El Homosexualismo es una enfermedad psiquiátrica, e ilícita.
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El Homosexualismo es una enfermedad psiquiátrica, e ilícita.

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Dejemos a la ciencia médica, practicada honestamente, la indagación etiológica y patogénica de la sodomía. Ya fuera ésta causada por factores fisiológicos, psicológicos o por el concurso de ambos, a la homosexualidad la calificaban unánimemente de patología tanto la neuropsiquiatría cuanto la psicología clínica, sin olvidar al mismo psicoanálisis, antes de que el dogma de la bondad natural de aquélla impusiera el reconocimiento de su normalidad. Así, p. ej., la Organización Mundial de la Salud contaba a la homosexualidad, hasta el 17 de mayo de 1990, entre las patologías psiquiátricas; sólo la presión de los lobbies pro-gay [los grupos de presión prosodomitas], no nuevos conocimientos científicos, impuso que se la excluyera de las mismas.

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  • De partida dios no existe, y es el lobby de la iglesia y la ultra derecha (o ultra ignorancia) la que promovía a poner a la homosexualidad como enfermedad en primer lugar.
    La homoFOBIA, es una enfermedad definida por la OMS como todas las fobias, y a diferencia de la homosexualidad, esa si es contagiosa y dañina para los niños que merecen crecer en un ambiente que les enseñe a amar y a seguir sus sentimientos sin tener que vivir reprimidos por falsa moral.
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  • 1. LAS UNIONES ENTRE HOMOSEXUALES SON ILICITASLa humanidad conocía el pecado de sodomía desde los tiempos del santo patriarca Abrahán. Dichopecado provocaba la justa ira de Dios -«propter quod ira Dei venit in filios diffidentiae» [«por elcual cayó la ira de Dios sobre quienes le desafiaban»] (en Praecepta antiquae diócesisrotomagensis [Cartas pastorales de la antigua diócesis de Rouen])-, destructora de las ciudadescorrompidas (Gn 18,16-33; 19,1-29). No le corresponde, pues, a la modernidad la triste gloria dehaber alumbrado el pecado inmundo; pero, en cambio, es propia de nuestra época la negaciónmás radical que darse pueda de la ley natural, una negación que llega hasta a hacer caso omiso dela perversión homosexual.A partir de las denominadas “luchas por los derechos civiles de los homosexuales”, que seentrelazaban miserablemente con la revolución sexual, todo Occidente se fue convenciendo, pocoa poco, de la naturaleza anodina de las relaciones sexuales; de ahí que éstas se reduzcan, en suopinión, nada más que a una cuestión de gustos incensurables, que se pueden satisfacerlibremente en la más absoluta negación de toda naturaleza y/o finalidad de la sexualidad.
  • 2. Si a tal convencimiento pseudomoral, que arraiga y prospera en el terreno abonado delconvencionalismo ético-jurídico de Occidente, se le suma el ideal romántico del sentimientoirracional del amor (pasión erótica) en tanto que valor absoluto en sí y justificación de cualquieracto (es la interpretación romántico-vitalista del agustiniano «ama et fac quod vis» [«ama y haz loque quieras»], «V error de’ciechi che si fanno duci» [«el error de los ciegos que se hacen guías delos demás»] cuando dicen «ciascun amor in sé laudabil cosa» [«todo amor es laudable en sí»]:Purgatorio XVIII, vv. 18 y 36), es fácil comprender la exaltación actual de la homosexualidad entanto que forma de amor lícita y, por ende, con derecho a reivindicar del Estado unreconocimiento legal que la equipare, en todos los aspectos, con la heterosexualidad.La superación de los sexos en el concepto artificioso de “género”, así como la equiparación de lahomosexualidad con la heterosexualidad, se hallaban ya presentes, implícitamente, en la filosofíamoderna y en el derecho liberal, aunque no han llegado a realizarse por completo hasta nuestrosdías. Una vez dicho esto, que era necesario para atribuir a los hechos contingentes su justo pesorespecto de las ideologías en que se fundamentan, mucho más radicales, no podemos pasar ensilencio el hecho de que Occidente presenta hoy, en la mejor de las hipótesis, legislacionesneutrales respecto de los actos ho-mosexuales, a los que se acepta ya como lícitos y respetables.La denominada “cuestión antropológica” es mucho más antigua, ciertamente, y hunde sus raícesen la modernidad (antes aún, a decir verdad: en algunas antiguas herejías). Las raíces de loserrores son viejas, pero su floración es relativamente reciente.El paradigma antropológico, que rige la legitimación de la homosexualidad hasta en sus másrecientes aberraciones jurídicas, morales y religiosas, si bien es unitario en sí, presenta, con todo,una dicotomía genealógica en dos troncos paralelos y autotélicos (Reforma Protestante yRevolución Francesa), cuya raíz común puede rastrearse hasta dar con ella en la gnosis; es decir:tiene por autor, en último análisis, al propio Lucifer.Los frutos venenosos del protestantismo liberal y del radicalismo libertario muestran tocante ala sodomía, así como respecto a otras cosas, una unidad esencial.Ésta es, pues, la dramática actualidad: por un lado, el Estado que subvierte la instituciónmatrimonial después de rechazar la lex naturalis y la doctrina moral (Zapatero es la bandera demuchas otras autoridades civiles), y, por el otro, los cristianos que pretenden legitimar los actoshomosexuales, o, peor todavía, adecuar el sacramento del matrimonio a las escandalosaslegislaciones civiles. Si la Comunión Anglicana está a pique de sufrir un cisma que revela toda la oposición a la verdadcristiana que la caracteriza intrínsecamente, tampoco el mundo católico se libra de sufrir lassacudidas de múltiples infecciones: la heterodoxia moral de no pocos clérigos y teólogos, lossacrilegios y los graves abusos de algunos curas (p. ej., las “bodas” celebradas por Franco Barberoentre homsexuales y transexuales), el relativismo moral de muchos fieles, la arrogante rebelión delas autoridades civiles contra el magisterio moral de la Iglesia, etc.
