El santoral en el año litúrgico, la pastoral del canto y de la música
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El santoral en el año litúrgico, la pastoral del canto y de la música.
Pbro. Padre Conrado Fernández

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El santoral en el año litúrgico, la pastoral del canto y de la música El santoral en el año litúrgico, la pastoral del canto y de la música Document Transcript

  • XIX ENCUENTRO NACIONAL DE COMISIONES DIOCESANAS DE MÚSICA SAGRADA. MORELIA, MICH. 1997 Conferencista: Pbro. Conrado Fernández F. El Santoral en el Año Litúrgico y la Pastoral del Canto y de la Música Para comprender el desarrollo que había de experimentar el culto cristiano de los santos, conviene tener presente su prehistoria, representada por las tumbas de los santos en el judaísmo contemporáneo a Cristo. En los Evangelios vemos a Jesús reprochar a los escribas y a los fariseos "que construyen sepulcros a los profetas y decoran las tumbas de los justos", siendo así que habían derramado la sangre de los profetas, si hubieran vivido en tiempo de sus padres (Å/ÍÍ 23,29). No podemos hallar testimonio más explícito del hecho de que las tumbas de los Santos, en concreto la de Isaías, cerca de la fuente de Siloé, y la Zacarías en el Valle de Cedrón, eran objeto de un culto especial. Este culto de los santos del Antiguo Testamento había de pasar después a la liturgia cristiana mediante los peregrinos a Tierra Santa. — Mi exposición exige dos partes: Hablar primero de las líneas de fuerza, de los grandes criterios que han ido inspirando la formación del santoral en el Año Litúrgico; y en una segunda parte ver su relación hacia el canto y la música usados en las celebraciones litúrgicas. Creo así llenar el objetivo de esta intervención. I.- EL CULTO A LOS SANTOS Y A MARÍA EN LA IGLESIA 1.- Culto a los Santos y Misterio Pascual Entiendo por "culto a los Santos" la celebración litúrgica de su memoria unida al memorial del Señor Jesús en la celebración Eucarística. Sin desconocer que los santos son modelos de Santidad, sin negar las formas populares de devoción a los Santos, trataré de ellos como objeto de celebración y de "memoria" en el marco de la celebración eucarística, así favoreceremos el poder experimentar sacramentalmente su presencia glorificada integrada plenamente a la celebración dela Pascua del Señor. Hay que aclarar también que la santidad de los Santos no es distinta a la santidad de Cristo, ya que Jesús es el arquetipo de toda santidad, el "solo Santo". Los Santos lo son en la medida en que se identifican con Cristo; pero sólo puede pasar de este mundo al Padre el que comparte con el Señor el trago siempre amargo de la pasión y de la muerte. · Por eso el Santo por excelencia es el mártir, el que es capaz de amar hasta la muerte, el capaz de dar testimonio de Jesús hasta la entrega total de su vida. Es por eso que en la Iglesia el culto a los Santos comenzó con el culto a los mártires, por haber éstos vivido de manera eminente y dramática su identificación con Cristo muerto y resucitado. Más aún, el culto a los demás Santos: apóstoles, confesores, vírgenes, Santas mujeres.., surgió en la Iglesia con referencia y, como extensión al culto a los mártires. En todo Santo hay un alma
  • de mártir, se haya O no consumado en ellos el martirio; porque el amor y entrega a Cristo en todo Santo siempre fue suficiente como para llevarlo a la muerte, si hubiera sido necesario. Ahora bien, esa identificación del Santo con Cristo, el Santo de los Santos, Se realiza a través del misterio eucarístico, ya que la Eucaristía es la fuente de toda Santidad. En la donación que el mártir hace de su vida la Eucaristía encuentra Su máximo desarrollo. Así lo entendió v. gr. de S. Ignacio de Antioquia, uno de los mártires más venerados en la antigüedad cristiana, así lo dejó escrito en sus Cartas; para el la Eucaristía asimila en tal forma a Cristo que cuando el mártir muere es Cristo el que sufre y muere en él (Caso de Santa Felícitas: Entonces será otro el que sufra por mí). Esto nos explica por qué la Iglesia primitiva veneró a sus mártires Siempre en el marco de la celebración de la Eucaristía: la "memoria" del mártir no Se podía separar del "memorial" del Señor. 2.