Apogeo y decadencia de los Estudios Culturales                                 Una visión antropológica                   ...
Apogeo y decadencia de los Estudios Culturales                                     Una visión antropológica               ...
compilaciones posteriores al pico reciclan ensayos ya editados combinándolos de otrasmaneras (p. ej. Munns y Rajan 1995; S...
en Grossberg 1996b: 131; Mattelart y Neveu 1997), una fiesta (Rosaldo 1994: 526), un“foco dinámico de excitación intelectu...
1. ¿Qué son o qué han llegado a ser los estudios culturales en la actualidad?2. ¿Cómo es es la demografía de los estudios ...
en los originales no tienen énfasis. Más que una exploración pedagógica por todo el cam-po, este trabajo constituye entonc...
simpatizar. Pero no por ello hay que acallar las objeciones que surjan, sobre todo cuandoparezca estar claro que el daño q...
1. Definiciones: ¿Qué son o en qué se han convertido los estudios culturales en la   actualidad?Constituciones y fasesLo p...
Insisto entonces en que no existen estudios culturales en Francia, por lo menos no a nivelinstitucional o reflejado en pub...
estudios culturales están constantemente renegociando su identidad y reposicionándose       dentro de mapas intelectuales ...
mejor que otra. Si mantengo el número de fases de que hablaba, simplemente, es porqueresulta manejable y operativo en rela...
Hay en todos estos programas y antologías una cierta abundancia, casi ampulosa. Sin em-bargo, ni uno solo de todos esos ít...
mente complejos”, de la “complejidad de la conceptualización” y de “un campo impor-tante y complicado” (1990: 4-6).Raro se...
apenas un epifenómeno de un tema desbordante (Turner 1990). Incluso los libros críticos,como el análisis de David Harris s...
para justificar una vida de investigación (véase Wasserman y Faust 1994). Y ya que men-cioné las técnicas, registremos el ...
les por definición; tener apellido inglés y escribir desde las metrópolis es visto en elloscasi como un handicap. Lejos de...
2. Genealogías:   ¿Cómo es la demografía de los estudios culturales? ¿Hay abundancia de textos de   referencia, o más bien...
participar ya sea de los estudios culturales o del ideario posmoderno que en los últimostiempos los acompaña. En otras pal...
pende orgánicamente de Arts, sino de Social Sciences. La globalización, o más bien la a-mericanización del instituto nos h...
Del linaje ampliado a la sagrada familiaEn este contexto preciso no tiene ninguna relevancia discutir las propuestas de un...
Así como Denzin logra violentar los hechos y la epistemología para remontar la predece-sión del Interaccionismo Simbólico ...
Sobre el provincianismo de la fase inicial y la colectiva se expiden muchos autores (véaseCarey 1997a: 3). En este sentido...
Ahora bien, ¿cómo se manifiestan los estudios culturales en la actualidad? La antropolo-gía sociocultural de la primera mi...
Los autores que han dejado de festejar, que son cada vez más, han pasado sin transicionesdel júbilo al tono admonitorio; d...
Postcolonial and the Postmodern” (Moore-Gilbert 1997: 186-187). Con un pie en cadacampo, Stuart Hall, en un ensayo que se ...
3. Estudios Culturales y Disciplinariedad:   ¿Constituyen los estudios culturales una antidisciplina libre, o reproducen l...
rividencia suplementaria, o fueran sustancia suficiente para formular un orden nuevo. Ycomo si la reciente conversión de l...
tándares, y particularmente por estándares de ‘moral’ y ‘racionalidad estética’. … Pero       contra las nuevas formas de ...
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  1. 1. Apogeo y decadencia de los Estudios Culturales Una visión antropológica Carlos ReynosoIndice0. Introducción1. Definiciones ¿Qué son o qué han llegado a ser los estudios culturales en la actualidad?2. Genealogías ¿Cómo es es la demografía de los estudios culturales? ¿Hay abundancia de textos de referencia, o más bien una proliferación de artículos breves y unos pocos proyectos de cierta envergadura?3. Estudios Culturales y disciplinariedad ¿Constituyen los estudios culturales una antidisciplina libre, o reproducen los cánones disciplinares de la ciencia normal? ¿Han cumplido los estudios culturales su promesa de apertura, o buscan instaurar alguna clase de ortodoxia?4. Teorías y métodos ¿Ha habido algún asomo de creación teórica en el interior de los estudios culturales, o viven ellos de la depredación de metodologías ocasionales tomadas de las tradiciones científicas de las que ellos reniegan?5. Estudios Culturales y Posmodernismo ¿Son realmente los estudios culturales una superación del posmodernismo, o representan en cambio su fase tardía? ¿Ha habido cambio o crecimiento en lo que va del posmodernismo a los estudios culturales, o se trata siempre de la repetición de los mismos argumentos?6. El proyecto fundacional ¿Es recuperable el proyecto inicial de los estudios culturales, o carece de una entidad teórica claramente expuesta, susceptible de impulsar proyectos nuevos?7. Política y ciencia ¿Es la crítica que articula a los estudios culturales de orden político, o más bien la iz- quierda política y la práctica científica son los verdaderos contendientes?8. Estudios Culturales y Antropología ¿Qué consecuencias disciplinares tiene la definición de un campo de estudios culturales separado de la antropología?9. Estudios Culturales y crítica La reacción crítica contra los estudios culturales ¿dará algún resultado, o es ya dema- siado tarde?10. Conclusiones 1
  2. 2. Apogeo y decadencia de los Estudios Culturales Una visión antropológica Carlos ReynosoIntroducción: Los Estudios Culturales como Big BangLos estudios culturales encarnan, sin lugar a dudas, el último grito de la moda. Si fuéra-mos a creer en las afirmaciones posmodernas que cada vez más los atraviesan, constitui-rían el último grito a secas, en el pleno sentido de la palabra. Constituidos por propia ini-ciativa en el contenido y la forma del fin de la historia, del milenio, de las ideologías y delas disciplinas, no es de esperarse que después de ellos vuelva a crecer otra hierba teóricaque les haga sombra, ni que se erija un nuevo escenario que los deje atrás. Lejos de seruna apertura hacia algo nuevo, se manifiestan más bien como una clausura. Una vez quese aceptan sus premisas definitorias, sucede como si fuera imposible salirse de ellos y es-tablecerse en alguna otra forma de registro. El posmodernismo ha decretado que no puedehaber progreso en las ciencias sociales, y los estudios culturales, habiendo homologado laposmodernidad como contexto y como modo de vida, se involucran cuando pueden en laafanosa demostración de esa idea. Después de la posmodernidad, el apocalipsis.Es extraño: el ethos posmoderno de los estudios culturales podrá ser nihilista, crítico yescéptico, pero no por ello deja de ser feliz. Su propio triunfo lo pone de ese humor.Mientras posan de alternativos y marginales, sus ideólogos se saben dominantes y reinanahora en la academia. Aunque no dejan de arrojar aguijonazos contra las ciencias socialesconvencionales, académicas o propias del orden establecido, lo concreto es que se hanlibrado del aprendizaje fastidioso de los métodos científicos, de la exigencia de imaginardefiniciones operativas o técnicas analíticas innovadoras, de la responsabilidad de expo-ner elaboraciones replicables, y hasta del examen libresco de lo que hace las veces del es-tado actual de la cuestión en un ámbito disciplinar cualquiera1. Todo es más fácil en lostiempos que corren, según lo prueba una plétora de estudios que parece no tener fin.Hay que señalar, no obstante, que en los últimos tres o cuatro años ha habido una levepero inquietante retracción en los números. Si se observan los índices de citas en las hu-manidades, las ciencias sociales y los medios registrados en las dos bases de datos princi-pales, WorldCat (de la Universidad de Iowa) y ERIC (de la Biblioteca de la Universidadde Arizona)2, cubriendo de 1960 a 1995, tenemos las siguientes tendencias. En 1960 te-nemos 23 y 34 menciones, respectivamente, de “estudios culturales” y “cultura popular”;en 1970 los guarismos se cuadruplican: 100 y 77. El salto más empinado ocurre entre1985 (146 y 145) y el punto culminante de 1991: 431 y 314. De allí en más hay una caídasuave pero constante. En el catálogo Melvyl®, de la Universidad de California, aparecensólo 654 títulos distribuidos en los tres años que van de 1996 a 1998. Buena parte de las1 La idea de que se hayan quitado de encima esos rigores es, mirándola bien, una benévola concesión pormi parte. Sería más ecuánime afirmar que pocas veces se tomaron el trabajo de practicarlos o de conocerlosdesde dentro, y que en buena medida los estudios culturales mismos se originan en esa ascesis.2 Habitualmente Melvyl® se puede consultar en el Web en http://www.melvyl.ucop.edu/. WorldCat seencuentra en http://www.lib.iastate.edu/scholar/db/wldcat.html. Para consultarla se requiere identificación ypassword. ERIC está alojada en http://sabio.library.arizona.edu:83/screens/opacmenu.html. 2
  3. 3. compilaciones posteriores al pico reciclan ensayos ya editados combinándolos de otrasmaneras (p. ej. Munns y Rajan 1995; Storey 1996b). Pero esta extenuación sólo se perci-be con claridad en las metrópolis. En los países periféricos, que se encuentran adoptandoformas de estudios culturales recién ahora, la curva de crecimiento sigue escarpada haciaarriba y es de esperar que continúe así por un tiempo. En ninguna parte, ni aquí ni allá, sepercibe tampoco una corriente de recambio que le plantee alguna competencia.Las celebraciones de ese cuadro de situación se han multiplicado mucho más allá de loque puede justificarse en base a los logros teóricos del movimiento, y a despecho de quecada tanto los estudios culturales en bloque sean puestos en ridículo o compelidos a rein-ventarse. ¿Quién se preocupa por eso? Con casi ninguna investigación que sus responsa-bles hayan admitido fallida y sabiendo que se pertenece a la mayoría moral de la correc-ción política, el sentimiento general no puede menos que ser exultante. Prácticamente nose edita otra cosa que estudios culturales y todavía parece quedar margen para que la acti-vidad sea un buen negocio, sobre todo si se tiene en cuenta que sin fundamentación for-mal o agenda de capacitación técnica a la vista, la inversión intelectual es mínima hasta elpunto que nadie se desvela por establecer a cuánto asciende. Encarnación de la gananciasin riesgos, se habla de los estudios culturales en términos que parecerían referirse al casoóptimo de lo que en marketing se llama retorno de inversión. Nelson, Treichler y Gross-berg, por ejemplo, escriben, alborozados: “El campo de los estudios culturales está experimentando … un boom internacional sin precedentes. … Es sin duda la promesa material y económica de los estudios culturales, tanto como sus logros intelectuales, lo que contribuye a su boga actual” (Nelson et al 1992: 1)3.Ziauddin Sardar repite: “Los estudios culturales son un campo de estudios excitante y ‘caliente’ [hot]. Se han convertido en pasión entre los progres de todas clases. … Parecen estar por doquier y todo el mundo habla de ellos” (Sardar y Van Loon 1998: 3)Ieng Ang afirma que los estudios culturales, que han ganado “una enorme popularidad”en la última década, significan “una nueva esperanza para los estudiosos que están bus-cando alternativas” (Ang 1996:238). Meaghan Morris sitúa el movimiento, un poco ana-crónicamente, en el tope del ranking de sucesión de las modas: “Hace treinta y cinco años, el catalizador del nerviosismo en las humanidades fue el estructuralismo; quince años atrás, la semiótica y el poestructuralismo; diez años atrás, el posmodernismo; cinco años atrás, la deconstrucción; el año pasado, la ‘corrección política’; este año, los estudios culturales” (Morris 1997:38).Los clamores no se apagan fácilmente, ya hace una década que vienen durando, y son porcompleto insensibles al hecho de su exasperante repetición. Una y otra vez se describe elauge de los estudios culturales como una explosión de interés (Nelson et al. 1992:1), unaexplosión febril de teorías (Kellner 1995:22, 24), una enorme explosión (Hall 1992: 285),un boom (Pfister 1996: 291; Morris 1996: 147; Mulhern 1997: 43; Grossberg 1997a: 195;Thomas 1999: 266), un boom “claro e indiscutible” (Stratton y Ang 1996: 361), una “pro-liferación masiva”, una “fuerte marea de interés” (Inglis 1993: 229), un Big Bang (Hall3 La traducción de todas las citas de textos no editados en castellano me pertenece. En todos los casos, loseventuales énfasis en letra cursiva corresponden a los originales. 3
