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TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA
 

TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA

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SENTIDO Y FORMA EN "LA REGENTA" DE CLARÍN.

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    TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA Document Transcript

    • Ridis EditoresTEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA Sentido y forma en La Regenta de Clarín
    • Rafael del MoralTEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELASentido y forma en La Regenta de Clarín RIDIS EditoreS
    • © Rafael del Moral, 2010 © Ridis editores, 2010 I.S.B.N.: 978-84-613-8504-1 Printed in Spain / Impreso en EspañaTodos los derechos reservados. no se permite la reproducción total o parcial de es- te libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cual-quier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, reprográfico u otro, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. 5
    • ÍNDICEINTRODUCCIÓN ...................................................................81 LA ESTÉTICA DEL ARTE Y LA NOVELA ..........................172 UNA NOVELA CLÁSICA PARA EL ANÁLISIS ...................363 ESTRUCTURA NARRATIVA .............................................434 PRINCIPIO Y RETROSPECCIÓN ....................................485 MATERIA Y AMBIENTE ....................................................616 LA CONCENTRACIÓN TEMPORAL.................................737 TÉCNICAS DE ACTUALIZACIÓN.....................................878 EL TIEMPO EXTENDIDO Y LA SELECCIÓN ....................949 TALLAR UN PERSONAJE .............................................. 11010 LA PERSPECTIVA ........................................................12711 PERSONAJES SECUNDARIOS ...................................14412 ANÁLISIS FINAL Y CIERRES .......................................160BIBLIOGRAFÍA..................................................................167
    • INTRODUCCIÓNLas páginas que siguen orientan acerca de los meca-nismos estéticos de la narrativa. Ilustramos la teoríacon una novela que ha hecho feliz a muchos lectores.No pretendemos sustituir la lectura, sino aleccionarlay, sobre todo, meditar sobre las razones de la sensi-bilidad lectora. Concibo los comentarios como guía, consulta yayuda para la interpretación, glosa para el análisis.Quien lea este libro podrá localizar determinado pa-saje o personaje, seguir sus huellas, aclarar un asun-to, encajar un capítulo o grupo de capítulos y, en ge-neral, servirse para la interpretación o valoración depersonalidades, situaciones, frases, palabras ohechos de una novela rica y frondosa. Aunque todos los puntos destacados son ejemplopara la teoría literaria, no sirve este comentario parasustituir otros placeres estéticos propios de la lecturaindividualizada de la obra, aunque sí para enfatizar-los, para conducir al lector por aquellos pasos quepodría haber seguido en la interpretación, porque lascosas que están muy cerca son las que con más difi-cultad se encuentran. Y están tan pegados a nuestrapiel algunos de nuestros más apreciados bienes queno los vemos, que quedan eclipsados por una extrañaceguera.
    • INTRODUCCIÓN Menospreciamos el bienestar cuando invade lavida diaria, desvaloramos a muchos de nuestrosamigos hasta que se alejan de nosotros, y desdeña-mos el aire elemental de nuestras vidas hasta que nosfalta, y es también común quitarle importancia a unode los grandes bienes del hombre, a la palabra, queforma parte tan íntegra de uno mismo, que está tansumergida en las repetidas fórmulas de todos los díasque acabamos por considerarlas parte de nosotrosmismos. Decía el rey Alfonso X el Sabio, que tantohizo por las palabras de nuestra lengua: “Así comoel cántaro quebrado se conoce por su sonido, así elseso del hombre es conocido por su palabra.” La palabra es el alma de la humanidad, y tam-bién el instrumento más destructivo. De su uso de-pende la consideración que concedemos íntimamen-te a las personas, y la valoración que hacemos deellas. Son las palabras el delicado hilo del pensa-miento, nos sirven para medrar, para persuadir, paraagradar, para disfrutar, para entendernos y desenten-dernos y para clasificar todo lo que de noble e inno-ble hay en el hombre y su entorno. Y tienen un podertan destacado que si la frente, los ojos o el rostro,que son tan transparentes, engañan muchas veces,con las palabras engañamos muchísimo más. A ve-ces nos traicionan porque no tenemos un poder abso-luto sobre ellas. Al fin y al cabo una vez que salende nosotros ya no son nuestras. Son muchas las ve- 9
    • INTRODUCCIÓNces que pensamos después, y nos arrepentimos, de loque hubiéramos querido decir antes, y no dijimos, ytambién de cómo hubiéramos querido decirlo y nofuimos capaces de expresar. Y mientras tanto la mayor parte de nuestras dis-ensiones y antagonismos, y también de nuestrosacercamientos y solidaridades, se originan en la in-terpretación que damos a las palabras. Una palabra,solo una palabra puede torcer un destino. Habría queser prudentes. Pero si la gente hablara solo cuandotiene algo que decir... si realmente habláramos solocuando tenemos algo que decir... ¿Perdería la razahumana la facultad de hablar? Sí. Las palabras son eso, parte de nosotros mis-mos. También es parte de nosotros mismos la estéti-ca de la elegancia personal, la de los gestos, la elec-ción de nuestros modos de comportamiento... Laspalabras y su uso son parte de nuestra más profundapersonalidad, van con nosotros unidas a nuestrotemperamento. Lo demás, lo que nos dice la gramá-tica, lo añaden los manuales escolares y sus rudi-mentarios medios para hacernos entender, malenten-der, apreciar o despreciar la lengua, su uso y desuso,y su estudio. Con esta voluntad de ser práctico en la interpre-tación, me gustaría concentrarme en cuatro o cincoreglas profundamente arraigadas en la sensibilidadde los individuos. Diré con ello, simplificando un 10
    • INTRODUCCIÓNpoco, que son dos los usos principales que el hombreha hecho de las palabras, de la lengua, de su princi-pal instrumento de comunicación: a) El primero es el dedicado a satisfacer sus ne-cesidades básicas de supervivencia: tengo hambre,estoy en peligro, estoy cansado, ¡socorro... ! Asípiensan los lingüistas que nacieron las lenguas, des-de esa necesidad inmediata de comunicación. b) Y la otra, la que parece secundaria, pero laque nos ocupa en este libro, es la que no pretende si-no proporcionar el placer estético de hablar y de oír,de expresarnos y de oírnos, que no es poco, aunqueel contenido de la información no tenga más finali-dad que la de divertirnos o la meramente estética. El ocio de la civilización actual reposa en el usogratuito de la palabra, en la capacidad de charlar, decomunicarse, de oír, de contar historias, de escucharhistorias o de leer historias, es decir, en el gran artede la palabra. Colmamos nuestro ocio en una reu-nión de amigos de la que esperamos graciosas inter-venciones, chascarrillos, bromas, ocurrencias... Nosrelajamos frente a la pantalla del televisor y, aunquehay quien puede discutirlo, mucho más con la pala-bra que con la imagen. La prueba es que tambiénpodemos complacernos con la radio, y con mayor di-ficultad con una televisión encendida y sin sonido.Nos divertimos también con el teatro y el cine, y po-cas veces concebimos un acto festivo o de ocio en 11
    • INTRODUCCIÓNausencia de la palabra coloquial e irónica, a la cabe-za de ellos (me refiero al ocio), la íntima y emocio-nante relación del hombre con la mujer o de la mujercon el hombre en una conversación amiga (al fin y alcabo contar historias) o con la lectura (sea del tipoque sea). Pero también cada vez que experimentamos unplacer sin palabras como la contemplación de unpaisaje, un paseo por el campo, unas vacaciones enla playa, un viaje a..., pongamos por caso, Turquía,una mejora en la vivienda, la compra de un objetodeseado, un ascenso laboral, y también otros basadosen la palabra como una cena con amigos, una reu-nión familiar o el inesperado encuentro con un anti-gua amistad u otra que acaba de nacer. Cuando su-cede algo de esto, digo, de esto que nos proporcionaplacer, sentimos el deseo de trasformarlo en pala-bras, de contarlo. Y al hacerlo modificamos algúnpunto complejo, saltamos otros más o menos esca-brosos y nos recreamos en los placenteros. Es lo quese llama en literatura el estilo, el estilo de un escri-tor, el estilo de cada cual. Eso es lo que hace tambiénel autor de historias, seleccionar, elegir, insistir, si-lenciar, destacar, profundizar... Ahí está el arte, en laelección, en la selección, y la estética personal, ennuestra exposición, énfasis, tono... Hay quien oye hablar de arte tiende a pensar enel Museo del Prado, en la Catedral de León o en 12
    • INTRODUCCIÓNcualquiera de las esculturas que adorna nuestras ciu-dades, y muchas menos veces en el gusto que mues-tra al vistir tal o cual persona, en la labor del jardine-ro del parque de la esquina, o en los platos cocinadoso incluso en el encanto de otras labores domésticascomo la decorción. Y tampoco pensamos, y esto eslo que aquí nos interesa, en cómo cuenta las historiasla tía Antonia, que apenas ha salido una o dos vecesde su aldea natal, Villanueva del Condado, y quemuestra una gracia, una disposición y habilidad parala selección, énfasis, tono y difusión de otras emo-ciones muy capaces de fascinar a quien desee con-centrarse en oírla. Pero sus historias no aparecen enlas listas de libros más vendidos porque son muy po-cos los que descubren la gracia y el estilo, la natura-lidad y buen decir de los de Villanueva. Ya lo sugi-rió Cervantes: Llaneza, muchacho, no te encumbres,que toda afectación es mala. Todos sabemos que hay gente que solo se sirvede la palabra para comunicar a sus semejantes locontentos que están de haberse conocido, y la suerteque tienen de carecer de tantos defectos como losque inundan a esos seres que tienen el gusto de acer-carse a la noble figura del engreído para hablar conél. Ni la tía Antonia existe, auque sí existen muchastías Antonias, ni Villanueva tampoco, es verdad.Ambas pertenecen a mi ficción, pero sí existe, fuerade la ficción, mucha gente encantadora, no necesa- 13
    • INTRODUCCIÓNriamente educada en las bibliotecas, que es capaz deentretenernos regularmente con su manera de hablar,con el buen gusto con que recrea sus frases, o a ve-ces solo esporádicamente, el día que está inspirado,porque el arte de contar historias exige un lugar y untiempo, una circunstancia y un momento, y cualquie-ra de ellos puede flaquear, y con ellos la propia his-toria. Somos los individuos, con mayor o menor des-treza, artistas de la palabra, y pintamos cuadros me-diocres o bellísimos según los momentos. Y unos,como suele suceder en la vida, obtienen mejores co-tizaciones que otros aunque sólo porque han sidomás o menos acompañados de una propaganda efi-caz. Muchos de los cuadros que han coloreado milesde hablantes, puro aliento, se los ha llevado el aire, yotros fueron recogidos en textos escritos. Por esoahora cuando se habla de que tal o cual lengua notiene literatura, que es el arte de la palabra, se añaderápidamente que solo carece de literatura escrita,porque todas las lenguas tienen literatura oral, esearte de contar historias está en el origen del gran artede los artes que es el del manejo, uso y goce de lalengua. El arte de contar historias lo ha dominado, estoyseguro, muchísima gente. Sabemos de aquellos quecon su nombre propio quedaron sellados en letrasdoradas y eternas, pero la humanidad ha enterrado a 14
    • INTRODUCCIÓNotros muchos en las catástrofes que han ido anulan-do nuestras culturas: en la quema de la bibliotecamás importante de la antigüedad, la de Alejandría,en los desastres naturales, en la desaparición en épo-ca de penurias, en la dispersión de manuscritos enmonasterios, en la ambición de la propiedad privada,en los cubos de la basura de quienes no han sabidovalorar lo que tenían... El hombre, que desde hacetantos miles de años dispone de la palabra, solo sabeescribirla desde hace unos cinco mil, que son muypocos, y la invención de la imprenta apenas ha cum-plido quinientos años. Las imprenta, es verdad, solola imprenta, ha garantizado, con la amplia publica-ción de ejemplares, la permanencia de los libros. Pero volvamos a la idea principal. Todos somosartistas de la palabra más o menos anónimos. Todosllevamos una vena de artista que hemos de ser capa-ces de despertar. El que nadie lo sepa no debe des-animarnos. El anonimato no frenó el desarrollo lite-rario del ingenio popular en los excelentes romancesmedievales. Aquellas historias eran obra de unos au-tores como nosotros que sin duda sabían contar, na-rrar, aunque nunca se preguntaran por la estética, porlos cánones que presiden y modelan el arte de con-tarlas. Esta es la gran cuestión, la de los cánones. Afor-tunadamente ningún canon es sistemáticamente res-petado. Si existe el arte es porque no hay cánones. El 15
    • INTRODUCCIÓNcanon, las normas, pertenecen a nuestros propiosprincipios y ese es el primer principio del arte, el dela individualidad, el de la particularidad en la apre-ciación. 16
    • 1 LA ESTÉTICA DEL ARTE Y LA NOVELAEn el placer de la lectura es esencial que el arte seacontrovertido, que cada cual interprete la estética asu gusto, que aprecie su mundo, su entorno, que go-ce la observación de un cuadro como de la mirada auna motocicleta, o de unos zapatos, o de un som-brero, si es que estas cosas le atraen, de la conversa-ción con un amigo, de la visita a un estadio de fútbolo un paseo por una calle de un pueblo perdido. Tam-poco importa que nos entusiasme la letra de unacanción y no le saquemos el correspondiente duendeal Quijote, porque nadie tiene derecho a decirnos dequé manera tenemos que proporcionarnos placer, nicómo debemos gozar la vida, ni tampoco cómo apre-ciar el arte. Cada cual tiene su doctrina y sus secre-tos, y esos son tan respetables como la intimidad, looculto del espíritu y las señas de identidad. Mientras redacto estas lineas sobre placer de lalectura recuerdo que he dedicado media vida a leerhistorias, cuentos y novelas, y muchos años a selec-
    • RAFAEL DEL MORALcionarlas para ponerlas en un libro que las recuerday, lo que es más arriesgado, las he clasificado y lue-go las he criticado con enorme osadía, lo sé, una auna, con la atrevida vanidad de dedicar varias pági-nas a algunas, muchas menos a otras, solo unas líne-as a algunas más y, lo que es peor, el silencio a otrasmuchas. Y me he divertido con ello, con la subjeti-vidad de mi particular criterio. Por eso sé que seleccionar implica elegir, y ele-gir desechar. Hacemos todo ello en busca de la pie-dra filosofal, de la magia de la lectura, que es algoasí como la eterna búsqueda alquimista de la trans-formación de cualquier metal en oro. Pretendo de-mostrar, y eso sí que es claro, que contando con al-gunas condiciones somos, en efecto, capaces detransformar en oro, como el alquimista, esas hojasencuadernadas que son los libros, siempre que dis-pongamos del metal adecuado, que no quiere decir elque recomiendan los periódicos, y de un natural yespontáneo espíritu interior que transforma en orolas páginas escritas. Y todo eso se produce, al igualque el trabajo del alquimista, en íntimo secreto. Es la necesidad de elegir, de establecer un crite-rio que nos haga acercarnos a unas u otras historias,a unos u otros libros, a unas u otras películas, a unasu otras personas... aunque sea con el precio de per-derse, por error, lo principal. 18
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA Por eso, porque hay que describir una estética, yporque me he visto obligado a manejarla, quierohablar y exponer aquí mi estética del arte de contarhistorias. Si alguien pretendiera definirla, dejaría deser estética, pero podemos jugar con los principios,hablar de ellos, comentarlos y entrar en ese difícil ymisterioso campo. Con gran atrevimiento me voy a permitir enume-rar los puntos de partida que yo considero esencialesen la teoría y practica de la novela. Y debo empezardiciendo que no existe una teoría, sino solo un uso,una experiencia. Creo que la crítica literaria no de-bería ser teórica, sino empírica y pragmática. Meuno así, antes de entrar en la materia polémica, aVirginia Woolf cuando decía que “el único consejoque una persona puede darle a otra sobre la lecturaes que no acepte consejos.” Y añadió con muchagracia: “Siempre hay en nosotros un demonio quesusurra amo esto, odio aquello y es imposible aca-llarlo.” No quiero dar consejos a nadie acerca del tipo deficción, de historias, al que debe acercarse un lector,pero sí poner de manifiesto, porque es necesario, loque a mi parecer son los cinco principios generalesdel placer estético del arte de contar historias: el in-terés propio, la emoción, la aproximación a los ge-nios, la posesión del universo narrativo y lo que lla-maremos el duende. 19
    • RAFAEL DEL MORALa) El interés propioNos gusta oír o leer historias por interés propio, parapasar el rato o por la necesidad de evadirnos. Lashistorias, las lecturas, fortalecen nuestra personali-dad y nos ayudan a descubrir cuáles son nuestrosauténticos intereses. Este proceso de maduración yaprendizaje nos hace sentir placer, un placer sin du-da más íntimo que colectivo. El placer estético que buscamos en la lectura esel placer de pensar, de recrearse en una idea agrada-ble, en el recuerdo de unos momentos de emoción,de una persona querida, o de un pasaje de cualquierlibro que nos gustó. Y solo esas son las ideas agra-dables. Hay otras muchas que no lo son. Por eso es tan difícil enseñar a apreciar historiasdesde los centros de enseñanza donde la lectura ape-nas se enseña como placer en ninguno de los senti-dos profundos de la estética del gusto. Leemos a Dante, Dickens, a Galdós, a Stendhaly a Tolstoi y demás escritores de su categoría porquela vida que describen es, por sorpresa para nuestralimitada visión del mundo, de tamaño mayor que elnatural. Leemos de manera personal por razones va-riadas, la mayoría de ellas familiares: porque no po-demos conocer a fondo a toda la gente que quisiéra-mos, porque necesitamos observar el mundo conperspectiva más amplia, porque sentimos la necesi- 20
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAdad de conocer cómo somos mirándonos en el espejode los otros, cómo son los demás y cómo son las co-sas. Sin embargo, el motivo más profundo y auténti-co para la lectura personal de tan maltratado canones la búsqueda de un placer difícil. Hay una versiónde lo sublime para cada lector, la cual es, en mi opi-nión, la única trascendencia que nos es posible al-canzar en esta vida, si se exceptúa la trascendenciatodavía más precaria de lo que comúnmente llama-mos enamorarse.b) Las emocionesUna historia que se precie debe despertar emociones.No es que exija un argumento complejo, no, sinoque desate en quien la oye, o la lee, un sentimientohondo, casi placenteramente hiriente ante lo que co-rretea por su entendimiento. Este principio no es selectivo porque todos lostextos desatan alguna emoción en algún lector. Y nome refiero al tema, sino a lo que se desata del tema.Los temas, al fin y al cabo, son muy pocos... apenasunos cuantos... Y no hay más. Los argumentos y so-lo los argumentos son variados, la manera de contar-los también. Pero los temas, es decir, los asuntos quemueven y conmueven nuestra lectura se reducen alos que están relacionados con la muerte, que es elgran tema del hombre, a los que se mueven por elpoder, que son los argumentos de tipo social, y a los 21
    • RAFAEL DEL MORALque tienen como principio el amor en alguna de susvariedades e interpretaciones, entre ellas la amistad.Lo demás son maneras de abordarlos. No creo sin embargo que los argumentos sean lofundamental. Cuenta el director de cine AlbertHitchcock que tuvo que rodearse de escritores espe-cializados en guiones cinematográficos en busca demantener la brillantez justamente ganada de suspelículas. A mitad de su carrera sus guiones fueron,según él mismo cuenta, un trabajo colectivo en elque participaban con gran empeño y delicadeza va-rios especialistas. Uno de ellos le dijo una vez quesiempre se le ocurrían los mejores argumentos enesos minutos que, al acostarse, preceden al sueño,pero a la mañana siguiente sistemáticamente los ol-vidaba. Hitchcock le recomendó que los escribieraantes de dormirse. Y así lo hizo. Una noche los ano-tó en el cuaderno que había previsto para tal fin en lamesita de noche. A la mañana siguiente, mientras seestaba afeitando, recordó que la noche anterior habíaanotado su guión, y fue a buscarlo. Allí había resu-mido su idea que decía así: “Chico conoce chica y seenamora de ella”... No había anotado sino el esque-ma de miles de historias. Así podemos analizar muchos esquemas argu-mentales. Los western son, salvo grandes excepcio-nes, historias de un hombre que va a un pueblo, ma-ta, sufre un agravio, vuelve, lo resuelve, viene de 22
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAnuevo... muere alguien... Ya no interesan tanto losargumentos como la manera de contarlos, y sin em-bargo cuando están bien hechas, estas y otras pelícu-las de argumentos semejantes siguen levantando en-tusiasmos.c) La genialidadLa genialidad es algo tan complejo y enigmático, yal mismo tiempo tan real, que carece de explicación.Muchos escritores que tienen una amplia obra soloson geniales en una de ellas, y eso nos lleva a pensarque más que hablar de genialidad habría que hablarde momentos de ingenio, de una inspiración capazde llevar a un escritor en un momento de su vida alcenit de su carrera literaria. El genio pertenece a un instante y a un cúmulode circunstancias. Y aunque es muy espinoso y polémico lo quevoy a decir, yo creo que hay pocos grandes geniosentre los grandes en el arte de contar historias, y to-dos los demás narradores a veces destellan en algu-nas de sus obras, pero no alcanzan la infinita capaci-dad de los que nos contaron las cosas de tal maneraque desde entonces nadie consigue superarlos. Esaes la clave, la capacidad de sacar de las historias todasu grandeza y miserias a la vez para hacer de ellasprincipios universales y eternos. 23
    • RAFAEL DEL MORAL Shakespeare, por ejemplo, es capaz de llegar atodos los rincones de la condición humana y de con-tarlo como quien no quiere hacerlo... Sus personajesson seres de carne y hueso, con sus miserias y susgrandezas al descubierto... Y lo increíble es que fuecapaz de unir a la naturalidad de los más profundossentimientos del hombre unas situaciones que man-tienen en vilo la atención del espectador o del lector.Desde entonces muchos escritores han contado suhistoria con gran habilidad y maestría, y nos deleitansus obras, pero nadie ha añadido nada a lo que élhizo. A ese nivel solo encuentro a un contador dehistorias más, a Miguel de Cervantes, un malogradoartista que cuando pensaba que no podía esperar na-da de la vida, cuando se puso a escribir una historiadistanciado de los problemas que lo rodeaban, inclu-so de sí mismo, salió de su pluma una obra que con-tiene en tono de humor principios tan universales ysuavemente expuestos que nadie tampoco ha sidocapaz desde entonces de añadir una pizca a lo quehizo.d) La posesión del universo narrativoMucha gente hace un viaje a la ciudad de Praga, lu-gar muy atractivo durante los últimos años. Si el via-jero visita la ciudad durante un par de días, guardaráen su memoria una idea de ella: sus calles, sus cons-trucciones, sus gentes, la lengua que ha oído... Si 24
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAademás ha tenido un buen guía, podrá identificarmuchos asuntos más: épocas, evolución de la gente,situación económica y política del país... Si su estan-cia ha sido de dos semanas, podrá haber entrado conmayor profundidad en el temperamento del pueblo.Si además había aprendido un poco de checo, y yahabía leído algo sobre la historia del país, su univer-so se agranda. Pero si su estancia ha sido de más deunas semanas, y también dominaba suficientementela lengua para hablar con la gente, y ha conocidoamigos del país con quienes a partir de ahora va acoresponderse, y si además ha conocido a un amigoo amiga con mucha más intensidad e intimidad quele ha presentado a otros amigos, y juntos han salidopor las tardes, han compartido las experiencias habi-tuales de la vida diaria de la ciudad, y ha oído hablarde sus inquietudes, si todo esto ha sucedido en ungrado u otro, la ciudad de Praga entra en la vida delindividuo como una dimensión más de su mundo.Está en él. Le gustará hablar de ello, recibir noticias,fijarse en las que los medios de comunicación ofre-cen, añadir a sus conocimientos los de la historia delpaís, sus pensadores, sus escritores, el mundo políti-co... Habrá creado un universo nuevo que forma par-te de su personalidad, de su manera de ser, de susdeseos e inquietudes. Será el universo de Praga através de la historia o historias que conoce de susamigos. 25
    • RAFAEL DEL MORAL Pues yo he sentido siempre, e invito a los lecto-res a experimentarlo, un sentimiento muy parecidocon mis amigos de, pongamos por caso, la novela deGaldós Fortunata y Jacinta. Mi universo narrativome ha llevado a no identificarme con ninguno de losprotagonistas, pero con frecuencia me fijo en las ca-lles del centro de Madrid y recuerdo lo que el autordescribió en la novela. Conozco a los personajes me-jor que a muchos de mis amigos y me congratula sa-ber que, como sucede en la vida misma, allí no hayhéroes, sino gente con cualidades y defectos, conmodos de ser que me atraen y me gustaría imitar, ycon otros comportamientos que detesto. Conozco alpersonaje Fortunata como si hubiera convivido conella, la descubro por las calles de Madrid entre gen-tes como los Arnáiz, o los Santa Cruz; conozco aMaximiliano Rubín y unas veces me apiado de él, yotras ensalzo la vida que le tocó vivir. Mi universonarrativo de Fortunata y Jacinta, a cuyas páginastantas veces me he asomado, es uno de los más be-llos que jamás me ha proporcionado la vida. Con misamigos que la conocen también me gusta jugar acomparar a la gente que conocemos con los persona-jes de ficción que también conocemos, y muchas ve-ces descubrimos saber mucho más de aquellos, cons-truidos como seres reales, que de los que hemos vis-to en carne y hueso. 26
