Clases Magistrales | Materia / Sociología                     Historia de la clase media argentinaEl autor estudia al que ...
populares y darle un lugar de orgullosa superioridad frente a los trabajadores era una manerade trazar una frontera identi...
económicos más poderosos. El neoliberalismo significó un cambio dramático en diversosaspectos de la vida social, desde la ...
la defensa gremial? ¿Cómo explicar el fracaso rotundo de los únicos dos grupúsculos que lointentaron en 1956 y en el 2001?...
halagaban a la “clase media” pero sólo acompañando tales cumplidos con otros similaresdirigidos a los obreros y los empres...
tenían gestos de desprecio para con la “inculta” plebe. Por eso, el movimiento peronistadesarrolló un código propio, alter...
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  1. 1. Clases Magistrales | Materia / Sociología Historia de la clase media argentinaEl autor estudia al que considera el sector más influyente en la sociedad como el relato delapogeo y la decadencia de una ilusión. Un estudio sistemático de los orígenes y laconformación de las pautas culturales de la contradictoria clase media argentina.Por Ezequiel Adamovsky *Nuestra historia comenzó con el proyecto de la élite dirigente de mediados del siglo XIX deincorporar a la Argentina en el mercado internacional como proveedora de materias primas. Ladecisión significó una rápida profundización del capitalismo: el mercado pasó a definir aspectoscada vez más profundos de la vida de las personas, al tiempo que se erigió un Estado con elpoder de moldear y regular las relaciones sociales.Las nuevas actividades económicas y las nuevas funciones del Estado multiplicaron las nuevasoportunidades de trabajo. Comerciantes, cuentapropistas, agricultores, empleados,supervisores, profesionales, técnicos, docentes: estos sectores adquirieron un peso muchomayor que el que tenían antes, haciendo más compleja la estructura social. Al mismo tiempo, eldesarrollo económico y político destruyó actividades y ocupaciones independientes que habíanexistido hasta entonces y trajo una ampliación sin precedentes de la proporción de laspersonas que debían trabajar para otros a cambio de un salario.Los cambios sociales, económicos y políticos alteraron profundamente las relaciones entre loshabitantes. Ya que la empresa de la élite se presentó como un proyecto de “civilización”, ladiscriminación social y racial que existía desde tiempos coloniales se vio apuntalada. Laspersonas de pieles oscuras y los criollos con modales “no europeos” se vieron inferiorizados yfueron culpados de poner obstáculos al progreso con su “barbarie”.En consecuencia, buena parte de las mejores oportunidades que ofrecía el capitalismo fueronaprovechadas preferencialmente por los blancos (muchos de ellos, inmigrantes europeos) quevivían en las regiones más “civilizadas”, especialmente en la pampeana.Los cambios fueron muy rápidos y la cultura tradicional se hizo insuficiente para “ordenar” lasnuevas jerarquías. Ya no fue claro, como hasta entonces, quiénes formaban parte de lasociedad “respetable” y quiénes no. La escuela, los intelectuales, la publicidad y en general lacultura dominante se esforzaron por transmitir nuevas pautas de comportamiento “decente” opor reforzar las antiguas. Además del tipo de ocupación y el nivel educativo adquirido, la“urbanidad” en los modales, la “buena presencia”, el lugar de residencia, el comportamiento delas mujeres de la familia y el consumo de las vestimentas y accesorios “adecuados” se hicieronindispensables para indicar el nivel social que cada cual tenía o aspiraba a tener (y paradiferenciarse de los que eran socialmente “inferiores”). En el desordenado mundo urbano de laArgentina de fines del siglo XIX y principios del XX, era fundamental para muchos demostrarque eran merecedores de respetabilidad.En el fértil suelo que ofrecía esa sociedad compleja y cambiante fue arraigando lentamente, apartir de los años veinte, la identidad de “clase media”. Imaginarse como “clase media” ofrecíaa muchos la posibilidad de reclamar para sí la respetabilidad tan ansiada; aunque nopertenecieran a la élite, podían de ese modo dejar en claro que tampoco eran parte de lachusma de clase baja. Pero la nueva identidad no surgió de modo casual ni espontáneo. Laexpresión “clase media” comenzó a ser utilizada por ciertos intelectuales a partir de 1920 confines políticos precisos.Identidad. En esos tiempos existían fuertes corrientes comunistas y anarquistas queamenazaban el orden capitalista. Y no sólo era el movimiento obrero el que preocupaba a laclase dominante, sino también los intensos lazos de solidaridad y lucha en común que lostrabajadores habían sabido tejer con amplios sectores medios. Así, liberales, conservadores,católicos, nacionalistas y algunos radicales comenzaron a aludir públicamente a la “clasemedia” y a interesarse por su suerte. Recortar una “clase media” del magma de los sectores
