J. D. Robb

Serie Ante la muerte 01:

DESNUDA ANTE LA
MUERTE
J.D. ROBB
J. D. Robb

Eve Dallas es una teniente de la policía de Nueva York muy buena en su trabajo...
algunas veces incluso demasi...
J. D. Robb

D

espertó en la oscuridad. A través de la persiana se filtraba la primera lechosa
claridad del amanecer, que ...
J. D. Robb
Tras ponerse un albornoz, fue a la cocina y programó su AutoChef para que le
preparase café solo y tostadas no ...
J. D. Robb
soja. Eve tuvo que hacer un brusco giro para no atropellar a un afanoso vendedor
que atendía su Glida-Grill, y ...
J. D. Robb
de manos igualmente menudas y regordetas, y cabello color rojizo—. Pareces
cansada.
—Tuve una noche movida.
—Es...
J. D. Robb
roció las botas para que éstas no recogieran fibras, cabellos sueltos o fragmentos de
piel.
Eve comenzaba a rec...
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inmóvil—. Las heridas... —murmuró acercándose para examinarlas—. Son
demasiado limpias para ser de cuchillo, y ...
J. D. Robb
—El asesino. —Feeney esperó a que Eve volviera a mirarlo—. Llamó desde aquí
mismo a la comisaría. Fíjate en que...
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—La hermana de mi mujer fue allí por sus bodas de plata. Le costó casi tanto como la
boda de mi chico. Vaya, aq...
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pasado, no le extrañó que la recepcionista de Paradise la mirase como a una
pordiosera.
El agua de la cascada s...
J. D. Robb
—Aguarde aquí, por favor.
—Desde luego. —Eve esperó a que la puerta se cerrara y luego, con un suspiro, se
dejó...
J. D. Robb
el monitor le preguntó si quería tomar algo, él agitó una mano y la luz se reflejó en
sus enjoyados dedos—. Sí,...
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—¿Se llevaba mal con su familia?
—Fatal. Le encantaba darle disgustos. Ella era un espíritu tan libre y ellos s...
J. D. Robb
mariposa de alas rojas. Cosméticos faciales de los que duran cuarenta y ocho horas,
de forma que su arreglo fue...
J. D. Robb
La actividad fue escasa durante varias horas. Alguna que otra prostituta bajando al
vestíbulo, otras volviendo ...
J. D. Robb
«Complejo Gorham, propiedad de Industrias Roarke, casa central en el 500 de la
Quinta Avenida. Roarke, presiden...
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Evaluando los datos, decidió que hablaría con Roarke. Muy pronto.
Cuando Eve salió de la comisaría para dirigir...
J. D. Robb
acariciarse—. Apúntame con ese revólver mientras me violas. Quiero que lo hagas,
me gusta que...
La explosión h...
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—Más vale que sea importante, Dallas. Mi esposa me pedirá cuentas por esto.
—Sí, señor —dijo Eve y, mientras se...
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Y, durante todo el tiempo en que aquello ocurrió, la niña, la pobre niña, había estado
llorando, suplicando ayu...
J. D. Robb
—El tiempo es una parte importante del problema. Una de seis, teniente. ¿Qué le
sugiere a usted eso?
—Que el ti...
J. D. Robb
caballero de Virginia es un asno pomposo y arrogante. Por desgracia, el asno tiene
poder, así que ándese con cu...
J. D. Robb
—Es una cuestión de seguridad, señor. Se trata de dos de mis mejores agentes. La
teniente Dallas dirige la inve...
J. D. Robb
—Llevo más de cincuenta años auxiliando a la justicia. Quiero esa información para
el mediodía. —Cogió su abrig...
J. D. Robb
—Lo siento mucho, teniente. A mi cita de las tres aún le quedan quince minutos.
—Aguardaré. —Sin esperar una in...
J. D. Robb
—Éramos vecinos desde hacía más de tres años, y en alguna ocasión habíamos
trabajado juntos. A veces, a uno de ...
J. D. Robb
—Va a hacerme perder una de mis mejores clientas; —rezongó él—. Darleen Howe.
Le daré la dirección;—Se levantó ...
J. D. Robb
—¿Es esto un soborno, Charles? Porque si lo es, y es usted la mitad de bueno de lo
que cree ser...
—Soy mejor. ...
J. D. Robb
Los padres de Sharon eran dos abogados de éxito, relativamente jóvenes y atractivos,
que dirigían su propio buf...
J. D. Robb
A primera vista, Eve lo juzgó frío, calculador, una gélida fortaleza a la que nadie
osaría acercarse. Pero tamb...
J. D. Robb
—Eso mismo pienso yo. Señora DeBlass... —Eve tendió una mano a la esposa del
senador y de pronto se encontró co...
J. D. Robb
—Sí que lo es, pero concretamente esa noche yo no lo hice. Trabajamos hasta casi
medianoche y luego me retiré a...
J. D. Robb
—¿Tiene usted por costumbre asistir a los entierros de mujeres que apenas conoce,
Roarke?
—Soy amigo de la fami...
J. D. Robb
Tras una breve vacilación, Eve sacó de un bolsillo la tarjeta de contacto del
automóvil alquilado y se la entre...
J. D. Robb
Era extraño, se dijo, que no la hubiese identificado como policía. Solía tener buen
instinto para aquellas cosa...
J. D. Robb
En un minuto estuvieron en el aire, y la transición fue tan suave que Eve apenas notó
la aceleración. Se dijo q...
J. D. Robb
—¿Tiene usted un Smith & Wesson calibre 38, modelo Diez, de comienzos del siglo
XX?
Roarke aspiró una profunda ...
J. D. Robb
Escogió otra uva y se la ofreció a Eve. Ella la aceptó, pero se recordó que la gula era
una debilidad.
—¿Volvió...
J. D. Robb
—Soy un excelente tirador —Dejó a un lado la vacía copa— Me encantará
demostrárselo cuando venga a ver mi colec...
J. D. Robb
Era el momento de enderezar las cosas. Sola en su sala de estar, y técnicamente fuera
de servicio, se sentó del...
J. D. Robb
—Móvil: la arrogancia. —Lanzó un largo suspiro de satisfacción—. Cálculo de
probabilidades. El sistema zumbó, r...
J. D. Robb
Sintiéndose pálida y anodina, como solía ocurrirle cuando estaba a menos de cinco
metros de los detonantes colo...
J. D. Robb
—No te apetece salir a ligar con los chicos del espacio. —Mavis se incorporó de
nuevo, y los cristales de sus l...
desnuda ante la muerte
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desnuda ante la muerte

  1. 1. J. D. Robb Serie Ante la muerte 01: DESNUDA ANTE LA MUERTE J.D. ROBB
  2. 2. J. D. Robb Eve Dallas es una teniente de la policía de Nueva York muy buena en su trabajo... algunas veces incluso demasiado buena. Jamás le ha contado a nadie sus pesadillas acerca de todas las víctimas a las que no ha podido salvar por haber llegado demasiado tarde y se niega a abrirse a los psiquiatras de la oficina. Su último caso, en el que un padre ha descuartizado a su hija en pedazos, sigue atormentándola, pero, antes de que tenga oportunidad de recoger pruebas, la reclaman para otro asunto prioritario. Una costosa prostituta de alto standing ha sido asesinada… la han disparado tres veces con una vieja pistola. La víctima es la nieta de un senador de los Estados Unidos que quiere que se coja al asesino a toda costa y que el caso se cierre para poder concentrarse en su agenda política. Por suerte para la víctima, Eve no cede nunca a las presiones políticas... Eve comienza su investigación con los muchos clientes de la prostituta, y se encuentra interrogando a Roarke, un misterioso multimillonario irlandés que había cenado con la mujer la noche anterior a su muerte. Es cierto que Eve siente una instante atracción física por el hombre, pero se niega a hacer nada al respecto... es una profesional y no se involucra con sospechosos. Haciendo a un lado su corazonada sobre Roarke, Eve trata de ser objetiva en su investigación, pero las evidencias siguen acumulándose en contra de éste. Cuando otras dos prostitutas son asesinadas en poco tiempo, Eve es presionada para que halle al asesino. Con su carrera en riesgo debido a la presión del senador y sus superiores, Eve no se puede permitir involucrarse con alguien como Roarke. Pero ¿cómo puede ignorar al hombre que le hace sentir algo por primera vez en muchos años? Los años de profesión le han enseñado que la supervivencia depende del instinto, y por eso trata de evitar cualquier contacto con Roarke, el principal sospechoso del caso que está investigando. Sin embargo, la pasión y la seducción tienen sus propias reglas, y Eve no puede resistir caer entre los brazos de un hombre que apenas conoce, pero que la domina. Lo pasado es prólogo. WILLIAM SHAKESPEARE La violencia es tan típicamente norteamericana como la tarta de cerezas. RAP BROWN
  3. 3. J. D. Robb D espertó en la oscuridad. A través de la persiana se filtraba la primera lechosa claridad del amanecer, que producía alargadas sombras sobre la cama. Fue como despertar en una celda. Por un momento permaneció inmóvil y estremecida mientras las imágenes de su sueño se desvanecían. Al cabo de diez años en la policía, Eve aún tenía sueños. Seis horas antes había matado a un hombre, había visto cómo la muerte asomaba a sus ojos. No era la primera vez que recurría a medidas extremas, ni tampoco la primera vez que soñaba. Había aprendido a aceptar el acto y sus consecuencias. Pero la niña la atormentaba. La niña a la que no llegó a tiempo de salvar. La niña cuyos gritos habían resonado con los de ella en el sueño. Toda aquella sangre, pensó Eve, enjugándose el sudor del rostro. Era asombroso que una criatura tan pequeña albergase tanta sangre. Tenía que apartar de su mente aquella imagen. Según las normas del departamento, debería pasarse la mañana en Reconocimiento. Antes de seguir en su trabajo, todo agente que disparaba produciendo con ello víctimas mortales tenía que someterse a un reconocimiento emocional y psiquiátrico. Eve consideraba que tal reconocimiento era un leve fastidio. Lo superaría del mismo modo que lo había superado otras veces. Cuando se levantó, las luces del techo se encendieron automáticamente, iluminando su camino hasta el baño. Al ver su reflejo hizo una mueca. Tenía los ojos hinchados por la falta de sueño, y su piel estaba casi tan pálida como los cadáveres que había dejado a cargo del forense. Se metió en la ducha, bostezando. —Treinta y ocho grados, potencia máxima —dijo, colocándose de forma que el chorro le diera directamente en la cara. Mientras se enjabonaba, recordó los acontecimientos de la noche anterior. No tenía que ir a Reconocimiento hasta las nueve, así que disponía de tres horas para tranquilizarse y librarse de los efectos del sueño. Las pequeñas dudas y los ligeros remordimientos solían ser detectados, y podían aparejar una nueva sesión con las máquinas y los técnicos con ojos de búho que las manejaban. Eve no tenía intención de permanecer más de veinticuatro horas alejada de las calles.
