Bajo los libros

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Primer relato corto que escribo. Presentado para el I Certamen Literario de la Biblioteca Universidad de Granada.

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  • 1. Bajo los libros El siguiente aspirante a escritor se presentó en el despacho de Arturo Vidal con unacarta de presentación no muy esperanzadora para lo que ambicionaba: unas caladaszapatillas blancas, que hacían ese ruido tan peculiar que hacen las chanclas embebidasde agua cuando sale uno de la ducha; tejanos que parecían venir rajados de fábrica y unacamiseta oscura en la que se podía leer: “FUCK GOVERNMENT”. Ante estepanorama, a Arturo, hombre de canas metódicas y engominadas hasta decir basta, gafascon pajizos cristales, que apenas dejaban ver el azul grisáceo de sus ojos y que sosteníanunas espesas cejas donde se podía leer perfectamente su impasibilidad, no le quedó otraque preguntar: - ¿Y estos son los nuevos escritores? – preguntó a Jorge, su secretario, aunque él prefería que lo llamaran ayudante, visiblemente más joven que Arturo, con jersey negro de cuello alto, gafas de pasta al más puro estilo bohemio y una perilla que se habían quedado en conato de refinadas, señalando con arrojo al primer candidato de la mañana -, - ¿Cómo es que tiene la desfachatez de presentarse aquí con semejante frontispicio? - Disculpe Don Arturo - espetó el demandante -, sé de la mala fama que le caracteriza, no como editor, pero…- y hasta ahí le otorgó el derecho de palabra Don Arturo, ya que empezó con otro de sus numerosos discursos de versada autoridad -. - ¡Lo que tiene uno que soportar! No solo me empapa medio despacho sino que tiene la insolencia de poner en duda mi prestigio. ¡Salga inmediatamente de mis aposentos! 1
  • 2. En ese preciso instante Arturo abandonó su particular trono, apagó con saña el cigarrillo que sostenía con ansia entre sus dedos y empezó a deambular por la habitación. - Pero Don Arturo, me ha sorprendido una tromba de agua cuando estaba… - ¿Pero aun sigue aquí? Al aspirante a escritor no le quedó más remedio que salir galopando de lasdependencias del señor Vidal, abandonando ese edificio de plomiza fachada, situado enla calle Reñidero, donde Arturo había decidido, años atrás, establecer su despacho desdedonde, día tras día, repartía injusticia.Jorge, símbolo de la eterna fidelidad de camarada, no se pudo reprimir más y cuestionóa Arturo el porqué de esa actitud, por qué seguía poniéndose tan nervioso y por qué nitan siquiera se detenía a leer los proyectos que se personaban en la mesa de sudespacho, aunque a decir verdad, al pobre no le había dado tiempo ni a dejar sus foliossobre la mesa del señor Vidal. - Jorgito, Jorgito…- dijo Arturo en ese tono jactancioso que le singularizaba - qué poco has aprendido durante todos estos años por lo que veo. ¿Acaso no sabes que la Literatura ha llegado a su fin? El paso de Arturo había dejado de ser errante para adquirir repentinamente un cariz que rozaba lo soberbio. - Y dale con la cantinela… - Mira Jorge, te vas a librar porque encontrar un amigo tan leal como tú hoy en día es tan difícil como que brotara un nuevo Borges que nos iluminara el camino. - Llevo años escuchando esa lata de Borges, Onetti, Lorca, incluso Quevedo; estoy algo saturado de que día tras día acudan posibles artistas a tus aposentos, como tú llamas a este cochambroso despacho, y que no te molestes en leer ni tan 2
