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  1. 1. Michèle Barrett y Anne Phillips (compiladoras)DESESTABILlZAR LA TEORÍA DEBATES FEMINISTAS CONTEMPORÁNEOS PAIDÓS México Buenos Aires Barcelona PUEG Programa Universitario de Estudios de Género Universidad Nacional Autónoma de México
  2. 2. INTRODUCCIÓNMuchos de los ensayos del presente libro dirigen la atención a la necesidad de "desestabilizar" los supuestosfundadores de la teoría moderna. Las feministas han criticado desde hace mucho tiempo las pretensiones dealcanzar una "gran" teoría, "elevada" y "general", y han demostrado las dificultades con que ha de toparsesemejante empeño. Demasiado a menudo las afirmaciones universales han resultado ser muy particulares,falsos los supuestos rasgos comunes, y engañosas las abstracciones. Las feministas se han vuelto muysuspicaces respecto a los discursos teóricos que se declaran neutros mientras hablan desde unaperspectiva masculina, y en ocasiones han perdido las esperanzas de que sea posible un pensamiento"neutro en cuanto al género". La revaloración actual de los grandes sistemas de teoría social, política y cultural moderna de Occidenteha hecho avanzar más que nunca esta crítica, que ya tiene mucho tiempo. En este caso, en un ataqueavasallador a los modelos del liberalismo, el humanismo y el marxismo -falsamente universalizadores y degeneralizaciones y propósitos exagerados-, muchas feministas han mostrado afinidad con los proyectoscríticos postestrucruralistas y posmodernos. En estas condiciones, muchas de ellas han optado por hacer unanálisis de lo local, lo específico y lo particular. Gran parte de este trabajo es de carácter "deconstructivo" ybusca desestabilizar -poner en tela de juicio, subvertir, invertir, invalidar- algunas de las oposiciones binariasjerarquizantes de la cultura occidental (incluso las que implican el sexo y el género). Así pues, se trata deuna teoría feminista en evolución, cuya intención es desestabilizar. En esta recopilación de ensayos hay otra construcción de la "desestabilización de la teoría" que funcionacomo hilo conductor. No se trata tanto de la ambivalencia tradicional del feminismo respecto a la "teoría",basada en una preferencia por principio en favor del activismo, la "política" o la experiencia, aunque amenudo todo esto está presente en cierta forma. Más bien se trata de la índole fundamental de la crítica quese ha hecho a las bases teóricas y a las convenciones paradigmáticas del feminismo "moderno". En losúltimos veinte años, los principios de base del feminismo occidental contemporáneo han sido puestosdrásticamente en entredicho, y los supuestos antes compartidos y las ortodoxias que eran indiscutibles casihan quedado relegados al pasado. Lo que esto representa alcanza el nivel de un "cambio de paradigma, enel que se deponen radicalmente los supuestos más que las conclusiones. De modo que los ensayosincluidos en Desestabilizar la teoría no sólo indagan la relación del feminismo con la teoría per se, con lateoría en sus peores momentos de abstracción imprudente y de peligrosa generalidad: también seescribieron para poner de relieve y discutir el abismo que existe entre la teoría feminista de los años setentay la de los años noventa. Que sea posible, deseable o inevitable zanjar la brecha mediante el diálogo es algosobre lo cual las colaboradoras tienen diferentes opiniones; sin embargo, todas han abordado esta cuestión. Estos dos temas están enlazados en la medida en que el feminismo de los años setenta fue, en símismo, un caso de concreción de la tendencia "moderna", y las críticas feministas de los años ochenta ynoventa han insistido en ello. En retrospectiva, se puede observar que este periodo del pensamientofeminista occidental generó un asombroso consenso en cuanto a las preguntas pertinentes, aunque nosiempre en sus posibles respuestas. Pese a que ahora se ha roto, ese consenso no debería considerarsesíntoma de subdesarrollo -una "prehistoria" hoy ya superada del proceso de refinamiento del pensamientocontemporáneo-, ya que muchas de las cuestiones planteadas en ese periodo hoy rondan de nuevo alacecho. El agudo contraste establecido entre lo que, para abreviar, denominamos feminismo occidental delos años setenta y de los años noventa, llama la atención sobre