EL PADRE, LA ESPADA Y EL PODER:LA IMAGEN DE BOLIVAREN LA HISTORIA Y EN LA POLITICARoland Anrup - Carlos Vidales
Cómo citar este trabajo:Vidales, Carlos y Anrup, Roland (1983), "El Padre, la Espada y el Poder: la imagen deBolívar en la...
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En el desarrollo de nuestras consideraciones será necesario, desde luego, hacerreferencias de orden teórico: la construcci...
Por otra parte, ni los símbolos ni los conjuntos de significados son inmutables.En la medida en que la ideología social in...
II. La imagen y la función del PadreAl abordar la existencia sicológica de Bolivar en la historia y en la política,convien...
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Bolívar en 1930. Carboncillo de José María EspinosaPero los conspiradores no se rinden fácilmente. Fracasado el proyectomo...
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certificar su muerte y de terminar de una vez por todas con el entierro —acasopara acabar con la incómoda presencia del hé...
Y no es posible reír, pues detrás de esas palabras hay tragedias y crímenes,sangre humana derramada y víctimas incontables...
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pueblo en que las actividades históricas no han alcanzado siquiera unarelativa madurez; en realidad, la laboriosa adquisic...
el héroe militar y su actitud se redujo necesariamente a imprimir un ordenrelativo a ese movimiento, siendo al mismo tiemp...
que la encerraron en museos, enmoheciéndola. Los que deformaron lasideas del Libertador. Los que nos llamarán subversivos,...
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Pero en nuestra galería de espejos, como en la vida, los extremos se tocan.Cuando el gobierno colombiano inicia la primera...
que las variaciones sorpresivas de su lenguaje eran una de sus característicasmás conocidas. Y sabemos, en fin, que tanto ...
terrenal; tampoco pretende, como el místico católico, hacer de «esta vida» untránsito, un camino para asegurarse la «otra ...
supiese y pudiese, primero, conservar y fortalecer su Poder y, segundo, gobernarde modo que el Pueblo viviese agradecido y...
en que esos pequeños poderes se ejercen y los diversos modos particulares comoson ejercidos.Y es en este retículo complejo...
un obstáculo para la reproducción y la consolidación del juego de poderes queconstituye el eje del sistema de dominación. ...
criticarlos que para aprobarlos, y que más de una vez me ha sucedidollamarlo tirano, déspota, como también el haber censur...
EN LA ADVERSIDAD, MODESTO EN LA ELEVACIÓN, Y SIEMPREGRANDE, SIMÓN BOLÍVAR».Cartel del “Acto Literario” organizado por los ...
Cuzco» (N° 29) publica en 1825 una pieza literaria que se presenta como unacarta del fundador del imperio de los Incas, Ma...
En Bogotá le dicen «semidiós». En Quito le ofrecen una corona de oro. En lasgacetas y periódicos de las nuevas naciones se...
Y el aparato de seducción colectiva que así se crea alcanza, incluso, a afectar alos visitantes extranjeros. Una señora in...
vencen» (Ricardo Sabio Pbro., Simón Bolívar sin espada, Gráficas Salesianas,Cali, Colombia, 1970, pág. 248).Para el pueblo...
agrupan en torno a las banderas de España y los ricos y aristócratas defienden ala «patria».Es incuestionable, en cambio, ...
independiente de la relaciones económicas en la vida del hombre»(Freud, «Nueva Serie», lección XXXI).Detengámonos un poco ...
Al establecer esta relación y reproducirla a lo largo de sucesivas generaciones, elgrupo reactualiza, revive, reactiva ele...
Luis Jiménez, basadas todas ellas en la tradición popular, ocurre todo locontrario, y conviene aquí reproducir una de esas...
torturas infernales, todo ello da a Bolivar una especie de inmortalidad cotidiana,terrestre, y sugiere la idea de que a tr...
contraste con el tipo de orden que se requiere en un sistema estable de relacionessociales.Parsons ha sugerido que el comp...
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Ensayo sobre la construcción de la imagen paterna del líder en la historia y en la política. El carisma y la relación carismática entre el líder y su pueblo. Reflexiones sobre el culto a Bolívar.

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El padre, la espada y el poder: la imagen de Bolívar en la historia y en la política

  1. 1. EL PADRE, LA ESPADA Y EL PODER:LA IMAGEN DE BOLIVAREN LA HISTORIA Y EN LA POLITICARoland Anrup - Carlos Vidales
  2. 2. Cómo citar este trabajo:Vidales, Carlos y Anrup, Roland (1983), "El Padre, la Espada y el Poder: la imagen deBolívar en la historia y en la política", en Carlos Vidales, ed., Simón Bolívar 1783-1983, vol. Monografías N° 9, Instituto de Estudios Latinoamericanos, Universidad deEstocolmo, pp. 35-73.EL PADRE, LA ESPADA Y EL PODER:LA IMAGEN DE BOLIVAREN LA HISTORIA Y EN LA POLITICARoland Anrup - Carlos Vidales1I. IntroducciónLa presencia del personaje histórico en los acontecimientos politicos —suimagen, su acción, su influencia, su modo particular de existir y de producirhechos politicos a través de sucesivas generaciones—, es un tema que se estudiafrecuentemente en relación con factores ideológicos, con estrategias o interesesde «clase» o de «nación», y con aquellos conocidos elementos de la vida socialque, de una o de otra manera, caben dentro de categorías económicas, politicas,jurídicas, filosóficas o morales.Existe sin embargo un campo que, influido y condicionado por tales categorías,desarrolla de hecho sus propias dinámicas y plantea sus propios problemas.Definir y delimitar este campo con un nombre («psico-historia», «psico-politica») no nos puede ayudar, sino en muy escasa medida, a aproximarnos a unconcepto cuya naturaleza no se explica tanto a través de definiciones formales,sino más bien a través de su uso como instrumento de investigación y deanálisis.1Roland Anrup: investigador sueco, Subdirector del Instituto de Estudios Latinoamericanos de laUniversidad de Estocolmo.Carlos Vidales: investigador colombiano, residente en Suecia, trabaja en el mismo Instituto.Este ensayo ha sido revisado en junio de 2013 por Carlos Vidales. No se ha hecho ningunamodificación del contenido original de 1983. Se han cambiado las imágenes del original por otras demejor calidad y se han introducido algunas modificaciones de diseño para facilitar su publicacióndigital en formato PDF.
  3. 3. Podemos, para empezar, formular algunas preguntas que nos permitan iluminarlos territorios de este campo que son de nuestro interés: ¿Qué procesossicológicos actúan en la formación y en el uso de la imagen del personajehistórico? ¿De qué manera esta imagen satisface o resuelve necesidades yrequerimientos individuales y colectivos de carácter sicológico? ¿Qué relaciones«íntimas» establecen las masas, los grupos sociales y los individuos con elpersonaje histórico que ha llegado a ser su «líder» o «padre» espiritual? ¿De quémodo se combinan, en el consciente y en el subconsciente de los grupos socialesen pugna, los elementos que constituyen —ya real, ya simbólicamente— laimagen del personaje histórico?Tal tipo de cuestiones parece, a primera vista, no ser interesante para elhistoriador. Sin embargo, todo aquel que ha tenido contacto con la investigaciónde campo, se ha encontrado muchas veces con esta clase de problemas. Unhistoriador mexicano, por ejemplo, cuenta que cuando se hallaba investigandosobre la sangrienta y heroica insurrección indígena de Jacinto Canek en elYucatán (ocurrida en 1761), interrogó a un joven campesino si sabía quién habíasido Jacinto Canek, y obtuvo la siguiente respuesta: «Claro que lo sé, ayer soñécon él». (Miguel Alberto Bartolomé, La insurrección de Canek, p. 24).En una situación como la que acabamos de describir, la conclusión es muy fácil,pero también es retórica: Jacinto Canek sigue vivo en el corazón de su pueblo.De extraordinaria utilidad para ciertos grupos políticos, tal conclusión no ayuda,sin embargo, a responder preguntas tales como por qué sigue «vivo», de quémanera sigue «vivo» y en qué consiste la dinámica de esta «vida» que es interior(íntima, individual) y exterior (colectiva, política, social) al mismo tiempo.Si ligamos este tipo de interrogantes a un personaje histórico concreto, a SimónBolivar, el Libertador, el Padre de varias repúblicas y pueblos, el hombre de laEspada, la trágica figura del Poder-querido y del Poder-no alcanzado y, en fin,el símbolo del «orden autoritario» para unos y de la «profecía revolucionaria»para otros, tendremos entonces la posibilidad de iniciar un estudio sobre unpersonaje histórico verdaderamente «vivo» y sobre las premisas sicológicas enque se mueve su «vida».Ahora bien, es posible distinguir tres tipos de enfoque en el campo de lapsicohistoria:El primero, y más común, es el que se basa en la vida de los «grandeshombres», es decir, en estudios sicobiográficos de las figuras heroicas delpasado, y que suele presentarse en tres variantes:a) El personaje histórico es visto como prototipo de su época, comoportador del etos de su medio social, como receptor pasivo de, porejemplo, los deseos y necesidades de las masas, como su vocero.
  4. 4. b) El personaje histórico es considerado como transformador heroico,como innovador que, tratando de enfrentar y resolver sus propiosproblemas, rompe con las convenciones de su medio y logra introduciralgo nuevo en el marco de su propia cultura, modificándola; los ejemplosde esta variante abundan, y puede decirse que las figuras revolucionariasson su objeto predilecto.c) El personaje histórico es tratado como un simple «paciente», como unobjeto de diagnóstico y análisis sicológico. Esta variante es a menudocaricaturizada como si se tratase del único método de la psicohistoria. Sibien es un método limitado, que presenta riesgos y peligros,especialmente cuando no se tiene acceso a fuentes autobiográficas, estambién muy útil cuando se trata de aportar informaciones acerca derasgos o particularidades de la personalidad.El segundo tipo de enfoque consiste en el tratamiento de la cultura, el carácternacional, las tradiciones, los valores y la conducta de grupo, a través de lainvestigación de sentimientos humanos específicos, fantasías compartidas, ritosy experiencias comunes, a través de un período histórico de cierta extensión.El tercer tipo de enfoque, en fin, se refiere a aquellos trabajos de naturaleza másbien teórica que comparan, por ejemplo, las similitudes entre el procedimientosicoanalítico y la actividad reflexiva del historiador, así como la importanciadual de los conceptos teóricos.La mayor parte de la investigación psiçohistórica se ha concentrado en el primertipo de enfoque: el personaje más que el acontecimiento. En cierto sentido, lapsicohistoria ha estado implícita en toda historia biográfica, usándose a menudouna sicología de sentido común. Un prerrequisito fundamental de este modo dehacer historia biográfica es, sin duda, el acceso a suficiente material documentalprivado (diario de vida, correspondencia íntima o relatos confiables de testigosoculares), sin el cual no se puede romper la barrera censora del material públicou oficial relativo al personaje histórico estudiado.En estas notas rechazaremos la psicobiografía, a la cual no consideramos unalínea fructífera de investigación, en parte porque no hay suficientedocumentación accesible acerca de los pensamientos privados de Bolivar en losdistintos períodos de su vida. Para todo propósito y en todos los sentidos,Bolivar fue un hombre público, un producto, hacedor y propagador de unaimagen. Y es fundamentalmente esa imagen, ese mito, esta particular versión dela figura del caudillo, lo que deseamos ver a través de nuestros «lentespsicohistóricos». Hemos decidido, pues, indagar en las representacionessimbólicas acerca de Bolivar y el culto a Bolívar, para dejar planteadas algunasideas acerca de su significado sicológico, politico e histórico.
