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  • 1. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 1
  • 2. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 2 La Colección Literaria de Hugh Nibley. Volumen 5: LEHI EN EL DESIERTO Y EL MUNDO DE LOS JAREDITAS. Por Hugh Nibley. Traducción Libre al Español por Alberto Caraveo Gutiérrez.
  • 3. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 3 Prólogo a la Edición de 1952. El Libro de Mormón, la obra literaria mas interesante de la Iglesia es en esencia el recuento de tres migraciones provenientes de tierras asiá- ticas hacia América. Los Jareditas llegaron a América al tiempo de la confusión de len- guas; un segundo grupo hizo lo propio bajo el liderazgo del profeta Lehi en la época de Sedequías, rey de Israel y el tercero, guiado por Mulek llegó en esa misma época. Mientras que la historia de estos pueblos en su hogar adoptivo es tratada abundantemente en el Libro de Mormón para brindar al lector una comprensión perfecta de sus objetivos y filosofías, muy poco se nos dice sobre sus vidas antes de que iniciaran su viaje hacia tierras occidentales. Esto hace al libro del Dr. Nibley doblemente interesante. El autor ha intentado, tras una larga y exhaustiva investigación, abordar la historia del pueblo de Jared; su ‗modus vivendi‘, así como las razones que los motivaron a abandonar sus hogares en Asia para aven- turarse en una nueva tierra, conocida ahora como América. A partir de innumerables fuentes el Dr. Nibley ha reunido este mate- rial que en conjunto describe a este primer pueblo, que, buscando las verdades de Dios decidió abandonar su hogar en pos de un mundo hasta entonces desconocido. Este estudio se ha realizado de manera tal que permite comprender las motivaciones de estas personas, apareciendo ante nosotros como personajes reales de carne y huesos de aquella época, a pesar de los miles de años que nos separan de ellos. El Dr. Nibley ha procedido de forma similar con los grupos restantes; el primero bajo el liderazgo del profeta Lehi y el segundo guiado por Mulek años mas tarde. El entorno cultural del que fuera el hogar de Lehi es descrito con toda minuciosidad. La obra del Dr. Nibley responde a las interrogantes que han sido abordadas someramente en el Libro de Mormón; ¿Quién era Lehi? ¿Qué hacía en Jerusalén? ¿Dónde se ubicaba su hogar? ¿Qué le impulso a salir y buscar un nuevo hogar allende el Gran Océano? Las respuestas a estas cuestiones insuflan de vida a estas personas, que de otra forma, permanecerían entre las sombras. Esta obra del Dr. Nibley confirma además la historia presentada en el Libro de Mormón; ofrece respuestas a las causas de la migración y explica sobre la base de la evidencia histórica el cómo y el por qué ocurrieron ciertos eventos mencionados en el Libro de Mormón. El estudio del pueblo Ja- redita, del pueblo de Lehi en el desierto y del grupo de Mulek, cubre un amplio terreno de la investigación histórica que hasta ahora no había sido abarcado por los eruditos modernos. El libro jamás hubiera salido a luz de no ser por la vasta colección de
  • 4. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 4 fuentes consultadas, además de que es necesario hacer notar que ha sido escrito bajo la inspiración del espíritu de Dios. Tal vez lo mejor del libro es que se convierte en un testimonio adicional de la autenticidad de José Smith como profeta divinamente inspirado para llevar a cabo la obra de la traducción del Libro de Mormón y la Restauración del Evangelio de Je- sucristo. Las evidencias a favor de la autenticidad del Libro de Mormón au- mentan día con día. Por tal motivo esta obra se convierte en un poderoso testigo de el; y por lo tanto, doblemente valioso para todo Santo de los Últimos Días. Tanto el Dr. Nibley como los editores de esta obra agradecen que la serie de artículos que primeramente fueron publicados en la revista ―Im- provement Era‖ hayan dado pie a este libro. Dr. John A. Witdsoe.
  • 5. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 5 Introducción de la Edición de 1988. Con la llegada del alba del 6 de Junio de 1944, las primeras lanchas de desembarque de las fuerzas aliadas atracaban en las playas de Normandía. En la playa conocida por los aliados con el nombre clave de Utah, una docena de hombres a bordo de uno de esos jeeps de combate vitoreaban a su pintoresco conductor como si hubiera surgido triunfante de debajo de la superficie de las heladas aguas del Canal de la Mancha. Ese conductor, un elemento de inteligencia del ejército de Estados Unidos poseedor de un doctorado en historia antigua por la Universidad de Ca- lifornia en Berkeley, no era otro que Hugh Nibley, de 34 años. Mientras se preparaba la invasión, Nibley ya había visitado algunas librerías antiguas de Londres –saliendo con una gran cantidad de tesoros de la literatura Arabe y Griega bajo el brazo. Una vez hecho esto, a hur- tadillas escondió un ejemplar del Libro de Mormón en el interior de una de las cincuenta y cinco bolsas de faena de su regimento que integraba, junto con otros, las tropas de inteligencia. El jeep que conducía Nibley rodeó una duna de arena y desapareció de la faz de la tierra sin que jamas se volviera a saber de él. ―yo estuve ahí, en la playa Utah,‖ recuerda vívidamente el autor, ―estuvimos un par de pies bajo del agua; un hecho que realmente me impresionó profun- damente, tan profundamente como la veracidad del Libro de Mormón. Nunca había reflexionado en ello hasta ahora, pero todo lo que puedo recordar de ese día es lo maravilloso que era para mí este Libro de Mormón.‖ Independientemente de la norma empleada para juzgarlo, el Libro de Mormón no es un libro ordinario. Tan certera parece ser esta afirmación que el más ilustre erudito que lo ha investigado siempre ha quedado fascinado de una manera no menos ordinaria. Después de su estadía en la playa Utah, Hugh Nibley no volvería a ser el mismo, ni el mismo erudito en el Libro de Mormón. Hugh Nibley probablemente es conocido por sus grandilocuentes investigaciones sobre los entornos culturales e históricos del Cercano Oriente de Nefitas y Jareditas. Esos estudios clásicos están contenidos en este volumen –el primero de una serie de libros que forman parte de la colección literaria de Hugh Nibley con relación al Libro de Mormón. Hasta el día de hoy, Nibley recuerda cuán emocionado estaba mientras reali- zaba estos descubrimientos y los escribía. Sin embargo para Nibley, estos y otros paralelos históricos única- mente on útiles para entender el contexto de los mensajes fundamentales presentados en el Libro de Mormón. En última instancia, la importancia del Libro de Mormón, en su opinión, es que esboza un panorama extra- ordinariamente claro y convincente del Plan de Salvación. Expone sin
  • 6. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 6 ambigüedades las flaquezas de la condición humana y los desafíos que toda persona debe enfrentar para lograr su supervivencia temporal y espiritual. Estos mensajes –de urgente relevancia en nuestros días– son para Hugh Nibley, el núcleo central y el corazón del Libro de Mormón. Su excursión a través de la historia, lenguaje, cultura y entorno del Libro de Mormón únicamente son un método desarrollado para entender y apreciar ciertos aspectos de ese mensaje. Desarrollar esta comprensión del mensaje presente en el Libro de Mormón ha sido un reto en el que ha empleado la mayor parte e su vida. Esta labor dió inicio en 1948 con la publicación de su artículo ―El Libro de Mormón como un Reflejo de Oriente,‖ que creció hasta convertirse en tres sagas, ―Lehi en el Desierto‖ en 1950, ―El mundo de los Jareditas‖ en 1951-52 y ―Había Jareditas‖ en 1956-57 que fueron publicados en la revista Improvement Era. En 1952 la colección de artículos que formaban los títulos ―Lehi en el Desierto‖ y ―El Mundo de los Jareditas‖ fueron pu- blicados en un libro intitulado ―Lehi en el Desierto y el Mundo de los Ja- reditas‖ que ha gozado de gran aceptación desde hace 35 años. En el presente volumen, el trabajo de los editores se ha limitado únicamente a cuestiones de carácter técnico. El texto original permanece sustancialmente intacto, aunque sujeto a ediciones de carácter superfi- cial. Toda la información disponible en ―El Libro de Mormón como un Reflejo de Oriente‖ (mucha de la cual se insertó en ―Lehi en el Desierto‖ en 1950) y las notas de ―Lehi en el Desierto,‖ han sido reestructuradas en el texto así como la mayoría de las ilustraciones. La saga ―Había Jareditas‖ se incluye por primera vez en este volumen y todas las notas en esta edición especial se han verificado y simplificado; especialmente gracias a la labor de Stepher Callister, Darrell Matthews y Rebeca Bishop. Un trabajo minucioso con estos artículos y sus fuentes correspon- dientes hacen ahora más evidente el hecho de que tanto ―El Libro de Mormón como un Reflejo de Oriente‖ y ―Lehi en el Desierto‖ lucen actua- lizados. Desde esa época, este insigne investigador ha producido otras frutíferas investigaciones que corroboran la solidez de su innovador en- foque. El vasto conocimiento histórico del Cercano Oriente y en especial su dominio de la lengua árabe le han permitido al Dr. Nibley reconstruir los probables ambientes culturales de hombres como Lehi y Nefi, así como escudriñar el Libro de Mormón para identificar posibles evidencias de su mundo cultural. Mucha de esta evidencia es completamente precisa y sólida; en otras ocasiones es sutil y remota. En este último caso, nadie mas se ha percatado de tales cuestiones; y si se dejaran de lado esas ideas perspicaces, la vida de Lehi y los Jareditas ―permanecería en las sombras,‖ como lo señalara el élder John A. Widtsoe en el prólogo de la edición de 1952. La metodología empleada en ―Lehi en el Desierto‖ es, como lo ex- plicara en una ocasión el Dr. Nibley, ―simplemente concederle al Libro de Mormón el beneficio de la duda.‖ Si se asume que Lehi vivió en Jerusalén
  • 7. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 7 alrededor del año 600 a.C. entonces emerge un cuadro consistente entre lo que ahora sabemos de ese período histórico desde una perspectiva secular y lo que encontramos en el mismo libro. De la misma forma, si se se asume que Jared abandonó Mesopotamia alrededor del año 2000 a.C. entonces la naturaleza de la sociedad y la historia reflejada en los pri- meros registros de esta gente deberían ser consistentes con lo que se conoce sobre esa época. Las costumbres del Cercano Oriente y las ob- servaciones del Dr. Nibley se cotejan con los detalles presentes en el Libro de Mormón en las áreas del lenguaje y la literatura; la arqueología y la historia; así como la política y la cultura. Un puñado de hechos, una vez reunidos, resultan abrumadoramente aplastantes, pero tambien encajan perfecta y convincentemente en lo que el autor llama ―El Panorama Completo.‖ En esos primeros años, Hugh Nibley se sintió gratamente recom- pensado al ver que sus investigaciones eran dinamita pura en contra de los críticos del Libro de Mormón. Sus observaciones plasmadas en ―Lehi en el Desierto‖ y en ―El Mundo de los Jareditas‖ convergen en un asunto fundamental: No existe punto de discusión a la cuestión: ¿Quién escribió el Libro de Mormón? Habría sido prácticamente imposible escribir el libro tanto para el hombre mas instruido de 1830 como para José Smith. Y quienquiera que desee explicar el relato del Libro de Mormón mediante cualquier otra teoría propuesta debe –con excepción de una– descartar las primeras cuarenta páginas. Escribir una historia sobre lo que pudo haber sucedido en los albores de la historia escrita habría estado tan lejos del alcance de cualquier erudito de la época de José Smith como la posibilidad de que pudiera construirse una bomba atómica. A pesar de que la solidez de estas ideas es difícil de ignorar, no se debe estar satisfecho con esto. Esto sirve solo a manera de aperitivo. Durante años el Dr. Nibley ha permanecido sin descanso hasta poder entender los mensajes presentados en el Libro de Mormón a la luz de sus antecedentes históricos. Por lo tanto, el lector no se conformará con dar la vuelta a la última hoja de este tomo, sino que deseará ir mas allá tras el conocimiento de las perspectivas presentadas en ―Un Acercamiento al Libro de Mormón y ―Desde Cumorah‖ así como una serie de artículos subsecuentes con relación a los mensajes proféticos del Libro de Mormón. De igual forma, el legado e influencia del Dr. Nibley con toda seguridad continuará estimulando el pensamiento crítico de generaciones con respecto al Libro de Mormón durante mucho tiempo. Sin embargo, este volumen es necesariamente el punto de inicio esencial para comprender las contribuciones que el Dr. Nibley ha hecho durante más de cuatro décadas con relación al Libro de Mormón. En sus escritos, como fácilmente lo comprobará el lector, el autor nos enseña
  • 8. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 8 algunos puntos importantes: Nos enseña a ver con un mayor detenimiento al Libro de Mormón. ―Necesitamos hacer del Libro de Mormón objeto de un estudio mas serio y concienzudo.‖ Además, agrega que, ―la superficialidad es completamente ofensiva para el Señor. No hemos puesto la suficiente atención al Libro de Mormón.‖ Nos desafía a entender el Libro de Mormón. ―El Libro de Mormón puede llegar comprenderse plenamente…si no aceptamos este reto, perdemos de antemano.‖ Mediante el examen riguroso, nos muestra que el Libro de Mormón permanece incólume ante el más exigente escrutinio. Al observar cui- dadosamente en el Libro de Mormón, al establecer inferencias, al re- flexionar sobre cada palabra o frase significativa presente en el libro, el lector descubrirá más tesoros que los que el ojo es capaz de reconocer. El Dr. Nibley también nos enseña lo sorpresivo que puede resultar el estudio del Libro de Mormón: ―Estudié algunos temas durante años sin que por un momento se me ocurriera que eran de suma importancia en el Libro de Mormón.‖ Pero por encima de todo, nunca pierde de vista la importancia espi- ritual que el Libro de Mormónn encierra. ―Pero sobre todo, el Libro de Mormón es un testigo de la preocupación que Dios tiene por sus hijos, así como de la posibilidad de un encuentro íntimo con Jesucristo para todos aquellos que lo reciban.‖ Independientemente de su gran conocimiento y sabiduría –o para ser mas precisos, a pesar de ello– Hugh Nibley sabe que cualquier método científico es de naturaleza y alcances limitados. Sabe que no puede ofrecerse una prueba empírica definitiva de la autenticidad del Libro de Mormón: ―La evidencia que afirmará o negará la autenticidad del Libro de Mormón no existe.‖ En su opinión, toda esta erudición simplemente es- tablece el escenario para dar por sentadas las preguntas fundamentales sobre la existencia humana. En cierto momento, una persona se da cuenta de que no puede explicarse todo lo que se encuentra en las páginas del Libro de Mormón; tal persona se encuentra finalmente en el sitio en que Moroni quiere que se encuentre; en el punto en el que esa persona recurra a Dios para averiguar si el contenido del Libro es ver- dadero. Lo único que Mormón y Moroni piden a lector es ―no contendáis por que no véis.‖ Consecuentemente, Hugh Nibley se expresa con franqueza sobre la relevancia que el Libro tiene en nuestra época. ―Me propongo tomar a Moroni como mi guía personal con respecto a la situación actual del mundo.‖ ―En mi juventud pensaba que el Libro de Mormón estaba dema- siado preocupado con situaciones extremas; situaciones que, creía yo, tenían poca o nula relación con la rutina diaria del quehacer humano.
  • 9. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 9 ¿Qué interés tendría este tan civilizado mundo moderno en saber sobre el exterminio de naciones? En la actualidad cualquier comentario al respecto esta de sobra.‖ ―En el Libro de Mormón, las mismas cuestiones que el día de hoy oprimen por igual a liberales y conservadores, así como la inmi- nente caída de sus creencias, se encuentran registradas con toda claridad y perfección. Ningún otro libro ofrece tan perfecta y exhaustiva explicación de este problema de carácter escatológico. En este libro se encontrará y responderá cada objeción lógica que la inteligencia y vanidad de los hombres incluso de esta época tan sofisticada ha sido capaz de concebir en contra de la palabra del Señor. Y aquí tambien se puede encontrar una descripción de las condiciones de nuestra propia época tan detallada- mente precisa y vívida que nadie puede equivocarse en reconocerla.‖ De esta forma, el autor nos coloca en una nueva posición con res- pecto al Libro de Mormón para que podamos apreciarlo desde una perspectiva eterna que empieza a tornarse urgente. ―El Libro de Mormón debe convertirse en un asunto de alta prioridad. No hemos puesto la suficente y debida atención al Libro de Mormón. Esto es un asunto ur- gente.‖ Esta sensación de imperiosa necesidad –no menos enfática hoy de lo que fuera en los días en que conducía su jeep en las playas de Normandía– es el sello indeleble del legado e influencia de Hugh Nibley. Después de conocer a Hugh Nibley, ya no somos los mismos. Se nos ha advertido pero estamos tranquilos. Después de todo, nosotros también somos como Lehi en el Desierto. John W. Welch. Editor.
  • 10. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 10 Primera Parte Lehi en el Desierto
  • 11. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 11 Capítulo 1 El Problemático Oriente. El Planteamiento Los primeros dieciocho capítulos (aproximadamente 40 páginas) del Libro de Mormón relatan la manera en que Lehi condujo a una compañía de Israelitas desde Jerusalén hasta las playas del mar cruzando Arabia a principios del siglo VI a.C. Desde la publicación del Libro de Mormón han salido a luz innume- rables historias sobre antiguas travesías en el Cercano Oriente; esos relatos han sido aceptados como auténticos o declarados ficticios siempre en función de su capacidad o incapacidad para cumplir con ciertas con- diciones. Por ejemplo, el Profesor Albright califica el relato de Sinuhé el Egipcio como ―un episodio substancialmente verdadero en su propio contexto‖ ya que (1) ―su matiz local es extremadamente plausible‖ (2) además describe ―una condición de la organización social‖ que ―coincide en todo sentido con toda la evidencia arqueológica y documental exis- tente;‖ (3) ‖los nombres Amoritas mencionados en la historia concuerdan perfectamente con la región y período de tiempo estudiados‖ y (4) ―fi- nalmente, no hay nada que pueda considerarse como descabellado en la historia en sí‖1 En cuanto a la historia de Wenamón, la misma autoridad la acepta como genuina en cuanto a su geografía e historia política, haciendo notar que ‖refleja de manera correcta tanto el horizonte cultural así como las prácticas e ideas religiosas de su tiempo.‖2 Ciertos episodios de la Odisea Lieblein se consideran auténticos debido a que revelan ―un amplio cono- cimiento sobre las condiciones e instituciones egipcias‖ en su composi- ción.3 Por otra parte, historias como ‗El Capitán del Barco Maldito‘ pueden ser calificadas como fantasías, debido a ―la ausencia total de un trasfondo histórico o geográfico, así como de contexto; es decir, la historia en sí misma también es, mítica y extravagantemente improbable.‖4 Con tales ejemplos ante nosotros, procedamos ahora a examinar la historia de Lehi: ¿refleja correctamente‖el horizonte cultural, las prácticas, ideas sociales y religiosas de su tiempo‖? ¿posee un auténtico trasfondo histórico y geográfico? ¿su contexto es mítico, altamente imaginativo o extravagantemente improbable? ¿su matiz local es correcto y sus nom- bres convincentes? Hasta hace pocos años se formulaban las mismas preguntas sobre el Libro del Éxodo; los eruditos con pesimismo señalaban con el pulgar hacia abajo hasta que la evidencia acumulada a favor sobre el particular se encargó de cambiar las cosas. Como lo describiera un estudiante, el asunto consiste en que ―es mejor demostrar, a través de innumerables pequeñas coincidencias, lo que Ebers acertadamente ha
  • 12. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 12 llamado la ―egiptización‖ del Pentateuco, que intentar establecer algún punto histórico particular mediante una monumental evidencia externa‖5 De manera que el problema en 1er. Nefi consiste en establecer tanto su ―egiptización‖ como su ―arabización‖ mediante incontables coincidencias. El hecho paradójico de que el Libro de Mormón sea un texto moderno y al mismo tiempo no lo sea tanto como para explotar los frutos de la ar- queología a su favor, supone un doble obstáculo al asunto, e incluso en vista de las afirmaciones realizadas por José Smith, no puede alegarse inmunidad para evitar el escrutinio a través de las mismas pruebas que han revelado el origen auténtico de documentos antiguos. Si el Libro puede pasar tales pruebas, no hay forma alguna de impugnar su anti- güedad y autoría. Virtualmente todo lo que es conocido del mundo en el que Lehi asegura haber vivido ha sido descubierto en los últimos cien años –la mayor parte en los últimos treinta–6 ¿coincide esta información con lo referido en el Libro de 1er. Nefi? Antes de colocar ambas referencias lado a lado para una comparación, debemos describir brevemente la natura- leza de la evidencia moderna. En lo que a nosotros concierne, la eviden- cia se centra en cuatro categorías: 1.- La primera y más valiosa es el conjunto de documentos hallados en el área geográfica en la que Lehi vivió y que han sido fechados como correspondientes a su época. Gran cantidad de ellos han salido a luz en años recientes: sellos, asas de jarrones, grabados, y, las más notables, las cartas Laquish descubiertas en 1935. Estas últimas son los restos de la correspondencia de un oficial de la milicia acantonada en la ciudad de Laquish, situada aproximadamente a 35 millas al suroeste de Jerusalén al tiempo de la destrucción de ambas ciudades, las cuales son un retrato de la época de Lehi –un pequeño atisbo tal vez, pero libre de obstáculos. En esas cartas, ‖entramos en contacto íntimo con la vida religiosa, política y militar de la tribu de Judá en este período.‖7 Dado que 1er. Nefi pretende acercarnos a la sociedad de su tiempo, tenemos aquí un importante punto de ―control.‖ 2.-Los nuevos hallazgos han generado una extensa revisión y reva- loración por parte de los eruditos más capaces sobre la situación en Je- rusalén al tiempo de su caída; dichas investigaciones y sus conclusiones correspondientes nos evitarán el problema y riesgo de elaborar las pro- pias. 3.-Las descripciones presentadas en el Libro de Mormón con res- pecto a la vida en el desierto deben ser cotejadas con relatos idénticos de la vida en esos mismos desiertos, de ser posible dentro de períodos de tiempo similares. Dado que el territorio y la gente involucrada se en- cuentran entre los menos proclives al cambio de todos los existentes en el mundo, hay muchas cosas que hoy son tan ciertas y reales como lo fueron en el año 600 a.C. que proveen información intacta a través del tiempo; información de naturaleza altamente especializada y que se encuentra a
  • 13. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 13 disposición en forma de: (a) Un incontable número de publicaciones científicas sobre el terri- torio en cuestión, entre las cuales, la editada por la Fundación para la Exploración de Palestina se encuentra a la cabeza. (b) Un creciente acervo bibliográfico sobre la vida entre los Arabes, que inicia con los estudios de Burckhardt en 1829; pero la mayoría de ellos desarrollados en nuestra propia época: Doughty, Philby, Lawrence, Hogart, Thomas, etc. (c) Una importante cantidad de Norteamericanos están dándose cuenta que las oportunidades lingüísticas y culturales se encuentran disponibles para cualquier estudiante serio en cualquier parte de la tierra. Ninguna ciudad importante en Estados Unidos carece de sus propias comunidades de Sirios, Griegos, Armenios, etc., que frecuentemente conocen las antiguas costumbres de su país y están llenos de las tradi- ciones del Cercano Oriente. ¿Quién podría imaginarse que quien hasta hace poco guiaba una caravana de camellos en el desierto, un árabe de sangre pura y devoto mahometano, se establecería en la inmediaciones de un lugar como Provo, Utah; o que los desiertos del sur de California albergarían grupos de Arabes criando ovejas, gallinas y cultivando dátiles exactamente como sus ancestros lo hicieran en los desiertos de Oriente? Tales personas a menudo son maravillosos informantes por que son poseedores de una memoria asombrosa y porque además no hay nada que les agrade más que rememorar tales historias durante una partida de backgammon tan larga como la noche misma.8 4.- Aunado a los reportes de viva voz, tenemos las palabras de los ancestrales poetas árabes. La historia en prosa del Bani Hilal es suma- mente útil; en primer término como ―manual o instructivo‖ sobre la migra- ción en el desierto, y en un segundo término, como una historia que mantiene un sorprendente paralelismo en algunos puntos con relación a la historia escrita por Nefi. Una vez reunidas, estas fuentes permiten hacer un escrutinio mas minucioso del Libro de 1er. Nefi que el que habría podido realizar una generación anterior. Sin embargo, ello no es más que el panorama ge- neral que creemos se ciñe a los lineamientos que debería tener un co- rrecto análisis de la historia de Lehi y que, adicionalmente, se ha ofrecido la evidencia necesaria y suficiente para justificar las conclusiones a las que se llegarán al final de este estudio. La Ubicación en Jerusalén Cuando hablamos de Jerusalén, es importante señalar la preferencia de Nefi por una expresión no-bíblica; ―la tierra de Jerusalén‖ (1 Ne. 3:10) para referirse a su lugar de origen. Mientras que sus hermanos y él siempre se referían a ―la tierra de Jerusalén‖ como su hogar, queda per-
  • 14. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 14 fectamente claro, por cierto número de pasajes que ―la tierra de la herencia de nuestro padre‖ (1 Ne. 3:16) posiblemente no formaba parte de la ciudad, ni de su vecindad inmediata; sin embargo, Lehi ―había morado en Jerusalén todos sus días‖ (1 Ne. 1:4). Los términos parecen confusos, sin embargo, reflejan correctamente las condiciones imperantes; en las cartas Amarna leemos sobre ―la tierra de Jerusalén‖ como un área mas extensa que la ciudad en sí, e inclusive aprendemos que ―una ciudad de la tierra de Jerusalén, Bet-Ninib, ha sido capturada.‖ Era una regla en Siria y Palestina, como lo muestran las cartas referidas, designar como ciudad a una amplia zona alrededor de la misma, incluidos sus habitantes.9 Esto fue una práctica común desde aquellas épocas en las que campos y ciudades eran consideradas una unidad política simple, comprimida bajo el término ciudades-estado; cuando estas últimas eran absorbidas para formar parte de un imperio, la identidad original se preservaba, no así su significado político.10 La misma condición hizo posible que Sócrates fuera considerado un ateniense de pura cepa, a pesar de ser originario de la villa de Alopeke, situada a cierta distancia de la ciudad.11 Mención parti- cular merece esta circunstancia, ya que muchos han señalado como una perfecta prueba de fraude la declaración registrada en Alma 7:10 de que el Salvador nacería ―en Jerusalén, la tierra de nuestros antepasados‖. A pesar de la oposición, la antigua terminología fielmente preservada, describe perfectamente un sistema que ha últimas fechas ha sido re- descubierto. A pesar de haber‖morado en Jerusalén‖, Lehi no vivía en la ciudad, ya que solo después de haber fallado en su intento de obtener las planchas de bronce en Jerusalén es que sus hijos deciden ir a ―la tierra de herencia de nuestro padre‖ (1Ne.3:16) y reunir la suficiente riqueza para comprarle las planchas a Labán. Cargados con cuanto pudieron llevar, ―fueron a la casa de Labán nuevamente‖ en Jerusalén (1Ne.3:23). El Libro de Mormón emplea las expresiones ―bajar‖ y ―subir‖ exactamente en la misma forma en la que lo hacen los Egipcios y los Hebreos para referirse a su ubicación con respecto a Jerusalén, y por tanto, queda claramente establecido que la propiedad de Lehi se encontraba en algún punto exterior y no dentro de los muros de Jerusalén.12 Muy poco sabemos sobre la estructura del gobierno judío de una ciudad, salvo que los ―ancianos‖ desempeñaban un papel principal. El vocablo ―ancianos‖ debe entenderse como ―los líderes de las familias mas influyentes de la ciudad.‖13 Lo anterior podría colocarlos en posición si- milar a la de aquellos príncipes, nobles y oficiales conocidos con el título de Sarim en las cartas de Laquish; el término Sarim se aplica, de acuerdo con J. W. Jack, a ―miembros de la casta oficial, p. ej. ‗Oficiales‘ actuando por mandato del rey como sus consejeros y gobernantes.‖ En las cartas de Laquish encontramos a un Sarim denunciando a Jeremías ante el rey y solicitando su ejecución inmediata debido a su influencia negativa sobre la moral del pueblo (Jeremías 38:4-5).14 Al acusar a Jeremías de insurrecto, los judíos influyentes de Jerusalén eran apoyados por la mayoría de la
  • 15. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 15 gente y por embusteros, cuyos falsos oráculos, ―el judaísmo tradiciona- lista,‖ condujeron a la mayoría ―en pos de un fanatismo tendencioso,‖ logrando con ello, por decirlo de alguna manera, constituirse como una seria amenaza para quien sostuviera una opinión contraria.15 Para el gobierno a cargo de un Sedequías débil e incompetente significaría co- locarse en ruta de una política suicida de alianza militar con Egipto ―convenientemente convincente.‖16 El país había experimentado un cre- cimiento económico sin precedentes, gracias al intercambio comercial cada vez más importante sostenido con Egipto, lo cual había propiciado el florecimiento sin paralelo de algunos capitales privados. ―Galeras fenicias colmaban las riberas del Nilo, y los mercaderes semitas… abarrotaban el Delta.‖17 El grueso del comercio marítimo pasaba a través de Sidón, puerto que dominó la escena comercial de principio a fin.18 Las listas de los bienes importados a Egipto desde Palestina muestran que los grandes hombres de Oriente tomaron para sí el oro de Egipto a cambio de su vino, aceite, grano y miel; siendo por mucho los tres primeros, artículos de suma importancia.19 En ciudades del interior del país como Jerusalén, las caravanas de príncipes mercaderes desfilaban como en los días descritos en las cartas Amarna; los caminos aparecieron hasta la época de los Romanos. Con el devenir del siglo, la situación internacional arrojaba una obs- cura sombra sobre el cuadro. Babilonia, liberada de otras preocupaciones se movía rápidamente hacia una confrontación con Egipto; la ―caña rota‖ en la que los imprudentes líderes judíos cifraban todas sus esperanzas. Incluso las nubes de una guerra inminente no eran tan obscuras como las sombras proyectadas por una actitud religiosa laxa y un declive moral; condiciones que, de acuerdo con Jeremías, aparecieron después de una época de excesiva prosperidad y un desmedido aprecio por artículos de manufactura egipcia (Jeremías 43:10-13; 44:1-30; 46:11-26). No resulta extraño que el Sarim, teniendo ya suficientes problemas intentando mantener a flote su programa de ―el negocio por encima de todo,‖ de- nunciara al melancólico profeta como traidor, activista y colaborador de Babilonia. El país estaba dividido en dos facciones o bandos, ―ambos bandos, pro-egipcios y pro-babilónicos, coexistían en el territorio. El rey Sedequías, sus príncipes y gobernantes, así como probablemente la mayor parte del pueblo se inclinaban a favor de Egipto….en tanto que Jeremías y sus seguidores sugerían favorecer a Babilonia.‖20 Era una época de ―disensiones e incertidumbre; cuando opiniones encontradas dividían a la triste ciudad de Jerusalén,‖21 y las circunstancias funestas empeoraron rodeadas de una atmósfera ―cargada con desolación y pe- simismo,…Sedequías…obsecadamente siguió el patrón hacia la ruina inminente al conspirar, haciendo mancuerna con el faraón egipcio, en contra de Babilonia.‖22 La inquietud y alarma estaban plenamente justifi- cadas, ya que cuando el problema estalló, los resultados fueron de di- mensiones catastróficas; incluso mas catastróficas de lo que los eruditos han estado dispuestos a admitir, debido a que ―casi todas, o virtualmente
  • 16. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 16 todas las ciudades fortificadas de Judá…fueron arrasadas.‖23 No fue sino hasta 1925 que aprendemos que ―Tiro, de hecho, cayó‖ en esa época.24 La soberbia y fatal alianza con Egipto, ampliamente responsable de tal calamidad, es una excepcional característica de la historia. ¿Por qué el gobierno de Judá se mantuvo tan leal a un Egipto que desde hacía tiempo atrás había perdido el poder para hacerse obedecer? Por una sencilla razón: por que ahora sabemos que los lazos culturales y económicos eran mas fuertes de lo que hasta ahora se había supuesto. J. W. Jack señaló en 1938 que ―los trabajos de excavación han mostrado una relación mas cercana con la tierra de los faraones de lo que se había supuesto;…las autoridades de la ciudad de Laquish muy probablemente emplearon, o al menos estaban familiarizados con el calendario y el sistema numérico egipcios, en sus registros locales.‖ Sin embargo, esta situación data de época mas antiguas, ya que ―toda la evidencia apunta hacia una sólida y estrecha relación con Egipto que continuaría sin interrupción hasta los últimos días de la monarquía Judía.‖25 Cierto antropólogo inclusive fue aún más lejos al llamar la atención sobre el hecho de que la ciudad de Laquish era, en aquella época, una colonia egipcia; sin embargo las investiga- ciones muestran que la morfología física ―egipcia‖ y el predominio de tal cultura es una constante en otras latitudes de Palestina.26 Los estudios preliminares practicados en los entierros descubiertos a lo largo y ancho del territorio, así como las piezas de marfil, sellos, grabados y efigies halladas recientemente narran una historia común: una inesperada y abrumadora preponderancia de influencia egipcia,27 que es a su vez solo comparable con la sorprendente ausencia de influencias de origen ba- bilónico y asirio.28 En la propia Jerusalén, donde los trabajos de excava- ción son necesariamente restringidos, los sellos y asas atestiguan el amplio reinado de la cultura egipcia.29 Al mismo tiempo, el papiro Elefan- tino menciona otro aspecto que los eruditos jamás habrían pensado como posible y de lo cual la mayor parte de ellos era reacio a creer; a saber, que colonias enteras de soldados y comerciantes judíos habitaban cómoda- mente en algunas regiones del Alto Egipto, sitios en los que libremente podían practicar su religión.30 Los lazos entre Palestina y Egipto eran además relaciones a largo plazo debido a los ―siglos de un entorno hebreo-egipcio común‖ tan necesario para producir la infiltración de las formas egipcias de expresión y pensamiento en el sustrato social hebreo que diera lugar al empleo del vocabulario egipcio, prescindiendo de términos propios de Palestina y Siria.31 Nuevamente estudiado, el texto Aechtungs muestra que a principios del año 2000 a.C. ―Palestina era, al menos en gran parte, tributaria de Egipto,― en tanto que los trabajos ar- queológicos realizados en Biblos, un lugar que parecer ser un ―Egipto a escala‖, aporta evidencia sustancial de la presencia del Imperio Egipcio en siglos posteriores.32 Acreditar el predominio de la cultura egipcia en un área determinada no implica necesariamente argumentar a favor de presencia y dominio egipcios. De acuerdo con Hogarth, Egipto ejerció su dominio imperial
  • 17. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 17 articulando tres ejes: el primero de ellos consistió en gobernar por medio de un despliegue de fuerza directa, el segundo ―por medio del temor que los guardias, los agentes creados para tal objeto y el talante del con- quistador pudieran sembrar y mantener vivo en las mentes de sus admi- nistradores indirectos, súbditos y vasallos‖ y finalmente el tercero ―me- diante el empleo de una reducida esfera de poder formada por la élite aristocrática del bando perdedor, y de quienes se esperaba un tributo; sin embargo, esta esfera de poder no estaba restringida o supervisada por guardias o representantes del imperio…solo ocasionalmente.‖33 Dado lo anterior, vemos que la posición de Egipto como ―la nación mas favorecida‖ en Judá bien pudiera catalogarse como una pérdida creciente del domi- nio, e incluso cabría la posibilidad de establecer para estas circunstancias particulares en Palestina un patético y decadente cuarto eje de dominio.34 La larga herencia cultural, más que su forma gobierno, era lo que permitía a Egipto detentar todo el poder; tal influencia se mantuvo fuertemente arraigada en Palestina incluso mucho tiempo después de que Egipto había cedido su lugar como potencia hegemónica del Mundo Antiguo. 35 Durante la época dorada de Egipto el reconocido Ipuwer se jactaba diciendo que ―todo extranjero había llegado a ser como un egipcio‖, y un contemporáneo de Lehi habría cuestionado, ―he aquí, ¿no son instruidos el Etíope, el Sirio y todo extranjero en la lengua de Egipto?‖36 Durante siglos fue costumbre que los príncipes sirios enviaran a sus hijos a Egipto para ser educados allí.37 No importa cuando lamentemos la grave situa- ción de Egipto, las jactanciosas afirmaciones registradas de sus gober- nantes –algunas de ellas en ciertas ocasiones sumamente pueriles– proclaman la absoluta e incuestionable superioridad de la civilización egipcia sobre el resto: para los Egipcios, tal presunción es un asunto de vida o muerte. Al igual que los Ingleses de nuestros días, los Egipcios demostraron una y otra vez la habilidad para mantener el poder e in- fluencia del mundo de su época, siempre en función de sus recursos materiales. Sin mayor ayuda que la perfecta y tenaz confianza en la divina superioridad de Egipto y Amón, Wenamón casi logra intimidar al gran príncipe de Biblos. ¿Se preguntaría alguien en ese momento en que Egipto disfrutaba de un breve pero casi milagroso resurgimiento del es- plendor que había marcado a la décimoctava dinastía, con su asombroso repunte del comercio mundial si el crédito de ese éxito tendría algo que ver con la tierra de Jerusalén? No obstante, ahora toca el turno al Libro de 1er. Nefi. ¡Cuán perfec- tamente su autor bosqueja la situación que hasta hace poco se describía! El autor explica que no intenta escribir una historia política, aunque en númerosas ocasiones nos parece intuirla; inclusive la cantidad de infor- mación que comparte de la forma más casual y desenfadada posible es simplemente asombrosa. Considérese en primer término la descripción que se hace de Lehi. Lehi era un judío sumamente acaudalado y se sentía orgulloso de su
  • 18. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 18 educación de origen egipcio; hablaba y escribía egipcio e insistió en que sus hijos también lo aprendieran. Era poseedor de una abundante riqueza en forma de ―oro, plata y toda clase de riquezas‖ (1Ne.3:16), bienes que no habían sido fabricados en Jerusalén; poseía estrechos vínculos co- merciales con Sidón (uno de los nombres mas populares en el Libro de Mormón, ya que aparece registrado tanto en su forma semítica como en su forma egipcia, Giddona); e incluso vivía en una región del país a la que llamaba ―la tierra de su herencia‖ (1Ne.2:4), y muy probablemente era experto en cuestiones sobre vino, olivo, higos y miel; de manera que es casi seguro que sostenía tratos comerciales con Egipto. Proveniente de uno de los mas antiguos linajes familiares y en po- sesión de una educación y un bagaje cultural incuestionables, este hom- bre, súbitamente se encuentra enemistado con ―su gente.‖ Primeramente las burlas y mofas, acto seguido la ira y finalmente, tentativas para quitarle la vida (1Ne.1:19-20). Ante tales intentos, cada vez mas serios, segura- mente apoyados desde las altas esferas, debido a su abierta adhesión a Jeremías (1Ne.7:14) se había convertido en traidor a los de su propia tradición y clase: los miembros de su propia familia se volvieron contra él aliándose con ―los judíos que estaban en Jerusalén‖ (1Ne.2:13) y, como lo explica Nefi, acusaron a su padre de ser un anarquista criminal por pre- tender enseñar y predicar que ‖la gran ciudad de Jerusalén seria des- truida‖ (1Ne.1:4), exactamente en la misma forma en que Sarim acusó a Jeremías de prédicas conspiratorias. Tan poderosamente persuasivo era el punto de vista de la clase gobernante de Jerusalén que los dos hijos mayores de Lehi compartían con el resto de los judíos el deleznable crimen de ―procurar quitarle la vida‖ (1Ne.17:44). En ninguna otra parte puede apreciarse con mayor claridad ―la disensión e incertidumbre que privaba en la triste ciudad de Jerusalén‖38 que en estas consternadoras escenas dentro de la propia familia de Lehi. Los hijos mayores, acos- tumbrados a una vida de elegancia egipcia y pensando disfrutar am- pliamente de una fortuna que tenía reminiscencias y vínculos con Egipto, fueron acérrimos defensores del ―statu quo‖, mientras que los hijos mas jóvenes, menos influenciados por los acontecimientos, habían estado alejados del verdadero origen de la crisis suscitada en Jerusalén, la cual no era de carácter político o económico, sino básicamente de índole moral (1Ne.1:19). Los hermanos mayores no comprendían: ―la gente que estaba en la tierra de Jerusalén‖, protestaron, ―era gente justa porque guardaban los estatutos… de acuerdo a la ley de Moisés; por tanto, sabemos que eran gente justa‖ (1Ne.17:22). Tal era el tradicionalismo mojigato de los falsos profetas y su evangelio ―convenientemente convincente‖. El clima de histeria y desolación que prevalece en la historia de la Jerusalén de Nefi es, como se ha visto, estrictamente auténtica, y el peligro de una ulterior destrucción de Jerusalén que como presagio de ominoso destino corre a través de todas las páginas del Libro fue, una vez verificado tal acontecimiento, ampliamente justificado.
  • 19. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 19 El Lenguaje y el Libro de Mormón El mundo siempre ha fijado sus altivos y burlones ojos en las cons- tantemente frecuentes alusiones del Libro de Mormón sobre cuestiones egipcias. Con una mezcla sorpresa e incredulidad, ahora se sabe que la cultura egipcia se había enraizado en Palestina en el año 600 a.C. con mayor fuerza que lo que cualquiera hubiera supuesto. Es significativo que las alusiones del Libro de Mormón con relación a Egipto son de naturaleza estrictamente cultural –jamás se menciona a faraón o se habla sobre el gobierno egipcio; solo de la cultura egipcia y en particular del lenguaje. Queda perfectamente claro, sin embargo, que el egipcio fue para Lehi como un segundo idioma, ―por que habiendo sido instruido en el lenguaje de los egipcios por tanto él pudo leer estos grabados y enseñárselos a sus hijos‖ (Mos.1:4). Hemos visto que el idioma egipcio se enseñaba a ―Et- íopes, Sirios y a todo extranjero‖ en los días de Lehi. Moroni nos informa (Mormón 9:32-33) que el idioma de los descendientes de Lehi no era ni hebreo ni egipcio, sino una mezcla de ambos, producto de un paulatino proceso de corrupción, de tal suerte que ‖ningún otro pueblo conoce nuestra lengua‖; tales circunstancias hubieran sido poco menos que im- probables si únicamente hubieran dominado el idioma hebreo. El antiguo idioma hitita era en cierto sentido una forma de lenguaje dual. La decla- ración ―ningún otro pueblo conoce nuestra lengua‖ continua vigente hasta el día de hoy, ya que el inglés es el resultado de la imposición del idioma francés sobre los nativos sajones; de la misma forma se llevó a efecto la imposición del idioma egipcio sobre los hebreos nativos de la Palestina de los días de Lehi. En una daga ceremonial, cuya empuñadura labrada de oro blanco nos recuerda la espada de Labán, se lee el nombre Ja‗qob-her, ―Jehová se ha complacido,‖ un nombre que combina enteramente el egipcio y el hebreo en un proceso de fusión del que ahora existe un cúmulo de evidencia y que ha estado presente desde épocas anteriores a los días de Lehi.39 Era común, tanto en idiomas antiguos como modernos, utilizar una misma palabra (p. ej. en español ―discurso‖, en egipcio ―ra‖) tanto para ―lengua‖ como para ―idioma,‖40 sin embargo, este estilo tan común en el Libro de Mormón no se conoce en el idioma hebreo. Cuando Nefi men- ciona, ―así se expresaba mi padre en alabanzas a su Dios‖ (1Ne.1:15), no esta refiriéndose al idioma en que su padre se expresaba, sino que intenta decirnos que lo que hace es citar o parafrasear las palabras de su padre. De forma similar, al decir ―hago la relación en el lenguaje de mi padre‖ (1Ne.1:2), sugiere que va a citar o parafrasear de lo escrito por su padre (1Ne.1:16). Nefi explica que su padre escribió el registro en egipcio, de acuerdo a la manera de los judíos, pero nunca afirma que el egipcio sea la lengua nativa de su padre. El condicionante que aparece al principio de 1Ne.1:2 ―y se compone de…‖ por supuesto que no esta refiriéndose al ―idioma‖ o al ―autor‖, sino al ―registro‖. Las dos primeras son sintáctica- mente posibles, pero carecen de sentido: un idioma no consiste en una sola lengua, pero un registro sí. La frase esta escrita en un inglés torpe y
  • 20. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 20 poco elegante, pero al igual que muchas otras contenidas en el Libro de Mormón, es muy similar a una típica construcción semítica que bien podría leerse como: ―hago un registro, en el lenguaje de mi padre, con- sistente en la sabiduría de los judíos,‖ etc. José Smith jamás dictó signos de puntuación durante el proceso de traducción del Libro de Mormón. Algunos sostienen que el Libro de Mormón fue escrito en hebreo, pero empleando para ello caracteres egipcios. Sin embargo Moroni (Morm. 9:32-34) enfatiza que los Nefitas habían alterado la manera de escribir el idioma egipcio para ajustarlo de acuerdo con su particular forma de hablarlo, ―pero también hemos alterado el hebreo,‖ obteniendo como resultado el que ―ningún otro pueblo conoce nuestra lengua.‖ Su idioma no era ni egipcio ni hebreo. Moroni tiene en alta estima la claridad y exactitud del hebreo, que a la sazón, ya no era hablado por su pueblo (Morm.9:33) y renuentemente escribe ―en los caracteres que entre noso- tros se llaman egipcio reformado,‖ simplemente porque ocupan menor espacio. Ahora el egipcio podía escribirse empleando para ello un espacio menor que el ocupado por el hebreo, por que en los días de Lehi la es- critura demótica era una especie de taquigrafía, abreviada y extrema- damente apretada;41 y era taquigráfica por la sencilla razón de su natu- raleza completamente idiomática, es decir, peculiarmente adaptada a la fonética y a los procesos cognitivos de un solo y único idioma. Podía emplearse exitosamente para escribir egipcio, pero no para otro idioma. De hecho, no mucho tiempo después de la época de Lehi, los conquis- tadores persas aprendieron arameo en lugar del egipcio por que la es- critura egipcia era demasiado difícil de aprender.42 Ahora nos vemos forzados a creer que los judíos revirtieron este proceso y adoptaron los caracteres egipcios incorporándolos a su propio lenguaje. Estas declaraciones establecen que los Nefitas declinaron el uso de su santa y magnífica escritura, de la que Torczyner escribe: ―La escritura de Laquish permite darnos cuenta por primera vez que el alfabeto hebreo-fenicio es… una escritura inventada y empleada particularmente para escribir con tinta sobre papiros, cuero y tela. Ahora comprendemos como los antiguos judíos podían escribir rápida y eficientemente, con fluidez artística y con la encantadora estética propia de aquellos que disfrutan de la escritura.‖43 ¡y los Nefitas se deshicieron de esto para aprender en su lugar el mas difícil, incómodo e impráctico sistema de escritura jamás creado por el hombre! ¿para que tanto problema? sim- plemente para ahorrar espacio. ¿qué espacio? el invaluable espacio en planchas. ¿Cuándo inició tal costumbre? Con Lehi. ¿Cuándo y donde aprendió ―el idioma de los egipcios‖? En Palestina, naturalmente, aún antes de considerarse a sí mismo como un historiador. ¿Su riqueza le permitió aprender caracteres egipcios solo para sentarse en su casa en la tierra de Jerusalén a escribir signos demóticos que únicamente le aho- rrarían algunos centavos al mes en materiales para escritura? ¿Y ordenó a sus hijos que aprendieran egipcio solamente para que pudieran ahorrar espacio cuando tuvieran que guardar registros? Por supuesto que no:
  • 21. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 21 cuando aprendieron el idioma, ni Lehi ni sus hijos tenían la más mínima idea de que algún día les sería útil para conservar registros en planchas de metal. No tenían ninguna otra razón para aprender caracteres egipcios que la de saber leer y escribir egipcio. Fue hasta hace poco, cuando los historiadores se dieron cuenta de la necesidad de espacio al registrar los acontecimientos, que vieron la ventaja de continuar escribiendo en egip- cio. Los caracteres egipcios fueron preservados por el uso, ya que implí- citamente se preservaba el lenguaje; aquellos que no estuvieran tan in- teresados en la cuestión del espacio no habrían continuado escribiendo el hebreo empleando los engorrosos caracteres egipcios durante cientos de años, cuando la escritura habría sido menos complicada empleando los prácticos y sencillos veintidós caracteres del alfabeto hebreo, que durante tanto tiempo habían estado a su completa disposición. Pueden esgrimirse innumerables razones para rechazar esta inte- resante teoría; sin embargo, la simple y sencilla declaración de Moroni debería ser suficiente para borrar la vana ilusión de que cualquier persona con elementales conocimientos del hebreo conoce el idioma original del Libro de Mormón. Si así fuese, su traducción mediante el don y el poder de Dios no hubiera sido un milagro, y en lugar de Urim y Tumim, un breve listado de caracteres egipcios con sus correspondientes equivalentes en hebreo hubiera sido la única herramienta necesaria tanto para la gene- ración de José Smith como para la nuestra. Hay mucho en lo escritos de Nefi que muestran, como él mismo de- clara, que esta escribiendo en egipcio –no en caracteres egipcios. Cuando Nefi nos dice que su registro y el de su padre están escritos en el idioma de los Egipcios (no debe entenderse que el idioma de los egipcios fuera el idioma de su padre), podemos estar seguros que eso es exac- tamente lo que significa. Por lo tanto, ¿Habría algo mas natural que eli- giera para grabar su mensaje, dirigido no solo a los Judíos, sino al ―resto de la casa de Israel‖(1Ne.19:19) y a los gentiles (1Ne.13:39-40) de entre las lenguas del mundo a su propio lenguaje hebreo tribal?¿no adoptarían mas tarde los Judíos al griego como idioma internacional por encima del hebreo, incluso como vehículo de la Santa Palabra de manera que esta se difundiera lo mas ampliamente posible no solamente entre los gentiles sino aún entre los mismos judíos? Los primeros tres versículos de 1er. Nefi son totalmente diferentes del resto del texto; son un típico prefacio o introducción, una figura literaria que frecuentemente aparece en las composiciones egipcias. Un ejemplo de ello es el famoso papiro Bremen-Rhind, que inicia con un prefacio que contiene (1) la fecha, (2) el nombre de su autor, Nasim, (3) los nombres de sus padres y una descripción de sus virtudes, con un especial énfasis sobre el llamado profético de su padre, (4) una maldición lanzada en contra de todo aquel que pretenda ―apropiarse del libro,‖ probablemente ―debido al temor de que el libro pudiera llegar a caer en manos impuras.‖44 Compárese lo anteriormente expuesto con el prefacio o prólogo escrito
  • 22. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 22 por Nefi: (1) su nombre, (2) los méritos de sus padres, llamando particu- larmente la atención del lector sobre las valiosas lecciones aprendidas de su padre, (3) una solemne declaración (equivalente a la maldición de Nasim) sobre la veracidad de la historia, así como la aseveración, ―y se escribe por mi propia mano‖ (1Ne.1:3) -condición indispensable de cual- quier introducción auténtica, ya que su propósito es establecer con cla- ridad la identidad del primer redactor (no del último escribiente) del texto. Las obras literarias egipcias regularmente cierran con la fórmula iw-f-pw ―por lo tanto así es‖ ―y de manera que así es.‖45 Nefi concluye las princi- pales partes de su Libro con la frase, ―Y así es, Amén‖ (1Ne.9:6; 14:30; 22:31). La gran preocupación y cuidado mostrados en el Libro de Mormón por las cuestiones sobre redacción, la obsesión de Lehi por registrar prolija y escrupulosamente cada episodio (1Ne. 1:16) y la sobrada con- fianza de los redactores en su habilidades retóricas son características particularmente egipcias. ―Y se escribe por mi propia mano‖ es simple- mente la equivalencia egipcia de ―lo escrito de mi mano,‖ y casi nos pa- rece escuchar de boca de Nefi las palabras de un aforismo egipcio: ―Tomad las palabras de vuestros padres que os han precedido… por que he aquí, sus palabras se hallan ante vosotros. Abrid, leed y tomad.‖ Ciertamente Nefi mismo fue diligente en seguir este consejo.46 Fue el egipcio y no el hebreo el que mostró su efectividad en el arte de la es- critura.47 Es completamente egipcio el espíritu didáctico de Lehi y su hábito de dirigirse formalmente a sus hijos sobre temas de índole moral y religiosa ―a la manera de sus padres.‖ Como lo haría un buen egipcio, se aseguró, por supuesto, de escribir esas palabras.48 La forma de tales discursos, con su introducción y figura retórica sin lugar a dudas tienen su origen en el academicismo egipcio; sin embargo, su contenido se asemeja mas a la ―ciencia de los judíos,‖ como el mismo Nefi nos lo indica (1Ne.1:2). Sin embargo, tanto en forma como en contenido, los escritos de los profetas y la sabiduría de Israel poseen profundas similitudes con la literatura ―profética‖ y la ―sabiduría‖ egipcias,49 de modo que no debe sorprendernos que las profecías de Lehi perfilen ese mismo estilo. A finales de siglo los eruditos estaban fascinados por el hallazgo de una profecía demótica, fechada en la época de Bocchoris (718-712 a.C.) en la que se profetizaban destrucciones anteriores a la aparición del Mesías, y que fue colocada en la boca de ―un cordero‖ (pa-hib). Las fuentes griegas nos informan que tal profecía disfrutó de amplia difusión en tiempos an- tiguos.50 La extraña sintaxis de la gran profecía de Lehi, conocida como ―El Cordero‖ (1Ne.13:34, 41), no es mas que un anacronismo que habría sobrevivido desde tiempos Helenísticos o Cristianos. Un ejemplo típico de los profetas egipcios es Neferrohu, cuyas pro- fecías, a pesar de que no han podido fecharse, se consideran muy anti- guas. Este hombre se describe a sí mismo como un hombre común y corriente; mucho menos se considera valiente o ―dueño de grandes ri- quezas;‖ sin embargo, se enorgullece de su habilidad como escriba. Al
  • 23. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 23 igual que Lehi, pone de manifiesto que había reflexionado mucho ―sobre lo que habría de suceder en la tierra,‖ y habiendo obrado así fue impul- sado a profetizar:‖ Alégrese mi corazón, y laméntese esta tierra en donde sois nacidos…la tierra ha perecido completamente, y nada queda en pie…la tierra ha conocido la miseria a causa de aquella comida de los Beduinos que corrompen la tierra‖. Incluso aquí se prefigura la llegada de un rey-salvador.51 La situación no es única, sino una constante tanto en Judá como en Egipto, y nadie podrá negar que si Lehi jamás existió, al menos su arquetipo sí. Nefi enseña que su padre no fue sino uno de los muchos profetas de su época. Políticas Egipcias en el Nuevo Mundo. El indicio mas fuerte de la influencia de la civilización egipcia sobre la posteridad de Lehi se encuentra en cierto episodio posterior de la historia nefita.52 En el Libro de Mormón: Actuando por recomendación del Rey Mosíah, quien ansiaba evitar una controversia por el trono, los nefitas de principios del siglo I a.C. sustituyeron la monarquía por un sistema de gobierno basado en jueces, ―hombres sabios como jueces, quienes juzgarán a este pueblo según los mandamientos de Dios‖ (Mos. 29:11). No se nos dice de donde Mosíah obtuvo la idea; sin embargo, por la disposición y docilidad con la que el pueblo adoptó el sistema implica que ya estaban familiarizados con el (Mos. 29:37-41). Lo anterior queda plenamente demostrado en el episodio registrado sobre un tal Korihor, quien fue capaz de ganar un gran número de seguidores al acusar al ―sumo sacerdote, y también juez superior del país‖ de revivir ―ordenanzas y ceremonias que establecen antiguos sa- cerdotes para usurpar poder y autoridad‖ del pueblo (Al. 30:21-24). Que existiera un peligro real al rehabilitar una antigua forma de gobierno sa- cerdotal es aparente debido a que no mucho tiempo después de haberse establecido el sistema, cierto Nehor, intentando convertirse en el nuevo juez superior, fue acusado de ser el primero en introducir la superchería sacerdotal ―entre este pueblo.‖ En esa ocasión, el juez superior afirmó que si la superchería sacerdotal fuera impuesta sobre el pueblo ―resultaría en su entera destrucción‖ (Al.1:12). Resulta paradójico que la superchería sacerdotal no había sido practicada en el Nuevo Mundo, sin embargo, esa tradición era vivamente rememorada, por lo que sus orígenes deben buscarse en el Mundo Antiguo si es que creemos en lo narrado en el Libro de Mormón. El Mundo Antiguo: A partir de la decimoséptima dinastía egipcia en adelante, la historia documenta de manera amplia los incesantes esfuerzos de los sacerdotes de Amón, con su sacerdote en jefe encabezándolos, por obtener el control
  • 24. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 24 del país. Para el año 1085 a.C. el sacerdote en jefe de Amón ya se en- cuentra ocupando el trono del sur, y en esa época ―el sumo sacerdote de Amón podía -y de hecho lo hizo- reducir al rey a una posición de servi- dumbre.‖53 El nombre del sumo sacerdote que tomó el trono de Tebas para sí era Herior o Kherihor.54 El fundamento del régimen sacerdotal consistía en un nuevo sistema de fiscalías, en las que los sacerdotes de Amón fungían como jueces y cuya influencia fue extendiéndose cada vez más hasta competir y finalmente suplantar por completo al poder judicial en todo el territorio.55 La tendencia separatista tan característica de la historia sacerdotal quizá se vió ensombrecida durante la reunificación de las cuatro regiones del sur como una sola unidad administrativa bajo el liderazgo de Nehi, el gran gobernador de la decimoctava dinastía, así como la aparición, que inicia con Nehri, de diversas estirpes gobernantes en Tebas bajo el auspicio de Amón.56 Al tomar el nombre de Sam Tawi (el que unifica a dos tierras), el sucesor de Nehri prefigura el surgimiento de una nueva dinastía.57 El que los nombres de Nehi y Nehri tengan o no de alguna manera cierta relación con el nombre de Nefi (no existen nombres egipcios mas semejantes) aún falta por investigar. Sin embargo, ningún filólogo se rehusará a reconocer la posible similitud entre el Korihor del Libro de Mormón y el Kherihor egipcio, así como también, sea filólogo o no, negará el asombroso parecido entre Sam [Tawi] y Sam (el hermano de Nefi). Libro de Mormón: El autoproclamado ―pueblo de Ammón‖ (Al. 30:1), comunidad notable por su celo para con Dios, presentó a Korihor ante su líder, Ammón, ―que era el sumo sacerdote de ese pueblo.‖ Posteriormente ―lo llevaron ante el sumo sacerdote, y también el juez superior del país.‖ A su vez, la instancia en turno lo envió ―a la tierra de Zarahemla…ante Alma y ante el juez superior que gobernaba todo el país‖ (Al.30:19-21, 29-31). El Mundo Antiguo: El gobernador en jefe de Egipto era ―el sumo sacerdote de Amón (o Ammón), el equivalente en egipcio –neter hem tep- significa ―siervo [Hem] en jefe de Dios.‖58 Hem es un prefijo usado en nombres egipcios y tiene la misma función que el tan comúnmente conocido prefijo asiático Abdí, propio de las regiones occidentales (p. ej. el Abdulá de origen árabe: ―siervo de Dios‖). Es sumamente interesante que en el Libro de Mormón el nombre de uno de los hermanos de un Ammón anterior haya sido Hem (Mos. 7:6). En vista que Amón (o Ammón) es uno de los nombres más comunes en el Libro de Mormón y también es el más común y más re- verenciado de los nombres en el Egipto de los faraones durante su última etapa (después del 930 a.C.)59 que pretende absorber Palestina y esta- blecer a Jerusalén como una dependencia política. La reverencia mos- trada al nombre Amón de ningún modo indica ni remotamente la mas mínima concesión al paganismo por parte de los judíos, ya que Amón no
  • 25. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 25 es más que la versión egipcia de su único y universal Dios-Creador; el Gran Espíritu, quien jamás fue concebido como una forma animal, ni representado por imagen alguna.60 Su primera aparición se remonta aproximadamente al año 2140 a.C. en Tebas, en la parte sur de Egipto, lugar al que parece haber llegado procedente de la parte occidental de Asia.61 ¿Podría tratarse del Dios de Abraham? Es por demás significativo que el nombre llegara a alcanzar preeminencia años después de la pre- sencia de Abraham en Egipto, y cerca de un lugar en donde más tarde se ubicaría una de las más importantes colonias de judíos.62 Una réplica del lienzo egipcio bosquejado hasta el momento, bien pudiera hallarse en las ciudades costeras de Palestina, generalmente bajo la influencia egipcia, cuya administración y gobierno se encontraba en manos de jueces y sacerdotes, los cuales ocasionalmente usurpaban la autoridad del rey. Tales acontecimientos se presentaban tanto en la ciudad de Sidón como en la de Tiro; en esta última vivían dos usurpadores sacerdotales que ostentaban el nombre de Maitena o Matena –un nombre con un número de variantes tal, que ello sugiere una fuerte implicación con el nombre Matoni que aparece en el Libro de Mormón. El Libro de Mormón: El experimento de un gobierno regido por jueces-sacerdotes final- mente colapsó, debido principalmente, a la rivalidad por el asiento judicial surgida entre los tres candidatos, todos ellos hijos de Pahorán, el gran juez superior. Sus nombres: Pahorán, Paanqui y Pacumeni (Hel.1:1-3). El Mundo Antiguo: La rivalidad entre familiares ocasionada por la disputa del oficio de Sumo Sacerdote es una característica del sistema egipcio; de hecho, pareciera que tal potestad era una posición heredada no a causa de un derecho legalmente constituido, sino producto de la tradición.63 El nombre Pahorán parece evocar el nombre palestino Pahura (del egipcio Pa-her-an; también Pa-her-y, ―el Sirio‖), que es egipcio ―refor- mado‖, es decir, un título egipcio genuino pero alterado en tal forma que permita adaptarse a la forma de expresión oral cananita. Pahura (o Puhuru, como también puede escribirse) fue un gobernador (rabú) egipcio de Siria en tiempos de Amarna. Este hombre o algún otro con el mismo nombre fue colocado por faraón como gobernador sobre la provincia de Ube, con sede en Kumedi 64 (también el sufijo –kumen que aparece en nombres del Libro de Mormón tiene su origen aquí). Paanqui es simplemente el bien conocido Paiank egipcio (o Pianchi, Paank, etc.) El primer hombre de importancia en llevar el nombre fue ni más ni menos que el hijo del ya mencionado Kherihor. No fue sucesor de su padre en el trono, contentándose con asumir la suprema potestad del oficio de sumo sacerdote en jefe del culto de Amón; sin embargo, Pane- zem, su hijo, si lograría alcanzar el trono.65 A mediados del siglo octavo, otro Pianhki, rey de Nubia, conquistó virtualmente todo el territorio de
  • 26. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 26 Egipto y reclamó para sí el oficio de sumo sacerdote de Amón y el título de faraón, en Tebas.66 En los días de Lehi, cuando los Asirios invadieron Egipto, su sucesor se refugió en una ciudad fortificada, cuya ubicación aún es desconocida y que era conocida como Kipkip o Kibkib, un nombre cuyo manejo de la forma rítmico-métrica parece evocar con fuerza a la ciudad/nombre de Gidgid-doni (véase también Gimgim-no, en 3Ne. 8:9). Pacumeni, el nombre del tercer vástago, se asemeja mucho a los nombres comúnmente usados por los últimos gobernantes-sacerdotes de Egipto, cuyos nombres tienen ciertas similitudes Pa-menec, Pa-mnk, Pamenches, etc. Los Griegos (que normalmente poseían la clave para la lectura correcta de los nombres egipcios) lo pronunciaban como Paco- mios. La figura más destacada que ostentó el nombre fue un hombre que comandó a la totalidad de los ejércitos del sur y sumo sacerdote del culto de Horus. Al menos algún otro de los gobernadores generales de Egipto llevaron el nombre.67 Una extraordinaria coincidencia es el predominio del prefijo Pa- en los nombres de los jueces, tanto nefitas como egipcios. En el idioma egipcio contemporáneo esto es tremendamente común, y simplemente tiene la misma función que en una frase en español cumple el artículo definido.68 Otro juez del Libro de Mormón, Cezóram tiene un nombre que sugiere pudiera derivar del nombre de un gobernador egipcio de cierta ciudad Siria: Chi-zi-ri.69 No esta por demás señalar que al subir al trono, Pane- zem, de quien ya se ha hablado con anterioridad, cambió su nombre por el de Meriamón, que suena, fonéticamente hablando, muy similar al Mo- riantón del Libro de Mormón, incluso si no lo leemos Moriantón –una variante perfectamente posible. Sidón era el puerto oficial a través del cual los Judíos establecieron el tráfico comercial con Egipto. Debido a que Lehi y su pueblo fueron hábiles comerciantes, no es una sorpresa el que Sidón sea la única ciudad Pa- lestina cercana a Jerusalén cuyo nombre figure de manera tan prominente en el Libro de Mormón. Es más, dado que Sidón era el punto terrestre de reunión tanto para hebreos como para egipcios y que los nombres de ambos linajes concurren en el Libro de Mormón, uno podría esperar que el nombre de tan popular sitio de reunión apareciera tanto en su forma egipcia como hebrea. La forma egipcia es Dji-dw-na, la cual tiene una extraordinaria similitud con el nombre Giddona registrado en el Libro de Mormón (Al 30:23).70 No podemos dar término a este breve resumen sobre las ―cuestiones egipcias‖ sin hacer mención del hecho significativo de que los antepa- sados de Lehi no eran oriundos de Jerusalén. En Mosíah 1:4 aprendemos que ciertas planchas estaban escritas ―en el idioma de los egipcios.‖ Nefi nos informa (1Ne.3:19) que esas mismas planchas estaban escritas ―en el idioma de nuestros padres‖, y que la posesión de las mismas era nece- saria si el conocimiento del idioma iba a ser preservado para su pueblo. Para preservar simples caracteres, habría sido necesaria menos de una
  • 27. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 27 sencilla página de signos hebreos y egipcios, y tanto Lehi como sus hijos habrían producido muchas referencias de memoria, ya que ellos ya habían enseñado la palabra. Y si el idioma en cuestión era el hebreo, los hijos de Lehi podrían haber producido con sus propios recursos cualquier cantidad de libros en su propio idioma, de manera que cuando Nefi cree que con un solo volumen de planchas el idioma se perdería –el antiguo idioma de sus padres– posiblemente no estaba refiriéndose al hebreo. La conservación del hebreo naturalmente requería de la posesión de las escrituras, el canon completo en un lenguaje puro, pero podrían encon- trarse en cualquier parte de Judea y la misión a casa de Labán habría sido innecesaria. El idioma de los antepasados de Lehi era una lengua extra- njera; y cuando Nefi indica que era el idioma de los egipcios, eso es exactamente lo que quiere decir. Desde tiempos inmemoriales los israe- litas habían estado exiliándose en Egipto, tanto colectiva, como indivi- dualmente, y no debería sorprendernos la posibilidad que los ancestros de Lehi se encontraran entre estas personas.