  • 3. Nos vemos constreñidos a constatar con dolor que, una vez más, los errores que brotan en elterreno del protestantismo secularizado (baste pensar en la obra diabólica del Lesbian and gayChristian movement) se difunden entre los católicos e infectan a la Iglesia con herejías actuales opotenciales. Hace ya años que trastornan a ésta las presiones de lobbies deseosos de alcanzar laaprobación moral de la homosexualidad, unas presiones que no es raro sean secundadas porrealidades eclesiales y también, desgraciadamente, por algunos sacerdotes, o, mejor dicho, porsacerdotes de Cristo que identifican la condena de la homosexualidad con una forma de racismo yafirman la licitud y bondad moral de dicha perversión, al paso que denuncian la reprobación de lamisma como traición al amor evangélico (cf., p. ej., Le moni delvasaio. Unfiglio omosessualechefare? [Las manos del alfarero. ¿Qué hacer con un hijo homosexual?], del cura DomenicoPezzini); de ahí que no deba extrañar ni el desorden moral que reina entre los fieles, ni el de laslegislaciones secularistas que estragan a las naciones cristianas (más grave y radical aún que elanterior).¿La sodomía es una patología?La sodomía, entendida como «atracción sexual, exclusiva o preponderante, hacia personas delmismo sexo» (CCC, 2357), es una inclinación objetivamente desordenada en cuanto contraria ala naturaleza humana (CCC, 2358). ¿Se configura como una patología tal desorden sexual? Si seatiende al significado general del término, sí. En efecto: enfermedad es toda merma o aberraciónde las condiciones psicofísicas normales de un individuo (lo normal viene determinado por lanaturaleza específica). Pero si se quiere, por el contrario, penetrar en el ámbito de laespecialización, se debería hablar de patologías en plural, pues el mismo desorden podría serconsecuencia de males físicos, perturbaciones psíquicas, alteraciones genéticas, etc. Dejemos a laciencia médica, practicada honestamente, la indagación etiológica y patogénica de la sodomía. Yafuera ésta cau-sada por factores fisiológicos, psicológicos o por el concurso de ambos, a lahomosexualidad la calificaban unánimemente de patología tanto la neuropsiquiatría cuanto lapsicología clínica, sin olvidar al mismo psicoanálisis, antes de que el dogma de la bondad naturalde aquélla impusiera el reconocimiento de su normalidad. Así, p. ej., la Organización Mundial dela Salud contaba a la homosexualidad, hasta el 17 de mayo de 1990, entre las patologíaspsiquiátricas; sólo la presión de los lobbies pro-gay [los grupos de presión prosodomitas], nonuevos conocimientos científicos, impuso que se la excluyera de las mismas.La naturaleza humana se halla determinada sexualmente como macho o como hembra, y taldiferencia sustancial se manifiesta primariamente como relación de complementariedad, la cual seecha de ver en grado sumo en la unión matrimonial. Ningún acto volitivo puede cancelar estabipolaridad sexual («Opinamos que todo homosexual es, en realidad, un heterosexual latente»:Irving Bieber y otros, Omosessualitá, II Pensiero Scientifico Editore, 1997, p. 241), la cual atañe, enla unidad del comportamiento humano, tanto al cuerpo (caracteres sexuales somáticos) cuanto alalma, de arte que el sexo, el cual se de-termina en la concepción, queda fijado por toda laeternidad e implica, como tal, una inclinación relacional precisa hacia el sexo opuesto (nadie es unhomosexual por naturaleza).
  • 4. Sin embargo, la humanidad, herida por el pecado de los protoparentes, está expuesta a laperversión de sus inclinaciones naturales, inclusive la sexual, la cual, aunque se regula por lacomplementariedad en el seno del matrimonio y tiene por finalidad la procreación, puede, con esoy todo, volverse también hacia fines distintos del natural, con lo que se generan esas gravespatologías psiquiátricas que se denominan “necrofilia”, “pedofilia”, “zoofilia” y “homosexualidad”.La homosexualidad no muda la naturaleza del individuo (p. ej., la ceguera priva al ciego de la vista,pero no cancela su naturaleza de vidente, en el sentido de que el ser humano está hecho paraver): los gustos y los hábitos homosexuales le parecen connaturales al invertido a causa de supatología, no ya porque tales actos y hábitos dejen de ser objetivamente antinaturales. La teologíaconfirma lo que la razón demuestra al denunciar como herética la proposición «el pecado contrana­tura (…) aunque es contrario a la naturaleza de la especie, con todo, no se opone a lanaturaleza del individuo [homosexual]» (Etienne Tempier, Opiniones 219 condemnatae [219opiniones condenadas]).¿Son moralmente lícitos los actos homosexuales?Si bien la inclinación homosexual ofende a la naturaleza humana al negar la inclinación de ésta almatrimonio, con eso y todo, son los actos homosexuales los que se configuran como moralmentemalos en sí mismos en cuanto reducen al acto dicha ofensa y privan a las relaciones sexuales de sufin natural, que es la procreación: los actos homosexuales «privan al acto sexual del don de la vida.No son el fruto de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden ser aprobadosen manera alguna» (CCC, 2357).Un acto es moralmente bueno sólo cuan de sus tres elementos constitutivos (acto interno ointención, acto externo y circunstancias) responden todos al bien, mientras que basta la maldadde uno solo de tales elementos para determinar la maldad del acto: «bonum ex integra causa,malum ex quocumque defectu» [«El bien procede de una causa intacta; el mal, de cualquierdefecto»].Ahora bien, para que un acto sexual sea bueno, la intención debe ser la de relacionarsesexualmente en el seno del matrimonio, a la luz de la castidad conyugal; el acto externo deber seruna relación sexual apta de suyo para la generación de los hijos y tal que se realice de manerahumana entre los cónyuges, y las circunstancias han de ser las siguientes: que el acto se consumaen la intimidad, no durante los periodos consagrados a la abstinencia, etc. Como es fácil de comprender, el acto homosexual carece de bondad tanto por el lado del actointerno cuanto por el del externo (no es apto para la procreación, no se realiza entre cónyuges, noes humano, sino ferino, etc.) : es el objeto mismo del deseo homosexual el que resulta ilícito eintrínsecamente perverso. Las circunstancias, por lo demás, también son inmorales a menudo enlas relaciones homosexuales. La principal objeción que se suele aducir estriba en negar, por unlado, la natural complementariedad sexual, y, por el otro, la procreación en tanto que causa finaldel acto sexual, al paso que se identifica con el placer el auténtico fin de la sexualidad, con lo quese equiparan la homosexualidad y la heterosexualidad.