  5. 5. En el desarrollo de nuestras consideraciones será necesario, desde luego, hacerreferencias de orden teórico: la construcción teórica de la función del padre y dela imagen del padre, observaciones acerca del ego y de la sicología de grupo,conceptos sobre el carisma y la relación carismática, elementos básicos de lateoría del poder, etc. Tales referencias, al mismo tiempo que constituyen unabase conceptual para la interpretación de los fenómenos que se discuten, sirvenpara intercalar comentarios a lo largo del texto y por eso no se encuentranagrupadas en un capítulo especial.Algunas consideraciones generales acerca de la psicohistoria parecen necesarias,tanto para fijar ciertos puntos conceptuales de partida, como para precisar elsentido en que ciertos términos serán usados en estas notas. La psicohistoria esel estudio del cambio de las diferenciaciones simbólicas. Las palabras«símbolo» y «simbólico» se emplean aquí en un sentido mucho más amplio queel habitual: «símbolo» no significa aquí una imagen fija de representación. En laacepción que usamos, símbolo es cualquier objeto que, representado en la mentede un sujeto individual o colectivo, cumple una función al ser usado para larealización de acciones y el desarrollo de hábitos y conductas. Un sujetocualquiera, pues, estará envuelto en un proceso simbólico cada vez queemprenda una acción basada en el uso funcional de un objeto.El símbolo, así concebido, puede ser analizado, «desplegado», para comprenderlos procesos íntimos de las acciones individuales y colectivas. Del mismo modoque un sueño puede ser analizado ad infinitum, hasta incluir en el análisis toda lahistoria mental de un individuo, también todo símbolo —ya sea verbal, ya seauna imagen o una idea abstracta— es susceptible de un análisis que llegueeventualmente a abarcar la escala completa de la experiencia humanacompartida. Una serie, un conjunto de símbolos conectados o relacionados entresí, puede representar una determinada fantasía, y dar cuenta así de los diversosaspectos del deseo originario.Así pues, el aparato simbólico de la cultura incluye un conjunto derepresentaciones que condicionan toda la existencia consciente y subconscientede los sujetos participantes en esa cultura. Una vez establecidos, tales símbolosadquieren una importancia fundamental para la historia; quedan arraigados en unimpulso atemporal que, en cualquier forma que sea realizado, nunca llega a seruna realización cabal del deseo original.Cada símbolo se halla en el centro de una inmensa red de significados, que seextiende desde las más amplias actividades culturales hasta los estados másprofundos de la mente individual. Cuanto más ricos, cargados de dinamismo ycercanos a hechos históricos importantes sean tales significados, tanto másfuerte será su impacto psicohistórico.
  6. 6. Por otra parte, ni los símbolos ni los conjuntos de significados son inmutables.En la medida en que la ideología social influye en la estructura sicológica de loshombres, no sólo se reproduce a sí misma en la mente de éstos, sino que —loque es más importante— se convierte en una fuerza real, en un poder materialdentro del individuo, quien a su vez se ve modificado concretamente y actúa, enconsecuencia, de un modo diferente.El estudio de tales procesos de cambio, de las representaciones mentales de larealidad social, y de las, funciones que tales representaciones cumplen en laactividad social de los individuos y grupos, constituye la preocupaciónfundamental de la psicohistoria.Grabado de M. N. Bate, Londres, 1819
  7. 7. II. La imagen y la función del PadreAl abordar la existencia sicológica de Bolivar en la historia y en la política,conviene tener presente algunos hechos que no son objeto de estas notas, peroque de un modo u otro influirán en nuestras observaciones: la existenciahistórica y politica de Simón Bolívar es un hecho sicológico para el mismoBolivar; las relaciones que él establece con su propio yo tienen por lo demás supropia historia y su propio desarrollo, y forman parte de ese apasionante campode estudios que más de un historiador ha intentado recorrer y escudriñar paraaproximarse a la «sicología del Libertador»; y por otra parte, la «historiaclínica» de tal sicología puede ser ampliamente documentada y científicamentediscutida, a partir de las circunstancias objetivas en que fue modelado este«caso» sicológico (la temprana pérdida de la madre, la presencia de latuberculosis en la primera infancia, la particular relación con el padre, con el tíoy con los maestros, la evolución de sus relaciones con la mujer —o con lasmujeres—, los accesos de delirio y sus características sicosomáticas, lainfluencia de su enfermedad sobre la siquis, el ciclo evolutivo de sutemperamento, etc.).Bolivar no es, de ninguna manera, un ser «normal»: su más notable «anomalía»es, desde luego, esa combinación de talento y cualidades temperamentales ymorales que se llama grandeza en la terminología de la historia clásica. Pero éles anormal también en un sentido médico, es un enfermo, y su enfermedad esuna combinación sicosomática de sus dolencias físicas (particularmente latuberculosis) y de ciertas afecciones de la personalidad cuya naturaleza,repetimos, no estudiaremos aquí. Lo que importa es señalar que las anomalías deBolivar —no importa cuál sea su diagnóstico— no son ajenas a la imagen queen torno a Bolívar crean sus contemporáneos y las gentes de las generacionesposteriores. Así por ejemplo, el delirio sobre el Chimborazo, presentado por elmismo Bolivar como una manifestación febril de su angustia por los destinos deAmérica, será considerado por muchos historiadores y politicos como una visiónprofética —una especie de «trance» de clarividencia y premonición— que esinherente, ya a la revelación divina, ya a las características innatas del geniorevolucionario. Un delirio es un delirio, sin embargo; y si preferimos dejar paraotra ocasión el análisis sicológico de este momento crítico de la salud física ymental del Libertador, es precisamente porque nos interesa concentrar nuestraatención en el otro aspecto del problema: el de por qué y cómo este delirio seconvierte en símbolo, en imagen, en instrumento político, en arma de combate y,caso extremo, en premisa ideológica para la construcción de una conciencianacional latinoamericana.«Vuestra gloria crecerá con los siglos como crecen las sombras cuando el soldeclina», exclamó ante Bolivar el cura Choquehuanca, y más tarde José Martí,en admirable síntesis, nos explicó por qué: «porque lo que él no dejó hecho, sin
  8. 8. hacer está hasta hoy; porque Bolivar tiene que hacer en América todavía». Yesto es verdad: la América Latina necesita hoy de libertad y de Libertadores, deJusticia y de brazos justicieros, de un destino nacional y de hombres dispuestos aconstruir ese destino. Tales cosas están pendientes todavía en ese continente.Pero también, para millones de individuos, para partidos politicos y grupossociales, tienen rodavía que hacer en la historia de la sociedad y en la relacióndel hombre con su porvenir, el Padre y la imagen del Padre, la Espada y lo queella simboliza y evoca, y el Poder como meta irrealizada, temible y apetecible almismo tiempo. El Padre, la Espada y el Poder: tres categorías diferentes en unasola persona histórica: Simón Bolivar. Tal imagen tiene una indudable y muyvigente función social, porque además de satisfacer necesidades históricas ypolíticas, resuelve también problemas espirituales y afectivos, en suma,sicológicos.Conocer y analizar esta imagen no es suficiente, si no nos esforzamos porcomprender, por aprehender su función. Y esta función no está determinadasolamente por el juego de intereses políticos y económicos que constituye elsustrato de la vida social sino, también, por la formas de conducta individual ycolectiva que tejen la trama de «voluntades humanas» que, al decir de Engels,realizan el proceso de la historia.Conviene pues exponer algunas ideas acerca de la imagen del Padre y de sufunción, desde un punto de vista sicológico. En el estadio de la identificaciónprimaria, el padre idealizado es esa imagen del padre autor y creador de leyes,principio de las mismas, temido y admirado, en el cual el niño delega laomnipotencia en sus pensamientos, y que representa un poder ilimitado, aunqueoscuro en sus razones, protector y castigador. Tal es, más o menos, su presenciaen el ámbito de la imaginación:En el estadio de la identificación secundaria, el padre ya no funciona comocreador de las leyes sino como su representante, tal como lo plantea Lacan,quien, en efecto, nos enseña a discernir, por debajo del padre real, un conjuntode funciones que no son fáciles de articular: la metáfora paternal, el nombre delpadre, la deuda paternal-deuda simbólica, etc. (ver en especial las páginas de losÉcrits relativas a Schreber: 575-583).El papel del padre tiene entonces relación con un proceso cuyo desarrollodetermina el paso de la relación dual imaginaria al campo de lo simbólico. Laidentificación abandona el ámbito de la imaginación y entra en un ordensimbólico, donde la ausencia del sujeto para alguien, y de alguien para él, es«traducida» a una nominación, a un «código» en el que cada sujeto en cuestiónocupa un lugar determinado. Este es, puede decirse, el momento cultural delproceso: el sujeto es identificado por un significante, y todas las posibilidades desu identidad se estructuran a partir de esa matriz simbólica esencial. Estemomento abre, inaugura un nuevo ámbito: se pone fin al vínculo proyectivo-
  9. 9. introyectivo fascinador, y se inicia el proceso de la identificación sobre unanueva base: los dos miembros de la relación (padre e hijo) se han perdidorecíprocamente, ya no existen el uno para el otro, y el primero se erige como unarealidad diferente y ajena, superior y distante, realidad sicológica que es unaconstrucción simbólica del segundo.Ahora bien, la relación entre la función paterna y la representación del Poder esíntima y estrecha. La primera es la condición de posibilidad para que exista lasegunda, ya que ésta se construye, obviamente, gracias a la existencia defunciones del psiquismo que permiten la existencia de la representación. Pero, asu vez, la representación que cada sujeto se hace del padre y del poder, es capazde influir en sus funciones síquicas y físicas: la función es modificada por lasignificación que adquiere al ser representada en el psiquismo, esto é al entrar aformar parte de la representación.El sujeto se constituye, se mantiene, se reconoce a sí mismo —parcialmente almenos—, a través de su identificación con la imagen del otro (es decir, del padrey del poder).Usamos la palabra del en un doble sentido. Primero, queremos decir: a imagen ysemejanza de cómo el padre y el poder («el otro») se presentan o estánrepresentados para el sujeto que se identifica con ellos, con ese «otro»; y aquítenemos en cuenta, también, que esa imagen del padre y del poder es, o puedeser, la imagen que el padre y el poder tienen de sí mismos y que el sujeto que seidentifica con ellos acepta como tal. En este caso el sujeto se construye poridentificación con la representación del otro.Y, segundo, el término del puede tener también el sentido de que el sujeto seconstituye sobre la base de la imagen que el otro tiene de él y que de este modolo identifica como sujeto. El otro ve al sujeto de determinada manera, y el sujetose identifica con esta imagen. Tal proceso es posible porque en la siquis delsujeto existen, asociadas de múltiples formas con la imagen del padre, lasimágenes, discursos, prácticas, signos y representaciones acerca del papel quelos guías; conductores, líderes y jefes juegan en el proceso social; esas formas deasociación, que proveen el material fantástico sobre el cual los individuos y lospueblos construyen el mito acerca de sí mismos y de sus «padres», puedenvariar, y de hecho varían, según las diferencias culturales, éticas, religiosas,estéticas, políticas y económicas que dan cuenta de la coyuntura particular enque cada proceso social tiene lugar.Es de hacer notar, por último, que la función del padre y del poder se evoca amenudo sobre la base de un personaje y sus accesorios histórico-personales: laespada, el bastón, el libro de la ley, el vestuario, el gesto y la pose, el caballo, lafrase que lo identifica, el título. Se crea así un montaje teatral, dramático, quesubraya la fuerza y la virilidad del símbolo y que remite la función del padre y
