Cuento de Pascuas de Rubén Darío

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Cuento de Pascuas de Rubén Darío

  1. 1. C U E N T O D E P A S C U A SR U B E N D A R I O Ediciones elaleph.com
  2. 2. Editado por elaleph.com© 1999 – Copyright www.elaleph.com Todos los Derechos Reservados
  3. 3. CUENTOS DE PASCUAS Una noche deliciosa, en verdad... El réveillon enese hotel lujoso y elegante, donde tanta belleza yfealdad cosmopolita se junta, en la competencia delas libras, los dólares, los rublos, los pesos y losfrancos. Y con la alegría del champagne y la visiónde blancores rosados, de brillos, de gemas. La músi-ca luego, discreta, a lo lejos... No recuerdo bien quién fue el que me condujo aaquel grupo de damas, donde florecían la yanqui, laitaliana, la argentina... Y mi asombro encantado anteaquella otra seductora y extraña mujer, que llevabaal cuello, por todo adorno, un estrecho galón rojo...Luego, un diplomático que llevaba un nombre ilus-tre me presentó al joven alemán políglota, fino, deun admirable don de palabra, que iba, de belleza enbelleza, diciendo las cosas agradables y ligeras queplacen a las mundanas. 3
  4. 4. RUBEN DARIO -M. Wolfhart -me había dicho el ministro-. Unhombre amenísimo. Conversé largo rato con el alemán, que se em-peñó que hablásemos en castellano y, por cierto,jamás he encontrado un extranjero de su nacionali-dad que lo hablase tan bien. Me refirió algo de susviajes por España y la América del Sur. Me habló deamigos comunes y de sus aficiones ocultistas. EnBuenos Aires había tratado a un gran poeta y a miantiguo compañero, en una oficina pública, el exce-lente amigo Patricio... En Madrid... Al poco ratoteníamos las más cordiales relaciones. En la at-mósfera de elegancia del hotel llamó mi atención laseñora que apareció un poco tarde, y cuyo aspectoevocaba en mí algo de regio y de elegante a la vez.Como yo hiciese notar a mi interlocutor mi admira-ción y mi entusiasmo, Wolfhart me dijo por lo bajo,sonriendo de cierto modo: -¡Fíjese usted! ¡Una cabeza histórica! ¡una cabezahistórica! Me fijé bien. Aquella mujer tenía por el perfil,por el peinado, si no con la exageración de la época,muy semejante a las coiffures á la Cléopátre, por el aire,por la manera y, sobre todo, después que me intri-gara tanto un galón rojo que llevaba por único 4
  5. 5. CUENTOS DE PASCUASadorno en el cuello, tenía, digo, un parecido tanexacto con los retratos de la reina María Antonieta,que por largo rato permanecí contemplándola ensilencio. ¿En realidad, era una cabeza histórica? Ytan histórica por la vecindad... A dos pasos de allí,en la plaza de la Concordia... Sí, aquella cabeza quese peinara a la circasiana, á la Belle-Poule, al cascoinglés, al gorro de candor, á la queue en flambeaudamour, á la chien couchant, á la Diane, a la tantascosas más, aquella cabeza... Se sentó la dama a un extremo del hall, y la úni-ca persona con quien hablara fue Wolfhart, y habla-ron, según me pareció, en alemán. Los vinos habíanpuesto en mi imaginación su movimiento de bru-mas de oro, y alrededor de la figura de encanto y demisterio hice brotar un vuelo de suposiciones exqui-sitas. La orquesta, con las oportunidades de la ca-sualidad, tocaba una pavana. Cabelleras empolvadas,moscas asesinas, trianones de realizados ensueños,galantería pomposa y libertinaje encintado de poe-sía, tantas imágenes adorables, tanta gracia sutil opimentada, de página de memoria, de anécdotas, decorrespondencia, de panfleto... Me venían al recuer-do versos de los más lindos escritos con tales temas,versos de Montesquiou-Tezensac, de Régnier, los 5
