Dublineses james joyce

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Dublineses james joyce

  1. 1. JAMES JOYCEDublineses
  2. 2. DUBLINESES
  3. 3. James JoyceDublineses
  4. 4. Ilustración de la portada: ©Barrie Maguirehttp://www.maguiregallery.com/barrie/ireland.htmPublicado por Ediciones del Sur. Córdoba. Argentina.Febrero de 2007.Distribución gratuita.Visítenos y disfrute de más libros gratuitos en:http://www.edicionesdelsur.com
  5. 5. ÍNDICELas hermanas ................................................................. 6Un encuentro .................................................................. 18Arabia .............................................................................. 30Eveline ............................................................................. 39Después de la carrera ..................................................... 46Dos galanes ..................................................................... 55La casa de huéspedes ...................................................... 69Una nubecilla.................................................................. 79Duplicados ....................................................................... 97Polvo y ceniza .................................................................. 112Un triste caso ................................................................... 121Efemérides en el Comité ................................................ 134Una madre ...................................................................... 156A mayor gracia de Dios .................................................. 173Los muertos .................................................................... 203
  6. 6. LAS HERMANAS No había esperanza esta vez: era la tercera embolia.Noche tras noche pasaba yo por la casa (eran las vaca-ciones) y estudiaba el alumbrado cuadro de la ventana:y noche tras noche lo veía iluminado del mismo mododébil y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería elreflejo de las velas en las oscuras persianas, ya que sa-bía que se deben colocar dos cirios a la cabecera delmuerto. A menudo él me decía: No me queda mucho eneste mundo, y yo pensaba que hablaba por hablar. Aho-ra supe que decía la verdad. Cada noche al levantar lavista y contemplar la ventana me repetía a mí mismoen voz baja la palabra parálisis. Siempre me sonaba ex-traña en los oídos, como la palabra gnomón en Euclidesy la simonía del catecismo. Pero ahora me sonó a cosamala y llena de pecado. Me dio miedo y, sin embargo,ansiaba observar de cerca su trabajo maligno. El viejo Cotter estaba sentado junto al fuego, fuman-do, cuando bajé a cenar. Mientras mi tía me servía mipotaje, dijo él, como volviendo a una frase dicha antes:
  7. 7. —No, yo no diría que era exactamente... pero habíaen él algo raro... misterioso. Le voy a dar mi opinión. Empezó a tirar de su pipa, sin duda ordenando susopiniones en la cabeza. ¡Viejo estúpido y molesto! Cuan-do lo conocimos era más interesante, que hablaba dedesmayos y gusanos; pero pronto me cansé de sus in-terminables cuentos sobre la destilería. —Yo tengo mi teoría —dijo—. Creo que era uno deesos... casos... raros... Pero es difícil decir... Sin exponer su teoría comenzó a chupar su pipa denuevo. Mi tío vio cómo yo le clavaba la vista y me dijo: —Bueno, creo que te apenará saber que se te fue elamigo. —¿Quién? —dije. —El padre Flynn. —¿Se murió? —Acá Mr Cotter, nos lo acaba de decir. Pasaba porallí. Sabía que me observaban, así que continué comien-do como si nada. Mi tío le daba explicaciones al viejoCotter. —Acá el jovencito y él eran grandes amigos. El viejole enseñó cantidad de cosas, para que vea; y dicen quetenía puestas muchas esperanzas en este. —Que Dios se apiade de su alma —dijo mi tía, piado-sa. El viejo Cotter me miró durante un rato. Sentí quesus ojos de azabache me examinaban, pero no le di elgusto de levantar la vista del plato. Volvió a su pipa y,finalmente, escupió, maleducado, dentro de la parrilla. —No me gustaría nada que un hijo mío —dijo— tu-viera mucho que ver con un hombre así. —¿Qué es lo que usted quiere decir con eso, Mr Cot-ter? —preguntó mi tía. 7
  8. 8. —Lo que quiero decir —dijo el viejo Cotter— es quetodo eso es muy malo para los muchachos. Esto es loque pienso: dejen que los muchachos anden para arribay para abajo con otros muchachos de su edad y no queresulten... ¿No es cierto, Jack? —Ese es mi lema también —dijo mi tío—. Hay queaprender a manejárselas solo. Siempre lo estoy dicien-do acá a este Rosacruz: haz ejercicio. ¡Como que cuandoyo era un mozalbete, cada mañana de mi vida, fuera in-vierno o verano, me daba un baño de agua helada! Y esoes lo que me conserva como me conservo. Esto de lainstrucción está muy bien y todo... A lo mejor acá MrCotter quiere una lasca de esa pierna de cordero —agregóa mi tía. —No, no, para mí, nada —dijo el viejo Cotter. Mi tía sacó el plato de la despensa y lo puso en lamesa. —Pero, ¿por qué cree usted, Mr Cotter, que eso noes bueno para los niños? —preguntó ella. —Es malo para estas criaturas —dijo el viejo Cotter—porque sus mentes son muy impresionables. Cuando venestas cosas, sabe usted, les hace un efecto... Me llené la boca con potaje por miedo a dejar esca-par mi furia. ¡Viejo cansón, nariz de pimentón! Era ya tarde cuando me quedé dormido. Aunqueestaba furioso con Cotter por haberme tildado de cria-tura, me rompí la cabeza tratando de adivinar qué que-ría él decir con sus frases inconclusas. Me imaginé queveía la pesada cara grisácea del paralítico en la oscuri-dad del cuarto. Me tapé la cabeza con la sábana y tratéde pensar en las Navidades. Pero la cara grisácea meperseguía a todas partes. Murmuraba algo; y comprendí 8
  9. 9. que quería confesarme cosas. Sentí que mi alma recu-laba hacia regiones gratas y perversas; y de nuevo loencontré allí, esperándome. Empezó a confesarse enmurmullos y me pregunté por qué sonreía siempre ypor qué sus labios estaban húmedos de saliva. Fue en-tonces que recordé que había muerto de parálisis y sen-tí que también yo sonreía suavemente, como si lo absol-viera de un pecado simoníaco. A la mañana siguiente, después del desayuno, me lle-gué hasta la casita de Great Britain Street. Era una tiendasin pretensiones afiliada bajo el vago nombre de Tapi-cería. La tapicería consistía mayormente en botines paraniños y paraguas; y en días corrientes había un cartel enla vidriera que decía: Se Forran Paraguas. Ningún letre-ro era visible ahora porque habían bajado el cierre. Habíaun crespón atado al llamador con una cinta. Dos señoraspobres y un mensajero del telégrafo leían la tarjeta cosi-da al crespón. Yo también me acerqué para leerla. 1 de Julio de 1895 El REV. JAMES FLYNN que perteneció a la parro-quia de la Iglesia de Santa Catalina, en la calle Meath, desesenta y cinco años de edad, ha fallecido R. I. P. Leer el letrero me convenció de que se había muertoy me perturbó darme cuenta de que tuve que conte-nerme. De no estar muerto, habría entrado directamenteal cuartico oscuro en la trastienda, para encontrarlo sen-tado en su sillón junto al fuego, casi asfixiado dentro desu chaquetón. A lo mejor mi tía me había entregado unpaquete de High Toast para dárselo y este regalo lo sa- 9
  10. 10. caría de su sopor. Era yo quien tenía que vaciar el rapéen su tabaquera negra, ya que sus manos temblabandemasiado para permitirle hacerlo sin que él derrama-ra por lo menos la mitad. Incluso cuando se llevaba laslargas manos temblorosas a la nariz, nubes de polvo derapé se escurrían entre sus dedos para caerle en la pe-chera del abrigo. Debían ser estas constantes lluvias derapé lo que daba a sus viejas vestiduras religiosas sucolor verde desvaído, ya que el pañuelo rojo, renegridocomo estaba siempre por las manchas de rapé de la se-mana, con que trataba de barrer la picadura que caía,resultaba bien ineficaz. Quise entrar a verlo, pero no tuve valor para tocar.Me fui caminando lentamente a lo largo de la callesoleada, leyendo las carteleras en las vitrinas de las tien-das mientras me alejaba. Me pareció extraño que ni el día ni yo estuviéramosde luto y hasta me molestó descubrir dentro de mí unasensación de libertad, como si me hubiera librado de algocon su muerte. Me asombró que fuera así porque, comobien dijera mi tío la noche antes, él me enseñó muchascosas. Había estudiado en el colegio irlandés de Roma yme enseñó a pronunciar el latín correctamente. Me con-taba cuentos de las catacumbas y sobre Napoleón Bona-parte y hasta me explicó el sentido de las diferentes ce-remonias de la misa y de las diversas vestiduras quedebe llevar el sacerdote. A veces se divertía haciéndo-me preguntas difíciles, preguntándome lo que había quehacer en ciertas circunstancias o si tales o cuales peca-dos eran mortales o veniales o tan sólo imperfecciones.Sus preguntas me mostraron lo complejas y misteriosasque son ciertas instituciones de la Iglesia que yo siem- 10
  11. 11. pre había visto como la cosa más simple. Los deberesdel sacerdote con la eucaristía y con el secreto de confe-sión me parecieron tan graves que me preguntaba cómopodía alguien encontrarse con valor para oficiar; y nome sorprendió cuando me dijo que los Padres de la Igle-sia habían escrito libros tan gruesos como la Guía deTeléfonos y con letra tan menuda como la de los edictospublicados en los periódicos, elucidando éstas y otrascuestiones intrincadas. A menudo cuando pensaba entodo ello no podía explicármelo, o le daba una explica-ción tonta o vacilante, ante la cual solía él sonreír y asentircon la cabeza dos o tres veces seguidas. A veces me ha-cía repetir los responsorios de la misa, que me obligó aaprenderme de memoria; y mientras yo parloteaba, élsonreía meditativo y asentía. De vez en cuando se echa-ba alternativamente polvo de rapé por cada hoyo de lanariz. Cuando sonreía solía dejar al descubierto sus gran-des dientes descoloridos y dejaba caer la lengua sobre ellabio inferior —costumbre que me tuvo molesto siem-pre, al principio de nuestra relación, antes de conocerlobien. Al caminar solo al sol recordé las palabras del viejoCotter y traté de recordar qué ocurría después en misueño. Recordé que había visto cortinas de terciopelo yuna lámpara colgante de las antiguas. Tenía la impre-sión de haber estado muy lejos, en tierra de costumbresextrañas —Persia, pensé... Pero no pude recordar el fi-nal de mi sueño. Por la tarde, mi tía me llevó con ella al velorio. Ya elsol se había puesto; pero en las casas de cara al ponientelos cristales de las ventanas reflejaban el oro viejo de ungran banco de nubes. Nannie nos esperó en el recibidor; 11
