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Gossip girl 01_cecilyvonziegesar

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  • 1. GOSSIPGIRL Cecily von Ziegesar Traducido por Mary Solari EL PRIMER TÍTULO DE LA SERIE Cosas de chicas
  • 2. CosasdeChicas.net•oras ^ anterior siguiente • envía una pregunta respuesta i as nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes, is d ¡Qué hay, gente! ¿Alguna vez os habéis preguntado cómo es en reali- dad la vida de los elegidos? Pues bien, yo os lo diré, porque soy una de ellos. Y no me refiero a modelos hermosas, actores, prodigios de la música ni a genios de las matemáticas. Hablo de quienes hemos nacido con la vida resuelta, los que tene- mos todo lo que uno podría desear y consideramos totalmente normal que así sea. Bienvenidos al Upper East Side de la ciudad de Nueva York, donde mis amigos y yo vivimos y vamos a clase, jugamos y dormimos —a veces con algún otro del grupo—. Todos vivimos en pisos enormes con nuestras propias habitaciones con cuarto de baño y línea de teléfono privada. No tenemos ninguna limita- ción ni de dinero ni de bebida, ni nada de lo que se nos ocurra, y nuestros padres casi nunca están en casa, así que disfrutamos de vida privada a mogollón. Somos listos, hemos heredado la belleza clásica, llevamos ropa fantástica y sabemos pasárnoslo bien. Todo eso no qui- ta que nuestra mierda siga oliendo, como la de cual- quiera, pero no se huele porque cada sesenta minutos una empleada pulveriza el cuarto de baño con una esencia purificadora que nos fabrica en exclusiva algún perfumero francés. 5
  • 3. Es una vida de lujo, pero a alguien le tiene que tocarvivirla. Nuestras casas están todas a poca distancia delMuseo Metropolitano de Arte de la Quinta Avenida yde los colegios privados de chicas y de chicos, como elConstance Billard, donde vamos la mayoría de noso-tras. Aunque tengas resaca, la Quinta Avenida está her-mosa por la mañana con el cabello de los chicos del St.Jude, tan sexys, brillando al sol. Pero algo huele mal alrededor del museo... Visto por ahí B discute con su madre en un taxi frente a Takashi-maya. N se fuma un porro en las escalinatas del MET.C se compra los zapatos del colegio en Barneys. Y unarubia conocida, alta y de intrigante belleza se baja del trende New Haven en la Gran Estación Central. Edadaproximada, diecisiete. ¿Será posible? ¿S ha vuelto? LA CHICA Q U E SE MARCHA AL INTERNA-DO Y VUELVE PORQUE LA E C H A N Sí, S ha vuelto del internado. Su pelo está más largo ymás rubio platino que nunca y sus ojos azules poseen elmisterio de los secretos ocultos. Lleva la misma fabulosaropa vieja, hecha harapos ahora tras sufrir las tormentasde Nueva Inglaterra. Esta mañana la risa de S sonaba en 1las escalinatas del M E T , donde ya no podremos tomar-nos un capuchino y dar unas caladas sin verla saludarnos6
  • 4. desde el apartamento de sus padres al otro lado de lacalle. Ha adoptado la costumbre de morderse las uñas, locual nos pica todavía más la curiosidad, y, aunque nosmorimos por preguntarle por qué la echaron del colegio,no lo haremos, porque en realidad hubiésemos preferidoque no volviese. Pero está clarísimo que S ha vuelto. Como medida de seguridad, deberíamos ponernoslas pilas. Si no tenemos cuidado, S se ganará a nuestrosprofesores, se pondrá el vestido ese que a nosotras no noscabe, se comerá la última aceituna, hará el amor en lacama de nuestros padres, derramará Campari en nues-tras alfombras, les robará el corazón a nuestros herma-nos o a nuestros novios y, en definitiva, nos joderá lavida bien jodida. Yo la estaré vigilando de cerca. Vigilaré a todo elmundo. Será un año loco y movidito. Me lo huelo. Con cariño, Chica Cotilla 7
  • 5. Como la mayoría de las historias jugosas, comenzó en una fiesta —Me pasé la mañana viendo Nickelodeon en mihabitación para no tener que desayunar con ellos —lesdijo Blair Waldorf a Kati Farkas e Isabel Coates, sus dosmejores amigas y compañeras del colegio ConstanceBilliard—. Mi madre le hizo una tortilla francesa. Notenía ni idea de que supiese cocinar. Blair se enganchó el largo pelo castaño tras las ore-jas y le dio un sorbo al vaso de cristal tallado con whiskyañejo de su madre. Ya iba por la segunda copa. —¿Qué programas viste? —le preguntó Isabel, qui-tándole un pelo que le había caído en el chaqueta depunto de cashmere negra. —¿Qué más da? —dijo Blair, pateando el suelo conimpaciencia. Llevaba sus nuevas bailarinas negras, serias y pijas,pero ella se lo podía permitir, porque en cualquiermomento podía cambiar de opinión y ponerse sus lar-gas botas baratas de punta y aquella sexy falda metaliza-da que su madre no podía ver ni en pintura. ¡Pof.Convertida en un instante en una sexy gatita rockera.¡Miau! — E l tema es que me pasé la mañana atrapada en mihabitación porque a ellos les apetecía un burdo desayu-no romántico. ¡Los dos en bata de seda roja a juego y nisiquiera se ducharon! —Volvió a tomar un sorbo dewhisky. La única forma de soportar la idea de que sumadre se acostara con aquel hombre era cogerse unacogorza, una buena cogorza.8
  • 6. Por suerte, Blair y sus amigos pertenecían al tipo defamilias que consideran que beber es tan comían comosonarse la nariz. Sus padres tenían la idea semieuropea deque cuanto más acceso tengan los chicos al alcohol, menosprobabilidades tendrán de abusar de él. Por lo tanto, Blairy sus amigos podían beber lo que quisiesen cuando quisie-sen, siempre que sacasen buenas notas, conservasen el tipoy no hiciesen el ridículo de vomitar en público, mearse enlos pantalones o dar voces en la calle. La misma regla seaplicaba a todo lo demás, como el sexo o las drogas: mien-tas guardasen las apariencias, todo iba bien. Pero no perdamos los papeles, que eso viene mástarde. El hombre que alteraba tanto a Blair era Cyrus Rose,el nuevo novio de su madre. En aquel preciso instante,Cyrus Rose estaba en el otro extremo del salón, saludan-do a los invitados a la cena. Tenía el aspecto de alguienque te ayudaría a elegir un par de zapatos en Saks: calvo,con un pequeño y poblado bigote y una tripa apenas disi-mulada por el brillante traje cruzado azul. Hacía tinti-near las monedas del bolsillo incesantemente y, cuandose quitó la chaqueta, tenía unas desagradables manchasde sudor en los sobacos. Daba grandes risotadas y eramuy tierno con la madre de Blair. Pero no era el padrede Blair. El año anterior, el padre de Blair se había mar-chado a Francia con otro hombre. Es verdad, viven en un castillo y se dedican a losviñedos juntos, lo cual, en realidad, si se piensa, molamogollón. Por supuesto que nada de eso era culpa de Cyrus Rose,pero a Blair eso le traía sin cuidado. Consideraba a Cyrusun gordo inútil y totalmente insoportable. Pero esta no- 9
  • 7. che Blair tendría que tolerar a Cyrus Rose porque la cena de su madre era en honor a él, y todos los amigos de los Waldorf estaban allí para conocerle: los Bass, con sus hijos Chuck y Donald; el señor Farkas y su hija, Kati; el conocido actor Arthur Coates, su esposa Titi y sus hijas, Isabel, Regina y Camilla; el Capitán Archibald, su esposa y su hijo Nate. Los únicos que faltaban todavía eran el señor y la señora van der Woodsen, cuya hija, Serena, y su hijo, Erik, se encontraban estudiando fuera. Las cenas de la madre de Blair eran famosas y aquélla era la primera desde su tristemente célebre divorcio. Aquel verano habían redecorado el lujoso ático de los Waldorf de rojo oscuro y marrón chocolate, y estaba lle- no de antigüedades y cuadros que habrían impresionado a cualquiera con conocimientos básicos de arte. En el centro de la mesa del comedor había una enorme ensala- dera de plata llena de orquídeas blancas, flores de sauce yramas de castaño, un arreglo moderno de Takashimaya, latienda de artículos de lujo de la Quinta Avenida. Tarjetasdoradas en los platos de porcelana indicaban a cada unosu sitio. En la cocina, la cocinera Myrtle le entonaba can-ciones de Bob Marley al suflé y Esther, la desaliñada cria-da irlandesa, todavía no le había volcado el whisky a nadieencima, gracias a Dios. Blair se estaba emborrachando. Y si Cyrus Rose nodejaba de molestar a Nate, su novio, tendría que ir yderramarle el whisky en sus horteras mocasines italianos. —Blair y tú lleváis saliendo mucho tiempo, ¿verdad?—áCCÍa CyrUS, dándole un puñetazo a Nate en eí bra-zo. Intentaba que el chico se relajase un poco. Todos loschicos del Upper East Side eran unos mojigatos. Eso es lo que él cree. Dales tiempo.10
  • 8. —¿Ya te has acostado con ella? —le preguntó Cyrus. Nate se puso más rojo que el tapizado del diván fran-cés del siglo dieciocho que tenía al lado. —Bueno, nos conocemos prácticamente desde quenacimos —tartamudeó—. Pero llevamos saliendo cosade un año. No queremos arruinar el tema, sabe, hacerloantes de que estemos preparados —dijo, repitiendo lo queBlair siempre le decía cuando le preguntaba si estabalista para hacerlo o no. Pero estaba hablando con el no-vio de la madre de su novia. ¿Qué se suponía que teníaque decirle: "Oye, tío, si hiera por mí, lo estaríamos ha-ciendo ahora mismo"? —Exactamente —dijo Cyrus Rose. Le apretó el hom-bro a Nate con una mano maciza. Llevaba uno de esosbrazaletes de Cartier que uno se ponía y no se quitaba más,muy populares en los ochenta y no tan populares ahora, amenos que se estuviese en la onda retro. ¿De qué iba? —Déjame que te dé un consejo —le dijo Cyrus aNate, como si Nate hubiese podido negarse—. Noescuches una palabra de lo que dice esa chica. A las chi-cas les gustan las sorpresas. Quieren que no se pierda elinterés, ¿me comprendes? Nate asintió con la cabeza, el ceño fruncido. Intentórecordar la última vez que había sorprendido a Blair. Loúnico que pudo recordar fue la vez que le compró unhelado al irla a buscar a la clase de tenis. De aquellohacía un mes y no había sido nada del otro mundo. Alpaso que iban, Blair y él no harían el amor nunca. Nate era uno de esos chicos que uno mira y que cuan-do los estás mirando sabes que están pensando: "Esa chi-ca no puede quitarme los ojos de encima porque estoybuenísimo". Sin embargo, no actuaba como si fuese va-
  • 9. nidoso. No podía evitar ser guapo, había nacido así. Pobrecillo. Aquella noche Nate llevaba el jersey de cashmere ver- de musgo de escote en pico que Blair le regaló en Se- mana Santa, cuando el padre de ella los había llevado a esquiar a Sun Valley una semana. Blair le cosió en se- creto un pequeño corazón en el interior de una de las mangas, para que Nate siempre llevase el corazón de ella junto a su piel. A Blair le gustaba considerarse una romántica empedernida al estilo de las actrices de las pelis antiguas, como Audrey Hepburn y Marilyn Mon- roe. Se pasaba el día reinventando el argumento de la peli en que actuaba en aquel momento, la peli de su vida. —Te quiero —le había susurrado a Nate cuando le dio el jersey. —Yo también —le respondió Nate, aunque no esta- ba seguro de si aquello era cierto o no. Cuando se puso el jersey, le quedaba tan bien que Blair deseó gritar y arrancarse toda la ropa. Pero lepareció que no le iba gritar y dejarse llevar por el calordel momento, más del estilo de mujer fatal que del de chica-conquista-chico, así que se quedó callada e inten-tó parecer frágil y tierna como un pajarillo en los bra-zos de Nate. Se besaron largo rato, sus mejillas calientesy frías al mismo tiempo de estar todo el día bajando porlas pendientes. Nate enredó sus dedos en el cabello deBlair y la hizo acostarse en la cama del hotel. Ella levan-tó los brazos por encima de su cabeza y dejó que Natecomenzase a desvestirla hasta que se dio cuenta de dón-de acabarían y de que aquello no era una película, aque-llo era real. Así que, como una niña buena, se sentó degolpe e hizo que Nate se detuviese.12
  • 10. Llevaba parándolo hasta el día de hoy. Hacía dosnoches, Nate había vuelto de una fiesta con una petacade whisky a medio beber en el bolsillo. —Te quiero, Blair —había murmurado, acostándosejunto a ella en su cama. Blair había deseado nuevamente tirárselo, pero secontuvo. Nate se quedó dormido, roncando suavemen-te, y Blair se quedó a su lado imaginando que Nate yella eran los actores de una película en la que estabancasados y él tenía un problema con la bebida, pero ellasiempre le apoyaba y le amaba eternamente, a pesar deque él de vez en cuando se meaba en la cama. Blair no intentaba jugar con él, lo que pasaba era queno estaba lista. Apenas había visto a Nate en verano por-que ella se había ido a aquella horrible escuela de tenis enCarolina del Norte y Nate se había ido a navegar consu padre por la costa de Maine. Blair quería asegurarsede que después de pasar todo el verano separados, se-guían queriéndose tanto como antes. Quería esperarpara acostarse con un chico hasta cumplir diecisiete años,el mes próximo. Pero estaba harta de esperar. Nate estaba más guapo que nunca. El jersey colormusgo hacía que sus ojos brillasen de un verde oscuro ycon chispitas, y su ondulado cabello castaño teníamechas doradas tras haberse pasado el verano en el mar. De repente, Blair supo que estaba lista. Tomó otrosorbo de whisky escocés. Sí, señor, desde luego queestaba lista. 13
  • 11. Una hora de sexo quema 360 calorías —¿De qué habláis? —preguntó la madre de Blair,deslizándose hasta Na te y apretando la mano de Cyrus. —Sexo —respondió Cyrus, dándole un húmedobeso en la oreja. Puaj. —¡Oh! —chilló Eleanor Waldorf, tocándose lamelena cardada. La madre de Blair llevaba el vestido a medida de cash-mere color grafito con cuentas que Blair le había ayudadoa elegir en Armand y zapatos de terciopelo sin tacón. Unaño antes no habría podido ponerse aquel vestido, perohabía perdido diez kilos desde que empezó a salir conCyrus. Estaba guapísima. Todos lo decían. —Está más delgada —Blair oyó que la señora Bass lesusurraba a la señora Coates—, pero te apuesto a que seha hecho la liposucción en la papada. —Seguramente. Se ha dejado crecer el pelo, eso esun signo inequívoco. Esconde las cicatrices —susurró laseñora Coates. La estancia vibraba con el sonido de los cotilleos so-bre la madre de Blair y Cyrus Rose. Según Blair podíaoír, los amigos de su madre se sentían igual que ella, aun-que no usasen exactamente palabras como inútil, gordo oinsoportable. —Huelo Oíd Spice —le susurró la señora Coates a laseñora Archibald—. ¿No se habrá puesto Oíd Spice, verdad? Aquello habría sido lo mismo que llevar el spray parael cuerpo Impulso, que, como todo el mundo sabe, es suequivalente para mujeres y es un asco.14
  • 12. : —No estoy segura —dijo la señora Archibald, devol-viéndole el susurro—, pero me parece que sí. —-Agarróun rollito de bacalao con alcaparras de la bandeja deEsther, se lo metió en la boca y lo masticó con vigor,rehusándose a decir nada más. No podía soportar queEleanor Waldorf las oyese. Cotillear y murmurar eradivertido, pero a costa de los sentimientos de una de susmejores amigas, no. "¡Gilipolleces!", habría dicho Blair si hubiese podidoleer sus pensamientos. "¡Hipócrita!". Toda aquella gen-te era tremendamente cotilla. Y si se es cotilla, más valedisfrutarlo, ¿no? En el otro extremo de la estancia, Cyrus agarró aEleanor y la besó en los labios frente a todo el mundo.Blair sintió vergüenza de que se comportasen como dosadolescentes agilipollados que han perdido la cabeza yapartó la mirada para ver por la ventana la Quinta Ave-nida y Central Park. El otoño había encendido de fue-go las copas de los árboles. Un solitario ciclista salió porla puerta del parque que da a la Setenta y dos y se detu-vo ante el puesto ambulante de la esquina a compraruna botella de agua. Blair no había visto al vendedorambulante de perritos calientes hasta ahora y se pre-guntó si siempre se detendría allí o si sería nuevo. Erasorprendente la poca atención que uno prestaba a lascosas que veía todos los días. De repente, Blair sintió un hambre devoradora y sedio cuenta de lo que quería: un perrito caliente. Y lo que-ría en aquel preciso momento: un humeante perritoSabrette con mostaza y ketchup, cebollas y repollo, y se loiba a comer en tres bocados y luego a lanzarle un eructoa su madre a la cara. Si Cyrus insistía en meterle la len- 15
  • 13. gua por la garganta a su madre frente a todos sus amigos,ella podía comerse un jodido perrito caliente. —Enseguida vuelvo —les dijo Blair a Kati e Isabel. Se dio la vuelta de golpe y se dirigió al vestíbulo. Ibaa ponerse el abrigo, salir, comprar el perrito, comérse-lo en tres bocados, volver, eructarle a su madre en lacara, tomarse otra copa y luego acostarse con Nate. —¿Adonde vas? —le gritó Kati, pero Blair no sedetuvo; fue directamente a la puerta. Nate la vio aproximarse y se apartó de Cyrus y lamadre de Blair justo a tiempo. —¿Blair? —preguntó—. ¿Qué pasa? "Lleva tu corazón contra su piel", se recordó ella,olvidándose del perrito caliente. En la peli de su vida,Nate la levantaría en sus brazos y la llevaría hasta lahabitación para seducirla. Pero aquélla era la vida real, desgraciadamente. —Tengo que hablar contigo —dijo Blair, alargándo-le su copa—. ¿Me sirves otro primero? Nate aceptó su vaso y Blair le acompañó hasta el barde tapa de mármol junto a las puertas acristaladas quedaban al comedor. Nate llenó dos vasos de whisky y lue-go volvió a seguir a Blair al salón. —Eh, ¿dónde vais, chavales? —les preguntó ChuckBass con una mirada obscena al verlos pasar. Blair le hizo una mueca de irritación y siguió cami-nando, tomando un sorbo de su vaso a la vez. Nate lasiguió haciendo caso omiso de Chuck. Chuck Bass, el hijo mayor de Misty y BartholomewBass, era guapo, con cara de anuncio de loción paradespués de afeitarse. De hecho, había actuado en unanuncio de British Dakkar Noir, algo de lo que sus16
  • 14. padres se sentían avergonzados en público y orgullososen privado. Chuck era el tío más salido del grupo deamigos de Nate y Blair. Una vez, durante una fiestacuando estaban en noveno, Chuck se había escondidoen el armario de una de las habitaciones de invitadosdurante dos horas, esperando para meterse en la camacon Kati Frakas, que estaba tan borracha que no dejabade vomitar en sueños. Y el tío se metió en la cama conella igual. Tenía una perseverancia ilimitada en lo que atías se refería. La única forma de tratar a un tío como Chuck erareírse de él en la cara, cosa que hacían las chicas que leconocían. En otros círculos, a Chuck le habrían echadopor ser un cerdo de primer orden, pero estas familiasllevaban generaciones siendo amigas. Chuck era unBass, así que no tenían otra que soportarlo. Hasta sehabían acostumbrado a la sortija de oro con sus inicia-les que llevaba en el meñique, la bufanda de cashmereazul marino con el monograma bordado que era su señade identidad y las copias de su retrato en foto que lle-naban las distintas casas de sus padres y que se caíancada vez que abría su taquilla del Colegio para VaronesRiverside Prep. —No os olvidéis de tomar precauciones —les gritóChuck, levantando la copa al ver que Blair y Nate sedirigían al largo pasillo alfombrado de rojo que llevabaal dormitorio de Blair. Blair cogió el pomo de vidrio y lo giró, sorprendien-do a su gata ruso azul, Kitty Minky, que se hallaba hechaun ovillo sobre el cubrecama de seda rosa. Blair hizouna pausa en el umbral y se apretó contra Nate, aga-rrándole de la mano. 17
  • 15. En aquel momento, Nate se sintió esperanzado. Blair se comportaba de una forma sensual y sexy y quizá... ¿estaría a punto de pasar algo? Blair le apretó la mano y le hizo entrar en el dormi-torio. Cayeron juntos en la cama, derramando sus bebi-das sobre la alfombra de angora. A Blair le entró la risafloja: el whisky se le había subido a la cabeza. "Estoy a punto de acostarme con Nate", pensó,achispada. Y ambos acabarían el colegio en junio y semarcharían a Yale en el otoño y celebrarían una bodapor todo lo alto cuatro años más tarde y encontrarían unpiso hermoso en Park Avenue y lo decorarían de arribaabajo en terciopelo, seda y pieles y harían el amor encada una de las estancias de la casa de forma rotatoria. De repente, la voz de la madre de Blair resonó claray fuerte en el pasillo. —¡Serena van der Woodsen! ¡Qué agradable sor-presa! Nate soltó la mano de Blair y se enderezó como unsoldado al que llama un superior. Blair se sentó de gol-pe en el borde de la cama, dejó su vaso en el suelo yapretó el edredón, los nudillos blancos. Levantó la mirada hacia Nate. Pero Nate ya se daba la vuelta para marcharse a lar-gas zancadas por el pasillo para ver si era posible queaquello fuese verdad. ¿Había vuelto Serena van derWoodsen en serio? La peli de la vida de Blair dio un giro inesperado ytrágico. Blair se apretó el estómago, con un nuevo ata-que de hambre. Tendría que haber ido a por aquelperrito caliente.18
  • 16. ¡S ha vuelto! —¡Hola, hola, hola! —cloqueó la madre de Blair, a lavez que besaba las delgadas y suaves mejillas de cadauno de los van der Woodsen. ¡Beso, beso, beso, beso, beso, beso! —Sé que Serena no estaba contada entre los invita-dos, querida! —susurró la señora van der Woodsen contono preocupado y confidencial—. Espero que no temoleste. —Por supuesto que no —dijo la señora Waldorf—.¿Has venido a pasar el fin de semana, Serena? Serena van der Woodsen sacudió la cabeza y le en-tregó su clásico abrigo Burberry a Esther, la criada. Seacomodó un mechón tras la oreja y sonrió a su anfi-triona. Cuando Serena sonreía, usaba sus ojos, aquellos ojososcuros, casi azul marino. Era un tipo de sonrisa queuno se sentía tentado a imitar, mirándose en el espejodel cuarto de baño como un imbécil. La sonrisa magné-tica, deliciosa, de "no puedes quitarme los ojos de enci-ma, ¿verdad?" que la mayoría de las supermodelos sepasaban la vida intentando perfeccionar, a Serena lesalía de aquella manera sin siquiera intentarlo. —No, estoy aquí para... —comenzó ésta a decir. —Serena ha decidido que el internado no es para ella—interrumpió la madre de Serena apresuradamente,arreglándose el pelo como si no pasase nada. Era la ver-sión entrada en años de la calma inalterable. La familia van der Woodsen al completo era así.Todos eran altos, rubios, delgados y con una ecuanimi- 19
  • 17. dad pasmosa. Todo lo que hacían: jugar al tenis, llamar a un taxi, comer espaguetis, ir al cuarto de baño, lo ha- cían de aquella forma ecuánime. Serena en particular.Ella tenía el don de ese tipo de calma que no se puedelograr con sólo comprar el bolso ideal o los vaquerosperfectos. Era la chica que todos los chicos desean y quetodas las chicas desean ser. —Serena volverá al Constance mañana —-dijo el señorvan der Woodsen, lanzándole a su hija una mirada, y ensus ojos azul acero se reflejó una mezcla de orgullo y de-saprobación que le daba un aspecto más amenazador de loque era realmente. —Pues, Serena, estás preciosa, cielo. Blair estaráencantada de verte —trinó la madre de Blair. —Mira quién habla —dijo Serena, abrazándola—. ¡Estás delgadísima! Y la casa es una preciosidad. ¡Cie-los, tienes unas obras de arte fantásticas! La señora Waldorf sonrió, obviamente satisfecha, yrodeó con sus brazos la delgada cintura de Serena. —Cariño, quiero que conozcas a un amigo muyespecial, Cyrus Rose —dijo—. Cyrus, ésta es Serena. —Una preciosidad —dijo Cyrus con su vozarrón.Besó a Serena en ambas mejillas y la apretó un pelíndemasiado—. Además, abraza bien —añadió, dándoleuna palmadita en la cadera. Serena lanzó una risilla, pero no se alteró. Habíapasado mucho tiempo en Europa en los últimos dosaños y estaba acostumbrada a que la manoseaseninofensivos europeos salidos que la encontraban total-mente irresistible. Era un imán para los manoseadores. —Serena y Blair son amigas íntimas, íntimas, íntimas—le explicó Eleanor Waldorf a Cyrus—, pero Serena se20
  • 18. marchó a la Hanover Academy en undécimo curso y ha estado viajando este verano. Fue muy duro para Blairno tenerte el año pasado, Serena —dijo Eleanor, conlos ojos llenos de lágrimas—. Especialmente con eldivorcio. Pero ya estás de vuelta. ¡Qué contenta se pon-drá Blair! —¿Dónde está? —preguntó Serena ansiosamente, supiel perfecta y clara enrojeciendo ante la idea de volvera ver a su vieja amiga. Se puso de puntillas y estiró elcuello para buscar a Blair, pero pronto se encontrórodeada de padres: los Archibald, los Coates, los Bass yel señor Farkas, que se turnaron en besarla y darle labienvenida. Serena los abrazó, feliz. Aquélla era su gente, y hacíamucho que no volvía a casa. Estaba deseando que todovolviese a ser como antes. Blair y ella irían juntas a clase,se pasarían la clase de fotografía en el Prado de las Ove-jas de Central Park, echadas boca arriba, sacando fotos alas palomas y las nubes, fumando y bebiendo coca cola ysintiéndose como artistas de renombre. Tomarían cócte-les en el Star Lounge del hotel Tribeca Star otra vez, y,como siempre, tendrían que quedarse a dormir en la sui-te que la familia de Chuck Bass tenía allí, porque acaba-rían tan bebidas que luego no podrían volver a casa. Sesentarían en ropa interior clásica en la cama con dosel deBlair a ver películas de Audrey Hepburn mientras bebí-an ginebra con zumo de limón. Copiarían en los exáme-nes de latín como siempre lo hacían; Serena todavía teníatatuada en la curva del brazo, con rotulador indeleble:amo, amas, amat, ¡Gracias a Dios que se llevaban las man-gas tres cuartos! Conducirían la vieja camioneta Buickdel encargado por la propiedad de los padres de Serena 21
  • 19. en Ridgefield, Connecticut, cantando los estúpidos him-nos que cantaban en el colegio y comportándose comodos viejas chaladas. Harían pis en el portal de las casas desus compañeras de clase y tocarían el timbre para luegosalir corriendo. Se llevarían al hermano pequeño deBlair, Tyler, al Lower East Side y le dejarían allí para vercuánto tardaba en volver a casa. Una obra de caridad, enrealidad, porque Tyler era ahora el niño que más sabía decalles en St. George. Irían a bailar en grupo y perderíancinco kilos de tanto sudar con sus pantalones de cuero.Como si necesitasen perder peso. Volverían a ser las mis-mas, fabulosas. Serena no veía el momento en que estollegase. —Te he traído una copa —le dijo Chuck Bass, metién-dose a codazos entre los padres y dándole un vaso dewhisky—. Bienvenida —añadió, inchnándose para darleun beso en la mejilla a Serena pero errando a propósitopara que sus labios se posasen sobre la boca femenina. —No has cambiado nada —dijo Serena, aceptando lacopa. Tomó un buen sorbo—. ¿Y? ¿Me has echado en falta? —¿Si te he echado en falta? La pregunta es si tú mehas echado de menos a mí —dijo Chuck—. Venga,nena, confiesa. ¿Qué haces aquí? ¿Qué pasó? ¿Tienesnovio? —Oh, venga, Chuck —dijo Serena, apretándole lamano—. Sabes que he vuelto por lo mucho que tedeseo. Siempre te he deseado. Chuck retrocedió un paso y carraspeó, ruborizado.Le había cogido fuera de juego, una proeza. —Este mes lo tengo todo cogido, pero puedo ponerteen la lista de espera —dijo Chuck malhumorado, inten-tando recobrar la compostura.22
  • 20. Pero Serena apenas le escuchaba. Sus ojos oscuros recorrían la estancia, buscando a las dos personas que más quería ver: Blair y Nate. Finalmente, los encontró. Xate se hallaba junto a la entrada al pasillo y Blair se encontraba detrás de él, jugueteando con los botones de su chaqueta de punto negra. Nate miraba directa- mente a Serena y cuando sus miradas se cruzaron, se mordió el labio inferior como siempre que se encontra-ba avergonzado. Y luego sonrió. Aquella sonrisa. Aquellos ojos. Aquella cara. —Ven aquí —le dijo ella en silencio, con el movi-miento exagerado de sus labios y un gesto de la mano. El corazón se le aceleró cuando Nate comenzó a an- dar hacia ella. Estaba más guapo de lo que recordaba.Mucho más guapo. El corazón de Nate comenzó a latir más rápido queel de ella. —¡Qué hay, tío! —susurró Serena cuando Nate laabrazó. Olía como siempre, como el chico más limpio ydelicioso del mundo. Los ojos se le llenaron de lágrimasa Serena y hundió el rostro en el pecho de Nate. Aho-ra sí que estaba en casa. Nate sintió que se ruborizaba. "Cálmate", se dijo, perono podía calmarse. Sintió deseos de levantarla en brazos yhacerla girar en redondo una y otra vez mientras la besaba."¡Te quiero!", deseó gritar, pero no lo hizo. No podía. Nate era el único hijo de un capitán de la marina y deuna conocida anfitriona francesa. Su padre era un exce-lente marino y extremadamente guapo, pero muy pocodado a los abrazos. Su madre era su extremo opuesto,siempre mimando a Nate y teniendo pataletas emociona-les durante las que se encerraba en su habitación con una 23
  • 21. botella de champán y llamaba a su hermana, en su yate enMontecarlo. El pobre Nate siempre estaba a punto dedecir lo que de verdad sentía, pero no quería montar elnúmero o decir algo de lo que pudiese arrepentirse mástarde. En vez de ello, se mantenía callado y dejaba que losdemás timoneasen mientras él se echaba hacia atrás y dis-frutaba del rítmico mecer de las olas. Por más que pare-ciese un semental, en realidad era bastante débil. —¿Y? ¿Qué es de tu vida? —le preguntó a Serena,intentando respirar con normalidad—. Te hemos echadode menos. Daos cuenta de que no tuvo siquiera el valor dedecir: "Te he echado de menos". —¿Qué es de mi vida? —repitió Serena. Lanzó unarisilla—. Si lo supieras, Nate. He sido mala, muy mala. Nate apretó los puños involuntariamente. Dios,¡cómo la había echado de menos!*** Sin que nadie le hiciese caso, como siempre, Chuckse apartó de Serena y Nate y se acercó a Blair, quien sehallaba nuevamente con Kati e Isabel. —Apuesto mil dólares a que la echaron —les dijo—.¿Y no tiene aspecto de que la hayan follado? Bien folla...le dicen la bien folla... Quizá tuviera una red de prostitu-ción montada allí arriba. La Alegre Alcahueta de la Hano-ver Academy —añadió, riéndose de su estúpido chiste. —Creo que tiene aspecto de colgada también —dijoKati—. Quizá esté metiéndose heroína. —O algún medicamento —dijo Isabel—. Algo comoValium o Prozac, ¿sabéis?24
  • 22. Quizá se le haya pirado totalmente. —Podía haber hecho su propio éxtasis —asintióKati—. Siempre fue buena en ciencias. —He oído que se unió a algún tipo de secta —dijoChuck—. Como si le hubiesen lavado el cerebro y aho-ra en lo único que piensa es en el sexo, y es como situviese que hacerlo todo el tiempo. Blair se preguntó cuándo estaría lista la comida, ais-lándose de las ridiculas conjeturas de sus amigos. Sehabía olvidado de lo bonito que era el pelo de Serena,lo perfecta que tenía la piel, lo largas y delgadas queeran sus piernas. El aspecto que tenían los ojos de Natecuando miraba a Serena, como si no quisiera pestañearnunca más. Nunca la miraba a ella de aquella forma. —Oye, Blair, Serena te habrá dicho que volvía —dijoChuck—. Venga, cuéntanoslo. ¿De qué va la movida? Blair se lo quedó mirando sin saber qué decir y surostro pequeño y delicado enrojeció. La verdad era quellevaba un año sin hablar con Serena. Al principio, cuando Serena se fue al internado des-pués del segundo año de secundaria, Blair la habíaextrañado de verdad. Pero pronto se dio cuenta de queera mucho más fácil brillar sin que Serena estuviese porallí. De repente, Blair era la más mona, la más lista, lamás fashion, la chica más superinteresante. Se convirtióen la chica que todos miraban, así que dejó de extrañari Serena. Se sintió un poco culpable por no mantenerel contacto, pero hasta eso había ido desapareciendo alrecibir los e-mails impersonales y arrogantes de Serena, rescribiendo lo bien que se lo estaba pasando en elinternado. 25
  • 23. "¡He ido a Vermont en auto-stop para hacer snow-board y me pasé la noche bailando con unos tíos queeran superguapos i " "Anoche me lo pasé genial. ¡Joder, cómo me duele lacabeza!" La última noticia que Blair había recibido era unapostal el verano pasado. Ponía: "Blair: He cumplido los diecisiete el Día de la Basti-lla. ¡Toda Francia está de fiesta! ¡¡¡Te echo de menos!!!Te quiero. Serena." Blair había metido la tarjeta en su vieja caja dezapatos Fendi con todos los demás recuerdos de suamistad. Una amistad que guardaría para siempre,pero que hasta aquel momento pensaba que se habíaacabado. Serena había vuelto. Le habían quitado la tapa a lacaja de zapatos y todo volvería a ser lo que era antes deque se marchase. Como siempre, serían Serena y Blair,Blair y Serena, y Blair pasaría nuevamente a ser la ami-ga más bajita, más gorda, más sosa y menos ingeniosade la superchica rubia, Serena van der Woodsen. O no, si Blair podía evitarlo. —¡Estarás tan ilusionada de que Serena esté aquí! —di-jo Isabel, pero al ver la expresión del rostro de Blair cam-bió el tono—. Desde luego que el Constance la aceptónuevamente. Típico. Están tan desesperados que no pue-den perdernos a ninguno de nosotros —Isabel bajó lavoz—: He oído que la primavera pasada Serena estovo26
  • 24. tonteando con un chico de otro internado de New Hamp-shire. Tuvo un aborto —añadió. —Apuesto a que no era el primero —dijo Chuck—.Basta con mirarla. Y eso fue lo que hicieron. Los cuatro miraron aSerena, que seguía charlando alegremente con Nate.Chuck veía a la chica con la que llevaba intentandoacostarse desde que recordaba desear acostarse con chi-cas, ¿primer curso, quizá? Kati veía a la chica que lleva-ba copiando desde que comenzase a comprarse supropia ropa, ¿tercer curso? Isabel veía a la chica quehabía llegado a ser el ángel con alas hechas con plumasde verdad en la función de Navidad de la Iglesia delEterno Descanso, mientras que Isabel sólo había logra-do ser pastorcilla y tuvo que llevar un saco de arpillera.Tercer curso otra vez. Isabel y Kati vieron a la chica queinevitablemente les robaría a Blair y las dejaría a las dostuntas, un prospecto tan aburrido que mejor no pensar enello. Y Blair veía a Serena, su mejor amiga, la chica aquien siempre amaría y odiaría. La chica con la quenunca podría compararse y que había hecho todo elesfuerzo por reemplazar. La chica que había deseadoque todos olvidasen. Durante unos diez segundos Blair pensó en decirles asus amigos la verdad: no sabía que Serena volvía. Pero,¿qué iban a pensar? Supuestamente Blair sabía de qué ibael tema, ¿y cómo iba a parecerlo si reconocía que no teníani idea de que Serena volvía, mientras sus amigos parecí-an saber tanto? Blair no podía quedarse ahí parada sindecir nada. Además, ¿quién quería oír la verdad cuando laverdad era tan increíblemente aburrida? A Blair le fasci-naba el drama. Allí tenía la oportunidad. Carraspeó. 27
  • 25. —Todo sucedió muy... repentinamente —dijo,haciéndose la interesante. Miró hacia abajo y jugueteócon la pequeña sortija de rubíes que llevaba en el dedocorazón de la mano derecha. La peli había comenzado aproyectarse y Blair comenzó a entrar en ambiente—.Creo que Serena está hecha un lío, pero le prometí queno diría nada —añadió. Sus amigos asintieron con la cabeza como si com-prendiesen todo completamente. Parecía algo serio yjugoso, y más todavía si daba la impresión de que Serenase lo había confiado a Blair. Ojalá Blair pudiese escribirel resto del guión de la peli. Seguramente acabaría con elmuchacho y Serena podría hacer el papel de la chica quese cae del acantilado y se rompe el cráneo contra unaroca para ser devorada por buitres hambrientos y nun-ca saberse más de ella. —Ten cuidado, Blair —advirtió Chuck, señalandocon una cabezadita en dirección a Serena y Nate, queseguían hablando en voz baja sin apartar la vista el unodel rostro del otro—. Parece que Serena ha encontradosu próxima víctima.28