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA Ese universo narrativo que proporciona la novelano se vive con la misma experiencia que el real, perose instala en nuestro entendimiento como si lo hubié-ramos vivido, se instala en nosotros como queda ins-talada la experiencia real, y nos consideramos po-seedores de aquella experiencia como si hubiéramospasado por ella. Yo conozco el Madrid de Fortunata,lo tengo en mí mismo, lo poseo, y he pasado muchosmomentos de mi vida enormemente gratos gracias aesa parcela tan particularmente brillante de mi des-medrado patrimonio cultural. Difícilmente cualquier otra experiencia artísticatiene el mismo poder o goza del semejante privile-gio.e) El duendeComo comentarista de novelas, y prescindo de losargumentos, me interesa, como a tantos lectores, quedesde las primeras líneas el escritor me cautive: pormi interés personal, por las emociones, por la genia-lidad o por el universo narrativo. Necesito ser sedu-cido, ser embaucado, y si en las primeras páginas elescritor no me hechiza, abandono el libro. Creo enlos contadores de historias que como Chejov, Calvi-no, Maupassant, pero sobre todo Chejov, me ense-ñan que la literatura es una forma del bien. Se publican tantas historias que no estoy dis-puesto a regalar mi tiempo a ninguna de ellas, y 27
    • RAFAEL DEL MORALhuyo y he de huir y de la misma manera que deseoirme cuando llego a un lugar inhóspito. Discrepo delo que decía Umberto Eco en la década de los sesen-ta acerca de que en todo libro hay algo de interés.Creo que ahora se publican libros sin ningún interés,y que ese caos exige gran prudencia. Comparto mu-cho más la opinión del contador de historias Wen-ceslao Fernández Flórez cuando decía que él nuncaleía a malos escritores, ni siquiera para desdeñarlosporque siempre hay un grumo de tontería que se pe-ga. Convendría leer, pues se escribe tanto, solo lomejor. Pero la escala de valores es tan subjetiva queparece difícil de establecer. Decía el filósofo JaimeBalmes que se ha de leer mucho, sí, pero no muchoslibros. Esta es una regla excelente. Y añadía: “Lalectura es como el alimento: el provecho no está enproporción de lo que se come, sino de lo que se di-giere.” La idea se completa con las palabras de Os-car Wilde: “Si no te causa placer leer un libro una yotra vez, es que no vale la pena ser leído.” Oír historias. Contar historias. El arte de contarhistorias es mágico, nos embauca. Hay personajes dela literatura que conocemos tanto y corren tan pocoriesgo de que nos enfrentemos con ellos porquecambien su carácter que los recordamos, y pensamosen ellos y los queremos como si fueran reales, comosi fueran nuestros. Ahí está y Raskolnikov de Tolstoi 28
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAen Guerra y Paz, o el casi innominado Marcel (soloun par de veces en unas ochocientas páginas) de Enbusca del tiempo perdido de Proust, y los amigosNaphta y Septembrini de la Montaña mágica deThomas Mann, y la Ana Ozores de La Regenta, tancapaz de ingresar sin condiciones en nuestro círculode amistades. Y de otros, también amigos nuestrosde alta estopa, nos apiadamos, como de Alonso Qui-jano y Sancho Panza de Cervantes, de Ángel Guerray del doctor Centeno de Galdós, de Martín Marco enLa Colmena de Cela. Las historias nos cautivan como nos cautiva elamor o la amistad. Desde el pequeño relato del día adía dedicado a describir cómo el tráfico nos haamargado la tarde, o cómo hemos conseguido unéxito en el trabajo, hasta Crimen y Castigo de Dos-toievski son capaces de procurarnos ese placer tanindescriptible que tiene los mismos fundamentos. Los hombres somos puro sentimiento. La con-centración en la lectura se parece mucho al estadodel hombre o la mujer enamorados: el pensamientose disipa, se alejan las permanentes embestidas deideas confusas que no hacen sino trastornar la mente,nos alejamos de esos achaques de la cotidianeidad,de la concentración en las pequeñas ideas de la con-vivencia y nos refugiamos en un mundo interno queagradablemente nos envuelve. Y nos envuelve pri-mero porque entramos en la historia y analizamos o 29
    • RAFAEL DEL MORALnos recreamos en lo que vamos leyendo con el mis-mo placer que esperamos lo que viene después.Ocupamos la mente, como el enamorado, de maneraplena, con todas las bellas ideas que ofrecen lasgrandes lecturas. Conocemos a nuestros personajesde la manera que queremos, sin límites. Conocemossu intimidad, entramos en sus dormitorios, en susarmarios, en sus cajones, en sus pensamientos, sa-bemos cómo y donde tienen guardados sus secretosmateriales o inmateriales y nos apropiamos de ladeslumbrante profundidad de sus almas, y esa pose-sión y goce nos produce algo parecido al placer quetambién acompaña a la mujer o al hombre enamora-do. El libro, un buen libro, nos da acceso a un mun-do placentero especialmente nuestro con uno de losmedios más fáciles y económicos que tenemos anuestro alcance: solo hay que concentrarse para leery a veces la concentración llega con el deseo dehacerlo. Y sobre todo debemos procurar que lo quehay frente a nosotros sea un buen libro, o al menosun libro capaz de proporcionarnos ese placer desea-do que describía anteriormente. Un libro que no tie-ne por qué ser el que nos aconsejan, pero sí el ade-cuado para despertar ese mundo interno que todaslas personas llevamos dentro y que es el que semuestra más capaz de ennoblecer a los individuos. 30
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA La extensión de nuestras lecturas y la pasión conque las leemos se desarrolla tanto en la juventudcomo en la madurez. Un tanto inconscientemente enla juventud nos identificamos con nuestros persona-jes favoritos, y ese placer forma parte legítima de laexperiencia de la lectura, incluso si en la madurezdeja de ser inocente y se convierte en sentimental.Nuestras experiencias están íntimamente relaciona-das con nuestras lecturas. Los personajes de nuestrasnovelas conocen a otros personajes de la misma ma-nera que nosotros conocemos a otras personas y demodo semejante a como debemos aceptar los tras-tornos que trae consigo ese conocimiento que hemosde estar dispuestos a asumir por aquello que leemos. Hay novelas cortas bellísimas como El viejo y elmar de Heminguay, El perfume de Patrick Sunsick oLa familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela,o Crónica de una muerte anunciada de GabrielGarcía Márquez. Son novelas seductoras, fascinan-tes, de las que hipnotizan. Son historias contadas contanto gusto y acierto que dejan una gozosa y me-lancólica sensación, pero lamentablemente breve, ypor tanto más propensa al olvido, a la brevedad delplacer. Uno guarda un excelente recuerdo, sí, perodifícil de acariciar porque lo que ha dejado en noso-tros está también condicionado por el tiempo dedi-cado a sumergirnos en sus páginas. 31
    • RAFAEL DEL MORAL Las novelas largas, por el contrario, nos permi-ten familiarizarnos con ellas, avanzar con ellas, vivircon ellas. Hay narraciones extensas como En buscadel tiempo perdido de Marcel Proust, Clarissa deSamuel Richardson o El Quijote, en las que aunqueleamos un poco cada día es difícil seguir su argu-mento. Incluso cuando son algo más breves como Elrojo y el negro de Stendhal el lector se queda abru-mado ante una exigencia tan grande en tiempo y endedicación. Creo que estas novelas hay que leerlas por elprogresivo desarrollo de los personajes y por loscambios graduales que se van produciendo, y dejarun poco de lado el argumento. Don Quijote y San-cho, Swann y Albertina, de En Busca del tiempoperdido o Amadís y Oriana en Amadís de Gaulaacaban siendo seres tan íntimos, y en el fondo tanenigmáticos como nuestros mejores amigos. Y si esun placer muy puro leer por primera vez una grannovela, la experiencia de la segunda lectura es dis-tinta, pero mucho mejor aún. Solo entonces, en lasegunda lectura, se accede a la perspectiva, antes in-accesible, y los placeres pueden ser más variados eilustrativos que los de la primera. Se conoce lo queva a ocurrir, y se va viendo el cómo y el porqué des-de perspectivas que la primera lectura no permitíaadoptar. Lamento por mí mismo que este principioesté tan en contra de las leyes de la distribución mo- 32
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAderna del tiempo. ¿Cómo voy a leer algo que ya heleído con tantos libros pendientes? Sí. Ese es el pro-blema. La maraña impide descubrir el paisaje. Nosconformamos con matorrales mediocres y a mediocrecer que nos impiden ver los grandes prodigios dela naturaleza. Cuando leemos por primera vez una historia lle-na de arte, una de esas enormes obras completas enarte narrativo, debemos abordarla sin condescenden-cia y sin miedo. Solo así podremos gozar de ella.Cuando en ese momento placentero del principio deun libro abrimos las primeras páginas y empezamosa llenar nuestro entendimiento, ávido de recolectaremociones en la historia, esponja seca deseosa de serhumedecida, debemos reducir al mínimo nuestrasansias, dejarnos balancear sin esfuerzo por lo quevamos viendo. Debemos sumergirnos en las páginasy conceder a quien las tiñe de letras, que es el artistade la palabra, todas las posibilidades para que seapodere de nuestra atención. Rendirnos ante él. Haymuchas maneras de concentrarse en la historia, y entodas está implicada nuestra atenta receptividad,nuestra sabia y sosegada pasividad que permite quenos empapemos de lo que vamos leyendo. ¿Y qué debe leerse?.... Voy a contestar de mane-ra inequívoca: si queremos saborear el arte de contarhistorias debemos rebuscar en lo que el tiempo ya hateñido de gracia. La literatura clásica siempre es nue- 33
    • RAFAEL DEL MORALva. Voy a ser un poco exagerado con esta idea: meparece que mientras uno no haya bebido en abun-dancia en la fuente de los consagrados, no tiene nin-guna razón para acercarse a quienes aún no han reci-bido el galardón, el beneplácito de los lectores. De-cía Descartes que la lectura es una conversación conlos hombres más ilustres de los siglos pasados. A to-dos nos agrada hablar con amigotes interesantescuando son realmente ilustres, no cuando alguien lesha puesto una etiqueta para hacernos creer que loson. ¡Nos sentimos tan felices concentrados en la lec-tura de un libro... ! Probablemente muchas personaslo descubrieron hace ya miles de años, pero solodesde Aristóteles, hace solo unos veintitrés siglos, nimás ni menos, quedó sellada la idea. El llegó a laconclusión de que lo que buscan los hombres y lasmujeres más que cualquier otra cosa es la felicidad...y ¿cuándo se sienten satisfechas las personas?... Lafelicidad probablemente no es algo que sucede. Noes el resultado de la buena suerte o del azar. No pa-rece depender de los acontecimientos externos, sinomás bien de cómo los interpretamos. De hecho, la fe-licidad es una condición vital que cada persona debepreparar, cultivar y defender individualmente... De-cía Montesquieu que amar la lectura es trocar horasde hastío por horas deliciosas, y añadió: “El estudiosiempre ha sido para mí el soberano remedio contra 34
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAlos disgustos de la vida. Nunca he tenido ni un mo-mento de pesar que una hora de lectura no me hayadisipado.” Es más dulce leer, oír historias narradas con arte,que muchos otros aparentes placeres de la existencia.La broza no deben impedirnos ver el campo, las opi-niones publicitarias o las críticas ventajosas no hande impedir que nos introduzcamos suavemente enbusca del placer de la lectura. Así, individualmente, como entendemos el amoro la amistad, defendemos nuestro mundo, el mundode las historias, el mágico mundo de la lectura, susilimitados placeres y su arte. 35
    • 2 UNA NOVELA CLÁSICAPodríamos haber elegido otra entre muchas, pero losprincipios de este distendido estudio exigen una no-vela del corte de La Regenta. La primera parte (quince primeros capítulos) fuepublicada en Barcelona en 1884. Tenía su autor 32años. La segunda (capítulos dieciséis al treinta) apa-reció un año después. La novela tuvo gran impacto y éxito en su valo-ración inmediata. Se habló de traducirla a otras len-guas. Casi simultáneamente, y junto a críticas elo-giosas, surgieron deliberados silencios y ataquesabiertos. Clarín había sido, y seguiría siendo, uncrítico exigente, mordaz, incisivo, y probablementese había rodeado de enemigos. En Oviedo la reper-cusión fue mayor. Se organizó un gran revuelo tantoen el sector eclesiástico, que se sintió aludido, comoentre las clases altas, reflejadas en las páginas comoen un espejo. En la ciudad de la ficción reina lamezquindad y la hipocresía, sus ociosos personajesmuestran más recelo que cordialidad, más vacuidadque inteligencia. Los comentarios sobre la indiscre-
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAción del escritor se extienden, y la novela es progre-sivamente olvidada hasta borrarse de la memoria.Habrá que esperar muchas décadas, hasta 1963, paraencontrar una nueva edición; y al centenario para verlas primeras traducciones. Hoy la novela ocupa ellugar que le corresponde, el destinado a las grandesnarraciones en lengua castellana. El siglo XIX asiste en Europa al ascenso social ypolítico de la burguesía, que se había consolidadoeconómicamente impulsada por la revolución indus-trial. En España, sin embargo, no se desarrolla esaclase media situada entre la aristocracia y el bajopueblo. Esa carencia, tan necesaria para impulsar 37
    • RAFAEL DEL MORALcambios estructurales, es determinante en la lentituddel proceso de estabilización social. La Primera Re-pública de 1873, surgida del sufragio, ha de ser efí-mero triunfo del poder político de las clases medias,pero el poder del clero y la nobleza, apoyado de ma-nera pasiva, y tal vez involuntaria, por el pueblo ba-jo, mayoritariamente rural y analfabeto, impedirá loscambios. La literatura se ocupa de esa pugna entre lotradicional y lo nuevo, del anquilosamiento de unasociedad incapaz de crear estructuras sociales másigualitarias. En la segunda mitad del siglo XIX la poesía y elteatro quedan oscurecidos por el favor que el públicolector concede a la narración. La fecha de 1849, pu-blicación de La Gaviota de Fernán Caballero, vienesiendo considerada como el límite de las tendenciasrománticas y el inicio del nuevo estilo, el del realis-mo. A partir de la revolución social de 1868 apare-cen las novelas de Galdós. Abren éstas el camino, ylo señalan, a las novelas decimonónicas (Valera, Pe-reda, Alarcón, Pardo Bazán, Palacio Valdés y, evi-dentemente, Clarín). El realismo español, altamenteinspirado en las corrientes de novela costumbrista dela primera mitad del siglo, coincide en describir unambiente que se acerque a la cotidianeidad. Sitúa laacción en tiempo y lugar conocidos, en sucesoscomprobables, frente al gusto por la novela históricade las tendencias anteriores, en especial de la novela 38
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAromántica. El protagonista está en conflicto con elmundo que lo rodea, el cual condiciona su compor-tamiento, y el narrador da cabida tanto a lo buenocomo a lo desagradable. Más discutible es la presen-cia del naturalismo en España, tendencia iniciada porel novelista francés Emilio Zola. El naturalismo aña-de al realismo el análisis de comportamientos huma-nos con intención de mostrar las condiciones genera-les de vida de las clases desfavorecidas. No se limitaa reflejar lo que sucede, sino también a establecer lascircunstancias que han de derivar en desenlaces máso menos previstos. Aunque pueden verse rasgos na-turalistas tanto en La desheredada de Galdós comoen La Regenta, no está claro que ambos textos debanasociarse a esa corriente. Clarín no es tan radicalcomo Zola, aunque el proceso que conduce a su pro-tagonista, Ana Ozores, al fracaso y aislamiento, sepresenta como inevitable, como despiadado y crueldestino al que necesariamente empujan las circuns-tancias y los ambientes. Ese condicionamiento socialy moral es clave en la interpretación del la obra. Clarín, Leopoldo Alas y Ureña, nació en Zamorael 2 de abril de 1852. Su padre desempeñaba el car-go de gobernador civil de la ciudad. La familia,acomodada e instruida, era originaria de Oviedo.Muchacho de constitución débil y enfermiza, ycarácter tímido e hipersensible, comenzó sus estu-dios en León, en el colegio de los Jesuitas, y desde 39
    • RAFAEL DEL MORALlos siete años los continuó en Oviedo. A partir de losdiecinueve prosigue en Madrid su carrera de Dere-cho y Filosofía y Letras. El escritor vivió activamente el estallido de larevolución de 1868, en la que cree y de la que partesu incuestionable progresismo. En 1878, en sus Car-tas de un estudiante, explicó su preferencia por el li-beralismo y el republicanismo. Es, por tanto, un fielrepresentante de la burguesía culta y liberal del sigloXIX. Su tesis doctoral, El derecho y la moralidad,fue dirigida por Giner de losRíos, impulsor de la InstituciónLibre de Enseñanza y de losideales krausistas, en busca deun sistema social más ético yjusto. Desde sus primeras críticasliterarias desarrolla un singularingenio. Aparecen en El Solfeo,periódico de Madrid. A partir de 1875 crece su acti-vidad y ya es reconocido como uno de los periodis-tas más interesantes del momento. Firma con elnombre de un personaje de La vida es sueño de Cal-derón: Clarín. Colaboró en El Imparcial, El Globo,El día, La Ilustración Española y Americana, y Ma-drid Cómico entre otras publicaciones, hasta alcan-zar millares de artículos a lo largo de su vida, reuni-dos hoy en varios volúmenes. Sus textos son serios y 40
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAminuciosos, valientes y temerarios, intrépidos, atre-vidos en ideas, y literariamente ágiles, reflejo de unapersonalidad que no tiene reparos en manifestar loscriterios con la mayor crudeza. En su aspecto mor-daz puede señalarse la influencia de Larra. Es unhombre tajante y sarcástico, capaz de subrayar de-fectos y errores, aunque sin escatimar el elogio. Sos-tuvo apasionadas polémicas literarias con EmiliaPardo Bazán, Navarro Ledesma y otros famosos au-tores y críticos de su época. Fue su vida sentimentalmás frustrante que estable, experiencias afectivascapaces de provocarle frecuentes crisis. Enseñó Economía Política en la Universidad deZaragoza, durante un año, y después en la de Ovie-do. Allí fue primero profesor de Derecho Romano, ymás tarde de Derecho Natural. En la ciudad de suspadres, que era casi la suya, se afincó de por vida.En Oviedo su erudición e ingenio dieron los mejoresfrutos en las dos actividades que llenaron su vida: laliteratura y la enseñanza. Publicó La Regenta en edad temprana, excep-cional en la vida de los novelistas. Unos años des-pués, en 1891, apareció Su único hijo, narrada conmás brevedad y concisión que la primera, menos in-sistente. Es también autor de cuentos, algunos deellos de gran interés, de una biografía de Galdós, deuna novela póstuma Sparaindeo, hasta ahora inédita,y de una obra dramática Teresa, estrenada en el Tea- 41
    • RAFAEL DEL MORALtro Español en 1885. Poco antes de su muerte tradu-jo una novela de Zola, Travail, a la que añadió unprólogo muy documentado. El socialismo teórico que había inspirado su vidase mostró especialmente afectado por los principiosreligiosos. Un repentino cambio hacia el espiritua-lismo, en la edad madura, dio paso a una renovada fede creyente. Murió en Oviedo el 13 de junio de1901. 42
    • 3 ESTRUCTURA NARRATIVAEn el siglo XIX se llamaba regente al magistradoque presidía la Audiencia Territorial, y en paralelo, yen situaciones de uso cotidiano que podían exigirlo,regenta su esposa. En el tiempo que cubre la novelani el regente, ya jubilado, tiene jurisdicción, ni supersonalidad es tan fuerte para conservar el privile-gio. Tampoco su mujer, la Regenta, se distingue porsu dominio. Al llamarla así el autor alude al fondodel conflicto, que es precisamente el de haberse ca-sado con una persona a la que le falta el poder quetuvo, y por extensión poder de marido y poder deincitación, de seducción. Ana Ozores es conocida enla ciudad como la Regenta, apelativo eficaz y carga-do de significado, y por tanto muy sugestivo para ellector. No aparecen tales significados en novelas delmismo tipo y estructura como Ana Karenina, Ma-dame Bovary o El primo Basilio. He aquí el argumento general de la obra: La vida espiritual de la Regenta, Ana Ozores,pasa a ser dirigida por un joven y ambicioso canóni-
    • RAFAEL DEL MORALgo, don Fermín de Pas, que queda impresionado porla condición y sensibilidad de la dama en la primeraconfesión. La mujer ha llegado a los 27 años despuésde perder a sus padres en la infancia, haber sido cui-dada por unas tías solteras y radicalmente devotas, ycasada con el ex–regente de la audiencia, poco pro-clive ya, por edad y carácter, para las ilusiones y ve-leidades de un amor juvenil. Las lluvias frecuentes en Vetusta, la monotoníay sinsentido del paso de los días, la incomprensiónde su marido y la insatisfacción con sus amigos con-ciudadanos altera la vida y los deseos de la sensiblemujer. Desde la soledad de su interior expresa su in-satisfacción mediante crisis nerviosas que atiende eintenta remediar su marido. El ex–regente, pese a to-do, vive más cerca de sus cacerías y de su admira-ción por el teatro, en especial los dramas de honor deCalderón de la Barca. La amistad con el confesor y algunos lances dela vida mundana de Vetusta alientan algunas espe-ranzas de dar sentido a los días y los anhelos de labella dama, pero una serie de desatinos, que se ini-cian con el baile de carnaval en el casino y culminanen la procesión del Viernes Santo, la precipitan aaceptar los acosos del donjuán local. Una malintencionada astucia de su criada Petra,aconsejada por el celoso confesor, desvela el secretode los amantes. Cuando no parece que la tragedia 44
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELApueda ser mayor, un duelo mal aconsejado y torpe-mente desarrollado acaba con la vida del marido quedeja a su mujer en una soledad y desventura acasomás aciaga que la que provocaba sus anhelos. A tandegradante situación se añade el abandono y rechazode la hipócrita sociedad que había consentido los es-carceos, incluido el silencio del afable donjuán. Las dos partes en que están divididos los treintacapítulos tienen dos ritmos distintos. Podría decirseque la primera inspecciona a modo de presentación yviaja por el interior de los personajes, y la segunda,más argumental, da cabida a la acción. La primera parte reposa cabalmente ordenada enel tiempo. Desarrolla tres días en la vida de algunospersonajes de una ciudad observados en tres sectoressociales: el que rodea a la catedral, símbolo del po-der, el que gira alrededor de la casa de don VíctorQuintanar, que representa la intimidad del personajeen conflicto, y el que pulula por la casa de los Mar-queses de Vegallana, símbolo del ocio, de la libera-lidad de las costumbres. Tres son los personajes pro-tagonistas que pertenecen a cada uno de esos espa-cios: don Fermín de Pas, Ana Ozores y don ÁlvaroMesía. Para que la estructura sea más equilibrada, el au-tor dedica cinco capítulos a la narración de cada unode los tres días (2, 3 y 4 de octubre), y a cada uno delos ambientes. 45
    • RAFAEL DEL MORAL Así, la estructura la primera parte queda comosigue:Capítulos 1 al 5: el cambio de confesor. Tiempo: la tarde del 2 de octubre. Espacios: la catedral y la casa de Ana Ozores. Personajes principales: don Fermín, Ana Ozores.Capítulos 6 al 10: la confesión. Tiempo: la tarde del 3 de octubre. Espacios: casino / casa de los Marqueses / casa de Ana. Personajes principales: don Álvaro, Ana Ozores. Capítulos 11 al 15: un día en la vida del confesor. Tiempo: día 4 de octubre. Espacios: casa de don Fermín / calle / ca- sa de los Marqueses. Personajes principales: don Fermín. La segunda parte dilata el contenido argumental.El eje es el sentimiento afectivo de Ana Ozores y susvacilaciones, a veces solo controladas por el azar.Buena parte de los capítulos rondan en torno al acer-camiento o rechazo de Ana al airoso Mesía o al con-fesor don Fermín. El desenlace se alimenta de esteasunto y de su implicación social. Otros tres grupos 46
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAsimétricos organizan el argumento, pero ahora enfunción de los sentimientos afectivos y amorosos deAna. Así, la estructura la segunda parte queda comosigue:Capítulo 16: episodio de transición a modo de re- sumen de toda la obra.Capítulos 17 al 21: triunfo del Magistral. Tiempo: del dos de noviembre de 1870 hasta el verano de 1871. Espacio: sin limitaciones y sin estructu- ra precisa. Personajes principales: Ana Ozores y don Fermín de Pas.Capítulos 22 al 26: vacilaciones y desatinos de Ana Ozores. Tiempo: verano de 1871 a Semana San- ta de 1872. Espacio: sin limitaciones. Personajes principales: Ana Ozores y don Fermín de Pas.Capítulos 27 al 30: acercamiento a Mesía y desen- lace. Tiempo: primavera de 1872 a octubre de 1873. Espacio: sin limitaciones. Personajes principales: Ana, Víctor, Álvaro, Fermín, Petra y Frígilis. 47
    • 4 APERTURA Y RETROSPECCIÓNSe inicia el primer capítulo en la Catedral, a la horaen que la ciudad duerme la siesta, y pone fin al gru-po el quinto capítulo, que termina esa misma nocheen el dormitorio de Ana Ozores de Quintanar. Elcambio de confesor y la preparación de la primeraconfesión, que aprovecha el relato para hacer unavuelta atrás en busca del pasado de Ana, es el eje delos cinco, pero la lentitud narrativa puede hacernosperder la perspectiva. El capítulo primero presenta a la ciudad desde latorre aprovechando la subida de uno de los canóni-gos, don Fermín. Perspectiva elevada y privilegiada,lugar simbólico que preside a ciudadanos y concien-cias como preside ahora el observador la vida de losvetustenses. Mirada lenta, amplia y concentrada. Elnovelista decimonónico no tiene prisas: «El vientosur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blan-quecinas que se rasgaban al correr hacia el norte.En las calles no había más ruido que el rumor estri-dente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y pa-
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELApeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera enacera, de esquina en esquina, revolando y persi-guiéndose, como mariposas que buscan y huyen yque el aire envuelve en sus pliegues invisibles...» Lavista panorámica de la ciudad desde la torre se desli-za por el texto junto a la mirada del canónigo, quetiene el cargo de Magistral o predicador. El lectordescubre los recintos de la ciudad. El estrecho barrioantiguo es el de la Encimada, noble y pobre a la vez.Al barrio nuevo lo llaman la Colonia. Desciende luego el texto hacia los interiores deltemplo catedralicio a medida que el ambicioso y an-helante canónigo pasa por ellos. En una de aquellascapillas hay dos damas que «..se sentaron sobre latarima que rodeaba el confesionario, sumido en ti-nieblas. Era la capilla del Magistral.» Una de ellas,el lector lo sabrá más tarde, es la Regenta. Aparecesin nombre por primera vez en la obra en el mismolugar en que se pondrá fin al extendido relato. Es vo-luntad del autor destacar la importancia que aquelrecinto adquiere, y la simetría entre la indiferenciadel canónigo en las primeras páginas y en las últi-mas: «Sin detenerse pasó el Magistral junto a lapuerta de escape del coro. (...) Don Fermín, que ibaa la sacristía, dio un rodeo de la nave del trasaltarfranqueada por otra crujía de capillas. » El Magistral ha aparecido en el lugar más eleva-do de la ciudad como corresponde a la condición so- 49
