Veinte leyendas ecuatorianas y un fantasma
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  • la ganilla de oro quien fue su autor me ayudas con esa informacionb porfavor
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  • disculpe la gallina de oro quien fue su autor
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  • Mario! excelentes historias... quisiera ponerme en contacto contigo, estoy haciendo mi tesis de la universidad y tus textos podrían ser de gran ayuda
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  • muy buenas
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    Veinte leyendas ecuatorianas y un fantasma Veinte leyendas ecuatorianas y un fantasma Document Transcript

    • Veinte leyendas ecuatorianas y un fantasma Mario Conde
    • Título original:Veinte leyendas ecuatorianas y un fantasmaPrimera Reimpresión© 2012, Mario CondeIlustración de portada: Roger YcazaDiseño y diagramación: Lenin DávilaISBN:978-9942-03-159-4Abracadabra EditoresDiego de Sandoval Oe2-134 y Pedro DoradoTelf.: 2612 552 / 098 044 883E-mail: apozogarrido@hotmail.comQuito-EcuadorImpresión: Grupo Editorial “Gráficas Amaranta”Versalles N17-109 y SantiagoTelf.: (593-2) 254 9310E-mail: grafamaranta@gmail.comQuito-EcuadorTodos los derechos reservados. No está permitida la reproducción totalo parcial de este libro,ni la transmisión de ninguna forma o por cual-quier medio, ya sea electrónico, mecánico, por foto copia, por registro uotros métodos, sin la autorización escrita de los titulares del copyright.
    • ContenidoPresentación 07Leyendas del trópico 09Espuma de mar 11 El hada del cerro Santa Ana 15 La Tunda 19 naranjo encantadoEl 25 La gallina de oro 29 Leyendas de la selva 33El árbol de la abundancia 35 El deseo de las piedras 41 Alas de ceniza 45 El cerro de los diablos 49 La madre de la chacra 53 La que nunca llora 59 Leyendas de la serranía 63Las guacamayas 65 El viejo,el nevado y el rondador 69 El pozo de las serpientes 73 Come oro 77 lago San PabloEl 81 El Señor de la Sandalia 85 El gallito de la Catedral 91 Leyendas insulares 95El tesoro del pirata Lewis 97 La maldición de la guayaba 101 Un fantasma 107
    • Presentación Las leyendas forman parte de la me-moria de un país; así pues, este libro cons-tituye una recopilación de la memoria delEcuador. Veinte leyendas envueltas en-tre la realidad y la magia, la historia ylas costumbres, los sueños y las creenciasde los ecuatorianos. Estas leyendas recogen también laparticularidad geográfica de cada región.Cinco ambientadas en el trópico de laCosta, seis en la Selva Amazónica, sieteen las montañas de la Sierra y dos en lasislas Galápagos. Veinte leyendas con unageografía distinta pero con una mismahistoria y una misma gente.
    • Asimismo, se agrupan leyendas devarias ciudades del país. Constan, des-de luego, algunas de Quito y Guayaquil,pero se priorizan historias de Esmeral-das, Jipijapa, La Troncal, Tena, Cañar,Riobamba, Cuenca, Otavalo, San Cristó-bal, Floreana, etc. En suma, se da a cono-cer ciertas leyendas dejadas de lado porel hecho de desarrollarse fuera de las dosprincipales urbes ecuatorianas. Por último, se incluye al final una his-toria de la ciudad de Guayaquil denomi-nada Un fantasma. Tal historia, un hí-brido entre la leyenda y los cuentos deaparecidos, corresponde al nuevo génerollamado leyenda urbana, que se genera alinterior de la vida moderna. Habría sidoinjusto excluirla por esta simple razón.Además, le confiere al título una sugesti-va resonancia de misterio. Mario Conde
    • Leyendas del trópico
    • Espuma de mar 11 En tiempos precolombinos, no hubo enterritorio ecuatoriano pueblo más gue-rrero que el huancavilca, que se asentóen las orillas del río Guayas. Pero a másde su renombre para la guerra, fuerontambién famosos por una misteriosa vi-dente que habitó entre ellos. Se llama-ba Po-sor-ja, que significaba “espuma demar”. La vidente llegó un día a las costas dela península de Santa Elena, embarcadaen una pequeña nave de madera. Era so-lamente una criatura y venía envuelta enunas finas mantas estampadas con jero-glíficos; además, llevaba en el pecho uncolgante adornado con un caracolillo de oro.
    • Poseía una apariencia sobrenatural. Sus cabellos eran largos y dorados como las hebras de la mazorca tierna del maíz. Sus dientecillos parecían perlas. El color de su piel imitaba el de las nubes.12 Tras ser recogida por los huancavilcas, se presentaron ante ella los más pode- rosos adivinos y hechiceros para exami- narla y explicar su origen. Sin embar- go, nadie ofreció una respuesta cierta y aventuraron que era una hija del mar, enviada a ellos como deidad protectora. Espuma de Mar creció hasta hacerse mujer. Vagaba libremente por llanos y lomas, entraba en pueblos y en cabañas, jugaba con los niños y con los pájaros. Pero había épocas en que no salía de su cabaña. Sumida en profunda meditación, tomaba entre sus dedos el caracolillo de oro y, acercándolo al oído, parecía escu- char una voz que le hablaba desde el fon- do marino. Y en trance vaticinaba gue- rras, pronosticaba victorias y anunciaba sequías tras cosechas abundantes. Ro- deados en torno a ella, los huancavilcas
    • la escuchaban con devoción pues sabíanque sus palabras se cumplirían, como lanoche se cumple tras el día. Los vaticinios de Posorja atrajeronhasta su aldea al Inca Huayna-Cápac,Señor de Ánimo Esforzado que conquistó 13el Reino de Quito. Años después, convo-caron también a su hijo Atahualpa. La vidente vaticinó la muerte de Hua-yna-Cápac en Tomebamba, y la guerrafratricida entre Atahualpa y Huáscar. Alpríncipe quiteño le pronosticó su triun-fo sobre Huáscar y el breve tiempo queduraría su victoria. Presagió también lallegada de unos hombres blancos y ves-tidos de metal que lo matarían luego detomarlo prisionero en Cajamarca. Tras pronunciar este augurio, Posorjaanunció que su misión en la tierra habíaconcluido. Corrió al mar y se adentró hastaque las aguas mojaron sus doradas hebrasde maíz tierno. Desprendió de su cuello elcaracolillo de oro y lo sopló con dulzura.La espuma del mar la devolvió a su hogar.
    • 15 El hada del cerro Santa Ana En Guayaquil se levanta un cerro encuya cima existe un faro que se puededivisar desde cualquier parte de la ciu-dad. Denominado antiguamente CerritoVerde, en la actualidad se lo conoce comoSanta Ana, debido a una increíble histo-ria que dio origen a tal nombre. Hace mucho tiempo, antes de la lle-gada de los españoles e incluso antesdel asentamiento de los huancavilcas enla cuenca del río Guayas, residió allí undespiadado cacique que poseía un palacioconstruido de oro, plata y mármol. Pesea los fabulosos tesoros, la ambición delcacique era insaciable, de modo que lan-zaba su ejército contra pueblos vecinos y
    • saqueaba sus riquezas. Hasta que un día la hija del cacique, una joven de incomparable belleza, enfer- mó gravemente. Desesperado, el cacique mandó llamar al chamán más poderoso16 de la región y le ofreció hacerlo rico si la curaba. ―Si realmente deseas salvarla, resti- tuye a sus legítimos dueños todo lo que has robado ―sentenció el chamán―. ¡Eli- ge entre la salud de tu hija y tu avaricia! ―Antes que perder mi fortuna prefiero que muera mi hija ―el cacique se apode- ró de un hacha de oro y se lanzó contra el chamán―. Pero tú, brujo maldito, la acompañarás al otro mundo. La arremetida resultó inútil. En un ins- tante, el chamán se deshizo en humo, en tanto su voz retumbó entre los radiantes muros del palacio: ―Te condeno a vivir con tu hija y tus tesoros en las entrañas del cerro ―sen- tenció―. Hasta que tu hija, que aparecerá cada cien años, encuentre un hombre que la escoja por sobre la fortuna.
    • Al eco de la maldición, el cielo se volviónegro, el cerro se levantó como un gigan-tesco monstruo y sepultó en sus entrañasel majestuoso palacio. Tras siglos de encierro y oscuridad, enla época de la fundación de Guayaquil, 17un teniente español, Nino de Lecumbe-rri, escaló hasta la cima del cerro. Encon-tró allí una bellísima joven que llevabaun vestido de arcoíris y una varita de pla-ta como si fuese un hada. Como por arte de magia, la joven tras-ladó al teniente a una cámara al interiordel cerro y le mostró un palacio cubiertode oro y plata. Allí le preguntó si deseabaser dueño de esos tesoros o prefería con-vertirse en su esposo. Si la elegía, ella se-ría fiel y cariñosa para siempre, inclusodespués de la vida. ―Gracias, cara bonita ―dijo el espa-ñol―, pero ahora me urgen más los teso-ros. La joven encantada gimió; la cámarase pobló de gritos y lamentos. Al instan-te, apareció la figura furiosa del cacique,
    • maldijo la ambición del español y preten- dió aprisionarlo para que padeciera tam- bién la condena de vivir sin estar vivo. Presa del pánico, el teniente Lecumbe- rri se postró de rodillas y clamó auxilio a18 Santa Ana, patrona de su localidad natal. De inmediato, de forma milagrosa, sintió que flotaba y de pronto se halló en el ex- terior del cerro. Agradecido por la salvación, el espa- ñol mandó levantar allí una cruz con la leyenda «Santa Ana», nombre con el que desde entonces se conoce a este sitio de Guayaquil.
