El exorcista william peter blatty

3,354
-1

Published on

Published in: Education
0 Comments
2 Likes
Statistics
Notes
  • Be the first to comment

No Downloads
Views
Total Views
3,354
On Slideshare
0
From Embeds
0
Number of Embeds
1
Actions
Shares
0
Downloads
55
Comments
0
Likes
2
Embeds 0
No embeds

No notes for slide

El exorcista william peter blatty

  1. 1. Regan, una niña de once años, sufreuna inquietante transformación quedeja confundidos a médicos ycientíficos. ¿Cabe la posibilidad deque actúe una fuerza demoniaca, deque Regan sea una posesa? Ya quela Psiquiatría se ha mostradoimpotente, ¿Habrá que recurrir alexorcismo? La madre acude entoncesa un jesuita, que posee profundosconocimientos sobre el satanismo yla posesión...
  2. 2. William Peter BlattyEl exorcista ePUB v1.2
  3. 3. Ozzeman 26.08.12
  4. 4. Título original: The ExorcistWilliam Peter Blatty, 1972Traducción: Raquel AlbornozDiseño/retoque portada: ? /OzzemanEditor original: Ozzeman (v1.0 a v1.2)ePub base v1.0
  5. 5. A mis hermanos Maurice, Edward yAlyce, y a la querida memoria de mis padres.
  6. 6. Y bajando Él a tierra, le salió al encuentro un hombre de la ciudad poseído de los demonios... Muchas veces se apoderaba de él [elespíritu], y le ataban con cadenas y lesujetaban con grillos, pero rompía las ligaduras... Preguntóle Jesús: ¿Cuál es tu nombre? Contestó él: Legión. Lucas VIII, 27-30
  7. 7. «James Torello»: A Jackson lo colgaron de ese gancho de carnicero. Era tanpesado, que lo dobló. Estuvo ahí tres días, hasta que murió. «Frank Buccieri» (riéndose): Jackie, tendrías que haber visto al tipo. Parecía un elefante, y cuando Jimmy le puso la aguijada eléctrica...«Torello» (excitado): Se balanceaba en elgancho, Jackie. Le echamos agua para que trabajara mejor la aguijada, y gritaba... Fragmento de una conversación telefónica de Cosa Nostra interceptada por el FBI con motivo del asesinato de William Jackson
  8. 8. ...No hay otra explicación para algunas de las cosas que hicieron los comunistas, como el caso del sacerdote a quien hundieron ocho clavos en la cabeza... Y también el de los siete niños y sumaestro. Estaban rezando el Padre nuestro cuando llegaron los soldados.Un soldado arremetió con la bayoneta y le cortó la lengua al maestro. Los otros cogieron palitos chinos y se los metieron en las orejas a los siete niños. ¿Cómo se tratan los casos como éstos? Dr. Tom Dooley «Dachau» «Auschwitz» «Buchenwald»
  9. 9. PRÓLOGO Irak del Norte. El ardiente sol hacía brotar gotas desudor de la frente del viejo, pese a locual, éste cubrió con sus manos la taza deté humeante y dulce, como si quisieracalentárselas. No podía desprenderse dela premonición. La llevaba adherida a susespaldas como frías hojas húmedas. La excavación había terminado. El informe había sido revisadocuidadosamente, paso por paso; elmaterial, extraído, observado, rotulado ydespachado: perlas y collares, cuños,falos, morteros de piedra molida
  10. 10. manchados de color ocre, ollas pulidas.Nada excepcional. Una caja asiria demarfil, para productos de tocador. Y elhombre. Los huesos del hombre. Los quebradizos restos del tormentocósmico que una vez le hicieronpreguntarse si la materia no sería Luciferque volvía en busca de Dios hacia arriba,a tientas. Y, sin embargo, ahora sabía queno era así. La fragancia de las plantas de regalizy tamarisco atraía su mirada hacia lascolinas cubiertas de amapolas, hacia lasllanuras de juncos, hacia el caminoirregular sembrado de rocas que seprecipitaba en pendiente hacia el abismo. Al norte estaba Mosul; al Este, Erbil;
  11. 11. al Sur, Bagdad, Kirkuk y el ardiente hornode Nabucodonosor. Movió las piernas debajo de la mesaque estaba frente a la solitaria choza,junto al camino, y miró las manchas de lahierba en sus botas y en sus pantalonescolor caqui. Sorbió el té. La excavaciónhabía terminado. ¿Qué vendría ahora?Quiso sacudirse el polvo de suspensamientos como lo hacía con lostesoros inanimados, pero no pudoordenarlos. Alguien jadeaba en el interior de lachayjana (así llamaban a aquellasmalolientes chozas). El arrugadopropietario se acercaba a él arrastrandolos pies, levantando polvo con sus
  12. 12. zapatos, de fabricación rusa, que usabacomo si fueran chinelas, haciendo gemirlos contrafuertes bajo el peso de sustalones. Su sombra oscura se deslizó sobre lamesa. —Kaman chay, chawaga? El hombre vestido de color caqui negócon un movimiento de cabeza y bajó lavista hacia sus zapatos embarrados y sincordones, cubiertos por una gruesa capade deyecciones geológicas, del dolor devivir. La sustancia del cosmos, reflexionócalladamente: materia, pero, de algúnmodo, espíritu al fin. El espíritu y loszapatos eran, para él, sólo aspectos de unelemento más importante, prístino y
  13. 13. totalmente distinto. La sombra se movió. El curdo sequedó esperando como una vieja deuda.El hombre vestido de color caqui clavó lamirada en unos ojos húmedos ydesteñidos, como si el iris estuvieravelado por la membrana de una cáscarade huevo. Glaucoma. Antes no hubiera podidoquerer a este hombre. Sacó la cartera y buscó una monedaentre los billetes rotos y arrugados: unosdinares, un carnet de conducir iraquí, unalmanaque, de plástico descolorido, dedoce años atrás. En el reverso tenía lainscripción: LO QUE DAMOS A LOSPOBRES ES LO QUE NOS LLEVAMOS
  14. 14. CON NOSOTROS CUANDOMORIMOS. La tarjeta había sido impresaen las misiones jesuíticas. Pagó el té ydejó una propina de cincuenta fils sobreuna mesa resquebrajada, de colordesvaído. Caminó hasta su jeep. El suave clic dela llave al entrar en el arranque se oyósecamente en el silencio. Esperó uninstante, lleno de inquietud. Apiñados en la cima de un monte, lostechos en doble vertiente, de Erbil,surgían a lo lejos, suspendidos de lasnubes como una bendición de piedra ybarro. Él sentía que las hojas le oprimían laespalda con más fuerza.
  15. 15. Algo iba a ocurrir. —Allah ma.ak, chawaga. Dientes podridos. El curdo sonreía ysaludaba con la mano. El hombre vestidode color caqui buscó afecto en el fondo desu ser y pudo responder agitando la manocon una sonrisa forzada, que se oscurecióal desviar la vista. Puso en marcha elmotor, dio la vuelta en redondo y sedirigió a Mosul. El curdo se quedó paradomirando, con la rara sensación de haberperdido algo, mientras el jeep cobrabavelocidad. ¿Qué era lo que había perdido? ¿Quéera lo que había sentido en presencia delextraño? Algo parecido a la seguridad, unsentimiento de protección y de profundo
  16. 16. bienestar, que ahora disminuía, a medidaque el jeep se alejaba veloz. Se sintióextrañamente solo. El detallado inventario estuvo listopara las seis y diez. El mosul encargadode las antigüedades, un árabe de mejillascaídas, registraba cuidadosamente elúltimo ingreso en el libro mayor queestaba sobre su escritorio. Se detuvo unmomento, levantando la vista hacia suamigo mientras sumergía la pluma en eltintero. El hombre vestido de color caquiparecía perdido en sus pensamientos.Estaba parado junto a una mesa, con lasmanos en los bolsillos, mirando fijamentehacia uno de aquellos resecos vestigiosdel ayer, ya rotulado. El encargado lo
  17. 17. observó curioso, inmóvil; luego volvió asu tarea, escribiendo con una caligrafíapequeña, firme y prolija. Finalmente,suspiró y dejó la pluma al darse cuenta dela hora. El tren para Bagdad partía a lasocho. Sacó la hoja y le ofreció té. El hombre vestido de color caqui negócon la cabeza; sus ojos seguían fijos enalgo que había sobre la mesa. El árabe loobservaba, algo preocupado. ¿Qué habíaen el ambiente? Había algo en elambiente. Se levantó y se acercó,sintiendo un leve cosquilleo en la base delcuello. Su amigo, por fin, se movió, cogióun amuleto y, pensativo, lo sostuvo entrelas manos. Era una cabeza, en piedraverde, del demonio Pazuzu, una
  18. 18. personificación del viento del Sudoeste. Tenía poder sobre la enfermedad y losmales. La cabeza estaba perforada. Eldueño del amuleto lo había usado comoescudo. —El mal contra el mal —susurró elencargado mientras se abanicabalánguidamente con una revista científicafrancesa, cuya portada se veía manchadapor una huella digital. Su amigo no semovió ni hizo ningún comentario. —¿Pasa algo? No hubo respuesta. —¡Padre! El hombre vestido de color caquiparecía seguir sin escuchar, absorto en elamuleto, el último de sus hallazgos. Al
  19. 19. cabo de un momento lo dejó y dirigióhacia el árabe una mirada inquisitiva.¿Había dicho algo? —Nada. Murmuraron frases de despedida. Ya en la puerta, el encargado cogió lamano del viejo con una inusitada firmeza. —Mi corazón tiene un deseo, padre:que no se vaya. Su amigo respondió suavemente entérminos de té, de tiempo, de algo quedebía hacer. —¡No, no, no! Quiero decir que novuelva a su casa. El hombre vestido de color caquiclavó la vista en un pedacito de garbanzohervido que había en la comisura de la
  20. 20. boca del árabe; sin embargo, sus ojosestaban distantes. —Volver a casa —repitió. La palabra sonaba como a un adiósdefinitivo. —A Estados Unidos —agregó elencargado árabe, y al instante se preguntópor qué lo habría dicho. El hombre vestido de color caquipenetró las tinieblas de la ansiedad delotro. Siempre le había sido fácil apreciara aquel hombre. —Adiós —murmuró. Luego se volviórápidamente y se internó en la sombra delas calles para emprender el regreso;recorrió un trayecto cuya extensiónparecía algo indefinida.
  21. 21. —¡Lo veré dentro de un año! —legritó el encargado desde la puerta. Pero elhombre vestido de color caqui no sevolvió para mirar. El árabe observaba lasilueta que se empequeñecía al atravesaruna calle angosta, en la cual casi chocócon un carruaje que pasaba velozmente.En la cabina iba una corpulenta ancianaárabe; su cara era sólo una sombra detrásdel velo de encaje negro, con pliegues,que la cubría como una mortaja. Seimaginó que tenía prisa por llegar aalguna cita. Pronto perdió de vista alamigo que se iba. El hombre vestido de color caquicaminaba subyugado. Al dejar la ciudad, se abrió paso por
  22. 22. los suburbios mientras cruzaba el Tigris.Al acercarse a las ruinas, disminuyó elritmo de su andar, porque con cada pasoel incipiente presentimiento tomaba unaforma más consistente y horrible. Tendríaque saber. Tendría que estar preparado. El tablón de madera que atravesaba elKoser —un arroyo fangoso crujió bajo supeso. Y por fin llegó allí; se paró sobre elmontículo donde una vez brillara, con susquince pórticos, Nínive, la temida guaridade las hordas asirias. Ahora la ciudadyacía hundida en el sangriento polvo de supredestinación. Y, sin embargo, él se encontraba allí,el aire seguía siendo denso, estaba lleno
  23. 23. de ese otro aire que alteraba sus sueños. Un sereno curdo, al doblar por unaesquina, empuñó su rifle y empezó acorrer tras él, se detuvo bruscamente, losaludó al reconocerlo y siguió corriendo. El hombre vestido de color caquimerodeó por las ruinas. El templo deNabu. El templo de Istar. Sintió vibraciones. En el palacio deAsurbanipal se quedó mirando, de reojo,una pesada estatua de piedra caliza, insitu: alas irregulares, pies con garras,bulboso pene saliente y rígida boca, quese estiraba en una sonrisa maligna. Eldemonio Pazuzu. De repente lo abrumó una certeza. Lo supo.