- Memoria de los Mártires. Empieza en la Iglesia con cierta timidez, pero crece en tal forma que llega a condicionar fuertemente la estructura y dinámica del año litúrgico cristiano. Al primero que consta que veneran periódicamente es a San Policarpo el año 156, y en un clima festivo y gozoso, el día aniversario de su martirio. Ya se mencionan el canto y los instrumentos como elementos de la celebración festiva. Muy pronto entre los cristianos se sustituye el banquete funerario de sabor pagano por el banquete eucarístico. Por eso la tuba del mártir poco a poco irá quedando debajo de la mesa eucarística, marcándose así más fuertemente la identificación del mártir con el sacrificio de Cristo; hasta llegar a las grandes basílicas construidas en torno a la tumba de un Santo. 3.- Desarrollo del culto a los Santos. Será progresivo y dará lugar al poderoso incremento del santoral en el Año Litúrgico. A la memoria de los mártires muy pronto se unió la de aquellos cristianos que demostraron en Su vida un alto nivel de amor y fidelidad a Cristo, sin llegar a ratificarlo con el martirio. Por eso se les llamó confesores, O como los llama Tertuliano "martyres designati". Se agregó luego la veneración a los monjes y ascetas, por ser testigos de la Fe y por su amor incondicional a Cristo, lo que sustituiría al martirio cruento; Se les llama a éstos "mártires de Corazón‛'. Igualmente las mujeres que consagraban a Cristo su virginidad, porque, sin ser mártires, "soportaron el combate olímpico de la pureza" (PG 18,128). También se veneraba a los Obispos. Casi todos los primeros coronaron su vida con el martirio, pero todos dieron testimonio de su fe Cristiana, la defendieron con sus escritos y practicaron las virtudes; por eso de ellos decía San Cipriano: "NO es que ellos hayan
  • fallado al martirio, Sino que el martirio les falló a ellos" (CSEL, 3 309). Así pues, desde el principio toda forma de santidad Se equiparaba al martirio. 4.- Del culto local al universal. Los primeros calendarios de Santos, nacen en ambiente local, los primeros son el Cronógrafo romano o Filocaliano del año 354, y el Calendario de Antioquia hacia el año 363. Los martirologios o narraciones de la "passio" o martirio de un Santo, O Simplemente la narración de la vida de un monje, de una virgen o de un Obispo, fue divulgada su fama de santidad, y poco 21 poco las celebraciones locales pasaron a ser universales. A esto Siguió la fragmentación y distribución ilimitada de reliquias, que favoreció más la universalidad del culto de los Santos entre los cristianos. Así nació poco a poco la devoción popular a los Santos en la Iglesia; y los dos fenómenos juntos ·el litúrgico y el popular- fueron haciendo que el santoral fuera teniendo proporciones desmesuradas y sorprendentes; hasta afectar seriamente la totalidad del año litúrgico. Llegó a plantearse un Conflicto entre el Santoral y el ciclo cristológico; el Concilio de Trento tuvo que afrontar esa situación, haciendo lo que en nuestro tiempo renovó el Concilio Vaticano II, es decir, una reducción drástica mucho más que la del presente- de festividades de Santos, sobre todo en los grandes ciclos. Si el Vaticano II tuvo que afrontar de nuevo esta reducción, fue porque en los siglos siguientes al tridentino hasta nuestros días se volvió a poblar el año litúrgico cristológico con demasiadas festividades de Santos. El Vaticano II se guió por criterios rectores muy importantes; Se propuso en primer lugar disminuir las "fiestas de devoción", o Sea, las que no veneraban un aspecto de la Historia de la Salvación, sino algún aspecto, titulo o virtud del misterio de Dios, v. gr. el nombre de Jesús o de María; otras de estas festividades bajaron de importancia, como María Reina o algunas invocaciones de María. Se sometieron también a ardua revisión crítica las noticias hagiográficas de los Santos, y se seleccionó a los de mayor importancia para ser celebrados a nivel universal, dando a la vez la posibilidad de calendarios particulares, para venerar a los Santos de carácter local en su propio ambiente. 5.- Fiestas de la Virgen María. Merecen apartado especial las fiestas de María en el calendario de la Iglesia. Los primeros indicios de veneración a la Virgen son posteriores a la veneración de los mártires. Como a los Santos, se comenzó a venerar a María por su vinculación al Misterio Pascual de Cristo; más aún, en virtud de esa vinculación, desde el principio Se venera a María con un culto superior a los mártires. Esto, con el tiempo, produjo exageraciones provocadas por el exacerbado y mal entendido fervor popular. ' Las primeras fiestas de María aparecen hasta el siglo V, aunque desde mucho antes hay indicios de veneración de María en la piedad cristiana, sobretodo en los escritos de los SS. Padres y en muchos vestigios arqueológicos. View slide