    • 19 La Tunda La Tunda es un espíritu con cuerpo demujer que habita en los montes de Es-meraldas. Según quienes las han visto,es una negra de cuerpo macizo, se cubrela cabeza con un pañuelo colorado y tienepor extremidades una pierna de gente yuna pata de molinillo. Vive en los altoscerros y baja a los esteros a bañarse y apescar camarón y cangrejo. Sabe cocinar,cantar y rezar. Puede transformarse enlo que quiera, sea hombre, mujer o ani-mal. Así entunda a los negros y negraspara llevárselos al monte a vivir con ella. Hace muchos años, añísimos, el tíoPascual fue una tarde a bañarse al río.
    • Descansaba en la playa cuando escuchó un canto extraño: «Uy, uy, uy…» Sobre- saltado, se puso de pie para regresar al pueblo, pero de pronto percibió un sabro- so olor a camarón asado.20 El tío Pascual había oído que en caso de toparse con la Tunda hay que alejar- se gritando «¡Ay carajo!» Sin embargo, el olor era tan irresistible que se internó en el monte. No anduvo mucho cuando llegó a un claro entre la maleza. Allí, de espaldas y acuclillada ante tres piedras a mane- ra de fogón, una mujer preparaba una comida. Mareado por el delicioso olor, el tío Pascual se aproximó y se estremeció cuando la mujer se dio la vuelta. Llevaba un pañuelo colorado en la cabeza. Tenía la nariz abultada, una bemba inmensa y un cuerpo deforme en el que sobresalía una pata de molinillo. El tío Pascual se santiguó, en tanto la Tunda le extendió un humeante plato de camarones. Rendido por el exquisito aroma, empe- zó a comer con avidez. Los camarones es-
    • taban tan deliciosos que se deshacían ensu paladar. Cada bocado se le hacía me-jor que el anterior, al tiempo que parecíaque la Tunda iba cambiando de forma. Primero, el tío Pascual notó que lanariz y la bemba eran menos abultadas. 21Luego, el cuerpo macizo ya no era defor-me; por el contrario, poseía una contextu-ra igual de tentadora que la comida. Porúltimo, la pata de molinillo desaparecióy el pañuelo rojo envolvía un pelo ensor-tijado que brillaba como el agua del este-ro al mediodía. La Tunda era una mujerhermosa, hermosísima. El tío Pascual noquería separarse de ella jamás. Al día siguiente la noticia de la des-aparición del tío Pascual movilizó a susparientes y amigos más cercanos. Sospe-chando que la Tunda lo había entundado,llamaron a don Hilario, padrino de bodasdel tío Pascual y única persona a quien élescucharía, y se internaron en el monte.El grupo llevaba un bombo, unas cuer-das y agua bendita. Al llegar a un claro entre la maleza,
    • descubrieron pisadas de gente y un ras- tro de pata de molinillo, lo que confirmó sus sospechas. Fuera del claro, las hue- llas se internaban entre la espesura de la maleza, de modo que los amigos se abrían22 paso machete en mano mientras entona- ban María Pastora, piedad María, un canto religioso que la Tunda no soporta. Don Hilario, por su parte, iba gritando a su ahijado: «¡Pascual! ¡Pascual! ¡Aquí está tu padri- no!» Pasaron horas andando y cantando en el caluroso monte. Hasta que el crujir de unas hojas secas los alertó. En el acto, quien llevaba el bombo comenzó a tocarlo monótonamente; los demás entonaron el canto de María Pastora con más fuerza y devoción. Cantaron y tocaron. Tocaron y canta- ron. De pronto, la maleza se agitó como si una bestia emprendiera la fuga. Segura- mente la Tunda que huía espantada del tambor y el canto religioso. Pero había que evitar que el tío Pascual se fuera tras
    • ella. Don Hilario se puso a gritar con to-das las fuerzas: «Pascual, Pascual, no tevayas allá. Ven pronto acá que la Tundate va a llevar». Silencio en el monte. La maleza carga-da de ramas dejó moverse. Entonces, un 23matorral se abrió con violencia y dio pasoa una figura humana con las ropas des-garradas y el cuerpo embarrado de lodo.Era el tío Pascual que gruñía y sacaba losdientes como una fiera acosada. Don Hilario y los demás forcejearon,lo agarraron fuertemente y lo ataron conlas cuerdas.―Ya lo tenemos ―dijo don Hilario―.Échenle agua bendita.Al contacto con el agua, el entundado seestremeció de pies a cabeza, vomitó algonegro y viscoso y cayó desmayado. El tío Pascual no despertó sino hastael próximo día. Pero permaneció amarra-do en su casa por casi tres meses, hastaque de a poco se fue desentundando y re-cuperó la cordura. Como recuerdo de la historia del tío
    • Pascual, la gente de Esmeraldas suele cantar los siguientes versos: La Tunda era de carne y hueso Mas no le gustaba cocinar24 Por eso escapó al monte Para vivir sin trabajar. De ahí se convirtió en Tunda Que anda buscando enamorar A sus hermanos y hermanas de tierra Su espíritu sale a entundar.
    • 25 El naranjo encantado En tiempos de antaño, en Manabí,las mujeres solían ir a lavar la ropa enlos manantiales del Chocotete, volcánapagado hace miles de años y que en laactualidad forma parte del balneario deJoá, famoso por sus aguas azufradas depoder curativo. Con la ropa a lomo de mula, las lavan-deras subían al pie de una ladera don-de manaban unas aguas verde oscuras.El paraje era extraño, por el color de losmanantiales y por un solitario árbol de
    • naranjo que cargaba todo el año unos fra- gantes frutos amarillos. A más de esta increíble abundancia, contaban las lavanderas que el árbol guardaba con recelo sus frutos. Consen-26 tía que las personas tomaran las naran- jas, las más dulces que jamás nadie haya probado, sólo para comerlas allí. Pero ja- más permitía que se las llevaran a otro lugar. Lo llamaban por esto el Naranjo Encantado. ¿Por qué el árbol se comportaba de esta manera? Nadie lo sabía. Lo cierto es que en una ocasión, un joven desoyó los cuen- tos de las lavanderas y subió al Chocotete con una mula para llevarse una carga de naranjas. El joven llegó hasta el árbol colmado de frutos maduros a eso del mediodía. Tomó dos y, en efecto, comprobó que eran los más dulces y suculentos que jamás había probado. Enseguida, cosechó lo que pudo en un costal, lo cargó en la mula y la arreó para que empezara el descenso. Mientras avanzaba detrás de la bestia, en la mente
    • del joven había una sola idea: regresar elpróximo día. Sin embargo, se dio cuentade que debido a su distracción había ex-traviado el camino. Perdido en un inmenso paraje, total-mente diferente del que había ascendido, 27el joven se vio de pronto rodeado de gran-des matas de cerezos, ovos y cactus. Pre-ocupado, trató de hallar el camino a losmanantiales, pero mientras más anda-ba, más se internaba en una vegetaciónvirgen y exuberante. Hombre y mula pa-saron el resto de la tarde dando vueltassobre sus propias huellas. Al anochecer,muerto de cansancio, el joven descargó labestia e hizo un alto entre la oscuridad yla intemperie. Al próximo día, el joven despertó ado-lorido y picado por hormigas y zancudos.Cargó el costal de naranjas y arreó a labestia, que de nuevo se echó a andar encírculos, esquivando dificultosamente lavegetación. En este punto, el joven com-prendió que a ese paso iba a perecer dehambre o de cansancio. Ya no le importa-
    • ban las naranjas, sino salir de aquel lu- gar. Descargó la mula para dejarla andar a su antojo, a ver si con su instinto halla- ba el camino de regreso. Entonces, una vez que las naranjas ro-28 daron por la tierra, la exuberante vegeta- ción desapareció como por arte de magia y el paisaje volvió a ser el mismo: una la- dera con manantiales de agua verde oscu- ra. Loco de contento, el joven corrió hacia donde se oían las voces de las lavanderas. Una vez allí, no esperó para referirles lo sucedido. Mientras lo escuchaban, las mujeres miraban a lo lejos, al solitario y receloso habitante de la ladera. Con el pasar de los años, la vegetación del Chocotete se fue perdiendo hasta con- vertirse en el risco que es hoy. Con ésta se marchó también el Naranjo Encanta- do. Hasta la fecha nadie lo ha vuelto a ver.