  • 5. Dicha objeción es fácil de refutar, dado que la causa final particular de un acto no puede ser sinosu perfección (identidad de fin comporta identidad de acto), mientras que el placer es un móvilnatural de todas las acciones humanas, y, puesto que los actos humanos son diferentes, ydiferente es asimismo la perfección particular a la que tienden, el placer no puede ser lacausafinalis de la sexualidad, ni tampoco de los demás actos humanos, al ser la causa impulsivageneralísima: «La naturaleza no ha previsto ninguna operación que tenga por fin la obtención delplacer y nada más. En efecto: constatamos que la naturaleza ha puesto el placer en aquellasoperaciones que son las más indispensables en la vida, como en el uso de los actos venéreos,mediante los cuales se perpetúa la especie, o en el uso de los alimentos y las bebidas, por mediode los cuales se conserva el individuo” (Giacomo de Pistoya, La felicita suprema, 9; cf. S. Th., III, q.31, y II-II, q. 141).Distinguiendo los actos homosexuales de la condición o tendencia homosexual, la razón conducepor sí sola al reconocimiento de que la segunda es una inclinación objetivamente desordenada, yde que los primeros constituyen una grave culpa moral. Lo atestigua el filósofo por excelencia,Aristóteles, quien, tres siglos antes de Cristo, reconoció racionalmente que los actos homosexualespertenecen a la categoría de los “comportamientos bestiales” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1148,24-30), y son, por consiguiente, indignos del hombre. Ya Platón había condenado la sodomíaen cuanto práctica anti-natural (Platón, Leyes, 836 C).Si queremos examinar el juicio de la ley moral natural sobre la homosexualidad (inclinación yactos) tal como ha sido recibido históricamente, y precisar la accidentalidad de la praxis históricarespecto del juicio de la razón, debemos deshacer algunos mitos. En efecto: la idea según la cualse pensaba en la antigüedad que la homosexualidad era moral y conforme con la ley natural espura propaganda, burdamente anacrónica por otro lado, como que proyecta sobre la clasicidadideas totalmente modernas como el concepto cultural de “género” y la negación de la finalidadprocreadora de la sexualidad.Aunque es verdad que los gentiles toleraban las relaciones homosexuales en tanto que ocasión deplacer, debe precisarse que tales actos no eran exclusivos al ser nada más que un instrumento deplacer que no excluía la verdadera sexualidad procreativa ligada al matrimonio. El matrimonio erauna prerrogativa exclusivamente heterosexual. Nunca se consideró familia a una parejahomosexual; más aún, a la misma pederastía, aunque se la practicaba y toleraba mucho, se laconsideraba una debilidad moral, si es que no un vicio, hasta el punto de que la negativa queopuso Sócrates a los ofrecimientos sexuales del joven Alcibíades constituyó una razón más deadmiración hacia el sabio ateniense (cf. Platón, Banquete, 217-219 e). Juvenal, en las Sátiras,condena la homosexualidad en tanto que vicio, causa y síntoma de decadencia moral de lacivilización, mientras que el historiador Tácito define a los sodomitas como un “hatajo de viciosos”(Anales, XV, 37, 8), y juzga severamente, junto con Suetonio y Dión Casio, los desviados hábitossexuales de Nerón.Lo que se ha dicho da a entender cómo juzgaba a la homosexualidad el sentido común de losgentiles, que se parece al de los paganos actuales, que miran la sodomía (especialmente la pasiva)con desprecio y reprobación.
