Mi cuento de sexto grado
H.C.Moreno
Julio 16, 2010

Para Leonardo V. Y dicen que no hay quinto malo.

Hijo. Es posible que...
muchachos hambrientos a la hora del recreo. Bueno, yo intentaba adquirir mi desayuno – en
esa época se acompañaba de un “c...
bueno meterse conmigo. Y eso ha sido así siempre. Por las buenas, soy un santo. Por las
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Mi cuento de sexto grado

  1. 1. Mi cuento de sexto grado H.C.Moreno Julio 16, 2010 Para Leonardo V. Y dicen que no hay quinto malo. Hijo. Es posible que me veas distante, pero no es así. Te tengo presente siempre. Pero desde hace años sigo este mensaje. Mis hijos no son mis hijos, sino hijos e hijos de la vida, como afirma Khalil Gibrán. Y…, mi regla No. 1 de la vida: “no discutir con Dios”. Dios no te quita, solo te prepara para darte algo más. Este feliz evento en la vida de Leonardo, me hace recordar cuando yo viviera ese mismo episodio, tantos años atrás. Yo era quizá un poquito mayor. Ya había cumplido los doce años 6 meses antes. Él apenas los cumplirá el próximo 27 de julio. Recuerdo, repito, mi final de primaria. Era el Instituto Venezuela de Barquisimeto. Fue cuando me di mis primeras “agarradas” en el colegio. Martínez era un chamo grande y pesado. Fuerte. Sus puños parecían macanas. Ya no recuerdo la razón de nuestro altercado, pero estoy seguro que tenía algo que ver con el torrente de testosterona que invadía nuestros cuerpos. “Te espero a la salida”, era la trillada frase, cada vez que se presentaba un problema entre alumnos dentro del Colegio. “A verga si, te espero maricón”. Como para atizar la ardiente rabia. El resto de las clases casi no se atendía, ni se entendía, tal era la distracción del duelo que se avecinaba. Los demás muchachos, nos miraban de reojo, como apostando quien le ganaría a quien. Y uno se dejaba mirar, aparentando una indiferencia lejana de sentirse, ya que el corazón galopaba en anticipación. En la calle, alguien te cuidaba los libros. No sé si en mi caso fue mi hermano Cheo. Eso no lo recuerdo. Martínez tomó una posición de ventaja, la cual yo, neófito en esas lides me dejé ganar. Se puso de espaldas al sol. La salida era a las 6. Todavía el sol crepuscular brillaba con rabia, para enrojecer dentro de unos minutos el cielo barquisimetano. No como ahora que la “robosolución pa´ellos” nos da luz desde las 5 y 30 y nos las quita desde la misma hora en la noche. Y me encandilaba ese sol, permitiéndome ver solo una sombra grande que se me abalanzaba con intenciones de destruirme. Le solté el primer “coñazo” y se lo asesté en plena mandíbula. El era grande, pero yo no era pequeño y mi puño derecho no era de gelatina. Eso lo enardeció y aventajado como estaba por la ayuda estelar que recibía y por su tamaño y la rabia de haber sido golpeado primero, el segundo carajazo, salió de allá para mi rostro. Me acertó en el ojo izquierdo…, más bien en el arco superciliar. Allí donde los boxeadores sangran y entran en desventaja por quedar ciegos con la sangre. No llegó a partirme la ceja, pero si a convertirme en astrónomo, al ver estrellas en pleno día. Nos dimos por satisfechos con esos dos “jurones”. No lloré, pero supongo que me enconché defendiendo mi ojo y él se alejó satisfecho de “haber ganado”. Mi madre, ajena a toda actitud violenta, no podía creer mi historia de que me había golpeado con una ventana, cuando vio mi ojo amoratado. Mi hermano, “quinto-gradero” solidario, no me denunció. Esa fue la primera agarrada. Luego gané experiencia y de allí en adelante, ya no apuntaba a la mandíbula, sino al ojo. Aquel catire que “se arrechó” porque inadvertidamente lo pisoteé, al resbalar de una piedras de río, grandes, que se colocaron a propósito, para poder alcanzar una pequeña ventana que daba acceso a la tienda vecina. Donde vendían empanadas y pasteles y la cual se había construido, precisamente para dar acceso al patio del Instituto, lleno de