  • 28. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 28 Capítulo 2 Los Hombres de Oriente Nombres Extraños. La huella de Egipto estampada en la posteridad de Lehi puede dis- tinguirse con claridad en los nombres ostentados por ellos y sus descen- dientes. Los nombres hebreos y egipcios en conjunto destacan por su mayoría abrumadora y presencia en cantidades muy similares, lo cual es exactamente lo que uno podría esperar de la declaración de Mormón en el sentido de que ambos idiomas fueron empleados por su pueblo (lo que ciertamente no sería el caso si únicamente se hubiera usado el idioma hebreo), sin embargo, también están presentes elementos Jonios, Hititas y Arabes. Primeramente, examinemos algunos nombres egipcios, com- parando los nombres anotados en el Libro de Mormón (LM) con sus contrapartes equivalentes del Mundo Antiguo (MA).1 Aha (LM), hijo de un comandante en jefe nefita. Aha (MA), nombre del primer faraón egipcio; significa ―guerrero‖ y es un término común. Amínadab (LM), misionero nefita durante la época de los jueces. Amanatabí (MA), jefe de una ciudad cananita bajo el dominio egipcio. El nombre es egipcio ―reformado‖. Ammón (LM), el nombre que con mayor frecuencia aparece en el Libro de Mormón. Ammón (Amón, Amún), el nombre más común en el imperio egipcio: el gran Dios universal del imperio. Ammoní[ah] (LM), nombre de una ciudad nefita. Ammuni-ra (MA), príncipe de Beirut, ciudad sometida bajo el régimen de gobierno egipcio. La relación es similar a la que Camení[ah] (LM), un general nefita, tiene con Khamuni-ra (MA), nombre Amarna, quizá un símil de Ammuni-ra.2 Cezóram (LM), juez superior nefita. Chiziri (MA), gobernador egipcio de una ciudad de Siria. Giddona (BM), a) juez superior que juzgó a Korihor, y b) padre de Amulek. Dji-dw-na (MA), el nombre egipcio para referirse a Sidón. Gidgiddoni y Gidgiddona (LM), generales nefitas.
  • 29. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 29 Djed-djhwt-iw-f y Djed-djhwti-iw-s agregando la terminación –ankh (MA), son nombres egipcios que significan ―Dios ha determinado: que él viva,‖ y ―Dios ha determinado: que ella viva,‖, respectivamente.3 Tomando como patrón lo anterior, los dos nombres nefitas significan ―Dios ha determinado: que yo viva,‖ y ―Dios ha determinado: que nosotros vivamos,‖ respectivamente. Giddiani (LM), general y jefe de los ladrones de Gadiantón. Djhwti-anhki (MA), ―Thoth es mi vida‖; véase líneas arriba. Gimgim[no] (LM), ciudad de Gimgim, compárese con la expresión bíblica No-Amón, ―ciudad de Amón.‖ Kenkeme (MA), ciudad egipcia, también Kipkip, un asentamiento en Nubia de la dinastía egipcia. Hem (LM), hermano del primer Ammón, un explorador nefita. Hem (MA), significa ―siervo‖, específicamente siervo de Amón, como en la frase Hem tp n‗Imn; siervo principal de Amón‖ usado por los sumos sacerdotes de Tebas. Helamán (LM), un gran profeta nefita. Her-amón (MA), ―en la presencia de Amón‖, muy similar a otro nom- bre egipcio Heri-i-her-imn.4 La letra ―L‖ de las lenguas semíticas se escribe como ―R‖ en el idioma egipcio, ya que este último carece de ―L‖. De manera inversa, la letra ―R‖ en el idioma egipcio es conside- rada como una ―L‖ en los lenguajes de origen semítico. Himni (LM); un hijo del rey Mosíah. Hmn (MA), nombre del Dios-Halcón egipcio, símbolo del emperador. Korihor (LM), un agitador político apresado por el pueblo de Ammón. Kherihor (en ocasiones escrito como Khuhor, etc.) (MA), el gran sumo sacerdote de Amón, quien ascendió al trono de Egipto en Tebas al- rededor del año 1085 a.C. Mantí (LM), el nombre de un soldado nefita, una tierra, un cerro y una ciudad. Manti (MA) es una forma semítica de un nombre egipcio, por ejemplo, Manti-mankhi, príncipe del alto Egipto alrededor del año 650 a.C. Manti una derivación idiomática tardía de Month, dios de Hermontis. Matoni (LM), el discípulo nefita. Maitena, Mattenos, etc. (MA), dos jueces de la ciudad de Tiro, que en diferentes épocas llegaron a ser reyes, muy posiblemente bajo el auspicio y dirección egipcias. Moriantón (LM), el nombre de una cuidad nefita y el de su fundador, también la provincia nefita de Moriántum.
  • 30. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 30 Meriatón y Meriamón (MA), nombres de príncipes egipcios; ―Elegido de Atón‖ y ―Elegido de Amón‖, respectivamente. Nefi (LM), fundador de la nación nefita. Nehi, Nehri (MA), destacados integrantes de la nobleza egipcia. El nombre de un capitán egipcio era Nfy. Ya que en el Libro de Mormón en inglés el nombre de Nefi aparece siempre escrito con ―ph‖(Nephi), esta forma en el idioma inglés es muy semejante a Nihp, el nombre original del dios Pa-nepi, el cual, en un principio bien pudo haber sido Nephi.5 Paanqui (LM), hijo de Pahorán y candidato al asiento judicial. Paanqui (MA), hijo de Kherihor, a) gran sumo sacerdote de Amón, b) gobernador de la tierra del sur, conquistador de Egipto y sumo sa- cerdote de Amón en Tebas. Pahorán (LM), a) gran juez superior, b) hijo de este mismo juez. Pa-her-an (MA), embajador de Egipto en Palestina, lugar en donde el nombre ha sido ―reformado‖ como Pahura; el nombre Pa-her-y en egipcio significa ―el Sirio‖ o nativo de Asia. Pacumeni (LM), hijo de Pahorán. Pakamen (MA), nombre egipcio cuyo significado es ―ciego‖; al igual que Pamenches (en griego, Pacomios), nombre de un comandante de la región sur y sumo sacerdote de Horus. Pacus (LM), líder revolucionario y usurpador del trono. Pa.ks y Pach-qs (MA), nombres egipcios. Compárense con Pa-ches-i, ―el que clama.‖ Sam (LM), hermano de Nefi. Sam Tawi (MA), en egipcio ―el que unifica a dos tierras,‖ es un título tomado por el hermano de Nehri tras alcanzar el trono. Cezór[am] y Zeezr[om] (LM), un juez inicuo y un abogado entre el pueblo, respectivamente. El nombre de este último mas tarde sería llevado por una ciudad nefita. Zoser, Zeser, etc. (MA), gobernante de la tercera dinastía y uno de los más grandes e importantes faraones egipcios. Zemna[ri][ah] (LM), un jefe de la banda de ladrones de Gadiantón. Zmn[ha][re] (MA), nombre egipcio: los mismos elementos lingüísticos del nombre anteriormente mencionado, solo que en diferente orden –una práctica egipcia común. Zeniff (LM), líder de una colonia nefita. Znb, Snb (MA), elementos frecuentemente empleados en los nom-
  • 31. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 31 bres egipcios, cf. Senep-ta. Zenoc (LM), de acuerdo con varios autores del registro nefita, fue un antiguo profeta en Israel. Zenekh (MA) nombre egipcio; en otro tiempo propiedad exclusiva de un dios-serpiente. Se habrá notado que los nombres comparados rara vez son exac- tamente iguales, exceptuando el caso de los monosílabos Sam y Hem. Extrañamente, tal circunstancia es una sólida confirmación de un origen común, debido a que los nombres fueron obligados to sufrir algún cambio con el tiempo y la distancia; por lo tanto, si el parecido fuera perfecto, nos veríamos forzados a atribuirlo, por mas descabellado que pudiera pare- cernos, a una simple coincidencia. Debe haber diferencias; y lo que es mas, tales diferencias no deberían ser incongruentes sino mostrar ten- dencias concretas. Esto nos conduce a la cualidad más impresionante de los nombres del Libro de Mormón. Tomemos como ejemplo el caso de Ammón. Siendo un nombre tan popular, se podría esperar que apareciera tanto en nombres compuestos como en solitario, y con toda seguridad, sería el elemento mas frecuen- temente hallado en los nombres compuestos, tanto en occidente como en Egipto. Pero en nombres compuestos Amón o Amún sufre una meta- morfósis, siempre de acuerdo con una regla general. En su tratado sobre Gramática Egipcia, Gardiner escribe: Entre los nombres compuestos existe una categoría sumamente importante conocida como teóforus, en la que uno de los elementos que integran la composición es el nombre de una deidad. En las trascripciones greco-romanas ahora se aplica como regla que cuando el nombre de la deidad se encuentre al inicio del nombre, este elemento se pronuncie con menor fuerza que cuando aparezca solo o al final.6 Acto seguido, el autor procede a demostrar que, en algunos casos, Amón o Amún frecuentemente se convierte en Amén, mientras que en otros su pronunciación desaparece por completo. Basta considerar los nombres Amínadab, Aminadí, Amnor, Amnihú, etc. del Libro de Mormón para ver cuán perfectamente dicha regla tiene su aplicación. Por otra parte, en el nombre Helamán permanece la pronunciación acentuada, debido a que ―el nombre divino‖ no esta ―situado al inicio‖ del nombre. En vista que la ―L‖ semítica equivale a una ―R‖ en lengua egipcia (la cual, no tiene letra L) Helamán necesariamente aparecería en el egipcio ―sin re- formar‖ como el típico nombre egipcio de Heramón. La presencia constante del elemento Mor- en los nombres del Libro de Mormón concuerda sorprendentemente con el hecho de que en las listas de nombres egipcios compilados por Liblein y Ranke el elemento Mr junto con Nfr son, por mucho, los más comunes. En un artículo publicado en la revista Improvement Era en Abril de
  • 32. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 32 1948, el autor dirigía su interés a la peculiar tendencia que tienen los nombres del Libro de Mormón de ser exclusivamente oriundos del Alto Egipto y del sur de Tebas; en esa ocasión no pudo hallar una explicación satisfactoria a tan extraño fenómeno, pero ahora la respuesta es muy clara.7 Tras la caída de Jerusalén, muchos de los contemporáneos de Lehi que lograron escapar huyeron a Egipto, en donde su principal asentamiento parece haber sido en Elefantina o Yeb, al sur de Tebas. De hecho, todo parece indicar que la colonización mas importante de Ele- fantina se efectuó en esa época y proveniente de Jerusalén.8 ¿Que podría ser entonces mas natural sino que los refugiados que escaparon de la Jerusalén de Lehi huyendo a Egipto tuvieran nombres similares a los del Libro de Mormón ya que los integrantes del grupo de Lehi los habían tomado de la misma fuente? Una seria objeción para utilizar los nombres del Libro de Mormón como evidencia filológica no debe quedar sin respuesta. Al tener ante sí tan extrañas palabras ¿cómo pudo un iletrado José Smith haber sabido como pronunciarlas? y al escucharlas ¿cómo pudo su escribiente haber sabido como escribirlas? Recordemos que estos nombres no son tra- ducciones al inglés como el resto del libro, sino auténticas expresiones propias del idioma nefita. Entre ellas, las suposiciones del Profeta al pronunciarlos y las suposiciones de Oliverio Cowdery al escribirlos for- zaría a realizar un arduo ejercicio de suposiciones mutuas para completar exitosamente el proceso. Solo que no había nada que suponer. De acuerdo con los testimonios de David Whitmer y de Emma Smith publi- cados en el diario "The Saints Herald" y facilitados al autor por Preston Nibley, José nunca pronunciaba los nombres registrados en las planchas; siempre los deletreaba.9 De modo que no hay duda que su significado es tan preciso y fidedigno como es posible interpretarlos mediante el uso de nuestro alfabeto. Sin embargo, Egipto no era lo único. Palestina siempre fue una olla en ebullición y más aún en la época de Lehi, cuando el Cercano Oriente por entero se encontraba intensamente involucrado en operaciones co- merciales y de tipo bélico. Listas de nombres de obreros calificados que vivieron en Babilonia tras la caída de Jerusalén muestran una increíble variedad de tipos.10 Dado que José Smith disponía del Antiguo Testamento, no hay errores al listar los nombres en hebreo, pero sus variantes en el Libro de Mormón son sumamente significativas. La fuerte tendencia a terminar en –iah es particularmente notable, ya que la gran mayoría de nombres hebreos hallados en Laquish finalizan de la misma forma, lo cual indica que los nombres con el sufijo –iah fueron sumamente recurrentes en la época de Lehi.11 Los nombres hebreos grabados en antiguas jarras pro- venientes de algunas otras partes de Palestina guardan cierta familiaridad con los hallados en el Libro de Mormón: Serón, Memsat, Zif (L. de M., Zif), Méter, Efer, Jalón, Ezer, Méname, Lécah, Amnon (L. de M., Amnor), Zoet,
  • 33. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 33 etc.12 y nunca se sospecharía de ellos si fueran insertados en una lista de nombres del Libro de Mormón. El Libro de Mormón ofrece el tipo correcto para nombres hebreos. Algo verdaderamente sorpresivo es que cierto número de nombres del Libro de Mormón posiblemente son de origen hitita y algunos de ellos indudablemente lo son. Así que, mientras Mantí sugiere las voces egip- cias Mont, Manti, Menedi, etc. y el nombre de una ciudad hitita, Manda y un elemento característico de los nombres Hurrian (mucho de lo hitita es hurrian, como lo ha demostrado el Prof. Goetze) –anti, -andi, es igual- mente común en el Libro de Mormón.13 De la misma manera lo son Cu- meni, Cumen-oni, Kish-kumen (del hitita Kumani, una importante ciudad), Seántum (del hitita Sandon, Sandas), Akish (del hitita Achish, una de- nominación para Chipre), Gadiandi (de una ciudad hitita, Cadianda).14 Su variante egipcia indica que estos nombres llegaron a la gente de Lehi a través de otras rutas, no directamente; sin embargo, recientemente se ha demostrado que algunos contemporáneos de Lehi de cierto renombre eran hititas; los asentamientos y nombres hititas seguían sobreviviendo sobre la montañosa Judea de su época.15 La presencia de nombres tales como Timoteo y Laconeo en el Libro de Mormón es estrictamente correcto, sin embargo en primera instancia parecería ser contradictorio. Ya que al menos en el siglo XIV a.C. Siria y Palestina habían estado en permanente contacto con el mundo Egeo y que a mediados del siglo VII mercaderes y mercenarios griegos se en- contraban fuertemente ligados a intereses egipcios (los mercenarios egipcios mas capaces siempre fueron griegos), diseminados por todo el Cercano Oriente.16 La gente de Lehi, muy aparte de sus actividades mercantiles, no habría podido evitar un considerable contacto con esta gente en Egipto y especialmente en Sidón, la cual hasta esos días era alabada por los poetas griegos como el más grande centro del comercio mundial. Es interesante anotar que Timoteo es un nombre Jonio, ya que los griegos de Palestina eran jonios (de ahí el apelativo de ―hijos de Ja- vanim‖) y –debido a que Laconeo significa ―un Laconiano‖- que los mas antiguos mercaderes griegos eran Laconianos con colonias en Chipre (Akish en el Libro de Mormón) que por supuesto comerciaron con Pales- tina.17 El recopilador de estas investigaciones se mostró tremendamente sorprendido por la ausencia total de nombres Baal en el Libro de Mormón. ¿Qué desafortunada circunstancia habría intervenido para que los auto- res del Libro de Mormón olvidaran incluir por lo menos un nombre que contuviera el elemento Baal, tan común en los nombres del Antiguo Testamento? Habiendo descubierto, como pensábamos, que el libro estaba en un error, evitamos criticarlo al momento y de hecho su reti- cencia a presentar en sus páginas nombres de Baal --lo que ha sido asombrosamente justificado en años recientes-- sería una marca con- denatoria contra el libro. Ahora sabemos que el obstinado prejuicio de
  • 34. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 34 nuestro texto mostrado hacia los nombres de Baal es en realidad la actitud correcta, y este descubrimiento, plantado frente a nuestras preconcep- ciones y cálculos, debería con toda justicia ser ponderado como una evidencia de peso a favor de la autenticidad del libro, dado el supuesto error histórico que sus páginas presentaban. Sucede que por una u otra razón los judíos a principios del siglo sexto a.C. no habrían tenido nada que ver con los nombres Baal. Una revisión a las listas de los nombres de Elefantina muestra que ―el cambio de los nombres Baal, por sustitución, concuerda con la admonición de Oseas en el sentido de que no deberían ser usados mas por los Israelitas y con- secuentemente resulta mas interesante averiguar la forma en que los últimos descubrimientos arqueológicos confirman al profeta, ya que de los mas de 400 nombres escritos en el papiro de Elefantina ninguno de ellos esta compuesto por la palabra Baal.‖18 Debido a que Elefantina fue ocupada durante mucho tiempo por los Israelitas que escaparon de Jerusalén posteriormente a su destrucción, sus nombres deberían mostrar las mismas tendencias que los presentes en el Libro de Mormón. Sin embargo el traductor del libro quizá por el ejercicio de una astucia sobrehumana habría sido advertido por Oseas 2:17 a omitir los nombres Baal, ya que el significado de ese pasaje esta tan lejos de lo obvio que Albright, ya para 1942 encuentra como ―muy significativo que los sellos e inscripciones de Judea…tan numerosas en los siglos séptimo y octavo parece que no contienen nombres Baal en absoluto.‖19 Realmente muy significativo, pero difícilmente mas que la extraña perspicacia que el Libro de Mormón muestra sobre el particular. Con respecto a la presencia de algunos nombres de origen árabe en el Antiguo Testamento, Margoliouth hace notar que, ―considerando… que los nombres registrados son una fracción infinitesimal de la población, tal evidencia resulta extraordinaria.‖20 Esta consideración encuentra aplica- ción con mucha fuerza en el Libro de Mormón, en donde los nombres coincidentes con las diversas formas lingüísticas del Mundo Antiguo re- presentan ―solo una fracción infinitesimal‖ de la población nefita. Lehi y los Arabes Lehi era sumamente rico y era también un mercader; su riqueza se perfilaba bajo la forma de ―toda clase de riquezas‖ (1Ne.3:16) traídas de diversos y exóticos lugares. Su mundo era un mundo de viajeros y co- merciantes. Los príncipes del delta eran mercaderes,21 los príncipes de las ciudades sirias y palestinas eran además, como las tablas Amarna muestran, mercaderes; la historia de Wenamón nos relata que los príncipes de Fenicia y Filistea eran mercaderes; los príncipes árabes del desierto fueron mercaderes; y los mercaderes de Egipto y Babilonia se reunían en sus tiendas para realizar las transacciones comerciales;22 los dos hombres mas sabios de Grecia y contemporáneos de Lehi, Solón y
  • 35. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 35 Tales de Mileto viajaron constantemente hacia el Este –por cuestión de negocios. Resulta significativo el hecho incidental de que Lehi tuviera una visión en un lugar desierto ―mientras iba por su camino‖ (1Ne.1:5), para orar, se nos dice, y al hacerlo tuvo una visión. El efecto producido por la visión lo hizo regresar apresuradamente ―a su casa en Jerusalén‖ (1Ne.1:7), en donde fue testigo de manifestaciones aún mas gloriosas, mostrándosele con ello que no era necesario ―ir por el camino‖ para orar o recibir visiones; no iba por el camino esperando una visión –porque cuando la hubo reci- bido inmediatamente regreso a casa– sino que la recibió en el transcurso de un viaje rutinario de negocios que lo obligó a cambiar de planes. El oro y los objetos preciosos que Lehi poseía eran el resultado del intercambio efectuado como pago por su vino, aceite, higos y miel (pro- ductos para los cuales parecía ser un hábil comerciante), riquezas que no solamente habían sido transportadas por mar (de ahí la importancia de Sidón), sino necesaria y especialmente en caravanas. ―Israel‖, dice Montgomery, ―volvió la vista hacia el desierto. Ahí era comercialmente posible obtener beneficios a través de las grandes rutas comerciales… a Siria… a Egipto y el Mediterráneo, o… hacia el Eúfrates y el Golfo Pérsico. Al Oeste el mercado estaba saturado con Egipcios, Filisteos, Fenicios y Sirios, todos ellos comerciantes mas hábiles y sagaces que los Hebreos.‖ Ya que Egipto controlaba el comercio occidental, es fácil ver como Lehi podría sacar el mayor provecho de su bagaje cultural egipcio. Sin em- bargo estos contactos occidentales estaban abiertos en la época de Lehi debido a una política de estrecha cooperación con los poderes del occi- dente en contra de Babilonia; la regla siempre había sido que el comercio del desierto, específicamente el del desierto del sur era la única fuente confiable de riqueza para los hombres de Jerusalén.23 Existe amplia evidencia en el Libro de Mormón, como era de espe- rarse, que Lehi fue un experto sobre viajes en caravana. Considérense algunas generalidades. Al recibir una advertencia a través de un sueño, Lehi esta aparentemente preparado y listo al momento de recibir la orden de tomar a su ―familia, provisiones y tiendas‖ y dirigirse al desierto (1Ne.2:4). A pesar de no llevar absolutamente mas que las provisiones necesarias (1Ne.2:4), sabía exactamente que tipo de provisiones debía llevar, y cuando se le ordenó regresar a la cuidad para atender ciertos requerimientos inesperados, envió por los registros de Labán, no por cosas necesarias para el viaje. Todo ello denota en el hombre un alto grado de preparación y conocimientos, así como la magistral forma de establecer un campamento-base a fin de reunir fuerzas para la gran jor- nada a la usanza de los modernos exploradores de Arabia.24 Hasta el momento de abandonar el campamento-base, es decir, hasta el día en que recibe la Liahona da la impresión que sabe exactamente lo que esta haciendo y hacia dónde se dirige: no parece estar siendo ―guiado por el espíritu, sin saber de antemano‖ como sucediera con Nefi en las obscuras
  • 36. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 36 calles de Jerusalén (1Ne.4:6) Su familia lo acusa de demente por salir de Jerusalén y no consideran sus sentimientos al mofarse de sus visiones y sueños, aunque nunca cuestionan su habilidad para guiarlos. Se quejan, como todos los árabes, de los terribles y peligrosos desiertos por los que viajan, pero no incluyen el desconocimiento del desierto entre los peligros inherentes; sin embargo sería la primera y última objeción a su descabellado proyecto, ya que la gran ciudad de Jerusalén representaba, desde la perspectiva de Lehi, un desafío mayor que el agreste y peligroso mundo de los lugares desolados. Lehi mismo jamás menciona a la inexperiencia como uno de los obstáculos a vencer. Algunos miembros de la familia ríen maliciosamente cuando Nefi propone construir un barco (1Ne.17:17-20), y probablemente recordaron el viejo y conocido refrán, ―no le muestres a un árabe el mar o a un sidonio el desierto, por que su trabajo es diferente.‖25 Pero a pesar de que decían que ―le faltaba juicio‖ (1Ne.17:19) para construir un barco, nunca se burlaron de sus habilidades como cazador o lo trataron como a alguien que no esta acostumbrado a las rudas condiciones en el yermo. El hecho de que trajera su arco de fino acero y que supiera como manejar bien tan difícil instrumento muestra que Nefi había cazado bastante du- rante su corta existencia. Lehi tenía fuertes lazos con el desierto entre sus antecedentes fami- liares. Doscientos sesenta años antes los Judíos se sintieron mucho mas afines con la gente del desierto que en épocas subsecuentes. ―Llegamos a darnos cuenta,‖ dice Montgomery, ―que Israel tenía su rostro dirigido hacia aquellas regiones que llaman el desierto; su vecino mas cercano.‖ Los Judíos mismos originalmente fueron gente del desierto y jamás lo olvidaron:26 ―Este constante ir y venir de vagabundos del desierto aún continua… No existen barreras de raza, lengua, casta o religión‖ entre ellos y sus primos del desierto.27 Frecuentemente se nos ha informado que los antiguos patriarcas fueron Beduinos errantes, sin embargo lo anterior no es indicativo de que vivieran en la barbarie;28 su lenguaje era el propio de la gente del desierto, del que muchas palabras hasta el día de hoy se asemejan mas al hebreo que al árabe moderno.29 En fechas tan recientes como el año 2000 a.C. el árabe y el hebreo aún no habían sur- gido de lo que ―sustancialmente era un lenguaje común entendido desde el Océano Indico hasta Taurus y desde Zagros hasta las fronteras de Egipto. Este lenguaje común (excluyendo el acadiano…) probablemente era casi tan homogéneo como lo era el árabe hace mil años.‖30 Una cu- riosa y persistente homogeneidad cultural y lingüística ha caracterizado a la gente del Cercano Oriente en cada época histórica, de tal manera que Margoliouth puede afirmar que ―un sabaeano (Arabe del Sur) bien podría haber encajado en el primer versículo del Génesis.‖31 ―Los Hebreos con- tinuaron siendo árabes‖ es el veredicto de un erudito moderno; ―su lite- ratura…en sus formas registradas, es del tipo y estructura árabe.‖32 No es sorpresa que el Prof. Margoliouth sostenga que los Arabes parecen tener
  • 37. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 37 ―la clave para cada enigma‖ en el estudio del Antiguo Testamento. En años recientes la tendencia de equiparar al hebreo con el árabe ha sido cada vez mayor, y Guillaume concluye el mas reciente estudio sobre el tema dictaminando que ambos apelativos son en realidad variantes de un origen común, en referencia a ―los hijos de Heber‖.‖33 El calificativo ‘Arabe’ no es empleado para referirse a alguna nación, tribu o raza en particular y ―no existía distinción alguna entre Hebreos, Armenios y Arabes en la época de los patriarcas,‖ según Albright;34 sin embargo, el término sim- plemente define un estilo de vida y los Judíos continuaron aplicándolo a sus parientes que habrían permanecido en el desierto una vez que ellos mismos se habían asentado en las ciudades del país.35 Una relación interesante entre Israel y los Arabes no debe dejarse pasar por alto ya que tiene una aplicación directa con el Libro de Mormón. Nos referimos a cierta genealogía hebrea cuya nomenclatura es no-hebraica, es decir, con peculiares formas antiguas de terminación –an, -on, y en ciertos casos de un origen árabe en particular.‖36 ―La pérdida de la terminación es completamente común en los nombres de sitios pales- tinos,‖ de acuerdo con Albright en referencia a lugares mencionados en documentos egipcios.37 Uno puede recordar cualquier cantidad de lugares mencionados en el Libro de Mormón –Emrón, Heslón, Jasón, Morón, etc., que han preservado esta arcaica terminación –on, indicativo, en lo ge- neral, de un pintoresco tradicionalismo entre la gente de Lehi, y en par- ticular, de lazos con la gente del desierto. Ahora bien, de todas las tribus de Israel, Manasés fue la única que vivió en las regiones mas apartadas del desierto entrando en contacto frecuente con los árabes, a menudo casándose entre ellos y al mismo tiempo sosteniendo la tradicional estrecha relación con Egipto.38 Y Lehi pertenecía a la tribu de Manasés (Al.10:3). La preeminencia del nombre de Ammón en el Libro de Mormón quizá tenga que ver con el hecho de que los Amonitas fueran los vecinos mas cercanos de Manasés y fre- cuentemente pelearan contra ellos en los desiertos al Este del Jordán; al mismo tiempo, una conexión prehistórica con el Ammón de Egipto no es algo que deba descartarse.39 La naturaleza cuasi-nómada de la tribu de Manasés quizás explicaría el porqué Lehi parece tan fuera de lugar con respecto a las cosas de Jerusalén. Por primera vez ―descubrió‖ (1Ne.5:16) de los registros conservados en la casa de Labán que era descendiente directo de José. ¿Porque no lo sabía? Nefi siempre habla sobre ―los judíos que estaban en Jerusalén‖ (1Ne.2:13) con cierto desapego curioso; 1er Nefi nunca se refiere a ellos como ―la gente‖ o ―nuestra gente‖ sino que siempre lo hace de manera totalmente impersonal como ―los judíos.‖ En este sentido, es interesante que las cartas de Elefantina únicamente hablen sobre Judíos y Arameos, nunca sobre Israelitas.40 Nefi y Lehi no se encargan únicamente de mostrar una marcada frialdad sobre el asunto de la lealtad tribal, sino que agregan que la tribu no es un factor decisivo para alcanzar la salvación; que las mismas ben-
  • 38. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 38 diciones están a disposición de todos los hombres en todas las épocas y en todas partes del mundo (1Ne.10:17-22); que ―el Señor estima a toda carne igual‖ (1Ne.17:35); que no hay tal cosa como una ―selección‖ arbi- traria de las personas (1Ne.17:37-40). Este es un marcado contraste con el férreo tradicionalismo de los judíos de Jerusalén, así como del pro- nunciado carácter cosmopolita de Lehi en ciertos aspectos. Lehi, al igual que Moisés, y su propio antepasado José, era un hombre producto de tres culturas, educado no solamente en ―la ciencia de los judíos y el idioma de los egipcios‖ (1Ne.1:2), sino también en las cuestiones del desierto.41 ―Existen un matiz y atmósfera peculiares en la vida bíblica‖, dice el Prof. Montgomery, ―que le otorgan su tono característico…y ello proviene del amplio y libre tránsito de los hombres en la región que conocemos como Arabia.‖42 La dualidad cultural egipcio-israelí habría sido imposible de no existir el vínculo árabe que las uniera, de la misma forma en que el co- mercio entre ambas naciones hubiera sido impensable sin el Beduino que guiara las caravanas por el desierto. Sin la empática cooperación de los Arabes, cualquier intento de cruce a través de sus desiertos era un riesgo terrible, por decir lo menos, y un comerciante era el único que sabía como negociar con los Arabes –porque era uno de ellos.43 La carta de Laquish No.6 en la que se denuncia al profeta Jeremías como el responsable de esparcir el pesimismo, tanto en la ciudad como en las regiones circunvecinas, muestra que Lehi, un adherente del profeta, habría estado activo en esa misma región de ―la tierra de Jerusalén‖ (1Ne.3:10). Incluso la declaración sobre que Lehi ―había morado en Je- rusalén toda su vida‖ (1Ne.1:4) no habría sido hecha por gente que no pensara vivir en otro lugar, y una morada ―en Jerusalén‖ sería una ayuda mas que un obstáculo para el viajero frecuente,44 por que ―el páramo de Judea al norte de Jerusalén es un refugio efectivo de los desiertos ára- bes.‖45 El ilustre antecesor de los árabes es Ismael. Su nombre es uno de los pocos nombres del Antiguo Testamento propios de la antigua Arabia.46 Su lugar de residencia tradicional era el Tih, desierto situado entre Palestina y Egipto y su gente habitaba ―los límites‖ entre el desierto y la ciudad;47 era reconocido como descendiente legítimo de Abraham y madre egipcia. Su nombre no fue de buen augurio, por que el ángel le advirtió a su madre, ―será un hombre indómito; su mano se alzará contra la de todo hombre y la de todo hombre contra la suya,‖48 de modo que las posibilidades de que uno cuyo nombre fuera causa de desprecio tuviera buenas razones fami- liares para viajar serían mínimas; no obstante en Ismael, el amigo de Lehi, encontramos con toda seguridad a un hombre del desierto. Lehi, enfren- tado con la posibilidad de realizar un largo viaje en el desierto, envió por Ismael, quien de inmediato lo siguió a la cabeza de un nutrido grupo; esto significa que debió haber aceptado el viaje mas fácilmente que el mismo Lehi. Lo interesante radica en que Nefi se lleva a Ismael (a diferencia de Zoram) por propia voluntad de este último, sin mayores explicaciones –el hecho de enviar por él parece ser la cosa mas natural del mundo, así
  • 39. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 39 como el matrimonio de sus hijas con los hijos de Lehi. Ya que siempre ha sido costumbre entre la gente del desierto tomar por esposa a la hija de su tío paterno (bint ‗amni); es difícil no tener la ligera sospecha de que Lehi e Ismael eran parientes.49 Hay una notable asociación entre los nombres de Lehi e Ismael con el desierto del sur, en donde se ubicaba el legendario lugar de nacimiento y santuario central de Ismael llamado Be‘er Leía-ro‘i.50 Wellhausen inter- pretaba el nombre como ―quijada de buey salvaje,‖51 sin embargo Paul Haupt ha demostrado que Lehi (así se lee el nombre) no significa ―quijada‖ sino ―mejilla,‖52 lo que deja sin aclarar el extraño significado del nombre. No obstante una cosa es cierta: Lehi es un nombre. Hasta hace poco el nombre era prácticamente desconocido como nombre propio, salvo como nombre de un lugar, pero en Elat y en otro sitio al sur sus nombres han cambiado a una forma que ha sido identificada por Nelson Glueck con el nombre Lahai, ―que frecuentemente aparece como parte de un nombre compuesto, o como nombre de una deidad o persona, particularmente en el Minaeano, el Tamúdico y otros textos árabes.‖53 Existe un Beit Lahi, ―casa de Lahi,‖ entre los antiguos nombres de lugares de las provincias árabes alrededor de Gaza, pero el significado del nombre se ha perdido.54 Si tuviera que hacerse un último apunte sobre el particular, el nombre Lehi es propio de la gente del desierto, y que nosotros sepamos, de nadie más. Lemuel no es un nombre hebreo convencional, pero aparece solo en un capítulo del Antiguo Testamento (Proverbios 31:1,4), en donde se supone que no es mas que un misterioso sinónimo poético de Salomón. Sin embargo, al igual que Lehi, el nombre es propio del desierto del Sur, en donde un texto edomita sobre ―un lugar ocupado por descendientes de Ismael‖ ostenta el nombre, ―Las Palabras de Lemuel, Rey de Massa.‖ A pesar de ello, esta gente hablaba un lenguaje que no era árabe, sino que caía dentro de la esfera de influencia de la religión judía, ya que ―no te- nemos evidencia alguna para decir que los Edomitas emplearan algún otro nombre para nombrar a su deidad‖ diferente de ―Yahwe, el Dios de los Hebreos.‖55 El único ejemplo del nombre Lamán encontrado en cualquier otro lado hallado por el autor nos remite a un antiguo Mukam o lugar sagrado en Palestina. La mayoría de estos Mukams son desconocidos, y muchos de ellos datan de tiempos prehistóricos. En el antiguo Israel, solo la tribu de Manasés los construyó.56 Es una coincidencia sorprendente que Conder vea en el nombre Leimun, como él lo traduce, una posible co- rrupción del nombre Lemuel, brindando un origen común a estos dos nombres relacionados de manera tan cercana en el Libro de Mormón, en el que el nombre de Lamán aparece en primera instancia.57 Alma fue un nombre mucho mas popular entre los árabes de lo que lo fue entre los Nefitas; puede significar un joven, un bolso con correo, una montaña o un símbolo.58 En tanto que Sam es con toda certeza un nombre egipcio y también la típica forma árabe de Sem, el hijo de Noé.
  • 40. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 40 Capítulo 3 En el Desierto. Lehi el Soñador. Lehi posee en gran medida las características y los rasgos de un típico Jeque del desierto. Es noble, generoso, impulsivo, ferviente y vi- sionario; así como dotado de una fantástica capacidad para la elocuencia y los sueños. Al igual que en sus sueños, cuando los árabes vagan sienten que son guiados por medio de sueños, y sus jeques son fre- cuentemente dotados para ello.1 La parte medular de los sueños de Lehi es altamente significativa, ya que los sueños de los hombres representan, incluso cuando son inspirados, las cosas que a diario observan, aúnque combinadas en maravillosas y extrañas formas. Es común que los hom- bres de todas las epocas sueñen, por ejemplo, con barcos; pero un hombre de la época de Lehi debería soñar únicamente con cierta clase particular de barcos. En sus sueños, Lehi se ve a sí mismo vagando ―en un oscuro y triste paraje,‖ un ―oscuro y lúgubre desierto,‖ por el que caminó ―en la oscuridad por el espacio de muchas horas,‖ perdido y sin ayuda (1Ne.8:4-8). De todas las imágenes que pudieran llegar a obsesionar a los antiguos poetas árabes esta es, por mucho, la mas común; es la clásica pesadilla de un árabe; y es la suprema presunción de todo poeta que en solitario ha recorrido grandes distancias entre oscuros y lúgubres yermos.2 La oscu- ridad de manera invariable se presenta como la principal fuente de terror (durante el día, el calor y el resplandor del sol, casi nunca mencionados; ocupan un plano secundario), y el paroxismo del horror casi siempre es un ―vapor de tinieblas;‖ una espesa mezcla de polvo y pegajosa niebla que, agregada a la noche, completa el cuadro de confusión experimentado por cualquiera que se atreve a vagar en el yermo.3 Contrariamente a lo que uno esperaría, estos vapores húmedos han sido mencionados por los viajeros de todas partes de Arabia,4 y Al-Ajajj, uno de los más grandes poetas antiguos del desierto, relata como un ―vapor de tinieblas‖ le impidió continuar su viaje a Damasco.5 En su naturaleza y efectos, el ―vapor de tinieblas‖ de Lehi (1Ne.8:23) coincide por completo con este extraño fenómeno. Cuando Lehi sueña con respecto a la vanidad del mundo, contempla ―un largo y espacioso edificio,‖ suspendido en el aire a gran altura de la tierra y colmado de personas elegante y finamente vestidas (1Ne.8:26;12:18). Eso es exactamente lo que el Beduino del desierto, para quien las grandes casas de piedra de las ciudades son una abomi- nación, ve como la perfecta representación de un mundo inicuo; y como los árabes de la ciudad continúan burlándose de sus primos nómadas (a quienes envidian secretamente) ante cada muestra de franco desprecio
  • 41. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 41 recibido, entonces ellos son la gente bien vestida en el gran edificio ―en actitud de estar burlándose y señalando con el dedo‖ (1Ne.8:27) al pe- queño y pobre grupo de sucios y harapientos vagabundos, tan ham- brientos que comían del fruto de un árbol, y tan humildes que su pobreza los colocaba en franca pena. Uno casi puede recordar por las imágenes de Lehi las grandes casas de piedra de los antiguos árabes, ―de diez a doce niveles que…representan auténticas reliquias de la antigua arqui- tectura babilónica,‖6 con sus ventanas, por razones de seguridad, dis- puestas a quince pies del suelo. Durante la noche estas ventanas ilumi- nadas indudablemente producirían el efecto de estar suspendidas sobre la tierra. Es interesante que el padre de José Smith, de acuerdo con su es- posa, tuviera el mismo sueño, ya que encuentra consuelo al comparar las tribulaciones de su propia familia con las del ―padre Lehi‖. Sin embargo, lo significativo del sueño no es la similitud entre ambos, sino las totalmente diferentes circunstancias de ambos; cuando el padre del profeta se soñó a sí mismo extraviado en ―esta parte [de] el mundo,‖ no ―podía ver nada, salvo la muerte, en medio de una arboleda,‖ una imagen que por supuesto nos recuerda su propio antecedente inmigrante.7 Cuando Dante, otro personaje del mundo occidental, se ve a sí mismo perdido en medio de su jornada mortal (uno de los mas comunes y mas antiguos sueños, que, repetimos, es clásico) se encuentra vagando en un denso y oscuro bos- que; el bosque de su nativa Toscana. Un gesto mucho mas placentero le permite a Lehi observar ―un campo grande y espacioso a semejanza de un mundo‖ (1Ne.8:20); exactamente la misma forma en que el poeta árabe describe el mundo o maydán, un campo grande y espacioso.8 Cuando sueña con el río de agua, es un verdadero río del desierto, una corriente de agua de gentil anchura que brota de un manantial situado a cierta distancia (1Ne.8:13-14)9 o también un horrible cauce de agua fangosa, una fuente de ―aguas sucias‖ que arrastra a la gente hacia su destrucción (1Ne.8:32; 12:16; 15:27). En el año 960 d.C. de acuerdo con el Bar Hebraeus, un nutrido grupo de peregrinos que regresaban de la Meca ―acamparon en el lecho seco de un río por el que hacía mucho tiempo no fluía el agua. Durante la noche, mientras dormían, la lluvia repentina ocasionó una corriente de agua tan grande que barrió a los hombres y a sus posesiones hasta el Gran Mar pereciendo todos.‖10 Según Doughty, incluso un des- cuidado jinete y su cabalgadura pueden quedar atrapados y ser arras- trados por la súbita aparición de ―un torrente.‖11 Uno de los peores lugares para estos voraces torrentes de lodo y agua ―son las agrestes y áridas montañas que corren paralelas a la costa occidental de Arabia;… las tormentas chocan contra este gran macizo montañoso y producen casi de forma inmediata espantosos torrentes –la creciente de Arabia– que barre cualquier obstáculo sin previo aviso y es responsable de la pérdida de vidas humanas y del ganado.‖12 Esta fue la región que Lehi atravesó durante su gran jornada.
  • 42. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 42 El manantial y el arroyo son los dos únicos tipos de ―río‖ (los árabes los consideran como tales) conocidos en el desierto árabe.13 Lehi sueña con personas transitando por senderos equivocados; perdidos en deso- ladas extensiones; ―desviándose por senderos extraños‖ (1Ne.8:23, 32) o internándose en ―caminos anchos, de modo que perecen y se pierden‖ (1Ne.12:17) a causa del ―vapor de tinieblas‖ (1Ne.8:23). Sentirse des- orientado es, naturalmente, el destino que enfrenta todo morador del desierto, tanto en sueños como en la vida real, y los poetas conocen el inmenso pavor producido por ―senderos extraños‖ y ―caminos anchos.‖14 Para simbolizar lo que es completamente inaccesible, a Lehi se le mues- tra ―un grande y terrible abismo‖(1Ne.12:18), ―un horroroso abismo‖ (1Ne.15:28), una tremenda sima con un único objetivo: separar al (árbol de la vida) enloquecedoramente visible del otro lado; solo aquellos que han viajado por el desierto conocen el sentimiento de completo desam- paro y frustración que se experimentan al encontrarse repentinamente obstaculizado por uno de esos espantosos desfiladeros de pendientes tan pronunciadas –nada mas abruptamente brutal, mas absolutamente de- vastador, desconcertante y abrumador; y así será con los malvados en el día del juicio final.15 Independientemente de que pudieran encontrarse algunos otros paralelos en estas cosas, tal combinación de ellas solo podría venir de un hombre conocedor del desierto. Rubah, uno de los poetas del desierto, describe en un breve y sencillo poema el terror provocado por la soledad, la interminable jornada, el vapor de tinieblas (denso y sofocante), el ―horroroso abismo,‖ los caminos anchos y los caminos exasperantemente retorcidos.16 El Libro de Mormón nos provee de algunos claros y vívidos episodios (aún faltan mas) de la vida en otro mundo –del mundo del de- sierto– que pueden parecernos pintorescos, pero que ofrecen pruebas convincentes de su propia autenticidad. El comentario de Nefi ―pues in- tentaban quitarme la vida, para luego abandonarme en el desierto, a fin de que fuera devorado por animales salvajes‖ (1 Ne. 7:16), es, en palabras del poeta árabe, el procedimiento habitual y correcto de ajustar cuentas entre los Arabes, y dada su popularidad entre los poetas, no se trata de una metáfora, sino de una certeza.17 La Huida al Desierto El que un prominente ciudadano de Jerusalén abandonara la tierra de su herencia de un momento a otro y sin mayores argumentos que un sueño podría parecer a primera vista altamente improbable, por decir lo menos. A pesar de que Lehi había reflexionado larga y ansiosamente sobre el incierto destino de Jerusalén, orando ―con todo su corazón, a favor de su pueblo‖ (1Ne.1:5), cuando el sueño se presentó, él estaba preparado. Por otra parte, al emprender su inesperada marcha, Lehi estaba haciendo no solo lo más sensato, sino también la cosa más común. Desde tiempos antiguos hasta el día de hoy la acción correcta a
  • 43. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 43 tomar cuando la situación se tornaba peligrosa en las ciudades y regiones del Cercano Oriente era simplemente escapar y buscar refugio en el desierto. Sinuhé, un alto oficial de la corte de Amenothep I, intuyendo una revuelta en palacio tras la muerte del faraón, huye durante la noche hacia el desierto, en donde casi muere de sed de no haber sido recogido por ciertos árabes amistosos que sostenían tratos comerciales con Egipto. Su historia, ciento treinta años más antigua que la de Lehi, ilustra la facilidad con la que los hombres pasaban de la ciudad al desierto y nos muestra cuán natural era el impulso de ir tras el desierto durante una crisis. ¿No habían Moisés y los profetas, inclusive el mismo padre Abraham encon- trado refugio de sus enemigos en el desierto? ¿No había hecho el pueblo de Israel lo mismo? Pero lo que hace extremadamente llamativa la historia de Lehi es el descubrimiento reciente de que cuando algunos líderes de los judíos en Jerusalén, cuya iniquidad había obligado a Lehi a salir de la tierra mientras aún era posible hacerlo, hallaron la ciudad al borde de la destrucción y se enfrentaron con las consecuencias de sus desatinos, se ocultaron ―en el desierto durante el asalto a la ciudad‖ y al ver todo perdido huyeron a Egipto.18 ―Ocultarse en el desierto‖ fue exactamente lo que hicieron Lehi y aquellos que posteriormente lograrían escapar. El desierto al que escapó Sinuhé era el de la región sur de Palestina; la clásica región-escondite de Egipcios y Judíos, en donde a ―hombres de toda raza y condición social…les parece haber encontrado en el bando árabe un refugio seguro.‖19 Mientras que, por otra parte, el desierto de Siria es ―un lugar nada envidiable y habitación de tribus proscritas.‖20 El hogar adecuado para el desterrado, el tránsfuga y el fugitivo era aún la región de Edom y el sur del país; ―tierra de grupos marginados y de indi- viduos desertores, en donde tribus árabes seminómadas se alternan con sociedades sin oficio ni beneficio, con esclavos clandestinos, bandidos y todo tipo de escoria humana.‖21 Incluso los grandes mercaderes que comerciaban con los ‗civilizados‘ Nabatenos basaban su confianza, dice Diódoro, en su habilidad para desaparecer rápida y fácilmente en el de- sierto – como cualquier Beduino.22 De manera que no supongamos que Lehi fue el primer gran mercader en dejar atrás su tierra en compañía de su preocupada familia. Aún en el siglo actual, los campesinos y aldeanos árabes, para escapar de las exigencias de un tiránico gobierno Turco, huían al desierto y adoptaban la vida de los Beduinos nómadas,23 y en años recientes miles de fellahines, acostumbrados a la vida agrícola, han sido vistos llevando una miserable existencia en las arenas del desierto de Siria como resultado de una precipitada y desatinada huida de sus hogares.24 Hemos mencionado que ―los judíos que estaban en Jerusalén‖ fi- nalmente se fugaron cuando la ciudad cayó y terminaron en Egipto. Mu- chos de ellos se asentaron en las regiones altas del Nilo, en las ciudades de Elefantina o Yeb.25 Esta famosa colonia ha sido descrita como una estrafalaria desviación del curso principal de la historia hebrea: cultural- mente hablando, no llegó a ninguna parte y no tuvo peso e influencia en el
  • 44. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 44 desarrollo del judaísmo egipcio.‖26 Podemos utilizar las mismas palabras para describir la propia migración de Lehi –una desviación excéntrica que se desprende por completo de la corriente principal de la historia judía, pero, al igual que el asentamiento de Elefantina, preservando de manera intacta su peculiar y particular versión de judaísmo trasplantado. La his- toria de Elefantina, que presenta la posibilidad de un desarrollo que los eruditos al principio hallaban inconcebible y que durante mucho tiempo se rehusaban a creer, confirma la posibilidad de tales expediciones, similares a la de Lehi. Los judíos, a lo largo de su historia muestran, como observa Montgomery, una tendencia constante por ―revertir el proceso‖ y regresar al desierto; y Lehi no sería ni el primero ni el último en hacerlo.27 Además, no es inusual que gente acaudalada de pueblos y ciudades e incluso campesinos pobres tomen esa clase de ‗vacaciones‘ por una temporada y experimenten de cuando en cuando un poco de la vida nómada; de tal suerte que el comportamiento de Lehi al convertirse en Beduino fue to- talmente convencional y decente. Por supuesto que quienes toman esa clase de periplo son aquellos que han gozado ya de cierta experiencia en el desierto y han adquirido cierto gusto por el.28 El Libro de Mormón es claro y especifico en cuanto a la dirección tomada por el grupo de Lehi. Tomó lo que ahora nosotros sabemos podría haber sido la única ruta de escape; ya que con un peligro inminente amenazando desde el Norte y las tierras al Este y al Oeste gobernadas por poderes opuestos al borde de una guerra, solo quedaba una opción. El desierto del sur, la única tierra en donde los mercaderes y negocia- dores de Israel se habían sentido a través de los siglos como en casa, permanecía abierta –incluso después de la caída de Jerusalén así con- tinuó. Y el único camino de ese desierto era la gran ruta comercial que corría a través de las ardientes depresiones del Arabá.29 Durante mucho tiempo la compañía viajó con dirección sur-sureste y entonces, repenti- namente, viraron en línea recta al Este, cerca de un desierto particular- mente terrible y alcanzaron las playas del mar en un punto que será tema de discusión mas tarde. Nefi cuidadosamente nos mantiene al tanto del curso principal seguido durante cada etapa de la jornada, y nunca men- ciona alguna desviación de la ruta hacia el Oeste o hacia el Norte. La compañía viajó durante ocho años solamente en dos direcciones, sin retrasarse o desfallecer, toda una hazaña considerando que la mayor parte de la jornada fueron largas marchas forzadas. El argumento anterior excluye por completo a la península del Sinaí como el escenario de sus viajes y encaja a la perfección con un recorrido a través de la península Arábiga. A un ritmo de marcha lo mas lenta po- sible ―en dirección sur-sureste‖ a través de la península del Sinaí se habría alcanzado el mar en diez días y habría sido necesario virar al Norte; pero hasta el momento, el grupo de Lehi había viajado ―durante muchos días,‖ quizá meses enteros, en dirección sur-sureste, mante- niéndose cerca de la costa del Mar Rojo todo el tiempo. Un viajero a pie invierte diez días en cubrir la distancia de esa costa de Sinaí que corre en
  • 45. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 45 dirección sur-sureste – ¿y qué con respecto al resto de los ocho años? Lo que excluye por entero al Sinaí como la geografía del viaje de Lehi es la ausencia en todo momento de árboles maderables con los cuales construir un barco; mucho menos la existencia de una exuberante y hermosa tierra de abundancia. ―¿Es completamente posible,‖ escribe un erudito contemporáneo, ―que Salomón tuviera que transportar sus naves o el material empleado en su construcción, del Mediterráneo, en cuyas playas podría encontrarse la madera para tal efecto?‖30 El desierto en el que Lehi se refugiara y estableciera su primer campamento es conocido desde tiempos del Antiguo Testamento como inhóspito por excelencia. Gracias a la Biblia esta es la parte de la tierra en el que el término inhóspito se aplica más literalmente que en ningún otro; de modo que al emplearlo, Nefi lo hace en su más amplio sentido.31 De 1er. Nefi 8:4,7 aprendemos que por inhóspito él intenta describirnos un páramo, no una jungla. Hoy continuamos llamando a la región un desierto, aunque Woolley y Lawrence prefieren el término anterior para designar a este desierto –el páramo inhóspito de Zin. ―El término ‗inhóspito‘ no sig- nifica necesariamente un lugar inhabitable‖ escribió Kenyon (asociando por tanto las dos palabras en la forma en que Nefi lo hace), ―sino un lugar que los nómadas pueden habitar, con oasis y arroyos en donde pueden cultivarse plantas.‖32 De manera que el páramo inhóspito de Lehi tenía ―partes mas fértiles‖ en las que era posible sobrevivir (1 Ne. 16:16). El yermo particular en el que Lehi asentó su primer campamento se en- cuentra entre los desiertos menos atractivos de la tierra, sin embargo, ciertos observadores creen que la zona antiguamente gozaba de una mayor precipitación pluvial que la presentada hoy en día y coinciden en señalar que el cambio climático ha sido insignificante desde tiempos prehistóricos –casi tan inclemente como lo es actualmente.33 Incluso si Lehi tomó la ruta sur del Arabá, lo cual con toda probabilidad hizo, era el camino más directo hacia el Mar Rojo y una ruta de caravanas conocida por todos los mercaderes, lo que forzaría al grupo a moverse hacia el desierto en su intento de evadir a los Beduinos que, como plaga, infes- taban la ruta. Tampoco vemos señales o monumentos dejados a su paso: ―Los Egipcios, los Patriarcas, los Judíos, los Romanos, los Crusados y los Arabes siempre transitaron esas mismas regiones y lo único que se dig- naron a otorgarles fue un nombre. Probablemente a su parecer el país era tan detestable como para merecer mayor referencia.‖34 Al parecer, tam- bién lo era para la compañía de Lehi que ―murmuró‖ por haber sido conducida a la antesala de un verdadero infierno.