  • 6. La inmoralidad de la sodomía es de una claridad tan patente, que la misma modernidad, aunqueatea y sorda a la ley natural, no ha llegado a afirmar la bondad moral de aquélla sino en los últimosdecenios, es decir, después de que cayeran también, en la casi totalidad de los países occidentales,los pocos baluartes intelectuales de la conciencia recta que habían sobrevivido a las devastacionesprecedentes. Dado que la obra popular divulgativa italiana por excelencia, bien que de clara matriziluminista, define la voz “homosexualidad” como “aberración sexual” (Enciclopedia GarzantiUniversale, 1962/69), y dado también que la misma cultura marxista-leninista catalogó a lasodomía entre los vicios antisociales, por no hablar de Freud, quien, aunque era hostil a la fe y a lamoral, se centró, con todo, en la cura psiquiátrica de los invertidos, no puede uno dejar dereconocer, como conclusión, en estos testimonios de los enemigos de la verdad, la obviedad deljuicio moral sobre los actos homosexuales, una obviedad tal, que incluso quien negaba a Dios ynegaba la realidad no osaba, so pena de caer en el ridículo, afirmar lo contrario.A los que invoquen la difusión de las costumbres libertinas de hoy para justificar el pecado impurocontra natura, bastará con recordarles que los datos estadísticos y los análisis sociológicos noconstituyen un argumento válido, ni para demostrar nada, ni aún menos, para refutar la ley moral,como que no hay que confundir lo factual con lo normal: «(…) multitudo posset faceré simplicemfornicationem non esse peccatum mortale, vel magis tollerabile, si omnes fornicarentur?» [¿Podríahacer la muchedumbre que la mera fornicación no fuese pecado mortal, o que fuese mástolerable, si todos fornicaran?] (Pietro Cantore).Análogamente, tampoco la cantidad de tiempo puede influir sobre el juicio moral, de arte que losactos homosexuales entrañan una culpa gravísima aunque los cometan personas pertenecientes apueblos tra-dicionalmente habituados a tamañas prácticas (cf. Mt 15, 3; Me 7, 8).En efecto: «la longitud del tiempo no disminuye los pecados, sino que los incrementa (X. 5. 3. 8-9)» (San Raimundo de Peñafort, Summa depoe nitentia, lib. II, tit. 3). Es imposible estar endesacuerdo con Graciano cuando afirma que «flagitia, quae sunt contra naturam, ubique acsemper repudianda atque punienda sunt» [«los delitos contra natura han de ser reprobados ycastigados siempre y en todas partes»] (Graciano, D. II, XXXII, 7, c. 13).¿Puede el enfermo de sodomía tener plena advertencia y perfectoconsentimiento de la voluntad al cometer actos homosexuales?Sí. La naturaleza patológica de la sodomía no exime de responsabilidad moral a quien se manchecon actos homosexuales, porque tal desviación sexual no priva al enfermo del uso de razón ni dellibre albedrío al ser nada más que una inclinación a la cual la persona puede prestarle o negarle suasentimiento. Así como el natural apetito sexual no obliga al hombre a fornicar, así y por igualmanera ha decirse otro tanto del patológico deseo sodomítico. La concupiscentia carnis (ya tengaobjeto natural, ya lo tenga desviado) se origina en la carne infectada por el pecado original, pero lavoluntad personal, como es de naturaleza espiritual y no mate rial, goza por ello de libertad paraconsentir en el deseo o no.
  • 7. Aprendamos de Dante, quien después de haber escrito, esclavo del error, que «liber arbitrio giámai fu franco» [«nunca fue libre la voluntad humana»] frente a la pasión amorosa (Rimas L, v. 10),se volvió juicioso y se rectificó a sí propio, de suerte que abandonó, por absurdo, el determinismopsicológico y nos brindó una preciosa verdad: «En resumen, admitiendo que por fuerza denecesidad nazca todo amor que dentro de vosotros se enciende, en vosotros está la potestad decontenerlo» (Purgatorio, XVIII, vv. 70-72; cf. Gn 4,7: «¿No es cierto que si obrares bien serásrecompensado, pero si mal, el castigo del pecado estará siempre presente en tu puerta? Mas, decualquier modo, su apetito o la concupiscencia estará a tu mandar, y tú lo dominarás si quieres»).Sí, los mismos enfermos de sodomía, aunque perciban irracionalmente que los actos sodomíticosles son connaturales, pueden conocer racionalmente, con todo, la inmoralidad de dichas prácticasal no estar su inteligencia corrompida por tal desviación. Brunetto Latini nos brinda un ilustre ejemplo de ello al probar concluyentcmente en su obra Lilivres dou Trésor, a despecho de su sodomía (cf. Infierno, XV), la exacrabilidad de un vicio tantorpe.¿Merecen la condenación eterna los actos homosexuales?Ciertamente, la sodomía constituye materia grave (Compendio CCC, 492), de suerte que, cuandose dé plena conciencia y consentimiento deliberado, un solo acto homosexual priva al pecadorde la gracia santificante y destruye en él la caridad y lo condena al infierno (CCC, 1033; 1035;1472; 1861).Téngase presente que el pecado impuro contra natura -el pecado de lujuria más grave (S. Th. Il-IIae, q. 154, a. 11; Graciano, D. II, XXXII, 7, caps. 12 y 14)- clama venganza al cielo al pertenecer,como enseña el Espíritu Santo, a la categoría de los pecados «más graves y funestos porque sondirectamente contrarios al bien de la humanidad y son odiosísimos, tanto, que provocan, más quelos demás, los castigos de Dios» (San Pío X, Catecismo de la doctrina cristiana, 154) (es ésta unaverdad confirmada por una revelación privada tan antigua cuanto venerable: un ángel de Dios lereveló al monje Wettinio que «in nullo tamen Deus magis offenditur quam cum contra naturampecca-tur» [«sin embargo, en nada se ofende más a Dios que cuando se peca contra el orden de lanaturaleza»]; Hatto, obispo de Basilea, Visio Wettini [Visión de Wettinio], 19).El tercer concilio lateranense sancionó la sodomía con la pena medicinal de la excomunión, con loque confirmaba su relevancia penal: «quicumque incontinentia illa quae contra naturam est (…) silaici, excommunicationi subdantur, et a coetu fidelium fiant prorsus alieni» [«a todos los que seden a esa incontinencia que es contraria al orden de la naturaleza (...) si son laicos, castígueselescon la excomunión y exclúyaseles por completo de la asamblea de los fieles»] (canon 11;confirmado por Gregorio IX, Decrétales, libro V, título 31, capítulo 4).
