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  • 1. TÚ SABES QUE ME ADORAS Cecily von Ziegesar Traducido por Mary Solari y Patricia Lightowler-Stahlberg
  • 2. CosasdeChicas.net temas anterior siguiente • envía una pregunta respuestaTodos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mí. ¡Qué hay, gente! Bienvenidos al Upper East Side de Nueva York, don- de mis amigos y yo vivimos en enormes y fabulosos pisos y vamos a exclusivos colegios de pago. No siempre somos la mejor gente del mundo, pero lo compensamos porque somos guapos y tenemos buen gusto. Se aproxima el invierno. Es la estación favorita de la ciudad, y la mía también. Los chicos van a Central Park a jugar al fútbol o hacer lo que hagan los chicos en esta época del año y acaban con trocitos de hojas secas en el pelo y en el jersey. ¡Y las mejillas sonrojadas! ¡No hay nada más irresistible! Es hora de sacar las tarjetas de crédito y pasarse por Bendels y Barneys a comprar unas botas chulas, medias de red, falditas cortas de lana y deliciosos jerséis de cash- mer. La ciudad se siente un poco más chispeante en esta época del año y nosotros no queremos quedarnos atrás. Desgraciadamente, también es la época de rellenar nuestras solicitudes para la universidad. La gente que pertenece a nuestras familias y colegios tiene, sin lugar a otra opción, que entrar en las universidades de la Ivy League , las más prestigiosas del país, y no hacerlo sería 1 una vergüenza. Hay una gran presión, pero me niego a dejarme hundir por ella. Este es el último curso del colegio y vamos a disfrutarlo a tope, además de entrar 4
  • 3. en la universidad que elijamos. Tenemos la sangre másazul de la Costa Este, estoy segura de que podremosencontrar la forma de ir a misa y repicar las campanas ala vez, como siempre lo hemos hecho. Conozco a un grupo de chicas que tampoco se deja-rá hundir por la presión... Visto por ahí B con su padre, comprando gafas de sol en el G u c c ide la Quinta Avenida. Como él no podía decidirse entrelas de cristales color rosa y las azul bebé, se compró lasdos. ¡No puede negar que es gayl N y sus colegas enBarnes & Noble, en la Ochenta y Seis con Lexington,buscando las mejores fiestas de cada universidad en LaGuía de la Información Privilegiada sobre las Universida-des. S haciéndose una limpieza de cutis en el Aveda delcentro. Y D, mirando soñador a los patinadores delRockefeller Center y escribiendo en una libreta. Unpoema sobre S, seguramente, ¡qué romántico es! Ade-más, B, depilándose las ingles en el J. Sisters Salón.Poniéndose guapa para... 1 Por si te quieres apuntar, aquí están. Se las llama la "Ivy League",la liga de la hiedra, probablemente porque sus edificios son de ladrillo vis-to recubierto de hiedra en algunos casos. • Brown University • Columbia University • Cornell University • Dartmouth College • Harvard University • University of Pennsylvania • Princeton University • Yak University 5
  • 4. ¿ESTÁ B R E A L M E N T E P R E P A R A D A P A R AD A R E L S I G U I E N T E PASO? Lleva hablando de ello desde que acabó el verano yNy ella volvieron de las vacaciones. Luego se presentóS y los ojos de N comenzaron a mirar hacia otro sitio,por lo que B decidió castigarlo haciéndolo esperar.Pero ahora S tiene a D y N ha prometido serle fiel a B.Ya es hora. Después de todo, nadie quiere llegar a la universidadsiendo todavía virgen. Seguiré los acontecimientos con atención. Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 6
  • 5. Alguien va a misa, pero no pueden repicar las campanas - P o r Blair, mi Bear -dijo el señor Harold Waldorf, 1Esq. Elevó su copa de champán para chocarla contra lade Blair-. Sigues siendo mi pequeñina, aunque llevespantalones de cuero y tengas un novio cachas -le diri-gió una refulgente sonrisa a Nate Archibald, que se sen-taba junto a Blair ante la pequeña mesa del restaurante.El señor Waldorf había elegido Le Giraffe para aquellacena especial porque era pequeño e íntimo, estaba demoda, la comida era fabulosa y todos los camarerostenían un acento francés de lo más sexy. Blair Waldorf metió la mano bajo el mantel y leapretó la rodilla a Nate. La luz de las velas la estabaponiendo cachonda. "Si papá supiese lo que vamos ahacer después de esto", pensó como flotando. Chocó sucopa contra la de su padre y tomó un gran trago dechampán. -Gracias, papá -dijo-. Gracias por venir hasta aquísólo para visitarme. El señor Waldorf dejó su copa y se secó los labioscon unos golpecitos de la servilleta. Tenía las uñas bri-llantes y perfectamente arregladas. - O h , no he venido por ti, querida. He venido parafardar. —Poniendo la cabeza de lado, frunció los labioscomo una modelo que posa para una foto-. ¿No estoyguapísimo? 2 Oso. Aquí es un término cariñoso, como si el padre la llamase: miosito de peluche. 7
  • 6. Blair le clavó las uñas en la rodilla a Nate. Tenía quereconocer que su padre estaba guapísimo. Había perdi-do unos diez kilos, estaba moreno, vestía una ropafrancesa divina, y parecía feliz y relajado. Sin embargo,se alegró de que él dejase a su novio en su chateau deFrancia. Todavía no estaba preparada para verle hacien-do demostraciones de afecto en público a otro hombre,por muy guapo que estuviese. - ¿ P o d e m o s pedir? -dijo, cogiendo la carta. - Y o voy a tomar carne -anunció Nate. Le daba unpoco igual qué comer. Lo que quería era que la comidase acabase pronto. No porque le molestase salir con elprovocador padre de Blair: era bastante divertido ver logay que se había vuelto. Pero Nate estaba ansioso por ira la casa de Blair. Finalmente, ella había accedido ahacerlo. Y ya era hora. - Y o también -dijo Blair, cerrando su carta sin mirarlaapenas-. Carne -no tenía intención de comer mucho,aquella noche no. Nate le había jurado que ya no existíanada entre él y Serena van der Woodsen, su compañe-ra de clase y ex amiga íntima. Estaba dispuesto a dedi-carse a Blair de lleno. A ella le daba igual si era carne,mejillones, sesos o lo que fuese, ¡por fin iba a perder suvirginidad! -Y yo también -dijo su padre-. Trois steaks au poivre-le dijo al camarero con perfecto acento francés-. Y elnombre de la persona que le corta el pelo. Tiene uncorte divino. A Blair se le subieron los colores. Cogió un colín de lacesta y lo mordió. La voz y el amaneramiento de su padreeran completamente diferentes de los que tenía hacíanueve meses. Antes era un abogado conservador y trajea-
  • 7. do, siempre alerta y pulcro. Respetable. Ahora estabatotalmente afeminado, con aquellas cejas depiladas y lacamisa color lavanda a juego con los calcetines. La hacíamorirse de vergüenza. Después de todo, era su padre. El año anterior, la salida del armario del padre deBlair y su subsiguiente divorcio habían sido la comidi-lla de toda la ciudad. Ahora casi todos lo habían supe-rado y el señor Waldorf podía mostrar su guapo rostrodonde quisiese. Pero ello no quería decir que los otroscomensales de Le Giraffe no estuviesen prestándoleatención. Desde luego que lo estaban. - ¿ H a s visto sus calcetines? -una heredera entrada enaños le susurró a su aburrido esposo-. A rombos lilas ygrises. - ¿ N o te parece que se ha puesto demasiados potin-gues en el pelo? Pero ¿quién se cree que es, Brad Pitt?-le preguntó un famoso abogado a su mujer. - S u figura es mejor que la de su ex mujer, estoy segu-ro - c o m e n t ó uno de los camareros. Para todos era muy divertido, excepto para Blair. Porsupuesto que quería que su padre fuese feliz, y no habíaproblema con que fuese gay, pero, ¿era necesario quemostrase tanto el plumero? Blair vio por la ventana las luces de la calle parpadean-do en el fresco aire otoñal. Columnas de humo se eleva-ban de las chimeneas de las lujosas casas de la acera deenfrente, en la Sesenta y Cinco. Por fin llegaron sus ensaladas. - ¿ Q u é has decidido entonces, sigues pensando enYale para el año que viene? -dijo el señor Waldorf, pin-chando un trozo de endibia-. Allí es donde quieres ir,¿verdad, Bear? ¿A mi vieja alma mater?
  • 8. Blair dejó el tenedor de la ensalada y se apoyó en elrespaldo de la silla, dirigiendo a su padre sus bonitosojos azules. -¿Adonde más podría ir? -dijo, como si Yale fuese laúnica universidad del planeta. Blair no podía comprender cómo alguien podía soli-citar admisión en seis o siete universidades, algunas deellas malísimas. Ella era una de las mejores alumnas delúltimo curso del Colegio Constance Billard para Niñas,un pequeño y elitista colegio de pago para chicas en lacalle Noventa y Tres Este. Todas las chicas del Cons-tance irían a buenas universidades. Pero Blair nunca secontentaba con algo que fuese sólo bueno. Tenía quetener lo mejor de todo, sin concesiones. Y la mejor uni-versidad, en su opinión, era Yale. -Entonces, supongo que esas otras universidadescomo Harvard y Cornell - r i ó su padre- tendrían quemandarte cartas de disculpa por atreverse a insinuarque estudies en ellas, ¿no? Blair se encogió de hombros y se miró las uñasrecién arregladas. -Quiero ir a Yale, eso es todo. Su padre le dirigió una mirada a Nate, pero Natebuscaba algo de beber. Odiaba el champán. Lo querealmente quería era una cerveza, aunque nunca pare-cía apropiado pedir una en un sitio como Le Giraffe.Montaban el numerito de traerte un vaso helado y lue-go te servían la Heineken como su fuese algo especial,cuando en realidad era la misma mierda que tomabas encualquier partido de baloncesto. - ¿ Y tú, Nate? - p r e g u n t ó el señor Waldorf-. ¿Adon-de piensas ir?
  • 9. Blair ya se sentía nerviosa por la cuestión de perder suvirginidad, y aquella charla sobre la universidad sólo con-seguía empeorar las cosas. Empujó su silla y se puso de piepara ir al cuarto de baño. Sabía que era repugnante y quetenía que dejar de hacerlo, pero cada vez que se sentíanerviosa, se provocaba el vómito. Era su único vicio. En realidad, no es precisamente cierto, pero dejemoseso para más tarde. -Nate irá a Yale conmigo -le dijo a su padre. Luego,se dio la vuelta y se alejó con paso confiado por el res-taurante. Nate la vio marcharse. Estaba guapísima con su topnuevo de seda negra que le dejaba la espalda al aire, consu oscuro cabello liso cayéndole entre los omóplatosdesnudos y los pantalones de cuero ajustándole lascaderas. Tenía aspecto de haberlo hecho muchísimasveces. Los pantalones de cuero suelen dar esa sensación. -¿Así que tú también vas a Yale? -dijo el señor W a l -dorf cuando Blair se marchó. Nate miró su copa de champán con el ceño frunci-do. Tenía unos deseos enormes de tomarse una cerveza.Y tenía unas dudas enormes de que lo admitiesen enYale. U n o no puede levantarse, fumarse un peta, hacerun examen de cálculo y pretender entrar en Yale, esalgo imposible. Y aquello era lo que él había estadohaciendo últimamente. Y mucho. -A mí me gustaría ir a Yale -dijo-, pero creo queBlair va a tener un disgusto. Me refiero a que mis notasdejan mucho que desear. -Entre tú y yo -dijo el señor Waldorf, haciendo unguiño-, creo que Blair es un poco dura con las demás 11
  • 10. universidades del país. Nadie dice que tengas que ir aYale. Hay muchas otras universidades. - S í -asintió Nate con la cabeza-. Brown parece guay.Tengo una entrevista allí la semana que viene -dijo-.Aunque también allí resultará difícil. En el último exa-men de matemáticas saqué un aprobado apenas, y esoque no estoy haciendo el Programa Avanzado -recono-ció-. Blair ni siquiera considera a Brown una universi-dad, ¿sabe? Porque piden menos nota y eso. -Blair es tremendamente exigente -dijo el señorWaldorf. Bebió su champán con el dedo meñique tie-so-. Se parece a mí. Nate miró de reojo a los demás clientes del restau-rante. Se preguntó si creerían que el señor Waldorf y éleran pareja. Para acallar semejantes especulaciones, seestiró de los puños y carraspeó de forma muy viril. Blairle había regalado el jersey el año anterior y él se lo habíapuesto varias veces recientemente para que no creyeraque deseaba romper con ella o engañarla o hacer algu-na de esas cosas que la preocupaban. - N o sé -dijo, cogiendo un panecillo de la cesta. Lopartió con violencia-. Sería guay tomarme un año sabá-tico e irme a navegar con mi padre, ¿sabe? Nate no comprendía por qué uno tenía que trazartoda su vida a los diecisiete años. Habría tiempo desobra para seguir estudiando después de tomarse unaño o dos para ir a navegar por el Caribe o ir a esquiara Chile. Y, sin embargo, todos sus compañeros delColegio St. Judes para Varones planeaban ir directa-mente a la universidad y luego hacer un posgrado.Nate opinaba que estaban entregando su vida sin pen-sar realmente en lo que querían hacer. Por ejemplo, a12
  • 11. él le encantaba el ruido que hacía el frío Atlántico alchocar contra la proa de su barco y deshacerse en espu-ma. Le encantaba la sensación del sol caliente en suespalda cuando izaba las velas. Le encantaba la formaen que el sol lanzaba un relámpago verde antes de hun-dirse en el océano. Nate se imaginaba que habríamuchas cosas por el estilo en el mundo y quería expe-rimentarlas todas. Mientras ello no requiriese mucho esfuerzo. No se ledaba bien hacer esfuerzos. -Pues a Blair no le sentará nada bien enterarse deque piensas tomarte un tiempo -dijo el señor Waldorfcon una risilla ahogada-. Supuestamente, iréis a Yalejuntos y os casaréis y seréis felices y comeréis perdices. Nate siguió a Blair con la mirada cuando ésta volviócon la cabeza alta. Todos los demás clientes la mirarontambién. No era la mejor vestida, la más delgada o lamás alta del restaurante, pero parecía brillar un poqui-to más que el resto. Y lo sabía. Llegaron los filetes y Blair atacó el suyo, bajándolocon grandes tragos de champán y montones de puréde patatas con mantequilla. Observó la forma tan sexyen que le latía a Nate la sien cuando masticaba. Noveía el momento de marcharse de allí. No veía elmomento de hacerlo con el chico con el que planeabapasar el resto de su vida. ¿Podía haber algo mejor queeso? Nate no pudo evitar darse cuenta de la forma tanexaltada en que Blair blandía el cuchillo. Cortaba la car-ne en grandes trozos y los masticaba ferozmente. Lehizo preguntarse si ella sería igual de apasionada en lacama. Habían tonteado bastante, pero él siempre había 13
  • 12. sido quien tomaba la delantera. Blair siempre se queda-ba quieta, haciendo todos los ruidos que las chicashacen en las pelis, mientras él la acariciaba. Pero estanoche Blair parecía más impaciente, más hambrienta. Por supuesto que estaba hambrienta. Acababa devomitar. - N o te sirven comida como ésta en Yale, Bear -ledijo el señor Waldorf a su hija-. Comerás pizza y ham-burguesas con patatas en el colegio mayor, con todo elmundo. Blair arrugó la nariz. No había comido hamburgue-sas con patatas en su vida. - ¡ Q u é va! -dijo-. Además, Nate y yo no viviremosen un colegio mayor. Vamos a tener nuestra propia casa-le acarició el tobillo a Nate con la puntera de la bota-.Aprenderé a cocinar. - ¡ Q u é suerte tienes! -le dijo el señor Waldorf aNate, arqueando las cejas. Nate sonrió y lamió el puré de su tenedor. No iba adecirle a Blair que el pequeño sueño de que ambosviviesen juntos en un apartamento fuera del campus enNew Haven era más absurdo que la idea de que ellacomiese hamburguesas con patatas. No quería decirnada que la alterase. -Calla, papá -dijo Blair. Les retiraron los platos. Impaciente, Blair giró una yotra vez la pequeña sortija con el rubí de su dedo meñi-que. Rechazó con un movimiento de cabeza el café y elpostre y se puso de pie para dirigirse al cuarto de bañode señoras nuevamente. Dos veces durante una mismacomida era una exageración, incluso para ella, peroestaba tan nerviosa que no podía evitarlo.14
  • 13. Gracias a Dios que Le Giraffe tenía unos cuartos debaño tan agradables. Cuando Blair salió, todos los camareros aparecieronen fila por la puerta de la cocina. El maitre llevaba unatarta decorada con velitas titilantes. Dieciocho, porquehabía una extra para desear buena suerte. O h , Madre Santa. Blair volvió a la mesa taconeando sus altísimas botasde fina puntera y se sentó, lanzándole una mirada furio-sa a su padre. ¿Por qué tenía que montar el número?Faltaban tres putas semanas para que fuese su cumple-años. Se bebió otra copa de champán de un trago. Los camareros y los cocineros rodearon la mesa. -¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz...! Blair le cogió la mano a Nate y se la apretó con fuerza. - ¡ H a z que paren! -susurró. Pero Nate se quedó allí, sonriente como un gilipo-llas. Le gustaba cuando Blair se sentía avergonzada. Nole sucedía normalmente. Su padre fue más comprensivo. Cuando se dio cuen-ta de lo incómoda que se encontraba, aceleró el ritmo yacabó la canción rápidamente. Los empleados del restaurante aplaudieron cortes-mente y volvieron al trabajo. - S é que es un poco pronto -dijo el señor Waldorf,disculpándose-. Pero tengo que marcharme mañana ylos diecisiete son un cumpleaños muy importante. Nocreía que te fuese a molestar. ¿Molestar? A nadie le gusta que le canten en públi-co. A nadie. En silencio, Blair sopló las velitas y examinó la tarta.Estaba decorada de forma muy elaborada, con una 15
  • 14. Quinta Avenida de azúcar y zapatitos de tacón de maza-pán pasando frente a H e n r i Bendel, su tienda favorita.Era una exquisitez. -Esto es para ti, que te fascinan tanto los zapatos-dijo su padre, esbozando una sonrisa radiante. Sacó unpaquete envuelto para regalo de bajo la mesa y se lo dioa Blair. Blair sacudió la caja, reconociendo por experiencia elsonido hueco que hace un par de zapatos nuevos cuan-do uno los sacude dentro de su caja. Arrancó el papel.M A N O L O B L A H N I K , ponía en grandes letras en latapa de la caja. Blair contuvo el aliento y levantó la tapa.Dentro había un par de maravillosos zapatos hechos amano, de piel color peltre con adorables taconcitos. Tres fabulous. -Te los compré en París -dijo el señor Waldorf-.Son de edición limitada. Seguro que eres la única quelos tiene en toda la ciudad. -Son fantásticos -exclamó Blair. Se puso de pie y rodeó la mesa para abrazar a supadre. Los zapatos compensaban que la hubiese humi-llado en público. No sólo eran ultraguapos, sino que,además, eran exactamente lo que se pondría más tarde,cuando se acostase con Nate. Lo único que se pondría. ¡Gracias, papá! 16
  • 15. Para qué sirven de verdad las escalinatas del Museo Metropolitano de Arte -Sentémonos en el fondo -dijo Serena van derWoodsen a Daniel Humphrey cuando entró en el largolocal de Serendipity 3, en la calle Sesenta Este. La vie-ja hamburguesería estaba a rebosar de padres que lleva-ban a sus niños a comer la noche libre de la niñera. Elaire vibraba con los chillidos de los niños, mientras can-sadas camareras se afanaban con enormes copas de hela-do, chocolate caliente helado y perritos extralargos. Dan había planeado ir a algún sitio más románticocon Serena, que fuese tranquilo y con luz tenue. Unsitio donde se pudiesen tomar de las manos y hablar yconocerse sin que les interrumpiesen padres enfadadosque regañaban a niñitos de engañosa apariencia angeli-cal vestidos en Brooks Brothers. Pero Serena habíaquerido ir allí. Quizá ella tenía antojo de helado, o quizá sus expec-tativas no eran las mismas que las de él. - ¿ N o es genial? - e x c l a m ó ella, entusiasmada-.Mi hermano E r i k y yo siempre veníamos una vezpor semana y comíamos la copa de menta - c o g i ó unacarta y la e s t u d i ó - . Sigue siendo el mismo. Me en-canta. Dan sonrió y se apartó el desparejo flequillo de losojos. La verdad era que le daba igual donde estaba,mientras estuviese con ella. 3 El East Side es el lado más pijo de Nueva York, donde viven losmillonarios como Serena. El Upper West Side es más intelectual, dondeestán los artistas, actores y escritores, como el padre de Dan. 17
  • 16. Dan era del West Side y Serena del East Side . Él 3vivía con su padre, que se autodefinía como un intelec-tual y era editor de poetas poco conocidos de la genera-ción Beat, y su hermanita, Jenny, que estaba en novenodel Constance Billard, la misma escuela donde iba Sere-na. Vivían en un cochambroso piso del Upper West Sideque no había sido reformado desde 1940. La única per-sona que hacía limpieza de vez en cuando era su enormegato, Marx, un experto en matar y comer cucarachas.Serena vivía con sus padres, unos millonarios que perte-necían a todos los consejos de las grandes institucionesde la ciudad, en un enorme ático decorado por un famo-so decorador, con vistas al Museo Metropolitano deArte y a Central Park. Tenía una criada y una cocinera aquienes les podía pedir que le hiciesen una tarta o lehiciesen un capuchino en cualquier momento. Enton-ces, ¿qué hacía ella con Dan? Sus vidas se habían cruzado hacía pocas semanas, alhacer una prueba para una película dirigida por la ami-ga de Dan y compañera de clase de Serena, VanessaAbrams. Serena no consiguió el papel, y Dan casi per-dió las esperanzas de volverla a ver, pero se habíanreencontrado en un bar de Brooklyn. Se habían visto yhablado por teléfono un par de veces desde entonces,pero ésta era su primera cita. Serena había vuelto a la ciudad el mes pasado,cuando la echaron del internado. Al principio, se sin-tió feliz de haber vuelto, pero luego descubrió queBlair Waldorf y todos sus otros amigos habían decidi-do pasar de ella. Serena todavía no sabía qué habíahecho tan terrible. Cierto era que no se había mante-nido en contacto con nadie y que quizá se había jacta-18
  • 17. do un poco sobre lo mucho que se había divertido enEuropa durante las vacaciones. Tanto, que no habíavuelto a tiempo para el primer día de clase en la Acade-mia Hanover de N e w Hampshire. El colegio se habíanegado a readmitirla. Su antiguo colegio, el Constance Billard, era máscomprensivo, aunque las chicas no. Serena ya no teníani un solo amigo en Nueva York, así que le había cau-sado mucha ilusión conocer a Dan. Era divertido cono-cer a alguien tan diferente de ella. Dan quería pellizcarse cada vez que miraba los oscu-ros ojos azules de Serena. Estaba enamorado desde laprimera vez que posó la mirada sobre ella, en una fies-ta en noveno curso, y tenía la esperanza de que ahora,dos años y medio más tarde, ella también se enamora-se de él. -Pidamos las copas más grandes de la carta -dijoSerena-. Podemos intercambiarlas cuando hayamoscomido la mitad para no aburrirnos. Ella pidió la copa triple de menta con extra de salsade chocolate y él pidió un banana split de café. Dancomía cualquier cosa que tuviese café. O tabaco. - ¿ Q u é tal? -dijo Serena, señalando el libro que aso-maba por el bolsillo del abrigo de él-, ¿es bueno? El libro era Sin salida de Jean Paul Sartre, un relatoexistencialista de inadaptados en el purgatorio. - S í . Es, no sé, divertido y deprimente -dijo D a n - .Pero tiene muchas cosas que son verdad, supongo. ;De que va: - E l infierno, ¡Anda hombre! -exclamó Serena riendo-. ;Siem-pre lees libros así? 19
  • 18. Dan sacó un cubito de hielo de su vaso de agua y selo metió en la boca. -¿Así cómo? -Pues, no sé, sobre el infierno -dijo ella. - N o , siempre no -dijo él. Acababa de terminar deleer Las desventuras del joven Werther, que iba de amor. Ydel infierno. A Dan le gustaba considerarse un alma atormentada.Prefería las novelas, obras de teatro y libros de poesíaque revelaban el trágico absurdo de la vida. Eran lacompañía perfecta del café y el tabaco. -A mí me cuesta trabajo leer -confesó Serena. Llegaron sus copas. Apenas si se podían ver por enci-ma de las montañas de helado. Serena hundió la largacucharilla en la copa y sacó un trozo enorme. A Dan lemaravilló el largo y delgado ángulo de su muñeca, eltenso músculo de su brazo, el dorado brillo de su cabe-llo rubio platino. Ella estaba a punto de ponerse las botas con unacopa de helado que daba asco de lo grande que era,pero para él era una diosa. - M e refiero a que puedo leer, obviamente -continuóSerena-, lo único es que tengo dificultad en concentrarme.Se me va la olla y pienso en lo que haré por la noche, o enalgo que necesito comprar, o en algo gracioso que sucedióhace un año o cualquiera de esas cosas -tragó la cucharadade helado y miró los comprensivos ojos de Dan-. No ten-go capacidad de concentración -dijo con tristeza. Aquello era lo que más le gustaba a Dan de Serena.Tenía la habilidad de estar triste y feliz a la vez. Eracomo un ángel solitario, flotando encima de la superfi-cie de la tierra, riéndose regocijada porque podía volar,20
  • 19. pero llorando porque se sentía sola. Serena convertíatodo lo ordinario en extraordinario. Las manos de Dan temblaron al cortar la punta delplátano bañado en chocolate con la cuchara. Masticó ensilencio. Deseaba decirle a Serena que él le leería. Queél haría lo que fuese por ella. El helado de café se derri-tió y chorreó por el borde de su copa. Dan intentó queel corazón no se le escapase del pecho. - E l año pasado tuve un profesor genial de Inglés enRiverside -dijo cuando recobró el control-. Decía quela mejor forma de recordar lo que lees, es leer un pococada vez. Saborear las palabras. A Serena le encantaba la forma de hablar de Dan. Suforma de decir las cosas le producía deseos de recordar-las. Sonrió y se pasó la lengua por los labios. -Saborear las palabras -repitió, y sus labios se curva-ron en una sonrisa. Dan tragó un trozo de su plátano sin masticarlo ycogió su vaso de agua. Dios, era hermosa. -Seguro que tú eres, no sé, de sacar todo sobresa-lientes y has presentado tu solicitud a Harvard por ade-lantado, ¿a que sí? -dijo Serena. Cogió un trozo debastón de menta y lo chupó. - ¡ Q u é va! -dijo Dan-. No tengo ni idea. O sea, sí quequiero ir a algún sitio que me ofrezca un buen programade escritura, pero todavía no sé dónde. El asesor del cole-gio me dio una lista larguísima y tengo todos los foñetosde las universidades, pero aún no sé lo que voy a hacer. -Yo tampoco. Pero seguramente iré a visitar Brownpronto -dijo Serena-. Mi hermano está allí. ¿Quieres venir? Dan ahondó en la profundidad de los ojos femeninos,intentando darse cuenta si ella sentía tanta pasión por él 21
  • 20. como la que él sentía por ella. Cuando ella dijo "¿Quieresvenir?", ¿quería decir en realidad: "Pasemos el fin de sema-na juntos, tomados de la mano, mirándonos a los ojos ybesándonos durante horas", o quería decir: "Vayamos jun-tos porque estaría bien y sería divertido que me acompaña-se un amigo"? No podía negarse fuese lo que fuese. Lehabría dado igual que ella dijese Brown o Universidad dePerdedores de Imbecilandia. Serena lo había invitado a ir yla respuesta era sí. Iría a donde fuese con ella. - B r o w n -dijo, como si estuviese reflexionando-. Sesupone que tienen un buen programa de escritura allí. Serena sonrió, peinándose el largo cabello rubio conlos dedos. -Entonces, ven conmigo. Iría, claro que iría. Se encogió de hombros. -Se lo diré a mi padre -dijo, simulando indiferencia.No se atrevía a mostrarle a Serena que por dentro esta-ba saltando y corriendo en círculos como un cachorri-llo emocionado. Le dio miedo asustarla. - D e acuerdo, ¿preparado? Cambiemos -dijo Serena,empujando su copa hacia Dan. Cambiaron las copas y cada uno probó el helado delotro. En cuanto las papilas gustativas registraron losnuevos sabores, sus rostros se contorsionaron en sendasmuecas de asco y ambos sacaron la lengua. La menta yel café no casaban. Dan esperaba que aquello no fueseuna señal. Serena recobró su copa y clavó la cucharilla paraemprender la última etapa. Dan tomó un par de cucharadas más y dejó la cucharilla. -¡Madre de Dios! -dijo, apoyándose en le respaldo ycogiéndose el estómago-. Ganas tú.22
  • 21. La copa de ella estaba medio llena, pero Serena dejóla cucharilla también y se desabrochó el botón de losvaqueros. -Estamos empatados -dijo, con una risilla. -¿Quieres que demos un paseo? -propuso Dan.Cruzó los dedos de las manos y de los pies y los apretótan fuerte que se le pusieron azules. -Genial -dijo Serena. La Sesenta estaba silenciosa para ser viernes. Se diri-gieron hacia el Oeste, hacia Central Park. En Madison sedetuvieron en Barneys y miraron el escaparate. Todavíaquedaba alguna gente tras los mostradores de la secciónde cosméticos, preparándolo todo para el aluvión decompradores del sábado por la mañana. - N o sé lo que haría sin Barneys -suspiró Serena,como si la tienda le hubiese salvado la vida. Dan sólo había estado en los famosos almacenes unavez en su vida. Se había dejado llevar por su imaginacióny se había comprado allí un esmoquin de marca carísimocon la tarjeta de crédito de su padre, fantaseando que selo pondría para bailar con Serena en una fiesta de postín.Pero luego había vuelto a la realidad. Odiaba las fiestasde postín, y hasta hacía dos días había pensado que Sere-na nunca cruzaría ni dos palabras con él. Así que habíadevuelto el esmoquin. Ahora sonrió al recordarlo. Serena había cruzado másde dos palabras con él, desde luego. Le había invitado apasar el fin de semana con ella. Se estaban enamorando.Quizá acabasen yendo a la misma universidad y pasandoel resto de la vida juntos. 23
  • 22. Cuidado, Dan, que la imaginación se te ha desatadonuevamente. En la Quinta Avenida, cerca de la esquina del par-que, subieron hacia el centro, en dirección al PierreHotel, donde los dos habían ido a un baile formal enel décimo curso. Dan recordó haber contemplado aSerena, deseando conocerla, mientras ella reía consus amigos alrededor de una mesa. E l l a llevaba unvestido verde sin tirantes que le daba a su pelo rubioreflejos iridiscentes. Estaba enamorado de ella desdeentonces. Pasaron frente a la consulta del ortodoncista deSerena y de la vieja mansión Frick, que ahora era unmuseo. Dan deseó entrar y besar a Serena sobre una delas hermosas camas antiguas del interior. Quería vivirallí con ella, como refugiados en el paraíso. Siguieron caminando por la Quinta Avenida, másallá del edificio de Blair Waldorf, en la calle Setenta yDos. Serena elevó la vista. Conocía a Blair desde primergrado y había ido al piso de los Waldorf cientos deveces, pero ahora ya no era bien recibida allí. Serena sabía que ella tenía parte de la culpa. Lo quehabía molestado a Blair más que nada no era solamen-te que Serena hubiese perdido el contacto con su anti-guo grupo de Nueva York , ni que estuviese de fiesta enfiesta en Europa mientras los padres de Blair se divor-ciaban. Lo que realmente había avinagrado su amistadera que Serena y Nate se hubiesen acostado juntos elverano anterior a que Serena se fuese al internado. Habían pasado casi dos años y Serena sentía como siaquello le hubiese pasado a otra chica en una vida total-mente distinta. Serena, Blair y Nate habían sido un trío24
  • 23. inseparable. Serena tenía la esperanza de que Blair loconsiderase como una de esas cosas locas que sucedenentre amigos y la hubiese perdonado. Había sido unasola vez y nunca más. Además, Blair seguía con Nate.Pero Blair se había enterado de ello hacía poco y noestaba dispuesta a perdonarla. Sacó un cigarrillo de su bolso y se lo metió en laboca. Se detuvo y encendió el mechero. Dan esperó aque ella lanzase una nube de humo gris al frío aire. Ellase envolvió más en el gastado abrigo Burberry a cua-dros. -Vamos a sentarnos frente al M e t un rato -dijo-.Venga. Tomó a Dan de la mano y rápidamente recorrieron lasdiez manzanas hasta el Museo Metropolitano de Arte.Serena subió con Dan de la mano hasta llegar a la mitadde las escalinatas y se sentó. Al otro lado de la calle seencontraba el edificio donde estaba su casa. Como siem-pre, sus padres habían salido a alguna función de benefi-cencia o inauguración de arte, y las ventanas estabanoscuras y solitarias. Serena soltó a Dan de la mano y él se preguntó sihabría hecho algo equivocado. No podía leerle la men-te y aquello le estaba volviendo loco. -Blair, Nate y yo nos sentábamos en estos escalonesdurante horas a hablar de tonterías -dijo Serena connostalgia-. A veces habíamos quedado para salir y Blairy yo nos poníamos guapas, con maquillaje y todo. Lue-go Nate se presentaba con alguna botella de algo ycomprábamos cigarrillos y pasábamos de la fiesta y nossentábamos aquí -levantó la vista hacia las estrellas consus grandes ojos brillantes llenos de lágrimas-. A veces 25
  • 24. deseo - l a voz de Serena se ahogó. No sabía exactamen-te lo que deseaba, pero estaba cansada de sentirse malcon Blair y Nate- Perdona -sorbió las lágrimas y semiró los zapatos-. Espero no estar poniéndote triste. - N o , no lo estás -dijo Dan. Deseaba tomarle la mano nuevamente, pero ella lahabía metido en el bolsillo. Entonces, le tocó el codo ySerena se volvió hacia él. Aquélla era su oportunidad.D a n deseó poder pensar en algo hermoso y apasiona-do que decir, pero la emoción le impedía hablar.Antes de que los nervios le paralizasen, se inclinó y labesó en los labios suavemente. La Tierra se sacudió ensu eje. Se alegró de estar sentado. Cuando se apartó,Serena tenía los ojos radiantes. Ella se secó la nariz con el dorso de la mano y le son-rió. Luego levantó la barbilla y besó a Dan. Apenas unbesito en el labio inferior antes de inclinar la cabeza yapoyarla contra el hombro de él. Dan cerró los ojospara calmarse. "Dios mío, ¿en qué estará pensando?", se preguntódesesperado. "¿Por qué no me lo dirá?". -Oye, ¿adonde vais los chicos del West Side? -pre-guntó Serena-. ¿Tenéis un sitio como éste? - E n realidad, no -dijo Dan, con su brazo rodeándola.No quería hablar en aquel momento. Quería tomarle lamano y zambullirse desde el borde del acantilado y flo-tar de espaldas en un mar iluminado por la luna. Queríabesarla otra vez. Y otra. Y otra-. Voy al estanque duran-te el día, a veces. Por la noche sólo salimos a andar. - E l estanque -repitió Serena-. ¿Me llevarás allí? Dan asintió con la cabeza. La llevaría adonde fuese.Esperó a que Serena levantase nuevamente la cabeza26
  • 25. para volverla a besar, pero ella la mantuvo contra suhombro, inhalando el aroma a humo del abrigo de Danhasta que se le calmaron los nervios. Estuvieron así un rato más. Dan estaba tan nervioso,feliz y aturdido que ni se le ocurrió encender un ciga-rrillo. Tenía la esperanza de que se quedasen dormidosv se despertasen a la rosada luz de la aurora, unidos enun abrazo. Unos minutos más tarde, Serena se apartó. -Será mejor que me marche antes de quedarme dor-mida -dijo, poniéndose de pie. Se inclinó y le dio a Danun beso en la mejilla. Le rozó la oreja con su pelo y élse estremeció-. Nos vemos, ¿vale? Dan asintió con la cabeza. "¿Tienes que marchar-te?". No abrió la boca por miedo a que se le escapasenlas palabras que llevaban toda la noche amenazando conescapársele. "Te quiero". Aún tenía miedo de asustarla. M i r ó a Serena cruzar la calle corriendo, el rubiocabello ondeándole por detrás. El portero abrió lapuerta del edificio, la sujetó, y ella desapareció dentro. Serena subió en el ascensor haciendo tintinear lasllaves en el bolsillo del abrigo. Hacía unas semanashabría estado sentada en casa la noche del viernes, vien-do la tele y sintiendo pena de sí misma. Tenía suerte dehaberse hecho amiga de Dan. Dan se quedó unos minutos más en las escalinatasdel Met, hasta que se encendieron las luces del últimopiso del edificio de enfrente. Se imaginó a Serena qui- 27
  • 26. tándose las botas en la entrada y tirando el abrigo sobreuna silla para que lo recogiese la criada. Se pondría uncamisón largo de seda blanca y se sentaría frente a un espe-jo de marco dorado para cepillarse el cabello rubio comouna princesa de cuento. Dan se tocó el labio inferiorcon el dedo índice. ¿Le había besado de verdad? Lohabía hecho tantas veces en sueños que era casi imposi-ble pensar que había sucedido en realidad. Se puso de pie, se frotó los ojos y estiró los brazosalto, por encima de la cabeza. Dios, qué bien se sentía.Q u é curioso. De repente se había convertido en el per-sonaje que siempre odiaba en las novelas: el tío másfeliz del mundo.28
  • 27. ¡Segundo intento! - N o sé por qué tienes que irte a Brown el mismo finde semana en que yo voy a Yale -le dijo Blair desde den-tro del cuarto de baño a Nate. Este estaba echado en lacama de ella, arrastrando un cinturón de Blair sobre la col-cha para jugar con Kitty Minky, el gato ruso azul de Blair.La habitación sólo estaba iluminada con las velas, se oíaa Marcy Gray en el estéreo y Nate se había quitado lacamisa. -¿Nate? -repitió Blair, impaciente. Comenzó a qui-tarse la ropa y a dejarla apilada en el suelo del cuarto debaño. Había planeado que los dos fuesen a N e w Havenjuntos ese fin de semana. Podrían alquilar un coche yquedarse en un hotelito romántico, como si estuviesende luna de miel. - S í -respondió finalmente Nate-. No lo sé. Fueronlos de Brown los que me pusieron la entrevista este finde semana. Lo siento. Le quitó el cinturón de entre laszarpas a Kitty Minky de un tirón y lo hizo restallar en elaire sobre su cabeza, haciendo que la gata se metiesecorriendo en el armario. Luego se puso boca arriba y sequedó mirando el techo, esperando. La última vez que Blair y él habían estado a punto deacostarse juntos, Nate le había contado que lo habíahecho con Serena el verano antes de que ella se fuese alinternado. Le había parecido muy rastrero acostarsecon Blair sin que ella supiese que: A) no era la primeravez que él lo hacía y B) que lo había hecho con su exmejor amiga. Por supuesto, cuando lo confesó, Blair nohabía querido hacerlo. Se había puesto furiosa. 29
  • 28. Gracias a Dios, todo aquello había pasado. Bueno,casi. Blair acabó de atarse las tiras de sus nuevos zapatos yse echó perfume. Cerró los ojos y contó hasta tres. Uno,dos, tres. En esos tres segundos, proyectó en su cabezauna breve película, imaginándose la noche increíble queNate y ella estaban a punto de pasar. Se amaban desde lainfancia, estaban destinados a estar juntos, entregándo-se por completo el uno al otro. Abrió los ojos y se pasóel cepillo por el pelo una vez más, mirándose crítica-mente al espejo. Parecía confiada y lista. Parecía alguienque siempre conseguía lo que quería. Era la chica queiba a ir a Yale y se casaría con el muchacho. Ojalá losagujeros de su nariz no fuesen tan grandes y sus pechostan pequeños, pero qué se le iba a hacer. Empujó la puerta del baño. Nate miró y le sorprendió lo rápido que se excitó.Quizá fuese el champán o el filete. Cerró los ojos y losvolvió a abrir. N o , Blair realmente estaba fantástica. Latomó de la mano y tiró de ella hasta ponérsela encima.Se besaron, y sus labios y lenguas jugaron a los mismosjuegos que llevaban dos años jugando. Pero esta vez eljuego no sería como una sesión de cuatro horas delMonopoly, en que los jugadores acaban abandonandode puro aburrimiento. Este juego tenía un objetivo y nose detendrían hasta que comprasen cada terreno al quepudiesen echarle mano. Blair cerró los ojos y se imaginó que era AudreyHepburn en Amor por la tarde. Le encantaban las pelisviejas, especialmente en las que actuaba Audrey H e p -burn. Nunca mostraban a los personajes en la cama enaquellas películas. Las escenas de amor siempre eran30
  • 29. románticas y de buen gusto, con besos larguísimos lle-nos de amor, un vestuario maravilloso y peinados chu-lísimos. Blair intentó mantener los hombros bajos y elcuello estirado para sentirse alta, delgada y sensual enbrazos de Nate. Sin querer, Nate le dio un codazo en las costillas. -¡Ay! -dijo Blair, apartándose. No había sido suintención parecer que tenía miedo cuando lo dijo, perolo tenía, un poquito. Cary Grant nunca le daba codazosa Audrey Hepburn, ni siquiera sin querer. Siempre latrataba como a una muñequita de porcelana china. - L o siento - m u r m u r ó Nate-. Toma -cogió unaalmohada y se la puso a ella por debajo para que sushombros y su cabeza estuviesen más cómodos. Blairlevantó la cabeza sacudiendo el pelo para que le enmar-case el rostro. Luego se acercó y mordió a Nate en elhombro, dejándole una 0 de huellas blancas de dientesen la piel. - M i r a , eso es lo que te mereces por hacerme daño-le dijo, batiendo las pestañas. -Te prometo tener cuidado -dijo Nate con seriedad,deslizándole la mano por la cadera y bajando por supierna. Blair hizo una profunda inspiración e intentó relajarel cuerpo. Aquélla no era como ninguna de las escenasde amor de sus viejas pelis favoritas. No se le habíaocurrido que sería así de real ni que resultaría tan incó-moda. Nunca las cosas son tan buenas como las muestranlas películas, pero deberían ser agradables también. Nate la besó suavemente y ella le acarició la nuca einhaló el conocido olor de Nate. Alargó la otra mano