  24. 24. Aquello se acercaba. Clavó la vista en el polvo. Sombras con vida. Oyó opacosladridos de jaurías salvajes quemerodeaban por las afueras de la ciudad.La órbita del sol comenzaba a caer detrásdel borde del mundo. Se bajó las mangas de la camisa y seabrochó los puños: se había levantado unabrisa helada. Venía del Sudoeste. Partió presuroso hacia Mosul a tomarel tren, con el corazón encogido por laescalofriante convicción de que pronto seenfrentaría con un viejo enemigo.
  25. 25. PRIMERA PARTE El Comienzo
  26. 26. CAPÍTULO PRIMERO Como el maldito y fugaz destello deexplosiones solares que sólo impresionanborrosamente los ojos de los ciegos, elcomienzo del horror pasó casiinadvertido: de hecho fue quedandoolvidado en la locura de lo que vinodespués, y quizá no lo relacionó de ningúnmodo con el horror mismo. Era difícil dejuzgar. La casa era alquilada. Acogedora.Hermética. Una casa de ladrillo, colonial,cubierta de hiedra, en la zona deGeorgetown, en Washington D.C. Al otrolado de la calle había una franja de
  27. 27. campus perteneciente a la GeorgetownUniversity; detrás, un escarpado terraplénque caía en pendiente vertical sobre labulliciosa calle M y, más lejos, el fangosorío Potomac. El 1º de abril, por la mañanatemprano, la casa estaba en silencio.Chris MacNeil se hallaba incorporada enla cama, repasando el texto de lafilmación del día siguiente; Regan, su hija,dormía en su habitación, al final delpasillo, y los sirvientes, Willie y Karl,ambos de edad madura, ocupaban unaestancia, contigua a la despensa, en laplanta baja. Aproximadamente a las 12.25 de lanoche, Chris apartó la mirada del guión, yfrunció el ceño con perplejidad. Oyó
  28. 28. ruidos extraños. Eran raros. Apagados. Agrupadosrítmicamente. Un código insólito degolpecitos producidos por un muerto. Curioso. Escuchó durante un momento y luegodejó de prestar atención; pero como losruidos proseguían, no se podía concentrar.Arrojó violentamente el manuscrito sobrela cama. ¡Dios mío! ¡Qué fastidio! Salió al pasillo y miró a su alrededor.Parecían provenir del dormitorio deRegan. Pero, ¿Qué estará haciendo? Caminó lentamente por el corredor, yde pronto los golpes se oyeron más
  29. 29. fuertes, más rápidos. Al empujar la puertay entrar en la habitación, cesaron depronto. ¿Qué diablos pasa? La niña de once años dormía,firmemente abrazada a un gran oso defelpa de ojos redondos. Arruinado. Descolorido después de muchos añosde asfixiarlo, de cubrirlo de tiernos besoshúmedos. Chris se acercó suavemente al lecho yse inclinó murmurando: —Rags, ¿Estás despierta? Respiración rítmica. Pesada. Profunda. Chris paseó la vista por el cuarto. Ladébil luz del pasillo llegaba mortecina y
  30. 30. se astillaba sobre los cuadros pintadospor Regan, sobre sus esculturas, sobreotros animales de felpa. Está bien, Rags. La vieja mamá ya seva. Dilo. “¡Que la inocencia te valga!” Y, sin embargo, Chris sabía que esecomportamiento no era propio de Regan.La niña tenía un temperamento muy opaco.Entonces, ¿Quién era el bromista? ¿Algúntipo muerto de sueño que trataba desilenciar los ruidos de las cañerías de lacalefacción? Cierta vez, en las montañasde Bután, había pasado horas y horascontemplando a un monje budista quemeditaba acuclillado en la tierra. Al final creyó verlo levitar.
  31. 31. Quizás. Al contar la historia a alguien,siempre añadía: “Quizás.” Y quizás ahoratambién su mente, esa incansablenarradora de ilusiones, había exageradolos golpes. ¡Pues no! ¡Los he oído! Bruscamente lanzó una mirada altecho. ¡Allí! Leves rasguños. ¡Ratas en el altillo, Dios mío! ¡Ratas! Suspi r ó. Eso era. Colas largas.Golpe, golpe. Se sintió extrañamentealiviada. Y luego notó el frío. La habitación estaba helada. Avanzó lentamente hasta la ventana.Comprobó si estaba cerrada. Tocó el radiador. Caliente. ¿De veras?
  32. 32. Desconcertada, volvió hasta la cama ypuso su mano sobre la mejilla de Regan.La tenía suave, como de costumbre, yligeramente sudorienta. ¡Debo de estar enferma! Miró a su hija, su nariz respingada ysu cara pecosa, y, en un rápido impulso deternura, se agachó y la besó en la mejilla. —Te quiero mucho —susurró; luegoregresó a su dormitorio y a su libreto. Lo estudió durante un rato. La películaera una segunda versión de la comediamusical Mr. Smith se va a Washington .Se le había agregado una trama secundariaacerca de las rebeliones universitarias. Chris era la protagonista. Hacía el papel de una profesora de
  33. 33. psicología que estaba de parte de losrebeldes. Y odiaba ese papel. ¡Es estúpido! ¡Esta escena esabsolutamente estúpida! Su mente,aunque no cultivada, no confundió nuncalos slogans con la verdad, y, con lacuriosidad de un pajarito ignorante,picoteaba incansablemente entre elpalabrerío para encontrar la relucienteverdad escondida. Y, de este modo, paraella la causa revolucionaria era“estúpida”. No tenía sentido. ¿Cómo eseso?, se preguntaba. ¿Brecha de generaciones? Absurdo.Yo tengo treinta y dos. ¡Es una pura ysimple estupidez, es...! Calma. Una semana más.
  34. 34. Había completado la filmación deinteriores en Hollywood. Lo único quefaltaba eran unas cuantas escenasexteriores en el campus de Georgetown University, a partir deldía siguiente. Como era Semana Santa, losestudiantes fueron a sus casas. Se empezaba a amodorrar. Párpadospesados. Volvió una hoja curiosamentedesgarrada. Distraída, sonrió. Su director inglés. Cuando estaba muy nervioso,arrancaba una tirita estrecha del borde dela hoja que tuviera más cerca, y luego lamasticaba poco a poco hasta que seconvertía en una pelota en su boca. ¡Querido Burke!
  35. 35. Bostezó y miró tiernamente los bordesde las hojas del guión. Las páginasparecían mordisqueadas. Se acordó de lasratas. ¡Qué ritmo siguen esas malditas!Mentalmente anotó que le diría a Karl quepusiera trampas por la mañana. Dedos relajados. Manuscrito queresbala. Lo dejó caer. Estúpido. Esestúpido. Una mano tanteando paraencontrar la perilla de la luz. ¡Listo! Suspiró. Durante un rato se quedóinmóvil, casi dormida; luego se quitó deencima la sábana con una pierna perezosa. Un calor insoportable. Un fino rocío se adhería suave ymansamente a los vidrios de la ventana. Chris durmió. Y soñó con la muerte,
  36. 36. con todos sus asombrosos detalles, conuna muerte que parecía algo nuevo:mientras soñaba, algo en ella contenía elaliento, se disolvía, se hundía en la nada,al pensar una y otra vez. Yo no voy a ser,yo moriré, yo no seré, y por los siglos delos siglos, ¡Oh, papá, no les permitas,oh, no dejes que lo hagan, no dejes queyo sea nada por los siglos! Y mientras sedisolvía, se desenroscaba, se oyó untimbre, el timbre... ¡El teléfono! Se incorporó en la cama. El corazónle latía violentamente; tenía la mano en elteléfono, y el estómago vacío; era unasustancia sin peso y su teléfono sonaba. Descolgó. El ayudante de dirección. —En maquillaje a las seis, querida.
  37. 37. —Bueno. —¿Cómo te sientes? —Si me baño y el agua no quema,creo que estaré bien. Él se rió. —Hasta luego. —De acuerdo. Gracias. Colgó. Y durante un rato permaneciósentada, inmóvil, pensando en el sueño.¿Un sueño? Se parecía más a unpensamiento en la semiconsciencia deldespertar. Esa terrible lucidez. Fulgor dela calavera. El no ser. Irreversible. No selo podía imaginar. ¡Dios mío, no puede ser! Reflexionó. Y, al fin, inclinó lacabeza. Pero es.
  38. 38. Se dirigió al baño, se puso el albornozy bajó rápidamente a la cocina, a la vidaque la aguardaba en el jugoso tocino. —Buenos días, señora. Willie, canosa, encorvada y conojeras violáceas, exprimía naranjas. Teníacierto deje extranjero. Suizo, como el de Karl. Se secó lasmanos en una toalla de papel y se acercó ala cocina. —Yo lo haré, Willie. Chris, siempre perceptiva, habíanotado su mirada cansada, y mientrasWillie se dirigía, gruñendo, hacia elfregadero, la actriz se sirvió café y seretiró al rincón donde siempre tomaba eldesayuno.
  39. 39. Se sentó. Y sonrió afectuosamente almirar el plato. Una rosa color rojo encendido. Regan. Mi ángel. Muchas mañanas, cuandoChris trabajaba, Regan se levantaba de lacama en silencio, bajaba a la cocina y leponía una flor junto al plato; luego volvía,a tientas, a su sueño, con los ojoscerrados. Chris, apenada, movió la cabezaal recordar que estuvo a punto de ponerleel nombre Goneril. Por supuesto.Prepararse para lo peor. Chris sonrió ante el recuerdo. Sorbióel café. Cuando su mirada cayó de nuevosobre la rosa, su expresión se tornó tristepor un momento, y sus grandes ojos
  40. 40. verdes parecieron apesadumbrados en lamirada perdida. Se acordaba de otra flor.Un hijo. Jamie. Había muerto a los tres años,hacía mucho tiempo, cuando ella, Chris,era una corista muy joven de Broadway.Había jurado no volver jamás a darsetanto a nadie como lo había hecho conJamie, como lo había hecho con el padrede Jamie, Howard MacNeil. Rápidamente desvió la mirada de larosa, y, como su sueño de la muerte seelevaba en una nube desde el café,encendió un cigarrillo. Willie trajo eljugo, y Chris se acordó de las ratas. —¿Dónde está Karl? —preguntó a lasirvienta.
  41. 41. —Estoy aquí, señora. Atareado, apareció por la puerta de laalacena. Autoritario. Respetuoso. Dinámico. Servil. Con un pedacito de servilleta de papelpegado en la barbilla, porque se cortó alafeitarse. —¿Sí? Corpulento, jadeó junto a la mesa.Ojos brillantes. Nariz aguileña. Pelado. —Karl, hay ratas en el altillo. Tendríaque conseguir algunas ratoneras. —¿Hay ratas? —Eso he dicho. —Pero el altillo está limpio.
  42. 42. —Bueno, está bien. Tenemos ratasprolijas. —No hay ratas. —Karl, yo las oí anoche —dijo Chriscon paciencia, pero imperativa. —Quizá sean las cañerías —sonrióKarl—, tal vez los tablones. —¡Tal vez las ratas! ¿Va a comprarlas malditas ratoneras y dejarse dediscutir? —Sí, señora. —Salió disparado—.Ahora mismo. —¡No, ahora no, Karl! ¡Las tiendasestán cerradas! —¡Están cerradas! —refunfuñóWillie. —Voy a ver.
  43. 43. Se fue. Chris y Willie intercambiaronmiradas; luego Willie hizo un gesto con lacabeza y volvió a su tocino. Chris sorbió el café. Extraño.Hombre extraño. Trabajador como Willie, muy leal,discreto. Y, sin embargo, algo en él laponía levemente inquieta. ¿Qué era? ¿Su aire sutil dearrogancia? ¿Desafío? No. Otra cosa. Algo difícil de definir. La parejahacía seis años que trabajaba para ella, yKarl seguía siendo un enigma: unjeroglífico no traducido que hablaba,respiraba y le hacía los mandados con sus
  44. 44. piernas hinchadas. Sin embargo, detrás dela máscara, se movía algo; se podía oír sumecanismo latiendo como una conciencia.Apagó el cigarrillo; oyó el chirrido de lapuerta de la calle, que se abría y luego secerraba. —Están cerradas —dijo Willie entredientes. Chris mordisqueó el tocino; despuésvolvió a su habitación, donde se vistiócon su conjunto de jersey y falda. Se echóuna rápida mirada en el espejo,observando con atención su rojizo pelocorto, que parecía siempre despeinado, ylas pecas en su pequeña cara limpia. Luego se puso bizca y sonrió comouna idiota.