  • 8. El severo juicio del magisterio tocante a los actos sodomíticos resulta perfectamente coherenteconsigo mismo en el tiempo, como que se funda en la santa tradición apostólica (p. ej., SanPolicarpo, Carta a losfilipenses, V, 3; San Justino, Primera apología, 27,1-4; Atenágoras, Súplica porlos cristianos, 34, etc.) y en la Sagrada Escritura, en donde las prácticas homosexuales «secondenan como depravaciones graves, o, mejor dicho, se presentan como la funesta consecuenciade un rechazo de Dios» (Persona humana, 8), y ello desde el Génesis (19, 1-29) hasta el NuevoTestamento (I Tim 1,10; Rom 1, 18-32), pasando por el Levítico, en el que Moisés -quien define lasodomía como “práctica abominable” (Lev 18,22)- «excluye del pueblo de Dios a los que asumenun comportamiento sodomítico» (Cura, 6) (lo cual le sirvió a San Pablo para confirmar tal exclusiónen una perspectiva escatológica [I Cor 6, 9-10]).Tampoco puede pasarse en silencio el lazo íntimo que vincula la homosexualidad con el Maligno,un lazo objetivo que no implica necesariamente que los invertidos estén poseídos por Satanás,pero que afirma el origen diabólico de tal perversión[1]. Sin embargo, aunque es un pecadogravísimo, con todo, la sodomía halla el perdón de Dios con tal que el pecador contrito reciba laabsolución sacramental después de haberse acusado de sus pecados mortales en una confesiónhumilde, íntegra, sincera y prudente, acompañada de un propósito de enmienda absoluto,universal y eficaz.Habida cuenta de la finalidad de la sexualidad y de la naturaleza objetiva de los actoshomosexuales, «las personas homosexuales están llamadas a la castidad» (CCC, 2 359), es decir,están obligadas a la abstinencia sexual mediante la virtud del dominio de sí sostenida por la graciasacramental y la oración (la castidad es el duodécimo fruto del Espíritu Santo).Recuerden los homosexuales temerosos de Dios las palabras de San Pablo: «Los que son de CristoJesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias» (Gal 5,22-24). La ley natural ydivina les manda a los homosexuales que ejerzan su libertad racional rechazando la tentación ynegando su enferma inclinación sexual: «la conformidad de la autonegación de hombres y mujereshomosexuales con el sacrificio del Señor constituirá para ellos una fuente de autodonación que lossalvará de una forma de vida que amenaza continuamente con destruirlos» (Cura, 12). La Iglesia, por su parte, se compromete a asistir espiritualmente a esos desafortunados hijossuyos sosteniéndolos en la dura lucha contra la tentación y protegiéndolos de las insidias dedoctrinas morales erróneas, causa cierta de muerte espiritual si se las pone por obra.¿Puede la autoridad civil modificar la institución matrimonial haciendo caso omiso de laheterosexualidad de los nubendi (= de los que se van a casar) en tanto que conditio une qua non(= condición necesaria)?No. Al ser el matrimonio una institución de derecho natural está determinado para siempre; de ahíque nadie pueda intervenir para modificar su naturaleza esencial, ni siquiera Dios mismo (y aúnmenos la autoridad civil). Como quiera que los sujetos y la materia del contrato nupcial son unhombre y una mujer, y que el fin primero de la institución matrimonial es la procreación, la uniónde dos personas del mismo sexo no puede ni podrá ser nunca matrimonio.
  • 9. Habida cuenta de que, por derecho natural, el matrimonio se da sólo entre dos personas de sexodiferente (como que el Creador lo instituyó por fundamento de la familia -sociedad natural conpropiedades esenciales y finalidades propias- y Cristo lo elevó a la dignidad de sacramento), quedaexcluida por definición la posibilidad de un matrimonio homosexual: «se le opone, ante todo, laimposibilidad objetiva de hacer fructificar el connubio mediante la transmisión de la vida (…) y,además, la ausencia de los pre-supuestos necesarios para esa complementariedad interpersonalque quiso el Creador se diera entre el macho y la hembra tanto en el plano físico-biológico cuantoen el eminentemente psicológico» (Juan Pablo U, Discurso al Tribunal de la Rota Romana, 21-1-1999).¿Es lícito que la autoridad civil reconozca las uniones de hecho entrehomosexuales?Se oponen a tal hipótesis argumentos racionales relativos al orden de la recta razón y al ordenbiológico-antropológico, social y jurídico, que se exponen sintéticamente en las Consideracionessobre los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales, quepublicó el 3 de junio del 2003 la Suprema Congregación para la Doctrina de la Fe.Reconocer públicamente las uniones de hecho contrasta con los mismos principios del derecholiberal compendiados en el Código Napoleónico, donde se afirma la siguiente simetría: «Si los queconviven hacen caso omiso de la ley, ésta hace caso omiso de ellos». La errónea concepción liberaldel derecho hace que se juzgue indiferente para la ley la convivencia more uxorio, aunque, a decirverdad, se trata de un delito.Corrijamos al legislador liberal, como es de nuestro deber, y corroboremos que, al constituir elcontubernio sodomítico un escándalo público (además de un desorden objetivo), le corresponde ala autoridad civil perseguir penalmente a los amantes (cosa que se verifica, p. ej., en los siguientesEstados norteamericanos: Florida, Michigan, Mississipi, Carolina del Norte, Virginia y Virginia delOeste). Dicho deber persecutorio ha de cumplirse también, obviamente con mayor severidad, conlos amantes homosexuales. Las uniones homosexuales son una ofensa grave al orden civil y, comotales, no sólo no pue-den recibir un reconocimiento público, sino que, más aún, deben ser objetode prohibición legal.