  • 30. valerosamente e intentó desabrocharle la hebilla delcinturón. - E s t á atascada -dijo, tironeando del enredo de metaly cuero. Se ruborizó, incómoda. Nunca se había senti-do así de torpe. -Déjame a mí -se ofreció Nate. Rápidamente des-abrochó la hebilla mientras Blair recorría la habitacióncon la vista. Sus ojos se posaron en un viejo retrato alóleo de su abuela cuando era niña llevando una cesta depétalos de rosa. De repente, se sintió muy desnuda. Se volvió hacia Nate, mirándolo mientras él se qui-taba los pantalones tironeando para que se le desengan-chasen de los tobillos y los pies. La entrepierna de susbóxer a cuadros rojos y blancos le sobresalía como unatienda de campaña. Blair contuvo el aliento. Luego la puerta de entrada del piso se abrió con unchirrido y se cerró con un fuerte golpe. -¿Hola? ¿Hay alguien? Era la madre de Blair. Blair y Nate se quedaron petrificados. Su madre yCyrus, el nuevo novio de su madre, se habían ido a laópera. Se suponía que tardarían horas en volver. -¿Blair, cariño? ¿Estás ahí? ¡Cyrus y yo tenemos algoemocionante que decirte! -¿Blair? -reverberó la voz de Cyrus contra las paredes. Blair le dio un empujón a Nate para quitárselo deencima y se cubrió con el edredón hasta la barbilla. - ¿ Y ahora qué hacemos? -susurró Nate. Deslizó lamano por debajo del edredón y le tocó a Blair la tripa. M a l hecho. Jamás le toques la tripa a una chica amenos que ella te lo pida. Hace que se sienta gorda.32
  • 31. Bair se apartó de él y se dio la vuelta, bajando los pies al suelo. -¿Blair? -se oyó la voz de su madre del otro lado de la puerta-. ¿Puedo entrar un momento? Es importante. ¡Madre de Dios! - ¡ U n momento! -gritó Blair-. Vístete -le susurró a Nate. Corrió al armario y sacó un pantalón de chándal. Se quitó los zapatos Manolos y se puso el chándal y unavieja sudadera de Yale de su padre. Nate se puso los pantalones y se ajustó el cinturón. Segundo intento de acostarse juntos. -¿Listo? -susurró Blair. Decepcionado, Nate asintió con la cabeza. Blair abrió la puerta de su habitación. Su madre laesperaba en el pasillo. Eleanor Waldorf sonreía feliz, lasmejillas sonrosadas de vino y excitación. - ¿ N o ves nada diferente? - p r e g u n t ó , moviendo losdedos de su mano izquierda. Un enorme diamanteengastado en oro brillaba en su dedo anular. Tenía elaspecto de una sortija de compromiso tradicional, perocuatro veces más grande. Era ridículo. Blair se le quedó mirando, petrificada en el vano dela puerta de su dormitorio. Sentía el aliento de Nate ensu oreja, ya que estaba detrás. Ninguno de los dos dijonada. -¡Cyrus me ha pedido que me case con él! -exclamósu madre-. ¿No es maravilloso? Blair la miró fijamente, incrédula. Cyrus Rose se estaba quedando calvo y tenía unpequeño bigote hirsuto. Llevaba una pulsera de oro yfeos trajes cruzados. Su madre lo había conocido la pri-mavera anterior en el departamento de cosméticos de 33
  • 32. Saks. El estaba comprando un perfume para su madre yEleanor le había ayudado a elegirlo. Blair recordabaque había vuelto a casa apestando a perfume y le habíaconfesado con una risilla que le había dado el n ú m e r ode teléfono, causándole náuseas. Para su consternación,Cyrus la había llamado y habían salido cada vez conmás frecuencia. Y ahora se casaban. En aquel momento, Cyrus Rose apareció al final delpasillo. - ¿ Q u é te parece, Blair? -le preguntó, guiñándole elojo. Llevaba un traje azul cruzado y brillantes zapatosnegros. Tenía el rostro enrojecido, una tripa enorme yojos saltones como los de un pez. Se frotó las rechon-chas manos con sus muñecas peludas y horteras joyasde oro. Su nuevo padrastro. Blair sintió una molesta opre-sión en el estómago. Adiós con perder la virginidad conel chico que amaba. La película de su vida real estabaresultando mucho más trágica y absurda. Apretó loslabios y le dio a su madre un seco besito en la mejilla. -Enhorabuena, mamá -le dijo. -¡Así me gusta! -exclamó Cyrus con su vozarrón. -Enhorabuena, señora Waldorf -dijo Nate, adelan-tándose. Se sentía incómodo participando en un momentofamiliar tan íntimo. ¿No le podría haber dicho Blair asu madre que esperase y que hablasen por la mañana? La señora Waldorf le abrazó y no le soltaba. - ¿ N o es maravillosa la vida? -dijo. Nate no estaba tan seguro. Blair lanzó un suspiro de resignación y, descalza, sedirigió a Cyrus. El olía a queso azul y sudor. Le crecía34
  • 33. vello en la punta de la nariz. Iba a ser su padrastro. Nose lo podía creer. - M e alegro por ti, Cyrus -dijo Blair, con una sonri-sa forzada. Se puso de puntillas y acercó su suave y fres-ca mejilla a la boca con olor a whisky. -Somos los seres más afortunados del mundo -dijoCyrus, dándole un repugnante y húmedo beso. Blair no se sentía muy afortunada. - L o mejor de todo es que lo vamos a hacer rápido-dijo Eleanor, tras soltar a Nate. Blair la miró sin com-prender-. Nos casamos el sábado siguiente a Acción deGracias -prosiguió su madre-. ¡Faltan sólo tres sema-nas! Blair dejó de parpadear. ¿El sábado después deAcción de Gracias? Era su cumpleaños. Cumplía dieci-siete. -Será en el St. Claire. Y quiero muchas damas dehonor. M i s hermanas y tus amigas. Por supuesto, túserás mi madrina. ¡Qué divertido, Blair! -dijo su madresin aliento-. ¡Me encantan las bodas! - D e acuerdo -dijo Blair, con la voz sin pizca de emo-ción-. ¿Se lo digo a papá? Su madre hizo una pausa al recordarlo. - ¿ C ó m o está tu padre? - p r e g u n t ó , sin abandonar lasonrisa. No permitiría que nada le estropease su felici-dad. -Genial -Blair se encogió de hombros-. Me regalóun par de zapatos. Y una tarta fantástica. -¿Tarta? -preguntó Cyrus, entusiasmado. "Cerdo", pensó Blair. Por suerte su padre habíahecho una celebración, porque, por lo que se veía, suverdadero cumpleaños no iba a ser muy divertido. 35
  • 34. -Perdona que no os trajese un trozo -dijo-. Se meolvidó. - D e todos modos, no podría comer -dijo Eleanor,pasándose las manos por las caderas-. ¡La novia tieneque cuidar su figura! -añadió, con una mirada a Cyrusy una risilla. -¿Mamá? -¿Sí, cariño? -¿Te molesta que Nate y yo volvamos a mi habita-ción y veamos un poco la tele? -preguntó Blair. -Desde luego que no. Iros tranquilos -dijo su madre,dirigiéndole una sonrisa de complicidad a Nate. -Que sueñes con los angelitos, Blair -dijo Cyrus,haciéndoles un guiño-. Que sueñes con los angelitos,Nate. -Buenas noches, señor Rose -dijo Nate, y entró trasBlair en la habitación. En cuanto Nate cerró la puerta, Blair se arrojósobre la cama boca abajo, la cabeza hundida entre losbrazos. -Venga, Blair -dijo Nate, sentándose a los pies de lacama. Le masajeó los pies-. Cyrus no está mal. No sé,podría ser peor, ¿no? Podría ser un gilipollas. - E s un gilipollas - m u r m u r ó Blair-. Le odio -derepente, sintió deseos de estar sola para poder sufrir agusto. Nate no comprendía, nadie lo comprendía. Nate se acostó a su lado y le acarició el cabello. - ¿ Y yo? ¿Soy un gilipollas? -le preguntó. -No. - ¿ M e odias a mí? - N o -dijo Blair, su voz ahogada por el edredón. - V e n aquí -le dijo Nate, tironeándole del brazo.36
  • 35. La acercó y le deslizó las manos por debajo de lasudadera con la esperanza de que volviesen al punto enque lo habían dejado. La besó en el cuello. Blair cerró los ojos e intentó relajarse. Podía hacer-lo. Podía hacer el amor y tener un millón de orgasmosaunque Cyrus y su madre estuviesen en la habitacióncontigua. Podía. Pero no pudo. Blair deseaba que su primera vez fue-se perfecta y aquel momento era de todo menos perfec-to. Su madre y Cyrus seguramente estarían tonteandoen su dormitorio en aquel mismo instante. La meraidea le daba escalofríos, como si tuviese piojos portodos lados. Aquello estaba mal. Todo estaba mal. Suvida era un desastre completo. Se apartó de Nate y hundió el rostro en una almohada. - L o siento -dijo, aunque no lo sentía tanto. Aquélno era momento para los placeres de la carne. Se sentíacomo la Juana de Arco de Ingrid Bergman en la pelícu-la original: una hermosa e intocable mártir. Nate volvió a acariciarle el cabello y frotarle el naci-miento de la espalda con la esperanza de hacerla cam-biar de idea, pero Blair siguió con el rostro hundido enla almohada tercamente. Nate se preguntó si en reali-dad ella habría tenido intención de hacerlo con él enalgún momento. A los pocos minutos, dejó de frotarle la espalda y sepuso de pie. Era tarde. Estaba cansado y aburrido. -Tengo que irme a mi casa -dijo. Blair simuló no oírle. Estaba totalmente inmersa enel drama de su propia vida. - L l á m a m e -le dijo Nate, y luego se marchó. 37
  • 36. S está decidida seguir con su buena racha El sábado por la mañana, Serena se despertó con lavoz de su madre. -¿Serena? ¿Puedo pasar? - ¿ Q u é ? -dijo Serena, sentándose de golpe. Aún noestaba acostumbrada a vivir con sus padres otra vez. Erauna mierda. La puerta se abrió unos centímetros. -Tengo que darte una noticia -le dijo su madre. A Serena en realidad no le importaba que su madrela hubiese despertado, pero no quería que ella pensaseque se le podía meter en la habitación sin permisocuando se le ocurriese. - D e acuerdo -dijo, pareciendo más enfadada de loque en realidad estaba. La señora Van der Woodsen entró y se sentó a lospies de la cama. Llevaba una bata azul marino de Óscarde la Renta y zapatillas a juego. Recogía su ondeadocabello con mechas rubias en un m o ñ o flojo en la coro-nilla y su clara piel tenía un brillo perlado de años deusar crema La Mer. Olía a Chanel n° 5. - ¿ Q u é hay? - p r e g u n t ó Serena, levantando las rodi-llas y cubriéndose las piernas con el edredón. -Eleanor Waldrof me llamó hace un momento -ledijo su madre-. ¿Y adivina qué? - ¿ Q u é ? - p r e g u n t ó Serena, tras un gesto de exaspe-ración ante los intentos de crear suspense de su ma-dre. - Q u e se casa. - ¿ C o n el Cyrus ese?38
  • 37. -Sí, por supuesto. ¿Con quién más iba a hacerlo?-dijo su madre, quitándose migas imaginarias de labata. - N o lo sé -dijo Serena. Frunció el ceño, preguntán-dose cómo le habría sentado la noticia a Blair. Probable-mente no muy bien que digamos. Aunque Blair no habíaestado muy afectuosa con ella últimamente, Serena nopodía dejar de pensar en su vieja amiga. - L o raro es que -prosiguió la señora Van der Wood-sen-, lo van a hacer en un pispas -hizo sonar sus dedosensortijados. - ¿ A qué te refieres? -dijo Serena. - E l sábado siguiente al Día de Acción de Gracias-susurró su madre con las cejas arqueadas, indicandocon ello que era algo realmente inusual-. Esa es la fechade la boda. Y ella quiere que seas una de sus damas dehonor. Estoy segura de que Blair ya te dará todos losdetalles. Ella será la madrina. La señora Van der Woodsen se puso de pie y comen-zó a poner orden en los frascos de perfume Creed,pequeñas cajas de joyas de Tiffany y tubos de maquilla-je Stila sobre el tocador de Serena. -¡Déjalo ya, mamá! -gimió Serena, cerrando losojos. El sábado siguiente al Día de Acción de Gracias. Fal-taban tres semanas. Serena recordó que también era elcumpleaños de Blair. Pobre Blair. Le encantaba su cum-pleaños. Era su día. Estaba claro que este año no seríaasí. ¿Cómo resultaría ser dama de honor con Blair demadrina? ¿La haría ponerse un vestido que le quedasemal a propósito? ¿Le echaría alcohol en el champán? 39
  • 38. ¿Pretendería que caminase hacia el altar del brazo deChuck Bass, el chico más asquerosamente salido de todossus amigos? No quería ni pensarlo. Su madre se volvió a sentar y le acarició el cabello. - ¿ Q u é te pasa, cielo? -le preguntó, preocupada-.Creía que te ilusionaría ser dama de honor. -Nada, me duele un poco la cabeza -suspiró, arrebu-jándose en el edredón-. Me parece que me voy a que-dar en la cama y ver un poco la tele, ¿vale? - D e acuerdo -dijo su madre, dándole unas palmadi-tas en el pie -le diré a Deidre que te traiga un poco dezumo y café. Creo que también ha comprado unoscruasanes. -Gracias, mamá -dijo Serena. Su madre se puso de pie, dirigiéndose a la puerta.H i z o una pausa y se dio la vuelta, esbozando unaradiante sonrisa. -Las bodas de otoño son siempre hermosas. Q u éemocionante. - S í -dijo Serena, sacudiendo la almohada-. Va a sergenial. Su madre se marchó y Serena se puso de costado ymiró un momento por la ventana. V i o cómo unos pája-ros emprendían vuelo desde los dorados árboles querodeaban el tejado del Met. Luego cogió el teléfono ypulsó el botón de marcado rápido para llamar a su her-mano Erik en Brown. Cada vez que necesitaba consue-lo, pulsaba aquel botón. C o n la otra mano encendió latele con el mando. Estaba en el canal Nickelodeon ycantaban SpongeBob SquarePants. M i r ó la pantalla sinver mientras oía el teléfono llamar tres, cuatro veces.Erik lo cogió al sexto tono.40
  • 39. -¿Dígame? - H o l a , ¿qué haces levantado? - p r e g u n t ó Serena. - N o estoy levantado -respondió Erik. Tosió confuerza-. Ay, joder. - L o siento -sonrió Serena-. Noche movidita, ¿eh? Erik gimió por toda respuesta. -Oye, te llamo porque acabo de enterarme de que secasa la madre de Blair con el tío este, Cyrus. Me pare-ce que hace poco que se conocen, la verdad, pero bueno.La movida es que tengo que ser dama de honor y Blair esla madrina, lo cual quiere decir..., la verdad es que no sélo que quiere decir, pero estoy casi segura de que será unamierda -esperó que Erik le respondiese-. Supongo quetendrás una resaca de caballo y no puedes hablar, ¿no?-dijo, al ver que él no decía nada. -Algo por el estilo -dijo Erik. -Vale, de acuerdo, te llamaré luego -dijo Serena,decepcionada-. Oye, estaba pensando en ir a visitartepronto. ¿Te parece bien el fin de semana que viene? -Vale -bostezó Erik. -Vale. Adiós -dijo Serena, y colgó. Salió de la cama y se dirigió arrastrando los pies has-ta el baño, donde se contempló en el espejo. Los pan-talones bóxer grises que llevaba le colgaban del culo ytenía la camiseta M r . Bubble enroscada y caída por unhombro. El liso cabello rubio le había quedado aplasta-do en la nuca al dormir y en la mejilla tenía un hilillo debaba seca. Por supuesto, seguía estando guapísima. -Estás hecha una foca -se dijo, al verse en el espejo.Cogió el cepillo y comenzó a limpiarse los dientes len-tamente, pensando en Erik. Aunque parecía que iba de 41
  • 40. juerga mucho más que ella, había logrado que no leechasen del internado y entrado en Brown. E r i k era elhijo bueno, mientras que Serena era la mala hija. Q u éinjusto. Se frotó las muelas, frunciendo las cejas en un gestode decisión. ¿Y qué si la habían echado, sus notas eranmediocres y su único extra era la película rara que habíahecho para el Festival Superior de Cine del ColegioConstance Billard? Les demostraría a todos que no eratan mala como pensaban. Se lo demostraría consiguien-do que la admitiesen en una buena universidad comoBrown y convirtiéndose en alguien. Y no porque no fuese alguien ya. Serena era la chicaque todos recordaban. La que a todos les encantabaodiar. No tenía que hacer ningún esfuerzo por brillar:ya brillaba más que el resto de ellos. Escupió la pasta enel lavabo. Sí, desde luego que iría a Brown el fin desemana siguiente, por más que fuese arriesgar mucho.Quizá tuviese suerte. Generalmente la tenía.42
  • 41. Uno del West Side tiene suerte, otro está solo - F r i k i -le dijo Jenny Humphrey a su imagen. Se encontraba de pie frente al espejo, conteniendo elaliento y empujando la tripa hacia fuera todo lo quepodía. Sin embargo, no logró que sobresaliese tantocomo sus pechos, que eran enormes para una chica decatorce años. El camisón de color rosa le caía rectohacia abajo desde el busto hasta las rodillas, como unatienda de campaña, tapándole la tripa que sacaba y laspiernecillas cortas. Había crecido a lo ancho en vez dea lo alto, al contrario que Serena van der Woodsen, suídolo, que iba al último curso de su colegio, el Constan-ce Billard. Las tetas de Jenny anulaban cualquier espe-ranza de que alguna vez llegase a ser lo remotamenteguapa que era Serena. Eran la cruz de su existencia. Jenny soltó el aire y se quitó el camisón por encimade la cabeza para poder probarse el palabra de honornegro que se había comprado en Urban Outfitters des-pués de clase el día anterior. Se lo pasó por los hombrosy tironeó hasta ponérselo. Luego se miró al espejo. Yano tenía dos tetas gigantes, sino una monstruosa unite-ta. Parecía deforme. Colocándose el castaño cabello rizado tras las orejas,se apartó del espejo, asqueada. Se puso el pantalón de unviejo chándal del Constance Billard y fue a la cocina ahacerse un té. Su hermano mayor, Dan, acababa de salirde la habitación. Siempre tenía un aspecto espantosopor la mañana, con el pelo horrible y los ojos llorosos.Pero aquella mañana sus ojos estaban enormes y brillan-tes, como si se hubiese pasado la noche tomando café. 43
  • 42. -¿Y? -dijo Jenny cuando entraron en la cocina. Le miró poner café instantáneo en una taza y echar-le agua caliente del grifo. No era particularmente exi-gente en lo que a café se refería. Se quedó de pie juntoal fregadero, revolviendo silenciosamente la bebida conuna cuchara y mirando la espuma girar y girar. - S é que saliste con Serena anoche -dijo Jenny, cru-zándose de brazos con impaciencia-. ¿Qué pasó? ¿Fuegenial? ¿Qué ropa llevaba ella? ¿Qué hicisteis? ¿Quédijo? Dan tomó un sorbo de café. Jenny siempre se excita-ba mucho cuando se trataba de Serena y él disfrutabahaciéndola sufrir. -Venga, cuéntamelo. ¿Qué hicisteis? -insistió Jenny. -Comimos helado -dijo Dan, con un encogimientode hombros. Jenny puso los brazos en jarras. -¡Vaya! ¡Qué cita más guay! Dan se limitó a sonreír. Le daba igual que su her-mana se enfadase; no pensaba decirle nada sobre lanoche anterior. Era tremendamente precioso, particu-larmente la parte de los besos. Justamente acababa deescribir un poema sobre eso para poder conservaraquel momento para siempre. Había titulado al poemaDulce. -¿Y qué más? ¿Qué hicisteis? ¿Qué dijo ella? -insis-tió Jenny. Dan llenó la taza con más agua caliente. - N o sé - c o m e n z ó a decir, pero luego llamaron alteléfono. Dan y Jenny corrieron a atender, pero Dan fue másrápido.44
  • 43. - H o l a , Dan. Soy Serena. Dan apretó el auricular contra su oreja y salió de lacocina, dirigiéndose al asiento de la ventana del cuartode estar. A través de los cristales cubiertos de polvo veíaa chicos patinando por Riverside Park. Más allá, el bri-llante sol de otoño rielaba en el Hudson. H i z o una pro-funda inspiración para calmarse. - H o l a -dijo. - M i r a -dijo Serena-, sé que lo que te voy a pedir esalgo extraño, pero dentro de tres semanas tengo que serdama de honor en una boda por todo lo alto. Me pre-guntaba si no podrías venir conmigo, ¿sabes?, como miacompañante. - C l a r o -dijo Dan, antes de que ella pudiese decirnada más. - E s la boda de la madre de Blair Waldorf-dijo Sere-na-. ¿Recuerdas a esa chica que era mi amiga? - C l a r o -dijo Dan nuevamente. Parecía que Serenaquería que él fuese con ella, pero además lo necesitabapara que él le diese apoyo moral. Hacía que Dan se sin-tiese importante y le daba valor. Bajó la voz hasta con-vertirla en un susurro apenas audible, no fuera a serque Jenny estuviese escuchando desde la cocina-.También me gustaría ir a Brown contigo -le dijo-, si teparece bien. -Desde luego -Serena hizo una pausa-. Ejem, creoque iré este viernes después de clase. Los viernes sali-mos a mediodía. ¿Y tú? Actuaba como si hubiese olvidado que ella era quienle había pedido a Dan que la acompañase. Pero Dandecidió que había oído mal. -Salgo a las dos los viernes -le dijo. 45
  • 44. - D e acuerdo, podríamos quedar en Grand Central.Voy a coger el tren hasta nuestra casa de campo y lue-go el coche de los guardeses -dijo ella. - M e parece bien -dijo Dan. -Genial -dijo Serena, que parecía un poco más entu-siasta-. Y gracias por venir conmigo a la boda. Puedeque sea divertido. -Espero que sí -dijo Dan, que no podía concebir nopasárselo bien con ella. Pero tendría que encontrar algodecente que ponerse. Tenía que haberse quedado con elesmoquin de Barneys después de todo. -Ejem, será mejor que cuelgue. Me llaman a desayu-nar -dijo Serena-. Te llamaré más tarde y podemoshacer planes para el fin de semana que viene, ¿vale? -Vale -dijo él. -Hasta luego. -Hasta luego -dijo Dan. Colgó antes de decirle algomás. "Te quiero". - E r a ella, ¿a que sí? - p r e g u n t ó Jenny cuando él vol-vió a la cocina. Dan se encogió de hombros. - ¿ Q u é ha dicho? -Nada. -Venga, anda, pero si te he oído susurrar -le acusóJenny. Dan sacó un bollito bagel de una bolsa de papel quehabía en la encimera y lo miró. Qué novedad, estaba moho-so. A su padre no se le daba muy bien ocuparse de la casa.Es difícil acordarse de hacer la compra cuando estás ocupa-do escribiendo ensayos sobre porqué un poeta ignoto seráel próximo Alien Ginsberg. La mayoría del tiempo Dan yJenny sobrevivían a base de comida china para llevar. 46
  • 45. T i r ó los bollitos mohosos y encontró unas patatasfritas sin abrir en un armario. Abrió la bolsa y se metióun puñado de patatas en la boca. Algo es algo. - ¿ E s necesario que seas tan idiota? -le dijo Jenny,haciendo una mueca-. Ya sé que era Serena. ¿Por quéno puedes decirme lo que te dijo? -Quiere que la acompañe a una boda. La madre desu amiga Blair se casa y Serena será una dama de honor.Quiere que vaya con ella -explicó Dan. -¿Vas a la boda de la señora Waldorf? -dijo Jenny,pasmada-. ¿Dónde es? - N o sé -se encogió de hombros D a n - . No se lo hepreguntado. - N o me lo puedo creer -dijo Jenny indignada-. Osea, todo el tiempo papá y tú estabais en contra de laspijas de mi colegio y de sus familias poderosas. Yahora eres tú quien sale con la reina de todas ellas yademás te invitan a bodas fabulosas. ¡No es justo! Dan se metió otro puñado de patatas en la boca. - L o siento -dijo con la boca llena. -Pues espero que no te hayas olvidado de que fui yola que te dijo que quizá tuvieses una oportunidad conSerena -farfulló Jenny. Enfadada, tiró la bolsita de téque acababa de usar en el fregadero-. ¿Te das cuenta de queesa boda probablemente aparecerá en el Vogue? No mepuedo creer que vayas tú. Pero Dan apenas la oía. Se imaginaba montado en untren de la mano con Serena, su mirada hundida en lasprofundidades de sus ojos azules. -¿Te ha dicho algo de lo de mañana? -le preguntóJenny. Dan se la quedó mirando sin comprender. 47
  • 46. -Serena, Vanessa y yo nos vamos a reunir en el bardel novio de Vanessa, en Williamsburg, para ver la pelique le ayudamos a hacer a Serena para el festival de cinedel colegio. Para ver si está lista para mandarla. Otra mirada de incomprensión. - P e n s é que quizá te invitaría. Respuesta cero. Jenny lanzó un suspiro de exasperación. Dan era uncaso perdido. Estaba tan enamorado que mejor seríaque dejase de intentar sonsacarle. Ni siquiera le habíapreguntado qué hacía con un palabra de honor negropor la casa un sábado por la mañana. De repente, Jennyse sintió tremendamente sola. Siempre se había apoya-do en su hermano, pero ahora él estaba en otro mundo. Estaba claro que ella necesitaba hacer nuevos amigos.48
  • 47. CosasdeChicas.net temas ^ anterior siguiente • envía una pregunta respuestames los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mí. ¡Qué hay, gente! L A B O D A D E L AÑO Esta época del año generalmente es un poco aburri- da, sin que pasen muchas cosas hasta las fiestas, pero la madre de B nos ha dado tema de conversación. Me refiero a que ¿cuánto hace que se conocen ella y su novio, eh? ¿Dos o tres meses? Si yo fuese a pasar el res- to de mi vida con alguien, o, aunque no fuera más que un fin de semana, me gustaría conocerle un poco más. También he oído que él es superhortera, así que segu- ramente la boda resultará un espectáculo. Y ¿cómo va a hacer B para pasárselo bien si tendrá que ocuparse de S? Huelo una riña de gatos, y no resultará algo bonito. ¡Me muero por ver qué pasa! Vuestro e-mail P: Hola, C C : No sé si ya lo sabías, pero B va a tener un hermanas- tro. Estoy en su clase en el colegio y es un personaje. Pero también es mono. ;) -BronxKat 49
  • 48. R: Querid® BronxKat: ¡Lo único que puedo decir de esta boda es que cadavez se está poniendo más sabrosa! -CC P: Querida C C : He oído que el padre de B ha donado alrededor deun millón de dólares a Yale, así que ella no tendrá queesforzarse mucho para entrar. De todas formas, estoysegura de que N y B no van a acabar en la misma uni-versidad el año que viene, ¿qué te apuestas? -bookwrm R: Querid® bookwrm, Por ahora, no quiero apostar por nadie. B es másimpredecible de lo que parece... -CC Hablando de la universidad... Ha llegado el momento en que se supone que todosestamos de los nervios, mirando las fotos de los catálo-gos que hemos pedido, imaginándonos con chicos gua-písimos en el césped frente a sólidos edificios de ladrillovisto cubiertos de hiedra. Ahora es el momento en quetendríamos que arrepentimos de no haber sacado bue-na nota en aquellos exámenes o no hecho el voluntaria-do que pudimos hacer, y darnos de patadas en el culopor haber sido tan vagos y estúpidos. Es el momento enel que los lameculos hacen la preinscripción y nosotros,la gente normal, sentimos que somos una mierda pin-chada en un palo. ¡Pero bueno!, me niego a que eso me50
  • 49. deje por los suelos. Aquí va mi receta para superar los últi-mos meses del último curso con éxito: mezclar un chicohiperguapo con un par de botas nuevas de piel, un jerseyde cashmer nuevo, una salida hasta las tantas y bastantescopas. Añadir una mañana durmiendo hasta tarde, cho-colate caliente en la cama y revolver bien. Poneos conlas solicitudes a las universidades cuando estéis biendispuestas para ello. ¿Veis? No hay necesidad de estre-sarse. Visto por ahí N en Asphalt Gree, jugando al tenis con su padre. Ben el cine de la Ochenta y Seis, viendo una peli deacción con su hermanito. Supongo que prefiere ver atíos emprendiéndola a balazos con todo dios desde heli-cópteros en llamas que quedarse en casa con mamá,hablando de vestidos y tartas y servicios de catering. Scomprando perfume en Barneys. Os lo digo de verdad,esta chica está allí prácticamente todos los días. D apun-tando en una libreta junto al estanque de la calle Seten-ta y Nueve. ¿Otro poema de amor a Serena, quizá? J devolviendo un palabra de honor negro en UrbanOutfitters. ¡Pronto más! Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 51
  • 50. B ha decidido lograr que N la desee - V e n a comer tortitas, cariño -llamó la señora W a l -dorf en el pasillo, esperando sacar con ella a Blair de suhabitación-. Le he pedido a Myrtle que las haga bienfinas, como a ti te gustan. - U n segundo -dijo Blair, abriendo la puerta de suhabitación y asomando la cabeza-, que me estoy vis-tiendo. - N o es necesario, cariño. Cyrus y yo todavía estamosen pijama -dijo la madre de Blair, alegre. Se volvió aatar el cordón de la bata de seda verde. Cyrus llevabauna igual. Las habían comprado el día anterior en Saksdespués de ir a medirse las alianzas de boda en Cartier.Luego habían ido al oscuro y acogedor bar K i n g Coléen el Hotel St. Regis a beber champán. Cyrus inclusohabía dicho bromeando que podían pedir una habita-ción. Todo muy romántico. Q u é horror. -Espera un momento -repitió Blair con obstinación, ysu madre volvió al comedor. Blair se sentó en el borde dela cama y se miró en el espejo del armario. Le había men-tido a su madre. La verdad era que llevaba horas despiertay estaba completamente vestida con vaqueros, un jersey decuello alto negro y botas. Hasta se había pintado las uñasde color marrón oscuro para hacer juego con su ánimo. Espejito, espejito mágico que cuelgas de mi pared,dime ya: ¿quién es la más bella mujer? Blair, al menoshoy, no. Se había pasado el sábado entero cabreada. Luego sehabía ido a la cama cabreada y se había levantado cabreada52
  • 51. el domingo por la mañana. La verdad era que parecíaque se iba a pasar el resto de la vida cabreada. Nate nohabía intentado verla desde el viernes por la noche, asíque estaba claro que estaba molesto por lo que habíasucedido. Ella seguía siendo virgen. Su madre se iba acasar con un tío pesado e imbécil, y la fecha que habíanelegido para la boda coincidía con el cumpleaños másimportante de Blair de toda su vida. Decididamente, la vida era una mierda. Como las cosas no podían ponerse peor de lo queestaban, y porque tenía hambre, Blair se puso de piey se dirigió al comedor a comer tortitas con su madre yCyrus. -¡Ahí está! -exclamó Cyrus con su vozarrón. Dio unaspalmaditas en la silla junto a la suya-. Ven, siéntate. Blair obedeció. Cogió la fuente de las tortitas y sesirvió dos o tres. - N o cojas la del agujero en el centro -dijo su herma-no Tyler, de once años-, que es mía. Tyler llevaba una camiseta de Led Zeppelín y unpañuelo rojo atado a la cabeza. Quería ser un periodis-ta de rock y su modelo era Cameron Crowe, el directorde cine que había hecho un tour con Led Zeppelincuando tenía algo así como quince años. Tyler tenía unagran colección de discos de vinilo y escondía una anti-gua pipa hookah bajo la cama, aunque nunca la habíausado. A Blair la preocupaba que Tyler se estuvieseconvirtiendo en un friki y luego le costase hacer ami-gos. Sus padres pensaban que eso estaba bien, siempreque él se pusiese su traje de los Brooks Brothers para iral St. Georges todas las mañanas como un niño buenoy luego entrase en un buen internado. 53
  • 52. En el mundo en que vivían Blair y sus amigos, lospadres de todos eran iguales: mientras sus hijos no lajodierán y les hiciesen pasar vergüenza, podían hacerbásicamente lo que quisiesen. En realidad, ése era elerror que había cometido Serena. La habían pillado, yque te pillen no es una opción. Tendría que haber teni-do más cuidado. Blair vertió sirope de arce en sus tortitas y las enro-lló como si fuesen burritos, como a ella le gustaban.Su madre arrancó una uva del frutero y se la metió aCyrus en la boca. El canturreó feliz mientras mastica-ba y tragaba. Luego frunció los labios como los de unpez, pidiendo más. La señora Waldorf lanzó una risi-lla y le dio otra. Blair siguió enrollando las tortitas,haciendo caso omiso de sus desagradables muestras decariño. - M e he pasado la mañana al teléfono con el hombredel St. Claire -le dijo su madre-. Es muy extravagantey está muy preocupado por la decoración. Es muy gra-cioso. -¿Extravagante? Querrás decir gay. No pasa nada siuno dice gay, mamá -dijo Blair. -Sí, pues... - t a r t a m u d e ó su madre, incómoda. No legustaba decir la palabra gay. Después de haber estadocasada con uno, no. Era humillante. -Estamos intentando decidir si deberíamos reservarun par de suites en el hotel -dijo Cyrus-. Vosotras, laschicas, podríais usar una para vestiros y arreglaros elpelo. Y, nunca se sabe, si alguien bebe demasiado, podrádormir la mona hasta la mañana siguiente - r i ó y le gui-ñó el ojo a la madre de Blair. ¿Suites? 54
  • 53. De repente, Blair tuvo una idea. ¡Nate y ella podríanreservar una suite! ¿Acaso hay un sitio y un momento másperfectos para perder tu virginidad que una suite del St.Claire el día en que cumples diecisiete años? Dejó eltenedor, se secó delicadamente las comisuras de la bocacon la servilleta y esbozó una dulce sonrisa dirigida a sumadre. -Puedes reservar una suite para mí y mis amigos-preguntó. - P o r supuesto que sí -dijo Eleanor-. Es una buenaidea. -Gracias, mamá -dijo Blair, sonriendo excitada den-tro de su taza de café. No veía el momento de decírse-lo a Nate. - H a y tantas cosas que hacer -dijo su madre, ansio-sa-. He estado haciendo listas en sueños. Cyrus le tomó la mano y se la besó. El diamante bri-lló en el dedo femenino. - N o te preocupes, pimpollo -le dijo, como si estu-viese hablando a una niña de dos años. Blair cogió una tortita chorreante de sirope con losdedos y se la metió entera en la boca. - P o r supuesto, quiero tu opinión sobre todo, Blair-dijo su madre-. Tienes muy buen gusto. Blair se encogió de hombros y masticó con la bocarepleta. -Y estamos deseando que conozcas a Aaron -dijoEleanor. Blair dejó de masticar. - ¿ Q u i é n es Aaron? - p r e g u n t ó con la boca llena. - M i hijo, Aaron -dijo Cyrus-. Sabías que tenía unhijo, ¿no, Blair? 55
  • 54. Blair meneó la cabeza. No sabía nada de Cyrus,como si hubiese entrado de la calle y pedido a su madreque se casase con él. Cuanto menos supiese de él,mejor. -Está en el último curso del Bronxdale Prep. Es unchico muy listo. Se saltó el décimo curso. Tiene sólodieciséis años y ya acaba, ¡derecho a la universidad!-anunció Cyrus con orgullo. - ¿ N o es extraordinario? -intervino la madre deBlair-. Y también es guapo. -Sí, no se le puede negar -asintió Cyrus-. Te dejarásin aliento. Blair se sirvió otra tortita de la fuente. No queríaescuchar a Cyrus y a su madre dale que te pego sobreun imbécil con un aerosol de bolsillo que se lo pasababien saltándose cursos. Se imaginaba a Aaron con pre-cisión: una versión delgada de Cyrus con granos, el pelograsiento y ropa horrible. La niña de los ojos de supadre. -¡Eh, que ésa es la mía! -se quejó Tyler atacando eltenedor de Blair con su cuchillo-. Devuélvemela. Blair vio que la tortita que había cogido tenía unagujero del tamaño de un dedo en el centro. - L o siento -dijo y le pasó su plato a Tyler-. Toma. -¿Y? ¿Te quedarás hoy en casa a ayudarme? -pre-guntó su madre-. Tengo una pila de libros y revistassobre bodas para que veamos. Blair retiró su silla abruptamente. No se le ocurríaforma peor de pasar el día. - L o siento -dijo-, he quedado. Era mentira, pero Blair estaba segura de que encuanto acabase de hablar con Nate, desde luego que56
  • 55. tendría planes. Podrían ver una película, dar un paseopor el parque, ir a la casa de él, hacer planes de cómo selo montarían en el St. Claire... Pues va a ser que no. - L o siento, he quedado con Anthony y los chicos enel parque para jugar al fútbol -dijo Na te-. Te lo dijeayer. - N o , no me lo dijiste. Ayer me dijiste que tenías quesalir con tu padre, que quizá pudiésemos hacer algo hoy-se quejó Blair-. Nunca te veo. -Pues justamente me iba ya -dijo N a t e - Lo siento. -Pero quería decirte algo -dijo ella, intentando pare-cer misteriosa. -¿Qué? -Prefiero decírtelo en persona. -Venga, Blair -dijo Nate con impaciencia-. Tengoque irme. - D e acuerdo. Vale. Lo que quería decirte es que mimadre y Cyrus van a reservar suites en el St. Claire parala boda. Y como coincide con mi cumpleaños y eso,pensé que sería el momento perfecto para que... yasabes... lo hagamos. Nate no dijo nada. -¿Nate? -preguntó Blair. -¿Sí? - ¿ Q u e qué te parece? - N o lo sé -dijo él-. Me parece bien. M i r a , me tengoque ir, ¿vale? Blair apretó el teléfono. -Nate, ¿me quieres todavía? 57
  • 56. Pero Nate ya colgaba. -Te llamo luego, ¿vale? -dijo-. Adiós. Blair colgó y se quedó mirando la alfombra persa delsuelo de su dormitorio. Las tortitas se le revolvían en elestómago, pero antes de que pudiese siquiera pensar enmeterse el dedo en la garganta, tenía que idear un plan. No vería a Nate hoy. Probablemente, entre sus tro-pecientas optativas y los deportes de él, no volvería averle en toda la semana y el fin de semana ella iría a Yaley él a Brown. No podía esperar una semana entera con Nate enfa-dado porque ella había pasado de él el viernes por lanoche, y ella preocupada porque él estuviese enfadadocon ella. Tenía que hacer algo. Ojalá Nate y ella pudiesen tener las peleas románti-cas de las parejas de las películas. Primero se gritaríande todo, hasta que ella se echase a llorar. Cogería subolso y su abrigo, intentando abrochárselo sin poderhacerlo, de lo alterada que estaba. Luego, cuando tré-mula se encontrase abriendo la puerta de la calle, dis-puesta a marcharse para siempre, él se acercaría a ellapor detrás y la estrecharía fuertemente entre sus brazos.Ella se daría la vuelta y elevaría la mirada hacia él unmomento, intentando comprenderlo, y luego se besaríanapasionadamente. Finalmente, él le rogaría que se que-dase y luego harían el amor. La realidad era muchísimo más aburrida, pero Blairsabía cómo darle su propio toque personal. Se imaginó yendo hasta la casa de Nate a pie, vesti-da con un largo abrigo negro con un pañuelo de sedacubriéndole el cabello y su rostro disimulado tras unasenormes gafas de sol de Chanel. Dejaría un regalo58
  • 57. especial para Nate y luego desaparecería en la oscuranoche. Al abrir el paquete y oler su perfume, él añora-ría su presencia. Blair se puso de pie y cogió su bolso, dispuesta a ir aBarneys y, por una vez, se olvidó totalmente de provo-carse el vómito. Pero ¿qué le compras a un chico para recordarle quete quiere y que te desea más que nunca? Mmm. Lo tenía chungo. 59
  • 58. ¡Al ladrón! -¿Se puede saber para qué me vuelves a llamar?-preguntó Erik, enfurruñado. - Y o también me alegro de oírte - b r o m e ó Serena-.Llamo para decirte que lo de ir a Brown el fin de sema-na próximo es definitivo. Me han citado a una entrevis-ta para el sábado a las doce. -Vale -dijo E r i k - . Generalmente hay juerga el sába-do por la noche, espero que no te moleste. -¿Molestarme? - r i ó Serena-. Me parece prefecto.A h , y probablemente vaya con un amigo. - ¿ Q u é tipo de amigo? -dijo Erik. - U n chico que se llama Dan, con el que he estadoeste último tiempo. Te gustará, te lo prometo -dijo. - G e n i a l -dijo E r i k - . Oye, que estoy un poco ocupa-do, tengo que colgar. Serena se dio cuenta de que probablemente E r i k noestuviese solo. Siempre tenía al menos tres novias conlas que dormía de forma rotativa. - Q u é semental que eres. Vale. Hasta pronto -dijoSerena y colgó. Se puso de pie y se dirigió a su armario,y abrió la puerta para vestirse. Dentro estaba la misma ropa aburrida que se poníasiempre. Pero si se iba a la universidad el próximoaño, quizá incluso a Brown, ¿acaso no se merecía algonuevo? Se puso unos gastados vaqueros Diesel y un jersey decashmer negro, preparándose para el sitio que le gusta-ba más en el mundo: Barneys.60
  • 59. Cuando llegó, Barneys ya estaba lleno de gente delUpper East Side que había entrado, incapaz de resistirse.La planta baja, brillantemente iluminada, hervía de gen-te. Sus exhibidores de cristal llenos de joyas inimitables,magníficos guantes y bolsos exclusivos, y los mostradoresrepletos de elegantes productos de belleza hacían quecada día pareciese Navidad. En el mostrador de Creed,Serena admiró las bonitas botellas de perfume con lamisma fascinación de un niño en una tienda de juguetes.Se acercó al mostrador de Kiehl, se dejó tentar por unbote de una mascarilla facial de arcilla natural para unalimpieza profunda de la piel. Por supuesto, tenía ya pro-ductos de belleza como para diez años, pero le encanta-ba probar nuevos. Era como una adicción. No tiene nada de malo. H a y adicciones que sondecididamente peores. Serena estaba a punto de preguntarle al dependientesi la mascarilla era para su tipo de piel, que era más bienseca, cuando vio una figura conocida que se dirigía condecisión al departamento de hombres. Era Blair Waldorf. Serena dejó el bote de mascarillay la siguió.Kf Blair no estaba segura de si Barneys tendría lo que ellabuscaba, pero eso se debía a que no sabía lo que buscaba.A Nate no le iba a impresionar un jersey nuevo o unbonito par de guantes de piel. Tenía que encontrar algorealmente especial. Sexy pero no grosero. Bien chulo. Ytenía que hacer que Nate recordase que la seguía que-riendo y deseando. Blair se dirigió directamente a lasección de ropa interior. 61
  • 60. Primero encontró una mesa cubierta con una varie-dad de coloridos bóxer de algodón. Más lejos habíaalbornoces suaves y deliciosamente mullidos y camisasde dormir de franela, ropa interior blanca de toda lavida y tangas horteras. Nada de aquello le serviría. Lue-go Blair descubrió un perchero de pantalones de pijamade cashmer gris con cordón a la cintura. Sacó un par de la percha y lo levantó. En la etiquetaponía: "MADEINENGLAND. Precio: $360.00". Eraninformales pero sofisticados. Hermosos y tan suaves ydelicados a la vez, que la idea de que rozasen la piel des-nuda de Nate hizo que Blair se sintiese casi maternal.Los arrugó y hundió su rostro en ellos. El aroma de lafina cashmer le inundó la nariz y cerró los ojos, imagi-nándose a Nate sin camisa, con aquellos pantalones, superfecto pecho desnudo mientras servía dos copas dechampán en la suite del St. Claire. Eran decididamente sexy. No había ninguna duda.Tenía que comprarlos. Serena simuló estar muy interesada en un albornozde Ralph Lauren talla extragrande. Era tan grande quese podía esconder de Blair tras él y estaba colgado bas-tante alto, lo cual le permitía ver a Blair sin problemas.Se preguntó si ésta estaría comprándole algo a Nate.Probablemente. Q u é tío con suerte: los pijamas queestaba mirando eran fantásticos. Antes, en los buenos tiempos, Blair le habría pedido aSerena que la ayudase a elegir un regalo para Nate. Ya no. -¿Busca un regalo? - p r e g u n t ó un dependiente, acer-cándose a Serena. Parecía un culturista: bronceado por62