  2. 2. populares y darle un lugar de orgullosa superioridad frente a los trabajadores era una manerade trazar una frontera identitaria que contrarrestara los lazos políticos entre clase baja y gruposmedios, separando y dividiendo el cuerpo social. Aunque por otros motivos, trayendo esaexpresión de los debates europeos, los socialistas también contribuyeron a difundir la nuevaexpresión. Muy lentamente a partir de entonces se evidenciaron signos de que “clase media”comenzó a arraigar como una identidad entre personas comunes, dejando de ser así un meroconcepto utilizado por los intelectuales.Pero el momento de arraigo definitivo de la identidad de “clase media” fue el del peronismo. Elinesperado movimiento social que encumbró a Perón cuestionó de diversas maneras (a vecesa contramano de lo que su líder hubiera querido) las identidades sociales existentes, ademásde perjudicar algunos de los intereses económicos de la élite y de ciertas secciones de lossectores medios. El sitio preeminente que alcanzaron los trabajadores manuales, la visibilidadque adquirieron los “cabecitas negras” y “grasitas”, el nuevo lugar político que ocuparon lasmujeres, los cuestionamientos a la cultura letrada del “alpargatas sí, libros no”, la nuevaefectividad de las formas colectivas de mejorar las condiciones de vida (en oposición alesfuerzo individual), todo eso causaba interferencias en los modos hasta entonces aceptadosde definir quién era respetable y quién no y cómo se hacía para ganar un nivel superior en laescala social. La reacción antiperonista agrupó por primera vez de forma sólida los intereses dela élite con los de una gran proporción de los sectores medios. En los años peronistas, ser “declase media” era una forma de diferenciarse de las identidades que proponía el peronismo,centradas en el “trabajador” como figura principal de la nueva nación que se buscaba construir.También en esta ocasión hubo políticos e intelectuales que favorecieron la expansión de laidentidad de “clase media”, esperando estimular así una reacción de orgullo social contra elfenómeno peronista. En tiempos de Perón se instalaron poderosas visiones académicas acercade la sociedad argentina y de su historia, que por primera vez colocaban a la “clase media” enel papel protagónico estelar.Como en tiempos de Sarmiento y Mitre, las clases bajas (“negras” y peronistas) fueroncatalogadas como portadoras de la “barbarie” que amenazaba la “civilización” argentina. Enesta forma de imaginar la nación, la “clase media” –que, por omisión, se suponía blanca,educada y de las regiones “modernas” de Buenos Aires y el Litoral– ocupaba el sitial de honorcomo motor del progreso y garante de la libertad contra la tiranía populista. Así, la identidad declase media arraigó fuertemente en estos años cargada de componentes peculiares yfuriosamente anti plebeyos.No fue sólo una identidad de clase, sino que estuvo también acompañada de componentespolíticos, raciales y culturales muy precisos: fue antiperonista, “blanca” (por oposición al“cabecita”), porteña y europeizante (por oposición a la cultura criolla tradicional y de las zonasrurales y “atrasadas” del interior que, se suponía, eran la cuna del fenómeno peronista).Nuevo efecto. La imagen de la clase media y su lugar en la nación sufrieron severoscuestionamientos luego de 1955. Un creciente giro hacia la izquierda afectó todas las áreas dela vida nacional, incluyendo las identidades.Las ideas que se vieron fortalecidas con este giro izquierdista buscaron volver a colocar altrabajador en el lugar de personaje central del desarrollo argentino y de la nación socialista quese buscaba construir. Aunque una gran proporción de los militantes de izquierda pertenecían alos sectores medios, la clase media fue atacada entonces por su incomprensión de losproblemas nacionales, por su desprecio de los más humildes y por su alineamiento con lospoderosos, entre otros males. Por supuesto, esto no significó la desaparición de la identidad declase media, que resistió los embates permaneciendo firme en su arraigo.El Proceso acabó no sólo con la vida de decenas de miles de militantes y con susorganizaciones: sus políticas económicas también redujeron el peso social de los trabajadores.La represión y la estigmatización de todas las ideas y proyectos de cambio social que loshabían colocado en un lugar central del futuro nacional, dejaron el terreno libre para la victoriafinal de la “clase media” como encarnación indiscutida de la argentinidad. Leído como un triunfode esa clase, el alfonsinismo contribuyó luego a reforzar el orgullo de la “clase media”, quereclamó para sí el lugar de garante de la democracia recobrada. Pero ya para entonces estabaen marcha el drástico programa de reforma de la sociedad que impulsaron los sectores
