HOMENAJE A CATALUÑAGEORGE ORWELLDigitalizado porhttp://www.librodot.com
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot22«Nunca respondas al necio con forme a su necedad,para no hacerte como ...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot331En los Cuarteles Lenin de Barcelona, el día antes de ingresar en la m...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot44las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos ...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot55milicianos casi analfabetos que compraban una, la deletreaban trabajos...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot66miembros del ejército usaban pantalones de pana, y allí concluía la un...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot77relevaban. En todos los Cuarteles Lenin creo que no había más fusiles ...
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Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1010aves de corral resbalan sobre lechos de estiércol de mula. El tiempo...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1111mira. Se distribuyeron cartuchos, cincuenta por hombre; luego formam...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1212simplemente una cadena de puestos fortificados, conocidos siempre co...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1313Los nuevos centinelas no habían acabado de ocupar su puesto cuando c...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1414un conjunto de hombres sucios y andrajosos tiritaba en torno a su ba...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1515dirección. Me oculté detrás de un arbusto que de pronto me pareció m...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1616No obstante, admito que, a primera vista, el estado de cosas en el f...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1717falta de ella. Nos encontrábamos entre unos seiscientos y noveciento...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1818leche, y sólo debía utilizarse para beber, pero yo siempre robaba un...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1919todo un batallón. Ubicados como estábamos en las cimas de las colina...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2020mayor velocidad posible. Se decía que estas granadas eran «imparcial...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2121Las difíciles contraseñas que la milicia utilizaba en esa época cons...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2222dificultad idiomática. Descubrimos que todos los españoles conocían ...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2323cierto que no llegué a dormir una docena de noches sin interrupción....
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2424tanto mejor; después de todo, los desertores son mucho más útiles qu...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2525manteniéndose a una distancia prudencial, sin hacer intento alguno p...
Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2626y una especie de jacinto silvestre semejante a un ejemplar borde de ...
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Homenaje a Cataluña de George Orwell ... una lectura necesaria para esta época...

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Homenaje a cataluña_orwell

  1. 1. HOMENAJE A CATALUÑAGEORGE ORWELLDigitalizado porhttp://www.librodot.com
  2. 2. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot22«Nunca respondas al necio con forme a su necedad,para no hacerte como él. Responde al necio segúnsu necedad, para que no se tenga por sabio.»ProverbiosXXVI, 4-5
  3. 3. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot331En los Cuarteles Lenin de Barcelona, el día antes de ingresar en la milicia, vi a unmiliciano italiano de pie frente a la mesa de los oficiales.Era un joven de veinticinco o veintiséis años, de aspecto rudo, cabello amarillo rojizoy hombros poderosos. Su gorra de visera de cuero estaba fieramente inclinada sobre un ojo.Lo veía de perfil, la barbilla contra el pecho, contemplando con expresión de desconciertoel mapa que uno de los oficiales había desplegado sobre la mesa. Algo en su rostro meconmovió profundamente: era el rostro de un hombre capaz de matar y de dar su vida porun amigo, la clase de rostro que uno esperaría encontrar en un anarquista, aunque casi conseguridad era comunista. Había a la vez candor y ferocidad en él, y también laconmovedora reverencia que los individuos ignorantes sienten hacia aquellos que suponensuperiores. Evidentemente, no entendía nada del mapa, y parecía que consideraba su lecturacomo una estupenda hazaña intelectual. Casi no puedo explicármelo, pero rara vez heconocido a alguien por quien experimentara una simpatía tan inmediata. Mientras charlabanalrededor de la mesa, una observación puso de manifiesto mi origen extranjero. El italianolevantó la cabeza y preguntó rápidamente:-¿Italiano?Yo respondí en mi mal español:-No, inglés. ¿Y tú?-Italiano.Cuando íbamos a salir, cruzó la habitación y me apretó con fuerza la mano. ¡Resultaextraño cuánto afecto se puede sentir por un desconocido! Fue como si su espíritu y el míohubieran logrado momentáneamente salvar el abismo del lenguaje y la tradición y unirse enabsoluta intimidad. Deseé que sintiera tanta simpatía por mí como yo por él. Pero sabía quepara conservar esa primera impresión no debía volver a verlo, y así ocurrió en efecto. Unosiempre establecía contactos de ese tipo en España.Menciono a este miliciano porque su figura se ha mantenido muy viva en mimemoria. Con su raído uniforme y su rostro feroz y patético simboliza para mí la atmósferaespecial de aquella época. Permanece asociado a todos mis recuerdos de aquel período de laguerra: las banderas rojas en Barcelona, los largos trenes que se arrastraban hacia el frenterepletos de soldados zarrapastrosos, las ciudades grises agobiadas por la guerra a lo largode la línea de fuego, las trincheras heladas y fangosas en las montañas.Esto ocurría hace menos de siete meses, a finales de diciembre de 1936, no obstantelo cual me parece que aquel período pertenece ya a un pasado remoto. Acontecimientosposteriores lo han esfumado hasta tal punto que podría situarlo en 1935, y hasta en 1905.Había viajado a España con el proyecto de escribir artículos periodísticos, pero ingresé enla milicia casi de inmediato, porque en esa época y en esa atmósfera parecía ser la únicaactitud concebible. Los anarquistas seguían manteniendo el control virtual de Cataluña, y larevolución estaba aún en pleno apogeo. A quien se encontrara allí desde el comienzoprobablemente le parecería, incluso en diciembre o en enero, que el período revolucionarioestaba tocando a su fin; pero viniendo directamente de Inglaterra, el aspecto de Barcelonaresultaba sorprendente e irresistible. Por primera vez en mi vida, me encontraba en unaciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquieraque fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas ocon la bandera roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban la hoz y el martillo y
  4. 4. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot44las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos habían sido destruidos ysus imágenes, quemadas. Por todas partes, cuadrillas de obreros se dedicabansistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo café se veían letreros queproclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habíansido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro. Camareros y dependientesmiraban al cliente cara a cara y lo trataban como a un igual. Las formas serviles e inclusoceremoniosas del lenguaje habían desaparecido. Nadie decía señor, o don y tampoco usted;todos se trataban de «camarada» y «tú», y decían ¡salud! en lugar de buenos días. La leyprohibía dar propinas desde la época de Primo de Rivera; tuve mi primera experiencia alrecibir un sermón del gerente de un hotel por tratar de dársela a un ascensorista. Noquedaban automóviles privados, pues habían sido requisados, y los tranvías y taxis, ademásde buena parte del transporte restante, ostentaban los colores rojo y negro. En todas parteshabía murales revolucionarios que lanzaban sus llamaradas en límpidos rojos y azules,frente a los cuales los pocos carteles de propaganda restantes semejaban manchas de barro.A lo largo de las Ramblas, la amplia arteria central de la ciudad constantemente transitadapor una muchedumbre, los altavoces hacían sonar canciones revolucionarias durante todo eldía y hasta muy avanzada la noche. El aspecto de la muchedumbre era lo que más extrañezame causaba. Parecía una ciudad en la que las clases adineradas habían dejado de existir.Con la excepción de un escaso número de mujeres y de extranjeros, no había gente «bienvestida»; casi todo el mundo llevaba tosca ropa de trabajo, o bien monos azules o algunavariante del uniforme miliciano. Ello resultaba extraño y conmovedor. En todo esto habíamucho que yo no comprendía y que, en cierto sentido, incluso no me gustaba, pero reconocíde inmediato la existencia de un estado de cosas por el que valía la pena luchar. Asimismo,creía que los hechos eran tales como parecían, que me hallaba en realidad en un Estado detrabajadores, y que la burguesía entera había huido, perecido o se había pasado por propiavoluntad al bando de los obreros; no me di cuenta de que gran número de burguesesadinerados simplemente esperaban en las sombras y se hacían pasar por proletarios hastaque llegara el momento de quitarse el disfraz.Además de todo esto, se vivía la atmósfera enrarecida de la guerra. La ciudad tenía unaspecto desordenado y triste, las aceras y los edificios necesitaban reparaciones, de nochelas calles se mantenían poco alumbradas por temor a los ataques aéreos, la mayoría de lastiendas estaban casi vacías y poco cuidadas. La carne escaseaba y la leche prácticamentehabía desaparecido; faltaba carbón, azúcar y gasolina, y el pan era casi inexistente. En esosdías las colas para conseguir pan alcanzaban a menudo cientos de metros. Sin embargo, porlo que se podía juzgar, hasta ese momento la gente se mantenía contenta y esperanzada. Nohabía desocupación y el costo de la vida seguía siendo extremadamente bajo; casi no seveían personas manifiestamente pobres y ningún mendigo, exceptuando a los gitanos. Porencima de todo, existía fe en la revolución y en el futuro, un sentimiento de haber entradode pronto en una era de igualdad y libertad. Los seres humanos trataban de comportarsecomo seres humanos y no como engranajes de la máquina capitalista. En las barberías (losbarberos eran en su mayoría anarquistas) había letreros donde se explicaba solemnementeque los barberos ya no eran esclavos. En las calles, carteles llamativos aconsejaban a lasprostitutas cambiar de profesión. Para cualquier miembro de la civilización endurecida yburlona de los pueblos de habla inglesa había algo realmente patético en la literalidad conque estos españoles idealistas tomaban las gastadas frases de la revolución. En esa épocalas canciones revolucionarias del tipo más ingenuo, todas ellas relativas a la hermandadproletaria y a la perversidad de Mussolini, se vendían por pocos céntimos. A menudo vi a
