Adán de Maríass Zona VIP
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El libro contiene dieciséis cuentos que desde el título del libro intenta que los lectores tengan acceso al lugar preferencial de los hechos.

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Adán de Maríass Zona VIP Adán de Maríass Zona VIP Document Transcript

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  • © ADÁN DE MARÍASS © ZONA VIP Primera Edición Registro: Nº 00258- 2012 Imagen de Portada: EZC Hecho en el Perú 2
  • «En mi infancia, todo el mundo lucía preocupado por la forma en que el cuerpo se terminaba para entrar en los zapatos». Juan Villoro «Aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene la velocidad el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector». Julio Cortázar 3
  • «Caminando sobre sus propias palabras, el escritor Adán de Maríass nos abre paso a su narrativa». Guadalupe Lizárraga 4
  • El libro contiene dieciséis cuentos que desde el título del libro intenta que los lectores tengan acceso al lugar preferencial de los hechos. 5
  • A Wilo 6
  • DOS VECES SIETE 7
  • La señora salió del restaurante apurando sus pasos, como si tuviera más que una sobreactuada urgencia, una cita marcada con anticipación en su agenda bien estructurada. Antes dijo: —Hazme un favor Pepe, cóbrate, y el vuelto me lo das a la hora que regrese. Pepe asintió sin dejar de mirarle las piernas. Siendo el dueño hace de todo, atiende como buen anfitrión, cobra, conversa, es muy atento, y vuelve cuando el agitado cocinero sirve en las tres bandejas el menú esperado. —No nos han servido —se quejan otros comensales. En una esquina hacia el fondo, Pepe me dice mira… —Tengan paciencia, fíjense que somos dos. Veo que alguien levanta la cuchara y empieza el acelerado concierto de tomar la sopa caliente, mientras el otro con su plato servido y casi frío, ríe ante ruidosa manifestación de hambre. —Es lo mismo de siempre, ¿no Pepe? —Ni respira bien el blanquiñoso, mira como se atraganta… —Ya suéltalo, déjalo que coma tranquilo —dijo el buen Pepe. —Parecen esos niños desnutridos de aquel orfanato donde los platos tienen hueco en el medio. Pepe le arrojó una mirada caliente, agresiva, sin contemplaciones. El cocinero se fue directo a la cocina, tragándose sus propias palabras; donde en un rincón se establece el reloj antiguo, sucio y sin cucú sobre la refrigeradora que aún le falta mantenimiento, porque hace poco las verduras cambiaron de sabor y color, como la carne va perdiendo su acostumbrado color rojizo. En pleno otoño hasta el viento cambia con autoritaria dirección, el manual de los buenos modales queda a un lado cuando el aparato digestivo avisa con insistencia que el hambre no acepta excusas, se oyen más cerca las quejas intestinales. No lejos, en el tercer piso de un edificio mal pintado, oigo las agradables melodías de una música ecualizada que fluye ambiciosamente romántica, sale de aquel ventanal, todo el barrio la escucha, se deja oír complacida, y se va 8
  • acercando como una presencia zigzagueante hacia el restaurante, y no la detiene ni el claxon reiterado y maniático de un maleducado chófer. —Oye Pedro, que me dices de tus soldados. —Aquí están en mi mochila, ¿quieres verlos? —No, déjalos en su cuartel, están concentrados. Pepe volvió a contar los nuevos billetes, los levantó hasta lo más alto de su desconfianza, y los depositó sin remilgos en la caja registradora. —Gracias —dijo por decir algo. Saliendo uno de los comensales guardó en su billetera una estampita de San Judas Tadeo que Pepe le había regalado, a raíz de una interesante conversación laboral que sostuvieron días antes. —Voy a venir con mis amigos del trabajo —habló en voz alta. —Los espero —dijo Pepe sin el menor asomo de entusiasmo. —Oye Pedro, ¿cuéntame…? Pedro siguió tomando la sopa que no le gusta a su amiga Mafalda, pero se detuvo un instante, animado por un clima nostálgico que va subiendo de temperatura. —¿Qué hay Pedrito? —insistió su hermano Tito. —Nada hermano son los años, que quieres que te diga, me siento molido, a mis setentaisiete años estoy fregado hermano, déjame comer, porque me duelen hasta las bisagras, con las justas muevo algo de mi cuerpo, si no sopeo me muero. —Tranquilo, yo preguntaba nomás —rió sin gracia Tito. Pedro se pasó el pañuelo por la boca húmeda y grasienta. Se quiso poner de pie, pero un ligero mareo por falta de magnesio, y de higiene, lo hizo sentarse nuevamente. —Así no eras cuando afanabas a la Tongolele de Lince, esa zamba robusta que hacía guiños a todo el mundo, y al final se iba con nadie, rara la tipa. —Ah hermanito, es que tú no sabes… —Claro, lo dices por tu problemita con las bolas. —Precisamente me iba al bowling con ella. 9
  • —Y después se iban al Country. —No, la acompañaba hasta la casa de su tía, donde se hospedaba, pero pasado un rato entraba por la ventana, para cantarle valses. —No me digas, ¿y la tía? —La tanteaba, esa noche se fue al teatro donde cantaba una que se parece mucho a María Callas, alta, de nariz larga y distinguida. —Como si estuviera anclada en esa moda sesentera. —Exacto. —Y la tía cuando regresó que pasó, cuéntame… —Fuga. —No te quedó otra —dijo Tito. —Flaco, imagínate esta escena… la tía entrando a la casa, despacito, subiendo la escalera mientras intentaba darle a la zamba un beso al vuelo con lenguazo de cortesía, la tía girando lentamente la perilla de la habitación de la sobrina, y yo tuve que volar Tito, crees que me iba a quedar parado mirando como se iba abriendo el asombro en la cara de la tía. —Pensar que llevabas a la zamba a cenar a buenos sitios, hasta dabas propina a los mozaicos, y ahora fíjate bien lo que son las cosas, ella en Nueva York, vieja, guapa aún según el dato que nos han dado, pero bien casada con el primo lejano de Dean Martin, y tú mi querido Pedrito que caminas como si te estuvieras cayendo en cámara lenta. —Ah flaco, tú siempre con tus ocurrencias… —Sabes Pedrito, con las justas llegué a pagar los recibos de luz y de agua, con mi pensión de jubilado apenas como dos veces al día, nada de lonche ni de cena. —Me pasa lo mismo, el Estado ni se acuerda de mí, y eso que vivo bastante cerca de Palacio de Gobierno. De rato en rato, Pepe los observaba, como si estuviera mirando a dos niños viejos sin saber que ambos apenas tienen siete años. El cocinero dejó caer a propósito el cuchillo, y luego la sartén, Pepe volteó y le espetó: —Concéntrate. 10
  • Cuando regresó la mirada los vio extrañamente un poco más lejos, como si la distancia coludida con el paso del tiempo montara su propio escenario en aquella esquina de los recuerdos. —Don Pepe, cóbrese, estuvo rico el tacu-tacu. —Sí don Riquelme, la próxima le sirvo un poco más, y se lo adorno con un exquisito asado de tira. —Sale y vale —dijo el antiguo comensal, yéndose con ese andar tembleque de quien lleva arrastrando la pesada y larga cola de su prehistoria. —Amigo de mi viejo, de años —gritó como dirigiéndose hacia aquella esquina. Ellos dejaron correr tranquilamente el agua clorificada de esa expresión. Se sirvió un vaso lleno de cerveza, levantó el vaso a la altura del diafragma, enseguida dejó venir un recuerdo, tragó saliva, y luego otro tras otro, hasta que el paso apurado de una señora con ese taconeo intencional lo distrajo, vio como ella se acercaba hacia aquella mesa, pero desgraciadamente no pudo oír nada, de pronto se le taparon los oídos, aunque su curiosidad chismosa y su descontrolada respiración lo agitaban, se metió por instinto la mano al bolsillo, se acordó del vuelto. —¿Qué hacen mis niños? —dijo la señora del taconeo. —Nada mamá —dijeron a una sola voz. —Como que nada, sus caras me dicen otra cosa. —Es que… estábamos jugando a ser viejos. La mamá extrañada por semejante frase, y poniéndose las manos en la cintura les dijo: —Ya les he dicho que no se juega con el futuro —dijo con voz severa. —¿Por qué mami? —preguntaron sin mirarla. —Porque el futuro es cosa seria. 11
  • EL INVITADO 12
  • Tocaron la puerta varias veces, él seguía cenando imperturbable, hasta que la mano de El invitado se cansó, y ahora lo hace con la mano izquierda. —Qué insistencia —dijo Paco. —¿Para qué lo invitaste? —preguntó su mujer. —Tú sabes, cosa de hombres, ajuste de cuentas, pero ya no quiero que entre más a mi casa, si algún día lo veo por el barrio, lo aclararé, pero hoy no. —¿Aclarar qué…? Paco clavó el tenedor en una de las papas doradas, y hablando en voz baja pero furioso, le dijo: —Acaso has perdido la memoria, si fue hace tan poco, no te hagas la que no sabes. Ella se puso de pie, y ante los ojos atónitos de Paco, dio unos pasos largos hacia la puerta y la abrió. —Entra —le dijo muy decidida. El invitado dijo espero no molestarlos, solo quiero decirles algunas cosas, yo no tengo la culpa, yo no fui. Todo fue tan rápido, ustedes comprendan. Paco se levantó, y cogiendo el tenedor lo enfrentó, su mujer se puso frente a él y lo contuvo. —Lárgate de aquí, si no te clavo el tenedor, maldito enfermo. —Señor Paco déjeme contarle, yo estaba tranquilo, recién salía del baño, cuando vi a su hija en mi habitación. —No sigas porque te mato ahorita mismo. —Déjeme explicarle… El invitado no tuvo otra opción que irse corriendo, mientras la mujer de Paco trataba desesperadamente de contenerlo, pero ya no pudo más, corrió Paco hasta donde estaba El invitado casi llegando al final de la calle, y cuando él se dio vuelta le clavó el tenedor en el cuello, él se fue derrumbando hasta caer al piso, vencido por una irracionalidad que él no pudo o no supo enfrentar. Todo fue en cuestión de minutos, Paco absorto, mirándolo como quien mira una piedra horadada, su mujer con las manos en el rostro llorando silenciosamente, hasta que todos los vecinos salieron a ver lo sucedido. Llamaron inmediatamente a la Policía. 13
  • Mientras unos ladrones se aprovechaban del desconcierto, entrando a su casa, y llevándose desde artefactos hasta la plata que tenía guardada detrás del televisor, en una cajita de madera. Paco fue llevado esposado, su mujer se había desmayado, algunos vecinas lloraban, es el hijo de Lita gritaban, es el hijo de Lita, mientras el auto se alejaba, Paco no pudo más y se echó a llorar. Días atrás, El invitado vino muy temprano a casa, sus padres se fueron al teatro como es costumbre todos los fines de semana, le dejaron la cena, frugal como siempre. Salió del baño con una toalla sobre los hombros. Abrió la puerta de su habitación, se encontró de pronto con Marcia, la hija del señor Paco. Sí, la hija del señor Paco, la misma. —¿Qué haces aquí?, ¿cómo entraste?, ¿qué quieres? —Nada —le dijo ella. -Como que nada, no te entiendo, explícame. Marcia se acercó lo más que pudo. —Encendí tu laptop, y vaya me llevé una sorpresita, no sabía que te gustaba tomar fotos. —Y a ti que te importa —dijo El invitado con furia contenida. —Me importa mucho porque las dichosas fotitos son de mi mamá desnuda en su habitación, así que eres pervertido, lo voy a pregonar por todo el barrio para que sepan quien eres. Cuando menos lo pensó, Marcia fue a contarles a sus padres lo sucedido, lo que no sabe Marcia ni su papá es que esas fotos, esas dichosas fotitos como ella dice, fueron tomadas con consentimiento de su propia mamá, una noche en que Paco fue a trabajar a la Fábrica, le tocaba turno de diez a ocho de la mañana. Y esa misma noche Marcia se fue de parranda con algunos amigos de Barranco. Días más atrás en el supermercado, inesperadamente El invitado se encontró face to face con un rostro angelical, y muy insinuante, con la señora de Paco, conversaron es un decir, El invitado solo atinaba a sonreír como un idiota mientras hundía su mirada en esos escandalosos senos. —Son de siliconas, no es para tanto baby —le dijo muy coqueta. 14
  • ZONA VIP 15
  • Le exigí una entrada para Zona VIP. Daría todo por ver al cantante Luis Miguel en un concierto en vivo. —Salgo del trabajo a las seis, no te olvides. El tráfico está horrible. Mejor bajo en San Borja y tomo el tren eléctrico. El show empieza a las nueve de la noche, pero mientras voy a mi casa, me ducho, me pongo sexy, como algo y le doy un besito a mis papis, ya se habrá ido Lucetta, ella es la típica persona impaciente. La quiero mucho, es mi pareja, pero mi rey es Luis Miguel. —Te debo dinero, pero no abuses —le dijo Lucetta con su habitual franqueza. —¿Estás celosa? —No me gusta tu fanatismo por ese cantante, te va a costar muy caro. Shakira Gómez aparte de trabajar, estudia el idioma francés en la Alliance Francaise, y precisamente hoy tiene un examen importante, el de fin de año. Pero ha preferido ir al concierto de Luis Miguel sin que sus padres lo sepan, su fanatismo y su impuntualidad esta vez le volvieron a ganar. Lucetta hace rato que ya está lista, y la espera como siempre en el elegante bar del Hotel Bolívar, donde degusta un espléndido pisco sour (ya van tres). Mira su reloj y ya son las ocho y veinte. La hora avanza impostergable, pero el tráfico congestionado detiene toda prisa. Shakira Gómez no sabe qué hacer. Mejor hubiese salido más temprano, se dice con voz apenas audible. Lucetta observa que son las ocho y cuarenta. Decide no esperarla, porque se siente extremadamente cansada. Hoy fue un día complicado, de mucho trabajo en el restorán. Paga la cuenta y se va. Antes de irse Lucetta le pide un favor al barman que sigue siendo su amigo, a pesar que el otro día, él apresurando las ganas le declaró su amor. 16