  4. 4. en Grossberg 1996b: 131; Mattelart y Neveu 1997), una fiesta (Rosaldo 1994: 526), un“foco dinámico de excitación intelectual” (Chaney 1994: 9), una ola masiva de pasión co-lectiva (Morris 1996: 148), etcétera. ¡Qué metáforas, y qué unanimidad! El movimientoestá de celebración, y a la luz de su espeluznante dominio del mercado es obvio que moti-vos no le faltan.La duda tiene que plantearse alguna vez: ¿Es este aluvión de ditirambos correlativo a al-guna forma nueva de conocimiento? ¿Guarda proporción, al menos, con algún logro inte-lectual o político concreto? Los que participan del movimiento asumen que sí, y así lo a-firman infinidad de veces, aunque sin complicarse en ‘demostraciones’ en las que ellos nocreen mucho pero que en otras formas del conocimiento se estiman necesarias. El valorde los estudios culturales se da por sentado, y el supuesto conversacional más extendidoes que todo el mundo conoce sus victorias, aunque no exista consenso claro sobre cuálesson.Esta es precisamente la región en que haré morder mi cuestionamiento. En vez de sumar-me al coro de bienvenida y celebrarlos porque hacían falta, aquí indagaré lo que han he-cho, lo que han desbaratado y lo que les falta hacer. Como esta es una lectura antropoló-gica, los culturistas serán la tribu a destacar contra el contexto global. En el deslinde delos supuestos manifiestos pero inconfesos que corren por debajo de sus discursos y en elexamen verbatim de las mitologías y ficciones que han edificado en el proceso de su de-fensa, es donde cabe ver la dimensión ‘etnográfica’ de este estudio, para decirlo con unapalabra que ellos frecuentan. Los estudios culturales tampoco han sometido a examen suspropias prácticas retóricas, sus consignas, sus iconos y sus tabúes: la crítica y la reflexivi-dad son algo a aplicar a otros, o a recomendar como deseables, pero no un expediente quesostenga sus propios ejercicios. Huelga decir que este examen también me motiva.Ahora bien, si este va a ser un trabajo crítico elaborado con cierta seriedad, no basta de-clarar que pienso lo contrario de lo que ellos proclaman. Sin pretender que en este breveensayo tendré ocasión de revisar la totalidad de sus emprendimientos, intentaré por lomenos una crítica sensata de sus alcances, algo que, llamativamente, el propio movimien-to ha emprendido rara vez con la concentración y el rigor requeridos. En toda su literaturahay abundancia de apologías triunfalistas, ruidos de sus disputas domésticas y bitácorasde su expansión, pero el lector encontrará en el corpus muy pocas críticas internas formu-ladas por los motivos correctos, y prácticamente ninguna apreciación en que se juzgueuna línea de estudios por su elaboración metodológica, y no sólo por su tinte político opor el impacto de su elección temática. Todas las evaluaciones que han practicado sobresus propios textos, aun las más aparentemente severas, están articuladas por la necesidadde salvaguardar el mensaje de los estudios culturales en última instancia; eso involucraun límite al que yo no estoy sujeto. Algunas de esas críticas, además, están formuladas ennombre de una postura teórica que se ofrece como alternativa presuntamente ‘mejor’.Una vez más no es este el caso; en último análisis, el marco contra el cual ofrezco con-trastar a los estudios culturales es el de las ciencias sociales en general y la antropologíaen particular, sin que esté en juego ninguna teoría concreta. El cuestionamiento habrá devaler como crítica de la lógica interna del culturismo en sus diversas variantes, o habrá defracasar en esos mismos términos.La estructura de este trabajo se construirá como la búsqueda de respuestas a un conjuntode preguntas, que son las siguientes: 4
  5. 5. 1. ¿Qué son o qué han llegado a ser los estudios culturales en la actualidad?2. ¿Cómo es es la demografía de los estudios culturales? ¿Hay abundancia de textos de referencia, o más bien una proliferación de artículos breves y unos pocos proyectos de cierta envergadura?3. ¿Constituyen los estudios culturales una antidisciplina libre, o reproducen los cánones disciplinares de la ciencia normal? ¿Han cumplido los estudios culturales su promesa de apertura, o buscan instaurar alguna clase de ortodoxia?4. ¿Ha habido algún asomo de creación teórica en el interior de los estudios culturales, o viven ellos de la depredación de metodologías ocasionales tomadas de las tradiciones científicas de las que ellos reniegan?5. ¿Son realmente los estudios culturales una superación del posmodernismo, o repre- sentan en cambio algo así como su fase tardía? ¿Ha habido cambio o crecimiento en lo que va del posmodernismo a los estudios culturales, o se trata siempre de la repe- tición de los mismos argumentos?6. ¿Es recuperable el proyecto inicial de los estudios culturales, o carece de una entidad teórica claramente expuesta, susceptible de impulsar proyectos nuevos?7. ¿Es la crítica que articula a los estudios culturales de orden político, o más bien la iz- quierda política y la práctica científica son los verdaderos enemigos?8. ¿Qué consecuencias disciplinares tiene la definición de un campo de estudios cultu- rales separado de la antropología?9. La reacción crítica contra los estudios culturales ¿dará algún resultado, o es ya dema- siado tarde?En este entramado de interrogantes hay dos clases de preguntas. Aquellas que buscan es-tablecer la naturaleza de los estudios culturales y su papel frente a la antropología y lasreacciones de esta arrojarán variadas respuestas extensionales que no anticiparé en estemomento. Las que se formulan, en cambio, como opciones entre las cuales escoger vie-nen a constituir algo así como el tejido de hipótesis que anima este ensayo. En este casolas contestaciones pueden anticiparse ahora, pues en rigor de verdad los barridos biblio-gráficos ya se han hecho y las evaluaciones están cumplidas. En todas las instancias mipostura favorece invariablemente a los respectivos segundos hemistiquios de las pregun-tas; los hechos por revisar son en consecuencia los que desmienten a los primerosperíodos de las frases, siempre ilustrativos de la forma en que los estudios culturales sesueñan a sí mismos.Aquí confrontaré los estudios culturales con sus propios textos representativos, encade-nando cada dictamen con una dosis de referencias probatorias que (admito) buscará sersiempre un poco más abrumadora de lo necesario, pero mucho menos beligerante de loque podría ser. Para rendirse incondicionalmente a los estudios culturales al final delensayo hará falta desoír lo que claman y olvidar lo que ellos mismos han escrito. Más quehablar por mi cuenta y cargo, sin quererlo terminé concertando algo así como la decons-trucción que ellos se han auto-inferido, y por una vez coincido con lo que alegan, pues esdevastador. Con la crítica he operado de la misma manera, dejando más espacio al pensa-miento de figuras representativas que al mío propio y sin subrayar jamás las palabras que 5
  6. 6. en los originales no tienen énfasis. Más que una exploración pedagógica por todo el cam-po, este trabajo constituye entonces, antes que nada, la fundamentación de las hipótesisque he referido, basadas, en la medida de lo posible, en lo que los actores tienen quedecir. ***El acápite que estoy concluyendo define, aunque implícitamente, los confines del objetoque los siguientes capítulos deberán abordar. Cuando este ensayo ya estaba considerable-mente encaminado, topé con un artículo en que Warren Montag fustigaba a Jean-FrançoisLyotard y a Perry Anderson por pretender agotar críticamente problemas descomunales(la caracterización del estado actual del pensamiento a nivel global, o la evaluación de unvasto cuerpo de teorías semiológicas) en sendos libritos de poco más de ochenta páginas.Algunos de los argumentos de Montag parecían razonables. Perry Anderson abría ycerraba su tratamiento de la obra de Lacan en cinco carillas. Montag reproducía y atacabala “conclusión objetiva” de Anderson: “Dado que la concepción freudiana del inconscien-te es incompatible con la gramática generativa transformacional, Lacan está simplementeequivocado. Caso cerrado” (Montag 1993: 92).Por un momento, la posibilidad de estar incurriendo en un desatino semejante en el trata-miento de un objeto más allá de mi alcance me intimidó. El análisis de Lacan por PerryAnderson era un poco más amplio de lo que trasuntaba Montag, pero no tanto que pare-ciera suficiente para respaldar un juicio fundado. ¿No sería mi pretensión igualmente des-mesurada? ¿Qué extensión tiene que tener un texto que abarque críticamente a los estu-dios culturales y además aplique una elaboración antropológica?La respuesta que encontré me satisface, al menos por ahora. La extensión necesaria de-pende de la escala del diseño y el nivel de detalle que se adopte, del número y compleji-dad de los argumentos que se escojan como casos-testigo, de la susceptibilidad de lasfuentes a ser resumidas en sus líneas esenciales, de la cantidad de ramas que se abran apartir del tronco, y de la contundencia y corrección lógica de los razonamientos que seformulen. A fin de cuentas, los estudios culturales han llegado a conclusiones drásticas a-cerca de la antropología, y hasta de todas las disciplinas en su conjunto, en menos renglo-nes que los que Anderson necesitó para fulminar a Lacan. Además, aunque de ningún mo-do los doy por conocidos, los argumentos de los estudios culturales y de los antropólogosa considerar están ahí, en la bibliografía que consigno, de modo que no hace falta repro-ducirlos para simular una extensión más satisfactoria o para que la sinopsis que yo hagasea más fiel. Muchas defensas de los estudios culturales (como las de Morley 1998a,1998b) insinúan que la variedad interna del movimiento lo torna invulnerable a una ins-pección generalizadora, salvo, por supuesto, que esta sea optimista como la que ellas sus-tentan. El mío es, empero, un trabajo de síntesis: reclamo en consecuencia el derecho desituarme en el nivel de generalización que haga falta, en tanto existan elementos de juiciosuficientes para hacerlo.Por otra parte, no hace falta refutar una por una todas las aseveraciones hechas en nombrede los estudios culturales, sino algunas de las que sostienen su edificio, que no son tantas.No incomoda que unas cuantas afirmaciones suyas, o aun la mayoría, sean verdad. De he-cho lo son, y según toda evidencia el núcleo de los autores principales de estudios cultu-rales sigue promoviendo una concepción ideológica con la que puedo, parte del tiempo, 6
