso en la distancia. El efecto que provocaba en ella era tan absoluto, tan sensual, que la obligaba a preguntarse si el cambio que se había operado en ella sería visible para cualquier observador. ~151~
  • 152. Elizabeth Gage La caja de Pandora Un día, en efecto, comprendió que así era. Estaba sentada al fondo de la clase, donde a veces asistía ahora por el placer de aumentar la distancia física entre ella y Nate y de saborear el secreto que aniquilaba aquella distancia. No lejos de ella descubrió al grupo de depredadoras, admiradoras del profesor Clear, con la bonita Sandra Richter en el centro. A Laura le pareció que la estaban mirando y sospechó que era el tema de sus murmullos. Al principio este pensamiento la hizo sentirse culpable y avergonzada de que, de algún modo, se hubiera traicionado. Pero a continuación experimentó cierto orgullo, porque le constaba con qué avidez deseaban esas chicas una intimidad con Clear, con la que sólo podían fantasear, mientras que para ella era una viva y alegre realidad. Los murmullos de sus condiscípulas hacían que su intimidad con la figura lejana del profesor pareciera incómodamente pública. Pero en su interior hubiera querido gritarlo desde los tejados. Así que se permitió una sonrisa mientras la escudriñaban. Laura había perdido parte de la introversión que en el pasado le hubiera impedido esta atrevida expresión de sus sentimientos. Sus sentidos enloquecidos le daban desfachatez. ¿Qué importaba lo que pensaran, supieran o sospecharan todos los demás? La especie de montaña rusa en que se encontraba no podía detenerse por pensamientos tan tímidos. Por Halloween decidió sorprender a Nate apareciendo ante su puerta con una careta de bruja que, impulsivamente, había comprado aquella tarde. —Hola, pequeña —saludó dando un paso atrás—. ¿Quién eres? Se adelantó, amenazadora, y dijo con voz amortiguada por la máscara: —Soy una bruja. Voy a hechizarte si no me das lo que quiero. —¿Eso me harías? —preguntó, simulando terror—. Pero claro, yo me quedaría sin voluntad, ¿verdad? Estaría en tu poder. —Sí —sonrió tras la máscara, al tiempo que avanzaba otro paso—. Y tú serías mío para siempre. La miró. Era lo bastante menuda para pasar por una niña. Sin embargo apreció las líneas de su hermoso cuerpo bajo la ropa. Era mucho más hechicera de lo que ella creía. —Así que es dar o perder, ¿verdad? ~152~
  • 153. Elizabeth Gage La caja de Pandora Ella asintió. —Tendré que ver lo que hay en mi armario. —Laura sacudió la cabeza—. ¡Oh! — Enarcó las cejas—. Así que no es ése el regalo en que estás pensando, ¿eh? Corrió a sus brazos. Cuando, despacio, le retiró la máscara, se fijó en sus labios bien formados, fríos aún del aire de la noche, que se le ofrecían sobre el fondo perlado de las mejillas y los rizos oscuros del pelo. Al inclinar el rostro hacia él y besar aquellos labios, acercando su cuerpecito al de Nate, Laura daba toda la impresión de ser una criatura sobrenatural detenida en alguna parte entre el mundo adulto y el misterio olvidado de la niñez, un Peter Pan femenino dotado de encantos ajenos a los adultos y a los niños. La puerta ahora ya estaba cerrada y ella lo condujo sutilmente hacia la alcoba, desprendiéndose del abrigo de lana, que cayó al suelo al pasar. Cuando estuvieron junto a la cama, sus manitas tocaron el cinturón de Nate, delicadas incluso en su travesura, su sonrisa descarada lo puso de buen humor, porque la directa dulzura de aquella muchacha reservada era ya de por sí algo propio de Halloween. La desnudó despacio, contemplando aquel cuerpo digno de Botticelli o de Caravaggio emergiendo de la blusa y falda que llevaba. A pesar suyo se le quebró el aliento al abrazarla. Hicieron el amor durante toda la velada, mientras les llegaba desde la calle el lejano murmullo de las voces infantiles, que rompían el silencio del apartamento. Laura se encontró recordando los escasos Halloweens que había disfrutado en Chicago y la extraña exaltación de poder correr a través del oscuro mundo de los adultos en plena noche, descubriendo los objetos que formaban la rutina del día tocados por el brillo de la diversión y la magia de la festividad. Sobre todo recordaba el año en que su padre le había hecho su traje de arlequín, una prenda de rara vena artística confeccionada con sedas que no podía permitirse. Qué feliz fue al sorprenderla con el disfraz. Pero, hombre amargado, encerrado en sí mismo, no fue capaz de abandonar la casa para acompañarla en el recorrido. Todavía recordaba la mirada de orgullo y cariño de su padre cuando ella se volvió en la acera para despedirse varias veces, antes de emprender el paseo con su madre. Algo de la mística de aquel día de Halloween la acompañaba esta noche. Mientras ella y Nate se amaban una y otra vez, ambos insaciables por alguna razón ignota, pareció que su capacidad de proporcionarse placer mutuamente era tan mágica e ~153~
  • 154. Elizabeth Gage La caja de Pandora infinita como la propia fiesta. El ritmo de la intimidad de sus cuerpos era una canción que podía ser eterna, tan alta, tan intensa, tan tempestuosa que duraría hasta que sus cuerpos no lo soportaran más. Si esta nueva vida era la montaña rusa en la que Laura se había embarcado pese a su prudente pasado, entonces era un artefacto que no avanzaba sólo en círculo. Iba directo hacia adelante, precipitándose al negro y brillante futuro sin tiempo para recobrar el aliento, de modo que no podían volverse atrás. A cada vuelta que daban, al fondo de cada bajada, había una nueva Laura, completamente distinta de la anterior. Se sintió precipitada de cabeza a lo desconocido, pero no volvió la vista atrás. Por fin estaba viva, viva con el alegre clamor de su recién descubierta pasión de mujer. No sabía lo que le deparaba el futuro, pero nadie podría arrebatarle aquel sentimiento. ~154~
  • 155. Elizabeth Gage La caja de Pandora 13 El día nueve de noviembre, la enfermedad de Vern Innis se diagnosticó oficialmente como cáncer de páncreas, que ya se había extendido al hígado. Vern estaba condenado. Benedict Products quedó con una vacante inminente de ejecutivo del máximo nivel, porque Vern llevaba en la compañía tanto tiempo como el propio Lou y conocía hasta el último rincón. A menos que la vacante se cubriera con alguien fuera de la compañía, la elección obvia era Larry Whitlow, amigo íntimo de Lou y compañero de golf, que llevaba en Benedict más de doce años y a quien Lou venía preparando para un ascenso. Larry ocuparía el puesto de Vern como vicepresidente al frente del departamento de evolución de productos, y alguien tendría que sustituir a Larry en la sección de material. Éste era el curso normal de los acontecimientos. Lo que sucedió representó una sorpresa para todos. Lou Benedict estaba angustiado, presa de un fermento emocional. Desde el día en que, tres semanas atrás, había besado a Liz por primera vez, no había dejado de pensar en ella ni un solo momento. Soñaba con ella toda la noche. En el despacho, su imagen lo perseguía de tal modo que no lograba concentrarse en su trabajo. Se perdía y tartamudeaba en las juntas de ejecutivos a las que ella asistía como interina en la gerencia de material. Cuando visitaba su departamento se le trababa la lengua delante de ella, turbado como un colegial. Ella no daba señal de advertirlo. Se portaba con él como había hecho siempre. Lo recibía con su brillante sonrisa de bienvenida, le hablaba en tono amistoso pero respetuoso, y sólo se refería a negocios cuando le presentaba las cuentas de su departamento y le enviaba notas donde sugería cambios inteligentes tanto para material como para los sectores afines de la sociedad. Liz seguía siendo la misma, mientras que Lou estaba reconcomido por emociones que no era capaz de controlar. Algo en sus instintos masculinos, largo tiempo adormecidos, había despertado la terrible noche de su visita al apartamento de Liz, y ~155~
  • 156. Elizabeth Gage La caja de Pandora no quería frustrarlos. Todo su ser estaba agitado, ansiando algo que no podía conseguir. El cambio en él era más que físico. Lo afectaba en todos los aspectos, avivando extrañas sensaciones de asombro, de alegría impulsiva, de aplastante melancolía, de ansia desesperada. Ni siquiera los ya olvidados deseos románticos de su adolescencia se parecían en lo más mínimo a aquella locura total. Sin embargo, su sentido de la moral no le permitía ceder al hechizo que se había apoderado de él. Luchó contra sí mismo con todas sus fuerzas. La batalla no era fácil, porque sabía con absoluta certeza que cada día laborable volvería a ver a Liz, en la oficina, en los pasillos, a la hora del almuerzo. Este convencimiento calmaba su necesidad, pero también avivaba el fuego en su interior, más intenso que nunca. Parte de él deseaba piadosamente que Liz abandonara el trabajo, desapareciera, dejara simplemente de existir, pero el resto esperaba furtivamente la oportunidad de volver a hablarle, tal vez llevarla a almorzar, incluso atreverse a volver a su apartamento, pillarla a solas como fuera. La lucha entre sus escrúpulos y sus deseos se hacía ya febril. Era sólo cuestión de tiempo hasta que la parte más débil cediera. Liz le solucionó el problema. Una semana después de que las malas noticias acerca de Vern cayeran sobre la compañía, Liz apareció en el despacho de Lou. La había hecho pasar y se levantó cuando apareció en la puerta. Llevaba una falda ceñida y una blusa que no le había visto hasta entonces. Tenía un aspecto sorprendentemente atractivo bajo el severo exterior. —¿Qué puedo hacer por usted, Liz? —He estado pensando en la mujer de Vern —respondió, mientras aceptaba la silla que le ofrecía—. Se me ocurrió que en lugar de mandarle flores, tarjetas y todo eso, podríamos empezar una colecta entre los empleados y hacer planes por adelantado, bueno, para lo inevitable. Úrsula es una mujer estupenda y con todas estas facturas del hospital va a tener problemas económicos. ¿No sería mejor que nos organizáramos ahora, en lugar de recaudar dinero a toda prisa después de, bueno, después de que Vern se haya ido? Lou asintió, impresionado. ~156~
  • 157. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Tiene toda la razón. Tendría que habérseme ocurrido. Sabía que el seguro de la compañía no cubre en ningún caso lo que está pasando Vern. Por otra parte, el plan de pensiones tampoco la ayudará. En fin, no pensé en ello. A menos que me equivoque, Úrsula va a verse en graves apuros. No creo que tengan parientes próximos que puedan ayudarles. Miró a Liz. —¿Qué me sugiere? —pidió. —Bueno, tengo alguna idea —contestó. Cruzó las piernas—. Me gustaría saber qué opina usted de ellas, dado que este tipo de situación es nuevo para mí. Naturalmente habría que hacerlo en secreto, ya que Vern está aún en el hospital. ¿Por qué no viene a mi casa una de estas tardes, cuando le resulte conveniente, y le expondré lo que he pensado? Lou contempló su hermoso rostro, pero evitó los ojos que estaban fijos en él. —Sí, me parece bien —respondió mientras intentaba acallar la agitación interior—. ¿Qué le parece mañana, por ejemplo? —Perfecto. —Su sonrisa era cálida, tentadora—. ¿A las ocho? Lou confió en que el suspiro de su capitulación no se hubiera oído. —A las ocho. Ella ya lo estaba esperando cuando llegó al apartamento. Esta vez iba vestida con pantalones blancos, holgados, y una túnica a juego de un material sedoso. Iba descalza, con el pelo suelto, esplendoroso, sobre los hombros. Una fragancia maravillosa emanaba de su persona, cargada de encanto femenino. Apenas podía apartar los ojos de ella cuando lo invitó a sentarse en el sofá. Sin que se lo pidiera le sirvió un martini. Ella se puso un vaso de soda y se sentó junto a él en el sofá. Sobre la mesita había una libreta donde había esbozado su plan para el envío de comunicaciones confidenciales a los jefes de departamento quienes, a su vez, convocarían reuniones secretas con sus empleados a fin de recaudar dinero para Úrsula Innis. Podrían hacerse llamadas adicionales a amigos de la compañía que así tendrían la oportunidad de colaborar también. El fondo se depositaría en una cuenta oculta especial en el banco de la compañía y se retendría hasta el día inevitable de la muerte de Vern. ~157~
  • 158. Elizabeth Gage La caja de Pandora Lou quedó instantáneamente convencido por el plan que había proyectado Liz. Su meticulosidad y previsión resultaban sorprendentes, tanto como su tacto ante la inminente pérdida de Úrsula. —Estoy muy impresionado, Liz —confesó después de dar un sorbo al martini—. Me avergüenzo de no haber pensado en todo esto por mí mismo. —No debe reprochárselo. Usted tiene muchas cosas en que pensar. No se puede estar en todo, Lou. Siguió una pausa. —¡Es algo tan terrible! —murmuró Liz con los dedos entrelazados sobre las rodillas—. Vern es uno de los hombres más bondadosos que he conocido. —Sí, en efecto —asintió Lou débilmente. Lo intoxicaba la atmósfera que ella había creado entre los dos. Ya al entrar en el apartamento, al verla se había quedado sin aliento. Ahora, su comportamiento grave y triste, pero a la vez rebosante de calor y naturalidad reconfortantes, destruía lo que quedaba de su resistencia. Hablaron un poco más, una conversación a todas luces morbosa porque evocaron la muerte de Vern y la viudedad de Úrsula. Sin embargo, Lou estaba animado por una excitación creciente que le hacía sentirse doblemente avergonzado de sí mismo, pues la deliciosa criatura que le acompañaba parecía sinceramente dolida por las circunstancias. Por fin, sin saber qué hacer, se levantó para marcharse. —Bien —dijo—. Aprecio sinceramente que haya pensado por adelantado todo esto, Liz. Tenía que haberlo pensado yo, pero resulta agradable tener a alguien que comprenda el descuido. —No me dé las gracias —sonrió—. Es lo menos que puedo hacer. Esta vez le entregó el abrigo doblado. Lou recordó la última vez que estuvo allí, cuando ella se lo había acercado a los hombros. Se le cayó el alma a los pies. Abrió la puerta unos centímetros y se volvió a mirarla, con la mano en el pomo. —Voy a sentirme solo sin Vern. Es un buen amigo. La tenía muy cerca, preparada para verle recorrer el rellano hasta la escalera. La expresión de sus ojos había variado. Su cuerpo parecía retenerlo, pese a que su postura lo urgía a traspasar el umbral. Vestida de blanco, era una suntuosa aparición en contraste con la entrada oscura. —Sentirse solo —murmuró con una ronca nota en su voz—. Sé lo que quiere decir. ~158~
  • 159. Elizabeth Gage La caja de Pandora Un tono de sabiduría en sus palabras lo detuvo en seco. La puerta se cerró un centímetro, luego otro. —La vida puede ser muy cruel a veces —comentó Lou—. Podría pasarnos a cualquiera de nosotros. De nuevo Lou quedó bajo el hechizo que se había apoderado de él tres semanas atrás, en aquel mismo lugar. Esta vez le resultaba imposible resistirse. No sabía de dónde sacaría fuerzas para dejarla. —Liz —balbuceó—. Yo, la verdad... Pero el contacto de la mano de Liz sobre sus labios lo silenció. Con un alivio enorme advirtió que la puerta se cerraba, despacio, hasta que oyó el clic de la cerradura, que lo dejaba a solas con ella. —Shh... —murmuró Liz—. Basta de palabras. Las manos de Liz subieron hasta las solapas de la americana y con gran sutileza de movimientos fue retrocediendo al interior del apartamento, arrastrándolo con ella. Él seguía como un sonámbulo, con la mirada absorta en sus labios bien formados, abiertos ahora en su asomo de sonrisa. Trató de acercarse para besarlos, pero como ella retrocedía, el intento fue fallido. La siguió hasta el centro del apartamento. Vio que su sonrisa se acentuaba. Por fin, en medio de la alfombra, la detuvo con las manos en los hombros y la besó ansiosa, profundamente. La lengua inquisitiva cuyo contacto no había olvidado ni un solo instante durante las tres largas semanas transcurridas, volvía ahora a estar en su boca, acariciándolo, inflamándolo. Liz le apoyó las manos en las costillas, mientras sus caderas se frotaban contra el bulto ardiente de su sexo, al balancearse con él en la penumbra. Lo que sucedió a continuación fue una culminación de éxtasis y frustración que jamás hubiera creído posible. Ella siguió tímida y delicada en sus movimientos, permitiéndole poco a poco que volviera a besarla, una y otra vez; que siguiera tocándola, de forma que él siempre era el agresor, aunque cada uno de sus movimientos estaba ordenado y orquestado por esa suprema tentación. Fue su leve encogimiento de hombros lo que permitió que las manos de Lou envolvieran y acariciaran de nuevo sus caderas, atrayéndola contra sí. Fue su señal cuando se tocó los botones de la blusa la que le indicó que podía atreverse a desabrocharlos. Fue el modo de arquear la espalda una vez descubiertos los senos, globos perfectos, firmes y redondos como frutos prohibidos, lo que le indicó que podía inclinarse vencido para besarlos, para saborear los duros y pequeños pezones que lo enloquecían de excitación. ~159~
  • 160. Elizabeth Gage La caja de Pandora Ella controlaba todos y cada uno de los pasos, animándolo con un estremecimiento, un beso devuelto, un gemido, hasta que a pesar de la torpeza de Lou las ropas que cubrían a la joven cayeron, blusa, pantalones y sostén, hasta quedar desnuda excepto por las bragas, mientras él seguía completamente vestido, con camisa y corbata desordenadas y el sexo ardiendo entre las piernas. Al fin cayó ante ella como un esclavo y la retuvo por los muslos perfectos; le besó el vientre, el ombligo, las caderas, hipnotizado por aquel sexo que lo esperaba bajo las bragas. Se le acabó el valor. La faltó la voluntad de bajarle las bragas, porque estaba seguro de que volvería a impedírselo, como había sucedido la última vez. Esto sería excesivo. Su sobresalto e impresión por lo que estaba haciendo sería imposible de olvidar. Percibió un pequeño estremecimiento a lo largo del interior de sus muslos. Entonces, con inmenso alivio, la oyó exhalar un leve suspiro y el sexo velado que tenía delante se movió en una leve ondulación de deseo. Fuera de sí, hizo resbalar las braguitas de golpe y se hundió en el vello castaño y por fin besó su esencia. La pasión dominaba ahora el pensamiento consciente. Lou no se daba cuenta de la secuencia de los acontecimientos mientras ella lo ayudaba a desnudarse, se dejaba conducir a la alcoba y lo tendía en la cama junto a ella. Ahora toda ella lo acariciaba, frotando las suaves pantorrillas contra sus muslos, las caderas femeninas contra las suyas, el pecho rozándole el suyo con un calor que le cortaba la respiración. De algún modo, en toda esa locura de contactos, conservaba su dignidad, su tímida y juvenil aceptación, de modo que seguía siendo Lou quien tomaba, quien inició el movimiento fatal, mientras .ella dócil y generosamente le franqueaba todas las puertas. Cuando por fin Liz levantó las largas piernas en un gesto invitador, no necesitó guiarlo a su interior. Penetrar en ella fue como caerse por un agujero a un infierno de placer insoportable. Nada en su vida había sido tan perfecto como este centro femenino que acogía sus locas acometidas, que ofrecía su profundidad juvenil al ansioso y arrogante pene que palpitaba de gozo en este santuario. Demasiado tarde pensó en Vern y en la agonía que sufría. Se entristeció por haber apartado a aquella criatura sensible de sus generosos pensamientos en beneficio de Úrsula, sus graves y generosos planes, obligándola a aceptar el ardiente frenesí que le había impuesto. ~160~
