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La Langosta Literaria recomienda MANTRA de RODRIGO FRESÁN -  Primer Capítulo
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La Langosta Literaria recomienda MANTRA de RODRIGO FRESÁN - Primer Capítulo

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¿Qué tienen en común un nostálgico tumor cerebral, un espectro obsesionado con los luchadores enmascarados observando su vida y su muerte por televisión desde un inframundo azteca, y un hipotético …

¿Qué tienen en común un nostálgico tumor cerebral, un espectro obsesionado con los luchadores enmascarados observando su vida y su muerte por televisión desde un inframundo azteca, y un hipotético androide en busca del creador perdido por un mundo en ruinas?

La simple respuesta es:
a) México, Distrito Federal, metrópoli apocalíptica donde todo lo que puede llegar a ocurrir y no ocurrir indefectiblemente ocurre; b) la misteriosa sombra de Martín Mantra: director de cine prodigio en busca del film total, líder guerrillero, mesías flamígero, tótem religioso y miembro de una demencial familia mexicana abducida por una telenovela; y c) películas malas y buenas revoluciones, comida picante y aire contaminado, pirámides antiguas y modernos aeropuertos, madres sufridas y padres alucinados, día de los muertos y noche de los vivos, sangre derramada y tequila en las venas.

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  • 1. 17 Muchos años antes de que empezara todo lo que tenía que ter- minar, antes de ese terrible y magnífico Día de los Muertos en que viajé y llegué para irme por primera y última vez a México Distrito Federal («Mexico City is known to Mexicans simply as México – pronounced “meh-kee-ko”. If they want to distin- guish from Mexico the country, they call it either “la ciudad de México” or el DF – “el de eff-e”»), cuando todavía falta- ba demasiado tiempo para convertirme en quien soy ahora y jamás desearía haber sido, yo conocí a Martín Mantra o, mejor dicho, Martín Mantra me conoció a mí, me tendió su mano, y en su mano había un revólver. DB Mantra 480pp.indd 17DB Mantra 480pp.indd 17 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 2. 18 Martín Mantra decía que cualquier historia –hasta la más breve e insignificante– sólo podía estar bien contada si comenzaba con el principio de todas las cosas, con el big bang de la cues- tión, con ese «Había una vez…» original que nos incluye a to- dos. Arrancar siempre desde el Vacío Absoluto e ir llenándolo de a poco y sin apuro como se va llenando una piscina en la que uno jamás va a nadar, pero, ah, el placer de ver nadar a otros allí, verla a ella surgiendo de las profundidades para tomar aire y volver al fondo azul y cloro y sin prisa: ésta es una carrera con una sola participante y una única ganadora. No será éste el caso de lo que voy a contar aquí. No tengo tanto tiempo ni conocimientos. Empezaré por un principio más próximo, pero, creo, igual de trascendente. Empezaré diciendo que entonces éramos otros. Entonces éramos diferentes, no por una cuestión de edad y de tamaño y de ideas, sino porque los que habitan ese efímero planeta de la Nebulosa de Nunca Jamás conocido como Infancia (la única patria posible y, al mismo tiempo, un lugar cuyos habitantes se extinguen enseguida, un sitio que desaparece para unos para así poder ser poblado una y otra vez por otros, por los que siempre vienen detrás, como ocurría con ciertas ciudades aztecas súbita- mente abandonadas) son siempre animales extraños, criaturas que nunca se quedan quietas a la hora de ser capturadas y clasi- ficadas para el bestiario de turno. Seres completamente distintos a los que llegan a convertirse, porque, entonces, sorpresivamen- te duros y fuertes –porque es durante la infancia cuando, con- trario a lo que suele creerse, somos más poderosos y resistentes a todo–, no sospechan que con el tiempo se irán ablandando, vol- viéndose más temerosos y frágiles. Caemos desde árboles, dor- mimos en el suelo, sangramos poco, cicatrizamos rápido, nos revolcamos felices en nuestra propia mierda, lloramos de risa, las DB Mantra 480pp.indd 18DB Mantra 480pp.indd 18 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 3. 19 enfermedades apenas se detienen en nuestro cuerpo a beber un cocktail febril y siguen su camino, nos encanta cumplir años porque ese día confirma la brevedad de lo que ha sido y el infi- nito de lo que será y todavía está tan lejos esa primera noche en que, por primera vez, dejamos de pensar en el futuro para refu- giarnos en una imprecisa revisitación de nuestro pasado. Cuan- do somos nuevos no envejecemos: crecemos. Como tumores. Como Sea Monkeys. DB Mantra 480pp.indd 19DB Mantra 480pp.indd 19 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 4. 