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  • 1. GIOVANNI SARTORI HOMOVIDENSLA SOCIEDAD TELEDIRIGIDA TAURUS PENSAMIENTO
  • 2. Título original: Homo videns© 1997, Gius. Laterza & Figli Spa, Roma-Bari. La edición en lengua española ha sido contratada a través de la Agencia Literaria Eulama© De esta edición: 1998, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, SA Beazley 3860. (1437) Buenos Aires• Santillana S. A. Juan Bravo 38. 28006 Madrid, España• Aguilar Chilena de Ediciones Ltda. Dr. Aníbal Ariztía 1444, Providencia. Santiago de Chile, Chile• Ediciones Santillana S. A. Javier de Viana 2350.11200 Montevideo, Uruguay• Santillana de Ediciones S. A. Avenida Arce 2333, Barrio de Salinas, La Paz, Bolivia• Santillana S. A. Prócer Carlos Argüello 288, Asunción, Paraguay• Santillana S. A. Avda. San Felipe 731-Jesús María, Lima, Perú© De la traducción: Ana Díaz SolerIlustración de cubierta:Juan Carlos Eguillor ISBN: 950-511-429-X Impreso en la Argentina. Printed in Argentina Primera edición: Septiembre de 1998Todos los derechos reservados,Esta publicación no puede serreproducida, ni en todo ni en parte,ni registradaen o transmitida por,un sistema de recuperaciónde información, en ninguna formani por ningún medio, sea mecánico,fotoquímico, electrónico, magnético,electroóptíco, por fotocopia,D cualquier otro, sin el permiso previopor escrito de la editorial.
  • 3. " INDICEPrefacio................................................. ..................................... 9Prefacio a la segunda ediciónitaliana.......................................... 15La primacía de la imagen1. Homo sapiens 232. El progreso tecnológico 293. El vídeo-niño........................................................................ 354. Progresos y regresiones 415. El empobrecimiento de la capacidad de entender 456. Contra-deducciones 497. Internet y «cibernavegación- 53La opinión teledirigidal. Vídeo-política....................................................................... 652. La formación de la opinión 693. El gobierno de los sondeos.................................................. 734. Menos información 795. Más desinformación 896. También la imagen miente 99
  • 4. HOMOVIDENS¿Y la democracia?l. Vídeo-elecciones.................................................................. 1052. La política vídeo-plasmada.................................................. 1113. La aldea global..................................................................... 1174. El demos debilitado.. 1235. Regnum hominisy hombres bestias....................................... 1316. La competencia no es un remedio...................................... 1397. Racionalidad y postpensamiento 145Referencias bibliográficas.......................................... ................... 153
  • 5. A Ilaria, que lee
  • 6. PREFACIO ,,¿Por qué no le dais a la gente libros sobre Dios?.Por la misma razón por la que no le damos Otelo;son viejos; tratan sobre el Dios de hace cien años, nosobre el Dios de hoy. "Pero Dios no cambia », Loshombres, sin embargo, sí. ALDOUS HUXLEY, Un mundofeliz
  • 7. N os encontramos en plena y rapídisima revoluciónmultimedia. Un proceso que tiene numerosas ramifi-caciones (Internet, ordenadores personales, ciberes-pacio) y que, sin embargo, se caracteriza por un comúndenominador: tele-uer, y, como consecuencia, nuestrovídeo-vivir. En este libro centraremos nuestra atenciónen la televisión, y la tesis de fondo es que el vídeo estátransformando al hamo sapiens, producto de la culturaescrita, en un hamo videns para el cual la palabra estádestronada por la imagen. Todo acaba siendo visualiza-do. Pero ¿qué sucede con lo no visualizable (que es lamayor parte)? Así, mientras nos preocupamos de quiéncontrola los medios de comunicación, no nos percata-mos de que es el instrumento en sí mismo y por sí mis-mo lo que se nos ha escapado de las manos. Lamentamos el hecho de que la televisión estimulela violencia, y también de que informe poco y mal, obien de que sea culturalmente regresiva (como ha es-crito Habermas). Esto es verdad. Pero es aún más cier-to y aún más importante entender que el acto de tele-ver está cambiando la naturaleza del hombre. Esto esel porro unum, lo esencial, que hasta hoy día ha pasadoinadvertido a nuestra atención. Y, sin embargo, es bas-tante evidente que el mundo en el que vivimos se apo- 11
  • 8. HOMOVIDENSya sobre los frágiles hombros del «vídeo-niño»: un no-vísimo ejemplar de ser humano educado en el tele-ver-delante de un televisor- incluso antes de saber leery escribir. En la primera parte de este libro me ocupo y preocupo dela primacía de la imagen, es decir, de la preponderancia de 10vi-sible sobre 10 inteligible, 10 cual nos lleva a un ver sin enten-der. Yes ésta la premisa fundamental con la cual examino su-cesivamente la vídeo-política, y el poder político de latelevisión. Pero a 10 largo de este recorrido mi atención seconcentra en la paideía, en el crecimiento del vídeo-niño, enlos procesos formadores de la opinión pública y en cuanto sa-ber pasa, y no pasa, a través de los canales de la comunicaciónde masas. El más cáustico en esta cuestión es Baudrillard: «Lainformación, en lugar de transformar la masa en energía, pro-duce todavía más masa». Es cierto que la televisión, a diferen-cia de los instrume~tos de comunicación que la han precedi-do (hasta la radio), destruye más saber y más entendimientodel que transmite. Quede, pues, claro: ataco al homo videns, pero no mehago ilusiones. No pretendo frenar la edad multime-dia. Sé perfectamente que en un periodo de tiempono demasiado largo una mayoría de la población delos países opulentos tendrá en casa, además de la tele-visión, un mini-ordenador conectado a Internet. Estedesarrollo es inevitable y, en último extremo, útil; peroes útil siempre que no desemboquemos en la vida inú-til, en un modo de vivir que consista sólo en matar eltiempo. Así pues, no pretendo detener lo inevitable.Sin embargo, espero poder asustar lo suficiente a lospadres sobre lo que podría sucederle a su vídeo-niño,para que así lleguen a ser padres más responsables. Es-pero que la escuela abandone la mala pedagogía y ladegradación en la que ha caído. y, por tanto, tengo fe 12
  • 9. G¡OVANN¡ SARTORIen una escuela apta para oponerse a ese postpensamientoque ella misma está ayudando a crear. Tengo la espe-ranza de que los periódicos sean mejores y, a la postre,que la televisión también lo sea. Y además, aunque lamía fuera una batalla perdida de antemano, no me im-porta. Como decía Guillermo dOrange, «point nestbesoin déspérer pour entreprendre, ni de réussir pourpersévérer», no es necesario esperar para emprender,ni lograr para perseverar. 13
  • 10. PREFACIOA LA SEGUNDA EDICIÓN ITALIANA
  • 11. En esta nueva edición he profundizado aún más en elpunto central de mi discurso: el hecho de que la televi-sión modifica radicalmente y empobrece el aparatocognoscitivo del homo sapiens. Los críticos han contra-puesto a esta tesis de fondo un fin de non récevoir, es de-cir, que no era original, que era algo «yavisto». ¿De ver-dad? ¿Dónde? Siempre es cómodo encontrar autores ycitas que apoyen nuestras teorías. A la espera de ello, lacuestión es si mi tesis es errónea. Sea original o no, ¿esverdadero o falso que el hombre vídeo-formado se haconvertido en alguien incapaz de comprender abstrac-ciones, de entender conceptos? Es lógico que se me acuse también de ser apocalípti-co, pero ésta es una crítica de rigor que no me impre-siona. Si las cosas van mal, digo sin demasiado «salo-monismo» que van mal; tal vez exagero un poco, peroes porque la mía quiere ser una profecía que se auto-destruye, lo suficientemente pesimista como para asus-tar e inducir a la cautela. Yel hecho de que la primeraedición de este pequeño libro se haya agotado ensegui-da, me incita a esperar. Quizá significa que ha saltadola alarma y que el problema se ha hecho sentir. Nueva York, enero de 1998. 17
  • 12. HOMOVIDENS
  • 13. LA PRIMACÍADE lA IMAGEN
  • 14. 1. HOMOSAPIENS Homo sapiens: de este modo clasificaba Línneo a laespecie humana en su Sistema de la Naturaleza, de 1758.Fisiológicamente, el homo sapiens no posee nada que lohaga único entre los primates (el género al que perte-nece la especie de la raza humana). Lo que hace únicoal homosapiens es su capacidad simbólica; lo que indujoa Ernst Cassirer a definir al hombre como un «animalsimbólico». Cassirer lo explica así: El hombre no vive en un universo puramente físico sino en un universo simbólico. Lengua, mito, arte y religión [...] son los diversos hilos que componen el tejido simbólico [...]. Cual- quier progreso humano en el campo del pensamiento y de la experiencia refuerza este tejido [...]. La definición del hombre como animal racional no ha perdido nada de su valor [...] pero es fácil observar que esta definición es una parte del total. Por- que al lado del lenguaje conceptual hay un lenguaje del senti- miento, aliado del lenguaje lógico o científico está el lenguaje de la imaginación poética. Al principio, el lenguaje no expre- sa pensamientos o ideas, sino sentimientos y afectos. (1948, págs. 47-49) 23
  • 15. HOMOVIDENS Así pues, la expresión animal symbolicum comprendetodas las formas de la vida cultural del hombre. Y la ca-pacidad simbólica de los seres humanos se despliega enel lenguaje, en la capacidad de comunicar medianteuna articulación de sonidos y signos «significantes», pro-vistos de significado. Actualmente, hablamos de lengua-jes en plural, por tanto, de lenguajes cuyo significanteno es la palabra: por ejemplo, el lenguaje del cine, de las artes figurativas, de las emociones, etcétera. Pero éstasson acepciones metafóricas. Pues el lenguaje esencial que de verdad caracteriza e instituye al hombre como animal simbólico es «lenguaje-palabra», el lenguaje de nuestra habla. Digamos, por tanto, que el hombre es un animal parlante, un animalloquax «que continuamente está hablando consigo mismo» (Cassirer, 1948, pág. 47) y que ésta es la característica que lo distingue radical- mente de cualquier especie de ser viviente l. A esto se podría replicar que los animales también co- munican con un lenguaje propio. Sí, pero no del todo. El llamado lenguaje animal transmite señales. Y la diferen- cia fundamental es que el hombre posee un lenguaje ca- paz de hablar de sí mismo. El hombre reflexiona sobre lo que dice. Y no sólo el comunicar, sino también el pensar y el conocer que caracterizan al hombre como animal sim- bólico se construyen en lenguaje y con el lenguaje, El len-1 Gehlen (1990, págs. 91-92) indica una discontinuidad diferenteentre el hombre y el animal: «el animal [...] no ve lo que no debellegar a la percepción como algo vitalmente importante, como esel caso de señales que indican que están ante un enemigo, unapresa, el otro sexo [...]. El hombre, en cambio, está expuesto auna invasión de excitaciones, a una riqueza de lo "perceptible"». Es-to es verdad, pero a mí me parece que la óptica simbólico-lingüís-tica de Cassirer es mucho más importante que la óptica antropo-lógico-cultural de Gehlen. Hay que aclarar que se trata de puntosde vista complementarios. 24
  • 16. GIOVANNI SARTORIguaje no es sólo un instrumento del comunicar, sino tam-bién del pensar 2. y el pensar no necesita del ver. Un ciegoestá obstaculizado, en su pensar, por el hecho de que nopuede leer y,por tanto, tiene un menor soporte del saberescrito, pero no por el hecho de que no ve las cosas en lasque piensa. A decir verdad, las cosas en las que pensamosno las ve ni siquiera el que puede ver: no son «visibles». Las civilizaciones se desarrollan con la escritura, yesel tránsito de la comunicación oral a la palabra escritalo que desarrolla una civilización (cfr. Havelock, 1973).Pero hasta la invención de la imprenta, la cultura de to-da sociedad se fundamenta principalmente en la trans-misión oral. Hasta que los textos escritos son reproduci-dos a mano por amanuenses, no se podrá hablar aún del«hombre que lee». Leer, y tener algo que leer, fue hastafinales del siglo xv un privilegio de poquísimos doctos.El homosapiensque multiplica el propio saber es, pues, elllamado hombre de Gutenberg. Es cierto que la Bibliaimpresa por Gutenberg entre 1452 y 1455 tuvo una tira-da (que para nosotros hoyes risible) de 200 copias. Peroaquellas 200 copias se podían reimprimir. Se había pro-ducido el salto tecnológico. Así pues, es con Gutenbergcon quien la transmisión escrita de la cultura se convier-te en algo potencialmente accesible a todos. El progreso de la reproducción impresa fue lentopero constante, y culmina -entre los siglos XVIII YXIX-con la llegada del periódico que se imprime todos los días, el «diario» 3. Al mismo tiempo, desde mediados2 Es una tesis que desarrollo en La política (1979), especialmenteen las págs. 23-26, donde afirmo que pensar es «onomatología»,logos construido en palabras y mediante palabras.3 Obsérvese que también el periódico se componía manualmentehasta la invención de la linotipia (que fundía los caracteres en plomo 25
  • 17. HOMOVIDENSdel XIX en adelante comienza un nuevo y diferente ci-clo de avances tecnológicos. En primer lugar, la inven-ción del telégrafo, después la del teléfono (de Alexan-der Graham Bell). Con estos dos inventos desaparecíala distancia y empezaba la era de las comunicaciones in-mediatas. La radio, que también eliminaba distancias,añade un nuevo elemento: una voz fácil de difundir entodas las casas. La radio es el primer gran difusor de co-municaciones; pero un difusor que no menoscaba lanaturaleza simbólica del hombre. Ya que, como la radio«habla», difunde siempre cosas dichas con palabras. Demodo que libros, periódicos, teléfono, radio son todosellos -en concordancia- elementos portadores de co-municación lingüística. La ruptura se produce a mediados de nuestro siglo,con la llegada del televisor y de la televisión 4. La televisión -como su propio nombre indica- es «ver desde lejos» (tele), es decir, llevar ante los ojos deun público de espectadores cosas que puedan ver encualquier sitio, desde cualquier lugar y distancia. Yenla televisión el hecho de ver prevalece sobre el hecho de hablar, en el sentido de que la voz del medio, o de un hablante, es secundaria, está en función de la imagen, comenta la imagen. y, como consecuencia, el telespec- tador es más un animal vidente que un animal simbóli- co. Para él las cosas representadas en imágenes cuen- tan y pesan más que las cosas dichas con palabras. Ylíquido) que no se produjo hasta 1884, y que permitía componer6.000 caracteres por hora (frente a los 1.400 de la composición amano).4 Utilizo «televisión» y «televisor», indistintamente, para indicarque la relación entre el televisor-máquina y el televidente es estre-chísima. El televisor, por así decirlo, entra dentro del televidenteylo plasma. 26
  • 18. G¡OVANNI SARTORIesto es un cambio radical de dirección, porque mien-tras que la capacidad simbólica distancia al homosapiensdel animal, el hecho de ver lo acerca a sus capacidadesancestrales, al género al que pertenece la especie delhomosapiens. 27
  • 19. 2. EL PROGRESO TECNOLÓGICO Todo progreso tecnológico, en el momento de su apa-rición, ha sido temido e incluso rechazado. Y sabemosque cualquier innovación molesta porque cambia los ór-denes constituidos. Pero no podemos, ni debemos gene-ralizar. El invento más protestado fue, históricamente, elde la máquina, la máquina industrial. La aparición de lamáquina provocó un miedo profundo porque, según sedecía, sustituía al hombre. Durante dos siglos esto no hasido cierto. Pero era verdad entonces, y sigue siéndoloahora, que el coste humano de la primera revolución in-dustrial fue terrible. Aunque la máquina era imparable, ya pesar de todos los inmensos beneficios que ha produci-do, aún hoy las críticas a la civilización de la máquina serelacionan con verdaderos problemas. En comparación con la revolución industrial, la in-vención de la imprenta y el progreso de las comunicacio-nes no han encontrado hostilidades relevantes; por elcontrario, siempre se han aplaudido y casi siempre hangozado de eufóricas previsiones 5. Cuando apareció el5 Entre las escasas voces contrarias, recuerdo a Squarciafico, un li-terato, que se oponía a la cantidad de libros que se podían hacer 29
  • 20. HOMOVlDENSperiódico, el telégrafo, el teléfono y la radio (dejo en sus-penso el caso de la televisión) la mayoría les dio la bien-venida como «progresos» favorables para la difusión deinformación, ideas y cultura 6. En este contexto, las objeciones y los temores no hanatacado a los instrumentos, sino a su contenido. El casoemblemático de esta resistencia -repito, no contra lacomunicación sino contra lo que se comunicaba- fueel caso de la Gran Enciclopedia. La Encyclopédie de Diderot (cuyo primer tomo apare-ció en 1751) fue prohibida e incluida en el Índice en1759, con el argumento de que escondía una conspira-ción para destruir la religión y debilitar la autoridaddel Estado. El papa Clemente XII llegó a decretar quetodos los católicos que poseyeran ejemplares debíandárselos a un sacerdote para que los quemaran, so penade excomunión. Pero a pesar de esta excomunión y delgran tamaño y el coste de la obra (28 volúmenes in folio,realizados aún a mano), se imprimieron, entre 1751 y1789, cerca de 24.000 copias de la Encyclopédie, un nú-mero realmente colosal para la época. El progreso delos ilustrados fue incontenible. Y si no debemos con-fundir nunca el instrumento con sus mensajes, los me-con la imprenta porque debilitaba la memoria y la mente. Enaquel momento, esta objeción no tuvo fuerza alguna. Pero hoy es-tá adquiriendo la forma de una verdad.6 Hubo algunas reservas sobre los periódicos. Y no sin razón, yaque a finales del siglo XVIII y durante el XIX numerosos periódicoseran realmente simples «papeluchos». Cuando ThomasJeffersonfinalizó su experiencia como presidente de Estados Unidos, le es-cribió estas palabras a un amigo: «No podemos creer nada de loque se lee en un periódico. La misma noción de verdad resulta sos-pechosa cuando está inmersa en ese transmisor de polución». Tam-bién hoy los llamados tabloides no contienen información algunadigna de ese nombre. 30
  • 21. G¡OVANN¡ SARTORIdios de comunicación con los contenidos que comuni-can, el nexo es éste: sin el instrumento de la imprentanos hubiéramos quedado sin Encyplopédie y, por tanto,sin Ilustración. Volvamos a la instrumentalización. Incluso cuandoun progreso tecnológico no suscita temores importan-tes, todo invento da lugar a previsiones sobre sus efec-tos, sobre las consecuencias que producirá. No es ciertoque la tecnología de las comunicaciones haya suscitadoprevisiones catastróficas (más bien ha sucedido lo con-trario); pero es verdad que con frecuencia, nuestrasprevisiones no han sido muy acertadas en este sentido:pues lo que ha sucedido no estaba previsto. Tomemosel caso de la invención del telégrafo. El problema quenadie advirtió a tiempo era que el telégrafo atribuía unformidable monopolio sobre las informaciones a quieninstalaba primero los cables. De hecho, en Estados Uni-dos, la Westem Union (monopolio del servicio telegrá-fico) y la Associated Press (la primera agencia de noti-cias) se convirtieron enseguida en aliados naturales; yesta alianza prefabricaba, por así decirlo, los periódi-cos, porque era la Associated Press la que establecíacuáles eran las noticias que había que dar, y era la Wes-tern Union la que hacía llegar el noticiario a una veloci-dad increíble. De modo diligente e inesperado esteproblema se resolvió eo ipso por el teléfono: un cablemás que, sin embargo, permitía a cada usuario comuni- car lo que quería. También la radio ha tenido efectos secundarios no previstos: por ejemplo, la «musicalización» de nuestravida cotidiana (además del gran lanzamiento de depor- tes que podían ser «narrados», como el fútbol). ¿Y la televisión? Hemos llegado al punto importante. Hasta la llegada de la televisión a mediados de nues- 31
  • 22. HOMOVlDENStro siglo, la acción de «ver» del hombre se había desarro-llado en dos direcciones: sabíamos engrandecer lo máspequeño (con el microscopio), y sabíamos ver a lo le-jos (con el binóculo y aún más con el telescopio). Perola televisión nos permite verlo todo sin tener que mover-nos: lo visible nos llega a casa, prácticamente gratis, des-de cualquier lugar. Sin embargo no era suficiente. Enpocas décadas el progreso tecnológico nos ha sumergi- do en la edad cibernética 7, desbancando -según di- cen- a la televisión. En efecto hemos pasado, o estamos pasando, a una edad «multimedia» en la cual, como su nombre indica, los medios de comunicación son nume- rosos y la televisión ha dejado de ser la reina de esta mul- timedialidad 8. El nuevo soberano es ahora el ordena- dor. Porque el ordenador (y con él la digitalización de todos los medios) no sólo unifica la palabra, el sonido y las imágenes, sino que además introduce en los «visi- bles» realidades simuladas, realidades virtuales. Pero no acumulemos demasiadas cosas. La diferen- cia en la que debemos detenernos es que los medios vi- sibles en cuestión son dos, y que son muy diferentes. La televisión nos muestra imágenes de cosas reales, es foto- grafia y cinematografia de lo que existe. Por el contrario,7 El término cibernética fue acuñado por Norbert Wiener paradenominar el «control y la comunicación en el animal y en la má-quina» (es el título de su libro de 1948). Esencialmente, la ciber-nética de Wiener trata de los «mensajes de órdenes» que el hom-bre da a la máquina, pero también los que la máquina da a lamáquina y los que ésta le devuelve al hombre. El significado eti-mológico de cibernética es «arte del piloto»; pero los pilotos encuestión son ahora los circuitos de órdenes y de control en las má-quinas electrónicas.8 Por multimedialidad se entiende conceptualmente la unifica-ción en un solo medio de la palabra escrita y hablada, además delsonido y la imagen. 32
  • 23. G¡OVANNI SARTORIel ordenador cibernético (para condensar la idea en dospalabras) nos enseña imágenes imaginarias. La llamadarealidad virtual es una irrealidad que se ha creado con laimagen y que es realidad sólo en la pantalla. Lo virtual,las simulaciones amplían desmesuradamente las posibi-lidades de lo real; pero no son realidades. 33
  • 24. 3. EL VÍDEO-NIÑO Así pues, el cambio de agujas se ha producido por elhecho de informarse viendo. Este cambio empieza con latelevisión. Por tanto, comienzo también yo por tele-ver,Sean cuales sean los desarrollos virtuales del vídeo-verposteriores a la televisión (vid. infra, págs. 53 y sigs.) , es latelevisión la que modifica primero, y fundamentalmen-te, la naturaleza misma de la comunicación, pues la tras-lada del contexto de la palabra (impresa o radiotransmi-tida) al contexto de la imagen. La diferencia es radical.La palabra es un «símbolo» que se resuelve en lo quesignifica, en lo que nos hace entender. Y entendemos lapalabra sólo si podemos, es decir, si conocemos la len-gua a la que pertenece; en caso contrario, es letra muer-ta, un signo o un sonido cualquiera. Por el contrario, laimagen es pura y simple representación visual. La imagense ve yeso es suficiente; y para verla basta con poseer elsentido de la vista, basta con no ser ciegos. La imagenno se ve en chino, árabe o inglés; como ya he dicho, seve y es suficiente. Está claro, pues, que el caso de la televisión no pue-de ser tratado por analogía, es decir, como si la televi-sión fuera una prolongación y una mera ampliación de 35