  10. 10. del poder a esos atributos externos, a esos velos, a esos elementosrepresentativos.¿De qué modo se han identificado las gentes con ese Padre, con su poder, y consu representación del poder? ¿De qué modo se identificaban con la imagen queBolivar tenía de sí mismo y que él quería reproducir y perpetuar? ¿Cuál era estaimagen? ¿De qué modo, en fin, se identificaban ellos con la imagen que Bolivartenía acerca de ellos, de su identidad y de su destino? ¿Cuál ha sido la evoluciónde estas representaciones y sentimientos, y cuál ha sido la suerte de la espada, elmás importarte de los accesorios simbólicos de este Padre? Tales son algunas delas cuestiones que discutiremos a lo largo de estas notas.III. El símbolo en la trama del PoderAcaso pudiéramos comenzar —como en aquellos cuentos de García Márquez enque el relato se inicia por su desenlace— recordando algunas situacionesproducidas durante los últimos meses de vida de Simón Bolívar. Poco antes desu alejamiento definitivo del poder, el Libertador se ve sometido a la acción delas potentes fuerzas políticas y sociales que se mueven en el caos original de larepública. Sus amigos y partidarios constituyen una muchedumbre heterogénea eindisciplinada, sacudida por conflictos internos y luchas intestinas, pero más omenos cohesionada por la ambición del poder y por muchas otras ambicionescuya legitimidad o ilegitimidad no es del caso discutir.Entre las huestes bolivarianas —tal vez fuera mejor decir bolivaristas, paraacoger a quienes usan el nombre de Bolivar para fines diferentes de los queplantea la concepción bolivariana de la historia y de la politica— están lascamarillas militares, los legionarios extranjeros, los soldados sufridos yharapientos que tantas brillantes campañas han hecho bajo las órdenes delLibertador, y una abigarrada masa de políticos civiles, unos llenos de talento yde fuerzas morales, otros oportunistas y bellacos, mediocres y arribistas. Héroesy traidores, seres luminosos como Sucre y taimados como Montilla: de todo hayentre las gentes que apoyan al régimen bolivarista.Los enemigos y adversarios de Bolívar no son mejores. En este campo tambiénhay de todo. Incluso el reducido grupo de conspiradores que acaba de intentar elasesinato del Libertador, es heterogéneo y tiene contradicciones internas. LuisVargas Tejada y Florentino González parecen ser dos polos opuestos, nosolamente por sus concepciones politicas y económicas, sino además por suestilo, por su conducta moral y por sus cualidades temperamentales. Pero tantoel uno como el otro odian el militarismo, son civilistas, aborrecen elpaternalismo bolivariano, rechazan y temen toda forma, abierta o encubierta deautocracia y se sienten —como muchos otros ciudadanos— mucho másprotegidos y representados bajo la sombra de otro Padre: el general Francisco de
  11. 11. Paula Santander, héroe militar y civil de la República, de los Padres de la Patria,Hombre de Leyes, anticlerical, masón y republicano y, en suma, el únicopolítico a quien se puede considerar capaz de enfrentarse, de igual a igual, aSimón Bolívar.¿De igual a igual? No exactamente. A Bolivar, viejo y enfermo, destrozado porla tuberculosis y por las decepciones políticas, lo rodea una aureola de gloria acuyas alturas nadie se atreve a llegar. Todos, incluso Bolívar, saben que Bolívarha comenzado el proceso irreversible de la agonía, a partir del 25 de setiembrede 1828, día del atentado en Palacio. El propio Bolívar repite, en conversacionescon amigos y en cartas personales y de estado, que sólo aspira a alejarsedefinitivamente del poder y morir en paz, puesto que comprende muyclaramente su propia situación. La lucha política entre bolivarianos yantibolivarianos, pues, no se centra en torno a la persona física del Libertador,pues esta persona ya está disolviéndose en el pantano implacable de la muerte.En términos de Poder, la lucha se establece entre los administradores militares yciviles de la imagen bolivariana, de esa gloria que «crecerá con los siglos comocrecen las sombras cuando el sol declina», y aquellos individuos y grupossociales a quienes conviene la destrucción de esa imagen histórica para poderestablecer sus propias normas de Poder. «¡Mi gloria, mi gloria! ¿Por qué me laarrebatan?», pregunta entonces Bolívar, dolido y desconcertado, mientras unos yotros se disputan esa gloria: los unos para demolerla y despedazarla, los otrospara construir con ella un sistema de símbolos e imágenes políticas que sirvande instrumentos adecuados para ejercer el control del poder en la nacienterepública.El célebre proyecto de establecer una monarquía es ilustrativo: quienes aspiranal control monopólico del poder, los más inteligentes y atrevidos hombres delConsejo de Estado, conciben el proyecto no solamente para «salvar al país de laanarquía» y «consolidar la unidad de la Gran Colombia», sino además yfundamentalmente para concentrar en sus manos el Poder con mayúsculas. Y elPoder con mayúsculas es el conjunto de los innumerables poderes locales yregionales que se encuentran repartidos entre las manos de muchos gruposoligárquicos de provincias (los responsables de la «anarquía»), a quienes esnecesario despojar de sus privilegios y preeminencias para proceder a construirun Estado fuerte, centralizado, autoritario y eficaz. El proyecto de monarquíatiene, además, una virtud: Bolívar será el rey, y puesto que Bolívar está enfermoy moribundo, Bolívar será «manejable». Pero los proyectistas no han contadocon lo increíble: Simón Bolivar, el Padre de la Patria, el Libertador, el hombreceloso de su gloria y de su grandeza, se niega airadamente a aceptar el engendro.¿Por qué se niega? Sencillamente porque «su Reino no es de este mundo».Porque él ha trabajado toda su vida para «el otro mundo», el de la gloriahistórica, el de la posteridad, el de aquella dimensión politica en la cual pueda«creer con los siglos como crecen las sombras cuando el sol declina».
  12. 12. Bolívar en 1930. Carboncillo de José María EspinosaPero los conspiradores no se rinden fácilmente. Fracasado el proyectomonárquico, se producen numerosos levantamientos y pronunciamientosmilitares regionales, con el claro propósito de obligar a Bolívar a reasumir ladictadura. En Riohacha, Cartagena y Santa Marta, los militares bolivaristaspresionan para rodear al Libertador con un cerco de cuartelazos
  13. 13. anticonstitucionales en una región del mundo que, en rigor, no tieneconstitución. Bolivar resiste también estos embates, pues ya no desea otra cosaque morir en paz. Pero su amigos y partidarios lo presentan como el JefeSupremo, inspirador y autor intelectual de cuanta arbitrariedad militarista secomete contra la oligarquía civilista y «democrática». Y esta oligarquía acepta elregalo: Bolivar será el culpable de cuanto hagan los bolivarianos y losbolivaristas.Así, cuando Venezuela decide separarse de la Gran Colombia, se dirá que elEstado de Venezuela no está dispuesto a tratar con el de la Nueva Granada«mientras el general Bolivar permanezca en suelo colombiano». Parecidosepisodios se repiten una y otra vez, y no vale la pena abundar sobre hechos bienconocidos por los historiadores. Conocemos hoy los resultados de esta luchapolítica, en términos de poder (o de impotencia, si hemos de juzgar por lamedida del subdesarrollo, la dependencia politica y económica y los traumassociales que han sufrido y sufren los países bolivarianos), pero no hemosdiscutido aún a fondo las consecuencias que tales conflictos han acarreado en lateoría de la historia, en la concepción histórica, y en la psicohistoria.Mencionemos pues, para abordar el tema, la interpretación sicoanalítica deFreud sobre el Totem y el Tabú, la primera de todas sus interpretacionesgenerales sobre la cultura. He aquí su parte esencial: después de que el temido—al mismo tiempo odiado y amado— padre fue muerto por sus propios hijos,comenzaron éstos a identificarse con él como con un héroe ideal. Una parte deellos intentó tomar el liderazgo, pero sus rivales —sus propios hermanos— loimpidieron mediante el odio y los celos. Finalmente, uno de ellos logró imponersu autoridad sobre los demás gracias a la eliminación de sus más peligrososrivales. El parricidio produjo, de un modo u otro, profundos sentimientos deculpa y temor por la venganza o el castigo.Asimilar al padre asesinado (comerlo, consumirlo, digerirlo), les permitióabsorber su fuerza secreta y crear una profunda identificación con él y entreellos mismos. Tal identificación tiene como resultado que los asesinosconstruyen para sí mismos una imagen interior de su víctima como un idealpoderoso al cual endiosan y adoran. Así niegan y borran su culpa. Asíconvierten su oculta e inconfesada animosidad en una creciente e irracionallealtad. Así forjan el mito.Es conveniente tener en cuenta la explicación de Freud en un sentidometafórico. La parábola de los asesinos que endiosan a su víctima para lavar elhorror del crimen, se ha repetido demasiadas veces en la historia como para quepodamos despreciarla. Las imágenes históricas que se han construido comoresultado de esta maniobra sicológico-politica, han despedido siempre unsospechoso olor de funeral interrumpido, de retórica de cementerios, en que lasalabanzas desmesuradas e hiperbólicas a la víctima cumplen la función de
  14. 14. certificar su muerte y de terminar de una vez por todas con el entierro —acasopara acabar con la incómoda presencia del héroe en cuestión— y, al mismotiempo, para fraguar una imagen manejable y utilizable, inventando una personade inimaginable grandeza con la cual una élite de privilegiados administradoresde la historia tiene una relación íntima, una amistad y una complicidad eternas.Mario Briceño Iragorri ha advertido de qué manera, en el caso de SimónBolivar, las exequias se han prolongado ya más de cien años: «él está vivo, y simuchos lo miran como muerto, debemos luchar tenazmente contra tal idea.Bolívar murió para aquellos que quisieron hacerse sus albaceas. Y ha sidodurante los largos cien años de nuestra historia republicana, un muerto cuyafama sirvió para dar lustre a todas nuestras deficiencias. Hemos vivido de lagloria de un gran muerto. De un muerto a medio enterrar que, pese a sugrandeza, ha despedido un hálito fúnebre en nuestro propio ambiente cívico»(Briceño Iragorri, El caballo de Ledesma, pág. 43).Es verdad: Bolivar murió para aquellos que quisieron hacerse sus albaceas. Sóloasí, muerto, pueden ellos sacar de la manga un fraguado testamento político yadministrar esa fabulosa herencia de fuerza histórica y política que bulle en lapresencia viva del héroe. Por esta misma razón hay en la historia grandes líderesreligiosos, espirituales y políticos, cuya muerte debe ser periódicamenterenovada, representada, consumada y certificada por los albaceas, a efecto de: 1)asegurarse de que el muerto está bien muerto y no puede desenmascarar a sus«representantes»; 2) asegurarse el monopolio de la representación del muerto,por los siglos de los siglos; y 3) realizar el «aggiornamento» del fraude,modificando ciertas cláusulas del «testamento» que se administra, o agregándolenuevas, en concordancia con las exigencias de los tiempos.Así, cuando el tirano Gómez llegó, en 1900, a Caracas, al mando de undestacamento del ejército insurreccional de Castro, tuvo buen cuidado deacampar al pie de la estatua de Bolívar, en el centro de la plaza. Gómez siempre«pensó en sí mismo en relación con el Libertador». Cuando llegó al poderfalsificó la fecha de su nacimiento para que coincidiera con la de Bolívar, y laasentó en San Antonio, «de manera que en las conmemoraciones... su propioretrato apareciera al lado del de Bolívar» (Thomas Rourke, Gómez, Tirano delos Andes, Ed. Claridad, Bs.As., 1940, pág. 160).Años más tarde, en las tierras dominicanas, uno de los escritores al servicio delrégimen habría de escribir esta líneas inmortales: «Hace 2000 años, Jesúspredicó su doctrina de la justicia y la paz; hace más de un siglo Bolívar proyectósu federación de naciones americanas; hace diez años Trujillo presentó susluminosos proyectos para la creación de la liga de naciones americanas» (Citadopor William Krehm, Democracia y tiranías en el Caribe, Ed. Parnaso, Bs.As.,1959, pág. 254).