    • RAFAEL DEL MORALcial a que él aspira. Su personalidad queda escasa-mente perfilada en estos primeros capítulos si lacomparamos con otros personajes secundarios. Ape-nas unos rasgos nos dejan ver la vida interior delclérigo, y estos semblantes están expuestos de mane-ra que añadan cierto misterio a sus ambiciones:«Treinta y cinco años.(...) tenía al obispo en una ga-rra. (...) Echaba sus cuentas: él estaba muy atrasa-do, no podía llegar a ciertas grandezas de la jerar-quía.». Y cerca de don Fermín, don Saturnino, eruditoque enseña el egregio templo a unos parientes, apa-rece mejor dibujado. Más de tres páginas describenlos rasgos físicos y morales del soltero arqueólogo,escritor, tímido, soñador, místico, misántropo: «Noera clérigo, sino anfibio... traía el pelo rapado comocepillo de cerdas negras... No era viejo: „la edad deNuestro Señor Jesucristo´ decía él, creyendo haberaventurado un chiste respetuoso... la recortaba (labarba) como el boj de un huerto... Siempre parecíaque iba de luto, aunque no fuera.... jamás habíaprobado las dulzuras groseras y materiales delamor carnal.» Don Saturnino aparece en otros capí-tulos sin gran alcance y desaparece, prácticamente,en la segunda mitad. Don Fermín, sin embargo, hade ocupar un destacado protagonismo y desvelar sussecretos tan al principio perjudicaría tanto al argu-mento como al equilibrio narrativo. ¿Para qué preci- 50
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELApitar el ritmo lento de la primera mitad? El narradornecesita un espacio para convencer al lector de la ve-racidad del personaje que describe. Y se sirve delpaso de un capítulo a otro para saltar los rezos delcoro y recoger la historia en el momento en que loscanónigos, terminadas las oraciones, vuelven a la sa-cristía. El capítulo segundo se extiende hasta que donFermín de Pas primero, y don Saturnino Bermúdezdespués, abandonan la catedral. La acción, que nosale del recinto, permanece esencialmente en la sa-cristía, donde los canónigos tienen una pequeña ter-tulia que el autor aprovecha para presentar a trespersonajes, también secundarios. El primero de elloses don Cayetano Ripamilán, Arcipreste, amante de lapoesía (Garcilaso y Marcial), de la mujer y de la es-copeta: «Viejecillo de setenta y seis años, vivaracho,alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arruga-do, como un pergamino al fuego.» Y que precisa-mente aquel día cede su hija de penitencia a donFermín de Pas, pero esta situación se presenta en elcapítulo, con evidente malicia, como secundaria. Elsegundo es don Restituto Mourelo, apodado Gloces-ter por Ripamilán, torcido del hombro derecho, ar-cediano: «Su trabajo consistía en mantener en laapariencia buenas relaciones con el déspota (donFermín) pasar como partidario suyo y minarle el te- 51
    • RAFAEL DEL MORALrreno» Su presencia en el capítulo se explica por elenfrentamiento con su enemigo, a quien no conside-ra heredero legítimo, dentro de la jerarquía catedrali-cia, de la vida espiritual de la Regenta. Un tercerpersonaje referido, pero ahora en boca de los canó-nigos, es Obdulia Fandiño, que en esos momentosvisita la catedral con sus parientes guiados por donSaturnino. Obdulia viste con variedad a pesar de noser rica. El origen de su abundancia es motivo decomentario en la tertulia: «Obdulia servía en Madrida su prima Társila Fandiño, la célebre querida delcélebre...» Muy lentamente el autor añade un detalle más alargumento central, y lo que parecía trama principalva tomando un matiz secundario. Descubrimos en-tonces que la presencia del Magistral en las charlasde la sacristía obedece a motivos más complejos: elcanónigo quiere hablar a solas con Ripamilán, quiereinformación sobre la Regenta, dama que a su vez haacudido sin cita previa a confesar con él. Pero elMagistral no se «sienta» ese día en el confesionario(un domingo dos de octubre de 1870 como veremosdespués). Y la Regenta se ha ido. Cuando Ripamilány el Magistral se precipitan, por consejo del primero,en busca de la importante dama, que debe estar pa-seando por el Espolón, se encuentran en la últimacapilla, la de Santa Clementina, con don Saturnino ysus acompañantes. La narración entonces, hábilmen- 52
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAte escurridiza, no sigue a los personajes de interés,sino que, en tono jocoso, se desplaza hacia el finalde la visita y la ininteresante desesperación de losparientes de la Fandiño. Crea así un argumento se-cundario que entretenga y distraiga al lector para re-ferir, sin interés en la línea general de la historia, queal menos una vez Obdulia Fandiño y SaturninoBermúdez se han dado la mano amparados en oscu-ridad de las dependencias catedralicias. Permite estaastucia saltar, en el paso del capítulo dos al tres, unaescena esperada: el encuentro de don Fermín y Ri-pamilán con Ana en el Espolón. Breves líneas ad-vierten al lector que han convenido verse al día si-guiente después del coro para una confesión general,importante referencia para no perder el eje narrativoy asunto esencial de esos capítulos. Ana debe prepararse para la primera confesióncon el nuevo padre espiritual, que ha de ser general,y por eso la vemos en la intimidad de su dormitoriomientras recapitula sus pecados. Es el capítulo terce-ro. La descripción mezcla conceptos religiosos yeróticos, y al mismo tiempo pone de manifiesto loque será la indecisa situación de Ana Ozores a lolargo de la novela: «Dejó caer con negligencia subata azul con encajes crema, y apareció blanca to-da, como se la figuraba don Saturno poco antes dedormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez 53
    • RAFAEL DEL MORALpodía representársela. Después de abandonar todaslas prendas que no habían de acompañarla en el le-cho, quedó sobre la piel de tigre, hundiendo los piesdesnudos, pequeños y rollizos, en la espesura de lasmanchas pardas.... Jamás el Arcipreste, ni confesoralguno había prohibido a la Regenta esa voluptuo-sidad de distender a solas los entumecidos miembrosy sentir el contacto del aire fresco por todo el cuer-po a la hora de acostarse. Nunca había creído ellaque tal abandono fuese materia de confesión.» Paraacentuar la objetividad y privilegiar al lector, eldormitorio de Ana se muestra desde dos apariencias:la del autor omnisciente, conocedor de toda la inti-midad de su personaje, y la propuesta por Obdulia,amiga de Ana, que «a fuerza de indiscreción habíaconseguido varias veces entrar allí». Ana Ozores luce «abundante cabellera de cas-taño no muy oscuro» y es «grande, de altos arteso-nes, estucada» Recuerda, mientras prepara su confe-sión, una aventura infantil de la que habían respon-sabilizado a su conciencia. Pensar en todo aquello yen sí misma altera su ánimo, su equilibrio y susemociones, y entra en una incómoda crisis nerviosa.Don Víctor, su marido, que duerme en otra habita-ción, va en su ayuda. Es la primera aparición del Regente y lo descu-brimos vestido con «bata escocesa, gorro verde, conuna palmatoria en la mano». El viejo da «un beso 54
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELApaternal en la frente de su señora esposa». Allí estáPetra, también, alterada por el ruido y vestida con«una falda que, mal atada al cuerpo, dejaba adivi-nar los encantos de la doncella, dado que fueran en-cantos, que don Víctor no entraba en tales averigua-ciones...» Esta presentación del marido no es másque la primera de una larga serie en que el ex–regente destaca en su catadura más ridícula. El capítulo se dirige entonces hacia la intimidaddel distante consorte que razona acerca del adulterio,del honor calderoniano, de sus pájaros y de su jorna-da de caza con Frígilis que se va a iniciar dos horasantes de lo que cree Ana, y en cuyo engaño ve él unatraición a su esposa. No busca el autor el protago-nismo del cónyuge, sino explicar las carencias y pri-vaciones de la anhelante y esperanzada joven. El capítulo cuarto está íntegramente dedicado alpasado de la mujer del Regente que, al adentrarse ensu interior e intentar recordar sus pecados, rememorasu vida. Comenta aspectos importantes desde su na-cimiento hasta su juventud. Su condición de hija del«segundón de los Ozores», liberal, exiliado, casadocon una «costurera italiana» muerta en el nacimien-to de Ana. Fue luego cuidada por el aya Camila, unaespañola con ascendencia inglesa continuamenteacompañada de quien Ana llamaba «el hombre», yque tanto la sorprendería de niña. Su padre, don Car- 55
    • RAFAEL DEL MORALlos Ozores, hombre de ideas liberales, vuelve delexilio arruinado y pasa con su hija temporadas enMadrid y en Loreto. Ana se forma en la lectura. Lee«Las confesiones de san Agustín, Genios del Cris-tianismo, Los mártires, Parnaso Español, San Juande la Cruz... » La imposibilidad de dar salida a emo-ciones y afectos le produce una insatisfacción queserá crucial en la trayectoria del personaje y en el ar-gumento. El capítulo quinto, todavía en la visión retros-pectiva de la vida de quien prepara su confesión ge-neral, rememora cómo el padre, don Carlos Ozores,muere repentinamente. Atravesamos entonces la in-fancia de la huérfana que primero es criada por unaya despreocupada, y luego por la ruindad de unasviejas tías cuyo objetivo es casar bien, y cuanto ante-s, a la gravosa sobrina. Casi todo el capítulo semuestra desde la perspectiva de las tías, tamizadopor el tono irónico del escritor, tan capaz de distan-ciarse que las nombra con exagerado e irónico respe-to. Así, dice de ellas que «la señorita doña Anuncia-ción Ozores» pensaba de su hermano que «ni ricohabía sabido hacerse el infeliz ateo». Ella y su her-mana «visitaban lo mejor de Vetusta, sin contar lavisita al Santísimo y la vela, que les tocaba una vezpor semana. Asistían a todas las novenas, a todoslos sermones a todas las cofradías y a todas las ter- 56
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAtulias de buen tono.». Doña Águeda y doña Asun-ción son personajes vistos desde el exterior con lamordacidad que supone suprimir su dimensión in-terna. El hábil narrador se lo permite porque solo ne-cesita del perfil de las tutoras la dimensión aplicableal temperamento de la sobrina, y el lector no va aechar de menos nada más. Por eso destaca de ellas lavida vacía de estímulos en que se educa Ana desdela muerte de su padre hasta el matrimonio. Las pe-queñas artes de la seducción son enseñadas a Anacomo tristes reglas de mercadería. Ella, además, nopuede alzarse frente a sus tías porque una inocentí-sima escapada campestre ha servido a las viejas paralanzar el estigma del pecado, de una sospecha quepara las tías no puede ser infundada. Cuando parece que está todo perdido para lahuérfana, la situación se agrava aún más con una en-fermedad de la que milagrosamente se recupera.Aquel pasado queda como constante en su naturale-za enfermiza. Pero entonces la chica crece y se trans-forma en hermosura: «La belleza salvó a la huérfana(...) Anita Ozores fue por aclamación la muchachamás bonita del pueblo. Cuando llegaba un forastero,se le enseñaba la torre de la catedral, el paseo deverano y, si era posible, la sobrina de los Ozores.»Tan sutil privilegio le abre las puertas de la acepta-ción en la clase, es decir, entre las personas de la altasociedad de Vetusta, con quienes puede convivir por 57
    • RAFAEL DEL MORALsu origen paterno: «Se la admitió sin reparo en laclase, en la intimidad de la clase por su hermosura.»La recuperación de su honor, por otra parte, ha desuponer en aquella sociedad el olvido de su origen,el sombreado de su ascendencia materna, a la costu-rera italiana que la engendró, y también las tenden-cias liberales del padre: «Nadie se acordaba de lamodista italiana. Tampoco Ana debía mentarla si-quiera según orden expresa de las tías. Se había ol-vidado todo, incluso el republicanismo del padre,todo era un perdón general» Aceptado el ingreso de la pródiga entre los ocio-sos y acomodados personajes de la ciudad, deja elautor un hueco para la intimidad de la Regenta, suformación literaria. La tendencia de Ana a la lecturay las letras, mal vista por aquella sociedad, complicasu total aceptación, pero su tendencia se convierte enuna actividad secreta: «..la falsa devoción de la niñavenía complicada con el mayor y más ridículo defec-to que en Vetusta podía tener una señorita: la litera-tura. Era este el único vicio grave que las tías hab-ían descubierto en la joven.,..» «En una mujer her-mosa es imperdonable el vicio de escribir –decía elbaroncito–» «¿Y quién se casa con una literata? » –Decía Vegallana» Aquellas gentes no permiten nin-guna posibilidad de independencia. Una de las frasesclave y universales está puesta en el pensamiento deAna: «Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no 58
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELApodía ganarse la vida trabajando; antes la hubieranasesinado los Ozores; no había manera decorosa desalir de allí a no ser el matrimonio o el convento.» Las tías aconsejan a Ana para su matrimonio quetenga: «un ten con ten especial» y añaden: «déjatedecir, pero no te dejes tocar». «Es necesario sacarpartido de los dones que el señor ha prodigado en tia manos llenas». Tienen el deseo de casarla pronto,pero la escasa dote le impide entrar en la nobleza.Los indianos, sin embargo, se presentan como posi-bles y adecuados candidatos, y le proponen a donFrutos Redondo: «El nuevo pretendiente era el ame-ricano deseado y temido, don Frutos Redondo, pro-cedente de Matanzas con cargamento de millones.Venía dispuesto a edificar el mejor chalet de Vetus-ta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser dipu-tado por Vetusta y a casarse con la mujer más gua-pa de Vetusta. Vio a Anita, le dijeron que aquellaera la hermosura del pueblo y se sintió herido depunta de amor. Se le advirtió que no le bastaban susonzas para conquistar aquella plaza. Entonces seenamoró mucho más. Se hizo presentar en casa delas Ozores y pidió a doña Anuncia la mano de la so-brina.» El canónigo Ripamilán, confesor por enton-ces de la joven, se había anticipado proponiendo ensecreto a don Víctor Quintanar. Ana se vio obligadaa precipitar su elección para evitar a don Frutos. Aldía siguiente don Víctor pidió la mano de la huérfa- 59
    • RAFAEL DEL MORALna «a quien creía no ser indiferente» Ana no tienemuchas respuestas. Elige al ex–Regente: «no leamaba, no; pero procuraría amarle.» 60
    • 5 MATERIA Y AMBIENTEEl asunto del eje argumental en estos capítulos es laconfesión de Ana, aunque el autor evite describirla ysolo la conozcamos por impresiones posteriores. Demanera paralela a los cinco primeros, correspondenen el tiempo, porque la narración se extiende desdela mitad del día hasta la noche. Se equilibran en elespacio, porque la Catedral de antes es ahora el Ca-sino, edificio también abierto a buena parte de lospersonajes que simboliza la vida pública frente a lareligiosa. Pasa luego la acción, en el cap. 8, a la casade los Marqueses y termina de nuevo, como en loscapítulos del primer grupo, en la intimidad del ca-serón de Ana Ozores. Se corresponden también en elseguimiento de los personajes, pues si los cinco pri-meros se iniciaban en el señor del poder religioso,don Fermín, para terminar con Ana, ahora arrancandesde el poder civil de don Álvaro Mesía para ter-minar también con Ana. Paralela es también la técni-ca de presentación de personajes que se inicia conanécdotas y perfiles secundarios, para centrarse des-pués en uno de ellos.
    • RAFAEL DEL MORAL El capítulo sexto nace en la tarde del 3 de octu-bre. Clarín sigue queriendo dar la impresión de queva mostrando la ciudad y desde las primeras líneasdescribe el exterior del casino. Y una vez en el inter-ior organiza la estructura social refiriendo los salu-dos de los porteros: «...dejaban oír un gruñido, quebien interpretado podría tomarse por un saludo»; siera un individuo de la junta se levantaban de su sillacosa de medio palmo; si era Ronzal se levantabanun palmo entero, y si pasaba don Álvaro Mesía, seponían de pie y se cuadraban como reclutas». Pasadespués a las dependencias, a los hábitos, a los per-sonajes, a las conversaciones, etc. hasta dejarnos condos de los socios: don Álvaro Mesía y Paco Vega-llana que, saliendo del casino, hablan de Ana mien-tras se acercan a la casa. El narrador omite toda refe-rencia a la mañana de aquel día, probablemente, co-mo veremos más tarde, porque la alta sociedad ve-tustense se levanta tarde. Algunos comentarios del casino, tertulia paralelaa la de los canónigos, se centran en las costumbresde aquellos socios. La llave del estante de la biblio-teca se había perdido. La tenía secretamente donAmadeo Bedoya, y utilizaba aquellos libros durantela noche, cuando nadie lo veía. El caballero que hab-ía llevado una vez grano a Inglaterra leía The Times,pero poco después de morir se averiguó que no sabía 62
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAinglés. Y sobre los asuntos que interesaban a aque-llas gentes dice el autor: “Por lo general preferíanestos hablar de animales: v. gr., del instinto de al-gunos, como el perro, el elefante... El derecho civiltambién les encantaba en lo que atañe al parentescoy a la herencia... La meteorología tampoco faltabanunca en los tópicos de las conferencias. El vientoque soplaba tenía siempre muy preocupados a lossocios beneméritos. El invierno actual siempre erael más frío que todos recordaban menos uno» La vo-luntad de combinar temas profundos en los persona-jes claves y punzantes e irónicos en los secundariosva dando un agradable tono de contrastes. La tardedescrita, que se inicia una conversación sobre elcambio de confesor de la Regenta, asunto central,divaga hacia asuntos como poner de manifiesto loque de iletrada tiene la sociedad vetustense. La ten-dencia literaria de Ana ha empezado a darnos losprimeros datos, ha continuado con el uso que se hacede la biblioteca en el casino y ahora llega a indignaral lector cuando Ronzal demuestra a don Frutos Re-dondo que «avena» se escribe con «h». Don Fermín había aparecido en el marco de laCatedral; Ana en su casa, en la soledad de su dormi-torio; don Álvaro Mesía, el tercer gran protagonista,aparece ahora, y pasa a un primer lugar en el restodel capítulo séptimo, en el casino. Don Álvaro, sin 63
    • RAFAEL DEL MORALembargo, no ocupa esos largos apartados dedicadosa la Regenta y a don Fermín. De don Álvaro el lectorno llega a conocer su pasado sino en pinceladas, na-da de su familia, y muy poco de su intimidad. Tam-poco tiene un espacio propio. Ya al final se dice quevive en la fonda. El autor no tiene o no quiere darnosmás datos, aunque los que nos dejan entender que elpersonaje se diseña con los perfiles de un seductorestán muy claros. A través de Paco Vegallana, hijode los marqueses, descubre el lector algunas de suscaracterísticas, y también de rápidos y disparejostrazos, únicos válidos para dar forma a la personali-dad del donjuán. Y ¿cómo es don Álvaro? Lo descu-brimos como los demás, en su aspecto físico y en supresencia externa, comparada con la de otros socios,para destacar sus cualidades: «Era más alto queRonzal y mucho más esbelto. Se vestía en París ysolía ir él mismo a tomarse las medidas. Ronzal en-cargaba la ropa en Madrid; por cada traje le pedíanel valor de tres y nunca le sentaban bien las levitas.Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba muchasveces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Ve-tusta, no tenía acento del país. Ronzal parecía ga-llego cuando quería pronunciar en perfecto caste-llano. Mesía hablaba en francés, en italiano y unpoco en inglés. El diputado por Pernueces tenía so-berana envidia al presidente del casino.» Se añade aello una descripción a través de sus intervenciones 64
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAen la conversación, muy respetadas por el auditorioy expresadas moderadamente, con fina educación ysin exaltaciones. Lo descubrimos también a través dela amistad con Paco Vegallana, que lo admira en to-do y que sigue, además, sus pasos: «Paco veía enMesía un héroe. Cuarenta años y alguno más conta-ba el Presidente del Casino, de veinticinco a veintis-éis el futuro Marqués, y a pesar de esta diferenciade edad, congeniaban, tenían los mismos gustos, lasmismas ideas, porque Vegallana procuraba imitaren ideas y gustos a su ídolo.» Y de vez en cuando sealza la voz omnisciente del narrador: «Importabamucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetus-ta que Paquito le creyera enamorado de aquellamanera sutil y alambicada. Si se convencía de la pu-reza y fuerza de esta pasión, le ayudaría no poco. Laamistad entre los Vegallana y la Regenta era ínti-ma.... La casa de Paco era un terreno neutral; Ellugar más a propósito para comenzar en regla unasedio y esperar los acontecimientos.» Solo de ma-nera muy esporádica aparecen unas líneas, rápidas,breves, torpes, que desnudan algún colorido rasgo desu personalidad: «Todo se puede echar a perderahora –había pensado don Alvaro– La devoción ser-ía un rival más temible que Cármenes; el Magistral,un cancerbero más respetable que don Víctor Quin-tanar, mi buen amigo.» 65
    • RAFAEL DEL MORAL En todos los capítulos de esta primera parte elhilo argumental es endeble: Vegallana y Mesía des-cubren con decepción que no es la Regenta, sinoObdulia, la que acompaña a Visitación. Esta insigni-ficante trama sirve, al mismo tiempo, para llevarnosdurante todo el capítulo al mismo destino que aque-llas mujeres, a la casa de los marqueses. El capítulo octavo transcurre en el interior de lacasa de los marqueses. Descubrimos sus hábitos, losde las personas que los visitan y otras interesantesintrigas. Una presentación, en toda regla, con un ordenlógico, introduce el ambiente. En primer lugar ElMarqués de Vegallana, su ocupación: «Era en Vetus-ta el jefe del partido más reaccionario entre losdinásticos; pero no tenía afición a la política y másservía de adorno que de otra cosa. Tenía siempre unfavorito que era el jefe verdadero. El favorito actualera... don Álvaro Mesía, el jefe del partido liberaldinástico... don Álvaro cuidaba de los negocios con-servadores lo mismo que de los liberales.» Y susaficiones: «Tenía otra manía, corolario de sus pase-os, la manía de las pesas y medidas. Sabía en núme-ros decimales la capacidad de todos los teatros,congresos, iglesias, bolsas, circos, y demás edificiosnotables de Europa... Mentía cuando quería des-lumbrar al auditorio, pero podía ser exacto, si se le 66
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAantojaba. „A mí hechos, datos, números –decía–; lodemás..., filosofía alemana´» En segundo lugar LaMarquesa y su liberalidad, su pensamiento, sus hábi-tos: «..tenía a su esposo por un grandísimo majade-ro. Ella si que era liberal. Muy devota, pero muy li-beral, porque lo uno no quitaba lo otro.... La liber-tad según esta señora se refería principalmente alsexto mandamiento... tenía la virtud de la más am-plia tolerancia. Opinaba que lo único bueno que laaristocracia de ahora podía hacer era divertirse.»Aspectos interesantes de la vida de la Marquesa sonel gabinete lleno de muebles que casi en su totalidadservían para recostarse. La propia vida de la Mar-quesa (se levantaba a las doce y leía), sus conoci-mientos históricos... Siguiendo el orden, les corres-ponde ahora a las hijas de los Marqueses. Son trata-das brevemente porque todas están fuera. Unas casa-das en Madrid, y otra había muerto tísica. Las sobri-nas de los Marqueses vienen después. Algunas deellas de vez en cuando pasaban una temporada en lamansión. Edelmira está ahora allí. Continúa el capí-tulo con los asistentes a las tertulias y sus métodos,en los que: «el espíritu de tolerancia de la Marquesahabía contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a na-die. Cada cual a su asunto... Algún canónigo solíadar mayores garantías de moralidad con su presen-cia, aunque es cierto que no era esto frecuente, ni elcanónigo paraba allí mucho tiempo.». Mesía es un 67
    • RAFAEL DEL MORALcontertuliano de gran importancia, pero de él se dice,aludiendo irónicamente a la prudencia como princi-pio de las clases altas: «..entre monjas podía vivireste hombre sin que hubiera miedo de un escánda-lo.» Paco, el hijo de la Marquesa, no tenía esa dis-creción: «La marquesa, viendo incorregible a suhijo, tomó el partido de subir siempre al segundo pi-so tosiendo y hablando a gritos.» Todavía en la líneade presentación de la casa, le llega el turno a losmuebles, que a través de la apreciación del anticua-rio Bedoya no son tan buenos. Y por último Pedro yColás, cocinero y criado. Clarín ha pasado revistadesde el Marqués hasta el más humilde criado de lamansión, y los muebles, en orden de importancia,han precedido a los criados. El personaje que sirve de puente para volver alargumento de la historia es Visitación. Esa curiosamujer, intermedia entre la clase alta y los demás, esviuda de un empleado de banco, pero con tertuliapropia, y mediante difíciles artes consigue mantener-se en «la clase». Antigua amante de don Álvaro,ahora aquella atracción está apagada: «Lo mirabacon la indiferencia fría y honrada con que la mirabael señor obispo» Visitación conversa con él mientrasPaco Vegallana ocupa a Obdulia Fandiño, aunque ellector no llega a saber muy bien de qué manera.Mesía le hace saber a Visitación, la mejor amiga deLa Regenta, su intención de seducir a Ana. El méto- 68
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAdo no es nuevo, pertenece a la tradición donjuanesca.La idea, según Clarín, agrada a la viuda. Las dos máscercanas amistades de Ana están ahora al corrientede la ambición de Mesía. Para poder hilar la historiasin cortes bruscos, la Regenta pasa por allí, por la ca-lle, cuando viene de la catedral de cumplir con la citapara la confesión que tenía con el Magistral. No ol-videmos que la novela había hablado de ella en elcapítulo 5, después de sus crisis de nervios, cuandopreparaba la confesión general, y la recupera ahora:«Por la esquina de la calle, del lado de la catedral,apareció una señora que los del balcón reconocie-ron al momento. Era la Regenta. Venía de negro, demantilla; la acompañaba Petra, su doncella. Prontoestuvieron debajo de ellos. Ana iba distraída, por-que no levantó la cabeza.» En el capítulo noveno la narración vuelve denuevo a Ana, que no quiere entrar en la casa de losMarqueses y tampoco en la suya, y le propone a sucriada Petra dar una vuelta por el campo. Clarín pre-senta a un personaje más importante de lo que apa-rentaba en estos primeros capítulos: «Tenía la don-cella algo más de 25 años; era rubia de color deazafrán; muy blanca, de facciones correctas; suhermosura podía excitar deseos, pero difícilmenteproducir simpatías.» La confesión de la Regenta hatenido lugar al mismo tiempo que la tertulia del ca- 69