  12. 12. y como no habría sido de buen tono saludarla a gritos,todo lo que hizo mi tía fue darle la mano. La vieja señalóhacia lo alto interrogante y, al asentir mi tía, procedió asubir trabajosamente las estrechas escaleras delante denosotros, su cabeza baja sobresaliendo apenas por enci-ma del pasamanos. Se detuvo en el primer rellano y conun ademán nos alentó a que entráramos por la puertaque se abría hacia el velorio. Mi tía entró y la vieja, alver que yo vacilaba, comenzó a conminarme repetidasveces con su mano. Entré en puntillas. A través de los encajes bajos delas cortinas entraba una luz crepuscular dorada quebañaba el cuarto y en la que las velas parecían una débilllamita. Lo habían metido en la caja. Nannie se adelantóy los tres nos arrodillamos al pie de la cama. Hice comosi rezara, pero no podía concentrarme porque los mur-mullos de la vieja me distraían. Noté que su falda estabarecogida detrás torpemente y cómo los talones de susbotas de trapo estaban todos virados para el lado. Seme ocurrió que el viejo cura debía estarse riendo tendi-do en su ataúd. Pero no. Cuando nos levantamos y fuimos hasta lacabecera, vi que ni sonreía. Ahí estaba solemne y exce-sivo en sus vestiduras de oficiar, con sus largas manossosteniendo fláccidas el cáliz. Su cara se veía muy tru-culenta, gris y grande, rodeada de ralas canas y con ne-gras y cavernosas fosas nasales. Había una peste poten-te en el cuarto las flores. Nos persignamos y salimos. En el cuartito de abajoencontramos a Eliza sentada tiesa en el sillón que era deél. Me encaminé hacia mi silla de siempre en el rincón,mientras Nannie fue al aparador y sacó una garrafa de 12
  13. 13. jerez y copas. Lo puso todo en la mesa y nos invitó abeber. A ruego de su hermana, echó el jerez de la garra-fa en las copas y luego nos pasó éstas. Insistió en quecogiera galletas de soda, pero rehusé porque pensé queiba a hacer ruido al comerlas. Pareció decepcionarse unpoco ante mi negativa y se fue hasta el sofá, donde sesentó, detrás de su hermana. Nadie hablaba: todos mi-rábamos a la chimenea vacía. Mi tía esperó a que Eliza suspirara para decir: —Ah, pues ha pasado a mejor vida. Eliza suspiró otra vez y bajó la cabeza asintiendo. Mitía le pasó los dedos al tallo de su copa antes de tomarun sorbito. —Y él... ¿tranquilo? preguntó. —Oh, sí, señora, muy apaciblemente —dijo Eliza—.No se supo cuándo exhaló el último suspiro. Tuvo unamuerte preciosa, alabado sea el Santísimo. —¿Y en cuanto a lo demás...? —El padre O’Rourke estuvo a visitarlo el martes y ledio la extremaunción y lo preparó y todo lo demás. —¿Sabía entonces? —Estaba muy conforme. —Se le ve muy conforme —dijo mi tía. —Exactamente eso dijo la mujer que vino a lavarlo.Dijo que parecía que estuviera durmiendo, de lo confor-me y tranquilo que se veía. Quién se iba a imaginar quede muerto se vería tan agraciado. —Pues es verdad —dijo mi tía. Bebió un poco más desu copa y dijo: —Bueno, Miss Flynn, debe de ser para usted un granconsuelo saber que hicieron por él todo lo que pudieron. 13
  14. 14. Debo decir que ustedes dos fueron muy buenas con eldifunto. Eliza se alisó el vestido en las rodillas. —¡Pobre James! —dijo—. Sólo Dios sabe que hicimostodo lo posible con lo pobres que somos... pero no podía-mos ver que tuviera necesidad de nada mientras pasa-ba lo suyo. Nannie había apoyado la cabeza contra el cojín y pa-recía a punto de dormirse. —Así está la pobre Nannie —dijo Eliza, mirándola—,que no se puede tener en pie. Con todo el trabajo quetuvimos las dos, trayendo a la mujer que lo lavó y ten-diéndolo y luego el ataúd y luego arreglar lo de la misaen la capilla. Si no fuera por el padre O’Rourke no sécómo nos hubiéramos arreglado. Fue él quien trajo to-das esas flores y los dos cirios de la capilla y escribió lanota para insertarla en el Freeman’s General y se en-cargó de los papeles del cementerio y lo del seguro delpobre James y todo. —¿No es verdad que se portó bien? —dijo mi tía. Eliza cerró los ojos y negó con la cabeza. —Ah, no hay amigos como los viejos amigos —dijo—,que cuando todo está firmado y confirmado no hay enqué confiar. —Pues es verdad —dijo mi tía—. Y segura estoy queahora que recibió su recompensa eterna no las olvidaráa ustedes y lo buenas que fueron con él. —¡Ay, pobre James! —dijo Eliza—. Si no nos dabaningún trabajo el pobrecito. No se le oía por la casa másde lo que se le oye en este instante. Ahora que yo sé quese nos fue y todo, es que... 14
  15. 15. —Le vendrán a echar de menos cuando pase todo—dijo mi tía. —Ya lo sé —dijo Eliza—. No le traeré más su taza decaldo de vaca al cuarto, ni usted, señora, me le mandarámás rapé. ¡Ay, James, el pobre! Se calló como si estuviera en comunión con el pasadoy luego dijo vivazmente: —Para que vea, ya me parecía que algo extraño se levenía encima en los últimos tiempos. Cada vez que letraía su sopa me lo encontraba ahí, con su breviario porel suelo y tumbado en su silla con la boca abierta. Se llevó un dedo a la nariz y frunció la frente; des-pués, siguió: —Pero con todo, todavía seguía diciendo que antesde terminar el verano, un día que hiciera buen tiempo,se daría una vuelta para ver otra vez la vieja casa enIrishtown donde nacimos todos y nos llevaría a Nanniey a mí también. Si solamente pudiéramos hacernos deuno de esos carruajes a la moda que no hacen ruido, conneumáticos en las ruedas, de los que habló el padreO’Rourke, barato y por un día... decía él, de los del esta-blecimiento de Johnny Rush, iríamos los tres juntos undomingo por la tarde. Se le metió esto entre ceja y ceja...¡Pobre James! —¡Que el Señor lo acoja en su seno! —dijo mi tía. Eliza sacó su pañuelo y se limpió con él los ojos. Lue-go, lo volvió a meter en su bolso y contempló por un ratola parrilla vacía, sin hablar. —Fue siempre demasiado escrupuloso —dijo—. Losdeberes del sacerdocio eran demasiado para él. Y, lue-go, que su vida tuvo, como aquel que dice, su contrarie-dad. 15
  16. 16. —Sí —dijo mi tía—. Era un hombre desilusionado. Esose veía. El silencio se posesionó del cuartico y, bajo su manto,me acerqué a la mesa para probar mi jerez, luego volví,calladito, a mi silla del rincón. Eliza pareció caer en unprofundo embeleso. Esperamos respetuosos a que ellarompiera el silencio; después de una larga pausa dijo len-tamente: —Fue ese cáliz que rompió... Ahí empezó la cosa.Naturalmente que dijeron que no era nada, que estabavacío, quiero decir. Pero aun así... Dicen que fue culpadel monaguillo. ¡Pero el pobre James, que Dios lo tengaen la Gloria, se puso tan nervioso! —¿Y qué fue eso? —dijo mi tía—. Yo oí algo de... Eliza asintió. —Eso lo afectó, mentalmente —dijo—. Después deaquello empezó a descontrolarse, hablando solo y va-gando por ahí como un alma en pena. Así fue que unanoche lo vinieron a buscar para una visita y no lo encon-traban por ninguna parte. Lo buscaron arriba y abajo yno pudieron dar con él en ningún lado. Fue entonces queel sacristán sugirió que probaran en la capilla. Así quebuscaron las llaves y abrieron la capilla, y el sacristán yel padre O’Rourke y otro padre que estaba ahí trajeronuna vela y entraron a buscarlo... ¿Y qué le parece, queestaba allí, sentado solo en la oscuridad del confesiona-rio, bien despierto y así como riéndose bajito él solo? Se detuvo de repente como si oyera algo. Yo tam-bién me puse a oír; pero no se oyó un solo ruido en lacasa: y yo sabía que el viejo cura estaba tendido en sucaja tal como lo vimos, un muerto solemne y truculento,con un cáliz inútil sobre el pecho. 16
  17. 17. Eliza resumió: —Bien despierto que lo encontraron y como riéndo-se solo estaba... Fue así, claro, que cuando vieron aque-llo, eso les hizo pensar que, pues, no andaba del todobien... 17
  18. 18. UN ENCUENTRO Fue Joe Dillon quien nos dio a conocer el Lejano Oeste.Tenía su pequeña colección de números atrasados deThe Union Jack, Pluck y The Halfpenny Marvel. Todaslas tardes, después de la escuela, nos reuníamos en eltraspatio de su casa y jugábamos a los indios. El y suhermano menor, el gordo Leo, que era un ocioso, defen-dían los dos el altillo del establo mientras nosotros tra-tábamos de tomarlo por asalto; o librábamos una bata-lla campal sobre el césped. Pero, no importaba lo bienque peleáramos, nunca ganábamos ni el sitio ni la ba-talla y todo acababa como siempre, con Joe Dillon cele-brando su victoria con una danza de guerra. Todas lasmañanas sus padres iban a la misa de ocho en la iglesiade Gardiner Street y el aura apacible de Mrs Dillon do-minaba el recibidor de la casa. Pero él jugaba a lo salvajecomparado con nosotros, más pequeños y más tímidos.Parecía un indio de verdad cuando salía de correrías porel traspatio, una funda de tetera en la cabeza y golpean-do con el puño una lata, gritando:
  19. 19. —¡Ya, yaka, yaka, yaka! Nadie quiso creerlo cuando dijeron que tenía voca-ción para el sacerdocio. Era verdad, sin embargo. El espíritu del desafuero se esparció entre nosotrosy, bajo su influjo, se echaron a un lado todas las diferen-cias de cultura y de constitución física. Nos agrupamos,unos descaradamente, otros en broma y algunos casi conmiedo: y en el grupo de estos últimos, los indios de malagana que tenían miedo de parecer filomáticos o alfeñi-ques, estaba yo. Las aventuras relatadas en las novelitasdel Oeste eran de por sí remotas, pero, por lo menos,abrían puertas de escape. A mí me gustaban más esoscuentos de detectives americanos donde de vez en cuan-do pasan muchachas, toscas, salvajes y bellas. Aunqueno había nada malo en esas novelitas y sus intencionesmuchas veces eran literarias, en la escuela circulabanen secreto. Un día cuando el padre Butler nos tomabalas cuatro páginas de Historia Romana, al chapucero deLeo Dillon lo cogieron con un número de The HalfpennyMarvel. —¿Esta página o ésta? ¿Esta página? Pues vamos aver, Dillon, adelante. Apenas el día hubo... ¡Siga! ¿Quédía? Apenas el día hubo levantado... ¿Estudió usted esto?¿Qué es esa cosa que tiene en el bolsillo? Cuando Leo Dillon entregó su magazine todos loscorazones dieron un salto y pusimos cara de no romperun plato. El padre Butler lo hojeó, ceñudo. —¿Qué es esta basura? dijo—. ¡El jefe apache! ¿Esesto lo que ustedes leen en vez de estudiar Historia Ro-mana? No quiero encontrarme más esta condenada ba-zofia en esta escuela. El que la escribió supongo que debede ser un condenado plumífero que escribe estas cosas 19
  20. 20. para beber. Me sorprende que jóvenes como ustedes,educados, lean cosa semejante. Lo entendería si fueranustedes alumnos de... escuela pública. Ahora, Dillon, selo advierto seriamente, aplíquese o... Tal reprimenda durante las sobrias horas de claseamenguó mucho la aureola del Oeste y la cara de LeoDillon, confundida y abofada, despertó en mí más de unescrúpulo. Pero en cuanto la influencia moderadora dela escuela quedaba atrás empezaba a sentir otra vez elhambre de sensaciones sin freno, del escape que sola-mente estas crónicas desaforadas parecían ser capacesde ofrecerme. La mimética guerrita vespertina se vol-vió finalmente tan aburrida para mí como la rutina de laescuela por la mañana, porque lo que yo deseaba eracorrer verdaderas aventuras. Pero las aventuras ver-daderas, pensé, no le ocurren jamás a los que se quedanen casa: hay que salir a buscarlas en tierras lejanas. Las vacaciones de verano estaban ahí al doblar cuan-do decidí romper la rutina escolar aunque fuera por undía. Junto con Leo Dillon y un muchacho llamado Mahonyplaneamos un día furtivo. Ahorramos seis peniques cadauno. Nos íbamos a encontrar a las diez de la mañana enel puente del canal. La hermana mayor de Mahony leiba a escribir una disculpa y Leo Dillon le iba a decir a suhermano que dijese que su hermano estaba enfermo.Convinimos en ir por Wharf Road, que es la calle delmuelle, hasta llegar a los barcos, luego cruzaríamos enla lanchita hasta el Palomar. Leo Dillon tenía miedo deque nos encontráramos con el padre Butler o con alguiendel colegio; pero Mahony le preguntó, con muy buen jui-cio, que qué iba a hacer el padre Butler en el Palomar.Tranquilizados, llevé a buen término la primera parte 20
