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Homenaje a cataluña_orwell
 

Homenaje a cataluña_orwell

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Homenaje a Cataluña de George Orwell ... una lectura necesaria para esta época...

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    Homenaje a cataluña_orwell Homenaje a cataluña_orwell Document Transcript

    • HOMENAJE A CATALUÑAGEORGE ORWELLDigitalizado porhttp://www.librodot.com
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot22«Nunca respondas al necio con forme a su necedad,para no hacerte como él. Responde al necio segúnsu necedad, para que no se tenga por sabio.»ProverbiosXXVI, 4-5
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot331En los Cuarteles Lenin de Barcelona, el día antes de ingresar en la milicia, vi a unmiliciano italiano de pie frente a la mesa de los oficiales.Era un joven de veinticinco o veintiséis años, de aspecto rudo, cabello amarillo rojizoy hombros poderosos. Su gorra de visera de cuero estaba fieramente inclinada sobre un ojo.Lo veía de perfil, la barbilla contra el pecho, contemplando con expresión de desconciertoel mapa que uno de los oficiales había desplegado sobre la mesa. Algo en su rostro meconmovió profundamente: era el rostro de un hombre capaz de matar y de dar su vida porun amigo, la clase de rostro que uno esperaría encontrar en un anarquista, aunque casi conseguridad era comunista. Había a la vez candor y ferocidad en él, y también laconmovedora reverencia que los individuos ignorantes sienten hacia aquellos que suponensuperiores. Evidentemente, no entendía nada del mapa, y parecía que consideraba su lecturacomo una estupenda hazaña intelectual. Casi no puedo explicármelo, pero rara vez heconocido a alguien por quien experimentara una simpatía tan inmediata. Mientras charlabanalrededor de la mesa, una observación puso de manifiesto mi origen extranjero. El italianolevantó la cabeza y preguntó rápidamente:-¿Italiano?Yo respondí en mi mal español:-No, inglés. ¿Y tú?-Italiano.Cuando íbamos a salir, cruzó la habitación y me apretó con fuerza la mano. ¡Resultaextraño cuánto afecto se puede sentir por un desconocido! Fue como si su espíritu y el míohubieran logrado momentáneamente salvar el abismo del lenguaje y la tradición y unirse enabsoluta intimidad. Deseé que sintiera tanta simpatía por mí como yo por él. Pero sabía quepara conservar esa primera impresión no debía volver a verlo, y así ocurrió en efecto. Unosiempre establecía contactos de ese tipo en España.Menciono a este miliciano porque su figura se ha mantenido muy viva en mimemoria. Con su raído uniforme y su rostro feroz y patético simboliza para mí la atmósferaespecial de aquella época. Permanece asociado a todos mis recuerdos de aquel período de laguerra: las banderas rojas en Barcelona, los largos trenes que se arrastraban hacia el frenterepletos de soldados zarrapastrosos, las ciudades grises agobiadas por la guerra a lo largode la línea de fuego, las trincheras heladas y fangosas en las montañas.Esto ocurría hace menos de siete meses, a finales de diciembre de 1936, no obstantelo cual me parece que aquel período pertenece ya a un pasado remoto. Acontecimientosposteriores lo han esfumado hasta tal punto que podría situarlo en 1935, y hasta en 1905.Había viajado a España con el proyecto de escribir artículos periodísticos, pero ingresé enla milicia casi de inmediato, porque en esa época y en esa atmósfera parecía ser la únicaactitud concebible. Los anarquistas seguían manteniendo el control virtual de Cataluña, y larevolución estaba aún en pleno apogeo. A quien se encontrara allí desde el comienzoprobablemente le parecería, incluso en diciembre o en enero, que el período revolucionarioestaba tocando a su fin; pero viniendo directamente de Inglaterra, el aspecto de Barcelonaresultaba sorprendente e irresistible. Por primera vez en mi vida, me encontraba en unaciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquieraque fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas ocon la bandera roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban la hoz y el martillo y
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot44las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos habían sido destruidos ysus imágenes, quemadas. Por todas partes, cuadrillas de obreros se dedicabansistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo café se veían letreros queproclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habíansido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro. Camareros y dependientesmiraban al cliente cara a cara y lo trataban como a un igual. Las formas serviles e inclusoceremoniosas del lenguaje habían desaparecido. Nadie decía señor, o don y tampoco usted;todos se trataban de «camarada» y «tú», y decían ¡salud! en lugar de buenos días. La leyprohibía dar propinas desde la época de Primo de Rivera; tuve mi primera experiencia alrecibir un sermón del gerente de un hotel por tratar de dársela a un ascensorista. Noquedaban automóviles privados, pues habían sido requisados, y los tranvías y taxis, ademásde buena parte del transporte restante, ostentaban los colores rojo y negro. En todas parteshabía murales revolucionarios que lanzaban sus llamaradas en límpidos rojos y azules,frente a los cuales los pocos carteles de propaganda restantes semejaban manchas de barro.A lo largo de las Ramblas, la amplia arteria central de la ciudad constantemente transitadapor una muchedumbre, los altavoces hacían sonar canciones revolucionarias durante todo eldía y hasta muy avanzada la noche. El aspecto de la muchedumbre era lo que más extrañezame causaba. Parecía una ciudad en la que las clases adineradas habían dejado de existir.Con la excepción de un escaso número de mujeres y de extranjeros, no había gente «bienvestida»; casi todo el mundo llevaba tosca ropa de trabajo, o bien monos azules o algunavariante del uniforme miliciano. Ello resultaba extraño y conmovedor. En todo esto habíamucho que yo no comprendía y que, en cierto sentido, incluso no me gustaba, pero reconocíde inmediato la existencia de un estado de cosas por el que valía la pena luchar. Asimismo,creía que los hechos eran tales como parecían, que me hallaba en realidad en un Estado detrabajadores, y que la burguesía entera había huido, perecido o se había pasado por propiavoluntad al bando de los obreros; no me di cuenta de que gran número de burguesesadinerados simplemente esperaban en las sombras y se hacían pasar por proletarios hastaque llegara el momento de quitarse el disfraz.Además de todo esto, se vivía la atmósfera enrarecida de la guerra. La ciudad tenía unaspecto desordenado y triste, las aceras y los edificios necesitaban reparaciones, de nochelas calles se mantenían poco alumbradas por temor a los ataques aéreos, la mayoría de lastiendas estaban casi vacías y poco cuidadas. La carne escaseaba y la leche prácticamentehabía desaparecido; faltaba carbón, azúcar y gasolina, y el pan era casi inexistente. En esosdías las colas para conseguir pan alcanzaban a menudo cientos de metros. Sin embargo, porlo que se podía juzgar, hasta ese momento la gente se mantenía contenta y esperanzada. Nohabía desocupación y el costo de la vida seguía siendo extremadamente bajo; casi no seveían personas manifiestamente pobres y ningún mendigo, exceptuando a los gitanos. Porencima de todo, existía fe en la revolución y en el futuro, un sentimiento de haber entradode pronto en una era de igualdad y libertad. Los seres humanos trataban de comportarsecomo seres humanos y no como engranajes de la máquina capitalista. En las barberías (losbarberos eran en su mayoría anarquistas) había letreros donde se explicaba solemnementeque los barberos ya no eran esclavos. En las calles, carteles llamativos aconsejaban a lasprostitutas cambiar de profesión. Para cualquier miembro de la civilización endurecida yburlona de los pueblos de habla inglesa había algo realmente patético en la literalidad conque estos españoles idealistas tomaban las gastadas frases de la revolución. En esa épocalas canciones revolucionarias del tipo más ingenuo, todas ellas relativas a la hermandadproletaria y a la perversidad de Mussolini, se vendían por pocos céntimos. A menudo vi a
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot55milicianos casi analfabetos que compraban una, la deletreaban trabajosamente ycomenzaban a cantarla con alguna melodía adecuada.Durante todo ese tiempo yo me encontraba en los Cuarteles Lenin con el objetivo,según manifestaban, de recibir una preparación militar. Al unirme a la milicia, meinformaron de que sería enviado al frente al día siguiente, pero, en realidad, tuve queesperar hasta que una nueva centuria estuviera lista. Las milicias de trabajadores,apresuradamente reclutadas entre los sindicatos al comienzo de la guerra, aún no habíansido organizadas sobre una base militar común. Las unidades de comando eran la«sección», compuesta por unos treinta hombres, la centuria, por alrededor de cien, y la«columna» que, en la práctica, significaba cualquier número grande de milicianos. Loscuarteles eran un conjunto de espléndidos edificios de piedra, con una escuela de equitacióny enormes patios adoquinados; habían sido cuarteles de caballería y fueron tomados durantelas luchas de julio. Mi centuria dormía en uno de los establos, junto a los pesebres, dondeaún estaban inscritos los nombres de los corceles militares. Todos los caballos habían sidoenviados al frente, pero el lugar todavía olía a orín y avena podrida. Estuve en los cuartelesalrededor de una semana. Lo que más recuerdo es el olor a caballo, los temblorosos toquesde corneta (nuestros cornetistas eran aficionados y no aprendí los toques españoles hastaque los escuché desde fuera de las líneas fascistas), el sonido de las botas claveteadas en elpatio, los largos desfiles matutinos bajo el sol invernal y los locos partidos de fútbol, concincuenta jugadores por cada equipo, sobre la grava de la escuela de equitación. Éramosunos mil hombres y una veintena de mujeres, aparte de las esposas de milicianos que seencargaban de cocinar. Todavía quedaban algunas milicianas, pero no muchas. En lasprimeras batallas pareció natural que lucharan junto a los hombres; siempre sucede eso entiempos de revolución. Pero las ideas ya habían empezado a cambiar. A los milicianos lesestaba prohibido acercarse a la escuela de equitación mientras las mujeres se ejercitaban,porque se reían y burlaban de ellas. Pocos meses antes nadie hubiera encontrado nadacómico en una mujer con un fusil en la mano.Los cuarteles se hallaban en un estado general de suciedad y desorden. Lo mismoocurría en cuanto edificio ocupaba la milicia, y parecía constituir uno de los subproductosde la revolución. En todos los rincones había pilas de muebles destrozados, monturas rotas,cascos de bronce, vainas de sables y alimentos en putrefacción. Era enorme el desperdiciode comida, en especial de pan. En nuestro barracón se tiraba después de cada comida unacanasta llena de pan, hecho lamentable si se piensa que la población civil carecía de él.Comíamos en largas mesas montadas sobre caballetes en escudillas de hojalata siempregrasientas, y bebíamos de una cosa espantosa llamada porrón. El porrón es una especie debotella de vidrio con un pico fino del cual sale un delgado chorro de vino al inclinarla. Deeste modo resulta posible beber desde lejos, sin tocarlo con los labios, y pasarlo de mano enmano. Me declaré en huelga y exigí un vaso en cuanto vi cómo se usaba el porrón. Para migusto, se parecían demasiado a los orinales de cama de vidrio, sobre todo cuando estabanllenos de vino blanco.Poco a poco se iban proporcionando uniformes a los reclutas, pero, como estábamosen España, todo se hacía de manera fragmentaria, de modo que nunca se sabía bien quéhabía recibido cada uno, y varias de las cosas más necesarias, como cartucheras y cargas demuniciones, no se distribuyeron hasta el último momento, cuando el tren aguardaba parallevarnos al frente. He hablado del «uniforme» de la milicia, lo cual probablementeproduzca una impresión errónea. No se trataba en verdad de un uniforme: quizá«multiforme» sería un término más adecuado. La ropa de cada miliciano respondía a unplan general, pero nunca era por completo igual a la de nadie. Prácticamente todos los
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot66miembros del ejército usaban pantalones de pana, y allí concluía la uniformidad. Algunosusaban polainas de cuero o pana, y otros, botines de cuero o botas altas. Todos llevábamoschaquetas de cremallera, de las cuales unas eran de cuero, otras de lana y ninguna de unmismo color. Las clases de gorras eran casi tan numerosas como quienes las llevaban. Seacostumbraba adornar la parte delantera de la gorra con una insignia partidista y, además,casi todos llevaban un pañuelo rojo o rojinegro alrededor del cuello. Una columna demilicia en esa época ofrecía un aspecto realmente extraordinario. Las ropas se distribuían amedida que salían de una u otra fábrica y, a decir verdad, no eran malas teniendo en cuentalas circunstancias. Con todo, las camisetas y los calcetines eran prendas de un algodónmalísimo, totalmente inútiles contra el frío. Me espanta pensar en lo que los milicianosdeben de haber soportado durante los primeros meses, antes de que las cosas comenzaran aorganizarse. Recuerdo haber leído un periódico de sólo un par de meses antes, en el cualuno de los dirigentes del POUM, después de una visita al frente, manifestó que trataría deque «todo miliciano tuviera una manta». Una frase capaz de producir escalofríos a quien hadormido alguna vez en una trinchera.Durante mi segundo día en los cuarteles se dio comienzo a lo que paradójicamente sellamaba «instrucción». Al principio hubo escenas de gran confusión. Los reclutas eran ensu mayor parte muchachos de dieciséis o diecisiete años, procedentes de los barrios pobresde Barcelona, llenos de ardor revolucionario pero completamente ignorantes respecto a loque significaba una guerra. Resultaba imposible conseguir que formaran en fila. Ladisciplina no existía; si a un hombre no le gustaba una orden, se adelantaba y discutíaviolentamente con el oficial. El teniente que nos instruía era un hombre joven, robusto y derostro fresco y agradable. Había pertenecido al ejército y los modales y un eleganteuniforme le hacían conservar el aspecto de un oficial de carrera. Resulta curioso que fueraun socialista sincero y ardiente. Insistía, aún más que los mismos soldados, en una completaigualdad social entre todos los grados. Recuerdo su dolorida sorpresa cuando un reclutaignorante se dirigió a él llamándolo señor. «¡Qué! ¡Señor! ¿ Quién me llama señor? ¿Acasono somos todos camaradas?» No creo que esto facilitara su tarea.En realidad, los reclutas novatos no recibían adiestramiento militar alguno quepudiera servirles para algo. Se me había dicho que los extranjeros no estaban obligados atomar parte en la «instrucción» (observé que los españoles tenían la conmovedora creenciade que todos los extranjeros sabían más que ellos sobre asuntos militares), pero,naturalmente, me presenté junto con los demás. Sentía gran ansiedad por aprender a utilizaruna ametralladora; era un arma que nunca había tenido oportunidad de manejar. Condesesperación descubrí que no se nos enseñaba nada sobre el uso de armas. La llamadainstrucción consistía simplemente en ejercicios de marcha del tipo más anticuado yestúpido: giro a la derecha, giro a la izquierda, media vuelta, marcha en columnas de a tres,y todas esas inútiles tonterías que aprendí cuando tenía quince años. Era una formarealmente extraordinaria de adiestrar a un ejército de guerrillas. Evidentemente, si se cuentacon sólo pocos días para adiestrar a un soldado, deben enseñársele las cosas que le seránmás necesarias: cómo ocultarse, cómo avanzar por campo abierto, cómo montar guardia yconstruir un parapeto y, por encima de todo, cómo utilizar las armas. No obstante, esamultitud de criaturas ansiosas que serían arrojadas a la línea del frente casi de inmediato noaprendían ni siquiera a disparar un fusil o a quitar el seguro de una granada. En esa épocaignoraba que el motivo de este absurdo era la total carencia de armas. En la milicia delPOUM la escasez de fusiles era tan desesperante que las tropas recién llegadas al frente nodisponían sino de los fusiles utilizados hasta ese momento por las tropas a las que
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot77relevaban. En todos los Cuarteles Lenin creo que no había más fusiles que los utilizados porlos centinelas.Al cabo de unos pocos días, aunque seguíamos siendo un grupo caótico de acuerdocon cualquier criterio sensato, se nos consideró aptos para aparecer en público. Por lasmañanas nos dirigíamos hasta los jardines de la colina situada más allá de la Plaza deEspaña, que todas las milicias de partido, además de los carabineros y los primeroscontingentes del recientemente formado Ejército Popular compartían para suadiestramiento. Allí, el espectáculo resultaba extraño y alentador. En cada sendero y encada callejuela, entre los ordenados arriates de flores, se veían escuadras y compañías dehombres que marchaban erguidos de un lado para otro, sacando pecho y tratandodesesperadamente de parecerse a soldados. Todos ellos carecían de armas y ninguno teníael uniforme completo, aunque en la mayoría podía reconocerse fragmentariamente elatuendo del miliciano. Durante tres horas trotábamos de un lado a otro (el paso de marchaespañol es muy corto y rápido), luego nos deteníamos, rompíamos filas y nos lanzábamossedientos sobre una pequeña tienda de ultramarinos, a media cuesta, que estaba haciendouna -fortuna vendiéndonos vino barato. Los españoles se mostraban cordiales conmigo.Dada mi condición de inglés, yo constituía una especie de curiosidad, y los oficiales decarabineros estaban por mí y me pagaban la bebida. Mientras tanto, siempre que se mepresentaba la oportunidad acorralaba a nuestro teniente y le pedía a gritos que me instruyeraen el uso de una ametralladora. Solía sacar del bolsillo mi diccionario luego y lo asediabaen mi execrable español:-Yo sé manejar fusil. No sé manejar ametralladora. Quiero aprender ametralladora.¿Cuándo vamos aprender ametralladora?La respuesta era invariablemente una sonrisa cansada y una promesa de que habríainstrucción de ametralladoras mañana. Por supuesto, mañana nunca llegaba. Transcurridosvarios días, los reclutas aprendieron a marcar el paso, a ponerse firmes casi de inmediato,pero apenas si sabían de qué extremo del fusil sale la bala. Cierta vez, un carabinero seacercó a nosotros mientras hacíamos un alto y nos permitió examinar el suyo. Resultó que,en toda mi sección, nadie, salvo yo, sabía siquiera cargar el arma y mucho menos apuntarcon ella.Durante ese tiempo yo tenía muchas dificultades con el idioma español. Además demí, sólo había un inglés en los cuarteles, y nadie, ni siquiera entre los oficiales, sabía unapalabra de francés. No sirvió para facilitarme las cosas el hecho de que, cuando miscompañeros hablaban entre sí, lo hicieran por lo general en catalán. Sólo podíadesenvolverme llevando a todas partes un pequeño diccionario que sacaba del bolsillo enlos momentos de crisis. Pero prefiero ser extranjero en España y no en cualquier otro país.¡Qué fácil resulta hacer amigos en España! Al cabo de uno o dos días, había una veintenade milicianos que me llamaban por mi nombre de pila, me enseñaban secretos ytriquiñuelas y me abrumaban con su amistad.No escribo un libro de propaganda y no deseo idealizar la milicia del POUM. Elsistema de la milicia presentaba serios fallos, y los hombres mismos dejaban mucho quedesear, pues en esa época el reclutamiento voluntario comenzaba a disminuir y muchos delos mejores hombres ya se encontraban en el frente o habían muerto. Siempre había entrenosotros un cierto porcentaje de individuos completamente inútiles. Muchachos de quinceaños eran traídos por sus padres para que fueran alistados, evidentemente por las diezpesetas diarias que constituían la paga del miliciano y, también, a causa del pan que, comotales, recibían en abundancia y podían llevar a sus hogares. Desafío a cualquiera a versesumergido, como me ocurrió a mí, entre la clase obrera española -quizá debería decir la
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot88clase obrera catalana, pues aparte de unos pocos aragoneses y andaluces sólo tuve contactocon catalanes- y a no sentirse conmovido por su decencia esencial y, sobre todo, por sufranqueza y generosidad. La generosidad de un español, en el sentido corriente de lapalabra, a veces resulta casi embarazosa. Si uno le pide un cigarrillo, te obliga a aceptartodo el paquete. Y más allá de eso, existe generosidad en un sentido más profundo, unaverdadera amplitud de espíritu que he encontrado una y otra vez en las circunstanciasmenos promisorias. Algunos periodistas y otros extranjeros que viajaron por España handeclarado que, en el fondo, los españoles se sentían amargamente heridos por la ayudaextranjera. Sólo puedo decir que nunca observé nada por el estilo. Recuerdo que unos pocosdías antes de dejar los cuarteles, un grupo de hombres regresó del frente de permiso.Hablaban con excitación acerca de sus experiencias y manifestaban una fervorosaadmiración por las tropas francesas que habían luchado junto a ellos en Huesca. Losfranceses eran muy valientes, afirmaban, y agregaban entusiasmados: Más valientes quenosotros. Desde luego, manifesté mi desacuerdo, pero me explicaron que los francesessabían más sobre el arte de la guerra, eran más expertos en las granadas, las ametralladorasy demás. El comentario resulta significativo. Un inglés se cortaría una mano antes de deciralgo semejante.Los extranjeros que servían en la milicia empleaban su primera semana en aprender aamar a los españoles y en exasperarse ante algunas de sus características. En el frente, mipropia exasperación alcanzó algunas veces el nivel de la furia. Los españoles son buenospara muchas cosas, pero no para hacer la guerra. Los extranjeros se sienten consternadospor igual ante su ineficacia, sobre todo ante su enloquecedora impuntualidad. La únicapalabra española que ningún extranjero puede dejar de aprender es mañana. Toda vez queresulta humanamente posible, los asuntos de hoy se postergan para mañana; sobre esto,incluso los españoles hacen bromas. Nada en España, desde una comida hasta una batalla,tiene lugar a la hora señalada. Como regla general, las cosas ocurren demasiado tarde, pero,ocasionalmente -de modo que uno ni siquiera puede confiar en esa costumbre-, acontecendemasiado temprano. Un tren que debe partir a las ocho, normalmente lo hace en cualquiermomento entre las nueve y las diez, pero quizá una vez por semana, gracias a algúncapricho del maquinista sale a las siete y media. Tales cosas pueden resultar un poquitopesadas. En teoría, admiro a los españoles por no compartir la neurosis del tiempo, típica delos hombres del norte; pero, por desgracia, ocurre que yo mismo la comparto.Después de interminables rumores, mañanas y demoras, de pronto, con dos horas deanticipación, cuando todavía nos faltaba recibir buena parte del equipo, nos dieron la ordende partir hacia el frente. Hubo terribles tumultos en el depósito de intendencia ymuchísimos hombres tuvieron que irse con el equipo incompleto. Los cuarteles se poblaronsúbitamente de mujeres que parecían haber surgido de la nada y que ayudaban a sushombres a enrollar sus mantas y a preparar sus mochilas. Resultó bastante humillante queuna joven española, la esposa de William, el otro miliciano inglés, tuviera que enseñarme aponerme mi nueva cartuchera de cuero. Era una criatura amable, de ojos oscuros,intensamente femenina, que parecía destinada a pasarse la vida meciendo una cuna; sinembargo, había luchado valerosamente en las batallas callejeras de julio. En ese momentollevaba consigo un bebé, nacido justo diez meses después del estallido de la guerra y quequizá había sido concebido detrás de una barricada.El tren debía partir a las ocho, y eran más o menos las ocho y diez cuando losoficiales sudorosos y agotados lograron formarnos en el patio. Recuerdo con toda nitidez laescena: el vocerío y la excitación, las banderas rojas flameando a la luz de las antorchas, lasfilas de milicianos con las mochilas a la espalda y su manta al hombro; los ruidos de las
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot99botas y de las escudillas de hojalata; luego un retumbante y finalmente exitoso siseopidiendo silencio; y después un comisario político, de pie bajo un enorme estandarte rojo,dirigiéndonos un discurso en catalán. Por fin, nos condujeron hasta la estación por elcamino más largo -unos seis o siete kilómetros-, a fin de mostrarnos a toda la ciudad. En lasRamblas nos hicieron detener; mientras una banda prestada para la ocasión interpretaba unao dos melodías revolucionarias. Una vez más, la repetida historia del héroe vencedor: gritosy entusiasmo, banderas rojas y banderas rojinegras por doquier; multitudes cordialescubriendo las aceras para echarnos una mirada, mujeres saludando desde las ventanas. ¡Quénatural parecía todo entonces!, ¡cuán remoto e improbable ahora! El tren estaba tanabarrotado que casi no quedaba lugar en el suelo, por no hablar ya de los asientos. En elúltimo momento, la mujer de William vino corriendo por el andén y nos alcanzó una botellade vino y un poco de ese chorizo colorado que tiene gusto a jabón y produce diarrea. El trense puso en movimiento lentamente y salió de Barcelona en dirección a la meseta de Aragóna la velocidad normal en tiempo de guerra, algo menor de veinte kilómetros por hora.2Barbastro, si bien muy alejada de la línea del frente, tenía un aspecto lúgubre ydesolado. Grupos de milicianos de uniformes raídos vagaban por las calles de la ciudadtratando de preservarse del frío. En un muro ruinoso descubrí un cartel del año anterior enel que se anunciaba que «seis extraordinarios toros» serían matados en la arena tal día. ¡Quétristes eran sus pálidos colores! ¿Dónde estaban ahora los toros y los toreros? Ya ni enBarcelona había corridas. Por algún extraño motivo, los mejores matadores eran fascistas.Mi compañía fue enviada en camión a Siétamo, y luego hacia el oeste hastaAlcubierre, situada justo detrás del frente de Zaragoza. Siétamo había sido disputada tresveces antes de que los anarquistas terminaran por apoderarse de ella en octubre; la artilleríala había reducido en parte a escombros y la mayoría de las casas estaban marcadas por lasbalas. Nos encontrábamos a quinientos metros sobre el nivel del mar. El frío era riguroso ydensos remolinos de niebla parecían surgir de la nada. Entre Siétamo y Alcubierre, elconductor del camión se equivocó de camino (hecho corriente en la guerra) y anduvimosextraviados durante horas entre la niebla. Ya era de noche cuando llegamos a Alcubierre. Através de terrenos pantanosos, alguien nos guió hasta un establo de mulas, donde noshicimos un hueco sobre las granzas y no tardamos en quedarnos dormidos. Las granzas sonbastante buenas para dormir cuando están limpias, no tanto como el heno, pero siempremejor que la paja. Por la mañana descubrí que el lugar estaba lleno de migas de pan, trozosde periódicos, huesos, ratas muertas y latas vacías.Ya estábamos cerca del frente, lo bastante cerca como para sentir el olorcaracterístico de la guerra, según mi experiencia, una mezcla de excrementos y alimentosen putrefacción. Alcubierre no había sido bombardeada y su estado era mejor que el de lamayoría de las aldeas cercanas a la línea de fuego. Con todo, creo que ni siquiera entiempos de paz sería posible viajar por esa parte de España sin sentirse impresionado por lamiseria peculiar de las aldeas aragonesas. Están construidas como fortalezas: una masa decasuchas hechas de barro y piedras, apiñadas alrededor de la iglesia. Ni siquiera enprimavera se ven flores. Las casas no tienen jardines, sólo cuentan con patios donde flacas
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1010aves de corral resbalan sobre lechos de estiércol de mula. El tiempo era malo, con niebla ylluvia alternadas. Con el agua y el tránsito los estrechos caminos de tierra se habíanconvertido en barrizales, en algunas partes de medio metro de profundidad, por los que lasruedas de los camiones patinaban a gran velocidad y los campesinos conducían susdesvencijados carros tirados por hileras de mulas, a veces de hasta seis animales cada una.El constante ir y venir de las tropas había reducido la aldea a un estado de mugreindescriptible. Ésta no tenía ni había tenido nunca algo similar a un retrete o un albañal. Nohabía ni un solo centímetro cuadrado donde se pudiera pisar sin fijarse dónde se ponía elpie. Hacía ya mucho que la iglesia se utilizaba como letrina, y lo mismo ocurría con loscampos en medio kilómetro a la redonda. Al evocar mis primeros dos meses de guerra,nunca puedo evitar el recuerdo de las costras de excrementos que cubrían los bordes de losrastrojos.Transcurrieron dos días y aún no nos entregaban los fusiles. Después de visitar elComité de Guerra y observar la hilera de orificios en la pared -orificios producidos pordescargas de fusil, pues allí se ejecutó a varios fascistas- uno ya conocía todo lo que deinteresante contiene Alcubierre. El frente estaba evidentemente tranquilo, pues venían muypocos heridos. El principal motivo de excitación fue la llegada de desertores fascistas, aquienes se traía bajo custodia. Muchas de las tropas enfrentadas a nosotros en esta parte delfrente no eran en absoluto fascistas, sino desgraciados reclutas que estaban haciendo elservicio militar en el momento en que estalló la guerra y que sólo pensaban en escapar.Ocasionalmente, pequeños grupos de ellos trataban de llegar hasta nuestras líneas. Sinduda, muchos más lo habrían hecho si sus parientes no se hubieran encontrado en territoriofascista. Estos desertores eran los primeros fascistas «verdaderos» que yo veía. Mesorprendió que no hubiera entre ellos y nosotros ninguna diferencia, con la excepción deque usaban monos de color caqui. Siempre llegaban muertos de hambre, lo cual erabastante natural después de estar ocultos uno o dos días en tierra de nadie, pero en cadaoportunidad se señalaba ese hecho con tono triunfal como prueba de que las tropasenemigas estaban famélicas. Y en cierto modo constituían un espectáculo penoso: unmuchacho alto, de unos veinte años, de piel muy curtida por el viento, con la ropaconvertida en harapos, en cuclillas junto al fuego, engullía un plato de estofado a unavelocidad desesperada, mientras sus ojos recorrían nerviosamente el círculo de milicianosque lo observaban. Seguía creyendo, supongo, que éramos «rojos» sedientos de sangre yque lo fusilaríamos en cuanto hubiera terminado de comer. El miliciano armado que lovigilaba le acariciaba el hombro tranquilizadoramente. En cierto día memorable, quincedesertores llegaron de una sola tanda. Un individuo, montado en un caballo blanco, losconducía triunfalmente a través de la aldea. Me las ingenié para sacar una fotografía que -resultó bastante borrosa y que más tarde me robaron.En nuestra tercera mañana en Alcubierre llegaron los fusiles. Un sargento de rostrorudo y amarillento los distribuyó en el establo de mulas. Estuve a punto de desmayarmecuando vi el trasto que me entregaron. Era un máuser alemán fechado en 1896; ¡tenía másde cuarenta años! Estaba oxidado, tenía la guarnición de madera rajada y el cerrojo trabadoy el cañón corroído e inutilizable. La mayoría de los fusiles eran igual de malos, algunos deellos incluso peores, y no se hizo el menor intento de asignar las mejores armas a loshombres que sabían utilizarlas. El más eficaz de los fusiles, de sólo diez años deantigüedad, fue entregado a una bestezuela de quince años a quien todos conocían como el«maricón». El sargento dio cinco minutos de una «instrucción» que consistió en explicarcómo se carga el fusil y cómo se desarma el cerrojo. Muchos de los milicianos nuncahabían tenido un fusil en las manos, y supongo que muy pocos sabían para qué servía la
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1111mira. Se distribuyeron cartuchos, cincuenta por hombre; luego formamos fila, noscolocamos las mochilas a la espalda y partimos hacia el frente, situado a unos cincokilómetros.La centuria, ochenta hombres y varios perros, avanzó desordenadamente por lacarretera. Cada compañía de la milicia contaba por lo menos con un perro en calidad demascota. El desgraciado animal que marchaba con nosotros tenía marcadas a fuego lasiniciales POUM en letras enormes, y trotaba a nuestra vera como si tuviera conciencia deque su aspecto no era del todo normal. A la cabeza de la columna, junto a la bandera roja, elrobusto comandante belga, Georges Kopp, montaba un caballo negro; un poco másadelante, un jovenzuelo de la milicia montada hacía caracolear su caballo, subiendo algalope todas las cuestas y adoptando actitudes pintorescas en las partes más altas. Losespléndidos corceles de la caballería española, capturados en grandes cantidades alcomienzo de la revolución, fueron entregados a los milicianos, pero éstos parecíanempeñados en conducirlos a una rápida muerte por agotamiento.La carretera avanzaba entre campos yermos y amarillos, intactos desde la cosecha delaño anterior. Ante nosotros se levantaba la sierra baja situada entre Alcubierre y Zaragoza.Ya nos acercábamos al frente, a las granadas, las ametralladoras y el barro. Secretamente,sentía miedo. Sabía que la línea estaba tranquila en ese momento, pero, a diferencia de lamayoría de los hombres que me rodeaban, tenía edad suficiente como para recordar la GranGuerra, aunque no bastante como para haber luchado en ella. Para mí la guerra significabaestruendo de proyectiles y fragmentos de acero saltando por los aires; pero, por encima detodo, significaba lodo, piojos, hambre y frío. Es curioso, pero temía el frío mucho más queal enemigo. Este temor me había perseguido durante toda mi estancia en Barcelona; inclusohabía permanecido despierto durante las noches imaginando el frío de las trincheras, lasguardias en las madrugadas grises, las largas horas de centinela con un fusil helado, el barroque se deslizaba dentro de mis botas. Asimismo, admito que experimentaba una suerte dehorror al contemplar a los hombres junto a quienes marchaba. Resulta difícil concebir ungrupo más desastroso de gente. Nos arrastrábamos por el camino con mucha menoscohesión que una manada de ovejas; antes de avanzar cuatro kilómetros, la retaguardia dela columna se había perdido de vista. La mitad de esos llamados «hombres» eran criaturas,realmente criaturas, de dieciséis años como máximo. Sin embargo, todos se sentían felicesy excitados ante la perspectiva de llegar por fin al frente. A medida que nos acercábamos ala línea de fuego, los muchachos que rodeaban la bandera roja en la vanguardiacomenzaron a dar gritos de «¡Visca POUM!», «¡Fascistas maricones!» y otros por el estilo;gritos que tenían como fin dar una impresión agresiva y amenazadora pero que, al salir deesas gargantas infantiles, sonaban tan patéticos como el llanto de los gatitos. Parecíaincreíble que los defensores de la República fueran esa turba de chicos zarrapastrosos,armados con fusiles antiquísimos que no sabían usar. Recuerdo haberme preguntado si depasar un aeroplano fascista por el lugar, el piloto se hubiera molestado siquiera endescender y disparar su ametralladora. Sin duda, desde el aire podría haberse dado cuentade que estábamos lejos de ser verdaderos soldados.Cuando la carretera comenzó a internarse en la sierra, doblamos hacia la derecha ytrepamos por un estrecho sendero de mulas que ascendía por la ladera de la montaña. Enesa región de España las colinas tienen una formación curiosa, en forma de herradura, concimas planas y laderas muy empinadas que descienden hacia inmensos barrancos. En loslugares más altos no crece nada, excepto brezos y arbustos achaparrados entre los queasoman los huesos blancos de la piedra caliza. Allí el frente no era una línea continua detrincheras, lo cual hubiera resultado imposible en un terreno tan montañoso, sino
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1212simplemente una cadena de puestos fortificados, conocidos siempre como «posiciones»,colgados en la cumbre de cada colina. En la distancia podía verse nuestra «posición» en lacresta de la herradura: una barricada irregular de sacos de arena, una bandera roja ondeandoy el humo de las fogatas. Un poco más cerca, ya se percibía un hedor dulzón, nauseabundo,que se mantuvo en mis narices durante semanas. Inmediatamente detrás de la posición, enuna grieta, se habían arrojado los desperdicios de meses: un profundo y supurante lecho derestos de pan, excrementos y latas herrumbrosas.La compañía a la que relevábamos se encontraba recogiendo su equipo. Los hombreshabían permanecido en el frente durante tres meses; casi todos lucían largas barbas, teníanlos uniformes cubiertos de barro y las botas destrozadas. El capitán a cargo de la posiciónsalió arrastrándose de su refugio y nos saludó. Se llamaba Levinski, pero todos lo conocíanpor Benjamín, y aunque era un judío polaco hablaba francés como si fuera su lenguamaterna. Era un joven bajo, de unos veinticinco años, de cabello negro y recio y un rostropálido y ansioso, siempre sucio en ese periodo de la guerra. Unas pocas balas perdidassilbaban muy por encima de nuestras cabezas. La posición era un recinto semicircular deunos cincuenta metros de diámetro, con un parapeto construido en parte con sacos de arenay en parte con montones de piedra caliza. Había treinta o cuarenta refugios subterráneoscavados en el terreno como cuevas de ratas. William, su cuñado español y yo nos dejamoscaer en el más cercano y de aspecto habitable. En alguna parte del lado opuesto resonabaintermitentemente un fusil, produciendo extraños ecos entre las colinas. Acabábamos dedescargar los equipos y - nos arrastrábamos fuera del refugio cuando se produjo otrodisparo y uno de los chicos de nuestra compañía se abalanzó desde el parapeto con el rostrobañado en sangre. Al disparar su fusil, por algún motivo le había estallado el cerrojo. Lasesquirlas de la recámara le habían dejado el cuero cabelludo hecho jirones. Nos iniciábamoscon una baja, y, como se iba a hacer habitual, causada por nosotros mismos.Por la tarde hicimos nuestra primera guardia y Benjamín nos llevó a recorrer laposición. Frente al parapeto había un sistema de trincheras angostas, cavadas en la roca,con troneras muy primitivas hechas con pilas de piedra caliza. Doce centinelas estabanapostados en diversos puntos de la trinchera y por detrás del parapeto interior. Delante de latrinchera había alambradas, y luego la ladera descendía hacia un precipicio aparentementesin fondo; más allá se levantaban colinas desnudas, en ciertos lugares meros peñascosabruptos, grises e invernales, sin vida alguna, ni siquiera un pájaro. Espié cautelosamentepor la tronera, tratando de descubrir la trinchera fascista.-¿Dónde está el enemigo?Benjamín hizo un amplio gesto con la mano y en un inglés horrible me respondió:-Por allí.-Pero ¿dónde?De acuerdo con mis ideas sobre la guerra de trincheras, las fascistas debían de estar aunos cincuenta o cien metros. No podía ver nada; aparentemente, sus trincheras estabanmuy bien escondidas. Con gran pesar seguí la dirección que señalaba Benjamín: en la cimade la colina opuesta, al otro lado del barranco, por lo menos a unos setecientos metros, seveía el diminuto borde de un parapeto y una bandera roja y amarilla. ¡La posición fascista!Me sentí indescriptiblemente desilusionado: estábamos muy lejos de ellos y, a esa distancia,nuestros fusiles resultaban totalmente inútiles. Pero, en ese momento, se produjo una granconmoción: dos fascistas, figuritas grises en la distancia, ascendían torpemente la desnudaladera opuesta. Benjamín se apoderó del fusil que tenía más cerca, apuntó y apretó elgatillo. ¡Click! Un cartucho defectuoso; me pareció un mal presagio.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1313Los nuevos centinelas no habían acabado de ocupar su puesto cuando comenzaron alanzar una terrible descarga contra nada en particular. Podía ver a los fascistas, diminutoscomo hormigas, moverse protegidos tras su parapeto, y a veces la manchita negra de unacabeza que se detenía por un instante, exponiéndose imprudentemente. Era evidente que notenía sentido disparar. No obstante, en ese momento el centinela de mi izquierda, en actitudtípicamente española, abandonó su puesto, se deslizó hasta mi sitio y comenzó a incitarmepara que lo hiciera. Traté de explicarle que a esa distancia y con esos fusiles era imposibleacertarle a nadie salvo por casualidad. Pero era un niño y siguió señalándome con el armahacia una de las manchitas y sonriendo tan ansiosamente como un perro que espera quearrojen la piedra que ha de ir a buscar. Finalmente, coloqué la mira a setecientos y tiré. Lamanchita desapareció. Confío en que pasara lo bastante cerca como para hacerle dar unrespingo. Era la primera vez en mi vida que disparaba un arma contra un ser humano.Ahora que conocía el frente me sentía profundamente asqueado. ¡A eso le llamabanguerra! ¡Si apenas se entraba en contacto con el enemigo! No me preocupé por mantener lacabeza por debajo del nivel de la trinchera. Poco más tarde, sin embargo, una bala pasójunto a mi oído con un desagradable silbido y se estrelló contra la protección trasera.Confieso que me zambullí. Toda la vida había jurado que no me agacharía la primera vezque una bala pasara sobre mi cabeza, pero el movimiento parece ser instintivo y casi todo elmundo lo hace, por lo menos una vez.3Cinco cosas son importantes en la guerra de trincheras: leña, comida, tabaco, velas yel enemigo. En invierno, en el frente de Zaragoza, eran importantes en ese orden, con elenemigo en un alejado último puesto. No siendo por la noche, durante la cual siempre cabíaesperar un ataque por sorpresa, nadie se preocupaba por el enemigo. Lo veíamos como aremotos insectos negros que ocasionalmente saltaban de un lado a otro. La verdaderapreocupación de ambos ejércitos consistía en combatir el frío.Debo decir, de paso, que durante mi permanencia en España tuve oportunidad depresenciar muy poca lucha. Estuve en el frente de Aragón desde enero hasta mayo, y entreenero y finales de marzo poco o nada ocurrió allí, excepto en Teruel. En marzo se produjouna lucha enconada en los alrededores de Huesca, pero yo desempeñé en ella un papel muyinsignificante. Más tarde, en junio, tuvo lugar el desastroso ataque contra Huesca en el que,en un solo día, murieron varios miles de hombres, pero yo había sido herido y meencontraba lejos cuando eso ocurrió. Las cosas que uno normalmente considera como loshorrores de la guerra rara vez me sucedieron. Ningún aeroplano dejó caer una bomba cercade mí, no creo que alguna granada haya explotado jamás a menos de diez metros de dondeme encontraba, y sólo una vez participé en una lucha cuerpo a cuerpo (debo decir que conuna vez hay de sobra). Desde luego, a menudo estuve bajo un pesado fuego deametralladora, pero por lo común a distancias muy grandes. Incluso en Huesca uno sehallaba por lo general a salvo, si tomaba precauciones razonables.Allí arriba, en las colinas que circundan Zaragoza, se trataba simplemente de lamezcla de aburrimiento e incomodidad inherentes a la fase estacionaria de la guerra. Unavida tan monótona como la de un empleado de ciudad, y casi tan regular. Montar guardia,patrullar; cavar; cavar, patrullar, montar guardia. En la cima de cada colina, fascista o leal,
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1414un conjunto de hombres sucios y andrajosos tiritaba en torno a su bandera y trataba deentrar en calor. Y durante todo el día y toda la noche, balas perdidas que erraban a través devalles desiertos y sólo por alguna improbable casualidad acababan alojándose en un cuerpohumano.A menudo solía contemplar el paisaje invernal y maravillarme de la futilidad de todo.¡Qué absurda era una guerra así! Un poco antes, por octubre, se había producido una luchasalvaje en esas colinas; luego, debido a la falta de hombres y armas, en particular deartillería, las operaciones a gran escala se tornaron imposibles, y ambos ejércitos seestablecieron y enterraron en las cimas ganadas. A la derecha teníamos una pequeñaavanzada, también del POUM, y una posición del PSUC en la estribación de la izquierda,frente a una colina más alta con varios puestos fascistas salpicados en sus crestas. Lallamada línea zigzagueaba de un lado a otro, siguiendo un dibujo que hubiera resultado deltodo ininteligible si cada posición no hubiese tenido una bandera. Las banderas del POUMy del PSUC eran rojas, la de los anarquistas, roja y negra; los fascistas hacían ondear, por logeneral, la bandera monárquica (roja, amarilla y roja), pero en ocasiones usaban la de laRepública (roja, amarilla y morada). Si se lograba olvidar que cada cumbre estaba ocupadapor tropas y, por lo tanto, cubierta de latas y excrementos, el escenario resultaba estupendo.A nuestra derecha, la sierra doblaba hacia el sudeste y se abría camino por el amplio yvenoso valle que se extiende hasta Huesca. En medio de la planicie se divisaban unos pocosy diminutos cubos que semejaban una tirada de dados; era la ciudad de Robres, en manosleales. Por la mañana, con frecuencia el valle se hallaba oculto por mares de nubes, entrelas cuales surgían las colinas chatas y azules, dando al paisaje un extraño parecido con unnegativo fotográfico. Más allá de Huesca había aún más colinas de formación idéntica,recorridas por estrías de nieve cuyo dibujo se alteraba día a día. A lo lejos, los monstruosospicos de los Pirineos, donde la nieve nunca se derrite, parecían emerger sobre el vacío.Abajo, en la planicie, todo semejaba desnudo y muerto. Las colinas situadas frente anosotros eran grises y arrugadas como la piel de los elefantes. El cielo estaba casi siemprevacío de pájaros. Creo que nunca conocí un lugar donde hubiera tan pocos pájaros. Losúnicos que vi en alguna ocasión fueron una especie de urraca, los pichones de perdices quenos sobresaltaban por la noche con su inesperado aleteo y, muy rara vez, los vuelos dealgunas águilas que se desplazaban lentamente en lo alto, seguidas por disparos de fusil queno las inquietaban lo más mínimo.Por la noche, y cuando había niebla, se enviaban patrullas al valle que mediaba entrenosotros y los fascistas. La tarea no gozaba de popularidad, pues hacía demasiado frío yresultaba muy fácil perderse; no tardé en descubrir que podía conseguir permiso paraintegrar la patrulla tantas veces como quisiera. En los enormes barrancos dentados no habíasenderos o huellas de ninguna especie; sólo podía encontrarse el camino haciendo viajessucesivos y fijándose en las pisadas frescas cada vez. A tiro de bala, el puesto fascista máscercano distaba del nuestro unos setecientos metros, pero la única ruta practicable tenía treskilómetros. Resultaba bastante divertido errar por los valles oscuros mientras las balasperdidas volaban sobre nuestras cabezas como gallinetas sibilantes. Para estas excursiones,más propicias que la noche eran las nieblas densas, que a menudo duraban todo el día ysolían aferrarse a las cimas de las colinas dejando libres los valles. Cuando uno seencontraba cerca de las líneas fascistas, tenía que arrastrarse a la velocidad de un caracol;era muy difícil moverse silenciosamente en esas laderas, entre los arbustos crujientes y lasruidosas piedras calizas. Hasta el tercer o cuarto intento no logré llegar hasta el enemigo.La niebla era muy espesa, y me deslicé hasta la alambrada: podía oír a los fascistas charlary cantar. Con gran alarma, advertí que varios de ellos descendían por la ladera en mi
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1515dirección. Me oculté detrás de un arbusto que de pronto me pareció muy pequeño, y traté deamartillar el fusil sin hacer ruido; por suerte, Se desviaron y no llegaron a verme. Al ladode mi escondite encontré varios restos de la lucha anterior: cartuchos vacíos, una gorra decuero con un agujero de bala, una bandera roja, evidentemente nuestra. La llevé de vuelta ala posición, donde fue convertida sin ningún sentimentalismo en trapos de limpieza.Me habían ascendido a cabo en cuanto llegamos al frente, y tenía a mi cargo unaguardia de doce hombres. No era una ventaja, especialmente al principio. La centuria erauna turba no adiestrada compuesta en su mayoría por adolescentes. De tanto en tanto, unose encontraba con criaturas de hasta once o doce años, por lo común refugiados delterritorio fascista que se habían alistado en la milicia como la manera más fácil deasegurarse el sustento. Por lo general, eran empleados en la retaguardia para tareas livianas,pero a veces se las ingeniaban para escurrirse hasta el frente, donde constituían unaamenaza pública. Recuerdo que una de estas bestezuelas arrojó en broma una granada en elfuego encendido de un refugio. En Monte Pocero creo que nadie tenía menos de quinceaños, pero la edad promedio debe de haber estado muy por debajo de veinte. Losmuchachos de esta edad nunca deberían ser enviados al frente, porque no pueden soportarla falta de sueño que es inseparable de la guerra de trincheras. Al comienzo resultaba casiimposible mantener vigilada nuestra posición de la forma adecuada por la noche. Paradespertar a los desgraciados chicos de mi sección había que sacarlos de sus refugios con lospies por delante, y en cuanto uno volvía la espalda abandonaban sus puestos y se buscabanun lugar resguardado, o bien, a pesar del riguroso frío, se apoyaban contra la pared de latrinchera y se quedaban completamente dormidos. Por suerte, el enemigo nunca se mostrómuy emprendedor. Había noches en que me parecía que nuestra posición podía ser arrasadapor veinte boy scouts armados con rifles de aire comprimido o veinte girl scouts armadascon raquetas.En esa época y hasta mucho más tarde, el sistema en que se basaban las miliciascatalanas seguía siendo el mismo que al comienzo de la guerra. En los primeros días dellevantamiento de Franco, las milicias habían sido apresuradamente organizadas por losdiversos sindicatos y partidos políticos; cada una constituía en esencia una organizaciónpolítica, fiel a su partido tanto como al gobierno central. En 1937, cuando se formó elEjército Popular que era un cuerpo «no político», organizado según criterios más o menoscorrientes, las milicias partidistas quedaron teóricamente incorporadas a él. Pero durantemucho tiempo los únicos cambios introducidos fueron teóricos: las tropas del nuevoEjército Popular llegaron al frente de Aragón en junio, y hasta ese momento el sistema demilicias permaneció invariable. El rasgo esencial del sistema era la igualdad social entreoficiales y soldados. Todos, desde el general hasta el recluta, recibían la misma paga,comían los mismos alimentos, llevaban las mismas ropas y se trataban en términos decompleta igualdad. Si a uno se le ocurría palmear al general que comandaba la división ypedirle un cigarrillo, podía hacerlo y a nadie le resultaba extraño. Por lo menos en teoría,cada milicia era una democracia y no una organización jerárquica. Se daba por sentado quelas órdenes debían obedecerse, pero también que una orden se daba de camarada acamarada y no de superior a inferior. Había oficiales con y sin mando, pero no un escalafónmilitar en el sentido usual; no había ni distintivos ni galones, ni taconazos ni saludosreglamentarios. Dentro de las milicias se intentó crear una especie de modelo provisional dela sociedad sin clases. Desde luego, no existía una perfecta igualdad, pero era lo másaproximado a ella que yo había conocido o que me hubiera parecido concebible en tiempode guerra.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1616No obstante, admito que, a primera vista, el estado de cosas en el frente me horrorizó.¿Cómo demonios podía ganar la guerra un ejército así? Todo el mundo se hacía esapregunta que, si bien era justa, también resultaba gratuita, pues en esas circunstancias, lasmilicias no podían ser mucho mejores de lo que eran. Un ejército mecanizado moderno nobrota de la tierra y, si el gobierno hubiera esperado hasta contar con tropas adiestradas,nunca habría podido hacer frente al fascismo. Más tarde se puso de moda criticar lasmilicias y sostener que los fallos debidos a la falta de armas y de adiestramiento eran elresultado del sistema igualitario. En realidad, una leva recién reclutada de milicianosconstituía una turba indisciplinada, no porque los oficiales llamaran «camaradas» a losreclutas, sino porque las tropas novatas siempre son una turba indisciplinada. En la práctica,el tipo «revolucionario» democrático de disciplina merece más confianza del que cabríaesperar. En un ejército de trabajadores, la disciplina es teóricamente voluntaria, se basa enla lealtad de clase; mientras que la disciplina de un ejército burgués de reclutas se basa, enúltima instancia, en el miedo. (El Ejército Popular que reemplazó a las milicias ocupabauna posición intermedia entre ambos tipos.) En las milicias, el atropello y el abusoinherentes a un ejército corriente no se hubieran tolerado ni por un instante. Los castigosmilitares normales existían, pero sólo se aplicaban en los casos de delitos muy graves.Cuando un hombre se negaba a obedecer una orden, no se le castigaba de inmediato:primero se apelaba a su espíritu de camaradería. Una persona cínica, sin experiencia demando, podrá afirmar sin demora que esto no puede «funcionar» jamás, pero lo cierto esque «funciona».La disciplina de incluso las peores levas de la milicia mejoró notablemente a medidaque transcurría el tiempo. En enero, la tarea de dirigir una docena de reclutas novatos casime hizo encanecer. En mayo, actué durante un breve período como teniente, al mando deunos treinta hombres, ingleses y españoles. Todos habíamos estado en el frente durantemeses, y nunca tuve la más mínima dificultad para conseguir que obedecieran una orden ose ofrecieran voluntariamente para una tarea peligrosa. La disciplina revolucionariadepende de la conciencia política, de la comprensión de por qué deben obedecerse lasórdenes; necesita tiempo para formarse, pero también se necesita tiempo para convertir a unhombre en un autómata dentro del cuartel. Los periodistas que se burlaban del sistema demilicias pocas veces recordaban que éstas tuvieron que contener al enemigo mientras elEjército Popular se adiestraba en la retaguardia. Y el mero hecho de que las milicias hayanpermanecido en el frente constituye un tributo a la fuerza de la disciplina revolucionaria,pues hasta junio de 1937 lo único que las retuvo allí fue la lealtad de clase. Se podía fusilara los desertores individuales, y eso es lo que se hacía ocasionalmente, pero si un millar dehombres decidiera abandonar el frente, ninguna fuerza podría detenerlos. Un ejército dereclutas en las mismas circunstancias y sin una policía militar para vigilarlos hubieraretrocedido. Las milicias en cambio defendieron sus posiciones. Dios sabe que obtuvieronmuy pocas victorias, pero las deserciones individuales no fueron comunes. En cuatro ocinco meses en la milicia del POUM sólo supe de cuatro desertores, y dos de ellos eran casiseguro espías que se habían alistado para obtener información. Al comienzo, el aparentecaos, la falta general de adiestramiento, el hecho de que a menudo uno debía discutirdurante cinco minutos para conseguir que se obedeciera una orden me espantaban y meenfurecían. Tenía ideas típicas del ejército británico, y ciertamente las milicias españolaseran bastante diferentes del ejército británico. Pero, considerando las circunstancias, eranmejores tropas de lo que se tenía derecho a esperar.Y mientras tanto, la leña, siempre la leña. Durante todo ese período, probablementeno haya ninguna anotación en mi diario donde no se mencione la leña o, mejor dicho, la
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1717falta de ella. Nos encontrábamos entre unos seiscientos y novecientos metros por encimadel nivel del mar, estábamos en pleno invierno y el frío era inenarrable. La temperatura noera excepcionalmente baja, muchas noches ni siquiera helaba, y el sol invernal brillaba amenudo durante una hora al mediodía, pero se pasaba mucho frío. A veces soplaban vientosululantes que nos arrancaban la gorra y nos hacían volar el cabello en todas direcciones,nieblas que se introducían en la trinchera como un líquido y parecían penetrar hasta loshuesos; llovía con frecuencia, y un cuarto de hora de lluvia bastaba para que lascondiciones se tornaran insoportables. La delgada capa de tierra por encima de la piedra notardaba en convertirse en una pasta resbaladiza y, como siempre se caminaba sobrependiente, resultaba imposible conservar el equilibrio. En las noches oscuras a menudo mecaía media docena de veces en menos de veinte metros; esto era peligroso, pues el segurodel fusil podía atascarse con el barro. Durante varios días seguidos la ropa, las botas, lasmantas y las armas se quedaban embarradas. Yo había llevado tanta ropa de abrigo comopude, pero muchos carecían de lo esencial. Para toda la guarnición, unos cien hombres, sólohabía doce capotes, que los centinelas se pasaban unos a otros, y la mayoría contabaúnicamente con una manta. Una noche helada hice en mi diario una lista de las prendas quetenía puestas. Resulta interesante recordarla para mostrar la cantidad de ropa que un cuerpohumano puede soportar. Llevaba un chaleco grueso y pantalones, una camisa de franela,dos jerséis, una chaqueta de lana, otra de cuero, pantalones de pana, calcetines gruesos,polainas, botas, un pesado capote, una bufanda, guantes forrados y gorra de lana. Noobstante, temblaba como una hoja. Pero admito que soy particularmente sensible al frío.La leña era lo que realmente importaba. Y representaba todo un problema, porqueprácticamente no había. Nuestra miserable montaña no había tenido mucha vegetación nien sus mejores momentos, y durante meses había sido arrasada por congelados milicianos,con el resultado de que todo aquello que fuera más grueso que un dedo había sido quemadohacía ya mucho tiempo. Cuando no estábamos comiendo, durmiendo, de guardia ohaciendo alguna faena, recorríamos el valle en busca de combustible. Recuerdo que nosarrastrábamos por pendientes casi verticales, sobre la áspera piedra caliza que nosdestrozaba las ropas, para arrojarnos ávidamente sobre diminutas ramitas. Tres hombres,buscando un par de horas, podían recoger bastante combustible como para un fuego de unahora. Nuestras búsquedas de leña nos transformaron en expertos botánicos. Clasificábamos,de acuerdo con sus posibilidades de combustión, las plantas que crecían en las laderas: lasdiversas clases de brezos y hierbas que servían para prender el fuego, pero ardían sólo unospocos minutos; el romero silvestre y los pequeños arbustos de retama que ardían cuando elfuego estaba ya bien encendido; el roble enano, más pequeño que un arbusto de grosellas yprácticamente incombustible. Había un tipo de caña seca que resultaba muy útil paraencender el fuego, pero sólo crecía en la colina situada a la izquierda de la posición y paraconseguirla había que hacer frente a las-balas. Si los soldados fascistas al mando de lasametralladoras te veían, te dedicaban todo un tambor de munición. Por lo general,apuntaban demasiado alto y las balas cantaban como pájaros por encima de nuestrascabezas, pero a veces se estrellaban a nuestras espaldas y hacían saltar trocitos de roca auna distancia desagradablemente corta, provocando que nos tirásemos cuerpo a tierra. Noobstante, luego proseguíamos con la recogida de cañitas; nada tenía tanta importancia comola leña.Comparadas con el frío, las otras molestias parecían insignificantes. Desde luego,todos estábamos permanentemente sucios. El agua que bebíamos, al igual que losalimentos, se traía en mulas desde Alcubierre, y la porción diaria correspondiente a cadahombre no llegaba a un litro. Era un líquido repugnante, apenas más transparente que la
