desnuda ante la muerte
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  • 1. J. D. Robb Serie Ante la muerte 01: DESNUDA ANTE LA MUERTE J.D. ROBB
  • 2. J. D. Robb Eve Dallas es una teniente de la policía de Nueva York muy buena en su trabajo... algunas veces incluso demasiado buena. Jamás le ha contado a nadie sus pesadillas acerca de todas las víctimas a las que no ha podido salvar por haber llegado demasiado tarde y se niega a abrirse a los psiquiatras de la oficina. Su último caso, en el que un padre ha descuartizado a su hija en pedazos, sigue atormentándola, pero, antes de que tenga oportunidad de recoger pruebas, la reclaman para otro asunto prioritario. Una costosa prostituta de alto standing ha sido asesinada… la han disparado tres veces con una vieja pistola. La víctima es la nieta de un senador de los Estados Unidos que quiere que se coja al asesino a toda costa y que el caso se cierre para poder concentrarse en su agenda política. Por suerte para la víctima, Eve no cede nunca a las presiones políticas... Eve comienza su investigación con los muchos clientes de la prostituta, y se encuentra interrogando a Roarke, un misterioso multimillonario irlandés que había cenado con la mujer la noche anterior a su muerte. Es cierto que Eve siente una instante atracción física por el hombre, pero se niega a hacer nada al respecto... es una profesional y no se involucra con sospechosos. Haciendo a un lado su corazonada sobre Roarke, Eve trata de ser objetiva en su investigación, pero las evidencias siguen acumulándose en contra de éste. Cuando otras dos prostitutas son asesinadas en poco tiempo, Eve es presionada para que halle al asesino. Con su carrera en riesgo debido a la presión del senador y sus superiores, Eve no se puede permitir involucrarse con alguien como Roarke. Pero ¿cómo puede ignorar al hombre que le hace sentir algo por primera vez en muchos años? Los años de profesión le han enseñado que la supervivencia depende del instinto, y por eso trata de evitar cualquier contacto con Roarke, el principal sospechoso del caso que está investigando. Sin embargo, la pasión y la seducción tienen sus propias reglas, y Eve no puede resistir caer entre los brazos de un hombre que apenas conoce, pero que la domina. Lo pasado es prólogo. WILLIAM SHAKESPEARE La violencia es tan típicamente norteamericana como la tarta de cerezas. RAP BROWN
  • 3. J. D. Robb D espertó en la oscuridad. A través de la persiana se filtraba la primera lechosa claridad del amanecer, que producía alargadas sombras sobre la cama. Fue como despertar en una celda. Por un momento permaneció inmóvil y estremecida mientras las imágenes de su sueño se desvanecían. Al cabo de diez años en la policía, Eve aún tenía sueños. Seis horas antes había matado a un hombre, había visto cómo la muerte asomaba a sus ojos. No era la primera vez que recurría a medidas extremas, ni tampoco la primera vez que soñaba. Había aprendido a aceptar el acto y sus consecuencias. Pero la niña la atormentaba. La niña a la que no llegó a tiempo de salvar. La niña cuyos gritos habían resonado con los de ella en el sueño. Toda aquella sangre, pensó Eve, enjugándose el sudor del rostro. Era asombroso que una criatura tan pequeña albergase tanta sangre. Tenía que apartar de su mente aquella imagen. Según las normas del departamento, debería pasarse la mañana en Reconocimiento. Antes de seguir en su trabajo, todo agente que disparaba produciendo con ello víctimas mortales tenía que someterse a un reconocimiento emocional y psiquiátrico. Eve consideraba que tal reconocimiento era un leve fastidio. Lo superaría del mismo modo que lo había superado otras veces. Cuando se levantó, las luces del techo se encendieron automáticamente, iluminando su camino hasta el baño. Al ver su reflejo hizo una mueca. Tenía los ojos hinchados por la falta de sueño, y su piel estaba casi tan pálida como los cadáveres que había dejado a cargo del forense. Se metió en la ducha, bostezando. —Treinta y ocho grados, potencia máxima —dijo, colocándose de forma que el chorro le diera directamente en la cara. Mientras se enjabonaba, recordó los acontecimientos de la noche anterior. No tenía que ir a Reconocimiento hasta las nueve, así que disponía de tres horas para tranquilizarse y librarse de los efectos del sueño. Las pequeñas dudas y los ligeros remordimientos solían ser detectados, y podían aparejar una nueva sesión con las máquinas y los técnicos con ojos de búho que las manejaban. Eve no tenía intención de permanecer más de veinticuatro horas alejada de las calles.
  • 4. J. D. Robb Tras ponerse un albornoz, fue a la cocina y programó su AutoChef para que le preparase café solo y tostadas no muy hechas. Por la ventana le llegaba el fuerte zumbido del tráfico aéreo que llevaba a los más madrugadores hacia el trabajo y a los más trasnochadores hacia sus casas. Años atrás, había escogido ese apartamento porque se hallaba enclavado en un concurrido nudo de tráfico aéreo y terrestre, y a ella le gustaban el ruido y las multitudes. Bostezando de nuevo, miró por la ventana y siguió con la vista el trayecto de un viejo aerobús que transportaba a los trabajadores que no tenían la suerte de trabajar en la ciudad o con ordenadores domésticos. Sintonizó en su monitor el New York Times y echó un vistazo a los titulares mientras la falsa cafeína entonaba su sistema nervioso. El AutoChef había vuelto a quemar la tostada, pero se la comió de todos modos, tomando mentalmente nota que debía pedir que le cambiasen el cacharro. Mientras leía un artículo-sobre unos cocker spaniel droides que habían salido defectuosos y estaban siendo reclamados por la fábrica para someterlos a revisión, el avisador de su ordenador parpadeó. Eve cambió a comunicaciones y en la pantalla apareció el rostro de su jefe. —Comandante... —Teniente. —El hombre le dirigió un rápido vistazo, reparando en el húmedo cabello y en sus soñolientos ojos—. Incidente en el 27 de West Broadway, piso 18. Usted es la encargada de la investigación. Eve enarcó una ceja. —Debo ir a Reconocimiento. Anoche eliminé a un sujeto. —Esto tiene prioridad —replicó él, con voz carente de inflexiones—. Recoja su placa y su arma camino del lugar. Código Cinco, teniente. —Sí, señor. —El rostro del comandante se desvaneció de la pantalla. Código Cinco significaba que ella informaría directamente a su superior, y que no había informes abiertos interdepartamentales ni colaboración con la prensa. En esencia, significaba que trabajaría sola. Broadway era un lugar ruidoso y atestado, una fiesta cuyos alborotadores invitados nunca se iban. El tráfico, tanto peatonal como de vehículos, era espantoso y todo estaba saturado de cuerpos y vehículos. Eve recordaba de su época de agente uniformada que en aquel lugar eran frecuentes los accidentes y los atropellos de turistas distraídos con el espectáculo. Pese a lo temprano de la hora, nubes de vapor se alzaban de los puestos de comida que ofrecían de todo a la muchedumbre, desde tallarines de arroz hasta salchichas de
  • 5. J. D. Robb soja. Eve tuvo que hacer un brusco giro para no atropellar a un afanoso vendedor que atendía su Glida-Grill, y encajó con resignación el obsceno gesto que le hizo el hombre. Aparcó en doble fila y, sorteando a un tipo que olía aún peor que la botella que llevaba, comenzó a andar por la acera. Primero le echó un vistazo al edificio, cincuenta pisos de reluciente metal que se alzaban hacia el cielo desde una base de cemento. Antes de llegar a la puerta, dos hombres le hicieron proposiciones, lo cual no la sorprendió, dado que aquellas cinco manzanas de Broadway recibían el apodo de Paseo de la Prostitución. Mostró su placa al policía de guardia en la entrada. —Teniente Dallas. —A sus órdenes. —El agente conectó la barrera electrónica que impedía el paso de curiosos y luego abrió marcha hacia los ascensores—. Piso dieciocho —dijo, una vez las puertas de la cabina se hubieron cerrado. —Infórmeme, agente. —Eve conectó su grabador. —No estuve entre los primeros en llegar, teniente. Lo que sucedió arriba sólo lo saben los que están allí. Hay un policía de paisano esperándola. Tenemos un homicidio y un código Cinco en el apartamento 1803. —¿Quién dio el aviso? —No lo sé. Cuando el ascensor llegó a su destino, el agente se quedó en la cabina. Eve salió a un angosto corredor. Las cámaras de seguridad giraron en su dirección y, yendo hacia el apartamento 1803, sus pies no hicieron el menor ruido sobre la gastada moqueta. Haciendo caso omiso del llamador, se anunció en voz alta y mostró la placa a la cámara que hacía las veces de mirilla. La puerta se abrió. —Dallas... —Feeney... Eve sonrió. Le agradaba encontrar un rostro familiar. Ryan Feeney era un viejo amigo y un antiguo compañero que había cambiado el trabajo de calle por uno de oficina. Ocupaba un alto cargo en la División de Detección Electrónica. —¿Qué hace aquí un especialista en ordenadores? —Se necesitaba un experto, y yo soy el mejor. —Una sonrisa apareció en su arrugado rostro, pero los ojos permanecieron fríos. Feeney era un hombre menudo y regordete
  • 6. J. D. Robb de manos igualmente menudas y regordetas, y cabello color rojizo—. Pareces cansada. —Tuve una noche movida. —Eso me han dicho. —Le ofreció una nuez azucarada de la bolsa que siempre llevaba y la estudió, tratando de discernir si su compañera estaba preparada para lo que le esperaba en la habitación contigua. Eve era joven para ser teniente, pues apenas había cumplido los treinta. Poseía unos grandes ojos pardos que nunca fueron ingenuos. Tenía el pelo castaño claro y lo llevaba corto, más por sentido práctico que por moda. Su rostro era triangular, de pómulos marcados, y tenía un pequeño hoyuelo en la barbilla. Era alta, esbelta y parecía flaca, aunque Feeney sabía que bajo la cazadora de cuero había fuertes músculos. Más aún, la mujer también tenía cerebro. Y corazón. —Se trata de un caso muy delicado, Dallas. —Sí, ya me había dado cuenta. ¿Quién es la víctima? —Sharon DeBlass, nieta del senador DeBlass. El apellido no le dijo nada a Eve. —La política no es mi fuerte, Feeney -Un caballero de Virginia. Extrema derecha, familia acaudalada. La nieta se descarrió hace unos años, se trasladó a Nueva York y se convirtió en acompañante profesional. —Era puta. —Dallas observó el apartamento. Estaba decorado estilo moderno obsesivo: cristal y cromo, hologramas firmados en las paredes, bar empotrado de color rojo intenso. En la pantalla sedante de detrás de la barra evolucionaban formas de colores fríos y desvaídos. Limpia como una virgen, pensó Eve, y fría como una puta. —No tiene nada de extraño, habida cuenta del vecindario que escogió. —Las consideraciones políticas complican el caso. La víctima tenía veinticuatro años, y era blanca. La mataron en la cama. Eve alzó una ceja. —Resulta poético, ya que en la cama trabajaba. ¿Cómo murió? —Ése es el otro problema. Quiero que lo veas por ti misma. Mientras cruzaban la estancia, sacaron unos pulverizadores y se rociaron las manos para evitar dejar huellas digitales y rastros de grasa corporal. En la puerta, Eve se
  • 7. J. D. Robb roció las botas para que éstas no recogieran fibras, cabellos sueltos o fragmentos de piel. Eve comenzaba a recelar. En circunstancias normales, en la escena de un homicidio hubiera habido otro par de investigadores, con grabadoras de sonido y vídeo, y los del equipo forense también habrían estado allí, aguardando con impaciencia para hacer su trabajo. El hecho de que sólo estuviera Feeney significaba que estaban caminando sobre cáscaras de huevo. —Hay cámaras de seguridad en el vestíbulo, el ascensor y los corredores —comentó Eve. —Tenemos los discos para examinarlos. —Feeney abrió la puerta del dormitorio y cedió el paso a su compañera. No era bonito. Para Eve, la muerte rara vez era una experiencia tranquila o religiosa. Era más bien el desagradable fin de santos y pecadores. Pero aquello era espantoso, como una escena expresamente dispuesta para provocar el horror. La cama era enorme y estaba cubierta por lo que parecían sábanas de raso auténtico color melocotón. Unos pequeños focos iluminaban el centro del colchón flotante, donde se encontraba la mujer desnuda. El colchón se mecía a impulsos de oscilaciones sensualmente gratas, causadas por la música programada que emanaba de la cabecera. La mujer seguía siendo bella. Rostro de camafeo, una cascada de cabello rojo encendido, ojos esmeralda que miraban inertes los espejos del techo. Sus miembros eran blancos y largos y, suavemente agitados por los movimientos de la cama, evocaban visiones románticas. La mujer estaba lascivamente abierta de brazos y piernas, en el centro de la cama. Había un agujero en su frente, otro en su pecho y otro, enorme y horrible, entre las piernas. La sangre había empapado las sábanas, y en las paredes también se veían rojas salpicaduras que parecían macabras pinturas hechas por un malvado chiquillo. Tal abundancia de sangre no era frecuente, y Eve ya había visto demasiada la noche anterior para contemplar la escena con la calma que hubiera deseado. Tragó saliva, y se obligó a borrar dé su memoria la imagen de la niña. —¿Habéis grabado la escena? —Sí. —Entonces apaga esas malditas luces. —Eve lanzó un suspiro de alivio una vez Feeney hubo dado con los controles que silenciaban la música. La cama quedó
  • 8. J. D. Robb inmóvil—. Las heridas... —murmuró acercándose para examinarlas—. Son demasiado limpias para ser de cuchillo, y demasiado sucias para ser de un láser. — Por su memoria desfilaron recuerdos de viejas películas de adiestramiento, viejos vídeos, viejas crueldades—. Joder, Feeney, parecen heridas de bala. Feeney sacó de un bolsillo una bolsa sellada. —Quienquiera que fuese, dejó un recuerdo. —Entregó la bolsa a Eve—. Una antigüedad como ésta puede costar ocho o diez mil pavos en el mercado de coleccionistas, y el doble en el mercado negro. Eve contempló el sellado revólver que tenía en la mano. —Es pesado —murmuró—. Y voluminoso. —Calibre treinta y ocho —dijo Feeney—. El primero que veo fuera de un museo. Es un Smith & Wesson, modelo diez, acero azul. —Admiró el arma—. Se trata de una pieza clásica. Fue el arma reglamentaria de la policía hasta fines de siglo pasado. Dejaron de fabricarlos hacia el año veintidós o veintitrés, cuando se decretó la prohibición de este tipo de armas. —Tú eres el experto en historia. —Lo cual explicaba que estuviese allí con ella—. Parece nuevo. —Olfateó a través de la bolsa y percibió el olor a aceite lubricante y pólvora quemada—. Alguien lo cuidó muy bien. Acero disparado contra carne — murmuró, devolviendo la bolsa a Feeney—. Fea forma de morir. El primer caso así que me encuentro en los diez años que llevo en el departamento. —Para mí es el segundo. Hace cosa de quince años, en una fiesta en la parte baja del East Side, un tipo disparó contra cinco personas con una veintidós antes de darse cuenta de que no era un juguete. Fue una carnicería horrorosa. —Empieza la diversión —murmuró Eve—. Investigaremos a los coleccionistas, a ver cuántos localizamos que posean un arma como ésta. Quizá sea producto de un robo y alguien lo haya denunciado. —Es posible. —Lo más probable es que proceda del mercado negro. —Eve se volvió hacia el cuerpo—. Si la mujer llevaba años en el negocio, debe de tener discos, registros de sus clientes, agendas de direcciones. —Frunciendo el entrecejo, siguió—: Siendo esto un código Cinco, tendré que hacer la investigación sola. No se trata de un simple crimen sexual —añadió, con un suspiro—. El que lo hizo montó la escena a conciencia. El arma antigua, las propias heridas, repartidas casi como con tiralíneas por todo el cuerpo, las luces, la postura. ¿Quién denunció el hecho?
  • 9. J. D. Robb —El asesino. —Feeney esperó a que Eve volviera a mirarlo—. Llamó desde aquí mismo a la comisaría. Fíjate en que la luz de la mesilla de noche está enfocada hacia la cara de la mujer. Eso es lo que la policía recibió. Vídeo sin audio. —Al tipo le gusta el espectáculo. —Eve suspiró—. Es un cabrón arrogante, jactancioso. Primero se acostó con ella, apuesto lo que sea. Luego se levantó y lo hizo. —Alzó un brazo, apuntó y contó—: Uno, dos, tres... —A eso se le llama sangre fría —murmuró Feeney. —El tipo la tiene. Incluso arregló las sábanas. ¿Te das cuenta de lo lisas que están? Luego coloca a la víctima, la abre de brazos y de piernas de modo que a nadie le quepa la menor duda sobre cómo se ganaba la vida. Lo hace con esmero, midiéndolo todo de modo que ella quede justo en el centro de la cama y sus brazos y piernas estén simétricamente separados. No desconecta la cama porque eso forma parte del espectáculo. Deja el arma porque quiere que nos demos cuenta de que no es un hombre normal. Tiene su ego. No quiere perder tiempo esperando a que el cuerpo sea encontrado fortuitamente. Quiere que sea ya. Gratificación instantánea. —La muerta tenía licencia para hombres y mujeres—comentó Feeney. Eve meneó la cabeza. —No es una mujer —dijo—. Una mujer no la hubiera dejado para que pareciese a un tiempo bella y obscena. No, no creo que se trate de una mujer. Veremos qué se puede averiguar. ¿Le has echado un vistazo a su ordenador? —No. El caso es tuyo, Dallas. Yo sólo estoy autorizado para ayudarte. —Mira si puedes acceder a su lista de clientes. —Eve fue al vestidor y comenzó a examinar los cajones. Gustos caros, se dijo. Había varias prendas de vestir de seda auténtica, nada de imitaciones. El perfume que había encima del tocador era exclusivo y olía a sexo caro. Los cajones tenían su contenido meticulosamente ordenado. La lencería estaba doblada con todo cuidado, y los suéteres estaban ordenados según color y tejido. Lo mismo ocurría con el armario. Evidentemente, la víctima estaba enamorada de la ropa, le gustaba la mejor y la cuidaba con esmero. Y había muerto desnuda. —Lo tenía todo anotado —anunció Feeney—. Aquí está su lista de clientes, su libro de citas, incluidas las de su examen médico mensual y su visita semanal al salón de belleza. Utilizaba la clínica Trident para lo primero y el salón Paradise para lo segundo... —Los dos son establecimientos de primera. Una amiga se pasó un año ahorrando para someterse al tratamiento de Paradise. Hay gente para todo.