  • 161. Elizabeth Gage La caja de Pandora Sin embargo, la vergüenza sólo hacía que el roce de sus miembros resultara más enloquecedor, lo mismo que la gracia de sus besos sensuales, el tacto de sus dedos. Lou se transformó en un animal desaprensivo agazapado sobre ella, una bestia que acometía, gemía y se agitaba con todas sus fuerzas mientras las tiernas manos lo animaban, hasta que por fin lo desgarró el espasmo final, y algo en lo más profundo de sí estalló en Liz, algo que nunca hubiera sospechado de sí o entregado a ninguna otra mujer, algo que jamás podría repetir. Completamente agotado, se dejó caer sobre la muchacha y oyó su propio jadeo exhausto mientras las manos de ella le acariciaban la espalda y los hombros. Permaneció un buen rato bajo el hechizo de su contacto, de su piel, de su aroma y de la limpia sonrisa que le parecía sentir sobre los labios. Poco después la sensatez se agitó en su interior, como dentro de una bestia en el amanecer del pensamiento. Por una parte decidió que no le importaría no volver a tocar a otra mujer, si sobrevivía a aquella noche. Esto era lo que había estado esperando durante toda la vida. Ahora estaba saciado, más que saciado. Pero por la otra, más prudente, pensaba que no podría enfrentarse al resto de su vida sin la seguridad de que volvería a poseer a Liz Dameron. Lo contrario era como negar a un niño la leche de su madre que acaba de probar por primera vez. Haría cualquier cosa, se arriesgaría a lo que fuera, para volver a tenerla. Sin esta esperanza, su futuro sería como la muerte. Así de sencillo. Liz se levantó, una magnífica escultura que se deslizó como un fantasma en las tinieblas, y regresó un instante después con una bebida fresca para él, como si se hubiera dado cuenta de que Lou necesitaba un antídoto para la culpabilidad que sentiría. Bebió agradecido. Luego la muchacha volvió a la cama y se acurrucó junto a él un buen rato mientras el alcohol lo reconfortaba. El contacto de aquel cuerpo joven contra el suyo resultaba tan sano y natural que mitigó parte de su vergüenza. ¿Cómo podía ser perniciosa esta perfecta experiencia de amor, esta santa realización? Ignoraba cuánto tiempo permanecieron así, con los labios de Liz besándole dulcemente el pecho y sus muslos acariciándolo despacio. Sólo supo que en un abrir y cerrar de ojos su tacto volvió a excitarlo y su voz le murmuró al oído: —Tienes que marcharte. Tu mujer estará preocupada. Con manos temblorosas acertó a vestirse. Hizo cuanto pudo en el cuarto de baño para borrar el maravilloso aroma de aquel cuerpo femenino. Luego Liz le ayudó a ponerse el abrigo y le rozó los hombros tal como lo había hecho tres semanas atrás. Lo acompañó a la puerta, de vuelta al lugar donde todo había empezado. ~161~
  • 162. Elizabeth Gage La caja de Pandora Llevaba solamente una ligera bata de seda. Lou la abrazó con fuerza íntimamente, apretando la pelvis contra la de ella, los brazos enroscados apasionadamente en su cuerpo. Sintió sus senos contra el pecho. Le pasó las manos por el cabello, perdiéndose en su mágica suavidad mientras la besaba. Aún ansiaba imponerse a ella, pero su cuerpo le envió mensajes de advertencia, le comunicó que ya había jugado bastante esta noche y debía marcharse porque era un hombre con muchas responsabilidades. —Liz... Buscó palabras para expresarle sus sentimientos. Pero parecían feas e insignificantes a la sombra de lo que había sucedido entre ellos. La sonrisa de Liz, cálida y lánguida, lo condujo al silencio. Por fin una curiosa idea afloró de sus labios. —¿Qué tengo que hacer para que vuelvas a recibirme? —preguntó. La respuesta de Liz le heló la sangre. —Puedes concederme el puesto de Vern Innis. ~162~
  • 163. Elizabeth Gage La caja de Pandora 14 La Navidad flotaba en el aire. El semestre había terminado y la universidad entraba en esa penumbra de clases concluidas, de la vida del campus metida bajo tierra en la calma que precede a la tormenta de los exámenes finales. Reinaba una apagada tensión por los pasillos, en las abarrotadas y silenciosas bibliotecas, los dormitorios mudos de preocupación colectiva. Muchos estudiantes ya sospechaban que sus notas no podían salvarse con los exámenes finales y que no volverían el próximo semestre. Otros veían que sus esperanzas de buena puntuación caían por debajo de lo necesario para conservar las becas. Entre todos esos jóvenes que luchaban aterrorizados, sólo Laura circulaba por los nevados senderos del campus universitario con el corazón en alto. Aunque cada aspecto de su existencia estaba literalmente en el aire, de algún modo el fermento que llevaba en ella la mantenía por encima del pánico y de las preocupaciones. Ya no se sentía vencida por los acontecimientos; al contrario, percibía facultades invisibles creciendo en su interior y armándola para cualquier eventualidad. No le preocupaba el curso. En los exámenes trimestrales había conseguido sobresalientes en todas las asignaturas. Iba bien preparada para los finales, con la cabeza a punto de estallar con todo el material sometido, en cierto modo, a su voluntad, para reclamarlo siempre que quisiera y ordenarlo para cualquier pregunta que se le formulara. Pero mientras su memoria se ocupaba en los demás profesores, su intelecto se dedicaba por completo a Nathaniel Clear. La asignatura había sido de por sí una obra de arte y deseaba poder volcar lo mejor de ella en el examen final. Le había obligado a prometerle que sólo le daría sobresaliente si lo merecía. Pero él se había echado a reír. —Eso sería como puntuar a Matisse con un sobresaliente por La ventana abierta y luego un notable por su Desnudo en rosa —protestó él—. Pero si eso te tranquiliza, te pondré un notable si no te presentas al examen final. Laura apenas podía creer en su buena suerte y pensó ilusionada en los tres o cuatro años que la esperaban bajo la tutela de ese asombroso profesor. Ya había influido profundamente en su crecimiento intelectual. Ahora Laura reventaba de ~163~
  • 164. Elizabeth Gage La caja de Pandora ideas acerca del arte y los artistas, ideas que escribía apresuradamente en un cuaderno secreto en casa. Notaba que la arrastraban hacia una coherencia que algún día sería su contribución como escritora y pensadora. Aunque no era una persona ambiciosa y le disgustaba imaginar un futuro influyente para ella, Laura se sentía en el umbral de descubrimientos, nacidos en lo más profundo de su propia personalidad, que algún día producirían un hermoso fruto. Las antiguas ansias turbias que antaño había calificado de pensamientos grises parecían a punto de descubrir expresiones llenas de sentido a través de este nuevo crecimiento. En todos los aspectos, Laura estaba en la cima del mundo. Si tal lugar era peligroso, le tenía sin cuidado. Era mejor escalar alturas una vez en la vida que ver cómo pasaban los años en la terrible monotonía cotidiana. ¿Por qué no arriesgarlo todo en cualquier momento? ¿Por qué no lanzarse de cabeza, por completo a cada impresión, a cada pensamiento, a cada sensación? Aunque para un observador exterior Laura podía parecer una estudiante tranquila, vivía peligrosamente hasta lo más hondo. No podía volverse atrás, porque ya había olvidado que hubiera otra forma de vida. La atmósfera navideña de la ciudad era un elixir para ella. Encontró tiempo para comprar regalos para tío Karel, tía Martha, Wayne e Ivy, y disfrutó aunque sabía que ponía muy poco de su corazón en estos desconocidos que ya habían alquilado su antiguo dormitorio a un nuevo inquilino, al que sólo vería el día de Navidad. Viajó a la Quinta Avenida y le encantó ver a los niños bien abrigados contra el frío, contemplando los escaparates con los ojos muy abiertos mientras sus madres los cogían de las manos con indulgencia. Pensó en Santa Claus, el misterioso elfo pagano que venía traviesamente a participar de la religiosa fiesta de Navidad. Sentía como un eco del espíritu juguetón que la había llevado a disfrazarse de bruja y sorprender a Nate el día de Halloween, una travesura que terminó en una noche de amor que nunca olvidaría. Lo único que la deprimía en sus compras de Navidad era que no encontraba nada para Nate. Pensó en hacerle un jersey, una camisa, o incluso un par de pantalones para aquellas hermosas piernas. Pero todo eso le parecía demasiado presuntuoso. Así que pensó en otra cosa, algo que también era atrevido aunque de otro modo. Recientemente había hecho un boceto de sí misma donde reflejaba la secreta exaltación que sentía desde que amaba a Nate. Lo transformó en una acuarela que era, aunque pareciera imposible, aún más reveladora de lo que sentía respecto a ambos. Éste sería su regalo de Navidad para él. ~164~
  • 165. Elizabeth Gage La caja de Pandora Después de todo, ¿no le había pedido ver alguna de sus obras? Cuando Nate le mostró su pintura, ¿no había acaso dejado que «lo viera desnudo», según sus propias palabras, y no le había rogado si ella osaría hacer lo mismo para él? La acuarela sería su modo de aceptar el reto al permitirle ver cuánto significaba para ella, sin aspirar a encadenarlo. Una vez tomada la decisión, Laura se sintió más navideña que nunca en toda su vida. La estación estaba llena de magia, y toda era para ella. La semana de exámenes finales empezó por fin. Laura tendría el examen final de Pintura Moderna el lunes por la mañana; y el de Nathaniel Clear, el miércoles por la tarde. El final de Historia sería el viernes por la mañana y el tan temido de Biología el lunes siguiente. Cuando Nate le pidió que pasara la noche del viernes con él, tuvo que negarse a su pesar. —Después del final de Biología —declaró. —Venga —insistió él—. Un pequeño descanso y recreo es lo mejor para una trabajadora como tú. Si no te tomas un respiro estarás demasiado agotada para hacer bien el examen. —Después de Biología —repitió Laura, acariciándole el precioso cabello negro y sonriéndole a los ojos. Pareció decepcionado, pero Laura se mantuvo firme, a pesar de que su corazón la empujaba hacia él. Trabajó como una esclava durante toda la semana, distribuyendo su tiempo de modo que pudiera repasar la Historia y la Biología aun cuando daba los últimos toques de estudio para el examen de Arte. Tenía dibujos de invertebrados y células de plantas colgados de las paredes, junto con las reproducciones preferidas de Matisse que había comprado durante el semestre. El tablero de corcho junto a su mesa de trabajo estaba cubierto de fechas históricas y nomenclatura biológica. Mareada por el exceso de trabajo, trató de olvidarse de un tema para pensar en el otro. Cuando estaba muy despierta, lo conseguía, pero en los momentos de cansancio el retrato clásico del siglo XIX se le mezclaba con la Triple Alianza y el Tratado de Gante, y las proporciones de los desnudos de Ingres se entrelazaban con las estructuras anatómicas de los primeros mamíferos. Cuando llegó el viernes, estaba tan agotada que se quedó dormida en su descalabrado sillón a las tres de la tarde y despertó a las ocho en el apartamento a ~165~
  • 166. Elizabeth Gage La caja de Pandora oscuras. Miró por la ventana y vio por el patio que caía una nevada ligera, silenciosa y delicada tras el ruidoso radiador. Durante un buen rato Laura permaneció sentada y aterida en la oscuridad. Resultaba inútil tratar de seguir estudiando aquella noche. Sentía los nervios aletargados, lo cual no le permitía concentrarse. Tal como Nate le había advertido, había trabajado demasiado durante la semana. Necesitaba un largo descanso antes de coger los libros al día siguiente. Al fin empezó a sentirse inquieta. Impulsivamente se embutió el abrigo y salió en busca de aire fresco. Las luces callejeras brillaban con una especie de curiosos halos de humedad bajo la nevada. El aire se le antojó cargado de rocío y en absoluto frío. Pasó delante de un café brillantemente iluminado, vio donuts y galletas danesas en el escaparate. Empujada por un capricho entró, tomó una taza de café con nata y azúcar, y devoró un donut. Aunque el tentempié devolvió un poco de energía a su cuerpo cansado, no alivió la confusión de sus sentidos. Empezó a sentirse despojada y vacía al sentarse en aquel café excesivamente cálido. Recordó a Nate invitándola con sonriente insistencia, la mirada sensual de sus ojos, y se reprochó el haberse negado. ¡Cómo deseaba estar con él esta noche! Casi podía sentirse en el cálido refugio de sus brazos. Se encontraba tan sola como un niño perdido que se ha alejado demasiado de su casa. Abandonó el café y deambuló sin rumbo fijo por las calles, deprimida ahora por los adornos navideños que veía, porque todos hablaban de personas que se reunían para celebrar las fiestas. Se fijó en parejas jóvenes, cogidos de la mano, camino del cine o del restaurante. Vio una tienda que cerraba sus puertas y al dueño apagando las alegres guirnaldas que decoraban los escaparates. Laura se sintió más sola que nunca al pensar en las solitarias fiestas que la esperaban. Su hogar, con tío Karel y tía Martha, era algo del pasado, y en realidad tampoco había sido jamás un hogar para ella. Su nueva vida como estudiante independiente parecía disolverse por el vacío de esta semana de exámenes. El campus había perdido su sentido comunitario junto con la rutina de las clases. De pronto Laura lamentó su decisión de salir a pasear. La noche la alarmaba, porque parecía cerrarse sobre sí misma sin dejar espacio para ella. Se encontró atrapada en la trampa de la gran ciudad oscura. Incluso su excitación por las clases quedaba eclipsada debido al pensamiento de centenares de agotadores exámenes y otros tantos ejercicios alzándose entre ella y la graduación. Necesitaba una puerta de escape, pero no encontraba ninguna. Se detuvo en seco. ~166~
  • 167. Elizabeth Gage La caja de Pandora Advirtió que su deprimente peregrinación por los alrededores del campus la había llevado a la calle de Nate. Su casa estaba a media manzana del lugar donde Laura se encontraba ahora. Veía su alta silueta de obelisco y las iluminadas ventanas resaltando como pequeños refugios cálidos contra la noche. Vaciló mientras reflexionaba sobre la situación. Sabía con cuánta desesperación necesitaba a Nate esta noche. Su estado de ánimo era más triste de lo que había supuesto y empeoraba por instantes. Nunca se había sentido tan sola. Pensó en Halloween. El recuerdo trajo una sonrisa a sus labios y se encontró recorriendo la calle en dirección a su puerta. Un impulso atrevido se apoderó de ella, superando su natural timidez. A lo mejor le daría una sorpresa. Después de todo, ¿por qué no? Casi le había suplicado que pasara con él esta noche. Su aparición inesperada sería tan agradable para él como para ella. Llegó al edificio y se detuvo ante la puerta preguntándose si debía seguir con su plan. Alguien salió. Antes de que la puerta se cerrara, Laura corrió hacia dentro sin pensarlo más hasta sobrepasar los buzones. Allí se detuvo. Miró por encima del hombro. La persona que acababa de salir ya estaba lejos, se dirigía con prisa a alguna parte. Había llegado hasta aquí, no veía razón para echarse atrás. Dejó que se cerrara la puerta tras ella y anduvo hacia el ascensor. El travieso impulso de Halloween la empujaba de nuevo. Entró en el ascensor y pulsó el botón del 17. El pequeño aparato olía a perfume de mujer y a tabaco. Se disparó arriba por el pasaje familiar, ¡rápido y silencioso, con su camino engrasado por invisibles poleas que parecían el interior de un cuerpo caliente. El ascensor se detuvo y Laura salió despacio. El rellano le pareció familiar pero distinto, porque esta noche Nate no la esperaba en el umbral de su puerta abierta, con la sonrisa de bienvenida en su atractivo rostro. Las viejas paredes empapeladas, la mesita Luis XVI, el descolorido .paisaje en su marco frente al ascensor, parecían censurar su presencia, como viejos aburridos que se irritaran de ver perturbada su soledad. Laura avanzó indecisa, escuchando sus pasos sobre la moqueta y oyendo por primera vez los crujidos del parquet, en los que nunca se había fijado en el pasado cuando solía cruzar corriendo el rellano para caer en brazos de Nate. Se sentía algo menos segura de sí, pero arrastrada más allá de sus escrúpulos por la soledad y el deseo, llamó con los nudillos en la puerta cerrada, golpeando con discreción. Hubo un largo silencio. Después de una corta vacilación, volvió a llamar, un poco más fuerte. Observó la bolita de cristal en miniatura de la mirilla, sabiendo que no podría ver el interior del apartamento, pero que para la persona que escudriñara por el cristal ella estaría desproporcionadamente aumentada. ~167~
  • 168. Elizabeth Gage La caja de Pandora Ahora oyó un lejano movimiento en el interior. La asaltó la impresión de un lugar privado invadido por una llamada inesperada. Se preguntó si había sido prudente al venir. Pero ya era demasiado tarde. El pomo estaba girando. Involuntariamente, retrocedió un paso. La puerta se abrió. Apareció Nate en el umbral, con aspecto irritado y cansado, en albornoz. Su expresión cambió y reflejó sorpresa, luego turbación, al mirarla. —¿Qué estás haciendo aquí? Pensaba que tenías exámenes. Laura se fijó en lo distinta que sonaba su voz cuando le vio entornar la puerta unos centímetros. Se preguntó por qué. Luego comprendió que él había recordado el espejo que colgaba de la pared en el interior. Lo miró por encima del hombro de Nate. Desde donde se encontraba veía reflejada la puerta abierta de su dormitorio. No alcanzó a ver la pintura, pero sí la cama. Había una joven en ella. La sábana la cubría hasta el pecho. La cabellera rubia le caía por los hombros. La joven se apartó un mechón de los ojos y esbozó un gesto de saludo con la mano. Laura supuso que la otra muchacha también la veía por el espejo de la pared de la alcoba, que con el que estaba detrás de Nate le permitía ver los ojos de Laura desde la cama. En aquel instante, Laura la reconoció. Era Sandra Richter, la bonita graduada que asistía con tanta regularidad a las clases de Nathaniel Clear. Laura palideció y miró a los ojos de Nate. —Yo... —Laura trató de balbucear una excusa. Él la miraba, la alarma inicial transformada en amarga diversión, porque había adivinado lo que había visto—. No pretendía... Nate se encogió de hombros, con los labios torcidos en una mueca combinada de asco y resignación. —Nadie lo pretende, querida —dijo—. Nadie lo pretende. Laura retrocedió, observando aterrorizada que la imagen de la muchacha sonriente desaparecía del espejo, remplazada por una pared desnuda y el marco de una puerta. Mientras retrocedía, Nathaniel Clear cerró lentamente la puerta. ~168~