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1818leche, y sólo debía utilizarse para beber, pero yo siempre robaba un poco para lavarme porla mañana. Solía lavarme un día y afeitarme al siguiente: el agua nunca alcanzaba paraambas cosas a la vez. La posición tenía un hedor nauseabundo, y fuera del pequeño recintode la barricada había excrementos por todas partes. Algunos milicianos tenían porcostumbre defecar en la trinchera, lo cual no resultaba nada grato cuando había querecorrerla a oscuras. La suciedad, sin embargo, nunca me preocupó. La gente hacedemasiado alboroto en torno a la suciedad. Resulta sorprendente comprobar con cuántarapidez es posible acostumbrarse a no usar pañuelo y a comer en el mismo recipiente enque uno se lava. El hecho de dormir con la ropa que se ha usado durante el día también dejóde ser penoso al cabo de poco tiempo. Desde luego, era imposible quitarse la ropa por lanoche, y en especial las botas: había que estar listo para presentarse instantáneamente encaso de ataque. En ochenta noches me desvestí sólo tres veces, si bien me las ingenié endiversas ocasiones para quitarme la ropa durante el día. Hacía demasiado frío como paraque hubiera piojos, pero las ratas y los ratones abundaban. A menudo se dice que no seencuentran ratas y ratones en el mismo lugar, pero ello no es cierto cuando hay bastantecomida para ambos.En otros aspectos nuestra situación no era tan mala. La comida era bastantesatisfactoria y abundaba el vino. Los cigarrillos seguían distribuyéndose a razón de unpaquete diario, los fósforos se entregaban día por medio y las velas se repartían conregularidad. Éstas eran muy delgadas, como las que suelen verse en un pastel de Navidad, yse suponía que procedían de las iglesias. Cada puesto de la trinchera recibía diariamentetres pulgadas de vela, cantidad que duraba unos veinte minutos. En esa época todavía sepodía comprar velas, y yo había traído conmigo una buena cantidad.Más tarde, la falta de fósforos y velas convirtió nuestra vida en una tortura. Uno nocomprende la importancia de estas cosas hasta que carece de ellas. En una alarma nocturna,por ejemplo, cuando todo el mundo busca a tientas un fusil pisando a los vecinos, laposibilidad de encender una luz puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.Cada miliciano contaba con una yesca y varios metros de mecha amarilla, elementos que,después del fusil, constituían su posesión más importante. Estas yescas tienen la enormeventaja de que pueden encenderse aunque sople viento, pero arden sin llama, por lo cual nosirven para hacer fuego. Cuando la carencia de fósforos alcanzó su punto culminante, laúnica forma de conseguir una llama consistía en sacar la bala del cartucho y encender lacordita con una yesca.Era una vida extraordinaria la que llevábamos, una manera extraordinaria de estar enguerra, si puede hablarse de guerra. Toda la milicia protestaba contra la inactividad yclamaba constantemente por saber por que no se nos permitía atacar. Pero resultabaperfectamente obvio que no habría ninguna batalla durante mucho tiempo, a menos que elenemigo la iniciara. Georges Kopp se mostró muy franco con nosotros en sus girasperiódicas de inspección. «Esto no es una guerra», solía decir, «es una ópera cómica conalguna muerte ocasional». En realidad, el estancamiento en el frente de Aragón obedecía acausas políticas que yo ignoraba por completo en esa época, pero las dificultades puramentemilitares, aparte de la falta de reservas de hombres, resultaban evidentes.Para empezar, hay que tener en cuenta la naturaleza de la región. La línea del frente,la nuestra y la de los fascistas, estaba ubicada en posiciones con enormes proteccionesnaturales, a las que por lo general sólo era posible aproximarse desde un costado. Basta concavar unas pocas trincheras para que tales lugares estén a cubierto de la infantería, salvoque ésta sea abrumadoramente numerosa. En nuestra posición o en la mayoría de las quenos rodeaban, una docena de hombres con dos ametralladoras podrían haber contenido a
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1919todo un batallón. Ubicados como estábamos en las cimas de las colinas, constituíamosblancos perfectos para la artillería, pero no había artillería. A veces me ponía a contemplarel paisaje y ansiaba -con qué pasión!- tener un par de baterías de cañones. Las posicionesenemigas se podrían haber destruido una tras otra con la misma facilidad con que se partennueces con un martillo. Pero sencillamente no contábamos con un solo cañón. Los fascistaslograban a veces traer uno o dos de Zaragoza y hacer unos pocos disparos, tan pocos quenunca calcularon siquiera la distancia y los proyectiles se hundían inocuamente en losbarrancos vacíos. Frente a ametralladoras y sin artillería sólo pueden hacerse tres cosas:permanecer en refugios cavados a una distancia segura, digamos cuatrocientos metros;avanzar a campo abierto y ser masacrados, o realizar ataques nocturnos en pequeña escalaque no modifican la situación general. En la práctica, la alternativa es estancamiento osuicidio.Y a todo esto había que añadir la carencia de material de guerra de todo tipo. Senecesita un cierto esfuerzo para comprender lo mal armadas que estaban las milicias en esaépoca. Cualquier escuela OTC de Inglaterra se parecía mucho más a un ejército modernoque nosotros. El mal estado de nuestras armas era tan increíble que vale la pena describirloen detalle.Toda la artillería asignada a este sector del frente consistía en cuatro morteros detrinchera con quince cargas cada uno. Desde luego, eran demasiado valiosos como para serutilizados, por lo cual eran guardados en Alcubierre. Había ametralladoras en la proporciónaproximada de una por cada cincuenta hombres; eran armas viejas, pero bastante precisashasta una distancia de trescientos a cuatrocientos metros. Aparte de esto, sólo contábamoscon nuestros fusiles, la mayoría de los cuales sólo valían como hierro viejo. Se utilizabantres tipos de fusil. Uno era el máuser largo; casi todos con más de veinte años deantigüedad, con miras tan útiles como un velocímetro roto y la estría completamenteoxidada. A pesar de ello, uno de cada diez no funcionaba del todo mal. Luego teníamos elmáuser corto, o mosquetón, que es en realidad un arma de caballería. Gozaba de mayorpopularidad que los otros porque era más liviano, estorbaba menos en la trinchera y,también, porque era comparativamente nuevo y parecía más eficaz. En verdad, se trataba dearmas casi inútiles. Estaban hechas con partes de otras armas, ningún cerrojo correspondíaa su fusil, y podía darse por descontado que el setenta y cinco por ciento dejaba defuncionar después de cinco tiros. También había unos pocos winchester, muy cómodos demanejo, pero enormemente imprecisos y que había que cargar después de cada tiro, puestoque no se disponía de los cargadores correspondientes. Las municiones eran tan escasas quecada recién llegado apenas recibía cincuenta cargas, la mayoría de ellas de muy malacalidad. Los cartuchos de fabricación española eran todos usados y vueltos a cargar yatascaban el mejor de los fusiles. En cambio, los mexicanos eran superiores, por lo cualeran reservados para las ametralladoras. La mejor munición era la de origen alemán, perocomo ésta provenía únicamente de los prisioneros y desertores, no abundaba demasiado. Yotenía siempre en el bolsillo un paquete de cartuchos alemanes o mexicanos para utilizar encaso de emergencia. Pero, en la práctica, si se llegaba a producir una emergencia, casinunca disparaba mi fusil: tenía demasiado miedo de que se trabara aquel maldito trasto yquería reservar por lo menos una carga que disparase de verdad. No teníamos cascos nibayonetas, carecíamos de revólveres o pistolas y no había más que una granada por cadacinco o diez hombres. La granada utilizada en esa época era un objeto terrorífico conocidocomo «granada FM», inventada por los anarquistas en los primeros días de la guerra. Sebasaba en el principio de una bomba Milís, pero la palanca no estaba sostenida por unseguro, sino por un trozo de cinta adhesiva. Al arrancar la tira había que librarse de ella a la
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2020mayor velocidad posible. Se decía que estas granadas eran «imparciales»: mataban tanto alenemigo como a quien las arrojaba. Disponíamos de varios tipos más, incluso másprimitivos, pero probablemente algo menos peligrosos... para el que tiraba, por supuesto.Hasta finales de marzo no vi una granada digna de tal nombre.A la escasez de armas se sumaba la de todos los otros elementos de importancia enuna guerra. No teníamos mapas ni planos, por ejemplo. En España nunca se había hecho unregistro cartográfico completo, y los únicos mapas detallados de esa zona eran los viejosmapas militares, casi todos en poder de los fascistas. No contábamos con telémetros,telescopios, periscopios, prismáticos - excepto unos pocos de propiedad privada-, luces deBengala o Veri, tenazas para cortar las alambradas, herramientas de armero, ni tampocosiquiera con material de limpieza. Los españoles no parecían haber oído hablar nunca deuna baqueta y me observaron sorprendidos mientras yo la fabricaba. Cuando uno queríalimpiar el fusil, lo llevaba al sargento, quien poseía una larga varilla de latóninvariablemente torcida que, por lo tanto, raspaba el cañón. Ni siquiera había aceite para lasarmas. Eran lubricadas con aceite de oliva, cuando se podía conseguir. En distintasocasiones tuve que engrasar el mío con vaselina, con crema para el cutis y hasta con tocino.Además, no teníamos faroles ni linternas. Creo que en todo nuestro sector no había nadaparecido a una linterna eléctrica, y el sitio más cercano donde se podía conseguir una eraBarcelona, y eso no sin dificultades.A medida que transcurría el tiempo y los aislados disparos de fusil resonaban entrelas colinas, comencé a preguntarme con creciente escepticismo si alguna vez ocurriría algoque proporcionara un poco de vida, o más bien un poco de muerte, a esa extravaganteguerra. Luchábamos contra la pulmonía, no contra hombres. Cuando las trincheras estánseparadas por más de quinientos metros, nadie resulta herido si no es por casualidad. Desdeluego, había bajas, pero en su mayoría no eran causadas por el enemigo. Si la memoria nome engaña, los primeros cinco heridos que vi en España debían sus lesiones a nuestraspropias armas, y no quiero decir que fueran intencionadas, desde luego, sino producto de unaccidente o descuido. Nuestros gastados fusiles constituían un verdadero peligro. Algunosde ellos dejaban escapar el tiro si la culata se golpeaba contra el suelo; vi un hombre con lamano atravesada por un proyectil a causa de este defecto. Y en la oscuridad, los reclutasnovatos se tiroteaban continuamente entre sí. Cierta vez, cuando todavía no era nochecerrada, un centinela me disparó desde una distancia de veinte metros, y me erró por uno.Quién sabe cuantas veces la mala puntería española me salvó la vida. En otra ocasión, alsalir de patrulla en medio de la niebla, tomé la precaución de avisar de antemano al jefe dela guardia. Al regresar, tropecé contra un arbusto; el centinela comenzó a gritar que losfascistas se acercaban y tuve el placer de oír al jefe de la guardia ordenar que dispararan sindemora. Por supuesto, me mantuve echado y las balas pasaron por encima sin lastimarme.No hay nada que pueda convencer a un español, sobre todo a un español joven, de que lasarmas de fuego son peligrosas. Cierta vez, poco después del episodio Anterior, meencontraba fotografiando a unos soldados encargados de una ametralladora, que apuntabadirectamente hacia mí.-No tiréis -dije en tono de broma, mientras enfocaba la cámara.-Oh no, no tiraremos.Un segundo después oí fuertes estampidos y numerosas balas pasaron tan cerca de micara que unos granos de cordita me irritaron la mejilla. No hubo mala intención y a losmilicianos les pareció una estupenda broma. Unos pocos días antes habían visto a un pobreconductor de mulas accidentalmente muerto de cinco balazos por un delegado político quehacía el payaso con una pistola automática.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2121Las difíciles contraseñas que la milicia utilizaba en esa época constituían otra fuentede peligros. Se trataba de complicadas consignas dobles en las cuales era necesarioresponder a una palabra con otra. Por lo general tenían un acento afirmativo yrevolucionario, tal como cultura-progreso, o seremos-invencibles, y a menudo resultabaimposible conseguir que los centinelas analfabetos recordaran estas palabras altisonantes.Recuerdo que una noche la contraseña era Cataluña- heroica, y un joven campesino derostro redondo, llamado Jaime Doménech, se me acercó, muy desconcertado, y me pidióque le explicara:-Heroica... ¿Qué quiere decir heroica?Le expliqué que era sinónimo de valiente. Poco después avanzaba tropezando por latrinchera a oscuras cuando el centinela le gritó:-¡Alto! ¡Cataluña!-¡Valiente! -respondió Jaime, seguro de recordar la palabra exacta.-¡Bang!Afortunadamente, el centinela erró. En esta guerra, todo el mundo le erraba a todo elmundo, siempre que fuera humanamente posible.4Hacía unas tres semanas que estábamos en el frente, cuando llegó a Alcubierre uncontingente de veinte o treinta hombres enviados desde Inglaterra por el ILP [PartidoLaborista Independiente], y como se decidió que los ingleses estuviéramos juntos en estefrente, a William y a mí nos llevaron donde ellos. Nuestra nueva posición estaba situada enMonte Oscuro, varios kilómetros hacia el oeste y a la vista de Zaragoza.La posición estaba encaramada en una especie de cresta afilada de piedra caliza, concuevas cavadas horizontalmente en el risco como nidos de golondrinas. Aquéllas seprolongaban increíblemente en la roca, eran muy oscuras y tan bajas que no se podíarecorrerlas ni siquiera de rodillas. En los picos situados a nuestra izquierda había otras dosposiciones del POUM, una de las cuales constituía un objeto de fascinación para todos loshombres de la línea de fuego, pues allí se encargaban de la cocina tres milicianas. Estasmujeres no eran precisamente hermosas, pero se consideró conveniente aislarlas de loshombres de otras compañías. Quinientos metros a nuestra derecha, en la curva orientadahacia Alcubierre, en el lugar donde el camino estaba en poder de los fascistas, había unpuesto del PSUC. Por la noche podíamos ver las lámparas de nuestros camiones deabastecimiento provenientes de Alcubierre y, al mismo tiempo, las de los fascistas quevenían de Zaragoza. A unos veinte kilómetros hacia el sudoeste también Zaragoza eravisible: una delgada hilera de luces como ojos de buey de un barco iluminado. Las tropasdel gobierno la contemplaban en la distancia desde 1936, y siguen contemplándola todavía.Nosotros éramos unos treinta (incluido Ramón, un español, cuñado de William), yademás una docena de españoles encargados de las ametralladoras. Aparte de una o dosexcepciones inevitables -como es bien sabido, la guerra atrae mucha gentuza- los inglesesconstituían un grupo excepcionalmente bueno, tanto física como mentalmente. Quizá elmejor de todos era Bob Smillie, nieto del famoso dirigente minero, y que más tardeencontró una muerte tan perversa y absurda en Valencia. Dice mucho en favor del carácterespañol el hecho de que los ingleses y los españoles siempre se llevaran bien, a pesar de la
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2222dificultad idiomática. Descubrimos que todos los españoles conocían dos expresionesinglesas: una era «OK, baby»; y la otra, una palabra utilizada por las prostitutas deBarcelona en su trato con los marineros ingleses y que me temo que los cajistas se negaríana imprimir.Una vez más, en el frente no ocurría nada, exceptuando alguna bala esporádica y,muy rara vez, el estrépito de un mortero fascista que nos hacía correr hasta la trinchera másalta para ver contra qué colina se estrellaban los proyectiles. Aquí el enemigo estaba algomás cerca, quizá a unos trescientos o cuatrocientos metros. La posición más próximaquedaba exactamente frente a la nuestra, con un nido de ametralladoras cuyas troneras muya menudo nos tentaban a desperdiciar cartuchos. Los fascistas rara vez molestaban condisparos de fusil, pero enviaban en cambio nutridas ráfagas de ametralladora contracualquier miliciano que se dejara ver. Con todo, transcurrieron más de diez días hasta quetuvimos nuestra primera baja. Las tropas situadas delante de nosotros eran españolas pero,según los desertores, había algunos oficiales alemanes sin mando. Tiempo atrás estuvierontambién los moros -¡pobres diablos, cómo deben de haber sufrido el frío!-, pues en la tierrade nadie todavía quedaba el cadáver de un moro que constituía una de las curiosidades dellugar. Aproximadamente a dos o tres kilómetros a nuestra izquierda, la línea del frente seinterrumpía y comenzaba una extensión de terreno, muy baja y cubierta de espesavegetación, que no pertenecía ni a los fascistas ni a nosotros. Ambos bandos solían realizarallí patrullas diurnas. Aquello no estaba mal como entrenamiento para boy scouts. Yonunca vi una patrulla fascista a una distancia menor de varios cientos de metros. Despuésde mucho reptar era posible atravesar en parte las líneas fascistas e incluso ver la granjadonde ondeaba la bandera monárquica y que hacía las veces de cuartel general. De cuandoen cuando disparábamos nuestras armas y luego nos poníamos a cubierto antes de que lasametralladoras nos pudieran localizar. Espero que hayamos roto al menos algunas ventanas,pero con tales fusiles y desde más de ochocientos metros uno no podía estar seguro deacertarle ni siquiera a una casa.El tiempo casi siempre era frío y claro; a veces brillaba el sol al mediodía, perosiempre hacía frío. Por todas partes, sobre las laderas, se veían asomar los brotes verdes delazafrán o el lirio silvestre. La primavera se aproximaba, evidentemente, aunque con muchalentitud. Las noches eran más frías que nunca. Durante la madrugada, cuando volvíamos dela guardia, solíamos reunir lo que quedaba del fuego de la cocina y nos parábamos sobre lasbrasas al rojo. Era malo para las botas, pero muy bueno para los pies. Sin embargo, habíaamaneceres en que el espectáculo de la aurora entre los cerros casi nos hacía alegrarnos deno estar en la cama a esas horas desapacibles. No me gusta la montaña, ni siquiera comoespectáculo. Sin embargo, aunque uno hubiera estado despierto toda la noche, con laspiernas adormecidas hasta la rodilla, y supiera que no había ninguna esperanza de comerdurante otras tres horas, a veces valía la pena contemplar la aurora que surgía detrás de lascolinas, las primeras estrechas vetas de oro que como espadas atravesaban la oscuridad, yluego la luz creciente y los mares de nubes carmesíes alargándose hasta distanciasinconcebibles. En el curso de esa campaña vi amanecer más veces que durante toda mi vidaanterior, y que en la que me queda, espero.Nos faltaban hombres allí, lo cual significaba guardias más prolongadas y mucha másfatiga. Yo comenzaba a sentir la falta de sueño, que resulta inevitable incluso en la mástranquila de las guerras. Aparte de las guardias y las patrullas había constantes alarmasnocturnas. De cualquier manera, no se puede dormir bien en un horrible agujero cavado enla tierra, con los pies doloridos de frío. Durante mis primeros tres o cuatro meses en elfrente no creo haber pasado más de una docena de días enteros sin dormir; pero también es
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2323cierto que no llegué a dormir una docena de noches sin interrupción. Veinte o treinta horasde sueño por semana representaban una cantidad bastante normal. Los efectos de este tipode vida no eran tan malos como podría esperarse; uno llegaba a sentirse bastante estúpido, yla tarea de subir y bajar por las laderas se tornaba cada día más difícil, pero nos sentíamosrelativamente bien y estábamos constantemente hambrientos, tremendamente hambrientos.Cualquier comida nos parecía sabrosa, hasta las eternas judías que todos en Españaterminamos por odiar. El agua era muy escasa y nos llegaba desde lejos a lomos de mulas ode sufridos burritos. Por algún motivo, los campesinos de Aragón trataban bien a las mulas,pero muy mal a los burros. Si un burro se negaba a avanzar era normal patearle lostestículos. Había cesado ya el reparto de velas y los fósforos escaseaban. Los españoles nosenseñaron a hacer lámparas de aceite de oliva con una lata de leche condensada, unacápsula de cartucho y un pedazo de trapo. Cuando teníamos aceite de oliva, lo cual no erafrecuente, estos objetos ardían con una llama vacilante, de un poder equivalente a un cuartode vela, que alcanzaba apenas para encontrar el fusil.Parecía no haber ninguna esperanza de una verdadera lucha. Cuando abandonamosMonte Pocero, conté mis cartuchos y así comprobé que, en casi tres semanas, sólo habíadisparado tres veces contra el enemigo. Se dice que hacen falta mil balas para matar a unhombre y, a ese paso, transcurrirían veinte años antes de que matara a mi primer fascista.En Monte Oscuro, las líneas estaban más cercanas y se disparaba con mayor frecuencia,pero estoy razonablemente seguro de que nunca le acerté a nadie. De hecho, en este frente ydurante este período de la guerra la verdadera arma no era el fusil, sino el megáfono.Imposibilitados de matar al enemigo, le gritábamos. Este método bélico es tanextraordinario que requiere una explicación.En todos los puntos donde las líneas de fuego se encontraban a una distancia quepermitiera oírse, se producían frecuentes griteríos de trinchera a trinchera. Desde la nuestrase oía: «¡Fascistas, maricones!». Desde la trinchera fascista: «¡Viva España! ¡ VivaFranco!»; o bien, cuando sabían que entre nosotros había algunos ingleses: «¡Largaos avuestra casa, ingleses! ¡Aquí no queremos extranjeros!». En el bando gubernamental, en lasmilicias partidistas, el método de hacer propaganda a gritos para socavar la moral delenemigo se había convertido ya en una verdadera técnica. En todas las posicionesadecuadas, algunos hombres, por lo general los encargados de las ametralladoras, recibíanórdenes de dedicarse a gritar y eran provistos de megáfonos. Preferentemente gritabanfrases hechas, plenas de intenciones revolucionarias, para explicar a los soldados fascistasque eran meros lacayos del capitalismo internacional, que luchaban contra su propia clase,etcétera, etcétera, e incitarlos a pasarse a nuestro lado. Sucesivos grupos de hombres lasrepetían una y otra vez, en algunas oportunidades durante toda la noche. No cabía la menorduda de que el método surtía efecto, y todos estaban de acuerdo en que la corriente dedesertores del campo fascista se debía, en parte, a la propaganda. Deteniéndose a pensarlo,es fácil comprender que el eslogan «¡No luches contra tu propia clase!», resonando una yotra vez en la oscuridad, debe de haber producido una gran impresión en el ánimo del pobrecentinela que tiritaba de frío en su puesto, quizá alistado contra su voluntad yprobablemente miembro de un sindicato socialista o anarquista.Desde luego, tal procedimiento no se ajusta a la concepción inglesa de la guerra.Admito que me sentí sorprendido, atónito y escandalizado la primera vez. ¡Procurarconvertir al enemigo en lugar de matarlo! Ahora pienso que, desde cualquier punto de vista,se trataba de una maniobra legítima. En la guerra corriente de trincheras, cuando no existeartillería, resulta en extremo difícil provocar bajas en el enemigo sin perder igual númerode hombres. Si es posible inmovilizar cierta cantidad de soldados llevándolos a desertar,
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2424tanto mejor; después de todo, los desertores son mucho más útiles que los cadáveres, puespueden proporcionar información. Pero, al comienzo, tal procedimiento nos desalentó atodos; nos hizo sentir que los españoles no se tomaban esta guerra suficientemente en serio.El que gritaba en el puesto del PSUC establecido a nuestra derecha era un verdadero artista.A veces, en lugar de gritar frases revolucionarias, simplemente contaba a los fascistascuánto mejores eran los alimentos que nosotros recibíamos. Su descripción de las racionesdel gobierno tendía a embellecer un poco las cosas. «¡Tostadas con mantequilla!», podíaoírse en los ecos que resonaban a través del valle solitario. «Aquí estamos sentadoscomiendo tostadas con mantequilla. ¡Deliciosas tostadas con mantequilla!» No dudo de queél, como el resto de nosotros, no había visto mantequilla durante semanas o meses, pero enla noche helada, la imagen de tostadas con mantequilla quizá logró que a muchos fascistasse les hiciera la boca agua. Eso es lo que me ocurrió incluso a mí, aun a sabiendas de quementía.Cierto día de febrero vimos aproximarse un avión fascista. Como de costumbre, unaametralladora estaba emplazada al descubierto, con el cañón hacia arriba; nos echamos deespaldas para apuntar mejor. No valía la pena bombardear nuestras posiciones aisladas y,por lo general, los pocos aeroplanos fascistas que pasaban por allí hacían un rodeo paraevitar el fuego de la ametralladora. Esta vez el avión voló por encima de nosotros,demasiado alto como para que valiera la pena abrir fuego, y dejó caer no bombas; sino unosobjetos blancos brillantes que giraban y giraban en el aire. Unos pocos cayeron en laposición. Eran ejemplares de un periódico fascista, el Heraldo de Aragón, que anunciaba lacaída de Málaga.Esa noche los fascistas llevaron a cabo una especie de ataque por sorpresa. En elmomento en que me deslizaba debajo de la manta, medio muerto de sueño, se oyó el silbidode las balas sobre nuestras cabezas y alguien gritó: «¡Están atacando!». Empuñé el fusil yascendí hasta mi puesto, ubicado en la cumbre de la posición, junto a la ametralladora. Elruido era diabólico. Creo que el fuego de cinco ametralladoras se cernía sobre nosotros, yhubo una serie de pesados estruendos provocados por las granadas que los fascistasarrojaban sobre su propio parapeto de la forma más idiota. La oscuridad era total. Muyabajo, en el valle situado a nuestra izquierda, se podía ver el resplandor verdoso de losfusiles desde donde una pequeña partida de fascistas, probablemente una patrulla, nosdisparaba. Las balas volaban a nuestro alrededor en la oscuridad, crac-pfiu-crac. Unoscuantos proyectiles pasaron silbando por encima de nosotros, pero cayeron lejos y, comosolía ocurrir en esta guerra, la mayoría de ellos no explotó. Pasé un mal rato cuando unanueva ametralladora abrió fuego desde la colina situada a nuestra espalda. En realidad setrataba de un arma llevada allí para apoyarnos, pero en ese momento parecía como siestuviéramos rodeados. Nuestra ametralladora no tardó en encasquillarse, como ocurríasiempre con esos cartuchos, y la baqueta se había perdido en la impenetrable oscuridad.Evidentemente, no se podía hacer nada, excepto quedarse quieto y esperar un tiro. Losespañoles a cargo de la ametralladora no quisieron ponerse a cubierto y, de hecho, seexpusieron deliberadamente, por lo que me vi obligado a hacer lo mismo. Intrascendentecomo fue, la experiencia me resultó muy interesante. Era la primera vez que me encontrabaliteralmente bajo el fuego y, con gran humillación, comprobé que me sentía completamenteasustado; he observado que siempre se siente lo mismo bajo el fuego graneado, no se temetanto el ser herido como no saber dónde se producirá la herida. Uno se pregunta todo eltiempo por dónde entrará la bala, y eso otorga al cuerpo una muy desagradable sensibilidad.Al cabo de una o dos horas, el fuego fue atenuándose y finalmente cesó. Teníamosuna sola baja. Los fascistas habían llevado un par de ametralladoras a tierra de nadie, pero
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2525manteniéndose a una distancia prudencial, sin hacer intento alguno por asaltar nuestroparapeto. Ciertamente, no estaban efectuando un ataque, sino tan sólo desperdiciandocartuchos y haciendo mucho ruido para celebrar la caída de Málaga. La importancia centraldel episodio radicó en que aprendí a leer en los periódicos, con actitud menos crédula, lasnoticias de guerra. Un día o dos más tarde, los periódicos y la radio anunciaron que untremendo ataque con caballería y tanques (subiendo por una ladera perpendicular) habíasido rechazado por los heroicos ingleses.Cuando los fascistas nos informaron de que Málaga había caído, lo tomamos comouna mentira, pero al día siguiente llegaron rumores más convincentes y algo más tarde seadmitió la caída de forma oficial. Poco a poco fuimos conociendo toda la desgraciadahistoria: la ciudad había sido evacuada sin disparar un tiro y la furia de los italianos no sehabía descargado sobre las tropas, que ya no estaban, sino sobre la infortunada poblacióncivil, algunos de cuyos miembros fueron perseguidos y ametrallados durante unosdoscientos kilómetros. Las noticias produjeron escalofríos a lo largo del frente, puescualquiera que hubiera sido la verdad, todos los milicianos creían que la pérdida de Málagase debía a una traición. Era la primera vez que oía hablar de traición o de divergencias encuanto a los objetivos. Comenzaron a despertarse en mi mente vagas dudas acerca de estaguerra en la que, hasta entonces, la cuestión del bien y del mal me había parecidobellamente simple.A mediados de febrero abandonamos Monte Oscuro. Fuimos enviados, junto contodas las tropas del POUM de ese sector, a integrar el ejército que sitiaba Huesca. Tuvimosque hacer un viaje de noventa kilómetros en camión, a través de la planicie invernal, dondelas vides podadas aún no tenían brotes y las espigas de la cebada de invierno apenasasomaban sobre el suelo aterronado. A cuatro kilómetros de nuestras trincheras, Huescabrillaba pequeña y clara como una ciudad formada por casas de muñecas. Meses antes,cuando cayó Siétamo, el comandante general de las tropas gubernamentales habíacomentado alegremente: «Mañana tomaremos café en Huesca». Resultó estar equivocado.Se produjeron sangrientos ataques, pero la ciudad no cayó, y «Mañana tomaremos café enHuesca» se convirtió en una broma en todo el ejército. Si alguna vez regreso a España, nodejaré de tomar una taza de café en Huesca.5Al este de Huesca nada o casi nada ocurrió hasta finales de marzo. Estábamos a mildoscientos metros del enemigo. Cuando los fascistas fueron obligados a retroceder hastaHuesca, las tropas del ejército republicano que dominaban esa parte del frente no se habíanmostrado demasiado fervorosas en su avance, de modo que la línea formaba una especie debolsa. Más tarde sería necesario adelantarla -tarea muy incómoda bajo el fuego-, pero por elmomento el enemigo no parecía existir; nuestra única preocupación consistía en combatir elfrío y conseguir suficientes alimentos.Mientras tanto, la rutina diaria mejor dicho, nocturna-, las tareas cotidianas. Hacerguardia, patrulla, cavar. Lluvia, barro, vientos ululantes y ocasionalmente nevadas. No fuehasta mediados de abril que las noches se tornaron algo más cálidas. Allí arriba, en lameseta, los días de marzo se parecían en su mayoría a los de Inglaterra, con sus brillantescielos azules y vientos continuos. En el lugar donde la línea del frente atravesaba huertos yjardines desiertos, la cebada de invierno ya tenía unos treinta centímetros de altura, capullosblancos se formaban en los cerezos y, buscando en las zanjas, se podían encontrar violetas
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2626y una especie de jacinto silvestre semejante a un ejemplar borde de campanilla azul,inmediatamente detrás de la línea corría un hermoso y burbujeante arroyito verde: era laprimera agua transparente que había visto desde mi llegada. Cierto día apreté los dientes yme metí en ella para darme el primer baño en seis semanas. Fue lo que podría llamarse unbaño breve, puesto que el agua era principalmente agua de deshielo y la temperatura nodebía de andar muy por encima de los cero grados.Mientras tanto, nada ocurría; jamás ocurría nada. Los ingleses habían adquirido elhábito de decir que ésa no era una guerra, sino una maldita pantomima. Casi nuncaestábamos bajo el fuego directo de los fascistas. El único peligro provenía de las balasperdidas, las cuales, como las líneas del frente se curvaban hacia adelante en ambos lados,procedían de varias direcciones. Todas las bajas en ese periodo se debieron a esta causa.Arthur Clinton recibió una bala misteriosa que le aplastó el hombro izquierdo,inutilizándole el brazo para siempre, según me temo. De vez en cuando había algo de fuegode artillería, pero con muy poca eficacia. El silbido y el estallido de los proyectiles eraconsiderado, en realidad, como una especie de diversión. Los fascistas nunca arrojabanbombas sobre nuestro parapeto. Unos centenares de metros detrás de nosotros había unestablecimiento de campo, con grandes edificios, llamado La Granja, utilizado comodepósito, cuartel general y cocina en nuestro sector. Ése era el blanco de los artillerosfascistas, pero como estaban a cinco o seis kilómetros de distancia y no apuntaban bien,jamás lograron algo más que romper las ventanas y desconchar las paredes. Sólo se corríapeligro si uno se encontraba ascendiendo cuando comenzaba el fuego y si las bombas caíana ambos lados del camino. Aprendimos casi enseguida el misterioso arte de adivinar por elso-nido de un proyectil a qué distancia caería. Las bombas que los fascistas disparaban enese período eran vergonzosamente malas. Aunque usaban proyectiles de 150 milímetros,nunca hacían un orificio mayor de dos metros de ancho por uno de profundidad, y por lomenos uno de cada cuatro no explotaba. Corrían los habituales cuentos románticos desabotaje en las fábricas fascistas y de proyectiles sin explotar en los que, en lugar de lacarga, se encontraba un pedazo de papel con la leyenda «Frente Rojo», pero nunca vininguno. La verdad es que se trataba de proyectiles viejísimos; alguien encontró una vezuna espoleta con la fecha de 1917. Los cañones fascistas eran de la misma construcción ycalibre que los nuestros, y a menudo se reacondicionaban los proyectiles sin explotar y selos volvía a utilizar. Se decía que había un viejo proyectil, con un apodo propio, que viajabatodos los días de un lado al otro sin explotar jamás.Por la noche se solían enviar pequeñas patrullas a tierra de nadie para que se ubicaranen zanjas cavadas cerca de las líneas fascistas y trataran de escuchar sonidos (toques detrompeta, bocinas de automóvil, etcétera), que indicaran actividad en Huesca. Había unconstante ir y venir de tropas fascistas, y los informes de esas patrullas permitían calcular,en cierta medida, la envergadura de tales movimientos. Teníamos orden especial deinformar sobre el sonido de campanas de iglesias. Según parecía, los fascistas siempre oíanmisa antes de entrar en acción. Entre los campos y los huertos había chozas de barroabandonadas que era recomendable explorar con un fósforo encendido luego de tapar lasventanas. A veces se encontraba un valioso botín, tal como un hacha pequeña o unacantimplora fascista (mejor que las nuestras y muy codiciadas). También se podían explorardurante el día, pero entonces había que hacerlo casi todo el tiempo a cuatro patas.Resultaba extraño arrastrarse por esos campos vacíos donde todo se había detenido enel preciso momento de la cosecha. Los cultivos del año anterior no se habían tocado. Lasviñas sin podar serpenteaban sobre el terreno, las mazorcas de maíz estaban duras como
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2727piedras, la remolacha se había hipertrofiado en enormes masas leñosas. ¡Cómo - deben dehaber maldecido a ambos ejércitos los campesinos!A veces, grupos de hombres salían a recoger patatas en tierra de nadie. A doskilómetros a nuestra derecha, donde ambas líneas estaban más próximas, había un campode patatas frecuentado por ambos bandos. Nosotros íbamos durante el día, y ellos sólo porla noche, ya que se encontraba dominado por nuestras ametralladoras. Una noche, con granindignación nuestra, se lanzaron en masa y limpiaron todo el terreno. Descubrimos otrocampo un poco más adelante, donde prácticamente no había ninguna protección y teníamosque recoger las patatas de bruces, posición realmente agotadora. Si las ametralladorasfascistas nos descubrían, debíamos aplastarnos como la rata que pasa por debajo de unapuerta, mientras las balas desmenuzaban los terrones de tierra a nuestro alrededor. En esemomento parecía valer la pena. Las patatas comenzaban a escasear. Si uno conseguía llenaruna bolsa, podía cambiarlas en la cocina por una cantimplora de café.Y continuaba sin ocurrir nada, y no parecía que las cosas fueran a cambiar. «¿Cuándovamos a atacar? ¿Por qué no atacamos?», eran las preguntas que uno oía día y noche entreespañoles e ingleses. Cuando se piensa en lo que significa luchar; resulta extraño que lossoldados anhelen hacerlo y, no obstante, sin duda, lo desean. En los períodos estacionariosde la guerra, hay tres cosas que todos los soldados anhelan: una batalla, más cigarrillos yuna semana de permiso. Ahora estábamos algo mejor armados que antes. Cada hombretenía ciento cincuenta cargas de munición en lugar de cincuenta, y sucesivamente fueronentregándonos bayonetas, cascos de acero y unas pocas granadas. Corrían constantesrumores sobre inminentes batallas, rumores que, según he pensado desde entonces, erandifundidos de forma deliberada para mantener alta la moral de la tropa. No necesitaba granconocimiento militar para darme cuenta de que no habría ninguna acción importante en eselado de Huesca, por lo menos en aquel momento. El punto estratégico era la carretera queconducía a Jaca, en el otro sector. Más tarde, cuando los anarquistas atacaron la carretera deJaca, nuestra tarea consistió en hacer «ataques de distracción» y obligar a los fascistas aretirar tropas del otro lado.Durante todo este tiempo, unas seis semanas, sólo se realizó una acción en nuestraparte del frente. Fue un ataque que nuestras tropas de choque dirigieron contra elManicomio, un asilo para enfermos mentales fuera de uso que los fascistas habíanconvertido en una fortaleza. Varios cien- tos de refugiados alemanes que servían en elPOUM habían constituido un batallón especial llamado Batallón de Choque, el cual, desdeun punto de vista militar; se encontraba a un nivel superior al alcanzado por el resto de lamilicia. Sin duda, se parecían más a soldados que cualquier otra tropa que yo haya visto enEspaña, exceptuando la Guardia de Asalto y sectores de la Columna Internacional. Elataque, como de costumbre, se vio frustrado. ¿Cuántas operaciones efectuadas en estaguerra por tropas del gobierno no acabarían por frustrarse? El Batallón de Choque tomó elManicomio por asalto, pero los hombres de no recuerdo ya qué milicia, encargados deapoyarlo ocupando la colina vecina al Manicomio, sufrieron una derrota aplastante. Elcapitán que los comandaba era uno de esos militares de carrera, de lealtad dudosa, aquienes el gobierno persistía en emplear. Fuera por miedo o por traición, puso sobre aviso alos fascistas arrojando una granada cuando estaban a doscientos metros. Me satisface poderdecir que sus hombres lo mataron en el acto. Pero el ataque perdió su carácter de sorpresa,y los milicianos fueron machacados por un fuego cerrado y expulsados de la colina. Alanochecer; la milicia de choque tuvo que abandonar el Manicomio. Durante toda la noche,las ambulancias enfilaron el abominable camino a Siétamo, terminando de matar a losheridos graves con sus vaivenes.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2828Por aquel entonces todos teníamos piojos. Si bien seguía haciendo frío, la temperaturaya permitía su aparición. Sobre asquerosos bichos corporales tengo una amplia experienciay puedo afirmar que, en cuanto a ensañamiento, el piojo sobrepasa a todo lo conocido.Otros insectos, los mosquitos por ejemplo, hacen sufrir más, pero, por lo menos, no sonbichos residentes. El piojo a veces se asemeja a un diminuto cangrejo, y vivepreferentemente en los pantalones. Aparte de quemar la ropa, no hay otra manera conocidade librarse de él. En las costuras de los pantalones depositan sus brillantes huevos blancos,como diminutos granos de arroz, que originan grandes familias a extraordinaria velocidad.Creo que a los pacifistas les sería útil ilustrar sus escritos con fotografías ampliadasde piojos. ¡Gloria de la guerra, sin duda! En la guerra, todos los soldados tienen piojos, almenos cuando hace bastante calor. Los hombres que lucharon en Verdún, Waterloo,Flandes, Senlac, Las Termópilas, todos ellos tenían piojos arrastrándose por sus testículos.Nosotros logramos mantenerlos a raya, hasta cierto punto, quemando los huevos ybañándonos con tanta frecuencia como podíamos soportarlo. Nada, sino la existencia depiojos, me hubiera arrastrado hasta ese río helado.Todo escaseaba: botas, ropa, tabaco, jabón, velas, fósforos, aceite de oliva. Nuestrosuniformes se caían a pedazos, y muchos de los hombres carecían de botas y usabansandalias con suela de esparto. Por todas partes se veían pilas de calzado desgastado. Unavez mantuvimos ardiendo un fuego durante dos días a base de botas, que no constituían umal combustible. Por esa época mi esposa se encontraba en Barcelona y solía mandarme té,chocolate y hasta cigarros, cuando era posible conseguirlos; incluso en Barcelona todoescaseaba, en especial el tabaco. El té era un regalo del cielo, aunque carecíamos de leche ycasi nunca teníamos azúcar. Desde Inglaterra siempre enviaban paquetes a los hombres denuestro contingente, pero nunca llegaban; alimentos, ropa, cigarrillos, todo era rechazadopor la oficina de correos o confiscado en Francia. Resulta bastante curioso que la únicaentidad que logró mandar paquetes de té -y, en una memorable ocasión, una lata debizcochos- a mi esposa fue la Army and Navy Stores. ¡Pobre Army and Navy! Cumplían sudeber con notable eficacia, pero quizá se habrían sentido más felices si el contenido hubieraido a parar al bando franquista de la barricada. Lo peor era la escasez de tabaco. Alcomienzo se nos entregaba un paquete de cigarrillos por día, luego sólo ocho cigarrillosdiarios y después cinco. Por fin, hubo diez días espantosos en que no se distribuyó nada detabaco. Por primera vez en España, vi algo que se ve todos los días en Londres: genterecogiendo colillas. Hacia finales de marzo se me infectó una mano; me la abrieron y tuveque llevar el brazo en cabestrillo. Tuve que ingresar en un hospital, pero no valía la pena ira Siétamo por una herida tan leve, de modo que permanecí en el llamado hospital deMonflorite, que no era otra cosa que un centro de distribución de heridos. Estuve allí diezdías, parte de ellos en cama. Los practicantes me robaron casi todos los objetos de valor queposeía, incluidas la máquina fotográfica y las fotos. Todos robaban en el frente, comoefecto inevitable de la escasez, pero el personal hospitalario siempre era el más ladrón.Tiempo después, en el hospital de Barcelona un norteamericano, que había viajado paraunirse a la Columna Internacional en una nave que fue torpedeada por un submarinoitaliano, me contó que lo habían llevado herido hasta la orilla y que, mientras lo subían a laambulancia, los camilleros le robaron el reloj de pulsera.Mientras tuve el brazo en cabestrillo, pasé varios días felices vagando por la campiña.Monflorite era el acostumbrado amontonamiento de casas de barro y piedra, con estrechascallejuelas tortuosas semidestrozadas por los cañones hasta el punto de parecerse a loscráteres de la luna. La iglesia había quedado muy mal parada, pero era usada como depósitomilitar. En toda la vecindad había sólo dos granjas: Torre Lorenzo y Torre Fabián, y sólo
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2929dos edificios verdaderamente grandes, sin duda las casas de los terratenientes que algunavez dominaron la zona; su riqueza contrastaba con las chozas miserables de los campesinos.Justo detrás del río, cerca de la línea del frente, había un enorme molino harinero conuna casa de campo. Sentía vergüenza al ver la enorme y costosa maquinaria oxidándoseinútilmente y las tolvas de madera destrozadas para alimentar el fuego. Más tarde, paraconseguir leña destinada a las tropas situadas en la retaguardia, se enviaron en camionesgrupos de hombres que arrasaron el lugar sistemáticamente. Solían romper el suelo de unahabitación arrojando en ella una granada. La Granja, nuestro almacén y cocina,probablemente había sido alguna vez un convento. Tenía grandes patios y dependenciasexteriores, que ocupaban poco más de media hectárea, con establos para treinta o cuarentacaballos. Las casas de campo en esa región de España no encierran interés desde el puntode vista arquitectónico, pero sus granjas, de piedra enjalbegada, con arcos redondos ymagníficas vigas, son lugares de gran nobleza, construidos de acuerdo con un plan queprobablemente no ha sufrido alteraciones a lo largo de siglos. A veces, uno sentía unaespecie de oculta simpatía hacia los ex propietarios fascistas, al ver cómo trataba la milicialos edificios confiscados. En La Granja, toda habitación que no estuviera en uso había sidoconvertida en letrina -un horrible amontonamiento de muebles destrozados y excrementos-.La pequeña capilla adyacente, con las paredes perforadas por proyectiles, tenía el suelocubierto de excrementos. En el gran patio donde los cocineros distribuían las raciones, elamontonamiento de latas oxidadas, barro, bosta y residuos en putrefacción era asqueante.Confirmaba una vieja canción militar: ¡Hay ratas, ratas, ratas, ratas grandes como gatas enel almacén de intendencia!Las que había en La Granja misma realmente eran grandes como gatos, enormesbestias hinchadas que se tambaleaban sobre lechos de excrementos, demasiado audacescomo para huir a menos que se disparara contra ellas.Por fin había llegado la primavera. El azul del cielo era más suave, el aire se tornó depronto perfumado. Las ranas chapaleaban ruidosamente en las zanjas. Alrededor delbebedero al que acudían las mulas de la aldea encontré exquisitas ranas del tamaño de unpenique, de un color verde tan brillante que la hierba joven parecía opaca a su lado. Loschicos salían con baldes en busca de caracoles, y luego los asaban vivos sobre planchas dehojalata. En cuanto el tiempo mejoró los campesinos comenzaron a aparecer para lalabranza primaveral.Prueba la confusión que envuelve a la revolución agraria española el hecho de que nopude averiguar con certeza si la tierra estaba colectivizada o si los campesinos simplementese la habían dividido entre ellos. Me imagino que, en teoría, estaba colectivizada, pues eraterritorio anarquista y del POUM. En cualquier caso, los propietarios habían desaparecido,los campos se cultivaban y el pueblo parecía satisfecho. La cordialidad que nos dispensabanlos campesinos nunca dejó de asombrarme. Para algunos de los más viejos la guerra debíade carecer de sentido; evidentemente ocasionaba una escasez general y deparaba a todosuna vida triste y monótona. Además, hasta en los mejores momentos, los campesinos odiantener tropas establecidas entre ellos. Con todo, se mostraban invariablemente cordiales;supongo que se debía a la idea de que, por intolerables que pudiéramos resultarles enalgunos aspectos, los protegíamos de sus antiguos patrones. La guerra civil es algo extraño.Huesca no estaba ni a diez kilómetros de distancia, era la ciudad mercado de esta gente,tenían parientes allí y todas las semanas de su vida la habían visitado para vender susgallinas y sus verduras. Y ahora, desde hacía ocho meses, una barrera impenetrable dealambradas y ametralladoras los separaba de ella. A veces olvidaban está situación. Encierta oportunidad, me encontraba hablando con una anciana que llevaba una de esas
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot3030diminutas lámparas de hierro en las que los españoles queman aceite de oliva. «¿Dóndepuedo comprar una lamparilla como ésta?», le pregunté. «En Huesca», me respondió sinpensar, y luego ambos nos echamos a reír. Las chicas de la aldea eran espléndidas criaturasllenas de vida, con negrísimos cabellos y ondulantes andares. Tenían una actituddesenvuelta y franca de camarada, como de hombre a hombre, lo cual probablemente erauna consecuencia de la revolución.Hombres de raídas camisas azules y pantalones de pana negra, con sombreros de pajade ala ancha, araban los campos detrás de las mulas, que sacudían rítmicamente sus orejas.Sus arados eran unos artilugios espantosos que sólo revolvían el suelo, sin abrir nada quepudiera considerarse un surco. Los aperos de labranza eran penosamente anticuados debidoal alto precio de todo lo que fuera de metal. Un arado roto, por ejemplo, se arreglaba una yotra vez hasta quedar constituido casi por completo de remiendos. Horcas y rastrillos sehacían de madera. No se conocían las palas en ese pueblo en que casi nadie poseía botas;cavaban con una azada ridícula semejante a las que se utilizan en la India. Había una gradaque procedía directamente de las postrimerías de la Edad de Piedra. Estaba hecha detablones unidos entre sí y tenía el tamaño de una mesa de cocina; en cada tablón se habíanhecho centenares de agujeros, en cada uno de los cuales se había colocado un trozo depedernal tallado con esa forma siguiendo el mismo procedimiento que los hombres solíanutilizar hace diez mil años. Recuerdo mi sentimiento cercano al horror la primera vez que viuno de estos objetos en una choza abandonada en tierra de nadie. Tuve que pensármelo dosveces antes de darme cuenta de que se trataba de una especie de grada. Me enfermó pensaren el trabajo que debía de haber dado la construcción de semejante cosa, y en la pobrezaque obligaba a utilizar pedernal en lugar de acero. Desde entonces ha aumentado misimpatía por el progreso industrial. A pesar de todo, en la aldea había dos tractoresmodernos, confiscados sin duda al principal terrateniente de la zona.Una o dos veces fui a pasear por el pequeño cementerio, situado a unos doskilómetros. Los caídos en el frente se enviaban por lo general a Siétamo, pero allí se dabasepultura a los muertos de la aldea. Era extrañamente distinto de un cementerio inglés. ¡Noexistía ninguna reverencia hacia los muertos! Por todas partes crecían arbustos y hierbajos,y en más de un lugar se apilaban huesos humanos. La ausencia de inscripciones religiosasen las lápidas era casi completa y esto resultaba tanto más sorprendente porque todas ellascorrespondían al periodo anterior a la revolución. Creo que sólo vi una vez el «Rezad por elalma de Fulano de Tal», común en las tumbas católicas. La mayoría de las inscripcioneseran puramente seculares, con ridículos poemas sobre las virtudes del difunto. Quizá en unade cada cuatro o cinco tumbas se advertía una pequeña cruz o una referencia formal alCielo, que algún ateo industrioso generalmente había logrado atenuar con un punzón.Me sorprendió que la gente de esa región de España careciera de genuinossentimientos religiosos, en el sentido ortodoxo. Durante toda mi estancia nunca vipersignarse a ninguna persona, a pesar de que ese movimiento llega a hacerse instintivo,haya o no haya una revolución. Evidentemente, la Iglesia española retornará (como dice elrefrán: la noche y los jesuitas siempre retornan), pero no cabe duda de que con el estallidode la revolución se desmoronó y fue aplastada hasta un punto que resultaría inconcebibleincluso para la moribunda Iglesia de Inglaterra en circunstancias similares. Para el puebloespañol, al menos en Cataluña y Aragón, la Iglesia era pura y simplemente un fraudesistematizado. Y es posible que la creencia cristiana fuera reemplazada en cierta medida porel anarquismo, cuya influencia está ampliamente difundida y que, sin duda, posee un matizreligioso.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot3131Precisamente el día en que regresé del hospital hicimos avanzar nuestra línea hasta laque era realmente su ubicación adecuada, unos mil metros hacia delante, siguiendo elarroyuelo situado a unos doscientos metros de la línea enemiga. Esta operación debióhaberse realizado muchos meses antes. En ese momento se hacía porque los anarquistasestaban atacando en la carretera de Jaca y nuestro avance obligaba a los fascistas a distraeralgunas tropas para hacernos frente. Pasamos sesenta o setenta horas sin dormir, y misrecuerdos se pierden en una suerte de bruma o, más bien, en una serie de imágenes: elespionaje en la tierra de nadie, a unos cien metros de la Casa Francesa, una granjafortificada que pertenecía a la línea fascista. Siete horas tirado en un horrible pantano, en unagua con olor a juncos, donde el cuerpo se hundía cada vez más; el frío paralizante, lasestrellas inmóviles en el cielo negro, el áspero croar de las ranas. Aunque era abril, fue lanoche más fría que recuerdo de España. A unos cien metros detrás de nosotros, los equiposde trabajo se dedicaban intensamente a su tarea, pero había un silencio total, exceptuado elcoro de las ranas. Sólo una vez durante la noche oi un ruido, el sonido familiar de un sacode arena aplastado con una azada. Resulta extraño que, algunas veces, los españoles puedanllevar a cabo una brillante hazaña de organización. Todo el movimiento Se desarrolló segúnun hermoso plan. En siete horas, seiscientos hombres construyeron seiscientos metros detrinchera y parapeto, a distancias que oscilaban desde ciento cincuenta a trescientos metrosde la línea enemiga, y ello en tal silencio que los fascistas no oyeron nada y sólo se produjouna baja. Al día siguiente hubo más, desde luego. Cada hombre tenía asignada una tarea,hasta los ayudantes de la cocina llegaron de pronto, cuando el trabajo estaba ya realizado,con baldes de vino mezclado con coñac.Y nada más despuntar el alba los fascistas descubrieron que estábamos allí. El bloqueblanco y cuadrado de la Casa Francesa, aunque situado a unos doscientos metros, semejabalevantarse por encima de nosotros, y las ametralladoras en las ventanas superiores,protegidas con sacos de arena, parecían apuntar directamente hacia nuestra trinchera. Nosquedamos contemplándola boquiabiertos, preguntándonos cómo era posible que losfascistas no nos vieran. Entonces hubo un horrible remolino de balas y todo el mundo cayóde rodillas y comenzó a cavar frenéticamente, ahondado la trinchera y levantando pequeñosmontículos en el borde. Mi brazo seguía vendado, no podía cavar, y pasé la mayor parte deese día leyendo una novela policíaca cuyo nombre era El prestamista desaparecido. Norecuerdo el argumento, pero sí, muy claramente, el hecho de estar allí leyéndola; la arcillahúmeda del fondo de la trinchera debajo de mí, el cambio constante en la posición de mispiernas para dar paso a los hombres que corrían agachados, el crac-craccrac de las balaspocos centímetros por encima de mi cabeza. Thomas Parker recibió un balazo en medio delmuslo, lo cual, como él decía, estaba más cerca de ser un DSO de lo que le hubiera gustado.Se producían bajas en toda la línea de fuego, pero mínimas en comparación con lo quehabría pasado si nos hubieran descubierto durante la noche. Un desertor nos contó despuésque cinco centinelas fascistas fueron fusilados por negligencia. Incluso en ese momentohabrían podido masacrarnos si hubieran tenido la iniciativa de traer unos pocos morteros.Resultaba difícil transportar a los heridos a lo largo de la angosta y abarrotada trinchera. Via un pobre diablo, con los pantalones oscuros de sangre, caer de su camilla y jadearagonizante. Había que cargar a los heridos a lo largo de unos dos kilómetros, pues aunqueexistía un camino, las ambulancias nunca se acercaban mucho al frente. Cuando lo hacían,los fascistas tenían la costumbre de bombardearlas, lo cual podía explicarse por el hecho deque en la guerra moderna nadie tiene escrúpulos en utilizar una ambulancia para transportarmuniciones.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot3232Y entonces, a la noche siguiente, la espera en Torre Fabián para iniciar un ataque quefue suspendido en el último momento vía telégrafo. En el suelo del granero dondeaguardábamos, una delgada capa de granzas cubría gran cantidad de huesos humanos yvacunos mezclados, y todo el lugar estaba invadido por las ratas. Las monstruosas bestiassurgían a raudales por todas partes. Si hay algo que odio es una rata corriendo sobre mi enla oscuridad. Aquella noche tuve la satisfacción de darle a una de ellas un buen puñetazoque la mandó volando por el aire.Y entonces, la espera de la orden de atacar a cincuenta o sesenta metros del parapetofascista. Una larga línea de hombres agazapados en una zanja, con las bayonetas asomandopor el borde y el blanco de los ojos brillando en la oscuridad. Kopp y Benjamín en cuclillasdetrás de nosotros, junto a un hombre que llevaba un receptor telegráfico sin hilos ahombros. Hacia el oeste, en el horizonte occidental se veían resplandores rosados, seguidosa los pocos segundos por enormes explosiones. Y entonces el ruido, pip-pip-pip, procedentedel telégrafo y un susurro ordenando que nos retiráramos mientras todavía nos fueraposible. Lo hicimos, pero no con bastante rapidez. Doce infortunados muchachitos de laJCI (la liga juvenil del POUM, correspondiente a la JSU del PSUC), que habían estadoapostados a sólo cuarenta metros del parapeto fascista, se dejaron sorprender por la aurora yno pudieron escapar. Tuvieron que yacer allí todo el día, apenas cubiertos por losmatorrales, mientras los fascistas disparaban sobre ellos cada vez que se movían. Al caer lanoche, siete habían muerto y los otros cinco se las ingeniaron para arrastrarse en laoscuridad hasta nuestra posición.Y entonces, durante muchas de las mañanas siguientes, el fragor de los ataquesanarquistas al otro lado de Huesca. Siempre el mismo fragor. De pronto, en algún momentode la madrugada, el estallido inicial de varias docenas de bombas que explotansimultáneamente -incluso a esa distancia, un estallido diabólico y desgarrante-, y luego elestruendo ininterrumpido de fusiles y ametralladoras, curiosamente similar al de lostambores. Poco a poco, el fuego se iría extendiendo a todos los frentes que rodeabanHuesca, y nosotros nos precipitaríamos a las trincheras para apoyarnos adormecidos contrael parapeto, mientras un fuego carente de sentido pasaba sobre nuestras cabezas.Durante el día, los cañones tronaban a rachas. Torre Fabián, nuestra nueva cocina, fuebombardeada y parcialmente destruida. Resulta curioso que, cuando uno contempla elfuego de artillería desde una distancia segura, siempre desea que el artillero dé en el blanco,aunque éste contenga la cena propia y la de algunos camaradas. Los fascistas disparabanbien esa mañana; quizá se trataba de artilleros alemanes. Localizaron Torre Fabián conbastante precisión: un tiro pasado, un tiro corto y luego: fsss-¡BUM! Las vigas saltaron porlos aires y una plancha de uralita posándose como un naipe arrojado sobre una mesa. Elsiguiente proyectil arrancó la esquina de un edificio tan limpiamente como podría haberlohecho un gigante con un cuchillo. Los cocineros sirvieron la cena de manera puntual,hazaña sin duda memorable.A medida que pasaban los días, íbamos distinguiendo las diferencias de los cañonesinvisibles, pero audibles. Había dos baterías de cañones rusos de 75 mm que disparabandesde nuestra retaguardia y que, de alguna manera, evocaban en mi mente la imagen de unhombre gordo golpeando una pelota de golf. Eran los primeros cañones rusos que veía o,más bien, oía. Tenían una trayectoria baja y velocidad muy alta, de modo que uno oía laexplosión, el silbido y el estallido del proyectil de manera casi simultánea. Detrás deMonflorite había dos pesados cañones que disparaban pocas veces al día, con un rugidoprofundo y sordo semejante al aullido de distantes monstruos encadenados. En la fortalezamedieval de Monte Aragón, tomada por las tropas leales el año anterior (fortaleza que en