  • 10. J. D. Robb —La hermana de mi mujer fue allí por sus bodas de plata. Le costó casi tanto como la boda de mi chico. Vaya, aquí tenemos su agenda personal. —Estupendo. Cópialo todo, ¿quieres, Feeney? —El hombre lanzó un silbido de asombro, y ella vio el pequeño ordenador de bordes dorados que sostenía en la mano—. ¿Qué pasa? —Aquí hay un montón de nombres de campanillas. Políticos, gente del mundo del espectáculo... Dinero, dinero y más dinero. Hay algo muy curioso: nuestra chica tiene el número privado de Roarke. —¿Roarke qué? —Sólo Roarke, por lo que sé. Un tipo forrado. De los que tocan mierda y la convierten en oro. Deberías leer algo más que las páginas de deportes, Dallas. —Qué demonios, leo los titulares. —Roarke siempre es noticia —dijo Feeney—. Es dueño de una de las mejores colecciones de arte. Arte y antigüedades. Tiene licencia para coleccionar armas. Y, según se rumorea, también sabe usarlas. —Le haré una visita. —Tendrás suerte si logras aproximarte a un kilómetro de él. —Me siento afortunada. —Eve se acercó al cuerpo y metió las manos bajo las sábanas. —El hombre tiene amigos muy poderosos, Dallas. No puedes permitirte ni insinuar que está relacionado con esto a no ser que tengas una base sólida para hacerlo. —Feeney, sabes que es un error decirme eso. —Pero en el momento en que comenzaba a sonreír, sus dedos tropezaron con algo entre la fría carne y las ensangrentadas sábanas—. Hay algo debajo del cadáver. —Con cuidado, Eve alzó un hombro de la mujer—. Papel -murmuró—. Sellado. —Con su protegido pulgar, limpió un coágulo de sangre hasta que pudo leer la hoja Una de seis. » —Parece escrito a mano —dijo Eve a Feeney, mostrando el papel—. Nuestro hombre es algo más que listo y arrogante. Y aún no ha terminado. Eve dedicó el resto del día a hacer lo que normalmente hubieran hecho subalternos. Interrogó personalmente a los vecinos de la víctima, tomando nota de sus declaraciones e impresiones. Tomó un sándwich en el mismo Glida-Grill con el que antes había estado a punto de chocar. Luego se dirigió al otro extremo de la ciudad. Después de la noche que había
  • 11. J. D. Robb pasado, no le extrañó que la recepcionista de Paradise la mirase como a una pordiosera. El agua de la cascada sonaba musicalmente entre la flora de la recepción del salón de belleza más exclusivo de la ciudad. A las que aguardaban en los mullidos sillones de la sala de espera se les servía café auténtico y finas copas de agua gasificada o champaña. Las clientas disponían también de auriculares y revistas de moda. La recepcionista tenía un espléndido pecho, producto de las técnicas de escultura corporal del salón Paradise. Llevaba el elegante uniforme rojo del establecimiento, y una increíble mata de cabello ébano peinado en trenzas como pequeñas serpientes. Eve no podría haberse sentido más encantada. —Lo siento —dijo la mujer con voz modulada, tan carente de inflexiones como si procediera de un ordenador—. Sólo atendemos con cita previa. —No importa. —Eve sonrió y, casi le dio lástima pinchar el globo del desdén de la otra—. Creo que con esto será suficiente. —Mostró su placa—. ¿Quién atiende a Sharon DeBlass? Los horrorizados ojos de la recepcionista se volvieron hacia la sala de espera. —Tratamos todo lo referido a nuestras clientas con estricta confidencialidad. —Estoy segura de ello. —Divertida, Eve se inclinó sobre el mostrador en forma de herradura—. Puedo hablar, así, en voz baja y discreta, de forma que nos entendamos a la perfección... Denise, ¿no? —preguntó tras mirar la discreta placa que la mujer llevaba en el pecho—, O también puedo hablar en voz más alta, de modo que todo el mundo se entere. Si la primera idea le parece más atractiva, puede llevarme a una habitación tranquila en la que no molestemos a ninguna de sus clientas, y puede enviarme al operario o la operaria que atiende a Sharon DeBlass. O como lo llamen. —Consultor —dijo débilmente Denise—. Sígame. —Con mucho gusto. Y, en efecto, fue un placer. Salvo en películas, Eve nunca había visto nada tan lujoso. La alfombra era un rojo cojín en el que se hundían confortablemente los pies. Gotas de cristal emitían luz desde el techo. El aire olía a flores y a cuerpos bien cuidados. No se imaginaba a sí misma allí, sometiéndose a un ¿tratamiento de cremas, aceites, masajes y esculpido corporal? Pero... en caso de decidir perder tanto tiempo en engalanarse, habría sido interesante hacerlo en unas instalaciones tan confortables. La recepcionista la condujo a una pequeña habitación, una de cuyas paredes estaba ocupada por el holograma de una atractiva pradera estival. Un tenue rumor de brisa y trinos endulzaba el aire.
  • 12. J. D. Robb —Aguarde aquí, por favor. —Desde luego. —Eve esperó a que la puerta se cerrara y luego, con un suspiro, se dejó caer en un mullido sillón. En cuanto se hubo sentado, un monitor se encendió y un amistoso e indulgente rostro que sólo podía pertenecer a un androide le dirigió una amable sonrisa. «—Buenas tardes. Bienvenida a Paradise. Su belleza y su comodidad son nuestras únicas prioridades. —¿Desea tomar algo mientras aguarda a su consultor personal?» —Claro. Café. Solo. —«Muy bien. ¿De qué tipo lo prefiere? Presione la " C" de su teclado para conseguir la lista de opciones.» Con una sonrisa, Eve siguió las instrucciones, y dedicó dos minutos a sopesar las distintas opciones que se le ofrecían. Al fin redujo la lista a dos: Riviera Francesa y Crema Caribeña. Antes de que se hubiera decidido, la puerta se abrió de nuevo. Resignada, Eve se levantó. Sobre la camisa fucsia y los pantalones melocotón, el hombre llevaba una larga y abierta bata color rojo Paradise. El cabello, que coronaba un enjuto rostro, era de un tono similar al de los pantalones. Tendió la mano y estrechó con suavidad la de Eve, y la miró con ojos de cervatillo. —¿En qué puedo servirla, agente? —Deseo información sobre Sharon DeBlass. —Eve sacó su placa y se la mostró. —Ah, bien, teniente Dallas. Eso me habían dicho. La supongo enterada de que todo lo relativo a nuestra clientela es estrictamente confidencial. El lema de Paradise no es sólo la excelencia, sino también la discreción. —Ya sabe que puedo conseguir una orden judicial, sen... —Sebastian, simplemente Sebastian. —Agitó una menuda mano llena de anillos—. No pongo en duda su autoridad, teniente. Pero... ¿podría informarme del motivo de su interés? —Intento averiguar por qué asesinaron a Sharon DeBlass. —Hizo una pausa para evaluar la sorpresa que reflejaron los ojos del hombre y su súbita palidez—. Es lo único que puedo decirle. Todo lo demás es confidencial. —Asesinato. Dios mío, no me diga que nuestra encantadora Sharon ha muerto... — Prácticamente se derrumbó en un sillón. Echó la cabeza atrás y cerró los ojos. Cuando
  • 13. J. D. Robb el monitor le preguntó si quería tomar algo, él agitó una mano y la luz se reflejó en sus enjoyados dedos—. Sí, Dios mío, necesito un brandy. Una copa de Trevalli. Eve se sentó junto a él y sacó su grabador. —Hábleme de Sharon. —Una criatura maravillosa. Físicamente bellísima, pero la cosa iba más allá. —El brandy apareció en la habitación sobre un silencioso carrito automático. Sebastian tomó la copa y dio un largo trago—. Tenía un gusto impecable, un corazón generoso y un ingenio encantador. El hombre se interrumpió y, tras unos momentos, volvió a mirar a Eve con sus ojos de cervatillo. —La vi hace sólo dos días. —¿Profesionalmente? —Ella tenía una cita fija semanal de medio día. Un día completo cada dos semanas. —Sacó un pañuelo amarillo y se lo pasó por los ojos—. Sharon sabía cuidarse. Creía a pies juntillas en la importancia del aspecto físico. —Dado su trabajo, resulta lógico. —Desde luego, aunque ella sólo trabajaba por divertirse. Siendo de la familia que era, el dinero no le hacía ninguna falta. Le gustaba el sexo. —¿Con usted? El rostro del hombre se contrajo en una mueca y sus labios se fruncieron en un gesto de dolor. —Yo era su consultor, su confidente y amigo —dijo secamente, echándose el pañuelo sobre el hombro izquierdo—. Hubiera sido una indiscreción y una falta de profesionalidad que nos acostáramos juntos. —Así que usted no se sentía sexualmente atraído por Sharon DeBlass. —Era imposible no sentirse atraído sexualmente por ella. Sharon... —hizo un ampuloso ademán— desprendía sexo del mismo modo que otras mujeres despiden olor a perfume caro. Dios mío... —Estremecido, dio otro breve sorbo a su brandy—. Hablo de ella en tiempo pasado. No puedo creerlo. Muerta. Asesinada.—Miró de nuevo a Eve—. Dijo que la habían asesinado, ¿no? —Eso dije. —Fue por empeñarse en vivir en ese vecindario—dijo torvamente el hombre—. No había forma de persuadirla para que se mudase a un barrio mejor. Le gustaba vivir al límite y escandalizar a sus aristocráticos parientes.
  • 14. J. D. Robb —¿Se llevaba mal con su familia? —Fatal. Le encantaba darle disgustos. Ella era un espíritu tan libre y ellos son tan... vulgares. —Por su tono resultaba claro que para él la vulgaridad era un pecado aún más mortal que el propio asesinato—. Su abuelo no deja de presentar proyectos de ley para ilegalizar la prostitución. Como si el pasado siglo no hubiese quedado bien claro que tales asuntos deben regularse en bien de la salud y el control de la delincuencia. También se opone a la regulación de la preocupación, al ajuste de sexo, al equilibramiento químico y al bando contra las armas. Eve aguzó el oído. —¿El senador es contrario a que las armas sigan estando prohibidas? —Ése es uno de sus caballos de batalla. Sharon me dijo que el senador tiene un montón de armas antiguas y que siempre está a vueltas con el arcaico derecho a llevar armas. Si se saliera con la suya, volveríamos a estar como en el siglo XX, asesinándonos los unos a los otros. —Sigue habiendo asesinatos —murmuró Eve—. ¿Alguna vez le mencionó Sharon amigos o clientes que pudieran sentir rencor hacia ella o que se hubieran mostrado abiertamente agresivos con ella? —Sharon tenía docenas de amigos. Atraía a la gente como... —buscó una metáfora adecuada al tiempo que volvía a usar el pañuelo— como una flor exótica y fragante. Y sus clientes, por lo que sé, estaban encantados con ella. Sharon los escogía con gran meticulosidad. Todas sus parejas sexuales debían reunir ciertos requisitos. Aspecto, inteligencia, crianza y solvencia. Como digo, a ella le gustaba el sexo en sus múltiples formas. Era... una aventurera. Eso encajaba con los juguetes que Eve había descubierto en el apartamento. Las esposas de terciopelo y los látigos, los perfumes aromáticos y los alucinógenos. Lo que ofrecían los dos aparatos gemelos de realidad virtual había impresionado incluso a Eve, que estaba acostumbrada a todo. —¿Tenía Sharon alguna relación estrictamente sentimental? —En el pasado hubo algunos hombres, pero ella no tardaba en perder el interés. Últimamente mencionó a Roarke. Lo conoció en una fiesta y se sintió atraída por él. La verdad es que iban a cenar juntos la noche del último día que vino a su consulta. Quería un arreglo exótico, porque iban a cenar en México. —En México. Eso debió de ser anteanoche, ¿no? —Sí. Sharon no dejaba de hablar de él. Le hicimos un peinado tipo gitano, y le dimos a la piel un tono más dorado... El tratamiento corporal completo. Rojo vivo en las uñas, y un pequeño tatuaje artificial en la nalga izquierda que representaba una
  • 15. J. D. Robb mariposa de alas rojas. Cosméticos faciales de los que duran cuarenta y ocho horas, de forma que su arreglo fuera impecable. Su aspecto era espectacular. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Me dio un beso y me dijo que tal vez esta vez fuera auténtico amor. «Deséame suerte, Sebastian. » Eso me dijo al marcharse. Fueron las últimas palabras que le escuché. Ausencia de esperma. Eve lanzó una maldición al leer el informe de la autopsia. Si Sharon había copulado con el asesino, el sistema de control de natalidad elegido por la víctima había matado por simple contacto a los pequeños soldados, eliminando todo rastro de ellos al cabo de menos de treinta minutos de producirse la eyaculación. La extensión de las heridas hacía que las pruebas en busca de actividad sexual no fueran concluyentes. El asesino le había volado las partes sexuales, fuera por simbolismo o para protegerse. Nada de esperma, nada de sangre que no fuera la de la víctima. Nada de ADN. El examen de la escena del crimen no reveló huellas dactilares. Ninguna. Ni de la víctima, ni del especialista en limpieza que acudía semanalmente, y, desde luego, tampoco del asesino. Todas las superficies habían sido cuidadosamente limpiadas, incluida el arma del crimen. Para Eve, lo más significativo eran los discos de seguridad. Una vez más, metió en su monitor de sobremesa la grabación de vigilancia del ascensor. Los discos estaban inicializados. Complejo Gorham. Ascensor A. 12-2-2058. 06:00. Eve accionó el mando de avance rápido y contempló cómo desfilaban las horas. Las puertas del ascensor se abrieron por vez primera al mediodía. Redujo la velocidad. La imagen del monitor fluctuó, y la mujer le dio al aparato un ligero golpe con el canto de la mano. Luego estudió al inquieto hombrecillo qué había entrado en la cabina y pedido el piso quinto. Un cliente nervioso, decidió Eve, observando divertida cómo el hombre se aflojaba el cuello de la camisa y se echaba a la boca una pastilla de menta. Probablemente tendría esposa, dos hijos y un buen empleo burocrático que le permitía escaparse una horita por semana para echar una siesta en agradable compañía. Bajó en la quinta planta.
  • 16. J. D. Robb La actividad fue escasa durante varias horas. Alguna que otra prostituta bajando al vestíbulo, otras volviendo con bolsas de compra y caras de aburrimiento. Unos cuantos clientes entraron y salieron. Algunos residentes salieron, elegantemente vestidos para cenar, otros entraron para llegar a tiempo a las citas que tenían concertadas. A las diez, en la cabina entró una pareja elegantemente vestida. La mujer dejó que el hombre le abriese el abrigo de pieles, bajo el cual lo único que llevaba eran unos zapatos de tacón alto y el tatuaje de un capullo de rosa cuyo tallo se iniciaba en la ingle y la flor rozaba el pezón izquierdo. El hombre la acarició, lo cual técnicamente era un acto ilegal en un lugar sometido a vigilancia. Cuando el ascensor se detuvo en el piso 18, la mujer se cerró el abrigo y los dos salieron de la cabina charlando de la obra teatral que acababan de ver. Eve tomó nota mental de que tenía que interrogar al hombre al día siguiente. Se trataba del vecino y socio de la víctima. El salto se produjo a las 00.05. La imagen osciló ligeramente, y cuando volvió a estabilizarse eran ya las 2.46. De la grabación habían desaparecido dos horas y cuarenta y un minutos. Al disco que contenía las imágenes del piso 18 le ocurría lo mismo. De él habían sido suprimidas casi tres horas. Dando un sorbo a su frío café, Eve analizó lo ocurrido. Era evidente que el hombre estaba familiarizado con los sistemas de seguridad, y conocía el edificio lo suficiente para saber dónde estaban las grabaciones y cómo podían manipularse. Y se había tomado su tiempo, pues, según el informe de la autopsia, la muerte de la víctima se había producido a las dos de la mañana. Había pasado con ella casi dos horas antes de matarla, y casi una hora más después de la muerte. Sin embargo, no había dejado ni rastro. Tipo listo. Si Sharon DeBlass había anotado alguna cita, personal o profesional, para aquella noche, también aquello había sido borrado. O sea que el asesino la había conocido íntimamente como para saber dónde guardaba sus documentos personales y cómo acceder a ellos. Eve tuvo una corazonada y se inclinó de nuevo. —Complejo Gorham, Broadway, Nueva York. Propietario. Luego, con ojos fruncidos, contempló los datos que aparecían en la pantalla.
  • 17. J. D. Robb «Complejo Gorham, propiedad de Industrias Roarke, casa central en el 500 de la Quinta Avenida. Roarke, presidente y jefe ejecutivo. Residencia en Nueva York, Central Park West, 222. » —Roarke —murmuró Eve—. Parece que no dejas de aparecer, amigo Roarke. Todos los datos, en pantalla e impresos. Haciendo caso omiso de la llamada que estaba recibiendo la terminal que tenía junto a ella, Eve tomó un sorbo de café y leyó: «Roarke —nombre de pila desconocido—, nacido 6-10-2023 en Dublín, Irlanda. Tarjeta de Identidad número 33492-ABR-50. Padres desconocidos. Estado civil, soltero. Presidente y jefe ejecutivo de Industriaba Roarke, fundada en 2042. Sucursales principales Nueva York, Chicago, Los Ángeles, Dublín, Londres, Bonn, París, Francfort, Tokio, Milán, Sidney. Sucursales extraterrestres, Estación 45, Colonia Bridgestone, Vegas II, FreeStar Uno. Inversiones en bienes inmobiliarios, importación-exportación, navieras, espectáculo, manufacturas, farmacia, transportes. Fortuna calculada en tres mil ochocientos millones.» Un tipo ocupado, se dijo Eve, contemplando con enarcadas cejas la lista de empresas que aparecía en pantalla. —¿Estudios? «Desconocidos. » —¿Antecedentes criminales? «No hay datos. » —Información sobre Roarke en Dublín. «No hay datos adicionales. » —Tipo misterioso —murmuró Eve—. Descripción e imagen. «Roarke. Cabello negro, ojos azules. 1,88 m, 78 k.» Eve rezongó mientras el ordenador daba la descripción. La mujer tuvo que admitir que, en el caso de Roarke, una imagen valía más que un par de centenares de palabras. La fotografía del hombre la miraba desde la pantalla. Roarke era casi ridículamente atractivo: rostro enjuto y estético; pómulos protuberantes; y boca esculpida. Sí, su cabello era negro, pero el ordenador no decía que era poblado, lustroso, y que le llegaba desde la despejada frente hasta los anchos hombros. Sus ojos eran azules, pero el término era demasiado simple para definir la intensidad del color o la fuerza de la mirada. Hasta en fotografía se notaba que aquél era un hombre acostumbrado a conseguir y usar lo que deseaba o a quien deseaba, y que consideraba que cosas como los trofeos eran frivolidades. Y, sí, pensó Eve, aquél era también un hombre capaz de matar siempre y cuando le conviniera. Lo haría fría y metódicamente y sin el menor tipo de escrúpulos.