  5. 5. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot55milicianos casi analfabetos que compraban una, la deletreaban trabajosamente ycomenzaban a cantarla con alguna melodía adecuada.Durante todo ese tiempo yo me encontraba en los Cuarteles Lenin con el objetivo,según manifestaban, de recibir una preparación militar. Al unirme a la milicia, meinformaron de que sería enviado al frente al día siguiente, pero, en realidad, tuve queesperar hasta que una nueva centuria estuviera lista. Las milicias de trabajadores,apresuradamente reclutadas entre los sindicatos al comienzo de la guerra, aún no habíansido organizadas sobre una base militar común. Las unidades de comando eran la«sección», compuesta por unos treinta hombres, la centuria, por alrededor de cien, y la«columna» que, en la práctica, significaba cualquier número grande de milicianos. Loscuarteles eran un conjunto de espléndidos edificios de piedra, con una escuela de equitacióny enormes patios adoquinados; habían sido cuarteles de caballería y fueron tomados durantelas luchas de julio. Mi centuria dormía en uno de los establos, junto a los pesebres, dondeaún estaban inscritos los nombres de los corceles militares. Todos los caballos habían sidoenviados al frente, pero el lugar todavía olía a orín y avena podrida. Estuve en los cuartelesalrededor de una semana. Lo que más recuerdo es el olor a caballo, los temblorosos toquesde corneta (nuestros cornetistas eran aficionados y no aprendí los toques españoles hastaque los escuché desde fuera de las líneas fascistas), el sonido de las botas claveteadas en elpatio, los largos desfiles matutinos bajo el sol invernal y los locos partidos de fútbol, concincuenta jugadores por cada equipo, sobre la grava de la escuela de equitación. Éramosunos mil hombres y una veintena de mujeres, aparte de las esposas de milicianos que seencargaban de cocinar. Todavía quedaban algunas milicianas, pero no muchas. En lasprimeras batallas pareció natural que lucharan junto a los hombres; siempre sucede eso entiempos de revolución. Pero las ideas ya habían empezado a cambiar. A los milicianos lesestaba prohibido acercarse a la escuela de equitación mientras las mujeres se ejercitaban,porque se reían y burlaban de ellas. Pocos meses antes nadie hubiera encontrado nadacómico en una mujer con un fusil en la mano.Los cuarteles se hallaban en un estado general de suciedad y desorden. Lo mismoocurría en cuanto edificio ocupaba la milicia, y parecía constituir uno de los subproductosde la revolución. En todos los rincones había pilas de muebles destrozados, monturas rotas,cascos de bronce, vainas de sables y alimentos en putrefacción. Era enorme el desperdiciode comida, en especial de pan. En nuestro barracón se tiraba después de cada comida unacanasta llena de pan, hecho lamentable si se piensa que la población civil carecía de él.Comíamos en largas mesas montadas sobre caballetes en escudillas de hojalata siempregrasientas, y bebíamos de una cosa espantosa llamada porrón. El porrón es una especie debotella de vidrio con un pico fino del cual sale un delgado chorro de vino al inclinarla. Deeste modo resulta posible beber desde lejos, sin tocarlo con los labios, y pasarlo de mano enmano. Me declaré en huelga y exigí un vaso en cuanto vi cómo se usaba el porrón. Para migusto, se parecían demasiado a los orinales de cama de vidrio, sobre todo cuando estabanllenos de vino blanco.Poco a poco se iban proporcionando uniformes a los reclutas, pero, como estábamosen España, todo se hacía de manera fragmentaria, de modo que nunca se sabía bien quéhabía recibido cada uno, y varias de las cosas más necesarias, como cartucheras y cargas demuniciones, no se distribuyeron hasta el último momento, cuando el tren aguardaba parallevarnos al frente. He hablado del «uniforme» de la milicia, lo cual probablementeproduzca una impresión errónea. No se trataba en verdad de un uniforme: quizá«multiforme» sería un término más adecuado. La ropa de cada miliciano respondía a unplan general, pero nunca era por completo igual a la de nadie. Prácticamente todos los
  6. 6. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot66miembros del ejército usaban pantalones de pana, y allí concluía la uniformidad. Algunosusaban polainas de cuero o pana, y otros, botines de cuero o botas altas. Todos llevábamoschaquetas de cremallera, de las cuales unas eran de cuero, otras de lana y ninguna de unmismo color. Las clases de gorras eran casi tan numerosas como quienes las llevaban. Seacostumbraba adornar la parte delantera de la gorra con una insignia partidista y, además,casi todos llevaban un pañuelo rojo o rojinegro alrededor del cuello. Una columna demilicia en esa época ofrecía un aspecto realmente extraordinario. Las ropas se distribuían amedida que salían de una u otra fábrica y, a decir verdad, no eran malas teniendo en cuentalas circunstancias. Con todo, las camisetas y los calcetines eran prendas de un algodónmalísimo, totalmente inútiles contra el frío. Me espanta pensar en lo que los milicianosdeben de haber soportado durante los primeros meses, antes de que las cosas comenzaran aorganizarse. Recuerdo haber leído un periódico de sólo un par de meses antes, en el cualuno de los dirigentes del POUM, después de una visita al frente, manifestó que trataría deque «todo miliciano tuviera una manta». Una frase capaz de producir escalofríos a quien hadormido alguna vez en una trinchera.Durante mi segundo día en los cuarteles se dio comienzo a lo que paradójicamente sellamaba «instrucción». Al principio hubo escenas de gran confusión. Los reclutas eran ensu mayor parte muchachos de dieciséis o diecisiete años, procedentes de los barrios pobresde Barcelona, llenos de ardor revolucionario pero completamente ignorantes respecto a loque significaba una guerra. Resultaba imposible conseguir que formaran en fila. Ladisciplina no existía; si a un hombre no le gustaba una orden, se adelantaba y discutíaviolentamente con el oficial. El teniente que nos instruía era un hombre joven, robusto y derostro fresco y agradable. Había pertenecido al ejército y los modales y un eleganteuniforme le hacían conservar el aspecto de un oficial de carrera. Resulta curioso que fueraun socialista sincero y ardiente. Insistía, aún más que los mismos soldados, en una completaigualdad social entre todos los grados. Recuerdo su dolorida sorpresa cuando un reclutaignorante se dirigió a él llamándolo señor. «¡Qué! ¡Señor! ¿ Quién me llama señor? ¿Acasono somos todos camaradas?» No creo que esto facilitara su tarea.En realidad, los reclutas novatos no recibían adiestramiento militar alguno quepudiera servirles para algo. Se me había dicho que los extranjeros no estaban obligados atomar parte en la «instrucción» (observé que los españoles tenían la conmovedora creenciade que todos los extranjeros sabían más que ellos sobre asuntos militares), pero,naturalmente, me presenté junto con los demás. Sentía gran ansiedad por aprender a utilizaruna ametralladora; era un arma que nunca había tenido oportunidad de manejar. Condesesperación descubrí que no se nos enseñaba nada sobre el uso de armas. La llamadainstrucción consistía simplemente en ejercicios de marcha del tipo más anticuado yestúpido: giro a la derecha, giro a la izquierda, media vuelta, marcha en columnas de a tres,y todas esas inútiles tonterías que aprendí cuando tenía quince años. Era una formarealmente extraordinaria de adiestrar a un ejército de guerrillas. Evidentemente, si se cuentacon sólo pocos días para adiestrar a un soldado, deben enseñársele las cosas que le seránmás necesarias: cómo ocultarse, cómo avanzar por campo abierto, cómo montar guardia yconstruir un parapeto y, por encima de todo, cómo utilizar las armas. No obstante, esamultitud de criaturas ansiosas que serían arrojadas a la línea del frente casi de inmediato noaprendían ni siquiera a disparar un fusil o a quitar el seguro de una granada. En esa épocaignoraba que el motivo de este absurdo era la total carencia de armas. En la milicia delPOUM la escasez de fusiles era tan desesperante que las tropas recién llegadas al frente nodisponían sino de los fusiles utilizados hasta ese momento por las tropas a las que
  7. 7. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot77relevaban. En todos los Cuarteles Lenin creo que no había más fusiles que los utilizados porlos centinelas.Al cabo de unos pocos días, aunque seguíamos siendo un grupo caótico de acuerdocon cualquier criterio sensato, se nos consideró aptos para aparecer en público. Por lasmañanas nos dirigíamos hasta los jardines de la colina situada más allá de la Plaza deEspaña, que todas las milicias de partido, además de los carabineros y los primeroscontingentes del recientemente formado Ejército Popular compartían para suadiestramiento. Allí, el espectáculo resultaba extraño y alentador. En cada sendero y encada callejuela, entre los ordenados arriates de flores, se veían escuadras y compañías dehombres que marchaban erguidos de un lado para otro, sacando pecho y tratandodesesperadamente de parecerse a soldados. Todos ellos carecían de armas y ninguno teníael uniforme completo, aunque en la mayoría podía reconocerse fragmentariamente elatuendo del miliciano. Durante tres horas trotábamos de un lado a otro (el paso de marchaespañol es muy corto y rápido), luego nos deteníamos, rompíamos filas y nos lanzábamossedientos sobre una pequeña tienda de ultramarinos, a media cuesta, que estaba haciendouna -fortuna vendiéndonos vino barato. Los españoles se mostraban cordiales conmigo.Dada mi condición de inglés, yo constituía una especie de curiosidad, y los oficiales decarabineros estaban por mí y me pagaban la bebida. Mientras tanto, siempre que se mepresentaba la oportunidad acorralaba a nuestro teniente y le pedía a gritos que me instruyeraen el uso de una ametralladora. Solía sacar del bolsillo mi diccionario luego y lo asediabaen mi execrable español:-Yo sé manejar fusil. No sé manejar ametralladora. Quiero aprender ametralladora.¿Cuándo vamos aprender ametralladora?La respuesta era invariablemente una sonrisa cansada y una promesa de que habríainstrucción de ametralladoras mañana. Por supuesto, mañana nunca llegaba. Transcurridosvarios días, los reclutas aprendieron a marcar el paso, a ponerse firmes casi de inmediato,pero apenas si sabían de qué extremo del fusil sale la bala. Cierta vez, un carabinero seacercó a nosotros mientras hacíamos un alto y nos permitió examinar el suyo. Resultó que,en toda mi sección, nadie, salvo yo, sabía siquiera cargar el arma y mucho menos apuntarcon ella.Durante ese tiempo yo tenía muchas dificultades con el idioma español. Además demí, sólo había un inglés en los cuarteles, y nadie, ni siquiera entre los oficiales, sabía unapalabra de francés. No sirvió para facilitarme las cosas el hecho de que, cuando miscompañeros hablaban entre sí, lo hicieran por lo general en catalán. Sólo podíadesenvolverme llevando a todas partes un pequeño diccionario que sacaba del bolsillo enlos momentos de crisis. Pero prefiero ser extranjero en España y no en cualquier otro país.¡Qué fácil resulta hacer amigos en España! Al cabo de uno o dos días, había una veintenade milicianos que me llamaban por mi nombre de pila, me enseñaban secretos ytriquiñuelas y me abrumaban con su amistad.No escribo un libro de propaganda y no deseo idealizar la milicia del POUM. Elsistema de la milicia presentaba serios fallos, y los hombres mismos dejaban mucho quedesear, pues en esa época el reclutamiento voluntario comenzaba a disminuir y muchos delos mejores hombres ya se encontraban en el frente o habían muerto. Siempre había entrenosotros un cierto porcentaje de individuos completamente inútiles. Muchachos de quinceaños eran traídos por sus padres para que fueran alistados, evidentemente por las diezpesetas diarias que constituían la paga del miliciano y, también, a causa del pan que, comotales, recibían en abundancia y podían llevar a sus hogares. Desafío a cualquiera a versesumergido, como me ocurrió a mí, entre la clase obrera española -quizá debería decir la
