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Larraín, Jorge (1994): “La identidad latinoamericana. Teoría e historia”, RevistaEstudios Públicos, Nº 55, CEP, Santiago d...
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Identidad, racismo y tensiones en las élites a la luz de las ideologías positivistas y evolucionistas: Chile y América Latina en el siglo XIX

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El presente texto analiza la adopción del positivismo y el evolucionismo en los discursos de las élites decimonónicas latinoamericanas, específicamente en torno a responder la siguiente interrogante: ¿Cómo puede caracterizarse el énfasis por el orden, el progreso y el racismo a partir de la implantación de dos corrientes distintas, pero suficientemente articuladas en el discurso de las élites del siglo XIX?
Comenzamos por dar cuenta de los elementos filosóficos más importantes de ambas corrientes, para luego contextualizar su influencia en el panorama ideológico de las élites decimonónicas a partir de sus relaciones con el proceso de identidad nacional, su influencia en el racismo y en sus vicisitudes políticas internas.

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Identidad, racismo y tensiones en las élites a la luz de las ideologías positivistas y evolucionistas: Chile y América Latina en el siglo XIX

  1. 1. “Identidad, racismo y tensiones en las élites a la luz de las ideologías positivistas y evolucionistas: Chile y América Latina en el siglo XIX” OSVALDO BLANCO11.- Resumen. El presente texto analiza la adopción del positivismo y el evolucionismo en losdiscursos de las élites decimonónicas latinoamericanas, específicamente en torno aresponder la siguiente interrogante: ¿Cómo puede caracterizarse el énfasis por el orden, elprogreso y el racismo a partir de la implantación de dos corrientes distintas, perosuficientemente articuladas en el discurso de las élites del siglo XIX? Comenzamos por dar cuenta de los elementos filosóficos más importantes deambas corrientes, para luego contextualizar su influencia en el panorama ideológico de lasélites decimonónicas a partir de sus relaciones con el proceso de identidad nacional, suinfluencia en el racismo y en sus vicisitudes políticas internas.2.- Elementos filosóficos centrales del Positivismo y Evolucionismo Hay rasgos evolucionistas en Comte, especialmente en la denominada “ley de lostres estados” de 1822. Según ello, el positivismo es el último eslabón de un principiocivilizatorio inherente a la especie humana, donde “cada rama de nuestros conocimientosestá necesariamente sujeta en su marcha a pasar sucesivamente por tres estados teóricosdiferentes: el estado teológico o ficticio; el estado metafísico o abstracto; en fin, el estadocientífico o positivo” (Comte, cit. por De la Vega, 1998: 98). El ser humano unifica la diversidad de los fenómenos, explica su naturaleza yexplora el universo de acuerdo a las posibilidades de estas tres epistemes. Comteexplicaba esta evolución de la razón humana hacia su régimen definitivo, la cienciapositiva, a partir de la metáfora del desarrollo de la inteligencia individual. La etapateológica equivaldría a la infancia, la metafísica a la juventud y el estado positivo a lamadurez o virilidad del espíritu humano. Pero esta “ley de los tres estados” –donde la filosofía positiva indica la cúspideevolutiva– no remite sólo a una narrativa teleológica sobre el devenir del espíritu y larazón. Más bien, la “ley de los tres estados” es un marco preliminar para la clasificaciónglobal de los tipos de conocimiento y, más específicamente, de las ciencias (ibíd.).Efectivamente, Comte clasifica el saber humano a partir de un orden racional ycronológico dispuesto en cinco grandes categorías: fenómenos astronómicos, físicos,químicos, fisiológicos y sociales. De estos últimos, Comte llegó a sostener que eran “losmás particulares, los más complicados y los más dependientes de todos los otros” (Comte,cit. por De la Vega, op.cit: 99)2. La “física social” o sociología representa el cénit evolutivo1 Sociólogo por la Universidad Arcis. Magíster en Ciencias Sociales, Mención en Sociología de la Modernizaciónpor la Universidad de Chile. Becario Conicyt (2012-2015), Doctorando en Sociología, Universidad AlbertoHurtado (UAH). Se ha desempeñado como profesor de la carrera de Sociología en las Universidades Arcis yPlaya Ancha (UPLA). El presente artículo es una revisión de mi trabajo para el seminario de Doctorado enSociología de a UAH, “Modernidad e Identidad en América Latina”, dictado por el sociólogo y vicedecano JorgeLarraín, a quien agradezco por las observaciones y comentarios a este trabajo. Como es obvio, la versión finalde este artículo es mi responsabilidad. Email: oblanco4@gmail.com2 El evolucionismo de Comte es muy distinto al de Spencer. Para Comte, entre estas ciencias hay filiación y unaorganización lineal e irreversible de las ciencias, de acuerdo al grado de simplicidad o generalidad decreciente.Al contrario, para Spencer existen tres categorías de ciencias: abstractas (matemática, lógica), abstractas-concretas (mecánica, física, química), concretas (geología, biología, psicología y sociología), y entre ellas no hayfiliación sino interdependencia (De la Vega, 2002). Para Spencer, las ciencias estarían interconectadas (por –1–
  2. 2. del sistema de las ciencias de la observación de los fenómenos, quedando sometidas todaséstas a un mismo método de explicación. Si la ciencia es la única capaz de garantizar elprogreso del hombre es debido a que con el sistema completo de las ciencias el serhumano puede conocer el devenir de los fenómenos que lo rodean. Por otra parte, a diferencia de filosofías idealistas negativas de la realidad (Hegel),la filosofía de Comte es positiva, pues concede un estatuto de realidad al orden de las cosas(naturalismo). La filosofía de Hegel tiende hacia la potencialidad de las cosas mediante lasformas lógicas y especulativas; no puede explicar ni justificar las cosas tal como son,quedándose en una negación de éstas. Los hechos positivos y objetivos son consideradospor la dialéctica hegeliana como hechos negativos, limitados, transitorios, es decir, formasperecederas dentro de un proceso comprensivo que va más allá de ellos. Con ello, Hegel leniega a “lo dado” la dignidad de lo real. Contra la negación dialéctica hegeliana, Comteproporciona la certeza de la dignidad positiva de los hechos, orientando el pensamientohacia éstos y exaltando la experiencia como conocimiento supremo. A partir de esto, el positivismo se ve a sí mismo como una doctrina de superaciónde la especulación metafísica (la segunda etapa en la “ley de los tres estados”). En contrade la subordinación de toda la realidad a la crítica de la razón, el positivismo de Comteconsidera y