  4. 4. J. D. Robb Tras ponerse un albornoz, fue a la cocina y programó su AutoChef para que le preparase café solo y tostadas no muy hechas. Por la ventana le llegaba el fuerte zumbido del tráfico aéreo que llevaba a los más madrugadores hacia el trabajo y a los más trasnochadores hacia sus casas. Años atrás, había escogido ese apartamento porque se hallaba enclavado en un concurrido nudo de tráfico aéreo y terrestre, y a ella le gustaban el ruido y las multitudes. Bostezando de nuevo, miró por la ventana y siguió con la vista el trayecto de un viejo aerobús que transportaba a los trabajadores que no tenían la suerte de trabajar en la ciudad o con ordenadores domésticos. Sintonizó en su monitor el New York Times y echó un vistazo a los titulares mientras la falsa cafeína entonaba su sistema nervioso. El AutoChef había vuelto a quemar la tostada, pero se la comió de todos modos, tomando mentalmente nota que debía pedir que le cambiasen el cacharro. Mientras leía un artículo-sobre unos cocker spaniel droides que habían salido defectuosos y estaban siendo reclamados por la fábrica para someterlos a revisión, el avisador de su ordenador parpadeó. Eve cambió a comunicaciones y en la pantalla apareció el rostro de su jefe. —Comandante... —Teniente. —El hombre le dirigió un rápido vistazo, reparando en el húmedo cabello y en sus soñolientos ojos—. Incidente en el 27 de West Broadway, piso 18. Usted es la encargada de la investigación. Eve enarcó una ceja. —Debo ir a Reconocimiento. Anoche eliminé a un sujeto. —Esto tiene prioridad —replicó él, con voz carente de inflexiones—. Recoja su placa y su arma camino del lugar. Código Cinco, teniente. —Sí, señor. —El rostro del comandante se desvaneció de la pantalla. Código Cinco significaba que ella informaría directamente a su superior, y que no había informes abiertos interdepartamentales ni colaboración con la prensa. En esencia, significaba que trabajaría sola. Broadway era un lugar ruidoso y atestado, una fiesta cuyos alborotadores invitados nunca se iban. El tráfico, tanto peatonal como de vehículos, era espantoso y todo estaba saturado de cuerpos y vehículos. Eve recordaba de su época de agente uniformada que en aquel lugar eran frecuentes los accidentes y los atropellos de turistas distraídos con el espectáculo. Pese a lo temprano de la hora, nubes de vapor se alzaban de los puestos de comida que ofrecían de todo a la muchedumbre, desde tallarines de arroz hasta salchichas de
  5. 5. J. D. Robb soja. Eve tuvo que hacer un brusco giro para no atropellar a un afanoso vendedor que atendía su Glida-Grill, y encajó con resignación el obsceno gesto que le hizo el hombre. Aparcó en doble fila y, sorteando a un tipo que olía aún peor que la botella que llevaba, comenzó a andar por la acera. Primero le echó un vistazo al edificio, cincuenta pisos de reluciente metal que se alzaban hacia el cielo desde una base de cemento. Antes de llegar a la puerta, dos hombres le hicieron proposiciones, lo cual no la sorprendió, dado que aquellas cinco manzanas de Broadway recibían el apodo de Paseo de la Prostitución. Mostró su placa al policía de guardia en la entrada. —Teniente Dallas. —A sus órdenes. —El agente conectó la barrera electrónica que impedía el paso de curiosos y luego abrió marcha hacia los ascensores—. Piso dieciocho —dijo, una vez las puertas de la cabina se hubieron cerrado. —Infórmeme, agente. —Eve conectó su grabador. —No estuve entre los primeros en llegar, teniente. Lo que sucedió arriba sólo lo saben los que están allí. Hay un policía de paisano esperándola. Tenemos un homicidio y un código Cinco en el apartamento 1803. —¿Quién dio el aviso? —No lo sé. Cuando el ascensor llegó a su destino, el agente se quedó en la cabina. Eve salió a un angosto corredor. Las cámaras de seguridad giraron en su dirección y, yendo hacia el apartamento 1803, sus pies no hicieron el menor ruido sobre la gastada moqueta. Haciendo caso omiso del llamador, se anunció en voz alta y mostró la placa a la cámara que hacía las veces de mirilla. La puerta se abrió. —Dallas... —Feeney... Eve sonrió. Le agradaba encontrar un rostro familiar. Ryan Feeney era un viejo amigo y un antiguo compañero que había cambiado el trabajo de calle por uno de oficina. Ocupaba un alto cargo en la División de Detección Electrónica. —¿Qué hace aquí un especialista en ordenadores? —Se necesitaba un experto, y yo soy el mejor. —Una sonrisa apareció en su arrugado rostro, pero los ojos permanecieron fríos. Feeney era un hombre menudo y regordete
  6. 6. J. D. Robb de manos igualmente menudas y regordetas, y cabello color rojizo—. Pareces cansada. —Tuve una noche movida. —Eso me han dicho. —Le ofreció una nuez azucarada de la bolsa que siempre llevaba y la estudió, tratando de discernir si su compañera estaba preparada para lo que le esperaba en la habitación contigua. Eve era joven para ser teniente, pues apenas había cumplido los treinta. Poseía unos grandes ojos pardos que nunca fueron ingenuos. Tenía el pelo castaño claro y lo llevaba corto, más por sentido práctico que por moda. Su rostro era triangular, de pómulos marcados, y tenía un pequeño hoyuelo en la barbilla. Era alta, esbelta y parecía flaca, aunque Feeney sabía que bajo la cazadora de cuero había fuertes músculos. Más aún, la mujer también tenía cerebro. Y corazón. —Se trata de un caso muy delicado, Dallas. —Sí, ya me había dado cuenta. ¿Quién es la víctima? —Sharon DeBlass, nieta del senador DeBlass. El apellido no le dijo nada a Eve. —La política no es mi fuerte, Feeney -Un caballero de Virginia. Extrema derecha, familia acaudalada. La nieta se descarrió hace unos años, se trasladó a Nueva York y se convirtió en acompañante profesional. —Era puta. —Dallas observó el apartamento. Estaba decorado estilo moderno obsesivo: cristal y cromo, hologramas firmados en las paredes, bar empotrado de color rojo intenso. En la pantalla sedante de detrás de la barra evolucionaban formas de colores fríos y desvaídos. Limpia como una virgen, pensó Eve, y fría como una puta. —No tiene nada de extraño, habida cuenta del vecindario que escogió. —Las consideraciones políticas complican el caso. La víctima tenía veinticuatro años, y era blanca. La mataron en la cama. Eve alzó una ceja. —Resulta poético, ya que en la cama trabajaba. ¿Cómo murió? —Ése es el otro problema. Quiero que lo veas por ti misma. Mientras cruzaban la estancia, sacaron unos pulverizadores y se rociaron las manos para evitar dejar huellas digitales y rastros de grasa corporal. En la puerta, Eve se
  7. 7. J. D. Robb roció las botas para que éstas no recogieran fibras, cabellos sueltos o fragmentos de piel. Eve comenzaba a recelar. En circunstancias normales, en la escena de un homicidio hubiera habido otro par de investigadores, con grabadoras de sonido y vídeo, y los del equipo forense también habrían estado allí, aguardando con impaciencia para hacer su trabajo. El hecho de que sólo estuviera Feeney significaba que estaban caminando sobre cáscaras de huevo. —Hay cámaras de seguridad en el vestíbulo, el ascensor y los corredores —comentó Eve. —Tenemos los discos para examinarlos. —Feeney abrió la puerta del dormitorio y cedió el paso a su compañera. No era bonito. Para Eve, la muerte rara vez era una experiencia tranquila o religiosa. Era más bien el desagradable fin de santos y pecadores. Pero aquello era espantoso, como una escena expresamente dispuesta para provocar el horror. La cama era enorme y estaba cubierta por lo que parecían sábanas de raso auténtico color melocotón. Unos pequeños focos iluminaban el centro del colchón flotante, donde se encontraba la mujer desnuda. El colchón se mecía a impulsos de oscilaciones sensualmente gratas, causadas por la música programada que emanaba de la cabecera. La mujer seguía siendo bella. Rostro de camafeo, una cascada de cabello rojo encendido, ojos esmeralda que miraban inertes los espejos del techo. Sus miembros eran blancos y largos y, suavemente agitados por los movimientos de la cama, evocaban visiones románticas. La mujer estaba lascivamente abierta de brazos y piernas, en el centro de la cama. Había un agujero en su frente, otro en su pecho y otro, enorme y horrible, entre las piernas. La sangre había empapado las sábanas, y en las paredes también se veían rojas salpicaduras que parecían macabras pinturas hechas por un malvado chiquillo. Tal abundancia de sangre no era frecuente, y Eve ya había visto demasiada la noche anterior para contemplar la escena con la calma que hubiera deseado. Tragó saliva, y se obligó a borrar dé su memoria la imagen de la niña. —¿Habéis grabado la escena? —Sí. —Entonces apaga esas malditas luces. —Eve lanzó un suspiro de alivio una vez Feeney hubo dado con los controles que silenciaban la música. La cama quedó
  8. 8. J. D. Robb inmóvil—. Las heridas... —murmuró acercándose para examinarlas—. Son demasiado limpias para ser de cuchillo, y demasiado sucias para ser de un láser. — Por su memoria desfilaron recuerdos de viejas películas de adiestramiento, viejos vídeos, viejas crueldades—. Joder, Feeney, parecen heridas de bala. Feeney sacó de un bolsillo una bolsa sellada. —Quienquiera que fuese, dejó un recuerdo. —Entregó la bolsa a Eve—. Una antigüedad como ésta puede costar ocho o diez mil pavos en el mercado de coleccionistas, y el doble en el mercado negro. Eve contempló el sellado revólver que tenía en la mano. —Es pesado —murmuró—. Y voluminoso. —Calibre treinta y ocho —dijo Feeney—. El primero que veo fuera de un museo. Es un Smith & Wesson, modelo diez, acero azul. —Admiró el arma—. Se trata de una pieza clásica. Fue el arma reglamentaria de la policía hasta fines de siglo pasado. Dejaron de fabricarlos hacia el año veintidós o veintitrés, cuando se decretó la prohibición de este tipo de armas. —Tú eres el experto en historia. —Lo cual explicaba que estuviese allí con ella—. Parece nuevo. —Olfateó a través de la bolsa y percibió el olor a aceite lubricante y pólvora quemada—. Alguien lo cuidó muy bien. Acero disparado contra carne — murmuró, devolviendo la bolsa a Feeney—. Fea forma de morir. El primer caso así que me encuentro en los diez años que llevo en el departamento. —Para mí es el segundo. Hace cosa de quince años, en una fiesta en la parte baja del East Side, un tipo disparó contra cinco personas con una veintidós antes de darse cuenta de que no era un juguete. Fue una carnicería horrorosa. —Empieza la diversión —murmuró Eve—. Investigaremos a los coleccionistas, a ver cuántos localizamos que posean un arma como ésta. Quizá sea producto de un robo y alguien lo haya denunciado. —Es posible. —Lo más probable es que proceda del mercado negro. —Eve se volvió hacia el cuerpo—. Si la mujer llevaba años en el negocio, debe de tener discos, registros de sus clientes, agendas de direcciones. —Frunciendo el entrecejo, siguió—: Siendo esto un código Cinco, tendré que hacer la investigación sola. No se trata de un simple crimen sexual —añadió, con un suspiro—. El que lo hizo montó la escena a conciencia. El arma antigua, las propias heridas, repartidas casi como con tiralíneas por todo el cuerpo, las luces, la postura. ¿Quién denunció el hecho?
  9. 9. J. D. Robb —El asesino. —Feeney esperó a que Eve volviera a mirarlo—. Llamó desde aquí mismo a la comisaría. Fíjate en que la luz de la mesilla de noche está enfocada hacia la cara de la mujer. Eso es lo que la policía recibió. Vídeo sin audio. —Al tipo le gusta el espectáculo. —Eve suspiró—. Es un cabrón arrogante, jactancioso. Primero se acostó con ella, apuesto lo que sea. Luego se levantó y lo hizo. —Alzó un brazo, apuntó y contó—: Uno, dos, tres... —A eso se le llama sangre fría —murmuró Feeney. —El tipo la tiene. Incluso arregló las sábanas. ¿Te das cuenta de lo lisas que están? Luego coloca a la víctima, la abre de brazos y de piernas de modo que a nadie le quepa la menor duda sobre cómo se ganaba la vida. Lo hace con esmero, midiéndolo todo de modo que ella quede justo en el centro de la cama y sus brazos y piernas estén simétricamente separados. No desconecta la cama porque eso forma parte del espectáculo. Deja el arma porque quiere que nos demos cuenta de que no es un hombre normal. Tiene su ego. No quiere perder tiempo esperando a que el cuerpo sea encontrado fortuitamente. Quiere que sea ya. Gratificación instantánea. —La muerta tenía licencia para hombres y mujeres—comentó Feeney. Eve meneó la cabeza. —No es una mujer —dijo—. Una mujer no la hubiera dejado para que pareciese a un tiempo bella y obscena. No, no creo que se trate de una mujer. Veremos qué se puede averiguar. ¿Le has echado un vistazo a su ordenador? —No. El caso es tuyo, Dallas. Yo sólo estoy autorizado para ayudarte. —Mira si puedes acceder a su lista de clientes. —Eve fue al vestidor y comenzó a examinar los cajones. Gustos caros, se dijo. Había varias prendas de vestir de seda auténtica, nada de imitaciones. El perfume que había encima del tocador era exclusivo y olía a sexo caro. Los cajones tenían su contenido meticulosamente ordenado. La lencería estaba doblada con todo cuidado, y los suéteres estaban ordenados según color y tejido. Lo mismo ocurría con el armario. Evidentemente, la víctima estaba enamorada de la ropa, le gustaba la mejor y la cuidaba con esmero. Y había muerto desnuda. —Lo tenía todo anotado —anunció Feeney—. Aquí está su lista de clientes, su libro de citas, incluidas las de su examen médico mensual y su visita semanal al salón de belleza. Utilizaba la clínica Trident para lo primero y el salón Paradise para lo segundo... —Los dos son establecimientos de primera. Una amiga se pasó un año ahorrando para someterse al tratamiento de Paradise. Hay gente para todo.