  • 26. SyN Serena le sujetaba la mano a Nate y la mecía a un la-do y al otro. —¿Te acuerdas de El Macho Desnudo? —le pregun-tó, riendo suavemente. Nate lanzó una risa ahogada. Le seguía dando ver-güenza después de tantos años. El Macho Desnudo erael alter ego de Nate, que inventaron durante una fiestaen octavo, cuando la mayoría de ellos se había emborra-chado por primera vez. Después de tomarse seis cerve-zas, Nate se quitó la camisa y Serena y Blair le dibujaroncon rotulador negro una cara graciosa de dientes protu-berantes. Por algún motivo, el dibujo le sacó a Nate eldiablo que llevaba dentro y comenzó un juego: todos sesentaron en círculo y él se puso de pie en el centro con unlibro de latín. Comenzó a lanzarles verbos para que con-jugasen. El primero que se confundiese tenía que beber ybesar al Macho Desnudo. Todos se equivocaron, tanto loschicos como las chicas, así que el Macho tuvo muchaacción aquella noche. A la mañana siguiente, Nateintentó simular que no había sucedido, pero la pruebaestaba allí, en tinta sobre su piel. Le llevó semanas qui-társelo en la ducha. —¿Y el Mar Rojo? —dijo Serena. Se quedó mirán-dole el rostro. Ninguno de los dos sonreía. — E l Mar Rojo —repitió Nate, ahogándose en loslagos profundos de los ojos femeninos. Por supuestoque se acordaba, ¿cómo iba a olvidarlo? Un caluroso fin de semana de agosto, el verano des-pués de décimo curso, Nate había ido a la ciudad con su 29
  • 27. padre, mientras el resto de los Archibald seguía en Mai-ne. Serena estaba en su casa de campo en Ridgefield,Connecticut, tan aburrida que se había pintado las uñasde las manos y de los pies todas de diferentes colores.Blair estaba en el castillo Waldorf, en Glengales, Escocia,en la boda de su tía, pero ello no había impedido que susdos mejores amigos se divirtiesen sin ella. Cuando Natela llamó, Serena se montó inmediatamente en el tren queiba a Estación Central. Nate la esperaba en el andén. Cuando se bajó deltren con aquel vestido recto azul pálido y chanclas decolor rosa, el pelo rubio suelto apenas llegándole a loshombros desnudos, sin nada en las manos, ni siquieraun bolso o una cartera, le pareció un ángel. Qué suertetenía. Había sido lo mejor que le había pasado en lavida: Serena anduvo por el andén con sus chanclas, leechó los brazos al cuello y le besó en los labios. Aquelbeso maravilloso y sorprendente. Primero tomaron Martinis en el pequeño bar del segun-do piso de la Estación Central, junto a la entrada por la Ave-nida Vanderbilt. Luego cogieron un taxi por Park Avenuehasta la casa de Nate, en la calle Ochenta y Dos. Su padretenía una reunión con unos banqueros extranjeros y no vol-vería hasta muy tarde, así que Serena y Nate estarían solos.Qué curioso, era la primera vez que estaban solos y eranconscientes de ello. No les llevó mucho hacerlo. Se sentaron en el jardín y tomaron cerveza y fuma-ron. Nate llevaba un polo de manga larga y hacíamucho calor, así que se lo quitó. Tras pasarse horas enel puerto trabajando en el barco que construía con supadre en Maine, tenía el torso musculoso y bronceado,con unas diminutas pecas por los hombros.30
  • 28. Serena también tenía calor y se metió en la mente.Se sentó en el regazo de la Venus de Milo y se salpicócon agua hasta que se le empapó el vestido. No resultaba difícil ver cuál de las dos era la verda-dera diosa. Venus parecía una pila de mármol amorfacomparada con Serena. Nate se metió en la fuente tam-bién y pronto se hallaron los dos arrancándose la ropa.Después de todo, era agosto. La única forma de sopor-tar el calor en agosto es desnudarse. A Nate le preocupaban las cámaras de seguridad queconstantemente vigilaban la casa de sus padres pordelante y por detrás, de modo que llevó a Serena aden-tro, a la habitación de sus padres. El resto ya se sabe. Fue la primera vez para los dos. Fue extraño y doloro-so y emocionante y divertido. Tan dulce que se olvidaronde la vergüenza. Fue exactamente como desearías quefuese tu primera vez, y ninguno de los dos se arrepintióde haberlo hecho. Después encendieron la tele, queestaba puesta en el canal Historia, y vieron un docu-mental sobre el Mar Rojo. Serena y Nate se quedaronen la cama abrazados mirando las nubes por la clarabo-ya encima de sus cabezas mientras oían al narrador delprograma hablar sobre Moisés abriendo las aguas delMar Rojo. A Serena le hizo mucha gracia. —¡Tú has abierto mi Mar Rojo! —exclamó, riendo3 carcajadas, y la emprendió contra Nate con las al-mohadas. Nate se rió y la envolvió en la sábana como unamomia. —¡Te quedarás aquí como ofrenda a la Tierra Pro-metida! —dijo, con voz grave, como en una película deterror. 31
  • 29. Y la dejó allí un rato mientras se levantaba y llamabapara pedir un festín de comida china y vino blancobarato. Se quedaron en la cama comiendo y bebiendo yél separó una vez más las aguas de su Mar Rojo antes deque se hiciera de noche y las estrellas brillasen a travésde la claraboya. Una semana más tarde, Serena se fue interna a laHanover Academy mientras Nate y Blair se quedabanen Nueva York. Desde entonces, Serena había pasadotodas sus vacaciones fuera: los Alpes austríacos en Navi-dades, la República Dominicana en Semana Santa, el ve-rano viajando por Europa. Era la primera vez que volvía,la primera vez que veía a Nate desde la separación de lasaguas del Mar Rojo. —Blair no lo sabe, ¿no? —le preguntó ahora Sere-na a Nate en voz baja. "¿Qué Blair?", se preguntó Nate, sufriendo unamomentánea amnesia. Sacudió la cabeza. —No —dijo—. Si tú no se lo has dicho, no lo sabe. Pero Chuck Bass lo sabía, lo cual era casi peor. Natese lo confesó en un momento de total estupidez hacíaapenas dos noches en una fiesta en la que, tomandochupitos, se habían pillado una buena cogorza. —Dime, Nate, ¿cuál ha sido el mejor polvo de tuvida? Es decir, si ya te has estrenado... —Me tiré a Serena van der Woodsen —había alardea-do Nate como un gilipollas. Y Chuck guardaría poco tiempo aquel secreto. Eramuy jugoso y útil. Chuck no necesitaba leer Cómoganar amigos e influir en la gente. Había escrito el jodi-do libro, aunque no le iba muy bien en el tema de lasamistades.32
  • 30. Serena no pareció notar el silencio incómodo deNate. Suspiró y movió la cabeza para apoyarla en elhombro de él. Ya no olía a Cristalle, de Chanel, comoantes. Olía a miel, a madera de sándalo y a lilas, su pro-pia mezcla de aceites esenciales. Una fragancia que leiba muy bien, totalmente irresistible. Seguramente, sialguien más intentara usarla olería a caca de perro. —Joder. Te he extrañado un huevo, Nate —le dijoella—. Ojalá hubieses visto la que monté. Me porté muymal. —¿Qué quieres decir? ¿Qué hiciste que estuviese tanmal? —preguntó Nate con una mezcla de miedo y exci-tación. Durante un segundo, se la imaginó montandoorgías en el colegio mayor de la Hanover Academy yacostándose con hombres mayores en hoteles de París.Ojalá la hubiese visitado en Europa aquel verano. Siem-pre deseó hacerlo en la habitación de un hotel. —Y, además, he sido una amiga horrible —prosiguióSerena—. No he hablado casi nada con Blair desde queme marché. Han pasado tantas cosas. Se ve que estáenfadada. Ni siquiera me ha saludado. —No está enfadada —dijo Nate—. Quizá lo que lepasa es que siente timidez. —¡Venga, tío! —dijo Serena, lanzándole una mira-da—. ¿Blair, tímida? ¿Desde cuándo? —Te digo que no está enfadada —insistió Nate. —Vale, pues —dijo Serena y se encogió de hom-bros—. Estoy tan fiipada de encontrarme aquí con vo-sotros, tío... Haremos todo lo que hacíamos antes.Blair y yo haremos pellas y te veremos en la terrazadel M E T y luego nos iremos al cine ese junto al HotelPlaza que pone pelis viejas hasta que llegue la hora de 33
  • 31. los cócteles. Blair y tú estaréis juntos para siempre y yoseré dama de honor en vuestra boda. Y seremos felicesy comeremos perdices, como en las películas. Na te frunció el ceño. —No pongas esa cara, Nate —rió Serena—. Noparece una mala perspectiva, ¿no? —No —se encogió de hombros Nate—, supongoque está bien —dijo, aunque estaba clarísimo que no selo creía. —¿Qué es lo que está bien? —preguntó alguien conrudeza. Sorprendidos, Nate y Serena separaron sus miradascon esfuerzo. Era Chuck, y con él estaban Ka ti, Isabely Blair, por fin, que en verdad parecía muy tímida. —Lo siento, Nate —dijo Chuck, dándole una pal-mada en la espalda—, pero no puedes quedarte a la vander Woodsen toda la noche para ti, ¿sabes? Nate lanzó un resoplido y bebió de su vaso. Sólo lequedaba el hielo. Serena miró a Blair, o, al menos, intentó hacerlo.Blair simuló acomodarse las medias negras, subiéndo-selas desde los huesudos tobillos hasta las rodillas hue-sudas y más arriba, en los muslos, firmes por el tenis.Serena besó primero a Kati, luego a Isabel y luego sedirigió hasta Blair. Esta no podía pasarse la vida entera acomodándoselas medias sin hacer el ridículo, así que cuando tuvo aSerena a unos centímetros, levantó la vista y simulósorprenderse. —Hola, Blair —dijo Serena, ilusionada. Le apoyó lasmanos en los hombros porque era más alta que ella y seinclinó a besarla en ambas mejillas—. Siento no haber-34
  • 32. te llamado antes de venir. Quería hacerlo, ¡pero, qué movida! ¡Tengo muchísimo que contarte, tía! Chuck, Kati e Isabel se dieron codazos y se quedaronmirando a Blair. Fijo que les había mentido. No tenía niidea de que Serena volvía. Blair se ruborizó. ¡Vaya putada! Nate notó la tensión, pero pensó que se debía a unmotivo totalmente distinto. ¿Ya se lo habría dicho Chuck a Blair? ¿Le habría hecho la putada a él? Nateno lo supo en realidad porque Blair ni siquiera lemiraba. Se hizo un silencio extraño, no el tipo de momentoque esperarías compartir con tus amigos más íntimos. Lamirada de Serena pasó veloz de uno a otro. Estaba claroque había metido la pata y rápidamente se dio cuentade lo que era. "¡Qué gilipollas que soy!", se dijo. —Quiero decir que siento no haberte llamado ano-che. Acabo de volver de Ridgefield. Mis padres me hantenido enclaustrada allí hasta ver qué hacían conmigo.¡Qué muermo! ¡Salvada! Esperó que Blair sonriese agradecida por la forma enque lo había arreglado, pero lo único que hizo Blair fuemirar a Kati e Isabel para ver si se habían dado cuenta dela metedura de pata. Actuaba de una manera extraña ySerena intentó controlar el pánico que comenzaba a inva-dirla. Quizá Nate estuviera equivocado, quizá Blair esta-ba enfadada con ella de verdad. Serena se había perdidomuchas cosas. El divorcio, por ejemplo. Pobre Blair. —Seguro que sin tu padre es una mierda —dijo—.Pero tu madre está muy bien y Cyrus es simpático unavez que uno se acostumbra a él —lanzó una risilla. Pero Blair no sonreía. 35
  • 33. —Quizá —dijo, mirando por la ventana al puesto deperritos calientes—. Supongo que todavía no me heacostumbrado a él. Se hizo un largo y tenso silencio. Lo que necesitabantodos era una buena copa. —¿Quién se apunta? —preguntó Nate haciendo tin-tinear el hielo de su vaso—. Voy a por ellas. —Gracias, Nate —dijo Serena, alargándole su vaso—.Tengo una sed de cojones. En Ridgefield le echaban lallave al maldito mueble de las bebidas. ¿No es increíble? —No, gracias —dijo Blair, negando con la cabeza. —Si tomo otro, mañana tendré resaca —dijo Kati. —Siempre estás resacosa en clase —rió Isabel y le dioa Nate su vaso—. Toma, yo compartiré el mío con Kati. —Yo te ayudo —se ofreció Chuck, pero antes de quepudiesen alejarse, la señora van der Woodsen se acercó ytocó el brazo de su hija. —Serena —dijo—, Eleanor quiere que nos sentemosa la mesa. Te ha puesto junto a Blair para que podáisponeros al día. Serena le lanzó una mirada ansiosa a Blair. Esta ya se había dado la vuelta y se dirigía a la mesa.Se sentó junto a su hermano, Tyler, de once años, quellevaba una hora en su sitio leyendo la revista RollingStone. E l ídolo de Tyler era el director de cine CameronCrowe, que con sólo quince años había seguido a LedZeppeling en sus giras. Tyler se negaba a escuchar CDsy decía que los discos de vinilo eran la única forma deescuchar música. Blair tenía miedo de que su hermanose convirtiese en un pasota. Serena hizo de tripas corazón y acercó una silla alespacio junto a Blair.36
  • 34. —Blair, he sido tan tonta, perdóname —le dijo, sacando la servilleta de lino del servilletero de platapara extenderla sobre sus rodillas-—. La separación detus padres habrá sido una mierda. Blair se encogió de hombros y agarró un panecillo fresco de una cesta que había en la mesa. Lo partió en dos con las manos y se metió una mitad en la boca. Los otros invitados todavía estaban decidiendo dónde sen-tarse. Blair sabía que era de mal gusto comenzar acomer antes de que todos se sentasen, pero si tenía laboca llena no podría hablar y, la verdad era que no teníaganas de hablar. —Ojalá hubiese estado aquí —dijo Serena, mirandoa Blair untar la otra mitad del panecillo con una gruesacapa de mantequilla francesa—. Pero ha sido un añoalucinante. Tengo un montón de cosas superfiipantesque contarte. Blair asintió con la cabeza y masticó el pan con lenti-tud, como una vaca rumiando. Serena esperó a que lehiciese alguna pregunta, pero Blair no dijo nada y siguiómasticando. No quería oír las fabulosas cosas que Serenahabía hecho mientras ella tuvo que tragarse a sus padrespeleándose por unas antiguallas de sillas en las que nadiese sentaba, juegos de té que nadie usaba y pintaras feas yvaliosas. Serena habría querido hablarle de Charles, el únicorastafari de la Hanover Academy, que le había pedidoque huyese con él a Jamaica; de Nicholas, el chico delinternado francés que nunca llevaba ropa interior yque había seguido el tren de ella desde París a Milán enun diminuto Fiat; de la vez que había fumado hachís enAmsterdam y acabó pasando la noche en un parque 37
  • 35. con un grupo de prostitutas borrachas porque se habíaolvidado en qué hotel estaba alojada. Quería decirle aBlair el coñazo que había sido que la Hanover Aca-demy no la admitiese en su último año simplementeporque se había pirado un par de semanas al principiode curso. Deseó hablarle a Blair del miedo que tenía devolver al Constance al día siguiente porque no habíadado ni golpe durante el año y sentía que no daría latalla en absoluto. Pero a Blair le daba igual. Cogió otro panecillo y ledio un gran bocado. —¿Vino, señorita? —preguntó Esther, de pie con labotella a la izquierda de Serena. —Sí, gracias —dijo Serena. Ver el Cote du Rhoneverterse en su copa le hizo recordar el Mar Rojo nueva-mente. "Quizá Blair lo sepa", pensó. ¿Se trataría deeso? ¿Por eso actuaba de aquella manera tan extraña?Le lanzó una mirada a Nate, sentado a cuatro sitios a suderecha, pero estaba enfrascado en una conversacióncon el padre de ella. Seguramente hablaran de barcos. —¿Tú y Nate seguís juntos, verdad? —dijo, decidi-da a arriesgarse—. Apuesto a que acabáis casados. Blair se bebió su vino de un trago y su sortija con elpequeño rubí chocó contra la copa. Alargó la mano y vol-vió a untar el pan con otra gruesa capa de mantequilla. —Oye, ¿Blair? —dijo Serena, tocándole el brazo—.¿Te encuentras bien? —Sí —dijo Blair, más por decir algo mientras untabael pan que como respuesta a la pregunta de Serena—.Estoy bien. Esther llegó de la cocina con el suflé de calabacinescon bellota y el pato con su guarnición de acelgas y sal-38
  • 36. sa de arándanos. Se oyó el ruido de los platos y los cu- biertos y los comentarios de: "Delicioso". Blair apiló comida en su plato y comenzó a engullirla como si lle-vase semanas sin probar bocado. Le daba igual que le sentase mal, con tal de no tener que hablar con Serena. —¡Joder, tía! —dijo Serena, al verla atiborrarse—, parece que tienes hambre. Blair asintió con la cabeza y se llenó la boca de guar-nición. Bajó el bocado con un trago de vino. —Estoy muerta de hambre —dijo. —Serena —llamó Cyrus Rose desde la cabecera dela mesa—. ¿Qué tal Francia? Tu madre dice que estu-viste en el sur de Francia este verano. ¿Es cierto que laschicas francesas van en topless por la playa? —Sí, es verdad —dijo Serena. Arqueó una ceja,Juguetona—. Pero las chicas francesas no son las únicas.Yo tampoco llevaba sujetador en la playa. ¿Cómo, si no,iba a ponerme morena sin marcas? Blair se atragantó con un enorme trozo de suflé y loescupió dentro de su vino, donde quedó flotando comoun trozo de pan hasta que Esther se llevó la copa y letrajo una limpia. Nadie se dio cuenta. Serena acaparaba la atención dela mesa con las anécdotas de sus viajes por Europa has-ta que llegó el postre. Cuando Blair acabó su segun-do plato de pato, se comió un enorme cuenco depudín de tapioca con chocolate, haciendo oídos sordos ala voz de Serena mientras engullía cucharada tras cucha-rada del postre. Finalmente, el estómago de Blair serebeló, obligándola a enderezarse de golpe y a arrastrarla silla hacia atrás para correr por el pasillo a su dormi-torio y meterse en el cuarto de b a ñ o contiguo. 39
  • 37. —¿Blair? —la llamó Serena. Se puso de pie—. Dis-culpad —dijo, y corrió tras ella para ver qué sucedía.No necesitó darse demasiada prisa: Blair no iba a nin-gún lado. Cuando Chuck vio que Blair salía disparada y Sere-na tras ella, asintió con expresión de comprender. Ledio un codazo a Isabel. —A Blair le está dando algo —susurró—. ¡Quéfuerte! Nate siguió a las chicas con la vista sintiendo unacreciente inquietud. Estaba casi seguro de que en elbaño las chicas hablaban solamente de sexo. Y la mayoría del tiempo tenía razón. Blair se arrodilló junto al váter y se metió el dedo enla garganta lo más adentro que pudo. Los ojos lecomenzaron a lagrimear y tuvo una arcada. Era algoque había hecho antes, muchas veces. Era asqueroso yhorrible y sabía que no debería hacerlo, pero al menosse sentiría mejor cuando acabase. La puerta del cuarto de baño estaba entreabierta ySerena podía oír las arcadas de su amiga. —Blair, soy yo —le dijo en voz baja—. ¿Te encuen-tras bien? —Enseguida salgo —dijo Blair cortante, pasándosela mano por los labios. Se puso de pie y tiró de la cade-na. Serena abrió la puerta y Blair se dio la vuelta y lelanzó una mirada de furia—. Estoy bien —dijo—. Deveras. Serena bajó la tapa del váter y se sentó. —No seas así, Blair —dijo, exasperada—. ¿Se puedesaber qué te pasa? Soy yo, ¿recuerdas? No hay secretosentre nosotras.40
  • 38. —No teníamos secretos —dijo Blair, cogiendo elcepillo y la pasta. Comenzó a limpiarse los dientes conenergía. Escupió un chorro de espuma verde—. Ade-más, ¿cuándo fue la última vez que hablamos, eh? ¿Enel verano anterior al último? Serena bajó los ojos hacia sus deslucidas botas marro-nes de piel. —Tienes razón. Lo siento. Soy una mierda —dijo. Blair aclaró su cepillo y volvió a colocarlo en su sitio. >c miró al espejo. —Pues te has perdido mucho —dijo, limpiándoseuna manchita de rímel con la yema del meñique—. Osea, que el año pasado fue... diferente. —Había estadoa punto de decir "difícil", pero "difícil" la haría pareceruna víctima, como si apenas hubiese podido sobrevivirsin Serena a su lado. "Diferente" quedaba mejor. Lelanzó una mirada con una súbita sensación de poder—.Nate y yo estamos muy unidos, ¿sabes? Nos contamostodo. Vale, tía. Las dos chicas se miraron un segundo con inquietad. —Bueno, no te preocupes por Nate y por mí —dijoluego Serena, con un encogimiento de hombros—.Sólo somos amigos, ya lo sabes. Y, además, estoy hartade los chicos. Blair esbozó una sonrisa. Estaba claro que Serenaquería que ella le preguntase por qué estaba harta de loschicos, pero no iba a darle esa satisfacción. Se tironeódel jersey y se miró al espejo una vez más. —Hasta luego —dijo, y se marchó abruptamente. "¡Mierda!", pensó Serena, pero se quedó donde esta-ba. No tenía sentido seguirla en aquel momento, cuan- 41
  • 39. do estaba clarísimo que estaba de un humor de perros.Seguro que las cosas mejoraban al día siguiente, en elcolegio. Blair y ella tendrían una de sus famosas sesio-nes de confesiones íntimas en el comedor mientrascomían lechuga y tomaban yogur de limón. Una amis-tad como la de ellas no desaparecía de la noche a lamañana. Serena se puso de pie y se observó las cejas en elespejo. Con las pinzas de Blair se arrancó uno o dospelos. Sacó del bolsillo un tubo de brillo labial UrbanDecay Gash y se dio otra capa. Luego cogió el cepillodel pelo de Blair y comenzó a cepillarse el cabello.Finalmente, hizo pis y volvió a la reunión olvidándoseel brillo labial en el lavabo. Cuando Serena se sentó, Blair comía una segundaración de pudín y Nate le estaba dibujando a Cyrus sufantástico barco en el reverso de una caja de cerillas.Frente a ella, Chuck levantó su copa para brindar. Sere-na no supo por qué brindaban, pero ella siempre estabadispuesta a hacerlo.42
  • 40. CosasdeChicas .netB U S 4 anterior siguiente • envía una pregunta respuesta i tméres reales de sitios, gente y hedías han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mí ¡Qué hay, gente! V E N A S E N LAS ESCALINATAS DEL M E T ¡No es un mal principio, no señor! Me habéis man- dado toneladas de e-mails y me lo he pasado pipa leyén- dolos. Muchas gracias. ¿No es genial ser malas? Vuestro e-mail P: Oye, Chica Cotilla: He oído que la policía encontró en New Hampshire a una chica desnuda rodeada de un montón de pollos muertos, o sea, que pensaron que estaría metida en una movida de vudú o eso. ¿Crees que sería S? Me refiero a que parece su estilo, ¿a que sí? SaludoS —catee3 R: Querida catee3: No lo sé, pero no me sorprendería. A S le gustan mucho los pollos. Un día, en el parque, la vi comerse mogollón de pollo frito en un pispas. Pero al parecer estaba bien colocada aquel día. —CC. 43
  • 41. P: Querida C C : ¡Mi nombre empieza por S y tengo el pelo rubio!Además, acabo de volver de un internado a mi antiguaescuela en N Y C . Estaba hasta los huevos de las reglas,como que no te dejasen fumar o beber, ni tampoco lle-var chicos a tu habitación. Pues vale, ahora tengo mipropio apartamento y el sábado próximo doy una fies-ta. ¿Quieres venir? J. —S969 R: Querida S969: La S sobre la que escribo todavía vive con sus padrescomo la mayoría de nosotras, las chicas que tenemosdiecisiete años. Mira que tienes suerte, cabrona. —CC P: ¿Qué passa, Chica Cotilla? Anoche unos tíos que conozco compraron un puña-do de pastillas a una tía rubia en las escalinatas delMuseo Metropolitano de Arte. Tenían la letra S por to-dos lados. ¿Coincidencia o qué? —Sinnombre R: Querida Sinnombre: ¡Qué fuerte! Es lo único que se me ocurre decir. —CC 3 TÍOS Y 2 TÍAS Iy K tendrán un poco de dificultad para caber dentrode los vestidos tan monos que se compraron en Bendel si44
  • 42. insisten en ir al 3 Guys Coffee Shop a tomar chocolatecaliente y patatas fritas. Yo misma fui para ver de qué ibala movida y supongo que se puede decir que el camareroque me atendió era mono, si te gustan los pelos en las ore-jas, pero la comida era peor que la del Jacksons Hole yla media de edad de la gente era como de cien años. Visto por ahí Han visto a C en Tiffany eligiendo otro par degemelos con iniciales para una fiesta. ¿Y yo qué? ¡Toda-vía estoy esperando mi invitación! La madre de B estu-vo en Cartier con su nuevo novio, los dos de la mano.jAjá! ¿Cuándo será la boda? También se ha visto a unachica con un enorme parecido a S salir de una clínica deenfermedades venéreas en el Lower East Side. Llevabauna peluca negra y grandes gafas oscuras. Vaya disfraz.Y anoche, muy tarde, se la vio a asomada por la venta-na de su dormitorio en la Quinta Avenida con aspectode estar un poco perdida. No te impacientes, cielo, que las cosas comienzan aponerse interesantes. Esto es todo por ahora. Nos vemos en el colegiomañana. Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 45
  • 43. ¡Oíd cantar a los ángeles! —Bienvenidas, niñas —dijo la señora McLean, des- de el podio en el salón de actos del colegio—. Espero que hayáis pasado un buen fin de semana largo. Yo he estado en Vermont, y fue maravilloso. Las setecientas alumnas del Colegio ConstanceBilliard para Niñas, desde Infantil hasta el último cur-so, sumadas a las cincuenta personas que componían elpersonal, emitieron unas risitas discretas. Todo el mun-do sabía que la señora McLean tenía una novia en Ver-mont. Se llamaba Vonda y conducía un tractor. Laseñora McLean tenía un tatuaje en la cara interior delmuslo que ponía: "Móntame, Vonda". Que me muera ahora mismo si no es verdad. La señora McLean, o la señora M, como la llamabanlas chicas, era la directora. Su trabajo era sacar la cremede la creme de cada curso: que sus chicas se marchasen alas mejores universidades, los mejores matrimonios, lasmejores vidas que pudiesen vivir. Y se le daba bienhacerlo. No tenía paciencia con las pasotas y si pillabaalgún comportamiento pasota entre sus chicas: que fal-tase mucho a clase o no sacase buenas notas en la pre-paración para los exámenes de acceso a la universidad,se ponía en contacto con psiquiatras, consejeros y tuto-res y se aseguraba de que la niña recibiese toda la aten-ción personal que necesitara para sacar buenas notas,obtener calificaciones altas y ser recibida con los brazosabiertos en la universidad que hubiese elegido. Además, la señora M no toleraba la mezquindad. Sesuponía que en el Constance no había prejuicios ni ca-46
  • 44. marillas de ningún tipo y la señora M les recordaba a laschicas constantemente que no se encasillasen, porque silo hacían quedaban como tontas y la hacían quedarcomo una tonta a ella. La más ligera calumnia era cas- I gada con un día de aislamiento y, como deber, unensayo realmente difícil. Pero la señora M recurría atales castigos muy poco. Vivía en la feliz ignorancia yno tenía ni idea de lo que sucedía en realidad en laescuela. Desde luego que en aquel momento no podíaoír lo que se murmuraba al fondo del salón de actos,donde se sentaban las mayores. —Creía que habías dicho que Serena volvía hoy —lesusurró Rain Hoffstetter a Isabel Coates. Aquella mañana, Blair, Kati, Isabel y Rain se habíanreunido en su garito habitual a la vuelta del colegio paratomar café y fumarse un cigarrillo antes de entrar en cla-se. Llevaban dos años haciendo lo mismo y suponían queSerena se uniría a ellas. Pero las clases habían comen-zado hacía diez minutos y Serena todavía no se habíapresentado. Blair no pudo evitar enfadadarse con Serena por crearuna mayor expectativa todavía sobre su retorno al cole-gio. Sus amigas estaban inquietas, deseando ser las pri-meras en ver a Serena, como si ella fuese algún tipo decelebridad. —Seguro que está tan colocada que no puede venir alcolegio hoy —susurró Isabel—. Te lo juro, se pasó másde una hora en el cuarto de baño en casa de Blair. Quiénsabe lo que estaría haciendo. —He oído que se dedica a vender pastillas con una Sestampada. Es completamente adicta a ellas —le dijoKati a Rain. 47
  • 45. —Espera a verla —dijo Isabel—. Está hecha un de- sastre. —Sí —respondió Rain en un susurro—. He oído queha comenzado una secta de culto vudú en New Hamp- shire. —Me pregunto si nos pedirá que nos unamos a ella—dijo Kati con una risilla. —¡Qué dices! —dijo Isabel—. Por mí que baile des-nuda con pollos si quiere, pero que conmigo no cuen-te. Ni loca. —Oye, ¿dónde se conseguirán pollos vivos en la ciu-dad? —preguntó Kati. —¡Qué asco! —exclamó Rain. —Me gustaría comenzar cantando un himno. Porfavor, poneos de pie y abrid vuestros libros en la páginacuarenta y tres —dijo la señora M. La señora Weeds, la profesora de música de cabellofosco y aspecto hippy, arremetió al piano con los prime-ros acordes de un himno conocido y las setecientasniñas se pusieron de pie y comenzaron a cantar. Cuando sus voces resonaron por la calle Noventa yTres, daba la vuelta a la esquina Serena van der Wood-sen, maldiciendo porque se le había hecho tarde. Des-de sus exámenes finales en Hanover, en junio, no selevantaba tan tarde y se había olvidado de lo mal queuno se sentía. Oíd cantar a los ángeles heraaaaaldos Gloria al Rey que acaba de naceeeeer Paz sobre la tierra y hermanaaaados El Señor perdona nuestros pecaaaaados.48
  • 46. Jenny Humphrey, una alumna de noveno, compartíacon su vecina uno de los libros de himnos que le habíanpedido que escribiese con su excepcional caligrafía ysimulaba cantar. Le había llevado todo el verano y loslibros habían quedado hermosos. Dentro de tres añoslos del Instituto Pratt de Arte y Diseño se la rifarían,desesperados. A pesar de ello, a Jenny le daba tanta ver-güenza cada vez que usaban los libros, que no podíacantar. Cantar en voz alta le parecía una bravuconada,como si estuviese diciendo: "¡Miradme, canto con ellibro que yo misma he hecho, ¿no soy fantástica?". Jenny prefería ser invisible. Era bajita y de pelo rizado,así que no le resultaría difícil serlo. En realidad, habríasido más sencillo si no tuviese unos melones tan increíble-mente enormes. Con catorce años usaba un 90 D. ¿Te la imaginas? Oíd como proclaman los ángeles de cieeelo, Cristo el Salvador ha nacido en Beleeeeeeen. Jenny se encontraba de pie al final de una fila desillas plegables, junto a la gran cristalera que daba a laNoventa y Tres. De repente, un movimiento en la callele llamó la atención. Cabello rubio ondeando al viento.Abrigo Burberry a cuadros, botas de ante marrones.Lmiforme nuevo, color granate —una elección extraña,pero quedaba bien. Parecía... no era posible... ¡No!...¿Era o no era? ¡Sí, lo era! Segundos más tarde, Serena van der Woodsenempujaba la pesada puerta del salón de actos y se dete-nía en el umbral, buscando a su clase. Estaba sin alien- 49
  • 47. to y tenía el cabello despeinado, las mejillas rosadas y los ojos brillantes de haber corrido las doce manzanas por la Quinta Avenida hasta el colegio. Era todavía más perfecta de lo que recordaba Jenny. —Oh, Dios mío —le susurró Rain a Kati—. ¿Qué ha hecho? Es como si de camino aquí hubiese elegido la ropa en un centro de acogida. — N i siquiera se ha peinado —rió Isabel—. ¿Dóndehabrá dormido anoche? La señora Weeds acabó el himno con un estruendoso acorde. —Y ahora —dijo la señora M, tras carraspear—,hagamos un momento de silencio por quienes son me-nos afortunados que nosotros, especialmente por losnativos americanos que fueron aniquilados durante lafundación de nuestro país, a quienes les pedimos que nonos odien por la celebración del Descubrimiento deAmérica que festejamos ayer. Se hizo silencio en el auditorio. Bueno, casi. —Mira, ¿ves cómo Serena se apoya las manos sobreel estómago? Seguro que está embarazada —le susurróIsabel Coates a Rain Hoffstetter—. Solamente haceseso cuando estás embarazada. —Habrá ido a abortar esta mañana. Quizá por esollega tarde —respondió Rain. — M i padre dona dinero a Phoenix House —le dijoKati a Laura Salmón—. Voy a averiguar si Serena haestado allí. Apuesto a que por eso ha vuelto a mitad detrimestre. Ha estado en rehabilitación. —He oído que hacen algo en los internados: mez-clan Comet con canela y café instantáneo y la esnifan.Es como speed pero se te pone la piel verde si lo haces50
  • 48. a menudo —intervino Nicki Button—. Te quedas ciega y luego te mueres. Blair sonrió al oír los retazos de las conversaciones de sus amigas. La señora M se giró a sonreírle a Serena. —Niñas, quiero que deis la bienvenida a nuestra querida Serena van der Woodsen, que se incorpora hoy a la clase de las mayores —sonrió—. ¿Por qué no te sientas, Serena? Serena se dirigió con paso ligero al pasillo central del salón de actos y tomó asiento junto a Lisa Grader, unaniña de segundo que estaba constantemente sacándosemocos de la nariz. Jenny no cabía en sí de la excitación. ¡Serena van derWoodsen! Estaba allí, en la misma estancia que ella, aunos metros, en carne y hueso y con aquel aspecto demayor. "Me pregunto cuántas veces lo habrá hecho", se dijoJenny. Se imaginó a Serena y a un rubio de la Hanover Aca-demy apoyados contra el tronco de un gran árbol año-so, él envolviéndolos a los dos con su abrigo. Serenahabía tenido que salir del colegio mayor sin abrigo.Tenía mucho frío y se le había manchado el pelo con laresina del árbol, pero valió la pena. Luego Jenny vio aSerena y a otro chico imaginario en el telesquí. El tele-silla se les había quedado atascado y Serena se sentó enel regazo del chico para entrar en calor. Comenzaron abesarse y perdieron el control. Cuando acabaron dehacerlo, el telesquí había comenzado a moverse otra vezy habían montado un lío con los esquís, así que no sebajaron de la silla y volvieron a hacerlo. 51
  • 49. "Qué guapo", pensó Jenny. Sin lugar a dudas, Sere-na van der Woodsen era la chica más guay del mundoentero, mucho más que cualquiera de las otras mayores.Y qué guapo llegar tarde, a mitad de trimestre, conaquellas pintas. Da igual lo rica y fabulosa que seas: el internadologra que parezca que no tienes casa. En el caso deSerena, con glamour. Hacía más de un año que Serena no se cortaba elcabello. La noche anterior se lo había peinado haciaatrás, pero hoy lo tenía suelto y bastante desgreñado.La camisa Oxford de chico que llevaba estaba gastadaen el cuello y los puños y dejaba traslucir el sujetadorcolor púrpura. Calzaba sus botas con cordones favori-tas y sus medias negras tenían un gran tomate detrásde la rodilla. Lo peor de todo era que se había tenidoque comprar un uniforme nuevo porque había tiradoel viejo a la basura al irse al internado. Su uniformenuevo era lo que más llamaba la atención. Los uniformes nuevos eran lo que más odiaban las chi-cas de sexto, el año en que pasaban de pichi a falda. Lasfaldas nuevas estaban hechas de poliéster y llevaban unastablas increíblemente rígidas. La tela tenía un brillo terri-blemente hortera y era de un color nuevo: granate. Erahorrible. Y Serena había elegido ponerse aquel uniformenuevo de color granate su primer día en el Constance.Además, ¡le llegaba por la rodilla! Todas las mayores lle-vaban las mismas faldas viejas de lana desde sexto. Habíancrecido tanto que les quedaban cortísimas. Y cuanto máscorta era la falda, más guay era quien la llevaba. Blair no había crecido mucho y se había hecho acor-tar la suya en secreto.52
  • 50. —¡Qué cono se ha puesto? —cuchicheó Kati Farkas. —Quizá piensa que el granate hace que parezca dePrada o algo por el estilo —dijo Laura con una risilla. —Creo que intenta hacer como una declaración, ¿sabes? —dijo Isabel—: "Miradme, aquí estoy, soy Se-rena. Soy hermosa y puedo ponerme lo que me dé lagana". "Y puede", pensó Bair. Esa era una de las cosas quela indignaban de Serena: todo le quedaba bien. Pero el aspecto de Serena era lo de menos. Lo queJenny y todas las demás querían saber era: "¿Por qué havuelto?". Todas estiraron el cuello para mirarla. ¿Tenía un ojonegro? ¿Estaba embarazada? ¿Parecía colgada? ¿Le fal-taba algún diente? ¿Había algo diferente en su aspecto? —¿Qué es eso, una cicatriz en la mejilla? —susurróRain. —La rajaron una noche en que traficaba con drogas—le respondió Kati—. He oído que le hicieron la ciru-gía en Europa este verano, pero no se la hicieron muybien. La señora M leía en voz alta. Serena se apoyó en elrespaldo de la silla, se cruzó de piernas y cerró los ojos,disfrutando de la conocida sensación de estar en aquellaestancia llena de chicas oyendo la voz de la señora M. Nosabía por qué había estado tan nerviosa aquella mañanaantes de venir al colegio. Se había dormido y vestido encinco minutos. Al ponerse las medias, las había engan-chado con la uña de un pie y se habían roto. Había ele-gido la camisa vieja de su hermano Erik porque olía a él.Erik había ido al mismo internado que Serena, pero aho-ra estaba en la universidad y le extrañaba muchísimo. 53