  • 3. siquiera una maldita página de lo que te presentan. A este último no lo has dejado ni explicarse. - ¿Tú también quieres que te eche a patadas? En el despacho de Arturo, justo encima de donde se sentaba, había un reloj, el típicoreloj de pared. Era redondo, con un fondo blanco. Simple, como todo lo que rodeaba aArturo. Este reloj tenía algo que llamaba la atención de Arturo, una característica quesolía encabezar últimamente los monólogos de Arturo Vidal. - Mira Jorgito, observa – dijo Arturo como el profesor que se dirige a sus discípulos -, la metáfora manifestándose en los objetos cotidianos, la magia de lo subliminal, la aguja del reloj que no hace ese tic tac característico de los relojes comunes, sino que sigue su curso continuado, como si todo fluyera. ¿Es que no te das cuenta? Me recuerda a Góngora, cuando hablaba de los ánsares de menga o las mantequillas y el pan tierno. Tanto tiempo sentándome aquí, debajo del objeto que lo simboliza todo, sin darme cuenta de que la literatura está presente en todos los aspectos de la vida, y todo porque un puñado de sabios escribieron sobre todo. Góngora escribía a la morcilla, Quevedo se mofaba de su nariz. Ya se ha escrito sobre todo. Te lo vuelvo a repetir, ¿qué sentido tiene intentar seguir, como decía Onetti, mintiendo bien la verdad? Resulta chocante, pero Arturo Vidal sostenía la teoría de que no tenía sentido hablarde nueva Literatura. Según Vidal, y como defendieran los clérigos del medievo, todo elsaber ya había sido redactado, el mundo literario no daba cabida a más grandes de laLiteratura; no habría nunca más Borges. Arturo comparaba la Literatura con el petróleo, con lo no renovable, algo que seagota, efímero, no creía en el arte nuevo. Pasaba las tardes leyendo a los clásicos, noveía la televisión, había perdido el interés por el Premio Planeta desde hace años. 3
  • 4. Paseaba por el Paseo de los Tristes y a cada persona que veía sujetando un libro, nopodía evitar acercarse e intentar divisar su autoría. Cuentan que, una tarde, después deobservar cómo desentonaba totalmente con el paisaje aquel buzón amarillo de Correosen mitad del paseo, empezó a correr como un poseso detrás de un pobre muchacho queportaba uno de estos superventas del siglo XXI. Algunos lo tenían como un loco,incluso el inseparable Jorge ya no parecía tan ligado al perturbado editor. Entre relojes y charcos apareció un nuevo aspirante. Decía llamarse AlejandroCortázar. Al escuchar el nombre del susodicho, Arturo no pudo contener la carcajada. - ¿Podrías repetir tu nombre? – preguntó Arturo con el color de rostro que se le queda al que ha empezado a reír descaradamente. - Alejandro Cortázar – contestó tímidamente el joven -. - ¿Crees que porque te apropies de ese ilustre apellido te voy a hacer más caso que los demás?¿Qué será lo próximo? ¿Esteban García Márquez? ¿Faustino Vargas Llosa? – Arturo seguía mofándose -. - Si quiere le muestro el DNI – sentenció el aspirante visiblemente molesto, aunque con un ápice de ilusión -. - Lo que tiene que mostrarme es su trasero saliendo por esa puerta en menos que canta un gallo. Jorge esta vez se puso de parte del muchacho, y le pidió que le entregara el proyectoa él. Prometió que iba a leerlo y que pronto tendría noticias suyas, pero cuando elposible nuevo Bestseller se aproximaba a las manos de Jorge, Arturo hizo gala de laagilidad que aun conservaba, agarró los papeles y no vaciló en tirarlos por la ventana.Los papeles planeaban uno a uno metros abajo, unos cuantos aterrizaban en la copa deun árbol, otros tantos en el techo de un Rover que pasaba por allí, aunque la mayoríaacabaron en el suelo, manando de ellos palabras mojadas que encontraban finiquito en 4
