¿Un pedófilo nace o se hace?

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Un pedófilo nace o se hace

  1. 1. ¿Un pedófilo nace o se hace? La pedofilia forma parte de la clasificación de las parafilias las cuales se caracterizan por ser comportamientos sexuales en donde la obtención del placer no estriba en el coito en sí mismo sino que se da a través de otras fuentes o actividades que lo acompañan. Dichas fuentes pueden variar desde objetos, hasta animales o conductas específicas que desencadenan el deseo y placer sexual en el parafílico. En el caso de la pedofilia, la atracción y obtención del placer sexual radica en el acercamiento erótico hacia niños y niñas, y puede variar desde simples tocamientos y caricias hasta la consumación del coito. Existen diversos enfoques teóricos que explican el proceso de la configuración de la pedofilia en un individuo y sus conductas características. Sin embargo dentro de las investigaciones que se han hecho al respecto ha surgido y sigue vigente aún la pregunta ¿Un pedófilo nace o se hace? y con ella, una lista de interrogantes resueltas a medias: ¿Cómo llega a convertirse en victimario un pedófilo? ¿Por qué sus víctimas son infantes? ¿Influye y desencadena el contexto la conducta pedofílica? En el presente ensayo se retoma la interrogante un pedófilo ¿nace o se hace? Para ofrecer una explicación a través de las teorías psicodinámicas, cognitivas-conductuales y neurobiológicas que han propuesto ideas sobre el surgimiento de la pedofilia. Como punto de partida, tenemos las teorías del enfoque psicoanalítico. El psicoanalista Ricardo Caponni (2002) define lo que para él es la pedofilia: “La pedofilia es una condición mental perturbada en un sujeto que, de niño, fue víctima de situaciones traumáticas de abuso sexuales o de carencias afectivas muy intensas frente a las cuales no pudo usar otros recursos que la actuación y la hipersexualización, con un componente variable de agresión” (p. 44) De acuerdo con esta definición podemos inferir que los abusos, traumas y conflictos no resueltos de la infancia tienen una incidencia directa e influyente en la conducta y emociones de la persona adulta. Sabemos que el ser humano va adquiriendo sus capacidades cognitivas y emocionales en etapas subsecuentes; es por ello que la manera de educar y las figuras significativas que estén en contacto con la niñez, influirán en los resultados que se obtendrán en
  2. 2. el patrón posterior de comportamiento. El pedófilo siempre justificará su actuar manifestando que sus conductas son para dar protección, comprensión y amor al niño(a) que no lo tiene. Desde la posición del psicoanálisis, el individuo lo que descarga son sus frustraciones, miedos, ansiedades y traumas que tuvieron su origen en una infancia dañada y distorsionada por un desgraciado e infame mundo adulto. Romi y García (2005) describen que hay que tomar en cuenta la predisposición de la personalidad como punto de partida junto con las experiencias brindadas por el ambiente en la adquisición de las respuestas eróticas placenteras. Según estos autores, existiría una condición predisposicional, de acuerdo al potencial de la personalidad de cada individuo, lo que ellos describen como una “tabla de arcilla” lisa y moldeable sobre la cual se marcan “huellas” que en el caso de los individuos pedófilos sería el cúmulo de experiencias eróticas vividas ya sea conscientemente, por azar, o por las circunstancias (sean éstas deseadas o no) que luego, según Romi y García (2005), actuarían en una relación “llave-cerradura” cada vez que se asocian ambas situaciones: la circunstancia y la predisposición al placer erótico. Esto a su vez, de acuerdo a Romi y García (2005), detona una conducta sexual, que en el caso del pedófilo es inadecuada, moralmente hablando. Estos autores enfatizan que una de las razones por la que el individuo pedófilo mantiene sus prácticas eróticas radica en que, a pesar de que las nuevas experiencias dejan nuevas marcas en la psique del individuo, las primeras siguen manteniendo la primacía erótica; por lo tanto, el individuo pedófilo termina respondiendo de la misma manera a pesar de que pase el tiempo (Romi & García, 2005). Por consiguiente la configuración de la pedofilia en un individuo se podría explicar siguiendo ese patrón descrito anteriormente por Romi y García; en el cual las imágenes, fantasías, o comportamientos desviados se originan a partir de experiencias vividas que provocaron, sobre la base de una personalidad predisponente, un placer sexual que luego facilitó la repetición de experiencias, que a su vez, provocó una fijación de un patrón de conducta erótico. Otro punto de vista desde el psicoanálisis lo plantea Barría en 2013. Él cita a Gabbard (2006), quien a su vez menciona que Fenichel en 1945 considera que el deseo de un individuo pedófilo es una representación de una elección narcisista de objeto. Dicha elección narcisista de objeto es
