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PREMIOS GONCOURT DE NOVELA (PIERRE GASCAR, 1953. LAS BESTIAS. EL TIEMPO DE LOS MUERTOS)
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PREMIOS GONCOURT DE NOVELA (PIERRE GASCAR, 1953. LAS BESTIAS. EL TIEMPO DE LOS MUERTOS)

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Hacen falta muchos muertos, mucho tiempo, muchos pasos también, para que un cementerio encuentre su realidad funeraria. En una palabra, es necesario que los muertos preparen su tierra. Nosotros, por ...

Hacen falta muchos muertos, mucho tiempo, muchos pasos también, para que un cementerio encuentre su realidad funeraria. En una palabra, es necesario que los muertos preparen su tierra. Nosotros, por cierto, no estábamos allí. Nuestros muertos serían muertos de guerra para los cuales debíamos hacer, en la hierba, un talud. Todo esto, en una palabra, desbordaba de juventud. Los muertos de guerra. La fórmula se había vaciado de su sentido heroico sin que hubiera dejado por ello de imponerse. La guerra se estaba alejando. Los hombres morían tardíamente de una manera más bien accidental, en el silencio de la cautividad, rindiendo las armas por segunda vez.

GASCAR, Pierre. Las bestias. El Tiempo de los Muertos. Premio Goncourt de Novela. Vol. V. Ed. PLAZA & JANÉS Editores, S.A. Barcelona. 1967. (2.ª ed.) Fragmento

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PREMIOS GONCOURT DE NOVELA (PIERRE GASCAR, 1953. LAS BESTIAS. EL TIEMPO DE LOS MUERTOS) PREMIOS GONCOURT DE NOVELA (PIERRE GASCAR, 1953. LAS BESTIAS. EL TIEMPO DE LOS MUERTOS) Presentation Transcript

  • . LAS BESTIAS El Tiempo de los Muertos Pierre Gascar INFORMAR ES FORMAR PREMIO GONCOURT (1953) HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM
  • PREMIOS GONCOURT DE NOVELA 1903 – 2013
  • TOMO V
  • Las Bestias El Tiempo de los Muertos Pierre Gascar Premio Goncourt 1953
  • ÍNDICE Las Bestias I. II. III. IV. V. VI. HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM El Tiempo de los Muertos Capítulo I Capítulo II Capítulo III Capítulo IV Capítulo V Capítulo VI Capítulo VII Capítulo VIII Capítulo IX Capítulo X Capítulo XI Los Caballos La Vida Escarlata Las Bestias Gastón El Gato Entre Perros y Lobos
  • Las Bestias (Fragmentos) HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM
  • HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM . Una tormenta que no había estallado todavía y que se había visto ascender por el Este, una hora antes, cuando el día se acababa, oscurecía la noche. El follaje que Peer adivinaba encima de su cabeza, permanecía callado o no se despertaba más que a largos intervalos, bajo un soplo lento que recorría el campo como un ritmo musical y hacía brotar un sentimiento casi desligado de las realidades terrenas, próximo a la aprehensión de la música o a la fiebre de la inspiración. El pensamiento de que, en aquel instante, millares de seres escuchaban también los primeros soplos de la tormenta cercana, daba más solemnidad a la presencia confusa y de pronto anhelante de aquella naturaleza dócil a su destino —cruel o bienhechor— todavía color de noche.
  • Aquel dulce país, aquella tormenta… . HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM La guerra se había declarado dos días antes y, en el transcurso de las últimas horas de una vida que todavía no había perdido del todo la fisonomía de la paz, los seres, un poco santificados por su sorpresa, se mantenían en un estado de emoción sencilla y de silencio, que pronto, el día siguiente tal vez, sería sustituido por la pasión de los hechos y el instinto de lucha. Peer no se sentía solo en el seno de aquella noche; después de tantas tormentas que había hecho suyas, que había hecho arrojarse sobre su torre solitaria, asistía por fin a una tormenta sobre el mundo, a una tormenta hacia la cual se tendían todos los rostros de sus semejantes y toda la faz de la tierra.
  • HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM . Solamente, no podía por menos de pensar que, en lo sucesivo, aquella inmensa comunión no podría ser conducida más que bajo unos símbolos menos puros y que exigirían menos pasividad. Iba siguiendo la especie de explanada que le habían indicado y al fondo de la cual distinguía las rayas de luz de algún edificio de ventanas mal cerradas, y, de vez en cuando, un farol, ni cerca ni lejos, más allá de los abismos de la noche ante los cuales los árboles parecían detenerse de pronto hasta que, aquí y allá, un nuevo suspiro reanimase el gotear de su follaje, como el fluir de un arroyo.