  • 25. HOMOVIDENSlos instrumentos de comunicación que la han precedi-do. Con la televisión, nos aventuramos en una novedadradicalmente nueva. La televisión no es un anexo; es so-bre todo una sustitución que modifica sustancialmentela relación entre entender y ver. Hasta hoy día, el mun-do, los acontecimientos del mundo, se nos relataban(por escrito); actualmente se nos muestran, y el relato (su explicación) está prácticamente sólo en función delas imágenes que aparecen en la pantalla. Si esto es verdad, podemos deducir que la televisiónestá produciendo una permutación, una metamorfosis,que revierte en la naturaleza misma del homo sapiens. Latelevisión no es sólo instrumento de comunicación; estambién, a la vez, paideio", un instrumento «antropoge-nético», un medium que genera un nuevo ánthropos, unnuevo tipo de ser humano. Ésta es la tesis, o si se prefiere la hipótesis, en la quese centra todo el libro, y sobre la cual obviamente volve-ré con frecuencia. Una tesis que se fundamenta, comopremisa, en el puro y simple hecho de que nuestros ni-ños ven la televisión durante horas y horas, antes deaprender a leer y escribir 10.9 Paideía, de origen griego, denomina el proceso de formación deladolescente (pais, paidós). En su ya clásico estudio Werner Jaeger(1946) extiende el significado del término a toda la formación delhombre.10 La televisión sustituye a la baby siuer (es ella la primera en encen-der la televisión) y, por tanto, el niño empieza a ver programas paraadultos a los tres años. Según una reciente investigación del ISTAT(Istituto Centrale di Statistica), en Italia el 95 por ciento de los niñosentre los tres y los diez años -son casi cuatro millones y medio-ven la televisión casi todos los días. Otros datos indican que los niñositalianos entre los cuatro y los siete años ven la televisión durante doshoras y media al día (con un 19 por ciento que llega incluso a las cin-co o seis horas cotidianas). En Estados Unidos la media asciende a 36
  • 26. GIOVANNI SARTORI Curiosamente, se ataca esta exposición porque sobretodo (según se dice) habitúa al niño a la violencia, y lohace de adulto más violento 11. Digo curiosamente por-que aquí un detalle del problema lo sustituye y esconde.El argumento de que un niño de menos de tres años noentiende lo que está viendo y, por tanto, «absorbe» conmás razón la violencia como un modelo excitante y talvez triunfador de vida adulta, seguramente es cierto, ¿pe-ro por qué limitarlo a la violencia? Por encima de todo, laverdad es que la televisión es la primera escuela del niño(la escuela divertida que precede a la escuela aburrida);yel niño es un animal simbólico que recibe su imprint, suimpronta educacional, en imágenes de un mundo cen-trado en el hecho de ver. En esta paideía, la predisposi-ción a la violencia es, decía, sólo un detalle del problema.El problema es que el niño es una esponja que registra yabsorbe indiscriminadamente todo lo que ve (ya que noposee aún capacidad de discriminación). Por el contra-rio, desde el otro punto de vista, el niño formado en laimagen se reduce a ser un hombre que no lee, y, por tan-to, la mayoría de las veces, es un ser «reblandecido por latelevisión», adicto de por vida a los videojuegos. «Al principio fue la palabra»: así dice el Evangelio deJuan. Hoy se tendría que decir que «al principio fue laimagen». Y con la imagen que destrona a la palabra seasedia a una culturajuvenil descrita perfectamente porAlberoni (1997):tres horas al día para los niños que no van aún a la escuela y a cincohoras diarias para los muchachos entre seis y doce años.11 Según los cálculos de un profesor americano, si no hubiera tele-visión en Estados Unidos habría 10.000 asesinatos y 700.000 agre-siones menos al año. El cálculo tal vez no sea de fiar, pero esta in-fluencia es real. Sobre televisión y violencia vid. Salemo, 1996. 37
  • 27. HOMOVlDEN5 Los jóvenes caminan en el mundo adulto de la escuela, del Estado [...] de la profesión como clandestinos. En la escuela, escuchan perezosamente lecciones [...] que enseguida olvidan. No leen periódicos [...]. Se parapetan en su habitación con car- teles de sus héroes, ven sus propios espectáculos, caminan por la calle inmersos en su música. Despiertan sólo cuando se en- cuentran en la discoteca por la noche, que es el momento en el que, por fin, saborean la ebriedad de apiñarse unos con otros, la fortuna de existir como un único cuerpo colectivo danzante 12. No podría describir mejor al vídeo-niño, es decir, elniño que ha crecido ante un televisor. ¿Este niño se con-vierte algún día en adulto? Naturalmente que sí, a lafuerza. Pero se trata siempre de un adulto sordo de porvida a los estímulos de la lectura y del saber transmitidospor la cultura escrita. Los estímulos ante los cuales res-ponde cuando es adulto son casi exclusivamente audio-visuales. Por tanto, el vídeo-niño no crece mucho más.A los treinta años es un adulto empobrecido, educadopor el mensaje: «la cultura, qué rollazo», de Ambra An-giolini (lenfan: prodige que animaba las vacaciones televi-sivas) , es, pues, un adulto marcado durante toda su vidapor una atrofia cultural. El término cultura posee dos significados. En su acep-ción antropológica y sociológica quiere decir que todoser humano vive en la esfera de su cultura. Si el hombrees, como es, un animal simbólico, de ello deriva eo ipso12 El nexo entre cultura juvenil y música rock lo ha explicado congran agudeza ABan Bloom (1987, págs. 68-81), que observa que«con el rock, el hecho de estar reunidos consiste en la ilusión detener sensaciones comunes, el contacto físico y las fórmulas emiti-das a las que se les supone un significado que supera la palabra»(pág. 75). 38
  • 28. GIOVANNI SARTORIque vive en un contexto coordinado de valores, creen-cias, conceptos y, en definitiva, de simbolizaciones queconstituyen la cultura. Así pues, en esta acepción genéri-ca también el hombre primitivo o el analfabeto poseencultura. Yes en este sentido en el que hoy hablamos, porejemplo, de una cultura del ocio, una cultura de la ima-gen y una culturajuvenil. Pero cultura es además sinóni-mo de «saber»: una persona culta es una persona quesabe, que ha hecho buenas lecturas o que, en todo caso,está bien informada. En esta acepción restringida y apre-ciativa, la cultura es de los «cultos», no de los ignorantes.y éste es el sentido que nos permite hablar (sin contra-dicciones) de una «cultura de la incultura» y asimismode atrofia y pobreza cultural. Es cierto que «las sociedades siempre han sido plas-madas por la naturaleza de los medios de comunicaciónmediante los cuales comunican más que por el conteni-do de la comunicación. El alfabeto, por ejemplo, es unatecnología absorbida por el niño [...] mediante ósmosis,por llamarlo así» (McLuhan y Fiore, 1967, pág. 1). Perono es verdad que «el alfabeto y la prensa hayan promovi-do un proceso de fragmentación, de especialización yde alejamiento [mientras que] la tecnología electrónica promueve la unificación y la inmersión» (ibídem.) Si aca-so es verdad lo contrario 13. Ni siquiera estas considera- ciones pueden demostrar superioridad alguna de la cul- tura audio-visual sobre la cultura escrita.13 Sobre todo cuando se llega (vid. infra, págs. 53-61) a la descom-posición digital (binaria) de los mensajes. Porque la digitalizaciónes un formidable instrumento de descomposición-recomposiciónque realmente fragmenta todo. Para el hombre «digigeneracio-nal» (el hombre de cultura digital) ya no existe una realidad que«se sostenga». Para él cualquier conjunto de cosas puede ser mani-pulado y mezclado ad libitum, a su gusto, de miles de formas. 39
  • 29. HOMOVlDENS El mensaje con el cual la nueva cultura se recomien-da y se auto-elogia es que la cultura del libro es de unospocos -es elitista-, mientras que la cultura audio-vi-sual es de la mayoría. Pero el número de beneficiarios-sean minoría o mayoría- no altera la naturaleza niel valor de una cultura. Ysi el coste de una cultura de to-dos es el desclasamiento en una subcultura que es ade-más -cualitativamente- «incultura» (ignorancia cul-tural), entonces la operación representa solamente unapérdida. ¿Es tal vez mejor que todos seamos incultos aque haya unos pocos cultos? ¿Queremos una cultura enla que nadie sepa nada? En definitiva, si el maestro sabemás que el alumno, tenemos que matar al maestro; y elque no razona de este modo es un elitista. Esta es la ló-gica de quien carece de lógica. 40
  • 30. 4. PROGRESOS y REGRESIONES Damos por descontado que todo progreso tecnoló-gico es, por definición, un progreso. Sí y no. Depende dequé entendamos por progreso. Por sí mismo, progresares sólo «ir hacia delante» y esto comporta un crecimien-to. Y no está claro que este aumento tenga que ser posi-tivo. También de un tumor podemos decir que crece, yen este caso lo que aumenta es un mal, una enfermedad.En numerosos contextos, pues, la noción de progresoes neutra. Pero con respecto a la progresión de la histo-ria, la noción de progreso es positiva. Para la Ilustración,y aún hoy para nosotros, progreso significa un creci-miento de la civilización, un avance hacia algo mejor, esdecir, una mejoría. Ycuando la televisión se define comoun progreso, se sobreentiende que se trata de un creci-miento «bueno». Pero atención: aquí no estamos hablando del progre-so de la televisión (de su crecimiento), sino de una tele-visión que produce progreso. Y una segunda adverten-cia: una mejora que sea sólo cuantitativa no es por símisma una mejora; es solamente una extensión, un ma-yor tamaño o penetración. El progreso de una epidemiay, por tanto, su difusión, no es -por así decirlo- un 41
  • 31. HOMOVlDENSprogreso que ayuda al progreso. La advertencia es, pues,que un aumento cuantitativo no mejora nada si no estáacompañado de un progreso sustancial. Lo que equiva-le a decir que un aumento cuantitativo no es un progre-so cualitativo y, por tanto, un progreso en sentido positi-vo y apreciativo del término. Y mientras que un progresocualitativo puede prescindir del aumento cuantitativo (es decir, quedar en el ámbito de lo poco numeroso), locontrario no es cierto: la difusión en extensión de algose considera progreso sólo si el contenido de esa difu-sión es positivo, o al menos no da pérdidas, si no está yaen pérdidas. Una vez aclarada esta premisa, la pregunta es: ¿en quésentido la televisión es «progresiva», en cuanto que me-jora un estado de cosas ya preexistentes? Es una pre-gunta a la que debemos responder haciendo una distin-ción. La televisión beneficia y perjudica, ayuda y hacedaño. No debe ser exaltada en bloque, pero tampoco puede ser condenada indiscriminadamente. En líneas generales (lo iremos viendo detalladamen- te) es cierto que la televisión entretiene y divierte: el homo ludens, el hombre como animal que goza, que le encan- tajugar, nunca ha estado tan satisfecho y gratificado en toda su historia. Pero este dato positivo concierne a la «televisión espectáculo». No obstante, si la televisión transforma todo en espectáculo, entonces la valora- ción cambia. Una segunda generalización: es verdad que la televi- sión «estimula». En parte ya lo ha hecho la radio; pero el efecto estimulante de la televisión es dinámico y di- ferente. Despertar con la palabra (la radio) es algo in- significante respecto a un despertar producido por la visión de todo el mundo, lo que, en potencia, podemos ver en cualquier casa. Hasta el siglo xx, las tres cuartas 42
  • 32. GIOVANNJ SARTORIpartes de los seres vivos estaban aislados y adormecidosen sus pueblos (como máximo en pequeñas ciudades).Ahora a todos nosotros, casi seis mil millones de perso-nas, nos despiertan o nos pueden despertar. Es un mo-vimiento colosal, del cual aún no podemos sopesar el im-presionante impacto. De momento, en cualquier caso,es seguro que un despertar es apertura hacia el progre-so en la acepción ilustrada del término. Pero por elcontrario, es también seguro que frente a estos progre-sos hay una regresión fundamental: el empobrecimien-to de la capacidad de entender. 43
  • 33. 5. EL EMPOBRECIMIENTO DE LA CAPACIDAD DE ENTENDER El homo sapiens-volvemos a él- debe todo su sabery todo el avance de su entendimiento a su capacidad deabstracción. Sabemos que las palabras que articulan ellenguaje humano son símbolos que evocan también«representaciones» y, por tanto, llevan a la mente figu-ras, imágenes de cosas visibles y que hemos visto. Peroesto sucede sólo con los nombres propios y con las «pa-labras concretas» (lo digo de este modo para que la ex-posición sea más simple), es decir, palabras como casa,cama, mesa, carne, automóvil, gato, mujer, etcétera,nuestro vocabulario de orden práctico 14. De otro modo, casi todo nuestro vocabulario cog-noscitivo y teórico consiste en palabras abstractas que notienen ningún correlato en cosas visibles, y cuyo signifi-cado no se puede trasladar ni traducir en imágenes.Ciudad es todavía algo que podemos «ver»; pero no nos14 En lógica a las palabras concretas se les llama «denotativas»: pa-labras que existen para cosas (observables) que denotan. El con-tenido significante de las palabras es, en cambio, su «connota-ción». La reformulación técnica de la cuestión es que todas laspalabras connotan, pero que no todas las palabras denotan. 45
  • 34. HOMOVIDENSes posible ver nación, Estado, soberanía, democracia, re-presentación, burocracia, etcétera; son conceptos abs-tractos elaborados por procesos mentales de abstrac-ción que están construidos por nuestra mente comoentidades. Los conceptos de justicia, legitimidad, legali-dad, libertad, igualdad, derecho (y derechos) son asi-mismo abstracciones «no visibles». Y aún hay más, pala-bras como paro, inteligencia, felicidad son tambiénpalabras abstractas. Y toda nuestra capacidad de admi-nistrar la realidad política, social y económica en la quevivimos, y a la que se somete la naturaleza del hombre,se fundamenta exclusivamente en un pensamiento con-ceptualque representa -para el ojo desnudo- entida-des invisibles e inexistentes. Los llamados primitivosson tales porque -fábulas aparte- en su lenguaje des-tacan palabras concretas: lo cual garantiza la comunica-ción, pero escasa capacidad científico-cognoscitiva. Yde hecho, durante milenios los primitivos no se movie-ron de sus pequeñas aldeas y organizaciones tribales.Por el contrario, los pueblos se consideran avanzadosporque han adquirido un lenguaje abstracto -que esademás un lenguaje construido en la lógica- que per-mite el conocimiento analítico-científico. Algunas palabras abstractas -algunas, no todas-son en cierto modo traducibles en imágenes, pero se trata siempre de traducciones que son sólo un sucedá-neo infiel y empobrecido del concepto que intentan «visibilizar». Por ejemplo, el desempleo se traduce enla imagen del desempleado; la felicidad en la fotogra-fía de un rostro que expresa alegría; la libertad nos re- mite a una persona que sale de la cárcel. Incluso pode- mos ilustrar la palabra igualdad mostrando dos pelotas de billar y diciendo: «he aquí objetos iguales», o bien representar la palabra inteligencia mediante la imagen 46
  • 35. GIOVANNI SARTORIde un cerebro. Sin embargo, todo ello son sólo distor-siones de esos conceptos en cuestión; y las posibles tra-ducciones que he sugerido no traducen prácticamentenada. La imagen de un hombre sin trabajo no nos llevaa comprender en modo alguno la causa del desempleoy cómo resolverlo. De igual manera, el hecho de mos-trar a un detenido que abandona la cárcel no nos expli-ca la libertad, al igual que la figura de un pobre no nosexplica la pobreza, ni la imagen de un enfermo nos haceentender qué es la enfermedad. Así pues, en síntesis,todo el saber del homo sapiens se desarrolla en la esferade un mundus intelligibilis (de conceptos y de concepcio-nes mentales) que no es en modo alguno el mundus sen-sibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos. Y lacuestión es ésta: la televisión invierte la evolución de losensible en inteligible y lo convierte en el ictu oculi, enun regreso al puro y simple acto de ver. La televisiónproduce imágenes y anula los conceptos, y de este modoatrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella todanuestra capacidad de entender 15. Para el sensismo (una doctrina epistemológica aban-donada por todo el mundo, desde hace tiempo) las ideasson calcos derivados de las experiencias sensibles. Peroes al revés. La idea, escribía Kant, es «un concepto necesa-rio de la razón al cual no puede ser dado en los sentidosningún objeto adecuado (kongruirender Gegenstandi» 16.Por tanto, lo que nosotros vernos o percibimos concreta-15 Gad Lerner (1997) escribe que «reconocer la llegada de la ima-gen televisiva modifica la capacidad de abstracción, no implica quela bloquea». Tal vez no, pero me gustaría disponer de un ejemploconcreto. ¿Cuáles son las abstracciones alternativas del saber analí-tico-científico que funda la civilización occidental y su tecnología?16 Critica de la razón pura, Dialéctica trascendental, libro 1, par. 2. 47
  • 36. HOMOVIDENSmente no produce «ideas», pero se insiere en ideas (oconceptos) que lo encuadran y lo «significan» 17. Y éstees el proceso que se atrofia cuando el homosapiens es su-plantado por el homo videns. En este último, el lenguajeconceptual (abstracto) es sustituido por el lenguaje per-ceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre: máspobre no sólo en cuanto a palabras (al número de pala-bras) , sino sobre todo en cuanto a la riqueza de signifi-cado, es decir, de capacidad connotativa.17 Sobre esta premisa ha sido elaborada sucesivamente la «psicolo-gía de la forma» (Gestalt) de la cual hemos aprendido -experi-mentalmente- que nuestras percepciones no son nunca reflejoso calcos inmediatos de lo que observamos, sino reconstruccionesmentales «enmarcadas» de lo observado. 48
  • 37. 6. CONTRA-DEDUCCIONES La acusación es grave. Y uno de mis intentos de expo-nerla en toda su gravedad es ver de qué modo los acusa-dos -sean vídeo-defensores o multimedialistas- la sa-ben rebatir. La respuesta ritual es que todo hallazgo tecnológicose ha topado con inquisidores que siempre se han equi-vocado. Pero ya hemos visto que esta respuesta es falsa 18.¿Quién maldijo el invento de la imprenta? ¿Quién hacondenado el telégrafo y el teléfono? La invención dela radio deslumbró a todos. Responder invocando ainexistentes satanizadores es, pues, una respuesta vacíaque evade el problema propuesto.18 Si ha habido errores de previsión clamorosos, éstos no han sidoerrores en cuanto a la condena, sino en cuanto a lo factible de loshechos. Por ejemplo, Poincaré, gran físico francés, considerabaimposible en 1905 que las ondas de radio se propagaran más alláde 300 kilómetros, exactamente mientras Marconi estaba a puntode enviar su señal de radio desde Cornualles en Inglaterra hastaTerranova, en Canadá. También Herz, el descubridor de las on-das de la radio, negó durante toda su vida la posibilidad de un te-léfono sin cables. Pero éstos son errores de previsión técnica, node catastrofismo. 49
  • 38. HOMO VlDENS Una segunda respuesta es que lo inevitable es acep-tado. Estoy de acuerdo: la llegada de la televisión y des-pués de la tecnología multimedia es absolutamenteinevitable. Pero por el hecho de ser inevitable no debeaceptarse a ciegas. Una de las consecuencias imprevis-tas de la sociedad industrial ha sido la polución, la into-xicación del aire y del ambiente. Y la polución es algoinevitable que estamos combatiendo. Del mismo modo,el desarrollo de la era nuclear trajo como consecuenciala bomba atómica que puede exterminarnos a todos, yesto fue inevitable; a pesar de ello, numerosas personasestán en contra de la producción de energía nuclear, ytodos temen e intentan impedir el uso bélico del átomoy de la bomba de hidrógeno. El progreso tecnológicono se puede detener, pero no por ello se nos puede es-capar de las manos, ni debemos darnos por vencidosnegligentemente. Una tercera respuesta -la verdaderamente seria-es que palabra e imagen no se contraponen. Contraria-mente a cuanto vengo afirmando, entender medianteconceptos y entender a través de la vista se combinan enuna «suma positiva», reforzándose o al menos integrán-dose el uno en el otro. Así pues, la tesis es que el hombreque lee y el hombre que ve, la cultura escrita y la culturaaudio-visual, dan lugar a una síntesis armoniosa. A ellorespondo que si fuera así, sería perfecto. La solucióndel problema debemos buscarla en alguna síntesis ar-mónica. Aunque de momento los hechos desmienten,de modo palpable, que el hombre que lee y el homo vi- dens se estén integrando en una suma positiva. La rela-ción entre los dos -de hecho- es una «suma negativa» (como un juego en el cual pierden todos). El dato de fondo es el siguiente: el hombre que leeestá decayendo rápidamente, bien se trate del lector 50
  • 39. G¡OVANNI SARTORIde libros como del lector de periódicos. En España comoen Italia, un adulto de cada dos no lee ni siquiera un li-bro al año. En Estados Unidos, entre 1970 y 1993, los dia-rios perdieron casi una cuarta parte de sus lectores. Pormás que se quiera afirmar que la culpa de este veloz des-censo es la mala calidad o la equivocada adaptación delos periódicos a la competencia televisiva, esta explica-ción no es suficientemente aclaratoria. Nos lo aclara másprofundamente el hecho de constatar que si en EstadosUnidos la sesión televisiva de los núcleos familiares hacrecido de las tres horas al día en 1954 a más de sietehoras diarias en 1994, quiere decir que después del traba-jo no queda tiempo para nada más. Siete horas de televi-sión, más nueve horas de trabajo (incluyendo los trayec-tos), más seis o siete horas para dormir, asearse y comer,suman veinticuatro horas: lajornada está completa. Cuentas aparte, tenemos el hecho de que la imagen no da, por sí misma, casi ninguna inteligibilidad. La ima- gen debe ser explicada; y la explicación que se da de ella en la televisión es insuficiente. Si en un futuro existiera una televisión que explicara mejor (mucho mejor), en- tonces el discurso sobre una integración positiva entre homo sapíens y homo vídens se podrá reanudar. Pero por el momento, es verdad que no hay integración, sino sus- tracción y que, por tanto, el acto de ver está atrofiando la capacidad de entender. Una cuarta respuesta es que -aun admitiendo que el acto de ver empobrece el entendimiento- este em- pobrecimiento está ampliamente compensado por la difusión del mensaje televisivo y por su accesibilidad a la mayoría. Para los triunfalistas de los nuevos medios de comunicación el saber mediante conceptos es elitis- ta, mientras que el saber por imágenes es democrático. Pero este elogio es impúdico y tramposo, como aclararé 51
  • 40. HOMO1DENSa continuación. Yya he explicado que un progreso quees sólo cuantitativo y que comporta una regresión cuali-tativa no constituye un avance en la acepción positivadel término. Por tanto, la conclusión vuelve a ser que un«conocimiento mediante imágenes» no es un saber enel sentido cognoscitivo del término y que, más que di-fundir el saber, erosiona los contenidos del mismo. Una última respuesta posible es aceptar que las críti-cas aquí formuladas son justas para la televisión, peroque no lo son para el naciente mundo multimedial. Pa-saremos a analizar esto a continuación. 52