  • 51. Cuando salía del piso, su madre la había visto y lehabría hecho cambiarse de ropa si no hubiese sido tantarde. —Este fin de semana —le dijo su madre—, iremosde compras y te vienes a mi peluquería. No puedes irpor ahí con esas pintas, Serena, me da igual lo que tedejen ponerte en el internado. —Luego le había dadoun beso en la mejilla y se había vuelto a la cama. —Oh, Dios mío —le susurró Kati a Laura—, creoque se ha dormido. —Estará cansada —respondió Laura—. He oído quese lo montó con todos los chicos de su internado. Habíamuescas en la pared junto a su cama. Su compañera dehabitación se chivó, por eso la echaron. —Además de tanto trasnochar con las fiestas de lospollos —añadió Isabel, haciendo que las chicas estalla-sen en risas. Blair se mordió los labios, intentando contener larisa. Era para partirse.54
  • 52. El otro W de S Si Jennifer Humphrey hubiese podido oír lo que lascompañeras decían de Serena van der Woodsen, su ído-lo, se habría arrancado los ojos. En cuanto las soltaron,Jenny salió corriendo hacia uno de los pasillos a haceruna llamada. Su hermano Daniel iba a alucinar en colo-res cuando se lo dijese. —¿Si? —respondió Daniel Humphrey a la tercera lla-mada. Estaba en la esquina de la Setenta y Siete y WestEnd, frente al Riverside Prep, fumándose un cigarrillo.Entrecerraba sus ojos castaño oscuro, intentando prote-gerlos del brillante sol de octubre. A Dan no le iba el sol. Se pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación,leyendo morbosa poesía existencialista sobre el amargosino del ser humano. Estaba pálido, llevaba el pelo des-greñado y era delgado como una estrella de rock. El existencialismo te quita el apetito. —¿Adivina quién ha vuelto? —oyó Dan que le decíasu hermana menor, excitada. Al igual que Dan, Jenny era un poco solitaria y cuan-do necesitaba hablar con alguien, siempre le llamaba.Fue ella quien compró los móviles para los dos. —Jenny, no puedes esperar... —comenzó a decirDan, irritado como sólo suelen estar los hermanosmayores. —¡Serena van der Woodsen! —le interrumpióJenny—. Serena ha vuelto al Constance. La acabo dever. ¿No te parece increíble? Dan vio cómo rodaba una tapa de plástico por la ace-ra. Un Saab rojo pasó veloz por la West End Avenue y 55
  • 53. se saltó el semáforo. Sentía los calcetines húmedos den-tro de sus Hush Puppies de ante marrón. Serena van der Woodsen. Le dio una larga chupadaal Camel. Le temblaban tanto las manos que casi no selo pudo meter en la boca. —¿Dan? —chilló su hermana por el móvil—. ¿Me oyes?¿Has oído? Serena ha vuelto. Serena van der Woodsen. Dan contuvo la respiración un segundo. —Sí, te he oído —dijo, simulando indiferencia—. ¿Yqué? —¿Y qué? —repitió Jenny con incredulidad—. Bien,vale, como si no te hubiese dado un miniparo cardíaco.Eres un imbécil. —No, en serio —dijo Dan, enfadado—. ¿Para quéme llamas? ¿Y a mí qué más me da? Jenny lanzó un suspiro. Qué plasta era Dan. ¿Porqué no podía estar contento por una vez en la vida?Estaba harta de que se las diese de poeta pálido, triste yensimismado. —Vale —dijo—, no te he dicho nada. Hasta luego. Cortó y Dan volvió a meterse el móvil en el bolsillode sus desteñidos pantalones negros de pana rayada.Sacó un paquete de tabaco del bolsillo trasero y encen-dió un cigarrillo con la colilla del que estaba fumando.Se quemó la uña, pero ni siquiera se dio cuenta de ello. Serena van der Woodsen. Se habían conocido en una fiesta. No, eso no era ver-dad. Dan la había visto en una fiesta, su fiesta, la única quehabía hecho en el piso de su familia en la Noventa y Nue-ve y West End. Fue cuando estaba en octavo, en el mes de abril. Lafiesta había sido idea de Jenny y les había dado permi-56
  • 54. so su padre, Rufus Humphrey, un célebre editor retira-do a quien también le gustaban las fiestas. Había publi-cado a poetas de la generación beat poco conocidos. Sumadre se había marchado a Praga hacía unos años para"centrarse en su arte". Dan invitó a toda su clase y lesdijo que invitasen a quien quisiesen. Se presentaronmás de cien chavales y Rufus se ocupó de que no falta-se la cerveza, que servía de un barril en el cuarto debaño. Muchos de ellos se emborracharon por primeravez. Fue la mejor fiesta a la que había asistido Dan, aun-que quedaba mal que lo dijese. No por la bebida, sinoporque Serena van der Woodsen se encontraba allí. Ledaba igual que ella se emborrachase y acabase partici-pando en un estúpido juego de beber en el que decíanverbos en latín y luego le tenían que besar a un tío elestómago lleno de dibujos hechos con rotulador. Danno podía quitarle los ojos de encima. Luego, Jenny le dijo que Serena iba a su colegio, elConstance, y desde entonces Jenny se había convertidoen su pequeña emisaria, que le contaba todo lo quehabía visto a Serena hacer, llevar, decir, etc., y le infor-maba de dónde podría volverla a ver. Aquellas ocasio-nes eran escasas, no porque no hubiese muchas fiestas,sino porque había pocas a las que pudiese asistir Dan.Dan no habitaba en el mismo mundo de Serena, Blair,Nate y Chuck. Era un don nadie, un chico del montón. Durante dos años, Dan había seguido a Serenaanhelante, a la distancia. Nunca le había hablado.Cuando ella se marchó interna intentó olvidarla, segu-ro de que no volvería a verla, a menos que por arte demagia acabasen en la misma universidad. Y ahora habíavuelto. 57
  • 55. Comenzó a pasearse por la acera. La cabeza le iba amil por hora. Podía hacer otra fiesta. Podía escribirinvitaciones y hacer que Jenny le metiese una en lataquilla a Serena. Cuando Serena entrase en su piso,Dan se acercaría a ella, le cogería el abrigo y le daría labienvenida a Nueva York. "Ha llovido todos los días desde que te marchaste",le diría poéticamente. Luego se irían a hurtadillas al despacho de su padrey se quitarían la ropa para besarse en el sofá frente alfuego. Y cuando todos se hubiesen marchado, compar-tirían un helado Breyers de café, el favorito de Dan. Apartir de aquel momento, estarían todo el tiempo jun-tos. Hasta se cambiarían a un colegio mixto, como elTrinity, porque no podrían soportar estar separados.Luego se irían a Columbia y vivirían en un estudio quetendría sólo una enorme cama. Los amigos de Serenaintentarían convencerla de que volviese a su antiguavida, pero ninguna cena de esmoquin, ni fiesta exclusi-va, ni baile de caridad lograría tentarla. A Serena no leimportaría tener que perder su fideicomiso y los dia-mantes de su tatarabuela. Estaría dispuesta a vivir en lapobreza con tal de estar con Dan. —Joder, faltan cinco minutos para que suene la cam-pana —oyó Dan que decía una voz antipática. Dan se dio la vuelta y, tal como había imaginado, eraChuck Bass, o El Bufanda, como le había apodado Dan,porque Chuck siempre llevaba esa ridicula bufanda decashmere con monograma. Chuck se encontraba a vein-te pasos de Dan con sus amigos de clase del RiversidePrep, Roger Paine y Jeffrey Prescott. A Dan ni le habla-ron ni le saludaron. ¿Por qué iban a hacerlo? Aquellos58
  • 56. chicos tomaban el autobús de la Setenta y Nueve quecruzaba Central Parle todas las mañanas desde el barriopijo del Upper East Side. Sólo iban al West Side para iral colegio o a alguna fiesta de vez en cuando. Estabanen la clase de Dan, pero desde luego que no pertenecíana la misma clase social. El no existía para ellos. Ni si-quiera se dieron cuenta de su presencia. —Tíos —dijo Chuck a sus amigos. Encendió uncigarrillo. Chuck fumaba los cigarrillos como si fuesenporros, cogiéndolos entre el índice y el pulgar y chu-pando fuerte al inhalar. Era patético. —Adivinad a quién vi anoche —dijo, echando unanube de humo. —¿Liv Tyler?—dijo Jeffrey. —Sí, claro. Y se te tiraba encima, ¿no? —rió Roger. —No, a ella no. Serena van der Woodsen —dijoChuck. Dan puso la oreja. Estaba a punto de entrar en el cole-gio, pero encendió otro cigarrillo y se quedó a escuchar. —La madre de Blair Waldorf hizo una pequeña fies-ta y Serena vino con sus padres —continuó Chuck—. Yella sí que se me tiró encima. Es la chica más zorra queconozco —volvió a chupar de su cigarrillo. —¿De veras? —dijo Jeffrey. —Sí, os lo juro. Primero, acabo de enterarme de quelleva follando con Nate Archibald desde décimo. Y des-de luego que ha aprendido cosas cuando estuvo interna,¿sabéis a lo que me refiero? Tuvieron que echarla de loguarra que es. —¡Venga, anda! —dijo Roger—. Tío, nadie te echapor ser una guarra. 59
  • 57. —Lo hacen si llevas la cuenta de cada chico con el quete has acostado y haces que se enganchen a las mismasdrogas que tú. ¡Estaba en plan adueñándose del colegio!—dijo Chuck, cada vez más excitado. Tenía la cara roja yescupía al hablar—-. He oído que se ha pillado algo tam-bién —añadió—. Alguna venérea. Alguien la vio entraren una clínica en el East Village. Llevaba peluca. Los amigos de Chuck menearon las cabezas, lanzan-do gruñidos de aprobación. Dan nunca había oído semejante chorrada. Serenano era un putón; era perfecta, ¿no? ¿NO? Habrá que decidirlo todavía. —Oye, ¿habéis oído lo de la fiesta para el pájaro ese?—preguntó Roger—. ¿Vais a ir? —¿Lo de los halcones peregrinos de Central Park?—dijo Chuck—. Sí, Blair me estuvo hablando de ello.Es en la vieja tienda Barneys —le dio otra calada a sucigarrillo—. Tío, va todo el mundo. "Todo el mundo" no incluía a Dan, por supuesto,pero desde luego que incluía a Serena van derWoodsen. —Van a mandar las invitaciones esta semana —dijoRoger—. Tiene un nombre raro, no recuerdo, algo dechicas. —Es " E l Beso en los Labios" —dijo Chuck, apagan-do la colilla con sus odiosos zapatos marca Church ofEngland—. Es la "Fiesta del Beso en los Labios". —Ah, sí —dijo Jeffrey—. Y apuesto a que habrámucho más que besos —lanzó una risilla—. Especial-mente si Serena se encuentra allí. Los chicos se rieron, felicitándose de lo ingeniososque eran.60
  • 58. Dan no quiso oír más. Tiró su colilla a pocos centí-metros de los zapatos de Chuck y se dirigió a las puer-tas del colegio. Al pasar a los tres chavales, dio la vueltaa la cabeza, frunció los labios e hizo ruido, como si lehubiese dado a cada uno de ellos un gran beso en loslabios. Luego se dio la vuelta y entró, dando un porta-zo tras de sí. Chupaos ésa, tontos del culo. 61
  • 59. En el meollo de cada moda frustrada se encuentra un romántico empedernido —Lo que busco es tensión —explicó Vanessa Abrams al pequeño grupo de Estudios Avanzados de Cinema- tografía del Constance. Se encontraba de pie ante la cla- se, explicando la idea de la película que hacía—. Haré una toma de los dos hablando en el banco de una plaza de noche. Sólo que no se puede oír lo que dicen. —Vanessa hizo una pausa teatral, esperando que alguna de sus compañeras hablase. El señor Beckham, el profesor, siempre les decía que hiciesen que sus escenas cobrasen vida con los diálogos y la acción, y Vanessa deliberadamente hacía lo opuesto. —Entonces, ¿no tiene diálogo? —preguntó el señor Beckham desde donde se hallaba, de pie al fondo de la clase. Se había dado cuenta con pena de que nadie más escuchaba lo que decía Vanessa. —Escucharán el silencio de los edificios y el banco yla acera y verán las luces reflejadas en sus cuerpos. Lue-go verán sus manos moverse y sus ojos hablar. Final-mente los oirán hablar, pero no mucho. Es una obrapsicológica —explicó Vanessa. Agarró el mando del proyector y comenzó a mostrarlas diapositivas en blanco y negro que había tomado parademostrar lo que quería lograr en su corto. Un banco deparque. Una toma de la acera. La tapa de una alcantarilla.Una paloma picoteando un condón usado. Un chiclemascado pegado en el borde de un cubo de basura. —Ja! —exclamó alguien del fondo de la sala. EraBlair Waldorf, lanzando una carcajada al recibir la notaque le acababa de pasar Rain Holffstetter:62
  • 60. ¿Quiere pasar un buen rato? Llame a Serena v. d. Woodsen. ¿Pillas lo de v. d.?* Vanessa le lanzó una mirada de odio a Blair. Cine-matografía era la clase favorita de Vanessa, el únicomotivo por el que iba al colegio. Se lo tomaba muy enserio, mientras que la mayoría de las otras chicas,como Blair, sólo cursaban Cinematografía como unrecreo del horror que eran las demás asignaturas:Cálculo Avanzado, Biología Avanzada, Historia Avan-zada, Literatura Inglesa Avanzada, Francés Avanzado.Avanzaban por la estrecha y recta senda hacia Yale,Harvard o Brown, donde sus familias habían ido du-rante generaciones. Vanessa no era como ellas. Suspadres ni siquiera habían ido a la universidad. Eranartistas y Vanessa sólo deseaba una cosa en la vida: ira la Universidad de Nueva York y hacer la carrera deCinematografía. En realidad, deseaba algo más. O a alguien más, paraser precisa, pero todo se andará. Vanessa era un bicho raro en el Constance, la únicachica en todo el colegio que tenía la cabeza casi afeita-da, llevaba jerséis negros de cuello alto, leía Guerra ypaz de León Tolstoy como si fuese la Biblia, escuchabaa Belle & Sebastian y tomaba té negro sin azúcar. Notenía ninguna amiga en el Constance y vivía enWilliamsburg, en Brooklyn, con su hermana Ruby, deveintidós años. ¿Qué hacía entonces en un pequeño yexclusivo colegio de chicas del Upper East Side con * N. de la T.: En inglés "V D." son las iniciales de "Venereal Desea-se" (enfermedad venérea). 63
  • 61. princesas como Blair Waldorf? Era una pregunta queVanessa se hacía a diario. Los padres de Vanessa eran artistas revolucionarios yamayores que vivían en una casa en Vermont hecha de neu-máticos reciclados. Cuando la eternamente infeliz Vanessacumplió quince años, le permitieron que se mudase con suhermana mayor, que tocaba el bajo y vivía en Brooklyn.Como querían asegurarse de que tuviese una buena edu-cación, la mandaron al Constance. Vanessa lo odiaba, pero nunca les dijo nada a suspadres. Sólo le faltaban ocho meses para acabar. Ochomeses y se escaparía a la céntrica N Y U . Ocho meses más de la cabrona Blair Waldorf y,peor todavía, Serena van der Woodsen, que habíavuelto en todo su esplendor. Blair Waldorf parecíaestar excitadísima con el regreso de su mejor amiga. Enrealidad, la última fila de la clase estaba revolucionada,pasándose notitas que escondían en las mangas de susirritantes jerseys de cashmere. Que les den. Vanessa levantó la barbilla y prosiguió consu presentación. Estaba por encima de toda aquella mier-da. Ocho meses más. Quizá si Vanessa hubiese visto la nota que Kati Far-kas le acababa de pasar a Blair, habría sentido un pocode lástima por Serena. Querida Blair:¿Me puedes dejar cincuenta mil dólares? Esnif, esnif, esnif. Si no le pago a mi camello el dinero que le debo, me meteré en un follón. Joder, cómo me pica la entrepierna. Dime algo del dinero.64
  • 62. Un beso, Serena v. d. Wbodsen Se oyeron las risillas de Blair, Rain y Kati. —¡Ya vale! —susurró el señor Beckham, lanzándolea Yanessa una mirada compasiva. Blair dio la vuelta al papelito y le garabateó la res-puesta detrás. Vale, Serena. Lo que quieras. Llámame desde la cárcel. He oído que la comida es realmente buena allí, re y yo te visitaremos cuando tengamos un momento libre, que será... No lo sé, ¿¿¿NUNCA??? Espero que te cures pronto de la v. d. Un beso, Blair Blair le pasó la nota a Kati nuevamente. Sintió un pelín de remordimiento por su mala leche. Había tantos bulos sobre Serena por ahí que ya no sabía qué creer. Además, Serena no le había dicho a nadie por qué esta-lla de vuelta, así que, ¿por qué iba a defenderla? Quizá hubiese algo de verdad en ello, quizá había sucedido de«erdad. Además, pasar notas era mucho más divertido. —Así que escribiré, dirigiré y rodaré esto. Y ya heelegido a mi amigo Daniel Humphrey, del Riverside Prep, para que haga del Príncipe Andrei —explicó Yanessa. Se ruborizó al mencionar el nombre de Dan—. Pero todavía necesito a una Natacha para laescena. Mañana haré las pruebas al atardecer en el 65
  • 63. Madison Square Park. ¿Le interesa a alguien? —pre-guntó. Hizo la pregunta de coña, porque era obvio quenadie la escuchaba. Estaban muy ocupadas pasándoseno ti tas. —¡Yo dirigiré! —anunció Blair, levantando el brazo. Estaba claro que Blair no había oído la pregunta,pero estaba tan desesperada por causarle una buenaimpresión al responsable de admisión en Yale quesiempre era la primera en ofrecerse voluntaria para loque fuese. Vanessa estuvo a punto de hacerle el gestode "que te den", pero el señor Beckham le tomó la de-lantera. —Baja la mano, Blair —dijo con un suspiro de resig-nación—, Vanessa acaba de decirnos que ella mismaescribirá, dirigirá y rodará el corto. A menos que quie-ras hacer de Natacha, te sugiero que te concentres en tupropio proyecto. Blair le lanzó una mirada agria. Odiaba a los profe-sores como el señor Beckham. Era un resentido porquevenía de Nebraska a cumplir finalmente su estúpidosueño de estar en Nueva York, y había acabado dictan-do un curso inútil en vez de dirigir películas de van-guardia y hacerse famoso. —Da igual —dijo Blair, colocándose el liso cabellooscuro tras las orejas—. Supongo que no tengo tiempopara ello. No lo tenía. Blair presidía el Comité de Servicios Sociales y era lapresidenta del Club de Francés; ayudaba a las de terce-ro a leer; trabajaba en un comedor de beneficencia unanoche a la semana, tenía la preparación para el SAT los66
  • 64. martes, y los jueves por la tarde iba a un curso de diseñode moda con Oscar de la Renta. Los fines de semanamgaba al tenis para poder mantenerse en el rankingnacional. Además de todo eso, estaba en las comisionesorganizadoras de todos los eventos sociales a los queuno podía tomarse la molestia de ir y su agenda paraoctubre estaba superocupada. Nunca le alcanzaba lamemoria de su PalmPilot. Vanessa encendió las luces y se volvió a su asiento enla primera fila. —No importa, Blair, además quería a una chicarubia para Natacha —dijo, alisándose el uniforme sobrelos muslos. Se sentó delicadamente, haciendo una imi-tación casi perfecta de Blair. Blair lanzó una sonrisa irónica a la nuca afeitada deVanessa y miró al señor Beckham, que carraspeó y sepuso de pie. Tenía hambre y faltaban cinco minutospara la campana. —Esto es todo, chicas. Podéis marcharos un pocomás temprano hoy. Vanessa, ¿por qué no pones un car-tel en el pasillo para tus pruebas de mañana? Las chicas comenzaron a recoger sus cosas y salir delaula. Vanessa arrancó una hoja de su cuaderno y apuntólos detalles en la parte de arriba. "Guerra y paz. Corto.Ven a las pruebas para Natacha. Miércoles al atardecer.Madison Square Park. Banco del parque, esquina nores-te". Se contuvo y no hizo una descripción del tipo dechica que buscaba porque no quería ahuyentar a nadie.Pero tenía una imagen clara en la mente, y no iba a serfácil encontrar a la chica adecuada. Su perfecta Natacha sería pálida y rubia, una rubianatural. No demasiado bonita, pero tendría un tipo de 67
  • 65. rostro atractivo; el tipo de chica que haría que Dan seluciese, llena de energía y risa, exactamente lo opues-to a la silenciosa energía de Dan, que ardía en lo másprofundo de su ser y a veces le hacía temblar lasmanos. Vanessa se rodeó con los brazos. Pensar en Danhacía que le entrasen ganas de hacer pis. Bajo su cabe-za afeitada y aquel jersey de cuello alto, no era más queuna chica. Convéncete, somos todas iguales.
  • 66. Lucha de poderes en la comida —Las invitaciones, las bolsas con los regalos y elchampán. Es lo único que nos queda por hacer —dijoBlair. Cogió una rodaja de pepino de su plato y la mor-disqueó, pensativa—. Kate Spade es quien se encargade las bolsas de regalo, pero, no sé... ¿no os parece queKate Spade es muy aburrida? —Creo que Kate Spade es perfecta —dijo Isabel,recogiéndose el cabello en un moño en lo alto de lacabeza—. ¿Sabes?, piensa en lo guay que es tener unbolso negro ahora en vez de todos esos diseños de pie-les animales y toda esa mierda que tiene todo el mun-do. Es como... superhortera, ¿no? —Totalmente de acuerdo —asintió Blair con lacabeza. —¡Eh! ¿Y mi abrigo de piel de leopardo? —dijoKati, con aspecto dolido. —Sí, pero ésa es piel de leopardo verdadera —razo-nó Blair—. Nada que ver. Las tres chicas se hallaban en el comedor del Cons-tance hablando de la próxima fiesta de caridad del"Beso en los Labios" para recolectar fondos para laFundación del Halcón Peregrino de Central Park. Blairera la presidenta de la comisión organizadora, porsupuesto. —Pobres pájaros —suspiró, como si los malditos pája-ros le importasen—. Quiero que la fiesta salga ideal —di-io—. Vosotras vendréis a mi reunión mañana, ¿verdad? —Por supuesto —dijo Isabel—. ¿Y Serena? ¿Le hasdicho algo de la fiesta? ¿Va a ayudar? 69
  • 67. Blair la miró sin comprender. Kati frunció su naricilla respingona y le dio un coda-zo a Isabel. —Seguro que Serena está ocupadísima, ¿sabes?, conel mogollón que tiene encima. Todos sus problemas.No tendrá tiempo para ayudarnos —dijo, con una mue-ca irónica. Blair se encogió de hombros. En el otro extremo delcomedor, Serena se incorporaba a la cola de la comida. Vioa Blair enseguida y le sonrió, saludándola con la mano,como diciendo: "¡Enseguida estoy allí!". Blair pestañeó,simulando haberse olvidado de ponerse las lentillas. Serena deslizó su bandeja por el mostrador de metaly eligió un yogur de limón. Se saltó toda la parte decomida caliente hasta llegar a la zona de bebidas calien-tes, donde se llenó una taza de agua hirviendo y le aña-dió una bolsita de té Lipton, una rodajita de limón ypuso una bolsita de azúcar en el platillo. Luego llevó labandeja hasta la parte de las ensaladas y llenó un platocon lechuga trocadero y se sirvió aliño de queso azul.Habría preferido un sandwich tostado de jamón y que-so en la Gare du Nord de París, y comerlo deprisa ycorriendo antes de subirse al tren a Londres, pero aque-lla comida era casi igual de buena. Era la misma comi-da que había comido en el Constance a diario desdesexto. Blair siempre pedía lo mismo también. Lo llama-ban "el plato de dieta". Blair la miró coger la ensalada, temiendo el momen-to en que Serena se sentase a su lado en todo su esplen-dor e intentase que volvieran a ser amigas. Puaj. —Hola, chicas —dijo Serena, sentándose junto aBlair y esbozando una radiante sonrisa—. Como en los70
  • 68. viejos tiempos, ¿no? —rió, quitándole la tapa al yogur.Los puños de la camisa vieja de su hermano estabandeshilachados y las hebras se le metieron en el suero delyogur. —Hola, Serena —dijeron Kati e Isabel al unísono. Blair miró a Serena y elevó las comisuras de sus bri-llantes labios. Fue casi una sonrisa. Serena revolvió el yogur e indicó con un gesto de sucabeza la bandeja de Blair, que mostraba restos de unbagel de queso crema y pepino. —Supongo que has superado "el plato de dieta"—observó. —Supongo —dijo Blair. Apretó un trozo de quesocrema con la servilleta, mirando perpleja los puños gas-tados de la camisa de Serena. Usar la camisa vieja de tuhermano en noveno o décimo estaba guay, ¿pero aho-ra? Le daba asco. —Así que tengo un horario que es una mierda —de-cía Serena, chupando la cucharilla—. No coincido enninguna clase con vosotras. —Ejem, eso es porque no has cogido ninguna de lasAvanzadas —observó Kati. —Tienes suerte —suspiró Isabel—. Yo tengo tantoque hacer que ni siquiera tengo tiempo para dormir. —Bueno, al menos eso me dejará más tiempo para ira las fiestas —dijo Serena. Le dio un codazo a Blair—.¿Qué hay este mes, por cierto? Me siento totalmentedescolgada de todo. Blair se enderezó y cogió su bebida, pero no le que-daba agua que beber. Sabía que debía decirle a Serena lode la fiesta del "Beso en los Labios" y ver en qué podríacolaborar Serena y lo divertido que resultaría todo. Pero 71
  • 69. algo le impedía hacerlo. Serena estaba descolgada, des-de luego. Y Blair quería que siguiera estándolo. —Ha estado bastante soso todo. La verdad es que nohay demasiadas cosas hasta Navidad —mintió, lanzán-doles una mirada de advertencia a Kati e Isabel. —¿De veras? —dijo Serena, desilusionada—. E n -tonces, ¿qué os parece esta noche? ¿Queréis que vaya-mos a algún lado? Blair miró a sus amigas. Ella estaba dispuesta a salir,pero sólo era martes. Lo máximo que hacía los martespor la noche era alquilar una película con Nate. Derepente, se sintió vieja y aburrida. Tenía que venir Sere-na para hacerla sentir aburrida. —Tengo un examen de Francés Avanzado mañana.Lo siento, Serena —dijo. Se puso de pie—. Y ahoratengo una reunión con Madame Rogers. Serena frunció el ceño y comenzó a mordisquearse lauña del pulgar, un hábito que había cogido en el inter-nado. —Ah. Entonces, quizá le dé un telefonazo a Nate.Seguro que sale conmigo —dijo. Blair levantó su bandeja y se contuvo para no tirár-sela por la cabeza. "¡Apártate de él!", deseó gritar,subiéndose de un salto a la mesa, como un guerreroninja. "¿Jaiüiii, ya!". —Hasta luego —dijo, marchándose con la espaldarígida. Serena lanzó un suspiro y jugueteó con un trocitode lechuga. Blair era un muermo. ¿Cuándo comenza-rían a pasarlo bien? Elevó la mirada hacia Kati e Isabel,esperanzada, pero ellas también se preparaban paramarcharse.72
  • 70. —Tengo una estúpida reunión con el consejero de launiversidad —dijo Kati. —Y yo tengo que ir a la clase de Arte y guardar mipintura —dijo Isabel. —¿Antes de que alguien la vea? —bromeó Kati. —Oh, calla —dijo Isabel. Se pusieron de pie y cogieron sus bandejas. —Me alegro de que estés de vuelta, Serena —dijoKati, con el tono de voz más falso que tenía. —Sí —asintió Isabel—. Yo también. Y se marcharon. Serena revolvió el yogur una y otra vez, preguntán-dose qué le había pasado a todo el mundo. Se compor-taban de una forma de lo más extraña. "¿Qué hehecho?", se preguntó, mordisqueándose la uña del pul-gar nuevamente. Buena pregunta. 73
  • 71. CosasdeChicas.net temas < anterior siguiente • envía una pregunta 4 respuestaTodos los nombres reales de sitios, gente y becbos ban sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a m ¡Qué hay, gente! D O N D E ESTAN LOS CHICOS Gracias por conectaros, aunque la mayoría de voso- tras no tenía mucho que decir sobre S o B. La mayoría 1 queréis saber más sobre los chicos. Vuestro e-mail: P: Querida C C : D parece adorable, ¿xqué está tan colado por S? Ella no es nada más que un putón. —BB R: Da la casualidad de que sé que D no es tan ino- cente. Estuvo metido en una movida bastante jodida en el campamento de verano de octavo. —CC P: querida C C : ¿¿Qué hace N a la hora de comer?? Yo voy a clase cerca de él y me pregunto si me estaré cruzando con él todo el tiempo sin saberlo. ¡Joder! —ChicaTímida 74
  • 72. R: De acuerdo, si tienes tanto interés, te lo diré. El St Jude deja que sus alumnos mayores salgan a lahora de la comida. Así que ahora N probablemente estédirigiéndose a la pequeña pizzería que hay en la esqui-na de la Ochenta y Madison. ¿Vinos? ¿Vmnies? Daigual. Bueno, el tema es que tienen buena pizza y unode los repartidores vende una hierba que está bastan-te bien. N es uno de sus clientes. Generalmente hayun grupo de chavales de LEcole en la acera alrededorde la pizzería, así que N normalmente se detiene a flir-tear con una chávala a la que llamaré Claire, que sehace la tímida y simula no hablar inglés, pero que enrealidad es malísima en francés y es un putón. N siem-pre hace lo mismo: compra dos raciones de pizza y leofrece una a Claire. Ella la sostiene en la mano todo eltiempo mientras hablan y finalmente le da un mordis-quito supermínimo a la punta del trozo y entonces Nsiempre dice: "¡No me lo puedo creer! ¡Te estás co-miendo mi pizza!", y le quita el trozo de pizza y se locome en dos bocados. Esto hace que Claire se ría tan-to que parece que los melones le van a explotar. Laschicas de LEcole llevan ropa increíblemente ajustada,faldas cortas y tacones. Son, en plan, las putas de loscolegios del Upper East Side. A i V l e gusta flirtear conellas y hasta ahora la cosa no ha ido a más. Pero si Bsigue dándole largas puede que N comience a darle aClaire más que un bocado de pizza. Sin embargo, estavez Claire le sorprende al preguntarle si ha oído algode S. Claire dice que ha oído que S se quedó embara-zada el verano pasado y que dio a luz en Francia. Elnombre de su bebé es Jules y está vivito y coleando enMarsella. 75
  • 73. En cuanto a D, pues bien, está sentado en el patio delRiverside Prep otra vez, leyendo poesía y comiendomantequilla de cacahuete con jalea de membrillo. Séque parece supertriste, pero no os preocupéis por D. Leestá por llegar su momento. Manteneos conectadas. Visto por ahí Se ha visto a K devolviendo un bolso color rosa condibujos de camuflaje en Barneys. La verdad es que elbolso me parecía mono, pero alguien la habrá conven-cido de que lo devolviese. Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla76
  • 74. —Oye, Nate, soy Serena. Llamo para ver qué haces.Pensaba que podríamos salir esta noche, pero, ¿sabes?Estoy cansada. Son sólo las diez, pero creo que me voya la cama. Nos vemos este fin de semana, ¿vale? Tengomucha ilu. Te quiero. Que sueñes con los angelitos. Serena cortó. Su habitación le pareció muy silencio-sa. Hasta la Quinta Avenida estaba silenciosa, exceptopor algún taxi que pasaba de vez en cuando. Desde donde se sentaba en su gran cama con dosel,podía ver la foto enmarcada de su familia, tomada enGrecia cuando tenía doce años. El capitán del veleroque habían alquilado se la había tomado. Todos esta-ban en bañador y su hermano Erik, que tenía catorceaños, le hacía pedorretas en la mejilla a Serena mientraslos padres les miraban, riéndose. Serena había tenido suprimera regla durante aquel viaje. Le había dado tan-ta vergüenza que no se había atrevido a decírselo a suspadres, ¿qué iba a hacer, encerrada en un barco? Esta-ban anclados cerca de la costa de Rodas y mientras suspadres estaban haciendo snorkel y se suponía que Sere-na y Erik tomaban clases de windsurf, Erik había nada-do hasta la costa, robado una Vespa y le habíacomprado unas compresas maxi. Se las ató a la cabeza,envueltas en una bolsita de plástico, y se convirtió en suhéroe. Serena había tirado sus bragas por la borda. Seguro que seguían allí, enganchadas en algún arrecife. Ahora Erik estaba en la universidad y Serena no leveía nunca. Había estado con ella en Francia durante elverano, pero ambos se habían pasado la mayoría del 77
  • 75. tiempo persiguiendo o siendo perseguidos por gente del sexo opuesto, así que no habían tenido tiempo dehablar. Serena cogió el teléfono nuevamente y apretó elbotón que tenía grabado el número del apartamentoque su hermano tenía fuera del campus. El teléfonosonó y sonó hasta que finalmente se activó el contesta-dor automático. "Si quiere dejar un mensaje para Dillon, pulse uno.Si quiere dejar un mensaje para Tim, pulse dos. Si quie-re dejarle un mensaje a Drew, pulse tres. Si quieredejarle un mensaje a Erik, pulse cuatro". Serena pulsó el cuatro y luego titubeó. —... Oye... soy Serena. Perdona por no haberte lla-mado, pero tú también me podrías haber llamado a mí,so cabrón. Estaba encerrada en Ridgefield, aburrida amás no poder, hasta este fin de semana, y ahora he vuel-to a la ciudad. Hoy ha sido mi primer día de clase. Hasido un poco raro. La verdad es que ha sido una mier-da. Todos están... todo está... no lo sé... extraño.... Daigual, llámame. Te echo de menos. Te mandaré unpaquete en cuanto pueda. Te quiero. Adiós.7E
  • 76. La vida es frágil y absurda —Eres un imbécil, Dan —le dijo Jenny Humphrey asu hermano. Estaban sentados a la mesa de la cocina de supiso amplio y cochambroso de la Avenida West End.Era una casa hermosa de altos techos y cuatro dormi-torios llenos de luz. Tenía grandes vestidores y enor-mes bañeras con patas, pero no la habían renovadodesde los años cuarenta. En las paredes rajadas se veíanmanchas de humedad y los suelos de madera estabanopacos y llenos de rayajos. Había pelusas en los rinco-nes y a lo largo de los rodapiés, como si fuese musgo.De tanto en tanto, Jenny y su padre, Rums Hum-phrey, contrataban un servicio de limpieza para queadecentara un poco el sitio y el enorme gato de lafamilia, Max, mantenía a las cucarachas a raya, pero lamayoría del tiempo el piso parecía un ático acogedory descuidado. Era el tipo de lugar donde uno espera-ría encontrar tesoros perdidos, como fotografías anti-guas, zapatos viejos o huesos de la cena de Navidad delaño anterior. Jenny comía medio pomelo y bebía una taza de infu-sión de menta. Desde que le había comenzado la regla,en primavera, comía cada vez menos, pero todo lo quecomía parecía depositársele en los pechos. Dan se preo-cupaba por los hábitos de comida de su hermanita, peroJenny seguía tan activa y llena de energía como siem-pre, así que, ¿qué sabía él? Por ejemplo, no sabía quetodos los días Jenny se compraba un bollo con pepitasde chocolate de camino al colegio en un pequeño deli-catessen de la calle Broadway. 79
  • 77. No era un método muy efectivo que digamos para reducir el pecho. Dan comía su segundo donut de chocolate y bebía café instantáneo con leche en polvo y cuatro cucharadas de azúcar. Le gustaba el azúcar y la cafeína, lo cual pro- bablemente era parte del motivo por el que le tembla- ban las manos. Dan no estaba en la onda de la comida sana. Le gustaba vivir al límite. Mientras desayunaba, Dan estudiaba el guión del corto de Vanessa Abram, el corto en que supuestamen-te iba a actuar. Leía una y otra vez el mismo renglón, como un mantra: "La vida es frágil y absurda". —Dime que te da igual que Serena van der Wood-sen haya vuelto —le desafió Jenny. Se metió un gajo depomelo en la boca y lo chupó, se sacó el hollejo de laboca y lo puso en el plato—. Tendrías que verla —pro-siguió—. Está superguay. Tiene como otro aspecto. Noes por la ropa, es su cara. Parece mayor, pero no en planarrugas ni nada de eso. Está en plan Kate Moss o algu-na otra modelo, ¿sabes? Como que ha estado en todaspartes y ha visto todo y ha vuelto. Es como si hubieravenido... no sé, con experiencia. Jenny esperó a que su hermano le dijese algo, peroDan miraba fijamente su taza de café. "La vida es frágil y absurda". —¿Ni siquiera la quieres ver? —le preguntó Jenny. Dan pensó en lo que había oído decir a Chuck Bass sobreSerena. No había querido creer nada de ello, pero si Serenatenía el aspecto de experiencia del que hablaba Jenny, quizálo que decía Chuck fuera verdad. Quizá Serena fuera la chi-ca más puta, colgada y enferma de Nueva York. Se encogióde hombros y señaló la pila de hollejos del plato de Jenny.80
  • 78. —Qué asco —le dijo—. ¿No puedes comer una Pop-Tart o algo por el estilo, como una persona normal? —¿Qué tiene de malo el pomelo? —preguntóJenny—. Es refrescante. —Pues verte comerlo no lo es. Es un asco —dijo Dan.Se metió el resto del donut en la boca y se limpió el cho-colate de los dedos con la lengua, teniendo cuidado deno manchar el guión. —Nadie te obliga a mirar —dijo Jenny—. Venga, nome has contestado. —¿Qué? —preguntó Dan, levantando la vista. —Lo de Serena —dijo Jenny, apoyando los codossobre la mesa y echándose hacia delante—. Sé que quie-res verla. Dan volvió la mirada al guión y se encogió de hom-bros. —Da igual —dijo. —Sí, claro, da igual —dijo Jenny, con un gesto deexasperación de sus ojos—. Mira, dan una fiesta el vier-nes de la semana que viene. Es algo elegante, de cari-dad, para salvar a los halcones peregrinos que viven enCentral Park. ¿Sabías que había halcones en CentralPark? Yo no. Bueno, el tema es que Blair Waldorf loorganiza, y ya sabes que Serena y ella son amigas ínti-mas, así que por supuesto que Serena estará allí. Dan siguió leyendo el guión sin hacerle ningún casoa su hermana. Y Jenny prosiguió, sin hacer caso alhecho de que Dan no le hiciese caso. —O sea, que lo único que tenemos que hacer es colar-nos en la fiesta esa —dijo Jenny. Cogió una servilleta depapel de la mesa, la hizo una bola y se la tiró a su herma-no a la cabeza—. Dan, porfa —rogó—. ¡Tenemos que ir!