  • El Concilio de Éfeso, en el año 431 es la fecha decisiva para el culto mariano, al declararse la verdad dogmática de María Madre de Dios. Será "como el preludio de una expansión mariana universal". Sigue la del tránsito o dormición de María el 15 de Agosto. La Anunciación y la Natividad. En la Edad Media se desarrolla notablemente el culto a María bajo innumerables advocaciones. En la perspectiva del Concilio Vaticano II también el calendario mariano fue reajustado, bajo los mismos criterios ya enunciados y destacando aquellas festividades que resaltan la participación de María en el Misterio de la Salvación. Por otra parte, la Constitución dogmática sobre la Iglesia ÚIII. 66-67) enuncia los grandes criterios que deben orientar y promover la piedad mariana en todos los niveles. Particularmente la Exhortación Apostólica "Marialis Cultus" del Papa Paulo VI (2-II-74) destaca el papel de María en la actual liturgia renovada. A manera de conclusión de esta primera parte, podemos constatar la constante veneración de la Iglesia hacía los Santos y a la Virgen María a lo largo del año litúrgico; y en forma tal, que siempre la recuperación fundamental, sobre todo en épocas de reforma, es que las festividades de los Santos estén centradas en torno al Misterio Pascual de Cristo, y, al menos en el culto litúrgico, en torno a la Celebración eucarística. Esta constatación esta orientando ya nuestra reflexión hacia su segunda parte, en la que intentaré calibrar algunos criterios hacia la pastoral del canto y de la música en las celebraciones litúrgicas de los Santos. II.―EL CANTO Y LA MÚSICA EN LAS CELEBRACIONES DE LA VIRGEN Y DE LOS SANTOS Primero, como premisa, pienso que será útil recordar tres verdades de perogrullo, a saber: l.- Que el Canto y la música son para hacer Comunidad al seguir todos una misma letra, con una misma melodía y un mismo ritmo, es natural que se forje la comunidad, tanto más que el canto es la expresión más pura del alma. Esto es más vivo cuando los que se reúnen Comulgan con una misma finalidad, v. gr. festejar a un Santo o a María. 2.- El Canto y la música hacen la fiesta. De hecho, podríamos afirmar que no hay fiesta sin canto y Sin música, y ambos adecuados a la comunidad que celebra; a los mayores, por ejemplo, nos resulta molesta la ensordecedora música de los muchachos de ahora, como a ellos les resulta tediosa la música clásica que agrada a los mayores. Ahora bien, la fiesta de la Virgen María o de un Santo siempre va enmarcada en un ambiente concreto, siempre típico, del lugar donde se celebra, nunca igual. Casi en la totalidad de los casos, cada patrono O patrona tiene, sobre todo en los Santuarios, sus propios cantos, con sus propias melodías, muchas veces con sus propios instrumentos. · “ 3.- El canto siempre busca favorecer la participación de los fieles, y la música, en la gran mayoría de los casos es para sostener el canto y ayudar a su mejor realización en todo aspecto. Particularmente en la fiesta, hay que dar cauce siempre a que los fieles expresen su participación directa mediante el canto, sobre todo en formas populares. Aunque también View slide
  • suele darse el fenómeno de querer que la música y el canto en la fiesta patronal sean algo "traído de fuera", que por tanto, dé más margen a la audición que a la participación activa. Sobre estas verdades básicas podemos fincar algunos criterios en orden al canto y la música en las fiestas de la Virgen María y de los Santos. a) Ante todo, no hay que perder de vista la centralidad del Misterio de Cristo; esto quiere decir, que en cualquier momento del año litúrgico las festividades de María y de los santos deben rimar con el tiempo litúrgico en que acontecen. y aquí se impone una primera revisión de los calendarios de festividades. Vengo de una Diócesis de la que en cierta Parroquia Se venera a los Santos