  7. 7. simpatizar. Pero no por ello hay que acallar las objeciones que surjan, sobre todo cuandoparezca estar claro que el daño que han hecho supera al beneficio que prometen. La fun-ción de esta crítica no será además quitar los estudios culturales del paso, aniquilarlos, ohacer creer que todos los culturistas han estado equivocados todo el tiempo, sino adoptarfrente a ellos una postura evaluativa bien fundada y comunicásela a alguien más.Ahora sí, esa postura será sólo crítica: si alguien quiere saber de qué se tratan los estudiosculturales, este no es un manual que vaya a enseñarlo. Aquí únicamente interesan sus afir-maciones estereotípicas, sus planes metodológicos, su posición institucional y sus re-laciones con otras disciplinas; para el resto (o sea las investigaciones sustantivas) serámejor leer resúmenes como los de Turner (1990) o McGuigan (1992), o los estudios ori-ginales que correspondan. La crítica se hará también desde la lectura de los textos y enfunción de sus significados más obvios, y no desde un lugar teórico externo en particular.Desde ya, soy consciente que estoy sesgado en su contra y que mi selección de los textosen que fundo los cuestionamientos puede ser en exceso conveniente a mis fines: habráque exigir a mis críticas, entonces, que se dediquen a autores representativos y a cuestio-nes relevantes, y que la ira no sofoque al buen tino.Como quiera que sea, una vez yo situado ante los textos a tratar y ya consciente de su en-vergadura, decidí emprender este ensayo como un esbozo, con la certeza de volver sobreel asunto cuando la vida lo permita, o cuando las respuestas que suscite disparen un nue-vo estímulo. Y ahora que va a definirse cuál es el objeto y que ya se sabe cuál será, enfunción de él, un objetivo crítico razonable, seguiré adelante hasta llevarlo a cabo. 7
  8. 8. 1. Definiciones: ¿Qué son o en qué se han convertido los estudios culturales en la actualidad?Constituciones y fasesLo primero de todo debería ser una definición. Pese a que subsisten unas cuantas dificul-tades (tales como el deslizamiento que siempre es de esperar entre los hechos y sus nom-bres, o las publicitadas diferencias entre la tradición inglesa y la norteamericana), lo con-creto es que los estudios culturales son hoy más susceptibles de definición que hace unpar de décadas. Arriesguemos esta: Los estudios culturales son el nombre en que ha decantado, plasmada en ensayos, la actividad interpretativa y crítica de los intelectuales. Los estudios culturales se han es- tandarizado como una alternativa a (o una subsunción de) las disciplinas académicas de la sociología, la antropología, las ciencias de la comunicación y la crítica literaria, en el marco general de la condición posmoderna. El ámbito preferencial de los estudios es la cultura popular.Cae de suyo que la mía no será una pintura en la que todos los practicantes de los estu-dios culturales reconozcan su imagen. Algunos aducirán que el campo es algo más que larumia bohemia de los intelectuales posmodernos, aunque se verán en figurillas tratandode establecer cuál es su valor diferencial sin incurrir en gestos modernos que son propiosde las disciplinas que les deberían ser opuestas. Tendrán que explicar por qué, además, niWilliams, ni Hoggart, ni Hall, ni los estudios al modo norteamericano pudieron poner ja-más un pie en Francia. Disney pudo conquistar París, porque no había allí suficientekitsch; los estudios culturales no, porque los intelectuales ya eran allí unos cuantos y noadmitían federarse. Los propios culturistas han llegado a notar alguna que otra vez que elmovimiento “paradójicamente” no ha podido penetrar en la Europa continental (Ang1996: 238).Dediquemos un párrafo a la inexistencia de los estudios culturales en Francia. Existe untexto compilado por Jill Forbes y Michael Kelly que se llama, engañosamente, FrenchCultural Studies (Forbes y Kelly 1995). Sardar y Van Loon dedican unas cuantas páginasa comentar algunas generalidades de los estudios culturales franceses, insinuando que elmovimiento está allí consolidado y usando como referencia el libro de Forbes y Kelly. Setrata, sin embargo, de un malentendido; este último texto es un estudio de la cultura fran-cesa en bloque y de sus movimientos intelectuales, sin un ápice que ver con lo que se haconsensuado sean los estudios culturales en cualquier definición imaginable. En un textointroductorio de Jere Paul Surber (1998: 253-262) hay también un capítulo dedicado a la“tradición francesa de estudios culturales”; el desarrollo vuelve a decepcionarnos, puessólo trata de Michel de Certeau y Pierre Bourdieu, ambos sociólogos. En todo esto no hayningún nexo con la tradición que se ha convenido llamar estudios culturales: es verdad,de Certeau y Bourdieu son estudiosos y se ocupan de la cultura; pero lo mismo podría ar-güirse de cualquier científico social, antropólogos incluidos. El propio Surber sabe queentre los 40 participantes en el simposio internacional de Illinois que inauguró el mo-mento ecuménico de los estudios culturales no había ningún francés (Surber 1998: 263).Tampoco lo hay entre los 41 miembros del comité editorial de la revista Cultural Studies. 8
  9. 9. Insisto entonces en que no existen estudios culturales en Francia, por lo menos no a nivelinstitucional o reflejado en publicaciones sustantivas de autores conocidos. El inventario(todavía parcial) de instituciones universitarias de estudios culturales en el mundo haciaoctubre de 1998, contaba 16 en los Estados Unidos, 6 en Australia, 6 en Gran Bretaña, 2en Canadá, y sólo 1 en Holanda, Brasil, Austria, Hong Kong y Polonia (Striphas 1998b).En Francia, naturalmente, cero. En un pequeño rincón de la Galia todavía algunos ofrecenresistencia.Volviendo a la definición, algunos rechazarán la sola idea de que los estudios se hayan es-tandarizado o que estén en estado de cristalización, citando nuevamente (como si fuera unargumento inédito) el mismo repertorio de diversidades temáticas que los culturistas re-producen una y otra vez (p.ej. Nelson et al. 1992; O’Connor 1996: 188; Long 1997; Sar-dar y Van Loon 1998: 23). Inventario que los adeptos de los estudios culturales puedencreer muy impresionante, pero que no guarda punto de comparación en su riqueza de op-ciones con lo que la antropología o la sociología llevan hecho en más de un siglo de acti-vidad bastante más responsable y controlada. Lo digo con mayor énfasis entonces, porquesu propia bibliografía no me deja mentir: no sólo los estudios culturales están estandari-zados en tres o cuatro formas fijas, sino que más allá de sus temas (que también se hanvuelto previsibles en su búsqueda siempre idéntica de originalidad a todo trance) en loargumentativo constituyen el cuerpo escrito más rígido y repetitivo del que se tenganoticia. Los estudios podrán ser centenares, pero los temas recurrentes de suselaboraciones teóricas se cuentan con los dedos de una mano, y hasta puede que noscueste trabajo asignar uno al meñique. Lo mismo cabe decir del fondo de conocimientosedimentado por sus análisis empíricos, que los propios culturistas comienzan a percibircomo uno solo, repetido infinidad de veces (Donald 1990: passim; Harris 1992: 141;Tester 1994: 10; Ang 1996: 240; Morris 1996: 20; Downing 1997: 188; Werbner 1997:41).De tener que complementar mi definición personal con alguna otra, sin duda recurriría ala drástica decisión del crítico Todd Gitlin: “No desearía detenerme en problemas de definición, cuyo tedio sólo es equiparable a su carácter inconcluyente y su circularidad. El examen interminable de lo que constituye exactamente los estudios culturales (o su objeto, la ‘cultura’) es en sí mismo parte del problema que intento diagnosticar. Mejor que eso, pretendo desatar (si no cortar) el nudo gordiano con la simple afirmación de que los estudios culturales son la actividad practicada por la gente que dice que está haciendo estudios culturales” (Gitlin 1997: 25).Otras definiciones alternativas son posibles, aunque casi ninguna de las que se encuentranen el corpus son definiciones formales, sino más bien catálogos de los asuntos que los es-tudios culturales acometen. A los practicantes de los estudios culturales, además, les fas-cina alegar la imposibilidad de definirlos. Veamos este ejemplo y retengamos, asimismo,las metáforas que hablan de espacios, mapas, posiciones y vectores porque volverán apresentarse tanto en las (in)definiciones como en los procedimientos: “Cualquier intento de ‘definir’ los estudios culturales queda de inmediato atrapado en un dilema. No hay una sola posición de los estudios culturales, sea sincrónica o dia- crónicamente; siempre hay proyectos, compromisos y vectores múltiples, solapados, cambiantes, de acuerdo con los cuales ha continuado rearticulándose a sí mismos. Los 9
  10. 10. estudios culturales están constantemente renegociando su identidad y reposicionándose dentro de mapas intelectuales y políticos cambiantes” (Grossberg 1996a: 181).Pero ¿de qué estudios culturales se está hablando en estos casos? Como luego se compro-bará, hay que advertir que existen a grandes trazos dos modalidades disímiles de estudiosculturales: por un lado está el corpus canónico de Williams-Thompson-Hoggart et al. ylos textos que prolongan la idea original de estudios de la cultura popular inglesa; por elotro se agrupa lo que en general pasa hoy por estudios culturales lato sensu, y que a pesarde las infaltables referencias al canon no tiene mucho que ver con él en términos de mé-todo, política, reflexividad y elaboración conceptual. Cuando aquí hablamos de estudiosculturales nos referimos invariablemente a la segunda especie, ya que la primera es, comose verá (y según un amplio consenso) tan provinciana y tan pegada a su contexto quenunca habría significado una preocupación para las disciplinas constituidas. Aunque tam-bién revisaremos la primera fase, agradeceré entonces que no se piense en Thompson,Hoggart o Williams cuando formule una apreciación que no los alude, y que nos concen-tremos en evaluar qué cabe esperar de los estudios cuando su autor no tiene la fortuna deser uno de estos próceres.Algunos historiadores de los estudios culturales hablan de cuatro, cinco o más fases en sudesarrollo histórico. Lawrence Grossberg (1997a: 206-207), por ejemplo, distingue las si-guientes “visiones” sucesivas: Humanismo literario. Comprende las obras clásicas de Richard Hoggart (1957) y Raymond Williams (1961), y abarca desde 1957 hasta 1969. Sociología dialéctica. Esta fase se extiende desde fines de los años sesenta a co- mienzos de los setenta. A través de Stuart Hall, incorpora eclécticamente herramientas de la semiótica y el estructuralismo francés. Culturalismo. Sería la modalidad más identificada con la actividad del Centre for Contemporary Cultural Studies de Birmingham (CCCS) y los estudios culturales en general. Su conductor principal sería también Hall, esta vez elaborando largamente conceptos extraídos de Louis Althusser. Características de esta visión serían dos mo- dalidades de estudio ‘etnográficas’ que se desarrollaron paralelamente: la primera es- taría constituida por estudios de las subculturas juveniles, mientras la segunda ofrecía un modelo de análisis de la comunicación mediática basada en los principios de enco- ding / decoding. Estructural-coyuntural. Esta fase iría desde fines de los años setenta a inicios de los ochenta. Una vez más el líder sería Stuart Hall, pero ahora incorporando ideas gramscianas (vía Laclau) que tienen que ver primordialmente con la articulación y la hegemonía. Posmoderna-coyuntural. Este período va desde mediados de los años ochenta a fines de los noventa. Naturalmente, y aunque él se abstiene de explicitarlo, su porta- voz más representativo sería quien propone la periodización, o sea Lawrence Gross- berg.Ninguna tipificación de las pocas que se han propuesto invalida la segmentación que yopropongo y que discierne sólo dos fases; las diferentes seriaciones aplican criterios demayor o menor granularidad, sin que ninguna escala de tratamiento sea intrínsecamente 10