  6. 6. RUBEN DARIOpreciosos poemas italianos de Lucini... Y con lafantasía dispuesta, los cuentos milagrosos, las mate-rializaciones estudiadas por los sabios de los librosarcanos, las posibilidades de la ciencia, que no sonsino las concesiones a un enigma cada día más hon-do, a pesar de todo... La fácil excitabilidad de micerebro estuvo pronto en acción. Y, cuando des-pués de salir de mis cogitaciones, pregunté al ale-mán el nombre de aquella dama, y él me embrolló larespuesta, repitiendo tan sólo lo de lo histórico de lacabeza, no quedé ciertamente satisfecho. No creícorrecto insistir; pero, como siguiendo en la charlayo felicitase a mi flamante amigo por haber en Ale-mania tan admirables ejemplares de hermosura, medijo vagamente: -No es de Alemania. Es de Austria. Era una belleza austríaca... Y yo buscaba la dis-tinta semejanza de detalle con los retratos de Kur-charsky, de Riotti, de Boizot, y hasta con las figurasde cera de los sótanos del museo Grevin... -Es temprano aún -me dijo Wolfhart, al dejarleen la puerta del hotel en que habitaba-. Pase ustedun momento, charlaremos algo más antes de mipartida. Mañana me voy de París, y quién sabecuándo nos volveremos a encontrar. Entre usted. 6
  7. 7. CUENTOS DE PASCUASTomaremos, a la inglesa, un whisky-and-soda y lemostraré algo interesante. Subimos a su cuarto por el ascensor. Un valetnos hizo llevar el bebedizo británico, y el alemánsacó un cartapacio lleno de viejos papeles. Había allíun retrato antiguo, grabado en madera. -He aquí -me dijo-, el retrato de un antecesormío, Teobald Wolfhart, profesor de la Universidadde Heidelberg. Este abuelo mío fue posiblementeun poco brujo, pero de cierto, bastante sabio. Rehi-zo la obra de Julius Obsequens sobre los prodigios,impresa por Aldo Manucio, y publicó un libro fa-moso, el Prodigiorum ac ostentorum chronicon, uninfolio editado en Basilea, en 1557. Mi antepasadono lo publicó con su nombre, sino bajo el seudóni-mo de Conrad Lycosthenes. Theobald Wolfhart, eraun filósofo sano de corazón, que, a mi entender,practicaba la magia blanca. Su tiempo fue terrible,lleno de crímenes y desastres. Aquel moralista em-pleó la revelación para combatir las crueldades yperfidias, y expuso a las gentes, con ejemplos ex-traordinarios, cómo se manifiestan las amenazas delo invisible por medio de signos de espanto y deincomprensibles fenómenos. Un ejemplo será laaparición del cometa de 1557, que no duró sino un 7 ESTE LIBRO FUE AUTORIZADO POR ELALEPH.COM PARA EL USO EXCLUSIVO DE JOSE ALBERTO DÍAZ (JAD_PER787@YAHOO.ES)
  8. 8. RUBEN DARIOcuarto de hora, y que anunció sucesos terribles. Sig-nos en el cielo, desgracias en la tierra. Mi abuelohabla de ese cometa que él vio en su infancia y queera enorme, de un color sangriento, que en su ex-tremidad se tornaba del color del azafrán. Vea ustedesta estampa que lo representa, y su explicación porLycosthenes. Vea usted los prodigios que vieron susojos. Arriba hay un brazo armado de una colosalespada amenazante, tres estrellas brillan en la ex-tremidad, pero la que está en la punta es la mayor ymás resplandeciente. A los lados hay espadas y pu-ñales, todo entre un círculo de nubes, y entre esasarmas hay unas cuantas cabezas de hombres. Mástarde escribía sobre tales fantásticas maravillas Si-mon Goulard, refiriéndose al cometa: «Le regardWicelle donna telle frayeur a plusieurs quaucuns enmoururent; autres tombérent malades». Y PetrusGreusserus, discípulo de Lichtenberg -el astrólogo-dice un autor, que, habiendo sometido el fenómenoterrible a las reglas de su arte sacó las consecuenciasnaturales, y tales fueron los pronósticos, que losespíritus más juiciosos padecieron perturbación du-rante más de medio siglo. Si Lycosthenes señala losdesastres de Hungría y de Roma, Simon Goulardhabla de las terribles asolaciones de los turcos en 8
