Solo vine a hablar por teléfono

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Solo vine a hablar por teléfono

  1. 1. Solo Vine a Llamar por Teléfono Gabriel Garcia Marquez
  2. 2. 2
  3. 3. Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelonaconduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió unaavería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisieteaños, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre comoartista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, conquien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes enZaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles ycamiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de unautobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que noiba muy lejos.- No importa - dijo María -. Lo único que necesito es un teléfono.Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que nollegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, conun abrigo de estudiante y los zapatos de playa en Abril, y estaba tanaturdida por el percance que olvido llevarse las llaves del automóvil. Unamujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de manerasdulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado.Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, ytrató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. Lavecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos quele quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias dedesahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús.La mujer la interrumpió con el índice en los labios.- Están dormidas - murmuró.María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado pormujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadascon mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscóen el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó erade noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía lamenor idea de cuanto tiempo había dormido ni en que lugar del mundo seencontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.- ¿Dónde estamos? - le preguntó María.- Hemos llegado - contestó la mujer.El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme ysombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales.Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieroninmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con unsistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, yse movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, laúltima en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio avarias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, yque les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y lasponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas yperentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento. María quisodevolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza paraatravesar el patio, y la devolviera en portería.- ¿Habrá un teléfono? - le preguntó María.- Por supuesto - dijo la mujer -. Ahí mismo le indican.Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquetemojado. "En el camino se secan", le dijo. La mujer la hizo un adiós con la 3
  4. 4. mano desde el estribo, y casi le gritó "Buena suerte". El autobús arrancó sin darle tiempo a m s. María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: "¡Alto he dicho!". María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero donde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces: - Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono. María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció m s humana y de jerarquía mas alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió que no llevara su identificación. - Es que yo sólo vine a llamar por teléfono - le dijo María. Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. El debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla conatención. - ¿Cómo te llamas? - le preguntó. María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ‚sta, sin nada que decir, se encogió de hombros. - Es que yo sólo vine a hablar por teléfono - dijo María. - De acuerdo, maja - le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real -, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quién quieras. Pero ahora no, mañana. Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror. - Por el amor de Dios - dijo -. Le juro por mi madre muerta que solo vine a hablar por teléfono. Le basto con verle la cara para saber que no había suplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez seria investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenia una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España. 4
  5. 5. Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle unsomnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar,estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama.Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontrabaen Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a laenfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propiasmiserias.No supo cuanto tiempo había pasado cuando volvió en si. Pero entonces elmundo era un rema nso de amor, y estaba frente a su cama un ancianomonumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que condos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director delsanatorio.Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió uncigarrillo. El se lo dio encendido, y le regalo el paquete casi lleno.María no pudo reprimir el llanto.- Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras - le dijo el medico, con vozadormecedora -. No hay mejor remedio que las lagrimas.María se desahogo sin pudor, como nunca logro hacerlo con sus amantescasuales en tedios de después del amor. Mientras la oía, el medico lapeinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para respirara mejor, laguiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y unadulzura que ella no había soñado jamas. Era, por primera vez en su vida,el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda elalma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una horalarga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle porteléfono a su marido.El medico se incorporo con toda la majestad de su rango. "Todavía no,reina", le dijo, dándole en la mejilla la palmadita mas tierna que habíasentido nunca. "Todo se hará a su tiempo". Le hizo desde la puerta unabendición episcopal, y desapareció para siempre.- Confía en mi - le dijo.Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un numero de serie, ycon un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y lasdudas sobre su identidad. Al margen quedo una calificación escrita de puñoy letra del director: "agitada"Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modestoapartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir lostres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casidos años de una unión libre bien concertada, y el entendió el retraso porla ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana.Antes de salir dejo un mensaje clavado en la puerta con el itinerario dela noche.En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro,prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podíahacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de unaanciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba dehaber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un magodistinto. El estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudoconcentrarse en las suertes mas simples. El tercer compromiso era el detodas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sininspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer loque veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cadarepresentación llamo por teléfono a su casa, y espero sin ilusiones a que 5