  • 169. Elizabeth Gage La caja de Pandora Su mirada no la abandonó hasta que la madera se interpuso, y ella vio aún su mirada entristecida mientras se cerraba por completo la estrecha rendija. Unos días más tarde, después del examen final de Biología, que irónicamente resultó ser lo único que separó a Laura de la locura durante el peor fin de semana de su vida, encontró una nota en el buzón. La letra era femenina, desconocida. Decía: Ánimo. No eres la única. Tal vez te interese saber que se sirve siempre del cuadro. Cambia el color del cabello y de los ojos y dice: «Se te parece». Apuesto a que tiene un montón de ellos escondidos en alguna parte. Por lo visto siempre da resultado. Excusas más tontas que ésta han tenido éxito, supongo. ¡Qué tengas más suerte la próxima vez! No había firma. Transcurrieron tres semanas, un período apropiado para la pena. Laura no fue a casa de tío Karel por Navidad. Al contrario, mandó sus regalos por correo con una nota donde explicaba que estaba invitada en casa de la familia de una amiga, para las vacaciones. Laura se quedó sola en su apartamento o salió de paseo por Washington Square Park y las calles vecinas, esperando que las vacaciones acabaran. Poco antes de terminar se colocaron las notas finales en el tablero exterior de los distintos departamentos. Las calificaciones de Laura fueron excelentes. Sacó sobresaliente en todas las asignaturas. El tan temido examen de Biología, pasado en el peor momento de su vida, había sido un éxito. Laura sonrió al pensar en sus notas perfectas y en la secreta historia que se escondía tras ellas. No podía saber que ésas iban a ser las primeras y únicas notas universitarias que recibiría en toda su vida. Tampoco supo, hasta después de una semana y media, que estaba embarazada. ~169~
  • 170. Elizabeth Gage La caja de Pandora 15 Vern Innis murió el día nueve de enero. El día siguiente, que algunos empleados de Benedict llamarían miércoles de Dolor y que la compañía no olvidaría nunca, Lou Benedict nombró a Liz Dameron su nueva vicepresidente para el cargo de Desarrollo del Producto. Los ejecutivos de Benedict se quedaron mudos de asombro. Al principio, los empleados que conocían bien a Lou, tanto personal como profesionalmente, pensaron que se había vuelto loco. Lou era tenido por un hombre leal que nunca olvidaba a un amigo. Lo que había hecho a Larry Whitlow ascendiendo a Liz por encima de él, una novata de seis meses por encima de un ejecutivo con experiencia, era sencillamente impensable. Después, a medida que transcurrieron los días y la noticia dejó de ser novedad, incluso aquellos cuya fe en Lou era inquebrantable empezaron a sacar conclusiones lógicas acerca de su relación privada con Liz. Una semana después del nombramiento, Larry Whitlow presentó su dimisión mediante el correo interior y salió del edificio sin despedirse del que había sido su amigo y patrón durante quince años. El silencio de Larry fue el único himno que quedaba del pasado. Amanecía un nuevo día para Benedict Products. Para Lou Benedict los últimos dos meses habían sido un tormento que jamás olvidaría. Después de su primera noche de intimidad con Liz, ella no repitió su exigencia acerca del puesto de Vern. Sin embargo, su comportamiento dejaba bien a las claras que había dicho en serio cada una de aquellas palabras. Para empezar evitó encontrarse a solas con Lou, en cualquiera de los despachos. Consiguió que siempre hubiera otra gente en sus conversaciones, a fin de asegurarle que no pretendía en absoluto darle oportunidad para más aventuras románticas con ella. En dos o tres ocasiones, cuando las circunstancias o las argucias de Lou les hacían encontrarse a solas, Liz le daba a entender con su comportamiento glacial y la acerada advertencia de sus ojos que el menor movimiento en su dirección provocaría un castigo que él no se atrevía a imaginar. ~170~
  • 171. Elizabeth Gage La caja de Pandora Pero durante este período de calculado distanciamiento, Liz también consiguió aumentar la seducción hacia Lou. Lo sorprendió con nuevos conjuntos, faldas, blusas y trajes tan atractivos que su corte severo quedaba sobrepasado por la sensualidad que su cuerpo les prestaba. Utilizaba nuevos perfumes y colonias, cada uno más sugestivo que el anterior al mezclarse con su propio y complejo aroma. Dejó que su hermosa cabellera le cayera con mayor libertad sobre los hombros, de modo que cuando circulaba por un pasillo parecía más una reina de belleza que una empleada. Cuando estaba con Lou, protegida naturalmente por la presencia de otros empleados de Benedict, le enviaba sutiles mensajes con la mirada, ojeadas llenas de tentación y advertencia combinadas. «No olvides lo que guardo para ti —parecía decirle—. Pero sólo tienes un modo de conseguirlo.» Ya no acudía a su despacho con notas, como antes, porque no quería estar a solas con él fuera de su propio campo. Sin embargo, lo llamaba por teléfono, a su despacho y algunas veces a su casa, para hablarle de negocios, pero con un tono de voz que lo acariciaba con íntimas modulaciones, insinuaciones subliminales, cadencias musicales cuyo significado solamente él sabía discernir. De cien modos distintos era como una hembra en celo, cada sonido y cada gesto llegaba al núcleo de la necesidad de Lou. Era un imán que lo extraía de su trabajo, familia y amigos, desgastando su resistencia a larga distancia, haciéndole ver cada día un poco más del fruto prohibido que no volvería a gustar si no le daba lo que quería. Y lo que resultaba aún más perverso, hacía que Lou comprendiera que para él también corría el tiempo, como transcurrían para el pobre Vern Innis sus días sobre la tierra. Porque sería la muerte de Vern lo que llevaría a Lou a la hora de la verdad. Lou estaba asombrado de sus codiciosos pensamientos acerca de Liz, pensamientos que se intensificaban a medida que el propio Vern, el viejo amigo, se debilitaba en el hospital, hasta exhalar el último suspiro. Pero Liz era tan inhumanamente atractiva, tan elocuente y de una juventud tan insultante en sus encantos, que la batalla que rugía dentro de Lou empezó a moverse hacia una inevitable conclusión. El poder de seducción de Liz era demasiado grande y el murmullo de sus propios escrúpulos demasiado débil. Al permitirle que la poseyera una vez había desactivado todas las armas que lo habrían ayudado a resistirla ahora. A pesar de su terrorífica y silenciosa voluntad y su cruel determinación, Lou no podía desterrar la imagen de Liz de su corazón. No quedaba más que esperar lo inevitable. ~171~
  • 172. Elizabeth Gage La caja de Pandora Ahora Vern había muerto. Incluso mientras la compañía iba aceptando su impresión y su disgusto por lo que había ocurrido, se encontraba también obligada a asimilar el hecho de que Liz era un factor con el que se debía contar como vicepresidenta. Era capaz e incluso brillante en su nuevo puesto, pese a su juventud y a su exigencia del puesto de Vern. Incluso los mejores amigos de éste se vieron obligados a admitir que no sólo poseía olfato para las responsabilidades de alto nivel, sino que también aportaba un caudal de ideas nuevas a una oficina que por desgracia había carecido de ellas antes del ascenso de Liz. El propio Vern había sido una presencia inerte en Evolución del Producto, una reliquia de los primeros tiempos de la compañía, más admirado por su amabilidad y buen humor que por sus brillantes ideas. Intelectualmente se parecía a Lou y nunca había pensado mucho en términos de atrevida expansión para la línea de producción de Benedict, sino que más bien se había dedicado a asegurarse mercados para las mismas anticuadas piezas eléctricas. Liz, en cambio, presentó a Lou complicados diseños de una línea totalmente nueva para pequeños dispositivos, piezas industriales, aplicación de metales nuevos, productos de precisión destinados a las fuerzas armadas para ampliar el campo tecnológico de los cohetes, por no hablar de intervención en el joven campo de los ordenadores y, como máximo interés, a la incipiente industria de la televisión. Los proyectos de Liz, presentados semana tras semana, asombraban a Lou no sólo por su atrevimiento, sino porque eran absolutamente prácticos. Liz poseía un sorprendente dominio de las reservas de la compañía, la medida de sus ventas contra la nueva corriente económica, su personal, e incluso su historia. Podía extraer futuros éxitos de errores pasados y lo presentaba todo en dólares y en centavos de forma que no había modo de discutir con ella sin que el enfrentamiento pareciera una cuestión personal o una muestra de incompetencia. Asombraba a Lou no sólo por la brillantez e innovación de sus proyectos, a pesar de su juventud, sino también porque le resultaba imposible comprender cómo se las arreglaba para encontrar un momento para tanta investigación y tantos planes, teniendo en cuenta el tiempo que pasaba en la cama con él. Alegando que debían ser prudentes, le había hecho alquilar un apartamento en un barrio alejado para sus encuentros. Se reunía allí con él varias veces a la semana. Lo recibía en camisón, a veces húmeda aún después de una ducha, su fragancia mezclada con la del jabón y champú perfumados mientras lo miraba a los ojos. A veces llevaba sólo la ropa interior, para excitarlo; o incluso abría la puerta ~172~
  • 173. Elizabeth Gage La caja de Pandora completamente desnuda, mirando desde detrás de la hoja como una delicia prohibida que tentara al caminante para apartarlo del buen camino. Entonces él solía cerrar la puerta con un gemido, perdido todo control ya desde el primer momento, y hundía el rostro entre sus senos, con los labios ansiosos por saborearla y las manos temblando por sentir la sedosa textura de su piel. Sus artes de alcoba habían variado. Lou no acertaba a decir cómo. Aunque en apariencia seguía desplegando aquella suavidad y delicadeza femeninas que había mostrado la primera vez que se había entregado a él, era evidente que ahora lo controlaba todo. Había un no sé qué de depredador en ella al organizar los espasmos del placer de Lou con manos seguras, falsos murmullos, inteligentes alternancias de advertencia y ánimo para mantenerlo totalmente desquiciado hasta que, con un último suspiro leve, lo obligaba a verterse en ella, aceptando su orgasmo tan plácidamente como si se tratara de una brisa que acariciara la superficie de su cuerpo. Con frecuencia hacía el amor con él con tal maestría que alcanzaba el orgasmo antes de que ella estuviera dispuesta. A veces lo importunaba con las manos o las piernas, con excesiva sabiduría, durante demasiado tiempo, de modo que Lou perdía su semen inútilmente sin haber tenido tiempo de penetrar en ella. Lou sabía, aunque no comprendía cómo, que a ella le encantaba esto. Disfrutaba cuando él se vaciaba antes de que tuviera oportunidad de satisfacerla. Esto aumentaba su dominio sobre él y transformaba en una burlona parodia su aparente aceptación de Lou. La primera vez, él se había atrevido a expresar su decepción con palabras. Le había dicho: —Quería que fuera para ti. Pero ella se había limitado a agitar la cabeza. —Me gusta cuando te ocurre esto. Demuestra lo mucho que me deseas. Pasado cierto tiempo, tuvo que abandonar la idea de satisfacerla. Comprendió que la excitación de Liz se debía a la sumisión de su amante. Liz ansiaba la húmeda mirada fascinada de Lou cuando recorría sus largos muslos, más allá del sexo que adoraba, los senos perfectos y firmes, su llameante mata de pelo extendido sobre los blancos hombros. ~173~
  • 174. Elizabeth Gage La caja de Pandora Ahora el sexo de Lou era un juguete para ella. Ya no era un arma de dominación masculina, sino un órgano femenino todo sensibilidad y entrega, un juguete manipulado por sus caricias, los espasmos ordenados por su capricho. A veces, cuando Lou sentía su sexo desaparecer dentro de ella, le parecía como si Liz se apoderara de él, llenando su propio vacío, y dejándolo incompleto para siempre, de modo que ella era macho y hembra a la vez, y él simplemente su eunuco, su esclavo. Y cuando él la acariciaba con dedos temblorosos y ella lo escrutaba con sus resplandecientes ojos verdes fríamente triunfantes, incluso su piel desnuda parecía contemplarlo victoriosa como una sedosa infinidad de ojos mirándolo con interés mientras él se hundía cada vez más bajo su hechizo. Unos pocos meses separaban a Lou de su antigua vida. Pero el muro alzado entre él y su sano juicio tenía varios kilómetros de espesor. Ahora pertenecía a Liz. Podía hacer con él lo que quisiera. Se estremecía imaginando en qué podía consistir la dominación. Aunque el trabajo de Liz despertaba respeto, en la compañía nadie la quería ya. Los empleados que trabajaban en Evolución del Producto la temían, al igual que sus antiguos colegas de Material. Incluso el grupo ejecutivo le tenía miedo porque su ascenso había sido súbito y cruel, al pasar por encima del cadáver de Vern Innis y del traicionado Larry Whitlow. Nadie en Benedict Products se sentía seguro en su puesto mientras Liz siguiera allí. De algún modo su imagen había cristalizado en la mente de todos como la de una mujer joven de infinita y voraz ambición, una criatura cuyos encantos femeninos se sumaban a su indiscutible habilidad ejecutiva y gerente a fin de reunir un arsenal irresistible de armas para conseguir sus objetivos. Una mujer que poseía dotes incomparables, pero un ser desalmado. A medida que transcurría el tiempo, un deseo secreto y nuevo encontró expresión en la compañía. Los componentes de Benedict empezaron a esperar que Liz no tardara en llevar su capacidad a otro negocio y dejara que Benedict Products se lamiera las heridas que había abierto en su carne. En efecto, ella era una herida en el alma de la compañía, una herida que nunca sanaría del todo, pero que por lo menos cicatrizaría si ella se marchaba en busca de algo más remunerativo, una posición más alta en una compañía mayor. ~174~
  • 175. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Dejad que se vaya a alguna parte y se haga un camino hasta la cima — murmuraban las voces en el comedor de la compañía—. ¿Por qué no ha de irse y dejarnos en paz? En el momento en que cesaban los murmullos al acercarse ella, Liz saludaba a sus colaboradores con la misma sonrisa juvenil, resplandeciente y amistosa. En apariencia, Liz no había cambiado: trabajadora, gerente minuciosa, conversadora correcta y oyente atenta. Eso era lo que más asustaba. Liz seguía siendo encantadora. Sin embargo, todos presentían la astucia que se ocultaba detrás de su amabilidad, la maldad tras su resplandeciente belleza. «¿Por qué no se va de una vez?» Ésta era la pregunta que obsesionaba a todos. Pero nadie conocía la respuesta. Una nueva dimensión se había dejado sentir en las recientes discusiones de Liz con Lou acerca de la compañía. Benedict Products, le explicó, carecía de base económica para el tipo de evolución del producto que debía iniciarse si pretendía competir en la economía de posguerra. —La compañía no puede quedarse quieta —dijo mientras mostraba a Lou gráficos fiscales y proyecciones que le enturbiaron los ojos—. Tiene que avanzar. Si tratamos de mantener la situación actual, seremos más pobres y más débiles antes de que nos demos cuenta, porque la competencia procede de fuentes que no existían hace tres o cuatro años. Lou tuvo que esforzarse para prestar atención a sus datos, porque los ojos se le iban tras los senos bajo la blusa, los muslos que se movían debajo de la falda, la sombra de una sonrisa en el fondo de sus ojos. El hechizo sexual que emanaba de ella era tremendo y se mezclaba con sus argumentos de un modo que lo mareaba. Pero volvió al mundo de la realidad cuando ella le reveló la carta que escondía tras los razonamientos: una fusión. —Necesitamos la amplia base fiscal de una corporación mayor que nos preste la fuerza de competir y crecer a la vez —dijo—. Es el único medio. Pero aquí Lou se mostró tajante. —Ésta es mi compañía. La construí de la nada. ¿Sabes lo que significa «nada», Liz? Empecé desde abajo. Conozco hasta el último clavo de este lugar, porque lo pagué ~175~
  • 176. Elizabeth Gage La caja de Pandora con mi propio dinero. Nadie va a quitármela, o a decirme cómo debo dirigirla. Incluso si voy a la quiebra, lo haré al timón de mi propia nave. Liz lo contempló con prudencia, pareció titubear, pero no habló más del asunto. Si él supuso que su retirada era estratégica, no quiso reconocerlo. No podía imaginar el compartir Benedict Products con desconocidos, quizá perder el nombre de la compañía y tener que dar explicaciones a unos jefes pertenecientes a alguna multinacional. Satisfecho de sí mismo por haberse opuesto a Liz, Lou dejó de pensar en ello. Además, la compañía parecía ir viento en popa, es decir, si el precio de las acciones Benedict indicaba algo. Las acciones habían ido subiendo con regularidad en las bolsas regionales, de un precio modesto de 7,23 dólares por acción a 8,25 y luego hasta 11,66 a partir de la muerte de Vern. Aunque las cifras de pérdidas y ganancias iban ligeramente adelantadas con respecto a las del año anterior y a pesar de que los pedidos de mercancías de la compañía no llenaban los buzones de los representantes, el precio de los valores Benedict seguía subiendo. Nadie en la compañía estaba lo bastante familiarizado con las nuevas y sutiles presiones de la economía de posguerra para interpretar esta buena noticia como una advertencia. Simplemente, se asumía que pasaban una buena racha y que mejorarían. ¿Por qué le iban a mirar el diente a un caballo regalado? En cuanto al propio Lou, en esos días estaba siempre tan preocupado por Liz, fantaseando acerca de ella, perdido en los secretos de su cuerpo y sus caricias, que carecía de tiempo para reflexionar respecto a las complicaciones financieras y la posición en el mercado de Benedict Products. Su autoridad en la compañía se había vuelto más vaga, menos firme. Además, tenía otro problema en el que pensar. Barbara, que no le había dirigido una verdadera sonrisa desde el día en que Liz fue contratada, se comportaba de forma abiertamente hostil desde el increíble ascenso de Liz y los indiscretos chismes que se habían desatado en la compañía. Aunque Lou no podía protestar contra esta reacción, lo entristecía y lo preocupaba. Barbara se daba cuenta de lo tarde que llegaba a casa su marido. Ella pasaba ahora tanto tiempo como podía fuera de casa. Salía siempre con amigas, iba de compras, jugaba al tenis o al bridge, salía de visita o al cine. Le dejaba la cena para que se la calentara, si cenaba en casa, y notas informándole de dónde podía encontrarla. ~176~
