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    Participacion juvenil-politicas-publicas Participacion juvenil-politicas-publicas Document Transcript

    • Participación juvenil y políticas públicas El regreso a la escena pública de movimientos estudiantiles que han logrado modificar sustancialmente la agenda política (como en Chile y México, en particular) está mostrando –en los últimos años– que las iniciativas que desde el Estado se han estado impulsando en torno al fomento de la participación juvenil, han fracasado. Estamos, por tanto, ante un vínculo (entre participación juvenil y políticas públicas) que hay que reformular sustancialmente. Durante mucho tiempo, las políticas públicas de juventud apostaron centralmente al ofrecimiento de servicios (en educación, salud, inserción laboral, etc.) sin asignar prioridades claras a la participación juvenil como una herramienta de empoderamiento y de canalización de energías y de aportes al desarrollo. Pero en las últimas décadas se desplegaron esfuerzos particularmente importantes en la promoción del voluntariado juvenil, la práctica de deportes, el desarrollo de expresiones culturales diversas y otras acciones afines, con el objetivo de compensar aquellos déficits en este campo. Sin embargo, estos esfuerzos no fueron suficientes. Las diferentes evaluaciones realizadas han mostrado que muchas de esas acciones adolecían y adolecen de importantes limitaciones: por un lado, no logran superar la simple dimensión del entretenimiento y el “uso positivo del tiempo libre” (como medidas tendientes a prevenir riesgos, en relación al consumo de drogas, al involucramiento en espirales de violencia, el embarazo adolescente y otros problemas similares), y por otro, muchas veces se vieron (y se siguen viendo) afectadas por serios problemas de discriminación y hasta cierto elitismo (las acciones culturales promovían las orquestas sinfónicas
    • juveniles, pero eludían los apoyos al hip – hop, las artes plásticas promovían el pintado de murales pero combatían el grafiti, etc.). Por ello, en varios casos nacionales se comenzaron a desplegar esfuerzos por organizar y movilizar a las y los jóvenes, procurando contar con sus propios puntos de vista, incorporando sus intereses y demandas lo más directamente posible. En este marco, se comenzaron a impulsar los grandes conciertos de rock (procurando “apropiar” desde el Estado ciertas dinámicas que se venían desplegando en forma casi “clandestina”, contando con el apoyo de grandes cadenas mediáticas y empresas comerciales que vieron en ello un gran negocio potencial) al tiempo que se comenzó a impulsar la creación y el desarrollo de Consejos Nacionales y Locales de Juventud, procurando dotar de instancias organizativas a las y los jóvenes con los que se trabajaba. Pero también en este caso se constataron limitaciones importantes. En el caso de los grandes conciertos de rock (y otras medidas similares), la propia dinámica mediática y de las empresas privadas ligadas a dichas “movidas” se fue apropiando rápidamente de la iniciativa, relegando a los Estados a roles de acompañamiento o simple legitimación, mientras que en el impulso a los Consejos de Juventud, se prefirió, en varios casos, apostar a los propios jóvenes (individualmente considerados) eludiendo y hasta ignorando a las organizaciones y movimientos juveniles existentes, por considerarlos faltos de representatividad. Así, estos procesos se vieron privados del importante aporte que dichos movimientos podían hacer, cumpliendo funciones de “representación” de intereses, aunque no fuesen todo lo representativos que se podría desear. Pero el consenso existente en torno a la real o supuesta “apatía” juvenil, dominante en el cambio de siglo, hizo suponer que esto no era particularmente preocupante y que se podía seguir trabajando sobre esta base. El retorno a la escena pública de los movimientos estudiantiles y de otras formas organizadas de la participación juvenil (incluyendo la importante presencia de jóvenes en los movimientos de “indignados”,) en estos últimos tiempos, está demostrando en buena medida el acotado nivel de logros obtenidos con este tipo de estrategias de intervención, en un campo de gran relevancia para las nuevas generaciones, como lo es, sin duda, el de la participación y la construcción de ciudadanía. Seguramente, la restauración democrática en buena parte de América del Sur y el fin de los conflictos armados en América Central, mezclados con el auge neoliberal de los años noventa, permitieron “apagar” (en cierta medida) las protestas anteriores, y durante más de una década supusimos que estábamos ante varias generaciones de jóvenes “apáticos”, más preocupados por su propia suerte (tratando de prepararse de la mejor manera posible para “competir” duramente con otros jóvenes para salir adelante) que por el desarrollo de respuestas colectivas y solidarias frente a los principales problemas existentes. Ello llevó, a su vez, a suponer que aquellos movimientos estudiantiles y juveniles, de gran protagonismo en la agenda pública, ya no volverían a tener la incidencia que tuvieron en su época de mayor auge, pero la denominada “revolución pingüina” de los estudiantes chilenos, primero, y
    • la aparición del Movimiento “Yo Soy 132” en México, poco después, desmintieron categóricamente aquellas suposiciones. Para algunos observadores y analistas de este particular tipo de dinámicas sociales, estas “irrupciones juveniles” son apenas un dato no previsto, al tiempo que para otros, estamos ante problemas “acotados”, que deberían resolverse a través del diálogo y la negociación, mientras que para otros, estamos ante un fenómeno nuevo, que desafía centralmente la propia dinámica de nuestras sociedades latinoamericanas. ¿Cuál de estas interpretaciones se acerca más a la realidad? E Estamos, por tanto, ante temas claramente contingentes, en pleno desarrollo, sobre los que – probablemente– necesitemos cierta distancia en el tiempo para poder analizarlos más objetivamente. En cualquier caso, lo cierto es que las respuestas tradicionales de los gobiernos a las demandas juveniles tendrán que tener centralmente en cuenta estas dinámicas, relativizando la conformación de espacios “artificiales” de participación juvenil (como la mayor parte de los Consejos de Juventud) y reconociendo más y mejor las propias expresiones organizadas de las y los jóvenes, que pueden y deben cumplir funciones de representación de intereses y sensibilidades, apostando a ampliar y consolidar la participación juvenil en la construcción de sociedades más prósperas, más igualitarias y más democráticas, aprovechando el denominado “bono demográfico” y la bonanza económica que está beneficiando a la mayor parte de los países de la región. Articulo elaborado por la OIJ