Relaciones Interpersonales

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Una mirada a lo que la Biblia dice acerca de las relaciones interpersonales en la iglesia

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  • Me gustan los dibujos del arca de Noé. Generalmente muestran una escena de paz y felicidad: animales contentos, Noé sonriente, su familia feliz navegando sobre las aguas.
  • Pero sin duda la verdad es otra. ¿Pueden imaginar lo que habrá sido vivir dentro de esa arca por más de un año?
  • ¿Pueden imaginar el ruido constante de tantos animales?
  • ¿Pueden imaginar el olor que había?
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • A mí me gustan los animales; tengo tres perras. Pero las tengo en el patio de mi casa, no adentro. Me gustan los zoológicos, pero no querría vivir ahí.
  • No debe sorprendernos que lo primero que hizo Noé al bajarse del arca fue ofrecer un sacrificio al Señor, matando algunos de los animales…
  • ¿Por qué soportó Noé la incomodidad del arca, el ruido, el olor? Porque sabía cuál era la alternativa.
  • Dentro del arca había vida; fuera del arca había muerte.
    En cierto sentido, la iglesia es como el arca de Noé. No ofrece un viaje placentero como un crucero de lujo. Hay que soportar algunas incomodidades. Pero fuera de ella no hay vida. Fuera de ella no hay esperanza. No debe sorprendernos de que a veces tenemos que aguantar a nuestros hermanos en sus debilidades; ellos también lo tienen que hacer con nosotros.
  • Puede sorprendernos la cantidad de veces que la Biblia habla de soportarnos. Amar a los hermanos, edificarlos, animarlos… esos son los conceptos en que más pensamos. Pero a la par de esas ideas está la idea de soportarlos:

    Romanos 15:1   Los que somos fuertes en la fe debemos aceptar como nuestras las debilidades de los que son menos fuertes, y no buscar lo que a nosotros mismos nos agrada.


    1 Corintios 13:7 Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.


    Efesios 4:2 Sean humildes y amables; tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor;


    Colosenses 3:13 Sopórtense unos a otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.


    Quisiéramos imaginar una iglesia donde nos es fácil la convivencia, pero no es así. Al entrar en la iglesia, no dejamos de ser seres humanos, con todas nuestras fallas. Algún día seremos como nuestro Señor Jesucristo, pero aquí sobre la tierra no lo somos. La iglesia está formada de personas distintas, con personalidades distintas, costumbres distintas, gustos distintos. Para colmo, cada uno de nosotros ha recibido de Dios dones distintos. Y eso es tan cierto para los ministros del evangelio como para los miembros comunes. A veces, es aun más difícil para nosotros los ministros llevarnos bien los unos con los otros. Existen celos. Existen rencores. Puede haber falta de respeto e insensibilidad. También puede haber hipersensibilidad, las personas que se ofenden por cualquier cosa. Es necesario que aprendamos a soportarnos, a aceptar las debilidades de los demás. Queremos que todos sean perfectos como Jesucristo, pero si somos honestos, tenemos que admitir que no lo somos nosotros. Nos tenemos que soportar y perdonar, tal como los demás tienen que soportarnos y perdonarnos a nosotros.
    Un hermano sabio dijo que en cierto sentido somos como puerco espines. Nos acercamos los unos a los otros buscando el calor de la confraternidad, pero terminamos pinchándonos los unos a los otros. La reacción natural es separarnos y distanciarnos, pero la reacción cristiana es soportarnos y perdonarnos. Dios no nos llamó a ser naturales sino sobrenaturales. Recibimos otro llamamiento. Nuestra misión es aprender a convivir. Por naturaleza los hombres se pelean; si no me creen, vayan a visitar algún jardín de infantes. “Eso es mío. Yo lo tenía primero. Maestra, Pedrito me pegó. Dame. Dame. ¡DAME!” Lo que Dios quiere en la iglesia es un grupo de personas que sepa convivir, que sepa sobrellevar las diferencias y dificultades. Como alguien ha dicho, ¿para qué Dios habrá de poner juntas para siempre a personas que no saben convivir? Si no podemos llevarnos bien aquí, ¿querrá Dios ponernos juntos para siempre?


  • Puede sorprendernos la cantidad de veces que la Biblia habla de soportarnos. Amar a los hermanos, edificarlos, animarlos… esos son los conceptos en que más pensamos. Pero a la par de esas ideas está la idea de soportarlos:

    Romanos 15:1   Los que somos fuertes en la fe debemos aceptar como nuestras las debilidades de los que son menos fuertes, y no buscar lo que a nosotros mismos nos agrada.


    1 Corintios 13:7 Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.


    Efesios 4:2 Sean humildes y amables; tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor;


    Colosenses 3:13 Sopórtense unos a otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.


    Quisiéramos imaginar una iglesia donde nos es fácil la convivencia, pero no es así. Al entrar en la iglesia, no dejamos de ser seres humanos, con todas nuestras fallas. Algún día seremos como nuestro Señor Jesucristo, pero aquí sobre la tierra no lo somos. La iglesia está formada de personas distintas, con personalidades distintas, costumbres distintas, gustos distintos. Para colmo, cada uno de nosotros ha recibido de Dios dones distintos. Y eso es tan cierto para los ministros del evangelio como para los miembros comunes. A veces, es aun más difícil para nosotros los ministros llevarnos bien los unos con los otros. Existen celos. Existen rencores. Puede haber falta de respeto e insensibilidad. También puede haber hipersensibilidad, las personas que se ofenden por cualquier cosa. Es necesario que aprendamos a soportarnos, a aceptar las debilidades de los demás. Queremos que todos sean perfectos como Jesucristo, pero si somos honestos, tenemos que admitir que no lo somos nosotros. Nos tenemos que soportar y perdonar, tal como los demás tienen que soportarnos y perdonarnos a nosotros.
    Un hermano sabio dijo que en cierto sentido somos como puerco espines. Nos acercamos los unos a los otros buscando el calor de la confraternidad, pero terminamos pinchándonos los unos a los otros. La reacción natural es separarnos y distanciarnos, pero la reacción cristiana es soportarnos y perdonarnos. Dios no nos llamó a ser naturales sino sobrenaturales. Recibimos otro llamamiento. Nuestra misión es aprender a convivir. Por naturaleza los hombres se pelean; si no me creen, vayan a visitar algún jardín de infantes. “Eso es mío. Yo lo tenía primero. Maestra, Pedrito me pegó. Dame. Dame. ¡DAME!” Lo que Dios quiere en la iglesia es un grupo de personas que sepa convivir, que sepa sobrellevar las diferencias y dificultades. Como alguien ha dicho, ¿para qué Dios habrá de poner juntas para siempre a personas que no saben convivir? Si no podemos llevarnos bien aquí, ¿querrá Dios ponernos juntos para siempre?


  • Puede sorprendernos la cantidad de veces que la Biblia habla de soportarnos. Amar a los hermanos, edificarlos, animarlos… esos son los conceptos en que más pensamos. Pero a la par de esas ideas está la idea de soportarlos:

    Romanos 15:1   Los que somos fuertes en la fe debemos aceptar como nuestras las debilidades de los que son menos fuertes, y no buscar lo que a nosotros mismos nos agrada.


    1 Corintios 13:7 Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.


    Efesios 4:2 Sean humildes y amables; tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor;


    Colosenses 3:13 Sopórtense unos a otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.


    Quisiéramos imaginar una iglesia donde nos es fácil la convivencia, pero no es así. Al entrar en la iglesia, no dejamos de ser seres humanos, con todas nuestras fallas. Algún día seremos como nuestro Señor Jesucristo, pero aquí sobre la tierra no lo somos. La iglesia está formada de personas distintas, con personalidades distintas, costumbres distintas, gustos distintos. Para colmo, cada uno de nosotros ha recibido de Dios dones distintos. Y eso es tan cierto para los ministros del evangelio como para los miembros comunes. A veces, es aun más difícil para nosotros los ministros llevarnos bien los unos con los otros. Existen celos. Existen rencores. Puede haber falta de respeto e insensibilidad. También puede haber hipersensibilidad, las personas que se ofenden por cualquier cosa. Es necesario que aprendamos a soportarnos, a aceptar las debilidades de los demás. Queremos que todos sean perfectos como Jesucristo, pero si somos honestos, tenemos que admitir que no lo somos nosotros. Nos tenemos que soportar y perdonar, tal como los demás tienen que soportarnos y perdonarnos a nosotros.
    Un hermano sabio dijo que en cierto sentido somos como puerco espines. Nos acercamos los unos a los otros buscando el calor de la confraternidad, pero terminamos pinchándonos los unos a los otros. La reacción natural es separarnos y distanciarnos, pero la reacción cristiana es soportarnos y perdonarnos. Dios no nos llamó a ser naturales sino sobrenaturales. Recibimos otro llamamiento. Nuestra misión es aprender a convivir. Por naturaleza los hombres se pelean; si no me creen, vayan a visitar algún jardín de infantes. “Eso es mío. Yo lo tenía primero. Maestra, Pedrito me pegó. Dame. Dame. ¡DAME!” Lo que Dios quiere en la iglesia es un grupo de personas que sepa convivir, que sepa sobrellevar las diferencias y dificultades. Como alguien ha dicho, ¿para qué Dios habrá de poner juntas para siempre a personas que no saben convivir? Si no podemos llevarnos bien aquí, ¿querrá Dios ponernos juntos para siempre?


  • Puede sorprendernos la cantidad de veces que la Biblia habla de soportarnos. Amar a los hermanos, edificarlos, animarlos… esos son los conceptos en que más pensamos. Pero a la par de esas ideas está la idea de soportarlos:

    Romanos 15:1   Los que somos fuertes en la fe debemos aceptar como nuestras las debilidades de los que son menos fuertes, y no buscar lo que a nosotros mismos nos agrada.


    1 Corintios 13:7 Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.


    Efesios 4:2 Sean humildes y amables; tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor;


    Colosenses 3:13 Sopórtense unos a otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.


    Quisiéramos imaginar una iglesia donde nos es fácil la convivencia, pero no es así. Al entrar en la iglesia, no dejamos de ser seres humanos, con todas nuestras fallas. Algún día seremos como nuestro Señor Jesucristo, pero aquí sobre la tierra no lo somos. La iglesia está formada de personas distintas, con personalidades distintas, costumbres distintas, gustos distintos. Para colmo, cada uno de nosotros ha recibido de Dios dones distintos. Y eso es tan cierto para los ministros del evangelio como para los miembros comunes. A veces, es aun más difícil para nosotros los ministros llevarnos bien los unos con los otros. Existen celos. Existen rencores. Puede haber falta de respeto e insensibilidad. También puede haber hipersensibilidad, las personas que se ofenden por cualquier cosa. Es necesario que aprendamos a soportarnos, a aceptar las debilidades de los demás. Queremos que todos sean perfectos como Jesucristo, pero si somos honestos, tenemos que admitir que no lo somos nosotros. Nos tenemos que soportar y perdonar, tal como los demás tienen que soportarnos y perdonarnos a nosotros.
    Un hermano sabio dijo que en cierto sentido somos como puerco espines. Nos acercamos los unos a los otros buscando el calor de la confraternidad, pero terminamos pinchándonos los unos a los otros. La reacción natural es separarnos y distanciarnos, pero la reacción cristiana es soportarnos y perdonarnos. Dios no nos llamó a ser naturales sino sobrenaturales. Recibimos otro llamamiento. Nuestra misión es aprender a convivir. Por naturaleza los hombres se pelean; si no me creen, vayan a visitar algún jardín de infantes. “Eso es mío. Yo lo tenía primero. Maestra, Pedrito me pegó. Dame. Dame. ¡DAME!” Lo que Dios quiere en la iglesia es un grupo de personas que sepa convivir, que sepa sobrellevar las diferencias y dificultades. Como alguien ha dicho, ¿para qué Dios habrá de poner juntas para siempre a personas que no saben convivir? Si no podemos llevarnos bien aquí, ¿querrá Dios ponernos juntos para siempre?