  • 46. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 46 Gente en Tiendas. Los editores del Libro de Mormón otorgaron un versículo entero a la lacónica declaración de Nefi, ―vivía entonces mi padre en una tienda‖ (1 Ne. 2:15), lo cual es correcto, ya que al mismo Nefi el hecho le parece sumamente significativo y señala la tienda de su padre como el centro de su universo.35 para un árabe, la expresión ―vivía entonces mi padre en una tienda‖ es sumamente descriptiva. ―Los actuales habitantes de Palestina,‖ escribe Canaan, ―al igual que sus antepasados se dividen en dos tipos: pobladores de ciudades y aldeas y El Beduino. La forma de vida y hábitos de un tipo difieren radicalmente de los del otro, como también su habita- ción. Las casas de las aldeas y las ciudades se construyen con materiales duraderos;… por otra parte las moradas de los Beduinos son tiendas, artefactos que se adaptan mas a la vida nómada.‖36 Un antiguo poeta árabe presume que su gente es ―la orgullosa y refinada gente del caballo y el camello; moradores de tiendas, y no miserables arreadores de bue- yes.‖37 Aproximadamente cincuenta años después de la caída de Jeru- salén, un rey persa se jactaba de que todos los reyes ―y los Beduinos que viven en tiendas trajeron sus costosos presentes y arrodillándose, me besaron los pies,‖38 de modo que hace la misma distinción que el poeta. Uno de los juramentos más comunes de los árabes, reporta Burckhardt, es ―por la vida de los moradores y dueños de esta tienda,‖ mientras que simultáneamente coloca una mano a la mitad del poste principal de su tienda.39 Si al morir, un hombre careciera de bienes, los postes de su tienda se quiebran y la lona es hecha jirones,‖ mientras que por otra parte, ―la colocación de una nueva tienda en el desierto es un evento celebrado con banquete y sacrificio.‖40 La cultura de la tienda también era importante para los Hebreos. En efecto, la palabra hebrea ―tienda‖ (ohel) y la palabra árabe ―familia‖ (ahl), originalmente fueron una misma palabra.41 ―El Be- duino le prodiga un profundo afecto a su tienda,‖ dice Canaan, ―no la cambiará ni por una casa.‖42 Así pues Jacob fue ―un hombre sencillo, viviendo en tiendas‖ (Gen. 25:27), sin embargo, no por ello en condiciones de pobreza: ―Ciertos viajeros de Oriente que solo han visto las sucias y deprimentes tiendas de los gitanos Beduinos… quizás se sorprenderían con la amplitud y el austero lujo propios de la tienda de un gran Sheik del desierto.‖43 De manera que en la afirmación hecha en el sentido de que su ―padre habita en una tienda,‖ Nefi hace notar que ha asumido el estilo de vida del desierto como requisito necesario para su travesía. Cualquier oriental apreciaría cabalmente la importancia de tal expresión, la cual, para no- sotros los occidentales, es casi una trivialidad. Si Nefi parece pensar en la tienda de su padre como el eje de todo es porque simplemente intenta expresar el punto de vista de cualquier Beduino, quien considera que la tienda de un sheik representa la sábana que cobija su existencia.44 Una bandera blanca, se nos informa, algunas veces se coloca en la parte alta de la tienda para guiar a visitantes y extranjeros. Toda visita es conducida de inmediato a la tienda [del sheik].‖45 Cuando Nefi instó a un aterrorizado
  • 47. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 47 Zoram a unirse al grupo en el desierto, él dijo: ―si bajas al desierto adonde esta mi padre, habrá lugar para tí entre nosotros‖ (1Ne.4:34). La validez de la proposición estriba no solamente en el correcto papel de Lehi de recibir miembros e invitados en la tribu sino también en la típica expresión ―habrá lugar para tí entre nosotros.‖ Desde tiempos inmemoriales la frase adecuada de bienvenida a todo extraño que entra en una tienda ha sido ahlan wa sahlan wa marhaban, que literalmente (tal vez) significa, ―¡una familia, un sitio cómodo, y un amplio lugar!‖46 Expresiones equivalentes se encuentran en el Antiguo Testamento, como cuando Abraham invita a su visitante celestial a sentarse debajo de su árbol (Gen.18:4); tales detalles son rasgos de un estilo de vida beduino. Sin embargo, ninguna de las expresiones bíblicas es tan típicamente ―árabe‖ como la invitación de Nefi. El Orden de la Marcha. El Libro de Mormón nos informa abundantemente sobre la forma en que Lehi y su gente viajaron por el desierto y el registro puede ser com- parado con información de primera mano sobre la vida cotidiana de los árabes durante los últimos cien años y específicamente de los últimos cuarenta en adelante. Todo ello concordaría con Nefi de que la tónica de la vida en Arabia es una vida llena de privaciones: ―la vida es difícil; una incesante lucha por la existencia en contra de hombres y naturaleza.‖47 ―No es una exageración,‖ escribe un erudito, ―al decir que un Beduino se encuentra permanentemente en un estado de inanición.‖48 ―En muchas ocasiones entre sus provisiones,‖ reporta Doughty, ―no queda ni una sola jarra con agua en la tienda del sheik.‖49 La crónica de Palgrave sobre el particular resulta verdaderamente impresionante: ―finalmente una breve pausa; insuficiente para descansar o dormir después de mas de tres o cuatro horas de marcha, interrumpida insistentemente por la advertencia, ‗si nos quedamos aquí, moriremos de sed‘ retumbando en nuestros oídos, y entonces volvemos a los lomos de nuestras agotadas bestias y segui- mos adelante a través de las tinieblas de la noche que se aproxima de- batiéndonos entre la constante posibilidad de un ataque y saqueo por parte de errantes merodeadores…y aproximadamente una hora antes del atardecer habíamos avituallado a nuestros camellos lo mejor que pudimos para preparar un banquete nocturno precisamente en la misma forma descrita como típica de estas regiones y mas frecuentemente, por miedo a que el humo de nuestra fogata anunciara nuestra presencia a algún dis- tante vagabundo del desierto, contentándonos con degustar algunos dátiles secos y un descanso de hora y media en la arena.‖50 Esto es, sin duda alguna, marchar bajo presión; pero las condiciones –sin el uso del fuego, la carne cruda y ―sufriendo mucha aflicción‖ (Hel.3:34) son dupli- cadas con exactitud en el Libro de Mormón. La compañía de Lehi se encuentra viajando a través del desierto durante algunos días (tal vez tres o cuatro) y entonces acampa ―por algún
  • 48. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 48 tiempo‖ (1Ne.16:17); esta es exactamente la forma en que los árabes viajan. Las velocidades desarrolladas por las caravanas oscilan entre dos punto veinticinco y casi cuatro millas por hora: treinta millas es, de acuerdo con Chessman, ―un buen promedio‖ por día, y sesenta millas lo máximo.‖51 ‖La estimación promedio para un buen día de marcha calcu- lada por los escritores árabes es de entre veintiocho y treinta millas: bajo circunstancias especiales o favorables podrían alcanzarse cuarenta.‖52 Por otra parte, una jornada lenta para un ―nómada en burro‖, moviéndose mas lentamente que los guías de los camellos es de veinte millas dia- rias.53 El número de días empleados para acampar en un lugar varía (como en el Libro de Mormón) de acuerdo a las circunstancias. ―Entre diez y doce días es el promedio de tiempo de permanencia de un campamento Beduino de regular tamaño en el lugar,‖ de acuerdo con Jen- nings-Bramley, quien, sin embargo, observa, ―he sabido que han llegado a permanecer en un lugar hasta cinco o seis meses.‖54 Lo usual es acampar en un lugar tanto como sea posible; hasta que las bestias lo ensucien, la multiplicación de las pulgas se vuelva intolerable y los alrededores sean incapaces de proporcionar mas pastura, es entonces cuando las tiendas se desarman y el campamento se levanta.‖55 ―En las planicies de Siria y Arabia,‖ de acuerdo con Burckhardt, ―los Beduinos acampan durante el verano… cerca de los pozos de agua, en donde permanecen general- mente durante un mes.‖56 El itinerario de Lehi, por lo tanto, parece ser completamente normal y los ocho años que invirtió en atravesar Arabia no constituyen un progreso ni muy rápido ni muy lento –Bani Hilal empleó veintisiete años para cubrir una distancia mucho menor. Después de alcanzar la playa, la gente de Lehi simplemente acampó ahí durante ―muchos días‖ (1Ne.17:7) hasta que una revelación los puso nuevamente en movimiento. El Problema de las Provisiones. Las nobles bestias que componían la caravana de Lehi ¿eran burros o camellos? Indudablemente esto último. El tiempo requerido y todo en el Libro de Mormón insiste en ello. Pero antes de pasar a la evidencia sería bueno corregir la teoría, en ocasiones propuesta, de que la compañía viajó a pie. Cuando el Señor encarga una tarea al hombre, le proporciona los medios para cumplirla, como Nefi mismo lo señala; y a Lehi le había proporcionado, en efecto, amplios medios. La imagen de un rico mercader y su familia dirigiéndose al desierto en una caravana de cierta magnifi- cencia jamás habría despertado el menor comentario de sus vecinos. Burckhardt describe como un hecho sin precedentes el paso de la cara- vana de un rico mercader de Maskat en el desierto: ―Tenía diez camellos para transportar a sus mujeres, hijos, sirvientes y provisiones.‖57 Lehi
  • 49. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 49 habría tenido solo una. Pero para un anciano y aristocrático hebreo cargar consigo mismo, su esposa y sus hijos con tiendas, utensilios, armas, comida y otros implementos en un viaje a pie habría sido impensable, tanto entonces como ahora. ―Sin el camello,‖ escribe un moderno erudito, ―hubiera sido imposible para los nómadas llevar sus tiendas y mobiliario a través de las vastas regiones arenosas, en donde los asnos difícilmente pueden pasar y llevar solo una pequeña carga.‖58 La clave decisiva es el hecho de que el grupo de Lehi llevó granos consigo, así como ―toda suerte de semillas de toda especie‖ (1Ne.8:1). Los Arabes, como se verá mas adelante, hacen esto cuando emigran en forma definitiva, empacando las semillas en grandes sacos negros de 150 a 180 libras; un par de estos se colocan en un camello. Al menos deben cargar con el grano suficiente para realizar una siembra transitoria en algún lado o para alimentarse con el durante el camino –¿y quien podría cargar lo suficiente sobre su es- palda? Para atravesar el corazón de Arabia sobre el mejor camello del mundo se requiere de una resistencia casi sobrehumana –¡mucho menos pensar en cosas ridículas como llevar tiendas, libros, alimento, mobiliario, armas y grano en la espalda! Raswan menciona que ―los criadores de camellos no temen a las extensiones desprovistas de agua del desierto como los criadores árabes de ovejas -y de cabras- lo hacen; por esa razón los dueños de camellos son mas libres e independientes.‖59 Por otra parte, estos últimos siempre están en peligro de inanición, y cuando leemos que la gente de Lehi es- tuvo continuamente ante tal peligro y se apoyaron en la caza de tal suerte que un arco roto podría significar la muerte por inanición, podemos estar seguros que fueron nómadas viajando a lomo de camello y sin rebaños, como lo requería su apresurada huída de Palestina. Entre la lista de las cosas que llevaron consigo no se mencionan rebaños, que por supuesto habrían tenido; la referencia a ―toda clase de…rebaños‖ (Et.1:41) de los Jareditas siempre aparece en primer término en el relato de su migración y con toda seguridad podemos asumir que el silencio de Nefi con respecto a este asunto indica que su pueblo no viajó como un grupo de pastores a cargo de sus rebaños. Pero Nefi tampoco menciona a los camellos. ¿Por qué no? Por la misma razón por la que no se mencionan en númerosos poemas árabes que describen el viaje en el desierto; simplemente porque se da por hecho. En Oriente las palabras comunes para hacer referencia a un viaje tienen, sintácticamente hablando, una estrecha relación con la palabra empleada para referirse a un camello; por lo tanto, rahal y safar, dos palabras básicas, ambas significan ―embarcarse en un viaje‖ y también ―ensillar un camello;‖ se infiere, por lo tanto, la presencia de camellos debido a que no se hace mención especial de ellos. Cuando digo que conduje desde Heber hasta Salt Lake, nadie en esta época pensaría preguntar ―¿en automóvil?‖ aunque todos mis lectores saben que quizás he conducido también una carreta o un triciclo. De la misma manera, cuando el árabe reporta haber viajado por el desierto nunca agrega ―en
  • 50. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 50 camello,‖ porque en su idioma ―viajar‖ supone que lo hizo por camello. Si el grupo de Lehi hubiera viajado durante nueve días a pie, algo al respecto habría sido asentado en el registro –porque tal cosa jamás fue vista ni escuchada antes o desde ese día. Pero a pesar de que el camello es la única forma de viajar, resulta tan innecesario mencionar a los camellos para describir un viaje como lo sería especificar que se navegan los mares ―en un barco.‖ Hay un episodio, sin embargo, en el que los camellos desempeñan un papel protagónico en el Libro de Mormón. Desde su campamento-base en el valle de Lemuel, los hijos de Lehi hicieron un viaje a toda prisa de regreso a Jerusalén. Fueron Nefi y sus hermanos quienes realizaron el viaje que, como era de esperarse (1Ne.3:5), sería peligroso. Es un procedimiento actual establecido por los árabes para los jóvenes de la tribu que buscan gloria y fama el que estos realicen relampagueantes incursiones en ciudades y tribus vecinas. En tales expediciones nunca se llevan tiendas, ya que su transportación restringe la libertad de movimiento y, como se intuirá, en estos casos, la velocidad es un factor esencial.60 Nefi quiere hacernos saber que este viaje a Jerusalén no era una incursión, porque llevaron sus tiendas con ellos (1Ne.3:9); ellos fueron audaz y abiertamente ante Labán y mani- festaron sus pretensiones. Solo cuando Labán los trató como ladrones es que se vieron forzados a actuar como tales, moviéndose sigilosamente como verdaderos Beduinos desde fuera y entrando a la ciudad única- mente durante la noche. Un episodio oriental típico de la historia es la frenética persecución fuera de los muros de la ciudad y en el desierto –¡cuántos intrusos han terminado de esa manera en manos de valientes Beduinos! ―Tú me per- sigues y yo te persigo,‖ es la esencia de las tácticas del desierto de acuerdo con Phylby.61 De tan electrizante persecución, Nefi nos informa (1Ne.3:27) ―y huimos al desierto sin que nos alcanzaran los siervos de Labán, y nos escondimos en la hendidura de un peñasco.‖ Nótese que fueron perseguidos en el yermo inhóspito, pero no estuvieron a salvo sino hasta que alcanzaron el desierto y se ocultaron en la cavidad de una roca. Nefi y sus hermanos pudieron haber escapado a una corta distancia de la ciudad a pie, pero huir al ―páramo inhóspito‖ era otra cosa; ahí habrían sido capturados rápidamente por jinetes, a menos que ellos hubieran escapado rápidamente, pero Nefi menciona que se esconden solo des- pués de haber dejado atrás a sus perseguidores, que fallaron en su in- tento de capturarlos. El poderoso e influyente gobernador seguramente contaba con una cuadrilla de corceles que podían haber dado alcance fácilmente a un camello, pero dada la súbita huida de Nefi y sus hermanos no habrían tenido tiempo de ensillarlos; –un antiguo poeta árabe y rey, Imrul-Qais, habla de un caballo fenomenal que ―pasaba la noche entera con silla y bocado…sin haberlo enviado al establo.‖62 Pero otros caballos, incluido el de Labán necesitarían más atención y perderían más tiempo en ser preparados; por lo que con toda confianza podemos asumir que tanto perseguidores como perseguidos emplearon camellos en su odisea
  • 51. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 51 nocturna. Sobre la posibilidad de que Nefi y sus hermanos cabalgaran en caballos es algo remota, porque el caballo no puede llevar cargas en el desierto e incluso los criadores árabes de caballos rara vez montan sus animales durante largas distancias; pero siempre que es posible, estos viajan junto con sus camellos, sin jinete o carga. Raswan ofrece muchos ejemplos de esto. El uso de camellos esta implícito en cada episodio de la historia de la misión para obtener las planchas de Labán: de otra manera la descabe- llada idea de llevar tiendas, el viaje de retorno para reunir bienes ―exce- sivamente cuantiosos‖ (1Ne.3:25) para llevarlos al palacio de Labán (¡difícilmente podría haberse hecho sobre los hombros!), la huida de la ciudad y la persecución en el desierto y finalmente el largo y necesario viaje de regreso (porque eran hombres buscados y posiblemente el rumbo de su escape había sido notado) al campamento-base secreto. Así como los Santos que contaban con los medios jamás cruzaron las planicies a pie, así también podríamos pensar que los hijos de Lehi hubieran sido imprudentes si no se hubieran procurado de los medios de transporte que todos usaban –porque los camellos eran tan comunes como lo son los automóviles actualmente. El Problema del Alimento. Hace algunos años el profesor Frankfort escribió lo siguiente con relación al desierto del sur, ―El secreto para moverse a través de sus desolados parajes ha sido siempre guardado celosamente por los Be- duinos.‖63 Los intrépidos exploradores de nuestra propia época han aprendido el secreto y Lehi también lo conocía. Como un repentino des- tello de inspiración aparece la declaración que establece que Lehi, bajo instrucción divina, ―nos dirigió por los parajes mas fértiles del desierto‖ (1Ne.16:16). Woolley y Lawrence describen las ―partes mas fértiles‖ como ―una estrecha faja de la planicie en forma de largas líneas a manera de filamentos.‖ Son las depresiones provocadas por cauces secos de agua, algunas veces de cientos de millas de longitud.64 Son, de acuerdo con Bertram Thomas, las ―arterias de vida en la estepa; el patrón de movi- miento de los Beduinos y el hábitat de los animales en razón de la ve- getación –la poca que existe– que florece en sus lechos.‖65 En Arabia la práctica de ―seguir las partes mas fértiles del desierto‖ (1Ne.16:16) es lo que permite tanto a hombres como a animales su supervivencia. Che- esman le llama ―recorrido‖ a la común práctica de hombres y bestias de moverse por el desierto de lugar en lugar por los puntos fértiles del mismo que varían con las estaciones del año.66 El Beduino árabe constantemente esta buscando, merodeando, ras- treando y espiando; de hecho, algunos suponen que la raíz de las pala- bras ‗Arabe‘ y ‗Hebreo‘ es el resultado de una combinación de sonidos que significan ―al pendiente de la emboscada.‖ ―Todo Beduino es un
  • 52. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 52 competidor tanto por gusto como por necesidad,‖ escribe un observador, quien explica como en familias con muchos integrantes algunos de los miembros mas jóvenes son elegidos para pasar la mayor parte de su tiempo aprendiendo las artes de la caza.67 Nefi y sus hermanos se con- virtieron en cazadores de tiempo completo y traicionaron la tradición fa- miliar del desierto ya que Nefi había llevado consigo un arco de fino acero: Sin embargo, consideremos otra vez el acero con relación a la espada de Labán, ya que habíamos mencionado que un arco de acero no era ne- cesariamente una pieza sólida de metal, no mas que las ―carrozas de hierro‖ cananitas (Jos.17:16-18; Jue.1:19; 4:3) que eran de hierro sólido, o que otros implementos mencionados en el Antiguo Testamento como hechos de ―hierro‖; por ejemplo, herramientas de carpintería, plumillas, instrumentos agrícolas los cuales eran totalmente de hierro. Muy proba- blemente se trataba de un arco de acero acanalado, ya que se rompió al mismo tiempo que los arcos de madera de sus hermanos ―perdieron su elasticidad‖ (1Ne.16:21). Únicamente en Palestina se usaban arcos combinados, es decir, arcos formados por mas de una pieza; un arco con dorso de acero sería llamado ―arco de acero‖ de la misma forma en que una carroza adosada con hierro sería llamada una ―carroza de hierro.‖ Por cierto, el fundador de la dinastía turca seljuk de Irán se llamaba Yaqaq, nombre que en turco significa, de acuerdo con nuestro informante árabe, ―arco hecho de hierro.‖68 El hecho de que ―flecha de hierro‖ fuera un nombre harto común entre esa gente y en realidad se refiera a una flecha con la punta de hierro es una fuerte indicación de que el mismo arco de acero pudiera referirse también a un arma de verdad. La cacería en las montañas de Arabia en estos días se efectúa a pie y sin la ayuda de halcones o perros; en épocas clásicas el cazador en esta área estaba equipado con un arco y una honda –exactamente igual que Nefi.69 La afirmación de Nefi de que la mejor caza estaba únicamente en ―la cima de la montaña‖ (1Ne.16:30) concuerda con experiencias poste- riores, ya que el Orix es ―un tímido animal que viaja rápido y muy lejos en las estepas y el desierto en busca de alimento, pero que se retira a las montañas arenosas mas inaccesibles en busca de refugio.‖70 En la región oeste de Arabia las montañas no son arenosas sino rocosas y Burckhardt reporta que ―en estas montañas ubicadas entre Medina y el mar, todo el camino hacia el norte (esto incluye el área de Lehi) se conoce como hábitat de la cabra montés, y los leopardos no son del todo raros.‖71 Julius Euting nos ha legado vibrantes relatos del peligro, la emoción y el ago- tamiento resultantes de la cacería de la gran presa que abunda en esas montañas, las cuales son escarpadas y escabrosas.72 Las cosas se pusieron verdaderamente difíciles cuando Nefi rompió su arco de fino acero, ya que los arcos de sus hermanos habían ―perdido su elasticidad‖ (1Ne.16:21; note el peculiar uso semítico del plural por un sustantivo de calidad) y a pesar de ser hábiles en el arte de la caza, sabían muy poco sobre la fabricación de arcos, actividad reservada para especialistas, incluso entre los pueblos mas primitivos. De manera inci-
  • 53. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 53 dental vale la pena recordar que los expertos en arquería mencionan que un buen arco mantiene su elasticidad durante aproximadamente cien mil disparos; por lo que uno podría calcular que la compañía de Lehi, en el momento de la crisis de los arcos habían estado viajando por lo menos de uno a tres años. Quedaba fuera de toda posibilidad fabricar el familiar arco de fino acero, y fue algo sorprendente cuando Nefi ―hizo un arco de ma- dera‖ (1Ne.16:23); un cazador, el mas precavido de los hombres, ni en sueños estaría dispuesto a dejar su arco de fino acero por un arco común y corriente. Aunque parece simple al leerlo, fue una gran hazaña de Nefi el hacer un arco, así como posteriormente lo sería la construcción del barco, y justificadamente se enorgullece de su proeza. De acuerdo con los antiguos escritores árabes, la única madera útil para la fabricación de un arco disponible en toda Arabia era la madera del nabc que crecía únicamente ―en medio de los peñascos agrestes e in- accesibles‖ de los montes Jasum y Azd, los cuales están situados exac- tamente en al región en donde, si seguimos el relato del Libro de Mormón, ocurrió el incidente del arco roto.73 ¡Cuántos factores deben estar co- rrectamente concebidos y correlacionados para hacer que la aparente- mente simple historia del arco de Nefi parezca auténtica! Las elevadas montañas cercanas al Mar Rojo en un considerable viaje descendente hacia la costa; la presa en los cerros; cazando con arco y honda; el hallazgo de madera para hacer arcos visto por la compañía como una especie de milagro –¿que posibilidad hay de reproducir tal situación por mera conjetura? Con respecto al grano traído por Lehi, es importante considerar que no fue consumido durante el trayecto, ya que era ―semilla de toda clase‖ (1Ne.16:11), una inquietud innecesaria por la amplia variedad de las mismas a menos que fueran a sembrarse. Mientras que los viajeros apenas llevan grano como alimento‖74 en el desierto, es algo común para los Beduinos llevar semillas con ellos pensando –a veces vagamente en realidad– que posiblemente si el año es bueno podrían tener la oportu- nidad de sembrar un incipiente cultivo. En Sinaí, ―el Beduino anualmente siembra en los lechos de los arroyos, pero lo hace con la ligera esperanza de recoger mas de una cosecha cada tres o cuatro años.‖75 Bajo ninguna circunstancia Lehi, buscando una tierra prometida, habría partido sin una provisión para obtener cultivos seguros en su nuevo hogar. Al viajar, ―el trigo se deposita en sacos o fardos de fabricación casera elaborados con pelo de cabra…el fardo, saco en hebreo (Gen.42:25) contiene entre 150 y 180 libras de trigo. Se colocan un par de sacos por camello.‖76 La mención de la costumbre en el libro de Génesis muestra que era una antigua práctica, inclusive para la época de Lehi.
  • 54. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 54 Capítulo 4 Costumbres y lugares del Desierto El Altar de Lehi Como primer acto protocolario realizado una vez que el campamento y su tienda quedaron instalados, Lehi ―erigió un altar de piedras y ofreció un sacrificio al Señor, y dió gracias al señor su Dios‖ (1Ne.2:7). Para todo el mundo es como si se hubiera estado leyendo a Robertson Smith: ―La marca artificial ordinaria de un santuario semítico (el hebreo y el árabe lo son) es el altar del sacrificio; el montón de piedras o el altar rústico… sobre el que el sacrificio es presentado a Dios…en Arabia…no encon- tramos un altar propiamente, sino un tosco amontonamiento de piedras sobre el que la víctima es sacrificada.‖1 Fue en este mismo ―altar de pie- dras‖ que Lehi y su familia ―ofrecieron sacrificios y holocaustos…y dieron gracias al Dios de Israel‖ (1Ne.5:9) por el regreso a salvo de sus hijos de su peligrosa expedición a Jerusalén. Cuando Raswan reporta ―un bebé camello fue traído a la tienda de Misha‘il como ofrenda en sacrificio en honor del regreso a salvo de Fuaz,‖2 no podemos sino pensar en la misma escena desarrollada en la tienda de Lehi por el venturoso retorno de sus hijos. Esto es lo que los árabes llaman dhabihat-al-kasb; un sacrificio para celebrar el exitoso retorno de guerreros, cazadores y espías. ―Este sacri- ficio,‖ escribe Jaussen, ―siempre es en honor de un ancestro,‖3 y Nefi menciona dos veces al Israel tribal ancestral en su breve relación. Al mas puro estilo del desierto, inmediatamente después de haber ofrecido los ritos de acción de gracias, Lehi procedió a examinar los ―anales‖ (1Ne.5:10). Hasta el día de hoy el Beduino realiza sacrificios en cada ocasión importante; no por razones de índole mágica o supersticiosa, sino porque vive bajo la constante impresión de que lo rodea una fuerza suprema.‖4 San Nilus, en el relato mas antiguo conocido sobre la vida entre los árabes de Tih dice, ―sacrifican sobre altares de piedras rústicas apiladas unas con otras.‖5 Es sumamente significativo que el altar de Lehi fuera un altar que cumpliera no únicamente con la antigua ley que demandaba el uso de piedras no cortadas con mano (Ex.20:25), sino también con la expresión del Libro de Mormón ―un altar de piedras,‖ ya que no es lo mismo que ―un altar de piedra.‖ Pequeños montones de piedras, sobrevivientes de todas las épocas, todavía pueden verse por todo el desierto del sur. Encuentros en el Desierto El Libro de Mormón no hace mención sobre encuentros de la com- pañía de Lehi con otras personas durante sus ocho años de peregrina- ción. Tener encuentros casuales con extraviadas familias de Beduinos en
  • 55. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 55 aquel entonces como ahora no merecería atención especial, pero ¿Cómo fueron capaces de evadir cualquier contacto humano de importancia durante ocho años y en más de 2,500 millas de travesía? Una brillante ―comentario‖ de Nefi lo explica todo. Nefi subraya que solo hasta que lograron alcanzar las playas del mar fue que su gente pudo encender fuego sin riesgo alguno, ―por que hasta entonces el Señor no había permitido que encendiésemos mucho fuego al viajar por el desierto; pues dijo: yo haré que vuestros alimentos sean sabrosos para que no tengáis que cocerlos; y también seré vuestra luz en el desierto‖ (1Ne.17:12-13). Eso es. ―Recuerdo bien,‖ escribe Bertram Thomas, ―haber tomado parte en una discusión sobre la incensatez de las fogatas durante la noche; la apagamos de inmediato a pesar del inclemente frío.‖6 El guía del mayor Cheesman no le permitió emplear ni siquiera la tenue luz de una pequeña lámpara a fin de anotar las coordenadas de navega- ción y jamás se atrevieron a encender un fuego al descubierto en la lla- nura, ya que ―llamaría la atención de las bandas de merodeadores a pesar de las grandes distancias, lo cual sería una franca invitación a recibir un ataque.‖7 En cierta ocasión, mientras nos encontrábamos favorablemente refugiados en una cavidad ―nos atrevimos a encender fuego que no podía ser visto desde algún otro punto,‖ escribe Raswan.8 En otras palabras, el fuego no esta totalmente fuera de todo el asunto, sino el raro y riesgoso –no mucho fuego, fue la regla de Lehi. El fuego continúa siendo en la actualidad casi tan peligroso como la noche misma: Palgrave narra como su grupo fue forzado ―por miedo a que el humo del fuego alertara a algún distante vagabundo, a limitar su dieta a dátiles secos‖ en lugar de ali- mentos cocidos.9 Por supuesto que la ausencia de fuego para cocinar no tiene por que significar el consumo de comida cruda. ¿Y que puede hacerse si la dieta consiste en carne? ―Durante una travesía por el desierto,‖ escribe Buc- khardt, ―siempre que una oveja o cabra muere, las personas general- mente consumen crudos el hígado y los riñones agregándoles un poco de sal. De algunos árabes de Yemen se dice que comen crudas no solo estas partes, sino además rebanadas enteras de carne; tal conducta se ase- meja a la de los Abisinios y Drusos del Líbano, quienes frecuentemente se dan el lujo de consumir la carne cruda; de esto último, yo mismo fui tes- tigo.‖10 Nilus, escribiendo catorce siglos antes, relata como el Beduino del Tih vive de la carne de animales salvajes y a falta de estos ―sacrifican un camello, una de sus bestias de carga, alimentándose con su carne cruda como los animales,‖ o maceran la carne con las brasas de una pequeña fogata lo suficiente para no tener que desgarrarla ―como si fueran ―pe- rros.‖11 Cuán bien encajan estas cosas en la austera economía de Lehi: ―sufrieron mucho por la falta de víveres‖ (1Ne.16:19); ―vivimos de carne cruda en el desierto‖ (1Ne.17:2). Todo esto nos lleva a pensar, apoyados en la experiencia moderna y la evidencia arqueológica, que Lehi se movía a través de un mundo peli-
  • 56. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 56 groso. En épocas antiguas, los comerciantes Judíos que viajaban a través del desierto y que frecuentemente caían en manos de bandoleros Be- duinos a principios de la era cristiana tenían un simple adjetivo para refe- rirse a sus captores: ―¡Arabes!‖12 Grabados árabes de la época de Lehi muestran que ―en la península… había una constante conmoción,‖ al igual que en épocas modernas.13 Momentos ordinarios se vuelven malos cuando, en palabras de los antiguos poetas árabes, ―el hombre honorable no se atrevió a permanecer en el país y huyó sin salvar al cobarde.‖14 ―Una vida solitaria,‖ escribe Philby, ―…una vida con temor perpetuo…la an- siedad es una constante en el desierto.‖15 Angustia, peligro, soledad, temor –todo ello bien conocido por la gente de Lehi. ¿Cuál era el peligro? ―Las tribus árabes se encuentran en un estado de guerra casi perpetuo entre ellas…sorprender al enemigo mediante un ataque sorpresivo y saquear el campamento son objetivos clave de am- bos grupos.‖16 Saquearlos le da sabor a la vida… eso es cierto y el hombre siempre teme por su vida y sus posesiones.‖17 Lehi no podía permitirse el enfermar para quedar enredado entre esas perennes enemistades del desierto; aún él era un intruso en cualquier parte –la única manera de que disponía para permanecer fuera del problema era observar una costumbre que Thomas reporta como empleada incluso actualmente por los viajeros del desierto: ―Un grupo que se aproxima pudiera ser aliado, pero siempre se asume que es enemigo.‖18 En palabras del antiguo poeta Zuhair, ―todo aquel que viaja debería considerar a su amigo como un enemigo.‖19 Nilus describe la marcha de los Beduinos del siglo quince como poseída por el mismo nerviosismo e insoportable tensión reportados por Cheesman, Phlby, Thomas, Palgrave, Burckhardt y otros autores: Ante la mas mínima señal de la presencia de un hombre armado, relata Cheesman, su Bedú huyó alarmado ―presa del pánico,‖ y así continúan ―agobiados por el temor que los hace exagerar el peligro y ocasiona que imaginen cosas fuera de la realidad aumentando su terror a cada momento.‖20 De esta forma es como sus modernos descendientes ―viven bajo la sensación de que una inva- sión esta en marcha y toda sombra sospechosa o movimiento en el horizonte llama su atención,‖ de acuerdo con el perspicaz investigador Baldensperger. Este estado de aprehensión que raya en lo histérico es, de hecho, una primera condición necesaria para sobrevivir en el desierto: ―Un Beduino nunca dice su nombre,‖ menciona el investigador, quien agrega, ―ni el nombre de su tribu, ni habla de sus asuntos, ni del paradero de su gente, aún encontrándose en una región aliada…deben ser y son sumamente cautelosos;…una palabra inapropiada puede acarrear muerte y destrucción.‖21 Cuando Bani Hilal emigra lo hace ―cubierto por el deli- cado manto de la noche,‖ evitando las regiones pobladas silenciosamente y al amparo de la oscuridad. ¿Qué podría describir mejor tal circunstancia que la expresión del Libro de Mormón ―un pueblo solitario y reservado‖ (Jac. 7:26)? Doughty decía que nunca conoció a un hombre ―alegre‖ entre los Arabes –y el Libro de Mormón es un libro serio. Esta falta de humor
  • 57. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 57 difícilmente es accidental: Si los Hebreos heredaron tales características de sus antepasados del desierto, ¿porque no habría de ser lo mismo con el lamanita? Sir Richard Burton, uno de los pocos individuos que han tenido con- tacto directo tanto con el indio americano como con el Beduino árabe estaba grandemente impresionado por el parecido entre uno y otro; un parecido tan asombroso que debe advertir a su lector el evitar atribuirles un origen en común, explicando el perfecto paralelismo de temperamento y conducta debido a ―la independencia casi absoluta‖ de su estilo de vida.22 Incluso muchas tribus igualmente independientes de otras partes del mundo en ningún modo se asemejan a estas dos. Uno de los mejores amigos de quien esto escribe es un venerable pero emprendedor libanés que ha pasado muchos años entre los Beduinos del desierto y entre los indios de Nuevo México como comerciante; él asegura que no hay ab- solutamente ninguna diferencia entre las dos razas en lo referente a usos y costumbres. Los árabes que ahora residen en Utah y que han tenido cierto contacto con los indios del Oeste, afirman lo mismo con énfasis considerable. Es un problema interesante para el sociólogo y el autor solamente lo menciona porque ha llamado su atención varias veces. Alguna relación habrá. La compañía de Lehi, como ya se mencionado, era un grupo de in- trusos, al igual que Bani Hilal, en cualquier parte en que se encontraran. Cada centímetro del desierto es reclamado por una u otra tribu, la que demandará como pago por tal osadía, la vida del intruso.23 ―No existen fronteras físicas que delimiten áreas y es común que cuestiones de te- rritorialidad sean dirimidas mediante la lucha, que llega a convertirse en un episodio anual; en tanto que, por otra parte, el saqueo de camellos empieza a alcanzar las dimensiones de un hábito,‖ de acuerdo con Cheesman.24 De ahí la necesidad de guardar extrema cautela y una es- tricta elusividad por parte del grupo de Lehi: ―En muchos casos,‖ dice Jennings-Bramley, ―los Arabes no consideran prudente el permitir a los merodeadores acercarse lo suficiente como para decidir si son amigos o enemigos,‖ y a continuación describe un típico encuentro en el desierto: ―tanto ellos como nosotros hicimos lo mejor que pudimos para no ser vistos.‖25 Naturalmente que esta clase de situaciones llevan a enfrentar situaciones verdaderamente cómicas, temores infundados y prejuicios ridículos, pero en un juego de vida o muerte nada puede dejarse al azar y la apuesta de Lehi era muy alta. Ello nos deja ante el cuadro de un im- pasible grupo de vagabundos que durante años recorren el yermo; aun- que nos parezca imposible, es algo normal en las desoladas extensiones del desierto, lugar en el que el susceptible, peligroso y antisocial Beduino se erige como una de las mas desafiantes, difíciles y fascinantes criaturas sobre la tierra.26
  • 58. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 58 Asuntos de Familia Pero ¿cómo es que los miembros de un núcleo social tan íntima- mente emparentado tuvieron fricciones entre ellos mismos? Es la historia doméstica que presenta el verdadero desafío a todo aquel que intentara escribir una historia de la vida de los Beduinos. Para manejarla de forma convincente debería poner a prueba el conocimiento del mejor psicólogo, y mas le valdría conocer las costumbres peculiares del desierto oriental, costumbres que podrían tomar por sorpresa y atrapar a cualquier incauto occidental a la vuelta de la esquina. La antigua familia hebrea era una organización peculiar, autosufi- ciente e impaciente ante cualquier autoridad que no fuera la propia: ―Esas eran obviamente las condiciones más importantes,‖ escribe Nowack, ―que aún hoy pueden observarse entre los Beduinos.‖27 Entonces, sea que empleemos fuentes árabes o hebreas para informarnos, deben coincidir con el Libro de Mormón. Lehi siente remordimiento de conciencia al de- sertar de Jerusalén y cuando sus hijos piensan en su hogar, piensan concretamente en la tierra de su herencia, su herencia familiar, la cual añoran. Ni siquiera Nefi parece mostrar algún grado de lealtad hacia ―los judíos que estaban en Jerusalén‖ (1Ne.2:13), quienes estaban divididos en grupos de interés en pie de lucha. En efecto, Nefi habla de su historia como ―un relato…de mis hechos, y mi reinado y ministerio‖ (1Ne.10:1), como si la familia errante no reconociera mas autoridad que la de quien la encabeza. Esto evoca uno de los términos en los que uno de los primeros poetas Beduinos, Ibn kulthum, habla abundantemente del ―jefe de una tribu que habían investido con la corona de autoridad y que se encargaba de proteger a todo aquel que le solicitara refugio,‖ como si todo sheik del desierto fuera realmente un rey.28 Mientras Lehi vivía, desde luego que era el sheik y la relación entre él y su familia es descrita por Nefi de la forma mas precisa hasta en sus mínimos detalles. Con la usual destreza, certeza y precisión, el libro muestra a Lehi dirigiendo (no ordenando) a su gente únicamente me- diante el empleo de su persuasiva elocuencia y su supremacía espiritual, mientras que sus rebeldes hijos manifiestan una conducta beduina exactamente igual a la descrita por Philby, como ―un flujo oculto de ten- sión entre los miembros del grupo durante todo el día,‖ y una gran difi- cultad para aplacar sus malvadas y envidiosas almas.‖29 “Dejamos atrás Swaykah,‖ dice Burton, ―la mayoría de nosotros con muy mal humor…tan ‗molestos‘ estaban mis compañeros, que al atardecer, Omar Efendi fue el único del grupo que probó alimento. El resto del grupo se sentó en el suelo quejándose y refunfuñando…como un clan de niños malcriados, condi- ciones que he observado en raras ocasiones incluso manifestadas entre los hombres de Oriente.‖30 El carácter y comportamiento de Lamán y Lemuel se ajusta dicho patrón. ¡Cuán auténticos son los largos, amargos, irascibles y peligrosos arranques del beduino! Cuán perfectamente ellos se asemejan a los
  • 59. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 59 árabes de Lawrence, Doughty, Burton y del resto en sus repentinos y completos cambios de estado de ánimo después de que su padre los había reprendido; de cólera encendida a un gran impulso hacia la humildad y un asombroso arrepentimiento, ¡solo para ser seguido por un renovado resentimiento y más desdichada discusión! No son incapaces de controlar su descontento y por ello ―murmuran‖ continuamente: ―El hecho de que todo cuanto sucede en el campamento es conocido y que cualquier cosa que se diga tiene una estrecha relación con los otros, convierte a la intriga en una situación casi insoportable.‖31 ―Todos formamos una familia y un grupo entrañable,‖ comenta Doughty, pero entonces describe la otra cara de la moneda; Los niños árabes se gobiernan mediante ruegos…he sabido de un niño malcriado que gol- peaba con una vara la espalda de su abnegada madre…y los árabes dicen, hay tantos muchachos malcriados entre nosotros, que si fueran lo suficientemente fuertes ¡podrían golpear a su propio padre!‖32 El hecho de que Lamán y Lemuel fueran adultos no mejoraba las cosas. ―Las discu- siones diarias entre padres e hijos en el desierto constituyen el peor as- pecto del carácter del Beduino,‖ dice Burckhardt, y describe la fuente recurrente del problema: ―El hijo, una vez que ha alcanzado la madurez, es demasiado orgulloso para pedirle a su padre algunas cabezas de ganado… a su vez, el padre se siente lastimado por causa del compor- tamiento arrogante de su hijo y la mayoría de las veces, se crea una brecha afectiva.‖ El hijo, especialmente el mayor al sentir que no obtiene lo que busca se comporta como el niño mimado que es. La actitud del padre al lidiar con su hijo: ―El joven, generalmente desobediente, es re- gañado llamándolo el tormento de su vida, Sheytan, nunca se le ame- naza, lo cual esta muy lejos de la mente del padre Beduino.‖33 Es común, dice Burckhardt, que madres e hijos se enreden en disputas ante el padre, en las que el hijo ―a menudo es expulsado de la tienda del padre para reivindicar los argumentos de su madre.‖34 En este caso Sariah toma el papel de sus hijos al reprender a su propio marido, haciendo los mismos reclamos contra su esposo (1Ne.5:2-3) al considerarlo el único respon- sable de su angustia. ¿Se sorprenderá ahora alguien de que Lamán y Lemuel hayan desahogado su frustración reprimida golpeando a su hermano menor con una vara cuando se ocultaron en la cavidad de la roca? Todos los hom- bres libres llevan consigo una vara, el símbolo ancestral de independencia y autoridad; y todo hombre impone su autoridad sobre sus inferiores con su vara, ―que muestra que su poseedor es un hombre de posición, supe- rior al obrero o al jornalero. Los oficiales del gobierno, oficiales superiores, recaudadores de impuestos y mentores usan esta vara para amedrentar –o si fuera necesario azotar– a sus subordinados sin distingo alguno.‖ El empleo de la vara es muy antiguo. ―Un azote para el esclavo,‖ reza la antigua máxima de Ahikar, y la adecuada designación para un subordi- nado es cabd-al-casa, ―siervo de la vara‖.‖ Este es exactamente el sentido en el cual Lamán y Lemuel proyectaron dar un pequeño escarmiento a
  • 60. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 60 Nefi, ya que cuando el ángel intervino les preguntó, ¿Por qué golpeáis a vuestro hermano menor con una vara? ¿No sabéis que el Señor lo ha escogido para que sea un dirigente sobre vosotros?‖ (1Ne.3:29). Lo único que salvó la vida de Nefi en otra ocasión fueron los ruegos de una de las hijas de Ismael y de su madre –otro detalle auténtico, ya que el orgulloso semita solo se rendiría ante las súplicas de una mujer. Burton recuerda que ―aún los ladrones perdonarán a una víctima que apele en nombre de su esposa.‖35 Por todo ello, Lamán, como el hijo mayor, es el actor mas desagradable: ―Cuando hay únicamente un hijo en la familia se convierte en un tirano y si puede lo dominará todo y a todos.‖36 Así que podemos ver que Lamán continua pensando en dominarlo todo y resultaba una idea enloquecedora el que un hermano menor poseyera talentos superiores. La rivalidad entre los hijos de un sheik ―a menudo da lugar a sangrientas tragedias en su propio hogar,‖37 y Nefi tenía nulas posibilidades de evitar tales circunstancias. La naturaleza de la autoridad de Lehi se muestra con claridad en el Libro de Mormón. De un sheik árabe tenemos el comentario hecho por el connotado Burckhardt: sus decisiones eran tratadas con desprecio; pero sus consejos eran objeto de deferencia…El gobierno real de los Beduinos pudiera descansar en la fortaleza individual de los integrantes de la fami- lia…. El árabe solo puede ser persuadido por sus propios parientes.‖ Las órdenes del sheik ―nunca son obedecidas, pero su ejemplo siempre es imitado.‖ Esto es más notorio durante la marcha; mientras la tribu se encuentra en marcha el sheik ―asume ―toda la responsabilidad y el control total.‖38 Incluso durante el trayecto él no da órdenes: una vez que decide que llegado el momento de recoger su tienda ―momento conocido como rala,‖ el resto del grupo empieza a recoger las suyas sin necesidad de que se les diga; y ―cuando se ha llegado a un lugar para acampar el sheik solo tiene que apearse de su bestia para que las tiendas sean armadas nue- vamente.‖39 La tienda del sheik es el lugar en el que se llevan a cabo los concilios de la tribu y en ellos se decide todo lo concerniente al viaje (1 Ne. 9:1; 15:1-2), pero ―ni el sheik ni el concilio pueden condenar a un hombre a muerte o siquiera inflingirle un castigo; solo esta facultado para (cuando el caso lo amerite) imponer una multa y aún en este punto no puede obligar al infractor a realizar el pago correspondiente.‖40 Ya que no había ley alguna que se los impidiera, ¿Por qué entones Lamán y Lemuel sim- plemente no desertaron del campamento y crearon el propio como lo hacen a veces los árabes descontentos?41 Es un hecho que al menos en una ocasión intentaron hacerlo (1Ne.7:7), aunque finalmente fueron persuadidos por dos cosas que, según Philby, mantienen a cualquier Beduino como integrante de un grupo –temor y codicia. Por que sí eran codiciosos: esperaban una tierra prometida y cuando llegaron al mar sin hallarla, su amarga queja fue, ―he aquí, hemos padecido en el desierto estos muchos años; y durante este tiempo hubiéramos podido disfrutar de nuestras posesiones‖ (1Ne.17:21). Y su condición era precaria: Nefi les
  • 61. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 61 hizo ver lo peligroso de regresar a Jerusalén (1Ne.7:15), y ¿adonde irían si desertaban? Como hemos visto, para esta gente la familia lo es todo y todo árabe o judío permanecerá con ―su propia gente‖ por que es lo único que tienen en el mundo.42 La familia es la organización social, civil y reli- giosa básica, encabezada por el padre.43 Una orfandad de tribu o familia significa la pérdida de la identidad individual; nada es más terrible que ser ―desarraigado‖ y ese era exactamente el inexorable destino que aguar- daba a Lamán y Lemuel si se rebelaban (1Ne.2:21). ―En los confines de su propio país,‖ reza un proverbio árabe, ―el Beduino es un león; fuera de ellos es un ratón.‖44 Cuando el Señor tiene una tarea que debe hacerse escoge al hombre indicado para tal obra basandose en su carácter y experiencia. Cuando Moisés huyó a Madián, viajó a pie por los desiertos por los que mas tarde conduciría a los hijos de Israel; vivió y se casó entre la gente del desierto, cuyo estilo de vida enseñó entre su propio pueblo.45 Lehi no estaba menos preparado y calificado para su gran misión: abundantemente dotado con medios y experiencia, experto en las cuestiones del desierto, firme, in- genioso, prudente, impasible, independiente y difícilmente intimidable (1Ne.1:18-20; 2:1-4), irreprensible ante la provocación, es el arquetipo perfecto de lo que Philby ha declarado en una inspiradora frase –que solo la fortaleza de carácter del mas grande líder puede conducir a salvo a un grupo a través del desierto mas peligroso: ―Durante muchos días he resistido la constante e inevitable fricción producto del roce de mi fijo e inalterable propósito contra el sólido peso de la apatía nacional innata dirigida en mi contra por parte de mis acompa- ñantes. Paso a paso hemos progresado hasta alcanzar esta etapa del viaje en la que ahora nos encontramos, pero cada paso ha sido conse- guido solo por el pequeño margen ganado con el triunfante ímpetu de una resolución inquebrantable sobre la masa inerte del pesimismo, siempre lista para retroceder ante tan azaroso objetivo.‖46 Estas palabras bien pudieron haber sido escritas para describir la proeza conseguida por Lehi. De haberlo deseado, el Señor podría haber ―trasladado‖ al grupo de Lehi; pero aparentemente El deseaba que hicieran todo lo posible por conse- guirlo por sus propios medios, con un mínimo de intervención de carácter milagroso. De todos los hombres justos de Jerusalén, solo Lehi fue ele- gido para una tarea que requería de la combinación de cualidades y de una medida de fe que pocos hombres poseían. A pesar de todo, Lehi no era un hombre ordinario y en este sentido, debería empezar a emerger en este punto de nuestro estudio una consideración particular: que fue una persona de carne y huesos lidiando con una situación real y no un per- sonaje dramático y ficticio de algún relato novelesco moviéndose entre escenarios fantasiosos en los que una delirante imaginación lo ha colo- cado recreando de manera espléndida al Cercano Oriente.