  • . Llegó al lugar donde terminaba la bóveda de los árboles y atravesó un camino cuya blancura le sorprendió: el cielo había, sin duda, cambiado. Peer podía distinguir un gran barracón que se alzaba a la derecha. Vaciló. HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM Sabía que, puesto que había llegado, debía «fatalmente» dirigirse a alguien, presentarse y someterse a las formalidades habituales; no se decidía, sin embargo, todavía, como si la perspectiva de aquellos simples gestos que él cumpliría forzosamente y que, por lo demás, le parecía bien cumplir, hubiera asustado en él un alma que no conocía. Una vez traspuesta aquella puerta, una vez transcurrido aquel cuarto de hora delante de un hombre inclinado sobre sus papeles, su destino se deslizaría bajo nuevos colores, su situación sería clara y su porvenir abierto. Confiaba en ello y sin un oscuro placer; solamente un instinto feroz le retenía, un instante, al borde. Lo que iba bruscamente a convertirse en su pasado reclamaba un aplazamiento: ¡no habría nunca tregua!
  • . Había entrado en el barracón y se encontraba ante un vasto espacio más oscuro, al borde del cual, en un orden que no podía adivinar, volvía a haber árboles. Desde hacía unos instantes, a medida que se acercaba a aquel vergel, percibía un rumor extraño, que pronto creció, se hizo identificable y le obligó a detenerse sorprendido. Aquello se agitaba y rugía como un mar que se hubiera extendido ante él. Resoplidos profundos, frotamientos, relinchos parecidos a sollozos, se mezclaban al chirriar de cadenas agitadas, mientras por todas partes resonaba un piafar rápido sobre la tierra seca del verano y daba un nombre al prisionero bajo los árboles, en la pesada movilidad del aire. HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM
  • HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM . Las ráfagas de viento, que se hacían más frecuentes desde hacía unos momentos y transportaban su suspiro por entre el follaje negro, elevaban cada vez aquella masa confusa, aquel elemento animal donde, sin aquello, habría tal vez acabado por establecerse, a falta del silencio, un ritmo tranquilizador de reposo. Se oía entonces, de nuevo, el entrechocar más violento de invisibles cuerpos gigantescos, mil cadenas rechinar como las amarras en un puerto oleoso, alzarse relinchos desesperados, y el olor, disperso, desaparecía un momento. Era entonces una fuerza más vasta y misteriosa que la presencia de cien caballos, una fuerza que resquebrajaba los troncos, hacía rodar los guijarros y encerraba bajo los árboles su inexplicable tormento.
  • HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM . El primer relámpago reveló a Peer una mezcolanza de grupas relucientes, de cabezas de caballos, tensa en esa torsión, en ese escorzo violento de la cara hacia el hombro con el cual los condenados del infierno, cuando pasan el Dante y su guía, expresan su curiosidad desesperada, su avidez odiosa. Un relincho más claro se elevó, a aquél respondió otro más puro todavía que evocaba la nerviosidad de la carrera o la fogosidad del placer amoroso. El viento, que se había levantado de pronto, balanceaba las hojas y establecía por encima del infierno equino un mugido largo y sin desmayo, un ardor, brasero o mar, bajo el clima de aquella condenación. Los relámpagos proyectaban su luz de un blanco azulado sobre la baraúnda de caballos desnudos.