  10. 10. J. D. Robb —La hermana de mi mujer fue allí por sus bodas de plata. Le costó casi tanto como la boda de mi chico. Vaya, aquí tenemos su agenda personal. —Estupendo. Cópialo todo, ¿quieres, Feeney? —El hombre lanzó un silbido de asombro, y ella vio el pequeño ordenador de bordes dorados que sostenía en la mano—. ¿Qué pasa? —Aquí hay un montón de nombres de campanillas. Políticos, gente del mundo del espectáculo... Dinero, dinero y más dinero. Hay algo muy curioso: nuestra chica tiene el número privado de Roarke. —¿Roarke qué? —Sólo Roarke, por lo que sé. Un tipo forrado. De los que tocan mierda y la convierten en oro. Deberías leer algo más que las páginas de deportes, Dallas. —Qué demonios, leo los titulares. —Roarke siempre es noticia —dijo Feeney—. Es dueño de una de las mejores colecciones de arte. Arte y antigüedades. Tiene licencia para coleccionar armas. Y, según se rumorea, también sabe usarlas. —Le haré una visita. —Tendrás suerte si logras aproximarte a un kilómetro de él. —Me siento afortunada. —Eve se acercó al cuerpo y metió las manos bajo las sábanas. —El hombre tiene amigos muy poderosos, Dallas. No puedes permitirte ni insinuar que está relacionado con esto a no ser que tengas una base sólida para hacerlo. —Feeney, sabes que es un error decirme eso. —Pero en el momento en que comenzaba a sonreír, sus dedos tropezaron con algo entre la fría carne y las ensangrentadas sábanas—. Hay algo debajo del cadáver. —Con cuidado, Eve alzó un hombro de la mujer—. Papel -murmuró—. Sellado. —Con su protegido pulgar, limpió un coágulo de sangre hasta que pudo leer la hoja Una de seis. » —Parece escrito a mano —dijo Eve a Feeney, mostrando el papel—. Nuestro hombre es algo más que listo y arrogante. Y aún no ha terminado. Eve dedicó el resto del día a hacer lo que normalmente hubieran hecho subalternos. Interrogó personalmente a los vecinos de la víctima, tomando nota de sus declaraciones e impresiones. Tomó un sándwich en el mismo Glida-Grill con el que antes había estado a punto de chocar. Luego se dirigió al otro extremo de la ciudad. Después de la noche que había
  11. 11. J. D. Robb pasado, no le extrañó que la recepcionista de Paradise la mirase como a una pordiosera. El agua de la cascada sonaba musicalmente entre la flora de la recepción del salón de belleza más exclusivo de la ciudad. A las que aguardaban en los mullidos sillones de la sala de espera se les servía café auténtico y finas copas de agua gasificada o champaña. Las clientas disponían también de auriculares y revistas de moda. La recepcionista tenía un espléndido pecho, producto de las técnicas de escultura corporal del salón Paradise. Llevaba el elegante uniforme rojo del establecimiento, y una increíble mata de cabello ébano peinado en trenzas como pequeñas serpientes. Eve no podría haberse sentido más encantada. —Lo siento —dijo la mujer con voz modulada, tan carente de inflexiones como si procediera de un ordenador—. Sólo atendemos con cita previa. —No importa. —Eve sonrió y, casi le dio lástima pinchar el globo del desdén de la otra—. Creo que con esto será suficiente. —Mostró su placa—. ¿Quién atiende a Sharon DeBlass? Los horrorizados ojos de la recepcionista se volvieron hacia la sala de espera. —Tratamos todo lo referido a nuestras clientas con estricta confidencialidad. —Estoy segura de ello. —Divertida, Eve se inclinó sobre el mostrador en forma de herradura—. Puedo hablar, así, en voz baja y discreta, de forma que nos entendamos a la perfección... Denise, ¿no? —preguntó tras mirar la discreta placa que la mujer llevaba en el pecho—, O también puedo hablar en voz más alta, de modo que todo el mundo se entere. Si la primera idea le parece más atractiva, puede llevarme a una habitación tranquila en la que no molestemos a ninguna de sus clientas, y puede enviarme al operario o la operaria que atiende a Sharon DeBlass. O como lo llamen. —Consultor —dijo débilmente Denise—. Sígame. —Con mucho gusto. Y, en efecto, fue un placer. Salvo en películas, Eve nunca había visto nada tan lujoso. La alfombra era un rojo cojín en el que se hundían confortablemente los pies. Gotas de cristal emitían luz desde el techo. El aire olía a flores y a cuerpos bien cuidados. No se imaginaba a sí misma allí, sometiéndose a un ¿tratamiento de cremas, aceites, masajes y esculpido corporal? Pero... en caso de decidir perder tanto tiempo en engalanarse, habría sido interesante hacerlo en unas instalaciones tan confortables. La recepcionista la condujo a una pequeña habitación, una de cuyas paredes estaba ocupada por el holograma de una atractiva pradera estival. Un tenue rumor de brisa y trinos endulzaba el aire.
  12. 12. J. D. Robb —Aguarde aquí, por favor. —Desde luego. —Eve esperó a que la puerta se cerrara y luego, con un suspiro, se dejó caer en un mullido sillón. En cuanto se hubo sentado, un monitor se encendió y un amistoso e indulgente rostro que sólo podía pertenecer a un androide le dirigió una amable sonrisa. «—Buenas tardes. Bienvenida a Paradise. Su belleza y su comodidad son nuestras únicas prioridades. —¿Desea tomar algo mientras aguarda a su consultor personal?» —Claro. Café. Solo. —«Muy bien. ¿De qué tipo lo prefiere? Presione la " C" de su teclado para conseguir la lista de opciones.» Con una sonrisa, Eve siguió las instrucciones, y dedicó dos minutos a sopesar las distintas opciones que se le ofrecían. Al fin redujo la lista a dos: Riviera Francesa y Crema Caribeña. Antes de que se hubiera decidido, la puerta se abrió de nuevo. Resignada, Eve se levantó. Sobre la camisa fucsia y los pantalones melocotón, el hombre llevaba una larga y abierta bata color rojo Paradise. El cabello, que coronaba un enjuto rostro, era de un tono similar al de los pantalones. Tendió la mano y estrechó con suavidad la de Eve, y la miró con ojos de cervatillo. —¿En qué puedo servirla, agente? —Deseo información sobre Sharon DeBlass. —Eve sacó su placa y se la mostró. —Ah, bien, teniente Dallas. Eso me habían dicho. La supongo enterada de que todo lo relativo a nuestra clientela es estrictamente confidencial. El lema de Paradise no es sólo la excelencia, sino también la discreción. —Ya sabe que puedo conseguir una orden judicial, sen... —Sebastian, simplemente Sebastian. —Agitó una menuda mano llena de anillos—. No pongo en duda su autoridad, teniente. Pero... ¿podría informarme del motivo de su interés? —Intento averiguar por qué asesinaron a Sharon DeBlass. —Hizo una pausa para evaluar la sorpresa que reflejaron los ojos del hombre y su súbita palidez—. Es lo único que puedo decirle. Todo lo demás es confidencial. —Asesinato. Dios mío, no me diga que nuestra encantadora Sharon ha muerto... — Prácticamente se derrumbó en un sillón. Echó la cabeza atrás y cerró los ojos. Cuando
  13. 13. J. D. Robb el monitor le preguntó si quería tomar algo, él agitó una mano y la luz se reflejó en sus enjoyados dedos—. Sí, Dios mío, necesito un brandy. Una copa de Trevalli. Eve se sentó junto a él y sacó su grabador. —Hábleme de Sharon. —Una criatura maravillosa. Físicamente bellísima, pero la cosa iba más allá. —El brandy apareció en la habitación sobre un silencioso carrito automático. Sebastian tomó la copa y dio un largo trago—. Tenía un gusto impecable, un corazón generoso y un ingenio encantador. El hombre se interrumpió y, tras unos momentos, volvió a mirar a Eve con sus ojos de cervatillo. —La vi hace sólo dos días. —¿Profesionalmente? —Ella tenía una cita fija semanal de medio día. Un día completo cada dos semanas. —Sacó un pañuelo amarillo y se lo pasó por los ojos—. Sharon sabía cuidarse. Creía a pies juntillas en la importancia del aspecto físico. —Dado su trabajo, resulta lógico. —Desde luego, aunque ella sólo trabajaba por divertirse. Siendo de la familia que era, el dinero no le hacía ninguna falta. Le gustaba el sexo. —¿Con usted? El rostro del hombre se contrajo en una mueca y sus labios se fruncieron en un gesto de dolor. —Yo era su consultor, su confidente y amigo —dijo secamente, echándose el pañuelo sobre el hombro izquierdo—. Hubiera sido una indiscreción y una falta de profesionalidad que nos acostáramos juntos. —Así que usted no se sentía sexualmente atraído por Sharon DeBlass. —Era imposible no sentirse atraído sexualmente por ella. Sharon... —hizo un ampuloso ademán— desprendía sexo del mismo modo que otras mujeres despiden olor a perfume caro. Dios mío... —Estremecido, dio otro breve sorbo a su brandy—. Hablo de ella en tiempo pasado. No puedo creerlo. Muerta. Asesinada.—Miró de nuevo a Eve—. Dijo que la habían asesinado, ¿no? —Eso dije. —Fue por empeñarse en vivir en ese vecindario—dijo torvamente el hombre—. No había forma de persuadirla para que se mudase a un barrio mejor. Le gustaba vivir al límite y escandalizar a sus aristocráticos parientes.
  14. 14. J. D. Robb —¿Se llevaba mal con su familia? —Fatal. Le encantaba darle disgustos. Ella era un espíritu tan libre y ellos son tan... vulgares. —Por su tono resultaba claro que para él la vulgaridad era un pecado aún más mortal que el propio asesinato—. Su abuelo no deja de presentar proyectos de ley para ilegalizar la prostitución. Como si el pasado siglo no hubiese quedado bien claro que tales asuntos deben regularse en bien de la salud y el control de la delincuencia. También se opone a la regulación de la preocupación, al ajuste de sexo, al equilibramiento químico y al bando contra las armas. Eve aguzó el oído. —¿El senador es contrario a que las armas sigan estando prohibidas? —Ése es uno de sus caballos de batalla. Sharon me dijo que el senador tiene un montón de armas antiguas y que siempre está a vueltas con el arcaico derecho a llevar armas. Si se saliera con la suya, volveríamos a estar como en el siglo XX, asesinándonos los unos a los otros. —Sigue habiendo asesinatos —murmuró Eve—. ¿Alguna vez le mencionó Sharon amigos o clientes que pudieran sentir rencor hacia ella o que se hubieran mostrado abiertamente agresivos con ella? —Sharon tenía docenas de amigos. Atraía a la gente como... —buscó una metáfora adecuada al tiempo que volvía a usar el pañuelo— como una flor exótica y fragante. Y sus clientes, por lo que sé, estaban encantados con ella. Sharon los escogía con gran meticulosidad. Todas sus parejas sexuales debían reunir ciertos requisitos. Aspecto, inteligencia, crianza y solvencia. Como digo, a ella le gustaba el sexo en sus múltiples formas. Era... una aventurera. Eso encajaba con los juguetes que Eve había descubierto en el apartamento. Las esposas de terciopelo y los látigos, los perfumes aromáticos y los alucinógenos. Lo que ofrecían los dos aparatos gemelos de realidad virtual había impresionado incluso a Eve, que estaba acostumbrada a todo. —¿Tenía Sharon alguna relación estrictamente sentimental? —En el pasado hubo algunos hombres, pero ella no tardaba en perder el interés. Últimamente mencionó a Roarke. Lo conoció en una fiesta y se sintió atraída por él. La verdad es que iban a cenar juntos la noche del último día que vino a su consulta. Quería un arreglo exótico, porque iban a cenar en México. —En México. Eso debió de ser anteanoche, ¿no? —Sí. Sharon no dejaba de hablar de él. Le hicimos un peinado tipo gitano, y le dimos a la piel un tono más dorado... El tratamiento corporal completo. Rojo vivo en las uñas, y un pequeño tatuaje artificial en la nalga izquierda que representaba una
  15. 15. J. D. Robb mariposa de alas rojas. Cosméticos faciales de los que duran cuarenta y ocho horas, de forma que su arreglo fuera impecable. Su aspecto era espectacular. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Me dio un beso y me dijo que tal vez esta vez fuera auténtico amor. «Deséame suerte, Sebastian. » Eso me dijo al marcharse. Fueron las últimas palabras que le escuché. Ausencia de esperma. Eve lanzó una maldición al leer el informe de la autopsia. Si Sharon había copulado con el asesino, el sistema de control de natalidad elegido por la víctima había matado por simple contacto a los pequeños soldados, eliminando todo rastro de ellos al cabo de menos de treinta minutos de producirse la eyaculación. La extensión de las heridas hacía que las pruebas en busca de actividad sexual no fueran concluyentes. El asesino le había volado las partes sexuales, fuera por simbolismo o para protegerse. Nada de esperma, nada de sangre que no fuera la de la víctima. Nada de ADN. El examen de la escena del crimen no reveló huellas dactilares. Ninguna. Ni de la víctima, ni del especialista en limpieza que acudía semanalmente, y, desde luego, tampoco del asesino. Todas las superficies habían sido cuidadosamente limpiadas, incluida el arma del crimen. Para Eve, lo más significativo eran los discos de seguridad. Una vez más, metió en su monitor de sobremesa la grabación de vigilancia del ascensor. Los discos estaban inicializados. Complejo Gorham. Ascensor A. 12-2-2058. 06:00. Eve accionó el mando de avance rápido y contempló cómo desfilaban las horas. Las puertas del ascensor se abrieron por vez primera al mediodía. Redujo la velocidad. La imagen del monitor fluctuó, y la mujer le dio al aparato un ligero golpe con el canto de la mano. Luego estudió al inquieto hombrecillo qué había entrado en la cabina y pedido el piso quinto. Un cliente nervioso, decidió Eve, observando divertida cómo el hombre se aflojaba el cuello de la camisa y se echaba a la boca una pastilla de menta. Probablemente tendría esposa, dos hijos y un buen empleo burocrático que le permitía escaparse una horita por semana para echar una siesta en agradable compañía. Bajó en la quinta planta.
