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Bécquer, Gustavo A. Leyendas
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Bécquer, Gustavo A. Leyendas

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  • 1. EL MONTE DE LAS ÁNIMAS G.A. BÉCQUERCómo leer e interpretar un cuento romántico. a) El contexto social y literario. El porqué del gusto romántico por las leyendas y por las historias fantásticas. La recurrencia al individualismo y a la irracionalidad. Sueños, pesadillas, alucinaciones. b) Elementos literarios que hay que buscar en el texto. 1º. ¿Quién narra? Hay un Yo externo coetáneo al lector que enuncia dónde va a publicar su historia. Es un transcriptor, un intermediario que ha escuchado esa historia en un lugar de Soria. Es la Noche de Difuntos y la va a escribir aunque reconoce que al lector contemporáneo puede que no le impresione. 2º. La historia irrumpe in media res a través de un diálogo entre dos jóvenes: Beatriz y Alonso. A través del diálogo vamos a situar el tiempo y el espacio del relato: final de la Edad Media, probablemente. 3º. Alonso se va a convertir a su vez en narrador, pues es él quien va a contar a su prima la historia del monte de las ánimas. (I). 4º. La historia se va a desarrollar en una sola noche. Hay una pérdida (banda azul) cuya recuperación parece ser importante para la futura relación amorosa que Alonso pretende tener con su prima. Intentar recuperarla es un desafío a sus creencias, pero su pasión le hace arriesgarse. c) El estilo romántico. A partir de la parte II va a iniciarse un proceso en el que los elementos románticos desgranan las intenciones de los personajes. Hay que analizar en qué términos se expresa Alonso y en cuáles lo hace Beatriz, su prima, que aquí va a encarnar a la mujer perversa:Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea góticadel palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor,iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbreconversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de lasojivas del salón. Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, y absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
  • 2. Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentostemerosos, en que los espectros y los aparecidos representaban elprincipal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lolejos con un tañido monótono y triste.-Hermosa prima exclamó, al fin, Alonso, rompiendo el largo silencio enque se encontraban, Pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre;las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sushábitos sencillos y patriarcales, sé que no te gustan; te he oído suspirarvarias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia: todo un carácter de mujer sereveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.-Tal vez por la pompa de la Corte francesa, donde hasta aquí has vividose apresuró a añadir el joven. De un modo o de otro, presiento que notardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoriamía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios porhaberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel quesujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaríasujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de unadesposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó alaltar... ¿Lo quieres?-No sé en el tuyo contestó la hermosa, pero en mi país una prendarecibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debeaceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir aRoma sin volver con las manos vacías.El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó unmomento al joven que, después de serenarse, dijo con tristeza:-Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos y el tuyo entretodos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomarla joya, sin añadir una palabra.Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volvióse a oír lacascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y elzumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste ymonótono doblar de las campanas.Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó areanudarse de este modo:-Y antes que concluya el día de Todos los Santos en que así como eltuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme unrecuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima,que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamientodiabólico:-¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho,como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de
  • 3. terciopelo bordado de oro, y después, con una infantil expresión desentimiento, añadió:-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que no séqué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?-Si.-¡Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como unrecuerdo.-¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de suasiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.-No sé... En el monte acaso.-¡En el Monte de las Animas! -murmuró, palideciendo y dejándose caersobre el sitial. ¡En el Monte de las Animas! -luego prosiguió, con vozentrecortada y sorda-: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces. Enla ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. Nohabiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como misascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos losbríos de mi juventud, todo el ardor hereditario de mi raza. La alfombraque pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano.Yo conozco sus guaridas y sus costumbres, y he combatido con ellas dedía y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que meha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esabanda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche...,¿a qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, laoración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del montecomenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre lasmalezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helarde terror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos oarrebatarlo en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja quearrastra el viento sin que se sepa adónde.Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en loslabios de Beatriz, que, cuando hubo concluido, exclamó en un tonoindiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujíala leña, arrojando chispas de mil colores.-¡Oh! Eso, de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte porsemejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos y cuajadoel camino de lobos!Al decir esta última frase la recargó de un modo tan especial, queAlonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movidocomo por un resorte se puso en pie, se pasó la mano por la frente,como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en sucorazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, queestaba aún inclinada sobre el hogar, entreteniéndose en revolver elfuego:-Adiós, Beatriz, adiós, Hasta pronto.
  • 4. -¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuandoquiso o aparentó querer detenerlo, el joven había desaparecido.A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba algalope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfechoque coloreó sus mejillas, prestó oído a aquel rumor que se debilitaba,que se perdía, que se desvaneció por último.Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas;el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudaddoblaban a lo lejos.La parte III constituye el nudo de esta acción; el planteamiento se hadado en la parte II (pérdida de un objeto y salida en su busca). Peroahora en esta parte se carga la historia de misterio. El tiempo pasa (verlos elementos que lo marcan) y es utilizando elementos como losdiferentes tipos de ruido y los objetos que pueden producirlo como secrea la atmósfera asfixiante que acabará castigando a la mujer:IIIHabía asado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto desonar, cuando Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, novolvía, y, a querer, en menos de una hora pudiera haberlo hecho.-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven, cerrando su libro de oracionesy encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmentemurmurar algunos de los rezos que la Iglesia consagra en el día deDifuntos a los que ya no existen.Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas deseda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños lasvibraciones de las campanas, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió losojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos,muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en losvidrios de la ventana.-Será el viento -dijo-, y poniéndose la mano sobre su corazón procurótranquilizarse.Pero su corazón latía cada vez con más violencia, las puertas de alercedel oratorio habían crujido sobre sus goznes con chirrido agudo,prolongado y estridente.Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas quedaban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con unruido sordo y grave, y aquellas con un lamento largo y crispador.Después, un silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio
  • 5. de la medianoche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabrasininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas quearrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas, que casi sesiente, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia dealgo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en laoscuridad.Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinas yescuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano porla frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, comobultos que se movían en todas las direcciones, y cuando dilatándolas lasfijaba en un punto, nada; oscuridad de las sombras impenetrables.-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre laalmohada de raso azul del lecho. ¿Soy yo tan miedosa como esas pobresgentes cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura al oír unaconseja de aparecidos?Y cerrando los ojos, intentó dormir...: pero en vano había hecho unesfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, másinquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocadode la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonabansobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casiimperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosacomo madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió elreclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un gritoagudo, y rebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza ycontuvo el aliento.El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía ycaía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros sedilataban en las ráfagas de aire, y las campanas de la ciudad de Soria,unas cerca, y otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de losdifuntos.Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquellapareció eterna a Beatriz. Al fin, despuntó la aurora. Vuelta de su temorentreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de unanoche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blancadel día! Separó las cortinas de seda del lecho, tendió una mirada serenaa su alrededor, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuandode repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron yuna palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio habíavisto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que fue a buscar Alonso.Cuando sus servidores llegaron, despavoridos, a notificarle la muertedel primogénito de Alcudiel, que por la mañana había aparecidodevorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Animas, laencontraron inmóvil; asida con ambas manos a una de las columnas de
  • 6. ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos loslabios, rígidos los miembros, muerta, ¡muerta de horror!Epílogo donde nuevamente aparece el narrador inicial: corrobora loque se dice de la leyenda incorporando ahora también en ella la historiade Alonso y Beatriz.IVDicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado quepasó la noche de Difuntos sin poder salir del Monte de las Animas, yque al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosasterribles. Entre otras, se asegura que vio a los esqueletos de los antiguosTemplarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capillalevantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballerossobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujerhermosa y pálida y desmelenada que, con los pies desnudos ysangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de latumba de Alonso.

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