  21. 21. del complot haciendo una colecta de seis peniques porcabeza, no sin antes enseñarles a ellos a mi vez mis seispeniques. Cuando hacíamos los últimos preparativos lavíspera, estábamos algo excitados. Nos dimos las ma-nos, riendo, y Mahony dijo: —Ta mañana, socios. Esa noche, dormí mal. Por la mañana, fui el primeroen llegar al puente, ya que yo vivía más cerca. Escondímis libros entre la yerba crecida cerca del cenizal y alfondo del parque, donde nadie iba, y me apresuré male-cón arriba. Era una tibia mañana de la primera semanade junio. Me senté en la albarda del puente a contem-plar mis delicados zapatos de lona que diligentementeblanqueé la noche antes y a mirar los dóciles caballosque tiraban cuesta arriba de un tranvía lleno de em-pleados. Las ramas de los árboles que bordeaban la ala-meda estaban de lo más alegres con sus hojitas verdeclaro y el sol se escurría entre ellas hasta tocar el agua.El granito del puente comenzaba a calentarse y empecéa golpearlo con la mano al compás de una tonada quetenía en la mente. Me sentí de lo más bien. Llevaba sentado allí cinco o diez minutos cuando viel traje gris de Mahony que se acercaba. Subía la cuesta,sonriendo, y se trepó hasta mí por el puente. Mientrasesperábamos sacó el tiraflechas que le hacía bulto en unbolsillo interior y me explicó las mejoras que le habíahecho. Le pregunté por qué lo había traído y me explicóque era para darles a los pájaros donde les duele. Mahonysabía hablar jerigonza y a menudo se refería al padreButler como el Mechero de Bunsen. Esperamos un cuartode hora o más, pero así y todo Leo Dillon no dio seña-les. Finalmente, Mahony se bajó de un brinco, diciendo: 21
  22. 22. —Vámonos. Ya me sabía yo que ese manteca era unfulastre. —¿Y sus seis peniques...? —dije. —Perdió prenda —dijo Mahony—. Y mejor para no-sotros: en vez de un seise, tenemos nueve peniques cada. Caminamos por el North Strand Road hasta que lle-gamos a la planta de ácido muriático y allí doblamos a laderecha para coger por los muelles. Tan pronto comonos alejamos de la gente, Mahony comenzó a jugar a losindios. Persiguió a un grupo de niñas andrajosas, apun-tándolas con su tiraflechas y cuando dos andrajososempezaron, de galantes, a tiramos piedras, Mahony pro-puso que les cayéramos arriba. Me opuse diciéndole queeran muy chiquitos para nosotros y seguimos nuestrocamino, con toda la bandada de andrajosos dándonosgritos de Cuá, cuá, ¡cuáqueros! creyéndonos protestan-tes, porque Mahony, que era muy prieto, llevaba la in-signia de un equipo de críquet en su gorra. Cuando lle-gamos a La Plancha planeamos ponerle sitio; pero fuetodo un fracaso, porque hacen falta por lo menos trespara un sitio. Nos vengamos de Leo Dillon declarándoloun fulastre y tratando de adivinar los azotes que le iba adar Mr Ryan a las tres. Luego llegamos al río. Nos demoramos bastante porunas calles de mucho movimiento entre altos muros demampostería, viendo funcionar las grúas y las maqui-narias y más de una vez los carretoneros nos dieron gri-tos desde sus carretas crujientes para activamos. Eramediodía cuando llegamos a los muelles y, como los es-tibadores parecían estar almorzando, nos compramosdos grandes panes de pasas y nos sentamos a comerlosen unas tuberías de metal junto al río. Nos dimos gusto 22
  23. 23. contemplando el tráfico del puerto: las barcazas anun-ciadas desde lejos por sus bucles de humo, la flotapesquera, parda, al otro lado de Ringsend, los enormesveleros blancos que descargaban en el muelle de la ori-lla opuesta. Mahony habló de la buena aventura que seríaenrolarse en uno de esos grandes barcos, y hasta yo,mirando sus mástiles, vi, o imaginé, cómo la escasa geo-grafía que nos metían por la cabeza en la escuela cobra-ba cuerpo gradualmente ante mis ojos. Casa y colegiodaban la impresión de alejarse de nosotros y su influenciaparecía que se esfumaba. Cruzamos el Liffey en la lanchita, pagando por quenos pasaran en compañía de dos obreros y de un judíomenudo que cargaba con una maleta. Estábamos todostan serios que resultábamos casi solemnes, pero en unaocasión durante el corto viaje nuestros ojos se cruzarony nos reímos. Cuando desembarcamos vimos la descar-ga de la linda goleta de tres palos que habíamos con-templado desde el muelle de enfrente. Algunos espec-tadores dijeron que era un velero noruego. Caminé has-ta la proa y traté de descifrar la leyenda inscrita en ellapero, al no poder hacerlo, regresé a examinar los mari-nos extranjeros para ver si alguno tenía los ojos verdes,ya que tenía confundidas mis ideas... Los ojos de losmarineros eran azules, grises y hasta negros. El únicomarinero cuyos ojos podían llamarse con toda propie-dad verdes era uno grande, que divertía al público en elmuelle gritando alegremente cada vez que caían las al-bardas: —¡Muy bueno! ¡Muy bueno! Cuando nos cansamos de mirar nos fuimos lentamen-te hasta Ringsend. El día se había hecho sofocante y en 23
  24. 24. las ventanas de las tiendas unas galletas mohosas sedesteñían al sol. Compramos galletas y chocolate, quecomimos muy despacio mientras vagábamos por lasmugrientas calles en que vivían las familias de los pes-cadores. No encontramos ninguna lechería, así que nosllegamos a una venduta y compramos una botella de li-monada de frambuesa para cada uno. Ya refrescado,Mahony persiguió un gato por un callejón, pero se le es-capó hacia un terreno abierto. Estábamos bastante can-sados los dos y cuando llegamos al campo nos dirigimosenseguida hacia una cuesta empinada desde cuyo topepudimos ver el Dodder. Se había hecho demasiado tarde y estábamos muycansados para llevar a cabo nuestro proyecto de visitarel Palomar. Teníamos que estar de vuelta antes de lascuatro o nuestra aventura se descubriría. Mahony mirósu tiraflechas, compungido, y tuve que sugerir regresaren el tren para que recobrara su alegría. El sol se ocultótras las nubes y nos dejó con los anhelos mustios y lasmigajas de las provisiones. Estábamos solos en el campo. Después de estar echa-dos en la falda de la loma un rato sin hablar, vi un hom-bre que se acercaba por el lado lejano del terreno. Loobservé desganado mientras mascaba una de esas ca-ñas verdes que las muchachas cogen para adivinar lasuerte. Subía la loma lentamente. Caminaba con unamano en la cadera y con la otra agarraba un bastón conel que golpeaba la yerba con suavidad. Se veía chambón en su traje verdinegro y llevaba unsombrero de copa alta de esos que se llaman jerry. De-bía de ser viejo, porque su bigote era cenizo. Cuando pasójunto a nuestros pies nos echó una mirada rápida y si- 24
  25. 25. guió su camino. Lo seguimos con la vista y vimos que nohabía caminado cincuenta pasos cuando se viró y volviósobre sus pasos. Caminaba hacia nosotros muy despacio,golpeando siempre el suelo con su bastón y lo hacía contanta lentitud que pensé que buscaba algo en la yerba. Se detuvo cuando llegó al nivel nuestro y nos dio losbuenos días. Correspondimos y se sentó junto a noso-tros en la cuesta, lentamente y con mucho cuidado.Empezó hablando del tiempo, diciendo que iba a hacerun verano caluroso, pero añadió que las estaciones ha-bían cambiado mucho desde su niñez —hace mucho tiem-po. Habló de que la época más feliz es, indudablemente,la de los días escolares y dijo que daría cualquier cosapor ser joven otra vez. Mientras expresaba semejantesideas, bastante aburridas, nos quedamos callados. Lue-go empezó a hablar de la escuela y de libros. Nos pre-guntó si habíamos leídos los versos de Thomas Moore olas obras de Sir Walter Scott y de Lord Lytton. Yo apa-renté haber leído todos esos libros de los que él hablaba,por lo que finalmente me dijo: —Ajá, ya veo que eres ra-tón de biblioteca, como yo. Ahora —añadió, apuntandopara Mahony, que nos miraba con los ojos abiertos—, queéste se ve que es diferente: lo que le gusta es jugar. Dijo que tenía todos los libros de Sir Walter Scott yde Lord Lytton en su casa y nunca se aburría de leerlos. —Por supuesto —dijo—, que hay algunas obras deLord Lytton que un menor no puede leer. Mahony le preguntó que por qué no las podían leer,pregunta que me sobresaltó y abochornó porque temíque el hombre iba a creer que yo era tan tonto comoMahony. El hombre, sin embargo, se sonrió. Vi que te-nía en su boca grandes huecos entre los dientes amari- 25
  26. 26. llos. Entonces nos preguntó que quién de los dos teníamás novias. Mahony dijo a la ligera que tenía tres chi-quitas. El hombre me preguntó cuántas tenía yo. Le res-pondí que ninguna. No quiso creerme y me dijo que es-taba seguro que debía de tener por lo menos una. Mequedé callado. —Dígame —dijo Mahoney, parejero, al hombre— ¿ycuántas tiene usted? El hombre sonrió como antes y dijo que cuando élera de nuestra edad tenía novias a montones. —Todos los muchachos —dijo— tienen noviecitas. Su actitud sobre este particular me pareció extra-ñamente liberal para una persona mayor. Para mí quelo que decía de los muchachos y de las novias era razo-nable. Pero me disgustó oírlo de sus labios y me pre-gunté por qué le darían tembleques una o dos veces,como si temiera algo o como si de pronto tuviera escalo-frío. Mientras hablaba me di cuenta de que tenía un buenacento. Empezó a hablarnos de las muchachas, de lo sua-ve que tenían el pelo y las manos y de cómo no todaseran tan buenas como parecían, si uno no sabía a quéatenerse. Nada le gustaba tanto, dijo, como mirar a unamuchacha bonita, con sus suaves manos blancas y sulindo pelo sedoso. Me dio la impresión de que estabarepitiendo algo que se había aprendido de memoria o deque, atraída por las palabras que decía, su mente dabavueltas una y otra vez en una misma órbita. A veceshablaba como si hiciera alusión a hechos que todos co-nocían, otras bajaba la voz y hablaba misteriosamente,como si nos estuviera contando un secreto que no que-ría que nadie más oyera. Repetía sus frases una y otra 26
  27. 27. vez, variándolas y dándoles vueltas con su voz monóto-na. Seguí mirando hacia el bajío mientras lo escuchaba. Después de un largo rato hizo una pausa en su mo-nólogo. Se puso en pie lentamente, diciendo que teníaque dejarnos por uno o dos minutos más o menos, y, sincambiar yo la dirección de mi mirada, lo vi alejarse len-tamente camino del extremo más próximo del terreno.Nos quedamos callados cuando se fue. Después de unosminutos de silencio oí a Mahony exclamar: —¡Mira para eso! ¡Mira lo que está haciendo ahora!Como ni miré ni levanté la vista, Mahony exclamó denuevo: —¡Pero mira para eso!... ¡Qué viejo más estrambóti-co! —En caso de que nos pregunte el nombre —dije—, túte llamas Murphy y yo me llamo Smith. No dijimos más. Estaba aún considerando si irme oquedarme cuando el hombre regresó y otra vez se sen-tó al lado nuestro. Apenas se había sentado cuandoMahony, viendo de nuevo el gato que se le había esca-pado antes, se levantó de un salto y lo persiguió a campotraviesa. El hombre y yo presenciamos la cacería. El gatose escapó de nuevo y Mahony empezó a tirarle piedrasa la cerca por la que subió. Desistiendo, empezó a vagarpor el fondo del terreno, errático. Después de un intervalo el hombre me habló. Me dijoque mi amigo era un travieso y me preguntó si no ledaban una buena en la escuela. Estuve a punto de decir-le que no éramos alumnos de la escuela pública para quenos dieran una buena, como decía él; pero me quedécallado. Empezó a hablar sobre la manera de castigar alos muchachos. Su mente, como imantada de nuevo porlo que decía, pareció dar vueltas y más vueltas lentas 27