  • 79. Dan apartó el guión y miró a su hermana con expre- sión seria y triste. —-Jenny —dijo—, no quiero ir a esa fiesta. Ese vier- nes probablemente vaya a casa de Deke a jugar a la Playstation y luego seguramente a Brooklyn a estar con Vanessa, su hermana y sus amigos. Como todos los viernes. —Pero ¿por qué, Dan? ¿Por qué no quieres ir a la fiesta? —preguntó Jenny, dando puntapiés a las patas de la silla, como una niña pequeña. Dan meneó la cabeza con una sonrisa amarga en loslabios. —¡Porque no nos han invitado! ¡Porque no nos vana invitar! Déjalo, Jenny. Lo siento, pero así son las cosas. Somos diferentes a ellos, lo sabes perfectamente.No vivimos en el mismo mundo que Serena van derWoodsen, Blair Waldorf y toda esa peña. —¡Oh, qué quejica eres! ¡Me pones negra! —dijoJenny con gesto de exasperación. Se levantó y puso losplatos en el fregadero, frotándolos con furia con unaesponja. Luego se dio la vuelta de golpe, con los brazosen jarras. Llevaba un camisón de franela color rosa ytenía el rizado cabello todo alborotado porque se habíaacostado con la cabeza mojada. Parecía una minimaru-ja enfadada con unos melones diez veces mayores de loque le correspondía a su cuerpo. —¡Me da igual lo que digas, yo iré a esa fiesta! —in-sistió. —¿Qué fiesta? —preguntó su padre, apareciendo enel vano de la puerta. Rufas Humphrey seguramente habría ganado el pre-mio al padre que más vergüenza causa a sus hijos. Ves-82
  • 80. tía una camiseta manchada de sudor y unos calzoncillosboxer a cuadros rojos y blancos, y se estaba rascando laentrepierna. Hacía varios días que no se afeitaba y subarba gris le había crecido desigualada, y aunque enpartes era larga y espesa, en otras tenía calvas. Llevabael rizado cabello sin peinar, los ojos inyectados en san-gre y un cigarrillo enganchado en cada oreja. Jenny y Dan se lo quedaron mirando un momentoen silencio. Luego, Jenny suspiró y se volvió hacia elfregadero. —Nada —dijo. Dan hizo una mueca irónica y se apoyó en el respal-do de la silla. Su padre odiaba el pretencioso UpperEast Side. Mandaba a Jenny al Constance porque eraun colegio muy bueno y porque él una vez había salidocon una de las profesoras de Lengua de allí. Pero odiabala idea de que Jenny sufriese la influencia de sus com-pañeras de clase, "esas señoritingas de sociedad", comolas llamaba. Dan sabía que a su padre le iba a encantaraquello. —Jenny quiere ir a uno de esos refinados bailes decaridad la semana que viene —dijo. El señor Humphrey cogió uno de los cigarrillos dedetrás de su oreja y se lo metió en la boca. Jugueteó con él. —¿A beneficio de qué? —exigió. Dan se meció en la silla con una sonrisa autosufi-ciente. Jenny cerró el grifo y le lanzó una mirada furio-sa, desafiándole a que prosiguiese. —No te lo pierdas •—dijo Dan—. Es una fiesta pararecaudar dinero para esos halcones peregrinos queviven en Central Park. Seguramente les construyanunas mansiones para pájaros o algo por el estilo. Como 83
  • 81. si no hubiese miles de personas sin techo a quienes lesiría muy bien el dinero. —¡Cállate, sabelotodo! —dijo Jenny, furiosa—. Sólo es una fiesta. Nunca he dicho que fuese una bue-na causa. —¿A eso llamas una causa? —gritó su padre—. Ten-dría que darte vergüenza. A esa gente sólo le gustanesos pájaros porque son bonitos. Porque les hacen sentirque están en el bonito campo, como si estuviesen en suscasas de Connecticut o Maine. Son decorativos. ¡Típicode los que se dedican al ocio, inventarse una obra debeneficencia que no ayuda a nadie en absoluto! Jenny se apoyó contra la encimera, miró el techo ydesconectó de la voz de su padre. No era la primera vezque oía aquel sermón. Pero aquello no cambiaba nada.Seguía queriendo ir a la fiesta. —Quiero divertirme, nada más —dijo con cabezó-nería—. ¿Qué tiene de malo? —Lo que tiene es que te acostumbrarás a las tonte-rías de esas señoritingas y acabarás siendo igual de falsaque tu madre, que se rodea de gente rica porque temeusar la cabeza —gritó su padre, con el rostro sin afeitarenrojecido—. ¡Joder, Jenny! Cada vez me recuerdasmás a tu madre. Dan se sintió mal de repente. Su madre se había marchado a Praga con un conde oun príncipe o algo así y básicamente era una manteni-da, dejando que el conde o el príncipe o quien fuese lavistiese y la alojase en hoteles por toda Europa. Lo úni-co que hacía todo el día era ir de compras, comer, bebery pintar cuadros de flores. Les escribía dos o tres vecesal año y de vez en cuando les mandaba un regalo. Para84
  • 82. Navidad le había mandado a Jenny desde Alemania unvestido de campesina que era como diez tallas pequeño.No era nada agradable que su padre le dijese a Jennyque le recordaba a su madre. No lo era en absoluto. Jenny parecía a punto de llorar. —Déjalo ya, papá —dijo Dan—. No nos han invita-do de todos modos, así que ninguno de los dos podríair aunque quisiese. —¿Veis lo que os digo? —dijo el señor Humphrey,triunfante—. ¿Para qué quieres juntarte con esos snobs,eh? Jenny miraba el suelo fijamente con los ojos llenosde lágrimas. —Date prisa y vístete, Jen —dijo Dan suavemente,poniéndose de pie—. Te acompaño hasta la parada delautobús. 85
  • 83. N recibe una e-vitación Durante los seis minutos del intervalo entre el tim-bre que indicaba el final de Latín y el que marcaba elinicio de Gimnasia, Nate se metía a hurtadillas en lasala de ordenadores del Colegio para Varones St. Jude.Todos los miércoles, Blair y él se habían acostumbradoa mandarse por e-mail una rápida notita de amor (vale,había sido idea de Blair) que les ayudase a superar elresto de la semana. Faltaban sólo dos días hasta el fin desemana y podrían pasar juntos todo el tiempo que qui-sieran. Pero hoy Nate ni siquiera pensaba en Blair. Queríasaber qué tal le iba a Serena. La noche anterior ella lehabía dejado un mensaje en el contestador mientras élestaba viendo un partido de los Yankis con sus amigos.Su voz le había parecido triste y muy lejana, aunque ellavivía a manzana y media de distancia. Nate nunca lahabía oído tan deprimida. ¿Y desde cuándo se iba Sere-na van der Woodsen a la cama pronto? Nate se sentó frente a uno de los PCs encendidos.Pinchó la ventana de "Correo Nuevo" y le mandó aSerena un mensaje a su antigua dirección del Cons-tance. No sabía si lo miraría, pero valía la pena inten-tarlo. PARA: serenavdw@constancebillard.edu DE: narchibald@stjudes.edu Hola. ¿ Q u é pasa? Recibí tu mensaje anoche. Siento nohaber estado. Nos vemos el viernes seguro, ¿vale?86
  • 84. Te quiero, Nate Luego abrió su correo. Sorpresa, sorpresa, había une-mail de Blair. N o hablaban desde la cena de la madrede ella, hacía dos noches. PARA: n a r c h i b a l d @ s t ¡ u d e s . e d u DE: blairw@constancebillard.edu Querido Nate: Te echo de menos. El lunes por la noche iba a ser muyespecial. Antes de que nos interrumpiesen tenía pensadohacer algo que hace mucho que venimos retrasando. Estoysegura de que sabes a lo que me refiero. Supongo que noera el momento adecuado. Q u e r í a decirte que estoy pre-parada para hacerlo. No estaba preparada antes, peroahora lo estoy. Mi madre y Cyrus se van el viernes y quie-ro que te quedes a dormir. Te quiero. L l á m a m e . Blair Nate leyó el e-mail de Blair dos veces y luego locerró para no verlo más. Estaban a miércoles. ¿Seríaposible que llegasen hasta el viernes sin que Blair seenterase de lo que había pasado entre Serena y él, aun-que las dos fuesen íntimas amigas y se lo contasen todo?Lo más probable era que no. ¿Y Chuck Bass? No eraprecisamente el rey de los secretos. Nate frotó sus hermosos ojos verdes con fuerza. Da-ba igual cómo se enterase Blair, de todos modos estaba 87
  • 85. bien jodido. Intentó pensar en un plan, pero lo únicoque se le ocurrió fue esperar a ver qué pasaba cuandofuese a casa de Blair el viernes. No tenía sentido poner-se nervioso ahora. En aquel momento se abrió la puerta y Jeremy ScottTompkinson asomó la cabeza. —¡Oye, Nathaniel, pasamos de ir a Gimnasia! ¿Tevienes al parque a jugar al fútbol? Sonó el segundo timbre. De todos modos, Nate lle-garía tarde a Gimnasia, y después era la hora de la co-mida. Saltarse la clase le pareció una idea buenísima. —Vale —dijo—. Espera un segundo. —Pinchó en ele-mail de Blair y lo mandó a la papelera de reciclaje—.Listo —dijo, poniéndose de pie—. Vamos. ¡Venga, por Dios! Si realmente la quisiera, lo habríarespondido o al menos guardado, ¿no? Era un soleado día de octubre en Central Park. En Sheep Meadow muchos chicos habían hecho pellas y estaban tirados en el césped, fumando o jugando úfris-bee. Los árboles que rodeaban el prado eran una llama-rada de amarillos, naranjas y rojos, y por detrás de ellosse asomaban los hermosos edificios de Central ParkWest. Un tipo vendía hierba y Anthony Avuldsen lecompró un poco para añadirla a la que Nate había cogi-do en la pizzería el día anterior. Nate, Jeremy, Anthonyy Charlie Dern comenzaron a pasarse un enorme porromientras regateaban con un balón de fútbol sobre elcésped. Charlie le dio una calada al porro y se lo pasó aJeremy. Nate le tiró el balón y Charlie se tropezó y ca-
  • 86. yó. Medía más de un metro ochenta y tenía la cabezademasiado grande para su cuerpo. Le llamaban Fran-kenstein. Anthony corrió hacia la pelota, siempreatlético aunque estuviese fumado, le dio un puntapiéy la dirigió a Jeremy. Jeremy la recibió contra el pecho ydejó que cayese al suelo para regatear con ella entre lospies. —-Joder, qué fuerte es esta mierda —dijo, subiéndo-se los pantalones. Siempre se le caían de las estrechascaderas, por mucho que se ajustase el cinturón. —Sí —dijo Nate—. Me ha dejado K . O . —Le pica-ban los pies. Se sentía como si el césped le creciese através de las suelas de las deportivas. —Oye, Nate —dijo Jeremy, deteniendo el balón—.¿Ya has visto a Serena van der Woodsen? —le pregun-tó—. He oído que ha vuelto. Nate miró al balón como deseando poder regatearcon él hacia el otro lado del campo simulando que nohabía oído la pregunta de Jeremy. Sentía que los otrostres chicos le miraban. Se agachó y se quitó la deporti-va del pie izquierdo para poder rascarse la planta delpie. Joder, cómo le picaba. —Sí —dijo—, la vi el lunes. —Simuló indiferenciamientras saltaba sobre un pie. —¿Qué tal estaba? —preguntó Charlie, tras carras-pear y escupir en el césped—. He oído que se metió enun montón de movidas en Hanover. —Yo también —dijo Anthony añadiendo más leña alfuego—. He oído que la echaron por montárselo conun montón de tíos en su habitación. Su compañera sechivó —rió—. Joder, podría haber pagado la habitaciónde un hotel.
  • 87. —He oído que tuvo un niño —rió Charlie—. Deverdad. Lo tuvo en Francia y lo dejó allí. Sus padrespagan para que lo críen en un convento francés. Comoen las pelis, tíos. Nate no podía creer lo que oía. Dejó caer la zapati-lla y se sentó en el césped. Luego se quitó la otra zapa-tilla y los dos calcetines. No dijo nada, sólo se quedóallí, descalzo, rascándose los pies. —¿Te imaginas a Serena con todos esos tíos en suhabitación? En plan: "¡Más, quiero más, ooooohhhh!"—dijo Jeremy. Se tiró en el césped, frotándose el delga-do estómago y riendo histéricamente—. ¡Qué fuerte! —Me pregunto si sabrá quién es el padre —dijoAnthony. —Oí que se había montado una movida seria de dro-gas —dijo Charlie—. Estaba traficando y cogió adiccióna la mierda que vendía. Estuvo en una clínica en Suizatodo el verano. Después de que naciese el bebé, supongo. —Joder, eso sí que es una putada. —Tú te lo montaste con ella, ¿verdad, Nate? —dijoCharlie. —¿De dónde has sacado eso? —preguntó Nate,frunciendo el ceño. —No lo sé, tío —sonrió Charlie, meneando la cabe-za—. De por ahí. ¿Qué más da? Está buenísima. —Sí, bueno, me lo he montado con algunas mejores—dijo Nate, y se arrepintió inmediatamente. ¿De quécono hablaba? —Sí, Blair también está buena, supongo —dijoCharlie. —Apuesto a que se pone como una leona en la cama—dijo Jeremy.90
  • 88. —¡Mírale, se cansa de sólo pensarlo! —dijoAnthony, señalando a Nate y lanzando una estridentecarcajada. Nate se rió y sacudió la cabeza, intentando que se ledescolgasen las palabras de los oídos. Se echó haciaatrás en el césped y se quedó mirando el despejado cie-lo azul. Si echaba la cabeza más atrás, podía ver los teja-dos de los áticos de la Quinta Avenida, incluyendo losde Serena y Blair. Bajó el mentón para ver el cielo azulotra vez. Estaba tan fumado que no podía concentrarseen lo que decían. Cerró los oídos a las voces de sus ami-gos e intentó poner la mente en blanco, tan despejada yazul como el cielo. Pero no pudo borrar las imágenes deSerena y Blair flotando desnudas. "Tú sabes que meadoras", le decían. Nate sonrió y cerró los ojos. 91
  • 89. CosasdeChicas.net temas < anterior siguiente • envía una pregunta respues: 4Todos los nombres reales de sitios, gente y heáos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a m ¡Qué hay; gente! Sé que no ha pasado mucho tiempo, pero no me pue- ] do resistir a escribir algo más de N. Mi tema favorito. Es que está buenísimo. FUMADO EN CENTRAL PARK En realidad, mi tema favorito es el desperpijo, la ver- i sión elitista del despertío. A diferencia del fumeta corriente, el desperpijo no va en plan heavy, no es xmfri- ki, ni un skater, tampoco un hippy comedores. Lleva el pelo bien cortado y se cuida la piel. Huele genial, lleva los jerséis de cashmere que le compra su novia, saca bue- nas notas y es cariñoso con su madre. Hace vela y juega al fútbol. Sabe cómo hacer un nudo de corbata. Sabe bai- lar. ¡Es sexy! Pero el desperpijo nunca se entrega por entero a nada ni a nadie. No tiene ningún tipo de moti- vación y no dice lo que piensa. No corre riesgos, lo cual hace que sea un riesgo terrible enamorarse de él. Habréis notado que yo soy exactamente lo contrario: ¡nunca sé cuándo cerrar el pico! Y creo fervientemente que los opuestos se atraen. Tengo que confesar que me estoy convirtiendo en una fan de los desperpijos. Parece ser que no soy la única. 92
  • 90. Vuestro e-mail P: Querida Chica Cotilla: me he dado un revolcón de cojones con N sobre unamanta en central park. al menos, creo que es el mismo N. Es todo pecoso,¿verdad? ¿Huele a bronceador y hierba? —muñecadelamanta R: Querida muñecadelamanta Sí... Apuesto a que sí. —CC Visto por ahí B comprando preservativos en la farmacia Zitomer.¡Extra Largos Super Estimulantes! Lo que me gustaríasaber es cómo supo qué talla comprar. Supongo quehabrán hecho todo lo demás menos hacerlo. Luego Bse fue derechita al J . Sisters Salón para que le depilaranlas ingles por primera vez. ¡Ay! Pero, creedme, vale lapena. También pillé a 5 en la oficina de Correos, en-viando un paquete grande. ¿Ropa de Barneys para supequeñín francés, quizá? Me encontré con Iy K en el 3Guys Coffee Shop, comiendo patatas fritas con choco-late caliente otra vez. Acababan de devolver esos vestidi-tos tan monos que se habían comprado en Bendell elotro día —cielos, ¿estarán engordando?—. Estuvimoshablando de otras opciones que ponerse para la fiestadel "Beso en los Labios". Qué pena que no haya que iren toga. 93
  • 91. Vocab Ya que tantas me habéis escrito, responderé a la granpregunta que os intriga desde que os enterasteis de la fies-ta para el halcón peregrino. Vale. Según el diccionario de la RAE online, que osrecomiendo, allá va: HALCÓN (Del b. lat. falco, —nis). 1. m. Ave rapaz diurna, de unos 40 cm de largo desde lacabeza a la extremidad de la cola, y muy cerca de 9 dm deenvergadura, con cabeza p e q u e ñ a , pico fuerte, curvo y denta-do en la m a n d í b u l a superior, plumaje de color variable con laedad, pues de ¡ o v e n es pardo con manchas rojizas en la partesuperior, y blanquecino rayado de gris por el vientre. A medidaque el animal envejece, se vuelve plomizo con manchas negrasen la espalda, se oscurecen y s e ñ a l a n m á s las rayas de la par-te inferior, y aclara el color del cuello y de la cola. La hembraes un tercio mayor que el macho; los dos tienen u ñ a s curvas yrobustas, tarsos de color verde amarillento y vuelo potente; sonmuy audaces, atacan a toda clase de aves, y aun a los m a m í f e -ros p e q u e ñ o s , y como se domestican con relativa facilidad, seempleaban antiguamente en la caza de c e t r e r í a . ~ peregrino. 1 . m. h a l c ó n (_ ave rapaz). Ya sé que es un rollo, pero sólo intento desasnaros unpoco, es mi trabajo. ¡Nos vemos en el parque! Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla94
  • 92. S intenta superarse —Bien, es maravilloso tenerte nuevamente aquí,querida —le dijo a Serena la señora Glos, la asesorauniversitaria del Constance. Cogió las gafas que colga-ban de una cadenita de oro de su cuello y se las pusopara leer el horario de Serena que tenía sobre la mesa—.Veamos. Uhm. Sí. Bien —masculló, leyéndolo. Serena, sentada frente a ella con las piernas cruzadas,esperó pacientemente. No había ningún diploma en lasparedes del despacho de la señora Glos, ningún certifica-do de nada, sólo fotos de sus nietos. Serena se preguntó sila señora Glos habría ido a la universidad. Ya que se dedi-caba a aconsejar a la gente que se preparase para el acce-so a la universidad, al menos podría haberlo intentado. —Sí, bien —dijo la señora Glos, aclarándose la gar-ganta—. Tu elección de asignaturas es perfectamenteaceptable. Nada del otro mundo, desde luego, peroadecuado. Me imagino que compensarás los créditoscon optativas, ¿verdad? Serena se encogió de hombros. "Si se puede decirque beber Pernod y bailar desnuda en la playa de Can-nes sea una optativa". —La verdad es que no —dijo—. Me refiero a que nome he apuntado a ninguna otra asignatura de momento. La señora Glos dejó caer las gafas. Tenía los agujerosde la nariz muy rojos y Serena se preguntó si le estaríaa punto de dar una hemorragia nasal. La señora Glosera famosa por sus hemorragias nasales. Tenía la. pielmuy pálida y amarillenta. Todas las chicas pensaban quepadecía alguna enfermedad terrible y contagiosa. 95
  • 93. —¿Ninguna optativa? Pero, ¿qué estás haciendo para superarte? Serena le lanzó una cortés mirada de incomprensión. ¿Para qué iba a necesitar superarse? —Comprendo. Pues bien, tendremos que buscarte algo, ¿no? —dijo la señora Glos—. Me temo que lasuniversidades no te tendrán en cuenta en absoluto si nohaces algo extra. —Se inclinó y sacó una carpeta de uncajón de su mesa y comenzó a pasar páginas y páginasde octavillas de colores—. Aquí hay algo que comienzaesta semana. " E l Feng Shui de las flores, el arte delarreglo floral". —Miró a Serena, que fruncía el ceño,dudosa—. No, tienes razón. Eso no te ayudará a entraren Harvard, ¿no te parece? —dijo con una risilla. Sesubió las mangas de la blusa y miró la carpeta con ges-to de concentración mientras seguía pasando las pági-nas rápidamente. No estaba dispuesta a darse porvencida tras el primer intento, era una profesional quesabía hacer su trabajo. Serena se mordisqueó la uña del pulgar. No se lehabía ocurrido que las universidades pretenderían quefuese más de lo que era. Y decididamente quería ir a launiversidad. A una buena. Sus padres desde luego queesperaban que entrase en una de las mejores. No es que lapresionasen, pero lo daban por sentado. Y cuanto máspensaba en ello Serena, más se daba cuenta de que notenía nada que ofrecer. La habían echado del internado,sus notas habían bajado, no tenía ni idea de por dóndeiban en las clases a las que se había apuntado y, además,no tenía hobbies ni actividades una vez salía del colegio.Las notas que sacó en la práctica del SAT eran unamierda porque se le iba la olla durante esos estúpidos96
  • 94. tests en los que había que rellenar bolitas. Y cuando lohiciese otra vez, seguramente volvería a ser una mierda.O sea que, básicamente, la había cagado. —¿Qué te parece teatro? Tienes bastante buenasnotas en inglés, seguro que te gusta el teatro —sugirió laseñora Glos—. Llevan poco más de una semana ensayan-do esta obra. El Club Interescolar de Teatro va a haceruna versión moderna de Lo que el viento se llevó —levantóla mirada—. ¿Qué te parece? Serena sacudió el pie y se mordisqueó la uña deldedo meñique. Intentó imaginarse sola en el escenario,haciendo de Escarlata OHará. Tendría que llorar cuan-do lo dijese el libreto y hacer como que se desmayaba yllevar enormes vestidos con corsé y miriñaque. Quizápeluca. "¡Nunca más volveré a pasar hambre!", grita-ría teatralmente, con su mejor acento sureño. Podríaresultar divertido. Cogió la octavilla que le alargaba laseñora Glos teniendo cuidado de no colocar sus dedosdonde la profesora había tocado el papel. —De acuerdo, ¿por qué no? —dijo—. Parece diver-tido. Serena salió del despacho de la señora Glos cuandosalían las de la última clase del día. El ensayo de Lo queel viento se llevó era en el salón de actos, pero no comen-zaba hasta las seis, para que pudiesen participar losalumnos que hacían deporte al acabar las clases. Serenase dirigió por las amplias escalinatas centrales del Cons-tance al cuarto piso a buscar su abrigo, que guardaba enla taquilla, y a buscar a alguien que quisiera quedarsecon ella hasta las seis. A su alrededor pasaban chicas 97
  • 95. corriendo a sus diferentes reuniones, ensayos, entrena-mientos, clubes. Por costumbre, se detenían un instan-te a saludar a Serena, porque de toda la vida, que teviesen hablando con Serena van der Woodsen era quete viesen. —Hola, Serena —gritó Laura Salmón antes de zam-bullirse en las escaleras hacia el Club de la Alegría, quese reunía en la sala de música del sótano. —Nos vemos, Serena —dijo Rain Hoffstetter, pasan-do en pantalones cortos al dirigirse a su partido de fútbol. —Hasta mañana, Serena —dijo Lily Reed en vozbaja, ruborizándose porque iba en pantalones de mon-tar, algo que siempre le daba corte. —Ciao —dijo Carmen Fortier mascando chicle, concazadora de piel y vaqueros. Era una de las pocas chicasbecadas en la clase de las pequeñas y vivía en el Bronx.Decía que no podía ir en uniforme a su casa porque lepropinarían una paliza por la calle. Carmen se dirigía alClub del Arte del Diseño Floral, aunque a sus amigosdel barrio les decía que iba a kárate. De repente, el pasillo quedó vacío. Serena abrió sutaquilla, sacó su abrigo Burberry y se lo puso. Luegocerró de un portazo la taquilla, bajó deprisa las escale-ras y salió a la calle. Giró a la izquierda por la Noventay Tres hacia Central Park. Tenía una caja de TicTacs de naranja en el bolsillocon una sola gragea dentro. Se la metió en la boca, peroestaba tan preocupada por su futuro que apenas sintiósu sabor. Cruzó la Quinta Avenida andando por la acera quebordeaba el parque, cubierta de hojas. Más adelante,dos niñas pequeñas del Sagrado Corazón con sus boni-98
  • 96. tos babys a cuadritos rojos y blancos paseaban a unenorme Rotweiler. Serena pensó en entrar al parque ala altura de la Ochenta y Nueve y sentarse un rato paramatar el tiempo hasta la hora del ensayo, pero ¿sola?¿Qué iba a hacer? ¿Mirar a la gente? Ella siempre habíasido una de esas personas a las que todos los demásmiran. Así que se marchó a su casa. Su casa estaba en la Quinta Avenida 994, un elegan-te edificio antiguo de portero de guante blanco junto alHotel Stanhope y justo enfrente del Museo Metro-politano de Arte. Los van der Woodsen tenían un semi-piso en la última planta. Su apartamento tenía catorceestancias, incluyendo cinco dormitorios con baño pri-vado, dependencias de servicio, un salón como paracelebrar un baile en él y dos salas increíbles con bar ygigantescos equipos electrónicos de audio y vídeo. Cuando Serena llegó a su casa, el amplio piso estabavacío. Sus padres pasaban poco tiempo en casa. Su padreera el gerente de la misma compañía naviera holandesaque su tatarabuelo había fundado en mil setecientos. Suspadres pertenecían a los consejos de todas las organiza-ciones de caridad y arte de la ciudad, y siempre teníanque ir a reuniones, comidas o colectas de fondos. Dei-dre, la asistenta, había salido a la compra, pero la casaestaba impoluta y había jarrones de flores frescas entodas las estancias, incluyendo los cuartos de baño. Serena abrió la puerta de uno de los salones máspequeños y se dejó caer en su sillón favorito de panaazul. Cogió el mando y pulsó los botones para abrir elmueble de la tele y encender la pantalla plana. Hizo zap- 99
  • 97. ping con impaciencia, incapaz de concentrarse en nada de lo que veía y dejándolo finalmente en T R L , aunque pensaba que Carsol Daly era insufrible. Hacía mucho que no veía la tele. En el internado, sus compañerashacían palomitas y tomaban chocolate caliente y veían Saturday Night Live o Jackass en pijama, pero Serenaprefería escaparse a beber aguardiente de melocotón yfumar cigarros con los chicos en el sótano de la capilla. Lo que más le molestaba en aquel momento no era Carson Daley ni el hecho de que estuviese sola en sucasa sin nada que hacer, sino pensar que quizá se pasa-se el resto de la vida haciendo justamente eso, ¡viendola tele sola en el apartamento de sus padres si no se poníalas pilas para entrar en la universidad! ¿Por qué habíasido tan tonta? Todas las demás parecía que se habíanpuesto las pilas. ¿Se habría perdido la charla del "Ya esHora de que te Pongas las Pilas"? ¿Por qué nadie se lohabía dicho? Bueno, no tenía sentido perder los papeles. Todavíahabía tiempo. Y aún podía pasárselo bien. No tenía porqué convertirse en una monja sólo porque iba a meterseen el Club Interescolar de Teatro, o como se llamase. Apagó el televisor y se dirigió a la cocina. La coci-na de los van der Woodsen era enorme. Armarios conpuertas de vidrio cubrían las paredes por encima de lasencimeras de brillante acero inoxidable. Había doscocinas industriales y tres cámaras frigoríficas. Presi-día la estancia una enorme mesa de madera con unbloque de carnicero, y sobre la mesa se encontraba elcorreo. Serena cogió el correo y lo miró. La mayoría eraninvitaciones para sus padres, sobres cuadrados escritos100
  • 98. en caligrafía tradicional: bailes, cenas de caridad, reunio-nes para hacer colectas de fondos y subastas. Además esta-ban las inauguraciones de exposiciones de arte: postalescon una obra del artista de un lado y del otro la fecha yel lugar de la exposición. Una de ellas le llamó la aten-ción. Parecía que se hubiera perdido en el correodurante cierto tiempo porque estaba bastante arrugaday la inauguración que anunciaba comenzaba a las cua-tro de la tarde del miércoles, que era... ¡en aquel preci-so momento! Serena le dio la vuelta a la tarjeta postal ymiró la obra del artista. Parecía una fotografía en blan-co y negro de un primer plano de un ojo que habíancoloreado en rosa. E l título de la obra era Kate Moss y elnombre de la exposición "Entre bambalinas". Serenaentrecerró los ojos para mirar mejor la postal. Teníaalgo de inocente y hermoso y un poco burdo a la vez.Quizá no fuese un ojo. No estaba segura de lo que era,sin embargo, le parecía decididamente guay. No habíaninguna duda de ello. Serena supo lo que haría lassiguientes dos horas. Fue volando a su habitación y se quitó el uniformecolor granate para ponerse sus vaqueros favoritos de pielnegra. Luego cogió el abrigo y llamó al ascensor. A lospocos minutos se bajaba de un taxi frente a la GaleríaWhitehot de Chelsea, en pleno centro. En cuanto llegó, Serena cogió un martini con gin y fir-mó el libro de visitas. La galería estaba llena de veintea-ñeros superfashion vestidos a la última, bebiendo martinispor la gorra y admirando las fotografías de las paredes.Cada una de ellas era parecida a la de la postal, el mismo 101
  • 99. primer plano del ojo en blanco y negro, todas de diferen-tes tamaños y formas y de distinto color. Bajo cada una deellas había una etiqueta con el nombre de un famoso: KateMoss, Kate Hudson, Joaquín Phoenix, Jude Law, GiseleBundchen, Cher, Eminem, Christina Aguilera, Madonna,Elton John. La música pop francesa salía burbujeante de altavocesescondidos. Los creadores de las fotos, los gemelos Remi,hijos de una modelo francesa y un duque inglés, estabansiendo entrevistados y fotografiados para Art Forum, Vogue, W, Harpers Bazaar y el New York Times. Serena observó cada una de las fotos. Se dio cuentade que no eran ojos, ahora que veía las ampliaciones.Pero... ¿qué eran? ¿Ombligos? De repente, sintió que le rodeaban la cintura con unbrazo. —Hola, ma chérie. Niña hermosa. ¿Cómo te llamas? Era uno de los gemelos Remi. Tenía veintiséis añosy medía un metro setenta, lo mismo que Serena. Tenía elcabello negro y rizado y brillantes ojos azules. Hablabacon un acento que era una mezcla de inglés británico confrancés. Vestía de pies a cabeza de azul marino y suslabios eran color rojo oscuro y se curvaban en las comi-suras hacia arriba, dándole expresión astuta. Era guapí-simo y su hermano también. Qué suerte, chica. Serena no se resistió cuando él la incluyó en una fotocon su hermano para el suplemento de "Estilo" del NewYork Times del domingo. U n gemelo se puso de pie trasSerena y le besó el cuello mientras el otro le abrazabalas rodillas. A su alrededor, la gente los miraba ávida-mente, intentando ver a aquella joven nueva. Todos en102
  • 100. Nueva York quieren ser famosos, o al menos ver a alguien para poder fardar luego. El reportero de la columna de "Sociales" del New York Times reconoció a Serena de haberla visto en reu-niones hacía un año o así, pero tenía que asegurarse de que fuese ella. —Serena van der Woodsen, ¿no es verdad? —dijo,levantando la vista de su libreta de notas. Serena se sonrojó y asintió con la cabeza. Estabaacostumbrada a que la reconociesen. —¡No puedes dejar de posar para nosotros! —excla-mó uno de los gemelos Remi, besándole la mano. —¡Tienes que hacerlo! —asintió el otro, dándoleuna aceituna. —De acuerdo —rió Serena—. ¿Por qué no? —Aun-que no tenía ni idea de a lo que accedía. Uno de ellos señaló una puerta en la que ponía "Pri-vado", en un extremo de la estancia. —Vamos para allá —dijo—. No te pongas nerviosa,que los dos somos gays. Serena soltó una risilla y tomó un gran sorbo de subebida. ¿Estaban de broma? —Está bien, cariño —dijo el otro gemelo, dándoleuna palmadita en el trasero—. Eres absolutamentemaravillosa, así que no tienes de qué preocuparte. Veyendo. Estaremos contigo en un minuto. Serena titubeó, pero sólo un segundo. Ella estaba ala altura de gente como Joaquín Phoenix y ChristinaAguilera. Ningún problema. Irguiendo la barbilla, sedirigió a la puerta en la que ponía "Privado". En aquel momento, un hombre de la Liga del ArtePúblico y una mujer de las Autoridades de Tráfico de 103
  • 101. Nueva York se acercaron a hablar con los gemelos Remisobre un programa avant-garde de arte popular. Que-rían reproducir una foto de los hermanos Remi en loslaterales de los autobuses, en el metro y en los cartelesde publicidad de encima de los taxis de toda la ciudad. —Sí, por supuesto —accedieron los gemelos Remi—.Si esperan un momento, tendremos una para estrenar.¡Se la podemos dar a ustedes en exclusiva! —¿Cómo se llama ésta? —preguntó la mujer de Tráfi-co, entusiasmada. —Serena —dijeron los gemelos Remi al unísono.104
  • 102. En el saber estar se halla el camino al cielo —He encontrado una imprenta que hará las invitacio-nes para mañana por la tarde y las entregará en mano unapor una para que lleguen antes del viernes por la mañana—dijo Isabel, encantada de haber sido tan eficiente. —Pero es carísima. Si la usamos, tendremos quereducir el gasto en otras cosas. ¿Sabes lo que Takashi-maya nos cobra por los arreglos florales? En cuanto acabaron con sus actividades del miérco-les por la tarde, las integrantes de la comisión organiza-dora del "Beso en los Labios": Blair, Isabel, Kati y TinaFord, del colegio Seaton Arms, se reunieron en torno auna mesa del 3 Guys Coffee Shop, mientras comíanpatatas fritas acompañadas de chocolate caliente. Obje-tivo: resolver los últimos preparativos para la fiesta. Tenían una seria crisis entre manos: faltaban sólonueve días para la fiesta y nadie había recibido su invi-tación aún. Aunque las habían encargado hacía sema-nas, debido a una confusión tuvieron que cambiar delocal para la fiesta. En vez de The Park, un restaurantesuperfashion en Chelsea, ahora sería en el viejo edificiodel Barneys en la Setenta y Siete y la Avenida Siete, porlo que había que volver a hacer las invitaciones. Las chi-cas estaban con el agua al cuello. Si no las mandabanrápido, adiós fiesta. —Pero Takashimaya es el único sitio donde se pue-de encargar flores. Y no es tan caro. Venga, Blair, pien-sa en lo ideales que quedarán —protestó Tina. —Sí que lo es —insistió Blair—. Hay muchos otrossitios donde encargar flores. 105
  • 103. —Bueno, podríamos pedir a la gente del halcón pere-grino que nos eche una mano —sugirió Isabel. Cogióuna patata frita, la sumergió en ketchup y se la metió en laboca—. No han hecho casi nada. Blair hizo un gesto de exasperación y sopló su tazade chocolate. — N o tendría sentido. Nosotros somos quienesrecolectamos fondos para ellos, es por una buena causa. Kati se enroscó un mechón de su rizado pelo rubioen un dedo. —¿Cómo es el halcón peregrino, chicas? —pregun-tó—. ¿Es como un pájaro carpintero? —No, creo que son más grandes —dijo Tina—. Y secomen a otros animales, ¿sabes?, como conejos y rato-nes y eso. —Repugnante —dijo Kati. —Hace poco leí una definición en algún lado —re-flexionó Isabel—. No recuerdo dónde fue. ¿Cosasdechicas.net, quizá? —Están en peligro de extinción —añadió Blair. Ojeóla lista de los invitados a la fiesta. Eran trescientos dieci-séis en total. Todo gente joven. Ningún padre, gracias aDios. Un nombre al final de la lista atrajo su atención:Serena van der Woodsen. La dirección que tenía era lade la Hanover Academy en New Hampshire. Blair dejóla lista nuevamente sobre la mesa sin corregir la direc-ción de Serena. —Tendremos que gastar más dinero en la imprentay ahorrar donde podamos —dijo rápidamente—. Lepuedo decir a Takashimaya que use lirios en vez de or-quídeas y que se olvide de las plumas de pavo real delborde de los jarrones.106
  • 104. —Yo puedo hacer las invitaciones —dijo una claravocecilla detrás de ellas—. Gratis. Las cuatro chicas se dieron la vuelta para ver quiénera. "Anda, si es la chiquitína Jenny, de noveno, que hahecho los libros de himnos con su caligrafía", pensóBlair. —Puedo hacerlas a mano esta noche y enviarlas porcorreo. Los materiales serán el único coste, pero sédónde comprar papel de buena calidad realmente bara-to —dijo Jenny Humphrey. —Hizo todos los libros de himnos del colegio —leinformó Kati en un susurro a Tina—•. Quedaron muybien. —Sí —estuvo de acuerdo Isabel—. Están superguay. Jenny se ruborizó y bajó la mirada al reluciente sue-lo de linóleo del comedor mientras esperaba a queBlair tomase la decisión. Sabía que Blair era la que im-portaba. —¿Y lo harías sin cobrar nada? —dijo Blair con des-confianza. Jenny levantó la vista. —Tenía la esperanza de que si os hacía las invitacio-nes, ¿quizá pudiese ir a la fiesta? —dijo. Blair evaluó los pros y los contras. Pros: las invitacio-nes quedarían ideales y, lo mejor de todo, no les costaríanni un céntimo, así que no sería necesario que escatima-sen en flores. Contras: realmente no había ninguno. Blair miró de arriba abajo a la chávala. La niña denoveno, tan mona ella, con su pecho enorme. Se lo bus-caba ella sólita: se sentiría totalmente fuera de sitio enla fiesta... ¿A quién le importaba? 107
  • 105. —Claro, hazte una invitación. Haz una para un amigotambién —dijo Blair, alargándole la lista de invitados. Luego le dio a Jenny toda la información y Jenny semarchó del comedor sin aliento. Pronto cerrarían lastiendas, así que le quedaba poco tiempo. La lista eramás larga de lo que había pensado y tendría que pasar-se la noche en vela escribiendo las invitaciones, peroiría a la fiesta. Eso era lo importante. Dan fliparía cuando se lo dijese. Jenny decidió con-vencerle para que la acompañase, tanto si él queríacomo si no. -108
  • 106. l o que el viento se llevó se torció Dos martinis y tres rollos de película con los geme-los Remi más tarde, Serena se bajó deprisa de un taxifrente al Constance y subió corriendo las escalerashacia el salón de actos donde el ensayo de la obra ya ha-bía comenzado. Desde el pasillo le llegó el sonido de la música de Tal-king Heads que alguien tocaba con energía en el piano.Serena empujó las puertas del salón de actos y se encon-tró con su amigo Ralph Bottoms III cantando BurningDown the South con la melodía de Burning Down the Hou-se con la cara totalmente seria. Iba disfrazado de RhettBuder de la cabeza a los pies, hasta llevaba el bigote pos-tizo y los botones dorados. Ralph había aumentado depeso en los últimos dos años y tenía el rostro enrojecido,como si hubiese comido muchos filetes poco hechos.Cogía de la mano a una chica robusta con cabello rizadoy rostro en forma de corazón: Escarlata OHara. Ellatambién cantaba, berreando las palabras con un marcadoacento de Brooklyn. Serena se apoyó contra la pared para mirar, con unamezcla de horror y fascinación. La escena de la galeríade arte no la había turbado demasiado, pero aquello...aquello ponía los pelos de punta. Cuando acabó la canción, el resto del Club Inter-escolar de Teatro aplaudió y vitoreó y luego la profeso-ra, una vieja inglesa, comenzó a dirigir la escenasiguiente. —Ponte las manos en las caderas, Escarlata —indi-có—. Venga, demuéstrame que te sientes la chica más 109
  • 107. guapa de todo el Sur durante la Guerra de Secesión.Así. ¡Te saltas todas las reglas! Serena apartó la mirada y vio por la ventana que, enla esquina de la Noventa y Nueve con Madison, treschicas se subían a un taxi. Aguzó la vista y reconoció aBlair, Kati e Isabel. Serena intentó contener la extrañasensación que la embargaba desde que había vuelto a laciudad. Por primera vez en su vida, sintió que la deja-ban de lado. Sin dirigir una palabra a nadie, hola yadiós, salió discretamente del salón de actos. La pareddel pasillo estaba cubierta de octavillas y anuncios y sedetuvo a leerlos. Uno de ellos era la prueba para la pelí-cula de Vanessa Abrams. Conociendo a Vanessa, la película sería seria y comple-ja, pero sería mejor que cantar canciones tontas a gritos yhacer manitas con el gordo y rubicundo Ralph Bottomsm. Las pruebas para Vanessa habían comenzado hacía unahora, en un banco de Madison Square Park, pero quizá nohubieran acabado todavía. Serena se encontró una vez máscorriendo tras un taxi para dirigirse al centro. —Quiero que lo hagas así —le dijo Vanessa a Marjo-rie Jaffe, una chica del curso inferior al de ella en elConstance; era la única chica que se había presentado alas pruebas para Natacha en la película de Vanessa. Mar-jorie tenía el cabello rojo y rizado y pecas, la nariz respin-gona y el cuello corto. Masticaba chicle constantementey el personaje de Natacha no le iba en absoluto. Caía la tarde y una bonita luz rosada iluminaba elMadison Square Park. El aire tenía el característicoolor de Nueva York: una mezcla de humo de chimenea,110
  • 108. hojas secas, humeantes perritos calientes, pis de perro ygases de autobuses. Daniel estaba echado de espaldas en el banco delparque, como Vanessa le había indicado que hiciese: unsoldado herido con los brazos y las piernas extendidosde forma patética. Herido en la guerra y en el amor, sele veía pálido, flaco y desaliñado. Tenía una pequeñapipa de crack en el pecho. Vanessa había tenido la suer-te de encontrarla en la calle en Williamsburg aquel finde semana. Era el complemento ideal para su sexy prín-cipe herido. —Voy a leerte la parte de Natacha. Mira bien —ledijo a Marjorie—. De acuerdo, Dan, venga. —¿Estabas dormido? —le preguntó Vanessa-como-Natacha mirando a Dan-como-el-Príncipe-Andrei. —No, llevo largo rato mirándote. Supe que estabasaquí instintivamente. Tú eres la única persona que meproduce esta sensación de paz... ¡esta luz! Me dan deseosde llorar de felicidad —dijo Dan-como-el-Príncipe-Andrei en voz baja. Vanessa se arrodilló junto a la cabecera de su "cama",el rostro radiante de solemne placer. —¡Natacha, te amo más que a nada en el mundo! —di-jo Dan ahogadamente, intentando sentarse para luegodejarse caer en el banco como transido de dolor. ¡Le había dicho que la amaba! Vanessa le tomó lamano con el rostro ruborizado por la emoción. Estabatotalmente inmersa en el momento. Luego se controló,soltó la mano de Dan y se puso de pie. —Ahora te toca a ti —le dijo a Marjorie. —Vale —dijo Marjorie, masticando el chicle con laboca abierta. Se quitó la coleta y se soltó el erizado pelo 111