  45. 45. ¡Hola, encantadora vecinita! ¿Puedohablar con su marido? ¿Con su amante?¿Con su amiguito? ¡Oh!, ¿Su amiguitoestá en el asilo de mendigos? ¡Llamandesde Avon! Se sacó la lengua a sí misma.Al instante perdió su animación. ¡Dios,qué vida! Tomó la caja de la peluca, bajó,pensativa, la escalera y caminó hacia larisueña calle arbolada. Ya fuera de la casa se detuvo unmomento; la mañana le hizo contener elaliento. Miró hacia su derecha. A un lado del edificio, unos viejosescalones de piedra se precipitaban hastala calle M abajo, a lo lejos. Un poco másallá estaba la entrada de las cocheras queen otro tiempo se usaron para guardar
  46. 46. tranvías: estilo mediterráneo, techo detejas, villas rococó, ladrillo antiguo. Loscontempló, tristona. De ficción. Calle deficción. Pero, ¿Por qué no me quedo?¿Compro la casa? ¿Empiezo a vivir? En algún lado, una campana empezó asonar. Dirigió la vista hacia el lugar dedonde provenía el sonido. La torre del reloj en el campus deGeorgetown. La melancólica resonanciahizo eco en el río, tembló, se filtró en sucorazón cansado. Se fue caminando altrabajo, hacia la espectral mascarada,hacia la ficción. Pasó por el pórtico de entrada alcampus, y su depresión disminuyó; luegose hizo aún menor, al contemplar la hilera
  47. 47. de vestuarios rodantes alineados en elcamino, muy cerca del paredón quecircundaba el perímetro por el lado Sur, ya eso de las 8 de la mañana, hora de laprimera toma del día, ya era casi la mismade siempre: empezó una discusión sobreel guión. —¡Burke! ¿Por qué no le echas unaojeada a esta porquería? —¡Ah veo que tienes un libreto! ¡Québien! El director Burke Dennings, severo ytravieso, con su ojo izquierdo que titilaba,aunque brillaba de picardía, arrancó unatirita de papel del guión con sustemblorosos dedos. —Creo que voy a masticar —se rió.
  48. 48. Estaban parados en la explanadafrente al edificio de oficinas, rodeadospor actores, luces, técnicos, extras yayudantes. Por el césped estabandiseminados algunos espectadores, acá yallá, en su mayoría profesores jesuitas.Muchos niños. El director de fotografía,aburrido, tomó el diario Daily Varietycuando Dennings se metió un papel en laboca, y sonrió tontamente; después de laprimera ginebra de la mañana tenía unaligera halitosis. —Me alegro mucho de que te hayandado un libreto. Un astuto cincuentón de aspecto débil.Hablaba con un inconfundible acentoinglés, tan cortado y preciso, que
  49. 49. sublimaba aún las más crudasobscenidades, las hacía incluso elegantes.Cuando bebía, daba la impresión de queiba a estallar en carcajadas: parecía queestuviera haciendo constantes esfuerzospara conservar la compostura. —Bueno, nena, dime, ¿Qué pasa?¿Qué es lo que anda mal? La escena en cuestión requería que eldecano de la mítica Universidad hablara aun grupo de estudiantes, en un intento porsofocar una manifestación pacífica con laque habían amenazado. Entonces Chris tenía que subircorriendo los escalones de la explanada,encararse con el decano y, señalando aledificio principal, gritar:
  50. 50. “¡Derribémoslo!” —No tiene ningúnsentido —dijo Chris. —Sin embargo, está perfectamenteclaro —mintió Dennings. —¿Por qué diablos tienen que echarabajo el edificio, Burke? ¿Para qué? —¿Me estás condenando a prisión? —No. Estoy preguntando: “¿Paraqué?” —¡Porque está allí, querida! —¿En el guión? —No, en el tema. —Bueno, pero sigue sin tener sentido,Burke. Ella no haría eso. —Sí que lo haría. —No, no lo haría. —¿Mandamos llamar al autor? ¡Creo
  51. 51. que está en París! —¿A qué ha ido allí? ¿A esconderse? —No. A fornicar. Lo articuló con impecable dicción; susojos astutos chispeaban en una carapálida, mientras la palabra se elevabatersa y se transformaba en un capitelgótico. Chris se le apoyó blandamente en loshombros, riendo. —¡Oh, Burke, no tienes arreglo! —Sí. —Lo dijo como César alratificar con modestia los informes de sutriple rechazo de la corona—. Bueno,entonces, ¿Seguimos con esto? Chris no escuchó. Había arrojado unamirada fugaz y avergonzada a un jesuita
  52. 52. cercano. Ella quería comprobar si habíaoído o no la obscenidad. Morena caraarrugada. Como la de un boxeador. Jovial. Cuarentón. Había cierta tristeza en susojos, algo de sufrimiento, y, sin embargo,su mirada fue cálida y tranquilizadora alposarse en la de ella. Había oído.Sonreía. Echó una ojeada a su reloj y se alejó. —¡Digo que sigamos de un vez conesto! Se volvió, sorprendida. —Sí, tienes razón, Burke. Vamos a hacerlo. —Gracias a Dios. —No, espera.
  53. 53. —Pero, ¡Caramba! Protestó por la adición introducida enla escena. Opinaba que el punto culminante eranlas palabras que tenía que pronunciar, y seoponía a entrar corriendo inmediatamentedespués por la puerta del edificio. —No le agrega nada —dijo Chris—.Es estúpido. —Sí, querida. Tienes razón —admitióBurke sinceramente—. Sin embargo, eldirector de fotografía insiste en que lohagamos —continuó—; de modo que asíserá, ¿Entiendes? —No. —No, por supuesto que no. Esestúpido. Observa la siguiente escena —
  54. 54. rió—. Empieza con Jed, que viene hacianosotros por la puerta. El director defotografía está seguro de obtener unamención si la escena anterior terminacontigo saliendo por la puerta. —Eso es idiota. —¡Por supuesto que lo es! ¡Hay para vomitar! ¡Es algoestúpidamente malo! Pero lo filmaremos;aunque puedes estar segura de que loarreglaré cuando le demos los últimoscortes. Va a ser un bocado sabroso. Chris se rió. Y estuvo de acuerdo.Burke miró en dirección al director defotografía, que era conocido como unegoísta temperamental, muy aficionado alas discusiones que hacen perder tiempo.
  55. 55. Estaba ocupado con el operador. El director respiró aliviado. Mientras esperaba al pie de laescalinata que las luces se calentaran,Chris miró a Dennings cuando éste lelanzó una obscenidad a un desventuradoayudante; luego se le iluminóostensiblemente la cara. Parecíadeleitarse con su excentricidad. Sinembargo, Chris sabía que, después dehaber bebido una cierta cantidad,explotaría el mal genio, y si esto sucedía alas tres o cuatro de la madrugada, podríallamar por teléfono a gente importante yhacerla objeto de provocaciones fútiles.Chris se acordó de un jefe de estudioscuyo único crimen fue el de haber hecho,
  56. 56. durante las proyecciones de prueba, uncomentario inofensivo acerca de lacamisa de Dennings, que se veía algodeshilachada; ello bastó para que lodespertara a eso de las tres de lamadrugada, con objeto de decirle que eraun “patán de mierda” y que su padre habíasido, “con toda seguridad, un tarado”. Yal día siguiente simulaba tener amnesia eirradiaba cierto placer cuando aquellos aquienes había ofendido contaban condetalle lo que les había hecho. Aunque, sile convenía, se acordaba. Con una sonrisaen la boca, Chris recordó la noche en queél había destruido las oficinas del estudio,estimulado por la ginebra, en un ataque defuria descontrolada, y cómo más tarde,
  57. 57. cuando le presentaron una cuentadetallada y fotos de los daños, las habíadescartado con picardía porque eran“puras farsas, ya que los daños habíansido, a todas luces, mucho mayores”.Chris no creía que Dennings fuera ni unalcohólico ni un bebedor empedernido,sino, más bien, que bebía porque eso eralo que se esperaba de él: seguía latradición. ¡Ah, bueno! —pensó—. Supongo queserá una especie de inmoralidad. Se volvió y buscó con la vista aljesuita que le había sonreído. Iba caminando a lo lejos, con aireabatido, cabizbajo, una negra nubesolitaria en busca de la lluvia.
  58. 58. A ella nunca le habían gustado loscuras. Así lo afirmaba. Y, sin embargo,éste... —¿Lista, Chris? —dijo Dennings. —Sí, lista. —Muy lista. ¡Silencio! —ordenó elayudante de dirección. —¡Se rueda! —exclamó Burke. —¡Cámara! —¡Acción! Chris subió corriendo las escalerasmientras los extras aclamaban y Denningsla observaba, tratando de imaginarse quéestaría pensando. Ella había abandonado la discusióndemasiado pronto. Lanzó una mirada significativa al
  59. 59. script, que se le acercó caminando,sumiso, y le entregó el guión abierto,como un monaguillo entrega el misal alsacerdote en una misa solemne. Trabajaron bajo un sol intermitente. Aeso de las cuatro, el cielo se habíacubierto de negras nubes; el ayudante dedirección despachó al grupo para el restodel día. Chris volvió caminando a su casa.Estaba cansada. En la esquina de la CalleTreinta y Seis y O le firmó un autógrafo aun viejo almacenero italiano que la habíallamado a voces desde la puerta de sutienda. Escribió su nombre y “Mis mejoresdeseos” en una bolsa de papel marrón.
  60. 60. Mientras esperaba para cruzar, miró endiagonal: al otro lado de la calle habíauna iglesia católica. San no sé cuánto. Jesuita. John F. Kennedy y Jackie sehabían casado allí —según le dijeron—,habían orado allí. Trató de imaginárselo:John F. Kennedy en medio de velasvotivas y piadosas mujeres arrugadas,John F. Kennedy inclinado rezando: Creo... unfreno a los rusos, creo, creo... “Apolo IV”en medio del ruido de las cuentas delrosario; creo... la resurrección de lacarne y la vida perdurable... Eso. Eso es.Eso es lo importante. Observó un camión de cerveza queavanzaba lentamente, lleno del tintineo de
  61. 61. tibias, húmedas y vibrantes promesas. Cruzó. Caminando por la Calle O, y alpasar por el salón de actos de la escuelaprimaria, un sacerdote apareció corriendopor detrás de ella, con las manos en losbolsillos de un guardapolvo de nilón.Joven. Muy erguido. Le hacía falta unafeitado. Al pasar delante de ella, dobló ala derecha y se internó por un sendero queconducía a los posteriores atrios de laiglesia. Chris se detuvo junto al camino y loobservó, curiosa. Parecía dirigirse haciaun chalet de vigas blancas. Una viejapuerta de tela metálica se abrió con unchirrido y apareció otro sacerdote. Tenía
  62. 62. aspecto hosco y muy nervioso. Saludócortésmente con la cabeza al hombrejoven y, con la mirada baja, se dirigióhacia la puerta de entrada de la iglesia. Una vez más se abrió desde dentro lapuerta del chalet. Otro sacerdote. Parecía... ¡Sí, es! ¡Elque sonrió cuando Burke dijo “afornicar”! Sólo que ahora estaba serio alsaludar en silencio al recién llegado, alque le pasó un brazo sobre los hombros,en un gesto amable y algo paternal. Locondujo al interior de la casa, y la puertade tela metálica se cerró con un lento yleve chirrido. Chris se miró los zapatos. Estabadesconcertada.