  11. 11. mejor que otra. Si mantengo el número de fases de que hablaba, simplemente, es porqueresulta manejable y operativo en relación con los argumentos que me propongo analizar ycon la forma en que los propios actores plantean sus discusiones recurrentes. Si tuvieraque definir cómo mapea mi ‘segunda fase’ contra el esquema de Grossberg, diría queaquella comprende una parte importante del ‘culturalismo’ y la totalidad de las dos fasesrestantes.TemasComo sea, los estudios culturales de la segunda fase pueden caracterizarse mejor por suespectro temático que por su articulación teórica. Una forma de agruparlos podría ser lade Nelson, Treichler y Grossberg (1992: 18-22), quienes por lo menos intentan una tipo-logía que no incluye la palabra ‘etcétera’. Aun así, no puede esperarse una clasificaciónformal atravesada por criterios uniformes en un amasijo que es diversificado por defini-ción, y que estaría en espera de que se fijen delimitaciones para proceder a violarlas. Losrubros de preferencia de los estudios culturales serían entonces: Género y sexualidad Identidad cultural y nacional Colonialismo y postcolonialismo Raza y etnicidad Cultura popular Estética Discurso y textualidad Ecosistema Tecnocultura Ciencia y ecología Pedagogía Historia Globalización en la era posmodernaUn poco más formalmente, en la especificación oficial que fundó el programa de grado yposgrado de Estudios Culturales en la Universidad de California en Davis (Newton et al.1998: 562), los “campos específicos de énfasis” de la especialidad (en los que observare-mos, no por última vez, una cierta fusión líquida de temas y teorías) distingue los si-guientes rubros: Género y sexualidades Raza, etnicidades y representación cultural Política, religión, comunidades y representación cultural Cultura popular Culturas nacionales, transnacionalismo y globalización Ciencia y sociedad Estudios históricos Retórica y teoría críticaObsérvense los pequeños actos fallidos: ‘representación cultural’ figura dos veces; ‘retó-rica’ y ‘teoría crítica’ van en yunta. Regístrese también el efecto del paso del tiempo: enel segundo programa las sexualidades son plurales. 11
  12. 12. Hay en todos estos programas y antologías una cierta abundancia, casi ampulosa. Sin em-bargo, ni uno solo de todos esos ítems, con la posible excepción de la comunicación me-diática (conspicuamente ausente de ambas tablas), estaba faltando en la agenda de la an-tropología. Más aun, los antropólogos que recurran a los estudios culturales en busca deenfoques novedosos sobre cuestiones genuinamente culturales se verán decepcionados.Escribe Signe Howell: “Hasta ahora, y hasta donde conozco, no hay estudios de sociedades ‘exóticas’ geo- gráficamente distantes que hayan salido de los estudios culturales. Los practicantes de los estudios culturales están interesados primariamente en comprender los fenómenos y procesos culturales dentro de su propio dominio cultural, por los cuales entiendo (y ellos entienden) el ‘Occidente’ capitalista industrializado, un Occidente que cada vez más incluye al Japón y a la cuenca del Pacífico, pero sin tomar en cuenta las numerosas variedades locales” (Howell 1997: 112).En los países periféricos que hayan comprado la idea de los estudios culturales se encon-trarán, sin duda, aquellos exotismos que están más allá del examen poco cosmopolita deHowell, pero seguirán faltando los estudios cruzados y las miradas distantes que constitu-yen la carne misma de la antropología. Los culturistas de ultramar o del Tercer Mundo,reunidos por ejemplo en Grossberg et al. (1992), tienen nombres insólitos y en ocasioneshacen portación pública de su alteridad, hablando como embajadores plenipotenciarios desus aldeas; pero sus textos en general compiten por demostrar que están al día en la lectu-ra de Derrida, Laclau, Bourdieu y Foucault, y que pueden deliberar en argot posmodernocon la más elegante fluidez. Fuera de los títulos personales de sus autores, de las locacio-nes temáticas y de un pequeño repertorio de expresiones poscoloniales, metodológica-mente hablando la diversidad cultural no ha dejado ninguna impronta. Quien busque, ade-más, el menor atisbo de abordajes comparativos saldrá más decepcionado que Howell, yesta vez con mejor razón. Que la antropología comience su investigación tomando comopunto de inicio el extrañamiento y la desnaturalización de la cultura (aun cuando la cultu-ra a indagar sea la propia) arroja una consecuencia adicional cuando se la pone al lado delos estudios culturales: lo que para este constituye a menudo un descubrimiento (“estefenómeno cultural no es ‘natural’ sino arbitrario, o las cosas no son lo que parecen”), parala antropología es una presuposición que apenas merece discutirse, la premisa que otorgaa la misma disciplina su razón de ser.ComplejidadesTampoco se encontrarán en los estudios elaboraciones que den cuenta de la verdaderacomplejidad de los asuntos culturales. Por supuesto, casi todos los días dejan constanciade su toma de conciencia de esa complejidad. Grossberg, por ejemplo, refiere “la comple-ja dialéctica entre cultura y sociedad” (1997a: 212), “la complejidad estructurada y la es-pecificidad histórica de las formaciones sociales y culturales” y “los complejos procesosde sobredeterminación” actuantes (p. 216), así como “las redes complejas y cambiantesde las relaciones sociales” (p. 223). Jennifer Slack, igualmente, postula que “el análisis decualquier situación o fenómeno concreto entraña la exploración de encadenamientoscomplejos, múltiples y teóricamente no-necesarios” (1996: 119). En sólo tres páginasescogidas al azar Graeme Turner también habla de la aplicación de “teorías sociales com-plejas”, de la “complejidad de las cuestiones teóricas”, de “problemas reales genuina- 12
  13. 13. mente complejos”, de la “complejidad de la conceptualización” y de “un campo impor-tante y complicado” (1990: 4-6).Raro sería que no dijeran que las culturas son laberínticas: todas las disciplinas se jactande la complejidad de su objeto de estudio, y ganan más puntos cuanto más enredado lopresenten. Pero el babel del objeto no se traduce automáticamente en fecundidad del apa-rato teórico. Para poder operar a la escala y con la contundencia exigidas por la coyuntu-ra, haría falta elaborar tejidos teóricos de rico tramado, capaces de entregar resultadosque estén a la altura de esa complejidad. En los estudios, la complejidad del objeto se tra-duce, lo más a menudo, en el embrollo discursivo en que terminan incurriendo quienes loabordan, en gran medida gracias a nutridas referencias a fuentes continentales (Althusser,Bourdieu, Derrida, Gramsci, Lacan, Foucault) que siempre son, característicamente, de-masiado opulentas y profundas para hacerles justicia en el espacio disponible.Los culturistas más inclinados al estilo posestructuralista se entretienen más hablando dela complejidad que analizándola o resolviéndola. Acto seguido, confunden el pandemó-nium de su propia escritura con el intrincamiento que creen descubrir en la realidad a laque se asoman gracias al marco que han adoptado. Es, literalmente, el ‘pensamiento dé-bil’ en acción, con las consecuencias que cabe esperar. Como lo dice Keith Tester, “losestudios culturales son un estudio de las superficies y una atribución de profundidades”(1994: 30). Lejos de revelar riquezas antes inexploradas, la ‘complejidad’ del objetohabla más bien del predicamento de un marco que lisa y llanamente no puede con él.Una recorrida a vuelo de pájaro por la literatura usual de los estudios culturales bastarápara que cualquier lector verifique en qué medida los culturistas interpretan el innegableesplendor de su objeto (o sea, la cultura) como si fuera un atributo de las indagacionesque se han elaborado a su alrededor. Y a la inversa, el brillo que destella la cultura sirvepara disimular muchas veces el carácter rutinario y la textura ligera de los análisis que sele dedican. He encontrado análogos de esta doble confusión en diversas disciplinas (en lamusicología, por ejemplo), pero la magnitud del equívoco en los estudios culturales esrealmente pasmosa. En pocos lugares se percibe mejor esto que en el tratado “teórico ymetodológico” de John Storey (1996a). El libro, en un arrebato de pleonasmo cuádruple,se llama expresamente Cultural studies and the study of popular culture. Theories andmethods. Ahora bien, el texto no está articulado en absoluto en función de teorías y méto-dos: son los objetos cambiantes de otros libros que se van resumiendo los que imponen laestructura. Tras ocho páginas de introducción que se dedican más a la historia institucio-nal del movimiento que a cualquier análisis teórico, Storey pasa a comentar unos cuantosestudios en capítulos que versan sobre “televisión”, “ficción”, “filmes”, “diarios y revis-tas”, “música popular” y “consumo”.Imaginemos como sería el caso en antropología: si siguiéramos la misma pauta, en lugarde ordenar un libro sobre teorías y métodos en función de categorías tales como ‘evolu-cionismo’, ‘funcionalismo’, ‘estructuralismo’, ‘marxismo’, ‘materialismo cultural’, ‘an-tropología interpretativa’, etc., o de la sucesión histórica de los diversos modelos, lo ha-ríamos en términos de ‘religión’, ‘parentesco’, ‘tecnologías’, ‘patrón de asentamiento’,‘tatuajes’… como si las formas teóricas no tuvieran peso suficiente para vertebrar una ex-posición de lo que debiera hablarse: esto es, de teorías y métodos. También las historiasdel movimiento están organizadas a partir de la sucesión de libros de los que importa másel objeto cultural que incorporan que el marco teórico que despliegan, el que parecería ser 13
  14. 14. apenas un epifenómeno de un tema desbordante (Turner 1990). Incluso los libros críticos,como el análisis de David Harris sobre los efectos del gramscianismo sobre los estudiosculturales se organizan sobre el mismo esquema: educación, juventud y política simbóli-ca, medios de comunicación de masas, ocio, placer, deporte y turismo (Harris 1992). Alcabo de una lectura como la de Storey u otras que se atienen al mismo patrón (p. ej. Mc-Robbie 1994, Brooker 1998), el lector comienza a preguntarse si los films de JamesBond, la música pop o el surgimiento de los centros comerciales como formas culturalesno habrán tenido más incidencia en la trayectoria teórica de los estudios culturales que lapropagación del posmodernismo, el agotamiento de la semiótica o las tribulaciones delmarxismo occidental.Es en relación con esta obesidad del factor temático que la antropóloga Pnina Werbnerrealizó el siguiente planteo en el debate sobre las relaciones entre estudios culturales yantropología que se realizó en Manchester en 1996. Werbner caracteriza “ … un problema real que afronta la antropología vis-à-vis los estudios culturales. Los estudios culturales son atractivos, fascinantes e interesantes. Ellos venden; son una mer- cancía que hace grandes mercados de venta; se refieren a cuestiones y temas que les ha- blan a la gente joven, a pre-graduados, sobre género y sexualidad; les son familiares. Mientras que la buena antropología, la antropología seria, es un poco sosa; es un poco lenta; habla sobre cuestiones del otro lado del mundo, en las que [los estudiantes] pueden no estar interesados” (Wade 1996: 52-53).Esta argumentación ha resultado ofensiva para los culturistas, quienes sienten que Werb-ner está insinuando que los estudios sólo poseen un atractivo superficial. David Morleysitúa la postura de Werbner en la misma tesitura que en el juicio de Ferguson y Golding,quienes habían dicho que los estudios culturales son “superficialmente glamorosos”(Morley 1998a: 481-482). Dejemos de lado que los estudios sean o no superficiales, por-que en un juicio semejante siempre habrá espacio para la subjetividad. Pero ¿no son ellosen efecto glamorosos? Ceteris paribus, y sinceramente: entre un ensayo que se llama “Es-tructura de los mitos no-etiológicos entre los Ayoreo-dé” y otros titulados “LeyendoHustler” (Kipnis 1992), “Mirando Dallas” (Ang 1985), o “Cómo se usa un condom”(Treichler 1996) ¿cuáles elegiría usted leer primero? ¿No recurren ellos mismos a susustancia temática para publicitar su propio atractivo? ¿No hay acaso en la celebracióndel ‘interés’ que despiertan los studies, antes que en el examen de su factor teórico, unapizca de ese espíritu mediático que hace que un producto termine juzgándose por supotencial de recaudación?Con todo su énfasis en lo cultural, los estudios culturales no han experimentado ni porasomo el choque con la diferencia que ha sido esencial en el registro histórico de la antro-pología, y que ha coadyuvado a multiplicar y elastizar los conceptos y métodos de estadisciplina hasta el límite de lo imaginable. A pesar de las apariencias cuando se visita unalibrería en el primer mundo de habla inglesa, los estudios tampoco disponen de un patri-monio escrito de magnitud parecida. Hay, sí, unas pocas docenas de libros y varios cen-tenares de artículos, pero en principio los estudios son humanamente abarcables, mientrasla antropología se ha disgregado en mucho más que sus ‘cuatro campos’ canónicos y enuna veintena de especializaciones sumamente diferenciadas, muchas de las cuales requie-ren conocimientos técnicos específicos. Algunas técnicas corrientemente usadas en antro-pología (el análisis de redes, por poner un caso) son lo suficientemente ricas y complejas 14