  9. 9. CUENTOS DE PASCUAStierra húngara, el hambre en Suabia, Lombardía yVenecia, la guerra en Suiza, el sitio de Viena deAustria, sequía en Inglaterra, desborde del océanoen Holanda y Zelanda y un terremoto que duróocho días en Portugal. Lycosthenes sabía muchascosas maravillosas. Los peregrinos que retornabande Oriente contaban visiones celestes. ¿No se vio en1480 un cometa en Arabia, de apariencia amena-zante y con los atributos del Tiempo y de la Muerte?A los fatales presagios sucedieron las devastacionesde Corintia, la guerra en Polonia. Se aliaron Ladislaoy Matías el Huniada. Vea usted este rasgo de uncomentador: «Las nubes tienen sus flotas como elaire sus ejércitos»; pero Lycosthenes, que vivía en elcentro de Alemania, no se asienta sobre tal hecho.Dice que en el año 114 de nuestra era, simulacrosde navíos se vieron entre las nubes. San Agobardo,obispo de Lyon, está más informado. Él sabe a ma-ravilla a qué región fantástica se dirigen esas ligerasnaves. Van al país de Magonia, y sólo por reserva elsanto prelado no dice su itinerario. Esos barcos ibandirigidos por los hechiceros llamados tempestarii.Mucho más podría referirle, Pero vamos a lo prin-cipal. Mi antecesor llegó a descubrir que el cielo ytoda la atmósfera que nos envuelve están siempre 9
  10. 10. RUBEN DARIOllenos de esas visiones misteriosas, y con ayuda deun su amigo alquimista llegó a fabricar un elixir quepermite percibir de ordinario lo que únicamente porexcepción se presenta a la mirada de los hombres.Yo he encontrado ese secreto -concluyó Wolfhart-,y aquí, agregó sonriendo, tiene usted el milagro enestas pastillas comprimidas. ¿Un poquito más dewhisky? No había duda de que el alemán era hombre debuen humor y aficionado, no solamente al alcoholinglés, sino a todos los paraísos artificiales. Así meparecía ver en la caja de pastillas que me mostraba,algún compuesto de opio o de cáñamo indiano. -Gracias -le dije-, no he probado nunca, ni quie-ro probar el influjo de la droga sagrada. Ni haschís,ni el veneno de Quincey... -Ni una cosa, ni otra. Es algo vigorizante, admi-rable hasta para los menos nerviosos. Ante la insistencia y con el último sorbo dewhisky, tomé la pastilla, y me despedí. Ya en la calle,aunque hacía frío, noté que circulaba por mis venasun calor agradable. Y olvidando la pastilla, pensé enel efecto de las repetidas libaciones. Al llegar a laplaza de la Concordia, por el lado de los CamposElíseos, noté que no lejos de mí caminaba una mu- 10
  11. 11. CUENTOS DE PASCUASjer. Me acerqué un tanto a ella y me asombré alverla a aquellas horas, a pie y soberbiamente trajea-da, sobre todo cuando a la luz de un reverbero vi sugran hermosura y reconocí en ella a la dama cuyoaspecto me intrigase en el réveillon: la que tenía portodo adorno en el cuello blanquísimo un fino galónrojo, rojo como una herida. Oí un lejano reloj darunas horas. Oí la trompa de un automóvil. Me sen-tía como poseído de extraña embriaguez. Y, apar-tando de mí toda idea de suceso sobrenatural,avancé hacia la dama que había pasado ya el obelis-co y se dirigía del lado de las Tullerías. -Madame -le dije-, madame... Había comenzado a caer como una vaga bruma,llena de humedad y de frío, y el fulgor de las lucesde la plaza aparecía como diluido y fantasmal. Ladama me miró al llegar a un punto de la plaza; depronto, me apareció como el escenario de un cine-matógrafo. Había como apariencias de muchasgentes en un ambiente como el de los sueños, y yono sabía decir la manera con que me sentí como enuna existencia a un propio tiempo real y cerebral...Alcé los ojos y vi en el fondo opaco del cielo lasmismas figuras que en la estampa del libro de Ly-costhenes, el brazo enorme, la espada enorme, ro- 11
