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Presentación del libro SALUD Y CONCIENCIA PUBLICA

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Salud y conciencia pública

  1. 1. Salud y conciencia pública<br />Dr. Carlos Javier Regazzoni<br />Introducción al libro: Salud y Conciencia Pública, editado por la Fundación Sanatorio Güemes de Buenos Aires, Buenos Aires 2011 <br />Dr. Carlos Javier Regazzoni (Editor), Dra. Lidia Garrido Cordobera (Directora), Dr. Pablo Di Iorio (Coordinador). <br />Autores Colaboradores: Lidia M. R. Garrido Cordobera. Doctora en Derecho de la U.B.A. e investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas y Sociales“Ambrosio L. Gioja”; el Dr. José María Monzón, Profesor Regular Adjunto de Teoría General y Filosofía del Derecho e Investigador Permanente del mismo Instituto; la Dra. Natalia Eva Torres Santomé; el Dr. Roberto Andorno, investigador en el Instituto de Ética Biomédica de la Universidad de Zurich, Suiza; el Dr. Eduardo A. Pigretti, profesor titular consulto de la UBA; la doctora Luciana B. Scotti (UBA); el Dr. José Pablo Di Dorio (UBA y Universidad de Salamanca, España); el Ing. Ricardo Emilio Franceschelli, Consultor de la Asociación Argentina de Ingeniería Hospitalaria; la doctora Nieves Di Iorio, licenciada en Ciencias Ambientales; Dra. Laura Pérez Bustamante (UBA); Dr. Juan Manuel Prevot (Concepción del Uruguay, Entre Ríos); Dra. Mónica Casares (UBA); Dr. Sergio Sebastián Barocelli (UBA); Dr. Ricardo D. Rabinovich-Berkman (UBA, y Doctor “honoris causa”de la Universidad San Pedro, Perú, y Miembro honorario del Instituto de Bioética y Derechos Humanos de la Lubelska Szkola Wyszsa w Rykach, Polonia); Dra Laura Gázquez Serrano (Universidad de Granada); Dra. Magdalena Beatriz Giavarino (UBA); Dra. María Delia Pereiro de Grigaravicius (UBA); Dr. Domingo Bello Janeiro (Universidad de La Coruña, y Académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de Galicia); Dr. Julián Emil Jalil (Secretario de Cámara, y profesor, UBA); y el Dr. Walter Krieger (UBA).<br />Introducción del Dr. Carlos Javier Regazzoni<br />Hacia finales del Siglo XX pareció cumplida la profecía de Martín Heidegger respecto de la “reversión” en la relación entre hombre y técnica. La técnica, inusitadamente, pasaría a dialogar con el hombre con pretensiones de autonomía. En una inolvidable entrevista que le hiciera Der Spiegel, en 1960 señalaba el polémico filósofo que "...a lo largo de los últimos treinta años se ha hecho cada vez más claro que el movimiento planetario de la técnica moderna es un poder cuya capacidad de determinar la historia apenas puede apreciarse...". Y con gran agudeza añadía que era "...una cuestión decisiva como podría coordinarse un sistema político con la época técnica actual...". La coordinación entre avance científico y sistema político es crucial, básicamente porque la organización social existe en tanto que algún modo de acuerdo entre los individuos condiciona al menos parte de su comportamiento, en una dirección definida. Y esa dirección o sentido social, frente a las exigencias de autonomía de la técnica, vendrá dictada o bien por ésta, o bien por la política. Pero en cualquier caso terminará por materializarse en una norma. Y es ahí donde entra en juego el derecho. Frente a la entidad de la técnica se alza la entidad del hombre que clama sus derechos, y el debate es inevitable. En última instancia, estas diferencias se radicalizan en lo jurídico. <br />Este dilema no se ha mostrado con tanta claridad en ninguna disciplina como en el caso de la medicina y aquellos saberes orientados hacia la salud del individuo. La medicina comenzó a aplicar tecnologías surgidas de la investigación científica para entender la dinámica propia del padecer humano e intentar modificar su curso. Pero conforme evolucionaba la revelación de su poder, se medicina científico-técnica se inició en caminos orientados ya no a la resolución del padecer humano, sino a la modificación de la propia vida humana. Sin embargo, la tecnología expone sus deficiencias