  • 62. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 62 Personalidades y Temperamentos Diversos Eruditos sobre el tema de oriente frecuentemente han observado que la personalidad del árabe y en menor grado la del judío es excepcional por su ambigüedad: por un lado, el semita es completamente noble y orgu- lloso, el alma honorable, el hombre de familia perfecto, el verdadero amigo, fiel hasta la muerte; y por la otra, el rastrero y astuto embustero, el malicioso homicida, la peligrosa y falaz compañía y el bribón impredeci- ble. Cada página de la obra de Doughty refleja esta extraña paradoja presente en la personalidad de la gente del desierto, la cual ha recibido un tratamiento tal, que es considerado como un clásico en el tercer capítulo de la obra de Lawrence ‗Los Siete Pilares de la Sabiduría‘: el oro puro mezclado con la peor escoria, todo ello dentro de una familia.47 ¿y donde podría encontrarse mejor ilustración de ello que en la propia familia de Lehi? Por tal motivo, llega a ser uno de los asuntos importantes presentes en el Libro de Mormón. Esta increíble coincidencia oppositorum es el conflicto entre el blanco y el negro. Entre los árabes, blanco significa ser bendecido con su aprobación, mientras que negro es ser maldecido con su desaprobación; Existen expresiones idénticas en hebreo y egipcio. ¿Y cómo se relaciona esto con la gente de Lehi? Resulta significativo el que la maldición lan- zada contra los Lamanitas es muy similar a la empleada en oriente para afligir a los hijos de Ismael, que a la vista de la gente de piel clara de los pueblos parecían ―una gente obscura, repugnante y sucia, llena de ocio y de todo genero de abominaciones…un pueblo ocioso, lleno de maldad y astucia,‖ etc. (1Ne.12:23; 2Ne. 5:24). Es digno de mencionar que todos los descendientes del Ismael del Libro de Mormón fueron maldecidos (Al.3:7), como si su ascendencia beduina los hubiera predispuesto a ello. El Libro de Mormón siempre menciona la maldición de una piel obscura con relación y como parte de una idea mayor: ―Después que degeneraron en la incredulidad se convirtieron en ―una gente obscura, repugnante y sucia,‖ etc. ―a causa de la maldición que había venido sobre ellos, se convirtieron en un pueblo ocioso…y cazaban animales fieros en el de- sierto‖ (2Ne.5:24). La afirmación de que ―Dios causó que los cubriese una piel de color obscuro‖ (2Ne.5:21) describe el resultado, no el método empleado, el cual se describe a continuación. Por lo tanto se nos dice (Al.3:13, 14, 18) que mientras los inicuos ―se marcaron ellos mismos,‖ era ni mas ni menos que el Señor quien los marcaba: ―Pondré una marca sobre ellos,‖ etc. Tan humano y natural fue el proceso que no sugiere nada milagroso al observador, y los ―Amlicitas no sabían que estaban cumpliendo las palabras de Dios cuando empezaron a marcarse;…fue menester que la maldición cayera sobre ellos‖ (Al.3:18). Aquí Dios coloca su marca sobre la gente en forma de maldición, aunque es una marca artificial la que se colocan a sí mismos. La marca no era algo racial, sino que era adquirida por ―todo el que se dejaba ser desviado por los Lama- nitas‖ (Al.3:10); Alma además define a un nefita como cualquiera que creía en ―las tradiciones correctas de sus padres‖ (Al.3:11). Lo que esta-
  • 63. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 63 blece la diferencia entre un nefita y un lamanita ¿es de origen cultural y no étnico? ¿Es aplicable también con relación a la piel obscura? Nótese que la alusión a la piel obscura nunca se menciona de manera aislada, sino siempre asociada a un estilo de vida depravado, lo cual es descrito como resultado directo de la maldición. Cuando los Lamanitas se tornan ―blancos‖ nuevamente, es porque están viviendo entre los nefitas y como nefitas, es decir, adoptando el estilo de vida nefita (3Ne.2:15-16). El pa- norama cultural quizá no explique por completo la historia de la piel obscura de los Lamanitas, pero es una parte importante de esa historia y es relatada con gran énfasis por el Libro de Mormón en sí. No hay en ninguna parte mención alguna de piel roja, ni de manera incidental, sino solamente de piel obscura (negra) y blanca, los términos son usados en la misma forma en que son usados por los árabes. Sitios en el Desierto Al río que encontró durante su primer campamento Lehi le dió el nombre de su primer hijo; al valle, el nombre de su segundo hijo (1Ne.2:8). Al oasis en el que el grupo estableció un campamento posterior ―dimos al lugar el nombre de Shazer (1Ne.16:13). A la fructífera y fértil tierra cer- cana al mar ―llamamos Abundancia,‖ y al océano mismo ―dimos el nombre de Irreántum‖ (1Ne.17:5) ¿Con que derecho esta gente cambia los nombres de ríos y valles a su antojo? Ningún occidental toleraría tal arrogancia. Pero Lehi no esta interesado en los convencionalismos occidentales; sigue una costumbre oriental muy antigua. De entre las leyes ―que ningún Beduino soñaría siquiera en transgredir,‖ la primera, de acuerdo con Jennings-Bramley, es que ―cualquier fuente de agua que se descubra, tanto en su propio terri- torio como en territorio de otra tribu será conocido con un nombre.‖48 De modo que en Arabia un gran wady (valle) tendrá diferentes nombres en diferentes puntos geográficos; una respetable cantidad de nombres dados ―a un mismo valle… el mismo valle puede ser conocido con varios nom- bres, así como el río que corre a la distancia o la montaña a cuyos pies se encuentra; todo será llamado de modo diferente por tribus diferentes,‖ de acuerdo con Canaan,49 quien relata que a menudo los árabes ―acuñan un nuevo nombre para un lugar que no lo tiene o cuyo nombre desconocen,‖ el nombre dado generalmente es el de alguna persona. Sin embargo los nombres dados por las tribus nómadas ―no son ni generalmente conoci- dos ni comúnmente usados,‖ de manera que no debe esperarse que los nombres que Lehi otorgó a tales lugares hayan sobrevivido.50 Hablando del desierto, ―propiamente del Negeb‖, el área del primer campamento de Lehi, Woolley y Lawrence reportan riscos y peñascos que tienen diferentes nombres entre las diferentes tribus árabes y desde di- ferentes puntos geográficos,‖51 y del cercano desierto del Tih Palmer dice, ―en toda localidad, cada objeto, roca, montaña, barranca o valle tienen su
  • 64. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 64 propio nombre,‖52 mientras que Raswan recuerda como ―afortunadamente cada colina y valle tienen un nombre.‖53 Pero, ¿qué tan confiables son esos nombres? Philby relata un caso típico: ―Zayid y Alí tenían una vaga idea de la nomenclatura de esas partes y solo por medio del irritante proceso de cuestionar continuamente y examinar minuciosamente sus inconsistentes y contradictorias respuestas es que fui capaz de armar el complejo rompecabezas que representaba la topografía de la región.‖54 En una región mas lejana de oriente, Cheesman enfrentó problemas similares: ―señalé una tercera colina y me dió el mismo nombre que había escuchado ya en dos ocasiones anteriores. El sabía que era el mismo nombre, pero así las habían llamado.‖55 La irresponsable costumbre de renombrar todo una y otra vez parece provenir de épocas mas tempranas y probablemente, sea o no sea así, los Israelitas nombraron su propios campos o inconscientemente en su negligencia confundieron un nombre nativo.‖56 Aún a pesar de su indudable antigüedad, solo los mas recientes exploradores han comentado sobre tan singular práctica, que parece ha escapado de la atención de los viajeros hasta que los exploradores de nuestro tiempo empezaron a trazar mapas. Aún mas caprichosa y carente de sentido podría parecer para un occidental el comportamiento de Lehi al nombrar un río con el nombre de un hijo y un valle con el nombre de otro. Pero los árabes no piensan de la misma forma. En el país Mahra, por ejemplo, ―es común el caso de que, al igual que las montañas, las fuentes de agua reciban diferentes nombres de parte del descubridor.‖57 Asimismo podríamos suponer que después que ha nombrado el río con el nombre de su primer hijo, la ubicación del campamento estaría dado, como cualquier occidental lo haría, con refe- rencia al río. En cambio, el Libro de Mormón sigue el sistema arábigo de designar el campamento no por el nombre del río (que fácilmente podría secarse en algún momento posterior), sino por el nombre del valle (1Ne.10:16; 16:6). Otra sorpresa: Nefi se refiere al río Lamán como ―desembocando en la fuente del Mar Rojo‖ (1Ne. 2:9). ¿Desde cuándo el Mar Rojo es una fuente? En primer lugar deberíamos notar que Nefi no llama una fuente al Mar Rojo sino que habla de un cuerpo de agua como ―una fuente del Mar Rojo.‖ ¿A que se estaba refiriendo? ―El vocablo hebreo yam,‖ escribe Albright, ―significa ‗río (largo)‘ y ‗lago de agua fresca‘ así como ‗mar‘ en español. En nuestro caso, sin embargo, no podemos asegurar si el término yam vino de tierra adentro, refiriéndose al agua fresca pura como fuente de vida o…si se refería al Mediterráneo como la principal fuente de sustento cananita.‖58 En el primer caso ‗surtidor‘ es la mejor traducción de la palabra y ciertamente en este sentido ‗terrestre‘ es que Nefi la usa por que él emplea una expresión totalmente diferente, como se verá, cuando habla del océano. El Nilo y el Eúfrates antiguamente fueron llamados yams y esto ha sido explicado como ―probablemente un tipo de hipérbole poética, basada en el hecho de que anualmente se inundan sus riberas.‖59 Ahora bien, la anchura promedio del golfo de Aqaba es de doce millas y
  • 65. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 65 Musil reporta que uno puede abarcar con la vista ―en la península de Sinaí no solo las montañas de la parte sur de la península, sino también las llanuras que se extienden al norte…al sur teníamos una vista de la parte mas grande de la playa Taima (sur del Sinaí).‖60 Desde el lado árabe, entonces, la larga extensión noreste del Mar Rojo de mas de cien millas, es decir, el sector donde el grupo de Lehi posiblemente alcanzó el mar (1Ne.2:5), no es totalmente mar abierto y no es el Mar Rojo; es una amplia y larga franja de agua como el Nilo y el Eúfrates al fluir, y al igual que ellos no es un cuerpo de agua cerrado –no se trata de un gran lago- pero abre hacia el mar en su desembocadura, fluyendo a través de dos canales de casi cinco millas de largo cada uno. Un vistazo al mapa mostrará que hay una extensión noroeste del Mar Rojo también, muy parecida a la del noreste. Este brazo antiguamente tenía el misterioso y tan discutido nombre de Yam Suph, ―Mar (o surtidor) de algas (o juncos).‖ Si fue llamado un yam, ¿Qué sería mas natural que el que su golfo gemelo del Este llevara la misma designación? Esta última ciertamente fue con la que los antiguos, de acuerdo con la definición de Albright, llamaron un yam; el término se aplicada independientemente que fuera agua dulce o salada, el significado básico de fuente o surtidor. Cuando el grupo de Lehi vió este cuerpo de agua, que alimenta al Mar Rojo con sus torrentes burbujeantes manando en el mar (1Ne.2:9), le llamaron yam, es decir, un yam en el sentido en el que el Nilo y el Eúfrates lo son. Cuando los viajeros alcanzaron el océano, ―vimos el mar,‖ recuerda Nefi, ―al que dimos el nombre de Irreántum, que significa muchas aguas‖ (1Ne.17:5). Pero ¿Por qué no le llamaron simplemente el mar y ya? Ob- viamente porque no había un nombre en su idioma para designar este mar en particular. Los antiguos regularmente recurrían a seudónimos cuando hablaban de los océanos, como ―el verde‖ de los Egipcios y ―la catacumba‖ de los Hebreos. En cóptico, una última variante del idioma egipcio, el Mar Rojo era conocido como fayum nehah (phiom nhah); lite- ralmente ―muchas aguas.‖ Si se quisiera especular, sería fácil rastrear Irreántum en retrospectiva hasta alguna derivación que contuviera la terminación egipcia wr (muchas) y n.t (copt. nout ―aguas calmas‖), o identificar la terminación –um con el común (Eg., Copt., Heb.) yem, yam, yum, ―mar‖ y el resto de la palabra con el cóptico ir-n-ahte ―grande o mucho. Pero no necesitamos ir tan lejos. Basta con saber que en los días de Lehi el océano era llamado mediante motes o sobrenombres y que el mar del Este era llamado ―muchas aguas‖ por los egipcios.61 La primera parada importante después que el grupo de Lehi dejó su campamento-base fue en el lugar que llamaron Shazer (1Ne.16:13-14). El nombre es intrigante. La combinación shajer es completamente común en los nombres palestinos usados para denominar lugares: significa ―árbo- les,‖ y muchos árabes (especialmente en Egipto) lo pronuncian como Shazer. Aparece en el nombre Thoghret-as-Sajur (el paseo de los árbo-
  • 66. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 66 les), derivación del antiguo Shaghur, escrito como Segor en el siglo sex- to.62 Puede confundirse con Shaghir ―filtración,‖ que es casi idéntico que Shihor, el ―río negro‖ de Josué 19:36.63 Esto último en Palestina toma la formas Sozura, sugiriendo el nombre de un famoso pozo situado en el sur de Arabia,64 llamado Shisur por Thomas y Sisar por Philby.65 Es un―pequeño bosque‖ y uno de los puntos mas solitarios del mundo.66 Así que tenemos Shihor, Shaghur, Sajar, Saghir, Segor (incluso Zoar), Sajar, Sozura, Shisur y Sisar, todos de alguna manera u otra conectados y de- notando también ―filtración‖ –un pequeño pero confiable suministro de agua– o una arboleda. Cualquiera que se prefiera, la gente de Lehi difí- cilmente pudo haber escogido un mejor nombre para el lugar de su primer alto en el camino que Shazer. Cuando Ismael murió durante la jornada, ―fue enterrado en el lugar llamado Nahom‖ (1Ne.16:34). Nótese que no dice ―el lugar que llamamos Nahom,‖ sino el lugar así llamado; un cementerio en medio del desierto. Jaussen reporta que aún cuando los Beduinos a veces sepultan a sus muertos en el lugar en que fallecen, muchos recorren grandes distancias con los restos para darles sepultura en el sitio adecuado.67 La raíz árabe NHM tiene el significado básico de ―suspirar o lamentar,‖ y se presenta casi siempre en tercera persona ―se suspira o se lamenta.‖ El nombre hebreo Nahúm, ―consuelo,‖ esta relacionado, pero no es la forma que se encuentra en el Libro de Mormón. Se nos dice que en este lugar ―las hijas de Ismael se lamentaron sobremanera,‖ lo cual nos recuerda que entre los Arabes del desierto las muestras de luto son monopolio exclusivo de las mujeres.68 Un Apunte sobre los Ríos Antes de dejar el tema de los ríos sería bueno subrayar que la men- ción de Nefi sobre la existencia de un río en una de las más desoladas regiones de Arabia ha causado una buena cantidad de reacciones de incredulidad y sorpresa completamente innecesarias. Aún cuando Hogarth menciona que en Arabia ―probablemente nunca ha tenido un verdadero río dentro de los confines de su inmensa territorio,‖69 eruditos modernos que incluyen a Philby, están convencidos que la península ha mantenido algunos ríos de magnitud respetable incluso en tiempos histó- ricos. El punto a considerar, sin embargo, es que Lehi realizó su descu- brimiento durante la primavera, ya que la historia de Nefi da inicio ―al comenzar el primer año del reinado de Sedequías‖ (1Ne.1:4) y se des- envuelve con suma rapidez con los judíos; ―en la Biblia, siempre que se refiere al ‗primer mes‘ esta refiriéndose al primer mes de la primavera.‖70 En primavera las montañas del desierto están llenas de corrientes to- rrenciales. El hecho de que Nefi emplee el término ―río‖ (1Ne.2.6), y ni que decir del éxtasis que seguramente provocó en Lehi al encontrarlo, mues- tra que ellos solían pensar en términos de ríos secos –los ―ríos de arena‖ de Oriente.71 La expresión bíblica ―ríos de agua‖ ilustra el punto de ma-
  • 67. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 67 nera admirable, ya que la palabra ―río‖ en este caso no es nada conven- cional sino el raro vocablo aphe, que significa canal o cauce (p. ej., Ez. 32:6; 35:8); en uno de los episodios de la Biblia en donde se mencionan ―ríos de agua,‖ en realidad, ya están secos (Joel 1:20); en otro no sola- mente contiene agua, sino vino y leche (Joel 3:18); y en un tercero (Cantares 5:12) la interpretación del término, como en muchas traduc- ciones modernas, es ―riachuelos.‖ Uno solo habla de ―ríos de agua‖ en un país donde los ríos no corren todos a la vez. Pero en primavera no deja de ser inusual encontrar ríos en las regiones por las que transitara Lehi como se mostrará a continuación. ―Descendimos…al valle Waleh. Era un hermoso arroyo, un pequeño río corriendo a través de su cauce rocoso y lleno de peces….la corriente es muy buena,…bordeada por la espesura de perfumadas adelfas. Aquí y allá se estrecha para formar un torrente profundo.‖72 Al describir la muralla de roca que corre, al igual que nuestro Hurricane Fault en Utah, a lo largo del lado Este del Mar Muerto, el Arabá y el Mar Rojo, un viajero antiguo dice: ―Mas hacia el sur el país es absolutamente intransitable, con in- mensos desfiladeros de quince mil pies de profundidad y de hasta una milla de ancho en algunos lugares [¡compárese con el ―horrible‖ abismo de Lehi! (1Ne.15:28)], quebrados por las grandes corrientes que fluyen en invierno sobre precipicios perpendiculares al mar.‖73 El mar al que se hace referencia es el Mar Muerto, pero las mismas condiciones prevalecen por todo el gran macizo montañoso hasta ―las orillas cercanas al [Mar Rojo]‖ (1Ne.2:8). Se nos recuerda cuan impresionado estaba Lehi al ver al río Lamán fluyendo ―en la fuente del Mar Rojo―(1Ne.2:9). Por el desértico camino a Petra durante la primavera ―hay que cruzar algunos cauces anchos, la mayoría de los cuales crean una emoción ligeramente pla- centera.‖74 Un grupo viajando mas al norte reporta que ―casi de inmediato nos encontramos con el profundo Wady‘allan, que en este punto corta la llanura en dos. ¡Cuán delicioso fue el burbujeo y salpicar del agua co- rriendo por su lecho rocoso en el fiero calor de ese día sirio!‖75 Entonces, dada la correcta estación del año, –y el Libro de Mormón esta obligado a darlo– no se debe estar sorprendido de la existencia de ríos en el noroeste de Arabia. Este fenómeno estacional fue el que con- dujo a Ptolomeo a ubicar un río entre Yambú y La Meca con exactitud perfecta.76 El invaluable investigador e infatigable sabueso, Ariel L. Crowley, ha sugerido perspicazmente que el río Lamán era una corriente de natura- leza muy diferente a la de los ―ríos de agua‖ de que hemos estado hablando; siendo nada menos que el canal de Neco que fluye del Nilo al Mar Rojo.77 La mayor parte del estudio del hermano Crowley se enfoca en demostrar que hubo un canal, pero esa no es la cuestión, ya que es in- discutible. Lo que no podemos admitir es que el río Lamán fuera una gran acequia y eso por un número de razones de las que solo necesitamos aquí citar solo dos.
  • 68. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 68 Primeramente, mientras que el relato del éxodo de Nefi ―esta tan precisamente redactado que revela el sello de un deliberado y cuidadoso empleo de la palabra escrita,‖ Crowley falla en notar que nada es mas preciso y específico que el reporte de Nefi sobre la dirección de la marcha y que, como hemos visto, nunca menciona estar dirigiéndose al Oeste. El hermano Crowley asume que ―hacia el desierto‖ (1Ne.2:2) significa por los ―caminos del desierto‖ a Egipto; primero ―como hipótesis,‖ posteriormente y sin evidencias, como un hecho.78 No existe una expresión mas común en oriente que ―hacia el desierto,‖ la cual, desde luego no esta restringida a un área en particular. El último sitio en el mundo para escapar de la curiosidad de los hombres sería la frontera con Egipto, por que desde tiempos antiguos estaba fuertemente resguardada (veáse la historia de Sinuhé); y como miembro de un grupo anti-egipcio, Lehi sería el último hombre en el mundo en buscar refugio en Egipto. Segundo, Crowley llama canal de Neco a ―una poderosa corriente,‖ y menciona que se encuentra ―en el antiguo cruce de los continentes, tal vez tan bien conocida como cualquier otro lugar de la tierra en el año 600 a.C.‖79 Entonces ¿Por qué no la conocía Lehi? Era el mas grande triunfo de la ingeniería de la época, la vía fluvial mas importante del mundo desde la perspectiva puramente comercial; era, por mucho, la vía mas transitada de la antigüedad si no es que de la historia; situada a unos cuantos días de viaje de Jerusalén sobre una llanura costera; era el único río mas cercano a Jerusalén exceptuando el Nilo, del que era un brazo y aún así la corriente era desconocida por Lehi [!], de otra manera hubiera sido im- probable que él le hubiera dado un nuevo nombre. ―En este sentido,‖ dice Crowley, ―queda por confirmar la reciente creación de la corriente.‖80 Solo que ¿cuanto tardan en viajar las noticias en oriente? El canal tenía al menos diez años, y habría tomado algunos mas el construir una maravilla del mundo; una inestimable ventaja para el tráfico comercial mundial a menos de doscientas millas del hogar de Lehi si se transitaba por un camino principal e incluso en el clímax del incesante y febril ir y venir entre Egipto y Palestina, ¡pero ni Lehi, el gran comerciante con su reputada educación egipcia, ni sus emprendedores y ambiciosos hijos habían es- cuchado de ello! Es imposible creer que Lehi no supiera que si uno viajaba hacia Egipto y llegaba a cruzar una poderosa corriente en un desierto, este pudiera ser algún cauce desconocido y sin descubrir. Si alguien sabía del canal de Neco, ese alguien era Lehi. Pero coincidimos con Crowley en que el río Lamán obviamente le era desconocido. Por lo tanto el canal de Neco y el río Lamán no podrían ser el mismo. ―Ningún río como el descrito por Nefi podría haber quedado fuera de los registros históricos profanos,‖ dice Crowley.81 ¿Por qué no? escapó al escrutinio de Lehi, un hombre como él, tan empapado en el saber popular de egipcios y judíos. Por lo tanto, no habría sido un caudal de importancia, y mucho menos uno de los más excepcionales de la tierra, o Lehi lo habría sabido. Tampoco Nefi menciona o insinúa que fuera un gran río; no era una vía fluvial, sino un ―caudal de agua,‖ lo cual es algo muy diferente.
  • 69. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 69 Capítulo 5 La Ciudad y la Arena Lehi el Poeta La potente elocuencia empleada por Lehi para mantener a raya a sus rebeldes hijos es un talento demandado a todo sheik del desierto que se precie de ello, y, en efecto, es la única arma que el sheik esgrime contra el orgullo y la susceptibilidad del Beduino, porque, como ya se ha visto, la única fuerza que emplea es la fuerza de la persuasión. El verdadero líder, afirman los antiguos poetas árabes ―no permanecía en silencio una vez que la discusión se iniciaba.‖ Cuando los hombres se reúnen en concilio en la tienda del jefe, el líder ―se dirige a la asamblea con una sucesión de sabios consejos entremezclados con oportunos proverbios,‖ exactamente en la forma en que Lehi lo hizo. Las personas de otros países que los escuchan hablar, menciona nuestro informante, ―los suponen investidos de un don sobrenatural.‖1 ―Declaraciones poéticas…surgieron a mi alre- dedor,‖ recuerda Burton, ―mostrando cuán profundamente teñido por la imaginación llega a ser el lenguaje del árabe bajo la influencia de una fuerte pasión o exaltación religiosa.‖2 Visitemos la tienda de Lehi:‖volví a la tienda de mi padre,‖ dice Nefi, ―y…ví a mis hermanos, y estaban dis- putando entre sí concerniente a las cosas que mi padre les había hablado… y…después de haber recobrado la fuerza, hablé a mis her- manos‖ (1Ne.15:1-2, 6). ―Y…después que yo, Nefi, hube terminado de hablar a mis hermanos…se humillaron ante el Señor‖ (1Ne.16:1-5). El poder de la palabra entre la gente del desierto es grande y si el lenguaje de Lehi nos parece fascinantemente elocuente y expresivo, es porque es el resultado de un antiguo modelo; ―por el espíritu del Señor que estaba en nuestros padres‖ (1Ne.15:12). Aún más, Lehi era un poeta y no hay pasaje mas excepcional en el Libro de Mormón que los elocuentes versículos que en una ocasión memorable dirigiera a sus indisciplinados hijos. Fue justo después de haber acampado por primera vez debido a la preocupación por la realización de los ritos de acción de gracias en el ―altar de piedras‖ (1Ne.2:7), que Lehi, viéndose entonces libre para con- templar el lugar mas tranquilamente (porque entre la gente del desierto es la mujer la encargada de instalar y levantar el campamento, aunque el sheik tiene que oficiar durante el sacrificio), procedió, como era su dere- cho, a dar por nombre al río el de su primer hijo, y al valle el nombre del segundo (1Ne.2:6-8, 14). Los hombres examinaron el terreno mas con- cienzudamente, como siempre lo hace todo árabe después de instalar su campamento en un lugar en el que espera pasar algún tiempo, y descu- brieron que el río ―desaguaba en la fuente del Mar Rojo,‖ en un punto ―cerca de su desembocadura‖ (1 Ne. 2:8-9), lo cual sugiere el Golfo de
  • 70. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 70 Aqaba, en un punto no lejos sobre los estrechos de Tiran. Cuando Lehi contempló el paisaje, tal vez desde el lado del monte Musaza o el monte Mendisha,3 se volvió hacia sus dos hijos mayores y recitó sus extraordi- narios versos. Parece que Nefi estaba presente en la ocasión, pues cui- dadosamente toma nota de la situación: Y cuando mi padre vió que las aguas del río desembocaban en la fuente del Mar Rojo, habló a Lamán diciendo: ¡Oh, si fueras semejante a este río, fluyendo continuamente en la fuente de toda justicia! Y dijo también a Lemuel: ¡Oh, si fueras tú semejante a este valle, firme, constante e inmutable en guardar los mandamientos del Señor! Ningún otro tema ha sido estudiado mas intensamente y durante tanto tiempo que el de la poesía semítica primitiva; y en ninguna otra parte podría encontrarse una ilustración mas perfecta de los puntos que ahora sabemos concuerdan en naturaleza y forma con la lírica semítica autén- tica, que en este breve relato de Nefi. Primeramente, surge la ocasión: Fue la visión del río fluyendo hacia el mar lo que inspiró a Lehi a dirigirse a sus hijos. En un famoso estudio, Goldziher señaló que los primeros poemas del desierto siempre men- cionaban ―aquellos Quellenlieder (cantos compuestos al agua dulce) que, de acuerdo con el relato de St. Nilus, los antiguos árabes entonaban después de haberse bañado y refrescado en algunos cuerpos de agua descubiertos en el transcurso de una larga travesía.‖4 El propio relato de Nilus es una fotografía de lo experimentado por el grupo de Lehi: ―Al día siguiente…después de encontrar nuestro camino en el de- sierto de la manera acostumbrada, tomando atajos, vagando sobre te- rreno difícil, viéndonos forzados a desviarnos de nuestro camino rode- ando montañas, tropezando en el terreno escabroso, abriéndonos paso a través de rutas infranqueables, mis compañeros vieron a la distancia un punto de verdor en el desierto; y esforzándose por alcanzar la vegetación que pudiera proveernos de un lugar para acampar e incluso sostenernos [estamos leyendo la palabra nómada en lugar del término mónada, ca- rente de sentido] como ellos se imaginaban, fijaron sus ojos y su deter- minación en el oasis de la misma forma en que los fija en el puerto el capitán cuya nave ha sido sacudida durante muchos días por la tormenta. Al llegar, encontraron que el oasis cubría ampliamente sus expectativas y que sus febriles fantasías no los habían guiado a falsas esperanzas. El agua era abundante, clara a la vista y dulce al paladar, de modo que era una cuestión importante dilucidar si la vista o el gusto era el sentido que gozaba de mayor disfrute. Por otra parte, había suficiente forraje para los animales; de modo que descargaron las cosas de los camellos y los de- jaron retozar libremente. En cuanto a los hombres, estos no se apartaron del agua ni un instante, bebiendo, salpicando y bañándose como si nunca la hubieran disfrutado lo suficiente. Así que en medio de su éxtasis, re- citaron alabanzas en su honor [del arroyo], y compusieron himnos al
  • 71. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 71 manantial.‖5 Ibn Qutayba, en un famoso trabajo sobre poesía árabe, citó a un gran poeta del desierto, Abu Sakhr, al decir que nada en la tierra trae a la mente versos poéticos más fácilmente que la contemplación de corrientes de agua y sitios con abundante flora.6 Esto aplica no solamente a los manantiales sino a todo caudal de agua. Thomas relata como sus com- pañeros árabes al alcanzar Umm al-Hait le saludaron con una canción de alabanza a la ―perpetua y fluida lluvia,‖ cuya generosidad había llenado el lecho del arroyo, ―fluyendo en su cauce.‖7 Así que merecidamente Lehi aparece como el más admirable de los ejemplos ―este río, fluyendo con- tinuamente‖; por que para la gente del desierto no hay nada más mila- groso y maravilloso sobre la tierra que el agua fluyendo continuamente. En el episodio mas atrayente de la obra de Saint –Exupery ―Viento, Arena y Estrellas‖, los jefes árabes contemplan las maravillas de París con im- pasible indiferencia pero estallan en gritos de verdadero éxtasis cuando observan un torrente descender por los Alpes.8 Cuando el Bani Hilal se detuvo en el primer oasis, su belleza y la vegetación les recordaron el hogar que había quedado atrás, ―y derramaron muchas lágrimas al re- cordarlo.‖9 Fue precisamente por que Lamán y Lemuel se lamentaban grandemente por la pérdida de su amada ―tierra de Jerusalén…y sus cosas preciosas‖ (1Ne.2:11), que su padre se dirigió a ellos en esta par- ticular ocasión. Si los primeros poemas del desierto fueron cantos inspirados en la placentera contemplación del agua fluyendo a la manera de un río, nadie sabe hoy la estructura literaria que tenían. Solo pueden hacerse conje- turas basadas en las primeras formas de los versos semíticos conocidos. El saj c, es una breve exhortación o declaración expresada con tal so- lemnidad y fervor que cae dentro de la categoría del canto religioso. Ejemplos de ello podrían ser los encantamientos mágicos, las maldiciones y los pronunciamientos formales de maestros, sacerdotes y jueces. Desde las épocas más antiguas el saj c fue la forma en que la inspiración y la revelación se anunciaban.10 Si bien el orador del saj c no intentaba conscientemente una métrica, sus palabras necesariamente, más que simple prosa, eran interpretadas por sus escuchas como poesía. El saj c tenáa el efecto, se nos dice, de intimidar por completo al oyente y era considerado absolutamente incómodo para la persona a quien iba diri- gido; su objetivo era compeler a la acción.11 Las palabras de Lehi a sus hijos toman justamente esta forma de súplica breve, solemne y rítmica. El hecho de que las palabras dirigidas a Lamán coincidan con exactitud con las de su hermano muestra que aquí tenemos una declaración muy parecida al saj c. El orgullo mas grande del que puede jactarse un poeta del desierto es que, ―yo declamo un verso y de inmediato surge su hermano;‖ para la consumación del arte poético eran necesarios dos versos con un paralelismo perfecto en forma y con- tenido. Pocos lograban conseguirlo, y Ibn Qutayba observa que el primer
  • 72. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 72 verso es seguido no por un ―hermano‖ sino por lo menos por un ―primo.‖12 Hasta Lehi parece haber salido airoso ante tal prueba. Del fervor moral e intención didáctica de su recitación no puede haber la menor duda; el hecho de que Nefi haya registrado dicho episodio en el registro en el que únicamente había, como él mismo afirma, espacio para cosas de gran valor, muestra la profunda impresión causada. Al dirigirse a sus hijos en lo que parece un pequeño canto, Lehi esta haciendo exactamente lo mismo que Isaías (1Ne.5:1-7) cuando se dirige al pueblo de Israel en un sirhat dodi, ―un canto litúrgico amistoso;‖ un canto popular sobre el sarmiento se convierte en una seria invectiva de carácter moral una vez que ha ganado la atención del oyente.13 En otra ocasión, como hemos notado, Isaías emplea la popular figura del olivo. La frase introductoria del antiguo poema del desierto es, ―¡Oh mis dos amados! (o amigos),‖ una introducción que Ibn Qutayba dice, debía evi- tarse, ―ya que solo los antiguos sabían como usarla apropiadamente, enlazando una gentil y natural forma introductoria con la grandiosidad y magnificencia del resto del poema.‖14 El poema de Lehi es un claro ejemplo de lo anterior: se dirige a sus dos hijos por separado, pero en ambos casos con la peculiar y típica inflexión árabe ―¡Oh, si fueras…!‖ (Ya laytaka), describiendo el río y el valle en términos de brevedad y sencillez inusitados; la forma vaga y lacónica empleada por los auténticos poetas del desierto, sobre la que Burton comenta que, ―hay una indeterminación de la idea y cierta vaguedad proyectada sobre el objeto infinitamente atractiva, pero indescriptible.‖ El lenguaje de Lehi es de esta clase; simple y noble, pero vago.15 De acuerdo con Ritchter, el mejor ejemplo posible del primitivo qasida árabe (nombre dado a la poesía más antigua del desierto) es proporcio- nado por los antiguos poemas en los que el ser amado se compara con una tierra ―en la que abundantes cauces fluyen corriente abajo… tan impetuosa y turbulentamente, que el agua se desborda continuamente cada noche.‖16 El agua ―fluyendo continuamente‖ aquí se compara a la persona a quien el poema va dirigido, como en el ―canto‖ de Lehi a Lamán. El qasida original fue construído, según lo asegurado por el mismo eru- dito, alrededor del motivo de súplica (werbenden, de ahí el nombre qa- sida), no necesariamente de origen erótico, como se había supuesto, sino mas bien relacionado con alabanzas a toda virtud (tugendlob).17 Ibn Qu- tayba incluso llega a afirmar que la alusión introductoria al asunto del amor era simplemente un artificio para llamar la atención del auditorio femenino y no parte medular del poema.18 El patrón esbozado es simple: (a) la atención del poeta es arrebatada por un impresionante fenómeno natural, usualmente un caudal que fluye; (b) esto lo impulsa a recitar unas pocas palabras en su alabanza que atraigan la atención de un amado acompañante, y (c) convertirlas en una enseñanza para este último, ur- giéndole con ello a ponerlas en práctica. Burton ofrece un buen ejemplo: Al contemplar la vista del Wady al-Akik el poeta nómada es constreñido a exclamar,
  • 73. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 73 Oh amado mío, este es Akik, por tanto, prepárate. para evitar ser distraído por amor, si no eres un verdadero amante.19 El poema parece ser una especie de canción de amor, aunque una canción muy peculiar, sobre la que algunos han afirmado que así era la estructura poética del antiguo qasida.20 Pero Burton y sus amigos árabes conocen el significado real, ―el significado esotérico de estas coplas,‖ como él las llama, las que escapan a la comprensión del lector occidental y requieren de cierta interpretación: ¡Hombre! Esta es una parte sublime de la creación de Dios: Por lo tanto prepárate, y aquí aprende a amar Las virtudes de tu Su- premo Amigo 21 Compárese con la exhortación de Lehi a Lemuel: ¡Oh, si fueras tú semejante a este valle, firme, constante e inmutable en guardar los mandamientos del Señor! (1 Ne. 2:10) Nótese el asombroso paralelismo. En cada caso el poeta, que vagaba por el desierto con sus amigos, se conmueve por la contemplación de un placentero valle, un amplio wady con agua; él llama la atención de su querido acompañante sobre el hecho y le encomia a aprender una lección del valle estando ―preparado,‖ firme e inmutable en el amor por las sendas del Señor. Listemos brevemente las condiciones cumplidas por el relato de Nefi del qasida de su padre y las demandadas del verdadero y autén- tico poeta de antaño: 1) Son Brunnen –o Qellenlieder, como los alemanes los llaman; es decir, cantos inspirados por la contemplación de agua brotando a bor- botones de un manantial o recorriendo un valle. 2) Están dirigidas a uno o (usualmente) dos compañeros de viaje. 3) Alaban la belleza y excelencia de la escena, llamando la atención del escucha como un modelo propicio para una enseñanza. 4) El escucha es exhortado a poner en práctica las virtudes repre- sentadas en la escena que se presenta ante sus ojos.22 5) Los poemas son recitados en el lugar empleando la improvisación y con gran sentimiento. 6) Son muy cortos; cada copla es un poema completo en sí.23 7) Un verso debe ir precedido por su ―hermano,‖ formando un per- fecto par. Aquí se conjugan más allá de toda duda todos los elementos de una
  • 74. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 74 situación de la que ningún occidental tenía ni la más remota idea en 1830. Lehi aparece ante nosotros como un poeta, así como profeta y líder, tal y como debía ser. ―El arte poético de David,‖ dice el profesor Montgomery, ―tiene su contraparte en los primeros poetas árabes…algunos de los cuales también fueron reyes.‖24 Siempre se ha dicho que no hay poesía genuina en el libro de Mormón –es decir, verdadera poesía inglesa. Por supuesto que no; tampoco poesía rusa o italiana, ya que Lehi no compuso en esos idiomas. Cada vez que la poesía semítica es traducida a un idioma moderno, si alguien intenta conservar el significado original, el resultado es verdade- ramente terrible. Los Salmos son hermosos en el idioma inglés, por ejemplo, porque los traductores desconocieron durante mucho tiempo los puntos finos de lo que estaban leyendo, de modo que escribieron en un inglés libre y desinhibido.25 Pero la exactitud es el primer y último objetivo de nuestro texto del Libro de Mormón, y si hubiera buena poesía en el libro, ello sería motivo de sospecha; incluso Burton, al invocar las simi- lutes encontradas con los genios de los poetas del desierto, es cuidadoso al señalar que ellos son por completo ―carentes del toque poético, como nosotros lo definimos.‖26 A los críticos ―literarios‖ de Lehi solo necesitar- íamos responder que no es posible el suponer que Nefi estuviera escri- biendo buena poesía inglesa, y que ellos pudieran, con igual justicia, sostener que no hay buena literatura en el Munatanabbi o el Ki- tab-al-Aghani porque, ninguno de los innumerables poemas contenidos en ellos jamás ha sido traducido en un gran o al menos buen verso en inglés –no puede ser de esa forma y aún así contener algo de su es- tructura o contenido original. Aún aquellos que conocen bien estos libros insisten en que esto representa un alto porcentaje no solo en la árabe, sino en la totalidad de la poesía lírica. Como si se quisiera demostrar que ningún occidental podría haber imaginado el relato de Nefi, se nos reta con la extraordinaria expresión, ―como este valle, firme, constante e inmutable‖ (1Ne.2:10). ¿Qué persona del hemisferio occidental pensaría en tal imagen? Al menos el editor habría notado la pifia, que se habría corregido cuidadosamente en edi- ciones subsecuentes. Porque nosotros, por supuesto, sabemos todo sobre collados eternos y montañas inmutables, el movimiento de las cuales es la ilustración mejor conocida del infinito poder de la fe; pero ¿quién alguna vez a escuchado algo como ‗un valle constante‘? Los Arabes, naturalmente. Para ellos es el valle y no la montaña, el símbolo de permanencia. No es al refugio en la montaña al que ellos acuden, sino al refugio en el valle. Las grandes depresiones que corren por cientos de millas a través de la península arábiga pasan la mayor parte a través de llanuras desprovistas de montañas. Es en estos antiguos remansos so- lamente en donde el agua, la vegetación y la vida animal pueden encon- trarse, mientras que el resto es únicamente desolación. Solo ellos ofrecen a hombres y animales los medios para escapar de sus enemigos y libe-
  • 75. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 75 rarse de una muerte segura a causa de hambre y sed. Las cualidades de firmeza y constancia, de protección confiable, descanso y refugio seguro cuando todo lo demás falla, y que otras naciones atribuyen de manera natural a las montañas, los árabes lo atribuyen a los valles.27 De esta forma el antiguo Zohair describe la conducta de un grupo que podría ser igual al de Lehi: ―Y cuando llegaron al agua, límpida y natural, dejaron caer sus báculos como quien ha alcanzado un permanente lugar de descanso.‖28 Aventura en Jerusalén Nefi y sus hermanos viajaron en dos ocasiones de regreso a Jeru- salén. El segundo viaje fue solo a ―la tierra de Jerusalén‖ (1Ne.7:2) en busca de Ismael. El hecho de que esta era una simple y sencilla misión en un momento en el que las cosas habrían estado muy difíciles para Nefi y su hermanos en la ciudad (en donde con toda seguridad ya habrían sido boletinados por la guardia de Labán en su anterior incursión y serían reconocidos instantáneamente), implica que Ismael, al igual que Lehi, vivía en las regiones aledañas (1Ne.7:2-5). Pero la primera misión fue una excitante y peligrosa asignación. Si bien no era una simple intrusión, como hemos visto, los hombres llevaron sus tiendas con ellos y marcharon abiertamente; previeron problemas y, por tanto, echaron suertes para ver quien iría a ver a Labán. El registro nos habla de incursiones a hurtadillas tras las murallas de la ciudad; cautelosos recorridos por calles obscuras, frenéticas persecuciones, peligrosas suplantaciones de personas, haza- ñas desesperadas y amargas disputas –una típica novela ambientada en el oriente, se podría decir, y es típica porque tales cosas suceden y siempre han sucedido en las ciudades de oriente. Siempre ha sido un convencional y establecido acto de valentía de algún bravo Beduino por cuya cabeza se ha puesto un precio el arriesgar su vida internándose en la ciudad debajo de las propias narices de la policía y a plena luz del día –indiscutiblemente un gesto realmente dramático; pero del cual mis amigos árabes me aseguran se ha realizado muchas veces. Fue mientras leía la epopeya del Bani Hilal que quien esto escribe quedó impresionado sobremanera por la estrecha similitud del comportamiento de los hijos de Lehi en ese viaje relámpago a Jerusalén con el de los valientes jóvenes del Bani Hilal cuando visitaron una ciudad bajo las mismas circunstancias. Los relatos de los vagabundos de la tribu Amer cuentan la misma historia –un campamento cerca de las murallas, echar suertes entre ellos, la incursión furtiva y una huída a la medianoche a través de las calles de la ciudad29 –todo ello presente en el libro de Mormón y completamente auténtico. Verdaderamente típico también es que Nefi y sus hermanos se es- condieran en las cuevas cercanas a la ciudad mientras esperaban a que se calmara la agitación provocada por la guardia de Labán y discutían con
  • 76. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 76 ardor y pasión oriental su siguiente movimiento (1Ne.3:27-28). Desde que la revista de la Fundación para la Exploración de Palestina apareciera hace algunos años, sus lectores han recibido un constante flujo de re- portes oficiales sobre cuevas redescubiertas en y cerca de Jerusalén. La región se encuentra salpicada de ellas; ya que en el área sur de la ciudad, ―es difícil ofrecer un recuento de las principales excavaciones en ellas (cuevas) sin que ello deje de parecer una exageración… Intentar levantar un inventario de estas cuevas también sería fútil. La simple tarea de ex- plorar en las colinas, por ejemplo…sería casi interminable.‖30 Es mas, el área de Beit jibrin ―contiene una cantidad innumerable de cavernas creadas artificialmente,‖31 y los desiertos de Tih y Moab están plagadas de ellas.32 Muchas de estas cavernas, siendo de origen artificial, son poste- riores a la época de Lehi, pero muchas otras son más antiguas y han sido usadas como escondites.33 Pero ¿quién en América sabía de estos es- condites hace cien años? El propósito de este primer viaje de regreso a Jerusalén era el de obtener ciertos registros escritos en planchas de bronce (tanto en libro de Mormón como en la Biblia en inglés aparece la palabra ―brass‖ (cobre), pero debe entenderse como bronce). Lehi tuvo un sueño en el que se le ordenaba obtener tales registros que él ya sabía se encontraban en casa de un tal Labán. Nefi no sabe con certeza la razón para ello y asume, equivocadamente como se comprueba después, que el objetivo era ―preservar el idioma de nuestros padres‖ (1Ne.3:19).34 Es interesante que el Bani Hilal en preparación para su gran viaje considerara necesario conservar un registro de sus padres y a ello agregar su periplo, ―para que así el recuerdo de ello pudiera permanecer para futuras generaciones.‖35 La conservación del daftar, como se le llamaba, también era conocido entre otras tribus nómadas. Pero ¿Qué hacían los registros en casa de Labán y quien era este personaje? Los Tratos con Labán Durante siglos las ciudades de Palestina y Siria han estado más o menos bajo el yugo de gobernadores militares de sangre nativa; pero, al menos en teoría, obligados a rendirle cuentas a Egipto. ―Estos coman- dantes (conocidos como rabís en las cartas Amarna) estaban subordi- nados al príncipe de la ciudad (chazán), quien comúnmente se dirigía a ellos con el título de ‗hermano‘ o ‗padre.‘‖36 Eran, por mucho, una sórdida pandilla de ambiciosos cuya autoridad dependía de la aplicación cons- tante del engaño y la intriga, si bien recibieron sus puestos como herencia y a veces hasta llegaban a adoptar actitudes y desplantes solo compa- rables a las de los reyes. En las cartas Amarna encontramos a estos hombres asaltando las caravanas de otros de su misma clase, acusán- dose unos a otros de promesas y pagos sin cumplir, denunciándose unos
  • 77. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 77 a otros como traidores a Egipto y llevando su autoridad hasta límites reservados solo para el alto funcionario de Oriente; buscando siempre, ante todo, incrementar su fortuna personal. Las cartas Laquish muestran que estos hombres eran los ‗Dioses del Olimpo‘ en la época de Lehi –los caciques de las aldeas alrededor de Jerusalén continuaban actuando en estrecha cooperación con Egipto en cuestiones de tipo militar, confiando en la fuerza de Egipto para sostener su poder corrupto e incluso com- portándose como viles, repugnantes e inescrupulosos oportunistas.37 Una de las principales funciones de cualquier gobernador en oriente ha sido siempre la de escuchar peticiones, y la práctica establecida siempre ha sido robar a los solicitantes (o a alguien mas) siempre que sea posible. La historia del Campesino Elocuente, escrita quince siglos antes de la época de Lehi y los innumerables Relatos de los Cádiz, escritos quince siglos después forman parte del mismo cuadro y Labán encaja en todo ello como anillo al dedo. ―Lamán fue y entró en la casa de Labán y habló con él mientras estaba sentado en su casa. Y le pidió a Labán los anales que estaban grabados sobre las planchas de bronce que contenían la genealogía de mi padre. Y…Labán se lleno de ira y lo echó de su presencia, y nos contó lo que Labán había hecho; y no quiso que tu- viera los anales. Por tanto, le dijo: He aquí, tú eres un ladrón, y te voy a matar. Pero Lamán huyó de su presencia, y nos contó lo que Labán había hecho‖ (1 Ne. 3:11-14). Mas tarde los hijos de Lehi regresaron con Labán cargados con los objetos de valor de la familia, confiando ingenuamente en poder com- prarle las planchas. Debieron haber supuesto lo que sucedería: ―Y aconteció que cuando Labán vió nuestros bienes, y que eran grandes en extremo, el los codició; por lo que nos hechó fuera y mandó a sus siervos para que nos mataran, a fin de apoderarse de nuestras riquezas. Sucedió, pues, que huimos delante de los siervos de Labán, y nos vimos obligados a abandonar nuestros bie- nes, que cayeron en las manos de Labán‖ (1Ne.3:25-26). Comparemos la cita anterior con la ahora clásica historia de la en- trevista de Wenamón con el codicioso Zakar Baal, gobernador de Biblos, casi exactamente quinientos años antes. El egipcio entró a la casa go- bernador y ―lo halló sentado en la recámara del segundo piso, con la espalda apoyada sobre la ventana,‖ exactamente como Lamán encontró a Labán ―sentado en su casa‖ (1Ne. 3:11). Cuando su visitante solicitó del
  • 78. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 78 príncipe comerciante –y de comerciantes– algunos troncos de cedro, este último montó en cólera y lo acusó de ladrón (―He aquí, ¡tu eres un ladrón! dice Labán en 1Ne.3:13), demandándole que presentara sus credencia- les. Zakar Baal entonces ―envió por los registros de sus padres, y una vez en sus manos, procedió a examinarlos,‖ lo cual hace evidente que los registros importantes de la ciudad estaban guardados en su casa y con- servados sobre tablillas. De este ―diario de sus padres,‖ el prínci- pe-gobernador demostró a Wenamón que sus antepasados nunca habían recibido órdenes de Egipto y aunque el egipcio trató de suavizar la tensa situación con su anfitrión en cierta forma al recordarle que Amón, el señor del universo, gobiernaba sobre todos los reyes, el funcionario lo despachó sin mayores miramientos y mas tarde hasta le enviaría a sus siervos –sin embargo, no para matarlo, sino con la mas generosa y tardía ocurrencia de llevarle algo a manera de refrigerio al sentirse de alguna manera apenado. Con cínica cortesía el gobernador le ofreció a Wenamón mos- trarle las tumbas de otros emisarios egipcios menos afortunados, cuyas misiones no fueron todo lo exitosas que hubieran deseado y cuando el negocio finalmente se completó, Zakar Baal, mediante un tecnicismo legal, devolvió a su invitado de regreso a su país embarcándolo en las galeras de una flota pirata que acechaba afuera del puerto.38 Durante todo este episodio descrito, Zaak Baal sonreía y ofrecía los respetos corres- pondientes, ya que, después de todo, Wenamón era un oficial egipcio; mientras que los hijos de Lehi perdieron su poder de negociación al perder sus bienes. La historia de Labán es un elocuente episodio de una Jeru- salén madura para la destrucción. Unos cuantos toques diestros y reveladores esbozan al pomposo Labán con precisión fotográfica. Sabemos que estaba al mando de una guardia de cincuenta hombres; que se reunía, ataviado con toda su ar- madura ceremonial, con los ‗ancianos de los judíos‘ para llevar a cabo reuniones secretas durante la noche; que tenía en custodia un tesoro; que pertenecía a la antigua aristocracia judía, siendo pariente lejano de Lehi; que probablemente había heredado su cargo gracias a sus antepasados, dado que era sumamente difícil que lo hubiera recibido por méritos pro- pios; que en su casa se encontraban depositados anales muy antiguos; que era un hombre grande, de mal genio, astuto y peligroso, además de cruel, codicioso, inescrupuloso, débil y dado a la bebida Una guardia compuesta por cincuenta hombres parece ser ridícu- lamente pequeña para ofrecer una adecuada seguridad en una gran ciudad como Jerusalén. Habría sido tan fácil para el autor de 1er. Nefi elevar generosamente la cantidad y haber dicho ―cincuenta mil‖ para hacerlo parecer realmente impresionante. Hasta los hermanos mayores, aunque deseaban enfatizar el gran poder de Labán, solo mencionan cincuenta (1 Ne. 3:31), a lo que Nefi, a modo de respuesta les recuerda que el Señor es ―mas poderoso que Labán y sus cincuenta,‖ y agrega ―o aún con sus decenas de millares‖ (1Ne.4:1). Como alto jefe militar, Labán tenía sus ‗decenas de millares‘ en el campo, pero Lamán y Lemuel no
  • 79. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 79 estaban preocupados por una armada de tales dimensiones, están pre- ocupados por esos ―cincuenta‖ que seguramente los están buscando; la permanente guarnición regular de Jerusalén. Cincuenta es una cifra que encaja a la perfección con el cuadro pintado por las cartas Amarna en el que las fuerzas militares siempre son sorprendentemente pequeñas y una tropa de entre cincuenta y ochenta hombres se considera adecuada hasta para grandes urbes. Esto se encuentra perfecta justificación en una carta de Nebucadnezar, contemporáneo de Lehi, en la que se leen las instruc- ciones del gran rey ―a los cincuenta que estuvieren bajo tus órdenes, o que hubieren desertado, o a fugitivos regresarlos a las filas.‖ Comentando sobre esto, Oxford dice, ―en estos días es interesante notar la indicación hecha aquí, de que en el ejército de Babilonia un pelotón esta compuesto por cincuenta hombres;‖40 además, podríamos agregar, que dicho cuerpo era llamado ―el cincuenta,‖ –de ahí la frase ―Labán y sus cincuenta‖ (1Ne.4:1). Por supuesto que en la Biblia se mencionan compañías de cincuenta así como de diez, cien, etc., pero no como guarniciones de grandes ciudades y tampoco como la unidad militar estándar de la época. Labán, al igual que Hosaías de Laquish, tuvo una guarnición permanente a su cargo y como Jaush (su posible sucesor), trabajó en estrecha co- operación con las autoridades en Jerusalén. Al regresar durante la noche en un tercer intento por obtener los re- gistros, Nefi tropezó con el exánime cuerpo de Labán, quien yacía com- pletamente ebrio en la desierta calle (1Ne.4:22). Había estado (como su siervo mas tarde le dijera a Nefi) en un concilio con ―los ancianos de los judíos…durante la noche‖ (1Ne.4:22) y vestido con toda su armadura. ¡Cuánto puede inferirse de esto! Podemos percibir tal gravedad de la situación en Jerusalén que los ―ancianos‖ estan tratando todavía de di- simular; escuchamos la reprimida agitación de la urgente charla de Zoram cuando él y Nefi apresuran sus pasos hacia las puertas de la ciudad (1Ne.4:27), y de la disposición de Zoram para cambiarlo todo y dejar la ciudad podemos estar seguros que él, como secretario de Labán,41 sabía que las cosas estaban yendo en la dirección equivocada. A través de las cartas Laquish queda claro que grupos informados en Jerusalén estaban totalmente conscientes del estado crítico de las cosas en Jerusalén, in- cluso mientras sarim ―los ancianos‖, estaban trabajando con todas sus fuerzas para suprimir todo signo de crítica y antipatía. ¿Cómo podían hallar la forma de defender la ciudad y sus propios intereses sin causar alarma o dar lugar a un rumor general y al recelo? Sosteniendo sus reu- niones en secreto, desde luego; sesiones a medianoche entre líderes civiles y militares como a las que Labán había estado asistiendo. Con gran renuencia, pero urgido persistentemente por ―la voz del espíritu‖ (1Ne.4:18), Nefi toma la propia espada de Labán y le corta la cabeza con ella. Este episodio es visto con horror e incredulidad por gente que recientemente aprobó y aplaudió la inmisericorde matanza de hom- bres en las Islas del Pacífico. Samual ibn Adiyt, el poeta judío de Arabia más famoso de la antigüedad, ganó fama imperecedera en oriente por
  • 80. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 80 permitir que su hijo fuera cruelmente asesinado ante sus ojos en lugar de entregar cierta armadura de gran valor que un amigo le había dejado en custodia.42 La historia, cierta o no, es un recordatorio de que los están- dares de oriente y occidente no son los mismos, y que la insensibilidad de los Estadounidenses en muchas cuestiones de derechos humanos conmocionaría a los Arabes más que lo que cualquier cosa que los Ara- bes hicieran nos pudiera conmocionar a nosotros. El libro de Mormón no esta mas limitado a relatar afables y placenteros episodios de lo que lo esta la Biblia; la mayor parte es un triste y penoso relato de la enajenación humana. Sin embargo, nadie parece mas perturbado por la defunción de Labán, que el propio Nefi, quien lleno de dolor explica su postura (1Ne. 4:10-18). Primero, él fue ―constreñido por el espíritu‖ a que matara a Labán, pero dijo en su corazón que el jamás había derramado sangre humana y tal era su repulsión que ―me sobrecogí y desee no tener que matarlo‖ (1Ne.4:10). El espíritu le habló nuevamente y, a sus argumentos, Nefi agregó sus propias razones: ―y yo también sabía que había intentado quitarme la vida, y que él no quería escuchar los mandamientos del Se- ñor; y además, se había apoderado de nuestros bienes‖ (1Ne.4:11). Pero aún no era suficiente; el espíritu le habló una tercera vez, explicándole las razones del Señor y asegurándole que estaría en lo correcto; a lo que Nefi añade aún mas argumentos propios, recordando que su gente solamente prosperaría al guardar los mandamientos del Señor, ―y también consideré que no podrían guardar los mandamientos del Señor…a menos que tu- vieran esa ley (1Ne. 4:15), y que el peligroso y criminal Labán solo se había limitado a guardar los registros, sin sacar provecho alguno de ellos. ―Y además, sabía que el Señor había puesto a Labán en mis manos para este fin…por lo que obedecí la voz del espíritu‖ (1Ne. 4:17-18). Finalmente, Nefi puso en ejecución la orden, de la que cuidadosa- mente se deslinda, poniendo la responsabilidad en el Señor. Si el Libro de Mormón fuera una novela de ficción, nada hubiera sido mas fácil que colocar a Labán ya muerto en la escena cuando Nefi lo encontró u omitir simplemente un episodio que consterna tanto al escritor como al lector, considerando que la muerte de Labán no es mas censurable que lo que fue la decapitación del inconsciente Goliat. En algunas ocasiones se sostiene el alegato de que la historia de la muerte de Labán, sino absurda, es imposible. Se afirma que Nefi no habría podido matar a Labán y lograr su escape. Sin embargo, aquellos que están familiarizados con el patrullaje nocturno en tiempos de guerra, verán en la historia de Nefi un acontecimiento convincente y real. En primer lugar, los críticos mas hostiles aparentemente no parecen perca- tarse que la iluminación de las calles de la ciudad, excepto en celebra- ciones de algún tipo, es una bendición desconocida en épocas anteriores a la nuestra. Pueden citarse cientos de pasajes de escritores antiguos, tanto clásicos como orientales, para mostrar que en tiempos pasados las
  • 81. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 81 calles de incluso las ciudades más grandes estaban completamente en tinieblas y por lo tanto eran muy peligrosas. Transitar a altas horas de la noche sin lámparas de aceite y guardias armados era arriesgarse a un asalto casi seguro. En el famoso juicio de Alcibíades por la mutilación de Hermes, tenemos la declaración de un testigo, quien, encontrándose completamente solo, observó a la luz de la luna la escena de destrucción ocasionada por una banda de ebrios en el centro de Atenas, por lo que es claro que las calles de una de las ciudades mas grandes del mundo oc- cidental permanecían peligrosamente a obscuras y desiertas durante la noche. En tiempos de agitación social las calles durante la noche prácti- camente estaban en manos del bajo mundo, como en algunas ciudades europeas durante los apagones de la segunda guerra mundial. La es- trechez extrema de las antiguas calles las hacía doblemente efectivas durante un apagón. De las civilizaciones Griega, Romana y de los poetas árabes aprendemos cuan bien atrancadas y seguras debían estar las puertas de las casas por la noche; la arqueología nos ha mostrado ciu- dades orientales en las que aparentemente no existe ni una sola ventana abierta hacia la calle, e incluso pocas situadas al nivel de la calle. Tanto en oriente como en occidente, los residentes simplemente se encerraban durante la noche como si se tratara de una fortaleza bajo asedio. Incluso en los días de Shakespeare observamos el cómico terror de la noche pasando por las calles en horas en que la gente decente se encuentra ya en casa. En una palabra, las calles de cualquier antigua ciudad al caer la noche eran un escenario perfecto para la comisión de actos violentos sin temor a ser descubierto. Ya estaba muy entrada la noche cuando Nefi encontró a Labán (1Ne.4:5, 22); las calles se encontraban vacías y a obscuras. Imagine el lector lo que haría si se encontrara con una patrulla cerca al cuartel del enemigo durante un apagón y se tropezara con el inconsciente cuerpo de algún general enemigo particularmente sanguinario. Debido al brutal código de guerra, el enemigo no tiene forma de solicitar un juicio formal, por lo que si se debe tomar una decisión al respecto es ahora o nunca. Labán traía puesta su armadura, de modo que la única manera de des- pacharlo rápidamente, sin dolor y con seguridad era cortarle la cabeza –el trato convencional para los criminales en oriente, cuya decapitación se efectúa con la espada y en donde el verdugo podía ser sancionado si fallaba en liquidar a su victima en primera instancia por conducto de un decisivo y fulminante golpe. Nefi desenvainó la pesada y filosa espada y permaneció ante Labán durante largo rato, debatiéndose sobre la elec- ción de un único curso de acción entre dos posibles (1Ne. 49-18). Era un experto cazador y un hombre sumamente fuerte: cualidades que lo habi- litaban para hacer un rápido y eficiente trabajo además de que evitaría mancharse con sangre. Pero ¿por qué debería preocuparse por ello? ni en un millón de años se toparía con algún decente ciudadano, y en la oscuridad nadie notaría la sangre. Lo que notarían sería la armadura que Nefi se pondría, la que, al igual que la espada, fácilmente podría limpiarse.