  2. 2. muchachos hambrientos a la hora del recreo. Bueno, yo intentaba adquirir mi desayuno – en esa época se acompañaba de un “cuartico de leche”, en lugar de la “Pepsi-Coca” de ahora, ya que la leche constaba el mismo “medio” que costaba la Pepsi y resultaba más satisfactoria en la mañana. Con un real, medio bolívar, cincuenta céntimos, uno mataba el hambre: un pastelito y “un cuartico ´e leche”. Si tenía un bolívar: dos pastelitos y un “ChocoElla”, una bebida achocolatada, y quedaba uno “pipón” y relamido. “La cuarta y la quinta”, me refiero a las así denominadas “Repúblicas”, se han encargado de hacer la leche inaccesible para el escolar y al adolescente actual. Y se quedan tan “forondos”, ¿verdad? Si serán “arbolarios” esos “vergos”, es la frase que con frecuencia escuchamos en la Venezuela actual, en el Zulia actual. Y les seguimos dando votos. El catire, empujaba desde atrás, y yo consciente de que mi trasero estaba accesible a sus manos, me defendía mirándolo con rabia amenazadora a que se atreviera a tocarme. Adquirido mi desayuno, trato de bajarme de las piedras, pero resbalo y le pisoteo sus zapatos puliditos. No sé si eran unos “Pepito”, aquellos zapatos que ya venían brillantes de fábrica y que se conservaban así, solo sacándoles el polvo, siempre que no tuvieran arañazos. Como seguramente ahora tendrían los de él. Eso fue suficiente. Me empujó. Me recosté aferrado a mi “rancho”, a mi comida recién adquirida. Palabras, ofensas. “A verga chico, marico feo, esperáme (así con acento zuliano en la á) a las 2, antes de entrar a clases esta tarde “pa` caenos a coñazos, reguevón”. Habitualmente yo no decía grosería. Mi madre no lo permitiría. Pero me las sabía todas. Mi infancia en la calle Pascualito de “El Saladillo”, de Maracaibo, fue una inestimable escuela de insolencias. Los muchachos jugaban “juego er´ Zulia” en la calle – ese juego de pseudo beisbol en el cual se bateaba con el puño una pelota de trapos y se corrían dos bases antes de regresar al “Home”; “jon” decíamos entonces sin saber el significado. Entretanto los pequeños hermanos, Cheo y yo, encerrados en la ventana, entre las barras de madera y el portón de la misma, - para permitir que mi madre se bañara y arreglara antes de la llegada de mi padre del trabajo – con nuestras aéreas cerebrales del lenguaje nuevecitas, de 2 y 3 años, absorbiendo como esponjas, la riqueza idiomática de “el saladillero maracucho”. Mi madre solo se enteró de este aprendizaje, cuando en un altercado que tuviera con mi hermano Cheo, de los pocos que tuve con él toda la vida, - ya él murió y lo temprano de su muerte habré de explicarlo en otro escrito - yo le solté las palabras recientemente aprendidas delante de mi boquiabierta madre. Huelga decir que nos sacaron de la escuela “La Ventana”. Pero el idioma estaba ahora presto para ser usado. Y lo usé. Intentaba ser disuasivo, pero ocurrió todo lo contrario y fue más bien retador. El catire aceptó el reto. “A las dos, guevón, a las dos” – le dije. “Si no llegas eres un marico. Cobardón y guevón. Na´ guará, te voy a volver verga, pendejo” – terminó en su acento barquisimetano, tratando de amedrentarme, más de lo que yo ya estaba, pero no por eso ajeno a aceptar el reto. El almuerzo fue angustioso y mi madre, quien nos hacía el transporte, mostró extrañeza de verme tan ansioso de llegar temprano. No le dije por qué. Allí estaba El Catire, de cuyo nombre no me acuerdo. Solo sé que tenía los ojos claros, azulosos o grises y no bien entramos al ruedo improvisado de cierto espacio del colegio, donde rara vez iban los profesores, allí fue donde apunté mi puño retado por un accidental raspón que ocasionara yo a sus zapatos. Un solo “jurón” fue necesario. Cayó al piso y prefirió no levantarse más. Me di cuenta, para mi alivio, - ya el médico en mí haciendo eclosión, ya el abogado en mí preocupado por las consecuencias, - que no estaba desmayado sino que había desistido. El desistimiento es una de las formas de arreglar los conflictos. Su ojo morado durante toda una semana o más, fue un trofeo que exhibí sin tocar, delante de mis compañeritos de estudio y un mensaje disuasivo de que no era