  15. 15. para justificar una vida de investigación (véase Wasserman y Faust 1994). Y ya que men-cioné las técnicas, registremos el hecho de que en todas sus décadas de existencia, los es-tudios culturales no se sintieron en la necesidad de crear ninguna.Por otro lado, los estudios culturales se mostrarán tanto más abarcables cuantos más tex-tos se vayan leyendo. Al principio parece que no se acabará nunca de asimilar tanta pleni-tud, pero en breve, casi demasiado pronto, la curva traza su codo de rendimiento decre-ciente, y se percibe una sensación de pleonasmo, de cliché, de previsibilidad. En un parde meses el lector que se asome al campo percibirá que los actores que dinamizan el mo-vimiento y que tienen alguna personalidad teórica son siempre los mismos. Proponiéndo-me documentar estas aparentes gratuidades, el siguiente apartado se asomará a su demo-grafía y a su anatomía íntima, para demostrar que su extensión está bastante lejos dealcanzar la dimensión, la profundidad y la riqueza que sus practicantes le atribuyen.Delimitaciones: la línea de sombraDependiendo del autor, estudio o el simposio que se trate, los estudios culturales incluyeno no a los estudios de género, a los gay, lesbian o queer studies, los estudios emic deafro-norteamericanos, chicanos y asiáticos, los manifiestos multiculturales, los estudiosclasistas, las teorías de la globalización, los estudios poscoloniales o lo que fuere: los ti-pos de campos proliferantes que los culturistas acostumbran llamar area studies. Las másde las veces las referencias que pueden encontrarse son inclusivas, o al menos los víncu-los entre todos estos movimientos parecen ser fuertes, fluidos y cordiales. En ocasiones,sin embargo, encontramos afirmaciones como la de Douglas Crimp, quien escribe: “Pien-so que sería mucho más productivo para un área de estudio amplia, como la de los estu-dios culturales, incluir trabajos sobre la sexualidad dentro de su alcances” (1992: 133).También Herman Gray, aunque reconoce migraciones y oscuridades aquí y allá, contra-pone estudios culturales y area studies (1996: 211-212).Sucede como si cada autor, o cada estudio, escribiera su propia versión de las incumben-cias disciplinares, del estado de las tradiciones intelectuales, sus acuerdos y sus rupturas.Por eso es ilusorio pensar que los estudios queer, el cyberpunk, el multiculturalismo, etc.,están todos automáticamente inscriptos en los estudios culturales. Para algunos de ellosesa distinción es relevante, para otros no, mientras que un tercer grupo simplemente habi-ta alguna de las viejas disciplinas o en su propio microambiente, y algunos más (bellhooks, Kobena Mercer, Homi Bhabha, Paul Gilroy) deambulan libre pero selectivamenteentre un campo y otro.Los estudios culturales no son necesariamente sinónimos de los estudios poscoloniales,aunque ambos movimientos suelen mezclarse en ocasiones acotadas. Culturistas comoSimon During, Meaghan Morris y el mismísimo Stuart Hall, por ejemplo, forman partedel comité internacional de la revista Postcolonial Studies, en la que publican autores quese definen usualmente como practicantes de los estudios culturales. Pero (fuera de lo queMoore-Gilbert ha llamado la “santísima trinidad” que domina este campo: Edward Said,Homi Bhabha y Gayatri Spivak) hay un plus de historicismo y economicismo en los es-tudios poscoloniales que lo convierten en una especialidad sui generis; tampoco hay enellos el índice de reflexión sobre su identidad disciplinar que es característico del cultu-rismo. Cum grano salis, los estudios poscoloniales son también diaspóricos y ex-colonia- 15
  16. 16. les por definición; tener apellido inglés y escribir desde las metrópolis es visto en elloscasi como un handicap. Lejos de Hoggart, Williams y Thompson, los predecesores reco-nocidos por los poscolonialistas suenan con otras resonancias: el sudafricano Sol Plaatje,el martiniqués Frantz Fanon, el indio Ranajit Guha, los africanos Chinua Achebe y AntaDiop (véase Moore-Gilbert 1997: 5).Está también el hecho de que hasta fines de la década de 1980, ningún autor de estudiosculturales menciona al poscolonialismo. Por más que ambos movimientos convergen o seentrecruzan en unas difusas ‘humanidades críticas’, decididamente no son la misma cosa.Digamos más bien que la teoría poscolonial constituye un campo temático que congregaa estudiosos de diferentes extracciones, incluyendo algunos que se identifican con el cul-turismo (Bhabha), junto a otros que suelen rechazar esa identificación (Said) o que la re-lativizan (Spivak), y a una inmensa mayoría para la cual los estudios culturales no son enabsoluto relevantes (véanse Mongia 1996; Moore-Gilbert 1997: 6 et passim; Gandhi1998; passim).Lo mismo vale para el multiculturalismo y los llamados “estudios étnicos y de migra-ción”. En Multiculturalism: A critical reader (Goldberg 1997), que es al multiculturalis-mo corporativo lo que Cultural Studies (Grossberg et al. 1992) es a los estudios cultura-les, la disparidad entre ambos campos está continua y nítidamente marcada por todos losautores. El multiculturalismo, expresa el Chicago Cultural Studies Group (1994: 114),“ha producido una ráfaga de pensamiento utópico aun más grande que la de los estudiosculturales”. También ha eludido a la antropología, según Bruce Knauft, “mucho más de loque lo han hecho los estudios culturales” (1996: 250). El culturista Cary Nelson, para ma-yor abundamiento, se resiste a la absorción de los estudios en el multiculturalismo, distin-guiendo perfectamente entre ambos: “No es obligatorio que los estudios culturales aprueben una lucha por la dominación entre los que han sido privados del derecho de representación. En Norteamérica, el multicultu- ralismo a veces degenera en una forma de política de la identidad competitiva, en la cual los grupos oprimidos y marginados se esfuerzan en destacarse en una jerarquía basada en el registro histórico de sus sufrimientos. … Los estudios culturales pueden establecer a- lianzas con el multiculturalismo pero deben resistirse a ser absorbidos por él. De la mis- ma manera, si el trabajo multicultural ha de reclamar un lugar dentro de los estudios cul- turales, no puede ignorar el trabajo innovador que otros investigadores en los estudios culturales han hecho sobre la raza, el género y la etnicidad” (Nelson 1996: 281-282).Por poco que se lea de un movimiento y de otro, se percibirá que aunque hay una zona desombra, ambos están razonablemente bien diferenciados. El multiculturalismo es ecumé-nico y multilingüe, los estudios culturales han surgido como una excrecencia de los de-partamentos de literatura inglesa (Goldberg 1997: 31). Aquel surge de la fricción entre di-versas culturas y razas, estos emergen (muy al principio de su historia) de contradiccionesentre clases. El multiculturalismo tampoco ejecuta, casi se diría por definición, el ritualde pertenencia a un movimiento que encuentra su identidad en la evocación protocolar delos sucesos de Birmingham. De allí que las nomenclaturas de propuestas como EstudiosCulturales: Reflexiones sobre el multiculturalismo de Eduardo Grüner (1998) sean discu-tibles desde sus mismos títulos. 16
  17. 17. 2. Genealogías: ¿Cómo es la demografía de los estudios culturales? ¿Hay abundancia de textos de referencia, o más bien una proliferación de artículos breves y unos pocos proyectos de cierta envergadura?Orígenes y rupturasSi lo primero tuvo que partir de una definición, lo segundo tiene que ser una genealogía:¿A qué autores evocan los estudios culturales cuando se trata de establecer sus propiosorígenes? ¿Es la base histórica de los estudios culturales lo suficientemente sólida, clara ydistinta para calificar como estrato fundacional, o ella es a su vez derivativa de otras tra-diciones? ¿Hay continuidad entre la fundación y sus secuelas, o más bien se percibe unaruptura?Pues bien, si hay algún consenso en el corpus, este consiste en remontar los orígenes delmovimiento en la obra de Raymond Williams, E. P. Thompson, Richard Hoggart y StuartHall. Junto a la tri- o tetralogía de fundadores, podemos admitir integrando el panteón(pero en un nivel ya un poco más profano) un apostolado del que forman parte algunosautores de obras precursoras como David Morley, Dorothy Hobson, Paul Willis, DavidBuckingham, Tony Bennett y John Fiske. Este último va a ser, con el tiempo, el quedesempeñe el papel de Judas.Algunos se arriesgan a incluir en el corpus a Antonio Gramsci, Louis Althusser y PierreBourdieu (Brantlinger 1990: ix; Sardar y Van Loon 1998; Rosaldo 1994: 525). Un pocomás y todo el posestructuralismo queda incluido, y de allí a la semiología hay un solopaso. Las compilaciones de Munns y Rajan (1995) y de Simon During (1997) borrancualquier contraste entre practicantes, inspiradores, indecisos, independientes e influidosincluyendo textos de Theodor Adorno y Max Horkheimer, Marx y Engels, Jacques Lacan,Marshall McLuhan, Roland Barthes, Teresa de Lauretis, Sherry Ortner, Jean-FrançoisLyotard y Armand Mattelart. Algunos habían muerto antes que los estudios culturales sehicieran públicos, otros no han tenido comercio con el movimiento, algunos más entran ysalen sin demasiado fervor militante, y los restantes se espantarían al verse incluidos. Lamayor exageración abarcativa viene de James Carey, quien incluye una “tradición antro-pológica norteamericana” que se identifica con Clifford Geertz y que se llamaría “cienciacultural” (citado por Graeme Turner 1990: 3). ¿Geertz y sus discípulos hablando de cien-cia? Aparte que Carey y Turner parecerían no haber profundizado gran cosa en algunas delas corrientes más visibles de los últimos tiempos, la creencia que posibilita la impunidadde esas observaciones resulta ser el impúdico entimema de que basta con nombrar unaporte ajeno para que de inmediato se redefina como capital propio. Como luego veremoscon detenimiento, la simple enumeración de las estrategias o un uso circunstancial deconceptos descontextualizados satisface una integración imaginaria que sólo una deta-llada elaboración teórica podría resolver en la vida real.En efecto, uno de los artificios discursivos más frecuentes entre los promotores de los es-tudios culturales consiste en atrapar dentro de las coordenadas del campo autores que ta-xativamente no pertenecen a él. Dado que el credo rubricado por los culturistas exige,entre otras cosas, la disolución de la autoridad académica, en este caso la pertenencia almovimiento debería quedar sistemáticamente desmentida para aquellos que insisten en no 17