  • . El trueno rodó por el cielo, arrastró la algarabía durante un segundo y, muy lejos, unos caballos lloraron. Empezaron a caer gotas de lluvia. Peer oyó un ruido de galope. Volvió entonces corriendo sobre sus pasos, encontró el barracón y entró; la luz lo deslumbró y el silencio en el que se sumergió le recordó súbitamente la realidad. Un soldado estaba sentado ante una mesa […] HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM
  • […] . HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM No se puede pedir nunca al destino que nos acompaña que abra la mano. Si llegáramos a esto, me figuro que descubriríamos con sorpresa que tenía encerrada en ella la reliquia más irrisoria, el objeto que habíamos olvidado con más facilidad, el elemento que nos había parecido el más falto de importancia: el olor de un día, un guijarro jaspeado, una palabra adormecida sobre sí misma como una pequeña serpiente, tal vez una lágrima… […] Después de las vacaciones de Navidad no volví a la escuela. No sé exactamente cómo fue, pero al iniciar cada movimiento de mi vida yo reconocía y enumeraba para siempre un cuadro lo bastante familiar para no experimentar ante el destino ninguna extrañeza. Había entrado en «su» rebaño, donde los corderos trotaban en los flancos, los terneros en la retaguardia […] no había más que correr en la noche, con las manos sesgadas por las cuerdas […] No se conoce la fuerza de las bestias muertas […]
  • HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM […] Y yo seguía corriendo en la hierba. ¡Dios mío, Dios mío, haced que no se maten nunca más corderos! Apenas llegados al hórreo y tendidos sobre la paja, los seis hombres habían empezado a contar a los otros prisioneros su interminable odisea, sus sufrimientos, con la ligera embriaguez que producen, en esos momentos, la luz encontrada de nuevo y la novedad de los lugares, la cordialidad de los seres… . Pero su fatiga se revelaba en el tono sordo de su voz y en los movimientos de ojos que acompañaban sus palabras. […] Después el silencio, aquel silencio de hielo que, en el exterior, descuartiza la noche, se establecía otra vez, sin que nadie pareciera soñar, ni por un simple movimiento, en romperlo. Fue entonces cuando, al otro lado de los muros del pajar, se elevaron dos prolongados rugidos. Eran extrañamente profundos, sin duda a causa del silencio envolvente, pero también porque en aquellos tiempos atroces incluso las rocas eran socavadas […]
  • […] . En realidad, fue a partir del segundo día de la ofensiva cuando se empezó a hablar de Gastón con más frecuencia […] Había dicho «veintisiete» y no había añadido nada. Joste no tuvo dificultad en interpretar aquel laconismo poco habitual. Leyó claramente el despecho de que Gastón no estuviera entre los prisioneros o los muertos. Sin embargo, todo el mundo se reintegró al trabajo sin hablar, en el falso amanecer de las alcantarillas donde chorreaban interminablemente aquellas aguas silenciosas y tibias […] para ahogar a las bestias. […] HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM Se hundieron en las tinieblas de los canales más estrechos. Joste marchaba en vanguardia. Sabía que, andando a lo largo de las paredes rezumantes, sus compañeros pensaban en Gastón. Y es que, en la lucha desigual que acababan de emprender, era natural dotar de una personalidad precisa, de un nombre que no fuera el nombre genérico, a la masa fugitiva cuya destrucción debía ser consumada allí. No era, después de todo, más que la necesidad de combatir cara a cara […]
  • HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM […] Gastón lo sabe todo, Gastón siempre vigila, acecha vuestros pasos con extrema atención, está siempre presente si el alma se adormila, y oyéndoos y mirándoos su mente se encandila, y así es como crece el temible Gastón […] . Quedaba un domingo antes de la ejecución de Gastón. Como por casualidad, había un domingo, esa especie de vacación repentina, ese día blanco que llega en medio del drama o del duelo como unas personas a las que no se ha invitado y que se quedan balanceándose sobre las piernas y saciándose estúpidamente de nuestra desesperación […]
  • HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM […] Hay algo peor que el gato —dijo Pierre— . Toda su curiosidad estaba en guardia y, sin embargo, tenía miedo de saber. […] . Apoyó la cabeza en la de él. Sí, así podrían ofrecerse a las borrascas de la muerte, viajar a lo largo de pozos sin fin, correr a través de los arbustos negros, descender los escalones de las gemonías… ¡Si solamente algunos pájaros llevados por el viento hubiesen gritado muy alto en el cielo…! […] El gato había desaparecido […] Volvió a la ventana y, de puntillas, tiró de la cortina negra, un vestigio de la guerra, que la cubría. La luna, que mientras tanto había subido en el cielo, iluminaba completamente […] Pierre se asomó: ningún grito, ningún ruido de caída subió de aquel negro pozo.
  • HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM […] A cada momento la bestia puede cambiar […] Existen el caballo, loco, el cordero rabioso, la rata sabia, el oso impávido… . Estábamos en el atardecer. El sol declinaba por encima de los bosques y yo no podía leer la hora sobre el suelo cuya grava se oscurecía, cubriéndose de una impalpable escoria, y restituyéndome una de esas inconscientes señales a las cuales suelo referirme, de una manera un poco clandestina, cuando me encuentro, en circunstancias oficiales, en compañía de otras personas… […] Yo le admiraba secretamente al verle evocar con tanta serenidad los males a los que él también estaría expuesto […] — ¿Me cree libre, pues? —exclamó el individuo, cuyo nombre ignoraba yo todavía—. Es verdad que no conoce aún toda mi historia. Así, pues, volvemos a empezar… …A cada momento la bestia puede cambiar…
  • GASCAR, Pierre. Las Bestias. Premio Goncourt de Novela. Vol. V. Ed. PLAZA & JANÉS Editores, S.A. Barcelona. 1967. (2.ª ed.)