  3. 3. económicos más poderosos. El neoliberalismo significó un cambio dramático en diversosaspectos de la vida social, desde la economía hasta la cultura. Los mecanismos de regulacióneconómica en manos del Estado fueron desmantelados y los trabajadores fueron despojadosde muchos de los derechos sociales y las garantías laborales que habían conseguido a travésde décadas de lucha. A partir de 1975, y todavía más claramente en los noventa, la riqueza seconcentró en pocas manos a medida que la gran mayoría de la población se vio empobrecida.La identidad de clase media prestó un gran servicio a este proceso en sus años iniciales.Para implementar las medidas neoliberales era preciso terminar de quebrar las solidaridadessociales amplias que se habían forjado en los años setenta. El orgullo de clase media, con sutradicional componente antiplebeyo, podía ser utilizado para dividir y enfrentar al cuerpo socialy así lo hicieron algunos de los propagandistas del nuevo modelo. Pero la victoria neoliberalsignificó una profunda ruptura en el universo mental y en la cohesión de los sectores medios.En la década del ’90 hubo ganadores y perdedores. Mientras una sección de la clase mediafestejó los cambios (fuera porque había logrado salir beneficiada, o porque imaginaba quepodría mejorar su condición), otra parte, cada vez más amplia, se vio empobrecida. Buscandola manera de resistir y enfrentar las políticas menemistas, parte de los sectores medios fueronreconstruyendo lazos de solidaridad con las clases más bajas (aunque muchos, por supuesto,persistieron en su desprecio). Durante estos años la identidad de “clase media” se viomodificada o incluso debilitada, a medida que muchas personas pasaban a percibirse comomiembros de una “clase media empobrecida” o incluso se resignaban a aceptarse como partede la clase baja. La magnitud de la crisis de 2001 fue tal, que la cercanía entre los sectoresmedios y los más pobres y los lazos de solidaridad entre ambos se hicieron más fuertes quenunca. Aunque tímidamente, se dejó percibir durante un breve lapso un incipiente proceso de“desclasificación”.Por supuesto, no es que las diferencias de clase hubieran desaparecido, pero sí se vieronerosionados algunos de los muros que tradicionalmente separan unas de otras. Nocasualmente, quienes se propusieron poner fin a la crisis, recuperar la legitimidad del Estado yencauzar nuevamente el capitalismo argentino halagaron pública y explícitamente a la “clasemedia”. Buscaban reforzar de ese modo una identidad que se hallaba en crisis y evitar quesiguieran erosionándose los muros que la separan de la clase baja.Así, varias veces durante la historia argentina se intentó fortalecer una identidad de clasemedia con fines “contrainsurgentes”, es decir, para dividir y debilitar momentos de intensamovilización social que tendían hacia la unificación entre las clases más bajas y las de unaposición un poco mejor, algo que obviamente amenazaba los intereses de los poderosos y/o laautoridad del Estado. El final del relato en el 2003 es, en este sentido, comparable al de sucomienzo en 1919. En ambos casos, lo que estaba en juego cuando se apelaba a la “clasemedia” en los debates políticos era el posicionamiento que asumirían determinadas fraccionesde los sectores medios en relación con los reclamos más radicalizados de la hora. Por otrolado, al menos en dos contextos precisos –el del derrocamiento de Perón y el de la mayoraceptación del modelo neoliberal en los años ochenta– la identidad de “clase media”desempeñó un papel clave. En ambos casos sirvió para dividir y enfrentar al cuerpo social,generando corrientes de opinión favorables a los proyectos de la élite y debilitando posiblesresistencias.Pasividad. Existe en la historia que recorrimos una aparente paradoja. La identidad de clasemedia tuvo un arraigo tal en la sociedad, que la abrumadora mayoría de los argentinos creehoy que pertenece a esa clase; incluso lo hacen muchos de los que, en términos “objetivos”,deberían ubicarse en la clase baja. Más aún, se trata de una identidad que se confundió con lade la propia nación. La Argentina, según hemos aprendido a pensar, es (o al menos era) “unpaís