  • 18. J. D. Robb Evaluando los datos, decidió que hablaría con Roarke. Muy pronto. Cuando Eve salió de la comisaría para dirigirse a su casa, estaba cayendo una nevada. Se registró los bolsillos sin mucha esperanza, y descubrió que, en efecto, se había dejado los guantes en el apartamento. Sin sombrero ni guantes, y con sólo su cazadora de cuero como protección contra el gélido viento, condujo a través de la ciudad. Llevaba días intentando acordarse de llevar su vehículo a reparar y no había tenido tiempo. Pero ahora dispuso de tiempo sobrado para lamentarlo mientras bregaba con el tráfico entre escalofríos gracias a un sistema de calefacción defectuoso. Se juró que si llegaba a casa sin convertirse en un bloque de hielo, llamaría al mecánico para pedirle hora. Pero una vez en su apartamento, su primer pensamiento fue para la comida. Mientras abría la puerta, anhelaba un buen plato de sopa, un plato de patatas fritas, caso de que le quedaran, y un café que no supiera a agua de alcantarilla. Vio el delgado y cuadrado paquete en el vestíbulo, junto a la puerta. Empuñó su arma, cerró la puerta y, dejando el paquete donde estaba, recorrió las habitaciones del apartamento ojo avizor y arma en ristre, hasta que tuvo la certeza de que se encontraba sola. Tras guardar el arma, se quitó la cazadora y recogió el disco sellado agarrándolo por los bordes. No habías etiqueta ni mensaje alguno. Se lo llevó a la cocina, le retiró el sello y lo metió en su ordenador. Y olvidó por completo la comida. La calidad del vídeo era de primera. Eve se sentó lentamente, con la vista en la escena que reproducía la pantalla. Sharon DeBlass, desnuda, estaba tumbada en la enorme cama, sobre las sábanas de raso. Alzó una mano y, estremecida por el movimiento vibratorio del colchón, se la pasó por el espléndido cabello rojizo. —¿Quieres algo especial, cariño? —Riendo entre dientes, se puso de rodillas, y se llevó las manos a los pechos—. Anda, acércate aquí otra vez... —Se pasó la lengua por los labios—. Lo haremos de nuevo. —Bajó la vista y sus labios se curvaron en una picara sonrisa—. Por lo que veo, estás más que listo. —Rió de nuevo y meneó la cabeza—. Vaya, así que queremos jugar a un jueguecito. —Sin dejar de sonreír, Sharon levantó las manos—. No me hagas daño. —Lo dijo en un sollozo y temblando, pero en sus ojos brillaba aún la excitación—. Haré todo lo que quieras. Cualquier cosa. Anda, ven aquí y viólame. Quiero que lo hagas. —Comenzó a
  • 19. J. D. Robb acariciarse—. Apúntame con ese revólver mientras me violas. Quiero que lo hagas, me gusta que... La explosión hizo respingar a Eve. El estómago se le encogió viendo cómo la mujer salía lanzada hacia atrás como una muñeca rota, con la frente convertida en un manantial de sangre. El segundo disparo no fue tan impactante. Tras el estampido final el silencio sólo fue roto por la suave música y la entrecortada respiración. La respiración del asesino. La cámara se movió, describiendo el cadáver en todos sus macabros detalles. Luego, por la magia del vídeo, DeBlass volvió a ser la que Eve había visto la primera vez, con los miembros extendidos formando una X perfecta sobre las ensangrentadas sábanas. La imagen concluía con un texto sobrepuesto: «Una de seis. » Ver la grabación por segunda vez le resultó más fácil. En esta ocasión advirtió un estremecimiento apenas perceptible de la cámara tras el primer disparo. La vio de nuevo, escuchando cada palabra, estudiando el menor movimiento, en la esperanza de dar con alguna pista. Pero el asesino era demasiado listo, y los dos lo sabían. El hombre había deseado que ella viese lo frío, calculador y despiadado que él era. Y también deseaba que ella se diera cuenta de que él sabía dónde encontrarla cuando quisiera. Furiosa por el leve temblor de sus manos, Eve se puso en pie. En vez del café que había pensado, sacó una botella de vino y se sirvió media copa. La apuró rápidamente, prometiéndose otra para dentro de un momento, y luego marcó el número de su comandante. Quien respondió fue la esposa de su jefe, y por los pendientes que lucía y su impecable peinado, Eve dedujo que había interrumpido una de las famosas cenas de la mujer. —Soy la teniente Dallas, señora Whitney. Lamento interrumpir su velada, pero necesito hablar con el comandante. —Tenemos visita, teniente. —Sí, señora. Discúlpeme. —Jodidos políticos, pensó Eve—. Es algo urgente. —¿Y cuándo no lo es? Durante tres minutos sólo se escuchó el zumbido de la máquina. Afortunadamente, ni se oyó música ambiental ni apareció un avance de noticias. Al fin apareció la imagen del comandante. —¿Qué hay, Dallas? —Comandante, tengo que enviarle algo por línea protegida.
  • 20. J. D. Robb —Más vale que sea importante, Dallas. Mi esposa me pedirá cuentas por esto. —Sí, señor —dijo Eve y, mientras se disponía a enviar la imagen al monitor del otro; se dijo que los policías deberían permanecer solteros. Aguardó, reposando en la mesa sus inquietas manos. Mientras las imágenes volvían a ser reproducidas, las observó de nuevo, haciendo caso omiso del agarrotamiento de su estómago. Una vez la grabación hubo concluido, Whitney volvió a aparecer en la pantalla. Su mirada era torva. —¿Cómo consiguió esto? —El tipo me lo envió. Cuando regresé de la comisaría encontré un disco aquí, en mi apartamento. —Hablaba con voz fría y sin inflexiones—. Sabe quién soy, dónde me encuentro y lo que hago. Whitney guardó silencio por un momento. —En mi oficina a las siete en punto. Lleve el disco, teniente. —Sí, señor. Al concluir la transmisión, Eve hizo las dos cosas que le dictaba su instinto: sacó copia del disco y se sirvió otra copa de vino. Se despertó a las tres, cubierta de sudor, temblorosa y reprimiendo el deseo de gritar. Con voz quebrada, ordenó que se encendieran las luces. Los sueños siempre resultaban más pavorosos en la oscuridad. Se tumbó, estremecida. Esta vez había sido peor, mucho peor que las anteriores. Había matado al hombre. ¿Qué otra cosa pudo hacer? El tipo llevaba dentro demasiadas drogas químicas para que fuera posible dejarlo inconsciente. Ella lo había intentado, pero él siguió atacándola, sin soltar el ensangrentado cuchillo que blandía. La niña ya estaba muerta. Eve no pudo hacer nada por evitarlo. O eso deseaba creer. El pequeño cuerpo hecho pedazos, el hombre frenético y armado con un goteante cuchillo. Y la expresión de sus ojos cuando Eve disparó a bocajarro y la vida se esfumó de ellos. Pero no había quedado ahí la cosa. No esta vez. Esta vez él siguió avanzando. Y ella se encontraba desnuda, arrodillada sobre una sábana de raso. El cuchillo se había convertido en una pistola, empuñada por el hombre cuyo rostro ella había estudiado hacía unas horas. El hombre llamado Roarke. Él había sonreído, y ella lo deseó. En su cuerpo se mezclaron el terror y el ansia sexual incluso en el momento en que él disparó contra ella. Cabeza, corazón e ingle.
  • 21. J. D. Robb Y, durante todo el tiempo en que aquello ocurrió, la niña, la pobre niña, había estado llorando, suplicando ayuda. Demasiado cansada para luchar contra el sueño, Eve se dio la vuelta, apretó el rostro contra la almohada y lloró. ***************** —Teniente... —A las siete en punto de la mañana, el comandante Whitney indicó a Eve una butaca de su despacho. Pese al hecho, o quizá debido al hecho, de que llevaba doce años tras un escritorio, sus ojos eran penetrantes. Whitney se daba cuenta de que la mujer había dormido mal y de que se había esforzado en disimular los estragos de una mala noche. Sin decir nada, el comandante tendió la mano. Eve había metido el disco y su envoltorio en una bolsa de pruebas. Whitney le echó un vistazo y luego lo dejó en el centro de su escritorio. —Según el protocolo, estoy obligado a preguntarle si quiere renunciar a este caso. — Hizo una brevísima pausa—. Supongamos que ya lo he hecho. —Sí, señor. —¿Es su residencia un lugar seguro, Dallas? —Eso creía. —Sacó de su cartera una copia impresa de datos—. Después de hablar con usted, revisé los diez vídeos de seguridad. Hay un lapso de diez minutos borrado. Como verá en mi informe, el tipo sabe manejar los sistemas de seguridad, es experto en vídeos, sabe manipularlos y, naturalmente, conoce las armas antiguas. Whitney tomó el informe que Eve le tendía y lo puso a un lado. —Todo lo cual no nos sirve de gran cosa. —No, señor. Hay otras personas a las que tengo que interrogar. Con este asesino, la investigación electrónica es secundaria, aunque la ayuda del capitán Feeney resulta sumamente valiosa. El tipo tras el que vamos sabe cómo cubrir sus huellas. No tenemos más pruebas físicas que el arma que él decidió dejar en la escena del crimen. A Feeney no le ha sido posible rastrearla a través de los canales normales. Debemos suponer que procede del mercado negro. He comenzado a examinar las agendas y libros de citas de la víctima, pero no era exactamente una mujer retraída. La investigación llevará bastante tiempo.
  • 22. J. D. Robb —El tiempo es una parte importante del problema. Una de seis, teniente. ¿Qué le sugiere a usted eso? —Que el tipo está pensando en otros cinco asesinatos y desea que nos enteremos. Le gusta lo que hace y desea ser el centro de nuestra atención. —Aspiró pausadamente—. No tenemos suficientes elementos para establecer un perfil psiquiátrico completo. No nos es posible saber durante cuánto tiempo permanecerá satisfecho con la excitación de este asesinato, ni cuándo necesitará emociones nuevas. Podría ser hoy mismo. Podría ser dentro de un año. Y no podemos confiar en que cometa un descuido. Whitney se limito a asentir con la cabeza, y luego pregunto: -¿Le crea algún problema la muerte justificada de anoche? El cuchillo ensangrentado. El pequeño y destrozado cadáver en el suelo. —Estoy bien, no se preocupe. —Espero que así sea, Dallas. No me gustaría que el agente encargado de un caso tan delicado como éste tenga dudas acerca de si debe o no usar su arma. —No tengo dudas. Eve era el mejor elemento que Whitney tenía, y él no podía permitirse dudar de ella. —¿Se ve con ánimos para jugar a la política? —Los labios del comandante se curvaron ligeramente—. El senador DeBlass viene en camino. Anoche voló a Nueva York. —La diplomacia no es mi fuerte. —Lo sé. Pero tendrá que esmerarse. El senador quiere hablar con el agente encargado de la investigación, y me puenteó para conseguirlo. He recibido órdenes del jefe. Debe usted prestar al senador su plena cooperación. —Ésta es una investigación código Cinco —dijo fríamente ella—. No me importa que las órdenes provengan de Dios Todopoderoso: no pienso darle información confidencial a un civil. La sonrisa de Whitney se hizo más amplia. Tenía un rostro sano y vulgar. Probablemente, era el mismo con el que nació. Pero cuando sonreía, y lo hacía con sinceridad, el resplandor de los blancos dientes contra la piel color cacao daba a sus facciones un toque especial. —No he escuchado lo que acaba de decirme. Y usted no me ha escuchado decirle que no le dé al senador más que los datos obvios. Lo que debe tener presente caí que el
  • 23. J. D. Robb caballero de Virginia es un asno pomposo y arrogante. Por desgracia, el asno tiene poder, así que ándese con cuidado. —Sí, señor. Whitney miró la hora y luego guardó en el cajón de seguridad el informe y el disco. —Dispone usted de tiempo para tomarse un café... —Al levantarse Eve, el hombre añadió—: Otra cosa. Si ud. tiene problemas para dormir, tome su sedante autorizado. Quiero a mi personal en perfecta forma. —Estoy en perfecta forma. **************************** El senador Gerald DeBlass era sin duda pomposo. E indiscutiblemente arrogante. Al cabo de un minuto en su compañía, Eve estuvo de acuerdo en que tampoco cabía duda de que era un asno. Era un tipo compacto, enorme, de más de metro ochenta y arriba de cien kilos. Llevaba el blanco pelo cortado a cepillo, de forma que su cabeza parecía una enorme bala de cañón. Tenía los ojos casi negros, como las pobladas cejas, que eran grandes, lo mismo que la nariz y la boca. Sus manos eran enormes, y cuando estrechó la de Eve al ser presentados, la mujer advirtió que eran lisas y suaves. Como las de un bebé. El senador llevaba consigo a su ayudante. Derrick Róckman era un hombre fornido de poco más de cuarenta años. Aunque debía de medir cerca de dos metros, Eve calculó que DeBlass pesaría unos diez kilos más que él. Pulcro y atildado, ni su traje azul ni su corbata mostraban una sola arruga. Su rostro era solemne, de atractivas facciones regulares. Con movimientos precisos y controlados, ayudó al senador a despojarse de su abrigo de cachemir. —¿Qué demonios están haciendo para descubrir al monstruo que mató a mi nieta? — quiso saber DeBlass. —Todo lo posible, senador. —Whitney seguía en pie. Aunque había ofrecido a DeBlass un asiento, el senador estaba recorriendo el despacho a largas zancadas, como si se encontrase en la galería del Nuevo Senado, en East Washington. —Han dispuesto ustedes de más de veinticuatro horas —bufó DeBlass—. Tengo entendido que sólo hay dos agentes asignados a la investigación.
  • 24. J. D. Robb —Es una cuestión de seguridad, señor. Se trata de dos de mis mejores agentes. La teniente Dallas dirige la investigación y me informa de ella directamente. Los oscuros ojos de DeBlass se volvieron hacia Eve. —¿Qué ha descubierto hasta ahora? —Hemos identificado el arma y establecido la hora de la muerte. Estamos reuniendo pruebas, interrogando a los residentes del edificio de la víctima, e investigando sus documentos personales y profesionales. Trato de reconstruir las últimas veinticuatro horas de su vida. —Creo que hasta para la mente más obtusa está claro que fue asesinada por uno de sus clientes. —Pronunció la última palabra en un susurro. —No tenía anotada ninguna cita para las horas anteriores a su muerte. Su último cliente dispone de coartada para el momento crítico. —Debe usted demostrar que su coartada es falsa —ordenó DeBlass—. Un hombre capaz de pagar por favores sexuales es más que capaz de cometer un asesinato. Aunque a Eve se le escapaba qué relación podía haber entre lo uno y lo otro, replicó: —Estoy en ello, senador. —Quiero una copia de la agenda de mi nieta. —Eso no es posible, senador —dijo suavemente Whitney—. Se trata de un delito capital, así que toda las pruebas son confidenciales. DeBlass se limitó a soltar una inarticulada interjección y señaló a Rockman con un gesto. —Comandante... —Rockman echó mano al bolsillo superior izquierdo de su chaqueta y sacó una hoja en la que había un sello holográfico—. Este documento, firmado por el jefe de policía, autoriza al senador a acceder a todas las pruebas y a toda la información referente al asesinato de la señorita DeBlass. Whitney echó un vistazo al documento. Siempre había considerado que la política era un juego de cobardes, y detestaba tener que prestarse a él. —Hablaré personalmente con el jefe. Si mantiene su autorización, tendremos copia de todo para usted esta tarde. —Se volvió de nuevo hacia DeBlass—. La confidencialidad de las pruebas es un elemento básico del proceso de investigación. Si insiste en su solicitud, pondrá en peligro el buen fin del caso. —El caso, como usted lo llama, afecta a alguien de mi propia sangre. —Precisamente por eso espero que su primera prioridad sea la de ayudarnos a llevar ante la justicia al asesino de su nieta.
  • 25. J. D. Robb —Llevo más de cincuenta años auxiliando a la justicia. Quiero esa información para el mediodía. —Cogió su abrigo y se lo echó al brazo—. Si considero que no está usted haciendo todo lo posible para encontrar a ese maníaco, haré que lo destituyan. —Se volvió hacia Eve—. En cuanto a usted, teniente, si no da la talla necesaria, acabará tomándoles huellas dactilares a delincuentes juveniles. Cuando el hombre hubo salido del despacho, Rockman usó sus tranquilos y solemnes ojos para disculparse. —Dispensen al senador. Está desolado. Pese a las tensiones que había entre él y Sharon, ella era su nieta. Para el senador, lo más importante es la familia. La violenta y absurda muerte de la señorita DeBlass lo tiene anonadado. —Sí —asintió Eve—. Se le saltaban las lágrimas. — Rockman sonrió, logrando parecer al mismo tiempo divertido y contrariado. —A veces los hombres orgullosos disfrazan de agresividad su pesar. Tenemos plena confianza en su capacidad y tenacidad, teniente. Comandante, esperamos que nos entregue los informes esta tarde. Gracias por su tiempo. —Tipo listo —murmuró Eve una vez Rockman hubo cerrado silenciosamente la puerta a su espalda—. Tendrá usted que atender su petición, comandante. —Les daré lo que tenga que darles. —La voz de Whitney era tensa y le costaba reprimir su furia—. Ahora, vaya usted por más información. El trabajo policial era con frecuencia tedioso y fatigoso. Al cabo de cinco horas delante de su monitor, investigando los nombres hallados en los libros de DeBlass, Eve se sentía más agotada que si hubiera corrido un maratón. Aunque Feeney, con su pericia y su más adecuado equipo, se ocupara de una parte de los nombres, éstos eran demasiados para que una unidad investigadora tan reducida pudiera procesarlos con rapidez. Sharon había sido una chica muy popular. En la idea de que la discreción sería más rentable que la agresividad, Eve llamó a los clientes por terminal y les dio explicaciones. Los que se echaron atrás ante la idea de un interrogatorio fueron cordialmente invitados a acudir a la Central de Policía acusados de obstrucción a la justicia. A media tarde ya había hablado personalmente con los doce primeros clientes de la lista, y decidió pasarse de nuevo por el Gorham. El vecino de DeBlass, el hombre elegante del ascensor, era Charles Monroe. Eve lo encontró en su casa, atendiendo a una clienta. Atractivo, cubierto por una bata de seda negra y oliendo seductoramente a sexo, Charles le dedicó una encantadora sonrisa.
  • 26. J. D. Robb —Lo siento mucho, teniente. A mi cita de las tres aún le quedan quince minutos. —Aguardaré. —Sin esperar una invitación, Eve entró en el apartamento, en el que, a diferencia del de DeBlass, abundaban los mullidos sillones de cuero y las gruesas alfombras. —Vaya... —Divertido, Charles miró a su espalda, hacia la puerta del extremo de un corto corredor, que se encontraba discretamente cerrada—. Espero que comprenda que la intimidad y la confidencialidad son básicas en mi profesión. Probablemente mi clienta se sentirá desconcertada si descubre a la policía en el umbral de mi puerta. —No se preocupe. ¿Tiene cocina? El hombre lanzó un resignado suspiro. —Claro. Al otro lado de esa puerta. Póngase cómoda. No tardaré. —Tómese el tiempo que necesite. Eve se metió en la cocina que, a diferencia de la bien decorada zona de vivienda, era casi espartana. Al parecer, Charles no solía comer en casa. Sin embargo, tenía un frigorífico grande. Eve se sirvió una Pepsi y se sentó mientras Charles terminaba con su clienta de las tres. Al cabo de unos momentos oyó un murmullo de voces, de hombre y de mujer, y una leve risa. Instantes más tarde entró Charles, con la cordial sonrisa aún en los labios. —Lamento haberla hecho esperar. —No tiene importancia. ¿Espera a alguien más? —Hasta la noche no. —Sacó una Pepsi para él, y se sirvió la bebida en un vaso alto. Luego, con una sonrisa, aclaró—: Cena, ópera y una cita romántica. —¿Le gusta la ópera? —preguntó Eve. —La detesto. ¿Se le ocurre algo más tedioso que pasarse la noche oyendo dar gritos en alemán a una gorda? —Pues no —replicó ella. —En fin... sobre gustos no hay nada escrito. —Charles se acercó a Eve, que se encontraba ante la ventana, y su sonrisa se desvaneció—. Esta mañana me enteré de lo de Sharon por las noticias. Esperaba que alguien viniera a interrogarme. Es horrible. Me parece imposible que esté muerta. —¿La conocía bien?