  63. 63. ¿Cómo los prepararían? Se preguntósi los jesuitas se confesarían. Un sordo retumbo de tormenta. Levantó la vista hacia el cielo. ¿Llovería?... la resurrección de la...Sí, sí, seguro. El martes próximo.Destellos de relámpagos crepitaban a lolejos. No nos llames, pequeño; nosotroste llamaremos a ti. Se levantó el cuello del abrigo yprosiguió su lenta marcha. Quería quelloviera. Al minuto estaba en su casa. Se metió apresuradamente en el baño.Luego fue a la cocina. —Hola, Chris. ¿Cómo te ha ido? Una bonita rubia de veintitantos años,
  64. 64. sentada a la mesa. Sharon Spencer.Juvenil. De Oregón. Hacía tres años queera institutriz de Regan y secretaria socialde Chris. —¡Oh, el borracho de siempre! —Chris se acercó lentamente a la mesa yempezó a examinar los mensajes—.¿Nada interesante? —¿Quieres cenar la semana que vieneen la Casa Blanca? Chris se rió, incrédula. —¿Dónde está Rags? —Abajo, en el cuarto de los juguetes. —¿Haciendo qué? —Esculturas. Un pájaro, creo. Para ti. —Sí, necesito uno —murmuró Chris.
  65. 65. Se acercó a la cocina y se sirvió una tazade café caliente—. ¿Estabas bromeandocon eso de la cena? —preguntó. —No, por supuesto que no —respondió Sharon—. Es el jueves. —¿Una fiesta grande? —No, creo que sólo cinco o seispersonas. —¡No me digas! Estaba contenta, pero no muysorprendida. Buscaban su compañíataxistas, poetas, profesores y reyes. ¿Qué era lo que les gustaba de ella?¿Su vida? Chris se sentó a la mesa. —¿Qué tal ha ido la clase? Sharon encendió un cigarrillo,frunciendo el entrecejo.
  66. 66. —De nuevo nos dieron trabajo lasMatemáticas. —¿Sí? ¡Qué curioso! —Tienes razón. Es su asignaturafavorita —dijo Sharon. —¡Ah, bueno! Estas “Matemáticasmodernas...” Dios mío, yo no podría darel cambio en un autobús si... —¡Hola, mamá! Entró brincando por la puerta yextendiendo sus delgados brazos. Colitas de caballo, pelirrojas. La cara, brillante, suave, llena depecas. —¡Hola, fea! —Sonriendo alegre,Chris la estrechó con fuerza; luego besócálidamente las mejillas de la niña. No
  67. 67. podía reprimir la poderosa corriente de sucariño—. ¡Mmu—mmmmum—mmum! —Más besos. Después alejó un poco aRegan y la examinó con ojos ansiosos—.¿Qué has hecho hoy? ¿Nada emocionante? —Cosas. —Pero, ¿Qué clase de cosas? —A ver... —Tenía las rodillas junto alas de su madre, y se columpiabasuavemente hacia delante y atrás—.Bueno, por supuesto que he estudiado. —¡Ajá! —Y pintado. —¿Qué has pintado? —Flores. Margaritas. Todas rosadas.Y también... ¡Ah, sí! ¡ U n caballo! —De pronto se
  68. 68. emocionó y abrió mucho los ojos—. Elhombre tenía un caballo, ¿Sabes?, allájunto al río. Caminábamos y se nos acercóel caballo; ¡Era precioso! Mamá, tendríasque haberlo visto, ¡Y el hombre me dejómontarlo! ¡De veras! ¡Casi un minuto! Chris, divertida, le guiñó un ojo aSharon. —¿El mismo? —preguntó, levantandouna ceja. Cuando se trasladaron a Washingtonpara el rodaje de la película, la rubiasecretaria, que ahora era prácticamenteuna más de la familia, había vivido en lacasa y ocupado un dormitorio en la plantaalta. Hasta que conoció al “hombre del
  69. 69. caballo” en un establo cercano. Entonces, Chris decidió que Sharonnecesitaba un lugar donde poder estarsola, por lo cual le buscó un apartamentoen un hotel caro, e insistió en pagar ella lacuenta. —El mismo —sonrió Sharon enrespuesta a Chris. —¡Era un caballo extraordinario! —agregó Regan—. Mamá, ¿No podemosconseguir un caballo? Quiero decir, ¿Nopodríamos? —Ya lo veremos, querida. —¿Cuándo podría tener uno? —Te he dicho que ya lo veremos.¿Dónde está el pájaro que has hecho? Regan pareció quedar desconcertada
  70. 70. un momento; luego se volvió en direccióna Sharon y, al sonreír, descubrió una bocallena de piezas postizas. En su ademánesbozóse una tímida recriminación. —¿Se lo has dicho...? —Y después,conteniendo la risa, se dirigió a su madre—: Quería darte una sorpresa. —¿Quieres decir...? —¡Con una nariz larga y cómica,como tú querías! —¡Oh, Rags, qué lindo! ¿Puedo verlo? —No, todavía tengo que pintarlo.¿Cuándo estará la cena, mamá? —¿Tienes apetito? —Estoy muerta de hambre. —¡Y todavía no son las cinco! ¿A qué hora han almorzado? —
  71. 71. preguntó Chris a Sharon. —A eso de las doce —respondióSharon. —¿Cuándo volverán Willie y Karl? Les había dado la tarde libre. —Creo que a las siete —dijo Sharon. —Mamá, ¿Podemos ir a “HotShoppe”? —imploró Regan—. ¿Nopodríamos? Chris levantó la mano de su hija, lesonrió tiernamente y la besó. —¡Vístete rápidamente y vamos! —¡Cuánto te quiero! Regan salió corriendo de lahabitación. —¡Querida, ponte el vestido nuevo!—le gritó Chris.
  72. 72. —¿Te gustaría tener once años? —musitó Sharon. —¿Es un ofrecimiento? Chris tomó la correspondencia yempezó a clasificar distraídamente lasadulaciones garabateadas en las cartas. —¿Te gustaría? —preguntó Sharon. —¿Con la inteligencia que tengoahora? ¿Y todos los recuerdos? —Claro. —No es negocio. —Piénsalo de nuevo. —Lo estoy pensando. —Chris tomó unlibreto con una notita prendida en la tapa.Jarris. Su representante—. Creo que lesdije que no quería más guiones durante untiempo.
  73. 73. —Deberías leerlo —dijo Sharon. —¿Sí? —Sí. Yo lo he leído esta mañana. —¿Es bueno? —¡Magnífico! —Y a mí me tocaría hacer el papel deuna monja que descubre que es lesbiana,¿No es cierto? —No, no tendrías que hacer nada. —¡Anda! ¡Ahora sí que las películasse están poniendo mejor que nunca! ¿Dequé diablos me estás hablando, Sharon?¿A qué viene esa sonrisita burlona? —Quieren que dirijas —dijo Sharoncon afectada modestia, expeliendo elhumo de su cigarrillo. —¿Qué?
  74. 74. —Lee la carta. —¡Dios mío, Shar, estás bromeando! Chris se arrojó sobre la carta, lanzóun grito ronco y penetrante de alegría y,con ambas manos, la estrechó contra supecho. —¡Oh, Steve, ángel, te acordaste! —Filmando en África. Borracho. En sillasplegables. Contemplando la rojiza quietuddel día que terminaba: “¡Ah, este oficio esuna porquería! ¡Para el actor es unaporquería, Steve!” “A mí me gusta.” “Esuna porquería. ¿Acaso no sabes que en este oficio loúnico que vale la pena es dirigir?” “¡Ah,sí!” “¡Entonces sí que ha hecho uno algo,algo que es propio, algo que vive!”
  75. 75. “Bueno, hazlo entonces.” “Intenté, pero noles gustó.” “¿Por qué no?” “¡Oh, vamos,sabes bien por qué! No me creen losuficientemente capaz.” Tierno recuerdo.Sonrisa tierna. Querido Steve... —¡Mamá, no encuentro el vestido! —gritó Regan desde el rellano de laescalera. —¡Está en el armario! —respondióChris. —¡Ya he mirado también en él! —¡Subo en seguida! —gritó Chris.Examinó el guión un momento. Luego,poco a poco, se desanimó—. Tal vez seauna porquería. —Vamos... Honestamente creo que es
  76. 76. muy bueno. —Sin embargo, opinabas que enPsycho hacían falta risas grabadas. Sharon se rió. —¡Mamá! —¡Ya voy! Chris se levantó despacio. —¿Tienes una cita, Shar? —Sí. Chris se acercó hasta donde estaba lacorrespondencia. —Entonces puedes irte. Mañanadespacharemos todo esto. Sharon se levantó. —¡Ah, no, espera! —exclamó Chris,al acordarse de algo—. Vamos a escribiruna carta que ha de salir esta noche.
  77. 77. —Bueno. —La secretaria buscó lalibreta donde tenía la taquigrafía. —¡Ma—máaa! —Un quejido deimpaciencia. —Espera, bajo en seguida —dijoChris a Sharon. Salía ya de la cocina,pero se detuvo al darse cuenta de queSharon miraba el reloj. —Es mi hora de meditación, Chris —dijo. Chris la miró fijamente, con mudairritación. Hacía ya seis meses habíanotado que su secretaria se habíaconvertido, de pronto, en una “buscadorade la serenidad”. Había empezado en Los Ángeles, conla autohipnosis.
  78. 78. De ésta pasó luego a la entonación decantos budistas. Durante las últimassemanas que Sharon había dormido en lahabitación de la planta alta, la casaexhalaba olor a incienso y se escuchabanaburridos cantos de Nam myoho rengekyo (“No hay más que repetir esto, Chris,y se te conceden los deseos, consiguestodo lo que pides...”) a horasinverosímiles e inoportunas, generalmentecuando Chris estudiaba los guiones.“Puedes encender el televisor —le habíadicho Sharon generosamente en una deaquellas ocasiones—. No me molesta. Yopuedo cantar con cualquier clase de ruidoa mi alrededor.” Ahora era meditaciónsobrenatural.
  79. 79. —¿De veras crees que eso te harábien, Sharon? — preguntó Chris con unavoz sin matices. —Me da paz espiritual —respondióSharon. —Bueno —dijo Chris secamente. Sevolvió y le dijo adiós. No mencionó lacarta, y al salir de la cocina murmuró:Nam myoho renge kyo. —Repítelo durante quince o veinteminutos —dijo Sharon—. Tal vezconsigas el efecto. Chris se detuvo mientras pensaba unarespuesta apropiada, pero se dio porvencida. Subió al dormitorio de Regan yse dirigió inmediatamente al armario.Regan estaba parada en el centro de la
  80. 80. habitación, mirando el techo. —¿Qué estás haciendo? —le preguntóChris mientras buscaba el vestido. Era dealgodón celeste. Lo había comprado la semana anteriory recordaba haberlo colgado en elarmario. —Oigo ruidos extraños —dijo Regan. —Ya lo sé. Tenemos visitas. Regan la miró. —¿Eh? —Ardillas, querida: ardillas en elaltillo. Las ratas le producían náuseas ypánico a su hija. Hasta los ratoncitos la molestaban. La búsqueda del vestido resultó
  81. 81. infructuosa. —¿Ves como no está ahí? —Sí, ya lo he visto. Tal vez Willie selo haya llevado con la ropa sucia. —Tampoco está. —Bueno, entonces ponte el azulmarino. Es muy bonito. Fueron al “Hot Shoppe”. Chris pidió ensalada, mientras queRegan tomó sopa, cuatro bollitos, pollofrito, un batido de chocolate y dosraciones de tarta de fresas con crema decafé helada. ¿Adónde meterá tanto? —sepreguntaba Chris con ternura—. ¿En sus
  82. 82. muñecas? La niña era delgada como unaleve esperanza. Chris se fumó un cigarrillo mientras setomaba el café y miró por la ventana de laderecha. El río parecía esperar, oscuro yquieto. —Muy rica la cena, mamá. Chris se volvió, y, como pasaba amenudo, contuvo el aliento, sintiendo denuevo el dolor de reconocer la imagen deHoward en la cara de Regan. Era elángulo de la luz. Clavó la vista en el platode la niña. —¿Vas a dejar ese pedazo de tarta?—le preguntó. Regan bajó los ojos.