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot3333toda su historia nunca había sido conquistada, según se decía), y que dominaba uno de losaccesos a Huesca, funcionaba un pesado cañón, construido sin duda en el sigloXIX. Sus grandes proyectiles pasaban silbando con tanta lentitud que uno tenía lasensación de que podía correr a la par de ellos. Un proyectil de este cañón sonaba algo asícomo un ciclista que pasara pedaleando y silbando al mismo tiempo. Los morteros detrinchera, tan pequeños como eran, producían el peor ruido. Sus proyectiles son una especiede torpedo alado, de forma similar a los dardos que se arrojan en los sitios de recreo, y deltamaño de un botellín; explotan con un sonido metálico diabólico, como el de algúnmonstruoso globo de acero al estrellarse sobre un yunque. A veces nuestros aeroplanossobrevolaban el lugar y soltaban esos torpedos aéreos cuyo tremendo rugido hace temblarla tierra a tres o cuatro kilómetros de distancia. Los disparos de la artillería antiaéreafascista punteaban el cielo como nubecitas en una mala acuarela, pero nunca vi que seacercaran siquiera a mil metros de un aeroplano. Cuando un avión desciende en picado yemplea su ametralladora, las descargas se perciben desde abajo como un batir de alas.En nuestro sector no era mucho lo que ocurría. Doscientos metros a nuestra derecha,donde los fascistas se encontraban en terreno más alto, sus tiradores apostados mataron aunos cuantos de nuestros camaradas. Doscientos metros a la izquierda, en el puente sobre elrío, tenía lugar una especie de duelo entre los morteros fascistas y los hombres queconstruían una barricada de cemento que atravesaba el puente. Los pequeños proyectilesfunestos pasaban por encima -sss- crash-sss-crash- produciendo un ruido doblementeinfernal cuando se estrellaban contra el camino asfaltado. A unos cien metros, se podíaestar perfectamente a salvo y observar las columnas de polvo y humo negro que seelevaban como árboles mágicos. Los pobres diablos en los alrededores del puente pasabangran parte del día ocultos en los pequeños refugios cavados cerca de la trinchera. Pero hubomenos bajas de lo que podría haberse esperado, y la barricada, una pared de cemento demedio metro de espesor, con troneras para dos ametralladoras y un pequeño cañón decampaña, fue construyéndose sin interrupciones. El cemento era reforzado con viejosarmazones de cama, aparentemente el único hierro que había podido encontrarse para esefin.6Cierta tarde, Benjamín nos dijo que necesitaba quince voluntarios. El ataque contra elreducto fascista, suspendido en una ocasión, se llevaría a cabo esa noche. Aceité mis diezcartuchos mexicanos, ensucié mi bayoneta (el brillo excesivo podía revelar mi posición) ypreparé un trozo de pan, otro de chorizo colorado y un cigarro, atesorado durante largotiempo, que mi esposa me había enviado desde Barcelona. Se distribuyeron granadas, trespara cada hombre. El gobierno español había logrado por fin producir una granada decente.Se basaba en el principio de la bomba Mills, pero con dos seguros en lugar de uno; despuésde arrancarlos había un intervalo de siete segundos antes de la explosión. Su principaldesventaja radicaba en que uno de los seguros era muy rígido y el otro muy flojo, de modoque se podía elegir entre dejar los dos colocados en su sitio y exponerse a no poder moverel más duro en un momento de emergencia o sacar el duro de antemano y vivir en elconstante terror de que la granada explotara en el bolsillo. Pero era una pequeña granadamuy cómoda de arrojar.Poco antes de medianoche, Benjamín nos condujo hasta Torre Fabián. Desde elcrepúsculo había estado lloviendo. Las acequias estaban llenas hasta el borde y, cada vez
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot3434que uno tropezaba y caía dentro de ellas, se encontraba con el agua hasta la cintura. Bajo lalluvia torrencial, y en completa oscuridad, una borrosa masa de hombres nos aguardaba enel patio de la granja. Kopp se dirigió a nosotros, primero en español y luego en inglés, paraexplicar el plan de ataque. La línea fascista formaba allí un ángulo en L, y el parapeto quedebíamos atacar se encontraba sobre una elevación del terreno en la esquina de la L. Unatreintena de nosotros, la mitad ingleses, la mitad españoles, bajo la dirección de Benjamín yde Jorge Roca, comandante de nuestro batallón (un batallón en la milicia significaba unoscuatrocientos hombres), debíamos arrastrarnos y cortar la alambrada fascista. Jorgearrojaría la primera granada como señal, y entonces los demás debíamos lanzar una lluviade granadas, expulsar a los fascistas del parapeto y apoderarnos de él antes de que pudieranvolver a reunir fuerzas. Simultáneamente, setenta hombres del Batallón de Choque debíanasaltar la siguiente «posición», fascista, situada a doscientos metros hacia la derecha yunida a la primera por una trinchera de comunicación. Para evitar que disparáramos unoscontra otros en la oscuridad, debíamos usar brazaletes blancos. En ese momento llegó unmensajero para comunicarnos que no había brazaletes blancos. Desde la oscuridad, una vozquejumbrosa sugirió: «¿No podríamos hacer que fueran los fascistas los que usaranbrazaletes blancos?».Había que aguardar todavía un par de horas. El granero situado sobre el establo demulas estaba tan destrozado por el bombardeo que era peligroso moverse sin una luz. Sólole quedaba la mitad del suelo y había una caída de seis metros hasta las piedras de abajo.Alguien encontró un pico y arrancó unas tablas, con las que al cabo de pocos minutosencendimos un buen fuego y nuestras ropas empapadas comenzaron a despedir vapor. Unmiliciano sacó un mazo de naipes y comenzó a circular el rumor -uno de esos rumoresmisteriosos, endémicos en la guerra- de que se disponían a repartir café caliente con coñac.Bajamos raudos la escalera a punto de derrumbarse y nos pusimos a buscar por el patiooscuro, preguntando dónde estaba el café. ¡Ay!, no había café. En vez de eso, nosreunieron, nos hicieron formar una fila única y Jorge y Benjamín iniciaron la marcha en laoscuridad, seguidos por todos nosotros.Continuaba el tiempo lluvioso y la intensa oscuridad, pero el viento había cesado. Elfangal era indescriptible. Los senderos a través de los campos de remolacha eran una merasucesión de aglomeraciones de barro, tan resbaladizas como una cucaña, con enormescharcos por todas partes. Mucho antes de que llegáramos al lugar donde debíamosabandonar nuestro propio parapeto, ya nos habíamos caído varias veces y teníamos losfusiles embarrados. En el parapeto, un pequeño grupo de hombres, nuestra reserva, nosaguardaba con el médico junto a una fila de camillas. Pasamos de uno en uno a través de laabertura del parapeto y vadeamos una acequia. Plash-glu-glu-glu, una vez más, con el aguahasta la cintura y el barro maloliente y resbaladizo que penetraba por los caños de las botas.Jorge aguardó sobre la hierba del otro lado de la acequia hasta que todos hubimos pasado.Entonces, doblado casi en dos, comenzó a avanzar lentamente. El parapeto fascista estaba aunos ciento cincuenta metros. Nuestra única posibilidad de llegar hasta él radicaba enmovernos sin hacer ruido.Yo marchaba delante con Jorge y Benjamín. Doblados en dos, pero con los rostroslevantados, nos arrastramos en la oscuridad casi total a un ritmo que se hacía más lento acada paso. La lluvia golpeaba ligeramente nuestros rostros. Cuando miré hacia atrás, pudever a los hombres que estaban más cerca de mí: un racimo de formas jorobadas comoenormes hongos negros deslizándose lentamente. Cada vez que levantaba la cabeza,Benjamín, a mi lado, me susurraba furioso al oído: «¡Mantén la cabeza baja! ¡Mantén lacabeza baja!». Podría haberle dicho que no necesitaba preocuparse. Sabía por experiencia
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot3535que, en una noche oscura, no se puede ver a un hombre a veinte pasos. Era mucho másimportante avanzar en silencio; si nos oían una sola vez estábamos perdidos. Les bastababarrer la oscuridad con la ametralladora y sólo nos quedaría huir o dejarnos masacrar.Pero, en aquel terreno resultaba casi imposible avanzar sin ruido. Por másprecauciones que tomáramos, el barro se pegaba a los pies y a cada paso que dábamos hacíachop-chop, chop-chop. Y para acabar de empeorar las cosas, el viento había cesado y, apesar de la lluvia, la noche era muy silenciosa. Los sonidos debían de llegar muy lejos.Hubo un momento inquietante cuando tropecé con una lata. Pensé que los fascistas enmuchos kilómetros a la redonda debían de haberlo oído. Pero no, ni un disparo, ni unmovimiento en las líneas enemigas. Seguimos deslizándonos, cada vez más lentamente. Meresulta imposible expresar la intensidad con que deseaba llegar allí, ¡tener el objetivo alalcance de las granadas antes de que nos oyeran! En tales ocasiones, uno ni siquiera tienemiedo, sólo siente un tremendo y desesperado anhelo de cruzar el terreno intermedio.Experimenté idéntica sensación al ir al acecho de un animal salvaje: el mismo deseoangustioso de ponerlo a tiro, la misma certeza -como en sueños- de que eso resultaimposible. ¡Y cómo se alargaba la distancia! Yo conocía bien el lugar, sólo debíamosrecorrer ciento cincuenta metros: no obstante, parecía faltar más de un kilómetro. Cuandouno se arrastra con tales precauciones percibe, tal como lo haría una hormiga, todas lasvariaciones del terreno: la espléndida mancha de hierba suave allí, la maldita mancha defango pegajoso aquí, las altas cañas crujientes que deben evitarse, el montón de piedras queuno desespera de poder atravesar sin ruido.Avanzábamos desde hacia tanto tiempo que comencé a pensar que habíamosequivocado el camino. En ese momento empezamos a distinguir delgadas líneas paralelas yoscuras. Era la alambrada exterior (los fascistas tenían dos alambradas). Jorge se arrodilló yempezó a rebuscar en el bolsillo; tenía nuestro único par de tenazas. Clic, clic. Apartamoscon mucho cuidado el alambre cortado y aguardamos a que los últimos hombres se nosacercaran. Nos parecía que hacían un ruido tremendo. Ahora faltaban cincuenta metroshasta el parapeto fascista. Seguimos adelante, doblados en dos. Un paso cauteloso, posandoel pie con tanta suavidad como un gato que se aproxima a una ratonera; luego, una pausapara escuchar; después, otro paso. Una vez levanté la cabeza; sin hablar, Benjamín me pusola mano en la nuca y me la bajó violentamente. Sabía que la alambrada interior quedabaapenas a veinte metros del parapeto. Me parecía inconcebible que treinta hombres pudieranllegar hasta allí sin que nadie los oyera. Nuestra respiración bastaba para denunciarnos. Contodo, llegamos. El parapeto fascista ya era visible, un borroso montículo negro que seelevaba ante nosotros. Jorge se arrodilló y rebuscó de nuevo en su bolsillo. Clic, clic. Nohay manera de cortar alambres en silencio.Estábamos, pues, junto a la alambrada interior. La atravesamos a cuatro patas y conmayor rapidez. Si teníamos tiempo de desplegarnos todo iría bien. Jorge y Benjamínatravesaron agachados la alambrada hacia la derecha. Pero los hombres que estabandispersos detrás de nosotros tuvieron que formar una cola para pasar por la angosta aberturay justo en ese momento hubo un fogonazo y una detonación en el parapeto fascista. Elcentinela nos había oído por fin. Jorge se apoyó en una rodilla e hizo girar el brazo como unjugador de bolos. ¡Brum! Su granada reventó en alguna parte al otro lado del parapeto. Deinmediato, con mucha mayor rapidez de la que uno habría creído posible, se oyó el rugidode diez o veinte fusiles desde el parapeto fascista. Nos habían estado esperando, después detodo. La lívida luz nos permitía ver los sacos de arena de manera intermitente. Los hombresestaban demasiado lejos para arrojar sus granadas. Cada tronera parecía escupir chorros defuego. Siempre es horrible estar bajo el fuego en la oscuridad, donde cada fogonazo parece
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot3636apuntar directamente hacia uno. Lo peor son las granadas, no es posible concebir su horrorhasta que se las ha visto reventar de cerca en la oscuridad; durante el día sólo se oye elestruendo de la explosión, pero en la oscuridad también está el cegador resplandor rojizo.Me había arrojado boca abajo a la primera descarga. Durante todo ese tiempo estuveechado de costado sobre el barro, luchando desesperadamente con el seguro de unagranada. El maldito se negaba a salir. Por fin, me di cuenta de que tiraba en direcciónequivocada. Saqué el seguro, me puse de rodillas, arrojé la granada y volví a tirarme cuerpoa tierra. Explotó hacia la derecha, antes del parapeto: el miedo había arruinado mi puntería.En ese momento, otra granada estalló delante de mí, tan cerca que pude sentir el calor de laexplosión. Me aplasté contra el suelo y enterré la cara en el barro con tanta fuerza que mehice daño en el cuello y pensé que estaba herido. En medio del estrépito alcancé a oír unavoz inglesa que decía quedamente a mis espaldas: «Estoy herido». La granada habíaalcanzado a varios hombres a mi alrededor, sin tocarme. Me puse de rodillas y arroje misegunda granada. He olvidado dónde cayó.Los fascistas disparaban, nuestros hombres disparaban desde la retaguardia y yo teníaplena conciencia de estar en el medio. Sentí muy próxima una ráfaga y me di cuenta de queun hombre tiraba inmediatamente detrás de mí. Me puse de pie y le grité: «¡No tires contrami, pedazo de idiota!». En ese momento vi que Benjamín, apostado a unos diez metroshacia mi derecha, me hacía señas con un brazo. Corrí hacia él. Decidí cruzar la línea detroneras llameantes y, mientras lo hacía, me protegí la mejilla con una mano -ademánbastante idiota-, ¡como si una mano pudiera detener las balas!, pero es que sentía horror derecibir una herida en la cara. Benjamín estaba apoyado en una rodilla con una diabólicaexpresión de placer en el rostro, mientras disparaba cuidadosamente contra las troneras consu pistola automática. Jorge había sido herido con la primera descarga y no se lo veía desdeallí. Me arrodillé junto a Benjamín, saqué el seguro de mi tercera granada y la arrojé. ¡Ah!No cabía duda. La bomba estalló esta vez al otro lado del parapeto, en la esquina, justo allado del nido de ametralladoras.El fuego fascista pareció menguar de forma muy súbita. Benjamín se puso de pie ygritó: «¡Adelante! ¡A la carga!». Nos lanzamos hacia la breve y empinada pendiente sobrela que se levantaba el parapeto. Digo «nos lanzamos», pero no es la expresión más exacta,pues resulta imposible moverse con rapidez cuando uno está empapado, cubierto de barrode la cabeza a los pies y cargado con un pesado fusil y bayoneta y ciento cincuentacartuchos. Daba por sentado que arriba me aguardaba un fascista. Si disparaba a esadistancia no podía errarme y, sin embargo, nunca esperé que lo hiciera, sino que me atacaracon la bayoneta. Me parecía sentir de antemano la sensación de nuestras bayonetasentrechocándose, y me pregunté si su brazo sería más fuerte que el mío. Sin embargo,ningún fascista me aguardaba. Con una vaga sensación de alivio descubrí que se trataba deun parapeto bajo y que los sacos de arena proporcionaban un buen punto de apoyo. Por logeneral son difíciles de superar. Al otro lado la destrucción era total, con pedazos de vigas ygrandes fragmentos de uralita dispersos por todas partes. Nuestras granadas habíandestrozado todas las barracas y refugios. No se veía un alma. Pensé que estarían escondidosbajo tierra, y grité en inglés (no se me ocurría nada en español en ese momento): «¡Salid deahí! ¡Rendíos!». No hubo respuesta. En ese momento un hombre, una figura borrosa en lapenumbra, saltó desde el tejado de una de las barracas destruidas y huyó hacia la izquierda.Salí en su persecución, clavando mi bayoneta absurdamente en la oscuridad. Cuando dabala vuelta a la esquina del barracón, vi a un hombre -no sé si era el mismo que habíadivisado antes huyendo por la trinchera de comunicación que conducía a la otra posiciónfascista-. Debo de haber estado muy cerca de él, pues pude verlo con toda claridad. Tenía la
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot3737cabeza descubierta y parecía no llevar nada puesto, salvo una manta sobre los hombros. Aesa distancia podía haberlo hecho volar en pedazos. Pero, por temor a que nos disparáramosentre nosotros, se nos había ordenado que usáramos sólo las bayonetas una vez queestuviéramos al otro lado del parapeto. De cualquier manera, ni siquiera se me ocurrióapuntar. En vez de eso, mi mente saltó veinte años atrás, al profesor de boxeo del colegio,quien me describía con vívida pantomima cómo en los Dardanelos había atravesado a unturco con la bayoneta. Cogí el fusil por la parte delgada de la culata y arremetí contra laespalda del hombre. Estaba fuera de mi alcance. Arremetí otra vez, pero seguía fuera de mialcance. Y así seguimos durante un corto trecho, él corriendo por la trinchera y yo detrás,tratando de dar alcance a su espalda y sin conseguirlo; un recuerdo cómico para mi, perosupongo que no tanto para él.Desde luego, él conocía el terreno mejor que yo y pronto me dio esquinazo. Cuandoregresé a la posición, ésta se encontraba llena de hombres que gritaban. Los estampidoshabían disminuido algo. Los fascistas seguían disparando contra nosotros desde tresdirecciones pero a mayor distancia. Los habíamos hecho retroceder por el momento.Recuerdo haber dicho con tono de oráculo: «Podemos defender este lugar durante mediahora, nada más». No sé por qué dije media hora. Hacia la derecha, sobre el parapeto, podíanverse los innumerables fogonazos verdosos de los fusiles que perforaban la oscuridad; peroestaban muy lejos, a unos cien o doscientos metros. Nuestra tarea consistía ahora enexplorar la posición y apoderarnos de todo lo que pudiera considerarse valioso. Benjamín yalgunos otros estaban ya escarbando entre las ruinas de un enorme barracón o refugio en elcentro de la posición. Benjamín se tambaleó excitado sobre el techo en ruinas, tirando delasa de cuerda de una caja de municiones.-¡Camaradas! ¡Municiones! ¡ Muchísimas municiones, aquí!-No queremos municiones -dijo alguien-, queremos fusiles.Era verdad. La mitad de nuestros fusiles estaban inutilizados por el barro. Podíanlimpiarse, pero es peligroso sacar el cerrojo de un fusil en la oscuridad, donde fácilmentepuede extraviarse. Carecíamos de todo medio de iluminación, salvo una pequeña linternaque mi esposa había logrado comprar en Barcelona. Unos pocos hombres que habíanconservado sus fusiles en condiciones iniciaron un fuego desganado contra los lejanosresplandores. Nadie se atrevía a disparar demasiado seguido, pues hasta los mejores fusilespodían encasquillarse si se recalentaban. Éramos unos dieciséis dentro del parapeto,incluidos los pocos heridos. Algunos de éstos, ingleses y españoles, habían quedado al otrolado. Patrick O’Hara, un irlandés de Belfast que tenía cierta experiencia en primerosauxilios, iba de un lado a otro con paquetes de vendas vendando a los heridos. Cada vezque regresaba al parapeto, y a pesar de sus indignados gritos de ¡POUM!, se exponíaincluso al fuego de los propios compañeros.Comenzamos a registrar la posición. Había varios muertos tirados por ahí, pero no medetuve a examinarlos. Lo que me interesaba era la ametralladora. Mientras yacíamos sobreel barro, me había preguntado vagamente por qué no disparaba. Iluminé con mi linterna elnido de ametralladoras. ¡Amarga desilusión! No estaba allí. Quedaban el trípode y variascajas de municiones y repuestos, pero el arma había sido trasladada. Sin duda, actuaroncumpliendo una orden, pero fue estúpido y cobarde proceder así, pues de haber dejado laametralladora en su lugar habrían aniquilado a muchos de nosotros. Nos sentíamos furiosos,pues soñábamos con apoderarnos de una ametralladora.Miramos por todas partes, pero no encontramos nada de gran valor. Abundaban lasgranadas, de un tipo bastante inferior a las nuestras, que explotaban tirando de una cuerda.Guardé un par en el bolsillo como recuerdo. Resultaba imposible no sentirse conmovido
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot3838ante la miseria de las trincheras fascistas. El desorden de ropas, libros, comida, objetospersonales, que existía en nuestras trincheras, aquí faltaba por completo; estos pobresreclutas sin paga no parecían poseer otra cosa que algunas mantas y unos pocos trozos depan mojado. En el extremo más alejado había un pequeño refugio con un ventanuco que seencontraba en parte sobre el nivel del suelo. Lo iluminamos con la linterna desde laventanilla y de inmediato dimos rienda suelta a nuestra alegría. Un objeto cilíndrico en unestuche de cuero, de más de un metro de alto y diez centímetros de diámetro, estabaapoyado contra la pared. Se trataba seguramente del cañón de la ametralladora. Nosprecipitamos a través de la abertura y descubrimos que el estuche de cuero no conteníanada perteneciente a una ametralladora, sino algo que, en nuestro ejército desprovisto dearmas, resultaba aún más valioso. Era un enorme telescopio, de sesenta o setenta aumentospor lo menos, con un trípode plegable. En nuestro sector no se conocían esos telescopios ylos necesitábamos desesperadamente. Lo sacamos de manera triunfal y lo colocamos contrael parapeto para llevárnoslo más tarde con nosotros.En ese momento, alguien gritó que los fascistas se acercaban. Sin duda el estrépito delas detonaciones se había hecho mucho más intenso. Resultaba obvio que los fascistas nolanzarían un contraataque desde la derecha, pues ello implicaba atravesar la tierra de nadiey asaltar su propio parapeto. Si tenían sentido común nos atacarían desde el interior de lalínea. Me dirigí hacia el otro extremo de la posición, que tenía forma de herradura, de modoque otro parapeto nos protegía a la izquierda. Un fuego graneado procedía de esa dirección,pero no tenía mayor importancia. El peligro estaba enfrente, pues allí no contábamos conprotección alguna. Una lluvia de balas pasaba por encima de nuestras cabezas. Parecíaproceder de la otra posición fascista sobre la línea; era evidente que el Batallón de Choqueno había logrado capturarla. Ahora el ruido resultaba ensordecedor. Era el estruendoincesante, como un redoble de tambores, de una masa de fusiles que yo estabaacostumbrado a oír desde cierta distancia; por primera vez, me encontraba en medio de él.A estas horas el fuego se había extendido ya, desde luego, varios kilómetros a lo largo delfrente y en torno a nosotros. Douglas Thompson, con un brazo herido que le colgaba inútila un costado, se aguantaba recostado en el parapeto y disparaba con una sola mano hacialos fogonazos. Alguien cuyo fusil se había atascado, le recargaba el suyo.Éramos unos cuatro o cinco en este lado. Estaba claro lo que había que hacer. Habíaque arrastrar los sacos de arena desde el parapeto delantero y levantar una barricada en ellado no protegido; y había que hacerlo sin demora. Las balas pasaban muy alto todavía,pero la altura podía reducirse en cualquier momento. Por los fogonazos a nuestro alrededorcalculé que nos las veíamos con cien o doscientos hombres. Comenzamos a tirar de lossacos para arrastrarlos unos veinte metros hacia adelante y apilarlos de forma desordenada.Era una tarea ímproba. Los sacos eran grandes, cada uno pesaba un quintal, y moverlosexigía un gran esfuerzo. A veces la arpillera podrida se rasgaba y la arena húmeda caíasobre nosotros como una cascada, metiéndosenos por el cuello y las mangas. Recuerdohaber sentido un profundo horror ante todo aquello: la confusión, la oscuridad, el ruido, elbarro, la lucha con los sacos que reventaban, y todo el. tiempo estorbado por el fusil, que nome atrevía a dejar en ninguna parte por temor a perderlo. Hasta le grité a alguien mientrasavanzábamos a trompicones llevando un saco: «¡Esto es la guerra! ¿No es espantoso?». Depronto, una sucesión de largas figuras comenzó a saltar por encima del parapeto de delante.Cuando se aproximaron, vimos que llevaban el uniforme del Batallón de Choque y nosalegramos, pensando que eran refuerzos; sin embargo, sólo eran cuatro, tres alemanes y unespañol. Más tarde nos enteramos de lo que les había ocurrido a las milicias de choque. Noconocían el terreno y, en la oscuridad, habían avanzado en dirección errónea hasta toparse
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot3939con la alambrada fascista, donde muchos de ellos perdieron la vida. Estos cuatro se habíanperdido, por suerte para ellos. Los alemanes no hablaban una palabra de inglés, francés oespañol. Con gran dificultad y muchos gestos, les explicamos lo que hacíamos y lespedimos ayuda para construir la barricada.Los fascistas habían hecho traer una ametralladora. La podíamos ver escupiendofuego como un buscapiés a unos cien o doscientos metros; las balas pasaban por encima denosotros con un chasquido seco y continuo. No tardamos en colocar bastantes sacos comopara contar con un parapeto bajo, detrás del cual los pocos hombres que estábamos a eselado de la posición nos podíamos echar y disparar. Yo estaba de rodillas detrás de ellos. Undisparo de mortero silbó y se estrelló en alguna parte de la tierra de nadie. Ése era otropeligro, pero necesitarían algunos minutos para ubicar nuestra posición. Ahora quehabíamos terminado de luchar con esos malditos sacos de arena podía incluso resultar dealguna manera divertido el ruido, la oscuridad, los fogonazos que se acercaban cada vezmás, nuestros propios hombres respondiendo a los fogonazos. Hasta había tiempo parapensar un poco. Recuerdo haberme preguntado si tenía miedo, y haberme respondido queno. Afuera, donde quizá había corrido menos peligro, me había sentido casi enfermo demiedo. De pronto, alguien volvió a gritar que los fascistas se acercaban. Esta vez no habíaduda al respecto, pues los fogonazos se veían mucho más cercanos. Vi uno a menos deveinte metros. Evidentemente avanzaban por la trinchera de comunicación. A veinte metrosestábamos a tiro de granada; éramos ocho o nueve, muy cerca unos de otros; bastaría unasola granada bien colocada para hacernos volar por los aires. Bob Smillie, con la sangrechorreándole por la cara debido a una pequeña herida, se puso de rodillas y arrojó unagranada. Nos agachamos, esperando el estallido. En la trayectoria fue dejando una estela dechispas, pero no explotó. (Por lo menos una cuarta parte de estas granadas eran inútiles.)Yo tenía solamente las de los fascistas y no sabía con certeza cómo manejarlas. Pregunté sitodavía les quedaba alguna granada. Douglas Moyle buscó en el bolsillo y me pasó una. Laarrojé y me tiré boca abajo. Por uno de esos golpes de suerte que suceden una vez al añologré arrojar la granada exactamente en el sitio donde había visto un fogonazo. Se oyó elestruendo de la explosión y de inmediato un alboroto infernal de alaridos y quejidos. Por lomenos le habíamos dado a uno de ellos; no sé si murió, pero sin duda estaba malherido.¡Pobre desgraciado! ¡Pobre desgraciado! Sentí un vago pesar mientras le oía gritar. En eseinstante, a la tenue luz de unos fogonazos, vi o creí ver una figura de pie cerca del lugar dedonde habían salido los disparos. Dirigí en esa dirección mi fusil y disparé. Hubo otroalarido, pero creo que seguía siendo de la víctima de la granada. Se arrojaron variasgranadas más. Los próximos fogonazos que vimos estaban ya muy lejos, a cien metros omás. Los habíamos hecho retroceder; por lo menos provisionalmente.Todos comenzaron a maldecir y a preguntar por qué demonios no nos mandabanrefuerzos. Con una metralleta o veinte hombres con fusiles limpios podíamos defender eselugar contra un batallón. En ese momento Paddy Donovan, que era el segundo en la líneade mando tras Benjamín y había sido enviado en busca de órdenes, trepó por encima delparapeto delantero.-¡Eh! ¡Salid! ¡Todos afuera, inmediatamente!-¿Cómo?-¡Hay que retirarse! ¡Salid!-¿Por qué?-Ordenes. ¡De vuelta a nuestras líneas y a paso ligero!Algunos ya escalaban el parapeto de delante. Varios trataban de transportar unapesada caja de municiones. Pensé en el telescopio que había dejado apoyado contra el
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot4040parapeto, al Otro lado de la posición. Pero entonces vi que los cuatro integrantes de lasmilicias de choque, actuando, supongo, según una orden misteriosa recibida con antelación,habían comenzado a correr por la trinchera que conducía a la otra posición fascista, dondelos esperaba la muerte. Ya habían desaparecido en la oscuridad. Corrí tras ellos, tratando detraducir al español la orden de retirada hasta que por fin grité: «¡Atrás! ¡Atrás!», que quizátenía el mismo significado. El español me entendió e hizo retroceder a los otros. Paddyaguardaba junto al parapeto.-Vamos, daos prisa.-Pero, el telescopio...-¡Al diablo el telescopio! Benjamín aguarda afuera...Trepamos hacia el otro lado. Paddy aguantó la alambrada para que pasara. En cuantonos apartamos de la protección que ofrecía el parapeto fascista nos encontramos con unfuego infernal que parecía proceder de todas partes, también de nuestro sector; pues todo elmundo disparaba a lo largo de la línea. Dondequiera que nos dirigiésemos, una nueva lluviade balas pasaba junto a nosotros; nos condujeron de un lado a otro en la oscuridad como aun rebaño de ovejas. El hecho de arrastrar la caja de municiones -una de esas cajas quecontienen mil setecientas cincuenta cargas y pesan casi un quintal- dificultaba la marcha,sobre todo porque también llevábamos granadas y fusiles abandonados por los fascistas.Aunque la distancia de parapeto a parapeto no era ni de doscientos metros y la mayoría denosotros conocíamos el terreno, en pocos minutos nos encontramos completamenteperdidos. Chapoteábamos al azar en el barro, sabiendo únicamente que las balas venían deambos lados. No había luna para guiarse, pero el cielo se estaba poniendo un poco másclaro. Nuestras líneas estaban al este de Huesca; yo quería quedarme donde estábamoshasta que los primeros rayos de la aurora nos indicaran dónde quedaba el este, pero losdemás se opusieron. Seguimos chapoteando, modificando nuestra dirección varias veces yhaciendo turnos para tirar de la caja de municiones. Por fin, vimos la baja línea plana de unparapeto frente a nosotros. Podía ser la nuestra o la fascista; nadie tenía la menor idea deadónde íbamos. Benjamín reptó sobre su vientre entre unos altos hierbajos blancuzcos hastasituarse a unos veinte metros de aquélla y gritó una contraseña. Un grito de «¡POUM!» lerespondió. Nos pusimos de pie, avanzamos hacia el parapeto, vadeamos una vez más laacequia y nos encontramos a salvo.Kopp nos aguardaba adentro con unos pocos españoles. El médico y los camilleros yano estaban. Parecía que todos los heridos habían sido rescatados con excepción de jorge yuno de nuestros propios hombres, llamado Hiddlestone, que habían desaparecido. Kopp,muy pálido, caminaba sin cesar. Incluso los pliegues de grasa de la nuca se le veían pálidos;no prestaba ninguna atención a las balas que pasaban por encima del bajo parapeto y seestrellaban cerca de su cabeza. La mayoría de nosotros estábamos agazapados detrás delparapeto buscando protección. Kopp murmuraba ininterrumpidamente: «¡Jorge! ¡Coño!¡Jorge!». Y luego, en inglés: «¡Si Jorge ha muerto, es terrible, terrible!». Jorge era su amigopersonal y uno de sus mejores oficiales. De inmediato se dirigió a nosotros y pidió cincovoluntarios, dos ingleses y tres españoles, para buscar a los hombres que faltaban. Moyle yyo, junto con tres españoles, nos ofrecimos.Cuando salimos, los españoles murmuraron que estaba clareando peligrosamente. Eracierto; el cielo tenía ya una ligera tonalidad azulada. Había un tremendo follón de vocesexcitadas procedentes del reducto fascista. Evidentemente habían vuelto a ocupar el lugarcon fuerzas más numerosas. Estábamos a cincuentao sesenta metros del parapeto cuando nos vieron o nos oyeron, pues lanzaron unacerrada descarga que nos obligó a echarnos de bruces. Uno de ellos arrojó una granada por
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot4141encima del parapeto, signo seguro de pánico. Permanecíamos estirados sobre la hierba,aguardando una oportunidad para seguir adelante, cuando oímos o creímos oír-no tengodudas de que fue pura imaginación, pero entonces pareció bastante real- voces fascistasmucho más cercanas. Habían abandonado el parapeto y venían a por nosotros. «¡Corre!», legrité a Moyle, y me puse en pie de un salto. ¡Cielos, cómo corrí! Al comienzo de la nochehabía pensado que no se puede correr cuando se está empapado de pies a cabeza y cargadocon un fusil y cartuchos. Supe en ese momento que siempre se puede correr cuando unocree tener pegados a los talones a cincuenta o cien hombres armados. Si yo corríavelozmente, otros podían hacerlo aún con mayor rapidez. Durante mi huida, algo quepodría haber sido una lluvia de meteoritos me sobrepasó. Eran los tres españoles que noshabían encabezado. Alcanzaron nuestro propio parapeto sin detenerse y sin que yo pudieraalcanzarlos. La verdad es que teníamos los nervios deshechos. Sabía, en todo caso, que amedia luz, donde cinco hombres son claramente visibles, uno solo no lo es, de manera queresolví continuar explorando por mi cuenta. Me las ingenié para llegar a la alambradaexterior y examinar el terreno lo mejor que pude, lo cual no era mucho, pues debía yacerboca abajo. No había señales de Jorge o Hiddlestone y retrocedí reptando. Más tardesupimos que ambos habían sido llevados mucho antes a la sala de primeros auxilios. Jorgetenía una herida leve en el hombro. Hiddlestone estaba gravemente herido, una bala lehabía atravesado el brazo izquierdo, rompiéndole el hueso en varios lugares; mientras yacíaen el suelo, una granada explotó cerca de él produciéndole numerosas heridas. Me alegrapoder decir que se recuperó. Más tarde me contaría que se había arrastrado de espaldasalgunos metros hasta encontrar a un español herido, con el cual, ayudándose mutuamente,logró regresar.Ya estaba aclarando. A lo largo de la línea todavía resonaba un fuego sin sentido,como la llovizna que sigue cayendo luego de una tormenta. Recuerdo que todo tenía unaspecto desolador: las ciénagas, los sauces llorones, el agua amarilla en el fondo de lastrincheras y los rostros agotados de los hombres cubiertos de barro y ennegrecidos por elhumo. Cuando regresé a mi refugio en la trinchera, los tres hombres con quienes lacompartía ya estaban profundamente dormidos. Se habían arrojado al suelo con el equipopuesto y los fusiles embarrados apretados contra ellos. Todo estaba mojado, dentro y fuera.Una larga búsqueda me permitió reunir bastantes astillas secas como para encender unpequeño fuego. Luego fumé el cigarro que me había estado reservando y que, con gransorpresa por mi parte, no se había roto durante la noche.Tiempo después supe que la acción había resultado un éxito. Se trataba meramente deuna salida para que los fascistas apartaran tropas del otro lado de Huesca, donde losanarquistas volvían a atacar. Yo supuse que los fascistas habían utilizado cien o doscientoshombres en el contraataque, pero un desertor nos dijo más tarde que eran seiscientos. Creoque mentía -los desertores, por motivos evidentes, a menudo tratan de caer bien medianteadulaciones-. Era una gran pena lo del telescopio. La idea de haber perdido ese magníficobotín me duele aun ahora.7Los días se tornaron más cálidos y hasta las noches se hicieron tolerablemente tibias.En el cerezo marcado por las balas que había frente a nuestro parapeto comenzaron aformarse apretados racimos de cerezas. Bañarse en el río dejó de ser una tortura y se
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot4242convirtió casi en un placer. Rosas silvestres de grandes capullos rosados surgían de loshoyos dejados por las bombas alrededor de Torre Fabián. Detrás de la línea veíamoscampesinos que llevaban flores silvestres en- la oreja. Al anochecer; solían salir con redesverdes a cazar perdices. Extienden la red a una cierta altura sobre la hierba y luego se echana imitar el grito de la perdiz hembra. Cualquier macho que lo oye acude sin tardanza;cuando están debajo de la red, arrojan una piedra para asustarlos, ante lo cual pegan unsalto y quedan atrapados en aquélla. Aparentemente sólo cazaban machos, lo cual mepareció injusto. En esa época se sumó a nosotros una sección de andaluces. No sé cómollegaron hasta este frente. La explicación aceptada era que habían huido de Málaga a talvelocidad que se habían olvidado de detenerse en Valencia; pero esta explicación se debía alos catalanes, que despreciaban a los andaluces como a una raza de semisalvajes. Sin duda,los andaluces eran muy ignorantes, casi todos analfabetos, y ni siquiera parecían saber loúnico que nadie ignora en España: a qué partido pertenecían. Creían ser anarquistas, perono estaban del todo seguros; quizás fueran comunistas. Eran pastores o aceituneros, tal vez,de aspecto rústico, nudosos, con los rostros profundamente curtidos por el feroz solmeridional. Nos resultaban útiles, pues poseían extraordinaria destreza para convertir encigarrillos el reseco tabaco español. La distribución de éstos había cesado, pero a veces sepodían comprar en Monflorite paquetes de tabaco más barato, muy similar, en aspecto ytextura, a la paja cortada. De sabor no era malo, pero estaba tan seco que cuando seconseguía armar un cigarrillo, el tabaco no tardaba en caer y uno se quedaba con uncilindro vacío. Sin embargo, los andaluces lograban admirables cigarrillos y tenían unatécnica especial para pegar el papel.Dos ingleses cogieron una insolación. Mis recuerdos más vívidos de esa época son elcalor del mediodía, el trabajar semidesnudos con sacos de arena sobre los hombrosquemados por el sol; la mugre de las ropas y de las botas destrozadas; las luchas con lamula que traía nuestras raciones y que no tenía miedo de los disparos de fusil, pero huíacuando había un estallido de granada; los mosquitos, ya activos, y las ratas, molestas yruidosas, que devoraban hasta cinturones y cartucheras. Nada ocurría, excepto alguna bajaocasional producida por el disparo de un tirador apostado, el esporádico fuego de artilleríay los ataques aéreos sobre Huesca. Como los árboles ya estaban cubiertos de hojas,habíamos construido plataformas para tiradores en lo alto de los álamos que bordeaban lalínea. Al otro lado de Huesca, los ataques comenzaban a disminuir. Los anarquistas habíansufrido serias pérdidas sin lograr cortar del todo la carretera de Jaca. Habían conseguidoestablecerse a ambos lados, lo bastante cerca como para tener la ruta a tiro de ametralladorae impedir el tránsito, pero la brecha tenía un kilómetro de extensión y los fascistas habíanconstruido un camino hundido, una especie de enorme trinchera, por el cual cierto númerode camiones podía ir y venir. Algunos desertores informaron de que en Huesca quedabanmuchas municiones y pocos alimentos; era evidente que la ciudad no caería. Quizáresultaba imposible tomarla con los quince mil hombres mal armados de que se disponía.Más tarde, en junio, el gobierno retiró tropas del frente de Madrid hasta reunir treinta milhombres sobre Huesca y gran cantidad de aviones; ni aun así cayó la ciudad.Cuando salimos de permiso, yo llevaba ciento quince días en el frente. Ese periodome parecía entonces uno de los más inútiles de toda mi vida. Me uní a la milicia para pelearcontra el fascismo y, hasta ese momento, casi no había luchado, limitándome a existir comouna suerte de objeto pasivo, sin hacer otra cosa, a cambio de mis raciones, que padecer fríoy falta de sueño. Quizá sea ése el destino de casi todos los soldados en casi todas lasguerras. Ahora que puedo considerarlo con perspectiva, ya no me arrepiento de haberlovivido. Sin duda, querría haber servido con mayor eficacia al gobierno español, pero, desde
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot4343un punto de vista personal, el de mi propio desarrollo, esos primeros tres o cuatro meses demiliciano no fueron inútiles como pensé entonces. Constituyeron una suerte de interregnoen mi vida, muy distinto de cualquier otra experiencia que me hubiera sucedido antes y,quizá, que pueda ocurrirme en el futuro, y me enseñaron cosas que no habría podidoaprender de ninguna otra manera.Lo esencial es que durante todo ese tiempo había estado aislado -en el frente unoestaba casi completamente aislado del mundo exterior, e incluso de lo que ocurría enBarcelona teníamos una idea muy vaga- entre personas que cabría definir en líneasgenerales y sin temor a equivocarse mucho, como revolucionarios. Eso se debía a que lamilicia en sí era revolucionaria. En el frente de Aragón conservó este carácter hasta juniode 1937. Las milicias de trabajadores, basadas en los sindicatos y compuestas por hombresde opiniones políticas más o menos iguales, originaban la concentración del sentimientomás revolucionario del país y lo canalizaban en un sentido determinado. Yo estabaintegrando, más o menos por azar, la única comunidad de Europa occidental donde laconciencia revolucionaria y el rechazo del capitalismo eran más normales que su contrario.En Aragón se estaba entre decenas de miles de personas de origen proletario en su mayoría,todas ellas vivían y se trataban en términos de igualdad. En teoría, era una igualdadperfecta, y en la práctica no estaba muy lejos de serlo. En algunos aspectos, seexperimentaba un pregusto de socialismo, por lo cual entiendo que la actitud mentalprevaleciente fuera de índole socialista. Muchas de las motivaciones corrientes en la vidacivilizada -ostentación, afán de lucro, temor a los patrones, etcétera- simplemente habíandejado de existir. La división de clases desapareció hasta un punto que resulta casiinconcebible en la atmósfera mercantil de Inglaterra; allí sólo estábamos los campesinos ynosotros, y nadie era amo de nadie. Desde luego, semejante estado de cosas no Podía durar.Era sólo una fase temporal y local en un juego gigantesco que se desarrollaba en toda lasuperficie de la tierra. Sin embargo, duró lo bastante como para influir sobre todo aquel quelo experimentara. Por mucho que protestara en esa época, más tarde me resultó evidenteque había participado en un acontecimiento único y valioso. Había vivido en unacomunidad donde la esperanza era más normal que la apatía o el cinismo, donde la palabra«camarada» significaba camaradería y no, como en la mayoría de los países, farsante.Había aspirado el aire de la igualdad. Sé muy bien que ahora está de moda negar que elsocialismo tenga algo que ver con la igualdad. En todos los países del mundo, una enormetribu de escritorzuelos de partido y astutos profesores se afanan por «demostrar» que elsocialismo no significa nada mas que un capitalismo de Estado planificado, que no eliminael lucro como motivación. Por fortuna, también existe una visión del socialismocompletamente diferente. Lo que lleva a los hombres hacia el socialismo, y los mueve aarriesgar su vida por él, la «mística» del socialismo, es la idea de la igualdad; para la granmayoría, el socialismo significa una sociedad sin clases o carece de todo sentido.Precisamente esos pocos meses me resultaron valiosos, porque las milicias españolas,mientras duraron, constituyeron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases. Enesa comunidad donde nadie trataba de sacar partido de nadie, donde había escasez de todopero ningún privilegio y ninguna necesidad de adulaciones, quizá se tenía una tosca visiónde lo que serían las primeras etapas del socialismo. En lugar de desilusionarme, me atrajoprofundamente y fortaleció mi deseo de ver establecido el socialismo. Ello se debió, enparte, a la buena suerte de haber estado entre españoles, quienes, con su decencia innata ysu tinte anarquista, están en condiciones de hacer tolerables las etapas iniciales delsocialismo.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot4444En esa época yo casi no tenía conciencia de los cambios que se sucedían en mi propiamente. Como todos los que me rodeaban, percibía el aburrimiento, el calor, el frío, lamugre, los piojos, las privaciones y el peligro. Hoy es muy diferente. Ese período queentonces me pareció tan inútil y vacío de acontecimientos, tiene ahora gran importanciapara mí. Es tan distinto del resto de mi vida que ya ha adquirido esa cualidad mágica que,por lo general, pertenece sólo a los recuerdos muy viejos. Fue espantoso mientras duró,pero ahora constituye un buen sitio por el que pasear mi mente. Quisiera poder transmitir laatmósfera de esa época. Confío haberlo hecho, en parte, en los primeros capítulos de estelibro. En mi memoria los hechos están inseparablemente ligados al frío invernal, a losdestrozados uniformes de los milicianos, a los ovalados rostros españoles, al sonidotelegráfico de las ametralladoras, al olor a orines y a pan podrido, al sabor metálico de lospotajes de judías engullidos apresuradamente en escudillas sucias.Todo aquel período ha perdurado en mí con una curiosa nitidez. Con el recuerdorevivo incidentes que tal vez parezcan demasiado insignificantes para ser evocados. Vuelvoa estar en el refugio de Monte Pocero, sobre el suelo de piedra caliza que me sirve de cama.El pequeño Ramón ronca con la nariz aplastada entre mis omóplatos. Me tambaleo por laembarrada trinchera, atravesando la niebla que gira en torno a mí como vapor helado. Estoya mitad de camino en una grieta de la ladera de la montaña, luchando por mantener elequilibrio mientras arranco una raíz de romero silvestre. Por encima de mi cabeza cantanalgunas balas perdidas.Estoy echado, oculto entre unos pequeños abetos, en el terreno bajo que está al Oestede Monte Oscuro, con Kopp y Bob Edwards y tres españoles. En la desnuda colina gris anuestra derecha, una hilera de fascistas trepan como hormigas. Cerca, una trompeta suenaen las líneas enemigas. Mi mirada encuentra la de Kopp, quien, en un gesto de escolar, leshace burla.Estoy en el asqueroso patio de La Granja, entre la multitud de hombres que luchancon sus platos junto a la olla de estofado. El cocinero gordo y agotado nos mantiene a rayacon el cucharón. En una mesa cercana, un hombre barbudo, con una enorme pistolaautomática bajo el cinturón, corta grandes trozos de pan. Detrás de mí, una voz cockney(Bill Chambers, con quien había tenido una amarga pelea y que más tarde murió en lasafueras de Huesca) está cantando: ¡Hay ratas, ratas, ratas, ratas grandes como gatas, en el...!Una bala de cañón aúlla sobre nuestras cabezas. Criaturas de quince años se arrojan alsuelo. El cocinero se refugia detrás del caldero. Todos se levantan con una expresiónavergonzada cuando el proyectil estalla a unos cien metros.Camino junto a la línea de los centinelas, bajo los oscuros álamos. En la zanjainundada las ratas chapotean, haciendo tanto ruido como nutrias. Mientras la aurora aparecea nuestras espaldas, el centinela andaluz canta, envuelto en su capa. Del otro lado de latierra de nadie, llega el canto del centinela fascista...El 25 de abril, después de los habituales mañanas, otra sección nos relevó, y nosotrosles entregamos los fusiles, preparamos nuestro equipo y regresamos a Monflorite. Nolamentaba dejar el frente. Los piojos se multiplicaban en mis pantalones con mucha mayorrapidez de la que yo podía desplegar para destruirlos, desde hacia un mes carecía decalcetines y tenía destrozadas las suelas de las botas, de modo que caminaba casi descalzo.Ansiaba un baño caliente, ropa limpia y una noche entre sábanas más apasionadamente delo que es posible desear algo cuando se lleva una vida normal. Dormimos unas pocas horasen un granero de Monflorite, de madrugada subimos a un camión, tomamos el tren de lascinco en Barbastro y, habiendo tenido la suerte de enlazar con un tren rápido en Lérida,
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot4545llegamos a Barcelona a las tres de la tarde del 26. Y fue luego cuando comenzaron losproblemas.8Desde Mandalay, al norte de Birmania, se puede viajar por tren hasta Maymyo, laprincipal estación de montaña de la provincia, al borde de la meseta de Shan. Es unaexperiencia bastante extraña. El viaje se inicia bajo un sol abrasador en la típica atmósferade una ciudad oriental, entre millones de seres de rostros oscuros, palmeras polvorientas,jugosas frutas tropicales, olores de pescado, especias y ajo; y una vez acostumbrado a ella,uno se lleva consigo esa atmósfera intacta, por así decirlo, al vagón del tren. Hasta llegar aMaymyo, a mil doscientos metros sobre el nivel del mar, mentalmente se sigue estando enMandalay. Pero al descender del vagón, se entra en un mundo distinto. De pronto se respiraun aire dulce y fresco como el de Inglaterra, y se está rodeado de hierba verde, helechos,abetos y montañesas de sonrosadas mejillas vendiendo canastillas de fresas.Al regresar a Barcelona, después de tres meses y medio, me acordé de todo eso. Sedaba allí el mismo cambio brusco y sorprendente de atmósfera. En el vagón, durante elviaje a Barcelona, la atmósfera del frente persistía; la suciedad, el ruido, la incomodidad,las vestimentas raídas y el sentimiento de privación, de camaradería e igualdad. El tren,repleto de milicianos cuando partió de Barbastro, era invadido por grupos de campesinos encada estación de la línea. Llevaban atados de hortalizas, aterrorizadas aves de corralcolgando boca abajo, bolsas que giraban y se retorcían sobre el suelo y que resultaron estarllenas de conejos vivos y, por fin, un buen rebaño de ovejas que fueron conducidas hastalos compartimentos, donde se instalaban en los espacios disponibles. Los milicianoscantaban a gritos canciones revolucionarias, arrojaban besos al aire o agitaban pañuelosrojinegros en cuanto veían a una chica bonita. Botellas de vino y de anís, el detestable licoraragonés, pasaban de mano en mano, y otros bebían utilizando la clásica bota española, conla cual es posible lanzar un chorro de vino desde cierta distancia directamente a la boca.Este procedimiento parece significarles un considerable ahorro de trabajo. Junto a mí, unmuchachito de quince años, de ojos negros, teniendo por interlocutores a dos viejoscampesinos de rostro apergaminado que lo escuchaban con la boca abierta, relatabahistorias sensacionales y, sin duda, totalmente falsas acerca de sus propias hazañas en elfrente. Los campesinos no tardaron en desatar sus fardos y en convidarnos a un espeso vinorojo oscuro. Todos nos sentíamos profundamente felices, más de lo que puede expresarse.Pero, cuando el tren atravesó Sabadell y entró en Barcelona, nos rodeó una atmósferaapenas menos hostil que lo hubiera sido la de París o Londres.Todos los que habían hecho dos visitas a Barcelona durante la guerra, con intervalosde algunos meses, comentan los extraordinarios cambios que observaron en ella. Porextraño que parezca, los que fueron por primera vez en agosto y volvieron en enero o, comoyo mismo, primero en diciembre y después en abril, al volver siempre decían lo mismo:«La atmósfera revolucionaria ha desaparecido». Sin duda, para quien hubiera estado allí enagosto, cuando la sangre aún no se había secado en las calles y los milicianos ocupaban loshoteles elegantes, Barcelona, en diciembre, le habría parecido una ciudad burguesa; peropara mi, recién llegado de Inglaterra, se continuaba pareciendo más a una ciudad obrera quecualquier otra que yo hubiera podido concebir. Pero la marea estaba de reflujo. Ahora
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot4646volvía a ser una ciudad corriente, un poco maltratada y lastimada por la guerra, pero sinninguna señal externa de predominio de la clase trabajadora.El cambio en el aspecto de las gentes era increíble. El uniforme de la milicia y losmonos azules habían desaparecido casi por completo; la mayoría parecía usar esoselegantes trajes veraniegos en los que se especializan los sastres españoles. En todas partesse veían hombres prósperos y obesos, mujeres bien ataviadas y coches de lujo.(Aparentemente, aún no había coches privados, no obstante lo cual, todo aquel que fuera«alguien» podía disponer de un automóvil.) Los oficiales del nuevo Ejército Popular, untipo que casi no existía cuando dejé Barcelona, ahora abundaban en cantidadessorprendentes. La oficialidad del Ejército Popular estaba constituida a razón de un oficialpor cada diez hombres. Cierto número de esos oficiales había actuado en el frente, dentrode la milicia, y recibido luego instrucción técnica, pero en su mayoría eran jóvenes quehabían asistido a la Escuela de Guerra en lugar de unirse a la milicia. Su relación con latropa no era exactamente la que se da en un ejército burgués, pero existía unajerarquización social bien definida, expresada por la diferencia de paga y en el uniforme.Los soldados usaban una especie de burdo mono marrón y los oficiales un finouniforme de color caqui, con la cintura ajustada como en el de los oficiales ingleses. Nocreo que más de uno de cada veinte de esos oficiales conociera una trinchera. Sin embargo,todos iban armados con pistolas automáticas al cinto, mientras nosotros, en el frente, nopodíamos conseguirlas a ningún precio. Al avanzar por las calles, observé que nuestrasuciedad llamaba la atención. Desde luego, como todos los hombres que han pasado variosmeses en las trincheras, constituíamos un espectáculo lamentable. Yo tenía conciencia deparecerme a un espantapájaros. Mi chaqueta de cuero estaba hecha jirones, mi gorra de lanase había deformado tanto que se me deslizaba permanentemente sobre un ojo y de misbotas sólo quedaban restos. No era yo un caso excepcional y, además, todos estábamossucios y barbudos. No era sorprendente, pues, que la gente se nos quedara mirando. Noobstante, me desalentó un poco y me hizo comprender algunas cosas extrañas que habíanestado ocurriendo durante los últimos tres meses.En los días siguientes descubrí, a través de innumerables indicios, que mi primeraimpresión no había sido errónea. Un profundo cambio se había producido en la ciudad. Doshechos constituían la clave de este cambio: el primero era que la gente, la población civil,había perdido gran parte de su interés por la guerra: y el segundo, que la división de lasociedad en ricos y pobres, clase alta y clase baja, se volvía a reinstaurar.La indiferencia general hacia la guerra causaba sorpresa, asco, y horrorizaba aquienes llegaban a Barcelona procedentes de Madrid o de Valencia. En parte, se debíaa la gran distancia que mediaba entre Barcelona y el lugar actual de la lucha; observéidéntica situación un mes después en Tarragona, donde la vida habitual de una eleganteciudad costera continuaba casi sin interrupciones. Resultaba significativo que en todaEspaña el alistamiento voluntario hubiera ido disminuyendo desde enero. En Cataluña,cuando en febrero se hizo la primera gran campaña a favor del Ejército Popular, hubo unaola de entusiasmo que no se tradujo en un incremento del reclutamiento. Apenas seis mesesdespués de iniciada la guerra, el gobierno español tuvo que recurrir al servicio militar; locual parece natural en un conflicto con el extranjero, pero resulta anómalo en una guerracivil. Sin duda, ello se explica en parte por el debilitamiento de las esperanzasrevolucionarias, tan decisivas al comienzo de la contienda. Durante las primeras semanasde la guerra, los miembros de los sindicatos que se constituyeron en milicias y persiguierona los fascistas hasta Zaragoza lo hicieron, en gran medida, porque ellos mismos creían estarluchando por el control de la clase trabajadora; pero cada vez se hacía más patente que
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot4747dicha aspiración era una causa perdida. No podía criticarse a la gente común, en especial alproletariado urbano, que constituye el grueso de las tropas de cualquier guerra, por unacierta apatía. Nadie quería perder la guerra, pero la mayoría deseaba, sobre todo, queterminara. Tal situación era evidente en todas partes. Te encontraras con quien teencontraras, siempre escuchabas el mismo comentario: «Esta guerra es terrible, ¿no?¿Cuándo terminará?». La gente con conciencia política se interesaba mucho más por lalucha intestina entre anarquistas y comunistas que por la guerra contra Franco. Para la granmasa de gente, la escasez de comida era lo fundamental. «El frente» se había convertido enun remoto lugar mítico, en el que los hombres jóvenes desaparecían para no regresar o parahacerlo al cabo de tres o cuatro meses con grandes sumas de dinero en los bolsillos. (Unmiliciano habitualmente recibía su paga atrasada cuando salía de permiso.) Los heridos, auncuando anduvieran con muletas, dejaron de recibir una consideración especial. Pertenecer ala milicia ya no estaba de moda, como lo demostraban claramente las tiendas, que siempreson los barómetros del gusto público. Cuando llegué por primera vez a Barcelona, lastiendas, por pobres que fueran, se habían especializado en equipos para milicianos. Entodos los escaparates se podían ver gorras de visera, cazadoras de cremallera, cinturonesSam Browne, cuchillos de caza, cantimploras y fundas de revólver. Ahora las tiendas teníanun aspecto más elegante, la guerra había quedado relegada a la trastienda. Comodescubriría más tarde, cuando intenté comprar un equipo nuevo antes de regresar al frente,ciertas cosas que allí se necesitaban con mucha urgencia eran muy difíciles de conseguir.Entretanto, había en marcha una campaña sistemática de propaganda contra lasmilicias partidistas y en favor del Ejército Popular. En este aspecto la situación era bastantecuriosa. Desde febrero, todas las fuerzas armadas quedaron teóricamente incorporadas alEjército Popular y las milicias se reorganizaron sobre el modelo de aquél, con pagasdiferenciadas, jerarquización, etcétera, etcétera. Las divisiones estaban compuestas por«brigadas mixtas», formadas por tropas del Ejército Popular y de las milicias. En realidad,los únicos cambios que se produjeron fueron algunos cambios de nombres. Por ejemplo, lastropas del POUM que antes se conocían como División Lenin, se llamaban ahora División29. Hasta junio, muy pocas tropas del Ejército Popular llegaron al frente de Aragón y, enconsecuencia, las milicias pudieron conservar su estructura autónoma y su carácterespecial. Pero los agentes del gobierno habían estarcido las paredes con el lema:«Necesitamos un Ejército Popular», y por la radio y a través de la prensa comunista sedesarrollaba un ataque incesante y a veces virulento contra las milicias, a las que sedescribía como mal adiestradas, indisciplinadas, etcétera, etcétera, mientras se calificabasiempre de «heroico» al Ejército Popular. Gran parte de esta propaganda parecía dar aentender que era vergonzoso haber ido voluntariamente al frente, y digno de elogio haberaguardado el reclutamiento. Mientras esto ocurría, eran las milicias las que defendían elfrente, y el Ejército Popular sólo se adiestraba en la retaguardia, pero tal hecho se ocultabaal conocimiento público. Los grupos de milicianos que retornaban a las trincheras ya nomarchaban por las calles con las banderas desplegadas y al son de los tambores; erantransportados discreta- mente por tren o camión a las cinco de la madrugada. Unos pocosdestacamentos del Ejército Popular comenzaban a partir hacia la línea de fuego y, comoantes ocurría con las milicias, marchaban ceremoniosamente por la ciudad. Pero a causa deldebilitamiento general del interés por la guerra, ni siquiera ellos eran saludados con mayorentusiasmo. El hecho de que las tropas de la milicia también fueran, en teoría, parte delEjército Popular fue hábilmente utilizado por la propaganda periodística. Toda victoria seatribuía automáticamente al Ejército Popular; mientras que todos los desastres se