  12. 12. RUBEN DARIOdeados de cabezas. La dama, que me había mirado,tenía un aspecto tristemente fatídico, y, cual por laobra de un ensalmo, había cambiado de vestiduras,y estaba con una especie de fichú cuyas largas pun-tas le caían por delante; en su cabeza ya no había elpeinado á la Cléopátre, sino una pobre cofia bajocuyos bordes se veían los cabellos emblanquecidos.Y luego, cuando iba a acercarme más, percibí a unlado como una carreta, y unas desdibujadas figurasde hombres con tricornios y espadas y otras con pi-cas. A otro lado un hombre a caballo, y luego unaespecie de tablado... ¡Oh, Dios, naturalmente! : heaquí la reproducción de lo ya visto... ¿En mí hayreflexión aun en este instante? Sí, pero siento que loinvisible, entonces visible, me rodea. Sí, es la guillo-tina. Y, tal en las pesadillas, como si sucediese, veodesarrollarse -¿he hablado ya de cinematógrafo?- latragedia... Aunque por no sé cuál motivo no puedodarme cuenta de los detalles, vi que la dama me mi-ró de nuevo, y bajo el fulgor color de azafrán quebrotaba de la visión celeste y profética, brazo, espa-das, nubes y cabezas, vi cómo caía, bajo el hachamecánica, la cabeza de aquella que poco antes, en elsalón del hotel, me admirara con su encanto galante 12
  13. 13. CUENTOS DE PASCUASy real, con su aire soberbio, con su cuello muy blan-co, adornado con un único galón color de sangre. ¿Cuánto tiempo duró aquel misterioso espectá-culo? No lo sabría decir, puesto que ello fue bajo elimperio desconocido en que la ciencia anda a tien-tas; el tiempo en que el ensueño no existe, y milaños, según observaciones experimentales, puedenpasar en un segundo. Todo aquello había desapare-cido, y, dándome cuenta del lugar en donde me en-contraba, avancé siempre hacia el lado de lasTullerías, Avancé y me vi entre el jardín, y no dejéde pensar rapidísimamente cómo era que las puertasestaban aún abiertas. Siempre bajo la bruma pálidade aquellas nocturnas horas, seguí adelante. Saldré,me dije, por la primera puerta del lado de la calleRivoli, que quizás esté también abierta... ¿Cómo noha de estar abierta?... ¿Pero era o no era aquel jardínel de las Tullerías? Árboles, árboles de obscuros ra-majes en medio del invierno... Tropecé al dar unpaso con algo semejante a una piedra, y me llené, enmedio de mi casi inconsciencia, de una sorpresa pa-vorosa, cuando escuché un ¡ay! semejante a unaqueja, parecido a una palabra entrecortada y ahoga-da; una voz que salía de aquello que mi pie habíaherido, y que era, no una piedra, sino una cabeza. Y 13
  14. 14. RUBEN DARIOalzando hacia el cielo la mirada vi la faz de la lunaen el lugar en que antes la espada formidable, y allíestaban las cabezas de la estampa de Lycosthenes. Yaquel jardín, que se extendía vasto cual una selva,me llenó del encanto grave que había en su recintode prodigio. Y a través de velos de ahumado ororefulgía tristemente en lo alto la cabeza de la luna.Después me sentí como en una certeza de poema yde libro santo, y, como por un motivo incoherente,resonaban en la caja de mi cerebro las palabras:«¡última hora! ¡Trípoli! ¡La toma de Pekín!» leídas enlos diarios del día. Conforme con mis anhelos de lodivino, experimentando una inexpresable angustia,pensé: «¡Oh Dios! ¡Oh Señor! ¡Padre nuestro!»... Volví la vista y vi a un lado, en una claridad dul-ce y dorada, una forma de lira, y sobre la lira unacabeza igual a la del Orfeo de Gustave Moreau, delLuxemburgo. La faz expresaba pesadumbre, y alre-dedor había como un movimiento de seres, de losque se llaman animados porque sus almas se mani-fiestan por el movimiento, y de los que se llamaninanimados porque su movimiento es íntimo y la-tente. Y oí que decía, según me ayuda mi recuerdo,aquella cabeza: «¡Vendrá, vendrá el día de la con-cordia, y la lira será entonces consagrada en la paci- 14