  83. 83. —Me he comido muchos caramelos. Chris apagó el cigarrillo y se rió. —Vamos. Volvieron antes de las siete. Willie y Karl ya habían regresado.Regan se fue corriendo hacia el cuarto delos juguetes en el sótano, ansiosa porterminar la escultura para su madre. Chrisse encaminó a la cocina en busca dellibreto. Encontró a Willie, que preparabael café. Tosca mujerona. Parecía huraña y malhumorada. —Hola, Willie, ¿Cómo les ha ido?¿Se han divertido? —No pregunte. —Agregó una cáscarade huevo y una pizca de sal en el
  84. 84. burbujeante contenido de la cafetera.Habían ido al cine, explicó Willie. Ellaquería ver a “Los Beatles”, pero Karlhabía insistido en ver una película sobreMozart. —¡Horrible! —La mujer hervía de iramientras bajaba la llama del fuego—.¡Ese cabezota! —¡Qué pena! —Chris se puso ellibreto debajo del brazo—. ¡Ah, Willie,¿No has visto el vestido que le compré aRegan la semana pasada? El de algodónazul. —Sí, en el armario. Esta mañana. —¿Dónde lo pusiste? —Está allí. —¿No lo habrás sacado, por error,
  85. 85. junto con la ropa sucia? —Está allí. —¿Con la ropa sucia? —En el armario. —No, no está. Ya lo he mirado. Iba a decir algo, pero apretó loslabios y miró, ceñuda, el café. Karl había entrado. —Buenas noches, señora. Se dirigió al fregadero para tomar unvaso de agua. —¿Ha puesto las trampas? —preguntóChris. —No hay ratas. —¿Las ha puesto o no? —Por supuesto que sí, pero el altilloestá limpio.
  86. 86. —Cuénteme qué le ha parecido lapelícula, Karl. —Muy buena. Su espalda era tan inexpresiva comosu cara. Chris inició la retirada mientrastarareaba una canción de “Los Beatles”.Pero luego se detuvo ¡Un último disparo! —¿Ha tenido algún inconvenientepara conseguir las ratoneras, Karl? —No, ninguno. —¿A las seis de la mañana? —En una tienda que está abierta todala noche. —¡Dios santo!
  87. 87. Chris tomó, con fruición, un largobaño, y cuando fue al armario de su cuartoen busca del albornoz, encontró el vestidoazul de Regan. Estaba arrugado, sobre una pila deropa, en el piso del armario. Lo cogió. ¿Qué hace aquí? Aún tenía las etiquetas. Recordó quehabía comprado el vestido, junto con otrascosas para ella. Debo de haber puestotodo junto. Chris llevó el vestido al dormitorio deRegan y lo colgó de una percha. Echó unamirada a las prendas de la niña. Bonitas.Bonitas ropas sí, Rags, piensa en esto, yno en papá, que nunca escribe. Al salir tropezó contra la pata de la
  88. 88. cómoda. ¡Huy, qué dolor! Al levantar el pie para frotarse eldedo notó que la cómoda estaba corridamedio metro de su lugar. ¡Claro! ¡Tenía que tropezar! Willie habrá pasado la aspiradora. Bajó al despacho con el libretoenviado por su representante. A diferencia del imponente living, consus grandes ventanales y su hermosa vista,el despacho irradiaba una sugestivaintimidad, secretos cuchicheos entre tíosricos. Chimenea de ladrillo rojizo sinrevocar, paneles de roble, entrecruzadasvigas de madera. Los únicos toquesmodernos de la habitación eran el bar,unos cuantos almohadones de colores y
  89. 89. una alfombra de cuero de leopardo, quecubría el piso frente al hogar, ante el quese hallaba extendida ella, con la cabeza ylos hombros apoyados en un mullido sofá. Echó otra ojeada a la carta de surepresentante. Fe, Esperanza y Caridad: Tres partesdistintas, con diferentes reparto y director.La suya sería Esperanza. Le gustaba laidea. Y le gustaba el título. Aburrida, sinduda —pensó—, pero refinada.Seguramente lo cambiarán por algo asícomo “Roca de las Virtudes”. Sonó el timbre de la puerta. Burke Dennings. Un hombre solitarioque venía con frecuencia. Chris sonrió tristemente, movió la
  90. 90. cabeza al oír que le gritaba unaobscenidad a Karl, a quien parecía odiar,por lo cual lo atormentaba continuamente. —¡Hola!, ¿Dónde hay algo que tomar?—exigió enojado, mientras entraba en laestancia y se dirigía al bar, sin mirar aChris, con las manos en los bolsillos delarrugado impermeable. Se sentó en la banqueta del bar.Irritable. Ojos inquietos. Un poco enojado. —¿De nuevo andas vagabundeando?—preguntó Chris. —¿Qué diablos quieres decir? —resopló él. —¡Tienes un aspecto tan cómico! Ello lo había notado ya cuando
  91. 91. hicieron juntos una película en Lausana.En la primera noche que pasaron allí, enun hotel que daba sobre el lago deGinebra, Chris no podía conciliar elsueño. A las cinco de la mañana saltó dela cama y decidió vestirse y bajar alvestíbulo a tomar un café o en busca dealguien que le hiciera compañía. Mientras esperaba el ascensor en elpasillo, miró por la ventana y vio aldirector, que caminaba erguido por laorilla, con las manos hundidas en losbolsillos de su abrigo, para resguardarlasdel frío glacial del invierno. Cuando ellallegó al vestíbulo, él ya entraba en elhotel. —¡Ni un bote a la vista! —dijo
  92. 92. bruscamente, pasando a su lado con lacabeza baja; después se metió en elascensor y se fue a dormir. Cuando, mástarde, ella riéndose, mencionó elincidente, el director se puso furioso y laacusó de andar propalando por ahí“groseras alucinaciones”, que la gentepodía “creer fácilmente, sólo porque eresuna estrella”. También la trató de “locade la mierda”, pero luego agregóconsoladoramente, haciendo esfuerzospara calmar su descontento, que “quizás”ella había visto a alguien y que lo habíaconfundido con Dennings. “Después detodo —recalcó—, mi tatarabuela erasuiza.” Chris le recordó ahora el incidentemientras se metía detrás del mostrador del
  93. 93. bar. —¡Vamos, no seas tonta! —le espetóDennings—. Lo que ocurre es que me hepasado toda la tarde en un maldito té, ¡Unté con los profesores! Chris se apoyó sobre el bar. —Conque en un té, ¿Eh? —¡Sigue riéndote como una boba! —Te has emborrachado en un té —dijo secamente— con unos jesuitas. —No, los jesuitas estaban sobrios. —¿No beben? —¿Cómo que no? —gritó—. ¡Bebíancomo condenados! ¡Nunca en mi vida he visto a nadiebeber tanto! —¡Vamos, baja la voz, Burke!
  94. 94. ¡Regan! —Sí, claro, Regan —murmuróDennings—. ¿Dónde diablos está mivaso? —¿Me vas a decir de una vez qué hasestado haciendo en un té con losprofesores? —Pues practicando esas malditasrelaciones públicas; algo que tú tendríasque hacer. Chris le alargó un vaso de ginebra conhielo. —¡Dios mío, cómo les hemos dejadoel terreno! — exclamó el director, que,compungido, apoyó el vaso contra loslabios—. ¡Ahí, sí, ríete! Es para lo únicoque sirves, para reír y enseñar un poco el
  95. 95. trasero. —Únicamente sonrío. —Bueno, alguien tenía que salvar lasapariencias. —¿Y cuántas veces dijiste “fornicar”,Burke? —Querida, no seas grosera —lareprochó amablemente—. Ahora dimecómo te encuentras. Ella respondió encogiéndose dehombros, abatida. —¿Estás malhumorada? Vamos,cuéntame. —No sé. —Cuéntaselo a tu tío. —Creo que yo también voy a tomaralgo —dijo, y fue a buscar un vaso.
  96. 96. —Sí, es bueno para el estómago.Bien, ¿Qué te pasa? Lentamente, ella se sirvió vodka. —¿Nunca has pensado en la muerte? —¿En qué? —En la muerte. ¿Nunca has pensadoen ello, Burke? ¿En lo que significa? ¿Enlo que realmente significa? Levemente cortante, respondió: —No sé. No, nunca pienso en eso.S ó l o hago el muerto. ¿A qué diablosviene todo esto? Ella se encogió de hombros. —No sé —contestó en un tono suave.Dejó caer el hielo en el vaso y locontempló, pensativa—. Sí... sí, lo sé —rectificó—. Yo... bueno, lo he pensado
  97. 97. esta mañana... una especie de sueño... casial despertarme. No sé. Quiero decir queme ha impresionado un poco... lo quesignifica..., el fin, ¡El fin!, como si nuncalo hubiera sabido. — Sacudió la cabeza—. ¡Cómo me he asustado! Sentí que huíade este maldito planeta a millones dekilómetros por hora. —Tonterías. La muerte es un alivio —respondió Dennings. —No para mí, Charlie. —Bueno, tú vives a través de tushijos. —¡Déjate de idioteces! Yo no soy mishijos. —Gracias a Dios. Una ya essuficiente.
  98. 98. —¡Piénsalo, Burke! No existir...¡Nunca más! Es... —¡Oh, por Dios! ¡Enseña un poco eltraste en el té con los profesores lasemana que viene, y tal vez esos curaspuedan darte consuelo! —Agitó su vaso—. Tomemos otro. —No sabía que ellos bebiesen. —Entonces es que eres estúpida. Los ojos del hombre habían adquiridouna expresión ruin. ¿Estaría llegando allímite de la exasperación? Chris estabaasombrada. Tenía la impresión de haberletocado un nervio. ¿Lo habría hecho? —¿Se confiesan? —preguntó ella. —¿Por qué he de saber eso? —bramósúbitamente.
  99. 99. —Bueno, ¿Acaso no estudiabaspara...? —¿Dónde está ese maldito trago? —¿Quieres café? —No te pongas necia. Quiero otrotrago. —Toma un poco de café. —¡Vamos! ¡Venga la copa! —¿Un “Lincoln Highway”? —No, eso es asqueroso, y yo odio alos borrachos asquerosos. ¡Vamos, llena el vaso! Deslizó su vaso por el mostrador delbar, y ella le sirvió más ginebra. —Tal vez debería invitar a dos deellos —murmuró Chris. —¿A dos de quiénes?
  100. 100. —Bueno, a cualquiera. —Se encogióde hombros—. Los tipos importantes, loscuras. —No se irían nunca; son unosabusones —profirió con voz ronca,tomando la ginebra de un trago. Si, está empezando a perder lacalma, pensó Chris, y rápidamentecambió de tema: le habló del libreto y dela oportunidad que le daban de dirigir. —¡Ah, qué bien! —murmuróDennings. —Me da miedo. —¡Bah, tonterías! Querida, lo difícilde dirigir es hacer que parezca difícil.Yo, al principio, desconocía la clave, yaquí me tienes. Es como un juego de
  101. 101. niños. —Burke, si he de serte sincera, ahoraque me han ofrecido esta oportunidad, noestoy segura ni de poder dirigir a miabuela para que cruce la calle. Me refiero a la parte técnica. —Eso déjaselo al director de escena,al director de fotografía y a la script,querida. Consíguete unos que sean buenosy te sacarán del paso. Lo que importa esel manejo de los actores, y en eso serásmaravillosa. Tú puedes no sóloindicarles cómo hacer o decir algo,querida; les puedes incluso demostrarcómo se hace. Acuérdate de Paul Newmany Rachel, Rachel, y no te pongas nerviosa. Ella parecía seguir dudando aún.