  • 61. el sol, con la cabeza afeitada y reventando prácticamen-te las costuras del traje. - N o , yo... -titubeó Serena. No quería que el hom-bre la llevase de aquí para allá por la tienda mostrándo-le cosas por miedo a que Blair la viese-. Sí. Para mihermano. Necesita un albornoz nuevo. -¿Es su talla? - p r e g u n t ó el dependiente, señalandola que ella miraba. -Sí, es perfecta -dijo Serena-. Me la llevo -vio queBlair se acercaba al mostrador con el pantalón de pija-ma en la mano-. ¿Le puedo dar la tarjeta de créditoaquí? -preguntó, volviéndose hacia él para mirarlo consus ojos azules de largas pestañas. Sacó la tarjeta de sucartera y se la dio. -Sí, por supueto -dijo él. Descolgó rápidamente elalbornoz de la percha y cogió la tarjeta-. Enseguidavuelvo. - E s un regalo -dijo Blair al hombre del mostrador.Le alargó la tarjeta de crédito. La tarjeta tenía su nom-bre, pero en realidad no era suya. Era de la cuenta de sumadre. Los padres de Blair no le daban una asignación,la dejaban comprar lo que ella necesitase, dentro de unlímite. Un pantalón de pijama de casi cuatrocientosdólares para Nate cuando ni siquiera era Navidades nose podía considerar dentro de ese límite, pero Blair yaencontraría una forma de convencer a su madre de quela compra había sido absolutamente necesaria. - L o siento, señorita -dijo el dependiente-, pero sutarjeta de crédito ha sido rechazada -se la devolvió-.¿Quiere probar con alguna otra tarjeta? 63
  • 62. -¿Rechazada? -repitió Blair, ruborizada-. ¿Estáseguro? -Sí. Totalmente -dijo el hombre-. ¿Quiere usar elteléfono para llamar a su banco? - N o , gracias -dijo Blair-. Volveré en otro momento. Guardó la tarjeta en su cartera, cogió los pantalonesy se dio la vuelta, dirigiéndose al perchero de donde loshabía cogido. La cashmer era suave como la mantequi-lla y le dio rabia tener que marcharse sin ellos. ¿Quéhabría pasado? Desde luego que a su madre no se lepodría haber evaporado el dinero así como así. Pero nopodía llamarla para preguntárselo, porque le habíamentido para poder marcharse; le había dicho que seiba al cine con Nate. Cuando estaba colgando los pantalones, Blair se diocuenta de que el hombre les había quitado el clip anti-rrobo. También vio que quedaban muchos más panta-lones de cashmer gris. ¿Se darían cuenta... si se losllevaba? Al fin y al cabo, había intentado pagarlos. Ade-más, con el dineral que se gastaba en Barneys, se mere-cía un regalito. Serena esperaba que el forzudo volviese con el albor-noz que no quería comprar y su tarjeta de crédito. V i ocómo Blair comenzaba a dejar los pantalones en el per-chero y luego se detenía. -Firme en la X, por favor -le dijo el dependiente aSerena. Ella se volvió y él le dio una gran bolsa negra deBarneys. Dentro estaba el albornoz metido en una caja. -Gracias -dijo Serena. Cogió el recibo y se arrodillóen el suelo, apoyándose en la caja para firmarlo.64
  • 63. A lo lejos, vio cómo Blair se agachaba entre dos per-cheros de pijamas de franela y rápidamente metía en subolso el pantalón de pijama de cashmer. ¡Serena no po-día creer que Blair estuviese robando! -Muchas gracias -dijo, poniéndose de pie. Le dio elrecibo al dependiente, cogió su bolsa y se dirigió a lasalida. Aunque no había hecho nada malo, ver a Blair robarla hacía sentirse como si ella misma lo hubiese hecho.No veía el momento de estar fuera. Cuando se encon-tró en la calle, se dirigió a Madison andando a pasorápido. La bolsa con el albornoz le golpeaba la piernamientras inspiraba el fresco aire otoñal a grandes boca-nadas. Había ido a Barneys a buscar algo guay paraponerse, y salía con un albornoz enorme para hombre.Además, ¿qué hacía espiando a Blair? ¿Y qué diabloshacía Blair robando? Porque, desde luego, dinero no lefaltaba. Sin embargo, su secreto estaba seguro con Serena.No tenía a quien contárselo. Blair salió de Barneys y subió por Madison con elpulso acelerado. No había sonado ninguna alarma ynadie parecía seguirla. ¡Había salido impune! Porsupuesto, sabía que robar estaba mal, especialmentecuando tienes suficiente dinero para pagar las cosas,pero, sin embargo, era excitante hacer algo tan ilegal.Era como hacer el papel de la mala de la película en vezdel de la pura y fiable vecinita de al lado. Además, erapor una sola vez. No se iba a convertir por ello en unaladrona de tiendas ni en nada por el estilo. 65
  • 64. Luego vio algo que la hizo detenerse. En la esquina,el rubio pelo de Serena van der Woodsen brillaba al solmientras ella esperaba en el semáforo para cruzar. L l e -vaba una gran bolsa negra de Barneys colgada del bra-zo. Y justo antes de comenzar a cruzar la calle, se dio lavuelta y miró directamente a Blair. Blair bajó la cabeza, simulando mirar su Rolex."Mierda", pensó. "¿Me habrá visto? ¿Me habrá vistollevarme el pantalón de pijama?". Manteniendo la vista baja, abrió el bolso y buscó uncigarrillo. Cuando volvió a levantar la cabeza, Serenahabía cruzado la calle y desaparecía en la distancia. "¡Qué más da que me haya visto!", se dijo Blair.Encendió un cigarrillo con dedos nerviosos. Serenapodría ir por ahí diciéndole a todo el mundo que habíavisto a Blair Waldorf robando en Barneys, pero nadie lacreería. ¿No es verdad? Mientras caminaba, Blair hundió la mano en su bol-so y acarició la suave cashmer de los pantalones. No veíael momento en que Nate se los pusiese. En cuanto selos pusiera, él se daría cuenta de lo que ella sentía y laquerría más que nunca. Le daba igual lo que dijeseSerena, nada interferiría en aquello. Un segundo, señorita: regalar cosas robadas trae malkarma. A ver si esto te trae malas vibraciones y se tejoroba el plan.66
  • 65. Plantados en Brooklyn - ¿ Q u é haces aquí? -le preguntó Vanessa Abrams aDan cuando Dan y Jenny llegaron al Five and Dime. -Quería ver cómo había salido la peli de Serena-dijo él con un encogimiento de hombros, como si nole diese importancia. " S i , me lo voy a creer y todo", pensó Vanessa."Querrás decir que vienes a lamerle el huesudo culo aSerena". -Serena no está aquí -les dijo a Jenny y Dan, al ver-los mirar en derredor. El bar en penumbras estaba casivacío, con dos tíos veinteañeros sentados a una mesa delfondo leyendo el Sunday Times y fumando. -Pero es la una y media -dijo Jenny, mirando elreloj-. Se supone que teníamos que reunimos a la una. - Y a sabéis cómo es -dijo Vanessa con un encogi-miento de hombros. Era verdad, sabían que Serena siempre llegaba tardea todos sitios. Sin embargo, a Jenny y Dan no lesimportaba. Era un honor que ella les concediese su pre-sencia. Pero a Vanessa la sacaba de sus casillas. Clark se acercó y pasó sus dedos por el negro cabe-llo de Vanessa cortado al ras. -¿Queréis algo para beber, chicos? -ofreció. Vanessa le sonrió. Le encantaba que Clark la tocasefrente a Dan. Dan se lo tenía merecido. Clark era el bar-man del Five and Dime, el bar de la calle donde Vanessavivía con su hermana mayor, Ruby que vestía pantalonesde piel y tocaba el bajo en un grupo. Clark tenía veintidósaños, largas patillas pelirrojas y hermosos ojos grises, y era 67
  • 66. el único tío que no la hacía sentir paliducha, rechoncha yrara. Vanessa siempre había creído que a Clark le molabaRuby que tocaba con su grupo en el bar, pero Clark lehabía confesado que era ella quien le gustaba. -Eres diferente -le dijo-, y eso me encanta. Desde luego que Vanessa era diferente, muy diferentede sus compañeras de clase del Colegio Constance Billardpara Niñas. Ellas vivían con sus padres ricos en fantásticosáticos de la Quinta Avenida. Ella vivía en un pequeño apar-tamento sobre una bodega española en Williamsburg, Broo-klyn. Había crecido en Vermont, pero cuando cumplióquince años lloró y pataleó hasta que sus padres, artistasambos, cedieron y le dieron permiso para que se fuese avivir a Nueva York con Ruby, con la única condición de quetuviese una buena y sólida educación en el conservadorColegio Constance Billard. Las compañeras de clase deVanessa no sabían cómo tomarla. Mientras ellas se dabanlas mechas y hacían compras en Barneys o Bendels, Vane-ssa se rapaba la cabeza con maquinilla eléctrica y comprabapantalones y camisetas negros que no mostrasen el logo deninguna marca y que no resultaran femeninos en absoluto. Vanessa conocía a Dan desde que, en décimo curso,ambos se quedaron atrapados en una escalera y nopudieron entrar a una estúpida fiesta, y eran buenosamigos desde entonces. El año pasado, Vanessa y Danhabían estado mucho tiempo juntos y Vanessa habíaperdido la cabeza por él. Pero Dan solo tenía ojos parauna chica: Serena van der Woodsen. Por suerte, Vanessa había comenzado a salir con Clarky estaba intentando superar el enamoramiento que sentíapor Dan, pero no le resultaba fácil. Cada vez que veíasu figura desaliñada, su pálido rostro y sus manos tré-68
  • 67. mulas, sentía que la cabeza le daba vueltas. Dan, porsupuesto, no tenía ni idea de que aquello sucediese.Seguía siendo simpático con Vanessa o la ignorabacompletamente cuando estaban con Serena, lo cual nole resultaba nada fácil a Vanessa. La hermana de Dan, Jenny, trabajaba con Vanessa enRencor, la revista de arte que publicaban las alumnas delConstance Billard. Vanessa era la editora jefe. Jenny erauna talentosa calígrafa y fotógrafa y tenía grandes dotesde observación. Ambas habían ayudado a Serena con supelícula; por un lado, porque ella se lo había pedido y,por otro, porque era imposible decirle que no a Serena.Pero Jenny no tenía ningún interés en ser amiga deVanessa, que era un bicho raro y no tenía ni idea de mo-da; no era en absoluto el tipo de chica al que aspirabaconvertirse Jenny. -¿Sabes hacer café irlandés? -preguntó Dan. Era subebida favorita, ya que casi todo consistía en café. -Desde luego -dijo Clark. - Y o tomaré una coca -dijo Jenny. No le gustaba elsabor del alcohol, excepto el del champán. -Bueno, ¿vemos la peli de Serena o qué? -dijo Dan,haciendo girar su taburete de un lado a otro. -Tenemos que esperar a que llegue Serena, tonto-dijo Jenny. - Y o estoy hasta el culo de pelis -dijo Vanessa-. L l e -vo tres semanas haciendo lo mismo. Se había ido a la cama tarde todas las noches para tra-bajar en su película para el Festival Superior de Cine delColegio Constance Billard, que además pensaba mandara la N Y U con su solicitud. El sueño de Vanessa era ir ala N Y U el año siguiente y hacer una maestría en cinema- 69
  • 68. tografía. Quería ser una directora famosa de películas deculto como The Hunger y Ghost Dog, pero su últimoesfuerzo había resultado más bien desastroso. El argumento de su película había sido tomado deuna escena de Guerra y paz, de León Tolstoy. Dan hacíael papel protagonista con Marjorie, una alumna delanteúltimo curso del Constance que mascaba chicle yno tenía el mínimo talento. Vanessa había decidido usara Marjorie en vez de a Serena aunque la última era per-fecta para el papel, porque no podía soportar la idea deque Dan se pasase ensayo tras ensayo con cara de imbé-cil. Craso error. Era una escena de amor, pero entreDan y Marjorie no había nada de química. Había par-tes en que habría soltado la carcajada si no hubiesepasado un rato desde que estuvo llorando de lo malaque era la película. Tenía la esperanza de que el juradodel festival se concentrase en la calidad de la cinemato-grafía, lo cual era su punto fuerte, en vez del diálogo yla actuación, totalmente desastrosos. La película de Serena, por el contrario, había resul-tado la obra de arte más austera y cerebral con la queVanessa se había encontrado en su vida. No podíasoportar verla. Y lo que más rabia le daba era que habíasido por pura casualidad. Serena no tenía ni idea de loque hacía, pero, por algún motivo, la película habíaresultado totalmente apasionante, genio puro. Porsupuesto, en parte se debía a que Vanessa había hechola mayoría del trabajo de cámara. No podía creerse quehabía ayudado a Serena a hacer la dichosa película sinque su nombre figurase en los créditos. Dan miró el reloj por enésima vez. Estaba que semeaba de los nervios.70
  • 69. -Jesús, ¿por qué no la llamas? -exclamó Vanessa,impaciente, convertida en una arpía por los celos. Dan había metido el n ú m e r o de Serena en la memo-ria de su móvil hacía semanas. Sacó el teléfono del bol-sillo de su abrigo y se bajó del taburete, paseándosemientras esperaba que ella lo cogiese. Finalmente, oyóel mensaje del contestador. - H o l a , soy Dan. Estamos en Brooklyn, ¿y tú, dóndeestás? Llámame cuando puedas. Vale, adiós -intentóque su voz pareciese despreocupada, pero le resultó casiimposible. ¿Dónde estaría Serena? Volvió al taburete y se subió a él. Había una humeantecopa de café irlandés en la barra frente a él. Estaba coro-nado con un copete de crema montada y olía delicioso. - N o estaba en casa -dijo, luego sopló la bebida antesde tomar un trago gigantesco. Serena subía en el ascensor hacia su casa cuando sedio cuenta de su error. A su lado había una mujer mayorcon abrigo de visón, que llevaba en la mano la secciónde "Estilo" del Sunday Times. Era domingo. Se suponíaque Serena tenía que estar en Brooklyn, repasando losúltimos cortes de su peli con Vanessa y Jenny. Y tendríaque haber estado allí hacía una hora. - M i e r d a -dijo en voz baja. La mujer del abrigo de visón le lanzó una miradade enfado antes de bajarse del ascensor. En su época,las chicas que vivían el la Quinta Avenida no llevabanvaqueros ni decían palabrotas en público. Asistían alas fiestas de cotillón y llevaban guantes y collares deperlas. 71
  • 70. Serena también podía ponerse guantes y perlas, peroprefería los vaqueros. -Mierda -dijo Serena nuevamente, tirando las llavessobre la mesa del vestíbulo. Corrió por el pasillo hasta suhabitación. La luz del contestador automático de su telé-fono titilaba. Pulsó el botón y escuchó el mensaje de Dan. - M i e r d a -dijo por tercera vez. No había imaginadoque Dan se encontraría allí. Y no tenía ni el número demóvil de Dan ni el de Jenny, sólo el n ú m e r o de su casa,así que no podía devolverles la llamada. En el fondo de su corazón, sabía por qué seguramen-te se había olvidado de ir a Brooklyn. No había queri-do volver a ver la película, particularmente con otragente. Era la primera que había hecho y se sentía unpoco insegura, aunque Vanessa parecía creer que erarealmente fantástica. No era una película normal. Era una especie de pelí-cula sobre cómo hacer una película cuando no tienesningún actor y no sabes cómo usar el equipo. Como undocumental dentro de un documental. Serena se lohabía pasado muy bien haciéndola, pero no estabasegura de si alguien que no la conociese sería capaz decomprenderla. Pero Vanessa estaba tan entusiasmadaque Serena la había apuntado para participar en el fes-tival del colegio. El primero ganaba un viaje al Festivalde Cannes en mayo, un premio donado por el padre deIsabel Coates, un famoso actor. Serena ya había estado en Cannes muchas veces, así queel premio le daba igual. Pero estaría guay ganar, especial-mente ya que Blair y Vanessa también participaban, y ellasestaban en la clase de filmografía avanzada, mientras queSerena no tenía ninguna experiencia en absoluto en rodajes.72
  • 71. Encontró el listín telefónico del colegio y marcó elnúmero de la casa de Vanessa. - H o l a , soy Serena -dijo cuando se puso en marcha elcontestador-. Se me ha pasado totalmente que tenía-mos que vernos hoy. Lo siento, soy una imbécil. Pues,entonces, te veo en clase mañana, ¿vale? Adiós. Luego marcó el n ú m e r o de la casa de Dan. -¿Dígame? -dijo una voz ronca. - ¿ H a b l o con el señor Humphrey? -Sí, ¿qué quiere? -¿Está Dan? Soy una amiga, Serena. - ¿ L a de los brazos dorados y los labios de frambue-sa? ¿La de las manos como alas? -¿Perdone? -dijo Serena, confundida. ¿Se habíavuelto loco el padre de Dan? -Te ha estado escribiendo poemas -dijo el señorHumphrey-. Dejó su cuaderno sobre la mesa. - A h -dijo Serena-. Pues, ¿puede decirle que le hellamado? - P o r supuesto -dijo el señor Humphrey-. Estoyseguro de que le encantará saberlo. -Gracias -dijo Serena-. Adiós. Colgó y comenzó a morderse la uña del pulgar, unvicio que había cogido en el internado. El hecho de queDan le escribiese poesías la ponía más nerviosa todavíaque la idea de que él viese su peli. ¿Había calado Danmucho más hondo en Serena de lo que ella creía? Sí, señor. Mucho más. - N o creo que venga -dijo Jenny, bostezando-. Segu-ro que anoche se fue a la cama tarde o algo por el esti-lo -a Jenny le gustaba pensar que Serena era una diosa 73
  • 72. de la noche que salía hasta las tantas, bebiendo cham-pán y bailando sobre las mesas. Hasta hacía poco, aquello habría sido verdad. -Pero a mí me gustaría ver su peli -dijo Dan, pasán-dose la mano por el flequillo. Esbozó una sonrisa mali-ciosa-. ¿No podemos ir a verla a tu casa? -Preferiría que no -dijo Vanessa, con un encogi-miento de hombros-. Ya la he visto tropecientas milveces - l a verdad era que no soportaba sentarse a vercómo se le caía la baba a Dan por Serena como si fueseun cachorrillo enamorado. Era terrible. - Y o creo que tendrías que esperar hasta que Serenadiga que sí -le dijo Jenny-. O sea, ¿cómo sabes que ellaquiere que tú la veas? - N o le molestará. Vanessa odiaba la excitación con que le brillaban aDan los ojos. El se moría por ver la peli de Serena. Leacercó las llaves. -Yo me quedo aquí con Clark. Vosotros podéis ir a verla peli si queréis. Está en el vídeo de la habitación de Ruby.No os preocupéis, que Ruby se ha ido de fin de semana. - Y o no quiero verla sin Serena -insistió Jenny,meneando la cabeza. Dan cogió las llaves y se puso de pie. Estaba decep-cionado porque Serena no había ido, pero no estabadispuesto a perdérsela. -Vale -dijo-. La veré solo. Jenny hizo girar su taburete hacia un lado y hacia elotro mirando a su hermano marcharse mientras toma-ba la coca cola. -Oye, ¿tienes a Peterson en Historia Americanaeste año? -le preguntó Vanessa a Jenny, intentando i n i -74
  • 73. ciar una conversación-. La gente siempre inventa esamierda de que es drogadicta, pero una vez que tuvimosuna reunión entre profesores y alumnos me habló unrato de la enfermedad que tiene, que hace que le tiem-blen las manos. Fue muy guay que me lo dijera. Yo loflipaba. Jenny siguió haciendo girar su taburete. - N o tenemos Historia Americana hasta el año queviene -dijo con voz inexpresiva. No sabía por qué Vanes-sa se comportaba de aquella manera tan amable derepente. Vanessa había supuesto que la respuesta sería máscálida. -¿Entonces tienes Historia Europea? Perdona, perono me acuerdo nada del noveno curso -dijo. - S í -respondió Jenny-. Es una mierda -se bajó deltaburete de un salto y se abotonó la chaqueta vaqueraDiesel-. Ejem, creo que voy a coger un taxi hasta micasa. Hasta luego. -Adiós -dijo Vanessa. Y ella que había intentado seramable. Ojalá pudiese mandar a Dan y a su hermanitaa la porra. Para entretenerse, le miró el culo a Clark,que se agachaba a cargar la nevera con botellines decerveza. - O y e , noviete -le gritó-. Estoy aburrida. Clark la miró por encima del hombro y le lanzó unbeso. "Gracias a Dios que está Clark", pensó Vanessa. Oja-lá fuese más... Ojalá fuese Dan. 75
  • 74. J juega al fútbol con los mayores - ¿ M e puede dejar aquí? -dijo Jenny. El taxista había cogido la F D R hacia el centro des-pués del puente de Williamsburg e intentaba cruzarhacia el West Side por la Setenta y Nueve, pero el trá-fico era terrible y llevaban más de diez minutos paradosen el mismo semáforo. Jenny miraba cómo subía elcontador mientras estaban detenidos. Se podría habercomprado tres brillos labiales M - A - C con lo que le esta-ba costando aquella carrera en taxi. Finalmente, nopudo soportarlo más: era un hermoso día de otoño,podía caminar. Le pagó al taxista y se bajó en la Setenta y Nueve yMadison y se dirigió al Oeste, hacia Central Park. El solotoñal estaba bajo en el cielo y Jenny entrecerró los ojos,cruzando apresuradamente la Quinta Avenida para entraral parque. Los senderos estaban cubiertos de hojas dora-das y el aire olía a fuegos de leña y a los perritos calientesde los vendedores ambulantes. Jenny caminaba rápida-mente, con las manos metidas en los bolsillos de la cha-queta, la vista clavada en sus Pumas azul claro y lamente en su hermano. ¿Se daría cuenta de la forma enque se estaba comportando? Era como si hubiese per-dido su personalidad totalmente y dedicase cada minu-to del día a adorar a Serena. Jenny también sabíapositivamente que Dan había escrito poesía triste ymelancólica sobre Serena, porque le había pilladohaciéndolo. Cuando me corto al afeitarme, pienso en tus dientes enmis labios y el dolor se convierte en placer.76
  • 75. Ése era el verso que había logrado leer antes de queDan le arrancase el cuaderno de las manos. Era tanpatético que daba pena. Lo bueno de que Dan se viese con Serena era queahora Jenny podía acercarse a Serena en el colegio ycomenzar a hablar con ella, por más que Serena mesealgo así como la alumna del último curso más guay detodo Nueva York y Jenny una humilde alumna de nove-no curso. Pero si Serena se enteraba alguna vez de lopatético que era Dan, escaparía corriendo y dando gri-tos. ¿Y si Serena se hartaba de Dan y luego dejaba dehablar a Jenny? Dan iba a arruinar todo. Jenny caminó por los senderos del parque. Le dabaun poco igual por dónde iba. Llegó al borde del SheepMeadow y se acercó al césped. Un grupo de chavales jugaba al fútbol a unos treintametros. Jenny no les podía quitar los ojos de encima, a unode ellos en particular. El pelo masculino brillaba colormiel mientras él driblaba, esquivaba a sus colegas y lanza-ba hacia la portería, deHmitada por jerséis y mochilas.Estaba bronceado y el movimiento destacaba los músculosde sus brazos desnudos. Daban ganas de comérselo. De repente, el balón voló hacia Jenny, dio en el sue-lo y botó a sus pies. Ella se lo quedó mirando mientrasel rubor le subía por el cuello. -¡Venga, chuta! - g r i t ó uno de los chicos. Jenny levantó la vista. Era el chico rubio, de pie, aunos diez metros, con las manos en las caderas y losverdes ojos brillantes. Tenía las mejillas sonrojadas y lafrente perlada de sudor. Jenny nunca había visto a unchico tan guapo ni se había sentido de aquella formamirando a uno. 77
  • 76. Apartó la mirada y se concentró en el balón, mor- entrediéndose el labio al echar el pie hacia atrás. Luego le chamrdio un puntapié lo más fuerte que pudo. ñas y i En vez de volver a la zona donde jugaban los chicos,el balón subió recto hacia arriba por encima de su cabe-za. Jenny se tapó la boca con las manos, muerta de ver-güenza. :. 1 -¡Ya lo tengo! - g r i t ó el rubio, corriendo hacia ella.El balón cayó del cielo y él lo mandó hacia sus amigos --• Penide un cabezazo, los músculos de su cuello flexionándo-se como por arte de magia. Se detuvo y se volvió hacia I - - - " •Jenny. Fn L -Gracias -dijo, jadeando. Estaba tan cerca que Jennypodía oler su perfume. El alargó la mano-. Soy Nate. Jenny se quedó mirando la mano un segundo y lue-go alargó la suya y se la estrechó. - Y o soy Jennifer -dijo. Jennifer le parecía muchomayor y más sofisticada que Jenny. De ahora en adelan-te, se dijo, sería Jennifer. -¿Quieres venirte con nosotros un rato? -le pregun-tó Nate al estrecharle la mano. Jennifer tenía un rostrotan dulce y había hecho un esfuerzo tan grande porpatear el balón que no pudo resistirse. -Ejem... -dijo Jenny, deliberando. Mientras ella lohacía, Nate le vio el pecho. Joder, vaya par de perolas.No podía dejar que ella se fuese sin que Jeremy y losotros tuviesen la oportunidad de verla. Todos los chicos son iguales, no hay nada que hacer. -Venga -le dijo-. Somos todos chicos buenos, te lojuro. Jenny les lanzó una mirada a los otros tres mucha- HE 33chos, asegurándose de que Chuck Bass no estuviese 78
  • 77. entre ellos. Jenny se había pasado un poco con elchampán en una fiesta superelegante hacía unas sema-nas y había dejado que un chico llamado Chuck Bass lallevase bailando hasta el cuarto de baño de señoras. Loúnico que había hecho fue besarla, aunque habríahecho mucho más si Serena y Dan no la hubiesen res-catado. Chuck ni siquiera le había preguntado su nom-bre. Gilipollas. Pero Chuck no estaba allí. -Vale -dijo, con un encogimiento de hombros. Nopodía creer que aquello le estuviese sucediendo a ella.En los chismorreos del colegio había oído hablar deun Nate que iba a las fiestas. Estaba segura de quetenía que tratarse del mismo Nate. ¡Era el chico másguapo del Upper East Side y acababa de decirle quese acercase a su grupo! Era como si ella se hubiesemetido en un armario y entrado a un mundo de fan-tasía hecha realidad, dejando al tonto de su hermanoenamorado, con su poesía triste y melancólica allá alo lejos. Jenny siguió a Nate hasta donde se encontraban suscolegas, que habían dejado de jugar al fútbol y tomabanGatorade azul. -Chicos, ésta es Jennifer -dijo Nate, con una sonri-sa alegre-. Jennifer, éstos son Jeremy, Charlie yAnthony. Jenny les sonrió y ellos le sonrieron a su pecho. - M u c h o gusto, Jennifer -dijo apreciativo JeremyScott Tomkinson. Era pequeño y delgaducho y sus pan-talones caqui estaban manchados de césped. Pero teníaun corte de pelo genial, con largas patillas y un espesoflequillo, como una estrella de rock inglesa. 79
  • 78. -Ven, siéntate con nosotros -dijo Anthony Avuldsencon su típica voz de furneta. Tenía el pelo muy rubio y lanariz adorablemente pecosa. Sus brazos eran todavía másmusculosos que los de Nate, pero Jenny prefería a Nate. -Estábamos a punto de encenderla -dijo Charlie Dern,mostrando una pequeña pipa. Tenía la cabeza cubierta dealborotados rizos castaños y era inmensamente alto. Sen-tado con las piernas cruzadas, las rodillas le llegaban prác-ticamente a las orejas. Tenía una bolsita de plástico llenade marihuana en el regazo. - N o te importa, ¿verdad, Jennifer? -dijo Nate. Jenny se encogió de hombros, intentando parecerdespreocupada, aunque estaba un poquito nerviosa.Nunca había fumado maría antes. - P o r supuesto que no -dijo. Nate y ella se sentaron en el césped con los otroschicos. Charlie encendió la pipa, inhaló profundamen-te y se la pasó a Nate. Jenny estudio la forma en que Nate sujetaba la pipa.Quería probarla, pero no quería que ellos se diesencuenta de que era su primera vez. Nate tenía las mejillas llenas de humo cuando le pasóla pipa a Jenny. Ella la tomó haciendo un hueco en lapalma de la mano derecha, exactamente como él lohabía hecho. Nate encendió el mechero dos o tresveces hasta lograr que prendiese. Luego ella inhaló.Sentía el humo llenándole los pulmones, pero no esta-ba segura de qué hacer con él. -orna -dijo, intentando desesperadamente no soltarel humo. Le pasó la pipa a Anthony. - B i e n hecho - c o m e n t ó Charlie, expresando su apro-bación con un movimiento de cabeza.80
  • 79. -acias -dijo Jenny, con los ojos llenos de lágrimas.Dejó escapar un poquito de humo por las comisuras dela boca. Se sentía extremadamente chula. La pipa le volvió a llegar y esta vez la encendió sola,copiando la forma en que lo habían hecho los chicosmientras intentaba simular indiferencia. Nuevamente,contuvo el aliento lo más que pudo sin echarse a toser.Sentía que le iban a explotar los ojos. -Esto me recuerda algo -dijo, pasándole la pipa aAnthony otra vez-. No recuerdo qué, pero a algo, deci-didamente. - S í -estuvo de acuerdo Jeremy. - M e recuerda el verano -dijo Anthony. - N o , eso no es -dijo Jenny cerrando los ojos. Su padrela había enviado a pasar el verano a un campamento dearte hippy en las montañas Adirondack. Ella había tenidoque escribir haíkus" sobre el entorno, cantar canciones depaz en español y en chino, y hacer mantas en un telar paralos sin techo. El sitio olía a pis y mantequilla de cacahue-te-. El verano fue una mierda. En lo que pienso es enalgo bueno, como en Halloween cuando eres pequeño. -Exactamente -dijo Nate. Se recostó en el césped ylevantó la vista hacia las hojas doradas que se movíancon la brisa por encima de sus cabezas-. Es exactamen-te como Halloween -dijo. Jenny se echó a su lado. Normalmente, nunca habríahecho algo así, porque cuando se acostaba las tetas se leaplastaban hacia los costados de las costillas y se le defor-maban completamente. Pero por una vez no le preocupa-ban sus tetas. Se encontraba bien allí, junto a Nate,respirando el mismo aire que él. 4 Poesía japonesa muy delicada que lleva a la meditación. 81
  • 80. -Cuando era pequeña me tapaba los ojos y creía quenadie me podía ver si yo no los veía -dijo, pasándose lamano por los ojos. - Y o también -dijo Nate, cerrando los ojos. Se sentíatotalmente relajado, como un perro durmiendo frente ala chimenea después de correr mucho. Jennifer era real-mente simpática y no tenía ninguna expectativa enabsoluto; se sentía genial con ella. Ojalá Blair supiese lo sencillo que era hacerle feliz. -Cuando eres más pequeño, todo es más simple,como eso, ¿sabes? -dijo Jenny. Sentía la lengua sueltaen la boca y no podía dejar de hablar-. Pero cuanto mayorte haces, más se complican las cosas. -Totalmente -dijo Nate-. Como ir a la universidad. Derepente, tenemos que planear qué es lo que vamos a hacerel resto de nuestras vidas e intentar impresionar a la gen-te con lo listos y motivados que estamos. ¿Acaso nuestrospadres van a ocho clases diarias, están en equipos dedeportes, publican el periódico y ayudan a niños con dis-capacidades o lo que sea todos los días? N o . - E s una locura -asintió Jenny. Aún no sentía la pre-sión de acceder a la universidad, pero podía identificar-se con él-. Lo único que hace mi padre todo el día esleer y escuchar la radio. ¿Por qué tenemos que hacertanto nosotros? - N o lo sé -suspiró Nate cansado. Le cogió la manoa Jenny y entrelazó sus dedos con los de ella. Jenny sentía como si se estuviese derritiéndose en elcésped. El lado que tocaba el de Nate estaba cálido yvibraba, y sentía como si su mano se hubiese fusionadocon la de él. Nunca se había sentido tan genial en todasu vida.
  • 81. -Oye, ¿quieres venir a mi casa a comer algo? -dijoNate, rozándole los nudillos con el pulgar. Jenny asintió con la cabeza. Sabía que no era necesa-rio que dijese nada. Nate la podía oír. No se podía creer lo rápido que podía cambiar lavida. ¿Cómo iba a saber cuando se levantó aquellamañana que aquel día se enamoraría? 83
  • 82. D está obsesionado Dan sintió que era un poco pervertido al principio,mirando la peli de Serena solo en el apartamento de Rubyy Vanessa. Pero en cuanto se sirvió un vaso de coca colade la nevera marrón, se sentó en el borde del futón deRuby, que estaba sin hacer, y pulsó play, se olvidó de sen-tirse cohibido. La cámara mostró un primer plano de los labios deSerena, rojos y brillantes. -Bienvenidos a mi mundo -dijo ella, riéndose. Lue-go sus labios comenzaron a caminar. En realidad, eraSerena quien caminaba. La cámara seguía enfocada ensus labios mientras el fondo cambiaba-. Estoy cogien-do un taxi. Uso mucho el taxi -dijo Serena-. Es caro. Un taxi se detuvo tras ella y los labios se acomoda-ron en el asiento de atrás. -Ahora vamos hacia el centro. AJefffey. Es una tien-da genial. No sé lo que estoy buscando, pero estoysegura de que lo encontraré. La cámara permaneció en sus labios, que se mantu-vieron silenciosos todo el viaje. Se oyó música. Algo delos sesenta en francés. Quizá Serge Gainsbourg. A través de la sucia ventanilla del taxi pasaban reta-zos de escenas callejeras de Nueva York. Dan se aferró a su vaso de coca cola. Era tremenda-mente provocativo ver solamente los labios de Serena.Sentía que se desmayaba. - Y a hemos llegado -dijeron los labios de Serenafinalmente. La cámara siguió a sus labios, que se baja-ron del taxi y se dirigieron a las puertas acristaladas de84
  • 83. un blanco edificio iluminado-. M i r a d qué ropa más fan-tástica -murmuraron los labios. Se mantuvieron ligera-mente entreabiertos mientras Serena veía lo que habíaen la tienda. Dan tanteó el bolsillo de su pantalón, buscando uncigarrillo, con las manos temblándole incontrolable-mente. F u m ó uno y luego otro, mientras la cámararecorría la tienda junto a los labios de Serena, que separaron primero a besar un pequeñísimo bolso marróncon la imagen de un perro y luego un jersey de angoracon lentejuelas frente a la lente. Finalmente, los labiosdescubrieron un vestido que les encantó. - E s de un rojo perfecto -dijeron los labios, fascina-dos-. Últimamente soy muy aficionada al rojo. Deacuerdo, me lo voy a probar. Dan encendió un tercer cigarrillo. La cámara siguió a los labios de Serena al probador.Parlotearon mientras Serena se quitaba la ropa. -Hace un frío de morirse aquí -dijo-. Espero que nosea pequeño. Me da mucha rabia cuando las cosas mequedan pequeñas -su cabello, sus hombros, su cuello,sus orejas, se vieron en el espejo durante una fracciónde segundo, pero desenfocados. Era casi insoportable1X113*3.1". Y luego... -¡Cha, chaaanl -dijeron los labios. La cámara semovió hacia atrás lentamente, revelando a Serena alcompleto, vestida con un fantástico vestido rojo detirantes. Estaba descalza y tenía las uñas de los pies pin-tadas también de rojo-. ¿No es divino? -dijo ella.Aplaudió, girando en redondo, y el vestido se extendió,abriéndose como una campana a la altura de sus rodi- 85
  • 84. lias. Se oyó la canción francesa otra vez y luego la pan-talla fundió a negro. Dan se dejó caer hacia atrás en la cama. Lo que másdeseaba en el mundo era estar con Serena en aquelmomento. ¡Aquellos labios! Quería besarlos una y otravez. Sacó el móvil del bolsillo y buscó su número, pulsán-dolo al encontrarlo. -¿Dígame? -dijo Serena, que respondió a la primerallamada. -Soy Dan -dijo él, y se le quebró la voz. Casi nopodía respirar. - H o l a . Oye, cómo lo siento. Siento muchísimo olvi-darme de la reunión. ¿Se enfadó mucho Vanessa? Dan cerró los ojos. -Acabo de ver tu peli -dijo. Cogió el mando y lapuso a rebobinar. Serena se quedó cortada. Q u é vergüenza. - A h -dijo-. ¿Qué te parece? -Creo -dijo Dan, tras hacer una profunda inspiración.¿Podría decírselo? ¿Podría? Lo único que necesitabaeran dos palabras. Podía decírselas en aquel momento ylisto. Claro que podía. Pero no pudo. - M e . . . encantó -dijo en vez de ello, sin tener valoren el último momento. - ¿ D e veras? -Sí. - ¿ Y a tu hermana? ¿Qué le parece? Sólo ha visto tro-chos aquí y allá. Había toneladas más de película, peroVanessa y yo decidimos dejarla en la movida de loslabios.86
  • 85. -Jenny no quiso verla sin ti -dijo D a n - . La he vistoyo solo. Vanessa me dio la llave -se sintió incómodo alreconocerlo, pero no le quiso mentir. - A h -dijo Serena, y recordó lo que el padre de Danhabía dicho sobre las poesías. ¿Y ahora estaba viendo supelícula solo en casa de Vanessa? Serena no pudo evitarque le pareciese extraño. -Estoy que me muero por el fin de semana próximo-dijo Dan, sentándose-. ¿Crees que debería intentarconseguir una entrevis...? -Genial -dijo Serena, cortándole-. Entonces, nosvemos el viernes, ¿vale? Grand Central, a las tres. -Vale -dijo Dan. ¿Eso era todo? ¿Se acababa la con-versación? -Hasta luego -dijo Serena, y colgó. No quiso seguirhablando, no fuera a ser que Dan le dijese algo serio yella no supiese qué decirle. A Dan se le estaba yendo unpoco la olla. -Hasta luego -dijo Dan. Pulsó el botón play del man-do otra vez, la mente todavía confusa por la fascinación dela película. No pasaba nada si la volvía a ver, ¿no? Mmm... Esto me huele a obsesión. Y no me refieroal perfume. 87
  • 86. -Nunca he estado en una casa como ésta -dijo Jenny,deteniéndose en el porche de la casa de Nate. Era de trespisos, con jardineras pintadas de verde llenas de geraniosen las ventanas y hiedra que caía del tejado. La puertatenía una complicada serie de alarmas y cerraduras y losapuntaba una cámara de seguridad. Nate se encogió de hombros mientras pulsaba uncódigo en el sistema de alarma. - E s como vivir en un apartamento -dijo-, sólo quehay escaleras. - S í -dijo Jenny-, supongo que sí -no quería demos-trar lo admirada que estaba. Nate la hizo pasar. El suelo del vestíbulo era de már-mol rojo. En un rincón había un león de piedra gigan-te. Alguien le había puesto un sombrero de piel en lacabeza. Bajando unos escalones había una sala de estar.Óleos originales de pintores famosos adornaban todaslas paredes. Jenny creyó reconocer algunos de ellos.Rendir. Sargeant. Picasso. - M i s padres pertenecen al mundo del arte -dijoNate al ver que Jenny se quedaba mirando. Luego notóalgo más. Había un paquete sobre una mesita. En la tar-jeta ponía su nombre. Nate se acercó y rasgó el sobrepara abrirlo. " B L M R C O R N E L I A W A L D O R F " , ponía e n l atarjeta con clásicos caracteres Tiffany. Dentro leyó:Para Nate " T ú sabes que te quiero. Blair". - ¿ Q u é es eso? - p r e g u n t ó Jenny-. ¿Es tu cumple-años?
  • 87. -Naa -dijo Nate. Volvió a meter la tarjeta en elsobre, levantó la caja y la metió en el fondo del armariode la entrada. Ni siquiera le causaba curiosidad ver loque tenía dentro. Seguramente sería un jersey o unacolonia. Blair siempre le regalaba cosas porque sí, solopara llamar la atención. A veces era muy exigente. - ¿ Q u é quieres comer? -le preguntó a Jenny, yendopor delante a la cocina-. Nuestra cocinera hace unosbrownies buenísimos. Seguro que queda alguno. -¿Cocinera? -repitió Jenny, siguiendo-. Por supues-to que tienes cocinera. Nate encontró una lata de galletas sobre la enormeencimera de mármol de la cocina. La abrió y se metióun broivnie en la boca. - M i madre no es precisamente la mejor cocinera delmundo - l a idea de que su madre hiciese siquiera unatostada daba risa. Era una princesa francesa que se ali-mentaba de comida de restaurantes o encargada parasus cenas. Apenas si había estado una vez dentro de unacocina. -Prueba uno -dijo Nate, pasándole un brownie 2.Jenny. -Gracias -dijo Jenny, cogiéndolo. Se sentía tan exci-tada que no podía comerlo. Se le iba a derretir en la pal-ma húmeda de su mano. -Vamos arriba -dijo Nate-. Por aquí es más rápido. Jenny contuvo la respiración. Nunca había estadosola con un chico en su casa y le daba un poco de miedo.Pero deseaba confiar en Nate. Era totalmente distintoque al asqueroso de Chuck Bass, que se había aprovecha-do de ella en aquella fiesta. Chuck le había parecidopeligroso y emocionante al principio, pero él ni le había
  • 88. preguntado el nombre. Nate era educado. Parecía quetenía verdadero interés en conocerla. Y Jenny estabagenuinamente interesada en permitírselo. Nate la llevó a una puerta lateral y subieron unasestrechas escaleras. Ella había leído suficientes novelasde Jane Austen y Henry James como para saber queaquéllas eran las de servicio. En el tercer piso, Nateabrió la puerta a un amplio pasillo iluminado por unaclaraboya. Pasaron junto a un óleo de un niñito vestidode marinero que sostenía un barco de madera en lamano. Jenny se dio cuenta de que era Nate. -Esta es mi habitación -dijo él, abriendo una puerta. Jenny entró tras él. C o n la excepción de la sólidacama antigua de madera y la mesa ultramoderna super-chula con el portátil último modelo encima, la habita-ción parecía de lo más normal. Cubría la cama unedredón a cuadros negros y verdes, había D V D s espar-cidos por el suelo, unas pesas apiladas precariamente enun rincón, zapatos saliendo del armario y, en las pare-des, pósteres antiguos de los Beatles. - E s t á guay -dijo Jenny, sentándose nerviosa en elborde de la cama. V i o una maqueta de un barco sobrela mesilla-. ¿Haces vela? - S í -dijo Nate, cogiendo la maqueta-. Mi padre y yofabricamos barcos. En M a i n -le alargó el barco aJenny-. Estamos trabajando en éste. Es un barco derecreo, así que tiene el casco más pesado que los barcosque construimos para correr regatas. Vamos a llevarloal Caribe primero. Y luego quizá a Europa. - ¿ D e verdad? -dijo Jenny, contemplando la maque-ta. No se podía imaginar cruzar el Atlántico en algo taipequeño y delicado-. ¿Tiene cuarto de baño?90
  • 89. -Sí, aquí -sonrió Nate. Metió el meñique en la cabi-na. Había una puertecita minúscula de forma ovaladadonde ponía W C - . ¿Lo ves? Jenny asintió con la cabeza, fascinada. - M e encantaría saber navegar -dijo. Nate se sentó a su lado. -Podrías venir a Maine a que te enseñase -dijo envoz baja. Jenny se volvió hacia él. Los grandes ojos castañosexaminaron los color verde esmeralda. -Sólo tengo catorce años -dijo. Nate alargó la mano y le tocó el rizado cabello cas-taño, acariciándolo suavemente con los dedos. Luego,volvió a bajar la mano. - Y a lo sé -dijo-. No pasa nada. 91
  • 90. CosasdeChicas.net temas ^ anterior siguiente • envía una pregunta respuestaIodos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los mócenles. Es decir, a ni ¡Qué hay, gente! TODOS LO H A C E N Hasta yo soy culpable de coger un K i t Kat extra del quiosco de periódicos de la esquina cuando estaba en quin- to y todavía me remuerde la conciencia y tengo pesadi- llas por ello. No me ves llevándorne bolsos de Prada ni bragas de Armani. Pero hay algunas chicas que no pue- den evitarlo. A Winona Ryder la cogieron robando ropa buena en LA boutique. Declaró que estaba haciendo una investi- gación para una peli. Sí, claro, me lo voy a creer y todo. Y ahora B. Y lo hizo tan bien que no la pillaron. Por supuesto que lo que se roba es vital. No sería chulo robarse, por ejemplo, un rollo de cinta adhesiva en Ace Hardware, o papel higiénico de C V S . ¿Pero un pijama de cashmer} Eso sí que es elegante. También es totalmente psicótico. ¡En cuanto te quieras dar cuenta. B estará robando Jaguar y Mercedes Benz!
