Universidad e imaginación
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"La imaginación se contagia".

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Universidad e imaginación Universidad e imaginación Document Transcript

  • Universidad e imaginación <br />Alfred North Whitehead <br />Alfred Whitehead según David Levine<br />091821000La imaginación es una enfermedad contagiosa. No puede ser medida por yardas o pesada por libras y entregada luego a los estudiantes por los profesores de la facultad. Sólo puede ser transmitida por una facultad cuyos profesores invistan su enseñanza de imaginación. Al decir eso no hago más que repetir una de las más antiguas observaciones. Hace más de dos mil años, los antiguos simbolizaban la enseñanza con una antorcha que pasaba de mano en mano a través de las generaciones. Esa antorcha encendida es la imaginación de que hablo. Todo el arte de organizar una universidad está en proporcionar una facultad cuya enseñanza esté iluminada por la imaginación. Ese es el problema de los problemas en la educación universitaria; y si no somos prudentes, la reciente expansión de las universidades en número de estudiantes y en diversidad de actividades –de lo que estamos justamente orgullosos– no logrará producir los resultados esperados, a causa de la equivocada consideración de ese problema.<br />La combinación de la imaginación y la enseñanza requiere normalmente cierta comodidad, estar libre de trabas y de inquietudes fatigosas, cierta variedad de experiencias, y el estímulo de otras mentes de distinta opinión y distinta conformación. Se necesita también la excitación de la curiosidad, y la autoconfianza derivada del orgullo por las obras cumplidas por la sociedad en que se vive en procura del progreso de los conocimientos. La imaginación no puede ser adquirida de una sola vez para siempre, y luego almacenada indefinidamente para ser provista periódicamente en cantidades determinadas. La vida de la enseñanza y de la imaginación es una manera de vivir y no un artículo de comercio.<br />Precisamente con respecto al cumplimiento y utilización de esas condiciones para una facultad eficiente, se encuentran reunidas en una universidad sus dos funciones de educación e investigación. ¿Quiere usted que sus profesores sean imaginativos? Anímelos a investigar. ¿Quiere que sus investigadores sean imaginativos? Hágales entrar en comunicación intelectual con los jóvenes que están en el período más vehemente e imaginativo de la vida, cuando los intelectos comienzan a entrar en una madura disciplina. Haga que sus investigadores se comuniquen con mentes activas, plásticas y que tienen el mundo por delante; haga que sus jóvenes estudiantes coronen su período de adquisiciones intelectuales con algún contacto con mentes dotadas de la experiencia de la aventura intelectual. La educación es la disciplina para la aventura de la vida; la investigación es la aventura intelectual; y las universidades deben ser hogares de aventuras compartidas en común por jóvenes y viejos. Para el buen éxito de la educación debe haber siempre cierta frescura en el conocimiento que se imparte. Éste puede ser nuevo en sí mismo o bien estar investido de alguna novedad en su aplicación al mundo nuevo de los nuevos tiempos. El conocimiento no se conserva mejor que el pescado. Se puede tratar con un conocimiento de una especie antigua, con una antigua verdad; pero de una manera u otra, ese conocimiento debe llegar a los estudiantes como si estuviera recién sacado del mar y con la frescura de su importancia inmediata.<br />Es función del erudito hacer revivir la sabiduría y la belleza que, si no fuera por la magia que él realiza, quedarían perdidas en el pasado. Una sociedad progresista debe contar con tres grupos: los eruditos, los descubridores, los inventores. Su progreso depende también del hecho de que sus masas educadas estén compuestas por miembros, cada uno de los cuales tenga un matiz de erudición, un matiz de descubrimiento y un matiz de invención. Uso aquí la palabra "descubrimiento" para significar el progreso del conocimiento con respecto a verdades de gran generalidad, y la palabra "invención" para indicar el progreso del conocimiento con respecto a la aplicación de las verdades generales a medios particulares de satisfacer actuales necesidades. Es evidente que estos tres grupos se entremezclan, y también que los hombres ocupados en asuntos prácticos pueden ser llamados con propiedad "inventores" en la medida en que contribuyen al progreso de la sociedad. Pero todo individuo tiene sus propias limitaciones de función y sus propias necesidades particulares. Lo importante para la nación es que haya una relación muy estrecha entre todos sus elementos de progreso, de manera que el estudio influya sobre la plaza de mercado y ésta sobre el estudio. Las universidades son los principales agentes de esa fusión de las actividades progresistas en un eficaz instrumento de progreso. Por supuesto, ellas no son los únicos agentes, pero es un hecho que hoy las naciones que progresan son aquellas donde florecen las universidades.