Historia de la ciencia

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Historia de la ciencia

  1. 1. Ensayos 252
  2. 2. Del mismo autor Leibniz y NewtonI: La discusión sobre la invención del cálculo infinitesimal Salamanca, Universidad Pontificia de Salamanca, 1977 Leibniz y Newton II: Física, filosofía y teodiceaSalamanca, Universidad Pontificia de Salamanca, 1980Ciencia y fe. Historia y análisis de una relación enconada Madrid, Marova, 1980¿Salvar lo real? Materiales para una filosofía de la ciencia Madrid, Encuentro, 1983 Historia del cosmos (con ilustraciones de Sandro Corsi) I: Los antiguos astrónomos II: La astronomía moderna III: La formación del universo Madrid, Encuentro, 1984 Dios y la ciencia Madrid, SM, 1985 Poder y bienaventuranza, Madrid, Encuentro, 1984La ciencia contemporánea y sus implicaciones filosóficas Madrid, Cincel, 1985 Discernimiento y humildad Madrid, Encuentro, 1988 La razón y las razones. De la racionalidad científica a la racionalidad creyente Madrid, Tecnos, 1991 Sobre quién es el hombre. Una antropología filosófica Madrid, Encuentro, 2000 La filosofía de Pierre Teilhard de Chardin: la emergencia de un pensamiento transfigurado Madrid, Encuentro, 2001 Filosofía de la ciencia: una introducción Madrid, Encuentro, 2002 El mundo como creación. Ensayo de filosofía teológica Madrid, Encuentro, 2002 Tiempo e historia: una filosofía del cuerpo Madrid, Encuentro, 2002 Pensar a Dios. Tocar a Dios Madrid, Encuentro, 2004 www.apl.name
  3. 3. ALFONSO PÉREZ DE LABORDA Estudios filosóficosde historia de la ciencia
  4. 4. © 2005 Alfonso Pérez de Laborda y Pérez de Rada y Ediciones Encuentro, S.A. Diseño de la colección: E. Rebull Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos vela por el respeto de los citados derechos.Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a: Redacción de Ediciones Encuentro Cedaceros, 3-2º - 28014 Madrid - Tel. 91 532 26 07 www.ediciones-encuentro.es
  5. 5. a la memoria de Vicente Martín Pindado, amigo muy querido: me cedió su antorcha, no sé si la llevó bien, no sé si la llevo bien, mas él me la pasó y le sigo agradecido.
  6. 6. Estudios filosóficos de historia de la ciencia 6
  7. 7. ÍNDICEPrólogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9PRIMERA PARTE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 171. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticos . . . . . . 192. La filosofía de la ciencia en Platón, una introducción . . . . . . . 1153. El cuerpo infinito en la física de Aristóteles . . . . . . . . . . . . . . 1644. San Alberto Magno, científico medieval . . . . . . . . . . . . . . . . . 1855. La ciencia en el Renacimiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2496. Caramuel y el cálculo matemático . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2787. Un siglo de entusiasmo por la ciencia y la técnica: el siglo XVIII 3338. Desarrollo de la ciencia y la técnica en el siglo XIX . . . . . . . . 359SEGUNDA PARTE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3899. Dos defensas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39110. Ciencia con teodicea: Newton y Leibniz . . . . . . . . . . . . . . . . 41511. Algunos aspectos contextuales de la cristología de Newton . 44612. Newton: el hombre y Dios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 46013. El cálculo de las fluxiones de Newton comparado con el cálculo infinitesimal de Leibniz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 47014. Hypotheses non fingo: los Principia de Newton . . . . . . . . . . 49615. Newton: filosofía y ciencia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 513TERCERA PARTE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53916. Conexiones entre la historia de las ciencias y la filosofía . . . 54117. Sobre la pretensión de explicar lo real . . . . . . . . . . . . . . . . . 55918. Comunicación, verdad y realidad. En busca del sentido . . . . 570 7
  8. 8. Estudios filosóficos de historia de la ciencia 8
  9. 9. PRÓLOGO Reúno aquí un conjunto de páginas antiguas1, previas a un despe-gue —¿o un derrape?— filosófico. Pero me da la impresión de que, si seleen con cuidado, aparecen no pocos presentimientos y huellas de quealgo posterior podía darse y se iba a dar, de que el pensamiento propioquería volar por su cuenta en su propia creatividad. Incluso se adivinanalgunas líneas de fuerza de ese despliegue por venir; que entoncescomenzaba a venir. No daba puntada sin hilo. Era una manera creativafilosóficamente de ver la historia de la ciencia, me parece, buscandosiempre la tarea de pensar. ¿De ir pensando para pensar en plenitud? He dividido sus capítulos en tres partes. La primera parte recogepáginas que se ofrecen según la cronología de lo que tratan, no delmomento en el que fueron escritas. La segunda parte retoma íntegros yen sus fechas papeles sobre Newton, comenzando por las dos defensas 2 1 Se editan al presente tal cual entonces aparecieron, excepto nimias y obviascorrecciones. Algunos ligerísimos añadidos introducidos irán siempre entre cor-chetes cuadrados: […], exceptuándose, claro es, cuando los paréntesis cuadradosvienen exigidos en alguna fórmula matemática. El texto publicado ahora es el queconsidero definitivo, evidentemente. Para las cuestiones del detalle, quiero hacernotar que aquí, en el empleo de las tres maneras de entrecomillado que he ter-minado por hacer mía, excepto en este prólogo y en el último capítulo, todavíano rige lo indicado en la nota 1 de la página 14 de Tiempo e historia. 2 Son las dos defensas de tesis, una en Bilbao, el 26 de agosto de 1975, laotra en Lovaina-la-Nueva, el 18 de diciembre de 1978. Ambas están publicadascomo anejos del volumen I y del volumen II de Leibniz y Newton, pero quizásea más fácil que a uno le toque la lotería del Niño que encontrarlas. Por eso,dado su interés personal, y creo que filosófico, las incluyo aquí. 9
  10. 10. Estudios filosóficos de historia de la cienciay algo sobre la cristología newtoniana; algunos luego utilizados parcial-mente en una ocasión3; entre ellos está el que, con ayuda de FelipeHernández —lo cual se lo agradezco infinito, como la ayuda en la pues-ta a punto de este libro—, he tenido que retraducir del publicado enalemán, pues no encuentro el original castellano. La tercera parte, másbien de miscelánea, ofrece tres aproximaciones que juzgo interesantes:la del capítulo 16, al que me referiré a continuación; la del capítulo 17,que pone la punta en una pretensión, la de explicar lo real —y ¿quiénpuede tener esa pretensión?, ¿la sola ciencia?—, haciendo una nítidaapuesta por la razón; y la del capítulo 18, que nos adentra en la cuestiónfascinante de la distinción, si es que es posible, entre el ruido y el men-saje en la comunicación, texto no publicado hasta ahora, pues me quedósiempre la comezón de que hubiera debido retomarse de nuevo por ente-ro, lo que, como se puede ver, ni hice antes ni he hecho ahora; me hedejado manejar por su osadía casi iconoclasta. Me alegro sobremanera deque este capítulo, esencialmente abierto, sea el último de todo el libro4. El capítulo 16 contiene un texto bien antiguo. Es la justificación decómo debía entenderse —de cómo entendía en mis primeros princi-pios— la historia de la ciencia en una facultad de filosofía. Durantevarios años sostuve en el programa que entregaba —¡pues entoncesentregaba programa!— lo que en esas páginas se dice. Se notará quedestila la tonalidad althusseriana del cierre categorial; un pensamientoen el que me había inmerso en los viejos tiempos lovanienses. Se verá,además, la consideración del descubrimiento y de la cientificidad delcontinente freudiano de conocimiento. Debo reconocer que entonces,al comienzo, en Salamanca, me hinché a leer a Freud, y recuerdo consumo gusto los seminarios sobre lectura del fundador del psicoanálisisque en mi universidad salmantina teníamos un pequeño grupito de‘alumnos’ en torno a José Basabe. Aprendí mucho. Pero la verdad seadicha, pronto comencé a volar por mí mismo en las cuestiones de la his-toria de la ciencia, muy fuera del cierre categorial y de los sucesivoscontinentes abiertos por el conocimiento. Esa es una primera época de 3 En el capítulo sobre Newton de Tiempo e historia. Allá se encontrará unabibliografía puesta al día. 4 Dada la complejidad en el tiempo de la publicación, se pone al final unalista cronológica de los diversos escritos reunidos aquí según la fecha y lugarde su composición. 10
  11. 11. Prólogodonde salió, porque me lo pidió Antonio Cañizares para la colecciónque él junto a otros dirigía, Ciencia y fe. Historia y análisis de una rela-ción enconada. Por esos mismos años me dediqué, en clase, a Descartes y sus entor-nos de los siglos XVI y XVII; Copérnico, Kepler y Galileo, estudiadoscon atento cuidado. Recuerdo también el interés por la matemática grie-ga; Euclides y, sobre todo, el método de exhaución de Eudoxo. Todavía tengo en los cajones apuntes de aquellas sesiones quecomenzaron con Descartes; creo recordar que se corresponden alsegundo año en que empecé a dar clases, ya en octubre. Luego, nuncamás entregué apuntes. Cosa avergonzante: en la primera página denotas que ofrecí a mis alumnos de la Universidad Pontificia deSalamanca, como hablaba del francés Descartes, me salió poner en cas-tellano “curba”. ¡Qué sonrojo! Por ahí siguen esos papeles. Mi historia de la ciencia debía venir entreverada de filosofía de la cien-cia. Recuerdo que cuando tuve que dar mi primera lección, a mediadosde febrero creo que de 1974, corrí a refugiarme en Karl Popper, del queme sentí luego muy cerca y muy lejos. Muy cerca por el favor que mehacía en mis principiares, por su enorme listura y por los temas que tra-taba —¿no es verdad que varios de ellos siguen siendo todavía míos?—;muy lejos por todo lo demás, es decir, por el lugar en el que él se encon-traba, ciertamente no el mío. Hago notar una cosa: no es lo mismo lo queme acontece, por ejemplo, con Descartes, a quien amo apasionadamen-te, en su manera genial de escribir filosofía, sobre todo, quizá, en lasMeditaciones y en su correspondencia, en su libertad que llega a la osa-día creativa sin par, en su apologética, en el deseo que se hace voluntaddesaforada, infinita; pero no soy cartesiano, lo que es obvio. Por puradeuda encantada, quiero hacer notar aquí una segunda querencia: miamor purísimo y sostenido en el tiempo por Alexandre Koyré. De aquellos años salió un libro que sólo era interrogativo en su rien-te título, recuérdese la cita del Quijote5 que lo abre: ¿Salvar lo real?Materiales para una filosofía de la ciencia. En él se ve la bipolaridadque ya entonces se hacía evidente: historia de la ciencia y filosofía de 5 Pues no, me confundía. El libro en el que aparece esa cita quijotesca esel anterior, Ciencia y fe. ¿Valdrá la equivocación para poner esa cita del Quijotecomo introducción explicativa a toda mi obra? 11