  • 82. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 82 Vestirse con la armadura fue el acto más inteligente y natural realizado por Nefi. Existen innumerables ejemplos que podrían citarse sobre la última guerra que muestran que un espía en el campo enemigo no esta a salvo hasta que logra vestirse con las insignias de un oficial militar de alto rango –obtenidas después de no mucho tiempo de espera, y Nefi no tenía la intención de hacer tal cosa. Nadie se atreve a desafiar una poderosa guardia demasiado cercana (mucho menos la de un voluble e iracundo Labán); sus asuntos siempre son ―ultra secretos,‖ y sus uniformes les permiten libremente ir y venir a todas partes sin ser cuestionados. Nefi nos dice que era ―guiado por el espíritu‖ (1Ne.4:6). No estaba tomando riesgos infranqueables, pero ante tan tensa situación siguió la fórmula más segura, propia de todos aquellos que alguna vez han salido airosos de asignaciones peligrosas. Su audacia y rapidez fueron recom- pensadas, y al punto se encontraba fuera de los muros de la ciudad antes de que algo fuese descubierto. En todo el relato de esta hazaña no hay nada que mínimamente pudiera calificarse como improbable. Que Nefi se haya vestido con las ropas de Labán y engañara a su siervo para ingresar al lugar del tesoro son auténticos trozos de una no- vela oriental y de la historia por igual. Uno no necesita sino pensar en las sorprendentemente audaces personificaciones de Sir Richard Burton en oriente, desplegadas a plena luz del día durante meses y completamente exitosas, para darse cuenta que tal cosa es enteramente posible. Cuando Zoram, el siervo, descubrió que no era con su amo con quien había es- tado discutiendo los hechos secretos de los ancianos mientras caminaban a las afueras de la ciudad, el terror se apoderó de él por completo. Ante tal situación, solo había una cosa que Nefi posiblemente hizo, tanto para salvar a Zoram como para evitar que diera la voz de alarma –y ningún occidental habría podido suponerlo. Nefi, un hombre poderoso, sujetó al aterrorizado Zoram lo suficiente para jurarle solemnemente al oído, ―como vive el Señor, y como vivo yo‖ (1Ne.4:32) que no le haría daño si escu- chaba sus palabras. Zoram inmediatamente se tranquilizó, y Nefi le juró que sería libre si se unía al grupo: ―Por lo tanto, si bajas al desierto adonde esta mi padre, habrá lugar para ti entre nosotros‖ (1Ne.4:34). Ya hemos considerado la validez de las expresiones ―bajar‖ y ―habrá lugar,‖ así como la necesidad de llevar a Zoram ante nadie mas, sino específicamente ante Lehi. Cuán asombroso parece al lector de occidente el efecto casi milagroso del juramento de Nefi a Zoram, quien después de escuchar tan pocas palabras repentinamente se transforma en una per- sona razonable; en tanto que para Nefi y sus hermanos, tan pronto como Zoram ―nos hizo juramento que permanecería desde entonces con no- sotros…cesaron nuestros temores respecto a él‖ (1Ne.4:35, 37). La reacción de ambas partes tiene sentido cuando uno se da cuenta que el juramento es la cosa mas sagrada e inviolable entre la gente del desierto: ―Difícilmente un árabe quebrantará su juramento, incluso aunque su vida misma esté en juego,‖43 porque ―entre los nómadas no hay nada
  • 83. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 83 mas fuerte y mas sagrado que el juramento,‖ e incluso entre los árabes de la ciudad, bajo ciertas condiciones.44 Pero no cualquier clase de jura- mento: para ser mas solemne y comprometedor un juramento debe ser invocado en función de algo, incluso si así fuera por una brizna; el único juramento mas sagrado que ―por mi vida‖ (o el menos común) ―por mi cabeza‖,‖ es el wa hayat Allah, ―por la vida de Dios,‖ o ―como vive el Se- ñor,‖ el equivalente árabe del antiguo hai Elohim hebreo.45 Hoy es em- pleado superficialmente por la gentuza de las ciudades, pero antigua- mente era algo sagrado y terrible al mismo tiempo; tal y como lo sigue siendo entre la gente del desierto: ―Ratifiqué mi respuesta ante mi com- pañero Beduino,‖ dice Doughty. ―entonces júrelo por su vida…me dijo,… bueno, juro por ¡la vida de Ullah (Dios)! … le respondí,… una figura que los nómadas usan en ocasiones especiales, pero ellos dicen, por la vida de usted,…por si acaso.‖46 De esta manera podemos ver que el único recurso inmediato que tenía Nefi para tranquilizar a un inquieto Zoram en ese instante era invocar el único juramento que ningún hombre osaría quebrantar; el mas solemne de los juramentos semíticos: ―como vive el Señor, y como vivo yo‖ (1Ne.4:32).
  • 84. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 84 Capítulo 6 Lehi el Vencedor Un Apunte sobre las Planchas Hemos visto como el gobernador de Biblos, buscando anotarse un punto a favor al negociar con Wenamón, tenía en su poder los registros y acontecimientos de su familia que sacó y leyó. En las tablillas Amarna, el rabú de una ciudad de Palestina le escribe al príncipe de una ciudad vecina: ―el rey ha permitido que su ciudad se le escape de las manos; busque el rey en las tablillas conservadas en la casa de su padre y aprenda si aquel que gobierna Gubla ha sido su fiel siervo.‖1 Tanto en este caso como en el de Biblos, los registros eran guardados en el hogar de la familia que detentaba el poder; incluso en Roma, tan distante, tanto ge- ográfica como cronológicamente de Lehi, los registros de los que poste- riormente fueron compuestos los anales parecen haber sido preservados en tablillas guardadas en las casas de las familias dominantes.2 En aquel tiempo, tal práctica parece haber sido de carácter general por todo el Mediterráneo. En aquellos casos en que los registros eran verdadera- mente importantes se empleaban planchas de cobre, bronce o incluso metales preciosos en lugar de tablillas de plomo, madera o arcilla. Uno de los mas recientes descubrimientos de este tipo en Palestina es ―una ta- blilla de cobre o bronce‖ escrita en hebreo, que data del siglo veinte a.C. y contiene un mensaje de ―carácter enteramente secular y profano,‖ pero lo suficientemente importante como para ser grabado sobre el perdurable pero poco práctico metal.‖3 Documentos más preciados como el famoso tratado de 1287 D. C. entre los reyes de Egipto y los Hititas fueron con- servados en planchas de plata y los registros reales de las hazañas de Darío merecieron nada menos que el oro, recibiendo considerable aten- ción de investigadores SUD. Los misteriosos textos en ―egipcio refor- mado‖ de Biblos están grabados en planchas de bronce y la crónica demótica de Egipto originalmente fue conservada en planchas de metal. Hay un interesante acontecimiento en Idrisi (1226 d.C.) de la apertura de la tumba de Micerinos en la tercera de las grandes pirámides. El autor reporta que todo lo que se hallaba en la tumba era un sarcófago azul que contenía ―los restos momificados de un hombre, pero ningún objeto de valor, salvo algunas tablillas de oro grabadas con caracteres de un len- guaje que nadie pudo entender.‖ Las tablillas fueron usadas para pagar a los obreros y el oro del que estaban hechas valdría unos doscientos dólares.4 Dejamos al lector el especular sobre lo que pudo haber estado escrito en esas planchas de oro como para que uno de los faraones mas grandes de Egipto aparentemente lo considerara como el tesoro mas grande con el que podía ser sepultado. Desde una inesperada dirección llega una nueva y posiblemente
  • 85. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 85 significativa luz sobre el tema de las planchas-registro. En fechas re- cientes, un número considerable de planchas de cobre grabadas, perfo- radas y unidas por aros de metal han aparecido en la India. Tomemos como ejemplo típico (aunque estas son mas cortas que la mayoría) a las planchas Kesaribeda: ―El juego consiste en tres planchas de cobre unidas por un aro…la circunferencia y diámetro del aro son 7.4 y 2 pulgadas respectivamente…las planchas miden aproximadamente 7.5 pulgadas de largo y media pulgada de ancho cada una. Las esquinas están redon- deadas…las planchas contienen a su derecha un orificio de 1/5 de pul- gada de diámetro por el que atraviesa el aro.‖ Todas las planchas están escritas por ambos lados.5 La fecha aproximada de las planchas es 324 d.C. El contenido; un edicto real, establece las condiciones bajo las cuales la tierra sería gobernada. Mas hacia el Este, pero aún dentro de la esfera de influencia de la cultura india, han aparecido planchas grabadas del mismo tipo, pero cuya escritura ya no puede leerse; estas planchas son transmitidas de ―padre a hijo‖ como amuletos de origen sobrenatural,6 mostrando de manera fe- haciente el como la idea de autoridad y santidad se ciñe a las planchas incluso mucho después de que los hombres han perdido la capacidad de leerlas. Entre los Karens, una plancha, formada por dos tipos de planchas soldadas entre sí, una aparentemente de oro y otra de cobre, era el ―ta- lismán‖ con el que ―el jefe gobernaba a la gente;‖7 lo que significa que el derecho a gobernar la tierra era posible mediante la posesión de dichas planchas – posiblemente porque las planchas fueron originalmente un edicto real. Aunque la India, de hecho, parece estar demasiado lejos del mundo cultural de Lehi, ya que la escritura tanto antigua como moderna del área se derivó de las formas fenicias y arameas, tomadas del egipcio.8 Dado que la escritura conocida más antigua de la India (sin contar los glifos prehistóricos de Mohenjo-Daro, etc.) se encuentra en las planchas, es muy probable que la escritura y las planchas fueran introducidas al mismo tiempo y que la gente que introdujo el alfabeto semítico en el área con- servó su registros en planchas unidas entre sí por aros; la forma preser- vada por los mismos hindúes en sus mas sagrados y antiguos registros. El caso de los Karens es particularmente interesante porque esa gente mostró una sorprendente afinidad cultual con los Judíos; tanto que al- gunos investigadores afirman que tales semejanzas tienen un origen judío.9 Si así fuera, su historia sería paralela a la de Lehi en muchas formas. Muchos capítulos con respecto a la Diáspora judía faltan por escribirse. Pero lo que se intenta señalar aquí es que el conocimiento y empleo de planchas de metal para conservar registros de importancia comienza a surgir como una práctica general entre todo el mundo antiguo. No pasará mucho tiempo en que los hombres olviden que en los días de José Smith, el profeta fue objeto de burla y desprecio por su descripción de las planchas, más que por cualquier otra cosa.
  • 86. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 86 Nefi estaba sumamente impresionado por la espada de Labán: ―El puño era de oro puro, labrado de una manera admirable, y…la hoja era de un acero finísimo‖ (1Ne.4:9). Tales espadas y dagas ceremoniales con empuñaduras de oro exquisitamente trabajadas han sido comunes en el Cercano Oriente desde tiempos históricos. Muchos ejemplares proce- dentes de Egipto y Babilonia reposan actualmente en nuestros museos,10 pero ninguna es más famosa o bella que la fina daga de acero con em- puñadura de oro puro labrado de manera exquisita que fue encontrada entre los tesoros del joven faraón Tutankamón.11 Se ha sugerido que esta daga es una de las dos enviadas años atrás por el rey Dushratta del Mi- tanni al entonces faraón reinante como el mas suntuoso de los regalos y descrita en un documento contemporáneo como un artículo con una empuñadura de oro y su hoja de corte fabricada en acero.12 La expresión ―acero finísimo‖ empleada por Nefi para describir la calidad de la hoja es interesante, por que en sus días el acero auténtico era, por mucho, mas preciado que el oro; acero fabricado posiblemente a partir de hierro y poseedor de una calidad muy superior, de acuerdo con Jacob –lo cual es indicio de un origen muy antiguo.13 Incluso en la Palestina moderna, las dagas y espadas son en su gran mayoría de ―manufactura Siria o Egip- cia.‖14 Ningún príncipe árabe en estos días que se encuentre ataviado con su ropaje nativo puede ser visto sin portar su khangar, la larga espada de perfil curvo fabricada con acero de Damasco y fina empuñadura de oro. Este tipo de armas ceremoniales generalmente son reliquias familiares de gran antigüedad e inmensa valía. De cualquier época del periodo Amarna (siglo 15 a.C.) hasta el presente, entonces, Labán sería parte de la aris- tocracia de Oriente; circunstancia necesaria para llevar un tipo de arma como la descrita por Nefi. El Camino del Desierto En un viaje por el desierto, los expertos nos dicen que un día es tan deprimentemente como otro. Durante miles de años el lenguaje del de- sierto ha permanecido virtualmente intacto, empleándose las mismas palabras y expresiones inalteradas de siglo en siglo, porque las cosas que describen no han cambiado. Con perfecto acierto, Margoliouth usa la epopeya del Bani Hilal para ilustrar las migraciones de los hijos de Israel miles de años antes de la suya: ―No emigran desordenadamente‖ sino que envían exploradores y antes de realizar cualquier movimiento son cui- dadosos en conocer la voluntad del cielo mediante ―diversos presagios y augurios.‖ Esto es cierto en el grupo de Lehi, con Nefi y sus hermanos explorando y cazando incesantemente. Para conocer la voluntad de los cielos, ¿Qué mejor artefacto que la maravillosa e inestimable Liahona? El nombre sugiere tantas interpretaciones hebreas y egipcias posibles (―in- terpretado, es una brújula,‖ Al. 37:38) que las especulaciones de un hombre al respecto son tan buenas como las de otro y no nos preocupa aquí ya que como algo milagroso, no tiene paralelo en la vida cotidiana.
  • 87. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 87 Por otra parte, puede encontrarse fácilmente un paralelo en el comentario de Nefi sobre la maravillosa forma en que las mujeres parecían soportar el arduo estilo de vida Beduino (1Ne.17:2), ya que este fenómeno siempre ha impresionado a los visitantes de los árabes, porque, dice Burton, ―entre los extremos de fiereza y ternura, el sexo débil… suple sus carencias con valentía, tanto física como moral.‖15 No hay razón para que Nefi nos ofrezca en su relato un registro diario de su larga y monótona jornada a través de las arenas del desierto; nos ofrece un panorama general, como hemos visto, del malhumor, cansancio y el peligro que son una constante en todo relato de un viaje por el de- sierto y no hay mucho mas que decir al respecto. Pero no puede ocultar la emoción y el placer experimentados a la conclusión del mismo. Después de viajar una gran distancia en dirección sur-sureste (1Ne.16:13, 33), el grupo vira hacia el Este atravesando el peor de los desiertos; en donde ―padecieron mucha aflicción,‖ hasta emerger del mismo en un estado de casi extenuación total en un completamente in- esperado paraíso frente al mar. Ese paraíso se encuentra en las monta- ñas Qara situadas en la costa Sur de Arabia. Para llegar hasta allí via- jando siempre ―casi hacia el Este‖ (1Ne.17:1) desde la costa del Mar Rojo, se debe virar al Este a la altura del paralelo diecinueve. En la revista Improvement Era de 1950 el autor publicó un mapa en el que su primera preocupación era hacer que Lehi llegara al mar en el boscoso sector de Hadhramaut y ningún otro factor se tomó en consideración cuando se dibujó el mapa. Descuidadamente el autor pasó por alto un hecho que el Dr. John A. Witdsoe había publicado en el mismo medio algunos meses antes y que afirma ser una ―revelación de José [Smith] el vidente,‖ en la que se establece que el grupo de Lehi ―viajó en dirección sur-sureste hasta llegar al grado diecinueve de latitud Norte; entonces se dirigió al Este hasta llegar al Mar de Arabia.‖16 Por una interesante coincidencia, la ruta mostrada en el mapa que el autor desarrolló viraba hacia el Este exactamente en el paralelo diecinueve. Esta correlación de datos prove- nientes de dos fuentes totalmente diferentes es una fuerte indicación de que ambas son correctas. La única ruta alterna posible habría sido bajar por la costa occidental del Mar Rojo hasta el canal de Neco, y esa tra- yectoria no permite virar al Este hasta que se ha pasado el paralelo diez y entonces el lugar al que se ha llegado no es el Mar de Arabia, sino el Océano Indico. Aunado a lo anterior, deben satisfacerse algunas otras condiciones rigurosas que solo pueden hallarse en la costa sur de Arabia. De las montañas Qara situadas en el sector limítrofe de la costa sur de Arabia a las que Lehi debió haber llegado si viró al Este en el paralelo diecinueve; Bertram Thomas, uno de los pocos europeos que las ha visto escribe: ¡Que lugar tan glorioso! imponentes montañas de mas de tres mil pies de altura sobre un océano tropical, sus aterciopeladas faldas costeras abundan en ondulante selva, sus flores fragantes en verdes y ondulantes
  • 88. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 88 praderas, mas allá donde las montañas se inclinan hacia el norte en una estepa de arena carmesí….Grande fue mi asombro cuando repentina- mente me encontré en este paraíso y fuera de las áridas planicies de la parte sur de Arabia.17 El capitán Thomas (al que Lowell Thomas llama ―el mas grande de los exploradores contemporáneos‖) continúa describiendo los arbustos aromáticos del lugar, los valles poblados de verdes árboles, ―el distante murmullo del mar estrellándose en los rocosos acantilados de las mon- tañas,‖ y la espléndida belleza de las escenas que aparecieron a su vista al transitar a través de los exuberantes bosques hacia el mar.18 Compárese lo anterior con el cuadro pintado por Nefi: Y llegamos a la tierra que llamamos Abundancia, a causa de sus muchos frutos y también miel silvestre….y vimos el mar…y a pesar de que habíamos sufrido núme- rosas aflicciones y mucha dificultad, si, tantas que no podemos escribirlas todas, nos regocijamos en extremo cuando llegamos a las playas del mar; y llamamos al lugar Abundancia, por causa de su mucha fruta…y…la voz del Señor vino a mí, diciendo: Levántate y sube al monte (1Ne.17:5-7). Prácticamente es la misma escena: las montañas, los exuberantes bosques con la madera necesaria para construir barcos, los verdes valles colmados de árboles, un paraíso para las abejas, la vista del mar al fondo y sobretodo el jubiloso alivio tras salir repentinamente de ―la árida plani- cie;‖ uno de los peores desiertos de la tierra. Thomas, por supuesto, no estaba interesado en encontrar miel, pero para aquellos que viven per- manentemente en el desierto no hay tesoro más grande que hallar miel, como lo ponen de manifiesto un gran número de raíces y formas deriva- das del vocabulario árabe.19 Mucho de la descripción podría coincidir con las montañas de Omán ubicadas mas al Este y cerca del paralelo veinticinco; este descubrimiento llegó como una gran sorpresa en 1838.20 Cuando en el año de 1843 Von Drede ofreció una amplia descripción de las montañas de Hadhramaut a las que Lehi llegó, el gran Von Humboldt y el mundo entero simplemente se resistían a creerle.21 Las montañas descubiertas por Thomas eran desconocidas para occidente hasta hace poco menos de veinticinco años. Aunque ―la costa sur de Arabia tiene puertos admirables,‖ parecían no haber sido usados, con honrosas excepciones, hasta bien entrada la era cristiana.22 Al observar a la cansada comitiva de Lehi dirigir sus pasos entre los placenteros valles para descender hacia la costa del mar, uno no puede menos que reflexionar en el hecho de que habían recorrido una distancia inconmensurable solo para construir un barco. Queda en el lector el su- gerir alguna otra ruta. El mejor catálogo sobre Arabia en la época de la
  • 89. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 89 traducción del libro de Mormón imaginaba lagos y bosques en la parte central de la península, en tanto que insistía que toda la costa era ―un macizo rocoso… tan árido y estéril que ni una brizna de hierba‖ puede encontrarse.23 El libro de Mormón invierte el cuadro y Lehi evita el centro de la península para encontrarse ante placenteros bosques en la costa sur. ¿Dónde más podría haber encontrado la madera necesaria en toda la costa de Arabia? ¿―Es completamente posible,‖ como lo afirma un erudito moderno, ―que Salomón transportara sus barcos, o el material para construirlos desde el Mediterráneo, ya que en las playas del Mar Rojo se puede encontrar la madera para la construcción de barcos‖?24 ¿Hay alguna otra ruta que le permitiera a Lehi llegar felizmente a esta playa? Al norte un país enemigo; el Mediterráneo era un conjunto de puertos y mares cerrados, tan peligrosos como en los días de Wenamón, quien en repetidas ocasiones fue detenido por enemigos y piratas; los desiertos al Este de Jerusalén estaban atestados de hostiles tribus gue- rreras, las partes orte y central de Arabia eran las clásicas arenas de combate entre los árabes residentes y sumamente transitada por las rutas comerciales en la época de Ptolomeo; ― tanto que parecía que había poco del inaccesible desierto….en general, Ptolomeo no sabía de desiertos.‘‖25 Egipto no ofrecía posibilidad de escape a aquellos señalados como enemigos por el grupo pro-egipcio. Solo quedaba un camino abierto, el mas agreste y difícil; a través de las montañas que bordean el Mar Rojo y entonces virar hacia el Este sobre la planicie occidental del terrible ―páramo desolado‖ en donde el grupo padeció mucha aflicción. Ellos tuvieron que girar al Este en donde lo hicieron debido a que la punta suroeste de la península comprendía el reino de los Sabaeanos, proba- blemente el más fuerte, más rico y mas densamente poblado asenta- miento humano que ha tenido Arabia. Así que el largo y agobiante itinerario de Lehi sería no solamente el más corto y seguro, sino el único que podrían haber tomado. En las playas del Mar de Arabia es cuando propiamente la historia de Lehi en el desierto finalmente concluye. A pesar de que esto ha sido un relato preliminar, aún queda suficiente material como para justificar algunas reflexiones a ma- nera de resumen. Lehi en el Estrado Nunca hemos estado realmente interesados en ―demostrar‖ la au- tenticidad del Libro de Mormón; para nosotros su origen divino siempre ha sido una cuestión de fe y sus aspectos históricos son, por mucho, lo menos importante. Pero ―El Mundo‖ insiste en que el libro es una vulgar y estúpida falsificación, un descarado fraude perpetrado por un ignorante campesino que con dificultad podía escribir su nombre. Han lanzado la acusación; dejémosles probarla. Eso sería muy fácil si tuvieran razón, un simple escrutinio de unas cuantas páginas y señalar los abundantes
  • 90. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 90 errores detectados, ya que el acusado los ha cometido contra sí mismo en términos muy precisos y en abundancia. La naturaleza del documento que él pretende se examine es tan singular, y los requisitos que debe cumplir tan precisos y escrupulosos, que su autor ciertamente debe estar con- vencido de un vistazo si él esta mintiendo. Por otra parte, si sus escritos muestran cualquier tendencia a conformarse de acuerdo a las condicio- nes prescritas, sus críticos deben tener una buena cantidad de explica- ciones para ofrecer, y si manifiesta una tendencia constante a adecuarse a aquellas condiciones más difíciles, sus críticos estarán arruinados. Creemos que este pequeño estudio, de ensayo y limitado como es, no obstante indica tal tendencia más allá de cualquier duda razonable. ¿Qué se ha demostrado? Simplemente que todo lo que en 1er. Nefi se dice que sucedió realmente pudo haber sucedido; no que sucedió: probar eso es innecesario e imposible. Los hechos particulares de la historia nunca pueden reconstruirse con total fidelidad, pero los sucesos característicos relacionados – usos, costumbres, rituales, etc., es decir, cosas que suceden no únicamente una sola vez sino una y otra vez es- tableciendo patrones de probabilidad– pueden ser objeto de absoluta certeza. Por eso ellos, y no los eventos particulares, son las cosas más difíciles de falsificar; este patrón general es importante en pruebas de falsificación e identificación de documentos. El principio queda perfec- tamente bien ilustrado en la crítica de Cheesman a Palgrave. Aunque las últimas descripciones de Hufhuf estan tan llenas de ―imprecisiones ab- solutas‖ y ―brillantes incongruencias‖ que parecieran puras invenciones, y a pesar de que ―el mapa de Hufhuf de Palgrave esta tan lleno de imper- fecciones que no sería capaz de orientarme con el,‖ aun así y no obstante lo anterior, Cheesman concluye que ―el cuadro de Hufhuf de Palgrave, sus jardines, sus arcos, su industria y gente…solo podría ser esbozado por un testigo ocular.‖ Con todas sus imperfecciones, el panorama general presenta objetos que no se mencionarían si no se hubieran visto. ―Es sumamente fácil,‖ escribe el mismo autor, ―mas se debe tener cuidado para evitarlo, caer en pequeñas imprecisiones en un esfuerzo de poner ‗color‘ en la descripción de un país, y lo es todavía mas, como lo he hallado, el señalar los defectos de un predecesor.‖26 Esto es un poderoso argumento a favor del sobrio y detallado relato de Nefi, cuyos errores en los detalles podríamos perdonar si pudiéramos llegar a descubrirlos. Al hablar sobre Lehi en el desierto tenemos que llamar, si fuera posible, al viejo patriarca al estrado como testigo en el caso de José Smith vs. El Mundo. El Profeta ha sido acusado (¡y en que forma!) de prácticas frau- dulentas y Lehi es un testigo crucial para la defensa. Lehi afirma haber pasado años en ciertas partes del Cercano Oriente hace aproximada- mente 2250 años. ¿Esta diciendo la verdad? Durante generaciones, un ejército de sagaces y determinados fisca- les han fracasado en su intento de minar la fuerza del testimonio de Lehi o de descubrirlo cayendo en contradicciones. Eso debería ser suficiente para satisfacer hasta al crítico mas exigente. Pero ahora, observamos
  • 91. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 91 que, procedentes del oriente, llegan nuevos testigos –el capitán Hosaías de Laquish y una horda de exploradores de broceada piel que regresan de los desiertos de Lehi para decirnos como es la vida ahí; los antiguos poetas de los árabes, cajas y cajas de objetos en exhibición ordenados de la A a la Z, sellos, inscripciones, cartas, artefactos de la propia región natal de Lehi. ¿Alguien podría haberse imaginado que algún día Lehi sería confrontado con testigos oculares sobre las mismas escenas que afirma que presenció? A la luz de toda esta nueva evidencia, la defensa solicita de la manera más atenta que el caso sea reabierto. De modo que Lehi y los nuevos testigos son examinados paralela- mente y sus respuestas comparadas. Las preguntas son breves y con- cisas: ¿Cuál es tu nombre? ¿No sabes que ése nombre no corresponde al de una persona? (un vino se produce desde la época de Lehi y lleva el nombre Lehi, no uno fuera de lo común.) ¿Dónde vivías en aquella épo- ca? ¿Qué quieres decir con ―la tierra de Jerusalén‖? ¿No significa la ciudad de Jerusalén? (la defensa presenta una antigua carta que muestra que el territorio aledaño a la ciudad era conocido como la tierra de Jeru- salén.) ¿Quiénes gobernaban Jerusalén? ¿Qué clase de hombres eran? ¿Qué les hiciste para que se volvieran en tu contra? ¿De dónde obtuviste la gran riqueza de la que hablan tus hijos? ¿Cómo aprendiste el idioma egipcio? ¿No era una pérdida de tiempo? ¿Por qué no aprendiste el ba- bilonio, un idioma mucho mas parecido al tuyo? ¿Cuál fue el problema suscitado entre los miembros de tu familia? Tengo una lista de nombres aquí –de tus pretendidos familiares y antepasados: ¿esperas que la corte crea que son genuinos? Si es una lista auténtica, ¿Por qué no contiene nombres con el prefijo Baal? Dices que tenías sueños: ¿sobre qué? ¿Un río? ¿Qué clase de río? ¿Qué es esa locura del ―vapor de tinieblas‖? ¿Has visto algo parecido mientras has estado despierto? (docenas de testigos declaran.) ¿No crees que un sueño es un pretexto débil y patético para abandonar tu hogar y salir del país? ¿En que dirección huiste? ¿Cómo pudiste formar una gran caravana sin ser experto en ello? ¿Qué te lle- vaste? ¿Viajaste a pie? ¿Cómo te las arreglaste para sobrevivir con mu- jeres y niños en un terrible desierto? ¿Cómo escapaste de ser asesinado por vagabundos y merodeadores? ¿No sabes lo peligroso que puede ser el desierto? ¿De qué te alimentaste? ¿Viajaste continuamente? Cuando acampaste, ¿qué fue la primera cosa que hiciste? ¿Qué tipo de altar? ¿Qué tipo de presa cazaste? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Quién fue el cazador? Dices que tu hijo hizo un arco; ¿en qué parte de la desolada Arabia en- contró madera para tal cosa? ¿Qué derecho tenías para ir por ahí dando nuevos nombres a los lugares? ¿Crees que alguna persona en sus ca- bales le daría al río y la valle nombres diferentes? (una oleada de pro- testas de los Arabes presentes en la sala se deja escuchar.) ¿Alguien llamaría al Mar Rojo una fuente? ¿Desconoces que no hay ríos en Ara- bia? Ese breve discurso que diste a tus hijos, ¿no te parece un poco rebuscado? (mas protestas por parte de los Beduinos.) ¿No te parece algo tonto describir un valle como ―firme e inmutable‖? ¿Dónde estuvieron
  • 92. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 92 tus hijos cuando regresaron a Jerusalén? ¿Qué es eso de una cueva? ¿No son las planchas de metal un material mas difícil para grabar regis- tros en el? ¿No son cincuenta hombres una cantidad pequeñamente ridícula para una guarnición en una ciudad como Jerusalén? Describes encuentros nocturnos entre los ancianos y el comandante: ¿no hubiera sido más sensato sostener tales encuentros durante el día? ¿Quieres que la corte crea que llevaste semillas durante un viaje tan largo y agotador? ¿Estás intentando decirle a la corte que encontraste un paraíso en el borde sur de la región más inhóspita de la tierra? Y así sucesivamente. Quizá el lector pudiera agregar algunas pre- guntas a la lista—hay mas de cien posibilidades señaladas en nuestro estudio y la mayoría de ellas nadie en el mundo podría haberlas respon- dido correctamente hace 120 años. El autor de 1er. Nefi fue confrontado con cerca de cien problemas interrelacionados delicadamente y de ex- trema dificultad. La probabilidad de salir airoso con una declaración plausible por simples conjeturas una o dos veces es suficientemente vaga, pero las probabilidades de repetir acertadamente cien veces en rápida sucesión es infinitamente remota. El mundo a través del que Lehi viajó era para el ciudadano occidental de 1830 un acertijo indescifrable, perdido en la profundidad de una impenetrable niebla; los mejores estu- diantes de la Biblia estaban irremediablemente mal informados sobre Palestina. El estudio científico de la Tierra Santa da inicio con Edward Robinson en 1838, y cuarenta años mas tarde un importante autor escri- biría que: ―pocos países son mas visitados que Palestina; y paradójica- mente las costumbres y hábitos de esta gente son las menos conoci- das.‖27 Diez años después, la declaración oficial de la Fundación para la Exploración de Palestina establece que ―en definitiva no se conoce lo suficiente sobre el desierto [de las tribus nómadas].‖28 La misma Biblia, en lugar de aclarar los problemas, es la principal causa de ―grandes discre- pancias‖ en los reportes de los investigadores, de acuerdo con Palmer.29 El ejemplo clásico de esto es el trabajo sobre Kadish Barnea del Dr. H. Clay Turnbull, calificado por los eruditos en 1884 como el estudio mas exacto sobre el desierto del sur y ―aceptado por geógrafos de la Biblia como la autoridad sobre la región,‖ desde esa época y ‗casi‘ hasta nues- tros días, cuando Woolley y Lawrence exploraron el área y descubrieron que esta infalible guía era simplemente ―fantástica.‖30 A la obra de Clark sobre la misma región, publicada un año después de la de Turnbull, los mismos críticos se conformaron con señalar: ―sin comentarios.‖31 En una fecha tan cercana a nosotros como el año de 1935, el coronel Newcombe escribiría: ―Tenía algunos libros sobre el tema de los nómadas del de- sierto; pero casi todos fueron escritos por idealistas de moral intachable, pero inexpertos visitantes del desierto….La mayoría de esos libros es- taban completamente extraviados de la verdad debido a la falta de cono- cimiento sobre el país o la compresión de la mente del Beduino. Cada autor parecía exagerar enormemente su propia y limitada teoría a ex- pensas de las de los otros.‖32 Así que no supongamos que el acceso a la
  • 93. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 93 Biblia hubiera hecho más fácil la tarea de fabricar la historia de Lehi –solo la hubiera complicado más. Sin embargo encontramos que nuestro guía luce confiado y marchando con paso firme y seguro, sin desviarse jamas de su curso, sin dudar en algún momento o buscar refugio tras evasivas imbricaciones, nunca se excusa o cae en el viejo y gastado argumento de que todo debe entenderse únicamente en el sentido religioso, nunca se esconde detrás de cortinas de humo o se ve consciente o incosciente- mente envuelto en una situación confusa.. Unas Pruebas Sencillas. El tratamiento presente a la historia de Lehi deja mucho que desear (podemos solicitar ansiosamente la indulgencia del lector por usar el término judío tan libremente o generar alguna vaga suposición sobre el lenguaje), pero si solo una fracción de nuestra información es correcta, 1er. Nefi posiblemente no pueda explicarse en términos de simples coin- cidencias. Para ilustrar esto, usted, estimado lector, realice la siguiente prueba. Tome asiento y escriba una historia sobre la vida, digamos, del Tíbet a mediados del siglo XI d.C. Construya su relato basado comple- tamente en lo que en este momento sabe sobre el Tíbet del siglo once –que representará justamente aquello que era conocido en 1830 sobre la antigua Arabia, p. ej., que era un lugar y que era muy misterioso y romántico. Al componer su fantasía tibetana disfrutará de una gran ven- taja: ya que el lienzo esta en blanco, tiene la libertad de llenarlo con cualquier cosa que satisfaga su imaginación. De modo que no debería tener problemas en conseguir ―adentrarse sin el menor obstáculo en su narración‖ –que la señora Brodie parece creer que era el único desafío enfrentado por el autor del libro de Mormón. Pero habrá otros obstáculos, porque en su crónica del antiguo Tíbet deberemos insistir en que observe escrupulosamente ciertas condiciones: (1) no debe hacer ninguna de- claración absurda, forzada o contradictoria; (2) una vez que haya termi- nado, no podrá hacer cambios al texto –la primera edición debe perma- necer intacta; (3) debe afirmar que su ―narración‖ no es ficción sino ver- dad, aún mas, es historia sagrada; (4) debe invitar a los orientalistas mas capaces a examinar el texto con cuidado, y esforzarse diligentemente por ver que su libro se encuentre en las manos de los hombres mas sagaces y competentes para exponer cualquier error en el. El ―autor‖ del Libro de Mormón observa todas y cada una de estas asfixiantes normas de la manera mas escrupulosa. En su epopeya tibetana, en determinado momento, pudiera aspirar a tener argumentos correctos producto de un afortunado accidente, pero no lo espere. A manera de consuelo remítase a cualquier novela histórica importante relacionada con el mundo antiguo y marque cada anacro- nismo, incongruencia e imprecisión presentes en el libro. El resultado es atroz, pero misericordioso. Para darse cuenta de las dificultades enfren-
  • 94. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 94 tadas para la creación de historias, uno no tiene más que contemplar la vasta producción de los últimos críticos del libro de Mormón. Fue dema- siado fácil para este autor, tan carente de la inefable ventaja del ingenio o erudición, mostrar las partes en las que, al intentar fabricar una historia distante en menos de cien años de nuestra época, la señora Brodie se contradecía una y otra vez.33 Un Víctor Hugo o un Anatole France pueden producir un relato con- vincente siempre y cuando éste se encuentre ambientado cerca de su propio lugar y época; pero permítale a cualquier escritor, incluso el mas avezado, deslizarse retrospectivamente en el tiempo un par de miles de años y situarse algunos miles de kilómetros fuera de su país y se encon- trará de inmediato en terreno peligroso del que solo puede escaparse empleando las alas de la fantasía. No son los detalles particulares sino el ambiente y el trasfondo general de sus relatos lo que obliga a White y Douglas a guiñar pícaramente y decirnos que después de todo no se trata mas que de entretenimiento. Cualquier catálogo de antigüedades Griegas o Romanas puede aportarle a cualquier escritor la ingente cantidad de detalles precisos que necesitará para llevar a cabo su labor; pero ninguno hasta la fecha ha logrado moldear exitosamente una masa de información de dimensión considerable y vaciarla en una simple, natural e impecable historia. Thornton Wilder y Naomi Mitchison evitan cuidadosamente todos los escollos de la reconstrucción histórica concentrándose en cuestiones atemporales como montañas, mares y emociones humanas, logrando de esta manera fabricar historias verosímiles. Pero Nefi no disfruta de con- cesiones o excepciones; escribe su relato en forma de una disertación tan simple, desenfadada y sin rebuscamientos que el lector fácilmente pasa por alto la gran cantidad de detalles que se encuentran entretejidos en el simple y natural patrón del relato. ¿Qué escritor de ficción histórica ha podido siquiera acercarse a tal realización? Pero ¿no hemos sido arbitrariamente parciales a favor de Lehi? Desde luego que sí. Somos su abogado defensor. Nosotros hemos ele- gido a quienes serán nuestros testigos, pero nadie puede negar que son competentes e imparciales. Invitamos a que la parte acusadora los inte- rrogue, algo que hasta el momento no ha hecho; lo que sí ha hecho es traer a sus propios testigos ante la corte; intelectuales puestos tan al día que pueden decirnos hasta exactamente en que estaba pensando el acusado cuando escribió el Libro de Mormón. Tal evidencia no lo es en absoluto –es ciencia nociva, historia espuria que sería rechazada por cualquier tribunal del mundo. Pero podrían impresionar al jurado media- namente educado, y ese es su propósito. Podemos explicar mejor la nueva tendencia de la crítica hacia el Libro de Mormón mediante una pequeña parábola: Hace mucho tiempo un joven afirmaba haber encontrado un gran diamante mientras araba su campo. Puso la piedra en exhibición para que todos pudieran admirarla gratuitamente. Todos tenían una opinión al
  • 95. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 95 respecto. Un psicólogo demostró, citando algunos casos de estudio fa- mosos, que el joven estaba sufriendo de una bien conocida forma de delirio. Un historiador demostró que otras personas también ya habían afirmado haber encontrado diamantes en los campos y todo había sido un engaño. Un geólogo probó que no había diamantes en esa área sino cuarzo. Cuando se le pidió que examinara la piedra, el geólogo declinó hacerlo indicándolo con un gentil movimiento de cabeza y una agradable sonrisa en los labios. Un lingüista mostró que el joven empleó para des- cribir su diamante casi el mismo lenguaje y términos empleados por otras personas que habían descubierto diamantes en bruto. Un matemático mostró que solo tres de 177 asistentes de cuatro ciudades importantes del país creían que el diamante era auténtico. Un clérigo escribió un libro para demostrar que no había sido el joven, sino alguien más, el que había descubierto el diamante. Finalmente un modesto joyero llamado Snite señaló que ya que el diamante todavía podía ser examinado, la respuesta a la cuestión de si era genuino o falso no tenía absolutamente nada que ver con que el diamante fuera descubierto por una u otra persona, o que su descubridor fuera honesto o no, o que la gente creyera o no, o que el descubridor supiera distinguir entre un diamante y un guijarro o no, o que los di- amantes se encontraran en campos o en algún otro lugar, o que la gente fuera engañada con cuarzo o vidrio; sino única y exclusivamente con someter la piedra a ciertas pruebas bien conocidas para probar su au- tenticidad. Entoces se llamaron a varios expertos en diamantes. Algunos de ellos declararon al diamante como genuino. El resto pasó el tiempo fabricando chistes –producto de su nerviosismo– sobre el diamante y declararon que no podían poner en juego su dignidad y reputación apa- rentando tomar el asunto demasiado en serio. Para disimular la mala impresión creada, algunos salieron del aprieto con la teoría de que la piedra era en realidad un diamante sintético, habilidosamente fabricado, pero al fin y al cabo una imitación. La objeción a esto estriba en que la manufactura de un buen diamante sintético hace 120 años hubiera sido un evento mas excepcional que incluso el hallazgo de uno auténtico. La moraleja de esta historia es que el testimonio ofrecido por la parte acusadora, a pesar de ser especializado, es completamente irrelevante y carente de sustento. Es innecesario observar que también es improce- dente, debido a que es altamente argumentativo y basado enteramente en las percepciones de los testigos que, además, en sus mentes preva- lece ya la idea de que el acusado es culpable. Una cosa más; la parte acusadora debe probar su dicho hasta las últimas consecuencias: no es suficiente demostrar, aun cuando pudieran hacerlo, que el Libro de Mormón tiene errores, pues todos los seres humanos cometemos errores; lo que deben intentar explicarse y expli- carnos es como el ―autor‖ del libro pudo acertar en tantas cosas. Después de aproximadamente ochenta años de búsqueda, la Fundación para la
  • 96. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 96 Exploración de Palestina ha descubierto poco o casi nada que provenga de la época del Éxodo; hasta el día de hoy ―de la historia de Saúl, David, Salomón, o incluso de su existencia no existe indicio en alguna parte de Palestina.‖ Aunque la falta de evidencia en ningún modo refuta a la Biblia. No debería desilusionarnos ni sorprendernos que persista un absoluto silencio en los registros de la historia con respecto a las cuestiones re- levantes del Libro de Mormón; están muy lejos de ello. Si un hombre comete un error al resolver un problema matemático muy complejo, eso no prueba nada con respecto a su habilidad como matemático, ya que hasta los más grandes se equivocan. Pero si encuentra la solución co- rrecta es imposible no ir más allá para explicar su éxito como un accidente y debemos reconocerle, trátese de quien se trate, que es un auténtico matemático. Así es con el autor de 1er. Nefi: si podemos detectar errores en su obra, podríamos explicarlos fácilmente y olvidarlos, pero si en cada ocasión tiene la respuesta correcta, no tenemos más remedio que aceptar su explicación como auténtica. Un aspecto significativo de la historia de Lehi en el desierto no debe pasarse por alto. Es enteramente una historia, de principio a fin, del Mundo Antiguo. No hay en ella alusiones al ―noble piel roja.‖ Nada en ella permite concebir las más ligera sospecha de que el drama va a terminar en el Nuevo Mundo. El pueblo de Lehi pensó que había encontrado su tierra prometida en el lugar llamado Abundancia; por ello se disgustó terriblemente cuando Nefi, que había realizado proezas consideradas imposibles, emprendió por mandato divino, la construcción de un barco (1Ne.17:8-9). Entonces, ¿que novela de oriente fue plagiada para hacer el libro de 1er. Nefi? Compárese con cualquier intento por reproducir el fondo y la forma del glamoroso oriente, desde Voltaire hasta Grillparzer; y más aún, con las más soberbias historias ambientadas en la misma época y de inmediato se pondrá de manifiesto cuan ficticias, extravagantes, exage- radas y estereotipadas son, y cuan escrupulosamente Nefi ha eludido esos yerros en los que los mejores eruditos estaban seguros que caería. No existe punto de discusión a la cuestión: ¿Quién escribió el Libro de Mormón? Habría sido prácticamente imposible escribir el libro tanto para el hombre mas instruido de 1830 como para José Smith. Y quienquiera que desee explicar el relato del Libro de Mormón por cualquier otra teoría propuesta debe –con excepción de una– descartar las primeras cuarenta páginas.
  • 97. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 97 Notas de la Parte 1 Notas del Capítulo 1: El Problemático Oriente 1. William F. Albright, Archaeology and the Religion of Israel (Balti- more: Johns Hopkins University Press, 1942), 62. 2. Ibid., 63. 3. Jens D. C. Lieblein, Handel und Schiffahrt auf dem rothen Meere in alten Zeiten (Leipzig: Christiania, 1886; reprinted Amsterdam: Meridian, 1971), 8. 4. Albright, Archaeology and the Religion of Israel, 63. 5. Henry G. Tomkins, "Egyptology and the Bible," PEFQ (1884), 54. 6. "Si bien la investigación arqueológica se remonta a mas de un si- glo en Siria y Palestina, es desde 1920 que nuestro material es lo sufi- cientemente extenso y claro para ser interpretado como de valor real- mente decisivo." Albright, Archaeology and the Religion of Israel, 37. 7. J. W. Jack, "The Lachish Letters--Their Date and Import," PEFQ (1938), 165. 8. Como resultado de sus conversaciones con los árabes, el Dr. Ni- bley anotó en la versión original de "Lehi en el Desierto,‖ que fue publicado originalmente como una serie de artículos en la revista Improvement Era, que "el autor ha consultado extensamente con Arabes, Sirios, Iraquíes, Libaneses, Egipcios, etc. modernos, y después de quince años de inves- tigación esta listo para declarar al Sr. Mose Kader de Provo, Utah, como un auténtico Beduino. El mismo espíritu aventurero que trajo a este hombre extraordinario a asentarse en una solitaria granja cerca de la boca del Rock Canyon fue el que impulsó a su padre, dueño de una granja cerca a Jerusalén durante su juventud, a pasar muchos años entre los Beduinos del desierto; y es la misma tenaz actitud conservadora que le ha permitido criar una familia como estrictos musulmanes miles de kilómetros lejos de otros musulmanes es lo que ha mantenido fresca en su memoria los días en el desierto en tiempos anteriores a la primera guerra mundial. En ciertos detalles muy particulares, es un maravilloso informante." Hugh W. Nibley, "Lehi in the Desert," IE 53 (1950): 15. Nibley mas tarde escribió que "en 1932 el Sr. Kader regresó a Palestina para conseguir una esposa. Aunque ella no viajó por el desierto como su marido, el conocimiento de la Sra. Kader de las costumbres de Palestina es enciclopédico, y tiene la sorprendente habilidad de no verse limitada por las difíciles cuestiones de lectura y escritura propias de Palestina," ibid., 70, n. 8. 9. J. A. Knudtzon, Die El-Amarna-Tafeln (Leipzig: Hinrich, 1915; re- printed Aalen: Zeller, 1964) 1:864-67, 872-77, tablets 287 and 289; for Bet-Ninib, ibid. 1:876-77, tablet 290, lines 15-16. 10.See Albrecht Alt, "Die syrische Staatenwelt vor dem Einbruch der
  • 98. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 98 Assyrer," ZDMG 88 (1934): 247; and Wilhelm Nowack, Lehrbuch der hebräischen Archäologie (Freiburg i/B: Mohr, 1894), 149. 11. El paulatino crecimiento de la ciudad de Atenas mediante el acto de abarcar poco a poco pequeñas comunidades hasta engullirlas por completo es descrita por Georg Busolt, Adolf Bauer & Iwan Müller, Die griechischen Staats-, Kriegs-, und Privataltertürmer (Nördlingen: Beck, 1887), 106-7. 12. "Bajar" en el Libro de Mormón significa viajar lejos de Jerusalén (1Ne.4:33-35), mientras que "subir a la tierra" es regresar a Jerusalén (1Ne.3:9, 7:15). La palabra egipcia ha, "bajar," cuando se refiere a viajes significa "ir a Egipto." Adolf Erman & Hermann Grapow, Wörterbuch der Aegyptischen Sprache, 5 vols. (Leipzig: Hinrich, 1929), 2:472. De modo que en el Antiguo Testamento él "bajó a Egipto" (Génesis 12:10), y "subió a Jerusalén. . . bajó a la tierra de Egipto" (1Re.12:28). Y en las cartas Laquish leemos, "el comandante bajó. . . a Egipto." Harry Torczyner, The Lachish Letters (London: Oxford University Press, 1938), 1:51 (carta no. 3). La altura del territorio donde se asienta la ciudad de Jerusalén era bien conocida por los judíos, así como la bajas planicies del territorio de Egipto, y detrás de este hecho se encuentra el origen y uso de estas expresiones, correctamente empleadas en el Libro de Mormón. Por otra parte, en el Libro de Mormón uno simplemente ―va‖ a una casa de la ciudad (1Ne.3:4, 11), así que cuando Nefi y sus hermanos "subieron a la tierra de nuestra herencia . . . y después . . . subieron a la casa de Labán" (1Ne.3: 22-23), es perfectamente claro que su propiedad se encontraba necesariamente fuera de la ciudad, tal y como los términos ―subir‖ y ―bajar‖ lo confirman. 13. Nowack, Lehrbuch der hebräischen Archäologie, 300-4. Quote is on 304. 14.Jack, "The Lachish Letters--Their Date and Import," 175-77. Cf. William F. Albright, "A Brief History of Judah from the Days of Josiah to Alexander the Great," BA 9 (February 1946): 4. 15.Jack, "The Lachish Letters--Their Date and Import," 175-77. 16.Para un resumen reciente y pormenorizado de la situación inter- nacional prevaleciente en el 600 a.C., además de los estudios mencio- nados, veáse John Bright, "A New Letter in Aramaic, Written to a Pharaoh of Egypt," BA 12 (February 1949): 46-52. 17. James H. Breasted, A History of Egypt, 2nd ed. (New York: Scribner, 1951), 577. "Loa artistas ya no trabajan solamente para la corte y los templos; ahora tenían pedidos enteros de la alta burguesía." Alexandre Moret, Histoire de l'Orient (Paris: Presses Universitaires, 1941), 2:728. 18. Albright, Archaeology and the Religion of Israel, 69; Eduard Meyer, Geschichte des Altertums, 2nd ed. (Stuttgart: Cotta, 1928), vol. 2,
  • 99. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 99 pt. 1, p. 98. 19. Meyer, Geschichte des Altertums (Stuttgart: Cotta, 1909), vol. 1, pt. 2, p. 260; (1928) vol. 2, pt. 1, pp. 98, 135. El ―Príncipe de los Reyes‖ de Tiro y Sidón "acumuló una gran riqueza y pudo disfrutar de los beneficios de la cultura egipcia," al ser propietario del lucrativo negocio de trans- portar los bienes de los príncipes de Siria y Palestina, cuyos "higos, vino, miel, aceite, árboles frutales, cereal y ganado," eran la fuente de su ri- queza. George Steindorff, Egypt (New York: Augustin, 1943), 64. Sobre la economía de los estados palestinos, véase Philip J. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1908), 290-98, and (1918), 121. 20. Jack, "The Lachish Letters--Their Date and Import," 177. 21. Albright, "A Brief History of Judah from the Days of Josiah to Alexander the Great," 6. 22. Ibid. 23. Ibid. 24. William F. Albright, "The Seal of Eliakim and the Latest Preexilic History of Judah, With Some Observations on Ezekiel," JBL 51 (1932): 93-95. 25. Jack, "The Lachish Letters--Their Date and Import," 178. 26. The theory of D. L. Risdon as discussed by Arthur Keith, "The Men of Lachish," PEFQ (1940), 7-12. 27. James L. Starkey, "Lachish as Illustrating Bible History," PEFQ (1937), 177-78; Alan Rowe, "Excavations at Beisan During the 1927 Season," PEFQ (1928), 73-90; Richard D. Barnett, "Phoenician and Syr- ian Ivory Carving," PEFQ (1939), 4-5, 7; J. W. Crowfoot and Grace M. Crowfoot, "The Ivories from Samaria," PEFQ (1933), 7, 18, 21; Charles C. Torrey, "A Hebrew Seal from the Reign of Ahaz, "BASOR 79 (October 1940): 27-28; Bright, "A New Letter in Aramaic, Written to a Pharaoh of Egypt," 46-48; H. Louis Ginsberg, "An Aramaic Contemporary of the La- chish Letters," BASOR 3 (October 1948): 24-27. 28. Abraham S. Yahuda, The Accuracy of the Bible (London: Heinemann, 1934), xxix; Stephen L. Caiger, Bible and Spade (London: Oxford University Press, 1936), 83-84, 91-92. Desde los dias de la es- cuela Pan-Babilonica, "el péndulo de la teoría de los orígenes. . . se ba- lanceaba hacia Egipto." James A. Montgomery, Arabia and the Bible (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1934), 1. 29. Archibald H. Sayce, "The Jerusalem Sealings on Jar Handles," PEFQ (1927), 216; J. Garrow Duncan, "Fifth Quarterly Report on the Excavation of the Eastern Hill of Jerusalem," PEFQ (1925), 18-20. 30. "Ya en los días de los faraones de Egipto sus padres habían construido ese templo en Yeb." Arthur E. Cowley, Aramaic Papyri of the
  • 100. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 100 Fifth Century B.C. (Oxford: Clarendon, 1923), 120. These papyri "have shed undreamed light on some of the darkest areas of Jewish history," says Albright, Archaeology and the Religion of Israel, 41. 31. Yahuda, The Accuracy of the Bible, xxix-xxx; veáse especial- mente del mismo autor, The Language of the Pentateuch in its Relation to Egypt (London: Oxford University Press, 1933), 1:xxxii-xxxv. 32. William F. Albright, "The Egyptian Empire in Asia in the Twenty-first Century B.C.," JPOS 8 (1928): 226-30; cf. William F. Albright, "Palestine in the Earliest Historical Period," JPOS 2 (1922): 110-38. 33. David G. Hogarth, "Egyptian Empire in Asia," JEA 1 (1914): 9-12. 34. Breasted, A History of Egypt, 516, 518, 526, 529, 580; Harry R. H. Hall, "The Eclipse of Egypt," and "The Restoration of Egypt," Cambridge Ancient History (New York: Macmillan, 1925) 3:256-57, 261, 295-99. 35. Hogarth, "Egyptian Empire in Asia," 13-14. Incluso en la época Davídica, el estado debía su amplia organización administrativa a los modelos egipcios." Albright, Archaeology and the Religion of Israel, 108; el mismo autor examinó la debilidad de Egipto en un periodo posterior en su obra "Egypt and the Early History of the Negeb," JPOS 4 (1924): 144-46. 36. Para la primera cita, Henri Frankfort, "Egypt and Syria in the First Intermediate Period," JEA 12 (1926): 96; para la segunda, Moret, Histoire de l'Orient 2:787. 37. Meyer, Geschichte des Altertums, vol. 2, pt. 1, pp. 132-33; Hogarth, "Egyptian Empire in Asia," 12. 38. Jack, "The Lachish Letters--Their Date and Import," 177. 39. Meyer, Geschichte des Altertums, vol. 1, pt. 2, pp. 297-99; Meyer apunta que aparecen las variantes Ja'bqhr and Ja'pqhr e inclusive otras. El asocia estos nombres con el del dios Ja'qob. Véase especialmente, William F. Albright, Vocalization of the Egyptian Syllabic Orthography (New Haven: American Oriental Society, 1934). 40. Abraham S. Yahuda, The Language of the Pentateuch in Its Relation to Egypt (London: Oxford University Press, 1933), 51. 41. E. A. Wallis Budge, Papyrus of Ani (New York: Putnam, 1913) 1:50. 42. Theodor Nöldeke, Die semitischen Sprachen (Leipzig: Tauchnitz, 1899), 34. 43. Torczyner, The Lachish Letters, 15. 44. Raymond O. Faulkner, "The Bremner-Rhind Papyrus," JEA 23 (1937): 10; Elias J. Bickerman, "El Prólogo del Libro Griego de Esther," JBL 63 (1944): 339-62, muestra que la tradición de un prólogo o intro-
  • 101. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 101 ducción era preservado cuidadosamente en Egipto; Francis L. Griffith, "The Teaching of Amenophis the Son of Kanakht, Papyrus B.M. 10474," JEA 12 (1926): 195. 45. Con la fórmula iw-f-pw concluye la historia de Sinuhé y las Máximas de las Sagas de Ptahotep y Kagemeni. Kurt Sethe, Aegyptische Lesestücke (Leipzig: Hinrich, 1924), 17, 42, 43, and Erläuterungen zu den Aegyptischen Lesestücken (Leipzig: Hinrich, 1927), 21, 58, 61. Con la frase " y así termino" concluye la Disertacion de Amenophis. Griffith, "The Teaching of Amenophis the Son of Kanakht, Papyrus B.M. 10474," 225. 46. Alan H. Gardiner, "New Literary Works from Ancient Egypt," JEA 1 (1914): 25; la obra aquí citada tenia relación con Palestina, ibid., 30. 47. Meyer, Geschichte des Altertums, vol. 1, pt. 2, p. 176. 48. La Disertacion Amenophis esta dirigida: "a su hijo, el mas joven de todos, en comparación con el resto de sus hermanos." Entoces sigue un largo texto que presenta munerosos paralelos con el libro de Prover- bios y particularmente interesante con el libro de 1ra. de Salmos; el hombre justo comparado con un árbol fructífero. Griffith, "The Teaching of Amenophis the Son of Kanakht, Papyrus B.M. 10474," 197. Compárese esto con (2 Ne. 2-3). La descripcion de Lehi del fruto como de color ―blanco‖ (1 Ne. 8:11) es una tipica metáfora egipcia. Vease Erman & Grapow, Wörterbuch der Aegyptischen Sprache 3:206-7, 211-12. 49. Meyer, Geschichte des Altertums, vol. 1, pt. 2, p. 274; Albright, Archaeology and the Religion of Israel, 21; David C. Simpson, "The He- brew Book of Proverbs and the Teaching of Amenophis," JEA 12 (1926): 232. 50. August von Gall, Basileia tou Theou (Heidelberg: Winter, 1926), 65-68. 51. Ibid., 49-55. 52. Las siguientes comparaciones entre el Libro de Mormón y el an- tiguo Egipto aparecieron primeramente en Hugh W. Nibley, "The Book of Mormon as a Mirror of the East," IE 51 (April 1948): 202-4, 249-51; re- printed IE 73 (November 1970): 15-20, 122-25. Este articulo iniciaba con esta introduccion: ―`El hombre común y corriente,' escribió el gran A. E. Housman, `cree que los textos de autores antiguos generalmente son autenticos, no porque este familiarizado con los elementos del problema, sino porque se sentiría incómodo si no lo creyera.' El Libro de Mormón no ha gozado de tal tipo de aceptacion popular. Ciertamente, nada le en- cantaría mas al `hombre comun' que verlo completamente refutado de una vez por todas; le ha hecho sentirse incómodo durante mas de un siglo. ¿Qué esta retrasando entonces el ansiado espectáculo? Solamente una cosa, que el Libro de Mormón es inmune a los ataques de la civiliza- cion occidental. No importa cuanta evidencia arqueológica se amontone a un lado u otro, el hecho importante es que el Libro de Mormón nunca ha
  • 102. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 102 reclamado estar narrando el relato de gente que viviera en el hemisferio occidental. Incluso dentro de sus limitados dominios, como el profesor Sidney B. Sperry ha demostrado, ya que se trata de una compilación‖ y solo tiene relación con varias ramas de algunos grupos procedentes del mundo antiguo. Por lo tanto cualquier investigación en tierras de América posiblemente pueda revelar mayores evidencias en apoyo del libro de Mormón, ya que ningun resultado puede considerarse inequívocamente como evidencia en su contra. Es un relato totalmente diferente dado que nuestro libro presume de invadir el mundo de Oriente, aportando nom- bres, lugares y fechas especificas. Cualquier impostor de 1820 en este punto se encontraría pisando terreno peligroso. No se podría tener un mejor pretexto por parte de la vasta y rigurosa crítica para desacreditar la autenticidad del registro que las cuantiosas alusiones del Libro de Mormón sobre cuestiones egipcias. Al insistir sobre el peculiar lenguaje neo-egipcio de los nefitas, al proporcionar una lista de sus nombres personales y de lugares, al pretender describir conflictos políticos origi- nados en el mundo Antiguo, el autor del Libro de Mormón esta cayendo bajo la lupa de los criticos modernos. El Cercano Oriente del 600 A. C. ya no es la ignota región de fascinantes misterios que era en la época de Jose Smith. Cualquier invención de él o de cualquier erudito de su época aparecería necesariamente hoy como una masa de disparates mezclados con algunos datos verdaderos; detalles que serían detectados una vez, pero difícilmente dos. ¿Tenía el autor o traductor del libro algun conoci- mento con respecto a esa region del mundo de la que se afirma que el libro tiene su origen? Ese es el asunto en cuestion. A manera de res- puesta— y como simple ejercicio— discutamos brevemente un par de años de la historia en el Libro de Mormón; ese tormentoso periodo de tiempo durante el que el sistema de gobierno por jueces pasó por algunas de las más severas pruebas, las que finalmente probaron su ineficacia. Hagamos coincicir el relato paso a paso con cierto número de paralelos del Mundo Antiguo, y despues de algunos comentarios, permitámosle al lector decidir por sí mismo el valor que deban atribuírseles a estas se- mejanzas." 53. Hall, "The Eclipse of Egypt," 268. 54. Budge lo llama Heriher en la edición de 1925 de su obra La Momia, en contraste con su primera definiciion Her-Heru de la edicion de 1893. Véase E. A. Wallis Budge, The Mummy (London: Cambridge Uni- versity Press, 1925), 103, and The Mummy (London: Cambridge Univer- sity Press, 1893), 52. It is read Hurhor in ZASA 20 (1882): 149B, Plate II, Fig. V.7A; Her-Hor by Alfred Wiedemann, "Beiträge zur ägyptischen Arabs and to engage in trade, see Elias Auerbach, Wüste und Gelobtes Land, 2 vols. (Berlin: Schocken, 1932). Geschichte" ZASA 23 (1885): 83 ; and Hrihor by Breasted, A History of Egypt (New York: Scribner, 1912), 513, 519-21. Estamos basándonos en el studio mas reciente, realizado por Moret, que lo llama Herihor. Moret, Histoire de l'Orient 2:591.