  • Shakira Gómez llega a las nueve y dos minutos. Agitada, demasiado maquillada para la ocasión, sube rauda hacia el segundo piso, pero no ve por ningún lado a Lucetta. El barman la tranquiliza. —Aquí tienes la entrada para el concierto. —Gracias Joe, te debo una. Él le dijo sin mirarla mientras dejaba caer una gota de amargo de angostura sobre el pisco sour: —Ya me enteré, que darías todo por una entrada para el concierto de Luis Miguel. Lo mira sorprendida, y le hace una pregunta tonta. —¿Y tú cómo sabes? Llegó al concierto, a las nueve y cuarenta. Mientras Lucetta acababa de ducharse, fresquecita y desnuda como una coliflor. Vivía sola en un pequeño departamento de alquiler. Su perrito Moro había muerto el año pasado por la repentina fatalidad de una dolencia cardiaca, y estaba más sola que nunca hasta que conoció a Shakira Gómez, una tarde sin glamour, en que ella entró al restorán con un grupo de amigas de la Alliance Francaise. Aquella tarde, Lucetta atendía en la caja registradora. No fue, hasta después de veinte días que ella regresó, esta vez sola. La atendió inmediatamente. El dueño del restorán se ganaba con toda la escena. Sabe que es bisexual solapa. Lo sabe desde el día que la chantajeó, al verla besándose fogosamente con su prima Mary que además es viuda joven, y estaba tan reprimida de cariños líquidos. Shakira Gómez no pudo evitar, que él la revolcara gustoso en aquella ruidosa cama de bronce cuantas veces quiso. Ya se acostumbró a ser su objeto sexual, y su cuantas veces quiero. —Eso es no tener dignidad —le dijo Mary, la viuda joven. —Prefiero satisfacerme con lo de abajo, y no con lo de arriba —dijo grosera, en alusión al sexo oral, el favorito de Mary. —El día que tus papis se enteren… 17
  • —¿Acaso me vas a chantajear como tu primito? Mary se mordió los labios recién pintados. Lucetta encendió la lamparita de su velador, intentó abrir su mente mientras miraba el alto techo. En sus pensamientos no pudo abrir su mente, pero sí el techo desde donde miraba la luna y las estrellas, apagó la luz, y la lenta oscuridad de un sueño que se iba aproximando bastante relajante. —El concierto empezó a la hora exacta, señorita, lo siento ya no puede ingresar —dijo el vigilante. Shakira Gómez quiso jalarse los pelos, gritar carajos, meterle golpes a la pared, pero algo la detuvo: una idea descabellada. —¿Usted daría lo que sea por entrar? —interrogó el vigilante. —Sí -dijo sin titubear. —Espéreme un ratito, no se me vaya. Los otros vigilantes se ganaban con la insinuante escena. Shakira Gómez miró una vez más su reloj plateado: un minuto para las diez de la noche. Encendió un cigarro, cruzó los brazos, y abrió un poco las piernas, en señal de espera. Los mismos vigilantes la seguían mirando como si tuvieran todos dentro de un círculo lascivo. Hasta que regresó, el que no parece ya un vigilante, sino el supervisor de ellos. —Venga por aquí. —¿Adónde me lleva? —habló Shakira, un poco inquieta. —A la Zona VIP, señorita, adonde más la voy a llevar. ¿No dice usted que daría lo que sea por entrar al concierto de Luis Miguel? —Bueno, sí, claro que sí, y gracias por ser tan gentil. —Tú no te preocupes de nada, yo soy el responsable de hacerte entrar. Tú haz todo lo que yo te diga. —Ah, claro —dijo Shakira sin imaginarse que… Caminaron por un largo pasadizo donde una luz tenue los captura. A lo lejos le parece escuchar cantar a su idolatrado Luis Miguel uno de sus clásicos boleros, 18
  • nuevamente se inquieta, sus latidos se aceleran, no pierde pisada, y apura el siguiente paso. —Pasa, preciosa. Un hombre feo, mal hecho, rechoncho, la observa, con la excitante amabilidad de quien se siente dueño absoluto de este territorio. Ella deja caer el cigarro, y sin pisarlo, entra. —Siéntese —le dijo sin rodeos. —A quién le debo el sublime honor de su visita. —A él. Al darse la media vuelta, su gentil acompañante había desaparecido. —Acaso te refieres a tu Luis Miguel —dijo con énfasis burlón, señalando con el dedo índice aquella imagen angelical, la del muchacho de La incondicional. Ella intentó pensar con gestos. —No se me preocupe, él ya no nos interesa, la cosa es entre tú y yo. Por favor, dame tu entrada. Shakira quiso sacar del bolsillo la entrada, pero no había nada en el bolsillo. Se desconcertó. —¿Qué le pasa? Deseó salir corriendo, pero alguien atrevidamente la contuvo, y la abrazó por detrás. —Cálmate muñeca, aquí tienes otra entrada para tu Zona VIP —dijo con morbo. Quiso ponerse de pie, al oír una voz conocida. —Joe qué pasa, qué haces acá, ¿quiénes son ustedes?, ¿qué quieren? —Cierra la puerta Joe. Shakira Gómez empezó a gritaaaar… Hasta que un disparo atravesó su corazón, quedándose inmóvil, sentada con las manos mal extendidas, y con la mirada clavada en aquella imagen donde Luis Miguel la mira sonriente, indefenso, sin poder hacer nada por su fan. —Estás vengado Joe. —Toma, aquí están los tres mil que faltaban. —Bien, nos vemos Joe. Ahora Lucetta será toda tuya. —Así lo espero. Si no es por las buenas, será a la mala como ahora. 19
  • Esa larga noche, los padres de Shakira Gómez la siguieron y la siguen esperando a que regrese o se anime a regresar. Su habitación sigue estando con las puertas abiertas. Los recuerdos respetuosamente entran sin hacer ruido. Cada objeto está en su lugar, pero hay rastros de pisadas por todos lados, en las paredes, en el piso encerado, hasta en el alto techo. Lucetta enterada y sorprendida por la muerte de Shakira Gómez, no tuvo otra alternativa que cruzar la pista justo cuando un auto venía a una velocidad salvaje, manejado por Joe que conducía apurado, como loco, por la Costa Verde. Por el fuerte impacto el cuerpo de la bella Lucetta quedó tirado a un costado de la pista, irreconocible, deshecho. Joe estaba muy acelerado y siguió de largo. Sintió en primera instancia que no podía detenerse, y nunca supo que había atropellado a su amada Lucetta. Hasta hoy sigue manejando, lo han visto muchos, cual inevitable condena, no puede parar, así se muera de sueño y de cansancio, quedándose con las ganas de prepararse —como buen barman— un trago que lleve el irónico nombre de Lucetta forever. 20
  • LA PROVIDENCIA 21
  • El starter dio la orden de partida, los caballos salen de sus respectivas celdas con una impresionante velocidad, pero Slow Horse lamentablemente salió rezagado una vez más. La distancia es de 1800 metros en pista de césped, y el Hipódromo de Monterrico está lleno de espectadores ávidos en ganar todas las apuestas. El negro Sombra se había acercado a la ventanilla y apostado el cincuenta por ciento de lo que tiene depositado en el bolsillo, sabe que arriesga demasiado, todavía la tarde es joven y faltan muchas carreras por apostar. En las patas de Slow Horse radica su total confianza, sabiendo que no tiene ningún voto de la Cátedra, y que sus cinco últimas carreras son desastrosas, dos de ellas llegó fuera de poste. —Oye negro estás loco, ese caballo es recontra malo —dijo Ed, desde la otra fila. —No te metas, igual le voy a jugar, es mucho más que un pálpito —le contestó el negro Sombra. —¿Qué cosa? —La Providencia. Todo se lo dejo en sus manos. Ed que no mide más de un metro sesenta, distinguido por su sombrero hongo, ojos de color plomo oscuro, con el aguardiente depositado en uno de los bolsillos del saco azul, siempre con el programa de carreras bajo el brazo, vio alejarse al negro Sombra con la prisa de que se va a dar la orden de ingreso de los caballos participantes en esta carrera. Pero no sabe y los demás tampoco, que la partida se va a retrasar un poco debido a que Slow Horse y Renegao están bastante nerviosos. Pasan tres minutos más y a Renegao parece que lo van a retirar, es el momento oportuno para ponerle el «puro». Lo monta una jocketta de apellido Bardales quien se caracteriza por una conducción lo más calculada posible. 22
  • Ramiro coge un paño, lo dobla por la mitad, retira la sartén donde las burbujas calientes del aceite son testigos de que el segundo bife va a entrar en su punto de cocción es decir seis minutos por cada lado pero a baja temperatura. El escenario de su almuerzo se completa con un buen vaso de vino tinto y rodajas de pan de molde tibio. Y yaaaaaaa, se da la partida, sale a tomar la punta Presumido, lo sigue Bronco a medio cuerpo, tercero va quedando a cuerpo y medio San Diego, a su costado Percal, más atrás Dobla la plata seguido de Tucson y Rococó, y muy atrás Renegao, y mucho más atrás Slow Horse a unos doce cuerpos del puntero imperturbable de la competencia. El sol apenas calienta, y Ramiro aprovecha para encender el televisor de catorce pulgadas. Se sienta plácido en ese sillón bien mullido de cuero negro y patas doradas, a su lado una señora que dice ser su esposa de nombre Mariel, que se la pasa todo el día viendo telenovelas. Pero ella ya murió hace dos años y él lógicamente no la puede ni debe olvidar. Él sabe que ella está aquí, y de alguna manera se siente protegido. Abre el programa de carreras, y luego observa en la tele que recién han corrido trescientos metros. A medida que van corriendo con tal velocidad los nueve caballos, el público aficionado sube y baja las gradas de la tribuna como si todos ellos también estuvieran corriendo, en una escala rítmica que se asemeja a un exigente y brillante concierto dado por la Orquesta Sinfónica Nacional, así como las chaquetas de los jinetes se estremecen en pos de ganar la carrera, y tienen que pensar rápido, no hay otra, el que pestañea pierde aquí, y hasta el casco. No es ninguna novedad decir que el negro Sombra es hípico antiguo, juega desde los doce años de edad, desde cuando iba al otro Hipódromo el de Santa Beatriz llevado de la mano por el inolvidable tío Florencio, el refinado tenor de la familia, llevando una pequeña bolsa de sánguches de pejerreyes fritos. Ansioso empuña las manos en todo el tramo de la carrera, es su cábala, las tiene levantadas hasta la altura de su pecho como si estuviera en plan de boxear con sus propias frustraciones. 23
  • El relator tose inesperadamente, con un acceso bronquial que no puede evitar, en pleno desarrollo de la carrera. A la altura de los novecientos sigue adelante Presumido, pero a un pescuezo lo sigue Bronco, que va guardando el segundo aire, luego Percal que apura y se mete por tercera línea, San Diego que se abre mucho pocos metros antes de girar la curva, Tucson está tapado por Dobla la plata, y al fondo están Rococó, Renegao y a mínima de esos dos Slow Horse. Entre el primero y el último ya solo hay siete cuerpos de ventaja. Ramiro busca en su bolsillo los boletos jugados, sabe que apostó por Renegao y el bicho de la ansiedad se lo está comiendo por pedacitos. En cambio el favorito de Ed es Percal, buen caballo clasiquero pero asmático, lo tuvieron que parar dos meses, y hacerle el preparador un trabajo especial, reaparece con todo, sabiéndose que es de otro lote, por supuesto no en la tabla de handicap. Ed muy atento, no para de masticar mientras ve la carrera con esos prismáticos de manufactura japonesa, si hasta los boletos jugados se los quiere comer. De pronto, extrañamente no solo se oye la voz del relator sino la voz privilegiada de Carlos Gardel, cantando un tango que nadie le había escuchado hasta el día de hoy, como si estrenara una nueva canción que ha grabado desde el otro lado de la vida. Por un instante todos se quedan perplejos, no saben qué decir, el mutismo es evidente. Giran la curva Baygón, como decía el mejor narrador de carrera de caballos de todos los tiempos, el negro Augusto Ferrando, entran al derecho, y la bajada de los caballos en los metros finales es espectacular... Digna de una fotografía ampliada hasta media página, y en la portada del diario más vendido. El público aficionado reacciona, y empieza el griterío en toda su efervescencia. Como les decía, Bronco el de las anteojeras toma la iniciativa, y ocupa momentáneamente el primer lugar, a Presumido ya no le quedan arrestos, y se rinde cuando faltan quinientos metros para la meta, Dobla la plata y San Diego se estorban entre sí, y de eso se aprovecha para meterse por los palos el buen Percal, pero sin poder avanzar lo suficiente, entonces su jinete le enseña la fusta. 24
  • Con el plato en la mano, Ramiro hinca el fino tenedor de acero inoxidable en uno de los trozos del bife, aprieta los dientes, suda mucho, durante un par de segundos no deja pasar la respiración. Mariel su mujer se arrodilla, como si estuviera orando su suerte ante la pantalla del televisor, al ver que Renegao empieza a definir la carrera en los trescientos metros finales, pero se intranquiliza al ver que Bronco se lo va llevando de a poquito hacia la baranda de afuera, mientras los aficionados le dicen de todo a Rococó que ya no tiene potencia, quedando último el que tiene tres votos de la Cátedra periodística. —Suerte echada —murmuran los vencidos. El negro Sombra baja los brazos con mucha molestia, al ver que Slow Horse atropella demasiado tarde, y lo contrario es el tordillo Tucson, que pasando la meta tiene que ser parado inmediatamente por su jinete, una lástima. Un día antes, Ed que vive en el mismo barrio donde vive el negro Sombra, que es un negro de metro noventa y pies pequeños, que camina como si estuviera bailando, fue a casa de Anita una mamacita de curvas impresionantes, a pedirle un pequeño préstamo, un favor de esos. Pero ella fue clara y terminante: —Te presto, pero ya tú sabes como es la nota musical. Ed detuvo su mirada apenas entró en los ojos verdes de Anita. —¿Cuál musical? —Papacito no te me hagas, bien sabes de qué te hablo —dijo Anita algo sonriente. Y enseguida le estiró unos cuantos billetes, mientras cerraba la puerta con la violencia enrojecida de una intimidad demasiado apurada en satisfacer sus angustias corporales. —Papacito para empezar, tienes que pagarme los intereses, y el esfuerzo no es en vano —dijo estableciendo una coquetería muy propia de ella. La tribuna empieza a temblar. Percal se coloca cuarto a dos cuerpos, pero con un desarrollo muy desfavorable en cuanto al tren de carrera. Slow Horse ya está tercero ubicándose por segunda línea, tremendo batacazo el del castaño que felizmente no le hace honor a su nombre (caballo lento en español). Faltan cien metros y Slow Horse a medio cuerpo, adelante Bronco y Renegao a un poco más 25