  12. 12. Estudios filosóficos de historia de la cienciala ciencia. Y todo ello para pensar. Tenía también tres partes. En la pri-mera —‘cómo razonan las matemáticas’— se hablaba de la construcciónde los números, de la teoría de los conjuntos y de la probabilidad, siem-pre desde el punto de vista de su invención: 178 páginas de pura y durahistoria de la ciencia hermeneutizada; pero, como no se trate de unamera recopilación notarial de papeles viejos, ¿puede ser de alguna otramanera? La segunda parte se dedicaba a estudiar ‘planteamientos’ defilosofía de la ciencia; planteamientos heredados que se criticaban condiligencia cuidadosa, buscando abrir caminos propios. Por fin, la terce-ra, tocaba lo que llamaba ‘algunos problemas fundamentales’; muchascosas estaban ahí in nuce. Faltaba por desplegarse todavía la creativi-dad; pero quizá sólo por desplegarse en toda su creatividad, una fuer-za novedosa y buscadora de más allás del pensar y de la construcciónde realidades, del amejoramiento y de la búsqueda de la verdad, todolo cual nos conduce a la gloria de la belleza. Enseguida vinieron las casualidades de la vida. Me pidieron desdeItalia tres amplias panorámicas de la ciencia en el Renacimiento, en elsiglo XVIII y en el siglo XIX; nunca he sabido por qué la primera no lapublicaron. Esas mismas casualidades quisieron que no se me pidieranada sobre el siglo XVII, que seguramente era de lo que más sabía.También sobre Caramuel, aprovechando la celebración del centenariode su muerte, siendo obispo de la ciudad lombarda de Vigevano; per-sonaje del que sólo sabía el nombre cuando me ofrecieron hablar desus matemáticas. La suerte está en que en el próximo año se celebra elcentenario de su nacimiento. Me pareció sumamente curioso dedicar untiempo a ver lo que pensaba esta personalidad un tanto estrafalaria,pero con vigoroso genio. Las casualidades de lo que entonces era laEditora Nacional —que por los comienzos de los segundos años de ladécada de los ochenta fue cerrada con devoto empeño, dejándonosempozados a todos los que no tuvimos la presta sutileza de atar muybien las cuestiones de los contratos para recibir el pago correspondien-te en pesantes doblones a costa de lo público— quisieron hacer un librosobre san Alberto Magno como científico. De ahí sale ese meteorito demi capítulo albertino. Como se notará, me interesó especialmente lacuestión de la introducción del aristotelismo en el pensamiento delsiglo XIII y el problema de la eternidad del mundo. Años después, enLovaina, me llevó a querer dedicar un curso a la condena en 1277 de 12
  13. 13. Prólogolos 219 artículos, pero el pequeñísimo número de los alumnos y su idio-sincrasia me indujeron a, sobre la marcha entrante del primer día declase, tener que elegir prudentemente como contenido del trabajocomún la lectura y el comentario en torno a un precioso libro deAdolphe Gesché, entonces recién publicado: Dieu pour penser, vol. IV,Le cosmos. Pero el plato fuerte se había dado cuando decidí, en el curso sal-mantino de historia de la ciencia, comenzar por el principio. Dediquéun año a los presocráticos y a Platón. Otro a la física de Aristóteles. Porfin, otro al origen de la cuestión de la creación. De ahí salieron, comose puede adivinar, los tres primeros capítulos de este libro6; pero tam-bién los tres capítulos de la creación según los Padres, las páginas 125a 248 de El mundo como creación. El éxito de los dos primeros añosfue total. El tercero, ¿o sería el cuarto?, cuando comencé con Calcidio,Macrobio y compañeros mártires, mis estudiantes —coincidiendo paracolmo con uno de los no mejores grupos que me han tocado en milarga vida de profesor, en la que, todo hay que decirlo, he tenido ytengo estudiantes especialmente buenos—, hicieron que —eso sí, aquelaño fue de emperramientos racionales por mi parte y terminamos elcurso según lo previsto al comienzo, ¡faltaría más!— mis anhelos profe-soriles volaran a su aire. Pero esos anhelos dejaron marca y huella. Fue muy importante en mi punto de inflexión filosófica —si bien nome gusta del todo la imagen, pues parece indicar que antes no había inte-rés filosófico y apologético, a la manera cartesiana, y eso es rotundamentefalso— el encargo que otra vez desde Italia me llevó de nuevo a Leibniztres años seguidos, producto de lo cual son tres capítulos decisivos en mipropio pensar, sin los cuales creo que nada de lo siguiente hubiera vistola luz: “Leibniz, pensador barroco: el despliegue filosófico de la realidad”;“El Dios trinitario, culminación de la filosofía de Leibniz: el vínculo subs-tancial” y “La cosmología de Leibniz: teología de la razón pura — filoso-fía de la razón práctica”, que se encuentran en las páginas 43 a 134 deTiempo e historia. Aventuro que nada de lo pensado luego puede com-prenderse en su profundidad sin estas segundas páginas leibnicianas7. 6 El dedicado a la filosofía de la ciencia en Platón, cuando ya tenía el tra-bajo hecho, sin embargo, nunca ofreció la segunda parte, en la que propia-mente se hablaría de la filosofía platónica de la ciencia. 7 Pues las primeras están en los dos volúmenes de Leibniz y Newton. 13
  14. 14. Estudios filosóficos de historia de la ciencia Todo lo demás es ya labor de los ratos salmantino-lovanienses, dePittsburgh, de Ávila, de Ithaca, NY, y, sobre todo, de Madrid. En elloestamos. En estos menesteres de la mirada filosófica a la historia de la cien-cia, he ido desgranando temas. De entre ellos, los más importantes hansido, quizá, los que tocan a la crítica de la tradición heredada/asumidade la filosofía de la ciencia, a la racionalidad, a la creación, al espacioy al propio tiempo. Sobre el tiempo fueron otros tres trabajos seguidos,que ocupan a su vez las páginas 223 a 396 de Tiempo e historia.Además, el dar vueltas y considerar la importancia decisiva y contradic-toria de las dos teorías que están en la base de la física: la teoría de larelatividad y la mecánica cuántica, tan distintas, tan contrapuestas entresí, moviéndose en horizontes físicos y filosóficos tan lejanos. EnFilosofía de la ciencia: una introducción y en algunos otros lugares sepuede ver. Me parece que va a ser decisivo en el futuro lo que se aven-tura en un consistente trabajo —una corriente con prehistoria y con unanube de otros físicos8— salido hace apenas un par de semanas: CarloRovelli, Quantum gravity (Cambridge University Press, Cambridge,2004). Es notable meditar, entre otras cosas, en la mención que hace dellovgo" de los presocráticos en nota de la anteúltima página, y leer tam-bién el pequeño librito que publicó poco antes: Che cos’è il tempo? Checos’è lo spazio (Di Renzo, Roma, 2004). Es una teoría que unifica en unasola la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Para Rovelli nohay tiempo. Mas ¿tampoco hay temporalidad? ¿Puedo aventurarme adecir que, como filósofo —no como físico, claro es—, en una parte muyimportante de mis pensares, decisiva seguramente, no me muevo enotros ámbitos? 8 Citaré a dos, ambos con sendos libros de enorme interés y relativamenteaccesibles para no especialistas: Lee Smolin, The life of the cosmos, OxfordUniversity Press, Nueva York, 1997, 358 p. y Three roads to quantum gravity,Basic Books, Nueva York, 2001, 245 p., con un postfacio que no tenía la publi-cación original británica del 2000. El otro es Julian B. Barbour, The end of time.The next revolution in physics, Oxford University Press, Nueva York, 1999, 374p.; quien tenía publicada una historia del espacio-tiempo, The discovery of dyna-mics. A study of a Machian point of view of the discovery and the structure ofdynamical theories, Oxford University Press, Nueva York, 2001, 746 p., que esreproducción con un prefacio nuevo de Absolute or relative motion, vol. 1, Thediscovery of Dynamics, Cambridge University Press, Cambridge, 1989, quenunca tuvo el segundo volumen entonces anunciado. 14
  15. 15. Prólogo Algunos, incluso amigos, piensan que de lo único que debo saberes de historia de la ciencia. ¡Ojalá! Mas les aseguro que mi amigo TedMcGuire sabe muchísima más que yo. En todo caso, esa afirmación untantico destemplada, al menos en los amigos, supone un cierto reco-nocimiento a quien fue, si no me confundo y abusa de mí la lejaníadel tiempo, el primer catedrático de historia de la ciencia en una facul-tad de filosofía española; de una universidad privada9, claro. Pero enellos, incluso en algunos de los amigos, esos a los que antes me refe-ría, parece haber una segunda parte: te has empleado luego en cosasde las que ni sabías ni entendías, y para colmo dedicadas a todo; ¿altodo? Ay, qué puedo decir a esta segunda parte. Quizá sea la pura ver-dad. Pero, refiriéndome sólo a esos amigos, ¿se han tomado el tiempode leer con cuidado, pues leer a un filósofo, por pequeño que sea, noes cosa fácil ni obvia? Uf, dicen, ¡son tantas! Entiendo. Es muy posibleque no les haya merecido la pena adentrarse en el vericueto de unpensamiento, pues tenían cosas más importantes que hacer y su tiem-po es limitado; ¿o limitador? Además, sus pensamientos iban por otroscaminos, los suyos propios; ¿los suyos propios? ¿Entonces? Esos pen-sares, ¿son justos? ¿Historiador de la ciencia que un día le picó la mosca y se dedicóa lo que no era lo suyo? No, claro, aunque incluso de ser así no entien-do por qué debería aceptarse una manera tan oficinesca y burocrati-zada de ver las cosas del pensar, que codicia encajonar a cada uno enla casilla en la que debe estarse quieto, como si de un nicho se trata-ra en el que, ya inviviente, sólo le falta ir pudriéndose poco a poco.Quiero manifestar una vez más lo malévolo y mortífero que me haparecido siempre el que nuestras universidades conviertan a los suyosen profesores de una cada vez más pequeña pelismidad, “mi materia”,haciendo que se olvide de por vida el conjunto entero del pensar, elesfuerzo maravilloso de intentar pensarlo todo, de pensar el todo; quédigo, la universidad, pues eso se malogra sólo en las malas de solem-nidad, que para bien poco valen, pero ¿no las hay a espuertas? Esamanera de entender las cosas, además, no alcanza a comprender algoesencial: pensaba antes de dedicarme a la historia de la ciencia porel disfrute posesivo de un puesto, y, gracias a Dios, sigo pensando 9 La Universidad Pontifica de Salamanca. 15
  16. 16. Estudios filosóficos de historia de la cienciatodavía en otro alejado en el lugar y en la nomenclatura de aquel.Antes y ahora, eterno y montaraz papador de libertades, sigo siendoel mismo cavilador rumiante de pensares. Y los pensares se van espe-sando y enredando. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo? No lo sé. Yo notengo la respuesta. Madrid, 18 de diciembre de 2004 www.apl.name 16
  17. 17. PRIMERA PARTE
  18. 18. Estudios filosóficos de historia de la ciencia 18
  19. 19. 1. EL NACIMIENTO DE LA CIENCIA: LOS FILÓSOFOS PRESOCRÁTICOS I Ni la observación astronómica ni las realizaciones de la técnica ni laexactitud de las mediciones nacieron con los griegos. Con ellos nació,quizá, algo que es enteramente sutil, casi una inexistencia, pues nacióuna manera de pensar que buscaba aquello que está por debajo de lovisible, siendo, allí, exactitud; siendo, allí, explicación escondida deaquello que tiene explicación, si es que alguno se empeña en buscar lasrazones de lo que se nos aparece ante los sentidos. No es, sin embar-go, un correr fuera de sí para buscar en otro lugar, en otros mundos, enotras realidades más profundas, aquello que es el interés profundo ydefinitivo. Lo que los filósofos presocráticos buscan es, claramente, lode “aquí”, aunque para encontrarlo deban irse hasta “allí”. Hemos de ver el juego inmensamente sutil entre lo visible y lo invi-sible en el que se realiza todo el pensamiento presocrático —al menosmirado desde el punto de vista del historiador de las ciencias—, peroseremos capaces de contemplar ese juego siempre que tengamos porcierto que lo “invisible” no es un escape de lo “visible”; un escapar deeste para irse lejos, hacia lugares recónditos, lugares en donde se da eljuego verdadero de las cosas que de verdad nos interesan. No, en lospresocráticos no se da esa huida hacia adelante. Lo que ellos buscan esla verdadera realidad de lo visible, por más que encuentren esa verda-dera realidad en algo que es invisible para quien no sea capaz de mirarlas cosas bien, con perspicacia, con detenimiento, con inteligencia. 19