  3. 3. bueno meterse conmigo. Y eso ha sido así siempre. Por las buenas, soy un santo. Por las malas…, puedo llegar a estudiar Derecho, para aprender a defenderme de acciones injustas ejercidas contra mí e indirectamente contra mis hijos…, aunque sin convertirme en Satanás. Dijo Virgilio: el más ingrato de todos es quien olvida los favores recibidos. El más ingrato de todos los perros, es el que muerde a su amo. El más ingrato de todos los seres humanos es el que ataca a quien lo ama; el infierno, cualquiera que sea la forma que tenga, le esperará aquí o en la otra vida. Pero la justicia de los humanos, es veces ciega para con uno. Después de ese ojo morado en la cara del catire, no hubo más pleitos ese año en el Instituto Venezuela. Por lo menos no conmigo. Pude entonces dedicarme a estudiar, intentar estudiar “cuatro”, ese instrumento musical de cuerdas ten apreciado en Barquisimeto y en toda Venezuela, el cual todavía no toco bien y prepararme para el examen final de sexto grado. Ese examen, entonces constaba de tres pruebas eliminatorias: escrita, oral y práctica. Recuerdo que eso ocurrió en un angustiosa tarde lluviosa, pero salí airoso de las tres pruebas. Eso si era cultivar la meritocracia. Ahora, todos somos iguales, - negándose un hecho genéticamente determinado - todos tienen que “pasar” (al siguiente grado). Ahora, afortunadamente no es general, se cultiva “la piratería”. Hasta en los ministerios. Hasta en los magisterios. “El mundo es de los audaces…, Carujo”. Es mi opinión. Puedo estar equivocado y haber entendido mal cuarenta años de estudios sobre la genética humana, la genética médica y el derecho. ¿Será? O tener una percepción equivocada de los hechos y no entender por qué no encuentro dinero al meter mi mano en mis bolsillos y por qué debo hacer esperar a quienes quiero para satisfacer sus necesidades, mientras que gente sin esfuerzo, se hace multimillonarios, mientras se pierde la comida en contenedores en los puertos, mientras esfuerzos de toda la vida se equiparan a quienes no han hecho alguno. Escucharé argumentos y refutaré argumentos. Argumentación científica y argumentación jurídica. Pero volviendo al sexto grado, no sé si Leo tendrá cuentos como éste. Estimo que su carácter es más afable que lo que ha sido el mío siempre. Por lo menos en el sentido de la conciliación y la tolerancia; la aceptación del error y la decisión de pedir disculpas por algún error cometido, con la inmediatez necesaria. Si lo hago, pero no con la inmediatez necesaria. Él conquistará quizá posiciones de liderazgo mucho mejor que yo. Él tiende mejor al trabajo en equipo. Y su carácter afable le servirá de mucho. Puedo predecirlo. Si yo hubiera pedido disculpas, se habrían quizá evitado los pleitos antes descritos. Pero entonces hubiese sido una negación de “ser”, para haber sido solo una condición de “estar”. Me hubiera convertido en una cosa y por tanto no existiría. Existe uno, en la medida que ejerce su derecho a la libertad. Aunque lo cortés no quita lo valiente. Pero es de cobardes el resignarse a la esclavitud, al maltrato, al mal amor. Dios bendiga a mis hijos, mi camino a la inmortalidad. Siempre se menciona al padre de una persona prominente en la sociedad. Dios te bendice Leonardo V.

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