  102. 102. —Bueno, lo que me preocupa es laparte técnica. Borracho o sobrio, Dennings era eldirector más experto en la materia. Ellaquería su consejo. —¿Por ejemplo? —le pregunto él. Durante casi una hora estuvoexponiéndole los pequeños detalles. Podía encontrar explicaciones en lostextos, pero la lectura la impacientaba. Enlugar de eso, leía a la gente. Al sercuriosa por naturaleza, los exprimía hastasacarles la última gota de jugo. Pero eraimposible exprimir los libros. Los libroseran locuaces. Decían “por tanto” y “claramente”,cuando algo no estaba claro en absoluto, y
  103. 103. nunca se podían impugnar suscircunloquios. Nunca se los podíadesarmar con agudeza. “Espera unmomento, no entiendo. ¿Me puedes repetireso último?” Nunca se los podía sujetarcon alfileres, retorcerlos. Los libros erancomo Karl. —Querida, lo único que necesitas esun brillante director de fotografía —se rióel director, para rematar el tema—. Unoque sea competente de verdad. Se había puesto encantador y eufórico,y parecía haber pasado el temidomomento de peligro. —Con permiso, señora. ¿Deseabaalgo? Karl estaba parado, cortés, en la
  104. 104. puerta del despacho. —¿Cómo le va, Thorndike? —se rióDennings—. ¿O se llama Heinrich? Nuncame acuerdo. —Soy Karl. —Sí, por supuesto. Me habíaolvidado. Dígame, Karl, ¿Qué me contóusted que había hecho para la Gestapo?¿Relaciones públicas? ¿O fue para lacomunidad? Creo que hay una diferencia. Karl habló respetuosamente. —Ninguna de las dos cosas, señor.Yo soy suizo. —¡Ah, sí! —El director se rió acarcajadas, groseramente. Y usted nuncajugaría al bowling con Goebbels,supongo.
  105. 105. Karl, sin hacerle caso, se volvió haciaChris. —¡Y nunca voló con Rudolph Hess! —¿Deseaba algo, señora? —No, creo que no. Burke, ¿Quierescafé? —¡Una porra! El director se levantó bruscamente ysalió, rabioso, de la habitación y de lacasa. Chris agitó la cabeza y luego sedirigió a Karl. —Desconecte los teléfonos —ordenó,inexpresiva. —Sí, señora. ¿Algo más? —Sí, tal vez un poco de café. ¿Dónde está Rags?
  106. 106. —Abajo, en el cuarto de los juguetes.¿La llamo? —Sí. Es hora de acostarse. Pero no;espere un segundo, Karl. No se moleste.Tengo que ir a ver el pájaro. Tráigamesólo el café, por favor. —Sí, señora. —Y, por enésima vez, le pidodisculpas en nombre de Burke. —No le hago caso. —Ya sé. Eso es lo que lo irrita. Chris caminó hasta el vestíbulo, abrióla puerta de la escalera del sótano y miróhacia abajo. —Hola, pecosilla, ¿Qué estáshaciendo ahí abajo? ¿Terminaste elpájaro?
  107. 107. —¡Sí, ven a verlo! ¡Está terminado! El cuarto de los juguetes teníaventanas y estaba decorado alegremente.Atriles. Pinturas. Tocadiscos. Mesas para juegos y un taller paraescultura. Guirnaldas rojas y blancas que habíanquedado de una fiesta que celebró el hijodel inquilino anterior. —¡Es fantástico! —exclamó Chris,mientras su hija le alargaba la figura. Noestaba seca del todo; era un pájarohorroroso, de color naranja, excepto elpico, pintado con rayas verdes y blancas. Le había pegado un mechón de plumasen la cabeza. —¿Te gusta? —preguntó Regan.
  108. 108. —Me encanta, querida; de verdad.¿Le has puesto nombre? —Pues... no. —¿Qué le podrías poner? —No sé. Regan se encogió de hombros. —Vamos a ver. —Chris se tocó losdientes con las yemas de los dedos—.¿Qué te parece Pájaro tonto, eh? SóloPájaro tonto. Regan trató de contener la risa, y setapó la boca con la mano para no mostrarlas piezas artificiales. Gesto afirmativo con la cabeza. —¡Pájaro tonto junto a un derrumbe!Lo dejaré aquí para que se seque, y luegome lo llevaré a mi cuarto.
  109. 109. Chris estaba apoyando el pájarocuando reparó en el tablero Ouija, queusaba para componer palabras. Cerca. Sobre la mesa. Se habíaolvidado de que lo tenía. Tan curiosaacerca de sí misma como de los demás, lohabía comprado con la intención de sacara la luz ciertas claves de susubconsciente. No había dado resultado.Lo había usado una o dos veces conSharon y una vez con Dennings, que habíamovido hábilmente la planchita plástica,de manera que reprodujese mensajesobscenos. —¿Juegas con el tablero Ouija? —Sí. —¿Sabes cómo hacerlo?
  110. 110. —Sí, claro. Mira, te lo voy a mostrar. Se acercó para sentarse junto altablero. —Bueno, creo que se necesitan dospersonas, querida. —No, mamá. Yo siempre lo hagosola. Chris acercó una silla. —¿Quieres que juguemos las dos? Vacilación. —Está bien. Había puesto los dedos sobre laplanchita blanca, y cuando Chris estiró lamano para colocar la suya, ésta se movióde pronto hasta el casillero y marcó “no”en el tablero. Chris le sonrió, astuta. —“Mamá, prefiero hacerlo yo sola.”
  111. 111. ¿Era eso lo que querías decirme? ¿Noquieres que yo juegue? —No, yo sí quiero. Pero el capitánHowdy ha dicho “no”. —¿El capitán qué? —El capitán Howdy. —Querida, ¿Quién es ese capitán? —Pues alguien al que yo le hagopreguntas y él me responde. —¿Sí? —Es muy bueno. Chris trató de no fruncir el ceño alsentir una repentina y oscurapreocupación. La niña había queridomucho a su padre, y, sin embargo, nuncahabía manifestado exteriormente sureacción ante el divorcio. Y eso no le
  112. 112. gustaba a Chris. Tal vez habría llorado ensu habitación; pero ella no lo sabía. Christemía que la niña se estuviera reprimiendoy que algún día estallaran sus emocionesen forma nociva. Un compañero de juegosimaginario. No le parecía sano. ¿Por qué“Howdy”? ¿Por Howard? ¿Su padre?Bastante pareado. —¿Y cómo es que no se te ha ocurridoun nombre para el pájaro y ahora mevienes con el de “capitán Howdy”? ¿Porqué lo llamas así? —Pues porque ése es su nombre —contestó Regan con una risita. —¿Y cómo lo sabes? —Porque me lo ha dicho él.
  113. 113. —Por supuesto. —Por supuesto. —¿Y qué más te dice? —Cosas. —¿Qué cosas? Regan se encogió de hombros. —Sólo cosas. —¿Por ejemplo...? —Te lo voy a mostrar. Le haréalgunas preguntas. —Sí, hazlo. Poniendo los dedos sobre la planchita,Regan clavó los ojos en el tablero, muyconcentrada. —Capitán Howdy, ¿Crees que mimamá es guapa? Un segundo... cinco... diez... veinte...
  114. 114. —¿Capitán Howdy? Más segundos. Chris estabasorprendida. Había esperado que su hijamoviera la planchita al casillero quedecía “sí”. ¡Oh, por Dios!, ¿Qué es esto?¿Una hostilidad consciente? Es absurdo. —Capitán Howdy, no seas maleducado —le regañó Regan. —Querida, tal vez esté durmiendo. —¿Tú crees? —Creo que eres tú la que deberíaestar durmiendo. —¿Ya? —¡Vamos, querida! ¡A la cama! Chris se levantó. —Es un bobo —musitó Regan. Luego salió detrás de su madre por la
  115. 115. escalera. Chris la dejó caer en la cama y sesentó a su lado. —Querida, el domingo no trabajo.¿Quieres hacer algo? —¿Qué? Cuando fueron a Washington, Chrishabía tratado de proporcionar a Regancompañeros de juego. Y encontró sólo a una niña, Judy, dedoce años. Pero la familia de Judy sehabía ido a pasar la Pascua a otra parte, ya Chris le preocupaba que Regan sesintiera sola. —Bueno, no sé —replicó Chris—.Cualquier cosa. ¿Quieres que salgamos a pasear?
  116. 116. ¡Podemos ir a ver los cerezos en flor! Este año han florecido pronto. ¿Quieres ir a verlos? —Sí, mamá. —Y mañana por la noche, al cine.¿Qué te parece? —¡Te adoro! Regan la abrazó, y Chris hizo lomismo, con más fervor que nunca,mientras susurraba: —Yo también te adoro. —Si quieres, puedes invitar al señorDennings. —¿El señor Dennings? —Bueno, creo que estaría bien. Chris se rió. —No, no estaría bien. Querida, ¿Por
  117. 117. qué habría de invitarlo? —Porque te gusta. —Sí, por supuesto que me gusta. ¿Y ati? No respondió. —¿Qué pasa, querida? —Chris instó asu hija. —Te vas a casar con él, mamita,¿Verdad? No era una pregunta, sino una lúgubreafirmación. Chris estalló en carcajadas. —¡Por supuesto que no, pequeña!¡Qué cosas se te ocurren! ¿El señor Dennings? ¿De dónde hassacado esa idea? —Pero te gusta.
  118. 118. —También me gusta la pizza, ¡Peronunca me casaría con ella! Querida, es un amigo, sólo un viejoamigo. —¿No te gusta como te gustabapapaíto? —A tu padre lo quiero. Siempre lo querré. El señor Denningsviene muchas veces de visita porque estásolo; eso es todo. Es un amigo. —Es que he oído... —¿Qué has oído y a quién? Trocitos de duda revoloteando en losojos, vacilación. Después, unencogimiento de hombros como paracambiar de tema. —No sé. Se me ha ocurrido.
  119. 119. —Bueno, eso es una tontería, así queolvídalo. —Está bien. —Ahora, a dormir. —¿Puedo leer? No tengo sueño. —Por supuesto. Lee tu libro nuevohasta que te canses. —Gracias, mamaíta. —Buenas noches, querida. —Buenas noches. Chris le mandó un beso desde lapuerta y luego la cerró. Bajó lasescaleras. ¡Los chicos! ¿De dónde sacanlas ideas? Tenía curiosidad por saber siRegan relacionaba a Dennings con sutrámite de divorcio. Eso es una estupidez. Regan sabía sólo que Chris había
  120. 120. entablado la demanda. Sin embargo, eraHoward quien lo había querido. Largas separaciones. El afectado egodel marido de una estrella. Había encontrado a otra mujer. Regan no lo sabía. ¡Oh, deja ya todoeste psicoanálisis de aficionado y tratade pasar un poco más de tiempo con ella! Vuelta al despacho. El guión. Chris leyó. A mitad de camino vio queRegan se acercaba a ella. —Hola, querida. ¿Qué pasa? —Oigo ruidos muy extraños, mamá. —¿En tu cuarto? —Sí, son como golpes. No me puedodormir. ¿Dónde diablos están las ratoneras?
  121. 121. —Querida, duerme en mi habitación;yo averiguaré qué es. Chris la acompañó hasta su dormitorioy la metió en la cama. —¿Puedo ver la televisión un ratitohasta que me duerma? —¿Dónde está tu libro? —No lo encuentro. ¿Puedo ver latelevisión? —Sí, por supuesto. —Chris sintonizóun canal en el aparato portátil de sudormitorio—. ¿Está bien de volumen? —Sí, mamá. —Trata de dormir. Chris apagó la luz y se alejó por elpasillo. Trepó por la angosta yalfombrada escalera que conducía al
  122. 122. altillo. Abrió la puerta y tanteó buscandola llave de la luz; la encontró y se agachóal entrar. Miró a su alrededor. Cajas de recortesy correspondencia sobre el piso demadera. Nada más, excepto las ratoneras.Seis. Con carnada. La habitación estabaintacta. Hasta el aire olía a fresco y limpio. Elaltillo no tenía calefacción. No habíacañerías, ni agujeritos en el techo. —No hay nada. Chris se sobresaltó, asustada. —¡Dios mío! —exclamó volviéndoserápidamente, con una mano sobre sucorazón agitado—. ¡Por Dios, Karl, novuelva a hacer eso!