  20. 20. Estudios filosóficos de historia de la cienciaNo hay en ellos una substitución de eso que vemos por otras realida-des más importantes, más espirituales a lo mejor, más meramente meta-físicas (si es que podemos utilizar desde el comienzo esta palabra). Lovisible no les sirve a los presocráticos de disparadero para escapar deello con rapidez, para echarse a volar por lo invisible. Por lo que el presocrático se pregunta es por lo que ve, por lo quetiene ante los ojos, ante los oídos, ante los sentidos. Su experiencia esesta, bien visible. Pero, para preguntarse por esto que ve, no se asustade irse hacia lo que no ve, como no sea con los ojos de la inteligencia,hasta el punto de que sea eso que no se ve la verdadera realidad, larealidad última de lo que se ve. Para decirlo rápido, los enemigos principales de los presocráticos sonde dos suertes: por un lado, los experimentados astrónomos babilonios ylos agrimensores egipcios; por otro lado, los mitólogos como Hesíodo. Mircea Eliade10 pone a nuestro alcance numerosos mitos de la creacióndel mundo, que nos van a servir de introducción a Hesíodo, y por él a lospresocráticos. Distingue varios tipos de estos mitos cosmogónicos. En elprimero de esos tipos, el dios supremo hace surgir al mundo de la nada: «El hacedor de la tierra empezó a pensar de nuevo. Y pensó: “Es así; cuando deseo una cosa, se hará como yo deseo, del mismo modo que mis lágrimas se han convertido en mares”. Así pensó. Y deseó la luz, y se hizo la luz. Y pensó luego: “Es como me suponía; las cosas que he deseado han empezado a existir tal como yo que- ría”. Pensó entonces y deseó que existiera la tierra, y la tierra empe- zó a existir»11. El segundo de los tipos de creación hace surgir el mundo de unbuceador que lo saca de las aguas. Las creencias de los indios maidusde California son extraordinarias: «En el principio no había sol ni lunani estrellas. Todo estaba obscuro, y no había nada más que agua portodas partes. Flotando sobre el agua llegó una balsa»12. En ella están 10 Mircea Eliade, Historia de las creencias y de las ideas religiosas, vol. IV,Las religiones en sus textos, Madrid, 1980, pp. 95-162. 11 Relato de los indios winnebagos de Wisconsin, recogido par Paul Radin,en Eliade, Historia, p. 95. 12 En Eliade, Historia, pp. 100-101. 20
  21. 21. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticosTortuga y Padre de la Sociedad Secreta. Cae del cielo una cuerda de plu-mas y por ella desciende Iniciado de la Tierra, quien, tras atar el extre-mo de la cuerda a la balsa, se quedó en ella. Tortuga, después de largosilencio, le pide que le consiga algo de tierra seca para que pueda salirde vez en cuando del agua. Sujeta a Tortuga con una cuerda queencuentra por ahí y, mientras Padre de la Sociedad Secreta grita sorda-mente, Tortuga se lanza al agua. Estuvo fuera durante seis años. Trasese tiempo, vuelve cubierta de cieno y trayendo un poquito de tierrabajo las uñas, pues el resto lo había perdido. Iniciado de la Tierra raspóesa tierra con un cuchillo. Puso la tierra en la palma de la mano y laamasó en forma de pequeña bola: «Era pequeña como un guijarropequeño». La depositó en la balsa y la miró, pero no crecía: «La terceravez que fue a mirarla había crecido de modo que se la podía rodear conlos brazos. La cuarta vez que la miró era ya tan grande como el mundo,la balsa estaba varada y alrededor había montañas hasta perderse devista». El tercer tipo es la creación al dividir en dos mitades una unidad pri-mordial. Con frecuencia es la división en dos de un huevo cosmogóni-co: «Antiguamente no estaban separados el cielo y la tierra, ni se habíandividido In y Yo, sino que formaban una masa caótica como un huevode límites obscuramente definidos y que contenía gérmenes. La partemás pura y clara se extendía finamente y formaba el cielo, mientrasque el elemento más pesado y espeso quedó sedimentado y formó latierra»13. El antiquísimo y extenso poema babilonio de la creación comienzacon una primera separación del orden y del caos, en una terrible luchade los dioses que están en las aguas14. El dios Marduk se atreve aenfrentarse a la diosa Tiamat, con la condición de que los demás dio-ses le reconozcan como señor de todos ellos. Tras una breve lucha,Marduk lanza una flecha sobre Tiamat —cuyo cuerpo ha sido hinchadopor los vientos— que le penetra por la boca hasta el corazón.Descuartiza el cuerpo de la diosa y con sus dos mitades forma el cielo 13 De los antiguos mitos japoneses recogidos a comienzos del siglo VIII d.de C., en Eliade, Historia, pp. 106-107. 14 Es el poema babilónico de la creación o Enuma Elish, recogido en Eliade,Historia, pp. 109-120. Existe una edición castellana preparada por Federico LaraPeinado y Maximiliano García Cordero, Editora Nacional, Madrid, 1981. 21
  22. 22. Estudios filosóficos de historia de la cienciay la tierra. Luego, con la sangre de Kingu, el demonio jefe de Tiamat,crea a los hombres de Mesopotamia, los de los negros cabellos. Es digno de ser leído también el himno de la creación del Rigveda: «Entonces no había ni la nada ni la existencia. No había aire entonces ni los cielos por encima. ¿Qué lo cubría? ¿Dónde estaba? ¿Quién lo guardaba? ¿Había acaso agua cósmica, informe en lo profundo? Entonces no había ni muerte ni inmortalidad, ni había entonces una antorcha ni de día ni de noche. Alentaba el Uno sin aire, de sí mismo sustentado. Este Uno existía entonces y ninguno otro. Al principio sólo había tinieblas envueltas en tinieblas. Todo era tan sólo agua no iluminada. El Uno que empezó a existir, envuelto en nada, surgió al fin, nacido del poder del calor. En el principio sobre él descendió el deseo, semilla primordial, nacida de la mente. Los sabios que han escrutado sus intimidades con prudencia saben que lo que es, es afín a lo que no es. Y han lanzado su cuerda sobre el vacío, y conocen lo que arriba existía y lo que existía abajo. Las potencias seminales fecundaron las fuerzas poderosas. Abajo estaba el vigor, y sobre él el impulso. Pero, después de esto, ¿quién sabe y quién puede decir de dónde todo esto procede y cómo sucedió la creación? Los mismos dioses son posteriores a la creación, ¿quién puede en verdad saber de dónde ha surgido? Cuáles son los orígenes de la creación, él, si la modeló como si no la modeló, él lo sabe, el que la vigila desde el sumo cielo, él lo sabe. O quizá tampoco lo sepa»15. La cosmogonía, pues, está integrada en el juego de los dioses. Sebusca la explicación de lo que hay, nuestro mundo, remontándose a los 15 Rigveda X, 129, en Eliade, Historia, pp. 121-122. 22
  23. 23. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticosprincipios en los que esto que hay apareció como producto de los dio-ses. La subida hacia ellos nos da razón de lo que hay; la bajada desdeellos nos ofrece la moralidad, el pensamiento sobre el bien y el mal. Sonrelatos (mitos) que nos sacan de lo nuestro para buscar las causas deello en el juego de los dioses. Es ahí, también, donde se coloca el poeta griego Hesíodo en suTeogonía 16. Primero hubo cavo", luego, después, Tierra y Eros. Tierra,en la que mucho cabe, asiento seguro por siempre para todos. Amor, elmás bello de los dioses inmortales, que somete el pecho, el corazón,del hombre y de los dioses, y su querer prudente. Caos proviene del verbo caivnw, cuyo significado es el de abrir, entre-abrirse una abertura, un agujero, que puede tragarme. Abismo profun-do, sin fondo, espantoso. Después apareció la tierra, a la vez que elamor, creador de toda vida. ¿Cómo salió la tierra de ese vacío sin fondo?¿De dónde vino el amor y cuál fue su papel en esta aurora del mundo?Nada se nos dice, nada se sabe. Simplemente, prosigue el poema, deCaos nacieron Érebo y la negra Noche, y de Noche Éter y Luz del día.De Tierra nació un semejante a ella, capaz de cubrirla por entero, Cieloestrellado, asiento seguro por siempre para los dioses. Engendró tam-bién las altas Montañas y el Mar infecundo de rugientes olas. De susabrazos con el Cielo nació Océano de torbellinos profundos. Luego, elúltimo, Cronos, el de aviesos pensamientos. De la noche nacen, pues,todos los inmensos terrores de los hombres. De Noche nace tambiénMuerte, luchas, desgarramientos de cuerpos, violencias infinitas, mutila-ciones crudelísimas, monstruos y confusión. Homero, las tradiciones sagradas de los santuarios, la teología órficason algunos de los modelos de que se sirve la cosmogonía de Hesíodo.En las viejas tradiciones órficas17, en el origen del mundo están la Nochey el Vacío; la Noche engendró un huevo del que salió el Amor, mien-tras que de su cáscara rota se forman la Tierra y el Cielo. La Noche essiempre anterior al Día; el Mar viene representado como la fuente de 16 A partir del verso 116. Las partes más importantes del texto de Hesíodopueden leerse en Eliade, Historia, pp. 126-127. Hay una traducción del textocompleto, debida a A. Pérez Jiménez y A. Martínez Diez en Biblioteca ClásicaGredos, Madrid 1978. Edición del texto griego y traducción francesa de PaulMazon en Les Belles Lettres, París, 1982. 17 Léanse algunos textos en KR 33-41. La sigla se explica en la nota siguiente. 23
  24. 24. Estudios filosóficos de historia de la cienciatoda vida. En Hesíodo, en cambio, ese papel le viene dado a la Tierra.Amor —¡que somete el corazón y el querer de los hombres mucho antesde que estos nazcan!— representa en los viejos pensadores una miste-riosa fuerza que empuja a unos seres sobre los otros para generar nue-vos seres, al estilo de lo que acontece con los humanos. Tenemos ahí, pues, relatos cosmogónicos que, evidentemente, atra-vesarán por lo ancho y por lo largo todo el pensamiento griego e inclu-so medieval, si es que no llegan hasta nosotros. En los pensadores pre-socráticos, todos esos elementos volverán a aparecer innumerablesveces. Y, sin embargo, el contexto de pensamiento va a cambiar demanera radical, como vamos a ver al punto. El centro va a ser ahorael hombre, en cuanto que es él quien se pregunta (y lo sabe explíci-tamente) y en cuanto es él el punto central de la naturaleza. Sepodría, quizá, decir que con ellos entra en nuestra historia el princi-pio antrópico. II Adentrarse en el estudio de los presocráticos es acceder a un mundode infinita complicación18. De sus escritos queda poco, a veces algunosfragmentos sueltos. Por autores posteriores, quizá muy posteriores,tenemos noticias sobre ellos. El primero de estos autores es Aristóteles,quien gustaba de hacer siempre una historia del estado de la cuestión.Pero, claro está, siempre lo hará —¿por qué, si no, se hubiera interesa-do en ellos?— desde su punto de vista, el cual no es neutro, por supues-to (¿cabría la objetividad de un punto de vista neutro?). Por eso, en elinstante mismo en que nos topamos con Tales de Mileto, encontramos 18 Tenemos dos magníficas ediciones de los textos presocráticos: la dirigidapor Conrado Eggers Lan en tres volúmenes de la Biblioteca Clásica Gredos,Madrid, 1978-1980, que citaré con la letra G seguida en números romanos delvolumen y del número del fragmento (así, G I 339, significa el volumen prime-ro de esta edición, fragmento 339); la traducción por Jesús García Fernández:de G. S. Kirk - J. E. Raven, Los filósofos presocráticos, Gredos, Madrid, 1974, quecitaré, si llega el caso, por KR, seguida del número. En los casos en que existacitaré la numeración de Hermann Diels – Walter Kranz, Die Fragmente derVorsokratiker, 3 volúmenes, Dublín-Zúrich, 1971, por la manera en que ya eshabitual, con las siglas DK. 24