lo fundamental de los cambios ocurridos, ynos ayuda a estudiar el alcance del diálogo entre estas perspectivas teóricas tan diferentes. El contraste nose presenta como un indicador del "avance" feminista.Nuestro punto de partida aparentemente simple es que el feminismo de los años setenta creía que eraposible determinar una causa de la opresión de la mujer. Las feministas diferían sustancialmente (y conferocidad) en cuanto a lo que podría ser dicha causa: el control masculino de la fertilidad de la mujer, unsistema patriarcal de herencia, la necesidad del capitalismo de disponer de mano de obra dócil; pero enrealidad no ponían en duda la noción misma de causa. La idea de opresión tampoco causaba problemas, ysu aplicación parecía de suyo evidente. También era importante el supuesto, compartido por casi todas lasfeministas, de que la causa buscada estaba en el ámbito de la estructura social. Dicha estructura se podíaplantear como patriarcado, como sistema económico explotador o como relación estructural entre el hogar yel lugar de trabajo, pero estas cuestiones solían formularse desde el punto de vista de la estructura social,
  3. 3. con un énfasis que reflejaba el contexto político de los albores del movimiento de liberación de la mujer. Enlas actividades iniciales de fines de los años sesenta y principios de los setenta, los adversariosconservadores tendían a apelar a la naturaleza o a la biología para defender el orden sexual vigente. Lasfeministas se unieron contra ellos para hacer hincapié, en cambio, en lo social y en lo ambiental. Enconsecuencia, la distinción entre sexo y género adquirió prácticamente las propiedades mágicas de untalismán, y se convirtió en el símbolo de una interpretación social más que natural de las diferencias visiblesentre la vida de la mujer y la del hombre. La diferencia sexual se redujo a sus elementos más esenciales, amenudo sólo al reconocimiento de que la capacidad reproductiva de la mujer y sus derechos eran un factorpolítico sobresaliente. Y en un planteamiento que se remonta por lo menos a la época de MaryWollstonecraft, las feministas tendían a ver la "femineidad" como una distorsión del potencial humano de lasmujeres, un aspecto muy importante de la opresión de que son objeto y el principal candidato al cambio. En las taxonomías tan apreciadas en esa época -y por muchos especialistas posteriores-, losfeminismos se dividían en liberales, socialistas y radicales, cada grupo con su conjunto de respuestas a lasindiscutibles cuestiones centrales. De estas tres versiones, el feminismo liberal era tal vez el menosconvencido de la explicación de la estructura social, y tendía más bien a poner el énfasis en la fuerza delprejuicio, la irracionalidad y la discriminación. La opresión de la mujer solía entenderse desde el punto devista de su socialización en una variedad limitada de funciones y supuestos, y como la forma en que latradición cultural, que persistía en establecer una gran diferencia entre la mujer y el hombre, imponía elejercicio de dichas funciones. Los feminismos socialistas y radicales se opusieron por igual al individualismoimplícito o explícito, y pusieron en tela de juicio tanto su análisis de la opresión de las mujeres, como laconfianza que parecía otorgar a la igualdad de oportunidades como solución expedita. Las feministas socialistas sostenían que los problemas clave estribaban en un sistema que sebeneficiaba activamente de la opresión de la mujer. Así pues, su análisis ponía el acento en la explotaciónmás que en el prejuicio sexista, en la estructura más que en los individuos que actuaban en su seno, y másespecíficamente en los beneficios materiales que el capitalismo obtenía de la posición y la función de lamujer. Contra esto, las feministas radicales hacían hincapié en el hombre y no en el capital. Y lo situaban nocomo un factor relativamente inocente de la opresión capitalista, sino como quien se llevaba la parte delleón. El feminismo radical solía partir del análisis de la reproducción (contraste deliberado con el énfasissocialista en la producción), pero avanzaba cada vez más hacia cuestiones de sexualidad y violenciamasculina. En los planteamientos que vinieron después, tanto las feministas radicales como las socialistasllegaron a pensar que las estructuras