estudia los fenómenos del mundo como objetos gobernados por leyesnaturales y universalmente válidas. Es decir, el positivismo estudia los hechos sociales ylos objetos como si fuesen independientes de la arbitrariedad especulativa de lasubjetividad. A diferencia del hegelianismo, para el positivismo las realidades sociales noson producto del hombre, ni de su voluntad libre, sino que deben ser objetos estudiados apartir del modelo de la naturaleza y el aspecto de las necesidades objetivas. Se debepreservar en la independencia de los hechos y el razonamiento enfocado hacia unaaceptación de lo dado. Inspirado en esto último, Durkheim señalará que la sociología debe tratar a losfenómenos sociales como si fuesen cosas. En América Latina, el sociólogo argentino JorgeIngenieros indicará algo muy parecido, al señalar que “la humanidad es una especiebiológica que evoluciona según leyes que la sociología procura conocer” (Ingenieros, 1910:9). Aparte de las claras reminiscencias evolucionistas, esta frase indica que la sociología,en tanto ciencia objetiva y positiva, permite proyectar las leyes del funcionamiento de larealidad social. Si esta última es así de predecible, entonces la sociología contribuye alestablecimiento de una realidad social que puede proyectarse bajo leyes que la ordenen. Por todo lo anterior, podemos decir que el positivismo es una filosofía“aparentemente” transformadora del orden social tradicional. La filosofía hegeliana noservía para justificar la configuración social, sino más bien todo lo contrario: lanegatividad y crítica de lo dado encierra un instrumento especulativo para su superación.En cambio, Comte proporciona una aceptación de lo dado, premisa que tuvo trascendenciano sólo en el ámbito filosófico, sino que se presentó como una oportunidad política para elestatus quo3.tanto, no habría progresión lineal): su crecimiento y mayor complejidad se fundan en la comunicación y acciónrecíproca que ejercen unas y otras, vale decir, el avance de una provocará el progreso de otra y viceversa(ibíd.). Muchas de las cuestiones decisivas de la ciencia necesitarán, para ser resueltas, del esfuerzo conjuntodel cuerpo general de las ciencias o de la cooperación simultánea de varias ramas del conocimiento. Spencer seopone a la “ley de los tres estados” de Comte al sostener que no hay tres métodos de filosofar radicalmenteopuestos, sino un solo método que permanece esencialmente siendo el mismo (ibíd.).3 La ruptura de Comte respecto de Saint-Simon tiene relación con que éste, a juicio del primero, quiereemprender de forma inmediata la reorganización material de la sociedad. Comte, por el contrario, tiene comoprioridad lograr la regeneración moral (De la Vega, op.cit: 125 y ss). De esta forma, el positivismo es unaperspectiva anti-liberal si se entiende el afán de Comte por la intervención de una autoridad por encima decualquier orden espontáneo (laissez-faire, como en el caso de Spencer). El positivismo comtiano es organicistay no pone atención en torno a las libertades del individuo. Para Comte, el laissez-faire conduce a la anarquía; encambio, pretendió definir una fórmula precisa del relativismo y la variabilidad histórica de las leyes sociales através de la necesaria conexión entre “orden” y “progreso” (ibíd.). El progreso constituye, tal y como el ordenmismo, una de las dos condicionantes fundamentales de la sociedad moderna. Esta doble dimensión delpositivismo lo convierte en una filosofía que se presta ambiguamente para ser utilizada como un instrumento –2–
  3. 3. En América Latina, y especialmente en Chile, el asentamiento del positivismoresponde al hecho que ofrece respuestas teóricas y propuestas prácticas para dirigir laagitación social hacia el orden. La barbarie latinoamericana podrá ser superada con elejercicio civilizatorio del orden y el progreso en base a la actividad y planificacióncientífica. El positivismo se convierte en un marco para el sueño del ordenamiento entodas las facetas de la vida pública: fenómenos sociales, reformas culturales, cienciasbiológicas, de la tierra, astronomía, hidrografía y otros. Así, el positivismo sirvió comomarco teórico para prometer cuestiones tan diversas como el progreso, la regeneraciónsocial, la preocupación por la ciencia, la sugerencia de cambios curriculares en laeducación, la enseñanza y divulgación del método científico y del rigor lógico, laincorporación de la mujer a la educación, las políticas de inmigración, el interés por losrecursos hídricos y por el desarrollo minero e industrial del país, etc. (Saldivia, 2011). Elpositivismo fue internalizado como parte de la ideología de distintos agentes políticos,culturales y científicos en el marco de reformas republicanas y laicistas. Esta obsesión por el ordenamiento de la vida social y natural convivió y seconfundió con el evolucionismo (De la Vega, op.cit; 2002), quizás otra de las inclinacionespredilectas de las filosofías decimonónicas desde Hegel hasta Spencer y Darwin. En loparticular, el positivismo y el evolucionismo son corrientes que poseen implicanciasteológicas muy importantes. Es decir, el que se hayan confundido como si fuesen dosvertientes de una misma filosofía estaría explicado, precisamente, por el fuerte rechazohacia ambas por parte del clero e iglesia. Al ser ambas filosofías críticas de cualquier tipode metafísica (entre ellas, la explicación teológica), fueron levantadas como banderas delprogreso y secularización, por tanto, fuentes teóricas del proyecto de modernización ycreación del Estado nacional. El positivismo y el evolucionismo fueron parte del arsenalteórico que nutrió la promesa modernizante de la élite oligárquica latinoamericanarespecto de la Colonia y de los legados mentales heredados de ésta.3.- La violencia de la escritura sobre la oralidad. En aquella época, la mayoría de los estados nacionales latinoamericanos eran muydébiles, al punto que podemos expresar que el aspecto central de la historia políticalatinoamericana decimonónica quizá sea lo difícil que fue establecer nuevos estados unavez liberados de España (Bethell, 1991: 42-104). De este modo, culturalmente hablando, lasociedad latinoamericana está muy lejos de encontrase unificada (Larraín, 1994), lo cualhace difícil establecer que exista algo así como una identidad nacional. Es cierto queexisten formas centrales de integración, no obstante, también existen muchas eimportantes diversidades y oposiciones, por lo que podemos decir que la identidadnacional fue un proceso sociopolítico de construcción (Larraín, 1996: 208-209). En lo que aquí nos concierne, desde el s. XIX la idea de “chilenidad” fue esgrimidatanto por liberales como por conservadores (Salazar y Pinto, 1999: 16). El patriotismopermitió afirmar que la independencia no fue un hecho accidental, sino el