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot4848reservaban para las milicias. A veces ocurría que las mismas tropas, alternativamente, eranelogiadas o criticadas según se dijera que pertenecían al ejército o a la milicia.Además de todo esto, había también un cambio sorprendente en el clima social, algoque resulta difícil de imaginar a menos que uno lo haya experimentado. Cuando llegué aBarcelona por primera vez, me pareció una ciudad donde las distinciones de clases y lasgrandes diferencias económicas casi no existían. Eso era, desde luego, lo que parecía. Lasropas «elegantes» constituían una anormalidad, nadie se rebajaba ni aceptaba propinas; loscamareros, las floristas y los limpiabotas te miraban a los ojos y te llamaban «camarada».Yo no había captado que se trataba en lo esencial de una mezcla de esperanza y camuflaje.Los trabajadores creían en la revolución que había comenzado sin llegar a consolidarse, ylos burgueses, atemorizados, se disfrazaban temporalmente de obreros. En los primerosmeses de la revolución hubo seguramente miles de personas que deliberadamente sepusieron el mono proletario y gritaron lemas revolucionarios para salvar el pellejo. Ahoralas cosas estaban volviendo a sus cauces normales. Los mejores restaurantes y hotelesestaban llenos de gente rica que devoraba comida cara, mientras, para la clase trabajadora,los precios de los alimentos habían subido muchísimo sin un aumento compensatorio en lossalarios. Además de este encarecimiento, con frecuencia escaseaban algunos productos,afectando, desde luego, como siempre, al pobre más que al rico. Los restaurantes y loshoteles no parecían tener ninguna dificultad en conseguir lo que quisieran; pero en losbarrios obreros se hacían colas de cientos de metros para adquirir pan, aceite de oliva yotros artículos indispensables. La primera vez que estuve en Barcelona me llamó laatención la ausencia de mendigos; ahora abundaban. En la puerta de las charcuterías, alprincipio de las Ramblas, pandillas de chicos descalzos aguardaban siempre para rodear alos que salían y pedir a gritos un poco de comida. Las formas «revolucionarias» dellenguaje comenzaban a caer en desuso. Los desconocidos ya no se dirigían a uno diciendotú y camarada; habitualmente empleaban señor y usted. Buenos días comenzaba areemplazar a salud. Los camareros volvieron a usar sus camisas almidonadas y losdependientes de - las tiendas recurrían de nuevo a sus adulaciones usuales. Mi esposa y yoentramos en un comercio de las Ramblas para comprar calcetines. El vendedor hizo unareverencia y se frotó las manos como ni siquiera en Inglaterra se hace ya hoy en día, aunquese solía hacer hace veinte o treinta años. De manera furtiva e indirecta, la costumbre de lapropina comenzaba a retornar. Se había ordenado que las patrullas de trabajadores sedisolvieran, y las fuerzas policiales anteriores a la guerra recorrían de nuevo las calles.Reaparecieron los espectáculos de cabaret y los prostíbulos de categoría, muchos de loscuales habían sido clausurados por las patrullas de trabajadores. Un ejemplo ínfimo, perosignificativo, de cómo todo se orientaba para favorecer a las clases más acomodadas loofrece la escasez de tabaco. La carencia de tabaco era tan desesperante que se vendían enlas calles cigarrillos de picadura de regaliz. Cierta vez probé uno. (Mucha gente los probóalguna vez.) Franco retenía las Canarias, de donde provenía todo el tabaco español y, enconsecuencia, las únicas reservas con que contaba el gobierno eran del período previo alinicio de la guerra. Éstas habían disminuido tanto que los estancos abrían sólo una vez porsemana; luego de hacer cola durante un par de horas se podía, con suerte, conseguir unacajetilla de tabaco. En teoría, el gobierno no permitía que se importara tabaco, porque ellosignificaba reducir las reservas de oro, que debían destinarse a la compra de armas y otrosartículos vitales. En realidad, había un contrabando constante de cigarrillos extranjeros delas marcas más caras, como Lucky Strike, lo que permitía obtener pingües ganancias. Éstosse podían adquirir sin disimulo en los hoteles lujosos y, de forma un poco más furtiva, en lacalle, siempre y cuando uno pudiera pagar diez pesetas (el jornal de un miliciano) por un
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot4949paquete. El contrabando beneficiaba a la gente acomodada y, por ende, era tolerado. Si unotenía bastante dinero, podía conseguir cualquier cosa en cualquier cantidad, menos pan,quizá, cuyo racionamiento era bastante estricto. Este marcado contraste entre la riqueza y lapobreza hubiera sido imposible unos meses antes, cuando la clase obrera mantenía, oparecía mantener; el control de la situación. Pero no sería justo atribuirlo únicamente a loscambios en el poder político. En parte, era resultado de la vida segura que se llevaba enBarcelona, donde había muy poco que le hiciera recordar a uno la guerra, exceptuandoalgún ocasional ataque aéreo. Quienes habían estado en Madrid afirmaban que allí las cosaseran muy distintas. En Madrid, el peligro compartido obligaba a la gente de casi todas lascondiciones a alguna suerte de camaradería. Un hombre obeso que come perdices mientraslos chicos piden pan en la calle constituye un espectáculo repelente, pero es menosprobable verlo cuando se está a tiro de los cañones enemigos.Un día o dos después de los enfrentamientos callejeros, recuerdo haber pasado poruna confitería situada en una de las calles elegantes y haberme detenido frente a suescaparate lleno de pasteles y bombones finísimos a precios increíbles. Era el tipo de tiendaque uno puede ver en Bond Street o en la Rue de la Paix. Recuerdo haber sentido un vagohorror y desconcierto al pensar que aún podía desperdiciarse dinero en tales cosas en unpaís hambriento y asolado por la guerra. Pero líbreme Dios de arrogarme algunasuperioridad personal. Después de varios meses de incomodidades, tenía un voraz deseo debuena comida y buen vino, cócteles, cigarrillos norteamericanos y esas cosas, y confiesohaberme permitido todos los lujos que el dinero pudo proporcionarme.Durante esa primera semana, antes de que comenzaran las luchas callejeras, tuvevarias preocupaciones que guardaban una curiosa relación entre sí. En primer lugar; comoya dije, me dediqué a rodearme de las mayores comodidades posibles.En segundo lugar; gracias al exceso de comida y bebida, mi salud se resintió durantetoda esa semana. Cuando me sentía mal, me quedaba en la cama la mitad del día; melevantaba, volvía a comer en exceso y volvía a sentirme enfermo. Por otro lado, estabaefectuando negociaciones secretas para comprar una pistola. La necesitaba urgentemente,pues en la lucha de trincheras resultaba mucho más útil que un fusil. Era muy difícilconseguir una; el gobierno las distribuía a los policías y a los oficiales del Ejército Popular;pero se negaba a entregarlas a la milicia; era necesario comprarlas, ilegalmente, en losarsenales secretos de los anarquistas. Después de muchas molestias y tribulaciones, unamigo anarquista logró conseguirme una pequeña pistola automática calibre veintiséis,arma bastante ineficaz y del todo inútil a más de pocos metros, pero siempre mejor quenada. Me encontraba, además, realizando trámites preliminares para abandonar la miliciadel POUM e ingresar en alguna otra unidad que me permitiera llegar al frente de Madrid.Durante bastante tiempo había manifestado a todo el mundo que me proponíaabandonar el POUM. De acuerdo con mis preferencias puramente personales, me hubieragustado unirme a los anarquistas. Si uno se convertía en miembro de la CNT, era posibleingresar en la milicia de la FAI, pero me dijeron que, en ese caso, probablemente, meenviarían a Teruel y no a Madrid. Si deseaba ir a Madrid, debía ingresar en la ColumnaInternacional, lo cual implicaba la necesidad de obtener una recomendación del PartidoComunista. Me encontré con un amigo comunista, agregado a la Ayuda Médica Española, yle expliqué mi situación. Pareció muy deseoso de reclutarme y me pidió que convenciera aalgunos de los ingleses del ILP de que siguieran mis pasos. De haber sido mejor mi salud,probablemente hubiera aceptado en ese momento. Resulta difícil imaginar ahora quéefectos hubiera tenido más tarde tal decisión Probablemente me habrían enviado a Albaceteantes de que comenzaran los enfrentamientos en Barcelona, en cuyo caso, al no haberla
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot5050presenciado, podría haber aceptado como verídica la versión oficial. Por otro lado, sihubiera estado bajo órdenes comunistas durante la lucha de Barcelona, mi lealtad personalhacia los camaradas del POUM me habría colocado en una situación insostenible. Pero mequedaba otra semana de permiso y estaba impaciente por recuperar mi salud antes deregresar al frente. Asimismo -y éste es el tipo de circunstancia que siempre decide el propiodestino-, tuve que esperar hasta que el zapatero me hiciera un nuevo par de botas. (Todo elejército español no había logrado proporcionarme unas botas que fueran lo bastante grandesy cómodas para mí.) Le dije a mi amigo comunista que tomaría mi decisión final másadelante. Mientras tanto quería descansar. Incluso tenía la idea de irme con mi esposa a lacosta por dos o tres días. ¡Vaya una idea! La atmósfera política tendría que habermeadvertido de que eso era precisamente lo que no se podía hacer esos días.Por debajo del lujo y de la creciente pobreza, de la - aparente alegría de las calles conpuestos de flores, banderas multicolores, carteles de propaganda y abigarradas multitudes,la ciudad respiraba el clima inconfundible de la rivalidad y el odio políticos. Personas detodas las opiniones posibles decían en tono premonitorio: «Pronto tendremos dificultades».El peligro era muy simple y comprensible. Se trataba del antagonismo entre quienesquerían que la revolución siguiera adelante y los que deseaban frenarla o impedirla, esdecir; entre anarquistas y comunistas. Desde el punto de vista político, en Cataluña noexistía otro poder que el PSUC y sus aliados liberales. Pero a él se oponía la fuerza inciertade la CNT, no tan bien armada y menos segura en cuanto a sus metas, pero poderosa acausa del número y de su predominio en varias industrias claves. Dada esta relación defuerzas, el choque era inevitable. Desde el punto de vista de la Generalitat, controlada porel PSUC, el primer paso necesario para asegurar su posición consistía en despojar de susarmas a la CNT. Como ya señalé antes [ver Apéndice 1], la disolución de las miliciaspartidistas era, en el fondo, una maniobra tendente a este fin. Al mismo tiempo, las fuerzaspoliciales anteriores a la guerra, la Guardia Civil y otras, habían sido reimplantadas y eranreforzadas y armadas intensamente. Eso sólo podía significar una cosa. Los guardiasciviles, en especial, constituían una gendarmería del tipo corriente, y durante casi un siglo,habían actuado como guardianes de las clases pudientes. Entretanto, se publicó un decretosegún el cual todos los particulares que poseían armas debían entregarlas. Naturalmente,fue desobedecido. Resultaba claro que las armas de los anarquistas sólo podrían obtenersepor la fuerza. Durante este período hubo rumores, siempre vagos y contradictorios debido ala censura periodística, sobre choques que se producían en toda Cataluña. En diversoslugares, las fuerzas policiales armadas atacaron baluartes anarquistas. En Puigcerdá, junto ala frontera francesa, un grupo de carabineros intentó apoderarse de la aduana, controladapor los anarquistas, y Antonio Martín, un conocido anarquista, resultó muerto. Incidentessimilares ocurrieron en Figueras y, según creo, en Tarragona. En los suburbios obreros deBarcelona se produjeron toda una serie de choques más o menos espontáneos. Miembros dela CNT y de la UGT venían matándose unos a otros desde hacía algún tiempo; en ciertasocasiones, los crímenes se vieron seguidos por gigantescos funerales provocativos, cuyafinalidad deliberada era despertar odios políticos. Poco tiempo antes, un miembro de laCNT había sido asesinado, y ésta había movilizado a centenares de miles de sus afiliados enel cortejo fúnebre. Hacia finales de abril, cuando yo acababa de llegar a Barcelona, RoldánCortada, miembro prominente de la UGT, fue asesinado, según se cree, por alguien de laCNT. El gobierno ordenó que todos los comercios cerraran y organizó una enormeprocesión fúnebre, constituida en su mayor parte por tropas del Ejército Popular y tan largaque se necesitaron dos horas para que pasara por un punto dado. Desde la ventana del hotella observé sin mayor entusiasmo; era evidente que ese supuesto funeral era un mero
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot5151despliegue de fuerzas. Si los hechos se agudizaban un poco más se llegaría alderramamiento de sangre. Esa misma noche mi esposa y yo nos despertamos debido a unaserie de disparos procedentes de la Plaza de Cataluña, situada a unos cien o doscientosmetros. Al día siguiente supimos que habían matado a un miembro de la CNT y que elasesino probablemente pertenecía a la UGT. Desde luego, era muy posible que todos esoscrímenes fueran cometidos por agentes provocadores. Puede medirse la actitud de la prensacapitalista extranjera hacia el conflicto comunista-anarquista señalando que el asesinato deRoldán fue objeto de amplia publicidad, mientras que fue ocultado cuidadosamente el queconstituyó su respuesta.Se acercaba el 1º de Mayo, y se hablaba de una manifestación gigantesca en la quetomarían parte tanto la CNT como la UGT. Los líderes de la CNT, más moderados quemuchos de sus miembros, trabajaban desde hacia tiempo por una reconciliación con laUGT; y, en efecto, la esencia de su política era intentar la integración de los dos bloques enuna gran coalición. La idea era que la CNT y la UGT desfilaran unidas y demostraran susolidaridad. Pero, en el último momento, se suspendió la manifestación, pues resultabaevidente que sólo originaria disturbios. Nada ocurrió el 1º de Mayo. La situación era bienextraña. Barcelona, la llamada ciudad revolucionaria, fue quizá la única en la Europa nofascista que no celebró ese día. Pero admito que me sentí aliviado. Se esperaba que elcontingente del ILP marchara en la manifestación con la sección del POUM y todo elmundo preveía incidentes. Lo último que yo deseaba era verme mezclado en alguna tontalucha callejera. Marchar por la calle detrás de banderas rojas, con ampulosos eslóganesescritos, para luego morir de un balazo disparado con una metralleta desde alguna ventanapor un desconocido no respondía a mi idea de lo que es una forma útil de morir.9En torno al mediodía del 3 de mayo, un amigo que cruzaba el vestíbulo del hotelanunció como de pasada: «He oído que ha habido jaleo en la Central Telefónica». Por algúnmotivo, no le presté mayor atención en ese momento.Por la tarde, entre las tres y las cuatro, me encontraba a media altura de las Ramblascuando oí a mis espaldas varios tiros. Me di la vuelta y vi a algunos jóvenes que, confusiles en la mano y los pañuelos rojinegros de los anarquistas al cuello, desaparecían poruna bocacalle en dirección norte. Evidentemente, disparaban contra alguien situado en unaelevada torre octogonal -una iglesia, según creo- que se alzaba sobre esa calle. Deinmediato pensé: «¡Ya ha comenzado!». Pero lo pensé sin mayor sentimiento de sorpresa,pues desde hacia varios días todos esperábamos que «aquello» comenzara en cualquiermomento.Quise regresar al hotel enseguida para saber cómo estaba mi esposa, pero el grupo deanarquistas, a la entrada de la bocacalle, hacía retroceder a la gente, gritando para que nadiecruzara la línea de fuego. Se oyeron más disparos. Las balas procedentes de la torreatravesaron la calle, y una multitud aterrorizada se abalanzó Ramblas abajo, alejándose delfuego; a lo largo de la calle podía oírse el tableteo de las persianas metálicas que bajabanlos tenderos para proteger sus escaparates. Vi dos oficiales del Ejército Popular retirándoseprudentemente de árbol en árbol con las manos en las pistolas. Delante de mí, la gente seprecipitaba por las escaleras de la estación de metro que hay en medio de las Ramblas en
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot5252busca de protección. Opté por no seguirlos, pues no quería quedarme atrapado bajo tierradurante horas.En ese momento, un médico norteamericano que había estado con nosotros en elfrente se acercó corriendo y me tomó del brazo. Estaba muy excitado.-Vamos, debemos llegar hasta el hotel Falcón. (El hotel Falcón era una especie decasa de huéspedes regida por el POUM y utilizada principalmente por los milicianos depermiso.) Los muchachos del POUM se reunirán allí. Ya comenzaron los líos. Debemospermanecer unidos.-Pero ¿qué demonios está pasando? -pregunté yo.El médico me tiraba del brazo y la nerviosidad le impedía darme una explicaciónclara. Según parecía, había estado en la Plaza de Cataluña cuando varios camiones llenos deguardias civiles armados se detuvieron frente a la Central Telefónica, en manos detrabajadores de la CNT, y lanzaron un súbito ataque contra ella. Luego llegaron algunosanarquistas y se originó una refriega general. Deduje que los «líos» de las primeras horasdel día se habían producido porque el gobierno exigía la entrega de la Telefónica, exigenciaque, desde luego, fue rechazada.Mientras nos dirigíamos calle abajo, un camión repleto de anarquistas armados pasó atoda velocidad en dirección opuesta. En la parte delantera se veía a un jovencitodesarrapado, echado sobre una pila de colchones tras una ametralladora ligera. Cuandollegamos al hotel Falcón, al final de las Ramblas, una multitud en ebullición ocupaba elvestíbulo de la entrada. Reinaba gran confusión, nadie parecía saber qué se esperaba deellos y sólo estaba armado el puñado de tropas de choque que normalmente cuidaba eledificio. Crucé hasta el Comité Local del POUM, situado casi enfrente. Arriba, en lahabitación donde los milicianos habitualmente recibían su paga, había otro grupo numerosopresa de la agitación. Un hombre alto, pálido, buen mozo, de unos treinta años, vestido decivil, trataba de restablecer el orden mientras repartía cinturones y cajas de cartuchosapiladas en un rincón. No parecía haber ningún fusil. El médico había desaparecido -creoque ya se habían producido bajas y se había llamado a los médicos-, pero había llegado otroinglés. Luego, de una oficina interna, el hombre alto y algunos otros salieron con los brazosllenos de fusiles y comenzaron a distribuirlos. El otro inglés y yo, en tanto que extranjeros,resultábamos algo sospechosos y, al principio, nadie quería darnos un arma. Entonces llegóun miliciano, compañero en el frente, que me reconoció, después de lo cual nos entregaron,aunque de mala gana, dos fusiles y algunos cargadores.Continuaban los disparos en la distancia y las calles estaban desiertas. Se afirmabaque era imposible subir por las Ramblas. Los guardias civiles habían ocupado edificios enposiciones dominantes y disparaban contra todos los que pasaban. Yo me hubieraarriesgado a regresar al hotel, pero circulaba el vago rumor de que el Comité Local seríaatacado en cualquier momento y convenía quedarse por allí. En todo el edificio, en lasescaleras y hasta en la acera, en la calle, pequeños grupos de gente aguardaban de piehablando con excitación. Nadie parecía tener una idea muy clara de lo que ocurría. Sólopude deducir que los guardias civiles habían atacado la Central Telefónica, capturadovarios puntos estratégicos y que dominaban otros edificios pertenecientes a los obreros.Dominaba la impresión general de que la Guardia Civil andaba «detrás» de la CNT y de laclase trabajadora en general. Era evidente que, hasta ese momento, nadie parecíaresponsabilizar al gobierno. Las clases más pobres de Barcelona consideraban a la GuardiaCivil como algo bastante similar a los Black and Tans, y todos parecían dar por sentado quehabía lanzado ese ataque por iniciativa propia. Una vez que me enteré de cómo estaban lascosas, me sentí más tranquilo. La situación era bastante clara: de un lado la CNT, del otro,
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot5353la policía. No experimento ninguna simpatía particular por el «obrero» idealizado, tal comoestá presente en la mente del comunista burgués, pero cuando veo a un obrero de carne yhueso en conflicto con su enemigo natural, el policía, no tengo necesidad de preguntarmede qué lado estoy.Pasó mucho tiempo y nada parecía suceder en nuestro lado de la ciudad. No se meocurrió que podía telefonear al hotel y conversar con mi esposa, pues di por sentado que laTelefónica había suspendido sus actividades. En realidad, sólo estuvo paralizada algunashoras. En los dos edificios parecía haber unas trescientas personas, en su mayoría de laclase más humilde y procedentes de las callejuelas cercanas a los muelles; había muchasmujeres, algunas con un niño en brazos, y una multitud de muchachitos andrajosos. Meimagino que la mayoría no tenía ni idea de lo que ocurría y se había precipitado a losedificios del POUM simplemente en busca de protección. También había algunosmilicianos de permiso y un grupito de extranjeros. Según mis cálculos, entre todos apenasreuníamos unos sesenta fusiles. La oficina del primer piso era constantemente asediada porhombres que exigían armas y sólo recibían una negativa. Los milicianos más jóvenes, paraquienes el asunto parecía una especie de pic-nic, daban vueltas y trataban de sonsacar ohurtar los fusiles a quienes los poseían. Muy pronto uno de ellos se las ingenió paraapoderarse del mío y desaparecer con él. Una vez más estaba desarmado; sólo conservabami pequeña pistola automática y un solo cargador.Empezaba a oscurecer, tenía hambre y al parecer no había comida en el hotel Falcón.Mi amigo y yo nos deslizamos hasta su hotel, no muy distante, para cenar. En las calles,oscuras y silenciosas, no se veía un alma. Las persianas de los escaparates continuabanbajadas, pero nadie levantaba ya barricadas. Tuvimos que armar un buen escándalo paraque nos dejaran entrar en el hotel, cerrado a cal y canto. Cuando regresamos, me enteré deque la Central Telefónica funcionaba otra vez y subí al primer piso para llamar a mi esposa.Como era de suponer, no había una sola guía telefónica en el edificio y yo ignoraba elnúmero del hotel Continental. Después de buscar en todas las habitaciones durante unahora, encontré una guía de turismo donde figuraba. No logré comunicarme con mi esposa,pero hablé con John McNair, el representante del ILP en Barcelona. Me aseguró que todoiba bien, que nadie había sido herido y me preguntó cómo nos encontrábamos en el ComitéLocal. Le respondí que, con cigarrillos, estaríamos mucho mejor. Lo dije en broma, peromedia hora más tarde McNair apareció con dos paquetes de Lucky Strike. Había desafiadola oscuridad impenetrable de las calles, recorridas por patrullas anarquistas que, pistola enmano, lo habían parado dos veces para identificarlo. Nunca olvidaré ese pequeño acto deheroísmo. Nos alegró mucho tener cigarrillos.Habían apostado guardias armados en casi todas las ventanas, y en la calle unpequeño grupo de tropas de choque detenía e interrogaba a los pocos transeúntes. Un cochepatrulla anarquista cargado de armas se detuvo frente a la puerta. Junto al conductor unahermosa joven morena de unos dieciocho años albergaba una metralleta sobre sus rodillas.Pasé largo tiempo vagando por el edificio, un gran local laberíntico cuya distribuciónresultaba imposible de aprender. En las distintas dependencias encontré muebles rotos,papeles rasgados, el desorden habitual que parece ser un producto inevitable de larevolución. Por todas partes había gente durmiendo; en un pasillo, sobre un sofádesvencijado, dos pobres mujeres de la zona de los muelles roncaban plácidamente. Eledificio había sido un teatro-cabaret antes de que el POUM lo ocupara. Varias de lashabitaciones tenían escenarios elevados. Sobre uno de ellos quedaba un gran pianosolitario. Por fin encontré lo que buscaba: el arsenal. No sabía cómo terminaría todo aquelloy necesitaba desesperadamente un arma. Había oído decir tantas veces que el PSUC, el
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot5454POUM y la CNT-FAI acumulaban armas en Barcelona que no podía creer que dos de losprincipales edificios del POUM contuvieran únicamente los cincuenta o sesenta fusilesdistribuidos. El cuarto que servía de arsenal no estaba vigilado y tenía una puerta bastanteendeble; con otro inglés, la forzamos sin dificultad. Al entrar, comprobamos que nos habían- dicho la verdad: no había más armas. Sólo encontramos unas dos docenas de rifles decalibre pequeño y de modelo anticuado y unas pocas escopetas, pero ninguna munición.Subí a la oficina y pregunté si disponían de balas para mi pistola; no tenían. Solamentehabía unas pocas cajas de granadas, de un tipo primitivo, traídas por uno de los cochespatrulla anarquistas. Guardé un par en una de mis cartucheras. Era un tipo de granada muytosca que se accionaba frotando una especie de cerilla en la parte superior y muy propensa aexplotar por iniciativa propia.El suelo estaba cubierto de gente dormida. En una habitación un bebé lloraba sincesar. Aunque estábamos en mayo, la noche se puso fría. En uno de los escenarios todavíaquedaban restos del telón, lo arranqué con el cuchillo, me envolví en él y dormí unas pocashoras. Recuerdo que mi sueño se vio perturbado por la idea de que esas malditas granadaspodían hacerme volar si llegaba a aplastarlas. A las tres de la mañana, el hombre alto ybuen mozo que parecía estar al mando de todo me despertó, me dio un fusil y me puso deguardia en una de las ventanas. Me dijo que Sala, el jefe de policía, responsable del ataquecontra la Central Telefónica, había sido arrestado. (En realidad, como supimos después,sólo había sido destituido de su cargo. No obstante, la noticia confirmó la impresión generalde que la Guardia Civil había actuado sin orden previa.) Al amanecer, la gente comenzó alevantar dos barricadas, una frente al Comité Local y otra frente al hotel Falcón. Las callesde Barcelona están empedradas con adoquines cuadrados, fáciles de apilar y, debajo deellos, hay una especie de gravilla muy útil para llenar sacos. El proceso de construcción deesas barricadas constituyó un espectáculo singular y maravilloso; hubiera dado cualquiercosa por fotografiarlo. Con esa suerte de apasionada energía que despliegan los españolescuando han tomado la firme decisión de realizar alguna tarea, largas filas de hombres,mujeres y criaturas muy pequeñas arrancaban las piedras, las transportaban en una carretillaque habían encontrado en alguna parte y trastabillaban de un lado a otro bajo los pesadossacos. En la puerta del Comité Local, una muchacha judía alemana, con un pantalón demiliciano cuyas rodilleras le llegaban a los tobillos, observaba todo con una sonrisa. En unpar de horas las barricadas estuvieron listas y en sus troneras se apostaron los hombresarmados; detrás de una de ellas ardía un fuego y unos hombres freían huevos.Habían vuelto a quitarme el fusil y no parecía que quedara nada útil por hacer allí.Otro inglés y yo decidimos regresar al hotel Continental. Resonaban muchos disparos en lalejanía, pero ninguno parecía proceder de las Ramblas. Camino arriba, echamos una miradaen el mercado de abastos. Muy pocos puestos estaban abiertos, y los asediaba una multitudprocedente de los barrios obreros situados al sur de las Ramblas. En el momento en quepenetramos en el mercado afuera se produjo un tiroteo, algunos vidrios del techo sevinieron abajo y la gente se precipitó por las salidas posteriores. Con todo, algunos puestossiguieron abiertos, y pudimos conseguir una taza de café y un trozo de queso de cabra queguardé junto a las granadas. Unos días después me alegraría mucho de tener ese queso.En la esquina donde los anarquistas habían comenzado a disparar el día anterior selevantaba ahora una barricada. El hombre situado detrás de ella (yo me encontraba al otrolado de la calle) me gritó que tuviera cuidado, pues los guardias civiles instalados en latorre de la iglesia disparaban indiscriminadamente contra cualquier transeúnte. Me detuve yluego crucé corriendo; una bala pasó silbando desagradablemente cerca. Cuando meaproximaba a la sede central del POUM, siempre del otro lado de la calle, oí otros gritos de
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot5555aviso que no comprendí procedentes de un grupo de las tropas de choque apostadas en lapuerta de acceso. La calle tenía un ancho paseo central y había algunos árboles y un puestode diarios entre el edificio y el lugar donde me encontraba, de manera que no podía verdónde señalaban. Entré en el hotel Continental, me aseguré de que todo estaba bien, melavé la cara y regresé a la sede central del POUM (a unos cien metros en la misma calle) asolicitar órdenes. Para ese entonces, el fuego de los fusiles y las ametralladoras que veníade diversas direcciones producía un fragor casi comparable al de una batalla. Yo acababade encontrar a Kopp y le estaba preguntando qué debíamos hacer cuando, desde abajo, seoyó una serie de tremendos estallidos, tan fuertes que podían confundirse con disparos decañón. En realidad, sólo eran granadas, cuyos estruendos se multiplicaban entre losedificios de piedra.Kopp miró por la ventana, apoyó su bastón en el hombro y dijo: «Investiguemos».Luego bajó la escalera con su despreocupado aire habitual; lo seguí pisándole los talones. Ala entrada, un grupo de las tropas de choque lanzaba granadas a lo largo de la acera como siestuvieran jugando a los bolos. Las granadas estallaban a unos veinte metros con unestrépito ensordecedor que se mezclaba con el de los disparos de fusil. En la mitad de lacalle, detrás del puesto de diarios, asomaba la cabeza de un miliciano norteamericano aquien conocía bien y que parecía un coco en una feria. Sólo más tarde comprendí lo querealmente ocurría. Al lado del edificio del POUM estaba el Café Moka, con un hotel en elprimer piso. El día antes, veinte o treinta guardias civiles armados habían entrado en el caféy, cuando comenzó la lucha, se apoderaron por sorpresa del edificio y levantaron unabarricada. Probablemente les habían ordenado apoderarse del café como paso preliminarpara un ataque posterior contra las oficinas del POUM. Por la mañana, temprano, intentaronsalir; hubo un tiroteo, en el que uno de nuestros hombres resultó herido y un guardia civil,muerto. Los guardias civiles permanecían en el interior del café, pero, cuando elnorteamericano avanzaba por la calle, abrieron fuego contra él, a pesar de que ibadesarmado. Éste se arrojó detrás del puesto de diarios y los nuestros lanzaron granadascontra los guardias civiles para impedirles salir del café.Kopp captó la situación con una sola mirada, se abrió paso y paró a un alemánpelirrojo de las tropas de choque que se disponía a sacar el seguro de una granada con losdientes. Les gritó a todos que se apartaran de la puerta y nos dijo en varios idiomas quedebíamos evitar el derramamiento de sangre. Luego salió y, a la vista de los guardiasciviles, se quitó ostentosamente la pistola y la depositó en el suelo. Dos oficiales españolesde la milicia hicieron lo mismo, y los tres caminaron lentamente hasta la puerta donde seapretujaban los guardias civiles. Era algo que yo no hubiera hecho ni por veinte libras.Caminaban, desarmados, hacia hombres enloquecidos de terror y con armas cargadas en lasmanos. Un guardia civil, en mangas de camisa y pálido de miedo se acercó paraparlamentar con Kopp. Señalaba agitadamente dos granadas sin explotar que estaban en laacera. Kopp regresó y nos dijo que sería mejor hacerlas explotar, eran un peligro paracualquiera que pasara. Un soldado de las tropas de choque disparó su fusil e hizo estallaruna, pero le erró a la segunda. Le pedí el arma, me arrodillé y disparé contra ella. Lamentodecir que también fallé; fue éste el único disparo que hice durante los disturbios. La acerase hallaba cubierta de cristales rotos procedentes del rótulo del Café Moka, y dos autosestacionados allí, uno de los cuales era el coche oficial de Kopp, estaban acribillados abalazos y con los parabrisas destrozados por los bombazos.Kopp me llevó al primer piso y me explicó la situación. Debíamos defender losedificios del POUM si eran atacados, pero los dirigentes habían dado instrucciones en elsentido de mantenernos a la defensiva y no abrir fuego si podíamos evitarlo. Justo enfrente
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot5656había un cine llamado Poliorama, con un museo en el primer piso y, en la parte más alta,muy por encima del nivel general de los tejados, un pequeño observatorio con dos cúpulasgemelas. Éstas dominaban la calle, y unos pocos hombres apostados allí podían impedircualquier ataque contra los edificios del POUM. Los encargados del cine eran miembros dela CNT y nos dejarían entrar y salir. En cuanto a los guardias civiles del Café Moka, norepresentaban ningún problema: no deseaban luchar y estarían más que contentos de vivir ydejar vivir. Kopp repitió que teníamos orden de no disparar, a menos que nuestros edificioso nosotros fuéramos atacados. De su explicación deduje que los líderes del POUM estabanfuriosos por verse arrastrados a intervenir en tales acontecimientos, pero sentían que debíansolidarizarse con la CNT.Ya habían colocado gente de guardia en el observatorio. Pasé los tres días y nochessiguientes en la azotea del Poliorama, con breves intervalos en los que me deslizaba hasta elhotel para comer. No corría ningún peligro, sufría sólo hambre y aburrimiento y, noobstante, fue uno de los períodos más insoportables de mi vida. Creo que pocasexperiencias podrían ser más asqueantes, más decepcionantes o, incluso, más exasperantesque esos días de guerra callejera.Solía sentarme en la azotea y maravillarme ante la locura que significaba todo esto.Desde las pequeñas ventanas del observatorio podía ver a varios kilómetros a la redondaedificios altos y esbeltos, cúpulas de cristal y fantásticos techos ondulados con brillantestejas verdes y cobrizas; hacia el este, el centelleante mar azul pálido que veía por primeravez desde mi llegada a España. Y la enorme ciudad de un millón de personas había caído enuna especie de violenta inercia, una pesadilla de ruido sin movimiento. Las calles soleadascontinuaban desiertas. Lo único que ocurría era el raudal de balas que salían desde lasbarricadas y las ventanas protegidas con sacos de arena. No circulaba un solo vehículo y, alo largo de las Ramblas, los tranvías permanecían inmóviles allí donde sus conductores loshabían abandonado al oír el primer disparo. Y mientras tanto el estrépito endemoniado,devuelto por el eco de miles de edificios de piedra, proseguía sin cesar, como una lluviatropical. Crac-crac, ratatá-ratatá, brum; el estrépito se reducía en ocasiones a unos pocosdisparos, y crecía a veces hasta formar una descarga ensordecedora, pero no se interrumpíanunca durante el día, y con la aurora comenzaba otra vez.Al principio resultó muy difícil descubrir qué demonios ocurría, quién luchaba contraquién y quién iba ganando. La gente de Barcelona está acostumbrada a las luchas callejerasy tan familiarizada con la geografía política local que sabe, por una suerte de instinto, quécalle y qué edificios dominará cada partido. Un extranjero se encuentra en insuperabledesventaja. Mirando desde el observatorio, era evidente que las Ramblas, una de lasprincipales arterias de la ciudad, trazaban una línea divisoria. A la derecha, los barriosobreros eran decididamente anarquistas; a la izquierda, en las tortuosas callejuelas, sedesarrollaba una lucha confusa, pero en esa zona eran el PSUC y la Guardia Civil quienesejercían más o menos el control. En la parte alta de las Ramblas, alrededor de la Plaza deCataluña, la situación era tan complicada que habría resultado incomprensible si cadaedificio no hubiera ostentado la bandera del bando correspondiente. Allí el principalemplazamiento era el hotel Colón, cuartel general del PSUC, que dominaba toda la plaza.En una ventana próxima a la penúltima letra O del gigantesco letrero «Hotel Colón» quecruzaba la fachada, tenían una ametralladora que podía barrer la plaza con mortíferaeficacia. Cien metros a nuestra derecha, Ramblas abajo, la JSU, la liga juvenil del PSUC(correspondiente a la Liga Juvenil Comunista en Inglaterra), dominaba unos importantesalmacenes cuyas vidrieras laterales, protegidas por sacos de arena, quedaban frente anuestro observatorio. Habían arriado la bandera roja para izar el estandarte nacional catalán.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot5757Sobre la Central Telefónica, punto de partida de todos los disturbios, la bandera catalana yla anarquista flameaban una al lado de la otra. Allí se había llegado a alguna clase dearreglo transitorio, la Central funcionaba normalmente y no se hacían disparos desde eledificio.En nuestra zona todo estaba extrañamente tranquilo: En el Café Moka los guardiasciviles habían bajado las persianas metálicas y apilado los muebles en forma de barricada.Más tarde, media docena de ellos se subieron al terrado, frente a nosotros, y construyeronotra barricada con colchones sobre la cual colgaron la bandera nacional catalana. Eraevidente que no deseaban provocar una refriega. Kopp había llegado a un acuerdodefinitivo: si no disparaban contra nosotros, tampoco lo haríamos contra ellos. Paraentonces, Kopp había conseguido establecer una relación bastante cordial con los guardiasciviles, a los que había ido visitando con cierta frecuencia en el Café Moka. Naturalmente,éstos se habían apoderado de toda la bebida del café y le regalaron quince botellas decerveza. A cambio, Kopp llegó a darles uno de nuestros fusiles para compensarles el quehabían perdido el día anterior. En cualquier caso, resultaba extraño estar sentado en esaazotea. A veces simplemente me sentía aburrido de todo, no prestaba atención al estrépitoendemoniado y me pasaba horas leyendo una serie de libros de la colección Penguin que,por suerte, había comprado pocos días antes; había ocasiones en que tenía plena concienciade los hombres armados que me observaban a unos cincuenta metros. En cierto sentido, eracomo encontrarse otra vez en las trincheras. Varias veces me sorprendí llamando «losfascistas» a los guardias civiles. Por lo general, éramos seis allí arriba. Poníamos a unhombre de guardia en cada una de las torres, y los demás nos sentábamos más abajo, sobreun tejado de plomo, donde una cornisa de piedra nos servía de protección. Sabía muy bienque, en cualquier momento, los guardias civiles podían recibir órdenes telefónicas de abrirfuego. Habían prometido avisarnos antes de hacerlo, pero no existía la certeza de quecumplieran su palabra. Sin embargo, sólo una vez pareció que las cosas se pondrían feas.Uno de los guardias civiles se arrodilló y comenzó a disparar por encima de la barricada.Yo estaba de guardia en el observatorio en ese momento. Le apunté con el fusil y le grité:-¡Eh! ¡No tires contra nosotros!-¿Qué?-¡No dispares o nosotros también lo haremos!-¡No, no! No disparaba contra vosotros. ¡Mira allá abajo!Indicó con el fusil la travesía que había después de nuestro edificio. Efectivamente,un chico de mono azul, armado con un fusil, doblaba la esquina a toda prisa. Era evidenteque acababa de hacer un disparo contra los guardias civiles que estaban en el terrado.-Tiraba contra él. Él lo hizo primero -creo que era cierto-. No queremos dispararcontra vosotros. Somos sólo trabajadores, igual que vosotros.Hizo el saludo antifascista, que yo devolví. Le grité:-¿Os queda algo de cerveza?-No, se acabó toda.Ese mismo día, sin motivo aparente, un individuo situado en el edificio de la JSU,más abajo, alzó de pronto el fusil y me disparó un tiro en el momento en que me asomabapor la ventana. Quizá le parecí un blanco tentador. Yo no respondí. Aunque estaba a sólocien metros, su puntería fue tan mala que la bala ni siquiera pegó en el tejado delobservatorio. Como de costumbre, la pésima puntería española me había salvado. Desdeese mismo edificio me hicieron varios disparos más.El endiablado estrépito proseguía. Pero, por lo que podía ver, y por lo que oía, lalucha era defensiva en ambos bandos. La gente se limitaba a permanecer en sus edificios o
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot5858detrás de sus barricadas y a disparar contra los que estaban al otro lado. A unos ochocientosmetros de nuestra posición había una calle donde algunas de las principales sedes de laCNT y de la UGT estaban emplazadas casi unas enfrente de las otras; el ruido procedentede esa dirección era terrorífico. Pasé por esa calle al día siguiente del cese de la lucha: losvidrios de los negocios parecían cribas. (La mayoría de los comerciantes de Barcelonahabían pegado tiras de papel cruzadas sobre los cristales de los escaparates, de modo quecuando una bala daba en ellos no los destrozaba completamente.) A veces el tableteo de lasametralladoras se combinaba con el estallido de las granadas. A intervalos muyprolongados -quizá una docena de veces en total-, se oían tremendas explosiones que en esemomento no pude explicarme; parecían bombas de aviación, pero eso era imposible, puestoque por allí no se divisaban aviones. Más tarde me dijeron que algunos agentesprovocadores hacían estallar grandes cantidades de explosivos a fin de aumentar el ruido yel pánico. Con todo, no hubo fuego de artillería. Yo me mantenía atento; silos cañonescomenzaban a disparar, significaría que las cosas se ponían serias. (La artillería constituyeun factor decisivo en la lucha callejera.) Posteriormente, los periódicos publicaron noticiasabsurdas sobre baterías de cañones que disparaban en las calles, pero ninguno pudomencionar un edificio dañado por uno de esos proyectiles. En cualquier caso, el estruendode un cañón resulta inconfundible, si uno está acostumbrado a él.Casi desde el comienzo escasearon los alimentos. Con grandes dificultades y alabrigo de la oscuridad (pues los guardias civiles tenían siempre tiradores apostados en lasRamblas), se llevaba comida desde el hotel Falcón para los quinceo veinte milicianos de la sede central del POUM. Casi no alcanzaba y todostratábamos de llegar hasta el hotel Continental para comer. El Continental, que había sido«colectivizado» por la Generalitat y no, como la mayoría de los hoteles, por la CNT o laUGT, se consideraba terreno neutral. En cuanto comenzó la lucha, el hotel quedó atestadode la más increíble colección de individuos. Había periodistas extranjeros, sospechosospolíticos de todas las tendencias, un aviador norteamericano al servicio del gobierno, variosagentes comunistas, un obeso ruso de aspecto siniestro, a quien se suponía agente de laGPU, conocido por el sobrenombre de Charlie Chan y que llevaba sujetos al cinturón unrevólver y una pequeña granada, algunas familias españolas acomodadas que parecíansimpatizar con los fascistas, dos o tres heridos de la Columna Internacional, un grupo decamioneros, a quienes los disturbios habían impedido llegar a Francia con un cargamentode naranjas, y varios oficiales. del Ejército Popular. El Ejército Popular, como cuerpo,permaneció neutral durante toda la lucha, si bien algunos soldados se escaparon de loscuarteles e intervinieron individualmente; el martes por la mañana vi a dos de ellos en lasbarricadas del POUM. Al comienzo, antes de que la escasez de alimentos se agudizara y losperiódicos empezaran a avivar el odio, hubo una tendencia a tomar todo a broma.Acontecimientos de este tipo ocurren todos los años en Barcelona, decía la gente. GiorgioTioli, un periodista italiano, gran amigo nuestro, entró con los pantalones empapados desangre. Había salido para ver qué ocurría, se puso a vendar a un hombre herido que yacíaen la acera, cuando alguien le arrojó «jugando» una granada, sin herirlo afortunadamente degravedad. Recuerdo su comentario de que sería conveniente numerar las piedras de lascalles de Barcelona y ahorrar así mucho trabajo en la construcción y demolición de lasbarricadas. Recuerdo también a dos hombres de la Columna Internacional, sentados en mihabitación cuando yo llegué cansado, sucio y hambriento al cabo de una noche de guardia.Su actitud fue por completo neutral. De haber sido buenos miembros del partido, supongoque me hubieran instado a cambiar de bando o tal vez quitado las granadas que meabultaban en los bolsillos; en vez de esto, se limitaron a expresar su pesar al saber que debía
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot5959pasar mi permiso haciendo guardia en un terrado. La actitud general era: «Esto no es másque una riña entre los anarquistas y la policía; no significa nada». A pesar de la intensidadde la lucha y el número de bajas creo que estaba más cerca de la verdad que la versiónoficial que describía lo ocurrido como un levantamiento planeado.Hacia el miércoles (5 de mayo) las cosas comenzaron a cambiar. Las calles desiertasofrecían un aspecto siniestro. Unos pocos transeúntes, obligados a salir por algún motivo,se deslizaban de un lado a Otro agitando pañuelos blancos. En un lugar a media altura delas Ramblas y a salvo de las balas, algunos hombres voceaban los periódicos en la callevacía. El martes, el periódico anarquista Solidaridad Obrera describía el ataque policialcontra la Central Telefónica como una «monstruosa provocación» (o algo similar), pero elmiércoles cambió de tono y comenzó a pedir que se retornara al trabajo. Los líderesanarquistas transmitieron por radio el mismo mensaje. Las oficinas de La Batalla -elperiódico del POUM-, que carecían de defensa, habían sido atacadas y ocupadas por losguardias civiles casi al mismo tiempo que la Central Telefónica, pero el periódico seguíaimprimiéndose en otro local. En los pocos ejemplares distribuidos se instaba a permaneceren las barricadas. La gente no sabía qué pensar y se preguntaba cómo terminaría todo. Creoque nadie abandonó las barricadas, pero todos estaban hartos de esa lucha carente desentido. Nadie deseaba que se convirtiera en una verdadera guerra civil que habría podidosignificar la derrota frente a Franco. Este temor encontraba expresión en todos los sectores.Podía deducirse de los comentarios oídos que las filas de la CNT deseaban, igual que alcomienzo, sólo dos cosas: la devolución de la Central Telefónica y el desarme de losodiados guardias civiles. Si la Generalitat hubiera prometido ambas cosas, y también ponerfin al mercado negro de alimentos, las barricadas habrían desaparecido en un par de horas.Pero era obvio que la Generalitat no estaba dispuesta a ceder. Comenzaron a circulardesagradables rumores. Se decía que el gobierno de Valencia enviaba seis mil hombres paraocupar Barcelona y que cinco mil milicianos anarquistas y del POUM habían abandonadoel frente de Aragón para plantarles cara. Sólo el primero de esos rumores era cierto. Desdela torre del observatorio vimos las fórmas chatas y grises de los barcos de guerraaproximándose al puerto. Douglas Moyle, que había sido marino, afirmó que parecíandestructores británicos. Eran ciertamente destructores británicos, pero esto lo supimos mástarde.Esa noche oímos decir que en la Plaza de España cuatrocientos guardias civiles sehabían rendido y entregado sus armas a los anarquistas; también se filtraban algunasnoticias, bastante vagas, en el sentido de que en los suburbios (principalmente en los barriosobreros) la CNT conservaba el control. Parecía que estábamos ganando. Pero esa mismanoche Kopp envió a por mí y, con el rostro grave, me dijo que, según una informaciónrecién recibida, el gobierno se disponía a ilegalizar al POUM y a declarar el estado deguerra. La noticia me produjo una gran conmoción. Era el primer indicio que tenía de lainterpretación que más tarde se daría a estos sucesos. Comprendí vagamente que, cuando lalucha concluyera, el POUM, que era el partido más débil y, por ende, el chivo expiatoriomás propicio, cargaría con toda la culpa. Entretanto, nuestra neutralidad local habíaconcluido. Si el gobierno nos declaraba la guerra no teníamos otra alternativa quedefendernos y en la sede central estábamos seguros de que los guardias civiles del cafévecino recibirían órdenes de atacarnos. Nuestra única salida consistía en atacarlos primero.Kopp aguardaba órdenes telefónicas. Si nos acababan de confirmar que el POUMrealmente había sido proscrito, debíamos prepararnos de inmediato para apoderarnos delCafé Moka.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot6060Recuerdo la larga noche de pesadilla que pasamos fortificando el edificio.Bloqueamos las persianas de la puerta de entrada y detrás de ellas levantamos una barricadacon las losas sobrantes de unas reformas hechas. Pasamos revista a nuestra reserva dearmas. Incluyendo los seis que se utilizaban en la azotea del Poliorama, teníamos veintiúnfusiles (uno de ellos defectuoso), cincuenta cargas para cada fusil, unas docenas degranadas y algunos revólveres y pistolas.Doce hombres, en su mayoría alemanes, se ofrecieron para el ataque al Café Moka.Naturalmente, atacaríamos desde la azotea y poco antes del amanecer, para tomarlos porsorpresa; ellos nos superaban en número, pero a nosotros nos animaba la firme decisión deluchar. Sin duda, podríamos apoderarnos del local, pero a costa de algunas bajas.Carecíamos de alimentos en el edificio, fuera de unas pocas tabletas de chocolate, y corríael rumor de que «ellos» se disponían a cortar el agua. (Nadie sabía quiénes eran «ellos».Podía ser el gobierno, que controlaba el sistema de abastecimiento de aguas, o la CNT;nadie lo sabía.) Decidimos llenar los lavabos de los baños, cuanto balde pudimos conseguiry hasta las quince botellas de cerveza, ahora vacías, que los guardias civiles obsequiaron aKopp.Estaba muy bajo de ánimos y agotado después de pasar sesenta horas casi sin dormir.Ya era noche avanzada. Detrás de la barricada de losas, en la planta baja, el suelo estabacubierto de gente dormida. En el primer piso había un sofá en una pequeña habitación quepensábamos utilizar como enfermería, aunque, por supuesto, descubrimos que no teníamosni siquiera vendas. Me eché en el sofá, con la sensación de que necesitaba una media horade descanso antes del ataque al «Moka», en el transcurso del cual probablemente mematarían. Recuerdo la gran molestia que me producía la pistola, sujeta al cinturón eincrustada en los riñones. Lo próximo que recuerdo es que me desperté sobresaltado y vi ami esposa de pie junto a mí. Me dijo que había acudido a ofrecerse como enfermera y quele había dado pena despertarme. Ya era pleno día, el gobierno no había declarado la guerraal POUM, el agua seguía fluyendo por los grifos y, salvo algunos disparos esporádicos enlas calles, todo estaba tranquilo.Esa tarde hubo una especie de armisticio. Los disparos cesaron y, con sorprendenterapidez, las calles se llenaron de gente. Unos pocos negocios comenzaron a levantar suspersianas, y el mercado se abarrotó de una enorme muchedumbre que clamaba por comida,aunque los puestos estaban casi vacíos. Con todo, destacaba que los tranvías todavía nocirculaban. Los guardias civiles seguían detrás de sus barricadas en el Café Moka. Losedificios fortificados no fueron evacuados por ninguno de los dos bandos. En todos lossectores se escuchaban las mismas preguntas ansiosas: «¿Crees que ya se acabó? ¿Creesque volverá a empezar?». Ahora se hablaba de la lucha como de una especie de calamidadnatural, similar a un huracán o a un terremoto, que nos agobiaba a todos por igual y que nopodíamos detener. Casi de inmediato -supongo que en realidad hubo varias horas de tregua,pero nos parecieron unos pocos minutos- un súbito estrépito de un fusil, como un trueno deverano, nos hizo correr a todos; las persianas metálicas volvieron a caer, las calles sevaciaron como por arte de magia, las barricadas se llenaron, y «aquello» volvía a empezar.Regresé asqueado y furioso a mi puesto sobre la azotea. Al participar enacontecimientos como ésos supongo que, en una pequeña medida, se está haciendo historia,y uno debería sentirse personaje histórico por derecho propio. Sin embargo, no ocurre asíporque en tales momentos los detalles físicos siempre pesan más. Durante toda la lucha,nunca pude hacer el «análisis» correcto de la situación que los periodistas esbozaban contanta facilidad a cientos de kilómetros de distancia. Lo que me preocupaba esencialmenteno era lo justo y lo injusto de esa refriega intestina, sino simplemente la incomodidad y el
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot6161aburrimiento de estar sentado día y noche en esa azotea insoportable, y el hambre queaumentaba cada vez más, pues ninguno de nosotros había tenido una comida decente desdeel lunes. Todo el tiempo me acosaba la idea de que tendría que regresar al frente en cuantoeste asunto terminara. Era indignante. Después de ciento quince días en el frente habíaregresado a Barcelona hambriento de un poco de descanso y comodidad y, en su lugar,debía pasarme el permiso sentado en un terrado frente a guardias civiles tan aburridos comoyo, que me saludaban con la mano y me aseguraban que eran «obreros» (querían decir queconfiaban en que yo no abriría fuego contra ellos), pero que sin duda dispararían contra mísi recibían órdenes de hacerlo. Si eso era historia, yo no me sentía con ánimos de vivirla. Separecía más a los malos momentos pasados en el frente, cuando por falta de hombresdebían hacerse horas extra de guardia. En lugar de sentirse heroico, uno permanece en supuesto, aburrido, cayéndose de sueño y totalmente indiferente a lo que sucede.Dentro del hotel, entre la muchedumbre heterogénea que, en su mayor parte, no sehabía animado a asomar la nariz, se había generado una horrible atmósfera de sospechas.Varios individuos se contagiaron de la manía de espiar y vagaban por allí susurrando quetodos los demás eran espías de los comunistas, o de los trotskistas,o de los anarquistas. El obeso agente ruso acorralaba por turno a los refugiadosextranjeros y les explicaba, de manera plausible, que el conflicto se debía a un complotanarquista. Lo observé con cierto interés, pues era la primera vez que veía a una personacuya profesión consistía en mentir (excluyendo, claro está, a los periodistas). Había algorepulsivo en esta parodia de la vida de un hotel elegante que proseguía detrás de ventanascerradas y del tableteo de los fusiles. El comedor de delante había sido abandonado despuésde que una bala atravesara la ventana y astillara una columna; los huéspedes seamontonaban en una oscura habitación posterior, donde nunca había bastantes mesas. Elnúmero de camareros había disminuido -algunos eran miembros de la CNT y se habíansolidarizado con la huelga general- y, por el momento, se habían deshecho de las camisasalmidonadas, pero las comidas seguían sirviéndose con cierta pretensión ceremoniosa,aunque, prácticamente, no había nada que comer. Ese jueves a la noche, el plato principalde la cena fue una sardina para cada comensal. El hotel carecía de pan desde hacía variosdías, e incluso el vino escaseaba tanto que bebíamos vinos cada vez más añejos a precioscada vez más altos. Esta escasez de comida prosiguió aun después de terminada la lucha.Recuerdo que, durante tres días seguidos, mi esposa y yo desayunamos un pequeño trozo dequeso de cabra, sin nada de pan y sin nada para beber. Abundaban, en cambio, las naranjas.Los camioneros franceses llevaron al hotel grandes cantidades de su cargamento. Eran ungrupo de aspecto rudo, e iban acompañados por algunas deslumbrantes muchachasespañolas y por un enorme mozo de cuerda con una blusa negra. En cualquier otra ocasión,un gerente de hotel-puntillosos como son- hubiera hecho todo lo posible para que sesintieran incómodos, incluso les habría negado la entrada, pero en esas circunstanciasfueron aceptados porque, a diferencia de los demás, contaban con una provisión privada depan que todos trataban de hacer suya.Pasé una noche más en la azotea. Al día siguiente pareció que la lucha llegaba a sufin. No creo que ese día, el viernes, se produjeran muchos tiroteos. Nadie sabía con certezasi las tropas de Valencia realmente se acercaban; llegaron aquella misma noche. Elgobierno propalaba por radio mensajes semitranquilizadores, semiamenazantes, pidiendo ala gente que regresara a sus hogares y afirmando que, después de una cierta hora, todoaquel que portara armas sería arrestado. Nadie prestaba demasiada atención a los mensajesgubernamentales, pero por todas partes los hombres comenzaban a abandonar lasbarricadas. No dudo de que el factor determinante de esa actitud fuera la escasez de
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot6262comida. En todas partes se oía el mismo comentario: «No tenemos más comida, debemosregresar al trabajo». Los guardias civiles, en cambio, que tenían aseguradas sus racionesmientras hubiera alimentos en la ciudad, podían permanecer en sus puestos. Por la tarde, laciudad ofrecía un aspecto casi normal, aunque las barricadas continuaban intactas; lasRamblas se llenaron de transeúntes, casi todas las tiendas abrieron y, hecho muytranquilizador, los tranvías, tanto tiempo inmovilizados, volvieron a la vida y comenzaron arecorrer las calles. Los guardias civiles seguían en el Café Moka sin deshacer susbarricadas, pero algunos sacaron sillas y se sentaron en la acera con el fusil sobre lasrodillas. Le guiñé un ojo a uno de ellos al pasar y recibí una sonrisa no del todo hostil; mereconoció, desde luego. En la Central Telefónica habían arriado la bandera anarquista ysólo flameaba el estandarte catalán. Ello significaba la derrota definitiva de lostrabajadores; sin embargo, debido a mi ignorancia política, no comprendí con toda laclaridad debida que cuando el gobierno se sintiera más seguro habría represalias. En esemomento tampoco me interesaba este aspecto de las cosas. Sólo sentía un profundo alivioante el hecho de que el endemoniado estrépito de los disparos hubiera cesado. Deseabapoder comprar algo de comida y gozar de algún descanso y paz antes de regresar al frente.Sería a última hora de la tarde cuando los soldados de Valencia hicieron su apariciónen las calles de Barcelona, ya bien entrada la noche. Eran integrantes de la Guardia deAsalto, una formación similar a los guardias civiles y a los carabineros (es decir, destinadaen primer término a tareas policiales), y tropas selectas de la República. De repente,surgieron de la nada como setas; estaban por todas partes, patrullando las calles en gruposde diez. Eran altos, de uniformes grises o azules y con largos fusiles colgados al hombro yuna metralleta por cada grupo. Entretanto, quedaba una delicada tarea por realizar. Los seisfusiles que habíamos utilizado para hacer guardia en la torre del observatorio seguían allí y,de una manera o de otra, teníamos que llevarlos al edificio del POUM. Se trataba tan sólode cruzar la calle con ellos. Formaban parte del arsenal propio del edificio, pero sacarlossignificaba contravenir la orden del gobierno. Si nos sorprendían nos arrestarían sinninguna duda y, lo que era peor, nos confiscarían las armas. Con sólo veintiún fusiles en eledificio, no podíamos perder seis. Después de muchas discusiones acerca del método másconveniente, un joven español pelirrojo y yo comenzamos a acarrearlos. Resultaba bastantefácil esquivar las patrullas de la Guardia de Asalto; el peligro radicaba en los guardiasciviles del Café Moka, quienes sabían muy bien que teníamos fusiles en el observatorio ypodían delatarnos si nos veían cruzar con ellos. El joven español y yo nos desvestimosparcialmente y nos colgamos un fusil del hombro izquierdo, con la culata en la axila y elcañón metido en los pantalones. Por desgracia, eran máusers largos; ni un hombre altocomo yo puede llevar sin molestias semejante arma en la pernera del pantalón. Resultabamuy incómodo descender por la enroscada escalera del observatorio con una piernatotalmente rígida. Una vez en la calle, descubrimos que solamente podíamos avanzarcaminando con tan extrema lentitud que no hiciera falta doblar las rodillas. Frente al cinehabía un grupo de gente que me observó con gran interés mientras me arrastraba a paso detortuga. Muchas veces me pregunté a qué atribuirían mi extraña manera de andar. Herido enla guerra, pensarían. En cualquier caso, todos los fusiles pudieron ser trasladados sinincidentes.Al día siguiente, los guardias de asalto estaban en todas partes en actitud deconquistadores. No cabía duda de que el gobierno hacía un despliegue de fuerza a fin deacobardar a una población que evidentemente no ofrecería resistencia. Si hubiera temido laposibilidad de nuevas luchas, habría mantenido a los guardias de asalto en los cuarteles, enlugar de desparramarnos en pequeños grupos por toda la ciudad. Sin duda, exhibía tropas