    • RAFAEL DEL MORALsino. Volver hacia atrás significaría un corte bruscoen la narración, por eso Ana va a meditar en el cam-po, en un largo monólogo interior, sobre los conse-jos de don Fermín en la confesión, mientras que Pe-tra ha visitado en el molino a su primo Antonio conquien piensa casarse, pero de quien no vuelve ahablarse. La elocuencia de don Fermín ha emocio-nado a Ana: «Hija mía, ni aquellos anhelos de usted,buscando a Dios antes de conocerle, eran acendra-da piedad, ni los desdenes con que después fueronmaltratados tuvieron pizca de prudencia. Pizca hab-ía dicho, estaba ella segura.» A la vuelta coinciden con la salida de los obrerosmientras cruzan el boulevard. Y se cruzan igualmen-te con Paco Vegallana y con Álvaro Mesía. La pri-mera coincidencia es de tipo social. El autor tiene in-terés en mostrarnos la vida tan distinta de los obre-ros: sus vestidos, su estilo: «...de aquel montón dehijas del trabajo que hace sudar salía un olor pican-te, que los habituales transeúntes ni siquiera nota-ban, pero que era molesto, triste; un olor de miseriaperezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lorespiraban muchas mujeres hermosas, unas fuertes,esbeltas, otras delicadas, dulces, pero todas malvestidas, mal lavadas las más, mal peinadas algu-nas. El estrépito era infernal; todos hablaban a gri-tos; todos reían, unos silbaban, otros cantaban. Ni-ñas de catorce años, con rostro de ángel, oían sin 70
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAturbarse blasfemias y obscenidades que a veces lashacían reír como locas. Todos eran jóvenes. El tra-bajador viejo no tiene esa alegría. Entre los hom-bres, acaso ninguno había de treinta años. El obreropronto se hace taciturno, pronto pierde la alegríaexpansiva, sin causa. Hay pocos viejos verdes entrelos proletarios.» Sin embargo, Ana creía ver allí«…una forma del placer del amor, del amor que erapor lo visto una necesidad universal» Y, un pocomás adelante, piensa: «Yo soy más pobre que todasestas. Mi criada tiene a su molinero, que le dice aloído palabras que le encienden el rostro; aquí oigocarcajadas del placer que causan emociones paramí desconocidas...» El segundo encuentro con donÁlvaro de aquella misma tarde (no el último) engor-da la intriga. Álvaro y Ana hablan a solas unas horasdespués de conocer las intenciones del primero, ypoco después de la confesión general de la segunda.Paco y los Marqueses van a ir al teatro aquella no-che. Ana asegura que no irá. Todo el capítulo décimo sigue a Ana en su se-gunda noche novelada. A pesar de las súplicas de laMarquesa y de Paco, no quiere asistir a la represen-tación de La vida es sueño. Y se queda sola, con Pe-tra y con sus dudas: no ha contado nada al Magistralacerca de don Álvaro. En la soledad de sus pensa-mientos, ve desde el balcón, por tercera vez en el 71
    • RAFAEL DEL MORALdía, la figura de Álvaro que ha abandonado el teatroen el intermedio con intención de verla y ser vistopor ella. Cuando regresa su marido, Ana se consuela conél de su segunda crisis de nervios. Don Víctor la pro-tege con ternura paternal: «–¡Ana mía, con mil amo-res! Pero... esto no es natural, quiero decir... estámuy en orden, pero a estas horas..., es decir..., a es-tas alturas... vamos... que... si hubiéramos reñido, seexplicaría mejor; así, sin más ni más... Yo te quieroinfinito, ya lo sabes; pero tú estás mala y por eso tepones así; si, hija mía, estos extremos...» El regentejubilado le programa nuevas actividades que mejo-ren su estado de tristeza: «– ¡Programa! –gritó donVíctor–: al teatro dos veces a la semana por lo me-nos; a la tertulia de la Marquesa cada cinco o seisdías; al Espolón todas las tardes que haga bueno; alas reuniones de confianza del casino en cuanto seinauguren este año; a las meriendas de la Marque-sa, a las excursiones de la hight life vetustense, a lacatedral cuando predique don Fermín y repiquengordo.» Con el conflicto de Ana acaba la segunda jorna-da narrada en el libro y el abandono provisional delpersonaje femenino, al menos para narrar desde superspectiva, hasta la segunda parte de la novela. 72
    • 6 LA CONCENTRACIÓN TEMPORALConstituyen estos capítulos el relato de un día com-pleto, el 4 de octubre, en la vida de don Fermín, des-de que se levanta («El Magistral era un gran ma-drugador») hasta que se acuesta, unos minutos des-pués de que el sereno, a las doce de la noche, cante agritos la hora. Estamos en el día de San Francisco deun año momentáneamente innominado. Aunque enesta sección la historia va más allá de una exposiciónde las actividades del personaje protagonista. No es-cribe el autor de nada que no guarde relación con losmovimientos, objetos, personas o pensamientos delcanónigo. Encontramos en el capítulo undécimo a donFermín de Pas escribiendo en su despacho antes deque salga el sol, «a la luz tenue y blanca del crepús-culo». La confesión de Ana el día anterior ha duradouna hora. La sensibilidad y fineza de la dama haafectado profundamente los sentimientos del canó-nigo cómo se pondrá de manifiesto a lo largo de lajornada. El relato sugiere que sospechemos de la fal-
    • RAFAEL DEL MORALta de honradez del clérigo y de su madre puesta enboca de murmuradores que cuentan cosas a Ripa-milán, amigo del Magistral, y éste las rebate. Así, laopinión del narrador no queda comprometida y dejaa los lectores en una calculada duda. La visita de don Fermín a don Francisco de AsísCarraspique y a doña Lucía, su esposa, son tema delcapítulo duodécimo, al que se añade el paso por sudespacho en el Palacio del Obispo, y otras visitas aFrancisco Páez y a su hija Olvido y demás francis-cos ilustres, y a una Paca beata, todos ellos agasaja-dos por las felicitaciones del canónigo. El recorridoacaba en la casa de los marqueses, donde una comi-da de celebración de la onomástica acoge a lo másdistinguido de la sociedad inmedita. La tarea funda-mental del confesor es la de ejercer su dominio espi-ritual y, si puede ser, también material, sobre los ve-tustenses. En el respeto de la simetría, el capítulo decimo-tercero se ocupa del convite en la casa de los Mar-queses de Vegallana. Allí están los tres personajesmás importantes de la novela y su intimidad juzgadadesde la perspectiva del canónigo, y otros personajesmás, pero para éstos reserva Clarín la dimensiónfrívola. Veremos que ni siquiera el perfil de don Víc-tor ocupa un lugar privilegiado. Son como una som- 74
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAbra que nunca pasa a primer plano, personajes deuna sola dimensión. Los paseos nerviosos del Magistral por la ciudadson tratados en el capítulo decimocuarto. La agita-ción de su carácter se debe a sentimientos que nuncahabía experimentado, que no sabe nombrar ni defi-nir, que su inexperiencia en lances amorosos le im-pide reconocer en sus primeras manifestaciones. Suturbación ha aumentado porque no ha podido ni que-rido acompañar a los Marqueses y sus invitados enuna excursión al Vivero, residencia de las afueras.En sus paseos nerviosos y solitarios por la ciudad, ellector va descubriendo el rechazo a la sotana, el te-rror a la mirada de su madre, los movimientos paraespiar a la persona que ya ama sin saberlo. El capítulo decimoquinto describe la vuelta a ca-sa y las horas previas a la de acostarse. La discusióncon su madre, poco acostumbrada a no saber de donFermín durante todo el día, el pasado de doña Paulay de su hijo, relatado como en los primeros capítulosel de Ana, pone luz a complejos aspectos de su ac-tual comportamiento. El ambiente en que han vivido,la educación y la pobreza parecen justificar tan des-mesurada ambición. La vida obliga a los oprimidos areaccionar de la manera que lo hacen, según explicael determinismo de la corriente naturalista de la épo- 75
    • RAFAEL DEL MORALca. La jornada termina cuando sale el Magistral albalcón y reflexiona sobre sí mismo. Son las doce dela noche. La exposición de estos cinco capítulos goza deuna estructura proporcionada. Los capítulos 11 y el15 (primero y último) detallan las horas cercanas aldesayuno y a la cena respectivamente, y están en-cuadradas en la casa de don Fermín, con doña Paulay la criada Teresina. El capítulo central, el 13, es lacomida a la que asisten todos los personajes de Ve-tusta, y los dos capítulos que aparecen entre las co-midas son periplos solitarios y atormentados delcanónigo por la ciudad: el 12 para felicitar a losFranciscos, desde su dominio, y con la esperanza deencontrarse con Ana; el 14 contrariado por pensarque no ha ido con ella al Vivero, casa de campo delos Marqueses, y por imaginar a su amada hija deconfesión «...metida en un pozo cargado de hierbaseca en compañía del mejor mozo del pueblo» (serefiere, obviamente, a Mesía). La ausencia física deLa Regenta en esta parte de la novela (solo está en lacomida) no impide que la dama esté presente en laafligida mente del Magistral. Cabe pensar que Claríncuenta la historia de un clérigo y que su novela per-sigue temas religiosos, pero los rasgos místicos estánmenos acentuados ante la presencia de otras carac-terísticas humanas de mayor complejidad. Tal vez loque no se cita, de lo que no se habla en el relato, ad- 76
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAquiere mayor trascendencia que lo narrado. El per-sonaje don Fermín, que es un acreditado hombre deiglesia, con grandes aspiraciones en su carrera, y aquien el autor ha seguido durante todo un día, no di-ce misa, ni asiste una sola vez al coro, ni siquiera pa-sa por la catedral; no realiza una sola oración y tam-poco aposenta su intimidad en principios religiosos.No piensa en Dios ni se protege en la fe, ni ejerce lacaridad. Dos actitudes muy humanas definen la jor-nada del Magistral: su ambición de poder durante lamañana, antes de que otro sentimiento más incontro-lado se apodere de él. Durante la tarde, la pasión. En la mañana ejerce el poder o sus poderes, quese desarrollan y exponen en numerosas situaciones El poder intelectual, derivado de sus escritos,pues es don Fermín uno de los pocos vetustenses re-lacionado con los libros: «Por la mañana estudiabafilosofía y teología, leía las revistas científicas de losjesuitas, escribía sus sermones y otros trabajos lite-rarios. Preparaba una Historia de la Diócesis deVetusta, obra seria, original, que daría mucha luz aciertos puntos oscuros de los anales eclesiásticos deEspaña.» El poder religioso, en la casa de los Carraspique:don Fermín ha metido en el convento a Rosa Carras-pique, que ahora está enferma. Organiza, además, lavida privada de esta familia con supuestas justifica-ciones religiosas: «La mayor de aquellas dos niñas 77
    • RAFAEL DEL MORALtenía un pretendiente. El Magistral venía a desahu-ciarlo. Era un impío.» El poder de su prestigio como representante de laIglesia. Su visita a los Carraspique es aprovechadapara pedir dinero, aunque confunde sus fines, o losjustifica con dudas: «El Magistral habló todavía deotros asuntos. Había que hacer nuevos desembolsos.Limosnas, grandes limosnas para Roma; para lasHermanitas de los Pobres, que iban a comprar unacasa...». El poder de su capacidad de estrategia, para do-minar desde la sombra a su superior jerárquico, elobispo: «El ilustrísimo Señor don Fortunato Ca-moirán, obispo de Vetusta, dejaba al Provisor go-bernar la diócesis a su antojo; ¿Qué resultaba deaquella excesiva piedad? Que su Ilustrísima seabandonaba en brazos del Provisor para todo lo re-ferente al gobierno de la diócesis.» El poder de su cargo, frente al cura párroco deContracayes: «...y el Provisor sabía que Contraca-yes (el cura) tenía la debilidad de convertir el confe-sionario en escuela de seducción.« Y la petulanciade sus órdenes: «–Salga usted de aquí, señor inso-lente, y no me duerma usted en Vetusta –gritó–» El poder de su cuerpo seductor, reconocido porlas damas de la localidad (Obdulia, Visitación,Ana...): «Estas Vetustenses emparentadas con la no-bleza admiraban a don Fermín como buen «mozo». 78
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA El poder de sus influencias, pues ha conseguidoun oratorio para los Páez. El poder de su fuerza viril, cuando recupera aObdulia del accidente del columpio, una vez que lohubiera intentado sin éxito don Álvaro: «Sin granesfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistralsuspendió en sus brazos el columpio, que libre de suprisión y contenido en su descenso por la fuerzamisma que lo levantara, bajó majestuosamente» Durante la tarde, don Fermín se deja dominar, demanera irremediable, por la pasión. Sus movimien-tos son torpes, camina sin saber dónde; no atiende asus amigos que le hablan cuando pasea por el Es-polón, se muestra indeciso, pierde la seguridad y seimagina acontecimientos que le hacen sufrir: su pa-sión no es exactamente amor, ni exactamente celos,es algo que está muy cerca, pero poco definido:«¿En qué iba pensando él? Aquello sí que era pue-ril, ridículo, y hasta pecaminoso. Pues... ¿No sehabía puesto a fijarse, porque iba con la cabeza ga-cha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y enlos suyos, y no estaba pensando que el talar era ab-surdo, que no parecían hombres, que había afemi-namiento carnavalesco en aquella industria? ¡Millocuras! Lo cierto era que le estaba dando vergüen-za en aquel momento llevar traje largo y aquella so-tana que él otras veces ostentaba con majestuoso ta- 79
    • RAFAEL DEL MORALlante. Si al menos tuviera una abertura lateral comoalgunas túnicas.., pero entonces se verían las pier-nas –¡qué horror!–, los pantalones negros, el varónvergonzante que lleva debajo el cura.... ¿Qué eraaquello que a él le pasaba? No tenía nombre. Amorno era; el Magistral no creía en una pasión espe-cial, en un sentimiento puro y noble que se pudierallamar amor; esto era cosa de novelista y poeta; y lahipocresía del pecado había recurrido a esa palabrasantificante para disfrazar muchas de las mil formasde la lujuria.» El sentimiento general de impaciencia en donFermín nace de su marginación por haber elegido lacarrera de la iglesia, y renunciar a otros placeres dela vida mundana. Él ha preferido, a pesar de las invi-taciones, no ir al Vivero, casa de campo de los mar-queses. Una persona de su condición no puede per-der la tarde ahí, aunque no tenga nada especial quehacer. Pero le hubiera gustado estar. Ese deseo lehace pensar lo siguiente: «...¿Y qué había? Nada;absolutamente nada; una señora que había hechoconfesión general y que probablemente a estashoras estaría metida en un pozo cargado de hierbaseca en compañía del mayor mozo del pueblo» Laangustia de aquella tarde de San Francisco, moteadade dudas y celos, aparece marcada por el paso de lashoras: «El reloj de la catedral dio la hora con gol-pes lentos; primero cuatro agudos, después otros 80
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAgraves, roncos, vibrantes.» «Acaban de desvanecer-se las últimas claridades pálidas del crepúsculo»«Era temprano para cenar, otras noches no se ex-tendía el mantel hasta las nueve y media; y acabande dar las nueve» El Magistral ha permanecido es-condido para verlos regresar del vivero. Ana vuelveen el coche con don Álvaro, y no con su marido donVíctor, con quien él preferiría que estuviera. El díase acaba en la soledad de su dormitorio: «El serenocantó las doce a lo lejos». Llegar a esta hora tranqui-liza su mente atormentada: «Dentro de ocho horas laRegenta estaría a sus pies confesando culpas quehabía olvidado el otro día». La jornada de don Fermín se ha iniciado con unconflicto que la ha presidido, y es que la confesióndel día anterior, el primer encuentro con su nuevahija espiritual, le ha dejado una profunda atracción yadmiración hacia el talante y personalidad de AnaOzores. Por eso, mientras estaba escribiendo, de ma-drugada, su mente se distrae con el grato recuerdo:«La mano fría, aristocrática, trazaba rayitas parale-las en el margen de una cuartilla; después, encima,dibujaba otras rayitas cruzando las primeras; yaquello semejaba una celosía. Detrás de la celosíase le figuró ver un manto negro y dos chispas detrásdel manto, dos ojos que brillaban en la oscuridad.¡Y si no hubiese más que los ojos!» 81
    • RAFAEL DEL MORAL Recuerda entonces don Fermín las inequívocaspalabras de su antecesor en la dirección de la vidaespiritual de Ana, don Cayetano Ripamilán, cuandodos días antes le cedía la tarea: «No es una señoracomo estas de por aquí... Se somete a todo, pero pordentro siempre protesta... Pero resulta de estas co-sas que es desgraciada, aunque nadie lo sospeche.En fin, usted verá. Don Víctor es como Dios lo hizo.No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y co-mo no hemos de buscarle un amante para que des-ahogue con él. –aquí volvía a reír don Cayetano–, lomejor será que ustedes se entiendan.» Ese conflicto puede arruinar su carrera, según lerecuerda doña Paula que ya conoce las murmuracio-nes a través de El Chato. Se comenta que la confe-sión de la Regenta ha sido muy larga, que ha duradomás de una hora. El rumor da pie a la enumeraciónde otros motivos de crítica: el negocio de la CruzRoja (venta de objetos religiosos en perjuicio delcomerciante Santos Barinaga), la influencia sobre elobispo (cuyas opiniones están condicionadas por losconsejos del Magistral), y el poder que ejerce sobrealgunas beatas (con la ascendencia espiritual para di-rigir y aprovecharse de sus conciencias). Durante to-da la mañana, las actuaciones y el pensamiento dedon Fermín lo envilecen: ha metido a las dos hijasCarraspique en el convento; pide dinero sin finesconcretos; se impone en Vetusta mediante sus artes 82
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAde persuasión en los sermones; ejerce su tiranía en elconfesionario (a Visitación la confesaba «por losmandamientos»); recrimina al cura párroco de Con-tracayes; domina al Obispo; engaña a los Páez... Lasirrazonadas pasiones de la tarde siguen envileciendoal canónigo. Lo enfrentan a un lector que no puedecompartir egoísmo tan sin límites. Cuando vuelve acasa, el conflicto continúa, pero ahora el autor, enuna vuelta atrás narrativa, un flash back, que se diríaen cine, cuenta su pasado y sus penurias. Su abuelomaterno trabajaba como minero. Su madre, Paula,mujer intrigante y laboriosa, descubre en la carreraeclesiástica el único camino para huir de la pobreza:«Paula veía en su casa la miseria todos los días; ofaltaba pan para cenar o para comer; el padre gas-taba en la taberna o en el juego lo que ganaba en lamina... La niña fue aprendiendo lo que valía el dine-ro. Despreciaba la pobreza que había en su casa yvivía con la idea constante de volar sobre aquellamiseria. Pero ¿cómo? Las alas tenían que ser deoro. ¿Donde estaba el oro? Ella no podía bajar a lamina. Su espíritu observador notó en la iglesia unfilón menos oscuro y triste que el de las cuevas deallá abajo. El cura no trabajaba y era más rico quesu padre y los demás cavadores de la mina. Si ellafuera hombre no pararía hasta hacerse cura. Peropodía ser ama como la señora Rita» A huir de lapobreza dedica todos los esfuerzos. Por eso da de 83
    • RAFAEL DEL MORALbeber en la taberna a los mineros, para que suFermín estudie latín. El personaje no tenía otro ca-mino, viene a decir el autor. Por eso, después dedarnos a conocer en el capítulo 15 la historia de laascensión de Paula, volvemos a los mismos proble-mas del las primeras horas del día, narrados en elcapítulo 11. Pero ahora sabe el lector que todasaquellas artes de la intrigante mujer sólo pretenden,desde siempre, el acomodo social que la cuna no leproporcionó. Descubrimos entonces que Froilán Zopico, ser-vidor y protegido de la ambiciosa madre, entorpeceel negocio de Santos Barinaga. Santos, amenazadopor la ruína, a estas horas de la noche rompe el si-lencio a gritos en contra de doña Paula y don Fermíny los llama ladrones de su negocio. El Magistral esp-ía desde su balcón y piensa en Ana. Clarín tiene unalínea de compasión con su personaje: «¡Sus peca-dos! –dijo a media voz el Provisor, con los ojos cla-vados en la llama del quinqué– si yo tuviese queconfesarle los míos ¡Qué asco le darían!» ¿Cuálesson los pecados que le darían tanto asco saber a AnaOzores? El autor no los va a nombrar, sería dema-siado áspero y despiadado. Pero cerca de aquellaslíneas nos recuerda que Teresina, la criada, «dormíacerca del despacho de la alcoba del señorito. Estaproximidad había sido siempre una exigencia de do-ña Paula. Ella habitaba el segundo piso, a sus an- 84
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAchas; no quería ruidos de curas y frailes entrando ysaliendo; pero tampoco consentía que su hijo, supobre Fermín, que para ella siempre sería un niño aquien había de cuidar mucho, durmiendo lejos detoda criatura cristiana. La doncella había de tenersu lecho cerca del señorito, por si llamaba, paraavisar a la madre, que bajaba inmediatamente». La novela no elude las dificultades que planteanla condición social de sus personajes. Ya en la tardedel dos de octubre descubríamos el contraste entre laclase alta y los obreros cuando salían del trabajo. Enla tarde del tres de octubre asistíamos la presentaciónde la casa de los Marqueses ordenada en categorías,y en la jornada del cuatro de Octubre hemos leídolos difíciles orígenes de don Fermín y las razones desu ambición. Y ahora, con la criada Teresina, seañade un nuevo apunte. Dos son los únicos caminosque las clases bajas tienen en el siglo XIX para salirde su condición, considerada tan denigrante por teor-ías de tanto vigor y repercusión como la enunciadapor Carlos Marx. Una de ellas es la carrera en elejército, con el riesgo de poner a disposición de lasuerte la propia vida para ganarse el ascenso military social. La otra, menos arriesgada, es la carrera dela iglesia que exige la aceptación pública de la casti-dad. Pero es sabido, como indica esta novela en sudesenlace y otros muchos relatos de la época, que enlos límites de las exigencias sociales de la burguesía 85
    • RAFAEL DEL MORALcabe cierta relajación, siempre que se evite el escán-dalo. Muchos críticos han visto en estos capítulos lainfluencia de las corrientes naturalistas, y así debeser, bien mirado, aunque en este caso no se recrea elautor en los pobres, sino en el ambiente aristocráticoy vacío que describe. 86
    • 7 TÉCNICAS DE ACTUALIZACIÓNAunque originariamente la segunda parte aparecióunos meses después de la primera, el lector actualencuentra en el capítulo decimosexto la continuacióndel decimoquinto. Hemos pasado del cuatro de octu-bre, día de san Francisco, al uno de noviembre, fiestade Todos los Santos. Se ha roto la unidad temporalde los quince primeros capítulos. Acontecimientos ydeseos que el lector consideraba interesantes en elfinal de la primera parte, aparecen ahora como se-cundarios y tan alejados como el tiempo que de re-pente acaba de transcurrir. El abandono de determinados argumentos no esnuevo. Más de una pregunta incontestada se diluíatambién en los capítulos finales de la primera partecomo el apretón de manos que Obdulia daba en lasombra al barbudo Bermúdez en una dependencia dela catedral, o las advertencias de Visita a Álvaroacerca del peligro del canónigo: «¡Cómetela!... ¡Cui-dado con el Magistral que sabe mucha teología par-da!» O el deseo libidinoso de Petra mientras oye losronquidos de Anselmo: «Otro estúpido que jamás
    • RAFAEL DEL MORALhabía venido a buscarla en el secreto de la noche».Estas pasiones, sin embargo, podrán encontrar algúntipo de continuidad en los últimos capítulos. Debe entenderse el dieciséis como capítulo detransición. Temporalmente ocupa un día, y partici-pan gran número de personajes y situaciones. Unafecha señalada, el día de los Santos, permite introdu-cir los comportamientos de los vetustenses frente atradiciones populares como visitar al cementerio; ylos usos sociales de la clase que describe en costum-bres como la asistencia a la representación de DonJuan Tenorio de Zorrilla en aquellos mismos días.Sirve también el marco festivo para acentuar las po-siciones de sus personajes, ya señaladas en la prime-ra parte, tanto en la conciencia de los principalescomo en el extremo sarcasmo de los secundarios.Cuatro son las escenas en que se organiza. En laprimera Ana está en el comedor. Un monólogo, sal-picado de intervenciones del autor omnisciente y unparéntesis, también en monólogo, de don Fermín. Enla segunda Ana sale al balcón para hablar con Mesíaque la corteja desde el caballo. La tercera es la vela-da en el teatro. En la cuarta, ya en la mañana del díasiguiente, don Fermín le pide que vaya a confesaraquella tarde. Ana, con espíritu rebelde, se niega. Tiene interés la festividad para don Víctor por-que el teatro es la excusa de su noción del mundo, yel Siglo de Oro y Calderón un manual estético para 88
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAsu propia vida. Clarín anticipa así el desenlace: «–Mire usted –decía don Víctor, a quien ya escuchabacon interés don Álvaro–, mire usted, yo or-dinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá que yo,ex regente de la Audiencia, que me jubilé casi, casipor no firmar más sentencias de muerte, nadie dirá,repito, que tengo ese punto de honor quisquilloso denuestros antepasados, que los pollastres de ahí aba-jo llaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me loda el corazón, de que si mi mujer –hipótesis absur-da– me faltase..., se lo tengo dicho a Tomás Crespomuchas veces..., le daba una sangría suelta. («¡Ani-mal!», pensó don Álvaro.)... Pues bien, como decía,al cómplice lo traspasaba; sí, prefiero esto; la pisto-la es del drama moderno, es prosaica; de modo quele mataría con arma blanca...» Tiene interés igualmente para el donjuan ÁlvaroMesía que aparece a caballo, y que no va, como losdemás, al cementerio, ni a pasear, y que sin embargova al teatro, y que logra, en los últimos actos, colo-carse al lado de Ana. Es interesante descubrir su in-timidad, porque no hay muchas referencias más, enel proceso de acercamiento: «Ana vio aparecer de-bajo del arco de la calle del Pan, que une la plazade este nombre con la Nueva, la arrogante figura dedon Álvaro Mesía, jinete en soberbio caballo blan-co, (...) La Regenta sintió un soplo de frescura en elalma. (...) Don Álvaro estaba pasmado, y si no su- 89