  16. 16. J. D. Robb La actividad fue escasa durante varias horas. Alguna que otra prostituta bajando al vestíbulo, otras volviendo con bolsas de compra y caras de aburrimiento. Unos cuantos clientes entraron y salieron. Algunos residentes salieron, elegantemente vestidos para cenar, otros entraron para llegar a tiempo a las citas que tenían concertadas. A las diez, en la cabina entró una pareja elegantemente vestida. La mujer dejó que el hombre le abriese el abrigo de pieles, bajo el cual lo único que llevaba eran unos zapatos de tacón alto y el tatuaje de un capullo de rosa cuyo tallo se iniciaba en la ingle y la flor rozaba el pezón izquierdo. El hombre la acarició, lo cual técnicamente era un acto ilegal en un lugar sometido a vigilancia. Cuando el ascensor se detuvo en el piso 18, la mujer se cerró el abrigo y los dos salieron de la cabina charlando de la obra teatral que acababan de ver. Eve tomó nota mental de que tenía que interrogar al hombre al día siguiente. Se trataba del vecino y socio de la víctima. El salto se produjo a las 00.05. La imagen osciló ligeramente, y cuando volvió a estabilizarse eran ya las 2.46. De la grabación habían desaparecido dos horas y cuarenta y un minutos. Al disco que contenía las imágenes del piso 18 le ocurría lo mismo. De él habían sido suprimidas casi tres horas. Dando un sorbo a su frío café, Eve analizó lo ocurrido. Era evidente que el hombre estaba familiarizado con los sistemas de seguridad, y conocía el edificio lo suficiente para saber dónde estaban las grabaciones y cómo podían manipularse. Y se había tomado su tiempo, pues, según el informe de la autopsia, la muerte de la víctima se había producido a las dos de la mañana. Había pasado con ella casi dos horas antes de matarla, y casi una hora más después de la muerte. Sin embargo, no había dejado ni rastro. Tipo listo. Si Sharon DeBlass había anotado alguna cita, personal o profesional, para aquella noche, también aquello había sido borrado. O sea que el asesino la había conocido íntimamente como para saber dónde guardaba sus documentos personales y cómo acceder a ellos. Eve tuvo una corazonada y se inclinó de nuevo. —Complejo Gorham, Broadway, Nueva York. Propietario. Luego, con ojos fruncidos, contempló los datos que aparecían en la pantalla.
  17. 17. J. D. Robb «Complejo Gorham, propiedad de Industrias Roarke, casa central en el 500 de la Quinta Avenida. Roarke, presidente y jefe ejecutivo. Residencia en Nueva York, Central Park West, 222. » —Roarke —murmuró Eve—. Parece que no dejas de aparecer, amigo Roarke. Todos los datos, en pantalla e impresos. Haciendo caso omiso de la llamada que estaba recibiendo la terminal que tenía junto a ella, Eve tomó un sorbo de café y leyó: «Roarke —nombre de pila desconocido—, nacido 6-10-2023 en Dublín, Irlanda. Tarjeta de Identidad número 33492-ABR-50. Padres desconocidos. Estado civil, soltero. Presidente y jefe ejecutivo de Industriaba Roarke, fundada en 2042. Sucursales principales Nueva York, Chicago, Los Ángeles, Dublín, Londres, Bonn, París, Francfort, Tokio, Milán, Sidney. Sucursales extraterrestres, Estación 45, Colonia Bridgestone, Vegas II, FreeStar Uno. Inversiones en bienes inmobiliarios, importación-exportación, navieras, espectáculo, manufacturas, farmacia, transportes. Fortuna calculada en tres mil ochocientos millones.» Un tipo ocupado, se dijo Eve, contemplando con enarcadas cejas la lista de empresas que aparecía en pantalla. —¿Estudios? «Desconocidos. » —¿Antecedentes criminales? «No hay datos. » —Información sobre Roarke en Dublín. «No hay datos adicionales. » —Tipo misterioso —murmuró Eve—. Descripción e imagen. «Roarke. Cabello negro, ojos azules. 1,88 m, 78 k.» Eve rezongó mientras el ordenador daba la descripción. La mujer tuvo que admitir que, en el caso de Roarke, una imagen valía más que un par de centenares de palabras. La fotografía del hombre la miraba desde la pantalla. Roarke era casi ridículamente atractivo: rostro enjuto y estético; pómulos protuberantes; y boca esculpida. Sí, su cabello era negro, pero el ordenador no decía que era poblado, lustroso, y que le llegaba desde la despejada frente hasta los anchos hombros. Sus ojos eran azules, pero el término era demasiado simple para definir la intensidad del color o la fuerza de la mirada. Hasta en fotografía se notaba que aquél era un hombre acostumbrado a conseguir y usar lo que deseaba o a quien deseaba, y que consideraba que cosas como los trofeos eran frivolidades. Y, sí, pensó Eve, aquél era también un hombre capaz de matar siempre y cuando le conviniera. Lo haría fría y metódicamente y sin el menor tipo de escrúpulos.
  18. 18. J. D. Robb Evaluando los datos, decidió que hablaría con Roarke. Muy pronto. Cuando Eve salió de la comisaría para dirigirse a su casa, estaba cayendo una nevada. Se registró los bolsillos sin mucha esperanza, y descubrió que, en efecto, se había dejado los guantes en el apartamento. Sin sombrero ni guantes, y con sólo su cazadora de cuero como protección contra el gélido viento, condujo a través de la ciudad. Llevaba días intentando acordarse de llevar su vehículo a reparar y no había tenido tiempo. Pero ahora dispuso de tiempo sobrado para lamentarlo mientras bregaba con el tráfico entre escalofríos gracias a un sistema de calefacción defectuoso. Se juró que si llegaba a casa sin convertirse en un bloque de hielo, llamaría al mecánico para pedirle hora. Pero una vez en su apartamento, su primer pensamiento fue para la comida. Mientras abría la puerta, anhelaba un buen plato de sopa, un plato de patatas fritas, caso de que le quedaran, y un café que no supiera a agua de alcantarilla. Vio el delgado y cuadrado paquete en el vestíbulo, junto a la puerta. Empuñó su arma, cerró la puerta y, dejando el paquete donde estaba, recorrió las habitaciones del apartamento ojo avizor y arma en ristre, hasta que tuvo la certeza de que se encontraba sola. Tras guardar el arma, se quitó la cazadora y recogió el disco sellado agarrándolo por los bordes. No habías etiqueta ni mensaje alguno. Se lo llevó a la cocina, le retiró el sello y lo metió en su ordenador. Y olvidó por completo la comida. La calidad del vídeo era de primera. Eve se sentó lentamente, con la vista en la escena que reproducía la pantalla. Sharon DeBlass, desnuda, estaba tumbada en la enorme cama, sobre las sábanas de raso. Alzó una mano y, estremecida por el movimiento vibratorio del colchón, se la pasó por el espléndido cabello rojizo. —¿Quieres algo especial, cariño? —Riendo entre dientes, se puso de rodillas, y se llevó las manos a los pechos—. Anda, acércate aquí otra vez... —Se pasó la lengua por los labios—. Lo haremos de nuevo. —Bajó la vista y sus labios se curvaron en una picara sonrisa—. Por lo que veo, estás más que listo. —Rió de nuevo y meneó la cabeza—. Vaya, así que queremos jugar a un jueguecito. —Sin dejar de sonreír, Sharon levantó las manos—. No me hagas daño. —Lo dijo en un sollozo y temblando, pero en sus ojos brillaba aún la excitación—. Haré todo lo que quieras. Cualquier cosa. Anda, ven aquí y viólame. Quiero que lo hagas. —Comenzó a
  19. 19. J. D. Robb acariciarse—. Apúntame con ese revólver mientras me violas. Quiero que lo hagas, me gusta que... La explosión hizo respingar a Eve. El estómago se le encogió viendo cómo la mujer salía lanzada hacia atrás como una muñeca rota, con la frente convertida en un manantial de sangre. El segundo disparo no fue tan impactante. Tras el estampido final el silencio sólo fue roto por la suave música y la entrecortada respiración. La respiración del asesino. La cámara se movió, describiendo el cadáver en todos sus macabros detalles. Luego, por la magia del vídeo, DeBlass volvió a ser la que Eve había visto la primera vez, con los miembros extendidos formando una X perfecta sobre las ensangrentadas sábanas. La imagen concluía con un texto sobrepuesto: «Una de seis. » Ver la grabación por segunda vez le resultó más fácil. En esta ocasión advirtió un estremecimiento apenas perceptible de la cámara tras el primer disparo. La vio de nuevo, escuchando cada palabra, estudiando el menor movimiento, en la esperanza de dar con alguna pista. Pero el asesino era demasiado listo, y los dos lo sabían. El hombre había deseado que ella viese lo frío, calculador y despiadado que él era. Y también deseaba que ella se diera cuenta de que él sabía dónde encontrarla cuando quisiera. Furiosa por el leve temblor de sus manos, Eve se puso en pie. En vez del café que había pensado, sacó una botella de vino y se sirvió media copa. La apuró rápidamente, prometiéndose otra para dentro de un momento, y luego marcó el número de su comandante. Quien respondió fue la esposa de su jefe, y por los pendientes que lucía y su impecable peinado, Eve dedujo que había interrumpido una de las famosas cenas de la mujer. —Soy la teniente Dallas, señora Whitney. Lamento interrumpir su velada, pero necesito hablar con el comandante. —Tenemos visita, teniente. —Sí, señora. Discúlpeme. —Jodidos políticos, pensó Eve—. Es algo urgente. —¿Y cuándo no lo es? Durante tres minutos sólo se escuchó el zumbido de la máquina. Afortunadamente, ni se oyó música ambiental ni apareció un avance de noticias. Al fin apareció la imagen del comandante. —¿Qué hay, Dallas? —Comandante, tengo que enviarle algo por línea protegida.
  20. 20. J. D. Robb —Más vale que sea importante, Dallas. Mi esposa me pedirá cuentas por esto. —Sí, señor —dijo Eve y, mientras se disponía a enviar la imagen al monitor del otro; se dijo que los policías deberían permanecer solteros. Aguardó, reposando en la mesa sus inquietas manos. Mientras las imágenes volvían a ser reproducidas, las observó de nuevo, haciendo caso omiso del agarrotamiento de su estómago. Una vez la grabación hubo concluido, Whitney volvió a aparecer en la pantalla. Su mirada era torva. —¿Cómo consiguió esto? —El tipo me lo envió. Cuando regresé de la comisaría encontré un disco aquí, en mi apartamento. —Hablaba con voz fría y sin inflexiones—. Sabe quién soy, dónde me encuentro y lo que hago. Whitney guardó silencio por un momento. —En mi oficina a las siete en punto. Lleve el disco, teniente. —Sí, señor. Al concluir la transmisión, Eve hizo las dos cosas que le dictaba su instinto: sacó copia del disco y se sirvió otra copa de vino. Se despertó a las tres, cubierta de sudor, temblorosa y reprimiendo el deseo de gritar. Con voz quebrada, ordenó que se encendieran las luces. Los sueños siempre resultaban más pavorosos en la oscuridad. Se tumbó, estremecida. Esta vez había sido peor, mucho peor que las anteriores. Había matado al hombre. ¿Qué otra cosa pudo hacer? El tipo llevaba dentro demasiadas drogas químicas para que fuera posible dejarlo inconsciente. Ella lo había intentado, pero él siguió atacándola, sin soltar el ensangrentado cuchillo que blandía. La niña ya estaba muerta. Eve no pudo hacer nada por evitarlo. O eso deseaba creer. El pequeño cuerpo hecho pedazos, el hombre frenético y armado con un goteante cuchillo. Y la expresión de sus ojos cuando Eve disparó a bocajarro y la vida se esfumó de ellos. Pero no había quedado ahí la cosa. No esta vez. Esta vez él siguió avanzando. Y ella se encontraba desnuda, arrodillada sobre una sábana de raso. El cuchillo se había convertido en una pistola, empuñada por el hombre cuyo rostro ella había estudiado hacía unas horas. El hombre llamado Roarke. Él había sonreído, y ella lo deseó. En su cuerpo se mezclaron el terror y el ansia sexual incluso en el momento en que él disparó contra ella. Cabeza, corazón e ingle.
  21. 21. J. D. Robb Y, durante todo el tiempo en que aquello ocurrió, la niña, la pobre niña, había estado llorando, suplicando ayuda. Demasiado cansada para luchar contra el sueño, Eve se dio la vuelta, apretó el rostro contra la almohada y lloró. ***************** —Teniente... —A las siete en punto de la mañana, el comandante Whitney indicó a Eve una butaca de su despacho. Pese al hecho, o quizá debido al hecho, de que llevaba doce años tras un escritorio, sus ojos eran penetrantes. Whitney se daba cuenta de que la mujer había dormido mal y de que se había esforzado en disimular los estragos de una mala noche. Sin decir nada, el comandante tendió la mano. Eve había metido el disco y su envoltorio en una bolsa de pruebas. Whitney le echó un vistazo y luego lo dejó en el centro de su escritorio. —Según el protocolo, estoy obligado a preguntarle si quiere renunciar a este caso. — Hizo una brevísima pausa—. Supongamos que ya lo he hecho. —Sí, señor. —¿Es su residencia un lugar seguro, Dallas? —Eso creía. —Sacó de su cartera una copia impresa de datos—. Después de hablar con usted, revisé los diez vídeos de seguridad. Hay un lapso de diez minutos borrado. Como verá en mi informe, el tipo sabe manejar los sistemas de seguridad, es experto en vídeos, sabe manipularlos y, naturalmente, conoce las armas antiguas. Whitney tomó el informe que Eve le tendía y lo puso a un lado. —Todo lo cual no nos sirve de gran cosa. —No, señor. Hay otras personas a las que tengo que interrogar. Con este asesino, la investigación electrónica es secundaria, aunque la ayuda del capitán Feeney resulta sumamente valiosa. El tipo tras el que vamos sabe cómo cubrir sus huellas. No tenemos más pruebas físicas que el arma que él decidió dejar en la escena del crimen. A Feeney no le ha sido posible rastrearla a través de los canales normales. Debemos suponer que procede del mercado negro. He comenzado a examinar las agendas y libros de citas de la víctima, pero no era exactamente una mujer retraída. La investigación llevará bastante tiempo.