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot6363espléndidas, las mejores que yo había visto en España y, aunque en cierto sentido eran «elenemigo», no pude dejar de sentir agrado y cierta sorpresa al verlas marchar. Estabaacostumbrado a la milicia andrajosa y apenas armada del frente de Aragón, y no sabía quela República contara con tropas como ésas, formadas por hombres físicamenteexcepcionales y provistas de armas que me dejaron atónito. Todos portaban fusilesflamantes, del tipo conocido como «fusil ruso» (enviados a España desde la URSS, perofabricados, según creo, en Estados Unidos). Pude examinar uno de ellos. Estaba lejos de serperfecto, pero era increiblemente mejor que los antiquísimos trabucos que teníamos en elfrente. Disponían, además, de una pistola automática cada uno y de una metralleta por cadadiez hombres; en el frente había aproximadamente una ametralladora por cada cincuentahombres, y pistolas y revólveres sólo podían conseguirse por medios ilegales. (En realidad,aunque no lo había observado hasta ese momento, lo mismo ocurría en todas partes.) Losguardias civiles y los carabineros, que no estaban destinados para nada al frente, teníanmejores armas y mejores ropas que nosotros. Sospecho que lo mismo acontece en todas lasguerras: siempre hay idéntico contraste entre la reluciente policía de la retaguardia y losandrajosos soldados de las trincheras. Por lo general, los guardias de asalto de Valenciacomenzaron a llevarse bien con la población transcurridos uno o dos días desde su llegada.El primer día hubo algunas enganchadas porque, obedeciendo órdenes, según supongo,actuaron de forma provocativa. Algunos grupos asaltaban tranvías, registraban a lospasajeros y, si llevaban en su bolsillo un carnet de la CNT luego se lo rompían ypisoteaban. Esto provocó enfrentamientos con anarquistas armados y una o dos personasmurieron. Muy pronto, sin embargo, los guardias de asalto abandonaron su aire deconquistadores y las relaciones se tornaron más cordiales. Observé que muchos de ellosconsiguieron una amiga al cabo de pocos días.Los sucesos de Barcelona dieron al gobierno de Valencia la tan ansiada excusa paraasumir un mayor control de Cataluña. Las milicias de trabajadores debían ser dispersadas yredistribuidas en el Ejército Popular. La bandera española republicana flameaba en todaBarcelona -era la primera vez que la veía, creo, excepto la que vi colgada en una trincherafascista-. En los barrios obreros se procedía a demoler las barricadas por partes, pues esmucho más fácil construirlas que volver a poner las piedras en su lugar. Frente a losedificios del PSUC, por el contrario, se permitió que muchas de ellas Se mantuvieranincluso hasta junio. Los guardias civiles continuaban ocupando posiciones estratégicas.En los baluartes de la CNT se confiscaron grandes cantidades de armas, aunque nocabe duda de que muchas fueron puestas a salvo a tiempo. La Batalla seguía apareciendo,pero fue censurada hasta que la primera plana quedó casi del todo en blanco. Los periódicosdel PSUC no estaban sometidos a la censura, y mediante artículos incendiarios exigían lasupresión del POUM alegando que era una organización fascista enmascarada. Los agentesdel PSUC colocaron en toda la ciudad un mural que representaba al POUM como unafigura que al quitarse la máscara que ostentaba la hoz y el martillo descubría un rostrohorrendo marcado con la cruz gamada. Evidentemente, la versión oficial de la lucha enBarcelona ya estaba decidida: sería un levantamiento de la «quinta columna» fascista,provocado por el POUM.En el hotel, la atmósfera de sospecha y hostilidad había empeorado con el cese de lalucha. Frente a las acusaciones que se hacían por todas partes, resultaba imposiblemantenerse neutral. El correo volvía a funcionar, comenzaron a llegar periódicoscomunistas extranjeros, y sus relatos de la lucha no sólo eran violentamente parciales sino,desde luego, increíblemente inexactos. Creo que algunos de los comunistas locales, testigosde los sucesos, se sintieron avergonzados ante la interpretación que se daba de los
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot6464acontecimientos, pero, naturalmente, se mantuvieron fieles a su partido. Nuestro amigocomunista volvió a acercárseme y me preguntó si no deseaba pasar a la ColumnaInternacional. Me cogió más bien por sorpresa.-Vuestros periódicos dicen que soy un fascista -le dije-. Sin duda, debo de ser unsospechoso político, viniendo del POUM.-Oh, eso no importa. Al fin de cuentas, tú sólo cumples órdenes.Tuve que decirle que, después de lo ocurrido, no podía ingresar en ninguna unidadcontrolada por los comunistas. Tarde o temprano, eso podía llevarme a ser utilizado contrala clase obrera española. No podía saberse cuándo volvería a repetirse una situación similary, si tenía que usar un fusil, prefería hacerlo al lado de la clase trabajadora y no contra ella.Su reacción fue bastante correcta; pero desde ese momento toda la atmósfera cambió. Yano se podía, como antes, discutir amistosamente y tomar una copa con un hombre a quiense suponía oponente político. Hubo algunos altercados muy desagradables en el vestíbulodel hotel. Mientras tanto, las cárceles se habían vuelto a llenar a rebosar. Al concluir lalucha, los anarquistas liberaron a los prisioneros en su poder, pero los guardias civiles nohicieron lo mismo. La mayor parte de estos prisioneros fueron encarcelados sin juicio, enmuchos casos durante meses. Como de costumbre, gente totalmente ajena a los hechos fuearrestada debido a la chapucería policial. Dije antes que Douglas Thompson había sidoherido a principios de abril. Luego perdió el contacto conmigo, como solía ocurrir cuandoun hombre recibía una herida, pues frecuentemente los heridos eran trasladados de unhospital a otro. Se encontraba en un hospital de Tarragona y fue enviado de regreso aBarcelona la semana en que comenzaron los enfrentamientos. El martes a la mañana loencontré en la calle, bastante desconcertado por el tiroteo. Me hizo la pregunta que todo elmundo hacía en esos días:-¿Qué demonios pasa?Le di la mejor explicación que pude. Thompson me dijo sin demora:-Yo me voy a mantener al margen de todo esto. Mi brazo sigue mal. Me vuelvo alhotel y me quedaré allí.Regresó a su hotel pero, por desgracia (¡qué importante es en la lucha callejera elconocimiento de la topografía local!), el hotel estaba en una zona de la ciudad controladapor los guardias civiles. El lugar fue asaltado, Thompson cayó prisionero y debió pasarocho días en una celda tan llena de gente que nadie tenía sitio para acostarse. Hubonumerosos casos similares. Extranjeros con historiales políticos dudosos habían huido, conla policía pisándoles los talones y con el temor constante a una denuncia. La situación erapeor para los italianos y los alemanes, que no tenían pasaportes y a muchos de los cualesbuscaba la policía secreta de sus propios países. Si los arrestaban, probablemente losdeportarían a Francia, lo que podía significar el retorno a Italia o a Alemania, donde Diossabe qué horrores les aguardaban. Algunas mujeres extranjeras se apresuraron a regularizarsu situación «casándose» con españoles. Una joven alemana que carecía de documentaciónlogró esquivar a la policía haciéndose pasar durante varios días por la amante de unespañol. Recuerdo la expresión de vergüenza y aflicción de la pobre muchacha cuandoaccidentalmente me encontré con ella en el momento en que salía del dormitorio de esehombre. No era su amante, pero sin duda creyó que yo lo pensaba. Permanentemente setenía la estremecedora sensación de que uno podía ser denunciado a la policía secreta porquien hasta ese momento había sido un amigo.La larga pesadilla de la lucha, el estrépito, la falta de comida y de sueño, la mezcla detensión y aburrimiento de las largas horas pasadas en la azotea, preguntándome si al minutosiguiente recibiría un balazo o me vería obligado a disparar contra alguien, me habían
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot6565destrozado los nervios. Mi estado era tal que, cada vez que la puerta se cerraba conviolencia, inmediatamente echaba mano de la pistola. El sábado por la mañana se oyó unaserie de disparos y todo el mundo gritó: «¡Ya empieza otra vez!». Corrí a la calle y descubríque unos guardias de asalto disparaban contra un perro rabioso. Nadie que haya vivido enBarcelona entonces o en los meses posteriores olvidará la agobiante atmósfera creada por elmiedo, la sospecha, el odio, la censura periodística, las cárceles abarrotadas, las enormescolas para conseguir alimentos y las patrullas de hombres armados.He tratado de dar una idea aproximada de lo que se sentía estando en medio de lasluchas de Barcelona; pero no creo haber logrado transmitir el carácter extraño de aquelperíodo. Cuando miro hacia atrás, una de las cosas que permanecen nítidas en mi memoriason los contactos casuales que uno hacía por aquel entonces, las visiones repentinas de losno combatientes, para quienes todo aquello tan sólo era un alboroto carente de sentido.Recuerdo a una mujer elegantemente vestida que paseaba por las Ramblas, con una canastade la compra bajo el brazo y un lanudo perrito blanco, mientras los disparos se sucedían auna o dos calles de distancia. Quizá fuera sorda. Y el hombre que agitando un pañueloblanco en cada mano atravesó corriendo la Plaza de Cataluña, totalmente vacía. Y el grupode personas, todas vestidas de negro, que durante una hora trataron una y otra vez de cruzarla misma plaza, sin poder lograrlo. Cada vez que emergían de la calle central, lasametralladoras del PSUC apostadas en el hotel Colón abrían fuego y las obligaban aretroceder, aunque era evidente que iban desarmadas. Siempre he pensado que formabanparte de un cortejo fúnebre. Y el hombrecito que hacia las veces de encargado del museosituado sobre el Poliorama, y parecía considerar los sucesos como un acontecimiento social.Estaba encantado de que los ingleses lo visitaran; decía que el inglés era tan simpático.Deseaba que todos volviéramos cuando la lucha hubiera terminado; y yo, de hecho, volví avisitarlo. Y aquel otro, refugiado en un portal, que movía complacido la cabeza hacia elinfierno de la Plaza de Cataluña y decía (como quien comenta que la mañana estáhermosa): «¡Así que tenemos otro 19 de julio!». Y los dependientes de la zapatería dondeme estaban haciendo unas botas. Fui allí antes de la lucha, cuando todo acabó y, por brevesminutos, durante la tregua del 5 de mayo. Pertenecían a la UGT o quizá eran miembros delPSUC; de cualquier modo, políticamente estaban en el otro bando y sabían que yo servía enuna milicia del POUM. No obstante, su actitud fue del todo indiferente, y se expresabancon palabras como éstas: «Es una pena todo esto, ¿no es cierto? Y tan malo para losnegocios. ¡Qué lástima que no termine! ¡Como si no hubiera bastante lucha en el frente!,etcétera, etcétera». Supongo que hubo gran cantidad de personas, tal vez la mayor parte delos habitantes de Barcelona, para las que lo ocurrido no tenía interés alguno o, por lomenos, no más interés que un ataque aéreo.En este capítulo sólo he descrito mis experiencias personales. En el Apéndice 2trataré de abordar lo mejor que pueda cuestiones más generales: lo que realmente ocurrió ycon qué resultados, qué era lo justo y qué lo injusto, y quién el responsable –si lo hubiera-.Se ha explotado tanto con fines políticos la lucha en Barcelona que resulta importante tratarde tener una visión equitativa de ella. Lo que se ha escrito sobre el tema alcanza para llenarmuchos libros, pero sus nueve décimas partes - supongo que no exagero al afirmarlo- sonfalsas. Casi todos los reportajes periodísticos publicados en esa época fueron realizados porperiodistas alejados de los hechos, y no sólo son inexactos, sino intencionalmenteengañosos. Como de costumbre, sólo se permitió que una versión de lo ocurrido llegara algran público. Al igual que cualquier otra persona que estuviera en Barcelona en aquellosmomentos, sólo vilo que ocurría en mi entorno inmediato, pero vi y oí lo suficiente comopara poder contradecir muchas de las mentiras que han estado circulando.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot666610Pasados unos tres días de las luchas de Barcelona regresamos al frente. Tras losenfrentamientos -más concretamente, tras el combate de insultos en la prensa- resultabadifícil pensar en la guerra tan ingenua e idealistamente como antes. Supongo que nadiepasó algunas semanas en España sin sentirse algo decepcionado. Recordaba las palabras delcorresponsal con quien conversé durante mi primer día en Barcelona: «Esta guerra, comocualquier otra, es un fraude». El comentario, hecho en diciembre, me había desagradadoprofundamente y entonces no me pareció cierto; en mayo seguía sin parecerme cierto deltodo, pero sí más que antes. Es sabido que toda guerra sufre una especie de degradaciónprogresiva a medida que pasan los meses, porque cosas tales como la libertad individual yuna prensa veraz no son compatibles con la eficacia militar.Podíamos ya empezar a hacer conjeturas sobre lo que ocurriría. Era fácil ver que elgobierno de Caballero caería y sería reemplazado por otro más derechista, sometido a unainfluencia comunista aún más fuerte (esto ocurrió una o dos semanas más tarde), que seempeñaría en terminar con el poder de los sindicatos de una vez para siempre. Paradespués, cuando Franco fuera derrotado -aun dejando de lado los enormes problemasplanteados por la reorganización de España-, las perspectivas no eran halagüeñas. Loscomentarios periodísticos acerca de «una guerra librada en defensa de la democracia» eranmero engaño. Ninguna persona sensata podía suponer que hubiera alguna esperanza dedemocracia, ni siquiera como la entendemos en Inglaterra o en Francia, en un país tandividido y exhausto como lo sería España al concluir la guerra. Se acabaría imponiendo unadictadura y, evidentemente, la posibilidad de una dictadura proletaria había pasado. Ellosignificaba que el país sería sometido a alguna clase de fascismo. De un fascismo que, sinduda, tendría algún nombre más agradable y -por tratarse de España- sería más humano ymenos eficiente que las variedades alemana o italiana. Las únicas alternativas parecían ser:o una dictadura franquista infinitamente peor o que la guerra terminara (siempre era unaposibilidad) con una división de España, ya sea por verdaderas fronteras o por zonaseconómicas.Desde cualquier punto de vista, las perspectivas eran deprimentes. Pero ello nosignificaba que no fuera mejor luchar con el gobierno contra el fascismo más descarnado ydesarrollado de Franco y Hitler. Cualesquiera que fueran los defectos del gobierno deposguerra, no cabía duda de que el régimen franquista sería peor. Para los trabajadoresurbanos quizá la situación no cambiase ganara quien ganase, pero España esfundamentalmente un país agrícola y los campesinos sí se beneficiarían con la victoria delgobierno. Por lo menos algunas de las tierras confiscadas seguirían estando en sus manos,en cuyo caso también habría una distribución de la tierra en el territorio que había sido deFranco y no sería restaurado el virtual servilismo antes existente en algunas partes deEspaña. El gobierno resultante al final de la guerra sería, por lo menos, anticlerical yantifeudal. Pondría límites a la Iglesia, aunque fuera temporalmente, modernizaría el país,por ejemplo construyendo carreteras, y promovería la educación y la salud públicas. Algose había hecho ya en tal dirección, hasta en plena guerra. Franco, en cambio, no era sólo untítere de Italia y Alemania, sino que estaba ligado a los grandes terratenientes feudales yrepresentaba una rancia reacción clérigo-militar. El Frente Popular podía ser una estafa,
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot6767pero Franco era un anacronismo. Sólo los millonarios o los románticos podían desear quetriunfara.Además, allí estaba decidiéndose algo muy importante y que hacía dos años meperseguía como una pesadilla: el prestigio internacional del fascismo. Desde 1930 losfascistas habían obtenido todas las victorias; era hora de que sufrieran una derrota, noimportaba mayormente a manos de quién. Si hacíamos retroceder a Franco y a susmercenarios extranjeros hasta el mar, lograríamos mejorar considerablemente la situaciónmundial, aun cuando España misma emergiera bajo una dictadura sofocante y con losmejores hombres en la cárcel. Aunque sólo fuera por eso, valía la pena ganar la guerra.Tal era la situación en aquel momento. Debo aclarar que ahora mi opinión sobreNegrín es mucho más favorable que cuando subió al poder. Ha llevado adelante una luchadifícil con gran valentía y ha demostrado más tolerancia política de lo que se esperaba. Noobstante, sigo creyendo que, a menos que España se divida con consecuenciasimprevisibles, el gobierno de posguerra será de tendencia fascista. Reitero esta opinióncorriendo el riesgo de que el tiempo haga conmigo lo que hace con casi todos los profetas.Acabábamos de llegar al frente cuando supimos que Bob Smillie, en viaje de regresoa Inglaterra, había sido arrestado en la frontera, trasladado a Valencia y encarcelado.Smillie estaba en España desde octubre. Después de haber trabajado durante varios mesesen las oficinas del POUM, se unió a la milicia cuando llegaron los otros miembros del ILPpues quería luchar unos tres meses en el frente, antes de regresar a Inglaterra para tomarparte en una gira de propaganda. Pasó algún tiempo antes de que pudiéramos descubrir porqué lo habían arrestado. Smillie estaba incomunicado, de modo que ni siquiera su abogadopodía verlo. En la práctica jurídica española no hay habeas corpus y un individuo puedeestar en la cárcel durante varios meses sin que se concrete ninguna acusación y muchomenos se lo juzgue. Por fin supimos, a través de un prisionero liberado, que Smillle habíasido arrestado por «portar armas». Las «armas » eran dos .granadas del rudimentario tipoutilizado al comienzo de la guerra que, junto con fragmentos de proyectiles y otrosrecuerdos del frente, llevaba a Inglaterra para mostrar en sus conferencias. Las granadas yano tenían ni carga ni espoleta, y sus cilindros vacíos eran completamente inocuos.Evidentemente, se habían valido de un pretexto; el arresto se debía a la conocidavinculación de Smillie con el POUM. En Barcelona la lucha acababa de cesar y lasautoridades se mostraban ansiosas por impedir que salieran de España aquellos que podíancontradecir la versión oficial. En consecuencia, era muy probable que en las fronteras sehicieran nuevos arrestos, con pretextos más o menos tontos. Posiblemente, la intención sólofuera, en un principio, retener a Smillie unos pocos días, pero en España, una vez que seentra en la cárcel, generalmente se permanece allí, con juicio o sin él.Seguíamos en Huesca, pero nos habían situado algo más a la derecha, frente alreducto fascista que habíamos capturado temporalmente unas pocas semanas antes. Yoactuaba como teniente -supongo que corresponde a subteniente en el ejército británico-, ytenía bajo mi mando a unos treinta hombres, españoles e ingleses. Habían propuesto minombre para un ascenso oficial de rango; no era seguro que me lo concedieran. Hastaentonces, los oficiales de la milicia rechazaban los ascensos oficiales, pues éstossignificaban pagas superiores y contradecían las ideas igualitarias de la milicia; pero ahoraestaban obligados a aceptarlos. Benjamín ya había sido ascendido a capitán y Kopp estaba apunto de convertirse en comandante. Desde luego, el gobierno no podía pasarse sin losoficiales de la milicia, pero no confirmaba a ninguno de ellos en ningún grado superior alde comandante, probablemente reservando los cargos más altos para los del ejército regulary los flamantes egresados de la Escuela de Guerra. A causa de este procedimiento, en
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot6868nuestra división (y, sin duda, en muchas otras) se daba el extraño caso de que el jefe dedivisión, los jefes de brigada y los jefes de batallón eran todos comandantes.No ocurría mucho en el frente. La batalla en torno a la carretera de Jaca habíaterminado y no se reanudó hasta mediados de junio. En nuestra posición, los tiradoresapostados representaban el principal problema. Las trincheras fascistas estaban situadas amás de ciento cincuenta metros pero en un terreno más alto, y nos rodeaban por dos lados,porque nuestra línea formaba un saliente en ángulo. El vértice del ángulo era un puntopeligroso; los tiradores siempre causaban allí muchas bajas. De cuando en cuando, losfascistas nos disparaban granadas de fusil o algo similar. Causaban un estrépitoinsoportable que nos dejaba con los nervios destrozados, pues nos tomaban por sorpresa yno teníamos tiempo de buscar protección: pero no eran realmente peligrosas. El orificio quedejaban en el terreno no era más grande que una bañera. Las noches eran agradablementecálidas, los días muy calurosos, los mosquitos empezaban a molestar y, a pesar de la ropalimpia traída de Barcelona, casi de inmediato nos cubrimos de piojos. En los huertosdesiertos de la tierra de nadie las ramas de los cerezos se blanqueaban de flores. Durantedos días hubo lluvias torrenciales, las trincheras se inundaron y el parapeto se hundiótreinta centímetros: después tuvimos que cavar y extraer la arcilla pegajosa con las pésimaspalas españolas que carecían de mango y se doblaban como si fueran de estaño.Habían prometido un mortero de trinchera para la .compañía, yo lo esperaba ansioso.Por la noche patrullábamos como de costumbre, aunque con mayor riesgo, pues lasposiciones fascistas estaban mejor defendidas y sus tropas más alertas: habíandesparramado latas junto a la alambrada y abrían fuego con las ametralladoras en cuantooían el menor ruido. Durante el día disparábamos desde la tierra de nadie. Arrastrándoseunos cien metros resultaba posible meterse en una zanja oculta por altos pastos y desde lacual se dominaba una brecha del parapeto fascista. Habíamos convertido el sitio en unapostadero para tirar. Si se esperaba el tiempo suficiente, generalmente se acababa por veruna figura vestida de color caqui que se deslizaba rauda por delante de la abertura. Disparébastantes veces. Ignoro si herí a alguien; parece improbable, ya que tiro muy mal con elfusil. Pero resultaba casi divertido, pues los fascistas no sabían de dónde venían losdisparos y yo estaba seguro de acertar- le a alguno tarde o temprano. Sin embargo, las cosasresultaron justo al revés: un tirador fascista me hirió. Estaba en el frente desde hacía unosdiez días cuando sucedió. La experiencia de recibir una herida de bala es muy interesante ycreo que vale la pena describirla con cierto detalle.A las cinco de la mañana me encontraba en el vértice del parapeto. Esa hora siempreera peligrosa. Teníamos la aurora a nuestras espaldas y si se asomaba la cabeza quedabaclaramente recortada contra el cielo. Estaba hablando con los centinelas antes del cambiode guardia. De pronto, en mitad de una frase, sentí... es muy difícil describir lo que sentí,aunque lo recuerdo en forma muy vivida.Por decirlo de alguna manera, tuve la sensación de encontrarme en el Centro de unaexplosión. Hubo como un fuerte estallido y un fogonazo cegador a mi alrededor, y sen- tiun golpe tremendo, no dolor, sólo una sacudida violenta, como la que produce una descargaeléctrica. Luego una sensación de absoluta debilidad, de haber sido reducido a nada. Lossacos de arena frente a mí se alejaron a una distancia inmensa. Supongo que se siente lomismo cuando se es alcanzado por un rayo. Supe de inmediato que estaba herido, pero porel estallido y el fogonazo pensé que se trataba de algún fusil próximo, disparado poraccidente. Todo ocurrió en un espacio de tiempo muy inferior a un segundo. Al instantesiguiente se me doblaron las rodillas y caí hasta dar violentamente con la cabeza contra el
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot6969suelo. Tenía perfecta conciencia de estar malherido, experimentaba una sensación detorpeza y aturdimiento, pero no sufría ningún dolor tal como se entiende normalmente.El centinela norteamericano con quien había estado hablando se abalanzó sobre mí:«Cielos, ¿estás herido?». Otros milicianos se acercaron y se produjo el alboroto habitual.«¡Levantadlo! ¿Dónde está herido? ¡Abridle la camisa!», etcétera, etcétera. Elnorteamericano pidió un cuchillo para cortarme la camisa. Yo sabía que el mío estaba enuno de mis bolsillos y traté de sacarlo, pero descubrí que tenía el brazo derecho paralizado.La ausencia de dolor me producía una ligera satisfacción. «Esto sin duda alegrará a miesposa», pensé (siempre había deseado que me hirieran, y me salvara así de morir cuandollegara la gran batalla). Justo en ese momento se me ocurrió preguntarle dónde estabaherido y de qué gravedad; no sentía nada, pero tenía conciencia de que la bala me habíagolpeado en alguna parte frontal del cuerpo. Cuando traté de hablar, comprobé que carecíade voz, sólo proferí un débil quejido, pero al segundo intento logré preguntar dónde estabaherido. Me dijeron que en la garganta. Harry Webb, nuestro camillero, trajo vendas y unade las pequeñas botellas de alcohol que nos daban para curas de urgencia. Cuando melevantaron me salió mucha sangre por la boca, y a mi espalda oí decir a un español que labala me había atravesado el cuello. Sentí que el alcohol, que por lo común arde muchísimo,me bañaba la herida produciéndome una agradable sensación de frescura.Volvieron a acostarme mientras alguien buscaba una camilla. En cuanto supe que labala me había atravesado limpiamente la garganta di por sentado que no tenía salvación.Nunca había oído hablar de un hombre o de un animal que sobreviviera a un balazo en elcuello. La sangre me goteaba por las comisuras de los labios. «La arteria está destrozada»,pensé. Me pregunté cuánto se dura con la carótida cortada; pocos instantes, seguramente.Todo se veía muy borroso. Deben de haber pasado unos dos minutos durante los cualessupuse que estaba muerto. También eso era interesante, es decir, resulta interesante saberqué clase de pensamientos se tiene en semejante situación. Mi primer pensamiento, bastanteconvencional, fue para mi esposa. Luego me asaltó un violento resentimiento por tener queabandonar este mundo que, a pesar de todo, me gusta. Tuve tiempo de sentir esto de formamuy vívida. La estúpida mala suerte me enfurecía. ¡Qué absurdo era todo! Morirse no enmedio de una batalla, sino en el mugriento rincón de una trinchera, por culpa de undescuido de un segundo. Pensé en el hombre que me había disparado, me pregunté si seríaespañol o extranjero, si sabría que me había herido. No experimentaba rencor alguno contraél. Me dije que, tratándose de un fascista, lo habría matado de haber podido, pero que si lohubieran tomado prisionero y traído ante mí en ese momento me habría limitado afelicitarlo por su buena puntería. Puede ser que cuando uno se está muriendo realmente sepiense de manera diferente.Acababan de colocarme en la camilla cuando mi brazo paralizado volvió a la vida ycomenzó a dolerme intensamente. Supuse que se me había fracturado al caer; pero el dolorme reconfortaba porque sabía que las sensaciones no se tornan más agudas cuando uno seestá muriendo. Empecé a sentirme mejor y compadecí a los cuatro pobres diablos quesudaban y tropezaban con la camilla sobre los hombros. La ambulancia estaba a doskilómetros y el camino era difícil, resbaladizo y lleno de obstáculos. Sabía el esfuerzo quehacían, pues había ayudado a transportar a un herido un par de días antes. Las hojasplateadas de los álamos que bordeaban las trincheras me rozaban la cara; pensé que erabueno estar vivo en un mundo donde crecen álamos plateados. Mientras tanto, el dolor en elbrazo se hacia diabólico y me obligaba a blasfemar, lo cual procuraba evitar, porque concada blasfemia respiraba hondo y se me llenaba de sangre la boca. El médico volvió avendar la herida, me dio una inyección de morfina y me despachó para Siétamo. Los
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot7070hospitales de Siétamo eran barracas de madera, apresuradamente construidas, donde, por logeneral, los heridos sólo permanecían unas pocas horas antes de seguir camino a Lérida oBarbastro. Yo estaba aletargado por la morfina, casi no podía moverme, pero el dolorseguía siendo fuerte y tragaba sangre sin cesar. En un rasgo típico de los métodoshospitalarios españoles, mientras me encontraba en ese estado la improvisada enfermeratrató de hacerme ingerir la comida reglamentaria - una copiosa comida consistente en sopa,huevos, un guiso grasiento, etcétera- y se mostró sorprendida cuando me negué. Le dije quedeseaba fumar, pero estábamos en uno de los tantos períodos de escasez de tabaco y nadietenía un cigarrillo. Al cabo de poco tiempo, dos camaradas que habían obtenido permisopara abandonar la línea de fuego durante unas pocas horas, se presentaron ante mi cama.-¡Hola! ¿Estás vivo, eh? Bien. Queremos tu reloj, tu revólver y tu linterna. Y tunavaja, si es que tienes una.Partieron con mis posesiones transportables. Esto siempre ocurría cuando un hombreresultaba herido. Todo lo que poseía se dividía entre los demás, sin tardanza y con razón,pues relojes o revólveres eran objetos muy preciados en el frente y, si se quedaban con elequipo del herido, desaparecían durante el traslado.Al anochecer habían llegado ya bastantes enfermos y heridos como para llenar variasambulancias y nos enviaron a Barbastro. ¡Qué viaje! Solía decirse que en esa guerra podíasalvarse el que recibía un balazo en las extremidades, pero que siempre moría el herido enel abdomen. Ahora comprendo por qué. Nadie que estuviera expuesto a hemorragiasinternas podía sobrevivir a esos kilómetros de bamboleo sobre caminos destrozados por elpaso de grandes camiones y sin reparación alguna desde el comienzo de la guerra. ¡Bang,bum, paff! Las sacudidas me llevaron de vuelta a mi infancia y a un endemoniado artefactollamado Wiggle- Woggle que había en la exposición de White City. Olvidaron atarnos a lascamillas. Me quedaba bastante fuerza en el brazo izquierdo como para sujetarme, pero unpobre diablo fue arrojado al suelo y sufrió Dios sabe qué agonía. Otro, que podía caminar yestaba sentado en un rincón de la ambulancia, vomitó durante todo el viaje. El hospital enBarbastro estaba repleto y las camas se encontraban tan cerca unas de otras que casi setocaban. A la mañana siguiente volvieron a cargarnos en un tren-hospital y nos mandaron aLérida.Estuve cinco o seis días en Lérida. Era un gran hospital, con enfermos y heridosciviles y militares, más o menos mezclados. Algunos de los hombres de mi sala teníanheridas graves. En la cama vecina a la mía un joven de cabello negro tomaba unmedicamento que daba a su orina un color verde esmeralda. Su orinal de cama constituíauno de los espectáculos de la sala. Un comunista holandés, al enterarse de que había uninglés en el hospital, se me acercó trayéndome periódicos ingleses y hablándome en milengua. Había resultado gravemente herido en los combates de octubre y se las habíaingeniado para establecerse en el hospital de Lérida y casarse con una de las enfermeras. Acausa de las heridas, una de sus piernas se había encogido tanto que no era más gruesa quemi brazo. Dos milicianos de permiso, a quienes había conocido durante mi primera semanaen el frente, acudieron al hospital a visitar aun amigo herido y me reconocieron. Eranmuchachos de unos dieciocho años. Permanecieron de pie junto a mi cama, incómodos,buscando qué decir y luego, para demostrar que lamentaban lo de mi herida, sacaron desúbito todo el tabaco de sus bolsillos, me lo dieron y desaparecieron antes de que pudieradevolvérselo. ¡Qué gesto tan español! Más tarde descubrí que no podía conseguirse tabacoen toda la ciudad y que me habían dado la ración de una semana.Al cabo de unos pocos días pude levantarme y caminar con el brazo en cabestrillo;por alguna razón, me dolía mucho más cuando lo tenía colgando. Sentía, además, un
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot7171intenso dolor interno por el daño que me había hecho al caer y me había quedado casi deltodo sin voz, pero nunca tuve un segundo de sufrimiento debido a la herida de la bala.Parece que esto es bastante corriente. El tremendo impacto de una bala impide todasensación local; en cambio, un fragmento de bomba o de granada, que es irregular y amenudo golpea con menos fuerza, debe de producir un dolor agudísimo. El hospitalcontaba con un agradable jardín en el que había un estanque con peces de colores y unospececillos de color gris oscuro -albures creo que eran-. Solía sentarme a observarlos durantehoras. La manera de hacer las cosas en Lérida me permitió conocer el funcionamiento delsistema hospitalario del frente de Aragón; no sé si era igual en los demás frentes. En ciertosaspectos, los hospitales eran muy buenos. Los médicos eran capaces y no parecía haberescasez de medicinas y equipos. Pero padecían dos defectos importantísimos, a causa de loscuales murieron cientos o miles de hombres que podían haberse salvado.Uno de ellos era el hecho de que los hospitales cercanos al frente eran utilizadoscomo centros de distribución de heridos. En consecuencia, uno no recibía tratamientoalguno, a menos que la gravedad de la herida impidiera el traslado. En teoría, la mayoría delos heridos iban directamente a Barcelona o Tarragona, pero debido a la falta de transporte,a menudo tardaban una semana o diez días en llegar a destino. Se los tenía rodando porSiétamo, Barbastro, Monzón, Lérida y otros lugares, sin recibir ningún tratamiento, exceptoun ocasional vendaje limpio. Hombres con heridas atroces o huesos aplastados eranenvueltos en una especie de funda a base de vendas y yeso; en la parte exterior se escribíacon lápiz la descripción de la herida, pues por lo general la funda no se retiraba hasta que elhombre llegaba a Barcelona o Tarragona, diez días después. Resultaba casi imposibleexaminar la herida en esas condiciones; los pocos médicos no daban abasto con el trabajo yse limitaban a pasar rápidamente junto a cada cama diciendo: «Sí, sí, lo atenderán enBarcelona». Siempre había rumores de que el tren- hospital partiría hacia Barcelonamañana. El otro defecto radicaba en la falta de enfermeras competentes. Evidentemente enEspaña no había suficientes enfermeras con formación, quizá porque antes de la guerra eranlas monjas las encargadas de esas tareas. No tengo quejas de las enfermeras españolas;siempre me trataron con extrema bondad, pero no cabe duda de que eran sumamentenegligentes. Todas sabían tomar la temperatura, algunas podían hacer un vendaje, y nadamás. De esta incompetencia resultaba que los hombres demasiado enfermos para valersepor si mismos a menudo eran objeto de un vergonzoso descuido. Las enfermeras dejabanque un paciente estuviera con diarrea durante una semana, y rara vez lavaban a quienesestaban demasiado débiles como para hacerlo solos. Recuerdo a un pobre miliciano con unbrazo destrozado que me contó que había estado tres semanas con la cara sucia. Hasta lascamas se quedaban a veces sin hacer durante varios días. La comida, en cambio, era buenaen todos los hospitales, quizá demasiado buena. En España, más que en cualquier otraparte, parecía continuar la costumbre de atiborrar a los enfermos con pesadas comidas. EnLérida, las comidas eran pantagruélicas. A las seis de la mañana servían un desayuno a basede sopa, tortilla, guiso, pan, vino blanco y café; y el almuerzo era aún más abundante -yesto en una época en que la mayor parte de la población civil padecía carenciasalimenticias-. Los españoles parecen no saber lo que es una dieta liviana. Dan la mismacomida a los enfermos que a los sanos, siempre el mismo tipo de plato abundante,grasiento, empapado en aceite de oliva.Una mañana se anunció que los hombres de mi sala partirían ese mismo día haciaBarcelona. Logré enviar un telegrama a mi esposa, anunciándole mi llegada. Poco despuésnos metieron en varios autobuses y nos llevaron a la esta- clon. Cuando el tren ya habíaarrancado, el enfermero del hospital que viajaba con nosotros por casualidad nos informó
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot7272de que no íbamos a Barcelona, sino a Tarragona. Supongo que el maquinista habíacambiado de idea. «¡Tipicamente español!», pensé. También fue muy español queaceptaran detener el tren para que yo pudiera enviar otro telegrama, y aún más español, queéste nunca llegara.Nos colocaron en vagones normales de tercera clase, con asientos de madera, aunquemuchos estaban malheridos y habían dejado la cama por primera vez después de largapostración. Bien pronto, con el calor y los vaivenes, la mitad de los hombres se encontrabaen un estado de colapso y varios vomitaron sobre el suelo. El enfermero se abrió paso entrelas siluetas cadavéricas desparramadas por todas partes y nos dio de beber con una grancantimplora que iba vaciando de boca en boca. Todavía recuerdo el asqueante sabor delagua. Llegamos a Tarragona al caer el sol. Las vías del tren corren paralelas a la costa ymuy cerca del mar. Cuando nuestro tren entraba en la estación partía otro lleno de tropas dela Columna Internacional, y en el puente grupos de gente agitaban pañuelos en señal dedespedida. Era un tren muy largo, abarrotado de hombres, con vagones abiertos donde ibancañones de campaña y en torno de los cuales se apretujaban más soldados. Recuerdo conparticular claridad el espectáculo de ese tren iniciando la marcha en la luz amarillenta delatardecer, los racimos de rostros oscuros y sonrientes tras cada ventanilla, los largoscañones inclinados de las piezas de artillería, los ondulantes pañuelos escarlata. Tododeslizándose lentamente junto a nosotros, contra un mar color azul turquesa.-Extranjeros -dijo alguien-. Son italianos.Evidentemente lo eran. Ninguna otra nacionalidad podría haberse agrupado de modotan pintoresco o devolver los saludos de la multitud con tanta gracia. El hecho de que lamitad de los hombres partieran empinando botellas de vino no disminuía, por cierto, esagracia. Más tarde oímos decir que eran parte de las tropas que habían obtenido la granvictoria de marzo en Guadalajara; tras un permiso eran trasladados al frente de Aragón. Metemo que la mayoría de ellos haya muerto en Huesca unas pocas semanas más tarde. Loshombres que podían mantenerse en pie cruzaron el vagón para aclamar a los italianos a supaso. Una muleta se agitó fuera de la ventanilla, brazos vendados hicieron el saludo rojo.Era como un cuadro alegórico de la guerra: un tren cargado de hombres frescos que partíanorgullosamente hacia el frente, los hombres inválidos que volvían, y todo el rato loscañones en los vagones abiertos, haciéndonos palpitar el corazón -como siempre lo hacenlos cañones- y revivir ese pernicioso sentimiento tan difícil de evitar de que la guerra, a finde cuentas, es algo glorioso.El hospital de Tarragona era muy grande y estaba lleno de heridos de todos losfrentes. ¡Menudas heridas se veían allí! Para tratar algunas, empleaban un procedimientoque supongo que se ajustaba a los últimos adelantos médicos, pero que resultabaparticularmente desagradable a la vista. Consistía en dejar la herida completamente abierta,sin vendar, aunque protegida de las moscas por una red de muselina extendida sobrealambres. Debajo de la fina gasa se podía ver la gelatina rojiza de la herida semicurada.Había un hombre herido en el rostro y la garganta, con la cabeza dentro de una especie decasco esférico de muselina; tenía la boca cerrada y respiraba por un pequeño tubo fijadoentre los labios. ¡Pobre diablo, parecía tan solo, paseando de un lado a otro, sin poderhablar y mirando a través de su jaula de muselina! Estuve tres o cuatro días en Tarragona.Iba recuperando mis fuerzas y cierto día, aunque moviéndome con mucha lentitud, logrécaminar hasta la playa. Resultaba extraño comprobar que la vida de playa proseguía casi sinalterarse; cafés elegantes a lo largo del paseo marítimo y la ufana burguesía localbañándose y tomando el sol en las tumbonas como si no hubiera una guerra a miles de
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot7373kilómetros. Allí tuve ocasión de ver ahogarse a un bañista, lo cual parecía imposible en esemar tibio y poco profundo.Por fin, ocho o nueve días después de abandonar el frente, conseguí que meexaminaran la herida. En la sala de cirugía donde se reconocía a los recién llegados,médicos con enormes tijeras abrían los petos de yeso en que hombres con costillas,clavículas y otros huesos fracturados habían sido encerrados en los hospitales de campañatras la línea del frente. De la abertura de aquellos enormes y ridículos petos de yeso surgíanrostros ansiosos, sucios y con barba de una semana. El médico, un hombre enérgico yapuesto, de unos treinta años, me hizo sentar, me agarró la lengua con un trozo de gasaáspera, la tiró hacia afuera todo lo que pudo, me metió un espejito de dentista hasta lagarganta y me pidió que dijera «¡Aaaa!». Continuó su examen hasta que me sangró lalengua y se me llenaron los ojos de lágrimas; luego me informó de que una de las cuerdasvocales estaba paralizada.-¿Cuándo recuperaré la voz? -le pregunté.-¿La voz? Ah, no la recuperará nunca -me dijo alegremente.Sin embargo, el tiempo demostró que estaba equivocado. Durante unos dos meses nopude hacer otra cosa que susurrar, pero luego mi voz se tornó de pronto normal; la otracuerda había «compensado». El dolor en el brazo se debía a que la bala había rozado un hazde nervios de la nuca. Era un dolor agudo, como el de una neuralgia, y seguí sintiéndolodurante un mes, especialmente de noche, por lo cual casi no podía dormir. También losdedos de la mano derecha estaban semiparalizados; incluso ahora, cinco meses después, eldedo índice sigue dormido, efecto muy extraño en una lesión de cuello. En cierto sentido,mi herida constituía una curiosidad, y varios médicos la examinaron, exclamando: «¡Quésuerte! ¡Qué suerte!». Uno de ellos me dijo, con aire de autoridad, que la bala había pasadoa «un milímetro» de la arteria. Ignoro cómo podía asegurarlo. Ninguna de las personas conquienes hablé en ese periodo -médicos, enfermeras, practicantes o pacientes- dejó deasegurarme que un hombre que sobrevive a una herida en el cuello es el ser más afortunadode la tierra. No pude dejar de pensar que habría sido aún más afortunado si la bala no mehubiera tocado.11Durante las últimas semanas que pasé en Barcelona, el aire estaba viciado por unadesagradable atmósfera de sospecha, temor, incertidumbre y odio velado. Las luchas demayo habían causado efectos imborrables. Con la caída del gobierno de Caballero loscomunistas conquistaron definitivamente el poder; el orden interno había ido a parar amanos de ministros comunistas y nadie dudaba de que aplastarían a sus rivales políticos encuanto tuvieran la primera oportunidad. Por el momento nada ocurría y yo no tenía ni ideade lo que iba a suceder; pero, sin embargo, había una permanente y difusa sensación depeligro, la conciencia de algo malo a punto de acaecer. Por poco que uno realmenteconspirara la atmósfera te obligaba a sentirte como un conspirador. La gente parecíapasarse todo el rato conversando en voz baja en los rincones de los cafés, preguntándose sila persona de la mesa vecina sería o no espía de la policía.Gracias a la censura periodística circulaban los rumores más siniestros. Uno de ellosafirmaba que el gobierno de Negrín-Prieto se preparaba para llegar a un acuerdo negociado
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot7474del final de la guerra. En ese momento me sentí inclinado a creerlo, pues los fascistasestaban cerrando el cerco sobre Bilbao y el gobierno no tomaba ninguna medida visiblepara impedirlo. Banderas vascas aparecieron en toda la ciudad, numerosas muchachasrealizaban colectas callejeras y las emisoras de radio hablaban como de costumbre de los«heroicos defensores», pero los vascos no recibían ninguna ayuda concreta. Era tentadorpensar que el gobierno hacía un doble juego. Acontecimientos posteriores demostraron mierror, pero indudablemente Bilbao habría podido salvarse si se hubiera actuado con algomás de energía. Una ofensiva en el frente de Aragón, aunque fracasara, habría obligado aFranco a distraer parte de su ejército; pero el gobierno no tomó ninguna medida ofensivahasta que no fue demasiado tarde, es decir, hasta el momento en que cayó Bilbao. La CNTdistribuyó en enormes cantidades un manifiesto en el cual pedía a la población que semantuviera alerta, e insinuaba que «un cierto partido» (los comunistas) preparaba un golpede Estado. También existía el difundido temor de que Cataluña fuera objeto de unainvasión. Tiempo antes, cuando regresamos del frente, había visto las poderosas defensasque se levantaban a muchos kilómetros de la línea de fuego, y en toda Barcelona se estabanconstruyendo refugios antiaéreos. Con frecuencia se anunciaban ataques por aire y por mar;casi siempre eran falsas alarmas, pero, cada vez que sonaban las sirenas, las lucespermanecían apagadas durante largas horas y la gente asustadiza se tiraba de cabeza a lossótanos. Los espías de la policía estaban por todas partes. Las cárceles continuabanabarrotadas de personas detenidas cuando los sucesos de mayo, y había más presos -porsupuesto, siempre anarquistas y miembros del POUM- que continuaban desapareciendo enellas solos o acompañados. Por lo que se pudo averiguar, ningún preso fue nunca acusado ojuzgado -ni siquiera acusado de algo tan definido como «trotskismo»-. Simplemente searrojaba a un hombre a la cárcel y allí se le mantenía, por lo común, incomunicado. BobSmillie seguía encarcelado en Valencia. No pudimos averiguar nada excepto que ni elrepresentante del ILP ni el abogado que lo defendía lograron verlo. Cada vez era mayor elnúmero de extranjeros de la Columna Internacional y Otros milicianos que eran arrestadoscasi siempre acusados de desertores. Era típico de la situación de entonces que ya nadiesabía con certeza si un miliciano era un voluntario o un soldado regular. Pocos meses antes,todo el que se alistaba en la milicia lo hacía como voluntario y podía, si así lo deseaba,pedir la licencia en cuanto le correspondiera un permiso. En esos días parecía que elgobierno había cambiado de parecer: un miliciano era un soldado regular y se convertía endesertor si intentaba regresar a su casa. Pero ni siquiera esto parecía estar claro del todo. Enalgunas zonas del frente, las autoridades seguían concediendo licencias a quienes lasolicitaban. En la frontera éstas a veces eran aceptadas y otras no; cuando no, te enviabande inmediato a la cárcel. Con el tiempo, el número de «desertores» extranjeros encarceladosllegó a varios centenares, pero en su mayoría fueron repatriados cuando hubo protestas ensus propios países.Grupos armados de guardias de asalto recorrían las calles, los guardias civiles seguíanocupando cafés y otros edificios en puntos estratégicos, y muchos de los locales del PSUCtodavía estaban protegidos con sacos de arena y barricadas. En diversos puntos de la ciudadhabía retenes de guardias civiles o carabineros donde se paraba a los transeúntes y seexaminaba su documentación. Todos me advirtieron de que no mostrara mi credencial demiliciano del POUM y me limitara a presentar el pasaporte y mi certificado del hospital.Que se supiera que había servido en la milicia del POUM era ya inciertamente peligroso.Los milicianos del POUM que habían sido heridos o estaban de permiso eran penalizadoscon pequeños inconvenientes y así, por ejemplo, les resultaba difícil cobrar su paga. LaBatalla seguía apareciendo, pero la censura la había reducido casi a cero. Solidaridad y los
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot7575otros periódicos anarquistas también eran objeto de una severa censura. Según una nuevareglamentación, las partes censuradas de un periódico no podían quedar en blanco, sino quetenían que llenarse con otro texto. En consecuencia, a menudo resultaba imposible saber sialgo había sido objeto de censura.La escasez de alimentos, que había fluctuado durante toda la guerra, se encontraba enuna de sus peores etapas. Faltaba pan, y los tipos más baratos estaban adulterados conarroz; el que comían los soldados en los cuarteles era abominable y parecía masilla. Laleche y el azúcar también escaseaban y casi no había tabaco, excepto los carísimoscigarrillos de contrabando. Casi no quedaba tampoco aceite de oliva, que los españolesutilizan para múltiples fines. Las colas de mujeres que aguardaban para comprarlo estabanvigiladas por guardias civiles montados que a veces se entretenían haciendo retroceder a loscaballos hasta penetrar en las colas, tratando de que pisaran los pies de las mujeres. Otroinconveniente menor de esa época era la falta de cambio. La plata había sido retirada y,como no se había acuñado nueva moneda, resultaba que no circulaban valores intermediosentre la moneda de diez céntimos y el billete de dos pesetas y media, y todos los billetesinferiores a las diez pesetas eran muy escasos. Para la gente más pobre esto significaba unagravamiento de la escasez de comida. Una mujer con sólo un billete de diez pesetas podíapasarse horas ante la cola de una tienda y encontrarse luego con que no podía comprarnada, simplemente porque el tendero no disponía de cambio y ella no se podía gastar todoel dinero.No es fácil describir la atmósfera de pesadilla de ese periodo, el peculiar malestarcreado por los rumores siempre cambiantes, la prensa censurada y la presencia continua dehombres armados. No resulta fácil de describir porque, en ese momento, lo esencial de unaatmósfera así no existía en Inglaterra. En Inglaterra la intolerancia política no es aceptadatodavía. Hay persecución política en un grado insignificante; si yo fuera minero procuraríaque el jefe no se enterara de que soy comunista; pero el «buen miembro del partido», elgángster que repite y obedece incondicionalmente característico de los partidoscontinentales, sigue siendo una rareza, y la idea de «liquidar» o «eliminar» a todo aquel queesté en desacuerdo no parece todavía natural. Sólo parecía demasiado natural en Barcelona.Los «estalinistas» tenían la sartén por el mango y, por lo tanto, se daba por descontado quetodo «trotskista» estaba en peligro. Lo que todos temían era algo que, a fin de cuentas, noocurrió: un nuevo brote de lucha callejera del que se haría responsables, como antes, alPOUM y a los anarquistas. A veces me descubría a mi mismo tratando de oír los primerosdisparos. Era como si alguna poderosa inteligencia maligna planeara sobre la ciudad.Curiosamente, todos comentaban la situación en términos casi idénticos: «La atmósfera deeste lugar es horrible. Es como vivir en un manicomio». Pero quizá no debería decir todos.Algunos de los visitantes ingleses que pasaron rápidamente por España, de hotel en hotel,no parecen haber notado nada desagradable en el ambiente general. Como pude observar, laduquesa de Atholl escribe (Sunday Express, 17 de octubre de 1937): Estuve en Valencia,Madrid y Barcelona... un orden perfecto prevalecía en las tres ciudades, sin ningúndespliegue de fuerza. Todos los hoteles en los que viví no sólo eran «normales» y«agradables», sino también muy cómodos a pesar de la escasez de mantequilla y café.Es una peculiaridad de los viajeros ingleses la de creer que nunca existe realmentenada fuera de los hoteles elegantes. Espero que hayan conseguido algo de mantequilla parala duquesa de Atholl.Me encontraba en el Sanatorio Maurín, uno de los sanatorios dependientes delPOUM, situado en los suburbios cercanos al Tibidabo, la montaña de extraña forma que selevanta abruptamente detrás de Barcelona y desde donde, según la tradición, Satán mostró a
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot7676Jesús los paises de la tierra (de ahí su nombre). La casa había pertenecido a un burgués yfue confiscada al comienzo de la revolución. La mayoría de los hombres alojados allíhabían dejado el frente a causa de alguna herida que los incapacitaba definitivamente(miembros amputados o cosas así). Había varios ingleses: Williams, con una pierna herida;Stafford Cottman, un muchacho de dieciocho años enviado desde las trincheras porsuponerse que padecía tuberculosis, y Arthur Clinton, cuyo brazo izquierdo destrozadoseguía colgado de uno de esos enormes artilugios de alambre, llamados aeroplanos, que losespañoles continúan utilizando en los hospitales. Mi esposa seguía en el hotel Continental yyo solía ir a Barcelona durante el día. Por la mañana acudía al Hospital General para eltratamiento eléctrico del brazo. Me aplicaron un tratamiento bastante extraño, basado enuna serie de punzantes descargas eléctricas que hacían saltar los diversos grupos demúsculos. Lentamente disminuyeron los dolores y fui recuperando el uso de los dedos. Mimujer y yo acordamos que lo mejor era regresar a Inglaterra lo antes posible. Me sentíamuy débil, había perdido la voz aparentemente para siempre y, según los médicos, en elmejor de los casos transcurrirían meses antes de que estuviera en condiciones de luchar.Tarde o temprano debía comenzar a ganar algo de dinero, y no tenía mucho sentidoquedarse en España consumiendo alimentos que otros necesitaban. Sin embargo, decidieronmi partida motivos fundamentalmente egoístas. Experimentaba un deseo abrumador dealejarme de todo, de la horrible atmósfera de sospecha y odio político, de las calles llenasde hombres armados, de ataques aéreos, trincheras, ametralladoras, tranvías chirriantes, tésin leche, comida grasienta y escasez de cigarrillos: de casi todo lo que había aprendido aasociar con España.Los médicos del Hospital General me dieron un certificado de incapacidad física,pero para conseguir mi licencia debía someterme a la junta médica de un hospital cercanoal frente y trasladarme luego a Siétamo para que me sellaran los documentos en loscuarteles de la milicia del POUM. Kopp acababa de regresar del frente lleno de júbilo.Acababa de entrar en acción y afirmaba que por fin tomaríamos Huesca. El gobierno habíallevado tropas del frente de Madrid y estaba concentrando treinta mil hombres, además degran cantidad de aeroplanos. Los italianos que yo había visto partir de Tarragona habíanatacado la carretera de Jaca, pero habían sufrido grandes bajas y perdido dos tanques. Contodo, la ciudad caería, según afirmaba Kopp. (Pero, ¡maldita sea!, no cayó. El ataque fue unlío espantoso y tuvo como única consecuencia una orgía de mentiras periodísticas.)Entretanto, Kopp debía viajar hasta Valencia para entrevistarse con el ministro de laGuerra. Tenía una carta del general Pozas, entonces comandante del Ejército del Este; era lacarta habitual, donde describía a Kopp como una «persona de toda confianza» y lorecomendaba para un cargo especial en la Sección de Ingeniería (Kopp era ingeniero).Partió hacia Valencia el día en que yo salí para Siétamo, el 15 de junio.Cinco días estuve ausente de Barcelona. Un camión lleno de milicianos nos dejó enSiétamo a medianoche; en cuanto llegamos a los cuarteles del POUM, nos hicieron formary comenzaron a entregarnos fusiles y balas antes de preguntarnos siquiera nuestrosnombres. Parecía que el ataque comenzaba y que podían necesitarse reservas en cualquiermomento. Tenía el certificado hospitalario en el bolsillo, pero no podía negarme a ir con losdemás. Me acosté en el suelo, teniendo como almohada una caja de cartuchos. Mi estadoera de profundo desaliento. El estar herido me había socavado el coraje -creo que es laconsecuencia habitual- y la perspectiva de entrar en acción me espantaba. Sin embargo,hubo un poco de mañana, como de costumbre, y no nos llamaron; al día siguiente presentémi certificado e inicié los trámites para que me dieran la licencia, lo que significó una seriede viajes confusos y agotadores. Me enviaron de un hospital a otro -Siétamo, Barbastro,
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot7777Monzón, de vuelta a Siétamo para que me sellaran los papeles, luego a lo largo de la líneade fuego, vía Barbastro y Lérida-. La concentración de tropas en Huesca habíamonopolizado el transporte y desorganizado todo. Recuerdo que tuve que dormir en sitiosbien extraños; una vez en un hospital, otra vez en una zanja, otra en un banco muy angostodel que me caí a mitad de la noche y otra en una especie de albergue municipal enBarbastro. En cuanto te alejabas de las vías del ferrocarril, la única posibilidad de viajareran los camiones que quisieran parar. Había que esperar en la carretera durante horas, aveces tres o cuatro, junto a desconsolados campesinos que llevaban bultos llenos de patos yconejos, haciendo señas a un camión tras otro. Cuando finalmente se detenía un camión queno estaba repleto de hombres, pan o cajas de munición, el bamboleo sobre los pésimoscaminos me reducía a pulpa. Ningún caballo me ha tirado nunca tan alto como esoscamiones. La única manera posible de viajar consistía en apiñarse y aferrarse los unos a losOtros. Fue humillante comprobar que seguía demasiado débil como para subir a un camiónsin ayuda.Dormí una noche en el hospital de Monzón, donde había de ver a la junta médica. Enla cama de al lado había un guardia de asalto con una herida sobre el ojo izquierdo. Semostró cordial y me dio cigarrillos. Yo le dije: «En Barcelona hubiéramos tenido quedispararnos el uno al otro», y ambos nos reímos. Resultaba notable el cambio del espíritugeneral en las proximidades del frente. Allí desaparecían todos o casi todos los odiosperniciosos de los partidos políticos. Mientras estuve en el frente, no recuerdo habermeencontrado con ningún miembro del PSUC que me demostrara hostilidad por pertenecer alPOUM. Eso era típico de Barcelona o de otras ciudades, aún más alejadas de la guerra.Había muchos guardias de asalto en Siétamo, enviados desde Barcelona para tomar parte enel ataque contra Huesca. La Guardia de Asalto no era un cuerpo destinado originalmente alfrente, y muchos de sus miembros nunca habían estado bajo el fuego enemigo. EnBarcelona se sentían dueños de la calle, pero aquí sólo eran quintos, y se tenían que codearcon milicianos de quince años con varios meses de antigüedad en el frente.En el hospital de Monzón el medico repitió la operación habitual de tirarme de lalengua e introducirme un espejo, y me aseguró con el mismo tono alegre que nuncarecuperaría la voz y me firmó el certificado. Mientras esperaba a que me examinaran, en lasala de cirugía se llevaba a cabo alguna espantosa operación sin anestesia, por motivos quedesconozco. La operación se prolongó muchísimo, los alaridos se sucedían y, cuando entréallí, había sillas tiradas por el suelo y charcos de orina y sangre por todas partes.Los detalles de ese viaje final se conservan en mi memoria con extraña claridad. Miactitud era diferente, más observadora que en los últimos meses. Había obtenido milicencia, que ostentaba el sello de la División 29, y el certificado médico que me declaraba«inútil». Era libre de regresar a Inglaterra y, en consecuencia, me sentía casi por primeravez en condiciones de contemplar España. Debía permanecer un día en Barbastro, pues sólohabía un tren diario. Antes había visto Barbastro muy de pasada, y me había parecidosimplemente una parte de la guerra: un lugar frío, fangoso y gris, lleno de estruendososcamiones y tropas andrajosas. Ahora me resultaba extrañamente diferente. Caminando sinrumbo fijo, descubrí agradables y tortuosas callejuelas, viejos puentes de piedra, bodegascon grandes toneles goteantes, altos como una persona, e intrigantes talleressemisubterráneos con hombres haciendo ruedas de carro, puñales,. cucharas de madera ylas clásicas botas españolas de piel de cabra. Me puse a observar cómo un hombre hacíauna de estas botas y así me enteré, con gran interés, que el exterior de la piel se colocahacia adentro, de modo que uno en realidad bebe pelo de cabra destilado. Las habíautilizado durante meses sin saberlo. Y detrás de la ciudad había un río color verde jade,