  • 10. ¿Puede la autoridad civil discriminar y perseguir penalmente a loshomosexuales?Sí, la autoridad civil puede discriminar a los homosexuales -mejor dicho: debe-. En efecto: «laspersonas homosexuales tienen, en cuanto personas humanas, los mismos derechos que todas lasdemás personas (…) con eso y todo, tales derechos no son absolutos. Pueden limitarselegítimamente a causa de un comportamiento externo objetivamente des-ordenado. Eso a vecesno sólo es lícito, sino obligatorio» (Algunas consideraciones…, 12). La autoridad debe disponer laexclusión de los homosexuales no sólo de la enseñanza y de otras funciones pedagógico-educativas (el educador debe ser «vita pariter et facundia idoneus» [«digno tanto por su forma devida cuanto por sus facultades»], C. Th. XIII, 3, 6), sino también de la vida militar, del cuidadofísico-deportivo sanitario de los jóvenes, de la posibilidad de adoptar niños, etc.Sí, la autoridad civil puede perseguir penalmente tanto a los reos de sodomía como a los delesbianismo -o, por mejor decir, debe- en cuanto culpables de violencia contra Dios creador (cf.Infierno, XI, vv. 46-51), es decir, en cuanto responsables de una violación gravísima de la leynatural y divina. La lex divina vetus, no abrogada por Cristo (cf. Mt 5,17; Le 16,17), afirma lanaturaleza criminal del acto homosexual y, por ende, su necesaria punición: «El que pecare convarón como si éste fuera una hembra, los dos hicieron cosa nefanda; mueran sin remisión; caiga susangre sobre ellos» (Lev 20, 13). Dicha pena la recogieron los emperadores Teodosio el Grande yValentiniano II en la ley “Non patimur urbem Romam” ["No toleramos que la ciudad de Roma"],del 390 (en Mosaicarum et romanarum legum collectio [colección de leyes mosaicas y romanas],V, 3).Aunque el magisterio reciente (CCC, 2266) confirma la admisibilidad y moral de la pena capitalcuando otros medios son insuficientes (ivi, 2667), el ordenamiento penal secular puede sancionarlegítimamente la sodomía de otro modo, pues la elección de las penas corresponde a laautonomía del gobernante temporal. Así como hicieron bien el emperador Carlos V (Lex Carolinas,§ 116) y el Papa Gregorio XIII, en calidad de príncipe territorial (Statuta Urbis Romae, liber II, cap.49), al confirmar la pena de la hoguera para los sodomitas, así y por igual manera obró sabiamenteel caudillo de España, Francisco Franco Bahamonde, al promulgar, en 1970, la ley de peligrosidadsocial[2]: una ley ejemplar en la condena de la homosexua-lidad, aunque preveía medidaspunitivas distintas de la pena de muerte. Pero aun si se muda el castigo, no se muda ni podrámudarse jamás el reconocimiento de la sodomía en tanto que crimen que ha de perseguirse: «cumvir nubit in feminam (…) ubi sexus perdidit locum (…) iubemus insurgere leges, armari iura gladioultore, ut exquisitis poenis subdantur infames, qui sunt vel qui futuri sunt rei» [«cuando el hombrese une sexualmente como mujer (...) cuando el sexo perdió su dignidad (...) mandamos que lasleyes se alcen, que se arme el derecho con la espada vengadora, para que los reos presentes ofuturos de di-cha infamia sean castigados con penas escogidas»] (Constancio II y Constante en C.IX, 9, 30).
  • 11. Un ordenamiento que no reconozca el acto homosexual como delito constituye, dada la funciónpedagógica de la ley, una legitimación de la perversión, por lo que, abierta así la puerta aldesorden moral, no puede asombrarnos que también otras formas de desviación sexual, quetodavía se reprueban y castigan, reivindiquen lentamente los mismos derechos que se le hanconcedido a la homosexualidad, lo cual hallan, por lo demás, un terreno cultural abonado:«cuando (…) se acepta como buena la actividad homosexual, o bien cuando se introduce unalegislación civil a fin de proteger un comportamiento para el cual nadie puede reivindicar derechoalguno, ni la Iglesia ni la sociedad en su conjunto deberían sorprenderse luego de que ganenterreno asimismo otras opiniones y prácticas torcidas, ni de que los comportamientos violentos eirracionales se incrementen» (Cura, 10). Aunque la lex divina constituya una extraordinariarevelación de justicia, no hace falta la fe para conocer la relevancia penal de la sodomía, pues paraello basta la lex naturalis, la ley natural, que está al alcance del conocimiento racional de todos loshombres: un testimonio histórico de ello lo brinda el 7a-Tsing-Leu-Lee (el código penal chino de1799), donde, conforme con la recta razón mediada por la tradición moral del Celeste Imperio, secondena la homosexualidad como crimen contra natura (cf. la sección CCCLXVI, estatuto n° 3).La comunidad política, cuyo fin es el bien común, esto es, la perfección del hombre, debe dotarse,una vez conocida la antropología verdadera y, con ella, la lex naturalis, de «una ley que constriña aun uso natural de la sexualidad con vistas a la procreación y excluya, por ende, las relacioneshomosexuales» (Platón, Leyes VIII, 838 E); lo cual no equivale, ciertamente, a poner la sexualidadhonesta bajo control estatal, como sucede en los regímenes totalitarios (p. ej., con la imposiciónde medidas eugenésicas o de control de los nacimientos), sino que lo procedente es impedir lasformas inmorales de la sexualidad que niegan en sí mismas el fin natural de la procreación. Comola autoridad pública, al perseguir a los reos de homosexualidad, debería atenerse al derechonatural, el cual le reconoce al domicilio una inviolabilidad relativa, condenaría de hecho sólo a losque se dieran o intentaran darse a relaciones contra natura sin intimidad -«etsi effectu scelerispotiri non possunt, propter voluntatem perniciosae libidinis extra ordinem puniuntur» [«aunqueno pueden consumar su mala acción, se les castiga por la voluntad desordenada de un placerpernicioso»] (Graciano, D. II, XXXIII, 3, d. 1, c. 15)-, y también a los que las favorecieran, confesaranpúblicamente tal crimen o se hicieran culpables de apología de la ho-mosexualidad, con lo que segarantizaría un gran margen de tolerancia para con los invertidos discretos. La ratio legis debería ser distinta al condenar la homosexualidad en sí, prescindiendo de lascircunstancias, pero, en la práctica, la acción penal se ejercitaría de manera análoga a lo quedisponía el Código Penal para el reino de Cerdeña (libro II, título VII, artículo 425), que promulgó elpor demás laicísimo rey Vittorio Emanuele II. Lo mismo vale tocante a la discriminación civil de loshomosexuales, la cual se ejercería únicamente con los homosexuales declarados y orgullosos: «latendencia sexual de un indivi-duo no es, por lo común, conocida de los demás a menos que aquélse identifique públicamente a sí propio como poseedor de dicha tendencia, o que, por lo menos, lamanifieste algún comportamiento externo» (Algunas consideraciones…, 14).En consecuencia, el problema de la justa discriminación no se plantea normalmente para loshomosexuales castos (o, al menos, no exhibicionistas).