  15. 15. CUENTOS DE PASCUASficación!». Y cerca de la cabeza de Orfeo vi una rosamilagrosa, y una hierba marina, y que iba avanzandohacia ellas una tortuga de oro. Pero oí un gran grito al otro lado. Y el grito,como el de un coro, de muchas voces. Y a la luzque os he dicho, vi que quien gritaba era un árbol,uno de los árboles coposos, llenos de cabezas porfrutos, y pensé que era el árbol de que habla el librosagrado de los musulmanes. Oí palabras en loor dela grandeza y omnipotencia de Alá. Y bajo el árbolhabía sangre. Haciendo un esfuerzo, quise ya no avanzar, sinoretroceder a la salida del jardín, y vi que por todaspartes salían murmullos, voces, palabras de innume-rables cabezas que se destacaban en la sombra co-mo aureoladas, o que surgían entre los troncos delos árboles. Como acontece en los instantes doloro-sos de algunas pesadillas, pensé que todo lo que mepasaba era un sueño, para disminuir un tanto mipavor. Y en tanto, pude reconocer una temerosa yabominable cabeza asida por la mano blanca de unhéroe, asida de su movible e infernal toisón de ser-pientes: la tantas veces maldecida cabeza de Medu-sa. Y de un brazo, como de carne de oro de mujer,pendía otra cabeza, una cabeza con barba ensortija- 15
  16. 16. RUBEN DARIOda y oscura, y era la cabeza del guerrero Holofernes.Y la cabeza de Juan el Bautista; y luego, como viva,de una vida singular, la cabeza del Apóstol que enRoma hiciera brotar el agua de la tierra; y otra cabe-za que Rodrigo Díaz de Vivar arrojó, en la cena dela venganza, sobre la mesa de su padre. Y otras que eran las del rey Carlos de Inglaterray la de la reina María Estuardo... Y las cabezas au-mentaban, en grupos, en amontonamientos maca-bros, y por el espacio pasaban relentes de sangre yde sepulcro; y eran las cabezas hirsutas de los dosmil halconeros de Bayaceto; y las de las odaliscasdegolladas en los palacios de los reyes y potentadosasiáticos; y las de los innumerables decapitados porsu fe, por el odio, por la ley de los hombres; las delos decapitados de las hordas bárbaras, de las prisio-nes y de las torres reales, las de los Gengiskanes,Abdulhanúdes y Behanzines... Dije para mí: ¡Oh, mal triunfante! ¿Siempre se-guirás sobre la faz de la tierra? ¿Y tú, París, cabezadel mundo, serás también cortada con hacha, arran-cada de tu cuerpo imnenso? Cuan si hubiesen sido escuchadas mis interiorespalabras, de un grupo en que se veía la cabeza deLuis XVI, la cabeza de la princesa de Lamballe, ca- 16
  17. 17. CUENTOS DE PASCUASbezas de nobles y cabezas de revolucionarios, cabe-zas de santos y cabezas de asesinos, avanzó una fi-gura episcopal que llevaba en sus manos su cabeza,y la cabeza del mártir Dionisio, el de las Galias, ex-clamó: -¡En verdad os digo, que Cristo ha de resucitar! Y al lado del apostólico decapitado vi a la damadel hall del hotel, a la dama austríaca con el cuellodesnudo; pero en el cual se veía, como un galónrojo, una herida purpúrea, y María Antonieta dijo: -¡Cristo ha de resucitar! Y la cabeza de Orfeo, la cabeza de Medusa, lacabeza de Holofernes, la cabeza de Juan y la de Pa-blo, el árbol de cabezas, el bosque de cabezas, lamuchedumbre fabulosa de cabezas, en el hondogrito, clamó: -¡Cristo ha de resucitar! ¡Cristo ha de resucitar!... -Nunca es bueno dormir inmediatamente des-pués de comer -concluyó mi buen amigo el doctor. 17 ESTE LIBRO FUE AUTORIZADO POR ELALEPH.COM PARA EL USO EXCLUSIVO DE JOSE ALBERTO DÍAZ (JAD_PER787@YAHOO.ES)

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