    • 29 La gallina de oro En recintos de la Costa ecuatoriana,especialmente en los asentados cerca deríos o esteros, aparece al amanecer unagallina de oro. Quienes la han visto ha-blan de ella con temor y respeto, pues di-cen que surge de pronto a las orillas delrío, dorada y resplandeciente como unaluna llena, seguida de una docena de po-llitos que brillan entre las primeras lucesdel día. En cierta ocasión, un grupo de mora-dores de un pueblito se reunió para tra-
    • tar de atrapar a la fabulosa ave. ¡El que menos se imaginaba que con la fortuna se compraba una finca para salir de po- bre! ¡El que más se veía con los bolsillos llenos de plata como para darse una vida30 de millonario! El plan era sencillo. Dos hombres se escondieron a un lado del estero donde se había visto aparecer a la gallina y a sus polluelos. Cinco se apostaron en línea recta en un camino que iba del estero a una choza abandonada de caña guadúa, la que serviría de corral. Dos se ubica- ron al interior de la choza para cerrar la trampa sobre las ansiadas presas. A eso de las cinco de la mañana, cada quien aguardaba en su puesto acalam- brado por la expectativa y la falta de mo- vimiento. Entonces se escuchó el cacareo de la gallina y el piar de sus crías. Los hombres escondidos veían con increduli- dad. Un brillo dorado se destacaba entre la oscura orilla del estero. Allí, a pocos pasos, la fortuna tenía forma de alas, pi- cos y patas de oro. Alguien dio la señal y
    • empezó la cacería. Las acciones se desarrollaron según loplaneado. Espantadas, las fabulosas avesse echaron a correr por el camino, tra-tando de desviarse hacia la maleza, perosiempre aparecía alguien que las obliga- 31ba a avanzar a la choza abandonada. Allíentraron a toda velocidad, seguidas porsiete hombres mientras los del interiorcerraron la trampa. Sin embargo, los po-llitos se escabulleron por las rendijas delas viejas guadúas; no así la gallina queal verse acorralada comenzó a cacarearde forma ensordecedora. Entre el ruido yla confusión dorada, no faltó algún preca-vido que había traído una sábana vieja.La arrojó como si fuera una red y la galli-na de oro quedó atrapada. En los rostros de los hombres brilló lafortuna. ¡Sus días de pobres habían ter-minado! ¡Tendrían plata hasta para reír-se! ―Yo levanto la sábana y ustedes la to-man por las patas ―dijo el dueño de lasábana.
    • Pero nadie se movió cuando levantó la prenda, lo que aprovechó el ave para escapar por entre las piernas de sus cap- tores. Otra vez los hombres vieron con in- credulidad. La fortuna acababa de escu-32 rrírseles de las manos, igual que el agua del estero. ―¡Cómo se te ocurre levantar la sábana! ―protestó airado el jefe del grupo, y al instante se percató de algo extraño. Las palabras salían de su boca, pero nadie po- día oírlas. Los demás lo veían gesticular y mo- ver los labios con desesperación, pero no escuchaban palabra alguna pues en sus oídos seguían resonando los bulliciosos cacareos, que no cesaron sino después de una semana. ¡Quien quiera fortuna, que se aventu- re una madrugada a capturar a la galli- na de oro! Eso sí, que se prepare a pasar unos días con los oídos llenos de cacareos.
    • Leyendas de la selva
    • 35 El árbol de la abundancia Hace muchos, muchos años, la selvaecuatoriana soportó una prolongada se-quía. Los ríos se habían vuelto riachue-los, las chacras se habían arruinado y loshabitantes de la selva: dioses, humanos yanimales, padecían de hambre. Afectados por la escasez, los gemelosdivinos Cuillur y Ducero fueron a la chozade su amigo Mangla para pedirle comida.Éste les brindó chicha de yuca y mientrasconversaban, sentados ante la tulpa, losgemelos se dieron cuenta de que en unaesquina había unas enormes escamas depescado, arrancadas seguramente de unpez más grande que un hombre.
    • ―¿De dónde sacas estos peces? ―pre- guntaron los gemelos. Mangla les indicó que en una laguna cer- cana y los invitó a ir a pescar con él. En la laguna, los tres pasaron horas tra-36 tando de capturar una pieza, pero no lograron nada. Al comprender que su amigo los había engañado, los gemelos sujetaron a Mangla por los brazos. ―Te daremos una buena paliza por mentiroso ―lo amenazaron. Arrepentido del embuste, Mangla les contó que por la Cordillera de los Guaca- mayos existía un árbol grueso y gigantes- co, tanto que en su copa albergaba una laguna poblada de gran variedad de pe- ces, aves y animales. Los gemelos presio- naron a su amigo para que los llevara al lugar donde crecía un árbol de tal abun- dancia. Luego de avanzar por senderos de ani- males y sortear pantanos habitados por boas, entraron en un bosque amarillo y verde de cañas guadúas. Los rayos del sol no iluminaban el lugar y el frío calaba en
    • los huesos. Al salir del bosque, llegaronpor fin a un extenso claro de la selva. Allíse erguía un descomunal árbol. Los brazos unidos y extendidos de losgemelos y su amigo no alcanzaban pararodear la mitad de la circunferencia del 37tronco. Tras reflexionar cómo derribaraquel gigantesco árbol, que proveería decomida a todos, los gemelos divinos pidie-ron ayuda a los roedores, aves e insectosde la selva. Guatusas, ardillas, ratones,tucanes, halcones, pájaros carpinteros,abejorros, comejenes, hormigas, etc., sepusieron de inmediato a morder, picar yraspar. Trabajaron hasta el agotamientoen jornadas de sol a sol. Al final de nuevedías y nueve noches, el tronco fue cortadocompletamente, pero el árbol no cayó. Un halcón levantó el vuelo y fue a in-vestigar. Cuando descendió, contó a Cui-llur y Ducero que el misterio no estabaabajo en el tronco, sino arriba en la copa. ―¡Ardilla! ―dijeron los gemelos. Al instante se convirtieron en dos roe-dores de esta especie. Treparon ágilmen-
    • te hasta la copa del gigantesco árbol y quedaron sorprendidos con la vista. Ante ellos se extendía una inmensa laguna, de agua cristalina y con islotes llenos de aves y animales. Pero había también un38 colosal bejuco que nacía en el islote más grande y subía verticalmente hasta enre- darse en el cielo. Por esto el árbol no caía. ―¡Cortémoslo! ―dijeron los gemelos convertidos en ardillas. Nadaron en las aguas cristalinas hasta el islote. Sus afi- lados dientes se pusieron a roer el bejuco. El árbol se precipitó estruendosamen- te. El agua de la laguna se esparció por las chacras sedientas. Los peces nada- ron en los nuevos arroyos. Las especies de aves y animales buscaron refugio en la selva. El torrente cristalino llegó hasta los ríos y los volvió anchos y navegables, como son hasta ahora. Los únicos que no disfrutaron del ár- bol de la abundancia fueron los gemelos y su amigo. Cuillur y Ducero porque tras cortar el bejuco treparon por éste hasta el cielo, donde ahora son dos luceros que
    • aparecen al inicio y al final del día. Man-gla, en cambio, murió aplastado cuandoel árbol gigantesco impactó contra la tie-rra. 39
    • 41 El deseo de las piedras Antiguamente, en uno de los afluentesdel río Napo, el Jatunyacu o Agua Gran-de, existían dos piedras sagradas que consus cánticos apaciguaban las aguas y evi-taban las inundaciones. Debido a su pro-cedencia volcánica, eran de un color rojotostado. La una poseía un espíritu machoy la otra un espíritu hembra. En los días de sol, conversaban animadamente de sus sueños y deseos, pues en cierta ocasión las aguas del Jatunyacu les habían hablado de la inmensidad del mar. Desde en-
    • tonces ansiaban bajar por el río y cono- cerlo. Un día del mes de julio, el cielo se cu- brió de negros nubarrones y se oscureció como si fuera de noche. La gente de las42 comunidades vecinas gritaba con voces de pánico; una tormenta eléctrica acom- pañaba al torrencial aguacero; parecía que había llegado el fin del mundo. Inundados hasta más no poder, los senderos de la selva se transformaron en torrentes que arrasaban con todo para desembocar las aguas lodosas en el río. Un ruido descomunal se oía en la cabe- cera del Jatunyacu. A la medianoche, los habitantes de las comunidades abando- naron sus hogares y se refugiaron en los terrenos altos. La creciente, cargada de lodo, palos y ramas, desbordó las aguas de su cauce normal. Valiéndose del empuje de la corriente, la piedra macho empezó a rodar con len- titud por el lecho del río. ¡Por fin iba a conocer el mar! A cada vuelta, su espíritu lanzaba gritos de alegría que se confun-
    • dían con los truenos de la tormenta. Porsu parte, la piedra hembra, cuyo espírituera benigno con los seres humanos, per-manecía en su sitio y con sus cánticos tra-taba de apaciguar al Jatunyacu. A la mañana siguiente, cuando por fin 43cesó de llover y empezó a bajar el niveldel río, la piedra macho había rodadohasta Pañacocha, cientos de kilómetrosabajo del río Napo, separada tristementede la piedra hembra. Desde aquella ocasión, cada mes de ju-lio el Jatunyacu crece formidablemente,hinchando su caudal como vientre de mu-jer preñada. En la oscuridad de la noche,entre los truenos de las tormentas que re-tumban en la selva, parece oírse un llan-to mineral. Es la piedra hembra que dejaoír sus cánticos, se queja de su soledad yle pide al río que la lleve junto a su ama-do, varado abajo en Pañacocha. Se dice que un día ocurrirá otra graninundación. Entonces el deseo de las pie-dras se cumplirá, volverán a unirse y jun-tas rodarán hasta el mar.