  • de un pescuezo, mientras Slow Horse arremete con todo, y en la propia meta parece que iguala a Bronco, y Renegao que al final reacciona ante la mentada de madre de su preparador que también le ha apostado con fe ciega cien boletos. Sin vacilar la jocketta Bardales se saca el casco, y presenta reclamo. Hay reclamo señoras y señores. Desmonta con cierta intranquilidad, se pasa el dorso de la mano por la frente, y se acerca a la Caseta a dar su versión de lo acontecido. Nos dice el gran Robalca (quien a los doce años se escapaba del colegio para ir a ver las carreras de caballos, desde allí se le fue originando esa magistral apreciación, y total devoción de quien siempre será un eterno enamorado de la hípica), «que todos los que hemos visto la carrera, tenemos grabada en la retina esos metros finales, cuando Renegao atropella faltando unos trescientos metros para la meta, y Bronco que se lo va llevando peligrosamente hacia la baranda de afuera, mientras que Slow Horse recién encuentra una pasada, y va hacia adelante con todo acompañado de Tucson, que como todos saben es un tordillo que en los metros finales hay que moverlo mucho». Pasan seis largos minutos de espera, y la Junta de Comisarios todavía no se ponen de acuerdo. A pesar que es bastante clara la infracción del jinete de Bronco de apellido Spinoza. Por fin la ampliación de la foto revela, que el ganador por mínima es, Bronco y a media cabeza de los dos llega Slow Horse. Pero después de una exagerada deliberación de diez minutos, borraron, y en el totalizador aparece finalmente como ganador Renegao segundo Slow Horse, luego tercero Percal, y cuarto Dobla la plata, y distanciado al último lugar Bronco por ocasionar estorbos. Ramiro por fin se hincha de felicidad, él que es tan flaco y tan viejo, mientras que su mujer Mariel entra en el libro de sus pensamientos como si quisiera leerlos. Pronto los vecinos del barrio donde viven Ed y el negro Sombra, los verán arrastrando penosamente los pasos, como si fueran almas en pena. Aturdidos por el fracaso económico de una tarde hípica adversa. 26
  • —Bendita suerte —dice Ramiro, como si fuera la letra agradecida de un bolero cantinero—. Y pensar que estuvo con poco dinero casi dos semanas, hasta que por esas cosas que tiene la vida, un primo que se va de viaje a Buenos Aires, le regaló un saco a cuadros de color gris, sin imaginarse que en el fondo del bolsillo interior estaba esperándolo bien dobladito la feliz sorpresa de un billetito de cien, como si La Providencia nuevamente tuviera esa forma tan particular de manifestársele. —Barriga llena, amorcito, bolsillo contento —le dijo Mariel eufórica. Él ya no le escuchaba. La tarde continuó su curso climatológico, sin ninguna sorpresa ambiental hasta la entrada del anochecer. Más adelante Ed hizo tres apuestas más, y apenas pudo recuperar la cuarta parte de lo perdido. La deuda con la ninfómana Anita le empieza a campanear los oídos. —Esta me va a exprimir peor que una naranja —pensó preocupado el buen Ed. En cuanto al negro Sombra ya no quiso jugar, y se limitó solamente a ver las últimas carreras, no quiso arriesgar, una vez más Slow Horse es su esperanza derrumbada. Como nadie puede olvidar que la semana pasada, saliendo del Hipódromo, Ed que nunca para de masticar, tuvo que tragarse de cólera todos los boletos jugados. Se van apagando lentamente todas las luces del Hipódromo de Monterrico, y como en todas las competencias hay ganadores y perdedores. El negro Sombra llega otra vez a su casa sin ganas de nada, con los bolsillos llenos de aire viciado, y con la mirada pegada al piso. 27
  • LA ENTREVISTA Zócola, el jefe de la página cultural del diario El Vigía, de la ciudad de Trujillo, fue claro y tajante. Nada de preguntas tontas, mediocres, quiero, te 28
  • pido, te exijo una gran entrevista, ojo que va publicada el día domingo en página central, así que te quedan tan solo tres días, tú mismo eres, ya, muévete. Llegó a Lima como a las ocho de la noche, y lo primero que hizo Recavarren fue echarse a dormir, con la ropa puesta. No despertó hasta las cuatro de la madrugada. Entró al baño, un duchazo con agua bien fría, a pesar que estamos en inusual invierno, cambio de ropa, un toque de perfume de Antonio Banderas, los zapatos ya lustrados al duco, el nudo de la corbata ya es cuestión de práctica, empezó a redactar las preguntas, y las impertinentes preguntas también, leyó todo lo que pudo sobre el entrevistado, después un desayuno bien nutritivo, y a las ocho de la mañana salía de su casa, había acordado con Rosario Espíritu, la asistente de César Vallejo, que la entrevista sea a las nueve de la mañana, porque el célebre poeta tiene una agenda muy recargada, y ahora que es el nuevo ministro de Cultura, le queda muy poco tiempo. Vallejo subió tranquilamente al Audi A8L color negro, no estaba muy lejos de su destino, y casi al llegar se detuvo en la puerta de la Iglesia de las Nazarenas un ratito, ahora es muy creyente a pesar de su pasado comunista. Mientras Recavarren apurado detuvo un taxi, hacia la primera cuadra de la avenida Tacna por favor. Tengo que llegar en veinte minutos, miró su reloj con detenimiento. Cuando buscaba la banca de un parque para sentarse, salió Rosario la asistente, quien amablemente le dijo que pasara. —Espere aquí, no demora mucho. Sacó el cuadernillo de preguntas y la grabadora. A las ocho y cincuentainueve minutos llegaba el ilustre ministro con sus dos fornidos guardaespaldas como imponentes columnas romanas, buenos días a todos, y sacándose el sombrero de color gris, se dispuso cordialmente a responder las preguntas del entrevistador. —No dispone de mucho tiempo, ya le dije que nada de fotografías, así que empiece por favor —dijo la asistente. Recavarren lo miró y lo remiró como si estuviera mirando un monumento. —¿Usted que es un hombre del pasado, le cuesta adaptarse ahora que es un flamante ministro? —No lo niego, debe ser porque tengo mucho polvo encima… En ese momento la asistente dejó la puerta entreabierta. 29
  • —Ministro, en uno de sus versos usted dice: Un hombre pasa con un pan al hombro ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble? —Concretamente ¿a qué se refiere? —No quiero hablar otra vez sobre versos, estoy muy distante de ellos, aparte es excesivo e innecesario, deben darle espacio a otros poetas, conmigo pierden el tiempo no vuelvo a escribir más, tengo otros asuntos importantes que atender. La asistente esta vez cerró la puerta, con un grueso fólder de color amarillo bajo el brazo. —¿Sabe que el amigo Luis Freire Sarria le escribió una novela?, en la cual se aburrió usted de seguir muerto en París, ¿acaso le pidió hacer el prólogo? —Le prometí leerla. Y le agradecí las ciento sesenta páginas del libro en mención. Pero el prólogo no es menester que lo haga yo. —¿Qué opinión le merece el papel que desempeña la Unesco? —La contribución puede ser buena, pero importante es… El flamante ministro de Cultura tuvo que toser, respiro mal esa respuesta, se le había formado un coágulo de saliva espesa, inmediatamente su asistente le alcanzó un vaso con agua. —Como le decía… es necesario nutrir el estómago de los niños, sino vean ustedes, como se caen de sueño a mitad de clase… y eso que no estamos en otoño, son como niños que se van deshojando. —¿Extraña a Georgette? —Sí y mucho, extraño toda Georgette. —¿Perú? —Hay hermanos muchísimo que hacer. —Buen verso el suyo —le dijo admirado. —No es mío, creo que es de Georgette. En ese momento la grabadora se detuvo, accionada tal vez por una mano misteriosa, Recavarren volvió a poner play pero es inútil la grabadora ha dejado de funcionar. El ministro se puso de pie como queriendo despedirse, Recavarren levantó la mirada y lo vio al ilustre ministro muy alto, tan alto, que el resplandor de su presencia por un instante lo enceguece. 30
  • La entrevista prosiguió unos quince minutos más sin grabadora y Recavarren anotando apurado las respuestas de su entrevistado. Terminó con una discreta sonrisa de ambos, un apretón de manos selló el final de la entrevista. Recavarren sintió el contacto muscular de una mano arrugada y firme. Vio el caminar de César Vallejo, sus pasos ondulantes de cholo costeño, alejándose pausado con su sombrero gris en la mano izquierda, y pensó parafraseando al recordado Zavalita: —¿En qué momento se jodió César Vallejo? 31
  • CLASES DE ACTUACIÓN 32
  • Cogió el guion, supongo que de su propia vida. Y empezó a leerlo tan despacio, como si estuviera absorbiendo todo el contenido de la trama. A veces asentía y en otras manifestaba absoluto rechazo. Se sabe privilegiada, y esto se presta para muchas interpretaciones, porque no todas tienen esa gran posibilidad, de cada mil solamente una según la arbitraria estadística que se consultó. También entiende que no tiene toda la capacidad para afrontarlo, tanto que empezó a alardear, haciendo todo tipo de muecas, algunas estúpidas, otras muy teatrales; si hasta le gritó al espejo que tenía delante, no contenta con eso, le arrojó un vaso y… rebotó, increíblemente el espejo no se hizo daño. Se acercó de puntillas, sigilosamente hacia el espejo, como si estuviera arrastrándose en el aire, a siete centímetros se detuvo, luego retrocede violentamente, se arrodilla, y se cubre el rostro sin llorar. De pronto alguien está entrando, levanta la expresión lentamente, pero no hay nadie, detesta que la interrumpan estos fantasmitas que buscan llamar su atención. Entra en su habitación que es el único lugar que está amueblado, cierra la puerta y de allí no sale hasta dos días después. La gran interrogante que se repite es ¿qué hizo ella en esos dos días?, es difícil saberlo porque ni ella misma lo sabe. Sólo sé que la vieron al tercer día, caminando desnuda por el parque bajo una lluvia feroz, hasta que vino la Policía y se la llevó; ella alegó en su defensa la misma verborrea de siempre: que es actriz, que no era posible que le quiten sus libertades. Sólo estuvo algunas horas detenida, el comisario firmó su salida una vez más, ella ni lo miró, un oficial muy atento la cubrió con una manta, el comisario la aplaudió apenas la vio salir. —¡Qué aplaudes imbécil! —Tu salida, ya estoy harto de tus calaterías, hazlo si quieres en mi habitación (lo dijo en voz baja) pero no en la calle donde… —¿Quieres que lo haga en tu habitación? —le insinuó. El comisario no supo qué decir; simplemente hizo el gesto airado de que se largue. El patrullero con gentileza convenida, la dejó en la puerta de su casa, bajó sin ninguna prisa, un poco confundida. Entró como si la puerta estuviese junta sin cerrar, y no salió de allí hasta dos días después. Un día yo mismo la vi corriendo por la avenida Argentina, despeinada y enloquecida, lo cual no es ninguna novedad, eso sí vestida pero descalza, 33
  • gritándole a todos los presentes mientras se subía sobre la banca, que el fin del mundo va ser mañana mismo, y que el castigo de la desintegración sólo durará unos terribles segundos. Poco a poco se fue haciendo una chismosa multitud, hasta que decidió huir de allí, pero no podía, estaba atrapada dentro de un laberinto. Contra todas las especulaciones hizo un tremendo esfuerzo mental, y ¡zas! desapareció; la multitud empezó a cuestionarse, y después de algunas horas se dispersó refunfuñando por todos los largos brazos de la ciudad. No pasó mucho tiempo, cuando ella misma se vio salir de su habitación, bien peinada, vestida decentemente, como si fuera a una cita pactada con no se sabe quien; ya dentro del restaurante pidió la mesa reservada con bastante anticipación, le pidió al maître que le trajera un Martini, así estuvo media hora mientras miraba a su alrededor con minucioso detenimiento esperando el momento oportuno. Se puso de pie y sin ninguna presentación empezó a cantar para sorpresa de todos. Lo hizo tan desafinada que ella misma se tuvo que callar. —Otro Martini —ordenó. El maître la cogió del brazo fuertemente, indicándole por favor que salga; ella opuso alguna resistencia pero el maître se la llevó arrastrando. Ya afuera en plena calle empezó a desvestirse a vista de todos, mientras la policía no tardaría en llegar. —De nuevo —dijo el comisario, muy molesto—. Enciérrenla dos semanas en el cuarto oscuro. Ella ni lo miró, sólo movía los labios como si estuviera hablando en silencio. Al cuarto oscuro fue arrojada como si fuera un saco de papas. Y cuando cumplió su sanción, despertó medio mareada, desnudada hasta el alma en una habitación que no reconoce; desviando un poco más la mirada hacia aquella esquina, vio al comisario desnudándose, sólo con las medias puestas. —Ahora vas a ver lo que es bueno. Así que eres actriz, ¿no?, ahora vas a actuar solito para mí. Conmigo te vas a ganar el Óscar, el Oso de Berlín, y encima sobre esos pechos preciosos que tienes te voy a colocar tu Goya. 34
  • Ella estaba expuesta, sorprendida, con los brazos extendidos, amarrada a los costados de un viejo catre. —Suélteme y le enseñaré mis mejores actuaciones. El comisario vaciló por un instante. Cuando estuvo con las manos libres lo primero que hizo fue besarlo furiosamente, con ganas, con todo, como si estuviera atrasada de besos dados. Él nomás se entregaba a ese placer que aumentaba, cuando en un fatal descuido le arrancó parte de la oreja, al estilo Mike Tyson. El intenso dolor, los gritos, no hubo tiempo para el asombro, ella salió volando de ese lugar, obvio que ya no pudo regresar a su casa. Tuvo que buscar refugio en la casa abandonada de su amigo Tom el músico, el pelucón ése, quien murió hace exactamente un año abandonado por sus desleales fans, allá en una conocida clínica de Montevideo. Allí entró la Policía tres días después pero no la encontró, se hizo literalmente humo. Pasaron los años y nunca más se supo nada de ella, nadie sabe como se llama, ni cuántos años tiene, y si tiene familia. Pero un día mientras regresaba del gimnasio, me llamó la atención ver a una joven con el pelo recortado, sentada no sobre algo sólido sino en el aire, como si estuviera en posición de defecar o se lanzara al ataque. No quise interrumpirla, esperé un buen rato, ella no parece cansarse, yo sí. Cuando me retiraba de este extraño acontecimiento, gritó algo ininteligible y se vino corriendo hacia mí. Apenas la contuve con mis brazos porque no supo frenar, me golpeó la violencia romántica de su aliento. Retrocedió suavemente, y ante mi asombro hizo varias piruetas, cayó y empezó a golpear el piso creyendo que era de esponja. Se levantó como pudo, me cogió del brazo, y puso el guion de su propia vida entre mis manos, después se marchó sin decirme nada más. Sólo atiné a esbozar una débil y tonta sonrisa, mientras empezaba a leer todo el guion, carente de palabras y de escenas, totalmente en blanco, como el color de su vestido de novia falsa, que se va alejando tristemente hasta que la longitud de mi mirada ya no la pueda ver nunca más. 35
  • LA SEÑORA 36