  • 177. Elizabeth Gage La caja de Pandora Parecía como si el hecho de enfrentarlo al muro de piedra de su ausencia y su silencio la complaciera. Aunque esto facilitaba sus relaciones con Liz, roía los cimientos de su matrimonio con alarmante rapidez. El poco tiempo que pasaba con ella, siempre lo pasaban peleando. Discutían por dinero, por los chicos, por la escuela, por los planes de las vacaciones que Lou quería posponer y Barbara no. A veces las peleas surgían por cosas tan insignificantes como el color de la corbata que Lou había decidido ponerse para una cena, las buenas cualidades de un almohadón respecto a otro, o el taller de reparaciones que había fastidiado el silenciador del coche. Ambos parecían saber por qué discutían en realidad, pero ninguno de los dos quería aludir a ello directamente. El único momento en que su enfrentamiento desaparecía era cuando dormían, porque la distancia entre los dos por la noche era mayor que nunca. Barbara se acurrucaba al borde de su parte de cama mientras que Lou, a su vez, sufría pesadillas. Lou estaba profundamente disgustado por lo que ocurría. Siempre había amado a Barbara por su sensatez, su firmeza como esposa y madre, y su paciencia como compañera de un empresario muy trabajador. Barbara se había casado con él siendo una estudiante popular y había interrumpido sus estudios a fin de ayudarlo a levantar Benedict Products. En los últimos diecinueve años Lou había tenido en cuenta cada día la sonrisa con que lo recibía al llegar a casa. Pero ahora aquella sonrisa quedaba reemplazada por una expresión de obcecada indiferencia, ya que nunca lo miraba a los ojos, nunca parecía percatarse de su presencia. No podía decirle lo mucho que esto lo apenaba, porque sabía cuánto lo merecía. Los chicos, naturalmente, no podían pasar por alto la situación. Matt, el chico, se dedicaba en cuerpo y alma al atletismo, y las dos chicas, Cindy y Joyce, se agarraban a cualquier pretexto para pasar las tardes y veladas fuera, en casa de amigos. A veces, cuando Barbara había salido, Lou se encontraba cenando en un silencio embarazoso con los tres chicos, haciendo preguntas tontas acerca de sus estudios, mientras se apresuraban por terminar la comida y poder levantarse de la mesa. Lo más frecuente era que regresara de sus escarceos con Liz y que nadie lo esperara. Los chicos habían aceptado invitaciones para cenar en casa de amigos y la ausencia de Barbara estaba anunciada por una nota en la cocina. Lou comía solo dado que los miembros de su familia andaban diseminados. ~177~
  • 178. Elizabeth Gage La caja de Pandora Nadie deseaba ya encontrarse en casa. Lou estaba cada vez más solo. La familia se deshacía ante él y los fuertes vínculos se iban cortando uno tras otro. Pero era incapaz de detener esta desintegración; porque no podía separarse de Liz. Una noche llegó a casa relativamente tarde y encontró a Barbara esperándolo. Estaba sentada rígida en uno de los sillones de la sala de estar, mirándolo con tal autoridad que se sentó a escucharla. —Sé lo que has estado haciendo con esa tal Liz Dameron —le dijo. Lou empezó a protestar, pero su esposa lo interrumpió con una sola mirada. —No te pongas en ridículo tratando de negar lo evidente, Lou. He hecho que te siguieran. Tengo fotografías, aunque en realidad no era necesario. Se acomodó para continuar. Lou la miró con expresión culpable. Más difícil de contemplar que el reproche en sus ojos, era el dolor. No lo miraba a él, sino a lo que se había interpuesto entre ambos, el cáncer que mataba a su familia. —He pensado mucho en todo esto durante los dos últimos meses —le dijo—. Por espacio de diecinueve años has sido un buen marido, Louis. Yo te amaba. Y he decidido que todavía te amo. Así que voy a darte una sola oportunidad para arreglar las cosas entre nosotros, en beneficio de los chicos y de nuestro matrimonio. Hay cinco vidas en juego. Si decides arruinar la tuya, yo estoy dispuesta a salvar las otras cuatro. Lou tenía la garganta seca. Tosió. —¿Qué quieres? —preguntó. —Quiero que eches a Liz Dameron de la compañía y de esta ciudad. Ahora mismo. Quiero verte otra vez en tu lugar. Así de sencillo. Lou reflexionó un buen rato. El valor de Barbara era tan enternecedor y humano que casi le hizo saltar las lágrimas. Sopesó lo que estaba en juego, fijándose en las cosas como si las viera por primera vez. Una oleada de energía le llegó de alguna parte; se levantó: —Está bien, Barbara. Desde el sillón, su esposa le dirigió una mirada grave, circunspecta que le desgarró el corazón. Después se levantó, apagó la luz y se fue a la cama. Lou se quedó solo en el silencioso salón. ~178~
  • 179. Elizabeth Gage La caja de Pandora La siguiente jugada era suya. ~179~
  • 180. Elizabeth Gage La caja de Pandora 16 Lou titubeó toda una semana antes de decidirse a presentar el ultimátum a Liz. Por fin decidió comunicárselo en horas de trabajo y entre los muros de Benedict, más que en el apartamento, donde ella lo controlaba todo, hasta tal punto que Lou no se atrevía a enfrentarse con Liz allí. Éste era un asunto de negocios y debía tratarse como tal. La convocó a su despacho a última hora de una tarde. Llegó con un traje oscuro, una chorrera de seda al cuello, y con la carpeta en la mano. Lo miró inquisitiva cuando él carraspeó. No habría interrupciones; había ordenado a su secretaria que retuviera todas las llamadas y no le molestara bajo ninguna circunstancia. Se había vestido de una forma conservadora para la ocasión: un traje azul marino y una corbata granate, con la aguja que Barbara le había regalado quince años atrás. Llevaba los zapatos recién lustrados. —Liz —empezó, tratando de adoptar un sereno tono de ejecutivo—. Tengo algo muy importante que decirte. He estado reflexionando mucho últimamente acerca de mi compañía y de mi familia. He llegado a la inevitable conclusión de que las cosas no pueden seguir como hasta ahora. La mejor solución, tanto para ti como para mí, es que nos separemos para que yo pueda dirigir Benedict como me parezca y tú continúes con el tipo de carrera que te conviene. Liz no dijo nada. La expresión de sus ojos era impenetrable, casi pavorosa en su aplomo. Resultaba difícil enfrentarse a ella sin flaquear. Pero Lou se obligó a mostrarse fuerte e incluso simpático. —Te proporcionaré las mejores referencias que jamás he dado a un empleado — continuó—. Has hecho mucho por Benedict Products. Nos has impresionado con tu trabajo esforzado, tus ideas brillantes, tu comprensión de lo que es la compañía y el mercado. Serás una brillante adquisición para centenares de empresas de la costa o de cualquier otra parte, donde tú quieras. Se armó de valor y prosiguió: —Tienes un gran futuro, pero no puedes seguir con nosotros, Liz. No puede ser. Tenemos diferencias de criterio respecto a la marcha que esta compañía está emprendiendo, diferencias irreconciliables. Además, en otras cuestiones, no puede seguir. Es perjudicial para Benedict y para ti y para mí. Bueno, creo que es todo cuanto tenía que decirte. ~180~
  • 181. Elizabeth Gage La caja de Pandora Cruzó las manos sobre la mesa y la miró. Estaba bellísima, sentada allí con su traje de corte severo, mirándolo con aquellos ojos verdes que derretirían cualquier corazón en el mundo. Sintió una punzada al pensar que al cabo de unos minutos cruzaría aquella puerta para no volver. Vaciaría su despacho y lo abandonaría a una soledad que había dejado de imaginar, tan terrible le resultaba la idea de perderla. Quizá, se dijo, algún día la olvidaría, como un adicto se cura de la obsesión que ha regido su existencia durante tanto tiempo. Las cicatrices serían profundas, pero se enfrentaría a la vida sin ella. No era un reto imposible. En cualquier caso, no tenía alternativa. Éste era el adiós. Con gran sorpresa por su parte, Liz abrió la carpeta sobre las rodillas y sacó un fajo de documentos. —Lou —le dijo—. ¿Te has preguntado por qué nuestras acciones han subido tanto últimamente? Lou frunció el ceño, perplejo. —¿Por qué lo dices? ¿Tendría que habérmelo preguntado? —Yo lo haría, si los valores de mi compañía empezaran a subir de pronto pese a la economía y pese a nuestro reducido balance de los dos últimos años. Lou la miró desconcertado. —Liz, ¿de qué me estás hablando? —Te estoy hablando del mundo moderno. Del mundo de los negocios de la posguerra. Lou, durante los últimos cinco meses, gran parte de nuestros valores de Benedict Products ha sido adquirida por una corporación llamada American Enterprise. Estos valores se han comprado a través de varios intermediarios, incluyendo subsidiarias de American Enterprise, fondos mutuos, corporaciones ficticias, bancos e individuos particulares. Pero todo ello pertenece ahora a American Enterprise. Tus valores han subido porque ha habido una actividad extraordinaria en las bolsas de California y, naturalmente, porque los compradores han hecho intercambios a fin de que subiera el precio. Lou, confuso, se encogió de hombros. —Que compren —dijo—. No veo por qué debo preocuparme. Liz le sonrió fríamente. —La gente responsable de las adquisiciones de acciones Benedict no compran sin un propósito. Justo antes de la reunión de accionistas, Lou, van a hacer una oferta ~181~
  • 182. Elizabeth Gage La caja de Pandora tentadora a fin de conseguir suficientes acciones para obtener el control de la compañía. Lou se esforzó por entender lo que le estaba diciendo. Para él no tenía pies ni cabeza. —Nuestros accionistas no venderán —protestó. —Sí lo harán, Lou. Venderán porque el precio que ofrecerá American Enterprise será demasiado alto para que puedan resistirse. Digamos... 1,20 por dólar en cada acción, o tal vez más. Lou esbozó una sonrisa escéptica. —¿Y de dónde va a sacar este grupo llamado American Enterprise tanto dinero que malgastar? —No será dinero tirado —aseguró Liz—. Es dinero gastado para adquirir una compañía. Además, la pérdida temporal puede deducirse de los impuestos. Es una inversión sólida. Hoy en día este tipo de operación es cada vez más frecuente. La ley sobre impuestos lo favorece, y las nuevas empresas tienen acceso a capitales que les ayudan a cubrir gastos. La sonrisa de Lou desapareció. —¿Qué quieres decir exactamente, Liz? —Pues que a partir de esta primavera, tu compañía será absorbida por American Enterprise. Benedict Products habrá dejado de existir como entidad independiente. Mudo de asombro, Lou se preguntó si Liz había perdido la cabeza. Quizá lo que le estaba contando era una monstruosa fantasía. Desde luego, lo parecía. En su experiencia en los negocios nunca había oído semejante historia. —La fusión será lo más conveniente para Benedict —prosiguió tranquila— aunque seguramente tendremos que cambiar de nombre y nuestros ejecutivos dependerán de American Enterprise. A pesar de todo, seremos un elemento importante en los planes de desarrollo americano. He asistido a algunas de las reuniones y sé lo que están pensando. A decir verdad, ya se ha decidido que nos especializaremos en tecnología de televisión. Vamos a ser un importante proveedor de piezas para televisores domésticos y también investigaremos la aplicación de tecnología televisiva para propósitos científicos, sobre todo en aeroespacio. —No te creo. —A Lou le temblaba la voz. «Asistido a reuniones.» ~182~
  • 183. Elizabeth Gage La caja de Pandora Las palabras resonaban en su cerebro como una pesadilla. ¡Reuniones acerca de su compañía! La ira lo dominó al pensar en Liz con los depredadores en su sala de juntas de la corporación, secreteando acerca del futuro de su compañía sin que él lo supiera. Liz se levantó, se acercó y dejó una carpeta sobre la mesa. —¿Qué es esto? —preguntó. —Copias de los certificados de los valores —respondió, envolviéndolo en su fragancia al inclinarse junto a él—'. Registros de transacciones a través de varios agentes de bolsa y agencias de valores. Separó una página mecanografiada y se la mostró: —Ésta es la carta que enviaremos a todos tus accionistas, un mes antes de la reunión. Se les propone una oferta al contado por sus acciones en un veinticinco por ciento más de lo que valen en bolsa. Al mismo tiempo, la oferta se anunciará oficialmente en todas las publicaciones financieras importantes, incluyendo el Wall Street Journal. Liz se apartó para observarlo. Lou, un hombre confuso rodeado de documentos que detallaban su propia destrucción. ¡Qué hermosa, qué macabra parecía en su glacial triunfo! Una bella cazadora, nacida para saborear la sangre. —¿Cómo ha ocurrido esto? —preguntó Lou, contemplando la evidencia que se extendía ante sus ojos. —Sobre todo, gracias a mí. Yo era el contacto de American dentro de tu compañía. Les mostré nuestros libros y contribuí a venderles la idea de la fusión. Les ayudé a adquirir paquetes de acciones y a cubrir las transacciones a fin de que tu departamento de finanzas no descubriera lo que estaba pasando. —Se encogió de hombros—. De todos modos, al final lo hubieran descubierto. Les convencí de que Benedict sería una valiosa adquisición. Lou la miró impotente. —¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué has hecho esto, Liz? —Porque era necesario —respondió—. Era la única forma realista de entrar en la economía actual. Bajo su nuevo nombre, Benedict será una compañía del futuro. De haber seguido como hasta ahora, habría sido una reliquia del pasado. Lou trató de encontrar palabras para expresar el horror que sentía. —Pero perderé todo lo que he ganado con mi trabajo. He luchado toda una vida para ser mi propio dueño, para tener mi propio negocio y controlar mi propio ~183~
  • 184. Elizabeth Gage La caja de Pandora destino. Ahora me convertiré en un simple empleado. Tendré que aceptar órdenes de otros. Podrán mantenerme en el puesto o despedirme según se les antoje. Liz sacudió la cabeza. —He tomado medidas para protegerte. Seguirás siendo la cabeza titular, pase lo que pase. Te lo he conseguido como parte del trato. «Te lo he conseguido.» Le daba vueltas la cabeza y pensó en esa joven—cita inexperta que se había detenido un instante en su rapaz ambición para «protegerlo». El mundo estaba al revés. —Supón que no esté de acuerdo con nada de lo que me propones. —No tienes más remedio, Lou. —Cruzó los brazos y lo miró—. Todo ha terminado. Si no estás de acuerdo, deja que American te compre personalmente. O puedes quedarte y ganar mucho dinero como ejecutivo de American y accionista. Si eliges salir, no serás rico, pero tampoco pobre. Podrías empezar de nuevo si quisieras, empezar otro pequeño negocio, incluso a tus años. En todo caso, la elección es muy clara. —¿Y tú qué? Se encogió de hombros y el gesto fue su respuesta. —Yo me quedo, claro. Lou la contempló asustado. Había enunciado la ironía final. Le estaba ofreciendo la oportunidad de quedarse en su propia compañía, aunque con una responsabilidad menguada y puramente honoraria, cuando él la había llamado para despedirla. —Es imposible —barbotó—. ¡Es que no puedo creerlo! Liz apartó la mirada de su rostro para fijarse en los documentos que estaban encima de la mesa, luego volvió a mirarlo. —Los libros no mienten, Lou. A lo hecho, pecho. Benedict Products es cosa del pasado, pero tu compañía tiene un gran futuro como parte de American Enterprise. Con o sin ti. Lou contempló aquel cuerpo alto, esbelto, los miembros núbiles que tantas veces había acariciado, los ojos de gato, preciosos, el cabello brillante, la piel cremosa. Así que ésta era la cara del diablo. ¿Cómo podía el diablo meterse en tan simple y juvenil forma humana? ¿Podía ser el diablo tan astuto, tan creativo? —Eres un monstruo. No eres humana. Sus ojos se abrieron sorprendidos, incluso dolidos. ~184~
  • 185. Elizabeth Gage La caja de Pandora —¿Qué has dicho? —preguntó. —He dicho que no eres humana. —Las palabras le parecieron a Lou un silogismo perfecto, una afirmación irrebatible de la verdad que estaba destruyendo su vida. —Pero soy humana, Lou —afirmó mientras se acercaba—. ¿No te das cuenta? He pensado en ti desde el principio, en tu bienestar. Dio la vuelta a la mesa después de echar una ojeada a la puerta cerrada y se arrodilló junto a él. Le tocó el brazo con una mano y el muslo con la otra. Sus ojos se alzaron hasta él, llenos de una intensidad sugerente. —Te añoraría si te fueras —murmuró—. No sería lo mismo para mí. Sus palabras tejían un extraño hechizo mientras sus ojos lo mantenían en suspenso. Pensó en tantas veces como se había dado a ella, tan entregado como un esclavo. Comprendió que Liz se refería a eso, a la dominación que ejercía sobre Lou, la esclavitud de éste y el perverso placer que sentía al poseer su cuerpo. Y con estos pensamientos empezó a sentir que la excitación agitaba su sexo, pese al horror de su mente. —¿Acaso no lo comprendes después de tanto tiempo? Soy humana, Lou. Soy una mujer. Te necesito. Sus palabras sonaban absurdas, pero eran como cuerdas de seda que se enroscaban cada vez con más fuerza alrededor de su deseo. No podía ni hablar ni moverse. Aterrado, impaciente, la escuchó. Las manos de Liz reposaban ahora en la cintura de Lou. Sentía sobre los muslos el calor de los brazos de Liz, y supo que su pene endurecido mandaba su mensaje de ansiosa espera a través de la ropa hasta el radar que ella llevaba en sus sentidos femeninos. Una leve sonrisa en los labios de Liz le indicó que ella sabía que incluso ahora lo tenía en su poder. Pero su mirada era cálida, casi protectora. Había una extraña melancolía en sus ojos, una gravedad femenina y una seriedad que sólo había visto un par de veces antes. Parecía paralizarle la voluntad y convertirla en un ser absolutamente irresistible. —Vamos —musitó—. Vamos, mi amor. No te portes mal conmigo. El bulto bajo sus pantalones era ahora una montaña, a pocos centímetros de sus manos. Lou la vio detenerse a medir el silencio de la habitación, oyó el distante teclear de las máquinas de escribir y el timbre de un teléfono en el antedespacho. Había ordenado a sus secretarias que por ningún motivo llamaran a su puerta. ~185~
  • 186. Elizabeth Gage La caja de Pandora Comprendió que Liz le había leído los pensamientos y que miraba a la puerta por encima del hombro. Estaba bien cerrada. Despacio encontró la cremallera y se la bajó. Sus dedos descubrieron el pene a la velocidad de un ladrón y Lou vio cómo saltaba sin vergüenza y excitado, loco por ir hacia ella. Ahora Liz se levantó y empezó a desnudarse. Lo hizo sin prisa. Primero la falda y la combinación; luego la chaqueta y la blusa. Lo miró con ojos turbios pero penetrantes al desabrocharse el sostén. Él entendió lo que Liz quería. Deseaba poseerlo allí mismo, a un tabique de su secretaria, en su propio despacho, el despacho cuyo significado dejaría de existir al cabo de muy pocos meses, gracias a ella. Deseaba saborear su destrucción, gozar de él como disfruta una princesa de su esclavo, según su capricho cruel, con sus caricias y sus sonrisas llenas de desprecio y de indolente distracción. Lou sentía que su mirada lo había transformado en piedra. Seguía fija en él mientras las bragas se deslizaban por sus piernas. El aroma de su carne desnuda perfumaba la habitación. El triángulo oscuro de su sexo se le estaba ofreciendo. Pero ni siquiera la imposible belleza de su cuerpo desnudo podía competir en fuerza con la mirada que escapaba de aquellos ojos fatalmente sexuales. —Ven —lo llamó con dulzura—. No pasa nada. No seas tímido. «No seas tímido.» Qué locura resonaba en sus palabras. Le estaba bajando los pantalones hasta los tobillos, luego los calzoncillos. Le ofreció un pecho joven y maduro a sus labios hambrientos, y él chupó como un niño, ávido, patético. Liz se colocó suavemente sobre su sexo, una criatura dulce que lo arrullaba, armada hasta los dientes con unos ganchos que ningún hombre podría resistir. Con los pantalones arrugados sobre los tobillos, empezó a agitarse debajo de ella, notando que Liz iba al encuentro de su verga dándole la bienvenida. Ya no le quedaba el menor respeto de sí mismo. No cabía duda de que esta monstruosa humillación, esta crueldad sin nombre tras las dulces palabras y la sonrisa de enfermera, le estaba absorbiendo la virilidad en un terrorífico espasmo, su esencia masculina perdida por siempre en las entrañas de Liz mientras las máquinas de escribir y el timbre indiferente de los teléfonos tañían su final. Cuando hubo terminado empezó a encogerse dentro de ella, conservando aún el pezón en la boca, percibiendo la gloria de su cuerpo en todos los sentidos, aunque estas sensaciones se mezclaban inescrutablemente con el castigo que vendría de ella. Este era el goce más terrible y fatal de todos. ~186~