  22. 22. J. D. Robb —El tiempo es una parte importante del problema. Una de seis, teniente. ¿Qué le sugiere a usted eso? —Que el tipo está pensando en otros cinco asesinatos y desea que nos enteremos. Le gusta lo que hace y desea ser el centro de nuestra atención. —Aspiró pausadamente—. No tenemos suficientes elementos para establecer un perfil psiquiátrico completo. No nos es posible saber durante cuánto tiempo permanecerá satisfecho con la excitación de este asesinato, ni cuándo necesitará emociones nuevas. Podría ser hoy mismo. Podría ser dentro de un año. Y no podemos confiar en que cometa un descuido. Whitney se limito a asentir con la cabeza, y luego pregunto: -¿Le crea algún problema la muerte justificada de anoche? El cuchillo ensangrentado. El pequeño y destrozado cadáver en el suelo. —Estoy bien, no se preocupe. —Espero que así sea, Dallas. No me gustaría que el agente encargado de un caso tan delicado como éste tenga dudas acerca de si debe o no usar su arma. —No tengo dudas. Eve era el mejor elemento que Whitney tenía, y él no podía permitirse dudar de ella. —¿Se ve con ánimos para jugar a la política? —Los labios del comandante se curvaron ligeramente—. El senador DeBlass viene en camino. Anoche voló a Nueva York. —La diplomacia no es mi fuerte. —Lo sé. Pero tendrá que esmerarse. El senador quiere hablar con el agente encargado de la investigación, y me puenteó para conseguirlo. He recibido órdenes del jefe. Debe usted prestar al senador su plena cooperación. —Ésta es una investigación código Cinco —dijo fríamente ella—. No me importa que las órdenes provengan de Dios Todopoderoso: no pienso darle información confidencial a un civil. La sonrisa de Whitney se hizo más amplia. Tenía un rostro sano y vulgar. Probablemente, era el mismo con el que nació. Pero cuando sonreía, y lo hacía con sinceridad, el resplandor de los blancos dientes contra la piel color cacao daba a sus facciones un toque especial. —No he escuchado lo que acaba de decirme. Y usted no me ha escuchado decirle que no le dé al senador más que los datos obvios. Lo que debe tener presente caí que el
  23. 23. J. D. Robb caballero de Virginia es un asno pomposo y arrogante. Por desgracia, el asno tiene poder, así que ándese con cuidado. —Sí, señor. Whitney miró la hora y luego guardó en el cajón de seguridad el informe y el disco. —Dispone usted de tiempo para tomarse un café... —Al levantarse Eve, el hombre añadió—: Otra cosa. Si ud. tiene problemas para dormir, tome su sedante autorizado. Quiero a mi personal en perfecta forma. —Estoy en perfecta forma. **************************** El senador Gerald DeBlass era sin duda pomposo. E indiscutiblemente arrogante. Al cabo de un minuto en su compañía, Eve estuvo de acuerdo en que tampoco cabía duda de que era un asno. Era un tipo compacto, enorme, de más de metro ochenta y arriba de cien kilos. Llevaba el blanco pelo cortado a cepillo, de forma que su cabeza parecía una enorme bala de cañón. Tenía los ojos casi negros, como las pobladas cejas, que eran grandes, lo mismo que la nariz y la boca. Sus manos eran enormes, y cuando estrechó la de Eve al ser presentados, la mujer advirtió que eran lisas y suaves. Como las de un bebé. El senador llevaba consigo a su ayudante. Derrick Róckman era un hombre fornido de poco más de cuarenta años. Aunque debía de medir cerca de dos metros, Eve calculó que DeBlass pesaría unos diez kilos más que él. Pulcro y atildado, ni su traje azul ni su corbata mostraban una sola arruga. Su rostro era solemne, de atractivas facciones regulares. Con movimientos precisos y controlados, ayudó al senador a despojarse de su abrigo de cachemir. —¿Qué demonios están haciendo para descubrir al monstruo que mató a mi nieta? — quiso saber DeBlass. —Todo lo posible, senador. —Whitney seguía en pie. Aunque había ofrecido a DeBlass un asiento, el senador estaba recorriendo el despacho a largas zancadas, como si se encontrase en la galería del Nuevo Senado, en East Washington. —Han dispuesto ustedes de más de veinticuatro horas —bufó DeBlass—. Tengo entendido que sólo hay dos agentes asignados a la investigación.
  24. 24. J. D. Robb —Es una cuestión de seguridad, señor. Se trata de dos de mis mejores agentes. La teniente Dallas dirige la investigación y me informa de ella directamente. Los oscuros ojos de DeBlass se volvieron hacia Eve. —¿Qué ha descubierto hasta ahora? —Hemos identificado el arma y establecido la hora de la muerte. Estamos reuniendo pruebas, interrogando a los residentes del edificio de la víctima, e investigando sus documentos personales y profesionales. Trato de reconstruir las últimas veinticuatro horas de su vida. —Creo que hasta para la mente más obtusa está claro que fue asesinada por uno de sus clientes. —Pronunció la última palabra en un susurro. —No tenía anotada ninguna cita para las horas anteriores a su muerte. Su último cliente dispone de coartada para el momento crítico. —Debe usted demostrar que su coartada es falsa —ordenó DeBlass—. Un hombre capaz de pagar por favores sexuales es más que capaz de cometer un asesinato. Aunque a Eve se le escapaba qué relación podía haber entre lo uno y lo otro, replicó: —Estoy en ello, senador. —Quiero una copia de la agenda de mi nieta. —Eso no es posible, senador —dijo suavemente Whitney—. Se trata de un delito capital, así que toda las pruebas son confidenciales. DeBlass se limitó a soltar una inarticulada interjección y señaló a Rockman con un gesto. —Comandante... —Rockman echó mano al bolsillo superior izquierdo de su chaqueta y sacó una hoja en la que había un sello holográfico—. Este documento, firmado por el jefe de policía, autoriza al senador a acceder a todas las pruebas y a toda la información referente al asesinato de la señorita DeBlass. Whitney echó un vistazo al documento. Siempre había considerado que la política era un juego de cobardes, y detestaba tener que prestarse a él. —Hablaré personalmente con el jefe. Si mantiene su autorización, tendremos copia de todo para usted esta tarde. —Se volvió de nuevo hacia DeBlass—. La confidencialidad de las pruebas es un elemento básico del proceso de investigación. Si insiste en su solicitud, pondrá en peligro el buen fin del caso. —El caso, como usted lo llama, afecta a alguien de mi propia sangre. —Precisamente por eso espero que su primera prioridad sea la de ayudarnos a llevar ante la justicia al asesino de su nieta.
  25. 25. J. D. Robb —Llevo más de cincuenta años auxiliando a la justicia. Quiero esa información para el mediodía. —Cogió su abrigo y se lo echó al brazo—. Si considero que no está usted haciendo todo lo posible para encontrar a ese maníaco, haré que lo destituyan. —Se volvió hacia Eve—. En cuanto a usted, teniente, si no da la talla necesaria, acabará tomándoles huellas dactilares a delincuentes juveniles. Cuando el hombre hubo salido del despacho, Rockman usó sus tranquilos y solemnes ojos para disculparse. —Dispensen al senador. Está desolado. Pese a las tensiones que había entre él y Sharon, ella era su nieta. Para el senador, lo más importante es la familia. La violenta y absurda muerte de la señorita DeBlass lo tiene anonadado. —Sí —asintió Eve—. Se le saltaban las lágrimas. — Rockman sonrió, logrando parecer al mismo tiempo divertido y contrariado. —A veces los hombres orgullosos disfrazan de agresividad su pesar. Tenemos plena confianza en su capacidad y tenacidad, teniente. Comandante, esperamos que nos entregue los informes esta tarde. Gracias por su tiempo. —Tipo listo —murmuró Eve una vez Rockman hubo cerrado silenciosamente la puerta a su espalda—. Tendrá usted que atender su petición, comandante. —Les daré lo que tenga que darles. —La voz de Whitney era tensa y le costaba reprimir su furia—. Ahora, vaya usted por más información. El trabajo policial era con frecuencia tedioso y fatigoso. Al cabo de cinco horas delante de su monitor, investigando los nombres hallados en los libros de DeBlass, Eve se sentía más agotada que si hubiera corrido un maratón. Aunque Feeney, con su pericia y su más adecuado equipo, se ocupara de una parte de los nombres, éstos eran demasiados para que una unidad investigadora tan reducida pudiera procesarlos con rapidez. Sharon había sido una chica muy popular. En la idea de que la discreción sería más rentable que la agresividad, Eve llamó a los clientes por terminal y les dio explicaciones. Los que se echaron atrás ante la idea de un interrogatorio fueron cordialmente invitados a acudir a la Central de Policía acusados de obstrucción a la justicia. A media tarde ya había hablado personalmente con los doce primeros clientes de la lista, y decidió pasarse de nuevo por el Gorham. El vecino de DeBlass, el hombre elegante del ascensor, era Charles Monroe. Eve lo encontró en su casa, atendiendo a una clienta. Atractivo, cubierto por una bata de seda negra y oliendo seductoramente a sexo, Charles le dedicó una encantadora sonrisa.
  26. 26. J. D. Robb —Lo siento mucho, teniente. A mi cita de las tres aún le quedan quince minutos. —Aguardaré. —Sin esperar una invitación, Eve entró en el apartamento, en el que, a diferencia del de DeBlass, abundaban los mullidos sillones de cuero y las gruesas alfombras. —Vaya... —Divertido, Charles miró a su espalda, hacia la puerta del extremo de un corto corredor, que se encontraba discretamente cerrada—. Espero que comprenda que la intimidad y la confidencialidad son básicas en mi profesión. Probablemente mi clienta se sentirá desconcertada si descubre a la policía en el umbral de mi puerta. —No se preocupe. ¿Tiene cocina? El hombre lanzó un resignado suspiro. —Claro. Al otro lado de esa puerta. Póngase cómoda. No tardaré. —Tómese el tiempo que necesite. Eve se metió en la cocina que, a diferencia de la bien decorada zona de vivienda, era casi espartana. Al parecer, Charles no solía comer en casa. Sin embargo, tenía un frigorífico grande. Eve se sirvió una Pepsi y se sentó mientras Charles terminaba con su clienta de las tres. Al cabo de unos momentos oyó un murmullo de voces, de hombre y de mujer, y una leve risa. Instantes más tarde entró Charles, con la cordial sonrisa aún en los labios. —Lamento haberla hecho esperar. —No tiene importancia. ¿Espera a alguien más? —Hasta la noche no. —Sacó una Pepsi para él, y se sirvió la bebida en un vaso alto. Luego, con una sonrisa, aclaró—: Cena, ópera y una cita romántica. —¿Le gusta la ópera? —preguntó Eve. —La detesto. ¿Se le ocurre algo más tedioso que pasarse la noche oyendo dar gritos en alemán a una gorda? —Pues no —replicó ella. —En fin... sobre gustos no hay nada escrito. —Charles se acercó a Eve, que se encontraba ante la ventana, y su sonrisa se desvaneció—. Esta mañana me enteré de lo de Sharon por las noticias. Esperaba que alguien viniera a interrogarme. Es horrible. Me parece imposible que esté muerta. —¿La conocía bien?
  27. 27. J. D. Robb —Éramos vecinos desde hacía más de tres años, y en alguna ocasión habíamos trabajado juntos. A veces, a uno de nuestros clientes le apetecía un trío, y compartíamos el negocio. —Y cuando no era negocio, ¿también compartían cama? —Sharon era muy bella y me encontraba atractivo. —Cuadró los hombros bajo la seda de la bata, y sus ojos escrutaron un vehículo de turistas a través de los teñidos cristales de la ventana—. Si a alguno de los dos le apetecía echar una cana al aire, el otro solía complacerlo. —Sonrió de nuevo—. Eso era infrecuente. Es como trabajar en una pastelería: al cabo de un tiempo a uno deja de apetecerle el chocolate. Sharon era amiga mía, teniente. Y yo sentía hacia ella un gran afecto. —¿Puede decirme dónde se encontraba la noche de su muerte entre medianoche y las tres de la mañana? Charles alzó las cejas. O bien acababa de ocurrírsele que él podía ser considerado sospechoso, o era un excelente actor. Eve se dijo que, habida cuenta de su tipo de trabajo, tenía que serlo. —Estaba aquí, con una clienta que se quedó a pasar la noche. —¿Es eso habitual? —Es lo que esa clienta en particular prefiere, teniente. Si es necesario, le facilitaré a usted el nombre pero preferiría no hacerlo. Al menos hasta que le haya explicado a ella lo que ocurre. —Se trata de un asesinato, señor Monroe, o sea que sí es necesario. ¿A qué hora llegó aquí con su clienta —A eso de las diez. Cenamos en Miranda, el café elevado que hay sobre la Sexta. —Las diez. —Asintió con la cabeza, y comprendía que Charles estaba recordando lo mismo que ella. —La cámara de seguridad del ascensor. —Su sonrisa volvía a ser encantadora—. Se trata de una ley anticuada. Supongo que podría usted detenerme, pero no creo que valga la pena. —Todo acto sexual en una zona de seguridad constituye un delito menor, señor Monroe. —Llámeme Charles, por favor. —Es una menudencia, Charles, pero podrían suspenderle la licencia por seis meses. Facilíteme el nombre de la mujer y lo aclararemos todo lo más discretamente posible.