  15. 15. Y no es posible reír, pues detrás de esas palabras hay tragedias y crímenes,sangre humana derramada y víctimas incontables de la arbitrariedad y del terror.Así funciona la imagen del Libertador en las manos de los Liberticidas. Así secierra el ciclo del mito al servicio del Poder.IV. La Espada y el PoderLos símbolos, evocaciones y funciones en torno a las ideas de Padre, Espada yPoder, se entrelazan y combinan de las más diversas formas en estasinnumerables construcciones del mito bolivariano. La gloria de Bolívar, en estesentido, no crece con los siglos «como crecen las sombras cuando el soldeclina», sino de una manera mucho más compleja: es como si el hombre real,Simón Bolívar, estuviese parado con toda su grandeza real, en el centro de unagalería de espejos vivientes que cambian de forma sin cesar y que reflejan hastael infinito un número infinito de imágenes distorsionadas, que se modifican lasunas a las otras, en un juego en el cual es imposible saber cuál es el Bolivarverdadero ni cuántos falsos Bolívares se están moviendo y actuando.Veamos, por ejemplo, algunas de las relaciones que el propio Padre estableceentre la Espada y el Poder. Al jurar la Constitución de la república ante enCongreso Constituyente de Colombia, dice Bolívar:«Yo soy el hijo de la guerra: el hombre que los combates han elevado a laMagistratura: la fortuna me ha sostenido en este rango, y la victoria lo haconfirmado. Pero no son éstos los títulos consagrados por la justicia, porla dicha, y por la voluntad nacional. La espada que ha gobernado aColombia no es la balanza de Astrea, es un azote del genio del mal, quealgunas veces el cielo deja caer en la tierra para el castigo de los tiranosy escarmiento de los pueblos. Esta espada no puede servir de nada el díade la paz, y éste debe ser el último de mi poder, porque así lo he juradopara mí, porque lo he prometido a Colombia y porque no puede haberrepública donde el pueblo no está seguro del ejercicio de sus propiasfacultades».Y seguidamente, para aclarar y precisar aún más su pensamiento, agrega:«Un hombre como yo es un ciudadano peligroso en un gobierno popular;es una amenaza inmediata a la soberanía nacional. Yo quiero serciudadano para ser libre, y para que todos lo sean. Prefiero el título deciudadano al de Libertador; porque éste emana de la guerra, aquél emanade las leyes. Cambiadme, Señor, todos mis dictados por el de BuenCiudadano».Durante la dura guerra de Independencia había dicho el Libertador: «Noenvainaré jamás la espada mientras la libertad de mi patria no esté
  16. 16. completamente asegurada». Y en febrero de 1827, cuando se desarrollaba en suplenitud el proceso de la dictadura, había reiterado: «Mi espada y mi corazónsiempre serán de Colombia».La Espada, pues, ese «azote del genio del mal», es un instrumento necesariopara librarse de la tiranía y plantear la libertad de los pueblos, a condición deque ella se mantenga alejada del Poder, y de que este Poder emaneverdaderamente de la voluntad de los pueblos libres y no del arbitrio del Padrede la Patria; porque este Padre, este Hombre de la Espada, este Libertador,concentra en sus manos y en su personalidad tan enorme suma de autoridad y dePoder, que se convierte en un «ciudadano peligroso» y en «una amenazainmediata a la soberanía nacional».Pero es en vano. Todavía vive Bolívar cuando el general Páez decide invocar aBolivar para unir en forma permanente la Espada y el Poder:«La espada redentora de los humanos!!! Ella en mis manos no será jamássino la espada de BOLIVAR: su voluntad la dirija; mi brazo la llevará.Antes pereceré cien veces, y mi sangre será perdida, que esta espada salgade mi mano, ni atente jamás a derramar la sangre que hasta ahora halibertado. Conciudadanos, la espada de BOLIVAR está en mis manos:POR VOSOTROS Y POR ÉL IRÉ CON ELLA A LA ETERNIDAD»(Páez, Manifiesto a los Colombianos del Norte, 7 de febrero de 1829).Durante los primeros cien años de vida republicana, en todas las nacionesbolivarianas, se repite una y otra vez esta distorsión autocrática, este desarrollomilitarista, esta conjunción liberticida de la Espada y el Poder bajo laadvocación del Padre. Y, paralelamente, se produce tanto la divinización delhéroe militar y de todos sus atributos guerreros, como el desarrollo del crecientefetichismo en torno a los objetos materiales que constituyeron pertenenciaspersonales del héroe. Así, la Espada ya no es el concepto genérico de la GuerraLibertadora, la fórmula verbal de representar la lucha armada contra la tiranía,sino la cosa concreta misma, la hoja de acero con empuñadura dorada, el objetometálico y refulgente, desprovisto de todas sus implicaciones político-sociales,excepto de aquellas que sirven para decir: esta reliquia perteneció al héroe y estareliquia es el instrumento del Poder que ahora detentamos, que heredamos delhéroe y que continuaremos detentando a cualquier precio.Luis Tejada, el más grande de todos los cronistas colombianos, ha escrito líneasácidas sobre estos dos procesos, el del fetichismo y el de la divinización delhéroe militar. En cuanto al primero, tenemos que reproducir casi íntegramenteuna de sus crónicas:«La minuciosa investigación a que se está dedicando Cornelio Hispanopara encontrar el número de camisas que tuvo el Libertador, pertenece aun género histórico pueril, de decadencia, perfectamente inusitado en un
  17. 17. pueblo en que las actividades históricas no han alcanzado siquiera unarelativa madurez; en realidad, la laboriosa adquisición de todos esospequeños datos anecdóticos no puede interesar a inteligenciassinceramente serias... pero sí ayuda a precipitar este fenómeno debeatificación de las reliquias personales de los héroes, que estamospresenciando en América y que relaja y envilece el verdadero sentidomístico y esencial de la historia; hay ya quienes le han dedicado odas,sonetos y madrigales a la última camisa que usó Bolívar y a los pañuelosy pantuflas de sus concubinas».Y continúa Luis Tejada:«Es decir: el sentido histórico ha degenerado en fetichismo brutal,siguiendo un proceso paralelo al que ha sufrido entre nosotros el sentidoreligioso: nuestro pueblo no posee ya una idea pura y eminente de Dios;...ha materializado sus sentimientos religiosos, concretándolos enmugrientas y milagreras reliquias de santos, en fetiches locales, enemigosa menudo los unos de los otros; no conoce a Dios; adora el manto de laVirgen o el pie de palo del Señor de Monserrate.. Un proceso paralelo ycomplementario puede advertirse en la evolución del sentido místico de lahistoria: no existe ya la concepción pura y esencial del héroe, como unafuerza espiritual impulsora, como un suscitador y creador de nuevos yfecundos ideales colectivos; se ha erigido en Héroe al caudillo militar,tipo primitivo, violento y brillante, de cualidades puramentetemperamentales; y se ha llegado a venerar en él no sólo los atributossimbólicos de su profesión, la espada o el morrión de plumas, sinotambién sus más íntimas prendas personales, los calzoncillos o la camisa;o, como en la idolatría religiosa, sus secreciones fisiológicas, el sudor dela frente y la sangre de las heridas; y aún más: los objetos que tocóincidentalmente a su paso, el balcón por donde saltó en una noche depánico, o el lecho en donde en otra noche de placer alimentó suspasiones...» (Luis Tejada, Gotas de tinta, págs. 161 y 162).En otra crónica, titulada precisamente El mito boliviano, Tejada protesta contra«la deformación de la fisonomía histórica del Libertador» que se presenta como«la divinización del héroe por su aspecto militar», y luego dice:«¿Es justa la divinización del héroe militar? Yo creo que no; el héroemilitar ocupa realmente un segundo término en nuestra revolución; elhéroe militar no concibió el movimiento ni lo suscitó; no creó losacontecimientos; nació de ellos y marchó enrolado en su trayectoria fatal.Fueron los héroes civiles, los ideólogos de la revolución, los queconcibieron, suscitaron y crearon; ellos fueron los que desencadenaron lossucesos poniendo en camino dos fuerzas contrarias que, ya en esta víadinámica, tenían fatalmente que encontrarse y eliminarse; entonces surgió
  18. 18. el héroe militar y su actitud se redujo necesariamente a imprimir un ordenrelativo a ese movimiento, siendo al mismo tiempo arrastrado por él,teniendo que sujetarse íntimamente a su dinámica implacable...» (LuisTejada, Gota de tinta, págs. 155 y 156).Es oportuno comparar estas afirmaciones con las del estadista Simón Bolivar,cuando explica, ante el Congreso de Angostura, el papel histórico del militarSimón Bolivar:«Un hombre, ¡y un hombre como yo! ¿qué diques podría oponer el ímpetude estas devastaciones? En medio de este piélago de angustias no he sidomás que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebatabacomo una débil paja. Yo no he podido hacer ni bien ni mal: fuerzasirresistibles han dirigido la marcha de nuestros sucesos: atribuírmelos nosería justo, y sería darme una importancia que no merezco».Fetichismo y divinización, el Héroe y su Espada: el héroe con cualidadessobrehumanas, y su espada (espada-objeto, ya no más espada-concepto)impregnada para siempre de ciertos atributos esenciales que la hacen distinta atodas las demás espadas que se han forjado a lo largo de la historia. La posesiónde esa espada específica dará a quien la posea ciertas virtudes bolivarianas. Su«rescate» o «recuperación» de manos de los usurpadores a manos de losrepresentantes del pueblo, certificará el carácter auténticamente bolivariano deéstos y dejará de algún modo desarmados a aquellos. La lucha entre los quedetentan el Poder y los que aspiran a conquistarlo en función de una causarevolucionaria no se entablará solamente en torno a los problemas ideológicos,filosóficos, politicos, económicos, del desarrollo social: será también una luchaen torno a la posesión del fetiche histórico, de la cosa que representa, simbolizay evoca al héroe, del objeto que mediante el arte de la alquimia sicohistórica semantiene impregnado, a través de los siglos, de los atributos del héroe. Y puestoque la lucha será armada, militar, lo primero que hay que rescatar para el puebloserá la Espada, el instrumento de la guerra libertadora, pues de ese modo serescata también el concepto de la guerra libertadora y se pone el conflicto en susjustos términos desde el comienzo: la guerra continúa, la lucha de Bolivarcontinúa.En efecto, cuando el movimiento guerrillero colombiano 19 de Abril (M-19) setoma por asalto la Quinta de Bolívar y se apodera de la espada del Libertador,afirma y justifica de esta manera su acción:«BOLÍVAR, TU ESPADA VUELVE A LA LUCHA... La lucha deBolívar continúa, Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas delmuseo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos. Alas manos del pueblo en armas. Y apunta ahora contra los explotadoresdel pueblo. Contra los amos nacionales y extranjeros. Contra ellos, los
  19. 19. que la encerraron en museos, enmoheciéndola. Los que deformaron lasideas del Libertador. Los que nos llamarán subversivos, apátridas,aventureros, bandoleros. Y es que para ellos este reencuentro de Bolívarcon su pueblo es un ultraje, un crimen. Y es que para ellos su espadalibertadora en nuestra manos es un peligro».La identificación de la lucha y de las ideas del Libertador con los intereses delpueblo es lo que justifica esta apropiación de su espada por parte del «Pueblo enArmas» o, lo que parece ser lo mismo, por parte del M-19.«Pero Bolivar no está con ellos —los opresores— sino con los oprimidos.Por eso su espada pasa a nuestras manos. A las manos del pueblo enarmas. Y unida a las luchas de nuestros pueblos no descansará hastalograr la segunda independencia, esta vez total y definitiva...» (Boletín delM-19, N° 2, febrero de 1974).«Con el pueblo, con las armas, al Poder», es la consigna de esta organizaciónrevolucionaria bolivariana que desde el inicio de sus operaciones rescata yreproduce, al parecer de un modo consciente y premeditado, el mito y la imagendel Libertador y sus funciones psicosociales, con todos los atributos excitantes yestimulantes que despierta la presencia viva del Padre con su Espada, enconjunción con su Pueblo, marchando a la conquista del Poder.Tal parece, sin embargo, que el uso de estos elementos dramático-históricos,teatrales, es insuficiente para la práctica politica, no porque sea insatisfactorio,sino porque en ese nivel de referencia —el de la práctica— es ineficaz paradirigir la «curación», la terapéutica revolucionaria. La necesidad de superar laperspectiva teatral, que bloquea las cosas en el nivel de los personajes e impideel acceso a la comprensión de los desarrollos históricos, tendrá que hacerseevidente, tarde o temprano, para cualquier organización de esta naturaleza.Desde el punto de vista de la organización misma, es indudable que el caráctercada vez más abusivo (en el sentido de abuso de confianza) de este tipo dereferencia a un personaje teatral, asigna a la propia intervención y a toda laactividad de tal organización un carácter teatral del mismo tipo. Lasmanifestaciones de un amor apasionado o admirativo, por otra parte, todas esastentativas de identificación con —y a través— de esos sentimientos, todo esoforma parte del depósito de accesorios sicológicos, que aspiran a una realizacióna través de la práctica politica. La creencia de que una profunda identificaciónen el orden de las vivencias, de los sentimientos, sitúa a quien se identifica máscerca de la verdad, sólo sirve para ocultar el hecho de que tal tipo de referenciano deja de ser una referencia a una colección de accesorios.Es verdad, no obstante, que el recurrir a los accesorios, al psicodrama, tiene enocasiones cierta eficacia, porque evidencia algo de lo que la organización es ydel modo como aborda y plantea su propia realidad en la sociedad y en la
  20. 20. historia. Pero si aún hoy este mecanismo funciona a veces, ello no nos exime depreguntarnos por qué tal o cual accesorio de la colección ha sido eficaz, y si sele podrá seguir usando; por qué el empleo de tal o cual imagen, de tal o cualrepresentación, de tal o cual evocación de sentimientos pudo prosperar. Es decir:¿qué función cumple realmente este tipo de accesorios? ¿Por qué esa necesidad,existente en alguna medida en todas partes, de contar con una imagen humana,con un hombre que concentre en sí mismo y rija las líneas de fuerza de lahistoria? ¿Qué es lo que está en juego, realmente, detrás de la utilización de laimagen del Padre y del Poder?Como más adelante veremos, es lo libidinal lo que mantiene la unidad del grupo:las fuerzas cohesionadoras, unificadoras, actúan bajo la influencia de unarelación emocional definida entre el líder y sus adeptos, y éstos se amanmutuamente «a través de ese amor que la figura del padre sustituto prodiga acada uno».Si, como parece, este es un mecanismo sicológico que afecta y condiciona eldesarrollo ideológico del grupo, son evidentes aquí los riesgos que resultan deluso de accesorios como fetiches históricos, y del empleo de la imagen del héroeen su calidad de Padre omnipotente: a través de tales formas de divinización yde tales representaciones psicodramáticas, el líder o la jefatura presentes puedentransferir en su beneficio la relación amorosa de la multitud con el Héroeausente: Bolivar está con nosotros a través del Jefe, el Jefe es el representante deBolivar en la tierra, su vocero y mediador, y por medio del Jefe noscomunicamos con el Padre. Así quedan planteadas, al menos en el ámbitosicológico, las condiciones de existencia del culto a la personalidad, las premisaspara la reproducción del Caudillo politico-militar, hacedor de la historia,protagonista de un drama espectacular al que las masas populares asisten encarácter de espectadores y agradecidos beneficiarios.El culto a la personalidad, encarnación de imágenes parentales, es siempre, en lavida politica, el síntoma patológico que rubrica la ocultación de lo politicoverdadero, de las reales fuerzas profundas, de las causas y consecuenciasesenciales de las transformaciones históricas. Sólo mediante el esfuerzoconsciente de volver a activar los accesorios teatrales y lograr que sea el propio«paciente», el pueblo, quien los represente, podrá una organización politicaimpulsar cambios verdaderamente revolucionarios en la vida y en la sicología delas masas, a condición, claro está, de que tales cambios sean realizados por elpueblo mismo, como protagonista y hacedor de su propia obra. De otro modo, laEspada continuará siendo «ese azote del genio del mal», esto es, un instrumentopara la concentración y el monopolio del poder, y éste poder no será más que elapetecido trofeo de la guerra, que el vencedor recibe y perfecciona paraconsolidar su dominio sobre el resto de la sociedad.