    • RAFAEL DEL MORALpiera ya por experiencia que aquella fortaleza teníamuchos órdenes de murallas, y que al día siguientepodría encontrarse con que era lo más inexpugnablelo que ahora se le antojaba brecha, hubiese creídollegada la ocasión de dar el ataque personal, comollamaba al más brutal y ejecutivo. Pero ni siquierase atrevió a intentar acercarse, lo cual hubiera sidoen todo caso muy difícil, pues no había de dejar elcaballo en la plaza. Lo que hacía era aproximarselo más que podía al balcón, ponerse en pie sobre losestribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ellatuviese que inclinarse sobre la barandilla si queríaoírle, que sí quería aquella tarde.» Leeremos también, en la voluntad de acercarse alos personajes, cómo don Álvaro mira discretamentea la Regenta durante la representación teatral, y ellale devuelve la galantería con una la sonrisa. ParaAna el marco es tan adecuado que el autor la hacellorar porque la identifica con los personajes de fic-ción, dentro de otra ficción. Repite así Galdós el es-quema de Zorrilla. La Regenta no ignora la fama deconquistador del galán, pero sabe que, como donJuan Tenorio, puede enamorarse de verdad: «Ana secomparaba con la hija del Comendador; el caserónde los Ozores, era su convento, su marido la reglaestrecha de hastío y frialdad en que ya había profe-sado ocho años hacía... y don Juan... ¡Don Juanaquel Mesía que también se filtraba por las paredes, 90
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAaparecía por milagro y llenaba el aire con su pre-sencia...! Entre el acto tercero y cuarto don Álvaro se tras-lada al palco de los marqueses y leemos que «Ana,al darle la mano, tuvo miedo de que él se atreviera aapretarla un poco.». En las primeras líneas del capí-tulo encontramos a la protagonista en la soledad desu caserón, mirando el cigarro puro que el ex–regente ha dejado a la mitad para irse al casino, ypiensa: «..en el marido incapaz de fumar un puro en-tero y de querer por entero a una mujer.». Y añade:«Ella era también como aquel cigarro, una cosa queno había servido para uno y que ya no podía servirpara otro.» Entramos, pues, en meollo del asunto: lainsatisfacción de Ana, el agobio de la vida provin-ciana, la soledad. El plan que don Víctor había pre-visto para divertirla ha fracasado porque «...habíaempezado a caer en desuso a los pocos días y ape-nas se cumplía ya ninguna de sus partes.» TampocoAna había tenido la oportunidad de contarle al Ma-gistral aquel sentimiento hacia Álvaro. Lo que pudosaber don Fermín fue que: «...ella sentía, más y máscada vez, gritos formidables de la naturaleza, que laarrastraban a no sabía qué abismos oscuros, dondeno quería caer; sentía tristezas profundas, capricho-sas; ternura sin objeto conocido.» Con gran habilidad recoge en el capítulo una se-rie de tópicos que son los de la propia novela: 91
    • RAFAEL DEL MORAL Mientras Ana sueña con don Álvaro en laacción teatral, don Víctor «estaba enamorado de Pe-rales», el actor ahora en escena. Los sueños de Ana vienen a ser los de Cal-derón, tan amado por don Víctor, que piensa en elpasado glorioso de la España del Siglo de Oro, y elconcepto de honor, gráficamente expresado en subreve conversación con Mesía antes indicada. Y la mujer en conflicto, que sueña en el futu-ro, traspasa la acción teatral a su propia vida y unavez más el autor anticipa la resolución: «Ana vio derepente, como a la luz de un relámpago, a donVíctor vestido de terciopelo negro, con jubón y fe-rreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a donÁlvaro, con una pistola en la mano, enfrente delcadáver.». Mientras Ana, sola en el comedor, está su-mida en el llanto, y mientras se muestra como mujerde interior, aparecen los vetustenses como figurasexternas que salen al teatro a mirarse, a hablar unosde otros, a imitar los gustos de Madrid. Pero ese interior de Ana es vacilante. El recuer-do de don Fermín sólo aparece cuando recibe su car-ta. Don Fermín piensa en Ana cuando debía cantarconcentrado en el coro. Sí, en el coro, que ahora serecuerda, había empezado también la primera parte,y tiene intención el autor de recuperar y reanudar suhistoria. Por eso contiene en armazón este brillante 92
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAcapítulo un buen resumen y recreación de lo que yasabemos sobre hechos y personajes, puesto una vezmás de relieve con original estilo, y que viene a serlo que sigue: El contraste entre el comportamiento de los ve- tustenses y el espíritu romántico de Ana que busca colmar sus anhelos insatisfechos. La frivolidad de Visita, a quien le agradaría que su amiga cayera también en las redes de don Álvaro. Los sentimientos de Ana frente al donjuán, ante quien llega a sentir tanta atracción como des- precio. El amor paterno–filial, único que don Víctor parece reservar a su esposa. La confusa amistad espiritual que mueve los sentimientos del Magistral por su hija espiri- tual, se alzan en el monólogo interior de Ana en el comedor y en la carta que recibe de don Fermín al día siguiente. El ambiente de una ciudad provinciana con los tópicos que ya había destacado la primera mitad, queda recogidos en la velada de tea- tro. 93
    • 8 EL TIEMPO EXTENDIDO Y LA SELECCIÓNLa insatisfacción de Ana Ozores y el deseo de haceralgo que transforme su frustrante cotidianeidad per-mitirá los acosos del fatuo pero atractivo donjuán, ylas visitas del codicioso y enamorado don Fermínque en su aproximación a la Regenta impone, acon-sejado por su oficio, su magisterio espiritual. Uno yotro están dotados de fascinantes cualidades, comoelegancia, fineza, elocuencia... La Regenta oscila en-tre los dos. El ideal de perfección religiosa prevale-cería si no fuera porque en su propio maestro espiri-tual hay un escondido orgullo y un deseo latente.Don Álvaro Mesía no es un hombre superior, pero síexquisito frente a la pequeñez de las apetencias pro-vincianas. Las contrariedades provocadas por la in-sistente y monótona lluvia, la insustancialidad de lasamigas de Ana, los desengaños, la permanente insa-tisfacción empujan a la joven mujer, tras una serie decoincidencias, a caer en los brazos del seductor. Del capítulo 17 al 21 el relato se extiende en unperiodo temporal que se inicia el día dos de noviem-bre (siguiente al capítulo hasta el principio del vera-no, época en que algunos vetustenses abandonan la
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAciudad y pasan unos días de descanso –si es que tie-nen algo de que descansar– fuera de ella. La carac-terística más importante de este grupo de capítulos,en consonancia con el resto de la obra, es el logro delos propósitos del Magistral. Los asuntos en que másse concentra la narración conducen todos ellos alacercamiento y comprensión de los extraños amigos.En los capítulos primero y último de este bloque seproduce un feliz y denso acomodo de la relaciónAna–Fermín; en los capítulos centrales (18, 19 y 20)la figura de don Álvaro adquiere cierta relevancia,pero el rechazo es total a pesar de su presencia en elcaserón de los Ozores. Un recurso narrativo mide lossentimientos de Ana: cuando su amiga Visita va averla, le habla de Álvaro mientras sostiene sus mu-ñecas y comprueba que se ha alterado el ritmo delcorazón de la Regenta: “Visita tenía cogida por lasmuñecas a su amiga. Estaba tomándola el pulso a sumodo. Clavó con sus ojos menudos los de Ana y re-pitió: – ¿No sabes lo de Álvaro? El pulso se alteró, lo sintió ella con gran satis-facción.” En el capítulo decimoséptimo Ana, que ha re-chazado al final del capítulo anterior ir a confesarseaquella tarde del dos de Noviembre, recibe de repen-te la visita de don Fermín. El plan de vida que pro- 95
    • RAFAEL DEL MORALpone el canónigo tiene como objetivo ejercer un do-minio espiritual sobre la dama. Ana debe hacer de supiedad un ejemplo, y se verán, para poder cuidar suvida espiritual y evitar murmuraciones, en la casa dedoña Petronila. La solitaria mujer acepta las reco-mendaciones y se identifica con el pensamiento desu incondicional consejero, y eso a pesar de recibir-las en una visita impropia de un hombre maduro yceloso de su reputación, y más acorde con hombreimpulsivo que quiere acaparar su influencia. Las frecuentes lluvias en Vetusta y las salidas alcampo de don Víctor y Frígilis son objeto de narra-ción en el capítulo decimoctavo, así como la primeravisita a la casa de doña Petronila que llevan a caboen la intimidad de una de las dependencias. Son losdías 9 y 17 de noviembre, ocho días y otros ochodías respectivamente después del día de Todos losSantos, fechas en que el autor refiere el paso deltiempo sin que don Álvaro haya visto a Ana. Cada personaje reacciona frente a la insistentelluvia de manera distinta, pero siguen haciendo suvida ordinaria. La rebeldía de Ana es símbolo y exte-riorización de inadaptaciones más profundas que ex-plican la incomplacencia permanente que nace de sutemperamento. Su espíritu está afectado por una sen-sibilidad exagerada, superior a la de los que la rode- 96
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAan, y esta insurrección es un rasgo de su persona queno comparten los demás. En el capítulo deimonoveno llegamos al mes demarzo y las enfermedades primaverales de Ana (hoydiríamos episodios depresivos) coinciden con elacercamiento voluntario de Álvaro Mesía a VíctorQuintanar, con el fin demostrar su presencia anteella. La Regenta, radicalmente sola, siente dudas encuanto al camino que debe seguir. Los cambios suvida son aceptados porque no hay otros, porque lapasividad y la resignación no son soluciones: «Anaveía en los pormenores de la vida de beata mil moti-vos de repugnancia; pero prefería apartar de ellosla atención: no dejaba que el espíritu de contradic-ción buscase las debilidades, las groserías, las mise-rias de aquella devoción exterior y bullanguera.... –¡Salvarme o perderme!, pero no aniquilarme en estavida de idiota... ¡Cualquier cosa... menos ser comotodas ésas.!» Se adentra el capítulo vigésimo en la vida del ca-sino. La cena celebrada en homenaje a Pío IX, en elveinticinco aniversario de su pontificado, había pro-vocado el descontento de don Pompeyo Guimarán,el ateo de Vetusta, quien, en desacuerdo con la con-memoración, había dejado de ser socio. Álvaro Mes-ía, en busca de motivos de conspiración contra el 97
    • RAFAEL DEL MORALMagistral, suscita la organización de una cena endesagravio que recupere al socio Guimarán. Desar-mado ante don Fermín, a quien considera su rival, esesta una estrategia más de Mesía para quien «nohabía salida. No había más que acabar ayudando atodos los enemigos del tirano eclesiástico.» Pío IXinició su pontificado en 1846. Si los datos que daClarín son reales, estamos en el año 1871. Loshechos del citado 2 de Octubre, fecha en que se des-arrollan los primeros acontecimientos, pertenecerían,por tanto, al año 1870. El capítulo vigésimo primero en su integridad esuna templada exploración por la elección de Ana: elmisticismo, la espiritualidad. Don Álvaro y otros ve-tustenses se han ido a pasar sus vacaciones fuera.Ana, sin más rivalidad, intensifica la amistad con elcanónigo. El Magistral está radiante. Encontramosuna total armonía en la protagonista que Clarín des-cribe con experta sencillez: «los días para la Regen-ta se deslizaban suavemente». ¿Cómo ha llegado aalcanzar este equilibrio? Las circunstancias que hanserenado las alteraciones vienen entrelazadas en loscinco capítulos, así como la satisfacción que donFermín ha recibido a cambio. Esta última, que apa-rece como un sentimiento sin nombre, es la de sen-tirse enamorado. Más alejadas quedan actuaciones ypensamientos de Mesía. La añoranza y melancolía 98
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAque envuelve a Ana son resultado del enfrentamientoentre sus fervientes deseos y las contrariedades. En-tiéndanse estas últimas como la incomprensión dequienes la rodean, el mal tiempo, la enfermedad, eldesprecio por quienes podrían compartir su amis-tad... Ana sale poco de su caserón y siente, en su in-timidad, un pavoroso aislamiento: «La Regenta notóla ausencia de su marido; la dejaba sola horas yhoras que a él le parecían minutos.... Una tarde decolor de plomo, más triste por ser de primavera yparecer de invierno, la Regenta, incorporada en ellecho, entre murallas de almohadas, sola, oscuro yael fondo de la alcoba, donde tomaban posturastrágicas abrigos de ella y unos pantalones que donVíctor dejara allí, sin fe en el médico, creyendo enno sabía qué mal incurable que no comprendían losdoctores de Vetusta, tuvo de repente, como unamargor del cerebro, esta idea: «Estoy sola en elmundo.» Y el mundo era plomizo, amarillento o ne-gro, según las horas, según los días; el mundo eraun rumor triste, lejano, apagado, donde había can-ciones de niñas, monótonas, sin sentido; estrépito deruedas que hacen temblar los cristales, rechinar laspiedras, y que se pierde a lo lejos como el gruñir delas olas rencorosas; el mundo era una contradanzadel sol dando vueltas más rápidas alrededor de latierra, y esto eran los días, nada.» 99
    • RAFAEL DEL MORAL Las fáciles y repentinas visitas de don Fermíncuentan con la colaboración de Petra, que con tantoafán propicia estas intrigas, y también con la indife-rencia de don Víctor, para quien no está vetado lle-gar hasta ella y entrevistarse en el jardín. Surgenaquellos encuentros envueltos en elegancia, y con-tribuyen a mejorar la relación entre Ana y donFermín, y fácilmente desbordan los límites de padreespiritual–hija espiritual. Ambos son conscientes delapoyo que se prestan: «– Anita... que la eficacia denuestras conferencias sería mayor si algunas veceshabláramos de nuestras cosas fuera de la iglesia. Anita, que estaba en la oscuridad, sintió fuegoen las mejillas, y por la primera vez, desde que letrataba, vio en el Magistral un hombre, un hombrehermoso, fuerte; que tenía fama entre ciertas gentesmal pensadas de enamorado y atrevido. En el silencio que siguió a las palabras del Pro-visor se oyó la respiración agitada de su amiga.Don Fermín continuó tranquilo: – En la iglesia hay algo que impone reserva, queimpide analizar muchos puntos muy interesantes;siempre tenemos prisa y yo no puedo prescindir demi carácter de juez sin faltar a mi deber en aquel si-tio.» Don Álvaro no tiene esa facilidad: «„Ya aborrec-ía de muerte al Magistral. Era el primer hombre, ¡ycon faldas!, que le ponía el pie delante: el primer ri- 100
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAval que le disputaba una presa y con trazas dellevársela.´ Tal vez se la había llevado ya. Tal vez lafina y corrosiva labor de confesionario había podi-do más que su sistema prudente,... Cuando él co-menzaba a preparar la escena de la declaración, ala que había de seguir de cerca la del ataque perso-nal, cuando la próxima primavera prometía eficazayuda..., se encuentra con que la señora tiene fiebre.La señora no recibe, y estuvo sin verla quince días.Se le permitía entrar al gabinete, preguntarle cómoestaba, pero no entrar en la alcoba. El había ido avisitarla todos los días, pero como si no, no le deja-ban verla. Y ¡oh rabia! el Magistral, él lo había vis-to, pasaba sin obstáculo, y estaba sólo con ella. Lalucha era desigual.» Ana no necesita especialmente a don Fermín, si-no a cualquier persona que se preste a oírla en su so-ledad con más capacidad que su marido. Así se lodice un día al único que oye sus confidencias: «Sí,tiene usted cien veces razón –decía ella–, yo necesi-to una palabra de amistad y de consejo muchos díasque siento ese desabrimiento que me arranca todaslas ideas buenas y sólo me deja la tristeza y la de-sesperación» Se añade a la amistad la admiraciónque Ana tiene por la elocuencia de don Fermín, y laposterior confianza en sus consejos. Y el consejo delMagistral es que se refugie en el misticismo: «Loque usted necesita para calmar esa sed de amor in- 101
    • RAFAEL DEL MORALfinito es ser beata... Hay que ser beata, es decir, nohay que contentarse con llamarse religiosa, cristia-na, y vivir como un pagano creyendo esas vulgari-dades de que lo esencial es el fondo, que las menu-dencias del culto y de la disciplina quedan para losespíritus pequeños...». A aquellas circunstancias se suma el mal tiempode la región, y el subsiguiente encierro en el pesi-mismo, en la añoranza: «Ana aborrecía el lodo y lahumedad; le crispaba los nervios la frialdad de lacalle húmeda y sucia, y apenas salía del sombrío ca-serón de los Ozores. Y, por si fuera poco, la enfermedad, la de Ana,contribuye y condena el ensimismamiento: «..seacostó una noche de fines de marzo con los dientesapretados sin querer, y la cabeza llena de fuegos ar-tificiales. Al despertar al día siguiente, saliendo desueños poblados de larvas, comprendió que teníafiebre.» La soledad se hace más patente cuando elautor desnuda el sentimiento hacia quien ha llamadosu mejor amiga: «Ana estudiaba el modo de oír a Vi-sita sin enterarse de lo que decía, pensando en otracosa, única manera de hacer soportable el tormentode su palique.» La comunicación y el entendimiento está en labase de las relaciones humanas. La desprendida yextensa carta que Ana envía al Magistral pone enevidencia el equilibrio de sus sentimientos: «Ya ten- 102
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAgo el don de lágrimas... ya lloro, amigo mío, por al-go más que mis penas; lloro de amor, llena el almade la presencia del Señor a quien usted y la santaquerida me enseñaron a conocer.» Por todo lo cual encontramos a Ana sometida adon Fermín, a quién considera liberador de sus des-gracias: “–Dirá usted que soy una loca: ¿para quéescribirle cuando podemos hablar todos los días?No pude menos. ¡Soy tan feliz! ¡Y debo en tanta par-te a usted mi felicidad! Quise contener aquel impul-so y no pude. A veces me reprendo a mí misma por-que pienso que robo a Dios muchos pensamientos,para consagrarlos al hombre que se sirvió escogerpara salvarme.» Muchos lectores no condenan, en estas páginas,las atormentadas razones de don Fermín, sino que,conocido su pasado y una vez mostrado que las pre-tensiones de su carrera no son más que una voluntadde alejarse de sus míseros orígenes, mantiene lossentimientos de cualquier hombre: «El Magistral sesentía como estrangulado por la emoción. La Re-genta hablaba ni más ni menos como él la habíahecho hablar tantas veces en las novelas que se con-taba a sí mismo al dormirse.» La visita que hace a laRegenta en el capítulo diecisiete estaba motivada porla envidia, o por los celos. Se había enterado de quesu amada hija espiritual había estado en el teatro,símbolo frívolo y profano. Quiere verla para recupe- 103
    • RAFAEL DEL MORALrar su propio espacio dentro de ella, que debe ser elde la espiritualidad. Pero Ana también representa pa-ra el Magistral los afectos femeninos que su dedica-ción religiosa le ha prohibido. De haber renunciado aellos no habría tenido derecho a su dignidad social.Sentirse cerca de Ana utilizando todos los mediossociales a su alcance, e incluso alguno más, es unamanera de suplir la carencia: «Una tarde entró DePas en el confesionario con tan mal humor, que Ce-ledonio el monaguillo le vio cerrar la celosía con ungolpe violento. don Fermín había estado registrandocon su catalejo los rincones de las casas y las huer-tas. Había visto a la Regenta en el parque pasear le-yendo un libro que debía ser la historia de SantaJuana Francisca, que él mismo le había regalado.Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos, hab-ía arrojado el libro con desdén sobre el banco.» Pero esto es solo un ejemplo aislado. Este grupode capítulos reflejen un gran optimismo y suavidaden las relaciones. El momento dominante lo consti-tuye la carta que Ana envía al Magistral y que des-pierta en él todas las emociones que definen la pa-sión amorosa. Instalar sentimiento tan íntimo y sutilen un sacerdote es una prueba más de la mordacidaddel autor. Encajar el sentimiento en una de lasmáximas autoridades eclesiásticas de Vetusta mues-tra, además, un gran arrojo, una especial intrepidez,y también un firme dominio de la técnica narrativa. 104
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELALa descripción evita nombrar las palabras que defi-nen el amor, pero transita por todos los sentimientos,pues don Fermín, después de leer la carta, pasa unaradiante y alborozada tarde envuelto en sus llamean-tes y repentinos sentimientos: Se siente: «... hecho un chiquillo aquella mañana sonrosada de un día de fines de ma- yo». Considera sus sueños realizados: «Ana era, al fin, todo aquello que él había soñado...» Experimenta una exaltación desconocida: «Le daba el corazón unos brincos que cau- saban delicia mortal, un placer doloroso que era la emoción más fuerte de su vida.» Se siente atraído por sentimientos abstractos, no físicos: «...acabase aquello como acaba- se, él estaba seguro de que nada tenía que ver lo que él sentía por Ana con la vulgar sa- tisfacción de apetitos que a él no le atormen- taban.» Rebosa el optimismo: «Aquella mañana cumplió en el coro como el mejor, y sintió no ser hebdomadario para lucirse.» 105
    • RAFAEL DEL MORAL Descubre nuevas emociones: «...tenía la bo- ca hecha agua engomada. Aquellas sensa- ciones que le habían invadido por sorpresa, le recordaban años que quedaban muy atrás.» Siente una desbordante felicidad: «Aquella mañana de agosto el Provisor la señaló co- mo una de las más felices de su vida. Ana le obligó a hablar, a contárselo todo. El, elo- cuente, con imaginación viva, fuerte y hábil, improvisó de palabra una de aquellas nove- las que hubiera escrito a no robarle el tiem- po ocupaciones más serias.» Otorga más sentido a todos sus actos: «El vivía para su pasión, que le ennoblecía, que le redimía.... La realidad adquiría para él nuevo sentido, era más realidad.» Vive la realidad de manera distinta: «La vida era lo que sentía él, que estaba en el riñón de la actividad, del sentimiento.» Sin embargo, en el lado opuesto, el denodadonarrador señala, con lenguaje atrevido y sugestivo,algunos aspectos repulsivos de las intimidades delcanónigo. La vida privada que don Fermín oculta aAna es, según piensa, vergonzosa: «La confesión del 106
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAMagistral se pareció a la confesión de muchos auto-res que en vez de contar sus pecados aprovechan laocasión de pintarse en sí mismos como héroes,echando al mundo la culpa de sus males, y quedán-dose con faltas leves, por confesar algo.» Peroademás, en su relación con Teresina, su criada, eltexto describe la intimidad del sacerdote con inequí-vocas sugerencias de degradación: «... don Fermín,risueño, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresaacercaba el rostro al amo, separando el cuerpo dela mesa; abría la boca de labios finos y muy rojos,con gesto cómico sacaba más de lo preciso la len-gua, húmeda y colorada; en ella depositaba el biz-cocho don Fermín, con dientes de perlas lo partía lacriada, y el señorito se comía la otra mitad. Y asítodas las mañanas.» Menos análisis se dedica a la privacidad de donÁlvaro. Es verdad que buena parte de su perfil loconoce el lector porque el personaje de donjuan, ensu esquema, pertenece al saber general. Por esocuando el autor desvela el pensamiento de Mesía, noentra en razonamientos íntimos, ni pretende justifi-carlos. A don Álvaro lo vemos desde fuera, casi enuna descripción insustancial. Las decisiones que to-ma en estos capítulos son fundamentalmente dos, yambas de una gran complicidad. La primera es acer-carse a la amistad de Quintanar para estar más cercade Ana: «... en el casino se sentaba a su lado, tenía 107
    • RAFAEL DEL MORALla paciencia de verle jugar al dominó o al ajedrez, yterminada la partida, le cogía del brazo, y como sol-ía llover, paseaban por el salón largo, el de baile,oscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las cin-co o seis parejas que lo medían de arriba abajo agrandes pasos, que tenían por el furor de los taco-nes algo de protesta contra el mal tiempo... Mesíaiba entrando, entrando por el alma del jubilado Re-gente y tomando posesión de todos sus rincones.Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le im-portaban en el mundo más negocios que los de él,los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle, tardesenteras le tenía amarrado a su brazo... (...) Iba sien-do Mesía al caserón lo que Frígilis a la huerta»Como esta argucia solo le proporciona moderadoséxitos, y como la responsabilidad de su derrota recaeen el Magistral, decide aliarse con sus enemigos. Poreso encuentra en la recuperación del ateo don Pom-peyo Guimarán como socio del casino un motivo declaro ataque al confesor y organiza la cena pro libe-ración de ideas religiosas. Seguimos sin conocer elsentimiento de Mesía. Las pocas veces en que lee-mos su intimidad se alza ésta en principios tópicos,fundados en los avances o retrocesos de su tarea:«Un día llegó Ana al extremo de retirar la mano queél solicitaba con la suya extendida. Buscó un pretex-to con la habilidad rápida que tienen las mujeres...y... no le dio la mano. No volvió a tocarle aquellos 108
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAdedos suaves. Y es más, apenas la veía. „Oh, a él, adon Álvaro Mesía le pasaba aquello! ¿Y el ridículo?¡Qué diría Visita, qué diría Obdulia, qué diría Ron-zal, qué diría el mundo entero! Dirían que un curale había derrotado. ¡Aquello pedía sangre! Si, peroésta era otra. Sí, don Álvaro se figuraba al Magis-tral vestido de levita, acudiendo a un duelo a que élle retaba... sentía escalofríos. Se acordaba de laprueba de fuerza muscular en que el canónigo lehabía vencido delante de Ana misma.´» 109
    • 9 TALLAR UN PERSONAJESe inicia este grupo de capítulos con la vuelta de donÁlvaro a Vetusta al final del verano de 1871. Aquelregreso coincide con algunos asuntos que desacredi-tan al Magistral, continúa con la desesperanza yconsternación de Ana y luego crece la intriga conrepentina emoción cuando cae desmayada en losbrazos de don Álvaro durante el baile de Carnaval.La situación se precipita con la repulsa y náusea quele produce a la piadosa mujer la mano de don Fermínen el roce con la suya, que el texto compara con lapiel «viscosa y fría» de un sapo. Con acendrada pie-dad buscará con más ímpetu un refugio en el misti-cismo. Por eso, y aconsejada por la impaciencia ypor don Fermín, participa, en la Semana Santa de1872, en la procesión del Viernes Santo vestida deNazareno. La impetuosa decisión ha de marcar elprincipio del fin. Con el capítulo vigésimo segundo se inician unaserie de situaciones que envuelven al Magistral en