  • 27. J. D. Robb —Éramos vecinos desde hacía más de tres años, y en alguna ocasión habíamos trabajado juntos. A veces, a uno de nuestros clientes le apetecía un trío, y compartíamos el negocio. —Y cuando no era negocio, ¿también compartían cama? —Sharon era muy bella y me encontraba atractivo. —Cuadró los hombros bajo la seda de la bata, y sus ojos escrutaron un vehículo de turistas a través de los teñidos cristales de la ventana—. Si a alguno de los dos le apetecía echar una cana al aire, el otro solía complacerlo. —Sonrió de nuevo—. Eso era infrecuente. Es como trabajar en una pastelería: al cabo de un tiempo a uno deja de apetecerle el chocolate. Sharon era amiga mía, teniente. Y yo sentía hacia ella un gran afecto. —¿Puede decirme dónde se encontraba la noche de su muerte entre medianoche y las tres de la mañana? Charles alzó las cejas. O bien acababa de ocurrírsele que él podía ser considerado sospechoso, o era un excelente actor. Eve se dijo que, habida cuenta de su tipo de trabajo, tenía que serlo. —Estaba aquí, con una clienta que se quedó a pasar la noche. —¿Es eso habitual? —Es lo que esa clienta en particular prefiere, teniente. Si es necesario, le facilitaré a usted el nombre pero preferiría no hacerlo. Al menos hasta que le haya explicado a ella lo que ocurre. —Se trata de un asesinato, señor Monroe, o sea que sí es necesario. ¿A qué hora llegó aquí con su clienta —A eso de las diez. Cenamos en Miranda, el café elevado que hay sobre la Sexta. —Las diez. —Asintió con la cabeza, y comprendía que Charles estaba recordando lo mismo que ella. —La cámara de seguridad del ascensor. —Su sonrisa volvía a ser encantadora—. Se trata de una ley anticuada. Supongo que podría usted detenerme, pero no creo que valga la pena. —Todo acto sexual en una zona de seguridad constituye un delito menor, señor Monroe. —Llámeme Charles, por favor. —Es una menudencia, Charles, pero podrían suspenderle la licencia por seis meses. Facilíteme el nombre de la mujer y lo aclararemos todo lo más discretamente posible.
  • 28. J. D. Robb —Va a hacerme perder una de mis mejores clientas; —rezongó él—. Darleen Howe. Le daré la dirección;—Se levantó para coger su agenda electrónica y luego leyó en voz alta la información. —Gracias. ¿Hablaba Sharon de sus clientes con usted? —Éramos amigos —dijo él cansadamente—. Sí, hablabamos de trabajo, aunque no resulte ético. Ella contaba anécdotas muy divertidas. Yo soy de un estilo más convencional. Sharon estaba... más abierta que yo a lo insólito. A veces nos reuníamos a tomar una copa y ella me contaba cosas. Sin dar nombres. Tenía sus propios apodos para sus clientes. El Emperador, la Comadreja, la Lechera... cosas así. —¿Mencionó a alguien que la preocupase o inquietara? ¿Alguien a quien considerase capaz de actuar con violencia? —A ella no le importaba la violencia, y no, no había nadie que la preocupase. Sharon siempre controlaba las situaciones. Quería que así fuese porque, según me dijo, se había pasado la mayor parte de su vida sometida al control de otros. Sentía un gran rencor hacia su familia. Una vez me contó que nunca fue su intención dedicarse profesionalmente al sexo. Sólo lo hizo para enfurecer a su familia. Pero luego, una vez lo probó, decidió que le gustaba. El hombre volvió a alzar los hombros y tomó un sorbo de su vaso. —Así que permaneció en el negocio y mató dos pájaros de un polvo. La frase es de ella. Charles alzó la vista. —Parece que uno de los polvos la mató —dijo. —Sí. —Eve se levantó y guardó la grabadora—. No salga de la ciudad, Charles. Me mantendré en contacto. —¿Esto ha sido todo? —De momento. Él se puso en pie y sonrió. —Para tratarse de una policía, resulta fácil hablar con usted... Eve. —Le rozó con un dedo el brazo. Cuando ella alzó las cejas, él le acarició el contorno del mentón—. ¿Tiene prisa? —¿Por qué? —Bueno, tengo un par de horas libres y usted es muy atractiva. Grandes ojos dorados... y ese hoyuelo en la barbilla. ¿Qué tal un rato de esparcimiento? Ella aguardó mientras él acercaba sus labios a los de ella.
  • 29. J. D. Robb —¿Es esto un soborno, Charles? Porque si lo es, y es usted la mitad de bueno de lo que cree ser... —Soy mejor. —Le mordisqueó él labio inferior, luego bajó la mano y le acarició suavemente un pecho—. Soy mucho mejor. —En tal caso tendré que acusarlo de felonía. —Sonrió cuando él retrocedió con un respingo—. Y eso nos entristecería a los dos. —Divertida, le palmeó la mejilla—. Pero gracias por la oferta. Él la siguió hasta la puerta rascándose la barbilla. —¿Eve? Ella se detuvo, con la mano en el tirador, y se volvió hacia él. —¿Sí? —Sobornos aparte, si cambia usted de idea, me gustaría verla de nuevo. —Si ocurre así, se lo haré saber. — cerró la puerta y se dirigió hacia el ascensor. Se dijo que a Charles Monroe no le habría resultado difícil salir de su apartamento, dejando a su clienta dormida, y meterse en el de Sharon. Un rato de sexo, otro de asesinato... Pensativa, entró en el ascensor. Los discos habían sido alterados. Como residente en el edificio, a Charles le habría resultado fácil obtener fácil acceso al sistema de seguridad. Luego podría haber vuelto a la cama con su clienta. Resultaba una lástima que el hombre fuera sospechoso, se dijo Eve al llegar al vestíbulo. El tipo le gustaba. Pero hasta que hubiera verificado su coartada, Charles Monroe ocupaba el primer puesto de su breve lista. Eve detestaba los entierros. Odiaba los ritos que los seres humanos insistían en mantener en torno a la muerte. Las flores, la música, la palabrería y las lágrimas. Tal vez existiera un Dios. Era una posibilidad que no había descartado totalmente. Y si existía, seguro que le divertían los inútiles ritos y liturgia de sus criaturas. Pese a ello, había viajado hasta Virginia para asistir al funeral de Sharon DeBlass. Deseaba ver reunidos a los familiares y amigos de la difunta, para observar, analizar y juzgar. El senador permanecía en pie, con expresión torva y ojos secos. Rockman, su sombra, estaba en el banco situado detrás del suyo. Junto a DeBlass se encontraban su hijo y su nuera.
  • 30. J. D. Robb Los padres de Sharon eran dos abogados de éxito, relativamente jóvenes y atractivos, que dirigían su propio bufete legal. Richard DeBlass permanecía con la cabeza baja y los ojos semicerrados. Era una versión más esbelta y de algún modo menos dinámica de su padre. Eve se preguntó si sería coincidencia o designio que el hombre se encontrara en un punto equidistante de su padre y de su esposa. Elizabeth Barrister era delgada y elegante. Llevaba un vestido oscuro, su cabello era ondulado, color caoba. Permanecía en rígida actitud, y Eve advirtió que de sus enrojecidos ojos no dejaban de brotar lágrimas. Como otras veces, Eve se pregunto .qué sentiría una madre al perder a un hijo. El senador DeBlass también tenía una hija, que se encontraba a su derecha. La congresista Catherine DeBlass había seguido las huellas de su padre en la política. Lastimosamente delgada, permanecía en rígida actitud militar y sus brazos parecían frágiles ramas. Junto a ella, su marido Justin Summit tenía la vista fija en el elegante ataúd cubierto de rosas que había en la parte delantera de la iglesia. Junto a él, su hijo Franklin, un membrudo adolescente, se removía inquieto. En un extremo del banco, de algún modo separada del resto de la familia, se encontraba la esposa de DeBlass, Anna. Ella ni se removía ni lloraba. Eve no la vio echar ni un solo vistazo hacia la caja cubierta de flores que contenía los restos de su única nieta. Había mucha más gente, desde luego. Los padres de Elizabeth permanecían juntos, con las manos enlazadas, llorando abiertamente. Parientes, conocidos y amigos se secaban los ojos o, simplemente, miraban en torno con una mezcla de fascinación y horror. El presidente había enviado un emisario, y en la iglesia había más políticos que en el comedor del Senado. Aunque los asistentes superaban el centenar, a Eve no le costó esfuerzo localizar a Roarke entre la multitud. Había ido solo. Otros asistentes ocupaban su mismo banco, pero Eve percibió el aura de soledad que rodeaba al hombre. Aunque en el edificio hubiese habido diez mil personas, Roarke habría destacado igual entre ellas. Su extraordinario rostro no delataba nada: ni culpabilidad, ni dolor, ni interés. Lo mismo podría haber estado presenciando una comedia un poco trasnochada. A Eve no se le ocurría mejor definición de un funeral. Más de una cabeza se volvió hacia el hombre para echarle un rápido vistazo o, en el caso de una esbelta morena, para flirtear no demasiado sutilmente con él. Roarke respondió de igual modo a unos y a otra: sin hacerles el menor caso.
  • 31. J. D. Robb A primera vista, Eve lo juzgó frío, calculador, una gélida fortaleza a la que nadie osaría acercarse. Pero también debía de existir un corazón. Hacía falta algo más que disciplina e inteligencia para que un hombre tan joven llegase tan arriba. Hacía falta ambición, y para Eve, la ambición era un combustible sumamente volátil. Mientras sonaba el himno fúnebre, Roarke mantuvo la vista al frente hasta que, de pronto, volvió la cabeza hacia cinco bancos más atrás y sus ojos se clavaron en los de Eve. Ante aquella inesperada mirada, Eve contuvo un respingo. Haciendo acopio de voluntad, no parpadeó ni bajó los ojos. Durante un inacabable minuto, se miraron con fijeza. Luego se produjo un movimiento y los asistentes comenzaron a desfilar hacia la salida, interponiéndose entre uno y otra. Cuando Eve salió al pasillo e intentó localizar a Roarke, éste había desaparecido. Eve se incorporó a la larga fila de coches y limusinas que iban camino del cementerio. Arriba, el vehículo fúnebre y los de la familia volaban majestuosamente. Únicamente los muy ricos podían permitirse la inhumación corporal. Sólo los obsesivamente conservadores seguían enterrando a sus muertos. Con el ceño fruncido y tabaleando los dedos sobre el volante, Eve fue confiando al grabador sus observaciones. Cuando llegó a Roarke, vaciló y su ceño se marcó más. —¿Por qué se molestó en acudir al funeral de alguien a quien apenas conocía? — murmuró—. Según los datos, Sharon y él se conocieron hace poco y sólo salieron una vez. El comportamiento de Roarke parece inconsistente y cuestionable. Al cruzar las puertas del cementerio, Eve se estremeció y se alegró de estar sola. Por lo que a ella respectaba, debería estar prohibido por ley meter a alguien en un hoyo. Más palabrería y llantos, más flores. El sol brillaba esplendoroso, pero en el aire se notaba la mordedura del frío. Al aproximarse a la tumba, Eve se metió las manos en los bolsillos. Había vuelto a olvidarse los guantes... El largo abrigo oscuro que llevaba era prestado. El único vestido gris que poseía no dejaba de subírsele, y Eve tenía que hacer esfuerzos para no tirar de él. En las finas botas de cuero, sus pies eran bloques de hielo. La incomodidad contribuyó a distraerla del lúgubre espectáculo de las tumbas y del olor a fría tierra removida. Aguardó hasta que se apagaron los ecos de las últimas llorosas palabras acerca de la vida eterna, y entonces se acercó al senador. —Los acompaño en el sentimiento a usted y su familia, senador DeBlass. Los ojos del hombre eran duros, penetrantes y negros. —Déjese de sentimientos, teniente. Lo que hace falta es justicia.
  • 32. J. D. Robb —Eso mismo pienso yo. Señora DeBlass... —Eve tendió una mano a la esposa del senador y de pronto se encontró con un manojo de finos juncos entre los dedos. —Gracias por venir. Eve asintió con la cabeza. Las drogas químicas mantenían a la mujer aislada de sus emociones. Retiró la mano, apartó los ojos del rostro de Eve y quedó con la mirada perdida. —Gracias por venir —dijo con el mismo tono al siguiente que se aproximó para darle sus condolencias. Antes de que Eve pudiera hablar de nuevo, una firme mano se cerró en torno a su brazo. Rockman le dirigió una formal sonrisa. —Teniente Dallas, el senador y su familia agradecen la atención y el interés que ha manifestado usted al asistir al servicio. —Con firme delicadeza, la apartó del grupo de deudos—. Estoy seguro de que se hará usted cargo de que a los padres de Sharon les resultaría muy incómodo conocer en estas circunstancias a la encargada que investiga el asesinato de su hija. Eve se dejó llevar unos metros más allá antes de soltar su brazo. —Realmente vale usted para su trabajo, Rockman. Ha sido una forma muy diplomática de decirme que me largue con viento fresco. —Nada de eso. —Rockman continuaba sonriendo con impecable cortesía—. Es una simple cuestión de momento y lugar. Cuenta usted con nuestra plena colaboración, teniente. Si desea interrogar a la familia del senador, lo arreglaré con mucho gusto. —Yo misma escogeré el momento y el lugar de mis interrogatorios. —Como la plácida sonrisa del hombre le irritaba, probó a borrársela—: ¿Qué me dice de usted, Rockman? ¿Tiene coartada para la noche en cuestión? La sonrisa, en efecto, se borró por un instante, lo cual constituyó una satisfacción, pero el hombre se rehizo inmediatamente. —No me gusta la palabra coartada. —Ni a mí, por eso me encanta echarlas abajo. No ha respondido a la pregunta, Rockman. —La noche en que Sharon fue asesinada, me encontraba en East Washington. El senador y yo trabajamos hasta bastante tarde dándole los últimos toques a un proyecto de ley que piensa presentar el mes que viene. —El viaje entre EW y Nueva York es muy corto —comentó Eve.
  • 33. J. D. Robb —Sí que lo es, pero concretamente esa noche yo no lo hice. Trabajamos hasta casi medianoche y luego me retiré al cuarto de invitados del senador. Desayunamos juntos a las siete de la mañana siguiente. Como, según sus propios informes, Sharon fue asesinada a las dos, eso me deja muy poco tiempo de maniobra. —En poco tiempo se pueden hacer muchas cosas —dijo sólo para irritarlo. Eve se separó del hombre. Entre los datos que había entregado a DeBlass, no estaba la información acerca de los discos de control manipulados. El asesino había estado en el Gorham a medianoche. Rockman no hubiese utilizado falsamente al abuelo de la víctima como coartada. El hecho de que Rockman se hubiera encontrado en East Washington a medianoche lo descartaba casi por completo como posible sospechoso. Vio de nuevo a Roarke cuando éste se acercaba a darle el pésame a Elizabeth Barrister. Ella le abrazó estrechamente cuando el hombre inclinó la cabeza para expresarle su condolencia. No pareció en absoluto un intercambio de condolencias entre personas que apenas se conocían. Eve alzó las cejas cuando Roarke, tras acariciar la mejilla derecha de Elizabeth, la besó en la izquierda y luego se retiró y se puso a hablar en voz baja con Richard DeBlass. Roarke se acercó luego al senador, pero no hubo contacto entre ellos, y la conversación fue breve. Como Eve había sospechado, Roarke comenzó a caminar a través de la invernal pradera salpicada por los monumentos que los vivos elevaban a los muertos. —Roarke. Él se detuvo y, como en la iglesia, se volvió para mirarla. A Eve le pareció percibir en sus ojos un brillo extraño, como de ira, de pesar o de impaciencia. Pero enseguida desapareció, y los ojos volvieron a ser simplemente fríos, azules e inescrutables. La mujer fue hacia él sin prisas. Algo le decía que Roarke era de los que estaban acostumbrados a que todos —en particular las mujeres— corrieran hacia él. Así que se lo tomó con calma y anduvo a pausadas zancadas, notando los faldones de su prestado abrigo contra las ateridas piernas. —Quisiera hablar con usted —dijo al llegar frente a él. Sacó su placa, y Roarke le echó un distraído vistazo y volvió a fijar sus ojos en ella—. Estoy investigando el asesinato de Sharon DeBlass. —¿Tiene usted por costumbre asistir a los entierros de las víctimas de los asesinatos que investiga, teniente Dallas? —Su voz era suave, con un ligero y encantador acento irlandés, como rica crema sobre whisky caliente.
  • 34. J. D. Robb —¿Tiene usted por costumbre asistir a los entierros de mujeres que apenas conoce, Roarke? —Soy amigo de la familia —se limitó a responder—. Se está helando, teniente. Ella metió las manos en los bolsillos del abrigo. —¿Qué tal conoce a la familia de la víctima? —Bastante bien. —Roarke ladeó la cabeza, pensando que a la mujer no tardarían en comenzar a castañetearle los dientes. El frío y desagradable viento agitaba el mal cortado cabello en torno a un rostro muy interesante. Inteligente, tenaz, sensual... Aquéllas, para el hombre, eran tres excelentes razones para dedicar su plena atención a Eve—. ¿Qué tal si hablamos en algún sitio donde haga menos frío? —Intenté localizarlo y no me fue posible... —comenzó ella. —Estaba de viaje. Ahora ya me ha localizado. Supongo que piensa volver a Nueva York. ¿Lo hará hoy mismo? —Sí. En unos minutos tengo que tomar el aerobús, así que... —Así que podemos regresar juntos. Eso le daría tiempo de sobra para interrogarme. —Interrogarlo —repitió Eve entre dientes, molesta por el hecho de que el hombre hubiera dado media vuelta y comenzara a alejarse de ella. La mujer avivó el paso para mantenerse a su altura—. Respóndame a unas cuantas preguntas ahora, y luego podemos tener una entrevista más formal en Nueva York. —No me gusta perder el tiempo, y me da la sensación de que a usted tampoco. ¿Alquiló usted un coche? —Sí. —Yo me ocuparé de que sea devuelto. —Roarke tendió una mano y esperó a que ella le entregase la tarjeta de contacto. —No creo que sea necesario. —Resultará más fácil. Yo aprecio las complicaciones y también aprecio la sencillez, teniente. Usted y yo tenemos que estar en el mismo sitio a más o menos la misma hora. Usted quiere hablar conmigo y yo estoy dispuesto a hablar con usted. —Se detuvo ante una limusina negra frente a la cual aguardaba un chófer uniformado que mantenía abierta la portezuela trasera—. Mi transporte va en ruta a Nueva York. Naturalmente, puede usted seguirme hasta el aeropuerto, utilizar el transporte público, y llamar luego a mi oficina para pedir una cita. O bien puede usted venir en el coche conmigo, disfrutar de la intimidad de mi jet, y disponer de mi plena atención durante el trayecto.