  • El Tiempo de los Muertos (Fragmentos) HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM
  • Capítulo I
  • Por muertos que estén, los muertos no se liberan así como así de la edad. Su recuerdo no es lo único a dilucidar: entran en un ciclo de estaciones. Ritmo mal conocido, más bien ternario, bastante lento en todo caso, con oscilaciones y pausas de tarde en tarde, se hallan clavados por toda la eternidad sobre una gran rueda en donde, a cada vuelta, se entorpecen o se aligeran, convertidos, al otro lado de los horizontes del recuerdo, en rayos de un sol huesoso. . Estábamos entonces en el primer peldaño. Abríamos el cementerio, en el sentido en que se puede decir que se abre una trinchera: en aquel lugar, sólo la vida precedía a la muerte. Y aquel frescor iba a substituir mucho tiempo antes de que lo manchara el polvo removido del osario, y más tarde, al fin, toda la tierra trillada, el olvido, la grama o la cizaña, y la estela incomprendida devolverían al espacio cultivable lo que nosotros le habíamos quitado. Hacen falta muchos muertos, mucho tiempo, muchos pasos también, para que un cementerio encuentre su realidad funeraria. En una palabra, es necesario que los muertos preparen su tierra. Nosotros, por cierto, no estábamos allí. Nuestros muertos serían muertos de guerra para los cuales debíamos hacer, en la hierba, un talud. Todo esto, en una palabra, desbordaba de juventud.
  • Los muertos de guerra. La fórmula se había vaciado de su sentido heroico sin que hubiera dejado por ello de imponerse. La guerra se estaba alejando. Los hombres morían tardíamente de una manera más bien accidental, en el silencio de la cautividad, rindiendo las armas por segunda vez. Pero, ¿se podía, todavía, hablar de armas? . Desde la ladera del cerro donde se extendía el nuevo cementerio, yo los veía volverse en redondo en el recinto del campamento cercado por una alambrada, menos parecidos a soldados que a seres de todas condiciones, semejantes los unos a los otros por el aire de insomnio, la barba crecida y la complicidad burlona del día siguiente a un saqueo. Después de muchas evasiones fallidas a través de Alemania, unos mil prisioneros franceses acababan de ser enviados al campo de concentración de Brodno, en Volynie. Era para ellos un segundo cautiverio, una nueva detención más sorprendente, más novelesca también. Con esta última palabra está dicho todo: era una detención más mortal. El título de sepulturero me había sido otorgado, pero se adelantaba a las funciones que lo justificarían. En el oficio de sepulturero, cuando se cava es que se ha encontrado el agua. Nada parecido por el momento… […]
  • Capítulo II
  • . Tardó mucho tiempo en morir alguien. Desde el primer entierro, comprendí que la muerte no se alejaría mucho de nuestro umbral. Un muerto no desciende nunca tan bajo como se cree: en el trabajo de las tumbas, cada golpe de pico cimenta los límites del mundo subterráneo. Nosotros lo tendemos en un sarcófago de tierra, un bajel hundido; las olas de la noche, batiendo debajo, mantendrán siempre sus huesos como un áncora lanzada. Aquel día, un grupo de soldados alemanes acompañaba el convoy. Iban armados y con cascos. Seguían a algunos franceses: el capellán, el enfermero, el hombre de confianza y el jefe de bloque, que marchaban detrás de las andas sobre las que reposaba el ataúd. Avanzaban rápidamente y en pocos momentos llegaron hasta nosotros, que los veíamos desde el cementerio por la ladera de la colina…
  • Capítulo III
  • —Terrible —repuso—. Sí, lo que ocurre es terrible… . Aquella simple palabra adquiría el valor de una confesión, de una peligrosa confidencia. No se necesitaba más en aquella época (una mirada, un gesto, un cambio de expresión habría bastado) para que la máscara enemiga se levantara sobre el pacto. No me atreví, pues, a ir más lejos y me puse a defender nuestra causa, a describir nuestro despojo, sustituyendo el gran proceso por aquellas sencillas recriminaciones por las cuales ningún alemán habría podido guardarnos rencor. Había algo muy cómodo para la conciencia en nuestra situación de pequeñas víctimas, me daba cuenta de ello al hablar y me indignaba. Hasta aquel cementerio que se poblaba parsimoniosamente, que se adornaba cada vez más y que acababa por evocar, con su césped, en los lugares mismos de los grandes festines de la muerte, «un rincón para la comida». —¡Terrible! ¡Terrible! —repitió el pequeño pastor. Era la palabra que había empleado antes. Pero aquella palabra había perdido su belleza primera.