  28. 28. J. D. Robb —Va a hacerme perder una de mis mejores clientas; —rezongó él—. Darleen Howe. Le daré la dirección;—Se levantó para coger su agenda electrónica y luego leyó en voz alta la información. —Gracias. ¿Hablaba Sharon de sus clientes con usted? —Éramos amigos —dijo él cansadamente—. Sí, hablabamos de trabajo, aunque no resulte ético. Ella contaba anécdotas muy divertidas. Yo soy de un estilo más convencional. Sharon estaba... más abierta que yo a lo insólito. A veces nos reuníamos a tomar una copa y ella me contaba cosas. Sin dar nombres. Tenía sus propios apodos para sus clientes. El Emperador, la Comadreja, la Lechera... cosas así. —¿Mencionó a alguien que la preocupase o inquietara? ¿Alguien a quien considerase capaz de actuar con violencia? —A ella no le importaba la violencia, y no, no había nadie que la preocupase. Sharon siempre controlaba las situaciones. Quería que así fuese porque, según me dijo, se había pasado la mayor parte de su vida sometida al control de otros. Sentía un gran rencor hacia su familia. Una vez me contó que nunca fue su intención dedicarse profesionalmente al sexo. Sólo lo hizo para enfurecer a su familia. Pero luego, una vez lo probó, decidió que le gustaba. El hombre volvió a alzar los hombros y tomó un sorbo de su vaso. —Así que permaneció en el negocio y mató dos pájaros de un polvo. La frase es de ella. Charles alzó la vista. —Parece que uno de los polvos la mató —dijo. —Sí. —Eve se levantó y guardó la grabadora—. No salga de la ciudad, Charles. Me mantendré en contacto. —¿Esto ha sido todo? —De momento. Él se puso en pie y sonrió. —Para tratarse de una policía, resulta fácil hablar con usted... Eve. —Le rozó con un dedo el brazo. Cuando ella alzó las cejas, él le acarició el contorno del mentón—. ¿Tiene prisa? —¿Por qué? —Bueno, tengo un par de horas libres y usted es muy atractiva. Grandes ojos dorados... y ese hoyuelo en la barbilla. ¿Qué tal un rato de esparcimiento? Ella aguardó mientras él acercaba sus labios a los de ella.
  29. 29. J. D. Robb —¿Es esto un soborno, Charles? Porque si lo es, y es usted la mitad de bueno de lo que cree ser... —Soy mejor. —Le mordisqueó él labio inferior, luego bajó la mano y le acarició suavemente un pecho—. Soy mucho mejor. —En tal caso tendré que acusarlo de felonía. —Sonrió cuando él retrocedió con un respingo—. Y eso nos entristecería a los dos. —Divertida, le palmeó la mejilla—. Pero gracias por la oferta. Él la siguió hasta la puerta rascándose la barbilla. —¿Eve? Ella se detuvo, con la mano en el tirador, y se volvió hacia él. —¿Sí? —Sobornos aparte, si cambia usted de idea, me gustaría verla de nuevo. —Si ocurre así, se lo haré saber. — cerró la puerta y se dirigió hacia el ascensor. Se dijo que a Charles Monroe no le habría resultado difícil salir de su apartamento, dejando a su clienta dormida, y meterse en el de Sharon. Un rato de sexo, otro de asesinato... Pensativa, entró en el ascensor. Los discos habían sido alterados. Como residente en el edificio, a Charles le habría resultado fácil obtener fácil acceso al sistema de seguridad. Luego podría haber vuelto a la cama con su clienta. Resultaba una lástima que el hombre fuera sospechoso, se dijo Eve al llegar al vestíbulo. El tipo le gustaba. Pero hasta que hubiera verificado su coartada, Charles Monroe ocupaba el primer puesto de su breve lista. Eve detestaba los entierros. Odiaba los ritos que los seres humanos insistían en mantener en torno a la muerte. Las flores, la música, la palabrería y las lágrimas. Tal vez existiera un Dios. Era una posibilidad que no había descartado totalmente. Y si existía, seguro que le divertían los inútiles ritos y liturgia de sus criaturas. Pese a ello, había viajado hasta Virginia para asistir al funeral de Sharon DeBlass. Deseaba ver reunidos a los familiares y amigos de la difunta, para observar, analizar y juzgar. El senador permanecía en pie, con expresión torva y ojos secos. Rockman, su sombra, estaba en el banco situado detrás del suyo. Junto a DeBlass se encontraban su hijo y su nuera.
  30. 30. J. D. Robb Los padres de Sharon eran dos abogados de éxito, relativamente jóvenes y atractivos, que dirigían su propio bufete legal. Richard DeBlass permanecía con la cabeza baja y los ojos semicerrados. Era una versión más esbelta y de algún modo menos dinámica de su padre. Eve se preguntó si sería coincidencia o designio que el hombre se encontrara en un punto equidistante de su padre y de su esposa. Elizabeth Barrister era delgada y elegante. Llevaba un vestido oscuro, su cabello era ondulado, color caoba. Permanecía en rígida actitud, y Eve advirtió que de sus enrojecidos ojos no dejaban de brotar lágrimas. Como otras veces, Eve se pregunto .qué sentiría una madre al perder a un hijo. El senador DeBlass también tenía una hija, que se encontraba a su derecha. La congresista Catherine DeBlass había seguido las huellas de su padre en la política. Lastimosamente delgada, permanecía en rígida actitud militar y sus brazos parecían frágiles ramas. Junto a ella, su marido Justin Summit tenía la vista fija en el elegante ataúd cubierto de rosas que había en la parte delantera de la iglesia. Junto a él, su hijo Franklin, un membrudo adolescente, se removía inquieto. En un extremo del banco, de algún modo separada del resto de la familia, se encontraba la esposa de DeBlass, Anna. Ella ni se removía ni lloraba. Eve no la vio echar ni un solo vistazo hacia la caja cubierta de flores que contenía los restos de su única nieta. Había mucha más gente, desde luego. Los padres de Elizabeth permanecían juntos, con las manos enlazadas, llorando abiertamente. Parientes, conocidos y amigos se secaban los ojos o, simplemente, miraban en torno con una mezcla de fascinación y horror. El presidente había enviado un emisario, y en la iglesia había más políticos que en el comedor del Senado. Aunque los asistentes superaban el centenar, a Eve no le costó esfuerzo localizar a Roarke entre la multitud. Había ido solo. Otros asistentes ocupaban su mismo banco, pero Eve percibió el aura de soledad que rodeaba al hombre. Aunque en el edificio hubiese habido diez mil personas, Roarke habría destacado igual entre ellas. Su extraordinario rostro no delataba nada: ni culpabilidad, ni dolor, ni interés. Lo mismo podría haber estado presenciando una comedia un poco trasnochada. A Eve no se le ocurría mejor definición de un funeral. Más de una cabeza se volvió hacia el hombre para echarle un rápido vistazo o, en el caso de una esbelta morena, para flirtear no demasiado sutilmente con él. Roarke respondió de igual modo a unos y a otra: sin hacerles el menor caso.
  31. 31. J. D. Robb A primera vista, Eve lo juzgó frío, calculador, una gélida fortaleza a la que nadie osaría acercarse. Pero también debía de existir un corazón. Hacía falta algo más que disciplina e inteligencia para que un hombre tan joven llegase tan arriba. Hacía falta ambición, y para Eve, la ambición era un combustible sumamente volátil. Mientras sonaba el himno fúnebre, Roarke mantuvo la vista al frente hasta que, de pronto, volvió la cabeza hacia cinco bancos más atrás y sus ojos se clavaron en los de Eve. Ante aquella inesperada mirada, Eve contuvo un respingo. Haciendo acopio de voluntad, no parpadeó ni bajó los ojos. Durante un inacabable minuto, se miraron con fijeza. Luego se produjo un movimiento y los asistentes comenzaron a desfilar hacia la salida, interponiéndose entre uno y otra. Cuando Eve salió al pasillo e intentó localizar a Roarke, éste había desaparecido. Eve se incorporó a la larga fila de coches y limusinas que iban camino del cementerio. Arriba, el vehículo fúnebre y los de la familia volaban majestuosamente. Únicamente los muy ricos podían permitirse la inhumación corporal. Sólo los obsesivamente conservadores seguían enterrando a sus muertos. Con el ceño fruncido y tabaleando los dedos sobre el volante, Eve fue confiando al grabador sus observaciones. Cuando llegó a Roarke, vaciló y su ceño se marcó más. —¿Por qué se molestó en acudir al funeral de alguien a quien apenas conocía? — murmuró—. Según los datos, Sharon y él se conocieron hace poco y sólo salieron una vez. El comportamiento de Roarke parece inconsistente y cuestionable. Al cruzar las puertas del cementerio, Eve se estremeció y se alegró de estar sola. Por lo que a ella respectaba, debería estar prohibido por ley meter a alguien en un hoyo. Más palabrería y llantos, más flores. El sol brillaba esplendoroso, pero en el aire se notaba la mordedura del frío. Al aproximarse a la tumba, Eve se metió las manos en los bolsillos. Había vuelto a olvidarse los guantes... El largo abrigo oscuro que llevaba era prestado. El único vestido gris que poseía no dejaba de subírsele, y Eve tenía que hacer esfuerzos para no tirar de él. En las finas botas de cuero, sus pies eran bloques de hielo. La incomodidad contribuyó a distraerla del lúgubre espectáculo de las tumbas y del olor a fría tierra removida. Aguardó hasta que se apagaron los ecos de las últimas llorosas palabras acerca de la vida eterna, y entonces se acercó al senador. —Los acompaño en el sentimiento a usted y su familia, senador DeBlass. Los ojos del hombre eran duros, penetrantes y negros. —Déjese de sentimientos, teniente. Lo que hace falta es justicia.
  32. 32. J. D. Robb —Eso mismo pienso yo. Señora DeBlass... —Eve tendió una mano a la esposa del senador y de pronto se encontró con un manojo de finos juncos entre los dedos. —Gracias por venir. Eve asintió con la cabeza. Las drogas químicas mantenían a la mujer aislada de sus emociones. Retiró la mano, apartó los ojos del rostro de Eve y quedó con la mirada perdida. —Gracias por venir —dijo con el mismo tono al siguiente que se aproximó para darle sus condolencias. Antes de que Eve pudiera hablar de nuevo, una firme mano se cerró en torno a su brazo. Rockman le dirigió una formal sonrisa. —Teniente Dallas, el senador y su familia agradecen la atención y el interés que ha manifestado usted al asistir al servicio. —Con firme delicadeza, la apartó del grupo de deudos—. Estoy seguro de que se hará usted cargo de que a los padres de Sharon les resultaría muy incómodo conocer en estas circunstancias a la encargada que investiga el asesinato de su hija. Eve se dejó llevar unos metros más allá antes de soltar su brazo. —Realmente vale usted para su trabajo, Rockman. Ha sido una forma muy diplomática de decirme que me largue con viento fresco. —Nada de eso. —Rockman continuaba sonriendo con impecable cortesía—. Es una simple cuestión de momento y lugar. Cuenta usted con nuestra plena colaboración, teniente. Si desea interrogar a la familia del senador, lo arreglaré con mucho gusto. —Yo misma escogeré el momento y el lugar de mis interrogatorios. —Como la plácida sonrisa del hombre le irritaba, probó a borrársela—: ¿Qué me dice de usted, Rockman? ¿Tiene coartada para la noche en cuestión? La sonrisa, en efecto, se borró por un instante, lo cual constituyó una satisfacción, pero el hombre se rehizo inmediatamente. —No me gusta la palabra coartada. —Ni a mí, por eso me encanta echarlas abajo. No ha respondido a la pregunta, Rockman. —La noche en que Sharon fue asesinada, me encontraba en East Washington. El senador y yo trabajamos hasta bastante tarde dándole los últimos toques a un proyecto de ley que piensa presentar el mes que viene. —El viaje entre EW y Nueva York es muy corto —comentó Eve.