  • 91. Visto por ahí B llevó a casa de N un paquete. N no estaba, así quese lo dio a la criada. D salió del apartamento de Vy fueandando casi hasta el Upper West Side. Ese sí que es unpaseo largo, supongo que necesitaba tomar el aire. S semordía las uñas y leía Sin salida en T h e C ó r n e rBookstore, en la Noventa y Tres y Madison, intentan-do comprender un poco a D, quizá. La pequeña J salióde la casa de N con una sonrisa permanente tatuada enel rostro. El amor es una cosa maravillosa. Ten cuidado,J. No hay que enamorarse de los Fumeta N i ñ o Bien,no son una raza de fiar. Para quienes no lo sepáis... Desperpijo: sustantivo. Laversión de clase alta del despertío o fumeta. Lleva jerséisde cashmer, le gusta fumar marihuana. Mucho. No le gus-ta comprometerse. Pero quizá N nos dé una sorpresa. Vuestro e-mail P: Querida C C : ¿Qué opinas de los chicos que salen con niñas máspequeñas que ellos? -Sneaky R: Querid® Sneaky: Desde luego que depende de la diferencia de edad yde las circunstancias. Por ejemplo, si fueses un tío queestá acabando la carrera y salieses con una chica de pri-mero de Secundaria, yo diría que tienes un poco decomplejo de Woody Allen/Soon Yi Previn. Si fueses un 93
  • 92. una tía de último año de Secundaria con un tío de prime-ro de carrera, está bien. U n o del último año de la Secun-daria con una de primero es pasarse un poco de la raya.Y siempre parece que es mejor cuando la chica es la másjoven, principalmente porque nosotras maduramosmucho más rápido... en todos los sentidos. -CC P: Querida Chica Cotilla: Estoy casi segura de que vi a B robar un frasco dechampú Aveda en Zitomer. Y eso que tiene dinero. Situviese buenos amigos, intentarían ayudarla. -Spygirl R: Querida Spygirl: Gracias por la información. La verdad es que nocreo que robar en las tiendas sea el problema mayor deB en este momento. ¿Has visto al tío que está a puntode convertirse en su padrastro? -CC L O S PREMIOS D E CINEMATOGRAFÍA D E LCOLEGIO CONSTANCE BILLARD V,B y S se han inscrito. Vcon su corto sobre Guerra ypaz, B con una obra basada en los diez primeros minutosde Desayuno con Diamantes y 5 con su... movida rara. Lacosa está reñida. Tanto B como V creen que está chupa-do. 5 cree que va a perder. ¡Hagan sus apuestas, señores! Tú sabes que me adoras. Chica Cotilla94
  • 93. B y V no ven el momento de acabar el colegio - ¿ D ó n d e va a ser? - ¿ A cuánta gente ha invitado? -¿Cuántas damas de honor? - ¿ Q u é te vas a poner? -¿Cuántos pisos tendrá la tarta? -¿Está invitado tu padre? Blair contuvo el aliento. Era la hora de comer yestaba con Kati e Isabel esperando en la fila del come-dor del Constance Billard. Blair había perdido el ape-tito. Kati había comenzado al mencionar un traje denovia realmente chulo en un Vogue de los años sesentaque había encontrado en una tienda de segunda mano.El vestido tenía margaritas de cristal por todos ladoscon un vivo en la falda y un gran lazo de terciopelo pordetrás. Luego Isabel le preguntó a Blair si su madre ibaa llevar un traje de novia tradicional o algo diferente. Yahora Blair se encontraba rodeada de entusiastas chicasdel Constance con los ojos brillantes haciéndole pre-guntas sobre la boda de su madre. Se dio cuenta condisgusto de que no sólo las chicas de su clase se sen-tían con el derecho a saber todos los aburridos detalles.Becky Dormand y su grupo de molestas seguidorasprácticamente le tironearon del jersey de cashmernegro, la baba cayéndoseles con cada detalle de laboda. Hasta algunas atrevidas de noveno rondabancerca, esperando oír algo para fardar luego con susamigas. - N o sé qué le veis de interesante -dijo Blair conimpaciencia-. Ya ha estado casada antes, ¿sabéis? 95
  • 94. - ¿ Q u i é n e s son las damas de honor? - p r e g u n t óBecky Dormand. -Isabel, Ka ti, yo... -Blair deslizó su bandeja a lo lar-go del mostrador del comedor y cogió un yogur decafé-. Serena y mis tías -añadió rápidamente. Había tentadores brownies bañados de chocolate enpequeños platos puestos a la altura de los ojos. Ellacogió uno, lo examinó para ver si tenía algún defecto ylo puso en su bandeja. Si decidía comerlo, siemprepodía vomitarlo más tarde. No era mucho, pero al menos tenía control sobre eseaspecto de su vida. -¿Serena? -repitió Becky, lanzándoles a sus seguido-ras una mirada de exagerada sorpresa-. ¿De verdad? - S í -respondió Blair con brusquedad-. De verdad. Si ella no hubiese sido la presidenta del comité deservicios sociales del Constance, la presidenta del clubde francés y presidenta de todas las asociaciones juveni-les que valiesen la pena de la ciudad, Blair habría man-dado a Becky a tomar por saco. Pero Blair era unmodelo a seguir: tenía que mantener su reputación. Puso unas hojas de espinacas en un plato y les echó unpoco de salsa de queso azul por encima. Luego cogió subandeja y se dirigió a la mesa. Las chicas de primero aoctavo ya habían comido, así que en la sala estaban todaslas mayores cotilleando y jugueteando con la comida. - H e oído que Blair se va a hacer la liposucción antesde la boda para asegurarse de estar guapa en Vogue -dijouna a sus amigas. - Y o creía que ya se la había hecho -dijo otra-. ¿Noes por eso por lo que siempre lleva medias negras?¿Para esconder las cicatrices?96
  • 95. - H e oído que Nate la engaña, pero Blair no quiere nsmper con él hasta que les publiquen las fotos de la leda -añadió Becky Dormand, uniéndose a ellas-. ¿No npico? Serena van der Woodsen estaba sola leyendo un libro en la mesa donde generalmente se sentaba Blair. Se había recogido el pelo en un moño y llevaba un jersey de esco- le en pico con nada debajo. Tenía las piernas cruzadas yPlasta la cutre falda de lana color granate del uniforme le quedaba elegante. Parecía una modelo de Burberry o M i u M i u . En realidad estaba más guapa que una modelo, por- que ella no intentaba parecer guapa, lo era. Blair se dio la vuelta y se dirigió a una mesa junto a las ventanas. Que su madre le hubiese pedido que fue- se dama de honor no quería decir que tuviese que hablar con ella. Cuando eran pequeñas, Serena y Blair se habían bañado juntas. Se habían quedado a dormir juntas todos los fines de semana en la casa de una o de la otra y prac- ticado besos con las almohadas, gastaban bromas por teléfono al idiota del profesor de Biología de séptimo y se pasaban la noche riendo. Blair había podido recurrir a Serena cuando le bajó la primera regla a finales del octavo curso y tenía terror a los tampones. Se habían em- borrachado por primera vez juntas. Y ambas querían a Nate como a un hermano. Al menos al principio. Pero Serena se había marchado al internado hacía dos años y pasado todas las vacaciones de juerga en Europa. Ocasionalmente, le había enviado una postal a Blair. Había sido especialmente doloroso cuando el padre de Blair anunció que era gay y su madre le puso una deman- da de divorcio. Blair no había tenido a quién recurrir. 97
  • 96. Además, estaba la pequeña cuestión de que Serena yNate ya se habían acostado juntos, mientras que Blairy Nate todavía no lo habían hecho. Así que cuando Serena había vuelto a la ciudad, Blairhabía decidido vengarse pasando de ella y exigiendo atodas sus amigas que pasasen también. Había converti-do a Serena en una leprosa social. Blair se sentó y comenzó a picotear la comida, enfa-dada. Después de salir de Barneys el día anterior, sehabía sentado en un banco del parque durante un ratoesperando que Serena se marchase. Cuando finalmen-te llegó a casa, su madre le dijo que acababa de cerrarsu cuenta y abierto una nueva cuenta conjunta conCyrus. La nueva tarjeta de crédito de Blair llegaría enuno o dos días. Aquello explicaba por qué no funcio-naba su tarjeta. Gracias por el dato, mamá. E n c o n t r óuna bonita caja en su armario donde poner el pantalónde pijama. La envolvió con papel plateado, la ató conun lazo negro y luego la llevó a la casa de Nate. PeroNate no la había llamado para agradecérselo. ¿Qué lepasaba? Kati e Isabel se sentaron frente a Blair. - ¿ P o r qué no le dices a tu madre que no quieres queSerena sea dama de honor? - r a z o n ó Isabel. Se recogióel espeso cabello castaño en un m o ñ o en lo alto de lacabeza y tomó un trago de leche desnatada-. Estoysegura de que te escucharía. - D i l e a tu madre que Serena y tú no sois amigas-terció Kati. Sacó un rubio cabello rizado de su té. Supelo se metía en todos lados. Blair le lanzó una subrepticia mirada a Serena. Sabía]que su madre ya había hablado con la madre de Serena y98
  • 97. que Serena ya sabía que iba a ser dama de honor. Por mástentador que fuese, no podía pedirle a su madre que ahorale dijese que no iba a serlo, quedaba mal. Y Blair no queríadarle a Serena pie para que se quejase de nada, no fuera aser que Serena la hubiese visto coger el pijama en Barneys.Serena podía desprestigiarla en todo el Upper East Side. - Y a es tarde -dijo Blair, con un encogimiento dehombros-. No me molesta mucho. Lo único que va ahacer ella es entrar a la iglesia con nosotras llevando elmismo vestido y eso. No quiere decir que tengamosque compartir nada. Aquello no era precisamente verdad. Su madre pla-neaba una comida y un día en el salón de belleza paratodas las damas de honor, pero Blair prefería pensarque aquello no sucedería. - ¿ C ó m o son los vestidos? ¿Habéis tu madre y tú ele-gido algo ya? - p r e g u n t ó Kati, mordiendo su brownie-.Por favor, dime que no llevaremos nada ajustado. Habíadecidido que perdería cuatro kilos antes de Navidades,pero mírame, ¡comiendo este estúpido brownie! Blair hizo un gesto de exasperación con los ojos yrevolvió el yogur. - ¿ Q u é más da lo que llevemos? Isabel y Kati se quedaron mirándola. Ninguna de lasdos podía creer lo que ella acababa de decir. Porsupuesto que importaba. Cuando una chica como Blairdice algo así, quiere decir que pasa algo. Blair t o m ó una cucharadita de yogur sin hacerlescaso. ¿Qué le pasaba a todo el mundo? ¿No podíandejar de hablar de la boda y dejarla sola? - N o tengo hambre -dijo de repente, poniéndose de pie-Creo que voy a mandar unos e-mails o algo por el estilo. 99
  • 98. - ¿ N o te lo vas a comer? -dijo Kati, y señaló el brotó-me que Blair no había tocado. Blair negó con la cabeza. Kati cogió el brownie y lo puso en la bandeja de Isabel. - L o podemos compartir -dijo. Isabel hizo una mueca de enfado y le devolvió elbrownie a Kati. - S i tú quieres comértelo, cógelo tú -insisitió. Blair cogió su bandeja y se marchó deprisa. No veíael momento de que acabase el colegio. *** Jenny vio a Serena en cuanto entró al comedor consu taza de té y su plátano. Estaba sentada sola leyendo.Jenny se apresuró a ir hacia ella. - ¿ M e puedo sentar contigo? -le preguntó. - P o r supuesto -dijo Serena, cerrando el libro. EraLas desventuras del joven Werther de Goethe. Jenny nohabía oído hablar de él en su vida. - T u hermano me lo recomendó -dijo Serena, al ver-la mirar el libro-. La verdad es que no sé cómo puedeleer algo así. Es un muermo. La verdad era que Dan no se lo había recomendado,sino que había mencionado leerlo. Era sobre un tío queestaba totalmente obsesionado con una chica. Sólo pen-saba y escribía sobre ella. Era un poco espeluznante. -Deberías ver algunas de las poesías que escribe -rióJenny. Serena frunció el ceño. Ojalá pudiese ver algunas delas poesías que Dan había escrito, ya que, supuestamen-te, algunas se referían a ella.100
  • 99. - ¿ M e prometes que no se lo dirás si no lo termino?-dijo, apartando el libro. - N o diré nada -prometió Jenny-. Si me prometes queno le dirás que te he dicho que su poesía es aburrida. -Te lo prometo -dijo Serena. Jenny lanzó una mirada a hurtadillas bajo la mesa.Como siempre, Serena llevaba la falda color granaterableada del uniforme que extraoficialmente se reserva-ba para las tontas de séptimo, pero que a ella le que-daba genial. -¿Sabes? Creo que eres la única mayor que lleva eluniforme granate - c o m e n t ó . -A mí me mola -se encogió de hombros Serena-. Elazul marino es aburrido, y si te pones gris, después noquerrás usar gris nunca más en tu vida. Y a mí me gus-ta el gris. -Supongo que tienes razón -dijo Jenny, que llevaba eluniforme gris-. Tengo un par de pantalones grises queno me pongo nunca. Quizá sea por eso -carraspeó. De loque realmente quería habar con Serena era de Nate. -Oye, perdona por lo de ayer -dijo Serena-. Me olvi-dé totalmente de que había quedado contigo y Vanessa. - N o pasa nada - c o m e n z ó a decir Jenny-. Resultaque me pasó algo... - H o l a , tías -dijo Vanessa Abrams acercándose a sumesa. Llevaba medias negras que hacían lo posible pordisimular sus rodillas fornidas-. ¿Qué hay? - H o l a . Perdona por lo de ayer -dijo Serena. - N o importa -dijo Vanessa, con un encogimiento dehombros-. De todos modos, estoy un poco harta de veresas pelis una y otra vez. "Especialmente la tuya", pen-só con amargura, "es demasiado buena, joder". 101
  • 100. -Coge una silla -dijo Serena, asintiendo con la cabeza. Jenny le lanzó a Vanessa una mirada de rabia. Que-ría a Serena en exclusiva. -Perdona, no puedo -dijo Vanessa-. Ejem, oye,Jenny, nos tenemos que meter prisa en revelar las fotospara el n ú m e r o de este mes de Rencor. H a y como unosveinte rollos y el cuarto oscuro está totalmente libreahora. ¿Me puedes echar una mano? Jenny le lanzó una mirada a Serena, que se encogióde hombros y se puso de pie. - D e todos modos, me tengo que ir -dijo-. Tengocita con la señora Glos por lo de la universidad. ¡Quédivertido! -Acabo de estar con ella -dijo Vanessa-. Ten cuida-do, tiene otra de sus hemorragias nasales. La señora Glos tenía el rostro macilento y le sangra-ba la nariz con frecuencia. Todas las chicas estaban con-vencidas de que tenía alguna enfermedad terrible ycontagiosa. Si te daba un folleto o te dejaba el catálogode una universidad, tenías que ponerte guantes paraleerlo. Eso o después lavarte las manos con agua biencaliente. -Genial -dijo Serena con una risilla-. Vale, os veoluego, chicas. Vanessa se sentó y esperó a que Jenny acabase su plá-tano. Jenny le dio el último bocado y metió la piel enuna servilleta de papel. - ¿ H a s acabado? - p r e g u n t ó Vanessa. - E n realidad, no puedo -dijo Jenny, con un encogi-miento de hombros. Tengo que imprimir unos deberesde Historia para la clase que viene. Lo siento -se puso depie. 102
  • 101. -Vale -dijo Vanessa, con el ceño fruncido-. Pero aví-Isame cuando estés libre. De verdad que necesito ayuda. - D e acuerdo -dijo Jenny despreocupadamente-. Ya te lo diré. A h , ¿te importaría llamarme Jennifer, en vez de Jenny, de ahora en adelante? Lo prefiero así. - D e acuerdo -dijo Vanessa, clavándole los ojos-. Jennifer. -Gracias -dijo Jenny, y corrió a la sala de los ordena- dores. ¡A lo mejor Nate le había mandado un e-mail! Vanessa la vio marcharse, preguntándose cómo habría hecho Jenny para convertirse en semejante imbécil. Pensó que estar con Jenny la haría sentirse más cerca de Dan, pero sólo había conseguido sentirse mal. Jenny era como las otras seiscientas y pico chicas del Constance: unas estrechas que van de guapas. Vanessa tampoco veía el momento de que se acabase el colegio. 103
  • 102. Amor omnia vincit Mensaje instantáneo De: Bwaldorf@constancebillard.edu A: Narchibald@St.Judes.edu Bwaldorf: hola, natie Bwaldorf: me estoy volviendo loca aquí. Todas quieren hablar de la boda, como si a mí me importase algo. Bwaldorf: ¿nate? sé que estás conectado. ¿me vas a buscar después del club de francés o qué? Bwaldorf: ¿recibiste el regalo que te dejé ayer? Bwaldorf: ¿oye????? Bwaldorf: vale. Mensaje instantáneo De: Narchibald@St.Judes.edu A: jhumphrey@constancebillard.edu Narchibald: hola, Jennifer. Jhumphrey: hola Narchibald: ¿quieres venir al parque al salir de clase? Jhumphrey: mmm. vale, ¿qué vamos a hacer? Narchibald: no sé. ¿qué quieres hacer? Jhumphrey: no sé. ¿estarás con tus amigos?104
  • 103. Narchibald: no, yo solo, ¿te vienes aunque no vengan? Jhumphrey: pues claro, nos vemos frente a mi colegio si quieres. Xarchibald: nos encontramos frente al Met. Jhumphrey: vale, hasta luego. Jenny se desconectó sintiéndose más guay que nun- ca. Seguía estando solamente en noveno, pero se llama- ba Jennifer y después del colé se iba a ver con Nate, el chico más guay de toda la ciudad. Iba a tener que esca-quearse de ayudar a Vanessa con Rencor, pero valía laMena. Si fuese Dan, escribiría un poema sobre lo guapí- simo que era Nate y las vueltas que daba el destino al unir a dos personas que no tenían nada en común. Y cómo estaba destinado a convertirse en una tragedia. Pero Jenny era más optimista. Se contentó con escribir "Señora Jennifer Archibald" con su mejor caligrafía en la parte de atrás de la alfombrilla para el ratón del orde- nador que usaba. No os riáis. Eso es lo que hacen las niñas de noveno cuando están enamoradas. Al otro lado de la ciudad, en el Riverside Prep, elhermano de Jenny, Dan, le mandaba en aquel momen-to a Serena un e-mail con su último poema de amor,titulado: La última vez que morí. Tu cuerda ajustada a mi cuello, salté. Tus labios me besaron cuando caía, y aunque caía 105
  • 104. -Venga, muerto -le dijo su amigo Zeke Freedmandesde la puerta de la sala de informática-, que llegamostarde a Latín. "Amo ergo sum", pensó Dan. "Amo, luego existo". -Estoy ocupado -dijo. Escribió la dirección de e-mailde Serena en el Constance. -Bueno, pues yo no quiero que me echen la bronca-dijo Zeke, marchándose-. ¿Quieres venirte luego alparque a echar unas canastas? -Vale -dijo Dan, con la cabeza en otro sitio-. Nosvemos allí. Querida Serena: Este fin de semana será genial. He conseguido unaentrevista para el sábado, y mi padre me ha dado unpoco más de dinero. No veo el momento de que llegue. Te adjunto un poema. Algo que he escrito hoy. Espe-ro que te guste. Estaré en la pista de baloncesto cerca del Meadow siquieres venir después de clase. Besos. Dan Amor omnia vinciti El amor lo puede todo.
  • 105. D está a punto de ser un pelín acosador Jenny estaba en las escalinatas del M e t intentando nosentirse mal por el tío que había detrás de ella. El hom-bre tenía los pantalones bajos y ella hubiese jurado quese le veía el pene. U n o se acostumbra a esas cosas cuan-do vive en una ciudad, pero sigue siendo algo fuerte.Jenny deseó marcharse, pero Nate le había dicho que leesperase allí y no quería correr el riesgo de que no laviese. -¡Vete a la porra! -le grkó el hombre del pene a unturista. Un vendedor de perritos calientes de un puesto cer-cano hablaba por su móvil. Jenny se acercó para oír, conla esperanza de que estuviese llamando a la policía.Pero parecía que hablaba con su madre, porque lo úni-co que decía era: -Vale -una y otra vez. Alguien le tocó el hombro. - H o l a , Jennifer. Jenny se dio la vuelta. - H o l a -dijo, levantando el rostro para sonreírle aNate. Cohibida, levantó las manos para colocarse losrizos tras las orejas-. Me alegra que hayas llegado. Eltío ese me estaba poniendo nerviosa. - S í -dijo Nate. La rodeó con su brazo-. Venga,vamonos de aquí. Al sentir su contacto, Jenny sintió que se le subía lasangre a la cabeza. -Vale -dijo sin aliento, apoyándose en el brazo deNate-. Vamos. 107
  • 106. Nate siguió rodeándola con el brazo mientras entra-ban al parque por uno de los senderos y se dirigían alSheep Meadow. Encontraron un sitio agradable al soly se sentaron frente a frente, con las piernas cruzadas,tocándose con las rodillas. Estaba tan bien que a Jennyle costaba creer que no estuviese soñando. De todas laschicas de la ciudad, Nate la había elegido a ella. Eraincreíble. -Espero que no te importe, mis amigos vendrándentro de un rato -dijo Nate, sacando una bolsa demarihuana del bolsillo. , • - N o me importa -dijo Jenny con un encogimientode hombros. Estaba un pelín desilusionada. V i o nervio-sa como Nate sacaba unas hebras de hierba de la bolsay las ponía en un trozo de papel. Luego lió expertamen-te un pequeño porro y le pasó la lengua para sellarlo. Selo ofreció a Jenny, pero ella meneó la cabeza. -Estoy bien -dijo. Sabía que podría parecerle tonto,pero ya se sentía bastante rara con la proximidad deNate. No quería perder la cabeza completamente. - G u a y -dijo Nate. Soltó el porro dentro de la bolsay se la volvió a meter en el bolsillo. Jenny lanzó un leve suspiro de alivio. Quería cono-cer a Nate cuando fuese Nate, no cuando estuviesetotalmente fumado. - ¿ Q u é , has estado visitando universidades y eso losfines de semana? - p r e g u n t ó - . ¿Decidiendo dónde quie-res ir? - S í -dijo Nate, frunciendo el c e ñ o - . Pero tambiénpienso en tomarme uno o dos años sabáticos. Ir a nave-gar con mi padre. Quizá intente meterme en un equipode la Copa del América.108
  • 107. - ¡ Q u é guay! -dijo Jenny, impresionada-. Parece ge-nial, ¿no? - Q u i z á me tome tres años sabáticos y podamos ir ala universidad juntos -dijo él, tomándole la mano.Tenía unos dedos pequeñísimos. Sus miradas se cruzaron y los dos sonrieron unsegundo. El echó la cabeza adelante y la apoyó sobre el hom-bro de ella. Olía a ropa limpia. -Mmm -dijo. Se sentía muy cómodo con ella. Normalmente, teníaque fumarse un canuto o tomarse unas copas antes dever a Blair, para poder enfrentarse a su constante pla-near y hablar del futuro. Pero con Jennifer ni siquieranecesitaba colocarse. "Oh, Dios mío", pensó Jenny. "Está a punto debesarme". Cerró los ojos. Le cosquilleaba todo el cuerpo. Lacabeza de Nate despedía calórenlo y olía a pino. -Jennifer -murmuró él, soñoliento. Levantó la cabeza ysacudió su rubio cabello color miel- Qué bien -le recorrióel rostro con los ojos, deteniéndolos finalmente en sus labios. Jenny lanzó una risilla. Decididamente iba a besarla. -¡Oye, Archibald! -gritó alguien-. ¡Deja un pocopara los demás, vale! ¡Qué mal! Inoportunos de verdad. Jenny y Nate volvieron. Anthony, Jeremy y Charliese acercaban trotando por el césped. Jeremy llevaba unbalón de fútbol. Nate se puso rápidamente de pie y seapartó de Jenny. - H o l a - s a l u d ó a sus amigos con naturalidad-.Habéis venido. 109
  • 108. - H o l a , chicos -dijo Jenny, poniéndose de pie lenta-mente y quitándose las briznas de césped del uniforme.Ojalá no hubiesen venido. -¿Qué? ¿Nos vas a liar un canuto o qué? -dijo Antho-ny, señalando con la cabeza la bolsa que asomaba del bol-sillo de Nate. -Estoy más colocado que el armario de mi madre,tío -mintió él. Sacó la bolsa del todo y se la tiró aAnthony-. Ya hay uno liado. -Gracias -dijo Anthony, dejándose caer en el cés-ped-. Dios, lo necesito -masculló-. El pesado del con-sejero universitario me tuvo como una hora dale que tepego. -Y que lo digas -asintió Jeremy. Jenny se mordió las uñas. Sentía que pasaban de ella.M i r ó a Nate, pero él le había quitado el balón a Jeremyy driblaba con agilidad. -Eso no es nada. Mi padre me tiene hasta los huevoscon lo de la universidad desde octavo -dijo Charlie-. Yaha hablado con no sé quién en Yale, para cuando vayayo. Es como: ¡Vale, papá, tranqui, tío! -Sigue en pie lo de ir a Brown este fin de semana,¿no? -dijo Jeremy. Brown. Jenny prestó atención. Allí era donde ibanDan y Serena el fin de semana. -Desde luego -dijo Nate. Le pasó el balón a Jenny y ella se lo devolvió suave-mente, sonriéndole para que supiera que en realidad nole importaba que se hubiesen presentado sus amigos, nique estuviesen hablando de la universidad cuando ellasólo estaba en noveno. Le gustó saber que Nate noestaba en realidad colocado como el armario de sal110
  • 109. madre y que le hubiese dicho que pensaba tomarse untiempo antes de comenzar la universidad. ¡Ya sabía másde él que sus mejores amigos! -Vente -dijo Nate-. Vamos a jugar al fútbol. Lo único que ocurría es que le hubiese gustado queél la besase y que no lo hubiese dejado cuando apare-cieron sus amigos. Dan se sentó en un banco a esperar a Zeke y Serena.Bueno, Zeke seguro que vendría. Y si se presentabaSerena, Dan mandaría a Zeke a tomar viento frescopara que los dejase solos. Para eso son los amigos. Dan sacó un Camel del bolsillo y se lo puso entre losdientes. Le temblaban las manos en parte porque habíatomado seis tazas de café desde el mediodía y en parteporque estaba nervioso ante la idea de volver a ver aSerena, particularmente si ella había leído su poema.Sacó la libreta del bolsillo y se quedó mirando los últi-mos versos del poema sin verlos. En cualquier momen-to aparecería Serena y le echaría los brazos al cuello,besándolo y llorando a la vez por lo cruel que había sidoal no ir el sábado. Le repetiría una y otra vez que ado-raba su poema. Que le adoraba a él. O no. D a n inhaló demasiado rápido y le dio tal acceso detos que casi escupe un pulmón. Luego encendió uncigarrillo con la colilla del otro. Seguiría fumando unotras otro hasta que ella apareciese. Quizá se habríamuerto cuando ella llegase, pero al menos estaríanjuntos.
  • 110. Lanzando el humo, miró a la distancia. Una chica baji-ta de tetas grandes y cabello rizado jugaba al fútbol concuatro tíos cuyas caras le sonaban vagamente. Era su her-mana, Jenny. ¿Desde cuándo iba al parque con aquellospijillos imbéciles, aquellos gilipollas del Upper East Side?¿Estaría con ellos el tío ese, Chuck el pervertido? Sintien-do que tenía que protegerla, Dan comenzó a ponerse depie, pero luego se forzó a volverse a sentar. Jenny parecíaestar pasándoselo bien y vio que Chuck no se encontrabaallí. Si lo que quería era ser el gilipollas del hermanomayor, podía ir allí y arruinarle el pastel. O podía quedar-se tranquilito y dejar que ella se divirtiese. La podía vigi-lar desde donde se encontraba sentado. Además, Jennynecesitaba conocer gente nueva, especialmente ahora queél estaba con Serena y le dedicaba menos tiempo. Bueno, estaba con Serena a veces. Si ella aparecía. -Oye, tengo que marcharme -dijo Jenny, driblandocon el balón hasta Nate. -Vale, ya te llamaré -le puso la mano tras la cabeza yla besó en la mejilla. Jenny casi se desplomó. -Hasta luego -logró articular, y saludó con la mano alos demás chicos. Luego se dio la vuelta y caminó rápida-mente hacia Central Park West antes de hacerse pis enci-ma. No veía el momento de volver a ver a Nate. Sola - T í o , ¿qué opina Blair de tu nueva noviecita? -pre-guntó Anthony cuando ella se marchó. Encendió otroporro, le dio una calada y se lo pasó a Jeremy.112
  • 111. - N o es mi novia, tío -dijo Nate-. Es una chica guayque he conocido -se encogió de hombros-. Me gusta. -A mí también me gusta -dijo Jeremy, pasándole elporro a Nate-, pero a Blair no le gustaría nada si seenterase de que estás con una pibita de noveno en vezde con ella, ¿no? Xate recibió el porro e inhaló profundamente. - N o tiene por qué enterarse - g r u ñ ó , sin lanzar elpomo. Luego exhaló-. T í o , no es que yo vaya a dejar aBlair por Jennifer. No pasa nada. - N o pasa nada -asintió Charlie, cogiendo el porro. Nate miró arder la brasa en el extremo del canuto.Sabía que lo que había dicho no era verdad. Sí que pasa-ba algo. Pero no sabía cómo resolverlo. Un tío tiene que tener cuidado cuando se trata deuna tía como Blair. Sabía lo que Blair podía hacer, y noera nada bonito. -Perdona que llegue tarde, muerto -dijo Zeke,botando el balón contra la cabeza de D a n - . Venga,vamos a jugar. Dan levantó la cabeza de su libreta. Había comenza-do otro poema titulado: Pies rotos. Madera astillada, neumáticos pinchados, cristales rotos. El destino hlande su hacha injusta. Colapso. Trataba sobre el deseo de estar con alguien y nopoder llegar allí. Serena estaba obviamente atascada enalgún lugar donde no quería estar, languideciendo porDan, deseando estar con él. Quizá se encontraba en elmetro en algún lado, detenida entre dos estaciones. Yél estaba en el parque con Zeke. 113
  • 112. - H o l a -dijo Dan, guardando su libreta en la mochi-la y poniéndose de pie-. Gracias por venir. -Vete a la mierda. Tenía clases de apoyo de mates, losabes perfectamente -dijo Zeke, jugando con el balón. Se dirigieron a la pista de baloncesto. -Vale, tío, tendrías que trabajar más en mates, así nonecesitarías clases extra. -Y tú tendrías que irte a la mierda porque eres ungilipollas -dijo Zeke. - ¿ D e qué vas, tío? -preguntó Dan. Dejó la mochilajunto a la valla de la pista y se quitó la chaqueta. Zeke corría de aquí para allá botando la pelota. Esta-ba un poco excedido en peso y tenía las caderas anchascomo una chica, pero era el mejor jugador de balonces-to del Riverside Prep. Quién lo diría. -Siempre estás ocupado últimamente y siempre estásde mal humor -dijo-. Cada vez estás más gilipollas. Dan se encogió de hombros y le hizo una entradapara quitarle el balón. -Oye, ¿qué quieres que te diga? Tengo novia -dijo.Retrocedió y corrió botando el balón por la pista hacia elaro. Hizo un lanzamiento y falló por cuarenta centímetros. -Buen tiro, gilipollas -dijo Zeke, corriendo pararebotear- ¿Novia? -dijo, botando el balón sin moversede sitio. La tripa se le sacudía bajo la camiseta blanca-¿ Quién, Vanessa? Dan negó con la cabeza. -Se llama Serena. No la conoces -dijo-. Vamos a irjuntos a visitar universidades este fin de semana. - ¡ Q u é guapo! -dijo Zeke, girándose para hacer botarel balón en dirección a la otra canasta. No parecíijimpresionado en absoluto.114
  • 113. Dan miró a su amigo dar un salto para hacer un per-fecto tiro en suspensión. Se quedó quieto hasta queZeke volvió botando el balón. -¿Así que vais en serio, eh? -dijo Zeke, lanzándole elbalón. Dan lo cogió y se quedó donde estaba. No estabaseguro de qué responder a eso. Para él era muy serio, deeso estaba seguro. Pero ¿estaría Serena contándoles asus amigas todo sobre Dan, su nuevo novio? ¿Estaríasoñando con su fin de semana juntos? Pues va a ser que no. En aquel preciso momento, Serena estaba en el den-tista, haciéndose arreglar una muela. Tenía hambre yestaba un poco molesta porque tendría que esperar quese le pasasen los efectos de la novocaína para podercomer. Un material no muy apropiado para la poesía. También había leído el poema de Dan y no sabía quépensar. Estaba acostumbrada a que los chicos le presta-sen atención, pero no aquel tipo de atención. Dan seestaba poniendo un pelín acosador y aquello comenza-ba a causarle rechazo. 115
  • 114. B tiene hermano nuevo - ¿ Q u é tipo de preguntas has preparado? -le pregun-tó la señora Glos a Blair. Era miércoles por la tarde y laseñora Glos preparaba a Blair para su entrevista en Yaledel sábado-. Tendrás que mostrarles que estás interesa-da en las cosas típicas de Yale, que no solicitas plaza allíporque es una buena universidad y tú eres hija de un exalumno. Blair asintió con impaciencia. ¿Qué sé creía la seño-ra Glos que era, una imbécil? La señora Glos descruzó las piernas y se quitó unapelusita de las medias de color tostado. Su torso eragrueso y cuadrado como el de un hombre, pero Blair sedio cuenta de que tenía unas piernas excelentes parauna consejera universitaria cincuentona. -Les preguntaré sobre oportunidades de trabajar enFrancia el primer año. Les preguntaré sobre las instala-ciones deportivas y sobre el alojamiento. A h , y les pre-guntaré sobre la contratación de trabajo -dijo Blair.Abrió su PalmPilot y lo apuntó. - M u y bien. Eso les mostrará que no sólo te interesasen el estudio, sino que eres una persona equilibrada queestás interesada en participar - l a señora Glos cerró la car-peta de Blair y la volvió a meter en un cajón de su mesa-Te irá bien -le dijo a Blair-. Estás más que preparada. Blair se puso de pie. Ya sabía que estaba preparada.Llevaba toda la vida preparándose para aquello. -Gracias, señora Glos -dijo, y cogió el pomo de lapuerta-. Si todo sale bien, puedo presentar mi solicitudy olvidarme de buscar otras universidades, ¿no?116
  • 115. -Bueno, no pierdes nada con ver algún otro sitio,quizá encuentres algo que te guste más -dijo la señoraGlos, secándose la nariz con un kleenex-, pero no veomotivo por el que Yale no te acepte. - B i e n -sonrió Blair. Luego abrió la puerta y la cerrótras de sí, satisfecha. Cuando Blair llegó a su ático de la calle Setenta yDos, se dio cuenta inmediatam.ente de que había algodiferente. El pasillo estaba lleno de maletas y cajas. Enla tele gigantesca de la biblioteca se oía T R L a todovolumen. Las uñas de un perro repiquetearon en el par-qué y había una correa colgando del pomo de la puerta. Blair entró y dejó caer su mochila al suelo. La reci-bió un enorme boxer color marrón que se acercó al tro-te y le hundió el hocico en la entrepierna. - H o l a -dijo, apartando el morro del perro-. Pírate-se asomó por el largo pasillo-. ¿Mamá? Se abrió la puerta de la habitación de su madre yCyrus Rose salió. Llevaba su bata favorita de Versacede seda roja y chanclas de bambú. Tenía aspecto rela-jado. -¡Hola, Blair! -exclamó. Se acercó chancleteando yla estrechó en un abrazo de oso-. Tu madre está en labañera. Pero es oficial: me he mudado. ¡Y Aaron y Moo-kie se han mudado también! -¿Mookie? -dijo Blair, retrocediendo un paso. No legustaba estar tan cerca de Cyrus cuando era muy posi-ble que él no llevase nada bajo aquella bata. - ¡ E l perro de Aaron! Es un verdadero gorrón. Ja, ja!Mookie, el gorrón -dijo Cyrus, haciendo sonar sus cor- 117
  • 116. tos dedos ensortijados-. La madre de Aaron viajamucho y estaba más solo que la una en aquella casa tangrande de Scarsdale, con Mookie por toda compañía, asíque ha decidido mudarse con nosotros. Como dice tumadre: ¡Cuantos más, mejor! Blair se quedó de piedra, sin poder creérselo. Elperro, Mookie, se acercó a ella por detrás y le olisqueóel culo. - ¡ N o , Mookie! -exclamó Cyrus, riéndose-. Ven aquí,chico. Ayúdame a presentar a Aaron, venga -cogió alperro del collar y lo llevó hacia la biblioteca. Blair tuvo la sensación de que tenía que seguirlos,pero se quedó donde estaba, conmocionada. Un momento más tarde, una cabeza llena de cortasrastas castañas se asomó tras la puerta de la biblioteca.La cabeza pertenecía a un chico de la edad de Blair congrandes ojos castaños, tez pálida y labios rojos que securvaban en una sonrisa. - H o l a -dijo el chico-, soy Aaron. Se acercó metiendo ruido con sus botas para ofrecer-le su mano a Blair. Su camiseta estaba rota y tenía unadesteñida imagen de Bob Marley. Se le veía el elásticode los calzoncillos por encima de la cintura de los pan-talones. ¿Qué? Blair tocó su mano lo menos posible antes de apar-tarla. -Así que supongo que ahora somos compañeros depiso, ¿eh? -dijo Aaron, sin perder la sonrisa. Otro qué. -Espero que no te moleste, pero encerré a tu gatoen tu dormitorio porque estaba asustado con Mookie.118
  • 117. Infló el rabo como un globo -dijo él, y se rió sacudien-do sus rastas. Blair le lanzó una mirada furibunda. -Tengo que hacer mis deberes -dijo, y se dirigió a suhabitación dándole con la puerta en las narices. Sola en su cuarto, cogió al gato y se tiró en la cama.Kitty Minky comenzó a amasar su jersey con las patas. -Tranquilo, bebé - m u r m u r ó Blair, apretándolo con-tra su pecho. Cerró los ojos con fuerza y hundió el ros-tro en su suave piel, deseando que el mundo desa-pareciese. Mantuvo los ojos cerrados y el cuerpo quieto. Sise quedaba así lo suficiente, quizá todos se olvidasende ella y no tuviese que seguir siendo Blair Waldorfy vivir su vida, que cada día era más estúpida. Sepodría convertir en alguien más e ir a Yale igual.Finalmente, después de buscarla y buscarla duranteaños sin darse por vencido, Nate la encontraría. Seríacomo una vieja película en blanco y negro en la que laheroína tiene amnesia y se enamora de otro hombre,pero el hombre que siempre la amó nunca se da porvencido hasta que la encuentra y le pide que se casecon él, aunque ella no pueda recordar su nombre.Luego, cuando él le regala su bufanda vieja, llena dearomas y momentos juntos, ella recobra la memoria ydice: "Sí, quiero", y viven felices y comen perdices.Los créditos de la película comenzaron a pasar en sumente con un suave acompañamiento de violines. Cuando todo lo demás fallaba, Blair siempre podía iral cine en su cabeza. Pero mejor no mencionarlo en lasolicitud de admisión a Yale, a ver si le ponían una P depsicótica.
  • 118. Al rato, Blair soltó a Kitty Minky y se sentó. Cogióel mando de la tele y pulsó play. Su vídeo se puso enmarcha y pronto la primera escena de Desayuno con dia-mantes comenzó a pasar una y otra vez: Audrey H e p -burn, todavía vestida de noche después de haber salidohasta las tantas, comiendo cruasanes frente a Tiffanys.Aquélla era la película con la que Blair entraba a con-curso en el festival de cine del Constant Billard.Audrey comiendo cruasanes con la música de El apren-diz de brujo, admirando los diamantes de un escaparatede Tiffanys. Y otra vez con un tema de Duran Duran:Girls on Film. Otra vez con Rocketboy de L i z Phair. Yotra vez con otra música. Blair veía algo diferente en laescena cada vez. No se cansaba nunca de ella. Espera-ba que el jurado del festival sintiese lo mismo el lunes. Llamaron a la puerta y Blair se dio la vuelta para verquién tenía la desfachatez de molestarla. Abrieron. EraAaron. Mookie se metió entre sus piernas. Kitty Minkylanzó un aullido y se escondió en el armario. -¡Mookie, no! -gritó Aaron, cogiendo al perro delcollar-. Lo siento -dijo, pidiéndole perdón a Blair conla mirada. Empujó a Mookie para que saliera y le dio unapalmada en el trasero-. M a l o - l o regañó. Blair lo miró fijamente, con la barbilla apoyada enlas manos, odiándolo cada vez más. - ¿ Q u é -dijo A a r o n - , hace una birra o algo debebercio? Blair no respondió. Odiaba la cerveza. Los ojos oscuros de Aaron se posaron en la pantallade la tele. -Oye, ¿te mola esa antigualla? -dijo. Blair cogió el mando y apagó la televisión. No per-120
  • 119. miaría por nada del mundo que Aaron insultase a supeli. ¿Acaso no había hecho suficiente daño ya? - S é que para ti será un marrón que nos mudemosaquí de repente, con la boda y eso. Pensaba que si que-rías hablar, ¿sabes?, o algo así, por mí, guay. Blair siguió mirándolo con frialdad, deseando que sefuese. Aaron carraspeó. -Estaba con tu hermanito, Tyler, ¿sabes? Vimos unpoco la tele y nos tomamos una birra. Bah, yo tomé labirra, él una coca. Pues parece que no se siente mal porla movida de la boda. Está bien, el enano. Blair parpadeó. ¿Se creía el gilipollas aquel que esta-ban conversando? -Vale -dijo Aaron-. Ejem, vamos a comer todos jun-tos luego. Yo soy vegan , así que iremos a un restauran- 5te vegetariano. Espero que te mole -retrocedió, esperóun momento a que Blair respondiese. Al ver que no lohacía, sonrió con resignación y cerró la puerta. Blair se volvió a dar la vuelta en la cama y se abra-zó a la almohada. Por supuesto que era vegan. T í p i -co. Deseó tener un cacho de carne cruda que tirarle ala cara. ¿Qué? ¿Acaso pretendían todos que le diese a sunuevo hermanastro seudo hippy una calurosa bienveni-da sólo porque se había instalado en su casa, tomabacerveza como si fuese el dueño del cotarro y se porta-ba con Tyler como " D o n Comprensivo"? Pues que seolvidasen del tema. 5 Vegan: vegetariano estricto que no come ningún producto animalcomo huevos, leche, etc. También está el lacto-ovo, que come lechey sus derivados.