último eslabónde una suerte de “destino histórico”, entregando fuerzas emotivas al Estado y un dejo departicipación ciudadana a vastos sectores que no la ejercían de hecho (ibíd.). Se trató deuna pseudo-religión patriótica que incluso logró la adhesión de los sectores popularespara iniciativas como las guerras de 1836-39 y 1879-834. Como fuese, el proyecto de identidad nacional respondería a un proceso selectivo yexcluyente conducido desde arriba a partir de la decisión sobre qué conservar y quéde transformación social, así como también como un medio de legitimación del orden social vigente. En estesentido, sería posible conciliar irrevocablemente la dictadura y la libertad, siguiendo el deseo sistemático deHobbes (De la Vega, op.cit). En suma, en Comte el “progreso” es del cuerpo social en su conjunto, de la especiehumana hacia el estado civilizatorio, mientras que en Spencer la “evolución” es más cercana al darwinismo (yen cierta medida a Nietzsche): sobreviven las unidades individuales más aptas.4 La relación entre sentimiento nacionalista y el ejército que establecen Salazar y Pinto está fuertementerelacionada con la visión de Carlos Cousiño que veremos más adelante. –3–
  4. 4. desechar (Larraín, op.cit: 208). Se trata de un proceso violento, donde uno de los puntoscomienza con la decisión de adoptar al español como lengua propia –aunque no sólo elidioma, sino también en otros aspectos culturales tales como la religión, el arte, etc. –haciendo que una serie de lenguas indígenas ocuparán posiciones secundarias o seextinguieran (ibíd.). La figura intelectual más importante del s. XIX en este sentido es Andrés Bello, paraquien la gramática es un discurso fundacional del Estado moderno, un elementointegrador clave de la civilización. Vale decir, a partir de la heterogeneidad geográfica,étnica y lingüística del continente, Bello concibe la gramática como una forma de disponeruna estructura normativa y unificadora (Ramos, 2009). Con Bello tenemos lo que Giddensdenomina como “conciencia discursiva” y que Larraín utiliza para señalar la dimensiónmás elaborada del discurso identitario, esto es, el discurso de la “esfera pública” altamentearticulado, coherente y selectivo, principalmente construido por diferentes instituciones yagentes ligados al poder (Larraín, op.cit: 207-214). De esta forma, la identidad nacional sería un proceso dado por dos polos distintosde realidad sociocultural. El primero es la esfera pública recién descrita, donde la figura deBello –creador del código civil y primer rector de la Universidad de Chile– es la cúspide del“buen decir” civilizatorio (Ramos, op.cit)5. Esta observación respecto de Bello indica nosólo que la identidad nacional es una construcción social donde el poder y la imposición“desde arriba” son muy importantes, sino que también tiene que ver con el aspectoeducativo, cuestión que se relaciona directamente con el positivismo. Efectivamente, como toda corriente ilustrada, el positivismo concede especialimportancia a la reforma educativa, específicamente secular, libre del influjo pedagógicocatólico y suficiente para el cambio moral y la creación de una civilización moderna6. Así,la hegemonía del positivismo guarda relación con esta esfera pública que intentacondicionar la esfera privada o cotidiana. Precisamente, el segundo polo de la realidad cultural es esta “esfera privada”recién mencionada, la cual estaría relacionada con la oralidad, con el “cara a cara”, con lasprácticas y saberes no siempre conscientes ni bien articulados. Es este mundo de la vidacotidiano el que es acosado por la esfera pública o discurso oficial. Se trataría de unasuerte de violencia de la escritura y saber institucional sobre la oralidad y prácticas delsaber popular. Derrida señala esto cuando muestra la contraposición entre escritura y oralidadcomo violencia de la primera sobre la segunda (Derrida cit. por De la Huerta, 1999: 135-140). Creemos que se trata de una distinción paralela a la de Giddens y Larraín, pero másallá de poner acento en la complementariedad de ambas esferas, lo hace en la violencia quela escritura ejerce sobre la oralidad. Dicha violencia de una forma comunicativa sobre otraremite, a nuestro juicio, a una doble negación que ha vivido el proceso de modernidadlatinoamericano. Esta doble negación consiste, primero, en la negación de la herencia5 Podemos señalar aquí cómo la élite intelectual y política debatió en torno a los temas de la educación y lareligión, dándose fuertes discusiones que abarcaron temas como la gramática, el romanticismo y la función dela Universidad, donde las figuras de Bello y Sarmiento evidenciaron disensos de no menor importancia para lasélites (Salazar y Pinto, op.cit: 29).6 Por ejemplo, el argentino Juan Bautista Alberdi imaginaba un sistema educativo para los puebloslatinoamericanos completamente independiente del legado barroco colonial. En sus “Bases y puntos de partidapara la organización política de la República argentina” (1852) escribió: “En nuestros planes de instruccióndebemos huir de los sofistas, que hacen demagogos, y del monarquismo, que hace esclavos y caracteresdisimulados. Que el clero se eduque a sí mismo, pero no se encargue de formar a nuestros abogados yestadistas, a nuestros negociantes, marineros y guerreros ¿Podrá el clero dar a nuestra juventud los instintosmercantiles e industriales que deben distinguir al hombre de Sudamérica? ¿Sacará de sus manos esa fiebre deactividad y de empresa que lo haga ser el yankee hispanoamericano?” (cit. por Zea, 2006: IX). En una cartadirigida a Francisco P. Moreno (1883), Sarmiento muestra la necesidad de una gramática propia, cuestionandoel legado cultural del ethos colonial-católico: “¿Cuál ha de ser, nos hemos preguntado más de una vez, el selloespecial de la literatura y de las instituciones de los pueblos que habitan en la América del Sur, dado el hechode que la nación de que se desprendieron sus padres no les ha legado ni instituciones ni letras vivas?”(Sarmiento, 2006: 130). –4–