de la opresión se extendían hacia el pasado remoto, el análisis causalimplicaba la búsqueda de la causa original y fundadora. En extensas discusiones entre estas perspectivas cambiantes y a menudo traslapadas, a las feministasde los años setenta les interesaba determinar dónde colocar el peso explicativo: qué elementos considerarfundamentales, y qué señalar como origen decisivo de la opresión. ¿La opresión de las mujeres se situabaprincipalmente en la esfera del trabajo o en la familia?, ¿en el ámbito de la producci6n o en el de lareproducción?, ¿en las estructuras económicas o en la representación cultural?, ¿en la sexualidad, lamaternidad o en qué? Estos desacuerdos se daban en un ámbito más amplio de discusiones sobre el pesorelativo que había de concederse a las estructuras del patriarcado (o a veces del sistema sexo/género) enoposición al capitalismo; ya cualesquiera de estas explicaciones estructurales frente a las funciones sociales,o a las psicologías del poder. La diversidad de las respuestas contribuía a disimular el consenso de laspreguntas; con todo, pese al profundo desacuerdo en torno a lo que tenía que ser principal o secundario, lasfeministas otorgaban una importancia unánime a la necesidad de establecer los fundamentos de las causassociales.Desde entonces se ha acabado ese consenso, y aquí se presenta sólo un esbozo de lo que consideramoselementos clave que contribuyeron a ese proceso. El primero fueron las enormes y constantesrepercusiones políticas de la crítica de las mujeres negras contra las premisas racistas y etnocéntricas de lasfeministas blancas, que marcaron el destino de la discusión original sobre el sexo y las clases. Resultó difícilincorporar el tercer eje de la desigualdad en los modelos estructurales de la sociedad, organizados en tornoa los dos sistemas del sexo y la clase; las dificultades ya de por sí peliagudas de elaborar un análisis de los"sistemas duales" desembocaron en el reconocimiento tardío de que no se habían tomado en cuenta ladiferencia y la desventaja étnicas. Una respuesta a esto -sobre todo entre las feministas que se dedicaron ala división sexual del trabajo- fue el cambio a una perspectiva más micro de análisis, que resultara másadecuada para la compleja interacción de los diferentes aspectos de la desigualdad. Otra reacción fue latendencia cada vez mayor de teorizar la denominada "triple opresión": de género, de raza y de clase,
  4. 4. atendiendo más a lo cultural y a lo simbólico. La segunda fuente importante de inquietud provenía de la distinción entre sexo y género que se habíapropuesto con tanta seguridad y que había caracterizado en buena medida el consenso anterior. Ladiferencia sexual se llegó a considerar más irreconciliable, pero también más positiva de lo que aceptabanlas feministas de los años setenta: fue un cambio con diversas manifestaciones expresado en el interéscreciente por los análisis psicoanalíticos de la diferencia y la identidad sexuales; por el análisis de laexperiencia femenina de la maternidad como algo que constituye la base de concepciones alternativas (ymás generosas) de la moralidad y el cuidado que se prodiga; y por sus momentos más "esencialistas": lacelebración de la Mujer y de su función de Mujer. Los planteamientos eran en parte conceptuales,acentuaban la importancia de los problemas teóricos que traía consigo distinguir entre la biología y laconstrucción social, y ponían en duda esa marcada división; también fueron sustantivos, porque lasdificultades filosóficas de mantener la distinción entre sexo y género arrastraban un cambio de direcciónpolítica. Muchas feministas llegaron a cuestionar las visiones cuasiandróginas (Quiero ser una persona, nouna mujer ni un hombre) de un futuro no perturbado por diferencias importantes de sexo; la tendencia anegar la diferencia sexual llegó a verse como la capitulación ante el modelo masculino. El tercer elemento implica la apropiación y el desarrollo, por parte de las feministas, de los conceptospostestructuralistas y posmodernos, cuyo ímpetu no surgió originalmente en el feminismo, pero que hatenido ahí importantes repercusiones. Afirmado no significa establecer una clara distinción entre el derrumbe"interno" del consenso feminista de los años setenta y los desarrollos teóricos