  6. 6. María le contestara. En la ultima ya no pudo reprimir la inquietud de quealgo malo había ocurrido.De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones publicas vioel esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y loestremeció el pensamiento aciago de como podía ser la ciudad sin María. Laultima esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendidoen la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvido darle la comida algato.Solo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe como sellamaba en realidad, porque en Barcelona solo le conocíamos por su nombreprofesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con unatorpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían faltale sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en estacomunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurridollamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar porsu mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo.Así que esa noche se conformo con llamar a Zaragoza, donde una abuelamedio dormida le contesto sin alarma que María había partido después delalmuerzo. No durmió mas de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso enel cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado desangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto adejarle solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso el, en losúltimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seismeses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente enun cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amanecióen la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejo todo lo queera suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en lacual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amordesatinado. Saturno penso que había vuelto con su primer esposo, uncondiscípulo de la escuela secundaria con quien se caso a escondidassiendo menor de edad, y al cual abandono por otro al cabo de dos años sinamor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno abuscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio muchomas de lo que resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinacióninvencible. "Hay amores cortos y hay amores largos", le dijo ella. Yconcluyo sin misericordia: "Este fue corto". El se rindió ante su rigor.Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto dehuérfano despees de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofáde la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de lasnovias vírgenes.María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vidaresuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica,la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieronhacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailo, canto con losmariachis, se paso de tragos, y en un terrible estado de remordimientostardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores delcorredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se lerindió sin condiciones. "Y ahora hasta cuando?", le pregunto el. Ella lecontesto con un verso de Vinicius de Moraes: "El amor es eterno mientrasdura". Dos años después, seguía siendo eterno.María pareció madurar. renuncio a sus sueños de actriz y se consagro a el, 6
  7. 7. tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habíanasistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron aBarcelona. Les gusto tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tanbien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio deHorta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos.Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ellaalquilo un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con lapromesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer deljueves, todavía no había dado señales de vida.El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvilalquilado llamo por teléfono a casa para preguntar por María. "No se nada"dijo Saturno. "Búsquenla en Zaragoza". Colgó. Una semana después unpolicía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado elautomóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientoskilómetros del lugar donde María lo abandono. El agente quería saber siella tenia mas detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato,y apenas si lo miro para decirle sin mas vueltas que no perdieran eltiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y el no sabia con quienni para donde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incomodo yle pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaro cerrado.El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno porPascua Florida en Cadaques, adonde Rosa Regas los habían invitado anavegar a vela. Estabamos en el Maritim, el populoso y sórdido bar de lagauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una deaquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde solo cabríamos seis aduras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segundacajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Unbrazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano seabrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeciósin mirar a quien, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo ylampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que ledaba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de latramontana de primavera, pero el iba vestido con una especie de piyamacallejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de LaBarceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenzaen vez de la cola de caballo. Los saludo a ambos como a viejos amigos, ypor el modo como beso a María, y por el modo como ella le correspondió, aSaturno lo fulmino la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas.Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un numero deteléfono escritos por María en el directorio domestico, y la inclementelucidez de los celos le revelo de quien eran. El prontuario social deintruso acabo de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decoradorde vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bienfundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logrosobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezóa llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas,desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cadavez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestaraaumentaba su martirio.Al cuarto día le contesto una andaluza que solo iba a hacer la limpieza."El señorito se ha ido", le dijo, con suficiente vaguedad paraenloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por 7
  8. 8. casualidad no estaba ahí la señorita María.- Aquí no vive ninguna María - le dijo la mujer -. El señorito es soltero.- Ya lo se - le dijo el -. No vive, pero ¿a veces va, o no? La mujer seencabrito- ¿Pero quien coño habla ahí?Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más delo que ya no era para el una sospecha sino una certidumbre ardiente.Perdió el control. En los días siguientes llamo por orden alfabético atodos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada leagravo la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya celebres entrelos trasnochadores impenitentes de La gauche divine, y le contestaban concualquier broma que lo hiciera sufrir. Solo entonces comprendió hasta quepunto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, enla que nunca seria feliz. Por la madrugada, después de darle de comer algato se apretó el corazón para no morir, y tomo la determinación deolvidar a María.A los dos meses, María no se había adaptado aun a la vida del sanatorio.Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertosencadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía delgeneral Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Alprincipio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona demaitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban lamayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio derecreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo dereclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercerasemana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin decuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o tempranoterminaban por integrarse a la comunidad.La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardianaque se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se leagoto el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillosde papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillasrecogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tanintensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se gano mas tardefabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.Lo mas duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecíandespiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues laguardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado.Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumb re, María pregunto con vozsuficiente para que le oyera su vecina de cama:- ¿Donde estamos?La voz grave y lucida de la vecina le contesto:- En los profundos infiernos.- Dicen que esta es tierra de moros - dijo otra voz distante que resonó enel ámbito del dormitorio -. Y debe ser cierto, porque en verano, cuandohay luna, se oyen a los perros ladrándole a la mar.Se oyo la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta seabrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencioinstantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. Maríase sobrecogió, y solo ella sabia por que.Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le habíapropuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezócon un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por 8