  • Capítulo IV
  • . Cordonat me miró. ¿Disgusto? ¿Desaprobación? Su soledad, a la orilla del lago, adquiría proporciones mitológicas. Pero ante mí se abría aquel bosque mental hasta entonces, aquella selva que, más que a la abundancia de sus frondosidades, más que al vigor de sus troncos, había debido la existencia, a mi parecer, a su valor de contrastes, a su robusto espaldón del horizonte y, sobre todo, a su secreta contribución y a mi peso de sombra. Marchábamos por entre plantas frondosas, él con su fusil al hombro y menos parecido entonces a un soldado armado que a un cazador perdido, feliz de haber encontrado, en el camino de vuelta, al viandante que le haría un poco de compañía. Pero ya la selva y sus sombras peligrosas empezaban a evocar una vuelta sin fin y una compañía sin término y nos encerraban de nuevo en una de las mil entrevistas cara a cara de la condenación: el guardia y su prisionero, el cuerpo y la conciencia, el perro y la presa, la herida y el cuchillo, uno mismo y su sombra, todo esto en medio de aquel bosque original donde, todavía esta vez, la vieja amistad se reformaba…
  • Capítulo V
  • Sobre la piedra, la rama no acabará nunca de romperse; ¿acaso al llegar la muerte, se deja de morir…? […] . Dos hombres del campo habían muerto. Fue necesario cavar las tumbas, fue necesario enterrar a los muertos. Ernst dirigió nuestros trabajos con una ciencia mezclada de dignidad pensativa. Fue él quien nos dijo que, en esta parte de Europa, se adornaba el interior de la fosa con ramas de abeto. Para no quedarnos cortos en materia de símbolos, decidimos enterrar a los muertos vueltos hacia Francia. Como Francia se encontraba al otro lado del bosque al que se adosaba la primera hilera de tumbas, nos vimos obligados a poner los muertos al revés, con los pies bajo la cruz. Aquellos dos muertos simultáneos despertaron nuestra inquietud. El estado sanitario se agravaba en el interior del campo. Mal alimentados y enflaquecidos por las tentativas de fuga, por los traslados de un campo a otro, los hombres, cada día en mayor número se amontonaban en la enfermería. Privados de medicamentos, algunos médicos militares franceses enviados a Brodno en plan de represalias pasaban de jergón en jergón estableciendo diagnósticos sin efecto, reducidos al papel de testigos en aquel universo superpoblado donde palpitaban los pulsos…
  • Capítulo VI
  • Los muertos nos llegaban por la mañana, como un correo normalmente irregular y exento de sorpresas: asuntos a clasificar, conocimientos de navíos que se hubieran hecho a la mar mucho tiempo atrás, una cruz, una fecha y un nombre. Los ataúdes no tenían su apariencia de madera tan presente antes como la de una armadura, una armadura sin ojos. […] . Nuestro cementerio tenía ya diecisiete tumbas. Las flores habían crecido y nosotros nos disponíamos a abrir una nueva división. Otra hilera de fosas, situada debajo de la primera, que se alineaba a lo largo del lindero del bosque. Llegábamos así al segundo tercio del cementerio ya que, al principio, los límites habían sido rigurosamente fijados. Apenas dos meses habían transcurrido desde nuestra llegada a Brodno y empezábamos a preguntarnos si el cementerio duraría tanto tiempo como nosotros, si no llegaría antes de que nosotros, si no llegaría antes de que nosotros abandonásemos el campo y si no nos encontraríamos, un día, ante un abarrotamiento de muertos que se tendrían entonces que evacuar en la improvisación, la chapucería y el sacrilegio.