  • 41. 7. INTERNET Y «CIBERNAVEGACrÓN" ¿Está, o estará, superada la televisión? Cuando haceapenas cincuenta años de su aparición, la televisión yaha sido declarada obsoleta. Las nuevas fronteras son In-ternet y el ciberespacio, y el nuevo lema es «ser digitales».El salto es grande y la diferencia es ésta: que el televisores un instrumento monovalente que recibe imágenescon un espectador pasivo que lo mira, mientras que elmundo multimedia es un mundo interactivo (y, por tan-to, de usuarios activos) y polivalente (de múltiple utiliza-ción) cuya máquina es un ordenador que recibe y trans-mite mensajes digitalizados. Entonces, ¿está superada la televisión? Si la compa-ración se establece entre máquinas, entonces la máqui-na superior es, sin duda alguna, el ordenador. Además,el ordenador es una máquina mediante la cual pensa-mos, y que modifica nuestro modo de pensar, lo que nosignifica que el hombre común se abalanzará sobre elordenador personal abandonando el tele-ver. Así comola radio no ha sido anulada por el televisor, no hay ra-zón para suponer que la televisión será anulada por In-ternet. Ya que estos instrumentos ofrecen productosdiferentes, está claro que pueden estar al lado el uno 53
  • 42. HOMOVIDENSdel otro. No se trata, pues, de superación, sino de prota-gomsmo. Internet, la «red de las redes» es un prodigioso instru-mento multitarea: transmite imágenes, pero también tex-to escrito; abre al diálogo entre los usuarios que se buscanentre ellos e interactúan; y permite una profundizaciónprácticamente ilimitada en cualquier curiosidad (es comouna biblioteca universal, conectada por diferentes meca-nismos). Para orientarse entre tanta abundancia, distin-gamos tres posibilidades de empleo: 1) una utilizaciónestrictamente práctica, 2) una utilización para el entrete-nimiento, y 3) una utilización educativo-cultural. Sobreel uso de Internet para administrar nuestros asuntos y ser-vicios, la previsión es indudable: los chicos y chicas dehoy serán todos en el futuro «cibernautas prácticos». Lasdudas aparecen en cuanto a los restantes usos. Si Internet es entretenimiento y se utiliza como en-tretenimiento, entonces ya no es tan seguro que venzaa la televisión. El punto débil de la televisión que cono-cemos es que «generaliza», en el sentido de que noproporciona productos suficientemente diferenciados «vía éter». La televisión debe ofrecer productos de masa,productos que lleguen a un público muy numeroso (yal que presenten numerosos anuncios publicitarios).Por el contrario, Internet proporciona productos a me-dida de diferentes intereses. Pero también la televisiónse está fragmentando -.por cable o vía satélite- en cen-tenares de canales dirigidos a audiencias concretas. Alespecializarse de este modo, la televisión cubrirá tam-bién nichos que resultarán competitivos con los nichosde los cibernautas 19.19 Ésta es la transformación del broadcasting, un casting«amplio», enel narrowcasting, un casting «estrecho». Inicialmente, fue la radio la 54
  • 43. GIOVANNI SARTORI Por tanto, en la medida en que Internet es una diver-sión, un entretenimiento, la televisión resultará vence-dora entre los «perezosos» o las personas cansadas queprefieran el acto de mirar, mientras que Internet triun-fará entre los «activos», los que quieran dialogar y bus-car. Sin embargo, el hecho de que la cantidad de aman-tes de la televisión sea superior o inferior al número dered-dependientes, me induce sólo a observar que cadauno se entretiene a su modo. El problema es si Internet producirá o no un creci-miento cultural. En teoría debería ser así, pues el quebusca conocimiento en Internet, lo encuentra. La cues-tión es qué número de personas utilizarán Internet co-mo instrumento de conocimiento. El obstáculo, duran-te este largo camino, es que el niño de tres o cuatroaños se inicia con la televisión. Por tanto, cuando llegaa Internet su interés cognoscitivo no está sensibilizadopara la abstracción. Y ya que sin capacidad de abstrac-ción no se alcanza el mundus intelligibilis, es muy probableque el saber almacenado en la red permanezca inutili-zado durante un largo tiempo. Decía que, en teoría, In- ternet debería estimular el crecimiento cultural. Peroen la práctica puede suceder lo contrario, desde el mo- mento en que el homo vidensya está formado cuando se enfrenta a la red. Sin duda, Internet nos puede ayudar a salir del aislamiento del mundus sensibilis, pero ¿cuán- tos lograrán esto? En líneas generales, estoy de acuerdo con Sergio Le- pri, que afirma que «Internet es un gran mar donde na- vegar es apasionante [...] pero un mar que, después de una pequeña travesía de algunos días, preferimos con-que se defendió de la televisión con el narrowcasting, ahora el proce-so se repite con la televisión. 55
  • 44. HOMOVIDENStemplarIo sin movernos del puerto» (1996, pág. 22).Como instrumento práctico, como un paseo a un mer-cadillo callejero o como un recorrido por nuestros másvariados hobbies, Internet tiene un porvenir revolucio-nario 20. Como instrumento cultural, de crecimiento denuestra cultura, preveo que tiene un futuro modesto.Los verdaderos estudiosos seguirán leyendo libros 21,sirviéndose de Internet para completar datos, para las bi-bliografías y la información que anteriormente encon-traban en los diccionarios; pero dudo que se enamorende la red. Observa Furia Colombo: «El Edén de la red está alotro lado de una cancela que se está abriendo [...] sola-mente para unos pocos [...]. Diferentes jerarquías decerebros manejarán los ordenadores,jugarán y experi-mentarán con ellos. Para los excluidos queda el juegointeractivo [...] para llenar un inmenso tiempo libre» (1995, pág. 16). Y aquí debemos llamarla atención: los«pocos» de Furia Colombo no son hombres de cultura;son más bien adictos a su trabajo, los nuevos señoresde los medios de comunicación y de la nueva nomen-clatura del mundo de los ordenadores. Para el hombrede cultura, la salvación no consiste en traspasar la can-20 Actualmente, la megarred informática se utiliza en América du-rante 130 millones de horas a la semana, las mismas horas que sedestinan a la televisión. Pero, precisamente, la mayor parte de estetráfico es comercial y para llevar a cabo pequeñas cuestiones de or-den práctico.21 «No podremos prescindir de los libros», observa con gran sensa-tez Umberto Eco. «Si me conecto a Internet y voy al programa Gu-tenberg puedo hacerme con toda la obra de Shakespeare. ¿Peropor qué tendría que saturar el ordenador con una masa de bites[...] y luego esperar dos semanas para poder imprimirlo, cuandopor 5 dólares [...] puedo comprar la edición de Penguin?» (1996,pág. 17). 56
  • 45. GIOVANNI SARTORIcela que lleva al Edén de la red, sino más bien la cance-la que lo protege de la avalancha de mensajes. Porqueel individuo se puede asfixiar en Internet y por Inter-net. Disponer de demasiada oferta hace estallar la ofer-ta; y si estamos inundados de mensajes, podemos llegara ahogarnos en ellos. Afirmo de nuevo que las posibilidades de Internetson infinitas, para bien y para mal. Son y serán positivascuando el usuario utilice el instrumento para adquiririnformación y conocimientos, es decir, cuando se mue-va por genuinos intereses intelectuales, por el deseo desaber y de entender. Pero la mayoría de los usuarios deInternet no es, y preveo que no será, de esta clase. Lapaideia del vídeo hará pasar a Internet a analfabetos cul-turales que rápidamente olvidarán lo poco que apren-dieron en la escuela y, por tanto, analfabetos culturalesque matarán su tiempo libre en Internet, en compañíade «almas gemelas» deportivas, eróticas, o de pequeños hobbies. Para este tipo de usuario, Internet es sobre todoun terrific way to wastetime, un espléndido modo de per-der el tiempo, invirtiéndolo en futilidades 22. Se pensa-rá que esto no tiene nada de malo. Es verdad, pero tam-poco hay nada bueno. Y; por supuesto, no representaprogreso alguno, sino todo lo contrario 23. Pero el objetivo final no es Internet; es el «cibermun- do» profetizado y promovido, más que por cualquier22 La frase en inglés es de Clifford Stoll (1996), un astrónomo deBerkeley experto en seguridad de los ordenadores, que después deaños de Internet-manía ahora declara que Internet no es otra cosaque «un tejido impalpable elaborado con nada" y un miserable sus-tituto de la vida física. Como es evidente, Stoll ha dejado de usar elteclado y el ratón. Esto le puede suceder a muchas personas.23 Arbasino (1995-1996, pág. 74) se pregunta: «¿Las inmensas auto-pistas tan celebradas en las exaltaciones de Internet, además de una 57
  • 46. HOMOVlDENSotro autor, por Nicholas Negroponte. En su libro El mun-do digital (1995), el nuevo paso del progreso se resumeasí: en el mundo digital, el que recibe puede elaborar lainformación «reseteándola» como quiera, con lo que elcontrol formal sobre el mensaje se individualiza, se hacesuyo. Consigue, así, una «cibemavegación» -muy visualy visualizada- en las llamadas realidades virtuales, enuna casi infinita descomposición y recomposición (en-samblaje) de imágenes, formas y figuras 24. No niego que la navegación en lo virtual -que escomo decir en las simulaciones- puede ser enorme-mente estimulante. Los que proyectan formas aerodi-námicas, por ejemplo, «simulan» desde hace muchasdécadas; y tal vez el evangelio de Negroponte roba laidea -difundiéndola a millones de personas- a losespecialistas que han empleado técnicas de simulacióndesde que disponen de procesadores. Sea como fuere,para los comunes mortales la navegación cibernética essólo una especie de vídeo-juego. Y si toman esta nave-gación demasiado en serio, los cibernautas «comunes»corren el riesgo de perder el sentido de la realidad, esdecir, los límites entre lo verdadero y lo falso, entre loexistente y lo imaginario. Para ellos todo se convierte entrampa y manipulación y todo puede ser manipulado yfalseado. Pero como las realidades virtuales son juegosque no tienen probabilidades de convertirse en reali-dades materiales, el negropontismo puede llegar a ge-gran masa de informaciones ventajosas, no transportan tambiénuna gran cantidad de necedades que no son divertidas ni útiles?».La pregunta es retórica. La inundación de estupideces es evidente,e Internet en sí misma las multiplica de un modo increíble.24 El término técnico es morphing. una técnica que permite transfor-mar sin límite alguno las formas y dimensiones de cualquier objeto. 58
  • 47. GIOVANNI SARTORInerar, en un extremo, un sentimiento de potencia alie-nado y frustrado, y en el extremo opuesto, un públicode eternos niños soñadores que transcurren toda la vidaen mundos imaginarios. La facilidad de la era digitalrepresenta la facilidad de la droga. ¿Terminaremos todos siendo «digigeneracionales- 25y en el cibermundo? Espero que no. Negroponte es real-mente el aprendiz de brujo del postpensamíento. En elmundo que él promueve y elogia, es la máquina la quelo hace todo. Él finge que no es así contándonos que elmundo multimedia-cibernético es un mundo goberna-do por una «lógica circular» sin centro alguno (ya no esun mundo gobernado por una lógica lineal y de conca-tenación causal). Suena bien, pero no significa nada. Porque «lógicacircular» es sólo una metáfora, pero como lógica no exis-te. La lógica establece las reglas del pensamiento correcto (que si acaso son reglas de concatenación deductiva, node concatenación causal); y la noción de centro pertene-ce a la lógica cuando las nociones de derecha e izquierdapertenecen a las matemáticas. Por tanto, la «circulari-dad» de Negroponte evoca sólo un cúmulo de dispara- tes 26. En uno de sus comentarios al «Infierno» de Dan-25 El término es de Luis Rossetto, otro gurú de la medialidad elec-trónica, y es una abreviación de digital generation, generación digi-tal. U na generación (como escriben Calvo-Platero y Calamandrei,1996, pág. 58) cuyo lenguaje «consiste en "hipertexto, compre-sión de datos, amplitud de banda y bites"» y que se encuentra muya gusto «en el mundo virtual, en ese mundo tridimensional crea-do por un ordenador en el que te mueves llevando una máscara yguantes especiales".26 Ferrarotti (1997, pág. 193) explica el ciberespacio de este modo:«es un espacio que permite la máxima articulación de mensajes yde inteligencia [...] La inteligencia colectiva que se desarrolla en elciberespacio es un proceso de crecimiento que logra ser al mismo 59
  • 48. HOMOVIDENSte, T. S. Eliot lo describía como un lugar en el cual nadase conecta con nada. Con el mismo criterio la lógicacircular es un infierno (lógico). Esperanzas aparte, mi pronóstico es que la televi-sión seguirá siendo el centro -en detrimento de la ci-bernavegación y de sus sirenas- y esto se fundamenta,asimismo, en la consideración de que la televisión notiene techo. En 1992 ya existían en el mundo un mi-llón de millones de televisores. Si excluimos a los mar-ginados y a los que realmente se mueren de hambre, latelevisión cubre, adonde llega, casi el cien por cien delas casas. En cambio, para los demás inventos, hay untecho. Internet produce saturación 27, y «ver pasiva-mente» es más fácil y más cómodo que el acto de «veractivamente» de las navegaciones cibernéticas. Sincontar que, como ya he explicado, la televisión nosmuestra una realidad que nos atañe de verdad, mien-tras que el cibermundo nos enseña imágenes imagina-rias. Vivir en el ciberespacio es como vivir sólo de Star Trek y de películas de ciencia ficción. ¿Todo el día y to-dos los días? Qué aburrido.tiempo colectivo y diferenciado, general y específico [...] es unainteligencia distribuida por todo el mundo». La cuestión está enese «permite». Es verdad que la cibernaútica permite el «creci-miento» de una inteligencia articulada y difundida. Pero tambiénpermite el crecimiento de una difundida estupidez instalada en unmagma indiferenciado. Las posibilidades son numerosas. Entrepermitir y actuar está de por medio el mar. Yel concepto de lo posi-ble (de Negroponte) que seduce a Ferrarotti a mí me parece enor-memente improbable.27 Bien entendido, la Internet que produce saturación es la deldiálogo interactivo. Ya he dicho que como instrumento de traba-jo, Internet es utilísima. En su utilización práctica, Internet no se traduce en saturación, sino, por el contrario, supone simplifica-ción de los problemas de la vida cotidiana. 60
  • 49. GIOVANNI SARTORI Podría ser que mi previsión sobre el centralismo de latelevisón resultara equivocada 28. Es posible, por ejem-plo, que yo infravalore la importancia de una comunica-ción activa e interactiva 29 . Incluso si es así, los problemasque he destacado siguen siendo los mismos. Por tanto,continúa siendo verdad que hacia finales del siglo xx, elhomo sapiens ha entrado en crisis, una crisis de pérdidade conocimiento y de capacidad de saber.28 Tengo que dejar claro que esta cuestión es válida también encuanto a la radio. El hecho de que una televisión deficiente, o un ex-ceso de televisión, pueda aportar grandes grupos de público a la ra-dio (como está sucediendo en Italia) no deja sin efecto el problemade la huella que puede dejar en el proceso de formación del niño.29 Tal vez porque las interacciones en la red son sólo un pálidosustituto de las interacciones cara a cara, es decir, de las interaccio-nes primarias. Intercambiarse mensajes mediante un ordenadornos deja siempre solos ante un teclado. 61
  • 50. LA OPINIÓNTELEDIRIGIDA
  • 51. l. VÍDEO-POLÍTICA La televisión se caracteriza por una cosa: entretiene,relaja y divierte. Como decía anteriormente, cultiva alhomo ludens; pero la televisión invade toda nuestra vida,se afirma incluso como un demiurgo. Después de ha-ber «formado» a los niños continúa formando, o de al-gún modo, influenciando a los adultos por medio de la«información». En primer lugar, les informa de noti-cias (más que de nociones), es decir, proporciona noti-cias de lo que acontece en el mundo, por lejano o cer-cano que sea. La mayoría de estas noticias terminan porser deportivas, o sobre sucesos, o sobre asuntos del co-razón (o lacrimógenas) o sobre diferentes catástrofes.Lo que no es óbice para que las noticias de mayor re-percusión, de mayor importancia objetiva, sean las quetratan de información política, las informaciones so-bre la polis (nuestra o ajena). Saber de política es im-portante aunque a muchos no les importe, porque lapolítica condiciona toda nuestra vida y nuestra convi-vencia. La ciudad perversa nos encarcela, nos hace po-co o nada libres; y la mala política -que obviamenteincluye la política económica- nos empobrece. (cfr.Sartori, 1993, págs. 313-316) 65
  • 52. HOMOVIDENS Así pues, el término vídeo-política (tal vez acuñadopor mí 1) hace referencia sólo a uno de los múltiples as-pectos del poder del vídeo: su incidencia en los procesospolíticos, y con ello una radical transformación de cómo«ser políticos» y de cómo «gestionar la política». Enten-demos que la vídeo-política no caracteriza sólo a la de-mocracia. El poder de la imagen está también a disposi-ción de las dictaduras. Pero en el presente trabajo meocuparé únicamente de la vídeo-política en los sistemasliberal-democráticos, es decir, en los sistemas basados enelecciones libres. La democracia ha sido definida con frecuencia comoun gobierno de opinión (por ejemplo, Dicey, 1914, y Lo-well, 1926) y esta definición se adapta perfectamente ala aparición de la vídeo-política. Actualmente, el pueblosoberano «opina» sobre todo en función de cómo la te-levisión le induce a opinar. Y en el hecho de conducir laopinión, el poder de la imagen se coloca en el centro detodos los procesos de la política contemporánea. Para empezar, la televisión condiciona fuertementeel proceso electoral, ya sea en la elección de los candi-datos 2, bien en su modo de plantear la batalla electoral,o en la forma de ayudar a vencer al vencedor. Además,1 Cfr. Sartori (1989). En mis escritos denomino vídeo a la superfi-cie del televisor en la cual aparecen las imágenes. Esta es asimis-mo la acepción etimológica del término: vídeo es un derivado dellatín videre, que significa ver. La acepción técnica del término in-glés es diferente: aquí vídeo es la película (o la cinta) en la que segraban las imágenes (como en las expresiones videotape, videocas-sette o similares). Pero no debemos someternos a la torpeza dequien inventa las palabras por azar; así pues, insisto en que vídeoes la superficie en la que vemos las imágenes.2 Paradójicamente, la televisión es más decisiva (y distorsionadora)cuanto más democrática, es decir fiable, es la elección de candida- 66
  • 53. GIOVANNI SARTORIla televisión condiciona, o puede condicionar, fuerte-mente el gobierno, es decir, las decisiones del gobierno:lo que un gobierno puede y no puede hacer, o decidir loque va a hacer. En esta parte del libro desarrollaré los tres temas si-guientes: en primer lugar, la formación de la opiniónpública y, en este sentido, la función de los sondeos deopinión, a fin de llegar a una valoración de conjuntoacerca del «directismo democrático». En segundo lu-gar, me detendré en el modo en el que el vídeo-poderincide sobre el político elegido y cómo es elegido. Porúltimo, y en tercer lugar, trataremos de comprenderen qué medida la televisión ayuda o, por el contrario,obstaculiza, a la «buena política».tos, como en Estados Unidos, en las elecciones primarias (cfr.Orren y Polsby, eds., 1987). Pero obviamente influye también enlas elecciones partitocráticas de los candidatos. 67
  • 54. 2. LA FORMACIÓN DE lA OPINIÓN Si la democracia tuviera que ser un sistema de gobier-no guiado y controlado por la opinión de los gobernados,entonces la pregunta que nos deberíamos replantear es:¿cómo nace y cómo se forma una opinión pública? Casi siempre, o con mucha frecuencia, la opinión pú-blica es un «dato» que se da por descontado. Existe y coneso es suficiente. Es como si las opiniones de la opiniónpública fueran, como las ideas de Platón, ideas innatas. En primer lugar, la opinión pública tiene una ubica-ción, debe ser colocada: es el conjunto de opiniones quese encuentra en el público o en los públicos. Pero la no-ción de opinión pública denomina sobre todo opinio-nes generalizadas del público, opiniones endógenas, lascuales son del público en el sentido de que el públicoes realmente el sujeto principal. Debemos añadir queuna opinión se denomina pública no sólo porque es delpúblico, sino también porque implica la res publica, lacosa pública, es decir, argumentos de naturaleza públi-ca: los intereses generales, el bien común, los proble-mas colectivos. Cabe destacar que es correcto decir «opinión». Opi-nión es doxa, no es episteme, no es saber y ciencia; es sim- 69
  • 55. HOMovmENSplemente un «parecer», una opinión subjetiva para lacual no se requiere una prueba 3. Las matemáticas, porejemplo, no son una opinión. Y si lo analizamos a la in-versa, una opinión no es una verdad matemática. Delmismo modo, las opiniones son convicciones frágiles yvariables. Si se convierten en convicciones profundasy fuertemente enraizadas, entonces debemos llamarlascreencias (y el problema cambia). De esta puntualización se desprende que es fácil de-sarmar la objeción de que la democracia es imposibleporque el pueblo «no sabe». Ésta sí es una objeción con-tra la democracia directa, contra un demos que se gobier-na solo y por sí mismo. Pero la democracia representati-va no se caracteriza como un gobierno del saber sinocomo un gobierno de la opinión, que se fundamenta enun público sentir de res publica. Lo que equivale a decirque a la democracia representativa le es suficiente, paraexistir y funcionar, con el hecho de que el público tengaopiniones suyas; nada más, pero, atención, nada menos. Entonces ¿cómo se constituye una opinión públicaautónoma que sea verdaderamente del público? Está cla-ro que esta opinión debe estar expuesta a flujos de infor-maciones sobre el estado de la cosa pública. Si fuera «sor-da», demasiado cerrada y excesivamente preconcebidaen lo que concierne a la andadura de la res publica, en-tonces no serviría. Por otra parte, cuanto más se abre yse expone una opinión pública a flujos de informaciónexógenos (que recibe del poder político o de instrumen-3 Cfr. contra Habermas (1971), el cual afirma que Locke, Hume yRousseau acuñan «opinión pública» falseando y forzando la doxaplatónica para significar unjuicio racional. La tesis no es plausibleya que todos los autores de la Ilustración conocían perfectamenteel griego. Dijeron «opinión», pues, sabiendo que doxa era, en latradición filosófica, el término opuesto a verdad objetiva. 70
  • 56. GIOVANNI SARTORItos de información de masas), más corre el riesgo la opi-nión del público de convertirse en «hetero-dirigida»,como decía Riesman. Por lo demás, cuando la opinión pública se plasmabafundamentalmente en los periódicos, el equilibrio entreopinión autónoma y opiniones heterónomas (hetero-dirigidas) estaba garantizado por la existencia de unaprensa libre y múltiple, que representaba a muchas vo-ces. La aparición de la radio no alteró sustancialmenteeste equilibrio. El problema surgió con la televisión, enla medida en que el acto de ver suplantó al acto de dis-currir. Cuando prevalece la comunicación lingüística,los procesos de formación de la opinión no se produ-cen directamente de arriba a abajo; se producen «encascadas», o mejor dicho, en una especie de sucesión decascadas interrumpidas por lagunas en las que las opi-niones se mezclan (según un modelo formulado porDeutsch, 1968). Además, en la cascada se alinean y secontraponen ebulliciones, y resistencias o viscosidadesde naturaleza variada 4. Pero la fuerza arrolladora de la imagen rompe el sis- tema de reequilibros y retroacciones múltiples que ha-bían instituido progresivamente, durante casi dos siglos,los estados de opinión difusos, y que, desde el siglo XVIIIen adelante, fueron denominados «opinión pública». La televisión es explosiva porque destrona a los llama- dos líderes intermedios de opinión, y porque se lleva por delante la multiplicidad de «autoridades cogniti-4 Así, las opiniones de cada uno no tenían grupos de referencia y,por tanto, no derivan sólo de mensajes informativos sino tambiénde identificaciones (lo que las convierte en opiniones sin infor-mación y, por tanto, poco influenciables). Existen además opinio-nes relacionadas con el gusto de cada uno, y ya se sabe que de gus-tibus non est disputandum (cfr. Berelson et al., 1954). 71