  25. 25. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticosun problema: Aristóteles habla de principio, ajrchv en griego, pero lohace en un contexto de depurada filosofía, que, evidentemente, no erael caso de Tales19. Tales —dice la tradición que aprendiéndolo de los egipcios20— afir-mó que el principio de todas las cosas es el agua. Tal vez —diceAristóteles— llegó a esta concepción al observar que lo húmedo estápresente en todo lo que es vivo, lo que es alimento, lo que es semilla,y que es el agua principio de lo húmedo. No estamos todavía muy lejosdel pensamiento que veíamos en Hesíodo, en el cual al comienzo detodo estaban Océano y Tetis, padres de la generación; lo reconoce asíAristóteles al hablar de «los primeros en reflexionar sobre los dioses».Hay, sin embargo, una diferencia grande. Ya no estamos tras la bús-queda de un principio (prwvtista) que nos encadene a la generaciónque tiene que ver con los dioses, con la cosmogonía. Ahora lo que sebusca es otra cosa muy distinta. Lo que Tales considera es «naturaleza»(fuvsi"), toma en consideración la reflexión sobre «todas las cosas» (ta;;pavnta), hace «física» (es un fusikov") y lo que busca es una jerarquiza-ción en ella que le dé un lazo unitivo de todas las cosas. No busca quées lo que se dio primero, sino cuál es el principio del que se derivanlas demás cosas, pues tiene el convencimiento de que por debajo detodas las cosas hay una sola que es principio generativo de todas lasdemás. Con palabras de Aristóteles: «Debe de haber, pues, alguna natu-raleza única o múltiple a partir de la cual se generan las demás cosas,conservándose ella», y esto no es ya un esfuerzo cosmogónico o teogó-nico, sino filosófico. Es ganas de saber cuál es el elemento (stoicei`on)y el principio (ajrchv) de las cosas que existen. Este principio tendrá una característica: el movimiento. Hay un pro-ceso en estas consideraciones filosóficas. Como lo explicará mucho des-pués san Hipólito hablando de Tales, «el agua es principio y fin de todo.A partir de ella, por reunión, se forman todas las cosas y, a la inversa,al disolverse, son llevadas nuevamente hacia ella»21. 19 Aristóteles, Met. 983b, en G I 18 (DK 11 A 12). 20 Así, por ejemplo, Plutarco en KR 70 (DK 11 A 11), G I 5 dice sólo «prin-cipio» y no «principio y génesis», no sé por qué razón. 21 Hipólito, Refutación de todas las herejías, I 1, 1, en G I 23. Simplicio, ensu comentario a la Física, por dos veces nos habla de ese principio que es «unoy en movimiento», en G I 19 (DK 11 A 13) y en G I 22. 25
  26. 26. Estudios filosóficos de historia de la ciencia No es de mi interés ahora ver si las palabras en que se dice el pen-samiento de Tales proceden de él o no; lo que sí lo es, sin duda nin-guna, es el hecho de pensar en esa explicación causal, de considerar almundo como una unidad en la que existe cambio y movimiento pordebajo de lo que es mera apariencia, lo que no es en definitiva decisi-vo, pues otra cosa es la que da cuenta de ella. Todas las cosas son asíreducidas, explicadas, asimiladas a una sola, a un único principio, a unelemento que es común a todas ellas. Es el juego del pensamiento sobrelo que es objeto de nuestra experiencia común lo que nos lleva, conTales, a poder decir: todo es, en definitiva, agua; todo tiene su princi-pio en ella, no simplemente porque nazca de ella, en su seno, sino por-que, bien miradas todas las cosas, todas ellas tienen un principiocomún, un origen único del que proceden y al que se reducen final-mente. De esta manera, por supuesto, el «principio» pide el «movimien-to», movimiento que, por debajo de lo que nos aparece, hace posible elprincipiar de todas las cosas en el agua. El pensamiento ha entrado así él mismo en movimiento. Ahora se vaa preguntar al punto cómo es posible este principiar desde el agua ycuáles son los procesos de ida y vuelta que explican ese «todo-es-agua».Serán dos tareas distintas: por un lado, el ahondar en eso que llamoprincipiar, asunto de pensamiento que busca y es capaz de encontrarorden, quizá incluso de ponerlo; por otro, el encontrar la realidad deesos procesos que se suponen. Una va a ser labor que habrá de miraral propio conocimiento. La otra, a la existencia de los procesos del cam-bio y del movimiento. Tales, además, consiguió hacer mediciones de cosas que eran inac-cesibles a toda medición. Midió lo inaccesible por la semejanza con loaccesible. Dos triángulos «iguales» (mejor será luego, cuando se diga«semejantes»): un hombre con su sombra (en el instante en que la altu-ra y la sombra son iguales) y una pirámide con la suya, nos hace ver laaltura de la pirámide inaccesible a la medida directa22. La inteligencia y 22 Así Plinio y Plutarco, en G I 32 y 33 (DK 11 A 21). Proclo, en G I 34, ase-gura que también trajo Tales a Egipto la geometría. El mismo Proclo dice quefue Tales el primero que demostró que el diámetro divide al círculo en dos par-tes, en G I 35 (DK 11 A 20); ciertamente lo hizo, quizá, plausible, pero no lodemostró, léase la larga nota a esta edición. También fue Tales quien vio quelos ángulos de la base de todo triángulo isósceles son iguales entre sí, como 26
  27. 27. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticosel pensar nos hace conocer, medir, lo «invisible» a través de lo «visible»,si es que, con la transposición de inaccesible por invisible, podemos asi-milar esta medición con la «medición» de todo por el agua. ¿Tales predijo eclipses? Ciertamente no. En sus tiempos no se dispo-nía de las herramientas astronómicas ni matemáticas para predecir uneclipse solar. Por lo que ahora se sabe, tampoco los babilonios dispo-nían de esos conocimientos, ni se disponía de tablas que les hicieranconocer repeticiones cíclicas de eclipses solares. Si la anécdota es cier-ta, hace ver las dotes de futurólogo del sabio griego23. Todo es agua. Entonces parece evidente preguntarse sobre dóndereposa, pues, la tierra. La respuesta para Tales es obvia: la tierra des-cansa sobre agua, como si fuera un leño que flota sobre ella24. ¿Quétiene de extraño que, después, Aristóteles y otros muchos se preguntenpor dónde descansa, a su vez, el agua? Pero, se comprende al punto, sitodo es agua, esta no descansa sobre nada, sino que principia a todo ya todo da ella descanso. La pregunta que desde dentro se va a plante-ar será otra: ¿hay un afuera? Con Anaximandro nada de nuevo hay en la idea de principio, ajrchv.Esa palabra, por supuesto, no la inventaron ni Tales ni él; ya Homero lahabía utilizado25, pero seguramente es con ellos cuando toma ese sentidopregnante que tiene en Aristóteles26 (y antes de él en Platón) cuando hablade la filosofía de sus antecesores presocráticos. Sus características nos apa-recen ya de manera clara: aquello que es primero en cuanto que de él senutren todas las cosas y que es último por cuanto todas las cosas vienen acaer en ello, en un proceso de nacimiento y de muerte, de engendramien-to y de descomposición, de generación y de corrupción. Junto a esa pala-bra, ya lo sabemos, hay otra que se le asemeja de continuo: elemento,también lo son los ángulos opuestos por el vértice de dos líneas rectas que secortan entre sí, en G I 37 y 38 (DK 11 A 20). 23 Véase G I 39 a 45; cf. O. Neugebauer, A History of Ancient MathematicalAstronomy, Berlín, 1975, p. 604. 24 Véase G I 18. La pregunta aristotélica en Del cielo 294a, en G I 49 (DK 11A 14). 25 Véanse las referencias en G I 77 y p. 89 nota. 26 Recuérdese, sobre todo, Met. 983a, en G I 18 (DK 11 A 12); también Met.998ab, en G I 83. Los elementos son las sílabas y las letras con las que se haceen el lenguaje «la imitación de la esencia» de las cosas, Crátilo 423bc, en G I 80;también Teeteto 201e, en G I 81. 27
  28. 28. Estudios filosóficos de historia de la cienciastoicei`on. Utilizando palabra de Platón en el Timeo, se trata de eso, dandopor supuesto que sabemos qué es, que «llamamos principios y establece-mos como elementos del Universo»27. Pues bien, para Anaximandro debió resultar un tanto pedestre elcalificar al agua de principio de todas las cosas, pues esta calificaciónseguramente no daba cuenta de todas las cosas; era quizá demasiadosencilla. Por eso recurrió a lo infinito, to; a[peiron, como principio delas cosas, «a partir del cual se generan todas las cosas»28. Es principio yelemento, como dirá Diógenes Laercio29. Nos la dice san Agustín conpalabras acertantes: «No pensaba que cada cosa naciera de una sola,como Tales con el agua, sino de sus propios principios, y creía que losprincipios de las cosas singulares eran infinitos»30. Lo infinito no tiene en Anaximandro un sentido temporal. Tampocotiene el sentido de una tabla periódica de los elementos en que estossean infinitos. El uso de esta palabra ya en Homero nos da un sentidomucho más elemental y primario: lo inmenso de la tierra, el vastoHelesponto, los confines de la tierra y del mar, el pueblo incontable, elprofundo sueño, la tiniebla profunda, los lazos inextricables31. En unapalabra, lo más profundo, inescrutable, inabarcable. Lo que se contra-pone a ese vocablo es pevra", límite; peivrata, confines. Platón en un raro texto del Timeo 32, cuando habla confusamente del«lugar», del «sitio» —¿del «espacio»?—, cwvra, que es como un regazomaterno, un receptáculo que todo lo contiene, en el que todo nace yque es capaz de asemejarse a todas las cosas, tiene en la cabeza algoque se asemeja al infinito de Anaximandro. Simplemente, el infinito deAnaximandro es el todo; nada, absolutamente nada, haya fuera de él. En ese substrato o receptáculo infinito, en el que no hay todavíadelimitación ninguna porque nada está separado de nada por unaconfiguración, un límite, una frontera, es en donde se da un comienzo 27 Timeo 48b, en G I 82. Ese universo, tal como traduce G, corresponde astoivcei`a tou` pantov". 28 Aecio en G I 84 (DK 12 A 14). 29 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, II, 1, en G I 85. 30 Agustín, La Ciudad de Dios, VIII, 2, en G I 88 (DK 12 A 17). 31 Véanse de nuevo las referencias en G I 89-99. 32 Es un largo y complicado pasaje del Timeo 48e-52d. Una pequeña mues-tra se lee en G I 100. 28