  8. 8. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot88clase obrera catalana, pues aparte de unos pocos aragoneses y andaluces sólo tuve contactocon catalanes- y a no sentirse conmovido por su decencia esencial y, sobre todo, por sufranqueza y generosidad. La generosidad de un español, en el sentido corriente de lapalabra, a veces resulta casi embarazosa. Si uno le pide un cigarrillo, te obliga a aceptartodo el paquete. Y más allá de eso, existe generosidad en un sentido más profundo, unaverdadera amplitud de espíritu que he encontrado una y otra vez en las circunstanciasmenos promisorias. Algunos periodistas y otros extranjeros que viajaron por España handeclarado que, en el fondo, los españoles se sentían amargamente heridos por la ayudaextranjera. Sólo puedo decir que nunca observé nada por el estilo. Recuerdo que unos pocosdías antes de dejar los cuarteles, un grupo de hombres regresó del frente de permiso.Hablaban con excitación acerca de sus experiencias y manifestaban una fervorosaadmiración por las tropas francesas que habían luchado junto a ellos en Huesca. Losfranceses eran muy valientes, afirmaban, y agregaban entusiasmados: Más valientes quenosotros. Desde luego, manifesté mi desacuerdo, pero me explicaron que los francesessabían más sobre el arte de la guerra, eran más expertos en las granadas, las ametralladorasy demás. El comentario resulta significativo. Un inglés se cortaría una mano antes de deciralgo semejante.Los extranjeros que servían en la milicia empleaban su primera semana en aprender aamar a los españoles y en exasperarse ante algunas de sus características. En el frente, mipropia exasperación alcanzó algunas veces el nivel de la furia. Los españoles son buenospara muchas cosas, pero no para hacer la guerra. Los extranjeros se sienten consternadospor igual ante su ineficacia, sobre todo ante su enloquecedora impuntualidad. La únicapalabra española que ningún extranjero puede dejar de aprender es mañana. Toda vez queresulta humanamente posible, los asuntos de hoy se postergan para mañana; sobre esto,incluso los españoles hacen bromas. Nada en España, desde una comida hasta una batalla,tiene lugar a la hora señalada. Como regla general, las cosas ocurren demasiado tarde, pero,ocasionalmente -de modo que uno ni siquiera puede confiar en esa costumbre-, acontecendemasiado temprano. Un tren que debe partir a las ocho, normalmente lo hace en cualquiermomento entre las nueve y las diez, pero quizá una vez por semana, gracias a algúncapricho del maquinista sale a las siete y media. Tales cosas pueden resultar un poquitopesadas. En teoría, admiro a los españoles por no compartir la neurosis del tiempo, típica delos hombres del norte; pero, por desgracia, ocurre que yo mismo la comparto.Después de interminables rumores, mañanas y demoras, de pronto, con dos horas deanticipación, cuando todavía nos faltaba recibir buena parte del equipo, nos dieron la ordende partir hacia el frente. Hubo terribles tumultos en el depósito de intendencia ymuchísimos hombres tuvieron que irse con el equipo incompleto. Los cuarteles se poblaronsúbitamente de mujeres que parecían haber surgido de la nada y que ayudaban a sushombres a enrollar sus mantas y a preparar sus mochilas. Resultó bastante humillante queuna joven española, la esposa de William, el otro miliciano inglés, tuviera que enseñarme aponerme mi nueva cartuchera de cuero. Era una criatura amable, de ojos oscuros,intensamente femenina, que parecía destinada a pasarse la vida meciendo una cuna; sinembargo, había luchado valerosamente en las batallas callejeras de julio. En ese momentollevaba consigo un bebé, nacido justo diez meses después del estallido de la guerra y quequizá había sido concebido detrás de una barricada.El tren debía partir a las ocho, y eran más o menos las ocho y diez cuando losoficiales sudorosos y agotados lograron formarnos en el patio. Recuerdo con toda nitidez laescena: el vocerío y la excitación, las banderas rojas flameando a la luz de las antorchas, lasfilas de milicianos con las mochilas a la espalda y su manta al hombro; los ruidos de las
  9. 9. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot99botas y de las escudillas de hojalata; luego un retumbante y finalmente exitoso siseopidiendo silencio; y después un comisario político, de pie bajo un enorme estandarte rojo,dirigiéndonos un discurso en catalán. Por fin, nos condujeron hasta la estación por elcamino más largo -unos seis o siete kilómetros-, a fin de mostrarnos a toda la ciudad. En lasRamblas nos hicieron detener; mientras una banda prestada para la ocasión interpretaba unao dos melodías revolucionarias. Una vez más, la repetida historia del héroe vencedor: gritosy entusiasmo, banderas rojas y banderas rojinegras por doquier; multitudes cordialescubriendo las aceras para echarnos una mirada, mujeres saludando desde las ventanas. ¡Quénatural parecía todo entonces!, ¡cuán remoto e improbable ahora! El tren estaba tanabarrotado que casi no quedaba lugar en el suelo, por no hablar ya de los asientos. En elúltimo momento, la mujer de William vino corriendo por el andén y nos alcanzó una botellade vino y un poco de ese chorizo colorado que tiene gusto a jabón y produce diarrea. El trense puso en movimiento lentamente y salió de Barcelona en dirección a la meseta de Aragóna la velocidad normal en tiempo de guerra, algo menor de veinte kilómetros por hora.2Barbastro, si bien muy alejada de la línea del frente, tenía un aspecto lúgubre ydesolado. Grupos de milicianos de uniformes raídos vagaban por las calles de la ciudadtratando de preservarse del frío. En un muro ruinoso descubrí un cartel del año anterior enel que se anunciaba que «seis extraordinarios toros» serían matados en la arena tal día. ¡Quétristes eran sus pálidos colores! ¿Dónde estaban ahora los toros y los toreros? Ya ni enBarcelona había corridas. Por algún extraño motivo, los mejores matadores eran fascistas.Mi compañía fue enviada en camión a Siétamo, y luego hacia el oeste hastaAlcubierre, situada justo detrás del frente de Zaragoza. Siétamo había sido disputada tresveces antes de que los anarquistas terminaran por apoderarse de ella en octubre; la artilleríala había reducido en parte a escombros y la mayoría de las casas estaban marcadas por lasbalas. Nos encontrábamos a quinientos metros sobre el nivel del mar. El frío era riguroso ydensos remolinos de niebla parecían surgir de la nada. Entre Siétamo y Alcubierre, elconductor del camión se equivocó de camino (hecho corriente en la guerra) y anduvimosextraviados durante horas entre la niebla. Ya era de noche cuando llegamos a Alcubierre. Através de terrenos pantanosos, alguien nos guió hasta un establo de mulas, donde noshicimos un hueco sobre las granzas y no tardamos en quedarnos dormidos. Las granzas sonbastante buenas para dormir cuando están limpias, no tanto como el heno, pero siempremejor que la paja. Por la mañana descubrí que el lugar estaba lleno de migas de pan, trozosde periódicos, huesos, ratas muertas y latas vacías.Ya estábamos cerca del frente, lo bastante cerca como para sentir el olorcaracterístico de la guerra, según mi experiencia, una mezcla de excrementos y alimentosen putrefacción. Alcubierre no había sido bombardeada y su estado era mejor que el de lamayoría de las aldeas cercanas a la línea de fuego. Con todo, creo que ni siquiera entiempos de paz sería posible viajar por esa parte de España sin sentirse impresionado por lamiseria peculiar de las aldeas aragonesas. Están construidas como fortalezas: una masa decasuchas hechas de barro y piedras, apiñadas alrededor de la iglesia. Ni siquiera enprimavera se ven flores. Las casas no tienen jardines, sólo cuentan con patios donde flacas
  10. 10. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1010aves de corral resbalan sobre lechos de estiércol de mula. El tiempo era malo, con niebla ylluvia alternadas. Con el agua y el tránsito los estrechos caminos de tierra se habíanconvertido en barrizales, en algunas partes de medio metro de profundidad, por los que lasruedas de los camiones patinaban a gran velocidad y los campesinos conducían susdesvencijados carros tirados por hileras de mulas, a veces de hasta seis animales cada una.El constante ir y venir de las tropas había reducido la aldea a un estado de mugreindescriptible. Ésta no tenía ni había tenido nunca algo similar a un retrete o un albañal. Nohabía ni un solo centímetro cuadrado donde se pudiera pisar sin fijarse dónde se ponía elpie. Hacía ya mucho que la iglesia se utilizaba como letrina, y lo mismo ocurría con loscampos en medio kilómetro a la redonda. Al evocar mis primeros dos meses de guerra,nunca puedo evitar el recuerdo de las costras de excrementos que cubrían los bordes de losrastrojos.Transcurrieron dos días y aún no nos entregaban los fusiles. Después de visitar elComité de Guerra y observar la hilera de orificios en la pared -orificios producidos pordescargas de fusil, pues allí se ejecutó a varios fascistas- uno ya conocía todo lo que deinteresante contiene Alcubierre. El frente estaba evidentemente tranquilo, pues venían muypocos heridos. El principal motivo de excitación fue la llegada de desertores fascistas, aquienes se traía bajo custodia. Muchas de las tropas enfrentadas a nosotros en esta parte delfrente no eran en absoluto fascistas, sino desgraciados reclutas que estaban haciendo elservicio militar en el momento en que estalló la guerra y que sólo pensaban en escapar.Ocasionalmente, pequeños grupos de ellos trataban de llegar hasta nuestras líneas. Sinduda, muchos más lo habrían hecho si sus parientes no se hubieran encontrado en territoriofascista. Estos desertores eran los primeros fascistas «verdaderos» que yo veía. Mesorprendió que no hubiera entre ellos y nosotros ninguna diferencia, con la excepción deque usaban monos de color caqui. Siempre llegaban muertos de hambre, lo cual erabastante natural después de estar ocultos uno o dos días en tierra de nadie, pero en cadaoportunidad se señalaba ese hecho con tono triunfal como prueba de que las tropasenemigas estaban famélicas. Y en cierto modo constituían un espectáculo penoso: unmuchacho alto, de unos veinte años, de piel muy curtida por el viento, con la ropaconvertida en harapos, en cuclillas junto al fuego, engullía un plato de estofado a unavelocidad desesperada, mientras sus ojos recorrían nerviosamente el círculo de milicianosque lo observaban. Seguía creyendo, supongo, que éramos «rojos» sedientos de sangre yque lo fusilaríamos en cuanto hubiera terminado de comer. El miliciano armado que lovigilaba le acariciaba el hombro tranquilizadoramente. En cierto día memorable, quincedesertores llegaron de una sola tanda. Un individuo, montado en un caballo blanco, losconducía triunfalmente a través de la aldea. Me las ingenié para sacar una fotografía que -resultó bastante borrosa y que más tarde me robaron.En nuestra tercera mañana en Alcubierre llegaron los fusiles. Un sargento de rostrorudo y amarillento los distribuyó en el establo de mulas. Estuve a punto de desmayarmecuando vi el trasto que me entregaron. Era un máuser alemán fechado en 1896; ¡tenía másde cuarenta años! Estaba oxidado, tenía la guarnición de madera rajada y el cerrojo trabadoy el cañón corroído e inutilizable. La mayoría de los fusiles eran igual de malos, algunos deellos incluso peores, y no se hizo el menor intento de asignar las mejores armas a loshombres que sabían utilizarlas. El más eficaz de los fusiles, de sólo diez años deantigüedad, fue entregado a una bestezuela de quince años a quien todos conocían como el«maricón». El sargento dio cinco minutos de una «instrucción» que consistió en explicarcómo se carga el fusil y cómo se desarma el cerrojo. Muchos de los milicianos nuncahabían tenido un fusil en las manos, y supongo que muy pocos sabían para qué servía la
  11. 11. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1111mira. Se distribuyeron cartuchos, cincuenta por hombre; luego formamos fila, noscolocamos las mochilas a la espalda y partimos hacia el frente, situado a unos cincokilómetros.La centuria, ochenta hombres y varios perros, avanzó desordenadamente por lacarretera. Cada compañía de la milicia contaba por lo menos con un perro en calidad demascota. El desgraciado animal que marchaba con nosotros tenía marcadas a fuego lasiniciales POUM en letras enormes, y trotaba a nuestra vera como si tuviera conciencia deque su aspecto no era del todo normal. A la cabeza de la columna, junto a la bandera roja, elrobusto comandante belga, Georges Kopp, montaba un caballo negro; un poco másadelante, un jovenzuelo de la milicia montada hacía caracolear su caballo, subiendo algalope todas las cuestas y adoptando actitudes pintorescas en las partes más altas. Losespléndidos corceles de la caballería española, capturados en grandes cantidades alcomienzo de la revolución, fueron entregados a los milicianos, pero éstos parecíanempeñados en conducirlos a una rápida muerte por agotamiento.La carretera avanzaba entre campos yermos y amarillos, intactos desde la cosecha delaño anterior. Ante nosotros se levantaba la sierra baja situada entre Alcubierre y Zaragoza.Ya nos acercábamos al frente, a las granadas, las ametralladoras y el barro. Secretamente,sentía miedo. Sabía que la línea estaba tranquila en ese momento, pero, a diferencia de lamayoría de los hombres que me rodeaban, tenía edad suficiente como para recordar la GranGuerra, aunque no bastante como para haber luchado en ella. Para mí la guerra significabaestruendo de proyectiles y fragmentos de acero saltando por los aires; pero, por encima detodo, significaba lodo, piojos, hambre y frío. Es curioso, pero temía el frío mucho más queal enemigo. Este temor me había perseguido durante toda mi estancia en Barcelona; inclusohabía permanecido despierto durante las noches imaginando el frío de las trincheras, lasguardias en las madrugadas grises, las largas horas de centinela con un fusil helado, el barroque se deslizaba dentro de mis botas. Asimismo, admito que experimentaba una suerte dehorror al contemplar a los hombres junto a quienes marchaba. Resulta difícil concebir ungrupo más desastroso de gente. Nos arrastrábamos por el camino con mucha menoscohesión que una manada de ovejas; antes de avanzar cuatro kilómetros, la retaguardia dela columna se había perdido de vista. La mitad de esos llamados «hombres» eran criaturas,realmente criaturas, de dieciséis años como máximo. Sin embargo, todos se sentían felicesy excitados ante la perspectiva de llegar por fin al frente. A medida que nos acercábamos ala línea de fuego, los muchachos que rodeaban la bandera roja en la vanguardiacomenzaron a dar gritos de «¡Visca POUM!», «¡Fascistas maricones!» y otros por el estilo;gritos que tenían como fin dar una impresión agresiva y amenazadora pero que, al salir deesas gargantas infantiles, sonaban tan patéticos como el llanto de los gatitos. Parecíaincreíble que los defensores de la República fueran esa turba de chicos zarrapastrosos,armados con fusiles antiquísimos que no sabían usar. Recuerdo haberme preguntado si depasar un aeroplano fascista por el lugar, el piloto se hubiera molestado siquiera endescender y disparar su ametralladora. Sin duda, desde el aire podría haberse dado cuentade que estábamos lejos de ser verdaderos soldados.Cuando la carretera comenzó a internarse en la sierra, doblamos hacia la derecha ytrepamos por un estrecho sendero de mulas que ascendía por la ladera de la montaña. Enesa región de España las colinas tienen una formación curiosa, en forma de herradura, concimas planas y laderas muy empinadas que descienden hacia inmensos barrancos. En loslugares más altos no crece nada, excepto brezos y arbustos achaparrados entre los queasoman los huesos blancos de la piedra caliza. Allí el frente no era una línea continua detrincheras, lo cual hubiera resultado imposible en un terreno tan montañoso, sino