  • 57. HOMOVlDENSvas» que establecen de forma diferente, para cada unode nosotros, en quién debemos creer, quién es digno decrédito y quién no lo es 5. Con la televisión, la autoridades la visión en sí misma, es la autoridad de la imagen.No importa que la imagen pueda engañar aún más quelas palabras, como veremos más adelante. Lo esenciales que el ojo cree en lo que ve; y, por tanto, la autoridadcognitiva en la que más se cree es lo que se ve. Lo que seve parece «real», lo que implica que parece verdadero. Decía que a la democracia representativa le basta,para funcionar, que exista una opinión pública que seaverdaderamente del público 6. Pero cada vez es menoscierto, dado que la videocracia está fabricando una opi-nión sólidamente hetero-dirigida que aparentementerefuerza, pero que en sustancia vacía, la democraciacomo gobierno de opinión. Porque la televisión se exhi-be como portavoz de una opinión pública que en reali-dad es el eco de regreso de la propia voz. Según Herstgaard: «Los sondeos de opinión reinancomo soberanos. Quinientos americanos son continua-mente interrogados para decirnos a nosotros, es decir, alos otros 250 millones de americanos lo que debemospensar» 7. Y es falso que la televisión se limite a reflejarlos cambios que se están produciendo en la sociedad yen su cultura. En realidad, la televisión refleja los cam-bios que promueve e inspira a largo plazo.5 Para profundizar en estos puntos debo remitir a la lectura deSartori (1995, capítulo VIll, «Opinión pública» ). Concretamentesobre el modelo de Deutsch, cfr. ivi, págs. 183-188. 6 La cuestión se refuerza por la noción de opinión pública «colec-tiva» (cfr. Page y Shapiro, 1993); pero tampoco esta opinión agre-gada se sustrae a la erosión que estoy describiendo.7 Cit. en Glisenti y Pesenti (1990, pág. 145) 72
  • 58. 3. EL GOBIERNO DE LOS SONDEOS Recordaba antes que la invención del telégrafo tuvoenseguida un gemelo en la agencia de noticias «VÍa te-légrafo». Un hilo sujeto por palos es sólo un hilo si notransmite algo; y es una mala inversión si no transmitelo suficiente. Esto mismo es válido para la televisión:también la imagen debe estar repleta de contenidos. Engran parte, los contenidos televisivos (de naturaleza in-formativa) son imágenes de acontecimientos, pero sontambién «voces públicas». Dejo a un lado, por ahora,las entrevistas casuales a los viandantes. Las otras vocespúblicas, o del público, están constituidas por sondeosque nos indican en porcentajes «lo que piensa la gente». Para ser exactos, los sondeos de opinión consisten enrespuestas que se dan a preguntas (formuladas por el en-trevistador). Y esta definición aclara de inmediato dos co-sas: que las respuestas dependen ampliamente del modoen que se formulan las preguntas (y, por tanto, de quiénlas formula), y que, frecuentemente, el que respondese siente «forzado» a dar una respuesta improvisada enaquel momento. ¿Es eso lo que piensa la gente? Quienafirma esto no dice la verdad. De hecho, la mayoría de lasopiniones recogidas por los sondeos es: a) débil (no ex- 73
  • 59. HOMOVlDENSpresa opiniones intensas, es decir, sentidas profunda-mente); b) volátil (puede cambiar en pocos días); e) in-ventada en ese momento para decir algo (si se responde«no sé» se puede quedar mal ante los demás); y sobre to-do d) produce un efecto reflectante, un rebote de lo quesostienen los medios de comunicación. De modo que, en primer lugar, las opiniones recogi-das en los sondeos son por regla general débiles; y es raroque alguna vez se recojan opiniones profundas 8. EscribeRussell Newrnan: «De cada diez cuestiones de políticanacional que se plantean todos los años, el ciudadanomedio tendrá preferencias fuertes y coherentes por unao dos, y virtualmente ninguna opinión sobre los demásasuntos. Lo cual no es obstáculo para que cuando un en-trevistador empieza a preguntar surjan opiniones inven-tadas en ese momento» (1986, págs. 22-23). El resultadode ello es que la mayoría de las opiniones recogidas sonfrágiles e inconsistentes 9. Sin contar las opiniones inven-tadas para asuntos que se desconocen completamente.El entrevistador que interpela sobre una «ley de los me-tales metálicos», o bien sobre una absurda y fantástica«ley de 1975 sobre asuntos públicos», no vuelve a casacon las manos vacías: le responde un tercio e incluso dostercios de los entrevistados (ifr. Bishop etal., 1980). Es verdad que algunas veces tenemos una opinión fir-me y sentida con fuerza, pero incluso cuando es así, noes seguro que la opinión que dictará nuestra elección de8 La noción de intensidad se equipara a la de salience, es decir, depreeminencia, de relevancia. Para simplificar, resuelvo la segun-da en la primera, aunque las dos cuestiones son diferenciables.9 Converse (1964) ha destacado que, cuando la misma preguntasobre las preferencias políticas se repite en intervalos de tiempo,las respuestas varían sin ninguna base coherente, sino de un mo-do casual. 74
  • 60. GIOVANNI SARTORIvoto sea esa. El elector tiene en su escopeta, cuando en-tra en la cabina electoral, un solo cartucho; y si tiene,pongamos por caso, cinco opiniones firmes, deberá sa-crificar cuatro. Durante más de veinte años, los expertoshan explicado a los políticos americanos que para cua-drar el déficit presupuestario, o para reducir las deudas,bastaba con subir un poco el precio de la gasolina (queen Estados U nidos cuesta la mitad que en Europa). Perono, no hay nada que hacer: los sondeos revelan que losamericanos son contrarios a esta medida. Pero si repu-blicanos y demócratas se pusieran de acuerdo para votarun aumento, estoy dispuesto a apostar que el hecho deencarecer la gasolina no tendría ninguna incidenciaelectoral. Yes que dar por segura una opinión no equi-vale en modo alguno a prever un comportamiento. Unparecer sobre una issue, sobre una cuestión, no es unadeclaración de intención de voto. Por otra parte, tenemos el problema de la fácil mani-pulación de los sondeos (así como de su institucionali-zación, que es el referéndum). Preguntar si se debe per-mitir el aborto, o bien si se debe proteger el derecho ala vida, es presentar las dos caras de una misma pregun-ta; de una pregunta sobre un problema que se entiendemejor que muchos otros. Ysin embargo, la diferente for-mulación de la pregunta puede cambiar la respuesta deun 20 por ciento de los interpelados. Durante el escán-dalo Watergate, en 1973, se efectuaron en un solo messiete sondeos que preguntaban si el presidente Nixondebía dimitir o debía ser procesado. Pues bien, «la pro- porción de respuestas afirmativas variaba desde un mí- nimo del lOa un máximo del 53 por ciento. Y estas dife- rencias se debían casi exclusivamente a variaciones en la formulación de las preguntas» (Crespi, 1989, págs. 71-72). Ésta es una oscilación extrema para una pregun- 75
  • 61. HOMOVJDENSta sencilla. Yel azar crece, obviamente, cuando los pro-blemas son complicados. Cuando los ingleses fueron in-terpelados sobre la adhesión a la Unión Europea, los queestaban a favor oscilaban (pavorosamente) desde un 10a un 60 por ciento; también esta vez, la causa de tal osci-lación estaba en función de cómo se formulan y varíanlas preguntas 10. De todo esto se deduce, pues, que quien se deja in-fluenciar o asustar por los sondeos, el sondeo dirigido, amenudo se deja engañar en la falsedad y por la false-dad. Sin embargo, en Estados Unidos la sondeo-de-pendencia de los políticos -empezando por el presi-dente- es prácticamente absoluta. También en Italia,Berlusconi vive de sondeos y su política se basa enellos. Porque la sondeo-dependencia, como ya he di-cho, es la auscultación de una falsedad que nos hacecaer en una trampa y nos engaña al mismo tiempo.Los sondeos no son instrumentos de demo-poder -un instrumento que revela la vox populi- sino sobretodo una expresión del poder de los medios de comu-nicación sobre el pueblo; y su influencia bloquea fre-cuentemente decisiones útiles y necesarias, o bien lle-va a tomar decisiones equivocadas sostenidas porsimples «rumores», por opiniones débiles, deforma-das, manipuladas, e incluso desinformadas. En defini-tiva, por opiniones ciegas.10 Un ejemplo límite de manipulación es que basta con variar el or-den de dos nombres para obtener respuestas diferentes. Un son-deo Roper de septiembre de 1988 da como resultado que cuandoel nombre de Dukakis (el candidato demócrata a la presidencia)se menciona en primer lugar, Bush (su antagonista republicano)se ponía 12 puntos por debajo; un resultado que se reducía a 4puntos cuando se decía primero el nombre de Bush (cit. en Crespi,1989, pág. 69). 76
  • 62. GIOVANNl SARTORI Hablo de opiniones ciegas porque todos los profesio-nales del oficio saben, en el fondo, que la gran mayoríade los interpelados no sabe casi nada de las cuestionessobre las que se le preguntan. Dos de cada cinco ameri-canos no saben qué partido -y sólo hay dos partidos-controla su parlamento, ni saben dónde están los paísesdel mundo (cfr. Erikson et al., 1988). Se puede pensar:¿qué diferencia hay si no se saben estas cosas? En sí mis-ma, hay muy poca diferencia; pero es enorme si estas la-gunas elementales se interpretan como indicadores deun desinterés generalizado. El argumento es que si unapersona no sabe ni siquiera estas cosas tan elementales,con mayor razón no tendrá noción alguna de los proble-mas por simples que sean. Creo que somos muchos los que estamos de acuerdo-aunque sólo lo digamos en voz baja- que la sondeo-dependencia es nociva, que las encuestas deberían te-ner menos peso del que tienen, y que las credencialesdemocráticas (e incluso «objetivas») del instrumentoson espurias. Pero casi todos se rinden ante el hecho su-puestamente inevitable de los sondeos. A lo cual res-pondo que los sondeos nos asfixian porque los estudio-sos no cumplen con su deber. Los pollsters, los expertosen sondeos, se limitan a preguntar a su quidam, cual-quiera que sea, «¿qué piensa sobre esto?» sin averiguarantes lo que sabe de eso, si es que sabe algo. Sin embargo,el núcleo de la cuestión es éste. Cuando se produjo lasegunda votación de la Comisión Bicameral para las re-formas constitucionales apareció un sondeo del CIRMque daba como resultado que el 51 por ciento de los ita-lianos estaba a favor de la elección de una asambleaconstituyente y sólo el 22 por ciento era favorable a laBicameral. El mismo día (el 15 de enero de 1997) IndroMontanelli comentaba irónicamente en JI Corriere della 77
  • 63. HOMOVIDENSSera que para muchos italianos «bicameral» era proba-blemente una habitación con dos camas. Está claro queel pollstercomercial no tiene ningún interés en verificarcuál es la consistencia o inconsistencia de las opinionesque recoge: si lo hiciera sería autodestructivo. Pero loscentros de investigación y las instituciones universita-rias tendrían el estricto deber de colmar esta zona deoscuridad y confusión, verificando mediante [aa-fin-ding polls (encuestas de determinación de hechos) yen-trevistas en profundidad el estado y el grado de descono-cimiento del gran público. Sin embargo, se callan comomuertos. Y de este modo convierten en inevitable algoque se podría evitar. 78
  • 64. 4. MENOS INFORMACIÓN He dicho que el gobierno de los sondeos se basa, interalia, en opiniones desinformadas. Una consideraciónque nos lleva al problema de la información. El méritocasi indiscutible de la televisión es que «informa»; almenos eso nos dicen. Pero empecemos por aclarar elconcepto. Informar es propocionar noticias, y esto incluye noti-cias sobre nociones. Se puede estar informado de acon-tecimientos, pero también del saber. Aun así debemospuntualizar que información no esconocimiento, no es saberen el significado eurístico del término. Por sí misma, lainformación no lleva a comprender las cosas: se puedeestar informadísimo de muchas cuestiones, y a pesar deello no comprenderlas. Es correcto, pues, decir que la in-formación da solamente nociones. Lo cual no es negati-vo. También el llamado saber nocional contribuye a laformación del homosapiens. Pero si el saber nocional noes de despreciar, tampoco debemos sobrevalorarlo. Acu-mular nociones, repito, no significa entenderlas. Debemos también destacar que la importancia de lasinformaciones es variable. Numerosas informaciones sonsólo frívolas, sobre sucesos sin importancia o tienen un 79
  • 65. HOMOVIDENSpuro y simple valor espectacular. Lo que equivale a decirque están desprovistas de valor o relevancia «significati-va». Otras informaciones, por el contrario, son objetiva-mente importantes porque son las informaciones queconstituirán una opinión pública sobre problemas públi-cos, sobre problemas de interés público (vid. supra, pág.69). y cuando hablo de subinformación o de desinforma-ción me refiero a la información de «relevancia públi-ca». y es en este sentido (no en el sentido de las noticiasdeportivas, de crónica rosa o sucesos) en el que la televi-sión informa poco y mal. Con esta premisa, es útil distinguir entre subinforrna-ción y desinformación. Por subinformación entiendo unainformación totalmente insuficiente que empobrece de-masiado la noticia que da, o bien el hecho de no infor-mar, la pura y simple eliminación de nueve de cada dieznoticias existentes. Por tanto, subinformación significareducir en exceso. Por desinformación entiendo una dis-torsión de la información: dar noticias falseadas que in-ducen a engaño al que las escucha. Nótese que no he di-cho que la manipulación que distorsiona una noticia seadeliberada; con frecuencia refleja una deformación pro-fesional, lo cual la hace menos culpable, pero tambiénmás peligrosa. Evidentemente, la distinción es analítica, sirve paraun análisis claro y preciso del problema. En concreto, lasubinformación y la desinformación tienen zonas de su-perposición y traspasan la una a la otra. Pero esto no nosimpide que podamos analizarlas por separado. La difusión de la información, que se presenta comotal, aparece con el periódico. La palabra inglesa netospa-per describe exactamente su propia naturaleza: hoja opapel «de noticias» (news). En italiano, giornaledestaca elaspecto de la cotidianidad, como en español el diario: lo RO
  • 66. GIOVANNI SARTORlque sucede día a día [giorno per giorno]. Pero lo que lla-mamos propiamente información de masas se desarro-lla con la aparición de la radiofonía. El periódico excluyeeo ipso al analfabeto que no lo puede leer, mientras quela locución de la radio llega también a los que no sabenleer ni escribir. A esta extensión cuantitativa le puedecorresponder un empobrecimiento cualitativo (pero nocuando la comparación se realiza con las publicacionesde contenido exclusivamente escandoloso, como los ta-hloides). Pero siempre existirá una diferencia entre elperiódico y la radio: como la radio habla también paralos que no leen, debe simplificar más y debe ser más bre-ve, al menos en los noticiarios. Aun así se puede decirque la radio complementa al periódico. ¿Y la televisión? Admitamos que la televisión infor-ma todavía más que la radio, en el sentido de que llegaa una audiencia aún más amplia. Pero la progresión sedetiene en este punto. Porque la televisión da menos in-formaciones que cualquier otro instrumento de infor-mación. Además, con la televisión cambia radicalmen- te el criterio de selección de las informaciones o entrelas informaciones. La información que cuenta es la que se puede filmar mejor; y si no hay filmación no hayni siquiera noticia, y, así pues, la noticia no se ofrece,pues no es «vídeo-digna». Por tanto, la fuerza de la televisión -la fuerza de hablar por medio de imágenes- representa un pro- blema. Los periódicos y la radio no tienen el problema de tener que estar en el lugar de los hechos. Por el contra- rio, la televisión sí lo tiene; pero lo tiene hasta cierto punto. No hay y no había ninguna necesidad de exage- rar; no todas las noticias tienen que ir obligatoriamen- te acompañadas de imágenes. La cuestión de estar en el lugar de los hechos es, en parte, un problema que se 81
  • 67. HOMO1DENSha creado la propia televisión (y que le ayuda a crecerexageradamente) 11. Aún recordamos que durante algún tiempo los noti-ciarios de televisión eran fundamentalmente lecturas deestudio. Pero después alguien descubrió que la misión,el deber, de la televisión es «mostrar» las cosas de las quese habla. Y este descubrimiento señala el inicio de la de-generación de la televisión. Porque éste fue el hecho queha «aldeanizado- la televisión en un sentido completa-mente opuesto al que se refería McLuhan: en el sentidode que limita la televisión a lo cercano (a las aldeas cer-canas) y deja al margen las localidades y los países pro-blemáticos o a los que cuesta demasiado llegar con unequipo de televisión. Todo el mundo habrá observado que en la televisiónahora son cada vez más abundantes las noticias locales ynacionales y cada vez más escasas las noticias internacio-nales. Lo peor de todo es que el principio establecido deque la televisión siempre tiene que «mostrar», convierteen un imperativo el hecho de tener siempre imágenes detodo lo que se habla, lo cual se traduce en una inflaciónde imágenes vulgares, es decir, de acontecimientos taninsignificantes como ridículamente exagerados. En Ita-lia han exhibido centenares de veces -para ilustrar lasinvestigaciones de la operación anti-mafia Manos limpias--las imágenes de las cajas de seguridad de un banco, ysiempre era el mismo banco (que además no tenía nin-guna relación con los hechos que se contaban). Dos alo-cadas niñas, de 13 ó 14 años, se escapan de su casa, y la11 La «ley de Parkinson» (Parkinson, 1957), que prevé el crecimien-to automático de las burocracias independientemente de cualquiernecesidad objetiva, sólo por mecanismos internos de proliferación,se aplica exactamente al aumento del personal de la televisión. 82
  • 68. GIOVANNI SARTORItelevisión convierte el hecho en una novela de suspensesobre un «rapto vía Internet». Lanza entrevistadores a to-das partes, se desplaza a Madrid, y de este modo animaráa otras niñas a escapar de sus casas. Y vemos sin descansoimágenes de puertas, ventanas, calles, automóviles (queen general son de archivo) destinadas a llenar el vacío depenosas misiones igualmente fallidas. Cuando todo va bien, se nos cuentan las eleccionesen Inglaterra o en Alemania rápidamente, en 30 se-gundos. Después de esto llegan unas imágenes de unpueblecito que deben justificar su coste permanecien-do en onda 2 ó 3 minutos; unas imágenes de algunahistoria lacrimógena (la madre que ha perdido a su hi-ja entre la multitud) o truculenta (sobre algún asesina-to), cuyo valor informativo o formativo de la opiniónes virtualmente cero. Los noticiarios de nuestra televi-sión actual emplean 20 minutos de su media hora deduración en saturarnos de trivialidades y de noticiasque sólo existen porque se deciden y se inventan en larebotica de los noticiarios. ¿Información? Sí, tambiénla noticia de la muerte de una gallina aplastada por underrumbamiento se puede llamar información. Pero nunca será digna de mención. La obligación de «mostrar» genera el deseo o la exi- gencia de «mostrarse». Esto produce el pseudo-aconteci- miento, el hecho que acontece sólo porque hay una cá- mara que lo está rodando, y que, de otro modo, no tendría lugar. El pseudo-acontecimiento es, pues, un evento prefabricado para la televisión y por la televi- sión. A veces esta fabricación está justificada, pero aun así, no deja de ser algo «falso» expuesto a serios abusos y fácilmente queda como verdadera desinformación. La cuestión es, insisto, que la producción de pseudo- . acontecimientos o el hecho de caer en lo trivial e insig- 83
  • 69. HOMOVlDENSnificante no se debe a ninguna necesidad objetiva, a nin-gún imperativo tecnológico. En Francia, en Inglaterra yen otros países siguen existiendo noticiarios serios queseleccionan noticias serias y que las ofrecen sin imáge-nes (si no las tienen). El nivel al que ha descendido nues-tra televisión se debe fundamentalmente a un personalque tiene un nivel intelectual y profesional muy bajo. Lainformación televisiva se podría organizar mucho mejor.Aclarado esto, es verdad que la fuerza de la imagen estáen la propia imagen. Para hacernos una idea, basta com-parar la información escrita del periódico con la infor-mación visual de la televisión. El hombre de la cultura escrita y, por tanto, de la erade los periódicos leía, por ejemplo, alrededor de quin-ce acontecimientos diarios significativos -nacionales ointernacionales- y por regla general cada aconteci-miento se desarrollaba en una columna del periódico.Este noticiario se reduce al menos a la mitad en los tele-diarios; y con tiempos que a su vez descienden a 1 ó 2minutos. La reducción-eompresión es enorme: y lo quedesaparece en esa compresión es el encuadre del pro-blema al que se refieren las imágenes. Porque ya sabe-mos que la imagen es enemiga de la abstracción, mien-tras que explicar es desarrollar un discurso abstracto.Ya he dicho en otras ocasiones que los problemas noson «visibles». Lo que podemos ver en la televisión es loque «mueve» los sentimientos y las emociones: asesina-tos, violencia, disparos, arrestos, protestas, lamentos; yen otro orden de cosas: terremotos, incendios, aluvio-nes e incidentes varios. En suma, lo visible nos aprisiona en lo visible. Para elhombre que puede ver (y ya está), lo que no ve no existe.La amputación es inmensa, y empeora a causa del por-qué y del cómo la televisión elige ese detalle visible, entre 84
  • 70. GIOVANNI SARTORlotros cien o mil acontecimientos igualmente dignos deconsideración. A fuerza de subinformar, y a la vez de destacar y exa-gerar las noticias locales, terminamos por «perder devista» el mundo y casi ya no interesarnos por él. La ne-cedad de los públicos educados por la televisión quedabien ejemplificada por el caso de Estados Unidos, dondela retransmisión de la caída del muro de Berlín en 1989-probablemente el acontecimiento político más impor-tante de este siglo (después de las guerras mundiales)-fue un fracaso televisivo. El índice de audiencia del acon-tecimiento mientras se ofrecía en directo por la cadenaABC, con dos importantes comentaristas, fue el más bajoentre todos los programas de esa franja horaria. Y la au-diencia de la caída del muro de Berlín fue ampliamen-te superada (ese mismo año) por el estudiante chinofrente al tanque en la plaza de Tiananmen, en Pekín:un evento de gran valor espectacular pero de escasa re-levancia sustancial 12. La CBS, otra de las grandes cadenas de televisión, hacomentado tranquilamente: «es simplemente una cues-tión de preferencia de los espectadores. El índice deaudiencia aumenta con acontecimientos nacionales co-mo terremotos o huracanes». Este comentario es escalo-12 Sobre Tiananmen, Henry Kissinger se preguntaba «¿cómo es po-sible que haya tantos escritos en inglés en los carteles y pancartas delos estudiantes>. y luego observaba que «las víctimas de la plaza noeran muchas; el mayor número de muertos estaba a unas tres millasde la plaza, Yéstos eran obreros yno estudiantes [...que] se manifes-taban para reclamar mejores condiciones económicas, no para cam-biar la vida política del país» (cit. Glisenti y Pesenti, 1990, pág. 174).Así pues, en el caso de Tiananmen se mezcla un pseudo-aconteci-miento creado por la presencia de la televisión (pancartas en in-glés) , subinformación y además desinformación. 85