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAun descrédito generalizado. A los duros ataques sur-gidos tras la muerte de Rosa Carraspique y SantosBarinaga, dos sucesos evitables de los que se haceresponsable indirecto al sacerdote, se añade, solo pa-ra el privilegiado lector, la confirmación de las pe-caminosas relaciones del canónigo y su criada:«...¿Qué le importa a mi doña Ana que mi corpa-rachón de cazador montañés viva como quieracuando me aparto de ella? Nada de mi cuerpo mepide ella; el alma es toda suya, y nada del almapongo al saciar, lejos de su presencia, apetitos queella misma sin saberlo excita; ... Algunas semanaspasaba Teresita triste, temerosa de haber perdido sudominio sobre el señorito; entonces era cuando elMagistral vivía al lado de Ana libre de congojas,tranquilo en su conciencia; pero poco a poco eltormento de la tentación reaparecía; sus ataqueseran más terribles, sobre todo más peligrosos quelos del remordimiento; la castidad de Ana, su ino-cencia de mujer virtuosa, su piedad sincera, la fecon que creía en aquella amistad espiritual, sinmezcla de pecado, eran incentivo para la pasión dedon Fermín y hacían mayor el peligro.» El secreto de don Fermín, ya sugerido, se desve-la de manera lenta, con pinceladas que van tomandoforma un capítulo tras otro. Es tan comprometido ydespreciable que Clarín lo cuenta con metáforas su-gestivas y enmarañados rodeos. Pero ahora que se 111
    • RAFAEL DEL MORALinicia el descrédito, debe quedar en evidencia el pe-cado del canónigo. Los ataques de dominio público surgen tras lamuerte de Rosa Carraspique, sor Teresa, y de la deSantos Barinaga, pupilo de Guimarán. De ambasvíctimas hacen responsable a don Fermín. Por su in-fluencia religiosa en el caso de Rosa, pues persuadióa la familia para que la joven no saliera del conven-to; y, en el segundo caso, la influencia privilegiadaenriquece a doña Paula en el negocio de objetos reli-giosos a costa de la ruina del negocio de Santos Ba-rinaga. Las críticas a don Fermín se expresan en vo-ces de rechazo: «Es un vampiro espiritual que chupala sangre de nuestras hijas», acusado de traficar,como ya sabe el lector, con la vida espiritual de susseguidores: «Y de esto tiene la culpa el señor Magis-tral y mi señora hija.» Y todo ello sin ningún escrú-pulo, sin la exigida caridad que podría haber evitadola muerte de Barinaga: «Aquel pobre don Santoshabía muerto como un perro por culpa del Provisor;había renegado de la religión por culpa del Provi-sor.» El Magistral había impedido al obispo que vi-sitara a Barinaga en las horas previas a su muerte. Eldespótico dominio encuentra su réplica en el entierrodel ateo al que asisten los obreros para hacer del fu-neral una pública manifestación contra el canónigo.El acto queda ensombrecido por la intensa lluvia, to-do un símbolo a lo largo de la novela. Arrinconado 112
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELApor las críticas, el canónigo pierde su poder social,algunos hijos de confesión y el favor del obispo:«Notaba el Magistral que su poder se tambaleaba,que el esfuerzo de tantos y tantos miserables servíapara minarle el terreno. En muchas casas empezabaa notar cierta reserva; dejaron de confesar con élalgunas señoras de liberales, y el mismo Fortunato,el obispo, a quien tenía De Pas en un puño, se atrev-ía a mirarle con ojos fríos y llenos de preguntas queentraban por las pupilas del Magistral como puntasde acero.» Don Fermín toma conciencia de su soledad, yencuentra un refugio, y un apoyo, en su secreta ami-ga: «¿Qué he de hacer? Entregarme con toda el al-ma a esta pasión noble, fuerte... ¡Ana, Ana y nadamás en el mundo! Ella también está sola, ella tam-bién me necesita... Los dos juntos bastamos paravencer a todos estos necios y malvados.» Se añade al capítulo el anuncio de la vuelta dedon Álvaro, y con él una dificultad más para elatormentado canónigo, el desequilibrio de Ana, susvacilaciones, la lucha ilimitada en la que se sientecapaz de llevar al extremo sus resoluciones: «Cuantomás horroroso le parecía el pecado de pensar endon Álvaro, más placer encontraba en él. Ya no du-daba que aquel hombre representaba para ella laperdición, pero tampoco que estaba enamorada deél cuanto en ella había de mundano, carnal, frágil y 113
    • RAFAEL DEL MORALperecedero... Desechaba aquellos pensamientos contodas sus fuerzas, pero volvían. ¡Qué horrible re-mordimiento! ¿Qué pensaría Jesús?, y también,¿qué pensaría el Magistral si lo supiera? A la Re-genta le repugnaba, como una villanía, como unabajeza, aquella predilección con que sus sentidos serecreaban en el recuerdo de Mesía... Pero siguió ca-llando el tormento de la tentación. Arma poderosapara combatirla fue la ardiente caridad con que laRegenta se consagró a defender y consolar a de Pascuando sus enemigos desataron contra él los hura-canes de la injuria, que Ana creía de todo en todocalumniosa. La idea de sacrificarse por salvar aaquel hombre a quien debía la redención de su espí-ritu se apoderó de la devota.» Ha seguido la novela una tendencia a señalar eltiempo mediante conmemoraciones: día de san Fran-cisco, día de Todos los Santos, día de la Inmacula-da... Y ahora, de nuevo, una fecha memorable: el 24de diciembre (de 1871, suponemos) en la misa delgallo. A ella, y a la crisis posterior de Ana, está de-dicado el capítulo vigésimo tercero, una amplia des-cripción de la ceremonia al modo de la sociedad ve-tustense en las representaciones teatrales, y una pos-terior narración que se adentra en los interiores de laRegenta. El rasgo más significativo del capítulo sonlas vacilaciones de Ana. El autor, en busca de argu- 114
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAmentos que cimienten el desenlace, presenta a Anacon una gran seguridad y alegría durante la ceremo-nia: «A la Regenta le temblaba el alma con unaemoción religiosa, dulce, risueña, en que rebosabauna caridad universal, amor a todos los hombres y atodas las criaturas..., a las aves, a los brutos., a lashierbas del campo..., a los gusanos de la tierra..., alas ondas del mar, a los suspiros del aire..., La cosaera bien clara, la religión no podía ser más sencilla,más evidente: Dios estaba en el cielo presidiendo yamando su obra maravillosa, el Universo; el hijo deDios había nacido en la tierra y por tal honor y di-vina prueba de cariño, el mundo entero se alegrabay se ennoblecía;» Y luego, solo unos minutos mástarde, vuelta a casa, la contemplación de su figura enel espejo le empuja a reflexionar sobre ella misma, yen su reflexión descubre la desdicha, la tribulación,infelicidad, la congoja, la tristeza, la incapacidad y laangustia: «Cuando se quedó sola en su tocador, sepuso a despeinarse frente al espejo; suelto, el cabe-llo cayó sobre la espalda. Era verdad, ella se parec-ía a la Virgen, a la Virgen de la silla..., pero le fal-taba el niño. Y cruzada de brazos, se estuvo contem-plando algunos segundos... Ana se vio en su tocadoren una soledad que la asustaba y daba frío. ¡Unhijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia, entodas aquellas luchas de su espíritu ocioso, que bus- 115
    • RAFAEL DEL MORALcaba fuera del centro natural de la vida, fuera delhogar...» En su desesperanza, Ana busca a la única perso-na autorizada a consolarla, don Víctor. Quiere sentirsu figura, o su amistad, o lo que fuere. El ex–regenteno le puede servir. El viejo marido vive muy distantede los anhelos de su joven esposa por mucho queella pretenda argüir sus argumentos con lógica. Loencuentra enfrascado en la lectura y la interpretacióngestual y cómica de una comedia clásica: «Ana vio yoyó que en aquel traje grotesco Quintanar leía envoz alta, a la luz de un candelabro elástico clavadoen la pared. Pero hacía más que leer, declamaba; y,con cierto miedo de que su marido se hubiera vueltoloco, pudo ver la Regenta que don Víctor, entusias-mado, levantaba un brazo cuya mano oprimía tem-blorosa el puño de una espada muy larga, de sober-bios gavilanes retorcidos. Y don Víctor leía conénfasis y esgrimía el acero brillante, como si estu-viera armando caballero al espíritu familiar de lascomedias de capa y espada. Pero como la Regentano estaba en antecedentes, sintió el alma en los piesal considerar que aquel hombre con gorro y chaque-ta de franela que repartía mandobles desde la camaa la una de la noche era su marido, la única personade este mundo que tenía derecho a las caricias deella, a su amor, a procurarle aquellas delicias queella suponía en la maternidad, que tanto echaba de 116
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAmenos ahora, con motivo del portal de Belén y otrosrecuerdos análogos.» Aquellas doloridas reflexiones la postran en unadesesperación mayor, mezcla de sentimientos mora-les y físicos, que Clarín deja entrever con significa-dos algo turbios, pero repletos de matices eróticos:«Y Ana se retiró de puntillas, avergonzada de mu-chas cosas, de sus sospechas, de su vago deseo queya se la antojaba ridículo, de su marido, de sí mis-ma... „¡Oh!, qué ridículo viaje por salas y pasillos aoscuras, a las dos de la madrugada,... Y si ahora,por milagro, por milagro de amor, Álvaro se presen-tase aquí en esta oscuridad, y me cogiese, y meabrazase por la cintura y me dijera: „Tú eres miamor...´, yo infeliz, yo miserable, yo carne flaca, quéharía sino sucumbir..., perder el sentido en sus bra-zos... ¡Sí, sucumbir!´ gritó todo dentro de ella; ydesvanecida, buscó a tientas el sofá de damasco, ysobre él, tendida, medio desnuda, lloró, lloró sin sa-ber cuánto tiempo... Se refugió en la alcoba, y sobrela piel de tigre dejó caer toda la ropa de que se des-pojaba para dormir... Ana, desnuda, viendo a tre-chos su propia carne de raso entre la holanda, saltóal rincón, empuñó los zorros de ribetes de la negra...y sin piedad azotó su hermosura inútil, una, dos,diez veces... Y como aquello también era ridículo,arrojó lejos de sí las prosaicas disciplinas, entró deun brinco de bacante en su lecho; y más exaltada en 117
    • RAFAEL DEL MORALsu cólera por la frialdad voluptuosa de las sábanas,algo húmedas, mordió con furor la almohada.»Queda así en duro relieve y perfil la fragilidad delespíritu de Ana. Cualquier situación, por muy equi-librada que parezca, puede conducirla al otro lado delos sentimientos en unas horas. Cualquier insignifi-cante acontecimiento puede modificar su conducta,su actitud ante la vida. Al día siguiente, el 25 por lamañana, Ana visita a don Fermín en casa de doñaPetronila. El capítulo vigésimo cuarto, en la línea de las di-ficultades y vacilaciones de Ana, se concentra en eldistanciamiento de una de las dos personas que pod-ían llenar su vacío, Álvaro Mesía. La Regenta espe-raba poco de una velada desabrida a la que no queríaasistir, pero acaba desmayada en los brazos de su se-creto redentor. La pérdida del conocimiento, tan in-esperada como novelesca, se produce en el baile queorganiza el Casino con motivo del carnaval. Álvarose encarga de convencer a su amigo Víctor de la ne-cesidad de que Ana participe en la fiesta que orga-niza el casino, y don Víctor de convencerla. Antesde tomar la decisión, la devota mujer lo consulta condon Fermín. De esta manera el lector va conociendolos pormenores de la velada en dosificadas cuotas.La Regenta, que se divierte poco, empieza a tenersueño a las doce. Pero una serie de circunstancias 118
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAencadenadas la llevan a bailar con Álvaro: «DonVíctor gritó: –Ana, ¡a bailar! Álvaro, cójala usted... No quería abdicar su dictadura el buen Quinta-nar; don Álvaro ofreció el brazo a la Regenta, quebuscó valor para negarse y no lo encontró. Ana ca-llaba, no veía, no oía, no hacía más que sentir unplacer que parecía fuego; aquel goce intenso, irre-sistible, la espantaba; se dejaba llevar como cuerpomuerto, como una catástrofe; se le figuraba que de-ntro de ella se había roto algo, la virtud, la fe, lavergüenza; estaba perdida, pensaba vagamente... ElPresidente del Casino en tanto, acariciando con eldeseo aquel tesoro de la belleza material que teníaen los brazos, pensaba... „¡Es mía! ¡ese Magistraldebe de ser un cobarde! Es mía... Este es el primerabrazo de que ha gozado esta pobre mujer.´ ¡Ay, sí,era un abrazo, disimulado, hipócrita, diplomático,pero un abrazo para Anita! – ¡Qué sosos van Álvaro y Anita! – decía Obdu-lia a Ronzal, su pareja. En aquel instante Mesía notó que la cabeza deAna caía sobre la limpia y tersa pechera que envi-diaba Trabuco. Se detuvo el buen mozo, miró a laRegenta, inclinando el rostro, y vio que estaba des-mayada. Tenía dos lágrimas en las mejillas pálidas,otras dos habían caído sobre la tela almidonada dela pechera. Alarma general... » 119
    • RAFAEL DEL MORAL El recurso es de una gran eficacia. Tiene su pre-cedente en la figura del don Juan de Zorrilla cuandodoña Inés, en el convento, cae desmayada en susbrazos. Ana ya estaba preparada, como la novicia,porque Vegallana y Visitación habían servido de in-termediarios, y las apariciones del versado seductorpara dejarse ver se habían producido en los primeroscapítulos, y había asistido a la representación de lafamosa obra. Cuando por fin llega a sus brazos, lavacilante mujer no puede disimular su emoción. Eldesmayo no significa un rechazo a Mesía, pero lasdistintas interpretaciones del escándalo han de plan-tear dudas y murmuraciones que harán más difícil lasituación. Don Fermín, enterado por el envidioso Glocesterde la noticia, cita a Ana a la mañana siguiente (y en-tramos en el capítulo vigésimo quinto) en la discre-tas habitaciones de doña Petronila. El canónigo nopuede ya controlar su pasión amorosa. La rápida en-trevista está influida por los celos. Sin poderlo evi-tar, tímida pero apasionadamente, toma en sus ma-nos las de Ana. La mujer, inexperta en lances amo-rosos, descubre con desidia y cierta repugnancia queel canónigo añade a su amistad su incontenible de-seo: «Una idea con todas sus palabras había sonadodentro de ella, cerca de los oídos. „¡Aquel señorcanónigo estaba enamorado de ella!´ „Sí, enamora- 120
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAdo como un hombre, no con el amor místico, ideal,seráfico que ella se había figurado. Tenía celos,moría de celos... El Magistral no era el hermanomayor del alma, era un hombre que debajo de la so-tana ocultaba pasiones, amor, celos, ira... ¡La ama-ba un canónigo!´ Ana se estremeció como al contac-to de un cuerpo viscoso y frío. ¡Querían corromper-la! Aquella casa..., aquel silencio..., aquella doñaPetronila... Ana sintió asco, vergüenza, y corrió abuscar la puerta». La sensación de sentirse amadapor el confesor despierta reacciones de repulsa:«cuerpo viscoso y frío», «querían corromperla»,«sintió asco, vergüenza»... Una decisión acorde consu línea de vacilaciones pone fin al incidente: «Nidel uno ni del otro seré... Huiré de los dos». Atrapa-da en la escasez de salidas, de perspectivas, de espe-ranzas, poco podrá hacer. La nueva búsqueda deapoyo en el misticismo no es más que un nuevo erroren la carrera de desatinos. El capítulo vigésimo sexto debe relacionarse conel veintidós porque el descrédito y las críticas alMagistral de entonces se convierten ahora en triun-fos. Ana, bajo los efectos de la emoción religiosa,había prometido durante la novena de los Doloreshacer un sacrificio para reparar el honor ofendido de«su hermano del alma». Irá descubriendo el lector,una vez más bien dosificado, que su ofrenda consiste 121
    • RAFAEL DEL MORALen participar en la procesión del Viernes Santo ves-tida de Nazareno, nuevo triunfo del Magistral al quese añade, en desagravio a la muerte de Barinaga, suactuación como confesor en la postrera conversiónde don Pompeyo Guimarán. Una vez más los cam-bios de posición de la dama son fundamento del des-enlace. Pretende también explicar el narrador la faci-lidad con que cambia la reputación de una persona yse olvida su pasado: «...tampoco ahora podía nadiedarse cuenta de cómo en tan pocas horas el espíritude la opinión se había vuelto en favor del Magistral,hasta el punto de que ya nadie se atrevía delante degente a recordar sus vicios y pecados.» El primer acontecimiento está rodeado de unaserie de símbolos sociales porque Barinaga, discípu-lo pobre de Guimarán, había mantenido su ateísmohasta el final. Ahora el maestro cede ante las presio-nes de la Iglesia. Pero su conversión no tiene uncarácter familiar, ni sentimental, sino social. Elacendrado ateo exige que sea el Magistral, y no otro,su último confesor, precisamente el provocador delateísmo y muerte de Barinaga. Clarín añade un datomás para el lector: el Magistral, al acudir de inme-diato a la llamada de Ana Ozores, antepone sus sen-timientos personales a la salvación de Guimarán.Don Pompeyo muere el miércoles santo de 1872, alfinal de aquella cuaresma que se había iniciado conel desmayo de Ana en el baile. Solo dos días des- 122
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELApués, el viernes santo, la Regenta recorre la ciudaddescalza y vestida de Nazareno. Es el resultado desus alocadas e irreflexivas decisiones, más aconseja-das ya por la desesperación de una mujer para quiénotras opciones mas acordes con la norma social handejado de servirle. Clarín informa de la intrepidezmuy lentamente, como cuando anunciaba que iría albaile. Primero la introduce a través de una conversa-ción que la presenta como una «noticia que había dehacer época». Un poco más adelante, en el pensa-miento de la Marquesa, aparece Ana «vestida demamarracho» y «dando el espectáculo» para aclararmás tarde que llama mamarracho a vestirse de Naza-reno con «túnica talar morada, de terciopelo, confranja marrón foncé». Sabremos también que irádescalza por las piedras y el barro de la húmeda ciu-dad y, lo más grave, al lado de ella, en la procesión,ha de acompañarla el señor Vinagre, maestro local,un personaje creado con las opiniones que los vetus-tenses dan sobre su agrio carácter: «Deseaban losmuchachos cordialmente que aquellas espinas leatravesaran el cráneo. El entierro de Cristo era lavenganza de toda la escuela». El maestro Vinagreensombrece la decisión de la Regenta y reduce y su-prime el valor de su arrojo, o su posible heroísmo.La perspectiva para la descripción del paso de Anapor la ciudad está hábilmente dominada. 123
    • RAFAEL DEL MORAL El autor deja de ser omnisciente para darnos sololas opiniones de dos espectadores excepcionales: supropio marido, don Víctor, y su amigo don ÁlvaroMesía, que desde los balcones del casino asistencomo espectadores a la procesión. El paso de la Re-genta aleja el duro recuerdo de su matiz religioso:«ni un solo vetustense allí presente pensaba en Diosen tal instante». Pero hay dos asuntos muy ligados altrágico final. Uno de ellos es que el propio Álvarosirva de amigo confidente de don Víctor. El otro, na-rrado a la vez, es el fracaso: Ana no consigue nadade lo que espera alcanzar que no sea sentirse ridícu-la. Esa impresión la tiene Quintanar al ver pasar a suesposa: «–¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antesque esto prefiero verla en brazos de un amante! Sí,mil veces sí –añadió–, búsquenle un amante, sedúz-canmela; todo, antes que verla en brazos del fana-tismo!...” Lo que solo conoce el lector, y eso es unprivilegio que hábilmente usa Clarín, es que donÁlvaro pueda ser precisamente el seductor a quien serefiere don Víctor, por eso añade: «Y estrechó concalor la mano que don Álvaro le ofrecía.» El paso de la procesión se convierte así en unamargo trance para el ex-regente que se consuelacon su amigo: “La marcha fúnebre sonaba a lo le-jos, el chin chin de los platillos, el bum bum delbombo, servían de marco a las palabras grandilo-cuentes de Quintanar. 124
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA –¡Qué sería del hombre en estas tormentas de lavida, si la amistad no ofreciera al pobre náufragouna tabla donde apoyarse! –¡Chin, chin, chin! ¡Bom, bom, bom! –¡Sí, amigo mío! ¡Primero seducida que fanati-zada...! –Puede usted contar con mi firme amistad, donVíctor; para las ocasiones son los hombres... –Ya lo sé, Mesía, ya lo sé... ¡Cierre usted elbalcón, porque se me figura que tengo ese bombomaldito dentro de la cabeza.» Don Víctor está subido en una silla en un balcóndel tercer piso del casino. Como otras veces, apareceen una situación ridícula... (Con el pijama y el gorroen los primeros capítulos, declamando en solitario lanoche de la crisis de Ana, ofreciendo versos a Visi-tación en la velada del casino...) En la línea de lasparejas de ideas que crea el narrador, sabemos quede acuerdo con el carácter del ex–regente, sus bufo-nadas son más propias del gracioso del teatro del si-glo XVII que del galán. El fracaso de la decisión deAna, por otra parte, es que no solo no alcanza el ob-jetivo de de extremar su piedad, sino que solo consi-gue que incrementar su ridículo, y por tanto, hacercada vez más patente la distancia entre su ideal y suentorno: «Yo soy una loca –pensaba–. Tomo resolu-ciones extremas en los momentos de exaltación, ydespués tengo que cumplirlas cuando el ánimo de- 125
    • RAFAEL DEL MORALcaído, casi inerte, no tiene fuerza para querer...» ¡Yahora, cuando era llegado el día, cuando se acerca-ba la hora, se le ocurría dudar, temer, desear que seabrieran las cataratas del cielo y se inundara elmundo para evitar el trance de la procesión!» Y hubiera querido evitar aquello. La vergüenzade Ana es el principio del fin y significa ya, de ma-nera casi definitiva, su alejamiento del causante deaquella innecesaria manifestación piadosa: «Ana ibacomo ciega, no oía ni entendía tampoco, pero lapresencia grotesca de aquel compañero inesperadola hizo ruborizarse y sintió deseos locos de echar acorrer. „La habían engañado, nada le habían dichode aquella caricatura que iba a llevar al lado.´» 126
    • 10 LA PERSPECTIVAUn nuevo desmayo, esta vez frente al Magistral,pondrá fin a este grupo de capítulos, y a la novelaentera, con evidente voluntad de paralelismo litera-rio, a la que se suma la idea de acabar la acción en elmismo lugar en que se iniciaba el relato. La gran di-ferencia de la nueva actitud que tiene el autor está elabandono de la intimidad de la protagonista, puespone fin a todo lo que nos ha querido decir sobreella, y deja ahora desasistida y libre la imaginacióndel lector, con quien ha tenido una gran deferencia aldarle el privilegio de entrar tan en el interior del per-sonaje. La perspectiva es ahora tan nueva que parececomo si la novela se reiniciara. La situación del ejeargumental, es decir, la aceptación o rechazo de donFermín y don Álvaro, está como al principio. Enveintiséis capítulos se han descrito innumerableshechos, pero no ha pasado nada, al menos nadaesencial con respecto a la acción que se avecina. Da comienzo en el capítulo veintisiete y entra-mos en lo que bien podríamos llamar la tercera parte
    • RAFAEL DEL MORALde la novela. Si en la primera los personajes casi notoman decisiones, la segunda, entre el capítulo die-ciséis y veintiséis, se alimenta de acontecimientosmás vivos que anuncian el fatal desenlace. Son, endefinitiva, argumentos de la vida cotidiana sin másconsecuencias que las habituales. Aunque los perso-najes toman decisiones, estas no tienen suficiente re-levancia, salvo, tal vez, la última, la de aparecerpúblicamente vestida de Nazareno. Una tercera naceahora construida con los cuatro capítulos finales. Laacción se concentra y la novela gana en argumentosque se precipitan a gran velocidad. Numerosas situa-ciones en la vida de los personajes suceden por pri-mera vez. En los capítulos vigésimo séptimo y vigésimooctavo nos encontramos, por primera vez, con las si-guientes situaciones: la acción se concentra fuera deVetusta; la Regenta vive geográficamente lejos delMagistral; el Magistral muestra pública y manifies-tamente su amor y celos, y Ana siente los placeres ygoces del amor carnal. Esta última variación, tan es-perada y sospechada desde las primeras páginas, semanifiesta así: «Salió Álvaro sin ser visto, por lomenos sin que nadie pensara si salía o no, y entró denuevo en el caserón. En la cocina seguía la algaza-ra. Lo demás todo era silencio. Volvió al salón. Nohabía nadie. „No podía ser´. Entró en el gabinete de 128
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAla Marquesa... Tampoco vio entre las sombrasningún cuerpo humano. Todo era sillas y butacas.Sobre ellas ningún bulto de mujer. „No podía ser.´Con aquella fe en sus corazonadas, que era toda sureligión, don Álvaro buscó más en lo oscuro... llegóal balcón entornado; lo abrió... – ¡Ana! – ¡Jesús!» El argumento de estos dos capítulos es, además,y por primera vez, complejo. La procesión del Vier-nes Santo de 1872 ha postrado a la penitenta en unanueva enfermedad. Los Marqueses le han ofrecido,para su recuperación, la casa del Vivero. Allí la da-ma se encuentra bien, de nuevo lejos de Mesía y dedon Fermín, y con cierto equilibrio producido por loque escribe. Mientras don Víctor se entretiene en elcampo, Ana escribe a su médico, escribe a donFermín y escribe su diario. El día de San Pedro, 29 de Junio, los Marquesesinvitan a sus amigos de la alta sociedad, entre ellos adon Fermín, a pasar el día en la casa de campo queya conocemos, el Vivero. Como cualquier hecho dela vida puede desencadenar otras situaciones máscomplejas, la onomástica del Marqués alberga la tra-gedia de don Fermín, incapaz de controlar la exal-tación alimentada por los celos. Su arrebato se susci-ta por la dificultad de control ante la presencia ycompañía de Ana Ozores, y lo conduce a protagoni- 129
    • RAFAEL DEL MORALzar una de las escenas más patéticas de la obra. Elautor destaca, para ridiculizarlo, algunos aspectos deesta circunstancia: Don Fermín tiene que alquilar un coche: «El Marqués se había portado como un grosero no ofreciéndole un asiento en su coche.» A su llegada a El Vivero no lo espera nadie: «No había ningún convidado en la casa.» Va en busca de ellos con Petra y no los en- cuentra, pero se entrevista con la criada en una cabaña: «..si usted quiere hablar a sus anchas, allá un poco más arriba hay una ca- baña que se llama la casa del leñador; es muy fresca y tiene asientos muy cómodos...» Se sienta a la mesa con otros curas, con los de pueblo, con los de baja categoría, y no con el grupo de donde está Ana y Mesía: «...tuvo que comer con el Marqués y los curas en el palacio viejo» Fuerza a don Víctor a acompañarlo para bus- car a Ana que juega extrañamente en el bos- que. 130
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA Don Fermín y don Víctor encuentran en la cabaña una liga que pertenece a Petra, y que sugiere que el canónigo ha estado allí con la criada. El confesor vuelve a Vetusta sin despedirse y calado hasta los huesos: «Encontró el Magistral al Marqués que no quer- ía dejarle marchar en aquel estado. –Pero si va usted a coger una pulmonía... Múde- se usted... Ahí habrá ropa. No hubo modo de convencerle. –Despídame usted de la Marquesa. En una ca- rrera estoy en mi casa... Y dejó el vivero, no tan a escape como él hubiera querido, sino a un trote falso que poco a po- co se fue convirtiendo en un paso menos re- gular. –Pero hombre, castigue usted a ese animal – gritaba don Fermín al cochero– Mire usted que voy calado hasta los huesos... y quiero llegar pronto a mi casa.» Derrotado el Magistral, se inicia con más fuerzael acercamiento de Mesía que encuentra en aquel díade san Pedro su oportunidad para declarar su don-juanesco amor. 131