  • 109. naranja, ahuecándoselo con la mano. Luego se arrodi-lló junto al banco de Dan—. ¿Listo? —le preguntó. Dan asintió con la cabeza. —¿Estabas dormido? —dijo Marjorie. Pestañeó conexpresión de coquetería e hizo explotar una pompa dechicle. Dan cerró los ojos y dijo su parte. Podría hacerlo sinreírse si mantenía los ojos cerrados. En mitad de laescena, Marjorie comenzó a hablar imitando el acentoruso. Era increíblemente malo. Vanessa lo soportó en silencio, preguntándose quéharía sin una Natacha. Se le ocurrió que podría com-prarse una peluca y hacer el papel ella y que alguienmás hiciese la filmación. Pero era su proyecto, teníaque hacerlo ella. En ese momento, alguien le tocó en el brazo y susurró: —¿Te importa hacerme la prueba a mí cuando ellaacabe? Vanessa se dio la vuelta y se encontró con Serena vander Woodsen de pie a su lado, un poco agitada tras atra-vesar el parque corriendo. Tenía las mejillas ruborizadasy los ojos tan oscuros como el cielo del atardecer. Serenaera su Natacha, estaba clarísimo. Daniel se sentó de golpe y se olvidó de sus heridasy de lo que tenía que decir. La pipa de crack rodó alsuelo. —Espera, que no hemos acabado —dijo Marjorie,dándole con el índice en el brazo—. Se supone que metienes que besar la mano. Dan la miró con expresión vacua. —Desde luego —le dijo Vanessa a Serena—. Marjo-rie, ¿le podrías dar tu guión a Serena?112
  • 110. Serena y Marjorie cambiaron de sitio. Dan mantuvo los ojos abiertos ahora. No se atrevía ni a parpadear. Comenzaron a leer. —Hace tiempo que te miro —dijo Dan, y cada pala-lira que dijo era verdad. Serena se arrodilló junto a él y le tomó la mano. Dansintió que se desmayaba. Por suerte estaba acostado.Puff. Tranqui, tío. Había participado en muchas obras de teatro, pero nunca había sentido eso que llaman "química" con nadie.Y sentirlo con Serena van der Woodsen era como morir de una muerte exquisita. Se sentía como si Serena y él compartieran la misma respiración. El era la inhalación y ella la exhalación. El era quieto y silencioso y ella estalla- ba a su alrededor como fuegos artificiales. Serena también se divertía. El guión era hermoso y apasionado, y el desaliñado tío ese, Dan, era realmente buen actor. "Esto sí que podría llegar a gustarme", pen-só, con cierta excitación. Nunca había pensado en lo que quería dedicarse en la vida y quizá fuese actuar. Siguieron leyendo más allá del texto que tenían marca-do. Fue como si se hubiesen olvidado de que estaban actuando. Vanessa frunció el ceño. Serena estaba genial,los dos estaban geniales juntos, pero Dan estaba que se lecaía la baba. Le dieron deseos de vomitar. "Los chicos son tan predecibles", pensó Vanessa ycarraspeó de forma audible. —Gracias, Serena. Gracias Dan —simuló garabate-ar algo en su cuaderno—. Ya te lo diré mañana, ¿vale?—le dijo a Serena. " N i de coña", escribió. —¡Me lo he pasado genial! —dijo Serena, sondán-dole a Dan. 113
  • 111. Dan le lanzó una mirada lánguida: todavía no habíasalido de su ensoñación. —Marjorie, te lo diré mañana, ¿vale? —le dijoVanessa a la pelirroja. —Vale —dijo Marjorie—. Gracias. Dan se enderezó, parpadeando. —Muchas gracias por dejarme hacer la prueba —dijoSerena con dulzura, dándose la vuelta para marcharse. —Hasta luego —dijo Dan, que parecía drogado. —Adiós —dijo Marjorie, saludándoles con la mano.Corrió tras Serena. —Practiquemos tu monólogo, Dan —dijo Vanessacon brusquedad—. Es lo primero que quiero filmar. —¿Qué metro coges? —le preguntó Marjorie aSerena mientras salían del parque. —Ejem... —dijo Serena. Nunca cogía el metro, perono se moriría por hacerlo una vez con Marjorie—. Laseis, supongo —dijo. —Oye, yo también —exclamó Marjorie contenta—.Podemos ir juntas. Era la hora punta y el metro estaba a rebosar. Serena seencontró apretujada entre una mujer con una bolsa delpato Lucas y un niño gordito que a lo único a lo que podíaagarrarse era al abrigo de Serena, de modo que cada vezque el tren se sacudía, el niño se le prendía como una garra-pata. Marjorie intentaba sujetarse al tubo que había porencima de sus cabezas, pero como apenas alcanzaba con lapunta de los dedos, se caía para atrás y pisaba a la gente. —¿No te parece que Dan es mono? —le preguntó aSerena—. No veo el momento de que comencemos la114
  • 112. película. ¡Tendré una excusa para estar con él todos losdías! Serena sonrió. Era obvio que Marjorie creía que leiban a dar papel, lo cual era un poco triste, porque Sere-na estaba absolutamente segura de que ella lo había conseguido. Lo había clavado. Se imaginó intimar más con Dan. Se preguntó a quécolegio iría. Tenía unos ojos oscuros inolvidables yhabía dicho su parte como si realmente mese verdad.Le gustó eso. Tendrían que ensayar bastante después dela escuela. Se preguntó si le gustaría salir y qué bebería. El tren se detuvo de golpe en la Cincuenta y Nuevey Lexington: parada de la tienda Bloomingdale. Serenase cayó contra el niño. —Ay —dijo él, lanzándole una mirada asesina. —Esta es mi parada —dijo Marjorie, abriéndose pasoentre la gente para llegar a la puerta—. Lo siento si noconsigues el papel. Nos vemos en el colegio mañana. —¡Buena suerte! —le contestó Serena. El vagón sevació y ella se sentó, todavía pensando en Dan. Se imaginó tomando café irlandés con él en oscurascafeterías y hablando de literatura rusa. Dan teníaaspecto de leer mucho. Le prestaría libros para que ellaleyera y le ayudaría con la actuación. Quizá llegasen ahacerse amigos y todo. Le vendrían bien unos amigosnuevos. 115
  • 113. CosasdeChicas.net temas < anterior siguiente • envía una pregunta respuesta 4Todos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es dec ¡Qué hay, gente! Una vez participé en una obra interescolar. Tenía una sola cosa que decir: "¡Iceberg!". ¿A que no adivináis qué obra era y de qué iba vestida yo? La persona núme- ro cien que dé la respuesta correcta ganará un póster de los gemelos Remi. Pero ya basta de hablar de mí. ¡EL DEBUT DE S COMO M O D E L O ! No os perdáis el póster que aparecerá este fin de semana adornando los laterales de los autobuses, las estaciones de metro, los anuncios de los taxis y disponi- ble online a través de quien suscribe (de verdad, estoy conectada). Es una foto enorme de 5. No es su cara, pero tiene su nombre, así que sabréis que es ella. ¡Enhorabuena, S, por tu debut como modelo! Visto por ahí B, K e I en el 3Guys comiendo patatas fritas y bebiendo chocolate con enormes bolsas de Intermix bajo la mesa. ¿No tienen estas chicas otro sitio donde i 116
  • 114. ir? Y pensar que nosotras creíamos que se pasaban eldía de fiesta en fiesta y de cogorza en cogorza. Qué de-silusión. La verdad es que vi a B echarse un chorro debrandy en el chocolate. Así me gusta. También vi a lamisma chica de la peluca entrar en la clínica de enferme-dades venéreas en el centro. Si se trata de S, decidida-mente se la ha cogido buena. Ah, y por si ospreguntáis qué se me ha perdido a mí por aquel vecin-dario, os diré que me corto el pelo en un salón muyfa-shion que queda frente a la clínica. Vuestro e-mail P: querida Chica Cotilla: ¿Eres 1 chica? Parece q eres del tipo q simula ser 1chica, cuando en realidad eres 1 periodista aburrido de50 años con nada mejor q hacer q arremeterla contrachicos como yo. Imbécil. —jdwack R: Queridísim@jdwack: Soy la chica más chica que te puedas imaginar. Ytodavía no voy a la uni, ni puedo votar. ¿Cómo sé quetú no eres un cincuentón amargado con la cara llena demarcas que aprovecha para ventilar su ira con inocenteschicas como yo? —CC P: Querida C C . Adoro tu página tanto que se la he mostrado a mipadre, ¡y ha flipado! 117
  • 115. Tiene amigos que trabajan en Paper y The VillageVoice y otras revistas. No te sorprendas si tu columna crece muchísimo.¡Espero que no te importe! ¡Te adoro! —JNYHY R: ¿Que no me importe? ¡Me encanta la idea de serimportante! ¡Seré fantástica! Se acabaron los papeles deuna sola palabra en cochambrosas obras de teatro inter-escolares. Quizá pronto sea a mí a quien veas en el late-ral de un autobús. ¡Adelante con la idea! Tú sabes que me adoras Chica Cotilla118
  • 116. Insultada en el recreo —Mmm —dijo Serena, mirando las galletas que habíasobre la mesa del comedor del Constance: crema decacahuete, pepitas de chocolate, avena. Junto a las galle-tas había vasitos de plástico con zumo de naranja o leche.Una de las mujeres del comedor controlaba que las chi-cas cogiesen solamente dos. Era el recreo, los veinteminutos que tenían todas las chicas del Constance des-pués de las dos primeras horas de clase. Cuando la mujer del comedor se dio la vuelta,Serena cogió seis galletas de crema de cacahuete y sealejó para comérselas. No era precisamente un de-sayuno sano, pero tendría que contentarse con ello.Se había quedado despierta la noche anterior inten-tando leer la copia encuadernada en piel de su padrede Guerra y paz para estar preparada para la película deVanessa. Oye, tía, Guerra y paz tiene como mil páginas. ¿Nohas oído hablar de " E l Rincón del Vago"? Serena vio a Vanessa, con su habitual jersey de cue-llo alto negro y expresión de aburrimiento, salir de lacocina con una taza de té en la mano. Serena la saludócon una galleta y Vanessa se acercó. —Hola —dijo Serena, alegre—. ¿Ya te has decidido? Vanessa tomó un sorbo de té. Se había pasado casitoda la noche intentando decidir entre Serena y Marjo-rie, pero no podía quitarse de la mente la expresión delrostro de Dan cuando leía con Serena. Le daba igual lobuena que fuese Serena: no quería volver a ver nuncamás aquella expresión en el rostro de Dan, y desde lue- 119
  • 117. go que no quería que quedase registrado en una pelícu-la para siempre. —En realidad, sí. Todavía no se lo he dicho a Mar-jorie —dijo con calma—, pero he decidido darle elpapel a ella. A Serena se le cayó la galleta que comía al suelo. —Ah —dijo. —Sí —dijo Vanessa, intentando hallar un motivorazonable para justificar que eligiese a Marjorie cuandoSerena era perfecta para el papel—. Marjorie está real-mente sin pulir, es más inocente, lo que estaba buscan-do. Dan y yo pensamos que tu actuación era un poquitodemasiado... profesional. —Ah —dijo Serena nuevamente. No se lo podía creer.¿Hasta Dan la había rechazado? Había pensado que lle-garían a ser amigos. —Lo siento —dijo Vanessa. Se sentía realmente mal.Sabía que no había debido incluir a Dan en el tema; élni siquiera sabía que estaba rechazando a Serena. Peroparecía más profesional de aquella forma, como si ellano tuviese nada personal en contra de Serena, sino queera una decisión estrictamente profesional—. Pero eresbuena actriz —añadió—. No te desanimes. —Gracias —dijo Serena. Ahora no iba a estar conDan y practicar sus diálogos como se lo había imagina-do. ¿Qué le diría a la señora Glos? Seguía sin haber ele-gido ninguna optativa y ninguna universidad un pocodecente la aceptaría. Vanessa se alejó en busca de Marjorie para darle labuena noticia. Habría que cambiar toda la película aho-ra que Marjorie sería la estrella, tendría que convertir-la en una comedia. Pero al menos se había librado de120
  • 118. hacer Amor eterno en el parque al atardecer, protagoniza-da por Serena van der Woodsen y Dan Humphrey.Puaj. Serena se quedó en la esquina del comedor, con el res-to de las galletas hechas migas en la mano. Lo que el vientose llevó era una tomadura de pelo y era demasiado pro-fesional para Guerra y paz. ¿Qué podría hacer? Se mor-disqueó la uña del dedo pulgar, inmersa en suspensamientos. Quizá pudiese hacer su propia película. Blair estabaen la clase de filmografía, podría ayudarla. Cuando eranniñas siempre hablaban de hacer películas. Blair siem-pre sería la prota, con ropa fashion de Givency, comoAudrey Hepburn, aunque ella prefería Fendi. Y Serenasiempre había querido dirigir. Llevaría pantalones delino anchos, usaría una corneta para gritar y se sentaríaen una silla en la que pusiese "director". Pues ahora tendrían su oportunidad. —Blair —casi gritó Serena cuando vio a Blair juntoa la mesa de las galletas. Corrió hacia ella, feliz con subrillante idea—. Necesito tu ayuda —le dijo, apretán-dole el brazo. Blair se quedó rígida hasta que Serena le soltó el brazo. —Perdona —dijo Serena—. Oye, quiero hacer unapelícula y pensaba que podrías ayudarme, ¿sabes?, conlas cámaras y eso. Como tú haces filmografía... Blair les lanzó una mirada a Kati e Isabel, que bebíanleche en silencio tras ella. Luego levantó el rostro haciaSerena y negó con la cabeza. —Lo siento, no puedo —dijo—. Tengo actividadestodos los días de la semana después de clase. No tengotiempo. 121
  • 119. —Venga, Blair —dijo Serena, tomándola de lamano—. Recuerda, siempre quisimos hacerlo. Tú que-rías ser Audrey Hepburn. Blair separó su mano y cruzó los brazos sobre elpecho, lanzándoles una nueva mirada a Kati e Isabel. —No te preocupes, yo haré todo el trabajo —añadióSerena, presurosa—. Lo único que tienes que hacer esenseñarme cómo usar la cámara y las luces y eso. —No puedo —insistió Blair—. Lo siento. Serena apretó los labios para que no le temblasen.Los ojos parecieron hacérsele más y más grandes ycomenzaron a salirle manchas en el rostro. Blair había visto aquella transformación muchasveces desde que eran niñas. Una vez, cuando teníanocho años, habían ido andando las tres millas que sepa-raban la casa de campo de Serena del pueblo de Ridge-field para comprar helados. Serena salía de la heladeríacon su cucurucho con tres bolas de fresa y pepitas dechocolate y se inclinó a acariciar a un perrito que habíaatado fuera. Las tres bolas cayeron, plof, en el suelo. Los ojos deSerena se hicieron enormes y la cara se le puso como situviese sarampión. Comenzaron a caérsele las lágrimasy Blair estaba a punto de decirle que compartiese suhelado con ella, cuando el heladero salió con un cucu-rucho nuevo para su amiga. Ver a Serena a punto de llorar volvió a tocarle unafibra íntima a Blair. —Ejem, pero vamos a salir el viernes —le dijo aSerena—. Copas a eso de las ocho en el Tribeca Star, siquieres venir. Serena hizo una inspiración y asintió con la cabeza.122
  • 120. —Como en los viejos tiempos —dijo, conteniendolas lágrimas e intentando una sonrisa. —Claro —dijo Blair. Apuntó en su PalmPilot mental decirle a Nate queno fuese el viernes ahora que iba Serena. Había pensa-do que podría tomar unas copas con Serena en el Tri-beca Star, marcharse temprano, irse a su casa, llenar suhabitación de velas, darse un baño y esperar a que lle-gase Nate. Y luego harían el amor toda la noche al sonde música romántica. Ya se había copiado un CD sexypara poner mientras lo hicieran. Hasta las chicas mejor educadas recurren a cosasmenos refinadas como hacer una mezcla en un CDcuando pierden su virginidad. Sonó el timbre y las chicas se fueron cada una a suclase: Blair a su tarde de cursos avanzados y Serena a sussencillas clases de cómo hacer unos sandwiches calien-tes con Tranchetes. Serena no podía creer que la hubieran rechazado nouna, sino dos veces en los últimos diez minutos. Mien-tras sacaba los libros de su taquilla, intentó pensar quéhacer. No se daría por vencida. Por algo tenía su foto en el lateral del autobús. 123
  • 121. Un romántico sueño se esfuma Vanessa llegó cinco minutos tarde a Cálculo por lla-mar a Daniel al móvil. Sabía que él tenía Aula de Estudiolos jueves y que seguramente estuviera fuera, fumando yleyendo poesía. Una chica estaba llamando por el teléfo-no público que había en el Constance junto a las esca-leras, así que Vanessa salió a la calle y fue al teléfonoque había en la esquina de la Noventa y Tres con Ma-dison. Los más pequeños jugaban a la pelota en el patio delColegio Riverside Prep, así que cuando sonó su teléfonoDan se encontraba sentado en un banco en la isleta de enmedio de la Avenida Broadway. Acababa de comenzar aleer VEtranger, de Albert Camus, para la clase de Francés.Dan estaba fascinado. Ya había leído la traducción alinglés, pero era una pasada leer el original en francés,especialmente sentado fuera tomando café malo y fuman-do en medio de la ruidosa avenida Broadway, llena de olo-res. Era como demasiado. Al ver a la gente pasar deprisapor llegar a algún sitio, se sintió distante, lejos del caos dela vida cotidiana, igual que el protagonista del libro. Dan tenía ojeras porque no había podido dormir lanoche anterior. Lo único en que podía pensar era enSerena van der Woodsen. Trabajarían en una películajuntos. Incluso se besarían. Era demasiado bueno paraser verdad. Pobre tío, cuánta razón tenía. Su móvil no dejaba de sonar. —¿Sí? —respondió Dan. —Qué hay, soy Vanessa.124
  • 122. —Qué hay. —Oye, que tengo prisa. Quería decirte que le he dadoel papel a Marjorie —dijo Vanessa apresuradamente. —Querrás decir a Serena —dijo Dan, sacudiendo laceniza de su cigarrillo y dándole otra calada. —No, a Marjorie. Dan exhaló y agarró el teléfono con fuerza. —Para. ¿De qué hablas? ¿Marjorie, la pelirroja delchicle? —Sí, exacto. No me he confundido de nombre —di-jo Vanessa con paciencia. —¡Pero Marjorie era un desastre! ¡Es imposible quela hayas elegido a ella! —Sí. Bueno, en realidad me gustó que fuese undesastre. Necesita que se la pula un poco y eso hará quesea más emocionante, ¿sabes? Algo que uno no se espe-ra —dijo Vanessa. —Desde luego que no —ironizó Dan—. Oye, creode verdad que es un error. Serena estuvo genial. No sépor qué no la has elegido a ella. Estuvo fantástica. —Sí, bueno, yo soy la directora, así que la elecciónes mía. Y yo elijo a Marjorie, ¿vale? —dijo Vanessa, queno quería oír lo fantástica que había estado Serena—.Además, hay muchas historias por ahí sobre Serena. Nocreo que sea de fiar. Vanessa estaba convencida de que todo lo que habíaoído era totalmente mentira, pero no perdía nada conmencionárselo a Dan. —¿A qué te refieres? —dijo Dan—. ¿Qué tipo dehistorias? —Que hace su propia droga que se llama S y que tie-ne unas enfermedades venéreas de lo más chungas
  • 123. —dijo Vanessa—. La verdad es que no me apetece enabsoluto ese tipo de cosas. —¿Dónde has oído eso? —dijo Dan. —Tengo mis fuentes. Un autobús pasó haciendo ruido por Madison endirección a los Cloisters. En su lateral había una inmensafotografía de un ombligo. ¿O se trataba de una herida debala? Garabateado con letra infantil en azul se leía"Serena" en un lado del póster. Vanessa siguió el autobús con la vista. ¿Se estaba volvien-do loca o era verdad que Serena estaba en todas partes? —Me parece que no es lo que nosotros necesitamos—dijo, con la esperanza de que Dan se convenciese siusaba la palabra nosotros. Era la película de los dos, nosolamente de ella. —Vale —dijo Dan con frialdad. —Entonces, ¿te vienes con Ruby y conmigo a Brook-lyn el viernes? —preguntó Vanessa, ansiosa por cambiarde tema. —Naa. No, no creo —dijo Dan—. Hasta luego —apa-gó el móvil y lo tiró con rabia dentro de su bolsa demensajero negra. Aquella mañana su hermana Jenny había entrado atrompicones en su habitación con los ojos inyectadosen sangre y las manos cubiertas de tinta negra y habíadejado caer en el suelo junto a su cama una invitaciónpara aquella estúpida fiesta del halcón. Se había atrevi-do a pensar que, ya que era el coprotagonista de Sere-na, quizá pudiese llevarla a la maldita fiesta. Su gozo enun pozo. No se lo podía creer. Su única oportunidad de cono-cer a Serena se había esfumado porque Vanessa quería126
  • 124. ejercer su derecho a hacer la peor película del mundo.Era increíble. Y más increíble todavía era que Vanessa,la reina de la escena alternativa, se hubiese rebajado aextender rumores sobre alguien a quien apenas conocía.Quizá el Constance la estuviese cambiando finalmente. Oh, no seas aguafiestas. Los cotilleos son sexys. Loscotilleos son divertidos. No todos lo hacen, ¡pero todosdeberían hacerlo! Un autobús se detuvo en un semáforo frente a él.Primero, Dan notó el nombre de Serena. Estaba gara-bateado en azul, con letra un poco infantil, en un enor-me póster blanco y negro de algo que parecía uncapullo de rosa. Era hermoso. 127
  • 125. Una fan conoce a su ídolo Jenny estaba hecha una zombi el jueves por habersepasado toda la noche sin dormir, pero había logradohacer las invitaciones de " E l Beso en los Labios" y aho-ra Dan y ella tenían cada uno su invitación para ir. Además, estaba muerta de hambre, porque sólo habíacenado una naranja y un plátano. También se había salta-do su bollo con pepitas de chocolate de la mañana. Asíque logró que las mujeres del comedor del Constancele diesen dos sandwiches tostados de queso y dos yogu-res de café, y se fue con su festín a buscar una mesatranquila. Mientras comía tenía que hacer los deberesque no había podido hacer la noche anterior. Eligió una mesa frente a la pared de espejos en elextremo más alejado del comedor. A ninguna de las chi-cas mayores les gustaba sentarse allí, porque los espejoslas hacían sentirse gordas, así que la mesa aquélla siem-pre se encontraba vacía. Dejó la bandeja sobre la mesay estaba a punto de atracarse de comida, cuando vio unfolio para apuntarse adherido al espejo. Rebuscó en su mochila hasta encontrar un boli yescribió su nombre el primero de la lista, ¡era la prime-ra que se apuntaba!, y luego se sentó frente a su bande-ja rebosante de comida con el corazón saliéndosele delpecho. La vida estaba llena de milagros. Las cosas ibancada vez mejor. Y lo más milagroso de todo era que Serena van derWoodsen en persona había salido de la fila de la comi-da y se acercaba directamente a Jenny con su bandeja. ¿Se iría Serena a sentar con ella? ¿En persona?128
  • 126. Respira hondo, respira hondo. —Hola —dijo Serena, esbozando una radiante son-risa. Dejó la bandeja sobre la mesa. Dios, era hermosa. Tenía el pelo del color oro páli-do que otras chicas del Constance intentaban lograrpasándose cuatro horas en la peluquería del piso supe-rior del Bergdorf Goodman para darse mechas. PeroSerena era rubia natural, se notaba. —¿Te acabas de apuntar para ayudarme con mi pelí-cula? —preguntó Serena. Jenny asintió con la cabeza, incapaz de articularpalabra ante semejante grandeza. —Bueno, pues eres la única hasta ahora —suspiróSerena, sentándose frente a Jenny, de cara al espejo.Ella no tenía por qué preocuparse por sentirse gordacuando comía. No tenía ni un gramo de grasa. Miró aJenny arqueando sus cejas doradas—. Entonces, ¿quépuedes hacer? Jenny jugueteó con el queso derretido. No podía creerque se hubiera pedido dos sandwiches tostados. Serenapensaría que era una cerda asquerosa. —Bueno, se me da bien el arte. Hice los libros dehimnos para el colegio, ¿sabes? A pluma. Ah, y me hanpublicado algunas fotos en Rencor este año y un cuento—explicó Jenny. Rencor era la revista de arte que publicaban las alum-nas del Constance. Vanessa Abrams era la editora jefe. —Ah, y acabo de hacer las invitaciones para la fiesta esa importante a la que va todo dios —dijo Jenny, desean- do impresionarla—. Blair Waldorf me las encargó. Por cierto... —Jenny metió la mano en la mochila y sacó un sobre con el nombre de Serena escrito a mano con letra 129
  • 127. muy elaborada— ... en la lista de invitados que me dioBlair tenías tu vieja dirección del internado. Iba aponerla en tu taquilla o algo —dijo, ruborizándose—.Pero ya que estás aquí... —le dio el sobre a Serena."¿Creerá que la estoy acosando?", se preguntó. —Gracias —dijo Serena, cogiendo el sobre. Lo abrióy leyó la invitación con los ojos muy oscuros y el ceñoligeramente fruncido. "¡Oh, Dios, le parece fea!", pensó Jenny, sintiéndosepresa del pánico. Serena metió la invitación en su bolso y volvió acoger el tenedor con expresión ausente. Tomó un boca-do de lechuga y lo masticó pensativa. Jenny tomaba nota mental de cómo actuar igual, deaquella manera misteriosa, tranquila y guay que teníaSerena en aquel momento. No podía oír lo que pasabapor la mente de Serena en contra de Blair. "No quería que fuese a la fiesta. Ni siquiera me dijoque hubiese una fiesta". —¡Increíble! —dijo Serena finalmente. Seguía mas-ticando lechuga—. De acuerdo, estás contratada —le-vantó la mano y le sonrió dulcemente a Jenny—. SoySerena —dijo. —Ya lo sé —dijo Jenny, poniéndose más roja toda-vía—. Yo soy Jenny.130
  • 128. B » «nóres r o e cíe sYo, gn e y Ac o /o s ¡ o alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mi. e /s / /s e / eA s i n // ¡Qué hay, gente! S Y B: ¡ALGO PASÓ EN LA BAÑERA! Esto no es de una fuente anónima: parece ser que cuando todavía eran íntimas, S y B compartieron un momento muy fuerte en la bañera de la suite de C en el Tribeca Star. ¿Fue el beso una expresión de los verda- deros sentimientos que se tienen, o estaban tonteando como dos estúpidas chicas borrachas? De cualquier forma, decididamente añade un poco de tensión a la mezcla. ¡Qué divertido! Y por si no habéis visto el póster pegado en todos los autobuses, taxis y líneas de metro de la ciudad, la foto original de S aún se puede ver en la Whitehot Gallery 1 en Chelsea, entre retratos de otros famosos, el mío incluido. ¡Es verdad! Los gemelos Remi eran tan sexys que no pude resistirme. Por algo son fabulosos los fabulosos, gente. 131
  • 129. Vuestro e-mail P: Querida Chica Cotilla: No te diré quién soy, pero yo también estoy en elshow de los gemelos Remi. Me encanta su trabajo y meencanta la foto que me tomaron, pero ni de coña deja-ría que la pusiesen en el lateral de un autobús. Si quie-res saber mi opinión, S se busca lo que está recibiendo.Y, según lo que oigo, lo recibe. —Anonomy R: Querida Anonomy: Está bien ser recatada, pero yo opino que si quisie-sen poner un trocito mío en el lateral de un autobús,por mí, encantada. Cualquier cosa por la fama. —CC Visto por ahí La pequeña J compró un enorme libro sobre cómohacer películas en Shakespeare and Co., en Brodway. Nestuvo con C en un bar por la quinta Avenida. Supongoque Ñ quiere mantener a C vigilado para que C no sevaya de la lengua, ¿no? Y B compró un montón de velasen una tienda de Lex para su gran noche con N. Esto es todo por ahora. Divertios el fin de semana.Yo desde luego que lo haré. Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla
  • 130. El Tribeca Star El salón Star del Tribeca Star Hotel era grande ysuperfashion, lleno de sillones cómodos, divanes y ban-quetas circulares, de modo que la gente se sentía comosi estuviese en su fiesta privada alrededor de cada mesa.Iluminaban una pared docenas de velas negras, que titi-laban en la estancia de tenue iluminación, y un DJponía suaves canciones románticas en un tocadiscos.Apenas eran las ocho, pero el sitio se encontraba arebosar de gente vestida a la última moda y bebiendocócteles color pastel. A Blair le daba igual la hora que fuese: necesitabauna copa. Estaba sentada en un sillón justo al lado del bar, perola estúpida camarera no le prestaba atención, probable-mente porque Blair no se había molestado en ponersemona. Llevaba sus desteñidos vaqueros Earl y un aburri-do jersey negro porque sólo iba a ver a Serena para tomaruna copa rápida antes de irse a casa a prepararse para sugran noche con Nate. Y tampoco se iba a arreglar paraeso. Blair había decidido que recibiría a Nate en la puer-ta desnuda. Se ruborizó de sólo pensarlo y miró a su alrededor,cohibida. Se sentía como una idiota sentada allí sola, sinsiquiera una copa. ¿Dónde estaba Serena? No disponíade toda la noche. Encendió un cigarrillo. "Si Serena noha llegado cuando me acabe el cigarrillo, me marcho",se dijo, malhumorada. —Mira a esa chica —oyó que le decía una mujer a suamiga—. ¿No es preciosa? 133
  • 131. Blair se dio la vuelta a mirar. Por supuesto, era Se-rena. Llevaba botas de ante azules hasta la rodilla, un ves-tido Pucci auténtico de manga larga con cuello alto yun cinturón de cuentas de cristal en tonos azul, naranjay verde. Era divino. Se había recogido el cabello en unacoleta tirante en lo alto de la cabeza y llevaba sombraazul celeste y lápiz de labios rosa pálido. Sonrió y saludóa Blair con la mano desde el otro lado de la estancia,abriéndose paso entre la gente. Blair observó cómo lascabezas se daban la vuelta al verla pasar y se le hizo unnudo en el estómago. Ya estaba hasta el moño de Serenay ni siquiera había hablado con ella todavía. —Hola —dijo ésta, dejándose caer en una banquetacuadrada junto al sillón de Blair. La camarera apareció como por arte de magia. —Hola, Serena, cuánto hace que no te veo, ¿cómoestá tu hermano? —dijo. —Hola, Missy. Erik está bien. Ocupado y nunca mellama. Tendrá un montón de novias. ¿Cómo estás? —Genial —dijo Missy—. Oye, mi hermana trabajapara una empresa de catering, ¿sabes?, y me dijo que tevio hace unos días en una fiesta en una galería de arteen Chelsea. Dice que la de la foto de los autobuses erestú. ¿Es verdad? —Sí—dijo Serena—. ¡Qué movida, no! —¡Ya ves, qué genial! —chilló Missy. Miró a Blair,que le lanzó una mirada asesina—. Por cierto, ¿quéqueréis tomar, chicas? —Ketel One y tónica —le dijo Blair, mirándoladirectamente a los ojos, desafiándola a que le dijera queera menor de edad para beber vodka—. Extra de lima.134
  • 132. Pero Missy prefería perder su trabajo antes quemolestar a Serena van der Woodsen por ser menor deedad. Ese es el motivo por el que se va a los bares de hotel:nadie te impide beber alcohol. —¿Y tú, cielo? —le preguntó Missy a Serena. —Oh, mejor comenzar con un Cosmo —dijo Serenav se rió—. Necesito algo rosa que vaya con mi vestido. Missy se alejó deprisa a buscar sus bebidas, ansiosa pordecirle al barman que la chica de la foto que estaba por to-da la ciudad se encontraba en el bar ¡y ella la conocía! —Perdón por llegar tarde —le dijo Serena a Blair,mirando a su alrededor—. Creía que estarías con todoel mundo aquí. Blair se encogió de hombros y dio una calada a sucigarrillo, casi consumido. —Pensé que podríamos estar un rato solas —dijo—.Nadie viene hasta más tarde, de todos modos. —De acuerdo —dijo Serena. Se alisó el vestido ybuscó el tabaco en su pequeño bolso rojo. Gauloise,franceses. Le dio unos golpecitos a uno y se lo metió enla boca—. ¿Quieres? —le ofreció a Blair, y cuando éstanegó con la cabeza, comentó—: Son un poco fuertes,pero la caja es genial, así que me da lo mismo —rió. Estaba a punto de encenderlo con una cajita de ceri-llas del bar cuando el barman se presentó de repentecon un mechero. —Gracias —le dijo, levantando la vista para mirarle.El barman le guiñó un ojo y volvió rápidamente tras labarra. Missy volvió con las bebidas—. Por los viejostiempos —chocó su copa contra la de Blair y tomó unbuen trago de su Cosmopolitan color rosa. Se acomodó 135
  • 133. en su asiento y lanzó un suspiro de placer—. ¿No te en-cantan los hoteles? —dijo—. Están llenos de secretos. Blair arqueó las cejas como muda respuesta, segurade que Serena estaba a punto de hablar de las juergasque se había corrido en los hoteles cuando se hallaba enEuropa o donde fuese, como si a Blair le importase. —Me refiero a que, ¿no piensas siempre en lo quela gente estará haciendo en las habitaciones? Ver por-no y comer gusanitos de queso o hacer el amor en elcuarto de baño. O quizá estén dormidos. —Sí —dijo Blair sin interés, tomándose la bebida degolpe. Tendría que emborracharse un poco para enfren-tarse a la noche que se avecinaba, especialmente la partedel desnudo—. ¿Qué es eso de que tu foto está en losautobuses y eso? —preguntó—. No la he visto. Serena lanzó una risilla y se acercó a Blair. —Aunque la vieses, probablemente no me reconoce-rías —confió—. Pone mi nombre, pero no es una fotode mi cara. —No lo pillo —dijo Blair con el ceño fruncido. —Es arte —dijo Serena, con expresión misteriosa yvolvió a reír. Tomó un trago de su copa. Los rostros de las dos chicas estaban a centímetros de dis-tancia y Blair percibió la almizclada combinación de acei-tes esenciales que Serena había adoptado últimamente. —Sigo sin pillarlo —repitió, confusa—. ¿Tiene quever con el sexo? — E n realidad, no —respondió Serena con una son-risa maliciosa—. Se la han hecho a mucha otra gente,¿sabes? Famosos. —¿Como quién? —preguntó Blair. —Como Madonna y Eminem y Christina Aguilera.136
  • 134. —Ah —dijo Blair, sin parecer demasiado impresionada. Serena la miró con desconfianza. —¿Qué se supone que quieres decir con eso? —exi-gió. Blair levantó la barbilla y se colocó el liso pelo casta-ño tras las orejas. —No sé, es como si estuvieses haciendo lo que fue-se con tal de llamar la atención. ¿No tienes orgullo? Serena meneó la cabeza, mirando a Blair fijamente. —¿Por? ¿Qué he hecho? —dijo, mordisqueándoselas uñas frenéticamente. —Como hacer que te echen del internado —dijoBlair sin precisar demasiado. —¿Qué tiene de malo eso? —dijo Serena, indignada—.Echan a mogollón de personas todos los años. Tienen unasreglas tan estúpidas que es casi imposible que no te echen. Blair apretó los labios, midiendo sus palabras concuidado. —No me refiero a eso, me refiero a por qué te echa-ron. —Ya estaba. Lo había hecho. Se había delatado.Ahora tendría que quedarse y escuchar cómo Serena lecontaba su unión a las sectas, sus revolcones con chicosy su producción de drogas. Mierda. No creas por un segundo que tenía curiosidad. Noooo. Blair hizo girar en su dedo la sortija con el rubí.Serena levantó la copa vacía, mostrándosela a Missypara pedir otra. —Blair —dijo Serena—, el único motivo por el queme echaron fue porque no me presenté el primer día declase. Me quedé en Francia. Ni siquiera mis padres losabían. Se suponía que tenía que volverme a finales deagosto, pero me quedé hasta la tercera semana de sep- 137
  • 135. tiembre. Estaba viviendo en un fabuloso chateau en lasafueras de Cannes, en plan juerga constante. Creo queno dormí una noche entera en todo el tiempo que estu-ve allí. Era como las fiestas en la casa del Gran Gatsby.Había dos hermanos y yo estaba perdidamente ena-morada de los dos. En realidad —rió—, estaba másenamorada de su padre, pero él estaba casado. El DJ del Star cambió de vibraciones y puso una aci-da canción funky de jazz frío. Las luces se hicieron mástenues y las velas titilaron. Serena movió el pie al ritmode la música y le lanzó una mirada a Blair, que tenía losojos vidriosos. Serena encendió otro cigarrillo e inhaló profunda-mente. —Bueno, el caso es que en el colegio me corrí muchasjuergas, desde luego, pero todas las demás también lohacían. Lo que el colegio no pudo soportar fue que nome molestase en presentarme al comienzo de las clases.No les culpo, supongo. Pero, honestamente, me dabaigual. Me lo estaba pasando genial. Blair hizo un gesto de exasperación con los ojos. Sin-ceramente, no le importaba la verdad. —¿No pensaste en que éstos son, no sé, los años másimportantes de nuestra vida? ¿En plan entrar en la uni-versidad y eso? Missy le llevó la copa, pero Serena esta vez sólo leagradeció con una cabezadita. Miraba al suelo, con lauña del meñique entre los dientes. —Sí, me estoy dando cuenta de ello —reconoció—.No lo había pensado antes; me refiero a que tendría quehaber estado apuntándome a diferentes clubes y eso,¿sabes? Más como estar en la universidad.138
  • 136. —Me dan lástima tus padres —dijo Blair, meneando la cabeza. Los ojos de Serena comenzaron a agrandarse y le temblaba el labio, pero estaba decidida a no permitir que Blair la hiciese llorar. Blair se estaba portando como una hija de puta, nada más. Quizá estuviera conla regla. Tomó un buen trago de su bebida y se secó loslabios con la servilletita de papel. —No me has dicho qué hicisteis Nate y tú durante el verano. ¿Fuiste alguna vez a Maine a ver el barco quese construyó? —preguntó, cambiando de tema comple-tamente. —Estuve en un campamento de tenis —negó con lacabeza—. Fue una mierda. —Ah —dijo Serena. Bebieron inmersas en un incómodo silencio. Serena se incorporó de golpe al recordar algo. —Oye, ¿sabes que una chica acaba de apuntarse paraayudarme con mi peli? Una de noveno que se llamaJenny. Y me dio una invitación para la fiesta de la sema-na que viene, ¿sabes? La que has estado planeando. Tocada, amiguita. Tocada y hundida. Blair sacó otro cigarrillo y se lo puso en los labios. Cogiólas cerillas, haciendo una pausa antes de encender una paraver si el barman aparecía con un mechero. No apareció. Loencendió y le echó una gran nube de humo a Serena en lacara. Así que Serena sabía lo de la fiesta. Tenía una invita-ción. Bueno, de alguna forma tenía que enterarse. —La calígrafa —dijo, sonriendo dulcemente—. Québuena es, ¿verdad? —Sí, hizo un trabajo genial —dijo Serena—. Y porsuerte se dio cuenta de que mi dirección estaba equivo- 139
  • 137. cada. Me dijo que la dirección que le diste era la de mihabitación en Hanover. Blair se colocó el cabello tras las orejas y se encogióde hombros. —¡Ostras! —dijo, simulando que acababa de darsecuenta de ello—. Lo siento. —Bueno, h a b í a m e de la fiesta —dijo Serena—.¿Para qué era? Blair no podía hablar del motivo de la fiesta sin son-reír cohibida, porque le parecía muy tonto y poco sexy.Por eso había llamado a la fiesta " E l Beso en losLabios", para hacerla un poco más sugerente. —Para esos dos halcones peregrinos que viven enCentral Park. Son una especie protegida y todos tienenmiedo de que mueran o se mueran de hambre, o de quelas ardillas les ataquen los nidos y eso. Así que hanhecho una fundación para ellos —explicó—. No te rías.Sé que es un poco estúpido. Serena lanzó una nube de humo y una risilla. —No será porque no haya gente que necesita ayuda.Yo que sé, ¿y los sin techo? —Bueno, es una causa como cualquier otra. Quería-mos algo que no fuese demasiado heavy para comenzar latemporada —protestó Blair, molesta. Una cosa era queella misma se riese de la causa que había elegido, perootra muy distinta era que lo hiciese Serena. —Y la fiesta... ¿es sólo para nosotros o también ven-drán los padres? —preguntó Serena, volviendo al tema. Blair titubeó. —Solamente... nosotros —dijo finalmente. Acabó sucopa y miró el reloj—. Ejem, tengo que pirarme —dijo.Se colgó el bolso del brazo y cogió el tabaco de la mesa.140
  • 138. Serena frunció el ceño. Se había tomado su tiempo enponerse mona, preparándose para una noche loca consus amigos. Había supuesto que habría un grupo grande:Blair y las otras chicas, Nate y sus amigos, Chuck y su|ianda; todos los chicos con los que siempre salían. —Pero... creía que íbamos a estar aquí un rato.Esperando a los demás —dijo—. ¿Dónde vas? —Tengo preparación para el SAT mañana por lamañana —dijo Blair, sintiéndose muy superior, aunquemese una puta mentira—. Necesito estudiar y quieroirme pronto a dormir. —Ah —dijo Serena. Se cruzó de brazos y se reclinóen su asiento—. Creía que acabaríamos haciendo unafiesta en la suite de los Bass. Aún la tienen, ¿no? Cuando estaban en décimo, Serena, Blair y sus ami-gos habían pasado muchas noches en la suite de Chuck.Bebían, bailaban, veían pelis, pedían servicio de habita-ciones y se metían en el baño japonés juntos. Luego sedormían en la enorme cama doble hasta estar lo bastan-te sobrios como para volver a sus casas. Una vez, al acabar décimo, durante una noche demucho alcohol, Serena y Blair estaban en el baño japo-nés y Blair le había dado a Serena un beso en los labios.Serena pareció no recordarlo por la mañana, pero Blairnunca se olvidó de ello. Aunque había sido un impulsomomentáneo que no quería decir nada, cada vez querecordaba aquel beso se sentía acalorada, inquieta eincómoda. Aquél era uno de los motivos por los quehabía resultado un alivio que Serena se marchase. —Los Bass siguen teniendo la suite —dijo Blair, po-niéndose de pie—. Pero en realidad no les gusta mucho quela usemos. Ya no estamos en décimo —añadió con frialdad.