  3. 3. una configuración que se adquiere a partir del sometimiento de otros. Entonces, un pedófilo vería al menor como una imagen transferencial de sí mismo como niño; por lo tanto, el individuo pedófilo, al considerarse a sí mismo como alguien débil e incapaz, buscaría a niños como objetos sexuales, ya que éstos se resisten menos o porque generan menos ansiedad que una pareja adulta y de esta forma, logra evitar ciertos niveles de Angustia de Castración. Por lo tanto, la actividad sexual con niños prepúberes podría incrementar la ya débil autoestima del individuo pedófilo. Según Gabbard (2006, citado en Barría, 2013), otros autores también sugieren que la actividad sexual con niños por parte de adultos implicaría “la fantasía inconsciente de fusión con un objeto ideal o la restauración de un Self juvenil idealizado” (Gabbard, 2006, p. 332, citado en Barría, 2013). Como podemos observar, hay distintas propuestas teóricas desde el psicoanálisis para comprender la configuración del individuo pedófilo; sin embargo, éstas no están unificadas, lo que dificulta poder establecer un criterio suficiente y aceptado científicamente para poder explicar este fenómeno; por lo tanto es importante conocer lo que otros enfoques psicológicos pueden aportar en el estudio de éste. Otro de los enfoques que permiten dar una explicación respecto a la pedofilia, es el que brinda la teoría cognitivo conductual, la cual explica que existe una base de adquisición y mantenimiento de paradigmas de condicionamiento y formación de esquemas cognitivos al igual que en todo tipo de conductas con la diferencia de que la pedofilia constituye creencias irracionales y distorsiones cognitivas sobre la acción que conlleva tal como lo explican Muse & Frigola (2003). Según los autores mencionados, es en la pubertad y adolescencia donde las parafilias pueden desarrollarse a partir del condicionamiento y refuerzo de una conducta satisfactoria y aprendizaje de los efectos positivos y negativos que estas puedan tener en contraposición con el placer obtenido en ellas. Es decir, el sujeto va aprendiendo determinados tipos de conductas de acuerdo a las experiencias que ha tenido, estos aprendizajes se ven reforzados y aprehendidos como resultado de las consecuencias positivas o negativas que dichas experiencias han ocasionado para el individuo. Partiendo desde este punto de vista, las explicaciones brindadas a partir de las teorías cognitivas y del aprendizaje, respecto a si un pedófilo nace o se hace, manifiestan que debido a
  4. 4. que las primeras experiencias sexuales posteriores a la pubertad son realizadas con otros niños, en el pedófilo se generaría un refuerzo como resultado de un alto nivel de aurosal- excitación y el orgasmo, el cual produce una activación condicionada ante las señales físicas de los niños. Posteriormente la conducta sexual puede ser reforzada por la excitación; lo que origina una consolidación de aprendizajes que se producen a partir de la asociación de fantasías elaboradas sobre estos primeros encuentros sexuales y la masturbación. Tal como señalan Castro, Contreras y Nuñez (2004), la adquisición de respuestas eróticas placenteras y específicamente aquellas referidas a la atracción de una persona adulta hacia un niño o niña, son el resultado de una combinación entre una predisposición de la personalidad del sujeto agresor, como factor intrínseco determinante, más las experiencias ambientales que da el aprendizaje. Es decir, en la pedofilia se originan una serie de imágenes, fantasías o comportamientos desviados que son producto de experiencias vividas sobre la base de una personalidad predisponente que provocaron, en su momento, un placer sexual que facilitó la reiteración de experiencias fijando un patrón de conducta erótico. Para ejemplificar tal situación, se puede exponer la situación en donde un niño ha sido agredido sexualmente por un adulto, este suceso enfrenta al niño con la dificultad de elaborar y procesar dicho suceso en el cual su inocencia, ingenuidad y falta de información sobre lo que ha sufrido se convierten en barreras para darle un significado y entender que ha sufrido un daño a su integridad física y emocional, y por tanto el hecho queda aislado, el niño queda expuesto a que vuelva a repetirse y encontrar en cada abuso con el paso del tiempo una respuesta sexual de gratificación y la búsqueda del mismo acto que conlleve la misma gratificación. Hablamos acá de que un niño ante un suceso traumático como lo es la violación, no entiende en su momento ¿qué es lo que pasa? Su escasa experiencia sexual y el tabú social que encubre la falta de información a la niñez sobre su sexualidad hacen que el niño y niña que ha sido abusado no comprenda el alcance de lo que le ha acontecido y con ello si no se le brinda el seguimiento y asistencia psicológica necesaria, probablemente repita su misma experiencia en la edad adulta tal cual como la vivió él o ella. Estamos a las puertas acá del nacimiento de un posible pedófilo.