    • 45 Alas de ceniza En épocas antiguas los tuca- nes no eran aves sino personas. Vivían en comunidades en los claros de la selva y se dedicaban a la caza y la pesca. Pero allí también habitaban los diablos, que se co- mían a los tucanes. Un día, un valiente tu- cán se fue de caería solo y allá, en la espesura de la selva, un diablo se lo comió y se vistió como él. Su mujer aguardaba en la casa ycuando lo vio llegar se fijó en sus pies de-
    • masiado grandes. Enseguida se dio cuen- ta de que era un diablo que se había co- mido a su marido. ―Toma, aquí está la carne para la co- mida ―dijo el diablo a la mujer, ofrecién-46 dole el cuerpo del tucán ahumado. La mujer no quería cocinar la carne de su esposo, pero el diablo insistía en que les diera de comer a sus hijitos, que llora- ban de hambre. En eso, pensó en un truco para escapar: ―Necesito agua para cocinar la carne ―le dijo al diablo dándole una olla de ba- rro―. Ve a traerla del río. El diablo se fue y al rato trajo una olla repleta, pero la mujer le pidió otra. En la tercera ida, aprovechando un descuido, ella cogió a sus dos hijos y se fue a la casa de los hombres tucanes. —Ayúdenme, por favor. Un diablo mató a mi marido y ahora quiere que lo comamos. Logramos escapar, pero viene siguiéndonos. De inmediato, los hombres tucanes prepararon sus lanzas de chonta. El dia-
    • blo no tardó en llegar. ―¿Está aquí la madre de mis hijos? ―preguntó. —Sí —le respondieron los hombres tu-canes—. Está en ese cuarto. Para ingresar en aquel cuarto había 47que agacharse. Los hombres tucanesaprovecharon esta acción del diablo y lohirieron con las lanzas. Luego recogieronleña y le prendieron fuego. ―No importa que me maten ―decíamientras moría―. Mis cenizas se conver-tirán en alas. Por temor, los hombres tucanes reco-gieron las cenizas y las envolvieron enunas hojas de plátano. Ordenaron a unjoven que las echara al río, pero éste sin-tió curiosidad y las abrió. De allí se echa-ron a volar los primeros zancudos, tába-nos y mosquitos del mundo, que desdeentonces molestan a los humanos.
    • 49 El cerro de los diablos Cuando los jesuitas llegaron a la selvaecuatoriana, a finales del siglo XIX, en-contraron un puñado de nativos que ha-bitaba en las faldas del Pungara Urco oCerro de Brea, ubicado al oriente de laciudad del Tena. Tras la catequización,los nativos asimilaron algunas creen-cias de la religión católica y adoptaron elnombre de comunidad de San Pedro. Sinembargo, nunca dejaron de creer en susdioses y diablos aborígenes. De ahí quehasta la actualidad evitan acercarse alPungara Urco. Según ellos, conviene ale-jarse pues allí viven los diablos. Los nativos cuentan que en una oca-
    • sión desaparecieron cuatro niños en el río, y por más que los buscaron no halla- ron rastro alguno. Así pasaron varias se- manas, hasta que dos mujeres fueron a traer agua y no regresaron jamás.50 Preocupados por las desapariciones, los nativos consultaron a cuatro chama- nes, sus guías espirituales. Los poderosos brujos, precedidos por el más anciano del grupo, hicieron un ayuno ritual de cuatro días, bebieron ayahuasca y hablaron con los espíritus de la selva. ―El río se ha vuelto peligroso porque los diablos se han apoderado de él ―dije- ron a la comunidad―. Exigen un pago a cambio del agua. Una exclamación de impotencia se esca- pó de las gargantas indígenas. Los cha- manes ofrecieron ayudar a la comunidad y ahuyentar a los diablos del río. ―Para alejarlos es necesario emplear hierbas ceremoniales ―dijo el anciano―. Pero antes hay que pagar cuatro sajinos y cuatro canoas llenas de pescado ahu- mado.
    • Cumplido el pago, los brujos se prepa-raron para conjurar el lugar. Mientrastanto, por las tardes, uno de ellos acom-pañaba a las mujeres y a los niños al río.Allí les mostraba las piedras a las queno podían acercarse, unas de color negro 51donde vivían los diablos. Una noche oscura y lluviosa, los cua-tro chamanes se dirigieron al río llevandoollas con extrañas hierbas cocidas. Nadiemás asistió al ritual. Toda la noche se es-cucharon insultos, gritos, maldiciones ysilbidos. La lluvia arreció con fuerza. Elcaudal del río creció. Los animales de laselva enmudecieron. Al día siguiente, loscansados brujos informaron que habíanexpulsado a los diablos a otro lugar. Un tiempo después, cuando parecíaque la situación había vuelto a la norma-lidad, se vio un sajino por las orillas delrío. Un joven cazador lo siguió sigilosa-mente hasta el Pungara Urco. Se aden-tró en sus senderos y no regresó más. Losfamiliares y amigos fueron a buscarlo.Tomaron el mismo camino y escucharon
    • unos gritos misteriosos, que los invitaban a continuar y perderse en el cerro. Ate- morizados, volvieron por donde habían venido. Jamás se supo nada del cazador. Quienes por desgracia se han aven-52 turado a acercarse al Pungara Urco, en especial en las horas de la noche, dicen haber escuchado unos gritos desgarrado- res. A éstos les sigue una risa diabólica que se alarga como un eco y los llama in- sistentemente. Pocos han podido escapar de este llamado. En ocasiones aparecen por las cha- cras de la comunidad venados, guatusas, sajinos o pavas del monte, pero nadie los caza ni persigue. Los moradores de San Pedro no se dejan engañar. Saben que es- tos animales tratan de atraerlos al Pun- gara Urco, el Cerro de Brea donde viven los diablos.
    • 53 La madre de la chacra En tiempos antiguos de la selva, la ali-mentación del pueblo shuar dependía desi la mujer poseía el don de hacer produ-cir una chacra. Algunas nacían con esepaju o poder innato de siembra, otras loheredaban de una rucu mama, pero lamayoría carecía de esta virtud por lo quesus familias pasaban hambre. Así fue hasta que en una comunidad sellevó a cabo la unión de una joven pareja. Como era costumbre, el hombre hizoun desmonte y preparó la tierra para quela mujer sembrara una buena chacra deyuca. Después de un tiempo, madurada ya la
    • planta, la mujer se fue a sacarla. Cavó y cavó toda la tierra y no cosechó sino una canasta. Con paciencia, el marido preparó nue- vamente un desmonte y la mujer sembró54 la yuca, pero volvió a cosechar una canas- ta. Esta vez el marido se enojó: —¿Qué clase de mujer eres? ¡No pue- des hacer producir una chacra! Humillada, la mujer abandonó la cho- za y se internó en la selva hasta llegar a la orilla del río. Mientras lloraba, ob- servó que la corriente traía unas cáscaras de yuca, plátano y maní. Esperanzada en hallar comida, se echó a caminar aguas arriba. Tras avanzar un buen trecho, vio una gran chacra al frente de una casa. Se acercó esperanzada. En la chacra, los tubérculos eran tan desarrollados que levantaban la tierra. Allí había de todo: yuca, plátano, caña, camote, maní… La mujer se dispuso a cosechar una yuca, cuando en eso apareció la dueña. —Ven, ven, mujer —le dijo—. ¿Eres tú
    • la que no sabe sembrar una buena cha-cra? —Sí, soy yo —contestó la mujer aver-gonzada—. Por más que trabajo, la tierrano carga. —Mira esa niña que está acostada en 55la hamaca ―dijo la dueña―. Como vi-ves infeliz, voy a regalártela. Tienes quecuidarla y nunca dejarla sola; a cambio,cuando necesites comida, le dices «ahoracanta» y ella te la dará. La mujer volvió feliz a su choza con laniña, la que en realidad era Nunkui, lamadre de la chacra. Había pasado másdel mediodía. De pronto, la mujer escu-chó a los lejos que su marido regresabade cacería. Otra vez no hallaría nada quecomer y se enojaría. ―Ahora canta ―le pidió la mujer a laniña. «Qui-trai. Qui-trai. Qui-trai», se puso acantar Nunkui. Al instante, la mujer vio la tierra al-rededor de su choza convertida en unahermosa chacra de yuca, plátano y maní.