  12. 12. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1212simplemente una cadena de puestos fortificados, conocidos siempre como «posiciones»,colgados en la cumbre de cada colina. En la distancia podía verse nuestra «posición» en lacresta de la herradura: una barricada irregular de sacos de arena, una bandera roja ondeandoy el humo de las fogatas. Un poco más cerca, ya se percibía un hedor dulzón, nauseabundo,que se mantuvo en mis narices durante semanas. Inmediatamente detrás de la posición, enuna grieta, se habían arrojado los desperdicios de meses: un profundo y supurante lecho derestos de pan, excrementos y latas herrumbrosas.La compañía a la que relevábamos se encontraba recogiendo su equipo. Los hombreshabían permanecido en el frente durante tres meses; casi todos lucían largas barbas, teníanlos uniformes cubiertos de barro y las botas destrozadas. El capitán a cargo de la posiciónsalió arrastrándose de su refugio y nos saludó. Se llamaba Levinski, pero todos lo conocíanpor Benjamín, y aunque era un judío polaco hablaba francés como si fuera su lenguamaterna. Era un joven bajo, de unos veinticinco años, de cabello negro y recio y un rostropálido y ansioso, siempre sucio en ese periodo de la guerra. Unas pocas balas perdidassilbaban muy por encima de nuestras cabezas. La posición era un recinto semicircular deunos cincuenta metros de diámetro, con un parapeto construido en parte con sacos de arenay en parte con montones de piedra caliza. Había treinta o cuarenta refugios subterráneoscavados en el terreno como cuevas de ratas. William, su cuñado español y yo nos dejamoscaer en el más cercano y de aspecto habitable. En alguna parte del lado opuesto resonabaintermitentemente un fusil, produciendo extraños ecos entre las colinas. Acabábamos dedescargar los equipos y - nos arrastrábamos fuera del refugio cuando se produjo otrodisparo y uno de los chicos de nuestra compañía se abalanzó desde el parapeto con el rostrobañado en sangre. Al disparar su fusil, por algún motivo le había estallado el cerrojo. Lasesquirlas de la recámara le habían dejado el cuero cabelludo hecho jirones. Nos iniciábamoscon una baja, y, como se iba a hacer habitual, causada por nosotros mismos.Por la tarde hicimos nuestra primera guardia y Benjamín nos llevó a recorrer laposición. Frente al parapeto había un sistema de trincheras angostas, cavadas en la roca,con troneras muy primitivas hechas con pilas de piedra caliza. Doce centinelas estabanapostados en diversos puntos de la trinchera y por detrás del parapeto interior. Delante de latrinchera había alambradas, y luego la ladera descendía hacia un precipicio aparentementesin fondo; más allá se levantaban colinas desnudas, en ciertos lugares meros peñascosabruptos, grises e invernales, sin vida alguna, ni siquiera un pájaro. Espié cautelosamentepor la tronera, tratando de descubrir la trinchera fascista.-¿Dónde está el enemigo?Benjamín hizo un amplio gesto con la mano y en un inglés horrible me respondió:-Por allí.-Pero ¿dónde?De acuerdo con mis ideas sobre la guerra de trincheras, las fascistas debían de estar aunos cincuenta o cien metros. No podía ver nada; aparentemente, sus trincheras estabanmuy bien escondidas. Con gran pesar seguí la dirección que señalaba Benjamín: en la cimade la colina opuesta, al otro lado del barranco, por lo menos a unos setecientos metros, seveía el diminuto borde de un parapeto y una bandera roja y amarilla. ¡La posición fascista!Me sentí indescriptiblemente desilusionado: estábamos muy lejos de ellos y, a esa distancia,nuestros fusiles resultaban totalmente inútiles. Pero, en ese momento, se produjo una granconmoción: dos fascistas, figuritas grises en la distancia, ascendían torpemente la desnudaladera opuesta. Benjamín se apoderó del fusil que tenía más cerca, apuntó y apretó elgatillo. ¡Click! Un cartucho defectuoso; me pareció un mal presagio.
  13. 13. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1313Los nuevos centinelas no habían acabado de ocupar su puesto cuando comenzaron alanzar una terrible descarga contra nada en particular. Podía ver a los fascistas, diminutoscomo hormigas, moverse protegidos tras su parapeto, y a veces la manchita negra de unacabeza que se detenía por un instante, exponiéndose imprudentemente. Era evidente que notenía sentido disparar. No obstante, en ese momento el centinela de mi izquierda, en actitudtípicamente española, abandonó su puesto, se deslizó hasta mi sitio y comenzó a incitarmepara que lo hiciera. Traté de explicarle que a esa distancia y con esos fusiles era imposibleacertarle a nadie salvo por casualidad. Pero era un niño y siguió señalándome con el armahacia una de las manchitas y sonriendo tan ansiosamente como un perro que espera quearrojen la piedra que ha de ir a buscar. Finalmente, coloqué la mira a setecientos y tiré. Lamanchita desapareció. Confío en que pasara lo bastante cerca como para hacerle dar unrespingo. Era la primera vez en mi vida que disparaba un arma contra un ser humano.Ahora que conocía el frente me sentía profundamente asqueado. ¡A eso le llamabanguerra! ¡Si apenas se entraba en contacto con el enemigo! No me preocupé por mantener lacabeza por debajo del nivel de la trinchera. Poco más tarde, sin embargo, una bala pasójunto a mi oído con un desagradable silbido y se estrelló contra la protección trasera.Confieso que me zambullí. Toda la vida había jurado que no me agacharía la primera vezque una bala pasara sobre mi cabeza, pero el movimiento parece ser instintivo y casi todo elmundo lo hace, por lo menos una vez.3Cinco cosas son importantes en la guerra de trincheras: leña, comida, tabaco, velas yel enemigo. En invierno, en el frente de Zaragoza, eran importantes en ese orden, con elenemigo en un alejado último puesto. No siendo por la noche, durante la cual siempre cabíaesperar un ataque por sorpresa, nadie se preocupaba por el enemigo. Lo veíamos como aremotos insectos negros que ocasionalmente saltaban de un lado a otro. La verdaderapreocupación de ambos ejércitos consistía en combatir el frío.Debo decir, de paso, que durante mi permanencia en España tuve oportunidad depresenciar muy poca lucha. Estuve en el frente de Aragón desde enero hasta mayo, y entreenero y finales de marzo poco o nada ocurrió allí, excepto en Teruel. En marzo se produjouna lucha enconada en los alrededores de Huesca, pero yo desempeñé en ella un papel muyinsignificante. Más tarde, en junio, tuvo lugar el desastroso ataque contra Huesca en el que,en un solo día, murieron varios miles de hombres, pero yo había sido herido y meencontraba lejos cuando eso ocurrió. Las cosas que uno normalmente considera como loshorrores de la guerra rara vez me sucedieron. Ningún aeroplano dejó caer una bomba cercade mí, no creo que alguna granada haya explotado jamás a menos de diez metros de dondeme encontraba, y sólo una vez participé en una lucha cuerpo a cuerpo (debo decir que conuna vez hay de sobra). Desde luego, a menudo estuve bajo un pesado fuego deametralladora, pero por lo común a distancias muy grandes. Incluso en Huesca uno sehallaba por lo general a salvo, si tomaba precauciones razonables.Allí arriba, en las colinas que circundan Zaragoza, se trataba simplemente de lamezcla de aburrimiento e incomodidad inherentes a la fase estacionaria de la guerra. Unavida tan monótona como la de un empleado de ciudad, y casi tan regular. Montar guardia,patrullar; cavar; cavar, patrullar, montar guardia. En la cima de cada colina, fascista o leal,
  14. 14. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1414un conjunto de hombres sucios y andrajosos tiritaba en torno a su bandera y trataba deentrar en calor. Y durante todo el día y toda la noche, balas perdidas que erraban a través devalles desiertos y sólo por alguna improbable casualidad acababan alojándose en un cuerpohumano.A menudo solía contemplar el paisaje invernal y maravillarme de la futilidad de todo.¡Qué absurda era una guerra así! Un poco antes, por octubre, se había producido una luchasalvaje en esas colinas; luego, debido a la falta de hombres y armas, en particular deartillería, las operaciones a gran escala se tornaron imposibles, y ambos ejércitos seestablecieron y enterraron en las cimas ganadas. A la derecha teníamos una pequeñaavanzada, también del POUM, y una posición del PSUC en la estribación de la izquierda,frente a una colina más alta con varios puestos fascistas salpicados en sus crestas. Lallamada línea zigzagueaba de un lado a otro, siguiendo un dibujo que hubiera resultado deltodo ininteligible si cada posición no hubiese tenido una bandera. Las banderas del POUMy del PSUC eran rojas, la de los anarquistas, roja y negra; los fascistas hacían ondear, por logeneral, la bandera monárquica (roja, amarilla y roja), pero en ocasiones usaban la de laRepública (roja, amarilla y morada). Si se lograba olvidar que cada cumbre estaba ocupadapor tropas y, por lo tanto, cubierta de latas y excrementos, el escenario resultaba estupendo.A nuestra derecha, la sierra doblaba hacia el sudeste y se abría camino por el amplio yvenoso valle que se extiende hasta Huesca. En medio de la planicie se divisaban unos pocosy diminutos cubos que semejaban una tirada de dados; era la ciudad de Robres, en manosleales. Por la mañana, con frecuencia el valle se hallaba oculto por mares de nubes, entrelas cuales surgían las colinas chatas y azules, dando al paisaje un extraño parecido con unnegativo fotográfico. Más allá de Huesca había aún más colinas de formación idéntica,recorridas por estrías de nieve cuyo dibujo se alteraba día a día. A lo lejos, los monstruosospicos de los Pirineos, donde la nieve nunca se derrite, parecían emerger sobre el vacío.Abajo, en la planicie, todo semejaba desnudo y muerto. Las colinas situadas frente anosotros eran grises y arrugadas como la piel de los elefantes. El cielo estaba casi siemprevacío de pájaros. Creo que nunca conocí un lugar donde hubiera tan pocos pájaros. Losúnicos que vi en alguna ocasión fueron una especie de urraca, los pichones de perdices quenos sobresaltaban por la noche con su inesperado aleteo y, muy rara vez, los vuelos dealgunas águilas que se desplazaban lentamente en lo alto, seguidas por disparos de fusil queno las inquietaban lo más mínimo.Por la noche, y cuando había niebla, se enviaban patrullas al valle que mediaba entrenosotros y los fascistas. La tarea no gozaba de popularidad, pues hacía demasiado frío yresultaba muy fácil perderse; no tardé en descubrir que podía conseguir permiso paraintegrar la patrulla tantas veces como quisiera. En los enormes barrancos dentados no habíasenderos o huellas de ninguna especie; sólo podía encontrarse el camino haciendo viajessucesivos y fijándose en las pisadas frescas cada vez. A tiro de bala, el puesto fascista máscercano distaba del nuestro unos setecientos metros, pero la única ruta practicable tenía treskilómetros. Resultaba bastante divertido errar por los valles oscuros mientras las balasperdidas volaban sobre nuestras cabezas como gallinetas sibilantes. Para estas excursiones,más propicias que la noche eran las nieblas densas, que a menudo duraban todo el día ysolían aferrarse a las cimas de las colinas dejando libres los valles. Cuando uno seencontraba cerca de las líneas fascistas, tenía que arrastrarse a la velocidad de un caracol;era muy difícil moverse silenciosamente en esas laderas, entre los arbustos crujientes y lasruidosas piedras calizas. Hasta el tercer o cuarto intento no logré llegar hasta el enemigo.La niebla era muy espesa, y me deslicé hasta la alambrada: podía oír a los fascistas charlary cantar. Con gran alarma, advertí que varios de ellos descendían por la ladera en mi