  • El vaso cayó al suelo, no se rompió, además estaba vacío. Una señora que esperaba a alguien, se acercó y presta lo cogió para llenarlo con este contenido: —¿Cómo te llamas? —Me dicen Taka. —¿Qué edad tienes? —Quince. —¿Vives por aquí? —Cerca. Quiso decirle cerca de ti. —¿Te puedo tocar? Antes que le responda empezó a mirarlo completamente, con una rigurosidad que quema. —Si quieres. —Ajá, tienes buena estructura. —Mi prima piensa igual. —Buena masa muscular, ¿haces ejercicios? —Planchas, abdominales, y con esta mano también disparo. —Sí, ya me di cuenta, te han crecido las manitas, ya tienes las manos de un hombre grande —le dijo bajando la mirada, y subiendo su nivel de hormonal excitación. La habitación de Taka muestra un orden disimulado. Le miró despacio, como si estuviera en cálculos de angustia, buscando el modo más salvaje de quitarle toda la ropa, eso siempre le sucede cuando una mujer se pone medias negras de nailon, provocándole lisuras de erupción pasional. —A ver saca tu lengüita, oye qué grande la tienes, sácala más, lengüea, ahora muévela despacito, piensa que la tienes enferma y necesita urgente toda mi saliva pero en comprimido de besos, los más húmedos. Él no trataba de comprender, ni así le pidiera que cambie de posición. Estaba disfrutando de un placer único que no siempre se presenta, y no tanto por estar concentrado en ella sino por como se vienen dando las cosas. —¿Duermes con ropa? Takaetsu dejó caer el vaso nuevamente. —No es mi costumbre. 37
  • —Hueles a bragueta abierta —contradijo risueñamente Alicia. —Y tú… hueles a vulgaridad. —No es necesario que me lo digas. —Quieres que te coma —le dijo sin reírse. —A ver empieza con… —Ni en broma gringa, con hacerte cosquillas, me basta. Ella le mostró su espalda desnuda, donde ve algunos lunares como si fueran botones oscuros. —Quisiera arrancártelos. —Hazlo, no hay que pensar mucho para hacer las cosas. Él la volteó sin delicadeza y pasó la mano atrevida por todo su cuerpo alargado, besó sus redondos y grandes senos de un color rosado lechoso hasta morderlos como si no tuviera dientes. Alicia calló y gozó todo lo que pudo. Taka fue su sexual artesano en esos momentos y hasta le gustó que no gritara. —Me confunden los gritos, me ponen de malhumor —dijo Taka. —No es mi estilo gritar, sino manifestarme con una ondulante naturalidad, como si tuviera cargándome de una electricidad que nunca he sentido. —¿Tienes dinero? —le preguntó —con la curiosidad salpicándole la cara. Alicia algo desconcertada, se puso un cigarrillo en sus labios sin encenderlo. Como si estuviera posando antes de entregarle algo más que una respuesta. —¿Cuánto tienes? —insistió con voz absorbente. Su cuerpo tiene una perfumada blancura de señora madura, una constitución física que ningún hombre puede dejar de mirar. Ya hace algún tiempo la vieron por ahí dando vueltas como si tuviera la dirección equivocada. Alrededor de Alicia se oyen unas melodías que solo Takaetsu Mori, el japonesito del barrio, la pudo escuchar, y vaya que no demoró en encenderse el cigarrillo. —Estaba vacía hasta que… —Hablo de dinero —volvió a insistir. —Piensa mejor (hace una oportuna pausa) que todo mi dinero lo he quemado con mi propio fuego. Con una cólera que bajó desde su cabeza hasta llegar a sus pequeños pies, Taka pisó —o mejor dicho aplastó— el cigarro que ella había dejado caer. Escuchó que lo llamaban, «baja Taka es la hora de almorzar, hace rato que te estoy llamando», ya voy, espera que ya termino de… desde la amplia cocina es 38
  • costumbre oír gritar a Norka la empleada de la casa, que intenta establecer un vano horario con el único hijo de los patrones viajeros. Sabe que es un adicto no solo viendo televisión casi todo el día, sino a la descomposición de los deseos, no le obedece ni a su propio cuerpo, se deja estar, dándole ventaja a sus instintos más primitivos. Hace poco, al terminar de ducharse, con las manos mojadas le agarró sus caderotas de chola poderosa, y se puso al toque en primera fila para puntearla, y no era la primera vez. Norka gritó tan fuerte como soprano amenazada, que casi se queda muda por la impresión. Más tarde y como es habitual los padres de Takaetsu llamaron desde Osaka, su mala costumbre de no descolgar el teléfono se hizo tan notorio, y Norka que menos ganas tiene sabiendo que es su obligación, el desesperado teléfono fue timbrado como diez veces. Empezaba la sospecha a mostrar un rostro duro, indicio grave de la comprensible molestia de los padres de Takaetsu Mori. —Eres una bestia, qué te has creído, faltarle el respeto a toda una señora como yo. —No la escucho bien, creo que hay interferencia, llamo más tarde —dijo conchudamente. Desde ese día Norka estuvo mucho más que atenta, muy alerta, lo preocupante es que hoy Taka no ha bajado a desayunar, ni almorzar, y por último la cena se terminaba de enfriar. Horas de horas metido en su habitación como un príncipe engreído, hasta que Norka vencida ya por el animado cosquilleo de un presentimiento, sacó el duplicado de llave, oculta en el pequeño tejido de su sostén de color negro. La hizo girar con cuidado, abrió despacito la puerta y cuando entraba, ya Takaetsu había apagado el televisor. —¿Qué haces? —Nada, sólo conversaba con una amiguita. —¿Y?, ¿dónde está ella?, ¿se evaporó? Norka intrigada miró el televisor recién apagado y aún con la antena caliente, él salió de su dormitorio sin decirle nada, pero pensando cosas. 39
  • EL JUGADOR 40
  • Él le dice a todo el mundo que no es un adicto, (a mí la verdad no me ha dicho nada) y que simplemente juega lo necesario. Así con ese énfasis, que cada día que transcurre se va estirando como el chicle, que tiene cautivado dentro de la boca, juega y vuelve a jugar. Sale de trabajar —es empleado bancario— a las cinco de la tarde, y puntualmente llega al casino media hora después. Entre su centro de trabajo y el casino, hay como cuatro kilómetros y medio de distancia. No quiere que ningún conocido o chismoso lo vea entrar al casino, piensa que le trae mala suerte. De lunes a sábado la vida de Alonso Montt es la misma, descrita líneas arriba, sin necesidad de añadir algún vicio más. Mayormente pierde pero él insiste que insiste, y siempre se dice lo mismo: para otra vez será. Hasta que un día de esos, por fin la suerte entró sin resistencias en los bolsillos de su destino, ya le tocaba, ganando repetidamente en el juego del tragamonedas, feliz se embolsilló como dos mil soles, las monedas caían como pequeñas frutas maduras de las ramas de un árbol supersticioso. Minutos antes de las once de la noche salía del casino no por el camino acostumbrado sino por otro camino que la policía investigaría mucho después con disciplinada minuciosidad. Ya habían estudiado milimétricamente todos sus movimientos. A tres cuadras del casino, lo esperaron ocultos detrás de un quiosco, sin miramientos los rateros lo tiraron al suelo, le buscaron y rebuscaron pero nada, la plata se hizo humo, no puede ser dijo el otro, nos datearon mal, y locos de ira empezaron a golpearlo como si fuera cualquier cosa... Cuando recuperó la conciencia, se vio desvalido en la sala de un vetusto hospital, y lo primero que pidió no fue algo para aliviar el dolor sino un espejo, por eso del pudor ya ustedes saben. La enfermera le trajo el espejo, la mitad de un vaso con agua, dos grageas, y el anuncio de una visita inesperada: Antonella Ovalle. Años atrás se conocieron en un café contiguo a una escuela de ballet, previa presentación por parte de un amigo del trabajo. Al principio no fluía la conversación, porque se respiraba timideces, luego Antonella tocó el tema de un viaje a Estados Unidos. O sea te vas a Las Vegas reaccionó él, no, lo que pasa es que soy fotógrafa y voy a presentar por primera vez en New York mi exposición fotográfica que resume un breve ciclo de cinco años fotografiando todos los 41
  • rincones de mi querido Perú. ¿Y tú qué haces?, juego, respondió él inmediatamente, y ojo que no es fácil jugar, entiendo, dijo ella, mirándolo como si estuviera fotografiando una página en blanco, un agresivo vacío, un desdén existencial. Se contaron cosas, intentando un diálogo fluido, correcto, interesante, pero se aburrieron entre tantas pausas. Ella fijando su punto de mira en los ojos de párpados caídos de Alonso Montt, mientras en la naturaleza insinuante del ambiente flotaban las melodías de Frank Sinatra, y él fijando la maliciosa luz de sus ojos en el atrevido escote de Antonella, que deja ver la deliciosa entrada de unos senos comestibles. Él no tuvo la postura final del galán, de acompañarla hasta la puerta de su casa y decirle algunas cariñosas ocurrencias al oído. Bajó del microbús sin ningún apuro, tarareaba alguna canción quizás la de Frank, sacó un juego de llaves del bolso marrón, y caminó unos cuantos pasos hasta entrar al edificio que por fin apareció. Por supuesto que él no vio nada, porque el microbús arrancó con una prisa endemoniada. La segunda vez no fue una cita, sino un encuentro casual en la Librería, ambos buscaban del mismo autor dos libros diferentes. Lo que pasa es que la sobrina de Antonella que se llama igual que ella, tenía una tarea más que literaria: leer a Dostoievski. Y tiene tan sólo una semana para leerlo. Salieron de la Librería con el ánimo muy dispuesto, Antonella muy tempranamente lo invitó a su amplio y moderno departamento, sabe que le quedan tan solo diez días para irse de viaje. Pasa, siéntete cómodo, deja tu saco aquí por favor, claro que sí, dijo él. ¿Un traguito?, le sirvió media copa de vino tinto y ella apenas dos dedos de la copa. Miraba sin entusiasmo todos los limpios espacios del comedor pero seguía pensando en el casino, mientras Antonella continuaba hablándole, él proyectaba las figuras triplicadas de su próximo juego bajo la anuencia de un presentimiento amigo. ¿Juegas con la cámara?, sí, claro, es que no le encuentro sentido artístico a lo que haces si no juegas con las imágenes, la posición es la antesala de la inspiración, ¿poeta también?, dijo Antonella con una media sonrisa, no, lo que pasa es que yo le doy mucha importancia al juego, soy muy lúdico, sí, ya me di cuenta, ¿y a la hora de hacer el amor, juegas tan bien? Alonso 42
  • no dejó pasar la respuesta pero tampoco mostró asombro, él es así, muy calculador. «Juego con ventajas y desventajas». Eso me parece muy interesante, respondió ella deshaciéndose del moño, soltándose la amplia cabellera rubia. En el momento más vaporoso sonó el celular, que no es de Alonso ni de Antonella, sino de la sobrina, que olvidó llevárselo un día que estaba apurada por irse a bailar con sus amigas. —¿Te puedo tomar unas fotos? —Si tú crees conveniente, hazlo, pero por favor no te demores mucho porque soy un poquito nervioso, y además ya me tengo que ir, el juego me espera. Antonella le tomó doce fotos en los distintos espacios de su departamento, y le regaló unos caramelos licoreados para el camino, él le prometió que iría a visitarla al regreso de su viaje, si es que no se queda. Ya estando afuera Alonso la imaginó desnuda, y mientras subía a un taxi con dirección al casino la posicionó en su mente como quiso. Dentro del casino ya lo conocen como el tipo que no habla con nadie, medio raro, creen que es mudo, porque cuando quiere algo lo escribe, «es mi cábala». Hoy no ha ganado en estas cuatro horas de juego, y ya no quiere insistir, bebe los últimos sorbos de un vaso de cerveza a medio helar, que una guapa anfitriona le invitó. Llega a su casa, y no enciende las luces, prefiere estar así, dueño de su propio desánimo, apenas un rayo de luz entra sin permiso por la ventana de la cocina y se dispersa sobre la mesa como quien arroja naipes, se sienta en esta silla, y destapa el plato donde todavía humea el estofado de pollo que le ha preparado Julia la empleada de la casa, quien además de tener las llaves de la casa, hace el amor con Alonso cuando ella quiere, y él cuando está de buen humor que no es siempre. Lo extraño es que Julia se parece físicamente a Antonella, sólo que es un poco más baja, maniática del orden, y amante del dinero bien ganado. No es de aquí es de Concepción, de la sierra central del Perú, pero Alonso la trajo a Lima convenciéndola después de una larga batalla de dudas mezcladas con el fuerte cañazo que bebieron hasta altas horas de la madrugada, bailando, zapateando, gritando eufóricos, hasta que se la llevó a la cama una vez más en uno de esos discretos hoteles de provincia. 43
  • —Pasa —le dijo con algo de extrañeza. Antonella Ovalle dejó su liviano saco de otoño, y su bolso ya no tan marrón en aquella mesita de estar, ya no lo miraba como quien fotografía, sino como una escultura no terminada por arbitraria decisión de un destino contrario. —Pobrecito, mi vida, qué animales, cómo te han dejado, y todo por la maldita droga. —Tengo que seguir esperando, ya vendrán tiempos mejores —dijo Alonso mirando hacia arriba—. ¿Y cómo supiste que estaba aquí? —Un pajarito chismosón me lo contó. —Así, no me digas, espero que no hayas traído tu cámara fotográfica, no sólo por el pudor sino por la prudencia, tú sabes. No es ninguna novedad decirte que, ay…, ayayay…, perdón, es que… no puedo hablar mucho… me duele todo… hasta el aire que respiro. —Mejor descansa, ya tendremos tiempo de sobra para platicar. —Antonella hazme un favor... anda a mi departamento... y dile a mi… empleada Julia... que me traiga comida... porque no me gusta… la que hacen aquí. —Voy. Tocó el timbre. La puerta demoró en abrirse. Vio a una mujer con facha provinciana, no mal vestida pero un poquito despeinada, parece que está limpiando la casa, lo dice por la escoba que ella sostiene sin muchas ganas. —Sí, que desea. —Vengo de parte del señor Alonso Montt, quiere que le lleve comida al hospital. —Ya —le dijo la empleada cerrándole la puerta sin más explicación—. En ese instante Antonella se sintió como una estatua, la empleada no le dio tiempo para decirle algo más. Sospecha que en ese monosílabo tan directo, hay un acento de infidelidad. Dos semanas después, Alonso Montt por fin regresaba a su exclusivo departamento. Tuvo que pedir vacaciones adelantadas a su jefe. Llegó en silla de ruedas acompañado de Antonella quienes al entrar al ascensor oprimieron los dos al mismo tiempo el botón del sexto piso, riéndose ambos de la ocurrencia. Y al llegar encontraron la puerta abierta, el departamento estaba vacío, ni rastro de sus pertenencias, y de Julia la empleada, esperaba al menos que estuviera presente. Sí, no se equivocó, estaba presente, tirada en el suelo frío del baño, en 44