20 Somos inmortales durante nuestro principio. Somos invenci- bles. Lo sabemos todo porque no hay mucho que saber. Somos puro Capítulo Uno. Conocemos lo básico, lo que realmente im- porta, lo imprescindible: reglas simples para sobrevivir en la jungla de nuestros días breves pero intensos en los que intuimos a la perfección quiénes son nuestros amigos y nuestros enemi- gos. Entonces nuestras flamantes antenas captan sin dificultad el lenguaje secreto del universo. Con los años –con el ruido blanco del conocimiento de lo inútil, con la estática de la infor- mación innecesaria y el paulatino aproximarse de la muerte– nos vamos convirtiendo en personas cada vez más ignorantes y temerosas de puertas que mueve el viento o de teléfonos que suenan en la oscuridad del centro exacto de la noche. Así, a la hora incierta de recordar con tristeza nuestro vigoroso ayer, no somos más que astronautas corruptos de una Luna inocente en cuya espalda alguna vez plantamos una bandera y desde la que todo nos parecía más grande y majestuoso, no porque, como se piensa, nosotros fuéramos más pequeños que las habitaciones que nos contenían, sino porque nuestra capacidad de asombro no era, todavía, el ejercicio de un músculo pequeño y difícil de ubicar sino un latido constante al que alcanzaba con cerrar los ojos para sentirlo adentro de nosotros, marcando el tiempo de los hombres y la velocidad de las cosas. Sí, nuestro pasado más remoto estaba tan próximo y era tan breve y preciso que se con- fundía con lo acontecido horas atrás mientras nos deslizába- mos por un presente más largo que todo el futuro. Por eso es durante la infancia cuando más nos atrae el rugir de los motores de la ciencia-ficción: el antes es ínfimo; el ahora no es más que una sucesión de fotogramas; el después lo es todo y por eso no es extraño que, a medida que crecemos, el futuro nos interese cada vez menos y nos provoque menos interrogantes porque, DB Mantra 480pp.indd 20DB Mantra 480pp.indd 20 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 5. 21 sí, comenzamos a comprender que nunca llegaremos a ser parte de él. Creo que me estoy repitiendo, que digo siempre lo mismo con palabras diferentes, que tengo poco tiempo para decir cosas diferentes y por eso elijo un tiempo –el tiempo en que tenía mucho tiempo– y un nombre: Martín Mantra. DB Mantra 480pp.indd 21DB Mantra 480pp.indd 21 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 6. 22 Me han dicho alguna vez o leí en alguna parte –lo recuerdo ahora– que durante la infancia nos hacemos treinta y tres pre- guntas por hora y que, con el paso del tiempo, cada vez nos pre- guntamos menos cosas, porque las respuestas están ahí, pensadas por otros y dispuestas a ser adoptadas por nosotros antes de que ni siquiera se nos ocurra cuestionar el cómo y el porqué de lo que nos rodea y nos tiene acorralados. De este modo acabamos conformándonos con la seguridad de las respuestas ajenas sin- tiéndonos vencedores cuando en realidad deberíamos luchar por mantener el riesgo constante de las preguntas privadas. Sí, se nos educa para ser débiles, pero para cuando lo com- prendemos ya es demasiado tarde. Alcanza con mirar fotos de niños que alguna vez fueron y compararlas con las fotos de adul- tos que estos niños resultaron ser para que nos invada una sensa- ción de triste extravío, de resignado desconcierto ante lo imposi- ble de recuperar. Esta boca y esta nariz pueden llegar a coincidir con aquella nariz y aquella boca; pero algo se ha quedado para siempre en el camino: el brillo desafiante de una mirada, la curva cruel de una sonrisa pura y bestial, la estatura perfecta y la silue- ta aerodinámica, óptima e inasible para alcanzar la mejor veloci- dad cuando se corre pero nunca se huye. Felices enanos perfec- tos que, misteriosamente, aparecen anacrónicamente adultos en esos brillantes papeles viejos. Tal vez porque comprendí todo esto desde muy temprano, me he negado sistemáticamente a que me tomen fotos a no ser que esto sea imprescindible (pasaportes: quemarlos una vez que –extraño verbo– se los renueva); o socialmente y sentimental- mente inevitable (novias: quemarlas, también, una vez que se las renueva); o producto de alguna inevitable casualidad donde uno, como un fantasma descuidado, acaba apareciendo junto a las patas metálicas de la Torre Eiffel detrás de una familia de japo- DB Mantra 480pp.indd 22DB Mantra 480pp.indd 22 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 7. 