  • 103. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 103 55. Moret, Histoire de l'Orient 2:569. 56. Herbert E. Winlock, "The Eleventh Egyptian Dynasty," JNES 2 (1942): 256, 266. 57. Ibid., 266. 58. Moret, Histoire de l'Orient 2:518. 59. Con respecto a la alternancia de los nombres Ammón-Amón, véase Alan H. Gardiner, Egyptian Grammar (London: Oxford University Press, 1950), 435. 60. Moret, Histoire de l'Orient 1:437-39, 2:567-69; see generally, Walter Wolf, "Vorläufer der Reformation Echnatons," ZASA 59 (1924) : 109-19; Hans Bonnet, "Zum Verständnis des Synkretismus," ZASA 75 (1939): 45-46. 61. Winlock, "The Eleventh Egyptian Dynasty," 250; Moret, Histoire de l'Orient 1:209, 436-38. 62. La version original de este material incluía lo siguiente: "Esta colonia en Elefantina era quizá muy antigua, ya que de acuerdo con los registros egipcios habría sido costumbre de la gente de Palestina y de Siria desde tiempos inmemoriales el buscar refugio en Egipto y estable- cerse en dichas comunidades. Se admite, a cualquier costo, que la colo- nia es en buena medida mas antigua que los registros hebreos que aparecieron en ella y que datan del siglo quince A. C.; la antigüedad de la colonia posiblemente data de mediados del siglo 17 a.C. James H. Bre- asted, Ancient Records of Egypt (Chicago: University of Chicago Press, 1906) 3:27. Harry R. H. Hall, Cambridge Ancient History (New York: Macmillan, 1925) 3:294. Esto la haría antigua para la época de Lehi y ofrecería una posible explicación para la extraña tendencia presente en el Libro de Mormón en el sentido de que gran parte de sus nombres pro- vienen de la región del Alto Egipto." 63. Para estudiar la asombrosa analogía en el relato del Libro de Mormón, véase Hall, "The Eclipse of Egypt," 254. 64. Knudtzon, Die El-Amarna-Tafeln 1:528-29, tablet 122; 1:562-63, tablet 132; notes in 2:1222, and index in 2:1566. 65. Las listas de los reyes-sacerdotes estan publicadas en ZASA 20 (1882): 149B, plate II, fig. V. 7A. 66. Harry R. H. Hall, "The Ethiopians and Assyrians in Egypt," Cam- bridge Ancient History (New York: Macmillan, 1925) 3:273. 67. Wilhelm Spiegelberg, "Der Stratege Pamenches," ZASA 57 (1922): 88-92. Compárese el nombre Amarna Pa-kha-am-na-ta, en Knudtzon, Die El-Amarna-Tafeln 2:1566, gobernador de Amurru sometido a Egipto.
  • 104. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 104 68. En este punto, la version original ofrecía la siguiente informacion adicional: "Para los nombres de sacerdotes egipcios Pachom, Pamenchi, Pakybis y Panas (Spiegelberg, "Der Stratege Pamenches, "91), no existen similitudes en el Libro de Mormón, pero de la lista de nombres nefitas no debemos dejar pasar de largo el nombre de Pacus, ya que a pesar de que no lo he detectado en la limitada cantidad de documentos a mi disposi- cion, el nombre es totalmente egipcio (significa `él – Amón– ha suplica- do'), ambos elementos aparecen frecuentemente en los nombres egip- cios. Winlock, "The Eleventh Egyptian Dynasty," 275, encuentra plebeyos egipcios en Tebas cuyos nombres son Hesem y Hesi. 69. Knudtzon, Die El-Amarna-Tafeln 1:951, tablets 336 and 337, and index in 2:1562. 70. Albright, Vocalization of Egyptian Syllabic Orthography, 67, list 22, B-4. Notas del Capítulo 2: Hombres de Oriente 1. Los nombres egipcios se pueden encontrar en Hermann Ranke, Die ägyptischen Personennamen (Glückstadt: Augustin, 1935); Jens D. C. Lieblein, Dictionnaire de noms hiéroglyphiques (Christiania: Brögger & Christie, 1871); J. A. Knudtzon, Die El-Amarna-Tafeln (Leipzig: Hinrich, 1915; reprinted Aalen: Zeller, 1964) 2:1555-83; and scattered throughout the JEA. 2. Knudtzon, Die El-Amarna-Tafeln 2:1561. 3. Ranke, Die ägyptischen Personennamen, 412, lines 8 and 9. 4. Ibid., 252, line 15. 5. Wilhelm Spiegelberg, "The God Panepi," JEA 12 (1926): 35. 6. Alan H. Gardiner, Egyptian Grammar (London: Oxford University Press, 1950), 437. 7. Hugh W. Nibley, "The Book of Mormon as a Mirror of the East," IE 51 (1948): 249. En 1948, se decía lo siguiente: "No se requiere un gran esfuerzo de la imaginación para detectar un cierto paralelismo entre los dos listados. Pero ¿no estaremos utilizando una violencia injustificada al sacar simplemente los nombres al azar y colocarlos juntos? Eso es jus- tamente lo más excepcional; que elegimos los nombres al azar, y teniendo a todo el Cercano Oriente a nuestra entera disposición como recurso, los nombres egipcios no tienen un predominio numérico en las listas que tenemos frente a nosotros. De hecho, todos los nombres del Mundo An- tiguo que presentan similitudes con los del relato del Libro de Mormón vienen de Egipto, pero no de cualuier región de Egipto, sino en especial de la región sur, en donde una colonia judía, cuya fecha de asentamiento
  • 105. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 105 es indefinida, pero se calcula de al menos de mediados del siglo diecisiete floreció. Lo que es mas, todos estos nombres pertenecen a las últimas dinastías, ya en decadencia. El Libro de Mormón nos relata que Lehi fue un rico mercader que había ―morado en Jerusalén todos sus dias‖, dis- frutando de una cultura y educacion egipcias que se había empeñado en transmitir a sus hijos. El libro continuamente hace referencia a la doble vertiente cultural de la familia de Lehi: profundamente hebrea, pero or- gulosa de su ascendencia egipcia. `La civilizacion egipcia fue una de las mas admiradas e imitadas,' escribe Harry R. H. Hall, al hablar de la tierra y época de Lehi. Los únicos nombres no-hebreos que disfrutaban de po- pularidad entre los nefitas debieran, de acuerdo con el relato del Libro de Mormón, ser egipcios, y se ha descubierto que ese es el caso.‖ Tras disertar sobre los nombres de Sam y Amón de la forma presentada líneas arriba, el artículo concluye así: Regresando a nuestro asunto: ¿Qué sabía Jose Smith, traductor del Libro de Mormón, del Mundo Antiguo? Todo parece indicar que era toda una autoridad, pues conocía: "(1) Una cantidad respetable de nombres egipcios comunes; palabras de un sonido extraño que en ningún sentido se asemejan al hebreo o a alguna otra lengua conocida en la epoca de José Smith. (2) Sabía el tipo de trama y escenario en el que dichos nombres fi- guraban en el Mundo Antiguo y parecen naturalmente adaptados a la escena egipicia. (3) Ofrece un panorama correcto y claro de las relaciones culturales entre Egipto e Israel, enfatizando su naturaleza esencialmente comercial, en la extraordinariamente convincente radiografía del relato de Lehi—un típico comerciante del siglo siete A. C. El bosquejo de la vida del antiguo Oriente que el Libro de Mormón nos permite reconstruir es el mas mara- villoso comparadas a la luz de aquellas fantásticas ideas del espléndido Oriente que pululaban en las mentes de los mas avezados eruditos de esa época. El tema de los nombres en el Libro de Mormón continúa a la es- pera del cuidadoso estudio que merece—el propósito de lo presente es simplemente indicar que tal estudio conducirá a cualquier otra parte menos a un callejón sin salida. Como un ejemplo válido de esa asevera- ción, citemos un principio establecido por Albright: `La pérdida de la ter- minación –on es completamente común en los nombres de sitios pales- tinos.' William F. Albright, The Vocalization of the Egyptian Syllabic Or- thography (New Haven: American Oriental Society, 1934) 10:12. En el egipcio o el egipcio `reformado' tal terminación seíia conservada y de este modo tenemos en el Libro de Mormón los nombres Emrón, Heslón, Jasón, Morón, Moriantón, etc. No es una proeza pequeña, como ha quedado demostrado en Harold Lundstrom, `Original Words of the Book of Mor- mon,' IE 51 (February 1948): 85, el simplemente haber escogido una buena cantidad de nombres extraños y originales de la nada. Pero ¿qué se puede decir de un hombre que fue capaz de elegir los correctos?" 8. William F. Albright, "A Brief History of Judah from the Days of
  • 106. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 106 Josiah to Alexander the Great," BA 9 (February 1946): 4-5. 9. E. C. Briggs, Saints Herald (21 June 1884), 396-97. 10. William F. Albright, "King Joiachim in Exile," BA 5 (December 1942): 51. 11. Harry Torczyner, The Lachish Letters (London: Oxford University Press, 1938) 1:198. We are following the spelling used in Torczyner's text rather than the transliterations in his list. 12. R. A. Stewart Macalister, "The Craftsmen's Guild of the Tribe of Judah," PEFQ (1905), 333. 13. Ephraim A. Speiser, "Introduction to Hurrian," AASOR 20 (1941): 216 (index). But Jens D. C. Lieblein, Handel und Schiffahrt auf dem rothen Meere in alten Zeiten (Leipzig: Christiania, 1886; reprinted Amsterdam: Meridian, 1971), 143-44, encuentra el nombre Anti en el lejano Sur, al- rededor del Mar Rojo. 14. Otras referncias a los nombres egipcio-httitas pueden encon- trarse en Sidney Smith, "Kizzuwadna," JEA 10 (1924): 108; Anton L. Mayer & John Garstang, "Kizzuwadna and Other Hittite States," JEA 11 (1925): 24 (Cadyanda), 26 (Kumani); Gerald A. Wainwright, "Keftiu," JEA 17 (1931): 27-29, 43 (Sandon), 35, 38, 40 (Achish). 15. Emil O. Forrer, "The Hittites in Palestine II," PEFQ (1937), 100. 16. Robert H. Pfeiffer, "Hebrews and Greeks Before Alexander," JBL 56 (1937): 91-95, 101; William F. Albright, "A Colony of Cretan Merce- naries on the Coast of the Negeb," JPOS 1 (1921): 187-94; Joseph G. Milne, "Trade Between Greece and Egypt Before Alexander the Great," JEA 25 (1939): 178; F. B. Welch, "The Influence of the Aegean Civilization on South Palestine," PEFQ (1900), 342-50. At Tel-el-Hesy, just west of Lachish, "the Greek influence begins at 700 [b.c.], and continues to the top of the town." William M. F. Petrie, in PEFQ (1890), 235. Nelson Glueck, "Ostraca from Elath," BASOR 80(December 1940): 3. 17. Eduard Meyer, Geschichte des Altertums, 2nd ed. (Stuttgart: Cotta, 1928), vol. 2, pt. 1, p. 553. 18. Joseph Offord , "Further Illustrations of the Elephantine Aramaic Jewish Papyri," PEFQ (1917), 127. 19. William F. Albright, Archaeology and the Religion of Israel (Bal- timore: Johns Hopkins University Press, 1942), 160. 20. David S. Margoliouth, The Relations between Arabs and Israel Prior to the Rise of Islam, Schweich Lectures (London: Oxford University Press, 1924), 13. 21. Harry R. H. Hall, "The Eclipse of Egypt," Cambridge Ancient History (New York: Macmillan, 1925) 3:256, 269, 292.
  • 107. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 107 22. Meyer, Geschichte des Altertums (Stuttgart: Cotta, 1909), vol. 1, pt. 2, p. 156; Hall, "The Eclipse of Egypt," 256. 23. James L. Montgomery, Arabia and the Bible (Philadelphia: Uni- versity of Pennsylvania Press, 1934),52; la segunda cita esta en la pag. 18. 24. El peligro de realizar los preparativos para una expedición en la ciudad son obvios, ya que una curiosidad despierta conduce a que se formulen preguntas peligrosas que pueden traer consecuencias de largo alcance. Véase, Bertram Thomas, Arabia Felix (New York: Scribner, 1932), 36; para un relato de los preparativos y actividades en el "cam- pamento-base," véase ibid., 112-13; Harry S. J. B. Philby, The Empty Quarter (New York: Holt, 1933), 9-13. 25. Arthur E. Cowley, Aramaic Papyri of the Fifth Century B.C. (Ox- ford: Clarendon, 1923), 226 (col. 14, 1, 208). 26. Actualmente hay campesinos en Palestina que pasan mucho de su tiempo viviendo en tiendas en el desierto; nuestro amigo Mose Kader fue de este tipo. Véase George E. Kirk, "The Negev or the Southern De- sert of Palestine," PEFQ (1941), 60. Por otra parte, H. H. Kitchener, "Major Kitchener's Report," PEFQ (1884), 206, informaba que los árabes mora- dores en tiendas, verdaderos Beduinos, siembran cebada en las regiones próximas a Gaza. Con relacion a los árabes del Moahib Doughty escribe: "Una vez realizada la cosecha, levantan sus tiendas y junto con su ganado siguen adelante vagando como nómadas," Charles M. Doughty, Travels in Arabia Deserta (London: Cape, 1926) 1:276. Carl R. Raswan, Drinkers of the Wind (New York: Creative Age Press, 1942), describe en detalle la forma tan facil en que se viene y se va del desierto a la ciudad y viceversa; los árabes ricos de la ciudad a menudo salen a pasar algunas horas o una corta temporada en las arenas del desierto. Vease tambien J. W. Crowfoot and Grace M. Crowfoot, "The Ivories from Samaria," PEFQ (1933), 24. Casi un contemporáneo de Lehi es "el jefe árabe que acampó en las afueras de Jerusalén en la época de Nehemías y llevaba el típico nombre de Geshem (Jusham) tan propio de la región Norte." Nabih A. Faris, ed., The Arab Heritage (New Jersey: Princeton University Press, 1944), 35. 27. Montgomery, Arabia and the Bible, 23; the Montgomery quote earlier in the paragraph is on 185; see also Eduard Meyer, Die Israeliten und ihre Nachbarstämme (Halle, 1906; reprinted Darmstadt: Wissen- schaftliche Buchgesellschaft, 1967), 209-561. 28. Margoliouth, The Relations between Arabs and Israel Prior to the Rise of Islam, 25; Montgomery, Arabia and the Bible, 186; Philip J. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1922), 163, and (1926), 93-97. Esto no debe entenderse como que los patriarcas eran "primitivos," ya que "estamos aprendiendo el pensamiento de los inmigrantes no como nómadas en un estado salvaje o semisalvaje, sino como colonizadores que llevan a sus nuevos hogares los recuerdos de una organización polí-
  • 108. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 108 tica desarrollada, con usos y costumbres y con una historia implícita." Margoliouth, The Relations between Arabs and Israel Prior to the Rise of Islam, 25. See also, Edouard P. Dhorme, "Le Pays de Job," RB 8 (1911): 102-7; George A. Barton, "The Original Home of the Story of Job," JBL 31 (1912): 63. 29. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1923), 176. 30. William F. Albright, "Recent Progress in North-Canaanite Re- search," BASOR 70 (April 1938): 21. 31. Margoliouth, The Relations between Arabs and Israel Prior to the Rise of Islam, 5, 8; Theodor Nöldeke, Die semitischen Sprachen (Leipzig: Tauchnitz, 1899), 52, 57; Meyer, Die Israeliten und ihre Nachbarstämme, 305-7 . 32. Montgomery, Arabia and the Bible, 53, citing Duncan B. Mac- Donald, The Hebrew Literary Genius (Princeton: Princeton University Press, 1933), 26-27. 33. "No creo que exista la menor duda de que los hebreos fueron lo que nosotros llamaríamos árabes; empleando el término en su sentido mas amplio." Alfred Guillaume, "The Habiru, the Hebrews, and the Arabs," PEFQ (1946), 65-67. 34. Albright, "Recent Progress in North-Canaanite Research," 21. 35. Guillaume, "The Habiru, the Hebrews, and the Arabs," 64-85; Stephen L. Caiger, Bible and Spade (London: Oxford University Press, 1936), 84-85. 36. Montgomery, Arabia and the Bible, 47. 37. William F. Albright, Vocalization of Egyptian Syllabic Orthography (New Haven: American Oriental Society, 1934), 50 (ch. 10, C, line 12). 38. Abraham Bergman, "The Israelite Tribe of Half-Manasseh," JPOS 16 (1936): 225, 228, 249; Moses H. Segal, "The Settlement of Manasseh East of the Jordan," PEFQ (1918), 124. 39.Se ha sugerido que Ammón, al igual que su competidor Atón, fueron originalmente deidades propias de la región Siria-Palestina; una teoría que ha ido a la alza, en especial desde que Wainwright ha demostrado las relaciones palestinas pre-historicas con el Min de Coptos (el Amón ori- ginal). Gerald A. Wainwright, "The Emblem of Min," JEA 17 (1931): 185-95; and Gerald A. Wainwright, "Letopolis," JEA 18 (1932): 161-63. 40. Albright, Archaeology and the Religion of Israel, 171. 41. En la versión original de 1950, Nibley anotó: "Esta cultura tripar- tita es un patrón establecido en esa parte del mundo en donde las cara- vanas de Egipto e Israel se cruzaban unas con otras en el camino,
  • 109. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 109 guiadas a traves de las arenas por aquellos hombres del desierto que fueron el primer e inmemorial punto de enlace entre ambas civilizaciones." Hugh W. Nibley, "Lehi in the Desert," IE 53 (1950): 155. "El carácter na- tural de las tribus de Beduinos siempre ha consistido en actuar como una especie de intermediarios, sin una política establecida." Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1925), 85. Incluso hoy "los Beduinos ‗Arishiye(t)‘ instalados en las fronteras con Egipto transportan bienes por vía terrestre de Gaza a Egipto y viceversa. Son una peculiar clase in- termedia; practican el comercio, la agricultura y son criadores de came- llos." Ibid., PEFQ (1922), 161. Cf. John L. Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys (London: Colburn & Bently, 1831), 1:9, 26-27, 30-31, 275-76. En el siglo seis A. C. los árabes ocuparon Gaza, el extremo Norte de la ruta comercial egipcia. Herodotus, Histories III, 5; III, 7; III, 91; William F. Albright, "Egypt and the Early History of the Negeb," JPOS 4 (1924): 130. Los comerciantes árabes, enriquecidos por el comercio tri- partita fundaron el estado de Nabataean. Kirk, "The Negev or the Sout- hern Desert of Palestine," 62. En todo momento el comercio egip- cio-palestino fue el más importante, además de ser la única fuente de riqueza para esa gente. Taufik Canaan, "Byzantine Caravan Routes in the Negeb," JPOS 2 (1922): 144. Sobre el tema del comercio tripartita, véase Lieblein, Handel und Schiffahrt auf dem rothen Meere in alten Zeiten, 76, 134-36; William J. T. Phythian-Adams, "Israel in the Arabah," PEFQ (1941), 61-62; Stewart Perowne, "Note on I Kings, Chapter X, 1-13," PEFQ (1939), 201; Albright, "Egypt and the Early History of the Negeb," 130-32. 42. Montgomery, Arabia and the Bible, 5. 43. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1925), 85, and (1922), 161; Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys 1:9, 26-27, 30-31; Kirk, "The Negev or the Southern Desert of Palestine," 62; Canaan, "Byzantine Caravan Routes in the Negeb," 144; Phythian-Adams, "Israel in the Arabah," PEFQ (1933), 143; Perowne, "Notes on I Kings, Chapter X, 1- 13," 201; Albright, "Egypt and the Early History of the Negeb," 131-41. Sobre las relaciones entre Beduinos, campesinos y comerciantes de Palestina y Egipto, Warren dice: "Nadie que tome en sus manos el pro- blema de investigar y comprender estas relaciones encontrará compara- tivamente fácil establecer tratos con las tribus del desierto, por mas lejos que esten." Charles Warren, "Notes on Arabia Petraea and the Country Lying between Egypt and Palestine," PEFQ (1887), 45, n. 23. Desde un principio los judíos se vieron forzados a negociar con ellos como conse- cuencia de su ubicación geográfica. 44. Sin embargo "los árabes de la región sur, una vez que asenta- ban su campamento, eran indomables viajeros y comerciantes." Gui- llaume, "The Habiru, the Hebrews, and the Arabs," 67. No había nada que le impidiera a Lehi, una vez asentado su campamento, convertirse en un indómito viajero, a menos que se interprete 1 Ne. 1:4 en el sentido de que
  • 110. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 110 nunca salió de la ciudad desde su nacimiento –un absurdo palpable. 45. Montgomery, Arabia and the Bible, 12. 46. Margoliouth, The Relations between Arabs and Israel Prior to the Rise of Islam, 29; Guillaume, "The Habiru, the Hebrews, and the Arabs," 84-85. 47. Meyer, Die Israeliten und ihre Nachbarstämme, 302. 48. John Zeller, "The Bedawin," PEFQ (1901), 198. 49. El profesor Sperry ha llamado la atencion del autor debido a la publicación de una declaración atribuida a Jose Smith en la cual afirma que Ismael era de la tribu de Efraín y que sus hijos se casaron con las hijas de Lehi. G. D. Watt & J. V. Long, reporters, Journal of Discourses (Liverpool: Cannon/London: LDS Book Depot, 1862; reprinted Los An- geles: Gartner, 1956), 23:184, publicada en el artículo de Sidney B. Spe- rry, "Did Father Lehi Have Daughters Who Married the Sons of Ishmael?" IE 55 (September 1952): 642. Efraín, al igual que Manasés, eran gente del desierto. 50. Meyer, Die Israeliten und ihre Nachbarstämme, 322-23. 51. Ibid., 322. 52. Paul Haupt, "Heb. lehi, cheek, and lo;ka, jaw," JBL 33 (1914): 290-95. Cf. Judges 15:17, 19. 53. Glueck, "Ostraca from Elath," 5-6, fig. 2. 54. Edward H. Palmer, "Arabic and English Name Lists," in Survey of Western Palestine (London: Palestinian Exploration Fund, 1881) 8:358. 55.Eliezer ben Yahuda, "The Edomite Language," JPOS 1 (1921): 113-15; Montgomery, Arabia and the Bible, 171, notes that there was an Arabic Massa tribe, but "there is no Hebrew king Lemuel." 56. C. Clermont-Ganneau, "The Arabs in Palestine," in Survey of Western Palestine, Special Papers (London: Palestine Exploration Fund, 1881) 4:325. 57. Claude R. Conder, "Moslem Mukams," in Survey of Western Palestine, Special Papers (London: Palestine Exploration Fund, 1881), 4:272. 58. Palmer, "Arabic and English Name Lists," 17, 40, 66. 59. Adolf Reifenberg, "A Hebrew Shekel of the Fifth Century b.c.," PEFQ (1943), 102; Albright, Archaeology and the Religion of Israel, 113. Entre los hijos de los judíos contemporáneos de Lehi que huyeron a Egipto dejaron de usarse los nombres persas, babilonios e ―incluso ára-
  • 111. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 111 bes‖, ya que se consideraban así mismos como buenos judíos. Samuel A. Cook, "The Jews of Syene in the Fifth Century b.c.," PEFQ (1907), 68-73. Notas del Capítulo 3: En el Desierto 1. W. E. Jennings-Bramley, "The Bedouin of the Sinaitic Peninsula," PEFQ (1906), 106, and (1907), 281. 2. Frank E. Johnson, tr., Al-Mucallaqat (Bombay: Education Society's Steam Press, 1893), 17-18, lines 46-49; 42-44, lines 34, 40-41; 106-7, lines 40-43; 175-76, lines 25-28; W. Ahlwardt, Sammlungen alter arabischer Dichter (Berlin: Reuther & Reichard, 1903); in vol. 2, nos. 3:21-38; 5:58-63; 12:24-26; 15:40-49; 22:1-45; 30:9-11*; 31:47-80*; 40:51-69*; in vol. 3 , nos. 1; 10:37-56; 16:28-44; 18:33-44; 25:91-115; 27:29-36; 31:l-26; 33:48-77; 34:9-36; 40:l-14; 54:57-77; 55:34-66; 58:44-65. All passages starred in vol. 2, and all passages given in vol. 3, refer to unpleasant mists in the desert. Other poets are cited in Carl Brockelmann, Geschichte der arabischen Litteratur (Leiden: Brill, 1943), 10, 16-17, 19-22, 54, 91. 3. El capítulo entero sobre "Viajes," en la obra de Kabir al-Din Ahmad & Gholam Rabbani, eds., The Diwán Hammásah of Abu Tammam (Cal- cutta: n.p., 1856), 206-9, está completamente impregnada del agota- miento y terror producidos por viajar entre la obscuridad del desierto. El vapor de tinieblas se menciona casi en todos los párrafos como nota al pie de la página. 4. En la región limítrofe entre Egipto y Palestina, segun Charles Wa- rren, "Notes on Arabia Petraea and the Country Lying between Egypt and Palestine," PEFQ (1887), 44, "durante los meses de noviembre, diciembre y marzo frecuentemente aparece una densa bruma. . . . Esta niebla de- pende del viento y generalmente se alterna con sequías intensas." Harry S. J. B. Philby, The Empty Quarter (New York: Holt, 1933), 96, 134, 183, reporta el mismo fenomeno en las regiones deserticas del Sur de Arabia: " Una fina niebla descendió y ocultó el paisaje despúes del atardecer además. . . . todo estaba sucio por causa de la arena húmeda y la luz del sol era muy tenue. . . . una ligera y bochornosa brisa del norte gentilmente desvaneció el húmedo banco de neblina." 5. Ahlwardt, Sammlungen alter arabischer Dichter, 2, no. 1. 6. Edward J. Byng, The World of the Arabs (Boston: Little, Brown, 1944), 64-65. 7. Lucy Mack Smith, History of Joseph Smith (Salt Lake City: Book- craft, 1958), 47-50. El relato del sueño no puede ser examinado minu- ciosamente, ya que solo existe el testimonio de la madre de José Smith sobre dicho sueño, el relato del cual le había sido comunicado 34 años
  • 112. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 112 antes; véase "Introduction," vii and ix. 8. Thus al-Buhturi, cited in Brockelmann, Geschichte der arabischen Litteratur, 88; también Lebid, cited in ibid., 55. Maydán en árabe significa tanto "campo grande, espacioso," como "una larga vida". 9. "El escenario de un oasis del desierto, con su arroyo fluyendo desde y hacia algún punto desconocido, perdido tal vez entre las arenas del desierto." James L. Montgomery, Arabia and the Bible (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1934), 6. 10.E. A. Wallis Budge, The Chronography of Bar Hebraeus (London: Oxford University Press, 1932) 1:167. 11. Charles M. Doughty, Travels in Arabia Deserta (London: Cape, 1926), 2:229. 12. Montgomery, Arabia and the Bible, 85. 13. "El término ‗río' es una forma imperfecta de comunicar la idea," pero ya que carecemos de alguna otra palabra en español, se le utiliza en el Libro de Mormón. Richard F. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah (London: Tylston & Edwards, 1893) 1:250, n. 2. 14. E.g., Al-cAjjaj, in Ahlwardt, Sammlungen alter arabischer Dichter, 2, no. 1; Theodor Nöldeke, Delectus Veterum Carminum Arabicorum (Berlin, 1890), 111; Psalm 1:6 es otro ejemplo. 15. Con respecto a la existencia de tales acantilados en los desiertos de la época de Lehi, veáse Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah 1:207, que describe "gigantescos muros de roca, elevadas torres, enor- mes bastiones defensivos y fosos tan profundos y obscuros como el que mas." Véase "Un apunte sobre los ríos" en el texto original. 16. In Ahlwardt, Sammlungen alter arabischer Dichter 3, no. 1. 17.Nöldeke, Delectus Veterum Carminum Arabicorum, 95; Brockel- mann, Geschichte der arabischen Litteratur, 19, 21; Johnson, Al-Mucallaqat, 188, line 61. 18. William F. Albright, "A Brief History of Judah from the Days of Josiah to Alexander the Great," BA9 (February 1946): 4. 19. Philip J. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1922), 170-71. 20. C. Leonard Woolley and Thomas E. Lawrence, The Wilderness of Zin (London: Cape, 1936), 34. 21. William F. Albright, Archaeology and the Religion of Israel (Bal- timore: Johns Hopkins Press, 1942), 101. 22. Diodorus XIX, 94, 100. 23. Antonin Jaussen, "Mélanges," RB 3 (1906): 95.
  • 113. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 113 24. En la versión original de este material el Dr. Nibley continúa di- ciendo: "Con respecto a la huida de Lehi al desierto, el Libro de Mormón muestra una impecable descripción de los detalles: la forma de preparar su huída se encuentra en estricto apego con todo lo aprendido sobre el particular, y se dirige en dirección de lo que nosotros ahora sabemos era la única ruta posible que podía haber tomado." Hugh W. Nibley, "Lehi in the Desert," IE 53 (1950): 202. Es evidente que en aquella época las rutas de escape restantes estarían cerradas; el mayor peligro estaría, natu- ralmente, hacia el Norte. Veáse John L. Myres, "God and the Danger from the North in Ezekiel," PEFQ (1932), 213-15. Debido a que el desierto del sur siempre permaneció abierto como ruta de escape, algunas colonias judías "parecen haber escapado de la destruccion" por completo. Albright, "A Brief History of Judah from the Days of Josiah to Alexander the Great," 6. 25. Albright, "A Brief History of Judah from the Days of Josiah to Alexander the Great," 4-5. En la versión original del Dr. Nibley, pág. 202, dice: "es en esa región que ubicamos en un artículo anterior algunos nombres importantes presentes en el Libro de Mormón, sin percatarnos en aquella ocasión que esos nombres pertenecían a descendientes de contemporáneos de Lehi." Hugh W. Nibley, "The Book of Mormon as a Mirror of the East," IE 51 (1948): 202-4. 26. Stephen L. Caiger, Bible and Spade (London: Oxford University Press, 1936), 188. 27. Montgomery, Arabia and the Bible, 15. 28. Carl R. Raswan, Drinkers of the Wind (New York: Creative Age Press, 1942), illustrates this meeting of town and desert. 29. "Los Hebreos tenían auténticas relaciones de parentesco con las tribus nómadas del Este y Sur de la región sirio-palestina; especialmente con estas últimas. . . . la única aventura marítima emprendida por la polí- tica de Judea fue el establecimiento de la ruta comercial del Mar Rojo (p.ej., 1 Re. 9:26); es decir, las perspectivas comerciales del Estado apuntaban hacia Arabia," Montgomery, Arabia and the Bible, 12, 51-52, 185. 30. Stewart Perowne, "Notes on I Kings, Chapter X, 1-1 3," PEFQ (1939), 200. 31. David S. Margoliouth, The Relations between Arabs and Israel Prior to the Rise of Islam, Schweich Lectures (London: Oxford University Press, 1924), 47. 32. Woolley & Lawrence, The Wilderness of Zin, 11. 33. "Creemos que es natural y correcto asumir que durante todos los períodos históricos del hombre, el desierto del sur ha sido tal y como lo conocemos actualmente." Ibid., 36.
  • 114. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 114 34. Ibid., 37. 35. 1 Ne. 2:6, 3:1, 4:38, 7:5, 7:21, 9:1, 10:16, 16:6. 36. Taufik Canaan, "The Palestinian Arab House," JPOS 12 (1932): 225. 37. Georg Jacob, Altarabisches Beduinenleben (Berlin: Mayer & Müller, 1897), 226. 38. Caiger, Bible and Spade, 181. 39. John L. Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys (Lon- don: Colburn & Bently, 1831; reprinted New York: Johnson Reprint, 1967) 1:127. 40. Jaussen, "Mélanges," 93-94. Si una mujer quiere divorciarse de su marido, simplemente voltea su tienda. Jacob, Altarabisches Bedui- nenleben, 212. 41. Philip J. Baldensperger, "Tent Life," PEFQ (1923), 179. 42. Canaan, "The Palestinian Arab House," JPOS 13 (1933): 57. 43. William B. Seabrook, Adventures in Arabia (New York: Harcourt, 1927), 6; cf. Grace M. Crowfoot,"The Tent Beautiful," PEFQ (1945), 34-46. 44. "Al amanecer los integrantes de la caravana se asoman desde sus tiendas para ver si el harem del sheikh ya desmontó la suya; de ser así, esto es el rahla." Doughty, Travels in Arabia Desert, 1:257. De la misma forma, cuando el sheikh instala su tienda, el resto le imita sin discusión; la tienda del sheik representa el tabernáculo que los guía a través del desierto. Se recordará que la Liahona fue encontrada frente a la entrada de la tienda de Lehi. Es notable el hecho de que aún el mas acaudalado sheik "jamás ha morado en mas de una tienda," de acuerdo con Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys 1:42. El Dr. Nibley ofrece un último comentario en la version original: "No es inusual que en Oriente los ricos de aldeas y ciudades vayan de visita al desierto por una temporada, de modo que Lehi no esta haciendo algo inverosímil o ex- traño; quienes así actúan son aquellos que desde luego ya han acumu- lado una cantidad importante de experiencias del estilo de vida en el desierto y se han acostumbrado a ello." Hugh W. Nibley, "Lehi in the Desert," pag. 276. Por lo tanto, todo sheik ‗decente‘, "pasa el invierno en su ‗casa de piedra' y el verano en su ‗casa de tela.' " Jaussen, "Mélanges," 95. 45. Canaan, "The Palestinian Arab House," JPOS 13 (1933): 55. 46.Frederic D. Thornton, Elementary Arabic (Cambridge: Cambridge University Press, 1943), 156. 47. Max von Oppenheim, Die Beduinen (Leipzig: Harrassowitz, 1939) 1:28.
  • 115. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 115 48. Claude S. Jarvis, "The Desert Yesterday and To-day," PEFQ (1937), 122. 49. Doughty, Travels in Arabia Deserta 1:259. 50. William G. Palgrave, Narrative of a Year's Journey Through Central and Eastern Arabia (London: Macmillan, 1865), 1:12-13. 51. Robert E. Cheesman, In Unknown Arabia (London: Macmillan, 1926), 27, 52. 52. William J. T. Phythian-Adams, "The Mount of God," PEFQ (1930), 199. 53. Albright, Archaeology and the Religion of Israel, 97. 54. Jennings-Bramley, "The Bedouin of the Sinaitic Peninsula," PEFQ (1907), 30. 55. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1923), 180. 56. Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys, 1:227-28. 57. John L. Burckhardt, Travels in Arabia (London: Colburn, 1829; reprinted London: Cass, 1968), 402. 58. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1922), 163. 59. Raswan, Drinkers of the Wind, 129. 60. Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys, 1:157-60. 61. Philby, The Empty Quarter, 229-30. 62. Johnson, Al-Mucallaqat, 26. 63. Henri Frankfort, "Egypt and Syria in the First Intermediate Period," JEA 12 (1926): 81. 64. Woolley & Lawrence, The Wilderness of Zin, 32. 65. Bertram Thomas, Arabia Felix (New York: Scribner, 1932), 141. 66. Cheesman, In Unknown Arabia, 338-39. 67. W. E. Jennings-Bramley, "Sport among the Bedawin," PEFQ (1900), 369. 68. Ibn cAli al-Husayni, Akhbar 'al-Dawla al-Saljuqiyya (Lahore: University of the Panjab, 1933), 1. 69. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1925), 82-90. 70. Philby, The Empty Quarter, 249. 71. Burckhardt, Travels in Arabia, 403. 72. Julius Euting, Tagebuch einer Reise in Inner-Arabien (Leiden, 1892) 2:76-80, 92-93.
  • 116. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 116 73. Jacob, Altarabisches Beduinenleben, 131-33. Mt. Jasum is in the Mecca area; Mt. Azd in the Serat Mountains is farther south but also near the coast. 74. Jennings-Bramley, "The Bedouin of the Sinaitic Peninsula," PEFQ (1907), 284. 75. Ibid., PEFQ (1914), 9. 76. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1923), 181. Notas del Capítulo 4: Costumbres y lugares del Desierto 1. W. Robertson Smith, The Religion of the Semites, Burnett Lectures (London: Black, 1907), 200-201. 2. Carl R. Raswan, Drinkers of the Wind (New York: Creative Age Press, 1942), 237. 3. Antonin Jaussen, "Mélanges," RB 3 (1906): 109. 4. Ibid., 110. 5. Nilus, Narratio (Narrations) 3, in PG 79:612. 6. Bertram Thomas, Arabia Felix (New York: Scribner, 1936), 137. 7. Robert E. Cheesman, In Unknown Arabia (London: Macmillan, 1926), 228-29, 234, 240-41, 280. 8. Raswan, Drinkers of the Wind, 200. 9. William G. Palgrave, Narrative of a Year's Journey Through Central and Eastern Arabia (London: Macmillan, 1865), 1:13. 10. John L. Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys (Lon- don: Colburn & Bently, 1831; reprinted New York: Johnson Reprint, 1967), 1:242. 11. Nilus, Narrations 3, in PG 79:612. 12. David S. Margoliouth, The Relations between Arabs and Israel Prior to the Rise of Islam, Schweich Lectures (London: Oxford University Press, 1924), 57. 13. Ibid., 54. 14. Frank E. Johnson, tr., Al-Mucallaqat (Bombay: Education Soci- ety's Steam Press, 1893), 218, line 38. 15. Harry S. J. B. Philby, The Empty Quarter (New York: Holt, 1933), 27. 16. Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys, 1:133.
  • 117. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 117 17. Thomas, Arabia Felix, 142. 18. Ibid., 172-73. 19. Johnson, Al-Mucallaqat, 87, line 58. 20. Nilus, Narrations 6, in PG 79:669. 21. Philip J. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1925), 81; second quote is from PEFQ (1922), 168-69. 22. Richard F. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah (Lon- don: Tylston & Edwards, 1893), 2:118. 23. Por eso se considera un acto gallardo y de valentía acampar a las afueras de los dominios de una tribu nómada. Georg Jacob, Altarabisches Beduinen-leben (Berlin: Mayer & Müller, 1897), 211. 24. Cheesman, In Unknown Arabia, 24. En el artículo original, el Dr. Nibley agrega: "Después de una incursión de este tipo, la totalidad de la tribu irá a esconderse durante un tiempo con la finalidad de evitar repre- salias," Hugh W. Nibley, "Lehi in the Desert," IE 53 (1950): 383. W. E. Jennings-Bramley, "The Bedouin of the Sinaitic Peninsula," PEFQ (1912), 16, establece que "no se veía ni un alma, durante el tiempo en que la tribu permaneció escondida; la tribu celebrando el regreso a casa después de una incursión exitosa y las víctimas a la espera diaria de ‗devolverles el favor‘ oportunamente." 25. Jennings-Bramley, "The Bedouin of the Sinaitic Peninsula," PEFQ (1908), 31, 36. 26. Con respecto a la naturaleza anti-social del árabe, véase Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1922), 168-70; Antonin Jaussen, "Chronique," RB 3 (1906): 443; Edward H. Palmer, Desert of the Exodus (Cambridge: Deighton, Bell, 1871) 1:79-81. 27. Wilhelm Nowack, Lehrbuch der hebräischen Archäologie (Freiburg i/B: Mohr, 1894), 152. 28. Johnson, Al-Mucallaqat, 139, line 30. 29. Philby, The Empty Quarter, 219. 30. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah, 1:276. 31. Jennings-Bramley, "The Bedouin of the Sinaitic Peninsula," PEFQ (1905), 213. 32. Charles M. Doughty, Travels in Arabia Deserta (New York: Random House, 1936), 1:272, 282-83. 33. Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys, 1:354; Doughty, Travels in Arabia Deserta, 1:258. 34. Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys, 1:114.
  • 118. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 118 35. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah, 2:102. 36. Philip J. Baldensperger, "Women in the East," PEFQ (1901), 75. 37.Max von Oppenheim, Die Beduinen (Leipzig: Harrassowitz, 1939), 1:30. 38.Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys, 1:116-17; Jaussen, "Chronique," RB 12 (1903): 107-8; Oppenheim, Die Beduinen, 1:30. 39. John Zeller, "The Bedawin," PEFQ (1901), 194; Jaussen, "Mé- langes," RB 12 (1903): 254. 40. Jennings-Bramley, "The Bedouin of the Sinaitic Peninsula," 217. 41. H. H. Kitchener, "Major Kitchener's Report," PEFQ (1884), 215. 42. Eliahu Epstein, "Bedouin of the Negeb," PEFQ (1939), 61-64; Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1906), 14. "La tiranía del parentesco es mas severa. . . que la estocada de una daga india," dice el antiguo poeta Tarafah. Johnson, Al-Mucallaqat, 57, line 81. 43.Nowack, Lehrbuch der hebräischen Archäologie, 154; Jacob, Al- tarabisches Benduinenleben, 212. 44. Jaussen, "Chronique," RB 12 (1903): 109. 45. Philby, The Empty Quarter, 216. 46. Ibid. 47.Thomas E. Lawrence, Seven Pillars of Wisdom (New York: Gar- den City Publishing, 1938), ch. 3. 48. Jennings-Bramley, "The Bedouin of the Sinaitic Peninsula," PEFQ (1908), 257. 49. Taufik Canaan, "Studies in the Topography and Folklore of Petra," JPOS 9 (1929): 139; cf. David G. Hogarth, The Penetration of Arabia (London London: Lawrence & Bullen, 1904), 162. 50. Canaan, "Studies in the Topography and Folklore of Petra," 140. Este es el estudio estándar en cuanto a nombres de sitios en el desierto se refiere, Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah 1:250, n. 3: "Una minuta de contabilidad no podría albergar ni un registro de ‗3 meses‘ de tales nombres, así de numerosos eran. 51. C. Leonard Woolley & Thomas E. Lawrence, The Wilderness of Zin (London: Cape, 1936), 70. 52. Palmer, Desert of the Exodus, 1:20. 53. Raswan, Drinkers of the Wind, 131. 54. Philby, The Empty Quarter, 39.
  • 119. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 119 55. Cheesman, In Unknown Arabia, 261. 56. Woolley & Lawrence, The Wilderness of Zin, 86-87; cf. Claude R. Conder, "Lieut. Claude R. Conder's Reports, XXXII," PEFQ (1875), 126. 57. Thomas, Arabia Felix, 50-51. 58. William F . Albright, Archaeology and the Religion of Israel (Bal- timore: Johns Hopkins Press, 1942), 149. 59. Joseph Offord, "The Red Sea," PEFQ (1920), 179. 60. As cited by William J. T. Phythian-Adams, "The Mount of God," PEFQ (1939), 204. 61. Wilhelm Spiegelberg, Koptisches Handwörterbuch, 204, 258. 62. Claude R. Conder, Survey of Eastern Palestine (London: Pales- tine Exploration Fund, 1889), 1:239, 241; Edward H. Palmer, "Arabic and English Name Lists," in Survey of Western Palestine (London: Palestine Exploration Fund, 1881), 8:116, 134. Another transliteration of the Arabic is Thughrat-al-Shajar. 63.Claude R. Conder, "Notes on the Language of the Native Peas- antry in Palestine," PEFQ (1876), 134; Edward H. Palmer, The Survey of Western Palestine, Name Lists (London: Palestine Exploration Fund, 1881), 29, 93. 64. Claude R. Conder and H. H. Kitchener, "Memoirs of the Topog- raphy, Orography, Hydrography and Archaeology," in Survey of Western Palestine (London: Palestine Exploration Fund, 1881), 2:169. 65. Thomas, Arabia Felix, 136-37; Philby, The Empty Quarter, 231. 66. Thomas, Arabia Felix, 136-37. 67. Jaussen, "Chronique," RB 10 (1901): 607. 68. Ibid.; Taufik Canaan, "Unwritten Laws Affecting the Arab Women of Palestine," JPOS 11 (1931): 189: "En las procesiones fúnebres las mujeres no se mezclaban con los hombres. . . . una vez finalizado el entierro, las mujeres se reúnen. . . . para visitar la tumba . . . y siempre van solas." también Baldensperger, "Women in the East," 83; and Burckhardt, Notes on the Bedouins and Wahábys, 1:101: "Al momento de su muerte, sus esposas, hijas y toda mujer con algún grado de parentesco se unen en un llanto de lamentacion." Entre los Judíos, los hombres desempeñan un papel mas prominente dentro de los ritos mortuorios, e incluso no era desconocida la existencia de endechadoras profesionales. Nowack, Lehrbuch der hebräischen Archäologie, 196. Tanto la raiz Nhm (gemir, sufrir, quejido) como su símil nhm (suspiro, llanto, consolar) son rele- vantes. 69. Hogarth, The Penetration of Arabia, 3.
  • 120. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 120 70. Abraham S. Yahuda, The Accuracy of the Bible, (London: Heinemann, 1934), 201. 71. Cf. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah, 2:72. 72. Edward H. Palmer, "The Desert of the Tíh and the Country of Moab," in Survey of Western Palestine, Special Papers (London: Pales- tine Exploration Fund, 1881), 4:67. 73. Conder, "Lieut. Claude R. Conder's Reports, XXXII," 130. 74. Gray Hill, "A Journey to Petra--1896," PEFQ (1897), 144. 75. W. Ewing, "A Journey in the Hauran," PEFQ (1895), 175. 76. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah, 2:154. 77. Ariel L. Crowley, "Lehi's River Laman," IE 47 (1944): 14-15, 56, 59-61. 78. Ibid., 15, 56. 79. Ibid., 15, 61. 80. Ibid., 61 (emphasis added). 81. Ibid., 15. Notas del Capítulo 5: La Ciudad y la Arena 1. Philip J . Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1925), 81. 2. Richard F. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah (London: Tylston & Edwards, 1893), 1:280. 3. El río debería fluir entre esas dos elevaciones geográficas, tal y como se encuentra en los mapas del área. El valle parece ser lo sufi- cientemente amplio. Proponemos una investigacion: desde épocas remotas ha sido una cos- tumbre de los viajeros del desierto el grabar sus nombres en las rocas cercanas al lugar elegido como campamento. "Hemos encontrado cientos de esos nombres grabados." Theodor Nöldeke, Die semitischen Sprachen (Leipzig: Tauchnitz, 1899), 37. Es casi seguro que la gente de Lehi dejó sus marcas en los lugares más importantes en donde hicieron un alto durante su jornada. 4. Ignac Goldziher, Abhandlungen zur arabischen Philologie (Leiden, 1896), 1:58. 5. Nilus, Narratio (Narrations) 5, in PG 79:648. 6. Ibn Qutayba, Introduction au livre de la poesie et des poetes (Muqaddamatu Kitab-ish-Shicre wash-Shucara) (Paris: l'Association Guillaume Budé, 1947), 18. 7. Bertram Thomas, Arabia Felix (New York: Scribner, 1932), 153.
  • 121. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 121 8. Antoine de San Exupéry, Wind, Sand and Stars (New York: Har- court, Brace, 1967), 104. 9. Kitab Taghribat Bani Hilal (Damascus: Hashim), 54. 10. Goldziher, Abhandlu ngen zur arabischen Philologie 1:67-71. 11. Ibid., 1:59, 72 -75. 12. Ibn Qutayba, Introduction au livre de la poesie et des poetes, 25; cf. Goldziher, Abhandlungen zur arabischen Philologie 1:74. 13. Pierre Cersoy, "L'apologue de la vigne," RB 8 (1899): 40-47. 14. Emmanuel Cosquin, "Le livre de Tobie et `L'histoire du sage Ahikar,' " RB 8 (1899): 54-55. 15. "No puedo explicar debidamente el efecto que la poesía árabe provocará en alguien que no ha visitado el desierto." Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah, 2:99. 16. Gustav Richter, "Zur Entstehungsgeschichte der altarabischen Qaside," ZDMG 92 (1938): 557-58. The passage cited is from `Antara. 17. Ibid., 563-65. 18. Ibn Qutayba, Introduction au livre de la poesie et des poetes, 13. 19. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah, 1:278. 20. Carl Brockelmann, Geschichte der arabischen Litteratur (Leiden: Brill, 1943), 16. 21. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah, 1:278, n. 3. 22. Richter, "Zur Entstehungsgeschichte der altarabischen Qaside," 557-58. 23. Brockelmann, Geschichte der arabischen Litteratur, 12. 24. James L. Montgomery, Arabia and the Bible (Philadelphia: Uni- versity of Pennsylvania Press, 1934), 21. 25. Incluso la interpretación del Salmo 23 sigue siendo cuestionada. 26. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah, 2:98. 27. Véase "El problema del Alimento" expuesto en el texto líneas arriba. 28. Frank E. Johnson, tr., Al-Mucallaqat (Bombay: Education Soci- ety's Steam Press, 1893), 71, line 13. 29. J. Dissard, "Les migrations et les vicissitudes de la Tribu des 'Amer," RB 2 (1905): 411-16. 30. Frederick J. Bliss & R. A. Stewart Macalister, Excavations in Palestine (London: Palestine Exploration Fund, 1902), 204.
  • 122. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 122 31. Ibid., 269. 32. Edward H. Palmer, "The Desert of the Tíh and the Country of Moab," in Survey of Western Palestine, Special Papers (London: Pales- tine Exploration Fund, 1881), 4:19-21. 33. Bliss & Macalister, Excavations in Palestine, 266-67; W. F. Birch, "Hiding-Places in Canaan," PEFQ (1884), 61-70, also (1880), 235, and (1881), 323-24. 34. Es un hecho, que el lenguaje no fue preservado incluso en la antigüedad y cuando llegó el momento de que el registro cumpliera su noble propósito de ser un testigo ante el mundo, tenía que ser traducido por el don y el poder de Dios. De esto último Nefi ningún conocimiento tenía. 35. Kitab Taghribaht Bani Hilal, 14. 36. Eduard Meyer, Geschichte des Altertums, 2nd ed. (Stuttgart: Cotta, 1928), vol. 2, pt. 1, p. 137. 37. J. W. Jack, " The Lachish Letters--Their Date and Import," PEFQ (1938), 168. 38. El relato de Wenamón puede encontrarse en James H. Breasted, A History of Egypt, 2nd ed. (New York: Scribner, 1951), 513-18; James Baikie, The History of the Pharaohs (London: Black, 1926), 285-87;James H. Breasted, "The Decline and Fall of the Egyptian Empire," Cambridge Ancient History (Cambridge University Press, 1931), 2:193-94. More re- cently, Hans Goedicke, The Report of Wenamun (Baltimore: Johns Hop- kins University Press, 1975). 39. Jack, "The Lachish Letters--Their Date and Import," 168. 40. Joseph Offord, "Archaeological Notes on Jewish Antiquities," PEFQ (1916), 148. 41. William F. Albright, "The Seal of Eliakim and the Latest Preexilic History of Judah, With Some Observations on Ezekiel," JBL 51 (1932): 79-83, muestra que el título de "siervo" en la Jerusalén en aquella época significaba algo así como "representante oficial;" y mas que degradar, el título honraba a su poseedor. 42. Brockelmann, Geschichte der arabischen Litteratur, 34. 43. W. Ewing, "A Journey in the Hauran," PEFQ (1895), 173. 44. Antonin Jaussen, "Mélanges," RB 12 (1903): 259; también C. Clermont-Ganneau, "The Arabs of Palestine," in Survey Western Pales- tine, Special Papers (London: Palestine Exploration Fund, 1881), 4:327. 45. Clermont-Ganneau, "The Arabs of Palestine," 326-27; Baldensperger, PEFQ (1910), 261.
  • 123. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 123 46. Charles M. Doughty, Travels in Arabia Deserta (New York: Random House, 1936), 2:27. Notas del Capítulo 6: Lehi el Ganador 1. J. A. Knudtzon, Die El-Amarna-Tafeln (Leipzig: Hinrich, 1915; re- printed Aalen: Zeller, 1964) 1:372-73, tablet 74. 2. Livy, Ab Urbe Condita (From the Founding of the City) VIII, 40, 4; cf. IV, 16, 3 ; kept on "boards" (tabulae, pinakes) or sacred tablets (en hierais deltois), Dionysius of Halicarnassus, Roman Antiquities I, 73, 1; I, 74, 3-5. 3. Julian Obermann, "An Early Phoenician Political Document," JBL 58 (1939): 229-31. Albright le llama "una carta hebrea del siglo doce" grabada en una plancha de cobre o broce. William F. Albright, "A Hebrew Letter of the Twelfth Century," BASOR 73 (February 1939): 9-13. 4. The Idrisi passage is quoted at length by E. A. Wallis Budge, The Book of the Dead (New York: Dover, 1967), xix, n. 3. 5. G. Ramadas, "Kesaribeda Copper Plate," Journal of Bihar Re- search Society 34 (1948): 32; 34-35 lists besides these the Mattapad plates of Damodaravarman 6 3/8" by 1 1/2"; the Kauteru plates of Vijayaskandavarman 5 1/2" by 4/5"; the Peddavegi plates of Salankayan a Nandivarman 6 4/5" by 2 1/10"; the Koroshanda copper plates of Visak- harvarma 7 1/2" by 2"; the Chikulla plates of Vikramendravarma 7 1/8" by 2 1/4"; the Komarti plates of Chandavarma 7 1/2" to 7 5/8" by 2 1/4" to 2 3/8". 6. Alonzo Bunker, "On a Karen Inscription-Plate," JAOS 10 (1872): 172-77. 7. Median 6 3/16" por 2 1/ 8". Ibid., 175. 8. See Fritz Hommel, Ethnologie und Geographie des alten Orients (Munich: Beck, 1926), 201-3. 9. E. B. Cross, "The Karens," JAOS 4 (1854): 308. 10. Eduard Meyer, Geschichte des Altertums, 2nd ed. (Stuttgart: Cotta, 1928), vol. 2, pt. 1, p. 205; R. Maxwell Hyslop, et al., "An Archae- ological Survey of the Plain of Jabbul, 1939," PEFQ (1942), 23, plate VII, fig. 14; un arma ceremonial de hierro fue recientemente descubierta y tenía una empuñadura finamente trabajada en cobre y oro. Theodore H. Gaster, "On an Iron Axe from Ugarit," PEFQ (1943), 57-58. 11. Gerald A. Wainwright, "The Coming of Iron," Antiquity 10 (1936): 17-18. 12. Ibid.