  • medio de un charco de sangre, y una pistola empuñada en su mano izquierda, describiendo un aparente suicidio. La policía no demoró en iniciar las pesquisas. Extrañamente ningún vecino oyó nada. Nerviosamente Antonella le soltó la mano a Alonso Montt. Pasaron los meses, y el click entre ambos perdió imagen y sonido. Todo se fue desconfigurando. Él no puede aún olvidar a Julia. Mientras Antonella vio unas siete veces más a Alonso Montt, más por llamadas telefónicas que por otra cosa. Estando en el avión, dejó caer todos los recuerdos que le asocian a él. En fin, Alonso Montt es el típico perdedor en todo, lo digo porque un mes después sufrió un inesperado paro cardiaco, y se fue de este mundo como vino en el principio: calato. 45
  • LA DECLARACIÓN 46
  • Buscó en su maletín, y nada. El maletín está limpiecito como si recién lo hubiese comprado. —¿Y ahora, qué me hago? —se dijo mirando hacia arriba, donde un cielo estreñido de colores opaca el resto del día. Ante el mínimo descuido no hay consideración con nadie, se llevan todo y el mal rato no te lo curas ni con cuatro aspirinas, y menos viendo esos programas del más allá, cuando acá es donde debo de estar, la purita verdad, es que ya estoy harta de que me roben a cada rato, ya soy su caserita, me han agarrado de punto, trato de estar atenta pero siempre algo me distrae. La vez pasada me rovaron mi celular nuevecito, comprado con muchísimo esfuerzo, así con la v de ese que dice ser todo un varón —más que un error ortográfico de la vida, uno de esos malditos que abundan por la ciudad— que a una cuadra de distancia me lo enseña ganador como si fuera el preciado juguete de su propia maldad. Espero que algún día le pasen la factura a estos malditos y con IGV incluido. Pero con Rodrigo al menos, la vida se le hace un poco más vivible, ya le declaró su amor, pero ella le dice que espere, que no se precipite. —El que espera se va desesperando —dice fastidiado. Sus ojos entregan una mirada fragmentada. —Y yo te comprendo —le digo intentando ser sincera—. La otra verdad es que no quiere engañarse ni engancharse. «Muñeca, en todas mis miradas siempre estás tú», escribió mentalmente Rodrigo a un costado de sus pensamientos. «Te quiero mucho y no me importan los años que tengas, te quiero así al natural, flaquita y un poquito despeinada. Te quiero así toda enterita, y hecha toda una mamita desde la punta de los pies cuando alzas los talones para darme un besito en la mejilla que ya me cansa el saborcito ingenuo de ser un simple amigo». Un día antes Matilde, Mati así la llama Rodrigo, subió al recién estrenado Metropolitano y en menos de media hora llegaba a la estación final en Matellini. El olor del vasto mar chorrillano le devuelve una tranquilidad ausente en ella desde hace algunos depresivos meses. No quiso apurarse, ya lo había intentado n veces (supongo que se refiere al suicidio). «Pero hoy no te vine para eso, simplemente quiero respirar todito ese vasto mar, desestresarme ya, y si es 47
  • posible mirarlo todito cuantas veces se pudiera, y también intentar abrazarlo todito, porque el mar es mi cuerpo, estas olitas mi circulación sanguínea, la ancha arena mi casita al aire, y el cielo raso un inmenso espejo donde trato de mostrar el rostro simpático de mi mejor ánimo». —Ah Matilde, entiende que el joven no es malo pero no te me apresures en entregárselo to-di-to —dijo con silabeante ironismo Ricardita, una de sus mejores amigas. —¿A qué te refieres? —Cóncavo y convexo, querida, no te hagas. —Rica, tú siempre lo ves todo por el lado sexual. —Querida eres tan cándida, ¿de dónde crees tú que vienen los hijos, del aire? En ese momento sonó tan fuerte el celular de Matilde que Ricardita no disimuló su impertinencia. Era la insistencia enamorada de Rodrigo. —El clima cada día más loco y con neblina incluida —pensó ella. —Así me gustas Mati, tú eres el amor de mi vida, mi más querida pasión, acuérdate de mí… —Hoy no estoy de humor para escuchar valsecitos, Rodri —le dijo. Ella no supo si reír o llorar, ya está bueno de eso se dijo, la purita verdad es que siempre buscó un hombre en todo el sentido físico o atlético de la palabra, y miren el destino qué le ofrece a cambio: un niñito viejo llamado Rodrigo, que no es mala persona, pero hay que tenerle paciencia de monja de clausura, y yo ya no estoy para esas cosas, quiero sentir algo distinto, una vida completamente nueva. A Matilde Urrunaga hija única, el inexorable tiempo se le hace corto para tantas cosas que tiene que hacer. Lo primero atender a sus padres que están viejitos y muy enfermos. Prepararles religiosamente las tres comidas del día, bañarlos, secarlos, talquearlos y vestirlos, darle los medicamentos indicados por la doctora. Darse un chance para revisar su agenda personal donde aparte de su pesado y rutinario trabajo como correctora de libros incluye sus breves encuentros con Rodriguito. 48
  • Le palmoteó fuerte la espalda, cosa que a ella no le agrada, oye, ya te lo dije, prefiero un hola amor o un besito cariñoso de buenas tardes, o no quieres entender. Él se rió como si fuera de otro mundo, como si le contaran un chiste. Matilde quiso llorar pero no pudo, tiene la sequía del adiós metida en toda el alma. —Tu humor es bastante estúpido e inoportuno —le dijo—, no quieres cambiar, no te da la gana, tienes 33 años y sigues en lo mismo. Así no me vas a conquistar, deseo enamorarme de ti, me gusta tu protectora compañía, pero muchas veces te vuelves más pesado que un tráiler. Él le dio como respuesta un beso volado. Se acerca la noche y Matilde quiere olvidarse de todo pero no puede, voltea y él ya se ha marchado, dice que va a visitar a su mamita, quien dice la que mejor lo comprende. Saca de la cartera, un frasco de pastillas, entra a un café-bar, se sienta en aquella mesa, gira la tapa del frasco mientras pide muy ceremoniosa un cappuccino y nada más por hoy, es suficiente. —Eres tú hijita… Giró la llave bruscamente y abrió… —Sí mamita, qué pasa. —A tu papito le silba feo su pechazo de Tarzán, como si le anunciara algo. —Mami estate tranquilita, descansa, que yo me ocupo de eso. Matilde encendió la hornilla de la cocina, colocó la tetera con el agua a medio llenar, se acercó donde su padre, le puso la palma de la mano sobre la frente y comprobó que no tiene fiebre, puso el oído sobre su amplio pecho envejecido y oyó que susurraba una melodía extraña. De improviso el anciano padre fue abriendo sus ojazos, redondamente preocupados, como si se activara la alarma de una muerte muy próxima. —Hijita, no te parece que estás calentando mucho el agua. —Papito recién he puesto la tetera —dijo haciendo descansar estas pocas palabras en los oídos de su querido viejo. —Igual se te sigue calentando mucho el agua, apúrate hijita sino el agua se te va quemar. 49
  • Ella lo miró como si él estuviera dentro de una bola de cristal, extraño como un clavel negro, enfermo hasta las líneas de la frente y vestido de arrugadas nostalgias. —No tengo apuros —dijo secamente y con los ojos bien abiertos por una luz bastante firme. Su mamita recién sale del baño, con una sonrisita que ni ella misma entiende. El pito de la tetera sonó muy metálico, y sobre las tres tazas echó lentamente el líquido caliente casi al borde, donde los tes filtrantes flotan como tranquilas boyas en el pequeño mar de su atención. Se peinó frente al espejo de la sala que le devuelve una mirada distinta, muy vanidosa, pero definitivamente hoy no tiene ganas de maquillarse. —Para qué —se dijo—, tanta pintura quita naturalidad, habráse visto. Entonces los días transcurrieron igual que otros días. El impaciente Rodrigo no le da tregua a ninguna complicación existencial, y sigue esperándola en esa romántica plazuelita, con una cajita de chocolates almendrados, sentado en esa banca azul bajo el árbol frondoso de un ficus añejo, aparentando una atenta lectura que busca llamar algo de atención: la mirada fija de Matilde que algún día, quizás, tal vez, le dirá que sí. 50
  • LAS HORAS FINALES 51
  • El padre Agüero con una edad incalculable, está por iniciar la misa minutos antes de lo previsto cuando algo lo detuvo, se había olvidado de sus anteojos y también de lavarse los dientes. Es que últimamente está un poco aturdido con tantos preparativos que le exige su último viaje: morir. Aunque muestre cara del que no desea irse. Apenas empuña el cepillo de dientes, y después del enjuague bucal escupe todas las bacterias que la ensalivada boca acumuló, por tanto café con leche caliente, y galletitas con mantequilla tan publicitada. El monaguillo airea su impaciencia caminando de aquí para allá, mirando de vez en cuando el bello vitral de este largo pasadizo, donde la luz entró derribando el espacio insomne, que la mundana prisa de las horas acumuló sin esperar, a que la legañosa madrugada con proximidad de amanecer se prodigue de padrenuestros y avemarías. El padre que tiene un apellido bastante optimista, sigue demorándose y ya son las ocho horas con tres minutos. El monaguillo descierra la puerta de este lado, y atisba que los feligreses murmuran como un coro para nada angelical. A estas horas de la mañana, el imprudente frío remece exageradamente todos los huesos del cuerpo como un temblor de cinco grados en la escala de Richter. Un niñito despeinado a su manera, recién sale de la iglesia después de asistir a misa de siete, confundiéndose entre tanta gente penitentemente descalza, siendo llevado de la mano grande por el engreidor abuelo, y detrás de ellos una señora tan blanca como la leche pasteurizada y elegantemente vestida de negro, que parece recién salida del encuadre de alguna película de Alfred Hitchcock. A las ocho y diez el padre Agüero ya estaba situado en el atrio principal, tan duro como un granito las facciones de su rostro, que parece dibujado por la mano imprecisa de un artista que no duerme desde hace nueve días. Alguien me murmura, que el padrecito intenta salir de un problema estomacal. El monaguillo mira al padre como diciéndole por favor empiece, pero él sigue imperturbable, como si estuviera atrapado dentro del círculo invisible de su propio desconcierto. Apenas abrió un poquito la boca, se le escaparon las palabras del inicio de la misa sin que pueda detenerlas. Todos los feligreses miran que el padre Agüero actúa extrañamente. Es que el monaguillo no advirtió, que el padre no ve a nadie sentado en las anchas bancas de la iglesia. Se acercó y le murmuró algo al oído, con un lenguaje que no es inventado, y que 52
  • parece ser una mezcla huachafa de varios idiomas a la misma vez. Recién el padre empezó a salir de un breve letargo, y miró a su asistente como quien mira despejarse una de esas humaredas donde sólo el auxilio de la intuición araña la cristalizada certeza. Afuera en las calles nos atropella el ruido, invade el smog, los basurales, son tan infernales que hasta el silencio es obligado a acostumbrarse. Para terminar la misa el padre apenas pudo decir en nombre del padre y amén, hasta caer sentado sobre el sillón rojo aterciopelado, mientras escuchaba los desacompasados pasos de las almas que salían apuradamente, y que no podía verlos quizás por un defecto de la vista o por pérdida de confianza en su destino religioso. Sin esperar las órdenes de sus superiores tempranamente a las nueve de la mañana, el monaguillo cerró las pesadas puertas de la iglesia y corrió hacia aquella habitación a cambiarse de ropa. En el atrio principal de la iglesia el padre yace sentado con la cabeza caída, mientras el aparente silencio de las imágenes de los santos parece mirarlo de reojo. Y cuando llega el atardecer de las horas transcurridas, del padre Agüero no se sabe si está dormido, cavilando o cabe la mortal posibilidad de que ya no respire. De repente un señor alto, cuellilargo, orejón, y con una voz muy aguda, le dice que es hora que vaya a su habitación, mientras él lo mira con cierta incredulidad como diciéndole qué demonios hace usted aquí. Posa la mano sobre el hombro del señor pero hay un pequeño inconveniente: el padre Agüero con las justas llega a poner la mano sobre la llanura del hombro elevado del señor, en una actitud que imita a la de una persona que quiere colocar un libro que le fue prestado en un breve espacio de la parte de arriba del estante, atiborrado de libros viejos y con las páginas en blanco por tantos siglos de descuido. Entró a su habitación como si entrara a una cámara frigorífica, la cerró con llave, se desvistió, y puso los anteojos sobre el velador, donde una lamparita es lo único que está encendido. Rezó interiormente, sin mover los labios por algunos minutos, y esperó que la soñadora persiana de los párpados fuera bajando lentamente, como si se fuera a morir una vez más después de haberse muerto tantas veces en estos últimos años de su vejez establecida. Pensar que durante algunos años, tuvo una vida adolescente bastante depresiva, rociada por el excesivo alcohol. Pero una noche, andándose por un inmenso 53
  • paisaje de escasos árboles y sin nada de luna nueva, tuvo la revelación de que debía abandonar toda indisciplina existencial, y dedicarse completamente a predicar la palabra de Dios. Al día siguiente despertó como si hubiera dormido tres días seguidos. Se calzó los zapatos de cuero de tiburón sin haberse puesto las medias, entró al baño donde no salió nunca más. Allí dicen que lo encontraron sentado en el trono del wáter, con la mirada vacía, la boca abierta, y las manos extendidas en señal de abrazar a alguien. Mientras que el monaguillo, no sé con qué intención me contó otra versión: de que el padre se encontró fulminado por un endemoniado infarto, dentro del túnel que había formado el largo y ancho de su frazada, hasta cubrirlo totalmente. El día seguía despertándose, bajo un cielo que ha interrumpido su color cotidiano, mostrando una enorme tristeza como si supiera. 54
  • EL TAXI BRILLANTE COMO UNA HOJA DE AFEITAR 55