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot7878poco profundo, del cual emergía un risco perpendicular; con casas construidas en la roca,de modo que desde la ventana del dormitorio se podía escupir hacia el agua que corríatreinta metros más abajo. Innumerables palomas vivían en los huecos del risco. Y en Léridahabía viejos edificios ruinosos en cuyas cornisas anidaban millares y millares degolondrinas; desde una pequeña distancia, el dibujo que formaban los nidos parecía unaflorida moldura rococó. Resultaba extraño comprobar hasta qué punto durante seis mesesyo no había tenido ojos para esas particularidades del lugar. Con mi certificado de licenciaen el bolsillo me sentía de nuevo un ser humano, y también casi un turista. Por primera veztuve plena conciencia de estar realmente en España, en el país que toda mi vida ansiéconocer. En las tranquilas callejuelas apartadas de Lérida y Barbastro me pareció tener unavisión fugaz, una especie de lejano rumor de la España que vive en la imaginación de todos.Sierras blancas, manadas de cabras, mazmorras de la Inquisición, palacios moriscos, hilerasoscuras y ondulantes de mulas, verdes olivares, montes de limoneros, muchachas demantillas negras, vinos de Málaga y Alicante, catedrales, cardenales, corridas de toros,gitanos, serenatas: en pocas palabras, España, el país de Europa que mas había atraído miimaginación. Era una pena que, habiendo logrado por fin llegar aquí, sólo hubiera conocidoeste rincón del nordeste, en medio de una guerra confusa y la mayor parte del tiempo eninvierno.Cuando llegué a Barcelona ya era tarde, y no circulaban taxis. No había manera dellegar al Sanatorio Maurín, que quedaba fuera de la ciudad, así que me dirigí al hotelContinental, no sin antes detenerme a cenar. Recuerdo la conversación que sostuve con uncamarero bastante paternal a propósito de las jarras de nogal con bordes de cobre en las queservían el vino. Le dije que me gustaría comprar un juego para llevármelo a Inglaterra. Elcamarero se mostró comprensivo. «Sí, son bonitas, ¿verdad? Pero hoy día no se puedencomprar. Nadie las fabrica ya, nadie fabrica nada. Esta guerra, ¡qué lástima!» Estuvimos deacuerdo en que esa guerra era una lástima. Mientras charlábamos volví a sentirme como unturista. El camarero me preguntó amablemente si me había gustado España y si pensabaregresar. Oh, si, claro que volvería a España. El tono apacible de la conversación persisteen mi recuerdo a causa de lo que ocurrió inmediatamente después.Cuando llegué al hotel mi esposa estaba sentada en el vestíbulo. Se levantó y caminóhacia mi con una indiferencia que me llamó la atención; luego me rodeó el cuello con unbrazo y, con una dulce sonrisa dedicada a las personas que estaban en el vestíbulo, mesusurró al oído:-¡Lárgate!-¿Qué?-¡Lárgate de aquí enseguida!-¿Qué?-¡No te quedes ahí parado! ¡Tienes que salir de aquí enseguida!-¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué quieres decir?Me había tomado del brazo y me conducía ya hacia las escaleras. A mitad de caminonos encontramos con un francés, cuyo nombre no daré, pues si bien no estaba vinculado alPOUM, nos ayudó mucho durante todo el jaleo. Me miró con rostro preocupado.-¡Escuche! No debe venir por aquí. Salga inmediatamente y escóndase antes de quellamen a la policía.En ese preciso momento, al final de la escalera, un empleado del hotel, miembro delPOUM (aunque supongo que nadie lo sabía), salió furtivamente del ascensor y me exhortóen mal inglés a que me fuera. Yo seguía sin entender qué pasaba.-¿Qué quiere decir todo esto? -pregunté en cuanto estuvimos en la acera.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot7979-¿No te has enterado?-¿Enterado de qué? No he oído nada.-El POUM ha sido disuelto. Sus edificios han sido confiscados. Prácticamente todo elmundo está en la cárcel. Y se comenta que han comenzado a fusilar a gente.Conque era eso. Buscamos un lugar donde poder hablar. Todos los cafés de lasRamblas estaban llenos de policías, pero encontramos uno tranquilo en una calle lateral. Miesposa me explicó lo ocurrido durante mi ausencia.El 15 de junio la policía arrestó inesperadamente a Andrés Nin en su oficina. Esamisma noche hizo una batida en el Hotel Falcón y detuvo a todos sus ocupantes, en sumayoría milicianos de permiso. El lugar fue convertido de inmediato en una cárcel y, enbreve tiempo, se llenó con prisioneros de toda clase. Al día siguiente se anunció que elPOUM era una organización ilegal y se confiscaron todas sus oficinas, puestos de libros,sanatorios, centros de Ayuda Roja, etcétera. Mientras tanto, la policía arrestaba a todos losque habían tenido alguna vinculación con el POUM. Al cabo de uno o dos días, todos o casitodos los cuarenta miembros del Comité Ejecutivo habían sido encarcelados. Quizá uno odos habían logrado escapar y permanecían ocultos, pero la policía utilizaba el recurso (confrecuencia empleado en esta guerra por ambos bandos) de retener a la esposa del prófugocomo rehén. No había manera de saber el número de personas presas. Mi esposa había oídodecir que solamente en Barcelona llegaban a cuatrocientas. Desde entonces he pensado que,incluso en ese momento, la cifra debía de ser mayor. Se produjeron casos increíbles. Lapolicía llegó a sacar de los hospitales a varios milicianos gravemente heridos.Todo era profundamente desalentador. ¿Qué estaba pasando? Podía entender quedisolvieran el POUM, pero ¿para qué arrestaban a la gente? Para nada, por lo que se podíaaveriguar. Aparentemente, la disolución del POUM tenía un efecto retroactivo; el POUMera ahora ilegal y, por lo tanto, uno violaba la ley al haber pertenecido antes a él. Como decostumbre, no se hizo acusación alguna contra ninguna de las personas arrestadas. Mientrastanto, sin embargo, los periódicos comunistas de Valencia difundían la historia de ungigantesco «complot fascista»: comunicación por radio con el enemigo, documentosfirmados con tinta invisible, etcétera, etcétera. (Trato todo este asunto con más detalle en elApéndice 2.) Lo significativo era que sólo aparecía en los periódicos de Valencia; creo queni una sola palabra sobre el supuesto complot o sobre la disolución del POUM apareció enninguno de los periódicos de Barcelona, fueran comunistas, anarquistas o republicanos.Nuestra primera información acerca de la exacta naturaleza de las acusaciones contra losdirigentes del POUM no provino de ningún periódico español, sino de los diarios inglesesque llegaban a Barcelona con uno o dos días de retraso. Lo que no podíamos saber en esemomento es que el gobierno no era responsable de la acusación de traición y espionaje yque sus miembros habrían de rechazarla más tarde. Sólo sabíamos vagamente que loslíderes del POUM y probablemente todos nosotros éramos acusados de estar a sueldo de losfascistas. Y ya circulaban rumores de fusilamientos secretos en la cárcel. Había muchaexageración en todo esto, pero sin duda ocurrió en algunos casos y casi seguramente en elde Nin. Tras su arresto, Nin fue trasladado a Valencia y de allí a Madrid, y ya el 21 de juniocirculó en Barcelona el rumor de que lo habían fusilado. Más tarde, el rumor adquirióforma más definida: Nin había sido fusilado en prisión por la policía secreta y su cuerpoarrojado a la calle. Este rumor procedía de diversas fuentes, incluyendo a FedericaMontseny, ex miembro del gobierno. Desde entonces, nunca se ha vuelto a oír hablar deNin. Más tarde, cuando delegados de diversos países plantearon la cuestión al gobierno,éste sólo dijo que Nin había desaparecido y que no se conocía su paradero. Algunosperiódicos afirmaron que había huido a territorio fascista. Ninguna prueba se proporcionó
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot8080en este sentido, e Irujo, el ministro de Justicia, declaró más tarde que la agencia informativaEspaña había falsificado su*comunicado oficial. De cualquier manera, era muy improbable que se permitieraescapar a un prisionero político de la importancia de Nin. A menos que en el futuroaparezca vivo, creo que debemos admitir que fue asesinado en la cárcel.Las noticias sobre arrestos prosiguieron sin cesar a lo largo de meses, hasta que elnúmero de prisioneros políticos, sin contar a los fascistas, llegó a varios miles. Una de lascosas a destacar es la autonomía de los cargos policiales inferiores. Muchos de los arrestoseran abiertamente ilegales, y diversas personas cuya liberación fue dispuesta por el jefe depolicía, se vieron arrestadas otra vez en los portones de la cárcel y llevadas a «prisionessecretas». Un caso típico es el de Kurt Landau y su mujer; que fueron arrestados alrededordel 17 de junio, después de lo cual, Landau «desapareció». Cinco meses más tarde, suesposa seguía en la cárcel, sin juicio y sin noticias de su marido. Al iniciar una huelga dehambre en señal de protesta, el ministro de Justicia aseguró que Landau había muerto. Alcabo de breve tiempo salió en libertad para ser detenida nuevamente casi de inmediato e ir aparar otra vez a la cárcel.Y también destacaba que la policía, por lo menos al principio, parecía por completoindiferente al efecto que sus acciones pudieran tener sobre la guerra. Estaban dispuestos aencarcelar a militares con cargos de importancia sin obtener permiso por anticipado. Haciafinales de junio, José Rovira, el general al mando de la División 29, fue arrestado cerca delfrente por una partida policial procedente de Barcelona. Sus hombres enviaron unadelegación a protestar ante el ministro de la Guerra. Se descubrió que el ministro de laGuerra y Ortega, el jefe de policía, no habían sido ni siquiera informados del arresto deRovira. En todo este asunto el detalle que más me cuesta de digerir, aunque quizá no revistamayor importancia, es que se ocultaba a las tropas lo que sucedía. Como se habrá visto, niyo ni nadie en el frente había oído nada acerca de la disolución del POUM. Todos suscuarteles, los centros de Ayuda Roja y demás funcionaban con normalidad, e incluso el 20de junio, en las trincheras y posiciones hasta Lérida, a menos de ciento cincuentakilómetros de Barcelona, nadie se había enterado de lo que ocurría. Ni una sola palabra detodo esto aparecía en los periódicos de Barcelona, y los diarios de Valencia que publicabanesas historias de complot y espionaje no llegaban al frente de Aragón. Sin duda, una de lasrazones para arrestar a los milicianos del POUM de permiso en Barcelona era impedir queregresaran al frente con las novedades. El grupo con el que yo llegué al frente el 15 de juniodebe de haber sido el último en partir. Aún me intriga saber cómo consiguieron mantenerocultos los hechos, pues los camiones de abastecimiento, por ejemplo, seguían yendo yviniendo, pero no cabe duda de que mantuvieron el secreto y, según me pude enterardespués por otros compañeros, los hombres del frente no supieron nada hasta varios díasmás tarde. El motivo resulta bastante claro. El ataque contra Huesca acababa de comenzarla milicia del POUM todavía constituía una unidad aparte y, probablemente, se temía quelos hombres se negaran a luchar si se enteraban de lo que estaba sucediendo. En realidad,nada de esto ocurrió cuando llegaron las noticias. En los días intermedios, muchos hombresseguramente murieron sin saber que los periódicos de retaguardia los tildaban de fascistas.Resulta difícil de perdonar tales cosas. Sé que era la política habitual ocultar a las tropas lasmalas noticias, y quizá eso esté justificado en la mayoría de los casos. Pero es algo muydistinto mandar a los hombres a la batalla sin siquiera decirles que, a sus espaldas, supartido ha quedado disuelto, sus líderes han sido acusados de traición y sus amigos yparientes enviados a la cárcel.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot8181Mi esposa comenzó a contarme lo que les había ocurrido a varios de nuestros amigos.Algunos de los ingleses y también otros extranjeros habían cruzado la frontera. Williams yStafford Cottman no fueron arrestados durante el ataque contra el Sanatorio Maurín ypermanecían escondidos en alguna parte. Lo mismo ocurría con John McNair, que habíaestado en Francia y había regresado a España cuando el POUM fue declarado ilegal -actitudbastante temeraria, pero no había querido permanecer a salvo mientras sus camaradascorrían peligro-. En cuanto a los demás, era una simple crónica de a éste lo «agarraron» asíy al otro lo «agarraron» asá. Parecían haber «agarrado» a casi todo el mundo. Mesorprendió oír que también habían «agarrado» a George Xopp.-¡Qué! ¿Kopp? Creía que estaba en Valencia.Según parecía, Kopp había regresado a Barcelona; tenía una carta del ministro de laGuerra dirigida al coronel a cargo de las operaciones de ingeniería en el frente del este.Desde luego, sabía de la disolución del POUM, pero posiblemente no se le ocurrió que lapolicía fuera tan tonta como para detenerlo mientras se dirigía al frente en cumplimiento deuna urgente misión militar. Había acudido al hotel Continental para recoger su equipo; miesposa no se encontraba allí en ese momento y el personal del hotel se las ingenió paraentretenerlo con alguna mentira mientras llamaban por teléfono a la policía.Reconozco que monté en cólera cuando me enteré del arresto de Kopp. Era mi amigopersonal, había actuado a sus órdenes durante meses, había estado con él bajo el fuego yconocía su historia. Era un hombre que había sacrificado todo, familia, nacionalidad, formade vida, para ir a España a luchar contra el fascismo. Al abandonar Bélgica y unirse a unejército extranjero mientras formaba parte de la reserva del ejército belga y, anteriormente,al colaborar en la fabricación ilegal de municiones destinadas al gobierno español, habíaido acumulando años de cárcel por cumplir si volvía alguna vez a su país. Había estado enel frente desde octubre de 1936, se había abierto camino desde miliciano a comandante,había intervenido en no sé cuántas acciones y había sido herido una vez. Durante losincidentes de mayo intercedió para evitar la lucha en nuestra zona y probablemente salvódiez o veinte vidas. Como recompensa a todo esto no se les ocurre otra cosa que arrojarlo auna celda. Enojarse es perder el tiempo, pero tan estúpida maldad pone a prueba lapaciencia de cualquiera.A pesar de todo esto, no habían «agarrado» a mi mujer. Aunque seguía en el hotelContinental, la policía no hizo intento alguno por arrestarla. Evidentemente querían valersede ella como de un señuelo. Con todo, un par de noches antes, casi de madrugada, seispolicías de civil allanaron nuestra habitación y se apoderaron hasta del último trozo depapel que encontraron, exceptuando, por fortuna, nuestros pasaportes y la libreta decheques. Se llevaron mis diarios, nuestros libros, los recortes periodísticos que desde hacíameses se apilaban en el escritorio (muchas veces me he preguntado para qué los querían),todos mis recuerdos de guerra y todas nuestras cartas. (Dicho sea de paso, se llevarontambién muchas cartas recibidas de lectores. Algunas de ellas no habían sido todavíarespondidas, y como es de suponer no conservo las direcciones. Si alguien de los que meescribió en relación a mi último libro y que no recibió respuesta llega a leer estas líneas,ruego que las acepte como disculpa.) Más tarde supe que la policía también se habíaapoderado de algunas pertenencias mías dejadas en el Sanatorio Maurín. Hasta se llevaronun paquete de ropa sucia; quizá creyeron que contenía mensajes escritos con tinta invisible.Evidentemente, era más seguro que mi esposa permaneciera en el hotel, al menos porel momento. Si intentaba irse, la seguirían de inmediato. En cuanto a mí, tendría queocultarme, perspectiva que me repugnaba. A pesar de los innumerables arrestos, meresultaba casi imposible creer que estuviera en peligro. Todo aquello me parecía demasiado
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot8282insensato, pero la misma negativa a tomar en serio ese estúpido ataque había hecho queKopp terminara en la cárcel. Yo me repetía sin cesar: «¿Por qué habrían de quererarrestarme? ¿Qué he hecho yo?». Ni siquiera era miembro del POUM. Sin duda, habíaportado armas durante los sucesos de mayo, pero lo mismo hicieron, supongo, cuarenta ocincuenta mil personas. Además, necesitaba dormir urgentemente algunas horas. Preferíacorrer el riesgo y regresar al hotel. Mi esposa se negó en redondo. Pacientemente meexplicó la situación. No importaba lo que hubiera hecho. No era una redada corriente dedelincuentes, sino el reinado absoluto del terror. Yo no era culpable de ningún actodefinido, pero si de «trotskismo». Haber luchado en la milicia del POUM bastaba paraterminar en la cárcel. Era inútil aferrarse a la idea inglesa de que uno está a salvo mientrascumpla la ley. En la práctica, la ley era la voluntad de la policía. La única salida consistíaen permanecer escondido y ocultar cualquier vinculación con el POUM. Mi esposa meobligó a romper el carnet de miliciano, que llevaba inscrito en grandes letras «POUM», asícomo la foto de un grupo de milicianos con la bandera del POUM de fondo. Ésas eran lascosas que bastaban en esos días para ser arrestado. En todo caso, tuve que conservar micertificado de licencia; constituía un peligro, pues ostentaba el sello de la División 29 y eraprobable que la policía supiese que correspondía al POUM, pero sin él podían arrestarmepor desertor.Debíamos pensar en la manera de salir de España. No tenía sentido permanecer allícon la certeza de un arresto más tarde o más temprano. En realidad, ambos hubiéramospreferido quedarnos y presenciar el desenlace de los acontecimientos. Pero yo preveía quelas prisiones españolas serían sitios espantosos (en realidad, eran peores de lo queimaginaba), y una vez que se entraba en la cárcel, nunca se sabía cuándo se saldría; además,mi estado de salud era bastante malo, aparte del dolor en el brazo. Quedamos enencontrarnos al día siguiente en el consulado británico, donde también acudirían Cottman yMcNair. Probablemente se necesitarían un par de días para regularizar nuestros pasaportes.Antes de dejar España, era necesario hacer sellar el pasaporte en tres instancias distintas:donde el jefe de policía, donde el cónsul francés y donde las autoridades catalanas deinmigración. Desde luego, el peligro radicaba en el jefe de policía. Quizá el cónsulbritánico podría arreglar las cosas sin revelar nuestra vinculación con el POUM. Había unalista de extranjeros sospechosos de «trotskistas», y era probable que allí figuraran nuestrosnombres, pero con un poco de suerte podríamos llegar a la frontera antes que ella. Eraseguro que habría muchas demoras y mañanas. Por suerte, estábamos en España y no enAlemania; la policía secreta española tenía algo del espíritu de la Gestapo, pero no tanto desu competencia.Así que nos separamos. Mi esposa regresó al hotel y yo me perdí en la oscuridad, enbusca de un sitio donde dormir. Recuerdo haberme sentido malhumorado y aburrido.¡Deseaba tanto pasar una noche en una cama! No tenía dónde ir, no había ninguna casa enla que pudiera refugiarme. El POUM prácticamente no contaba con una organizaciónclandestina. Sin duda los líderes sabían desde siempre que el partido podía ser disuelto,pero nunca esperaron una caza de brujas semejante. A tal punto no la esperaban, que sehabía continuado con las mejoras en los edificios (entre otras cosas, se estaba construyendoun cine en la sede central que antes había sido un banco) hasta el mismo día en que elPOUM fue disuelto. En consecuencia, los sitios de reunión y escondites que todo partidorevolucionario debe poseer no existían. Dios sabe cuántas personas, cuyos hogares habíansido registrados por la policía, dormían en las calles esa noche. Yo había tenido cinco díasde viajes agotadores, durmiendo en sitios increíbles, con un dolor horroroso en el brazo; yahora esos locos me perseguían por todas partes y tenía que dormir otra vez en el suelo.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot8383Esto era todo lo que mis pensamientos daban de sí. No había lugar para consideracionespolíticas; nunca las hago mientras las cosas están sucediendo. Siempre que me veomezclado en la guerra o en la política, sólo tengo conciencia de las molestias físicas y de unprofundo deseo de que ese maldito disparate termine. Con posterioridad puedo comprenderel significado de los hechos, pero mientras éstos ocurren sólo ansío verme lejos de ellos(rasgo quizá no muy digno de elogio).Caminé durante largo rato y me encontré cerca del Hospital General. Buscaba unlugar donde poder echarme, sin que ningún policía fisgón me encontrara y me pidiera ladocumentación. Hice la prueba en un refugio antiaéreo, pero estaba recién cavado y erainsoportablemente húmedo. Luego llegué a las ruinas de una iglesia saqueada e incendiadadurante la revolución. Era sólo un cascarón, cuatro paredes sin techo que rodeaban pilas deescombros. Avancé a tientas hasta descubrir una especie de hueco donde pude echarme.Los escombros de un edificio no son ideales para descansar pero, por suerte, era una nochecálida y me las ingenié para dormir varias horas.12El mayor inconveniente para alguien a quien persigue la policía en una ciudad comoBarcelona es que todo abre muy tarde. Cuando uno duerme al aire libre siempre sedespierta al amanecer, y ninguno de los bares de Barcelona abre antes de las nueve. Pasaronhoras antes de que pudiera conseguir una taza de café o un lugar donde afeitarme. Meextrañó ver aún colgado en la barbería el cartel anarquista que prohibía las propinas. «LaRevolución ha roto nuestras cadenas», decía el cartel. Me dieron ganas de decirles a losbarberos que esas cadenas no tardarían en volver si no tenían cuidado.Regresé al centro de la ciudad. En los edificios del POUM ya no flameaban lasbanderas rojas, sino los estandartes republicanos. Grupos de guardias civiles armadossurgían de todos los portales. En el centro de Ayuda Roja, situado en la esquina de la Plazade Cataluña, la policía se había entretenido destrozando casi todas las vidrieras y lospuestos de libros habían sido vaciados y el tablón de anuncios, que había un poco másabajo de las Ramblas, había sido cubierto con el cartel anti-POUM en el que una mascaraocultaba un rostro fascista. Hacia el final de las Ramblas, cerca del muelle, contemplé unespectáculo curioso: una hilera de milicianos, todavía andrajosos y cubiertos del barro delfrente, despatarrados exhaustos en las sillas de los limpiabotas. Sabía quiénes eran e inclusoreconocí a uno de ellos. Eran milicianos del POUM que habían llegado el día anterior paraencontrarse con la disolución de aquél y que habían tenido que pasar la noche a laintemperie por estar vigilados sus hogares. Todo miliciano del POUM que regresara aBarcelona en ese momento tenía que elegir entre ocultarse o terminar en la cárcel,recepción no muy agradable al cabo de tres o cuatro meses de trinchera.Nos encontrábamos en una situación insólita. Por la noche se era un fugitivo acosado,durante el día se podía vivir de forma casi normal. Todas las casas habitadas porsimpatizantes del POUM estaban vigiladas y era imposible ir a un hotel o a una pensión,por haberse dispuesto que los hoteleros informaran a la policía sobre la llegada de tododesconocido. Ello obligaba a pasar las noches al aire libre. Durante el día se podía andarcon bastante seguridad. Las calles estaban llenas de guardias civiles, guardias de asalto,carabineros y policías corrientes, además de quién sabe cuántos espías de civil; sin
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot8484embargo, no podían parar a todos los que pasaran, y si uno tenía un aspecto normal podíapasar inadvertido. Había que tratar de no quedarse cerca de los edificios del POUM y de noir a los cafés y restaurantes donde había camareros que nos conocieran. Ese día y elsiguiente pasé mucho tiempo bañándome en una casa de baños públicos. Me pareció unaexcelente manera de matar el tiempo y de mantenerme fuera de la circulación. Pordesgracia, idéntica idea se le ocurrió a mucha gente. Pocos días después, cuando ya noestaba en Barcelona, la policía allanó una de esas casas y arrestó a buena cantidad de«trotskistas» en cueros.A media altura de las Ramblas me crucé con uno de los heridos del Sanatorio Maurin.Intercambiamos ese guiño invisible que la gente utilizaba en esa época y nos lasingeniamos para quedar discretamente en un café algo más arriba. Había escapado alarresto durante la redada en el Maurín pero, como los demás, ahora se veía obligado a hacervida en la calle. Estaba en mangas de camisa, ya que al huir no pudo recoger la chaqueta, yno tenía un centavo. Me contó cómo uno de los guardias civiles había arrancado de la paredel gran retrato de Maurín y lo había pateado hasta destrozarlo. Maurín (uno de losfundadores del POUM) estaba en poder de los fascistas y se creía que ya lo habían fusilado.A las diez de la mañana me encontré con mi esposa en el consulado británico. McNair yCottman no tardaron en presentarse. Lo primero que me dijeron fue que Bob Smillie habíamuerto en una cárcel de Valencia, nadie sabía de qué. Lo habían enterrado sin demora y alrepresentante del ILP, David Murray, no se le había dado permiso para ver el cadáver.Naturalmente, de inmediato supuse que lo habían fusilado. Es lo que todos creímosen ese momento, pero con posterioridad pensé que tal vez nos equivocamos. Más tarde seinformó de que Smillie había muerto de apendicitis, y también hubo un prisionero liberadoque nos aseguró que Smillie había estado realmente enfermo en la cárcel. Así pues, quizá lahistoria de una apendicitis era verídica. La negativa a permitir que Murray viera el cadáverpuede haber tenido como causa el mero resentimiento. Empero hay algo que debo decir.Bob Smillie tenía sólo veintidós años y físicamente era uno de los hombres más fuertes quehe conocido. Creo que fue el único miliciano, español o inglés, que pasó tres meses en lastrincheras sin estar enfermo un solo día. Las personas con esa resistencia no suelen morir deapendicitis si se las cuida como es debido. Pero si uno veía cómo eran las cárcelesespañolas -las cárceles improvisadas utilizadas para los prisioneros políticos-, comprendíalas pocas probabilidades que tenía un hombre enfermo de recibir en ellas la atenciónadecuada. Estas cárceles sólo podrían describirse como mazmorras. En Inglaterra habríaque retroceder al siglo XVIII para encontrar algo comparable. Los prisioneros permanecíanamontonados en pequeñas habitaciones donde casi no había espacio para echarse, y amenudo se los tenía en sótanos y otros lugares oscuros. Estas no eran medidas temporales,pues hubo casos de detenidos que pasaron cuatro o cinco meses casi sin ver la luz del día.Eran alimentados con una dieta repugnante e insuficiente, que consistía en dos platos desopa y dos trozos de pan diarios. (Sin embargo, algunos meses más tarde parece ser que lacomida mejoró algo.) No estoy exagerando; cualquier sospechoso político que haya estadoencarcelado en España podría confirmar lo que digo. He recibido informaciones sobre lascárceles españolas de diversas fuentes separadas, y todas concuerdan demasiado como paradudar de ellas; además, yo mismo conocí una. Otro amigo inglés que fue detenido mástarde escribe que sus experiencias carcelarias le «permitieron comprender mejor el caso deSmillie». No es fácil perdonar la muerte de Smillie, ese muchacho valeroso y dotado, quehabía dejado a un lado su carrera universitaria para luchar contra el fascismo y que, comopuedo atestiguar, había cumplido su tarea en el frente con coraje y voluntad intachables.Arrojarlo a la cárcel y dejarlo morir como a un animal fue una tremenda injusticia. Sé que
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot8585en medio de una enorme y sangrienta guerra no tiene sentido hacer demasiado alboroto poruna muerte individual. Para igualar los sufrimientos que causa una bomba arrojada desdeun avión sobre una calle llena de gente hace falta bastante persecución política. Pero lo queindigna en una muerte como ésta es su absoluta inutilidad. Morir en medio de una batalla;sí, eso es lo que uno espera; pero verse encarcelado, ni siquiera por algún crimenimaginario, sino por causa de un resentimiento ciego, y que luego a uno lo dejen morirabandonado a su soledad es algo muy distinto. No acierto a comprender cómo este tipo decosas -el caso de Smillie no es excepcional- podían tornar más factible la victoria.Mi esposa y yo visitamos a Kopp esa tarde. Se permitía visitar a los prisioneros queno estaban incomunicados, aunque no convenía hacerlo más de unao dos veces. La policía vigilaba a los visitantes, y si alguien iba demasiado seguido,quedaba catalogado como amigo de los «trotskistas» y probablemente terminaba en lacárcel. Esto ya les había ocurrido a muchos.Kopp no estaba incomunicado y nos fue fácil obtener el permiso para verlo. Mientrasnos conducían hacia el interior de la cárcel, un miliciano español a quien conocí en el frentesalía escoltado por dos guardias civiles. Sus ojos se encontraron con los míos eintercambiamos el guiño imperceptible de aquellos días. Dentro vimos a un norteamericanoque había partido de regreso a su casa pocos días antes;sus documentos estaban en regla,pero probablemente lo arrestaron en la frontera porque seguía llevando los pantalones depana que lo identificaban como miliciano. Nos cruzamos como si no nos hubiéramos vistonunca. Fue espantoso. Habíamos estado juntos durante meses, incluso compartido unrefugio en la trinchera, había ayudado a transportarme cuando me hirieron; pero era loúnico que podíamos hacer. Los guardianes vestidos de azul espiaban en todas partes.Hubiera resultado fatal reconocer a demasiada gente.La llamada cárcel era, en realidad, la planta baja de una tienda. En dos pequeñashabitaciones estaban amontonadas casi cien personas. El lugar tenía todo el aspectodieciochesco de una estampa del calendario Newgate: con su nauseabunda suciedad, elhacinamiento de cuerpos humanos, la falta de mobiliario -el suelo de piedra pelado, unbanco y unas pocas mantas raídas- y una luz lóbrega, puesto que habían sido bajadas laspersianas metálicas. En las paredes mugrientas se habían garabateado frasesrevolucionarias: «¡Visca POUM!», «¡Viva la Revolución!», y otras por el estilo. El lugar seusaba desde hacía meses como vertedero de prisioneros políticos. El griterío resultabaensordecedor. Era la hora de las visitas y había tanta gente que casi no podíamos movernos.La mayoría pertenecía a los sectores más pobres de la población obrera. Se veían mujeresdeshaciendo lastimosos paquetes que habían traído para sus hombres. Varios de ellos eranheridos del Sanatorio Maurín. Dos tenían una sola pierna; uno de ellos había sido llevado ala cárcel sin sus muletas y saltaba de un lado a otro sobre un pie. También había unacriatura de no más de doce años; aparentemente arrestaban hasta a los niños. El lugar teníaese olor repugnante presente siempre donde hay mucha gente amontonada sin instalacionessanitarias adecuadas.Kopp se abrió paso para venir a nuestro encuentro. Su rostro sonrosado y redondoparecía el de siempre y en ese lugar mugriento había conservado su uniforme impecable eincluso había conseguido afeitarse. Entre los prisioneros había otro oficial con el uniformedel Ejército Popular. Él y Kopp se hicieron el saludo militar al pasar uno junto a otro; elgesto, en cierto modo, resultó algo patético. Kopp parecía de excelente humor. «Bueno,supongo que nos van a fusilar a todos», dijo alegremente. La palabra «fusilar» meestremeció. Una bala había atravesado hacía poco tiempo mi cuerpo y la sensación seguíafresca en mi recuerdo; no resultaba agradable pensar que eso pudiera ocurrirle a alguien a
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot8686quien uno conoce bien. En ese momento, yo daba por sentado que los dirigentes delPOUM, Kopp entre ellos, serían fusilados. Acababa de filtrarse el primer rumor sobre lamuerte de Nin y sabíamos que se acusaba al POUM de traición y espionaje. Todo apuntabaa un gigantesco juicio farsa, seguido de una matanza de «trotskistas» destacados. Es terriblever a un amigo en la cárcel y saberse impotente para ayudarlo. No podíamos hacer nada;incluso era inútil apelar a las autoridades belgas pues Kopp había violado las leyes de supaís al trasladarse a España. Tuve que dejar que mi esposa llevara la conversación; mivocecita resultaba inaudible en medio de aquel griterío. Kopp nos habló de los amigos quehabía hecho entre los prisioneros, de los guardianes, algunos de los cuales eran buenostipos, mientras otros insultaban y golpeaban a los más apocados, de la comida que lesdaban, «digna de cerdos». Por fortuna, se nos había ocurrido llevar comida y cigarrillos.Luego Kopp comenzó a referirse a los papeles que le habían arrebatado cuando fuearrestado. Entre ellos figuraba la carta del ministro de la Guerra, dirigida al coronel a cargode las operaciones de ingeniería en el Ejército del Este. La policía la había confiscado y senegaba a devolverla; según parece, se encontraba en ese momento en el despacho del jefede policía. Su recuperación podía ser de una gran importancia.De inmediato comprendí que esa carta era decisiva. Una carta oficial de ese tipo, conla recomendación del ministro de la Guerra y del general Pozas, probaría la buena fe deKopp. Pero la dificultad radicaba en demostrar la existencia de la carta; si la abrían en eldespacho del jefe de policía, algún poli acabaría destruyéndola. Sólo una persona podíaayudarnos a recuperarla: el oficial a quien estaba dirigida. Kopp ya había pensado en eso yhabía escrito una carta que deseaba que yo sacara de la prisión a escondidas y que enviarapor correo. Pero, evidentemente, era más rápido y seguro ir en persona. Dejé a mi esposacon Kopp, salí apresuradamente y, tras una larga búsqueda, encontré un taxi. Sabía quetenía el tiempo justo. Eran ya las cinco y media, el coronel probablemente dejaría sudespacho a las seis, y al día siguiente Dios sabe dónde estaría la carta, destruida o perdidaen el caos de documentos que probablemente se apilaban a medida que se producían losarrestos. El despacho del coronel estaba situado en el Departamento de la Guerra, cerca delos muelles. Me disponía a subir corriendo la escalinata de entrada, cuando el guardia deasalto que custodiaba la puerta me cerró el paso con su larga bayoneta y me pidió la«documentación». Agité frente a sus ojos mi certificado de licencia; evidentemente nosabía leer y me dejó pasar; impresionado por el vago misterio de los «papeles». Por dentro,el lugar era como una enorme y complicada colmena en torno a un patio central con cientosde oficinas en cada piso. Como estábamos en España, nadie tenía la menor idea sobre laubicación de la oficina que buscaba. Yo repetía sin cesar: «¡El coronel... jefe de ingenieros,Ejército del Este!». La gente me sonreía y se encogía de hombros amablemente; todo el quecreía saberlo me enviaba en direcciones distintas: arriba, abajo, por pasillos interminablesque resultaban ser callejones sin salida. Mientras tanto el tiempo pasaba inexorablemente.Tenía la extraña sensación de vivir una pesadilla: subir y bajar corriendo escaleras, gentemisteriosa que iba y venía, los vistazos a través de puertas abiertas que daban a caóticasoficinas con papeles amontonados por todas partes y el tecleteo de las máquinas de escribir,y el tiempo que se acababa y una vida tal vez en juego.Sea como sea, llegué a tiempo y, con cierta sorpresa por mi parte, se me concedióaudiencia. No vi al coronel, pero su secretario, un hombrecillo atildado, de grandes ojosbizcos, me recibió en la antesala. Comencé a hablar: venía de parte de mi oficial superior elcomandante Jorge Kopp, quien al dirigirse al frente con una misión urgente había sidoarrestado por error. La carta para el coronel era de naturaleza confidencial y se imponíarecuperarla sin demora. Yo había servido a las órdenes del comandante Kopp durante
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot8787meses, era un oficial de plena confianza, su arresto se debía sin duda a una equivocación, lapolicía lo había confundido con otra persona, etcétera, etcétera, etcétera. Seguí machacandosobre la urgencia de la misión de Kopp en el frente, sabiendo que era el argumento máspoderoso. Pero tiene que haber sonado como una historia bien extraña con mi espantosoespañol, que se convertía en francés en los momentos de crisis. Lo peor fue que deinmediato me quedé casi sin voz, y sólo mediante un violento esfuerzo logré emitir unaespecie de graznido. Tenía miedo de perderla por completo y de que el pequeño oficial secansara de tratar de entenderme. Muchas veces me he preguntado si creyó que mi vozfallaba a causa de una borrachera o porque sufría por no tener la conciencia muy tranquila.Sin embargo, me escuchó con paciencia, aprobó con la cabeza muchas veces y asintiócon cautela a lo que yo decía. Sí, parecía que se había cometido un error. Sin duda habríaque investigar el asunto. Mañana... Protesté. ¡Mañana, no! Era un asunto urgente; Kopptendría que estar ya en el frente. Una vez más el oficial pareció estar de acuerdo. Yentonces llegó la pregunta temida:-Este comandante Kopp, ¿en qué unidad servía?Había que pronunciar la palabra terrible:-En la milicia del POUM.-¡El POUM!Quisiera poder transmitir el sobresalto de alarma que resonó en su voz. Hay querecordar lo que el POUM significaba en esos momentos. El temor a los espías estaba en supunto culminante, quizá todos los buenos republicanos creyeron durante un día o dos que elPOUM era en verdad una vasta organización de espionaje al servicio de los alemanes.Decir semejante cosa a un oficial del Ejército Popular era como entrar al Gavally Clubinmediatamente después del escándalo de la Carta Roja y declararse comunista. Sus ojososcuros recorrieron mi rostro. Luego de una larga pausa, preguntó lentamente:-¿Y usted dice que estuvo con él en el frente? Entonces, ¿usted también estaba en lamilicia del POUM?-Sí.Dio media vuelta y se precipitó a la oficina del coronel. Pude oír una conversaciónagitada. «Todo terminó», pensé. Nunca recuperaríamos la carta de Kopp. Además, habíatenido que confesar que yo mismo estaba vinculado al POUM, y sin duda llamarían a lapolicía y me arrestarían, simplemente. para añadir otro «trotskista» al saco. El oficialreapareció ajustándose la gorra y me indicó con un gesto que lo siguiera. Nos dirigimos a laJefatura de Policía. Fue un largo camino; anduvimos durante veinte minutos. El pequeñooficial marchaba erguido delante de mi con su paso militar. No nos dijimos una sola palabraen todo el trayecto. Cuando llegamos al despacho del jefe de policía, una multitud decanallas del aspecto más temible, evidentemente secuaces, delatores y espías de todo tipo,aguardaba frente a la puerta. El pequeño oficial entró; hubo una larga y acaloradaconversación. Se podían oír voces que se alzaban furiosamente; yo imaginaba gestosviolentos, encogimientos de hombros y puños golpeando la mesa. Evidentemente la policíase negaba a entregar la carta. Al final, sin embargo, el oficial volvió a salir con el rostroenrojecido, pero con un gran sobre oficial en su poder. Era la carta de Kopp. Habíamoslogrado una pequeña victoria que, desgraciadamente, tal como resultaron las cosas, no tuvoel menor efecto. Se dio el curso debido a la carta, pero los superiores militares de Kopp nopudieron sacarlo de la cárcel.El oficial me prometió que la carta llegaría a su destino. Pero ¿qué ocurriría conKopp?, le dije yo. ¿No podían liberarlo? El oficial se encogió de hombros. Ésa era otracuestión. Ellos no sabían por qué lo habían arrestado. Sólo me pudo prometer que haría
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot8888todas las averiguaciones posibles. No quedaba nada por decir y había que despedirse. Losdos nos inclinamos levemente. Pero en ese momento ocurrió algo inesperado yconmovedor: el pequeño oficial, después de una leve vacilación, dio un paso hacia adelantey me estrechó la mano.No sé si podré explicar la profunda emoción que tal gesto me produjo. Parece algo sinimportancia, pero no lo fue. Para comprenderlo es necesario recordar cuál era el ambientede esa época, la paralizante atmósfera de sospechas y odios, las mentiras y los rumores quecirculaban por todas partes, los carteles que en cada rincón nos señalaban como espíasfascistas. Y, sobre todo, que estábamos frente al despacho del jefe de policía, junto a unainmunda pandilla de delatores y agentes provocadores, cualquiera de los cuales podía saberque se me buscaba. Era como estrechar públicamente la mano de un alemán durante la GranGuerra. Supongo que, por algún motivo, había decidido que yo no era un espía fascista; encualquier caso, fue muy noble de su parte darme la mano.Me fijo en este hecho, que quizá parezca algo trivial, porque en cierto sentidocaracteriza a los españoles y a su magnanimidad, cuyos destellos también afloran en laspeores circunstancias. Tengo recuerdos muy desagradables de España, pero muy pocosmalos recuerdos de los españoles. Sólo en dos ocasiones estuve seriamente indignado conun español, y cuando miro hacia atrás, creo que en ambas fui yo el equivocado. No hayduda de que poseen una generosidad, una especie de nobleza, que no pertenece realmente alsiglo XX. Es lo que me hace pensar que en España hasta el fascismo puede asumir unaforma comparativamente tibia y soportable. Pocos españoles poseen la maldita eficienciaque requiere un Estado totalitario moderno. Unas pocas noches antes había tenido unextraño ejemplo de esto, cuando la policía registró el cuarto de mi esposa. Tal registro fueciertamente de sumo interés, y me hubiera gustado presenciarlo, aunque quizá fue mejorque eso no ocurriera, pues probablemente no habría podido controlarme.La policía llevó a cabo el registro según el típico estilo de la GPU o de la Gestapo.Poco antes de la madrugada se oyeron unos golpes en la puerta, seis hombres entraron,encendieron la luz y de inmediato se repartieron por la habitación, según un planevidentemente prefijado. Luego registraron todo con increíble escrupulosidad. Golpearonlas paredes, levantaron los felpudos, examinaron el suelo, tantearon las cortinas, mirarondebajo de la bañera y del radiador; vaciaron los cajones y maletas y palparon y miraron altrasluz cuanta ropa encontraron. Se llevaron nuestros libros y todos los papeles, hasta losque había en el cesto. Entraron en un éxtasis de sospecha al descubrir que poseíamos unatraducción francesa de Mein Kampf de Hitler. Si ése hubiera sido el único libro, nuestrodestino habría estado sellado. Evidentemente pensaban que sólo un fascista lee MeinKampf. Un instante después encontraron una copia del panfleto de Stalin Maneras deeliminar trotskistas y otros traidores, que los calmó un tanto. En un cajón había unoscuantos paquetes de papel de liar cigarrillos. Los hicieron pedazos y examinaron cada papelpor separado, para ver si contenían algún mensaje escrito. La tarea les llevó unas dos horas.Sin embargo, durante todo ese tiempo, en ningún momento registraron la cama. Mi esposapermaneció acostada y podría haber ocultado una docena de metralletas debajo del colchóny toda una biblioteca de documentos trotskistas debajo de la almohada. Los policías nohicieron movimiento alguno por tocar la cama y ni siquiera miraron debajo de ella. Nopuedo creer que éste sea un rasgo habitual en la rutina de la GPU. Debemos recordar que lapolicía estaba casi por completo bajo control comunista, y que probablemente esos hombresfueran miembros del Partido Comunista. Pero también eran españoles, y echar a una mujerde la cama era demasiado para ellos. Esta parte del registro fue silenciosamente pasada poralto, con lo cual toda la búsqueda careció de sentido.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot8989Esa noche McNair; Cottman y yo dormimos entre unas hierbas altas que crecían enun solar abandonado. Era una noche fría para esa época del año, y ninguno de los tresdurmió mucho. Recuerdo las largas y lúgubres horas que vagamos al azar antes de poderconseguir una taza de café. Por primera vez desde que estaba en Barcelona fui a la catedral,un edificio moderno y de los más feos que he visto en el mundo entero. Tiene cuatro agujasalmenadas, idénticas por su forma a botellas de vino del Rin. A diferencia de la mayoría deiglesias barcelonesas, no había sufrido daños durante la revolución; se había salvado debidoa su «valor artístico», según decía la gente. Creo que los anarquistas demostraron mal gustoal no dinamitarla cuando tuvieron oportunidad de hacerlo, en lugar de limitarse a colgar unestandarte rojinegro entre sus agujas.Esa tarde mi esposa y yo fuimos a ver a Kopp por última vez. No podíamos hacernada por él, absolutamente nada, excepto despedirnos y dejarle algún dinero a cargo de losamigos españoles, que le llevarían comida y cigarrillos. Poco tiempo después, cuando ya noestábamos en Barcelona, fue incomunicado y ni siquiera fue posible enviarle comida. Esanoche, caminando por las Ramblas, pasamos frente al Café Moka, que los guardias civilesseguían ocupando. Movido por un impulso, entré y me dirigí a dos de ellos que. estabanapoyados en el mostrador con los fusiles colgados del hombro. Les pregunté si sabíancuáles de sus camaradas habían estado de guardia allí durante los sucesos de mayo. Loignoraban y, con la habitual imprecisión española, tampoco sabían cómo averiguarlo. Lesdije que mi amigo Jorge Kopp estaba en la cárcel y que quizá sería sometido a juicio poralgo relacionado con los sucesos de mayo; que los hombres entonces de guardia allí sabíanque había evitado la lucha y salvado algunas de sus vidas; debían presentarse y declarar enese sentido. Uno de los hombres con quienes hablaba tenía aspecto taciturno y abatido, ysacudía la cabeza sin cesar porque no podía entenderme con el bullicio del tránsito. Pero elotro era distinto. Me dijo que había oído a algunos de sus camaradas hablar de lo que habíahecho Kopp; que Kopp era un buen chico. Pero ya mientras lo escuchaba tenía la seguridadde que todo era inútil. Si alguna vez se juzgaba a Kopp. lo sería, como en todos esosjuicios, sobre la base de pruebas falsificadas. Si ya lo han fusilado (y me temo que sea lomás probable), su epitafio será: el buen chico del pobre guardia civil que formaba parte deun sucio sistema, pero seguía siendo lo bastante humano como para reconocer un actonoble cuando lo veía.Llevábamos una existencia extravagante y de locura. Por la noche vivíamos comocriminales, pero de día éramos prósperos turistas ingleses o, al menos, tratábamos deparecerlo. Afeitarse, bañarse y lustrarse los zapatos hacen maravillas en el aspecto de unapersona, incluso después de una noche al aire libre. Lo más seguro en ese momento eraparecer tan burgués como fuera posible. Frecuentábamos el barrio residencial de la ciudad,donde nuestras caras no eran conocidas, y comíamos en caros restaurantes donde nosmostrábamos muy ingleses con los camareros. Por primera vez en mi vida me puse aescribir en las paredes. Los pasillos de varios restaurantes de moda ostentaban en las suyas«¡Visca POUM!» en letras tan grandes como pude hacer. Aunque me manteníatécnicamente escondido todo el rato, no me sentía en peligro. Todo parecía demasiadoabsurdo. Tenía la inerradicable convicción inglesa de que «ellos» no podían arrestar aalguien a no ser que hubiera violado la ley. Es una creencia extremadamente peligrosadurante un pogromo político. Había orden de apresar a McNair; y era probable que el restode nosotros figuráramos también en la lista. Los arrestos, registros y allanamientoscontinuaban sin pausa; prácticamente todos los que conocíamos, exceptuando aquellos queseguían en el frente, estaban ya en la cárcel. La policía incluso llegó a subir a los barcos
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot9090franceses que periódicamente se llevaban refugiados en busca de sospechosos de«trotskismo».Gracias a la bondad del cónsul británico, quien debió de pasar una semana muydifícil, logramos poner nuestros pasaportes en regla. Cuanto antes partiéramos, mejor sería.Había un tren que salía para Portbou a las siete y media de la noche y que, según cabíaesperar; lo haría a eso de las ocho y media. Acordamos que mi esposa pediría un taxi conanticipación y prepararía luego las maletas, pagaría la cuenta y abandonaría el hotel en elúltimo momento posible. Si los empleados del hotel se enteraban a tiempo de suspropósitos, seguro que avisarían a la policía. Llegué a la estación hacia las siete, y meencontré con que el tren ya había partido a las siete menos diez. El maquinista habíacambiado de idea, como de costumbre. Por fortuna, logramos avisar a mi esposa a tiempo.Otro tren salía a primera hora de la mañana siguiente. McNair; Cottman y yo cenamos enun pequeño restaurante cerca de la estación y, tras un tanteo cauteloso, descubrimos que eldueño del restaurante era miembro de la CNT y que simpatizaba con nosotros. Nosproporcionó una habitación con tres camas y se olvidó de avisar a la policía. Era la primeravez en cinco noches que podía dormir sin ropa.Al otro día mi esposa logró salir del hotel sin que nadie lo advirtiera. El tren partiócon casi una hora de retraso. Yo ocupé el tiempo escribiendo una larga carta al Ministeriode la Guerra acerca del caso de Kopp: sin duda había sido arrestado por error; se necesitabaurgentemente su presencia en el frente, innumerables personas testificarían su inocencia,etcétera, etcétera, etcétera. Me pregunto si alguien leyó esa carta, escrita en páginasarrancadas de una libreta de notas, con letra temblorosa (tenía los dedos parcialmenteparalizados) y en un español aún más tembloroso. En cualquier caso, ni esa carta ni ningunamedida tuvieron efecto alguno.Mientras escribo, seis meses después de estos acontecimientos, Kopp (si no ha sidofusilado) sigue en la cárcel, sin juicio y sin acusación. Al comienzo recibimos dos o trescartas de él, enviadas desde Francia por prisioneros liberados. Todas hablaban de lo mismo:encarcelamiento en sótanos oscuros y mugrientos, comida mala y escasa, enfermedad gravedebida a las condiciones del encierro y negativa a prestarle atención médica. Todo esto mefue confirmado por varias fuentes diferentes, inglesas y francesas. Hacía poco que habíadesaparecido en una de las «cárceles secretas» con las que parece imposible establecercualquier tipo de comunicación. Su caso es el de docenas o centenares de extranjeros ynadie sabe de cuántos millares de españoles.Por fin cruzamos la frontera sin incidentes. El tren tenía vagón de primera clase yvagón-restaurante, el primero que veía en España. Hasta no hace mucho sólo existía claseúnica en los trenes de Cataluña. Dos policías de civil recorrieron el tren anotando el nombrede los extranjeros, pero cuando nos vieron en el vagón- restaurante parecieron conformarsecon nuestro aspecto respetable. Resultaba extraño ver cómo había cambiado todo. Sólo seismeses antes, cuando aún dominaban los anarquistas, era el aspecto de proletario el quehacía a uno respetable. En la ida, camino de Perpiñán a Cerbére, un viajante francés sentadojunto a mí me había dicho con toda solemnidad: «Usted no puede ir a España con eseaspecto. Quitese el cuello y la corbata. Se los van a arrancar en Barcelona». Sin dudaexageraba, pero eso demuestra la idea que se tenía de Cataluña. En la frontera, los guardiasanarquistas habían impedido la entrada a un francés vestido elegantemente y a su esposapor el único motivo, según creo, de que parecían demasiado burgueses. Ahora era al revés:para salvarse había que parecer burgués. En el puesto de control buscaron nuestros nombresen la lista de sospechosos, pero gracias a la ineficacia de la policía nuestros nombres nofiguraban en ella, ni siquiera el de McNair. Nos registraron de pies a cabeza; no llevábamos
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot9191nada comprometedor exceptuando mi certificado de licencia, pero los carabineros que meregistraron no sabían que la División 29 pertenecía al POUM. Pasamos la barrera, ydespués de seis meses justos me encontraba de nuevo en suelo francés. Los únicosrecuerdos que me llevaba de España eran una bota de piel de cabra y una de esas pequeñaslámparas de hierro en las que los campesinos aragoneses queman aceite de oliva y cuyaforma es casi idéntica a la de las lámparas de terracota usadas por los romanos hace dos milaños. La había encontrado en una choza en ruinas e inexplicablemente seguía en mi poder.Después de todo, resultó que no nos habíamos precipitado al marcharnos. El primerperiódico que vimos anunciaba el arresto de McNair por espionaje; las autoridadesespañolas se habían apresurado un poco al anunciar esto. Por fortuna, el «trostkismo» no esun motivo de extradición.Me pregunto cuál es el primer acto espontáneo de la gente cuando sale de un país enguerra y pone los pies en uno en paz. El mío fue correr a un puesto de tabaco y comprarcigarros y cigarrillos hasta llenarme los bolsillos. Luego fuimos a un bar y bebimos unataza de té, el primer té con leche fresca que tomábamos en muchos meses. Pasaron variosdías antes de acostumbrarme a la idea de que podía comprar cigarrillos cada vez que lodeseara. Siempre esperaba ver cerrada la puerta del estanco y en el escaparate el temidocartel: «No hay tabaco».McNair y Cottman siguieron hasta París; mi esposa y yo dejamos el tren en Banyuls,la primera estación francesa, seguros de que necesitábamos un descanso. No nos recibierondemasiado bien en Banyuls cuando supieron que veníamos de Barcelona. Varias veces mevi envuelto en la misma conversación: «¿Usted viene de España? ¿De qué lado peleó? ¿Delgobierno? ¡Oh!», y luego una marcada frialdad. La pequeña ciudad parecía decantarsedecididamente en favor de Franco, sin duda a causa de los refugiados españoles fascistasque habían ido llegando allí periódicamente. El camarero del café que frecuentaba era unespañol profranquista que me solía dirigir miradas de desprecio mientras me servía elaperitivo. Otra cosa ocurría en Perpiñán, llena de partidarios del gobierno y donde lasintrigas entre las distintas facciones seguían casi como en Barcelona. Había un café dondela palabra «POUM» te procuraba de inmediato amistades francesas y sonrisas del camarero.Creo que nos quedamos tres días en Banyuls. Fueron unos días de extraña inquietud.En esa tranquila ciudad pesquera, alejada de las bombas, las ametralladoras, las colas paracomprar alimentos, la propaganda y las intrigas nos tendríamos que haber sentidoprofundamente aliviados y agradecidos. Nada de eso ocurrió. Lo que habíamos visto enEspaña no se fue difuminando ni perdió fuerza; al contrario, ahora que estábamos lejos detodo, se nos venía encima de una manera mucho más vívida que antes. Pensábamos enEspaña, hablábamos de España, soñábamos incesantemente con España. Nos habíamosdicho durante meses que «cuando saliéramos de España», iríamos a algún lugar cerca delMediterráneo y nos quedaríamos allí tranquilos durante un tiempo, pescando, quizá; peroahora que estábamos aquí nos sentíamos aburridos y decepcionados. El tiempo era frío y unviento persistente soplaba desde el mar, siempre gris y picado. En todo el puerto, unaespuma mezcla de cenizas, corchos y entrañas de pescado golpeaba contra las piedras.Parecerá una locura, pero lo que ambos deseábamos era regresar a España. Aunque nadie sehubiera beneficiado de ello y hubiéramos podido salir muy mal parados, amboslamentábamos no habernos quedado para ser encarcelados junto con los demás. Supongoque sólo he logrado transmitir ep pequeñísima medida lo que esos meses en Españasignifican para mí. He dado cuenta de algunos acontecimientos externos, pero no puedodescribir los sentimientos que dejaron en mí. Todo se confunde en ese cúmulo de visiones,olores y sonidos que las palabras no pueden transmitir: el olor de las trincheras, la aurora en
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot9292las montañas extendiéndose a distancias increíbles, el chasquido seco de las balas, elestrépito y el resplandor de las bombas, la luz clara y fría de las mañanas en Barcelona y eltaconeo de las botas en el patio del cuartel, allá por diciembre, cuando la gente todavía creíaen la revolución; y las colas para conseguir comida y las banderas rojinegras y los rostrosde los milicianos españoles; sobre todo, los rostros de los milicianos, de los hombres queconocí en el frente y que ahora andarán dispersos por Dios sabe dónde, unos muertos encombate, algunos inválidos, otros en la cárcel y muchos, espero, aún sanos y salvos. Buenasuerte a todos ellos; ojalá ganen su guerra y echen de España a todos los extranjeros,alemanes, rusos e italianos por igual. Esta guerra, en la que desempeñé un papel tanineficaz, me ha dejado recuerdos en su mayoría funestos, pero aun así no hubiera queridoperdérmela. Cuando se ha podido atisbar un desastre como éste -y, cualquiera que sea elresultado, la guerra española habrá sido un espantoso desastre, aun sin considerar lasmatanzas y el sufrimiento físico-, el saldo no es necesariamente desilusión y cinismo. Porcurioso que parezca; toda esta experiencia no ha socavado mi fe en la decencia de los sereshumanos, sino que, por el contrario, la ha fortalecido. Y espero que mi relato no haya sidodemasiado confuso. Creo que, con respecto a un acontecimiento como éste, nadie es opuede ser completamente veraz. Sólo se puede estar seguro de lo que se ha visto con lospropios ojos y, consciente o inconscientemente, todos escribimos con parcialidad. Si no lohe dicho en alguna otra parte de este libro, lo diré ahora: cuidado con mi parcialidad, miserrores factuales y la deformación que inevitablemente produce el que yo sólo haya podidover una parte de los hechos. Pero cuidado también con lo mismo al leer cualquier otro libroacerca de este período de la guerra española.Debido a la sensación de que teníamos que hacer algo, aunque en realidad nadapodíamos hacer, dejamos Banyuls antes de lo pensado. A medida que se avanza hacia elnorte, Francia se torna cada vez más suave y más verde; se alejan las montañas y losviñedos y vuelven la pradera y los olmos. Cuando había pasado por París, de viaje aEspaña, me había parecido una ciudad decaída y lúgubre, muy diferente de la que habíaconocido ocho años antes, cuando la vida era barata y no se oía hablar de Hitler. La mitadde los cafés que solía frecuentar permanecían cerrados por falta de clientela, y todo elmundo estaba obsesionado por el elevado costo de la vida y el temor a la guerra. Ahora,después de la pobre España, París parecía alegre y próspero. La Exposición estaba en suapogeo, pero nos las ingeniamos para no visitarla.Y luego Inglaterra, el sur de Inglaterra, probablemente el paisaje más acicalado delmundo. Cuando se pasa por allí, en especial mientras uno va recuperándose del mareoanterior, cómodamente sentado sobre los blandos almohadones del tren de enlace con elbarco, resulta difícil creer que realmente ocurre algo en alguna parte. ¿Terremotos enJapón, hambrunas en China, revoluciones en México? No hay por qué preocuparse, la lecheestará en el umbral de la puerta mañana temprano y el New Statesman saldrá el viernes. Lasciudades industriales, una mancha de humo y miseria oculta por la curva de la superficieterrestre, quedaban lejos. Allí, en el sur, Inglaterra seguía siendo la que había conocido enmi infancia: las zanjas de las vías del ferrocarril cubiertas de flores silvestres, las onduladaspraderas donde grandes y relucientes caballos pastan y meditan, los lentos arroyuelosbordeados de sauces, los pechos verdes de los olmos, las espuelas de caballero en losjardines de las casas de campo; luego la serena e inmensa paz de los alrededoreslondinenses, las barcazas en el río fangoso, las calles familiares, los carteles anunciandopartidos de criquet y bodas reales, los hombres con bombín, las palomas en la Plaza deTrafalgar, los autobuses rojos, los policías azules... todos durmiendo el sueño muy