  18. 18. participar ya sea de los estudios culturales o del ideario posmoderno que en los últimostiempos los acompaña. En otras palabras, si se acepta que la ‘autoridad autoral’ de quienescribe tiene su límite en lo que los antropólogos llaman el punto de vista nativo, no hayformar de ganar para la causa a quien no manifiesta de antemano su pertenencia a ella.Sardar y Van Loon (1998: 71-73) insisten, sin embargo, en apropiarse del sociológo y an-tropólogo Pierre Bourdieu, y luego emplean un número desusado de páginas (ibid.: 106-115) para hacer creer que también Edward Said participa de la causa. Graeme Turner, yaque está, se apodera de Michel de Certeau (Turner 1990: 3), quien en vida no sólo nomencionó nunca a los estudios culturales, sino que tampoco tuvo oportunidad de referirsea sus autores representativos aunque más no fuera al pasar. Bourdieu se ha situado expre-samente en contra de estas aventuras, en una crispada defensa de las prácticas académicasy de la sociología como ciencia social, titulada “The scholastic point of view”, que es a-demás una invectiva contra el posmodernismo (Bourdieu 1990). Said también se ha ma-nifestado en contrario: “ … me citan como uno de los mentores de las nuevas corrientes críticas y sin embargo no me reconozco en este tipo de trabajos. Sucede que ciertas áreas de la teoría literaria, la crítica feminista y la crítica poscolonial están destinadas a un ámbito muy reducido. Y sucede también que hay algunos cambios de enfoque que no comparto en absoluto.” (Speranza 1998: 5).Dialogando nada menos que con Raymond Williams en 1986, Edward Said cuestionafrontalmente el estilo de provocación, las bravatas y el tono autoritario que se han adue-ñado de los estudios culturales, e invita a “sentir fuerte horror ante las ortodoxias sistemá-ticas o dogmáticas” en las que aquellos participan (Williams 1987 [1997: 222]). Por aña-didura, Cultura e imperialismo, uno de los últimos trabajos de Said, instrumenta una ferenovada en el poder del conocimiento y su incidencia en los procesos de emancipaciónque es por completo ajena al modelo (Said 1994: 329). Said es claro a ese respecto, unavez más “en absoluto”: “En ese sentido, tengo una visión política y social que no coincide con el pensamiento posmoderno, extremadamente localizado, un pensamiento suntuoso que deriva del capita- lismo tardío y la globalización de un sistema que fracasa en todo el mundo. … El pensa- miento posmoderno me parece un derroche improductivo que promueve una actitud de- rrotista con la que no concuerdo en absoluto” (Speranza 1998: 6)Como sea, el CCCS surge en 1964 y es en el discurso inaugural del centro, pronunciadopor Hoggart, donde el término ‘estudios culturales’ hace su primera aparición (Inglis1993: 130; Hoggart 1970; Storey 1993: 67). De todas maneras, la historia de los orígenesha sido narrada tantas veces (incluso en filmes4) que voy a reprimir aquí la tentación decontarla nuevamente (véanse Turner 1990; Brantlinger 1990; Inglis 1993; Storey 1993;Sardar y Van Loon 1998: 24-43). Lo único a agregar es la referencia al hecho, discreta-mente amortiguado, de que el CCCS ya no existe como tal. Ya no lo dirigen ni RichardHoggart, ni Stuart Hall, ni Richard Johnson, sino que a Jorge Larrain lo han sucedido AnnGray y Michael Green; durante el thatcherismo se lo ha mezclado con el departamento desociología de la universidad y se llama ahora Department of Cultural Studies. Ya no de-4 Me refiero a Educating Rita, de 1983, dirigida por Lewis Gilbert y con guión de Willy Russell. Aunque enel film no se hace referencia explícita a los estudios culturales, el personaje de Julie Walters asiste a unaOpen University que se parece bastante al CCCS. 18
  19. 19. pende orgánicamente de Arts, sino de Social Sciences. La globalización, o más bien la a-mericanización del instituto nos ha privado con este gesto hasta de la rancia britishnessenclavada en la primera palabra de su viejo nombre.Si hay algo que diferencia a los estudios ancestrales de los que vinieron después es el in-tento de elaboración conceptual y metodológica, el esfuerzo por re-definir (ya que no decrear) conceptos, y de fijar sus alcances y valores. En aquellos ese empeño es palpable,en los segundos alcanza con citar a los primeros, o con proponer algunas enmiendas quelos demás deberían encarar pero que nunca se llevan efectivamente a cabo. Hay una dife-rencia abismal entre el esfuerzo y el trabajo de los tres o cuatro fundadores y la mecánicade citas encomilladas con que la masa de los recién llegados cree satisfacer la adminis-tración de un marco teórico.No tengo que ser yo quien fundamente una quiebra irreductible entre la modalidad fun-dacional y lo que los estudios culturales han venido a ser. Eso está suficientemente trata-do y vuelto a tratar de ambos lados de la divisoria. El propio Stuart Hall escribía: “No séqué decir de los estudios culturales norteamericanos. Estoy completamente azorado poreso” (Hall 1992: 285). James Carey vuelve a establecer la fractura con toda claridad: “El encuentro entre los estudios culturales británicos y el estructuralismo y posestructura- lismo francés ha sido, pienso, un episodio profundamente deformante. Cuando se alcanzó la división tan bien conocida entre culturalismo y estructuralismo, se tomó el camino e- quivocado, y el precio fue el abandono del programa progresista desarrollado por Wi- lliams y Hoggart y también la virtual preclusión de cualquier alianza entre estudios cul- turales y economía política” (Carey 1997a: 15).Y también Graeme Turner: “La exportación [de los análisis de audiencias] a los Estados Unidos, sin embargo, a un contexto donde la noción de lo popular ocupa un lugar muy diferente en las definiciones culturales dominantes, parece haber exacerbado una expansión ya significativa en el opti- mismo cultural que estas explicaciones generan; un optimismo que es en última instancia sobre el capitalismo y su tolerancia hacia la resistencia” (1992: 649).A todas luces, el hecho que algunos señalen como causa la mudanza a Norteamérica yotros imputen responsabilidad al surgimiento de modalidades posestructuralistas/posmo-dernas o textualistas, obedece sencillamente al hecho que los dos acontecimientos (ex-pansión y posmodernismo) son casi contemporáneos. Su pico de intensidad ocupa los pri-meros tres o cuatro años de la década de 1980. La misma inflexión puede observarse enInglaterra: “La forma en que [Raymond] Williams concibió inicialmente su proyecto tenía mucho que ver con el trabajo en educación de adultos y con su compromiso en el socialismo y el movimiento pacifista. La gente de Birmingham … inicialmente se inspiró en esa forma de pensar, y sólo más tarde unos pocos de ellos fueron absorbidos por la tormenta del posestructuralismo francés cuando este barrió las islas británicas. Muchos de los trabajos que se hacen ahora en los estudios culturales británicos me da la impresión de que se dis- tribuyen entre las formas tempranas de compromiso y las formas tardías de oscuridad” (Ahmad 1997: 52).En otras secciones investigaremos con mayor detenimiento las corrientes de influencia ylos cambios resultantes. 19
  20. 20. Del linaje ampliado a la sagrada familiaEn este contexto preciso no tiene ninguna relevancia discutir las propuestas de una sub- ocontracorriente de la sociología que se dio en llamar Interaccionismo Simbólico. Lo quesí es significativo es asomarse a las estrategias integrativas de un interaccionista represen-tativo, pues ya las hemos encontrado, idénticas, en las manipulaciones de los partidariosde los estudios culturales en su esfuerzo por acaparar un patrimonio respetable de precur-sores.El canon Empírico/teórico Transición/nuevos Crítica/fermento Etnografía Diversidad/nueva1890-1932 1933-50 textos 1963-70 1971-80 teoría 1951-62 1981-90James 1890 Mead Gerth & Mills Garfinkel 1967 Hughes 1971 Perinbanayagam 1953 1985Cooley 1902 Blumer Gouldner 1970 Douglas 1976 Faris 1952 Habermas 1987Mead 1910 Peirce Becker 1970 Comienza la Goffman 1959 Interacción Reynolds 1990Dewey 1922 Karpf Simbólica 1977 Shibutani 1961Thomas & Krueger & Rock 1979Znaniecki 1918-20 Reckless 1930 Shils 1961 Douglas &Simmel 1908 Lindesmith 1947 Becker & al 1961 Johnson 1977Park & Burgess Lindesmith &1921 Strauss 1949Payne Fund 1928 Conwell & Sutherland 1937Zorbaugh 1929 Lee 1949Shaw 1930 Dollard 1935Rice (comp.) 1931Blumer 1931 Cuadro 1 - Panorama histórico de la Interacción Simbólica. Fases y períodos según Denzin (resumido)En estas páginas proporciono el inventario de predecesores elaborado por el interaccio-nista simbólico Norman Denzin, sin que las referencias textuales que incluye hayan sidovolcadas en mi bibliografía. Lo verdaderamente esencial del cuadro proporcionado porDenzin en un texto en el que intenta incluir su movimiento dentro de los estudios cultura-les, o tal vez mejor subsumir a estos como parte de aquel (Denzin 1992: 9), es que el es-tudioso no manifiesta escrúpulos en mencionar como parte del movimiento textos que noguardan con él una relación explícita y que en ocasiones se inscriben en polos opuestosde método, intención e ideología. ¿Que dirían, por ejemplo, el pragmatista Charles Peirce(fallecido en 1914), el etnometodólogo Harold Garfinkel5 o el neomarxista Jürgen Haber-mas de verse apiñados en semejante compañía?5 Insisto en que la etnometodología no es lo mismo que el interaccionismo simbólico. En la propia introduc-ción del libro de Denzin se lee claramente: “Cuando la etnometodología apareció como un fuego en la esce-na, él [Denzin] procuró en un artículo controversial en el American Sociological Review, zanjar la brechaentre ella y su propia tradición. Los etnometodólogos rechazaron abrupta y rudamente esta propuesta dematrimonio” (Lemert 1992: x-xi). Véase también Reynoso 1998: 107-186. 20