    • Agradecida, se puso a cosechar la yuca, llenó una canasta con una sola planta y corrió a enseñársela a su marido. De ahí en adelante, siempre que la mujer necesitaba comida para su familia56 o para los demás de la comunidad, lleva- ba a la niña a la chacra. Mientras ella sembraba, la pequeña cantaba «Qui-trai. Qui-trai. Qui-trai», y enseguida los pro- ductos crecían y maduraban. Todo era felicidad. Pero una vez la mu- jer se fue a la chacra y dejó a la niña en compañía de sus hijos. Los pequeños em- pezaron a jugar y, por travesura, botaron ceniza a los ojos de Nunkui. La niña se echó a llorar y poco a poco se fue hundien- do en la tierra. Cuando la mujer regresó, Nunkui había desaparecido por comple- to. Nunca más se escuchó su canto. Sin embargo, ni la mujer ni sus hijos volvieron a pasar hambre. Ella había aprendido el «Qui-trai. Qui-trai. Qui- trai» de la madre de la chacra y gracias a este canto la tierra producía para to- dos. Fue así como las mujeres del pueblo
    • shuar adquirieron el paju o poder parahacer producir una chacra. 57
    • 59 La que nunca llora En una tranquila y próspera comuni-dad indígena de la selva amazónica, vivíauna bellísima muchacha llamada Sañi.Todo el mundo le expresaba cariño y ad-miración, pero a ella no le importaban lossentimientos de las personas y nunca seconmovía por nada ni se enternecía pornadie. La conocían por eso como La quenunca llora. Cuando llegó el invierno, cayeron unosaguaceros torrenciales que de la noche ala mañana desbordaron los esteros y losríos de la comunidad. Las chozas, las cha-cras y los animales fueron arrasados. Lagente se lamentaba y lloraba ante el de-
    • sastre. Sólo Sañi se mantenía indiferen- te, sin derramar una sola lágrima. Afligidas por la destrucción, las per- sonas de la comunidad criticaban con amargura la frialdad de Sañi:60 ―Mírenla, no le importa nada ―comen- taban unos. ―Ni siquiera le conmueve el llanto de los niños ―criticaban otros. ―Ella tiene la culpa de lo que nos pasa. Los dioses nos están castigando por su falta de sentimientos ―juzgaba la mayo- ría. En eso, una mujer anciana, la más sa- bia de la comunidad, aseguró que sólo el llanto de Sañi acabaría con la lluvia y las terribles inundaciones. Pero la pregunta era cómo hacerla llorar, si se mostraba indiferente incluso ante el dolor de su fa- milia. Al final, la anciana manifestó que era necesario que Sañi conociera el dolor, para que su alma se conmoviera. Un día nublado, mientras La que nun- ca llora caminaba por la selva, se le pre- sentó la anciana:
    • ―Por favor, ayúdame a recoger ramassecas ―le suplicó―. Tengo que calentarmi choza pues mi nieto está muriendo defrío. Sañi la miró con indiferencia y siguiósu camino. Casi al instante, se le apare- 61ció una joven madre con un niño enfermoen brazos: ―Te lo ruego, ayúdame a encontrarunas hierbas para curar a mi hijo.Aunque Sañi sabía dónde encontrar esashierbas, no quiso ayudar a la joven ma-dre. Iba a continuar su camino, cuandooyó la voz de la anciana que la maldecía: ―Los dioses te castigarán por no apia-darte de una madre y una abuela. Jamásserás abuela ni madre. Todo el daño quenos has causado por no llorar, desde hoylo pagarás con tu llanto, que traerá elbien a los demás. Al escuchar las palabras de la anciana,Sañi sintió que su cuerpo se volvía rígido.De pronto sus pies empezaron a hundir-se y los dedos se prolongaban y se arrai-gaban en la tierra; la piel de su cuerpo
    • comenzó a endurecer y a resquebrajarse; sus brazos engrosaron y se expandieron como ramas. Al final, Sañi se convirtió en un árbol. Desde entonces la selva se pobló de62 una nueva especie de árbol medicinal, al que se le hiere la corteza para que sienta dolor y llore por la herida. Las lágrimas de este árbol curan infecciones, quema- duras, úlceras, etc. De esta manera se cumplió la maldición de la anciana; el alma de Sañi, atrapada en la savia de la madera, calma el dolor y trae el bien a las personas. Los nativos de la selva ama- zónica conocen a esta especie medicinal como árbol de Sangre de Drago.
    • Leyendas de la serranía
    • 65 Las guacamayas En muchas culturas alrededor delmundo se conservan leyendas que men-cionan un diluvio. Tal es el caso de lacultura Cañari, que habita al sur de laserranía ecuatoriana. Según las tradicio-nes de esta nacionalidad indígena, su ori-gen se habría debido precisamente a estagran inundación. Cuentan los cañaris que en aquellos tiempos su territorio estaba ya pobla- do. Ante el avance de las aguas, los antiguos habitantes subieron a los cerros cercanos, pero poco a poco fueron pereciendo cuando las olas inunda- ron las cumbres más
    • altas. Al final, sólo dos hermanos logra- ron sobrevivir pues se refugiaron en un monte que crecía igual que las aguas. Una mañana cuando cesó la inun- dación, los dos hermanos salieron de la66 cueva en la que se habían guarecido y fueron en busca de plantas o al menos raíces para alimentarse. Al regresar en la tarde, hambrientos y cansados, se lle- varon una sorpresa. Allí había manjares servidos, chicha fresca y hermosas flores que volvían aquella cueva triste y oscura en un lugar alegre y colorido. ¿Quién les había hecho aquel magnífico obsequio? No se veía a nadie en los alrededores, así que la comida pudo más que la curiosidad y los hermanos saciaron su hambre. La escena se repitió por tres días. Los hermanos salían en la mañana y al vol- ver en la tarde hallaban comida, bebida y flores, pero jamás aparecían huellas ni señales de quién les proveía los alimen- tos. Intrigados, decidieron descubrir al misterioso benefactor. Para ello, deter- minaron que el hermano menor saldría
    • en busca de comida, igual que en los díasanteriores, mientras que el mayor se que-daría escondido en la cueva. Dicho y hecho. El hermano mayor vigi-laba en silencio cuando de pronto escuchóunos aleteos en la entrada de la cueva. Se 67ocultó tras una roca para no ser descu-bierto y aguardó mientras el ruido se oíacon más fuerza. Entonces sacó la cabezay vio dos guacamayas con bellos rostrosde mujer y cubiertas el cuerpo con her-mosas plumas de sol. No obstante la apa-rición casi divina, lo que más sorprendióal hermano mayor fue que las guacama-yas traían algunos productos de la tierray con éstos se disponían a preparar la co-mida. Deseoso de atrapar a las guacamayas,para casarse con una de ellas, el herma-no mayor salió de su escondite y se lanzócontra las dos. Pero su intento resultó in-útil pues las aves-mujeres emprendieronel vuelo y huyeron de la cueva. Al día siguiente no se ocultó el mayorsino el hermano menor. La escena se re-pitió casi con exactitud, excepto que el
    • menor esperó tranquilamente hasta que las guacamayas, atareadas en preparar la comida, descuidaron su seguridad. En- tonces irrumpió a toda velocidad, corrió hacia una de ellas, la más pequeña, y lo- gró atraparla. La guacamaya más gran-68 de, mientras tanto, levantó el vuelo y huyó. De esta parte en adelante la leyenda no refiere qué ocurrió con la guacamaya que voló ni con el otro hermano. Lo que sí refiere es que el hermano menor y la guacamaya pequeña se casaron y tuvie- ron seis hijos, tres varones y tres mu- jeres. Años después, cuando las aguas se secaron, las tres parejas bajaron del monte protector, se distribuyeron por la provincia del Azuay y dieron origen a la nacionalidad cañari. Los cañaris conocen a este monte como Huacayñan o Camino del Llanto, en re- cuerdo del dolor y angustia que pasaron allí los dos hermanos sobrevivientes del diluvio. Por esta razón, lo consideran una deidad protectora, igual que las guaca- mayas cuyas vistosas plumas visten du- rante sus días de fiesta.
    • 69 El viejo, el nevado y el rondador Más o menos hacia los años 1300 el te-rritorio de la serranía norte del Ecuador,denominado Reino de Quito, era regidopor Shyri Carán XI. Este famoso gober-nante, cuyo título de Shyri no en vanosignificaba «Señor Supremo de los Gue-rreros», deseó toda su vida conquistar lanación de los puruháes, sus vecinos delsur asentados en la actual provincia delChimborazo. Sin embargo, nunca logrósus propósitos. Al menos no en vida. Sintiéndose viejo y sin un hijo varónque le sucediera en el mando de Quito,Shyri Carán XI propuso a Condorazo, ré-gulo de los puruháes, el matrimonio de
    • su hija Toa con el príncipe puruhá Du- chicela. ―Sea el matrimonio ―dijo Condora- zo―, con la condición de que cuando noso- tros emprendamos el viaje a la siguiente70 vida, mi hijo Duchicela gobierne ambas naciones desde aquí, al pie del Chimbo- razo. ―¡Que nuestras tierras y nuestras sangres queden unidas para siempre! ― aceptó Shyri Carán XI. ―¡Y que nuestros herederos tengan hi- jos varones y no falten sucesores! ―ironi- zó Condorazo. El matrimonio se concertó en tales tér- minos, y Duchicela lució en la frente la gran esmeralda de los shyris, símbolo máximo de su poder. Pero la realidad es que ambos gobernantes, viejos y astutos, se habían tendido mutuas trampas a fin de extender sus dominios. No obstante, Shyri Carán XI murió al poco tiempo y su deceso acabó con los planes de los dos. Celebrados los funerales de Carán XI, Duchicela fue proclamado Shyri XII de
    • Quito. Según la condición impuesta porsu propio padre, tuvo que gobernar des-de Liribamba, la histórica capital puruháhoy llamada Riobamba. Pero esto implicótambién asumir el mando de su pueblo yocupar la posición de su padre. De este 71modo, las dos nacionalidades indígenasse convirtieron en una sola, fuerte y re-gida por un joven gobernante a quienshyris y puruháes aclamaban. ExceptoCondorazo. En efecto, el viejo régulo se vio depronto desplazado por la juventud y po-pularidad de su hijo, a pesar de tener aúnfuerzas para gobernar. Entonces, afligidoy lleno de despecho, abandonó su palacio,salió de Liribamba y fue a morir en unassolitarias cuevas al pie de un nevado dela Cordillera de los Andes. La leyenda refiere que cuando el vientopresenciaba el despecho y la tristeza delviejo régulo, soplaba con suavidad por lascuevas y producía unos silbidos llenos demelancolía. Al pasar los años, los puru-háes confeccionaron un instrumento mu-
    • sical compuesto con canutos de diversos tamaños, similares a los agujeros de las cuevas. Con éste, soplándolo suavemen- te, aprendieron a reproducir los silbidos melancólicos del viento. Al instrumento72 lo llamaron rondador; al nevado, Condo- razo, tal como se lo conoce hasta la actua- lidad.
    • 73 El pozo de las serpientes En tiempos precolombinos existía enQuito, en las faldas del volcán Pichin-cha, una especie de cárcel conocida comoSamka Kancha. La prisión, construidapor el Inca Huayna Cápac tras conquis-tar el territorio ecuatoriano, tenía el finbásico de castigar a quienes quebranta-ban los tres principios incas: no robar, nomentir y no ser vago. Samka Kancha constituía un pozosombrío infestado de serpientes. Los queentraban allí salían hinchados y amora-tados a causa de las mordeduras; luegoeran llevados a una plaza y colgados comomedida de escarmiento para los demás.