  • 120. Al menos no iba a estar en casa el fin de semana ypronto se habría ido a Yale y alejado de aquel circo defrikis para siempre. Quizá si le dijese a Nate lo quehabía sucedido, a él le daría pena y la acompañaría a NewHaven después de todo. Cogió el teléfono junto a su camay pulsó el número de Nate. -¿Sí? -respondió Nate al quinto tono. Parecía fumado. - H o l a , soy yo -dijo Blair, con la voz un poco trému-la. De repente, sintió deseos de llorar. -Hola. Blair se puso boca arriba y miró el techo. KittyMinky se asomó por el armario, sus ojos amarillos bri-llando. - M e preguntaba si no habrías cambiado de opinióny quizá quisieses acompañarme a Yale... -se le quebróla voz. Iba a echarse a llorar de verdad. -Naa, los chicos están que flipan por hacer el viaje encoche -dijo Nate. -Vale -dijo Blair-. Es que... toda la movida esta dela boda... y ahora... -se calló. Dos lágrimas le brotaronpor las comisuras de los ojos y comenzaron a rodarle porlas mejillas. -Oye, ¿estás llorando? -preguntó Nate. Las lágrimas siguieron brotando. Nate parecía estara miles de kilómetros. Estaba tan triste que no podíaexplicarle nada. Ni siquiera le había agradecido el rega-lo. ¡Menudo gilipollas! -Tengo que colgar -dijo, sorbiendo las lágrimas-.Llámame mañana, ¿vale? -Te lo prometo -dijo Nate, pero Blair ya sabía queno lo haría. Ni siquiera se acordaría de la llamada de tanfumado que estaba. 122
  • 121. -Adiós -dijo Blair, y colgó. T i r ó el teléfono sobre lacama y rascó con las uñas el edredón. Kitty Minky salió diosamente del armario y saltó sobre la cama. -Tranquilo, mi bebé -le dijo Blair, acariciándole lacabeza. Alzó al gato y se lo puso sobre la tripa-. Tran- ] tilo. Kitty Minky cerró los ojos y se acomodó en los cáli-dos pliegues de su jersey, ronroneando feliz. Blair deseópoder encontrar a alguien que la hiciese sentir así.Había pensado que esa persona sería Nate, pero él esta-ba resultando igual de gilipollas y decepcionante quetodo lo demás en el marrón de su vida. 123
  • 122. ¿ 9 ~ CosasdeChicas.net temas -4 anterior siguiente • envía una pregunta respuestaTodos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mL ¡Qué hay, gente! ASUNTOS DE FAMILIA Sé que el odio es una mala palabra y eso, pero no pasa nada: somos adolescentes. Se supone que odiamos a nuestros padres de vez en cuando. También tenemos permiso para odiar a cualquier hermano, mayor o menor, que nos moleste, en particular a los que ni siquiera son parientes nuestros y que nadie ha pedido. Sin embargo, si uno de estos hermanos caídos de sopetón resulta ser un chico bastante guapo con rastas que resulta que sé que es un excelente guitarrista y es el tío más mono del mundo mundial, quizá desearías ser simpática. Flirtear inocentemente con tu futuro herma- nastro no está mal ni es ilegal. En realidad, ¡es muy divertido y muuuuy conveniente si vivís en la misma casa! Sólo es algo que se me ocurrió pensar, aunque no parece que B haya tenido en cuenta esta opción. Vuestro e-mail P: Querida Chica Cotilla: He oído que B es una choriza total. Cosas como qoe cuando estaba en preescolar robaba los lápices y borraM dores Barbie y eso. Y no podías invitarla a dormir a m 124
  • 123. casa porque te robaba la ropa. También he oído querobó un reloj en Tiffany. -Peekaboo R: Querid® Peekaboo: B lleva un Rol ex desde cuarto, así que no estoy tansegura de ello. Igual, gracias por el dato. ~-CC P: hola, gossip grl: Estoy casi segura de haber visto a N hablando con lachica esa de noveno del Constance en la Ochenta ySeis. -owl99 R: Querida owl99: ¿Y? Eso ya es agua pasada. Tendrás que afinarmucho más que eso. -CC Visto por ahí N comprando una bolsa tamaño familiar de hierbaen su fiel pizzería de la esquina de Ochenta y Madison.Seguro que se preparaba para su viaje. B y su aumenta-da familia en Saks, haciendo felices compras para laboda. En realidad, B se pasó la mayoría del tiempoenfurruñada en el salón de señoras. S paseándose por eldepartamento de cosméticos de Barneys nuevamente,comiéndose las uñas. D languideciendo en un banco delRiverside Park y fumando un cigarrillo tras otro. J escri-biendo con su excelente caligrafía el nombre de N en 125
  • 124. sitios discretos por toda la ciudad. Mi mantel individualen Jackson Hole estaba todo escrito. LO QUE HAY QUE TENER CUANDO SE VADE VISITA A LA U N I V E R S I D A D Un coche. Colegas. Preferentemente que no estén tan entusias-mados con la universidad como para que no se asustenen caso de que decidas pasar de la visita a la universidady quedarte viendo pelis y jugando a beber en la habita-ción del motel. Ropa con la que no te importe dormir u olvidártelaen las habitaciones de un motel en las que seguramen-te te alojarás de camino a la unk Ropa buena que ponerte para la entrevista. Pero note pases, porque le puedes dar a tu entrevistador com-plejo de inferioridad. Muchos de ellos no saben la dife-rencia entre Barneys y Wal-Mart. Artículos diversos: botes de Bud, donuts Entenmannbañados en chocolate, Pringles, etcétera. Tú sabes que me ador Chica Cotilla126
  • 125. B se las pira - ¿ N o crees que es un poco estilo Little Bo Peep? - r r e g u n t ó la madre de Blair. D i o varias vueltas en laplataforma elevada de la sección de novias del Saks deQuinta avenida, haciendo girar la amplia falda del traje le novia de satén y encaje. Blair negó con la cabeza. Ver a su madre vestida conun vestido blanco de gran escote y manguitas abullona-das le daba deseos de vomitar, pero cuanto antes salie-sen de allí, mejor. Tenía que prepararse para suentrevista en Yale mañana. - E s bonito -mintió. - N o sé si corresponde que vaya de blanco -reflexio-nó la señora Waldorf-. Me refiero a que ya he tenidomi vestido de novia blanco -se volvió hacia Blair-.¿Qué te parece si lo hago teñir? Quizá quedase bonitoen un beige dorado o un lila pálido. Blair se encogió de hombros y se movió, incómoda,en el antiguo sofá de dos cuerpos de imitación en el quese sentaba. -A mí no me importa el blanco - e l tema del teñidoparecía que tardaría más. -Siempre lo podemos teñir una vez que esté hecho-sugirió la vendedora-. ¿Quiere entonces que le tomelas medidas para éste? -hasta ella se estaba impacien-tando. Ya habían visto siete vestidos y tres trajes de cha-queta. Si la señora Waldorf quería que su traje estuvieselisto en sólo dos semanas, tendría que mover el culito. La madre de Blair dejó de girar y se examinó crítica-mente en el gran espejo de cuatro paneles. 127
  • 126. - C r e o que es el que más me favorece de todos lo queme he probado -dijo-. ¿No te parece, Blair? Blair asintió con entusiasmo con la cabeza. - C l a r o que sí, mamá. Te hace muy delgada. Su madre sonrió encantada. La forma de llegarle al corazón a cualquier chica esdecirle que parece delgada. Las chicas mueren por estardelgadas. - D e acuerdo entonces -dijo radiante de emoción-.Vamos a ello. La vendedora comenzó a acomodar el vestido, cla-varle alfileres, medir aquí y allí y apuntar en un papeli-to. Blair miró el reloj. Ya eran las tres y media. Aquelmuermo de movida no acababa nunca. - ¿ H a s encontrado algo que quieras que lleven lasdamas de honor? -le preguntó su madre. -Todavía no -dijo Blair, que ni siquiera había bus-cado. Su madre quería que encontrase un vestido deconfección que le pareciese divino y comprarlo igualpara todas las damas de honor. A Blair le encantabahacer compras, pero le costaba trabajo entusiasmarsecon este vestido en particular. Odiaba usar la mismaropa que otra gente. Después de todo, se había pasa-do la mayor parte de la vida llevando un jodido uni-forme. - V i uno ideal en Barneys. Chloé, creo que era ladiseñadora. De seda color chocolate y bordado enpedrería, con tirantes finísimos. Largo, cortado al bies.M u y sofisticado. Le quedará fantástico a Serena conesas piernas tan largas y ese pelo rubio. No estoy muysegura, sin embargo..., quizá te haga parecer un poco...caderona.128
  • 127. Atónita, Blair le lanzó a su madre una mirada furio-sa a través del espejo. ¿Insinuaba que Blair era gorda? ¿Más gorda que Serena? Se puso de pie y cogió su bol-sa de los libros. - M e voy a casa, mamá -dijo enfadada-. No tengomás tiempo para hablar de ropa. Por si te has olvidado,tengo mi entrevista en Yale mañana, lo cual, para mí, esun poco más importante. La señora Waldorf se dio la vuelta de golpe con unrevuelo de faldas, haciendo que a la vendedora se lecayera la almohadilla de los alfileres. - ¡ M e había olvidado! -exclamó, sin darse cuenta enabsoluto del tono mortificado de su hija-. CuandoCyrus oyó que pensabas tomar el tren para ir hastaNew Haven mañana, tuvo una brillante idea. ¡Oh, Dios! Cualquier idea brillante de Cyrus teníaque ser un horror. Blair esperó, preparándose para lopeor. -Está todo arreglado. ¡Te lleva Aaron! Quiere ir aver Yale también y tiene un coche aparcado en un gara-je en Lexington -se apresuró a explicar su madre-. ¿Note parece perfecto? Blair sintió nuevos deseos de llorar. "¡No!", deseógritar. "¡No es perfecto, mamá! ¡Es una mierda!". Perono iba a echarse a llorar en el departamento de noviasde Saks. Habría sido más que patético. -Hasta luego -dijo abruptamente, dándose la vueltapara marcharse. Su madre la vio alejarse con el ceño fruncido. "PobreBlair", pensó. "Estará nerviosa por su entrevista enYale". 129
  • 128. Blair anduvo las veintidós manzanas hasta su casatragándose las lágrimas de rabia. Pensó en registrarseen el Pierre Hotel y comenzar la primera etapa de sudesaparición. Podía llamar a su padre y decirle que que-ría vivir con su novio y él en su chateau francés. Podíaaprender a pisar uva o la mierda que hiciesen allí. Pero tenía que acabar su último año en el Constance.Tenía que hacerlo por fin con Nate. Y tenía que ir a Yale. Ajo y agua. Cuando subió al ático, Mookie corrió por el pasillo yse le tiró encima, lamiéndola la cara y retorciéndoseexcitado. Blair dejó caer su bolsa de los libros y se sen-tó en el suelo. Dejó que el perro la sobase toda mien-tras las lágrimas le corrían por las mejillas. El aliento deMookie olía a culo. Decididamente, más hundida no podía estar. - H o l a , ¿qué pasa? - p r e g u n t ó Aaron asomando lacabeza por la puerta de la biblioteca. Se acercó a ella-.¡Mookie, no! - g r i t ó , apartando al perro-. No dejes quete haga eso. Se va a enamorar de ti y comenzará a aga-rrársete a la pierna y esas cosas. Blair contuvo un sollozo y se enjugó las lágrimas conel dorso de la mano. -¿Qué? ¿Preparada para la movida de Yale manar.: -- p r e g u n t ó Aaron, extendiendo la mano para ayudarla alevantarse del suelo. Blair hizo caso omiso de ella. Necesitaba una copadesesperadamente. - N o veo el momento de largarme de aquí -murmu-ró angustiada. -Pues podríamos marcharnos ahora si quieres. S e r í amás divertido si no tuviésemos que madrugar para ir a130
  • 129. tu entrevista -dijo Aaron. Se colocó las rastas tras lasorejas. Blair no había visto a nadie hacer algo así. -¿Ahora? -Blair aceptó la mano de Aaron y se pusode pie, trémula. No era lo que había planeado, pero... ¿por qué no? Así, Aaron y ella viajarían de noche. Ten-drían que quedarse en un hotel en algún sitio. Ten-drían coche. Podrían ir donde quisieran. A cualquiersitio que no fuese allí. Sería espontánea por una vez. -Vale -dijo, sorbiendo las lágrimas nuevamente-. Loúnico es que tengo que hacer la maleta. -Guay -dijo Aaron-. Yo también. ¡Oye, Tyler! - l l a -mó. Tyler salió de la biblioteca en calcetines. Llevabauna de las camisetas de Aaron en la que ponía "Legali-zad el cáñamo" y tenía chocolate en la cara-. Lo siento,tío. No puedo acabar de ver la segunda parte de Matrixcontigo -le dijo Aaron-. Blair y yo nos vamos de viajeen coche. - N o pasa nada -dijo Tyler-. Las segundas partes sonsiempre una mierda. Blair pasó junto al niño y corrió a su habitación aprepararse. Se le había acelerado el pulso. Por másque odiase a Aaron, estaba tan ansiosa por pirarse deallí que le daba igual que tuviese que hacerlo con él.Siempre y cuando no intentase comportarse como elhermano ideal y no jodíese mucho con el entorno ytodo ese rollo. 131
  • 130. Encuentro en Grand Central Station Cuando Serena llegó al bar del segundo piso en GrandCentral Station, Dan ya estaba allí fumando un cigarrilloy tomando ginebra con tónica. Parecía nervioso. - H o l a -dijo Serena sin aliento. Estaba sin aliento porque siempre llegaba tarde. ADan le gustaba imaginársela descender del cielo parallegar allí. Era un vuelo muy largo. - L a cocinera me dio unos bocadillos por si tenemoshambre. ¡Su cocinera! Si era una princesa de fábula, tenía quetener cocinera. Dan hizo girar el cubito de hielo de su vaso. Serenavestía un jersey azul que hacía que sus ojos fuesen másazules y más grandes que nunca. - H e traído una botella de vino -le dijo-. Podemoshacer un picnic. Serena se sentó en el taburete junto al de él. El bar-man le puso una copa de burbujeante K i r Royale colorlavanda con una servilletita delante. - M e encanta este sitio -dijo ella, cogiendo la copa. El barman ya sabía lo que ella iba a tomar. ¿Podájhaber algo más guapo? Dan le ofreció un cigarrillo, se puso otro en la bociy encendió los dos. Se sentía todo un seductor. Serena exhaló, lanzando el humo hacia el ornamen-tado techo de la estación. - C r e o que lo me más me gusta de viajar son las esta-ciones y los aeropuertos y los taxis. Son tan... ser-dijo.132
  • 131. Dan dio una calada a su cigarrillo. - S í -dijo, aunque no coincidía con ella en absoluto.No veía el momento de llegar allí. En cuanto Serena yél estuviesen solos... -Qué? Xo estaba seguro de lo que pasaría, pero estabaseguro de que sería algo. -Te gustará mi hermano E r i k -dijo Serena, sorbien-do el K i r Royale-. Le gusta filosofar. Pero también legustan las juergas. Dan asintió con la cabeza y se apartó los rizos casta-ños. Se había olvidado de Erik. C o n un poco de suerte,Erik estaría de juerga con sus colegas mientras ellosestaban allí. De esa manera, Dan tendría a Serena paraél sólito. Los tablones anunciando las salidas y llegadas de losfrenes se encendían y apagaban según cambiaban las horasy destinos de los trenes que llegaban y partían. La estaciónhervía de actividad. La gente corría a coger su tren o sequedaba parada esperando para saludar a sus amigos. -Nuestro tren sale en quince minutos -dijo Serena,frunciendo los párpados para leer el tablón de salidas-.Un cigarrillo más y tenemos que marcharnos. Dan sacó dos cigarrillos más del paquete e hizo girarsu taburete para coger el mechero. - O y e -dijo Serena-, que he leído tu poema -teníaque sacar el tema en algún momento y ahora era unmomento tan bueno como cualquier otro. El poema erabueno, pero la hacía flipar. Dan se quedó petrificado. C o n el rabillo del ojo vio las figuras vagamente fami-liares de cuatro chicos entrar a la estación por la puer- 133
  • 132. ta de la Vanderbilt Avenue. U n o de ellos se detuvo y sequedó mirando a Serena fijamente. Nate estaba fumado, pero no alucinaba. Serena vander Woodsen estaba sentada allí mismo, en el bar de laGrand Central. Vestía pantalones anchos de pana blan-ca, un jersey de cuello en pico azul brillante y sus botasde ante favoritas. El jersey hacía que sus ojos resultasentodavía más profundos y oscuros. Blair le había hecho prometer que se olvidaría deSerena, pero Nate nunca había estado seguro de poderhacerlo. Había intentado evitarla, porque ver a Serenageneralmente le causaba mucha pena. Esta vez no. Esta vez algo había cambiado. Cuandomiraba a Serena, lo único que veía era a una hermosaamiga de toda la vida. -¡O ye, yo conozco a esos chicos! -dijo Serena,bajándose de un salto del taburete. Dejó su cigarro sinencender en el bar y se dirigió hacia Nate. -Espera -dijo Dan. No le había dicho lo que pensa-ba de su poema. V i o a Serena acercarse al chico que la había estadalmirando fijamente y besarle la mejilla. De repente, Dansupo por qué aquellos chicos le resultaban conocidos-Eran los mismos que había visto jugando al fútbol coasu hermana en el parque.134
  • 133. -¡Hola, chicos! -dijo Serena, esbozando su inimita- ble sonrisa-. ¿Dónde vais? Era típico de ella acercarse, darle un beso a Nate ydecir "hola" como si no se hubiese dado cuenta de que Nate había pasado de ella desde su vuelta a Nueva York el mes pasado. Serena no era rencorosa en absoluto. Lo contrarioque alguna gente que conocemos. - N o s vamos a Brown -dijo Anthony-, pero primero tenemos que ir a buscar el coche de la madre de Jeremya New Canaan. - ¿ E n serio? -exclamó Serena, y se le iluminaron losojos-. Nosotros también vamos a Brown. Mi hermanova allí, así que nos quedaremos con él. ¿Queréis quevayamos juntos? Nate frunció el ceño. Ir a Brown con Serena decidi-damente no estaba en el libro de reglas de Blair de loque Nate podía hacer sin ella. Pero ¿por qué iba aseguir las reglas de ella? -Genial -dijo Jeremy-. Vamos todos juntos. - G u a y -dijo Serena-. Probablemente os podáis que-dar con mi hermano también. Se dio la vuelta e hizo ungesto al chico pálido y desaliñado que se encorvabasobre la barra-. Oye, Dan. Ven aquí. Dan se puso de pie y se acercó. Serena se dio cuentade que tenía un aspecto un poco triste. -Chicos, éste es Dan. Dan, éstos son Nate, Charlie,Jeremy y Anthony. Vendrán con nosotros a Brown. M i r ó a Dan con una sonrisa radiante y él intentódevolverle la sonrisa; lo intentó de verdad, pero leresultó difícil. ¿Por qué no se habrían subido al trenantes? Podrían haber estado felices, comiendo los boca- 135
  • 134. tas de la cocinera de Serena acompañados con vino envez de compartir el viaje con cuatro niños de papá delSt. Jude que monopolizarían totalmente a Serena ycambiarían totalmente el tono del viaje. Adiós a lossusurros con las manos entrelazadas bajo la mesa encafeterías que no cierran en toda la noche. Adiós a dor-mir juntos en el suelo de la habitación de su hermano.Ya no era más un fin de semana romántico: se habíaconvertido en un viaje por carretera para visitar la uni-versidad, una juerga sin sentido. ¡BUUUUU! Dan nunca se había sentido tan desilusionado. -Guay -dijo. Deseó estar en su habitación escribien-do sobre el fin de semana que podría haber pasado. - D e acuerdo, a moverse entonces. Será mejor queno perdamos ese tren -dijo Charlie. Serena enlazó su brazo con el de Dan y le hizo bajarlas escaleras con ella. -¡Vamos! -exclamó corriendo. Dan salió a trompicones tras ella. No tenía otraopción. Nate los siguió sintiéndose un poco triste también.Deseó haber traído a alguien con él, y no era precisa-mente en Blair en quien pensaba.136
  • 135. Best Western versus Motel 6 -Quizá deberíamos pasar por Middletown de cami-no. Visitar Wesleyan -sugirió Aaron. Pulsó el mecherodel Saab y abrió el techo. Acababan de entrar en la 1-95 en Connecticut. Blairhabía ido todo el tiempo en silencio mientras Aaronmaniobraba para salir de la ciudad. U n a música de reg-srae que nunca había oído en su vida sonaba en el es-téreo. "You want to lively upyourself.". Blair se quitó los zapatos y puso los pies con calceti-nes sobre el salpicadero. - E l único sitio en el que voy a solicitar plaza es enYale - d i j o - , pero podemos pasar por Wesleyan siquieres. Aaron sacó un cigarrillo de una lata con aspecto rarov lo encendió. - ¿ Q u é te hace pensar que entrarás? -preguntó. -Llevo planeando entrar desde que era pequeña-dijo Blair con un encogimiento de hombros-. ¿Qué es,maría? - ¡ Q u é va, tía! -dijo Aaron con una sonrisa-. Son dehierbas. ¿Quieres probar uno? -Prefiero éstos -dijo Blair con una mueca, sacandoun paquete de Merit Ultra Lights de su bolso. -Esos te matarán - c o m e n t ó Aaron. Deslizó el cocheal carril central y dio una profunda calada-. Estos soncien por cien naturales. Blair lanzó una mirada de rabia por la ventanilla. Laverdad era que no tenía ningún deseo de que Aaron le 137
  • 136. dictase cátedra sobre las propiedades de sus cigarrillosespeciales. -Gracias, pero no -dijo, deseando poner fin con elloa la conversación. -Estoy intentando imaginarme si serás juerguista ono -dijo Aaron-. Algo me dice que cuando te sueltas lamelena puedes ser bastante alocada. Blair siguió mirando por la ventanilla. La verdad eraque tenía razón, pero le importaba una mierda lo quepensase Aaron. Que pensase lo que quisiese. - E n realidad, no -dijo, fumando su cigarrillo. - ¿ Q u é , tienes novio? -Sí. - ¿ P e r o él no quiere ir a Yale? - N o . Quiero decir, sí -se corrigió Blair-. Pero estefin de semana ha ido a Brown con unos amigos. -Comprendo -dijo Aaron, asintiendo con la cabeza. Algo en su forma de decirlo enfureció totalmentea Blair. Era como si los hubiese calado completamen-te a Nate y ella y supiese que ella prácticamente se habíapostrado de rodillas y rogado a Nate que la acompaña-se a N e w Haven, pero él se había negado. Aaron se podía ir a la mierda por hacerla sentir tan maL - M i r a , no es de tu incumbencia, ¿vale? -le espetó-.Limítate a conducir, ¿quieres? Aaron meneó la cabeza y señaló la lata de cigarrillosde hierbas que había dejado sobre el salpicadero. -¿Estás segura de que no quieres uno? -ofreció-. Tecalmarán. Blair negó con la cabeza. -Vale-dijo Aaron. Se metió en el carril central y ace-leró hasta ciento cuarenta.
  • 137. Blair lanzó una mirada a la mano que él apoyaba enla palanca de cambios. Tenía un m o r a t ó n en la uña delpulgar y llevaba un anillo con forma de serpiente. Sino hubiese sido su casi hermanastro, habría resultadosexy. Pero él era su casi hermanastro y aquello no era sexy. Dan estaba tan deprimido que ni siquiera pensó encolocarse con los colegas de Nate en el asiento trasero.Durante todo el camino hacia Ridgefield, Serena, Natey sus amigos habían hablado de cosas que Dan no cono-cía. Como bares donde él nunca había estado o sitiosdonde nunca había ido a navegar o a jugar al tenis. Danhabía pasado el verano trabajando media jornada enuna librería en Broadway y otra media en una tiendadelicatessen. En la librería le daban libros gratis y en ladeli podía tomar todo el café que quisiese. Era genial.Pero no había compartido aquello con los otros, porqueno tenía ni un pelo de glamuroso. Dan sabía que Serena no intentaba hacerse la estira-da. No era así. No era una trepa, porque ya estaba en elescalón más alto. Lo que le deprimía era que ella noquisiese estar a solas con él de la misma forma que élquería estar a solas con ella. Si lo quisiese, no habríaconvertido su fin de semana íntimo en una juerga estu-diantil. - ¿ Q u i é n quiere una? - g r i t ó Serena desde el sitio delcopiloto. Se dio la vuelta y pasó por encima del respal-do un paquete de seis Bud. -¡Yo! -exclamaron los cuatro chicos, incluyendo aNate, que estaba al volante. 139
  • 138. - T ú no, Nate -dijo Serena-. Tienes que esperar has-ta que paremos. -Joooo, venga -dijo Nate-. Estaba fumado cuandohice mi examen de conducir. - L o siento -dijo Serena, devolviéndole la cerveza aCharlie-. Querías ser Papi el Conductor, así que ten-drás que apechugar. -¿Falta mucho, papi? - r i ó Anthony, pateando elasiento de Nate. -Silencio ahí atrás -gritó Nate con voz grave-, otendré que daros una tunda. El asiento trasero explotó en carcajadas. Dan estaba encorvado junto a la ventanilla, mirandopasar los carteles de la 1-95, odiando a Nate y a sus ami-gos. Primero se habían llevado a su hermana y ahora asu novia. Como si no tuviesen todo lo que pudiesendesear servido en una jodida bandeja de plata. Dansabía que aquello no era exactamente justo, pero no legustaba ser justo. Estaba furioso. Metió la mano en el bolsillo para sacar un Camel, lamano temblándole más que nunca. Una cosa era cierta.Por algún motivo había venido. Mañana bordaría suentrevista en Brown. Aaron vio el cartel del M o t e l 6 a unos treinta kiló-metros de N e w Haven y salió de la carretera. - ¿ Q u é haces? -dijo Blair-.Todavía no hemos llega-do. -Sí, pero es un M o t e l 6. Estamos bastante cerc*|-como si aquello lo explicase todo. - ¿ Q u é tienen de especiales los Moteles 6?140
  • 139. - S o n limpios. Son baratos. Tienen televisión porcable. Y las expendedoras son geniales -dijo Aaron. -Pensé que pararíamos en un sitio bonito, con servi-cio de habitaciones -dijo Blair. Jamás se había alojadoen un motel. -Confía en mí -dijo Aaron, deteniendo el cochefrente a la oficina del motel. Enfurruñada, Blair se quedó en el coche de brazoscruzados mientras Aaron entraba a averiguar. Pretendíahacerse el campechano con la gente como si no fueseun niño rico. La ponía de los nervios. Sin embargo, leparecía un poco cutre llegar a un motel en un Saab rojocon un chico con rastas. El aparcamiento estaba pocoiluminado y las habitaciones tenían cortinas. Parecía laclase de sitio adonde uno iría para desaparecer de unavida anterior. Aaron volvió con una llave. - L e s quedaba solamente una habitación. Pero tieneuna cama grande. ¿Te parece bien? Blair estaba segura de que Aaron suponía que ellamontaría el numerito y exigiría una habitación paraella sola. -Vale -dijo. Era capaz de negociar. Aaron se volvió a subir al coche y salió del aparca-miento con un chirriar de neumáticos, volviendo a lacarretera. - ¿ D ó n d e vamos ahora? -exigió Blair. Odiaba lamanía que tenía Aaron de hacer lo que le daba la ganasin preocuparse de lo que ella quería. -Esa es la otra cosa genial de los Moteles 6. Siempreestán en carreteras que tienen esos centros comercialeshorteras que están abiertos las veinticuatro horas, así 141
  • 140. que puedes comprar todo lo que necesitas -dijo Aaron.Entró en el aparcamiento de un Shop n Save y sacó dela cartera la tarjeta de su madre del Shop n Save-.Venga, vamos a quemarla -dijo. Blair hizo un gesto de exasperación. Al menos, él sabía usar dinero de plástico. Nate condujo hasta que no pudo más. Sus colegasllevaban dos horas y media riendo en el asiento de atrásy él necesitaba una cerveza. - V o y a parar -dijo-. He visto un cartel de Best Wes-tern. No están mal, ¿no? -Cuando fuimos a llevar a mi hermana al campa-mento de verano, pedimos una suite en un Best Wes-tern -dijo D a n - . Estaba bien. - ¿ T i e n e n suites? -dijo Jeremy-. Creía que los BestWesterns eran, no sé, moteles. -Tenía servicio de habitaciones -dijo Dan a la defen-siva-. Y un frigorífico lleno de bebidas. -Decidido, pediremos una suite -dijo Charlie. Dan cerró los ojos y rogó que no hubiese suites enaquel Best Western. Todavía le quedaban esperanzas deque Serena y él acabasen compartiendo una habitación.Quizá fuese mejor de lo que esperaba. La cama en el M o t e l 6 estaba repleta de guarrerías.Chips Ahoy, Fritos, patatas fritas Wise, Smart Food,pudín de chocolate sin leche, Hawaiian Punch, quesosuizo de soja, crackers Ritz y, por supuesto, botes decerveza.142
  • 141. -Seguro que ponen algo bueno en T N T -dijoAaron, dejándose caer a los pies de la cama. Abrió unaBud y cogió uno de sus cigarrillos especiales. Blair sacudió la almohada y se acomodó contra elcabecero, apoyando la barbilla en las rodillas. Nuncahabía hecho algo similar: comer porquerías y beber Buden la habitación de un motel con un chico que apenasconocía mientras veía la tele. Era, no sé... diferente. - Y o quiero una -dijo en voz baja. Aaron le alcanzó una cerveza sin apartar los ojos dela pantalla. La sortija de la serpiente plateada brilló almover la mano. -¿Ves? Arma Letal 2. Excelente. -Y uno de ésos -dijo Blair, señalando los cigarrillosde hierbas. Aaron se volvió hacia ella y esbozó una sonrisa torcida. -Te aviso que son muy relajantes -le advirtió. -Vale -dijo ella con voz inexpresiva. Había pasado unos días realmente estresantes. ¿Porqué no iba a relajarse? Aaron le tiró un cigarrillo y una caja de cerillas. -Ten cuidado, no inhales demasiado rápido o te frei-rás los pulmones. Blair hizo un gesto de exasperación, molesta. Sabíafumar. En la parte de atrás de la camiseta de Aaronponía: Power to the People , algo que también la enfadó. 6El pensaba que era muy guay y liberal y políticamentecomprometido. Encendió una cerilla y la acercó al ciga-rrillo. Un cigarrillo rápido, unos sorbos de cerveza yquizá un donut y luego a la cama temprano. 6 El nombre de una famosa canción de John Lennon. Quiere decir: elpoder al pueblo. 143
  • 142. Mañana tenía que enfrentarse a su futuro. La suite del Best Western tenía dos camas dobles yun sofá cama. Había escenas de caza en las paredes y seveía a través de la gran ventana rectangular un parquede atracciones cerrado durante el invierno. La noria seasomaba, amenazante, como un esqueleto excedido enkilos. Dan no podía dejar de mirarla. Nate y sus amigos habían pedido unas pizzas y unascervezas y estaban tirados sobre las camas peleándosepor el mando de la tele. Jeremy quería ver porno enpago-por-visión, Nate quería ver una peli vieja devaqueros en el canal Bravo, Charlie quería apagar todaslas luces, abrir las ventanas y esuchar a Radiohead en elCD. Serena se estaba duchando. Dan sentía el perfumedel vapor que se filtraba bajo la puerta del baño. Olía alavanda y cera de abejas. Serena cantaba: "Voules vous couchez avec moi, ce soir?". 1 Sí, Dan quería dormir con ella aquella noche.Mucho. Pero no creía que aquello fuese a suceder. -Oye, no me manchéis la cama con grasa de pizza.¿vale, chicos? -advirtió Serena, abriendo la puerta delcuarto de baño. Estaba envuelta en una enorme toallablanca del hotel. - ¿ C u á l es tu cama? - p r e g u n t ó Anthony, lanzando uneructo. -Todavía no lo he decidido -replicó Serena-. Pero sivas a eructar y tirarte pedos en ésa, quizá me acueste enla otra. La canción de Moulin Rouge. Quiere decir: ¿Quiere acostarse am- 7migo esta noche?144
  • 143. Atravesó la habitación hasta su bolsa y sacó de ella una sudadera y unos bóxer a cuadros. Todos los chicos la miraron. Era difícil no hacerlo. -Y tampoco os comáis toda la pizza -dijo Serena, volviendo al cuarto de baño a cambiarse-. Me muero de hambre. Dan encendió un cigarrillo. Las manos le temblaban más que nunca. Se levantó de la silla junto a la ventana, cogió una cerveza de la cama y se sentó en el sofá. No tenía nada mejor que hacer, así que ¿por qué no embo- rracharse? Serena salió del cuarto de baño vistiendo la sudade- ra y los bóxer. Cogió una cerveza y un trozo de pizza y se sentó en el sofá junto a Dan. Era un alivio que hubie- sen aparecido los otros tres chicos para hacer el viaje. El poema que Dan le había enviado era sobre el amor y la muerte y de cómo él quería seguir viviendo por ella. A Serena le gustaba mucho Dan, pero él necesitaba tomarse la vida un poco menos en serio. - P o r la universidad -dijo, dándole con la pizza al bote de cerveza de D a n - . ¿No sería gracioso que acabá- semos todos juntos en Brown? Dan asintió con la cabeza, se acabó la cerveza de un trago y se puso de pie para buscar otra. "Sí, seguro que sería gracioso", pensó. " M e muero de risa". Blair se echó en la cama y se tapó el ojo izquierdo con una cracker Ritz mientras miraba el techo entrece- rrando el derecho. U n a araña diminuta se dirigía a la-tarse con- lámpara. 145
  • 144. - Q u é asco. Hay una araña en el techo -le dijo aAaron. Se había tomado tres cervezas y comido cuatrodonuts. De postre, estaba tomando crackers Ritz concrema de queso cheddar. -¿Sabes de qué nos hemos olvidado? -dijo Aaron,quitando los botes vacíos de la cama a puntapiés mien-tras se metía un puñado de Fritos en la boca. -¿Agua? -dijo Blair. Había comido tanta azúcar, saly grasa que se moría de sed. Los tres cigarrillos de hier-bas que se había fumado no habían contribuido muchoque digamos. - N o -dijo Aaron-. Algo dulce. Blair sonrió. Un K i t K a t no estaría mal. -Vale -dijo. Salieron de la habitación y se dirigieron de puntillashasta la máquina. A Blair le entró la risa cuando vio laalfombra del pasillo. Era marrón con remolinos rojos. ¿Aquién le encargarían la decoración de aquellos sitios? Aaron se detuvo frente a la máquina con el ceñofruncido. - N o puedo decidirme -dijo. Blair se colocó a su lado. Había KitKats, pero tam-bién había Twix, Snikers y Almond Joys. Una elecciónmuy difícil. -¿Cuánto cambio tenemos? -preguntó seria. Aaron extendió la mano. Tenían bastante para dosbarritas y media de chocolate, o dos barritas y una cajade chicles. Blair estalló en carcajadas nuevamente. -Estoy sacando sobresalientes en Cálculo Avanzadoy soy incapaz de elegir una jodida barrita de chocolate-dijo.146
  • 145. Aaron tomó tres cuartos de dólar y los metió en laranura. Luego tomó la mano de Blair. -Venga, cierra los ojos y elige una. Le guió la mano hacia la máquina hasta que apenastocó los botones con la punta de los dedos. Blair pulsóun botón y oyó algo que caía en la parte de debajo de lamáquina. Se inclinó para cogerlo. -¡Espera! -gritó Aaron, tirando de ella hacia atrás-.Hagámoslo otra vez y luego veamos lo que tenemos- m e t i ó otros tres cuartos de dólar en la ranura. Blair intentó recordar dónde estaban los KitKats,pero no pudo. Pulsó otro botón, y algo volvió a caer.Blair abrió los ojos. Una barrita de chocolate AlmondJoy ¡y un paquete de caramelos de fruta Lifesavers! -¿Lifesavers? ¡Ni loca! -exclamó. -¡Yo sí que quiero! -dijo Aaron. Le arrancó el AlmondJoy de las manos y salió corriendo por el pasillo. -¡Espera, que es mía! -gritó Blair; salió corriendotras él y se resbaló en la fina alfombra. Eran poco másde las dos de la mañana. Faltaban menos de nueve horaspara su entrevista, pero aunque le costase reconocerlo,se lo estaba pasando genial. ¡Ya vale, Yale! Dan estaba tendido en el sofá-cama oyendo a Char-lie roncar suavemente junto a él. En el otro extremo dela habitación Serena dormía en una de las camas doblescon Anthony... ¿o se trataba de Nate? No podía verbien. Ella tenía la boca abierta sobre la almohada y leveía los dientes brillar a la luz de la luna. Fuera, lanoria se asomaba como un ojo gigante, vigilándolos. 147
  • 146. Dan se dio la vuelta hacia la pared. Quería levantarse yescribir un poema, pero se había dejado la libreta.Había pensado que estaría tan ocupado pasándoselobien con Serena que no querría escribir nada serio estefin de semana. Comenzaba a aprender que las cosasnunca salen como uno espera que salgan. La vida es una mierda y luego uno se muere. Quizáeso era lo que Sartre intentaba decir en Sin salida. Dan se destapó y se puso de pie. De camino al cuar-to de baño a tomar un vaso de agua, pasó junto a lacama donde dormían Serena y Nate. Decididamente,era Nate, ahora lo veía con claridad. Y en la almohadaentre los dos estaban sus manos..., que se estrechabancon fuerza. Dormían tomados de la mano. Dan se dio la vuelta, cogió un boli de la mesilla y seencerró en el baño. Cuando tienes la necesidad incontrolable de escribirun poema angustioso sobre lo absurdo de la existenciahumana, el papel higiénico siempre podrá sacarte de unapuro en momentos de extrema necesidad. .di Blair sabía que estaba durmiendo de una formaextraña. La bolsa de Chips Ahoy estaba muy cerca de sucara y no se había quitado el sujetador, pero ya lo resol-vería por la mañana. Tenía el estómago lleno y calientey realmente tendría que haber intentado provocarse elvómito si quería que le quedasen bien sus pantalones decuero favoritos, pero eso también podía esperar hasta lamañana siguiente. A su lado, Aaron reía en sueños yaplaudía, como si intentase llamar a su perro. ¿Woofieí148
  • 147. ¿Se llamaba así el perro? Blair intentó pensar, pero nopudo recordarlo. Ni siquiera recordaba por qué seencontraba allí, en un motel desconocido, con Aaron ysus rastas. Pero estaba bien dormirse con el olor a cho-colate de las galletas y a pino de los cigarrillos de hier-bas cien por cien naturales. Le recordaba a Nate. Mmm. Parece que alguien por fin se ha soltado lamelena. Y parece que también se ha olvidado de llamara recepción para que la despierten por la mañana.