  33. 33. J. D. Robb —Sí que lo es, pero concretamente esa noche yo no lo hice. Trabajamos hasta casi medianoche y luego me retiré al cuarto de invitados del senador. Desayunamos juntos a las siete de la mañana siguiente. Como, según sus propios informes, Sharon fue asesinada a las dos, eso me deja muy poco tiempo de maniobra. —En poco tiempo se pueden hacer muchas cosas —dijo sólo para irritarlo. Eve se separó del hombre. Entre los datos que había entregado a DeBlass, no estaba la información acerca de los discos de control manipulados. El asesino había estado en el Gorham a medianoche. Rockman no hubiese utilizado falsamente al abuelo de la víctima como coartada. El hecho de que Rockman se hubiera encontrado en East Washington a medianoche lo descartaba casi por completo como posible sospechoso. Vio de nuevo a Roarke cuando éste se acercaba a darle el pésame a Elizabeth Barrister. Ella le abrazó estrechamente cuando el hombre inclinó la cabeza para expresarle su condolencia. No pareció en absoluto un intercambio de condolencias entre personas que apenas se conocían. Eve alzó las cejas cuando Roarke, tras acariciar la mejilla derecha de Elizabeth, la besó en la izquierda y luego se retiró y se puso a hablar en voz baja con Richard DeBlass. Roarke se acercó luego al senador, pero no hubo contacto entre ellos, y la conversación fue breve. Como Eve había sospechado, Roarke comenzó a caminar a través de la invernal pradera salpicada por los monumentos que los vivos elevaban a los muertos. —Roarke. Él se detuvo y, como en la iglesia, se volvió para mirarla. A Eve le pareció percibir en sus ojos un brillo extraño, como de ira, de pesar o de impaciencia. Pero enseguida desapareció, y los ojos volvieron a ser simplemente fríos, azules e inescrutables. La mujer fue hacia él sin prisas. Algo le decía que Roarke era de los que estaban acostumbrados a que todos —en particular las mujeres— corrieran hacia él. Así que se lo tomó con calma y anduvo a pausadas zancadas, notando los faldones de su prestado abrigo contra las ateridas piernas. —Quisiera hablar con usted —dijo al llegar frente a él. Sacó su placa, y Roarke le echó un distraído vistazo y volvió a fijar sus ojos en ella—. Estoy investigando el asesinato de Sharon DeBlass. —¿Tiene usted por costumbre asistir a los entierros de las víctimas de los asesinatos que investiga, teniente Dallas? —Su voz era suave, con un ligero y encantador acento irlandés, como rica crema sobre whisky caliente.
  34. 34. J. D. Robb —¿Tiene usted por costumbre asistir a los entierros de mujeres que apenas conoce, Roarke? —Soy amigo de la familia —se limitó a responder—. Se está helando, teniente. Ella metió las manos en los bolsillos del abrigo. —¿Qué tal conoce a la familia de la víctima? —Bastante bien. —Roarke ladeó la cabeza, pensando que a la mujer no tardarían en comenzar a castañetearle los dientes. El frío y desagradable viento agitaba el mal cortado cabello en torno a un rostro muy interesante. Inteligente, tenaz, sensual... Aquéllas, para el hombre, eran tres excelentes razones para dedicar su plena atención a Eve—. ¿Qué tal si hablamos en algún sitio donde haga menos frío? —Intenté localizarlo y no me fue posible... —comenzó ella. —Estaba de viaje. Ahora ya me ha localizado. Supongo que piensa volver a Nueva York. ¿Lo hará hoy mismo? —Sí. En unos minutos tengo que tomar el aerobús, así que... —Así que podemos regresar juntos. Eso le daría tiempo de sobra para interrogarme. —Interrogarlo —repitió Eve entre dientes, molesta por el hecho de que el hombre hubiera dado media vuelta y comenzara a alejarse de ella. La mujer avivó el paso para mantenerse a su altura—. Respóndame a unas cuantas preguntas ahora, y luego podemos tener una entrevista más formal en Nueva York. —No me gusta perder el tiempo, y me da la sensación de que a usted tampoco. ¿Alquiló usted un coche? —Sí. —Yo me ocuparé de que sea devuelto. —Roarke tendió una mano y esperó a que ella le entregase la tarjeta de contacto. —No creo que sea necesario. —Resultará más fácil. Yo aprecio las complicaciones y también aprecio la sencillez, teniente. Usted y yo tenemos que estar en el mismo sitio a más o menos la misma hora. Usted quiere hablar conmigo y yo estoy dispuesto a hablar con usted. —Se detuvo ante una limusina negra frente a la cual aguardaba un chófer uniformado que mantenía abierta la portezuela trasera—. Mi transporte va en ruta a Nueva York. Naturalmente, puede usted seguirme hasta el aeropuerto, utilizar el transporte público, y llamar luego a mi oficina para pedir una cita. O bien puede usted venir en el coche conmigo, disfrutar de la intimidad de mi jet, y disponer de mi plena atención durante el trayecto.
  35. 35. J. D. Robb Tras una breve vacilación, Eve sacó de un bolsillo la tarjeta de contacto del automóvil alquilado y se la entregó al hombre. Sonriendo, él la invitó con un ademán a subir en la limusina. Eve se acomodó mientras Roarke le daba a su chófer instrucciones para que se ocupase del coche alquilado. —Bueno, listos. —Roarke se acomodó junto a ella y echó mano a una botella de cristal tallado—. ¿Un brandy? Le quitará el frío... —No. —Notaba en todo su cuerpo el calor de la calefacción del coche, y temió echarse a temblar como reacción. —Ah, claro: está usted de servicio. ¿Quizá un café? —De acuerdo. El oro relució en la muñeca de Roarke cuando éste marcó su elección de café en el AutoChef empotrado en el panel lateral. —¿Con crema? —Solo. —Es usted de las mías. —Momentos más tarde, Roarke abría el panel protector y le ofrecía una taza de porcelana sobre un delicado platito—. En el avión, la selección de cafés es más amplia —dijo, y luego se dispuso a disfrutar de su taza. —No lo dudo. —El humo que se alzaba de la bebida olía maravillosamente. Eve dio un primer sorbo y estuvo a punto de lanzar un gemido de placer. Era genuino. Nada de los sucedáneos hechos con concentrados vegetales tan frecuentes desde la desaparición de las selvas húmedas a fines del veinte. Aquello era café auténtico, hecho con ricos granos colombianos saturados de cafeína. Eve tomó un nuevo sorbo y casi se le saltaron las lágrimas. —¿Algún problema? —Al hombre le agradó la reacción de su compañera, el rápido parpadeo, el tenue sonrojo, el brillo de éxtasis en los ojos... Se dijo que era una respuesta similar a la de una mujer ronroneando bajo las caricias de un hombre. —¿Sabe cuánto tiempo llevaba sin tomar un café auténtico? —No —replicó él con una sonrisa. —Yo tampoco. —Entornó los ojos y alzó de nuevo la taza—. Dispénseme, éste es un momento muy peculiar y privado. Hablaremos en el avión. —Como prefiera. Roarke se dio el gusto de contemplar a Eve mientras el coche avanzaba suavemente por la carretera.
  36. 36. J. D. Robb Era extraño, se dijo, que no la hubiese identificado como policía. Solía tener buen instinto para aquellas cosas. En el funeral, lo único que hizo fue pensar en el terrible derroche que era que una mujer tan joven, atolondrada y llena de vida como Sharon, estuviese muerta. Y de pronto notó algo, algo que le hizo tensar los músculos y sentir una crispación en la boca del estómago. Era la mirada de Eve, contundente como un puñetazo. Cuando se dio vuelta y la vio, fue un segundo impacto. Era fascinante. Pero la señal de alarma no había sonado. No la alarma detectora de policías. Había visto a una morena alta y esbelta de cabello corto y revuelto, ojos color miel y una boca que parecía pensada para el sexo. Si ella no lo hubiese abordado, él la habría buscado. Lástima que fuera policía. Eve no volvió a hablar hasta que, ya en el aeropuerto, entró en la cabina del JetStar 6000 de Roarke. Le fastidió mostrarse por segunda vez deslumbrada. El café era una cosa, una pequeña debilidad permisible, pero a Eve no le gustó que los ojos se le desorbitaran al ver la lujosa cabina con mullidos sillones, sofás, alfombras antiguas y jarrones de cristal llenos de flores. En la parte delantera del avión había una pantalla-mirador empotrada y una auxiliar de vuelo que no manifestó sorpresa alguna al ver que Roarke subía a bordo en compañía de una desconocida. —¿Brandy, señor? —Mi acompañante prefiere café, Diana. Solo. —Alzó una ceja y Eve asintió con la cabeza—. Para mí, brandy. —Había oído hablar del JetStar. —Eve se despojó de su abrigo, que la auxiliar de vuelo se llevó junto con el de Roarke—. Es un agradable modo de viajar. —Gracias. Invertimos dos años en su diseño. —¿Industrias Roarke? —preguntó ella al tiempo que tomaba asiento. —Exacto. Siempre que es posible, prefiero usar lo mío. No necesita ajustarse el cinturón para el despegue —dijo, y luego se echó hacia adelante para accionar un intercomunicador—. Listos. —Tenemos pista libre —se les anunció—. Treinta segundos.
  37. 37. J. D. Robb En un minuto estuvieron en el aire, y la transición fue tan suave que Eve apenas notó la aceleración. Se dijo que realmente era todo un adelanto respecto a los vuelos comerciales, en los que los viajeros se pasaban aplastados contra el respaldo los cinco primeros minutos del viaje. Les sirvieron bebidas y una bandeja con fruta y queso. Eve decidió que había llegado el momento de ponerse a trabajar. —¿Desde cuándo conocía a Sharon DeBlass? —Me la presentaron hace poco en casa de unos amigos comunes. —Dijo usted que era amigo de la familia. —De sus padres —dijo Roarke con naturalidad—. Conozco a Beth y Richard desde hace años. Primero fue una relación de negocios, y luego se convirtió en amistad. Sharon estaba primero en la universidad y luego en Europa, y nuestros caminos no se cruzaron. La conocí hace sólo unos días, la invité a cenar y luego murió. El hombre sacó una pitillera de oro y Eve frunció el entrecejo al verle encender un cigarrillo. —El tabaco es ilegal, Roarke. —No en el espacio, ni en aguas internacionales, ni en propiedad privada. —Le dirigió una sonrisa a través del humo—. ¿No le parece, teniente, que la policía ya tiene bastante trabajo sin necesidad de meterse con la moral o las peculiaridades personales? Muy a su pesar, Eve tuvo que admitir que el olor del tabaco era embriagador. —¿Es ése el motivo de que coleccione usted armas? ¿Se trata de una de sus... peculiaridades? —Las encuentro fascinantes. Nuestros abuelos consideraban que poseer armas era uno de sus derechos constitucionales. Luego, según nos civilizábamos, hicimos unos cuantos malabarismos con los derechos constitucionales. —En la actualidad, matar o herir con ese tipo de armas es más una aberración que una norma. —¿Le gustan las normas, teniente? Era una pregunta suave que encerraba un suave insulto. Eve enderezó la espalda. —Si no hay normas, es el caos. —El caos es vida. Dejémonos de filosofías, pensó Eve, molesta.
  38. 38. J. D. Robb —¿Tiene usted un Smith & Wesson calibre 38, modelo Diez, de comienzos del siglo XX? Roarke aspiró una profunda bocanada y quedó pensativo. El tabaco ardía costosamente entre sus largos y elegantes dedos. —Creo que tengo uno de ese modelo. ¿Fue ésa el arma del crimen? —¿Tendría algún inconveniente en mostrarme el revólver? —Ninguno. Cuando guste, lo tiene a su disposición. Demasiado fácil, pensó Eve. Recelaba de lo fácil. —La noche anterior a la del asesinato cenó usted con la difunta en México. —Exacto. —Roarke aplastó su cigarrillo y, brandy en mano, se retrepó en el asiento— Tengo una pequeña villa en la costa occidental. Pensé que a Sharon le gustaría. Y así fue. —¿Mantuvo usted relaciones físicas con Sharon DeBlass? En los ojos del hombre hubo un brillo y Eve no supo discernir bien si era de ironía o de irritación. —Supongo que intenta preguntarme si practicamos el sexo juntos. No, teniente, aunque no creo que eso haga al caso. Cenamos y eso fue todo. —¿Se llevó usted a una mujer bella, a una acompañante profesional, a su villa de México, y cuanto compartió con ella fue la cena? Roarke dedicó unos segundos a escoger la uva más jugosa. —Las mujeres bellas me gustan por diversas razones, y me agrada estar con ellas. No empleo a profesionales por dos razones. Primero, no me resulta necesario pagar por el sexo. —Dio un sorbo a su brandy y la observó por encima del borde de la copa—. Y, segundo, no me gusta compartir. —Hizo una breve pausa—. ¿A usted sí? Eve hizo caso omiso del hormigueo que sintió en el estómago. —No hablábamos de mí. —Yo sí. Es usted una mujer bella, y estamos solos, al menos los próximos quince minutos. Sin embargo, cuanto hemos compartido es café y brandy. —Sonrió al advertir la irritación que brillaba en los ojos de su compañera—. ¿No le parece heroico que me contenga como lo estoy haciendo? —Yo diría que su relación con Sharon DeBlass era de índole bastante distinta. —Desde luego, no podría estar más de acuerdo.