  123. 123. Karl estaba parado en la escalera. —Lo lamento mucho. Pero, ¿Ve? Está limpio. —Sí, está limpio. Muchas gracias. —Tal vez sería mejor un gato. —¿Qué? —Para cazar las ratas. Sin esperar una respuesta, saludó conla cabeza y se fue. Durante un momento, Chris se quedócontemplando la puerta. O Karl no teníaningún sentido del humor, o éste era tansutil que se le escapaba a ella. No supocomo catalogarlo. Se puso a pensar nuevamente en losgolpes y luego miró en dirección al techo.La calle estaba sombreada por árboles, la
  124. 124. mayor parte de ellos retorcidos yentrelazados con enredaderas, y unasenormes ramas en forma de hongo cubríancomo un paraguas la tercera parte delfrontispicio de la casa. ¿Serían las ardillas, después de todo?Tienen que serlo. O las ramas. Claro.Podrían ser también las ramas. Lasúltimas noches había hecho viento. Tal vez sería mejor un gato. Chris echó otra mirada al vano de lapuerta. ¿Se estaría haciendo el vivo? Derepente sonrió, tomando un aire descaradoy travieso. Bajó hasta el dormitorio de Regan,recogió algo, lo subió al altillo, y unminuto después regresó a su habitación.
  125. 125. Regan dormía. La llevó a su cuarto, la metió en lacama, volvió a su propio dormitorio,apagó el televisor y se durmió. La casapermaneció en silencio hasta la mañana. Mientras se desayunaba, Chris dijo aKarl, como al azar, que durante la nochele pareció oír un chasquido como el deuna ratonera al cerrarse. —¿Quiere ir a echar una mirada? —lesugirió, sorbiendo el café y simulandoestar enfrascada en el diario de lamañana. Sin hacer ningún comentario,Karl se levantó y fue a investigar. Chris secruzó con Karl en el pasillo de la plantaalta cuando él volvía; contemplaba,inexpresivo, el gran ratón de juguete que
  126. 126. llevaba en sus manos. Lo habíaencontrado con el hocico firmementesujeto a la ratonera. Mientras se dirigía hacia sudormitorio, Chris arqueó una ceja a lavista del ratón. —Alguien se hace el gracioso —musitó Karl al pasar a su lado. Volvió a poner el ratón en el cuarto deRegan. —Por cierto que están pasandomuchas cosas —murmuró Chris,sacudiendo la cabeza al entrar en sudormitorio. Se quitó el salto de cama y sepreparó para ir a trabajar. Sí, tal vez seamejor un gato, amigo. Mucho mejor. Cuando sonreía, toda su cara parecía
  127. 127. arrugarse. La filmación transcurrió aquel día sintropiezos. Durante la mañana, Sharon fue al platóy, en los descansos entre las tomas, en elvestuario portátil, ella y Chris seocuparon en despachar lacorrespondencia: una carta a surepresentante, diciéndole que pensaría ensu proposición; otra, aceptando lainvitación a la Casa Blanca; un telegramaa Howard para recordarle que hablara porteléfono a Regan el día de su cumpleaños;una llamada a su administrador parapreguntarle si ella podría permitirse el
  128. 128. lujo de no trabajar durante un año; planespara una cena el 23 de abril. Al anochecer, Chris llevó a Regan alcine, y al día siguiente dieron vueltas pordistintos lugares de interés en el “Jaguar”de Chris. El monumento a Lincoln. El Capitolio. El lago bordeado por loscerezos en flor. Comieron algo, depasada. Luego, al otro lado del río, elcementerio de Arlington y la Tumba delSoldado Desconocido. Regan se pusoseria, y más tarde, junto a la tumba deJohn F. Kennedy, adoptó un airereservado y un poquito triste. Contempló la “llama eterna” y luego,calladamente, cogió la mano de su madre. —Mamá, ¿Por qué tiene que morir la
  129. 129. gente? La pregunta taladró el alma de lamadre. ¡Oh, Rags!, ¿También tú? ¡Oh,no! Pero, ¿Qué podía decirle? ¿Mentiras?No. Contempló la cara de su hija, sus ojosvelados por las lágrimas. ¿Habríapercibido sus propios pensamientos? Erauna cosa tan habitual en ella... tanhabitual... —Querida, la gente se cansa —lecontestó cariñosamente. —Mamá, ¿Por qué permite Dios eso? Por un momento, Chris dejó vagar lamirada. Estaba desconcertada.Perturbada. Como era atea, no le habíaenseñado religión a su hija. Creía quesería deshonesto.
  130. 130. —¿Quién te ha hablado de Dios? —lepreguntó. —Sharon. —¡Ah! Tendría que hablar con ella. —Mamá, ¿Por qué permite Dios quenos cansemos? Al ver aquellos ojos sensibles yadvertir su sufrimiento, Chris se rindió.No podía decirle lo que creía. —Bueno, lo que ocurre es que,después de un cierto tiempo, Dios nosecha de menos, ¿Sabes, Rags?, y quiereque volvamos con él. Regan se encerró desde entonces en unobstinado silencio. No habló durante eltrayecto de vuelta, ni al día siguiente,
  131. 131. domingo, ni el lunes. El martes, día de su cumpleaños,pareció cambiar. Chris se la llevó con ella al plató, ycuando el trabajo hubo terminado, losactores y los técnicos le cantaron el Felizcumpleaños y trajeron una tarta. Comocuando estaba sobrio Dennings era unhombre atento y amable, hizo encendernuevamente las luces y filmó a la niñacuando cortaba la tarta. Dijo que era una “prueba artística”, yprometió que más adelante la convertiríaen estrella. Regan parecía estar muycontenta. Pero después de la cena y de abrir losregalos, se le acabó de nuevo el buen
  132. 132. humor. Ni noticias de Howard. Chris lollamó a Roma, pero un empleado del hotelle informó que hacía ya varios días que noiba por allí. Se había embarcado en unyate. Chris lo disculpó ante Regan. La niña asintió con la cabeza,resignada, y le hizo un gesto negativo antela sugerencia de ir a tomar un helado a“Hot Shoppe”. Sin decir palabra, bajó al cuarto delos juguetes, donde permaneció hasta lahora de irse a dormir. A la mañana siguiente, cuando Chrisabrió los ojos, se la encontró en su cama,medio dormida. —¿Qué diab...? ¿Qué estás haciendoaquí? —se rió Chris.
  133. 133. —Mi cama se movía. —Tontuela. —Chris la besó y laarropó. Duérmete. Todavía es muy temprano. Lo que parecía ser la mañana, fue elcomienzo de una noche sin fin.
  134. 134. CAPÍTULO SEGUNDO Se detuvo en el borde del solitarioandén del “Metro”, esperando oír elestruendo del tren, el cual apaciguaríaaquel dolor que siempre lo acompañaba.Como el pulso. Lo oía sólo en el silencio.Se cambió de mano la maleta y contemplóel túnel. Focos de luz. Se estiraban en laoscuridad como guías hacia ladesesperanza. Una tos. Miró a su izquierda. Un hombre canoso, con aspecto demendigo y sin afeitar, se incorporaba enmedio de un charco de orina. Sus ojosamarillentos observaron al sacerdote con
  135. 135. expresión triste. El sacerdote desvió la mirada. El hombre se acercaría. Gemiría. ¿Podría ayudar a un viejomonaguillo, padre? ¿Podría? La mano,salpicada de vómito, se apoyaría en suhombro. Hurgar y buscar una medalla. Lavaharada de vino y ajo soportada en milesde confesiones, y los trillados pecadosmortales eructados de una vez y queasfixiaban... asfixiaban... El sacerdote oyó que el desharrapadose levantaba. ¡Que no se acerque! Unos pasos... ¡Oh, Dios mío, hágase tu voluntad! —¡Hola, padre!
  136. 136. Dio un respingo. Se encogió. No se atrevía a volverse. No podíasoportar la búsqueda de Cristo en el tufo yen los ojos hundidos, al Cristo del pus ylos excrementos sangrantes, al Cristo queno podía ser. Con un ademán distraído, setocó la manga, como si buscara unainexistente franja de luto. Tuvo un leverecuerdo de otro Cristo. —¡Padre! El ruido de un tren que llegaba. Elruido de un tropezón. Miró al vagabundo.Se tambaleaba. Se desvanecía. Con unciego impulso, el sacerdote se le acercó,lo agarró y lo arrastró hasta el banco quehabía contra la pared. —Soy católico —murmuró el
  137. 137. vagabundo—, soy católico. El sacerdote lo tranquilizó, lo hizoacostar y vio que se acercaba su tren.Rápidamente sacó un dólar de su billeteray lo metió en el bolsillo de la chaquetadel vagabundo; pero luego le pareció queno era un lugar seguro, lo sacó y se lometió en el bolsillo del pantalón, húmedode orina; recogió su maleta y se metió enun vagón. Se sentó en un rincón y fingió dormir.Al final del trayecto caminó hastaFordham University. El dólar era para el taxi. Cuando llegó al pabellón en que sealojaban los visitantes, registró sunombre, Damien Karras, y se quedó
  138. 138. mirando el papel. Faltaba algo. Cansado,se dio cuenta de que no había puesto S. J.y lo añadió. Le asignaron una habitación en eledificio “Weigel”, y al cabo de una horapudo dormir. Al día siguiente asistió a una reuniónde la Sociedad Americana de Psiquiatría.Como principal conferenciante, expuso sutesis, titulada: Aspectos psicológicos deldesarrollo espiritual. Al finalizar el díapudo tomar algo con otros psiquíatras,quienes pagaron. Los dejó pronto. Tenía que ver a sumadre. Se fue caminando hasta elsemiderruido edificio de apartamentos de
  139. 139. la calle Veintiuno Este, en Manhattan. Sedetuvo junto a la escalinata de acceso ycontempló a los niños que había allí.Desaliñados. Mal vestidos. Sin casa. Se acordaba de desahucios, dehumillaciones, de haber vuelto a su casacon una novia de séptimo grado, parahallar a su madre revolviendo el cubo dela basura de la esquina, en espera deencontrar algo. Subió la escalera y abrióla puerta como si fuera una heridadelicada. Olor a comida. A dulzainapodredumbre. Se acordaba de las visitas amistress Choirelli en su pequeñoapartamento con los dieciocho gatos. Seagarró a la barandilla y subió, vencido
  140. 140. por un repentino cansancio, que se filtrabaen su interior y que él sabía que proveníade un sentimiento de culpa. No tendría que haberla abandonadonunca. Sola. Lo recibió gozosa. Un grito. Un beso. Corrió a hacer café. Morena. Piernas regordetas y torcidas.Él se sentó en la cocina y la oyó hablar;las paredes sucias y el piso manchado sele calaban hasta los huesos. Elapartamento era un cobertizo. AyudaSocial. Todos los meses, unos pocosdólares de un hermano. Ella se sentó a la mesa. La señora deFulano. El tío Mengano. Todavía conacento de inmigrantes. Él esquivaba
  141. 141. aquellos ojos, que eran pozos de tristeza,ojos que pasaban los días mirando por laventana. No tendría que haberla dejado nunca. Después escribió unas cartas en sunombre, pues no sabía leer ni escribir eninglés. Más tarde reparó el sintonizadorde una vieja radio de plástico. Su mundo.Las noticias. El alcalde Lindsay. Fue al baño. Diarios amarillentossobre las baldosas. Manchas deherrumbre en la bañera y el lavabo. Unviejo corsé en el piso. Simientes de su vocación. Desde aquí,él había huido hacia el amor. Ahora el amor se había enfriado. Por la noche lo oía silbar atravesando
  142. 142. los rincones de su corazón como un vientoextraviado y lloroso. A las once menos cuarto se despidióde ella con un beso. Prometió volverapenas pudiera. Dejó la radio sintonizadaen el noticiario. Ya de regreso en su habitación, en eledificio “Weigel”, pensó escribir unacarta al provincial jesuita de Maryland.Ya una vez había tocado el tema: unasolicitud de traslado a la provincia deNueva York para estar más cerca de sumadre, un puesto como profesor y elrelevo de sus tareas. Al solicitar estoúltimo había alegado “ineptitud” para el
  143. 143. trabajo. El provincial de Maryland habíaentrado en relaciones con él durante eltranscurso de su viaje anual de inspeccióna Georgetown University, que seasemejaba mucho a las de los inspectoresdel Ejército, porque se concedíanaudiencias confidenciales a aquellos quetenían motivos de agravio u ofensa. Sobreel asunto de la madre de Damien Karras,el provincial había dicho que sí con unmovimiento de cabeza que le demostrabasu comprensión, pero respecto a la“ineptitud” opinó lo contrario, a juzgarpor las apariencias. Pero Karras habíainsistido. —Bueno, es algo más que
  144. 144. psiquiatría, Tom. Usted lo sabe. Muchos tienen problemas devocación, de sentido de su vida. Porque,¡Caramba!, no todo el problema sereduce a lo sexual, porque tambiéncuenta la fe, y yo no lo puedo ignorar,Tom. Es demasiado. Necesito cambiar deambiente. Tengo mis propios problemas,mis dudas. —¿Qué hombre inteligente no lostiene, Damien? Como hombre acosado por numerososcompromisos, el provincial no habíainsistido en conocer las razones de susdudas, cosa que Karras le agradeció.Sabía que sus respuestas hubieranparecido insensatas: La necesidad de
  145. 145. ingerir comida y defecar después. Losnueve primeros viernes de mi madre. Zoquetes malolientes. Los bebés dela talidomida. Un artículo en un diarioacerca de un joven monaguillo,esperando un ómnibus, atacado porextraños que le rocían con nafta y leprenden fuego. No. Demasiado emocional. Impreciso. Existencial. Más lógico era el silenciode Dios. Había mal en el mundo. Y mucho delmal provenía de la duda, de una confusiónsincera entre los hombres de buenavoluntad. Señor, danos una señal... En un pasado lejano, la resurrección
  146. 146. de Lázaro se presentaba oscura. ¿Por qué no una señal? En diversas oportunidades, elsacerdote hubiera deseado haber vividocon Cristo, haber visto, haber tocado,haber explorado Su mirada. ¡Oh, Diosmío, deja que te vea! ¡Déjame conocerte!¡Ven a mí en sueños! Este deseo ardiente lo consumía. Se sentó ante su escritorio con lapluma ya lista sobre el papel. Tal vez había entendido que la fe es, afin de cuentas, una cuestión de amor. El provincial le había prometidoconsiderar sus peticiones, pero hastaahora no había tenido noticias. Karrasescribió la carta y se fue a dormir.
