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El santuario El santuario Document Transcript

  • ELSANTUARIO SANTIAGO CABANES GABARDA
  • EL SANTUARIO.Ucerbas volvió a paladear aquel vino, sabiamente rebajado con agua. Era unode sus mejores negocios, los edetanos, sus compatriotas, no eran muyaficionados a esta bebida, preferían la tradicional cerveza, pero él que teníatratos con las gentes del mar, se había acostumbrado a su áspero sabor. Ahoraposeía más de doscientas ánforas en sus bodegas, listas para ser vendidas, yesto ocupaba la mayor parte de sus pensamientos. Algún día, la nuestra seráuna tierra de vinos, profetizaba.Y la ocasión bien merecía los mejores caldos, pues iba a sellar uno de losacuerdos comerciales más importantes de su vida. En la habitación contigua seencontraba Ahirom, un fenicio de barba apuntada y gorro frigio. Vestía lasmás lujosas sedas orientales, rara vez vistas en tierras de los edetanos, yportaba numerosos amuletos de oro macizo. Había venido acompañado devarios soldados y ayudantes. Todo indicaba que, pese a su avanzada edad, eraun hombre con una gran fortuna. Y había accedido a casarse con su hija 2
  • menor, llamada Nisunin. Esto era sumamente beneficioso para el comercio deUcerbas, pues sellaría una alianza permanente que le permitiría enriquecerse ytratar como iguales a los aristócratas y los comerciantes más ricos de suciudad. El pecho se le henchía de orgullo ante esta perspectiva, y una euforiaambiciosa recorría sus venas.Ya estaba todo acordado, las copas habían brindado, se había sellado elacuerdo matrimonial y había mandado a un sirviente a buscar a su hija. Leenorgullecía haberla concebido, con aquella belleza inusual, con aquel porteesbelto y ojos azulados más propios de los celtas, con aquellos cabellosarrebujados en rizos enloquecedores... Era normal que aquel fenicio hubieraperdido la cabeza por ella, y que hubiera accedido a aquel acuerdomatrimonial tan favorable para los intereses de Ucerbas. Con aquella alianzatodos sus rivales comerciales quedarían desplazados...Pero el sirviente regresó solo y con el semblante lívido... Evitaba alzar sumirada del suelo, le temblaban las manos y casi tartamudeó al pronunciar losiguiente: -Vuestra hija no está, mi señor, se ha escapado...Las siguientes horas fueron atronadoras, toda la casa parecía revuelta...Ahirom, el fenicio, se marchó enojado y airado, y humilló a su anfitrión aldecir que era incapaz de someter y controlar a su hija. Los sirvientes y losguardianes no descansaban, registraban todos los rincones, preguntaban a losviandantes. Finalmente descubrieron que faltaba un caballo en las cuadras, yque Antorbanen, un liberto, también se había fugado. Entonces Ucerbas loentendió todo. Últimamente su hija se había mostrado extraña. Suspiraba,lloraba a escondidas, incluso se apartaba de las cenas animadas y se consolabaen la terraza contemplando las estrellas. Además, siempre había tratado aaquel sirviente con demasiada condescendencia, con complicidad... Aquellas 3
  • miradas significaban algo... El corazón de Ucerbas dio un vuelco, en unasensación intensa y dolorosa parecida a los celos de un enamorado… Y ahoraese miserable, un mentecato liberto, había robado a su hija...No cabía otra solución entre los hombres respetables. Debía encontrar aambos y matarlos. Conclusión que hoy puede parecernos salvaje ydespiadada... Pero debemos entender que para un antiguo el honor actuabacomo una carta de presentación, la gente le respetaba en función de sipertenecía a una familia o una institución honorable. Una persona podía noobtener un trabajo, o ser rechazada de la vida pública, si carecía de honor. Eneste aspecto, actuaba como una suerte de currículum vitae… Y si esto era asípara el común de las personas, mucho más para un comerciante que podía vercuestionada su palabra y su credibilidad, negados los préstamos, engañado enel cambio de monedas... Además, estaba el desprecio, los cuchicheos en elmercado, las miradas de desprecio y reprobación… Y una hija díscola eirrespetuosa, podía mancillar el honor de toda una familia.Y esto cegaba a Ucerbas, que subió presto a su caballo. La edad y una vidafácil y regalada habían hecho mella en su cuerpo, pero aún conservaba buenaparte del vigor de su juventud. Se hizo acompañar de sus mejores hombres:cuatro aguerridos soldados, temidos por su manejo de la falcata, y dosexpertos honderos. Entre ellos se encontraba su fiel amigo y consejero,Nersiadin, un contestano que lucía un llamativo parche en el ojo, numerosascicatrices y varios tatuajes de origen celta.La comitiva partió presurosa. A Ucerbas le poseía la ira… Siquiera seplanteaba cómo sería el horrible momento en que ordenaría a sus hombresasesinar a su propia hija… Tan sólo pensaba en la humillación sufrida ante unextranjero, en la rabia por ver truncados sus planes, en la desobediencia 4