  • Capítulo VII
  • A partir de aquel momento, comprendiendo a qué abismo podía verme arrastrado en seguimiento de Ernst, me replegué a la segura posición que era el cementerio. Era el único lugar de inocencia. Teníamos la sensación de que allí podíamos encontrar una especie de inmunidad. Cuando un oficial venía en visita de inspección, cada uno de nosotros se inclinaba lo más posible sobre una tumba quitando las hierbas aplicadamente, con un aire de urgencia, sin levantar la cabeza, y el visitante renunciaba a interrogarnos, preguntándose, sin duda por vez primera en su vida, si nosotros no respondíamos de este modo a alguna solicitud apremiante de los muertos, como él mismo había podido escuchar (esto lo recordaba súbitamente) en el momento de sus remordimientos, en medio de la noche. . —Las hierbas —decía Cordonat— son los cabellos blancos de los muertos… Estas palabras testimoniaban un culto senil en el que nos hundíamos cada vez, a medida que a nuestro alrededor aumentaban las amenazas. […] Nuestra religión, que no había sido nunca, de hecho, la de los muertos, se convertía en una religión de tumbas. Saciábamos, cavando y llenando las fosas, un sueño de subterráneo…
  • Capítulo VIII
  • ¿No era el espanto, aquella especie de agonía del miedo que después de los primeros golpes al corazón hacía levantarse interminablemente para ellos aquel paisaje luminoso «visto por última vez», con un hombre libre e inmóvil en pleno campo, árboles, un segador, la justicia del verano, mientras un niño, tu niño, estrujado entre tus piernas, en el vagón superpoblado, lloraba de sed y de miedo? […] . —Ya lo he pensado —dijo Ernst bajando la cabeza—, ya lo he pensado. Y después no me decido. Está uno horrorizado, pero permanece en su sitio. En esta guerra, cada uno cuenta con sus propias posibilidades. Debemos, sin embargo, decirnos que ya no podrá haber verdadera vida para nosotros después de haber soportado esto. Para mí no habrá ya más vida. Peter, ¿me comprende usted?, no habrá más vida… Sus dos compañeros lo llamaron y se alejó bruscamente. Levanté la cabeza. Solitarios, allá abajo, en la vía, pasaban unos vagones vacíos. Con el crepúsculo cesó todo el tráfico. Volvimos al campamento sin que Ernst me hubiera dirigido más la palabra. No debía volver a verlo.
  • Capítulo IX
  • Habían llegado al cementerio llenos de desconfianza. Nosotros los condujimos «a los muertos». Delante de nuestras tumbas cuidadas, infatigablemente adornadas, su hostilidad sucumbió: nuestras cuentas estaban en orden. […] Cuando el encanto del cementerio hubo obrado, me atreví a preguntar a uno de los soldados si sabía lo que había sido de Ernst. . —¡Ah, el pequeño pastor! —repuso—. Ha sido castigado. Lo han enviado a un batallón disciplinario. Conocía a una judía… […] Vamos, ocúpate de tus tumbas… No tuve tiempo de preguntar por Otto. Por otra parte, no me preocupaba mucho. Yo estaba apaciguado: el castigo que habían infligido a Ernst me parecía ligero. Tanto mejor: ponía un último cimiento en nuestra amistad. […] Todo aquello pasaba en 1942 […] Enterramos con nerviosismo aquel muerto que, sin embargo, nosotros en el secreto de nuestros corazones inocentes, habíamos deseado.
  • Capítulo X
  • Menos frecuentes, menos importantes que los primeros, parecían formados por levas retrasadas, por supervivientes de un antiguo desastre ya casi olvidado, por indigentes o vagabundos reunidos en un verano del cual habían desconocido y malgastado todas las posibilidades. […] . La matanza tocaba a su fin, pero como un mal solar, se entretenía largo tiempo, hacia el atardecer, sobre los muros en donde, entre pasos de sombras, desconchaba interminablemente su quemadura. Uno se decía: «Por lo menos es el final de estos sufrimientos.» La llanura no parecía ya tener que entregar a la muerte más que su porcentaje de errantes… […] Mi gesto divertía a los centinelas y apartaba su atención del misterioso trabajo que llevábamos a cabo encima de la fosa vacía. «¿Cómo vive usted?», le escribí a Lebovitch dejándole algunas hojas de papel blanco. Sus respuestas se hicieron más largas, pero también más oscuras… Vivía mal.