  • Puede sorprendernos la cantidad de veces que la Biblia habla de soportarnos. Amar a los hermanos, edificarlos, animarlos… esos son los conceptos en que más pensamos. Pero a la par de esas ideas está la idea de soportarlos:

    Romanos 15:1   Los que somos fuertes en la fe debemos aceptar como nuestras las debilidades de los que son menos fuertes, y no buscar lo que a nosotros mismos nos agrada.


    1 Corintios 13:7 Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.


    Efesios 4:2 Sean humildes y amables; tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor;


    Colosenses 3:13 Sopórtense unos a otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.


    Quisiéramos imaginar una iglesia donde nos es fácil la convivencia, pero no es así. Al entrar en la iglesia, no dejamos de ser seres humanos, con todas nuestras fallas. Algún día seremos como nuestro Señor Jesucristo, pero aquí sobre la tierra no lo somos. La iglesia está formada de personas distintas, con personalidades distintas, costumbres distintas, gustos distintos. Para colmo, cada uno de nosotros ha recibido de Dios dones distintos. Y eso es tan cierto para los ministros del evangelio como para los miembros comunes. A veces, es aun más difícil para nosotros los ministros llevarnos bien los unos con los otros. Existen celos. Existen rencores. Puede haber falta de respeto e insensibilidad. También puede haber hipersensibilidad, las personas que se ofenden por cualquier cosa. Es necesario que aprendamos a soportarnos, a aceptar las debilidades de los demás. Queremos que todos sean perfectos como Jesucristo, pero si somos honestos, tenemos que admitir que no lo somos nosotros. Nos tenemos que soportar y perdonar, tal como los demás tienen que soportarnos y perdonarnos a nosotros.
    Un hermano sabio dijo que en cierto sentido somos como puerco espines. Nos acercamos los unos a los otros buscando el calor de la confraternidad, pero terminamos pinchándonos los unos a los otros. La reacción natural es separarnos y distanciarnos, pero la reacción cristiana es soportarnos y perdonarnos. Dios no nos llamó a ser naturales sino sobrenaturales. Recibimos otro llamamiento. Nuestra misión es aprender a convivir. Por naturaleza los hombres se pelean; si no me creen, vayan a visitar algún jardín de infantes. “Eso es mío. Yo lo tenía primero. Maestra, Pedrito me pegó. Dame. Dame. ¡DAME!” Lo que Dios quiere en la iglesia es un grupo de personas que sepa convivir, que sepa sobrellevar las diferencias y dificultades. Como alguien ha dicho, ¿para qué Dios habrá de poner juntas para siempre a personas que no saben convivir? Si no podemos llevarnos bien aquí, ¿querrá Dios ponernos juntos para siempre?


  • En la iglesia de Filipos había dos mujeres muy trabajadores. Se llamaban Evodia y Síntique. Mujeres trabajadoras, ejemplares en la iglesia. Pablo dice que combatieron junto con él en el evangelio. Pero tenían un problema, un problema que aparentemente afectaba toda la iglesia. No se llevaban bien. No se ponían de acuerdo. Y su discordia estaba afectando la iglesia. Podemos leer en Filipenses 4 acerca de ellas:
    “Ruego a Evodia, y también a Síntique, que se pongan de acuerdo como hermanas en el Señor. Y a ti, mi fiel compañero de trabajo, te pido que ayudes a estas hermanas, pues ellas lucharon a mi lado en el anuncio del evangelio, junto con Clemente y los otros que trabajaron conmigo. Sus nombres ya están escritos en el libro de la vida.” (Filipenses 4:2-3)
    Filipos no sería la primera iglesia donde los problemas entre algunas hermanas afectaban a todos. A veces son hermanas, a veces son hermanos. A veces son dos familias enteras. Los problemas interpersonales crean más divisiones que cualquier otro problema. La gran mayoría de las divisiones dentro de la iglesia del Señor han surgido por problemas personales. A veces señalamos alguna diferencia doctrinal, pero la verdad es que donde hay amor, las diferencias doctrinales se solucionan. Pero donde existen problemas personales, cualquier diferencia es excusa suficiente como para dividirse.
    Muchos de los eruditos creen que lo que Pablo más buscaba con esta carta era arreglar los problemas causados por estas dos mujeres y su discordia. Si es así, estudiar Filipenses nos puede enseñar mucho acerca de cómo sobrellevar los problemas personales entre miembros activos de la iglesia.


  • Escribiendo a esta iglesia conmovida por la discordia entre hermanas, Pablo habla francamente acerca de las relaciones interpersonales en la primera parte del capítulo 2. Leamos 2 del 1 al 4:

    “Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, llénenme de alegría viviendo todos en armonía, unidos por un mismo amor, por un mismo espíritu y por un mismo propósito. No hagan nada por rivalidad o por orgullo, sino con humildad, y que cada uno considere a los demás como mejores que él mismo. Ninguno busque únicamente su propio bien, sino también el bien de los otros.” (Filipenses 2:1-4)


    Si hay alguna consolación… si hay algún consuelo… si hay alguna comunión… si hay algún afecto… si hay alguna misericordia… Pablo escribe con algo de ironía, pero a la vez, enfatiza lo poco que hace falta para que tengamos motivo para tratar bien a nuestros hermanos. Con el inmenso amor que Dios nos ha mostrado, tenemos más que suficiente motivación como para demostrar amor hacia los demás. “Si fuera como un grano de mostaza…”
  • Pablo dice a estas hermanas y a la iglesia entera que tienen que recordar todo lo que han recibido de Dios, toda la consolación y todo el consuelo, todo el afecto y toda la misericordia, toda la comunión por medio del Espíritu. Si hemos recibido alguna consolación, algún consuelo, alguna comunión, algún afecto, alguna misericordia, debemos demostrar amor compasivo hacia nuestros hermanos. Por lo que hemos recibido, Pablo dice que ciertas características deben verse en nuestras relaciones:
    Unidad. Debemos estar unidos en amor y en espíritu, con el mismo propósito. Por lo que yo he visto en mi vida, la unidad surge más naturalmente del trabajar juntos. Personas que buscan la misma meta se unen naturalmente, sea un campeonato deportivo o la construcción de un edificio. Lo único que puede matar eso es la rivalidad. Una vez más lo vemos en los deportes. Si los atletas no saben trabajar en equipo, el equipo no funciona bien por más astros que tenga en su plantel. Si juegan con rivalidad entre sí, no logran nada de importancia.
    Humildad. Pablo dice que en todo debemos considerar a los demás como mejores que nosotros mismos. Yo estoy entre los que tienen un gran problema con eso. En la iglesia, yo pienso que puedo dirigir los cantos mejor que él que está al frente, que puedo predicar mejor, que leería mejor los textos y haría mejor los anuncios. Lo único que no quiero hacer es limpiar las sillas y barrer el piso… pero sé que lo podría hacer mejor que el otro. Es una lucha constante que tengo, y no creo que yo sea el único. Tengo que aprender, en Cristo y con la ayuda del Espíritu, a considerar a los demás como mejores que yo.
    Desinterés. No en el sentido de “no me importa,” sino en el sentido de estar dispuesto a dejar a un lado los intereses propios. Qué difícil que es. Es cuestión de buscar el bien de los demás. Eso incluye promover sus ideas, apoyar sus proyectos, reconocer sus contribuciones. Es dejar que la otra persona haga lo que yo puedo hacer, no insistir en que todo se haga a mí manera. Nuestra sociedad nos dice que tenemos que cuidar lo nuestro pues nadie más lo hará. Pero si todos buscamos el bien de los demás, todos estaremos cuidados. Cuántas veces escuchamos a las personas decir: “Es que no recibo nada de las reuniones.” La cuestión no es lo que recibimos, la cuestión es lo que damos. Si todos nos quedamos esperando para ver qué vamos a recibir, nadie va a recibir nada. Pero si todos vamos a las reuniones buscando qué podemos dar, todos recibiremos. De la misma forma, si todos buscamos el bien de los demás, todos estaremos bien cuidados.
  • Pablo dice a estas hermanas y a la iglesia entera que tienen que recordar todo lo que han recibido de Dios, toda la consolación y todo el consuelo, todo el afecto y toda la misericordia, toda la comunión por medio del Espíritu. Si hemos recibido alguna consolación, algún consuelo, alguna comunión, algún afecto, alguna misericordia, debemos demostrar amor compasivo hacia nuestros hermanos. Por lo que hemos recibido, Pablo dice que ciertas características deben verse en nuestras relaciones:
    Unidad. Debemos estar unidos en amor y en espíritu, con el mismo propósito. Por lo que yo he visto en mi vida, la unidad surge más naturalmente del trabajar juntos. Personas que buscan la misma meta se unen naturalmente, sea un campeonato deportivo o la construcción de un edificio. Lo único que puede matar eso es la rivalidad. Una vez más lo vemos en los deportes. Si los atletas no saben trabajar en equipo, el equipo no funciona bien por más astros que tenga en su plantel. Si juegan con rivalidad entre sí, no logran nada de importancia.
    Humildad. Pablo dice que en todo debemos considerar a los demás como mejores que nosotros mismos. Yo estoy entre los que tienen un gran problema con eso. En la iglesia, yo pienso que puedo dirigir los cantos mejor que él que está al frente, que puedo predicar mejor, que leería mejor los textos y haría mejor los anuncios. Lo único que no quiero hacer es limpiar las sillas y barrer el piso… pero sé que lo podría hacer mejor que el otro. Es una lucha constante que tengo, y no creo que yo sea el único. Tengo que aprender, en Cristo y con la ayuda del Espíritu, a considerar a los demás como mejores que yo.
    Desinterés. No en el sentido de “no me importa,” sino en el sentido de estar dispuesto a dejar a un lado los intereses propios. Qué difícil que es. Es cuestión de buscar el bien de los demás. Eso incluye promover sus ideas, apoyar sus proyectos, reconocer sus contribuciones. Es dejar que la otra persona haga lo que yo puedo hacer, no insistir en que todo se haga a mí manera. Nuestra sociedad nos dice que tenemos que cuidar lo nuestro pues nadie más lo hará. Pero si todos buscamos el bien de los demás, todos estaremos cuidados. Cuántas veces escuchamos a las personas decir: “Es que no recibo nada de las reuniones.” La cuestión no es lo que recibimos, la cuestión es lo que damos. Si todos nos quedamos esperando para ver qué vamos a recibir, nadie va a recibir nada. Pero si todos vamos a las reuniones buscando qué podemos dar, todos recibiremos. De la misma forma, si todos buscamos el bien de los demás, todos estaremos bien cuidados.
  • Pablo dice a estas hermanas y a la iglesia entera que tienen que recordar todo lo que han recibido de Dios, toda la consolación y todo el consuelo, todo el afecto y toda la misericordia, toda la comunión por medio del Espíritu. Si hemos recibido alguna consolación, algún consuelo, alguna comunión, algún afecto, alguna misericordia, debemos demostrar amor compasivo hacia nuestros hermanos. Por lo que hemos recibido, Pablo dice que ciertas características deben verse en nuestras relaciones:
    Unidad. Debemos estar unidos en amor y en espíritu, con el mismo propósito. Por lo que yo he visto en mi vida, la unidad surge más naturalmente del trabajar juntos. Personas que buscan la misma meta se unen naturalmente, sea un campeonato deportivo o la construcción de un edificio. Lo único que puede matar eso es la rivalidad. Una vez más lo vemos en los deportes. Si los atletas no saben trabajar en equipo, el equipo no funciona bien por más astros que tenga en su plantel. Si juegan con rivalidad entre sí, no logran nada de importancia.
    Humildad. Pablo dice que en todo debemos considerar a los demás como mejores que nosotros mismos. Yo estoy entre los que tienen un gran problema con eso. En la iglesia, yo pienso que puedo dirigir los cantos mejor que él que está al frente, que puedo predicar mejor, que leería mejor los textos y haría mejor los anuncios. Lo único que no quiero hacer es limpiar las sillas y barrer el piso… pero sé que lo podría hacer mejor que el otro. Es una lucha constante que tengo, y no creo que yo sea el único. Tengo que aprender, en Cristo y con la ayuda del Espíritu, a considerar a los demás como mejores que yo.
    Desinterés. No en el sentido de “no me importa,” sino en el sentido de estar dispuesto a dejar a un lado los intereses propios. Qué difícil que es. Es cuestión de buscar el bien de los demás. Eso incluye promover sus ideas, apoyar sus proyectos, reconocer sus contribuciones. Es dejar que la otra persona haga lo que yo puedo hacer, no insistir en que todo se haga a mí manera. Nuestra sociedad nos dice que tenemos que cuidar lo nuestro pues nadie más lo hará. Pero si todos buscamos el bien de los demás, todos estaremos cuidados. Cuántas veces escuchamos a las personas decir: “Es que no recibo nada de las reuniones.” La cuestión no es lo que recibimos, la cuestión es lo que damos. Si todos nos quedamos esperando para ver qué vamos a recibir, nadie va a recibir nada. Pero si todos vamos a las reuniones buscando qué podemos dar, todos recibiremos. De la misma forma, si todos buscamos el bien de los demás, todos estaremos bien cuidados.
  • La base de nuestro comportamiento hacia nuestros hermanos es lo que Cristo hizo en la cruz. Es por eso que en los versículos 5 al 11 Pablo exhorta a sus lectores a que imiten a nuestro Señor. Leamos ese pasaje:

    “Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual: Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz. Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2:5-11)


    Es muy posible que este haya sido un himno de la iglesia, una canción que ellos ya habrán conocido. Aparentemente, en el idioma original, estos versículos tienen cierta cadencia de palabras que les hace pensar que podría haber sido cantado. Sea como sea, Pablo usó estas palabras para destacar unos puntos importantes acerca de Jesús y su actitud de servicio. Vemos que:
    Jesús no buscaba los títulos ni el poder. Era igual a Dios. Tenía el puesto más importante que hay, pero no le importaba. Lo dejó. Tenía todo el poder, pero eso no era lo que buscaba. Aceptó los límites que le fueron impuestos. Vivió como ser humano después de haber conocido la gloria del cielo.
    Jesús renunció a sus derechos. No insistió en ser servido, no exigió la alabanza ni la gloria, no reclamó ningún derecho perdido. En 1 Corintios 9, Pablo explica por qué no recibía sustento de la iglesia. Dice: “Si otros tienen este derecho sobre ustedes, con mayor razón nosotros. Pero no hemos hecho uso de tal derecho, y hemos venido soportándolo todo por no estorbar el anuncio del evangelio de Cristo.” (1 Corintios 9:12) Más adelante dice: “Aunque no soy esclavo de nadie, me he hecho esclavo de todos, a fin de ganar para Cristo el mayor número posible de personas. Cuando he estado entre los judíos me he vuelto como un judío, para ganarlos a ellos; es decir, que para ganar a los que viven bajo la ley de Moisés, yo mismo me he puesto bajo esa ley, aunque en realidad no estoy sujeto a ella. Por otra parte, para ganar a los que no viven bajo la ley de Moisés, me he vuelto como uno de ellos, aunque realmente estoy sujeto a la ley de Dios, ya que estoy bajo la ley de Cristo. Cuando he estado con los que son débiles en la fe, me he vuelto débil como uno de ellos, para ganarlos también. Es decir, me he hecho igual a todos, para de alguna manera poder salvar a algunos. Todo lo hago por el evangelio, para tener parte en el mismo.” (1 Corintios 9:19-23) ¿De dónde aprendió esa actitud Pablo? De Jesucristo.
    Jesús vivió como siervo. En Marcos 10:45, Jesucristo dijo: “Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.” (Marcos 10:45) El creador de todo vino al mundo no como hombre prepotente sino como siervo. Lavó los pies a sus discípulos para mostrarles cómo tratarse los unos a los otros.
    Jesús se humilló a sí mismo. Es feo que nos humillen. El orgullo es fuerte en el ser humano. Pero Jesucristo se humilló a sí mismo. Ya no podían humillarlo a El pues El ya se había humillado. Merecía todo y no exigía nada. Pablo dice en 2 Corintios: “Porque ya saben ustedes que nuestro Señor Jesucristo, en su bondad, siendo rico se hizo pobre por causa de ustedes, para que por su pobreza ustedes se hicieran ricos.” (2 Corintios 8:9)
    Fue obediente hasta la muerte. “Ay, pero no entiendes mi situación. Perdonaría, pero no entiendes lo que me han hecho. No puedo soportar todo. Dios no puede esperar que soporte eso.” Jesús soportó todo, hasta la misma cruz. Fue obediente en todo momento. No podemos decir que nuestra situación es demasiada extrema; no hemos pasado por lo que pasó El, sin embargo, El fue obediente hasta el fin. La carta a los Hebreos dice: “Mientras Cristo estuvo viviendo aquí en el mundo, con voz fuerte y muchas lágrimas oró y suplicó a Dios, que tenía poder para librarlo de la muerte; y por su obediencia, Dios lo escuchó. Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia; y al perfeccionarse de esa manera, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen” (Hebreos 5:7-9)
    Pablo pone este ejemplo a los filipenses para hablarles de lo que necesitan hacer para resolver los problemas que tenían. Si siguieran portándose de acuerdo con las normas de este mundo, sus problemas se aumentarían. Solamente imitando lo que Cristo hizo en la cruz podrían lograr la paz y la comunión.
  • La base de nuestro comportamiento hacia nuestros hermanos es lo que Cristo hizo en la cruz. Es por eso que en los versículos 5 al 11 Pablo exhorta a sus lectores a que imiten a nuestro Señor. Leamos ese pasaje:

    “Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual: Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz. Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2:5-11)


    Es muy posible que este haya sido un himno de la iglesia, una canción que ellos ya habrán conocido. Aparentemente, en el idioma original, estos versículos tienen cierta cadencia de palabras que les hace pensar que podría haber sido cantado. Sea como sea, Pablo usó estas palabras para destacar unos puntos importantes acerca de Jesús y su actitud de servicio. Vemos que:
    Jesús no buscaba los títulos ni el poder. Era igual a Dios. Tenía el puesto más importante que hay, pero no le importaba. Lo dejó. Tenía todo el poder, pero eso no era lo que buscaba. Aceptó los límites que le fueron impuestos. Vivió como ser humano después de haber conocido la gloria del cielo.
    Jesús renunció a sus derechos. No insistió en ser servido, no exigió la alabanza ni la gloria, no reclamó ningún derecho perdido. En 1 Corintios 9, Pablo explica por qué no recibía sustento de la iglesia. Dice: “Si otros tienen este derecho sobre ustedes, con mayor razón nosotros. Pero no hemos hecho uso de tal derecho, y hemos venido soportándolo todo por no estorbar el anuncio del evangelio de Cristo.” (1 Corintios 9:12) Más adelante dice: “Aunque no soy esclavo de nadie, me he hecho esclavo de todos, a fin de ganar para Cristo el mayor número posible de personas. Cuando he estado entre los judíos me he vuelto como un judío, para ganarlos a ellos; es decir, que para ganar a los que viven bajo la ley de Moisés, yo mismo me he puesto bajo esa ley, aunque en realidad no estoy sujeto a ella. Por otra parte, para ganar a los que no viven bajo la ley de Moisés, me he vuelto como uno de ellos, aunque realmente estoy sujeto a la ley de Dios, ya que estoy bajo la ley de Cristo. Cuando he estado con los que son débiles en la fe, me he vuelto débil como uno de ellos, para ganarlos también. Es decir, me he hecho igual a todos, para de alguna manera poder salvar a algunos. Todo lo hago por el evangelio, para tener parte en el mismo.” (1 Corintios 9:19-23) ¿De dónde aprendió esa actitud Pablo? De Jesucristo.
    Jesús vivió como siervo. En Marcos 10:45, Jesucristo dijo: “Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.” (Marcos 10:45) El creador de todo vino al mundo no como hombre prepotente sino como siervo. Lavó los pies a sus discípulos para mostrarles cómo tratarse los unos a los otros.
    Jesús se humilló a sí mismo. Es feo que nos humillen. El orgullo es fuerte en el ser humano. Pero Jesucristo se humilló a sí mismo. Ya no podían humillarlo a El pues El ya se había humillado. Merecía todo y no exigía nada. Pablo dice en 2 Corintios: “Porque ya saben ustedes que nuestro Señor Jesucristo, en su bondad, siendo rico se hizo pobre por causa de ustedes, para que por su pobreza ustedes se hicieran ricos.” (2 Corintios 8:9)
    Fue obediente hasta la muerte. “Ay, pero no entiendes mi situación. Perdonaría, pero no entiendes lo que me han hecho. No puedo soportar todo. Dios no puede esperar que soporte eso.” Jesús soportó todo, hasta la misma cruz. Fue obediente en todo momento. No podemos decir que nuestra situación es demasiada extrema; no hemos pasado por lo que pasó El, sin embargo, El fue obediente hasta el fin. La carta a los Hebreos dice: “Mientras Cristo estuvo viviendo aquí en el mundo, con voz fuerte y muchas lágrimas oró y suplicó a Dios, que tenía poder para librarlo de la muerte; y por su obediencia, Dios lo escuchó. Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia; y al perfeccionarse de esa manera, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen” (Hebreos 5:7-9)
    Pablo pone este ejemplo a los filipenses para hablarles de lo que necesitan hacer para resolver los problemas que tenían. Si siguieran portándose de acuerdo con las normas de este mundo, sus problemas se aumentarían. Solamente imitando lo que Cristo hizo en la cruz podrían lograr la paz y la comunión.
  • La base de nuestro comportamiento hacia nuestros hermanos es lo que Cristo hizo en la cruz. Es por eso que en los versículos 5 al 11 Pablo exhorta a sus lectores a que imiten a nuestro Señor. Leamos ese pasaje:

    “Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual: Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz. Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2:5-11)


    Es muy posible que este haya sido un himno de la iglesia, una canción que ellos ya habrán conocido. Aparentemente, en el idioma original, estos versículos tienen cierta cadencia de palabras que les hace pensar que podría haber sido cantado. Sea como sea, Pablo usó estas palabras para destacar unos puntos importantes acerca de Jesús y su actitud de servicio. Vemos que:
    Jesús no buscaba los títulos ni el poder. Era igual a Dios. Tenía el puesto más importante que hay, pero no le importaba. Lo dejó. Tenía todo el poder, pero eso no era lo que buscaba. Aceptó los límites que le fueron impuestos. Vivió como ser humano después de haber conocido la gloria del cielo.
    Jesús renunció a sus derechos. No insistió en ser servido, no exigió la alabanza ni la gloria, no reclamó ningún derecho perdido. En 1 Corintios 9, Pablo explica por qué no recibía sustento de la iglesia. Dice: “Si otros tienen este derecho sobre ustedes, con mayor razón nosotros. Pero no hemos hecho uso de tal derecho, y hemos venido soportándolo todo por no estorbar el anuncio del evangelio de Cristo.” (1 Corintios 9:12) Más adelante dice: “Aunque no soy esclavo de nadie, me he hecho esclavo de todos, a fin de ganar para Cristo el mayor número posible de personas. Cuando he estado entre los judíos me he vuelto como un judío, para ganarlos a ellos; es decir, que para ganar a los que viven bajo la ley de Moisés, yo mismo me he puesto bajo esa ley, aunque en realidad no estoy sujeto a ella. Por otra parte, para ganar a los que no viven bajo la ley de Moisés, me he vuelto como uno de ellos, aunque realmente estoy sujeto a la ley de Dios, ya que estoy bajo la ley de Cristo. Cuando he estado con los que son débiles en la fe, me he vuelto débil como uno de ellos, para ganarlos también. Es decir, me he hecho igual a todos, para de alguna manera poder salvar a algunos. Todo lo hago por el evangelio, para tener parte en el mismo.” (1 Corintios 9:19-23) ¿De dónde aprendió esa actitud Pablo? De Jesucristo.
    Jesús vivió como siervo. En Marcos 10:45, Jesucristo dijo: “Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.” (Marcos 10:45) El creador de todo vino al mundo no como hombre prepotente sino como siervo. Lavó los pies a sus discípulos para mostrarles cómo tratarse los unos a los otros.
    Jesús se humilló a sí mismo. Es feo que nos humillen. El orgullo es fuerte en el ser humano. Pero Jesucristo se humilló a sí mismo. Ya no podían humillarlo a El pues El ya se había humillado. Merecía todo y no exigía nada. Pablo dice en 2 Corintios: “Porque ya saben ustedes que nuestro Señor Jesucristo, en su bondad, siendo rico se hizo pobre por causa de ustedes, para que por su pobreza ustedes se hicieran ricos.” (2 Corintios 8:9)
    Fue obediente hasta la muerte. “Ay, pero no entiendes mi situación. Perdonaría, pero no entiendes lo que me han hecho. No puedo soportar todo. Dios no puede esperar que soporte eso.” Jesús soportó todo, hasta la misma cruz. Fue obediente en todo momento. No podemos decir que nuestra situación es demasiada extrema; no hemos pasado por lo que pasó El, sin embargo, El fue obediente hasta el fin. La carta a los Hebreos dice: “Mientras Cristo estuvo viviendo aquí en el mundo, con voz fuerte y muchas lágrimas oró y suplicó a Dios, que tenía poder para librarlo de la muerte; y por su obediencia, Dios lo escuchó. Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia; y al perfeccionarse de esa manera, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen” (Hebreos 5:7-9)
    Pablo pone este ejemplo a los filipenses para hablarles de lo que necesitan hacer para resolver los problemas que tenían. Si siguieran portándose de acuerdo con las normas de este mundo, sus problemas se aumentarían. Solamente imitando lo que Cristo hizo en la cruz podrían lograr la paz y la comunión.
  • La base de nuestro comportamiento hacia nuestros hermanos es lo que Cristo hizo en la cruz. Es por eso que en los versículos 5 al 11 Pablo exhorta a sus lectores a que imiten a nuestro Señor. Leamos ese pasaje:

    “Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual: Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz. Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2:5-11)


    Es muy posible que este haya sido un himno de la iglesia, una canción que ellos ya habrán conocido. Aparentemente, en el idioma original, estos versículos tienen cierta cadencia de palabras que les hace pensar que podría haber sido cantado. Sea como sea, Pablo usó estas palabras para destacar unos puntos importantes acerca de Jesús y su actitud de servicio. Vemos que:
    Jesús no buscaba los títulos ni el poder. Era igual a Dios. Tenía el puesto más importante que hay, pero no le importaba. Lo dejó. Tenía todo el poder, pero eso no era lo que buscaba. Aceptó los límites que le fueron impuestos. Vivió como ser humano después de haber conocido la gloria del cielo.
    Jesús renunció a sus derechos. No insistió en ser servido, no exigió la alabanza ni la gloria, no reclamó ningún derecho perdido. En 1 Corintios 9, Pablo explica por qué no recibía sustento de la iglesia. Dice: “Si otros tienen este derecho sobre ustedes, con mayor razón nosotros. Pero no hemos hecho uso de tal derecho, y hemos venido soportándolo todo por no estorbar el anuncio del evangelio de Cristo.” (1 Corintios 9:12) Más adelante dice: “Aunque no soy esclavo de nadie, me he hecho esclavo de todos, a fin de ganar para Cristo el mayor número posible de personas. Cuando he estado entre los judíos me he vuelto como un judío, para ganarlos a ellos; es decir, que para ganar a los que viven bajo la ley de Moisés, yo mismo me he puesto bajo esa ley, aunque en realidad no estoy sujeto a ella. Por otra parte, para ganar a los que no viven bajo la ley de Moisés, me he vuelto como uno de ellos, aunque realmente estoy sujeto a la ley de Dios, ya que estoy bajo la ley de Cristo. Cuando he estado con los que son débiles en la fe, me he vuelto débil como uno de ellos, para ganarlos también. Es decir, me he hecho igual a todos, para de alguna manera poder salvar a algunos. Todo lo hago por el evangelio, para tener parte en el mismo.” (1 Corintios 9:19-23) ¿De dónde aprendió esa actitud Pablo? De Jesucristo.
    Jesús vivió como siervo. En Marcos 10:45, Jesucristo dijo: “Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.” (Marcos 10:45) El creador de todo vino al mundo no como hombre prepotente sino como siervo. Lavó los pies a sus discípulos para mostrarles cómo tratarse los unos a los otros.
    Jesús se humilló a sí mismo. Es feo que nos humillen. El orgullo es fuerte en el ser humano. Pero Jesucristo se humilló a sí mismo. Ya no podían humillarlo a El pues El ya se había humillado. Merecía todo y no exigía nada. Pablo dice en 2 Corintios: “Porque ya saben ustedes que nuestro Señor Jesucristo, en su bondad, siendo rico se hizo pobre por causa de ustedes, para que por su pobreza ustedes se hicieran ricos.” (2 Corintios 8:9)
    Fue obediente hasta la muerte. “Ay, pero no entiendes mi situación. Perdonaría, pero no entiendes lo que me han hecho. No puedo soportar todo. Dios no puede esperar que soporte eso.” Jesús soportó todo, hasta la misma cruz. Fue obediente en todo momento. No podemos decir que nuestra situación es demasiada extrema; no hemos pasado por lo que pasó El, sin embargo, El fue obediente hasta el fin. La carta a los Hebreos dice: “Mientras Cristo estuvo viviendo aquí en el mundo, con voz fuerte y muchas lágrimas oró y suplicó a Dios, que tenía poder para librarlo de la muerte; y por su obediencia, Dios lo escuchó. Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia; y al perfeccionarse de esa manera, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen” (Hebreos 5:7-9)
    Pablo pone este ejemplo a los filipenses para hablarles de lo que necesitan hacer para resolver los problemas que tenían. Si siguieran portándose de acuerdo con las normas de este mundo, sus problemas se aumentarían. Solamente imitando lo que Cristo hizo en la cruz podrían lograr la paz y la comunión.
  • La base de nuestro comportamiento hacia nuestros hermanos es lo que Cristo hizo en la cruz. Es por eso que en los versículos 5 al 11 Pablo exhorta a sus lectores a que imiten a nuestro Señor. Leamos ese pasaje:

    “Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual: Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz. Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2:5-11)


    Es muy posible que este haya sido un himno de la iglesia, una canción que ellos ya habrán conocido. Aparentemente, en el idioma original, estos versículos tienen cierta cadencia de palabras que les hace pensar que podría haber sido cantado. Sea como sea, Pablo usó estas palabras para destacar unos puntos importantes acerca de Jesús y su actitud de servicio. Vemos que:
    Jesús no buscaba los títulos ni el poder. Era igual a Dios. Tenía el puesto más importante que hay, pero no le importaba. Lo dejó. Tenía todo el poder, pero eso no era lo que buscaba. Aceptó los límites que le fueron impuestos. Vivió como ser humano después de haber conocido la gloria del cielo.
    Jesús renunció a sus derechos. No insistió en ser servido, no exigió la alabanza ni la gloria, no reclamó ningún derecho perdido. En 1 Corintios 9, Pablo explica por qué no recibía sustento de la iglesia. Dice: “Si otros tienen este derecho sobre ustedes, con mayor razón nosotros. Pero no hemos hecho uso de tal derecho, y hemos venido soportándolo todo por no estorbar el anuncio del evangelio de Cristo.” (1 Corintios 9:12) Más adelante dice: “Aunque no soy esclavo de nadie, me he hecho esclavo de todos, a fin de ganar para Cristo el mayor número posible de personas. Cuando he estado entre los judíos me he vuelto como un judío, para ganarlos a ellos; es decir, que para ganar a los que viven bajo la ley de Moisés, yo mismo me he puesto bajo esa ley, aunque en realidad no estoy sujeto a ella. Por otra parte, para ganar a los que no viven bajo la ley de Moisés, me he vuelto como uno de ellos, aunque realmente estoy sujeto a la ley de Dios, ya que estoy bajo la ley de Cristo. Cuando he estado con los que son débiles en la fe, me he vuelto débil como uno de ellos, para ganarlos también. Es decir, me he hecho igual a todos, para de alguna manera poder salvar a algunos. Todo lo hago por el evangelio, para tener parte en el mismo.” (1 Corintios 9:19-23) ¿De dónde aprendió esa actitud Pablo? De Jesucristo.
    Jesús vivió como siervo. En Marcos 10:45, Jesucristo dijo: “Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.” (Marcos 10:45) El creador de todo vino al mundo no como hombre prepotente sino como siervo. Lavó los pies a sus discípulos para mostrarles cómo tratarse los unos a los otros.
    Jesús se humilló a sí mismo. Es feo que nos humillen. El orgullo es fuerte en el ser humano. Pero Jesucristo se humilló a sí mismo. Ya no podían humillarlo a El pues El ya se había humillado. Merecía todo y no exigía nada. Pablo dice en 2 Corintios: “Porque ya saben ustedes que nuestro Señor Jesucristo, en su bondad, siendo rico se hizo pobre por causa de ustedes, para que por su pobreza ustedes se hicieran ricos.” (2 Corintios 8:9)
    Fue obediente hasta la muerte. “Ay, pero no entiendes mi situación. Perdonaría, pero no entiendes lo que me han hecho. No puedo soportar todo. Dios no puede esperar que soporte eso.” Jesús soportó todo, hasta la misma cruz. Fue obediente en todo momento. No podemos decir que nuestra situación es demasiada extrema; no hemos pasado por lo que pasó El, sin embargo, El fue obediente hasta el fin. La carta a los Hebreos dice: “Mientras Cristo estuvo viviendo aquí en el mundo, con voz fuerte y muchas lágrimas oró y suplicó a Dios, que tenía poder para librarlo de la muerte; y por su obediencia, Dios lo escuchó. Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia; y al perfeccionarse de esa manera, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen” (Hebreos 5:7-9)
    Pablo pone este ejemplo a los filipenses para hablarles de lo que necesitan hacer para resolver los problemas que tenían. Si siguieran portándose de acuerdo con las normas de este mundo, sus problemas se aumentarían. Solamente imitando lo que Cristo hizo en la cruz podrían lograr la paz y la comunión.
  • La base de nuestro comportamiento hacia nuestros hermanos es lo que Cristo hizo en la cruz. Es por eso que en los versículos 5 al 11 Pablo exhorta a sus lectores a que imiten a nuestro Señor. Leamos ese pasaje:

    “Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual: Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz. Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y todos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2:5-11)