ocurridos "fuera" delfeminismo, porque (como propone el ensayo de Michele Barrett) la interacción y el diálogo han sido muchomás profundos de lo que eso indicaría; más bien pretende señalar importantes líneas paralelas y vínculosentre las corrientes feministas y no feministas de la teoría social, política y cultural contemporánea. Estas cuestiones están bien representadas en los diversos ensayos del presente volumen. Si se toma encuenta la constelación de ideas que forman el pensamiento de la "Ilustración", se puede reconocer unanoción de sujeto político fuerte y consciente, la creencia en la razón y la racionalidad, en el progreso políticoy social, y en la posibilidad de grandes programas de reforma social. Muchas colaboradoras de este volumenaportan un matiz feminista a los planteamientos generales que constituyen una de las críticas másimportantes a ese modelo racionalista. Anne Phillips, por ejemplo, inicia su ensayo con una recapitulación dela bibliografía del pensamiento político que ha revelado que el "hombre" es lo que merodea en la humanidad,y repasa los falsos universales que se pusieron en circulación en el pensamiento liberal clásico. ChandraTalpade Mohanty indaga, mediante la crítica de una variedad feminista de este síndrome, los problemas delos discursos humanistas que suponen una base común entre todas las personas (en este caso, todas lasmujeres), y así elabora una crítica postestructuralista de ideas sobre la experiencia y el sujeto. Biddy Martinsomete a consideración la política de las "auténticas" identidades lésbicas feministas, y destaca lacomplejidad del erotismo entre personas de un mismo género; sostiene que hace falta desnaturalizar lahetero-sexualidad para desestabilizar la robusta oposición entre homosexualidad y heterosexualidad. Rosemary Pringle y Sophie Watson, en la disección que hacen de los problemas que subyacen en lanoción de "intereses de la mujer", ilustran bien la crítica a una gran teoría marxista que ha hipostasiado losintereses supuestos en un marco que ve la política como la mera representación de esos intereses, más que–según sostienen Pringle y Watson- como su constitución. Griselda Pollock, al analizar el caso icónico de lapintura, hace ver en una nueva dimensión cómo la modernidad está imbuida de género. Pollock muestra queen la más central de las figuras humanistas modernas, la del artista expresivo, la modernidad y lamasculinidad están irremediablemente entrelazadas. Gayatri Chakravorty Spivak, al demostrar en unContexto feminista la afirmación general de que el lenguaje, en lugar de reflejar significados, los construye,muestra la necesidad de criticar la noción de "traducibilidad" para lograr textos dignos de llamarse literaturafeminista.Estos aspectos ilustran la vigorosa crítica -feminista y de otros tipos- que se ha conjuntado en contra de losdiscursos universalistas del racionalismo y la Ilustraci6n. A través de una variedad de cuestiones política yteóricamente importantes, los ensayos aquí recopilados prosiguen una tradición crítica a la soi-disant granteoría, y en este sentido van muy de acuerdo con el tono del pensamiento feminista contemporáneo. Sinembargo, al colocarlos en el contexto del cuasicambio de paradigma del feminismo de los años setenta al delos años noventa, Desestabilizar la teoría también se propone iniciar la discusión sobre las implicaciones de
  5. 5. estos planteamientos. Si, como hemos señalado, las diferencias entre los supuestos de base de ambosperiodos son profundas, entonces cabe preguntar si estos desarrollos se pueden considerar un "avance"intelectual, y de qué forma. ¿Puede considerarse que la evaluación crítica de la teoría moderna son etapasen route a una comprensión más exacta de los problemas afrontados el decenio anterior, una reteorizaciónque elimina los obstáculos previos y abre paso a un mejor análisis? ¿O las feministas simplemente hemoscambiado de tema, nos apartamos de lo que se había llegado a considerar un cul-de-sac teórico,abandonamos un discurso materialista de las causas y concentramos nuestra atención en ámbitos deestudio más refrescantes? El temor que ahora expresan muchas feministas es que la variación de las modas teóricas nos lleve aabdicar del objetivo del conocimiento exacto y sistemático, y que en la crítica