  5. 5. Sin embargo, es importante destacar, que aunque una persona en su infancia haya sufrido abuso sexual o algún tipo de tocamientos por parte de un adulto, esto no lleva implícito necesariamente que este sujeto debe o puede convertirse en un pedófilo. Aunado a lo expresado anteriormente, Soria y Hernández (1994) expresan que a nivel cognitivo se encuentra que el agresor no sólo presenta imágenes y fantasías, sino también creencias e ideas distorsionadas usadas como racionalización y justificación de su comportamiento. Estas creencias e ideas, están relacionadas en la mayoría de los casos con una incapacidad del agresor para mantener relaciones sociales y heterosexuales adultas, por lo cual elegiría objetos sexuales inapropiados para la satisfacción de los impulsos sexuales; es decir el pedófilo se siente incapaz de lograr una satisfacción sexual y emocional con personas adultas, posiblemente porque carece de adecuadas habilidades sociales. Asimismo, como lo señala Romi y García (2005), el enfoque cognitivo ha insistido en la presencia de falsas creencias y cogniciones respecto de sí mismo, la sexualidad y los demás por parte del agresor. Sobre el tipo de creencias que un pedófilo tiene sobre su conducta según Vásquez (2007, citado en Trabazo & Azor, 2009) encontramos afirmaciones tales como: “las caricias sexuales no son realmente sexo y por ello no se hace ningún mal”, “los niños no lo cuentan debido a que les gusta el sexo”, “el sexo mejora la relación con un niño”, “los contactos sexuales son una muestra de cariño”, entre otras. Como lo expone Trabazo & Azor (2009), los pedófilos justifican sus actos desde una idea errada de que el sexo brinda un componente de educación sexual sana al niño y alegan que muchos niños y niñas son los responsables de inducirlos a la satisfacción de sus deseos sexuales por ser una fuente de seducción para ellos, lo que indica una fuerte distorsión cognitiva del valor de la “educación” para el pedófilo y del significado distorsionado de la figura del niño por ser un objeto de seducción y placer. Esta distorsión cognitiva del componente “educativo” se ve reforzado por los paradigmas tradicionales que se tienen hacia la niñez; por ejemplo, el que un pedófilo “crea” que la interacción y acercamiento sexual hacia un niño es una forma sana de aprendizaje sobre la sexualidad estaría basado en el paradigma de que la niñez es incapaz de razonar sobre su propia realidad y que por tanto, es el adulto quien debe responsabilizarse para brindar un bagaje de conocimiento al niño que le permita discernir sus conductas y moverse en el mundo, haciendo de la figura adulta la única competente para guiar a la niñez y ser modelo para
  6. 6. el aprendizaje de las conductas “adecuadas e inadecuadas” en el medio donde se desenvuelva; y brindándole la oportunidad suficiente al pedófilo para guiar en el camino de la sexualidad a la niñez que cae en sus redes. Para Trabazo & Azor (2009), el pedófilo presenta una personalidad inmadura sostenida en distorsiones cognitivas basadas en la negación y minimización del acto y en la delegación de responsabilidades sobre sus acciones (por los niños, hice…) y también, se caracterizan por ser personas narcisistas que buscan la satisfacción de su placer en menores que saben pueden dominarlos y no suponen ser un riesgo o atentado contra su frágil auto concepto. Otro aspecto a tomar en consideración es el sufrimiento que enfrenta la víctima después de un abuso sexual o cualquier tocamiento; el cual genera graves secuelas, esto se ve aunado con la falta de conocimiento, habilidades y asistencia oportuna para procesar y superar un hecho traumático como tal, la víctima elabora una interpretación de su vivencia con los escasos recursos que tiene y en dicha interpretación comienza a engendrarse una serie de creencias sobre la sexualidad y la interacción con los demás (adultos y niños) y cómo éstos pueden llevarle a la satisfacción de las necesidades o a la represión de