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot9393profundo de Inglaterra, del cual muchas veces me temo que no despertaremos hasta que nonos arranque del mismo el estrépito de las bombas.Apéndice 1[Antiguo capítulo V de la primera edición inglesa, situado originalmente entre loscapítulos 4 y 5 de esta edición.]Al comienzo, yo había ignorado el aspecto político de la guerra, fue por esta épocacuando comencé a prestarle atención. Quien no esté interesado en los horrores de la políticapartidista, hará bien en saltarse estos fragmentos; con el propósito de facilitar esa tarea, hetratado de mantener las partes políticas de mi narración en capítulos separados. Pero, almismo tiempo, sería del todo imposible escribir sobre la guerra española desde un ángulopuramente militar. Porque sobre todas las cosas se trataba de una guerra política. Ningúnhecho en ella, por lo menos durante el primer año, resulta inteligible si uno no tiene unamínima idea de la lucha interpartidista que se desarrollaba detrás de las líneasgubernamentales.Cuando llegué a España, y durante algún tiempo después, no sólo me desinteresé delo relativo a la situación política, sino que no la percibí. Sabía que estábamos en guerra,pero no tenía idea de en qué clase de guerra. Si me hubieran preguntado por qué me uní a lamilicia, habría respondido: «Para luchar contra el fascismo»; y si me hubieran preguntadopor qué luchaba, habría respondido: «Por simple decencia». Había aceptado la versión queel News Chronicle y el New Statesman daban de la guerra como la defensa de lacivilización contra el estallido maníaco de un ejército de coroneles Blimps pagados porHitler. La atmósfera revolucionaria de Barcelona me atrajo profundamente, pero no habíahecho intento alguno por comprenderla. En cuanto al calidoscopio de partidos políticos ysindicatos, con sus agotadores nombres -PSUC, POUM, FAI, CNT, UGT, JCI, JSU, AIT-,simplemente me exasperaba. A primera vista, daba la impresión de que España sufría unaplaga de siglas. Sabía que formaba parte de algo que se llamaba el POUM (me había unidoa la milicia del POUM y no a ninguna de las otras porque llegué a Barcelona con unacredencial del ILP), pero no me di cuenta de que existían marcadas diferencias entre lospartidos políticos. Una vez que en Monte Pocero señalaron la posición situada a nuestraizquierda diciendo: «Aquéllos son los socialistas» (refiriéndose a los del PSUC), me sentídesconcertado y pregunté: «¿Acaso no somos todos socialistas?». Me pareció una idiotezque hombres que se jugaban la vida por igual tuvieran partidos distintos; mi actitud siemprefue: «¿Por qué no dejamos de lado todas esas tonterías políticas y seguimos adelante con laguerra?». Ésta era, por supuesto, la actitud «antifascista» correcta que los periódicosingleses habían difundido cuidadosamente, en gran parte con el fin de impedir que la gentecomprendiera la naturaleza real de la lucha. Pero en España, especialmente en Cataluña, erauna actitud que nadie podía mantener por mucho tiempo. Todo el mundo, aunque fuera demala gana, tomaba partido tarde o temprano. Incluso si a uno no le importaban en absolutolos partidos políticos y sus posiciones ideológicas, era demasiado evidente que ello afectabaal propio destino personal. En tanto que miliciano, se era soldado contra Franco, perotambién un peón en un gigantesco combate que enfrentaba a dos teorías políticas. Si cuando
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot9494buscaba leña en la ladera de la montaña me había de preguntar si existía realmente unaguerra o si era un invento del News Chronicle, si tuve que esquivar las ametralladorascomunistas en los tumultos de Barcelona, si finalmente tuve que huir de España con lapolicía pisándome los talones, todo eso me ocurrió de esa forma concreta porque pertenecíaa la milicia del POUM y no a la del PSUC. ¡Tan enorme es la diferencia entre dos gruposde iniciales!Para comprender la situación del bando gubernamental es necesario recordar cómocomenzó la guerra. El 18 de julio, cuando estalló la lucha, es probable que todos losantifascistas de Europa sintieran renacer sus esperanzas: por fin, aparentemente, unademocracia se levantaba contra el fascismo. Durante muchos años, los países llamadosdemocráticos se habían sometido al fascismo reiteradamente. Se había permitido a losjaponeses hacer lo que habían querido en Manchuria. Hitler había subido al poder y sehabía dedicado a masacrar a sus opositores políticos de todos los colores. Mussolini habíabombardeado a los abisinios mientras cincuenta y tres naciones (creo que eran cincuenta ytres) apenas si hicieron oír sus piadosas quejas desde la distancia. Pero cuando Franco tratóde derrocar un gobierno tibiamente izquierdista, el pueblo español, contra todo lo esperado,se levantó y le hizo frente. Parecía, y posiblemente lo era, el cambio de la marea.Varios hechos pasaron inadvertidos a la observación general. Franco no eraestrictamente comparable a Hitler o a Mussolini. Su ascenso se debió a un golpe militarrespaldado por la aristocracia y la Iglesia y, en lo esencial, especialmente al comienzo, noconstituyó tanto un intento de imponer el fascismo como de restaurar el feudalismo. Ellosignificaba que Franco debía hacer frente no sólo a la clase trabajadora, sino también adiversos sectores de la burguesía liberal, precisamente los mismos grupos que apoyan alfascismo cuando éste aparece en una forma más moderna. Más importante que todo esto esel hecho de que la clase trabajadora española no resistió a Franco en nombre de lademocracia y el statu quo, como podríamos haberlo hecho nosotros en Inglaterra: suresistencia se vio acompañada de un estallido revolucionario definido, y casi podría decirseque éste fue su carácter. Los campesinos se apoderaron de la tierra; los sindicatos sehicieron cargo de muchas fábricas y la mayor parte del transporte; se arrasaron iglesias y seexpulsó o mató a los sacerdotes. El Daily Mail, entre los aplausos del clero católico, pudorepresentar a Franco como a un patriota que liberaba a su tierra de las hordas de «rojos»malvados.Durante los primeros meses de la guerra, el verdadero opositor de Franco no fue tantoel gobierno como los sindicatos. En cuanto se produjo el levantamiento, los trabajadoresurbanos organizados replicaron con un llamamiento a la huelga general y exigieron yobtuvieron, luego de cierta lucha, armas de los arsenales oficiales. De no haber actuado demanera espontánea y más o menos independiente, es probable que nunca se hubiera podidoparar a Franco. Desde luego, no puede afirmarse esto con toda certeza, pero por lo menoshay motivos para pensarlo. El gobierno no había hecho nada o prácticamente nada porimpedir el levantamiento, que se esperaba desde hacía bastante tiempo, y cuandocomenzaron las dificultades su actitud fue débil y vacilante; tanto es así, que España tuvotres primeros ministros en un solo día. Además, la única medida que podía salvar lasituación inmediata, armar a los trabajadores, fue tomada con renuencia y en respuesta alviolento clamor popular. Se distribuyeron las armas y, en las ciudades importantes del estede España, los fascistas fueron derrotados mediante un tremendo esfuerzo, principalmentede la clase trabajadora, con la colaboración de parte de las fuerzas armadas (guardias deasalto, etcétera) que se mantenían leales. Se trataba del tipo de esfuerzo que quizá sólopuede realizar un pueblo que lucha con una convicción revolucionaria, esto es, que lucha
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot9595por algo mejor que el statu quo. Se cree que, en los diversos centros de la rebelión, tres milpersonas murieron en las calles en un solo día. Hombres y mujeres armados tan sólo concartuchos de dinamita atravesaban corriendo las plazas abiertas y se apoderaban deedificios de piedra controlados por soldados regulares provistos de ametralladoras. Losnidos de ametralladoras que los fascistas habían colocado en puntos estratégicos fueronaplastados por taxis que se precipitaron sobre ellos a cien kilómetros por hora. Aun nosabiendo nada sobre la entrega de la tierra a los campesinos, sobre la creación de consejoslocales, etcétera, resultaría muy difícil creer que los anarquistas y socialistas, que formabanla columna vertebral de la resistencia, hacían todo eso a fin de preservar la democraciacapitalista, la cual, especialmente desde el punto de vista anarquista, no era más que unamaquinaria centralizada de estafa.Entretanto, los trabajadores contaban con armas y ya a esas alturas se negaban adevolverlas. (Un año más tarde se calculaba que los anarcosindicalistas en Cataluña poseíantodavía treinta mil fusiles.) Las propiedades de los grandes terratenientes profascistasfueron tomadas en muchos lugares por los campesinos. Junto con la colectivización de laindustria y el transporte, se hizo el intento de establecer los comienzos de un gobierno detrabajadores por medio de comités locales, patrullas de obreros en reemplazo de las viejasfuerzas policiales procapitalistas, milicias proletarias basadas en los sindicatos, etcétera.Desde luego, el proceso no era uniforme y llegó más lejos en Cataluña que en cualquierotra parte. Había zonas donde las instituciones del gobierno local permanecían casiinalteradas, y otras donde coexistían con los comités revolucionarios. En ciertos lugares secrearon comunas anarquistas independientes, algunas de las cuales siguieron existiendohasta que el gobierno las disolvió un año después. En Cataluña, durante los primeros meses,el poder estaba casi por completo en manos de los anarcosindicalistas, quienes controlabanla mayor parte de las industrias clave. De hecho, lo que había ocurrido en España no erauna mera guerra civil, sino el comienzo de una revolución. Ésta es la situación que laprensa antifascista fuera de España ha tratado especialmente de ocultar. Toda la lucha fuereducida a una cuestión de «fascismo frente a democracia», y el aspecto revolucionario sesilenció hasta donde fue posible. En Inglaterra, donde la prensa está más centralizada y esmás fácil engañar al público que en cualquier otra parte, sólo dos versiones de la guerraespañola tuvieron alguna publicidad digna de mención: la versión derechista de lospatriotas cristianos enfrentando a los bolcheviques sedientos de sangre, y la versiónizquierdista de los republicanos caballerosos que sofocaban una revuelta militar. Pero elhecho central fue exitosamente ocultado.Existían varias razones para ello. Gracias a la prensa profascista circulabanespantosas mentiras sobre supuestas atrocidades, y los propagandistas bien intencionadoscreían, sin duda, que ayudaban al gobierno español al negar que España se había «vueltoroja». Pero la principal razón era ésta: exceptuando los pequeños grupos revolucionariosque existen en cualquier país, todo el mundo estaba decidido a impedir la revolución enEspaña; en especial el Partido Comunista, respaldado por la Rusia soviética, invirtió sumáxima energía contra la revolución. Según la tesis comunista, una revolución en esa etaparesultaría fatal y en España no debía aspirarse al control ejercido por los trabajadores, sino ala democracia burguesa. Es innecesario señalar por qué la opinión «liberal» adoptó idénticaactitud. El capital extranjero había hecho fuertes inversiones en España. La BarcelonaTraction Company, por ejemplo, representaba diez millones de capital británico, y lossindicatos se habían apoderado de todo el transporte en Cataluña. Si la revolución seguíaadelante, no habría ninguna compensación, o muy escasa; si prevalecía la repúblicacapitalista, las inversiones extranjeras estarían a salvo. Y puesto que era indispensable
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot9696aplastar la revolución, simplificaba enormemente las cosas actuar como si la revolución nohubiera tenido lugar. De esa manera era posible ocultar el verdadero significado de losacontecimientos. Podía hacerse aparecer todo desplazamiento de poder de los sindicatos algobierno central como un paso necesario en la reorganización militar. La situaciónresultaba muy curiosa: fuera de España pocas personas comprendían que se estabaproduciendo una revolución; dentro de España, nadie lo dudaba. Hasta los periódicos delPSUC, controlados por los comunistas y más o menos comprometidos con una políticaantirrevolucionaria, hablaban de «nuestra gloriosa revolución». Y, mientras tanto, la prensacomunista en los países extranjeros vociferaba que no había ningún signo de revolución enninguna parte; la toma de fábricas, la creación de comités de trabajadores y demás cosas nohabían tenido lugar o bien habían ocurrido, pero «carecían de importancia política». Deacuerdo con el Daily Worker (6 de agosto de 1936), quienes afirmaban que el puebloespañol luchaba por la revolución social o por cualquier otra cosa que no fuera unademocracia burguesa eran «canallas mentirosos». Por otro lado, Juan López, miembro delgobierno de Valencia, declaró en febrero de 1937 que «el pueblo español derramaba susangre no por la República democrática y su constitución de papel, sino por... unarevolución». Así, parecería que los canallas mentirosos integraban el gobierno por el cualluchábamos. Algunos de los periódicos extranjeros antifascistas descendieron incluso a lapenosa mentira de afirmar que las iglesias sólo eran atacadas cuando los fascistas lasutilizaban como fortalezas. La realidad es que los templos fueron saqueados en todas partescomo algo muy natural, porque estaba perfectamente sobreentendido que el clero españolformaba parte de la estafa capitalista. Durante los seis meses pasados en España sólo vi dosiglesias indemnes, y hasta julio de 1937 no se permitió reabrir ninguna ni realizar oficios,excepto en uno o dos templos protestantes de Madrid.Pero, después de todo, sólo era el comienzo de una revolución, no una revolucióntotal. Cuando los trabajadores, desde luego en Cataluña y quizá en alguna otra parte,tuvieron el poder necesario para ello, no derrocaron o reemplazaron totalmente al gobierno.Evidentemente no podían hacerlo mientras Franco golpeaba a la puerta y sectores de laclase media lo apoyaban. El país se encontraba en una etapa de transición, y podíadesembocar en el socialismo o en el retorno a una república capitalista corriente. Loscampesinos tenían la mayor parte de la tierra y era muy probable que la conservaran, amenos que Franco ganara; se habían colectivizado todas las grandes industrias, pero que semantuvieran así o que volviera a introducirse el capitalismo dependería en última instanciadel grupo que obtuviera el control. Al comienzo podía decirse que el gobierno central y laGeneralitat de Cataluña (el gobierno catalán semiautónomo) representaban a la clasetrabajadora. El gobierno estaba encabezado por Caballero, un socialista del ala izquierda, eincluía ministros que representaban a la UGT (sindicato socialista) y a la CNT (sindicatocontrolado por los anarquistas). La Generalitat catalana fue reemplazada virtualmentedurante un tiempo por un Comité de Defensa Antifascista , compuesto principalmente pordelegados de los sindicatos. Más tarde, el Comité de Defensa se disolvió y la Generalitat sereorganizó de modo que representara a las organizaciones obreras y a los partidos deizquierda. Pero las subsiguientes modificaciones del gobierno significaron un cambio haciala derecha. Primero se expulsó al POUM de la Generalitat; seis meses más tarde, Caballerofue reemplazado por Negrín, socialista de derechas; poco después, la CNT fue eliminadadel gobierno; luego la UGT; posteriormente la CNT también tuvo que apartarse de laGeneralitat; por fin, un año después del estallido de la guerra y la revolución, existía ungobierno totalmente compuesto por socialistas de derechas, liberales y comunistas.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot9797El vuelco general hacia la derecha se produjo en octubre-noviembre de 1936, cuandola URSS inició el envío de armas al gobierno y el poder comenzó a pasar de los anarquistasa los comunistas. Con la excepción de Rusia y México, ningún gobierno había tenido ladecencia de acudir en auxilio de la República, y México, por razones obvias, no podíaproporcionar armas en grandes cantidades. En consecuencia, los rusos podían imponer suscondiciones. Caben muy pocas dudas de que tales condiciones eran, en esencia, «impedir larevolución o quedarse sin armas», y de que la primera medida contra los elementosrevolucionarios, la expulsión del POUM de la Generalitat catalana, se tomó por orden de laURSS. Se niega la existencia de presiones del gobierno ruso, pero esto carece de mayorimportancia, pues puede darse por descontado que los partidos comunistas de todos lospaíses ponen en práctica la política rusa, y nadie niega que en España el Partido Comunistafue el principal opositor del POUM primero, luego de los anarquistas, más tarde del gruposocialista que apoyaba a Caballero y, siempre, de una política revolucionaria. Con laintervención de la URSS, el triunfo del Partido Comunista estaba asegurado. Elagradecimiento hacia Rusia por las armas recibidas y el hecho de que el Partido Comunista,en particular desde la llegada de las Brigadas Internacionales, parecía capaz de ganar laguerra, sirvieron para incrementar su prestigio. Las armas rusas se distribuían a través delPartido Comunista y sus partidos aliados, quienes cuidaron muy bien de que sus opositorespolíticos prácticamente no recibieran ninguna.† Al proclamar una política norevolucionaria, los comunistas pudieron agrupar a todos aquellos a quienes asustaban losextremistas. Resultaba fácil, por ejemplo, unir a los campesinos más acomodados contra lasmedidas de colectivización de los anarquistas. Hubo un prodigioso aumento en el númerode afiliados del partido, provenientes en su mayor parte de la clase media: comerciantes,funcionarios, oficiales del ejército, campesinos acomodados, etcétera.La guerra era en esencia un conflicto triangular. La lucha contra Franco debíacontinuar, pero el gobierno tenía la finalidad simultánea de recuperar el poder quepermanecía en manos de los sindicatos. Ello se logró mediante una serie de pequeños pasosy, en líneas generales, con suma inteligencia. No hubo un movimientocontrarrevolucionario general y evidente, y hasta mayo de 1937 casi no fue necesariorecurrir a la fuerza. En todos los casos, desde luego, resultaba que lo exigido por lasnecesidades militares era la entrega de algo que los trabajadores habían conquistado para síen 1936. A las organizaciones obreras siempre podía hacérselas volver sobre sus pasos conun argumento que es casi demasiado evidente para que sea necesario manifestarlo: «Amenos que se haga esto y aquello, perderemos la guerra». Ese argumento no podía fallar,pues perder la guerra era lo último que deseaban los revolucionarios; si la guerra se perdía,democracia y revolución, socialismo y anarquismo se convertían en palabras vacías. Losanarquistas -único movimiento revolucionario que ejercía gran influencia- fueron obligadosa ceder en un punto tras otro. Se frenó el proceso de colectivización, se eliminaron loscomités locales, se disolvieron las patrullas de trabajadores y se restablecieron, reforzadas ymuy bien armadas, las fuerzas policiales de antes de la guerra; el gobierno se hizo cargo devarias industrias clave que habían estado bajo el control de los sindicatos (la toma de laCentral Telefónica de Barcelona, que provocó las luchas de mayo, fue un incidente dentrode este proceso); por fin -hecho de máxima importancia-, las milicias de trabajadores,formadas por los sindicatos, se disolvieron y redistribuyeron en el nuevo Ejército Popular,un ejército «apolítico» de líneas semiburguesas, con pagas diferenciadas, una castaprivilegiada de oficiales, etcétera. En esas especiales circunstancias éste fue el pasorealmente decisivo; en Cataluña se produjo más tarde que en cualquier otra parte porque allílos partidos revolucionarios eran muy fuertes. Sin duda, la única garantía con que contaban
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot9898los trabajadores para conservar sus conquistas consistía en mantener parte de las fuerzasarmadas bajo su control. Como ya era habitual, la disolución de la milicia se realizó ennombre de la eficiencia militar. Nadie negaba la necesidad de una reorganización militar afondo. No obstante, se hubieran podido reorganizar las milicias y lograr en ellas una mayoreficiencia manteniéndolas bajo el control directo de los sindicatos; el propósito principaldel cambio era el de asegurar que los anarquistas no contaran con un ejército propio.Además, el espíritu democrático de las milicias las convertía en semilleros de ideasrevolucionarias. Los comunistas lo sabían muy bien y lucharon incesante yencarnizadamente contra el POUM y el principio anarquista de igual paga para todos losrangos. Se llevó a cabo un «aburguesamiento» general, una destrucción deliberada delespíritu igualitario de los primeros meses de la revolución. Todo ocurría de forma tanrápida que la gente que hacia frecuentes visitas a España declaraba que le parecía llegar aun país distinto cada vez; lo que por un breve instante’ y de manera superficial parecíahaber sido un Estado de trabajadores, estaba convirtiéndose ante nuestros ojos en unarepública burguesa corriente, con la habitual división entre ricos y pobres. En otoño de1937, el «socialista» Negrín declaraba en discursos públicos que «respetamos la propiedadprivada», y los miembros de las Cortes que al comienzo de la guerra habían tenido que huira causa de sus simpatías profascistas comenzaban a regresar a España.El proceso resulta fácil de entender si recordamos que tiene su origen en la alianzatemporal que el fascismo, en cierta forma, obliga a realizar entre la burguesía y lostrabajadores. Tal alianza, conocida como Frente Popular, constituye en esencia una alianzade enemigos y parece probable que siempre haya de terminar con que uno de los bandosdevore al otro. El único rasgo inesperado en la situación española que fuera de España hacausado muchos malentendidos- es que, entre los partidos del lado gubernamental, loscomunistas no estuvieron en la extrema izquierda, sino en la extrema derecha. En realidadno debería resultar sorprendente, pues las tácticas del Partido Comunista en otros países,particularmente en Francia, han puesto en evidencia que es necesario considerar alcomunismo oficial, al menos por el momento, como una fuerza contrarrevolucionaria. Lapolítica del Komintern está hoy subordinada (se comprende, considerando la situaciónmundial) a la defensa de la URSS, que depende de un sistema de alianzas militares. Enconcreto, la URSS es aliada de Francia, un país imperialista-capitalista. Tal alianza no esmuy útil a Rusia a menos que el capitalismo francés sea fuerte y, por lo tanto, la politicacomunista en Francia debe ser antirrevolucionaria. Ello significa no sólo que loscomunistas franceses marchen ahora tras la bandera tricolor y canten la Marsellesa, sinoque - más importante aún- hayan tenido que dejar a un lado toda agitación efectiva en lascolonias francesas. Hace menos de tres años que Thorez, secretario del Partido Comunistafrancés, declaró que los trabajadores franceses nunca serían llevados a luchar contra suscamaradas alemanes ; actualmente, es uno de los patriotas más vocingleros de Francia. Laclave para comprender la conducta del Partido Comunista en cualquier país es la relaciónmilitar (real o potencial) de ese país con la URSS. En Inglaterra, por ejemplo, la posición esaún incierta y, por ende, el Partido Comunista inglés sigue siendo hostil al gobiernonacional y se opone al rearme. Con todo, si Gran Bretaña entra en una alianza o en unacuerdo militar con la URSS, el comunista inglés, al igual que el francés, no podrá hacerotra cosa que convertirse en un buen patriota y en un imperialista. Ya hay signospremonitorios de esta situación. En España, la «línea» comunista dependía sin duda delhecho de que Francia, aliada de Rusia, se opusiera decididamente a tener un vecinorevolucionario e hiciera todo lo posible por impedir la liberación del Marruecos español. ElDaily Mail, con sus historias de una revolución roja financiada por Moscú, estaba aún más
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot9999equivocado que de costumbre. En realidad, eran los comunistas, más que cualquier otrosector, quienes impedían la revolución en España. Más tarde, cuando las fuerzas derechistasasumieron el control total, los comunistas se mostraron dispuestos a ir mucho más allá quelos liberales en la caza de dirigentes revolucionarios.He tratado de describir el curso general de la revolución española durante el primeraño, a fin de facilitar la comprensión de la situación en cualquier momento dado. Pero noquisiera sugerir que en febrero yo ya contaba con todas las opiniones implícitas en lo queacabo de decir. Lo que más me aclaró las cosas aún no había ocurrido y, en cualquier caso,mis simpatías eran en cierto sentido diferentes de las actuales. Ello se debía, en parte, a queel aspecto político de la guerra me aburría y, naturalmente, reaccionaba contra el punto devista que me tocaba oír con más frecuencia, esto es, el del POUM-ILP. Los ingleses, entrelos que me encontraba, eran en su mayor parte miembros del ILP, exceptuados unos pocospertenecientes al Partido Comunista, y casi todos ellos tenían una formación política mássólida que yo. Durante largas semanas, en el monótono período en que nada ocurría en losalrededores dé Huesca, me encontré en medio de una discusión política prácticamenteinterminable. En el granero maloliente y frío de la granja donde estábamos instalados, en laasfixiante oscuridad de las trincheras, detrás del parapeto en las heladas horas de la noche,el conflicto de las «líneas» partidistas se discutía una y otra vez. Entre los españoles ocurríalo mismo, y la mayoría de los periódicos que leíamos centraban su atención en el conflictoentre los partidos. Uno tendría que haber sido sordo o imbécil para no recoger algunas ideasacerca de los propósitos de los diversos partidos.Desde el punto de vista de la teoría política, sólo importaban tres tendencias: la delPSUC, la del POUM y la de la CNT-FAI. Al referirnos a estas últimas organizacionessolíamos decir simplemente «los anarquistas». Consideraré primero el PSUC, por ser elmás importante; fue el partido que triunfó finalmente y que, ya en esa época, se encontrabavisiblemente en ascenso.Es necesario explicar que, cuando uno habla de la «línea» del PSUC, en realidad serefiere a la «línea» del Partido Comunista. El PSUC (Partido Socialista Unificado deCataluña) era el partido socialista de Cataluña; se había formado al comienzo de la guerrapor la fusión de diversos partidos marxistas, entre ellos el Partido Comunista Catalán, peroahora se encontraba bajo control comunista y estaba adscrito a la Tercera Internacional. Enotras regiones de España no había tenido lugar ninguna unificación formal entre socialistasy comunistas, pero en todas partes se podían considerar idénticos los puntos de vistacomunista y socialista de derecha. En términos generales, el PSUC era el órgano político dela UGT (Unión General de Trabajadores) y de los sindicatos socialistas. El número demiembros de este sindicato en toda España ascendía en esos momentos al millón y medio.Agrupaba a muchas secciones de trabajadores manuales, pero desde el estallido de la guerratambién había visto engrosadas sus filas por una gran afluencia de personas de clase media,puesto que ya en los comienzos de la revolución, personas de las más distintas procedenciashabían considerado útil unirse a la UGTo a la CNT Ambos bloques sindicales tenían basescomunes, pero de los dos, la CNT era más decididamente una organización de la clasetrabajadora. En resumen, el PSUC estaba integrado por trabajadores y pequeña burguesía(comerciantes, funcionarios y los campesinos más acomodados).La «línea» del PSUC, predicada en la prensa comunista y procomunista de todo elmundo, era aproximadamente ésta: «En la actualidad, nada importa salvo ganar la guerra;sin una victoria definitiva, todo lo demás carece de sentido. Por lo tanto, éste no es elmomento para hablar de llevar adelante la revolución. No podemos darnos el lujo de perdera los campesinos al obligarlos a aceptar la colectivización, ni de ahuyentar a la clase media
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot100100que lucha a nuestro lado. Por encima de todo y por razones de eficacia, debemos acabar conel caos revolucionario. Necesitamos un gobierno central fuerte en lugar de comités locales,y un ejército bien adiestrado y completamente militarizado bajo un mando único. Aferrarsea los fragmentos de control obrero y repetir como loros frases revolucionarias es más queinútil: no sólo resulta un obstáculo, sino también contrarrevolucionario, porque conduce adivisiones que los fascistas pueden utilizar contra nosotros. En esta etapa no luchamos porla dictadura del proletariado, luchamos por la democracia parlamentaria. Quien trate deconvertir la guerra civil en una revolución social le hace el juego a los fascistas y es, dehecho, aun sin quererlo, un traidor».La «línea» del POUM difería de aquélla en todos los puntos excepto, desde luego, enla importancia de ganar la guerra. El POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) erauno de esos partidos comunistas disidentes que han surgido en muchos países durante losúltimos años como resultado de la oposición al «estalinismo», esto es, al cambio, real oaparente, en la política comunista. Estaba constituido en parte por ex comunistas y, enparte, por un partido anterior, el Bloque Obrero y Campesino. Numéricamente se trataba deun partido pequeño, sin mayor influencia fuera de Cataluña, pero importante sobre todoporque agrupaba una proporción insólitamente elevada de individuos políticamenteconscientes. En Cataluña, su zona de influencia más fuerte era Lérida. No representaba aningún bloque sindical. Los milicianos del POUM eran en su mayor parte miembros de laCNT, pero los miembros reales del partido pertenecían en general a la UGT. No obstante, elPOUM sólo tenía algo de influencia en la CNT. La «línea» del POUM eraaproximadamente la que sigue: «Carece de sentido hablar de oponerse al fascismo pormedio de una “democracia” burguesa. La “democracia” burguesa es sólo otro nombre delcapitalismo y lo mismo ocurre con el fascismo; luchar contra el fascismo en nombre de la“democracia” significa luchar contra una forma de capitalismo en nombre de otra formaque es susceptible de convertirse en la primera en cualquier momento. La única alternativareal al fascismo es el control obrero. Si se fija cualquier otra meta, se terminará dándole lavictoria a Franco o, en el mejor de los casos, se dejará entrar al fascismo por la puerta deatrás. Mientras tanto, los trabajadores deben aferrarse a cada centímetro ganado; si ceden algobierno semiburgués, serán estafados. Las milicias y las fuerzas policiales de lostrabajadores deben conservarse en su forma actual, y es necesario oponerse a todo esfuerzotendente a aburguesarlas. Si los trabajadores no controlan las fuerzas armadas, las fuerzasarmadas controlarán a los trabajadores. La guerra y la revolución son inseparables».El punto de vista anarquista es más difícil de definir. En cualquier caso, el ampliotérmino «anarquista» se utiliza para designar una multitud de individuos de opiniones muydiversas. El enorme bloque de sindicatos que constituían la CNT (Confederación Nacionalde Trabajadores), con unos dos millones de miembros, tenía como órgano político a la FAI(Federación Anarquista Ibérica), una organización verdaderamente anarquista. Pero,incluso los miembros de la FAI, aunque siempre impregnados, como quizá ocurra con lamayoría de los españoles, de la filosofía anarquista, no eran necesariamente anarquistas enel sentido más puro. En particular desde el comienzo de la guerra se habían orientado en ladirección del socialismo corriente, pues las circunstancias los habían obligado a tomar parteen la administración centralizada y también a violar todos sus principios al participar en elgobierno. No obstante, diferían fundamentalmente de los comunistas en tanto que, al igualque el POUM, propugnaban el control por parte de los trabajadores y no una democraciaparlamentaria. Coincidían con el lema del POUM: «La guerra y la revolución soninseparables», si bien se mostraban menos dogmáticos al respecto. En líneas generales, laCNT-FAI representaba: 1) control directo de servicios e industrias por los trabajadores que
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot101101constituyen sus plantillas, por ejemplo, en transportes, en fábricas textiles, etcétera; 2)gobierno ejercido por comités locales y resistencia a toda forma de autoritarismocentralizado; 3) hostilidad absoluta a la burguesía y la Iglesia. Este último punto, si bien erael menos preciso, revestía máxima importancia. Los anarquistas representaban lo opuestode la mayoría de los llamados revolucionarios, porque aunque sus principios resultaran másbien vagos, su odio hacia los privilegios y la injusticia era absolutamente genuino. Desdeun punto de vista filosófico, comunismo y anarquismo son polos opuestos; y en la práctica -por lo que se refiere al tipo de sociedad a la que aspiran- las diferencias son sólo de énfasis,pero por completo irreconciliables. El comunismo siempre pone el énfasis en el centralismoy la eficiencia, y el anarquismo, en la libertad y la igualdad. El anarquismo tiene profundasraíces en España y es probable que sobreviva al comunismo cuando la influencia rusatermine. Durante los primeros dos meses de la guerra fueron los anarquistas, más quecualquier otro sector, quienes salvaron la situación, y aún mucho más tarde la miliciaanarquista, a pesar de su indisciplina, constituía el mejor elemento de lucha entre lasfuerzas puramente españolas. Desde febrero de 1937 en adelante, los anarquistas y elPOUM podían, en cierta medida, considerarse una unidad. Si los anarquistas, el POUM y elala izquierda de los socialistas hubieran tenido el buen sentido de unirse desde el comienzoy forzar una política realista, la historia de la guerra podría haber sido distinta. Pero, alcomienzo, cuando los partidos revolucionarios parecían tener la victoria en sus manos, elloresultó imposible. Entre anarquistas y socialistas existían antiguos resquemores; el POUM,desde su posición marxista, se mostraba escéptico con respecto al anarquismo; mientrasque, desde el punto de vista anarquista, el «trotskismo» del POUM no era más preferibleque el «estalinismo» de los comunistas. Con todo, las tácticas comunistas tendían a hacercoincidir ambas tendencias. La intervención del POUM en la desastrosa lucha deBarcelona, que tuvo lugar en mayo de 1937, se debió principalmente a un impulsoinstintivo de apoyo a la CNT, y más tarde, cuando el POUM fue proscrito, los anarquistasfueron los únicos que se atrevieron a levantar su voz para defenderlo.Así, en líneas generales, la alineación de fuerzas era la siguiente: por un lado, laCNT-FAI, el POUM y un sector de los socialistas que propugnaba el control por parte delos trabajadores; por el otro, socialistas del ala derecha, liberales y comunistas, quedefendían el gobierno centralizado y un ejército militarizado. Resulta fácil de entender porqué, en esa época, preferí la actitud comunista a la del POUM. Los comunistas tenían unapolítica práctica definida, una política evidentemente mejor desde el punto de vista delsentido común que sólo tiene en cuenta el corto plazo. Y, por cierto, la política cotidianadel POUM, su propaganda, etcétera, eran increíblemente malas: tienen que haberlo sido,pues de otro modo habrían podido atraer una masa de afiliados más considerable. Lo queacababa de reafirmar todo esto era el hecho de que los comunistas, o así me parecía,seguían adelante con la guerra mientras que nosotros y los anarquistas nos quedábamosestancados. Tal era la sensación general en esa época. Los comunistas habían logrado podery un enorme aumento de sus miembros apelando en parte a la clase media contra losrevolucionarios, pero también, en alguna medida, porque eran los únicos que parecíancapaces de ganar la guerra. Las armas rusas y la magnífica defensa de Madrid por tropasdirigidas en su mayor parte por comunistas habían convertido a estos últimos en los héroesde España. Como dijo alguien, cada aeroplano ruso que volaba sobre nuestras cabezas erapropaganda comunista. El purismo revolucionario del POUM parecía bastante inútil,aunque su lógica me resultara evidente. Al fin y al cabo, lo que importaba era ganar laguerra.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot102102Mientras tanto, la endiablada lucha interpartidista proseguía en los periódicos, enpanfletos, en carteles, en libros, en todas partes. En esa época, los periódicos que yo leíacon mayor frecuencia eran los del POUM, La Batalla y Adelante, y su incesante críticacontra el «contrarrevolucionario» PSUC me parecía pedante y cansina. Más tarde, cuandoestudié detenidamente la prensa comunista y la del PSUC comprendí que el POUMresultaba casi inocente en comparación con sus adversarios. Por otra parte, contaba conmuchas menos posibilidades. Al contrario que los comunistas, no tenía apoyo alguno de laprensa extranjera y, dentro de España, se encontraba en una situación muy desventajosaporque la censura periodística estaba casi por completo bajo control comunista, lo cualsignificaba que los periódicos del POUM corrían peligro de ser multados o eliminados sidecían algo peligroso. También es justo señalar que, si bien el POUM predicabainterminables sermones sobre la revolución y citaba a Lenin ad nauseam, no solía lanzarsea ataques personales. Asimismo, reservaba sus polémicas casi exclusivamente a losartículos periodísticos. Sus grandes carteles multicolores, destinados a un público másamplio (los carteles son importantes en España debido a su vasta población analfabeta) noatacaban a los partidos rivales, sino que eran simplemente de índole antifascista oabstractamente revolucionaria: lo mismo cabe decir acerca de las canciones que entonabanlos milicianos. Los ataques comunistas eran otra cosa. Más adelante habré de referirme aellos; aquí sólo quiero dar una breve pincelada de la línea de ataque comunista.Aparentemente, lo que enfrentaba a los comunistas y el POUM era una mera cuestiónde tácticas. El POUM propugnaba la revolución inmediata, los comunistas no, y hasta allíambos tenían mucho que decir en defensa de sus posiciones. Además, los comunistassostenían que la propaganda del POUM dividía y debilitaba las fuerzas gubernamentales yponía así en peligro la guerra; una vez más, aunque hoy no estoy de acuerdo, resultabaposible justificar este argumento. Pero es aquí donde la peculiaridad de la táctica comunistase muestra con toda claridad. Cautelosamente al comienzo, y luego de forma cada vez másfranca, comenzaron a afirmar que el POUM dividía las fuerzas gubernamentales no por unerror de criterio, sino de modo deliberado. Declararon que el POUM era sólo una pandillade fascistas disfrazados, pagados por Franco y Hitler, que defendían una políticaseudorrevolucionaria como una forma de ayudar a la causa fascista. El POUM era unaorganización trotskista y la «quinta columna» de Franco. Ello implicaba que decenas demiles de trabajadores, ocho o diez mil soldados que se congelaban en las trincheras, ycientos de extranjeros que habían ido a España a luchar contra el fascismo, sacrificando amenudo sus medios de vida y su nacionalidad, eran traidores pagados por el enemigo. Esaversión se difundió por varios medios en toda España, y se repitió una y otra vez en laprensa comunista y procomunista de todo el mundo. Si me lo propusiera, podría llenarmedia docena de libros con tales citas.Decían de nosotros que éramos trotskistas, fascistas, traidores, asesinos, cobardes,espías y cosas por el estilo. Admito que no resultaba agradable, en especial cuando unopensaba en algunas de las personas responsables de esa campaña. No es muy agradable vera un muchacho español de quince años transportado en una camilla, con el rostro pálido yasombrado asomando sobre las mantas, y pensar en los astutos señores que en Londres yParís escriben panfletos para demostrar que ese muchacho es un fascista disfrazado. Uno delos rasgos más repugnantes de la guerra es que toda la propaganda bélica, todos los gritos ylas mentiras y el odio provienen siempre de quienes no luchan. Los milicianos del PSUC aquienes conocí en el frente, los comunistas de las Brigadas Internacionales con quienes meencontraba de tanto en tanto nunca me llamaron trotskista ni traidor; dejaban ese tipo decosas para los periodistas de la retaguardia. Los individuos que escribían panfletos contra
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot103103nosotros y nos insultaban en los periódicos permanecían seguros en sus casas o, en el peorde los casos, en las oficinas periodísticas de Valencia, a cientos de kilómetros de las balas yel barro. Aparte de los libelos de la lucha entre partidos, estaban la autoglorificación y elvilipendio del enemigo, todo ello producto, como de costumbre, de gente que no luchaba yque, en muchos casos, habría huido para no hacerlo. Uno de los efectos más tristes de estaguerra ha sido el de enseñarme que la prensa de izquierda es tan espuria y deshonesta comola de derecha. Siento honradamente que, de nuestro lado, el lado republicano, esta guerraera distinta de las guerras corrientes e imperialistas; pero uno nunca lo hubiera supuestoguiándose por la naturaleza de la propaganda bélica. La lucha apenas había comenzadocuando los periódicos de derecha e izquierda se lanzaron simultáneamente al mismo pozonegro del ultraje. Todos recordamos el titular del Daily Mail: «LOS ROJOS CRUCIFICANMONJAS», mientras que, para el Daily Worker, la Legión Extranjera de Franco estaba«compuesta por asesinos, tratantes de blancas, traficantes de drogas y el desecho de todoslos países europeos». En octubre de 1937, el New Statesman nos regalaba historias debarricadas fascistas hechas con los cuerpos de niños vivos (elemento muy incómodo parahacer barricadas), y Mr. Arthur Bryant declaraba que «en la España leal era “lugar común”aserrar las piernas de un comerciante conservador». Quienes escribían este tipo de cosasnunca lucharon; posiblemente creían que escribirlo constituía un sustituto de la lucha. Lomismo ocurre en todas las guerras; los soldados son los que luchan, los periodistas son losque gritan, y ningún «verdadero patriota» se acerca jamás a una trinchera, exceptuando lasbrevísimas giras de propaganda. A veces me resulta un consuelo pensar que el avión estámodificando las condiciones de la guerra. Quizá cuando se produzca la próxima contiendapodamos ver un espectáculo sin precedentes en toda la historia: un patriota incendiario conun orificio de bala.Por lo que se refiere al aspecto periodístico, esta guerra era un fraude como todas lasguerras. Pero existía una diferencia: mientras los periodistas suelen reservar sus invectivasmás ponzoñosas para el enemigo, en este caso, a medida que pasaba el tiempo loscomunistas y el POUM llegaron a escribir unos contra otros cosas más terribles que acercade los fascistas. No obstante, en esa época no me decidía a tomarlo demasiado en serio. Lalucha entre partidos era molesta e incluso desagradable, pero no la consideraba más que unarencilla doméstica. No creía que pudiera alterar nada o que hubiera una diferenciarealmente irreconciliable en cuanto a la política a seguir. Me daba cuenta de que loscomunistas y los liberales se oponían a que la revolución siguiera adelante; no comprendíque eran capaces de hacerla retroceder.Existían buenos motivos para ello. Durante ese período estuve en el frente, y allí laatmósfera social y política no había cambiado. Salí de Barcelona a comienzos de enero y noregresé de permiso hasta finales de abril: durante todo ese tiempo e incluso hasta más tarde-en la zona de Aragón controlada por los anarquistas y el POUM persistían las mismascondiciones, por lo menos aparentemente. La atmósfera revolucionaria permanecía talcomo la conocí al llegar. Generales y reclutas, campesinos y milicianos seguían tratándosecomo iguales; todo el mundo recibía la misma paga, llevaba las mismas ropas, comía lomismo y se trataba con todo el mundo de «tú» y «camarada»; no había ni jefes ni lacayos,no había ni mendigos, ni prostitutas, ni abogados, ni curas, ni gestos de sometimiento nisaludos reglamentarios. Yo respiraba el aire de la igualdad y era lo bastante ingenuo comopara imaginar que ésta existía en toda España. No me di cuenta de que, un poco porcasualidad, estaba aislado en el sector más revolucionario de la clase trabajadora española.Así, pues, cuando mis camaradas de mayor educación política me dijeron que no sepodía adoptar una actitud puramente militar frente a la guerra y que se debía elegir entre la
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot104104revolución y el fascismo, me sentí inclinado a reírme de ellos. En general, aceptaba el puntode vista comunista, que equivalía a decir: «No podemos hablar de revolución hasta quehayamos ganado la guerra»; y no el punto de vista del POUM: «Debemos avanzar si noqueremos retroceder». Más tarde, cuando decidí que el POUM estaba en lo cierto o, por lomenos, más en lo cierto que los comunistas, no fue del todo por su enfoque teórico. Enteoría, la posición de los comunistas era buena, la dificultad radicaba en que su conductaconcreta hacía difícil creer que la propugnaran de buena fe. El repetido lema «La guerraprimero y la revolución después», si bien realmente sentido por el miliciano del PSUC,quien honestamente pensaba que la revolución podría continuar una vez ganada la guerra,era una farsa. Lo que se proponían los comunistas no era postergar la revolución españolahasta un momento más adecuado, sino asegurarse de que nunca tuviera lugar. Con el correrdel tiempo, esto se tornó cada vez más evidente, a medida que el poder fue siendoarrancado de las manos de la clase trabajadora y que se fue encarcelando a un númerosiempre creciente de revolucionarios de distintas tendencias. Cada movimiento eraefectuado en nombre de las necesidades militares, porque éste era un pretexto hecho a lamedida; pero tendía a alejar a los trabajadores de una posición ventajosa hacia una posicióndesde la cual, cuando la guerra terminara, les resultara imposible oponerse a lareimplantación del capitalismo. Ha de tenerse en cuenta que no me refiero al afiliadocomunista, y menos aún a los millares de comunistas que murieron heroicamente enMadrid, pero ésos no eran los hombres que dirigían la política del partido. En cuanto a losindividuos que ocupaban posiciones más destacadas, resulta inconcebible pensar que noactuaron conscientes de lo que hacían.Sin embargo, a fin de cuentas, valía la pena ganar la guerra aunque se perdiera larevolución. Pero llegué a dudar de que, a la larga, la política comunista apuntara a lavictoria. Pocas personas parecen haber pensado que lo conveniente era una política distintapara los diferentes períodos de la guerra. Probablemente los anarquistas salvaron lasituación en los primeros dos meses, pero fueron incapaces de organizar la resistencia másallá de un cierto punto; los comunistas probablemente salvaron la situación en octubre-diciembre, pero ganar la guerra era cosa muy distinta. En Inglaterra, la política comunistade guerra ha sido aceptada sin discusión, porque fueron muy pocas las críticas que llegarona ver la luz en la prensa y porque sus líneas generales eliminar el caos revolucionario,acelerar la producción, militarizar el ejército- parecían realistas y eficaces. Tal vez valga lapena señalar su debilidad inherente.A fin de frenar toda tendencia revolucionaria y hacer que la guerra se pareciera tantocomo fuera posible a una guerra convencional, se hizo necesario desperdiciar lasoportunidades estratégicas que realmente existían. He descrito ya la forma en queestábamos armados, o desarmados, en el frente de Aragón. Casi no cabe duda de que lasarmas fueron deliberadamente retenidas a fin de que los anarquistas no contaran condemasiado poder en ese aspecto, pues podrían usarlo más tarde con un propósitorevolucionario; en consecuencia, la gran ofensiva de Aragón, que hubiera alejado a Francode Bilbao y posiblemente de Madrid, nunca tuvo lugar. Pero éste es un asuntocomparativamente menor. Más importante fue el hecho de que, cuando la contienda quedóreducida a una «guerra por la democracia», se tornó imposible apelar a la ayuda en granescala de la clase trabajadora en el extranjero. Si nos atenemos a los hechos, debemosadmitir que la clase trabajadora del mundo ha observado con cierta indiferencia la guerraespañola. Decenas de miles de individuos acudieron a luchar, pero decenas de millonespermanecieron apáticos. Durante el primer año de la guerra, se estima que el pueblobritánico contribuyó a los diversos fondos de «ayuda a España» con alrededor de un cuarto
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot105105de millón de libras -probablemente menos de la mitad de lo que gasta en una semana para iral cine-. La acción industrial -huelgas y boicots- constituía la única forma de lucha con laque la clase trabajadora de los países democráticos podría haber ayudado realmente a suscamaradas españoles. Nada por el estilo ni siquiera se anunció. Los dirigentes laboristas ycomunistas de todo el mundo declararon que era impracticable; sin duda, estaban en locierto, sobre todo mientras siguieran gritando a voz en cuello que la España «roja» no era«roja». Desde 1914-1918, la expresión «guerra por la democracia» tenía un matiz siniestro.Durante muchos años, los comunistas mismos se habían dedicado a enseñar a lostrabajadores militantes de todos los países que «democracia» era una manera eufemística dellamar al capitalismo. No es una buena táctica afirmar primero que «la democracia es unaestafa», y pedir luego: «¡Luchad por la democracia!;>. Si, respaldados por el enormeprestigio de la Rusia soviética, hubieran apelado a los trabajadores del mundo, no ennombre de la «España democrática», sino de la «España revolucionaria», resulta difícilcreer que no habrían recibido respuesta.Pero lo más importante es que con una política no revolucionaria era difícil, si noimposible, atacar la retaguardia de Franco. En el verano de 1937, Franco controlabasectores de población más vastos que el gobierno, mucho más vastos si se cuentan lascolonias, pero con igual cantidad de tropas. Como es bien sabido, con una población hostilen la retaguardia es imposible mantener un ejército en el frente sin otro ejército igualmentenumeroso, destinado a proteger las comunicaciones, impedir el sabotaje, etcétera. Por lotanto, resulta obvio que no había un verdadero movimiento popular en la retaguardia deFranco. Es absurdo pensar que la gente en su territorio -por lo menos los trabajadoresurbanos y los campesinos pobres- simpatizara con él, pero con cada paso hacia la derecha,la superioridad del gobierno resultaba menos evidente. Confirma todo esto el caso deMarruecos. ¿Por qué no hubo un levantamiento en Marruecos? Franco deseaba estableceruna terrible dictadura y los moros preferían quedarse con Franco y no con el gobierno delFrente Popular. La verdad palpable es que no se hizo ningún intento de fomentar unlevantamiento en Marruecos porque ello hubiera significado dar a la guerra un girorevolucionario. La primera necesidad convencer a los moros de la buena fe del gobierno-debería haber llevado a proclamar la liberación de Marruecos. ¡Y ya podemos imaginarnosla alegría que se hubieran llevado los franceses! La mejor oportunidad estratégica de laguerra se desperdició en la vana esperanza de aplacar al capitalismo francés e inglés.La tendencia de la política comunista consistía en reducir la lucha a una guerracorriente, no revolucionaria, en la que el gobierno estuviera en desventaja, pues una guerrade ese tipo sólo puede ganarse por medios mecánicos, esto es, en última instancia, por unaprovisión ilimitada de armas. Y el principal proveedor de armas del gobierno, la URSS, seencontraba en enorme desventaja desde el punto de vista geográfico en comparación conItalia y Alemania. Quizá el lema anarquista y del POUM: «La guerra y la revolución soninseparables» era más realista de lo que parece.Por las razones dadas considero errónea la política comunista antirrevolucionaria. Porlo que se refiere a las consecuencias de esa política sobre el curso de la guerra, espero ydeseo equivocarme. Quisiera que esta guerra se ganara por cualquier medio. Y, desdeluego, aún no podemos saber lo que ocurrirá. El gobierno puede volver a inclinarse hacia laizquierda, los moros pueden rebelarse por su propia cuenta, Inglaterra puede decidirse asobornar a Italia, la guerra puede ganarse mediante recursos simplemente militares: no haymanera de saberlo. Dejo expresadas mis opiniones, y el resultado final mostrará en quémedida son acertadas o erróneas.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot106106Pero en febrero de 1937 no veía las cosas bajo este prisma. Estaba harto de lainactividad en el frente de Aragón y, sobre todo, tenía plena conciencia de que no habíaaportado mi parte en la lucha. Solía recordar los carteles de reclutamiento de Barcelona queinterrogaban acusadoramente a los transeúntes: «¿Y tú qué has hecho por la democracia?»,y sentía que sólo podía responder: «He recibido mis raciones». Cuando ingresé en lamilicia, me prometí matar a un fascista -a fin de cuentas, si cada uno de nosotros hacía lomismo, no tardarían en desaparecer-, y aún no había matado a nadie, ni había tenido casioportunidad de hacerlo.Por supuesto deseaba ir a Madrid. Todos en el ejército, cualquiera que fuese suactitud política, deseaban ir a Madrid. Ello probablemente significaría pasar a la ColumnaInternacional, pues el POUM contaba entonces con muy pocas tropas en Madrid y losanarquistas tenían menos hombres que antes.Por el momento, debía quedarme allí, pero les dije a todos que, en cuanto nos dieranpermiso, trataría de pasarme a la Columna Internacional, lo cual significaba colocarme bajocontrol comunista. Varios trataron de disuadirme, pero nadie intentó interferir. Es justodecir que en el POUM había muy poca caza de herejes, quizá demasiado poca,considerando sus circunstancias especiales; nadie era castigado por tener opinionespolíticas contrarias, exceptuando una tendencia profascista. Pasé buena parte de mi tiempoen la milicia criticando acerbamente la «línea» del POUM, pero nunca me vi envuelto endificultades por ello. Ni siquiera se ejerció algún tipo de presión sobre mí para queingresara en el partido, aunque pienso que la mayoría de los milicianos lo hacían. Nuncaingresé en el partido, actitud de la que me arrepentí bastante cuando el POUM fue disuelto.Apéndice 2[Antiguo capítulo IX de la primera edición, situado originalmente entre los capítulos9 y 10 de esta edición.]Si no se está interesado en las disputas políticas y en la multitud de partidos ysubpartidos con nombres tan confusos como los de los generales de una guerra china, serámejor saltarse estas páginas. Resulta terrible tener que entrar en los detalles de la polémicainterpartidista; es algo así como zambullirse en un pozo negro. Pero es necesario tratar deesclarecer la verdad en la medida de lo posible. Esa insignificante reyerta en una ciudadlejana es más importante de lo que podría parecer a primera vista.Nunca será posible obtener una versión completamente exacta e imparcial de la luchade Barcelona porque los documentos necesarios no existen. Los historiadores del futurodispondrán únicamente de una masa de acusaciones y de la propaganda partidista. Yomismo cuento con muy pocos datos fuera de lo que vi con mis propios ojos y de lo quesupe por otros testigos que considero fiables. Aun así, puedo contradecir algunas de lasmentiras más flagrantes y ayudar a considerar los hechos tal como fueron.En primer lugar, ¿qué ocurrió realmente? Hacía ya algún tiempo que había tensionesa lo largo de Cataluña. En los primeros capítulos de este libro ya traté el conflicto entrecomunistas y anarquistas. En mayo de 1937, la situación había llegado a un punto en queparecía inevitable algún estallido violento. La causa inmediata de la fricción fue el decretodel gobierno que exigía a los civiles la entrega de todas las armas, coincidente con la