de clase media” y era precisamente eso lo que la distinguía del resto de los países deLatinoamérica. Y sin embargo, prácticamente no ha habido en la historia nacionalorganizaciones gremiales o políticas que se presenten primordial y abiertamente comodefensoras de esa clase. A diferencia de países como Francia, no existieron en la Argentina ungremialismo de “clase media” ni partidos políticos que se identifiquen explícitamente comopaladines de esa clase (aun si varios intelectuales y algunos políticos en determinadasocasiones refirieron a sus dificultades). ¿Cómo es posible que, siendo tan fuerte la identidad declase media, no haya habido quién la aproveche explícitamente para ganar votos o para activar
  4. 4. la defensa gremial? ¿Cómo explicar el fracaso rotundo de los únicos dos grupúsculos que lointentaron en 1956 y en el 2001?Entender los motivos de esta paradoja no es sencillo. Lo primero que habría que notar es que,así como no en todos los países existe una fuerte identidad de “clase media”, del mismo modotampoco va de suyo que deba haber llamamientos políticos explícitos dirigidos a esa clase. Dehecho, los casos como el de Francia, que ha tenido enormes sindicatos “de clase media” ypartidos políticos que se especializaron en su defensa, son más bien la excepción. Para quehaya apelaciones explícitas y públicas a la clase media tiene que haber grupos que tengan unbuen motivo para hacerlo, porque esperan obtener algún resultado o beneficio. Por ejemplo,alguna entidad gremial podría evaluar que le conviene tejer alianzas con otras de sectoresmedios y que para lograr la unidad y un mayor impacto público les sería beneficiosopresentarse como la “clase media”. De esto vimos poco y nada en el caso de Argentina. Lasasociaciones gremiales de sectores medios casi nunca buscaron una unidad amplia con otrasde su sector (salvo las del mismo rubro, como los profesionales universitarios o loscomerciantes minoristas). Seguramente influyeron en esto motivos de diversa índole. Peropuede que el principal sea la enorme gravitación que en la Argentina adquirió, desde muytemprano, un movimiento obrero liderado por corrientes que –como los anarquistas,“sindicalistas”, socialistas, y más tarde peronistas– no tuvieron prejuicios en recibir en su senoa trabajadores de cuello blanco, técnicos o incluso diplomados. La atracción que ejerció elmovimiento obrero sobre el sindicalismo de los no-obreros, y la efectividad lograda en ladefensa de sus derechos, seguramente fue un impedimento para la formación de ungremialismo propiamente “de clase media”.El ejemplo del peronismo es en este sentido revelador. No hay dudas de que innumerablesbancarios, dependientes de comercio o empleados jerárquicos del Estado desarrollaron unaidentidad de clase media en tiempos de Perón o antes (y seguramente no pocos de ellos eranantiperonistas). Y sin embargo, las principales entidades gremiales representativas de esossectores no dejaron por ello de identificarse como parte de una misma “clase trabajadora” y departicipar en la CGT. Puede parecer extraño, pero resulta bastante frecuente que no coincida laidentidad que una persona profesa como individuo en su fuero interno y la que hace valercolectivamente en el espacio público.Representación. Algo similar sucedió con los partidos. En la política argentina han dominadodesde siempre un lenguaje y una cultura muy poco afectos a reconocer distinciones sociales enel seno de la ciudadanía votante. En otros países está mucho más naturalizado el hecho deque diversos partidos puedan representar a diversos grupos o intereses y se concibe a lasinstituciones republicanas como arenas para la negociación entre esos intereses. Esteconcepto –que en la teoría política recibe el nombre de “pluralismo”– ha tenido poco lugar en lahistoria Argentina. El primer partido de masas que tuvo el país –la UCR– se proclamó defensordel “pueblo” y de “la nación” toda y rechazó insistentemente que fuera legítimo defender otrosintereses “particulares”. Con el correr del siglo XX se fue asociando cada vez más al puebloabstracto del que habla la Constitución. Con el pueblo llano trabajador (algo que entraba encontradicción con las imágenes implícitas del ciudadano ideal que existían al mismo tiempo,que lo imaginaban parte de la gente “decente”). La época de Perón terminó de marcar a fuegoesa identificación. Ahora bien, si se supone que “el” pueblo son los trabajadores, resulta muydifícil que algún partido político haga explícita su intención de defender a otros grupos sociales.Ni siquiera los partidos liberales de derecha aceptarían públicamente que representan a “losempresarios” o