para asumir el cometido propuesto. Porque desde la ciencia y la tecnología puras "...el paradigma hoy emergente es el de la incertidumbre..."; lejos de crear certezas sobre las cuales construir, "...en el juego de acciones-reacciones y múltiples interdependencias instituido por le pluriverso tecnológico de la red global, la ciencia ya no aumenta el poder sino que aumenta el coeficiente de riesgo, incertidumbre y contingencia de las decisiones...". <br />Pero así como la medicina instituyó de manera singular los dilemas y sus incertidumbres más angustiantes sobre la propia condición humana en el trance perentorio de la salud y la enfermedad, de igual forma el derecho mostró ser la arena propicia para debatir las imprescindibles certezas que la sociedad humana reclama frente al paradigma científico. Frente al accionar pretendidamente autónomo de la tecnología, lo único que el individuo posee para sostener su propia e innegociable autonomía son sus derechos y obligaciones, tanto individuales como colectivos. <br />No podemos afirmar que la única determinación de la globalización proviene de la expansión científico-técnica. Sin embargo, no dudaremos en decir que los rasgos más esenciales de la globalización provienen del estado de desarrollo de la ciencia. Y si reconocemos este vínculo sustancial entre globalización y desarrollo científico-técnico, igualmente tendremos que admitir que desde el interior mismo del fenómeno de globalización surge cada vez con más fuerza una idea central; que “…demanda ser humanizada, ser controlada de algún modo”. Y la primer humanización pasa por la identificación de algunas respuestas en medio de la creciente incertidumbre. Porque los hombres y mujeres concretos no pueden aceptar las incertidumbres como única devolución a sus interrogantes individuales y colectivos. Como dice Camus, el absurdo “…nace de esta confrontación entre la llamada del hombre, y el silencio inexplicable del mundo”. La falta de respuesta por parte de la medicina para con los interrogantes que su propia técnica crea, amenazan con volverla absurda. Igualmente la falta de respuesta por parte del orden político para con las demandas de la población, corre el riesgo de sumir a la ciudadanía en el absurdo. <br />Y la primer respuesta que los hombres requerimos para con nuestra comunidad es un valor común. Porque como escribe Camus, “Si los hombres no pueden referirse a un valor común, reconocido por todos y por cada uno, entonces el hombre es incomprensible al hombre…” y continúa: “…sin ese principio, el desorden y el crimen reinarán sobre la tierra”. Este libro pretende, desde el eclecticismo de autores y posturas, dar algunas respuestas a los interrogantes que el campo de la salud plantea al orden social actual. Los silencios de la creciente incertidumbre se poblarán con voces que desde el privilegiado proscenio del Derecho y lo jurídico, generarán intentos de respuesta a nuestros interrogantes.<br />En primer lugar, reivindicando el derecho a la salud como un derecho humano, esa realidad humana que a veces la técnica médica, subsidiada por los intereses del mercado, intenta vulnerar. Georges Canguilhem escribió que “Un organismo es un modo de ser totalmente excepcional debido a que entre su existencia y su ideal, entre su existencia y su regla o norma, no hay, estrictamente hablando, diferencia…”(…)“...la norma o regla de su existencia está dada en su existencia misma…”(…)“…la finalidad del organismo es interior a este y, por consiguiente, el ideal que se debe restaurar (cuando éste enferma) es el organismo en sí…”. Evidentemente esta es como la regla de oro que la medicina tiene frente de sí cuando debe actuar sobre el enfermo; hay algo perdido que debe restaurar, existe un algo debido al mismo ser humano, que le ha sido negado a este concreto humano sufriente. Pero la finalidad de la sociedad no goza de este privilegio. El mejor orden social plantea uno de los problemas capitales de la existencia humana, y desde “…que el hombre vive en sociedad, todo el mundo discute sobre el ideal de la sociedad”. La regla, el modo de ser que hace posible la vida de un organismo vivo se halla internalizada en su vida misma; pero la “…vida de una sociedad no es inherente a ella misma”. No basta con que los hombres existan juntos para que generen una sociedad justa, hecho que se opone a la naturaleza viviente, la cual solo existe si es acorde a su naturaleza, y en ello consiste su justicia.