  9. 9. chocolates, por lo que fuera. "Tendrás todo", le decía, trémula. "Serás la reina". Ante el rechazo de María, la guardiana cambio de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacia mas de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio. Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acerco a la cama de María, y murmuro en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras la besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por ultimo, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir mas lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mando contra la cama vecina. La guardiana se incorporo furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas. - Hija de puta - grito -. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mi. El verano llego sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trato de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber como se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de suplica. María contesto sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora: - Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos - ¡Maricón! - dijo Marra Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayo en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marco seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el numero de su casa. Espero con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sinella. - ¿Bueno? Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lagrimas que se le formo en la garganta. - Conejo, vida mía - suspiro. Las lagrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra: - ¡Puta! Y colgó en seco. Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojo con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbo bañada en sangre. Aun le sobro rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, harta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se 9
  10. 10. levanto de puntillas y toco en la celda de la guardiana nocturna.El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensajea su marido. La guardiana acepto, siempre que el trato se mantuviera ensecreto absoluto. Y la apunto con un índice inexorable.- Si alguna vez se sabe, te mueres.Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, conla camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. Eldirector en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada comoun barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de suesposa. Nadie sabia de donde llego, ni como ni cuando, pues el primer datode su ingreso era en el registro oficial dictado por el cuando laentrevisto. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluidonada. En todo caso, lo que mas intrigaba al director era como supo Saturnoel paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.- Me lo informo la compañía de seguros del coche - dijo.El director asintió complacido. "No se como hacen los seguros para saberlotodo", dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenia sobre su escritoriode asceta, y concluyo:- Lo único cierto es la gravedad de su estado.Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas siSaturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a laconducta que el le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, paraevitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez masfrecuentes y peligrosos.- Era raro - dijo Saturno -. Siempre de genio fuerte, pero de muchodominio.El medico hizo un ademan de sabio. "Hay conductas que permanecen latentesdurante muchos años, y un día estallan", dijo. "Con todo, es una suerteque haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requierenmano dura". Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de Maríapor el teléfono.- Sígale la corriente - dijo.- Tranquilo, doctor - dijo Saturno con un aire alegre -. Es miespecialidad.La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguolocutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión dejubilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centrodel salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Eraevidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresay unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casiinvisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió alver entrar al esposo ni asomo emoción alguna en la cara todavía salpicadapor los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.- ¿Como te sientes? - le pregunto el.- Feliz de que al fin hayas venido, conejo - dijo ella -. Esto ha sido lamuerte.No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lagrimas, María le contó lasmiserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros,las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.- Ya no se cuantos días llevo aquí, o meses o años, pero se que cada unoha sido peor que el otro - dijo, y suspiro con el alma -: Creo que nuncavolveré a ser la misma.- Ahora todo eso paso - dijo el, acariciándole con la yema de los dedos 10
  11. 11. las cicatrices recientes de la cara -. Yo seguiré viniendo todos lossábados. Y mas si el director me lo permite. Ya veras que todo va a salirmuy bien.Ella fijo en los ojos de el sus ojos aterrados. Saturno intento sus artesde salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versióndulcificada de los propósitos del medico. "En síntesis", concluyo, "aun tefaltan algunos días para estar recuperada por completo". María entendió laverdad.- ¡Por Dios, conejo! - dijo atónita -. No me digas que tu también creesque estoy loca!- ¡Como se te ocurre! - dijo el, tratando de reír -. Lo que pasa es queserá mucho mas conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejorescondiciones, por supuesto.- ¡Pero si ya te dije que solo vine a hablar por teléfono! - dijo María.El no supo como reaccionar ante la obsesión temible. Miro a Herculina.Esta aprovecho la mirada para indicarle en su reloj de pulso que eratiempo de terminar la visita. María intercepto la señal, miro hacia atrás,y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferroal cuello de su marido gritando como una verdadera loca. El se la quito deencima con tanto amor como pudo, y la dejo a merced de Herculina, que lesalto por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplico una llavecon la mano izquierda, le paso el otro brazo de hierro alrededor delcuello, y le grito a Saturno el Mago:- ¡Vallase!Saturno huyo despavorido.Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita,volvió al sanatorio con el gato vestido igual que el: la malla roja yamarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta ymedia que parecía para volar. Entro en la camioneta de feria hasta elpatio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horasque las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes yovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no solo se negó arecibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno sesintió herido de muerte.- Es una reacción típica - lo consoló el director -. Ya pasara.Pero no paso nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María,Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil.Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, perosiguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos,sin saber siquiera si llegaban a Marra, hasta que lo venció la realidad.Nunca mas se supo de él, salvo que volvió a casarse y regreso a su país.Antes de irse de Barcelona le dejo el gato medio muerto de hambre a unanoviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole loscigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regas recordabahaberla visto en el Corte Ingles, hace unos doce años, con la cabezarapada y el balandran anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta amas no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos aMaría, siempre que pudo, hasta un día en que solo encontró los escombrosdel hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos.María le pareció muy lucida la ultima vez que la vio, un poco pasada depeso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevo el gato, porqueya se le había acabado el dinero que Saturno le dejo para darle de comer. 11

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