a “la clase alta”: cuando convocan a los votantes a apoyarlos, siempre afirmandefender al pueblo en su conjunto. Algo similar sucede respecto de la clase media. Quizásantes del peronismo fuera posible que un partido se interesara pública y explícitamente por esaclase durante una campaña. Pero desde que se asoció implícitamente a la clase media con alantiperonismo, y a este con una postura “antipopular”, resultó muy difícil para los partidosconvocar abiertamente a la clase media, ya que se arriesgaban a ser acusados de no estar“con el pueblo”. (Resulta revelador en este sentido el hecho de que los tres presidentes quemás libres se sintieron para ocuparse públicamente de la “clase media” –Perón, Duhalde yKirchner– fueran peronistas: sus credenciales populares les permitían no temer ese riesgo). Elmodo en que los políticos hicieron saber a la clase media que estaban “de su lado” fue indirecto(como veremos enseguida) o directo pero nunca exclusivo, como cuando Frondizi o Kirchner
  5. 5. halagaban a la “clase media” pero sólo acompañando tales cumplidos con otros similaresdirigidos a los obreros y los empresarios.Pero además de ser difícil dirigirse a la “clase media” explícitamente, había una razón que lohacía también innecesario. Como hemos visto en la Argentina la identidad de clase media sesuperpuso y confundió con la de la Nación. Para la clase media, ella misma es la nación: lo queestá implícito en la frecuente afirmación “la Argentina es un país de clase media” es que el paísle pertenece prioritariamente a ella y que “el” pueblo es o debería coincidir con ella. Siendo estoasí, la gente que se siente de “clase media” no necesita, por parte de los políticos,llamamientos explícitos a su clase. Para un argentino de clase media alcanza y sobra con quelos dirigentes se presenten como defensores del “pueblo” o “la nación”: en su mentalidad y ensu forma de ver el mundo, de todos modos siente que se dirigen a él.Sin embargo, como hemos señalado, la irrupción del peronismo hizo explícito el hecho de quela nación estaba partida en dos e instaló en la política argentina la idea de que el verdaderopueblo (y por ende la verdadera nación) eran sobre todo esos descamisados sudorosos a losque los demás llamaban “cabecitas negras”. Desde que eso sucedió, las palabras “pueblo” y“nación” adquirieron una peligrosa ambigüedad: no alcanzaba con sólo pronunciarlas para quequede claro quién se podía sentir identificado con ellas. Por eso, para que quienes se sientende clase media entiendan que un político que se presenta como defensor de “la nación” o “elpueblo” les habla a ellos, ese político debe dejar en claro que no se refiere a la plebe pobre,“inculta” y morena. Como vimos, esta aclaración no puede hacerse explícitamente: ningúnpolítico –al menos no los de los partidos principales– diría “cuando digo pueblo me refiero sóloa la clase baja” ni tampoco “me refiero a la clase media y no a los pobres”. En cambio, lacultura política argentina, luego de la irrupción del peronismo, ha desarrollado modos indirectose implícitos de definir a qué pueblo se le habla cuando se habla del “pueblo”. Se trata de unaespecie de lenguaje en clave que suele confundir a los observadores desprevenidos.Síntesis. En la cultura política europea tradicional, existían dos identidades fundamentales –“izquierda” y “derecha”– que ayudaban a situar políticamente a las personas. Se suponía quealguien de izquierda tendía a estar más del lado de los trabajadores y los más humildes quealguien de derecha, que supuestamente se posicionaba más bien en la vereda de losempresarios y los ricos. Unos y otros tenían ciertas ideas y propuestas que los hacíanidentificables: se suponía que alguien de izquierda estaba a favor de mayores derechossociales, igualdad entre las personas independientemente de su nacionalidad, la separación dela Iglesia y el Estado, impuestos a los ricos, etc., mientras que alguien de derecha abogaba pormás nacionalismo, disciplina y seguridad, más prerrogativas individuales, una educación convalores religiosos o al menos más “tradicionales”, etc. Unos y otros podían presentarse comodefensores del “Pueblo” sin hacer mayores aclaraciones. Pero todos entendían qué significabaeso para alguien de derecha y para alguien de izquierda.La cultura política argentina, heredera de la europea, ha utilizado durante todo el siglo XX, yaún utiliza, el código izquierda/derecha para identificar las ideas y los programas de cadapersona o partido. La irrupción del peronismo, sin embargo, causó una profunda interferenciaen este modo de distinguir las inclinaciones políticas, ya que combinó el compromiso con lostrabajadores y los más humildes típico de la izquierda con algunos elementos más propios dela derecha, como el nacionalismo, el restablecimiento de la enseñanza religiosa en lasescuelas, el culto a la lealtad a un líder y, sobre todo, una actitud hostil hacia todo lo que vinierade las tradiciones socialistas y comunistas.