  21. 21. Pero en nuestra galería de espejos, como en la vida, los extremos se tocan.Cuando el gobierno colombiano inicia la primera investigación sobre lasoperaciones del M-19, dirige los organismos de seguridad del Estado el generalJosé Joaquín Matallana, firme defensor del sistema imperante, irreductibleadversario de las guerrillas y apasionado bolivariano. Dos Bolívares seencuentran entonces, frente a frente, en el curso de los interrogatorios: el Bolivarde los que detentan el poder y luchan por conservarlo, y el Bolívar de la guerralibertadora, el que alza la bandera de la lucha contra los que detentan el poder, elBolívar subversivo, el insurgente. Y estos dos Bolívares son verdaderos en elsentido de que ambos están vivos, actúan en la dinámica diaria de la lucha socialy política, y están siempre presentes en cada uno de los campos en conflicto.V. Entre el Poder y la GloriaSe ha calculado que, en el curso de sus actividades políticas y militares, Bolívarrecorrió más de cien mil kilómetros, superando ampliamente en este fenomenalperegrinaje a Marco Polo, Alejandro Magno, Cristóbal Colón y NapoleónBonaparte. ¿A dónde va este hombre que así se mueve sin cesar, atravesandocordilleras, llanuras, valles y desiertos, a pie, a caballo, a lomo de mula? ¿Dequé huye? ¿Qué busca? Su inconcebible, monstruosa, patológica movilidad,¿puede explicarse tan sólo por las exigencias politicas y militares de la guerralibertadora o, más bien, tales exigencias son el producto del análisis racional deun hombre que necesita moverse, viajar, estar presente en todas partes, salir detodas partes y estar siempre llegando a todas partes?Todas las explicaciones posibles han sido ensayadas para buscar el origen deesta manía ambulatoria. Se han invocado las características innatas, hereditarias,del genio Simón Bolivar; se han construído teorías para demostrar lapsicopatología del Libertador; se ha propuesto, al menos por Juan Bosch, queBolivar se sintió obligado a expandir sus ejércitos sobre los vastos territorios deAmérica para evitar la continuación de la guerra social que sumió a Venezuelaen un baño de sangre entre 1812 y 1814; se han aducido, en fin, razonespoliticas, militares, sicológicas, morales, genéticas... pero aún en los estudiosmás completos, sistemáticos y profundos, queda siempre la sensación de quealgo falta, de que algo verdaderamente esencial o importante se nos ha escapadoy de que no hemos podido verle bien la cara y el carácter a este personajeincesantemente movedizo.Sabemos que su extraordinaria inquietud no era solamente física. Sabemos, porejemplo, que durante el sitio de Puerto Cabello, en 1812, permaneció trece díassin dormir, y que durante toda su vida mantuvo esta prodigiosa capacidad deconcentración en la actividad corporal y mental. Sabemos que en sus discursos yconversaciones su raciocinio viajaba con enorme rapidez de una idea a otra, y
  22. 22. que las variaciones sorpresivas de su lenguaje eran una de sus característicasmás conocidas. Y sabemos, en fin, que tanto a sus contemporáneos como a lamayoría de sus historiadores les produjo siempre una vaga sensación deasombro el espectáculo de este Quijote eternamente móvil que no parece tenerun objetivo definido, excepto el de «plantear la libertad en donde antes reinaba latiranía».Pero Simón Bolivar, genio «hereditario» o no, enfermo o no, sí tiene un objetivomuy definido. Todas sus acciones, toda su conducta, todas sus iniciativas y todassus palabras son las de quien vive «teniendo siempre ante sus ojos el juicio quele merecería la posteridad, atento incansablemente a la gloria de su nombre»(Cristóbal L. Mendoza, en Revista de la Sociedad Bolivariana de Venezuela,diciembre de 1958, vol. XVII, número 57, pág. 612).Los hombres que conocieron de cerca al Libertador sabían de este casiangustioso afán suyo por forjarse un sitio de honor en la «otra vida», la de laHistoria, la que se vive en la memoria de los siglos. Bolívar repetía en susdiscursos y en sus cartas los nombres de los grandes personajes históricos endirecta referencia a su propia persona. Cuando afirmaba que no quería ser comoCésar ni como Napoleón y decía que «yo quiero superarlos a todos endesprendimiento, ya que no puedo igualarlos en hazañas»; cuando, frente a lanecesidad imperiosa de asumir la dictadura, insistía en que «no soy como Silaque cubrió de luto y de sangre a su patria: pero quiero imitar al dictador deRoma en el desprendimiento con que abdicando el supremo poder volvió a lavida privada, y se sometió en todo al reino de las leyes»; cuando declaraba que«yo hago confesión general todos los días, o más bien examen de conciencia, y ala verdad tiemblo de mis pecados hechos contra mi voluntad, hecho en favor dela causa»; cuando sostenía que «mi único tesoro es mi reputación»; cuandoexpresaba que «hasta ahora, he combatido por la libertad, en adelante quierocombatir por mi gloria aunque sea a costa de todo el mundo. Y mi gloriaconsiste en no mandar más»; cuando repetía que, aun perdiendo todo sobre latierra, «me quedaría la gloria de haber llenado mi deber hasta la últimaextremidad, y esta gloria será eternamente mi bien y mi dicha»; cuandoaconsejaba a sus oficiales: «tengamos una conciencia recta y dejemos al tiempohacer prodigios»; cuando sentenciaba que «el mando me disgusta tanto comoamo la gloria, y gloria no es mandar sino ejercitar virtudes»; cuando reconocíaque «quiero asegurar después de mi muerte una memoria que merezca bien de lalibertad»; cuando reiteraba que «yo podría arrollarlo todo, mas no quiero pasar ala posteridad como un tirano»; y en fin, cuando decía que «yo siento por lopresente y por los siglos futuros», o «prefiero la ruina de Colombia a oírmellamar con el epíteto de usurpador», es entonces cuando los que le rodeancomprenden que se encuentran frente a un hombre obsesionado porreproducirse, por recrearse a sí mismo, por procrearse para la historia. Estehombre no piensa, como el agnóstico, en vivir plena y totalmente «esta vida»
  23. 23. terrenal; tampoco pretende, como el místico católico, hacer de «esta vida» untránsito, un camino para asegurarse la «otra vida», la del paraíso, la de la gloriaeterna; este hombre quiere asegurarse la trascendencia histórica, quiere vivir enla memoria de las gentes como un ser excepcional, quiere ser recordado congratitud, amor y respeto y, por eso, al reiterar por última vez su decisión derechazar cualquier autoridad o mando político, insiste en que «mi honor y migloria exigen este acto solemne de absoluto desprendimiento, para que el mundovea que en Colombia hay hombres que desprecian el poder supremo y prefierenla gloria a la ambición».Y el mundo lo ve: en la lejana Suecia, al anunciar a sus lectores la muerte delLibertador, dice un periódico:«Por ahora parece... que la memoria de Bolívar habrá de compartir en elfuturo la misma gloria de Milcíades y de Escipión, y esto es bastante paraaquel que verdaderamente ha vivido para la inmortalidad» (SvenskaMinerva, Estocolmo, 11 de marzo de 1831, N° 20. En términos parecidosse expresan otras publicaciones europeas2).Bolívar insiste en innumerables ocasiones en su rechazo al poder —el materialdocumental es abrumador al respecto—, y expresa casi siempre la misma idea:él odia el mando político porque lo considera una activdad que lesiona yobstaculiza la edificación de su gloria. Y sin embargo se ve obligado, una y otravez, a asumir el mando —y en más de una ocasión bajo la forma de dictaduraunipersonal—, porque a ello lo empujan los conflictos intestinos de la jovenrepública, los peligros internos y externos, el desarrollo de las facciones civiles yel desmesurado crecimiento de un aparato burocrático-militar que trabaja porconvertirse en la columna vertebral del Poder del Estado. Pero también elLibertador se ve obligado a ejercer la dictadura, porque de algún modo intuye ocomprende que no habrá gloria para él si no hay consolidación de la república;de algún modo que él no confiesa abiertamente y que el liberalismo del sigloXIX se niega a reconocer, el Poder politico y la Gloria histórica se contradicenpero también se complementan y se alimentan recíprocamente, establecen entresí una relación dialéctica de atracción y rechazo, de convergencia y divergencia,de amor y de odio.Para los hombres de los siglos anteriores, imbuidos de la concepciónmaquiavélica, no había conflicto: el Poder era un prerrequisito de la Gloria, erael mejor instrumento para conquistar la Gloria, a condición de que el Príncipe2Vidales, Carlos (1983), "La muerte de Bolívar en la prensa sueca", en Carlos Vidales, ed., SimónBolívar 1783-1983: Imagen y presencia del Libertador en estudios y documentos suecos,Monografías, vol. N° 9, Instituto de Estudios Latinoamericanos, Universidad de Estocolmo,Estocolmo, pp. 11-34.