  • absurda de su hija, en que odiaba con todas sus fuerzas a aquel mísero libertoal que efectivamente deseaba lo peor. Siquiera escuchaba los lamentos de suhija mayor, que había acudido con su esposo al conocer la noticia, y quien conlos ojos empañados suplicaba desde la puerta: -Padre, pensad en lo que hacéis… Es vuestra hija y la amáis…Pronto dejaron atrás la ciudad de Edeta. Por varias personas sabían que losfugitivos habían huido hacia el oeste. Atravesaban ahora fértiles camposcultivados con esmero, y en menos de media hora Ucerbas reconoció la villadonde vivía un aristócrata amigo suyo, en lo que hoy en día se llama elCastellet de Bernabé. Recordaba aquel lugar en el que había realizado algunastransacciones. Su muro sólido, su puerta imponente que anclaba el hierro delos goznes sobre la piedra tallada, su única calle a la que se accedía después deuna cuesta empinada. Pero no era la ocasión de detenerse allí y disfrutar de lahospitalidad de los vecinos, ni de rendir pleitesía al noble local. Prosiguieronsu trote enloquecido.Ascendían ahora las empinadas montañas al oeste de la ciudad. Conforme lohacían se introducían en una espesura formada por carrascas y robles. Losbosques que en aquella época cubrían buena parte del continente europeo,tenían poco que ver con las superficies forestales actuales. Densos eimpenetrables, apenas existían en ellos caminos y senderos, y en muchasocasiones era preciso abrirse paso entre la maleza con la ayuda de una espada,o seguir la trocha creada por algún animal. Los troncos eran amplios yrugosos, las ramas se agitaban susurrantes, en ocasiones algún pájaro o algunaalimaña hacían estremecerse la espesura. Las copas frondosas de los árbolesimpedían que se colara entre ellas la luz solar, y el ambiente se poblaba desombras y humedades. No era infrecuente tropezar allí con algún bandido. Ypor primera vez en todo el día, Ucerbas se preocupó por su hija, a la que habíacuidado con esmero desde que era una niña. Pero apartó pronto aquellos 5
  • pensamientos de debilidad… Le había humillado, robado y desobedecido…Pero sobre todo la odiaba por haberle arrastrado hasta aquella situación, porhaberle desgarrado el corazón, por haberle obligado a tomar aquella espantosadecisión… No merecía el perdón.En lo alto de aquellas montañas descubrieron una vista maravillosa, a cuyabelleza cedieron incluso los rudos guerreros… Nersiadin comentó admiradoque desde allí se contemplaba la propia Edeta… Y también se apreciaba elllano en el que un día se fundaría la ciudad de Valencia. En aquella época noera más que un cenagal insalubre, donde sólo vivían algunos miserablescampesinos expuestos a las enfermedades y a los ataques de los piratas… Alos íberos no les gustaban las zonas de costa, probablemente más inseguras, ypor eso su capital y asentamientos se situaban en el interior.También encontraron una pequeña hondonada en la que siglos después sefundaría la villa de Alcublas. En aquella época ya estaba cultivada, y existíanalgunos caseríos dispersos, en especial en lo que hoy se denomina el cerro delos molinos. En algunas montañas cercanas los edetanos habían construidoatalayas y fortificaciones, que se comunicaban entre sí mediante señales dehumo, y defendían su territorio de las tribus agrestes y bárbaras del interior dela península. Sin embargo, la mayoría de los lugareños vivían hacia el oeste,en el barranco que hoy conocemos como las Torrecillas. Allí había dospequeños poblados, y hacia allí dirigieron sus monturas los jinetes.Atravesaron nuevamente algunos de los bosques y campos de cultivo deaquellos parajes, y llegaron al anochecer a una de esas poblaciones. En ellashabía algunos soldados que afirmaban haber visto llegar a una pareja dejóvenes fugitivos, pero nadie sabía dónde se habían escondido. Así queUcerbas y sus guerreros buscaron alojamiento, y regaron su descanso concerveza. Sin embargo, el comerciante no pudo pegar ojo. La única vez que 6