  • 35. J. D. Robb Tras una breve vacilación, Eve sacó de un bolsillo la tarjeta de contacto del automóvil alquilado y se la entregó al hombre. Sonriendo, él la invitó con un ademán a subir en la limusina. Eve se acomodó mientras Roarke le daba a su chófer instrucciones para que se ocupase del coche alquilado. —Bueno, listos. —Roarke se acomodó junto a ella y echó mano a una botella de cristal tallado—. ¿Un brandy? Le quitará el frío... —No. —Notaba en todo su cuerpo el calor de la calefacción del coche, y temió echarse a temblar como reacción. —Ah, claro: está usted de servicio. ¿Quizá un café? —De acuerdo. El oro relució en la muñeca de Roarke cuando éste marcó su elección de café en el AutoChef empotrado en el panel lateral. —¿Con crema? —Solo. —Es usted de las mías. —Momentos más tarde, Roarke abría el panel protector y le ofrecía una taza de porcelana sobre un delicado platito—. En el avión, la selección de cafés es más amplia —dijo, y luego se dispuso a disfrutar de su taza. —No lo dudo. —El humo que se alzaba de la bebida olía maravillosamente. Eve dio un primer sorbo y estuvo a punto de lanzar un gemido de placer. Era genuino. Nada de los sucedáneos hechos con concentrados vegetales tan frecuentes desde la desaparición de las selvas húmedas a fines del veinte. Aquello era café auténtico, hecho con ricos granos colombianos saturados de cafeína. Eve tomó un nuevo sorbo y casi se le saltaron las lágrimas. —¿Algún problema? —Al hombre le agradó la reacción de su compañera, el rápido parpadeo, el tenue sonrojo, el brillo de éxtasis en los ojos... Se dijo que era una respuesta similar a la de una mujer ronroneando bajo las caricias de un hombre. —¿Sabe cuánto tiempo llevaba sin tomar un café auténtico? —No —replicó él con una sonrisa. —Yo tampoco. —Entornó los ojos y alzó de nuevo la taza—. Dispénseme, éste es un momento muy peculiar y privado. Hablaremos en el avión. —Como prefiera. Roarke se dio el gusto de contemplar a Eve mientras el coche avanzaba suavemente por la carretera.
  • 36. J. D. Robb Era extraño, se dijo, que no la hubiese identificado como policía. Solía tener buen instinto para aquellas cosas. En el funeral, lo único que hizo fue pensar en el terrible derroche que era que una mujer tan joven, atolondrada y llena de vida como Sharon, estuviese muerta. Y de pronto notó algo, algo que le hizo tensar los músculos y sentir una crispación en la boca del estómago. Era la mirada de Eve, contundente como un puñetazo. Cuando se dio vuelta y la vio, fue un segundo impacto. Era fascinante. Pero la señal de alarma no había sonado. No la alarma detectora de policías. Había visto a una morena alta y esbelta de cabello corto y revuelto, ojos color miel y una boca que parecía pensada para el sexo. Si ella no lo hubiese abordado, él la habría buscado. Lástima que fuera policía. Eve no volvió a hablar hasta que, ya en el aeropuerto, entró en la cabina del JetStar 6000 de Roarke. Le fastidió mostrarse por segunda vez deslumbrada. El café era una cosa, una pequeña debilidad permisible, pero a Eve no le gustó que los ojos se le desorbitaran al ver la lujosa cabina con mullidos sillones, sofás, alfombras antiguas y jarrones de cristal llenos de flores. En la parte delantera del avión había una pantalla-mirador empotrada y una auxiliar de vuelo que no manifestó sorpresa alguna al ver que Roarke subía a bordo en compañía de una desconocida. —¿Brandy, señor? —Mi acompañante prefiere café, Diana. Solo. —Alzó una ceja y Eve asintió con la cabeza—. Para mí, brandy. —Había oído hablar del JetStar. —Eve se despojó de su abrigo, que la auxiliar de vuelo se llevó junto con el de Roarke—. Es un agradable modo de viajar. —Gracias. Invertimos dos años en su diseño. —¿Industrias Roarke? —preguntó ella al tiempo que tomaba asiento. —Exacto. Siempre que es posible, prefiero usar lo mío. No necesita ajustarse el cinturón para el despegue —dijo, y luego se echó hacia adelante para accionar un intercomunicador—. Listos. —Tenemos pista libre —se les anunció—. Treinta segundos.
  • 37. J. D. Robb En un minuto estuvieron en el aire, y la transición fue tan suave que Eve apenas notó la aceleración. Se dijo que realmente era todo un adelanto respecto a los vuelos comerciales, en los que los viajeros se pasaban aplastados contra el respaldo los cinco primeros minutos del viaje. Les sirvieron bebidas y una bandeja con fruta y queso. Eve decidió que había llegado el momento de ponerse a trabajar. —¿Desde cuándo conocía a Sharon DeBlass? —Me la presentaron hace poco en casa de unos amigos comunes. —Dijo usted que era amigo de la familia. —De sus padres —dijo Roarke con naturalidad—. Conozco a Beth y Richard desde hace años. Primero fue una relación de negocios, y luego se convirtió en amistad. Sharon estaba primero en la universidad y luego en Europa, y nuestros caminos no se cruzaron. La conocí hace sólo unos días, la invité a cenar y luego murió. El hombre sacó una pitillera de oro y Eve frunció el entrecejo al verle encender un cigarrillo. —El tabaco es ilegal, Roarke. —No en el espacio, ni en aguas internacionales, ni en propiedad privada. —Le dirigió una sonrisa a través del humo—. ¿No le parece, teniente, que la policía ya tiene bastante trabajo sin necesidad de meterse con la moral o las peculiaridades personales? Muy a su pesar, Eve tuvo que admitir que el olor del tabaco era embriagador. —¿Es ése el motivo de que coleccione usted armas? ¿Se trata de una de sus... peculiaridades? —Las encuentro fascinantes. Nuestros abuelos consideraban que poseer armas era uno de sus derechos constitucionales. Luego, según nos civilizábamos, hicimos unos cuantos malabarismos con los derechos constitucionales. —En la actualidad, matar o herir con ese tipo de armas es más una aberración que una norma. —¿Le gustan las normas, teniente? Era una pregunta suave que encerraba un suave insulto. Eve enderezó la espalda. —Si no hay normas, es el caos. —El caos es vida. Dejémonos de filosofías, pensó Eve, molesta.
  • 38. J. D. Robb —¿Tiene usted un Smith & Wesson calibre 38, modelo Diez, de comienzos del siglo XX? Roarke aspiró una profunda bocanada y quedó pensativo. El tabaco ardía costosamente entre sus largos y elegantes dedos. —Creo que tengo uno de ese modelo. ¿Fue ésa el arma del crimen? —¿Tendría algún inconveniente en mostrarme el revólver? —Ninguno. Cuando guste, lo tiene a su disposición. Demasiado fácil, pensó Eve. Recelaba de lo fácil. —La noche anterior a la del asesinato cenó usted con la difunta en México. —Exacto. —Roarke aplastó su cigarrillo y, brandy en mano, se retrepó en el asiento— Tengo una pequeña villa en la costa occidental. Pensé que a Sharon le gustaría. Y así fue. —¿Mantuvo usted relaciones físicas con Sharon DeBlass? En los ojos del hombre hubo un brillo y Eve no supo discernir bien si era de ironía o de irritación. —Supongo que intenta preguntarme si practicamos el sexo juntos. No, teniente, aunque no creo que eso haga al caso. Cenamos y eso fue todo. —¿Se llevó usted a una mujer bella, a una acompañante profesional, a su villa de México, y cuanto compartió con ella fue la cena? Roarke dedicó unos segundos a escoger la uva más jugosa. —Las mujeres bellas me gustan por diversas razones, y me agrada estar con ellas. No empleo a profesionales por dos razones. Primero, no me resulta necesario pagar por el sexo. —Dio un sorbo a su brandy y la observó por encima del borde de la copa—. Y, segundo, no me gusta compartir. —Hizo una breve pausa—. ¿A usted sí? Eve hizo caso omiso del hormigueo que sintió en el estómago. —No hablábamos de mí. —Yo sí. Es usted una mujer bella, y estamos solos, al menos los próximos quince minutos. Sin embargo, cuanto hemos compartido es café y brandy. —Sonrió al advertir la irritación que brillaba en los ojos de su compañera—. ¿No le parece heroico que me contenga como lo estoy haciendo? —Yo diría que su relación con Sharon DeBlass era de índole bastante distinta. —Desde luego, no podría estar más de acuerdo.
  • 39. J. D. Robb Escogió otra uva y se la ofreció a Eve. Ella la aceptó, pero se recordó que la gula era una debilidad. —¿Volvió a verla después de la cena en México? —No. La dejé a las tres de la mañana y me fui a casa. Solo. —¿Puede decirme lo que hizo durante las cuarenta y ocho horas siguientes a irse a casa... solo? —Durante las cinco primeras estuve en la cama. Mientras desayunaba, me llamaron para una conferencia. A eso de las ocho y cuarto. Puede usted confirmarlo en los registros. —Lo haré. A continuación él sonrió, y un alud de encanto cayó sobre Eve, acelerándole el pulso. —No lo dudo. Me tiene usted fascinado, teniente Dallas. —¿Qué hizo después de la conferencia? —Terminó a eso de las nueve. Trabajé hasta las diez, y pasé las siguientes horas en mi oficina del centro, atendiendo a varias citas. —Extrajo de un bolsillo una tarjeta que Eve reconoció como un dietario—. ¿Le doy los nombres? —Prefiero que me envíe copia de sus registros a la oficina. —Me ocuparé de ello. Volví a casa a las siete. Tenía una cena con varios miembros de mi empresa japonesa de manufacturas, en casa. Cenamos a las ocho. ¿Le envío también el menú? —No bromee, Roarke. —Sólo intentaba cooperar al máximo, teniente. La velada fue corta. A las once me quedé solo con un libro y un brandy, y solo seguí hasta las siete de la mañana, cuando me tomé la primera taza de café. ¿Le apetece a usted otra? Aunque se moría de ganas de tomar otro café, Eve negó con la cabeza. —Estuvo usted ocho horas solo, Roarke. ¿Habló con alguien o vio a alguien en ese tiempo? —No. Nadie. Tenía que estar en París al día siguiente, y deseaba tener una noche tranquila. De lo más inoportuno por mi parte. Sin embargo, si hubiera entrado en mis planes asesinar a alguien, hubiera sido muy estúpido por mi parte no prepararme una coartada. —Quizá la arrogancia le hizo no molestarse —replicó ella—. ¿Se limita usted a coleccionar armas antiguas, Roarke? ¿O también las usa?
  • 40. J. D. Robb —Soy un excelente tirador —Dejó a un lado la vacía copa— Me encantará demostrárselo cuando venga a ver mi colección. ¿Qué tal mañana? —Perfecto. —¿A las siete? La supongo enterada de la dirección. —Se echó hacia adelante y ella estuvo a punto de estremecerse cuando la mano del hombre le rozó el brazo. Roarke se limitó a sonreír y, con su rostro muy cerca, dijo—: Tiene que ajustarse el cinturón. Estamos a punto de aterrizar. Él le ajustó el arnés, preguntándose si ponía nerviosa a Eve como hombre, o como sospechoso de asesinato, o como una combinación de ambas cosas. Cada alternativa tenía su propio interés... y sus propias posibilidades. —Eve —murmuró—. Un nombre muy sencillo y femenino. No sé hasta qué punto le queda bien. Ella no dijo nada mientras la auxiliar de vuelo retiraba el servicio. —¿Estuvo alguna vez en el apartamento de Sharon DeBlass? Roarke pensó que la mujer tenía una dura coraza, pero él tenía el palpito de que bajo la armadura había algo suave y cálido. Luego, más que preguntarse si él tendría oportunidad de descubrirlo, especuló sobre cuándo surgiría tal oportunidad. —No mientras ella lo tuvo alquilado —dijo Roarke, retrepándose de nuevo en su butaca—. Y, que yo recuerde, tampoco en ninguna otra ocasión, aunque tal vez estuviera y lo haya olvidado. —Sonrió de nuevo y se ajustó su propio arnés—. Soy el dueño del Complejo Gorham. Pero estoy seguro de que usted ya lo sabía. Roarke miró por la ventanilla hacia la pista que se abalanzaba hacia ellos. —Si no dispone de transporte en el aeropuerto, teniente, permítame el placer de acompañarla. *********************** Una vez hecho su informe para Whitney, Eve regresó a casa más que exhausta. Se sentía frustrada. Había deseado, y deseado con todas sus fuerzas, desconcertar a Roarke con el hecho de que ella estaba enterada de que él era dueño del Gorham. Como él admitió la cosa con toda naturalidad y en el mismo tono cortés que usó para ofrecerle a ella café, Roarke había terminado con ventaja su primera entrevista con ella. No le gustaba aquella situación.
  • 41. J. D. Robb Era el momento de enderezar las cosas. Sola en su sala de estar, y técnicamente fuera de servicio, se sentó delante de su ordenador. —Conexión. Dallas, acceso código Cinco. DI 53478Q. Abrir expediente DeBlass. «Voz y documento de su identidad reconocidos, Dallas. Continúe.» —Abrir subexpediente Roarke. Sospechoso Roarke, conocido de la víctima. Según informante C. Sebastian, la víctima deseaba al sospechoso. El sospechoso reunía los requisitos que ella exigía de sus parejas sexuales. Posibilidad de implicación emocional alta. »Oportunidad para cometer el crimen. El sospechoso es dueño del edificio de apartamentos en que vivía la víctima, motivo por el cual es probable que conociese los sistemas de seguridad del escenario del crimen. El sospechoso no tiene coartada para un período de ocho horas en la noche del asesinato, que coincide con el período borrado de los discos de seguridad. El sospechoso posee una gran colección de armas antiguas, incluida una del tipo usado contra la víctima. El sospechoso admite ser un tirador experto. »Factores de personalidad del sospechoso. Distante, confiado, hedonista, muy inteligente. Interesante equilibrio entre la agresividad y el encanto. Allí empezaban los problemas. Reflexionando, se puso en pie y caminó por la habitación mientras el ordenador aguardaba más datos. ¿Por qué iba a matar un hombre como Roarke? ¿Por interés, por motivos pasionales? No le parecía posible. Tenía medios para obtener el dinero y el status por otros métodos. Le era posible obtener mujeres — con fines sexuales o de otro tipo — sin el menor esfuerzo. Pero Eve sospechaba que el hombre era capaz de actuar con violencia y frialdad. El asesinato de Sharon DeBlass estaba saturado de sexo y brutalidad. A Eve no le resultaba posible conciliar ambas cosas con el elegante hombre que había compartido café con ella. Quizá ése fuera el quid de la cuestión. — El sospechoso considera que la moral es un terreno personal y no legislable — continuó, aún paseándose — . El sexo, la restricción del uso de armas, de drogas, tabaco y alcohol, así como el asesinato son temas morales que han sido declarados fuera de la ley o regulados. El asesinato de una compañera profesional, hija única de unos amigos, nieta única de uno de los legisladores más locuaces y conservadores del país, cometido con un arma ilegal. ¿Fue esto una ilustración de los defectos que el sospechoso considera inherentes al sistema de justicia? Sentándose de nuevo, continuó:
  • 42. J. D. Robb —Móvil: la arrogancia. —Lanzó un largo suspiro de satisfacción—. Cálculo de probabilidades. El sistema zumbó, recordando a Eve que era otra de las piezas de hardware que necesitaba ser sustituida, y luego volvió a funcionar con normalidad. «Probabilidad de que Roarke sea el perpetrador, dados los actuales datos y especulaciones, ochenta y dos coma seis por ciento.» Así que era posible, pensó Eve, retrepándose en su asiento. Hubo un tiempo, en el pasado no tan lejano, en el que un chiquillo podía ser abatido a tiros por otro chiquillo que deseara quitarle los zapatos que calzaba. ¿Cabía mayor obscenidad? Roarke tuvo la oportunidad. Tuvo los medios. Y si la arrogancia del hombre podía ser tenida en cuenta, también tenía el motivo. Observando sus propias palabras parpadear en el monitor, y estudiando el impersonal análisis del ordenador, Eve se preguntó por qué no conseguía dar verosimilitud a aquella posibilidad. Tuvo que admitir que, simplemente, no le cabía en la cabeza. No imaginaba a Roarke tras la cámara, apuntando el revólver contra una mujer indefensa, desnuda y sonriente, y llenándola de proyectiles del mismo modo que, momentos atrás, probablemente la había llenado con su simiente. Sin embargo, ciertos hechos no podían ser pasados por alto. Y si ella reunía las suficientes, podría conseguir una orden para someter al sospechoso a evaluación psiquiátrica. Sonriendo, se dijo que aquello podría ser muy interesante. Recorrer la cabeza de Roarke sería un viaje fascinante. Daría el próximo paso a las siete de la tarde siguiente. El zumbador de su puerta hizo que su ceño se frunciera. —Guardar y proteger bajo clave de voz, Dallas. Código Cinco. Desconectar. El monitor se apagó y ella se levantó para ver quién era. Un simple vistazo le bastó para borrar su ceño. —Hola, Mavis. —Te olvidaste, ¿a que sí? —Mavis Freestone entró en medio de un tintineo de pulseras y una nube de olor a perfume. Llevaba el pelo de un brillante plateado, un tono que variaría cuando la mujer cambiase de humor. Se lo echó para atrás, y el cabello le cayó hasta la increíblemente breve cintura. —No, en absoluto. —Eve cerró la puerta y volvió a echar los cerrojos—. ¿De qué dices que me he olvidado? —De la cena, el baile, la bacanal. —Lanzando un suspiro, la elegante Mavis dejó caer sus cuarenta kilos de peso sobre el sofá, y desde allí contempló con desdén el sencillo vestido gris de Eve—. No pensarás salir así.