  28. 28. alrededor de su nuevo eje. Dijo que cuando los mucha-chos eran así había que darles una buena y darles duro.Cuando un muchacho salía travieso y malo no había nadaque le hiciera tanto bien como una buena paliza. Unmanotazo o un tirón de orejas no bastaba: lo que estabapidiendo era una buena paliza en caliente. Me sorpren-dió su ánimo, por lo que involuntariamente eché un vis-tazo a su cara. Al hacerlo, encontré su mirada: un par deojos color verde botella que me miraban debajo de unafrente fruncida. De nuevo desvié la vista. El hombre siguió con su monólogo. Parecía haber ol-vidado su liberalismo de hace poco. Dijo que si él encon-traba a un muchacho hablando con una muchacha o te-niendo novia lo azotaría y lo azotaría: y que eso le ense-ñaría a no andar hablando con muchachas. Y si un mu-chacho tenía novia y decía mentiras, le daba una palizacomo nunca le habían dado a nadie en este mundo. Dijoque no había nada en el mundo que le agradara más. Medescribió cómo le daría una paliza a semejante mocosocomo si estuviera revelando un misterio barroco. Estole gustaba a él, dijo, más que nada en el mundo; y suvoz, mientras me guiaba monótona a través del miste-rio, se hizo afectuosa, como si me rogara que lo com-prendiera. Esperé a que hiciera otra pausa en su monólogo. En-tonces me puse en pie de repente. Por miedo a traicio-nar mi agitación me demoré un momento, aparentandoque me arreglaba un zapato y luego, diciendo que metenía que ir, le di los buenos días. Subí la cuesta en cal-ma pero mi corazón latía rápido del miedo a que me aga-rrara por un tobillo. Cuando llegué a la cima me volví y,sin mirarlo, grité a campo traviesa: 28
  29. 29. —¡Murphy! Había un forzado dejo de bravuconería en mi voz yme abochorné de treta tan burda. Tuve que gritar denuevo antes de que Mahony me viera y respondiera conotro grito. ¡Cómo latió mi corazón mientras él corría ha-cia mí a campo traviesa! Corría como si viniera en miayuda. Y me sentí un penitente arrepentido: porquedentro de mí había sentido por él siempre un poco dedesprecio. 29
  30. 30. ARABIA North Richmond Street, por ser un callejón sin sali-da, era una calle callada, excepto a la hora en que la es-cuela de los Hermanos Cristianos soltaba sus alumnos.Al fondo del callejón había una casa de dos pisosdeshabitada y separada de sus vecinas por su terrenocuadrado. Las otras casas de la calle, conscientes de lasfamilias decentes que vivían en ellas, se miraban unas aotras con imperturbables caras pardas. El inquilino anterior de nuestra casa, sacerdote él,había muerto en la saleta interior. El aire, de tiempo atrásenclaustrado, permanecía estancado en toda la casa, yel cuarto de desahogo detrás de la cocina estaba atibo-rrado de viejos papeles inservibles. Entre ellos encontrémuchos libros forrados en papel, con sus páginas dobla-das y húmedas: El Abate, de Walter Scott, La DevotaComunicante y Las Memorias de Vidocq. Me gustabamás este último porque sus páginas eran amarillas. Eljardín silvestre detrás de la casa tenía un manzano en elmedio y unos cuantos arbustos desparramados, debajo
  31. 31. de uno de los cuales encontré una bomba de bicicletaoxidada que perteneció al difunto. Era un cura caritati-vo; en su testamento dejó todo su dinero para obras píasy los muebles de la casa a su hermana. Cuando llegaron los cortos días de invierno, oscure-cía antes de que hubiéramos acabado de comer. Cuandonos reuníamos en la calle ya las casas se habían hechosombrías. El pedazo de cielo sobre nuestras cabezas erade un color morado moaré y las luces de la calle dirigíanhacia allá sus débiles focos. El aire frío mordía, pero jugábamos hasta que nues-tros cuerpos relucían. Nuestros gritos hacían eco en la calle silenciosa. Nues-tras carreras nos llevaban por entre los oscuros callejo-nes fangosos detrás de las casas, donde pasábamos bajola baqueta de las salvajes tribus de las chozas, hasta losportillos de los oscuros jardines escurridos en que se le-vantaban tufos de los cenizales, y los oscuros, olorososestablos donde un cochero peinaba y alisaba el pelo a sucaballo o sacaba música de arneses y de estribos. Cuan-do regresábamos a nuestra calle, ya las luces de las coci-nas bañaban el lugar. Si veíamos a mi tío doblando laesquina, nos escondíamos en la oscuridad hasta que en-traba en la casa. O si la hermana de Mangan salía a lapuerta llamando a su hermano para el té, desde nuestraoscuridad la veíamos oteando calle arriba y calle abajo.Aguardábamos todos hasta ver si se quedaba o entrabay si se quedaba dejábamos nuestro escondite y, resig-nados, caminábamos hasta el quicio de la casa deMangan. Allí nos esperaba ella, su cuerpo recortado con-tra la luz que salía por la puerta entreabierta. Su her-mano siempre se burlaba de ella antes de hacerle caso y 31
  32. 32. yo me quedaba junto a la reja, a mirarla. Al moverse ellasu vestido bailaba con su cuerpo, y echaba a un lado yotro su trenza sedosa. Todas las mañanas me tiraba al suelo de la sala de-lantera para vigilar su puerta. Para que no me vierabajaba las cortinas a una pulgada del marco. Cuando sa-lía a la puerta mi corazón daba un vuelco. Corría al pasi-llo, agarraba mis libros y le caía atrás. Procuraba tenersiempre a la vista su cuerpo moreno y, cuando llegába-mos cerca del sitio donde nuestro camino se bifurcaba,apretaba yo el paso y la alcanzaba. Esto ocurría un díatras otro. Nunca había hablado con ella, si exceptuamosesas pocas palabras de ocasión, y, sin embargo, su nom-bre era como un reclamo para mi sangre alocada. Su imagen me acompañaba hasta los sitios más hos-tiles al amor. Cuando mi tía iba al mercado los sábadospor la tarde yo tenía que ir con ella para ayudarla a car-gar los mandados. Caminábamos por calles bulliciosashostigados por borrachos y baratilleros, entre las mal-diciones de los trabajadores, las agudas letanías de lospregoneros que hacían guardia junto a los barriles demejillas de cerdo, el tono nasal de los cantantes calleje-ros que entonaban un oigan-esto-todos sobre O’DonovanRossa o una balada sobre los líos de la tierra natal. Talesruidos confluían en una única sensación de vida para mí:me imaginaba que llevaba mi cáliz a salvo por entre unaturba enemiga. Por momentos su nombre venía a mislabios en extrañas plegarias y súplicas que ni yo mismoentendía. Mis ojos se llenaban de lágrimas a menudo (sinpoder decir por qué) y a veces el corazón se me salía porla boca. Pensaba poco en el futuro. No sabía si llegaría ono a hablarle y si le hablaba, cómo le iba a comunicar mi 32
  33. 33. confusa adoración. Pero mi cuerpo era un arpa y suspalabras y sus gestos eran como dedos que recorrieranmis cuerdas. Una noche me fui a la saleta en que había muerto elcura. Era una noche oscura y lluviosa y no se oía un rui-do en la casa. Por uno de los vidrios rotos oía la lluviahostigando al mundo: las finas, incesantes agujas de aguajugando en sus camas húmedas. Una lámpara distante ouna ventana alumbrada resplandecía allá abajo. Agra-decí que pudiera ver tan poco. Todos mis sentidos pare-cían desear echar un velo sobre sí mismos, y sintiendoque estaba a punto de perderlos, junté las palmas demis manos y las apreté tanto que temblaron, y musité:¡Oh, amor! ¡Oh, amor!, muchas veces. Finalmente, habló conmigo. Cuando se dirigió a mísus primeras palabras fueron tan confusas que no supequé responder. Me preguntó si iría a la Arabia. No re-cuerdo si respondí que sí o que no. Iba a ser una feriafabulosa, dijo ella; le encantaría a ella ir. —¿Y por qué no vas? —le pregunté. Mientras hablaba daba vueltas y más vueltas a unbrazalete de plata en su muñeca. No podría ir, dijo, por-que había retiro esa semana en el convento. Su herma-no y otros muchachos peleaban por una gorra y me quedésolo recostado a la reja. Se agarró a uno de los hierrosinclinando hacia mí la cabeza. La luz de la lámpara fren-te a nuestra puerta destacaba la blanca curva de su cue-llo, le iluminaba el pelo que reposaba allí y, descendien-do, daba sobre su mano en la reja. Caía por un lado de suvestido y cogía el blanco borde de su pollera, que se ha-cía visible al pararse descuidada. —Te vas a divertir —dijo. 33
  34. 34. —Si voy —le dije—, te traeré alguna cosa. ¡Cuántas incontables locuras malgastaron mis sue-ños, despierto o dormido, después de aquella noche!Quise borrar los días de tedio por venir. Le cogí rabia alestudio. Por la noche en mi cuarto y por el día en el aulasu imagen se interponía entre la página que quería leery yo. Las sílabas de la palabra Arabia acudían a mí através del silencio en que mi alma se regalaba para atra-parme con su embrujo oriental. Pedí permiso para ir ala feria el sábado por la noche. Mi tía se quedó sorprendi-dísima y dijo que esperaba que no fuera una cosa de losmasones. Pude contestar muy pocas preguntas en cla-se. Vi la cara del maestro pasar de la amabilidad a ladureza; dijo que confiaba en que yo no estuviera de hol-gorio. No lograba reunir mis pensamientos. No tenía nin-guna paciencia con el lado serio de la vida que, ahora, seinterponía entre mi deseo y yo, y me parecía juego deniños, feo y monótono juego de niños. El sábado por la mañana le recordé a mi tío que de-seaba ir a la feria por la noche. Estaba atareado con elestante del pasillo, buscando el cepillo de su sombrero yme respondió, agrio: —Está bien, muchacho, ya lo sé. Como él estaba en el pasillo no podía entrar en lasala y apostarme en la ventana. Dejé la casa de mal hu-mor y caminé lentamente hacia la escuela. El aire eraimplacablemente crudo, y el ánimo me abandonó. Cuando volví a casa para la cena mi tío aún no habíaregresado. Pero todavía era temprano. Me senté frenteal reloj por un rato y, cuando su tictac empezó a irritar-me, me fui del cuarto. Subí a los altos. Los cuartos dearriba, fríos, vacíos, lóbregos, me aliviaron y fui de cuarto 34
  35. 35. en cuarto cantando. Desde la ventana del frente vi a miscompañeros jugando en la calle. Sus gritos me llegabanindistintos y apagados y, recostando mi cabeza contra elfrío cristal, miré a la casa a oscuras en que ella vivía.Debí estar allí parado cerca de una hora, sin ver nadamás que la figura morena proyectada por mi imagina-ción, retocada discretamente por la luz de la lámpara enel cuello curvo y en la mano sobre la reja y en el bordedel vestido. Cuando bajé las escaleras de nuevo me encontré aMrs Mercer sentada al fuego. Era una vieja hablantina,viuda de un prestamista, que coleccionaba sellos parauna de sus obras pías. Tuve que soportar todos esoschismes de la hora del té. La comelata se prolongó másde una hora y todavía mi tío no llegaba. Mrs Mercer sepuso en pie para irse: sentía no poder esperar un pocomás, pero eran más de las ocho y no le gustaba andarpor afuera tarde, ya que el sereno le hacía daño. Cuandose fue empecé a pasearme por el cuarto, apretando lospuños. Mi tía me dijo: —Me temo que tendrás que posponer tu tómbolapara otra noche del Señor. A las nueve oí el llavín de mi tío en la puerta de lacalle. Lo oí hablando solo y oí crujir el estante del pasillocuando recibió el peso de su sobretodo. Sabía interpre-tar estos signos. Cuando iba por la mitad de la cena lepedí que me diera dinero para ir a la feria. Se le habíaolvidado. —Ya todo el mundo está en la cama y en su segundosueño —me dijo. Ni me sonreí. Mi tía le dijo, enérgica: 35