Reyes; en un cierto momento la fiesta religiosa del 6 de Enero degeneró mucho en su aspecto popular; y se optó por cambiar al 1° de Enero la fiesta religiosa; pero esta nueva celebración atrajo a la fiesta profana, y la obscureció en tal forma que un párroco se vio en la necesidad de organizar un desagravio a Jesús crucificado. "El Señor de la Misericordia para el l" de Enero, por los pecados públicos de la fiesta profana. Con el correr del tiempo, se institucionalizaron las dos fiestas; el desagravio el l° de Enero y la fiesta a los magos el día 6. Imagínense ustedes un día l° de Enero, fiesta litúrgica de María Madre de Dios, de la Circuncisión, en la piedad popular día especial a la divina Providencia, y con jornada mundial de la paz, y todos los saludos y brindis por el año nuevo, y al mismo tiempo la procesión a todo lo que da por toda la población con la Imagen de Cristo Crucificado, y Cantando a todo pulmón el "perdón, Oh Dios mío". Creo que en muchos lugares las fiestas de María y de los Santos necesitan una profunda reestructuración y reacomodo en el calendario litúrgico; aunque esto se vuelve un problema casi insuperable, sobre todo en ciertas zonas indígenas. De todos modos, el criterio conciliar es que todo el aparato celebrativo, sobre todo litúrgico, e incluido el canto y la música, en la fiesta de un Santo o de la Virgen María, debe estar situado y celebrado en el contexto de la celebración del Único Misterio de Cristo, en el año litúrgico. b) Por otra parte, las festividades populares de la Virgen María y de los Santos incluyen muchos cantos "autóctonos". Con las melodías no me meto porque es asunto de ustedes los técnicos en la materia, y yo no lo soy; aunque debo decir que suelen calar muy hondo en el pueblo dichas melodías, elaboradas muchas de las veces con manifiesta ingenuidad, pero que Se cantan de todo corazón. Lo que Sí creo que hay que revisar profundamente son las letras de dichos cantos. No me olvido que por el rumbo de Xalapa en un poblado cantaban himnos gloriosos a la "Virgen Santa Magdalena"; muchas veces aparece la Virgen María mucho más allá de ‛'omnipotencia Suplicante", a la que se le piden directamente las cosas, olvidando su condición de intercesora, más violento aparece esto mismo cuando se trata de los Santos; y aunque son exageraciones extraordinarias v. gr. las de San Juan Chamula, donde el centro del altar, de la devoción y de las ofrendas es "nuestro padre San Juan", y a un lado esta Cristo Crucificado, a quien llaman "San Mateo", y de quien casi nadie Se acuerda; sin embargo, hay bastantes lugares donde hay que revisar las letras de los himnos y cánticos, y ver que, al menos no contengan errores teológicos. 4.- También la instrumentalización de los cantos litúrgicos merece mucha atención, me ha impactado siempre cómo los criterios básicos que daba el Papa San Pio X en 1903,
  • en su "Tra le sollecitudini", a saber, "Santidad, arte verdadero y universalidad", siguen siendo profundamente valioso para nuestro tiempo. Para mí que la santidad del canto y de la música requiere, exige, y siempre, una consonancia con la santidad del lugar en que Se celebra la festividad religiosa y litúrgica. Si las enseñanzas conciliares al respecto admiten, en principio, el uso de todo instrumento musical en la Iglesia, es obvio que, también en principio, haya que excluir no tanto quizá los instrumentos pero sí los ritmos, 0 aquellos conjuntos musicales que, por más que se esforzaba uno, no podría encontrarles utilidad u oportunidad para la fiesta litúrgica. Pienso, por ejemplo, en el mariachi, tan mexicano y tan bonito, pero, excepto en ciertos momentos de celebración popular del 12 de Diciembre, nomás no encaja con el espíritu de la celebración litúrgica; y como éste, tal vez otro tipo de conjuntos musicales. En todo caso, como dice la Constitución de Liturgia, el órgano sigue siendo el instrumento más adecuado para las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Ahora que últimamente en mi "estuche de monerías'‛ he agregado la valiosa joya de dar clase de Patrología en el Seminario, me ha gustado, para concluir mi exposición, señalar algunos criterios que los Santos Padres plantean o exigen como condiciones básicas, tanto para la ejecución del canto cristiano en las diversas celebraciones del año litúrgico, como en la forma de realizarlo e interpretarlo dentro de la asamblea cristiana. 