  • 71. HOMOVIDENSfriante por su miopía y su cinismo: descarga sobre el pú-blico las culpas que, en realidad, tienen los medios decomunicación. Si el hombre de la calle no sabe nada delmundo, es evidente que no se interesará por él. Inicial-mente, también la información (como la lectura) repre-senta un «coste». El hecho de informarse requiere unainversión de tiempo y de atención; y llega a ser gratifi-cante -es un coste que compensa- sólo después deque la información almacenada llega a su masa crítica.Para amar la música es necesario saber un poco de músi-ca, si no Beethoven es un ruido; para amar el fútbol esnecesario haber entendido cuál es la naturaleza deljue-go; para apasionarse con el ajedrez hace falta saber có-mo se mueven las piezas. Análogamente, el que ha supe-rado el «umbral crítico», en lo que se refiere a la políticaya los asuntos internacionales, capta al vuelo las noticiasdel día, porque comprende enseguida el significado ylas implicaciones. Pero el que no dispone de «almacén»realiza un esfuerzo, no asimila los mismos datos y porello pasa a otra cosa. El público que no se interesa en lacaída del muro de Berlín es el público que ha sido for-mado por las grandes cadenas de televisión norteameri-canas 13. Si las preferencias de la audiencia se concen-tran en las noticias nacionales y en las páginas desucesos es porque las cadenas televisivas han producidociudadanos que no saben nada y que se interesan por13 Que además es un público que ni siquiera se interesa ya porcuestiones públicas: ahora en Estados Unidos sólo el 20 por cien-to de losjóvenes de menos de treinta años sigue los telediarios lla-mados world news, noticias del mundo.14 Neil Postrnan comenta lo siguiente: «Con toda probabilidad, losamericanos son hoy la población que más entretenimiento tiene[entertaíned] y la menos informada del mundo occidental» (1985,pág. 106). 86
  • 72. GIOVANNI SARTORItrivialidades 14. Prueba de ello es que hasta la llegada de la televisiónel público se interesaba por las noticias internacionales,y por eso los periódicos las publicaban. Ahora se intere-san por ellas cada vez menos. ¿Por qué? ¿Se ha atrofiadoel ciudadano por sí solo? Obviamente no. Obviamentela prensa escrita alimentaba unos intereses y una curiosi-dad que la vídeo-política ha ido apagando. 87
  • 73. 5. MÁs DESINFORMACIÓN Analicemos qué es la verdadera desinformación: noinformar poco (demasiado poco), sino informar mal,distorsionando. Parto de la base de que al menos en parte la desin-formación televisiva es involuntaria y, de algún modo,inevitable. Yempiezo con esta constatación: la aldea glo-bal de McLuhan es «global» sólo a medias, por lo que enrealidad no es global. La cámara de televisión entra fácily libremente en los países libres; entra poco y con pre-caución en los países peligrosos; y no entra nunca en lospaíses sin libertad. De lo que se deduce que cuanto mástiránico y sanguinario es un régimen, más lo ignora latelevisión y, por tanto, lo absuelve. En el pasado, se hanproducido atroces masacres en Madagascar, en Uganda (en los buenos tiempos de IdiAmin Dada), en Zaire (exCongo belga), en Nigeria, y la lista sería aún más larga.Nadie las ha visto nunca (en televisión) y, por tanto, parala mayoría no han existido. Hasta el punto de que IdiAmin Dada -que ha matado por lo menos a 250.000de los suyos- era acogido con vítores en sus viajes porÁfrica. Hasta hoy la televisión nunca ha entrado en Su-dán, otro país que extermina a los suyos matándolos de 89
  • 74. HOMOVlDENShambre (exactamente como hacía la Etiopía de Men-gistu). En los años cincuenta, también se produjeronauténticos exterminios en Indonesia. ¿Y qué podemosdecir de las decenas de millones de muertos de hambre(estimados) en China después del gran «paso hacia de-lante» de Mao Zedong? En China no se entraba enton-ces, ni se entra hoy y, de este modo, lo que le sucede amás de mil millones de seres humanos no es noticia(para la televisión). Non vidi, ergo non esto Es comprensible que no se pueda imputar a la televi-sión que no muestre lo que no puede mostrar. Pero setiene que imputar a la televisión el hecho de avalar yreforzar una percepción del mundo basada en dos pe-sos y dos medidas y, por tanto, enormemente injusta ydistorsionadora. Para el reverendo Jesse Jackson (queen 1988 era candidato a la presidencia de Estados U ni-dos) Suráfrica era entonces un Estado terrorista; perono lo eran, o al menosJackson no lo decía, Libia, Irán ySiria, países borrados del tele-ver. Israel no ha termina-do en la lista negra como Suráfrica sólo porque estáprotegido por las comunidades hebreas de Estados Uni-dos y de todo el mundo. Aunque sea de un modo invo-luntario (pero sin preocuparse excesivamente), la tele-visión penaliza a los países libres y protege a los paísessin libertad en los que las dictaduras gobiernan matando. Hasta aquí hemos examinado diferentes distorsio-nes que son el resultado de un mundo visto a medias y,por tanto, que realmente no se ha visto. Pasemos aotros tipos de desinformación. Ya he anticipado la fa-bricación de pseudo-acontecimientos. Pero compara-do con otros tipos de desinformación, es una nimie-dad. Paso, pues, a analizar las distorsiones informativasmás importantes. Comencemos por las falsas estadísti-cas y las entrevistas casuales. 90
  • 75. G¡OVANNl SARTOR! Entiendo por falsas estadísticas, resultados estadísti-cos que son «falsos» por la interpretación que se les da.En esta clase de falsedades se ejercita también la pren-sa; pero es la televisión la que las ha impuesto a todos-incluida la prensa- como dogmas. Porque para la te-levisión los cuadros estadísticos -debidamente simplifi-cados y reducidos al máximo- son como el queso paralos macarrones. Con cuadros y porcentajes, todo se pue-de condensar en pocas imágenes; imágenes que parecende una objetividad indiscutible. En las estadísticas ha-blan las matemáticas. Y las matemáticas no se hacen conhabladurías. Las matemáticas no. Pero la interpretación de unosresultados estadísticos, sí. Tomemos el caso -realmenteclamoroso- de las estadísticas utilizadas para demos-trar y medir, en Estados Unidos, la discriminación ra-cial, sobre todo la que perjudica a los negros, pero tam-bién en algunos casos a otras minorías. ¿Cómo se demuestra que los negros están discrimi- nados y deliberadamente desfavorecidos sólo porque son negros? Desde hace cuarenta años hasta hoy día, la prueba de la discriminación pacíficamente aceptada (por la mayoría y, por supuesto, por los medios de comu- nicación) es la escasa representación de los negros --con respecto a su proporción demográfica- en las universi- dades, en Wall Street, en las grandes empresas y, en úl- tima instancia, en el elenco de multimillonarios (en dólares). El argumento es el siguiente: si son propor- cionalmente menos, menos que los blancos, es porque están discriminados. Parece obvio o, mejor, esta con- clusión se desecha por obvia; pero, por el contrario, lo que es obvio es que esta prueba no prueba nada. Abso- lutamente nada. Pues cualquier estudiante que aprue- ba un examen de estadística elemental tiene la obliga- 91
  • 76. HOMOVIDENSción de saber que, si tenemos una distribución anómala,no significa que tengamos también la causa y las causasque la producen. Ya que los negros tienen una escasarepresentación, queda por descubrir el porqué y hay queprobar específicamente que la causa de esta baja repre-sentación sea una discriminación racial. Obsérvese que los negros están altamente sobrerre-presentados en muchos deportes: en las carreras, el bo-xeo, el baloncesto y las diversas clases de atletismo haymultitud de negros. Los negros destacan también en elbaile y el jazz. ¿Es tal vez porque en estas actividades sepractica la discriminación contra los blancos? Nadiesostiene tal teoría, por la sencilla razón de que sería unaclara estupidez. Pero la misma estupidez se acepta sinparpadear a la inversa. Además, dentro de esta lógica(ilógica), ¿qué hacemos con los asiáticos? En las mejoresuniversidades americanas, los estudiantes «amarillos»tienen una sobrerrepresentación, respecto a su índicedemográfico. ¿Por qué? ¿Tal vez porque alguien discri-mina a su favor? Obviamente no. Obviamente porqueson más estudiosos y mejores (como estudiantes). Unainformación correcta diría esto, pero la desinformaciónno lo dice. A las estadísticas falsas hay que añadir, como factor dedistorsión, la entrevista casual. El entrevistador al que sele manda cubrir un acontecimiento -e incluso un no-acontecimiento- con imágenes pasea por la calle y en-trevista a los que pasan. Así, finalmente, es la voz delpueblo la que se hace oír. Pero esto es una falsedad abso-luta. Dejemos de lado el hecho de que estas entrevistasestán siempre «precocinadas» con oportunas distribu-ciones de síes y noes. Lo esencial es que la «casualidad»de las entrevistas casuales no es una casualidad estadísti-ca y que el transeúnte no representa a nada ni a nadie: 92
  • 77. GIOVANNI SARTORIhabla sólo por sí mismo. En el mejor de los casos, las en-trevistas casuales son «coloristas», Pero cuando tratande problemas serios son, en general, formidables multi-plicadores de estupideces. Cuando se dicen en la panta-lla, las estupideces crean opinión: las dice un pobrehombre balbuceando a duras penas, y al día siguientelas repiten decenas de miles de personas. Telesio Malaspina lo resume claramente: A la televisión le encanta dar la palabra a la gente de la ca- lle, o similares. El resultado es que se presenta como verdade- ro lo que con frecuencia no es verdad [...]. Las opiniones más facciosas y necias [ ] adquieren la densidad de una corriente de pensamiento [ ]. Poco a poco la televisión crea la convic- ción de que cualquiera que tenga algo que decir, o algo por lo que quejarse, tiene derecho a ser escuchado. Inmediatamen- te. Y con vistosos signos de aprobación [por parte de los entre- vistadores] [...]. El uso y el abuso de la gente en directo hace creer que ahora ya puede tomarse cualquier decisión en un momento por aclamación popular. (1995, pág. 24) Prosigamos. Además de falsas estadísticas y entrevis-tas casuales, la desinformación se alimenta de dos típi-cas distorsiones de una información que tiene que serexcitante a cualquier precio: premiar la excentricidad yprivilegiar el ataque y la agresividad. En cuanto al primer aspecto, me limito a observar depasada que la visibilidad está garantizada para las posi-ciones extremas, las extravagancias, los «exagerados» ylas exageraciones. Cuanto más descabellada es una tesis,más se promociona y se difunde. Las mentes vacías se es-pecializan en el extremismo intelectual y, de este modo,adquieren notoriedad (difundiendo, se entiende, vacie-dades). El resultado de ello es una formidable selección 93
  • 78. HOMOVIDENSa la inversa. Destacan los charlatanes, los pensadores me-diocres, los que buscan la novedad a toda costa, y que-dan en la sombra las personas serias, las que de verdadpiensan. Todo esto significa ponerse a disposición de un«interés mal entendido». El otro aspecto consiste, comoya he dicho, en privilegiar el ataque y la agresividad. Es-to puede suceder de diferentes modos. La televisiónamericana es agresiva en el sentido de que el periodistatelevisivose siente revestido de una «función crítica» yes,por tanto, un adversary, constitutivamente predispuestoa morder y pinchar al poder, a mantenerlo bajo sospe-cha y acusación. Esta agresividad se considera en Esta-dos Unidos como una ética profesional, aunque des-pués, un segundo objetivo, menos noble, es el de «crearpúblico» y complacerlo. En Italia, con la televisión esta-tal, nunca ha sido así. Los periodistas de las televisionesestatales se sienten inseguros y, por tanto, son muy cau-telosos: no quieren escándalos, y hacen carrera tratan-do al gobierno con guantes de seda. Todos deben que-dar satisfechos (incluso el Papa), también en términosde minutaje. De modo que, en Italia, la agresividad y la«función adversaria» de la televisión segura de sí mismapermanece reprimida o comprimida. A pesar de ello,también en Italia la televisión se siente inevitablementeatraída por los altercados y los conflictos, y los valora. La televisión llega siempre con rapidez al lugar dondehay agitación, alguien protesta, se manifiesta, ocupa edi-ficios, bloquea calles y ferrocarriles y, en suma, ataca algoo a alguien 15. Se podría pensar que esto sucede porqueun ataque puede resultar un espectáculo, y la televisión15 Lo cual alimenta los pseudo-acontecimientos en los que es latelevisión la que crea la protesta. El que quiere quejarse de algo,en primer lugar va a la televisión para pedir que le filmen. Los 94
  • 79. G¡OVANNI SARTORIes espectáculo. En parte, esto debe ser así. Pero el mun-do real no es espectáculo y el que lo convierte en eso de-forma los problemas y nos desinforma sobre la realidad;peor no podría ser 16. El aspecto más grave de esta preferencia espectacu-lar por el ataque es que viola, en sus más hondas raíces,el principio de toda convivencia cívica: el principio de«oír a la otra parte». Si se acusa a alguien se debe oír alacusado. Si se bloquean calles y trenes, se debería oír ymostrar a los damnificados, a los inocentes viajeros; perocasi nunca sucede así. Por lo general, la televisión llevaa las pantallas sólo a quien ataca, al que se agita, de talmodo que la protesta se convierte en un protagonistadesproporcionado que siempre actúa sinceramente (in-cluso cuando se ha equivocado de parte a parte). Atri-buir voces a las reclamaciones, a las quejas y a las denun-cias está bien. Pero para servir de verdad a una buenacausa, y hacer el bien, es necesario que la protesta seatratada con imparcialidad. Donde hay una acusación,tiene que haber también una defensa. Si se muestranimágenes de la persona que ataca, se deben retransmi-productores de leche que durante un largo periodo de tiempobloquearon, de un modo escandaloso, el aeropuerto de Linateadmitieron que habían obstaculizado calles y aeropuertos para«crear noticia». En casos como éstos, la televisión promueve ma-los ejemplos y es dañina.16 La creciente dificultad de la política (Sartori, 1996, págs. 157-165) se inscribe en este contexto. Como ha observado Michael Ro-binson, «el desafecto entre ciudadanos y gobierno empezó a au-mentar cuando los telediarios nocturnos de las cadenas pasaron adurar de 15 a 30 minutos"; lo cual «no es una mera coincidencia,ya que un noticiario televisivo que habla de instituciones sociales ypolíticas en estado de permanente conflicto alimenta el cinismo,la desconfianza [...], sentido de la ineptitud, y frustración» (cit. enZukin, 1981, pág. 379). 95
  • 80. HOMOVIDENStir también imágenes de la persona atacada. Sin embar-go, el ataque en sí mismo es un «visible» y produce im-pacto; la defensa, normalmente, es un discurso. Dios noscoja confesados. De este modo, la pantalla se llena demanifestaciones, pancartas, personas que gritan y lan-zan piedras e incluso cócteles Molotov y tienen siem-pre razón en las imágenes que vemos, porque a su vozno se contrapone ninguna otra voz 17. Se diría que en elcódigo de la televisión está escrito inaudita altera parte.Y está llegando a ser incluso una norma que el entrevis-tador debe «simpatizar» con sus entrevistados (de tal ma-nera que un asesino se convierte en un «pobre» asesinoque nos tiene que conmover). Y esto es un mal códigopara una pésima televisión. Concluyo con una pregunta: ¿valía la pena disertar-como hemos hecho hasta ahora- sobre información,subinformación y desinformación? Para los vídeo-niñosconvertidos en adultos por el negropontismo, el pro-blema está resuelto antes de ser planteado. Peor incluso,los negropontinos ni siquiera entienden la pregunta.Mi teoría es que informar es comunicar un contenido, de-cir algo. Pero en la jerga de la confusión mediática, in-formación es solamente el bit, porque el bit es el conte-nido de sí mismo. Es decir, en la red, información estodo lo que circula. Por tanto, información, desinfor-mación, verdadero, falso, todo es uno y lo mismo. In-cluso un rumor, una vez que ha pasado a la red, se con-17 Lo peor de todo es que ni siquiera la protesta queda explicada.Recuerdo que cuando en Corea tenían lugar las Olimpiadas, no-che tras noche veíamos a toscos jovenzuelos, expertos en lanzarbotellas explosivas. ¿Qué asaltaban y por qué? El telediario nuncalo decía: el acontecimiento consistía en demostrar el comporta-miento brutal de la policía, o en el polícia incendiado a causa delcóctel Molotov. 96
  • 81. GIOVANNI SARTORIvierte en información. Así pues, el problema se resuel-ve vaporizando la noción de información y diluyéndolasin residuo en un comunicar que es solamente «contac-to». Quien se aventura en la red informativa y se permi-te observar que un rumor no informa o que una infor-mación falsa desinforma, es -para Negroponte y susseguidores- un infeliz que aún no ha comprendidonada, un despojo de una «vieja cultura» muerta y ente-rrada. A la cual yo me alegro de pertenecer. 97
  • 82. 6. TAMBIÉN lA IMAGEN MIENTE Es dificil negar que una mayor subinformación y unamayor desinformación son los puntos negativos del tele-ver. Aun así -se rebate-la televisión supera a la infor-mación escrita porque «la imagen no miente» (éste erael lema favorito de Walter Cronk.ite, el decano de los an-chormen de la televisión americana). No miente, no pue-de mentir, porque la imagen es la que es y, por así de-cirlo, habla por sí misma. Si fotografiamos algo, ese algoexiste y es como se ve. No hay duda de que los noticiarios de la televisiónofrecen al espectador la sensación de que lo que ve esverdad, que los hechos vistos por él suceden tal y comoél los ve. Y, sin embargo, no es así. La televisión puedementir y falsear la verdad, exactamente igual que cual-quier otro instrumento de comunicación. La diferenciaes que la «fuerza de la veracidad» inherente a la imagenhace la mentira más eficaz y, por tanto, más peligrosa. La vídeo-política está a sus anchas en los llamadostalk-shows, que en Estados Unidos y en Inglaterra estánrealizados por periodistas realmente buenos e indepen-dientes. En el debate bien dirigido, al que miente se lecontradice enseguida, pero esto sucede porque en los --99
  • 83. HOMOVlDENStalk-shows (como su propio nombre indica) se habla y,por tanto, en este contexto, la imagen pasa a segundoplano. Siempre cuenta el hecho de que las personas seanpoco fotogénicas, ya que hay rostros que no traspasan lapantalla (que no llegan al público) . Pero lo que de ver-dad cuenta es lo que se dice y cómo se dice. Esto es asíen la televisión que mejor nos informa que es, desafor-tunadamente, una televisión atípica. En la típica, todose centra en la imagen, y lo que se nos muestra -repi-to- puede engañarnos perfectamente. Una fotografíamiente si es el resultado de un fotomontaje. Y la televi-sión de los acontecimientos, cuando llega al espectador,es toda ella un fotomontaje. Pero procedamos con orden. Decía que entre subin-formación y desinformación el confín es, en concreto,poroso. Lo mismo podemos decir para los engaños te-levisivos. En ciertos casos son mínimos, y pueden seratribuidos a una información insuficiente. En otros ca-sos son graves, pero a veces es difícil establecer si un en-gaño es el resultado de la desinformación o de la mani-pulación deliberada, de querer engañar. También eneste sentido hay zonas que se superponen. En general, y genéricamente, la visión en la pantallaes siempre un poco falsa, en el sentido de que descontex-tualiza, pues se basa en primeros planos fuera de contex-to. Quien recuerda la primera guerra que vimos (y per-dimos) en televisión, la guerra del Vietnam, recordarála imagen de un coronel survietnamita disparando a lasien de un prisionero del Vietcong. El mundo civil sequedó horrorizado. Sin embargo, esa imagen no mos-traba a todos los muertos que había alrededor, que erancuerpos horrendamente mutilados, no sólo de soldadosamericanos, sino también de mujeres y niños. Por con-siguiente, la imagen de la ejecución por un disparo en 100
  • 84. GIOVANNI SARTORIla sien era verdadera, pero el mensaje que contenía eraenganoso. Otro caso emblemático fue el de Rodney King, unnegro apaleado por algunos policías en una calle de LosÁngeles, el3 de marzo de 1991. Las imágenes de Kingse retransmitieron por todas las televisiones americanascentenas de veces. No decían que la detención del hom-bre apaleado le había costado a la policía una larga y pe-ligrosa persecución en coche a 180 kilómetros por hora,ni que estaba drogado y borracho y que no hizo casocuando se le mandó que se detuviera. De aquellas imá-genes, se deducía prácticamente una guerra racial 18. Labrutalidad de la policía era indudable. Pero el episodio,puesto en contexto, no justificaba en modo alguno elescándalo que suscitó. Aquella imagen, tal y como seofrecía, era un engaño. No es necesario seguir poniendo ejemplos. La verdades que para falsear un acontecimiento narrado por me-dio de imágenes son suficientes unas tijeras. Además, noes absolutamente cierto que la imagen hable por sí mis-ma. Nos muestran a un hombre asesinado. ¿Quién lo hamatado? La imagen no lo dice; lo dice la voz de quiensostiene un micrófono en la mano; y el locutor quierementir, o se le ordena que mienta, dicho y hecho. Disponemos también de experimentos que confir- man que en televisión las mentiras se venden mejor. En18 Para ser exactos, la explosión de la violencia negra fue provocadaun año después del veredicto deljurado «blanco» que absolvió a lospolicías. South Central, un suburbio de Los Angeles de 80.000 habi-tantes, que tiene un 80 por ciento de población negra, fue destrui-do y saqueado; y desde allí la violencia se extendió hasta Chicago yNueva York. El balance fue de 44 muertos (incluidos algunos corea-nos propietarios de comercios), 1.500 heridos y 2.000 edificios in-cendiados. 101
  • 85. HOMOVIDENSInglaterra un famoso comentarista dio -en el Daily Te-legraph, en la radio y en la televisión- dos versiones desus películas favoritas, una verdadera y otra descarada-mente falsa. Un grupo de 40.000 personas -telespecta-dores, oyentes y lectores- respondió a la pregunta deen cuál de las dos entrevistas decía la verdad. Los mássagaces para descubrir las mentiras fueron los oyentesde la radio (más del 73 por ciento), mientras que sóloel 52 por ciento de los telespectadores las descubrieron.Y este resultado parece plausible. Yo lo interpretaría así:el vídeo-dependiente tiene menos sentido crítico quequien es aún un animal simbólico adiestrado en la utili-zación de los símbolos abstractos. Al perder la capaci-dad de abstracción perdemos también la capacidad dedistinguir entre lo verdadero y lo falso. 102
  • 86. ¿Y LA DEMOCRACIA?