  • 139. —Vale —dijo Serena. Cosa que decía, cosa quemetía la pata. Al menos para Blair. —Bueno, que pases un buen fin de semana —dijoBlair con una tensa sonrisa, como si las acabasen depresentar. Como si no se conociesen de toda la vida.Dejó veinte dólares sobre la mesa para pagar las bebi-das—. Perdonad —les dijo a tres jóvenes corpulentosque le impedían el paso—, ¿me dejáis pasar? Serena removió lo que le quedaba del Cosmopolitancon la pajita y se lo bebió, viendo cómo se alejaba Blair.La bebida tenía sabor salado, porque estaba a punto deecharse a llorar otra vez. —Oye, Blair —llamó. A lo mejor, si le preguntaba a Blair por qué estabaenfadada, o incluso le confesaba que se había acostadocon Nate aquella única vez, podrían seguir siendo ami-gas. Podrían volver a empezar. Quizá hasta se pudieseapuntar al curso de preparación al SAT, para poder ir aclase con Blair y estudiar juntas y eso. Pero Blair siguió abriéndose paso entre la gente ysalió a la calle. Se dirigió a la Sexta a tomar un taxi parair a su casa. Comenzaba a llover y se le estaba encres-pando el pelo. Un autobús pasó haciendo ruido con lafoto de Serena en el costado. ¿Era su ombligo? Parecíael agujerito del centro de un melocotón. Blair le dio laespalda e hizo señas con la mano para parar un taxi.Cuanto antes se alejase de allí, mejor. Pero el taxi quese detuvo frente a ella llevaba el mismo poster en sucartel iluminado. Blair entró en el coche y cerró de unportazo, enfadada. Nunca podría alejarse completa-mente. Serena estaba en todos lados, joder.142
  • 140. B y N están juntos, pero no tanto Serena cogió otro cigarro con dedos trémulos. Derepente, una mano con sortija en el meñique se acercó conun Zippo y se lo encendió. El mechero era de oro, con lasiniciales CB inscritas en él. La sortija también. —Qué hay, Serena. Estás guapísima —dijo ChuckBass—. ¿Qué haces aquí sólita? Serena inhaló profundamente, conteniendo las lágri-mas y sonrió. —Qué hay, Chuck. Me alegro de verte. Blair me aca-ba de dejar plantada y me he quedado más sola que launa. ¿Viene alguien más? Chuck cerró el mechero y se lo metió en el bolsillo.Miró a su alrededor. —¿Quién sabe? Quizá vengan, quizá no. —Se sentóen el sillón que Blair había dejado libre—. De verdadque estás guapísima —volvió a decir, mirándole laspiernas como si quisiese comérselas. —Gracias —dijo Serena y rió. Era como un alivio verque Chuck seguía igual cuando todos los demás se estabancomportando de forma tan extraña. Le adoraba por ello. —Otra ronda —le dijo Chuck a Missy—. Y pon todoen mi cuenta —le alcanzó a Serena los veinte dólaresque Blair había dejado en la mesa—. Quédate con esto—le dijo. —Pero es de Blair —dijo ella, recibiendo el billete ymirándolo. —Devuélveselo, entonces —dijo Chuck. Serena asintió con la cabeza y puso los veinte dóla-res dentro de su bolsito de terciopelo rojo. 143
  • 141. —Aquí están —dijo Chuck cuando Missy puso lasbebidas sobre la mesa—. ¡Salud! —Chocó su copa con-tra la de Serena y dio un gran sorbo a su whisky. —¡Ay! —dijo ella cuando se volcó el cóctel en el ves-tido—. ¡Joder! Chuck cogió una servilleta de papel y le secó la man-cha que se le había hecho en la cadera. —Ya está, ni siquiera se ve —dijo, acercándole lamano a la entrepierna. —Gracias, Chuck —dijo Serena y le apartó la ma-no—. Creo que ya está. Chuck ni se inmutó. Era totalmente inalterable. —Oye, cojamos otra copa y subámosla a mi suite,¿vale? —ofreció—. Le diré a los del bar que les diga alos demás que estamos allí. Conocen a mis amigos. Serena titubeó, recordando lo que había dicho Blairsobre que a los Bass no les gustaba que subiesen más ala suite. —¿Estás seguro de que no hay problema? —dijo ella. —Claro que no hay problema —rió Chuck. Ponién-dose de pie, alargó la mano—. Venga, vamos. Aunque llovía y Nate tenía frío, no tenía prisa pe illegar a la casa de Blair. La verdad era que era bastanteirónico. ¿Por qué un tío de diecisiete años que está ipunto de acostarse con su novia por primera vez no vacorriendo? "Seguro que ya lo sabe", se dijo por enési-ma vez. ¿Cómo no iba a saberlo? La ciudad enterasabría ya que él se había acostado con Serena. PerBlair lo sabía, ¿por qué no había dicho nada? Nate se estaba volviendo loco de tanto pensar.144
  • 142. Entró en una tienda de licores de la avenida Madisony compró una botellita de Jack Daniels. Ya se había fuma-do un mini-peta en su casa, pero necesitaba darse unchute de coraje antes de encontrarse con Blair. No sabíacon qué tendría que enfrentarse. Anduvo el resto del camino lo más lento que pudo,bebiendo a escondidas de la botella. Justo antes de girar por la calle SetenBlair, le compró una rosa. Chuck pidió otra ronda en el bar y Serena le siguióal ascensor para subir a la suite del piso noventa y nueve.Tenía el mismo aspecto de siempre: el salón de estarcon su bar y su equipo de audio y vídeo; el enorme dor-mitorio con la gran cama doble y el otro equipo elec-trónico, como si fuese necesario; el amplio cuarto debaño de mármol con su bañera japonesa de cedro y dosesponjosos albornoces blancos. Aquello era algo másque a Serena le encantaba de los hoteles: los alborno-ces. ¿Acaso no le pasa a todo el mundo? Sobre la mesilla del salón había una pila de fotogra-fías. Serena reconoció la cara de Nate en la de más arri-ba y las cogió para ojearlas. —Son del año pasado —dijo Chuck, mirando porencima del hombro de ella—. Nos pasamos un poco—añadió, meneando la cabeza. Blair, Nate, Chuck, Isabel, Kati, todo Dios estaba enaquellas fotos, desnudos en el baño japonés, bailando en ro-pa interior, bebiendo champán en la cama. Eran todas fotosde una fiesta del año anterior, llevaban la fecha impresa enuna esquina, y todas habían sido tomadas en la suite. 145
  • 143. Así que Blair había mentido. Todos seguían yendo afiestas en la suite de los Bass, como siempre. Y Blair noera el ángel que simulaba ser con sus prácticas para elSAT y su rebequita negra. En una de las fotos, Blair lle-vaba sólo la ropa interior, saltando en la cama con unmágnum de champán en una mano. Serena se tomó la bebida de un trago y se sentó enun extremo del sofá. Chuck se sentó en el otro y puso lospies de ella en su regazo. —Chuck —le advirtió Serena. —¿Qué? Te estoy quitando las botas —dijo Chuckhaciéndose el inocente—. ¿No quieres que te las quite? Serena suspiró. De repente se sentía cansada, real-mente cansada. —De acuerdo, vale —le dijo. Cogió el mando y en-cendió la televisión mientras Chuck le quitaba las botas.Ponían Dirty Dancing en el TBS. Perfecto. Chuck comenzó a darle un masaje en los pies. Quéguapo. Le mordió el dedo gordo y le besó el tobillo. —Chuck —rió Serena, echándose en el sofá ycerrando los ojos. La estancia se movió un poco. Siem-pre le había sentado mal el alcohol. Chuck le subió las manos por las piernas. A los pocossegundos sus dedos le acariciaban la cara interna de losmuslos. —Chuck —volvió a decir Serena, abriendo los ojos eincorporándose—. ¿Te importa si nos quedamos senta-dos tranquilos? No necesitamos hacer nada, ¿vale?Vamos a quedarnos quietecitos en el sofá a ver DirtyDancing, ¿vale? Como si fuésemos chicas los dos. Chuck se acercó a Serena a cuatro patas hasta ponér-sele encima, impidiéndola moverse.146
  • 144. —Pero yo no soy una chica —le dijo. Bajó su rostrohacia el de ella y comenzó a besarla. Sabía a cacahuetes. —¡Mierda! —chilló Blair cuando oyó el timbre de laportería. Llevaba todavía ropa de calle y acababa de volcarcera roja de una vela en la alfombra. Apagó la luz de la habi-tación y corrió a la cocina—. Sí, que suba —le dijo al por-tero. Se desabrochó los vaqueros y corrió a la habitaciónmientras se los quitaba. Luego se quitó el resto de la ropay la tiró dentro del armario. Una vez desnuda, se puso per-fume, incluso echándose una vez entre las piernas. ¡Niña mala! Blair se miró al espejo. Tenía las piernas cortas en pro-porción al resto del cuerpo y sus tetas eran pequeñas y nodecían: "Miradme", como a ella le hubiese gustado. Losvaqueros le habían dejado una violenta marca roja en lacintura, pero apenas se notaba a la tenue luz de las velas.Todavía le duraba el agradable bronceado de verano, pe-ro su rostro parecía joven y asustado, sin la expresiónsexy que se suponía debía tener. Y el pelo se le había eri-zado como un halo con la lluvia. Corrió al cuarto debaño, se puso el brillo labial que Serena se había olvida-do en su lavabo y se pasó el cepillo por el largo cabellohasta que le cayó sobre los hombros de la manera mássexy posible. Ya está, irresistible. Llamaron a la puerta. Blair soltó el cepillo, que cayócon estrépito dentro del lavabo. —¡Ya voy! —gritó. Hizo una profunda inspiración ycerró los ojos para rezar una breve plegaria, aunque ellano era exactamente piadosa. "Ojalá que toda salga bien". Era lo mejor que sabía. 147
  • 145. Serena dejó que Chuck la besase un rato porque erapesado y no podía quitárselo de encima. Mientras él 1cexploraba el interior de la boca con la lengua, ella vio iJennifer Grey y a Patrick Swayze chapoteando en unlago. Finalmente, apartó la cabeza y cerró los ojos. —Chuck, realmente no me siento bien —dijo, simenlando que tenía náuseas—. ¿Te importa que me quedeaquí echada un ra tito? Chuck se enderezó y se limpió la boca con el dorsode la mano. —De acuerdo, vale —dijo. Se puso de pie—. Te trae-ré un poco de agua. Chuck se dirigió al bar y llenó un vaso de hielo antesde servir agua mineral Poland. Cuando volvió a darle elagua a Serena, ella ya estaba dormida. Tenía la cabezaechada hacia atrás sobre los cojines y le temblaban laslargas piernas. Chuck se dejó caer en el sofá junto a ella,cogió el mando y cambió de canal. —Hola —dijo Blair, entreabriendo la puerta y aso-mando la cara. —Hola —dijo Nate sujetando la rosa. Tenía el pelomojado y las mejillas sonrojadas. —Estoy desnuda —dijo Blair. —¿De verdad? —dijo Nate, apenas registrando lainformación—. ¿Puedo pasar? —Claro —dijo Blair, abriendo la puerta un pocomás. Nate se la quedó mirando, petrificado en el umbral. Blair se ruborizó y se cubrió con los brazos.148
  • 146. —Te dije que estaba desnuda —alargó la mano paracoger la flor. Na te se la dio. —Te he traído esto —le dijo con voz ronca. Luegocarraspeó y miró el suelo—-. ¿Me quito los zapatos? Blair se rió y abrió la puerta del todo. Nate estabanervioso, más nervioso incluso que ella. Qué mono. —Date prisa y quítate la ropa —le dijo. Le tomó dela mano—. No pasa nada, ven. Nate la siguió al dormitorio sin hacer nada de lo queun chico habría hecho normalmente en aquellas circuns-tancias. Como mirarle el culo desnudo a Blair, o preocu-parse por los preservativos o el mal aliento o intentardecir lo correcto. Apenas pensaba en algo. La habitación de Blair estaba llena de velas encendidas.Había una botella de vino tinto abierta en el suelo con doscopas a su lado. Blair se arrodilló y sirvió una copa paracada uno como una pequeña geisha. Se sentía más cómo-da desnuda en la oscuridad de su habitación. —¿Qué tipo de música quieres escuchar? —le pre-guntó a Nate, alargándole una copa. Nate bebió un poco de vino, haciendo ruido altragar. —¿Música? —dijo—. Lo que tú quieras. Da igual. Por supuesto, Blair tenía su CD preparado. La pri-mera canción era de Coldplay, porque sabía que a Natele gustaba ese grupo. Suave y sexy, rockero. Blair se había montado la película de aquel momentotantas veces que se sentía como una actriz que finalmen-te conseguía el papel de su vida. Alargó los brazos ypuso sus manos en los hombros de Nate. El intentó no 149
  • 147. mirarla, pero no pudo evitar hacerlo. Estaba desnuday era hermosa. Era una chica y él un chico. Se habían escrito muchas canciones al respecto. —Quítate la ropa, Nate —susurró Blair. "Quizá se lo diga después de que lo hagamos", pen-só Nate. No le pareció del todo legal, pero, sin embargo, labesó. Y una vez comenzó, no pudo parar. Cuando Serena se despertó, un rato más tarde,Chuck había cambiado a M T V 2 y cantaba a gritos conJay-Z. El vestido Pucci de Serena se le había subidohasta la cintura y se veían las bragas de encaje. Se ende-rezó apoyándose en los codos y se limpió el brillo labialde las comisuras de la boca. Se bajó el vestido. —¿Qué hora es? —preguntó. —Hora de que nos quitemos la ropa y nos metamos enla cama —dijo él impaciente. Bastante había esperado ya. Serena se sentía espesa y se moría por un vaso de agua. —Me siento fatal —dijo y, sentándose, se frotó lafrente—. Quiero irme a casa. —Venga —dijo Chuck, apagando la televisión—,podemos darnos un baño japonés primero. Eso te harásentir mejor. —No —insistió Serena. —De acuerdo —dijo Chuck, enfadado. Se puso depie—. Hay agua sobre la mesa. Ponte las botas, teacompaño a coger un taxi. Cuando Serena se ponía las botas, vio por la ventanadel hotel que llovía. —Llueve —dijo, tomando un sorbo de agua.150
  • 148. Chuck le dio una bufanda, su distintivo de cashmereazul con sus iniciales CB bordadas. —Cúbrete la cabeza con esto —le dijo—. Venga, vamos. Serena cogió la bufanda y siguió a Chuck hasta elascensor. Bajaron en silencio. Serena sabía que Chuckestaba molesto porque ella se iba, pero le daba igual. Noveía el momento de salir a tomar el aire e irse a la cama. Detuvieron un taxi con el póster de los gemelosRemi en el techo. A Serena le pareció un primer planode unos labios fruncidos como para dar un beso. —¿Qué es esto? ¿Marte? —bromeó Chuck, señalán-dolo. Miró a Serena sin rastro de humor en los ojos—.¡No, es tu ano! Serena le miró parpadeando. No se daba cuenta siChuck intentaba hacer un chiste o si creía de verdadque la foto era eso. Chuck le abrió la puerta del taxi y ella se deslizó enel asiento de atrás. —Gracias, Chuck—dijo suavemente—. Nos vemos,¿vale? —Da igual —dijo Chuck. Se metió dentro del cochey apretó a Serena contra el asiento—. ¿Qué te pasa, tía?—farfulló—. Desde décimo follas con Nate Archibaldy estoy seguro de que lo hiciste con todos los tíos delinternado y en Francia también. ¿Qué, te crees dema-siado para hacerlo conmigo? Serena le miró a los ojos fijamente, viéndole comoera en realidad por primera vez. Nunca le había caídomuy bien, pero nunca antes le había odiado. —No pasa nada, tampoco habría querido hacerlocontigo —dijo Chuck, con desprecio—. He oído quetienes enfermedades. 151
  • 149. —Aparta —dijo Serena, y poniéndole las manos enel pecho, le dio un empujón. Le cerró la puerta del taxien la cara y le dio al taxista su dirección. Cuando el taxi emprendió la marcha, se abrazó eltorso, mirando fijamente hacia delante a través del pa-rabrisas mojado por la lluvia. Cuando el taxi se detuvoen el semáforo de Broadway y Spring, abrió la puerta,se estiró y vomitó en la calle. Eso te enseñará a no beber con el estómago vacío. La bufanda de Chuck le colgaba del cuello y se mojóen el charco de vómito color rosa. Serena se la quitó, sesecó la boca con ella y la metió en su bolso. —Qué asco —dijo, volviendo a cerrar la puerta. —¿Un pañuelo, señorita? —dijo el taxista, pasándo-le una caja de Kleenex. Serena sacó uno y se limpió los labios con él. —Gracias —dijo, apoyándose en el respaldo ycerrando los ojos, agradeciendo, como siempre, la ama-bilidad de los desconocidos. —¿Qué tal un preservativo o algo? —murmuróBlair, mirando boquiabierta la erección de Nate. Pare-cía que se fuera a apoderar del mundo. Había logrado quitarle toda la ropa y ahora seencontraban echados sobre el edredón de la cama deella. Llevaban más de una hora tonteando. La canciónde Jennifer López Love Don t Cost a Thing sonaba en elestéreo y Blair estaba cada vez más excitada. Le cogió lamano a Nate y le lamió los dedos, chupando ávidamen-te la punta de cada uno de ellos. Le parecía que el sexosería todavía mejor que la comida.152
  • 150. Nate se puso boca arriba mientras Blair le chupabalos dedos. La cita con ella le había puesto tan nerviosoque no había cenado y ahora tenía hambre. Quizá cuan-do se mese a su casa se comprara un burrito en el mexi-cano de la avenida Lexington. Sí, eso era lo que quería:un burrito de pollo con frijoles y extra de guacamole. Blair le mordió el meñique con fuerza. —¡Ay! —dijo Nate y se le fue la erección como si se lahubiesen pinchado con un alfiler. Se sentó de golpe y sepasó la mano por el pelo—. No puedo hacer esto —mas-culló. —¿Qué? —dijo Blair, sentándose también—. ¿Quépasa? — E l corazón le dio un vuelco. Aquello no estabaen el guión. Nate le estaba arruinando un momentoperfecto. Torpemente, Nate le tomó la mano y la miró a losojos por primera vez en toda la noche. —Tengo que decirte algo —le dijo—. No puedohacer esto sin decírtelo. Me siento como un gilipollas. Blair se dio cuenta por la expresión de los ojos deNate de que el momento no se había arruinado sola-mente. Estaba muerto para siempre. —¿Qué? —dijo en voz baja. Nate se estiró y cogió el borde del edredón. Le pasóuna punta por los hombros a Blair y con la otra lecubrió la cintura. No le parecía bien hablar de aquellocuando ambos se encontraban tan desnudos. La volvióa coger de la mano. —¿Recuerdas el verano en que te fuiste a Escocia, a laboda de tu tía? —comenzó. Blair asintió con la cabeza—.Hacía un calor insoportable y yo vine a la ciudad con mipadre, sin hacer nada mientras él iba a unas reuniones 153
  • 151. que tenía y esas cosas. Era un muermo, así que llamé iSerena a Ridgefield y ella se vino. —Notó que Blair seponía tensa cuando mencionó a Serena. Ella le soltó lamano y se cruzó de brazos con expresión desconfiada enlos ojos—. Tomamos unas copas y nos sentamos en eljardín. Hacía tanto calor que Serena comenzó a chapo-tear en la fuente y luego me salpicó a mí. Supongo quenos dejamos llevar por el momento, o sea que... —recor-dó lo que Cyrus le había dicho de que a las chicas les gus-taban las sorpresas. Bueno, menuda sorpresa era aquélla;y no creía que a Blair le gustase en absoluto. —¿Y qué? —exigió Blair—. ¿Qué pasó? —Nos besamos —dijo Nate. Hizo una profundainhalación y contuvo el aire. No podía dejarlo así.Exhaló—. Y luego nos acostamos. Blair se quitó el edredón de los hombros y se puso de pie. —¡Lo sabía! —gritó—. ¿Quién no ha hecho el amorcon Serena, quisiera saber? ¡Esa puta, más que puta! —Lo siento, Blair. No lo planeamos, ni nada, ¿sabes? —dijo Nate—. Pasó, nada más. Y fue aquellavez sólo, te lo juro. No quería que creyeses que era miprimera vez, cuando en realidad no lo era. Tenía quedecírtelo. Blair se dirigió al cuarto de baño enfadada y descol-gó de un tirón la bata de satén rosa. Se la puso y se atóel cinturón apretado. —Blair —rogó Nate. Intentó durante un segundopensar en algo encantador que decir. Normalmente sele ocurrían cosas, pero no en aquel momento. Blair le cerró la puerta del baño de golpe en la cara.Nate se levantó de la cama y se puso los calzoncillosbóxer. Kitty Minky asomó la cabeza por debajo de la154
  • 152. cama y le lanzó una mirada acusadora, sus dorados ojosfelinos brillando, espeluznantes, en la oscuridad. Natecogió los vaqueros, la camisa y los zapatos y se dirigió ala puerta de la calle. Se moría por un burrito. La puerta de entrada se cerró con un golpe sordo,pero Blair siguió encerrada en el baño, de pie frente alespejo, mirando su rostro lloroso. El tubo de brillolabial de Serena seguía donde lo había dejado. Lo cogiócon dedos trémulos. Gash, se llamaba. Qué nombremás feo. Por supuesto, Serena se podía dar el lujo deusar brillos labiales con nombres feos, medias contomates, zapatos viejos y sucios y llevar el cabello sinarreglar. Y, a pesar de ello, llevarse al chico. Blair lanzóuna exclamación indignada ante semejante ironía.Abrió la ventana del baño, tiró el tubo de brillo a laoscura noche y esperó oírlo golpear contra el pavimen-to, pero no pudo oír nada. Tenía la cabeza demasiado ocupada con la películaque había comenzado a montar en su mente. La pelícu-la donde la fabulosa Serena van der Woodsen era atro-pellada por un autobús con su foto pegada en el lateraly quedaba horriblemente lisiada. Su íntima amiga Blairbuscaría un momento en su apretada agenda para ir consu amante esposo a dar de comer puré de peras a LaChica Elefante, Serena, y hablarle de las fiestas a las queNate y ella habían asistido. Serena gruñiría y se tiraríapedos por respuesta, pero eso no le importaría a la cari-tativa Blair. Era lo menos que podía hacer. Todo elmundo la llamaría santa Blair y le darían galardones porsu buen corazón. 155
  • 153. ¿Se liarán S & N nuevamente? Justo antes de medianoche, un taxi se detuvo en la Quin-ta Avenida 994. Enfrente, las escalinatas del Museo Metro-politano de Arte se encontraban desiertas, reluciendo de uncolor blanco fantasmagórico bajo la luz de las farolas. Sere-na se bajó del taxi y saludó a Roland, el viejo portero denoche, que dormitaba en la recepción. La puerta del edifi-cio se abrió, pero no fue Roland quien lo hizo, sino Nate. —¡Nate! —exclamó Serena, realmente sorprendi-da—. Oye, déjame cinco dólares, ¿quieres? No tengosuficiente dinero. Normalmente me echa una mano elportero, pero me parece que está dormido. Nate sacó un rollo de billetes del bolsillo y le dio unpar al taxista. Se llevó el dedo a los labios y subió sigi-losamente hasta la puerta del edificio. —¡Oiga! —gritó, golpeando el cristal con fuerza. —¡Qué malo eres, Nate! —rió Serena. Roland abrió los ojos de golpe y casi se cayó delasiento. Luego les abrió la puerta y ellos entraroncorriendo y subieron en el ascensor hasta el piso deSerena. Ella entró hasta su habitación, seguida de Nate,y se dejó caer pesadamente en la cama. —¿Recibiste mi mensaje? —bostezó, quitándose lasbotas—. Pensé que saldrías esta noche. —No pude —dijo Nate. Cogió la pequeña bailarina decristal que se encontraba sobre el joyero de caoba de Sere-na. Tenía unos piececitos núnimos, como si fuesen agujas.Se había olvidado de ella. —Pues no te has perdido nada —suspiró Serena. Seestiró en la cama—. Estoy muy cansada —dijo. Dio156
  • 154. unas palmaditas a su lado y se movió para hacerlesitio—. Ven, ¿te acuestas aquí y me cuentas un cuentoantes de dormir? Nate dejó la bailarina y tragó con esfuerzo. Oler elperfume de Serena le oprimía el corazón. Se echó a sulado. Sus cuerpos se rozaban. Le pasó el brazo por loshombros y ella le besó la mejilla, acurrucándose contrasu costado. —Acabo de estar con Blair —dijo Nate, pero Serenano contestó. Tenía la respiración pesada, como si ya sehubiese dormido. Nate se quedó quieto, con los ojos como platos y lamente a mil por hora. Se preguntó si Blair y él habríanroto oficialmente ahora. Se preguntó cómo responderíaSerena si le diese un beso en los labios y le dijese que laquería. Se preguntó si todo habría salido bien si no le hubie-se dicho nada a Blair. Nate recorrió con la mirada la habitación, recono-ciendo todos los queridos objetos familiares que habíavisto toda la vida y que él había olvidado. El osito depeluche con falda a cuadros escoceses que se sentabacon porte aristocrático en la mesita de noche de Sere-na. El gran armario de caoba con los cajones a medioabrir por donde se asomaba la ropa. La pequeña que-madura que había hecho en noveno en la blanca tela deldosel. En el suelo, junto a la puerta, se encontraba el bolso deterciopelo rojo de Serena, abierto con el contenido des-parramado. Un paquete azul de cigarrillos Gauloise. Unbillete de veinte dólares. Una tarjeta Amex. Y una bufan-da azul marino con las iniciales C.B. bordadas en dorado. 15/
  • 155. ¿Por qué le había pedido dinero si llevaba veintedólares? ¿Y qué cono hacía con la bufanda de ChuckBass? Nate se puso de costado y Serena gimió suavementea la vez que la cabeza se le iba hacia atrás en la almoha-da. La observó críticamente. Era tan hermosa y sexy yconfiada y llena de sorpresas. Era difícil creer que fue-se real. Serena alargó los brazos y rodeó con ellos el cuellode Nat, acercándosele. —Venga —murmuró, sin abrir los ojos—. Acuéstateconmigo. Nate se puso tenso. No sabía si Serena se refería aque durmiese con ella o que se acostase con ella, peroigualmente estaba excitado. Cualquiera en su situaciónlo habría estado, lo cual le daba mucha rabia. Serena lo había dicho sin darle demasiada importan-cia. De repente, no le costó ningún trabajo imaginarlahaciendo todo lo que se decía que había hecho. ConSerena todo era posible. Un brillo plateado le llamó la atención. Era la pe-queña caja de plata que tenía sobre la mesilla, llena desus dientes de leche. Cada vez que la visitaba, Nate solíaabrir la cajita forrada de terciopelo para ver si los dien-tes se encontraban todavía allí. Pero esta vez, no. Por loque parecía, Serena no era la misma niñita que habíaperdido todos esos dientes. Nate se apartó de ella y se puso de pie. Levantó deun manotazo la bufanda de Chuck y la puso sobre lacama sin darse cuenta de que estaba manchada de vómi-to. Y luego, sin siquiera volver a mirar a Serena, se mar-chó dando un portazo.158
  • 156. Gallina. Al oír el portazo, Serena abrió los ojos y olió su pro-pio vómito. Haciendo arcadas, corrió al cuarto de baño.Cogiéndose al borde de su lavabo de porcelana blanca,se inclinó, con los costados doliéndole del esfuerzo. Nodevolvió nada. Abrió el grifo del agua caliente de laducha al máximo y se quitó por encima de la cabeza elvestido Pucci, húmedo de sudor frío, y lo dejó caer alsuelo. Lo único que necesitaba era una buena duchacaliente y un poco de exfoliante. Mañana estaría como si no hubiera pasado nada. 159
  • 157. CosasdeChicas.net temas anterior siguiente • envía una pregunta respuestaTodos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es de ¡Qué hay, gente! EL T E M A DE LA VIRGINIDAD Este 2V es increíble. Estaba a un pelín de conseguir un trozo de la tarta de B, sabéis a lo que me refiero. Supongo que tendremos que admirar su autocontrol, su habilidad para mantener el pajarito en la jaula. Pero seguramente a B no le habría molestado tanto si N se hubiese quedado calladito y hubiese rematado la faena en vez de que le diesen los remordimientos y le conta- se lo de la vez que lo había hecho con S. Me refiero a que, ¿con quién la va a perder ahora JS? Yo estaba equivocada con respecto a los chicos. Siem- pre pensé que darían cualquier cosa con tal de llevarse al huerto a una virgen. Quiero decir que creía que a N le gustaría la idea de que B no lo hubiese hecho nunca. Pero no parece importarle en absoluto. Lo único que hace es que acostarse con ella sea una movida tan enor- me que no puede enfrentarse a ella sin fumarse un buen porro y beberse media petaca de JD. Una pena. Tampoco parecía tener demasiada prisa en hacerlo con S, y todos sabemos que ella no es virgen. Quizá N tenga unas normas de conducta muy estrictas. ¡Ay, Madre! Eso hace que me guste mucho más. 160
  • 158. Vuestro e-mail P: Hola Chica Cotilla: Vi a S subir con un tío en el Tribeca Star. Ella tanborracha que no se tenía. Estuve a punto de golpear lapuerta y preguntar si había una fiesta o algo por el esti-lo, pero no me atreví. Quiero que me des un consejo.¿Crees que ella se acostaría conmigo? Me refiero a queparece bastante fácil. —Coop • R: Querido Coop: Si eres el tipo de tío que necesita preguntarlo, enton-ces probablemente no. Puede que S sea un putón, perotiene un gusto excelente. —CC Visto por ahí Sólo uno: N en el mexicano de Lexington, charlan-do con la chica mona que atiende. Ella le dio el extra deguacamole gratis. Sí, apuesto a que sí. Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 161
  • 159. Los chicos del Westside se vuelven mojaras por Barneys —Dan —susurró Jenny, tocándole el pecho—, despierta. Dan se cubrió los ojos con la mano y le dio un pun-tapié a las sábanas. —Vete, que es sábado —murmuró. —Por favor, levántate —rogó Jenny. Se sentó en elborde de la cama, dándole con el dedo varias veces hastaque él retiró la mano para lanzarle una mirada asesina. —¿Se puede saber qué te pasa? —dijo Dan—. Déja-me en paz. —No —insistió Jenny—. Tenemos que ir de compras. —Vale —dijo Dan. Se dio la vuelta, poniéndose decara a la pared. —Porfa, Dan. Tengo que conseguir un vestido para lafiesta del viernes y tienes que ayudarme. Papá me hadado su tarjeta de crédito. Dijo que tú te podías com-prar un esmoquin también —Jenny lanzó una risilla—.Ya que nos estamos convirtiendo en unos pijos malcria-dos, necesitaremos vestidos y esmoqúines y toda esamierda. —Yo no voy a la fiesta —dijo Dan, dándose la vuel-ta nuevamente. —Claro que sí irás. Irás y te encontrarás con Serena ybailarás con ella. Yo os presentaré. Es guapísima —parlo-teó Jenny, feliz. —No —dijo Dan, obcecado. —Bueno, al menos ayúdame a elegir el vestido —di-jo Jenny, haciendo un mohín con los labios—, porqueyo sí que voy. Y quiero estar guapa.162
  • 160. —¿No puedes ir con papá? —Sí, claro. He dicho que quería estar guapa —dijoJenny, sarcástica—. ¿Sabes lo que me dijo papá? "Vetea Sears, que son los grandes almacenes del proletaria-do". No sé a qué se refería, pero ni siquiera sé dóndeestá Sears, ni tampoco si sigue existiendo. Además,quiero ir a Barneys. No puedo creer que nunca hayaestado allí. Estoy segura de que gente como Serena vander Woodsen y Blair Waldorf van allí, cómo te diría,todos los días. Dan se sentó y bostezó. Jenny estaba vestida y listapara marcharse, con su rizado cabello castaño atado enuna coleta. Hasta se había puesto la chaqueta y loszapatos. Estaba tan adorable y entusiasmada que resul-taba difícil decir que no. —Eres insoportable —dijo Dan, poniéndose de pie ydirigiéndose a trompicones al cuarto de baño. —Tú sabes que me adoras —le gritó Jenny. Según la opinión de Dan, Barneys estaba Heno degilipollas, hasta el tío que le abrió la puerta, sonriendode oreja a oreja. Pero a Jenny le encantó, y aunque nun-ca había estado allí, lo sabía todo sobre la tienda. Sabíaque no tenía que detenerse en los pisos inferiores, queestaban llenos de ropa de diseñadores que ella nopodría pagar en su vida, y se dirigió a la cooperativa delúltimo piso. Y cuando las puertas del ascensor se abrie-ron, se sintió como si se hubiese muerto y despertadoen el cielo. Había tantos vestidos hermosos colgados enlas perchas que se le hizo la boca agua con sólo mirar-los. Quería probárselos todos, pero, por supuesto, no 163
  • 161. podía. Cuando tienes una talla 100 de suje, estás un po-co limitada. Y desde luego que necesitas ayuda. —Dan, ¿quieres pedirle a aquella dependienta queme ayude a encontrar esto de mi talla? —susurró Jenny,acariciando el vestido de terciopelo color púrpura esti-lo imperio con tirantes de cuentas. Miró la etiqueta conel precio. Seiscientos pavos. —¡Madre de Dios! —dijo Dan, viendo el precio porencima del hombro de ella—. De ninguna manera. —Sólo quiero probármelo para ver —insistióJenny—. No voy a comprarlo. Sostuvo el vestido fren-te a sí. El corpino apenas le cubriría los pezones. Jennylanzó un suspiro y volvió a poner el vestido en la per-cha—. ¿Quieres decirle a aquella señora si me puedeayudar? —repitió. —¿Por qué no puedes hacerlo tú? —dijo Dan. Semetió las manos en los bolsillos de los pantalones depana rayada y se apoyó contra una percha para sombre-ros de madera. —¿Porfi? —dijo Jenny. —Vale. Dan se dirigió a la mujer con aspecto cansado ycabello rubio. Tenía aspecto de haber trabajado engrandes almacenes toda la vida y haberse ido de vaca-ciones una vez al año a Atlantic City, Nueva Jersey. Danse la imaginó fumando Virginia Slims sin parar por elpaseo y preocupándose por cómo se las arreglarían laschicas de la tienda sin ella. —¿Puedo ayudarle, joven? —le preguntó la mujer.Su chapa decía: "Maureen". —Hola —sonrió Dan—. ¿Podría ayudar a mi her-mana a elegir un vestido bonito? Es aquélla —señaló a 164
  • 162. Jenny, que miraba el precio de un vestido rojo convolantes en las mangas. Jenny se había quitado la cha-queta y llevaba una camiseta blanca. Dan no lo podíanegar. Tenía dos tetas como dos carretas. —Sí, por supuesto —dijo Maureen, dirigiéndosedecidida hacia Jenny. Dan se quedó donde estaba. Recorrió con la vista laestancia, sintiéndose totalmente fuera de lugar. Detrásde él, oyó una voz conocida. —Parezco una monja, mamá, en serio. Es totalmenteinadecuado. —Oh, Serena —dijo otra voz—. Creo que es moní-simo. ¿Y si le desabrochas el cuello un poco? ¿Ves? Esmuy estilo Jackie O. Dan se dio la vuelta. Una mujer alta, de unos cuaren-ta años, rubia como Serena, se encontraba con mediocuerpo fuera de un probador. La cortina estaba ligera-mente abierta y Dan pudo ver un poquito del pelo deSerena, su clavícula y sus pies desnudos con las uñaspintadas de rojo. Sintió que le ardían las mejillas y sedirigió al ascensor. —Eh, Dan, ¿dónde vas? —llamó Jenny. Ya tenía losbrazos llenos de vestidos y Maureen pasaba las perchaseficientemente mientras le daba todo tipo de consejossobre sujetadores para busto grande y lo último en ropainterior que realza la figura. Jenny nunca había estadotan feliz. —Voy a mirar las cosas de tíos —murmuró Dan, lan-zando miradas hacia donde había visto a Serena. —Vale —dijo Jenny alegremente—. Iré para allí enunos cuarenta y cinco minutos. Y si te necesito, te lla-maré al móvil. 165
  • 163. Dan asintió con la cabeza y se subió al ascensor encuanto se abrió la puerta. En el departamento de caballeros se dirigió a unmostrador y se puso colonia Gucci en las manos, frun-ciendo la nariz ante el fuerte y masculino perfume ita-liano. Miró la impresionante estancia recubierta demadera buscando un cuarto de baño donde lavarse lasmanos, pero en vez de ello encontró un maniquí vesti-do de etiqueta y a su lado una percha llena de esmoqúi-nes. Dan acarició la elegante tela de las chaquetas ymiró las marcas: Hugo Boss, Calvin Klein, D K N Y ,Armani. Se imaginó bajando de una limusina vestido con unesmoquin de Armani y Serena del brazo. Irían por laalfombra roja hacia la fiesta con la música sonando a sualrededor y la gente se daría la vuelta y cuchichearía. —Te quiero —le diría Serena apretando su boca per-fecta contra la oreja de Dan. Y luego Dan la besaría y lallevaría en sus brazos de vuelta a la limusina. Que le denpor culo a la fiesta. Tenían mejores cosas que hacer. —¿Le puedo ayudar en algo, señor? —preguntó undependiente. — N o , yo —dijo Dan, dándose la vuelta abrupta-mente. Titubeó, mirando el reloj. Jenny iba a tardar unhuevo y... ¿por qué no hacerlo? Total, ya estaba allí.Cogió el esmoquin de Armani y se lo dio al vendedor—.¿Me puedo probar éste de mi talla? La colonia se le había subido a la cabeza. Jenny y Maureen arrasaron con las perchas y Maureenllenó un vestidor con docenas de posibilidades en dife-166
  • 164. rentes tallas. El problema con Jenny era que no era másque una talla treinta y dos, pero de busto era al menosuna cuarenta y dos. Maureen le dijo que tendrían quebuscar un término medio y elegir una treinta y ochopara agrandarle el busto y todo lo demás. Los primeros vestidos fueron un desastre. Jenny casile rompió la cremallera a uno intentando desengan-chárselo del sujetador. Y el siguiente ni siquiera lecubría las tetas. El tercero era totalmente obsceno. Elcuarto le quedaba bien, pero era color naranja butano ytenía un volante ridículo que lo atravesaba como sialguien le hubiese hecho un tajo con un cuchillo. Jennyasomó la cabeza por la cortina, buscando a Maureen.Serena y su madre salían del probador contiguo y sedirigían a la caja. —¡Serena! —llamó Jenny, sin pensárselo dos veces.Serena se dio la vuelta y Jenny se ruborizó. No podíacreer que estuviese hablando con Serena van derWoodsen mientras llevaba un vestido color naranja fos-forito con un estúpido volante. —Hola, Jenny —dijo Serena, esbozando una cálidasonrisa. Se acercó y besó a Jenny en ambas mejillas. Jenny contuvo el aliento y se agarró a la cortina parano perder el equilibrio. Serena van der Woodsen laacababa de besar. —¡Qué vestido más chulo! —dijo Serena. Se inclinópara susurrarle en el oído—: Tienes suerte de no estarcon tu madre. Me ha hecho comprar el vestido más feode toda la tienda. —Levantó la percha. Era largo, negroy fabuloso. Jenny no supo qué responder. Ojalá hubiese podidoquejarse de salir de compras con su madre. Ojalá fuese 167