    Es muy posible que este haya sido un himno de la iglesia, una canción que ellos ya habrán conocido. Aparentemente, en el idioma original, estos versículos tienen cierta cadencia de palabras que les hace pensar que podría haber sido cantado. Sea como sea, Pablo usó estas palabras para destacar unos puntos importantes acerca de Jesús y su actitud de servicio. Vemos que:
    Jesús no buscaba los títulos ni el poder. Era igual a Dios. Tenía el puesto más importante que hay, pero no le importaba. Lo dejó. Tenía todo el poder, pero eso no era lo que buscaba. Aceptó los límites que le fueron impuestos. Vivió como ser humano después de haber conocido la gloria del cielo.
    Jesús renunció a sus derechos. No insistió en ser servido, no exigió la alabanza ni la gloria, no reclamó ningún derecho perdido. En 1 Corintios 9, Pablo explica por qué no recibía sustento de la iglesia. Dice: “Si otros tienen este derecho sobre ustedes, con mayor razón nosotros. Pero no hemos hecho uso de tal derecho, y hemos venido soportándolo todo por no estorbar el anuncio del evangelio de Cristo.” (1 Corintios 9:12) Más adelante dice: “Aunque no soy esclavo de nadie, me he hecho esclavo de todos, a fin de ganar para Cristo el mayor número posible de personas. Cuando he estado entre los judíos me he vuelto como un judío, para ganarlos a ellos; es decir, que para ganar a los que viven bajo la ley de Moisés, yo mismo me he puesto bajo esa ley, aunque en realidad no estoy sujeto a ella. Por otra parte, para ganar a los que no viven bajo la ley de Moisés, me he vuelto como uno de ellos, aunque realmente estoy sujeto a la ley de Dios, ya que estoy bajo la ley de Cristo. Cuando he estado con los que son débiles en la fe, me he vuelto débil como uno de ellos, para ganarlos también. Es decir, me he hecho igual a todos, para de alguna manera poder salvar a algunos. Todo lo hago por el evangelio, para tener parte en el mismo.” (1 Corintios 9:19-23) ¿De dónde aprendió esa actitud Pablo? De Jesucristo.
    Jesús vivió como siervo. En Marcos 10:45, Jesucristo dijo: “Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.” (Marcos 10:45) El creador de todo vino al mundo no como hombre prepotente sino como siervo. Lavó los pies a sus discípulos para mostrarles cómo tratarse los unos a los otros.
    Jesús se humilló a sí mismo. Es feo que nos humillen. El orgullo es fuerte en el ser humano. Pero Jesucristo se humilló a sí mismo. Ya no podían humillarlo a El pues El ya se había humillado. Merecía todo y no exigía nada. Pablo dice en 2 Corintios: “Porque ya saben ustedes que nuestro Señor Jesucristo, en su bondad, siendo rico se hizo pobre por causa de ustedes, para que por su pobreza ustedes se hicieran ricos.” (2 Corintios 8:9)
    Fue obediente hasta la muerte. “Ay, pero no entiendes mi situación. Perdonaría, pero no entiendes lo que me han hecho. No puedo soportar todo. Dios no puede esperar que soporte eso.” Jesús soportó todo, hasta la misma cruz. Fue obediente en todo momento. No podemos decir que nuestra situación es demasiada extrema; no hemos pasado por lo que pasó El, sin embargo, El fue obediente hasta el fin. La carta a los Hebreos dice: “Mientras Cristo estuvo viviendo aquí en el mundo, con voz fuerte y muchas lágrimas oró y suplicó a Dios, que tenía poder para librarlo de la muerte; y por su obediencia, Dios lo escuchó. Así que Cristo, a pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia; y al perfeccionarse de esa manera, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen” (Hebreos 5:7-9)
    Pablo pone este ejemplo a los filipenses para hablarles de lo que necesitan hacer para resolver los problemas que tenían. Si siguieran portándose de acuerdo con las normas de este mundo, sus problemas se aumentarían. Solamente imitando lo que Cristo hizo en la cruz podrían lograr la paz y la comunión.
  • Porque al final, toda ética fluye de la cruz. Todo lo que hacemos como cristianos se basa en la cruz. Tomamos nuestro yo viejo y lo crucificamos con Cristo, sepultándolo en las aguas del bautismo, saliendo del agua para vivir una vida transformada. Crucificamos nuestra carne con sus pasiones, tomamos nuestra humanidad y la clavamos en la cruz, dejando que la parte espiritual venza a la parte carnal.
  • Busquemos Gálatas 5:13-26. Es un pasaje conocido, las obras de la carne y el fruto del Espíritu. Lo que muchas veces se pasa por alto es que la aplicación directa de este pasaje son las relaciones interpersonales. Miren los versículos 13 al 15:

    “Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad. Pero no usen esta libertad para dar rienda suelta a sus instintos. Más bien sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se resume en este solo mandato: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” Tengan cuidado, porque si ustedes se muerden y se comen unos a otros, llegarán a destruirse entre ustedes mismos.” (Gálatas 5:13-15)


    Pablo empieza esta sección hablando del amor hacia el prójimo y de no pelearnos entre nosotros. Habla de morderse y comerse unos a otros. Se dice que los perros entrenados para la caza, si no se les permite salir a cazar en la época de la caza, empiezan a atacarse entre sí, mordiéndose. Así somos los cristianos. Si no nos ocupamos en salir a anunciar las buenas noticias, pasamos nuestro tiempo mordiéndonos los unos a los otros.
  • Busquemos Gálatas 5:13-26. Es un pasaje conocido, las obras de la carne y el fruto del Espíritu. Lo que muchas veces se pasa por alto es que la aplicación directa de este pasaje son las relaciones interpersonales. Miren los versículos 13 al 15:

    “Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad. Pero no usen esta libertad para dar rienda suelta a sus instintos. Más bien sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se resume en este solo mandato: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” Tengan cuidado, porque si ustedes se muerden y se comen unos a otros, llegarán a destruirse entre ustedes mismos.” (Gálatas 5:13-15)


    Pablo empieza esta sección hablando del amor hacia el prójimo y de no pelearnos entre nosotros. Habla de morderse y comerse unos a otros. Se dice que los perros entrenados para la caza, si no se les permite salir a cazar en la época de la caza, empiezan a atacarse entre sí, mordiéndose. Así somos los cristianos. Si no nos ocupamos en salir a anunciar las buenas noticias, pasamos nuestro tiempo mordiéndonos los unos a los otros.
  • Busquemos Gálatas 5:13-26. Es un pasaje conocido, las obras de la carne y el fruto del Espíritu. Lo que muchas veces se pasa por alto es que la aplicación directa de este pasaje son las relaciones interpersonales. Miren los versículos 13 al 15:

    “Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad. Pero no usen esta libertad para dar rienda suelta a sus instintos. Más bien sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se resume en este solo mandato: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” Tengan cuidado, porque si ustedes se muerden y se comen unos a otros, llegarán a destruirse entre ustedes mismos.” (Gálatas 5:13-15)


    Pablo empieza esta sección hablando del amor hacia el prójimo y de no pelearnos entre nosotros. Habla de morderse y comerse unos a otros. Se dice que los perros entrenados para la caza, si no se les permite salir a cazar en la época de la caza, empiezan a atacarse entre sí, mordiéndose. Así somos los cristianos. Si no nos ocupamos en salir a anunciar las buenas noticias, pasamos nuestro tiempo mordiéndonos los unos a los otros.
  • Luego fíjense en cómo termina esta sección en los versículos 24 al 26:

    “Y los que son de Cristo Jesús, ya han crucificado la naturaleza del hombre pecador junto con sus pasiones y malos deseos. Si ahora vivimos por el Espíritu, dejemos también que el Espíritu nos guíe. No seamos orgullosos, ni sembremos rivalidades y envidias entre nosotros.” (Gálatas 5:24-26)


    La regla del contexto en el estudio bíblico nos obliga a leer el resto de esta sección, los versículos que hablan del fruto del Espíritu y de las obras de la carne, en el contexto de las relaciones interpersonales. Es decir, lo que Pablo dice de la carne y el Espíritu lo dice porque está pensando en la convivencia entre cristianos.
    Leamos el resto de este pasaje, pensando en ese enfoque:

    “Por lo tanto, digo: Vivan según el Espíritu, y no busquen satisfacer sus propios malos deseos. Porque los malos deseos están en contra del Espíritu, y el Espíritu está en contra de los malos deseos. El uno está en contra de los otros, y por eso ustedes no pueden hacer lo que quisieran. Pero si el Espíritu los guía, entonces ya no estarán sometidos a la ley. Es fácil ver lo que hacen quienes siguen los malos deseos: cometen inmoralidades sexuales, hacen cosas impuras y viciosas, adoran ídolos y practican la brujería. Mantienen odios, discordias y celos. Se enojan fácilmente, causan rivalidades, divisiones y partidismos. Son envidiosos, borrachos, glotones y otras cosas parecidas. Les advierto a ustedes, como ya antes lo he hecho, que los que así se portan no tendrán parte en el reino de Dios. En cambio, lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley.” (Gálatas 5:16-23)


    Obviamente, no todo lo que se habla aquí tiene que ver directamente con las relaciones entre hermanos. Pero muchas cosas sí. Muchos de los problemas que solemos ver en las iglesias surgen de las obras de la carne: odios, discordias, celos, enojo, rivalidades, partidismos. Son las cosas que atentan vez tras vez contra la iglesia, buscando tirar abajo la obra del Señor. Pablo dice que estas cosas surgen cuando estamos siguiendo la carne, cuando estamos siguiendo nuestra parte humana, esa parte que crucificamos y sepultamos debajo del agua. Es el viejo yo, mi ser antiguo, lo que era yo antes de ser cristiano. Cuando veo estas cosas en mí, tiene que haber una alarma que suena en mi mente, alertándome al peligro.
    Por otro lado, tenemos el fruto del Espíritu, los resultados de una vida entregada al Señor. No son producto de la voluntad humana; por más que me esfuerzo no puedo lograr estas cosas sin la ayuda del Espíritu. Pero por medio del Espíritu puedo lograr el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la humildad y el dominio propio. Es cuestión de seguir la guía del Espíritu y no seguir a mi humanidad, mi carne, mis deseos humanos. ¿Cómo voy a saber cuál estoy siguiendo? Lo único que tengo que hacer es ver lo que se está produciendo en mi vida, si son las obras de la carne o si es el fruto del Espíritu.
  • La cruz hace toda la diferencia en nuestras vidas. Crucificando el viejo yo, me libero de mi pasado, me libero de la esclavitud a las pasiones humanas. Ya no tengo que vivir como los demás. Escribiendo a los efesios en el capítulo 4 de su carta a ellos, Pablo dice:

    “Esto, pues, es lo que les digo y les encargo en el nombre del Señor: que ya no vivan más como los paganos, los cuales viven de acuerdo con sus equivocados criterios y tienen oscurecido el entendimiento. Ellos no gozan de la vida que viene de Dios, porque son ignorantes a causa de lo insensible de su corazón. Se han endurecido y se han entregado al vicio, cometiendo sin freno toda clase de cosas impuras. Pero ustedes no conocieron a Cristo para vivir así, pues ciertamente oyeron el mensaje acerca de él y aprendieron a vivir como él lo quiere, según la verdad que está en Jesús. Por eso, deben ustedes renunciar a su antigua manera de vivir y despojarse de lo que antes eran, ya que todo eso se ha corrompido, a causa de los deseos engañosos. Deben renovarse espiritualmente en su manera de juzgar, y revestirse de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se distingue por una vida recta y pura, basada en la verdad.” (Efesios 4:17-24)“

  • Es una transformación. Ya somos muy distintos del mundo. Vivimos vidas renovadas. En los versículos que siguen, Pablo describe el impacto que esa renovación tiene en nuestras relaciones interpersonales:

    “Por lo tanto, ya no mientan más, sino diga cada uno la verdad a su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo. Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo. El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga algo que dar a los necesitados. No digan malas palabras, sino solo palabras buenas que edifiquen la comunidad y traigan beneficios a quienes las escuchen. No hagan que se entristezca el Espíritu Santo de Dios, con el que ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad de Dios el día en que él les dé la liberación definitiva. Alejen de ustedes la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Sean buenos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. Ustedes, como hijos amados de Dios, procuren imitarlo. Traten a todos con amor, de la misma manera que Cristo nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios.” (Efesios 4:25-5:2)