<br />Esta dificultad para encontrar los modelos a seguir para una sociedad justa nos llevará a la cuestión de las obligaciones universales, hecho que nos introduce en la esencia misma de la vida común. Porque como dice Espósito, una comunidad “…es el conjunto de personas a las que une, no una propiedad, sino justamente un deber o una deuda”; “…un deber une a los sujetos de la comunidad –en el sentido de te debo algo pero no me debes algo-”. Un deber desinteresado, que lo distingue así del deber contractual o comercial. Aquello que caracteriza a lo común, lejos de ser un “algo” de “todos”, es una “…des-propiación que inviste y descentra al sujeto propietario, y lo fuerza a salir de sí mismo”. Los sujetos de la comunidad son “…sujetos de la ausencia de lo propio”. Lo común es una enajenación de lo propio, es un espacio de extrusión del sujeto hacia fuera, que se conforma con la entrega de todos en función de todos. <br />La cuestión de los derechos y obligaciones que se entrelazan en el derecho a la salud serán examinados en las situaciones más complejas de la existencia humana, en sus orígenes, como el caso del nacimiento, o en sus componentes fundamentales, como las células madre. <br />Pero los hombres no estamos solos. El individuo aislado de su comunidad existe únicamente en la razón. Por ello trataremos de la salud como derecho universalizado, y su lugar en la agenda de integración regional de América Latina. La acuciante cuestión del medioambiente, que al margen de sus innegables repercusiones económicas, posee muy serias consecuencias para la salud de las personas, servirá como modelo para discutir desafíos transnacionales a la salud de los individuos, creados por la actividad humana, y cuya resolución convoca necesariamente a grandes bloques continentales.<br />Ahora bien, la salud como realidad social, no sólo tiene lugar en el seno de una comunidad internacional cada vez más interrelacionada, sino que sucede en el seno de un mercado. La salud, como actividad humana, es el centro de poderosas fuerzas económicas que la están llevando a una situación de criticidad nunca antes vista. Si Estados Unidos o el Reino Unido acometen sendas reformas de sus sistema sanitario, si la última crisis económica ha puesto en tela de juicio los sistemas de bienestar social más robustos de Europa, esto significa que las relaciones entre salud y mercado están en pleno proceso de cambio. Y el resultado de la metamorfosis será decisivo para muchas economías en todo el planeta, y para el mundo del trabajo en general. <br />El libro hubiera quedado gravemente incompleto de no haber incluido discusiones sobre la cuestión más propia de la relación médico-paciente: la relación de confianza entre el médico y el enfermo, materializada en la confidencialidad, el consentimiento informado, el paciente menor y vulnerable, y la responsabilidad profesional. Salud y enfermedad son dos situaciones humanas extremas, que llevan al límite de su resistencia a otros dos extremos de la relación humana: necesidad y ayuda. Es esta relación entre necesidad y ayuda la que representa la forma más elemental de asociación humana. <br />Queda agradecer a los autores. La medicina es una cosa muy seria, y toda su gravedad le viene de la particular posición en que identifican al hombre; como necesitado de otros para sobrevivir, y como llamado por una altísima vocación para servir. Esta dinámica pone de manifiesto además, como ningún otro signo clínico, los aspectos más esenciales de la vida en común: la conciencia de lo público como lugar de encuentro de obligaciones mutuas. <br />

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