  36. 36. —¿No puedes acabar de darle el dinero y dejarlo quese vaya? Bastante que lo hiciste esperar. Mi tío dijo que sentía mucho haberse olvidado. Dijoque él creía en ese viejo dicho: Mucho estudio y pocojuego hacen a Juan majadero. Me preguntó que a dóndeiba yo y cuando se lo dije por segunda vez me preguntóque si no conocía Un árabe dice adiós a su corcel. Cuan-do salía de la cocina se preparaba a recitar a mi tía losprimeros versos del poema. Apreté el florín bien en la mano mientras iba porBuckingham Street hacia la estación. La vista de las ca-lles llenas de gente de compras y bañadas en luz de gasme hizo recordar el propósito de mi viaje. Me senté enun vagón de tercera de un tren vacío. Después de unademora intolerable el tren salió lento de la estación y searrastró cuesta arriba entre casas en ruinas y sobre elrío rutilante. En la estación de Westland Row la multi-tud se apelotonaba a las puertas del vagón; pero los con-ductores la rechazaron diciendo que éste era un trenespecial a la tómbola. Seguí solo en el vagón vacío. Enunos minutos el tren arrimó a una improvisada plata-forma de madera. Bajé a la calle y vi en la iluminadaesfera de un reloj que eran las diez menos diez. Frente amí había un edificio que mostraba el mágico nombre. No pude encontrar ninguna de las entradas de seispeniques y, temiendo que hubieran cerrado, pasé rápi-do por el torniquete, dándole un chelín a un portero deaspecto cansado. Me encontré dentro de un salón corta-do a la mitad por una galería. Casi todos los estanquillosestaban cerrados y la mayor parte del salón estaba aoscuras. Reconocí ese silencio que se hace en las iglesiasdespués del servicio. Caminé hasta el centro de la feria 36
  37. 37. tímidamente. Unas pocas gentes se reunían alrededorde los estanquillos que aún estaban abiertos. Delante deuna cortina, sobre la que aparecían escritas las palabrasCafé Chantant con lámparas de colores, dos hombrescontaban dinero dentro de un cepillo. Oí cómo caían lasmonedas. Recordando con cuánta dificultad logré venir, fui ha-cia uno de los estanquillos y examiné los búcaros de por-celana y los juegos de té floreados. A la puerta delestanquillo una jovencita hablaba y reía con dos jóve-nes. Me di cuenta que tenían acento inglés y escuchévagamente la conversación. —¡Oh, nunca dije tal cosa! —¡Oh, pero sí! —¡Oh, pero no! —¿No fue eso lo que dijo ella? —Sí. Yo la oí. —¡Oh, vaya pero qué... embustero! Viéndome, la jovencita vino a preguntarme si queríacomprar algo. Su tono de voz no era alentador; parecíahaberse dirigido a mí por sentido del deber. Miré hu-mildemente los grandes jarrones colocados como ma-melucos a los lados de la oscura entrada al estanquillo ymurmuré: —No, gracias. La jovencita cambió de posición uno de los búcaros yregresó a sus amigos. Empezaron a hablar del mismo asunto. Una que otravez la jovencita me echó una mirada por encima del hom-bro. Me quedé un rato junto al estanquillo —aunque sa-bía que quedarme era inútil— para hacer parecer másreal mi interés en la loza. Luego, me di vuelta lentamen- 37
  38. 38. te y caminé por el centro del bazar. Dejé caer los dospeniques junto a mis seis en el bolsillo. Oí una voz gri-tando desde un extremo de la galería que iban a apagarlas luces. La parte superior del salón estaba completa-mente a oscuras ya. Levantando la vista hacia lo oscuro, me vi como unacriatura manipulada y puesta en ridículo, por la vani-dad; y mis ojos ardieron de angustia y de rabia. 38
  39. 39. EVELINE Sentada a la ventana vio cómo la noche invadía laavenida. Reclinó la cabeza en la cortina y su nariz se lle-nó del olor a cretona polvorienta. Se sentía cansada. Pasaban pocas personas. El hombre que vivía al fi-nal de la cuadra regresaba a su casa; oyó los pasos repi-car sobre la acera de cemento y crujir luego en el cami-no de ceniza que pasaba frente a las nuevas casas deladrillos rojos. En otro tiempo hubo allí un solar yermodonde jugaban todas las tardes con los otros muchachos.Luego, alguien de Belfast compró el solar y construyóallí casas —no casitas de color pardo como las demás sinocasas de ladrillo, de colores vivos y techos charolados.Los muchachos de la avenida acostumbraban a jugar enese placer —los Devine, los Water, los Dunn, Keogh ellisiadito, ella y sus hermanos y sus hermanas. Ernest,sin embargo, nunca jugaba: era muy mayor. Su padresolía perseguirlos por el yermo esgrimiendo un bastónde endrino; pero casi siempre el pequeño Keogh se po-nía a vigilar y avisaba cuando veía venir a su padre. Con
  40. 40. todo, parecían felices por aquel entonces. Su padre noiba tan mal en ese tiempo; y, además, su madre estabaviva. Eso fue hace años; ella, sus hermanos y sus her-manas ya eran personas mayores; su madre había muer-to. Tizzie Dunn también había muerto y los Water ha-bían vuelto a Inglaterra. ¡Todo cambia! Ahora ella tam-bién se iría lejos, como los demás, abandonando el hogarpaterno. ¡El hogar! Echó una mirada al cuarto, revisando to-dos los objetos familiares que había sacudido una vezpor semana durante tantísimos años preguntándose dedónde saldría ese polvo. Quizá no volvería a ver las co-sas de la familia de las que nunca soñó separarse. Y sinembargo en todo ese tiempo nunca averiguó el nombredel cura cuya foto amarillenta colgaba en la pared sobreel armonio roto, al lado de la estampa de las promesas aSanta Margarita María Alacoque. Fue amigo de su pa-dre. Cada vez que mostraba la foto a un visitante su pa-dre solía alargársela con una frase fácil: —Ahora vive en Melbourne. Ella había decidido dejar su casa, irse lejos. ¿Era éstauna decisión inteligente? Trató de sopesar las partes delproblema. En su casa por lo menos tenía casa y comida;estaban aquellos que conocía de toda la vida. Claro quetenía que trabajar duro, en la casa y en la calle. ¿Quédirían en la Tienda cuando supieran que se había fugadocon el novio? Tal vez dirían que era una idiota; y la sus-tituirían poniendo un anuncio. Miss Gavan se alegraría.La tenía cogida con ella, sobre todo cuando había gentedelante. —Miss Hill, ¿no ve que está haciendo esperar a estasseñoras? 40
  41. 41. —Por favor, Miss Hill, un poco más de viveza. No iba a derramar precisamente lágrimas por laTienda. Pero en su nueva casa, en un país lejano y extraño,no pasaría lo mismo. Luego —ella, Eveline— se casaría.Entonces la gente sí que la respetaría. No iba a dejarsetratar como su madre. Aún ahora, que tenía casi veinteaños, a veces se sentía amenazada por la violencia de supadre. Sabía que era eso lo que le daba palpitaciones.Cuando se fueron haciendo mayores él nunca le fue arri-ba a ella, como le fue arriba a Harry y a Ernest, porqueella era hembra; pero últimamente la amenazaba y ledecía lo que le haría si no fuera porque su madre estabamuerta. Y ahora no tenía quien la protegiera, con Ernestmuerto y Harry, que trabajaba decorando iglesias, siem-pre de viaje por el interior. Además, las invariables dis-putas por el dinero cada sábado por la noche habían co-menzado a cansarla hasta decir no más. Ella siempreentregaba todo su sueldo —siete chelines— y Harrymandaba lo que podía, pero el problema era cómo con-seguir dinero de su padre. El decía que ella malgastabael dinero, que no tenía cabeza, que no le iba a dar el di-nero que ganaba con tanto trabajo para que ella lo tirarapor ahí, y muchísimas cosas más, ya que los sábados porla noche siempre regresaba algo destemplado. Al final,le daba el dinero, preguntándole si ella no tenía inten-ción de ‘comprar las cosas de la cena del domingo. En-tonces tenía que irse a la calle volando a hacer los man-dados, agarraba bien su monedero de cuero negro en lamano al abrirse paso por entre la gente y volvía a casaya tarde, cargada de comestibles. Le costaba mucho tra-bajo sostener la casa y ocuparse de que los dos niños 41
  42. 42. dejados a su cargo fueran a la escuela y se alimentarancon regularidad. El trabajo era duro —la vida era durapero ahora que estaba a punto de partir no encontrabaque su vida dejara tanto que desear. Iba a comenzar a explorar una nueva vida con Frank.Frank era bueno, varonil, campechano. Iba a irse con élen el barco de la noche y ser su esposa y vivir con él enBuenos Aires, donde le había puesto casa. Recordaba bienla primera vez que lo vio; se alojaba él en una casa de lacalle mayor a la que ella iba de visita. Parecía que nohabían pasado más que unas semanas. El estaba paradoen la puerta, la visera de la gorra echada para atrás, conel pelo cayéndole en la cara broncínea. Llegaron a cono-cerse bien. El la esperaba todas las noches a la salida dela Tienda y la acompañaba hasta su casa. La llevó a verLa Muchacha de Bohemia y ella se sintió en las nubessentada con él en el teatro, en sitio desusado. A él le gus-taba mucho la música y cantaba un poco. La gente seenteró de que la enamoraba y, cuando él cantaba aque-llo de la novia del marinero, ella siempre se sentía tur-bada. El la apodó Poppens, en broma. Al principio eraemocionante tener novio y después él le empezó a gus-tar. Contaba cuentos de tierras lejanas. Había empeza-do como camarero, ganando una libra al mes, en un bu-que de las líneas Allan que navegaba al Canadá. Le reci-tó los nombres de todos los barcos en que había viajadoy le enseñó los nombres de los diversos servicios. Habíacruzado el estrecho de Magallanes y le narró historiasde los terribles patagones. Recaló en Buenos Aires, de-cía, y había vuelto al terruño de vacaciones solamente.Naturalmente, el padre de ella descubrió el noviazgo yle prohibió que tuviera nada que ver con él. 42
  43. 43. —Yo conozco muy bien a los marineros —le dijo. Un día él sostuvo una discusión acalorada con Franky después de eso ella tuvo que verlo en secreto. En la calle la tarde se había hecho noche cerrada. Lablancura de las cartas se destacaba en su regazo. Unaera para Harry; la otra para su padre. Su hermano fa-vorito fue siempre Ernest, pero ella también quería a Harry. Se habíadado cuenta de que su padre había envejecido última-mente; le echaría de menos. A veces él sabía ser agra-dable. No hacía mucho, cuando ella tuvo que guardarcama por un día, él le leyó un cuento de aparecidos y lehizo tostadas en el fogón. Otro día —su madre vivía to-davía— habían ido de picnic a la loma de Howth. Recor-dó cómo su padre se puso el bonete de su madre parahacer reír a los niños. Apenas le quedaba tiempo ya, pero seguía sentada ala ventana, la cabeza recostada en la cortina, respirandoel olor a cretona polvorienta. A lo lejos, en la avenida,podía oír un organillo. Conocía la canción. Qué extrañoque la oyera precisamente esta noche para recordarlela promesa que hizo a su madre: la promesa de sostenerla casa cuanto pudiera. Recordó la última noche de laenfermedad de su madre; de nuevo regresó al cuartocerrado y oscuro al otro lado del corredor; afuera toca-ban una melancólica canción italiana. Mandaron mudar-se al organillero dándole seis peniques. Recordó cómosu padre regresó al cuarto de la enferma diciendo: —¡Malditos italianos! ¡Mira que venir aquí! Mientras rememoraba, la lastimosa imagen de sumadre la tocó en lo más vivo de su ser —una vida enterade sacrificio cotidiano para acabar en la locura total. Tem- 43