  • 43. J. D. Robb Sintiéndose pálida y anodina, como solía ocurrirle cuando estaba a menos de cinco metros de los detonantes colores de Mavis, Eve se miró el vestido. —No, supongo que no. —O sea que te olvidaste —dijo la muchacha, sacudiendo un admonitorio dedo cuya uña estaba pintada de esmeralda. Así era, pero Eve comenzaba a recordar. Habían planeado echar un vistazo al nuevo club descubierto por Mavis en los muelles espaciales de Jersey. Según Mavis, los astronautas estaban en permanente excitación. Era algo relacionado con el largo tiempo que pasaban sin sentir la gravedad. —Lo siento. Estás estupenda. Era cierto. Ocho años atrás, cuando Eve detuvo a Mavis por hurto, la muchacha era preciosa. Una hermosa golfilla de dedos rápidos y deslumbrante sonrisa. En los años transcurridos desde entonces, las dos se habían hecho buenas amigas. Para Eve, que podía contar con una mano sus amigos que no eran policías, aquella relación era invaluable. —Pareces cansada —dijo Mavis con tono acusatorio—. Y te falta un botón. Los dedos de Eve fueron hacia su chaqueta y tocaron las hebras sueltas. —Mierda. Lo sabía. —Disgustada, se quitó la chaqueta y la echó a un lado—. Oye, lo siento. De veras me olvidé. Hoy tenía un montón de cosas en la cabeza. —¿Por eso me pediste el abrigo negro? —Sí, gracias. Me vino muy bien. Mavis permaneció inmóvil, tabaleando con las uñas color esmeralda sobre el brazo del sofá. —O sea que fue para un asunto policial. Y yo esperando que tuvieras una cita. Deberías comenzar a tratar a hombres que no fueran delincuentes, Dallas. —Salí con el consultor de imagen que me presentaste. Ése no era ningún delincuente. Era sencillamente idiota. —Eres muy exigente. Además, eso fue hace seis meses. Como el hombre había intentado llevársela a la cama ofreciéndole un tatuaje labial gratuito, Eve se guardó su opinión. —Iré a cambiarme.
  • 44. J. D. Robb —No te apetece salir a ligar con los chicos del espacio. —Mavis se incorporó de nuevo, y los cristales de sus largos pendientes, que le rozaban los hombros, relucieron—. Pero adelante, quítate esa horrorosa falda. Pediré comida china. Eve experimentó una sensación de alivio. Por Mavis habría tolerado una velada en un ruidoso y atestado club, durante la cual habría tenido que sacarse de encima a un montón de lascivos pilotos y de técnicos espaciales hambrientos de sexo. La idea de ponerse cómoda y comer chino le parecía divina. —¿No te importa? Mavis replicó con un gesto de indiferencia y procedió a llamar por el ordenador a un restaurante. —Me paso todas las noches en un club. —Porque ése es tu trabajo —dijo Eve, entrando en su dormitorio. —¿A quién se lo dices? —Con la lengua entre los dientes, Mavis estudió el menú que aparecía, en el monitor—. Hace unos años habría dicho que ganarse la vida cantando era lo mejor que podía ocurrirle a una; pero me he dado cuenta de que ahora trabajo más que cuando me dedicaba a desplumar turistas. ¿Quieres rollos primavera? —Claro. Espero que no estés pensando en retirarte. Mavis permaneció unos momentos en silencio, mientras hacía su pedido. —No. Estoy enganchada a los aplausos. —Sintiéndose generosa, pagó con su World Card la cena—. Y desde que renegocié mi contrato, consiguiendo un diez por ciento de las entradas, me he convertido en una mujer de negocios normal y corriente. —Tú no tienes nada de normal y corriente —replicó Eve, regresando a la sala vestida con unos vaqueros y un holgado suéter. —Muy cierto. ¿Te queda algo del vino que traje la última vez? —La segunda botella está casi entera. —Como aquélla era la mejor idea que había tenido en todo el día, Eve fue a la cocina para servirlo—. Y tú, ¿qué? ¿Sigues viendo a tu dentista? —No. —Mavis fue hasta la unidad de ocio y programó música—. Las cosas se estaban poniendo demasiado serias. No me importó que él se enamorase de mis dientes, pero terminó queriendo el cuerpo completo. Me propuso boda. —El muy canalla. —Ya no te puedes fiar de nadie —asintió Mavis—. ¿Qué tal van las cosas en el mundo de la ley y el orden? —En este momento bastante complicadas. —
  • 45. J. D. Robb Sonó el zumbador y ella alzó la vista del vino que estaba sirviendo—. No puede ser la cena aún. —En el momento en que lo decía, oyó los larguísimos tacones de Mavis repicando hacia la puerta—. Mira la pantalla de seguridad —dijo, y ya estaba camino de la puerta cuando Mavis la abrió. Eve maldijo e intentó sacar el arma que no llevaba. Luego, la fuerte y provocativa risa de Mavis hizo desaparecer su adrenalina. La mujer reconoció el uniforme de la compañía de mensajeros, y no vio más que turbada admiración en el fresco rostro del joven que entregó el paquete a Mavis. —Me encantan los regalos —dijo Mavis, moviendo en abanico sus plateadas pestañas. El joven retrocedió un paso, sonrojándose—. ¿Estás tú incluido en la sorpresa? —Deja al chico en paz. —Meneando la cabeza, Eve le quitó el paquete a Mavis y cerró de nuevo la puerta. —A esa edad los chicos son monísimos. —Lanzó un beso a la pantalla de seguridad y luego se volvió hacia Eve—. ¿Por qué estás tan nerviosa, Dallas? —Supongo que el caso en que estoy trabajando me tiene un poco alterada. —Estudió el papel dorado y el pomposo lazo del paquete que sostenía con más recelo que placer—. No conozco a nadie que tenga por qué enviarme nada. —Hay una tarjeta —señaló Mavis—. Si la abres, a lo mejor te enteras. —Muy graciosa. —Eve extrajo la tarjeta de su dorado sobre. «Roarke.» .Mavis leyó el nombre por encima del hombro de Eve y lanzó un silbido. —¡No será el famoso Roarke, el Roarke increíblemente rico, asombrosamente guapo y misteriosamente sexy que es dueño de aproximadamente el veintiocho por ciento del mundo. Lo único que sentía Eve era irritación. —No conozco a otro. —Lo conoces. —Mavis puso los ojos en blanco—. Te he subestimado miserablemente, Dallas. Cuéntamelo todo. ¿Cómo, cuándo, por qué? ¿Te acostaste con él? Dime que sí, que lo hiciste, y luego cuéntame todos los detalles. —Desde hace tres años tenemos un secreto y apasionado idilio durante el cual he alumbrado un hijo suyo que está siendo educado por monjes budistas en el lado oculto de la luna. —Con el entrecejo fruncido, Eve agitó el paquete—.Bájate de las nubes, Mavis. Se trata de un asunto relacionado con uno de mis casos. —Antes de que su amiga pudiera abrir la boca, añadió—: Es confidencial. Mavis no se molestó en poner de nuevo los ojos en blanco. Cuando Eve decía confidencial, ni con zalamerías ni con súplicas conseguías sacarle nada.
  • 46. J. D. Robb —Vale, pero lo que sí podrás decirme es si al natural resulta tan atractivo como en foto. —Mejor aún —murmuró Eve. —Vaya, ¿es posible? —gimió Mavis, y se dejó caer en el sofá—. Creo que acabo de tener un orgasmo. —Tú sabrás. —Eve dejó el paquete sobre una mesa y lo contempló con ceño. ¿Cómo se enteró de dónde vivo? La dirección de un policía no se consigue del directorio sin más ni más. ¿Cómo se enteró? —repitió en voz baja—. ¿Y qué pretende? —Por Dios, Dallas, ábrelo de una vez. Probablemente, se habrá encaprichado de ti. Hay hombres a los que les van las mujeres frías, desinteresadas y discretas. Las toman por seres enigmáticos y profundos. Seguro que son diamantes —dijo Mavis, impaciente—. Un collar. Un collar de diamantes. O tal vez de rubíes. Los rubíes te sientan de maravilla. Eve desgarró el costoso papel, apartó la tapa de la caja y metió la mano. —¿Qué demonios es esto? Pero Eve ya lo había olfateado y, muy a su pesar, ya había comenzado a sonreír. —Es café —murmuró, sin darse cuenta de la suavidad con que lo dijo. Tomó la sencilla bolsa marrón de manos de su compañera. —Café. —Mavis la miraba con desilusión—. El tipo tiene más dinero que Dios, y sólo se le ocurre mandarte una bolsa de café. —Es café auténtico. —Ah, vaya. —Mavis hizo un desdeñoso gesto—. No me importa lo que cueste ese cochino mejunje, Dallas. Una mujer quiere cosas que brillen. Eve acercó la bolsa a la nariz y aspiró profundamente. —Esta mujer no. Ese hijo de puta me conoce bien. —Y, lanzando un suspiro, le añadió—: Demasiado bien. A la mañana siguiente, Eve desayunó una exquisita taza de café. Ni siquiera su temperamental AutoChef logró estropear la oscura y rica infusión. Mientras conducía en dirección a la comisaría, con la calefacción estropeada y bajo un inclemente frío, una sonrisa curvaba sus labios. Seguía curvándolos cuando entró en su oficina y encontró a Feeney esperándola allí. —Vaya, vaya. —El hombre la estudió—. ¿Qué desayunaste, que traes esa cara? —Café. Simple café. ¿Tienes algo para mí?
  • 47. J. D. Robb —Investigué a fondo a Richard DeBlass, a Elizabeth Barrister y al resto del clan. —Le tendió un disco marcado código Cinco con letras rojas—. No me encontré con ninguna sorpresa. Y respecto a Rockman tampoco di con nada fuera de lo normal. A los veinte años perteneció a un grupo paramilitar llamado SafeNet. —SafeNet —repitió Eve, frunciendo el entrecejo. —Cuando esa organización fue desbandada tú no tendrías más de ocho años —dijo Feeney, con una sonrisa—. Quizá oyeras hablar de ello en clase de historia. —Me suena vagamente. ¿Fue uno de los grupos que se soliviantaron cuando se produjo aquella escaramuza con China? —En efecto y, de haber sido por ellos, la cosa no se habría quedado en escaramuza, habría ido a más. El desacuerdo sobre el espacio aéreo internacional podría haberse puesto de veras feo. Pero los diplomáticos dieron la batalla antes de que los de SafeNet pudieran hacerlo. Pocos años más tarde fueron desbandados, aunque de cuando en cuando circulan rumores de que sigue existiendo una sección de SafeNet que actúa en la clandestinidad. —He oído hablar de ellos. ¿Crees que Rockman puede andar metido con un grupo de fanáticos como ése? Tras una breve vacilación, Feeney negó con la cabeza. —Creo que ese hombre mira bien por donde pisa. Poder llama a poder, y DeBlass lo tiene en grandes cantidades. Si el senador llega alguna vez a la Casa Blanca, Rockman estará a su lado. Llevándose una mano al estómago, Eve dijo: —Por favor, no digas eso o tendré pesadillas. —No parece muy probable, pero lo cierto es que DeBlass cuenta con cierto apoyo para las próximas elecciones. —En cualquier caso, Rockman tiene coartada. Respaldada por DeBlass. Los dos estaban en East Washington. —La mujer tomó asiento—. ¿Algo más? —Charles Monroe. Ha llevado una vida interesante, aunque no se saben de él cosas raras. Estoy trabajando en los registros de la víctima. Ya sabes: a veces, cuando se alteran unos registros y no se tiene cuidado, se dejan sombras flotantes. En mi opinión, alguien que acaba de matar a una mujer puede mostrarse descuidado. —Si encuentras una sombra, Feeney, y despejas los grises, te compraré una caja de ese inmundo whisky que tanto te gusta.
  • 48. J. D. Robb —Trato hecho. Aún estoy trabajando en Roarke —añadió—. He ahí un tipo que no comete un solo descuido. Cada vez que creo haber saltado un muro de seguridad, me doy de bruces contra otro. La información que pueda existir sobre él, desde luego está muy bien guardada. —Sigue escalando muros. Yo intentaré hacer un túnel bajo ellos. Cuando Feeney se retiró, Eve se sentó ante su terminal. No había querido hacer la verificación delante de Mavis, porque en este caso prefería utilizar la unidad de su oficina. La pregunta era muy simple. Eve introdujo el nombre y la dirección del complejo en que se encontraba situado su propio apartamento. Preguntó: ¿Propietario? La respuesta fue igualmente simple: Roarke. La licencia sexual de Lola Starr sólo tenía tres meses de antigüedad. La solicitó el día de su decimoctavo cumpleaños, la fecha más temprana posible. Le gustaba decirles a sus amigos que hasta entonces había sido una aficionada. Fue el mismo día en que se marchó de su hogar de Toledo, el mismo en que renunció al nombre de Alice Williams. Tanto su casa como su nombre eran demasiado aburridos para Lola. Tenía un bonito rostro de duendecillo, y pidió, suplicó y lloró hasta que sus padres accedieron a pagarle una barbilla más puntiaguda y una nariz respingona para cuando cumplió los dieciséis años. Lola había aspirado a parecer una sensual ninfa y creía haberlo conseguido. Tenía el pelo negro como el carbón, cortado muy corto. Su piel era blanca y firme. Estaba ahorrando para cambiar el color de sus ojos y convertirlos en verde esmeralda, tono que creía más adecuado para su imagen. Por otra parte, había tenido la suerte de haber nacido con un espléndido cuerpo que no necesitaba más que el mantenimiento básico. Siempre había deseado ser una acompañante profesional. Quizá otras chicas soñasen con ser abogadas o economistas, o bien estudiar medicina o ingeniería industrial. Pero Lola siempre supo que había nacido para el sexo. ¿Y por qué no ganarse la vida con lo que una sabía hacer mejor? Deseaba ser rica, deseada y mimada. Lo de ser deseada le resultó fácil. Los hombres, particularmente los maduros, estaban dispuestos a pagar bien por alguien que poseyera los atributos de Lola. Pero los gastos de su profesión eran más elevados de lo que había previsto cuando soñaba despierta en su bonita habitación de Toledo.
  • 49. J. D. Robb El coste del permiso, los exámenes médicos obligatorios, el alquiler, y los impuestos especiales se comían los beneficios. Una vez hubo terminado de pagar el curso de capacitación, sólo le quedó lo suficiente para alquilar un pequeño apartamento de un solo ambiente en el Paseo de la Prostitución. Sin embargo, eso era preferible a trabajar en la calle, como aún hacían muchas. Y Lola tenía más y mejores planes. Un día se instalaría en un ático de lujo y aceptaría sólo a los clientes más distinguidos. Comería y bebería en los mejores restaurantes, viajaría en jet a lugares exóticos en los que atendería a millonarios y aristócratas. Tenía recursos más que sobrados, y no tenía intención de permanecer mucho tiempo en la parte inferior de la escalera. Las propinas eran una ayuda. Se suponía que una profesional no aceptaba dinero ni bonos de crédito. Al menos técnicamente, pero todas lo hacían. Aún era lo bastante joven para preferir los pequeños y bonitos regalos de algunos de sus clientes. Pero, en cuanto al dinero, lo guardaba religiosamente en el banco y soñaba con su ático. Aquella noche iba a atender a un cliente nuevo, uno que le había pedido que lo llamase «papá». Ella accedió, y se permitió una sarcástica sonrisa. Probablemente, el tipo creía ser el primero que había querido que ella fuese su niñita; pero lo cierto era que, al cabo de sólo unos pocos meses de ejercer la profesión, la pedofilia se estaba convirtiendo en su especialidad. Así que se sentaría sobre las piernas del hombre, y permitiría que le diese unos azotes al tiempo que le decía solemnemente que necesitaba un castigo. En realidad era como un juego, y la mayoría de los hombres se mostraban dulces y gentiles. Teniendo eso presente, escogió un coquetón vestido con festones en el cuello. Debajo, lo único que llevaba eran unas medias blancas. Se había depilado el vello púbico, y era lampiña y suave como una niña de diez años. Tras estudiar su reflejo, añadió un poco de color a sus mejillas y aplicó lápiz labial claro a sus carnosos labios. Al oír la llamada a la puerta, sonrió y su rostro joven y todavía inocente le devolvió la sonrisa desde el espejo. Como aún no podía permitirse un sistema de seguridad por vídeo, espió por la mirilla para verificar la identidad de su visitante. Era un hombre atractivo, lo cual la satisfizo. Y tenía edad suficiente para ser su padre, lo cual lo satisfaría a él. Abrió la puerta y esbozó una tímida sonrisa. —Hola, papá.
  • 50. J. D. Robb El hombre no deseaba perder tiempo, pues tiempo era lo que menos tenía en aquellos momentos. Le dirigió una sonrisa. Para tratarse de una puta, era muy bonita. Cuando la puerta se hubo cerrado a su espalda, el hombre metió la mano bajo la falda de Lola y le agradó encontrarla desnuda. Las cosas irían más rápidas si él lograba excitarse enseguida. —¡Papá! —Desempeñando su papel, Lola lanzó una aguda risita—. ¡No seas travieso! —Me han contado que la traviesa eres tú. —Se quitó el abrigo mientras la muchacha lo miraba poniendo morritos. Aunque había tomado la precaución de sellarse las manos, lo único que iba a tocar de la habitación era a la muchacha. —He sido buena, papá... Muy buena. —Has sido traviesa, pequeña. —Sacó del bolsillo una pequeña videocámara que apuntó contra la estrecha cama que Lola había llenado de almohadones y animales de peluche. —¿Vas a filmar? La muchacha pensó en decirle que eso le costaría más, pero decidió que era mejor esperar a que la cosa estuviera hecha. A los clientes no les gustaba que la realidad interfiriese en sus fantasías. Eso se lo habían enseñado en el curso de capacitación. —Túmbate en la cama. —Sí, papá. —La joven se echó entre los almohadones y los sonrientes animales. —Me han dicho que te has estado tocando. —No, papá. —No está bien mentirle a papá. Tengo que castigarte, pero luego te besaré y será estupendo. —Sonriendo, avanzó hacia la cama—. Levántate la falda, pequeña, y enséñame cómo te tocas. A Lola no le hacía demasiada gracia esta parte. Le gustaba que la tocasen, pero el contacto de sus propias manos apenas la excitaba. Sin embargo, se levantó la falda y se acarició con movimientos tímidos y torpes, pues suponía que eso era lo que el hombre esperaba. Los movimientos de sus pequeños dedos lo excitaron. A fin de cuentas, para aquello estaban hechas las mujeres. Para usarse a ellas mismas, para usar a los hombres que las deseaban. —¿Qué sientes? —Me gusta —murmuró—. Toca, papá. Verás qué suave tengo la piel. Cuando él le metió un dedo dentro notó que su miembro se endurecía. La cosa sería rápida, para ella y para él.
  • 51. J. D. Robb —Desabróchate el vestido —ordenó, y siguió manoseándola mientras ella lo hacía—. Date la vuelta. Cuando ella obedeció, él descargó la mano sobre el bonito trasero, azotándolo suavemente hasta que la cremosa piel se enrojeció, al tiempo que Lola lanzaba sus fingidos grititos de placer. Al hombre no le importaba hacerle daño. Ella se había vendido a él. —Buena chica. —Su erección era ya completa, y notaba que el miembro comenzaba a palpitar. Sin embargo, sus movimientos al desvestirse fueron cuidadosos y precisos. Una vez desnudo, la montó y deslizó las manos bajo su cuerpo para apretarle los pechos. La muchacha era jovencísima, pensó, abandonándose al placer del contacto con una carne joven. —Ahora papá te enseñará cómo premia a las niñas buenas. Deseaba que ella lo tomase en su boca, pero no podía correr tal riesgo. El sistema de control de natalidad que, según su expediente, usaba la muchacha, erradicaría su esperma de la vagina, pero no de la boca. En vez de ello la tomó por las caderas y acarició la firme y joven carne al tiempo que la penetraba. Se mostró más rudo de lo que ambos esperaban. Tras la primera acometida, se contuvo. No quería hacerle tanto daño como para que la muchacha gritase. Aunque en un lugar como aquél, dudaba que alguien oyese los gritos o se preocupara por ellos. La chica era deliciosamente inexperta e ingenua. El hombre adoptó un ritmo más lento y suave, lo cual prolongó su propio placer. Ella se movía bien, siguiendo el compás que él marcaba. A no ser que él estuviese muy confundido, no todos sus gemidos eran simulados. La notó tensarse, estremecerse, y sonrió, satisfecho de haber sido capaz de llevar a una puta a un auténtico clímax. Cerró los ojos y eyaculó. La muchacha suspiró y se hizo un ovillo contra uno de los almohadones. Había estado bien, mucho mejor de lo que ella esperaba. Ojalá hubiera encontrado otro cliente fijo. —¿Me he portado bien, papá? —Muy bien. Pero aún no hemos acabado. Date la vuelta.