  29. 29. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticosde separación, generándose de él las cosas que tienen contrariedadentre sí. Estaban contenidas en él, claro es, pero fuera de toda diferen-ciación; nada era distinguible porque nada estaba separado. De esaespecie de sopa amorfa y homogénea es de donde surge cualquier dife-renciación; a partir de ahí es de donde «se generan los elementos». Es,pues, algo previo a aquello que denominó Tales como principio o comoelemento, es como el regazo o receptáculo previo que dará a luz cual-quier diferenciación posterior33. Así pues, son varias las cosas que aparecen como novedad en nues-tro horizonte presocrático. Una naturaleza, pues, no lo olvidemos, eltodo es siempre para los presocráticos una «física», en la que buscamosprincipios o elementos que sean substrato de todas las cosas. Con Talesera un principio material —como lo habrá de llamar Aristóteles—; encambio, con Anaximandro parece ser algo previo a esa materialidad delo que ha de ser cada uno de los cuatro elementos, como si fuera un«lugar-desde-el-que-las-cosas-sean», llegando ellas a ser por separaciónde lo que era infinito, todavía más allá de toda diferenciación. El pro-ceso al que desde Tales me estoy refiriendo toma ahora —para utilizartérminos aristotélicos— connotaciones de «mezcla», pues sólo es separableaquello que antes estaba mezclado, y Anaximandro ha puesto las basespara que luego su infinito no sea considerado más que como una mezclaen lo inextricable. También desde ahí es desde donde, supuestos elemen-tos, en esa infinitud primordial habrá de darse la consideración de los«intermedios», pues ni es un elemento ni otro, sino algo que está entreambos, conteniéndolos a los dos, ya que en el principio estaba todo con-tenido en lo indiferenciado incluso como elemento34. No digo que ni elintermedio ni la mezcla ni el ser aparezcan de la mano de Anaximandro,sino que su concepción de lo infinito como principio nos lleva de la manoa problemas que se habrán de resolver. La madeja, pues, se nos comien-za a hacer mucho más complicada porque el horizonte se nos ha abierto. 33 Véase Aristóteles, Física 204b y Simplicio, en G I 103 (DK 12 A 16) y G I104 y 126. Las comillas están tomadas del fragmento 104. 34 La palabra griega «intermedio» es unas veces metaxuv y otras mevson. VéaseAristóteles, Física 189b, 203a, 205a; Del cielo 303b; Met. 989a, 988a; De gen. ycorr. 328b, 332a y Fis. 187a, en G I 106, 107, 109-115, respectivamente. Sólo elúltimo menciona a Anaximandro, sin embargo. La «mezcla» (mivgma) nos apare-ce en el último de los textos citados (DK 12 A 16); cf. Met. 1069b, en G I 120). 29
  30. 30. Estudios filosóficos de historia de la ciencia Separación pide movimiento, claro es, además de un proceso tem-poral, en donde se deba hablar de una ordenación del tiempo35; lo reco-ge Simplicio en un texto que toman por original de Anaximandro, aun-que en este sea una intención poética para decirnos que hay esadiferenciación separadora de los contrarios en la que un momento pre-valece uno —el día, la luz, el verano— y luego debe dejar paso al otro—la noche, la tiniebla, el invierno—. Así nos explica esto mismo sanHipólito: Anaximandro «habla del tiempo como si delimitara la genera-ción, la existencia y la destrucción»36. La tradición supone que Anaximandro conocía muchas cosas deastronomía, tales como el gnomon y el reloj de sol, los solsticios yequinoccios37, incluso la oblicuidad del Zodíaco38. Esto no es posi-ble, puesto que, excepto para hacer simples mediciones de más omenos, para señalar si estamos por la mañana o por la tarde o si nosacercamos más al verano que al invierno, se necesita una teoríaastronómica que en ese momento los griegos no podían tener. Puedehaber, sin embargo, el inicio de una tendencia a medirlo todo. Puedeque se diera también en él la idea, muy importante para llegar a estateoría astronómica, de que la tierra está en el centro del cosmos, 35 Kata; th;n tou` crovnou tavxin, Simplicio, Física 24, 13, en G I 128 (DK 12 B). 36 Hipólito, Ref. 1, 6, 1, en G I 140 (DK 12 A 11). 37 Cf. Diógenes Laercio y Suda, en G I 150 y 151 (DK 12 A 1 y 2). El gno-mon es un palito que sirve para medir la altura del sol mediante la sombra quehace. Cada día, la sombra más corta señala el mediodía. Cada año, la sombrade mediodía más corta señala el solsticio de verano y la más larga el de invier-no. Hasta aquí no es necesaria otra cosa que la observación; para cualquier otromenester, es necesaria una teoría astronómica, incluso para la simple cuestiónde graduar el reloj de sol y orientar la dirección del gnomon. Cf. Árpád Szabóy Erkka Maula, Les débuts de l’astronomie, de la géographie el de la trigonomé-trie chez les grecs, Vrin, París, 1986, 25-37; el original alemán es de 1982. 38 Cf. Plinio, Historia natural, II, 31, en G I 152 (DK 12 A 5). El Zodíaco y sudivisión en doce partes lo pudieron tomar ya entonces los griegos de los babilo-nios, pero no la oblicuidad, es decir, la eclíptica. El Zodíaco marca, sencillamen-te, toda la zona del cielo por donde se mueve el sol al cabo del año; basta obser-varlo. La eclíptica tiene una inclinación de 23º 30’ con respecto al ecuador, peroque esto lo supiera Anaximandro, como señala Aecio en G I 153 (DK 12 A 22),parece más que aventurado suponerlo. Eulalia Pérez Sedeño, El rumor de lasestrellas, Teoría y experiencia en la astronomía griega, Siglo XXI, Madrid, 1986,p. 53, lo supone así, siguiendo más a Heath que a los textos, seguramente. 30
  31. 31. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticoses decir, del todo ordenado, aunque después no sea indispensablesuponer que la propia tierra sea esférica, sino que puede ser conside-rada como cilíndrica39. Aecio nos transmite como de Anaximandro que la luna es 19 vecesmayor que la tierra, pero que el sol es igual a la tierra; que hay un cír-culo que es 27 o 28 veces mayor, como si fuera una rueda ígnea consus bordes huecos, llenos de fuego, y que tienen aberturas, orificios—conductos en forma de flauta, dirá san Hipólito—, a través de los quevemos a los astros. Cuando estos conductos se obstruyen, tenemos loseclipses40. En fin, una astronomía todavía extraordinariamente primitiva;en todo caso, muy por debajo de lo que, como he dicho más arriba, senos plantea ya como problema post-anaximándrico. El también milesio Anaxímenes vuelve a dar vueltas a la cuestión delprincipio. Tales se ha quedado demasiado corto, se ha quedado en laprimera de las evidencias en la respuesta que dio a su búsqueda delprincipio. Anaximandro, por el contrario, ha ido demasiado lejos en unpunto. Ese punto no ha sido tanto el decir que la «física que está pordebajo» (th;n uJpokeimevnhn fuvsin) es una e infinita, sino en decir queesta es algo ajovristo", no limitado, por así decir, sin definición, puespiensa él que debe tratarse de algo bien delimitado, wJrismevnhn, delverbo ojrizw, limitar. Este nuevo principio es el aire, es decir, el aire dela atmósfera que rodea a la tierra, que se hace vapor y bruma, el querespiramos41. Quizá no sea suficiente decir, como lo hace Aristóteles42, que hay uncambio en la anterioridad del principio, sin más; que en lugar del agua,el primer principio entre los cuerpos simples es el aire. No son simplesconnotaciones principiales las que están, por cierto, bajo el pensamien-to de Anaxímenes; está esa consideración de una bruma generadora, quese levanta poco a poco y va configurando las cosas, que es respiración, 39 Similar a una columna de piedra, Hipólito y Aecio en G I 159 y 160 (DK12 A 11 y 25), por más que Diógenes Laercio diga que esférica, en G I 154 (DK12 A 1). En el centro aproximadamente: Hipólito, Aristóteles (Del cielo 295b) yTeón de Esmirna, en G I 155-157 (DK 12 A 11 y 26). 40 Véanse los textos de Aecio y de Hipólito, sobre todo, en G I 153 y 161-168 (DK 12 A 11 12 21 22). 41 Simplicio, Fís. 24, 26, completo en G I 193 (DK 13 A 5). 42 Aristóteles, Met. 984a, en G I 192 (DK 13 A 4). 31
  32. 32. Estudios filosóficos de historia de la cienciaprincipio vivificante, que es “espíritu”. En todo caso, lo que si es ciertoes que ese aire es originante de todas las cosas, no sólo porque todasellas sean reductibles a él, sino, sobre todo, porque él es originante;todas las cosas principian con él. ¿Es infinito este aire? Si lo fuera, lo que no es muy claro, en todocaso lo sería de manera muy distinta al principio de Anaximandro.El principio de Anaxímenes es limitado, casi podríamos decir quetiene consistencia material, no consistencia abstracta como hemospodido descubrir en el infinito de Anaximandro. ¿Infinito en el sen-tido de la espacialidad? Evidentemente no. Primero tendrá que plan-tearse el problema de que haya o no algo afuera. Podría serlo en elsentido de que de él se toma por entero para que se originen todaslas cosas. Un largo texto de la Refutación de todas las herejías de Hipólitonos hace balance del pensamiento de Anaxímenes. Sin embargo, antesde referirnos a él, tenemos que ver las connotaciones que Aecio43 daal aire: de él se generan todas las cosas y en él se disuelven; comohay un aliento, un hálito, un soplo, nuestra alma, que nos mantieneunidos, también lo hay para el conjunto de todas las cosas, el cosmos.Hipólito44 dice que el principio de Anaxímenes es aire infinito, gene-rándose todo de él, incluso lo divino. Ese aire no se ve si no es cuan-do se nos hace manifiesto por la contrariedad de lo frío y lo caliente,lo húmedo y lo móvil. Se mueve, ¿cómo cabría transformación sin quese moviera? Se condensa y se enrarece. Cuando se dispersa de lamanera más sutil genera el fuego. Condensado es viento primero; máscondensado y comprimido, nubes; luego agua, más tarde tierra y pie-dras. La tierra es plana y se sostiene en el aire. También lo son el sol,la luna y los astros ígneos. Nacen de la tierra por la bruma húmeda,que al enrarecerse se convierte en fuego y al elevarse se hace astros.Estos no se mueven bajo la tierra, sino que giran alrededor de ella porla noche, justo debajo del horizonte, como un sombrero lo hace en lacabeza. 43En G I 208 (DK 13 B 2). 44Hipólito, Ref. I 7, 1-9, completo en G I 196, 202, 209, 215, 221, 224, 227 y228 (DK 13 A 7). 32