las mismas. Dichas creencias configuran esquemas distorsionados sobre la figura sexual que representa la obtención de placer a través del contacto sexual con niños y niñas y posibilita los mecanismos y los medios para lograr dicho fin. El pedófilo interpreta su situación y contempla la búsqueda y satisfacción de su deseo a partir de cómo ha interpretado su realidad y cómo ésta se ha ido ajustando a la justificación de sus actos. Como se observa a partir del enfoque planteado, es el entorno el que proporciona señales que van configurando una visión de mundo específica, la cual se va nutriendo de interpretaciones y reforzamientos erróneos con respecto a la satisfacción sexual. En el caso de los pedófilos, según Sallés (2001), éstos tienden a confundir sus emociones y percibir de forma errada las relaciones que logran establecer con los infantes, pues llegan a hacer interpretaciones que no corresponden a los afectos y deseos de los niños y que simplemente no existen. Generalmente los pedófilos malinterpretan el temor, el dolor y el sufrimiento en los niños y niñas creyendo que
  7. 7. son manifestaciones de placer porque así lo vivieron ellos, ese fue el significado que lograron darle a su propia vivencia y es lo que ellos verán y justificarán en cada agresión que cometan. Por lo tanto, en un pedófilo la activación sexual producida por su atracción hacia los niños, se origina debido a que éste elabora una interpretación errónea de las acciones, palabras, miradas, etc., del niño o niña; adjudicándole una intencionalidad de seducción. Es por ello, que es relevante no sólo dar seguimiento a casos de niños o niñas abusados, sino también considerar como éstos han configurado su vivencia y que interpretaciones le dan a la situación sufrida tanto inmediatamente como posteriormente al hecho, pues es en este aspecto en donde se puede estar a la puerta en la cual la víctima puede llegar a convertirse en victimario. Hasta este punto hemos podido observar que la pedofilia comienza a desarrollarse desde las etapas tempranas de la niñez, ya sea desde la dificultad para resolver un conflicto en una de las diferentes etapas psicosexuales que desembocará en un desajuste en la configuración del Yo en un pedófilo, desde las teorías psicodinámicas y con ello, desde las teorías cognitivoconductuales, el cómo una persona con cierto desajuste de la realidad y de sí mismo comienza a establecer relaciones e interacciones con otros seres basadas en creencias irracionales y distorsiones cognitivas de la realidad como lo son las ideas de “sexualidad adecuada” en el pedófilo, las que facilitan la consecución del fin de su conducta hacia la niñez: satisfacer su placer. Hemos dicho “desarrollar” esta conducta pedófila porque será el medio junto a ciertas predisposiciones genéticas, los cuales gestaran la conducta distorsionada y desviada de un pedófilo, puesto que según las últimas investigaciones en neurociencias, se ha encontrado que la pedofilia pudiera estar sujeta a ciertas anomalías en el sistema nervioso central, pero como hemos venido señalando, será el medio el que contribuirá a que el pedófilo se convierta en un victimario consumado. Revisando los avances en neurociencia y los diferentes estudios biológicos que se han llevado a cabo para la pedofilia, encontramos que el desarrollo en el sistema nervioso central, desde un punto de vista biológico, se convierte en un factor fundamental al momento de hacer una revisión de la pedofilia, ya que es crucial en el desarrollo de la conducta sexual de una persona pues, estudios realizados reflejan que en ciertos casos se pueden presentar alteraciones neuro-psiquiátricas las cuales son originados durante el embarazo (Becerra, 2009). Por otro lado en algunos casos se presentan alteraciones neuroendocrinas, las cuales se vinculan con la