  • 52. J. D. Robb Mientras ella lo hacía, él se puso en pie y salió fuera de cámara. —¿Vamos a ver el vídeo, papá? Él se limitó a menear la cabeza. Recordando su papel, ella frunció los labios. —Me gustan los vídeos. Podemos verlo y luego me enseñas otra vez a ser una niña buena. —Le dirigió una sonrisa, esperando ganarse una propina con ello—. La próxima vez puedo tocarte. Me gustaría tocarte. Él sonrió y sacó del bolsillo de su abrigo la SIG210 con silenciador. Ella lo miraba con curiosidad mientras él apuntaba la pistola. —¿Qué es eso? ¿Un juguete que me has traído para que juegue? Primero le disparó en la cabeza, y el arma apenas hizo más que un pop. Fríamente, apretó de nuevo el gatillo, y la bala la alcanzó entre los jóvenes y firmes pechos. El tercer disparo le dio en el suave y lampiño pubis. Luego desconectó la cámara y dispuso cuidadosamente el cadáver entre los ensangrentados almohadones y los sonrientes animales. Los inertes ojos lo miraban con desorbitada sorpresa. —No era una vida adecuada para una chiquilla —dijo el hombre, y luego se puso tras la cámara para filmar la última escena. ***************************** Lo único que a Eve le apetecía era una chocolatina. Se había pasado casi todo el día testificando en el tribunal, y dedicó su hora de almuerzo a hacer una llamada a un confidente que le costó cincuenta dólares y le permitió un pequeño avance en un caso de contrabando que implicaba dos homicidios y que la traía de cabeza desde hacía dos meses. Lo único que deseaba era una dosis de sucedáneo de azúcar antes de ir a casa a fin de prepararse para su entrevista de las siete con Roarke. Hubiera podido pasarse por cualquiera de las muchas tiendas, pero prefería la pequeña pastelería de la esquina de la calle 78 Oeste, a pesar de —o debido a— que el local estaba regentado por Francois, un hosco refugiado de serpentinos ojos que había huido a Norteamérica cuando el Frente de Reforma Social derrocó al gobierno francés hacía unos cuarenta años. El hombre odiaba Norteamérica y a los norteamericanos y, aunque el FRS fue derrotado a los seis meses del golpe, Francois se quedó, rezongando y quejándose
  • 53. J. D. Robb tras el mostrador de la pastelería de la calle Setenta y ocho, donde se divertía lanzando insultos y diciendo disparates políticos. Eve lo llamaba Frank para molestarlo, y se pasaba por su tienda al menos una vez a la semana para ver qué treta se le había ocurrido al hombre pan timarla. Pensando sólo en la chocolatina, Eve cruzó las puertas automáticas. Cuando éstas apenas se habían cerrado tras ella, su instinto la puso sobre alerta. El hombre de frente al mostrador le estaba dando la espalda, y su grueso chaquetón con capucha lo enmascaraba todo menos su impresionante tamaño. El tipo medía casi dos metros y no debía de pesar menos de ciento veinte kilos. Eve no necesitó fijarse en el demudado rostro de Francois para saber que había problemas. Lo notó tan claramente como el olor a menestra de verduras, que era la especialidad del día del local. En el segundo que las puertas tardaron en cerrarse, Eve pensó en sacar su arma, pero desechó la idea. —Ponte ahí, puta. Deprisa. El hombre se había vuelto y Eve pudo ver la pálida y dorada tez producto de una herencia multirracial y los ojos que reflejaban una total desesperación. Al tiempo que su aspecto, Eve advirtió que el hombre tenía en una mano un pequeño objeto redondo. El explosivo de fabricación casera ya era suficiente preocupación; pero aún peor resultaba el hecho de que la mano que lo sostenía temblaba a causa del nerviosismo. Los terroristas aficionados eran famosos por su inestabilidad. Aquel idiota, debido a sus crispados nervios, era perfectamente capaz de matarlos a todos. Eve lanzó a Francois una rápida mirada de aviso. Si él la llamaba teniente, todos estarían sentenciados. Manteniendo las manos bien a la vista, avanzó hacia el mostrador. —Oiga, no quiero problemas —dijo, procurando que su voz temblase tanto como la mano del ladrón—. Por favor... tengo hijos... —Cierra la boca y túmbate en el puñetero suelo. Eve se arrodilló y se metió una mano bajo el abrigo, donde llevaba su arma. —Todo —ordenó el hombre, blandiendo la pequeña y letal bola—. Lo quiero todo. Billetes, fichas de crédito... ¡Deprisa! —Hoy ha sido un mal día —gimió Francois—. Las cosas ya no son como antes. Ustedes los norteamericanos...
  • 54. J. D. Robb —¿Quieres tragarte esto? —preguntó el hombre, plantando el explosivo ante el rostro de Francois. —No, no. —Aterrado, Francois marcó con temblorosos dedos el código de seguridad. Cuando la registradora se abrió, Eve vio que el ladrón miraba el dinero para volver luego la vista hacia la cámara que estaba registrándolo todo. Lo leyó en su rostro. El hombre sabía que su imagen estaba encerrada allí, y que ni todo el dinero de Nueva York conseguiría borrarla. Pero el explosivo sí, cuando el ladrón lo arrojara antes de salir disparado hacia la calle entre cuyo tráfico se perdería. Eve tomó aliento, como un buzo a punto de sumergirse. Se lanzó contra el hombre y lo alcanzó debajo del brazo. El fuerte choque hizo que el explosivo saltara en el aire. Gritos, maldiciones, plegarias. Eve logró atrapar la bomba con las puntas de los dedos, y en el momento en que lo hacía, el ladrón la golpeó. Lo hizo con el revés de la mano en lugar de con el puño, y Eve se consideró afortunada. Vio las estrellas al golpear contra un expositor de especias, pero logró que la bomba casera no se le escapase de entre los dedos. Mientras el expositor se derrumbaba bajo su peso, Eve pensó que no debió usar la mano derecha. Intentó utilizar la izquierda para sacar el arma, pero se lo impidieron ciento veinte kilos de furia y desesperación cayendo sobre ella. —¡Da la alarma, gilipollas! —gritó a Franjéis, que permanecía boquiabierto e inmóvil como una estatua—. ¡Aprieta el jodido botón! —Lanzó un gruñido al recibir un golpe en las costillas que la dejó sin aliento. Esta vez, el atracador había utilizado el puño. El tipo estaba sollozando, intentando arrebatarle a Eve el explosivo. —¡Quiero el dinero! ¡Lo necesito! ¡Te mataré! ¡Os mataré a todos! Ella logró asestarle un rodillazo en la ingle, lo cuál, aunque no lo dejó fuera de combate, le permitió ganar unos segundos. Volvió a ver las estrellas cuando su cabeza chocó bruscamente contra el borde de un mostrador. Varias docenas de chocolatinas cayeron en cascada sobre ella. —¡Hijoputa! —Se oyó a sí misma decirlo al tiempo que asestaba tres breves pero potentes golpes contra el rostro del ladrón. Éste, con la sangre brotándole por la nariz, la agarró del brazo. Y Eve, comprendió que se lo iba a partir. Sabía que en un instante sonaría el leve chasquido del hueso al fracturarse. Pero cuando tomaba aliento para gritar, cuando ya su visión comenzaba a nublarse a causa del agónico dolor, el corpachón del hombre dejó de pesar sobre ella.
  • 55. J. D. Robb Cayó en cuclillas, intentando respirar y conteniendo las arcadas. Desde esa posición pudo ver los relucientes zapatos negros de los policías de barrio. —Arréstenlo. —Eve tosió, dolorida—. Intento de robo a mano armada, tenencia de explosivos, agresión... —Hubiera añadido agresión a un policía y resistencia al arresto, pero no sería reglamentario hacerlo, pues no se había identificado. —¿Está bien, señora? ¿Llamamos a los TM? Eve no quería a los tecno-médicos. Lo que deseaba era una puñetera chocolatina. —Teniente —dijo, corrigiendo al policía. Se incorporó trabajosamente y mostró su identificación. Advirtió que el atracador estaba bajo control, ya que uno de los dos policías había tenido el buen sentido de aplicarle su porra paralizadora. Necesitamos una caja blindada, ahora mismo. —Eve advirtió que los dos policías palidecían al ver lo que ella tenía en la mano—. Este petardo ya ha corrido muchas aventuras. Más vale que lo neutralicemos. —A la orden. —El primer agente salió de la tienda en un abrir y cerrar de ojos. En los noventa segundos que tardó en volver con la caja negra que se usaba para transportar y desactivar explosivos, nadie dijo ni una palabra. Nadie se atrevió siquiera a respirar. —Arréstenlo —repitió Eve. En cuanto el explosivo estuvo a buen recaudo, su estómago comenzó a temblar—. Transmitiré mi informe. ¿Pertenecen ustedes a la 123? —Sí, teniente. —Buen trabajo. —Se inclinó y, con el brazo ileso, recogió una chocolatina Galaxy que había resultado aplastada durante la pelea—. Me voy a casa. —¡Se va usted sin pagar! —gritó Francois a sus espaldas. —¡Vete a la mierda, Frank! —replicó ella, y salió del local. El incidente la retrasó. Cuando llegó a la mansión de Roarke eran ya las siete y diez. Se había automedicado para calmar el dolor del brazo y el hombro. Si en un par de días no estaba mejor, no le quedaría más remedio que someterse a una revisión. Detestaba a los médicos. Estacionó su coche y pasó unos momentos estudiando la casa de Roarke, que más parecía una fortaleza. Sus cuatro pisos se alzaban sobre los ateridos árboles de Central Park. Se trataba de uno de los edificios antiguos. Debía de tener cerca de doscientos años y, si los ojos de Eve no la engañaban, era de piedra auténtica.
  • 56. J. D. Robb Tenía muchas ventanas, detrás de cuyos cristales relucían doradas luces. Había también una puerta de seguridad, tras la cual se veían setos de hoja perenne y elegantes árboles artísticamente repartidos por el jardín. Pero el silencio era aún más impresionante que la magnificencia arquitectónica y jardinística. Hasta allí no llegaba el ajetreo de la ciudad. Nada de tráfico, nada de caos peatonal. Hasta el cielo parecía distinto al que Eve estaba acostumbrada a divisar desde el centro de la ciudad. Desde allí podían verse las estrellas en vez de las luces de los transportes. Bonita vida para el que pueda permitírsela, se dijo, y puso de nuevo en movimiento su coche. Al acercarse a la puerta, se dispuso a identificarse. Advirtió que el pequeño ojo rojizo de un escáner parpadeaba para quedar luego fijo. Las puertas se abrieron silenciosamente. Así que Roarke había programado la visita de ella en el sistema de seguridad. Eve no supo a ciencia cierta si el hecho le agradaba o la inquietaba. Cruzó la puerta, avanzó por la breve rampa y dejó el coche al pie de la gran escalinata de granito. Le abrió la puerta un mayordomo. Aunque Eve sólo había visto mayordomos en películas, aquél no decepcionó sus fantasías. Tenía el pelo plateado, la mirada implacable, vestía un traje oscuro y llevaba una anticuada corbata. —¿Teniente Dallas? —El hombre hablaba con un leve acento que parecía a la vez británico y eslavo. —Estoy citada con el señor Roarke. —El señor la espera. —La invitó a pasar con un ademán y Eve entró en un amplio vestíbulo que parecía más la entrada de un museo que la de una casa. Una araña de cristales en forma de estrella arrojaba luz sobre un reluciente suelo de madera cubierto por una costosa alfombra. A la izquierda se veía una escalera curva cuya barandilla estaba rematada por un grifo tallado. En las paredes había cuadros como los que Eve vio cuando fue con la escuela al Metropolitan. Impresionistas de un siglo que no lograba recordar. Diversas obras del Período Revisitador, iniciado a comienzos del siglo XXI, saludaban al visitante con sus escenas pastorales y sus tenues colores. Nada de hologramas ni de esculturas vivientes. Sólo pintura y lienzo. —¿Me permite su abrigo? Eve, saliendo de su abstracción, creyó captar un brillo de irónica condescendencia en aquellos inescrutables ojos. Se despojó del abrigo y observó cómo las manicuradas manos del mayordomo tomaban la prenda con cierta aprensión.
  • 57. J. D. Robb Qué demonios, se dijo Eve, había limpiado casi toda la sangre del abrigo. —Por aquí, teniente Dallas. Tendrá usted que esperar en el salón, el señor Roarke está atendiendo una llamada. —Ningún problema. El ambiente de museo continuaba en el salón, donde ardía un sedante fuego de auténticos troncos en el interior de una chimenea con incrustaciones de lapislázuli y malaquita. Dos lámparas arrojaban su cálida luz de gemas coloreadas. Los sofás gemelos tenían respaldos curvos y estaban espléndidamente tapizados en tela de brillos color zafiro. El mobiliario era de madera pulida hasta adquirir un brillo casi deslumbrador. Toda la estancia estaba salpicada de objetos de arte. Esculturas, jarrones, cristal tallado. Las pisadas de Eve resonaron sobre la madera y luego quedaron amortiguadas por la alfombra. —¿Desea tomar algo, teniente? Eve volvió la vista y le divirtió ver que el hombre seguía sosteniendo su abrigo entre los dedos como si fuera un trapo inmundo. —Desde luego. ¿Qué me puede ofrecer, señor...? —Summerset, teniente. Creo que puedo brindarle cualquier cosa que desee. —Es aficionada al café —dijo Roarke desde el umbral—, pero creo que le agradará el Monícart del cuarenta y nueve. En los ojos de Summerset relució un tenue brillo de horror. —¿Del cuarenta y nueve, señor? —Exacto. Muchas gracias, Summerset. —Sí, señor. —El mayordomo hizo una inclinación y luego un envarado mutis. —Lamento haberla hecho esperar—comenzó Roarke, y de pronto una sombra cruzó por sus ojos. —No tiene importancia —dijo Eve, mientras él avanzaba hacia ella—. Acababa de... ¡Eh! Eve respingó cuando los dedos de Roarke se cerraron en torno a su barbilla, pero la mano se mantuvo firme, y la obligó a volver la mejilla izquierda hacia la luz. —Tiene usted magulladuras en el rostro —dijo con tono gélido y carente de inflexiones. Examinó la herida. Sus dedos eran cálidos y fuertes, e hicieron que a Eve se le encogiese ligeramente el estómago.
  • 58. J. D. Robb —Una pelea por una chocolatina —dijo encogiéndose de hombros. Los ojos de Roarke se fijaron en los de ella por unos instantes más de lo estrictamente cómodo. —¿Quién ganó? —Yo. Es un error interponerse entre la comida y yo. —Lo tendré presente. —Roarke la soltó y metió la mano en el bolsillo. Deseaba tocarla de nuevo. Le preocupaba el hecho de que realmente ardía en deseos de borrar con caricias aquella magulladura de la mejilla. —Creo que el menú de esta noche merecerá su aprobación. —¿Menú? No he venido a cenar, Roarke, sino a examinar su colección. —Podrá usted hacer lo uno y lo otro. —Se volvió al entrar Summerset con una bandeja con una botella sin descorchar y dos copas de cristal. —El cuarenta y nueve, señor. —Gracias. Yo lo serviré. —Mientras lo hacía, comentó a Eve—: Creo que esta cosecha será de su agrado. Lo que le falta de sutileza... —Se volvió para tenderle una copa— lo compensa en sensualidad. —Entrechocó su copa contra la de ella, y luego la observó beber. Dios, qué hermosura de rostro, pensó. Aquellas facciones y aquella expresión, aquella mezcla de emoción y control. Mientras Eve intentaba ocultar la sorpresa y el agrado que le había producido el sabor del vino en su lengua, Roarke pensó en lo magnífico que sería notar el sabor de Eve en la suya. —¿Aprobado? —preguntó él. —Es bueno. —Era el equivalente a tomar sorbos de oro. —Me alegro. Con el Montcart debuté en el mercado de los vinos. ¿Nos sentamos delante del fuego? Era tentador. Eve casi podía verse sentada allí, con las piernas tendidas hacia el fragante calor, bebiendo vino a la luz de lámparas que relucían como gemas. —Esto no es una visita social, sino parte de la investigación de un homicidio, Roarke. —Pues investígueme durante la cena. —La tomó por el brazo y enarcó las cejas al percibir la leve crispación de su cuerpo—. Yo diría que una mujer capaz de pelear por una chocolatina es capaz de apreciar un solomillo de dos dedos poco hecho. —¿Solomillo? —Eve tuvo que hacer un esfuerzo para evitar que la boca se le hiciera agua—. ¿Auténtico solomillo? ¿Auténtico solomillo de buey?
  • 59. J. D. Robb Una leve sonrisa curvó los labios de Roarke. —Recién llegado de Montana por vía aérea. El solomillo, no el buey. —Como ella seguía vacilando, él insistió—: Vamos, teniente, no creo que un poco de carne roja vaya a perturbar sus probadas y agudas dotes deductivas. —Alguien intentó sobornarme el otro día —murmuró ella, recordando a Charles Monroe y su bata de seda negra. —¿Qué le ofreció? —Algo bastante menos interesante que un solomillo. —Le dirigió una penetrante mirada—. Si las pruebas apuntan en su dirección, Roarke, iré por usted sin dudarlo. —No espero menos. Vamos a cenar. La condujo al comedor. Más cristal, más madera reluciente, otra chimenea encendida, ésta de mármol veteado de rosa. Una mujer vestida de negro les sirvió un aperitivo de langostinos en salsa rosa. Apareció el vino y sus copas volvieron a llenarse. Eve, que rara vez se preocupaba por su aspecto, deseó haberse puesto algo más adecuado para la ocasión que los vaqueros y el suéter que llevaba. —Y, dígame... ¿cómo se hizo usted rico? —quiso saber Eve. —De distintos modos. —A Roarke le gustaba contemplar la fruición con que su invitada comía. —Dígame uno. —Deseándolo —dijo Roarke, y la palabra quedó como suspendida en el aire. —Con eso no basta. —Eve volvió a tomar su copa y miró a los ojos de Roarke—. Todo el mundo desea ser rico. —No lo desea con la suficiente intensidad. La gente se achica ante las peleas y los riesgos. —Pero usted no. —Yo no. Ser pobre es... incómodo. A mí me gusta la comodidad. —Le ofreció un panecillo en una bandeja de plata mientras les servían una ensalada de crujientes endibias y aromáticas hierbas—. No piense que somos tan distintos, Eve. —No, desde luego. —Usted deseó ser policía y luchó y corrió riesgos por ello. A usted el quebrantamiento de la ley le resulta incómodo. Yo hago dinero, usted hace justicia. Ni lo uno ni lo otro es sencillo. —Hizo una breve pausa—. ¿Sabe lo que deseaba conseguir Sharon DeBlass?