  • Noche dura. Noche con lluvia recién terminada. La pista bien mojadita y peligrosa. Dan ganas de echarle aserrín en todas las pistas de la ciudad pero no hay lo suficiente. Los autos resbalan su potencia mecánica. La noche más larga que el bostezo de un millar de leones hambrientos. Hace mucho frío en Lima, pero no es nada comparado con otras ciudades. Lo que acá te mata principalmente es la depresiva humedad, y el poderoso miedo que te acuchilla sin tregua. Sabino se quitó los anteojos, los puso sobre la tapa del inodoro, abrió el caño. El agua fue cayendo uniforme, limpia, prevista para las manos ansiosas de Sabino quien se lava la cara como si fuera la última vez. Busca la toalla como tanteando una rutina más que higiénica, algo que tiene que ver con los tientos. Se seca la cara, y exagerando hasta la nuca. Se mira en el espejo ovalado y resiste de buena gana la primera impresión. Se pasa el peine, abre algunos surcos como si rastrillara la cabeza forrada de muchísimos pelos, y el look que viene acompañado de un gel especial. Sale del baño sin apagar la luz. A pesar del frescor del agua sus ojos de taxista madrugador se empiezan a cerrar de purito cansancio, así todo un buen rato echado en su cama hasta que sale de su casa, sube al auto que todavía no ha terminado de cancelar y avanza algunas cuadras, mira por el espejo retrovisor que un auto se acerca, se estaciona frente a una Pizzería con el cartel de closed. Los modernos faros disparan un potente chorro de luz. Observa que el otro auto se adelanta sigiloso y no llega a doblar la esquina. Alguien baja del auto, es alta y esbelta, me parece conocida pero no me atrevo a asegurar. La luz en esta calle es de sospechosa baja intensidad. Parece una chica de los años sesenta, lleva aferrando entre los dedos un cigarro que en mi distancia no lo percibo encendido. Entra a una casa. Espero un buen rato... Pienso en todas las cosas que me pueden suceder si me llego a enamorar totalmente de Eloísa. Una mujer que convive con otra mujer. El otro día las vi salir con cara de satisfechas de un hostal, y les confieso que me excita toda ella no su perturbada relación lésbica. La conocí en un café del barrio de Mirones. Aquella vez me sedujo su forma graciosa de sonreír mientras leía algo que nunca pude saber. Observé sus finas manos, me dieron ganas de chuparle todos sus dedos. Contra mi voluntad fui 56
  • prudente, no me acerqué, pero sí le hice aterrizar sobre su mesa marmoleada un avioncito de papel, vaya ocurrencia. Ella no levantó la mirada, simplemente desplegó el avioncito, leyó el contenido y lo guardó en la cartera. Entre tanta gente nunca sabrá quien fue. Lo que está escrito solamente lo sabemos ella, yo y ese alguien que pudo haber visto todo. Eloísa siguió con su lectura, con un interés disimulado, como si hundiera los ojos en ese libro recién abierto nuevamente en forma de V. Otro día la vi por la avenida La Colmena, un tanto apurada, la quise alcanzar pero rápidamente entró a un auto con lunas polarizadas que partió velozmente. Me quedé con las apasionadas ganas de decirle cositas dulces de amor mío, de presentarme cual Cupido y dejar de serle un completo desconocido. Se me acababa la paciencia justo cuando sale de la casa, pero ahora lleva un grueso abrigo y una boina azul, camina lento pero ya no se dirige hacia el auto, prefiere caminar, ya no tiene el cigarro entre los dedos. Salgo del auto decidido a seguirla discretamente. Cuando más me acerco me doy cuenta que es la misma chica con que sale Eloísa. Trato de mirar hacia otro lado, pero ella rápidamente advierte mi presencia y me mira como pensando. Decido regresar. Son las diez de la noche, entro a mi auto y arranco. Llego a la avenida Salaverry, a unos cincuenta metros veo que alguien levanta la mano desesperadamente. Es un borracho, que tambalea toda su mareada humanidad, prefiero seguir de largo y evitarme problemas. Doblo por la avenida Cuba y me detengo a dos cuadras de una gasolinera recién estrenada. Meto la mano en la guantera y saco un cigarro de una cajetilla azul a medio usar. Había dejado de fumar buen tiempo. Tuve el pretexto de una gastritis crónica. Enciendo el cigarro, aspiro y exhalo, nunca golpeo con la nariz. Aprieto el botón del transistor. La música ecualizada fluye entusiasta. Me relajo un buen rato. Casi me quedo dormido cuando un joven con aspecto descuidado, barba crecida, y frentón, tocó la ventana del copiloto. —Señor buenas voy a Miraflores. —A que calle —le digo. —Voy a Miraflores. Abro más los ojos porque el tipo me parece raro. —¿Cuánto me cobra? —No voy contigo —le digo, y arranco. 57
  • Mientras conduzco por la avenida Brasil me doy cuenta que estoy hablando solo y aún con palabras ajenas, pero de improviso un nudo grueso de angustias me comienza a apretar la garganta. Toso fuertemente y maldigo. Más allá veo a una señorita con unas apuradas urgencias, medio doblada por el dolor, pidiendo taxi. Ni modo, obligado tengo que parar. Ante mi sorpresa sube ensangrentada. Me dice que la lleve al hospital Loayza, porque algo se le está reventando por dentro. Hago volar a mis pobres llantas. Cruzo los semáforos, me la estoy jugando, una fuerte multa y me entierro en la fosa común de los piadosos. Con las justas llego. Se abre la puerta de Emergencias. Pido una camilla, pero me traen una silla de ruedas. No me he dado cuenta por el apuro de conducir desenfrenado, que ella ya cambió de color y de mirada, desgraciadamente ha fallecido. Sus ojos abiertos, enjuiciadores, parecen hablarme. —¿Qué le ha pasado? —me pregunta el médico de turno. —La verdad yo no sé nada, ni la conozco, yo soy un simple taxista. En ese momento que llegan enfermeras y vigilantes, me despierto alborotado, sin saber que estoy en casa, en mi propia cama, me levanto y apago la luz del baño, recién amanece. Me saco la ropa, me pongo el piyama. Y me vuelvo a dormir el resto de horas que no he dormido bien. Entran al café, Eloísa y su acompañante, cuchichean secretitos de alcoba, se sientan complacidas, piden salchichas, huevos revueltos y café exprés. Sabino intenta salir del sueño vigilante en que se encuentra pero no puede, ha trabajado tan duro estas últimas semanas para pagar la deuda de los muebles, que no pudo dormir lo necesario. Eloísa le besa la mano, el cuello y la boca a Josefa con tal empeño labial que creen estar solas en el café. Se prodigan exagerado derroche de cariños. Cerca de la barra una señora obesa les grita que paren ya, que esto no puede ser, que ya la moral se lo están comiendo y bebiendo con el pedido. La señora obesa sale del café granputeando. Sabino tose. Respira mal. Habla enredado. Continúa durmiendo. Noche dura y fría como el culo de Alaska, una amiguita especial con que Sabino a veces se la encuentra en el sueño, claro haciéndole el amor y otras cositas ricas, y después con mucha ternura de terrícola considerado le recorta las uñas bastante crecidas de los pies, y la baña con tal esmero como si la fuera a tender sobre una larga mesa cubierta de una sábana blanca bien almidonada. 58
  • Estacionado el taxi brillante como una hoja de afeitar, por supuesto el de Sabino, el que habiendo pasado tantos años al igual que los muebles tampoco termina de cancelar, tiene una historia muy particular: solo en sueños todo el mundo quiere subir, y cuando Sabino despierta todo el mundo se quiere bajar. La señora obesa frisa la cuarentena de años, y es la única hermana de Sabino, recontra celosa, y sospecha que sabe algo o mucho de su relación platónica con Eloísa. —Ya estás muy viejo para iniciar aventurillas, sosiégate —le dice. Al mediodía termina de lavar su ropa, tiene una fiesta en el Karembeau la otra semana, la tiende en la varilla donde cuelga su toalla antes de ducharse, saca un cigarro del bolsillo de su camisa, la sostiene en su boca caliente como si fuera un Cohiba. Entra en la sala a buscar su agenda, allí tiene anotado el teléfono de su hermana. No puede retener por no dormir bien más de cinco dígitos en la mente, ni siquiera sus nombres y apellidos completos: Sabino Erasmo Juan María de la Cotera Velaochaga-Cruz. —Dígame. Sabino apenas escupe dos palabras. —Hola hermanita. —Hola qué dices, estás durmiendo bien, comes a tus horas, no dejes de tomar tus pastillas, y no te olvides de cerrar la puerta de la casa, no te descuides, siempre que voy la encuentro un poquito abierta, ten cuidado, los robos a fin de año son terribles. —Ya hermanita. —Vente el domingo para la casa, el almuerzo corre por mi cuenta. No te preocupes de nada. —Sí, voy. —Te espero, no me falles. —Ya hermanita. Volvió otra vez al baño, pero desnudo, puso la ropa colgada sobre una silla, giró la llave de la ducha, el agua cayó con la fuerza precisa que él esperaba, el cansancio empezó a ceder, el jabón Palmolive resbaló torpemente de sus manos justo cuando tocaron la puerta. Era Resquejo, el amigo que vende enciclopedias. 59
  • Él salió cubriéndose con una toalla y el jabón en la mano. Y él le trajo un ramo de claveles. —Ni que fuera marica —le dijo cerrándole la puerta. —No seas así, es el día del amigo, abre de una vez tu mente, no la tengas encerrada toda tu vida —le dijo Resquejo detrás de la puerta. Sabino no le hizo caso, y continuó bañándose. Pensó en Eloísa, realmente existe o es producto de una mente alterada, la suya. ¿Cuántas horas acumuladas sin poder dormir todo lo que quisiera? En Lima el día más avanzado tiene otro semblante, como si no se hubiese lavado la cara, con una suciedad ambiental evidente. Bien aseado y oliendo a Kalós Tonight, en esta nueva noche con mitad de luna y aireado de nostalgias, hace arrancar el auto un Nissan color blanco, para cumplir nuevamente con su destino de taxista, él que nos tiene otra vez historias por contar y algunas donde guardar precavido silencio. 60
  • BOLAS DE PAPEL Subió hasta la azotea con ese peculiar andar del hombre que se siente tenso, contrariado, y hasta algo desaliñado. El cielo no soleado amanece triste, porque 61
  • el ánimo ambiental no es el mismo de otros días. Ya instalado en la azotea, empieza a hacer un giro panorámico de trescientos sesenta grados, y observa desde una altura de diez metros, la demacrada presencia de una casa deshabitada. Día tras día, lanza algunas bolas de papel que se van acumulando en el patio trasero de la casa vecina, y lo hace simplemente porque no tiene otra cosa que hacer, hasta que un día, el empleado del dueño de la casa deshabitada, aparece de la nada. Revisa, husmea por aquí, por allá, hasta encontrarse con un pequeño cerro de bolas de papel. Picado por la curiosidad, decidió desarrugar algunas bolas de papel, y ver que contiene, después de espiar sigilosamente quien es el extraño depositario de estas bolas de papel, esto ya parece el sorteo de algún producto publicitado, mete la mano para sacar el papelito ganador. —Bueno seré el notario —dijo sonriendo. Lo primero que lee lo deja atónito. Se sienta en un sillón, y empieza a leer los asuntos privados de la vida de esta persona, atormentado por sucesivas frustraciones. Se detiene un momento, y piensa intrigado, ¿quién será esta persona?, el dueño de la casa la tuvo cerrada durante cinco años. Decidió (aprovechando el repentino viaje del dueño, quien lo mandó a limpiar, ya que tiene intenciones de vender la casa) tomarse el debido tiempo, para intentar en lo posible, darse el trabajito de leerse todo ese cerro de bolas de papel, no vaya a ser que mañana venga el dueño. Primero se cambió de ropa, limpió los cuartos del segundo piso, pasó el trapeador en el piso donde antes ha barrido todos los desperdicios. Así estuvo tres horas hasta que hizo una breve pausa. Ya era la hora de almorzar, aunque sea un sánguche de pollo, y beber buenos sorbos de chicha morada. La ansiedad del hambre tocaba insistentemente las puertas digestivas de su amplio estómago. Abrió la bolsa de plástico, sacó el sánguche de pollo, la botella de chicha morada, y mientras comía pensaba. Imaginó que el dueño entraba a la casa, y al ver ese cerro de bolas de papel, le ordenaba que le prendiera fuego, yéndose de ese modo todas esas confesiones, escritas por alguien a quien él quisiera conocer. Horas después cansado de tanta limpieza, y habiéndose leído unas cuantas bolas de papel, es obvio que le tomaría muchos meses leerse todo ese cerro, tiempo del que no dispone, porque el dueño cuando se va de viaje, nunca dice cuando regresa, cae sorpresivamente, en el momento menos 62
  • pensado, por último ese cerro no es obra suya, y ya tiene que buscarse varias bolsas para botarla, sino qué explicación le va a dar al dueño. Días después, cerca de las seis de la mañana, el empleado entró sigilosamente a la casa, se fue directo al tercer piso, en esa habitación había dejado la cortina cerrada, despacito hizo un pliegue en la cortina, asomó un ojo, vio como aquella persona no muy alta digamos, sacaba del bolsillo de su saco, unos papeles, lo arrugaba, le daba forma de bola de papel, mecánicamente levantaba el brazo, e intentó lanzarlo pero se detuvo, de pronto vio como se agachaba, mientras que él oía ruidos como que alguien había entrado a la casa. —¡Fidel! ¡Fidel! -exclamó el dueño. Bajó lo más rápido que pudo. —Aquí estoy jefe, estaba ordenando todas sus enciclopedias, para meterlas en una caja, tal como usted me ordenó. —Qué bien, me imaginó que ya vas a terminar, o recién te has puesto a limpiar, ojo que tengo algunos días fuera, y por lo que veo, (el dueño de la casa empezó a recorrer todo el primer piso) y esto, ¿qué hace aquí? Fidel tuvo que adelantar una posible explicación, mientras el dueño de la casa alzaba los hombros y la mirada, con cierta molestia. En ese momento cayó otra bola de papel, pero el dueño de la casa no lo advirtió, pero Fidel sí. —Alcánzame ese bidón. El dueño de la casa roció con un litro de gasolina, todo ese cerro de bolas de papel, nuevamente cayó otra bola de papel, pero ya ninguno de los dos lo advirtieron. En cuestión de segundos ardió todo ese cerró, hasta quedar un breve mar de cenizas. —Jefe, no hubiese sido más fácil botarlo en bolsas de basura. —¿Y qué has hecho durante estos días?, seguro que te has ido donde la Manuela, a la pobre la llenas de hijos, eres un maldito irresponsable, cuantas oportunidades te sigo dando, y no quieres entender, ya me estoy cansando de ti, y ahora te dedicas a escribir en esos papelitos de mierda tus mea culpa, te das golpe de pecho, y así quieres lavar, y enjuagar tu conciencia. —Jefe se lo juro no he sido yo —suplicó Fidel. —Ha sido… —señalando hacia arriba. 63