  15. 15. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1515dirección. Me oculté detrás de un arbusto que de pronto me pareció muy pequeño, y traté deamartillar el fusil sin hacer ruido; por suerte, Se desviaron y no llegaron a verme. Al ladode mi escondite encontré varios restos de la lucha anterior: cartuchos vacíos, una gorra decuero con un agujero de bala, una bandera roja, evidentemente nuestra. La llevé de vuelta ala posición, donde fue convertida sin ningún sentimentalismo en trapos de limpieza.Me habían ascendido a cabo en cuanto llegamos al frente, y tenía a mi cargo unaguardia de doce hombres. No era una ventaja, especialmente al principio. La centuria erauna turba no adiestrada compuesta en su mayoría por adolescentes. De tanto en tanto, unose encontraba con criaturas de hasta once o doce años, por lo común refugiados delterritorio fascista que se habían alistado en la milicia como la manera más fácil deasegurarse el sustento. Por lo general, eran empleados en la retaguardia para tareas livianas,pero a veces se las ingeniaban para escurrirse hasta el frente, donde constituían unaamenaza pública. Recuerdo que una de estas bestezuelas arrojó en broma una granada en elfuego encendido de un refugio. En Monte Pocero creo que nadie tenía menos de quinceaños, pero la edad promedio debe de haber estado muy por debajo de veinte. Losmuchachos de esta edad nunca deberían ser enviados al frente, porque no pueden soportarla falta de sueño que es inseparable de la guerra de trincheras. Al comienzo resultaba casiimposible mantener vigilada nuestra posición de la forma adecuada por la noche. Paradespertar a los desgraciados chicos de mi sección había que sacarlos de sus refugios con lospies por delante, y en cuanto uno volvía la espalda abandonaban sus puestos y se buscabanun lugar resguardado, o bien, a pesar del riguroso frío, se apoyaban contra la pared de latrinchera y se quedaban completamente dormidos. Por suerte, el enemigo nunca se mostrómuy emprendedor. Había noches en que me parecía que nuestra posición podía ser arrasadapor veinte boy scouts armados con rifles de aire comprimido o veinte girl scouts armadascon raquetas.En esa época y hasta mucho más tarde, el sistema en que se basaban las miliciascatalanas seguía siendo el mismo que al comienzo de la guerra. En los primeros días dellevantamiento de Franco, las milicias habían sido apresuradamente organizadas por losdiversos sindicatos y partidos políticos; cada una constituía en esencia una organizaciónpolítica, fiel a su partido tanto como al gobierno central. En 1937, cuando se formó elEjército Popular que era un cuerpo «no político», organizado según criterios más o menoscorrientes, las milicias partidistas quedaron teóricamente incorporadas a él. Pero durantemucho tiempo los únicos cambios introducidos fueron teóricos: las tropas del nuevoEjército Popular llegaron al frente de Aragón en junio, y hasta ese momento el sistema demilicias permaneció invariable. El rasgo esencial del sistema era la igualdad social entreoficiales y soldados. Todos, desde el general hasta el recluta, recibían la misma paga,comían los mismos alimentos, llevaban las mismas ropas y se trataban en términos decompleta igualdad. Si a uno se le ocurría palmear al general que comandaba la división ypedirle un cigarrillo, podía hacerlo y a nadie le resultaba extraño. Por lo menos en teoría,cada milicia era una democracia y no una organización jerárquica. Se daba por sentado quelas órdenes debían obedecerse, pero también que una orden se daba de camarada acamarada y no de superior a inferior. Había oficiales con y sin mando, pero no un escalafónmilitar en el sentido usual; no había ni distintivos ni galones, ni taconazos ni saludosreglamentarios. Dentro de las milicias se intentó crear una especie de modelo provisional dela sociedad sin clases. Desde luego, no existía una perfecta igualdad, pero era lo másaproximado a ella que yo había conocido o que me hubiera parecido concebible en tiempode guerra.
  16. 16. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1616No obstante, admito que, a primera vista, el estado de cosas en el frente me horrorizó.¿Cómo demonios podía ganar la guerra un ejército así? Todo el mundo se hacía esapregunta que, si bien era justa, también resultaba gratuita, pues en esas circunstancias, lasmilicias no podían ser mucho mejores de lo que eran. Un ejército mecanizado moderno nobrota de la tierra y, si el gobierno hubiera esperado hasta contar con tropas adiestradas,nunca habría podido hacer frente al fascismo. Más tarde se puso de moda criticar lasmilicias y sostener que los fallos debidos a la falta de armas y de adiestramiento eran elresultado del sistema igualitario. En realidad, una leva recién reclutada de milicianosconstituía una turba indisciplinada, no porque los oficiales llamaran «camaradas» a losreclutas, sino porque las tropas novatas siempre son una turba indisciplinada. En la práctica,el tipo «revolucionario» democrático de disciplina merece más confianza del que cabríaesperar. En un ejército de trabajadores, la disciplina es teóricamente voluntaria, se basa enla lealtad de clase; mientras que la disciplina de un ejército burgués de reclutas se basa, enúltima instancia, en el miedo. (El Ejército Popular que reemplazó a las milicias ocupabauna posición intermedia entre ambos tipos.) En las milicias, el atropello y el abusoinherentes a un ejército corriente no se hubieran tolerado ni por un instante. Los castigosmilitares normales existían, pero sólo se aplicaban en los casos de delitos muy graves.Cuando un hombre se negaba a obedecer una orden, no se le castigaba de inmediato:primero se apelaba a su espíritu de camaradería. Una persona cínica, sin experiencia demando, podrá afirmar sin demora que esto no puede «funcionar» jamás, pero lo cierto esque «funciona».La disciplina de incluso las peores levas de la milicia mejoró notablemente a medidaque transcurría el tiempo. En enero, la tarea de dirigir una docena de reclutas novatos casime hizo encanecer. En mayo, actué durante un breve período como teniente, al mando deunos treinta hombres, ingleses y españoles. Todos habíamos estado en el frente durantemeses, y nunca tuve la más mínima dificultad para conseguir que obedecieran una orden ose ofrecieran voluntariamente para una tarea peligrosa. La disciplina revolucionariadepende de la conciencia política, de la comprensión de por qué deben obedecerse lasórdenes; necesita tiempo para formarse, pero también se necesita tiempo para convertir a unhombre en un autómata dentro del cuartel. Los periodistas que se burlaban del sistema demilicias pocas veces recordaban que éstas tuvieron que contener al enemigo mientras elEjército Popular se adiestraba en la retaguardia. Y el mero hecho de que las milicias hayanpermanecido en el frente constituye un tributo a la fuerza de la disciplina revolucionaria,pues hasta junio de 1937 lo único que las retuvo allí fue la lealtad de clase. Se podía fusilara los desertores individuales, y eso es lo que se hacía ocasionalmente, pero si un millar dehombres decidiera abandonar el frente, ninguna fuerza podría detenerlos. Un ejército dereclutas en las mismas circunstancias y sin una policía militar para vigilarlos hubieraretrocedido. Las milicias en cambio defendieron sus posiciones. Dios sabe que obtuvieronmuy pocas victorias, pero las deserciones individuales no fueron comunes. En cuatro ocinco meses en la milicia del POUM sólo supe de cuatro desertores, y dos de ellos eran casiseguro espías que se habían alistado para obtener información. Al comienzo, el aparentecaos, la falta general de adiestramiento, el hecho de que a menudo uno debía discutirdurante cinco minutos para conseguir que se obedeciera una orden me espantaban y meenfurecían. Tenía ideas típicas del ejército británico, y ciertamente las milicias españolaseran bastante diferentes del ejército británico. Pero, considerando las circunstancias, eranmejores tropas de lo que se tenía derecho a esperar.Y mientras tanto, la leña, siempre la leña. Durante todo ese período, probablementeno haya ninguna anotación en mi diario donde no se mencione la leña o, mejor dicho, la
  17. 17. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1717falta de ella. Nos encontrábamos entre unos seiscientos y novecientos metros por encimadel nivel del mar, estábamos en pleno invierno y el frío era inenarrable. La temperatura noera excepcionalmente baja, muchas noches ni siquiera helaba, y el sol invernal brillaba amenudo durante una hora al mediodía, pero se pasaba mucho frío. A veces soplaban vientosululantes que nos arrancaban la gorra y nos hacían volar el cabello en todas direcciones,nieblas que se introducían en la trinchera como un líquido y parecían penetrar hasta loshuesos; llovía con frecuencia, y un cuarto de hora de lluvia bastaba para que lascondiciones se tornaran insoportables. La delgada capa de tierra por encima de la piedra notardaba en convertirse en una pasta resbaladiza y, como siempre se caminaba sobrependiente, resultaba imposible conservar el equilibrio. En las noches oscuras a menudo mecaía media docena de veces en menos de veinte metros; esto era peligroso, pues el segurodel fusil podía atascarse con el barro. Durante varios días seguidos la ropa, las botas, lasmantas y las armas se quedaban embarradas. Yo había llevado tanta ropa de abrigo comopude, pero muchos carecían de lo esencial. Para toda la guarnición, unos cien hombres, sólohabía doce capotes, que los centinelas se pasaban unos a otros, y la mayoría contabaúnicamente con una manta. Una noche helada hice en mi diario una lista de las prendas quetenía puestas. Resulta interesante recordarla para mostrar la cantidad de ropa que un cuerpohumano puede soportar. Llevaba un chaleco grueso y pantalones, una camisa de franela,dos jerséis, una chaqueta de lana, otra de cuero, pantalones de pana, calcetines gruesos,polainas, botas, un pesado capote, una bufanda, guantes forrados y gorra de lana. Noobstante, temblaba como una hoja. Pero admito que soy particularmente sensible al frío.La leña era lo que realmente importaba. Y representaba todo un problema, porqueprácticamente no había. Nuestra miserable montaña no había tenido mucha vegetación nien sus mejores momentos, y durante meses había sido arrasada por congelados milicianos,con el resultado de que todo aquello que fuera más grueso que un dedo había sido quemadohacía ya mucho tiempo. Cuando no estábamos comiendo, durmiendo, de guardia ohaciendo alguna faena, recorríamos el valle en busca de combustible. Recuerdo que nosarrastrábamos por pendientes casi verticales, sobre la áspera piedra caliza que nosdestrozaba las ropas, para arrojarnos ávidamente sobre diminutas ramitas. Tres hombres,buscando un par de horas, podían recoger bastante combustible como para un fuego de unahora. Nuestras búsquedas de leña nos transformaron en expertos botánicos. Clasificábamos,de acuerdo con sus posibilidades de combustión, las plantas que crecían en las laderas: lasdiversas clases de brezos y hierbas que servían para prender el fuego, pero ardían sólo unospocos minutos; el romero silvestre y los pequeños arbustos de retama que ardían cuando elfuego estaba ya bien encendido; el roble enano, más pequeño que un arbusto de grosellas yprácticamente incombustible. Había un tipo de caña seca que resultaba muy útil paraencender el fuego, pero sólo crecía en la colina situada a la izquierda de la posición y paraconseguirla había que hacer frente a las-balas. Si los soldados fascistas al mando de lasametralladoras te veían, te dedicaban todo un tambor de munición. Por lo general,apuntaban demasiado alto y las balas cantaban como pájaros por encima de nuestrascabezas, pero a veces se estrellaban a nuestras espaldas y hacían saltar trocitos de roca auna distancia desagradablemente corta, provocando que nos tirásemos cuerpo a tierra. Noobstante, luego proseguíamos con la recogida de cañitas; nada tenía tanta importancia comola leña.Comparadas con el frío, las otras molestias parecían insignificantes. Desde luego,todos estábamos permanentemente sucios. El agua que bebíamos, al igual que losalimentos, se traía en mulas desde Alcubierre, y la porción diaria correspondiente a cadahombre no llegaba a un litro. Era un líquido repugnante, apenas más transparente que la