    • RAFAEL DEL MORAL Llegamos entonces al momento cumbre de laobra, al insignificante acontecimiento que ha justifi-cado las 573 páginas precedentes. Hemos necesitadoveintisiete capítulos para leer la primera emociónamorosa de Ana que queda descrita con las siguien-tes palabras: «Y mientras abajo sonaba el ruido con-fuso y gárrulo de las despedidas y preparativos demarcha, y detrás el estrépito de los que corrían en lagalería, y allá en el cielo, de tarde en tarde, el bra-mido del trueno, la Regenta, sin notar las gotas deagua en el rostro, o encontrando deliciosa aquellafrescura, oía por primera vez de su vida una decla-ración de amor apasionada pero respetuosa, discre-ta, toda idealismo, llena de salvedades y eufemismosque las circunstancias y el estado de Ana exigían,con lo cual crecía su encanto, irresistible para aque-lla mujer que sentía las emociones de los quinceaños al frisar con los treinta. (...) „No, no, que nocalle, que hable toda la vida´, decía el alma entera.Y Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual habla-ba el presidente del Casino, no pensaba en tal ins-tante ni en que ella era casada, ni en que había sidomística, ni siquiera en que había maridos y magis-trales en el mundo. Se sentía caer en un abismo deflores. Aquello era caer, sí, pero caer al cielo.» Sehace ahora necesario resaltar la frase más relevantede la extensa novela, la que justifica los treinta capí- 132
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAtulos: «...oía por la primera vez de su vida una de-claración de amor apasionada.» A partir de ese día de San Pedro el argumento seprecipita. En diez páginas el narrador describe elmes de Julio (que los Ozores pasan en El Vivero) elde Agosto (que transcurre, con Mesía, en Palomares)el de Septiembre (en Vetusta), el de Noviembre(época en que las relaciones Mesía-Ana entran enuna fase íntima). La precipitación y la desviación deltema central es el método de ocultar las buenas rela-ciones de los amantes. Ese mismo procedimiento loutiliza Galdós en Fortunata y Jacinta, novela de lamisma época. Por eso los grandes amigos de la Re-genta y de Mesía no hablan de ninguno de los dos, nidel estado de sus secretos encuentros: «Ni Visitaciónni Paco se atrevían ya nunca a decir nada a donÁlvaro alusivo a sus pretensiones amorosas: le de-jaban hacer; conocían en la cara de gloria del Te-norio que esperaba el triunfo, que tal vez lo estabatocando, y comprendían que el pudor, la vergüenza,mejor dicho, exigía un silencio absoluto respecto alcaso.» Por eso también, porque ahora Ana encuentrasu equilibrio, sus amigas se acercan a ella: «Obduliay Visita adoraban a la Regenta, eran esclavas de suscaprichos, se la comían a besos; juraban que eranfelices viéndola tan tratable, tan humanizada. Yjamás una alusión picaresca, ni una pregunta indis- 133
    • RAFAEL DEL MORALcreta, ni una sorpresa inoportuna. Nadie hablabaallí del peligro que sólo ignoraba Quintanar.» El capítulo vigésimo noveno se concentra en losacontecimientos de los días 25, 26 y 27 de diciem-bre. Informa sobre las coincidencias que conducen adon Víctor a descubrir ingenuamente a don Álvarocuando abandona de madrugada la tan largamentedesatendida habitación de Ana. El autor deja de ins-tigar en la conciencia de los personajes, y solo nosrelata los acontecimientos desde fuera. Excepcio-nalmente entra, de manera imprescindible, en algu-nas conciencias. Seis personajes participan en la intriga del capí-tulo. Dos de ellos, don Fermín y don Álvaro estánmovidos por los celos y el deseo, respectivamente,provocados por Ana, que es a su vez, como donVíctor, un personaje que se muestra neutro en suspensamientos e intenciones. Petra, la criada, se alza,por ambición personal, como decisiva en el desarro-llo. Frígilis, por último, brilla como el personajeecuánime, generoso, el que tiñe de humanidad lasasperezas. Para Ana Ozores, trasladar sus adúlteras relacio-nes al domicilio familiar significa formalizar una re-lación demasiado cerca de don Víctor, pero una mu-jer enamorada no puede limitar los espacio de suamor. Su amor y solo su amor, eterno, lo justifica 134
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAtodo: «Para siempre, Álvaro, para siempre, júrame-lo; si no es para siempre, esto es un bochorno, es uncrimen infame, villano...» Mesía había jurado, y se-guía jurando todos los días, una eternidad de amo-res. Por lo demás Ana, dominada secretamente pordon Álvaro, como se describe en las primeras líneasdel capítulo, ha encontrado la calma, y así se locuenta don Víctor al propio don Álvaro: «Ana viveahora en un equilibrio que es garantía de la saludpor que tanto tiempo hemos suspirado; ya no haynervios, quiero decir, ya no nos da aquellos sustos;no tiene jamás veleidades de santa, ni me llena lacasa de sotanas... en fin, es otra, y la paz que ahoradisfruto no quiero perderla a ningún precio.» Para don Álvaro la situación es más compleja.Su actual acercamiento a Ana no es sino una más desus conquistas, aunque esta vez significa un altísimotrofeo. Pero es un asunto que necesita ser tratado contodas las trampas posibles. Dos astucias son alta-mente necesarias: la primera es buscar un método di-simulado para escalar la tapia; la segunda contar conla colaboración de la criada: «...comenzó el ataque aPetra que se rindió mucho más pronto de lo que élesperaba.» Pero Petra, cuya ambición es mayor, le exige unpago distinto porque: «... podía permitirse el lujo deservirle bien a él sin pensar en el interés, sin máspago que el del amor con que el gallo vetustense ya 135
    • RAFAEL DEL MORALno podía ser manirroto.». Mesía no sabe que la fide-lidad de Petra puede quebrarse con una oferta mejor,la del Magistral. No debe olvidar el lector que DePas también había solicitado sus favores. La criada,en efecto, prefiere el futuro que se le ofrece en la ca-sa del canónigo porque quienes en ella sirven salenbien casadas en recompensa a la amplitud y variedadde servicios prestados al señorito. Don Álvaro igno-ra la ridiculez de su oferta, que no es más que pro-ponerle trabajo en la fonda donde él vive y que tanescaso relieve tiene en la obra. Petra, pura ambición,prefiere aliarse con don Fermín, y lo hará con lamisma facilidad con que previamente se había pres-tado a hacerlo con don Álvaro. El canónigo don Fermín incrementa el tormentoen que lo dejábamos en el capítulo anterior con lanoticia que le trae Petra sobre las relaciones de suama: «...pensaba además que su madre al meterlepor la cabeza una sotana, le había hecho tan des-graciado, tan miserable, que él era en el mundo loúnico digno de lástima... La Regenta le había enga-ñado, le había deshonrado, como otra mujer cual-quiera (...) misérrimo cura, ludibrio de hombre dis-frazado de anafrodita, él tenía que callar, mordersela lengua, las manos, el alma, todo lo suyo, nada delotro, nada del infame... Quería correr, buscar a lostraidores, matarlos... ¿Sí? Pues silencio... Ni unamano había que mover, ni un pie fuera de casa...» 136
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA Después de descubrir que las habitaciones de suesposa han sido profanadas, don Víctor se sienteofendido de acuerdo con los cánones calderonianos,pero no celoso, ni pasionalmente vejado. Vetustenseexcepcional, es el Regente un hombre equilibrado yecuánime que, en primer lugar, preferiría no haberseenterado de nada: «Y si Petra no hubiese adelantadoel reloj o si él no le hubiese creído, tal vez ignoraríatoda la vida la desgracia horrible... aquella desgra-cia que había acabado con la felicidad para siem-pre.» En la definición del personaje, que asoma entantas páginas, la lectura de comedias de capa y es-pada han ocupado su ocio junto con la caza. Ahorase encuentra entre dos influencias: la que le aconsejaolvidar el incidente y la que le empuja a no prescin-dir de los lances de sus comedias favoritas en las queel honor es fuente de inspiración en los desenlaces:«Huyo de mi deshonra, en vez de lavar la afrenta,huyo de ella... Esto no tiene nombre. ¡Oh.., sí lo tie-ne... Y ¡Zas!, el nombre que tenía aquello, segúnQuintanar, estallaba como un cohete de dinamita enel celebro del pobre viejo. „¡Soy un tal, soy un tal.´Yse lo decía a sí mismo con todas sus letras, y tan altoque le parecía imposible que no le oyeran todos lospresentes.» Entiende que el camino que debe seguirse presenta como irremediable: «Los hombres, loshombres eran los que habían engendrado los odios,las traiciones, ¡las leyes convencionales que atan a 137
    • RAFAEL DEL MORALla desgracia el corazón!» Pero al mismo tiempo,Ana tiene todo su perdón si lo mide con su caballe-rosa ecuanimidad: «...¿Y yo? ¿No la engaño yo aella? ¿Con qué derecho uní mi frialdad de viejo dis-traído y frío a los ardores y a los sueños de su ju-ventud romántica y extremosa? ¿Y por qué aleguéderechos de mi edad para no servir como soldadodel matrimonio y pretendí después batirme comocontrabandista del adulterio? ¿Dejará de ser adul-terio el del hombre también, digan lo que digan lasleyes? Don Víctor no siente odio contra nadie, ni si-quiera tiene un pensamiento de desprecio hacia suamigo Mesía. Es sencillamente el concepto lo que leafecta, la idea, esa alteración de los esquemas tan re-petida en las comedias, en sus amadas comedias. El tiempo narrado en el capítulo trigésimo se ex-tiende desde aquella misma noche del 27 de diciem-bre de 1872, en cuya mañana don Víctor había des-cubierto a don Álvaro, hasta el mes de octubre delaño siguiente. Nada que ver con la lentitud de laprimera mitad. Estamos en el capítulo más extensoen tiempo narrado y el más denso en intriga narrati-va. Los segmentos de toda la historia que seleccionaClarín, que ahora escribe con la velocidad y acciónde una novela de aventuras, vienen a ser ocho bro-chazos que, seleccionados a su antojo, dejan al lectorpostrado y exhausto. 138
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA La primera de ellas se concentra en una conver-sación entre don Víctor y Frígilis en la misma nochedel 27 a la vuelta de la jornada de caza. El amigo leaconseja prudencia con Ana y muerte a Mesía: «„AMesía fusilémoslo –había dicho–, si esto te consue-la; pero hay que esperar, hay que evitar el escánda-lo, y sobre todo hay que evitar el susto, el espantoque sobrecogería a tu mujer si tú entraras en su al-coba como los maridos de teatro.´ Ana, culpablesegún las leyes divinas y humanas, no lo era tantoen concepto de Frígilis que mereciera la muerte.» Unos minutos después, don Víctor y el Magistralse entrevistan. En el momento en que se van al en-contrar, asistimos, en visión retrospectiva, a la jor-nada de don Fermín. El canónigo, irremisiblementeenamorado, viene a decir que no puede evitar inmis-cuirse para estimular, e incitar a la venganza al ma-rido afrentado: «–Exijo a usted, como padre espiri-tual que he sido y creo que soy todavía, de usted, leexijo en nombre de Dios... que si esta... noche... sor-prendiera usted... algún nuevo... atentado... si eseinfame, que ignora que usted lo sabe todo, volvieraesta noche... Yo sé que es mucho pedir... pero unasesinato no tiene jamás disculpa a los ojos de Dios,aunque la tenga a los del mundo... Evite usted queese hombre pueda llegar aquí... pero nada de san-gre, don Víctor, nada de sangre, en nombre de laque vertió por todos el Crucificado!...» Don Fermín 139
    • RAFAEL DEL MORALse considera a sí mismo el auténtico marido de Ana.Aquella mañana se ha vestido de montañés, según elpensaba, de hombre, en la soledad de su despacho.Solo entonces asoma Ana, que a don Víctor le pare-ce: «La Traviata en la escena en que muere cantan-do». El amigo fiel suplica a Mesía que se vaya, quedesaparezca: «Pero Frígilis, que tiene cierta influen-cia sobre don Álvaro, le obligó a darle palabra dehonor de que al día siguiente tomaría el tren de Ma-drid... Y Frígilis invocaba esto y los derechos delmarido ultrajado para obligar a Mesía a huir. „Esono es cobardía –dice que le dijo–, eso es hacersejusticia a sí mismo, usted merece la muerte por sutraición y yo le conmuto la pena por el destierro.´»Es el día 29. El agraviado, y no se aclara cómo, hatomado la resolución de retar en duelo al seductor.Don Álvaro, que tenía que haber huido, aún no lo hahecho. Se prepara la ceremonia. «No sé quién lo hacambiado» piensa Frígilis. La cita para el duelo es el día 30. Don Víctor noquiere matar, pero muere. El lector, como en toda laobra, echa de menos conocer algo del pensamientoíntimo de Mesía. Vengar el honor con agresión taninútil no era un hecho acostumbrado, ni frecuente,avanzado el siglo XIX. Estamos lejos de los valoressociales que reflejaban las comedias de Calderón, 140
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELApero en una ciudad de provincias los cambios lleganlentos y tardíos. Cinco meses después de la tragedia, en el mes demayo, Ana aparece en su soledad con la única ayudade Frígilis. La doble moral adquiere aquí todo su re-pugnante significado. No se la condena por su peca-do, sino por su desmesura, es decir, por no haber sa-bido respetar la prudencia que es la norma de con-ducta admitida por una sociedad hipócrita. Ha pasa-do de ser un orgullo para la ciudad a ser una ver-güenza. No parece repudiable acercarse o sucumbir alos acosos del donjuán, sino haber sido descubierta:Hablaban mal de Ana Ozores todas las mujeres deVetusta, y hasta la envidiaban y despellejaban mu-chos hombres con alma como la de aquellas muje-res... Todo Vetusta sabía quien era Obdulia, peroella no había dado ningún escándalo... Vetusta hab-ía perdido dos de sus personas más importantes...por culpa de Ana y su torpeza. Y se la castigó rom-piendo con ella toda clase de relaciones. No fue averla nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se lehabía pasado por las mientes recoger aquellaherencia de Mesía... Se supo que estaba muy mala, ylos más caritativos se contentaron con preguntar alos criados y a Benítez cómo iba la enferma, a quiensolían llamar esa desgraciada... Y Frígilis se propu-so conseguir que se distrajera. Y por eso le rogaba 141
    • RAFAEL DEL MORALque saliese con él de paseo cuando llegó aquel mayoseco, risueño, templado, sin nubes... Este último capítulo se extiende en el tiempo a lolargo de casi un año, mientras que los quince prime-ros sólo reflejaban el breve periodo de tres días. Porentonces el autor ahondaba en el interior de los per-sonajes, ahora nos gustaría leer un largo monólogode Ana o de don Álvaro, o del propio don Fermín.Nos gustaría conocer sus pensamientos. Clarín pre-fiere que sea el lector quien rellene, a su manera, esevacío. Unas líneas antes del final la novela vuelve alprincipio con las palabras de la primera página:«Llegó octubre, una tarde en que soplaba el vientosur, perezoso y caliente, Ana salió...» El altivo Ma-gistral, ante quien Ana quiere expiar sus culpas, larechaza en el mismo lugar en que también había re-chazado la confesión tres años antes porque aqueldía, dos de octubre, el orgulloso confesor no se sen-taba, en aquella misma capilla donde ahora se des-maya y queda postrada. En ese simbólico lugar lededica Clarín sus últimas crueles y despreciativaslíneas. Las sensaciones que ahora describe, no lo ol-videmos («vientre viscoso y frío de un sapo») ya lashabía sentido Ana aquel día en que el Magistral osóacariciar su mano la mañana siguiente al desmayo enbrazos de Mesía. Ninguno de los dos sabe dar a lapretendida mujer amada la ayuda sicológica que ne- 142
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAcesita. Tal vez ninguno de los dos la ha amado nuncaporque se han amado a sí mismos. En ese vacío, apa-rece un extraño: «Celedonio, el acólito afeminado,(...) sintió un deseo miserable, una perversión de laperversión de su lascivia; y por gozar un placer ex-traño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostroasqueroso sobre el de la Regenta y le besó los la-bios. Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de undelirio que le causaba náuseas. Había creído sentirsobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.» El lector siente que su alma se llena de zozobra.La sensible mujer, toda delicadeza, es profanada porla bajeza y fealdad del mundo. 143
    • 11 PERSONAJES SECUNDARIOSEl universo provinciano recreado en la novela no re-parte con ecuanimidad los esfuerzos por descubrir elalma de aquellas gentes, sino que, voluntariamente,los distribuye de manera desigual. Mientras AnaOzores y don Fermín de Pas se adueñan de páginas ypáginas que inspeccionan sus conciencias, de ÁlvaroMesía se retiene todo lo referido a su pasado y granparte de su interior. Suerte muy distinta corren losdemás personajes. Si exceptuamos alguna voluntadpor dar trato de rigor a posturas comprometidas delas criadas Petra y Teresina, con todos los demás elautor se muestra parcial: selecciona un rasgo, lo po-ne de relieve, ironiza, juega, y lo repite de diversasmaneras, lo trata con contundencia o los deja «cla-vados» con una rápida pincelada descriptiva. Frentea la seriedad y rigor de los personajes centrales, delperfil del coro de los secundarios destaca la ironía, labroma, a veces cierto menosprecio y, en conjunto, laparcialidad. Son seres que enriquecen la escena yasoman a las páginas al servicio del interés literariode los principales, apoyan sus rasgos. Rompen, endefinitiva, la seriedad del relato central. La sociedad
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAvetustense, a la que se hace responsable del anquilo-samiento, está presentada en sus aspectos ridículos eiletrados: «En opinión de la dama vetustense, en ge-neral, el arte dramático es un pretexto para pasartres horas cada dos noches observando los trapos ylos trapicheos de sus vecinas y amigas. No oyen, niven, ni entienden lo que pasa en el escenario.» En la catedral, por ejemplo, en la misa del Gallo,asistimos a un relato en el que la Regenta pasa de laeuforia de la celebración al desconsuelo de su sole-dad, una vez de regreso en casa. Los otros vetusten-ses reciben un trato externo, anecdótico, gracioso, yen el límite de la caricatura, pero sin llegar a ella:«Apiñábase el público en crucero, oprimiéndoseunos a otros contra la verja del altar mayor, y la va-lla del centro, debajo de los púlpitos, y quedaban enel resto de la catedral muy a sus anchas los pocosque preferían la comodidad al calorcillo humano deaquel montón de carne repleta. Como la religión esigual para todos, allí se mezclaban todas las clases,edades y condiciones. Obdulia Fandiño, en pie, oíala misa apoyando su devocionario en la espalda dePedro, el cocinero de Vegallana, y en la nuca sentíala viuda el aliento de Pepe Ronzal, que no podía, nital vez quería, impedir que los de atrás empujasen.Para la Fandiño, la religión era esto: apretarse, es-trujarse sin distinción de clases ni sexos en lasgrandes solemnidades con que la Iglesia conmemo- 145
    • RAFAEL DEL MORALra acontecimientos importantes de que ella, Obdu-lia, tenía muy confusa idea; Visitación estaba tam-bién allí, más cerca de la capilla, con la cabeza me-tida entre las rejas. Paco Vegallana, cerca de Visi-tación, fingía resistir la fuerza anónima que le arro-jaba, como un oleaje, sobre su prima Edelmira. Lajoven, roja como una cereza, con los ojos en un SanJosé de su devocionario y el alma en los movimien-tos de su primo, procuraba huir de la valla del cen-tro contra la cual amenazaban aplastarla aquellasolas humanas, que allí en lo oscuro imitaban las delmar batiendo un peñasco en la negrura de su som-bra...» En este coro de vetustenses, el Magistral, que espersonaje de formas y que está allí, dice el autor quepudo ver a la Regenta y a don Álvaro, casi juntos,aunque mediaba entre ellos la verja, y que le temblóel bonete en las manos, y que necesitó gran esfuerzopara continuar aquella procesión que celebran en elinterior de la catedral.A) El entorno del protagonistaEntre los personajes allegados a Ana Ozores destaca,por su condición de marido, la figura de don VíctorQuintanar, hombre incapaz de entender los anhelosde su joven mujer y refugiado en el teatro y la caza:«Quintanar dejó caer al suelo un impermeable comoManrique arroja la capa en el primer acto de El 146
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAtrovador; y en cuanto tal hizo, saltó a los brazos desu mujer llenándola de besos la frente, sin acordarsede que había testigos.» Es precisamente don Víctor,en la velada del baile de carnaval, el personajebufón, y de él nacen las bromas más descalabradasfrente a los serios acontecimientos que se traman en-tre el donjuán y su víctima. La seriedad de loshechos de aquella noche se mezclan con el trato dis-tendido y gracioso que el autor añade a través de donVíctor, que ya en el Casino había comprometido lapresencia de su mujer: «Don Víctor, a quien otra pu-lla de Foja había picado mucho, no pudo menos quedecir: –Yo, señores..., respondo de traer a mi mujer.Esa no baila, pero hace bulto.» Y después, en la ve-lada, el irónico autor pone en boca del ex–regenteversos galantes y para él fingidos, dedicados a Visi-tación e inspirados en sus conocimientos sobre elteatro: «–¿Qué delito cometí para odiarme, ingrata fie-ra? Quiera Dios..., pero no quiera que te quiero másque a mí. –Por Dios y las once mil..., cállese usted, Quin-tanar, –decía la Marquesa–. Pero el otro continuaba, siempre declamandopara su Visitación, según el autor: – En fin, señora, me veo sin mí, sin Dios y sinvos, sin vos porque no os poseo... 147
    • RAFAEL DEL MORAL Y Visitación le tapaba la boca con las manos: –¡Escandaloso, escandaloso! – gritaba.» En aquella misma velada pone Clarín en boca dedon Víctor sus aventuras idealizadas del pasado, másen el mismo grado punzante que exige la distendidacharla que en la seriedad y trascendencia de las mis-mas. Y añade los lances habidos involuntariamentecon Petra: «–Mire usted –decía el viejo–, yo no sé comosoy, pero sin creerme un Tenorio, siempre he sidoafortunado en mis tentativas amorosas; pocas veceslas mujeres con quienes me he atrevido a ser audazhan tomado a mal mis demasías..., pero debo decirlotodo: no sé por qué tibieza o encogimiento de carác-ter, por frialdad de la sangre o por lo que sea, lamayor parte de mis aventuras se han quedado a me-dio camino... no tengo el don de la constancia... Don Víctor, en el seno de la amistad, seguro deque Mesía había de ser un pozo, le refirió las perse-cuciones de que había sido víctima, las provocacio-nes lascivas de Petra: y confesó que al fin, despuésde resistir mucho tiempo, años como un José..., hab-íase cegado en un momento... y había jugado el todopor el todo. Pero nada, lo de siempre.» Nadie mejor que el marido ultrajado para atribuirtales bromas, e informar al mismo tiempo de lo queno sucede en el matrimonio. 148
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA El perfil de Visitación, amiga íntima de la Re-genta, está más dibujado para destacar las carencias,lo que no se cuentan o no comparten, que para des-cribir vivencias. Las veces que se ven, cuando tienenalguna relación, descubrimos cierto trato malinten-cionado: «Visitación procuraba meterle a Ana, amanos llenas, por los ojos, por la boca, por todoslos sentidos, el demonio, el mundo y la carne; elbuen tiempo ayudaba.» No hay más personajes re-almente cercanos a la vida de Ana, salvo el jovenmédico, ya al final, y Frígilis, que se apiada de ella.La rectitud y caballerosidad de Tomás Crespo estápor encima de la de sus conciudadanos, y eso a pesarde que: «Crespo hablaba poco, y menos en el cam-po; no solía discutir; prefería sentar su opiniónlacónicamente, sin cuidarse de convencer a quien leoía.» Por lo demás, antes de que cuide y se ocupe delos intereses de Ana en su viudedad, el personajeestá lleno de humor y ligerezas: «..en el teatro seaburría y se constipaba. Tenía horror a las corrien-tes de aire, y no se creía seguro más que en mediode la campiña, que no tiene puertas. (...) usaba lamisma ropa en el monte que en la ciudad, y los mis-mos zapatos blancos de suela fuerte, claveteada.» Estambién Frígilis víctima de la vida de Vetusta y, encoincidencia con Ana, necesita defenderse del insul-so ambiente de la sociedad provinciana, por eso suridiculez es la coraza con la que se protege. La clave 149
    • RAFAEL DEL MORALpara su interpretación está en un concepto puesto enel pensamiento de Ana: «¡Y pensar que aquel hom-bre había sido inteligente, amable! Y ahora... no eramás que una máquina agrícola, unas tijeras, una se-gadora mecánica. ¡A quién no embrutecía la vida deVetusta!» Cuando Frígilis visita a Ana, ya viuda, noes una persona distinta, pero sí tiene un fondo de ge-nerosidad que no existe en los demás vetustenses. Siel autor ha querido aparecer en algún personaje, esesólo podría ser, tal vez, don Tomás Crespo: «SiFrígilis estaba en el Parque, sentía un amparo cercade sí. Se calmaba. Crespo subía una vez cada tardea verla; pero no se sentaba casi nunca. Estaba cincominutos y en el gabinete, paseando del balcón a lapuerta, y se despedía con un gruñido cariñoso.» Al servicio y necesario recuerdo de la belleza yatractivo de Ana, dispone el lector de dos personajesocultos en su insignificancia y su ridiculez, ambosatraídos platónicamente por la dama, aunque sus de-seos sean secretos que solo ofrece el autor al lectorcomo confidencia. Uno de ellos es el poeta de la ve-cindad Trifón Cármenes. Su poesía es de calidad or-dinaria, casi vulgar, puesta al servicio de la Regenta,de quien estaba secretamente enamorado. De él diceClarín que «le salían los versos montados unos so-bre otros e igual defecto tenía en los dedos de lospies.» El poema ejemplo de lo que no se debe haceres el siguiente: 150
    • «No lo lloréis. Del bronce los tañidos himnos de gloria son; la Iglesia santa le recogió en su seno.., etc.» También el erudito Bermúdez tiene a Ana comomusa de su secreto amor. Es Saturnino el primer per-fil extravagante del relato, el que aparece cuandosirve de guía en la catedral al los parientes de laFandiño. Su ridiculez se sigue presentando hasta elfinal, en la excursión a El Vivero: «Bermúdez, encuanto se sintió solo, se sentó sobre la hierba. Unencuentro a solas con cualquiera de aquellas seño-ras y señoritas en un bosque espeso de encinas secu-lares le parecía una situación que exigía una orato-ria especial de la que él no se sentía capaz.»B) Personajes para la distensiónSe recogen en el coro de personajes secundarios al-gunos tópicos de aparición sistemática, casi rítmica.Asegura así el autor páginas de distensión que alige-ran la densa lectura. Tienen estas graciosas interven-ciones apoyo en principios generales como la exten-dida creencia en la ignorancia de los médicos y suserrores, y los picantes y prosaicos lances de amornacidos en el acoso del desocupado hijo del marquésy su prima Edelmira, al servicio de la trivialidad iró-nica. La joven Obdulia Fandiño es el prototipo demujer dispuesta a prestarse a amores pasajeros oanecdóticos sin diferencias de clase o condición.