  • 87. l. VÍDEO-ELECCIONES En la segunda parte hemos examinado los efectos defondo de la vídeo-política y, sobre todo, su incidencia enla formación de la opinión pública. Quedan por exami-nar dos aspectos concretos: su incidencia electoral y suincidencia en el modo de gobernar. Ya en los tiempos en los que sólo había periódicos, lapregunta era: ¿en qué medida influye el periódico en ladecisión de los electores? Es difícil saberlo. Normalmen- te, respondemos con pruebas indirectas. Por ejemplo,que la mayoría de los periódicos, o los periódicos másimportantes, han apoyado a candidatos y partidos que no han ganado. En Italia, la prensa de las «regiones ro-jas» de la postguerra (el Resto del Carlino en Bolonia y La Nazioneen Florencia) era anticomunista, y los comunis- tas arrasaban en las elecciones. ¿Es ésta una prueba de que la influencia es escasa? Seguramente, no. Para me- dir de verdad la influencia electoral de los periódicos se necesitarían «contrafactuales», es decir la ausencia de periódicos, o bien relaciones de fuerza invertidas entre los periódicos. Por ejemplo, ¿sin La Nazione el voto co- munista en Toscana hubiera sido el que fue o hubiera aumentado, supongamos, al 65 por ciento? ¿Ysi en lu- 105
  • 88. HOMOVIDENSgar de La Nazione hubiera sido el diario Unita el quevendiera en Toscana 350.000 ejemplares, el Partido Co-munista Italiano habría obtenido aquel 65 por ciento, ohabría aumentado al 75 por ciento? Estas preguntas notienen una respuesta porque la hipótesis «six no hubie-ra sido así, entonces» no es verificable. El problema de la televisión es análogo: nos falta, de-cíamos, el «contrafactual». En algunos casos es práctica-mente seguro que la influencia de la televisión es decisi-va. En una investigación experimental Iyengar y Kinderdistinguen entre el poder de los noticiarios televisivospara «dirigir la atención del público (agenda seuing;» yel poder de «definir los criterios que informan la capa-cidad de enjuiciar (priming)>> y para ambos casos con-cluyen que «las noticias televisivas influyen de un mododecisivo en las prioridades atribuidas por las personas alos problemas nacionales y las consideraciones segúnlas cuales valoran a los dirigentes políticos» (1987, pág.117) l. El caso de Estados Unidos es, sin embargo, bas-tante simple. Cuatro de cada cinco americanos decla-ran que votan en función de lo que aprenden ante lapantalla. Son, con toda probabilidad, personas que noleen periódico alguno; y como en Estados U nidos lospartidos son muy débiles y las emisoras de radio son to-das locales y dan poquísimas noticias políticas, pode-mos deducir las conclusiones rápidamente. Pero en Eu-ropa, los periódicos y los partidos tienen aún un pesoque puede equilibrar la influencia de la televisión y, por1 Mientras la noción de agenda setting~e utiliza normalmente, la no-ción de priming (que en pintura es poner la base de un barniz) ha si-do acuñada por ellos. Y como de sus experimentos deducen que elpriming, poner la base, es decisivo, se concluye que «las noticiasofrecidas en televisión tienen la capacidad de modificar los índicesestándar de valoración» del público. 106
  • 89. G¡OVANNI SARTORItanto, el cálculo de la influencia es difícil de realizar. Detodos modos, por regla general, la televisión influye máscuanto menor son las fue zas contrarias enjuego, yespe-cialmente cuanto más débil es el periódico, o cuanto másdébil es la canalización partidista de la opinión pública. Lo que podemos calcular es sobre todo la variaciónde las intenciones de voto en el transcurso de las cam-pañas electorales. Por ejemplo, en las elecciones italia-nas de 1994 Luca Ricolfi calculó (entrevistando cadaquince días a una muestra) que la televisión había des-plazado hacia la derecha más de seis millones de votos.Y aunque éste sea un desplazamiento máximo, son mu-chos los que consideran que tres o cuatro millones denuestros electores están tele-guiados. Quede claro queen este tema una explicación estrictamente monocausalno se mantiene casi nunca, pero si nos limitamos a lasvariaciones de las intenciones de voto, es plausible queen este sentido la influencia de la televisión sea decisiva. Por otra parte, tenemos el hecho de que esta medi-ción excluye a los que no cambian el voto, es decir, la ma-yoría del electorado. ¿Por qué no lo cambia? Probable-mente porque, dada una multiplicidad de llamamientosdiferentes y contrarios, las incitaciones de los medios deinformación se neutralizan. Pero esto no es una pruebade que no haya influencia; y ya estamos de nuevo en elfrágil terreno de la búsqueda de indicios. No obstante, no nos debemos limitar a analizar cuán- to incide la televisión en el voto. Los efectos de la vídeo- política tienen un amplio alcance. Uno de estos efectos es, seguramente, que la televisión personaliza las eleccio- nes. En la pantalla vemos personas y no programas de partido; y personas constreñidas a hablar con cuentago- tas. En definitiva, la televisión nos propone personas (que algunas veces hablan) en lugar de discursos (sin perso- 107
  • 90. HOMüVIDENSnas) . Damos por hecho que el máximo líder, como deci-mos hoy, puede emerger de todos modos, incluso sin te-levisión. En sus tiempos, Hitler, Mussolini y Perón se lasarreglaron perfectamente con la radio, los noticiariosproyectados en los cines y los comicios. La diferencia esque Hitler magnetizaba con sus discursos histéricos y to-rrenciales y Mussolini con una retórica lapidaria, mien-tras que el vídeo-líder más que transmitir mensajes es elmensaje. Es el mensaje mismo en el sentido de que sianalizamos lo que dice, descubrimos que «los medios decomunicación crean la necesidad de que haya fuertespersonalidades con lenguajes ambiguos [...] que permi-ten a cada grupo buscar en ello [...] lo que quiere en-contrar» (Fabbrini, 1990, pág. 177). Sea como fuere, cuando hablamos de personalizaciónde las elecciones queremos decir que lo más importanteson los «rostros» (si son telegénicos, si llenan la pantallao no) y que la personalización llega a generalizarse, des-de el momento en que la política «en imágenes» se fun-damenta en la exhibición de personas. Lo que tambiénquiere decir que la personalización de la política se des-pliega a todos los niveles, incluyendo a los líderes locales,especialmente si el voto tiene lugar en circunscripcionesuninominales. La última observación nos recuerda que, por lo querespecta a la personalización, el sistema electoral es unavariable importante. Aquí la regla generalizada es queel poder del vídeo es menor cuando el voto se da a listasde partido, y que adquiere toda su fuerza cuando el siste-ma electoral está también personalizado, es decir, cuan-do se vota en colegios uninominales para candidatosúnicos. Pero, atención, el sistema electoral interactúasiempre con el sistema de partidos y más exactamentecon su fuerza organizativa (cfr. Sartori, 1996, págs. 51-60). lOR
  • 91. GIOVANNI SARTORlEstados Unidos e Inglaterra tienen el mismo sistemaelectoral: el sistema uninominal, de una sola vuelta. Perola incidencia de la vídeo-política es fortísima en las vota-ciones americanas y más moderada en las inglesas. Larazón es, repito, que el sistema de partidos es débil, de-bilísimo, en América, mientras que sigue estando fuer-te, fuertemente estructurado en el Reino Unido. El sistema electoral y el sistema de partidos son, pues,variables importantes en lo que concierne al hecho defavorecer u obstaculizar la personalización de la políti-ca. También lo es el sistema político, en cuanto a la di-ferencia entre sistemas presidenciales y sistemas parla-mentarios. En los sistemas presidenciales el jefe delEstado es designado por una elección popular directa.Y, por consiguiente, en estos sistemas la personalizaciónde la política es máxima. Y lo es especialmente en Esta-dos U nidos, donde la fuerza de la televisión es asimis-momáxima. Los comentaristas americanos caracterizan sus elec-ciones presidenciales como una horse raee, una carrera decaballos, y la cobertura televisiva de esta carrera es comoun game reporting, una retransmisión deportiva. Paso lapalabra a T. E. Patterson (1982, pág. 30): «Antes, los can-didatos formaban a su público de seguidores mediante reclamos sustantivos de contenido. Ahora se tienen que enfrentar a la dinámica de cómo se retransmite unjue- go»; y esto es porque el reportaje está, a la vez, «domina- do por el reportero» y gameeentered, centrado en eljuego. La cuestión es que la carrera presidencial se convierte en un espectáculo (incluida también en el show business) en el que el espectáculo es lo esencial, y la información es un residuo. El último punto es éste: que la vídeo-política tiende a destruir -unas veces más, otras menos- el partido, o 109
  • 92. HOMOVIDENSpor lo menos el partido organizado de masas que en Eu-ropa ha dominado la escena durante casi un siglo. Nose trata sólo de que la televisión sea un instrumento dey para candidatos antes que un medio de y para parti-dos; sino que además el rastreo de votos ya no requiereuna organización capilar de sedes y activistas. Berlusco-ni ha conseguido una cuarta parte de los votos italianossin ningún partido organizado a sus espaldas (pero conlas espaldas bien cubiertas por su propio imperio tele-visivo). El caso del presidente Collor, en Brasil, es pare-cido: un partiducho improvisado sobre dos pies, perocon un fuerte apoyo televisivo. En Estados Unidos, RossPerot, en las elecciones presidenciales de 1993, llegó aobtener una quinta parte de los votos haciéndolo todoél solo, con su dinero, simplemente con los talk-shows ypagando sus presentaciones televisivas. No preveo que los partidos desaparezcan. Pero la VÍ-deo-política reduce el peso y la esencialidad de los parti-dos y, por eso mismo, les obliga a transformarse. Ellla-mado «partido de peso» ya no es indispensable; el«partido ligero» es suficiente. 110
  • 93. 2. !.APOLÍTICA VÍDEO-PLASMADA Es evidente que las vídeo-elecciones dan lugar a unavídeo-política más amplia y, por tanto, no hay soluciónde continuidad entre la incidencia electoral y la inci-dencia generalizada de la televisión. Y con esta adver-tencia pasemos a hacer un análisis más completo, a unavisión de conjunto. Partamos de nuevo de esta premisa: de qué modo elpolítico hacía política hasta hace cincuenta años. La ha-cía sabiendo poco y también atendiendo escasamentea lo que sus electores querían. Los sondeos no existían;y además no se tomaba en consideración el hecho deque el representante fuera o tuviera que ser el manda-tario, el portavoz de sus representados. Las constitucio-nes, todas las constituciones, prohíben el mandato im-perativo (y por buenísimas razones: cft: Sartori, 1995,capítulo 11). Por ello, en el pasado, el representante eraenormemente independiente de sus electores. Pero estaindependencia fue, en realidad, privilegio o prerrogati-va sólo del llamado político gentilhombre del XIX -engeneral el señor o el notable dellugar-. El gentleman poli- tician tenía una vida acomodada (propietario de tierras) , no estaba ligado a partido alguno y no tenía vínculo 111
  • 94. HOMOVIDENSprogramático y, generalmente, era elegido sin oposición(eran tiempos de sufragio restringido). Este estado de co-sas cambia con las ampliaciones del sufragio, con la afir-mación en Europa de la política ideológica, y con ella,de los partidos organizados de masas: partidos obreros,y en el polo opuesto, católicos. A lo largo del siglo xx,el partido prevalece sobre los miembros electos -porla fuerza de la ideología que lo instituye y a la que repre-senta- y de este modo se inicia la partido-dependen-cia. Cuanto más vota el elector al símbolo, a la ideologíao al programa de un partido, más dependen los candi-datos de su partido para ser elegidos. Así pues, durante casi un siglo, el representante hasido partido-dependiente, al menos en los grandes par-tidos de masas. Hoy esta dependencia se está reducien-do, pero no por ello estamos volviendo al representanteindependiente y «responsable» sobre el que teorizó Ed-mund Burke en su célebre discurso a los electores deBristol, en 1774. En realidad, estamos pasando al repre-sentante o colegio-dependiente o vídeo-dependiente,además de sondeo-dependiente. En suma, la indepen-dencia del representante ya no existe desde hace tiem-po; y el paso de «depender del partido» a otras formasde dependencia no tiene por qué constituir un progre-so. El representante liberado del control del partido notiene porqué ser un representante que funcione mejor,que haga mejor su oficio. Empecemos por la colegio-dependencia que, pun-tualizo de nuevo, caracteriza un sistema electoral unino-minal que se desarrolla dentro de un sistema débil departidos. En tal caso, es verdad -como se viene dicien-do y aceptando desde hace tiempo en Estados Unidos-oque al! politics is local, que al final toda la política se re-suelve en política local. Ya que, cuando hay democracia, 112
  • 95. GIOVANNI SARTORIhay siempre política local, es decir, personas elegidas quequieren satisfacer los deseos y los intereses de sus electo-res. Esto no da lugar o no debería dar lugar a que todalapolítica sea local. Porque en tal caso, la colegio-depen-dencia ya no es un «servir a la localidad», digamos, fi-siológico; sino que se convierte en un patológico servira todos, lo que acarrea graves consecuencias. Es ciertoque se podría argumentar que la colegio-dependencia esun incremento del demo-poder. Pero, atención, el de-mos en cuestión no es todo el pueblo en su conjunto. Es,en cambio, una mezcla de «pequeños pueblos» fragmen-tados y cerrados en sus pequeños horizontes locales. Este supuesto progreso democrático transforma elparlamento en una constelación de intereses particula-res en conflicto, en un anfiteatro de representantes con-vertidos en mandatarios, cuyo mandato es llevar el botína casa. De este modo, cuanto más local se hace la políti-ca, más desaparece la visión y la búsqueda del interésgeneral, del bien de la comunidad. Y así, la política setransforma en un juego nulo y también en un juego ne-gativo: una operación en la que todo son pérdidas. ¿Cuáles son las culpas de la televisión en el aumentodel localismo? Aunque este desarrollo depende demúltiples factores, uno de ellos, y seguramente de pe-so, es que la televisión tiende a concentrarse en noti-ciarios locales (vid. supra, págs 82 y sigs. e infra, págs. 117 y sigs.). Junto a la colegio-dependencia del representante hemencionado la vídeo-dependencia. Esta vídeo-depen-dencia tiene numerosos aspectos; pero el más importan- te me parece éste: que los políticos cada vez tienen me- nos relación con acontecimientos genuinos y cada vez se relacionan más con «acontecimientos mediáticos», es decir, acontecimientos seleccionados por la vídeo-visibi- 113
  • 96. HOMOVIDENSlidad y que después son agrandados o distorsionados porla cámara. Esta reacción ante los acontecimientos me-diáticos es especialmente grave en política internacio-nal. El presidente Reagan se lanzó a la historia del Iran-gate porque cada noche veía llorar en la televisión a lospadres de los rehenes. El caso de Somalia es emblemáti-co. ¿Por que intervenir en Somalia y no en otros paísesafricanos que también pasan hambre, y padecen con-flictos tribales y sanguinarios por culpa de los «señoresde la guerra»? Somalia ha sido una gran battage televisi-va; después, se apagaron los focos y de Somalia no seacuerda nadie, ni nadie nos cuenta que allí todo está co-mo antes. Sabíamos, o deberíamos saber, que si nos en-frentamos a una organización de bandidos, o éstos soneliminados o el enfrentamiento ha sido inútil. Pero la te-levisión «montó» una intervención sólo humanitaria,para luchar contra el hambre y basta. Somalia no podíaser más que un fracaso; un fracaso que la televisión nun-ca ha explicado, ni ayudado a entender. Otro aspecto importante de la política vídeo-plasma-da es no sólo que la televisión ha llegado a ser la autori-dad cognitiva más importante de los grandes públicos (vid. supra, pág. 71), sino que al mismo tiempo atribuyeun peso desconocido y devastador a los falsos testimonios. Con la televisión las autoridades cognitivas se convier- ten en divos del cine, mujeres hermosas, cantantes, fut- bolistas, etcétera, mientras que el experto, la autoridad cognitiva competente (aunque no siempre sea inteligen- te) pasa a ser una quantité négligeable. Y sin embargo, es una clara evidencia que los «testimonios» que realmen- te son útiles provienen sólo de las personas adiestradas en los asuntos de los que hablan. Un músico sabe de mú- sica, un matemático de matemáticas, un poeta de poesía, un futbolista de fútbol, y un actor de interpretación. 114
  • 97. GIOVANNI SARTORlComo ciudadanos también ellos tienen el derecho a ex-presar opiniones sobre política; pero no opiniones acre-ditadas a las que se les debe dar un significado o valorespecial. En cambio, la vídeo-política atribuye un pesoabsolutamente desproporcionado, y a menudo aplas-tante, a quien no representa una «fuente autorizada», aquien no tiene ningún título de opinion maker. Esto re-presenta un pésimo servicio a la democracia como go-bierno de opinión. El último aspecto de la vídeo-política que trataremosaquí es que la televisión favorece -voluntaria o invo-luntariamente-la emotivización de la política, es decir,una política dirigida y reducida a episodios emociona-les. He explicado ya que lo hace contando una infinidadde historias lacrimógenas y sucesos conmovedores. Lohace también a la inversa, decapitando o marginandocada vez más las «cabezas que hablan», las talking headsque razonan y discuten problemas. La cuestión es que,en general, la cultura de la imagen creada por la prima-cía de lo visible es portadora de mensajes «candentes»que agitan nuestras emociones, encienden nuestros sen-timientos, excitan nuestro sentidos y, en definitiva, nosapasionan. Apasionarse es implicarse, hacer participar, crear si-nergias «simpáticas» (en el significado etimológico del término: sympatheia, conformidad de pathos). Apasionar-se está bien cuando se hace en su momento y en su lu-gar, pero fuera de lugar es malo. El saber es logos, no es pathos, y para administrar la ciudad política es necesario ellogos. La cultura escrita no alcanza este grado de «agi- tación». Y aun cuando la palabra también puede infla- mar los ánimos (en la radio, por ejemplo), la palabra produce siempre menos conmoción que la imagen. Así pues, la cultura de la imagen rompe el delicado equili- 115
  • 98. HOMOVlDEN5brio entre pasión y racionalidad. La racionalidad delhomo sapiens está retrocediendo, y la política emotiviza-da, provocada por la imagen, solivianta y agrava los pro-blemas sin proporcionar absolutamente ninguna solu-ción. y así los agrava. 116
  • 99. 3. LAALDEAGLOBAL La expresión «aldea global» la acuñó acertadamenteMcLuhan (1964,1968), el primer autor y el que mejornos hizo comprender el significado de la era televisiva.El término es acertado, aunque ambiguo, y tal vez debesu éxito precisamente a su ambigüedad. Comencemos por el significado de «global». La tele-visión tiene potencialidades globales en el sentido queanula las distancias visuales: nos hace ver, en tiempo real,acontecimientos de cualquier parte del mundo, ¿peroqué acontecimientos? McLuhan consideraba que la te-levisión intensificaría al máximo las responsabilidadesdel género humano, en el sentido de responsabilizamosde todo yen todo. Si fuera así, «en todo» es limitadísimo,y ser responsable de todo es demasiado. Como ya he recordado, la cámara de televisión no lle-ga a la mitad del mundo, lo que significa que existe unmundo oscurecido y que la televisión incluso consigueque nos olvidemos de él. Otro gran factor limitador es el coste. Al periódicoque recibe sus noticias de una agencia, saber lo que su-cede en el mundo no le cuesta nada o, en cualquier caso,poquísimo, pero desplazar a una troupetelevisiva cuesta 117
  • 100. HqMüVIDENSmuchísimo. Por este criterio, noventa y nueve de cadacien acontecimientos no se nos muestran. Un criteriodel que entiendo la fuerza contable, pero que maximi-za la precariedad y la arbitrariedad de las informacio-nes que de ello resultan. A fin de cuentas, la televisión«global» está de diez a veinte veces más ausente en loque se refiere a la cobertura del mundo que el periódi-co. y si es verdad que la imagen abre una ventana haciael mundo, algo que la descripción escrita no puede igua-lar (en eficacia), es asimismo cierto que la decisión so-bre las ventanas que se deben abrir está al margen detodo criterio. Por otra parte, «cualquier lugar del mundo» no tienesólo un valor de hecho, tiene además un valor potencial ypsicológico. El ciudadano global, el ciudadano del mun-do, «se siente» de cualquier lugar y, así pues, está dispues-to a abrazar causas de toda naturaleza y de todas partes.En No Sense of Place, Joshua Meyrowitz (1985) planteaeste tema con minuciosidad. Según él, nuestra proyec-ción hacia el mundo nos deja «sin sentido de lugar».Para Meyrowitz, la televisión fusiona «comunidades dis-tintas» y de este modo «hace de cualquier causa o cues-tión un objeto válido de interés y de preocupación paracualquier persona del mundo». De hecho, ya no haycausa, por descabellada que sea, que no pueda apasio-nar e implicar a personas del mundo entero. A princi-pios de 1997, América se movilizó para salvar a un perrolabrador (llamado Prince) de la «ejecución» por inyec-ción. El propietario propuso su deportación, y el veteri-nario (que se sentía «verdugo») se negó a «ajusticiar-lo». En 1988 vimos, durante varios días, a dos ballenasaprisionadas por los hielos, salvadas metro a metro porsierras eléctricas, después por helicópteros y, finalmen-te, por un rompehielos; en definitiva, es la típica crea- 118
  • 101. GIOVANNI SARTORJción televisiva de un acontecimiento. Y como las cues-tiones extrañas son noticia, nos vemos implicados engrupos que reivindican los derechos (esta vez realmen-te «naturales») de los animales, la prohibición de des-nudarse (incluso para las estatuas) y, por qué no, el re-greso del mosquito por el bien del equilibrio ecológico.¿Responsabilidad o extravagancia? Se puede objetar quela televisión no globaliza sólo las extravagancias. La trá-gica muerte de lady Diana, en la flor de la juventud y dela belleza, ha conmovido y unido en el dolor a dos milmillones de espectadores de todo el mundo; lo que nosenfrenta a un «acontecimiento mediático» que apela auna sensibilidad humana común. Sí; pero me asusta lodesproporcionado del caso (incluida la proporción deverdad); es un acontecimiento montado por los mediosde comunicación, y que sólo por ello entrará en la his- toria. Sea como fuere, y volviendo al hilo de mi discur-so, la cuestión es que -en la noción de aldea global- «cualquier lugar del mundo» y «mi tierra», ser un apá- trida o un paisano, el mundo o la aldea, se amalgamanentre sí. Antes de aventurar una respuesta desplacemosla atención hacia la aldea. Mi idea de la aldea de McLuhan es la siguiente: la te- levisión fragmenta el mundo en una miríada de aldeas reduciéndolo, a la vez, a formato aldea. La televisión, de- cía, «aldeaniza», y no es una metáfora. El mundo visto en imágenes es necesariamente un mundo de primeros planos: algunas caras, un grupo, una calle, una casa. Por tanto, la unidad foto-aprehensible es, al máximo, la al- dea, el conglomerado humano mínimo. De hecho, como ya hemos visto, la vídeo-política tiende a reforzar el loca- lismo. En todas partes se consolida una valoración con- vergente de la localidad, de «mi lugar», Los que se sien- ten proyectados en el mundo, los ciudadanos del orbe, 119
  • 102. HüMüVIDENSo son grupos marginales o -cuando son muy numero-sos- uniones momentáneas que se apasionan, con lamisma facilidad con la que se enfrían, abrazando causaserrantes y extravagantes. ¿Cuál es, entonces, la unión entre mundo y aldea? Yocreo que la jerarquía de las pertenencias, por llamarlade algún modo, es concreta. A tiempo perdido, o paramatar el tiempo, estamos dispuestos a abrazar causaserrantes y lejanas. Pero en cuanto estas causas lejanasnos afectan al bolsillo y en primera persona, entoncesla defensa de lo «mío» se hace paroxística, la pequeñapatria prevalece y el localismo no se atiene a razones. La alternativa de este escenario es la «nación de tribu»proyectada por Nimmo y Combs y fundada en la posibi-lidad de «separarse y aislarse en función de grupos deficción a los que nos afiliamos. El resultado es una naciónde tribus, de personas que se relacionan sólo con afilia-dos con los que están de acuerdo [...] y permanecen com-pletamente ignorantes [...] de la múltiple realidad delos "otros"» (1983, pág. 218). Este escenario alternativo prefigura el mundo queactualmente está estructurado por Internet; pero tam-bién se aplica -mantengo- a grupos marginales y/o a«grupos de emociones» (fijas o fijadas). Y en ambos ca-sos la cosa acaba en que entre el no placey el my place, obien cuando nos encerramos en tribus transversales deficción, desaparece la «gran patria» -sea nación o Es-tado- a la que siempre le reclamamos protección. Debemos destacar que cuanto se ha dicho anterior-mente no se contradice en modo alguno con la consta-tación de que la televisión está homogeneizando losmodelos de vida y los gustos en todo el mundo. Estaho-mogeneización es innegable (aunque aún hay que cali-ficarla), pero no modifica el problema planteado por 120