  5. 5. mental del mundo indígena y, segundo, en la herencia del patrón cultural colonial. Ambosethos, en distintos momentos históricos, han sido negados por una epistemesupuestamente superior y civilizada. La negación respecto del la oralidad del mundo cultural indígena implica la traídapor parte de los españoles de la escritura, del Verbo, de la palabra de Dios, justificando sunegación del indio como “otro” válido en tanto culturas sin tradición escrita. Es la visióndel jurista Juan Ginés de Sepúlveda, quien justificaba la conquista, el despojo y laesclavización indígena justamente en función de su escases de memoria escrita: “estoshombrecillos… que ni siquiera conocen las letras ni conservan monumentos de su historia,sino cierta oscura y vaga reminiscencia de algunas cosas consignadas en ciertas pinturas ytampoco tienen leyes escritas, sino instituciones y costumbres bárbaras” (Ginés deSepúlveda, cit. por De la Huerta, op. cit: 136)7. La otra negación de la escritura sobre la oralidad guarda relación con el s. XIX ytiene que ver con la crítica de la razón ilustrada positivista-evolucionista a la síntesisbarroca-católica colonial. Positivismo y evolucionismo –en tanto ideologías de las élites–se presentan como superación del ethos colonial. Lo que fue negado por la Ilustración fuela síntesis identitaria y cultural barroco-católica expresada a través de la pintura, la danza,las fiestas y el rito (Morandé, 1984; Cousiño, 1985; Larraín, 1997a, 1997b; Bravo, 1992, cit.por García de la Huerta, 1999: 129 y ss). Para Pedro Morandé, la ritualidad y la liturgia de América Latina son elementosculturales propios del mestizaje. Desde esta perspectiva, se logró estructurar una esenciacultural antes de la Ilustración, caracterizada por una simbiosis entre religión católica ycreencia popular y por enfatizar aspectos tales como la superstición, especulación,intuición y los sentimientos (Morandé, op.cit). Para este autor, la combinación deelementos simbólicos y rituales que subsiste en la devoción popular sería el núcleoesencial de la identidad latinoamericana y chilena, proceso heredado de los siglos XVI yXVII8. La religiosidad popular sería aquél sustrato vivido que aún conserva el sincretismode nuestra identidad, síntesis del contacto amerindio y europeo llevada a cabo a través dela oralidad del mito y del imaginario religioso cultivados en torno a la Hacienda colonial(Cousiño, op.cit)9.7 Aparte de lo discutible de la afirmación cuando se tiene en mente el altísimo nivel alcanzado por lasarquitecturas aztecas e incas (por no incluir a las mayas también), habría que hacer un paréntesis con elobispo Bartolomé de Las Casas. En efecto ¿no es acaso Las Casas la demostración de cierto reconocimiento dela condición humana del indio? Tampoco es menos cierto que para Las Casas el cristianismo no sólo es la únicareligión verdadera, sino que el único ideal concebible al que los indios pueden aspirar (Larraín, 1994: 38). Sibien la controversia con Ginés de Sepúlveda tiene relación con que si es o no justo la guerra contra los indios,de igual manera, la superioridad del cristianismo es incuestionable. El reconocimiento de la humanidad y dederechos para los indios no impide su evangelización, ni tampoco su no reconocimiento y aceptación como tal(ibíd.). Por tanto, incluso en Las Casas, los indios deben someter sus creencias a la verdad cristiana.8 Este tipo de perspectivas pueden ser criticadas por su esencialismo, el cual les impide ver a la cultura comoun proceso histórico en continua construcción (Larraín, op.cit). Al postular una “identidad perdida”,supuestamente producida en un pasado glorioso que se debe rescatar, la única solución que salta a la vistadesde estas perspectivas es “la recuperación del Origen, que se anuncia por la palabra salvadora [mesiánica]de un sujeto sapiente, que conoce la Verdad del Verbo, la Verdad del Principio, que anida también en elcorazón del pueblo sencillo” (García de la Huerta, op.cit: 141). Morandé y Cousiño basan sus argumentos en laidea de una esencia identitaria perdida en el pasado, un mundo unigénito del origen, intentando imponer oreponer esa forma de cultura bajo el pretexto que ella constituye el único ethos cultural auténtico, es decir, laúnica verdadera identidad (ibíd.: 140). En efecto, son interpretaciones que se dejan leer como variantes “delmito de la omnipotencia del Origen: a una Edad de Oro inicial siguen la Caída y el Castigo” (ibíd.). Es más, paraambos sociólogos, negar la identidad barroca católica explica porqué no tenemos un ethos racional, ilustrado yburgués.9 Cousiño combina la tesis de Góngora respecto del ejército como la institución que sintetiza la identidadnacional y la conformación del Estado chileno (Góngora, 1994) con la tesis de Morandé de la esenciaidentitaria latinoamericana que se encuentra en el ethos barroco católico heredado de la Colonia. Con laindependencia chilena, el culto de la Virgen del Carmen pasó al ejército (en 1817 fue proclamada Patrona delejército de los Andes), haciendo que todos los acontecimientos guerreros en el s. XIX estén vinculados a laVirgen (Cousiño, op.cit: 40). Para Cousiño, el ejército es la institución que canaliza el legado barroco-religioso(mariano) heredado del período colonial (ibíd.). De hecho, para Cousiño “el ejército es la encarnación de la –5–
  6. 6. En síntesis, con la metáfora derrideana de la violencia de la escritura sobre laoralidad nos interesa señalar un proceso de doble negación: primero, la negación deluniverso cultural indígena, luego, la negación del ethos barroco-católico colonial. En estasegunda negación, el positivismo jugó una gran importancia, puesto que se presentó comola versión sofisticada y civilizatoria que promete arrasar de raíz el legado mental (nosocial, ni político) heredado de la Colonia10. El problema de la raza –cuestión que veremosa continuación– se relaciona con la primera negación (negación del mundo indígena),siendo un proceso que se dio en la Colonia, pero que, en verdad, nunca ha sido superado,sino que ha sido un fenómeno de negación aparecido una y otra vez fantasmalmente en losdiscursos de las élites. En esto último, positivismo y evolucionismo jugaron un papel muyimportante también.4.- El racismo como ideología. La esperanza en el orden y progreso para las repúblicas latinoamericanas veníande la mano de las tendencias ilustradas, positivistas, evolucionistas y liberales. Lejos deuna liberación, tanto en México como en América del Sur, el corte con los lazos de lacolonización hispana significó aceptar el tutelaje mental, cultural, político y económico dela Europa moderna y de los EE.UU. La colonización española significará debilidad einferioridad, una cultura de la sumisión que explica la derrota y el atraso en laincorporación de la civilización. El racismo nunca fue superado, sino que quedó como una razón para explicar elfracaso de los procesos de modernización de las repúblicas latinoamericanas. Por ejemplo,confiérase el caso paradigmático del boliviano Alcídes Arguedas (1879-1946), para quienel mestizaje entre español e indígena representa el retroceso de nuestras sociedades (PazSoldán, 2006) e, incluso, sería el elemento legitimador de la opresión racial en Bolivia de laélite blanca europea por sobre el mestizo e indio (Herrera, 2009). El positivismo de lasélites blancas, especialmente en países de alto componente indígena como Bolivia, es untema importante incluso en pleno s. XXI. Tal y como señala Herrera: “Analizar en nuestrosdías el positivismo boliviano no es un ejercicio de “curiosidad intelectual”. Su