    • Cierta mañana, el sabio Quishpe, maestro del príncipe Atahualpa, condujo al joven heredero al pozo de las serpien- tes. —¿Por qué me has traído aquí? —in-74 terrogó Atahualpa, movido por la curio- sidad. —Un joven príncipe, destinado a go- bernar, necesita conocer estos lugares para apreciar el dolor ajeno y poner a prueba su propio valor. El joven Atahualpa observó a su maestro con aún más curiosidad. —¿Ves esa serpiente al fondo del pozo? ―preguntó el maestro Quisphe―. Sólo muerde al verdadero delincuente, al que es capaz de robar, mentir o haraganear mientras el dios Sol cruza por el firma- mento. La víbora conoce a quien posee un corazón malsano. ¿Quieres probar cómo es tu corazón, joven príncipe? La mirada de Atahualpa cambió de la curiosidad a la resolución. A su rostro acudió el orgullo shyri de su madre y el coraje inca de su padre. De inmediato or-
    • denó a su maestro que le atara un lazo ala cintura y lo bajara al fondo del pozo. El maestro Quisphe lo bajó según susdeseos. En el fondo sombrío, la víbora seacercó a los pies del joven príncipe, perono acometió ataque alguno. Se enroscó 75sobre sí misma y se alejó zigzagueandohacia el lado más oscuro del pozo. Ata-hualpa la contempló con su acostumbra-da curiosidad. —Estoy orgulloso de ti ―le dijo el sa-bio Quisphe tras sacarlo del agujero―.No sólo has probado tu valor, una indis-pensable cualidad para un gobernante,sino que tu corazón, adonde me resultabaimposible penetrar, no te ha acusado denada. Eres un ser puro, un digno sucesorde tu padre. Cuando Atahualpa ascendió al poder,años después, ordenó tapar el pozo de lasserpientes. Aquella mañana había com-prendido que el dolor causado por la tor-tura espanta, pero no corrige.
    • 77 Come oro En tiempos de la conquista española,un soldado andaluz se apoderó del orode un viejo cacique de Gualaceo, cantónde la serranía sur del Ecuador. Como enmuchas historias de la época, el conquis-tador se valió de un engaño para hacer-se del oro. Sin embargo, lo fabuloso del hecho es que no lo con- siguió por la astucia sino por la torpeza del truco. El conquistador iba montado en su caba- llo cuando se encontró con un joven indígena, llama-
    • do Pautis, hijo del cacique. Con temor y curiosidad, el joven se acercó al poderoso animal. El español aprovechó el momen- to para engañar al muchacho. —Dame oro para el caballo —le dijo el78 conquistador—. Mira cómo muerde el fre- no de plata. Apúrate. —¡Maravilla! —contestó Pautis y co- rrió a su casa. El español hincó las espuelas del caba- llo y siguió al muchacho sorprendido. En la casa, Pautis le contó a su padre que un hombre barbudo, vestido de relu- ciente metal y con plumas de colores en la cabeza, le había pedido oro para dar de comer a un animal sobre el que iba mon- tado. —No seas ingenuo —dijo el viejo caci- que de mirada inteligente—. El extraño te pide oro para él, que desea las rique- zas. Los animales no comen oro, sino ho- jas de maíz y otras plantas. —Pero he visto que mordía un metal blanco como la plata. —Debe de tener los dientes duros ―ex-
    • plicó el cacique―, por eso le ponen un fre-no duro para que obedezca al que monta.Igual que los llamingos cuando hay queguiarlos por la montaña. Sin convencerse del todo de la explica-ción de su padre, el muchacho señaló con 79la mano hacia afuera. Allí estaba el ex-traño barbudo, que había desmontado delanimal y aguardaba en el patio. El cacique miró al jinete a través dela puerta y, sin decir palabra, salió de lacasa y se dirigió a la chacra. Regresó alrato con algunas plantas de maíz. Concautela se acercó al caballo. —Extraño, tú has pedido comida paratu animal ―dijo el cacique―. Quiero verqué le gusta más.A continuación, le mostró a la bestia untallo de maíz y un brazalete de oro sacadode su muñeca. Naturalmente, el animal alargó el ho-cico hacia el maíz, y se puso a morder lashojas a pesar del freno. El brazalete deoro recibió un contundente y caballunodesaire.
    • —¡Ya ves, hijo, el oro no es apetecido por los animales sino por los hombres. Las barbas del conquistador no permitie- ron ver la coloración de su rostro. ―Extraño, toma el oro y llévatelo ―dis-80 puso el viejo cacique, sin apartar la vista del joven Pautis. —Gracias, viejo astuto. Cuando partió, el español se llevó objetos de oro para él y tallos de maíz para el ca- ballo.
    • El lago San Pablo El lago San Pablo, ubicado cerca de 81Otavalo, constituye un atractivo de laprovincia de Imbabura. Sin embargo, nosiempre fue así. Según la leyenda, hace mucho tiempo el sitio fue una gran planicie donde existía una hacienda. Debido a la fertilidad del suelo, que proveía abundantes cosechas para el humano y extensos pas- tos para el ganado, el dueño era un hombre extre- madamente rico,
    • pero extremadamente avaro. Lo tenía todo en abundancia: cultivos, árboles frutales y cientos de cabezas de ganado; no obstante, era un hombre mez- quino que nunca compartía nada con na-82 die. Una tarde, se presentó a la entrada de la hacienda un forastero que llevaba con- sigo un burro cargado con dos barriles y algunas plantas de laguna: berros, mus- gos, totoras, lirios de agua, etc. Con toda humildad, el forastero llamó al interior. —¡Se puede! ¡Se puede! ¡Una posada por el amor de Dios! Nadie contestó, pero enseguida sa- lieron de la casa principal de la hacien- da siete perros furiosos, enviados por el mezquino dueño para que atacaran al fo- rastero. Al ver lo que iba a suceder, un peón sintió pena por el pobre forastero y, aun sabiendo que el patrón lo reprendería, co- rrió a la entrada, ahuyentó a los perros y lo hizo pasar. Aquella tarde los dueños de la hacien-
    • da estaban de fiesta. Habían sacrificadoun cerdo y había gran cantidad de comiday bebida. Mientras el forastero se quedóen el patio de la casa principal, el peónfue al salón en fiesta a hablar con el pa-trón. 83 —Tonto de capirote ―le insultó el pa-trón―, sabes bien que nunca doy posadaa nadie. Pero ya que lo hiciste pasar, dejaque duerma en el corredor. El peón fue a comunicar al forastero laorden del dueño. Luego de agradecerle, elforastero le hizo la siguiente advertencia: —Escucha, buen hombre, agarra tuscosas y huye de la hacienda. ¡Aquí va aocurrir un castigo! Confundido e impresionado por las pa-labras, el peón tomó sus pocas posesionesy en media hora abandonaba la hacienda. Más tarde, al caer la noche, todos en lacasa principal se alegraban al tiempo quedisfrutaban de un abundante banquete.Nadie se preocupó de por lo menos ofre-cerle un bocado al forastero. Entonces, más o menos a la mediano-
    • che, el forastero abrió la tapa de los barri- les y de allí brotaron furiosas corrientes de agua que empezaron a inundar el pa- tio, los corrales del ganado y el corredor de la casa principal.84 El tremendo ruido provocado por las aguas y los animales alertó a los dueños, pero nada pudieron hacer. De la noche a la mañana, todas las tierras de la hacien- da y los que allí habitaban quedaron su- mergidos bajo el agua. Se dice que el misterioso forastero fue el Padre de las Lagunas.