  • —Ahora caigo, le estás echando la culpa a Dios, de tus malas conductas, sabes que, vete de una vez, antes que meta tu cabezota en esas cenizas. —Jefe yo… —Ya, vete —le ordenó, dándole la espalda, y dejando caer el bidón. Desde el suelo, el bidón dejó escapar una línea larga de gasolina, que fue nuevamente hacia ese breve mar de cenizas, reavivando el fuego de esas confesiones desesperadas, y quien sabe tal vez injustas. 64
  • EL CONDENADO Salió de su casa sin mucho apuro. 65
  • —Tengo todo el tiempo del mundo —se dijo. Dio una media vuelta por la plaza Dos de Mayo, y continuó por la avenida La Colmena. El maletín casi nuevo, la camisa bien planchada, la corbata de colores diversos, el saco y el pantalón a medio camino entre el uso exagerado y el descuido. Venía como pensándose. La noche entraba en él. Recién ayer se enteró de su despido. Para aparentar una realidad que ya no le corresponde, decidió entrar y salir de su casa como lo hacía antes, para que ningún vecino se diera por advertido, siente una comprensible vergüenza. Si bien es cierto queda como un desempleado más en la larga lista de una estadística confiable, eso no le quita el sueño ni lo posterga, tarde o temprano tendrá que pagar los recibos por gastos domésticos, y eso es de carácter inevitable. A no ser que por injustificada necesidad se ponga como asaltante, dato de registro criminalístico que no debe estar en el perfil de su honrado curriculum vitae. Teo caminaba como si estuvieran empujándolo, con una parsimonia que en verdad aburre, a tres cuadras de la plaza San Martín ve una muchedumbre gritando todos desaforadamente, ¡mátenlo! ¡mátenlo! ¡mátenlo!, vio que la muchedumbre entró impasible por el jirón de la Unión, lo seguían acusando, los policías no podían hacer nada ante esta masa de gente incontenible, en ese instante hubo un ligero temblor de tierra pero ellos siguieron avanzando, mentándole la madre, el padre y hasta los hijos, con improperios irreproducibles, escupitajos, pedradas, lanzadas de huevos, bofetadas. Teo haciendo un esfuerzo, se acercó lo más que pudo, vio como el condenado por todos, era arrastrado, pero lo que más le llamó la atención fue ver que, de esta masa de gente incontenible, se fueron poco a poco cansando y empezaron a dispersarse, algunos por la avenida de la Emancipación, otros por el jirón Huancavelica, unos entraban eufóricos a una discoteca, saltando, riendo, aquellos los más gritones entraron a los restaurantes de comida rápida, a esos fast-food de moda, y muchos se metieron a la cantina para saciar su ebriedad como vulgares animales deshidratados. 66
  • Un día antes, después del almuerzo, su jefe le dejó en su escritorio la notificación arbitraria de despido laboral. —Es para que tengas una mejor digestión —le puso como sarcástica posdata-. —Dieciocho años en esta empresa, para que me traten de esta manera, ¡desgraciados! —pensó. Agarró sus cosas, sus objetos personales los puso en una caja y salió. Al salir no miró a nadie, para qué, se preguntó, es en vano. —Ni siquiera di motivo. Lo primero que hizo al llegar a su casa aparte de dejar la caja sobre la mesa del comedor, fue desvestirse, entrar en el baño y ducharse, ese acto más que higiénico, saludablemente catártico. Salió del baño sin ninguna prisa, puso un poco de música lo más bajo de volumen, cerró las persianas de su dormitorio, y se echó lentamente en la cama antigua, como dejando que el cuerpo se vaya cayendo, hasta quedarse profundamente dormido. Despertó como a la una de la madrugada. Se incorporó lentamente, apagó el equipo de sonido, fue directo al comedor donde una botella de vino al lado de una copa lo esperaban, se sirvió una buena copa, le dio la espalda al repostero, mientras pensaba y ahora que hago con el resto de mi vida. Es invierno, y el insensato frío desarma cualquier estado de ánimo. Fueron llegando a la Plaza de Armas, calcula él como unas noventa personas, a riesgo de equivocarse, doblaron a la izquierda por el jirón Callao, y dos cuadras más arriba alguien los esperaba con el portón abierto, hasta que entraron todos menos él. El supuesto culpable no podía ni levantar la mirada, ni tampoco se quejaba, entraron a un gran salón, cerraron la puerta y las ventanas, la oscuridad era absoluta como si fuera de noche. Todos lo acusaban, él no atinaba a defenderse, se mantenía callado. —Tú te robaste mis ovejas, a mí me lo han dicho, te han seguido hasta esta ciudad. Otro le dijo: —Por tu culpa mis padres nunca me quisieron… el día que nací me tiraron a la basura. 67
  • —A mí me quitaste mi mujer, con el cuentazo de que eres Todopoderoso, la vecina es chismosa pero no sabe mentir. —¿Por qué mis hijos fueron asesinados si salían tranquilamente de su colegio?, pensar que rezaba con total devoción el Santo Rosario todos los días de mi vida. El que vende periódicos, te vio deambulando por allí. —Sabes, perdí mucho dinero a causa de ser creyente del dinero bien ganado, con el sudor de mi frente, ¿y qué gané? ¡nada!, los ladrones se llevaron aparte de artefactos usados, mi colección de lápices, y hasta los zapatos viejos de mi madre. Y así sucesivamente todos le echaron la culpa, de sus propias desgracias personales. Él no dijo absolutamente nada. Continuaron golpeándolo duro, sin piedad. Su rostro bañado en sangre y lágrimas, a ellos no le producía ninguna conmiseración. La ciega ira marcada en sus rostros imponiendo su irracional justicia con sus propias manos. Él cayó al piso por enésima vez, ya debilitado, por toda la sangre perdida. El que tenía la voz más baja le dijo: —Ahora queremos saber tu nombre, ¿entiendes? ¡queremos saber tu verdadero nombre!, porque en todos los lugares por donde vas te dejas llamar de distintas maneras, así que vas a morir diciendo tu verdad, mira que privilegio te vamos a dar —rieron todos menos yo. Se hizo un silencio mortal, irrespirable, apenas pudo balbucear, dijo: —Dios. 68
  • USTED NO ES LA EXCEPCIÓN —Que pase —dijo el doctor Moreyra. 69
  • Varios segundos transcurrieron desde el deslizamiento de su extraña caligrafía, sobre la fría superficie de un simple papel. Como si el diagnostico definitivo cerrara los amplios espacios de una vida, y abriera los estrechos y alargados espacios de una pronta muerte. El doctor levantó la mirada sin mucho entusiasmo. —Buenos días mi estimado doctorcito —repitió Tadeo. —Sin diminutivos por favor, que no estoy de humor. —No faltaba más, mi querido doctor de las rimas. —Yo no soy ese doctor que se las arrima, pero usted me tiene que escuchar atentamente, ya déjese de jueguitos y póngase más serio que ya no le queda mucho tiempo. —¡Qué me ha dicho! Tadeo intentó ponerse de pie, pero no pudo. Extrañamente empezó a distanciarse del doctor como si le estuvieran moviendo la silla, y ya por un instante no pudo oírle. La enfermera a solicitud del doctor trajo los analgésicos, los puso delante de él, y luego sin regresar la mirada cerró la puerta con obediente discreción, mientras Tadeo regresaba recorriendo una distancia inimaginable, al mismo tiempo su voz silenciada por el estupor de una noticia quemante, empezaba a abrirse paso desde la trocha intestinal de sus propias entrañas. —No le creo. Morirme ahorita mismo, ‘ta loco —dijo con dureza. Los dedos finamente alargados del doctor, empezaron a tamborilear sobre el escritorio atiborrado de archivos, como pequeñas torres en los costados, como si calculara el momento de emitir una sentencia: —Óigame, usted no es ninguna excepción, tiene que morir como todos. Tadeo lo miró desde todos los ángulos privilegiados de su imaginación, hasta perder la perspectiva. —¿Qué le pasa? Ya no quiso responder, salió disparado dejando la puerta abierta y al doctor algo comprometido. 70
  • En las calles todo era más de lo mismo de siempre. La ciudad cubierta de una especie de cemento verdoso, obligados a respirar todos los días el mierdoso aire de la muerte, de pronto multitud de gritos que salen no se sabe de donde. Dobló a la izquierda, entrando al jirón Huancavelica, pasó ante el monumento de César Vallejo pero no quiso detenerse, estupefacto vio que el rostro anguloso del celebrado poeta estaba manchado por cagada de pájaros impertinentes, de improviso se metió la mano al bolsillo, «voy a darme el gusto de mi vida», pero solo llegó hasta la puerta de la conocida Antigua Bodega Carbone. No sólo las náuseas empezaban a ser incontrolables, sino todas las funciones vitales de su organismo. Con las justas llegó a su casa, arrastrándose hasta depositar todo su cuerpo enfermo sobre esa cama más invernal que nunca, cubrióse con una gruesa frazada de alpaca hasta quedarse profundamente dormido. Unos días después… —Oye ñato te estoy hablando, ¿qué te sucede? Tadeo se encontró dentro de la Antigua Bodega Carbone, con dos amigos, uno de apellido Mistral y el otro ni se acuerda de su nombre, pero a los dos los conoce sin lugar a dudas, estudiaron juntos toda la educación secundaria. El problema es que el negro Mistral habla como si tuviera una pizarra en frente y el otro apenas articula algo. Hace una hora que se encontraron después de mucho tiempo. Los abrazos y las palabras no se hicieron esperar. Y no tuvieron otra mejor idea que entrar en el añorado cinema de los recuerdos, para hacer de ellos la excusa perfecta para verse por última vez. Es que nuestro amigo Tadeo es tan distinto, tan metido en sí mismo, que nunca le interesó encontrarse con nadie, vive en su propio mundo interior y siempre espera no ser molestado como aviso que lleva delante de él. Limpió la mesa, llevó los platos al lavadero. Encendió un cigarrillo, y dio su primer suspiro fumador de esta mañana más fría que nunca. Fue hasta la salita donde un cuadro con reminiscencias holandesas lo observa, cogió un libro y mientras buscaba encontrar algo de su particular interés, miró de reojo el lavadero donde la vertical insistencia de un hilo de agua cayendo sobre los platos blancos manchados de restos de puré de espinaca, la extraña grasa del pescado frito y algunos granos de arroz sobrantes. Estrelló débilmente lo que quedaba del cigarrillo sobre el fondo de un cenicero plateado de baquelita. 71
  • Pensó en la flaca Raquel. En aquellos momentos vividos, en todos los hijos perdidos. «Mi muñeca chola siempre quiso tener hijos conmigo, pero no pudimos». Es que nunca pude agarrarla bien. De todo se reía, de cualquier cojudez, la verdad es que no podía concentrarme. Cuando en la intimidad reinante la ajustaba contra mi cuerpo ansioso, ella soltaba una risotada que desorientaba el orden ansioso de mis palabras y el comportamiento residual de mi voz. Ella era tan especial, y encima cantaba bonito, qué pena lo qué le pasó después. —Oye ñato, amigo, ¿qué pasa, no estás contento de vernos? —Por supuesto. —Entonces tómate un trago, relájate, hombre, deja de pensar en tonterías, te cuento que… Cerró la llave del caño, terminó de secar los platos y los colocó en su lugar. Destapó el viejo tarro, metió la mano, sacó dos billetes, y con voz ferozmente alta se dijo: —A mí con cangrejitos, ‘tá loco ese doctor. En su consultorio al doctor Moreyra le pareció oír la voz de Tadeo como viniendo, esa voz vino desde lejos con tanta fuerza que no salió de sus oídos. El doctor empezó a escribir sin prisa, pero con ánimo derrotado: Paciente: Tadeo Alegría Edad: 59 años Estado Civil: Divorciado Pero dentro de sí, el doctor con meditada sinceridad quiso escribir ‘Divorciado con la vida’, pero se contuvo. Exhaló el aire reprimido, abrió un cajón de su amplio escritorio, y guardó la hoja, que parece cambiar de color. Vieron a Tadeo Alegría contra lo previsto entrar nuevamente en la Antigua Bodega Carbone, pero ya no estaban sus dos amigos de colegio. Se fue hasta el fondo, desde ese lugar la mirada se vuelve distinta, y la digestión es favorecida por algunos mecanismos alimenticios que se adquieren cuando se come despacio, y no en forma automática. Bien sentado, metiendo los labios, las cejas alzadas, las manos frotándose las piernas delgadas, con la apacible comodidad de quien quiere meterse el atracón de su vida, pidió dos sánguches grandes de 72
  • pavo y una copa de vino tinto que llegue hasta el borde. Se siente un poco mareado, pero no le hace caso, pensó nuevamente en la flaca Raquel, «hace años que no la veo», se dijo excitado por el recuerdo. Miraba a través de la luna contigua hacia la calle, donde todo el mundo camina apurado como si alguien o algo los persiguieran o delataran. —Sírvase señor, y buen provecho —dijo el mozo ante la extraña palidez del comensal. El cáncer lo está aniquilando, los estragos en su organismo se van haciendo evidentes, pero no le da tregua, batalla contra ella todos los días, sabe que no puede, ni debe comer, ni tomar eso, que puede vomitar repentinamente, la vergüenza que va a pasar delante de toda esta gente, pero no pudo evitar meterse el atracón de su vida. Nuevamente con las justas llegó a su casa. Buscó un espejo, se miró totalmente enfermo, envejecido, casi derrotado, los cien mil pelos que alguna vez tuvo en la testa cuando era un feliz y atrevido mozalbete, apenas llegan a un breve ramito de pelos irresponsablemente marchitados. Sacudió la camisa y el pantalón, los puso sobre el respaldar de una silla que parece recién puesta. Buscó en un pequeño estante el libro de Edward Hopper, se metió en la cama para contemplar su extraña atmósfera pictórica. Así estuvo un buen rato, hasta quedarse completamente dormido esta vez para siempre. Como era de esperarse la noticia de su muerte sorprendió más a los que nunca iban a verlo, y a quienes querían conocerlo por motivos que se desconocen. —Estaba malito, apenas podía pararse, las palabras se le enredaban como fideos mal cocidos en la sopa entreverada de su cruda existencia, y cuando nos proyectaba el crepúsculo roto de su mirada, todo se derrumbaba hasta nuestra más sincera tristeza -dijo doña Leo, la mejor del vecindario. Sus pocos familiares después de enterrarlo hace algunas horas, ni siquiera tuvieron la obligada consideración de velarlo. Cerraron la puerta de la casa y de allí no salieron hasta pasadas las tres de la madrugada, para nunca más regresar, el velorio lo hicieron los vecinos al mando de doña Leo. —¿Qué buscaban? —me preguntó doña Leo. ¿Quizás el origen de su muerte?ironizó. 73