  18. 18. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1818leche, y sólo debía utilizarse para beber, pero yo siempre robaba un poco para lavarme porla mañana. Solía lavarme un día y afeitarme al siguiente: el agua nunca alcanzaba paraambas cosas a la vez. La posición tenía un hedor nauseabundo, y fuera del pequeño recintode la barricada había excrementos por todas partes. Algunos milicianos tenían porcostumbre defecar en la trinchera, lo cual no resultaba nada grato cuando había querecorrerla a oscuras. La suciedad, sin embargo, nunca me preocupó. La gente hacedemasiado alboroto en torno a la suciedad. Resulta sorprendente comprobar con cuántarapidez es posible acostumbrarse a no usar pañuelo y a comer en el mismo recipiente enque uno se lava. El hecho de dormir con la ropa que se ha usado durante el día también dejóde ser penoso al cabo de poco tiempo. Desde luego, era imposible quitarse la ropa por lanoche, y en especial las botas: había que estar listo para presentarse instantáneamente encaso de ataque. En ochenta noches me desvestí sólo tres veces, si bien me las ingenié endiversas ocasiones para quitarme la ropa durante el día. Hacía demasiado frío como paraque hubiera piojos, pero las ratas y los ratones abundaban. A menudo se dice que no seencuentran ratas y ratones en el mismo lugar, pero ello no es cierto cuando hay bastantecomida para ambos.En otros aspectos nuestra situación no era tan mala. La comida era bastantesatisfactoria y abundaba el vino. Los cigarrillos seguían distribuyéndose a razón de unpaquete diario, los fósforos se entregaban día por medio y las velas se repartían conregularidad. Éstas eran muy delgadas, como las que suelen verse en un pastel de Navidad, yse suponía que procedían de las iglesias. Cada puesto de la trinchera recibía diariamentetres pulgadas de vela, cantidad que duraba unos veinte minutos. En esa época todavía sepodía comprar velas, y yo había traído conmigo una buena cantidad.Más tarde, la falta de fósforos y velas convirtió nuestra vida en una tortura. Uno nocomprende la importancia de estas cosas hasta que carece de ellas. En una alarma nocturna,por ejemplo, cuando todo el mundo busca a tientas un fusil pisando a los vecinos, laposibilidad de encender una luz puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.Cada miliciano contaba con una yesca y varios metros de mecha amarilla, elementos que,después del fusil, constituían su posesión más importante. Estas yescas tienen la enormeventaja de que pueden encenderse aunque sople viento, pero arden sin llama, por lo cual nosirven para hacer fuego. Cuando la carencia de fósforos alcanzó su punto culminante, laúnica forma de conseguir una llama consistía en sacar la bala del cartucho y encender lacordita con una yesca.Era una vida extraordinaria la que llevábamos, una manera extraordinaria de estar enguerra, si puede hablarse de guerra. Toda la milicia protestaba contra la inactividad yclamaba constantemente por saber por que no se nos permitía atacar. Pero resultabaperfectamente obvio que no habría ninguna batalla durante mucho tiempo, a menos que elenemigo la iniciara. Georges Kopp se mostró muy franco con nosotros en sus girasperiódicas de inspección. «Esto no es una guerra», solía decir, «es una ópera cómica conalguna muerte ocasional». En realidad, el estancamiento en el frente de Aragón obedecía acausas políticas que yo ignoraba por completo en esa época, pero las dificultades puramentemilitares, aparte de la falta de reservas de hombres, resultaban evidentes.Para empezar, hay que tener en cuenta la naturaleza de la región. La línea del frente,la nuestra y la de los fascistas, estaba ubicada en posiciones con enormes proteccionesnaturales, a las que por lo general sólo era posible aproximarse desde un costado. Basta concavar unas pocas trincheras para que tales lugares estén a cubierto de la infantería, salvoque ésta sea abrumadoramente numerosa. En nuestra posición o en la mayoría de las quenos rodeaban, una docena de hombres con dos ametralladoras podrían haber contenido a
  19. 19. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot1919todo un batallón. Ubicados como estábamos en las cimas de las colinas, constituíamosblancos perfectos para la artillería, pero no había artillería. A veces me ponía a contemplarel paisaje y ansiaba -con qué pasión!- tener un par de baterías de cañones. Las posicionesenemigas se podrían haber destruido una tras otra con la misma facilidad con que se partennueces con un martillo. Pero sencillamente no contábamos con un solo cañón. Los fascistaslograban a veces traer uno o dos de Zaragoza y hacer unos pocos disparos, tan pocos quenunca calcularon siquiera la distancia y los proyectiles se hundían inocuamente en losbarrancos vacíos. Frente a ametralladoras y sin artillería sólo pueden hacerse tres cosas:permanecer en refugios cavados a una distancia segura, digamos cuatrocientos metros;avanzar a campo abierto y ser masacrados, o realizar ataques nocturnos en pequeña escalaque no modifican la situación general. En la práctica, la alternativa es estancamiento osuicidio.Y a todo esto había que añadir la carencia de material de guerra de todo tipo. Senecesita un cierto esfuerzo para comprender lo mal armadas que estaban las milicias en esaépoca. Cualquier escuela OTC de Inglaterra se parecía mucho más a un ejército modernoque nosotros. El mal estado de nuestras armas era tan increíble que vale la pena describirloen detalle.Toda la artillería asignada a este sector del frente consistía en cuatro morteros detrinchera con quince cargas cada uno. Desde luego, eran demasiado valiosos como para serutilizados, por lo cual eran guardados en Alcubierre. Había ametralladoras en la proporciónaproximada de una por cada cincuenta hombres; eran armas viejas, pero bastante precisashasta una distancia de trescientos a cuatrocientos metros. Aparte de esto, sólo contábamoscon nuestros fusiles, la mayoría de los cuales sólo valían como hierro viejo. Se utilizabantres tipos de fusil. Uno era el máuser largo; casi todos con más de veinte años deantigüedad, con miras tan útiles como un velocímetro roto y la estría completamenteoxidada. A pesar de ello, uno de cada diez no funcionaba del todo mal. Luego teníamos elmáuser corto, o mosquetón, que es en realidad un arma de caballería. Gozaba de mayorpopularidad que los otros porque era más liviano, estorbaba menos en la trinchera y,también, porque era comparativamente nuevo y parecía más eficaz. En verdad, se trataba dearmas casi inútiles. Estaban hechas con partes de otras armas, ningún cerrojo correspondíaa su fusil, y podía darse por descontado que el setenta y cinco por ciento dejaba defuncionar después de cinco tiros. También había unos pocos winchester, muy cómodos demanejo, pero enormemente imprecisos y que había que cargar después de cada tiro, puestoque no se disponía de los cargadores correspondientes. Las municiones eran tan escasas quecada recién llegado apenas recibía cincuenta cargas, la mayoría de ellas de muy malacalidad. Los cartuchos de fabricación española eran todos usados y vueltos a cargar yatascaban el mejor de los fusiles. En cambio, los mexicanos eran superiores, por lo cualeran reservados para las ametralladoras. La mejor munición era la de origen alemán, perocomo ésta provenía únicamente de los prisioneros y desertores, no abundaba demasiado. Yotenía siempre en el bolsillo un paquete de cartuchos alemanes o mexicanos para utilizar encaso de emergencia. Pero, en la práctica, si se llegaba a producir una emergencia, casinunca disparaba mi fusil: tenía demasiado miedo de que se trabara aquel maldito trasto yquería reservar por lo menos una carga que disparase de verdad. No teníamos cascos nibayonetas, carecíamos de revólveres o pistolas y no había más que una granada por cadacinco o diez hombres. La granada utilizada en esa época era un objeto terrorífico conocidocomo «granada FM», inventada por los anarquistas en los primeros días de la guerra. Sebasaba en el principio de una bomba Milís, pero la palanca no estaba sostenida por unseguro, sino por un trozo de cinta adhesiva. Al arrancar la tira había que librarse de ella a la
  20. 20. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2020mayor velocidad posible. Se decía que estas granadas eran «imparciales»: mataban tanto alenemigo como a quien las arrojaba. Disponíamos de varios tipos más, incluso másprimitivos, pero probablemente algo menos peligrosos... para el que tiraba, por supuesto.Hasta finales de marzo no vi una granada digna de tal nombre.A la escasez de armas se sumaba la de todos los otros elementos de importancia enuna guerra. No teníamos mapas ni planos, por ejemplo. En España nunca se había hecho unregistro cartográfico completo, y los únicos mapas detallados de esa zona eran los viejosmapas militares, casi todos en poder de los fascistas. No contábamos con telémetros,telescopios, periscopios, prismáticos - excepto unos pocos de propiedad privada-, luces deBengala o Veri, tenazas para cortar las alambradas, herramientas de armero, ni tampocosiquiera con material de limpieza. Los españoles no parecían haber oído hablar nunca deuna baqueta y me observaron sorprendidos mientras yo la fabricaba. Cuando uno queríalimpiar el fusil, lo llevaba al sargento, quien poseía una larga varilla de latóninvariablemente torcida que, por lo tanto, raspaba el cañón. Ni siquiera había aceite para lasarmas. Eran lubricadas con aceite de oliva, cuando se podía conseguir. En distintasocasiones tuve que engrasar el mío con vaselina, con crema para el cutis y hasta con tocino.Además, no teníamos faroles ni linternas. Creo que en todo nuestro sector no había nadaparecido a una linterna eléctrica, y el sitio más cercano donde se podía conseguir una eraBarcelona, y eso no sin dificultades.A medida que transcurría el tiempo y los aislados disparos de fusil resonaban entrelas colinas, comencé a preguntarme con creciente escepticismo si alguna vez ocurriría algoque proporcionara un poco de vida, o más bien un poco de muerte, a esa extravaganteguerra. Luchábamos contra la pulmonía, no contra hombres. Cuando las trincheras estánseparadas por más de quinientos metros, nadie resulta herido si no es por casualidad. Desdeluego, había bajas, pero en su mayoría no eran causadas por el enemigo. Si la memoria nome engaña, los primeros cinco heridos que vi en España debían sus lesiones a nuestraspropias armas, y no quiero decir que fueran intencionadas, desde luego, sino producto de unaccidente o descuido. Nuestros gastados fusiles constituían un verdadero peligro. Algunosde ellos dejaban escapar el tiro si la culata se golpeaba contra el suelo; vi un hombre con lamano atravesada por un proyectil a causa de este defecto. Y en la oscuridad, los reclutasnovatos se tiroteaban continuamente entre sí. Cierta vez, cuando todavía no era nochecerrada, un centinela me disparó desde una distancia de veinte metros, y me erró por uno.Quién sabe cuantas veces la mala puntería española me salvó la vida. En otra ocasión, alsalir de patrulla en medio de la niebla, tomé la precaución de avisar de antemano al jefe dela guardia. Al regresar, tropecé contra un arbusto; el centinela comenzó a gritar que losfascistas se acercaban y tuve el placer de oír al jefe de la guardia ordenar que dispararan sindemora. Por supuesto, me mantuve echado y las balas pasaron por encima sin lastimarme.No hay nada que pueda convencer a un español, sobre todo a un español joven, de que lasarmas de fuego son peligrosas. Cierta vez, poco después del episodio Anterior, meencontraba fotografiando a unos soldados encargados de una ametralladora, que apuntabadirectamente hacia mí.-No tiréis -dije en tono de broma, mientras enfocaba la cámara.-Oh no, no tiraremos.Un segundo después oí fuertes estampidos y numerosas balas pasaron tan cerca de micara que unos granos de cordita me irritaron la mejilla. No hubo mala intención y a losmilicianos les pareció una estupenda broma. Unos pocos días antes habían visto a un pobreconductor de mulas accidentalmente muerto de cinco balazos por un delegado político quehacía el payaso con una pistola automática.