    • 85 El Señor de la Sandalia Pocas esculturas religiosas poseen tan-tos nombres como una imagen de Cristoubicada a la entrada del convento de SanAgustín, en el centro histórico de Quito.Algunos devotos la llaman El Señor de laPortería; otros, El Señor de la Buena Es-peranza. Para unos es El Cristo de la Úl-tima Esperanza; para otros, El Señor dela Sandalia. Cuatro denominaciones parauna misma imagen; cuatro denominacio-nes que tienen su origen en una leyenda. Una placa del patio central del con-vento, donde funciona el museo Miguelde Santiago, refiere dicha leyenda. Segúnésta, en el año 1652 llegó a las puertas
    • del claustro una mula cargada de un pe- sado cajón, sola y sin un arriero que la dirigiera. Ningún viajero reclamó por el animal aquel día. Al anochecer, el hermano por-86 tero comunicó el hecho al Superior y éste ordenó descargar la mula, alimentarla en el huerto y guardar el cajón en un rincón de la portería, hasta que el dueño apa- reciera. Pero nadie se presentó en tres meses. Dado lo extraño del suceso, los sacer- dotes y dos testigos abrieron el cajón y descubrieron una estatua de Cristo, la que llevaba una túnica de terciopelo y dos sandalias incrustadas de perlas, es- meraldas y rubíes. Tras deliberaciones, los sacerdotes la pusieron en exhibición pública en la portería. Y de tal forma em- pezaron a llamarla. Los otros nombres se debieron también a sucesos extraños. Ocurrió así que cierto día un joyero acusó a Gabriel Cayamcela, jornalero pobre de la ciudad, de haber ido a su tienda a vender una de las sandalias
    • del Señor. La indignación del Quito de aquellosaños fue general. Las autoridades civilesy eclesiásticas, rodeadas de un furiosogentío, arrestaron a Cayamcela, le arre-bataron la prenda robada y lo condujeron 87a la cárcel. ―Soy inocente, soy inocente ―repetíacon voz ahogada el acusado―. ¡El Señorsabe que no soy ladrón! En las indagaciones, el prisionero de-claró que desesperado por el hambre desus hijos había ido a postrarse ante la sa-grada imagen, le había implorado auxilioy entonces había ocurrido un milagro. ElSeñor de la Portería había extendido elpie derecho y había dejado caer la sanda-lia en sus manos. Las autoridades encargadas del casono podían creerlo. Tan descarada menti-ra mostraba que Cayamcela no temía nia Dios ni a los hombres. ―Como acusado de robo y sacrilegio leespera la horca ―advirtió el juez―. Eso sies que antes la multitud no logra entrar
    • aquí. ―El Señor no permitirá una injusticia. Él mismo dirá que me regaló la sandalia ―se defendió con serenidad el reo, y pidió ser llevado a la portería de San Agustín88 para que el Señor probara su inocencia. Las autoridades civiles se opusieron a un traslado suicida, pues la cárcel se ha- llaba a tres cuadras del convento. Afuera, la multitud gritaba amenazante; sin em- bargo, la convicción del reo era tan fuerte que al final accedieron a llevarle. El recorrido de las tres cuadras fue car- gado de tensión, como momentos antes de una tormenta. El griterío de la gente siguió de cerca al reo, custodiado por un piquete de policías. Todos deseaban pre- senciar el fin del sacrílego. La multitud no cupo en la portería de San Agustín. Con andar tembloroso, el acusado se postró de rodillas ante la imagen religiosa y oró con esperanza, su última esperanza. ―Señor, vine a pedirte ayuda y tú me regalaste tu sandalia. Como dicen que es
    • robada, devuélveme la honra. Cayamcela no había terminado de re-zar, cuando la multitud vio que la esta-tua de madera extendía el pie izquierdo ydejaba caer la otra sandalia en manos delhombre arrodillado. 89 ―¡Milagro! ¡Milagro! La devoción y el asombro resonabanen la portería de San Agustín, en el patiodel convento, en la iglesia, en todo Quito.Tras postrarse de rodillas, persignarse ypedir perdón por acusar a un inocente, lamultitud puso en libertad a Cayamcela ylo reconocieron como legítimo dueño delas sandalias. Según la leyenda de la placa del con-vento, al final los fieles quiteños com-prendieron que el Señor había regaladosus sandalias. Y dado que conmovía verlodescalzo, aquel mismo día hicieron unacolecta pública y se las compraron a Ca-yamcela por cuarenta mil pesos de plata. Desde entonces la imagen es conocidacomo el Cristo de la Última Esperanza oEl Señor de la Sandalia.
    • El gallito de la Catedral 91 Don Ramón Ayala y Sandoval era unhombre fuerte, osado, aficionado a la mú-sica y las mistelas, una bebida de aguar-diente y canela que hace muchos añospreparaba en Quito la chola Mariana.Pero esto no tenía nada de excepcionalsalvo que, entre la embriaguez, don Ra-món acostumbraba pasar por la PlazaGrande y emprenderla a insultos contrael gallito de la Catedral. Haciendo honor a sus cuarenta añosde soltero empedernido, Don Ramón lle-vaba una vida solitaria y sujeta a un ho-rario estricto. Se levantaba a las seis de la mañana, realizaba los trabajos del día y en la tarde, a las tres en punto, to- maba la bajada de Santa Catalina y se encaminaba a la casa de la
    • chola Mariana. La tarde transcurría tranquila en la ciudad, hasta que las campanas de San- ta Catalina daban las seis. Entonces, los vecinos del Quito de aquellos años oían92 una voz de trueno por la casa de la chola Mariana. Todos sabían que don Ramón se aprestaba a hacer de las suyas. Tras el repique de las campanas, el ira- cundo borrachito salía de la cantina con las mejillas encendidas y soltando brava- tas sin sentido. Luego, al llegar al pretil de la Catedral, divisaba al gallito con la cresta erguida y desafiante, y se enfure- cía con la sola idea de que en la ciudad hubiera otro gallo más gallo que él: —¡El que se crea más hombre, que se pare enfrente! Para mí no hay gallitos que valgan. Ni el de la Catedral, ¡Carajo! Esto pasaba todos los días, hasta que una ocasión don Ramón se embriagó más de la cuenta. Regresaba a su casa a eso de las ocho de la noche cuando, al levan- tar la vista a la cúpula de la Catedral, no halló la figura del gallito. De inmedia-
    • to se ufanó a grandes voces por haberloahuyentado, pero de pronto distinguióuna sombra entre la oscuridad de las co-lumnas del templo. Don Ramón no podíacreerlo. El gallito erguido de las cúpu-las avanzaba hacia a él, y a medida que 93avanzaba crecía extraordinariamente. Adon Ramón se le quebró la voz. El galloalzó una gigantesca pata y rasgó con suespuela las piernas del iracundo borra-chito, quien cayó secamente al suelo. Unavez allí, lo remató con un picotazo en lacabeza. Horrorizado, don Ramón suplicó a lafuriosa ave que le perdonara sus ofensas.Y su asombro fue más cuando el gallo,abriendo el descomunal pico, le habló convoz ronca: ―¿Prometes no volver a beber miste-las? Lo hizo. —¿Prometes no lanzar más insultos;ni a mí ni a ningún cristiano?Don Ramón juró que no volvería a insul-tar, ni a beber mistelas, ni a tomar agua
    • siquiera. ―Levántate, infeliz mortal, y si vuel- ves a las andadas, en este lugar te espe- raré —amenazó el gallo y a continuación desapareció. Aunque muchos decían que todo ha-94 bía sido un truco del sacristán de la Ca- tedral, lo cierto es que don Ramón llevó por algún tiempo una vida recatada, sin probar una gota de aguardiente. No obs- tante, una tarde se le antojó pasar por la casa de la chola Mariana para beber- se una copita de mistela, nada más que una. Entró allí lentamente, y lentamente se fue haciendo a la idea de quedarse. Al toque de las seis, la voz de don Ra- món volvió a prorrumpir en insultos ante el pretil de la Catedral: —¡El que se crea más hombre, que se pare enfrente! Para mí no hay gallitos que valgan. Ni el de la Catedral, ¡Carajo! Truco o no, una cosa estaba probada: don Ramón no tenía remedio.
    • Leyendas insulares
    • 97 El tesoro del pirata Lewis Fray Tomás de Berlanga, obispo dePanamá, descubrió por casualidad las is- las Galápagos en 1535. Desde entonces, el archipiélago se convirtió en re- fugio de náufragos, balleneros y piratas, especialmente de estos últimos que apro- vechaban lo abrupto del paisaje y el pa- recido entre las islas para escon- der sus tesoros. Sin embargo, había ocasio- nes en que
    • ellos mismos no hallaban sus escondites secretos. Las llamaban por esto las Islas Encantadas. Uno de los sitios favoritos de los piratas fue una playa al norte de la isla Floreana,98 conocida hoy como la Bahía del Correo. En este lugar, a finales del siglo XVIII, el capitán inglés James Colnett dejó en un barril de ron unas cartas para que otros navegantes las llevaran a su destino. Y en efecto, con el transcurso del tiempo, algu- nos marineros, los piratas entre ellos, se dieron por recoger estas cartas para ha- cerlas llegar a sus destinatarios, a la vez que depositaban allí su correspondencia. Se estableció así el sistema de mensa- jería más singular del mundo. Por otra parte, Bahía del Correo se constituyó en paso obligado para los corsarios, que recurrían al barril-buzón para dejar no- ticias a sus compañeros. Se dice que en- tre los más famosos que emplearon este sistema constan los piratas Davis, Cook, Wajer, Dampier, Cowley y Eaton. Parte de estos legendarios lobos de
    • mar fue también el pirata Lewis, que vi-vió en la isla Floreana y murió en SanCristóbal. Al igual que sus compañerosde aventura, muchas de sus vivenciasson una combinación entre la realidad yla fantasía. 99 Para empezar, nadie sabe de dóndevino, de dónde era ni por qué decidió que-darse en San Cristóbal. Lo que sí se sabees que de tiempo en tiempo abandonabala isla, volvía en un par de semanas ycontinuaba con su vida normal. Al final de sus años, se hizo amigo delseñor Manuel Augusto Cobos y decidiórevelarle el misterio de sus viajes. El secreto era que el pirata Lewis ha-bía enterrado un tesoro en alguna isla.Cuando tenía apuros económicos, iba aaquel escondite en un bote viejo y recogíacierta cantidad para solventar sus nece-sidades por un tiempo. Decidido a revelar el escondite, el pi-rata Lewis se embarcó con su amigo enuna lancha de pesca maniobrada porcuatro marineros. Ambos se hicieron a la
    • travesía sin ningún inconveniente. Sin embargo, en el transcurso del trayecto, en medio de las aguas agitadas, el pira- ta Lewis empezó a saltar y a gritar como un demente. Parecía que alguna extraña100 maldición del tesoro había caído sobre el viejo lobo de mar. Al ver esto, don Manuel Augusto Cobos ordenó a los marineros regresar a San Cristóbal. Desembarcó con su delirante amigo, que gritaba sin ton ni son por el muelle, e intentó llevarlo a su casa. Pero éste volvió de pronto a la normalidad. ―Lo siento si te asusté ―explicó el pi- rata Lewis―. Tuve que actuar así porque esos marineros planeaban matarnos en cuanto supieran el lugar del escondite. Poco tiempo después, el Pirata Lewis murió y se llevó consigo el secreto de dón- de tenía enterrado su tesoro, el que has- ta ahora es buscado en la isla Floreana. Allí mismo, mientras tanto, los turistas siguen dejando sus cartas en un viejo ba- rril de ron.