    Pablo menciona varias cosas aquí. Señalo algunas:
    Decir la verdad. En el versículo 15, Pablo dice que debemos hablar la verdad en amor. No buscamos engañar a nuestros hermanos. Somos de la verdad. Dios es verdad. Cristo dijo: “Yo soy la verdad.” Si somos de él, todo lo que sale de nuestras bocas debe ser la verdad.
    Controlar el enojo. El enojo es obra de la carne, así que tenemos que limitarlo. No debe llevarnos al pecado. Y no debemos dejar que se convierta en rencor, pues eso da oportunidad al diablo. La ira es parte de nuestro viejo yo. No podemos decir: “Bueno, yo soy así.” No, Ud. era así; ahora debe vivir guiado por el Espíritu.
    Usar palabras de edificación. Si siguiéramos los consejos de Pablo aquí, ¡creo que habría mucho más silencio! No hablar nada excepto lo que edifica y trae beneficios. Se ha dicho que cada cosa que decimos debe pasar por tres filtros: ¿es verdad? ¿es bueno? ¿es necesario? Hay un cáncer que anda por ahí en las iglesias, hermanos que pasan su tiempo buscando en qué criticar a otros. Hay revistas enteras dedicadas a señalar las faltas de otros hermanos. No participemos en tal pecado. Si alguien nos habla de lo que otro hermano ha hecho, lo que alguna congregación enseña, lo que algún predicador cree, nuestra pregunta debe ser: “Y ¿qué dijo ese hermano cuando hablaste con él?” Si no han hablado directamente con los hermanos a quienes están criticando, no debemos escucharlos. Así de simple. No participemos en chismes y murmuración.
    Eliminar las tendencias humanas: amargura, pasiones, enojos, gritos, insultos, maldad. Como dije, demasiadas veces disculpamos tales cosas diciendo “Bueno, así soy yo.” Pero el cristiano no puede hablar así. Estábamos controlados por nuestras pasiones, pero ya no. Ya vivimos bajo la guía del Espíritu.
    Ser buenos Ser bueno quiere decir hacer las cosas que le ayudan a la persona a llegar al cielo. Me he dado cuenta en los últimos años que en eso está la prueba de si algo es bueno o malo. Algo que nos acerca a Dios es bueno; todo lo que me aleja de El es malo. Es por eso que una enfermedad puede ser buena. La muerte de un ser querido puede ser bueno. Conseguir el trabajo de mis sueños puede ser malo. Entonces, ser bueno con alguien a veces incluye decirle cosas que no le gustan. Incluye señalar el pecado en su vida. Incluye reprenderle.
    Perdonar. El perdón se basa en el perdón que hemos recibido. Jesucristo lo explica mejor que yo en Mateo 18:23-35 “Por esto, sucede con el reino de los cielos como con un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Estaba comenzando a hacerlas cuando le presentaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, para que quedara pagada la deuda. El funcionario se arrodilló delante del rey, y le rogó: ‘Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo.’ Y el rey tuvo compasión de él; así que le perdonó la deuda y lo puso en libertad. “Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero suyo que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y comenzó a estrangularlo, diciéndole: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero, arrodillándose delante de él, le rogó: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Esto dolió mucho a los otros funcionarios, que fueron a contarle al rey todo lo sucedido. Entonces el rey lo mandó llamar, y le dijo: ‘¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues tú también debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Y tanto se enojó el rey, que ordenó castigarlo hasta que pagara todo lo que debía.” Jesús añadió: —Así hará también con ustedes mi Padre celestial, si cada uno de ustedes no perdona de corazón a su hermano.”
    Amar. El amor se basa en la cruz, como toda nuestra ética. El apóstol Juan escribió: “Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.” (1 Juan 3:16) No debemos olvidarnos que el amor está en el centro de nuestra fe. Los mandamientos más grandes tienen que ver con el amor. Cristo dijo que el mundo nos conocería como discípulos suyos por el amor que tenemos. En Apocalipsis 2, vemos el ejemplo de la iglesia de Efeso, una iglesia activa, con una doctrina impecable, pero que estaba por dejar de ser una iglesia de Dios por su falta de amor.
  • Es una transformación. Ya somos muy distintos del mundo. Vivimos vidas renovadas. En los versículos que siguen, Pablo describe el impacto que esa renovación tiene en nuestras relaciones interpersonales:

    “Por lo tanto, ya no mientan más, sino diga cada uno la verdad a su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo. Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo. El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga algo que dar a los necesitados. No digan malas palabras, sino solo palabras buenas que edifiquen la comunidad y traigan beneficios a quienes las escuchen. No hagan que se entristezca el Espíritu Santo de Dios, con el que ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad de Dios el día en que él les dé la liberación definitiva. Alejen de ustedes la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Sean buenos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. Ustedes, como hijos amados de Dios, procuren imitarlo. Traten a todos con amor, de la misma manera que Cristo nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios.” (Efesios 4:25-5:2)


    Pablo menciona varias cosas aquí. Señalo algunas:
    Decir la verdad. En el versículo 15, Pablo dice que debemos hablar la verdad en amor. No buscamos engañar a nuestros hermanos. Somos de la verdad. Dios es verdad. Cristo dijo: “Yo soy la verdad.” Si somos de él, todo lo que sale de nuestras bocas debe ser la verdad.
    Controlar el enojo. El enojo es obra de la carne, así que tenemos que limitarlo. No debe llevarnos al pecado. Y no debemos dejar que se convierta en rencor, pues eso da oportunidad al diablo. La ira es parte de nuestro viejo yo. No podemos decir: “Bueno, yo soy así.” No, Ud. era así; ahora debe vivir guiado por el Espíritu.
    Usar palabras de edificación. Si siguiéramos los consejos de Pablo aquí, ¡creo que habría mucho más silencio! No hablar nada excepto lo que edifica y trae beneficios. Se ha dicho que cada cosa que decimos debe pasar por tres filtros: ¿es verdad? ¿es bueno? ¿es necesario? Hay un cáncer que anda por ahí en las iglesias, hermanos que pasan su tiempo buscando en qué criticar a otros. Hay revistas enteras dedicadas a señalar las faltas de otros hermanos. No participemos en tal pecado. Si alguien nos habla de lo que otro hermano ha hecho, lo que alguna congregación enseña, lo que algún predicador cree, nuestra pregunta debe ser: “Y ¿qué dijo ese hermano cuando hablaste con él?” Si no han hablado directamente con los hermanos a quienes están criticando, no debemos escucharlos. Así de simple. No participemos en chismes y murmuración.
    Eliminar las tendencias humanas: amargura, pasiones, enojos, gritos, insultos, maldad. Como dije, demasiadas veces disculpamos tales cosas diciendo “Bueno, así soy yo.” Pero el cristiano no puede hablar así. Estábamos controlados por nuestras pasiones, pero ya no. Ya vivimos bajo la guía del Espíritu.
    Ser buenos Ser bueno quiere decir hacer las cosas que le ayudan a la persona a llegar al cielo. Me he dado cuenta en los últimos años que en eso está la prueba de si algo es bueno o malo. Algo que nos acerca a Dios es bueno; todo lo que me aleja de El es malo. Es por eso que una enfermedad puede ser buena. La muerte de un ser querido puede ser bueno. Conseguir el trabajo de mis sueños puede ser malo. Entonces, ser bueno con alguien a veces incluye decirle cosas que no le gustan. Incluye señalar el pecado en su vida. Incluye reprenderle.
    Perdonar. El perdón se basa en el perdón que hemos recibido. Jesucristo lo explica mejor que yo en Mateo 18:23-35 “Por esto, sucede con el reino de los cielos como con un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Estaba comenzando a hacerlas cuando le presentaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, para que quedara pagada la deuda. El funcionario se arrodilló delante del rey, y le rogó: ‘Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo.’ Y el rey tuvo compasión de él; así que le perdonó la deuda y lo puso en libertad. “Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero suyo que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y comenzó a estrangularlo, diciéndole: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero, arrodillándose delante de él, le rogó: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Esto dolió mucho a los otros funcionarios, que fueron a contarle al rey todo lo sucedido. Entonces el rey lo mandó llamar, y le dijo: ‘¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues tú también debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Y tanto se enojó el rey, que ordenó castigarlo hasta que pagara todo lo que debía.” Jesús añadió: —Así hará también con ustedes mi Padre celestial, si cada uno de ustedes no perdona de corazón a su hermano.”
    Amar. El amor se basa en la cruz, como toda nuestra ética. El apóstol Juan escribió: “Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.” (1 Juan 3:16) No debemos olvidarnos que el amor está en el centro de nuestra fe. Los mandamientos más grandes tienen que ver con el amor. Cristo dijo que el mundo nos conocería como discípulos suyos por el amor que tenemos. En Apocalipsis 2, vemos el ejemplo de la iglesia de Efeso, una iglesia activa, con una doctrina impecable, pero que estaba por dejar de ser una iglesia de Dios por su falta de amor.
  • Es una transformación. Ya somos muy distintos del mundo. Vivimos vidas renovadas. En los versículos que siguen, Pablo describe el impacto que esa renovación tiene en nuestras relaciones interpersonales:

    “Por lo tanto, ya no mientan más, sino diga cada uno la verdad a su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo. Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo. El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga algo que dar a los necesitados. No digan malas palabras, sino solo palabras buenas que edifiquen la comunidad y traigan beneficios a quienes las escuchen. No hagan que se entristezca el Espíritu Santo de Dios, con el que ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad de Dios el día en que él les dé la liberación definitiva. Alejen de ustedes la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Sean buenos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. Ustedes, como hijos amados de Dios, procuren imitarlo. Traten a todos con amor, de la misma manera que Cristo nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios.” (Efesios 4:25-5:2)


    Pablo menciona varias cosas aquí. Señalo algunas:
    Decir la verdad. En el versículo 15, Pablo dice que debemos hablar la verdad en amor. No buscamos engañar a nuestros hermanos. Somos de la verdad. Dios es verdad. Cristo dijo: “Yo soy la verdad.” Si somos de él, todo lo que sale de nuestras bocas debe ser la verdad.
    Controlar el enojo. El enojo es obra de la carne, así que tenemos que limitarlo. No debe llevarnos al pecado. Y no debemos dejar que se convierta en rencor, pues eso da oportunidad al diablo. La ira es parte de nuestro viejo yo. No podemos decir: “Bueno, yo soy así.” No, Ud. era así; ahora debe vivir guiado por el Espíritu.
    Usar palabras de edificación. Si siguiéramos los consejos de Pablo aquí, ¡creo que habría mucho más silencio! No hablar nada excepto lo que edifica y trae beneficios. Se ha dicho que cada cosa que decimos debe pasar por tres filtros: ¿es verdad? ¿es bueno? ¿es necesario? Hay un cáncer que anda por ahí en las iglesias, hermanos que pasan su tiempo buscando en qué criticar a otros. Hay revistas enteras dedicadas a señalar las faltas de otros hermanos. No participemos en tal pecado. Si alguien nos habla de lo que otro hermano ha hecho, lo que alguna congregación enseña, lo que algún predicador cree, nuestra pregunta debe ser: “Y ¿qué dijo ese hermano cuando hablaste con él?” Si no han hablado directamente con los hermanos a quienes están criticando, no debemos escucharlos. Así de simple. No participemos en chismes y murmuración.
    Eliminar las tendencias humanas: amargura, pasiones, enojos, gritos, insultos, maldad. Como dije, demasiadas veces disculpamos tales cosas diciendo “Bueno, así soy yo.” Pero el cristiano no puede hablar así. Estábamos controlados por nuestras pasiones, pero ya no. Ya vivimos bajo la guía del Espíritu.
    Ser buenos Ser bueno quiere decir hacer las cosas que le ayudan a la persona a llegar al cielo. Me he dado cuenta en los últimos años que en eso está la prueba de si algo es bueno o malo. Algo que nos acerca a Dios es bueno; todo lo que me aleja de El es malo. Es por eso que una enfermedad puede ser buena. La muerte de un ser querido puede ser bueno. Conseguir el trabajo de mis sueños puede ser malo. Entonces, ser bueno con alguien a veces incluye decirle cosas que no le gustan. Incluye señalar el pecado en su vida. Incluye reprenderle.
    Perdonar. El perdón se basa en el perdón que hemos recibido. Jesucristo lo explica mejor que yo en Mateo 18:23-35 “Por esto, sucede con el reino de los cielos como con un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Estaba comenzando a hacerlas cuando le presentaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, para que quedara pagada la deuda. El funcionario se arrodilló delante del rey, y le rogó: ‘Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo.’ Y el rey tuvo compasión de él; así que le perdonó la deuda y lo puso en libertad. “Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero suyo que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y comenzó a estrangularlo, diciéndole: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero, arrodillándose delante de él, le rogó: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Esto dolió mucho a los otros funcionarios, que fueron a contarle al rey todo lo sucedido. Entonces el rey lo mandó llamar, y le dijo: ‘¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues tú también debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Y tanto se enojó el rey, que ordenó castigarlo hasta que pagara todo lo que debía.” Jesús añadió: —Así hará también con ustedes mi Padre celestial, si cada uno de ustedes no perdona de corazón a su hermano.”
    Amar. El amor se basa en la cruz, como toda nuestra ética. El apóstol Juan escribió: “Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.” (1 Juan 3:16) No debemos olvidarnos que el amor está en el centro de nuestra fe. Los mandamientos más grandes tienen que ver con el amor. Cristo dijo que el mundo nos conocería como discípulos suyos por el amor que tenemos. En Apocalipsis 2, vemos el ejemplo de la iglesia de Efeso, una iglesia activa, con una doctrina impecable, pero que estaba por dejar de ser una iglesia de Dios por su falta de amor.
  • Es una transformación. Ya somos muy distintos del mundo. Vivimos vidas renovadas. En los versículos que siguen, Pablo describe el impacto que esa renovación tiene en nuestras relaciones interpersonales:

    “Por lo tanto, ya no mientan más, sino diga cada uno la verdad a su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo. Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo. El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga algo que dar a los necesitados. No digan malas palabras, sino solo palabras buenas que edifiquen la comunidad y traigan beneficios a quienes las escuchen. No hagan que se entristezca el Espíritu Santo de Dios, con el que ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad de Dios el día en que él les dé la liberación definitiva. Alejen de ustedes la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Sean buenos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. Ustedes, como hijos amados de Dios, procuren imitarlo. Traten a todos con amor, de la misma manera que Cristo nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios.” (Efesios 4:25-5:2)


    Pablo menciona varias cosas aquí. Señalo algunas:
    Decir la verdad. En el versículo 15, Pablo dice que debemos hablar la verdad en amor. No buscamos engañar a nuestros hermanos. Somos de la verdad. Dios es verdad. Cristo dijo: “Yo soy la verdad.” Si somos de él, todo lo que sale de nuestras bocas debe ser la verdad.
    Controlar el enojo. El enojo es obra de la carne, así que tenemos que limitarlo. No debe llevarnos al pecado. Y no debemos dejar que se convierta en rencor, pues eso da oportunidad al diablo. La ira es parte de nuestro viejo yo. No podemos decir: “Bueno, yo soy así.” No, Ud. era así; ahora debe vivir guiado por el Espíritu.
    Usar palabras de edificación. Si siguiéramos los consejos de Pablo aquí, ¡creo que habría mucho más silencio! No hablar nada excepto lo que edifica y trae beneficios. Se ha dicho que cada cosa que decimos debe pasar por tres filtros: ¿es verdad? ¿es bueno? ¿es necesario? Hay un cáncer que anda por ahí en las iglesias, hermanos que pasan su tiempo buscando en qué criticar a otros. Hay revistas enteras dedicadas a señalar las faltas de otros hermanos. No participemos en tal pecado. Si alguien nos habla de lo que otro hermano ha hecho, lo que alguna congregación enseña, lo que algún predicador cree, nuestra pregunta debe ser: “Y ¿qué dijo ese hermano cuando hablaste con él?” Si no han hablado directamente con los hermanos a quienes están criticando, no debemos escucharlos. Así de simple. No participemos en chismes y murmuración.
    Eliminar las tendencias humanas: amargura, pasiones, enojos, gritos, insultos, maldad. Como dije, demasiadas veces disculpamos tales cosas diciendo “Bueno, así soy yo.” Pero el cristiano no puede hablar así. Estábamos controlados por nuestras pasiones, pero ya no. Ya vivimos bajo la guía del Espíritu.
    Ser buenos Ser bueno quiere decir hacer las cosas que le ayudan a la persona a llegar al cielo. Me he dado cuenta en los últimos años que en eso está la prueba de si algo es bueno o malo. Algo que nos acerca a Dios es bueno; todo lo que me aleja de El es malo. Es por eso que una enfermedad puede ser buena. La muerte de un ser querido puede ser bueno. Conseguir el trabajo de mis sueños puede ser malo. Entonces, ser bueno con alguien a veces incluye decirle cosas que no le gustan. Incluye señalar el pecado en su vida. Incluye reprenderle.
    Perdonar. El perdón se basa en el perdón que hemos recibido. Jesucristo lo explica mejor que yo en Mateo 18:23-35 “Por esto, sucede con el reino de los cielos como con un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Estaba comenzando a hacerlas cuando le presentaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, para que quedara pagada la deuda. El funcionario se arrodilló delante del rey, y le rogó: ‘Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo.’ Y el rey tuvo compasión de él; así que le perdonó la deuda y lo puso en libertad. “Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero suyo que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y comenzó a estrangularlo, diciéndole: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero, arrodillándose delante de él, le rogó: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Esto dolió mucho a los otros funcionarios, que fueron a contarle al rey todo lo sucedido. Entonces el rey lo mandó llamar, y le dijo: ‘¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues tú también debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Y tanto se enojó el rey, que ordenó castigarlo hasta que pagara todo lo que debía.” Jesús añadió: —Así hará también con ustedes mi Padre celestial, si cada uno de ustedes no perdona de corazón a su hermano.”
    Amar. El amor se basa en la cruz, como toda nuestra ética. El apóstol Juan escribió: “Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.” (1 Juan 3:16) No debemos olvidarnos que el amor está en el centro de nuestra fe. Los mandamientos más grandes tienen que ver con el amor. Cristo dijo que el mundo nos conocería como discípulos suyos por el amor que tenemos. En Apocalipsis 2, vemos el ejemplo de la iglesia de Efeso, una iglesia activa, con una doctrina impecable, pero que estaba por dejar de ser una iglesia de Dios por su falta de amor.
  • Es una transformación. Ya somos muy distintos del mundo. Vivimos vidas renovadas. En los versículos que siguen, Pablo describe el impacto que esa renovación tiene en nuestras relaciones interpersonales:

    “Por lo tanto, ya no mientan más, sino diga cada uno la verdad a su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo. Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo. El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga algo que dar a los necesitados. No digan malas palabras, sino solo palabras buenas que edifiquen la comunidad y traigan beneficios a quienes las escuchen. No hagan que se entristezca el Espíritu Santo de Dios, con el que ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad de Dios el día en que él les dé la liberación definitiva. Alejen de ustedes la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Sean buenos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. Ustedes, como hijos amados de Dios, procuren imitarlo. Traten a todos con amor, de la misma manera que Cristo nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios.” (Efesios 4:25-5:2)


    Pablo menciona varias cosas aquí. Señalo algunas:
    Decir la verdad. En el versículo 15, Pablo dice que debemos hablar la verdad en amor. No buscamos engañar a nuestros hermanos. Somos de la verdad. Dios es verdad. Cristo dijo: “Yo soy la verdad.” Si somos de él, todo lo que sale de nuestras bocas debe ser la verdad.
    Controlar el enojo. El enojo es obra de la carne, así que tenemos que limitarlo. No debe llevarnos al pecado. Y no debemos dejar que se convierta en rencor, pues eso da oportunidad al diablo. La ira es parte de nuestro viejo yo. No podemos decir: “Bueno, yo soy así.” No, Ud. era así; ahora debe vivir guiado por el Espíritu.
    Usar palabras de edificación. Si siguiéramos los consejos de Pablo aquí, ¡creo que habría mucho más silencio! No hablar nada excepto lo que edifica y trae beneficios. Se ha dicho que cada cosa que decimos debe pasar por tres filtros: ¿es verdad? ¿es bueno? ¿es necesario? Hay un cáncer que anda por ahí en las iglesias, hermanos que pasan su tiempo buscando en qué criticar a otros. Hay revistas enteras dedicadas a señalar las faltas de otros hermanos. No participemos en tal pecado. Si alguien nos habla de lo que otro hermano ha hecho, lo que alguna congregación enseña, lo que algún predicador cree, nuestra pregunta debe ser: “Y ¿qué dijo ese hermano cuando hablaste con él?” Si no han hablado directamente con los hermanos a quienes están criticando, no debemos escucharlos. Así de simple. No participemos en chismes y murmuración.
    Eliminar las tendencias humanas: amargura, pasiones, enojos, gritos, insultos, maldad. Como dije, demasiadas veces disculpamos tales cosas diciendo “Bueno, así soy yo.” Pero el cristiano no puede hablar así. Estábamos controlados por nuestras pasiones, pero ya no. Ya vivimos bajo la guía del Espíritu.
    Ser buenos Ser bueno quiere decir hacer las cosas que le ayudan a la persona a llegar al cielo. Me he dado cuenta en los últimos años que en eso está la prueba de si algo es bueno o malo. Algo que nos acerca a Dios es bueno; todo lo que me aleja de El es malo. Es por eso que una enfermedad puede ser buena. La muerte de un ser querido puede ser bueno. Conseguir el trabajo de mis sueños puede ser malo. Entonces, ser bueno con alguien a veces incluye decirle cosas que no le gustan. Incluye señalar el pecado en su vida. Incluye reprenderle.
    Perdonar. El perdón se basa en el perdón que hemos recibido. Jesucristo lo explica mejor que yo en Mateo 18:23-35 “Por esto, sucede con el reino de los cielos como con un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Estaba comenzando a hacerlas cuando le presentaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, para que quedara pagada la deuda. El funcionario se arrodilló delante del rey, y le rogó: ‘Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo.’ Y el rey tuvo compasión de él; así que le perdonó la deuda y lo puso en libertad. “Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero suyo que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y comenzó a estrangularlo, diciéndole: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero, arrodillándose delante de él, le rogó: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Esto dolió mucho a los otros funcionarios, que fueron a contarle al rey todo lo sucedido. Entonces el rey lo mandó llamar, y le dijo: ‘¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues tú también debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Y tanto se enojó el rey, que ordenó castigarlo hasta que pagara todo lo que debía.” Jesús añadió: —Así hará también con ustedes mi Padre celestial, si cada uno de ustedes no perdona de corazón a su hermano.”
    Amar. El amor se basa en la cruz, como toda nuestra ética. El apóstol Juan escribió: “Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.” (1 Juan 3:16) No debemos olvidarnos que el amor está en el centro de nuestra fe. Los mandamientos más grandes tienen que ver con el amor. Cristo dijo que el mundo nos conocería como discípulos suyos por el amor que tenemos. En Apocalipsis 2, vemos el ejemplo de la iglesia de Efeso, una iglesia activa, con una doctrina impecable, pero que estaba por dejar de ser una iglesia de Dios por su falta de amor.
  • Es una transformación. Ya somos muy distintos del mundo. Vivimos vidas renovadas. En los versículos que siguen, Pablo describe el impacto que esa renovación tiene en nuestras relaciones interpersonales:

    “Por lo tanto, ya no mientan más, sino diga cada uno la verdad a su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo. Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo. El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga algo que dar a los necesitados. No digan malas palabras, sino solo palabras buenas que edifiquen la comunidad y traigan beneficios a quienes las escuchen. No hagan que se entristezca el Espíritu Santo de Dios, con el que ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad de Dios el día en que él les dé la liberación definitiva. Alejen de ustedes la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Sean buenos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. Ustedes, como hijos amados de Dios, procuren imitarlo. Traten a todos con amor, de la misma manera que Cristo nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios.” (Efesios 4:25-5:2)