  21. 21. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2121Las difíciles contraseñas que la milicia utilizaba en esa época constituían otra fuentede peligros. Se trataba de complicadas consignas dobles en las cuales era necesarioresponder a una palabra con otra. Por lo general tenían un acento afirmativo yrevolucionario, tal como cultura-progreso, o seremos-invencibles, y a menudo resultabaimposible conseguir que los centinelas analfabetos recordaran estas palabras altisonantes.Recuerdo que una noche la contraseña era Cataluña- heroica, y un joven campesino derostro redondo, llamado Jaime Doménech, se me acercó, muy desconcertado, y me pidióque le explicara:-Heroica... ¿Qué quiere decir heroica?Le expliqué que era sinónimo de valiente. Poco después avanzaba tropezando por latrinchera a oscuras cuando el centinela le gritó:-¡Alto! ¡Cataluña!-¡Valiente! -respondió Jaime, seguro de recordar la palabra exacta.-¡Bang!Afortunadamente, el centinela erró. En esta guerra, todo el mundo le erraba a todo elmundo, siempre que fuera humanamente posible.4Hacía unas tres semanas que estábamos en el frente, cuando llegó a Alcubierre uncontingente de veinte o treinta hombres enviados desde Inglaterra por el ILP [PartidoLaborista Independiente], y como se decidió que los ingleses estuviéramos juntos en estefrente, a William y a mí nos llevaron donde ellos. Nuestra nueva posición estaba situada enMonte Oscuro, varios kilómetros hacia el oeste y a la vista de Zaragoza.La posición estaba encaramada en una especie de cresta afilada de piedra caliza, concuevas cavadas horizontalmente en el risco como nidos de golondrinas. Aquéllas seprolongaban increíblemente en la roca, eran muy oscuras y tan bajas que no se podíarecorrerlas ni siquiera de rodillas. En los picos situados a nuestra izquierda había otras dosposiciones del POUM, una de las cuales constituía un objeto de fascinación para todos loshombres de la línea de fuego, pues allí se encargaban de la cocina tres milicianas. Estasmujeres no eran precisamente hermosas, pero se consideró conveniente aislarlas de loshombres de otras compañías. Quinientos metros a nuestra derecha, en la curva orientadahacia Alcubierre, en el lugar donde el camino estaba en poder de los fascistas, había unpuesto del PSUC. Por la noche podíamos ver las lámparas de nuestros camiones deabastecimiento provenientes de Alcubierre y, al mismo tiempo, las de los fascistas quevenían de Zaragoza. A unos veinte kilómetros hacia el sudoeste también Zaragoza eravisible: una delgada hilera de luces como ojos de buey de un barco iluminado. Las tropasdel gobierno la contemplaban en la distancia desde 1936, y siguen contemplándola todavía.Nosotros éramos unos treinta (incluido Ramón, un español, cuñado de William), yademás una docena de españoles encargados de las ametralladoras. Aparte de una o dosexcepciones inevitables -como es bien sabido, la guerra atrae mucha gentuza- los inglesesconstituían un grupo excepcionalmente bueno, tanto física como mentalmente. Quizá elmejor de todos era Bob Smillie, nieto del famoso dirigente minero, y que más tardeencontró una muerte tan perversa y absurda en Valencia. Dice mucho en favor del carácterespañol el hecho de que los ingleses y los españoles siempre se llevaran bien, a pesar de la
  22. 22. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2222dificultad idiomática. Descubrimos que todos los españoles conocían dos expresionesinglesas: una era «OK, baby»; y la otra, una palabra utilizada por las prostitutas deBarcelona en su trato con los marineros ingleses y que me temo que los cajistas se negaríana imprimir.Una vez más, en el frente no ocurría nada, exceptuando alguna bala esporádica y,muy rara vez, el estrépito de un mortero fascista que nos hacía correr hasta la trinchera másalta para ver contra qué colina se estrellaban los proyectiles. Aquí el enemigo estaba algomás cerca, quizá a unos trescientos o cuatrocientos metros. La posición más próximaquedaba exactamente frente a la nuestra, con un nido de ametralladoras cuyas troneras muya menudo nos tentaban a desperdiciar cartuchos. Los fascistas rara vez molestaban condisparos de fusil, pero enviaban en cambio nutridas ráfagas de ametralladora contracualquier miliciano que se dejara ver. Con todo, transcurrieron más de diez días hasta quetuvimos nuestra primera baja. Las tropas situadas delante de nosotros eran españolas pero,según los desertores, había algunos oficiales alemanes sin mando. Tiempo atrás estuvierontambién los moros -¡pobres diablos, cómo deben de haber sufrido el frío!-, pues en la tierrade nadie todavía quedaba el cadáver de un moro que constituía una de las curiosidades dellugar. Aproximadamente a dos o tres kilómetros a nuestra izquierda, la línea del frente seinterrumpía y comenzaba una extensión de terreno, muy baja y cubierta de espesavegetación, que no pertenecía ni a los fascistas ni a nosotros. Ambos bandos solían realizarallí patrullas diurnas. Aquello no estaba mal como entrenamiento para boy scouts. Yonunca vi una patrulla fascista a una distancia menor de varios cientos de metros. Despuésde mucho reptar era posible atravesar en parte las líneas fascistas e incluso ver la granjadonde ondeaba la bandera monárquica y que hacía las veces de cuartel general. De cuandoen cuando disparábamos nuestras armas y luego nos poníamos a cubierto antes de que lasametralladoras nos pudieran localizar. Espero que hayamos roto al menos algunas ventanas,pero con tales fusiles y desde más de ochocientos metros uno no podía estar seguro deacertarle ni siquiera a una casa.El tiempo casi siempre era frío y claro; a veces brillaba el sol al mediodía, perosiempre hacía frío. Por todas partes, sobre las laderas, se veían asomar los brotes verdes delazafrán o el lirio silvestre. La primavera se aproximaba, evidentemente, aunque con muchalentitud. Las noches eran más frías que nunca. Durante la madrugada, cuando volvíamos dela guardia, solíamos reunir lo que quedaba del fuego de la cocina y nos parábamos sobre lasbrasas al rojo. Era malo para las botas, pero muy bueno para los pies. Sin embargo, habíaamaneceres en que el espectáculo de la aurora entre los cerros casi nos hacía alegrarnos deno estar en la cama a esas horas desapacibles. No me gusta la montaña, ni siquiera comoespectáculo. Sin embargo, aunque uno hubiera estado despierto toda la noche, con laspiernas adormecidas hasta la rodilla, y supiera que no había ninguna esperanza de comerdurante otras tres horas, a veces valía la pena contemplar la aurora que surgía detrás de lascolinas, las primeras estrechas vetas de oro que como espadas atravesaban la oscuridad, yluego la luz creciente y los mares de nubes carmesíes alargándose hasta distanciasinconcebibles. En el curso de esa campaña vi amanecer más veces que durante toda mi vidaanterior, y que en la que me queda, espero.Nos faltaban hombres allí, lo cual significaba guardias más prolongadas y mucha másfatiga. Yo comenzaba a sentir la falta de sueño, que resulta inevitable incluso en la mástranquila de las guerras. Aparte de las guardias y las patrullas había constantes alarmasnocturnas. De cualquier manera, no se puede dormir bien en un horrible agujero cavado enla tierra, con los pies doloridos de frío. Durante mis primeros tres o cuatro meses en elfrente no creo haber pasado más de una docena de días enteros sin dormir; pero también es
  23. 23. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2323cierto que no llegué a dormir una docena de noches sin interrupción. Veinte o treinta horasde sueño por semana representaban una cantidad bastante normal. Los efectos de este tipode vida no eran tan malos como podría esperarse; uno llegaba a sentirse bastante estúpido, yla tarea de subir y bajar por las laderas se tornaba cada día más difícil, pero nos sentíamosrelativamente bien y estábamos constantemente hambrientos, tremendamente hambrientos.Cualquier comida nos parecía sabrosa, hasta las eternas judías que todos en Españaterminamos por odiar. El agua era muy escasa y nos llegaba desde lejos a lomos de mulas ode sufridos burritos. Por algún motivo, los campesinos de Aragón trataban bien a las mulas,pero muy mal a los burros. Si un burro se negaba a avanzar era normal patearle lostestículos. Había cesado ya el reparto de velas y los fósforos escaseaban. Los españoles nosenseñaron a hacer lámparas de aceite de oliva con una lata de leche condensada, unacápsula de cartucho y un pedazo de trapo. Cuando teníamos aceite de oliva, lo cual no erafrecuente, estos objetos ardían con una llama vacilante, de un poder equivalente a un cuartode vela, que alcanzaba apenas para encontrar el fusil.Parecía no haber ninguna esperanza de una verdadera lucha. Cuando abandonamosMonte Pocero, conté mis cartuchos y así comprobé que, en casi tres semanas, sólo habíadisparado tres veces contra el enemigo. Se dice que hacen falta mil balas para matar a unhombre y, a ese paso, transcurrirían veinte años antes de que matara a mi primer fascista.En Monte Oscuro, las líneas estaban más cercanas y se disparaba con mayor frecuencia,pero estoy razonablemente seguro de que nunca le acerté a nadie. De hecho, en este frente ydurante este período de la guerra la verdadera arma no era el fusil, sino el megáfono.Imposibilitados de matar al enemigo, le gritábamos. Este método bélico es tanextraordinario que requiere una explicación.En todos los puntos donde las líneas de fuego se encontraban a una distancia quepermitiera oírse, se producían frecuentes griteríos de trinchera a trinchera. Desde la nuestrase oía: «¡Fascistas, maricones!». Desde la trinchera fascista: «¡Viva España! ¡ VivaFranco!»; o bien, cuando sabían que entre nosotros había algunos ingleses: «¡Largaos avuestra casa, ingleses! ¡Aquí no queremos extranjeros!». En el bando gubernamental, en lasmilicias partidistas, el método de hacer propaganda a gritos para socavar la moral delenemigo se había convertido ya en una verdadera técnica. En todas las posicionesadecuadas, algunos hombres, por lo general los encargados de las ametralladoras, recibíanórdenes de dedicarse a gritar y eran provistos de megáfonos. Preferentemente gritabanfrases hechas, plenas de intenciones revolucionarias, para explicar a los soldados fascistasque eran meros lacayos del capitalismo internacional, que luchaban contra su propia clase,etcétera, etcétera, e incitarlos a pasarse a nuestro lado. Sucesivos grupos de hombres lasrepetían una y otra vez, en algunas oportunidades durante toda la noche. No cabía la menorduda de que el método surtía efecto, y todos estaban de acuerdo en que la corriente dedesertores del campo fascista se debía, en parte, a la propaganda. Deteniéndose a pensarlo,es fácil comprender que el eslogan «¡No luches contra tu propia clase!», resonando una yotra vez en la oscuridad, debe de haber producido una gran impresión en el ánimo del pobrecentinela que tiritaba de frío en su puesto, quizá alistado contra su voluntad yprobablemente miembro de un sindicato socialista o anarquista.Desde luego, tal procedimiento no se ajusta a la concepción inglesa de la guerra.Admito que me sentí sorprendido, atónito y escandalizado la primera vez. ¡Procurarconvertir al enemigo en lugar de matarlo! Ahora pienso que, desde cualquier punto de vista,se trataba de una maniobra legítima. En la guerra corriente de trincheras, cuando no existeartillería, resulta en extremo difícil provocar bajas en el enemigo sin perder igual númerode hombres. Si es posible inmovilizar cierta cantidad de soldados llevándolos a desertar,