  • Pasaron los días, y extrañamente el cigarrillo no quiere apagarse, aún humea en el vértice del cenicero de vidrio blanco. En todos los lugares que él caminó y se detuvo, veo un largo e interminable rastro como si en cada paso o propósito hubiese dejado caer la flor invisible de sus propias ansias, ese apego fuertísimo de querer seguir viviendo como sea, abrazado al frondoso árbol de la vida, absolutamente convencido de su primerísima importancia. —Pase —dijo nuevamente el doctor Moreyra—. ¿Cómo se siente? El cielo agónico de su mirada empezaba a nublarse. Tadeo Alegría, no pudo contener todas las lágrimas que salieron de todos los lados de su cuerpo enfermo, y cubrieron toda el área del piso hasta llegar a una altura inimaginable. 74
  • LA MISS UNIVERSO DEL BARRIO 75
  • Una vez coronada por un grupo de mañosos, digo de admiradores. Suzan siguió mascando chicle, haciendo sus clásicos globitos de indiferencia, y soltando una risotada cuando la mayoría de los chicos del barrio le proponían la exigencia morbosa de un viaje sexual y sin escalas. Entre todos ellos la excepción es Tostao, un humilde muchacho de barrio, que tiene el mismo sonoro apelativo del otrora gran futbolista brasilero, el porte de un tipo específico de galán de una revista no muy vendida, el cabello crespo recortado, y una vocecita ronca como de orador frustrado. Semanas que la viene inquietando, pero Suzan no le da ninguna bola y menos desinflada, ni siquiera el más leve roce de un piecito de entrada. Hasta que una noche, de aquellas noches de rebote continuo… —¿Me aceptas? Suzan se sacó el chicle de la boca de una manera insolente. —¿Aceptar qué? Esta vez Tostao no se descompuso. —Ser enamorados. Por un momento ella se guardó la respuesta, dejando abierta una secuencia de suspenso. —¿Me aceptas o no? —volvió a insistir Tostao. El disparo mortal de esa decisiva pregunta, aceleró una respuesta anunciada. —Apenas te acepto como amigo —dijo con cierto aire de advertencia. Él no pudo abrir más los ojos. —¡Y por una sencilla razón! —¿Cuál? —preguntó Tostao. Sin demora, y sin anestesia, Suzan contestó: —Hueles mal, a insecticida. Él replicó inmediatamente: —Qué mala, ni que fuera Baygón. Se miraron como extraños conocidos, donde la aparente mínima atracción de un amor iluso, fue destruida en cuestión de segundos por Suzan. —Te has creído el cuento completito de que eres la Miss Universo del barrio —le dijo algo despechado. —¡Y a ti qué te importa! —Me importa el traje que visto mamacita. 76
  • —¡Imbécil!, y no te me vuelvas a acercar porque sino le digo a mi hermano, a mis tíos, a mis primos, y a toda la mancha del barrio —le dijo dándole la espalda, y alejándose como si fuera un cisne blanco de cuello negro. Tostao se quedó parado, viéndola que huía de él, regresó sus pasos y ya no entró en la tienda de don Aurelio, de donde había salido al verla pasar a Suzan. Avanzada la noche ya no pudo dormir, se ovilló con las sábanas hasta que dieron las cinco de la mañana, y ese frescor insinuante de este amanecer invernal, lo hizo entrar en un sueño donde esta vez no apareció ni Suzan, ni él, sino algunas aves raras en el cielo, una playa desconocida, algunas botellas hundidas en la arena, es decir un sueño intrascendente. Despertó cerca del mediodía, ya sus padres habían salido a trabajar al Mercado de frutas, y su hermanita de trece años de edad, terminaba de hacer la tarea. Él quiso entrar al baño, pero su hermanita de un salto cerró la puerta. —Entiendo, tienes que ir a la escuela —se dijo. Tostao regresó de nuevo a su cama, que es un camarote, él duerme arriba y su hermanita abajo. En ese mismo cuarto, pero separados por una cortina, está la cama de sus padres. Se volvió a despertar, cuando oyó que su hermanita tiró un portazo. Entró en el baño, se duchó, se puso otra camisa y otros calcetines, pero con el mismo pantalón, y los mismos zapatos de ayer, almorzó lo que su madre había dejado preparado. Eran las dos de la tarde. Hora de ir a trabajar a la tienda de don Aurelio. —Me ayuda el muchachito por algunas horas —me dijo. —Bien por él, así hace algo por la vida —le dije como ensayando una frase que se oiga oportuna. —Es un poquito renegón pero me obedece —volvió a decirme. Cuando Suzan entró en la tienda acompañada de su hermano León, vi que él no se amilanó, y desde el fondo del pequeño almacén de la tienda salió para atender el pedido de una vecina del barrio, con extraña rapidez. León no le quita la mirada, estratégicamente situado al costado de unas cajas de gaseosas, mientras don Aurelio recibe la lista de Suzan. —Me das también una caja de galletas de vainilla —dijo la vecina del barrio. Suzan se reía sin saber por qué, haciendo sus clásicos globitos de indiferencia. —Qué marca de galletas quiere señora —dijo Tostao anunciando una sonrisa. 77
  • —Cualquiera… —Tengo una marca nueva que está gustando mucho, es muy rica, pruébela — dijo lanzándole una mirada caliente, al escote insinuante de Suzan. —¿Qué marca es? —El rey de la selva —dijo lanzándole otra mirada de desafío a León. Me tuve que retirar, porque no podía aguantar la risa. La vecina del barrio salió después y aproveché para ayudarle con sus paquetes. León ni se sintió aludido, se nota que es más duro que el granito. —Se lo envuelvo señorita —dijo don Aurelio. —Sí, por favor. —Y cómo está tu mami —le preguntó. —Bien don Aurelio, ya está mejor de su estómago. —Ah me olvidaba… —Dígame señorita. —Aparte de la lista, me da también una bolsa de café. —Tostado, o el orgánico. —El orgánico, mejor, no me gusta el café tostao, lo detesto —dijo soltando una risotada, provocando que su hermano también sonriera. —Son cuarentaitrés soles —dijo acentuando la punta del lápiz. León le alcanzó un billete de cincuenta. —Tenga su vuelto. —Hasta la próxima don Aurelio. —Gracias, y no te olvides, salúdame a tu mamá. León sintió que una chapita de cerveza, rebotó en su amplia espalda. Don Aurelio no vio, porque ya se iba al baño. Ella, como es de caminar rápido, se había adelantado varios pasos. Sólo escuchó un ruido fuerte como si se hubiera caído la tienda. Entró nuevamente, y vio que don Aurelio trataba de contener a su hermano, mientras Tostao estaba pegado como una calcomanía, con los brazos extendidos contra la pared. —Yo se lo advertí —dijo Suzan, como dando una explicación. Una semana antes, la mamá de Tostao comentó en plena cena: 78
  • —Esa chica, la hija del finadito Jacobo, ese que vendía autos viejos, la que vive como a tres cuadras de nosotros, es bien sobrada, ni contesta el saludo a los vecinos, que se cree esa mocosa, pisa huevos. —Por favor Maruja, porque no comes tranquila mujer, siempre le das auditorio a hechos intrascendentes. —Es que esa mocosa se cree la de mucho. Tostao simplemente cenaba escuchando a su mamá, la veía abrir y cerrar la boca, mientras su cena se enfriaba. A la semana siguiente, muy temprano, salió de su casa, lo cual no es su costumbre, ya la tienda estaba abierta, lo saludó, apenas lo vio entrar don Aurelio se alegró, por fin me hizo caso, pensó. Pero Tostao tramaba su perfecta venganza, el sentirse desairado de esa manera lo intranquilizaba, solo esperaba el momento oportuno que nunca llegaría, porque una tarde cuando regresaba a su casa a almorzar, don Pacucho, el vecino y compadre de su viejo, lo detuvo diciéndole, a qué no sabes la última, ¿qué pasó?, Suzan la hija del señor Jacobo Brito, la han encontrado muerta anoche, dentro de una casa abandonada en San Juan, dicen que está irreconocible la mocosa, Tostao se puso blanco contradiciendo su color natural, y apenas podía respirar. —Qué te sucede hijo —le dijo don Pacucho. —Nada señor, no se preocupe. Mientras don Pacucho se alejaba mirando hacia atrás, Tostao buscó sentarse en aquella banca del parque, le costaba creerlo, de pronto asumió que a lo mejor le echarían la culpa, así que sin pensarlo mucho, se fue a su casa, metió en el bolsón un poco de ropa, y se fue de la casa sin previo aviso, sus padres se preocuparían, y él no estaba midiendo las consecuencias de sus actos. Al anochecer del día siguiente, la mamá de Tostao, salió de la tienda de don Aurelio, muy cerca de su casa, al doblar la esquina de pronto se encontró con Suzan, La Miss Universo del barrio, a quien daban por muerta algunos vecinos del barrio, le clavó una mirada despectiva, y siguió caminando, le pareció oír que le decía «buenas noches», regresó la mirada, y ya no la vio más. De Tostao dicen que lo vieron por San Juan, buscando algo en el piso, precisamente Fito un amigo del barrio que trabaja en mensajería lo vio por allí. 79
  • —Oye loco que haces por aquí. Por un instante, Tostao levantó la mirada. —Nada, buscando unas huellas, dicen que la vieron por aquí la última vez. —¿Quién…? —preguntó Fito. —Las huellas de Suzan, como no sabes que la mataron. —Qué hablas, si hace unos minutos la he visto por ahí… 80
  • UN ÁRBOL LLAMADO MAFFI 81
  • Sala amplia, muebles nuevos, artefactos pagándose al crédito, Maffi lavándose la cara con un hilito de agua, los hijos saltando y gritando, el esposo con el insecticida por todas las habitaciones. Los motivos, uno de ellos es: darle otro rostro a la nueva casa. Amaru, el hijo del primer compromiso matrimonial de Maffi, ayudando como siempre, y hablando mucho como es su costumbre. Enviudó joven, antes de los treinta años. Tuvo que ponerse a trabajar en un hotel sin estrellas. Le pagaban poco pero el trato era bueno. Un día de invierno conoció a Ernesto cuando salía del trabajo, y él de ir a visitar a su compadre que le iba a conseguir un trabajo en el servicio de correo. Ambos tropezaron al intentar subir rápido al autobús que ya partía. No se rieron de lo sucedido simplemente se miraron como si no fueran extraños. Los cuadros que decoran la amplia sala son un saludable recuerdo de alguna compra fugaz en Nueva York, allá por el año de 1999, meses después que se casaron. Dentro de la casa una fuerte corriente de aire generado por los que la habitan. Nadie está sentado, todos tienen sus obligaciones, y hasta la licuadora no cesa, el intenso calor cumple con su actuación estacional, los jugos de fresa y chirimoya son bebidos con suma delicia, hidratando y activando lo que se viene en todo el día. Entrada la noche, Amaru se despide, y hasta mañana mami, beso en la frente, hasta mañana Ernesto, él hace un gesto que no alcanzo a ver. Se cierra la puerta, y todo se hace oscuro hasta el día siguiente. En ese lapso de tiempo nocturno, oigo ruidos de pasos a mi alrededor, sillas que son puestas nuevamente en su sitio, murmullos en aquella esquina donde una música extraña, languidece. Allá arriba, los niños jugando al play station, absorbidos, capturados por una siniestra disposición de guerreros amenazados. 82
  • Abajo en la cocina, específicamente en el lavadero, el hilito de agua sigue su curso vertical, inalterable. El agua se sigue desperdiciando. En esta casa Maffi hace y deshace, ni su esposo tiene voz y permiso, por ahora, hasta que él lo decida. Su autoridad colinda con las barreras de un pasado socavado, sus padres la abandonaron, apenas nacida. Desde allí poco a poco fue levantando una muralla infranqueable, a excepción de Amaru su bebé de treinta años, quien a los dieciocho decidió independizarse. Precisamente él mismo le trajo la novedad de que… Ernesto seguía golpeando con el martillo ante una mudez obligada, la única cajita de clavos se iba vaciando, y Maffi de un salto le quitó el martillo, y las voluntariosas ganas de seguir haciéndolo. Él habló con la mirada sin mirarla. —¿Hijito que novedad me traes? Amaru muy feliz enseñó los dientes postizos de arriba. —¿Hijito, qué caro te habrá salido esta nueva sonrisa? —No mucho mami, me lo pagó esa vieja millonaria que andas detrás de mí como una vampiresa insaciable, le gusta beber mi sangre de actor frustrado, sin muchas posibilidades en Hollywood y en las Europas. —¿Y de dónde la conoces…? Refunfuñando Ernesto se dispuso a sentarse en aquella silla, a unos metros del orden eclesiástico de la amplia sala. —No te sientes en esa silla —dijo Maffi, imperturbable, sin dejar de centrar su atención en Amaru. Por primera vez Ernesto la miró desafiante. —Es mi silla favorita —respondió con sorprendente velocidad. —Serás masoquista, cómo te vas a sentar en esa silla toda tembleque, te me caes, y yo soy la tonta que voy a oficiarte de enfermera, yo tengo que hacer otras cosas más importantes, no me jodas. —Entonces dame una explicación… Ella hizo una pausa no acostumbrada, y le respondió directamente, a unos cuantos centímetros del rostro agrietado de Ernesto. —Porque en esa silla se sentaron los últimos gobernantes de este jodido país... 83
  • —¿Y cómo lo sabes? —Cada vez que sacaba la silla para solearme un rato, y cuando te mandaba a trabajar, te acuerdas, los niños me llamaban por cualquier motivo, al regresar más de una vez vi como la comitiva del presidente se detenía brevemente, porque al presidente de turno le llamaba la atención la silla de tu tatarabuelo que estuvo a punto que se la comieran las polillas, barnizada con negro mate, y en el respaldar de madera la figura de un león rugiendo. Lo único que falta es que se siente el bendito papa. Ernesto algo confundido se fue alejando, como si arrastrara una larga cadena de dudas y actos nimios. Los días en esta casa se fueron sucediendo, sin nada que avizorara un cambio repentino. Maffi la gobierna sin permitir murmuraciones. Como algunas veces ella se da gusto, y le da espacio al baile imprevisto, su marido que está leyendo tranquilamente su periódico, se ve situado en el centro de la amplia sala moviendo el esqueleto sin ningún ánimo, y todo porque le dio la gana de bailar a Maffi. —¿Qué pasa, no tienes ganas de bailar? —No es eso. —¿Y? —Es que estaba leyendo. —Entonces sigue leyendo tu periódico. Ernesto la vio alejarse hacia el fondo de la casa donde está el jardín. Vinieron los niños corriendo a abrazarla, todo se hizo más claro y notorio, a Maffi le cuesta mucho ser cariñosa. Ellos sintieron que abrazaban a un árbol, y no a su mamá. 84
  • Índice Dos veces siete pág. 7 El invitado pág. 12 Zona VIP pág. 15 La Providencia pág. 21 La entrevista pág. 28 Clases de actuación pág. 32 La señora pág. 36 El jugador pág. 40 La declaración pág. 46 Las horas finales pág. 51 El taxi brillante como una hoja de afeitar pág. 55 Bolas de papel pág. 61 El condenado pág. 65 Usted no es la excepción pág. 69 La miss universo del barrio pág. 75 Un árbol llamado Maffi pág. 81 85
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