<br />No debe suponerse que el resultado de una universidad en forma de ideas originales deba medirse únicamente por los folletos y libros rotulados con el nombre de sus autores. El hombre es tan individual en su modo de expresarse como la substancia de sus pensamientos. Para algunas de las mentes más fecundas, la composición escrita o en una forma reducible a la escritura, parece una imposibilidad. En toda facultad, algunos de los más brillantes profesores no están entre los que publican. Su originalidad requiere, para expresarse, el intercambio directo con sus alumnos en forma de lecciones o de discusión personal. Esos hombres ejercen inmensa influencia; y sin embargo, pasada la generación de sus alumnos, duermen entre los innumerables benefactores olvidados de la humanidad. Afortunadamente, uno de ellos es inmortal: Sócrates.<br />Sería, pues, el mayor error estimar el valor de cada profesor de una facultad según las obras impresas firmadas con su nombre. Hay actualmente cierta tendencia a caer en ese error; y es necesario protestar enérgicamente contra una actitud por parte de las autoridades que es perjudicial para la eficiencia e injusta para con el celo desinteresado.<br />Pero, hechas ya todas esas concesiones, una buena prueba de la eficiencia general de una facultad es que, en conjunto, produzca en forma de publicaciones su cuota de contribución de pensamiento. Esa cuota debe ser estimada por el pensamiento que contenga y no por el número de palabras.<br />El presente examen demuestra que el manejo de una facultad universitaria no tiene analogía alguna con el de una organización comercial. La opinión pública de la facultad, y un celo común por los objetivos de la universidad, constituyen las únicas salvaguardias efectivas para el alto nivel del trabajo universitario. La facultad debe ser una asociación de estudiosos, que se estimulan recíprocamente y determinan libremente sus diversas actividades. Se puede establecer ciertos requisitos formales, que las clases se den a determinadas horas y que profesores y alumnos concurran puntualmente; pero la esencia del problema está fuera de toda regulación.<br />La cuestión de la justicia hacia los profesores tiene poco que ver con ello. Es perfectamente justo contratar a un hombre para que realice cualquier tarea legal en condiciones legales en cuanto a horarios y remuneración. Nadie tiene por qué aceptar el puesto si no lo desea.<br />El único problema es: ¿cuáles son las condiciones que producirán el tipo de facultad capaz de favorecer el buen éxito de la universidad? El peligro está en que es demasiado fácil producir una facultad enteramente inadecuada, una facultad de pedantes y necios eficacísimos. El público en general sólo descubrirá la diferencia después de que la universidad haya malogrado la promesa de la juventud durante veintenas de años.<br />El moderno sistema universitario en los grandes países democráticos sólo tendrá éxito si las autoridades supremas ejercen especial vigilancia a fin de recordar que no se puede tratar a las universidades según las reglas y la política que se aplican a las corporaciones comerciales comunes. Las escuelas de comercio no son una excepción a esa ley de la vida universitaria. En realidad, no hay nada que agregar a lo que recientemente dijeron en público los presidentes de varias universidades americanas sobre este punto. Pero parece dudoso que buena parte del público general, en América o en otros países, siga sus consejos. Todo el problema de una universidad, en su aspecto educativo, está en poner a los jóvenes bajo la influencia intelectual de un conjunto de estudiosos imaginativos. Es ineludible prestar la debida atención a las condiciones que –como la experiencia lo ha demostrado– producirán ese conjunto.<br />* * *<br />Extracto tomado de Whitehead, Alfred North (1957) "Las universidades y su función", en Whitehead, A. N.  Los fines de la educación, Buenos Aires, Paidós, págs. 142-146. Selección a cargo de Eduardo Ibarra Colado.<br />