actualidad esmayor de lo que se cree. Los autores positivistas bolivianos son una de las fuentes de lasactuales ideologías racistas que han reaparecido en los movimientos separatistas deloriente de Bolivia” (ibíd.: 39). El abrazo hacia el positivismo y las ideas de orden y progreso implican una suertede ambigüedad. Por una parte, tal y como lo señalamos anteriormente, el positivismo sepresenta como una ideología progresista que permitirá alcanzar la modernidad. Pero, porotra parte, es también una ideología esgrimida por aquellos sectores que buscan que lanación” y debe ser el encargado de salvar la identidad histórica. Sin embargo, hay versiones que señalan que elejército no fue una entidad política activa en el proceso de construcción del Estado Nación chileno, al menos enel s. XIX. Para el historiador de la Universidad de Londres, Leslie Bethell, a diferencia de México o Perú –dondela clase militar operó corporativamente como un agente activo en la arena política en el proceso deindependencia– Chile ofrece un proceso de subordinación de la capa militar respecto de la clase política: “enNueva Granada y en Chile los líderes militares de la independencia quedaron rápidamente subordinados a losintereses de una élite política civil y después de 1830 raramente actuaron como grupo corporativo” (Bethell,1997: 43). Desde esta lógica, el ejército sólo opera como institución simbólica de reclutamiento y canalizacióndel sentimiento popular, articulando el sentimiento patriótico nacional en torno a la guerra y a la metafísicareligiosa.10 Sin embargo, es necesario entrar más a fondo en esta materia para no confundir una situación original,colonial y decimonónica, con lo que actualmente sucede. En este sentido hay que tener cuidado con poner aMorandé y Cousiño (además de otros integristas como Bernardino Bravo) en el mismo terreno de Derrida. Laviolencia original de la escritura no puede proyectarse hasta hoy día sin más, como pretende Morandé, paracaracterizar una especie de identidad esencial que permanece en el tiempo y que tendría una orientacióninherentemente oral, como si lo escrito nunca hubiera penetrado o no hubiera llegado a ser propio de AméricaLatina. En este argumento se basa la increíble tesis de Bravo que sostiene que lo que hizo Pinochet al abolir laconstitución (escrita) fue recuperar con justicia la primacía de la oralidad, nuestra verdadera identidad que seasienta en el respeto por la autoridad ejecutiva del líder. Agradezco esta observación al sociólogo y profesor dela Universidad Alberto Hurtado, Jorge Larraín. –6–
  7. 7. colonización, en sus dimensiones mentales culturales, se mantenga a partir de unasupuesta superioridad intelectual de los civilizados sobre los bárbaros. La adopción del positivismo implica un sometimiento que ya no será impuesto,sino que aceptado libremente (Zea, 2006: XII). Tal y como sostiene Zea, el sentimiento dela época era que debíamos “ser como los yankees para no ser dominados por ellos o ser,simplemente, los yankees del sur para poder ser parte del mundo que éstos, con su acción,han creado” (ibíd.). El positivismo fundamenta esta convicción, vale decir, “es la filosofíaen que ha encarnado el espíritu de los hombres que han hecho posible la civilización, lafilosofía que ha dado sentido al progreso logrado por la Europa occidental y los EstadosUnidos. Habrá que hacerse de esta filosofía, que apropiarse de su sentido, tal será laexpresión del positivismo en América Latina” (ibíd.). Por otra parte, la adopción del positivismo en la América Latina decimonónicaconlleva el abrazo del evolucionismo. Nuestra hipótesis es que estos elementos explican elproblema del racismo decimonónico. Ya lo veíamos cuando hablábamos de la violencia dela escritura y la gramática como símbolo de civilización tanto en Juan Ginés de Sepúlvedaen la época colonial como en Bello o Sarmiento en el período republicano. Es decir, el racismo no está sólo presente con la hegemonía del positivismo; estápresente desde la Conquista y la Colonia. Tres largos siglos de una realidad impuesta porun imperio que sólo buscaba servidores. Y no sólo los indios, sino también los propioscriollos y mestizos. Hay entonces una compleja articulación entre el componente racial y elgrado de participación política o, dicho de otra forma, la posibilidad de participación en lapolítica está determinada por el color de la piel11. Ni siquiera el mestizo criollo es un actorpolítico válido para el imperio español, el cual no quería saber nada de la participación delos hombres de sus colonias en la conducción de sus propios gobiernos. Ya lo habíaanunciado Simón Bolívar en su “Carta de Jamaica” (1815): “Los americanos en el sistemaespañol que está en vigor y quizás con mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en lasociedad que el de siervos propios para el trabajo y cuando más el de simplesconsumidores” (cit. por Zea, op.cit: XII). Más aún, nuestras propias élites comenzaban a explicar la caótica situación social ypolítica posterior a la independencia a partir de argumentos racistas. El eclecticismo raciallatinoamericano fue presentado como explicación para la incapacidad de llevar a cabo elethos capitalista12. Esta apreciación conlleva a la convicción que algunas razas tendríanmejores aptitudes que otras para la civilización. El afán modernizador llegaba hasta elextremo de desconfiar de los propios elementos raciales constitutivos indígenas, negros yespañoles. Por ello, autores tan diversos como Prado, Gil Fortoul, Bunge, Ingenieros,Alberdi y Sarmiento, propiciaban explícitamente la inmigración europea blanca paraasegurar la modernización (Larraín, 1997b: 314). Se propicia la inmigración europea, pero no la inmigración española. En su obra“Conflicto y armonía de las razas en América Latina” Sarmiento señala que “la civilizaciónyanqui fue la obra del arado y la cartilla; la sudamericana la destruyeron la cruz y la11 América Latina se caracteriza por la complejidad del cruce entre la actividad política y el componente racial.Tal y como señala Leslie Bethell: “Hay que tener en cuenta que los países [latinoamericanos] no tenían unacomposición étnica igual. Por un lado, Bolivia, Perú, Ecuador, Guatemala y (en menor grado) México teníanmucha población india, asimilada sólo en parte en la cultura hispánica dominante. En los otros paísespredominaban los mestizos y casi toda la población estaba culturalmente integrada en la sociedad hispánica.Esta diferencia repercutía en la vida política, ya que en las sociedades en que la clase más baja se componíasobre todo de gente con una cultura distinta a la de la élite hispánica, aquélla era menos propensa a participaractivamente en política” (Bethell, 1991: 42).12 En su obra “La raza”, el abogado, escritor, sociólogo e historiador venezolano José Gil Fortoul escribe: “Delindio tenemos el amor a la independencia y el odio hereditario a los privilegios de castas; del negro, en partesiquiera, la energía necesaria para la adaptación rápida a una naturaleza exuberante y bravía… Del español nosvino la poca capacidad en la natural para la industria, el débil espíritu de iniciativa, la costumbre de esperarlotodo del gobierno, la pasión de las intrigas políticas, el gusto de la oratoria brillante y majestuosa hasta elextremo de convertirla en diletantismo estético, la honestidad de las relaciones de familia, y, con el amorrefinado de las bellas letras, también por desgracia, el instinto indomable de la guerra” (Gil Fortoul, 1983:115). –7–