  • 148. ¿- CosasdeChicas.net temas anterior siguiente • envía una pregunta respuestaTodos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los mócenles. Es decir, a mí. ¡Qué hay, gente! LOS C U A T R O GATOS Q U E S E H A N Q U E D A D O Vale, ¿dónde se ha ido toda la peña? ¿Debería sentir- me una imbécil por quedarme en la ciudad este fin de semana? Ya hice mis visitas a las universidades este verano. De acuerdo, soy una imbécil. Además, ya sé más o menos las que son chulas y las que no, y lo que no sé, siempre lo puedo leer en los folletos. El único motivo para visitar ahora una universidad sería para ir de juerga con la gente de allí y, sinceramente, creo que en Juergas la calificación media más alta está en nuestra querida N Y U . De todas formas, puede que todos se hayan pirado, pero no hemos perdido el contacto. Mirad los e-maih que he recibido: Vuestro e-mail P: Hola, chica cotilla: Trabajo en el motel 6 a las afueras del pueblo de orange en connecticut. Total que viene este guapo en s» supermono saab rojo con matrícula de nueva y o i ^ 150
  • 149. ale? y, por supuesto, tengo que ver quién viene con él.b chica no parecía nada simpática, la verdad, y no erasu tipo en absoluto, bueno, el tema es que acabé mi jor-nada y me fui a casa, pero sé que estuvieron de juergaen su habitación casi toda la noche, porque todo el pasi-Do apestaba a un humo raro, tenían encendidas las lucesdel coche cuando me marché, espero que las hayan apa-sado, porque si no, cuando se levanten, se habrán que-dado sin batería. -kiera3 R: querida kiera3: ¡Uf. Parece que a B se le presenta una mañana unpoco chunga. -CC P: Qué hay, Chica Cotilla, Yo también fui a Yale el viernes y estoy en el Motel6. Vale. Sé que B y su hermanastro son casi familia yeso. Pero juro que los vi haciendo el tonto en el pár-king. ¿No te parece un poco fuerte? -MsPink R: Querida MsPink: Deseo no creerte porque sí, de veras que lo es. P: Querida Chica Cotilla, He oído que la poli se presentó en un Best Westernpor Massachussets y encontró en una suite a un grupode chicos de juerga. Parece ser que todos pasaron lanoche en la cárcel. Pensé que lo querrías saber. -Dragonfly 151
  • 150. R: Querid® Dragonfly: No sé si nuestros amigos son tan tontos como paraque los pille la poli. ¡Espero que no! -CC Visto por ahí Limitémonos a la gente de la ciudad, ¿vale? J sin-tiendo pena de sí misma en Central Park el viernes alsalir de clase. Seguramente será porque extraña muchí-simo a N. V dándole los últimos retoques a su peli.Ofrecerá un preestreno en The Five and Dime este finde semana. Un poco engreído por su parte, si queréismi opinión. D comprando maquinillas nuevas en unafarmacia de la Cuarenta y Dos antes de dirigirse aGrand Central Station el viernes. H a b r á querido estarbien afeitado y guapo para S. A comprando una tarjetade felicitación de Hallmark muy hortera en C V S elviernes cuando iba a buscar el coche. Me pregunto paraquién sería. Esto es todo por hoy. Estoy segura de que habrámuchas más noticias cuando todos vuelvan. ¡Que no decaiga! Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 152
  • 151. A la mañana siguiente El sol entraba por la ventana y calentaba lo bastantecomo para derretir las chispas de chocolate de las ChipsAhoy de la bolsa. Blair sintió el aroma a chocolatederretido y se despertó. Se dio la vuelta, chocándosecontra Aarón y se giró hacia el otro lado, aplastandouna bolsa de Fritos semivacía. -Mierda -masculló. Acercó la mano a sus ojos para ver lahora en el reloj y se lo quedó mirando fijamente. Su entre-vista en Yale era a las once. Estaba acostada bocabajo sobreuna bolsa de Fritos en una cutre habitación de motel enTontoelculo del Este, Connecticut, y ¡ya eran las diez! -¡Joder! -exclamó levantándose de un salto de lacama-. ¡Aaron, levántate ahora mismo! Era difícil no dejarse dominar por el pánico. - ¿ Q u é hora es? - m u r m u r ó Aaron. Se sentó, sacu-diendo la cabeza adelante y atrás, dormido. -¡Las diez y tres minutos! -chilló Blair, rebuscandoen su bolso de viaje. Ni se había molestado en colgar laropa, y la falda para la entrevista estaba hecha un pin-gajo. ¿Estaba tonta? ¿Se había olvidado de que aquélera el día más importante de su vida? - N o te preocupes -dijo Aaron. Fue lo peor que podría haber dicho. -¡Cierra el pico! -gritó Blair, tirándole un mocasínnegro de G u c c i - . ¡Ha sido por tu culpa! - ¿ Q u é es culpa mía? -preguntó Aaron, metiendo lamano bajo las sábanas para rascarse el culo. -Cállate, ¿quieres? -dijo Blair. Cogió su ropa, semetió corriendo en el baño y cerró con un portazo. 153
  • 152. - I r é a ver si nos pueden dar un café - g r i t ó Aaron-.Cuando pague, te esperaré en el coche. Aaron bajó los pies al suelo y se puso los vaqueros.Luego se puso de pie y se estudió en el espejo. Le salíauna rasta hacia arriba del medio de la cabeza y tema unamancha de chocolate en la camiseta. Se encogió dehombros. Total, no era él quien tenía que hacer la entre-vista. Se puso la chaqueta y cogió las llaves de la habita-ción. No iba a permitir que Blair le culpase a él dehaberle arruinado la vida. Haría que llegase a tiempo. En la ducha, Blair se frotaba enérgicamente mientrasrepasaba las preguntas de la entrevista mentalmente. ¿Por qué Yale? Porque es la mejor. Mi idea no es ir ala universidad a pasármelo bien. Quiero los mejoresprofesores y la mejor selección de cursos en las mejoresinstalaciones. No quiero aprobar los próximos cuatroaños por los pelos. Quiero esforzarme. Hable de sí misma. ¿Qué tipo de persona es usted? Soymuy organizada (risa ahogada). M i s amigos me consi-deran meticulosa. Soy ambiciosa. No puedo soportarla idea de ser una persona mediocre en ningún aspec-to. Soy decidida y me exijo todo lo que puedo. Supon-go que seré un poco obcecada. Soy una persona que serelaciona muy bien. Organizo fiestas y recepciones debeneficencia. Intento estar al tanto de la política, aun-que con todo lo que tengo que leer para el colegio,reconozco que no leo el periódico todos los días. Meencantan los animales. Trato de ser una hija y herma-na responsable y colaborar con ellos sin que me lopidan. ¿Quién le sirve de modelo? Tengo dos modelos: Jac-queline Kennedy Onassis y Audrey Hepburn. Ambas 154
  • 153. fueron mujeres especiales, respetadas, hermosas y ele- gantes.ai: 5 Blair cerró el grifo y cogió una toalla. No tenía tiem- po para lavarse el pelo. C o n un poco de suerte no le apes- taría a humo. Se miró al espejo. Tenía los ojos hinchadosió de y un granito le brillaba, enrojecido, por encima de la ceja:~tre- izquierda. Se pulverizó la cara con tónico de pepino y crema La M e r para párpados bajo los ojos. De todosél de modos, Yale no la iba a aceptar por su aspecto físico. Se•—- : puso su camisa azul pálido de Calvin Klein, la falda negra tableada D K N Y y medias negras. Luego se cepilló elite. cabello y se lo recogió en una coleta suelta. Preparada,s ir a Parecía el tipo de chica a quien le gusta pasar el rato enriores las librerías leyendo poemas. Parecía seria e inteligente,íiores Sin hacer caso de los nervios que le comprimían la :::r: boca de su estómago hinchado, Blair metió las cosas en su bolsa de viaje, se puso los mocasines Gucci y el abri-. Soy go de lana negro y salió corriendo de la habitación. Era :nsi- organizada, ambiciosa, decidida, al tanto de la políti-iortar ca... Bajó las escaleras y abrió la puerta que daba al pár-spec- king. El Saab tenía abierto el capó, Aaron se inclinaba sobre el motor y enganchaba una especie de pinza a la[ue se batería. Blair se detuvo y contuvo el aire. ¿Qué cono lees de pasaba al jodido coche? aun- Aaron se dio la vuelta al verla.[egio, - N o s hemos quedado sin batería -dijo-. Habremos• . Me dejado las luces encendidas toda la noche.:rma- - ¿ " N o s hemos quedado"? ¿Y ahora qué hago? -seue lo quejó. - L a encargada del hotel nos va a ayudar a arrancar con su coche -dijo Aaron, colocándose las rastas tras las orejas-. Es guay. 155
  • 154. -Perdona, pero esto no es guay en absoluto. ¡Ya ten-dríamos que estar allí! -gritó Blair, aunque Aaron seencontraba justo frente a ella. U n a rubia de bote cuarentona detuvo su viejoSuburban marrón junto al Saab. Dejó el motor funcio-nando y se bajó de un salto. -Hagámoslo rápido -le dijo a Aaron-. No quierodejar los teléfonos sin atender mucho rato -levantó elcapó del Suburban. Blair miró el reloj nuevamente. Eran las diez ymedia. - ¿ A qué distancia estamos de Yale? - p r e g u n t ó . - ¿ L a universidad? Unos treinta y cinco kilómetros-dijo la administradora-. Mi hijo va allí. Le lleva unosveinte minutos. Blair frunció el ceño. Nunca se le habría ocurridoque los hijos de gente que regenteaba un M o t e l 6pudiesen ir a una universidad del nivel de Yale. -¿Cuánto tardaréis? -preguntó. Aaron le alcanzó a la administradora el extremo delos cables para que enganchase las pinzas a su batería.Rió. - O h , podría llevar desde cinco minutos a dos horas-dijo, guiñándole el ojo a la mujer. - ¡ N o tenemos dos horas! -exclamó Blair, cruzándo-se de brazos. Aaron abrió la puerta del Saab e hizo arrancar elmotor, acelerándolo un par de veces para asegurarse deque estaba bien encendido. C o n el motor andando, lehizo señas a Blair para que se subiese. -Tienes suerte -dijo, y volvió a guiñarle el ojo a kmujer. Ella apagó el motor de su coche y Aaron retiró las156
  • 155. cables, cerró el capó del Saab y se sentó junto a Blair. Sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y se lo dio. Blair lo rompió para abrirlo. Era una tarjeta de feli- citación de Hallmark con una cursi ilustración de una niñita. " A M I H E R M A N A " , poma. " E N S U DÍA ESPECIAL". -¿Preparada? -dijo Aaron. Blair cerró la tarjeta. -¿Quieres conducir de una vez, por favor? -dijo. Se tocó el granito de la frente. Lo sentía crecer exponen- cialmente con cada minuto que pasaba. ¿Cuál es su mayor fortaleza? Nunca me doy por vencida. ¿Ysu mayor debilidad? Soy un poquito impaciente. Pero sólo un poquito. Sí, claro.aoras 157
  • 156. J tiene un arranque de simpatía - ¿ P o r qué no sales a correr o algo? -le sugirió RufusHumphrey a su hija el sábado por la mañana. Se rascóla hirsuta barba gris que se asomaba por el cuello de suamarillenta camiseta-. Tu madre corría. Jenny hizo una mueca de enfado. Odiaba hablar desu madre. - M a m á sólo corría con su entrenador personal. Seacostaban juntos, ¿recuerdas? -Tenías aspecto de aburrida, por eso -dijo su padrecon un encogimiento de hombros-. ¿Quieres que vaya-mos al cine? - N o -dijo Jenny. Tomó un trago de t é - . Preferiríaquedarme aquí y ver la tele. - D e acuerdo -dijo su padre-. Asegúrate de que seaalgo educativo, ¿sabes?, algo como Barrio Sésamo -ledio un golpecito en la cabeza con el Sunday Times y sedirigió al cuarto de baño. Jenny se quedó sentada ante la mesa de la cocina,con la mirada fija en el fondo de su taza. Marx, su enor-me gato atigrado, se subió a la mesa de un salto y le olis-queó la oreja. -Estoy aburrida -le dijo Jenny-. ¿Estás aburrido? Marx se sentó y se lamió la enorme tripa. Luego sebajó de la mesa de un salto y se dirigió a su bol de pien-so para gatos. Cuando tengas una duda, come. Jenny se puso de pie y abrió la puerta de la nevera.Se quedó allí un rato, mirando dentro. Queso suizo. Unpomelo. Leche agria. U n a caja de copos de maíz que158
  • 157. guardaban en la nevera para ponerlos a salvo de lascucarachas. U n a solitaria magdalena. Llamaron al teléfono. Jenny no se movió. Como no era para ella... Nate,Dan, Serena, todos se habían ido. El teléfono volvió a sonar una y otra vez. -•Jenny, cono! -se oyó gritar a su padre desde el baño. Jenny cerró la nevera de un portazo y contestó elteléfono. -¿Dígame? -dijo. - H o l a , Jennifer, soy Vanessa. - Q u é hay -dijo Jenny. -¿Está Dan? - N o . Dan se ha ido a Brown con Serena el fin desemana. ¿No te lo ha dicho? -dijo Jenny. -No. - Q u é raro -dijo Jenny. - S í . No hemos hablado mucho que digamos última-mente -dijo Vanessa. - A h -dijo Jenny. Se dirigió nuevamente a la nevera yla abrió. Queso suizo. Podría comer la magdalena conqueso derretido encima. -Pues, vale, supongo que si no está, no está -dijoVanessa. Parecía realmente decepcionada. Decepciona-da y mortificada. Todo ese paripé de Vanessa del novio chulo y mayorno había engañado a Jenny en absoluto. Vanessa estabaenamorada de Dan hasta las orejas. Si Dan le dijese aVanessa que se casaría con ella si se dejase crecer elpelo, llevase ropa más colorida e hiciese más ejercicio,Vanessa lo haría. A Jenny le daba un poco de pena. V o l -vió a dejar el queso suizo en la nevera. 159
  • 158. - O y e , ¿quieres hacer algo hoy? Quiero decir, ¿jun-tas? Se hizo una breve pausa. El sonido de Vanessa titu-beando. -Vale -dijo-. Voy a hacer una proyección de mi pelien el Five and Dime a mediodía. ¿Por qué no te vienesy luego hacemos algo juntas? Jenny cerró la nevera y se apoyó en ella. Vanessa noera precisamente su persona favorita, pero, ¿qué otracosa podría hacer sin Nate? - D e acuerdo -dijo-. Te veo allí. ¿Quién sabe? Quizá Vanessa y ella acabasen siendoamigas.160
  • 159. La entrevista: cómo causar una buena impresión -Gracias por esperar -dijo el entrevistador de Blair, entrando apresuradamente en la sala de espera de un frío color azul de la oficina de ingreso a Yale, donde Blair llevaba más de quince minutos sentada rígidamen- te en el borde de un sillón de orejas. Aaron casi se había llevado por delante a varias personas para llegar a tiem-po y luego ella había tenido que esperar. Ahora era unmanojo de nervios. -¡Hola! -dijo Blair, poniéndose de pie de un salto.Alargó la mano-. Soy Blair Waldorf. El entrevistador, un hombre alto y bronceado por elsol, con cabello gris y brillantes ojos verdes, le estrechóla mano. -Encantado de conocerte. Soy Jason -se dio la vuel-ta para entrar a su despacho seguido de Blair, que notóque los pantalones le ajustaban un poco el trasero-.Siéntate -dijo. Se sentó con las piernas cruzadas y seña-ló un sillón de pana azul frente a él. Le recordaba a su padre. Blair se sentó y se cruzó de piernas. Tenía que hacerpis. Tenía pelos de gato en la falda que no había notadoantes. -Bien, habíame un poco de ti -dijo Jason, sonriéndo-le con aquellos ojos verdes. Verdes como los de Nate. -Ejem -dijo Blair. No podía recordar si aquélla erauna de las preguntas que había preparado o no. Parecíatan imprecisa. "Habíame un poco de ti". ¿Qué queríaque le dijese? 161
  • 160. H i z o girar el anillo con el rubí una y otra vez en eldedo. Se estaba haciendo pis encima. H i z o una profun-da inspiración y comenzó a hablar: - S o y de la ciudad de Nueva York. Tengo un herma-no menor. M i s padres están divorciados. Vivo con mimadre, que está a punto de casarse por segunda vez, ymi padre vive en Francia. Es gay. Adora hacer compras.Tengo un gato y mi nuevo hermanastro, Aaron, tieneun perro. Mi gato odia a su perro, así que no sé cómonos vamos a arreglar -se detuvo a tomar aliento y levan-tó la vista. Se dio cuenta de que todo el tiempo habíaestado mirando los zapatos negros con cordones deJason. Eso era algo que no había que hacer. Tenía quemirarlo a los ojos. Se suponía que tenía que causarleuna buena impresión. -Comprendo -sonrió Jason. Apuntó un par de cosasen su bloc. - ¿ Q u é escribe? -preguntó Blair, incUnándose para ver. Joder, otra cosa que no tenía que haber hecho. -Unos apuntes, nada más -dijo Jason, tapando con lamano lo que había escrito-. Así que dime por qué estásinteresada en Yale. Esa sí que se la sabía. -Quiero lo mejor. Soy la mejor. Y me merezco lomejor -dijo Blair con confianza. Frunció el ceño. No lesonó bien lo que había dicho. ¿Qué le estaba pasan-do?-. Mi padre fue a Yale, ¿sabe? -añadió apresurada-mente-. Entonces no era gay. -Entonces no lo era, ¿verdad? -dijo Jason; frunció elceño y tomó unos apuntes. Blair bostezó discretamente cubriéndose con lamano. Estaba muy cansada y los zapatos le hacían doler 162
  • 161. los pies. Descruzó las piernas, apoyó los codos en lasrodillas y se descalzó los zapatos de los talones. Así esta-ba mejor. Lo que pasa es que ahora parecía que estaba sentadaen el cuarto de baño. Mientras escribía, los gemelos con iniciales de Jasonbrillaron en la fría luz de noviembre que entraba por laventana. El padre de Blair llevaba gemelos como aqué-llos la noche que la llevó a cenar para celebrar su cum-pleaños. La noche en que todo su mundo se vino abajo. - ¿ M e puedes hablar de algún libro que hayas leídorecientemente? - p r e g u n t ó Jason, levantando la vista. Blair se quedó mirándolo mientras intentaba esca-near su mente buscando el título de algún libro, cual-quier libro, pero no se le ocurrió ninguno. ¿ Winnie the Pooh? ¿La Biblia? El diccionario, por elamor de Dios. No es tan difícil. Luego algo hizo clic en el cerebro de Blair. O, mejordicho, su cerebro se desconectó totalmente y algo mástomó el mando de su mente. Eso es algo que no conviene hacer durante unaimportante entrevista en la universidad. - N o he podido leer mucho en los últimos meses-confesó Blair, con los labios trémulos. Cerró los ojos,como aquejada de un dolor-. Todo es un desastre. Había vuelto: la protagonista del drama en que sehabía convertido su vida. Se imaginó a sí misma en unaplaya desierta mirando hacia el mar. Vestía una gabar-dina negra muy fashion. La lluvia y el agua salada lehumedecían el rostro, mezclándose con sus lágrimas. - R o b é un pijama -continuó Blair trágicamente-.Para mi novio. No sé lo que me llevó a hacerlo, pero 163
  • 162. creo que es una señal, ¿no lo cree usted? -le lanzó unamirada a Jason-. Nate ni siquiera me lo agradeció. -¿Nate? -repitió Jason, moviéndose inquieto en lasilla. Blair cogió de un manotazo un kleenex de la caja quehabía sobre la mesa y se sonó la nariz ruidosamente. - H e pensado en acabar con todo -declaró-. En serio,lo he pensado. Pero intento ser fuerte y sobrellevarlo. Jason había dejado de escribir. Un chico pasó corrien-do junto a la ventana. Llevaba una sudadera de Yale. - ¿ Y los deportes? ¿Te interesan los deportes? -Juego al tenis - B l a i r se encogió de hombros-. Perolo único que me interesa en este momento es comenzarde nuevo. Iniciar una nueva vida -dijo. Se quitó deltodo el zapato del pie derecho, subió el pie a la rodillaizquierda y comenzó a masajearse los dedos-. Ha sidomuy duro -añadió cansada. Jason le puso el capuchón a la pluma y se la guardóen el bolsillo. -Ejem... ¿tienes alguna pregunta que hacer? Blair dejó de frotarse el pie y lo apoyó nuevamenteen el suelo. Arrastró la silla hacia delante y alargó lamano para tocarle la rodilla a Jason. - S i me promete admitirme pronto, yo le prometoser la mejor alumna que la universidad de Yale hayatenido jamás -dijo con sinceridad-. ¿Puede prometér-melo, Jason? Oh, Dios santo. ¡Adiós, universidad de Yale; bienveni-da, institución de enseñanza terciaria de la comunidad! Jason alargó la mano hacia su bolsillo, volvió a sacarla pluma y escribió algo más en el bloc, subrayándolodos veces.164
  • 163. ¿Habrá puesto: " E S T A T I A E S T A P I R A D A " ? -Veré lo que puedo hacer -dijo. Se puso de pie yalargó la mano una vez m á s - . Muchas gracias por venir-le estrechó la mano a Blair-. Buena suerte. Blair se volvió a calzar los zapatos y esbozó una son-risa. - N o s vemos el otoño próximo -dijo. Y luego se puso de puntillas y le besó la mejilla. Como si la impresión que había causado no fuesesuficiente. 165
  • 164. ¿Adivina quién entra en Brown? - C r e í a que me sentiría más nerviosa -dijo Serena,pisoteando una pila de hojas secas frente al Corlisse-Bracket House, el pequeño edificio de ladrillo vistodonde se encontraban las oficinas de ingreso de la uni-versidad de Brown. Se había despertado en la habitación del hotelcogiéndole la mano a Nate. Cuando él abrió los ojos,un momento después, se habían sonreído, y ella se diocuenta de que todo iría bien entre ellos. Todavía queda-ba por resolver el tema de Blair, y nunca volverían asentirse tan unidos como antes, pero la expresión dedesconfianza había desaparecido de los ojos de Nate.Tampoco se leía añoranza en ellos. Ella era su amiga detoda la vida. Se sentía segura. - Y o tampoco estoy nervioso -dijo Nate-. Me refieroa que, ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Que no meacepten? ¿Y qué más da? - S í -dijo Dan, aunque el sí que se sentía nervioso.Se sentía destemplado y tembloroso y con exceso decafeína en la sangre. Se había pasado dos horas en el bardel Best Western leyendo el periódico y tomando una tazade café tras otra, mientras los otros se tomaban su tiempopara levantarse. Le dio una última calada a su Camelantes de tirarlo a las plantas-. ¿Listos para entrar? -Tendríamos que hacer algún tipo de "hurra" o esoantes de entrar -dijo Serena, cerrándose el abrigo. -O no -dijo Nate, golpeándole ligeramente el brazocon el puño. -¡Ay! -rió Serena. Le devolvió el puñetazo-. ¡Gans:166
  • 165. Dan se miró los zapatos con gesto adusto. Odiabaverlos tan bien juntos. Serena se volvió hacia él y le dio un beso en la mejilla. -Buena suerte - m u r m u r ó . Como si ya no estuviese bastante nervioso. Luego se dio la vuelta y besó también a Nate. - M u c h a mierda -dijo Nate, abriendo la puerta. El entrevistador de Serena era un hombre mayor depenetrantes ojos azules y una hirsuta barba gris. Nisiquiera se molestó en presentarse. Se sentó y comenzóa lanzarle preguntas como una metralleta. -Te expulsaron del internado -dijo, tamborileando conlos dedos en la sólida mesa de roble mientras leía su expe-diente. Levantó la vista y se quitó las gafas-. ¿Qué sucedió? Serena sonrió cortésmente. ¿Era necesario quecomenzase por aquel tema tan delicado? -Nada, que no volví a tiempo para el comienzo delúltimo curso -descruzó sus piernas perfectas y las vol-vió a cruzar. Esperaba no haber mostrado mucho mus-lo; la falda era un pelín corta. El entrevistador frunció sus serias cejas grises. -Alargué un poco mis vacaciones de verano -dijoSerena-, y eso no les gustó -se metió el pulgar en laboca para comerse la uña y lo sacó rápidamente. ¿Podíahacer aquello? -Comprendo. ¿Dónde estabas? ¿Aislada en una islaen el Pacífico? ¿Trabajando para las Brigadas de la Paz?¿Construyendo letrinas en El Salvador? ¿Qué? Serena negó con la cabeza y, de repente, se sintióavergonzada. 167
  • 166. -Estaba en el sur de Francia -dijo, y la voz le saliódemasiado aguda. - A j a . Francés. ¿Qué tal se te da? -preguntó el entre-vistador. Se puso las gafas otra vez y miró el expediente-.Vosotras, las niñas de los colegios privados de NuevaYork, comenzáis con Francés en preescolar, ¿verdad? - E n tercero -dijo Serena, colocándose el pelo traslas orejas. No permitiría que aquel tío la intimidase. - ¿ Y tu antiguo colegio te volvió a aceptar después deque los de Hanover te mandasen a tomar viento fresco?-señaló-. Qué bien, ¿no? - S í -dijo Serena. Su voz sonó muy sumisa para sugusto. - ¿ Y te estás comportando bien ahora? - p r e g u n t ó elentrevistador, levantando la vista. - L o estoy intentando -dijo Serena, esbozando susonrisa más encantadora. La entrevistadora de Nate se llamaba Brigid. Habíaacabado la carrera el año anterior y amaba a Brown tan-to que había conseguido un trabajo en ingresos. Seganaba un dinero extra haciendo llamadas telefónicaspor la noche solicitando donaciones para el fondo de exalumnos. Era sumamente entusiasta. -Habíame un poco de tus intereses -dijo con unasonrisa radiante llena de hoyuelos. Tenía el cabello cor-tísimo y constitución atlética. Estaba sentada en el bor-de de su mesa, frente a él, con una pequeña libreta en lamano. Nate se movió en la incómoda silla de madera frentea ella. No había preparado mucho aquella entrevista por-168
  • 167. que ni siquiera estaba seguro de si quería ir a la universi-dad el año próximo o no. Iba a tener que inventarse algo. -Supongo que a mí lo que me interesa más es la vela- c o m e n z ó - . Mi padre y yo construimos barcos en M a i -ne. Y corro regatas durante el verano. Me gustaría estaren la tripulación de la Copa del América. Ese es miobjetivo -dijo, preguntándose si no parecería un imbé-cil hablando de navegar. Pero Brigid asintió entusiasmada. -Impresionante. -Supongo -se encogió de hombros N a t e - que me heconcentrado más en navegar que en los estudios -reco-noció. -Pues cuando uno realmente tiene una pasión, noescatima esfuerzos; el trabajo duro resulta un placer-dijo Brigid. Esbozó una radiante sonrisa y apuntó algoen su libretita. Fue como si Nate acabase de confirmaruno de sus principios favoritos. Nate se frotó las rodillas y se inclinó hacia delante. - L o que quiero decir es que mis notas probablemen-te no sean lo bastante buenas como para ingresar enBrown -dijo. Brigid rió echando la cabeza hacia atrás y casi se cayóde la mesa. Nate alargó la mano para sujetarla. -Gracias -dijo ella, enderezándose-. M i r a , yo cateéen Biología Avanzada en la escuela secundaria y, sinembargo, entré. Sé que puede parecerte una sorpresa,pero en Brown importan muchas más cosas que sola-mente las notas. Nos interesan las personas, no robotsque sólo sacan sobresalientes. Nate asintió. Brigid era mejor en su trabajo de lo queparecía al principio. Sentía que prácticamente le había 169
  • 168. dicho que no estaba interesado en entrar a Brown, peroella no iba a conseguir que se saliese con la suya. Leestaba dando deseos de intentarlo. - ¿ Q u é , hay equipo de vela aquí? -preguntó. -¡El equipo de vela es una pasada! -asintió Brigidcon energía. - D e modo que lees mucho -dijo Marión, la escuáli-da entrevistadora de Dan. Estaba sentada en el bordede la silla con las delgadas piernas cruzadas una sobre laotra, haciendo una trenza mientras apuntaba en unatarjeta-. Rápido, nómbrame dos libros y dime por quéprefieres uno de los dos. Dan carraspeó. Tenía la lengua tan seca que pensóque se le rompería y se le caería al suelo. Se preguntócómo le estaría yendo a Serena. Ojalá que bien. -Las adversidades del joven Werther, de Goethe -dijofinalmente-. Y Hamlet, de Shakespeare. - B i e n -dijo Marión, apuntando algo-. Continúa. - S é que se supone que es un valiente príncipe sol-dado, pero yo creo que Hamlet es patético -dijoDañe. Marión arqueó las cejas-. C o n Werther mesiento más identificado -siguió D a n - . Es un poeta.Vive dentro de su mente, pero es como s i . . . como siestuviese enamorado del mundo. No puede evitarescribir sobre él. -¿Realmente crees que el Werther de Goethe esmenos patético que el Hamlet de Shakespeare? - S í -dijo Dan, sintiéndose más confiado-. Sé queHamlet tiene muchas preocupaciones. Su padre ha sidoasesinado, la chica que ama está enloqueciendo, sus170
  • 169. amigos le traicionan, su madre y su padrastro quierenverlo muerto. - E s verdad -dijo Marión, y asintió con la cabeza,cerrando y abriendo el boli con un clic repetidas veces-.Y el único problema de Werther es que está enamora-do de Lotte, que no le quiere y que está comprometidacon otro. Está completamente obsesionado con ella.Necesita pensar en otra cosa. Dan se quedó sin aliento. Marión había dado en elclavo. Era imposible no darse cuenta ahora. El eraWerther y Serena era Lotte. Ella no estaba enamoradade él, ya estaba comprometida con otro. El mismo lahabía visto de la mano de Nate. Y Dan... necesitaba pensar en otra cosa. Dan hundió el rostro en las manos. Le temblabatodo el cuerpo. Temió echarse a llorar. -Tengo que confesar que estoy impresionada con laconfianza con la que hablas de literatura - c o m e n t óMarión, tomando nota. Dan no levantó la vista. Serena no le quería. Ahorase daba cuenta de ello. Marión jugueteó con el boli: clic, clic, clic. -¿Daniel? ick-k El entrevistador de Serena tironeó de su barba y lamiró estrechando los ojos. -¿Has leído algún buen libro últimamente? -preguntó. Serena se enderezó, pensando. Quería impresionar-lo, pero tenía que nombrar un libro que conociese almenos un poco. 171
  • 170. -¿Sin salida, de Jean Paul Sartre? -dijo titubeante,recordando el libro que Dan le había recomendado yque ella no había siquiera acabado de leer. -Eso no es un libro, es una obra de teatro -dijo elentrevistador-. Lleno de gente que protesta en el infier-no. -A mí me pareció gracioso -insistió Serena, recor-dando que Dan le había dicho que le había hecho reír-.Eso de que "el infierno son los otros" y todo eso -dijobromeando. Era lo único que recordaba del libro. -Sí, es verdad. Bien, quizá seas más lista que yo -dijoel entrevistador, aunque era claro que no lo creía-. ¿Lohas leído en francés? -Mais bien sur -dijo Serena, mintiendo como unbellaco. El entrevistador frunció el ceño y volvió a hacer unaanotación. Serena se tapó las rodillas con la falda. Tenía la sen-sación de que aquello no iba bien, pero no sabía bienpor qué. Le daba la impresión de que el entrevistadorno le había dado una oportunidad, como si tuviese algoen contra de ella antes de que entrase al despacho. Q u i -zá su mujer acababa de dejarle y era francesa o tenía elpelo rubio como Serena. O quizá se le acababa de morirel perro. - ¿ Q u é más haces? -le preguntó el entrevistador sindemasiada precisión. Ni siquiera parecía interesado. Serena enderezó la cabeza. - H e hecho una película -dijo-. Es, no sé, experi-mental. Nunca había hecho una antes. -Pruebas cosas nuevas, eso me gusta -dijo el entre-vistador. Durante un segundo, pareció que Serena le172
  • 171. caía más simpática-. Habíame de qué trata. Descríbe-mela. Serena se sentó en las manos para no comerse lasuñas. ¿Cómo podía describir su película de modo que élla comprendiese? Ni ella la entendía demasiado, y eraquien la había hecho. T o m ó aliento. -Pues la cámara me sigue por todos lados, mante-niéndose muy cerca, en un primer plano. Primero mesigue al centro en un taxi, y luego voy a esa tiendagenial en la Catorce y, no sé, voy por ahí describiendocosas. Y luego me pruebo un vestido. El entrevistador volvió a fruncir el ceño y Serenasupo que le había parecido una imbécil total. Se mirólos zapatos planos que llevaba, chocando los taconescomo Dorothy cuando intentaba volver a Kansas desdela tierra de Oz. - E s muy artística -añadió débilmente-. Hay queverla para comprender lo que digo. -Supongo que sí -dijo el entrevistador, disimulandoapenas su desdén-. Bien, ¿quieres hacer alguna pregunta? Serena intentó pensar en algo que decir que diese lavuelta a la entrevista a su favor. "Demuéstrales que estásinteresada", decía siempre la señora Glos. M i r ó el suelo y pequeñas gotitas se sudor se le forma-ron en los párpados. ¿Qué haría su hermano en unasituación así? Se le daba muy bien salir de situacionesdifíciles. "Que les den por culo", era su frase predilecta. "Exacto", se dio cuenta Serena. Lo había hecho lo mejor que podía. Si el tío aquel noestaba interesado en ella por el motivo que fuese,entonces que le diesen por el culo. De todos modos, nonecesitaba ir a Brown. Erik iba allí, vale, pero ella podía 173
  • 172. ir a otro sitio y su familia tendría que aceptarlo. ComoNate había dicho antes de entrar a sus respectivasentrevistas, ¿qué pasaba si no entraba? Podría ir a algúnotro sitio. - ¿ C ó m o es la comida de la cafetería? -preguntó,levantando la vista. Sabía perfectamente que era unapregunta tonta. -Probablemente no tiene comparación con lo quecomías en el sur de Francia -respondió el entrevistadorcon un gesto de desprecio en los labios-. ¿Algo más? - N o -dijo Serena, poniéndose de pie para estrechar-le la mano. Por su parte, la entrevista se había acaba-do-. Gracias. Le dirigió su mejor sonrisa una vez más y luego saliódel despacho con la cabeza bien en alto. No había teni-do su habitual buena suerte esta vez, pero seguía sin per-der su maravillosa habilidad para recuperar la sangre fría. -Bien, dime algo que hayas leído últimamente -dijoBrigid-. Un libro o un artículo. Algo que te haya inte-resado. Nate pensó un momento. No era un gran lector. Laverdad era que apenas les había echado una ojeada a loslibros que tenía que leer para Literatura. Desde luegoque no leía por placer. Pero ella había mencionado unartículo... Seguramente habría algo. Luego recordó algo. Sus amigos y él habían estadoleyendo un artículo del Times sobre una pildora de mari-huana. Era puro T H C . Sin productos químicos, sin tallos,sin papel de liar. Por supuesto, la pildora era para enfer-mos, pero Nate y sus amigos tenían otras ideas para ella.174
  • 173. - L e í en el Times que están fabricando esta pildora demarihuana que es T H C puro - c o m e n z ó N a t e - Sesupone que es para pacientes de cáncer y SIDA, para elcontrol del dolor. Pero es algo realmente controverti-do. Supongo que todo el mundo está preocupado deque llegue a la calle. Es muy interesante. -Parece fascinante -dijo Brigid-. ¿Qué significan lassiglas T H C ? -Tetrahydrocannabiol -dijo Nate sin dudarlo un ins-tante. Brigid se inclinó hacia delante entusiasmada, corriendoel riesgo de volverse a caer de la mesa. - L a pildora que mencionas está hecha por el hom-bre, la hicieron en un laboratorio, la crearon científicosinteligentes y se la administran a enfermos doctorespreparados. Y, sin embargo, puede que se convierta enel catalizador para un mundo totalmente nuevo de crí-menes y tráfico de droga. -Exacto. -¿Sabes? Hay una asociación aquí en Brown que sellama Estudios de Ciencia y Tecnología que sigue esetipo de desarrollo -dijo Brigid-. Tendrías que verlo. -Vale -dijo Nate. Nuevamente tuvo la sensación deque Brigid no iba a dejar que se fuese de allí sin inten-tar entrar en Brown. Estaba muy entusiasmada. - B i e n , ¿quieres hacerme alguna pregunta? "Qué más da", decidió Nate. ¿Qué perdía con inten-tarlo? -Entonces, aunque mis notas no sean demasiadobuenas, ¿crees que podré solicitar plaza? Blair lo mataría si no intentaba ir a Yale, pero Natese dio cuenta de que ya no le preocupaba lo que pensa- 175
  • 174. se Blair. Realmente se quedaría más tranquilo sipudiese presentarse a una universidad, entrar y luegodecidir si quería ir o no. Si entraba en Brown, podríatraerse el barco que había construido con su padrenavegando y buscarse un amarre cerca de la universi-dad. ¿No sería guay? H i z o una inspiración y flexionólos músculos de sus pantorrillas. ¡Qué bien se sentía! -Pues claro que tienes que solicitar plaza cuantoantes -dijo Brigid, entusiasmada-. Indica tu interés. Anosotros nos encanta eso. -Guay -dijo Nate-. Lo haré. No veía el momento de contarle a Jennifer lo chuloque era Brown. -Escribes también, ¿verdad, Daniel? -dijo Mariónsuavemente. Dan retiró las manos de sus ojos y, atontado, vio eldespacho de Marión. En el estante había muchos librossobre hombres y mujeres. Se la imaginaba hecha unovillo en el sillón del despacho sorbiendo una tacita decaldo y leyendo: Los hombres son de Marte, las mujeres deVenus. Quizá debiese pedírselo prestado. - ¿ Q u é tipo de cosas escribes? -le alentó Marión aque hablase. -Poesía, mayormente -dijo Dan, encogiéndose dehombros con desesperanza. - ¿ Q u é tipo de poesía? -aprobó ella asintiendo con lacabeza. Dan bajó la vista a sus gastados zapatos de ante. Elrubor le subió por el cuello y le hizo arder las mejillas.176
  • 175. -Poemas de amor -dijo. O h , Dios. No podía creerque le había mandado aquel poema a Serena. Probable-mente ella había pensado que era un friki y un imbécil. -Comprendo -dijo Marión. Hizo clic con su boli,esperando que Dan dijese algo más. Pero Dan permaneció callado mientras miraba porla ventana el follaje otoñal de color fuego que decorabael característico campus de Brown. Se había imaginadoyendo de la mano con Serena por el césped de la uni-versidad, hablando de libros y obras de teatro y poesía.Bajarían juntos al sótano de su dormitorio con la cola-da y harían el amor sobre la lavadora mientras la ropadaba vueltas y vueltas. Ahora no podía recordar por qué quería ir a Brown.Nada tenía sentido. - P e r d ó n -dijo, poniéndose de pie-. Tengo que irme. Marión desenroscó las piernas. -¿Te encuentras bien? -dijo preocupada. Dan se frotó los ojos y se dirigió a la puerta. -Necesito un poco de aire, nada más -dijo. Abrien-do la puerta, alargó la mano-. Gracias. Una vez fuera, fumó un cigarrillo y contempló lasVan Wickle Gates, las puertas de entrada oficial al cam-pus de Brown. Había leído en el catálogo que solamen-te se usaban dos veces al año. Se abrían hacia dentrocuando un nuevo grupo de alumnos comenzaba el añoy se abrían hacia fuera para dejar que saliese la clase quese graduaba. Dan se había imaginado del brazo de Serena, salien-do de aquellas puertas, vestidos con sus togas negras. Sehabía imaginado tantas cosas que no le sorprenderíadarse cuenta de que Serena era fruto de su imaginación. 177
  • 176. No. - H o l a , Dan, vayámonos de aquí -le llamó Serenadesde el coche-. Mi hermano va a comprar un barril. Dan apagó su cigarrillo. "Fantástico, tío", pensó sar-cástocamente. No veía el momento de beber cerveza yestar de juerga con un grupo de tíos en una universidada la que no iba a entrar porque acababa de tener uncolapso nervioso en su entrevista. Estuvo a punto dedecirle a Serena y a los demás que tomaría un autobúshasta casa. Pero luego se dio la vuelta y vio el sol fundiéndoseen el dorado cabello de Serena, sus blancos dedos apo-yados en el volante, su sonrisa. No le hizo olvidarse detodos sus problemas, pero fue suficiente para hacerledirigirse al coche y subirse. Al menos tendría un poco de material nuevo para sudeprimente poesía.178
  • 177. Guerra y paz Jenny se alegró de haber ido a la proyección de supelícula en The Five and Dime, porque había una solapersona más en el público además de Clark. Sin embar-go, aquello no pareció molestar a Vanessa. -Coge una silla -le dijo a Jenny al verla entrar-.Vamos a empezar -fue al fondo de la sala y apagó lasluces. El televisor sobre la barra se encendió, color azul. -Espera -dijo Clark detrás de la barra-. Tengo queechar una meada. El sitio olía a humo de cigarrillo rancio y cerveza aci-da. Una chica con pantalones de piel azul y una camise-ta musculosa negra se sentaba sola ante la barra. Teníaun tatuaje de un mono en el bíceps. Jenny se sentó jun-to a ella. - H o l a -dijo la chica alargando la mano, que llevabacubierta de anillos de plata-. Soy la hermana mayor deVanessa, Ruby. - Y o soyjennifer -dijo Jenny-. Me gusta tu tatuaje. -Gracias -dijo Ruby-. Oye, voy a pedir una coca.¿Quieres una? Jenny asintió con la cabeza y Ruby giró su genialmelenita negra y gritó hacia la puerta del cuarto de baño. -¡Oye, tío, tráenos unas cocas, quieres! Clark salió del cuarto de baño. -¡A tu servicio! - g r i t ó como respuesta. - M e gusta que la gente se gane su salario - b r o m e óRuby. Vanessa se dejó caer en el sitio junto al de Jenny ygolpeó las patas de su taburete con los pies. 179
  • 178. -¿Vamos a ver esto o qué? Recientemente se había vuelto a afeitar la cabeza,que tenía un raro aspecto de huevo. Jenny se preguntósi debía decir algo, como "Bonito corte de pelo", peroluego decidió que aquello parecería raro. Clark llenó dos vasos con coca cola y los deslizó porla barra. Pulsó play en el vídeo y luego dio la vuelta a labarra y le pasó el brazo por la cintura a Vanessa. -Y ahora, la película -dijo, imitando la voz de MrMovifone. - C a l l a y mira -dijo Vanessa con gesto de desagrado. Jenny mantuvo los ojos clavados en la pantalla y lapeli comenzó. La cámara se movió por la calle Veinti-trés, siguiendo a Marjorie Jaffe, una alumna del anteúl-timo curso del Constance. Marjorie tenía el pelo rojo yrizado y llevaba una bufanda verde Kelly. El verde Kellyes genial si lo llevas de broma, pero Marjorie daba laimpresión de estar llevándolo en serio. Marjorie cruzó la calle y entró al parque. Luego sedetuvo y la cámara le enfocó el rostro. Mascaba chiclelentamente y sus ojos recorrían el parque buscando aalguien. En la comisura de la boca tenía una llaga quehabía intentado cubrir con maquillaje, pero no lo habíalogrado. Tenía un aspecto muy desagradable. Finalmente, Marjorie pareció encontrar lo que busca-ba. La cámara la siguió cuando se apresuró a dirigirse aun banco del parque. En el banco se encontraba Dan. Estaba echado boca arriba y un brazo le colgaba, losdedos rozando el suelo. Tenía la ropa arrugada y los zapa-tos desatados. Había una pipa de vidrio para fumarcrack sobre su pecho y trozos de basura adheridos a supelo. La cámara se recreó en su forma yaciente. Sus180
  • 179. mejillas brillaron de un color rosa anaranjado a la luzdel atardecer. Jenny tomó un trago de su coca cola. La verdad eraque su hermano parecía un yonki de lo más convincente. Marjorie se arrodilló junto a Dan y le tomó la mano.Dan no se movió. Y luego, lentamente, sus ojos se abrieron. -¿Estabas dormido? -preguntó Marjorie, mirándole. - N o , llevo un largo rato mirándote -dijo Dan en vozbaja-. Supe que estabas aquí instintivamente. Tú eres laúnica persona que me produce esta sensación de paz...¡esta luz! Me dan deseos de llorar de felicidad. Jenny sabía que la película era una adaptación deGuerra y paz de Tolstoy. Era raro oír a su hermanohablar como alguien del siglo diecinueve, pero tambiénestaba guay. Marjorie comenzó a atarle los zapatos a Dan sindejar de mascar chicle. No parecía que intentase actuar.Estaba allí, nada más. Jenny no supo si aquello eraintencionado o no. Antes de que pudiese acabar de atar sus zapatos, Danse sentó de golpe y la agarró de las muñecas. La pipa decrack cayó al suelo y estalló en mil pedazos. -¡Natacha, te amo más que nada en el mundo! -dijoDan ahogadamente, intentando sentarse para luegodejarse caer en el banco como transido de dolor. -Tranqui, soldado -dijo Marjorie-. A ver si te da unataque al corazón. Ruby lanzó una carcajada. -¡Esa chica es el no va más! -exclamó. -¡Calla! -dijo Vanessa, lanzándole una mirada asesina. Jenny conservó los ojos en la pantalla. Dan intentócoger la pipa, pero solo quedaban astillas de vidrio. 181
  • 180. -Ten cuidado -advirtió Marjorie. Buscó en su bolsi-llo y sacó un chicle-. Toma -le dijo, dándoselo-. Es dehierbabuena. Dan lo cogió y lo dejó sobre su pecho, como si estu-viese tan exhausto que no pudiera quitarle el papel parametérselo en la boca. Luego cerró los ojos y Marjorie levolvió a tomar la mano. La cámara se apartó de ellos,recorriendo el parque. Se detuvo en el suelo para enfo-car a una paloma picoteando un condón usado y luegoprosiguió hacia la Veintitrés, bajando hasta el río H u d -son, donde enfocó el sol que se ponía y desaparecía. Lapantalla se puso negra. Vanessa se puso de pie y volvió a encender las luces. - ¿ Q u é significaba la paloma picoteando el condóndel final? - p r e g u n t ó Clark. Pasó tras la barra y sacó unaCorona de la nevera-. ¿Alguien quiere algo? - E s una obra sobre las emociones -dijo Vanessa, a ladefensiva-. No tiene por qué significar nada. - H a sido la risa -dijo Ruby. Empinó su vaso y mas-ticó un trozo de hielo-. Otra coca cola, por favor -ledijo a Clark. - N o pretendía ser graciosa -dijo Vanessa enfadada-.El príncipe Andrej se está muriendo. Natacha no le vol-verá a ver nunca. Jenny se dio cuenta de que Vanessa hacía esfuerzospor no perder la calma. -A mí me pareció que la técnica estuvo genial -dijo-.Especialmente las últimas tomas del final. -Gracias -dijo Vanessa con una mirada de agra-decimiento-. Oye, tú nunca viste el montaje final dela peli de Serena, ¿no? Ha quedado bastante decen-te.182