  • 5. la alcantarilla. El muchacho, aturdido ante tan atroz escena, dejó el despacho sin mediarpalabra. Jorge rescató la discusión con más viveza si cabe. Pero esta vez era diferente,Jorge se disponía a plantar cara a su particular némesis. Empezó con un halago, y es queen sus mejores años descubrió a grandes autores españoles. Una época en la que lasideas descendían como gotas de agua. Pero algo ocurrió, Arturo no era así años atrás. SiArturo Vidal llegó a convertirse en editor fue precisamente por su pasión, auténticavehemencia por la literatura. Arturo siempre hizo caso a sus sueños. Contaba que un díase le apareció en sueños la figura de un escritor del que nunca dijo el nombre, y le dijoque leyera, que lo hiciera hasta que sus ojos dejaran de respirar, hasta que dejara desentir, hasta que alrededor de su cuerpo revolotearan palabras, que leyera en hojasoscuras, con tinta clara, en la oscuridad, en la luna…, que no importara donde, solo queleyera. Arturo describía al contar su sueño que el escritor puso su mano derecha sobresu hombro izquierdo y que, en una especie de ritual, lo bendijo para que rescatara atodos los escritores que vagaban errantes y los hiciera grandes. Desde entonces se erigiócomo uno de los profetas de la Literatura.El antiguo Arturo, ese mesías literario, no se sabe con certeza lo que le pasó, perodesde entonces no ha vuelto a ser el mismo. No es comprensible como se puede pasarde adorado a detestable sin que uno se dé cuenta. Jorge sostenía una teoría desde hace tiempo, y cada vez más obvia. Mencionabacontinuamente a una chica llamada Laura, una escritora ubetense afincada en Granada.La describía como lo peor que le ha pasado a Arturo pero lo mejor que le ha pasado a laliteratura en los últimos años, por mucho que le pesara el señor Vidal, incluso al mismoJorge, quien aun guardaba en la memoria el momento en el que, en uno de sus rutinariospaseos con Arturo, la vieron por primera vez. Jorge pudo contemplar en primera 5
  • 6. instancia como ese contoneo de caderas se clavaba en los ojos de Arturo Vidal, esasombra siempre por delante, ese instante en el que se aparta el pelo de la cara, cómocamina sin prisa, con calma y serenidad. Y es que Laura es así, siempre con una sonrisa,sus pómulos ascienden cada vez que imita a la luna. Incluso, si te fijabas bien, podíasapreciar un brillo procedente de sus grandes ojos claros, que reflejaban las escasas aguasdel río Genil.Lo peor que le puso pasar a Arturo, además de conocerla, fue esa maldita tarde en elcafé, ese eterno café atrás café, un tren con rumbo improvisado cuyo desenlace fue laconfesión de Arturo como escritor fracasado, un secreto que por aquel entonces nohabía compartido ni con el propio Jorge. Lo que menos importaba era cómo acabaronallí, conversando en aquel bar de la calle San Jerónimo, disparatadamente frente a unalibrería. Fue curioso pero una vez que Arturo abrió su corazón el sino de aquella extrañacita cambió repentinamente, el atractivo cultural que Arturo podía suponer para Laurase inclinó hacia otra dirección, Laura parecía, por un momento, tomar apuntes mentalesde aquella espontánea conferencia de Arturo.Antes de que a Arturo le diera tiempo a invitar a la penúltima, Laura marchó. Al sonidode la puerta le siguió el de unas risas, una moneda que golpeaba la mesa, sillas queacariciaban el suelo, sonidos de ideas que volaban alrededor de la barra, y allí estabaArturo, sentado, sin pensar, como a quien le plantan instantes antes del sí quiero. Creyóver en Laura lo mismo que vio en otros tantos escritores que, años atrás, se reunían conArturo ya fuese por motivos profesionales o, simplemente, para hablar de libros y máslibros.Arturo, persona escéptica donde las haya, en ese momento tuvo eso que llamanpresentimiento, veía el humo salir de su taza en forma de garra, notaba que algo no ibabien, y no le faltaba razón. Arturo estaba en lo cierto, había estado frente a una gran 6