    Pablo menciona varias cosas aquí. Señalo algunas:
    Decir la verdad. En el versículo 15, Pablo dice que debemos hablar la verdad en amor. No buscamos engañar a nuestros hermanos. Somos de la verdad. Dios es verdad. Cristo dijo: “Yo soy la verdad.” Si somos de él, todo lo que sale de nuestras bocas debe ser la verdad.
    Controlar el enojo. El enojo es obra de la carne, así que tenemos que limitarlo. No debe llevarnos al pecado. Y no debemos dejar que se convierta en rencor, pues eso da oportunidad al diablo. La ira es parte de nuestro viejo yo. No podemos decir: “Bueno, yo soy así.” No, Ud. era así; ahora debe vivir guiado por el Espíritu.
    Usar palabras de edificación. Si siguiéramos los consejos de Pablo aquí, ¡creo que habría mucho más silencio! No hablar nada excepto lo que edifica y trae beneficios. Se ha dicho que cada cosa que decimos debe pasar por tres filtros: ¿es verdad? ¿es bueno? ¿es necesario? Hay un cáncer que anda por ahí en las iglesias, hermanos que pasan su tiempo buscando en qué criticar a otros. Hay revistas enteras dedicadas a señalar las faltas de otros hermanos. No participemos en tal pecado. Si alguien nos habla de lo que otro hermano ha hecho, lo que alguna congregación enseña, lo que algún predicador cree, nuestra pregunta debe ser: “Y ¿qué dijo ese hermano cuando hablaste con él?” Si no han hablado directamente con los hermanos a quienes están criticando, no debemos escucharlos. Así de simple. No participemos en chismes y murmuración.
    Eliminar las tendencias humanas: amargura, pasiones, enojos, gritos, insultos, maldad. Como dije, demasiadas veces disculpamos tales cosas diciendo “Bueno, así soy yo.” Pero el cristiano no puede hablar así. Estábamos controlados por nuestras pasiones, pero ya no. Ya vivimos bajo la guía del Espíritu.
    Ser buenos Ser bueno quiere decir hacer las cosas que le ayudan a la persona a llegar al cielo. Me he dado cuenta en los últimos años que en eso está la prueba de si algo es bueno o malo. Algo que nos acerca a Dios es bueno; todo lo que me aleja de El es malo. Es por eso que una enfermedad puede ser buena. La muerte de un ser querido puede ser bueno. Conseguir el trabajo de mis sueños puede ser malo. Entonces, ser bueno con alguien a veces incluye decirle cosas que no le gustan. Incluye señalar el pecado en su vida. Incluye reprenderle.
    Perdonar. El perdón se basa en el perdón que hemos recibido. Jesucristo lo explica mejor que yo en Mateo 18:23-35 “Por esto, sucede con el reino de los cielos como con un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Estaba comenzando a hacerlas cuando le presentaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, para que quedara pagada la deuda. El funcionario se arrodilló delante del rey, y le rogó: ‘Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo.’ Y el rey tuvo compasión de él; así que le perdonó la deuda y lo puso en libertad. “Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero suyo que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y comenzó a estrangularlo, diciéndole: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero, arrodillándose delante de él, le rogó: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Esto dolió mucho a los otros funcionarios, que fueron a contarle al rey todo lo sucedido. Entonces el rey lo mandó llamar, y le dijo: ‘¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues tú también debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Y tanto se enojó el rey, que ordenó castigarlo hasta que pagara todo lo que debía.” Jesús añadió: —Así hará también con ustedes mi Padre celestial, si cada uno de ustedes no perdona de corazón a su hermano.”
    Amar. El amor se basa en la cruz, como toda nuestra ética. El apóstol Juan escribió: “Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.” (1 Juan 3:16) No debemos olvidarnos que el amor está en el centro de nuestra fe. Los mandamientos más grandes tienen que ver con el amor. Cristo dijo que el mundo nos conocería como discípulos suyos por el amor que tenemos. En Apocalipsis 2, vemos el ejemplo de la iglesia de Efeso, una iglesia activa, con una doctrina impecable, pero que estaba por dejar de ser una iglesia de Dios por su falta de amor.
  • Es una transformación. Ya somos muy distintos del mundo. Vivimos vidas renovadas. En los versículos que siguen, Pablo describe el impacto que esa renovación tiene en nuestras relaciones interpersonales:

    “Por lo tanto, ya no mientan más, sino diga cada uno la verdad a su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo. Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo. El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga algo que dar a los necesitados. No digan malas palabras, sino solo palabras buenas que edifiquen la comunidad y traigan beneficios a quienes las escuchen. No hagan que se entristezca el Espíritu Santo de Dios, con el que ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad de Dios el día en que él les dé la liberación definitiva. Alejen de ustedes la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Sean buenos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. Ustedes, como hijos amados de Dios, procuren imitarlo. Traten a todos con amor, de la misma manera que Cristo nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios.” (Efesios 4:25-5:2)


    Pablo menciona varias cosas aquí. Señalo algunas:
    Decir la verdad. En el versículo 15, Pablo dice que debemos hablar la verdad en amor. No buscamos engañar a nuestros hermanos. Somos de la verdad. Dios es verdad. Cristo dijo: “Yo soy la verdad.” Si somos de él, todo lo que sale de nuestras bocas debe ser la verdad.
    Controlar el enojo. El enojo es obra de la carne, así que tenemos que limitarlo. No debe llevarnos al pecado. Y no debemos dejar que se convierta en rencor, pues eso da oportunidad al diablo. La ira es parte de nuestro viejo yo. No podemos decir: “Bueno, yo soy así.” No, Ud. era así; ahora debe vivir guiado por el Espíritu.
    Usar palabras de edificación. Si siguiéramos los consejos de Pablo aquí, ¡creo que habría mucho más silencio! No hablar nada excepto lo que edifica y trae beneficios. Se ha dicho que cada cosa que decimos debe pasar por tres filtros: ¿es verdad? ¿es bueno? ¿es necesario? Hay un cáncer que anda por ahí en las iglesias, hermanos que pasan su tiempo buscando en qué criticar a otros. Hay revistas enteras dedicadas a señalar las faltas de otros hermanos. No participemos en tal pecado. Si alguien nos habla de lo que otro hermano ha hecho, lo que alguna congregación enseña, lo que algún predicador cree, nuestra pregunta debe ser: “Y ¿qué dijo ese hermano cuando hablaste con él?” Si no han hablado directamente con los hermanos a quienes están criticando, no debemos escucharlos. Así de simple. No participemos en chismes y murmuración.
    Eliminar las tendencias humanas: amargura, pasiones, enojos, gritos, insultos, maldad. Como dije, demasiadas veces disculpamos tales cosas diciendo “Bueno, así soy yo.” Pero el cristiano no puede hablar así. Estábamos controlados por nuestras pasiones, pero ya no. Ya vivimos bajo la guía del Espíritu.
    Ser buenos Ser bueno quiere decir hacer las cosas que le ayudan a la persona a llegar al cielo. Me he dado cuenta en los últimos años que en eso está la prueba de si algo es bueno o malo. Algo que nos acerca a Dios es bueno; todo lo que me aleja de El es malo. Es por eso que una enfermedad puede ser buena. La muerte de un ser querido puede ser bueno. Conseguir el trabajo de mis sueños puede ser malo. Entonces, ser bueno con alguien a veces incluye decirle cosas que no le gustan. Incluye señalar el pecado en su vida. Incluye reprenderle.
    Perdonar. El perdón se basa en el perdón que hemos recibido. Jesucristo lo explica mejor que yo en Mateo 18:23-35 “Por esto, sucede con el reino de los cielos como con un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Estaba comenzando a hacerlas cuando le presentaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, para que quedara pagada la deuda. El funcionario se arrodilló delante del rey, y le rogó: ‘Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo.’ Y el rey tuvo compasión de él; así que le perdonó la deuda y lo puso en libertad. “Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero suyo que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y comenzó a estrangularlo, diciéndole: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero, arrodillándose delante de él, le rogó: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Esto dolió mucho a los otros funcionarios, que fueron a contarle al rey todo lo sucedido. Entonces el rey lo mandó llamar, y le dijo: ‘¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues tú también debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Y tanto se enojó el rey, que ordenó castigarlo hasta que pagara todo lo que debía.” Jesús añadió: —Así hará también con ustedes mi Padre celestial, si cada uno de ustedes no perdona de corazón a su hermano.”
    Amar. El amor se basa en la cruz, como toda nuestra ética. El apóstol Juan escribió: “Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.” (1 Juan 3:16) No debemos olvidarnos que el amor está en el centro de nuestra fe. Los mandamientos más grandes tienen que ver con el amor. Cristo dijo que el mundo nos conocería como discípulos suyos por el amor que tenemos. En Apocalipsis 2, vemos el ejemplo de la iglesia de Efeso, una iglesia activa, con una doctrina impecable, pero que estaba por dejar de ser una iglesia de Dios por su falta de amor.
  • Cristo nos ha puesto en un cuerpo. Su cuerpo. Todo lo que hacemos a los demás nos afecta a nosotros. Estamos conectados. Somos dependientes, los unos de los otros. Crecemos si crecen los otros; si ellos no avanzan en la fe, nosotros tampoco podemos avanzar. Tenemos que poner nuestras relaciones interpersonales en un lugar de prioridad.


  • Los que saben de cangrejos me dicen que hay un truco relativamente fácil para asegurarse que los cangrejos no escapen de una cubeta.
  • Los que saben de cangrejos me dicen que hay un truco relativamente fácil para asegurarse que los cangrejos no escapen de una cubeta.
  • Si uno pone un cangrejo en la cubeta, tiene que taparlo bien; sino, fácilmente se escapa el cangrejo.
  • Pero si uno pone dos cangrejos o más en una cubeta, ya no hace falta la tapa.
  • Si un cangrejo empieza a subir y tratar de escaparse, los otros lo retienen, lo tiran abajo. No permiten que los otros escapen, y ellos tampoco escapan. Si se dejaran en paz los unos a los otros, todos saldrían y escaparían de la muerte segura que les espera. A veces somos como los cangrejos, ¿no? Pensamos que tirar abajo a nuestros hermanos nos exalta a nosotros de alguna forma. Pensamos que si el otro sobresale, habrá menos gloria para nosotros. Y nos tiramos abajo mutuamente. Vemos que este hermano tiene éxito, entonces buscamos lo que sea para criticarlo, para herirlo, para tirarlo abajo.
  • Relaciones Interpersonales

    1. 1. Ética y las Relaciones Interpersonales
    2. 2. El arca de Noé
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    7. 7. El arca de Noé
    8. 8. El arca de Noé
    9. 9. El arca de Noé ¿Cuál era la alternativa?
    10. 10. Soportándonos
    11. 11. Soportándonos Celos
    12. 12. Soportándonos Celos Rencor
    13. 13. Soportándonos Celos Rencor Falta de Respeto
    14. 14. Soportándonos Celos Rencor Falta de Respeto Insensibilidad
    15. 15. Filipenses
    16. 16. Filipenses 2:1-4
    17. 17. Filipenses 2:1-4 Si hay alguna…
    18. 18. Filipenses 2:1-4
    19. 19. Filipenses 2:1-4 •Unidad
    20. 20. Filipenses 2:1-4 •Unidad •Humildad
    21. 21. Filipenses 2:1-4 •Unidad •Humildad •Desinterés
    22. 22. Filipenses 2:5-11
    23. 23. Filipenses 2:5-11 •Sin título ni poder
    24. 24. Filipenses 2:5-11 •Sin título ni poder •Sin derechos
    25. 25. Filipenses 2:5-11 •Sin título ni poder •Sin derechos •Siervo
    26. 26. Filipenses 2:5-11 •Sin título ni poder •Sin derechos •Siervo •Se humilló
    27. 27. Filipenses 2:5-11 •Sin título ni poder •Sin derechos •Siervo •Se humilló •Obediente
    28. 28. É ica
    29. 29. Gálatas 5:13-26
    30. 30. Gálatas 5:13-26 • Relaciones interpersonales
    31. 31. Gálatas 5:13-26 • Relaciones interpersonales • Andar/vivir en el Espíritu
    32. 32. Gálatas 5:13-26 • Relaciones interpersonales • Andar/vivir en el Espíritu • Hemos crucificado la carne
    33. 33. Gálatas 5:13-26 Obras Fruto de la del vs carne Espíritu
    34. 34. Efesios 4:17-24 Lo que Lo que éramos seremos
    35. 35. Efesios 4:25-5:2
    36. 36. Efesios 4:25-5:2 •Verdad
    37. 37. Efesios 4:25-5:2 •Verdad •Enojo
    38. 38. Efesios 4:25-5:2 •Verdad •Enojo •Edificación
    39. 39. Efesios 4:25-5:2 •Verdad •Enojo •Edificación •Tendencias humanas
    40. 40. Efesios 4:25-5:2 •Verdad •Bondad •Enojo •Edificación •Tendencias humanas
    41. 41. Efesios 4:25-5:2 •Verdad •Bondad •Enojo •Perdón •Edificación •Tendencias humanas
    42. 42. Efesios 4:25-5:2 •Verdad •Bondad •Enojo •Perdón •Edificación •Amor •Tendencias humanas
    43. 43. Los cangrejos
    44. 44. Los cangrejos
    45. 45. Los cangrejos
    46. 46. Los cangrejos
    47. 47. Los cangrejos
    48. 48. Los cangrejos
    49. 49. Los cangrejos
    50. 50. Las hormigas
    51. 51. Las hormigas
    52. 52. ¿Cangrejos u hormigas?
    53. 53. É ica y las relaciones interpersonales

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