¿El peronismo fue de izquierda o de derecha? La pregunta sigue siendo un rompedero decabeza hasta el día de hoy y no nos ocuparemos de responderla. Lo que nos importa señalares que, desde que existe el peronismo, ya no está claro que alguien que está a favor de lasideas de izquierda esté también “con el pueblo” (es decir, con las masas plebeyas reales).Cuando en 1945 socialistas, comunistas y en general los grupos progresistas se aliaron a lasclases altas para intentar detener el avance de Perón, se produjo un profundo quiebre. Para lostrabajadores y para los pobres, ya no fue suficiente que alguien hablara de derechos sociales,de la clase obrera o del socialismo para considerarlo “de su lado”. Desde su punto de vista, esopodía ser poco más que un mero discurso, toda vez que, en los hechos, quienes se llenaban laboca de esas palabras terminaban alineándose con los más ricos y con los conservadores y
  6. 6. tenían gestos de desprecio para con la “inculta” plebe. Por eso, el movimiento peronistadesarrolló un código propio, alternativo al de la tradición política europea, para identificar quiénestaba de qué lado. Junto con las propuestas concretas que un político hiciera, importaba lautilización de un vocabulario particular, de una serie de símbolos y –más aún– de unaverdadera estética.Así, a los que estaban “del lado del pueblo” se los podía reconocer primeramente por suadhesión al peronismo, por el uso que hacían de los emblemas partidarios y de la “marchita”,por su infaltable recuerdo de Evita y Perón, pero sobre todo, por ese estilo llano, sinpretensiones, emotivo y en ocasiones chabacano que tenían personajes como HerminioIglesias. E incluso si no tenía esos rasgos personales “poco respetables”, se reconocía a unperonista, ante todo, por su desprejuicio para mezclarse y mostrarse con personas de estilo yapariencia plebeyos. En fin, la estética del peronismo, el modo en que aparecía públicamente,llegó a ser, a ojos de las masas, una forma tanto o más importante de identificar a aliados yenemigos que la distinción tradicional de izquierda y derecha. Porque quien hacía esa estéticasuya estaba diciendo mucho: a través de ella reconocía la existencia de la plebe y manifestabasu disposición a estar “con el pueblo”, incluso a riesgo de ser percibido como un “negro” por losantiperonistas. Y eso no era poco.Como un reflejo opuesto, durante las décadas marcadas por la oposición peronismo-antiperonismo quienes adoptaban la identidad de “clase media” también prestaron muchaatención a los aspectos estéticos de la política. Todos los políticos hablaban del bienestar delpueblo, de los derechos de los trabajadores, de la Nación.Como vimos, casi ninguno le habló a la “clase media” de manera explícita. ¿Cómo distinguíaesa clase a los suyos? Aquí también el modo de aparecer públicamente de un político servíapara enviar “señales” para que los votantes comprendieran aquello que no podía decirseexplícitamente. Tanto como las consignas y las propuestas concretas de gobierno, quienescultivaban un estilo de hablar y de vestir “prolijo” y urbano, los que se preocupaban por dar unaspecto educado y “racional” (antes que emotivo) en todo momento y evitaban mostrarse condirigentes de estilo populachero, estaban diciendo indirectamente que tenían poco que ver conla plebe insubordinada y que adherían al estilo y a los valores de “clase media”.Ser “prolijo” y “educado” en un escenario también habitado por la política plebeya era toda unadeclaración de principios: se trataba de una manera sutil de negarle todo reconocimiento. Estaespecie de “lenguaje cifrado”, repleto de claves y símbolos que ocupaban el lugar de lo que nose decía explícitamente, dominó durante décadas la política argentina y en buena medida sigueestando presente. Contando con ese código, la “clase media” podía prescindir de llamamientosexplícitos en su nombre: alcanzaba con que un político adoptara la estética contraria a laplebeya para que un votante que se sentía de clase media comprendiera el mensaje (incluso si,de manera explícita, ese político afirmaba al mismo tiempo estar prioritariamente “del lado delos pobres”).*Historiador. Autor de “Historia de la Clase Media”, Editorial Planeta, 2009.Fuente: Revista Noticias.

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