  • 181. - S í -dijo Jenny-. Pero tú le hiciste todo el trabajode cámara también, ¿no es verdad? -Sí, bastante -dijo Vanessa con un encogimiento dehombros. - E n serio. Tu peli ha estado bien, pero me gustó másEl planeta de los simios - b r o m e ó Ruby. Vanessa hizo un gesto de exasperación con los ojos.Su hermana a veces era una inmadura. -Porque eres una imbécil -le espetó. -A mí me gustó -dijo Clark. Tomó un sorbo de sucerveza-. Aunque no la entendí mucho. - N o hay nada que entender -dijo Vanessa exasperada. Jenny no tenía deseos de sentarse allí, oyéndolos dis-cutir. Había ido a Williamsburg para pasárselo bien, nopara que la torturasen. -Oye, ¿quieres que vayamos a comer algo? -le pre-guntó a Vanessa. Vanessa cogió su abrigo de un taburete del bar y selo puso con movimientos bruscos. -Desde luego -dijo-. Vamonos de aquí. Fueron a pie hasta una cafetería especializada encomida de Medio Oriente y pidieron hummus y choco-late. - D i m e , Jennifer, con una delantera como ésa, ¿cómoes que no tienes, no sé, siete novios? -dijo Vanessa,señalando directamente el pecho de Jenny. Jenny estaba tan violenta que ni siquiera se dio cuen-ta de lo grosera que había sido la pregunta de Vanessa. -Pues... en realidad, tengo, ejem, tengo novio. - ¿ D e verdad? 183
  • 182. -Sí, algo así -dijo Jenny, ruborizándose al recordarcómo Nate había estado a punto de besarla en el par-que. Le había prometido que la llamaría en cuanto vol-viese de Brown. Le entraban los sudores con sólopensar en ello. La camarera les trajo el chocolate caliente. Vanessaacercó la silla a la mesa arrastrándola y sopló dentro desu taza. -Venga, habíame de ese chico. - S u nombre es Nate y está en el último curso del St.Judes -dijo-. Es un poco fameta, pero es realmenteadorable y totalmente sin pretensiones, ¿sabes?, para unchico que vive en una casa que valdrá millones de dóla-res. - A j a -Vanessa asintió con un movimiento. Parecía eltipo de chico por el que ella no se interesaría jamás-. Y¿estáis saliendo? ¿No te resulta, no sé, viejo? -A Nate no le importa -sonrió Jenny-. Le gusto, esoes todo -sopló dentro de su taza, feliz, dejando que elvapor le acariciase las mejillas. Vanessa estuvo a punto de preguntarle qué le estabadando a cambio al tal Nate. Quizá ello explicase porqué ella le gustaba tanto. -Quiero decir, ni siquiera nos hemos besado todavía-prosiguió Jenny antes de que ella pudiese hacerle lapregunta-, lo cual hace que me guste todavía más. Noes un sobón, ¿sabes? Ni siquiera se me queda mirandolas tetas. -¡Jo-der! -exclamó Vanessa impresionada. -Bueno -dijo Jenny, sorbiendo su chocolate calien-te-, el caso es que está en Brown este fin de semana. Mepregunto si se encontrará con Dan.184
  • 183. - Q u i z á -se encogió de hombros Vanessa, intentandoactuar como si le diese igual. Ojalá no se le pusiese lacarne de gallina cada vez que alguien mencionaba aDan. La camarera les trajo el hummus y Vanessa hundió enél un trozo de pan de pita y lo revolvió. Jenny sabía que Vanessa seguía colada por Dan. Supelícula lo demostraba. Pero ahora Dan estaba conSerena. Y si Dan estaba con Serena, Jenny tenía accesoa Serena, lo cual era lo que siempre había deseado, ¿no? Metió el meñique en el hummus, se lo llevó a la bocay lo chupó pensativa. Dan siempre era el desdichadoDan, con o sin Serena, aunque Jenny tuvo que recono-cer que le echaba un poco de menos. Y, ahora que lopensaba, se dio cuenta de que no necesitaba que Serenasaliese con Dan para ser amiga de ella. Después detodo, la había ayudado a hacer su peli. Podía hablar conella cuando quisiese. Ya no era Jenny, la hermanitapequeña de Dan. Era Jennifer, una persona por sí mis-ma, con un novio mayor y guapísimo. Levantó la mira-da y le sonrió a Vanessa. Quizá pudiese ayudarla. -¿Sabes? Serena intentó leer uno de los libros favo-ritos de Dan -dijo Jenny-. Y no le gustó en absoluto.Ni siquiera pudo acabarlo. - ¿ Y qué? - p r e g u n t ó Vanessa sin comprender. -Pues nada -dijo Jenny, encogiéndose de hombros-que creo que no tienen tanto en común después de todo. Vanessa la miró estrechando los ojos. -Y esto dicho por la chica dispuesta a lamerle el culoa Serena si ella se lo pidiese. Jenny abrió la boca para decir algo en su defensa,pero luego la cerró nuevamente. Era verdad: había esta- 185
  • 184. do siguiendo a Serena como un cachorrillo. Pero ya no.Ahora se llamaba Jennifer. - C r e o que si sigues sintiendo algo por Dan, ten-drías que hacer algo, eso es todo. Te sorprenderías-dijo Jenny. - N o siento nada por él -dijo Vanessa rápidamente.Cogió un triángulo de pan de pita y le arrancó un tro-zo, enfadada. - S í que lo sientes. A Vanessa no le gustaba que le dijesen qué hacer,especialmente una niña pequeña. Pero Jenny parecíasincera, y para ser sincera, Vanessa sabía perfectamenteque seguía sintiendo algo por Dan. Se pasó la mano porla cabeza casi calva y levantó la mirada hacia Jenny. - ¿ D e verdad? Jenny la miró inclinando la cabeza hacia un lado.Vanessa tenía una estructura ósea muy buena. C o n unpoco de brillo labial quizá pareciese una chica. Además,no era ni tan dura ni tan rara como quería aparentar. -Quizá tengas que dejarte crecer el pelo un poco, peropodría suceder -dijo Jenny-. Me refiero a que vosotrossois superamigos. Lo único que tienes que hacer es llevar-lo al siguiente nivel. Basta con que una chica tenga novio para que se con-vierta en una autoridad en relaciones humanas. 186
  • 185. B flipa por un tubo - ¿ Q u é ? ¿Cómo te ha ido? - p r e g u n t ó Aaron cuan-do Blair volvió al coche después de la entrevista.Estaba sentado sobre la capota del Saab, tocandosuavemente la guitarra y fumando otro de sus ciga-rrillos de hierbas. Parecía totalmente en su salsa enYale. -Bien, creo -dijo Blair, titubeante. Todavía no eraconsciente de la realidad. Abrió la puerta del copiloto,se sentó y se quitó los zapatos-. Creo que tengo una lla-ga. ¡Putos zapatos bajos! - ¿ Q u é te preguntaron? -dijo Aaron, abriendo lapuerta del conductor y sentándose. - Y a sabes, por qué Yale y cosas como ésas -dijoBlair sin precisar demasiado. No recordaba muchola entrevista, sólo se alegraba de que ya hubiesepasado. -Parece algo normal -dijo Aaron-. Estoy seguro deque te ha ido bien. - S í -Blair se dio la vuelta para buscar su bolsa. Al ver la Selección de cuentos cortos de Edgar Alian Poesobre el asiento, recordó una de las preguntas del entre-vistador: "¿Puedes hablar sobre algún libro que hayasleído últimamente?". ¡Madre de Dios! De repente, recordó todo. Se dio lavuelta temblando. -¡Mierda! -dijo, y su voz era casi un susurro. -¿Qué? - L a he cagado. Totalmente. - ¿ Q u é quieres decir? - p r e g u n t ó Aaron confuso. 187
  • 186. - M e preguntó si había leído algún buen libro últi-mamente -dijo Blair, tocándose el granito de la frente-.¿Sabes qué le dije? -¿Qué? - L e dije que no había leído nada porque mi vida eraun desastre total. Le dije que había robado en una tien-da. Le dije que había pensado en suicidarme. Aaron se la quedó mirando con los ojos como platos. Blair vio por la ventanilla el bonito campus de Yale.Siempre había querido ir allí, desde aquella primera vezque su padre la trajo a ver el partido de fútbol entre Yaley Harvard en la semana de los alumnos, cuando tenía seisaños. Yale era su destino. Por lo que había trabajado. Elmotivo por el que no salía por las noches durante lasemana porque estaba estudiando para sus asignaturasavanzadas. Había confiado totalmente en que entraría, yen unos pocos minutos la había cagado. ¿Cómo se podríaenfrentar a todo el mundo después de esto? - ¿ L o has hecho? -preguntó Aaron, poniéndole lamano en el hombro-. ¿Has pensado en suicidarte? - N o -dijo Blair negando con la cabeza. Se hundió enel asiento, el pecho agitado mientras lágrimas de rabiale rodaban por las mejillas-, aunque debería hacerlodespués de esto. - ¿ Y es verdad que robas en las tiendas? -Calla -exclamó Blair, moviéndose para quitarse lamano de él del hombro-. Todo es por tu culpa. Anochehiciste que me fuese a la cama demasiado tarde. Tendríaque haber venido en tren esta mañana, tal como lohabía planeado. -Oye, que yo no te dije que dijeses todo eso en tnentrevista - l a corrigió Aaron-. Pero yo no me preocu-188
  • 187. paría demasiado. La entrevista es sólo un quinto detodo el proceso. Quizá todavía entres. Y si no lo haces,hay un millón de universidades buenas donde ir. Blair consideró aquello. Intentó recordar cómo habíasalido el resto de la entrevista. Quizá aquel pequeño fallono importase tanto. Luego recordó lo que había hecho al acabar la entre-vista y echó la cabeza atrás, golpeándola contra el res-paldo. - ¡ O h , Dios! - ¿ Q u é ? - p r e g u n t ó Aaron, haciendo arrancar elcoche. - L e besé. -¿A quién? - A l tío. El entrevistador. Le besé la mejilla antes demarcharme -dijo Blair. Le temblaba el labio inferior ylas lágrimas volvieron a correr por sus mejillas-. Fue unhorror. -¡Ahí va! -exclamó Aaron, ligeramente impresiona-do-. ¿Besaste a tu entrevistador? Apuesto a que eres laúnica persona que ha hecho eso. Blair no respondió. Se volvió hacia la ventanilla y seabrazó, llorando miserablemente. ¿Qué le diría a supadre? ¿Qué le diría a Nate? Después de darle la taba-rra a él porque no se tomaba a Yale en serio, luego ibay hacía que su entrevista resultase un fiasco total. -Vale, ¿sabes qué? -dijo Aaron, poniendo la marchaatrás para salir del aparcamiento-. Creo que tendría-mos que salir pitando de aquí antes de que llamen a lapoli o alguna movida así -sonrió y levantó una suciaservilleta del Dunkin Donuts del suelo y se la alargó aBlair para que se sonase la nariz con ella-. Toma. 189
  • 188. Blair dejó caer la servilleta al suelo. No podía imagi-narse cómo había hecho para meterse en aquella situa-ción. En un coche sucio con un chico vegan con rastasde incorruptible espíritu optimista que pronto se con-vertiría en su hermanastro. Se había acostado tarde,poniéndose morada de comida basura y cerveza. Le sol-tó todos sus malos rollos al entrevistador de Yale y lue-go le besó y destrozó su futuro. Aquellas cosas no lesucedían a una persona como ella, sino a perdedorescon problemas. Los actores que se presentaban a loscasting y nunca conseguían un papel. La gente con pelofeo y problemas de piel y ropa horrible y ningún tipo depreparación para actuar en sociedad. Blair se volvió atocar el granito de la frente. O h , Dios, ¿en qué se esta-ba convirtiendo? -¿Quieres que desayunemos en algún sitio? -pre-guntó Aaron, saliendo a la carretera que atravesabaN e w Haven. Blair se desplomó en el asiento. No podía soportar laidea de comer nunca más en la vida. -Llévame a casa -dijo enfadada. Aaron puso un CD de Bob Marley y se dirigió a laautopista mientras Blair miraba por la ventanilla, inten-tando encontrar una razón para vivir. Estaba el festival de cine del Constance el lunes. Siganaba, tendría un galardón más que agregar a su expe-diente y quizá Yale no hiciese caso de su desafortunadaentrevista. Quizá la perdonasen por ser rara, porque,después de todo, era una artista. Y si ganaba el concur-so y, a pesar de ello, no lograba entrar a Yale, siemprepodía convertirse en una verdadera artista y comenzar avestirse de negro de pies a cabeza, como la friki esa de190
  • 189. Vanessa e inscribirse en la N Y U o en Pratt. ¿Y si no ganaba? Tendría un motivo más para agregar a la lista de razones por las cuales su vida era una total y comple-ta mierda. Y como si eso no fuese poco, el fin de semanasiguiente su madre había organizado el día de spa ycomida para las damas de honor. Blair tendría que com-portarse de manera agradable y entusiasta. Hasta quizátuviese que hablarle a Serena. ¡Viva! Y luego, el sábado siguiente era la boda de su madre.Su cumpleaños. Y el día en que finalmente perdería suvirginidad con Nate. Blair cerró los ojos, apretándoloslo más que pudo intentando recordar lo que había ima-ginado antes: Nate descorchando una botella de cham-pán en la suite del hotel, con sólo los pantalones depijama de cashmer, tan sexys. En vez de ello, se lerepresentó en la mente una imagen totalmente distinta:el perro de Aaron trotando hasta ella con una carta en suboca chorreando de babas. La carta estaba escrita enpapel con el membrete de Yale y decía: "Estimada seño-rita Waldorf, lamentamos informarle de que se harechazado su solicitud para entrar a Yale. Gracias porintentarlo y que tenga una bonita vida. Sinceramente, laOficina de Ingresos de Yale". Abrió los ojos y contuvo el aliento. " N o " , se dijo confirmeza. No era una perdedora. Entraría en Yale comofuese. Nate y ella irían juntos. Vivirían juntos y loharían cuando les diese la gana. Aquélla era la vida quehabía imaginado que viviría y aquello era lo que iba asuceder. Se volvió hacia Aaron. - L o primero que haré cuando lleguemos será llamara mi padre y pedirle que done algo a Yale -dijo decidi- 191
  • 190. da. No era exactamente un soborno, ¿no? ¡Ese tipo decosas sucedía todos los días! Y no era porque ella fuesemala alumna ni nada por el estilo. Sin embargo, el entrevistador no se olvidaría deaquel beso tan fácilmente. Lo que su padre donase ten-dría que ser bastante grande.192
  • 191. CosasdeChicas.net temas ^ anterior siguiente • envía una pregunta respuestaTodos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mí. ¡Qué hay, gente! - ¿QUIÉN ESTÁ C O N QUIÉN? ¿Habrá D dado por perdida a S totalmente? ¿No le prestará atención S a D a propósito, o ni se dará cuen- 1 ta de ello, con la maravillosa forma que tiene de hacer- lo? ¿Irá N en serio con J? Me refiero a que, ¿dejará plantada a B en este momento de necesidad? ¿¿Por una enana de noveno?? Hagan sussss apuessstas, señoressss. S E VEÍA V E N I R La universidad de Yale ha anunciado la anexión de los Viñedos Yale Waldorf y se ha añadido al curriculum un curso sobre vitivinicultura. Los alumnos producirán sus propios vinos, que venderán luego los comerciantes locales con el nombre de la universidad como marca. Cada semestre, un grupo de alumnos vivirá y trabajará en los nuevos viñedos de la universidad en el sur de Francia, aprendiendo el arte de la vitivinicultura, comiendo comida francesa y practicando el francés como nativos. Los viñedos comenzarán a funcionar este verano, gracias a la generosa donación del padre de un futuro alumno. 193
  • 192. Parece que papi se ha movido, pero B tendrá queesperar hasta abril para ver si ha entrado, como el restode nosotros. ¡Me muero por saberlo! Vuestro e-mail P: Querida C C : He oído un par de cosas sobre las pelis que van aconcurso en el festival del colegio. (Yo también voy alConstance.) Pues, bueno, yo creo que B debería ganar.Lo digo en serio. Sé que su peli parece un poco repeti-tiva, pero la idea es que parezca que tiene un efectosuperguay de videoclip de M T V . Yo estoy en su clase decinematografía y es la mejor con la movióla, así queestoy segura de que será muy guapo. S ni siquiera sabeponer en marcha una cámara y las pelis de V siempreson muy pretenciosas. Ya está. -RainyDay. R: Querida RainyDay: Me dio la sensación de que la película de B era bas-tante extraña, pero estoy dispuesta a tomarte la palabra.Serán los jueces quienes decidan el lunes. Y los perde-dores seguro que demostrarán su frustración de formaterrible. ¡No veo el momento de que llegue el día! Visto por ahí J y V de compras en Domseys en Williamsburg. Vse compró un vestidito negro antiguo. Debe de ir enserio lo de demostrarle a D que le quiere. By A topán-194
  • 193. dose con sus respectivos padres y el organizador de laboda cuando entraban al edificio de la Setenta y Dos. Bno tenía aspecto de felicidad. D, S, Ny amigos baján-dose del tren en la Gran Central el domingo por la tar-de. Los seis tenían cara de resaca, pero ¿acaso eso esuna novedad? U N A ÚLTIMA COSITA Es época de Acción de Gracias, el momento de agra-decer todo lo que tenemos. Así que... gracias por todoslos pantalones de piel que hay en Intermix y la maravi-llosa gabardina de piel que encontré en Scoop. Graciaspor todos los chicos que conozco y los que todavía noconozco, que se ponen cada vez más guapos con laedad. Y gracias a todos por portaros mal constantemen-te y darme siempre tema del que hablar. Pronto habrá más Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla 195
  • 194. And the winner i s . . / La señora M c L e a n , la directora del ConstanceBillard School, había dado autorización para que lasmayores faltasen a las dos últimas horas de clase dellunes para asistir al festival de cine. Los cursos del sép-timo al décimo segundo entraron al salón de actos y sesentaron. U n a gran pantalla blanca colgaba del techoen el escenario. Las participantes se sentaban en la pri-mera fila, y entre ellas estaba Blair, Vanessa y Serena. Elpadre de Isabel, el famoso actor Arthur Coates, sehallaba de pie en el podio, preparado para dar un dis-curso y presentar los cortos. Serena se sentaba al final de la primera fila, junto ala ventana, mirando a la elegante gente pasar por laNoventa y Tres. Ya se había comido las uñas, y de tan-to juguetear con un agujerito que se le había hecho enlas medias negras, lo había convertido en una carreraque le iba desde el tobillo hasta el muslo. Por supuesto, seguía estando guapa. Siempre loestaba. Pero se encontraba nerviosa. Esta era su única opta-tiva. Ganar aquel concurso era la única forma de mos-trarles a las universidades que era algo más que unachica que habían echado del internado porque no semolestó en volver a tiempo para las primeras semanasde clase, o una chica cuyas notas dejaban mucho quedesear. Que no era un desastre total. Que era creativa,que tenía sustancia, buen gusto. Y si no podían ver aquello, entonces, que les diesenpor el culo, ¿no?196
  • 195. Vanessa también estaba nerviosa, aunque no lo demos-trase. Se hundía en su asiento, clavando equis en lacubierta de su carpeta de anillas, mirando por encima delas punteras de sus Doc Martens el suelo de madera delauditorio. Le daba igual que Ruby y Clark no hubiesen enten-dido su peli. Jenny dijo que le había gustado. Y a pesarde que la historia no había resultado como ella hubiesequerido, y la química entre Marjorie y Dan no hacíaque saltasen chispas, la técnica era perfecta. Inclusoantes de comenzar a hacer la película, contaba conganar el concurso. Sería el broche que cerraría su ingre-so en N Y U . A Blair le dolía el estómago por varios motivos. L l e -vaba desde el sábado por la tarde llamando por teléfo-no, mandado e-mails y mensajes de texto a Nate, y él nole había respondido. Anoche había estado a punto de irde golpe hasta su casa a ver qué pasaba, pero luego sumadre la había arrastrado hasta el St Claire a probarcomida para elegir el menú para la boda. Como si aBlair le importara que el sabor de la quenelle fuesedemasiado fuerte o el aliño de la ensalada tuviese dema-siado aceite. Finalmente, cuando ya habían decidido loscuatro platos, tuvo que oír a su madre y el organizadorde la boda tener una discusión estúpida sobre si losarreglos florales tenían que ser altos o bajos. Altos sig-nificaría que la gente tendría dificultad para ver porencima de ellos, bajos, que no serían tan impresionan- 197
  • 196. tes. Decidieron algo medio, como si no hubiese sido lomás normal del mundo. Cuando llegó a casa, su padre había dejado un men-saje en su contestador preguntando cómo le había idoen la entrevista. Blair no le devolvió la llamada. El recuerdo de su desastrosa entrevista se le habíaquedado pegado como una sombra maloliente y senegaba a hablar de ella con nadie. Hablar de ella habríasido reconocer su fracaso, y Blair no estaba dispuesta aeso todavía. En vez de ello, le mandó a su padre un entu-siasta e-mail hablándole de lo interesado que su entrevis-tador se había mostrado con el vino y que llevaba añosintentando añadir un curso de vitivinicultura al curricu-lum de la universidad. Omitió cualquier referencia a laentrevista, diciéndole que una donación aseguraría sucasi segura plaza en Yale. C o n unas pocas líneas, tenía asu padre muñéndose por donar todos sus bienes. Era lareina de la persuasión. Hoy, el concurso de cine le dabaotra oportunidad para cambiar su suerte. Tenía que cambiar. Era imperativo. -Gracias por venir -dijo el señor Coates, esbozandosu fascinante sonrisa. Había sido la estrella de una seriecuando era adolescente, había conseguido un álbum deplatino a los veinte y hecho todo tipo de sexy videoclips.Ahora era una estrella de cine y hacía anuncios paraPepsi-. Es para mí un placer presentar la próxima gene-ración de nuevos talentos de la industria cinematográ-fica. Procedió a dar una breve charla sobre la historia delas mujeres en el cine: Marilyn Monroe, Audrey Hep-198
  • 197. burn, Elizabeth Taylor, Meryl Streep, Nicole Kidman,Julia Stiles. Luego presentó la primera película: la de Serena.Las luces se apagaron y el corto comenzó a rodar. A Serena se le hizo un nudo en el estómago al ver supeli por enésima vez. A pesar de ello, el corto no perdíatras haberlo visto tantas veces. De hecho, comenzó asentirse orgullosa de él. -Ejem. ¿No diríais que es extraño? -susurró BeckyDormand a su peña de seguidoras. - O h , Dios mío. Parece una puta con ese vestido-susurró Rain Hoffstetter a Laura Salmón en la últimafila, donde se sentaban las del último curso. -Se le veía la teta en el espejo del probador -susurróLaura. Cuando la pantalla se puso negra y se encendieronlas luces, el público aplaudió. No era un aplauso desafo-rado con gritos y silbidos, pero tenía consistencia.Alguien silbó y Serena alargó el cuello para localizarquién era. Se trataba del señor Beckham, el profesor decinematografía. Y ella no era siquiera alumna suya. - H e oído que ni siquiera hizo la peli ella misma -lesusurró Kati Farkas a Isabel Coates-. Le pagó a undirector famoso para que se la hiciera. - C r e o que fue Wes Anderson -dijo Isabel, asintien-do con la cabeza. Luego, el señor Coates presentó dos cortos más. P r i -mero el de Carmen Fortier, una conversación con suabuela nonagenaria, que trataba mayormente de losméritos de ver Barrio Sésamo y no tenía demasiado sen-tido. El siguiente fue un recorrido por la casa de cam-po de N i c k i Button en Runson, Nueva Jersey, que
  • 198. resultó un muermo total, particularmente cuando reci-tó los nombre de todos los animalitos de peluche quehabía coleccionado a través de los años: Fluffernutter,Larry. Bow Wow. Horsie. Ralph. Y Pigsy Wigsy de losCojones. O sea, ¿a quién cono le importaba? Las chicas del Constance aplaudieron cortésmente yluego el señor Coates presentó la peli de Vanessa. Vanessa comenzó a reírse nerviosamente en cuantola silueta pelirroja de Marjorie con su pelo fosco apare-ció en la pantalla. Pocas veces reía o sonreía en público,pero Marjorie era tan ridicula que no pudo evitarlo. Letemblaba todo el cuerpo y tuvo que apartar la vista.Junto a ella, Blair Waldorf cruzó las piernas con sucaracterística pose de hija de puta y le lanzó a Vanessauna mirada asesina. Luego la cámara recorrió conmimo el cuerpo desmadejado de Dan y Vanessa dejó dereír. Dios, qué guapo era. La sala se quedó en silencio un momento cuandoacabó el corto y luego Jenny comenzó a aplaudir desdedonde se sentaba con las de noveno. El señor Beckhamlanzó un agudo silbido y la sala estalló en aplausos. -¡Venga, Marjorie! -gritaron algunas de las del penúl-timo curso. - L a movida esa del condón me pareció demasiadofuerte -susurró Kati a Isabel al fondo de la sala. - ¿ Q u é era eso? -dijo Laura. -Esa chica está totalmente chalada -dijo Rain. Finalmente, le llegó el turno a Blair. Blair estrechó su PalmPilot contra su pecho mien-tras Audrey Hepburn comía sus cruasanes una y otravez. Al fondo de la sala sus amigas bailaron al son de200
  • 199. la música y aplaudieron fuerte cuando se acabó la pe-lícula. -Estuvo guay -le dijo Isabel a K a t i - , ¿verdad? -Totalmente -dijo Kati. - N o estuvo mal -les susurró Becky Dormand a susamigas-. Me refiero a que probablemente no tuvodemasiado tiempo para dedicarle, con lo ocupada queestará llenando solicitudes para casi todas las universi-dades de la Costa Este. - H e oído que aunque entrase en Yale, tendría queretrasar su ingreso un año o así para poder hacer unaterapia intensa -dijo otra de las chicas. - ¿ L o dices por la movida con su hermanastro? Heoído que se acuestan juntos desde que él se m u d ó a lacasa de ella -dijo Becky. - ¡ Q u é fuerte! -exclamaron las otras chicas. Finalmente, Arthur Coates se puso de pie con unsobre blanco en la mano. - Y a sabéis que no hay ganadores ni perdedores-comenzó a decir. Blair tragó el nudo que tenía en la garganta. "Vale,tío, abre el puto sobre". -¡Y la ganadora es...! Se hizo una pausa. -¡Serena van der Woodsen! Silencio total. Luego Vanessa se puso de pie y lanzó un silbido conlos dedos como le había enseñado su hermana. Estabadecepcionada, pero la peli de Serena era buena, y quécono, se sentía orgullosa de haber tenido parte en ella.Cuando vio a Vanessa, Jenny también se puso de pie,aplaudiendo con todas sus fuerzas. Luego el señor Bec- 201
  • 200. kham se puso de pie y gritó: "¡Bravo!", y el resto delcolegio se unió a ellos. Serena se dirigió al podio ebria de felicidad y aceptóel premio: dos billetes a Cannes y tres noches en unhotel de cinco estrellas durante el festival de cine en laprimavera. Titubeó, colocándose el brillante pelo plati-no tras las orejas e inclinándose hacia el micrófono. - M e gustaría que otras dos chicas subiesen al podio-dijo-. Vanessa Abrams y Jenny Humphrey. No podríahaberla hecho sin ellas. Vanessa le sacó la lengua a Jenny, que estaba en elotro extremo de la sala, y luego subió al podio con Sere-na. Después de todo, había hecho todo el trabajo decámara. Se merecía un poco de reconocimiento porhaber logrado aquel éxito. Serena le estrechó la mano y le entregó un billete deavión. -Gracias - s u s u r r ó - . Quiero que aceptes esto. Jenny gateó excitada por encima de las rodillas desus compañeras y se unió a Serena y Vanessa en elpodio. Serena le besó la mejilla y le puso el otro billetede avión en la mano. -Eres fantástica -dijo. Jenny se ruborizó: nunca había estado frente alpúblico antes. "Esto no puede estar sucediendo", pensó Blair, sen-tada rígidamente en su silla. Cerró los ojos para ahogarel aplauso. Estaba dormida. Eran sólo las tres de lamañana y el lunes aún no había empezado. Faltabanhoras hasta que, con su chaquetita de la suerte colorlila, se subiese orgullosa al podio a recibir el premio demanos del señor Coates.202
  • 201. Lo siento. Blair abrió los ojos. Serena seguía esbozando suradiante sonrisa. Y Blair seguía protagonizando la película más depri-mente que se había hecho jamás. La película en que consistía su vida. 203
  • 202. Los románticos atormentados no pueden decir que no - ¡ H e ganado! -exclamó Serena. Dan le dio un puntapié a una botella rota de Snapple enla Avenida West End y apretó el móvil contra su oreja. -¿Ganado qué? -preguntó, intentando parecer indi-ferente. -¡El festival de cine! - g r i t ó Serena, excitada-. ¡Lesgustó! No me lo puedo creer. Vanessa incluso dijo quetendría que pensar en solicitar admisión en algunaescuela de arte. ¡Podría ser cineasta! - B i e n -dijo Dan. No se le ocurría una respuesta másadecuada. Cada vez que oía la voz de Serena o pensabaen ella, sentía que le torturaban. -Pues eso, que quería que lo supieses, como tú hasvisto la peli y eso -dijo Serena. Silencio. -¿Dan? -¿Sí? - Q u e r í a asegurarme de que estabas allí. Pues eso-parloteó-. Tengo la movida de la preparación de laboda este fin de semana, así que quizá no podamos ver-nos. Pero aún vienes a la boda conmigo, ¿no? Dan negó con la cabeza. "Díselo", le ordenó sumente. - L o prometiste -le recordó Serena. -Sí, sí, claro -dijo él. Su corazón siempre era el queganaba. - G u a y -dijo Serena-. Vale, ya te llamaré. Hastaluego.204
  • 203. Colgó. Dan se sentó en el escalón de debajo de unaentrada y encendió un cigarrillo con dedos trémulos.¿Era su reacción exagerada? ¿Habría comprendidotodo mal? Quizá le gustaba a Serena, aunque no fuesemás que un poquito. No había que perder las esperanzas. Y tenía un nuevo motivo para torturarse. 205
  • 204. Es que J sabe mejor - ¿ Q u é , Brown estuvo bien? -le preguntó Jenny aNate. Estaban sentados frente al estanque de Central Park,viendo a los niños haciendo navegar a sus barquitos dejuguete junto a los patos perezosos y a las hojas que flo-taban. Nate la tomaba de la mano y era tan bonito quea Jenny le daba igual que hablasen o no. - A j a -dijo Nate-. O sea, todavía tengo que sacarbuenas notas este trimestre y escribir mi ensayo y todaesa movida. Pero, en realidad, no tenía pensado ir a launiversidad el año que viene, ¿sabes? Y ahora estoy ñ i -pado -sujetó la mano de Jenny frente a sus ojos y exa-minó sus minúsculos dedos. - ¿ Q u é haces? - r i ó Jenny. - N o lo sé. Me alegro de verte -sonrió Nate-. Jenni-fer -dijo-. Estuve pensando en ti todo el fin de semanay ahora estás aquí. - Y o también -dijo Jenny con una tímida sonrisa. Sepreguntó nuevamente si Nate la besaría. - M e sentí un poco mal la otra vez, cuando estába-mos en el parque - c o n t i n u ó Nate-. ¿Sabes? Cuando sepresentaron mis amigos. Jenny asintió con la cabeza. "¿Sí?". - H a b í a algo que quería hacer -dijo Nate-. Y tendríaque haberlo hecho. * "¡Sí, sí!". Nate la acercó hacia sí. Ambos mantuvieron los ojosabiertos, sonriendo mientras se besaban.206
  • 205. Jenny había besado a dos chicos durante un juego enuna fiesta, pero besar a Nate fue el mejor momento desu vida. Sintió que iba a estallar de felicidad. A Nate le sorprendió lo bien que besaba ella. Desdeluego que era mucho mejor que cuando besaba a Blair.Jenny sabía mucho mejor, como un donut de azúcar oun batido de vainilla. Se apartó, mirando el rostro ruborizado y feliz deJenny. Jennifer no sabía lo de Blair y Blair no sabía lo de Jen-nifer. No había hecho caso a las llamadas de Blair simu-lando que ella no existía, pero, ¿cuánto tiempo podríaseguir así? Tarde o temprano tendría que hablar. Lo único que pasaba es que no sabía qué iba a decir. 207
  • 206. Sesión de belleza con leche agria Después de unas pequeñas compras en la tienda Cha-nel de la planta baja, Eleanor Waldorf y sus damas dehonor subieron al ascensor para ir al spa Beauté de Pro-vence de Frederic Fekkai en la Cincuenta y Siete. Blair, sumadre, Kati, Isabel, Serena y Zo Z o , la tía de Blair, irí-an allí a hacerse arreglar las manos y los pies con lechey miel, darse una mascarilla facial de lodo marino y, porsupuesto, a hablar de la boda. Luego irían a comer aDaniel, el restaurante favorito de Eleanor Waldorf.Fran, la tía de Blair, se reuniría con ellas allí. No iba alpedicuro porque odiaba que le tocasen los pies. El spa era como un restaurante lleno de gente,excepto que olía a champú y gel Frederic Fekkai en vezde a comida. Era grande y luminoso, con empleadosque iban de aquí para allá, atendiendo a mujeres enbatas color beige estilo hospital que llevaban para pro-teger su ropa. Todas las mujeres llevaban exactamentelas mismas mechas color rubio platino en el pelo. Era elcolor de cabello distintivo del Upper East Side. -¡Ciao, mes cheries! -exclamó Pierre, el delgaduchochico japonés que trabajaba en la recepción-. Os tengoa tres apuntadas para los pies mientras a las otras tresos hacen las mascarillas. ¡Seguidme, seguidme! Blair no supo cómo sucedió, pero de pronto seencontró sentada entre Serena y su madre, con lasmanos y los pies metidos en un baño de leche tibia conmiel, mientras Kati, Isabel y su tía recibían el trata-miento facial en otra parte del spa.208
  • 207. - ¿ N o es esto un placer? -canturreó la madre de Blair, recostándose en el sillón. - M i leche huele mal -dijo Blair. Ojalá le hubiese dicho a su madre que se reuniría con todas en el restau-rante, como había hecho su tía Fran. -Desde el verano no me hago arreglar los pies -dijo Serena-. Tengo los pies tan mal que no me sorprende-ría que agriasen la leche. "A mí tampoco me sorprendería", pensó Blair conamargura. - ¿ C ó m o quiere las uñas? -le preguntó la manicura asu madre mientras le hacía un masaje en los dedos. - M e gustan redondeadas, pero no en punta -dijo sumadre. - Y o quiero las mías cuadradas -le dijo Serena a la suya. - Y o también -dijo Blair, aunque odiaba tener quedecir que le gustaba lo mismo que a Serena. La manicura le dio una palmadita juguetona en lamuñeca a Blair. - E s t á muy tensa, relájese -le dijo-. ¿Es usted lanovia? Blair la miró sin comprender. - N o , yo soy la novia -dijo la madre de Blair, alegre-.Es mi segunda vez -susurró, haciéndole un irritanteguiño a la manicura. Blair sintió que los músculos se le ponían todavíamás tensos. ¿Cómo querían que se relajase? - V i unos pantalones de pijama fantásticos de cashmeren la sección de hombres de Barneys - c o n t i n u ó parlo-teando su madre-. Pensaba comprarle un par a Cyruscomo regalo de boda -se volvió hacia Blair-. ¿Creesque se los pondrá? 209
  • 208. Serena le lanzó una mirada nerviosa a Blair, pregun-tándose si tendría que decir algo. Ahora era su oportu-nidad de vengarse de Blair por lo bruja que había sidocon ella. Podía decir algo como: "Oye, Blair, ¿no te vicomprando unos pantalones de pijama así en Barneys lasemana pasada?", pero a Blair se le estaba poniendo elrostro como el de un tomate y Serena no tuvo valorpara decir nada. Su corazón la pudo. Bastante mal esta-ba ya Blair si se había llevado los pantalones sin pagar.Serena no quiso hacerle más daño. - N o sé, mamá -dijo Blair afligida. Le picaba el cue-llo. Quizá fuese una reacción alérgica y tuviesen quellevarla a urgencias. Las manicuras acabaron de masajearles las manos yse sentaron en escabeles para frotarles los pies y las pan-torrillas con aceite con aroma a lavanda. - N o me has contado cómo te fue en la entrevista deYale -dijo la madre de Blair, con los ojos cerrados, porsuerte. Blair sacudió un pie y derramó leche en el suelo. -Cuidado -recomendó la manicura. - P e r d ó n -dijo Blair de malos modos-. Me fuegenial, mamá, realmente genial. Junto a ella, Serena lanzó un suspiro. - Y o acabo de tener una en Brown este fin de semana-dijo-. Fue terrible. Creo que el entrevistador tenía unmal día o algo por el estilo. Era un imbécil. ¿Brown? ¿Serena había estado en Brown? Alarmas,sirenas, timbres y campanas sonaron todos a la vez en lacabeza de Blair. -Estoy segura de que lo hiciste mejor de lo quecrees, cielo -tranquilizó la señora Waldorf a Serena-.210
  • 209. Esas entrevistas son horrorosas. No sé por qué osponen tanta presión encima, chicas. Blair volcó otro poco de leche en el suelo. No se podíaquedar quieta. Ojalá la manicura le soltase la pierna. - ¿ C u á n d o fue tu entrevista? -le preguntó a Serena. - E l sábado -dijo Serena. No estaba segura de sidebía mencionar que Nate estaba allí también. Tuvo lasensación de que no. -¿El sábado, a qué hora? -exigió Blair. -A las doce -respondió Serena. Ay, ay, ay. -Nate tuvo una entrevista allí también - r e t ó Blair-.La suya también era el sábado a las doce. - S í -dijo Serena, haciendo una profunda inspira-ción-. Lo sé. Le vi allí. Blair movió el pie, enfadada. ¡Qué cojones! La mani-cura le dio una palmadita. -Relájese -le dijo. -Nate no me ha llamado desde que volvió - r u g i óBlair, mirando fijamente con desconfianza el perfil deSerena. -Nate y yo no hablamos -dijo Serena, con un enco-gimiento de hombros. No estaba dispuesta a mencionarque había dormido en la misma cama con Nate en unhotel y que se habían despertado tomados de las manos.Ni que se habían emborrachado en la fiesta del barril deE r i k y acabaron vomitando juntos en los arbustosdetrás de la casa. No se hablaban desde que habíanvuelto a la ciudad. Eso sí que era cierto. - ¿ Q u é es de la vida de Nate? - p r e g u n t ó la madre deBlair con un bostezo. El masaje le estaba causando sue-ñ o - . Hace años que no le veo. 211
  • 210. - Y o tampoco -dijo Blair furiosa. Estaba segura deque Serena tenía algo que ver con ello-. Me preguntopor qué será. Serena sabía que Blair estaba esperando que hiciesealgún tipo de confesión. - N o me mires a mí -dijo, cerrando los ojos. Pero encuanto lo dijo, deseó no haberlo hecho. Era como siestuviese pidiéndoselo. Blair se puso de pie abruptamente, tirando los bols delas manos al suelo y casi volcando el recipiente dondetenía metidos los pies. -¡Mierda! -chilló la manicura, cayéndose del escabely dando con el culo en un charco de leche. -¡Blair, se puede saber...! -exclamó su madre. -Disculpadme -dijo Blair, tensa. Los ojos se le llena-ron de ardientes lágrimas de rabia-. No me puedo que-dar aquí sentada. Me voy a casa - m i r ó a la manicura-.Perdone por el desastre -dijo, saliendo a grandes zan-cadas de la estancia, escurriéndose un poco en el moja-do suelo de baldosas. -¿Y eso a qué venía? -le preguntó la madre de Blaira Serena. Estaba preocupada por su hija, pero no esta-ba dispuesta a seguir a Blair y abandonar su sesión decuidados. Serena meneó la cabeza. Ella no tenía nada que vercon los problemas que tuviesen Blair y Nate, aunque laverdad era que sentía curiosidad. Y Blair la preocupabaun poco, a pesar de lo increíblemente mala que habíasido con ella últimamente. Parecía que Blair estabapasando una mala racha. -Seguramente estará nerviosa por lo de la boda-dijo, aunque estaba casi segura de que la boda justifi-212
  • 211. caba solamente una mínima parte de los problemas deBlair-. Ya sabes cómo se pone. La madre de Blair asintió con la cabeza. Desde lue-go que lo sabía. 213
  • 212. CosasdeChicas.net temas anterior siguiente • envía una pregunta respuestaToaos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mí. ¡Qué hay, gente! NADIE LO H A C E MEJOR Debido a su dramática partida, B se perdió su trata- miento facial de Frederic Fekkai, lo cual es una pena, porque pocos spa lo hacen tan bien. También se perdió a K e / emborrachándose con vino blanco en Daniel y asegurándole a su madre que B y N todavía no habían consumado su relación. Se perdió a su tía preguntándo- le a S sobre sus planes para la universidad. Esperemos que no se pierda la boda. Todos se divertirán aunque ella no esté, pero será ella quien ponga el dramatismo. Vuestro e-mail P: Hola, C C : He oído que S se acostó con casi todos los jueces del jurado del festival de cine, así que en realidad no resul- ta una sorpresa que haya ganado, ¿sabes a lo que me refiero? -ceecee 214
  • 213. R: Hola, ceecee: ¿Se acostó con todos los jueces? ¿Incluso las chicas? -CC P: Qué hay, gossipgirl. ¿passa? kería decirte k creo k eres una pasada, aunkno nos hayamos visto nunk. Soy 1 tío, X cierto. Tam-bién kería decirte k estaba en el parque al salir de claseel miércoles y vi a J y N. ella es fácil de reconocer. Merefiero a su mitad superior, parecían muy felices de ver-se, si sabes a lo k me refiero. -goodie R: Hola, goodie: Ejem, gracias por el cumplido, supongo. Y muchasgracias por el dato. Se sabe que N y J han estado vién-dose al salir de clase todos los días. Pobre B. -CC Visto por ahí B vigilando las calles entre la casa de N y la de S,intentando pillarlos con las manos en la masa. Jy N enla biblioteca pública de la Noventa y Seis, estudiando.¡Qué monos! N está totalmente decidido a entrar enBrown y en... el corazón dej. S de pie ante su ventanaprobándose el vestido marrón de Chloé que la madrede B les ha comprado a todas las damas de honor. Séque se supone que tiene la mejor figura de toda laQuinta Avenida, pero he oído que parecía un pococaderona. ¿Demasiada comida basura en el viaje a Rho- 215
  • 214. de Island, quizá? N eligiendo su esmoquin para la bodaen Zeller. Y B e n u n partido de hockey en el MadisonSquare Garden con su hermano y su nuevo hermanas-tro. Supongo que hasta el hockey es mejor que estarcon su madre o sus amigas, las damas de honor, aunquesea difícil de creer. Falta menos de una semana para el gran día. Quepaséis un genial Día de Acción de Gracias, pero nocomáis demasiado ¡que luego no nos quedarán bien lasgalas nupciales! Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla216
  • 215. Acomodadores guapos y damas de honor sexys -Este vestido hace que parezca que tengo implantesde silicona en los muslos -se quejó Kati, clavándose eldedo en las piernas mientras se miraba al espejo. -Hace que mi piel parezca totalmente gris -gimióIsabel. Se echó un poco de Lubriderm en las manos yse la dio en los brazos-. Tendría que haber compradoesos polvos para el cuerpo color bronce de Sephora-añadió, haciendo un mohín. Blair se levantó de la cama de la suite en el Hotel StClaire y cogió de un manotazo el vestido de Chloé,dejando que colgase de sus dedos. Era color castaño,largo y elegante, con pequeñísimas perlitas cosidas alcorpino. Iba sujeto a los hombros por dos delicadostirantes de perlitas, como collares. Se quitó de un tirón la bata blanca del hotel y se pusoel vestido por encima de la cabeza. La tela le ajustó lafigura, pero no lo sentía apretado, sino genial. El vesti-do no la hacía caderona en absoluto. Estaba estupenda.Ayer la habían depilado, exfoliado, dado un baño devapor, y humectado desde los folículos de la cabeza has-ta las uñas de los pies en el Salón y Spa Aveda de la calleSpring. Tenía reflejos nuevos color beige dorado y elmaquillador de su madre le había echado perfumadospolvos con brillo en el cuerpo entero. Blair se ahuecó el pelo, que le acababa de secar acepillo el peluquero de su madre. Le daba igual que Isa-bel y Kati no estuviesen contentas con sus vestidos.Aquella noche, Na te no podría quitarle las manos de 217
  • 216. encima. Además, el vestido iba perfectamente con losManolos que su padre le había regalado para su cum-pleaños. Sacó los zapatos de la bolsa y se abrochó lastiras. Se alegraba de poder seguir siendo fiel a su padre,incluso durante la estúpida boda de su madre. -Sabes que me deseas -le dijo a su reflejo, simulan-do que hablaba con Nate. Estaba fabulosa y totalmentedecidida a hacerlo aquella noche. - Y a estoy lista -dijo Serena, saliendo del cuarto debaño en una nube de dulce perfume. El vestido tam-bién le sentaba genial a ella, pero Blair prefirió nomirar. Había logrado ignorarla toda la tarde mientrastenían la sesión de maquillaje y peluquería. No veíamotivo para dejar de hacerlo. Alguien llamó a la puerta. -Soy yo -dijo Aaron-. ¿Estáis listas, chicas? Blair abrió la puerta. Aaron y Tyler estaban en elpasillo, ambos de esmoquin. Aaron se había hecho cortar las rastas, que le salíande la cabeza en todas direcciones. Parecía una estrelladel rock yendo a la fiesta de los Grammys. Por una vez,Tyler parecía un verdadero caballero, con la raya delpelo impecable y la pajarita perfecta. Tuvo que recono-cer que ambos estaban adorables. -¡Ahí va! -dijo Aaron-. ¡Ese vestido es una pasada! Tyler asintió con la cabeza. -Estás guapísima, Blair -dijo con sinceridad. Blair frunció el ceño, disfrutando con su atención. - ¿ N o creéis que me hace parecer gorda? Menuda cuentista. Aaron negó con la cabeza.218
  • 217. -Venga, Blair, sabes perfectamente que estás fantás-tica. - ¿ D e verdad? -dijo Blair, con una mueca de disgusto. - S í -dijo Aaron-. Mookie también. Me lo ha dicho.Tuve que dejarlo en casa, pero desde luego que le gus-taría montarse en tu pierna con ese vestido. -Vete a la porra - g r u ñ ó Blair, aunque se lo estabapasando genial. Se volvió hacia Kati, Isabel y Serena. -Venga -dijo-. A ver si acabamos con esta mierda deuna vez. Mientras las chicas salían de la suite, Blair le lanzóuna mirada a la suntuosa cama doble. Vale, las próximashoras serían un infierno. Y desde luego que no sabíadónde iría a la universidad el año próximo. Pero era sucumpleaños y esa noche perdería su virginidad conNate en aquella cama. -Cyrus Solomon Rose, ¿quieres tomar a EleanorWheaton Waldorf como tu legítima esposa para amar-la y servirla en la salud y la enfermedad todos los díasde tu vida? - p r e g u n t ó el ministro unitario en el altar dela íntima capilla de las Naciones Unidas. -Sí, quiero. -Y tú, Eleanor Wheaton Waldorf, ¿quieres tomar aCyrus Solomon Rose como tu legítimo esposo paraamarle y servirle en la salud y la enfermedad todos losdías de tu vida? - O h , sí, quiero. Misty Bass volvió a cambiar de postura en uno de losincómodos bancos de madera de la capilla. 219