    • 101 La maldición de la guayaba Aunque resulta difícil de creer, unode los mayores problemas ambientalesde Galápagos es causado por una plantade apariencia inofensiva y de dulce y fra-gante fruto: la guayaba. En efecto, mien-tras en otras zonas tropicales esta plantaconstituye un apreciado cultivo, en lasIslas Encantadas es una plaga agresiva ydañina casi imposible de erradicar. Dicela gente por esto que sobre las guayabasde Galápagos pesa una maldición. Según la leyenda, un día llegó a las is-las un buque llamado Estrella del Mar. Elnavío transportaba esclavos, provisionesdel continente y una planta de guayaba,
    • propiedades de un cruel patrón dueño de la hacienda Chatam, hoy conocida como isla San Cristóbal. Una vez sembrada en el huerto de la hacienda, la planta creció rápidamente;102 al año cargó sus primeros frutos, unos tan provocativos y fragantes que atraían la atención de esclavos y trabajadores. Prevenido sobre este hecho, el patrón mandó rodear el guayabo con un alam- brado. Pero por si esto fuera poco, advir- tió que quien se atreviera a tocar uno solo de los frutos sería castigado con trescien- tos latigazos. Entonces ocurrió la desgracia. Un niño de pocos años se metió por debajo del alambrado y con la inocencia propia de la infancia comenzó a devorar la fruta prohibida, sin percatarse de que un sirviente envidioso corría a la casa del patrón. Más tardó el esbirro en avisar que el patrón en llegar al huerto, acompañado por dos verdugos encargados de castigar a los esclavos. Dirigió una mirada al pe-
    • queño intruso y sin ninguna compasiónordenó ejecutar el castigo. El niño se dejó conducir tranquilamen-te por los verdugos, sin comprender loque le esperaba. Luego, cuando fue atadoal poste de los suplicios, lanzó un chillido 103angustioso y comenzó a llamar a gritos asu madre. Esclavos y trabajadores se habíancongregado en el lugar. Entre ellos, unamujer enloquecida de dolor y llanto queimploraba piedad para su hijo. Todos ob-servaban la escena con la cabeza agacha-da y los ojos brillosos. El patrón mostrabala crueldad de siempre. Nadie pudo evitar la ejecución del cas-tigo. El patrón contaba los latigazos. Cin-co, diez, quince, veinte… Y exigía más…Pero los verdugos dejaron de golpear por-que el pequeño era ya cadáver. Las lágri-mas rodaban por los rostros de esclavos ytrabajadores. Incluso los verdugos se se-caban las mejillas con el puño. El patrónsonreía. Furiosa e incontenible, la madre no es-
    • peró que los verdugos desataran el cuerpo de su hijo para correr a su lado. Se postró de rodillas, puso una mano en el cadáver y maldijo al despiadado patrón: —Pagarás con tu vida ―le anunció―,104 y tu planta será una peste. Crecerá in- controlablemente y el olor de sus frutos atraerá gente que vendrá a matarte y se adueñará de la hacienda. Cuenta la leyenda que no pasó mucho tiempo para que se cumplieran los vatici- nios de la madre. El patrón fue asesinado en su propia casa. La hacienda del Cha- tam se dividió y pasó a varios dueños. La guayaba se volvió una plaga para las Islas Encantadas, incontrolable hasta la actualidad.
    • Un fantasma
    • 107 Un fantasma Cuentan que en la ciu- dad de Guayaquil, por el sector al pie del cerro del Carmen, sale a pasear por las noches un hombre ele- gantemente vestido. La ropa del caballero, traje negro de gala y sombre- ro de copa a la antigua, atrae las miradas de transeúntes noc-turnos. Sin embargo, lo que más llama laatención es que el caballero se acerca alos taxistas estacionados por el lugar y,papel en mano, solicita que lo lleven a la dirección allí escrita. Lo extraño resul-
    • ta que casi nunca un conductor accede a hacerle la carrera. Del mismo modo procedió una noche don Leandro Alcívar, taxista de la coo- perativa Orellana. Poca gente circula-108 ba por la calle a esas horas, así que don Leandro aguardaba estacionado en una intersección de la Av. Quito y Machala. En eso, más o menos a las once, las luces del alumbrado público le mostraron una figura distinguida que se aproximaba al vehículo. Primero don Leandro pensó en arran- car a fin de no actuar de la misma mane- ra que sus compañeros; es decir, negarse a hacerle una carrera al señor, pero la no- che había estado tan floja que decidió no moverse de allí para ahorrar combusti- ble. No pasó un minuto antes que el señor elegante se acercara a la ventana bajada del vehículo y, blandiendo un pedazo de papel, solicitara una carrera. ―Lo llevaría con gusto, señor, pero es- toy con poca gasolina como para llegar allá.
    • El caballero del sombrero de copa mos-tró contrariedad y preguntó si creía quepronto vendría algún colega. ―No sé ―dijo don Leandro―. Deben deestar trabajando pocos; con eso de queahora la ciudad se ha vuelto peligrosa. 109 El caballero preguntó por qué. Por segunda vez don Leandro estuvopor arrancar, pero le dio pena aquel se-ñor. Soltó las manos del volante y se pusoa charlar con él: ―Usted sabe… ahora no hay comofiarse de nadie. Ni de los vivos ni de losmuertos.Las facciones del caballero, algo arruga-das y marcadamente pálidas, evidencia-ron interés. Interrogó al respecto. ―Lo que usted oye ―dijo don Lean-dro―. Fíjese usted. Cuentan que en el ce-menterio, a las once en punto de la noche,un fantasma abandona su tumba y sale ahacer de las suyas. El caballero bromeó que, en todo caso,había que elogiar la puntualidad del fan-tasma.
    • ―Es que no sale por gusto ―explicó don Leandro―, sino porque hay dos demonios que lo despiertan a esa hora. Era casi medianoche. Pocos vehículos transitaban bajo los faroles del alumbra-110 do de la avenida. Al parecer, al caballero le interesaba la plática y había desistido de tomar un taxi. Don Leandro continuó refiriendo la historia. ―Según la leyenda, un hombre de clase alta venido a menos hizo un pacto con el diablo. Gracias a esto se volvió rico, pode- roso y encumbrado, tanto que llegó hasta presidente de la República. Pero cuando se le acercaba la hora, se hizo construir una tumba de cobre para que el diablo no se llevara su alma. El caballero movió las facciones en for- ma reprobatoria, como quien escucha un embuste. ―Aunque usted no me crea ―don Lean- dro se acomodó en el asiento―. Este pre- sidente se construyó una tumba de cobre, la más grande del cementerio de Guaya- quil en esos años. Y dicen que cuando mu-
    • rió, el diablo sólo pudo llevarse el cuerpo.Por eso dejó dos demonios, para que nodejaran descansar en paz a la almita. Una brisa que subía del río Guayas agi-tó las ramas de un árbol cercano. Parecíaque la sombra del árbol se alejaba de allí. 111La intersección iluminada y solitaria. Untaxi y una figura elegante detenida juntoa la puerta del conductor. Todo volvía lanoche misteriosa. De pronto el caballero preguntó altaxista si creía que era verdad esa histo-ria. ¿Acaso alguien había visto personal-mente al fantasma? ―Muchos compañeros ―aseguró donLeandro―. Sólo que se callan para que nolos crean locos. Cuentan que lo recogierona medianoche y lo llevaron a una direc-ción escrita en un papel, igualito al suyo.Luego, el tipo les dijo que no tenía dine-ro y que volvieran el próximo día. ¿Us-ted qué cree? El compañero va a cobrara la que fue la casa del difunto presiden-te y se encuentra con que no es el únicoacreedor, que hay un montón de taxistas
    • a quien el fantasma les estafó la carrera. El caballero se sacó el sombrero de copa y sonrió por el chasco de los taxis- tas. Luego se colocó de nuevo el sombrero e interrogó por la identidad que tuvo en112 vida el fantasma. Esta vez don Leandro se dispuso a arrancar definitivamente. Encendió el motor del vehículo y respondió antes de acelerar: ―Emilio Estrada ―dijo―, el fantasma que sale de su tumba para conversar con la gente o a solicitar una carrera es el ex presidente don Víctor Emilio Estrada. El taxi se perdió entre las luces de la Av. Quito, una cuadra abajo del Cemen- terio General. La figura del caballero ele- gante se desvaneció.
    • Reseña del autorAmbato, 1972. Periodista y catedráticouniversitario. Su primera obra, Romeríadel carpintero (Libresa, 2003), apareciótras obtener el primer premio en el Con-curso de Literatura Infantil Alicia YánezCossío. En cuento ha publicado Cuentosecuatorianos de aparecidos (Grupo Edi-torial Norma, 2005), Blanca, la recorda-dora y “No puedo decir mamá” (GrupoEditorial Norma, 2006), El Hombre Peloy otros cuentos descabellados (AlfaguaraJuvenil, colección Caja de Letras, 2010).En novela es autor de El amor es un no séqué (Grupo Editorial Norma, 2008). Parael próximo año aparecerán dos novelasdirigidas para jóvenes: No me llevo convos porque estás con tos y Los espantososespantos espantados.