23 neses. Igual apocalíptica conducta he asumido –a la hora de la venganza por tantas fotos a las que me han condenado sin pe- dirme permiso– cuando alguna de esas mismas familias japone- sas me ha pedido que le tome una foto a los pies de, por ejem- plo, la Sagrada Familia o el Taj Mahal: ordenarlos, decirles que sonrían, encuadrar la foto de modo que todas sus cabezas apa- rezcan cortadas a la altura del cuello por la guillotina de mi mal- dad, disparar la cámara, aceptar el f lash de sus sonrisas y de su agradecimiento amarillo. Imaginarlos abriendo el sobre con las fotos reveladas y truncas. Sentirlos maldecir al desalmado que les hizo semejante broma. Los aborígenes que sostienen que las fotos roban el alma para no devolverla tienen razón. Martín Mantra –quien, como yo, pensaba lo mismo y por lo tanto se negó a aparecer en la foto de grupo de quinto grado de primaria– también. DB Mantra 480pp.indd 23DB Mantra 480pp.indd 23 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 8. 24 Una foto en blanco y negro y –antes de la incontenible irrup- ción de los rabiosos colores de México– ésta es la parte en blan- co y negro de mi historia. La parte que transcurre en mi hoy inexistente país de origen que no era México ni México Distri- to Federal, pero que lo fue a partir del día en que Martín Man- tra llegó a mi vida mexicanizando todo lo que me rodeaba y no ha dejado de rodearme desde entonces con un cerco feroz e in- franqueable. Una foto como el inevitable prólogo a todo esto y con esa especial calidad del blanco y negro expresivo y expre- sionista de las películas de o con Orson Welles. El blanco y ne- gro del policial fronterizo y tex-mex Touch of Evil o el thriller en la Viena de la posguerra The Third Man, la preferida de Mar- tín Mantra por motivos tan obvios ahora como incomprensi- bles para mí entonces. Una infancia en blanco y negro donde los televisores eran en blanco y negro (Rod Serling hablando al principio y al final de esos inquietantes episodios/cuentos de The Twilight Zone –o Dimensión Desconocida– es, pienso, la voz que mejor define aquellos tiempos donde todo parecía bordear lo fantástico y solía durar no más de treinta minutos incluyendo comerciales) y donde también era en blanco y negro la foto de ese grupo de chicos de quinto grado de primaria en un cole- gio estatal. El glorioso y legendario colegio bautizado con el nombre de un patriota extranjero y mexicano: el general post-mortem e in- dependentista Gervasio Vicario Cabrera, héroe inmortal y de- sorientado de la Batalla de Canciones Tristes. El colegio n.º 1 del Distrito Escolar Primero (tanto número 1 nos producía, por supuesto, una especie de estúpido orgullo) era célebre por su educación avanzada y al que los nombres más o menos ilustres de la intelligentsia de entonces enviaban –desde las ocho de la ma- ñana hasta las cinco de la tarde, almuerzo a las doce–, a sus hijos DB Mantra 480pp.indd 24DB Mantra 480pp.indd 24 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 9. 25 varones con inclinaciones que no podían ser otra cosa que artís- ticas, por más que éstas incluyeran la tiranía feroz de un mercado negro de cortantes figuritas metálicas y cromos autoadhesivos teóricamente lavables que nos dejaban tatuados como maoríes durante varios días luego de los que, se nos aseguraba, moriría- mos asfixiados o enloquecidos por la solución de LSD escondi- da detrás de los dientes de Bugs Bunny o el Coyote. Yo volvía, fe- liz y tatuado, al piso donde vivía con mis padres. Casa, colegio, casa. Todos los días. No aprendí a andar en bicicleta o a nadar sino hasta muchos años después, cuando ya me había caído y ahogado demasiadas veces y el Gervasio Vicario Cabrera, cole- gio n.º 1 del Distrito Escolar Primero, ya no estaba donde siem- pre había estado, para convertirse en un recuerdo transparente atravesado por autos a máxima velocidad. El Gervasio Vicario Cabrera, colegio n.