  24. 24. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2424tanto mejor; después de todo, los desertores son mucho más útiles que los cadáveres, puespueden proporcionar información. Pero, al comienzo, tal procedimiento nos desalentó atodos; nos hizo sentir que los españoles no se tomaban esta guerra suficientemente en serio.El que gritaba en el puesto del PSUC establecido a nuestra derecha era un verdadero artista.A veces, en lugar de gritar frases revolucionarias, simplemente contaba a los fascistascuánto mejores eran los alimentos que nosotros recibíamos. Su descripción de las racionesdel gobierno tendía a embellecer un poco las cosas. «¡Tostadas con mantequilla!», podíaoírse en los ecos que resonaban a través del valle solitario. «Aquí estamos sentadoscomiendo tostadas con mantequilla. ¡Deliciosas tostadas con mantequilla!» No dudo de queél, como el resto de nosotros, no había visto mantequilla durante semanas o meses, pero enla noche helada, la imagen de tostadas con mantequilla quizá logró que a muchos fascistasse les hiciera la boca agua. Eso es lo que me ocurrió incluso a mí, aun a sabiendas de quementía.Cierto día de febrero vimos aproximarse un avión fascista. Como de costumbre, unaametralladora estaba emplazada al descubierto, con el cañón hacia arriba; nos echamos deespaldas para apuntar mejor. No valía la pena bombardear nuestras posiciones aisladas y,por lo general, los pocos aeroplanos fascistas que pasaban por allí hacían un rodeo paraevitar el fuego de la ametralladora. Esta vez el avión voló por encima de nosotros,demasiado alto como para que valiera la pena abrir fuego, y dejó caer no bombas; sino unosobjetos blancos brillantes que giraban y giraban en el aire. Unos pocos cayeron en laposición. Eran ejemplares de un periódico fascista, el Heraldo de Aragón, que anunciaba lacaída de Málaga.Esa noche los fascistas llevaron a cabo una especie de ataque por sorpresa. En elmomento en que me deslizaba debajo de la manta, medio muerto de sueño, se oyó el silbidode las balas sobre nuestras cabezas y alguien gritó: «¡Están atacando!». Empuñé el fusil yascendí hasta mi puesto, ubicado en la cumbre de la posición, junto a la ametralladora. Elruido era diabólico. Creo que el fuego de cinco ametralladoras se cernía sobre nosotros, yhubo una serie de pesados estruendos provocados por las granadas que los fascistasarrojaban sobre su propio parapeto de la forma más idiota. La oscuridad era total. Muyabajo, en el valle situado a nuestra izquierda, se podía ver el resplandor verdoso de losfusiles desde donde una pequeña partida de fascistas, probablemente una patrulla, nosdisparaba. Las balas volaban a nuestro alrededor en la oscuridad, crac-pfiu-crac. Unoscuantos proyectiles pasaron silbando por encima de nosotros, pero cayeron lejos y, comosolía ocurrir en esta guerra, la mayoría de ellos no explotó. Pasé un mal rato cuando unanueva ametralladora abrió fuego desde la colina situada a nuestra espalda. En realidad setrataba de un arma llevada allí para apoyarnos, pero en ese momento parecía como siestuviéramos rodeados. Nuestra ametralladora no tardó en encasquillarse, como ocurríasiempre con esos cartuchos, y la baqueta se había perdido en la impenetrable oscuridad.Evidentemente, no se podía hacer nada, excepto quedarse quieto y esperar un tiro. Losespañoles a cargo de la ametralladora no quisieron ponerse a cubierto y, de hecho, seexpusieron deliberadamente, por lo que me vi obligado a hacer lo mismo. Intrascendentecomo fue, la experiencia me resultó muy interesante. Era la primera vez que me encontrabaliteralmente bajo el fuego y, con gran humillación, comprobé que me sentía completamenteasustado; he observado que siempre se siente lo mismo bajo el fuego graneado, no se temetanto el ser herido como no saber dónde se producirá la herida. Uno se pregunta todo eltiempo por dónde entrará la bala, y eso otorga al cuerpo una muy desagradable sensibilidad.Al cabo de una o dos horas, el fuego fue atenuándose y finalmente cesó. Teníamosuna sola baja. Los fascistas habían llevado un par de ametralladoras a tierra de nadie, pero
  25. 25. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2525manteniéndose a una distancia prudencial, sin hacer intento alguno por asaltar nuestroparapeto. Ciertamente, no estaban efectuando un ataque, sino tan sólo desperdiciandocartuchos y haciendo mucho ruido para celebrar la caída de Málaga. La importancia centraldel episodio radicó en que aprendí a leer en los periódicos, con actitud menos crédula, lasnoticias de guerra. Un día o dos más tarde, los periódicos y la radio anunciaron que untremendo ataque con caballería y tanques (subiendo por una ladera perpendicular) habíasido rechazado por los heroicos ingleses.Cuando los fascistas nos informaron de que Málaga había caído, lo tomamos comouna mentira, pero al día siguiente llegaron rumores más convincentes y algo más tarde seadmitió la caída de forma oficial. Poco a poco fuimos conociendo toda la desgraciadahistoria: la ciudad había sido evacuada sin disparar un tiro y la furia de los italianos no sehabía descargado sobre las tropas, que ya no estaban, sino sobre la infortunada poblacióncivil, algunos de cuyos miembros fueron perseguidos y ametrallados durante unosdoscientos kilómetros. Las noticias produjeron escalofríos a lo largo del frente, puescualquiera que hubiera sido la verdad, todos los milicianos creían que la pérdida de Málagase debía a una traición. Era la primera vez que oía hablar de traición o de divergencias encuanto a los objetivos. Comenzaron a despertarse en mi mente vagas dudas acerca de estaguerra en la que, hasta entonces, la cuestión del bien y del mal me había parecidobellamente simple.A mediados de febrero abandonamos Monte Oscuro. Fuimos enviados, junto contodas las tropas del POUM de ese sector, a integrar el ejército que sitiaba Huesca. Tuvimosque hacer un viaje de noventa kilómetros en camión, a través de la planicie invernal, dondelas vides podadas aún no tenían brotes y las espigas de la cebada de invierno apenasasomaban sobre el suelo aterronado. A cuatro kilómetros de nuestras trincheras, Huescabrillaba pequeña y clara como una ciudad formada por casas de muñecas. Meses antes,cuando cayó Siétamo, el comandante general de las tropas gubernamentales habíacomentado alegremente: «Mañana tomaremos café en Huesca». Resultó estar equivocado.Se produjeron sangrientos ataques, pero la ciudad no cayó, y «Mañana tomaremos café enHuesca» se convirtió en una broma en todo el ejército. Si alguna vez regreso a España, nodejaré de tomar una taza de café en Huesca.5Al este de Huesca nada o casi nada ocurrió hasta finales de marzo. Estábamos a mildoscientos metros del enemigo. Cuando los fascistas fueron obligados a retroceder hastaHuesca, las tropas del ejército republicano que dominaban esa parte del frente no se habíanmostrado demasiado fervorosas en su avance, de modo que la línea formaba una especie debolsa. Más tarde sería necesario adelantarla -tarea muy incómoda bajo el fuego-, pero por elmomento el enemigo no parecía existir; nuestra única preocupación consistía en combatir elfrío y conseguir suficientes alimentos.Mientras tanto, la rutina diaria mejor dicho, nocturna-, las tareas cotidianas. Hacerguardia, patrulla, cavar. Lluvia, barro, vientos ululantes y ocasionalmente nevadas. No fuehasta mediados de abril que las noches se tornaron algo más cálidas. Allí arriba, en lameseta, los días de marzo se parecían en su mayoría a los de Inglaterra, con sus brillantescielos azules y vientos continuos. En el lugar donde la línea del frente atravesaba huertos yjardines desiertos, la cebada de invierno ya tenía unos treinta centímetros de altura, capullosblancos se formaban en los cerezos y, buscando en las zanjas, se podían encontrar violetas
  26. 26. Librodot Homenaje a Cataluña George OrwellLibrodot2626y una especie de jacinto silvestre semejante a un ejemplar borde de campanilla azul,inmediatamente detrás de la línea corría un hermoso y burbujeante arroyito verde: era laprimera agua transparente que había visto desde mi llegada. Cierto día apreté los dientes yme metí en ella para darme el primer baño en seis semanas. Fue lo que podría llamarse unbaño breve, puesto que el agua era principalmente agua de deshielo y la temperatura nodebía de andar muy por encima de los cero grados.Mientras tanto, nada ocurría; jamás ocurría nada. Los ingleses habían adquirido elhábito de decir que ésa no era una guerra, sino una maldita pantomima. Casi nuncaestábamos bajo el fuego directo de los fascistas. El único peligro provenía de las balasperdidas, las cuales, como las líneas del frente se curvaban hacia adelante en ambos lados,procedían de varias direcciones. Todas las bajas en ese periodo se debieron a esta causa.Arthur Clinton recibió una bala misteriosa que le aplastó el hombro izquierdo,inutilizándole el brazo para siempre, según me temo. De vez en cuando había algo de fuegode artillería, pero con muy poca eficacia. El silbido y el estallido de los proyectiles eraconsiderado, en realidad, como una especie de diversión. Los fascistas nunca arrojabanbombas sobre nuestro parapeto. Unos centenares de metros detrás de nosotros había unestablecimiento de campo, con grandes edificios, llamado La Granja, utilizado comodepósito, cuartel general y cocina en nuestro sector. Ése era el blanco de los artillerosfascistas, pero como estaban a cinco o seis kilómetros de distancia y no apuntaban bien,jamás lograron algo más que romper las ventanas y desconchar las paredes. Sólo se corríapeligro si uno se encontraba ascendiendo cuando comenzaba el fuego y si las bombas caíana ambos lados del camino. Aprendimos casi enseguida el misterioso arte de adivinar por elso-nido de un proyectil a qué distancia caería. Las bombas que los fascistas disparaban enese período eran vergonzosamente malas. Aunque usaban proyectiles de 150 milímetros,nunca hacían un orificio mayor de dos metros de ancho por uno de profundidad, y por lomenos uno de cada cuatro no explotaba. Corrían los habituales cuentos románticos desabotaje en las fábricas fascistas y de proyectiles sin explotar en los que, en lugar de lacarga, se encontraba un pedazo de papel con la leyenda «Frente Rojo», pero nunca vininguno. La verdad es que se trataba de proyectiles viejísimos; alguien encontró una vezuna espoleta con la fecha de 1917. Los cañones fascistas eran de la misma construcción ycalibre que los nuestros, y a menudo se reacondicionaban los proyectiles sin explotar y selos volvía a utilizar. Se decía que había un viejo proyectil, con un apodo propio, que viajabatodos los días de un lado al otro sin explotar jamás.Por la noche se solían enviar pequeñas patrullas a tierra de nadie para que se ubicaranen zanjas cavadas cerca de las líneas fascistas y trataran de escuchar sonidos (toques detrompeta, bocinas de automóvil, etcétera), que indicaran actividad en Huesca. Había unconstante ir y venir de tropas fascistas, y los informes de esas patrullas permitían calcular,en cierta medida, la envergadura de tales movimientos. Teníamos orden especial deinformar sobre el sonido de campanas de iglesias. Según parecía, los fascistas siempre oíanmisa antes de entrar en acción. Entre los campos y los huertos había chozas de barroabandonadas que era recomendable explorar con un fósforo encendido luego de tapar lasventanas. A veces se encontraba un valioso botín, tal como un hacha pequeña o unacantimplora fascista (mejor que las nuestras y muy codiciadas). También se podían explorardurante el día, pero entonces había que hacerlo casi todo el tiempo a cuatro patas.Resultaba extraño arrastrarse por esos campos vacíos donde todo se había detenido enel preciso momento de la cosecha. Los cultivos del año anterior no se habían tocado. Lasviñas sin podar serpenteaban sobre el terreno, las mazorcas de maíz estaban duras como

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