  • 165. el tipo de chica capaz de quejarse de que un hermosovestido era feo. Pero no lo era. —¿Va todo bien, querida? —dijo Maureen, acercán-dose con un sujetador sin tirantes para que se probasecon los vestidos. Jenny lo recibió y, ruborizada, le lanzó una mirada aSerena. —Será mejor que me siga probando —dijo—. Hastael lunes, Serena. Dejó caer la cortina, pero Maureen la abrió unoscentímetros. —Es muy bonito —le dijo, asintiendo con aproba-ción al ver el vestido color naranja—. Te sienta bien. Jenny hizo una mueca de desagrado. —¿No lo tiene en negro? —preguntó. —Pero eres demasiado joven para llevar negro —di-jo Maureen, frunciendo el ceño. Jenny frunció el ceño también y le devolvió una pilade vestidos, cerrándole la cortina con decisión en lacara. —Muchas gracias por su ayuda —le dijo. Se sacó el vestido color naranja por encima de la ca-beza y se quitó el sujetador, alargando la mano paracoger un vestido negro de satén elastizado que ellahabía elegido. Sin sujetador, se pasó el vestido por enci-ma de la cabeza y sintió cómo se le deslizaba por elcuerpo. Cuando se miró al espejo, la pequeña JennyHumphrey se había esfumado. En lugar de ella, habíauna voluptuosa y atrevida diosa del sexo. Con un par detacones, un tanga y lápiz de labios Vamp de Chanel,estaría lista para la acción. Nadie es demasiado joven para llevar negro.168
  • 166. El brunch del domingo El domingo a última hora de la mañana, las escalina-tas del Museo Metropolitano de Arte estaban a rebosarde gente, en su mayoría turistas y vecinos de la ciudadque se acercaban a hacer una visita corta para poder far-dar luego con sus amigos. Dentro, en el ala egipcia, seservía un brunch a todos los integrantes del consejo delmuseo y a sus familias. El ala egipcia era escenario magnífico de fiestas noc-turnas, con su exotismo y sus dorados brillando dramá-ticamente a la luz de la luna que se filtraba por lasmodernas paredes de cristal. Pero no pegaba para unbrunch. Salmón ahumado y huevos no casan mucho conmomias de faraones egipcios. Además, el sol que atra-vesaba las paredes inclinadas de cristal era tan brillanteque hacía que hasta la más ligera resaca se multiplicasepor diez. ¿A quién se le habrá ocurrido inventar el brunch? E lúnico sitio decente donde estar un domingo por lamañana es la cama. La sala estaba llena de grandes mesas redondas ysuperpijos del Upper East Side recién salidos de la ducha.Eleanor Waldorf, Cyrus Rose, los van der Woodsen, losBasse, los Archibald y sus hijos se encontraban todosalrededor de una mesa. Blair, enfurruñada, se sentabaentre Cyrus y su madre. Nate había estado intermitente-mente fumado, borracho o inconsciente desde el viernesy ahora se le veía desaliñado y en otro mundo, como si seacabase de levantar. Serena se había puesto algunas de lascosas que había comprado con su madre el día anterior y 169
  • 167. tenía un corte de pelo nuevo con suaves capas que leenmarcaban el rostro. Estaba más hermosa que nunca,pero nerviosa y alterada después de tomarse seis tazas decafé. Solo Chuck parecía a sus anchas, disfrutando de suBloody Mary. Cyrus Rose partió en dos su tortilla francesa de sal-món con puerros y la metió dentro de un bollito bagel. —Tenía antojo de huevos —dijo, dándole un ham-briento bocado—. ¿Sabes, cuando el cuerpo te pidealgo? —añadió, sin dirigirse a nadie en particular—. Elmío gritaba: "¡Huevos, huevos, huevos!". Y el mío grita: "Cierra la puta boca", pensó Blair yempujó el plato hacia él. —Toma, cómete la mía. Odios los huevos —dijo. —No, tú estás creciendo —dijo Cyrus, devolviéndo-le el plato—. Los necesitas más que yo. —Es verdad, Blair —dijo su madre—. Come loshuevos, que te harán bien. —He oído que los huevos le dan brillo al pelo —co-mentó Misty Bass. —No como abortos de gallina —negó Blair con lacabeza obcecada—. Me dan arcadas. —Me los como yo, si no los quieres —dijo Chuck,alargando la mano por encima de la mesa. —Venga, Chuck —dijo la señora Bass—, no seas cerdito. —Ha dicho que no los quería —dijo Chuck—. ¿Noes verdad, Blair? Blair le pasó el plato, cuidando de no mirar ni a Sere-na ni a Nate, que se sentaban a ambos lados de Chuck. Serena se entretenía cortando su tortilla en cuadra-ditos del tamaño de fichas de Scrabble. Comenzó aconstruir torres con ellos.170
  • 168. Nate la miraba por el rabillo del ojo. También mira- ba las manos de Chuck. Cada vez que desaparecían de su vista, bajo el mantel, se imaginaba que le estaba metiendo mano a Serena. —¿Habéis visto la sección de "Estilo" del Times de hoy? —preguntó Cyrus Rose, lanzando una mirada alrededor de la mesa. Serena levantó la cabeza de golpe. ¡Su foto con los gemelos Remi! Se había olvidado de ella totalmente. Apretó los labios y esperó un interrogatorio por parte de sus padres y de todos los demás comensales, pero nadie dijo nada. Era parte de su código social no rego- dearse en cosas que resultaran violentas. —Pásame la crema, ¿quieres, cielo? —le dijo lamadre de Blair a Nate, sonriéndole a Serena. Y aquello fue todo. La madre de Nate carraspeó. —¿Qué tal van los preparativos de la fiesta del "Besoen los Labios", Blair? ¿Estáis listas, chicas? —dijo, toman-do un trago de su whisky con 7up. —Sí, ya tenemos todo listo —respondió Blair conamabilidad—. Finalmente logramos resolver el temade las invitaciones. Y Kate Spade va a mandar las bolsas deregalo el jueves después de clase. —Recuerdo cuando yo organizaba todos esos coti-llones —dijo la señora van der Woodsen con expre-sión soñadora—. Pero lo que más nos preocupaba erasi los chicos se presentarían —les sonrió a Nate yChuck—. Aunque no tenemos que preocuparnos porvosotros, ¿verdad? —Yo estoy que me muero por ir —dijo Chuck,comiéndose la tortilla de Blair. 171
  • 169. —Yo iré —dijo Nate. Le lanzó una mirada a Blair,que se había quedado mirándole. Nate llevaba el jersey verde de cashmere que ella lehabía regalado en Sun Valley, el del corazoncito de oro. —Disculpadme —dijo Blair. Se puso de pie y se mar-chó de la mesa abruptamente. Nate la siguió. —¡Blair! —la llamó, pasando entre las mesas sinhacer caso a su amigo Jeremy que le saludaba con lamano—. Espera. Sin darse la vuelta, Blair aceleró el paso, los taconesrepiqueteando en el blanco suelo de mármol. Llegaronal pasillo de los cuartos de baño. —Venga, Blair. Lo siento, ¿vale? ¿Podemos hablar,por favor? —dijo Nate. Blair llegó hasta la puerta del cuarto de baño de se-ñoras y se dio la vuelta, empujándola con el trasero. —Déjame en paz, ¿quieres? —dijo con dureza, y entró. Nate se quedó frente a la puerta un momento con lasmanos en los bolsillos, pensando. Aquella mañana, alponerse el jersey verde que Blair le había regalado,había visto el pequeño corazón de oro bordado en lamanga. No se había dado cuenta antes de ello, y estabaclaro que Blair se lo había puesto. Por primera vez, sehabía dado cuenta de que ella hablaba en serio cuandole dijo que le quería. Fue un momento muy fuerte, y se sintió halagado.Hizo que quisiese volver a verla. No cualquier chica lecose un corazoncito de oro a tu ropa. Eso lo tenía claro.172
  • 170. Serena se moría de ganas de hacer pis, pero no que-ría encontrarse en el cuarto de baño con Blair. Esperóa que Blair y Nate volviesen, pero a los cinco minutosno pudo aguantar más y se puso de pie, dirigiéndose alcuarto de baño. Rostros conocidos la miraron pasar. Una camarera leofreció una copa de champán, pero Serena negó con lacabeza y corrió por el pasillo de mármol hacia el cuar-to de baño. Unos pasos rápidos y pesados resonarontras ella y se dio la vuelta. Era Cyrus Rose. —Dile a Blair que se dé prisa si no quiere perderseel postre, ¿quieres? —le dijo. Serena asintió con la cabeza y entró en el cuarto debaño de señoras. Blair se lavaba las manos. Levantó lavista y se quedó mirando la imagen de Serena en elespejo. —Dice Cyrus que te des prisa si quieres tomar pos-tre —dijo Serena abruptamente, metiéndose en unlavabo y cerrando la puerta de un golpe. Se bajó las bra-gas e intentó hacer pis, pero no podía con Blair allí. No se lo podía creer. ¿Cuántas veces habían ido Blairy ella al cuarto de baño juntas, y charlado y reído mien-tras hacían pis? Había perdido la cuenta. ¿Y ahora sesentía tan tensa en presencia de Blair que no podía? Eraalucinante. Se hizo un silencio incómodo. ¿No odias los silencios incómodos? —De acuerdo —oyó Serena que decía Blair antes demarcharse del cuarto de baño. La puerta de vaivén se cerró y Serena se relajó y co-menzó a hacer pis. 173
  • 171. Cyrus abordó a Nate en el cuarto de baño de hombres. —¿Habéis discutido Blair y tú? —le preguntó. Sebajó la cremallera y se colocó frente al urinario. Qué suerte la de Nate. —Más o menos —dijo Nate, encogiéndose de hom-bros mientras se lavaba las manos. —A ver si adivino. Fue por sexo, ¿verdad? Nate se ruborizó y cogió una toallita de papel. —Pues... más o menos. —Realmente no quería entraren detalles. Cyrus tiró de la cadena del urinario y se acercó a loslavabos. Se lavó las manos y comenzó a acomodarse lacorbata, que era color rosa brillante con un estampadode cabezas de león amarillas. Very Versace. Vamos, una horterada —Por lo único que se pelean las parejas es por elsexo y el dinero —observó Cyrus. Nate se quedó mirándole con las manos en los bolsillos. —Tranquilo —dijo Cyrus—. No voy a darte un ser-món ni nada por el estilo. Se trata de mi futura hijas-tra y desde luego que no pienso decirte cómo colartedentro de sus bragas —lanzó una risilla ahogada y semarchó. Nate le vio marchar. Se preguntó si Blair sabría queCyrus pensaba casarse con su madre. Abrió el grifo y semojó la cara con agua fría, mirándose al espejo. Se habíaquedado con los chicos hasta tarde la noche anteriorviendo Tomb Raidery emborrachándose. Jugaron a bebercada vez que le veían los pezones a Angelina Jolie. Natelo había hecho para no pensar en Blair y Serena, y ahorapagaba por ello. Tenía el rostro pálido y ojeroso, con lasmejillas hundidas. Estaba hecho una mierda.174
  • 172. En cuanto se acabara el puto brunch, se iría al parquea fumarse un peta al sol y tomarse un par de cañas. Laperfecta cura para todo. Pero primero tendría quecamelarse un poco a Blair. Lo bastante para que ella ledesease otra vez. Buen chico. En vez de volver a la mesa cuando salió del cuarto de baño, Blair recorrió la estancia buscando la mesa de Isa- bel y Kati. —¡Aquí estamos, Blair! —llamó Kati, dando pal-maditas sobre un sitio vacío junto al de ella. Suspadres y amigos se habían marchado a hacer relacio-nes sociales a otras mesas, así que las chicas estabansolas. —Toma —dijo Isabel, alargándole una copa dechampán con zumo de naranja. —Gracias —dijo Blair, y bebió un sorbo. —Jeremy Scott Tomkinson acaba de venir a intentarconvencernos para que fuésemos al parque con él —di-jo Kati. Lanzó una risilla—. Es guapo, ¿no?, con ese as-pecto de desperpijo. ¡Oye, qué nombre más bonito! —Qué muermo, ¿verdad? —dijo Isabel, con unamueca de exasperación—. ¿Qué tal tu mesa? — N i me la menciones —dijo Blair—. Adivinad conquién estoy sentada. Las otras dos soltaron sendas risillas. No era necesarioadivinarlo. —¿Has visto su póster en la calle? —le preguntó Isa-bel a Blair. 175
  • 173. Blair asintió con la cabeza, poniendo los ojos en blanco. —¿Qué se supone que es? —preguntó Kati—. ¿Suombligo? —¿A quién le importa? —dijo Blair, que seguía sintener ni idea. —No tiene vergüenza —dijo Isabel—. La verdad esque me da un poco de pena. —A mí también —dijo Kati. —Pues no se la tengáis —dijo Blair con rabia. GRRRR. Nate empujó la puerta del cuarto de baño de hom-bres a la vez que Serena hacía lo propio con el de seño-ras. Anduvieron juntos por el pasillo hasta la mesa. —Nate —dijo Serena, alisándose la falda de antenueva—. ¿Me quieres explicar por qué no me diriges lapalabra? —¿Quién ha dicho que no te hablo? —dijo Nate—.¿Ves? Te estoy hablando ahora. —Apenas —dijo Serena—. ¿Qué ha pasado? ¿Quépasa? ¿Te ha dicho Blair algo de mí? Instintivamente, Nate alargó la mano y tocó la petacade whisky que escondía en el bolsillo. M r ó el suelo demármol, evitando los hermosos y tristes ojos de Serena. —Tendríamos que volver —dijo Nate, apresurandoel paso. —Vale —dijo Serena, siguiéndole lentamente. Volvía a tener ese sabor salado en la garganta, elsabor a las lágrimas. Llevaba días conteniéndolas y sen-tía que estaba a punto de abrirse el grifo. De repentecomenzaría a sollozar y no podría parar.176
  • 174. Cuando Nate y Serena se volvieron a sentar, Chuckesbozó una sonrisa maliciosa. "¿Qué tal estuvo?", pare-cía decir. Serena sintió deseos de pegarle. Pidió otra taza de café y le echó cuatro cucharaditasde azúcar y revolvió y revolvió, como si quisiese aguje-rearle el fondo al platillo, la mesa y el suelo para ente-rrarse en la tumba de algún faraón donde poder llorar asus anchas. Nate pidió un Bloody Mary. —¡Salud! —dijo Chuck alegremente, chocó su copacontra la de Nate y tomó un buen trago. Blair había vuelto a la mesa. Ya se había devorado sucrema catalana y comenzaba a atacar la de su madre.Estaba llena de abortos de gallina pero le daba igual.Total, iba a vomitarla dentro de un minuto. —Oye, Blair —dijo Nate suavemente, haciendo quea Blair se le cayese la cuchara con estrépito. Sonrió y seestiró por encima de la mesa—. Eso tiene una pintagenial, ¿me das un poquito? Blair se llevó una mano trémula al corazón. El sexyde Nate. Su Nate. Dios, cómo le quería. Pero no iba aceder tan fácilmente. Ella tenía su orgullo. Blair recobró la compostura y empujó su plato haciaél. Cogiendo la copa, se la bebió de un trago. —Cómete el resto —le dijo, y se puso de pie—. Dis-culpadme. Se alejó taconeando hacia el cuarto de baño de seño-ras para meterse el dedo en la garganta. Eso sí que es una dama. 177
  • 175. CosasdeChicas.net temas < anterior siguiente • envía una pregunta respuesta 4Todos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Is decir, a ¡Qué hay, gente! A mí me pareció que Serena estaba mona en la sección de "Estilo" del Sunday Times, aunque a sus profesores segu- ramente no les sentara muy bien que tuviera un martini en cada mano en un día de clase. La verdad es que a mí me da un poco igual. ¿Acaso no tenemos bastante con ver esa foto de ella cada vez que usamos el transporte público? Pero está claro que vosotros no lo habéis superado todavía. Vuestro e-mail P: Hola, C C : Fui a la exposición y busq tu foto. Muy sexy. me gus- ta tu página también. Eres genial. —Bigfan R: Querida Bigfan: Siempre que no seas una acosadora, supongo que me siento halagada. —CC P: Querida Chica Cotilla: Cuando vi la foto de S en el periódico, ¡tuve una idea! ¿Eres tú S? Porque si lo eres, eres una falsa. Tam- 178
  • 176. bien quería decirte que le encantas a mi padre y quiereque escribas un libro. Está muy bien relacionado. Si medices quién eres, puede hacerte famosa. —JNYHY R: Hola, JNYHY, Tú eres la falsa. Y no es por fardar ni nada por elestilo, pero ya soy un poco famosa. O, mejor dicho,tengo mala fama. Mayor motivo todavía para no decir-te quién soy. —CC Visto por ahí Vieron cómo D devolvía un fantástico esmoquin deArmani en Barneys y alquilaba uno mucho menos fantás-tico en una tienda de ropa de etiqueta. A su hermana,^, lavieron comprándose ropa interior en La Petite Coquet-te, aunque no se atrevió a comprarse un tanga. A ÜVle vie-ron comprando una gran bolsa de maría en Central Park.¡Qué novedad, eh! A B la vieron en el salón de belleza delas Hermanas J haciéndose la cera nuevamente en laentrepierna. Ya le estaría empezando a picar. A 5 la vieronsacando los pies por la ventana para que se le secaran lasuñas. Me parece que es la primera vez en la vida que pasatanto tiempo en casa. Quizá debiese comprarse un gato oalgo por el estilo. Miauuuu. 179
  • 177. Dos preguntas Primera: Si te enterases de que hay una fiesta a la queno te han invitado, ¿no irías con tal de joder a la gente?Yo lo haría. Segunda: Si te hubieses decidido a ir a la fiesta, ¿nose lo restregarías a la gente bien por las narices ponién-dote verdaderamente guapa y robándoles los novios atodas? Desde luego que sí. Pero quién sabe lo que decidirá hacer 5. Esa chicaestá llena de sorpresas... Al menos nos ha dado qué pensar a todas mientrasnos arreglamos las uñas de los pies, nos depilamos lascejas y nos explotamos los granitos. ¡Nos vemos en la fiesta! Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 180
  • 178. Un cambio de parecer —Feo, feo, feo —dijo Serena. Hizo un bollo con elvestido negro nuevo y lo tiró sobre la cama. ¿Un maravilloso vestido de Tocca? ¡Venga, que no esfeo, anda! Aquella semana Serena se había puesto todos los díassu uniforme granate, había ido al colegio, vuelto a casa,visto un poco de tele, cenado, visto un poco más de telee ido a dormir. Hasta hizo algunos deberes. Con los úni-cos que habló fue con sus padres y sus profesores, y qui-zá un saludo al pasar junto a alguna chica en el colegio.Comenzaba a sentirse semiinvisible, como la sombra dela antigua Serena, una chica que la gente había conoci-do pero ya no recordaba. Además, por primera vez en suvida se sintió fea y torpe. Sus ojos y su pelo le parecíanopacos, y su hermosa sonrisa y comportamiento fasci-nante habían sido acordonados hasta próximo aviso. Ahora era viernes, la noche de la fiesta del "Beso enlos Labios", y tenía una pregunta que no podía respon-der: ¿ir o no ir? Antes, antes de una fiesta elegante como aquella,Serena y sus amigas se pasaban la mitad de la noche vis-tiéndose juntas: bebían ginebra con tónica, bailaban porahí en ropa interior, se probaban cosas chulas. Pero hoySerena revolvía su armario sola. Estaban los vaqueros con el roto en la pierna dondese había enganchado en la cerca de alambre de púasde Ridgefield. El vestido de satén blanco que se habíapuesto para el baile de Navidad de noveno. La chupa decuero vieja de su hermano. Las zapatillas viejas de tenis 181
  • 179. que tendría que haber tirado hacía dos años. Y, ¿qué esesto? Un jersey de lana roja de Nate. Serena hundió lanariz en él. Olía a ella, no a él. En el fondo del armario encontró el vestido charles-tón de terciopelo negro que compró con Blair en unatienda de segunda mano. Era el tipo de vestido que tepones para beber, bailar y lucirte en una casa enormellena de gente que se lo está pasando bien. Serenarecordó la buena vida que se daba cuando compró aquelvestido, la vida de la Serena de antes, la de hacía dossemanas. Se quitó la bata, la dejó caer al suelo y se pasóel vestido por encima de la cabeza. Quizá con él reco-brase su poder perdido. Descalza, se dirigió al vestidor de sus padres, dondese arreglaban para su fiesta de etiqueta. —¿Qué tal? —dijo Serena, haciendo un pequeñogiro frente a ellos. —Oh, Serena, ¿no te pondrás eso, no? Dime que no—exclamó su madre, abrochándose un largo collar deperlas al cuello. —¿Qué tiene de malo? —dijo Serena. —Es un trapo viejo —dijo la señora van der Wood-sen—. El mismo tipo de vestido que llevaba mi abuelacuando la enterraron. —¿Qué tienen de malo los trajes que compraste contu madre la semana pasada? —sugirió el señor van derWoodsen—. ¿No te compraste nada para llevar a lafiesta? —Por supuesto que sí —dijo la señora van derWoodsen—. Se compró un vestido negro precioso. —Que hace que parezca una monja gorda —dijoSerena enfurruñada. Colocándose las manos en las ca-182
  • 180. deras, se miró en el espejo de cuerpo entero—. Me gus-ta este vestido. Tiene personalidad. Su madre suspiró desaprobadoramente. —Y Blair, ¿qué va a llevar? —preguntó. Serena se quedó mirando a su madre y parpadeó. Encircunstancias normales, habría sabido perfectamentelo que llevaría Blair, hasta el color de su ropa interior.Blair habría insistido en que fuesen a comprarse loszapatos juntas, porque cuando te compras un vestidonuevo, tienes que comprarte los zapatos también. ABlair le encantaban los zapatos. —Blair nos dijo a todas que llevásemos ropa antigua—mintió. Su madre estaba a punto de hablar cuando Serenaoyó que sonaba el teléfono de su habitación. ¿SeríaNate que llamaba para disculparse? ¿Blair? Corrió porel pasillo para cogerlo. —¿Dígame? —dijo sin aliento. —Hola, guarra. Perdona que no te llamase. Serena hizo una profunda inspiración y se sentósobre la cama. Era Erik, su hermano. —Hola —dijo. —Te vi en el periódico el domingo pasado. Estástotalmente pirada —rió Erik—. ¿Qué ha dicho mamá? —Nada. Es como si me dejase hacer lo que se me ocu-rriese. Todo el mundo cree que... yo que sé, que me hetorcido o algo por el estilo —dijo Serena, intentandoencontrar la forma de expresarse. —Eso no es verdad —dijo Erik—. Eh, ¿qué te pasa?Pareces triste. —Sí —dijo Serena con el labio inferior trémulo—.Es que lo estoy. 183
  • 181. —¿Y eso? ¿Qué está pasando? —No lo sé. Hay una fiesta a la que tengo que ir, todoel mundo va. Ya sabes cómo es —comenzó. —No parece tan terrible —dijo Erik con cariño. Serena apoyó las almohadas contra el cabecero de lacama y se metió bajo el edredón. Reclinó la cabeza enlas almohadas y cerró los ojos. —Pero es que nadie me dirige la palabra. No sé por-qué, pero desde que volví, es como si tuviese la enfer-medad de las vacas locas o algo por el estilo —explicó.Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. —¿Y Blair y Nate? Seguro que ellos te hablan —dijoErik—. Son tus mejores amigos. —Ya no —dijo Serena en voz baja, las lágrimascorriéndole por el rostro. Cogió una almohada y se secólas mejillas. —Pues... ¿sabes lo que te digo? —dijo Erik. Serena tragó y se secó la nariz con el dorso de lamano. —¿Qué? —Que los folie un pez. No los necesitas. Eres la chi-ca más guapa del hemisferio occidental. Que les den,que les den, que les den. —Sí —dijo Serena, dudosa—. Pero son mis amigos. —Ya no. Tú misma acabas de decirlo. Puedes hacernuevos amigos. Te lo digo en serio —dijo Erik—. Nopuedes permitir que unos tontos del culo te convier-tan en una tonta del culo. Tienes que mandarles a lamierda. Era un erikismo perfecto. Serena se rió, se secó la na-riz con la almohada y la tiró al otro extremo de la habi-tación.184
  • 182. —De acuerdo —dijo sentándose—. Tienes razón. —Siempre tengo razón. Por eso que resulta tan difí-cil encontrarme. Hay una gran demanda de gente comoyo —dijo. —Te echo de menos —le dijo Serena, mordisqueán-dose la uña del meñique. —Yo también te echo de menos —dijo Erik. —¿Serena? ¡Nos vamos! —llamó su madre desde elvestíbulo. —De acuerdo, tengo que dejarte —dijo Serena—.Te quiero. —Adiós. Serena colgó. A los pies de la cama estaba la invita-ción para la fiesta del "Beso en los Labios" que le habíahecho Jenny. La cogió de un manotazo y la tiró a lapapelera. Erik tenía razón. No tenía por qué ir a una estúpidafiesta de beneficencia porque todos los demás fuesen.Ni siquiera querían que fuese. A la porra. Era libre dehacer lo que quisiese. Llevó el teléfono hasta su mesa de estudio y revolvióentre los papeles hasta que encontró la guía telefónicade los alumnos del colegio Constance Billiard, quehabía recibido el lunes por correo. Serena leyó losnombres. No era la única que no iba a la fiesta. Yaencontraría a alguien con quien salir. 185
  • 183. La roja o la negra —¿Sí? —dijo Vanessa, contestando el teléfono. Esta-ba arreglándose para salir con su hermana y los amigosde ella y llevaba un sujetador negro, vaqueros negros ysus botas Doc Marten. No le quedaban camisetasnegras limpias y su hermana intentaba convencerla deque se pusiese una camiseta roja. —Hola. ¿Eres Vanessa Abrams? —preguntó unachica. —Sí. ¿Quién habla? —preguntó Vanessa de piefrente al espejo de su habitación, sujetando una cami-seta roja sobre el torso. Llevaba dos años usando sólocolor negro. ¿Por qué iba a comenzar a usar otro colorahora? Por favor. Ponerse una camiseta roja no iba a con-vertirla en una saltarina animadora con coletas rubias.Para que eso sucediese tendrían que lavarle el cere-bro. —Soy Serena van der Woodsen. Vanessa dejó de mirarse y tiró la camiseta sobre lacama. —¿Oh? ¿Qué hay? —Oye —dijo Serena—. Comprendo perfectamenteque hayas decidido darle el papel a Marjorie, ¿sabes?,para tu peli. Pero pareces saber realmente lo que hacesy necesito hacer una optativa porque si no la señoraGlos me va a matar. Así que pensé que intentaría hacermi propia película. —Sí —dijo Vanessa, intentando imaginar por quéSerena, entre todas las personas del mundo elegiría 11a-186
  • 184. marla un viernes por la noche. ¿No tenía una fiesta o algo? ¿Un baile? —Bueno, pues el tema es que me preguntaba si podrías ayudarme. Ya sabes, mostrarme cómo usar la cámara, y eso. Lo que quiero decir es que no sé lo que hago —dijo Serena. Lanzó un suspiro—. No sé, a lo mejor hacer una película sea una idea estúpida. Probablemente sea mucho más difícil de lo que creo. —No es estúpido —dijo Vanessa, dándole un poco de pena—. Te puedo enseñar lo más básico. —¿En serio? —dijo Serena. Parecía ilusionada—. ¿Qué tal mañana? ¿Te parece bien mañana? El sábado era el día vampiro de Vanessa. Gene-ralmente se despertaba cuando anochecía y luego iba alburger o al cine con su hermana o con Dan. —Mejor el domingo —dijo. —De acuerdo. El domingo —dijo Serena—. Proba-blemente tengas mucho equipo y esas cosas en tu casa, ¿no? ¿Por qué no voy yo para allá, para que no tengasque transportarlo? —Me parece bien —dijo Vanessa. —De acuerdo —dijo Serena. Hizo una pausa. Noparecía tener demasiado entusiasmo por colgar. —Oye, ¿la fiesta esa no era en el antiguo edificio deBarneys esta noche? —dijo Vanessa—. ¿No vas a ir? —Naa —respondió Serena—. No me han invitado. Vanessa asintió con la cabeza, procesando la infor-mación. ¿Que Serena van der Woodsen no había sidoinvitada? Quizá no fuese tan mala después de todo. —Pues, ¿quieres venir con nosotros esta noche?—ofreció Vanessa sin pensar—. Mi hermana mayor yyo vamos a un bar de Williamsburg. Toca su grupo. 187
  • 185. —Me encantaría —dijo Serena. Vanessa le dio la dirección del Five and Dime, el bardonde tocaba su hermana, y colgó. Qué extraña era la vida. Un día podías encontrarterascándote la tripa y comiendo donuts y al día siguien-te salías con Serena van der Woodsen. Cogió la camise-ta roja, se la pasó por la cabeza y se miró al espejo.Parecía un tulipán. Un tulipán con una cabeza rapadasaliéndole por el medio. —A Dan le va a gustar —le dijo su hermana Rubydesde el umbral. Le dio a Vanessa una barra de labiosrojo oscuro. Vamp. —Pues Dan no viene esta noche —dijo Vanessa,haciéndole una mueca a su hermana. Se aplicó el car-mín y apretó los labios—. Tiene que acompañar a suhermana pequeña a un baile de postín. Se volvió a mirar al espejo. El carmín le agrandabalos oscuros ojos castaños y la camiseta era bonita, ydecía: "Miradme". Sacó pecho y sonrió invitadora a suimagen. "Quizá tenga suerte", pensó. O quizá no. —Viene una amiga con nosotras —le dijo a su her-mana. —¿Cómo se llama? —preguntó Ruby. —Serena van der Woodsen —masculló Vanessa. —¿La chica de la foto que está por todos lados? —di-jo Ruby, encantada. —Sí, ella —dijo Vanessa. —Seguro que es genial —dijo Ruby, poniéndose gelen el espeso flequillo negro. —Quizá —respondió Vanessa—. Supongo que ya nosenteraremos.188
  • 186. Beso en los Labios —Las flores están genial —-dijo Becky Dormand,una chica del Constance. Besó a Blair en ambas meji-llas—. ¡Y qué vestido tan precioso! —Gracias, Beck —dijo Blair, bajando la mirada alvestido de satén verde que llevaba. Le había venido laregla aquella mañana, pero tenía que llevar ropa inte-rior extremadamente fina con aquel vestido. Estabanerviosa. Un camarero pasó con una bandeja de champán.Blair cogió al vuelo una copa y se la tomó de un trago.Era la tercera que se bebía. —Me encantan tus zapatos —dijo. Becky llevaba sandalias negras de tacón con tiras quese ataban hasta la rodilla. Le quedaban perfectas con elcorto tutu negro y la coleta superalta. Parecía una bai-larina. —No veo el momento de que nos den las bolsas deregalo —chilló Laura Salmón—. Son de Kate Spade, ¿no? —He oído que vienen hasta con un condón quebrilla en la oscuridad. —Rain Hoffstetter lanzó unarisilla—. ¿No es genial? —No sé para qué lo querrás tú —dijo Blair. —¡Mira quién habla! —se picó Rain. —¿Blair? —la llamó una voz trémula. Blair se dio la vuelta. Detrás de ella se encontraba lapequeña Jenny Humphrey, que parecía un Wonderbrahumano, con su vestido de satén negro. —Ah, hola —dijo Blair con frialdad—. Gracias otravez por hacer las invitaciones. Te quedaron estupendas. 189
  • 187. —Gracias por dejarme hacerlas —dijo Jenny. Dirigíaansiosas miradas al salón, a rebosar de gente, música yhumo. Por todos lados titilaban velas negras de unmetro de altura dentro de altos jarrones de cristal ador-nados con plumas de pavo real y fragantes orquídeas.Jenny nunca había visto nada tan maravilloso en suvida—. Dios, no conozco a nadie —añadió nerviosa. —¿No? —dijo Blair. Se preguntó si Jenny pensabaque iba a pasarse la noche hablando con ella. — N o . Mi hermano Dan iba a venir conmigo, pero laverdad es que no quería, así que le dije que me trajese ylisto. Bueno, en realidad conozco a alguien —dijoJenny. —¿Ah, sí? —dijo Blair—. ¿Quién es? —Serena van der Woodsen —dijo Jenny entusias-ta—. Estamos haciendo una película juntas. ¿No te loha dicho? En aquel momento, una camarera le pasó a Blair unplato de sushi frente a la nariz. Blair cogió un compac-to rollito de atún y se lo zampó. —Serena no ha llegado todavía —dijo, masticandohambrienta—, pero estoy segura de que le encantaráverte. —Vale. Supongo que la esperaré aquí, entonces —dijo Jenny, cogiendo dos copas de champán de una ban-deja. Le pasó una a Blair—. ¿Quieres esperar conmigo? Blair cogió la copa, echó la cabeza hacia atrás y se labebió de un trago. La pegajosa dulzura efervescente nocasaba mucho con el pescado crudo y las algas que aca-baba de comerse. Lanzó un eructo, un poco mareada. —Enseguida vuelvo —dijo, corriendo prácticamentehacia el cuarto de baño. 190
  • 188. Jenny tomó un sorbo de champán y contempló loscandelabros de cristal que colgaban del techo, feliz dehaber logrado estar allí. Aquello era exactamente lo quesiempre había querido. Cerró los ojos y se acabó elchampán. Cuando los abrió nuevamente, todo brillabaa su alrededor, pero no había señales de Serena. Pasó otro camarero con champán y Jenny cogióotras dos copas. Alguna vez había bebido cerveza o vinocon su padre en casa, pero era la primera vez que toma-ba champán. Le encantó su sabor. Ten cuidado, que no sabe tan bien cuando estás abra-zada el váter vomitando. Miró a su alrededor, buscando a Blair, pero no lapudo encontrar. Había tanta gente y, aunque reconociómuchas caras, no tenía suficiente confianza con nadiecomo para acercarse a saludar. Pero Serena pronto esta-ría allí, tenía que venir. Se desplazó hasta el pie de una escalera de mármol yse sentó en el último escalón. Desde allí veía todo, has-ta la entrada. Esperó, bebiéndose las dos copas dechampán. Ojalá su vestido no fuese tan ajustado. Co-menzaba a sentir náuseas. —Hola, monada —dijo una profunda voz, haciéndo-le levantar la vista. Sus ojos se posaron en la cara deanuncio de Chuck Bass y contuvo la respiración. Era elchico más guapo que había visto en su vida y se dirigíaa ella. —¿No me vas a presentar? —dijo Chuck, mirándolefijamente el pecho. —¿A quién? —preguntó Jenny, sin comprender. Chuck rió y alargó la mano. Blair le había manda-do a que hablase con una chávala y se había sentido 191
  • 189. escéptico, pero ya no. ¡Qué canalillo! Aquélla era sunoche de suerte. —Soy Chuck. ¿Quieres bailar? Jenny titubeó y lanzó una mirada a la puerta. Serenaseguía sin aparecer. Luego miró a Chuck. No se podíacreer que un chico guapo y con aquella seguridad en símismo quisiese hablar con ella. Pero no se había pues-to un sexy vestido negro para pasarse la noche sentadaen una escalera. Se puso de pie, un poquito insegurasobre sus pies después de tanto champán. —Claro, bailemos —dijo, arrastrando las palabras ycayéndose contra el pecho de Chuck. El le pasó la mano por la cintura y la apretó fuerte. —Bien hecho —le dijo, como si estuviese hablándo-le a un perro. Al tambalearse hacia la pista de baile con Chuck,Jenny se dio cuenta de que él no le había siquiera pre-guntado su nombre. Pero era guapísimo y la fiesta eraincreíble. Aquélla sería una de las noches más inolvida-bles de su vida. Desde luego que lo sería. 192
  • 190. El Five and Dime —Yo siempre tomo ron con coca cola —le dijoVanessa a Serena—, salvo cuando tomo chupitos. Perotú toma lo que quieras. Tienen de todo. Ruby les estaba tomando el pedido. Como ella eradel grupo, le daban las bebidas gratis. —Tengo ganas de algo diferente —dijo Serena—.¿Puedo pedir un chupito de Stoli y una coca, pero sepa-rados? —le preguntó a Ruby. —Buena elección —aprobó ésta. Ruby llevaba el pelo negro cortado en una melenitaguapísima con flequillo corto y vestía pantalones de cueroverde. Tenía aspecto de saber cuidar de sí misma en cual-quier sitio y circunstancia. Su grupo se llamaba Sugar-Daddy y ella era la única chica. Tocaba el bajo. —¡Y no te olvides de mi cereza! —le gritó Vanessacuando ella se alejaba a por las bebidas. —Tu hermana es genial —dijo Serena. —Sí —dijo Vanessa, con un encogimiento de hom-bros—. Pero me jode. Me refiero a que para todo elmundo es: "Qué genial es Ruby", y yo siempre soy "Dequé vas, tía". —Te entiendo —rió Serena—. Mi hermano mayorva a Brown y todo el mundo le adora. Mis padres estánpendientes de todo lo que hace y ahora que he vueltodel internado es como: "¡Anda, tenemos una hija!". —Exacto —dijo Vanessa. No se podía creer quetuviera una conversación tan supernormal con Serenavan der Woodsen. Ruby volvió con las bebidas. 193
  • 191. —Perdonad, chicas, tengo que prepararme. —Mucha mierda —le dijo Serena. —Gracias, cielo —le dijo Ruby. Cogió el estuche desu bajo y se marchó a buscar a la gente del grupo. Vanessa no se lo podía creer. Ruby nunca le decía"cielo" a nadie que no fuese su periquito. Desde luegoque Serena tenía la habilidad de derretirle el corazón acualquiera. Hasta a ella misma comenzaba a gustarle unpoco. Cogió su bebida y la chocó con la de Serena. —Por las tías geniales —dijo, consciente de queparecía de gays, pero le importaba una mierda. Serena rió y se tomó el chupito de Stoli. Se secó laslágrimas y parpadeó varias veces. Un tío con aspecto de-saliñado vestido con un esmoquin que le quedaba grandeentró en el bar. Se detuvo en el vano de la puerta y se que-dó mirándola como si hubiese visto un fantasma. —Oye, ¿no es ése tu amigo Dan? —le preguntóSerena a Vanessa, señalándole. Dan llevaba esmoquin por primera vez en su vida. Alprincipio se había sentido genial, pero no como para ira la fiesta del "Beso en los Labios". Así que cuandoJenny le había librado de acompañarla, se fue al Fiveand Dime a disculparse con Vanessa por ser tan imbé-cil con el tema de Marjorie. Había intentado conven-cerse de que no importaba que probablemente nuncamás viese a Serena van der Woodsen en su vida. Des-pués de todo, se dijo, la vida era frágil y absurda. La vida era absurda, desde luego. Porque Serenaestaba allí, en un sitio como Williamsburg. La chica desus sueños.194