  • 12. La acción pública debe dirigir su atención, como hemos visto, no sólo a los actos homosexuales,sino también a la tendencia homosexual, discriminando a los pervertidos en aras del bien común ygarantizándoles a los homosexuales (o, si llega el caso, imponiéndosela coercitivamente) unaterapia adecuada para que se reorienten en lo sexual. Así como la inclinación sexual no constituyepecado, así y por igual manera sería ilegítima una persecución penal de ésta, como que esindependiente de la voluntad, la cual es la única que puede, en virtud del libre albedrío,determinar una culpa; ello no impediría la impo-sición de una terapia forzosa a los homosexualesreacios a la reorientación, dado que tal acción de la autoridad pública se configuraría, no como unejercicio de la potestad punitiva, sino como un tratamiento sanitario obligatorio.Cuando las autoridades civiles, una vez afirmada -explícita o implícitamente- la naturalidad de lahomosexualidad, no se obligan a procurar la reorientación sexual de los homosexuales, sinoque, por el contrario, la obstaculizan, «se impide que hombres y mujeres reciban la terapia quenecesitan y a la que tienen derecho» (Cura, 15).A los que objetaran que la sexualidad no trasciende del ámbito exclusivamente privado, por lo quees, en cuanto tal, absolutamente libre, se les debe recordar la naturaleza profundamente social dela sexualidad, sea porque implica una relación entre dos personas, ya porque su fin natural es laprocreación, es decir, la generación de una tercera persona (la aspiración al reconocimiento de lanaturaleza puramente privada de la sexualidad es el motor de una reivindicación libertaria acogidapor el derecho liberal, como se echa de ver, p. ej., en la sentencia Law-rence et al. vs. Texas, quedictó la Supreme Court ofthe USA el 26 de junio del 2003, con la que se invirtió la sentenciaBowers vs. Hardwick del de junio de 1986; el Woafenden Report de 1957, punto de partida para ladespenalización de los actos homosexuales, afirmaba que los comportamientos homosexuales enprivado entre adultos consintientes no podían ya considerarse delictivos).Más aún: se debería rechazar asimismo el concepto liberal del derecho, según el cual «el únicoaspecto de la conducta propia del que cada cual ha de dar cuenta a la sociedad es el atinente a losdemás; tocante a los aspectos que le atañen sólo a uno mismo, la independencia es absoluta dederecho. El individuo goza de soberanía sobre sí propio, sobre su mente y sobre su cuerpo» (J. S.Mili). Y se debería afirmar, por el contrario, que al Estado le corre el deber de garantizar el respetoa la ley natural incluso allí donde no parezca estar enjuego el interés colectivo. Decimos “inclusoallí donde no parezca” porque, en realidad, las relaciones homosexuales «son nocivas para el rectodesarrollo de la sociedad humana» (Cons. 8), además de ofender a Dios y atraer sus castigos («amenudo hasta una ciudad entera sufre a causa de un hombre malvado/ que peca y proyectasacrilegas tramas»: Hesíodo).Si ya en el siglo XII Gualterio de Lille podía cantar: «Et quia non metuunt animae discrimen, /principes in habitan verterunt hoc crimen, / virum viro turpiter jungit novus hymen» [«Y porque notemen perder el alma, / los notables trocaron en hábito esta culpa, / y el hombre se une al hombrede manera repugnante en un nuevo himeneo»] (Carmen IV, XXVIII), ¿qué deberíamos escribirnosotros de nuestros gobernantes?
  • 13. Conclusiones.La santa madre Iglesia recuerda: – A los poderes temporales, que «reconocer legalmente lasuniones homosexuales, o bien equipararlas con el matrimonio, significaría no sólo aprobar uncomportamiento desviado, lo que entrañaría su conversión en un modelo para la sociedad actual,sino, además, ofuscar los valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de lahumanidad» (Cons., 11).Al parlamentario, o a cualquier otro le gislador católico, dos cosas, a saber:1a) Que frente a proposiciones de ley tendentes al reconocimiento legal de las unioneshomosexuales, «tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar encontra del proyecto de ley, pues conceder el sufragio de su voto a un texto legislativo tan nocivopara el bien común de la sociedad es un acto gravemente inmoral» (Cons., 10).2a) Que en relación con leyes que acaso estén ya en vigor, «debe oponerse como pueda y hacerconocer su oposición: se trata de un acto obligado de testimonio de la verdad» (Cons., 10).- A todos los fieles, que «están obligados a oponerse al reconocimiento legal de las unioneshomosexuales» (Cons., 10).- A los homosexuales, que están obliga dos a la abstinencia sexual.Ya en 1986 la Suprema y Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe denunciaba la tentativa,en acto en algunas naciones, de «manipular a la Iglesia, granjeándose el apoyo de sus pastores,con la mira puesta en cambiar las normas de la legislación civil. El fin de tal acción es conformardicha legislación con la concepción propia de estos grupos de presión, según la cual lahomosexualidad es, como mínimo, una realidad perfectamente inocente, si es que no algototalmente bueno» (Cura, 9). El ex Santo Oficio recordaba, ante tan diabólica acción, que ladoctrina moral «no puede modificarse bajo la presión de la legislación civil o de la moda delmomento» (Cura, 9), y que a los grupos que operan, incluso en el seno de la Iglesia, en pro de laaceptación de la homosexualidad y de la legitimación de los actos homosexuales, «los mueve unavisión opuesta a la verdad sobre la persona humana (…). Manifiestan una ideología materialista,que niega la naturaleza trascendente de la persona humana, así como la vocación sobrenatural detodo individuo» (Cura, 8).La exigencia que hace la Suprema Congregación a los obispos de que «estén particularmentealertas en relación con los programas que intentan de hecho ejercer una presión sobre la Iglesiapara que cambie su doctrina» (Cura, 14) suena aún más perentoria y vinculante una vezconstatada la general degradación moral de los propios católicos. En efecto: el ministerioepiscopal les impone a los obispos la obligación de rechazar, censurar y combatir «las opinionesteológicas contrarias a la enseñanza de la Iglesia, que sean ambiguas respecto de ésta o que hagancaso omiso de ella por completo» (Cura, 17).