  24. 24. supiese y pudiese, primero, conservar y fortalecer su Poder y, segundo, gobernarde modo que el Pueblo viviese agradecido y unido.Para los marxistas ortodoxos, el Poder tiene el valor ambivalente de objetivo yde medio: objetivo, en tanto que sin su control es imposible iniciar laconstrucción de una nueva sociedad; medio, en tanto que es a través de laedificación de un Nuevo Poder que será posible orientar la construcción de esanueva sociedad. La Gloria viene de añadidura: la gloria consiste en serverdaderamente revolucionario, esto es, en «acelerar voluntariamente lo que pornecesidad debe ocurrir», porque la Historia marcha ineluctablemente en una soladirección, sujeta a leyes generales inmodificables. Así pues, el Poder y la gloriamarchan unidos, solamente si el Poder actúa en el sentido en que la Historiamarcha.Pero Bolívar y sus contemporáneos tienen otra concepción: la Historia marchaen el sentido que le imprime la Voluntad de los Hombres Superiores, y la gloriade tales Hombres Superiores depende de si ellos conducen la historia porcaminos «positivos», en función de ciertos valores morales, de una éticaconcebida como verdad más o menos inmutable o como «imperativocategórico». Y es en este punto donde, para ellos, surge el conflicto entre elPoder político y la Gloria histórica: porque en el ejercicio del Poder, el HombreSuperior está sujeto a cometer actos de tiranía, de injusticia y de arbitrariedad.Ahora bien: en lo que Foucault ha llamado la concepción «jurídico-discursiva»,el Poder es visto como posesión, como algo que el sujeto soberano posee adiferencia de los demás. La esencia de este poder es la capacidad de prohibición,de coerción: se trata esencialmente de un poder de decir no, de prohibir, deimpedir. Así concebido, el Poder es algo fundamentalmente negativo, es unarelación punitiva, coercitiva, entre dominante y dominado, es algo que está en laexclusiva posesión de aquellos que dominan, y que les permite mantener bajo sucontrol a los subordinados y reprimirlos.Visto desde un ángulo afirmativo, este concepto del Poder se expresa en laconocida definición: «es la capacidad que tiene un individuo, un grupo, unaclase social, de imponer su voluntad sobre los demás miembros de la sociedad».Pero el Poder no es solamente una relación unidireccional entre el dominador —fuente y sujeto de la capacidad de coerción— y los dominados —objetos delpoder—; no desciende de un solo centro, sino que, por el contrario, se halladifundido a través de todo el cuerpo social, en un retículo complejo de diversascapacidades parciales y relativas que todos los individuos y grupos tienen, endiversas medidas, de «imponer su voluntad» a otros, o de impedir que otros lesimpongan su voluntad. Tenemos que considerar por eso, no sólo el Poder conmayúsculas, sino los distintos pequeños poderes, los variados y múltiples sitios
  25. 25. en que esos pequeños poderes se ejercen y los diversos modos particulares comoson ejercidos.Y es en este retículo complejo de poderes parciales, individuales, locales,regionales, en este juego de fuerzas que se anulan, se neutralizan, luchan entresí, se estimulan recíprocamente y confluyen a veces en dirección a la guerra civilo a la dictadura, en donde el Poder de Bolivar es poco a poco triturado,despedazado y reducido a un despreciable despojo. Los mismos que meses —odías— antes de la abdicación al mando lo llamaban «guerrero inmortal», «Padrede la Patria», se refieren ahora a su nombre con los epítetos más furiosos.Veamos, por ejemplo, cómo habla el Prefecto del Zulia, en una Proclama del 18de setiembre de 1830, que es reproducida con todos los honores en la «Gacetade Gobierno» de Venezuela el día 22 de octubre del mismo año (N° 292):«...Durante tantos años que el general Bolívar ejerció sobre nosotros suaciaga dictadura, sólo aspiró a consagrar en su persona el mando absolutoy perpetuo, abriendo a su ambición una senda de crímenes y atentados quehan hecho de Colombia un vasto teatro de desolación. Pero Venezuelasiempre fiel a los principios de la libertad, miraba con horror los hierrosque quería imponerle, y por un acto solemne y simultáneo desconoció laautoridad del dictador... Falto de valor el dictador, fue a ocultar suhumillante caída a Cartagena, de donde prometió embarcarse para paísesextranjeros. Pero ¡ah! habiéndose reunido sus más criminales cómplicesen aquella plaza, ha llegado a ser ella el foco de todas sus intrigas ymaquinaciones. Desde allí atiza Bolívar la discordia: arma las facciones,esparce la desolación y la muerte, pone en ejercicio los pérfidos mediosdel engaño y la intriga, y se goza como Nerón viendo incendiar a Roma».Y luego de describir de qué manera las fuerzas antibolivarianas se enfrentan,con éxito, a los pequeños golpes de cuartel con que los militares bolivaristasquieren imponer su voluntad, este Prefecto del Zulia, en una sintomáticamaniobra sicológica, utiliza las mismas palabras textuales que el Libertador hausado otras veces para decir: «He aquí lo que puede siempre el pueblo cuandoconoce sus fuerzas y se resiste contra sus tiranos».Estas actitudes, que ya hemos mencionado en páginas anteriores, no solamentereflejan necesidades inmediatas de la lucha política. Son también síntomas deotros tipos de exigencias: quienes así hablan necesitan ocultar el hecho de queellos comparten objetiva y concretamente toda la responsabilidad de lo bueno ylo malo que haya hecho «el tirano», a quien hasta ese momento han apoyado,cuyo poder han compartido y en cuyo nombre han cometido excesos de los que,probablemente, él jamás tuvo noticias. Quienes así hablan necesitan ocultar elhecho de que sus propósitos no apuntan a destruir toda la red del poder, todo elcomplejo juego de poderes parciales, sino simplemente a deshacerte de aquelelemento de poder que está viejo, caduco e inservible, y que se ha convertido en
  26. 26. un obstáculo para la reproducción y la consolidación del juego de poderes queconstituye el eje del sistema de dominación. Y esta necesidades no estánconscientemente planteadas en la mente de esos hombres, pues ni los individuosni las clases actúan siempre con la sabiduría preconcebida de NicolásMaquiavelo: están planteadas como impulso sicológico, como mecanismointuitivo y emotivo, como formas de compulsión interna que definen y orientanla conducta de los grupos humanos frente a sus propias culpas y en la búsquedade sus autojustificaciones.VI. El Padre como hacedor de su imagenBolívar era completamente consciente de que, en gran medida, su gloriadependía de lo que él mismo hiciera para forjarla. No eran suficientes lashazañas, las guerras, las grandes victorias políticas y militares. Se necesitabaalgo más: era preciso conocer a fondo el espíritu, las ambiciones, lasdebilidades, los temores y los odios de las gentes que lo rodeaban.El Libertador era sagaz y comprendía que los pueblos secularmente humilladosy pisoteados querían que se les diera una oportunidad de revancha, perobuscaban también la protección y la guía de un padre benévolo y severo almismo tiempo. Él leía con atención cuanta línea de aplauso o de denuesto seescribía sobre él; observaba atentamente las reacciones, el lenguaje, lasconductas de sus soldados, de sus oficiales, de los hombres y mujeres delpueblo, de sus amigos y de sus enemigos.Él, mejor que nadie, entendía con cuánta ansia, con cuánta esperanza largossiglos contenida, con cuánta fe las gentes esperaban un redentor, un Mesías, unjefe trascendente y superior, procreador de ideas y profeta del porvenir. En unaprovincia le ofrecían una corona; en otra lo nombraban Inmortal y él,seguramente, alcanzaba a sentir el formidable poder de esas muchedumbresmediocres y mortales que eran capaces de crear la inmortalidad del héroe através de la innumerable voluntad colectiva; en las horas de triunfo y apoteosisél veía el proceso de la construcción de su gloria histórica en el delirio de lasmultitudes; en las horas de derrota, la abnegación y la lealtad de sus soldados yoficiales le permitía conocer la otra cara de la gloria. Por todo esto, SimónBolivar no se limitaba a hacer hazañas políticas y militares; también seesforzaba por orientar, estimular, provocar ciertas reacciones en la opiniónpública, y lo hacía no solamente en términos de estrategia política sino además,en términos de estrategia histórica. Un ejemplo muy ilustrativo lo constituye suconfesión íntima a Peru de Lacroix:«Usted habrá notado, no hay duda, que en mis conversaciones conlos de mi casa y otras personas nunca hago el elogio de Napoleón; que, alcontrario, cuando llego a hablar de él o de sus hechos es más bien para
  27. 27. criticarlos que para aprobarlos, y que más de una vez me ha sucedidollamarlo tirano, déspota, como también el haber censurado varias de susgrandes medidas políticas y algunas de sus operaciones militares. Todoesto ha sido y es aún necesario para mí, aunque mi opinión sea diferente;pero tengo que ocultarla y disfrazarla para evitar que se establezca laopinión de que mi política es imitada de la de Napoleón, que mis miras yproyectos son iguales a los suyos, que como él quiero hacermeemperador o rey, dominar la América del Sur como ha dominado él laEuropa; todo esto lo hubieran dicho si hubiera hecho conocer miadmiración y mi entusiasmo por aquel gran hombre». (Peru de Lacroix,Diario de Bucaramanga).Miguel de Unamuno escribió certeras palabras acerca de esta confesión deBolivar: «¿no os parece oír a Don Quijote hablando de Amadís de Gaula?» ElLibertador es, para Unamuno, el Quijote de América; las muchedumbresanárquicas, desordenadas, sedientas de justicia, son Sancho Panza; y la gloria esDulcinea del Toboso. Estamos de acuerdo, pero agregamos: mirad qué Quijote yqué Sancho; y sobre todo, observad a Sancho. Porque mientras el Sancho deEspaña está dispuesto al combate a cambio de la firme promesa de que su amole dará el gobierno de un ínsula (cuyos habitantes, si son negros, Sancho sepropone vender como esclavos), el Sancho de América, multitudinario yanónimo, paupérrimo e ignorante, es tan loco que va a las batallas, detrás de unQuijote que le ofrece estas cosas: «De ahora en adelante, avanzáis bajo lasombra de un bosque de laureles»... «Catorce millones de americanos oscubrirán con el escudo de sus armas»... «¡os cubriréis de gloria!»Algo excepcional debe de haber en este Quijote que así suscita el heroísmo y laveneración, y algo muy curioso debe ocurrir en el alma de este Sanchoinnumerable que así se decide a hacer todas las proezas que sean necesarias paraque el Caballero Andante alcance la gloria y la alabanza de las generacionesvenideras, y podamos así, por los siglos de los siglos, obedecer y venerar a estepadre severo, soñador y omnipotente, que nos alumbra el camino y nos orientaen nuestra lucha conta los eternos enemigos de siempre.Por eso, los contemporáneos del Libertador, al expresar su elogio o suadmiración por el «Jefe Supremo», por el «Padre de la Patria», usan siemprepalabras en relación directa con la inmortalidad. Así por ejemplo, el 18 de abrilde 1820, a las nueve de la mañana, se celebró un «Acto Literario» organizadopor los sacerdotes franciscanos, en la Iglesia del Convento de la Orden, en SantaFe de Bogotá. Los carteles anunciando el evento decían en grandes letras: «ALHÉROE INCOMPARABLE, ESPANTO DE LA IBERIA Y GLORIA DE SUPATRIA, AL GUERRERO INVICTO, AZOTE DE LOS TIRANOS YPROTECTOR DE LOS HOMBRES, AL GENIO DE LA EMPRESA, SERENO
  28. 28. EN LA ADVERSIDAD, MODESTO EN LA ELEVACIÓN, Y SIEMPREGRANDE, SIMÓN BOLÍVAR».Cartel del “Acto Literario” organizado por los frailes franciscanos en homenaje a Bolívar,Santa Fe, 18 de abril de 1820Y así es en todas partes a donde llega el Libertador. En el Perú los indios de lasierra le dicen «el taita Bolívar», «el padre Bolívar». El periódico «El Sol del
  29. 29. Cuzco» (N° 29) publica en 1825 una pieza literaria que se presenta como unacarta del fundador del imperio de los Incas, Manco Cápac, a Simón Bolivar:«Desde la tumba, ilustre regenerador de mi patria, vengador de la sangrede mis hijos, yo te saludo... Tiempo ha que esperé yo con ansia este grandía... Y aunque el fanatismo y la superstición se alzaron contra ti, supeque era para relevar tu mérito, aumentando tus peligros, ensalzando tusglorias... Después, entre los padres conscritos de tu patria me asombré alverte presentar un código de bien, de libertad. Bolívar, Bolívar, al leereste rasgo, me avergoncé de mí mismo, que aunque el fundador eratambién el autócrata de mi imperio... ¡A Dios! La lámpara de mi gloria seextingue. Vuelvo a mi reposo, dejando a mi Perú descansando,Libertador, a la sombra de tus laureles» (Reproducido en la Gaceta deColombia N° 226, Bogotá, domingo 12 de febrero de 1826).Durante la estadía de Simón Bolívar en el Cuzco, en aquellos días de 1825, losfieles cantan en las iglesias, en el acto de la misa, los siguientes versos degratitud al Padre Eterno:De Ti viene todolo bueno, Señor,Nos diste a Bolivar,¡Gloria a Ti, gran Dios!En 1826, el ecuatoriano José Joaquín de Olmedo exalta la figura de Bolívar ydice que el rayo de Junín y elcanto de victoriaque en ecos mil discurre, ensordeciendoel hondo valle y la enriscada cumbre,proclaman a Bolívar en la tierraárbitro de la paz y de la guerra.En setiembre de 1823, durante el banquete ofrecido al Libertador en Lima, elPresidente del Congreso, Dr. Figuerola, alza su copa en un brindis por el héroe eimprovisa unos versos que terminan así:Así cuando brilla¡Oh! Simón, tu espada,¡Qué regocijadabrilla la ciudad!El gozo más purorebosa toda alma,Tu espada es el almade la Libertad!