  33. 33. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticos III El pitagorismo es otro mundo. Con Pitágoras se inicia una larga tra-dición, que va mucho más allá de la mera sabiduría y desentrañamientodel cosmos: es una manera de vivir, es una ascética y una mística, esuna manera de colocarse frente al mundo y frente a la sociedad, es unaorden monástica. Para colmo, los pitagóricos son de otras tierras.Estamos ya muy lejos de los milesios, en la parte occidental de la actualTurquía, y tenemos que irnos hasta la otra punta del mundo griego, lapenínsula italiana y Sicilia. Sólo más adelante caeremos sobre el centromismo de la Grecia clásica: Atenas. En los milesios había una preocupación fundante: las cosas todasforman una unidad, constituyen un todo, y ese todo tiene un único prin-cipiar, del que todo se origina y al que todo viene a volver, en un pro-ceso que Aristóteles va a llamar de generación y corrupción. Hay unanaturaleza, pero no amorfa y desordenada, sino informada de un prin-cipio único, que todo, pues, lo ordena, constituyéndolo en cosmos, esdecir, un todo con su ordenamiento propio, el único que en definitivahay, pues todo lo informa y de todo está informado. Pitágoras y sus seguidores miran igualmente todas las cosas e intu-yen en ellas algo que es decisivo para ellas, pero que les es invisible,no sólo en tanto que está por debajo y la vista no es capaz de verlo(se va a necesitar la inteligencia para ello), sino que es una invisibili-dad distinta, radicalmente distinta. Lo que informa todo no será ya unprincipio que todo lo principia, sino un por debajo y distinto, una cosaque nada tiene de materialidad de cosa, sin ser una abstracción sin rea-lidad, sin cosidad; una abstracción que nada tiene de cosa, sino que esmúsica, es ordenación según la ordenación musical, de ahí que seanúmero. En el pitagorismo —al menos tal como lo veo—, en el principio erala música, la belleza de lo oído, la inmaterialidad de los sonidos bellos,ese mundo impalpable, inapresable, que nos viene de fuera, que nosatrapa y se hace con nosotros, que nos informa por dentro a la vez quenos informa de una belleza que se hace con nosotros, estando fuera denosotros. Sólo quien ha vivido la belleza de lo auditivo y se ha paradoa contemplarla para desentrañar su misterio, puede descubrir que laesencia última de la música es número. 33
  34. 34. Estudios filosóficos de historia de la ciencia Esa belleza impalpable de la música es ordenable, es número. De ahíque la belleza también impalpable del universo de todas las cosas seaordenable, sea número. ¿Cómo ha llegado Pitágoras a esta sorprenden-te y genial idea? Es lo que vamos a ver al punto. Flautas y liras son los instrumentos musicales por excelencia de losmúsicos griegos. Tubos agujereados en los lugares precisos y con diá-metros adecuados. Cuerdas de longitud precisa y tensadas convenien-temente. Con esos instrumentos es con lo que se produce el sonidomusical. Todo acorde sale de ahí, de esa materialidad construible ymedible. Reflexionando sobre esta realidad es como los pitagóricos hanllegado a los números45. A B G E F C D Vamos a tomar dos cuerdas, AB y CD, que tensaremos a la vez, paraque las diferencias en el sonido de las cuerdas proceda sólo de su lon-gitud. En la CD, en los puntos E, F y G, como si fuera la guitarra, pode-mos, simplemente poniendo el dedo, acortar la longitud vibrante de lasegunda cuerda. El punto E es el que hace exactamente que ED sea lamitad de CD. El punto F es el que hace que FD sea exactamente los 2/3de CD y el G el que hace que GD sea los 3/4 de CD. Hacemos vibrarambas cuerdas a la vez con sus longitudes enteras y las dos dan lamisma nota. Acortamos la segunda poniendo el dedo en E, acortandopues esta segunda cuerda a su 1/2. Al hacer vibrar al unísono AB y ED 45 Véase Robert Baccou, Histoire de la science grecque de Thales à Socrate,Aubier, París, 1951, pp. 120-124, basándose en textos de Teón de Esmirna. Dela manera que digo en el texto o de la que fuere, lo cierto es que los más tem-pranos pitagóricos conocieron esas relaciones. Además de esas páginas deBaccou debe consultarse: Maria Timpanaro Cardini (ed.), Pitagorici, testimo-nianze e frammenti, 3 vol., Florencia, 1958-1964, con preciosas notas en los tex-tos correspondientes a Hípaso y Teón de Esmirna, en I, pp. 100-101 (DK 18 13),y de Boecio, Inst. mus. II 19, en I, pp. 102-104 (DK 18 141); también los textoscorrespondientes a Arquitas de Claudio Ptolomeo, Harmon. I 13, en II, pp. 310-322 (DK 47 A 16), de Porfirio, In Ptolom. harmon. I 6, en II, 322-326 (DK 47 A17) y en Teón, en II, 330-335 (DK 47 A 17a). Cf. también W. K. C. Guthrie,Historia de la filosofía griega, vol. I, Gredos, Madrid, 1984, pp. 207-221. 34
  35. 35. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticosla relación de longitudes es AB/ED=1/2, mientras que los dos sonidosestán en el intervalo de octava. Si punteamos en F, FD se ha reducidoa los 2/3 de CD; si hacemos vibrar AB y FD, la relación de longitudeses AB/EF=3/2, produciéndose un intervalo llamado de quinta.Punteando en G, GD constituye las 3/4 de CD; hacienda vibrar ahoraAB y GD, la relación de longitudes es AB/GD=4/3, produciéndose elintervalo de cuarta. Los intervalos de octava, de quinta y de cuarta sonla base de todos los acordes musicales producidos par la lira griega desiete cuerdas. Así pues, en la base de todos los acordes musicales —porque cual-quier otro acorde termina teniendo relación numérica— hay relaciónentre números. Además, el principiar musical mismo tiene su relaciónexplícita, tiene su explicación en el propio principiar de los númerosenteros. Son relaciones entre los números 1, 2, 3 y 4. En la música todosale de renovadas complicaciones de esos acordes básicos. En la arit-mética todo sale de renovadas complicaciones de esos números bási-cos. Para colmo, 1+2+3+4=10. Nos aparece así el sagrado número de lospitagóricos, la tetractys. Número admirable, base de toda numeración,número divino como ningún otro. Hasta ahora la ordenación del cosmos —si es que los milesios habla-ran de tal manera, pues Aecio nos dice46 que fue Pitágoras el primeroque llamó cosmos al conjunto de todas las cosas, por el orden que enél reina— se ha dado en el principio, con proceso de ida desde él atodas las cosas y de vuelta de todas ellas hasta el principio. Era, sim-plemente, una ordenación principial, quedando desordenado, si asípuede decirse, todo el proceso. Con los pitagóricos, la ordenación delcosmos se hace obvia y férrea en cuanto que responde a la ordenaciónaritmética y geométrica de los números. «Creyeron (los primeros pitagóricos) que los principios de ellas (lasmatemáticas) eran principios de todas las cosas existentes». De estosprincipios, los primeros son los números, por lo que creyeron poder versemejanzas entre los números y las cosas («tras ver en los números laspropiedades y relaciones de la escala musical»), y puesto que las cosasparecían asemejarse a las cosas en su naturaleza (en su “física”) y losnúmeros son los primeros de toda la naturaleza, «supusieron que los 46 Aecio, II 1, 1 (DK 14 A 21). 35
  36. 36. Estudios filosóficos de historia de la cienciaelementos de los números eran los elementos de todas las cosas exis-tentes, y que todo el cielo era armonía y número». Hay semejanza en lanaturaleza misma. Las armonías, concordancias y relaciones en losnúmeros significan armonías, concordancias y relaciones en la natura-leza misma de las cosas todas. El ordenamiento de los números se haceordenamiento cósmico. Según Aristóteles, por tanto, los pitagóricos vie-ron que los números son formalmente principios del cosmos. Otrospitagóricos, además, según este filósofo, creyeron «que el número eraprincipio, tanto en cuanto materia de las cosas existentes como en rela-ción con sus propiedades y estados, mientras los elementos del núme-ro son lo par y lo impar», en donde lo par es elemento limitado y loimpar elemento infinito. Pero todavía hay otros para los que «hay diezprincipios, que se ordenan en columnas paralelas: límite e infinito impar y par uno y multiplicidad derecha e izquierda macho y hembra en reposo y en movimiento recto y curvado luz y tiniebla bueno y malo cuadrado y oblongo»47. Este largo texto aristotélico nos pone en pista de hondas diferenciasentre los pitagóricos, diferencias que quedan perfectamente establecidasen toda su tradición entre los llamados «matemáticos» y los llamados.«acusmáticos»48. Pero, además, nos deja en la niebla de lo que pensaron 47 Todo el párrafo, con sus citas correspondientes, es de Aristóteles, Met.985b-986a, en G I 349 (DK 58 B 4-5). 39. 48 Textos en G I 345-348. «De ellos, los matemáticos eran admitidos por losotros como pitagóricos, pero ellos mismos no admitían a los acusmáticos, niadmitían que su doctrina fuera de Pitágoras, sino de Hípaso. Unos decían queHípaso era de Crotona, otros que de Metaponto. La filosofía de los acusmáticosconsistía en sentencias orales indemostrables y sin fundamento», Jámblico, Vidade Pitágoras, XVIII, 81-82, en G I 346 (DK 18 4 y 58 C 4). 36
  37. 37. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticoslos primeros pitagóricos, pues, por ejemplo, ninguna mención se cono-ce de «oblongo» anterior al siglo IV a. de C., con Platón y Jenofonte. Con Pitágoras y los primeros pitagóricos acontece como con losmilesios: apuntan un horizonte nuevo. Sería precipitado decir todo loque ellos inventaron en matemáticas, pues de cierto que fue poco. Pero,sin embargo, pusieron los raíles por los que una producción matemáti-ca importantísima habría de venir. Y lo hicieron en dos ámbito: la arit-mética y la geometría. Su aritmética era un estudio de los números ente-ros y la configuración de series que en ellos se descubren. La unidadpara ellos tiene, por así decir, espesor —aunque sea, evidentemente,insecable, pues es uno y no multiplicidad—; se trata de una piedrecilla,una esferilla que se coloca junto a otras idénticas a ella para formartodos los demás números enteros; estos, por tanto, siendo meras abs-tracciones aritméticas, tienen configuración geométrica. Precisamente lavisualidad de la colocación es lo que hace adivinar nuevas y nuevasseries de números en las que encontramos relaciones específicas entrealgunos de ellos, sin límite, pues esas series van hasta los números tangrandes como se quiera49. De la aritmética nace, por tanto, la figura geométrica, nace su inte-rés por los cuerpos sólidos y su configuración, y las relaciones que den-tro de sus distintas líneas y superficies se establecen. Estas relacionesson siempre relaciones numéricas, pues las líneas, las superficies y losvolúmenes son medibles. Por eso se establece una correlación estrechí-sima entre aritmética y geometría. La medición, además, como se com-prende enseguida, no es otra cosa que una relación con una magnitudque se toma como unidad. La unidad aritmética es siempre la misma: eluno. La unidad geométrica, en cambio, se establece a voluntad, pues noes otra cosa que una comparación entre, por ejemplo, dos líneas. Precisamente de ahí es de donde sale uno de los más graves escán-dalos con los que se encontraron Pitágoras y los primeros pitagóricos,hasta el extremo de prohibir bajo las máximas penas revelar el secre-to. Este secreto es el de la inconmensurabilidad, el de los números 49 Sobre la teoría de los números de los pitagóricos, puede verse en ¿Salvarlo real? Materiales para una filosofía de la ciencia, Encuentro, Madrid, 1983, pp.21-38. Sobre el comienzo de las matemáticas griegas, lo mejor es el libro deÁrpád Szabó. Evidentemente, aunque mucho más antiguo, también ThomasHeath. 37