  • 14. Aunque, como pusimos de manifiesto más arriba, se ha difundido también en el mundo católico laidea según la cual condenar los actos homosexuales sería una forma de “racismo” inconciliablecon el evangelio, el magisterio, en cambio, enseña la bondad moral de una justa discriminacióncon base en las tendencias homosexuales, porque «la tendencia sexual no constituye una cualidadparan-gonable a la raza, al origen étnico, etc., respecto de la no-discriminación, puesto que, alcontrario que éstas, la tendencia homosexual es un desorden objetivo y requiere unapreocupación moral» (Algunas cons., 10), «visto que no hay derecho alguno a la homosexualidad»(Algunas cons., 13).A la luz de lo expuesto se patentiza toda la inmoralidad de las legislaciones civiles que vuelven«ilegal una discriminación sobre la base de la tendencia homosexual» (Algunas cons., Premisa)[3] yllegan hasta perseguir penalmente a cuantos recuerden la naturaleza desviada y pecaminosa de lahomosexualidad, con lo que impiden de hecho la misión de la Iglesia (el 29 de junio del 2004 untribunal sueco condenaba a la cárcel al pastor luterano de Borgholm, el dr. Ake Green, por habercriticado, en el sermón dominical, los denominados matrimonios gays, mientras que, en Andalucía[España], el reverendo sacerdote don Domingo García Dobao fue denunciado por haberle infligidouna humillación pública a un conocido sodomita al negarle el Santísimo).Si Dios les exige a los homosexuales, por conducto de la ley moral natural y de la revelación que leconfió a la Iglesia, que sean castos en la abstinencia, el único camino para conseguirlo es practicarconstantemente la castidad con una fuerza de voluntad sostenida por la gracia sacramental y porla plegaria, de manera que el alma se revista del hábito moral de la castidad (los hábitos moralesno se poseen por una oscura suerte, sino que se adquieren con la práctica constante). Pero, por el contrario, cada vez que un homosexual cede a la tentación y realiza un actohomosexual, no sólo comete un pecado mortal gravísimo, sino que refuerza en su interior «unainclinación sexual desordenada» (Cura, 7), con lo que se convierte en esclavo de un vicioabominable.Baldasseriensis, tomado del Blog “El Cruzamante”, Doctrina Tradicional.Documentos eclesiales citados:Cura = Suprema Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe: Carta a los obispos de la Iglesiacatólica sobre el cuidado pastoral de las personas homosexuales (1 de octubre de 1986).Cons. = Suprema Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe: Consideraciones sobre losproyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales (3 de junio del2003).Algunas cons. = Suprema Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe: Algunas consideracionesrelativas a la respuesta a proposiciones de ley sobre la no-discriminación de las personashomosexuales.
  • 15. Notas:[1] a) En la hora presente, interesa poner de manifiesto, más que la existencia actual de labrujería(cf. Inocencio VIII, Summis desiderantes affectibus; padres Heinrich Institor y JacobSprenger, Malleus maleficarum; fray Johannes Nieder, Fornicarius, etc.), el lazo íntimo que se daentre sodomía y presencia satánica: los cuerpos humanos se transforman “in delubra demonum”“en santuarios de demonios” (Visio Wettini, 19), razón por la cuál «los santos Padres sepreocuparon mucho de sancionar (en el concilio de Ancira, canon 17) que los sodomitas rogasenjunto con los endemoniados, porque no dudaban de que estuviesen poseídos por el espíritudiabólico» (San Pedro Damiano, Líber Gomorrhianus).[2] Recordemos también las proposiciones de ley nn. 2990/ 1961, 1920/ 1962 y 759/ 1963,que sepresentaron en la Cámara de los Diputados con el intento de penalizar los actos homosexuales: laprimera era del honorable Romano Bruno (PSDI), las otras, del honorable Clemente Manco (MSI) yotros. La casi totalidad de los ordenamientos jurídicos reconoció, hasta me-diados del siglopasado, la naturaleza criminal de los actos homosexuales: p. ej., el § 175 del Código Penal Alemáncontó entre los delitos a los actos homosexuales hasta el 25/ VI/ 1969, y reconoció su intrínsecainmoralidad hasta el 23/XU 1973. Aunque en Italia Giuseppe Zanardelli había despenalizado lasodomía ya en el 1889, el Ministerio del Interior dictaba todavía, el 30/ IV/ 1960, una circularsobre la represión de la homosexualidad.[3] Como ya lo denunció Juan Pablo II en su “Memoria e identidad” (p. 23), el Parlamento Europeomuestra una particular solicitud por la tutela jurídica del presunto derecho al vicio abominable dela homosexualidad; cf. las resoluciones 8/1/ 1994; 20/ IX/ 1996; 17/ IX/ 1998. Una aportación del FRENTE NACIONAL DE LA JUVENTUD -MÉXICO- 2013