  • 103. GIOVANNI SARTORIel localismo y la aldeización. Podemos ser iguales engustos, estilos de vida, ambiciones, criterios de éxito yotras cosas, y, a la vez, estar fragmentados. Más aún, lahomogeneización podría acentuar el conflicto entrenuestra aldeas. Ya que el odio es posible incluso entrehermanos. Cuando nos sensibilizamos ante las mismascuestiones pretendemos -por ejemplo- que basura,industrias contaminantes, prisiones, se instalen o sedesplacen a cualquier otra localidad. Como son nece-sarias, hay que encontrarles un lugar; pero no en elnuestro. Repito: cuando nos enfrentamos a un proble-ma concreto, la aldea triunfa y se desvanece la idea deser de cualquier lugar del mundo. En conclusión, ¿la televisión promueve una mente«empequeñecida» (aldeanizada) o una mente «engran-decida» (globalizada)? No hay contradicción en la res-puesta: a veces una y a veces otra, pero a condición deque no colisionen, porque si lo hacen, entonces prevale-cerá la mente empequeñecida, la narrow mindedness. 121
  • 104. 4. EL DEMOS DEBILITADO Democracia quiere decir, literalmente, «poder delpueblo», soberanía y mando del demos. Y nadie pone encuestión que éste es el principio de legitimidad que ins-tituye la democracia. El problema siempre ha sido dequé modo y qué cantidad de poder transferir desde labase hasta el vértice del sistema potestativo. Una cues-tión es la titularidad y otra bien diferente es el ejerciciode poder. El pueblo soberano es titular del poder. ¿Dequé modo y en qué grado puede ejercitarlo? Para responder debemos volver a la opinión pública(vid. supra, págs. 69-72) ya la cuestión de lo que sabe ono sabe. Ya he expresado mi malestar sobre el hecho deque los sondeos de opinión no verifiquen la consisten-cia de las opiniones que recogen. De todos modos sabe-mos -lo palpamos todos los días- que la mayor partedel público no sabe casi nada de los problemas públi-cos. Cada vez que llega el caso, descubrimos que la basede información del demos es de una pobreza alarmante,de una pobreza que nunca termina de sorprendemos 2.2 Sobre esta pobreza de información cfr. Erskine (1962, 1963); BishopetaL (1980); Newman (1986); Erikson etaL (1988); Crespi (1989). 123
  • 105. HOMOVIDENS Se podría pensar que siempre ha sido más o menosasí y que, a pesar de ello, nuestras democracias han fun-cionado. Es cierto. Pero el edificio que ha resistido laprueba es el edificio de la democracia representativa. Enésta, el demos ejercita su poder eligiendo a quien ha degobernarlo. En tal caso, el pueblo no decide propiamen-te las issues -cuál será la solución de las cuestiones quehay que resolver- sino que se limita a elegir quién lasdecidirá. El problema es que la democracia represen-tativa ya no nos satisface, y por ello reclamamos «másdemocracia», lo que quiere decir, en concreto, dosiscrecientes de directismo, de democracia directa. Y así,dos profetillas del momento, los Toffler, teorizan en su«tercera ola» sobre una «democracia semidirecta» 3. Demodo que los referendos están aumentando y se convo-can cada vez más a menudo, e incluso el gobierno de lossondeos acaba siendo, de hecho, una acción directa, undirectismo, una presión desde abajo que interfiere pro-fundamente en el problem solving, en la solución de losproblemas. Ésta representará una mayor democracia.Pero para serlo realmente, a cada incremento de demo-poderdebería corresponderle un incremento de demo-sa-3 Cfr. Toffier (1995) un librito introducido por Newt Gingrich-ellíder republicano- que se declara entusiasmado por el mismo. Susimplicidad es desarmante (e intelectualmente aterradora). El pro-blema de la representación está resuelto del siguiente modo: la«creciente parálisis de las instituciones representativas significaque muchas de las decisiones que actualmente toman un pequeñonúmero de pseudo-representantes deben ser gradualmente resti-tuidas a los electores. Si nuestros brokers no pueden concluir lascuestiones por nosotros, lo tendremos que hacer nosotros solos»(pág. 97). Es como decir que si los hospitales están saturados y losmédicos son unos ineptos, la solución es la auto-medicina: el en-fermo que sustituye al médico, que se receta las medicinas y se rea-liza una intervención quirúrgica con la ayuda de un amigo. 124
  • 106. G¡OVANNI SARTORIber. De otro modo la democracia se convierte en un siste-ma de gobierno en el que son los más incompetentes losque deciden. Es decir, un sistema de gobierno suicida. A diferencia de los progresistas del momento, los pro-gresistas del pasado nunca han fingido que no enten-dían que todo progreso de la democracia -de auténticopoder del pueblo- dependía de un demos «participati-va» interesado e informado sobre política. Por eso, desdehace un siglo, nos estamos preguntando cuál es la causadel alto grado de desinterés y de ignorancia del ciuda-dano medio. Es una pregunta crucial, porque si no haydiagnóstico no hay terapia. Cuando se libraba la batalla de la ampliación del su-fragio, a la objeción de que la mayoría no sabía votar y,por tanto, no era capaz de utilizar este instrumento, serespondía que para aprender a votar era necesario votar.y a la objeción de que este conocimiento, este aprendi-zaje, no progresaba, se replicaba que los factores de estebloqueo eran la pobreza y el analfabetismo; de lo cualno se podía dudar. Por otra parte, nos encontramos anteel hecho de que la reducción de la pobreza y el fuerte in-cremento de la alfabetización no han mejorado gran co-sa la situación. Se entiende que la educación es importante. Perotambién es fácil comprender por qué un crecimientogeneral del nivel de instrucción no comporta por sí mis-mo un incremento específico de ciudadanos informadossobre cuestiones públicas; lo cual equivale a decir quela educación en general no produce necesariamenteefecto de arrastre alguno sobre la educación política.Por el contrario, cada vez más, la educación especializay nos limita a competencias específicas. Aunque, en hi-pótesis, tuviéramos una población formada por licen-ciados, no está claro que por ello habría un incrernen- 125
  • 107. HOMOVlDENSto relevante de la parte de población que se interesa yespecializa en política. Y, si fuera así, el problema que-daría tal y como está. Pues un químico, un médico oun ingeniero no tienen una competencia política quelos distinga de quien no la tiene. Sobre cuestiones polí-ticas dirán las mismas trivialidades o necedades quepuede decir cualquiera. Pero concretemos aún más. Hasta ahora no he insistido sobre la distinción entreinformación y competencia cognoscitiva. Es, no obstante,una distinción esencial. El hecho de que yo esté infor-mado sobre astronomía no me convierte en astrónomo;no por estar informado sobre economía soy economis-ta; y que yo posea información sobre física no me trans-forma en físico. Análogamente, cuando hablamos depersonas «políticamente educadas» debemos distin-guir entre quien está informado de política y quien escognitivamente competente para resolver los proble-mas de la política. A esta distinción le correspondengrandes variaciones entre las dos poblaciones en cues-tión. Es comprensible que los porcentajes dependan de cuánta información y qué cognición se consideren res-pectivamente suficientes y adecuadas. Pero, en Occi-dente, las personas políticamente informadas e intere-sadas giran entre ellO y el 25 por ciento del universo,mientras que los competentes alcanzan niveles del 2 ó3 por ciento 4.4 En Estados Unidos, por ejemplo, las cadenas de televisión redu-cen al mínimo las uiorldnetos, las llamadas noticias del mundo, por-que sus datos indican que, como máximo, le interesa la política aun 10-15 por ciento de la audiencia (Ranney, 1990, pág. 199). Timey Newsweek, los semanarios americanos de masas, que incluyen sec-ciones políticas, llegan sólo al5 por ciento de la población. La tele-visión por cable que ofrece sólo noticias (políticas y no políticas)raramente sobrepasa el 1 por ciento de audiencia. Por último, los 126
  • 108. GIOVANNI SARTORI Obviamente, lo esencial no es conocer exactamentecuántos son los ciudadanos informados que siguen losacontecimientos políticos, con respecto a los competen-tes que conocen el modo de resolverlos (O que sabenque no lo saben); lo importante es que cada maximiza-ción de democracia, cada crecimiento de directismo re-quiere que el número de personas informadas se incre-mente y que, al mismo tiempo, aumente su competencia,conocimiento y entendimiento. Si tomamos esta direc-ción, entonces el resultado es un demos potenciado, capazde actuar más y mejor que antes. Pero si, por el contra-rio, esta dirección se invierte, entonces nos acercamosa un demos debilitado. Que es exactamente lo que estáocurriendo. Entretanto, es toda la educación 5 la que está deca-yendo y la que se ha deteriorado por el 68 y por la torpepedagogía en auge. En segundo lugar y, específicamen-te, la televisión empobrece drásticamente la informa-ción y la formación del ciudadano. Por último, y sobretodo (como venimos diciendo en todo este trabajo), elmundo en imágenes que nos ofrece el vídeo-ver desac-tiva nuestra capacidad de abstracción y, con ella, nues-tra capacidad de comprender los problemas y afrontar-los racionalmente. En estas condiciones, el que apela yperiódicos dedican por término medio sólo el 4 por ciento de suespacio a las noticias de naturaleza política (cfr. Newman, 1986,págs. 134-139). Frente a estos datos es realmente dificil entenderque la doctrina «políticamente correcta» pueda sostener que elelectorado americano está más informado y es más «sofisticado»que antes, o en cualquier caso de lo que uno pudiera pensar (cfr.Marcus y Hanson, eds., 1993, passim).5 Es importante recordar que educar viene de educere, sacar haciafuera; un sacar hacia fuera que valoriza en el hombre sus poten-cialidades de ser razonante y, en última instancia, racional. 127
  • 109. HOMO1DENSpromueve un demos que se autogobierne es un estafa-dor sin escrúpulos, o un simple irresponsable, un increí-ble inconsciente. y, sin embargo, es así. Estamos acosados por pregone-ros que nos aconsejan a bombo y platillo nuevos meca-nismos de consenso y de intervención directa de los ciu-dadanos en las decisiones de gobierno, pero que callancomo momias ante las premisas del discurso, es decir,sobre lo que los ciudadanos saben o no saben de lascuestiones sobre la cuales deberían decidir. No tienen lamás mínima sospecha de que éste sea el verdadero pro-blema. Los «directistas» distribuyen permisos de condu-cir sin preguntarse si las personas saben conducir", De modo que la visión de conjunto es ésta: mientras larealidad se complica y las complejidades aumentan verti-ginosamente, las mentes se simplifican y nosotros esta-mos cuidando -como ya he dicho- a un vídeo-niñoque no crece, un adulto que se configura para toda la vi-da como un niño recurrente. Y éste es el mal camino, elmalísimo camino en el que nos estamos embrollando. Debemos añadir, por último, que actualmente nosencontramos ante un demos debilitado no sólo en su ca-pacidad de entender y de tener una opinión autónoma,sino también en clave de «pérdida de comunidad». Ro-bert Putnam ha documentado ampliamente el hechode que en Estados Unidos está empezando a producir-se una erosión del «capital social» 7 entendido como so-6 Su argumento es éste: si consideramos que el elector es capaz deelegir entre varios candidatos, ¿por qué no podría ser capaz de de-cidir sobre las cuestiones? Como ya hemos visto, la respuesta esque la diferencia entre las dos cosas es enorme.7 «Capital social» es un concepto estudiado por Coleman (1990).Hace mucho tiempo (cfr. Sartori, 1979, págs. 145-150) yo ofrecíuna noción paralela: «capital axiológico», 128
  • 110. GIOVANNI SARTORIcial connectedness, neighborliness y socialtrust, es decir, co-mo vínculos de vecindario. Los datos de Putnam ya nome convencen demasiado, pero es cierto que estarfrente a la pantalla nos lleva a encerrarnos, a aislarnosen casa. La televisión crea una «multitud solitaria» in-cluso entre las paredes domésticas. Lo que nos espera esuna soledad electrónica: el televisor que reduce al mínimolas interacciones domésticas, y luego Internet que lastransfiere y transforma en interacciones entre perso-nas lejanas, por medio de la máquina. También en estesentido es difícil estar peor de lo que estamos en cuan-to a una democracia cuyo demos debería administrarparticipando un sistema de demo-poder. Y si esto no nospreocupa, tal vez sea porque estamos ya en la edad delpostpensamiento. Siempre se le ha atribuido a la prensa, a la radio y a latelevisión un especial significado democrático: una di-fusión más amplia de información y de ideas. Pero el va-lor democrático de la televisión -en las democracias 8_se va convirtiendo poco a poco en un engaño: un demo-poder atribuido a un demos desvirtuado. «El hecho deque la información y la educación política estén en ma- nos de la televisión [...] representa serios problemas para8 El discurso es diferente en cuanto a las democracias in fieri, y a lafuerza liberadora de la televisión en la erosión de los sistemas re-presivos. Por ejemplo, no cabe duda de que la televisión ha preci-pitado la crisis de los regímenes comunistas. Pero éste es un méritocoyuntural. En el caso de los sistemas comunistas, la televisión oc-cidental dio la posibilidad de comparar un mundo pobre con elmundo de los países opulentos. Y una religión en la que ya no creenadie y sin Dios se puede destruir fácilmente. Pero con respecto alas teocracias islámicas la televisión occidental es impotente y notiene ninguna influencia. Por el contrario, en manos de los ayato-lás fundamentalistas, la televisión se transforma en un formidableinstrumento de fanatización y de proselitismo antidemocrático. 129
  • 111. HOMOVIDENSla democracia. En lugar de disfrutar de una democraciadirecta, el demos está dirigido por los medios de comuni-cación» (Ionescu, 1993, pág. 234). No es sólo una cues-tión de «malnutrición informativa», sino que además«quienes seleccionan las informaciones se conviertenen administradores del dominio simbólico de las masas.Es suficiente con aumentar o reducir ciertas dosis deimágenes o de noticias para que se adviertan las conse-cuencias de las técnicas de nutrición adoptadas» (Fisi-chella, 1995-1996, pág. 68). Al final, el poder pasa al Gran Hermano electrónico.Negroponte (1995, pág. 47) lo explica del siguientemodo: «El futuro será nada más y nada menos que in-dustria electrónica. Se dispondrá de una inmensa me-moria que producirá un inmenso poder [...]. Se mirecomo se mire, será el poder del ordenador». Sí, pero hayque añadir algo importante: los ordenadores no sonentidades metafísicas; son máquinas utilizadas por per-sonas de carne y hueso. Negroponte sobrevuela, pues,sobre el Gran Hermano. Que no será -es cierto- unGran Hermano en singular. Lo cual no será óbice paraque la «tecnópoli» digital sea utilizada por una raza pa-trona de pequeñísimas élites, de tecno-cerebros altamen- te dotados, que desembocará -según las previsiones de Neil Postman (1985)- en una «tecnocracia conver- tida en totalitaria» que plasma todo y a todos a su ima- gen y semejanza. 130
  • 112. 5. RECNUM HOMINIS y HOMBRES BESTIAS El primer filósofo que entendió el poder que la cien-cia ofrece al hombre fue, a principios del XVII, FrancisBacon. En su utopía, Nueva Atlántida, Bacon imaginabaun paraíso de la técnica, un enorme laboratorio expe-rimental y preveía un regnum hominis en el que el sabercientífico le daría al hombre el poder de dominar la na-turaleza. Así ha sido. Pero el saber científico es todo unsaber abstracto fundado en un pensamiento en concep-tos 9. Sólo con el acto de ver no ha nacido ciencia algu-na. Por tanto, en la óptica baconiana la era del regnumhominis está en el ocaso. Ya no tenemos un hombre que«reina» gracias a la tecnología inventada por él, sinomás bien un hombre sometido a la tecnología, domina-do por sus máquinas. El inventor ha sido aplastado porsus inventos. En 1909, E. M. Forster escribió The Machine Stops, lamáquina se detiene. Forster imaginaba con un siglo de9 La cuestión no cambia con la matematización de las ciencias exac-tas. También en este caso la matematización afronta problemas queson planteados por la teoría (lógica y conceptual) que precede a lacuantificación. 131
  • 113. HOMOVlDENSanticipación un mundo en el cual una red electrónicanos conectaba a todos, un mundo en el que todos se en-cerraban y aislaban en sus casas, mientras se comunicanconstantemente. Y el héroe de la historia denuncia estalocura y dice: «la máquina funciona [...] pero no paranuestros fines». Después la máquina se rompe y conella el mundo entero. ¿Quién puede decir que las pre-dicciones nunca se cumplen? El núcleo en torno al cual todo se imbrica es el hom-bre como animal racional. En este trabajo, he insistidoen la noción de animal simbólico porque no postulo queel hombre sea un animal racional. Su racionalidad pre-supone un lenguaje lógico (no sólo un lenguaje emoti-vo: cfr. Sartori, 1979, págs. 12-13) yun pensamiento abs-tracto que se desarrolla deductivamente, de premisa aconsecuencia. Por consiguiente, nuestra racionalidad esuna potencialidad y, asimismo, un tenerque ser, difícil delograr y fácil de perder; es sólo una parte de nuestro ser.Pero es la condición sine qua non, la condición impres-cindible, la condición necesaria. y, sin embargo, el ani- mal racional está siendo atacado profundamente, más decuanto lo haya estado nunca. La llamada filosofía post-moderna (estamos siempre superándolo todo, y por ello tenemos siempre un post que desdice el que existía an-tes) va rencorosamente al asalto de la «verdad», erigida--de modo engañoso y artificioso-- en una concepción monolítica. Yel clima cultural más apoyado por los me- dios de comunicación consiste en atacar al modelo «elitis- ta», abyecto y superado, del hombre racional occidental. Hoy día, quien resiste esta andanada -que es la an- danada del postpensamiento- está claramente en apu- ros, o cuanto menos a la defensiva. Hay quien teorizasobre una racionalidad debilitada y hay quien finge que todavía susbsiste una racionalidad aun cuando no exis- 132
  • 114. GIOVANNI SARTORItao Es cierto que para quien se ocupa de la democracia yse precocupa por ella es difícil predicar un anti-raciona-lismo o un irracionalismo. Por tanto, en teoría políticala solución la encontramos en postular que el elector esracional por definición. En efecto, si la racionalidad delelector y, por consiguiente, la del ciudadano, consisteen «elecciones que maximizan la utilidad percibida», deesta definición (que es la de uso) se deduce que el elec-tor es siempre racional, dado que persigue siempre laobtención del propio interés. Si no lo hiciera así, si porejemplo votase por ideales «desinteresados», es enton-ces cuando sería irracional. El defecto del argumento es que no hay racionalidadalguna en una elección que maximiza la utilidad perci-bida. Mis intereses los puedo plantear malo sólo a cortoplazo. Los utilitaristas clásicos, desde Bentham a Mill,distinguían entre la utilidad bien entendida y la utili-dad mal entendidá: la utilidad «racional» era sólo la pri-mera. Un elector racional es, entonces, un elector quesabe elegir la utilidad bien entendida. Esto replanteadesde cero el problema que interrumpe la «racionali-dad por definición». Por ejemplo, lo que me sería másútil inmediatamente es cobrar sin trabajar. Pero estapercepción de mi interés es a cortísimo plazo, yense-guida se convierte en una utilidad mal entendida, ca- tastrófica para todos. No nos hagamos los tontos: racio- nalidad es formular una pregunta racional a la quesabemos dar una respuesta racional; y si no es así, no lo es. Puesto que el elector vota sólo por su propio inte- rés, incluso así para ser racional debe dominar el pro- blema de entender inteligentemente la utilidad que persigue. El animal racional -vengo observando- o es des- preciado o es salvado nominalmente. No menciono la 133
  • 115. HOMO1DENStercera alternativa. Para los profetas del mundo digitaly de la cibernavegación el hecho de que los usuariosen la red, o de la red, sean seres racionales no tiene lamás mínima importancia. Estos profetas saben muypoco de racionalidad; y además ofrecen algo a cambio:una libertad casi infinita. Ésta es la nueva cantinela. Yaque entre televisión, Internet y ciberespacio, las opcio-nes que se abren ante los cibernautas son, o serán, cen-tenares, miles, millones: tantas que es imposible con-tarlas. Ni siquiera tendremos que buscar losprogramas o las informaciones que queramos; lo harápor nosotros el navigator (el navegador). Así pues, elindividuo podrá fácilmente atender cualquier curiosi-dad o interés. ¿Hay algún modo mejor de ser más libre mentalmen-te? Si Negroponte y sus seguidores hubieran leído algo,sabrían que Leibniz definió la libertad humana comouna spontaneitas intelligentis, una espontaneidad de quienes inteligente, de quien se caracteriza por intelligere. Sino se concreta así, lo que es espontáneo en el hombre nose diferencia de lo que es espontáneo en el animal, y lanoción de libertad ya no tendría sentido. Para ir al núcleo de la cuestión debemos preguntar-nos ahora: ¿libertad de qué y para qué? ¿De hacer zap-ping (cambiar constantemente de canales)? El vídeo-niño, siendo niño, se siente irresistiblemente atraídopor el juego. Nuestra «libre participación activa» termi-na, o corre el riesgo de terminar, del siguiente modo:los locuaces acabarán por obstruir Internet con su ne-cesidad de expresarse (sus graffiti) , y los demás se dedi-carán a los videojuegos, al vídeo-jugar, Es verdad que elvídeo-niño podría preguntar y saber cuántos discursospronuncia el Papa cada día. Pero esto no le interesa yni tan siquiera sabe quién es el Papa. 134
  • 116. G¡OVANNI SARTORI La verdad es que los digigeneracionales dicen liber-tad pero en realidad quieren decir (y es la única cosa dela que entienden) cantidad y velocidad: una cantidadcreciente, cada vez más grande de bitesy una velocidadde elaboración y transmisión cada vez mayor. Pero can-tidad y velocidad no tienen nada que ver con libertad yelección. Al contrario, una elección infinita e ilimitadaes una fatiga infinita y desproporcionada. La despropor-ción entre el producto que se ofrece en la red y el usua-rio que lo debería consumir es colosal y peligrosa. Co-rremos el riesgo de asfixiarnos en mía exageración dela que nos defendemos con el rechazo; lo que nos dejaentre la exageración y la nada. El exceso de bombardeonos lleva a la atonía, a la anomia, al rechazo de la indi-gestión: y de este modo, todo termina, en concreto, enuna nimiedad. Un aspecto ulterior de nuestro nuevo modo de seryvivir es la creciente y omnipresente artificialización. El ho-mínido del Pleistoceno es ya un hombre porque estádotado de manos prensiles, con las que puede realizarnumerosas acciones y que lo habilitarán para llegar aser homo habilisy homofaber. Paradójicamente, al hombrede hoy la prensilidad prácticamente ya no le sirve. El homoprensilis se atrofia en el homodigitalis. En la edad di-gital nuestro quehacer se reduce a pulsar botones deun teclado. Así vivimos encerrados sin ningún contactoauténtico con la realidad, con el mundo real. La «hipermediatización» (es la tesis de Gehlen, 1990) nos priva deexperiencias nuestras, experiencias de primera mano ynos deja a merced de experiencias de segunda mano. Lo cual tiene graves consecuencias. Pues cada uno de nosotros sólo comprende de verdad las cosas sobre las que tiene una experiencia directa, una experiencia per- sonal. No hay libro, ni discurso, ni representación que 135