  • 192. Dan se sintió como la Cenicienta. Se metió las manosen los bolsillos para que no le temblasen e intentó pla-near su siguiente jugada. Se acercaría y le ofrecería unabebida con elegante indiferencia. La pena era que lo úni-co elegantemente indiferente en él era su atuendo. Yhasta su atuendo era la mitad de que habría sido si sehubiese quedado con el Armani de Barneys. —Hola —dijo cuando llegó a la mesa, y se le quebróla voz. —¿Qué haces tú aquí? —le peguntó Vanessa. ¡Quémala suerte! ¡Estaba gafada! Ahora tendría que sentar-se allí el resto de la noche viendo cómo se le caía la babaa Dan. Lo siento, cariño. —Decidí pasar de la fiesta del "Beso en los Labios".Decididamente, a mí no me van esas cosas —dijo Dan. —Yo también —dijo Serena, sondándole a Dancomo nunca le habían sonreído antes. Dan se aferró al respaldo de la silla de Vanessa paramantener el equilibrio. —Hola —dijo con timidez. —¿Recuerdas a Serena? —dijo Vanessa—. Está en miclase en el Constance. —Hola, Dan —dijo Serena—. Bonito esmoquin. —Gracias —dijo Dan, y se ruborizó, bajando la vis-ta un segundo para mirarse—. Y ese vestido es... pare-ce... bonito... también —tartamudeó. Nunca creyóque pudiera parecer tan imbécil. —¿Y mi camiseta, qué? —dijo Vanessa en voz alta—.¿Me has visto alguna vez tan guapa? Dan miró fijamente la camiseta de Vanessa. Era unacamiseta roja, nada del otro mundo. 195
  • 193. —¿Es nueva? —preguntó, confuso. —Da igual —suspiró Vanessa con impaciencia,haciendo girar la cereza al marrasquino en su vaso. —Coge una silla —dijo Serena, moviendo la suyapara hacerle sitio—. El grupo de Ruby está a punto detocar. Los rumores no podían ser verdad. Serena no teníaaspecto de ser una maníaca sexual ni una drogadicta.Tenía aspecto delicado, perfecto y excitante, como el deuna flor silvestre que uno se encuentra de golpe enCentral Park. Dan deseó tomarla de la mano y pasarsela noche cuchicheando con ella. Se sentó a su lado. Las manos le temblaban tanto, delo mucho que la deseaba, que tuvo que sentarse encimade ellas para mantenerlas quietas. El grupo comenzó a tocar. Serena acabó su vodka. —¿Quieres otro? —le preguntó Dan con ilusión. Serena negó con la cabeza. —Estoy bien —dijo, apoyándose en el respaldo de susilla—. Escuchemos la música un rato. —Vale —dijo Dan. Con tal de tenerla cerca, haríacualquier cosa.196
  • 194. Como siempre, B está en el cuarto de baño y N está fumado —¡Hola, gente! —exclamó en voz alta Jeremy Scott Tomkinson, abriendo de par en par las puertas del viejo edificio de Barney. Como siempre, Nate, Jeremy, Anthony y Charlie se habían fumado un buen porro antes de la fiesta. Nate estaba con un colocón eufórico. Al atravesar la puerta,vio pasar a Blair entre la gente con la mano cubriéndo- se la boca y le entró la risa floja. —¿De qué te ríes, tonto del culo? —dijo Anthony, dándole un codazo en las costillas—. Todavía no hapasado nada. Nate se pasó la mano por la cara e intentó ponerexpresión seria, pero era difícil mantenerse serio en unsitio lleno de chicos vestidos como pingüinos y chicascon trajes tan sexys. Sabía que Blair estaba en el cuar-to de baño, vomitando, como siempre. El tema era, ¿debería ir a rescatarla? Era el tipo de cosa que haríaun novio bueno y considerado. Ve, hombre, ve. Si lo estás deseando. — E l bar está por allá —dijo Charlie, liderando elcamino. —Enseguida os veo —dijo Nate, abriéndose pasoentre la gente que abarrotaba la pista de baile. Pasó junto a Chuck, que refregaba su entrepiernacontra el culo de una chica bajita con el pelo castañorizado y un canalillo impresionante, y se dirigió al cuar-to de baño de señoras. 197
  • 195. *** Pero Blair no había logrado entrar en el cuarto debaño. Antes de que llegase allí, la detuvo una mujercuarentona con un traje de Chanel y un pin en el queponía: "Salvemos a los halcones". —¿Blair Waldorf? —dijo la mujer. Alargó la mano yesbozó la Sonrisa Para Solicitar Fondos—. Soy Rebec-ca Agnelli, de la Fundación Salvemos al Halcón Pere-grino de Central Park. Sí que fue inoportuna. Blair miró la mano de la mujer. Con la suya se apre-taba la boca para contener el vómito que amenazabacon salírsele en cualquier momento. Comenzó a reti-rarla para poder estrecharle la mano a la mujer, pero enaquel momento pasó un camarero con una bandeja decrepitantes brochetas de pollo con especias, lo cual lecausó una arcada. Cerró los labios con fuerza y cambióde mano: se apretó la boca con la izquierda y alargó la de-recha. —Es maravilloso conocerte por fin —dijo la mujer,cuando se estrecharon la mano—. No sé cómo agra-decerte lo que has hecho. Blair asintió con la cabeza y retiró la mano. Ya basta.No podía contenerse más. Miró a su alrededor, buscan-do ayuda desesperadamente. Kati e Isabel bañaban juntas. Anthony Avuldsen repar-tía pastillas de E. Jeremy Scott Tompkinson intentabaenseñarles a Laura Salmón y a Rain Hoffstetter a haceraros de humo junto a la barra. Chuck bailaba con la chi-quita esa, Jenny, y la apretaba tanto que parecía que le ibaa reventar las tetas.198
  • 196. Todos los extras estaban allí, pero ¿dónde se encon-traba su protagonista, su salvador? Se dio la vuelta y vio a Nate que se aproximaba entrela gente. Tenía los ojos inyectados en sangre, el rostroinexpresivo, el cabello despeinado. Parecía más un ac-tor secundario desconocido que un protagonista. ¿Era eso todo lo que había? ¿Nate? Blair no tenía demasiadas opciones. Abrió los ojos depar en par, pidiéndole en silencio a Nate que la ayuda-se y rezando para que lo hiciese bien. La señora Agnelli se dio la vuelta a ver a quién mira-ba Blair y ésta aprovechó para salir disparada, mientrasNate intervenía justo a tiempo. Gracias a Dios que estaba tan fumado. —Nate Archibald —dijo Nate, estrechándole la manoa la mujer—. Mi madre es una gran fan de esos halcones. La señora Agnelli rió y se sonrojó un poquito. Quéjoven más encantador. —Por supuesto —dijo—. Tu familia ha sido muygenerosa con nuestra fundación. Nate cogió dos copas de champán de una bandejaque pasaba y le alargó una. Elevó su copa. —Por las aves —dijo. Chocó su copa con la de ellaintentando contener un ataque de risa. La señora Agnelli volvió a ruborizarse. ¡Aquel chicoera realmente mono! —Ah, aquellas dos chicas ayudaron a organizar la fiestatambién —dijo Nate, señalando a Kati e Isabel, de pie jun-to a la pista, inútiles, como siempre. Las llamó con la mano. —Hola, Nate —dijo Kati, tambaleándose hacia ellosencaramada en sus tacones de aguja de diez centímetrosde altura. 199
  • 197. Isabel se aferró a su copa y miró fijamente a la mujerde pie junto a Nate. —Hola —dijo—. Me encanta su traje. —Gracias, querida. Soy Rebecca Agnelli, de la Funda-ción Salvemos al Halcón Peregrino de Central Park—di-jo la mujer. La alargó la mano a Isabel, que estiró ambosbrazos para darle un abrazo de borrachos. —Discúlpenme —dijo Nate, retirándose comosiguiendo la indicación de un guión. *** —¿Blair? —llamó Nate, empujando con cautela lapuerta del cuarto de baño de señoras—. ¿Estás ahí? Blair estaba de cuclillas en el último váter. —Mierda —dijo en voz baja, secándose la boca conpapel higiénico. Se puso de pie y tiró de la cadena—.Enseguida salgo —dijo, esperando que él se marchase. Pero Nate abrió la puerta del todo y entró. En los lava-bos había botellitas de Evian, perfume, laca para el pelo,Aspirinas y crema para las manos. Abrió una botellita deagua y se echó un par de Aspirinas en la palma de la mano. —Todavía estás aquí —dijo Blair, al salir y verle. Nate le alargó los analgésicos y el agua mineral. —Todavía estoy aquí —repitió. Blair tragó las pildoras, sorbiendo el agua lentamente. —Estoy bien —le dijo—. Puedes volver a la fiesta. —Estás muy guapa —le dijo Nate, sin hacerle caso.Alargó la mano y le rozó un hombro desnudo. La piel deBlair era suave y cálida, y Nate deseó echarse en la camade ella y dormirse juntos, como siempre hacían antes.200
  • 198. —Gracias —dijo Blair, y comenzó a temblarle ellabio inferior—. Tú también. —Lo siento, Blair —comenzó a decir Nate—. Deveras. Blair asintió con la cabeza y comenzó a llorar. Natecogió una toallita de papel y se la dio. —Creo que el único motivo por el que lo hice... quie-ro decir, que lo hice con Serena... es porque sabía queella lo haría —dijo, buscando las palabras adecuadas—.Pero en realidad era contigo con quien quería hacerlo. Muy bonito, sí, señor. Blair tragó. Nate acababa de decir lo que correspondía,exactamente como lo tenía ella apuntado en el guión desu cabeza. Le rodeó el cuello con sus brazos y dejó que élla abrazase. La ropa le olía a hierba. Nate la apartó para mirarla a los ojos. —Entonces, ¿está todo bien? —dijo—. ¿Todavía mequieres? Blair vio la imagen de los dos en el espejo, elevó sumirada a los maravillosos ojos verdes de Nate y asintiócon la cabeza. —Pero sólo si me prometes que te apartarás de Sere-na —dijo, sorbiendo las lágrimas. Nate se enroscó un mechón del cabello de Blair enel dedo e inspiró su perfume. Se sentía bien allí, abra-zándola. Sentía que era algo que podía hacer. Por aho-ra, y quizá para siempre. No necesitaba a Serena. —Te lo prometo —asintió con la cabeza. Y luego se besaron: un beso triste, tierno. Blair oyóen su cabeza los acordes que indicaban el final de laescena. Había comenzado un poco a trompicones, peroal menos tenía final feliz. 201
  • 199. —Venga —dijo, apartándose y limpiándose el rímeldel párpado inferior—. Vamos a ver quién hay. Salieron del cuarto de baño de señoras de la mano.Kati Farkas les sonrió con malicia al pasar tambaleán-dose a su lado para entrar. —¡Pero tíos! —les reprendió—. ¡Coged una habita-ción! 202
  • 200. S y D se dejan llevar —¡Este grupo está genial! —le gritó Serena a Vanessa para hacerse oír por encima del bajo y del aporrear de la batería. Movió el trasero de lado a lado en su asiento con los ojos brillantes. A Dan le costaba respirar. Apenas había tocado su bebida. Vanessa sonrió, contenta de que a Serena le gustasela música. Ella, en realidad, la odiaba, aunque nunca selo diría a su hermana Ruby. SugarDaddy era para que la gente bailase y sudase y moviese el esqueleto, algo queno iba con ella. Prefería acostarse en la oscuridad y escuchar canto gregoriano o algo por el estilo. ¡Jiiiii-Jaaaa! —Venga —dijo Serena, poniéndose de pie—. Vamosa bailar. Vanessa negó con la cabeza. —Déjalo —dijo—. Ve tú. —¿Dan? —dijo Serena, tironeándole de la manga dela chaqueta—. ¡Venga! Dan no bailaba nunca, jamás. Se le daba muy mal y esole hacía sentirse un idiota. Titubeó, lanzándole una mira-da a Vanessa, que arqueó sus cejas negras, desafiándole."Si te levantas y bailas en este instante, pasarás inmedia-tamente a la primera posición de mi lista de imbéciles",le dijo su mirada. —De acuerdo, ¿por qué no? —dijo Dan, poniéndo-se de pie. Serena le cogió la mano y se abrió paso entre el gen-tío que bailaba, con Dan tropezando tras ella. Luego 203
  • 201. comenzó a bailar, levantando los brazos por encima dela cabeza, dando puntapiés y sacudiendo los hombros.Estaba claro que sabía bailar. Dan movió la cabeza como asintiendo y flexionó lasrodillas al ritmo de la música, mirándola. Serena alargó los brazos y cogió a Dan de las caderas,meciéndolas de adelante hacia atrás y en redondo,copiando lo que las caderas de ella hacían. Dan se rió ySerena sonrió y cerró los ojos, dejándose llevar. Dan cerrólos ojos, dejando que su cuerpo siguiera al de ella. Le dabaigual bailar como un idiota y ser el único en la sala que lle-vase esmoquin, probablemente el único en Wiüiamsburg.Estaba con ella y eso era lo que importaba. Vanessa, que se había quedado sola, acabó primerosu copa y luego la de Dan. Luego se puso de pie y fue asentarse a la barra. —Bonita camiseta —comentó el barman al verla.Tenía veintipocos años y era pelirrojo con largas patillasy una sonrisa mona y picara. Ruby siempre hablaba delo mono que era. —Gracias —dijo Vanessa devolviéndole la sonrisa—.Es nueva. —Tendrías que llevar rojo más veces —le dijo él.Alargó la mano—: Soy Clark. Tú eres Vanessa, ¿ver-dad? ¿La hermana de Ruby? Vanessa asintió. Se preguntó si sería simpático conella porque le gustaba su hermana. —¿Puedo decirte un secreto? —le dijo Clark. Vertióvarias cosas dentro de una coctelera y la sacudió. "Joder", pensó Vanessa. "Ahora es cuando me abre sucorazón y me dice que lleva toda la vida enamorado de204
  • 202. Ruby, pero que ella no parece darse cuenta de su existen-cia. Y quiere que yo haga de Cupido y bla, bla, bla". —¿Qué? —preguntó. —Pues —dijo Clark—, que os veo venir a Ruby y a titodo el tiempo. "Ahora viene", pensó Vanessa. —Y tú nunca te acercas a la barra a hablar conmigo.Pero me gustas desde la primera vez que te vi. Vanessa se le quedó mirando. ¿Estaba vacilándola? Clark vertió la bebida de la coctelera en una peque-ña copa y le exprimió unas limas dentro. Lo deslizóhacia ella. —Prueba esto —dijo—, invitación de la casa. Vanessa levantó la copa y probó. Sabía dulce y ácido ala vez, y no le encontró ningún gusto a alcohol. Estababueno. —¿Cómo se llama? —preguntó. —Bésame —dijo Clark, con el rostro totalmenteserio. Vanessa dejó la bebida y se estiró por encima de labarra. Le daba igual que Serena y Dan bailasen hasta quese les desatornillase el culo. A ella la iban a besar. La DJ del "Beso en los Labios" acababa de rompercon su novio tras cuatro años juntos y ponía melodíastristes y lentas de amor encadenadas. Parejas vestidasmaravillosamente se abrazaban y se mecían al ritmo delas melancólicas canciones, moviéndose apenas bajo lassuaves luces. El aire olía a orquídeas y velas, a pescadocrudo y humo de cigarrillo, y había una plácida sofísti-cación en la noche, que era a la vez inesperada y cono- 205
  • 203. cida. No era la fiesta fantástica que algunos esperaban,pero tampoco estaba mal. Todavía quedaba muchabebida, nada se había prendido fuego, y la policía no sehabía presentado a verificar si menores de edad bebíanalcohol. Además, era el principio del año, quedabantoneladas de fiestas todavía. Nate y Blair bailaban juntos, la mejilla de ella contrael pecho de él, ambos con los ojos cerrados, los labiosmasculinos rozándole a ella la cabeza. Blair había puestosu cerebro en "pausa", y su cabeza estaba llena de electri-cidad estática. Estaba cansada de imaginar películas. Enaquel momento, la vida real le bastaba y sobraba. A unas parejas de distancia, Chuck hacía todo loposible por tocar a Jenny Humphrey. Jenny deseó quela DJ acelerase un poco el ritmo. Intentaba bailar lomás rápido que podía para evitar que Chuck le metie-se mano, pero lograba el efecto contrario. Cada vezque movía los hombros, las tetas se le asomaban por elescote y prácticamente le golpeaban en la cara. Chuck estaba encantado. Le pasó la mano a Jennypor la cintura y la apretó contra él. Salieron bailando dela pista y la llevó hacia el cuarto de baño de señoras. —¿Qué hacemos? —preguntó Jenny, confusa. Lemiró a los ojos. Sabia que Chuck era amigo de Serena yBlair y quería confiar en él. Pero Chuck aún no le habíapreguntado su nombre. Apenas le había dirigido la pala-bra. —Solamente quiero darte un beso —dijo Chuck.Inclinó la cabeza y tomó los labios de ella con los suyos,empujando su lengua contra los dientes femeninos contanta fuerza que Jenny, lanzando una exclamación aho-gada, abrió la boca y dejó que le metiese la lengua pro-206
  • 204. fundamente hasta la garganta. Ella había besado a chi-cos antes, durante juegos en fiestas, pero nunca le habí-an dado un beso con lengua de aquella manera. "¿Seráesto lo que se supone que hay que sentir?", se pregun-tó, sintiéndose, de repente, un poco asustada. Levantólos brazos y empujó el pecho de Chuck, apartando lacabeza, desesperada por respirar. —Tengo que ir al baño —murmuró. Retrocedió y semetió en uno del cuarto de baño y echó el cerrojo.Podía ver los pies de Chuck, esperándola fuera. Jenny se sentó en el váter sin levantarse el vestido y simu-ló que hacía pis. Luego se puso de pie y tiró de la cadena. —¿Lista? —preguntó Chuck. Jenny no respondió, la cabeza a mil por hora. ¿Quépodía hacer? Ansiosamente, buscó en su pequeño bolsonegro y sacó el móvil. Chuck se puso en cuclillas para mirar por debajo dela puerta del cuarto de baño. ¿Qué hacía allí, la pequeñazorra? Avanzó a cuatro patas. —De acuerdo, voy a entrar. Jenny cerró los ojos y se apretó contra la pared del fon-do. Rápidamente, pulsó el número de Dan, rogando que lerespondiese. El grupo de Ruby tocaba la última canción y Sere-na y Dan estaban sudados de la cabeza a los pies. Danhabía aprendido algunos pasos nuevos y se encontra-ba en medio de un deslizamiento experimental haciaun lado con un golpe de pelvis, cuando sonó sumóvil. —Mierda —dijo, sacándolo del bolsillo. Lo abrió. —Dan —oyó que decía su hermana—, yo... 207
  • 205. —Hola, Jen. No cuelgues, ¿vale? No puedo oírte. —Ledio unos golpecitos a Serena en el brazo y señaló elmóvil—. Discúlpame —gritó, para que lo oyese. Volvióa la mesa y se cubrió la otra oreja con la mano libre—.¿Jenny? —¿Dan? —dijo Jenny. Su voz se oía muy baja, asus-tada y lejana—. Necesito tu ayuda. ¿Puedes venir abuscarme? —¿Ahora? —dijo Dan. Levantó la vista. Serena seacercaba, un gesto de preocupación reflejado en susperfectas facciones. —¿Pasa algo? —le preguntó. —¿Porfa, Dan? —rogó Jenny. Parecía realmente afectada. —¿Qué pasa? —le preguntó Dan—. ¿No puedes co-ger un taxi? — N o , yo... —dijo Jenny, la voz apenas audible—.Ven, por favor, ¿vale, Dan? —Y luego colgó. —¿Quién era? —preguntó Serena. — M i hermanita —le dijo Dan—. Está en la fiestaesa. Quiere que vaya a buscarla. —¿Vas a ir? —Sí, creo que será mejor que vaya. Tenía la voz rara—dijo. —Te acompaño —se ofreció Serena. —De acuerdo —dijo Dan, sonriendo tímidamente.La noche se estaba poniendo cada vez mejor—. Estaríaguay. —Será mejor que se lo digamos a Vanessa —dijoSerena, dirigiéndose a la barra. Dan la siguió. Se había olvidado totalmente deVanessa. Pero parecía que ella se lo estaba pasando biencharlando con el barman.208
  • 206. —Oye, Vanessa —dijo Serena, tocándole el brazo—.Dan acaba de recibir una llamada de su hermana, queestá en la fiesta. Tiene que ir a buscarla. Vanessa se dio la vuelta lentamente. Estaba esperandoa que Clark posase su mirada sobre Serena. Que en susglobos oculares apareciesen súbitamente las palabras"chica guapísima" escritas en grandes letras negras,como las cerezas en una máquina tragaperras. Pero Clarkmiró a Serena como si fuese una cliente cualquiera. —¿Qué quieres tomar? —dijo, poniendo una servi-lletita de papel en la barra delante de ella. —Nada, gracias —dijo Serena. Se giró hacia Vanes-sa—. Creo que voy a irme con Dan. —Oye, Serena, será mejor que nos vayamos —dijoDan ansiosamente detrás de ellas. Vanessa se volvió a mirarle. Parecía un tonto, espe-rando ávidamente a Serena. Casi le colgaba la lenguahacia fuera. —Vale, que acabes bien la noche —dijo Serena. Seinclinó y le dio a Vanessa un beso en la mejilla—. Dilea Ruby de mi parte que estuvo fantástica. —Luego sealejó para reunirse con Dan. —Hasta luego, Vanessa —dijo Dan, girándose paramarcharse. Vanessa se volvió hacia Clark sin una palabra. Noveía el momento de volverle a besar y olvidarse de Sere-na y Dan, perdiéndose juntos en la noche. —¿Quiénes eran? —preguntó Clark, apoyando loscodos en la barra. Cogió una aceituna de un platito y lasujetó justo frente a los labios de Vanessa. Vanessa mordió la aceituna y se encogió de hombros. —Unos que no conozco mucho. 209
  • 207. S recobra la esperanza Dan paró un taxi y le abrió la puerta a Serena. Elaire de octubre era fresco y olía a azúcar quemado, yDan, de repente, se sintió muy elegante y maduro. Unhombre de esmoquin en la ciudad con una chica gua-pa. Se deslizó en el asiento junto a ella y se miró lasmanos cuando el taxi se separaba del bordillo. Ya no letemblaban. Aunque le pareciese increíble, había tocado a Serenacon aquellas mismas manos mientras bailaban. Y ahorase encontraba solo con ella en un taxi. Si quería, podíatomarla de la mano, acariciarle la mejilla, quizá hastabesarla. Contempló su perfil, su piel brillando a la luz amari-lla de las farolas, pero no se animó a hacerlo. —Dios, cómo me gusta bailar —dijo Serena, dejan-do caer la cabeza hacia atrás en el respaldo. Se sentíatotalmente relajada—. De verdad que podría bailar to-das las santas noches. —Sí, a mí también —asintió Dan con la cabeza."Pero sólo contigo", deseó añadir. Sólo una chica como Serena consigue que un tío quees un patoso diga que le encanta bailar. Se quedaron el resto del viaje en silencio, disfrutan-do la sensación de cansancio de sus piernas y del airefresco de la ventanilla abierta en sus frentes, húmedasde sudor. No había nada de incómodo en el hecho deque no se hablasen. Era agradable. Cuando el taxi se detuvo frente al viejo edificio de Bar-neys, en la calle Diecisiete, Dan supuso que se encon-210
  • 208. traría a Jenny esperándole fuera, pero la acera estabavacía. —Supongo que tendré que entrar a buscarla —dijoDan. Se volvió hacia Serena—. Puedes irte a tu casa. Opuedes esperar... —Iré contigo —dijo Serena—. Y de paso podré verlo que me he perdido. Dan pagó el taxi y se bajaron, dirigiéndose a lapuerta. —Espero que nos dejen pasar —susurró Serena—.Yo tiré mi invitación a la papelera. Dan sacó del bolsillo la arrugada invitación que Jennyle había hecho y se la mostró al gorila de la puerta. —Ella viene conmigo —dijo, rodeándola con el brazo. —Pasen —dijo el gorila, haciéndoles un gesto con lamano. "¿Ella viene conmigo?". Dan no podía creer los hue-vos que le había echado. No tenía ni idea de que lostuviese tan grandes. —Será mejor que busque a mi hermana —le dijo aSerena una vez estuvieron dentro. —De acuerdo —dijo ella—. Te espero aquí dentro dediez minutos. El salón estaba lleno de rostros familiares. Tan conoci-dos que nadie estaba seguro de si Serena van der Wood-sen acababa de llegar o llevaba allí toda la noche. Aspectode habérselo pasado bien, desde luego que tenía. Estabadespeinada, el vestido se le resbalaba por los hombros,tenía una carrera en las medias y las mejillas ruborizadas,como si hubiese estado corriendo. Tenía aspecto de des- 211
  • 209. enfreno, como si hubiese hecho todo lo que la gente decíaque había hecho y probablemente mucho más. Blair vio a Serena inmediatamente, de pie al bordede la pista de baile, con aquel vestido viejo tan especialque habían comprado juntas en Alice Underground. Seapartó un poco de Na te. —Mira quién está allí —dijo. Nate se volvió hacia donde ella miraba y cogió aBlair de la mano cuando vio a Serena, como para de-mostrar su devoción. Blair se la estrechó. —¿Por qué no vas a decírselo? —le dijo—. Dile queno puedes ser más amigo de ella. — E l estómago le hizoruido, nervioso. Después de tanto vomitar, necesitabaotro rollito de atún. Nate miró a Serena fijamente, con una decidida son-risa ligeramente fumada. Si Blair pensaba que era cru-cial que mandase a Serena a la porra, lo haría. No veíael momento de acabar con todo aquello para poderrelajarse. De hecho, en cuanto hablase con Serena, ibaa subir a buscar un sitio tranquilo donde poder encen-derse un peta. Regla número uno del desperpijo: Cuando las cosasse complican, fúmate un porro. —De acuerdo —dijo, soltándole la mano a Blair—.Allá voy. —Hola —dijo Serena. Se estiró para darle un besoen la mejilla—. Estás ultraguapo, oye —le dijo tontean-do, con voz de niña pija. —Gracias —dijo él, ruborizado. No se había imagi-nado que le tocaría. Intentó meterse la mano en el bol-212
  • 210. sillo, pero el esmoquin no tenía. Maldito traje—. ¿Quéhas estado haciendo? —preguntó. —Pues la verdad es que había pasado de la fiesta —ex-plicó Serena—. Estuve bailando en un sitio muy guayde Brooklyn. Nate arqueó las cejas, sorprendido. Pero en realidad,nada de lo que dijese Serena le sorprendía ya. —¿Quieres bailar? —preguntó Serena. Le pasó losbrazos por el cuello antes de que él respondiese ycomenzó a mecer las caderas. Nate le lanzó una mirada a Blair, que los contempla-ba, y se contuvo. —Mira, Serena —dijo, retrocediendo un paso y qui-tándose los brazos de ella de los hombros—. En reali-dad... no puedo, ¿sabes...?, seguir siendo amigos... dela forma en que lo éramos antes, no —comenzó. Serena le miró a los ojos, intentando leer sus verda-deros pensamientos. —¿Qué he hecho? —dijo—. ¿He hecho algo? —Blair es mi novia —continuó Nate—. Tengoque... tengo que serle fiel. No puedo... no puedo real-mente estar... —tragó. Serena se cruzó de brazos. Ojalá pudiese odiar aNate por ser tan cruel y tan tonto a la vez. Ojalá no fue-se tan guapo. Y ojalá no le quisiera. —Pues entonces supongo que tendremos que dejarde hablar —dijo—. No vaya a ser que se enfade Blair—dejó caer los brazos, se dio la vuelta y se marchó. Mientras atravesaba la sala, los ojos de Serena secruzaron con los de Blair. Se detuvo y buscó en el bol-so los veinte dólares que Blair había dejado sobre lamesa del Tribeca Star. Quería devolvérselos. Como si, 213
  • 211. de alguna forma, aquello demostrase que ella no habíahecho nada malo. Ni aquella noche, ni nunca. Perosus dedos se toparon con el paquete de cigarrillos. Sacóuno y se lo puso entre los labios. El volumen de lamúsica había subido y alrededor de ella, la gente baila-ba. Serena sentía que Blair la miraba y le temblaron lasmanos mientras buscaba un mechero en el bolso. Comosiempre, no tenía. Sacudió la cabeza, enfadada, y miróa Blair. Y luego, en vez de mirarse con rabia, las doschicas sonrieron. Fue una sonrisa extraña, y ninguna de las dos chicassupo lo que la otra quería decir con ella. ¿Sonreía Blair porque se había quedado con el chicoal final, humillando a Serena? ¿Porque, como siempre,se había salido con la suya? ¿Sonreía Serena porque se sentía incómoda y ner-viosa? ¿O sonreía porque no se había rebajado al nivelrastrero de Blair, que necesitaba extender rumores de-sagradables y manipular a Nate? ¿O fue una sonrisa triste porque aquel era el finalde su amistad? Quizá sonreían porque en el fondo ambas sabían quepasase lo que pasase, al margen de los chicos con losque saliesen, de la ropa que llevasen, de lo que sacasenen el SAT, de la universidad a la que fuesen, ambas esta-rían bien. Después de todo, el mundo en que vivían cuidaba deellas. Serena se sacó el cigarrillo de la boca, lo dejó caer alsuelo y comenzó a andar hacia Blair. Cuando se encon-traron cara a cara, se detuvo y sacó del bolso el billetede veinte dólares.214
  • 212. —Toma —le dijo a Blair—. Esto es tuyo. —Y sin de-cir nada más, siguió su camino hacia el cuarto de bañode señoras para lavarse la cara con agua fría. Blair bajó la vista al billete que tenía en la mano y sele borró la sonrisa. Junto a la puerta, Rebecca Agnelli, de la Fundación Sal-vemos al Halcón Peregrino de Central Park, se poma elabrigo de visón y se despedía con un beso de Kati e Isabel.Blair se acercó a ella y le puso el billete en la mano. —Esto es para los pájaros —le dijo, con su sonrisamás falsa—. ¡Y no se olvide de coger su bolsa! Serena abrió el grifo y se salpicó la cara una y otravez con agua fría y limpia. Era tan agradable que le die-ron deseos de quitarse la ropa y ducharse allí mismo. Seapoyó contra los lavabos y se secó el rostro con golpe-citos suaves. Su mirada se posó en el suelo, donde vio un par dezapatos de hombre de punteras picadas, los flecos de unabufanda azul y el bolso negro de una chica. Haciendo un gesto de exasperación, se acercó. —Chuck —dijo por el hueco de la puerta entreabier-ta—. ¿Eres tú? ¿Quién está contigo? La chica dio un grito ahogado. —Mierda —se oyó que decía Chuck. Chuck había subido a Jenny al asiento del váter y lehabía bajado el vestido para poder sobarle aquellastetas descomunales. Serena había llegado en el peormomento posible. —Pírate, ¿vale? —gruñó Chuck, abriendo un pocomás la puerta. 215
  • 213. Detrás de él, Serena vio a la pequeña Jenny Hum-phrey, con el vestido bajado hasta la cintura, cubriéndosecon los brazos y con aspecto aterrorizado. Se abrió de golpe la puerta del cuarto de baño. —¿Jenny? ¿Estás aquí? —se oyó que preguntaba Dan. De repente, Serena se dio cuenta de todo: Jenny erala hermana de Dan. Con razón su voz había sonado raraal teléfono. Estaba a punto de ser manoseada porChuck. —Estoy aquí —gimió Jenny. —Sal de aquí —le espetó Serena a Chuck y abrió lapuerta apenas lo bastante para que él saliese. Chuckla apartó, golpeándola al pasar a su lado. — U n momento, gilipollas —dijo Dan, midiendo aChuck con la mirada—. ¿Qué ibas a hacerle a mi her-mana? Serena cerró la puerta del váter y se quedó fuera paradarle tiempo a Jenny de que se bajase de la taza y secompusiese antes de que la viera su hermano. La oyósorber las lágrimas. —¡Que te folien! —dijo Chuck, apartando a Dan delmedio. —No, que te folien a ti, Bufanda —dijo Dan. Nun-ca había participado en una pelea. Las manos comenza-ron a temblarle otra vez. Serena odiaba que los chicos se peleasen. No teníasentido y los convertía en unos tontos del culo. —Oye, Chuck —dijo, dándole unos golpecitos en laespalda y haciéndole darse la vuelta—. ¿Por qué no te vas,quieres? Sabes que nadie va a follar contigo —siseó. —Puta de mierda —replicó Chuck—. ¿Te crees quepuedes darte esos aires de santa después de todo lo que has216
  • 214. hecho? ¿Te crees que tú puedes decirme a mí que mevaya? —¿Y qué es lo que he hecho? —exigió Serena—.¿Qué es lo que crees que he hecho, a ver? Chuck se pasó la lengua por los labios y lanzó una risaahogada. —¿Que qué has hecho? —preguntó—. Te echaron delinternado porque eres una puta pervertida y hacías unamuesca en la pared sobre tu cama por cada tío que te tira-bas. Tienes enfermedades venéreas. Eras adicta a todotipo de drogas y cuando saliste de rehabilitación comen-zaste a vender tu propia mierda. Pertenecías a un cultoque mataba pollos. Tienes un jodido bebé en Francia. Serena sonreía nuevamente. —¡Vaya, hombre! ¡Parece que he estado ocupada!—dijo. Chuck frunció en ceño. Le lanzó una mirada a Dan,que miraba silencioso con las manos en los bolsillos. —Vete a la mierda, Chuck —susurró Serena. Chuck se encogió de hombros y agarró una botellade Evian. —Lo que digas, zorra —dijo, empujando a Dan almarcharse. —¡Tú sabes que me adoras! —le gritó Serena. Dan dio con los nudillos en la puerta del váter. —¿Jenny? —dijo suavemente—. ¿Estás bien? Más ruidos de lágrimas. Jenny no podía controlarse. No podía creer que fue-se justo Serena van der Woodsen quien la encontraseasí. ¿Qué iba a pensar de ella? —Estoy bien —logró decir finalmente. Levantó subolso del suelo y abrió la puerta—. Llévame a casa. 217
  • 215. Tema Dan le pasó un brazo por los hombros y Serena le ojoscogió la mano. Juntos, se abrieron paso entre el gentío. No. —¡Esperad! ¡Vuestras bolsas de regalo! —chilló Rain las co¿iíHoffstetter desde su puesto en la puerta. Les dio unabolsa a cada una. Dan empujó las puertas y corrió a la calle a parar untaxi. Cuando encontró uno, Serena se metió primero,luego Jenny y luego él. Jenny apoyó los pies en el centroy se abrazó las rodillas, apoyando la cabeza en ellas. Sere-na alargó la mano y le acarició el rizado cabello castaño. —Id vosotros primero —sugirió Serena. Dan le dirigió una mirada a Jenny. Necesitaba irse ala cama. —De acuerdo —dijo, dándole al conductor su di-rección. Serena se apoyó en el respaldo sin dejar de acariciar- le el pelo a Jenny. —¡Guau! —exclamó—. No había tenido una movida como ésta desde que me echaron del internado —di- taxi, ai-jo con ironía. instante i Dan la miró, con los ojos abiertos y confiados. Sed —Entonces, esas historias... —dijo, y luego se rubo- rizó—. Me refiero a que... ¿pasó alguna de esas cosas de verdad? Serena frunció el ceño. Buscó los cigarrillos en el bolso, pero luego se lo pensó mejor. —¿A ti que te parece? —preguntó. —Creo que no son más que gilipolleces —dijo. Serena arqueó las cejas, juguetona. —Pero ¿cómo puedes estar seguro de ello? —le pre- guntó. 218
  • 216. Tenía la boca abierta, sonriente. Se puso seria. Susojos azules brillaron a la luz de un coche que pasaba. N o , Dan no podía imaginársela haciendo ninguna delas cosas de las cuales la había acusado Chuck. Lo úni-co que se podía imaginar era a ella besándole. —No puedo i m a g i n a r t e así. Las comisuras de la boca de Serena se abrieron yesbozó una sonrisa. —Bien —dijo. Hizo una profunda inspiración y re-clinó la cabeza en el respaldo. Dan reclinó su cabeza al lado de la de ella. —Bien —dijo, cerrando los ojos. Mientras pasaban rápido junto a los carteles lumino-sos de Times Square, Serena mantuvo los ojos abiertos.Siempre había pensado que Times Square era feo ydeprimente en comparación con las tranquilas y cuida-das calles de su barrio, pero ahora, las luces brillantes,los ruidos y el vapor levantándose por las tapas de lasalcantarillas le dieron esperanzas. En la oscuridad deltaxi, alargó la mano para cogérsela a Dan en el mismoinstante en que él alargaba la suya. Serena no podía esperar a ver qué sucedería ahora. 219
  • 217. CosasdeChicas .net temas ^ anterior siguiente • envía una pregunta respuestaTodos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir ¡Qué hay, gente! Visto por ahí By N entrando en la casa de él muy tarde el viernes por la noche. C deambulando por la Décima Avenida buscando suerte con unas chicas de Jersey. D y J y su desaliñado padre tomando el desayuno familiar del sábado en la cafetería donde se filmaba Seinfeld. V alquilando películas de horror con su nuevo novio en Brooklyn. S dándole una bolsa negra de Kate Spade a un mendigo en las escalinatas del M E T . Vuestro e-mail P: Hola, C C : Solamente quería decirte que estoy escribiendo mi tesina sobre ti. ¡Eres genial! —Studyboy R: Querido Studyboy: Me siento muy halagada. Dime... ¿qué pinta tienes? —CC 220
  • 218. Preguntas y respuestas ¿Por qué preocuparse por la universidad? Me loestoy pasando superbien ahora. Y hay muchísimas pre-guntas que responder. ¿Se enamorarán S y D? ¿Se hartará 5 de los pantalo-nes de pana de él? ¿Hará J una cruz a los vestidos de noche y a la altasociedad y se limitará a estar con amigos de su edad(aunque ellas nunca lleguen a tener la misma talla desuje que ella)? ¿Comenzará Va usar todo tipo de colores? ¿Se deja-rá crecer el pelo? ¿Seguirá con su barman? ¿Seguirá B enrollada con IV? ¿Dejará C de acosar a las niñas y aceptará q u e es unimbécil? ¿Hará S de verdad una película? No ha usado nisiquiera una Polaroid de usar y tirar. ¿Dejará la gente de cotillear sobre los que he mencio-nado arriba? Lo dudo. Sé que yo no lo haré. Es que es genial. Hasta la próxima. Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 221

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