º 1 del Distrito Es- colar Primero. Un colegio de comportamiento extraño: el edi- ficio de estilo francés estaba entonces sitiado por las ruinas de otros edificios de estilo francés –una ventana que daba a ningu- na parte, una escalera ascendiendo hacia el vacío sin fondo del cielo– y a la espera de ser demolido por las autoridades munici- pales empeñadas en prolongar el recorrido de lo que, repetían una y otra vez con orgullo un tanto primigenio, era «la avenida más ancha del mundo», para poder así convertirla, también, en la más larga. Se había consentido en respetar la naturaleza edu- cativa del edificio y ofrecerle una tregua a su inevitable final hasta que terminara ese año lectivo y así nosotros jugábamos entre los escombros y las máquinas topadoras y los cables de alta tensión a que eso era el planeta Tierra luego de una explosión atómica, luego de demasiadas explosiones atómicas, como en esas películas serie B, como en los mejores episodios de Dimen- sión Desconocida. Nosotros éramos los únicos que habíamos so- brevivido al cataclismo y vivido para contarlo y, no, no tengo ninguna foto de ese paisaje mutante por el que corríamos lan- zando gritos salvajes y volábamos como moscas y ensuciando los guardapolvos y desgarrando sus bolsillos y perdiendo boto- nes en nuestras guerras para desesperación de nuestras maestras y de nuestros padres. No hay fotos de esos eufóricos momentos de ciencia-ficción terrena después de clase en los que demorá- DB Mantra 480pp.indd 25DB Mantra 480pp.indd 25 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 10. 26 bamos el retorno a nuestros hogares disfuncionales, y estaba bien que así fuera, porque lo verdaderamente inolvidable –éramos felices, estoy seguro de ello– no merece ni necesita del auxilio de una foto para ser recordado. A no ser que la foto en cuestión trascienda las fáciles obligaciones de la nostalgia para crecer a una especie de artefacto atemporal que desafíe al enigma de todo lo que vendrá justificándolo o, por lo menos, haciéndolo un poco más comprensible. DB Mantra 480pp.indd 26DB Mantra 480pp.indd 26 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 11. 27 Conservé esa foto de ese curso del mismo modo en que otros conservan un supuesto pedazo de la supuesta cruz donde fue supuestamente crucificado un supuesto Jesucristo. La conser- van, supongo, porque necesitan creer en algo. Yo creo fácil- mente en esa foto porque, como corresponde, es difícil creer en ella. Todos juntos y adentro de guardapolvos de una blancura encandilante que el contraste entre los grises y los negros de la foto hacía todavía más sobrenaturales. Una foto de un grupo de fantasmas –porque cuando somos bajos y f lamantes no somos otra cosa que fantasmas de nosotros mismos– donde el espectro más auténtico y verificable de todos es la ausencia de Martín Mantra. Ahí –creo, no estoy del todo seguro– aparezco yo. Un poco escondido detrás de la ingobernable cabellera de Mora- les/Gonzalo (que ni siquiera la fórmula extrafuerte del azul y transparente y británico fijador capilar marca Lord Marchmain de consistencia decididamente alienígena y brillo radiactivo po- día domesticar) y junto a la palidez todavía más pálida de Glass/Maximiliano. Adelante del misterioso cuarteto de apelli- dos configurado por López, Peña, López Peña y Peña López (no recuerdo sus nombres, no recuerdo tantas cosas) y de Garó- fano/Alfredo Juan, quien sostiene disimuladamente una cámara Kodak Party para sacar una foto del fotógrafo fotografiándonos sin que éste se dé cuenta, porque «eso es lo más divertido de todo», dice. No puedo nombrar todos esos nombres. El apelli- do siempre antes que el nombre, como cuando se pasaba lista de asistencia todas las mañanas a los pies de un mástil torcido don- de apenas flameaba una bandera de colores sucios y nosotros nos reíamos en secreto de esa bandera con una risa celestial, una risa celeste y blanca y con una luna menguante en el centro. Y, ahora, mientras busco mi pasaporte y al detenerme frente al que supongo soy yo, mi nombre se me escapa como un pez en- DB Mantra 480pp.indd 27DB Mantra 480pp.indd 27 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM
  • 12. 28 tre las manos. Abro el pasaporte y esa foto de frente y cuidando de no cerrar los ojos no es mi foto, no puede serlo. Sólo pue- do recordar que, gracias o por culpa de mis iniciales, padecí du- rante un par de ciclos lectivos el apodo de D.R.F. –la marca de unas populares pastillas de menta fuerte– y, más adelante, el lan- zamiento al mercado de una crema de afeitar llamada Lemon Fresh me convertí misteriosamente y sin razón alguna en alguien mejor conocido como «Lémone Fréshe». No puedo quejarme, no estaba tan mal, si comparo mis apodos con la escatología de sonido primigenio que les tocó a Caradecaca o a Muchomoco, por ejemplo. La niñez, ya lo dije, es un lugar cruel y misterioso lleno de personas misteriosas y crueles. Todos somos sobrevivientes ahí adentro y sin embargo, ya dije que ya lo dije, somos inmortales. La niñez siempre es la época más feliz de la vida –una nueva felicidad, una felicidad diferente a la felicidad de entonces, un feliz recordar– sólo cuando ya no eres un niño. DB Mantra 480pp.indd 28DB Mantra 480pp.indd 28 2/1/14 7:34 PM2/1/14 7:34 PM