  44. 44. blaba al oír de nuevo la voz de su madre diciendo cons-tantemente con insistencia insana: —¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun! Se puso en pie bajo un súbito impulso aterrado. ¡Es-capar! ¡Tenía que escapar! Frank sería su salvación. Ledaría su vida, tal vez su amor. Pero ella ansiaba vivir.¿Por qué ser desgraciada? Tenía derecho a la felicidad.Frank la levantaría en vilo, la cargaría en sus brazos.Sería su salvación. Esperaba entre la gente apelotonada en la estaciónen North Wall. Le cogía una mano y ella oyó que él lehablaba, diciendo una y otra vez algo sobre el pasaje. Laestación estaba llena de soldados con maletas marrón.Por las puertas abiertas del almacén atisbó el bulto ne-gro del barco, atracado junto al muelle, con sus portillasiluminadas. No respondió. Sintió su cara fría y pálida y,en su laberinto de penas, rogó a Dios que la encaminara,que le mostrara cuál era su deber. El barco lanzó un lar-go y condolido pitazo hacia la niebla. De irse ahora, ma-ñana estaría mar afuera con Frank, rumbo a BuenosAires. Ya él había sacado los pasajes. ¿Todavía se echa-ría atrás, después de todo lo que él había hecho por ella?Su desánimo le causó náuseas físicas y continuó movien-do los labios en una oración silenciosa y ferviente. Una campanada sonó en su corazón. Sintió su manocoger la suya. —¡Ven! Todos los mares del mundo se agitaban en su seno.El tiraba de ella: la iba a ahogar. Se agarró con las dosmanos a la barandilla de hierro. —¡Ven! 44
  45. 45. ¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraronfrenéticas a la baranda. Dio un grito de angustia hacia elmar. —¡Eveline! ¡Evvy! Se apresuró a pasar la barrera, diciéndole a ella quelo siguiera. Le gritaron que avanzara, pero él seguía lla-mándola. Se enfrentó a él con cara lívida, pasiva, comoun animal indefenso. Sus ojos no tuvieron para él ni unvestigio de amor o de adiós o de reconocimiento. 45
  46. 46. DESPUÉS DE LA CARRERA Los carros venían volando hacia Dublín, deslizándo-se como balines por la curva del camino de Naas. En loalto de la loma, en Inchicore, los espectadores se aglo-meraban para presenciar la carrera de vuelta, y porentre este canal de pobreza y de inercia, el Continentehacía desfilar su riqueza y su industria acelerada. De vezen cuando los racimos de personas lanzaban al aire unosvítores de esclavos agradecidos. No obstante, sim-patizaban más con los carros azules —los carros de susamigos los franceses. Los franceses, además, eran los supuestos ganado-res. El equipo francés llegó entero a los finales; en lossegundos y terceros puestos, y el chofer del carro gana-dor alemán se decía que era belga. Cada carro azul, portanto, recibía doble dosis de vítores al alcanzar la cima,y las bienvenidas fueron acogidas con sonrisas y veniaspor sus tripulantes. En uno de aquellos autos de cons-trucción compacta venía un grupo de cuatro jóvenes,cuya animación parecía por momentos sobrepasar con
  47. 47. mucho los límites del galicismo triunfante: es más, di-chos jóvenes se veían alborotados. Eran Charles Ségouin,dueño del carro; André Riviére, joven electricista naci-do en Canadá; un húngaro grande llamado Villona y unjoven muy bien cuidado que se llamaba Doyle. Ségouinestaba de buen humor porque inesperadamente habíarecibido algunas órdenes por adelantado (estaba a pun-to de establecerse en el negocio de automóviles en Pa-rís) y Riviére estaba de buen humor porque había sidonombrado gerente de dicho establecimiento; estos dosjóvenes (que eran primos) también estaban de buenhumor por el éxito de los carros franceses. Villona esta-ba de buen humor porque había comido un almuerzo muybueno; y, además, que era optimista por naturaleza. Elcuarto miembro del grupo, sin embargo, estaba dema-siado excitado para estar verdaderamente contento. Tenía unos veintiséis años de edad, con un suave bi-gote castaño claro y ojos grises un tanto inocentes. Supadre, que comenzó en la vida como nacionalista avan-zado, había modificado sus puntos de vista bien pronto.Había hecho su dinero como carnicero en Kingstown yal abrir carnicería en Dublín y en los suburbios logrómultiplicar su fortuna varias veces. Tuvo, además, labuena fortuna de asegurar contratos con la policía y, alfinal, se había hecho tan rico como para ser aludido en laprensa de Dublín como príncipe de mercaderes. Envió asu hijo a educarse en un gran colegio católico de In-glaterra y después lo mandó a la universidad de Dublína estudiar derecho. Jimmy no anduvo muy derecho comoestudiante y durante cierto tiempo sacó malas notas.Tenía dinero y era popular; y dividía su tiempo, curio-samente, entre los círculos musicales y los automovilís- 47
  48. 48. ticos. Luego, lo enviaron por un trimestre a Cambridgea que viera lo que es la vida. Su padre, amonestante peroen secreto orgulloso de sus excesos, pagó sus cuentas ylo mandó llamar. Fue en Cambridge que conoció a Sé-gouin. No eran más que conocidos entonces, pero Jimmyhalló sumo placer en la compañía de alguien que habíavisto tanto mundo y que tenía reputación de ser dueñode uno de los mayores hoteles de Francia. Valía la pena(como convino su padre) conocer a una persona así, aunsi no fuera la compañía grata que era. Villona tambiénera divertido —un pianista brillante—, pero, desgracia-damente, pobre. El carro corría con su carga de jacarandosa juven-tud. Los dos primos iban en el asiento delantero; Jimmyy su amigo húngaro se sentaban detrás. Decididamente,Villona estaba en gran forma; por el camino mantuvo sutarareo de bajo profundo durante kilómetros. Los fran-ceses soltaban carcajadas y palabras fáciles por encimadel hombro y más de una vez Jimmy tuvo que estirarsehacia delante para coger una frase al vuelo. No le gusta-ba mucho, ya que tenía que acertar con lo que queríandecir y dar su respuesta a gritos y contra la ventolera.Además que el tarareo de Villona los confundía a todos;y el ruido del carro también. Recorrer rápido el espacio, alboroza; también lanotoriedad; lo mismo la posesión de riquezas. He aquítres buenas razones para la excitación de Jimmy. Esedía muchos de sus conocidos lo vieron en compañía deaquellos continentales. En el puesto de control, Ségouinlo presentó a uno de los competidores franceses y, enrespuesta a su confuso murmullo de cumplido, la caracurtida del automovilista se abrió para revelar una fila 48
  49. 49. de relucientes dientes blancos. Después de tamaño ho-nor era grato regresar al mundo profano de los es-pectadores entre codazos y miradas significativas. To-cante al dinero: tenía de veras acceso a grandes sumas.Ségouin tal vez no pensaría que eran grandes sumas,pero Jimmy, quien a pesar de sus errores pasajeros eraen su fuero interno heredero de sólidos instintos, sabíabien con cuánta dificultad se había amasado esa fortu-na. Este conocimiento mantuvo antaño sus cuentas den-tro de los límites de un derroche razonable, y si estuvoconsciente del trabajo que hay detrás del dinero cuandose trataba nada más del engendro de una inteligenciasuperior, ¡cuánto no más ahora, que estaba a punto deponer en juego una mayor parte de su sustancia! Para élesto era cosa seria. Claro que la inversión era buena y Ségouin se lasarregló para dar la impresión de que era como favor deamigo que esa pizca de dinero irlandés se incluiría en elcapital de la firma. Jimmy respetaba la viveza de su padre en asuntosde negocios y en este caso fue su padre quien primerosugirió la inversión; mucho dinero en el negocio de au-tomóviles, a montones. Todavía más, Ségouin tenía unainconfundible aura de riqueza. Jimmy se dedicó a tra-ducir en términos de horas de trabajo ese auto señorialen que iba sentado. ¡Con qué suavidad avanzaba! ¡Conqué estilo corrieron por caminos y carreteras! El viajepuso su dedo mágico sobre el genuino pulso de la vida y,esforzado, el mecanismo nervioso humano intentabaquedar a la altura de aquel veloz animal azul. Bajaron por Dame Street. La calle bullía con un trán-sito desusado, resonante de bocinas de autos y de 49
  50. 50. campanillazos de tranvías. Ségouin arrimó cerca del ban-co y Jimmy y su amigo descendieron. Un pequeño nú-cleo de personas se reunió para rendir homenaje al ca-rro ronroneante. Los cuatro comerían juntos en el hotelde Ségouin esa noche y, mientras tanto, Jimmy y suamigo, que paraba en su casa, regresarían a vestirse. El auto dobló lentamente por Grafton Street mien-tras los dos jóvenes se desataban del nudo de especta-dores. Caminaron rumbo al norte curiosamente decep-cionados por el ejercicio, mientras que arriba la ciudadcolgaba pálidos globos de luz en el halo de la noche esti-val. En casa de Jimmy se declaró la comida ocasión so-lemne. Un cierto orgullo se mezcló a la agitación paternay una decidida disposición, también, de tirar la casa porla ventana, pues los nombres de las grandes ciudadesextranjeras tienen por lo menos esa virtud. Jimmy, éltambién, lucía muy bien una vez vestido, y al pararse enel corredor, dando aprobación final al lazo de su smo-king, su padre debió de haberse sentido satisfecho, auncomercialmente hablando, por haber asegurado para suhijo cualidades que a menudo no se pueden adquirir. Supadre, por lo mismo, fue desusadamente cortés conVillona y en sus maneras expresaba verdadero respetopor los logros foráneos; pero la sutileza del anfitrión pro-bablemente se malgastó en el húngaro, quien comenza-ba a sentir unas grandes ganas de comer. La comida fue excelente, exquisita. Ségouin, decidióJimmy, tenía un gusto refinadísimo. El grupo se aumentócon un joven irlandés llamado Routh a quien Jimmy ha-bía visto con Ségouin en Cambridge. Los cinco cenaronen un cuarto coquetón iluminado por lámparas incan- 50
  51. 51. descentes. Hablaron con ligereza y sin ambages. Jimmy,con imaginación exaltada, concibió la ágil juventud delos franceses enlazada con elegancia al firme marco demodales del inglés. Grácil imagen ésta, pensó, y tan jus-ta. Admiraba la destreza con que su anfitrión manejabala conversación. Los cinco jóvenes tenían gustos dife-rentes y se les había soltado la lengua. Villona, con infi-nito respeto, comenzó a describirle al amablemente sor-prendido inglesito las bellezas del madrigal inglés, de-plorando la pérdida de los instrumentos antiguos. Rivié-re, no del todo sin ingenio, se tomó el trabajo de expli-carle a Jimmy el porqué del triunfo de los mecánicosfranceses. La resonante voz del húngaro estaba a puntode poner en ridículo los espurios laúdes de los pintoresrománticos, cuando Ségouin pastoreó al grupo hacia lapolítica. He aquí un terreno que congeniaba con todos.Jimmy, bajo influencias generosas, sintió que el celo pa-triótico, ya bajo tierra, de su padre, le resucitaba den-tro: por fin logró avivar al soporífero Routh. El cuarto secaldeó por partida doble y la tarea de Ségouin se hizomás ardua por momentos: hasta se corrió peligro de unpique personal. En una oportunidad, el anfitrión, alerta,levantó su copa para brindar por la Humanidad y cuan-do terminó el brindis abrió las ventanas significativa-mente. Esa noche la ciudad se puso su máscara de gran ca-pital. Los cinco jóvenes pasearon por Stephen’s Greenen una vaga nube de humos aromáticos. Hablaban altoy alegre, las capas colgándoles de los hombros. La gentese apartaba para dejarlos pasar. En la esquina de GraftonStreet un hombre rechoncho embarcaba a dos mujeres 51