    • RAFAEL DEL MORAL Es don Robustiano Somoza, en su condición demáxima autoridad local en medicina, un auténticoiletrado, y de este hecho parte todo el humor cadavez que la ocasión se presta a ello: «Ya queda dichoque él no leía libros: le faltaba tiempo.». Queda au-torizada la ironía: «Tenía mucho miedo a los cono-cimientos médicos de don Álvaro. Aquel hombre queiba a París y traía aquellos sombreros blandos y ci-taba a Claudio Bernard y a Pasteur..., debía de sa-ber más que él de medicina moderna... porque él,Somoza, no leía libros, ya se sabe, no tenía tiempo.»En cuanto a sus diagnósticos, se repiten los escasosrecursos del médico: «Años atrás para él todo eraflato; ahora todo era „cuestión de nervios. Curabacon buenas palabras; por él nadie sabía que se iba amorir» «Don Robustiano Somoza, en cuanto asoma-ba marzo, atribuía las enfermedades de sus clientesa la primavera médica, de la que no tenía muy claroconcepto; pero como su misión principal era conso-lar a los afligidos...» Y cuando no quedan recursos,hay que ingeniarlos: «–¡Ps!..., es y no es. No, no es grave; la cienciano puede decir que es grave ni puede negarlo. Perohijo, usted no entiende de eso. ¿Se trata de unahepatitis? Puede... Tal vez hay gastroenteritis..., talvez..., pero hay fenómenos reflejos que engañan... –¿De modo que no son los nervios? ¿Ni la pri-mavera médica? 152
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA –Hombre, los nervios siempre andan en el ajo...,y la primavera..., la sangre..., la savia nueva..., esclaro..., todo influye. Pero usted no puede entendereso.» Y otras veces, de manera clara, su presencia sir-ve para señalar los errores: «Se sentía mal. Que lla-masen a Somoza. Somoza dijo que aquello no eranada. Ocho días después propuso a la señora deGuimarán el arduo problema de lo que allí se lla-maba «la preparación del enfermo». Había que pre-pararle. ¿A qué? A bien morir. Somoza se habíaequivocado como solía. don Pompeyo estaba enfer-mo de muerte, pero podía durar muchos días: erafuerte... » Para Paco Vegallana las relaciones con su primaestán solo graciosamente sugeridas, insinuadas, y nodescritas, porque el personaje solo es coro, y no pro-tagonista. De la velada del teatro, en el palco, desta-can las intrigas amorosas. No importa abandonar porun momento a los propios Marqueses: «Que era loque estaba haciendo Paquito con Edelmira, su pri-ma. La robusta virgen de aldea parecía un carbónencendido, y mientras don Juan, de rodillas antedoña Inés, le preguntaba si no era verdad que enaquella apartada orilla se respiraba mejor, ella seahogaba y tragaba saliva, sintiendo el pataleo de suprimo y oyéndole, cerca de la oreja, palabras queparecían chispas de fragua. Edelmira, a pesar de no 153
    • RAFAEL DEL MORALhaber desmejorado, tenía los ojos rodeados de unligero tinte oscuro. Se abanicaba sin punto de repo-so y tapaba la boca con el abanico cuando en mediode una situación culminante del drama se le antoja-ba a ella reírse a carcajadas con las ocurrencias delMarquesito, que tenía unas cosas...» Y no pierdeotras oportunidades: «En el pasillo dio un pellizco aPetra, que traía un vaso de agua azucarada. » En elbaile de carnaval, y como habitual, el joven Vegalla-na « tenía otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y„le hacía el amor por todo lo alto´, aunque a su ma-dre no le gustaba, porque era feo engañar a unaprima.» Y Edelmira volverá a ser objeto de los mis-mos acosos en otros capítulos: «Paco la pellizcabasin compasión y ella despedazaba los brazos de Pa-co; Joaquín Orgaz, que había conseguido aquellatarde algunas ventajas positivas en el amor siempreefímero de Obdulia, pellizcaba también.» Y algunascosillas más que al autor prefiere sugerir más quedescribir, porque sabe que así es más incisivo: «–Bobadas de mamá –dijo Paco, de mal humor, apa-reciendo por un extremo de la galería–. Edelmiraprefería dormir con Obdulia, como es natural..., yahora doña Rufina le hacía acostarse en su mismaalcoba... Bobadas... Tonterías de mamá.» 154
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAC) El ámbito del casinoPara las pinceladas de los rápidos personajes del Ca-sino los rasgos son breves, críticos y, si puede ser,graciosos. Generalmente los chistes están referidos alo que de iletrados y vulgares tienen sus socios. Enboca de Pepe Ronzal «alias Trabuco, natural dePernueces, una aldea de Provincia» pone Claríntérminos eruditos mal pronunciados o mal interpre-tados. Trabuco que no pronuncia bien el Inglés de-cía: «Tatistequestion» De Joaquín Orgaz se dice que«había acabado la carrera aquel año y su propósitoera casarse cuanto antes con una muchacha rica.»Para don Frutos Redondo, representante generaliza-do de las opiniones populares frente al teatro, la opi-nión sobre una representación teatral puede ser: «Noveo la tostada, decía refiriéndose a cualquier come-dia en que no había una lección moral, o por lo me-nos no la había al alcance de Redondo.»D) El entorno religiosoLa Catedral preside la conciencia de los vetustenses,aunque a distintas escalas. Muchas almas, sin que losvetustenses lo sepan, están dominadas por el Magis-tral. En los primeros capítulos descubrimos cómoaparece don Fermín con dominio sobre los demáscanónigos, que pierden el tiempo en tertulias y otrosasuntos sin importancia, mientras él acumula sus es-fuerzos para abrirse paso en la escala social. Lo ve- 155
    • RAFAEL DEL MORALremos después ejercer su autoridad con las familiasinfluyentes, de las que destaca la ceguera intelectual. En el mundo de la clase social alta, los Carraspi-que ponen en evidencia esta sumisión: «Don Fran-cisco de Asís Carraspique era uno de los individuosmás importantes de la Junta Carlista de Vetusta....frisaba con los sesenta años y no se distinguía ni porsu valor ni por sus dotes de gobierno; se distinguíapor sus millones. (... )doña Lucía, su esposa, confe-saba con el Magistral. Este era el pontífice infalibleen aquel hogar honrado. Tenían cuatro hijas losCarraspique: todas habían hecho su primera confe-sión con don Fermín; habían sido educadas en elconvento que había escogido don Fermín..» Y en el ambiente de los indianos, los Páez, aun-que tienen un extraño concepto de religiosidad, tam-bién ceden al Magistral la gestión de sus creencias, eincluso de su dinero (recordemos que intercede paraque le concedan el oratorio a Francisco Páez):«Veinticinco años había pasado Páez en Cuba sinoír misa, y el único libro religioso que trajo de Amé-rica fue el evangelio del Pueblo, del señor Hernao yMuñoz; no porque fuese Páez demócrata, ¡Dios lelibrase!, sino porque le gustaba mucho el estilo cor-tado. Creía firmemente que Dios era una invenciónde los curas; por lo menos en la isla no había Dios.Algunos años pasó en Vetusta sin modificar estasideas, aunque guardándose de publicarlas; pero po- 156
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAco a poco entre su hija y el Magistral le fueron con-venciendo de que la religión era un freno para elsocialismo y una señal infalible de buen tono. Al ca-bo llegó Páez a ser el más ferviente partidario de lareligión de sus mayores. «Indudablemente – decía –la metrópoli debe ser religiosa! Su hija Olvido, como las hijas de los Carraspi-que, vive alejada del mundo y voluntariamente per-dida en su perturbada grandeza. También el texto semuestra cruel con el personaje: «Olvido era una jo-ven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullo-sos; la servían negros y negras y un blanco, su pa-dre, el esclavo más fiel. A los dieciocho años se leocurrió que quería ser desgraciada, como las heroí-nas de sus novelas, y acabó por inventar un tormen-to muy romántico y muy divertido. Consistía en figu-rarse que ella era como el rey Midas del amor, quenadie podía querer la por ella misma, sino por sudinero, de donde resultaba una desgracia muygrande, efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes debuena posición, nobles o de talento relativo, se atre-vieron a declararse a Olvido, recibieron las fatalescalabazas que ella se había jurado dar a todos conuna fórmula invariable» Incluso el ateo de la localidad, don PompeyoGuimarán, tiene mucho que ver con don Fermínporque en los últimos momentos acabará sometién-dose a la religión: «Don Pompeyo Guimarán no cre- 157
    • RAFAEL DEL MORALía en Dios. No hay para qué ocultarlo. Era público ynotorio. Don Pompeyo era el ateo de Vetusta. ¡Elúnico!, decía él, las pocas veces que podía abrir elcorazón a un amigo... El daba ejemplo de ateísmopor todas partes, pero nadie le seguía (...) DonPompeyo no creía en Dios, pero creía en la Justicia.En figurándosela con J mayúscula, tomaba para élcierto aire de divinidad, y sin darse cuenta de ello,era idólatra de aquella palabra abstracta. Por laJusticia se hubiera dejado hacer tajadas.» El perso-naje, tratado con algo menos hilaridad que los de-más, da un extraordinario juego argumental porquesu único seguidor, Santos Barinaga, enemigo delMagistral, muere sin arrepentirse. El ateo deseabacomo confesor a la máxima autoridad de la iglesia, yel Obispo no cuenta, porque de él se nos dice que:«En una época de nombramientos de intriga, decomplacencias palaciegas, para aplacar las quejasde la opinión se buscó un santo a quien dar una mi-tra, y se encontró al canónigo Camoirán.» ¿Quiéndomina, entonces, al obispo? Curiosamente no es elMagistral, sino su madre, doña Paula, personaje,desde la sombra, de formidable influencia en la ciu-dad y excluido de ese común trato humorístico delque no se escapa ni el propio señor obispo de quiense dice que: «Tenía escritos cinco libros que prime-ro se vendían a peseta, después se regalaban, titula-dos así: El Rosal de María (en verso), Flores de 158
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAMaría, La devoción de la Inmaculada, El Romance-ro de Nuestra Señora, La Virgen y el Dogma.» DoñaPaula, en definitiva, tiñe los comportamientos deotros personajes. Ella ha provocado situaciones ex-tremas por anhelar, con más o menos derecho, pre-servar a su hijo de la miseria y alejarse ella misma.En busca del conflicto de clases, Clarín le dedica a lamadre del Magistral, a la que tiene al obispo en unagarra, el pensamiento más cruel de la novela. La in-trigante mujer, en el ansia de satisfacer todo tipo deambiciones para su hijo, piensa así de la Regenta:«De estas ideas absurdas, que rechaza después elbuen sentido, le quedaba a doña Paula una ira sor-da, reconcentrada, y una aspiración vaga a formarun proyecto extraño, una intriga para cazar a la Re-genta, y hacerla servir para lo que Fermo quisie-ra..., y después matarla o arrancarle la lengua...» 159
    • 12 ANÁLISIS FINAL Y CIERRESEl hilo conductor enlaza los asuntos que refieren elcontacto entre Ana Ozores, personaje de fina sensi-bilidad, y la gregaria sociedad provinciana de finalesde siglo XIX. El enfrentamiento sirve para la denun-cia. Ana, que no se coloca nunca por encima de susconciudadanos ni los juzga, no es una heroína, sinoun personaje más, aunque movida por algo distinto.Mientras ella busca la felicidad, la belleza del mun-do, forman los demás un colectivo mediocre que,ajeno a ella, con sus pasiones y rencillas, van ani-mando las páginas y dibujando el espíritu de unaciudad oprimida por la envidia y la ignorancia. El mundo de esa sociedad nos llega a través deuna visión humorística de la que solo se salvan, aun-que de manera muy reflexiva, Ana Ozores, donFermín, y, en menor medida y con perspectiva dis-tinta, don Álvaro. Dos procedimientos narrativosdestacan en la construcción de la novela: los cuadroscostumbristas y la dimensión del personaje a travésdel estilo indirecto libre.
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELA De la estructura de la historia se deducen una se-rie de cuadros que recuerdan las descripciones cos-tumbristas tan de moda en la primera mitad del si-glo: la catedral y su ambiente (cap. 1 y 2), el mundodel casino (cap. 6), la comida la casa de de Marque-ses (cap. 13) el día de los difuntos (cap. 16), una ve-lada de teatro (cap. 16), la misa del Gallo (cap. 25).Estos cuadros de costumbres van unidos por unatécnica nueva que domina los ambientes, el ordennarrativo, y el espacio, y el tiempo, y el acertado usode la vuelta atrás o mirada retrospectiva. Con el uso del estilo indirecto libre se anticipaClarín al la técnica del monólogo interior, tan utili-zada en el siglo XX. Clarín sustituye las reflexionesque el autor quiere hacer por su cuenta respecto a lasituación de un personaje no como si fuera un monó-logo, sino como si el autor estuviera dentro del cere-bro de éste. Así el novelista puede entrar en la mentedel personaje y desvelarnos sus pensamientos y de-seos más recónditos. El narrador consigue conven-cernos de su imparcialidad, pero se tiñe de vez encuando de una subjetividad corrosiva. Crea agracia-das frases cargadas de intención, dispuestas a repro-char comportamientos no relacionados con la acciónprincipal, que llenan de chispa su relato. Reside también la riqueza del texto en la multi-plicidad de lecturas. Ana y la sociedad que la rodea,es verdad, se encuentran ociosos, pero la pasión 161
    • RAFAEL DEL MORALsexual y el comportamiento voluptuoso de algunospersonajes confiere cierto sentido a sus vidas. Nohay personajes admirados, pero tampoco sistemáti-camente despreciables. La melancolía, los desatinos,el buen vivir, la obsesión, los odios, los recelos, elbuen hacer... aparecen tejidos en un paño multicolor.Pueden unos lectores ver en la obra una exaltaciónde lo vital, mientras otros se recrean en la frustra-ción, en el hastío. Ambas lecturas están en contraste,pero son igualmente válidas. La protagonista se encuentra desplazada ya des-de sus primeros años por su condición de hija de unmilitar librepensador y una bailarina italiana. Su ma-trimonio con el ex–regente de la Audiencia, donVíctor Quintanar, hará que sea aceptada por la mejorsociedad vetustense, pero su hermosura, delicadeza,y distanciamiento, la convierten en víctima de la en-vidia de esa misma sociedad. Su vida está movidapor un continuo juego de ilusión y desilusión, y elpersonaje lanzado en busca de algo superior que lle-ne sus días... y que no encuentra. Ana y el Magistralcomparten, aunque por causas distintas, su despreciopor Vetusta, y coinciden en su soledad y en sentirsedistintos o superiores. Cada uno busca dar sentido asus vidas a su manera. No interesa tanto el adulterio,que se alza como tragedia en el desenlace, como ex-presión de una permanente frustración. Y en mediodel ancho coro de figuras provincianas, nítidamente 162
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELArecortadas en su más evidente realidad, la Regentaqueda como en una intencionado desenfoque, en unasuave neblina. Evidentemente Clarín se ha enfrenta-do con este personaje de manera diversa: no diseñafríamente su personalidad y carácter, captándolo eninstantáneas definitorias, y no usa las frases que,irónicamente subrayadas en cursiva, dejan otros per-sonajes clavados como mariposas ante el ojo obser-vador. Para su protagonista diríamos que el autor re-serva la piedad y comparte su tristeza, incluso respe-ta su caída en el pecado. Por eso, paradójicamente, alterminar el libro conocemos a Ana Ozores menosque a cualquier personaje coral o secundario de lanovela, pero nuestro conocimiento es diverso, máslírico y amplio. Ana es, dentro del ambiente en quese mueve, un ser diferente. Su desasosiego se con-creta en un vago deseo de huida de ese mundo posi-tivista y a la vez dominado por moribundas tradicio-nes, en el cual aparece como una romántica rezaga-da: «Vivir en Vetusta la vida ordinaria de los demásera aparecerse en un cuarto estrecho con un brase-ro: era el suicidio por asfixia.» Su única posibilidadestriba en ahondar en sí misma y soñar; para ello ne-cesita definir ese vago anhelo, por eso busca apoyoen el círculo de los que la rodean, principalmente enlos tres hombres a quienes se siente unida por moti-vos muy diferentes: su esposo, don Víctor Quinta-nar; el Magistral, don Fermín de Pas, y el joven y 163
    • RAFAEL DEL MORALelegante jefe del partido liberal, don Álvaro de Mes-ía. En el interior de este triángulo masculino se desa-rrolla con toda su complejidad la lucha callada, sor-da, de la protagonista, que intenta hallar en cada unode ellos su camino de salvación y desemboca en untotal fracaso. Su esposo, del que la separa la edad yel espíritu, es para ella «como un padre», tal es laúnica fuerza sentimental que los une. El antiguo re-gente vive sólo para sus inventos, el teatro clásico, lacaza y las discusiones con Frígilis; un muro de in-comprensión le impide ayudar a su esposa. El canó-nigo y el presidente del casino representan a las dosfuerzas vivas de la ciudad provinciana. El primero esdueño espiritual; guía mundano el segundo. Podría-mos decir que los vaivenes y alternancias de Anason la materia del argumento. Ana, empujada por suinquieta imaginación, se siente atraída por dos lla-madas distintas y opuestas: la de la exaltación místi-ca y la de los ignorados deleites de la proximidadamorosa. La primera parece vencer y hace que laotra sea considerada por la conciencia de la protago-nista como un gran peligro del que hay que huir. La religiosidad se convierte en una morbosa en-fermedad fomentada por don Fermín de Pas, elhombre dinámico de Vetusta, valiente y varonil, po-deroso dibujo que recuerda las grandes creaciones dela novela europea. La amistad que une al Magistral ya Ana acaba transformándose en una sacrílega pa- 164
    • TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA NOVELAsión amorosa. Ana, horrorizada, se aproxima con to-da la fuerza de la nueva vida que se abre ante ella adon Álvaro Mesía, que llevaba mucho tiempo reali-zando una lenta labor para vencer la castidad de lasolitaria mujer con toda clase de recursos. La caídade Ana es favorecida inconscientemente por el pro-pio don Víctor, que ha hecho de Álvaro su amigofiel, y lo ha convertido en confidente de su privaci-dad. El adulterio es descubierto por el esposo no porlos descuidos de Álvaro y Ana, sino por las astuciasde Petra, la joven criada de la casa, que hace a la vezde encubridora de los amantes y de espía de donFermín. Una mañana que Quintanar tenía que salirde caza, Petra adelanta el despertador y ello le per-mite descubrir a don Álvaro cuando abandona suclandestino rincón. Don Víctor, instigado por las pa-labras del magistral, que aparentemente le aconsejalo contrario, reta a Mesía, que, contra todo pronós-tico, da muerte al ofendido esposo. Las mismas gen-tes que deseaban e incluso colaboraron en la caídade la Regenta, ahora se apartan de ella y la aíslancon su desdén; sólo Frígilis, el fiel amigo de su es-poso, y el joven doctor, quedan a su lado. La Regen-ta aparece entonces apenas dibujada en las últimasoñaginas: se diría que el autor ha dado unos pasosatrás y la deja envuelta en penumbra. Pero de estapenumbra la saca el choque brutal: su marido, eldesairado personajillo que recitaba a Calderón blan- 165
    • RAFAEL DEL MORALdiendo la espada, ha sabido su engaño, ha acudido alterreno del duelo, y ha muerto allí, por mano de suofensor. El espíritu de la Regenta se hunde en unabismo sin remedio de sufrimiento y horror: el peorcastigo es que ha de seguir viviendo sola, estigmati-zada. El detalle administrativo de percibir la pensiónde viudedad sobre el sueldo del marido muerto porsu culpa, es como un toque último de amargura re-alista. La apoteosis del remordimiento está en la escenaconclusiva: Ana, al fin, decide acercarse a un confe-sionario a lavar su culpa, pero el confesor resulta serel Magistral, el derrotado pretendiente. Ante su mi-rada fulminante, Ana cae desmayada. Un deforme yenviciado sacristán la encuentra sin sentido y la be-sa. 166
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