  • 187. Elizabeth Gage La caja de Pandora Por fin, cuando hubo recobrado el aliento, miró los documentos que aguardaban sobre la mesa, las paredes de su despacho con las sonrientes fotografías de Vern y de Larry Whitlow y de los demás, y luego al alabastro desnudo de la criatura que tenía en el regazo. —Has ganado —le dijo dulcemente—. ¿Qué más puedes llevarte? Lo tienes todo. Liz sonrió junto a su oído y movió el pezón contra sus labios. Las palabras que pronunció a continuación fueron como un toque de difuntos sobre el resto de su vida. —Quiero que te cases conmigo, Lou. ~187~
  • 188. Elizabeth Gage La caja de Pandora 17 Nueva York 13 de enero de 1952 Aceite de Oliva… El abortista estaba sentado ante la pequeña mesa de cocina en la habitación del fondo del apartamento, mirando por la ventana a los tejados del West Side. Ante él había una taza de café tibio al que había añadido un buen chorro de whisky para tranquilizarse. Sostenía un Lucky Strike en sus dedos amarillentos, que temblaban un poco mientras el humo ascendía en el aire cargado que lo rodeaba. Era un día gris y lloviznaba, el tipo de día de enero que hiela a uno hasta los huesos aunque la temperatura apenas era bajo cero. El frío parecía llegar directamente de la ventana y burlarse del despreciable radiador. Era un día desapacible. No el tipo de día del que pudiera salir nada bueno. Sin embargo, si Aceite de Oliva se colocaba en cabeza en la quinta carrera de Hialeah, para él sería el día más importante de este nuevo año. Cambió de postura en la pequeña silla de cocina, con un suspiro. Era un hombre fuerte, de un metro ochenta aproximadamente, y demasiado grueso con sus ciento veinte kilos. Llevaba gafas de montura de concha y una camisa de color pastel, algo sucia, que quedaría oculta por la bata blanca antes de que llegara la chica enviada por Valerie. Consultó el reloj. Pero ¿dónde estaba? Se suponía que debía llegar a las once y media. Sin el dinero que le pagaría no podía cubrir su apuesta sobre Aceite de Oliva. Y tenía que ganar aquella apuesta. De lo contrario no podría pagar a su corredor lo que le debía y con el resto comprar píldoras que lo sostuvieran hasta el próximo mes. Pero no había razón para desesperar. Un día antes, por la mañana, Valerie le había traído los setenta y cinco dólares, su parte de los primeros cien. Le había asegurado que la muchacha tenía el resto. Era una chica decente, según Valerie. Una joven universitaria, quizá de buena familia. Vestía bien, tenía buenos modales. No era una cualquiera. Parecía asustada y desesperada, pero decidida. Le prometió que tenía el dinero. Valerie, que entendía de mujeres, estaba segura de que ésta iba en serio. ~188~
  • 189. Elizabeth Gage La caja de Pandora Volvió a consultar el reloj. Caramba, sólo se había retrasado cinco minutos. Sus nervios lo estaban traicionando hoy. Tamborileó sobre la desgastada superficie de la mesa y trató de relajarse. El whisky no ayudaba al café. Había tomado demasiadas pastillas esta mañana. No había más remedio, la resaca resultaba agobiante. Pero ahora los temblores lo sacudían de mala manera. Se levantó, encontró su maletín médico junto al fregadero y buscó un Seconal. Lo masticó sin molestarse en tomar un vaso de agua. Tenía que aguantar hasta después de la carrera. Y no había modo de hacerlo sin esta pequeña dosis. Volvió a sentarse junto a la mesa, aplastó el cigarrillo y encendió otro. Reconfortado, terminó de un trago el resto de café y cerró los ojos. Qué injusta era la vida. ¿Cómo había caído tan bajo? Había empezado con una licenciatura en medicina, legal, catorce años atrás. Parecía una eternidad. No había sido el primero de clase, pero la facultad era buena y había hecho la residencia en un buen hospital de Nueva Jersey. Había vuelto a casa, a Manhattan, decidido a abrir un despacho porque había crecido allí, amaba la ciudad y estaba rebosante de esperanza. Contaba con ganarse bien la vida especializándose en obstetricia y ginecología, y tal vez incluso podría instalarse en el East Side si le caía algo bueno. Pero la mala suerte lo había perseguido desde el principio. Había tenido problemas para conseguir clientes adinerados. ¿Sería porque no había sido lo bastante listo para cambiar de nombre? Un apellido polaco no era elegante para un ginecólogo de sociedad. En cualquier caso, desde el principio sólo parecía conseguir amas de casa pobres, inmigrantes y jovencitas que querían ocultar su estado a los padres. No tardó en darse cuenta de que gran parte de sus clientas preferían interrumpir sus embarazos en lugar de tener hijos. Al ver que las cosas no mejoraban no tuvo más remedio que hacer algunos favores a las menos afortunadas. Lo que realmente deseaban era que todo fuera algo más confidencial y se sintió contento de proporcionárselo. El riesgo era mínimo. Pero un día, una de sus pacientes, una muchacha histérica cuyo amigo la había maltratado en el Bronx, enloqueció en la mesa de operaciones y por poco se mata. Se fue a casa, tuvo una hemorragia, y lo soltó todo. Contó a sus padres que estaba embarazada, que había abortado y dio su nombre, el doctor Danicevski, de la calle Setenta y cuatro Oeste. ~189~
  • 190. Elizabeth Gage La caja de Pandora Antes de que se diera cuenta fue demandado por incompetencia. Tuvo un buen abogado y podía haberse librado, pero cuando la Junta del Colegio de Médicos se enteró, lo acusaron de prácticas contrarias a las normas profesionales, le retiraron la licencia y lo dejaron colgado. Era como una pesadilla. Durante los primeros meses creyó que su vida había tocado fondo. Su mujer lo abandonó y se volvió con su familia en Jersey. Anduvo derrumbado por su apartamento y empezó a beber. Durante uno de esos meses solitarios se aficionó por primera vez al Seconal. Pero cuando las cosas parecían más negras, conoció a Valerie a través de una amistad mutua, una antigua dienta. Valerie conocía a todo el mundo en Manhattan, el Bronx y Brooklin. Le hizo darse cuenta de que su carrera no había terminado, sólo que debía cambiar de rumbo. Ella podía mandarle todas las pacientes que necesitara. Poco después tenía un nuevo nombre, doctor Dann. «El doctor Dann, el hombre de los vendajes», bromeaban Valerie y él. También tenían un piso con un consultorio en la parte trasera. Trataba a las mismas muchachas que antes: amas de casa que no deseaban otra boca que alimentar, chicas en apuros, jovencitas que no sabían nada del control de natalidad y menos aún de abortos. Estaban asustadas, demasiado asustadas para denunciarlo. Además, tomaba precauciones. Ninguna de ellas veía su rostro ni sabía su verdadero nombre. Además, nunca permanecía mucho tiempo en el mismo sitio. En once años, la policía sólo había conseguido localizar el apartamento que él había dejado dos semanas antes. Se ganaba la vida. Tenía menos pacientes que cuando había sido un médico legal, pero cobraba más. Pronto las prostitutas le ampliaron el negocio con sus casos y su reputación creció. Tenía una clientela leal, e incluso practicaba la ginecología con mujeres que confiaban en él y no querían consultar sus problemas con los médicos de cabecera. Incluso traía niños al mundo de vez en cuando. Por otra parte, a través de una amiga de Valerie, ayudaba a jóvenes madres a vender hijos que había ayudado a nacer. Era un miembro respetado de la comunidad y se sentía seguro. Ya no añoraba a su esposa. Valerie tenía una amiga que le proporcionaba todas las chicas que necesitaba, y cuando descubrió que también le gustaban los chicos, Valerie también le presentó un amigo que podía ayudarlo. Todavía no había podido servir a la clientela del East Side, cuyas mujeres viajaban a Japón, México o a Europa para abortar, pero tenía su clientela. El único problema era que la tensión inherente a su trabajo le había hecho recaer en ciertos malos hábitos. La bebida era uno. El juego, otro. El Seconal y otros eran el tercero. En un principio la combinación le había parecido sana: beber de noche, el ~190~
  • 191. Elizabeth Gage La caja de Pandora derecho de todo hombre, seguido de un puñado de pastillas por la mañana para reanimarse. Jugar para distraerse. Pero cuando perdía dinero en las carreras bebía más y necesitaba más pastillas para reanimarse. Y éstas lo ponían nervioso, así que necesitaba el Seconal para tranquilizarse durante el día. No tenía problemas por conseguirlas. Perry, el farmacéutico que lo había conocido cuando aún era médico, trapicheaba y probablemente abastecía a media ciudad. Pero Perry tenía problemas de seguridad. Si la casa farmacéutica para la que trabajaba se enterara de sus trampas, lo despedirían. Así que forzosamente resultaba caro. El dinero constituía un problema para el doctor Dann. El juego le comía la mayor parte de lo que ganaba y cada vez le dejaba menos para las pastillas, que le resultaban indispensables a fin de cumplir bien con su trabajo. Este año había empezado mal. Dos semanas atrás había perdido un dineral en una carrera y tuvo que pedir un préstamo fenomenal para su corredor. Le quedaban pocas pastillas y Perry se había negado a facilitarle más hasta que saldara la factura del año anterior. No estaba seguro de cuánto sabía Perry acerca de su adicción, pero el farmacéutico no era ningún tonto. Parecía aumentar los precios y reducir la disponibilidad según lo enganchados que estaban sus clientes. Así que no tenía más remedio que encontrar dos mil dólares ahora mismo. Por eso todo dependía de Aceite de Oliva. Este caballo era el soplo más importante que había tenido en un año. Había apostado cien a treinta que ganaría. El soplo venía directamente de la cuadra. Si ganaba tendría bastante para Perry, para pagar el préstamo y tal vez para una escapada a Las Vegas. Necesitaba desesperadamente descansar. ¡Ojalá llegara la muchacha! Mientras lo pensaba sonó el interfono. Rápidamente aplastó el cigarrillo, se levantó de la mesa y pulsó el intercomunicador. —Soy amiga de Valerie —le llegó una vocecita distorsionada por el micrófono barato. —¿Cómo se llama? —Laura. Asintió y empujó el botón para abrir la puerta de abajo. ~191~
  • 192. Elizabeth Gage La caja de Pandora Apresuradamente se puso la bata y la mascarilla. La mascarilla no sólo evitaría que pudiera identificarlo, sino que disimularía el olor a whisky de su aliento. La esperó. Estaba nervioso. El estómago no lo dejaba en paz. No había tomado nada en todo el día, sólo el café y las pastillas, los cigarrillos y el Seconal. Pasados un par de minutos oyó una tímida llamada a la puerta. La abrió y se apartó para que entrara. Llevaba un abrigo de lana, barato. Pero Valerie tenía razón: parecía de fiar. Tenía el cabello negro y corto, una piel muy blanca y enormes ojos oscuros que lo miraban asustados. —¿Trae el dinero? —le preguntó tras la mascarilla, disimulando la voz con un carraspeo. Trataba de decir lo menos posible a sus pacientes. Sabía que su gran estatura y la montura oscura de las gafas que aparecían por encima de la mascarilla las asustaba, y esto le resultaba conveniente. Sacó unos billetes del bolsillo y los contó: tres de veinte, dos de diez y cuatro de cinco. Él los cogió con sus dedos manchados de nicotina, los dobló y se los guardó en el bolsillo. Después echó el pasador a la puerta de entrada y le señaló el cuarto del fondo. —Cuelgue su abrigo en el perchero. Desnúdese y échese en esta mesa —ordenó. Mientras Laura se desnudaba, él pasó a la cocina. Se quitó la máscara, se sirvió otro dedo de whisky en el fondo de la taza del café y lo bebió de golpe. Sintió que el Seconal empezaba a surtir efecto. Por lo menos ahora no le temblarían las manos. Se las lavó en el fregadero y volvió al consultorio. Sin ropa parecía poco mayor que una niña. Era menuda y estaba asustada. Sin embargo, por el pecho y la curva de las caderas comprendió que tenía por lo menos dieciocho años. Era un cuerpecito precioso, a decir verdad. Tenía fijos en él sus inmensos ojos. —¿Va a anestesiarme? —le preguntó. —No es necesario —le respondió, sacudiendo la cabeza—. Échese y relájese. Nunca anestesiaba a sus pacientes. Cielos, ¿cómo podía saber las alergias que tenían? No quería que ninguna tonta se le cayera muerta en la mesa de examen debido a la anestesia. Además, el dolor era soportable. Después de todo, eran ellas las que se habían metido en el lío, de manera que bien podían soportar un pequeño raspado y unos cuantos calambres por deshacerse de su paquete. Yacía desnuda con los ojos fijos en el techo. El médico se puso a su lado, levantó los estribos, le cogió las piernas una tras otra y las colocó en posición. La sintió temblar cuando la envolvió en una sábana que había sacado de un armario. ~192~
  • 193. Elizabeth Gage La caja de Pandora —Relájese —aconsejó—. Sólo será un momento. Ya había dicho demasiado, pero no podía evitar compadecerla. Se volvió al esterilizador. Tenía el raspador y el espéculo perfectamente esterilizados, como siempre. Esto no era sólo por orgullo profesional, sino también por prudencia. Las jóvenes no sabían quién era o dónde localizarlo, pero si infectaba a una de ellas con un raspador sucio y caía enferma, un amigo indignado o un padre podían seguirle el rastro. Contempló a la muchacha mientras se ponía los guantes. Permanecía echada con los brazos pegados al cuerpo. Estaba pálida. —¿Tiene frío? —le preguntó. Ella sacudió la cabeza. —Está bien. No se mueva hasta que se lo indique. Tomó el espéculo del esterilizador y lo insertó entre sus piernas. Utilizando un tampón de gasa la embadurnó por completo con desinfectante. Una fugaz oleada de confusión pasó ante sus ojos y se sacudió para limpiar las telarañas. Luchando contra el temblor de sus manos, dilató el cuello del útero, insertó el raspador y empezó a raspar el útero con golpes largos y cuidadosos. Oyó un ruidito procedente de la garganta de la joven, un grito contenido de dolor y miedo. Apretó los dientes temiendo que estallara en gritos histéricos como tantas otras. Pero no. Permaneció perfectamente quieta y no la oyó más. Era valiente, un verdadero soldado. Dio gracias a Dios. Continuó el trabajo con extraordinario cuidado ya que se sentía muy agitado. Un movimiento en falso y podía perforar la pared del útero, con lo cual provocaría una peritonitis aguda. Eso fue lo que le ocurrió la primera vez. No permitiría que volviera a suceder. Llegado a mitad del trabajo miró a la joven. Su rostro estaba descompuesto por el dolor, pero mantenía los labios apretados. Por sus mejillas resbalaban lágrimas silenciosas, aunque no se movía. Cuando hubo terminado limpió minuciosamente el área y la rellenó de gasas. —Ahora vístase —ordenó—. Estaré en la otra habitación. Volvió a la cocina y tamborileó sobre la mesa, mirando el reloj. Tendría que esperar dos horas antes de descubrir cómo había terminado la carrera. ~193~
  • 194. Elizabeth Gage La caja de Pandora Por fin apareció la muchacha. Vacilaba sobre las piernas poco firmes y estaba lívida, pero no se advertía la palidez de la hemorragia interna. Laura descolgó el abrigo del perchero y empezó a ponérselo. Parecía tan débil que el doctor se apiadó de ella y la ayudó. Todavía llevaba puesta la mascarilla. —Vaya a su casa y descanse. Permanezca echada lo más que pueda durante dos días. Pasadas veinticuatro horas, quítese las gasas. Si quiere, puede utilizar compresas menstruales. No se preocupe si tiene calambres o sangra un poco. No durará. Ahora, recuerde bien: no ha estado aquí. No me ha visto. No ha visto a Valerie. ¿Comprende? Si regresa, o si manda a alguien, no estaré aquí. ¿Entendido? Asintió en silencio, mirándolo. La expresión de sus ojos se le incrustó en el alma. —No se preocupe, todo irá bien —la tranquilizó. Ella le respondió con una sonrisa desmayada y abrió la puerta. —Adiós —le dijo el hombre. Cuando hubo cerrado la puerta tras ella, el doctor volvió a la cocina y se quitó por fin la mascarilla. Las manos le temblaban mucho. Tomó otro Seconal y lo empujó con whisky. Tendría que echarse y tratar de contenerse hasta después de la carrera. Decididamente, sus nervios estaban hechos trizas hoy. Era algo más que la carrera, se debía a la muchacha. Había en ella una especie de frágil nobleza. Y la expresión de sus ojos no había sido de miedo, como supuso en un principio, sino de pena. Tal como Valerie le había dicho, era una muchacha cabal. Quizás demasiado, pensó. En cambio, nadie que viniera allí podía ser completamente cabal. No le causaría problemas. Sintió que el equilibrio de las drogas lo sumergía en la somnolencia. Por fin iba a relajarse. Se sirvió el poco whisky que quedaba en un vaso de cocina agrietado y se lo llevó a los labios. Vaciló, luego alzó el vaso al sucio panorama que se veía por la cocina. —¡Por Aceite de Oliva! —sonrió. ~194~
  • 195. Elizabeth Gage La caja de Pandora 18 Lou Benedict miró a los ojos de Liz Dameron. En cierto modo, jamás los había visto desde tan cerca. ¿O era acaso la luz poco familiar de esa habitación? ¿O tal vez el hecho de que ella sin duda lo observaba como jamás lo había mirado antes? Una voz resonaba en su oído, pero no se molestó en tratar de descifrar las palabras. La visión de Liz las eclipsaba. La llamarada roja de su cabello enmarcaba el bello rostro que tan bien conocía. La dulce tez juvenil, tan fresca, cremosa y salpicada de pecas, cada una tan pura como el propio sol, nunca le había parecido tan arrebatadora. ¡Y los ojos! Estaban fijos en él, estudiándolo inquisitivamente. Sus labios sonreían, pero la mirada no reflejaba la sonrisa. Sus ojos se volvían gelatina tras la líquida frescura del color esmeralda con una intensidad que lo dejaba en trance. Una mirada tan profunda como el océano, tan remota como las estrellas. Allí no había sentimiento ni intención humana reconocible, sino algo más grande, algo infinitamente más peligroso. Percibía el grupo de gente en la estancia y oía la voz que fluía irrelevante. Sabía por qué estaba allí: para caer al fin en aquel abismo verde, aunque aquello significara su muerte, en cuerpo y alma. Liz debió de notar lo que él estaba pensando porque algo cambió en su expresión. Algo se desplazó silenciosamente para dejarle sitio y devorarlo mejor. Alguien le hablaba ahora. Por fin las palabras alcanzaron su mente. —Louis, ¿aceptas a esta mujer por legítima esposa, y prometes amarla y honrarla en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe? Lou respiró hondo. Hasta aquí había llegado. Por suerte todo había terminado. —Sí, quiero —respondió. —Os declaro marido y mujer bajo la ley de Dios y la del estado de Nevada. Puede besar a la novia. Lou consiguió sonreír. Los ojos se acercaron más. Ahora también se acercaban los labios, tiernos y sensuales como una fruta exótica. ~195~