  • 124. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 124 13. Georg Jacob, Altarabisches Beduinenleben, (Berlin: Mayer & Müller, 1897 ), 151-52. 14. Philip J. Baldensperger, "The Immovable East," PEFQ (1903), 168. En el artículo original continúa la disertación del Dr. Nibely: "El asunto del hierro en el Mundo Antiguo aún no ha quedado debidamente esta- blecido. Los Babilonios distinguían entre ‘eru‘, que puede ser hierro, plomo o cobre, y ‗eru brillante‘ " que podría ser cobre o acero". Fr. Le- normant, `Les noms de l'Arain et du Cuivre . . . ,' Biblical Archaeological Society Transactions 5 (1876): 344-45. En Egipto se hacía una distinción similar entre el hierro común, que no solo era conocido sino usado en la manufactura de utensilios en épocas tan antiguas como el Antiguo Reino y el tipo de hierro conocido como tehazet, que algunos interpretan como hierro de origen asiático. Felix von Luschan, "Eisentechnik in Afrika," Zeitschrift für Ethnologie 41 (1909): 47. Otro tipo, benipe, es ‗el hierro del cielo,' p. ej., que pudiera tratarse tanto de hierro meteórico o, como Von Luschan afirmaba, ‗metal con los colores del cielo' (Metall von Himmels- farbe), ibid., 48, que bien podría haber sido acero. Las espadas ceremo- niales dibujadas en las tumbas de las primeras épocas del Antiguo Egipto estaban pintadas con azul para representar al hierro y al acero, de acuerdo con el mismo erudito, ibid., 49. En tanto que el problema sobre el origen y edad del hierro y el acero continúa sin ser resuelto, cada paso dado en los últimos cuarenta años en pos de la solución al enigma parece conducirnos a la antesala del descubrimiento de un uso mas difundido y de mayor antigüedad de estos metales del que hasta hace poco se creía fuera posible." Hugh W. Nibley, "Lehi in the Desert," IE 53 (1950): 707. 15. Richard F. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah (Lon- don: Tylston & Edwards, 1893) 2:94, 141-42. 16. John A. Widtsoe, "Is Book of Mormon Geography Known?" IE 53 (1950): 547. 17. Bertram Thomas, Arabia Felix (New York: Scribner, 1932), 48-49. 18. Ibid., 48. 19. Burton, Pilgrimage to Al-Medinah and Meccah, 2:130. 20.David G. Hogarth, The Penetration of Arabia (London: Lawrence & Bullen, 1904), 137-39. 21.Ibid., 148-50. 22. James L. Montgomery, Arabia and the Bible (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1934), 71, 74. 23. Josiah Conder, A Popular Description of Arabia, Modern Trave- ller Series (London: Duncan, 1926), 9, 14-15, 348-49. 24.Stewart Perowne, "Notes on I Kings, Chapter X, 1-13," PEFQ
  • 125. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 125 (1939), 200. 25. Montgomery, Arabia and the Bible, 75. 26. Robert E. Cheesman, In Unknown Arabia (London: Macmillan, 1926), 67-71. 27. C. Clermont-Ganneau, "The Arabs in Palestine," PEFQ (1875), 202. 28. Edward H. Palmer, "The Desert of the Tíh and the Country of Moab," in Survey of Western Palestine, Special Papers (London: Palestine Exploration Fund, 1881), 4:73. 29. Edward H. Palmer, The Desert of the Exodus (Cambridge: Deighton, Bell, 1871), 2. 30. Charles M. Watson, "The Desert of the Wanderings," PEFQ (1914), 18-23; C. Leonard Woolley & Thomas E. Lawrence, The Wilder- ness of Zin (London: Cape, 1936), 71-72. 31. Woolley & Lawrence, The Wilderness of Zin, 73, n. 1. 32. S. F. Newcombe, "T. E. Lawrence--Personal Reminiscences," PEFQ (1935), 110-11. 33. See further Hugh W. Nibley, No Ma'am, That's Not History (Salt Lake City: Bookcraft, 1946).
  • 126. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 126 Segunda Parte El Mundo de los Jareditas
  • 127. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 127 Capítulo 1 El Ocaso de una Civilización Nota del autor: La presentación de esta serie de artículos en forma de cartas es la forma típica en la que el autor expone sus puntos de vista. El profesor F, quien es el destinatario de esa correspondencia no es mas que un antropólogo ficticio de una universidad del Cercano Oriente y toda la situación no es mas que una extrapolación de un evento real. Si el profesor F parece ser demasiado tolerante e influenciable se debe a que dado el reducido espacio a nuestra disposición, hemos suprimido largas e innecesarias discusiones. El Planteamiento Estimado Profesor F: Te advertí que encontrarías el Libro de Mormón repleto de cosas extrañas y peculiares. Por favor, no dudes en decirme lo que piensas al respecto y, sobre todo, que no te preocupe demasiado el hecho de que con ello pudieras ofender mis creencias religiosas. El libro de Mormón es fuerte; le sienta bien que se investigue su contenido; aunque quizá, como muchas otras personas, tú ya lo hayas descartado de antemano, pero te prometo que llegarás al límite de tus fuerzas en tus intentos por des- acreditarlo antes de que puedas siquiera hacerle mella. Como primera objeción, dices sentirte perturbado por el aparente intento del Libro de Mormón de establecer el origen de los Indios Ameri- canos en una ciudad del Cercano Oriente y en una fecha tan reciente como el año 600 a.C. Esto podría parecerte una explicación demasiado simple y limitada para ello. Debo reconocer que a mí también me lo pa- rece. Pero, ya que has iniciado la lectura del Libro de Mormón, solamente tengo una petición personal que hacerte; ¡continúa! Hay una gran sor- presa esperándote en el libro de Eter. Lejos de ser un relato excesiva- mente simplificado, esta peculiar historia es extremadamente variada y sumamente complicada. Como sabes, en los primeros días de la Iglesia, los misioneros presentaban al mundo el Libro de Mormón como una ―historia de los Indios Americanos;‖ uno de los pocos temas sobre el que el ciudadano norteamericano promedio poseía alguna información y cuyo interés podía fácilmente despertarse. Pero es un hecho que el Libro de Mormón no es tanto una historia de los Indios Americanos, sino más bien de sus remotos ancestros –gente tan diferente a ellos en tantas cosas como lo fueron los anglosajones de nosotros. La historia de los Indios Americanos inicia justamente cuando el Libro de Mormón termina: antes de eso se relaciona ampliamente con aquellas naciones constructoras de grandes ciudades del sur de Asia, de quienes tú conoces más que yo. Pero incluso antes de que el Libro de Mormón empiece a invadir tu
  • 128. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 128 glamoroso campo de estudio, sería pertinente hablar sobre otra cultura; una que ha sido estudiada mucho en nuestros días y que todavía pode- mos examinar de primera mano: los árabes del desierto, que el libro de 1er. Nefi describe de manera tan vívida y con una claridad tal que, creo yo, habla en gran medida en favor de la autenticidad de la historia. Asimismo el libro nos ofrece un panorama del estilo de vida de los civilizados y prósperos ―judíos de Jerusalén‖ en la época de Sedequías un poco mas breve pero no por ello menos claro y específico que el cuadro de la vida en el desierto. Como puedes ver, este extraordinario documento contiene informa- ción sobre al menos cuatro culturas completamente diferentes. Hubiera podido darte una precisa y detallada descripción de cualquiera de ellas –con la posible excepción de algunas tribus- empleando para ello las fuentes materiales disponibles en la época de José Smith. Pero con respecto a una cultura número cinco es sobre la que ahora quisiera dirigir tu atención; su historia se encuentra al final de Libro de Mormón bajo el título del libro de Eter, que en mi opinión, es más maravillosa que la pri- mera. Este relato nos traslada al ocaso de un mundo de la proto-historia en donde el velo de la historia se descorre para permitirnos contemplar las irregulares sombras proyectadas por los primeros imperios asiaticos que ahora en nuestros días empiezan a tomar una forma reconocible. Como sabes, mi consuetudinaria curiosidad por esclarecer todo asunto vago, poco claro y misterioso irresistiblemente me ha traído a esta peligrosa área y abiertamente me declaro culpable de ser el autor material e inte- lectual de una buena cantidad de artículos sobre el particular que gente sensible encontrará insufrible. Puedes reírte de esto último si así lo de- seas, pero si piensas que estoy exagerando, ¡que dirías de un hombre que intentó dar un relato de la vida de ese mundo prehistórico con base en lo que se sabía de el hace 120 años! Con el mismo paso despreocupado y firme con que nos condujo a través de las arenas de Arabia (y estarás de acuerdo conmigo en que fue una ejecución magistral), el autor del Libro de Mormón nos conduce ahora en pos de un mundo tan remoto, tan completamente diferente de cual- quier cosa inscrita al ámbito del estudiante bíblico, que si intentáramos seguirlo, tendríamos que adquirir nuevo equipo y provisiones para la jornada. Creo que estamos de acuerdo en que cualquiera requeriría de una gran cantidad de esfuerzo para adquirir el conocimiento necesario para componer el libro de 1er. Nefi. ¡Ahora imagina a alguien lo sufi- cientemente loco para intentar, después de realizar semejantes esfuer- zos, escribir otra historia del mismo tamaño y cantidad de detalles pero en esta ocasión sobre una raza de gente totalmente diferente geográfica y cronológicamente hablando! Que yo sepa, José Smith nunca obtuvo cierta notoriedad por haber logrado tal proeza (si es que él es el autor del libro de Mormón), que todos damos por hecho. Pronto te darás cuenta de que el autor del libro de Eter pudo haber conseguido algo de ayuda de los materiales que fueron usados en la composición del libro de 1er. Nefi.
  • 129. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 129 Pero por el contrario, la experiencia anterior solo podía desalentar cual- quier nuevo intento de escribir una historia, lo que obligaría a su autor a entrar en una nueva etapa de preparación y búsqueda de información. Lo que el autor del libro de Eter tiene que proponer no es una nueva trama argumental sino un escenario y personajes totalmente novedosos. Toda época tiene sus propias guerras, alianzas, migraciones y cosas así, pero siempre en un escenario diferente; así que esa es la forma de de- mostrar la veracidad o falsedad de un documento de carácter histórico que, como ya hemos insistido en varias ocasiones, no se basa en la his- toria en sí, sino en los detalles incidentales que solo un testigo ocular podría haber presenciado. Tanto la historia de Jared como la de Lehi convergen en un mismo argumento; el de un hombre religioso que con- duce a su gente fuera de un mundo perdido e inicuo. No hay nada de original en ello: también es la historia de Noé, Enoc, Abraham y Moisés; ―la Iglesia en el desierto,‖ y, por cierto, la Iglesia Restaurada…pero ¡vaya escenario! ¡Qué prácticas e instituciones tan extrañas! ¿Cómo ser ca- paces de revisar aspectos tan insospechados? Esto va a requerir de un poco de trabajo y te advierto que vayas preparándote para un largo asedio de mi parte. Como bien sabrás, desafortunadamente tengo el hábito de escribir cartas terriblemente extensas (veinte páginas por lo menos) o mejor nada. Debido a que tú iniciaste esto al acusar al Libro de Mormón de proponer una historia excesivamente simplificada sobre los Indios Americanos, no dejaré de retorcerte la muñeca hasta que, como Hamlet, te haya forzado a considerar con detenimiento algunos perturbadores y extraños detalles. Si los Jareditas hubieran vivido en el limbo, su historia estaría hoy fuera del alcance de la crítica; pero no vivieron en un limbo: el libro de Eter men- ciona que continuaron en el Nuevo Mundo con los mismos vicios y prácticas que habían florecido en el Antiguo. De modo que si podemos averiguar que tipo de gente fue la que salió de su tierra natal en aquella época, tendremos nuestro ‗punto de control‘ para el relato presentado en el libro de Eter. Esto, como recordarás, fue la manera en que manejamos el problema de Lehi en el desierto: averiguando lo que sucedía en el mundo que Nefi estaba supuestamente describiendo y entonces com- parar los datos con lo que él nos dice. La tarea de verificar las actividades de Lehi se simplificó grandemente por el hecho de que los beduinos de Arabia hacen hoy muchas de las cosas que la gente de Lehi hacía en su propia época. Lo que hallamos en el Asia Central —la tierra de Jared— son costumbres igualmente estables. ―Pero,‖ te escucho interpelar, ―¿qué hay con respecto a la evidencia?‖ la evidencia es solo una cosa; admitiré saber el idioma árabe y balbucear un poco el casto lenguaje mongol. Aquí en el aislamiento de Utah no es posible hacer más que leer superficialmente lo mejor de nuestras fuentes; pero si consultaras rápidamente la bibliografía de obras como las de McGovern y Vernardsky, verás que incluso ellos difícilmente han hecho
  • 130. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 130 algo más. Hasta que no surja alguien que sea verdaderamente compe- tente para lidiar con los documentos difíciles –un especialista que sea también un sinologista, indologista, experto en lenguas semíticas, turca, eslava y, por que no, en resumen, otro Vanberry—deberemos confor- marnos con el limitado material a nuestra disposición como el fundamento de nuestras conclusiones. Nuestra justificación es que son lo suficien- temente adecuados para, en el caso de Lehi, demostrar lo que queremos probar y nada más. ¿Que tenemos que probar? El que ciertas cosas extrañas y poco familiares descritas en el libro de Eter realmente suceden como se dice que sucedieron, porque sucedieron –particular y repetida- mente—en aquellas áreas culturales en las que, de acuerdo con el Libro de Mormón, los Jareditas adquirieron su cultura y civilización. Y ¿qué hay con respecto a esos ―materiales‖ a los que tan superfi- cialmente hemos hecho alusión? Se presentan periódicamente. Para ilustrarlo, digamos que hay una peculiar costumbre –por ejemplo de la corte real o sobre el tema de la cacería—que se describe en el libro de Eter. Encontramos la misma costumbre descrita por los modernos ex- ploradores del Asia Central (fuente de información no. 1); los comerciantes cristianos y musulmanes, geógrafos y misione- ros reportan la misma costumbre peculiar en la misma región durante la Edad Media (fuente de información no. 2); nos movemos retrospectiva- mente setecientos u ochocientos años y encontramos que los espías y embajadores de la corte Bizantina describen la misma costumbre (fuente de información no. 3 y así sucesivamente) ¡con lo cual empezamos a recibir cierta medida de respeto! Moviéndonos hacia atrás en el tiempo, encontramos que los historiadores clásicos, desde Casiodoro hasta Heródoto, separados entre sí por mas de mil años, mencionan la misma costumbre y entonces deslizándonos otros mil quinientos o dos mil años hacia atrás, leemos referencias sobre el particular en registros asirios y babilonios y, finalmente, los arqueólogos rusos encuentran evidencia de lo mismo en épocas prehistóricas. La unión de todos esos puntos de referencia proyectará una suave curva directamente hacia los Jareditas y con toda seguridad se asumirá que cuando el libro de Eter describe las costumbres narradas en el registro de la antigua Asia, lo hace sustentado bajo sólidos argumentos. En última instancia, sin embargo, tendrás que ser el juez, ya que lo único que podemos ofrecer en el presente intervalo de tiempo es un ejemplo de la evidencia. Quizá tengas que esperar treinta años para conocer el resto. Por favor toma nota que estamos limitando nuestra curiosidad al tipo de cosas que sucedieron. El tiempo y lugar exactos de algún evento en específico no es importante para nosotros. Tales aspectos siempre están abiertos a la discusión y, en el caso de los Jareditas, no empiezan a aparecer a prudente distancia. Ten en mente que esa gente vivió en un reino lejano removido del curso de la historia mundial; en una era inde- terminada cronológicamente hablando, tomaron su cultura de alguna
  • 131. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 131 fuente común y, a partir de ese momento, fue suya hasta que desapare- cieron de la faz de la tierra. ¿Qué importancia reviste el que las batallas se hayan librado en algunos u otros puntos; en ciertos años o en otros? Lo importante aquí es que se libraron batallas y, convenientemente para nosotros, que tales luchas siguieron patrones de guerra propios del Asia Central, y nosotros somos especialistas en patrones. El primer capítulo del libro de Eter nos ofrece una advertencia no dogmática sobre la cronología. En la lista de los treinta nombres que desfilan ininterrumpidamente hasta ―la gran torre‖ la palabra ―descen- diente‖ aparece, en donde algunas generaciones pudieran estar sepa- radas (Et.1:23; 10:9) y en dos ocasiones haciendo mancuerna con la palabra ―hijo‖ (Et.1:6, 16 también 10:31; 11:23). Como sabes, en el hebreo y otros idiomas ―hijo‖ y ―descendiente‖ son interpretaciones de una pala- bra de origen común. Una y otra describen tano a un moderno judío como a Isaac ―hijos‖ de Abraham –la palabra se entiende diferentemente en cada caso, pero se escribe de la misma manera. Una persona limitada a un texto escrito no tendría forma de saber cuando debería ser interpretada como ―hijo‖ en su sentido original o cuando simplemente significara ―descendiente‖. Los antiguos hebreos sabían perfectamente bien cuando realizar la distinción: al igual que los árabes y los maoríes, ellos guarda- ban sus registros de memoria y al mencionar a un patriarca en particular, se suponía que el oyente estaba familiarizado con la genealogía de su mas cercano descendiente y por lo tanto, las listas escritas solo eran simples apuntes para establecer conexiones entre linajes particulares –el nombre del patriarca era suficiente para indicar su linaje, el cual no se escribía. Sir Leonard Woolley tiene algunas cosas interesantes que decir con respecto a este tema en su libro ―Abraham‖. El libro de Eter ahora demuestra, al menos a los Santos de los Ultimos Días, que ―hijo‖ y ―descendiente‖ eran empleados por igual en los antiguos registros gene- alógicos, que por lo tanto jamás presentan una relación de padre a hijo trunca. Se nos informa que la genealogía presentada en el libro de Eter pertenece a la segunda parte de los registros y que ―la primera parte…se encuentra entre los judíos‖ (Et.1:3). De modo que deberíamos considerar la genealogía del Antiguo Testamento como la primera parte de esta misma lista y entonces enfrentar la posibilidad, tan largamente sospe- chada por muchos, que las genealogías bíblicas deben leerse a veces como ―hijo‖ y a veces como ―descendiente,‖ ya que los hombres han perdido desde hace tiempo el conocimiento que permitía al antiguo jefe hacer la necesaria distinción. El resultado es, desde luego, que nuestras genealogías bíblicas como las leemos actualmente pueden ser dema- siado cortas. Por cierto, la genealogía del capítulo uno del libro de Eter, explica el porque ni el hermano de Jared ni sus hijos son nombrados. (No se nos informa cuantos hijos tenía, aun cuando los propios hijos de Jared están listados). Esto en alguna ocasión me desconcertó, ya que el hermano de Jared es a todas luces el personaje más importante del libro de Eter. Pero
  • 132. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 132 esto se debe a que ―quien escribió el registro‖ es un descendiente directo de Jared (Et.1:2, 32) y no descendiente del hermano de Jared, por lo que solo esta dando la historia de su propio linaje.1 Involucrarse con las ochenta y ocho versiones diferentes del diluvio recopiladas por Andreé o las sesenta y cuatro conflictivas versiones de la dispersión compiladas por Von Schwarz pueden poner en peligro la sua- vidad y brevedad que dan a nuestras notas la calidad de una gema. Por lo que consignaremos el tema al decente ostracismo de una nota al final del capítulo.2 Tan grande como tu insistencia por tener evidencia de todo, por cierto, no puedes objetar una ocasional referencia en unas breves líneas. El problema con la historia de la torre de Babel es que se dice muy poco al respecto. Unos cuantos y enigmáticos versículos en el libro de Génesis no nos son suficientes para justificar las reconstrucciones y suposiciones dogmáticas que han circulado sobre la torre. Eter contaba con el apoyo del material documental basado en Génesis 10, en el sentido de que cuando la torre fue construida, la gente ya había sido ―esparcida por toda la tierra después del diluvio‖ durante algún tiempo.3 Es sumamente inte- resante que todos los relatos concernientes al lugar en que la familia humana se estableció para vivir tras el diluvio sean sumamente vagos; la mejor versión, atribuida a Berossos reporta que ―los sobrevivientes del diluvio están ‗perdidos‘ y solo mediante la revelación divina podrá saberse en donde se encuentran.‖4 Cuando nuestra fuente describe una región particular como ―aquella parte donde ningún hombre jamás había estado‖ (Et.2:5), implica que los hombres ya habían estado en algunas otras. Es mas, la gente de Jared estaba renuente a dejar sus hogares y cuando finalmente ―salieron de la tierra,‖ llevaron consigo sus rebaños así como semillas de toda clase junto con todo el conocimiento (incluso llevaron sus libros) necesario para establecer una gran civilización, todo ello producto de una economía próspera y largamente establecida. La civilización descrita en las páginas del libro de Eter no parece estar en una etapa de decadencia. Uno en vano busca signos de evolución en el Libro de Mormón. Esto es una broma para los sociólogos, lo sé, pero es por que los sociólogos no leen documentos históricos, los que, si tan solo supieran, son exhaustivas notas de campo y de laboratorio de la raza humana. Para aquellos cuyo conocimiento del mundo proviene de libros de texto, pareciera increíble que la primera civilización dinástica de los Sumerios, por ejemplo, debería cronológicamente hablando estar mas alejada de culturas subsecuentes, las que "comparadas con esto pareciera ser que las ultimas son las mas decadentes; la manufactura de productos deberia haber alcanzado una asombrosa perfeccción."5 Parece difícil de creer que la gran civilización babilónica que floreció durante muchos siglos simplemente avanzaba sin dificultad absorbiendo los logros de una civilización mas antigua y con- siderada como ―primitiva‖; esta es exactamente la imagen que nos ofrece Meissner en su extraordinario estudio.6 Parece ir contra las reglas que aquellos logros por los cuales Egipto se destaca –los incomparables
  • 133. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 133 retratos, los maravillosos vasos de piedra, el exquisito tejido—alcanzaran su clímax en las primeras épocas históricas de su civilización, concre- tamente en el periodo predinástico, como es el caso. Es en las primeras dinastías y no en las últimas, que la perfección técnica y el toque artístico de los egipcios en joyería, mobiliario, cerámica, etc., ―son los mas avan- zados.‖ ―Aquí se presenta un extraño fenómeno,‖ comentaba reciente- mente una autoridad británica. ―En la literatura lo mejor de cada género aparece súbitamente una vez y jamás vuelve a aparecer. Lo anterior es una idea perturbadoramente inaceptable e incómoda para aquellos adeptos a la doctrina de la evolución humana. Pero yo creo que debe admitirse como cierta. De entre el cúmulo de obras de los distintos géneros literarios, la obra maestra se caracteriza por ser única, sin pre- cedentes y sin que otras puedan siquiera aproximarse o compararse con ella.‖7 Aun mas impresionante es el reporte del egiptólogo Siegfred Schott: ―de un momento a otro en el desarrollo de la cultura egipcia los monumentos de una nueva época presentan algo hasta ese momento desconocido en un estado de perfección completamente desarrollado.‖ Schott enlista como artículos con tales características la repentina apari- ción de los textos de las pirámides, ―la sorprendente aparición de la ar- quitectura de los templos y sus muros decorados con inscripciones, ca- rentes de un antecedente que indicara un desarrollo paulatino,‖ los edifi- cios de Zoser en Sakkara, las tres grandes pirámides y los relieves de los templos que despliegan una maestría en estilo y técnica en sus primeras épocas.8 ¿no son las primeras pinturas de la raza humana inigualables hasta el día de hoy? Nota por favor que solo somos capaces de juzgar aquellas cosas que han logrado sobrevivir desde aquellas remotas épo- cas: siempre hemos supuesto que estas personas eran rústicas y primi- tivas hasta que la situación cambió y, paradójicamente, muestran ser muy superiores a nosotros. Debemos admitir, por ejemplo, que los grabados en piedra de ciertos cazadores paleolíticos nunca han sido igualados; lo mismo sucede con los implementos de piedra usados por esa gente que han sobrevivido –¿tendrá alguien derecho a negarles la perfeccion en otras cosas? ¿Existe alguna razón para suponer que sus trabajos en madera o en cuero eran inferiores? Cualquier persona con una educación moderna te dirá sin dudar que los primeros logros de nuestros ancestros debieron haber sido sumamente rústicos. Sin embargo, cuando y contra- riamente a lo esperado, algunas prendas de ropa antigua fueron encon- tradas, los expertos franceses las examinaron cuidadosamente y las declararon tan finas como las que somos capaces de producir actual- mente.9 Las únicas armas que han sobrevivido desde tiempos prehistó- ricos están mas lejos de ser lo mas adecuado para su propósito que un rifle moderno. La más mortífera de las armas de caza que ha sobrevivido hasta nuestros días es la flecha con punta de piedra (no de metal). En mis recientes labores con flechas marcadas tuve la oportunidad de reunir una cantidad impresionante de evidencia sobre este tipo de flecha.10 Eyre recientemente ha aportado una respetable cantidad de evidencia para probar que nuestros ―primitivos‖ ancestros disfrutaron de mucho mayor
  • 134. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 134 comfort, seguridad y bienestar que nosotros.11 Es mas, como antropólogo tú sabes perfectamente bien que esa retrasada y primitiva gente quizá tenía una inteligencia igual o superior a la nuestra; observa a los aborí- genes australianos de Elkin o, si te parece que están demasiado lejos, yo puedo llevarte con unos indios que en ciertas cosas pueden hacernos sentir como unos cretinos. En caso de que esto no fuera suficiente, podría mostrarte que la teoría de la evolución de la raza humana no es más que un grado ‗summa cum laude‘ con el que el siglo diecinueve se ha pre- miado así mismo. El hombre moderno es un genio auto-certificado que habiéndose colocado el distintivo en la solapa, procede a repartir los premios entre los diferentes candidatos más o menos parecidos a él. ―Cierto,‖ te escucho decir, ―pero debe haber una larga evolución detrás de esos primeros logros.‖ Lo cual es causa de prueba y no de suposiciones si eres un científico. Lo único cierto a la fecha es (a) que su antecedente evolucionista no ha sido descubierto y (b) que no existen registros de mejoras subsecuentes durante esos miles de años. Así que deja que los biólogos se encarguen del tema de la evolución; para el historiador no tiene significado alguno. Incluso el profesor Van der Meer, quizá el mas avezado investigador de cronología antigua, no puede me- nos que lamentarse diciendo que ―la influencia de la teoría de la evolución ha entorpecido de forma por demás desafortunada el estudio de la historia antigua.‖12 Me imagino que te he llevado a una situación tal que te indispone a continuar leyendo más, incluso si yo tuviera tiempo para escribir algo más. Te dejo por ahora con la promesa de próximas sorpresas, y en espera de tu buena voluntad para continuar con la charla. Espero tu respuesta a esta carta y me encargaré de responderte a la brevedad. La Torre de Babel13 Estimado Prof. F: En respuesta a mi sostenida crítica del día 17 de este mes, me tachas de ―ingenuo y crédulo por mi aceptación de la historia de la torre de Ba- bel.‖ Sabía que lo harías. La mayoría de la gente cree ingenuamente también que Lincoln escribió las cartas Gettysburg, pero su completa aceptación acrítica del hecho no le impide que sea verdadero. Tú puedes aceptar ingenuamente una historia o someterla a la crítica. ¿Qué dirías si te acusara de simple e ingenuamente rechazar la historia de la torre? Los fundamentos de la ―erudición‖ en nuestros días consiste en la cómoda doctrina de que la respuesta no puede ser completamente un no o un sí; una proposición que hasta donde yo sé, nunca se ha demostrado. Dis- cúlpame si mi argumento te parece algo recalcitrante, pero encuentro sin sentido que una habilidad mas apreciada y recompensada en esos
  • 135. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 135 círculos en donde uno constantemente escucha sobre ―la mente inquisi- tiva‖ y sobre la importancia de ―averiguar por uno mismo‖ sea el don y el poder de dar las cosas por hecho. Incluso nuestros intelectuales Santos de los Ultimos Días estan convencidos que la forma de impresionar no es realizar un despligue magistral de sus herramientas críticas (¡que poco saben del latín!), sino simplemente defender sus propias opiniones sobre cualquier tópico. Regresando al asunto de la torre, mi buen amigo; repasemos el primer acto registrado de la dramaturgia histórica. ¿Qué es lo primero que vemos al levantarse el telón? Gente por todos lados construyendo torres, ¿y para qué construyen torres? para alcanzar el cielo. La torre era, para emplear la formula babilónica, el lugar marcado o irsitim, el ―punto de enlace entre el cielo y la tierra,‖ en donde se podía establecer contacto entre el mundo superior y el inferior.14 Eso no aplica solo para Babilonia sino para el mundo antiguo por entero como lo he señalado en mi estudio el "Hierocentric State," de inmisericorde extensión.15 Las torres eran montañas artificiales, como te lo dirá cualquier libro de texto, y ningún complejo de templos podría prescindir de una. Los trabajos de Dombart, Jeremías, Andrae, Burrows y otros nos evitarán la pena de mostrarte esas torres diseminadas por todo el mundo antiguo como el medio ideado por los hombres para llegar al cielo.16 Las leyendas concernientes a ellas son innumerables; sin embargo, muchas de ellas presentan un mismo patrón: en el principio una ambiciosa raza de hombres intentaron llegar al cielo escalando una montaña o construyendo una torre; al fallar en sus intentos se dieron a la tarea alterna de conquistar el mundo. Una versión típica de la historia se encuentra en las variantes halladas en los escritos apócrifos de autores cristianos y judíos en la que los hijos de Set (en otras versiones se trata de ‗angeles‘) ansiosos por recuperar el paraíso perdido por Adán, subieron a lo mas alto del monte Hermón para dedicarse a una vida en completo ascetismo, autonombrándose ―los vigías‖ y ―los hijos de Elohim.‖ Esto fue un intento por establecer el orden que rige en los cielos, y cuando todo falló, el frustrado grupo descendió de la montaña para romper el convenio casándose con las hijas de Caín y engendrar una estirpe de ―notables ladrones y asesinos.‖ Determinados a adueñarse la tierra si no podían adueñarse del cielo, los hombres de la montaña se negaron a aceptar su fracaso; crearon un sacerdocio falso y obligaron a los habi- tantes de la tierra a aceptar los reyes que les fueran impuestos.17 En esta historia sin duda reconocerás una obvia variante del extremadamente antiguo y ampliamente difundido ciclo del Cazador, sobre lo cual escribí en un artículo con referencia al origen de las sociedades.18 El Cazador como recordarás, reclamaba ser el legítimo gobernante del universo, retando a Dios mediante una prueba de destreza con el arco y constru- yendo una gran torre desde la que tenía la esperanza de disparar sus flechas al cielo. Sir James Frazer ha recolectado un gran número de versiones de los Indios Americanos de esta historia para ilustrar paralelos con el mundo antiguo, ya que el relato es conocido por los primitivos
  • 136. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 136 cazadores de todo el mundo.19 En Génesis 10:4 leemos que Nimrod, el ―poderoso cazador ante el Señor,‖20 fundó el reino de Babel y en el siguiente capítulo encontramos que Babel era el nombre de la torre construida para llegar al cielo. Este Nimrod pareciera ser el arquetipo original del Cazador.21 Su nombre en- carna, para los judíos de todas las épocas, el mayor símbolo de rebelión contra Dios y de la autoridad usurpada; ―llegó a convertirse en un cazador de las almas de los hombres,‖ estableció un falso sacerdocio y un falso reino a semejanza del de Dios e ―hizo que todos los hombres pecaran.‖22 un escrito de principios de la era cristiana nos informa como los descen- dientes de Noé lucharon entre sí después de su muerte para dirimir quien debería poseer el reino; finalmente un descendiente de los lomos de Cam prevaleció y de él se derivaron los reinos y sacerdocios de egipcios, ba- bilonios y persas. ―Del linaje de Cam,‖ dice el texto, ―surgió por sucesión mística (todo lo opuesto a la santidad) uno llamado Nimrod, quien fue un gigante contra el Señor…y a quien los griegos llamaron Zoroastro y que gobernó el mundo forzando a todos los hombres mediante sus falsas artes mágicas a reconocer su autoridad.‖23 La Crónica Pascal reporta una tradición ampliamente difundida en el sentido de que este gigante que construyó Babilonia no era únicamente el rey de Persia, el cosmocreador, sino también el primer hombre que enseñó el sacrificio y consumo de la carne de animales; una creencia también expresada en el Corán.24 Existe otra tradición común en el sentido de que la coronación de Nimrod era ilegítima y que gobernó sin derecho en la tierra sobre todos los hijos de Noé y que estos estaban subyugados a su poder y consejo; jamás anduvo por las vías del Señor y fue mas inicuo que todos los hombres que le habían antecedido.25 La antigüedad de estas historias partir de un registro babilónico muy antiguo sobre un rey inicuo que primeramente mezcló ―mezquindad y grandeza…en la colina‖ y ocasiónó que todos pecaran, ganando para sí el título de ―rey de la noble montaña‖ (y de la torre), ―dios de la anarquía,‖ dios del caos.26 En las primeras tradiciones Indoeuropeas este personaje es Dahhak, ―el tipo de poca monta, el engañador y el rey de los desenfrenados,‖ quien se sentó en el trono durante mil años y forzó a todos los hombres a inscribir sus nombres en el libro del dragón, para de ese modo sujetarlos a él.27 Lo anterior nos recuerda la muy antigua tra- dición de que cuando Set sucedió a Adán en el sacerdocio, ordenó se conservara un registro especial que fue llamado el Libro de la Vida y que se ocultó de los hijos de Caín. El libro del dragón era una imitación de esto.28 Existe una tendencia constante en los registros antiguos a con- fundir a Jemshid, el fundador de los reinos de la tierra y padre de la raza humana, no con Adán, sino con un falso Adán o impostor.29 En el libro de Eter, el nombre de Nimrod esta asociado con ―el valle que esta al norte‖ y que se encuentra ―en esa parte en donde ningún hombre ha estado jamás‖ (Et.2:2, 5), lo cual encaja muy bien con el le- gendario personaje de Nimrod como el cazador de las estepas. El nombre de Nimrod siempre ha sido un misterio para los filólogos, quienes nunca
  • 137. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 137 han sido capaces de localizarlo –aunque Kraeling ahora acepta la muy dudosa teoría de Edward Meyer en el sentido de que el nombre es una mezcla egipcio-libia, lo cual se ajusta perfectamente con nuestra creencia con respecto a la maldición sobre Cam,30 pero a finales del siglo pasado el explorador y erudito Emin encontró ese nombre asociado a leyendas (la mayoría del tipo del cazador) y a nombres de lugares en la región del lago Van; el gran sistema de valles situados al norte de la alta Mesopotamia.31 No voy a insistir ni un minuto mas en el hecho de la existencia del le- gendario Nimrod. Como te mencioné anteriormente, solamente estoy interesado en el tipo de cosas que sucedieron y después de haber exa- minado cientos de leyendas procedentes de todas partes del mundo antiguo, todas relatan sustancialmente la misma historia; dado lo anterior, creo que alguien encontrará difícil negar, en vista de la evidencia, que hubo un evento común detrás de todos ellos. Es mas, parece que fue un evento único. ¿Cómo es eso? Dije que encontramos montañas, torres y los ritos asociados a ello en todo el mundo antiguo; ahora iré más lejos y digo que esas montañas y torres así como las construcciones de las grandes cul- turas asociadas a ellas no fueron invenciones locales sino imitaciones derivadas de un modelo original. En todo santuario de la antigüedad se ha encontrado la leyenda de cómo en el principio esta se transportó por el aire desde alguna misteriosa y lejana tierra. Esta tierra lejana siempre parece converger siempre en el Asia Central. Nuestro nórdico Othinn llegó proveniente de la tierra habitada por gigantes del Este; el culto griego, de la tierra de los hiperbóreanos mas al norte de Grecia; la gente del Cercano Oriente señalaba a una misteriosa montaña blanca al norte como el asiento de su culto primordial; los chinos al paraíso o montaña del oeste, y así por el estilo. Puedes enlistar las leyendas encontradas y en tu tiempo libre determinar que todas ellas tienen un punto de origen común.32 Me parece extraño el hecho de que el padre fundador y ―summus deus‖ de cada nación de la antigüedad es alguien que ha sido declarado un im- postor y parte de un fraude; un vulgar vagabundo que desde lejos reclama una suprema autoridad que no permite sea sometida a un cuidadoso escrutinio. Piensa en Prometeo retando a Zeus; en el chantaje de Loki a Othinn; en la dudosa ―justificación de Osiris;‖ en el terror del todopoderoso Anú cuando Tiamat reta su autoridad, y así por el estilo.33 Deja correr esas leyendas y encontrarás que en cada caso, el usurpador proviene del Asia Central. Hasta Isaías (Is.14:12-14) nos recuerda que en el principio el adversario colocó su trono ―sobre las montañas del norte‖ pretendiendo ser ―semejante al Altísimo.‖ Para todo ello se indica un mismo origen y, sin importar si son ritos o relatos, la diferencia es mínima. Existe un aspecto de Nimrod que es demasiado interesante como para dejarlo pasar por alto, especialmente para el antropólogo. Se trata de la tradición o leyenda del garment robado.
  • 138. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 138 El Garment Robado Nimrod reclamó su derecho al trono una vez que hubo derrotado a todos sus enemigos;34 sin embargo reclamaba su derecho al sacerdocio en virtud de afirmar poseer el ―garment de Adán.‖ Las leyendas de los judíos nos aseguran que fue en virtud de poseer este garment que Nimrod fue capaz de reclamar el poder para gobernar sobre toda la tierra y que se sentaba en su torre para que los hombres le adorasen.35 Los escritores apócrifos, tanto cristianos como judíos, tienen mucho que decir al res- pecto. Citemos a uno de ellos: ―las investiduras de piel que Dios creó para Adán y su esposa Eva cuando fueron expulsados del Jardín de Edén le fueron dadas a Enoc tras la muerte de Adán;‖ de Enoc pasaron a manos de Matusalén y de Matusalén a Noé, de quien Cam las robó cuando de- jaron el Arca. Nimrod, el nieto de Cam las obtuvo de su padre Cus.36 Con respecto a la legítima herencia de esta prenda, en un fragmento muy antiguo recientemente descubierto se dice que Miguel, ―desvistió a Enoc de sus ropas terrenales y lo vistió con sus propias ropas celestiales,‖ para llevarlo a la presencia de Dios.37 Este garment de Enoc se suponía era el mismo garment de pieles que usó Juan el Bautista y que los primeros cristianos llamaron ―el garment de Elías.‖38 Una versión árabe de la ‗vida de Juan el Bautista‘ menciona que Gabriel se lo trajo a Juan desde el cielo como ―el garment de Elías‖; ―si regresamos,‖ dice John Chrysostom, ―al principio del mundo, a los tiempos en los que Adán necesitaba cubrirse, descubriremos que el garment en sí mismo es el símbolo del arrepenti- miento.‖39 Otros creían que era el mismo garment que Herodes y mas tarde los romanos guardaron cuando deseaban persuadir a la gente a colocar a un candidato de su propia elección y del que se dice que los judíos intentaron conseguirlo por la fuerza y ponerlo sobre El Bautista para convertirlo, en lugar de Herodes, en su Sumo Sacerdote.40 Sea cual sea su origen, el uso de un garment de arrepentimiento, símbolo de la vida del hombre en su estado caído era conocido por los antiguos cristianos y practicado por ciertos cultos ultraconservadores hasta tiempos moder- nos.41 Por cierto, el relato del garment robado tal y como es narrado por los viejos rabinos, incluido el gran rabino Eleazar, llama la atención por la interpretación enteramente diferente del de la extraña historia de Génesis 9 de la versión Reina-Valera de nuestra Biblia. Parece ser que para ellos el cerwath de Génesis 9:22 no significaría una ―desnudez‖ del todo, sino que debería interpretarse en términos de la raíz primaria que significa ―cubierta de pieles.‖ Interpretándolo el vocablo de esta forma, ahora en- tendemos que Cam tomó el garment de su padre mientras dormía y se los mostró a su hermanos, Sem y Jafet; sacó un molde o lo copió (salmah) o incluso tejió uno de forma similar (simlah) que pusieron sobre sus hom- bros para regresar el garment de piel a su padre. Cuando despertó Noé reconoció el sacerdocio de sus dos hijos pero maldijo al hijo que intentó robarle el garment. Por un extremadamente peculiar tipo de sustitución, el término simlah de Génesis 9:23 podría muy fácilmente derivar un original
  • 139. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 139 tsimlah (copia, patrón o imitación) o por igual tipo de transposición un salmah (vestido o manto), como en Miqueas 2:8. Incluso el mismo término simlah significa un garment de tejido y difícilmente puede referirse al original garment de piel. Esto es, aparentemente, el origen de la tan am- pliamente difundida leyenda de que Cam robó el garment de Noé y re- clamó poseer el sacerdocio en virtud de su ilegal acto. Los descendientes de Cam, Cush y Nimrod –ambos viviendo en Africa, aunque Nimrod en sus viajes se movió a Asia–42 interpusieron el mismo reclamo. Es intere- sante que de acuerdo con ciertas escrituras antiguas que los Santos de los Ultimos Días reclaman haber recibido por revelación en nuestra época mencionan que faraón (quien representa el linaje afroasiático de Cush–Nimrod) fue bendecido con el reino pero maldito en cuanto al sa- cerdocio y le ofreció a Abraham el privilegio de usar su propia insignia real con la esperanza de que éste, al devolverle el favor, le permitiera usar el manto sacerdotal (Abr.1:26-27). De acuerdo con una tradición muy anti- gua, faraón codiciaba el sacerdocio de Moisés exactamente en la misma forma en que su antecesor lo codició de Abraham y se decía que los faraones de Egipto vestían un garment de piel ―para mostrar que su origen era más antiguo que el tiempo mismo.‖43 De acuerdo con el Talmud, ―el gran éxito de Nimrod en la caza se debía al hecho de que usaba el garment de piel que Dios hizo para Adán y Eva.‖44 Existe la leyenda de que Nimrod, celoso por el éxito de Esaú en la caza, le preparó una emboscada pero fue vencido por Esaú y este le cortó la cabeza y ―tomó el valioso garment de Nimrod…con el que había pre- valecido sobre toda la tierra y fue y lo escondió en su casa.‖ Este garment, dice el reporte, era ni más ni menos que la ‗primogenitura‘ que Esaú mas tarde le vendió a Jacob.45 Se pueden obtener dos conclusiones significativas de todo esto: (1) que cualquier reconstrucción histórica de lo sucedido es innecesaria, ya que todo ha llegado hasta nosotros como una masa inerte de leyendas y relatos contradictorios y (2) que estos reportes y leyendas contradictorios, sin embargo, coinciden en ciertos puntos principales que son muy anti- guos y fueron considerados por los antiguos eruditos judíos como de gran importancia, y cuyo significado se ha perdido en épocas posteriores. Los sacerdotes y los reyes de la antigüedad ciertamente usaron dichos gar- ments,46 y el garment de piel fue imitado frecuentemente en materiales tejidos;47 es mas, el garment de piel fue creado como el sustituto de un garment mas antiguo y hecho de las hojas de la especie ―jardinnis edennus.‖48 No me disculpo por haberte llevado en pos de esas partes extravia- das del pasado. Frecuentemente has declarado estar interesado en todas las cosas y en especial las inusuales como parte y obligación de carácter profesional. Aun falta una cosa por considerar para mostrarte cuan sobrio, factible y sensato es en realidad el libro de Eter. Regresemos a Babel.
  • 140. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 140 Capítulo 2 La Partida La Dispersión El libro de Eter bosqueja la migración de la torre de Babel de una numerosa población, mostrándolos no como individuos sino como grupos de individuos; no solamente grupos familiares, sino grupos familiares con parientes y amigos: ―tus amigos y sus familias y los amigos de Jared y sus familias‖ (Et. 1:41) No tenía sentido el dejar el lenguaje de Jared sin confundir si no había nadie mas que pudiera entenderle, así que su hermano le suplicó al Señor que sus amigos también pudieran retener su lenguaje. Lo mismo, sin embargo, sería valido para cualquier otro len- guaje: si todo individuo hablara una lengua diferente a las de los seres humanos a su alrededor, las razas no habrían simplemente sido espar- cidas sino completamente aniquiladas.1 No debemos caer en el viejo vicio de leer en las escrituras cosas que no están ahí. Nada se dice en las escrituras con respecto a que repentinamente un hombre súbitamente empezara a hablar una nueva lengua. Se nos dice en el libro de Eter que las lenguas fueron confundidas con y por la ―confusión‖ de la gente: ―su- plica al Señor,‖ dice Jared (Et.1:34), ―que no nos confunda de modo que no podamos entender nuestras palabras.‖ La declaración es significativa por varias razones. ¿Cómo puede ser posible que digan ―que no podamos entender nuestras palabras‖? las palabras que no entendemos bien pueden tratarse de sílabas sin sentido o quizá de algún lenguaje extraño, pero en este último caso, no son palabras en nuestro idioma. La única forma posible en que no podemos comprender nuestras palabras es tener palabras cuyo significado ha cambiado entre nosotros. Eso es exacta- mente lo que sucede cuando las personas, y por lo tanto los idiomas, están ―confundidas,‖ es decir, mezcladas o separadas. En el relato de Eter, la confusion de la gente no debe considerarse separada de la con- fusion de lenguas; son y siempre han sido un único y un mismo proceso: El Señor, se nos dice (Et.1:35-37), ―no confundió el lenguaje de Jared; y Jared y su hermano no fueron confundidos…y el Señor tuvo compasión de sus amigos y de las familias de ellos también, y no fueron confundi- dos.‖ La expresión ―confundir‖ como se emplea en el libro de Eter significa propiamente ―revolver o mezclar juntamente‖ y su aplicación en el con- texto puede verse en la profecía de Eter 13:8 en el sentido que ―el resto de los de la casa de José se establecerán sobre esta tierra…y no serán confundidos mas,‖ la palabra aquí significa mezclarse con otro pueblo cultural, lingüísticamente o de alguna otra manera. Incluso otra expresión bíblica nos ayuda a dilucidar nuestro texto: aunque Eter nada dice con respecto a que ―toda la tierra era ―de un mismo idioma y un mismo linaje‖ (Gén.11:1), nos ofrece una interesante suge-
  • 141. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 141 rencia sobre el cómo debe entenderse este término. Así como ―hijo‖ y ―descendiente‖ son la misma palabra en hebreo y puede fácilmente con- fundir a los traductores (quienes no tienen manera de saber, salvo por el contexto en el que se encuentra, en qué sentido debe entenderse la pa- labra), de esa misma manera ―tierra‖ y ―mundo‖ significan lo mismo; el bien conocido eretz. En vista del hecho de que el libro de Eter, al hablar sobre los Jareditas, señala que ―no hubo ninguno de los bellos hijos e hijas sobre la faz de toda la tierra que se arrepintiese de sus pecados‖ (Et.13:17), parecería que la expresión ―toda la tierra‖ (kol ha aretz) del Antiguo Testamento no siempre debe tomarse en el sentido de referirse al planeta entero. Evidentemente es completamente legítimo pensar en los días de Peleg, dada la forma en que los antiguos escritores judíos la describen, como la época en que ―los hijos de Noé empezaron a repartirse la tierra.‖2 como si visualizaran, sin autoridad alguna, la separación de los continentes o la distribución del globo terráqueo. La primera reacción de un lector ante un antiguo y fragmentado texto usualmente es convertirlo en un credo; si bien a últimas fechas, la investigación y la revelación se han combinado para desacreditar tan obvia y fácil solución a todo miste- rio. Cuando comenzamos a examinarlo, el libro de Eter, al igual que el de 1er. Nefi, esta encaminado en dirección de fundamentarse como un so- brio y factible relato; nunca apostando a favor de proyectarse como un trampolín para la imaginación. Por ejemplo, nuestro registro no atribuye la dispersión de la gente, como uno inocentemente pudiera suponerlo, a la confusión de lenguas. Después de que el hermano de Jared había reci- bido la promesa de que el idioma de sus familiares y amigos no sería confundido, la cuestión de si serían sacados de la tierra permanecía sin respuesta: eso era otro asunto y es obvio que el idioma que hablaran poco tenía que ver con el hecho de ser sacados de la tierra o de la determina- ción de su derrotero. Fue algo más lo que impulsó a los renuentes Jare- ditas a dejar sus hogares ¿Qué pudo haber sido? Una historia sobria y factible no tiene porque lidiar con el monótono recuento diario. La confu- sión y dispersión de la gente de la torre de Babel no fue el lento resultado de un proceso histórico. Fue un proceso repentino y terrible, y el libro de Eter ofrece el indicio más claro posible de su causalidad. Pero esto nos guía a un tema del que me es imposible hablar bre- vemente, por lo que lo postergaré para una ocasión posterior. Un apunte sobre el Clima3 Estimado F: Es gratificante saber que al menos estas leyendo el libro de Eter y has encontrado que no es, a pesar de su nombre, ―cloroformo impreso.‖ El asunto que tú ahora objetas, ―el extravagante y exagerado relato sobre la forma en que atravesaron el océano,‖ es el mismo asunto al que mi carta anterior se dirigía. Finalizamos, como recordarás, con la observación de
  • 142. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 142 que debió haber sido algo terrible lo que obligó a los Jareditas a dejar su país natal. ¿Qué fue? Las tormentas del Asia Central son terribles en cualquier época. Viajero tanto antiguos como modernos coinciden en relatar casi increíbles pero similares historias sobre los horribles vientos que casi a diario arrastran grandes masas de arena, polvo e incluso guijarros de una parte del continente al otro.4 Las grandes cuencas del este y el oeste de Asia que rodean una vasta extesion del continente son mudos testigos de las mas mortíferas tormentas de arena que han acompañado la desecación del territorio después de la última era glacial. Pero es cuando el clima mundial se sale de control, como ha sucedido en algunas ocasiones en la historia, que las imponentes tormentas de arena de Asia llevan a la ruina a poderosos imperios; sepultando grandes ciudades casi durante una no- che, esparciendo a las tribus en todas direcciones para invadir y sumergir en arena a las civilizaciones mas favorecidas de oriente y occidente. El clima de Asia es el gran mecanismo impulsor central de la historia mun- dial. Es solo en años reciente que los hombres han empezado a correla- cionar las grandes migraciones de la historia, incluidas sus guerras y revoluciones, con esas enormes crisis climáticas; como los fuertes vientos y la sequía que se presentaron en el periodo 2300-2200 a.C., así como el diluvio universal del año 1300 a.C. que ahora sabemos tuvo lugar en el curso de la historia escrita.5 Tan hipnotizados han estado los estudiantes de la sociedad con la facilidad y franqueza con que la regla del pulgar puede aplicarse a todas las contingencias de la vida, que la relación entre la violencia de los elementos y la caída de los imperios pasa desaperci- bida en sus gráficas y libros de texto. Con crasos ejemplos tan grandes como la tierra misma, aun desdeñan reconocer la simple validez de pla- gas y terremotos, ni reconocen la espantosa velocidad con la que estas escenas de la historia mundial a menudo cambian. Sir Aurel Stein en su libro ―Lou-Lan‖ describe las casas y calles de- siertas de esa ciudad exactamente como eran hace mas de catorce si- glos, cuando sus habitantes fueron azotados por una sequía tan súbita y tan severa que ni la madera de los bosques frutales ni la mas delicada ni los mas delicados tejidos han sido trabajados desde entonces.6 La po- derosa ciudad de Etsina se transformó en un desierto súbitamente hace seiscientos años y no fue hallada hasta 1909: ―toda vida pereció. Los árboles del bosque fueron arrancados (refiriéndose por supuesto a los terribles vientos)…y las tormentas que surgieron pronto sepultaron el país en arena.‖ Hasta la fecha los troncos de los árboles permanecen sin descomponerse,‖como momias secas por el sol, muertos, desnudos y grises…sobre una vasta región, de lo que alguna vez fuera un umbroso bosque descansan por miles…pasamos sobre otras ruinas de artefactos abandonados y con extrañas sensaciones rondándonos desenterramos objetos que ningún ser humano había tocado en mas de seiscientos años.‖7 El mismo viajero que reporta estas cosas fue testigo de la recu- rrencia de esta familiar tragedia asiática con sus propios ojos:
  • 143. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 143 Llegamos a una aldea abandonada, en donde nuevamente hallamos diques y pozos sin terminar de excavar que atestiguaban la desesperada lucha de la población, que finalmente huyó, por retener el agua que paulatina y literalmente se desvanecía…pero llegó el día en que ya no hubo mas agua. Los animales de pie en los abrevaderos buscando en vano la refrescante humedad, las mujeres llorando en sus casas y los hombres reunidos en la mezquita para suplicarle a Alá por el milagro que pudiera salvar sus hogares (también veáse Et.1:38). Pero ningún milagro sucedió, la aldea no obtuvo agua y en situación de hambruna extrema la gente había cargado sus bienes mas indispensables en las mulas y ca- ballos que aun quedaban y precipitadamente abandonaron sus hogares y la tierra de sus padres para seguir a su aksakal o jefe de la aldea (el hermano de Jared del libro de Eter) a los confines de su sediento país en pos de una desesperada búsqueda de agua.8 El destino de los infelices nómadas es descrito: En ocasiones nos topamos con grupos pequeños de esos antiguos aldeanos agrícolas que ahora vagaban por las estepas como desdichados nómadas. Los fugitivos habían sido obligados a dividirse en pequeños grupos, ya que ningún pozo podía dar cabida a todos ellos.‖9 ¿No se trata del relato de una dispersión a escala? Tú sabes la his- toria de cómo los ancestros de los etruscos salieron del Asia Menor a causa de la sequía y se dirigieron al oeste en búsqueda de una tierra prometida. No es simplemente agua lo que esta gente busca, sino una tierra mejor; la mejor de todas, los mejores pastos. En la epopeya del Bani Hilal se nos muestra como una de las más grandes tribus árabes fue conducida desde sus hogares, durante siete años y en medio de ardientes vientos, en búsqueda de una tierra prometida; primero en el Asia Central y después en Marruecos. Mientras que el resto del mundo era castigado con una hambruna atroz, Egipto se convirtió en el refugio de los patriarcas porque ―había alimento en Egipto.‖ Como bien sabrás existen dos centros o puntos clásicos de radiación desde los que todas las grandes migra- ciones de la antigüedad se han originado –el corazón de Asia y (en menor grado) el desierto de Arabia. ¿No es curioso que las migraciones del Libro de Mormón hayan partido de estos mismos centros? Debes desterrar de tu mente la idea de que el paso de la historia se mueve lentamente incluso de forma majestuosa. No es así. La repentina calamidad que cayó sobre una aldea de Asia en 1927 ha golpeado repe- tidamente en el pasado, diseminando a los habitantes de poderosas ciudades para convertirlos en nómadas sobre la tierra y ―cuando la tor- menta cesó las nubes de arena se dispersaron los aterrorizados nómadas hallaron toda la faz de la tierra totalmente trastornada e irreconocible.‖10 De todas las innumerables ciudades e imperios dispersados por las re- pentinas ráfagas de ardiente aire, Babel, la ciudad de la gran torre, ha permanecido como el más rico depósito de leyenda y tradición. Eusebio en sus ‗Crónicas‘, que sorpresivamente han demostrado ser
  • 144. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 144 una de las fuentes mas confiables de información de los inicios de la historia de oriente, menciona el Sibyl con relación a que ―cuando todos los hombres hablaban una sola lengua, algunos de ellos construyeron una gran torre a modo de montaña para subir al cielo, pero Dios destruyó la torre mediante poderosos vientos.‖11 dos siglos antes, Teófilo de Antio- quía ofreció una versión mas completa de la historia, citando el Sybil en verso: Después del cataclismo (el diluvio) las ciudades y los reinos tu- vieron un nuevo inicio de esta manera. La primera ciudad de todas fue Babilonia…y uno de nombre Nimrod se convirtió en su rey…debido a que en aquellos tiempos los hombres solían ser dispersados, tomaron consejo entre sí y no del Señor de construir una ciudad y una torre cuya parte alta alcanzaría el cielo, de modo que su propio nombre pudiera ser glorifica- do… entonces habla el Sybil: pero cuando las promesas de destrucción que el gran Dios les había hecho a los mortales se cumplieron en su momento, ellos construyeron la torre en tierra Asiria. En aquel tiempo todos hablaban una misma lengua y quisieron organizarse para alcanzar el cielo estrellado. Pero de inmediato el Eterno causó que fuertes vientos derribaran la torre obligando a los mortales a ayudarse mutuamente. Cuando el proyecto de la torre fracasó, la lengua original se dividió en varios dialectos, de modo que la tierra llegó a ser huésped de incontables reinos.‖12 El libro del Jubileo (escrito en el siglo II a.C.) relata como ―el Señor envió un poderoso viento en contra de la torre derribándola a tierra; la torre se ubicaba entre Asur y Babilonia en la tierra de Sinar y los hom- bres le llamaron ‗tropiezo‘‖13 El perspicaz erudito persa Tha‘labi (aprox. 1030 d.C.) reporta que la gente fue dispersada de la torre por una horrible sequía, acompañada de vientos de tal intensidad que derrumbaron la torre.14 ―y cuarenta años después que la torre fue terminada,‖ dice Bar Hebraeus, quien recolectó gran cantidad de las tradiciones del Asia Central en el siglo trece, ―dios envió un viento tan fuerte que volcó la torre y Nemrodh(Nimrod) murió en ella.‖15 La imagen de violentos disturbios atmosféricos acompañados de agitaciones sociales; la dispersión de los grupos sociales y la diversidad de lenguas no pueden sino referirse a una experiencia real; no es únicamente la clase de cosa que uno esperaría, sino que también es, en definitiva, algo que ha sucedido recurrentemente –no hay razón para dudar que una gran ciudad llamada Babel sufrió el mismo destino que la gente de ‗Ad y Thamud, de Lou Lan, de Etsingol o los Nasamonios.16 Pero ¿qué tiene que ver con el Libro de Mormón? En sorprendente contraste con la historia de Lehi en la que los peligros afrontados por tierra y mar, incluido un tifón, no les eran ajenos o des- conocidos, en la historia de la migración jaredita tenemos una situación verdaderamente insólita. El Señor le ordenó a Nefi construir ―un barco‖ –un navío común y corriente que sus hermanos pensaron que nunca sería capaz de fabricar. Una vez que finalizara la obra, la familia se haría a la mar. Los hermanos de Nefi, pese a sus burlas, aparentemente no hicieron comentarios desdeñosos sobre el tipo de embarcación que Nefi estaba construyendo. De lo que concluimos que lo construido fue lo que en re- petidas ocasiones llamaron simplemente ―un barco,‖ y siendo Nefi un
  • 145. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 145 hombre acostumbrado a la vida en tierra necesitó una orientación especial (1 Ne. 17:8). Ahora bien, la gente de Lehi tuvo que atravesar al menos el doble y probablemente el triple o cuádruple de la distancia por mar que los Jareditas recorrieron, y un barco convencional era suficiente para ello. Pero las naves de Jared fueron totalmente diferentes. El señor le dió al constructor instrucciones especiales para cada detalle a considerar. Tenían que ser sumergibles y tener la capacidad para deslizarse con ligereza sobre las olas. ―Eran pequeñas y ligeras sobre el agua,‖ incluso construidas para soportar una tremenda presión hidrostática: ―excesi- vamente ajustadas‖, ―ajustadas como un vaso,‖ con orificios especiales de ventilación sellados que no podrían ser abiertos cuando la presión externa del agua fuera mayor que la presión del aire en el interior. El Señor explicó porqué era necesario construir tan peculiares naves: porque iba a desatar vientos de increíble violencia que harían del cruce una experiencia terri- blemente formidable: cualquier ventana, advierte, sería hecha pedazos; el fuego era una cuestión impensable; ―seréis como una ballena en medio del mar; por que las inmensas olas estallarán contra vosotros…no podéis atravesar este gran abismo, a menos que yo os prepare contra las olas del mar, y los vientos que han salido, y los diluvios que vendrán. Por tanto, ¿Qué deseáis que prepare para vosotros, a fin de que podáis tener luz cuando seáis sumergidos en las profundidades del mar? (Et. 2:23-25). Esto no era una travesía normal y tampoco una tormenta pasajera: ―el viento no dejó de soplar hacia la tierra prometida mientras estuvieron sobre las aguas‖ (Et. 6:8) –―el Señor causó que soplara un viento furioso sobre la superficie de las aguas;…muchas veces fueron sepultados en las profundidades del mar, a causa de las gigantescas olas que estallaban sobre ellos, y también por las grandes y terribles tempestades causadas por la fuerza del viento‖ (Et. 6:5-6). Queda perfectamente claro en nuestro relato que el grupo pasó una buena cantidad de tiempo ¡bajo la superficie del océano! Por supuesto que tan fenomenales y constantes vientos no pueden haber sido una simple perturbación atmosférica de carácter local y podemos confiadamente suponer que el libro de Eter estaría reportando los mismos poderosos vientos que se nos dice posiblemente causaron la destrucción de la torre. En pocas palabras, el libro de Eter nos dice que al tiempo de la dis- persión el mundo fue barrido por vientos de colosal violencia. Hay tres maneras de verificar esto: (1) las antiguas leyendas sobre la torre, la mayor parte de las cuales mencionan los vientos, (2) las investigaciones de los paleometeorólogos que han correlacionado sus descubrimientos con registros históricos que muestran que el mundo repetidamente ha pasado por cambios climáticos catastróficos en los últimos 6000 años, p. ej., la gran sequía mundial y los tornados del 2200 a.C.; la terrible sequía en el 1000 a.C.; los diluvios igualmente violentos del 1300 a.C. y los fenómenos climatológicos del 850 a.C. etc17 y (3) registros históricos actuales de sitios que han sufrido el mismo destino que Babel, mostrando que no es una fantasía, sino una situación característica de la historia
  • 146. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 146 mundial. Un buen ejemplo de tales registros es la cosmografía de Qaz- wini, que registra como durante la Edad Media el gran domo de Bagdad, ―símbolo de Bagdad; joya del país y el principal logro de los hijos de Ab- bas,‖ se colapsó durante una gran ventisca. Los eruditos a menudo han señalado que la torre de Babel, al igual que el domo de Bagdad, simbo- lizaba el poder y la unidad de sus constructores (Gen. 11:4).18 La Biblia no hace referencia alguna al asunto de los vientos, pero el Libro de Mormón apenas lo hace de manera casual, aunque específi- camente a modo de explicación sobre el porqué las naves Jareditas fueron construidas como lo fueron y para describir la travesía marina. Esta referencia fortuita es un fuerte argumento a favor del relato. La Salida19 Estimado F: De las planicies de Sinar los Jareditas se trasladaron al norte, hacia el valle de Nimrod, el poderoso cazador y de ahí a ―aquella parte donde ningún hombre jamás había estado‖ (Et. 2:5). Esto los llevaría a la tierra de amplios valles en donde los ríos Tigris, Eúfrates, Kura y Araks tienen sus afluentes; un centro de radiantes valles y caminos a los que el Eú- frates debe su importancia como ruta comercial y de penetración militar.‖20 La frecuente aparición de Nimrod en esta area, que como ya hemos visto, quizá no este desprovisto de un auténtico significado, ya que ningún otro fenómeno histórico ha sido mas ampliamente demostrado que la extrema tenacidad de nombres de lugares. En muchos casos, los nombres de lugares que todavía se encuentran en uso entre campesinos analfabetas o nómadas han demostrado provenir de épocas prehistóricas. El que el grupo de Jared se haya movido hacia el este o el oeste del valle de Nimrod no merece mayor atención, debido a que una serie de circunstancias favorecen un curso hacia el este.21 Una razón se inclina a su favor; la larga distancia de la jornada: ―durante estos muchos años hemos permanecido en el desierto‖ (Et. 3:3); una situación propicia no solo por las vastas extensiones por las que se puede vagar, sino porque es un terreno favorable para grupos nómadas criadores de ganado y una región ―en la que ningún hombre jamás había estado,‖ condiciones que se ajustan mas a las áreas asiáticas que europeas. Pero sin duda mas re- velador es el reporte en el que se afirma que ―el viento no dejó de soplar hacia la tierra prometida mientras estuvieron sobre las aguas, y de ese modo fueron impelidos ante el viento‖ (Et. 6:8). Ahora bien, indepen- dientemente de que los Jareditas hubieran zarpado desde playas del este o del oeste, necesariamente tendrían que cruzar el océano entre los pa- ralelos trece y dieciséis norte, en donde los vientos dominantes se des- plazan siempre hacia el oeste en todo el planeta. Debido a que el origen de esos vientos esta relacionado con la rota-
  • 147. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 147 ción de la tierra y la frialdad relativa proveniente de las regiones polares, puede asumirse que los mismos vientos prevalecían en la época de Jared así como en nuestra propia época. Por supuesto que no se puede ser demasiado dogmático en este punto, ya que el clima ha cambiado a través del tiempo y tormentas inesperadas pueden ocurrir; dada la ex- trema estabilidad del viento fuertemente sugiere una dirección hacia es el oeste y el cruce del oceano pacifico norte, ya que ello significaría tener el viento en contra si los viajeros hubieran intentado el cruce del oceano atlantico. La duración de la travesía marítima, 344 días, no es relevante, ya que las embarcaciones, aunque impulsadas por el viento, aparente- mente no estaban equipadas con velas: las casi perpetuas condiciones huracanadas habrían inutilizado el velamen si lo hubieran tenido. Sin embargo, el hecho de que el grupo pasó casi un año en el agua, incluso con vientos detrás de ellos, ciertamente sugiere el Océano Pacífico y nos trae a la memoria muchos relatos de navíos chinos que a través de los siglos han sido inútilmente conducidos en contra del viento para final- mente terminar después de un año de travesía, encallados en las playas de nuestra costa oeste.22 Así también, no debemos olvidar que una montaña de ―extremada altura‖ se situaba cerca del punto de embarque jaredita (Et. 3:1) y que no hay montañas de esas características en el litoral atlántico europeo, como las hay en tantos puntos de las playas de Asia. Pero sea el este o el oeste, del báltico al pacifico, ―del desierto de Gobi y la frontera de Corea al bajo Danubio y los montes Cárpatos,‖ una simple forma de vida ha prevalecido desde el amanecer de la historia condicionado por una sorprendente uniformidad del tipo de terreno.23 Se han realizado numerosos estudios sobre el llamado ―arte de las estepas‖ y las excavaciones de los rusos en años recientes han confirmado las mas extravagantes especulaciones sobre el extenso, antiguo y uniforme grupo que conforman las culturas de las estepas. La cultura Kelteminariana nuevamente descubierta por ejemplo, pareciera agrupar a las principales lenguas de Europa y Asia Central en un vasto, único y prehistórico tronco que abraza no solo a la familia de lenguas Indo-europeas sino la Tura- niana e incluso a los antiguos lenguajes no-arios de la India.24 Asia es la clásica tierra de naciones y tribus nómadas con un tipo de cultura y so- ciedad comunes que, como veremos, esta perfectamente ejemplificada por los Jareditas. Solo el libro de Eter ve los ahora secos y polvorientos paisajes bajo condiciones peculiares: ―y aconteció que viajaron en el desierto, y cons- truyeron barcos, en los cuales atravesaron muchas aguas, y la mano del Señor los guiaba continuamente y no quiso el Señor permitir que se de- tuvieran del otro lado del mar, en el desierto, sino dispuso que avanzaran hasta llegar a la tierra de promisión‖ (Et. 2:6-7). El cruce de ‗muchas aguas‘ bajo dirección continua llega a manera de sorpresa; ―el mar‖ en cuestión aparentemente es –aunque formidable- solo una parte de las muchas aguas que debían cruzar. Ahora se considera un hecho que en
  • 148. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 148 tiempos remotos las planicies de Asia estaban cubiertas por ―muchas aguas,‖ que ahora han desaparecido, pero que la historia registra de su existencia; por supuesto fueron mas abundantes en la época de Jared. Incluso tan tarde como Heródoto, la tierra de los escitas (la región a través de la que la gente de Jared avanzó) presentaba formidables barreras de agua a la migración: ―La faz del país quizá ha diferido mucho de lo que es ahora,‖ dice Vernadsky, ―los ríos eran mucho mas profundos y muchos lagos formados en la era glacial se convirtieron en pantanos.‖25 De hecho, la teoría del desarrollo de la civilización a partir de cultu- ras-oasis de Pumpelly descansa en la asumida existencia de vastos mares interiores ahora desaparecidos, pero de los que existe testimonio en los cronológicamente hablando tardíos anales chinos, que hablan de ―extensos cuerpos de agua de los que el Lob-Nor y otros diminutos lagos y las pozas de agua salobre son sus resecos sobrevivientes.‖26 La dese- cación continua y estable del ―corazón central‖ de Asia desde finales de la última era glacial es uno de los hechos básicos de la historia e incluso algunos expertos lo han catalogado como determinante en la historia del mundo. Pero esto es un descubrimiento relativamente reciente. Quien haya escrito el libro de Eter mostró una notable previsión al mencionar cuerpos de aguas en lugar de desiertos a lo largo de la ruta de la migra- ción, ya que la mayoría de los desiertos son de un origen muy reciente, en tanto que todo vestigio de los antiguos cuerpos de agua se ha desvane- cido completamente. Solo recordemos que Sven Hedin ha descubierto que hay lagos que de hecho ¡cambian de lugar en el Asia Central!