  52. 52. en un auto manejado por otro gordo. El auto se alejó y elhombre rechoncho atisbó al grupo. —André. —¡Pero si es Farley! Siguió un torrente de conversación. Farley era ame-ricano. Nadie sabía a ciencia cierta de qué hablaban.Villona y Riviére eran los más ruidosos, pero todos es-taban excitados. Se montaron a un auto, apretándoseunos contra otros en medio de grandes risas. Viajabanpor entre la multitud, fundida ahora a colores suaves ya música de alegres campanitas de cristal. Cogieron eltren en Westland Row y en unos segundos, según pare-ció a Jimmy, estaban saliendo ya de la estación de King-stown. El colector saludó a Jimmy; era un viejo: —¡Linda noche, señor! Era una serena noche de verano; la bahía se exten-día como espejo oscuro a sus pies. Se encaminaron haciaallá cogidos de brazos, cantando Cadet Roussel a coro,dando patadas a cada: ¡Ho! ¡Ho! ¡Hohé, vraiment! Abordaron un bote en el espigón y remaron hasta elyate del americano. Habrá cena, música y cartas. Villonadijo, con convicción: —¡Es una belleza! Había un piano de mar en el camarote. Villona tocóun vals para Farley y para Riviére, Farley haciendo decaballero y Riviére de dama. Luego vino una Squaredance de improviso, todos inventando las figuras origi-nales. ¡Qué contento! Jimmy participó de lleno; esto eravivir la vida por fin. Fue entonces que a Farley le faltóaire y gritó: ¡Stop! Un camarero trajo una cena ligera ylos jóvenes se sentaron a comerla por pura fórmula. Sinembargo, bebían: vino bohemio. Brindaron por Irlanda, 52
  53. 53. Inglaterra, Francia, Hungría, los Estados Unidos. Jimmyhizo un discurso, un discurso largo, con Villona diciendo¡Vamos! ¡Vamos! a cada pausa. Hubo grandes aplausoscuando se sentó. Debe de haber sido un buen discurso.Farley le palmeó la espalda y rieron a rienda suelta. ¡Quéjoviales! ¡Qué buena compañía eran! ¡Cartas! ¡Cartas! Se despejó la mesa. Villona regresóquedo a su piano y tocó a petición. Los otros jugaronjuego tras juego, entrando audazmente en la aventura.Bebieron a la salud de la Reina de Corazones y de la Rei-na de Espadas. Oscuramente Jimmy sintió la ausenciade espectadores: qué golpes de ingenio. Jugaron por loalto y las notas pasaban de mano en mano. Jimmy nosabía a ciencia cierta quién estaba ganando, pero sí sa-bía quién estaba perdiendo. Pero la culpa era suya, yaque a menudo confundía las cartas y los otros tenían quecalcularle sus pagarés. Eran unos tipos del diablo, perole hubiera gustado que hicieran un alto: se hacía tarde.Alguien brindó por el yate La Beldad de Newport y lue-go alguien más propuso jugar un último juego de los gran-des. El piano se había callado; Villona debió de haber su-bido a cubierta. Era un juego pésimo. Hicieron un altoantes de acabar para brindar por la buena suerte. Jimmyse dio cuenta de que el juego estaba entre Routh ySégouin. ¡Qué excitante! Jimmy también estaba excita-do; claro que él perdió. ¿Cuántos pagarés había firma-do? Los hombres se pusieron en pie para jugar los últi-mos quites, hablando y gesticulando. Ganó Routh. Elcamarote tembló con los vivas de los jóvenes y se recogie-ron las cartas. Luego empezaron a colectar lo ganado.Farley y Jimmy eran buenos perdedores. 53
  54. 54. Sabía que lo lamentaría a la mañana siguiente, peropor el momento se alegró del receso, alegre con ese os-curo estupor que echaba un manto sobre sus locuras.Recostó los codos a la mesa y descansó la cabeza entrelas manos, contando los latidos de sus sienes. La puertadel camarote se abrió y vio al húngaro de pie en mediode una luceta gris: —¡Señores, amanece! 54
  55. 55. DOS GALANES La tarde de agosto había caído, gris y cálida, y unaire tibio, un recuerdo del verano, circulaba por las ca-lles. La calle, los comercios cerrados por el descanso do-minical, bullía con una multitud alegremente abigarra-da. Como perlas luminosas, las lámparas alumbraban deencima de los postes estirados y por sobre la texturaviviente de abajo, que variaba de forma y de color sinparar y lanzaba al aire gris y cálido de la tarde un rumorinvariable que no cesa. Dos jóvenes bajaban la cuesta de Rutland Square.Uno de ellos acababa de dar fin a su largo monólogo. Elotro, que caminaba por el borde del contén y que a ve-ces se veía obligado a bajar un pie a la calzada, por culpade la grosería de su acompañante, mantenía su cara di-vertida y atenta. Era rubicundo y rollizo. Usaba una go-rra de yatista echada frente arriba y la narración quevenía oyendo creaba olas expresivas que rompían cons-tantemente sobre su cara desde las comisuras de los la-bios, de la nariz y de los ojos. Breves chorros de una risa
  56. 56. sibilante salían en sucesión de su cuerpo convulso. Susojos titilando con un contento pícaro echaban a cadamomento miradas de soslayo a la cara de su compañe-ro. Una o dos veces se acomodó el ligero impermeableque llevaba colgado de un hombro a la torera. Sus bom-bachas, sus zapatos de goma blancos y su impermeableechado por encima expresaban juventud. Pero su figurase hacía rotunda en la cintura, su pelo era escaso y ca-noso, y su cara, cuando pasaron aquellas olas expresivas,tenía aspecto estragado. Cuando se aseguró de que el cuento hubo acabado serió ruidoso por más de medio minuto. Luego dijo: —¡Vaya!... ¡Ese sí que es el copón divino! Su voz parecía batir el aire con vigor; y para darmayor fuerza a sus palabras añadió con humor: —¡Ese sí que es el único, solitario y si se me permitellamarlo así, recherché copón divino! Al decir esto se quedó callado y serio. Tenía la len-gua cansada, ya que había hablado toda la tarde en elpub de Dorset Street. La mayoría de la gente conside-raba a Lenehan un sanguijuela, pero a pesar de esa re-putación, su destreza y elocuencia evitaba siempre quesus amigos la cogieran con él. Tenía una manera atrevi-da de acercarse a un grupo en la barra y de mantenersesutilmente al margen hasta que alguien lo incluía en laprimera ronda. Vago por deporte, venía equipado conun vasto repertorio de adivinanzas, cuentos y cuarte-tas. Era, además, insensible a toda descortesía. Nadiesabía realmente cómo cumplía la penosa tarea de mante-nerse, pero su nombre se asociaba vagamente a papele-tas y a caballos. 56
  57. 57. —¿Y dónde fue que la levantaste, Corley? —le pre-guntó. Corley se pasó rápido la lengua sobre el labio de arriba. —Una noche, chico —de dijo—, que iba yo por DameStreet y me veo a esta tipa tan buena parada debajo delreloj de Waterhouse y cojo y le doy, tú sabes, las buenasnoches. Luego nos damos una vuelta por el canal y eso,y ella que me dice que es criadita en una casa de BaggotStreet. Le eché el brazo por arriba y la apretujé un pocoesa noche. Entonces, el domingo siguiente, chico, tengocita con ella y nos vemos. Nos fuimos hasta Donnybrooky la metí en un sembrado. Me dijo que ella salía con unlechero... ¡La gran vida, chico! Cigarrillos todas las no-ches y ella pagando el tranvía a la ida y a la venida. Unanoche hasta me trajo dos puros más buenos que el cara-jo. Panetelas, tú sabes, de las que fuma el caballero... Yoque, claro, chico, tenía miedo de que saliera premiada.Pero, ¡tiene una esquiva! —A lo mejor se cree que te vas a casar con ella —dijoLenehan. —Le dije que estaba sin pega —dijo Corley—. Le dijeque trabajaba en Pim’s. Ella ni mi nombre sabe. Estoydemasiado asustado para eso. Pero se cree que soy debuena familia, para que tú lo sepas. Lenehan se rió de nuevo, sin hacer ruido. —De todos los cuentos buenos que he oído en mi vida—dijo—, ese sí que de veras es el copón divino. Corley reconoció el cumplido en su andar. El vaivénde su cuerpo macizo obligaba a su amigo a bailar la suizadel contén a la calzada y viceversa. Corley era hijo de uninspector de policía y había heredado de su padre la cajadel cuerpo y el paso. Caminaba con las manos al costa- 57
  58. 58. do, muy derecho y moviendo la cabeza de un dado alotro. Tenía la cabeza grande, de globo, grasosa; sudabasiempre, en invierno y en verano; y su enorme bombín,ladeado, parecía un bombillo saliendo de un bombillo.La vista siempre al frente, como si estuviera en un des-file, cuando quería mirar a alguien en la calle, tenía quemover todo su cuerpo desde las caderas. Por el momen-to estaba sin trabajo. Cada vez que había un puesto va-cante uno de sus amigos de pasaba la voz. A menudo sede veía conversando con policías de paisano, hablandocon toda seriedad. Sabía dónde estaba el meollo de cual-quier asunto y era dado a decretar sentencia. Hablabasin oír lo que decía su compañía. Hablaba mayormentede sí mismo: de lo que había dicho a tal persona y lo queesa persona de había dicho y lo que él había dicho paradar por zanjado el asunto. Cuando relataba estos diálo-gos aspiraba la primera letra de su nombre, como ha-cían dos florentinos. Lenehan ofreció un cigarrillo a su amigo. Mientraslos dos jóvenes paseaban por entre la gente, Corley sevolvía ocasionalmente para sonreír a una muchacha quepasaba, pero la vista de Lenehan estaba fija en la largaluna pálida con su hado doble. Vio con cara seria cómo lagris telaraña del ocaso atravesaba su faz. Ad cabo dijo: —Bueno... dime, Corley, supongo que sabrás cómomanejarla, ¿no? Corley, expresivo, cerró un ojo en respuesta. —¿Sirve ella? —preguntó Lenehan, dudoso—. Nun-ca se sabe con las mujeres. —Ella sirve —dijo Corley—. Yo sé cómo darle la vuel-ta, chico. Está loquita por mí. 58
  59. 59. —Tú eres lo que yo llamo un tenorio contento —dijoLenehan—. ¡Y un don Juan muy serio también! Un dejo burlón quitó servilismo a la expresión. Comovía de escape tenía la costumbre de dejar su aduloneríaabierta a interpretaciones de burla. Pero Corley no eramuy sutil que digamos. —No hay como una buena criadita —afirmó—. Te lodigo yo. —Es decir, uno que las ha levantado a todas —dijoLenehan. —Yo primero salía con muchachas de su casa, tú sa-bes —dijo Corley, destapándose—. Las sacaba a pasear,chico, en tranvía a todas partes y yo era el que pagaba, olas llevaba a oír la banda o a una obra de teatro o lescompraba chocolates y dulces y eso. Me gastaba con ellasel dinero que daba gusto —añadió en tono convincente,como si estuviera consciente de no ser creído. Pero Lenehan podía creerlo muy bien; asintió, grave. —Conozco el juego —dijo—, y es comida de bobo. —Y maldito sea lo que saqué de él —dijo Corley. —Ídem de ídem —dijo Lenehan. —Con una excepción —dijo Corley. Se mojó el labio superior pasándole la lengua. El re-cuerdo lo encandiló. El, también, miró al pálido disco dela luna, ya casi velado, y pareció meditar. —Ella estaba... bastante bien —dijo con sentimiento.De nuevo se quedó callado. Luego, añadió: —Ahora hace la calle. La vi montada en un carro condos tipos Earl Street abajo una noche. —Supongo que por tu culpa —dijo Lenehan. —Hubo otros antes que yo —dijo Corley, filosófico. 59
  60. 60. Esta vez Lenehan se sentía inclinado a no creerlo.Movió la cabeza de un lado a otro y sonrió. —Tú sabes que tú no me puedes andar a mí con cuen-tos, Corley —dijo. —¡Por lo más sagrado! —dijo Corley—. ¿No me lo dijoella misma? Lenehan hizo un gesto trágico. —¡Triste traidora! —dijo. Al pasar por las rejas de Trinity College, Lenehansaltó al medio de la calle y miró al reloj arriba. —Veinte pasadas —dijo. —Hay tiempo —dijo Corley—. Ella va a estar allí. Siem-pre la hago esperar un poco. Lenehan se rió entre dientes. —¡Anda! Tú sí que sabes cómo manejarlas, Corley—dijo. —Me sé bien todos sus truquitos —confesó Corley. —Pero dime —dijo Lenehan de nuevo—, ¿estás se-guro de que te va a salir bien? No es nada fácil, tú sabes.Tocante a eso son muy cerradas. ¿Eh?... ¿Qué? Lenehan no dijo más. No quería acabarle la pacien-cia a su amigo, que lo mandara al demonio y luego ledijera que no necesitaba para nada sus consejos. Hacíafalta tener tacto. Pero el ceño de Corley volvió a la cal-ma pronto. Tenía la mente en otra cosa. —Es una tipa muy decente —dijo, con aprecio—, deveras que lo es. Bajaron Nassau Street y luego doblaron por Kildare.No lejos del portal del club un arpista tocaba sobre laacera ante un corro de oyentes. Tiraba de las cuerdassin darle importancia, echando de vez en cuando mira-das rápidas al rostro de cada recién venido y otras ve- 60