  • 196. Elizabeth Gage La caja de Pandora La besó, oyó los vítores inconexos de los presentes y sintió que un grano de arroz le caía en el hombro. Los labios lo cancelaron todo. Notó que se abrían, notó la lengua buscando la suya. «Hasta que la muerte os separe.» Se abría la última puerta. Más allá de ella no había nada. Nada en absoluto. ~196~
  • 197. Elizabeth Gage La caja de Pandora LIBRO SEGUNDO LAURA, S. A. ~197~
  • 198. Elizabeth Gage La caja de Pandora 1 7 de febrero de 1952 —Vamos, Diana. Me estás volviendo loco. Un fuerte brazo sostenía a Diana Stallworth por los hombros. Su cabello rubio, largo y fino, caía sobre la mano que se apretaba contra el pecho. El respaldo del asiento se le clavaba en la espalda. Se encontraba en la posición que una muchacha más temía en una cita: sentirse inmovilizada, con los labios de su acompañante contra la oreja y el cuerpo bloqueándole la salida. El hombre había conseguido colocar una de las manos de ella hacia el bulto de los pantalones. Su exaltación era como la de un animal, urgente y jadeante. Pero los murmullos resultaban seductores y era muy guapo. Diana había tenido suficientes citas con él. Como era de esperar, él creía que ya iba siendo hora de tener algún escarceo amoroso. —Cliff, no —suplicó en voz baja, temerosa de que la pareja del asiento trasero la oyera pese a la música ruidosa que había en la radio—. No lo comprendes. No puedo. De verdad. La música era la de Tom Darsey tocando So Rare. Los saxos palpitaban quedamente, sensuales en sus tonos corales líquidos. La mano que ahora se apoyaba en el pecho de Diana tenía un tacto lánguido. —Nena —musitó—. Sabes que lo deseas tanto como yo, no puedes ocultarlo. Déjame que entre donde pertenezco. No lo lamentarás, te lo aseguro. Sus labios le acariciaban el lóbulo de la oreja, y sintió una lengua caliente lamerle el punto tierno, provocando una alarma en todos sus sentidos. Su propio deseo la enervaba, porque sabía que no podía entregarse a él. Con frecuencia se había preguntado a qué se parecería el trato con un hombre. Sentir la larga y dura masculinidad hundida en su interior, moviéndose, sacudiéndola y penetrando cada vez más adentro. Había oído durante años las bromas de las muchachas en la escuela de Ginebra y aquí en Smith. Diana tenía que practicar el delicado juego de fingir que lo sabía todo acerca de las sensaciones físicas y los detalles, mientras mantenía su pretendida fidelidad a Hal y no andaba durmiendo por ahí. ~198~
  • 199. Elizabeth Gage La caja de Pandora Una simulación que había dado resultado. Diana era virgen. Había salido con algunos de los hombres más atractivos de Princeton, Dartmouth, Harvard y Yale, hombres de familias conocidas, quienes eran conscientes de que el apellido Stallworth era tan influyente en sociedad como en los negocios. Esos muchachos sabían que siete generaciones de refinamiento familiar establecían que Diana Stallworth iba a ser la señora de Hal Lancaster en cuanto Hal se licenciara del ejército y comenzara a practicar la abogacía. Su carrera lo conduciría, tan inevitablemente como la rotación de la tierra hace que el sol se ponga por el oeste, a una brillante carrera en Wall Street y tal vez en política. Eran hechos establecidos en la vida de Diana, y todas sus amistades, compañeras, profesores y acompañantes lo daban por sentado. Sus parejas procedían de familias importantes como los Beekman, los Webb, los Alexander, los Bancroft, los Auchincloss. Jóvenes que sabían de dónde procedía Diana y cuál era su destino, algo tan manido como qué tenedor había que levantar primero en una cena del Union Club. Se sabía en concreto que la boda de Hal con Diana fue decretada como consecuencia de que Stewart Lancaster muriera en la batalla de Midway. Ésta era una simple ecuación de la filogenia de alta sociedad. De haber vivido Stewart, habría asumido la obligación y herencia Lancaster. Con toda seguridad se habría casado con la prima hermana de Diana, Marcia Stallworth. Esto hubiera dejado a Hal relativamente libre de unirse con una de las chicas Schell, Jessica o Cynthia, o una de las hermanas Winters, Leigh o Phoebe, o tal vez Holly Seton, cuya familia estaba aliada por matrimonio a los legendarios Bond de Manhattan. Pero ahora que Hal pasaba a ser el único heredero de Lancaster, ya que su hermana Sybil se consideraba un ser aparte por su sexo y por su peculiar temperamento, tenía que aliarse con los Stallworth, cuya riqueza industrial sobrepasaba la fortuna petrolífera de los Winter, o las fincas de los Schell. Puesto que Marcia Stallworth era demasiado mayor para Hal, sólo quedaba Diana. Así Hal quedaba marcado por la historia y los caprichos del destino para Diana. Si ella lo hubiera rechazado, Hal se habría dirigido a la familia Schell y Diana se habría visto emparejada con un imbécil como Teddy Roche, Quentin Bollinger o Cárter Scott, peones aburridos que ella había despreciado irritada en Newport en su adolescencia, jóvenes pasivos que terminarían jugando al golf, o siendo bebedores y maravillosos clubmen, pero los peores maridos del mundo. ~199~
  • 200. Elizabeth Gage La caja de Pandora Diana quedó prometida a Hal por tradición. Pero tenía sus razones personales para serle fiel. Hal era mucho más que una magnífica alternativa frente a los demás. Y él era mucho más que un Lancaster, por deseable que fuera el nombre de por sí. Era el único príncipe Hal, bendecido por alguna extraña mutación con la dulzura y el sentido del humor que ninguno de los Lancaster había tenido. Gracias a una chispa prohibida que por algún motivo corría por su sangre, Hal había salido con cualidades que le distinguían de los suyos y de todos los jóvenes de su generación. Diana había notado esto la primera vez que se encontró con Hal, cuando ambos eran aún niños. Ya era alto y guapo, con los andares decididos y la brillante sonrisa de la familia. Pero había una dulzura en él, un algo intangible combinado con el resplandor del fuego masculino, que la enamoraron ya entonces. Ese enamoramiento creció y se transformó en algo más fuerte cuando tras la muerte de Stewart comprendió que un día la emparejarían con Hal debido a la inalterable política de la buena crianza. Se les reunió en innumerables ocasiones, en fiestas familiares y sociales. Hal era ya un adolescente y Diana apenas había dejado los chicles y los caramelos. Ella lo admiraba por su comportamiento espontáneo, siempre sonriente y curiosamente relajado incluso cuando jugaba al polo, al fútbol o al tenis con sus primos y parientes. Después de los partidos se cenaba con los padres de Hal, con Kirsten, su bella hija adoptiva, y la curiosa y silenciosa hermana menor de Hal, Sybil. Hal seducía a todos. La madre de Diana y sus hermanas no ocultaban su adoración por él. Su propia madre lo observaba a través de la mesa con una suerte de pasión maternal que casi obligaba a Diana a apartar la mirada, como si espiara algo demasiado íntimo para ser revelado a la luz del día. En aquellas cenas, Diana sentía de vez en cuando la mirada sonriente de Hal posada en ella. Por entonces ya sabía que estaba prometida a él, que algún día sería su esposa y compartirían la cama. Sabía que él también era consciente de aquello. Eso la llenaba de un espanto como el de cualquier muchacha que se enfrenta a un matrimonio decretado por factores ajenos a su propia voluntad. Pero en el caso de Diana, la sensación era más especial, porque el hombre era Hal. Hal, el único. Cuando años después se enteró de que el joven seguía la costumbre Lancaster de conceder sus encantos a las chicas más guapas de la sociedad —según se decía, sus dotes físicas eran sorprendentes, más que comparables con el atractivo de su bello rostro y de sus ojos soñadores— descubrió, sorprendida, que no lo desaprobaba. ~200~
  • 201. Elizabeth Gage La caja de Pandora Después de todo, sólo hacía aquello que correspondía por naturaleza a todos los hombres, y a los Lancaster en particular. A decir verdad, Diana estaba bastante orgullosa de él y de su nueva reputación como amante. Sabía que la noche de su boda los ojos de toda la sociedad estarían fijos en ella y que todas las muchachas que lo hubieran conocido antes que ella pensarían: «Ahora lo tiene Diana.»Así que se sentía afortunada y privilegiada. Sin embargo, su temor no disminuía. No se sentía cómoda con Hal. Cuando estaba en su compañía se le trababa la lengua y se quedaba confusa, aunque él, siempre correcto, se le acercaba más como suele hacerse cuando dos personas están unidas por el destino y tienen que seguir adelante. Diana confiaba en que sería una buena esposa, pero no estaba demasiado segura. Esto la aterrorizaba porque él era demasiado especial, una gran conquista. Cuando estaban juntos, le preocupaba pensar que Hal se aburriera en su compañía, aunque nunca lo demostró, y que jamás podría amarla porque su independencia de espíritu había sido insultada al estar obligada a cargar con Diana. No tardó en volver de Ginebra y pasar a ser una sofisticada estudiante de Smith. Todos la consideraban una rubia fría y escultural que atraía a los hombres con su cuerpo mientras los humillaba con un punzante ingenio. Podía arrugar a una rival femenina con una mirada o una palabra mordaz y, si así lo decidía, podía convertirse en el alma de una fiesta. Se la consideraba un poco salvaje, pero no obstante todo el mundo la quería bien, porque se sabía al dedillo todas las gracias sociales. Pero cuando estaba con Hal se sentía dolorosamente inferior. Trató de impresionarlo con su conocimiento mundano y su humor, pero también mostrándose cálida y femenina con él. Ambas estrategias parecían fallar miserablemente. Por una parte seguía trabándosele la lengua como a una colegiala cuando estaban a solas. Además temía que Hal considerara el inteligente comportamiento social de Diana algo frívolo y superficial. Incluso se sentía cohibida cuando exhibía sus considerables habilidades atléticas al nadar, jugar a tenis o montar a caballo, porque temía parecerle hombruna o excesivamente agresiva. No obstante, ni una sola vez expresó Hal desprecio hacia ella o impaciencia. Se mostraba siempre atento, correcto e incluso algo más tierno que con los demás. Pero Diana sospechaba que toda su cortesía encerraba un poco de compasión. Ya se habría dado cuenta de que era demasiado vacía para él. Hal tendría que resignarse a una vida privada sin alicientes. ~201~
  • 202. Elizabeth Gage La caja de Pandora ¡Diana no quería que fuese así! Quería desesperadamente ser digna de él, ser la mujer que él pudiera amar. Rezaba porque la luz tierna de sus ojos reflejara verdadero afecto. Quizás el esplendor de su humor único y especial iluminaría algún día las partes más secretas e importantes de su vida. A pesar de todo, era una esperanza difícil, porque Hal era una especie de semidiós, una criatura de extraordinario encanto y belleza masculina. En cambio, Diana era sólo una más entre las chicas ricas y mimadas de buena familia, que mostraban gustos y talentos de niña bien, tan estereotipados como los de cualquiera de sus contemporáneas. Podía servir una cena para veinte personas sin dar un paso en falso, discutir acerca de Ascot, Dior, Matisse y Flaubert; lucir la ropa como una modelo (ya se le habían tomado fotografías en Vogue y en Harper's Bazar a los dieciocho años); tocar Mozart al piano; pilotar un yate, cazar el zorro y organizar una fiesta benéfica para la Júnior League. Podía hacer todo esto sin disfrutar gran cosa, ya que no necesitaba sumirse en ello. En realidad ésa era la esencia de una chica de buena familia, después de todo, esa falta de habilidad o de inclinación para volcarse en una sola de ellas, y en cambio ejecutarlas todas con gracia y de modo convincente. Pero lo que la aterrorizaba era precisamente esta facilidad suya, esa falta de profundidad que repelía a Hal. Porque sus habilidades vacías eran comunes a docenas de jóvenes como ella. No sabía encontrar un algo interior, algo que le perteneciera sólo a ella, que la distinguiera del resto. Sintió que debía buscar, encontrar y agarrarse a esa única cosa, ese don privado, para poder ofrecérselo a Hal y así ser digna de él. Por eso conservó su virginidad. Se mantenía pura para Hal. Éste era un sacrificio poco corriente, por no decir impensable entre los de su mundo. En la alta sociedad, la virginidad se valoraba en proporción inversa al ritual crucial y vacío del baile de una debutante. El apellido de una muchacha y sus probabilidades de heredar contaban bastante más que el mero hecho de una pureza de comportamiento. Ninguna de las amigas íntimas de Diana era virgen. Casi podía decirse que la virginidad no era de buen tono. Había algo curioso y retrógrado en todo ello que lo hacía irrelevante para las jóvenes de hoy en día. Pero Diana se había mantenido intacta sólo para Hal, aunque jamás había soñado en la reciprocidad del favor. Por otra parte, Diana temía que Hal no valorara el premio que le había guardado. ~202~
  • 203. Elizabeth Gage La caja de Pandora Entretanto, como esta noche por ejemplo, los hombres con los que salía, ansiosos por los suaves encantos de su cuerpo y animados por la excitación que percibían en sus besos, se quedaban perplejos e irritados cuando se negaba a «llegar al final». Después de todo, ninguna de las otras muchachas del grupo de Diana se comportaba de forma tan incomprensible. Además, como el matrimonio de Diana era un asunto de familia más que una unión por amor, se la suponía presa fácil. En sociedad se consideraba que la vida sexual y el matrimonio iban juntos como dos habitaciones contiguas en un hotel, pegadas quizá, pero no como la misma entidad. La reputación de Hal y sus aventuras sólo hacían aparecer a Diana como más disponible. ¿Para qué diablos se guardaba? Nadie lo comprendía. Así, la posición de Diana era doble o triplemente insostenible, pero se agarraba a ella, con los nervios más o menos a flor de piel. Porque Diana era humana. —Venga Diana. No lo lamentarás. Mira... La caricia se hacía más atrevida, resbalaba sutilmente hacia la parte superior del muslo mientras los labios del chico murmuraban, provocativos, en el oído de Diana. —¡No! —El murmullo fue airado. Hubiera gritado con todas sus fuerzas su frustración de no haber sido porque en el asiento trasero estaban su compañera de habitación y el chico que la acompañaba. Pero el ardor de sus sentidos daba autoridad a su negativa—. Lo digo en serio, Cliff. No quiero. Se retorció para zafarse de él y logró meter la mano en su bolso. Con desesperada rapidez sacó un cigarrillo y lo encendió con el mechero Dunhill marcado con sus iniciales. Exhaló un profundo suspiro de alivio al expulsar el humo. Era del dominio público que un cigarrillo podía convertirse en la mejor arma de una joven contra un macho en celo y persistente. La prudencia de Smith indicaba: «No dejes de encender cigarrillos, uno tras otro, y estarás a salvo.» La soltó de mala gana y se recostó con un suspiro. Sus ojos rebosaban irritada resignación. —Venga, Doug —dijo al darse cuenta, al parecer por algún tipo de radar masculino, que la pareja del asiento trasero no estaba más cerca de la consumación que él y Diana—. Tengo que volver al campus. ~203~
  • 204. Elizabeth Gage La caja de Pandora Se oyó un gruñido de asentimiento Cliff giró la llave de contacto y el gran Packard 1947 arrancó. Se apartaron lentamente del camino de gravilla y entraron en la carretera. No se dijo gran cosa durante el regreso al campus. Los dos muchachos acompañaron a las chicas a Parsons House en silencio. Frente a la entrada, las parejas volvieron a unirse para besarse, más para guardar las apariencias ante las chicas que miraban desde las ventanas que por sincero afecto. —No puedes seguir haciéndome esto —protestó Cliff a media voz a Diana cuando sus labios se separaron—. Todo esto es ridículo, Diana. Su rostro atractivo estaba sofocado, con los ojos brillantes de ira y de frustración pese al embotamiento causado por la bebida. Habían estado bebiendo mucho y Diana sentía que una feliz vaguedad calmaba su nerviosismo. —No puedo evitarlo —murmuró sin demasiada convicción—. Me estrujas demasiado fuerte. Siento como si no pudiera respirar. No lo soporto. Él no contestó. Por encima del hombro Diana veía a su compañera Linda, entre los brazos de su acompañante. Linda estaba sujeta por los largos brazos dentro de la oscura chaqueta, con el hermoso cabello negro colgando en la espalda. Diana acarició la nuca musculosa de Cliff y lo besó otra vez. Lo lamentaba de verdad. Era un tipo guapo y probablemente un gran amante. Pero, claro, ella no lo sabría nunca. No era para ella. Era una lástima. Un BMOC4 de Amherst podía elegir a la que quisiera, pero Cliff volvía a Diana cada pocas semanas, como para tantear el camino. No parecía dispuesto a renunciar a ella, aunque siempre le paraba los pies cuando se propasaba demasiado. Estaba convencido de que, al final, sus encantos derribarían las defensas de Diana, o que el compromiso con Hal, a quien Cliff había conocido en Choate, era tan superficial que tarde o temprano la muchacha decidiría poner algo de animación a su vida prematrimonial con alguna distracción fuerte. Naturalmente, él ignoraba su secreto. Sin embargo, parecía estar plenamente convencido de que él, Cliff Hutchinson, era el tipo de hombre que convenía a Diana. Un hombre no demasiado brillante, no demasiado original, pero sí ambicioso, bien relacionado, atractivo. Precisamente el tipo de hombre superficial, corriente, amable, al que ella por ambiente y temperamento estaba destinada. 4 Abreviatura de big man on compus: estudiante reputado. (N. de la T.) ~204~