  • 117. HOMOVIOENSpueda hacer las veces de nuestro propio error. Paraaprender a nadar hay que tirarse al agua. La fórmula de Giambattista Vico era que verum et fac-tum convertuntur, es decir, que lo verdadero y el acto setransforman el uno en el otro. Vico nos dice con elloque el hombre sólo puede conocer el propio hacer. Esasí sobre todo en el sentido más estricto que comentabaanteriormente. Yel núcleo de la cuestión es que en elmundo telemático la mayoría no tiene absolutamenteninguna idea de cómo se realiza el «milagro» del tele-ver y, además, el hombre multimedial ya no hace nada.Su experiencia directa, la que vive personalmente, se li-mita a pulsar los botones de un teclado y a leer respues-tas en una pantalla. Para él no hay aprendizaje dado porel conocer haciendo. Vico es también el autor que ha ela-borado en su Ciencia Nueva, de 1730, «una historia idealeterna» dividida en tres edades, la primera de las cua-les, la edad inicial, está pensada con gran imaginacióncomo una sociedad de «horribles bestias» desprovistasde capacidad de reflexión, pero dotadas de fuertes sen-tidos y enorme fantasía. Confieso que Vico me pareceun autor oscuro y tedioso. Pero recuerdo que cuandome topé con las páginas sobre el «hombre bestia» mereí con toda el alma. Y vuelvo a reír con toda el alma,cuando recuerdo a su bestia paciendo y multiplicándo-se en el mundo actual. El hombre del postpensamien-to, incapaz de una reflexión abstracta y analítica, quecada vez balbucea más ante la demostración lógica y ladeducción racional, pero a la vez fortalecido en el sen-tido del ver (el hombre ocular) yen el fantasear (mun-dos virtuales), ¿no es exactamente el hombre de Vico?Realmente se le parece. Se le parece también en la credulidad yen la supers- tición. El progreso de la ciencia -se nos ha dicho des- 136
  • 118. GIOVANNI SARTORIde la Ilustración en adelante-liberaría al hombre delas creencias irracionales. No obstante, la tecnología, amedida que avanza, está produciendo un hombre in-cluso más crédulo e «inocentón» que el hombre medie-val. ¿Por qué? Porque el hombre medieval tenía creen-cias absurdas que, sin embargo, estaban delimitadas poruna Weltanschauung, por una concepción del mundo,mientras que el hombre contemporáneo es un ser des-huesado que «vive sin el sostén de una visión coherentedel mundo» [...] En esta ausencia de referencias esta-bles, el hombre [...] cree porque no hay razón algunapara no creer» (Galimberti, 1994). Entonces, no es pa-radójico que el país que dispone de una mayor cienciatecnológica, Estados Unidos, sea también el país de ma-yor credulidad 10 y que más abraza cultos de poca mon-ta 11. ¿Serán salvados y rescatados por el mundo de Ne-groponte estos «enfermos de vacío»? Es poco verosímil,dado que ellos son el producto.10 Escribe Gianni Riotta (1997): «Magas, magos, brujos, hechice-ras, echadores de cartas, quiromantes y astrólogos invaden losanuncios por palabras; y no se trata de "asuntos de poca monta";lo oculto "se va introduciendo entre los ricos". No olvidemos queNancy Reagan no le daba permiso a su marido Ronald para que sereuniera con Gorbachov sin el consentimiento de su astróloga».11 Cfr. Colombo (1983) analiza los nuevos cultos que están prolife-rando en América (la Iglesia de la Unificación del reverendo corea-no Moon, la Iglesia de la Cienciología y grupos que se inspiran enlas filosofías orientales para llegar a sectas basadas en la conspira-ción o la humillación de los individuos). Y comenta el revival reli-gioso del siguiente modo: «Los revivals tienen una fuerte connota-ción emotiva y nerviosa y un escaso contenido teológico. Puedenpropagarse como un incendio entre millones de personas, porqueapelan apasionadamente al aspecto irracional de la fe [...]. Es co-mún a todas ellas el carácter de exaltación [...]. El milagro sustitu-ye a la liturgia» (pág. 29). 137
  • 119. 6. LA COMPETENCIA NO ES UN REMEDIO Antes de concluir, volvamos al problema específicode la información política. Todos o casi todos están deacuerdo sobre el hecho del deterioro progresivo de la in-formación televisiva a niveles bajísimos 12. La «nueva cla-se» que administra el vídeo-poder se defiende de las acu-saciones culpando a los telespectadores. Sí; pero estadefensa demuestra una mala conciencia, ya que en tele-visión más que en ningún otro medio es el productor elque produce al consumidor. Si proporciona un volumensuficiente de información crítica sobre noticias del mun-do, la audiencia se interesará por el mundo; pero si elmundo desaparece de la pantalla es obvio que el mundo12 Empezando por Walter Cronkite, que en su biografía publicadaen 1996, La vida de un reportero, escribe lo siguiente sobre cuandola CBS lo ascendió a anchorman (hombre clave) de su nuevo noti-ciario en 1963: «En un tiempo efectivo de 21 minutos teníamosque resumir el universo humano de ese día. Era imposible, perointentábamos realizarlo con seriedad. Actualmente, no lo hacecasi nadie: los telediarios agitan al público para aumentar la au-diencia». Y comenta: «La televisión no puede ser la única fuentede noticias, no está preparada para ello. Los falsos debates televisi-vos, los eslóganes, los anuncios publicitarios, los foto-flash, todo estotransforma la política en teatro». 139
  • 120. HOMOVlDENSdejará de interesar (ni siquiera, como ya hemos visto, lacaída del muro de Berlín). Por tanto, seguir ciegamentea la audiencia y dejarse llevar por una solución de menorresistencia, es dejarse llevar -irresponsablemente- porlo más fácil 13. ¿Pero como solventar la dificultad? La respuesta de rigor es que la televisión mejorarácuando de verdad haya un orden plural y competitivoestimulado por la concurrencia de las televisiones priva-das. Comprendo que esta respuesta puede ser plausibleen países como Italia, monopolizada durante demasiadotiempo por una pésima televisión de Estado controladapor diferentes partidos. Pero en Inglaterra el discurso seinvierte: porque allí hay una buena televisión pública,la BBC, que está siendo socavada por una competenciaprivada puramente comercial de nivel más bajo. Antes de proclamar que la privatización mejora lascosas, es bueno tener presente que para los grandes mag-nates europeos de hoy -los Murdoch o los Berlusconi-el dinero lo es todo, y el interés cívico o cultural es nulo. Ylo irónico de esta situación es que Berlusconi y Murdoch,en su escalada hacia los desmesurados imperios televi-sivos, se venden como «demócratas» que ofrecen al pú-blico lo que el público desea, mientras que la televisión pública es «elitista» y ofrece al público la televisión «quedebería querer». Moliere envidiaría este comportamien- to digno de Tartufo. Además, tenemos el hecho de que la televisión privada que más cuenta no mejora, si acaso promete bajar el nivel de los productos televisivos.13 Debe quedar claro que la cuestión son los telediarios, no los es-péctaculos y el entretenimiento. Si en este sentido la búsqueda dela máxima audiencia hace descender los programas al nivel de losespectadores de mínimo nivel (cultural), la defensa o el castigo esque no se vean. Pero no ver el noticiario político no remedia elproblema. 140
  • 121. GIOVANNI SARTORI Se dirá que las televisiones privadas son una cosa y lacompetencia es una cosa diferente. Y es cierto, pero eneste aspecto América docet. Pues si hay un país que nun-ca ha tenido televisión estatal y en el cual la televisiónse ha desarrollado y funciona en condiciones de inde-pendencia y de plena competencia, ese país es EstadosUnidos. Y sin embargo, Estados Unidos representa, encuanto a la información política y la formación de la opi-nión pública, el peor de los casos. ¿Por qué? La perple-jidad estájustificada desde el momento en que la compe-tancia es considerada por todos como un mecanismode autocorrección. Según la teoría de la competencia,el consumidor debería castigar la deficiente producciónde noticias, exactamente igual que castiga la deficienteproducción de frigoríficos y de automóviles. Pero no su-cede así, así no es. Siempre he sostenido que la analogía entre merca-do económico y mercado político, entre competenciade productores de bienes y competencia de partidos, es una analogía débil. Pero se diría que la competencia en- tre los medios de comunicación funciona aún peor que la competencia política -en cuanto a la autocorrec- ción-. Las grandes cadenas de televisión americanas se imitan de un modo excesivo. Graber observa icástica- mente (1984, pág. 80) que «los medios de comunicación rivalizan en conformismo». De hecho, ocho de cada diez noticias son las mismas, en todas las cadenas. Como ya he tenido ocasión de destacar (Sartori, 1995, pág. 431), «los supuestos competidores juegan sobre seguro: en lugar de diferenciarse se superponen». Evidentemente, no todas las competencias son iguales en sus resultados «virtuosos». En este sentido, sólo podemos tomar nota del hecho de que la competencia entre los medios de comunicación no produce beneficios concurrentes, sino 141
  • 122. HOMOVIDENSmás bien un deterioro de los productos 14. Este dete-rioro tiene numerosas causas, y entre ellas una unidadde medida de la audiencia indiferenciada -Auditel-.Para Auditel, contar con Churchill entre el público tie-ne el mismo peso que contar con su portero; por tanto,el incremento de la audiencia se consigue en descen-so, a la baja, haciendo disminuir a los alfabetizados alos niveles de los analfabetos (si el hecho de perder aun Churchill significa ganar a dos porteros). ¿Qué po-demos hacer ante esta situación? No puedo proponerningún remedio milagroso. Karl Popper (1996) ha es-crito que una democracia no puede existir si no se con-trola la televisión. Comparto sus temores sobre la demo-cracia, sobre todo en el sentido de que la tele-democraciaincentiva un directismo suicida que -como ya he di-cho- confía la conducción del gobierno de un país aconductores que no tienen permiso de conducir 15. Perono veo con claridad cómo puede controlarse la libertadde expresión. Además, el remedio preliminar estásiempre, a todos los efectos, en la toma de concienciade los problemas y en la determinación de resistir y de14 Bill Moyers (1986), uno de los pocos que rechazó el deterioro, locuenta así: «[En la CBS] empezaron con el deseo de satisfacer alespectador [...] de atraerlo. Pero enseguida la política fiscal se en-contró compitiendo con una oveja de tres patas y ganó la oveja». Eldeclive de las grandes cadenas americanas (ABC, NBC, CBS) lodescribe Auletta (1991).15 Sin contar que existe el reverso de la moneda, es decir, que el di-rectismo ejercido por ciudadanos individuales «deliberantes» pue-de ser fácilmente aplastado por un directismo movilizado por losgrupos de presión. El presidente Bush recibía 8.000 mensajes aldía; Clinton, su sucesor, ya recibe 20.000. Gracias al correo electró-nico, si se enfrentaran los grandes grupos de presión (por ejem-plo, la asociación de pensionistas, que reúne a 33 millones de per-sanas), los políticos de Washington podrían ser invadidos, a un 142
  • 123. GIOVANNI SARTORIreaccionar; y es muy importante reaccionar protestan-do frontalmente contra la arrogancia y la charlataneríaintelectual del negropontismo, de los profetas, o me-jor de los gurús, del bravenew toorld electrónico 16. Como observa Furio Colombo (1996, pág. 8), a quienintenta comprender las «nuevas comunicaciones» y sepregunta «¿qué pasa por la red? ¿De quién, para quién,y por cuenta de quién?», debemos responder sólo con «sarcasmo y denigración [...] quien está contra nosotrosestá deformado y es un inadaptado». Y ésta, comenta Colombo, es «una posición que no tiene precedentes en la trayectoria de la ciencia y en la evolución de la tecno- logía». La expresión «ser digitales [...] es también la de-finición de un estado de gracia [...]. La gracia o la tienes o no la tienes. ¿Quién no la tiene? Quien no cree en el evangelio del bit según Negroponte». Sigo citándolo (no se podría expresar mejor): La convicción que se nos quiere inculcar [...] es la siguien- te: no hagáis caso a quien pone objeciones a nuestra fe. Las oh-coste bajísimo, por millones de mensajes que no expresan ningu-na voluntad popular, sino por el contrario, el interés de grupos deinterés. Sea como fuere, este directismo produce parálisis. Cfr.Rauch (1994), que escribe: «La vulnerabilidad de la democraciahoy reside en la tendencia de los ciudadanos demócratas a formarun número creciente de grupos que piden beneficios siempre ma-yores que después defienden a muerte» (pág. 19)16 Me refiero a la extraordinaria novela satírica y futurista de Al-dous Huxley, Un mundo feliz, publicada en 1931. En 1959, Huxley«volvía a visitarlo» (en Nueva visita a un mundo feliz) y se declarabasorprendido, e incluso alarmado, de que el mundo que él habíaimaginado -una sociedad científicamente prefabricada de autó-matas felices gracias a la droga (el noma) cuya base se apoyaba enperfectos imbéciles (los Epsilones)- ya era una realidad (recuer-do que fue en 1959). 143
  • 124. HOMOVlDENS jeciones no cuentan porque no existen antagonistas. Se trata simplemente de los «sin techo» que acampan al margen de la red. De un predicador no se puede querer más. Cómo es posi- ble que tantas personas se dejen hechizar por un nivel de argu- mentación tan modesto por parte de un perito industrial de la circulación en la red [...] es difícil de explicar. Acaso no sea tan difícil de explicar, pero de todosmodos, es inaceptable. 144
  • 125. 7. RACIONALIDAD Y POSTPENSAMIENTO El contraste que estoy perfilando entre homo sapiensy, llamémoslo así, homo insipiens no presupone idealiza-ción alguna del pasado. El homo insipiens (necio y, simé-tricamente, ignorante) siempre ha existido y siempreha sido numeroso. Pero hasta la llegada de los instru-mentos de comunicación de masas los «grandes núme-ros» estaban dispersos, y por ello mismo eran muy irre-levantes. Por el contrario, las comunicaciones de masascrean un mundo movible en el que los «dispersos» seencuentran y se pueden «reunir», y de este modo hacermasa y adquirir fuerza. En principio va bien; pero en lapráctica funciona peor. Y aquí sobre todo entra en jue-go Internet, que abre un nuevo y gigantescojuego. Pueslas autopistas de Internet se abren, mejor dicho, se abrende par en par por primera vez especialmente a las pe-queñas locuras, a las extravagancias y a los extraviados,a lo largo de todo el arco que va desde pedófilos (los vi-cios privados) a terroristas (los flagelos públicos) .Y estaapertura es más significativa en tanto en cuanto el hom-bre reblandecido por la multimedialidad se encuentradesprovisto de elementos estabilizadores y sin raíces «firmes». Así pues, aunque los pobres de mente y de es- 145
  • 126. HOMOVIDEN5píritu han existido siempre, la diferencia es que en elpasado no contaban -estaban neutralizados por su pro-pia dispersión- mientras que hoy se encuentran, y reu-niéndose, se multiplican y se potencian. Una vez dicho esto, la tesis de fondo del libro es queun hombre que pierde la capacidad de abstracción es eoipso incapaz de racionalidad y es, por tanto, un animalsimbólico que ya no tiene capacidad para sostener ymenos aún para alimentar el mundo construido por elhomo sapiens. Sobre este aspecto, los especialistas en losmedios callan a ultranza, y su parloteo sólo nos cuentala radiante llegada de un «universo en vertiginosa evo-lución [...] en el que todo individuo y toda realidad es-tán destinados a disolverse y fundirse. El hombre se hareducido a ser pura relación, homocommunicans, inmer-so en el incesante flujo mediático» (De Matteis, 1995,pág. 37). Sí, homo communicans; pero ¿qué comunica? Elvacío comunica vacío, y el vídeo-niño o el hombre di-suelto en los flujos mediáticos está sólo disuelto. La verdad -subyacente a los pregones de noticiasexageradas que la confunden- es que el mundo cons-truido en imágenes resulta desastroso para la paideia deun animal racional y que la televisión produce un efec-to regresivo en la democracia, debilitando su soporte, y,por tanto, la opinión pública. Hoy más que nunca, la gente tiene problemas, perono posee la solución a esos problemas. Hasta ahora seconsideraba que en política la solución de los problemasde la gente había que reclamársela a los políticos (aligual que en medicina hay que pedírsela a los médicos,yen derecho a los abogados). No obstante, el gobiernode los sondeos, los referendos y la demagogia del di-rectismo atribuyen los problemas a los políticos y la so-lución a la gente. Y en todo ello, la televisión «agranda» 146
  • 127. G¡OVANNI SARTORllos problemas (creando incluso problemas que en rea-lidad no existen, problemas superfluos) y prácticamen-te anula el pensamiento que los debería resolver. A esta anulación del pensamiento en clave de post-pensamiento me he referido en otras ocasiones, y qui-siera aclararlo bien. El ataque a la racionalidad es tanantiguo como la racionalidad misma. Pero siempre harepresentado una contrarréplica -desde Aristóteleshasta nosotros- . La fórmula de Tertuliano era: credoquia absurdum. Y le respondía y le superaba la Summa Theologica de santo Tomás, que destila lucidez lógica. Asu modo y de forma diferente, Pascal, Rousseau y Nietzs-che han rebatido el cogito cartesiano 17. Pero ellos erangrandes literatos y en sus ataques al cogito, formidablespensadores. En definitiva, no eran hombres bestia. Sinembargo, sí lo son los exaltadores de la «comunicaciónperenne». Lo que ellos proponen no es un verdaderoantipensamiento, un ataque demostrado o demostra-ble al pensamiento lógico-racional; sino, simplemente,una pérdida de pensamiento, una caída banal en la in-capacidad de articular ideas claras y diferentes. El proceso ha sido el siguiente: en primer lugar, he- mos fabricado, con los diplomas educativos, una Lumpe- nintelligencija, un proletariado intelectual sin ninguna consistencia intelectual. Este proletariado del pensa- miento se ha mantenido durante mucho tiempo al mar- gen, pero a fuerza de crecer y multiplicarse ha penetra- do poco a poco en la escuela, ha superado todos los17 Pascal con sus raisonsdu coeur, Rousseau reivindicando (especial-mente en el Emilio) un «hombre natural» incorruptible y centradoen el sentimiento; Nietzsche con una extraordinaria y alucinadaexaltación (romántica y anti-ídealista) de los «valores vitales», de to-do lo que es corpóreo, anti-espiritual e irracional. 147
  • 128. HOMOVIDENSobstáculos con la «revolución cultural» de 1968 (la nues-tra, no la de Mao) y ha encontrado su terreno de cultu-ra ideal en la revolución mediática. Esta revolución esahora casi completamente tecnológica, de innovacióntecnológica. No requiere sabios y no sabe qué hacer conlos cerebros pensantes. Los medios de comunicación, yespecialmente la televisión, son administrados por lasubcultura, por personas sin cultura. Y como las comu-nicaciones son un formidable instrumento de autopro-moción -comunican obsesivamente y sin descansoque tenemos que comunicar- han sido suficientes po-cas décadas para crear el pensamiento insípido, un climacultural de confusión mental y crecientes ejércitos denulos mentales. Entonces, el punto no es tanto que encontremos unnutrido número de autores famosos que ataquen la ra-cionalidad. El problema es sobre todo que la relaciónentre mainstream y corrientes secundarias, entre réplicay contrarréplica, ha dado la vuelta. Actualmente, proli-feran las mentes débiles, que proliferan justamenteporque se tropiezan con un público que nunca ha sidoadiestrado para pensar. Y la culpa de la televisión en es-te círculo vicioso es que favorece -en el pensamientoconfuso- a los estrambóticos, a los excitados, a losexagerados y a los charlatanes. La televisión premia ypromueve la extravagancia, el absurdo y la insensatez.De este modo refuerza y multiplica al homo insipiens. En una novela de ciencia-ficción cuyo título no re-cuerdo -hace muchísimos años de el1o-, los marcia-nos habían conquistado la tierra y quedaba sólo un úl- timo reducto de defensores humanos asediado porfuerzas destructoras. En el último ataque el comandan- te dirigió una mirada de despedida a sus hombres, y sedio cuenta de que también ellos eran marcianos. Cier- 148
  • 129. GIOVANNI SARTORItoo El postpensamiento triunfa y esto quiere decir quenosotros también estamos ya muy marcianizados. Laignorancia casi se ha convertido en una virtud, como sise restableciera a un ser primigenio incontaminado eincorrupto; y con el mismo criterio, la incongruencia yel apocamiento mental se interpretan como una «sen-sibilidad superior», como un espritdefinesse, que nos li-bera de la mezquindad del esprit degéométrie, de la aridezde la racionalidad. Lo malo es que como el marcianono sabe nada, absolutamente nada de todo esto, paraél la pérdida del espíritu de geometría no comporta laadquisición del espíritu de finura. Y; sin embargo, losmarcianos de la novela habían pasado por el regnum ho- minis. Y aunque numerosas civilizaciones han desapa-recido sin dejar huella, el hombre occidental ha supe-rado la caída, verdaderamente «baja», de la baja EdadMedia. La superó y volvió a resurgir, en virtud de su unicum que es su infraestructura o armadura lógico-ra- cional. Pero aunque no desespero, tampoco quiero ocultar que el regreso de la incapacidad de pensar (el postpensamiento) al pensamiento es todo cuesta arri- ba. Y este regreso no tendrá lugar si no sabemos defen- der a ultranza la lectura, el libro y, en una palabra, la cultura escrita. No es verdad -como da a entender la ramplonería de los multimedialistas- que la pérdida de la cultura escrita esté compensada por la adquisición de una cul- tura audio-visual. No está claro que a la muerte de un rey le suceda otro: también podemos quedarnos sin rey. Una falsa moneda no compensa la moneda buena: la elimina. Y entre cultura escrita y cultura audio-visual hay sólo contrastes. Como observa con agudeza Ferra- rotti (1997, págs. 94-95), «la lectura requiere soledad, concentración en las páginas, capacidad de apreciar la 149
  • 130. HOMOVlDEN5claridad y la distinción»; mientras que el homo sentiens(el equivalente ferrarottiano de mi homo videns) mues-tra características totalmente opuestas: La lectura le cansa [0.0]. Intuye. Prefiere el significado resu- mido y fulminante de la imagen sintética. Ésta le fascina y lo se- duce. Renuncia al vínculo lógico, a la secuencia razonada, a la reflexión que necesariamente implica el regreso a sí mismo [...]. Cede ante el impulso inmediato, cálido, emotivamente envol- vente. Elige el living on self-demand, ese modo de vida típico del infante que come cuando quiere, llora si siente alguna inco- modidad, duerme, se despierta y satisface todas sus necesida- des en el momento. El retrato me parece perfecto. La cultura audio-visuales «inculta» y, por tanto, no es cultura 18, Decía que para encontrar soluciones hay que empe-zar siempre por la toma de conciencia. Los padres, aun-que como padres ya no son gran cosa, se tendrían queasustar de lo que sucederá a sus hijos: cada vez más al-mas perdidas, desorientados, anómicos, aburridos, enpsicoanálisis, con crisis depresivas y, en definitiva, «en-fermos de vacío», Y debemos reaccionar con la escuelayen la escuela. La costumbre consiste en llenar las aulasde televisores y procesadores. Y deberíamos, en cambio,vetarlos (permitiéndoles solamente el adiestramientotécnico, como se haría con un curso de dactilografía),En la escuela los pobres niños se tienen que «divertir».Pero de este modo no se les enseña ni siquiera a escribiry la lectura se va quedando cada vez más al margen. Yasí, la escuela consolida al vídeo-niño en lugar de darle18Vid. supra, pág. 39, donde distingo entre significado antropológi-co y significado valorativo del concepto de cultura. 150
  • 131. GIOVANNI SARTORJuna alternativa. Sucede lo mismo con los periódicos: imi-tan y siguen a la televisión, aligerándose de contenidosserios, exagerando y voceando sucesos emotivos, aumen-tando el «color» o confeccionando noticias breves, comoen los telediarios. Al final de este camino se llega a «USAToday», el más vacío de los noticiarios de informacióndel mundo. Los periódicos harían mejor si dedicarancada día una página a las necedades, a la fatuidad, la tri-vialidad, a los errores y disparates que se han oído en latelevisión el día antes. El público se divertiría y leeríalos periódicos para «vengarse» de la televisión, y tal vezde este modo la televisión mejoraría 19. y a quien me dice que estas acciones son retrógradas,le respondo: ¿y si por el contrario fueran vanguardistas?19 Neil Postman (1985, pág. 159) no tiene esperanzas de que la tele-visión mejore, y por eso rebate el argumento: «la televisión [...] nosofrece lo mejor cuando nos da diversión-basura (junk); nos ofrecelo peor cuando absorbe el discurso serio [...]. Convendría que la te-levisión fuera peor, no mejor». 151
  • 132. REFERENCIASBIBLIOGRÁFICAS
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