  • 218. - D i m e otra vez por qué tenían que casarse con tan-ta prisa -le susurró a T i t i Coates. La señora Coates se acercó a su amiga y le lanzó unamirada cómplice por debajo del pequeño velo azul quetenía su fabuloso gorro con plumas de pavo real. - H e oído que a ella se le estaba acabando el dinero-susurró-. Era la única forma que tenía de pagar susdeudas. La señora Archibald no pudo evitar intervenir. - Y o he oído que se enamoró de la casa de veraneoque él tiene en las Hampton -dijo, inclinándose parasusurrarles al oído a Misty y T i t i - . La quería comprar,pero él no se la quiso vender. Así que tuvo que buscarotra forma de conseguir echarle la zarpa. -¿Cuánto creéis que durará? -preguntó Misty, dudosa. -¿Cuánto tiempo podrías tú vivir con eso? -sonrióT i t i con malevolencia. Contemplaron a Cyrus Rose, que estaba particular-mente pomposo con su chaqué color gris con raya detiza y su camisa, plastrón y chaleco color crema. Lleva-ba un reloj de bolsillo de oro y polainas en los zapatos. ¿Polainas? ¿Qué se creía que era aquello, una fiestade disfraces? Eleanor estaba radiante a pesar de su ridículo trajede pastorcilla color rosa pálido. Sus ojos azules brilla-ban de lágrimas de felicidad y brillantes ancestrales bri-llaban en su cuello, sus muñecas y sus orejas. Pero, más importante, las damas de honor y los aco-modadores... Blair sujetó su bouquet de lirios de invierno y mantu-vo los ojos clavados en Nate, aislándose completamen-te de la ceremonia.220
  • 219. Hacía unos días, Nate le había mandado un e-mailnada claro en el que le decía que lamentaba no haberlavisto durante un tiempo, pero que había tenido que ir aMaine a pasar las fiestas de Acción de Gracias con sufamilia. Blair había respondido inmediatamente, dicién-dole lo nerviosa y excitada que se sentía por lo de estanoche. Nate nunca le había respondido, así que ella sehabía contentado con pensar que todo se resolvería cuan-do se volviesen a ver. Mientras la zorra de Serena no se cruzase pormedio... Blair esperó que los ojos de Nate se posasen en Sere-na para poder pillar su mirada de ansia, pero Natesiguió atento a la ceremonia, sus ojos verdes brillando ala luz de las velas de la capilla. Por una vez, Blair decidió ser optimista. Quizá, solo quizá, se había equivocado con respectoa ellos. Olvídate de Serena. Nate estaba tan excitadopor lo de esta noche como Blair. ¿Por qué otro motivoiba a tener aquel aspecto? Irradiaba sensualidad. Ella también. El vestido de Chloé le calzaba como un condón y nollevaba absolutamente nada debajo, excepto un par demedias de seda con puño de encaje. Y sus Manolos, por supuesto. Blair estaba lista. Era una máquina de sexo adornadacon un bouquet de flores. Entonces, ¿por qué no la miraba Nate? Nate contemplaba la ceremonia simulando interéspara evitar la mirada de Blair. Se había dado cuenta de 221
  • 220. que ella estaba particularmente guapa, pero lo único queello logró fue hacer que se preocupase de cómo resolve-ría las cosas más tarde. En el bolsillo tenía la pluma favo-rita de Jennifer para hacer caligrafía, que ella le habíadado para que se acordase de ella mientras estaba fuerapara Acción de Gracias. Nate no podía traer a Jennifera la boda por motivos obvios, pero le había prometidoencontrarse con ella en el bar del hotel durante larecepción para que lo viese vestido de esmoquin. Tam-bién le había prometido que no se fumaría un buenpetardo antes de la boda. Ahora lo lamentaba. Tendríaque enfrentarse a Blair completamente sobrio. Metió lamano en el bolsillo y se aferró a la pluma. Le dabannervios sólo de pensarlo. Serena también se sentía nerviosa, aunque nadie se hu-biese dado cuenta de ello. Cuando un profesional se ocu-paba de su rostro con maquillaje y le arreglaba el pelo, losresultados eran maravillosos. Su pelo dorado brillaba, supiel relucía, sus mejillas estaban radiantes, y el vestidode Chloé color castaño se ajustaba a sus curvas, acen-tuando sus estrechas caderas, la curva de su espalda ysus largas y estilizadas piernas. Pero por dentro, Serena estaba un pelín menos per-fecta. Primero y principal, la preocupaba Dan, que se com-portaba de forma extraña. No había podido verlo antes de la ceremonia, perohabía hablado con él la noche anterior. Bueno, en realidad,ella había sido quien hablaba y él le había respondido conmonosílabos y le había dicho que la vería en la boda. Sere-na no sabía lo que le pasaba, pero ahí pasaba algo.222
  • 221. También estaba preocupada por Blair, a pesar de queBlair llevaba todo el día ignorándola. Estaba de pie jun-to a ella y prácticamente sentía la tensión que surgía desu cuerpo como electricidad estática. Desde el otro extremo de la nave, Erik, su hermano, leguiñó un ojo. Parecía un príncipe con ese esmoquin. Unaversión masculina de Serena, con su pelo rubio, sus ojosazules, alto, con unas pecas en la nariz y adorables hoyue-los en las mejillas. Serena le había contado la mierda quehabía resultado su entrevista en Brown y, como era deesperar, la respuesta de Erik había sido: "¡Que les den!". No era precisamente el mejor consejo que le habíandado, pero Serena respetaba la actitud despreocupadade su hermano; a él le funcionaba. Y además, ahoraestaba pensando seriamente en estudiar arte. Giró la cabeza e intentó localizar a Dan entre la gen-te, pero no pudo ver su cabello ondeado por ningúnsitio entre los elegantes sombreros y perfectos peinadosde los invitados a la boda. Se preguntó si él se habríamolestado en venir. Dan estaba hundido en uno de los últimos bancos,con las manos sudorosas, intentando no prestar aten-ción a los cotilleos que circulaban a su alrededor. -Todavía más hortera de lo que había supuesto - o y óque murmuraba una mujer. - ¿ Q u é diablos se ha puesto? -le respondió en unsusurro su vecina. - ¿ Y él? -respondió la primera mujer. -¡Y los vestidos de las damas de honor, son pura por-nografía! 223
  • 222. Dan no sabía a qué se referían. A él le parecían todosespectaculares, especialmente Serena. Dan había intenta-do arreglarse lo más posible, pero sus mocasines negrosno eran lo adecuado y su camisa ni siquiera estaba correc-tamente planchada. Nunca se había sentido más fuera delugar en su vida. Pero ella se lo había pedido y allí estaba: un corderolisto para el matadero. - Y a puedes besar a la novia -anunció el ministro. Cyrus cogió a Eleanor por la cintura. Blair se apretólas flores contra el estómago para que no le diese elvómito. No fue un beso demasiado largo, pero cual-quier demostración de cariño entre gente de la edad detus padres es suficiente para producirte arcadas. Cyrus dio un pisotón a una copa de vino envuelta enuna servilleta y el pianista tocó los típicos acordes decelebración. ¡Por fin se habían casado! Los invitados siguieron a la pareja por el pasillo cen-tral de la nave y todos salieron afuera. En la acera de laPrimera Avenida, frente a las Naciones Unidas, Blairfue de puntillas por detrás de Nate. -Te he echado de menos -le ronroneó al oído. Nate se dio la vuelta de un salto e hizo lo posible porsonreír. - H o l a , enhorabuena, Blair -dijo, besándole la meji-lla. - ¿ P o r qué? -dijo ella, con el ceño fruncido-. Este esel peor día de mi vida -se acercó a él-. A no ser que túlo mejores.224
  • 223. -¿A qué te refieres? -dijo Nate, sin perder su sonrisa. Blair estaba tan harta de todo que fue directo al gra-no, sin pelos en la lengua. - L o que quiero decir -dijo-. Es que no llevo ropainterior. -Vale -dijo Nate, perdiendo su sonrisa. Se metió lasmanos en los bolsillos y tocó la pluma de Jenny. - N i siquiera me has deseado feliz cumpleaños toda-vía -dijo Blair con un mohín. Se acercó, tanteando losbolsillos de Nate-. Y tampoco me has dado mi regalo. Los dedos de Nate se cerraron en torno a la pluma,escondiéndola en su puño. - ¿ P o r qué no le dices a ese tipo que nos haga unafoto? -sugirió desesperado. El fotógrafo de Vogue se afanaba en tomar fotogra-fías románticas de Cyrus y Eleanor en el asiento trase-ro de su Bentley. Blair se le acercó y le tironeó de lamanga. - ¿ N o s haces una foto a mi novio y a mí? -le pidiócon desparpajo. Pero cuando se dio la vuelta, Nate había desapare-cido. Unos metros más allá, Serena esperaba que Dansaliese de la capilla, tal como se lo había prometido. Elsalió y se dirigió hasta ella, la cabeza inclinada. - L o siento -le dijo Serena, dándole un ligero abra-zo-. Espero que no te resultase demasiado raro. - N o estuvo mal -dijo Dan, metiendo las manos enlos bolsillos del esmoquin. -Pues a mí me pareció raro, y eso que los conozco. 225
  • 224. Parecía tan agradecida de que él se encontrase allí,que Dan decidió relajarse un poco. -Estás guapísima -dijo. - T ú también -sonrió Serena-. Ven -dijo, llevándolehacia una limusina que esperaba. Le empujó adentro-.Vamos a emborracharnos. Tenían el coche para ellos dos. A Dan le encantó elolor de los asientos de piel. Se sentó junto a Serena. Suspiernas se tocaban. -Gracias por acompañarme -dijo Serena. Dan se volvió hacia ella y sus ojos se cruzaron. Elcoche estaba a punto de arrancar. Serena tuvo la sensa-ción de que Dan iba a decirle algo importante. Luego, la puerta de atrás se abrió y Nate asomó lacabeza. - ¿ O s importa que vaya con vosotros? -no se iba ameter en un coche solo con Blair ni loco. - ¿ Y yo? -dijo Erik, apareciendo tras él. T i r ó unabotella de aguardiente de melocotón sobre el asiento-.He traído provisiones. -¡Cuántos más, mejor! -dijo Serena alegremente,deslizándose por el asiento para hacerles sitio. Dan no dijo nada. Encendió un cigarrillo.226
  • 225. Una recepción no es una fiesta -Estarás encantada. -¡Enhorabuena, querida! Blair no había contado con que tendría que estar conel resto de la familia recibiendo a los invitados, y sumadre y Cyrus parecían empeñados en prolongar aque-lla agonía. Le dolía la cara de tanto sonreír y estaba har-ta de que la gente la besase y de que la obligasen a decirlo feliz que se sentía por su madre. Bastante con que yase había visto forzada a posar para la cámara apoyandosus labios en una de las rubicundas mejillas de Cyrus.Un asco. - E s realmente guay - o y ó Blair que Aaron decía. Seencontraba junto a ella recibiendo a la gente y decía unay otra vez lo encantado que estaba de tener una herma-nastra tan guay. Blair sabía que él lo decía con sarcas-mo. Deseó pegarle. "Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz", pensó Blaircon amargura. En cuanto se acabase la mierda aquellade recibir a la gente, iría en busca de Nate y tendría unacharla seria con él. ¿No comprendía lo mucho que lenecesitaba en aquel momento? ¿No se daba cuenta? - A l menos, esto está bien -le susurró Misty Bass a suesposo una vez que saludaron a la familia y entraron enel elegante salón de baile del Hotel St. Claire, dondetendría lugar la recepción. En el salón resplandecían laplata, el cristal y la blanca mantelería a la luz de lasvelas. Un músico tocaba el arpa discretamente en un 227
  • 226. rincón. Camareros de chaquetilla blanca servían copasde champán y acompañaban a la gente a su mesa. Si Blair se hubiese molestado en ayudar a su madrecon la distribución de los invitados, las cosas habríansido diferentes, pero Serena, Dan, Nate y Erik estabantodos sentados a la misma mesa, con Serena entre Dany Nate. Frente a ellos, en la misma mesa, se sentabaChuck Bass, la persona menos deseada por Serena yDan en todo el código postal de la Unión. Se había pei-nado el pelo oscuro hacia atrás con gomina, lo que lehacía parecer todavía más un pichamán que nunca. (Pichamán: sust. un imbécil insensible, arrogante eirritante. Generalmente, aunque no siempre, bajo y cal-vo. Se cree que es el tío más interesante de todo elsalón.) La verdad es que Chuck era guapísimo, con un estilode anuncio de loción de afeitar. Era su personalidad loque lo convertía en pichamán. A ambos lados de Chuckse sentaban Kati e Isabel, incómodas con sus vestidosdemasiado ajustados. Dan se sentó en su sitio y contempló la variedad decubiertos. - N o es difícil -dijo Chuck con arrogancia. Señaló lacuchara de sopa de Dan-. Empieza de fuera hacia dentro. -Gracias -dijo Dan, incómodo. Se secó las manossudorosas en los pantalones del esmoquin. No tendríaque haber venido. Los camareros trajeron el primer plato. Brisqué decalabaza, haciendo honor al Día de Acción de Gracias,y una gran cesta de panecillos. -Estoy un poco confuso -dijo Chuck, dominando lamesa con su habitual grosería. Señaló con su cuchillo228
  • 227. del pan a Serena-. Estás con él -señaló rudamente aNate-. ¿O con él? -apuntó con el cuchillo a Dan. - E n realidad, Chuck - r i ó Erik-, son un trío -dijocon sarcasmo-. Hace tiempo que Nate está colado porDan. Serena los ha presentado. Serena revolvió su sopa y miró a Dan con expresiónde disculpa. - E n realidad, Dan es mi acompañante esta noche-dijo-. Y probablemente me esté odiando en estemomento. - N o , no lo estoy -dijo Dan, con un encogimiento dehombros. Pero se preguntó cuál sería la verdadera respuesta ala pregunta de Chuck. "¿Estás con él?". ¿Qué, lo esta-ba? ¿Lo estaba? Cuando acabaron de saludar a todos los invitadosque entraban, Blair y su nueva familia se dirigieronhacia la mesa presidencial. Balir se sentó entre Aaron yTyler, prácticamente espalda contra espalda con Nate.Blair no se lo podía creer. Serena y Nate se sentabanjuntos en la mesa de al lado y ella no tenía más remedioque sentarse con su familia. Era increíble. Se estiróhacia atrás en la silla. - ¿ P u e d o hablar luego contigo? -le susurró al oído aNate-. ¿Después de los discursos? Nate asintió con la cabeza, titubeante. M i r ó el reloj.Jennifer no tardaría en llegar. Era posible que pudieseescaquearse de hablar con Blair. Satisfecha, Blair se inclinó hacia delante y tomó sucopa de champán, bebiéndose su contenido de un trago 229
  • 228. gigante. Si finalmente iba a perder su virginidad conNate, quería estar relajada. -Tranquila, princesa -le advirtió Aaron-. No quieroque me vomites encima. -¿Por qué no? -respondió Blair, levantando la copa paraque el camarero se la rellenase-. No será peor que esto. Cyrus leía unas tarjetas y murmuraba, repasando sudiscurso. - N o te pongas nervioso, cielo -le dijo Eleanor, dán-dole palmaditas en el hombro-. Sé tú mismo. Blair hizo una mueca de exasperación y se tomó otracopa de champán de un trago. Era el peor consejo quehabía oído en su vida. Los camareros retiraron los platos de sopa y sirvie-ron más champán. Cyrus Rose sudaba como un pollo.Cogió un tenedor y golpeó suavemente una copa conél. Blair no soportaba ni un minuto más aquello. Tomóotro trago de champán e hizo un buche con él para l i m -piarse la boca de impurezas. Le dio un tirón a Nate enla manga. -Vamonos ahora -masculló. Nate se dio la vuelta y la miró fijamente. -¡Atención, por favor! -dijo Cyrus, golpeando lacopa. -Vamonos ya, Nate - o r d e n ó Blair. Nate miró el reloj. Jennifer llegaría en unos minutos.De ningún modo iba a hacerla esperar porque se habíaido a quién sabe dónde a dejar que Blair le llorase en elhombro. -Pero Cyrus está dando un discurso -dijo. -Exacto -dijo Blair, clavándole las uñas en en el bra-zo-. ¡Venga!230
  • 229. Nate negó con la cabeza. H i z o una profunda inspi-ración y soltó el aire. -Tranquilízate -le dijo a Blair, y se dio la vuelta. Blair se quedó mirando la espalda de Nate sin podercreer lo que pasaba. - ¿ Q u é ? -dijo, porque no estaba segura de haberlooído bien. Le picaba el culo desnudo donde le rozaba elvestido. "Esto no me está sucediendo a mí", se dijo. Nopodía ser que Nate hubiese sido tan gilipollas de haber-le plantado cara de aquella forma. Eran todo imagina-ciones suyas. Cyrus se aclaró la garganta. -¡Blair! -chistó la madre de Blair desde el otro ladode la mesa Aaron le cogió la mano y la hizo darse la vuelta. - N o seas grosera -le dijo. El salón entero estaba en silencio, esperando queCyrus comenzase a hablar. -Gracias por venir -dijo-. Y gracias por no irse depuente para Acción de Gracias para poder estar aquí. Luego prosiguió con el mismo discurso estúpido queBlair le había oído practicar en casa toda la semana,paseándose por el pasillo de su piso de la Setenta y Dos,con los pantalones de pijama de cashmer iguales a losque ella había robado para Nate. Blair se quedó muy quieta mirando las burbujassubir desde el fondo de su copa de champán hasta arri-ba. Si movía un músculo, su cabeza explotaría. 231
  • 230. CosasdeChicas.net temas <4 anterior siguiente • envía una pregunta respuestaTodos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los inocentes. Es decir, a mí. ¡Qué hay, gente! ANUNCIO DE BODA EN EL NY TIMES Eleanor Weathon Waldorf, dama de sociedad del Upper East Side, y Cyron Solomon Rose, constructor del mundo inmobiliario, se han casado hoy en medio de escándalo, cotilleo e intriga. Se conocieron en Saks la primavera pasada, y salen juntos desde entonces. Ella sufría un ataque de falta de confianza cuando se cono- cieron, debido a que su primer esposo la había dejado por otro hombre. Pero Cyrus la hizo olvidarse de todo aquello. Se enamoró de su sonrisa, su físico, que acaba- ba de perder varios kilos, y su enorme piso de la Quin- ta Avenida, y no estaba dispuesto a que se le escapasen. También estaba que se moría por dejar a su primera mujer, una fanática de la cirugía estética. Eleanor se enamoró de la actitud descarada de Cyrus ante la vida, su atrevido sex appeal de Papá N o e l y su increíble casa de la playa en Bridgehampton. ¿No están hechos el uno para el otro? La novia es la hija de un agente de bolsa extremada- mente rico, Tyler August Waldorf, ya fallecido, y la 232
  • 231. dama de sociedad Mirabel Antoinette Kattrel Waldorf,también fallecida. Tiene dos niños, Blair Cornelia W a l -dorf, que cumple diecisiete años hoy, y Tyler HughWaldorf, de once. El novio es el hijo de Jeremiah Les-lie Rose, antiguo rabino de la sinagoga de Scarsdale, yafallecido, y de Lynne Dinah Bank, una interiorista jubi-lada que ahora reside en México. Su hijo, Aaron ElihueRose, tiene diecisiete años. Después de un compromiso ridiculamente corto,ambos se han casado hoy. La pareja eligió la capillade las Naciones Unidas para todas las religiones, yaque él es judío y ella protestante y ninguno de los dosquería convertirse. La recepción está teniendo lugarmientras hablamos en el elegante H o t e l St. Claire,en la calle Sesenta y una Este. La cena incluye unplato llamado quenelle, que es una mousse de pescadoy que mezclada con demasiado c h a m p á n puede hacerque uno se descomponga. La pareja se irá de luna demiel en yate al Caribe durante un mes y dejarán a sushijos que se arreglen solos en casa mientras ellos noestán. Mmm. ¡Eso sí que es interesante! La novia ha tomado el apellido del novio, al igualque su hijo, Tysle. Su hija, Blair, todavía no lo ha deci-dido. "¡Vamos, ni de coña!", fue su respuesta cuando selo preguntamos la última vez. Los matrimonios anteriores de ambos contrayen-tes acabaron en divorcio. Fue muy escandaloso en su 233
  • 232. momento, pero tres hurras por ellos, han seguido consus vidas. ¡Será mejor que vuelva a la fiesta! Tú sabes que me adoras Chica Cotilla234
  • 233. Bailar pegados es bailar. -Espero que nos esté esperando en el vestíbulo -dijoJenny nerviosa. - N o te preocupes - l a tranquilizó Vanessa-. Ya leencontraremos. Pasaron por las puertas giratorias del Hotel St. C l a i -re y recorrieron con la mirada el lujoso vestíbulo.Ambas chicas llevaban los vestiditos negros de los añossesenta que habían comprado por diez dólares en D o m -seys, en Williamsburg. El de Jenny estaba bordado conazabache y el de Vanessa tenía un gato de terciopeloaplicado en la falda. También llevaba medias de rednegras por primera vez en su vida. Ambas chicas tenían un aspecto muy retro y estabanmonísimas. -¡Allí está! -exclamó Jenny, dirigiéndose hacia Nate,que se sentaba rígidamente en una silla en una esquina,tomando su champán. - B i e n -dijo Vanessa, que, de repente, se sintió total-mente fuera de lugar. ¿Qué iba a hacer mientras Jennyy su rico niño pijo se metiesen mano?-. Nos vemos enel bar. Había insistido en que sólo la acompañaba para dar-le su apoyo, pero, por supuesto, tenía otro motivo parahacerlo. Quizá Dan pasase al cuarto de baño o algo. Yella entonces no sentiría que había sido una pérdida detiempo ponerse un vestido. *** 235
  • 234. - H o l a , Jennifer -dijo Nate, besando a Jenny en la mejilla y tomándole la mano. - H o l a -dijo Jenny con los ojos como platos por la emoción. Contempló los zapatos brillantes con cordo-nes de Nate, su elegante esmoquin negro, las ondas desu cabello castaño dorado. Sus brillantes ojos verdes-.Estás superguapo. -Gracias -sonrió Nate-. Tú también. -¿Qué? ¿Qué quieres hacer? - p r e g u n t ó ella. - S e n t é m o n o s aquí y quedémonos juntos un rato, ¿vale? -Vale -dijo Jenny, y Nate la condujo hasta un sofá dedos plazas en un rincón tranquilo cerca de la barra. -¿Te parece bien que pida un agua de selz o algo?- p r e g u n t ó Jenny, cruzando las piernas con nerviosismoy volviéndolas a descruzar-. Me siento, no sé, rara. -Claro -dijo Nate. El camarero se les acercó y él ledijo-: Dos aguas de selz. ¡Caramba!, sí que se estaba reformando. Le volvió a tomar la mano a Jenny y la puso en suregazo. Jenny lanzó una risilla. Era raro estar en el barde un hotel con Nate en vez de en el parque o en lacasa de él. Sentía que todos los miraban. - N o te sientas nerviosa -dijo Nate en voz queda.Levantó la pequeña mano de ella y le besó el dorso conternura. -Intento no estarlo -dijo Jenny. Cerró los ojos, hizouna profunda inspiración y apoyó su cabeza contra elhombro de Nate. Era fácil relajarse cuando estaba conNate. El la hacía sentirse muy segura. Abrió los ojos yse encontró a Nate sonriéndole con los verdes ojos bri-llando.236
  • 235. - M e da la sensación de que me voy a meter en ungran lío por esto -dijo él, como si hacerlo le fuese a cau-sar gran ilusión. - ¿ P o r qué? - p r e g u n t ó Jenny sin comprender. - N o lo sé -dijo Nate. No estaba dispuesto a expli-carle a Jennifer que su novia, Blair, estaba en la salacontigua, probablemente armada y peligrosa-. Tengoesa sensación -dijo. Jenny le dio un apretón en la mano. - N o te preocupes -le dijo-. No estamos haciendonada malo. - B i e n -dijo la madre de Blair cuando Cyrus acabó eldiscurso y sirvieron la quenelle y la ensalada verde orgá-nica-. Cyrus, Tyler y yo hemos estado hablando denuestro apellido. - ¿ Q u é pasa con nuestro apellido? -dijo Blair. Le cla-vó el tenedor a su quenelle-. ¿Qué es esto? - ¿ N o recuerdas? -dijo su madre-. La elegimos eldía en que probamos los platos. -Sabe a comida de gatos -dijo Blair tras probar unpoquito. Apartó el plato y cogió su copa de cham-pán. -Pues - c o n t i n u ó su madre- Tyler ha accedido acambiarse al apellido Rose. Y yo ya lo he hecho. Así quesólo quedas tú, Blair. Blair le dio un puntapié a la pata de la silla. Aquéllano era la primera vez que surgía el tema. -¿Te lo cambias? -le dijo a su hermano, incrédula. - H e decidido que sí -asintió su hermano con lacabeza-. Tyler Rose. Queda guay, ¿no? Como el de unD J o eso. 237
  • 236. -Desde luego -dijo Aaron. Bajó la voz-. Y quien seocupa del plato es Tyler Rose, que os llega en directodesde la calle Setenta y Dos. -Calla - m u r m u r ó , Blair. Como si su segundo nom-bre no fuese lo bastante feo, ¿ahora intentaban encajar-le un apellido más feo todavía? Blair Cornelia Rose-.Que no, que ya os lo he dicho antes. Que ni de coña melo cambio -dijo. - O h , Blair -dijo su madre decepcionada-, sería muybonito que todos pudiésemos compartir el mismo ape-llido. Como una familia de verdad. - N o -insistió Blair. Cyrus esbozó una sonrisa comprensiva. -Significaría mucho para tu madre y para mí que lopensases al menos un poco más -dijo. Blair apretó los labios para que no se le escapase ungrito de furia. ¿Es que no entendían la palabra no? Se diola vuelta para buscar a Nate, pero la silla de él se encon-traba... vacía. Oh, ¿por qué era todo tan jodidamentecomplicado? -Disculpadme -dijo con amargura. La quenelle se lesubió hacia la garganta, mezclada con las burbujas de loslitros de champán que ya había consumido. Blair se apre-tó la mano contra la boca y se alejó corriendo de la mesa. Serena y Erik hacían esculturas de comida con susquenelles. Era tan fea, que no se la podía comer, y el gru-po todavía no había comenzado a tocar, así que nohabía otra cosa que hacer. Erik le había robado el platoa Nate y habían puesto las tres quenelles con forma depescado una encima de la otra, sujetándolas con dos238
  • 237. pajitas de cóctel. Erik sabía hacerlo porque estudiabaarquitectura en Brown. A Dan le gustó la quenelle. La comió muy lentamen-te, reuniendo coraje para lo que estaba a punto dehacer. -Oye, ¿te puedo decir algo? -le preguntó finalmen-te a Serena, poniendo la mano en la mesa junto al pla-to de ella para que le prestase atención. -Sí, claro -dijo ella, volviéndose hacia él. - N o os preocupéis por mí -dijo Erik, apuntalando supila de quenelles con bolas de mantequilla-, que estoymuy ocupado. - ¿ Q u é pasa? -dijo Serena. Se colocó el pelo tras lasorejas y se inclinó hacia Dan, brindándole su completaatención. Dan miró aquellos ojos casi azul marino e intentóencontrar lo que buscaba. Algo que le dijese que habíasido un tonto en preocuparse. Que ella le amaba tantocomo él la amaba a ella. Lo único que vio fue azul. - L o que quería decirte era que no fue mi inten-ción... No quería... cuando te mandé aquel poema,pensé... - D a n no sabía lo que intentaba decir. Parecíaque se estaba disculpando, y él no se arrepentía de nada.Lo único que le daba pena era que los ojos de Serenafuesen azules y nada más. - O h , no te preocupes -dijo Serena. Tomó un sorbode su champán y jugueteó con el borde del mantel-. Mepareció que ibas un pelín demasiado en serio, nada más-añadió. ¿Demasiado en serio?, se preguntó Dan. ¿Qué que-ría decir con eso? De repente, la banda de. jazz comenzó a tocar. 239
  • 238. - ¡ O h , me encanta esta canción! -exclamó Serena.Era Cheek to Cheek. Adoraba la música cursi. -¡Señoras y señores, los novios! -anunció el directorde la banda. Cyrus y Eleanor Rose se pusieron de pie ysalieron con una pirueta a la pista e hicieron señas a losdemás para que se uniesen a ellos. Chuck cogió a Kati e Isabel de las manos y se las lle-vó con un giro, sus manos se deslizaron por las espaldasde las chicas hasta tocarles el trasero en cuestión desegundos. - ¿ Q u i e r e s bailar? -le preguntó Serena a Dan,poniéndose de pie. Alargó la mano. Dan la miró con ojos dolidos, sintiendo que lo hacíarealmente muy en serio. - N o , gracias -se puso de pie para marcharse-. Creoque iré a fumarme un cigarrillo. Serena le contempló marcharse. Sabía que Dan esta-ba molesto, pero ¿qué podía hacer? Parecía que hicieselo que hiciese, él siempre encontraba una razón parasentirse desgraciado. Así era como le gustaba. Le dabatema para escribir. Ella prefería ser despreocupada y alegre, como suhermano. Se bebió el champán y cogió a Erik de loshombros para apartarlo de sus juegos con la comida. - ¿ Q u é , que las chicas no podemos divertirnos? -lepreguntó, riendo un poquito desesperada. -Esta chica desde luego que puede -dijo Erik,poniéndose de pie. La tomó en sus brazos y la hizo caerhacia atrás de forma teatral. Era verdad. Serena siempre encontraba una forma dedivertirse, pero aquella noche todavía no la había encon-trado. Sin embargo, la noche todavía estaba en pañales...240
  • 239. Amor omnia vincit. El amor lo conquista todo - ¿ H a s visto a mi hermano? -le preguntó Jenny aNate-. ¿Se lo estaba pasando bien? Nate abrió su mechero Zippo de plata y encendió uncigarrillo. - N o estaba prestando demasiada atención -recono-ció. -Seguro que sí -dijo Jenny, viendo el decadentedecorado del hotel-. ¿Cómo no iba a pasarlo bien? Nate echó atrás su cabeza dorada y echó el humo altecho. Jenny tomó un sorbo de su agua de selz. - ¿ Y tú? ¿Lo estás pasando bien? - p r e g u n t ó ella. Nate se inclinó hacia delante y apoyó su cabezasobre el hombro desnudo de ella. Jenny olía a talcospara bebé y acondicionador de pelo Finesse. - M e lo estoy pasando mucho mejor aquí que allídentro. - ¿ D e verdad? -Jenny no podía creerse que le gusta-se a Nate. ¿Ahora le decía que prefería quedarse conella en vez de bailar en la fiesta de una de las bodas másimportantes de año? Nate inclinó la cabeza y, comenzando desde el cue-llo, le recorrió con besos el rostro hasta llegar a suslabios. Jenny cerró los ojos con fuerza y le devolvió lacaricia. Se sentía como una princesa de cuento y noquería despertarse nunca. Dan se deslizó en un taburete al final de la barra delHotel St. Claire y pidió un whisky doble con hielo. C o n 241
  • 240. manos trémulas sacó un Camel del bolsillo y lo encen-dió. Sus lágrimas cayeron en el cigarrillo que colgabade sus labios, húmedo y torcido. Cogió un boli de labarra y dibujó una gran X en su servilletita de cóctel.Aquello fue lo único que pudo hacer. Todos aquellos hermosos y trágicos poemas quehabía escrito habían sido para no enfrentarse a la verda-dera tragedia, para no pensar en que Serena no le ama-ba. Pero, después de todo, era verdad. Ella no le amaba. Lo gracioso era que, en realidad, no lloraba por ella,sino por lo que le había dicho. Iba demasiado en serio. Un perdedor destinado aespantar a la gente porque nadie sería capaz de ir por lavida tan en serio como él. Lo estremeció un sollozo y sedejó caer hacia delante, apoyando la frente contra elborde de su vaso. Por el rabillo del ojo vio el conocidocabello ensortijado color castaño, el enorme canalillo,la diminuta figura. Su hermana. Y, junto a ella, con las manos sobándole el enormecanalillo y la diminuta figura, estaba aquel hijo de puta,Nate. Dan no se sentía con ánimo de ver cómo se aprove-chaba de su hermanita un pijo colgado que sólo tenía enel cerebro droga. Se enderezó, apuró el whisky y se diola vuelta de golpe. Después de vomitar la quenelle, Blair había salido a fu-marse un cigarrillo y a tomar un poco el aire. No estuvodemasiado. Era noviembre y estaba pajarito, así que entró yse dirigió al cuarto de baño de señoras a arreglarse un poco.242
  • 241. En cuanto se enjuagase la boca, se peinase, se pusie-se otra capa de carmín M . A . C Spice y se echase un pocode perfume, iba a encontrar a Nate y a llevárselo arriba,a su suite. Basta. Era su cumpleaños e iba a hacer lo quequisiera a su manera. Pero al pasar por el bar de camino al cuarto de bañode señoras, Blair se detuvo petrificada. En un rincón,Nathaniel Archibald, su Nate, se besaba con una chi-quitína de noveno del Constance Billard. La banda sonora subió, en crescendo, y luego sedetuvo en seco. La protagonista tembló, sus ojos abier-tos como platos. Blair se sentía como si le hubiesen disparado en elestómago. Nate parecía totalmente relajado y feliz.Hacía manitas con la niña, ¿cómo era su nombre?¿Ginny? ¿Judy? Se sonreían y murmuraban naderías.Parecían enamorados. Eso decididamente no figuraba en el libreto. Y mientras miraba con una mezcla de horror y fasci-nación, Blair tuvo el más súbito y decepcionante con-vencimiento de toda su vida, todavía peor que el de noentrar a Yale: Nate no era el protagonista de su peli. Nosería él quien la haría perder la cabeza con su amor y laamaría solamente a ella. Era sólo un secundario, unperdedor que desaparecería de la pantalla antes del últi-mo acto. Y, si ése era el caso, desde luego que ella no lequería. Blair se dio la vuelta con los ojos nublados por lágri-mas de decepción y se dirigió al cuarto de baño por ter-cera vez aquella noche. Necesitaba un cigarrillodesesperadamente, y quería fumarlo en un sitio dondeno se muriese de frío y estuviese sola. 243
  • 242. *** - Q u i t a tus sucias manos de mi hermana - g r u ñ óDan, blandiendo su Camel encendido frente a Nate. -¿Dan? -dijo Jenny, incorporándose-. N o . Estábien. - N o , no está bien -dijo Dan con sarcasmo a su her-manita-. Tú no tienes ni idea. Nate le dio a Jenny un ligero apretón en la piernapara tranquilizarla y se puso de pie. -Tranqui, tío -dijo, dándole a Dan unas suaves pal-maditas en el hombro-. Somos amigos, lo sabes. Dan meneó la cabeza. Lágrimas de rabia le corrieronpor el rostro y cayeron al suelo. -¡Aparta! -dijo. - ¿ Q u é problema tienes? -exigió Jenny, poniéndosede pie-. ¿Estás borracho? -Venga, Jenny -dijo Dan, cogiéndola del brazo-.Vamos a casa. Jenny se retorció para soltarse. -¡Ay! ¡Suéltame! -Oye, tío -dijo Nate-, ¿por qué no te vas a casa? Yome ocuparé de llevar a Jennifer, ¿vale? - S í . Seguramente -espetó Dan. Se lanzó a cogerle elbrazo a Jenny otra vez. -Oye, Dan -dijo una sarcástica voz de chica con cal-ma desde la barra-, ¿por qué no vas y escribes un poe-ma sobre ello, o algo así? Necesitas calmarte un pelín,¿vale? Dan, Jenny y Nate levantaron la vista. Era Vanessa,subida a un taburete del bar, con su vestido negro.Tenía los labios pintados de rojo pasión y los ojos le bri-244
  • 243. liaban de risa. Su cabeza estaba rapada como la de unsoldado y su piel era tan pálida que relucía. Estaba fabu-losa. Al menos, eso fue lo que sintió Dan. Lo más increíble eran sus ojos. ¿Por qué nunca sehabía dado cuenta de ellos? No eran castaños solamen-te, como los de Serena, que eran solamente azules. Leestaban hablando. Y le decían lo que él quería oír. - H o l a -dijo Vanessa, hablándole solamente a Dan. - H o l a -dijo Dan-. ¿Qué haces aquí? Vanessa se deslizó del taburete y se acercó. Le pasó aDan un brazo por los hombros y le dio un beso en lamejilla. -Te invito a una copa -le dijo-. Venga. 245
  • 244. Para no perder la costumbre, B está en el cuarto de baño, pero allí también está S Después de Cheek to cheek, la banda tocó Putting onthe Ritz. Serena y E r i k imitaban a Ginger Rogers yFred Astaire recorriendo la pista de baile. Serenamovió los brazos alegremente, intentando sentirsedespreocupada, el alma y vida de la fiesta. Pero nopodía evitar pensar en la expresión de dolor del rostrode Dan. Luego Chuck intervino. -¿Puedo? -dijo, deslizando la mano con el anillo enel meñique por la cintura de Serena y quitando delmedio a Erik con un empujón. Serena no podría haber encontrado mejor razónpara dejar de bailar. - N i loca -dijo. Salió de la pista de baile y cogió su bolso de una silla.Quizá encontrase a Dan en el bar y pudiesen razonarfumándose unos cigarrillos. Pero cuando llegó al bar, Serena se encontró con queDan ya estaba razonando con... Vanessa. Ella le habíapasado el brazo por los hombros y, aunque seguía conla cabeza afeitada y llevaba sus Doc Martens, su rostrotenía la expresión más tierna y dulce que Serena lehabía visto jamás. Eso era porque Vanessa miraba a Dany Dan le devolvía la mirada y estaban... ¡enamorados! Serena siguió andando hacia el cuarto de baño deseñoras. Seguía deseando un cigarrillo y no queríaarruinarles el momento.246
  • 245. Blair estaba apoyada contra un lavabo en un extremodel cuarto de baño fumando un M e r i t tras otro. Oyó aalguien entrar, pero no giró la cabeza, tan sumida comoestaba en su propia tragedia. Lo más probable era que no pudiese entrar a Yale, apesar de la desorbitante donación de su padre; Nate nola amaba; ya no tenía el mismo apellido que el resto desu familia; seguía siendo virgen. Era como si se hubieseconvertido en otra persona sin quererlo. Como si lahubiese atropellado un coche y tuviese amnesia y hubieseseguido viviendo sin darse cuenta de que había tenido unaccidente. Le chorreó la nariz en el vestido y se la secó con eldorso de la mano. Ya ni se daba cuenta de si lloraba ono. Se sentía totalmente entumecida. -Oye, Blair, ¿te encuentras bien? - l a llamó Serenatímidamente. Blair no tenía colmillos, pero si quería, tepodía arrancar la cabeza de un bocado. Blair la miró por encima del hombro y asintió con lacabeza. Tenía mechones de pelo pegados a las mejillaspor las lágrimas y se le había borrado el delineador. -Toma -dijo Serena, aproximándose para darle unmanojo de toallitas de papel-. Tengo maquillaje y esoen mi bolso si lo necesitas. -Gracias -dijo Blair, recibiendo las toallitas. Se sonóla nariz, y sus hombros se sacudieron al hacer el esfuer-zo. Serena nunca la había visto tan venida abajo. -¿Te encuentras bien? -le volvió a preguntar. Blair levantó la vista y vio verdadera preocupaciónen los azules ojos de Serena. Era increíble pero cierto. 247
  • 246. A pesar de lo mala que había sido Blair con ella, Serenala seguía queriendo. - N o -reconoció Blair-, desde luego que no meencuentro bien -su pecho se estremeció con un sollo-zo-. Mi vida es una mierda. Se le cayó uno de los tirantes de perlitas del vestido.Serena alargó la mano y se lo colocó. -Te vi robar los pantalones de pijama en Barneys-dijo. - N o se lo has dicho a nadie, ¿no? -dijo Blair, levan-tando la vista. -Te prometo que no -dijo Serena, meneando lacabeza. Blair lanzó un suspiro, la vista clavada en sus hermo-sos zapatos. - N o sé por qué lo hice -dijo, con el labio inferiortrémulo-. Ni siquiera me dio las gracias por ello. -Que le den por culo -dijo Serena, encogiéndose dehombros. Buscó en su bolso y sacó un cepillo y unpaquete de cigarrillos. Encendió dos y le pasó uno aBlair-. Es tu cumpleaños -dijo. Blair asintió y cogió el cigarrillo. Le dio una caladamientras las lágrimas le resbalaban por el rostro. Y, derepente, le entró el hipo. Serena intentó no reírse, pero no pudo evitarlo. Blairtenía tal aspecto de desgraciada que Serena tuvo quemorderse los adorables labios para contener las carcaja-das. Se le saltaron las lágrimas, que comenzaron a rodarpor sus mejillas también. Blair le lanzó una mirada furiosa, pero cuando abrióla boca para decirle alguna bordería, se le escapó otrohipo. Contuvo la respiración.248
  • 247. -¡Joder! - r i ó . Y una vez que comenzó, no pudo parar. Serena tam-poco. ¡Qué bien se sentían riéndose! El rímel les corriópor las mejillas y sus narices gotearon al suelo, hacien-do que se rieran más todavía. Cuando finalmente lograron contenerse, Serena secolocó tras Blair y comenzó a cepillarle el cabello. -Bueno, feliz cumpleaños -le dijo, mirándola a tra-vés del espejo con el cigarrillo sujeto entre los dientes-.Dime si te duele. Blair cerró los ojos y dejó caer los hombros. Por unavez no estaba pensando ni en la entrevista de Yale, ni enperder su virginidad con Nate, ni en su desastrosa fami-lia. No era la prota de ninguna película. Estaba respi-rando, disfrutando de los suaves tirones y del deslizarsedel cepillo por su pelo. - N o me duele -le dijo a su vieja amiga-. Me sientobien. 249
  • 248. Unos llegan a la fiesta y otros se van - N o creo que Vanessa se quiera marchar conmigo -lesusurró Jenny a Nate, señalando con la cabeza hacia don-de Vanessa y Dan estaban con las cabezas juntas en el bar. - ¿ Q u i é n dijo que te marchabas? - p r e g u n t ó Nate. Jenny se bajó el vestido para cubrirse los muslos. Natey ella llevaban un rato besándose y se le había subido. - ¿ N o tienes que volver a la recepción? Me refiero aque eres un acomodador y eso. Nate apuró la copa y masticó un cubito de hielo. Yale daba igual quién los viese juntos. Hasta Blair. Queríaque los vieran. -Sí, pero tú te vienes conmigo. - ¡ N i de coña! -exclamó Jenny, con una mezcla deterror e ilusión-. ¡No puedo! Pero por supuesto que se moría por ir. ¡Quizá publi-casen su foto en el Vogue! -Venga -dijo Nate. Se puso de pie y alargó la mano-.Vamos a bailar. Dan tomó un gran trago de whisky y dejó el vasosobre la barra. -Estoy seguro de que piensas que soy un imbécil,¿no? -dijo, volviéndose a mirar los regocijados ojos cas-taños de Vanesa. Se volvió a preguntar cómo no sehabía dado cuenta antes. -Pues en realidad eres un poco bobo -dijo Vanessa,cruzando las piernas como una dama. Cogió un puñado decacahuetes de un bol de la barra y se lo metió en la boca.250
  • 249. -Pero me quieres igual, ¿no es cierto? -dijo Dan,mirándola fijamente. Vanessa se quitó una pelusilla de las medias de red yla tiró al suelo. No se podía creer que estuviese flirtean-do con Dan. ¡Todavía no había roto con Clark! Pero eradivertido ser tan zorra. Se inclinó y le dio a Dan un beso en los labios tré-mulos. - E s cierto -dijo con la boca llena. -Nate y yo íbamos a acostarnos juntos aquí estanoche -dijo Blair, dejándose caer sobre la cama de lasuite del hotel y quitándose los zapatos. Se sentía muer-ta. Era un placer acostarse. Serena decidió no empeorar las cosas y no preguntar-le a Blair qué era lo que había salido mal. Se quitó el ves-tido por encima de la cabeza y lo arrojó a un sillón. C o nsólo sus braguitas La Perla, se dirigió al baño y se puso unesponjoso albornoz blanco. Volvió con otro para Blair. Blair cogió el albornoz y comenzó a quitarse el ves-tido. - N o mires -dijo-, que no llevo ropa interior. Serena se rió e hizo un gesto de exasperación. Sehabía olvidado de lo exagerada que podía llegar a serBlair. - N o me lo digas: te hiciste la depilación brasileñatambién, ¿verdad? Blair sonrió. Cómo la conocía Serena. - S í -reconoció-. Qué desperdicio -tiró el vestido alsuelo-. Y con la mierda esa me estaba saliendo sarpullido. Serena se dirigió a la tele y la encendió. 251
  • 250. - M e pregunto si aquí tendrán el canal Playboy. Po-dríamos ver pomos y pedir cervezas al servicio de habita-ciones -bromeó. Se llevó el mando a la cama y se sentó. -Traepaca -dijo Blair, arrebatándole el mando-, quees mi cumpleaños - s i no iba a acostarse con nadie, almenos podría ver American Movie Classics. Siempreponían pelis de Audrey Hepburn-. Veamos una peli yluego podemos ir a una discoteca o algo. -Bueno -dijo Serena, amontonando almohadas parapoder apoyarse contra ellas-. Pero ¿podemos pedir unapizza o algo? Estoy que me muero de hambre. Blair se deslizó hacia atrás en la cama hasta sentarsejunto a Serena. Zapeó hasta que encontró el A M C .Desayuno con diamantes acababa de comenzar. Se aco-m o d ó para verla, apoyando la cabeza en las almohadasjunto a la de Serena, y los mechones de cabello castañose mezclaron con los rubios de ésta. Las dos chicas vieron a Audrey Hepburn deambularpor su apartamento y luego flirtear con su vecino nue-vo. Cantaron con ella cuando interpretó Moon River enla escalera de incendios y llevaron la cuenta de todos lossombreros increíbles que lució en la peli. Audrey Hepburn era ecuánime y delgada y siempresabía qué decir. Llevaba ropa increíble y era maravillo-samente hermosa. Representaba todo lo que Blair que-ría ser. - N o me parezco a ella en absoluto -dijo Blair, lan-zando un profundo suspiro. -Desde luego que sí -sonrió Serena sin apartar lamirada de la pantalla. Y Blair decidió creerla.252
  • 251. Q CosasdeChicas.net temas ^ anterior siguiente • envía una pregunta respuestaTodos los nombres reales de sitios, gente y hechos han sido alterados o abreviados para proteger a los ¡nocentes. Es decir, a mí. ¡Qué hay, gente! Visto por ahí El sábado por la noche, muy tarde: D y Váe la mano cuando se marchaban del St. Claire. Oye, ¿no tenía novio ella? J y N dando una vuelta por Central Park en uno de esos coches de caballos. Cursi, pero mono. B y S en Patchouli, en el centro, vestidas igual y bailando como locas. Domingo: 5 recuperando un paquete envuelto para regalo de la casa de N. Más tarde, S y B en la sección de caballeros de Barneys, colgando disi- muladamente unos pantalones de pijama de cashmer en una percha. ¡Qué niñas más buenas! Vuestro e-mail P: Hola, Chica Cotilla: Primero, eres una pasada. Segundo, no te preocupes por B. Su madre y su padrastro se van de luna de miel durante un mes y va a ser la juerga padre en su casa. Lo sé porque yo también vivo allí ;- ) -Double A 253
  • 252. R: Querid® DoubleA: ¿Quién te ha dicho que estaba preocupada? ¡Nosvemos allí! P R E G U N T A S Y RESPUESTAS ¡Como todas las parejas parecen haberse intercam-biado, es difícil saber lo que sucederá de ahora en ade-lante! ¿Seguirán BjS siendo amigas? ¿Pasarán B y N a ser "sólo amigos"? ¿Encontrará B el verdadero amor? ¿Lo perderá? ¿Dejará Va. su novio para estar con D? ¿Será feliz D? ¿Dejará de escribir poesía? ¿Seguirán N y J juntos? ¿Conocerá 5 a alguien que consiga mantener suinterés por más de cinco minutos? ¿Pararé yo de cotillear de todos los demás? ¡Ni de coña! Hasta la próxima. Tú sabes que me adoras, Chica Cotilla