  • 205. Elizabeth Gage La caja de Pandora Por otra parte, Diana sentía, apenada, que tenía más en común con Cliff que con Hal. Ella y Cliff estaban cortados por el mismo patrón, idénticos en educación y naturaleza. Cuando estaba con él sentía como si el destino hubiera cometido un error al comprometerla con Hal, un hombre a quien amaba pero que en realidad no era su tipo. Diana, pobre desgraciada, se aferraba a este error de los dioses con la esperanza de que, después de todo, podía convertirse en una buena esposa para Hal. Así que al rechazar a Cliff y a otros como él, rechazaba un futuro que por derecho le pertenecía y seguía otro que no era el suyo. Era una empresa solitaria, porque Diana era una mujer, con las necesidades de una mujer. Aceptaba salir con Cliff porque deseaba ser tocada, abrazada, deseada, sentir que pertenecía a algo. Aunque el resultado era realmente un caldo ardiente y conflictivo de sentimientos y sensaciones incandescentes que la empujaban cada vez más contra sí misma hasta que lo interrumpía con un espasmo de decisión que los hería por igual a ambos. —Bueno, ¿qué tal te ha ido? Ambas jóvenes subían juntas. Diana iba tras el cuerpo esbelto y endurecido por el tenis de Linda; contemplaba sin cansarse la cabellera negra y brillante que se rizaba sobre el cuello de su chaqueta de Burberry. —Lo de siempre —suspiró Diana—. Todo manos y nada de cabeza. Clifford estaba muy difícil hoy. —Es algo así como pelear contra una cabra loca, ¿no? —Linda se echó a reír. Un pequeño sonido gutural, atractivo, que parecía cargado de sabiduría y un tanto triste. —Supongo que no debería importarme —dijo Diana al emprender el último tramo —. En realidad es un callejón sin salida. Su habitación estaba arriba de todo, bajo el tejado. Sólo había un cuarto más en el pasillo. Ésta no era la primera vez que Diana y Linda regresaban juntas de una salida doble. Linda estaba siempre dispuesta con su «compañero de ocasión», Douglas van Allen, cuando Diana prefería no salir sola con uno de sus admiradores. —¿Y tú qué? —preguntó Diana. —Nada nuevo. Nuestro Douglas no es muy macho. ~205~
  • 206. Elizabeth Gage La caja de Pandora Había bromeado muchas veces acerca de Douglas, que era una criatura tan pusilánime que cualquier tensión en el hombro de la mujer que estuviera abrazando bastaba para que el joven estallara en excusas. —Se guarda las pelotas en la caja de caudales —solía comentar Linda— y el pajarito en la cartera de su padre. —Se refería cínicamente a la inmensa fortuna de los Van Allen y a los casamenteros familiares que querían emparejarla con Douglas. Nadie acertaba a comprender por qué se molestaba en salir con él, porque la conversación de aquel muchacho era un aburrimiento y sus artes amatorias nulas. Tal vez, se pensaba, le gustaba la seguridad de saber que su honor estaba a salvo. Él no era el tipo de hombre que anduviera tras ella por el dinero. Linda era guapa, con inteligentes ojos oscuros y un humor acerbo. Tenía la espalda recta, pómulos preciosos y un cutis blanco y perfecto. Había competido en campeonatos de tenis para aficionados desde que era pequeña y a veces no asistía a las clases en Smith debido a los partidos de competición. Estaba en los últimos cursos cuando Diana entró en la facultad y ahora esta última la había alcanzado. Este año por fin compartían habitación, después de haberse sentido gradualmente atraídas durante los dos últimos años, tras una serie de conversaciones acerca de las familias, escuelas y el sexo opuesto. Linda era la oyente perfecta y exigía poco a Diana como amiga o compañera de habitación. No revelaba gran cosa de sí misma, excepto que aborrecía a sus padres, odiaba la escuela, no encontraba a ningún hombre soportable y jugaba al tenis sólo para distraerse de su aburrimiento. Se la consideraba una buena jugadora y había llegado a los cuartos de final de Forest Hill el año anterior. Jugaba con una gracia fácil en la que no se advertía ningún entusiasmo. Diana no la había visto practicar jamás, pero la veía caminando rápidamente fuera del edificio, con la raqueta en la mano, infinidad de veces. A medida que intimaron, las dos jóvenes fueron invitadas a sus respectivos hogares. Los Preston, que habían hecho fortuna como editores, vivían en Long Island y estaban muy unidos. A los padres de Diana les gustó Linda y la ayudaron en su carrera de tenista. Linda era dueña de una glacial amargura que la protegía del mundo exterior. Como no aspiraba a ser feliz o a interesarse en nada determinado, se enfrentaba a la vida sin apasionamiento. Diana se introdujo en este tranquilo cinismo como defensa contra sus propias preocupaciones y se unió a su compañera en infinidad de comentarios ácidos acerca de lo absurdo de la vida que se veían obligadas a llevar. ~206~
  • 207. Elizabeth Gage La caja de Pandora Interiormente sentía un verdadero vínculo con la tristeza de Linda y sabía que siempre podría contar con ella para que la comprendiera. Al fin llegaron a la puerta de su dormitorio. Diana miró pasillo adelante, a la otra puerta. Ivonne y Priscilla debían de llevar mucho rato dormidas. Eran las chicas más aburridas y más feas de la casa y hacía tiempo que eran inseparables por su compartido abatimiento y su mutua vacuidad. Linda entró primero, pero sin encender la lámpara de la mesilla de noche. A través de las cortinas se distinguía un vago resplandor de los faroles de la calle, junto con un asomo de luz de luna que se reflejaba en la nieve. Diana suspiró levemente, entró en la oscuridad y cerró la puerta tras ella. Antes de que se oyera el clic de la cerradura, ambas muchachas estaban abrazadas. Diana seguía sujetándose el abrigo de lana y lo dejó caer al suelo cuando las manos tiernas de Linda Preston se cerraron sobre su cintura. La respiración de Diana estaba entrecortada por la excitación. La inmensa espera que había ido creciendo a lo largo de toda la noche había culminado. El silencio de la estancia estaba cargado de una dulce servidumbre. Las manos ascendían ahora sutilmente por sus costillas, mientras los labios de su compañera iban besándola sin prisa. Por un momento permanecieron así, Diana inmóvil con las manos caídas a los lados mientras los labios y los dedos familiares acariciaban su ansiosa piel. Poco a poco, la sombra femenina que tenía delante se acercó más hasta que sintió los muslos de Linda contra los suyos. Sus pechos se rozaron bajo el tejido que los cubría, pezón contra pezón, maduros por la chispa secreta que mandaba espasmos de exaltación a lo largo del vientre de Diana, bajaba hasta las rodillas y le subía entre las piernas hasta llegar a la espalda. Siempre empezaba así. Primero la incomodidad y la incertidumbre de la cita, la exasperación de la larga velada; luego Linda. Cuando no salían juntas se reunían en la biblioteca junto al solarium y luego se retiraban. A veces Diana llegaba tarde y encontraba a Linda esperándola en la habitación, acostada, en pijama y con un libro. Diana se volvía para colgar el abrigo, oía el roce de las ropas de cama y esperaba hasta sentir las manos frías rodeándole la cintura por detrás. A la hora de cenar, sentadas abajo con las demás muchachas, Diana se sobrecogía cuando un pie desnudo le acariciaba la pierna por debajo de la mesa, una caricia ~207~
  • 208. Elizabeth Gage La caja de Pandora lenta, conocida, que ascendía por el tobillo hasta un punto detrás de la rodilla que era el más sensible. No se atrevía a mirar a Linda, que estaba a su lado y charlaba con las demás como si nada. Pero se sentía tranquilizada pese a su turbación porque este contacto, robado en un lugar público, le recordaba que alguien la deseaba. Al principio la había escandalizado lo que hacía con Linda. Sus actos eran impensables en una muchacha de su ámbito. Se había preguntado alarmada si sería lesbiana, si estaba loca, si estaba enamorada de Linda. Intentó justificarse ante sí misma atribuyéndolo a la excitación que le dejaban sus citas. Las tormentas de deseo creadas por sus acompañantes eran convenientemente calmadas por las manos tiernas y cuidadosas de Linda, por sus labios y su lengua escrutadores. Esto no era una cosa tan terrible, una muchacha podía volcarse en ello cuando el contacto con el sexo opuesto estaba prohibido. Pero también se daba cuenta de que su relación con Linda era más que eso. Necesitaba a Linda para algo más profundo. La soledad de Diana se agudizaba a medida que crecía. Sus esfuerzos por medir lo que su familia esperaba de ella, lo que Hal deseaba, lo que el futuro le exigía, representaban una carga demasiado pesada. Ella sabía de antemano que iba a fallarles a todos. No era ningún regalo como mujer o como persona. Se sentía superficial e incluso fea por dentro, a despecho de su gran belleza física y de sus inmaculadas gracias sociales. Sin embargo, era un ser humano. Necesitaba amor. Necesitaba que la tomaran y aceptaran por lo que era, sin tener que ganárselo a través de representaciones estelares de una valía personal de la que carecía. Así que llegó a considerar a Linda Preston como su bendición personal, su ángel guardián. Porque Linda, a la que nada importaba, que se encogía de hombros ante la injusticia de la vida, que se lanzaba de cabeza a las pistas de tenis y se agotaba practicando un deporte que aborrecía, Linda la deseaba. Con Linda podía sentirse y sentir como una mujer. Así ocurría siempre, Diana recibía el abrazo de su compañera con un suspiro mezcla de alivio, de anticipación y de gratitud; se sentía sujeta por las manos que le rodeaban la cintura, excitada por los pezones que rozaban los suyos, enloquecida por la lengua que se deslizaba en su boca como una hostia de alguna comunión secreta, acariciándola ya con pequeñas acometidas irresistibles. Eran amantes silenciosas. Jamás intercambiaban una palabra durante sus escarceos, nunca se referían a ellos después. Pero habían establecido no estar separadas demasiado tiempo durante las vacaciones y no ir a casa los fines de semana sin saber cuándo podrían volver a encontrarse. ~208~
  • 209. Elizabeth Gage La caja de Pandora A su modo tranquilo querían estar seguras. No se prometía nada, no se exigía nada, excepto la mutua seguridad de que pronto volverían a estar solas y se amarían. Ahora, con la tranquila delicadeza que era tan característica en ella y tan distinta de la cruda urgencia del macho, Linda movía las manos para explorar las curvas de Diana, para suavizar el hueco de su cuello, para acariciarle las mejillas, para apartarle el cabello hacia atrás y cerrarle los ojos con un dedo suave. Sin saber cómo, mientras las manos de Linda resbalaban para acariciar y calmar el cuerpo esbelto de Diana, cada prenda que tocaban caía como por arte de magia, el paso de sus dedos desabrochaba, soltaba, desnudaba, de forma que la blusa de Diana ya le resbalaba por los hombros, la falda le había caído a los pies, el sostén había cedido por fin y sus senos desnudos recibían el beso de los labios de su amiga y la ligera caricia de su lengua. Entonces se quedó temblando, a medida que todo se desprendía: medias, combinación y bragas, hasta quedarse desnuda. Linda la miraba completamente vestida. Esto formaba parte de su pequeño juego. A decir verdad, era la parte favorita de Diana. Cuando ya estaba sin ropa, tirada y olvidada en la oscuridad, sentía que la muchacha vestida palpaba cuidadosamente su cuerpo, descubriendo puntos de placer que tan bien conocía ahora, lugares que mandaban llamaradas de fuego a su interior. Las palmas de la mano, secas, pasaban sobre su pecho y bajaban al vientre, mientras los besos la excitaban. Un dedo se arrastró por el interior de su muslo y se le doblaron las rodillas. Linda siguió así hasta que percibió las señales de que su compañera estaba ardiendo, dispuesta para el amor y demasiado excitada para esperar más. Entonces la llevó a la cama y empezó a desnudarse. Con la respiración entrecortada de deseo, Diana contemplaba los hombros rectos y los pechos firmes, siluetas fantasmales en la oscuridad, y luego los muslos finos, endurecidos por el deporte, la sonrisa impenetrable de los ojos oscuros bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Entonces Linda cabalgó sobre Diana, erguida atléticamente, con las manos apoyadas en los muslos impacientes, y la miró. Linda había sabido desde el primer momento que Diana disfrutaba haciendo de flor, mirando desde su posición vencida el bello cuerpo de su amante, siendo la víctima atrapada mientras Linda, la sonriente seductora, jugaba con ella y saboreaba su sumisión. ~209~
  • 210. Elizabeth Gage La caja de Pandora Linda permaneció encima de su amiga, arqueando la espalda con un ronroneo de placer, o agachándose para besarla de arriba a abajo, acuciándola con su lengua de felino hasta que Diana ya no pudo más y tiró de ella para terminar, brazos ávidos estrechándola contra sí mientras gemidos ahogados escapaban de su garganta. Cuando todo hubo terminado permanecieron en silencio largo rato, Linda con la cabeza apoyada en la mano, jugueteando distraída con el cabello de Diana, pasándole un dedo entre los senos y deslizándolo hasta el ombligo, siempre sonriente y sin pronunciar una sola palabra. El sueño las venció enseguida porque la noche las iba envolviendo. Se separaron de mala gana, porque no se atrevían a correr el riesgo de dormir juntas y exponerse a ser descubiertas por la mañana por una criada curiosa. Diana se quedaba en su propia cama y se sentía adormecida por los sueños, confortada por el contacto de su amiga, por el recuerdo de sus caricias en los lugares más secretos. Sonrió ante su propia somnolencia, una sonrisa privada. Era un resplandor, de verdadera felicidad, algo que salía de lo más hondo de su soledad y de su gratitud por ser aceptada por sí misma. Linda no esperaba nada más, ni pedía nada. Algún día todo terminaría, en el futuro podía haber noches terribles, llenas de vergüenza y soledad, pero de momento, Diana era deseada. Su sonrisa perduraba hasta que se sumía en el sueño. Estos momentos eran los mejores de su vida, porque solamente ahora gozaba de la felicidad de ser mujer. Durmió su sueño oscuro y misterioso, olvidando todas sus fantasías, y despertó armada, en cierto modo, para enfrentarse al nuevo día. ~210~
  • 211. Elizabeth Gage La caja de Pandora 2 El traspaso de Benedict Products al creciente conglomerado nacional llamado American Enterprise, inmediatamente después de la boda de Benedict con Liz Dameron, fue un cataclismo que inició una nueva era. En primer lugar, la compañía recibió un nombre nuevo. Se llamaba TelTech, por «tecnología de televisión» y el noventa por ciento de sus líneas de producción electrónica y pequeños dispositivos se suprimieron de forma tajante. Las instalaciones de la compañía fueron remodeladas de la noche a la mañana a cargo de la corporación, para emprender la producción de televisores. En el departamento de Desarrollo del Producto se dedicaron por entero a la investigación referente a tecnología televisiva para la industria aeroespacial. Los empleados de carrera de Lou Benedict no sabían con qué carta quedarse. Hombres anticuados se vieron obligados a aprender nuevos trucos de la noche a la mañana. El ritmo del trabajo se aceleró de tal forma que algunos de los antiguos empleados se retiraron sin más, incapaces de seguir. Otros se despidieron para buscar trabajo en otra parte, porque tenían miedo de lo que podía caer sobre TelTech. Y no les faltaba razón. Hubo muchos despidos. Se importó gente nueva procedente de las filas de American Enterprise, rostros desconocidos que fueron asignados como jefes de nuevos departamentos. Lucían trajes elegantes, calzaban zapatos importados de Italia y tenían una expresión aburrida, como si les pesara verse exiliados a esta remota avanzadilla del mundo corporativo, lejos de donde estaba la verdadera acción. Los recién llegados recorrían los pasillos de las oficinas de Lou Benedict como si el lugar les perteneciera. Almorzaban y charlaban entre ellos, ignorando a los antiguos empleados. Cada semana, por lo visto, se celebraba una nueva reunión para detallar la reorganización ordenada por American Enterprise. Se concebían nuevos departamentos sobre el papel y a los pocos días ya tenían personal y operaban dirigidos por una combinación de voraces miembros de American Enterprise, todos ellos jóvenes y fríamente enérgicos. Los empleados de Benedict se quedaban confusos y parpadeando ante su nuevo entorno y nuevas responsabilidades. Sobre todo este proceso vertiginoso, reinaba hierática, hermosa y fría como el hielo, Liz Benedict. ~211~
  • 212. Elizabeth Gage La caja de Pandora Después del traspaso, Lou había sido nombrado consejero de una junta de directores de TelTech, un puesto sin responsabilidad e irrelevante. Su cargo era puramente titular y se lo habían concedido únicamente por las acciones que tenía aún en la compañía. La propia Liz fue nombrada vicepresidente responsable del personal, pero los altos cargos de American Enterprise la tenían por única jefa de TelTech. La responsabilidad de Liz era recortar gastos y aumentar la productividad de TelTech del modo más drástico y en el menor tiempo posible. Con este fin despidió a todos los empleados de Benedict que consideró sobrantes, sin tener en cuenta la edad y los años de servicio en la compañía. Los que permanecieron tuvieron que aceptar sueldos más bajos. Gracias a Liz, Lou Benedict y su precioso plan de participación en los beneficios fue anulado y reemplazado por un nuevo y mucho menos generoso plan de jubilación. Liz organizó un riguroso y agotador programa de formación para los empleados de TelTech, obligando a los que tenían experiencia en la nueva tecnología a dedicar largas horas, con frecuencia por la noche, para preparar a los que carecían de ella. De este modo toda la compañía ganaba en experiencia y se alzaba por sus propios medios, compitiendo furiosamente con sus rivales, subsidiarios de American Enterprise, para conseguir dólares y concesiones de la corporación madre. Con sus severos trajes sastre, sus blusas de seda y su actividad, Liz era el jefe temido y odiado. Era un genio en equilibrar presupuestos y mostrar provechos trimestrales a los accionistas de TelTech. Pero la compañía que presidía tenía muy pocos rostros sonrientes, por no decir ninguno, porque para ella los seres humanos no tenían más importancia que las piezas de recambio. . Liz era mucho más que un superintendente de la reestructuración interior de la compañía de su marido. Era también el único eslabón responsable ante la junta y los altos cargos de American Enterprise. Viajaba con mucha frecuencia a Nueva York para visitar las oficinas centrales de la compañía en el Rockefeller Center. Volvía de estos viajes con nuevas directrices para todos los que trabajaban bajo sus órdenes. Además tenía otro motivo para ir a Nueva York. Liz era el agente de enlace con las inexpertas cadenas de televisión y los que las financiaban. Celebraba reuniones con los ejecutivos de las cadenas, los principales anunciantes e incluso conoció a algunas de las estrellas de televisión, como Milton Berle, Jackie Gleason y Sid Caesar. Liz era la encargada de controlar el conjunto de la naciente industria de la televisión, con su crecimiento geométrico y los millones de dólares que les esperaban gracias a los anuncios, cadenas y fabricantes de aparatos. ~212~