1.- A la melodía y su composición artística, los Santos Padres le exigen que este exenta de toda influencia profana: el Obispo Nicetas de Remesiana es muy concreto al prohibir al cantor o coro de la Iglesia, intentar emular a los artistas del teatro, y ahora también de televisión, haciendo modulaciones a la voz, con el Único fin de lucirse el que las ejecuta. La melodía del canto cristiano, dice el Santo Obispo, ha de Ser de tal naturaleza, que en su misma composición muestre sencillez cristiana y provoque la compunción de corazón entre los oyentes. Según San Gregorio de Nisa, lo característico de los cantos cristianos es que la melodía se una a la palabra divina, tratando sólo de subrayar y revelar su sentido. 2.- Al cantor solista se le exige, dentro de la misma lógica, que en la Ejecución del canto la sonoridad externa de la voz se subordine a la expresión interna en la mente y el corazón. Tener una voz agradable, dice San Ambrosio, no es fruto del propio esfuerzo, sino don de la naturaleza; pero a renglón seguido exige en el cantor solista una voz sencilla y limpia, una dicción clara y un timbre plenamente viril, evitando el estilo teatral y conservando un ritmo místico. Los SS. Padres atacan con firmeza las formas de cantar afectadas o teatrales, que no dejan cantar al corazón. San Jerónimo se destaca diciendo: "Debemos cantar salmodias y alabar al Señor más con el espíritu que con la voz. Oigan esto los muchachos, oigan esto los que tienen el oficio de salmodiar en la Iglesia. A Dios no hay que cantarle con la voz sino con el corazón: ni hay porque cuidar la garganta con dulces medicamentos, a imitación de los actores de teatro, para luego hacer oír en el templo modulaciones propias para el teatro; más bien, hay que atender a cantar a Dios con el temor, con las obras y con el conocimiento de las Escrituras. Aunque alguno sea, como Suele decirse un "Kakofonos", con tal que tenga buenas obras, para Dios es un buen cantor. El siervo de Cristo canta de tal forma que no se goce en la voz sino en las palabras que canta" (Cons'. in Ep. Ad Ephes 3,5, PL 26, 561-2).
  • 3.- A toda la asamblea inculcan los SS. Padres que, al cantar, no se limite a repetir sonidos sin vida, como hacen "los mirlos", los papagayos, los cuervos, las torcazas y las aves de esa especie" (S. Agustín, Ennar. II in PS 18,1); sino que presten atención a las palabras que canta, tratando penetrar en el sentido espiritual de las mismas. Para ello se sin/en de diversas expresiones de los salmos, que invitan a "cantar con inteligencia". San Basilio, por su parte, da este magnífico consejo a los fieles: "La lengua canta y la mente trata de conocer el sentido de las palabras cantadas, para que cantes con el espíritu y cantes también con la mente"; y el Obispo Nicetas de Remesiana corrobora: "Carísimos: Cantemos con el sentido atento y la mente despierta,. Que el Salmo Sea cantado no Solamente con el espíritu, o lo que es lo mismo, con el sonido de la voz, sino también con la mente, y pensemos en aquello que estamos cantando, no sea que la mente, cautiva de extraños pensamientos, este trabajando en vano". El pensamiento de San Benito en su Regla: "Mens nostra concordet voci nostrac" es como el broche de oro y el resumen de toda esta pedagogía patrística acerca del canto cristiano. Estas consideraciones, aunque son válidas para cualquier ocasión de Canto y música en las celebraciones de la iglesia, son muy oportunas al Considerar este instrumento de participación tan valioso del pueblo cristiano, sobre todo en las fiestas patronales de María y de los Santos. Concluyo con la invitación al Canto eterno de la gloria que tan bella y arrebatadoramente nos describe el Apocalipsis, y que la Iglesia proclama los domingos para rematar la Salmodia vespertina: ¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios. Porque sus juicios son verdaderos y justos ¡Aleluya! ¡Aleluya! Alabad al Señor sus siervos todos, Los que le teméis, pequeños y grandes ¡Aleluya! Alegrémonos, gocémonos y démosle gracias ¡Aleluya! ¡Aleluya! Llegó la boda del Cordero, su esposa se ha embellecido, Alabad al Señor siervos todos, pequeños y grandes ¡Aleluya! Cotija de la Paz, Mich., 6 de Febrero de 1997. Conrado Fernández F.