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot107107decisión de organizar una fuerza policial «no política» y muy bien armada, de la quequedarían excluidos los integrantes de las organizaciones obreras. El significado de estamedida era muy claro para cualquiera, y se podía prever que el siguiente paso sería intentartomar algunas de las industrias claves que estaban en manos de la CNT. En la clasetrabajadora existía, además, cierto resentimiento debido al creciente contraste entre ricos ypobres, y una vaga y extendida sensación de que se había saboteado la revolución. Muchosse sintieron agradablemente sorprendidos por la ausencia de disturbios el 1º de Mayo. Eldía 3, el gobierno decidió apoderarse de la Central Telefónica, que desde el comienzo de laguerra había estado bajo control principalmente de trabajadores de la CNT. Se alegó quelos servicios no eran eficientes y que se interceptaban las llamadas oficiales. Sala, el jefe depolicía (que pudo o no haberse excedido con respecto a las órdenes recibidas), envió trescamiones llenos de guardias civiles para tomar el edificio, mientras policías de civildespejaban las calles vecinas. Aproximadamente a la misma hora, Otros grupos de guardiasciviles se apoderaron de varios edificios en puntos estratégicos. Cualquiera que haya sido laintención real, la opinión pública consideró que esas medidas señalaban el comienzo de unataque general de la Guardia Civil y el PSUC (comunistas y socialistas) contra la CNT(anarquistas). Por la ciudad corrió la voz de que eran atacados los edificios obreros;aparecieron anarquistas armados en las calles, se interrumpió el trabajo y de inmediato segeneralizó la lucha. Esa noche y a la mañana siguiente se levantaron barricadas en toda laciudad, y el combate continuó sin interrupciones hasta el 6 de mayo. Con todo, ambosbandos mantenían una actitud principalmente defensiva. Muchos edificios fueron sitiados,pero, por lo que sé, ninguno fue tomado y no se utilizó artillería.En líneas generales, las fuerzas de la CNT-FAI-POUM dominaban los suburbiosobreros, mientras que las fuerzas policiales y del PSUC controlaban la parte central yoficial de la ciudad. El día 6 hubo un armisticio, pero la lucha no tardó en reanudarse,debido probablemente a que los guardias civiles hicieron intentos prematuros de desarmar alos trabajadores de la CNT. A la mañana siguiente, sin embargo, muchos obreroscomenzaron a abandonar las barricadas por propia iniciativa. Hasta la noche del 5 de mayo,la CNT conservaba una posición ventajosa y gran cantidad de guardias civiles se le habíanrendido, pero no había un liderazgo aceptado por todos ni un plan concreto. (Por lo que yopude juzgar, no parecía existir ningún tipo de plan, excepto la decisión de resistir a laGuardia Civil.) Los dirigentes oficiales de la CNT se unieron a los de la UGT para pedirque se retornara al trabajo. Los alimentos escaseaban. En tales circunstancias, nadie estababastante seguro de la situación como para proseguir la lucha. Durante la tarde del 7 demayo, Barcelona volvió casi a la normalidad. Esa noche seis mil guardias de asalto,enviados por mar desde Valencia, entraron en la ciudad y asumieron el control. El gobiernoordenó la entrega de todas las armas, excepto las de las fuerzas regulares, y durante los díassiguientes se incautaron grandes cantidades de armas. Según la versión oficial, las bajasproducidas desde el inicio de la lucha ascendieron a cuatrocientos muertos y unos milheridos. Quizá la primera cifra sea exagerada, pero como no podemos verificarla, latenemos que tomar por exacta.En segundo lugar, por lo que se refiere a las consecuencias de la lucha, éstas sondifíciles de estipular con certeza. No hay pruebas de que los disturbios hayan ejercidoalguna influencia directa sobre el curso de la guerra, aunque es evidente que la habríantenido de continuar unos pocos días más. El conflicto fue la excusa utilizada para queValencia asumiera el control directo de Cataluña, para apresurar la eliminación de lasmilicias y para suprimir el POUM, y sin duda también tuvo que ver con la caída delgobierno de Caballero. Pero podemos dar por hecho que tales cosas seguramente se habrían
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot108108producido de todas maneras. La cuestión crucial es determinar si los trabajadores de laCNT ganaron o perdieron en esta ocasión saliendo a la calle y plantándole cara al gobiernoy al PSUC. Es mera conjetura, pero opino que ganaron más de lo que perdieron. La toma dela Central Telefónica de Barcelona fue un incidente más en un largo proceso. Desde el añoanterior se venía despojando gradualmente a los sindicatos de todo poder de control,mientras se tendía a implantar un régimen centralizado, orientado hacia un capitalismo deEstado o, posiblemente, a la reintroducción del capitalismo privado. El hecho de que a esaaltura hubiera resistencia probablemente retardó el proceso. Un año después del comienzode la guerra, los obreros catalanes habían perdido gran parte de su poder, pero seguíanmanteniendo una posición comparativamente favorable. Tal vez no habría sido así de haberevidenciado que estaban dispuestos a someterse ante cualquier provocación. Hay ocasionesen que resulta más provechoso luchar y salir derrotado que no ofrecer resistencia alguna.En tercer lugar, ¿qué propósito se escondía -si es que se escondía alguno- trás elconflicto? ¿Fue una especie de golpe de Estado o una intentona revolucionaria? ¿ Existía laintención decidida de derrocar el gobierno? ¿Habia sido planeado con antelación?Mi opinión es que la lucha fue planeada sólo en el sentido de que todo el mundo laesperaba. No hubo signo de un plan muy definido en ninguno de los dos bandos. Del ladoanarquista, la acción fue sin duda espontánea, se trató de una reacción de las basesmilitantes. Los trabajadores salieron a la calle y sus dirigentes políticos los siguieron demala gana o no los siguieron en absoluto. Los únicos que todavía hablaban un lenguajerevolucionario eran Los Amigos de Durruti (un pequeño grupo extremista dentro de la FAI)y el POUM. Pero también ellos se limitaban a dejarse llevar y no a conducir. Los Amigosde Durruti distribuyeron un manifiesto de carácter revolucionario que no apareció hasta el 5de mayo, por lo cual no puede decirse que hayan iniciado la lucha, comenzada dos díasantes. Los dirigentes oficiales de la CNT por varias razones, quisieron evitar el conflictodesde el principio. En primer lugar, el hecho de que la CNT siguiera teniendorepresentantes en el gobierno y la Generalitat de Cataluña probaba que sus líderes eran másconservadores que sus seguidores. En segundo lugar, el principal objetivo de estos líderesconsistía en lograr una alianza con la UGT; la lucha, inevitablemente, ampliaría la brechaentre ambas organizaciones, al menos por el momento. Y en tercer lugar -aunque esto, porlo general, se desconocía entonces-, los líderes anarquistas temían que, si las cosas ibanmás allá de cierto punto y los trabajadores tomaban posesión de la ciudad, como quizáestaban en condiciones de hacer el 5 de mayo, habría una intervención extranjera. Uncrucero y dos destructores británicos se habían acercado al pueblo y, sin duda, no muy lejoshabía otros barcos de guerra. Los periódicos ingleses anunciaban que esos barcos sedirigían a Barcelona «para proteger los intereses británicos»; pero, en realidad, no tomaronninguna medida tendente a ese propósito, no bajó a tierra ningún hombre ni subió a bordoningún refugiado. No se puede saber con certeza, pero es al menos bastante probable que elgobierno británico, que no había movido un dedo para defender al gobierno español contraFranco, interviniera con bastante rapidez para salvarlo de su propia clase obrera.Los dirigentes del POUM no se mantuvieron al margen de este asunto, sino que dehecho alentaron a sus seguidores a permanecer en las barricadas e incluso dieron suaprobación (en La Batalla, 6 de mayo) al folleto extremista publicado por Los Amigos deDurruti. Existe gran incertidumbre con respecto a este folleto, del cual nadie parece ahoracapaz de presentar una copia. En algunos periódicos extranjeros era calificado de «cartelincendiario» que había sido «pegado» por toda la ciudad. Lo cierto es que no hubo talcartel. Contrastando las diferentes informaciones, yo diría que el escrito propugnaba: 1º) laformación de una junta revolucionaria; 2º) el fusilamiento de los responsables del ataque
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot109109contra la Central Telefónica; 3º) el desarme de los guardias civiles. Existe también ciertaincerteza en cuanto al grado de apoyo que La Batalla prestó a dicho folleto. Yo no vi ni elescrito ni La Batalla de esa fecha. La única octavilla que llegó a mis manos durante la luchafue la distribuida el 4 de mayo por un pequeño grupo de trotskistas («bolcheviques-leninistas»), que decía solamente: «Todos a las barricadas. Huelga general en todas lasindustrias, excepto las industrias de guerra». En otras palabras: sólo pedía lo que ya estabaocurriendo. Pero, en realidad, la actitud de los dirigentes del POUM fue vacilante. Nuncahabían estado a favor de la insurrección mientras no se venciera a Franco: al ver que lostrabajadores habían salido a la calle, optaron por la línea marxista bastante petulante, segúnla cual, cuando esto ocurre, es deber de los partidos revolucionarios apoyarlos. Por ende, apesar de pronunciar frases revolucionarias acerca de «reavivar el espíritu del 19 de julio»,hicieron todo lo posible para que la actitud de los trabajadores fuera únicamente defensiva.Por ejemplo, nunca ordenaron un ataque contra ningún edificio; se limitaron a recomendara sus simpatizantes que se mantuvieran en guardia y, como ya dije en el capítulo 9, que nodispararan mientras pudieran evitarlo. La Batalla también publicó instrucciones para que nose retiraran tropas del frente. Por lo que se puede estimar, la responsabilidad del POUMqueda reducida a haber propiciado la resistencia en las barricadas y, probablemente, haberlogrado que algunos permanecieran en ellas más tiempo del que se hubieran quedado poriniciativa propia. Quienes estuvieron en contacto personal con los dirigentes del POUM(entre los que no me incluyo), me dijeron que, en realidad, estaban consternados por esteasunto, pero sentían que debían intervenir en él. Con posterioridad, desde luego, se intentóexplotar el capital político de la forma habitual. Gorkin, uno de los líderes del POUM, llegóa hablar después incluso de «los gloriosos días de mayo». Desde un punto de. vistapropagandístico, ésta fue quizá la actitud acertada; el POUM aumentó el número de susmiembros durante el breve período previo a su disolución. Desde el punto de vista táctico,probablemente fue un error apoyar el folleto de Los Amigos de Durruti, organización muypequeña y habitualmente hostil al POUM. Considerando la excitación general y lo que sedecía en ambos bandos, el escrito no significaba en realidad mucho más que «permanezcanen las barricadas»; pero al parecer que le daban su apoyo, mientras que el periódicoanarquista Solidaridad Obrera lo repudiaba, los dirigentes del PQUM facilitaron a la prensacomunista que luego pudiera afirmar que la lucha había sido una insurrección organizadaúnicamente por el POUM. En cualquier caso, podemos estar seguros de que la prensacomunista habría dicho lo mismo de todas maneras. Esta acusación no era nada comparadacon las que se hicieron antes y después sobre bases mucho menos sólidas. Los dirigentes dela CNT no ganaron tampoco mucho con su actitud más cautelosa; fueron elogiados por sulealtad, pero fueron apartados del gobierno y de la Generalitat en cuanto se presentó laocasión.Era opinión corriente en esos momentos que ningún sector tenía un propósitoverdaderamente revolucionario.Los hombres que estaban detrás de las barricadas eran obreros de la CNT y quizáalgunos miembros de la UGT; no intentaban derrocar el gobierno, sino hacer frente a lo queconsideraban, con motivo o sin él, un ataque de la policía. Su acción era en esenciadefensiva, y dudo de que pueda definírsela, según hicieron casi todos los periódicosextranjeros, como un <levantamiento». Un levantamiento implica una acción agresiva y unplan trazado. Más exactamente se trató de una revuelta, de una revuelta muy sangrientaporque ambos bandos tenían armas de fuego en las manos y estaban dispuestos aemplearlas.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot110110Pero ¿cuáles eran las intenciones del bando opuesto? Si no se trató de un golpe deEstado anarquista, ¿fue quizá un golpe de Estado comunista, un plan tendente a aplastar deun solo golpe el poder de la CNT?No creo que lo fuera, aunque ciertos hechos podrían llevarnos a sospecharlo. Essignificativo que algo muy semejante (la toma de la Central Telefónica por fuerzaspoliciales que actuaban obedeciendo órdenes de Barcelona) ocurriera en Tarragona dos díasdespués. En Barcelona misma, el ataque a la Telefónica no constituyó un hecho aislado. Envarios puntos estratégicos de la ciudad, grupos de guardias civiles y miembros del PSUC seapoderaron de edificios con sorprendente prontitud. Pero es necesario recordar que es- toshechos ocurrían en España y no en Inglaterra. Barcelona es una ciudad con una largahistoria de luchas callejeras. En ella, ante un conflicto de este tipo los hechos se sucedencon rapidez, las facciones ya están organizadas, todos conocen la topografía política local y,cuando los fusiles comienzan a disparar, ocupan sus lugares casi como en un simulacro deincendio. Los responsables de la toma de la Telefónica esperaban, probablemente,dificultades, aunque no en el grado en que se produjeron, y habían tomado las medidaspertinentes. No obstante, ello no significa que planearan un ataque general contra la CNT.Hay dos hechos que me inclinan a pensar que ninguno de los bandos estaba preparado parauna lucha a gran escala.Primero: Ninguna de las partes trajo con anticipación tropas a Barcelona. La lucha seprodujo entre habitantes de la ciudad, principalmente entre trabajadores y policías.Segundo: Los alimentos escasearon casi de inmediato. Quien haya luchado en Españasabe que la única operación de guerra que los españoles realizan con verdadera eficacia esla de alimentar a sus tropas. Es muy improbable que, de contemplar alguno de los bandos laposibilidad de una o dos semanas de lucha callejera, además de la huelga general, nohubiera asegurado una buena reserva de alimentos.Por último, abordemos la cuestión de quién tuvo o dejó de tener razón.La prensa antifascista extranjera levantó una auténtica polvareda con este asunto,pero, como de costumbre, sólo se escuchó a una de las partes. A consecuencia de ello, lalucha de Barcelona se presentó como una insurrección de los desleales anarquistas ytrotskistas que «apuñalaban al gobierno español por la espalda», y cosas por el estilo. Lossucesos no fueron tan simples. Sin duda, cuando se está en guerra, las luchas intestinas sonperjudiciales, pero vale la pena recordar que se necesitan dos para que haya una pelea y queuno de los bandos no se pone a construir barricadas si no ha ocurrido algún acto que puedaconsiderarse una provocación.Los incidentes comenzaron naturalmente con la orden del gobierno de que losanarquistas entregaran sus armas. En la prensa inglesa, esta orden fue traducida a términosingleses y adoptó la siguiente forma: que urgentemente se necesitaban armas en el frente deAragón y era imposible enviarlas porque los anarquistas habían asumido la actitud pocopatriótica de retenerlas. Expresarse en tales términos significa desconocer las condicionesque realmente existían en España. Nadie ignoraba que tanto los anarquistas como el PSUCtenían reservas de armas, y cuando estalló la lucha en Barcelona, resultó evidente quedisponían de ellas en abundancia. Los anarquistas sabían muy bien que, aun cuandoentregaran sus armas, el PSUC, principal poder político en Cataluña, conservaría las suyas.Esto es lo que precisamente ocurrió cuando concluyó la lucha. Mientras tanto, en las callesse veían grandes cantidades de armas que habrían sido muy útiles en el frente, pero lasfuerzas policiales «no políticas» de la retaguardia las retenían para su uso. Y a esto habíaque añadir las diferencias irreconciliables entre anarquistas y comunistas que habían deconducir más tarde o más temprano, a un enfrentamiento. Desde el comienzo de la guerra,
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot111111el Partido Comunista de España había crecido mucho y aumentado enormemente su poderpolítico. Además, llegaban a España millares de comunistas extranjeros, muchos de loscuales expresaban sin disimulo la intención de «liquidar» el anarquismo en cuanto seganara la guerra. En tales circunstancias, no podía esperarse que los anarquistas entregaranlas armas de las que se habían apropiado en el verano de 1936.La toma de la Central Telefónica fue simplemente la cerilla que encendió la mecha deuna bomba ya preparada.Quizá los responsables creyeron que no habría de originar mayores dificultades.Según se afirmaba, Companys, el presidente catalán, declaró riendo unos pocos días antesque los anarquistas se avendrían a cualquier cosa. Sin duda alguna fue una acción pocointeligente. Hacía meses que se venían produciendo muchos choques armados entrecomunistas y anarquistas en diversas zonas de España. La tensión en Cataluña(especialmente en Barcelona) ya había dado lugar a asesinatos y refriegas callejeras. Depronto circuló la noticia de que hombres armados atacaban los edificios tomados por losobreros en la lucha de julio y a los que atribuían una gran importancia sentimental.Debemos recordar que la población obrera no experimentaba ninguna simpatía por laGuardia Civil. Durante muchas generaciones, la guardia había sido simplemente unapéndice del terrateniente y el amo, y los guardias civiles eran objeto de un odio especialporque se sospechaba, con razón, que simpatizaban con los fascistas.† Probablemente elimpulso que sacó a los obreros a la calle durante las primeras horas fuera el mismo que loshabía llevado a resistir a los militares insurrectos al comienzo de la guerra. Desde luego,puede argumentarse que los obreros de la CNT deberían haber entregado la CentralTelefónica sin protestas. En este caso, la opinión dependerá de la posición que se adoptefrente a alternativas tales como gobierno centralizado o control por parte de la clase obrera.Más pertinente sería decir: «Sí, probablemente la CNT tenía razón. Pero, a fin de cuentas,estaban en guerra y no tenían por qué sostener una lucha en la retaguardia». Estoycompletamente de acuerdo con esto. Cualquier desorden interno significaba una ayuda paraFranco. Pero ¿qué fue en realidad lo que precipitó la lucha? El gobierno pudo o no tenerderecho a ocupar la Telefónica; pero indudablemente, dadas las circunstancias, tal medidahabía de conducir a un enfrentamiento. Era una acción provocadora, un gesto que venía adecir y tal vez lo pretendía de verdad: «Vuestro poder se ha acabado, a partir de ahora noshacemos nosotros cargo de él». Sensatamente no cabía esperar sino resistencia. Guardandoel sentido de la proporción, debe comprenderse que la culpa no podía recaer por lo tantosólo en uno de los bandos. Si se difundió una versión unilateral fue simplemente porque losrevolucionarios españoles no tenían ningún apoyo en la prensa extranjera. Particularmenteen los periódicos ingleses era necesario buscar mucho antes de encontrar, en cualquierperíodo de la guerra, alguna referencia favorable a los anarquistas. Fueron sistemáticamentedenigrados y, como sé por propia experiencia, es casi imposible conseguir que alguienimprima algo en su defensa.He tratado de escribir objetivamente sobre la lucha de Barcelona, aunque, como esevidente, nadie puede ser por completo objetivo ante un acontecimiento de esta naturaleza.Prácticamente se está obligado a tomar partido, y debe resultar bastante claro de qué ladoestoy yo. Además, posiblemente he cometido algunos errores inevitables en la descripciónde los hechos, no sólo aquí, sino en otras partes de esta narración. Resulta muy difícil serexacto con respecto a la guerra española, debido a la falta de documentos nopropagandísticos. Prevengo a todos contra mi parcialidad y contra mis errores. No obstante,he hecho lo posible por ser honesto. Se verá que mi relato difiere completamente de lospublicados por la prensa extranjera, en especial la comunista. Es necesario examinar la
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot112112versión comunista, pues fue difundida en todo el mundo, se repite con breves intervalos yes, quizá, la más ampliamente aceptada.En la prensa comunista y procomunista se atribuyó al POUM toda la responsabilidadde la lucha de Barcelona. Se presentó el hecho no como un estallido espontáneo, sino comouna insurrección contra el gobierno, planeada y organizada por el POUM con la ayuda deunos pocos «incontrolados» equivocados. Más aún, fue un complot decididamente fascista,llevado a cabo siguiendo órdenes fascistas, con el propósito de iniciar una guerra civil en laretaguardia y paralizar así el gobierno. El POUM era la «quinta columna de Franco», unaorganización «trotskista» que trabajaba en alianza con los fascistas. En el Daily Worker del11 de mayo se publicó lo siguiente:Los agentes alemanes e italianos, que ostensiblemente se volcaron en Barcelona para«preparar el notorio «Congreso de la Cuarta Internacional», tenían una importante tarea quecumplir. En colaboración con los trotskistas locales, debían crear un estado de desorden yviolencia que permitiera a los alemanes e italianos declarar que eran «incapaces de ejercerel control naval efectivo de las costas catalanas, debido al desorden dominante enBarcelona» y que, por lo tanto, se veían «obligados a desembarcar tropas» en Barcelona.En otras palabras, lo que se preparaba era una situación en la cual los gobiernosalemán e italiano pudieran desembarcar abiertamente sus tropas en las costas catalanas,arguyendo que lo hacían «a fin de mantener el orden»... El instrumento para esto ya estabapreparado para alemanes e italianos bajo la forma de la organización trotskista conocidacomo POUM.El POUM, actuando en colaboración con elementos criminales bien conocidos, y conotras personas engañadas de las organizaciones anarquistas, preparó y dirigió el ataque enla retaguardia, de forma tal que coincidiera exactamente con el ataque en el frente deBilbao, etcétera, etcétera.En otra parte del artículo, la lucha de Barcelona se convierte en «el ataque delPOUM», y en otro artículo de la ‘misma fecha se afirma que «no cabe duda de que elPOUM es responsable del derramamiento de sangre en Cataluña».Inprecor del 29 de mayo afirma que quienes levantaron las barricadas en Barcelonafueron «únicamente miembros del POUM organizados por ese partido con tal propósito».Podría continuar con muchas más citas, pero éstas ya son suficientementeclarificadoras. El POUM era totalmente responsable y actuaba bajo órdenes fascistas. Másadelante citaré algunos fragmentos más de las informaciones que aparecieron en la prensacomunista; se verá que son tan contradictorias que carecen por completo de valor. Antesconviene señalar varias razones por las cuales esta versión de la lucha de mayo como unlevantamiento fascista organizado por el POUM resulta algo más que increíble.Primero: El POUM no tenía bastantes miembros o suficiente influencia como paraprovocar disturbios de tal magnitud; más aún, no contaba con el poder necesario paraorganizar una huelga general. Era un partido político sin demasiado arraigo en lossindicatos y hubiera sido tan incapaz de desencadenar una huelga en toda Barcelona como,por ejemplo, el Partido Comunista inglés de llamar a una huelga general a todo Glasgow.Como dije antes, la actitud de los dirigentes del POUM puede haber ayudado a prolongar lalucha, pero no hubiera bastado para originarla, ni aun en el caso de haberlo deseado.Segundo: El supuesto complot fascista descansa sobre meras afirmaciones, mientrasque todas las pruebas apuntan en dirección opuesta. Se nos dice que el plan pretendía quelos gobiernos alemán e italiano desembarcaran tropas en Cataluña, pero ningún barco contropas alemanas o italianas se acercó a la costa. El «Congreso de la Cuarta Internacional» ylos «agentes alemanes e italianos» son un mito. Por lo que sé, ni siquiera se había hablado
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot113113de un Congreso de la Cuarta Internacional. Se había planeado vagamente un congreso delPOUM y sus partidos hermanos (el ILP inglés, la SAP alemana y otros), y fijado comofecha aproximada julio, dos meses después, pero aún no había llegado un solo delegado.Los «agentes alemanes e italianos» no existen fuera de las páginas del Daily Worker. Quienhaya cruzado la frontera en esa época sabe que no era tan fácil «volcarse» en España ofuera de ella.Tercero: Nada ocurrió en Lérida, principal baluarte del POUM, ni en el frente.Resulta evidente que, si los dirigentes del POUM hubieran deseado ayudar a los fascistas,habrían ordenado a sus milicias retirarse y abrir paso a los franquistas. Nada de eso ocurrióni fue sugerido. Tampoco se trajeron hombres del frente, aunque habría resultado fácilhacer venir a Barcelona unos mil o dos mil hombres con diversos pretextos. Además, nohubo ningún intento de sabotaje ni siquiera indirecto en la línea de fuego. El transporte dealimentos y municiones continuó como de costumbre; yo mismo lo verifiqué más tarde. Unlevantamiento planeado del tipo sugerido habría necesitado meses de preparación,propaganda subversiva en la milicia, etcétera Pero no hubo signos o rumores de tales cosas.El hecho de que la milicia del frente no desempeñara papel alguno en el «levantamiento» esdecisivo. Si el POUM realmente planeaba un golpe de Estado, es inconcebible que noutilizara los diez mil hombres armados que constituían su única fuerza.Por todo esto, resulta claro que la tesis comunista de un «levantamiento» bajo órdenesfascistas carece de toda base. Agregaré unos pocos fragmentos tomados de la prensacomunista. Las informaciones comunistas sobre el incidente inicial, el ataque a la CentralTelefónica, resultan esclarecedoras: no concuerdan en ningún punto excepto en echarle laculpa al otro bando. Puede observarse que en los periódicos comunistas ingleses laresponsabilidad es atribuida primero a los anarquistas y sólo posteriormente al POUM. Estose explica seguramente por un motivo evidente: no todo el mundo en Inglaterra había oídohablar de «trotskismo», mientras que toda persona de habla inglesa tiembla al oir la palabra«anarquista». Basta decir una sola vez que los «anarquistas» están implicados para crear laatmósfera de prejuicio deseada; después ya puede transferir- se la responsabilidad a los«trotskistas», sin correr riesgo alguno. Un artículo en el Daily Worker del 6 de mayocomienza así:El lunes y el martes un pequeño grupo de anarquistas ocupó e intentó retener lascentrales de teléfonos y telégrafos, y abrió fuego sobre la calle.No hay como empezar con una inversión de los papeles. Los guardias civiles atacanun edificio controlado por la CNT; en consecuencia, la CNT aparece atacando su propioedificio, es decir, atacándose a si misma. El mismo Daily Worker del 11 de mayo afirma:El ministro izquierdista catalán de Seguridad Pública, Ayguadé, y el comisariogeneral de Orden Público, el socialista unificado Rodríguez Sala, enviaron a la policíarepublicana a la Central Telefónica para desarmar a sus empleados, la mayoría de los cualespertenecen a los sindicatos de la CNT.Esto no parece concordar con la primera afirmación; no obstante, el Daily Worker noadmite que la primera noticia fuera errónea. El Daily Worker del 11 de mayo expresa quelos folletos de Los Amigos de Durruti, que fueron desaprobados por la CNT, aparecieron el4 y el 5 de mayo, durante la lucha. Inprecor del 22 de mayo afirma que aparecieron el día 3,antes de la lucha, y agrega que «en vista de tales hechos» (la aparición de varios folletos):Fuerzas mandadas personalmente por el jefe de policía ocuparon la Central Telefónica en latarde del 3 de mayo. Se hicieron disparos contra la policía cuando ésta procedía a cumplircon su deber. Ésa fue la señal para que los provocadores empezaran tiroteos en toda laciudad.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot114114Y en el Inprecor del 29 de mayo se dice:A las tres de la tarde, el comisario de Orden Público, camarada Sala, se dirigió a laCentral Telefónica, que la noche anterior había sido ocupada por cincuenta miembros delPOUM y diversos elementos incontrolados.Esto resulta bastante curioso. La ocupación de la Central Telefónica por cincuentamiembros del POUM se podría considerar una circunstancia bastante llamativa, ynecesariamente alguien hubiera tomado nota de ella en ese mismo momento. Sin embargo,parece que no se descubrió hasta tres o cuatro semanas más tarde. En otra edición deInprecor, los cincuenta miembros del POUM se convierten en cincuenta milicianos delPOUM. Sería difícil reunir más contradicciones que las contenidas en estos breves pasajes.Primero, la CNT ataca la Central Telefónica, luego son fuerzas suyas las atacadas allí; unfolleto aparece antes de la toma de la Central Telefónica y provoca esa medida y,alternativamente, aparece después y constituye su resultado; los ocupantes de la CentralTelefónica son, por turnos, miembros de la CNT y miembros del POUM, y asísucesivamente. En una edición posterior del Daily Worker (3 de junio), J.R. Campbell nosinforma de que el gobierno tomó la Central Telefónica porque ya se habían levantadobarricadas.Por razones de espacio sólo he considerado las informaciones relativas a un hecho,pero idénticas contradicciones aparecen en todos los relatos de la prensa comunista.Además, hay varias afirmaciones que son a todas luces meras invenciones. Tomemos, porejemplo, algo citado por el Daily Worker (7 de mayo) y atribuido a la Embajada españolaen París:Un rasgo significativo del levantamiento fue que la vieja bandera monárquica flameóen los balcones de varias casas barcelonesas, sin duda al pensar que los que tomaban parteen lá insurrección se habían hecho dueños de la situación.Es probable que el Daily Worker haya publicado esta noticia de buena fe, pero losresponsables de ella en la Embajada española mintieron deliberadamente. Cualquierespañol comprendería lo absurdo de tal afirmación. ¡Una bandera monárquica enBarcelona! Es lo único que, en un segundo, hubiera podido lograr la unión de todas lasfacciones en conflicto. Ni los comunistas pudieron evitar una sonrisa al leer estainformación. Pasa lo mismo con las informaciones publicadas en los diversos periódicoscomunistas acerca de las armas que el POUM utilizó durante el «levantamiento». Éstas sóloresultarían verosímiles si se ignoraran por completo los hechos. En el Daily Worker del 17de mayo, Mr. Frank Pitcairn manifiesta: Se valieron de toda clase de armas para eldesafuero. Tenían las armas que sus hombres habían ido robando durante meses y quemantenían ocultas; y tenían hasta tanques, robados de los cuarteles al iniciarse ellevantamiento. Resulta evidente que docenas de ametralladoras y varios miles de fusilessiguen estando en sus manos.Inprecor del 29 de mayo también afirma:El 3 de mayo, el POUM tenía a su disposición varias docenas de ametralladoras ymiles de fusiles... En la Plaza de España los trotskistas utilizaron cañones de 75 milímetrosdestinados al frente de Aragón y que la milicia había ocultado cuidadosamente en suslocales.Pitcairn no nos dice por qué se tornó evidente que el POUM poseyera docenas deametralladoras y varios miles de fusiles. En páginas anteriores me he referido a las armascon que se contaba en tres de los principales edificios del POUM: unos ochenta fusiles,unas pocas granadas, ninguna ametralladora; es decir, únicamente las armas indispensablespara los guardias armados que en esa época todos los partidos políticos tenían en sus
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot115115edificios. Resulta extraño que más tarde, cuando el POUM fue suprimido y todos susedificios ocupados, estas «miles de armas» no salieron a la luz; ni siquiera los tanques ycañones que no pueden ser fácilmente escondidos en la chimenea. Lo más revelador deambas declaraciones es la completa ignorancia que demuestran acerca de las circunstanciaslocales. Según Pitcairn, el POUM robó tanques «de los cuarteles». No nos dice de quécuarteles. Los milicianos del POUM que estaban en Barcelona (y que ya erancomparativamente pocos, pues el reclutamiento directo destinado a las milicias partidistashabía cesado) compartían los Cuarteles Lenin con tropas considerablemente más numerosasdel Ejército Popular. Por lo tanto, Pitcairn nos pide que creamos que el POUM robótanques en complicidad con el Ejército Popular. Lo mismo ocurre con los «locales» dondese ocultaban los cañones de 75 milímetros. No se dice dónde se encontraban esos locales.Las baterías de cañones que disparaban sobre la Plaza de España son mencionadas enmuchos artículos periodísticos, pero creo poder afirmar con certeza que jamás existieron.Como ya señalé, durante la lucha no oí fuego de artillería, aunque la Plaza de Españaquedaba sólo a unos dos kilómetros de distancia. Pocos días más tarde, estuve examinandola plaza y en ningún edificio vi rastros de fuego de artillería. Y un testigo que estuvo en lasinmediaciones durante toda la lucha declara que nunca aparecieron cañones. (La historia delos cañones robados puede haber tenido su origen en Antonov Ovseenko, cónsul generalruso, que se la relató a un conocido periodista inglés, quien más tarde la repitió de buena fea un semanario. Antonov Ovseenko fue luego objeto de una «purga». No sé hasta qué puntoesto afecta a su credibilidad.) Desde luego, esas historias sobre tanques, cañones yametralladoras fueron inventadas porque sin ellas resulta difícil conciliar la envergadura dela lucha de Barcelona con el escaso número de miembros del POUM. Querían señalar alPOUM como único responsable de la lucha, y al mismo tiempo les era necesariopresentarlo como un partido insignificante, que no contaba con mayor apoyo y «constituidosólo por unos pocos miles de miembros», según Inprecor. La única manera de evitar lacontradicción de ambas afirmaciones era proclamar que el POUM contaba con todas lasarmas de un ejército moderno mecanizado.Es imposible leer las informaciones de la prensa comunista sin darse cuenta de queestán destinadas, conscientemente, a un público que ignora los hechos, y de que tienencomo único fin despertar prejuicios. Ejemplo de ello es la afirmación que hace Pitcairn enel Daily Worker del 11 de mayo en el sentido de que el «levantamiento» fue sofocado porel Ejército Popular. Se trata de dar la impresión de que toda Cataluña estaba unida contralos «trotskistas». En realidad, el Ejército Popular permaneció neutral durante la lucha; enBarcelona todo el mundo lo sabía, y resulta difícil creer que Pitcairn lo ignorara. Otroejemplo: la prensa comunista abultó las cifras de muertos y heridos, a fin de exagerar laintensidad de los disturbios. Díaz, secretario general del Partido Comunista de España,ampliamente citado por la prensa comunista, declaró que había novecientos muertos y dosmil quinientos heridos. El ministro de Propaganda catalán, que sin duda no tendía deningún modo a subestimar los hechos, habló de cuatrocientos muertos y mil heridos. ElPartido Comunista duplica la apuesta y agrega unos cientos más para probar fortuna.Los periódicos capitalistas foráneos responsabilizan en general a los anarquistas, perohubo unos pocos que siguieron la línea comunista. Uno de ellos fue el News Chronicle,cuyo corresponsal, John Landgon-Davies, se encontraba en Barcelona por esa época. Citofragmentos de su artículo:UNA REVUELTA TROTSKISTANo se trata de un levantamiento anarquista. Es un putsch frustrado del POUM«trotskista», que opera a través de sus organizaciones controladas. «Los Amigos de
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot116116Durruti» y Juventudes Libertarias... La tragedia comenzó el lunes por la tarde, cuando elgobierno envió policías armados a la Central Telefónica para desarmar a los obreros que laocupaban y que en su mayoría pertenecían a la CNT. Graves irregularidades en el serviciohabían constituido motivo de escándalo hacía ya algún tiempo. Una gran muchedumbre sereunió frente a la Central, en la Plaza de Cataluña, mientras los hombres de la CNTresistían, retirándose piso por piso hasta la azotea del edificio... El incidente fue muyoscuro, pero corrió el rumor de que el gobierno había iniciado un ataque contra losanarquistas. Las calles se llenaron de hombres armados... Al caer la noche, todo centroobrero y todo edificio gubernamental tenía barricadas, y a las diez se oyeron las primerasdetonaciones y las primeras ambulancias recorrieron las calles haciendo sonar sus sirenas.Al amanecer el tiroteo se había extendido por toda Barcelona... A medida que avanzaba eldía y cuando los muertos superaban el centenar podía comenzarse a hacer conjeturas sobrelo que ocurría. La CNT anarquista y la UGT socialista técnicamente no habían «salido a lacalle». Permanecían detrás de las barricadas, aguardaban alertas, asignándose el derecho dedisparar contra toda persona armada que transitara por la calle... (los) enfrentamientosgeneralizados se veían invariablemente agravados por los pacos -hombres solitarios,ocultos, por lo general fascistas, que disparaban desde los terrados contra cualquier blanco,y hacían todo lo posible por aumentar el pánico general-. El miércoles por la noche, sinembargo, comenzó a verse claramente quiénes estaban detrás de la revuelta. Todas lasparedes fueron cubiertas por un cartel incendiario que exigía una revolución inmediata y elfusilamiento de los dirigentes republicanos y socialistas. Estaba firmado por Los Amigos deDurruti. El jueves por la mañana, el periódico anarquista negó todo conocimiento y todacoincidencia con el mismo, pero La Ratalla, el periódico del POUM, publicó el documentocon grandes elogios. Barcelona, la primera ciudad de España, se veía sumida en un baño desangre por culpa de agentes provocadores que utilizaban esta organización subversiva. Estaversión no concuerda del todo con las comunistas ya citadas, pero como se puede observarresulta ya en sí misma contradictoria. En primer lugar se define la lucha como «unarevuelta trotskista», luego se afirma que tuvo origen en un ataque contra la CentralTelefónica y que el gobierno se ‘disponía a atacar a los anarquistas. Se presenta a la ciudadcubierta de barricadas y se afirma que tanto la CNT como la UGT se encontraban detrás deellas; se dice que el cartel incendiario (en realidad era un folleto) apareció dos días después,y se declara de modo implícito que ése fue el origen de todos los disturbios: el efectoprecede a la causa. Hay un detalle que constituye un error muy serio. Langdon-Daviesdescribe a Los Amigos de Durruti y a las Juventudes Libertarias como «organizacionescontroladas» por el POUM. Ambas eran organizaciones anarquistas y carecían de todocontacto con el POUM. Las Juventudes Libertarias eran la liga juvenil de los anarquistas,equivalente a la JSU del PSUC. Los Amigos de Durruti constituían una pequeñaorganización dentro de la FAI, y su actitud general era violentamente hostil hacia elPOUM. Por lo que pude descubrir, nadie pertenecía a ambas organizaciones a la vez. Seríalo mismo que afirmar que la Liga Socialista es una «organización controlada» por elPartido Liberal inglés. ¿No lo sabía Langdon-Davies? En tal caso, tendría que haber escritocon mayor cautela sobre asunto tan complejo.No ataco la buena fe de Langdon-Davies, pero él mismo admite que abandonóBarcelona en cuanto terminó la lucha, es decir cuando podría haber realizado algunaaveriguación seria. En todo su relato hay señales evidentes de que aceptó, sin unaverificación adecuada, la versión oficial de una «revuelta trotskista». Ello resulta obvioincluso en el fragmento citado. «Al anochecer» se levantan las barricadas y «a las diez» seoyen los primeros disparos. Estas no son las palabras de un testigo presencial. De su
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot117117afirmación podría deducirse que es habitual aguardar a que el enemigo construya unabarricada para atacarlo. Así se da la impresión de que transcurrieron algunas horas entre laconstrucción de las barricadas y los primeros disparos; desde luego, las cosas se produjerona la inversa. Yo y muchos otros oímos los primeros disparos durante las primeras horas dela tarde. Además, se habla de hombres solitarios, «por lo general fascistas», que disparandesde los terrados. Langdon-Davies no explica cómo supo que estos hombres eran fascistas.No es probable que haya subido a los terrados para interrogarlos. Se limita a repetir lo quese le ha dicho y no pone en duda lo que concuerda con la versión oficial. Descubre la fuenteprobable de gran parte de su información con una imprudente referencia al ministro dePropaganda al comienzo del artículo. Los periodistas extranjeros en España dependían parasus informaciones de este ministro; por lo que hubiera sido de esperar que el nombremismo de ese Ministerio bastara como advertencia. El ministro de Propaganda tenía, desdeluego, tantas probabilidades de dar un informe objetivo de los disturbios de Barcelonacomo, por ejemplo, el difunto lord Carson de dar un informe objetivo sobre ellevantamiento de Dublín en 1916.He expuesto los motivos que me llevan a afirmar que la versión comunista de la luchade Barcelona no puede ser tomada en serio: debo agregar algo acerca de la acusación deque el POUM era una organización fascista pagada por Franco y Hitler.Esta acusación fue repetida una y otra vez por la prensa comunista, sobre todo desdeprincipios de 1937. Formaba parte de la actitud oficial y universal del Partido Comunistacontra el «trotskismo», cuyo representante en España era supuestamente el POUM. El«trotskismo», según Frente Rojo (el periódico comunista de Valencia), «no es una doctrinapolítica. El trotskismo es una organización capitalista oficial, una banda terrorista fascistadedicada al crimen y al sabotaje contra el pueblo». El POUM era una organización«trotskista» aliada de los fascistas y parte de la «quinta columna de Franco». Resultóevidente desde el comienzo que nadie podría aportar pruebas para sustentar esa acusación;todos se limitaban a repetirla con aire de seguridad. El ataque fue acompañado del máximode calumnia personal y con total irresponsabilidad en cuanto a los efectos que pudiera tenersobre la guerra. Empeñados en la tarea de denigrar al POUM, muchos periodistascomunistas parecen haber considerado insignificante la revelación de secretos militares. Enun ejemplar de febrero del Daily Worker, por ejemplo, Winifred Bates manifestaba que elPOUM sólo tenía en el frente la mitad de las tropas que afirmaba tener. Ello no era cierto,pero probablemente el autor así lo consideraba. Por lo tanto, Bates y el Daily Workerentregaron al enemigo una de las informaciones más importantes que pueden revelarse através de las columnas de un periódico. En un momento en que las tropas del POUMsufrían serias pérdidas y muchos de mis amigos personales morían o caían heridos, RalphBates afirmaba en el New Republic que las tropas del POUM estaban «jugando al fútbolcon los fascistas en la tierra de nadie». Una caricatura maligna circuló ampliamente,primero en Madrid y luego en Barcelona; se representaba al POUM arrancándose unamáscara que ostentaba la hoz y el martillo y descubriendo un rostro con la cruz gamada. Siel gobierno no hubiera estado virtualmente bajo control comunista, jamás habría permitidoque algo semejante circulara en plena contienda. Era un golpe deliberado a la moral deguerra, no sólo de la milicia del POUM, sino de todo aquel que estuviera cerca, pues noresulta alentador saber que las tropas vecinas son traidoras. Dudo que las calumniasacumuladas desde la retaguardia sobre la milicia del POUM tuvieran algún efectodesmoralizador real, pero eso era ciertamente lo que pretendían, y hacen suponer que, paralos responsables de esta campaña, el resentimiento político importaba más que la unidadantifascista.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot118118Se acusaba al POUM, un partido integrado por docenas de miles de personas, en sumayoría de la clase obrera, numerosos colaboradores y simpatizantes extranjeros, muchosde ellos refugiados de los países fascistas, y con miles de milicianos nada menos que de seruna vasta organización de espionaje al servicio del fascismo. Tal acusación se oponía alsentido común, y la historia del POUM bastaba para tornarla inverosímil. Todos losdirigentes del POUM tenían un historial revolucionario meritorio. Algunos de ellos habíanintervenido en la revuelta de 1934 y la mayoría habían sido encarcelados por actividadessocialistas bajo el gobierno de Lerroux o la monarquía. En 1936, el dirigente JoaquínMaurín fue uno de los diputados que puso sobre aviso a las Cortes sobre el inminentelevantamiento de Franco. Algún tiempo después, ya en plena lucha, fue tomado prisioneropor los fascistas mientras trataba de organizar la resistencia en la retaguardia franquista. Alestallar la guerra, el POUM desempeñó un papel destacado en la resistencia. Muchos de susmiembros murieron en la lucha callejera, sobre todo en Madrid. Fue una de las primerasorganizaciones que formó columnas de milicias en Cataluña y en Madrid. Resulta casiimposible explicar estas acciones como la actividad de un partido a sueldo de los fascistas.Un partido a sueldo de los fascistas simplemente se hubiera unido al otro bando.Tampoco hubo signos de actividades profascistas durante la guerra. Podráargumentarse (aunque en última instancia tampoco estoy de acuerdo con ello) que elPOUM, al presionar en favor de una política más revolucionaria, dividió las fuerzasgubernamentales y ayudó así a los fascistas. Creo que sería normal que cualquier gobiernode tipo reformista considerara una molestia a un partido como el POUM, pero se trata dealgo muy distinto de la traición. Si el POUM era realmente una organización fascista, nohay manera de explicar por qué su milicia permaneció leal. Ocho o diez mil hombrescontrolaron sectores importantes del frente durante el atroz invierno de 1936-1937. Muchosde ellos estuvieron en las trincheras durante cuatro o cinco meses seguidos. Es difícilcomprender por qué no abandonaron simplemente sus posiciones o se pasaron al enemigo.Siempre estuvieron en condiciones de hacerlo y, en más de una oportunidad, tal decisiónpudo haber sido decisiva. No obstante, siguieron luchando y poco después de que el POUMdesapareciera como partido político, cuando el hecho todavía estaba fresco en la memoriade todos, sus milicias -aún no redistribuidas en el Ejército Popular- tomaron parte en elsangriento ataque contra el este de Huesca donde siete mil hombres murieron en un par dedías. Por lo menos cabría haber esperado cierta fraternización con el enemigo y unacorriente constante de desertores. Como señalé con anterioridad, el número de desercionesfue excepcionalmente bajo. También cabria haber esperado propaganda profascista,«derrotismo». No hubo ni atisbos de ello. Posiblemente hubo espías fascistas y agentesprovocadores en el POUM; existen en todos los partidos de izquierda, pero no hay pruebasde que fueran allí más numerosos que en cualquier otro.Es verdad que en algunos de sus ataques la prensa comunista concedió, de mala gana,que sólo los dirigentes del POUM estaban a sueldo de los fascistas y no la base. Esto era unfútil intento de separar a los seguidores de sus dirigentes. La naturaleza de la acusaciónimplicaba que los miembros normales, los milicianos y demás, participaban del complot,pues era obvio que si Nin, Gorkin y otros estaban realmente a sueldo de los fascistas, másprobablemente lo sabrían sus seguidores, en estrecho contacto con ellos, que los periodistasde Paris, Londres o Nueva York. De cualquier manera, cuando el POUM fue disuelto, lapolicía secreta controlada por los comunistas actuó como si todos fueran igualmenteculpables y arrestó a todas las personas vinculadas al POUM que cayeron en sus manos,incluyendo a heridos, enfermeras de hospitales, esposas de miembros del partido y, enalgunos casos, incluso a niños.
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot119119Finalmente, el 15-16 de junio, el POUM fue disuelto y declarado ilegal. Éste fue unode los primeros actos del gobierno de Negrín que subió al poder en mayo. Tras elencarcelamiento del Comité Ejecutivo del POUM, la prensa comunista publicó lo quepretendía ser el descubrimiento de un inmenso complot fascista. Durante un tiempo, laprensa comunista de todo el mundo echaba chispas con artículos similares a éste (DailyWorker, 21 de junio, resumen de varios periódicos comunistas españoles):TROTSKISTAS ESPAÑOLES CONSPIRAN A FAVOR DE FRANCOComo resultado del arresto de un gran número de trotskistas destacados en Barcelonay otras ciudades... se han puesto al descubierto durante el fin de semana detalles de uno delos más detestables actos de espionaje que se hayan conocido jamás en tiempos de guerra, yde la más horrenda traición trotskista nunca revelada... Documentos en poder de la policía,junto con la confesión detallada de no menos de doscientos arrestados, demuestran,etcétera, etcétera.Lo que tales revelaciones «demostraban» era que los dirigentes del POUMtransmitían por radio secretos militares a Franco, estaban en contacto con Berlín y actuabanen colaboración con la organización fascista secreta de Madrid. Además, se consignabansensacionales detalles sobre mensajes secretos en tinta invisible, un documento misteriosofirmado con la letra N (por Nin) y otras «cosas» por el estilo.El resultado final fue éste: seis meses después de los acontecimientos, mientrasescribo estas líneas, la mayoría de los dirigentes del POUM siguen en la cárcel, aunque nohan sido sometidos a juicio, y nunca se han formulado oficialmente los cargos de habersecomunicado con Franco por radio, etcétera. De haber sido realmente culpables deespionaje, se los habría juzgado y fusilado en una semana, como ocurrió antes con tantosespías fascistas. Ninguna clase de prueba fue presentada jamás, exceptuando lasafirmaciones no fundamentadas de la prensa comunista. Las doscientas «confesionesdetalladas», de haber existido, habrían bastado para condenar a cualquiera; pero nuncavolvieron a ser mencionadas porque no fueron sino doscientos inventos de algunaimaginación siniestra.Además, casi todos los miembros del gobierno español han negado las acusacionescontra el POUM. Hace poco, el gabinete decidió, por cinco votos contra dos, poner enlibertad a los prisioneros políticos antifascistas; los dos votos en contra correspondían a losministros comunistas. En agosto, una delegación encabezada por James Maxton, miembrodel Parlamento inglés, viajó a España para investigar los cargos contra el POUM y ladesaparición de Andrés Nin. Prieto, ministro de Defensa Nacional; Irujo, ministro deJusticia; Zugazagoitia, ministro del Interior; Ortega y Gasset, procurador general; PratGarcía y otros rechazaron cualquier sospecha de culpabilidad por espionaje respecto a losdirigentes del POUM. Irujo añadió que, habiendo examinado el expediente relativo al caso,opinaba que ninguna de las llamadas pruebas podría soportar un examen y que eldocumento que se atribuía a Nin «carecía de valor», es decir, era falsificado. Prietoconsideró a los líderes del POUM responsables de las luchas de mayo en Barcelona, perodesechó la idea de que fueran espías fascistas. «Lo más grave –agregó- es que el arresto delos dirigentes del POUM no fue decidido por el gobierno; la policía lo llevó a cabo por sucuenta. Los responsables no son los altos funcionarios policiales, sino su entorno, en el quese han infiltrado los comunistas, según sus métodos habituales». Citó otros casos dearrestos policiales ilegales. Asimismo, Irujo declaró que la policía se había tornado «casiindependiente» y estaba de hecho bajo el control de elementos comunistas foráneos. Prietoinsinuó bastante claramente a la delegación que el gobierno no podía darse el lujo deofender al Partido Comunista mientras los rusos enviaran armas. Cuando otra delegación,
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot120120encabezada por John McGovern, miembro del Parlamento, llegó a España en diciembre,recogió manifestaciones casi idénticas, y Zugazagoitia, ministro del interior, repitió lainsinuación de Prieto en términos aún más claros: «Recibimos ayuda de Rusia y hemostenido que permitir ciertos actos con los que no estábamos de acuerdo». Como ejemplo dela autonomía policial, resulta interesante señalar que una orden firmada por el director dePrisiones y por el ministro de Justicia no bastó para que McGovern y sus compañerospudieran entrar en las «cárceles secretas» que el Partido Comunista tenía en Barcelona.Creo que lo dicho basta. La acusación de espionaje contra el POUM se basaba tansólo en artículos de la prensa comunista y en procedimientos de la policía secretacontrolada por los comunistas. Los líderes del POUM y centenares o miles de susseguidores están aún en la cárcel, y la prensa comunista sigue clamando por la ejecución delos «traidores». Pero Negrín y los demás no se han dejado doblegar y se han negado apermitir una masacre a gran escala de «trotskistas». Considerando la presión que se vieneejerciendo sobre ellos, es muy meritorio que no hayan cedido. Entretanto y teniendo encuenta lo que acabo de citar, resulta muy difícil creer que el POUM fuera realmente unaorganización de espionaje fascista, a menos que se acepte que Maxton, McGovern, Prieto,Irujo, Zugazagoitia y el resto están también a sueldo de los fascistas.Para acabar, me referiré a la acusación de «trotskista» que se formula contra elPOUM. «Trotskista» es un término utilizado de forma tal que resulta sumamente equívoco;a menudo se emplea para confundir. Vale la pena, por lo tanto, detenerse a definirlo. Lapalabra «trotskista» se emplea para designar a:1) Alguien que, como Trotsky, propugna la «revolución mundial», en contraposicióncon el «socialismo en un solo país». Menos estrictamente, un revolucionario extremista.2) Un miembro de la organización encabezada por Trotsky.3) Un fascista que simula ser revolucionario, que en la URSS basa su acciónespecialmente en el sabotaje y, en general, actúa dividiendo y socavando las fuerzas deizquierda.En la primera acepción es probable que pueda calificarse de trotskista al POUM, asícomo también al ILP inglés, a la SAP alemana o a los socialistas de izquierda franceses.Pero el POUM no tenía contacto alguno con Trotsky ni con la organización trotskista(bolchevique-leninista). Cuando estalló la guerra, los trotskistas extranjeros que llegaron aEspaña (unos quince o veinte) trabajaron al principio para el POUM, a causa de que laideología de este partido era la que más se aproximaba a su propio punto de vista, pero nose afiliaron a él; más tarde, Trotsky ordenó a sus seguidores que atacaran la política delPOUM, y los trotskistas fueron alejados de los cargos del partido, si bien unos pocospermanecieron en la milicia. Nin, jefe del POUM después de la captura de Maurín por losfascistas, fue en su tiempo secretario de Trotsky, pero se había distanciado de él hacía yaaños y había formado el POUM mediante la amalgama de diversos núcleos comunistas deoposición y sobre la base del ya existente Bloque Obrero y Campesino. La vinculación deNin con Trotsky fue utilizada por la prensa comunista para demostrar que el POUM eratrotskista. Mediante idénticos argumentos podría demostrarse que el Partido Comunistainglés es una organización fascista, pues John Strachey estuvo alguna vez vinculado con sirOswald Mosley.En la segunda acepción, la única definición exacta de la palabra, el POUM sin dudano era trotskista. Importa establecer esta distinción, pues la mayoría de los comunistas dapor sentado que un trotskista en esta acepción lo es también en la tercera, es decir, que laorganización trotskista no es más que una maquinaria de espionaje fascista. El «trotskismo»fue conocido por el público en la época de los juicios rusos por sabotaje, y llamar a un
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot121121hombre trotskista equivale prácticamente a llamarlo asesino, agente provocador, etcétera.Al mismo tiempo, quien critique la política comunista desde un punto de vista izquierdistacorre el riesgo de ser denunciado como trotskista. ¿Se afirma entonces que todo aquel queprofese un extremismo revolucionario está a sueldo de los fascistas?En la práctica esto está sujeto a las conveniencias locales. Cuando Maxton viajó aEspaña con la delegación mencionada, Verdad, Frente Rojo y otros periódicos comunistasespañoles lo denunciaron de inmediato como un «fascista- trotskista», espía de la Gestapo ycosas así. Sin embargo, los comunistas ingleses se cuidaron muy bien de repetir estaacusación. En la prensa comunista inglesa, Maxton se convierte en un «reaccionario,enemigo de la clase obrera», lo cual es convenientemente vago. La razón de estamoderación simplemente se debe a que varias dolorosas lecciones han despertado en laprensa comunista inglesa un sano temor a la ley de difamación. El hecho de que laacusación no se repitiera en un país donde quizá sería necesario probarla demuestra que setrataba de una mentira.Podría parecer que he considerado las acusaciones contra el POUM con mayorextensión de lo necesario. Comparada con las miserias de una guerra civil, esta riñaintestina entre partidos, con sus inevitables injusticias y falsas acusaciones, puede parecertrivial. No lo es en realidad. Creo que las calumnias y las campañas periodísticas de estetipo y los hábitos mentales que revelan son capaces de ocasionar el daño más tremendo a lacausa antifascista.Quien se haya preocupado un poco por estos asuntos sabe que no es nada nueva latáctica comunista de atacar a los opositores políticos con acusaciones falsas. Hoy usan elcalificativo «fascista-trotskista», ayer emplearon el de «social- fascista». Hace sólo seis osiete años los juicios rusos «demostraron» que los dirigentes de la Segunda internacional,entre los que se contaban, por ejemplo, León Blum y miembros destacados del PartidoLaborista británico, preparaban un gigantesco complot para la invasión de la URSS. Sinembargo, aún hoy los comunistas franceses aceptan de buen grado a Blum como líder, y loscomunistas ingleses hacen lo imposible por introducirse en el Partido Laborista. Dudo deque acciones de este tipo rindan frutos, incluso desde un punto de vista sectario. Yentretanto, son evidentes el odio y las disensiones que la acusación de «fascista- trotskista»están causando. Los comunistas de base de todo el mundo son conducidos hacia unainsensata caza de «trotskistas», y las organizaciones del tipo del POUM son empujadas a latan estéril posición de meros partidos anticomunistas. Ya se ve el comienzo de unapeligrosa división en el movimiento de la clase obrera mundial. Unas pocas calumnias máscontra socialistas prominentes, Otros pocos fraudes como las acusaciones contra el POUMy la división puede tornarse insalvable. La única esperanza reside en mantener lacontroversia política en un plano tal que la discusión exhaustiva sea posible. Entre loscomunistas y quienes se encuentran, o afirman encontrarse, a la izquierda de ellos existeuna diferencia real: los comunistas sostienen que es posible derrotar al fascismo medianteuna alianza con sectores de la clase capitalista (el Frente Popular), y sus opositores afirmanque tal maniobra sólo sirve para dar al fascismo mayor fuerza. La cuestión debe debatirse;una decisión errónea puede conducirnos a una semiesclavitud de siglos. Pero mientras no sepresente otro argumento que el grito de «¡fascista trotskista!», ni siquiera es posiblecomenzar a hablar. Yo no podría, por ejemplo, ponerme a discutir la lucha de Barcelonacon un miembro del Partido Comunista, pues ningún comunista, es decir, ningún «buen»comunista, admitiría que he dado una versión veraz de los hechos. Fiel a su «línea» departido, tendría que declarar que miento o, en el mejor de los casos, que estoy totalmenteequivocado y que cualquiera que haya ojeado los titulares del Daily Worker, a mil
    • Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot122122kilómetros del escenario de los acontecimientos, sabe más que yo acerca de lo que ocurrióen Barcelona. En tales condiciones resulta imposible conversar; falta la más mínima basede acuerdo necesaria. ¿Qué finalidad tiene afirmar que hombres como Maxton trabajan paralos fascistas? Parecería que únicamente la de imposibilitar toda discusión seria. Como si enun campeonato de ajedrez, uno de los competidores comenzara de pronto a gritar que sucontrincante es culpable de un incendio o de bigamia. La cuestión que realmente importano se aborda nunca. La difamación no soluciona nada.