  • 149. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 149 Capítulo 3 Jared en las Estepas El relato del ―cruce de las planicies‖ del libro de Eter es un idilio asiático. Nada de lo esencialmente importante se ha omitido. Primero que nada, la estepa esta colmada de ―rebaños, macho y hembra de toda especie‖ y si observamos con mayor minuciosidad encontraremos aves de corral, peces, abejas y ―semillas de la tierra de toda clase.‖ Incluso al hermano de Jared se le ordenó admitir en el grupo a cualquiera que le pareciera útil: ―tus familias; y también tu hermano Jared y su familia; y también tus amigos y sus familias y los amigos de Jared y sus familias‖ (Et.1:41). Aquí tenemos otro sorprendente contraste con la historia de Lehi: a diferencia de la gente de las arenas, estos antiguos pioneros no formaban sus sociedades en base al parentesco –los amigos de Jared y los amigos de su hermano eran dos grupos separados, lo cual no sería posible si todos hubieran sido parientes. Aparentemente quienquiera que sea un amigo es un apoyo y miembro de la tribu, y esta norma, lo sufi- cientemente significativa, ha sido una regla común en la sociedad asiática desde tiempos inmemoriales, cuando la fórmula ―fueron contados entre mi pueblo‖ se aplicaba a cualquier pueblo que un rey pudiera sojuzgar, in- dependientemente de su lengua o raza.1 Todas estas familias con sus rebaños y provisiones se movilizaron a través de los valles hasta alcanzar las planicies con la intención y las expectativas de convertirse en ―una gran nación‖ y encontrar una tierra prometida; todo ello típico de las tribus nómadas de Asia de la vieja guardia, circunstancia tal que unos pocos ejemplos pondrán de mani- fiesto. Ammianus Marcellinus, escribiendo en el siglo IV d.C. describe la marcha de la tribu de los Alanos en el sentido de parecer ―una ciudad ambulante.‖ Toda la gente de Asia emigra en la misma forma, nos explica, conduciendo grandes rebaños doquiera que van, montados en los lomos de sus bestias y con sus familias y posesiones viajando en carretas tira- das por bueyes. A pesar de disponer de ganado, relata Ammianus, la gente caza y saquea por donde va.2 Los Hunos, que vencieron y susti- tuyeron a los Alanos, mantuvieron las mismas costumbres que tomaron de sus antecesores y así sucesivamente3 hasta el siglo XIII d.C., cuando Guillermo de Rubruck, viajando como espía y embajador de Luis IX de Francia parece emplear casi las mismas palabras de Ammianus para describir la forma en que las culturas asiáticas emigran: ―al día siguiente nos topamos con las carretas de Scacatai cargadas con tiendas y pensé que una poderosa ciudad venía a mi encuentro. También me maravilló sobremanera el enorme tiro de bueyes, los caballos y los rebaños de ovejas.‖4 En este siglo, Pumpelly describe como ―unas mil familias Kirghiz
  • 150. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 150 descendieron de los montes con sus múltiples filas de camellos cargados con sus riquezas y cada caravana con sus rebaños de ovejas y cabras, ganado y caballos.‖5 Nótese que los rebaños de esa gente están inte- grados por todo tipo de animales –que a nosotros nos parece una mezcla inconcebible: ―rebaños de toda clase,‖ dice Eter, quien parece saber de lo que esta hablando. Si quisieras moverte retrospectivamente en la escala del tiempo, te encontrarás en una era aun mas remota que la de Am- mianus, tan alejada como la de este último se encuentra de la nuestra; los anales de los reyes asirios rebosan de relatos similares sobre inmensos rebaños de ganado, ovejas, caballos, camellos y seres humanos, todos ellos mezclados y moviéndose a través de las planicies como prisioneros de poderosos conquistadores o como exploradores en busca del refugio y seguridad propios de una tierra prometida.6 Es una paradójica y trágica imagen el que unas tribus nómadas se encuentren buscando nuevos terruños –tierras prometidas en donde pudieran asentarse y convertirse en ―naciones poderosas.‖ Casi sin excepción esta gente, sin importar cuan terrible puedan parecernos o les hayan parecido a las tribus mas débiles que encontraron a su paso, fueron refugiados que habían aban- donado sus granjas y aldeas nativas debido a la presión de otras tribus, que a su vez se vieron forzadas a trasladarse por la necesidad común que el clima les imponía de cuando en cuando a los pobladores de los pasti- zales marginales y submarginales.7 Si los Jareditas mezclaron su ganado, parece ser que también mez- claron sus profesiones y quizá te preguntarás ¿fueron cazadores, pas- tores o agricultores? Pudieras preguntar lo mismo de cualquier sociedad asiática y obtener la misma respuesta: eran las 3 cosas juntas. McGovern insistentemente señala que las tribus de las estepas desde siempre han combinado la caza, la agricultura y el pastoreo del ganado en una sola actividad.8 Y en mis mas recientes estudios sobre la región he mostrado que fueron los originales edificadores de la ciudad. Todas las tribus que hemos mencionado, por ejemplo, fueron expertos cazadores, aunque ninguna carecía de animales, de lo cual poseían en abundancia. Típico es el caso de los Manchu-Solonos quienes al perder sus rebaños se convir- tieron en agricultores, incluso ellos cultivaron la tierra en tanto el hambre los obligaba a ello y cuando la caza abundó dejaron de hacerlo,‖9 es decir, que eran cazadores, pastores y agricultores según las condiciones lo requirieran o permitieran. Seamos cuidadosos entonces, de no simplificar demasiado nuestra imagen del estilo de vida de las primeras civilizaciones evitando ideas al estilo de Cecil B. DeMille sobre ―primitivas‖ condiciones de vida que nunca existieron. Es realmente extraordinario que la mención sobre los rebaños esta notoriamente ausente en la historia de Lehi, en vista de la manera tan detallada en la que se escribió. ¡que contaste tan sorprendente! Uno de los grupos huye apresuradamente de Jerusalén en secreto para vivir una vida como cazadores y ocultándose en el desierto, lo que casi les provoca la muerte por inanición y el otro grupo aceptando voluntarios, como en
  • 151. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 151 realidad sucedió, de todas partes, moviéndose en una especie de frente masivo, conduciendo innumerables bestias y llevando desde libros hasta ¡colmenas de abejas y recipientes con peces! Sería difícil de concebir dos tipos mas opuestos de migración, ya que cada una se ajusta perfectamente con los usos y costumbres registrados a través de la historia en esa parte del mundo que el Libro de Mormón les asigna. Pero ¿cómo pudieron llevar tantas cosas con ellos? Pues de la misma forma en que otras tribus de Asia siempre lo han hecho; en ca- rretas. ¡y que carretas! ―Al medir el ancho entre ruedas de una de sus carretas,‖ nos reporta Guillermo de Rubruck, ―encontré que era de mas de veinte pies….conté veintidós bueyes que integraban el tiro de una carreta en la que prácticamente iba montada una casa…el eje de la carreta era de un tamaño verdaderamente espectacular, a semejanza del mástil de un barco.‖10 Marco Polo pudo contemplar las casas de los Tártaros montadas ―sobre una especie de carro con cuatro ruedas.‖11 Mil setecientos años antes de Marco Polo, Jenofonte contempló enormes carretas en las pla- nicies de Asia tiradas por ocho yuntas de bueyes,12 e incluso mil años antes tenemos reportes de cómo los filisteos ingresaron a Palestina con sus familias y sus bienes cargados en un enorme y sólido artefacto ro- dante tirado por una yunta de cuatro bueyes.13 Hasta el día de hoy el arcaico tipo de carreta ha sobrevivido en las inmensas carrozas ceremo- niales de la India y en los enormes carros en los que los hombres de las planicies como la tribu de los Buriatos llevan sus pertenencias a través de las estepas.14 Pero ¿cómo podemos afirmar que la carreta es posible- mente tan antigua como los Jareditas? Con toda probabilidad lo es. Ahora tenemos algunas muestras de tal antigüedad que parecen indicar un origen inmediatamente posterior al diluvio, y aun así esos vehículos ya habían adquirido la forma y la per- fección que las mantuvo sin mayores alteraciones o modificación durante miles de años. Los tiros de bueyes y las carretas plasmadas en las tum- bas reales de la ciudad de Ur; la carreta El-Agar encontrada en 1937; el carro de Kaghaje y las huellas de carretas prehistóricas por doquier, todo ello apunta hacia un origen muy antiguo y asiático de la carreta.15 El vehículo al que hemos estado haciendo referencia, que probablemente date del cuarto milenio a.C., también era tirado por caballos y justifica a Gertrudis Hermes quien entre sus conclusiones establece que el caballo no solamente era conocido ―sino en realidad usado, al menos en algunos lugares, como un animal de tiro en carros de guerra‖ en una época sor- prendente muy antigua.16 H. G. Wells alguna vez realizó una vívida descripción sobre la forma en que un hombre prehistórico desinhibido desde una rama un día aterrizó para su sorpresa sobre el lomo de un caballo que caminaba despreocu- padamente bajo su árbol. En este evento, cree él, estaría registrado más lógicamente el descubrimiento del arte de la equitación. Tal vez, pero no
  • 152. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 152 es la forma en que sucedió de acuerdo con el consenso actual, el cual parece ser que las bestias fueron usadas ―primeramente como fuerza motriz que como cabalgadura.‖ Es mas, McGovern menciona en fechas recientes que ―los Escitas y los Sarmatianos tuvieron la brillante y original idea de montar al animal que desde hacía tiempo ya era empleado como animal de tiro.‖17 Generalmente se esta de acuerdo en que los vehículos tirados por bueyes fueron mas antiguos que los tirados por caballos; no obstante, ambos se remontan al cuarto milenio a.C. y aunque hubiera sido posible para los Jareditas realizar su hornada a pie, no habría sido posible para ellos en tales circunstancias llevar consigo jaulas con aves, colme- nas y recipientes con peces. No existe nada que nos pueda hacer pensar que no usaron sus carretas para tal fin, especialmente cuando no carec- ían de una cantidad suficiente de bestias para tirar de ellas. En Relación al Desierto18 Estimado Profesor F: Con toda probabilidad el pasajero más interesante y atractivo del grupo de Jared fue Deseret, o sea, la abeja melífera. No podemos dejar pasar de largo a esta criatura sin examinar su nombre así como el posible significado del mismo, debido a que nuestro texto muestra un interés particular en ‗deseret‘ que va mas allá de un simple respeto por haberse logrado transportar al insecto, por destacable que ello sea. El vocablo deseret, se nos dice que, ―interpretado significa abeja‖ (Et.2:3), siendo un vocablo procedente del idioma jaredita, ya que Eter (o Moroni) ve la ne- cesidad de interpretarlo. Resulta una coincidencia notable el hecho de que el vocablo deseret, o un término muy parecido, gozara de un lugar destacado entre los ritos de los fundadores de la civilización egipcia clásica, en donde se le asociaba con el símbolo de la abeja. Los funda- dores de lo que conocemos como la segunda civilización parecen haber ingresado a Egipto desde la parte noroeste, como parte del movimiento producto de la gran dispersión de pueblos que así mismo llevara a Me- sopotamia a los fundadores de la civilización babilónica clásica.19 De manera que tenemos que los fundadores de las dos civilizaciones madres de la antigüedad ingresaron a sus respectivos nuevos territorios aproxi- madamente en la misma época, partiendo de un punto de origen común –que aparentemente fue el mismo punto del que también partieron los Jareditas. Los pioneros egipcios llevaron consigo un culto totalmente desarrollado y el simbolismo correspondiente tomado de su cuna asiáti- ca.20 Entre sus objetos de culto, la abeja parece haber ocupado un lugar prominente, pues la region de Egipto que colonizaron inicialmente sería conocida posteriormente como ―la tierra de la abeja,‖ diseñándose un jeroglífico con el dibujo de una abeja; mientras que, por otra parte, todo rey de Egipto en su modalidad de ―Rey del Alto y Bajo Egipto,‖ ostentaba el título de ―el que pertenece a la juncia y a la abeja.‖21
  • 153. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 153 Desde un principio, los estudiosos de la escritura jeroglífica se pre- guntaban qué sonido se le daría la dibujo de la abeja.22 Tras el surgi- miento de una nueva dinastía, los egipcios, de acuerdo con Sethe, ya habían olvidado el vocablo,23 y Grapow califica al título-dibujo de la abeja como ―indescifrable.‖ ¿No resulta extraño que tan común e importante vocablo fuera olvidado? ¿qué sucedió? Una característica no tan inusual en la historia de los rituales y cultos consiste en la omisión o prohibición deliberada de un vocablo considerado como sagrado. Sabemos que no siempre se incluía el dibujo de la abeja, sino que en su lugar aparecía a menudo el dibujo de la Corona Roja, la majestad del Bajo Egipto y ello por razones de superstición. Si bien no conocemos el nombre de la abeja, sí sabemos el nombre de esta corona roja –nombre que se le otorgaba cuando aparecía en lugar de la abeja. El nombre era dsrt (las vocales no se conocen, pero podemos estar seguros que eran las que aparecen en el libro de Eter); la s en dsrt se pronunciaba con énfasis y tal vez sonaba como ―sh,‖ pero representada por un símbolo especial –una s en cuya parte superior los egipcios agregaban una delgada línea jeroglífica que en conjunto representaba la tierra y la corona a la cual servían. Aun en los casos en que la corona aparecía en lugar del dibujo de la abeja, no obs- tante lo anterior, se le continuaba llamando ―abeja,‖26 incluso cuando aparecía la abeja, aunque era el equivalente de la corona, no se em- pleaba el mismo principio con respecto a dsrt. Esto último indudablemente sugiere una omisión deliberada, en especial si se considera que dsrt también significa ―rojo,‖ una palabra que presenta una peculiar relación con las abejas. Si los egipcios fueron reacios a dibujar la figura de la abeja ―por razones supersticiosas,‖ seguramente también vacilarían en pro- nunciar su verdadero nombre. Al significar ―rojo‖ el vocablo dsrt podría ser pronunciado con seguridad sin una alusión directa al nombre-título ―abe- ja.‖ Un paralelo familiar viene a nuestra mente. Actualmente nadie conoce el nombre hebreo de Dios, YHWH es pronunciado así por que ningún hebreo osaría pronunciarlo aunque lo supiera, pero en su lugar cuando alguien ve esta palabra escrita siempre la sustituye con otra palabra, Adonai, para evitar por completo el terrible sonido del nombre. Incluso la combinación de las vocales HWH es una raíz verbal común en el lenguaje hebreo y se ha empleado desde siempre. Por otra parte, existen otros ejemplos de tales sustituciones en el lenguaje hebreo y también en el lenguaje jeroglífico que, como señala Kees, en realidad son una especie de lenguaje en doble sentido. El que los egipcios deliberadamente evitaran llamar a la abeja De- seret mientras aplicaban el nombre a todas aquellas cosas que la simbo- lizaban e incluso la sustituyeron por ella se encuentra indicado en otro sorprendente hecho. El símbolo de la abeja se esparció en otras direc- ciones de su hogar natal, cualquiera que haya sido, para disfrutar de un lugar prominente en los asuntos místicos de los Hititas, apareciendo en ese archivo viviente de la prehistoria, el Kalevala, e inclusive sobrevi- viendo en los ritos orientales de algunas naciones. En todos estos ritos, la
  • 154. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 154 abeja es el agente a través del cual el rey o el héroe resucita y es por medio de esta conexión que la abeja también figura en los ritos egipcios.27 En virtud de lo anterior, el pueblo de ―Deseret‖, los fundadores de la se- gunda civilización, los ―intelectuales de On,‖ reclamaron que su rey y solo él poseía el secreto de la resurrección, lo que de hecho era la piedra angular de su religión; esto era ni mas ni menos que el famoso ―secreto del rey,‖ el poder sobre la muerte mediante el cual ejercía su autoridad sobre los hombres de ahora en adelante.28 Si la abeja tenía una parte importante en el profundamente secreto real de los ritos de la resurrección del antiguo reino –¿qué mas se puede decir de su presencia en las ver- siones posteriores y mas populares de los mismos ritos?– y esta muy claro que es porque su nombre real y oficio fueron escondidos del mundo. Además, el hecho de que la corona dsrt es la ―corona de la abeja‖ se encuentra, en mi opinión, claramente indicado por la característica mas prominente de la corona, a saber; la larga antena que sale de la base de la misma y que en los dibujos antiguos no esta tan rizada como en los posteriores, pero que asemeja con exactitud la extremadamente larga y prominente antena en los primeros jeroglíficos de abejas. Algunos en- tomólogos han manifestado la creencia de que este signo de la abeja no lo es en realidad, sino el de un abejorro y ciertos egiptólogos han acordado interpretarlo como tal; esto convierte el asunto en uno aun mas misterioso; sin embargo, ya que esto deja a los egipcios fanáticos de la abeja sin una palabra para referirse a ella, indica una censura del término. En lo per- sonal, creo que la denominación ritual y arcaica para referirse a la abeja era Deseret; un ―término de poder‖ demasiado sagrado para ser confiado al vulgo y una de las claves del ―secreto del rey.‖ En ciertas ediciones del Libro de Mormón, no la primera, la palabra Deseret esta escrita con mayúsculas, ya que los editores han reconocido que la palabra no es solamente un vocablo, sino también un título, ―que interpretado significa abeja,‖ a diferencia de los enjambres de abejas que llevaron consigo. En ese caso se podría justificar, aunque no insistiremos en ello, ver en el término Deseret el símbolo nacional o ‗tótem‘ del pueblo jaredita,29 ya que el autor del registro parece otorgarle una importancia inusual. A través de la neblina de la prehistoria nos parece alcanzar a atisbar a las tribus moviéndose hacia el exterior de un centro común ubicado en alguna parte al norte de Mesopotamia para formar una civili- zación afín en varias regiones de la tierra. ―Toda migración importante sin excepción,‖ escribe Eduard Meyer, ―han cambiado repetidamente en el curso de la historia el rostro del continente euroasiático… desplazándose a regiones distantes de occidente desde un punto central de Asia.‖30 Y de todas esas olas migratorias, la más importante se movió bajo la tutela y regencia de la abeja melífera. No necesitamos recurrir a la especulación, a pesar de ello, para que Deseret se convierta en un caso interesante. Enlistemos los hechos co- nocidos y tendremos que (1) los Jareditas en sus viajes llevaron con ellos una ―abeja‖ a la que llamaron en su lenguaje Deseret, así como ―enjam-
  • 155. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 155 bres de abejas.‖ (2) Los fundadores de la segunda civilización de Egipto consideraban a la abeja como el símbolo de su tierra, su rey y su imperio, todo lo cual converge en el vocablo Deseret o algún otro muy similar.31 (3) Aunque nunca llamaron a la abeja en sí dsrt, su signo se escribe, ―por razones supersticiosas‖ en lugar de aquella para designarla. (4) El signo de la abeja siempre fue considerado por los egipcios como sumamente sagrado: ―resulta conclusivo,‖ dice Sethe, ―lo significativo del hecho de que siempre fuera colocado antes que otros.‖32 Como es bien sabido, tal prioridad es prerrogativa para los objetos mas sagrados solo en su re- presentación mediante la escritura jeroglífica. Esta santidad extrema y su papel en el ritual secreto explicarían ampliamente e incluso demandaría la supresión de su nombre verdadero al leer los textos sagrados. De regreso a la época moderna, resulta una coincidencia sumamente pintoresca que cuando el pueblo del Señor en estos últimos días emigró a las inexploradas regiones del oeste norteamericano en busca de una tierra prometida, llamaron a esa tierra Deseret y tomaron como símbolo de su sociedad y gobierno a la abeja. Naturalmente, el libro de Eter es di- rectamente responsable de esto, pero es difícil imaginar como el libro pudo provocar una extraordinaria repetición de la historia sin que el mismo tenga una base histórica auténtica. Cuando un registro histórico menciona a personas e instituciones que ya existían, siempre se ha asumido que el registro en esos aspectos tiene una relación auténtica con el pasado. Tanto Deseret como la abeja parecen encajar perfectamente en el ocaso del mundo prehistórico, de manera alternativa ocultándose y explicándose mutuamente, pero nunca separadamente. Los numerosos lazos y para- lelos existentes deben esclarecer el asunto que aun permanece a la es- pera de ser investigado. Por lo pronto basta mostrar que la evidencia existe. Como insigne naturalista no dudarás en protestar en este punto en el sentido de que la abeja era desconocida en la antigua América, habiendo sido introducida por el hombre blanco en el Nuevo Mundo en el siglo XVII d.C. Existen siete referencias con relación a abejas o miel en el Libro de Mormón, y sin excepción, todas ellas pertenecen al viejo mundo. El grupo de Lehi, ávido por la dulzura de la miel, estalló en júbilo y acción de gra- cias, como los árabes siempre lo han hecho, al descubrir el preciado tesoro, pero estaba aun en Arabia. Los Jareditas llevaron enjambres de abejas desde su hogar en Babel hacia el desierto durante un viaje de muchos años, pero no se hace mención de abejas como parte del car- gamento de sus naves (Et.5:4) –una omisión significativa, ya que nuestro autor además deja de mencionarlas a partir de este punto del relato. La supervivencia del término abeja en el Nuevo Mundo después de que las abejas en sí habían quedado atrás, es un fenómeno que presenta muchos paralelos en la historia del lenguaje; pero en el Libro de Mormón jamás se menciona la existencia de abejas o miel en el hemisferio occidental.
  • 156. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 156 Los primeros Asiáticos y la Civilización Jaredita: Un Panorama General Ahora algunos párrafos sobre lo que he sugerido en el sentido de que los Jareditas fueron al menos una de ―varias tribus moviéndose hacia el exterior de un centro común…para formar una civilización protohistórica afín en varias regiones de la tierra.‖ Estaba pensando en vista de las más recientes investigaciones y no se me ocurrió en el momento que el pa- norama de la gran dispersión es exactamente como la descrita en el Libro de Mormón. Si creemos eso, entonces una gran civilización fue esparcida por el mundo en el principio y los historiadores han aprendido ahora que ese es el caso. Los eruditos han dejado de argumentar sobre si fue Egipto o Mesopotamia la cuna de la civilización, ya que ahora sabemos que ambas derivaron de un origen común; ―una civilización universal, dise- minada en un area inmensa y que no se ubicaba en Oriente.‖ Con el hallazgo de los cementerios reales en Ur, los eruditos empezaron a sospechar que tanto Egipto como Babilonia tomaron su civilización ―de una fuente común y desconocida,‖ la que ―al menos en el principio,‖ uni- ficó a todas las civilizaciones del mundo en una civilización universal de la que las subsecuentes civilizaciones no son mas que variaciones.33 En mis recientes estudios sobre el origen del ―Estado Global‖ he intentado mos- trar que el antiguo corazón y centro de esta civilización universal estaría localizado en algún lugar del Asia Central, parte de la cual habría sido desparramada por las hordas conquistadoras en forma periódica por las provincias o áreas periféricas de China, India y Europa para establecerse como reinos o dinastías sacerdotales. Y ahora parecería que el Nuevo Mundo debería ser incluido en este sistema asiático, ya que el Prof. Frankfort reporta que ―en los sorprendentes casos del primer bronce de la china, o el diseño de la escultura mexicana o la de los indios americanos del noroeste, uno debe considerar un mayor roce, del que la mayoría de nosotros hasta ahora estaba preparado para admitir, con la posibilidad de la difusión de influencias culturales provenientes de Europa Oriental o el Medio Oriente.‖34 Hace unos cuantos años esto habría sido considerado alta traición a los ojos de los arqueólogos americanos. Esto sirve ahora como otra indicación de la unidad de la civilización universal de la que empezamos a darnos cuenta que era una característica tanto de la histo- ria antigua como de la moderna. En el caso de los nefitas, era posible localizar los centros culturales del mundo antiguo de los que su civilización derivó, ¿podemos hacer lo mismo con los Jareditas? Me parece que sí, ya que provenían de esa región que sirvió en tiempos antiguos como una genuina área de combate para enfrentar las invasiones. Ahí es de donde proviene su cultura y donde finalmente encaja. Aun es demasiado prematuro intentar bosquejar un panorama detallado de la vida en la época de la dispersión. ―La ar- queología de las regiones nómadas del Asia Central aun esta en su in- fancia,…‖ escribe G. N. Roerich; ―una nueva rama de la ciencia histórica
  • 157. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 157 esta por aparecer, cuya finalidad será formular leyes que reconstruirán el estado nómada y estudien los restos de un gran pasado que ha perma- necido olvidado.‖35 Pero el panorama general empieza a tomar forma. Permíteme esbozarte rápidamente los primeros trazos. El aspecto básico es el espacio; vastas extensiones de pastizales, bosques y montañas donde los cazadores y pastores habían desde tiempo inmemorial traspasado el territorio de otros incursionando en sus asentamientos, robando su ganado e inexorable y alternadamente con- virtiendose en perseguidores y perseguidos. En periodos de tiempo fa- vorables, las tribus se multiplican y se convierten en multitudes; en días aciagos se ven forzados a invadir tierras ajenas en busca de pastos. El resultado de esto es un caos crónico; una condición que ha sido un reto permanente para el ingenio y la ambición de hombres con talento para el liderazgo. Periódicamente Un Líder aparece en Asia para unir a sus desorganizados compañeros de tribu en torno a una fanática y demencial devoción a sí mismo, subyugar a sus vecinos uno tras otro y finalmente construir una gran coalición que permita toda la fuerza posible para, por lo menos, llevar al mundo ―la paz y el orden naturales.‖ La interminable expansión de las estepas y la ausencia de fronteras naturales claman por la habilidad política en gran manera; el concepto y las técnicas del imperio de hecho tienen un origen asiático. Durante algún tiempo una mentalidad sagaz tiene éxito en gobernar al mundo, pero llega un rápido reacomodo cuando El Líder muere. En medio de la feroz lucha por el trono entre sus ambiciosos parientes, el imperio universal se colapsa: el espacio, la fuerza que produjo el Estado Global, ahora lo destruye permitiendo a los disgustados y belicosos herederos y aspirantes salir hacia regiones dis- tantes y fundar nuevos Estados con la esperanza de que en un tiempo futuro, alguno de ellos absorba al resto y se restaure el dominio universal. El caos de las estepas no es el primitivo desorden de pequeñas tribus salvajes que accidentalmente colisionan de vez en cuando durante sus migraciones. Es más que eso y siempre ha sido un astuto juego de aje- drez, disputado por hombres de ambición ilimitada y formidable intelecto que como armas poderosas mantienen a su disposición.36 Ahora volvamos a los Jareditas. Toda su historia es el relato de una fiera y encarnizada lucha por el poder. El libro de Eter es una típica crónica antigua, una historia política y militar aderezada con referencias casuales sobre la riqueza y el esplendor de los reyes. Notarás que toda la estructura de la historia jaredita esta basada en la sucesiva aparición de hombres poderosos; la mayoría de ellos personajes sumamente terribles. Pocos anales de igual claridad y brevedad están cargados con tal canti- dad de maldad. Las páginas del libro de Eter se encuentran bajo las sombras de la oscuridad proyectadas por la intriga y la violencia de ma- nufactura estrictamente asiática. Cuando un rival del reino es vencido, este se oculta en el desierto y espera el momento oportuno para atacar mientras reúne a un ―ejercito de proscritos.‖ Este ‗reclutamiento‘ de hombres se realiza otorgando generosos pagos o sobornos. Las fuerzas
  • 158. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 158 que se han obtenido a través de medios ilícitos ahora son retenidas pactando absoluta fidelidad por medio de terribles juramentos. Una vez que el aspirante al trono finalmente es lo suficientemente fuerte para disponer de sus rivales mediante el asesinato, una revolución o una ba- talla campal, el hasta entonces bandido y forajido se convierte en rey y tiene que lidiar, a su vez, con un nuevo grupo de rebeldes y aspirantes. Es exactamente como si se estuviera leyendo lo peor de Arabshah y la de- primente vida de Timur; la típica biografía de un conquistador asiático con sus obscuras alusiones a lo sobrenatural y especialmente a las obras del demonio. Esto es una extraño y salvaje cuadro de las perturbadoras políticas que el libro de Eter pinta; pero es, históricamente hablando, un cuadro profundamente real. Tomemos algunos ejemplos del mundo an- tiguo. Entre los registros mas antiguos de la humanidad encontramos al supremo dios, fundador del Culto y del Estado ―ganando su derecho al trono mediante la lucha, a menudo empleando la violencia contra sus antecesores familiares que generalmente involucran incidentes espan- tosos y obscenos.‖37 Las ―abominaciones de los antiguos,‖ sobre lo cual Eter tiene mucho que decir, parece ser que son de una respetable anti- güedad. Ahora existen amplias razones para creer que los imperios mas antiguos conocidos por nosotros no fueron, por mucho, los primeros y que este proceso tan familiar se remonta a tiempos prehistóricos: ―Los impe- rios deben haber surgido y caído entonces como los que los precedie- ron.‖38 Esos imperios ―no fueron el producto de un desarrollo o expansión gradual sino que rápidamente llegaron a ser enormes imperios bajo el liderazgo de un solo hombre,‖ dice McGovern, ―y bajo el reinado de sus sucesores lenta pero inexorablemente llego su declive,‖ aunque en mu- chos casos se ―desintegraron inmediatamente después de la muerte de sus fundadores.‖39 El fugitivo que reúne efectivos en el desierto40 ―reclutando‖ gente de su rival es, estrictamente hablando, una figura convencional de la este- pas. Ese es el modo en el que todo gran conquistador comienza su cru- zada. Lu Fang, ―el líder de una pequeña banda de insurgentes, mitad soldados y mitad ladrones,‖ casi vence a los imperios Huno y Chino hace doscientos años y lo habría logrado de no haber sido por que sus ambi- ciosos oficiales desertaron en la misma forma en que él mismo había desertado.41 Solo después de haber engañado a su hermano para obte- ner el trono es que Atila ―intentó someter a las principales naciones de la tierra,‖42 y después de su muerte dos de sus descendientes escaparon al desierto y cada uno por su cuenta reunió sus ―ejércitos de marginados‖ con la esperanza de recuperar el imperio para sí mismo.43 Recordarás que Genghis Khan vivió durante años como proscrito y como bandido hasta que consiguió reunir la fuerza militar que le permitiera conquistar a todos sus rivales, y que esa fuerza fue ―reclutada‖ de los ejércitos de sus propios rivales. Bajo el sistema nómada, ―los líderes, los caudillos y todo insurgente, procuraron ser independientes atrayendo adeptos y segui-
  • 159. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 159 dores a su causa.‖44 Los grandes gobernantes de Asia regularmente pasaron de la riesgosa posición de bandido en jefe a la menos compro- metedora de gobernador del mundo –y el proceso nuevamente se repite en un mundo ―en el que todo hombre estaba lleno del anhelo de conver- tirse en un príncipe independiente‖ y en donde todo príncipe deseaba convertirse en señor de todas las cosas.45 ―Los aventureros mas…audaces se congregaban impacientemente alrededor de un nuevo y exitoso caudillo de su raza,‖ en el principio así como en sus propios días, cuando la juventud del Asia Central alcanzó la edad estándar de quince años, Ma Chung-ying ―con toda calma trazó un plan para la conquista del mundo.‖46 No solo es la práctica jaredita de buscar ―reclutar‖ a su propio bando a los seguidores de un rival mientras se integra un ejército en el desierto a la usanza tradicional de Asia, sino el método de hacerlo de acuerdo con la tradición mejor aceptada.47 Por lo tanto Akish reunió a sus seguidores alrededor del núcleo de su propia familia (los conquistadores asiáticos son fanáticamente consientes del valor de la familia) mediante abundantes obsequios, ya que ―los del pueblo de Akish codiciaban las riquezas, así como Akish ambicionaba el poder; por tanto, los hijos de Akish les ofre- cieron dinero, por medio de lo cual se ganaron a la mayor parte del pue- blo‖ (Et. 9:11). Fueron los hijos de Genghis Khan, como seguramente recordarás, quienes realizaron la mayor parte de la campaña para él y desde el mismo inicio el secreto de su poder era el enorme montón de objetos de valor que permanecían cerca de su trono y del que tomaba algo, de acuerdo con la vieja costumbre de las estepas, para recompensar a quien se le unía.48 En el siglo VI a.C. Menandro, un embajador romano ante la corte del gran Khan, contempló quinientas carretas llenas de oro, plata y ropas de seda que acompañaban al monarca en sus viajes,49 ya que ―la antigua ley de los Khan‖ establecía que nadie debía entrar en la presencia del gobernante con las manos vacías, ni partir de ahí sin ser recompensado.50 El patrón del imperialismo de las estepas, de acuerdo con Vernadsky, iniciaba con ―la riqueza acumulada en las manos de algún caudillo competente,‖ que le permitía expandir su influencia entre los clanes vecinos.51 Los observadores del sistema asiático han comentado sobre el dedicado celo con el que los hombres de las estepas se consa- gran a dos objetivos –poder y lucro. Poder y lucro por supuesto son in- separables, y uno engendra al otro, pero en ninguna otra parte puede apreciarse mejor que todo esta gobernado sobre la base del mas franco estilo mercenario que en Asia, en donde los embajadores mas venales de occidente han sido avergonzados igualmente por la franqueza y astucia de sus anfitriones, para quienes la vida se resume a simples cuestiones de negocios. El que esta cualidad sea peculiar en la sociedad jaredita resulta del hecho de que los dos aspectos, poder y lucro, reciban una mayor atención en el libro de Eter que cualquier otro en el libro de mormon y como un vistazo a las similitudes con el antiguo mundo lo mostrará. Pero si el ambicioso caudillo obtiene adherentes mediante el so-
  • 160. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 160 borno, ahora los mantiene haciéndoles prestar juramento. El juramento es la piedra angular de la condición asiática del jaredita. Akish nuevamente nos ofrece un excelente ejemplo: Y sucedió que Akish reunió a toda su parentela en la casa de Jared y les dijo: ¿Me jurareis que me seréis fieles en la cosa que exija de voso- tros? Y aconteció que todos le juraron por el Dios del cielo, y también por los cielos y por la tierra y por su cabeza, que el que se opusiera a la ayuda que Akish deseara perdería la cabeza…. Y él les administró los juramentos que fueron dados por los antiguos que también ambicionaban poder, juramentos que habian sido transmi- tidos desde Caín (Et. 8:13-15). Nota que esos terribles juramentos explícitamente se remontan al mundo antiguo. Los textos mas antiguos escritos en ―el lenguaje mas antiguo del mundo,‖ de acuerdo con Hommel, son encantamientos ―con una conclusión estereotipada: ¡júralo (o conjuro) por los cielos, júralo por la tierra!‖52 Desde el diluvio los documentos que han llegado a nuestras manos nos enseñan las maneras de los hombres en el amanecer de la historia y parece ser que los juramentos, conspiraciones y combinaciones secretas fueron el orden establecido desde el principio. Que mejor ilus- tración podríamos tener de esto que el himno de año nuevo de la gran Babilonia; el ―Enuma Elish,‖ en el que Tiamat, aspirando a ser la señor del universo, ―recluta‖ a los dioses de su lado, por lo que estos ―conspiran incesantemente noche y día‖ contra el legítimo soberano y ―se reúnen en multitud a fin de presentar batalla.‖ Cuando el verdadero rey escucha tan funestas noticias se sienta en su trono ―triste y sin decir palabra alguna,‖ entonces en un ademán de frustración se golpea con las manos las rodi- llas, se muerde los labios e intentando controlar la voz que se negaba a escapar de su garganta,‖ finalmente atina a dar la orden para que pre- pararan a su ejército –la aclamación del cual toma la forma de un jura- mento de lealtad y respaldo para su líder Mardok.53 Esta historia, que se remonta al principio de los tiempos (el texto procede de la primera dinastía babilónica), no es mera fantasía primitiva: es una descripción típica y auténtica del gran Khan quien se ha enterado que un familiar y también rival esta formando un ejército en el desierto para presentarle batalla. La historia del ascenso y carrera de cualquier gran conquistador es un grueso catálogo de terribles juramentos concertados y de juramentos sin cumplir. El mas solemne de estos juramentos era sellado bebiendo sangre, como en la ocasión en que ―el rey de los Commainos…obligó al emperador de Constantinopla y a su gente a que bebieran mutuamente su sangre.‖55 El estudio de los anales más antiguos de Asia nos conduce, como también el estudio de las antiguas lenguas, al interior de un mundo lleno de convenios y juramentos.56 Pero ¿por qué es así? La explicación es simple; el propósito del juramento es ligar –la palabra egipcia para
  • 161. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 161 ―jurar,‖ solo por mencionar un ejemplo, es ankh, que significa ―nudo.‖ En un mundo de vastos espacios abiertos y población limitada en el que los nómadas son independientes unos de otros mediante la cacería de ani- males o la crianza del ganado sobre inmensas y verdes praderas ¿cómo podrían obligarse a obedecer a un líder? Debe ser por medio de jura- mentos, ya que no hay otra forma de establecer una relación de autoridad. Por supuesto que todo esfuerzo era realizado para convertir el juramento como de carácter obligatorio, es decir, tan terrible como sea posible y naturalmente que los juramentos con esas características se rompían siempre que fuera conveniente. La facilidad con que los hombres de las estepas pueden pasar de un bando a otro siempre mantenía a sus reyes en un estado de suspicaz alerta, de manera que la monarquía asiática en todo momento se encuentra envuelta en una sofocante –al mas puro estilo jaredita, atmósfera de sospecha e intriga. Mitra reina soberano, nos relata el Avesta, en virtud de sus diez mil espías, los cuales lo convierten en el más infalible de todos los reyes.57 Esta es la institución conocida comúnmente como ―los ojos y oídos del rey,‖ perfeccionada por los Persas y adoptada por los monarcas de otros reinos. El éxito de cualquier conspiración en contra de la realeza tan alerta y vigilante depende por lo tanto de la sorpresa y discreción que se pueda mostrar ante ellos, de modo que el infalible accesorio adjunto y némesis de los reinos asiáticos es la sociedad secreta, infectando a todo y a todos con una paralizante sensación de inseguridad, como acertadamente Hoemes apunta, y capaz de derribar dinastías e imperios en una sola noche.58 El regalo de Asia al mundo ha salvado muchas veces a este de ser gobernado por asiáticos, ya que cuántos han sido los conquistadores Asirios, Persas o Mongoles que han tenido que darle la espalda a Occi- dente, cuando se encontraban a punto de emprender una campaña de conquista total, por tener que apagar el fuego de la rebelión encendido por las conspiraciones secretas de su parentela ¡tramadas a espaldas suyas! La conformación tradicional de un imperio asiático, escriben Huart y De- laporte, esta basado en ―el despotismo atemperado por el derrocamiento y el asesinato,‖ en el que el clero juega un papel principal.59 Para bien o para mal, cada gobernante de las estepas, independientemente de cuan grande sea su poder y prestigio personales, tiene que contar con la pre- sencia de una casta de ambiciosos y poderosos sacerdotes –usualmente chamanes. Incluso Genghis Khan, el mas poderoso de todos, estuvo a punto de perder su trono a manos de un ambicioso sumo sacerdote, y en el amanecer de la historia mas de uno de tales sumos sacerdotes tomaron el trono para sí mismos.60 El caso del hermano de Shared, a quien su ―sumo sacerdote asesinó mientras se encontraba sentado en su trono‖ (Et.14:9) es, por lo tanto, completamente típico y no una simple y dispa- ratada coincidencia. No únicamente se nos dice que el sistema fue heredado ―de los antiguos‖ y perpetuado por los mismos métodos utili- zados por las sociedades secretas; bandas familiares, sobornos, jura- mentos, asesinatos, etc. como en el mundo antiguo, sino que también se
  • 162. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 162 nos ofrece una imagen clara del trasfondo físico. Se nos dice, por ejemplo, como el hijo del rey Akish, enfurecido con su padre por la muerte cruel de su hermano a causa de la inanición (¡nada mas típico!) fue y se unió a las crecientes fuerzas del depuesto rey Omer, quien desde que había sido derrocado por ―una combinación secreta de Akish y sus amigos‖ había morado en tiendas y reunido una fuerza para intentar reconquistar el trono (Et.9:3, 9) Toma nota de la aparente flexibi- lidad de la sociedad jaredita –la posibilidad de grandes grupos de gente vagando de un lado a otro sobre un continente escasamente poblado. Advierte también cuán bien se duplican las condiciones ―sobre la faz de este país del norte‖ de las que prevalecen en las mismas latitudes al otro lado del mundo, en donde casi prevalece el mismo paisaje. Esto, como se verá mas adelante, es sumamente significativo, ya que plantea mucho sobre el posible origen de muchas de las costumbres indias entre los cazadores y nómadas de Asia en una fecha muy antigua: ¡la misma tesis que a menudo ha sido lanzada como el argumento mas sólido en contra del Libro de Mormón es propuesta por el mismo! Pero más de ello en otra ocasión.
  • 163. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 163 Capítulo 4 La Cultura Jaredita: Esplendor y Ruina Un Mundo de Prisiones Los Jareditas, al igual que sus parientes asiáticos y a diferencia de los Nefitas, fueron de ascendencia profundamente monárquica y su monar- quía es el bien conocido despotismo asiático con accesorios incluidos. ¿Dónde se podría encontrar un mejor retrato del típico gobernante asiá- tico que en los cuatro versículos de describen el reinado de Riplákish? (Et.10:5-8). La lujuria y la crueldad, la magnificencia y la opresión se encuentran por igual. Esa clase de cosas que eran bien conocidas en la época de José Smith –después de todo, Hajji Baba apareció en 1824– pero el libro de Eter va mas allá de una imagen que nos muestra cos- tumbres completamente ajenas a la experiencia de la gente de occidente. Una práctica común consistía, como se menciona muchas veces en el libro, en mantener a un rey prisionero durante toda su vida, permi- tiéndole engendrar y criar una familia en cautividad incluso aunque los hijos una vez crecidos desearan casi seguramente buscar venganza para su padre y poder para sí mismos llegado el momento. Por lo tanto, cuando Kib fue encerrado por su propio hijo Corihor, engendró otro en cautiverio y murió a una avanzada edad. Para vengar a Kib, su hijo Shule derrotó a Corihor, a quien sin embargo, ¡se le permitió gozar de cierta autoridad en el reino! Shule a su vez fue hecho prisionero por Noé, el hijo de Corihor, solo para ser rescatado de la prisión y restituido al reino por sus propios hijos. Y así, sucesivamente, ―Set…vivió en el cautiverio todos sus días;…Morón vivió cautivo el resto de sus días y engendró a Coriantor. Y sucedió que Coriantor vivió en cautiverio todos sus días. Y engendró a Eter y murió, habiendo vivido en el cautiverio todos sus días.‖1 Esto a nosotros nos parece un sistema sumamente ridículo, aunque concuerda perfectamente con la inmemorial costumbre asiática. Es por eso que cuando Baidú y Kaijatú se disputaron el trono de Asia, los consejeros de este último le dijeron una vez que obtuvo el trono: ―Es correcto que Baidú sirva bajo tus órdenes y que sea un esclavo el resto de su vida, de modo que debe evitarse que su mano intente quitarte la vida o hacerte algún daño.‖ Kaijatú falló en observar este consejo para su desgracia, ya que su hermano logró invertir los papeles y lo encerró en una torre por el resto de sus días, pero se rehusó a matarlo.2 La expresión ―sirva bajo tus órdenes‖ nos recuerda que en el libro de Eter eran obligados ―a servir muchos años en cautiverio‖ (Et.8:3; 10:15; 10:30). Benjamín de Tudela narra como el Califa, el guía espiritual de toda el Asia occidental arregló ―para sus hermanos y otros familiares‖ una vida llena de lujos, comodidades y se- guridad: ―Cada uno de ellos posee un palacio en el interior del palacio del Califa, pero todos están apresados con cadenas de hierro y un oficial fue
  • 164. Lehi en el desierto y el mundo de los jareditas Hugh Nibley 164 puesto sobre cada miembro de la familia para vigilar sus movimientos y evitar una rebelión en contra del gran Califa.‖3 En sus inicios Genghis Khan fue encadenado y presentado ante la corte de un príncipe rival como un prisionero permanente –su escapatoria se consideró sobrehumana. Su descendiente Timur y su esposa también fueron hechos prisioneros permanentes y mantenidos en un establo por un gobernante rival.4 En una emergencia el Sha de Persia fue incapaz de prestar ayuda como aliado al mismo Timur porque, como explicaba ―su nieto Mansur le había arreba- tado el mando de su ejército y lo había arrojado en la prisión‖ –hasta que fue capaz de escribir ciertas cartas de liberación.5 Cuando Izzudín derrotó a su hermano Alluddín en su disputa por el trono del imperio Seljuk, lo encerró en prisión, pero cuando siete años después su hermano Izzudín murió, Alluddín fue liberado de inmediato y puesto sobre el trono sin disputa alguna –había sido puesto tras las rejas ¡solo como precaución!6 Era costumbre de los antiguos reyes Turcos, durante tanto tiempo cues- tionado por los eruditos pero comprobado recientemente, permitir a su rivales vencidos sentarse sobre sus tronos durante el día, ¡pero ence- rrarlos en jaulas de hierro durante la noche!7 Estos señores de las este- pas, como el gobernador Mamluke que controló a un general disidente llevándolo ante la corte en una jaula,8 estaban siguiendo los pasos de reyes mas antiguos. Senaquerib reporta que nada menos que el rival rey de Babilonia ―fue encadenado y arrojado en una jaula y traído ante mí. [se le capturó en la puerta central de N