  8. 8. aparición de daños orgánicos cerebrales que afectan al hipotálamo o al sistema límbico; sin embargo otros autores consideran que la pedofilia es generalmente un trastorno primario, que se presenta sin patología previa, por lo que se debe descartar la existencia de otros trastornos psicológicos que lleven en forma secundaria a este problema (Devoto & Aravena, 2003). Becerra (2009), habla sobre diferentes estudios neuropsicológicos de los cuales han surgido varias teorías neuroanatómicas sobre el origen de la pedofilia y estas a su vez han sido divididas en tres categorías. En primer lugar están las teorías “frontales-disejecutivas”, que asocian la pedofilia con una disfunción en la corteza prefrontal y con la desinhibición conductual (Stone & Thompson, 2001, citados en Becerra, 2009). En segundo lugar están las teorías “temporo-límbicas”, que implican a ambas regiones del cerebro en la desinhibición conductual y a estructuras profundas del lóbulo temporal en la regulación de la conducta sexual (Graber, Hartmann, Coffman, Huey & Golden, 1982, citados en Becerra, 2009). En tercer lugar se encuentran las teorías de la “disfunción dual”, las cuales argumentan que los pedófilos sufren de disfunción en las regiones temporales que causarían la perturbación de los impulsos sexuales y alteración en las regiones frontales que causarían la desinhibición conductual (Cohen, Nikiforov, Gans, Poznansky, McGeoch & Weaver, 2002, citados en Becerra, 2009). Existen diferentes teorías que indican que las alteraciones biológicas que llevan a la pedofilia, se deben una disfunción en las estructuras cerebrales, cambios en las hormonas o desbalances neuroquímicos que pueden provocar las alteraciones sexuales, sin embargo los diferentes autores muestran poco apoyo a estas teorías, ya que mencionan que se encuentran resultados contradictorios en las investigaciones realizadas debido a que únicamente se exploran las estructuras cerebrales indicadas por estas teorías y se deja de lado otras regiones cerebrales (Becerra, 2009). Con las diversas teorías biologicistas sobre la pedofilia planteadas anteriormente más lo que se ha venido discutiendo sobre el “desarrollo psicosexual y cognitivo” en la niñez, podemos dar cuenta nuevamente que la pedofilia es una conducta que necesitará del medio para desarrollarse dado que, si bien pudieran existir ciertas disfunciones en las regiones cerebrales encargadas de la regulación de conductas e impulsos sexuales; será a través de una experiencia traumática sufrida y de la interpretaciòn y asimilaciòn que la víctima haga de la de la misma, el
  9. 9. cómo se vendrá entonces a gestar y desarrollar la conducta pedofilia en el que una vez fue víctima y ahora se convertirá en victimario. Referencias. Becerra, J. (2009). Etiología de la pedofilia desde el neurodesarrollo: marcadores y alteraciones cerebrales. Revista de Psiquiatría y Salud Mental, 02, 190-196. Devoto, E. & Aravena, L. (2003). Pedofilia: Un punto de vista endocrinológico. Revista médica de Chile, 131, 1471-1472. Muse, M & Frigola, G. (2003). La Evaluacion y Tratamiento de Trastornos Parafilicos. Cuadernos de medicina psicosomática y psiquiatría de enlace, 56-72. Recuperado el 21 de Septiembre del 2013 de http://www.uned.es/master-psicologiadeporte/sp/pdf/paraf.pdf Romi, J.C., & García, L. (2005). Algunas reflexiones sobre la pedofilia y el abuso sexual de menores. Cuadernos de Medicina Forense, 93-112. Sallés, P. (2011). La Pedofilia: Trastorno con impacto social. Recuperado de http://www.guioteca.com/psicologia-y-tendencias/la-pedofilia-trastorno-con-impactosocial/ Soria, M.A., & Hernández, J.A. (1994. El agresor sexual y la víctima. Barcelona: Marcombo. Trabazo, V., & Azor, F. (2009). La Pedofilia: Un problema clínico, legal y social. eduPsykhé, 8, 195-219. Recuperado el 21 de Septiembre del 2013 de http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3145999. Castro, A., Contreras, C., & Nuñez, A. (2004). Violencia sexual infantil: La pedofilia en el entorno social del menor. Tesis de licenciatura no publicada, UCHILE, Santiago, Chile.

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