  38. 38. Estudios filosóficos de historia de la cienciairracionales. Hay líneas, cantidades geométricas, como el lado y la dia-gonal de un cuadrado, en las que no es posible tomar ninguna uni-dad, incluso eligiéndola tan pequeña como se quiera en magnitud, detal manera que con ella se mida a la vez el lado y la diagonal. Estáaquí el número irracional √2. A quien reveló a los no iniciados la naturaleza de la conmensurabili-dad y la inconmensurabilidad, el resto de la comunidad abominó tantode él «que no sólo lo expulsaron de la comunidad y de la casa común,sino que incluso le construyeron una tumba, como si efectivamentehubiera perecido para la vida que, junto a hombres, había llevado quienalguna vez había sido su compañero»50. Pero, desgraciadamente para lacomunidad pitagórica, también hubo traidores que dieron a conocer otrogran secreto de los pitagóricos, el de la construcción de figuras regula-res. Pero quien lo hizo pereció ahogado en el mar51. Sea lo que fuere de estos descubrimientos por los primeros pitagó-ricos, lo que sí me parece cierto es el interés de su principiar del cos-mos, al decir que «las cosas existen “por imitación” (mivmhsi") de losnúmeros»52. De nuevo aquí nos encontramos frente a algo muy impor-tante: un problema. Este problema lo plantea así Aristóteles: «Tampoco se ha explicado de cuál de las dos maneras son los Números causas de las substancias y del ser, si como límites (como los puntos son límites de las magnitudes, y de la manera en que Éurito señalaba el número de cada cosa; tal número, por ejemplo, era el del hombre, y tal otro, el del caballo, imitando con las piedrecillas las for- mas de los seres vivos, del mismo modo que imitan el triángulo y el cuadrilátero los que reducen los números a las figuras) o porque el acorde musical es una relación numérica, y lo mismo también el hom- bre y cada una de las demás cosas. Pero ¿cómo son números las afec- ciones, por ejemplo lo blanco, lo dulce o lo caliente?»53. Música. Números. No estamos lejos de la música celestial de Kepler.El principiar de todo es el número, sus relaciones, sus armonías, que se 50 Jámblico, Vida de Pitágoras XXXIV 246, en G I 363 (DK 18 4). 51 Papo y Jámblico, en G I 362 y 364. 52 Aristóteles, Met. 987b, en G I 360 (DK 58 B 12). 53 Aristóteles, Met. 1092b, según la traducción de Valentín García Yebra. 38
  39. 39. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticoshacen armonía musical. ¿Cuál será, pues, el orden de los cielos? Aunqueni Pitágoras ni los primeros pitagóricos lo hayan dicho, la conclusión esobvia54. Por último, también «parece que los pitagóricos han dicho que elvacío (kenovn) existe»55. Es necesario para construir figuras y configura-ción de números desde la unidad, la piedrecilla con la que, utilizandorepetidas unidades todas iguales, se constituyen. IV Heráclito y Parménides son otro mundo. Puede parecer curioso quesurjan en estas páginas sobre el “nacimiento de la ciencia”. Y, sin embar-go, ocupan un lugar esencial, como vamos a ver. Hasta ahora teníamosdelante la “física” y las “matemáticas”. Faltaba algo decisivo, con dosaspectos: quien habla es el lenguaje de la razón y se habla de lo que es.Aquí es donde dieron pasos de gigante nuestros dos filósofos. Su inter-vención filosófica, una vez más, es decisiva no sólo por lo que dijeron,sino, quizá, sobre todo, por los problemas que plantea esa intervención;por así decir, porque ponen el dedo en dos llagas filosóficas dolorosas. La palabra clave de Heráclito es esta: razón, lovgo". ¿Puede extrañar-nos que san Hipólito, que murió mártir en Roma en 235-236, sea quienmás y mejor nos acerque a Heráclito, quien con más empeño consulta-ra y transcribiera fragmentos del libro del vetustísimo filósofo griego,quien más cuidado pusiera en desentrañar el sentido de esa razón, vien-do en la marcha del pensamiento de Heráclito una influencia impor-tante en la forma en que heréticos de su tiempo malcomprendían ymalinterpretaban el Verbo cristiano? Es notable y extremadamente curio-so que así sea. La obra es, como ya sabemos, una refutación de todaslas herejías; Hipólito quiere probar que Noeto de Esmirna y sus discí-pulos, Epígono y Cleómenes, «creyendo ser discípulos de Cristo, no loson, sino del Tenebroso»56. 54 Cf. Aristóteles, Del cielo 290b (DK 58 B 35) y las notas de Maria TimpanaroCardini, Pitagorici, III, pp. 198-202. 55 Aristóteles, Fís. 213b, en G I 370 (DK 58 B 30). 56 Hipólito, Ref. IX 8, según la traducción de Agustín García Calvo. 39
  40. 40. Estudios filosóficos de historia de la ciencia El libro de Heráclito recibe el cómodo y común título de Peri; fuv-sew". Agustín García Calvo en su edición crítica57 atribuye tres títulos alas tres partes en que se divide: Lovgo" peri pavntwn (Razón general ode las cosas todas), Lovgoß politikovß (Razón política o sea de gobier-nos y de almas), Lovgo" qeologikov" (Razón teológica o sea de religio-nes y ultimidades). El párrafo inicial del libro heraclíteo dice así: «Esta razón, siendo esta siempre como es, pasan los hombres sin entenderla, tanto antes de haberla oído como a lo primero después de oírla: pues, produciéndose todas las cosas según esta razón, pare- cen como faltos de experiencia, teniendo experiencia así de palabras como de obras tales como las que yo voy contando, distinguiendo según su modo de ser cosa por cosa y explicando qué hay con ella. En cuanto a los otros hombres, les pasa desapercibido todo lo que estando despiertos hacen, tal como se olvidan de todo lo que dur- miendo»58. Todas las cosas se producen (del verbo givgnomai) por el logos. Estemismo lógos es el que sirve para distinguir el modo de ser (kata; fuvsin)de cada cosa y para explicarla. Esa razón es a la vez la que se da entodos los procesos reales y la que habla en el libro de Heráclito. Conella es con la que los hombres se tropiezan a cada paso. Tal razón esla que debe darse de consuno —como dice García Calvo— en la reali-dad y en nuestro razonamiento sobre ella. Ese logos «no es otra cosaque lenguaje (si el lenguaje puede mencionarse a sí mismo sin conver-tirse en otra cosa), y por tanto a la vez ordenación, por oposiciones ycorrelaciones, y a la vez actividad de habla lógica, razón raciocinante»59. Las operaciones de la razón van a ser dos, ambas en contradicción:distinguir lo uno de lo otro y descubrir que lo uno era lo otro. Los ejer-cicios de la razón, las razones, están privadas de razón, pues la razón 57 Agustín García Calvo, Razón común, edición crítica, ordenación, traduc-ción y comentario de los restos del libro de Heráclito, Lucina, Madrid, 1985. Losfragmentos de Heráclito los citaré siempre por esta magnífica edición con lassiglas GC y el número que ella le adscribe, seguido siempre entre paréntesis dela numeración de Diels-Kranz. 58 Sexto Empírico, Contra los matemáticos VII 132, en GC 1 (DK 22 B 1). 59 García Calvo, Razón común, p. 34. 40
  41. 41. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticosestá aparte de todas las cosas: «De cuantos he oído razones, ningunallega hasta tanto como reconocer que lo inteligente (o{ti sofovn) estáseparado de las cosas todas»60. Las cosas están regidas por la razón, peroella está aparte de todas las cosas, incluso está aparte de las ideas delos hombres, producto también de la razón. Las razones están, pues, pri-vadas de razón, en cuanto que quieren privatizarla, pues no quierenreconocer que la razón está aparte y fuera de todas las razones. Estandola razón metida en todo, está fuera de todo. La realidad, la fuvsi", no senos impone por sí misma; al contrario, «gusta de esconderse»61, pues estáproducida por razón, no nos viene dada en la práctica o de hecho, sinoque nos es dada de palabra o en razones; la realidad no es previa yajena a toda palabra, como algo que está por debajo de las palabras,que es anterior a todo lenguaje. Al apelar a este “de hecho” se toma porverdadero lo que sólo es apariencia. Como interpreta García Calvo, «pordebajo de las cosas están las palabras y la razón»62. En las relaciones rea-les hay una lógica oculta, que debemos descubrir: «ajuste inaparente,mejor que el aparente»63. Es confusión estimar las cosas aparentes y des-preciar las ocultas; ambas deben tenerse en igual estimación, como si«inaparente» y «aparente» fuesen una y la misma cosa. La facultad de pensar o de inteligencia es común para todos, comu-nitaria, no es una facultad propia, privada. «Común es a todos el pen-sar»64, y debemos hacernos fuertes en lo común de todos, y no en lo pri-vado de cada uno: «Hay que seguir a lo público: pues común es el quees público; pero, siendo la razón común, viven los más como teniendoun pensamiento privado suyo»65. Los que se aplican a su inteligenciapropia actúan irracionalmente y son extraños a la razón, por más quesus actos siguen regidos en todo por la razón común, puesto que todolo rige, incluido lo que está en contradicción con ella. La razón no es 60 Estobeo, Florilegio III 1, 174, en GC 40 (DK 22 B 108). 61 Temistio, Discursos V 69ab, en GC 35 (DK 22 B 123). 62 García Calvo, Razón común, p. 111. Como el lector podrá apreciar, sigo acierraojos a este autor. 63 Hipólito, Ref. IX 9, 5, en GC 36 (DK 22 B 54): aJrmonih ajfanhv" fanerh`"krevttwn. 64 Estobeo, Flor. III 1, 179, en GC 2 (DK 22 B 113): to; fronevein, la facultadde inteligencia o de pensar. 65 Sexto Empírico, Cont. mat. VII 133, en GC 4 (DK 22 B 2). 41
  42. 42. Estudios filosóficos de historia de la cienciaprivada de uno, sino que es de todos y de cualquiera, por ello es públi-ca. Pero, sin dejar nunca de serlo, no nos damos cuenta de que así sea,haciéndonos extraños a la razón. La mayor parte nos creemos dueñosde lo que pensamos, como si nuestros pensamientos fueran cuestiónprivada, ya que la inteligencia que los produce es del que piensa. Mas,cuando es así, llegamos a convicciones personales, a creencias, no a laverdad de las cosas. «Estar despiertos» y «estar durmiendo»: son maneras de estar, la de«los menos» y la de «los más». Para los primeros, el ordenamiento delmundo «es único y común o público»; en el grupo de los segundos, encambio, «cada uno se desvía a uno privado y propio suyo»66. Pero estono significa que los durmientes no sean también «operarios y colabora-dores de las cosas que en el mundo se producen»67. Todo está regidopor razón; incluso, en contradicción, como negación, lo que no esracional, lo irracional. Callar es hablar con el silencio. Heráclito insiste continuamente en que la razón está siempre entodas las cosas y en todos los procesos reales, mientras que los hom-bres estamos siempre fuera de esta certidumbre, nos falta concienciade que así estamos como durmiendo. Hay una lógica de las cosas yla manera de pensar de los muchos está en discordia con ella. ¿Quédice razón de las creencias de los hombres? Son «juguetes de niños»68,entretenimientos que desvían de la conciencia la verdadera razón delas cosas. Los más se hacen «fabricantes de creencias», incluidos loscientíficos. ¿Por qué? Porque piensan que los sentidos dan testimoniode la verdad de las cosas, cuando estos no pueden más que ver y oírlas cosas como están constituidas por las ideas dominantes.Fabricantes de creencias: ideólogos. Creer en un saber propio intro-duce irracionalidad entre los hombres. Los hombres se vuelven asíbárbaros y razón no habla por sus bocas. «Sin entender tras haberoído, a sordos se parecen: para su caso reza el dicho de que “pre-sentes, están ausentes”»69. 66 Plutarco, De la superstición 3, 166c, en GC 5 (DK 22 B 89). 67 Marco Aurelio Antonino VI 42, en GC 6 (DK 22 B 75). 68 Cf. GC 12 (DK 22 B 70). 69 Clemente, Stromata V 115, 2.3, en GC 17 (DK 22 B 34). Cf. CG 15 y 16(DK 22 B 107 y 133+19). 42