  30. 30. En Bogotá le dicen «semidiós». En Quito le ofrecen una corona de oro. En lasgacetas y periódicos de las nuevas naciones se reproducen versos, odas,apologías, cartas y comunicaciones que van marcando la ruta de un proceso dedivinización creciente. Cuando Bolívar pasa, en enero de 1822, por la haciendade Rafael arboleda, recibe de una muchacha indígena un verso que lo declarainmortal, «genio tutelar a quien el Cielo al cabo de tres siglos ha escogido».Y también en Caracas: allí la Universidad realiza un «acto literario» el 18 defebrero de 1827, para ofrecer un discurso de homenaje «a su Protector elGuerrero Político Simón Bolivar, Libertador de tres Repúblicas y Presidente dela de Colombia». El orador, Dr. José Hernández Sanavria, describe con emociónlas campañas militares de Bolívar, y exclama:«¡Deidad soberana! ¡Emanación divina, que desde el cielo desciende a latierra! ¡Tú que fuiste el don precioso que consignó la Providencia en lavoluntad de los humanos, y les inspiras los más nobles sentimientos!recibe los transportes con que te aclama el siglo XIX fecundo de prodigio.¡Tú eres el poderoso imán de los corazones que con un movimientosimultáneo te buscan y contemplan! Recibe el justo tributo que teconsagra este cuerpo literario idólatra de tus dones y la gratitud de lasgeneraciones futuras».Simón Bolivar observa todo esto y toma nota cuidadosa de lo que significa.Escribe: «Yo valdría algo si me hubiesen alabado menos», y agrega deinmediato: «no creo ninguna cosa tan corrosiva como la alabanza». Este Quijotesabe que con Sanchos como los que le acompañan, su poder se convertiráfatalmente en tiranía y autocracia, y su nombre se hará odioso para la historia.Este hombre teme la alabanza de sus contemporáneos porque necesitadesesperadamente la de los hombres del porvenir. Él conoce a susconciudadanos, sabe cuáles son sus debilidades, y ha visto el fondo del alma desus arrogantes oficiales, Padres de la Patria, que intrigan y se estorban los unosa los otros «¡y después querrán gobernar, y después intrigarán, y despuésmandarán, y después harán morir como a Milcíades a los libertadores de lapatria!» Él sabe que «es insoportable el espíritu militar en el mando civil», perosabe también que él mismo ha contribuido a desencadenar fuerzas que, tarde otemprano, han de confluir para el establecimiento de las tiranías militares.Y en ese entorno social de guerras libertadoras y de caos primigenio, en esasociedad naciente en que marchan del brazo el legionario extranjero, casisiempre monárquico, aristocrático o aristocratizante, militarista, deslumbrantecon sus charreteras doradas y sus títulos difíciles de pronunciar, y el llanerosemibárbaro, valiente, impetuoso, individualista, espontáneo y fiero; en esemundo revuelto en que las muchedumbres irredentas vislumbran el inicio de unanueva vida, a todos sirve, de un modo o de otro, la sagrada conjunción delPadre, la Espada y el Poder.
  31. 31. Y el aparato de seducción colectiva que así se crea alcanza, incluso, a afectar alos visitantes extranjeros. Una señora inglesa que se encuentracircunstancialmente en Caracas describe así sus sentimientos al ver entrar aSimón Bolívar en la ciudad, en enero de 1827:«... Aun nosotras las señoras no podíamos refrenar los ruidosos vivas quebrotaban de nuestros pechos. ¡Oh, fue un momento tal como yo nuncahabía sentido una cosa igual! Y cuando la multitud que precedía y seguíaal héroe se ponía en movimiento, aumentaban las aclamaciones y, juntocon el ruido de las tropas que avanzaban, parecía el rápido rodar de untrueno de donde el clarín de las trompetas y el vocerío venían como de lasalturas del cielo; no podría yo decir de las nubes porque no había ningunaen ese glorioso día. Si literalmente yo no hubiera estallado en un raudal delágrimas, me hubiera desmayado con el exceso de la emoción. ¡Y si unamujer inglesa sentia así, puede usted suponer cuáles serían lossentimientos de las nativas! ¡Pero cuando el Libertador se presentó a lavista, fue realmente como si cada uno estuviera mirando a su propiopadre, a su liberador! y todas las mujeres lloraban, como yo misma, enmedio de su arrebatadora alegría, ondeando sus pañuelos desde susventanas y gritando: ¡Viva, Viva Bolivar!... Todos los nativos de aquísaludaron el regreso de su adorado Libertador como a su más segurodefensor, en el presente momento, contra una multitud de amenazadorespeligros intestinos, así puede usted comprender en parte al menos, sualegría» (Publicado en la revista femenina «La Belle Assemblée» en1827. Reproducido por la Revista de la Sociedad Bolivariana, Caracas,diciembre de 1966, vol. XXV, N° 89, págs. 891-98).VII. Imagen y relación carismáticaPero la imagen y la gloria de Bolívar no se construyen solamente en función delos esfuerzos del héroe. Cada grupo social, cada fuerza politica, cada individuo,producen para sí y para la sociedad en la cual viven y luchan, aquella imagen yaquella gloria de Bolivar que les ayudan a resolver sus problemas, susinterrogantes, sus carencias sentimentales, intelectuales o politicas; la imagen, lagloria, el mito, son elementos vivientes, orgánicos, de la personalidad individualy colectiva. Así, un sacerdote católico, miembro de aquella iglesia cuyo poderespiritual y temporal se ha construido sobre los cimientos de la continencia y elcelibato, quiere afirmar que «la vida de Simón Bolívar nos revela que fue unhombre casto, severo, austero... La castidad es un manantial poderoso deenergías físicas y morales, es una cascada refrescante del espíritu, un ambienteluminoso de vida, un estímulo al esfuerzo, un empeño al trabajo, una antorchaque dirige el pensar del hombre, una visión fulgente del futuro, una culturarebosante de bellezas que atraen, que fascinan, que conquistan, que subyugan y
  32. 32. vencen» (Ricardo Sabio Pbro., Simón Bolívar sin espada, Gráficas Salesianas,Cali, Colombia, 1970, pág. 248).Para el pueblo raso, en cambio, la Paternidad histórica y politica, el Poder, lacapacidad de acaudillar y atraer a las multitudes, tienen que ir parejas con lapotencia sexual y con el ejercicio práctico de la virilidad:«se han propalado lamentablemenete, chistes, chismes, cuentos, fábulas,anécdotas, dichos, líos y enredos de Simón Bolivar sobre sus relaciones ytratos con mujeres. Llevo muchos años en los colegios y los mozosbachilleres hacen frecuentes preguntas sobre este tema, todas en unsentido peyorativo (!!) para el Libertador. Piensan y creen que SimónBolivar fue un hombre lujurioso, lúbrico, lascivo, libidinoso, obsceno,rijoso: casi un sátiro» (Ricardo Sabio Pbro., obra citada, pág. 247).Si hacemos caso omiso de la comprensible reacción del sacerdote, podremosentender lo que la gente común y corriente suele pensar: Bolivar era grande enpasiones y sentimientos; era un hombre predispuesto para dirigir, hacer ydominar; era potente; tenía, pues, que amar a las mujeres con toda la fuerza y laenergía de su sexo. Y por eso, para los ojos del pueblo raso, tales conclusionesno pueden tener un sentido «peyorativo» sino altamente admirativo, y formanparte del mito y la leyenda en torno al Libertador.Y así también la Espada: «la espada de su pluma», dice José María Samper,escritor de profesión, hablando de los escritos de Bolívar. «Manuela Sáenz amala espada del Libertador», dicen con malévola ironía las comadres de Santa Fede Bogotá. «Bolivar, tu espada vuelve a la lucha... hoy la opresión, la miseria yla tiranía que llevaron a Bolívar a desatar la guerra popular, se enseñorean máscrueles, más despiadadas, más inhumanas que nunca, sumiendo a nuestro puebloen la noche terrible de torturas, atropellos e injusticias», exclama el M-19 deColombia.Pero ni la espada tiene la fuerza creadora de la pluma, ni sirve solamente parasimbolizar la fuerza erótica del héroe, ni, lo que es más importante, se usó jamáspara algo que pudiera recibir en justicia el nombre de «guerra popular». Esverdad que el brillo de la Espada crea la ilusión de que es el arma lo queproduce las nuevas Repúblicas, y oculta el hecho de que tales Repúblicas sonhijas de un largo y callado proceso histórico en el cual la Espada no juega otropapel que el de instrumento del partero en este parto o, si se quiere, en esaoperación cesárea; es verdad también que la guerra nacional organizada ydirigida por Bolívar asume muchas veces la forma de guerra popular, social,pero hay que recordar que esto no significa que el pueblo y los oprimidos estánsiempre de parte de Bolívar: en Venezuela, entre 1812 y 1814, y en el sur deColombia a lo largo de todo el proceso de la independencia, los pobres se
  33. 33. agrupan en torno a las banderas de España y los ricos y aristócratas defienden ala «patria».Es incuestionable, en cambio, que la Espada del Libertador puede tener un papeldecisivo que jugar en la formulación de una guerra de independencia nacional(de liberación nacional, diríamos hoy):«Por eso es necesario que ahora, como hace siglo y medio, loscolombianos empuñemos la espada con que Bolivar extirpó elcolonialismo español; que sin distingos de ninguna especie nos lancemosa recorrer los caminos de la Patria, en lucha por la segunda y completaindependencia; que junto al Libertador, su pensamiento y su espada,derrotemos al Imperialismo y sus aliados...», dice entonces el M-19 deColombia, acentuando las tareas de una guerra de unión nacional,policlasista, democrática e independentista, y no de una guerra social, declase. (Boletín extraordinario del M-19, 7 de agosto de 1980).Los grupos sociales y politicos, pues, crean y modelan la imagen y el mito,dentro del marco de condiciones, exigencias y valores muy definidos: intereseseconómicos, históricos y políticos señalan los limites de estas condiciones.Pero «no sólo de pan vive el hombre»: en el fondo de las motivaciones humanashay también una energía que proviene de los intereses, necesidades y temoresinconscientes y subconscientes, y que tienen relación con la personalidad, elego, la vida emocional y afectiva. En este proceso tienen una gran importancialos valores y medidas de valor que se han transmitido, de generación engeneración y de siglo en siglo, y que son funcionales y vivientes en la cultura yen la sociedad. En la «Nueva Serie de Lecciones para una Introducción alPsicoanálisis» afirma Freud:«El Superego del niño no se configura propiamente según el modelo desus padres, sino conforme al Superego de estos últimos; se llena con elmismo contenido, pasa a ser el portador de la Tradición, de todas lasvaloraciones que han permanecido a través del tiempo, que se han idopasando de unas generaciones a otras a través de ese medio... Las asíllamadas concepciones materialistas de la Historia pecan probablementepor menospreciar este factor. Prescinden de él diciendo que las«Ideologías» de los hombres no son sino resultado y superestructura delas relaciones económicas existentes. Esto es verdad, pero muyprobablemente no toda la verdad. La Humanidad no vive totalmente en elpresente nunca. En las Ideologías del Superego vive el pasado, latradición de la raza y del pueblo, que sólo cede lentamente ante losinflujos del presente, ante nuevos cambios, y que, en tanto que ejerce suinfluencia a través del Superego, juega un papel poderoso e
  34. 34. independiente de la relaciones económicas en la vida del hombre»(Freud, «Nueva Serie», lección XXXI).Detengámonos un poco más en la concepción freudiana de estos procesos. ParaFreud no existe mayor diferencia entre sicología individual y sicología degrupos; una muchedumbre no posee facultad crítica y está abierta a toda clase deinfluencias, pero muchedumbres y grupos son capaces de abnegación, altruismoy vocación por un ideal, y las gentes pueden elevar su conducta ética a través dela pertenencia a un grupo (Freud, «Psicología de Grupos y Análisis del Ego»).Ahora bien, los grupos y las muchedumbres son dirigidos por palabras,especialmente por ciertas fórmulas frecuentemente repetidas. El grupo pideilusiones —o la satisfacción de ilusiones— y se guía más por la realidadsicológica que por la realidad objetiva. Es lo libidinal lo que mantiene la unidaddel grupo. En dos ejemplos ofrecidos por Freud, el ejército y la Iglesia Católica,hay un lider (el comandante o el Cristo) que ama y guía a sus soldados ocreyentes por igual; y éstos, a su vez, se aman mutuamente a través de ese amorque la figura del padre sustituto prodiga a cada uno.En el interior de la muchedumbre o del grupo hay siempre dos elementosemocionales: primero, una relación con un Líder, relación cuya estructura essimilar a la del amor, donde el objeto amado reemplaza al ideal del ego; ysegundo, la identificación interna del grupo, de los miembros entre sí, en queparte del objeto amado es interiorizado, internalizado, en un proceso queconduce al establecimiento de fuertes lazos emocionales entre los miembros delgrupo.En este sentido, el grupo o la muchedumbre revolucionaria no busca solamentereparar injusticias económicas y políticas, sino también satisfacer necesidadessubconscientes e inconscientes. El caudillo revolucionario desempeña un papelen la vida emocional del movimiento revolucionario, normalmente como unideal inconsciente del ego de sus miembros; él puede articular los deseos de lahermandad de revolucionarios, en orden a establecer la justicia y la igualdad,mediante la repetición del homicidio originario contra el Padre, al tiempo que laculpa de tal hecho se lava con el sacrificio cotidiano en honor del Padre, bajo laforma de un expresa voluntad de morir por la revolución.Grupos y muchedumbres necesitan de líderes; tienen una sed de obediencia quelos lleva a someterse a cualquiera que se levante a sí mismo como caudillo,aunque este mismo caudillo, para poder despertar la fe del grupo o alimentar suconfianza en sí mismo, tenga que estar fascinado por la poderosa fe en una idea,en una causa. El Líder y la causa dan a la multitud un poder misterioso eirresistible, en tanto que la muchedumbre de adeptos otorga prestigio y gloria alLíder, en una relación recíproca que ha sido comprendida en la noción decarisma.