  • logró conciliar el sueño contempló ríos de sangre y rayos atronadores detormenta, un mal presagio… El resto del tiempo, cuando entornaba suspárpados, no podía evitar recordar el rostro de su hija… Sumido en la zozobraabandonó su habitación y decidió pasear en el silencio arrollador de la noche...Como el resto de poblados íberos, aquel se situaba sobre una colina, alresguardo de los bandidos. Ucerbas trabó amistad con los guardas de lamuralla, y se asomó a ella… Incluso en la penumbra, la luna llena permitíaatisbar la hermosa profundidad de los densos bosques cercanos, su penetranteolor a ozono, e imaginar su verdor… El verde en un paisaje es como el dulceen el paladar, una golosina para los ojos. Sólo eso podía tranquilizar su menteexcitada y sus pensamientos precipitados… Y así esperó el amanecer.Entonces descendió de la muralla, y tropezó con un extraño jovenencapuchado, que arrastraba tras de sí un caballo. No tardó en reconocerle, eraAntorbanen, el liberto que había raptado a su hija. Profirió un grito, y elmuchacho brincó sobre su montura y emprendió la huida aterrado. Ucerbasordenó a los vigilantes que le detuvieran, pero el fugitivo ya había atravesadola muralla. Allí, en los campos cercanos, el mercader encontró el campamentoimprovisado donde aquella noche habían descansado él y su hija… Y sedetuvo unos segundos a contemplar la hoguera extinta, los parcos restos decomida… E imaginó a su hija durmiendo a la intemperie, y fue la primera vezque sintió ternura o compasión hacia ella, sentimiento que le arrastró alrecuerdo de su esposa muerta unos años atrás… Realmente su hija se parecíafísicamente a su madre, y también compartían numerosos gestos yexpresiones... Pero no se dejó dominar por la nostalgia mucho tiempo… Conun grito llamó a sus guerreros, y se dispusieron a seguir las huellas. Ya sóloera cuestión de tiempo que atraparan a los fugitivos.Al cabo de unas horas, descubrieron que la pareja se había adentrado por unbarranco, por el que en aquella época del año discurría un pequeño torrente. 7
  • Seguramente se sentían acosados y desesperados, y habían pensado que elagua borraría sus huellas. Pero no fue así, pues los hombres de Ucerbas erancazadores experimentados, y con el leve susurro de un suspiro eran capaces deencontrar a la presa. No tardaron en dar con los jóvenes y, cuando el mercaderllegó, los tenían arrodillados y maniatados. Ya sólo esperaban la espantosaorden de eliminarlos.La hija de Ucerbas lloraba desconsolada… “Le amo, padre, piedad, le amo”,sollozaba… Pero el comerciante también observaba la mirada expectante desus guerreros, y entendía que no podía echarse atrás o su honor quedaríamancillado para siempre, y perdería el respeto de sus propios hombres.Cuando alzó la mano para dar la fatídica orden, se produjo un silencioabismal… Y quizá este hecho permitió que se escucharan unos cánticosreligiosos que provenían de una de las montañas que conformaban aquelbarranco.Entonces todos alzaron su cabeza, y dirigieron su vista hacia la loma. Eraespecial, pues una de sus caras parecía cortada a cuchillo en escarpadosprecipicios. Altiva, orgullosa, mostraba sus entrañas descarnadas, ese corazónde piedra cuyo lento palpitar es posible percibir las noches más apacibles y 8
  • silenciosas. En su cima, los soldados habían construido una atalaya, desde laque se podía observar toda la comarca. Y a sus faldas, las gentes del lugar sereunían espontáneamente y realizaban ofrendas y oraciones, pues en aquellaépoca se pensaba que todos los seres de la naturaleza, vivos o inertes, poseíanun alma a la que había que rendir cuentas. En aquellas religiones primitivas,que en muchas ocasiones no precisaban ni templos ni sacerdotes, era necesarioganarse aquella fuerza, que en ocasiones personificaban como hadas, faunos,elfos, ninfas y otras criaturas mágicas que merecían el máximo respeto. Ytambién aquella montaña poseía vida, una energía poderosa. Ucerbas y lossuyos entendieron entonces que se encontraban en un santuario… Y añosdespués interpretó como un augurio acertado, el que los dioses hubieranconducido hasta allí a los fugitivos. -¡Deteneos, insensatos! Es impío derramar sangre en un lugarsagrado… -Bramó el mercader a sus soldados.Y rompió a llorar, quizá conmovido por las fuertes emociones que habíavivido, por el recuerdo de su esposa fallecida, por el temor a los dioses, o porel poderoso espíritu que imperaba en aquel lugar… Y se agachó sollozando, yabrazó a la pareja y bendijo su unión.Varios siglos después, las gentes del lugar denominaron a aquella montaña laPeña Ramiro. 9