  8. 8. España. Allí se aprendió a trabajar y leer, aquí a holgar y a rezar” (Sarmiento, cit. por Zea,op.cit: XXI). A diferencia de América Latina, los EE.UU. fueron colonizados por una razavirtuosa: “allá la raza conquistadora introdujo la virtud del trabajo; aquí se limitó a vegetaren la burocracia y el parasitismo” (ibíd.). Sarmiento llegó a sostener que “los anglosajonesno admitieron a las razas indígenas ni como socios, ni como siervos en su constituciónsocial”, mientras que, por el contrario, España hizo “un monopolio de su propia raza, queaún no salía de la Edad Media al trasladarse a América… y absorbió en su sangre una razaprehistórica servil” (ibíd.). De esto último nos interesa no sólo mostrar la idea que en América latina se jugabauna lucha entre civilización y barbarie (la primera estaba representada por Europa y losEstados Unidos y la segunda por los españoles, los negros e indios), sino que, másprofundamente, por el grado de convicción que hay detrás de estos argumentos respectode que la inferioridad social es el fruto de la cruza entre españoles, negros e indios, valedecir, que la inferioridad de nuestros países está dada por el mestizaje. Sarmiento señalaque difícilmente tendremos una nación republicana en un pueblo surgido de la mezcla detres razas que nunca han llevado a la práctica las libertades políticas que constituyen elgobierno moderno. Tal y como el intelectual argentino señala: “iba a verse lo que produceuna mezcla de españoles puros, por elementos europeos, con una fuerte aspersión de razanegra, diluido el todo en una enorme masa de indígenas, hombres prehistóricos, de cortainteligencia” (ibíd.). Bárbaros los indígenas y negros y bárbaros también los españoles, conreducida inteligencia cuyo cerebro ha quedado “atrofiado por la falta prolongada de uso”,aunque agrega que “es de temer que el pueblo criollo americano en general lo tenga másreducido que los españoles peninsulares a causa de la mezcla con razas que lo tienenconocidamente más pequeño que las razas europeas” (ibíd.). En este nivel, Sarmiento se relaciona fuertemente con Arguedas en tanto paraambos la nación padece de un “mal”. Ambos poseen una concepción biologicista, noobstante, a diferencia del intelectual argentino, para Arguedas el “mal” se traduce entérminos médicos como enfermedad social (Solodkow, 2005: 115). Dicho de otra forma, lahistoria de América Latina –y la tragedia particular de Bolivia– es la historia de un “puebloenfermo”. En este sentido, Arguedas posee una interpretación biologicista del orden socialy la mezcla de sangres sería el obstáculo del progreso de la nación (ibíd.; Paz Soldán,2006). Ya iniciado el s. XX, otro intelectual fuertemente influido por el positivismo, elsociólogo argentino José Ingenieros, explicita su visión racista con argumentos netamenteevolucionistas y darwinistas. Respecto de la invasión europea y de la formación de lanacionalidad argentina señala: “La superioridad de la raza blanca es un hecho aceptadohasta por los que niegan la existencia de la lucha de razas. La selección natural, inviolable ala larga para el hombre como para las demás especies animales, tiende a extinguir lasrazas de color toda vez que se encuentran frente a frente con la blanca” (Ingenieros, op.cit:45-46). Ingenieros se muestra profundamente influenciado por el evolucionismo,señalando que al analizar “el panorama complejo de las diversas actividades desarrolladaspor el hombre que vive en sociedad, salta a la vista, aún para el más superficial de losobservadores, que el principio darwiniano de la lucha por la vida sigue rigiendo en elmundo social” (ibíd.: 34). Este darwinismo social va asociado a la mayor capacidadadaptativa de la raza blanca frente a la india y mestiza: “el problema inicial de lacolonización americana consistió en el desplazamiento de las razas indígenas, pocoevolucionadas, por las razas europeas más evolucionadas que ellas” (ibíd.: 48). Eldescubrimiento de América implicó el choque de dos culturas con estadios evolutivossumamente contrapuestos, encontrándose “frente a frente dos grandes fuerzas querepresentaban dos momentos distintos de la evolución de las sociedades humanas,correspondiendo a diversas formas de capacidad y organización económica: Europafeudal, en vías de transformarse en Europa industrial y América salvaje o bárbara” (ibíd.:50). –8–
  9. 9. Como fuese, lo hasta aquí señalado indica que la asimilación acrítica delpensamiento europeo en Latinoamérica repercutía no sólo en un señalamiento delcarácter irracional e inferior de las sociedades de la región, sino que también operabaliteralmente como una ideología, ocultándose las contradicciones reales de las nuevasrepúblicas mediante un énfasis de factores raciales como los responsables por el atraso deAmérica Latina (Larraín, 1994: 44). El caso de Sarmiento ejemplifica cómo un intelectualque llegó a estar en la cúspide del poder político –gobernador de la Provincia de San Juan(1862-1864), Senador (1874-1879) y presidente de Argentina (1868-1874)– encontró enlos factores raciales la justificación a la incapacidad de transformación sociopolíticaheredada de la Colonia y al fracaso de la modernización en nuestras latitudes. En otras palabras, el racismo ocultó la contradictoria coexistencia de institucionesjurídico-políticas copiadas de Europa con una realidad social señorial, agraria y de fuertesestructuras coloniales (en Chile, la independencia fue incapaz de transformar a fondo elorden social de la Hacienda). El positivismo y evolucionismo decimonónicos prometierona nivel ideológico el “orden y progreso” de una sociedad independiente de España, perocon estructuras sociales latifundistas y mineras que se mezclaban con una pequeñaproporción de incipiente burguesía mercantil-financiera que buscaba dar vida a unaeconomía integrada al mercado internacional.5.