  • Durante el día permanecía, sin duda, escondido en las ramas altas de un árbol, pues escribía: «Estoy muy alto. No me busquéis. Una mirada puede traicionarme. Los veo ir y venir. Decidme, os lo ruego, lo que pasa «a propósito de los perros». (Estas últimas palabras estaban subrayadas.) ¿Cuánto tiempo falta para que venga el otoño? […] Por otra parte, todo esto no es muy fácil y no resistiré mucho tiempo. ¡Si, por lo menos me dejaran hablar! […] Silencio. Gracias.» Durante los días que siguieron difícilmente pude impedir que Cordonat escrutara las frondosidades del bosque: hubiera llamado la atención de los guardianes. . […] Seguíamos alimentando aquella tumba egipcia que, por otra parte, dos días después se desplazó: la muerte daba un nuevo vecino a Lebovitch. Cordonat se ofreció a cavar la tumba de reserva donde, aquella misma noche, Lebovitch iría a reposar; en el fondo de la fosa hizo una especie de almohada de tierra para que el durmiente pudiera poner la cabeza. Le ayudé en este trabajo que, nos lo confesamos pronto, nos llenaba de un extraño malestar; teníamos la impresión de estar preparándonos para enterrar a nuestro invisible amigo…
  • Capítulo XI
  • . Y el verano se acabó. En el paisaje oscurecido toda vida se retardaba e incluso los grandes convoyes de la muerte se hicieron más escasos: se había acabado, allí también, de entrojar las cosechas. Pero menos que al día siguiente de un mal sueño o que el claro asombro de la vida, lo que la nueva estación aportaba se parecía al fin de toda la sangre, a la dura mordedura que cierra el cortejo de una larga hemorragia detrás de la cual, verdaderas plañideras de la vida, ruedan algunas lágrimas de linfa. Con el otoño, se anunciaba la estación de un silencio extenuado, un universo podado de gritos, el reino de la muerte hecha. ¿Qué me quedaba para retrasar aquel final cuya inminencia me recordaban cada ráfaga de viento en las ramas de los árboles, cada hoja caída, cada trozo de cielo límpido? Es a partir de aquel momento que la vida de Lebovitch, por disminuida e incierta que fuese, se convirtió para mí en el último signo de una negación de la muerte, de aquella muerte que extendía a mi alrededor la imagen de su cumplimiento. Reanudé el diálogo, le dirigí mensajes apremiantes: ¿Dónde estaban los otros? ¿Qué había pasado? Y él, en fin, ¿quién era él? ¡Que me hablase de su pasado y del de todos los demás! Nada nos empobrece tanto como el fin de los desconocidos: llevan, al morir, testimonio acerca de la muerte, sin darnos nada de sus vidas que pueda compensar la plus-valía que otorgan a la sombra […]
  • GASCAR, Pierre. El Tiempo de los Muertos. Premio Goncourt de Novela. Vol. V. Ed. PLAZA & JANÉS Editores, S.A. Barcelona. 1967. (2.ª ed.)
  • HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM Traducción de Ana M.ª Mayench . La impresión, a cargo de GRÁFICAS GUADA, S. R. C., Rosellón, 24, Barcelona, quedó ultimada en 1967.
  • Curiosidades . 1953
  • Universitarias España AEMU 1953 HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM
  • . La Asociación Española de Mujeres Universitarias (AEMU) fue en los años 20 una de las primeras asociaciones que se integraron en la FIMU (Fundación Internacional de Mujeres Universitarias) y contó entre sus promotoras con mujeres como Clara Campoamor y María de Maeztu, esta última presidenta en los primeros años. Después del paréntesis de la Guerra Civil, la Asociación fue refundada en 1953, contando entre sus primeras asociadas con Isabel García Lorca, Pilar Lago, Jimena Menéndez  Pidal y Soledad Ortega entre muchas otras. Esta Asociación cerró sus puertas en 1990. Las universitarias españolas comienzan a reorganizarse en el año 2002 y en el 2004 España ingresa de nuevo en la FIMU. En el año 2007 las diferentes asociaciones locales deciden en Asamblea crear la Federación Española.   HENRI CARTIERBRESSON / AGENCIA MAGNUM
  • España en 1953 . El éxito radiofónico de 1953 "Lo que nunca muere", de Guillermo Sautier Casaseca y Luisa Alberca, puso de moda los seriales en España. La SER estrenó el serial "Diego Valor”. Nació Radio Cantabria. Pepe Iglesias "el Zorro" y sus 64 personajes distintos llegaron a la radio española, haciéndose el más popular de todos "el Finado Fernández“. En la música, acaeció la muerte del actor y cantante mexicano Jorge Negrete. En el cine, con la película "La Túnica Sagrada" llegó a España el cinemascope. Se estrenó "Peter Pan" de Walt Disney y "Vacaciones en Roma" con Audrey Hepburn y Gregory Peck. Se celebró la Primera Semana Cinematográfica Internacional en San Sebastián. Frank Sintra rodó su gran éxito "De aquí a la eternidad" de Fred Zinnemann (8 Premios Oscar). Se rodó "Mogambo" con Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly, y nació Agata Lys (Margarita García), actriz española. En el mundo del motor, la Seat sacó al mercado su primer automóvil. En política, España ingresó en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). La ONU revocó las sanciones diplomáticas impuestas a España y comenzaron a regresar los embajadores de casi todos los países del mundo. Stalin falleció a causa de un derrame cerebral. La Unión Soviética afirmó que podía fabricar la bomba de hidrógeno. Entró en vigor la nueva Constitución de Yugoslavia (actual península Balcánica). El mariscal Tito fue proclamado presidente de la República y en economía fue el inicio de la distribución oficial en España de Coca-Cola. Después de su suspensión en la guerra civil. Apareció la moneda de 2´50 pesetas (diez reales).