legítima a algunos de losprimeros supuestos podamos desviamos del proyecto feminista original. Susan Bordo, por ejemplo, hasostenido que "un enfoque demasiado implacable de la heterogeneidad de la historia [...] puede impedir quese vean claramente las pautas jerárquicas transhistóricas del privilegio masculino y blanco que han inspiradola creación de la tradición intelectual occidental"1; mientras que Christine di Stefano ha formulado de nuevola pregunta que recorrió todas las discusiones de los años setenta: "¿Son más básicas unas diferencias queotras?"2. Uno de los problemas en este caso consiste en determinar si el feminismo puede sobrevivir comopolítica radical si deja de preocuparse por la teoría. Las feministas han ido de la gran teoría a los estudioslocales; de los análisis transculturales del patriarcado a la compleja e histórica interacción entre sexo, raza yclase; de las nociones de identidad femenina o los intereses de la mujer a la inestabilidad de la identidadfemenina y a la creación y recreación activas de las necesidades o intereses de la mujer. Parte de lo que seabandona en estos cambios es el supuesto de la causa primera preestablecida que sólo espera a serdescubierta. ¿Acaso estos acontecimientos dejan a las feministas sin nada general que decir? Los ensayos de esta antología no resuelven esas preguntas. Pero todas las colaboraciones estáninspiradas por un claro sentido del feminismo como política y como teoría, y en conjunto participan, en buenamedida, en el descargo de las acusaciones de que la política feminista ha perdido el rumbo. En el nivelteórico mantienen el diálogo a través de la línea divisoria que separa los años setenta y los noventa. De lascolaboradoras, Sylvia Walby asume la posición que habla más claramente "en favor" de mantener la validezdel vocabulario teórico del momento moderno (macrosocioIógico).Pero muchas otras hablan desde las distintas posiciones características de este periodo, y sostienen, porejemplo, que el feminismo debe mantener el ímpetu político implícito en la aspiración a la universidad; oseñalan las posibles perdidas que conllevaría cualquier abandono general de las áreas de estudiotradicionalmente asociadas con la sociología o la economía política. Uno de los objetivos de presentar unadiscusión de este tipo es mostrar que, en cierta medida, hay cuestiones que van y vienen en el tiempo, yque, en consecuencia, puede resultar difícil determinar la novedad u originalidad de los distintosplanteamientos.Al considerar los relativos puntos fuertes de los feminismos de los años setenta y noventa, no se proponeuna perspectiva única y común, sino que se previene contra dos de las posibles respuestas. Rechazaríamossin duda la teleología simplista de suponer que la teoría más reciente es, por lo tanto, mejor, y que la mejorteoría de todas es la de la posición desde la cual, da la casualidad, nosotras estamos hablando en estosmomentos. Este modelo de progreso teórico, muy influido por la concepción marxista de la tesis, la antítesisy la síntesis; es esencialmente decimonónico y moderno, y haríamos bien en desconfiar de él. Por otra parte,también hay que resistirse a la vigorosa posición contraria, según la cual nunca se dice nada nuevo y lo quepodría parecer un cambio de paradigma al final no es sino el reciclamiento de viejas discusiones con nuevasformas. Ninguna de estas posiciones es satisfactoria. Reclamar trascendencia equivale a hacer a un ladonuestra propia posición en la historia; reducir las discusiones a su contenido esencial es negar la fuerza delcontexto y del discurso. Como ha mostrado Foucault, la cuestión de lo que se puede decir, cuándo y porquién, es de crucial importancia. El tema del avance teórico ha adquirido particular pertinencia para el feminismo contemporáneo, debidoa la tan discutida polémica entre "igualdad" y "diferencia". Ya es bastante fácil etiquetar la posición de losaños setenta como la versión del polo de la "igualdad" y la de los ochenta como representante del polo de la"diferencia” en esta dicotomía. Gran parte del pensamiento feminista contemporáneo se ha apartado de esto1 Susan Bordo, "Feminism, Postmodernism, and Gender-Scepticism", p. 149.2 Christine di Stefano, "Dilemmas of Difference: Feminism, Moderniry and Posrmodemism", p. 78.