  • 213. Elizabeth Gage La caja de Pandora Se rumoreaba que Liz no duraría mucho en TelTech; que su ambición no tardaría en llevarla a un nivel corporativo más alto. Algunos empleados que presumían de estar al corriente de lo que ocurría en Nueva York incluso sugirieron que Liz pensaba trabajar como ejecutiva de una cadena de televisión y que produciría sus propios programas. No había límite al oscuro avance de su poder y relaciones. Había conseguido engatusar a los más influyentes de sus jefes en American. Se decía que ahora estaba haciendo lo mismo con los del campo del espectáculo. Así era Liz. Mantenía un equilibrio de terror con todos los que se relacionaban con ella, desde sus propios empleados asustados hasta los colegas y competidores a quienes seducía con su belleza y explotaba con su inteligencia brillante y rápida. Había encontrado su hogar en la jungla corporativa y sabía cómo sobrevivir en ella y hacer que su crueldad trabajara en beneficio propio. En cuanto a Lou Benedict, pasaba los días vagando por los pasillos de lo que había sido su amada creación y su segundo hogar. Su despacho, aunque era el mismo donde en el pasado había sentido tan feliz solidaridad con sus empleados, estaba ahora vacío y silencioso. El teléfono sonaba sólo cuando Liz llamaba desde su propio despacho, recién montado y decorado en el quinto piso, para decirle que necesitaba su firma al pie de algunos contratos u otros documentos. De vez en cuando, Liz irrumpía en la habitación, vestida con uno de sus trajes sastre curiosamente sensuales, lo besaba formalmente en la mejilla, conseguía lo que quería de él y volvía a desaparecer. En la casa nueva que se habían comprado, a la vuelta de su luna de miel en las Bahamas, dormían en habitaciones separadas. Muchas veces, cuando él iba a darle las buenas noches, Liz estaba aún colgada del teléfono, con papeles esparcidos sobre la cama, hablando a media voz con algún asociado sin rostro de Nueva York o de otra parte. Dedicaba una sonrisita a Lou cuando éste se iba a la cama. Lou se retiraba mucho antes que ella, no sólo porque carecía de su juventud y energía, sino también porque las bebidas ingeridas en la cena le daban sueño. Liz guardaba las apariencias de una verdadera esposa, de tomarse el matrimonio en serio. Solicitaba su ayuda para elegir tapicerías, fundas de almohadones o un nuevo sillón para la sala de estar. Le reprochaba su torpeza y sus hábitos personales desaseados, porque en efecto parecía que se abandonaba cada vez más. ~213~
  • 214. Elizabeth Gage La caja de Pandora A veces discutían durante la cena por culpa de gente que ella había invitado, de sus constantes viajes a Nueva York o por sus ocasionales descuidos de llamarlo cuando asistía a reuniones. Lou bebía mucho más ahora y el alcohol empezaba a volverlo quisquilloso. Muchas veces se besaban y reconciliaban, como un matrimonio normal. Pero cuando Lou se ponía demasiado pesado y le pedía que cediera para complacerlo, ella le decía: «Lou, hablaremos de todo esto más tarde, cuando te serenes», le daba un rápido beso de despedida, que era más un gesto de disciplina que de afecto, y lo dejaba solo. Pasaba la velada en solitario, reflexionando acerca del aburrimiento de sus días y añorando a Barbara y a los chicos. Después del divorcio, el resto de la familia se había trasladado a San Diego, donde vivían los padres de Barbara y no contestaban sus cartas ni lo llamaban por teléfono, ni le agradecían el dinero que les mandaba. Su vida pasada estaba tan olvidada como una anterior encarnación. Ahora era la víctima de Liz, su juguete. Se mostraba lícita en su trato con él y se enfadaba sólo cuando él lo merecía. Se preocupaba de sus comidas, lo ayudaba a comprarse ropa nueva más moderna, que fuera más «corporativa», le compró un reloj para su cumpleaños, gemelos y una aguja de corbata que incluso mandó grabar. También lo llevaba a la cama, aunque cada vez con menor frecuencia. Sin embargo, Lou se pasaba el día pensando en ello, esperándolo, fantaseando acerca de su mujer. Cuando ella entraba en su despacho, admiraba la curva de sus muslos, observaba el movimiento de sus caderas, imaginaba la sombra de su pecho bajo la blusa al inclinarse junto a él mientras Lou firmaba los documentos que ella le había traído. Lou sabía que ella se daba perfecta cuenta de su excitación cuando se le acercaba de aquel modo. La leve sonrisa de sus labios demostraba que ella sabía que Lou se quedaría pensando en ella después. Lo que quizás ella no comprendía del todo era que para Lou el mero hecho de desearla a distancia resultaba más excitante ahora que era su esposa que cuando era su empleada. Porque su distancia ahora era mucho más compleja, más incongruente y perversa. Cuando hacían el amor lo trataba como a un niño, descubría sus puntos de placer con dedos seguros y le acariciaba cuando él, obediente, penetraba en ella. Entonces él oía su pequeño suspiro de decepción y se daba cuenta de que sólo era un juguete para ella, la imitación del verdadero amante. Le permitía buscar el placer antes de las diez o las once de la noche, porque sabía que la bebida lo adormecería. Después le daba las buenas noches y se quedaba sola para terminar el trabajo. Con frecuencia, en sueños, Lou oía como su esposa hablaba ~214~
  • 215. Elizabeth Gage La caja de Pandora por teléfono en la habitación, lo mismo que un chiquillo oye los movimientos y las conversaciones de sus padres después de haberle dado las buenas noches y vuelto a sus obligaciones de adultos. Sus discusiones provocaban largos períodos de dolorosa abstinencia cuando ella no le dejaba acercarse. Pero también le gustaba sorprenderlo. Lou se arrastraba al cuarto de baño para prepararse para la cama y mientras se miraba al espejo veía de pronto unas manos abriéndole la bata por detrás y bajándole el calzoncillo, unos dedos femeninos cerrándose sobre sus genitales mientras un ronroneo de triunfo escapaba de la garganta de Liz. Un día en el despacho, frente a la puerta abierta tras la que su secretaria charlaba con el primero que pasaba para matar el aburrimiento, Liz señaló con una mano la línea donde debía firmar y con la otra le acarició entre las piernas y en los testículos en un momento de locura antes de darle una palmada tierna, apartar la mano y despedirse con una sonrisa. Hoy en día, su intuición le indicaba que lo hacía con otros hombres. Sólo se divertía con él por pura perversidad, jugaba cuando no tenía nada más que hacer. Sentía celos de su infidelidad y pensaba en represalias. Pero estaba demasiado esclavizado por ella para llevarlas a cabo. Sus celos carecían de fuerza moral. De esta manera, la soledad de Lou se fue haciendo cada vez más pro—funda y los juegos con su mujer cada vez menos frecuentes, aunque su preocupación por ella aumentaba y acaparaba todo su tiempo. ¡Era tan joven! Mientras que la edad, el cansancio y el alcohol hacían su imagen cada vez más fláccida y hundida en el espejo, Liz parecía más joven que nunca, más núbil, más llena de frescura adolescente. En proporción a su desintegración, esa extraña criatura parecía extraer vitalidad de su papel como auxiliar de su destrucción. Era insensato entretenerse en los caprichos del destino. Los dioses habían elegido a Liz para que fuera la única mujer que lo separara del trabajo de su vida, de sí mismo, y la habían enviado para que se cruzara en su camino justo cuando Lou era más vulnerable, justo cuando podían hacerle más daño. Así pasaba los días en su despacho, iba a ver a algún viejo empleado que le hablaba con indiferencia, porque ahora la compasión podía más que los reproches por lo que había hecho con ellos y con la compañía, y esperaba la noche para volver a casa. Una vez allí bebía sus martinis antes de la cena, pasaba como podía la velada mientras Liz se quedaba en su habitación telefoneando y volvía al trabajo por la mañana, con los ojos medio cerrados, desplazándose por los pasillos en una especie de estupor permanente. Su secretaria sacudía la cabeza cuando lo veía entrar y volvía ~215~
  • 216. Elizabeth Gage La caja de Pandora a sus crucigramas, después de oír su saludo como un murmullo espeso en el aire del despacho. En su lujuria, Lou deseaba el cuerpo de Liz cuando ella lo dejaba acercarse. Aceptaba su suerte, porque sabía que su futuro pertenecía a Liz, no a sí mismo. La indiferencia de Liz hacia él, su falta de interés, sólo servían para acrecentar su insaciable dependencia de ella. A veces contemplaba su vida pasada, una vida esencialmente limpia hasta hacía poco y se preguntaba cómo podía haberle tocado semejante sino, cómo podía haberle ocurrido eso. Pero no era «eso». Era una mujer. La muerte había atrapado a Lou en carne y hueso, sonriendo entre labios finos, bailando sobre caderas de curvas sensuales, largos muslos sedosos, senos perfectos y ojos verdes sin fondo. Con este disfraz de muerte era irresistible. No quedaba nada más que entregarse y dejarse envolver por ella. Era sólo una cuestión de tiempo. ~216~
  • 217. Elizabeth Gage La caja de Pandora 3 Después del aborto, Laura no habló con nadie, excepto con unos cuantos tenderos, durante cuatro meses. Las primeras dos semanas fueron una pesadilla que afortunadamente nunca recordaría con detalle. Contemplaba cómo la sangre manaba entre sus piernas, empapando compresas sanitarias una tras otra. Sintió que los calambres le retorcían las entrañas, cada uno un espantoso recuerdo del cuchillo que la había raspado. Era incapaz de retener la comida, sólo los líquidos, y subsistía con leche, té, algunas galletas y platos de cereal. Le dolía constantemente la cabeza, pero no se le ocurrió tomar aspirinas, tan intenso era su dolor interior. Nunca pensó en consultar a un médico. Se quedaba sentada en la cama o en la butaca, se levantaba para ir al baño cuando era necesario, volvía a sentarse de nuevo y contemplaba las paredes. Casi desde el principio supo que no iba a volver a la facultad. No estaba segura por qué y cómo llegó a esta decisión. Solamente sabía que no habrían más profesores, más exámenes, más ejercicios, más clases ni más aulas oscuras. Tampoco habrían más locas esperanzas. Se aseguró de la soledad enviando una postal a tío Karel y tía Martha para comunicarles que unos amigos la ayudaban a mudarse de apartamento en el próximo semestre. Prometió mandarles su nueva dirección. Sabía que este mensaje bastaría para mantener a sus parientes apartados de su vida. Se desentendieron de ella no cuando marchó a la facultad, sino mucho antes, y no sentirían suficiente curiosidad para buscarla. A medida que transcurría el invierno, dejó de preocuparse por el día o el mes en que estaba. Dejó el calendario en diciembre, así que la litografía barata donde aparecía una escena nevada de Nueva Inglaterra, fue cubriéndose de polvo a medida que los días se hicieron más fríos y más grises. Diciembre era un mes muerto que sobrevivía como la propia Laura, un amasijo de esperanzas truncadas y un infierno permanente. Laura existía en un vacío, separada tanto del pasado como del futuro. Allí se sentía a salvo, porque este intervalo creciente era como una penumbra de absoluto vacío ártico donde no tenía que sentir nada. ~217~
  • 218. Elizabeth Gage La caja de Pandora No se fijó en cuánto adelgazaba, porque llevaba el mismo camisón holgado casi siempre. En las ocasiones en que tenía que peinarse antes de bajar a comprar, conseguía mirarse al espejo sin verse. Sabía que su aspecto no llamaría la atención en las tiendas del vecindario. En esta ocasión el anonimato de la vida en la gran ciudad le resultó conveniente. No había nadie que se preocupara ni de ella ni de su bienestar, nadie que la buscara. Esto la complacía. Lo que le ocurriera ahora no importaba a nadie excepto a ella. No pensó en violentar más su cuerpo, aunque unas semanas antes la atraía la idea del suicidio. Ahora estaba más allá de todo esto. Se había hundido en una miasma de vacío donde ni siquiera tenía sentido aborrecerse a sí misma. Pero en una sola cosa sí pensaba, activa y constantemente. En su hijo. ¿Niño o niña? No lo sabía y nunca lo averiguaría. Sin embargo, en todas sus fantasías era un niño. Un bebé tierno, de pelo negro como el suyo y el de su padre, y ojos oscuros y luminosos. Ojos que hubieran reflejado sus sonrisas cariñosas mientras gorjeaba en la cuna, aprendía a hablar, a reír y a andar sobre piernas vacilantes. Ojos que se hubieran dirigido a ella mientras le preparaba el desayuno, un muchacho impaciente por terminar la comida, ponerse el abrigo y salir a jugar. Ojos que se habrían fijado en ella mientras le arreglaba la camisa para meterla en los pantalones y le ataba los zapatos. La sonrisa iluminaría su carita cuando le diera el juguete, el traje de marinero, el guante de béisbol que tanto deseaba por Navidad o por su cumpleaños. Quizá lo hubiera abrazado por la noche, al acostarse, después de cada velada, cuando fuera hora de ir a la cama, y se reiría cuando ella le hiciera cosquillas o se quedaría dulcemente dormido mientras le contaba cuentos o le cantaba nanas. Laura no apartaba ni uno solo de estos pensamientos desgarradores. En realidad, los repetía una y otra vez en su mente, como letanías de castigo y añoranza. Quizás hubiera jugado con ella a las adivinanzas, al «veo, veo» o al escondite. Le parecía oír sus risas divertidas, su vocecita cada vez más fuerte a medida que su joven inteligencia se aseguraba de las palabras. «Ahora eres casi un hombre», le diría cuando recogiera los libros y los lápices para irse a la escuela. «Estoy orgullosa de ti.» Y cuando hubiera crecido lo suficiente para ~218~
  • 219. Elizabeth Gage La caja de Pandora hacer diabluras y necesitar disciplina, la desarmaría con su sonrisa, contra la cual su corazón no tendría defensas. Al principio tendría que cogerlo de la mano cuando, como un pequeño trasgo, saliera a corretear por el barrio. Después, como es normal, sería demasiado mayor para depender de ella y se iría con sus amigos, sin importarle su mirada preocupada al perderse en la noche oscura, disfrazado, pero respondiendo con una sonrisa a su mirada preocupada cuando regresara sano y salvo mucho más tarde, con la bolsa llena de caramelos y frutas, y el eco de los gritos de sus amigos resonando aún al otro lado de la puerta. «Mi hijo.» Luego sería más alto que ella, porque Laura era bajita. Cuando estuviera en los últimos cursos, sería más alto que ella. Le echaría los brazos al cuello y le daría un abrazo antes de marcharse a practicar deporte o de salir con amigos. Aunque la diferencia generacional los separaría cuando su hijo entrara de cabeza en su propio futuro y su propia identidad, el amor de Laura la fortalecería para verlo marcharse. Él también sentiría lo mismo y su reconocimiento se demostraría cuando se riera con ella de su protección y de su angustia. «Venga, mamá...» Así se reiría de las preocupaciones de Laura. Porque él no imaginaría que el mundo podía herirlo. Su sonrisa sería segura y brillante, sus ojos resplandecerían por la emoción, la fuerza y las nuevas experiencias, cuando volviera a casa, con el cabello revuelto por el viento y el cuerpo hambriento de bollos, de bocadillos de mantequilla de cacahuete y leche. Algún día habría una muchacha. Saldría con ella en la escuela, iría a buscarla los fines de semana, la llevaría a los partidos de béisbol y al parque de atracciones, y se quedaría con ella tan tarde como pudiera, odiando tener que despedirse porque estaría fascinado por ella e instintivamente inseguro de si la merecía. No saldría bien la primera vez porque tenía que poner a prueba su corazón antes de buscar la muchacha adecuada, la que más se pareciera a su ideal. Pero un día aparecería una chica nueva, la traería a casa, y Laura sabría sin la menor duda que ésta era por fin la que iba a elegir. Lo vería enseguida en los ojos de la joven. Ojos llenos de humanidad, buenos, ojos ya preparados para vivir con él, sufrir con él, compartir sus alegrías, aventuras y decepciones, cálidos ojos femeninos entrevistos por primera vez. Cuando se fueran para dejarla, sonreiría, porque le habría acompañado hasta este momento y parte de él le pertenecería siempre, como parte de ella siempre estaría con él. Le dolería perderlo, pero estaría orgullosa de cada célula de su cuerpo, orgullosa de cada pensamiento humanitario, de dolor o miedo que él sintiera, ~219~
  • 220. Elizabeth Gage La caja de Pandora orgullosa incluso de sus errores, de sus debilidades. Porque era carne de su carne y sangre de su sangre, porque por él había vivido, porque era su corazón. Pero no. Nunca viviría. Todo era un hermoso sueño que nunca se convertiría en realidad. Lo había asesinado en sus mismas entrañas, había destruido su amor con sus propias manos. Tampoco era un sueño, aunque ahora quedaba reducido a una dolorosa fantasía. ¡Todo había sido real! Había estado dentro de ella, el futuro ser que se agitaba en sus entrañas, tan real como la propia carne, pero lo había destruido. En sus largos meses solitarios, en el pequeño apartamento, Laura recorría esta tierra imaginaria millares de veces. Se torturaba lentamente, con firmeza, con aplicación, sirviéndose del considerable poder de su mente y de la más terrible culpabilidad. Concebía hijos e hijas desde lo más hondo de sí, los dotaba de personalidades, sonrisas, risas y vidas agitadas; luego los aniquilaba. Pero en quien creía más era en el muchacho. Lo fue conociendo cada vez mejor, más íntimamente. Amaba todos sus gestos, los tiernos detalles de su cuerpo, sus pecas, el reflejo rojizo en su cabello negro, la chispa picara de sus ojos, su altura y su peso en sucesivas edades. Luego le daba muerte, tantas veces como era necesario, y al hacerlo mataba su propio corazón. Su imaginación era la espada afilada de su penitencia. Porque podía ver toda su vida extendiéndose ante ella, un caleidoscopio de acontecimientos en un millón de colores, su variedad unida a lo extraordinario de su forma de ser, una mezcla de humor tranquilo y virilidad como ninguna. Había mucho más en aquella imagen que un simple muchacho y el hombre en que se hubiera convertido. También los hijos que hubiera engendrado, y los hijos de sus hijos, un hermoso conjunto de seres humanos, todos ellos con parte de ella, porque todos salían de su carne y de su sangre. Vio sus rostros uno por uno, los admiró, los amó, y después vio cómo desaparecían ante sus ojos cancelados por su propia cuchillada. Al destruir a un individuo había destruido la incontable multitud de sus descendientes, las innumerables criaturas que hubieran sido su alegría y su orgullo, las generaciones que hubieran dado dignidad a su vida. Lo que había aniquilado en su vientre era toda una raza. ~220~
  • 221. Elizabeth Gage La caja de Pandora El sentido común se unía al gran poder intelectual de Laura para servir su envilecimiento. Después de todo, razonaba, ¿acaso no eran ciertos aquellos pensamientos? ¿Fantásticos? ¿Exagerados? En absoluto. De haber permitido que el niño viviera, su futuro habría sido exactamente como lo veía mentalmente, en lo principal ya que no en los detalles. La fructífera raza de sus descendientes hubiera sido igualmente numerosa, tan rica en personalidad y experiencia, en voces, rostros y sonrisas, como lo había imaginado. Una familia humana de su propia sangre que alargaba la mano hasta lo infinito en el futuro interminable. Había destruido todo eso. Lo había aniquilado todo. A medida que se calmó el dolor físico de Laura, su vacío interior creció. Al reaparecer el apetito, su desesperación lo ahogó. Adelgazó más. La salud física se ahogaba en el abismo de la desesperación. Laura dio la bienvenida a los indicios de su