  39. 39. J. D. Robb Escogió otra uva y se la ofreció a Eve. Ella la aceptó, pero se recordó que la gula era una debilidad. —¿Volvió a verla después de la cena en México? —No. La dejé a las tres de la mañana y me fui a casa. Solo. —¿Puede decirme lo que hizo durante las cuarenta y ocho horas siguientes a irse a casa... solo? —Durante las cinco primeras estuve en la cama. Mientras desayunaba, me llamaron para una conferencia. A eso de las ocho y cuarto. Puede usted confirmarlo en los registros. —Lo haré. A continuación él sonrió, y un alud de encanto cayó sobre Eve, acelerándole el pulso. —No lo dudo. Me tiene usted fascinado, teniente Dallas. —¿Qué hizo después de la conferencia? —Terminó a eso de las nueve. Trabajé hasta las diez, y pasé las siguientes horas en mi oficina del centro, atendiendo a varias citas. —Extrajo de un bolsillo una tarjeta que Eve reconoció como un dietario—. ¿Le doy los nombres? —Prefiero que me envíe copia de sus registros a la oficina. —Me ocuparé de ello. Volví a casa a las siete. Tenía una cena con varios miembros de mi empresa japonesa de manufacturas, en casa. Cenamos a las ocho. ¿Le envío también el menú? —No bromee, Roarke. —Sólo intentaba cooperar al máximo, teniente. La velada fue corta. A las once me quedé solo con un libro y un brandy, y solo seguí hasta las siete de la mañana, cuando me tomé la primera taza de café. ¿Le apetece a usted otra? Aunque se moría de ganas de tomar otro café, Eve negó con la cabeza. —Estuvo usted ocho horas solo, Roarke. ¿Habló con alguien o vio a alguien en ese tiempo? —No. Nadie. Tenía que estar en París al día siguiente, y deseaba tener una noche tranquila. De lo más inoportuno por mi parte. Sin embargo, si hubiera entrado en mis planes asesinar a alguien, hubiera sido muy estúpido por mi parte no prepararme una coartada. —Quizá la arrogancia le hizo no molestarse —replicó ella—. ¿Se limita usted a coleccionar armas antiguas, Roarke? ¿O también las usa?
  40. 40. J. D. Robb —Soy un excelente tirador —Dejó a un lado la vacía copa— Me encantará demostrárselo cuando venga a ver mi colección. ¿Qué tal mañana? —Perfecto. —¿A las siete? La supongo enterada de la dirección. —Se echó hacia adelante y ella estuvo a punto de estremecerse cuando la mano del hombre le rozó el brazo. Roarke se limitó a sonreír y, con su rostro muy cerca, dijo—: Tiene que ajustarse el cinturón. Estamos a punto de aterrizar. Él le ajustó el arnés, preguntándose si ponía nerviosa a Eve como hombre, o como sospechoso de asesinato, o como una combinación de ambas cosas. Cada alternativa tenía su propio interés... y sus propias posibilidades. —Eve —murmuró—. Un nombre muy sencillo y femenino. No sé hasta qué punto le queda bien. Ella no dijo nada mientras la auxiliar de vuelo retiraba el servicio. —¿Estuvo alguna vez en el apartamento de Sharon DeBlass? Roarke pensó que la mujer tenía una dura coraza, pero él tenía el palpito de que bajo la armadura había algo suave y cálido. Luego, más que preguntarse si él tendría oportunidad de descubrirlo, especuló sobre cuándo surgiría tal oportunidad. —No mientras ella lo tuvo alquilado —dijo Roarke, retrepándose de nuevo en su butaca—. Y, que yo recuerde, tampoco en ninguna otra ocasión, aunque tal vez estuviera y lo haya olvidado. —Sonrió de nuevo y se ajustó su propio arnés—. Soy el dueño del Complejo Gorham. Pero estoy seguro de que usted ya lo sabía. Roarke miró por la ventanilla hacia la pista que se abalanzaba hacia ellos. —Si no dispone de transporte en el aeropuerto, teniente, permítame el placer de acompañarla. *********************** Una vez hecho su informe para Whitney, Eve regresó a casa más que exhausta. Se sentía frustrada. Había deseado, y deseado con todas sus fuerzas, desconcertar a Roarke con el hecho de que ella estaba enterada de que él era dueño del Gorham. Como él admitió la cosa con toda naturalidad y en el mismo tono cortés que usó para ofrecerle a ella café, Roarke había terminado con ventaja su primera entrevista con ella. No le gustaba aquella situación.
  41. 41. J. D. Robb Era el momento de enderezar las cosas. Sola en su sala de estar, y técnicamente fuera de servicio, se sentó delante de su ordenador. —Conexión. Dallas, acceso código Cinco. DI 53478Q. Abrir expediente DeBlass. «Voz y documento de su identidad reconocidos, Dallas. Continúe.» —Abrir subexpediente Roarke. Sospechoso Roarke, conocido de la víctima. Según informante C. Sebastian, la víctima deseaba al sospechoso. El sospechoso reunía los requisitos que ella exigía de sus parejas sexuales. Posibilidad de implicación emocional alta. »Oportunidad para cometer el crimen. El sospechoso es dueño del edificio de apartamentos en que vivía la víctima, motivo por el cual es probable que conociese los sistemas de seguridad del escenario del crimen. El sospechoso no tiene coartada para un período de ocho horas en la noche del asesinato, que coincide con el período borrado de los discos de seguridad. El sospechoso posee una gran colección de armas antiguas, incluida una del tipo usado contra la víctima. El sospechoso admite ser un tirador experto. »Factores de personalidad del sospechoso. Distante, confiado, hedonista, muy inteligente. Interesante equilibrio entre la agresividad y el encanto. Allí empezaban los problemas. Reflexionando, se puso en pie y caminó por la habitación mientras el ordenador aguardaba más datos. ¿Por qué iba a matar un hombre como Roarke? ¿Por interés, por motivos pasionales? No le parecía posible. Tenía medios para obtener el dinero y el status por otros métodos. Le era posible obtener mujeres — con fines sexuales o de otro tipo — sin el menor esfuerzo. Pero Eve sospechaba que el hombre era capaz de actuar con violencia y frialdad. El asesinato de Sharon DeBlass estaba saturado de sexo y brutalidad. A Eve no le resultaba posible conciliar ambas cosas con el elegante hombre que había compartido café con ella. Quizá ése fuera el quid de la cuestión. — El sospechoso considera que la moral es un terreno personal y no legislable — continuó, aún paseándose — . El sexo, la restricción del uso de armas, de drogas, tabaco y alcohol, así como el asesinato son temas morales que han sido declarados fuera de la ley o regulados. El asesinato de una compañera profesional, hija única de unos amigos, nieta única de uno de los legisladores más locuaces y conservadores del país, cometido con un arma ilegal. ¿Fue esto una ilustración de los defectos que el sospechoso considera inherentes al sistema de justicia? Sentándose de nuevo, continuó:
  42. 42. J. D. Robb —Móvil: la arrogancia. —Lanzó un largo suspiro de satisfacción—. Cálculo de probabilidades. El sistema zumbó, recordando a Eve que era otra de las piezas de hardware que necesitaba ser sustituida, y luego volvió a funcionar con normalidad. «Probabilidad de que Roarke sea el perpetrador, dados los actuales datos y especulaciones, ochenta y dos coma seis por ciento.» Así que era posible, pensó Eve, retrepándose en su asiento. Hubo un tiempo, en el pasado no tan lejano, en el que un chiquillo podía ser abatido a tiros por otro chiquillo que deseara quitarle los zapatos que calzaba. ¿Cabía mayor obscenidad? Roarke tuvo la oportunidad. Tuvo los medios. Y si la arrogancia del hombre podía ser tenida en cuenta, también tenía el motivo. Observando sus propias palabras parpadear en el monitor, y estudiando el impersonal análisis del ordenador, Eve se preguntó por qué no conseguía dar verosimilitud a aquella posibilidad. Tuvo que admitir que, simplemente, no le cabía en la cabeza. No imaginaba a Roarke tras la cámara, apuntando el revólver contra una mujer indefensa, desnuda y sonriente, y llenándola de proyectiles del mismo modo que, momentos atrás, probablemente la había llenado con su simiente. Sin embargo, ciertos hechos no podían ser pasados por alto. Y si ella reunía las suficientes, podría conseguir una orden para someter al sospechoso a evaluación psiquiátrica. Sonriendo, se dijo que aquello podría ser muy interesante. Recorrer la cabeza de Roarke sería un viaje fascinante. Daría el próximo paso a las siete de la tarde siguiente. El zumbador de su puerta hizo que su ceño se frunciera. —Guardar y proteger bajo clave de voz, Dallas. Código Cinco. Desconectar. El monitor se apagó y ella se levantó para ver quién era. Un simple vistazo le bastó para borrar su ceño. —Hola, Mavis. —Te olvidaste, ¿a que sí? —Mavis Freestone entró en medio de un tintineo de pulseras y una nube de olor a perfume. Llevaba el pelo de un brillante plateado, un tono que variaría cuando la mujer cambiase de humor. Se lo echó para atrás, y el cabello le cayó hasta la increíblemente breve cintura. —No, en absoluto. —Eve cerró la puerta y volvió a echar los cerrojos—. ¿De qué dices que me he olvidado? —De la cena, el baile, la bacanal. —Lanzando un suspiro, la elegante Mavis dejó caer sus cuarenta kilos de peso sobre el sofá, y desde allí contempló con desdén el sencillo vestido gris de Eve—. No pensarás salir así.
  43. 43. J. D. Robb Sintiéndose pálida y anodina, como solía ocurrirle cuando estaba a menos de cinco metros de los detonantes colores de Mavis, Eve se miró el vestido. —No, supongo que no. —O sea que te olvidaste —dijo la muchacha, sacudiendo un admonitorio dedo cuya uña estaba pintada de esmeralda. Así era, pero Eve comenzaba a recordar. Habían planeado echar un vistazo al nuevo club descubierto por Mavis en los muelles espaciales de Jersey. Según Mavis, los astronautas estaban en permanente excitación. Era algo relacionado con el largo tiempo que pasaban sin sentir la gravedad. —Lo siento. Estás estupenda. Era cierto. Ocho años atrás, cuando Eve detuvo a Mavis por hurto, la muchacha era preciosa. Una hermosa golfilla de dedos rápidos y deslumbrante sonrisa. En los años transcurridos desde entonces, las dos se habían hecho buenas amigas. Para Eve, que podía contar con una mano sus amigos que no eran policías, aquella relación era invaluable. —Pareces cansada —dijo Mavis con tono acusatorio—. Y te falta un botón. Los dedos de Eve fueron hacia su chaqueta y tocaron las hebras sueltas. —Mierda. Lo sabía. —Disgustada, se quitó la chaqueta y la echó a un lado—. Oye, lo siento. De veras me olvidé. Hoy tenía un montón de cosas en la cabeza. —¿Por eso me pediste el abrigo negro? —Sí, gracias. Me vino muy bien. Mavis permaneció inmóvil, tabaleando con las uñas color esmeralda sobre el brazo del sofá. —O sea que fue para un asunto policial. Y yo esperando que tuvieras una cita. Deberías comenzar a tratar a hombres que no fueran delincuentes, Dallas. —Salí con el consultor de imagen que me presentaste. Ése no era ningún delincuente. Era sencillamente idiota. —Eres muy exigente. Además, eso fue hace seis meses. Como el hombre había intentado llevársela a la cama ofreciéndole un tatuaje labial gratuito, Eve se guardó su opinión. —Iré a cambiarme.
  44. 44. J. D. Robb —No te apetece salir a ligar con los chicos del espacio. —Mavis se incorporó de nuevo, y los cristales de sus largos pendientes, que le rozaban los hombros, relucieron—. Pero adelante, quítate esa horrorosa falda. Pediré comida china. Eve experimentó una sensación de alivio. Por Mavis habría tolerado una velada en un ruidoso y atestado club, durante la cual habría tenido que sacarse de encima a un montón de lascivos pilotos y de técnicos espaciales hambrientos de sexo. La idea de ponerse cómoda y comer chino le parecía divina. —¿No te importa? Mavis replicó con un gesto de indiferencia y procedió a llamar por el ordenador a un restaurante. —Me paso todas las noches en un club. —Porque ése es tu trabajo —dijo Eve, entrando en su dormitorio. —¿A quién se lo dices? —Con la lengua entre los dientes, Mavis estudió el menú que aparecía, en el monitor—. Hace unos años habría dicho que ganarse la vida cantando era lo mejor que podía ocurrirle a una; pero me he dado cuenta de que ahora trabajo más que cuando me dedicaba a desplumar turistas. ¿Quieres rollos primavera? —Claro. Espero que no estés pensando en retirarte. Mavis permaneció unos momentos en silencio, mientras hacía su pedido. —No. Estoy enganchada a los aplausos. —Sintiéndose generosa, pagó con su World Card la cena—. Y desde que renegocié mi contrato, consiguiendo un diez por ciento de las entradas, me he convertido en una mujer de negocios normal y corriente. —Tú no tienes nada de normal y corriente —replicó Eve, regresando a la sala vestida con unos vaqueros y un holgado suéter. —Muy cierto. ¿Te queda algo del vino que traje la última vez? —La segunda botella está casi entera. —Como aquélla era la mejor idea que había tenido en todo el día, Eve fue a la cocina para servirlo—. Y tú, ¿qué? ¿Sigues viendo a tu dentista? —No. —Mavis fue hasta la unidad de ocio y programó música—. Las cosas se estaban poniendo demasiado serias. No me importó que él se enamorase de mis dientes, pero terminó queriendo el cuerpo completo. Me propuso boda. —El muy canalla. —Ya no te puedes fiar de nadie —asintió Mavis—. ¿Qué tal van las cosas en el mundo de la ley y el orden? —En este momento bastante complicadas. —

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