- Bálsamos ideológicos para las tensiones de las élites. Lo recién dicho provocó tensiones al interior de las élites, vale decir, una pugnaentre las intensiones díscolas y antiautoritarias y los gobiernos fuertes y autoritarios queprometían estabilidad al país. Ello hacía que la aristocracia chilena viviese fuertes batallasintestinas por el liderazgo13. En el s. XIX se buscó consolidar la unidad nacional con el apoyo de una clase altacohesionada, el ejército y un Estado garante del orden público, todo en el marco de laconstitución de 1833 que, entre otras cosas, frenara el frenesí de los liberales, románticosy rupturistas. Sin embargo, el contenido de los proyectos nacionales fue bastante variable,al punto que diversos autores contraponen al proyecto hegemónico estructurado en tornoal “orden”, otro, a menudo surgido desde las mismas élites, que tiene su fundamento en laidea de “libertad” (Salazar y Pinto, op.cit.). En el s. XIX, las élites comienzan a dar indicios de fuertes discrepancias ideológicasentre conservadurismo y liberalismo, tensión que dará cuenta de diferentes concepcionesde poder. Si bien en lo económico la facción comercial-financiera progresivamentecomenzó a ejercer supremacía económica, no logró resolver este antagonismo políticointestino de las élites. Esta disensión interna hace que en el s. XIX las élites chilenaspresenten un esquema partidista muy similar al europeo, caracterizado por unabipolaridad liberal-conservadora (Di Tella, 1997: 30-31)14.13 Según Salazar y Pinto, se puede identificar la constitución de a lo menos dos grupos rivales en el s.XIX: laaristocracia latifundista-mercantil y la burguesía industrial modernizadora o, lo que es igual, los estratosproductor-patronal y mercantil-financiero (Salazar y Pinto, op.cit). Los primeros se hicieron élite en la Colonia,principalmente como patrones latifundistas. A lo largo del período 1750-1850 se comienza a erosionar supoder caudillista con la aparición de los mercaderes, quienes terminaron siendo sus prestamistas y principalesproveedores, asociándose al comercio extranjero en los puertos como Valparaíso y logrando el apoyo de lasFuerzas Armadas (ibíd.: 28). Finalmente, estos últimos logran imponer su hegemonía política con el gobiernoautoritario y centralizado de 1830 tras la derrota de los poderes patronales productivistas y localistas.14 Aunque con un predominio conservador o “pelucón” desde la derrota de la facción liberal “pipiola” (en labatalla de Lircay de 1829) (ibíd.). A partir de los años setenta de aquél siglo, cobra hegemonía un liberalismomoderado y se consolida un bando opositor católico, localista y conservador (ibíd.). No obstante, el liberalismopoco a poco facilitó la formación de partidos políticos sobre la base de una participación más amplia desectores populares, especialmente el Partido Radical (fundado en la zona minera de Copiapó en 1863) y que yaen 1875 consagraba su primera participación en un ministerio, participación que se intensificará durante laRepública Parlamentaria iniciada en 1891 (ibíd.). Para aquél entonces, el Partido Radical lograba incluirsectores de orientación socialista (encabezados por Valentín Letelier) hasta otros muy apegados a la ortodoxadel laissez faire, encarnados en Enrique MacIver (ibíd.). –9–
  10. 10. La introducción de ideologías positivistas y evolucionistas se dio transversalmenteen la élite, tanto en el bando liberal como en el conservador. Podríamos decir que lasperspectivas positivistas y evolucionistas fueron una especie de bálsamo ideológico quedosificó la porosa separación entre los distintos sectores de las élites dirigentes. Ellorespondería al hecho que el positivismo es bastante ecléctico en este sentido; pese a serconsiderado como una doctrina conservadora, fueron políticos radicales y liberales comoValentín Letelier y José Victorino Lastarria, entre otros, los que se confesaronabiertamente positivistas. El positivismo latinoamericano podría adjudicársele un carácterambivalente en tanto que pretende modernizar el orden señorial-colonial a partir de unconservadurismo sui generis. Algunos autores señalan que ello se explica porque la combinación ecléctica deelementos autoritarios y liberales se prolonga en el sincretismo acomodaticio delpositivismo y el evolucionismo, siendo ello lo que permitió la articulación de las faccionesal interior de las élites dominantes decimonónicas (De la Vega, op.cit). Esta adopciónpancista en una simbiosis funcional marca la dirección y a la vez la crisis de los procesossistemáticos de modernización decimonónicos, siendo un elemento clave para laconciliación entre élites internamente heterogéneas y se constituye como condiciónesencial para el consenso y estabilidad del proyecto de modernización sociopolítica yexpansión económica impulsados en aquél período histórico (ibíd.). Con esta simbiosis ideológica se constituye un complejo sistema de ideas que vandesde lo económico hasta lo educativo. También existe una fuerte preocupación moral, asícomo el énfasis por el respeto ineludible de los derechos humanos en la vida cívica delpaís, entre otros tópicos. Las ideas de Lastarria sintetizan los temas más característicos dela época: el utilitarismo proveniente del conocimiento científico, el afán por el progreso, labúsqueda del orden social y político y el ideario de la regeneración moral de la sociedad(Saldivia, op.cit). En un discurso de Valentín Letelier encontramos un interesante contrapuntorespecto de cómo las ideas liberales y conservadoras se sostenían sobre fronteras a vecesmuy poco precisas y altamente cambiantes. En un discurso pronunciado en unaconferencia en el Club Radical el día 18 de Octubre de 1889 –publicado ese mismo año ensu libro “La lucha por la cultura”–, Letelier señala lo siguiente: “En virtud de las influenciasque imponían la moda, que formaban el molde y fijaban la norma, el liberalismo se habíadesacreditado como doctrina de gobierno y como criterio moral. Todavía a los principiosdel decenio de Pérez (1861-1871) las personas de calidad y seso no podían ser sinoconservadores, amigos del orden, partidarios de la autoridad; y los términos opositor yrevolucionario, liberal y pipiolo o gente de nada eran perfectamente sinónimos eindistintamente usados… [Desde entonces hasta ahora] Al revés de lo que antes ocurría,los políticos se disputan con vivo empeño la denominación de liberales, se enrostranrecíprocamente la de autoritarios y se creen elogiados con la primera y motejados con lasegunda. Aquellos que antes se imaginaban no haber títulos más honrosos que los deconservador y amigo de la autoridad gastan su empeño en probar que ellos, y no susadversarios, son los verdaderos liberales… y ya el liberalismo no es un crimen, es unavirtud, y el autoritarismo ya no es una virtud, es un crimen” (Letelier, 2006: 357-358).Letelier muestra una conjunción de los elementos de la libertad y del orden que, lejos deser una antinomia, están claramente conjugados en su mentalidad positivista15. En la15 Letelier escribe: “Científicamente es tan