  147. 147. Se despertó, perezosamente, a lascinco de la mañana y fue a la capilla deledificio “Weigel”, tomó una hostia sinconsagrar, volvió a su habitación ycelebró una misa. —Et clamor meus ad te veniat —rezó, murmurando su angustia—. Que misúplica llegue hasta ti... Elevó la hostia en la consagración,recordando dolorosamente el placer quele producía antes. Como le sucedía todaslas mañanas, sintió, una vez más, el doloragudo de una inesperada visión fugaz,desde la lejanía de un amor perdido hacíaya mucho tiempo. Dividió la hostia sobre el cáliz. —Mi paz os dejo, mi paz os doy...
  148. 148. Luego comulgó. Cuando hubo terminado la misa,limpió el cáliz y lo puso, con cuidado, ensu maleta. Se apresuró para alcanzar eltren de las siete y diez a Washington;llevaba sufrimiento en su maleta negra.
  149. 149. CAPÍTULO TERCERO El 11 de abril, por la mañanatemprano, Chris llamó por teléfono a sumédico de Los Ángeles y le pidió elnombre de algún psiquíatra local para queexaminara a Regan. —¿Qué le pasa? Chris le explicó. A partir del díasiguiente de su cumpleaños —y luego deque Howard se olvidara de llamarla—,había notado un cambio repentino yespectacular en el comportamiento de suhija. Insomnio. Hostilidad. Ataques de malgenio. Pateaba las cosas. Las tiraba.
  150. 150. Gritaba. No quería comer. Por otra parte, parecía tener másenergías que nunca. No se quedaba quietani un instante; tocaba, quemaba, golpeaba,corría y saltaba por todos lados. Le iba mal en la escuela. Uncompañero de juegos imaginario. Tácticasrebuscadas para llamar la atención. El médico preguntó: —¿Por ejemplo? —Comenzó con los golpes en eltecho. Desde aquella noche en que subieraa inspeccionar el altillo, había oído losruidos en otras dos oportunidades. Enambas ocasiones, ella lo había notado,Regan se hallaba en la habitación, y losgolpes terminaban en el instante en que
  151. 151. Chris entraba. Además —le siguiócontando—, Regan “perdía” cosas en sudormitorio: un vestido, el cepillo dedientes, libros, los zapatos. Protestaba porque “alguien lecambiaba de lugar” los muebles. En fin, lamañana siguiente a la cena en la CasaBlanca, Chris vio que Karl volvía a poneren su lugar una cómoda que estaba enmedio de la habitación. Cuando Chris lepreguntó qué estaba haciendo, él repitió elacostumbrado, “alguien se hace elgracioso”, y se negó a explicar más; pero,en seguida, Chris se encontró a Regan enla cocina protestando porque durante lanoche, cuando ella dormía, alguien lecambiaba los muebles de lugar.
  152. 152. Este fue el incidente —explicóChrisque, al final, había hecho cristalizarsus sospechas. Sin lugar a dudas, era suhija la que hacía todas aquellas cosas. —¿Crees que pueda sersonambulismo? ¿Que hace todo esodormida? —No, Marc, lo hace despierta. Para llamar la atención. Chris mencionó el asunto de la camaque se movía, que había ocurrido dosveces más, y tras el cual Regan insistió endormir con su madre. —Bueno, eso podría ser físico —seaventuró a decir el médico. —No, Marc, no he dicho que la camase moviera, sino que Regan dice que se
  153. 153. mueve. —¿Estás segura de que no se mueve? —En absoluto. —Bueno, pueden ser espasmosclónicos —murmuró. —¿Qué? —¿No tiene fiebre? —No. ¿Qué te parece que he dehacer? —preguntó—. ¿La llevo o no a unpsiquíatra? Chris, has mencionado la escuela.¿Cómo le va en Matemáticas? —¿Por qué me lo preguntas? —¿Cómo le va? —insistió. —Muy mal. Pero empezó a ir mal derepente. El gruñó.
  154. 154. —¿Por qué me lo preguntas? —repitióella. —Porque es parte del síndrome. —¿Del qué? —No es nada serio. Prefiero noaventurar una opinión por teléfono.¿Tienes un lápiz a mano? Le quería dar el nombre de un médicointernista de Washington. —Marc, ¿No puedes venir yexaminarla tú mismo? Recordó a Jamie. Una lenta infección.En aquella ocasión, el médico de Chris leprescribió un nuevo antibiótico de amplioespectro. Al comprar otra dosis delmedicamento, el farmacéutico le habíadicho, cautelosamente: “No quiero
  155. 155. alarmarla, señora, pero estemedicamento... Bueno, hace poco hasalido a la venta, y se ha comprobado queen Georgia ha causado anemia plásticaen...” Jamie. Jamie. Muerto. Y, desde entonces, Chrisnunca más confió en los médicos. Sólo en Marc. Y eso le había llevadoaños. —Marc, ¿No puedes? —suplicóChris. —No, no puedo, pero no te preocupes.Este es un hombre brillante. El mejor.Ahora toma un lápiz. Vacilación. Después: —Está bien. Anotó el nombre.
  156. 156. —Dile que la examine y me llamedespués —le aconsejó—. Y, por elmomento, olvídate del psiquíatra. —¿Estás seguro? Emitió una afirmación sarcásticasobre la rapidez con que la gente pretendereconocer las enfermedadespsicosomáticas, mientras que es incapazde admitir lo opuesto, o sea, que lasenfermedades del cuerpo son, a menudo,la causa de una aparente enfermedadmental. —¿Qué dirías —sugirió comoejemplo— si fueras médico (Dios no lopermita) y yo te dijera que tengo doloresde cabeza, pesadillas constantes, náuseas,insomnio, que se me nubla la vista, que
  157. 157. me siento deprimido y que el trabajo es untormento para mí? ¿Dirías que soy neurótico? —¡Vaya a quién has ido a preguntar,Marc! Ahora veo que estás loco. —Los síntomas que te he citado sontambién los de un tumor cerebral, Chris.Primero hay que examinar el cuerpo.Luego veremos. Chris llamó al médico y consiguióhora para aquella tarde. Tenía todo eltiempo libre. La filmación habíaterminado, por lo menos para ella. BurkeDennings continuaba supervisando eltrabajo de la “segunda etapa”, conpersonal menos caro, que rodaba escenasde menor importancia, principalmente
  158. 158. tomas desde un helicóptero, de diversospuntos de la ciudad, y algunos ejerciciosde acrobacia, o sea, planos en los que noaparecía ninguno de los actoresprincipales. Pero él pretendía que cada centímetrode película saliera perfecto. El médico vivía en Arlington. Samuel Klein. Mientras Reganpermanecía sentada en el consultorio, demal humor, Klein hizo pasar a la madre asu despacho y la interrogó para completarla historia clínica. Ella le contó losproblemas. Él escuchaba, hacíamovimientos con la cabeza y tomaba
  159. 159. abundantes notas. Cuando mencionó lo dela cama que se movía, él pareció fruncirel ceño. Pero Chris continuó. —Marc cree que es importante elhecho de que Regan vaya mal enMatemáticas. ¿Por qué? —¿Se refiere a su rendimientoescolar? —Sí, el rendimiento en general yMatemáticas en particular. ¿Quésignifica? —Bueno, esperemos hasta que la hayaexaminado, mistress MacNeil. Luego pidió permiso y se retiró parahacer el examen completo de Regan,examen que incluía análisis de orina ysangre. El de orina, para comprobar elfuncionamiento del hígado y de los
  160. 160. riñones; el de sangre para descartar oconfirmar una posible diabetes, yverificar la función tiroidea; el recuentode hematíes, en busca de una posibleanemia, y el de leucocitos, para detectaralguna rara infección en la sangre. Cuando terminó, se sentó, habló unrato con Regan y observó sucomportamiento; después se volvió areunir con Chris y comenzó a escribir unareceta. —Parece tener un trastornohipercinético del comportamiento. —¿Un qué? —Un trastorno nervioso. Por lomenos, eso es lo que creo. No se sabeexactamente cómo se produce, pero es
  161. 161. común en la primera adolescencia. Tienetodos los síntomas: hiperactividad, malgenio, poco rendimiento en Matemáticas. —Sí, Matemáticas. Pero, ¿Por qué lasMatemáticas? —Perturban su concentración. —Arrancó la receta del pequeño talonarioazul y se la alargó—. Es “Ritalina”. —¿Qué? —Metilfenidato. —¡Ah! —Diez miligramos, dos veces al día.Yo le aconsejaría una toma a las ocho dela mañana, y otra a las dos de la tarde. Ella miraba la receta. —¿Qué es? ¿Un tranquilizante? —Un estimulante.
  162. 162. —¿Estimulante? ¡Si precisamenteestá sobreexcitada! —Su estado no es exactamente lo queaparenta —explicó Klein—. Es una formade hipercompensación. Una reacción exaltada contra ladepresión. —¿Depresión? Klein asintió con la cabeza. —Depresión... —murmuró Chris. Quedó pensativa. —Ha mencionado usted al padre de laniña —dijo Klein. Chris levantó la vista. —¿Cree que debo llevarla a unpsiquíatra? —No. Yo esperaría a ver qué pasa
  163. 163. con la “Ritalina”. Creo que ahí está la clave. Espere doso tres semanas. —De modo que usted cree que todo sedebe a los nervios, ¿Verdad? —Sospecho que sí. —¿Y esas mentiras que ha venidodiciendo? ¿Se van a acabar con esto? Su respuesta la desconcertó. Él le preguntó si alguna vez habíaoído a Regan decir palabras feas uobscenas. —Nunca —respondió. —Bueno, eso tiene mucho que ver consus mentiras. No es lo común, de acuerdocon lo que usted me cuenta, pero enciertos trastornos mentales puede...
  164. 164. —Espere un momento —lointerrumpió Chris, perpleja—. ¿Cómo sele ha ocurrido que pueda decirobscenidades? ¿Es eso lo que ha dichousted o yo lo he entendido mal? Él la contempló durante unosmomentos con cierta curiosidad, pensó yluego aventuró, cautelosamente: —Sí, yo diría que dice obscenidades.¿No la ha oído nunca decirlas? —Todavía no. —Pues a mí me ha dicho unas cuantasmientras la examinaba, señora. —¡Está bromeando! ¿Como qué, porejemplo? Adoptó una actitud algo ambigua. —Bueno, yo diría que su vocabulario

×