  21. 21. Así como Denzin logra violentar los hechos y la epistemología para remontar la predece-sión del Interaccionismo Simbólico desde fines del siglo pasado hasta las puertas de pre-sente, los culturistas de fines del milenio gustan remontar su ascendencia hasta la décadade 1950, o aun antes, integrando por supuesto a Raymond Williams, E. P. Thompson yRichard Hoggart, aunque no sean ellos, ni remotamente, los inspiradores en que uno pen-saría al observar la deriva actual del movimiento.Llegados los años noventa, y en pleno triunfo de unos estudios culturales que claramentetienden a otra cosa, los sobrevivientes de aquella etapa pionera no han protestado contrasu inclusión, aunque ocasionalmente han marcado algunas diferencias. Estas se refieren,las más de las veces, a las que median entre los estudios culturales originarios y la fac-ción ‘norteamericana’ del movimiento, la que se alega es despolitizada o ideologizada enel sentido incorrecto (Stratton y Ang 1996: 361-364; Pfister 1996; O’Connor 1996). Pesea las tensiones, un líder indiscutido de la primera etapa como Stuart Hall no rechaza nipor un momento jugar el rol de patriarca en largas y lisonjeras entrevistas con LawrenceGrossberg, el representante más puro de los estudios culturales al estilo de Illinois (véaseGrossberg 1996b). Para alguien con un pasado de grandeza, pero en las puertas de la jubi-lación, es una forma de asegurarse un papel no sólo en la historia, sino también en el fu-turo. Otros precursores hicieron lo mismo cuando tuvieron oportunidad (Williams 1989;Corner 1991). Ser responsables o al menos inspiradores de un movimiento tan ubicuo ypoderoso no deja de ser halagador. Si se hace caso omiso de los detalles fastidiosos, severá uno promovido al rango de intelectual-influyente-de-nuestro-tiempo y, de paso, seobtendrá de regalo el gigantesco paquete de un movimiento ecuménico que, aunque engeneral proclama objetivos bastante distintos, por lo menos tiene la virtud de compartir elmismo nombre.Escritura colectiva y localismoDejando aparte la obra de los fundadores, que a través de Stuart Hall se prolonga hasta laactualidad, los estudios culturales de los primeros tiempos se manifestaban fundamental-mente como trabajos colectivos. “La forma cultural característica de los estudios cultura-les –se dice- es una cierta especie de libro producido colectivamente” (O’Connor 1996:188). Aunque se finge que ése es el modo de producción usual, la realidad muestra que lacolectivización de la escritura cayó en desuso hace unos buenos quince años. Hay actual-mente un cierto porcentaje de obras conjuntas a cargo de tres, cuatro y hasta cinco auto-res, pero en proporciones y con una tasa de persistencia en las asociaciones que alcanzanrangos parecidos a lo que es usual en cualquier otra disciplina. Tampoco hay tantos traba-jos colectivos memorables. El patrimonio de colectivos todavía legibles atañe a un grupode temas que casi siempre tienen que ver con personajes, publicaciones y programas tele-visivos propios de la vida cultural británica (Smith 1975; Hall, Connell y Curti 1976;Centre for Contemporary Cultural Studies 1978; 1981; 1982a; 1982b; Women’s StudiesGroup 1978; Glasgow University Media Group 1976; 1980; 1982). La sociedad que al-berga esas manifestaciones culturales, además, es tan acotada, inmediata y consabida quenadie se molesta en hacerla inteligible a los extranjeros: todo Birmingham sabe bien dequé se trata. 21
  22. 22. Sobre el provincianismo de la fase inicial y la colectiva se expiden muchos autores (véaseCarey 1997a: 3). En este sentido pocos son más elocuentes que Graeme Turner, quienpercibe (desde Australia) matices diferenciales y signos de exclusión que son ya patentesentre tradiciones de la misma lengua y de parecidos niveles de holganza económica: “Los estudios culturales británicos son también resueltamente parroquiales. La perspec- tiva consistentemente inglesa (antes que escocesa o galesa, por ejemplo) que se adopta en los estudios culturales británicos, va a menudo sin reconocimiento y sin disculpas. Lo que se describe aquí es, en alguna medida al menos, un simple anglocentrismo. Así como Gran Bretaña es la única nación que no pone su nombre en las estampillas (dado que ellos las inventaron, presumiblemente, sólo los usuarios subsiguientes necesitan identificarse) hay un patrón consistente de no-nominación en los estudios culturales británicos. Es Popular Culture: The Metropolitan experience, y no English Popular Culture; es Television technology and cultural form, y no Television in Britain. Los estudios culturales británicos hablan sin culpa ni cargo de conciencia desde el centro de Gran Bretaña y Europa, lugares ambos donde la perspectiva desde los márgenes rara vez se considera” (Turner 1992: 641-642).Casi lo mismo piensa Ioan Davies: “Buena parte de los escritos británicos han sido tan particularistas que se hace difícil para la mayor parte de la gente establecer conexiones a través de las particularidades y entre e- llas. El flujo de la cultura, incluidas las respuestas intelectuales, se pierde en un pensa- miento semejante. Los británicos también experimentan problemas con los detalles, en gran medida porque gran parte del trabajo que se discute como ‘estudios culturales’ es un análisis de segmentos particulares de una cultura mediática específicamente británica, aunque metodológicamente pudiera tener implicaciones mucho más amplias” (Davies 1995: 122).Y Paul Gilroy: “The uses of literacy de Richard Hoggart se puede colocar, junto con Making of the English working class de Thompson y The long revolution de Williams, de tal forma que se forme un triángulo alrededor del espacio más bien etnocéntrico, en el cual el desarrollo cultural y la política cultural se configuran como un fenómeno nacional exclusivamente inglés” (Gilroy 1998: 77).Y también Graham Murdock: “Aunque los estudios culturales expresamente se propusieron deconstruir esta formación de nación y pueblo, terminaron trabajando dentro de este marco general. Ciertamente, u- na gran proporción de los trabajos en los estudios culturales británicos puede ser leída co- mo una serie de meditaciones sobre ‘la condición de Inglaterra’, dedicada a interrogar las ideologías nacionales y a explorar las contraformaciones de clase, y un poco menos, de región. Como consecuencia, tienen hasta ahora muy poco que decir sobre el crecimiento explosivo de la cultura transnacional” (Murdock 1997a: 65).En pocas partes se percibe con mayor fuerza el localismo de los estudios como en la gi-gantesca serie de estudios del Glasgow University Media Group llamados Bad news(1976), More bad news (1980) y Really bad news (1982). El tema del cual se ocupa la tri-logía es el de los noticiarios televisivos británicos de la época, de los que se habla fami-liarmente, como si todo el mundo los hubiera visto, o como si a toda la ecumene debieradesvelarle semejante asunto. 22
  23. 23. Ahora bien, ¿cómo se manifiestan los estudios culturales en la actualidad? La antropolo-gía sociocultural de la primera mitad de siglo se plasmaba a menudo en etnografías exten-sas, análogas a novelas. Se llegó a constituir un corpus de algunos cientos de etnografías,a razón de una o más por cada cultura. Puestos a pensar en la variante de escritura antro-pológica por excelencia, sin duda ése es el modelo. Al lado de las etnografías surgían tex-tos que cada tanto proponían novedades teóricas y metodológicas o narraban la sucesiónhistórica de las teorías, siempre apoyándose en etnografías que, en los mejores casos, ca-lificaban como teoría y método en acción. En los estudios falta ese sustento firme de refe-rencia empírica: las obras iniciales son orientadoras y están alimentadas con ejemplos,pero hasta por lo menos 1977 ningún trabajo se asentó en lo que ellos mismos llaman‘cultura vivida’ sobre la base de una experiencia prolongada de contacto con ella.Si el género por excelencia de los primeros tiempos fue el de los ensayos colectivos, losestudios culturales de la fase diaspórica, en cambio, viven en forma de compilaciones, to-das ellas tediosamente iguales entre sí: miles de pequeñas monografías apasionadamenteindividuales, cada una de las cuales se agota en media docena de páginas, una infinidadde estudios fragmentarios de piezas de una sola cultura o de sus calcos globalizados. Apesar que ellos mismos se quejan de una supuesta sobreabundancia de teoría, no existe niun solo gran texto metodológico, ni tampoco hay una retahíla de escuelas o estilos teóri-cos susceptible de historizarse, con la excepción de unos founding fathers que hoy casitodo el mundo admite que tienen poco que ver con lo que vino después (Aronowitz 1995:320; Hall 1996a: passim; O’Connor 1996; Sparks 1996b; Pfister 1996). Aquellos se pue-den eslabonar en una narración temporal y coherente, estos se amontonan en una multitudrefractaria a cualquier intento de periodización más o menos lineal (p. ej. Graeme Turner1990: 1 a 225 versus 227 a 229).Momento de impasseA pesar de las frecuentes profesiones de vitalidad, innovación y dinámica, el estilo de losestudios culturales de (digamos) los últimos diez años no es el que se diría propio de unmovimiento en la flor de su juventud. El culturismo está viviendo su período barroco, ysobre todo en la literatura teórica reciente se encuentra claramente girando en círculos.Como veremos luego con todo detenimiento, una proporción creciente de figuras de in-fluencia está clamando por una renovación. Es increíble que un campo tan joven, apenasempezando a saborear el goce de su expansión, sienta que tiene que redefinirse y refor-mularse para poder seguir. Si los años ochenta fueron la década de mayor impulso, en losnoventa desde dentro mismo del movimiento se comienza a percibir que se les ha ido lamano. A menudo se leen advertencias en el sentido de que es necesario encontrar nuevospuntos de anclaje, siquiera relativos e inestables. Dice Lidia Curti, por ejemplo: “De modo que estamos aquí para encontrar una especie de anclaje, para proferir una ‘ver- dad’ temporaria sobre el estado de las cosas, mientras que somos conscientes, mucho más que en el pasado, de la pérdida de centralidad que nuestro rol como intelectuales nos ha conferido, y con ello de la ruptura de las antiguas garantías metodológicas, literarias y filosóficas” (Curti 1992: 134). 23
  24. 24. Los autores que han dejado de festejar, que son cada vez más, han pasado sin transicionesdel júbilo al tono admonitorio; de pronto se advierte que los programas en curso ya nopueden mantenerse. Escribe Graham Murdock: “Se está comenzando a formar un conjunto de signos de pregunta ampliamente com- partido sobre el futuro de los estudios culturales, a instancias del reconocimiento general de que se ha alcanzado una encrucijada y que es hora de arrojar una larga y dura mirada sobre nuestros proyectos y preocupaciones centrales, sobre nuestras conceptualizaciones y metodologías preferidas, y sobre las intervenciones que deseamos hacer” (Murdock 1997a: 58).Martin Barker y Anne Beezer, compiladores de una colección de estudios culturales deprincipios de los años noventa, documentan ese mismo imperativo de este modo: “… [L]o que es chocante, al menos para nosotros, es que entre los ensayos aquí reunidos hay temas comunes, preocupaciones recurrentes, lamentos compartidos. Existe la inquie- tud de que algo se ha perdido en el movimiento contemporáneo de los estudios culturales. De cualquier modo que lo hayan expresado los colegas, es una preocupación acerca de la desaparición del poder como un concepto central en los estudios culturales” (Barker y Beezer 1992: 18).Brian Doyle, de la Universidad de Glamorgan, formula esta evaluación: “Si es que ha de ir más allá de una instancia puramente escéptica, el Campo requiere una fundamentación en algún sentido de realidad o autenticidad cultural y comunicativa. En el pasado, la estabilidad del Campo se pensaba que estaba garantizada por una concep- ción objetiva de las relaciones sociales (a menudo derivada del marxismo) o por una ins- tancia cognitiva o epistemológica sostenida por la Gran Teoría. Más recientemente, la pri- mera ha sido sacudida por sucesos políticos, mientras que la segunda se está viniendo a- bajo a raíz del asedio posmoderno” (Doyle 1995: 174).Las corrientes que comparten su espíritu crítico con los estudios culturales, como el mul-ticulturalismo y los estudios poscoloniales, están experimentando sentimientos parecidos.El rendimiento decreciente y la reiteración de los argumentos posmodernos pueden teneralgo que ver con esta sensación de fatiga. Moore-Gilbert, por ejemplo, considera que e-xiste “ … una sospecha de que el ‘momento’ poscolonial se ha ido, o que al menos el ímpetu de otrora en los estudios poscoloniales se ha disipado. Tan tempranamente como en Orientalism, Said había advertido que el análisis del discurso colonial corría el riesgo de caer en un ‘sopor’ prematuro si no continuaba desarrollándose. En Colonial desire … Ro- bert Young sugiere que el peligro que había preanunciado Said ya se está materializando. Argumenta que ‘el análisis del discurso colonial como método y práctica general ha alcanzado una etapa donde se encuentra en peligro de volverse tan malamente anquilosa- do y reificado en sus estrategias … como el discurso colonial que estudia’” (Moore-Gil- bert 1997: 185).Moore-Gilbert siente, a pesar de su admiración casi incondicional por ellos, que dos delos autores canónicos del poscolonialismo más o menos vinculados con los estudios cul-turales (Gayatri Spivak y Homi Bhabha) están produciendo textos “decepcionantes” o“reciclados”, y que tienen poco que agregar a lo que ya aportaran en sus producciones deprincipios de los años noventa. Bhabha, en particular, publicó en sólo dieciocho meses,entre 1992 y 1994, tres refritos con títulos distintos de su bien conocido ensayo “The 24