indispensable la libertad para desarrollar las facultades humanas,como lo es la autoridad para satisfacer las necesidades sociales; y nosotros nunca, hasta nuestros días,pensamos en suprimir alguno de los dos principios para dejar el otro como único fundamento del Estado. Loque siempre perseguimos fue dar a cada uno la importancia proporcional que en nuestra organización políticale corresponde, con el propósito de atender simultáneamente al orden y al progreso” (Letelier, op.cit: 359).Aquí Letelier esgrime, precisamente, los elementos que el propio Comte intentó conjugar: libertad individual yrespeto al orden –esto es, a la autoridad– como base para el progreso. Analizando la evolución de la coyunturapolítica del país, Letelier señala esta ambigua conjugación entre autoritarismo y liberalismo de la siguientemanera: “Mientras nuestros adversarios algunos otorgan todo a la autoridad, hasta inhabilitar al individuopara desarrollar sus facultades, y otros otorgan todo a la libertad hasta inhabilitar al Estado para satisfacer las – 10 –
  11. 11. época que Letelier proclama este discurso, positivismo y evolucionismo se encontrabanpresentes en todos los discursos de proyectos nacionales, subtendidos como fuentesteóricas para posiciones conservadoras y liberales.6.- Conclusiones El positivismo y el evolucionismo configuraron la ideología de las élitesdecimonónicas, las cuáles llegan al s. XX con fuertes tensiones y, especialmente, con unaprofunda crítica intestina que dará origen a la denominada “cuestión social”. Con el s. XX,el positivismo dejará de inspirar las batallas ideológicas antirreligiosas y racistas de laélites para comenzar a inspirar, en distinto grado, tanto al proyecto desarrollista delFrente Popular como a la tecnocracia neoliberal post-pinochetista. Nuevamente vemos suinfluencia transversal tanto en proyectos políticos progresistas como enneoconservadores. No obstante, desarrollar las influencias e implicancias de estascorrientes en los procesos recién mencionados amerita el desarrollo de otro estudio. El propósito del presente texto ha sido confirmar que el énfasis por el orden, elprogreso y el racismo decimonónico pueden ser analizados a partir de la conjugación delas corrientes del positivismo y el evolucionismo. Pese a las diferencias filosóficas defondo, se trata de dos perspectivas suficientemente articuladas en el discurso de las élitesconservadoras y liberales del siglo XIX, sirviendo como discurso ideológico que fuepromulgado por todo proyecto de modernidad, sea quien fuese quien lo levantase comobandera de lucha.7.- Bibliografía Bethell, Leslie (1991): Historia de América Latina, Vol. VI, América Latina independiente (1820-1870), L. Bethell (ed.), Crítica, Barcelona, pp. 3-104; 238-265. Cousiño, Carlos (1985): “Reflexiones en torno a los fundamentos simbólicos de la nación chilena”, Lateinamerika Studien, Nº 19, pp. 31-42. Di Tella, Torcuato (1997): Historia de los partidos políticos de América Latina, FCE, Santiago de Chile, pp. 30-31. De la Vega, Marta (1998): Evolucionismo versus positivismo. Estudio teórico sobre el positivismo y su significación en América Latina, Monte Ávila, Caracas. _____________ (2002): “El antagonismo entre positivismo y evolucionismo, dos teorías de la sociedad y la práctica política. Repercusiones en el proceso actual venezolano”, Revista Politeia, vol. 25, Nº 29, pp. 7-38 [documento en línea] [visitado el 14 de Abril de 2012] http://www2.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0303- 97572002000200001&lng=es&nrm=is García De la Huerta, Marcos (1999): Reflexiones americanas. Ensayos de Intra-Historia, Lom, Santiago de Chile. Góngora, Mario (1994): Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX”, Editorial Universitaria, Santiago de Chile. Herrera, Roberto (2009): “Las metáforas del racismo: apuntes sobre el positivismo boliviano”, Revista de Filosofía, Universidad de Costa Rica, XLVII (122), pp. 39-47. Ingenieros, José (1910): “La evolución sociológica argentina. De la barbarie al imperialismo”, Librería J. Menéndez, Buenos Aires.necesidades sociales, nosotros juzgamos igualmente indispensables uno y otro principio, y nos empeñamos ala vez en fortificar los derechos individuales con el auxilio de la autoridad y en moderar a los gobiernos con elfreno de la libertad. Por eso podemos engreírnos, a diferencia de nuestros adversarios, de ser a la vez unpartido del orden, del cual nada tiene que temer la autoridad, y un partido de progreso, del cual nada tiene quetemer la libertad” (ibíd.). – 11 –
  12. 12. Larraín, Jorge (1994): “La identidad latinoamericana. Teoría e historia”, RevistaEstudios Públicos, Nº 55, CEP, Santiago de Chile, pp. 31-64._________ (1996): Modernidad, razón e identidad en América Latina, Andrés Bello,Santiago de Chile._________ (1997a): “Modernidad e Identidad en América Latina”, Revista Humanidades yCiencias Sociales - Universum, Año 12, Universidad de Talca documento en línea][visitado el 7 de Abril de 2012]http://universum.utalca.cl/contenido/index-97/larrain.html_________ (1997b): “La trayectoria latinoamericana a la modernidad”, Revista EstudiosPúblicos, Nº 66, CEP, Santiago de Chile, pp. 313-333 [documento en línea] [visitado el 7de Abril de 2012]http://www.cepchile.cl/dms/lang_1/doc_1836.htmlLetelier, Valentín (2006): “Ellos y nosotros. Los liberales y los autoritarios”, enPensamiento Positivista en América Latina, Vol. II, Biblioteca Ayacucho, Caracas, pp.357-376.Morandé, Pedro (1984): Cultura y modernización en América Latina, Cuadernos delInstituto de Sociología, Universidad Católica, Santiago de Chile.Paz Soldán, José (2006): “Prólogo”, Raza de Bronce, Alcídes Arguedas (autor),Biblioteca Ayacucho, Caracas.Ramos, Julio (2009): Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura ypolítica en el siglo XIX, Fundación Editorial El perro y la Rana, Caracas.Salazar, Gabriel y Julio Pinto (1999): Historia contemporánea de Chile. Vol. 2. Actores,Identidad y Movimiento, Lom, Santiago de Chile.Sarmiento, Domingo (2006): “Carta a Francisco Moreno” (1883), en PensamientoPositivista en América Latina, Vol. I, Biblioteca Ayacucho, Caracas, pp. 127-139.Saldivia, Zenobio (2011): El positivismo y las ciencias en el período finisecular delChile decimonónico, Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política yHumanidades, Año 13, nº 25, pp. 165–176.Solodkow, David (2005): “Racismo y Nación: Conflictos y (des)armonías identitariasen el proyecto nacional sarmientino”, Revista Decimonónica. Revista de produccióncultural hispánica decimonónica, Vol. II, Nº 1, Utah University State, pp. 95-121.Zea, Leopoldo (2006): “El Positivismo”, en Pensamiento Positivista en América Latina,Vol. I, Biblioteca Ayacucho, Caracas, pp. IX-LII. – 12 –

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