  6. 6. para poner en tela de juicio las estructuras binarias en torno a las que giran esos planteamientos. La críticade las dicotomías, los dualismos, las falsas opciones entre una u otra cosa, se han convenido en uno de lostemas más importantes del discurso feminista. Moira Gatens sostiene aquí, por ejemplo, que la escuela de laécriture féminine no mantiene (como a menudo se afirma) una posición esencialista de la "diferencia", sinoque trata de dar el paso mucho más radical de desestabilizar la oposición binaria misma entre igualdad ydiferencia. Joan Scout va todavía más lejos en cuanto a la crítica de esta oposición, y explica con elocuenciacómo la elección entre igualdad y diferencia resulta un obstáculo para las feministas: "La antítesis mismaoculta la Interdependencia de ambos términos, porque la igualdad no es la eliminación de la diferencia, yésta no excluye la igualdad". Scott concluye que deberíamos rechazar esa oposición en nombre de unaigualdad que se base en las diferencias.3 Desestabilizar la oposición igualdad/diferencia también nos puede llevar a maravillarnos del empeño conque las feministas hemos construido una falsa polaridad a partir de la cual dividimos. Porque la diferencia noes un absoluto, sino que se construye de diversos modos, según lo que se percibe como sobresaliente en uncontexto particular. Sin embargo, es más difícil tratar la cuestión de si las feministas pueden o deberíandesestabilizar la oposición binaria entre hombres y mujeres que da a la categoría de mujer su significado, ycómo podrían o deberían hacerlo. Como ha señalado Denise Riley, "mujer" es sin duda una categoríainestable, pero sus inestabilidades son la materia misma de la política feminista.4 Obliterar la oposiciónhombre/mujer es, pues, un paso que edifica sobre arena la lucha feminista en cuanto tal. Este aspecto nos devuelve a la condición ambigua de la teoría. Los conceptos y categorías a través delos que nos apropiamos, analizamos y construimos el mundo tienen una historia en la que estamosinvolucradas nosotras mismas. Parte de la resistencia a las ideas y vocabularios del postestructuralismo,posmodernismo o postilustración se deriva de esta noción. Porque más allá de la resistencia más simple delos que han encontrado todo lo que necesitan en teorizaciones de un momento anterior, está unreconocimiento más problemático de que esos discursos teóricos construyen y están inscritos en el mundoque han contribuido a formar. El feminismo -como concluye en su ensayo Griselda Pollock- es "unaintervención en la historia, inspirada por conocimientos históricos, que quiere decir no olvidar, en el acto dela crítica necesaria, la historia del feminismo occidental". Para el feminismo no hay escapatoria completa deuna historia moderna de un movimiento igualitario y de emancipación. Por último, la crítica del pensamiento moderno y universalista no disminuye la importancia de formularuna nueva base para la aspiración política feminista. Las feministas han avanzado mucho desde la negaciónhasta la afirmación de la especificidad y la diferencia, y en el curso de estos cambios se han topado conlimitaciones y con el valor de una política basada en las identidades. Forjar una base común a través de lasdiferencias aparece hoy como un objetivo más que como algo dado: un proceso -como dice ChandraTalpade Mohanty- de participación más que de descubrimiento. Las cuestiones estratégicas que están frenteal feminismo contemporáneo hoy se inspiran en un conocimiento mucho más rico de la heterogeneidad y ladiversidad, pero siguen girando en torno a las alianzas, coaliciones y bases comunes que dan sentido a laidea del feminismo. Michele Barrett y Anne Phillips3 Joan Scon, "Dcconstructing Equality-Vcrsus-Diflcrence", pp. 138, 146.4 Denise Rilcy. "Am 1 That Namt?": Ftminism aná tht Caugory of"Womm" in History, p. 5.
  7. 7. BIBLlOGRAFÍA-Bordo, Susan, "Feminism, Postmodernism, and Gender-Scepticism", en Linda Nicholson (comp.),FeminismlPostmodernism, Londres: Roudedge, 1990, pp. 133-156 .-Riley, Denise, “Am I That Name?” Feminism and the Category of "Women " in History, Basingstoke: Macmillan, 1988.-Scott, Joan, "Deconstructing Equality-Versus-Difference", en Marianne Hirsch y Evelyn Fox Keller (comps.), Conflicts inFeminism, Nueva York y Londres: Routledge, 1990.-Stefano, Christine di, "Dilemmas of Difference: Feminism, Modernity and Postmodernism", en Linda Nicholson,FeminismlPostmodernism, pp. 63-82.

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