  35. 35. Al establecer esta relación y reproducirla a lo largo de sucesivas generaciones, elgrupo reactualiza, revive, reactiva elementos muy antiguos de la herenciahumana arcaica: la horda primitiva, el pequeño grupo regido por un machodespótico, originalmente el padre. Esta hipótesis, que Freud fue el primero enintroducir (en Totem y Tabú, desarrollando una de las ideas de Darwin), hatenido importantes implicaciones para la sicología de grupos. Freud pensaba quetal hipótesis contribuía a explicar la actividad emocional de los grupos humanosy que permitía establecer orden y coherencia en la comprensión de estosfenómenos. Desde entonces, esta construcción especulativa no ha cesado deembarazar a los empiristas, ya que no parece basarse en otros «hechos» que losde la vida emocional inconsciente de los grupos humanos, «hechos» que casinunca puede ser documentados por los medios clásicos de la investigaciónhistórica.Sin embargo, es solamente mediante el uso de métodos de análisis más ampliosque los del historiador clásico, que será posible investigar la relación carismáticaprofunda planteada entre Simón Bolívar y sus muchedumbres, las de ayer y lasde hoy. Cuando uno de los personajes de la novela Huasipungo, de Jorge Icaza,concita a la multitud de indios del pueblo de Tomachi a construir el caminocarretero sin ayuda oficial, presenta la empresa casi como una rebelión, comouna afirmación del orgullo y de la independencia de su comunidad, y provoca eldelirio de la multitud afirmando que los lideres espirituales de esa comunidadserán tan grandes «como Bolívar que ha de estar sentadito a la diestra de DiosPadre!»Aquí estamos frente a un hecho histórico, a una relación de carisma entre elLíder y su muchedumbre, que se reproduce y modifica a través de los siglos. Sepodrá aducir que la situación descrita es ficticia y sólo ocurre en una novela. Esverdad. Pero no es ficticio el hecho de que el novelista la ha imaginado comoposible y verosímil y, además, situaciones como ésta se han repetido y se repitenen la vida real, en todos los países bolivarianos. Y tales situaciones, que señalandirectamente el núcleo de la relación carismática, no pueden ser analizadassolamente con los instrumentos metodológicos y conceptuales «propios» de lahistoria. Se requieren, también, los instrumentos de la sicología y delsicoanálisis, con ayuda de los cuales«aumenta nuestra posibilidad de descubrir y comprender las acciones yconductas colectivas e individuales, frecuentemente irracionales enapariencia, que producen los cambios históricos» (Magnus Mörner,Historia, conferencia pronunciada en el acto de instalación como Profesoren la Universidad de Gotemburgo, octubre 23 de 1982).En la novela de Jorge Icaza, la comunidad de Tomachi concibe al Libertador«sentadito a la diestra de Dios Padre»; en las Cantas y Fábulas del venezolano
  36. 36. Luis Jiménez, basadas todas ellas en la tradición popular, ocurre todo locontrario, y conviene aquí reproducir una de esas narraciones:«Viene Simón Bolívar cuando se muere. Se monta en un caballo y llega auna alcabala donde hay dos caminos con dos letreros: Camino de laGloria y Camino del Infierno.Bolívar se pregunta:¿Por cuál camino de los dos caminos voy?... Si voy al cielo, allá con las11 mil vírgenes y el Padre Eterno no puedo hacer una revolución... Mejorme voy pal infierno.Y tomó el camino que lleva allá.Cuando llega al infierno, está un diablito de portero y le da la bienvenida.Luego el diablito corre padentro a anunciarlo, y en seguida sale a decirle:– Pase adelante, General.El diablito toma el caballo de la rienda mientras Bolívar se apea; y cuandoBolívar dentra en el infierno, el diablito va por detrás a meter el caballopor el portón de campo.Bolívar, lo primero con que se encuentra al dentrar, fue con el NegroPrimero. Luego ve a Sucre, a Boves, a Napoleón Bonaparte y una pila deotros generales. Bolívar fue saludándolos, y ellos lo recibieron contentosy se pusieron a preparar un baile y una comelona porque llegó suexcelencia Simón Bolivar.Poco después se le acerca un diablito, y Bolívar le pide un poco de agua.El diablito se la trae y Bolivar le pregunta:– ¿Cuándo es la cuestión?– ¿Qué cuestión, Excelencia?– Eso del sacrificio.– ¿Cuál sacrificio?– Eso de que lo meten a uno en una paila con aceite hirviendo y lo sacancon un tenedor... (tenía miedo de no aguantar la prueba).– No Excelencia —contestó el diablito riendo—. Eso es una bola que losdiablos zumbamos a los gafos que tienen su gloria allá en la América,para que nos tengan miedo.»Dejemos a otros el análisis sicológico de este relato popular: la familiaridad delpersonaje, su elección del infierno porque en el cielo no puede hacer unarevolución, su encuentro con «una pila de otros generales» republicanos,monárquicos, de todas las calañas y cataduras, su miedo de no soportar las
  37. 37. torturas infernales, todo ello da a Bolivar una especie de inmortalidad cotidiana,terrestre, y sugiere la idea de que a través del Padre de la Patria lasmuchedumbres de adeptos pueden establecer una relación de igual a igual, defamiliaridad campechana, con todas las potencias sobrenaturales (incluidas lasonce mil vírgenes), es decir con la Inmortalidad, sea que él esté «sentadito a ladiestra de Dios Padre» o gozando de bailes y comilonas en el infierno.Esta relación carismática, multiforme, cambiante, que un día es delirio de lamultitud y otro día es fábula humorística, requiere aquí de otras consideracionesde carácter teórico. Para Weber, carisma es «la autoridad del don de graciaextraordinario y personal, la absoluta devoción personal y confianza en larevelación, el heroísmo y otras cualidades del liderazgo individual; es ladominación ‘carismática’, tal como es ejercida por el profeta o —en el campo dela política— por el guerrero escogido, el gobernante plebiscitario, el grandemagogo o el jefe partidario» (Gerth y Wright Mills, From Max Weber,Londres, 1948, pág. 79).En contraste con la autoridad tradicional y con la legal, la autoridad carismáticano se halla, en lo fundamental, institucionalizada, afirma Weber, quien estableceuna asociación entre dicha autoridad carismática y las personalidadesindividuales que plantean exigencias a sus seguidores o a los preceptos quepromulgan: para el líder carismático, la aceptación de sus preceptos es vistacomo un deber y no simplemente como respuesta a un llamado que se dirige aintereses comunes, económicos o políticos.Estos conceptos de Weber parecen ser adecuados para comprender algunas delas actitudes de Bolivar: «Cuando temo que desaprueben mi manejo o mis ideas,dejo de importunar con mi amistad a los que me condenan», dice el Libertadoren carta a Joaquín Mosquera el 15 de mayo de 1828. El Padre de la Patria, enefecto, siempre ha establecido una relación personal entre la causa que defiendey sus seguidores. Quien apoya a Bolivar, apoya a la causa. Quien está con lacausa, debe naturalmente estar con Bolívar. Se ha dicho, a propósito de estaactitud, que el Libertador era «napoleónico», lo cual suele ser una maneraeufemística de decir megalómano, ególatra. Tal vez sea más acertado decir quesu ego era mesiánico, que él concebía su papel en la Historia como el de unacausa personificada, como la encarnación de una idea y de un ejemplo:«La Historia dirá: Bolivar tomó el mando para libertar a susconciudadanos, y cuando fueron libres, los dejó para que se gobernasenpor leyes, y no por su voluntad» (Bolivar, carta a Gual, 16 de setiembre de1821).Pero siendo el carisma, como es, una relación personal, él mismo es unobstáculo para la institucionalización, para que los ciudadanos «se gobiernen porleyes y no por la voluntad del Líder». El carisma es inorgánico, «arbitrario», en
  38. 38. contraste con el tipo de orden que se requiere en un sistema estable de relacionessociales.Parsons ha sugerido que el componente carismático es, desde el punto de vistade Weber, análogo a lo que el Ello es para Freud. En ciertos aspectos, losimpulsos del Ello son caóticos, vistos en el contexto del funcionamiento de unapersonalidad adulta «normal». En un sentido similar, las iniciativas carismáticasson también caóticas, desde el punto de vista del funcionamiento de unasociedad estable, compleja y diferenciada (T. Parsons, «The Articulation of thePersonality and the Social-Action System: Sigmund Freud and Max Weber», enNew Directions in Psychohistory, Ed. M. Albin, Toronto, 1980).Caóticos y anárquicos son, en efecto, los pronunciamiento de las guarnicionesmilitares que, entre agosto y diciembre de 1830, se levantan contra el gobiernocentral y contra el orden constitucional, para enarbolar, en nombre de la lucha«contra la anarquía», el nombre y la autoridad carismática del Libertador, comoredentor de la patria y salvador de toda la nación. Porque en períodos dedislocación social, politica o económica, creados por guerras y revoluciones, lanecesidad de un grupo humano desesperado por fundirse con un objeto idealcrea la base política de donde surge el respaldo a un caudillo fuerte ycarismático. Si la dictadura bolivariana no prosperó entonces, si el caudillo no serealizó como Padre autoritario, ello se debió a las mismas razonas por las cualesel infame proyecto de monarquía había fracasado: porque Bolivar no quería nibuscaba el Poder Supremo y porque, aunque lo hubiese querido y buscado, élestaba ya a las puertas de la muerte.Y estas circunstancias no producen más que el fortalecimiento y lasupervivencia del poder carismático de este caudillo a través de los tiempos, delmismo modo que la autoridad personal de Augusto César Sandino, o la de JoséMartí, o la de Túpac Amaru. Líderes, caudillos, jefes paternales cuya autoridad ycuya realización como tales es interrumpida por la muerte y cuya causa perviveen las necesidades, en las angustias, en los dramas y en los dolores de lasgeneraciones futuras. Héroes como Jacinto Canek, de quien es posible decir:«Claro que existe, anoche soñé con él».«¿A dónde irá Bolívar?», se pregunta Martí, y responde:«¡Al brazo de los hombres para que defiendan de la nueva codicia, y delterco espíritu viejo, la tierra donde será más dichosa y bella la humanidad!¡A los pueblos callados, como un beso de padre! ¡A los hombres delrincón y de lo transitorio, a las panzas aldeanas y los cómodosharpagones, para que, a la hoguera que fue aquella existencia, vean lahermandad indispensable al Continente y los peligros y la grandeza delporvenir americano!...»

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