  61. 61. ces, pero con idéntico desgano, al cielo. Su arpa, tam-bién, sin darle importancia al forro que le caía por deba-jo de las rodillas, parecía desentenderse por igual de lasmiradas ajenas y de las manos de su dueño. Una de es-tas manos bordeaba la melodía de Silent, O Moyle, mien-tras la otra, sobre las primas, le caía detrás a cada grupode notas. Los arpegios de la melodía vibraban hondos yplenos. Los dos jóvenes continuaron calle arriba sin hablar,seguidos por la música fúnebre. Cuando llegaron aStephen’s Green atravesaron la calle. En este punto elruido de los tranvías, las luces y la muchedumbre loslibró del silencio. —¡Allí está! —dijo Corley. Una mujer joven estaba parada en la esquina deHume Street. Llevaba un vestido azul y una gorra demarinero blanca. Estaba sobre el contén, balanceandouna sombrilla en la mano. Lenehan se avivó. —Vamos a mirarla de cerca, Corley—dijo. Corley miró ladeado a su amigo y una sonrisadesagradable apareció en su cara. —¿Estás tratando de colarte? —le preguntó. —¡Maldita sea! —dijo Lenehan, osado—. No quieroque me la presentes. Nada más quiero verla. No me lavoy a comer... —Ah... ¿Verla? —dijo Corley, más amable—. Bueno...atiende. Yo me acerco a hablar con ella y tú pasas delargo. —¡Muy bien! —dijo Lenehan. Ya Corley había cruzado una pierna por encima delas cadenas cuando Lenehan lo llamó: —¿Y luego? ¿Dónde nos encontramos? 61
  62. 62. —Diez y media —respondió Corley, pasando la otrapierna. —¿Dónde? —En la esquina de Merrion Street. Estaremos deregreso. —Trabájala bien —dijo Lenehan como despedida. Corley no respondió. Cruzó la calle a buen paso, mo-viendo la cabeza de un lado a otro. Su bulto, su paso có-modo y el sólido sonido de sus botas tenían en sí algo deconquistador. Se acercó a la joven y, sin saludarla, em-pezó a conversar con ella enseguida. Ella balanceó la som-brilla más rápido y dio vueltas a sus tacones. Una o dosveces que él le habló muy cerca de ella se rió y bajó lacabeza. Lenehan los observó por unos minutos. Luego, ca-minó rápido junto a las cadenas guardando distancia yatravesó la calle en diagonal. Al acercarse a la esquinade Hume Street encontró el aire densamente perfuma-do y rápidos sus ojos escrutaron, ansiosos, el aspecto dela joven. Tenía puesto su vestido dominguero. Su faldade sarga azul estaba sujeta a la cintura por un cinturónde cuero negro. La enorme hebilla del cinto parecía opri-mir el centro de su cuerpo, cogiendo como un broche laligera tela de su blusa blanca. Llevaba una chaqueta ne-gra corta con botones de nácar y una desaliñada boanegra. Las puntas de su cuellito de tul estaban cuidado-samente desarregladas y tenía prendido sobre el bustoun gran ramo de rosas rojas con los tallos vueltos haciaarriba. Lenehan notó con aprobación su corto cuerpomacizo. Una franca salud rústica iluminaba su rostro,sus rojos cachetes rollizos y sus atrevidos ojos azules.Sus facciones eran toscas. Tenía una nariz ancha, una 62
  63. 63. boca regada, abierta en una mueca entre socarrona ycontenta, y dos dientes botados. Al pasar Lenehan sequitó la gorra y, después de unos diez segundos, Corleydevolvió el saludo al aire. Lo hizo levantando su manovagamente y cambiando, distraído, el ángulo de caídadel sombrero. Lenehan llegó hasta el hotel Shelbourne, donde sedetuvo a la espera. Después de esperar un ratito los viovenir hacia él y cuando doblaron a la derecha, los siguió,apresurándose ligero en sus zapatos blancos, hacia uncostado de Merrion Square. Mientras caminaba despa-cio, ajustando su paso al de ellos, miraba la cabeza deCorley, que se volvía a cada minuto hacia la cara de lajoven como un gran balón dando vueltas sobre un pivo-te. Mantuvo la pareja a la vista hasta que los vio subir laescalera del tranvía a Donnybrook; entonces, dio mediavuelta y regresó por donde había venido. Ahora que estaba solo su cara se veía más vieja. Sualegría pareció abandonarlo y al caminar junto a las re-jas de Duke’s Lawn dejó correr su mano sobre ellas. Lamúsica que tocaba el arpista comenzó a controlar susmovimientos. Sus pies, suavemente acolchados, lleva-ban la melodía, mientras sus dedos hicieron escalasimitativas sobre las rejas, cayéndole detrás a cada gru-po de notas. Caminó sin ganas por Stephen’s Green y luego Graf-ton Street abajo. Aunque sus ojos tomaban nota de mu-chos elementos de la multitud por entre la que pasaba,lo hacían desganadamente. Encontró trivial todo lo quedebía encantarle y no tuvo respuesta a las miradas quelo invitaban a ser atrevido. Sabía que tendría que ha-blar mucho, que inventar y que divertir, y su garganta 63
  64. 64. y su cerebro estaban demasiado secos para semejantetarea. El problema de cómo pasar las horas hasta en-contrarse con Corley de nuevo le preocupó. No pudoencontrar mejor manera de pasarlas que caminando.Dobló a la izquierda cuando llegó a la esquina de RutlandSquare y se halló más a gusto en la tranquila calle oscu-ra, cuyo aspecto sombrío concordaba con su ánimo. Sedetuvo, al fin, ante las vitrinas de un establecimiento deaspecto miserable en que las palabras Bar Refrescosestaban pintadas en letras blancas. Sobre el cristal delas vitrinas había dos letreros volados: Cerveza de Jen-gibre y Ginger Ale. Un jamón cortado se exhibía sobreuna fuente azul, mientras que no lejos, en una bandeja,había un pedazo de pudín de pasas. Miró estos comesti-bles fijamente por espacio de un rato y, luego, despuésde echar una mirada vigilante calle arriba y abajo, entróen la fonda, rápido. Tenía hambre, ya que, excepto unas galletas quehabía pedido y le trajeron dos dependientes avinagra-dos, no había comido nada desde el desayuno. Se sentóa una mesa descubierta frente a dos obreritas y a unmecánico. Una muchacha desaliñada vino de camarera. —¿A cómo la ración de chícharos? —preguntó. —Tres medio—peniques, señor —dijo la muchacha. —Tráigame un plato de chícharos —dijo—, y una bo-tella de cerveza de jengibre. Había hablado con rudeza para desacreditar su aireurbano, ya que su entrada fue seguida por una pausa enla conversación. Estaba abochornado... Para parecernatural, empujó su gorra hacia atrás y puso los codos enla mesa. El mecánico y las dos obreritas lo examinaronpunto por punto antes de reanudar su conversación en 64
  65. 65. voz baja. La muchacha le trajo un plato de guisantes ca-lientes sazonados con pimienta y vinagre, un tenedor ysu cerveza de jengibre. Comió la comida con ganas y laencontró tan buena que mentalmente tomó nota de lafonda. Cuando hubo comido los guisantes sorbió su cer-veza y se quedó sentado un rato pensando en Corley yen su aventura. Vio en la imaginación a la pareja deamantes paseando por un sendero a oscuras; oyó la vozde Corley diciendo galanterías y de nuevo observó ladescarada sonrisa en la boca de la joven. Tal visión lehizo sentir en lo vivo su pobreza de espíritu y de bolsa.Estaba cansado de dar tumbos, dé halarle el rabo al dia-blo, de intrigas y picardías. En noviembre cumpliríatreintaiún años. ¿No iba a conseguir nunca un buen tra-bajo? ¿No tendría jamás casa propia? Pensó lo agrada-ble que sería tener un buen fuego al que arrimarse ysentarse a una buena mesa. Ya había caminado bastan-te por esas calles con amigos y con amigas. Sabía bien loque valían esos amigos: también conocía bastante a lasmujeres. La experiencia lo había amargado contra todoy contra todos. Pero no lo había abandonado la esperan-za. Se sintió mejor después de comer, menos aburridode la vida, menos vencido espiritualmente. Quizá toda-vía podría acomodarse en un rincón y vivir feliz, con talde que encontrara una muchacha buena y simple quetuviera lo suyo. Pagó los dos peniques y medio a la camarera desali-ñada y salió de la fonda, reanudando su errar. Entró porCapel Street y caminó hacia el Ayuntamiento. Luego,dobló por Dame Street. En la esquina de George’s Streetse encontró con dos amigos y se detuvo a conversar conellos. Se alegró de poder descansar de la caminata. Sus 65
  66. 66. amigos le preguntaron si había visto a Corley y que cuálera la última. Replicó que se había pasado el día conCorley. Sus amigos hablaban poco. Miraron estólidos aalgunos tipos en el gentío y a veces hicieron un comen-tario crítico. Uno de ellos dijo que había visto a Mac unahora atrás en Westmoreland Street. A esto Lenehan dijoque había estado con Mac la noche antes en Egan’s. Eljoven que había estado con Mac en Westmoreland Streetpreguntó si era verdad que Mac había ganado una apues-ta en un partido de billar. Lenehan no sabía: dijo queHolohan los había convidado a los dos a unos tragos enEgan’s. Dejó a sus amigos a la diez menos cuarto y subió porGeorge’s Street. Dobló a la izquierda por el MercadoMunicipal y caminó hasta Grafton Street. El gentío demuchachos y muchachas había menguado, y caminandocalle arriba oyó a muchas parejas y grupos darse lasbuenas noches unos a otros. Llegó hasta el reloj del Co-legio de Cirujanos: estaban dando las diez. Se encaminórápido por el lado norte del Green, apresurado por mie-do a que Corley llegara demasiado pronto. Cuando al-canzó la esquina de Merrion Street se detuvo en la som-bra de un farol y sacó uno de los cigarrillos que habíareservado y lo encendió. Se recostó al poste y mantuvola vista fija en el lado por el que esperaba ver regresar aCorley y a la muchacha. Su mente se activó de nuevo. Se preguntó si Corleyse las habría arreglado. Se preguntó si se lo habría pedi-do ya o si lo había dejado para lo último. Sufría las penasy anhelos de la situación de su amigo tanto como la pro-pia. Pero el recuerdo de Corley moviendo su cabeza localmó un tanto: estaba seguro de que Corley se saldría 66
  67. 67. con la suya. De pronto lo golpeó la idea de que quizáCorley la había llevado a su casa por otro camino, dán-dole el esquinazo. Sus ojos escrutaron la calle: ni señasde ellos. Sin embargo, había pasado con seguridad me-dia hora desde que vio el reloj del Colegio de Cirujanos.¿Habría Corley hecho cosa semejante? Encendió el últi-mo cigarrillo y empezó a fumarlo nervioso. Forzaba lavista cada vez que paraba un tranvía al otro extremo dela plaza. Tienen que haber regresado por otro camino.El papel del cigarrillo se rompió y lo arrojó a la calle conuna maldición. De pronto los vio venir hacia él. Saltó de contento ypegándose al poste trató de adivinar el resultado en sumanera de andar. Caminaban lentamente, la muchachadando rápidos pasitos, mientras Corley se mantenía asu lado con su paso largo. No parecía que se hablaran. Elconocimiento del resultado lo pinchó como la punta deun instrumento con filo. Sabía que Corley iba a fallar;sabía que no le salió bien. Doblaron Baggot Street abajo y él los siguió ensegui-da, cogiendo por la otra acera. Cuando se detuvieron, sedetuvo él también. Hablaron por un momento y des-pués la joven bajó los escalones hasta el fondo de la casa.Corley se quedó parado al borde de la acera, a corta dis-tancia de la escalera del frente. Pasaron unos minutos.La puerta del recibidor se abrió lentamente y con cau-tela. Luego, una mujer bajó corriendo las escaleras delfrente y tosió. Corley se dio vuelta y fue hacia ella. Sucuerpazo la ocultó a su vista por unos segundos y luegoella reapareció corriendo escaleras arriba. La puerta secerró tras ella y Corley salió caminando rápido haciaStephen’s Green. 67

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