  43. 43. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticos ¿Qué han hecho «los más»? Dar crédito y halagar «a recitadores depueblo», tomar por maestros «a la turbamulta»70. En las cuestiones en liti-gio, aducen «poco fiables avaladores»71, pues presentan a poetas y mitó-grafos. Los «filósofos»72, por supuesto, han de ser investigadores demuchas cosas, sin que, como vamos a ver al punto, nos vayamos a que-dar en algo que no sea más que mera investigación científica.Observación e investigación científica son instrumentos de desbroce(«pues oro los que andan buscándolo tierra excavan mucha y encuen-tran poco»73), para corregir creencias recibidas; pero quien se quede enlos estudios científicos, poco habrá hecho, pues «ello es, en fin, que plu-risciencia no enseña a tener seso: que se lo habría enseñado a Hesíodoy también a Pitágoras, y así mismo a Jenófanes y a Hecateo»74. Hesíodo:ordenación en serie de los mitos, una sucesión lineal que introduce, pues,la ideación del tiempo. Pitágoras75: una física con lenguaje matemático.Hecateo de Mileto: la descripción empírica de la geografía y de la histo-ria. Jenófanes: citado aquí, quizá, como predecesor frustrado de Heráclito. Frente a los saberes de la ciencia y de los mitos, ¿cuál es, pues, elbuen juicio, el buen modo de pensar? «Es buen juicio saber de lo inte-ligente sólo, y aquello que era gobernar todas las cosas por medio detodas»76. Como comenta García Calvo77, este saber es un saber en ejer-cicio, un buscar entender lo inteligente, en donde se supone que seidentifica el entendimiento de los hombres con el entendimiento que seejercita en las cosas; esta identificación queda maltratada por cualquiercreencia o saber particular que proceda de una razón o un pensamien-to que no es más que privado. 70 Proclo, In Alcib., 1 525, 21, en GC 20 (DK 22 B 104). 71 Polibio IV 40, 2, en GC 21 (DK A 23 + B 122). 72 Clemente, Stromata V 140, 5-6, en GC 22 (DK B 35). 73 Teodoreto, Curación de las enfermedades griegas I 88, en GC 23 (DK 22B 22). 74 Diógenes Laercio IX 1, en GC 24 (DK 22 B 40). Las especificaciones quesiguen a cada nombre en el texto las tomo, como siempre, de García Calvo,Razón común, p. 84. 75 Se mete también con Pitágoras en dos fragmentos GC 26 y 27 (DK 22 B129 y 81). 76 Diógenes Laercio, IX 1, en GC 25 (DK 22 B 41): e[sti ga;r e{n to; sofo;nejpivstasqai gnwvmh o{ t ehn kubernh`sai pavnta dia; pavntwn. j [ 77 Cf. García Calvo, Razón común, pp. 86-87. 43
  44. 44. Estudios filosóficos de historia de la ciencia «Lo inteligente está separado de las cosas todas»78. La razón no seconfunde con nuestro ejercicio de la razón, está apartada y fuera de lasrazones, de la misma manera que, aunque rige todas las cosas, estáapartada y fuera de todas las cosas. Hay una contradicción entre ese«estar fuera» y ese «estar dentro», pues la razón está en todas las razones,pero en ninguna de las razones puede estar la razón: la razón está entodo, a la vez que está fuera de todo. Hay aquí guerra79 o principio decontradicción, y es este principio de contradicción el que todo lo rige,el que rige todos los procesos por los que todas las cosas vienen a sery se transforman unas en otras: «Correlaciones, nociones enteras y a lavez no enteras: “coincidente”/“diferente”, “consonante”/“disonante”, ylo mismo “de todas las cosas, una sola” que también “de una sola, todaslas cosas”»80. Contradicción, oposición dialéctica, contraposición; esto eslo que se da siempre en toda relación, pues en ella siempre es la pro-pia relación la que tiene entidad, además de unidad. Pero, a la vez, enuno está lo múltiple, la unidad implica multiplicidades. «Camino arriba,camino abajo, uno solo y el mismo»81. «Pues en uno son principio y finen contorno de redondel»82. «En unos mismos ríos entramos y no entra-mos, estamos y no estamos»83. No se trata de la doctrina del fluir per-petuo (pavnta rJei`) como se ha entendido tantas veces, siguiendo aSimplicio, como si lo que la razón revelara fuera la mera fluidez conti-nua de todo lo real, sino que lo que la razón desea revelar en la reali-dad es la contradicción, pues la condición de la naturaleza, la fuvsi", esser una componenda, como dice García Calvo, entre dos componentesincompatibles: la idea de la cosa y aquello que está por debajo de lasideas de las cosas. La realidad necesita un ingrediente más, que la naturaleza muestresu cohesión sin la que todo se desparramaría: el movimiento84. Él es elúnico medio de que la contradicción se manifieste (y oculte) bajo forma 78 Estobeo, Flor. III 1, 174, en GC 40 (DK 22 B 108). 79 Cf. GC 44 y 45 (DK 22 B 80 y 53). 80 Ps-Aristóteles, Del mundo 5, 396b, en GC 46 (DK 22 B 10). Cf. GC 47 y 48(DK 22 B 50 y 67). 81 Hipólito, Ref. IX 10, en GC 60 (DK 22 B 60). 82 Porfirio, Cuestiones homéricas v. 200, en GC 61 (DK 22 B 103). 83 En GC 63, véase su largo comentario y justificación en pp. 184-189. 84 Cf. GC 71 (DK 22 B 125). 44
  45. 45. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticosde realidad, como dice bellamente García Calvo. Un nombre de la razónes «fuego»85, no el fuego como «principio» o como «elemento» (eso esrazón privada, creencia, opinión), sino el nombre que se da ella cuan-do se mira, entrando en contradicción consigo misma, mucho más queel inicio de una cosmología heraclítea. ¿Tiempo, sucesión? Instan-taneidad: «y las cosas todas las timonea el rayo»86. No hay un procesocon un «antes» y un «después», además de un «ahora»; se niega la idea-ción habitual del tiempo, emparentada con una conciencia de quien almoverse a sí mismo percibe su propio movimiento, sino una simulta-neidad y sucesividad que se da a la vez, en operación dialéctica87. Seríarazón propia la de un mortal que idea el tiempo desde su propia con-dición de mortal que le cierra sobre sí, para luego enseguida dejar pasoa otro. Así pues, ¿qué es tiempo? Terminaré estas apretadas páginas con las siguientes extrañas ybellas palabras del Tenebroso: «Tal como revoltijo de cosas echadas alazar es el más hermoso revoltijo, así el mundo»88. Ha aparecido ya en nuestro horizonte otra luz. La primera fue la delprincipiar, y comenzamos una aventura en su búsqueda. Ahora surgeante nosotros razón, razón que produce todas las cosas del mundo yrazón que en nosotros parte en busca de las razones de cualquier prin-cipiar y de todo continuar de algún proceso. Razón que es la nuestra yque es el instrumento con el que buscamos con razones las funcionesy las maneras de todas las cosas. Descubrimos antes que algo es prin-cipio y elemento de todas las cosas del todo, que el mundo es cosmos,que tiene ordenación desde un principio y que esa ordenación se des-parrama en el tiempo porque es procesual. Descubrimos ahora quetodo decir es decir de razón, que todo decir sobrepasa el terreno de lo«decir-por-decir», puesto que es lenguaje y es también un «decir-algo-sobre-algo». ¿Razón común? ¿Razón privada? ¿Razones privadas derazón? ¿Razón que participa de la razón general? ¿Razón que produce elcosmos? ¿Cosmos ordenado según razón? ¿El tiempo, una mera ideaciónde la razón privada? ¿Presencialidad de todo en la razón? ¿Ultimidad de 85 GC 74, 75, 76, 77, 80 y 81 (DK 12 B 90, 65, 31, 76, 66 y 30). 86 Hipólito, Ref. IX 10, en GC 84 (DK 22 B 64). 87 Cf. sobre todo el texto de Hipólito, Ref. IX 9, en GC 85 (DK 12 B 52). 88 Teofrasto, Metafísica 15, en GC 82 (DK 22 B 124). 45
  46. 46. Estudios filosóficos de historia de la cienciala razón frente a las penultimidades de poetas y científicos? Los proble-mas que se nos plantean desde aquí surgen, pues, a borbotones por elhorizonte. V Yeguas, carros, ejes con sus cubos, doncellas, puertas que se abren,luz, chirridos de los goznes y de los pernos, y al final la diosa: «Oh, joven, compañero de inmortales aurigas, tú que con las yeguas que te llevan alcanzas hasta nuestra casa, ¡salud! Pues no es mal hado el que te ha inducido a seguir este camino —que está, por cierto, fuera del transitar de los hombres—, sino el Derecho y la Justicia. Es justo que lo aprendas todo, tanto el corazón imperturbable de la persuasiva verdad como las opiniones de los mortales, en las cuales no hay creencia [verdadera. No obstante aprenderás también esto: cómo las apariencias habrían tenido que existir genuinamente, siendo en todo (momento) [la totalidad de las cosas»89. El poema de Parménides nos presenta la revelación de la diosa;como dice Alfonso Gómez-Lobo90, hay que interpretarlo, con toda pro-babilidad, como un viaje que nos conduce al origen último del cosmos,a la fuente última de todo lo que hay. No significaría, en cambio, comomuchas veces se ha entendido, un camino que simboliza los procesosdel pensamiento racional. Las vías de investigación que son pensables son solamente dos: «una,que es y que no es posible que no sea», esta es la senda que acompaña 89 Sigo de cerca Alfonso Gómez-Lobo, Parménides, texto griego, traduccióny comentario, Charcas, Buenos Aires, 1985. Las citas están tomadas de ahí. Estavez la manera de citar es más sencilla: 1, 18 significa fragmentó 1, verso 18; todacita debería llevar antes las siglas DK 28 B, pero, al no haber posibilidad de con-fusión, me lo comeré todas las veces. El poema se lee también en G I 1043-1062y en KR 342-359. 90 Gómez-Lobo, Parménides, p. 44. 46
  47. 47. El nacimiento de la ciencia: los filósofos presocráticosa la verdad; «la otra, que no es y que es necesario que no sea»91, pero estanada informa, pues no se podría ni conocer ni mostrar lo que no es. Los anteriores presocráticos —excluido Heráclito— se entregaron algozo de investigar el cosmos entero. Parménides, en cambio, investigael punto de partida: el sujeto del que se quiere hablar debe ser someti-do a consideración, para ver si es o si no es. ¿Qué significa paraParménides «es» y «ser»? ¿Es un «es» de identidad? ¿Representa «ser» lasmatrices de predicación, se trate de subsunción, de subordinación o deotros usos? En este caso la segunda vía representaría la matriz de todaproposición negativa. Al parecer, siguiendo a Gómez-Lobo, no son afir-maciones sobre lo verdadero o lo falso, sino que son consideracionessobre los objetos singulares. El verbo «ser» lo emplea Parménides aquípara hablar de la existencia de individuos singulares. Las dos vías deinvestigación del objeto señalan: la primera, que el objeto existe; lasegunda que el objeto no existe, y que iniciar las investigaciones poresa vía es improcedente, por tanto92. To; ga;r aujto; noei`n e[stin te kai; einai: «pues lo mismo es (para)pensar y (para) ser»93, según la traducción de Gómez-Lobo; pero no latraducción que se ha hecho normalmente: «pues lo mismo es el pensary el ser». No se trata, pues, de que lo ente parmenídeo sea un ser pen-sante, sino una afirmación de que lo que no existe no es pensable, nopuede ser objeto para el pensar; lo que no es, lo que no existe, nopuede ser sujeto de pensamiento. De una y la misma cosa se dice a lavez que es para pensar, para que alguien la piense puesto que puedeser pensada, y que es para ser, es decir, que puede existir. Lo que noes para ser, lo que no existe, por tanto, no puede ser pensado. Lo queno es equivale a lo que no puede ser94. El pensar, noei`n, ha aparecido ya, ahora aparece la facultad de pen-sar, novo", la mente, como traduce Gómez-Lobo: «Observa empero lascosas que, aunque ausentes, están firmemente presentes para la mente»95.Ausente y presente parecen ser metáforas para el conocimiento humano. 91 Fragmento 2, 3 y 5. 92 Gómez Lobo, Parménides, p. 68. 93 Fragmento 3. 94 Gómez Lobo, Parménides, p. 74. 95 Fragmento 4, 1. 47

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