  • 7. artista, lo que no sabía es que Laura ya había encontrado lo que estaba buscando, de ahíesa repentina marcha, ese incómodo momento en el que, sin más, quieres irte y noquieres herir sensibilidades. Transcurridos unos meses, se empezó a hablar del éxito de un libro del queArturo no sabía nada, le parecía extraño que una escritora tuviera tanto éxito si no habíapasado antes por su selecto despacho, aquella mina dorada que era por aquel entonces.“Memorias de un escritor fracasado” era el título de la obra escrita por la prometedoraescritora Laura García, cuyo protagonista se llamaba Arturo. Después de esta especie de ensoñación insomne, Jorge decidió acabar el halagoy por fin se atrevió a decir lo que llevaba tiempo entrelazando en su cabeza, a pesar desaber las consecuencias que esto tendría en su relación con Arturo, empezó sin darmuchos rodeos. - ¿Todo esto es por aquel libro? ¿Aquella chica? – dijo Jorge en un tono de serenidad nunca visto en él -. - Sé de lo que hablas pero no sé a qué te refieres – contestó Arturo como si le hubiera prestado por un momento el cariz serio a Jorge, para volver a recuperarlo inmediatamente-, ¿un libro más entre tantos? No me falta razón, ¿qué sentido tiene seguir confiando en la literatura? Quizás tengas razón, hubo un tiempo en el que me apasionaba promocionar a todos los escritores posibles, en un intento de engrandecer a la literatura, pero a veces ocurre que te das cuenta de que seguías la senda equivocada, la literatura ya es grande, o, mejor dicho, ya ha sido grande, no me necesita, ¿para qué? No necesitamos más literatura visto lo visto. - ¿Entonces me puedes decir que haces aquí? – preguntó Jorge frunciendo ligeramente el ceño - ¿Por qué sigues en tus aposentos? ¿Esperas a alguien? ¿Por 7
  • 8. qué ese empeño en decir que la literatura ha llegado a su fin? Por no hablar del tema económico, si sigues así el resto de tu vida…Por el lenguaje de su cara, Arturo parecía no dar crédito a lo que estaba escuchando. - Es mucho más sencillo que eso Jorge. Sigo aquí porque sigo amando la buena literatura, pero a cada energúmeno que pasa por aquí más decae mi ánimo. El dinero es algo que hace tiempo que olvidé, no hay una razón clara, no es Laura, solo esperaba a un nuevo maestro que me rescatara de este infierno y me hiciera creer que la literatura ha vuelto a renacer, pero está claro que es imposible, la literatura ha muerto – Arturo se tomó un respiro y se preparó para sentenciar -. Por cierto Jorge, tienes razón en algo más, no te necesito, ni tú a mí, ¿Qué sentido tiene seguir con esta farsa a la que llamamos amistad? La frialdad de Arturo dejó sin posibilidad de respuesta a Jorge, aunque el despido no le pilló de sorpresa, en cierto modo era algo que se esperaba, solo que no de una forma tan fría. Jorge no quiso insistir más, aunque aun le quedaban fuerzas para despedirse como merecía la ocasión: - Ojalá algún día la literatura pudiera vengarse de ti, no eres consciente del daño que le estás haciendo. Actualmente estás considerado injustamente como el mejor editor del país, y que te niegues a que la literatura siga creciendo es el peor favor que puedes hacerle a aquello que tanto amas. Te recordaba una persona más inteligente, incluso me alegra esta despedida, porque yo sí que amo a los libros, y no hay un momento más feliz que el que vivo cuando paseo por mi biblioteca, eso es algo que tú nunca volverás a vivir en este pozo de amargura en el que te empeñas en vivir – ninguno de los dos dijo nada más, todo había dicho este tiempo sin que se dieran cuenta -. 8
  • 9. Siendo esta despedida algo más calurosa, Jorge abandonó el despacho para no volver.Arturo se sentó con uno de esos gestos en su cara como cuando a uno le dicen algo quesabe que es verdad pero no le gusta escuchar, una mezcla entre enfado y aprehensión.Se encendió un cigarrillo y comenzó uno de esos monólogos mentales en los queacababa hablando solo. Refunfuñaba entre chirridos de dientes y maldecía a todo lo quele rodeaba: a la nueva literatura, a Jorge, a los superventas modernos, a la modernidad,también a Laura; al whisky barato, a los ceniceros llenos de colillas, a los juegos depalabras…, murmurando entró en un