  • España ingresó en la UNESCO Ley de Ordenación de la Enseñanza Media de 1953 . Ley homóloga a la Ley de Instrucción Primaria de 1939 —promulgada en la posguerra española y que sólo afectaba a la Enseñanza Primaria—, pero para la Enseñanza Secundaria o Media, reformadas ambas en 1967. Era una ley confesional e ideológica. A las Enseñanzas Medias se accedía mediante una prueba de ingreso. La ordenación establecía Bachilleratos de Plan General (con Bachillerato Elemental de 4 años de duración, y una Reválida para acceder al Bachillerato Superior de dos cursos más, al término de los cuales había otra Reválida): y de Plan Especial (Laboral, con 5 cursos y otras dos Reválidas); además, un curso de preparación para la Universidad.
  • Referencias Electrónicas
  • . http://www.elmundo.es/elmundo/2012/09/21/espana/1348232495.html http://yesterday.espacioblog.com/post/2007/04/10/aque-paso-ano-tu-nacistes-1953 http://tipsimages.it/Search/Search_Editorial.asp? imid=1031632&or_h=h&or_v=v&or_s=s&or_p=p&tp_f=f&tp_i=i&tp_c=c&ps_1=1&ps_2=2&ps_3=3&ps_g=g&pgsz=100&cl_c=c&cl_ bw=bw&ched=ed&LAID=2&SRCV=Gallimard&IMTP=5& http://media.tipsimages.it/medianews/thumbnails/RDA00042576.jpg http://www.upct.es/seeu/_as/divulgacion_cyt_09/Libro_Historia_Ciencia/web/mapa-centros/La%20educacion%20durante%20la %20Dictadura.htm http://www.ifuw.org/spain/about.shtml http://mujeresuniversitariasmadrid.blogspot.com.es/p/ifuw.html http://www.tusquetseditores.com/autor/isabel-garcia-lorca http://www.vagenweb.org/shenandoah/cem-images/massanutten/peer-minnie-caleb.jpg http://3.bp.blogspot.com/-VGMf-aY-VWE/TaG1SrhlFAI/AAAAAAAABcY/3RFPiCmvesQ/s1600/la+tormenta+que+se+avecina.jpg http://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero34/creador.html http://4.bp.blogspot.com/-5EV_2HZHUQ8/UPxg66W7OEI/AAAAAAAAAE8/T4wM81xrmb8/s1600/Lava http://4.bp.blogspot.com/_KHpOtg410M0/SJigfHxBNcI/AAAAAAAABS0/OcJ-UORiJlg/s1600h/Castigados+en+campo+frances.jpg http://www.ub.edu/geocrit/sn/fsn-146(017)/fsn-146(017)3.jpg http://www.mundoanimalia.com/images/articles/85/ee/77/03c6b06952c750899bb03d998e631860/Refugio-caballo.jpg http://2.bp.blogspot.com/-FgAIrSuU52U/UC_0eywVTHI/AAAAAAAAD1s/D1vV2cxTO0/s1600/P1210507%2B_redimensionar.JPG http://2.bp.blogspot.com/_zolYSdKqG5E/TOfXxPSLpBI/AAAAAAAAABI/RBfatrDfcxU/s1600/a2.jpg http://3.bp.blogspot.com/-wJdZqs9OGuY/UYavAHzcaDI/AAAAAAAAGQo/bn9ibmI4Ms0/s1600/trinchera-escribiendo-carta.jpg http://edicionesdepapel.blogspot.com.es/2013_05_01_archive.html http://www.labutaca.net/criticas/wp-content/uploads/2010/09/brightstar-jordi-1.jpg http://bibliolibros.wordpress.com/2012/12/28/le-roi-des-aulnes/ http://mariajoseguerra.webcindario.com/narrativa_del_siglo_xx.htm http://ocio.elcorteingles.es/libros/libro/historia-de-la-literatura-francesa-9788437627199#detalle http://1.bp.blogspot.com/-dpnilctC8is/UWyRSuSoB6I/AAAAAAAABCM/IQLPUXAhNPI/s1600/yourcenar-marguerrr.jpg
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