  25. 25. Postcolonial and the Postmodern” (Moore-Gilbert 1997: 186-187). Con un pie en cadacampo, Stuart Hall, en un ensayo que se titula significativamente “When was ‘The Post-Colonial?’” (Hall 1996c), afirma que la anquilosis que ahora afecta a la especialidad deri-va del fracaso de sus practicantes en el proyecto de ser suficientemente interdisciplina-rios, y en su falta de capacidad para salirse de un foco de preocupaciones esencialmenteliterarias e involucrarse con disciplinas como la economía y la sociología, en primer lu-gar, que están afrontando las operaciones materiales y las consecuencias culturales de laglobalización de una manera distinta a lo que se ha tornado habitual en la arena de losestudios poscoloniales (Hall 1996c: 258).No se trata sólo que el mundo haya cambiado y que, a la luz de la globalización de la po-lítica y la cultura, el énfasis culturista en lo local pase a ser de golpe un anacronismo. Sicuando surgieron los estudios el problema era el poder y la cultura, ahora que estos dos sehan alterado a una escala y por motivos a los que el movimiento no tuvo acceso, el pro-blema pasan a ser los estudios culturales mismos. Si ahora están buscando puntos de an-claje, fundamentos de autenticidad y salidas de la encrucijada es porque ya no hay ni unaguía creíble ni un marco de contención. Fuera de los textos fundacionales y de la compi-lación de Grossberg et al. (1992), los estudios culturales no han podido engendrar mu-chos estudios de referencia consensuados en las dos últimas décadas. Acumulación ha ha-bido, y bastante, pero crecimiento no. En las próximas secciones de este estudio confío enque quede explicado por qué ha sido así. 25
  26. 26. 3. Estudios Culturales y Disciplinariedad: ¿Constituyen los estudios culturales una antidisciplina libre, o reproducen los cánones disciplinares de la ciencia normal? ¿Han cumplido los estudios culturales su promesa de apertura, o buscan instaurar alguna clase de ortodoxia?Los estudios culturales como antidisciplinaHaciéndose eco, quizás sin saberlo siempre, de la idea sesentista de Jacques Derridasobre el carácter emancipador de la deconstrucción, los estudios culturales se piensan a símismos como la actividad intelectual liberadora por excelencia. Así como Derrida nosquitaba de encima la opresión del logocentrismo saussureano, de lo primero que nos libe-rarían los estudios culturales no es de la explotación económica o de la manipulaciónideológica, sino de la sumisión de los intelectuales a las disciplinas constituidas. Desdelas coordenadas de nuestra disciplina, este gesto (aunque sea tan inmotivado como larevuelta derrideana contra el logos) nos permite vislumbrar una eventual adopción de losestudios culturales como un movimiento adicional en una progresión casi hegeliana en laque el investigador es cada vez más soberano: la antropología interpretativa nos permitióindependizarnos de las técnicas abrazando metáforas en lugar de modelos, la posmodernanos desembarazó de los métodos y las teorías, y ahora los estudios culturales nos desligande lo último que queda, a saber, la institución disciplinaria, ya para este entonces vacía detoda capacidad de coerción real. Ahora podemos tocar el cielo con las manos, y ademáshasta nos pagarán por hacerlo.Este sentimiento de liberación se traduce en un trance de festejo permanente; y la conse-cuencia de este estado es un grado de idealización, glorificación y auto-lisonja en la auto-imagen de la teoría y la práctica de los estudios culturales que no tiene parangón en losregistros de ninguna otra disciplina. Hay quienes buscan la clave de su encanto en elpropio nombre del movimiento: “Los ‘estudios’ son provisionales, flexibles, móviles; la provincia de estudiantes iguales, antes que de maestros (o peor aun, de discípulos de disciplinas, y disciplinadores). Quienes aprenden y enseñan de los ‘estudios’ han de tener actitudes de entendimiento y cualidades de corazón y temperamento que van con ellos” (Inglis 1993: 227).La independencia disciplinar de los estudios culturales se presenta no como un rasgo con-tingente, sino como un factor definitorio. Escribe Richard Johnson, miembro por veinteaños del plantel formal del CCCS y su tercer director: “[…] los estudios culturales no son una disciplina académica, sino un proceso crítico que trabaja entre los espacios de las disciplinas académicas, y sobre las relaciones entre la a- cademia y otros lugares políticos. Desde este punto de vista, algo como los estudios cul- turales necesitaban ser inventados. Ni la crítica literaria, ni la sociología, ni ninguna otra disciplina académica hubieran servido para eso.” (Johnson 1997: 452)Johnson no desarrolla (ningún otro autor lo hace) la cuestión de cuáles son los títulos quepromueven a los estudios culturales como una especie de super-sociología de la ciencia,ni las experiencias y los logros que los eximen de la falsa conciencia o de las determina-ciones contextuales de las que las disciplinas convencionales se encuentran prisioneras,como si la mera comprensión de su carácter provisional y relativo proporcionara una cla- 26
  27. 27. rividencia suplementaria, o fueran sustancia suficiente para formular un orden nuevo. Ycomo si la reciente conversión de los estudios culturales en una disciplina académicaformal tampoco afectara la superioridad que creen gozar. En actitud parecida, Jan ZitaGrover ocupa buena parte de su discusión sobre el SIDA y el trabajo cultural argumentan-do que ella tuvo que abandonar la academia para encontrar la luz (Grover 1992: esp. 235-236).Otros autores también sitúan los estudios culturales al margen de las disciplinas y repro-ducen casi exactamente los mismos ensalmos: “[Ni un dominio de objetos de estudio, ni un conjunto de prácticas metodológicas, ni un legado intelectual] convierten a los estudios culturales en una disciplina tradicional. Por cierto los estudios culturales no son meramente interdisciplinarios; a menudo son, como otros han escrito, activa y agresivamente anti-disciplinarios, una característica que más o menos asegura una relación permanentemente incómoda con las disciplinas académicas” (Nelson et al. 1992: 1-2).Y otros más vuelven a hacerlo. Stratton y Ang: “Puede decirse que lo que sostiene la vitalidad intelectual y el dinamismo de los estudios culturales es un deseo de transgredir los límites disciplinares establecidos y crear nuevas formas de conocimiento y comprensión no atados a esos límites” (Stratton y Ang 1996: 361-362).Ioan Davies: “Los estudios culturales no están en la punta de la pirámide creando una nueva ‘disci- plina’ académica: más bien, son una escaramuza guerrillera contra tales apropiaciones” (Davies 1995: 170).Michael Green, director del ex-CCCS: “Los estudios culturales no se han convertido en una nueva forma de ‘disciplina’. … La relación de los estudios culturales con las disciplinas es más bien una relación de crítica: de su construcción histórica, de sus reclamos, de sus omisiones, y particularmente de las formas de su separación. Al mismo tiempo, una relación crítica con las disciplinas es tam- bién una instancia crítica hacia sus formas de producción del conocimiento” (Green 1996: 54).Graeme Turner: “Sería un error considerar los estudios culturales como una nueva disciplina, o incluso una constelación discreta de disciplinas. Los estudios culturales son un campo interdisci- plinario … que nos ha permitido comprender fenómenos y relaciones que no eran accesi- bles a través de las disciplinas existentes” (Turner 1990: 11).Patrick Brantlinger: “Los estudios culturales, dondequiera que hayan surgido, no han sido meramente una nueva clase académica interdisciplinaria, sino un movimiento de coalescencia, una espe- cie de imán que reúne varias teorías que ahora a menudo van bajo el rubro de ‘teoría’ en una síntesis problemática y quizás imposible. Contra la reificación de las disciplinas, en la medida que estas han sido cada vez más ‘colonizadas’ por esa ‘razón instrumental’ que hace que ellas imiten a las ciencias y que se consideren a sí mismas en términos de ‘con- sideraciones de marketing’, los estudios culturales juzgan a las humanidades por otros es- 27
  28. 28. tándares, y particularmente por estándares de ‘moral’ y ‘racionalidad estética’. … Pero contra las nuevas formas de teoría radical, los conservadores construyen sus propias de- fensas ‘teóricas’ del status quo, o de algún pasado nostálgico caracterizado por la ar- monía, la simplicidad y la autoridad disciplinar” (Brantlinger 1990: 10-11).Lawrence Grossberg: “Como sitio institucional, se reinscribe [a los estudios culturales] en los protocolos aca- démicos y disciplinarios contra los cuales siempre ha luchado” (Grossberg 1996a: 178).Taieb Benghazi: “Los estudios culturales re-inflexionan, re-forman y desestabilizan las distinciones disci- plinares tradicionales, porque las fronteras fijas implicarían, como dice Derrida, un dog- matismo crítico” (Benghazi 1995: 171).Ellen Rooney: “… Si los estudios culturales se amoldaran e un formato disciplinario … abandonarían su posición como lectura crítica de las disciplinas tradicionales y de la disciplinariedad como tal, … y tomarían su propio nicho autoritario entre las disciplinas” (Rooney 1996: 211).James Carey: “Los estudios culturales … no representan un punto de vista homogéneo: no son un con- junto de proposiciones o métodos que demanden consenso universal de aquellos que practican actividad académica bajo su estandarte. Hay, sin embargo, unas pocas cosas sobre las que hay acuerdo general. Los estudios culturales surgieron como una revuelta contra el formalismo y fueron antipositivistas y antifundacionales” (Carey 1997a: 271- 272).Para Henri Giroux, David Shumway, Paul Smith y James Sosnoski, las disciplinas tra-dicionales están arbitraria y herméticamente cerradas tanto entre sí como con respecto ala sociedad que las envuelve. Las interdisciplinariedades convencionales, como los wo-men studies, los black studies, etc., también presentan fallas, porque al homologar los lí-mites entre disciplinas no ofrecen una alternativa al orden jerárquico. Ni siquiera estoscampos alternativos, aliados potenciales, se salvan de la táctica culturista de tierra arrasa-da. Lo que se necesita, dicen, es una “praxis contra-disciplinaria”, que ayude a construiruna “esfera pública oposicional” de intelectuales en resistencia. El propósito más impor-tante de la praxis contra-disciplinaria es el cambio social radical. En un curiosísimo razo-namiento henchido de lo que podríamos llamar ‘reduccionismo académico’, los autoresatribuyen a la forma y al contenido de las disciplinas nada menos que la reproducción y lalegitimación de la cultura dominante (Giroux et al. 1985: passim).En la misma línea opositiva de Giroux et al. se sitúa un llamamiento de Ellen Rooneypara que los estudios culturales lleven a cabo “una práctica anti-disciplinaria definida por el repetido, y más aun, infinito rechazo de la lógica de las disciplinas y el sujeto universal de la investigación disciplinaria” (Rooney 1996: 214).En fin, la idea de “disciplínate y perecerás” ha sido tan fatigada durante todos estos años,que los propios practicantes han tomado conciencia que ha degenerado en un estereotipo.Así lo percibe Ted Striphas, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill: 28

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