profundo y reflexivo sueño. Aquí empezaba su delirio como frustrado amante de los libros. He aquí como elsueño inducía a la pesadilla. Lo primero que recordaba Arturo de su sueño fue la figurade ese venerado escritor, el mismo que recordaba de aquel sueño que le marcaríaeternamente. Arturo se sentía como Dante guiado por Virgilio en el infierno, solo que suparticular averno esta vez era una biblioteca. En esta laberíntica biblioteca todas lasestanterías estaban vacías, en alguna de ellas se podía apreciar incluso cómo las groserasarañas empezaban a tejer sus primeras y particulares trampas. Tan desierta seencontraba esta biblioteca que incluso el sonido de sus pasos producía un apenasperceptible pero demoledor eco. Arturo no entendía nada, su inesperado guía noarticulaba palabra, parecía como si esperara que Arturo tomara la iniciativa. - Así que esta es tu idea de biblioteca – arrancó el escritor con afán de ruptura de hielo -, una biblioteca llena de los libros que deberían haber sido escritos, pensaba que no existiría una escena más sádica para ti. - No lo veo exactamente así – replicó Arturo ligeramente indignado -, en ese estante de allí pondría a los clásicos de Grecia y Roma, en esa otra a los clérigos que se empeñaban en inducirnos a amar a Dios sobre todas las cosas, esa otra la dedicaría en exclusiva a los vanguardistas, incluso dejaría espacio para la 9
  • 10. Generación del 27, me sobraría espacio todavía. Y yo que pensaba que me ibas a enseñar un Aleph o algo así…Se hizo un desagradable silencio, tan molesto como el eco que llegaba a producir. Elguía empezó a insistir en preguntar a Arturo para saber en qué momento dejó de amar ala literatura. Arturo parecía no cansarse de su discurso de siempre, no paraba de repetiraquello de que hace años que no se hace buena literatura, que es imposible, que hamuerto, que no es un escritor frustrado, y que de serlo no sería tan egoísta como parapermitir que la literatura no siguiera su curso, que esa sequía de conocimiento no sedebe a él, que solo imparte justicia, que Laura quedó atrás, aunque no hubiera sidopreguntado al respecto. A ese afamado escritor que acompañaba a Arturo parecía noimportarle mucho ese discutible monólogo. - Siempre has hecho caso a tus sueños, ¿verdad? - Perseguí mi sueño como escritor, desde hace años soy una de las personalidades que más ha hecho por los libros – sentenciaba orgulloso Arturo, o eso parecía -. - Ya no eres nada Arturo, aunque pensaba que nada ni nadie iba a estropear ese noble y generoso corazón del que te creía portador. No eres nadie para juzgar a los escritores, tu trabajo hace tiempo que acabó, no tiene sentido seguir con esto, eres todo lo que no quise que fueras. Laura tenía mucha razón.Arturo sintió un crujir de maderas detrás de él, una de esas enormes estanterías se levenía encima. Antes de que le diera tiempo a emitir el grito, despertó, pero no por sísolo y de una manera natural, su teléfono ya marcaba el tercer intento de llamada. Jorgeno articulaba, balbuceaba palabras, parecía que venía de correr la media maratón antesde llamar a Arturo. El típico gesto de extrañeza de Arturo no tardó en aparecer, ArturoVidal solo alcanzaba a entender algo así como que unos libros, aparecían, biblioteca,inaccesible, asombroso, increíble, imposible, libros y más libros, el mismo, siempre el 10
  • 11. mismo libro. La única frase inteligible que consiguió escuchar fue la que le implorabaque por favor acudiera a su casa de inmediato.Cuando Arturo llegó a casa de Jorge no daba crédito a lo que veía, un cóctel deincredulidad y pesadilla. A paso cada vez más lento Arturo intentaba entrar a labiblioteca, ahora sí que parecía poder hilvanar toda esa retahíla de palabras que habíaescuchado por teléfono. La biblioteca de Jorge estaba llena de libros, más que libros, elmismo libro, por todas partes, el libro maldito de Arturo. Jorge juró por su bibliotecaque no se trataba de ninguna broma, que no concebía esto tampoco como un actovandálico, que no creía en Dios ni en la magia, pero no había palabras para expresar loque estaba viendo en ese momento. La reacción de Arturo no fue la normal en un casoasí, al menos para Jorge, quien comprendió que, efectivamente, Arturo estaba loco.Arturo huyó despavorido hacia su despacho. No se sabe aun debido a qué, por el caminoa toda persona que veía con un libro le gritaba lo mismo: “dejad de leer ahora mismo,esto es el fin, es la venganza de los libros”. Algunos se asustaban, otros no podían evitarreír, algunos señalaban “mirad el loco ese”, algunos ya lo conocían de su experiencia enel despacho, y comentaban entre ellos “míralo, está desquiciado el pobre, pobre Arturo,si hasta me da pena y todo”, hasta ese par de palmeras que observaban orgullosas laescena desde la falda de la colina de la Sabika parecían reírse. Los niños se abrazaban asus madres, los perros ladraban, incluso algunos ya marcaban el número de la policíaArturo metió la llave en la cerradura de su despacho pero por más que empujabaresultaba imposible acceder a él. Cuando consiguió mover al menos un palmo de puerta,vio como empezaban a salir por el pequeño hueco libros y más libros, y, como era deesperar, el libro maldito por todas partes.Arturo se dirigió de inmediato a uno de sus lugares favoritos de la ciudad: la bibliotecadel Hospital Real. Cuando divisó a lo lejos como de la puerta no paraban de emerger 11
  • 12. libros, libros y más libros. Tampoco se sabe por qué, pero parecía decidido a personarseallí con una caja de fósforos y algo que fuese lo más inflamable posible. Era como sipensara que aquello le ayudaría o incluso sería algún tipo de solución mágica.Arturo consiguió adentrarse en la biblioteca, empezó a vociferar. - ¡Fuera todo el mundo! ¡Voy a acabar con esto caiga quien caiga así que será mejor que abandonéis de inmediato el edificio! ¡Vamos!Pero algo detuvo Arturo, de repente su reloj interno, su percepción del tiempo se detuvopor un instante. Aquel libro era el libro maldito, uno entre tantos, pero tenía un auraespecial, parecía brillar, es como si se acabara de dar cuenta de que entre tantos siempreestá el original y lo tuviera ante sus narices. Miraba con una mezcla de fascinación y lailusión de un niño, no se sabe aun por qué. Pero, cuando se encontraba completamentesolo, impar, inmóvil en medio de la habitación, empezó a notar sacudidas bajo sus pies,el suelo parecía moverse. La violencia del vaivén comenzó a aumentar progresivamente,los libros parecían cobrar vida.Arturo miraba para todos lados para intentar salir de allí lo antes posible, pero antes deque le diera tiempo a encontrar la salida, un puñado abundante de libros que se le vinoencima le hizo caer. Los picos casi afilados de las tapas de algunos libros se le clavabanen los antebrazos, las letras de otros se le amontonaban en los ojos, notó incluso comoalgunas páginas pasaban involuntariamente por encima de su pecho; los cortantesbordes de otras páginas le llegaron a hacer pequeños cortes en los labios, parecía unlibro más entre tantos, completamente bajo los libros, sepultado en libros. Apenas podíadivisar algo de luz por un pequeño hueco que le quedaba sobre su ojo derecho.Completamente inerte, petrificado, todo esfuerzo parecía inútil, y como le pasara a sutocayo en la selva de Rivera, lo devoró la biblioteca. 12
  • 13. Y antes de que su corazón dejara de latir, en el preciso instante en el que sus ojos secerraban, antes de sumergirse en un sueño incansable, justo ahí, cuando sentía el roce deunos labios ya dormidos, sus ojos desorientados despertaron. Inconscientemente,mezclaba la realidad y el sueño, la realidad y el deseo. 13