  • 60. J. D. Robb El tenedor de Eve titubeó y al fin pinchó la tierna hoja de una endibia fresca. —¿Qué cree usted que deseaba Sharon? —Poder. El sexo suele ser un buen medio para obtenerlo. Tenía suficiente dinero para vivir confortablemente; pero quería más. Porque el dinero también es poder. Ella quería poder sobre sus clientes, sobre sí misma, y, por encima de todo, poder sobre su familia. Eve dejó su tenedor. A la luz de la chimenea y bajo el brillo de cristales y lámparas, Roarke era un peligro para cualquier mujer, y no por inspirar temor sino deseo. Las sombras que le caían sobre el rostro hacían que sus facciones resultaran inescrutables. —Ése es todo un análisis, para tratarse de una mujer a la que usted apenas conocía. —No hace falta mucho para formarse una opinión, particularmente de una persona tan clara. Ella no era profunda como usted, Eve. Y tampoco tenía su control ni su envidiable facilidad para concentrarse. —No estamos hablando de mí. —Eve no quería que Roarke hablase de ella... ni que la mirase como lo estaba haciendo—. En su opinión, Sharon estaba ávida de poder. ¿Lo bastante como para que la mataran a fin de evitar que diera un mordisco demasiado grande? —Interesante teoría. La pregunta es: un mordisco demasiado grande de qué o de quién. La misma silenciosa criada retiró las ensaladas y llegó con unos grandes platos de porcelana con carne recién asada y patatas al horno. Una vez volvieron a quedarse solos, Eve troceó su solomillo. —Los hombres que acumulan gran cantidad de dinero, posesiones y status, son los que más tienen que perder. —Ahora hablamos de mí, lo cual plantea otra interesante teoría. —Sus ojos reflejaban interés, sin perder por ello su irónico brillo—. Ella me amenaza con algún tipo de chantaje y, en vez de pagar o de reírme de ella, la mato. ¿Me acosté antes con ella? —Dígamelo usted —repuso Eve sosegadamente. —Eso encajaría, teniendo en cuenta qué profesión había elegido Sharon. Aunque los detalles de este caso en particular se le hayan ocultado a la prensa, es evidente que se trata de un crimen con connotaciones sexuales. Hice el amor con ella, luego la maté... Si es que uno cree en esa teoría, desde luego. —Comió un bocado de carne, lo masticó, tragó—. Sin embargo, hay un problema. —¿Cuál?
  • 61. J. D. Robb —Tengo una manía que tal vez usted considere anticuada. Me disgusta cualquier tipo de violencia hacia las mujeres. —¿Sólo a las mujeres, o a la gente en general? Él encogió sus elegantes hombros. —Como le digo, se trata de una manía. Me parece desagradable mirarla y ver cómo la luz de las velas arroja sombras sobre la magulladura de su cara. Roarke la sorprendió al tender la mano y tocarle con suavidad la zona herida. —Creo que matar a Sharon DeBlass me hubiera resultado aún más desagradable. — Retiró la mano y volvió a su comida—. Aunque ha habido ocasiones en que he hecho cosas que me desagradaban, cuando ha sido necesario. ¿Qué le parece la cena? —Bien. —La habitación, la luz y la comida estaban bastante mejor que bien. Era como encontrarse en otro mundo y otra época —.¿Quién demonios es usted, Roarke? Él sonrió y volvió a llenar las copas. —Usted es la policía. Averígüelo. Eve se prometió hacerlo. Antes de que el asunto terminara, sabría quién era aquel hombre —¿Qué otras teorías tiene respecto a Sharon DeBlass? —Ninguna digna de mención. Le gustaban las emociones y los riesgos, y no le importaba contrariar a quienes la querían. Sin embargo, era una mujer... Eve se inclinó sobre la mesa. —¿Qué? Vamos, siga. —Digna de lástima —replicó Roarke, con un tono que hizo pensar a Eve que eso era justamente lo que sentía, ni más ni menos—. Bajo su deslumbrante apariencia, había en ella un elemento de tristeza. Su propio cuerpo era lo único que Sharon respetaba. Así que lo utilizaba para producir placer y causar daño. —¿Y se lo ofreció a usted? —Naturalmente. Y partió de la base de que yo lo aceptaría. —¿Y por qué no lo hizo? —Ya se lo he explicado. Puedo añadir que prefiero otro tipo de compañeras de cama, y que me gusta ser yo quien lleve la iniciativa. Había más, pero Roarke decidió omitirlo.
  • 62. J. D. Robb —¿Más solomillo, teniente? Ella bajó la mirada y vio que casi se había comido hasta el dibujo del plato. —No, gracias. —¿Postre? A Eve le costó decir que no, pero decidió que ya se había permitido bastantes debilidades. —Prefiero echarle un vistazo á su colección. —Entonces dejaremos el café y el postre para más tarde. —Se puso en pie y le ofreció una mano. Eve se limitó a mirar la mano con ceñuda expresión y se levantó de su silla. Sonriendo, Roarke señaló hacia la puerta y caminó tras ella por el vestíbulo y ascendiendo la curva escalinata. —Mucha casa para un solo hombre. —¿Eso cree? Yo opino más bien que su apartamento es poco para una mujer. —Eve se detuvo en seco en lo alto de las escaleras y él sonrió—. Sabe de sobra que soy el dueño de su edificio. Debió de indagar después de recibir mi pequeño obsequio. —Debería hacer que alguien se ocupase de las cañerías. No logro que el agua de la ducha salga caliente por más de diez minutos. —Tomo nota. Es en el otro piso. —Me sorprende que no tenga usted ascensores —comentó Eve, subiendo los peldaños. —Los tengo. El hecho de que yo prefiera las escaleras no significa que el personal no tenga derecho a elegir. —Hablando de personal. No he visto a un solo robot doméstico en toda la casa. —Tengo unos cuantos. Pero prefiero las personas a las máquinas para casi todo. Por aquí. Utilizó un pequeño escáner, introdujo un número clave, y luego abrió las dobles puertas de madera tallada. El sensor encendió las luces cuando traspusieron el umbral. Eve había esperado cualquier cosa menos aquello. Era un museo de armas: pistolas, puñales, espadas, ballestas. Se veían armaduras de todo tipo, desde las medievales a los finos chalecos impenetrables que utilizaban los militares actuales como parte de su equipo. Tras los cristales y en las paredes relucían empuñaduras de cromo y acero.
  • 63. J. D. Robb Si bien el resto de la casa parecía otro mundo, quizá más civilizado que el que Eve conocía, aquella estancia producía la sensación contraria. Era como un monumento a la violencia. —¿Por qué? —fue cuanto pudo decir. —Me interesa lo que el hombre ha utilizado para herir a su prójimo a lo largo de la historia. —Fue hasta el sitio en que se veía una lóbrega maza colgando de su cadena:—. Caballeros muy anteriores a Arturo utilizaron armas como ésta en justas y batallas. Un millar de años... —Pulsó una serie de botones de uno de los exhibidores y sacó un arma, del tamaño de la palma de la mano, la herramienta de matar preferida por las bandas callejeras del siglo XXI, durante la Revuelta Urbana—. Y aquí tenemos algo menos tosco e igualmente letal. Adelantos, pero no progreso. Devolvió el arma a su sitio, y cerró el exhibidor. —Pero usted está interesada en un arma más moderna que la primera y más antigua que la segunda. Dijo un Smith & Wesson del 38, modelo Diez. Aquella sala era un lugar terrible, pensó Eve. Terrible y fascinante. Su vista fue de las armas al hombre, y advirtió que toda aquella elegante violencia encajaba a la perfección con Roarke. —Debe de haber tardado años en reunir todo esto. —Quince —dijo él, encaminándose por el suelo desprovisto de alfombras hacia otra sección—. Ya, casi dieciséis. Conseguí mi primer arma a los diecinueve años, y la obtuve del hombre que me estaba apuntando a la cabeza con ella. Roarke frunció el entrecejo. No había sido su intención contar aquello. —Supongo que falló —dijo Eve, llegando junto a él. —Afortunadamente, mi pie en su entrepierna lo distrajo. Era una Beretta semiautomática de 9mm que el tipo había sacado de contrabando de Alemania. Pensaba usarla para aliviarme del peso de la mercancía que debía entregarle, ahorrándose así el precio del transporte. Pero al final yo me quedé con el dinero, con la mercancía y con la Beretta. Y así, debido al error de juicio de aquel tipo, nació Industrias Roarke. La que usted quiere ver es ésa —añadió, señalando un gabinete exhibidor cuyo cristal se estaba descorriendo—. Supongo que querrá usted llevarse el revólver, para ver si ha sido disparado recientemente, buscar huellas y todo eso. Ella asintió lenta y pensativamente. Sólo cuatro personas sabían que el arma homicida había sido abandonada en la escena del crimen. Ella misma, Feeney, el comandante y el asesino. Roarke, o era inocente, o era muy listo. Ella se preguntó si no sería ambas cosas a la vez.
  • 64. J. D. Robb —Agradezco su colaboración. —Sacó del bolso un sobre para pruebas y tendió la mano hacia el arma que era idéntica a la que la policía tenía ya en su poder; pero no tardó en darse cuenta de que no era aquella la que Roarke había señalado. Los ojos de Eve buscaron los de él. Aunque hizo ver que su mano titubeaba sobre el arma escogida, pensó que los dos se entendían. —¿Cuál? —Esta. —Tocó la placa de debajo del 38. Tras sellarlo, Eve lo metió en el sobre y se lo guardó en el bolso. Roarke cerró el cristal—. Naturalmente, el revólver no está cargado, pero tengo munición, por si quiere llevarse una muestra. —Gracias. Mencionaré su colaboración en mi informe. —¿De veras? —Sonrió, sacó un paquete de un cajón y se lo tendió—. ¿Qué más mencionará usted, teniente? —Todo lo que sea digno de mención. —Echó el paquete de munición al bolso, sacó un aparato y tecleó en él su número de identificación, la fecha, y una descripción de todo lo que se llevaba—. Su recibo —dijo, tendiéndole la tira de papel que el aparato había escupido—. Todo esto le será devuelto lo antes posible, a no ser que deba retenerse como prueba. Recibirá la adecuada notificación en un sentido o en otro. Él se guardó el papel y pasó los dedos por lo otro que había en el bolsillo. —La sala de música se encuentra en el ala contigua. Podemos tomar allí el café y el brandy. —Dudo que compartamos los mismos gustos musicales, Roarke. —Quizá le sorprenda saber lo mucho que compartimos —murmuró él. Le tocó de nuevo la mejilla, y luego deslizó la mano alrededor de su nuca—. Lo muchísimo que compartimos. Ella alzó una mano para apartarle el brazo. Él se limitó a cerrar los dedos en torno a su muñeca. Eve se dijo que en un parpadeo podría tener al hombre de espaldas contra el suelo; pero siguió, inmóvil, con el aliento contenido y el pulso acelerado. Roarke había dejado de sonreír. —No tienes nada de cobarde, Eve —dijo con suavidad, con los labios a centímetros de los de ella. El beso quedó suspendido en el aire, a un aliento de distancia, hasta que Eve de pronto se apretó contra Roarke. Lo hizo sin pensar. De haber reflexionado, aunque sólo fuera por un instante, se habría dado cuenta que estaba quebrantando todas las reglas. Pero ella quería ver, saber, sentir...
  • 65. J. D. Robb La boca de Roarke era suave, más persuasiva que posesiva. Abrió con sus labios los de Eve para luego deslizar la lengua entre ellos. Ella sintió que todos sus sentidos se saturaban de sabor. Aún antes de que la tocara, Eve se inflamó. Luego, las diestras manos del hombre se deslizaron sobre sus caderas, metiéndose seductoramente bajo el suéter para llegar a la piel. Experimentando un sublime vértigo, Eve advirtió que se quedaba sin fuerzas. Al principio, Roarke creyó que lo único que deseaba era la boca, aquella generosa y tentadora boca. Pero en cuanto la hubo probado, quiso todo lo demás. Eve estaba apretada contra él, contra su cuerpo firme y anguloso, que comenzaba a palpitar. Notaba sobre el pecho las gratas caricias del hombre. Él escuchaba el murmullo de pasión que producía la garganta de Eve, y percibió el sabor de aquella pasión cuando los labios de ella se posaron ansiosamente sobre los suyos. Él deseó olvidar la paciencia y el control que eran la norma de su vida, y dejarse llevar por el arrebato. La habría obligado a tumbarse en el suelo si ella, pálida y jadeante, no se hubiera resistido. —No... no puede ser. —¡Y un cuerno que no! —replicó él. Ahora el peligro refulgía en torno a Roarke. Eve lo vio con la misma claridad con que veía las herramientas de violencia y muerte que los rodeaban. Ciertos hombres, cuando querían algo, negociaban. Otros se limitaban a cogerlo. —A ciertas personas no nos está permitido dejarnos llevar... —Olvida las normas, Eve. Roarke avanzó hacia ella. Si Eve hubiese retrocedido, él la habría seguido, como todo cazador tras su pieza. Pero ella le hizo frente y negó con la cabeza. —No puedo poner en peligro la investigación de un homicidio sólo porque uno de los sospechosos me atraiga físicamente. —Maldita sea, yo no la maté. La sorprendió verlo perder el control, escuchar la furia y la frustración que había en su voz, y que también se reflejaban vivamente en su rostro. Y era terrible darse cuenta de que creía a Roarke, y de que no estaba segura, no tenía la absoluta certeza de que aquello no se debiese a que ella necesitaba creerlo. —No puedo aceptar tu palabra, no es tan sencillo. Tengo un trabajo que hacer, una responsabilidad con la víctima, con la sociedad. Tengo que mantener mi objetividad y... —Pero se dio cuenta de que no podía.
  • 66. J. D. Robb Quedaron inmóviles, mirándose, y en ese momento sonó el comunicador que Eve llevaba en el bolso. Se apartó un par de pasos y, con manos no muy firmes, sacó el aparato. Reconoció el código de la comisaría que aparecía en el visor, e introdujo su número de identificación. Tras tomar aliento, respondió a la petición de una muestra de voz para verificación oral. —Dallas, teniente Eve. Sin audio, por favor, sólo pantalla. A Roarke lo veía de perfil mientras ella leía la transmisión, y le bastó para advertir el cambio de sus ojos, que primero se ensombrecieron y luego quedaron fríos e inexpresivos. Eve guardó el comunicador y, cuando se volvió hacia Roarke, ya no era la misma mujer que hacía unos minutos se había estremecido en sus brazos. —Debo irme. Te mantendré informado de lo que ocurre con tus pertenencias. —Lo haces muy bien —murmuró él—. En un santiamén vuelves a meterte en tu piel de policía. Te encaja a la perfección. —Más vale que así sea. No te molestes en acompañarme. Encontraré la salida. —Eve. Ella se detuvo en el umbral y lo miró. Allí estaba Roarke, una figura de negro, rodeada por eones de violencia. Dentro de la piel de policía, el corazón de mujer vaciló. —¿Volveremos a vernos? Ella asintió. —Cuenta con ello —dijo. Roarke la dejó marchar, seguro de que Summerset saldría de cualquier lado para entregarle el abrigo y darle las buenas noches. Una vez a solas, sacó del bolsillo el botón de tela gris, el que había encontrado en el suelo de su limusina. El que se había caído del anodino traje gris que Eve llevaba la primera vez que la vio. Estudiándolo, y dándose cuenta que no había tenido la menor intención de devolvérselo a Eve, Roarke se sintió como un perfecto estúpido. *************************
  • 67. J. D. Robb Un policía novato vigilaba la puerta del apartamento de Lola Starr. Eve lo clasificó como tal porque apenas parecía tener edad suficiente para pedir una cerveza, porque su uniforme parecía recién salido del almacén y por el ligero tono verdoso de su piel. Con sólo unos meses trabajando en aquel vecindario, un policía dejaba de sentir náuseas a la vista de un cadáver. Los yonquis químicos, las trotacalles y los simples dementes solían ensañarse en aquella desagradable zona, y lo hacían tanto por entretenerse como por negocio. Por el olor que se percibía desde fuera del apartamento, Eve dedujo que alguien había muerto allí recientemente, o bien los camiones de reciclaje no habían pasado por allí la semana anterior. —Oficial de policía. —Eve se detuvo para mostrar su placa de identificación. El joven agente se había puesto en guardia en cuanto ella salió del minúsculo ascensor. Instintivamente, Eve comprendió que, de no haberse identificado, el muchacho la habría dejado inconsciente con el arma que sostenían sus temblorosas manos. —A sus órdenes. —Los ojos del agente se movían nerviosamente. —Póngame al corriente. —A sus órdenes —repitió el chico y, tras tomar aliento, siguió—: El casero dijo que había una mujer muerta en el apartamento. —¿Y fue así... —La mirada de Eve fue al nombre que aparecía en la placa del bolsillo superior del muchacho— agente Prosky? —En efecto, la mujer está... —Tragó saliva, y Eve advirtió que su rostro volvía a reflejar horror. —¿Cómo determinó el fallecimiento, Prosky? ¿Le tomó el pulso? El muchacho se ruborizó. —No, mi teniente. Me atuve a las normas reglamentarias: dejé la escena del crimen tal cual estaba y avisé a la central. Confirmé la defunción visualmente. El lugar de autos está intacto. —¿Entró el casero en el apartamento? —Eve podría haberse enterado más tarde, pero el joven policía se iba serenando según ella lo iba interrogando. —No, él asegura que no. Uno de los clientes de la víctima se quejó, pues tenía con ella una cita a las nueve de la noche. El casero abrió la puerta del apartamento y la vio. Es sólo una habitación, teniente Dallas, y la mujer... Se la ve en cuanto se abre la puerta. Al ver lo ocurrido, el casero fue presa del pánico, bajó a la calle y detuvo mi coche patrulla. Lo acompañé hasta aquí, confirmé visualmente la defunción violenta e informé a la central.
  • 68. J. D. Robb —¿Abandonó su puesto, agente, aunque sólo fuera por un momento? Con los ojos al fin algo apaciguados, el muchacho sostuvo la mirada de Eve. —No, mi teniente, aunque estuve a punto de hacerlo. Es mi primer homicidio, y me costó mantener la serenidad. —Ha cumplido usted perfectamente con su deber, Prosky. —Eve sacó el spray protector y lo usó—. Avise al equipo forense y al patólogo. Hay que examinar la habitación y levantar el cadáver. —Sí, mi teniente. ¿Debo permanecer en mi puesto? —Sí, hasta que llegue el primer equipo. Luego puede marcharse. —Eve terminó de protegerse las botas y alzó la vista—. ¿Está usted casado? —preguntó. —No, mi teniente; pero tengo novia. —Cuando salga de servicio, reúnase con su chica. Los que optan por la bebida no duran tanto como los que tienen una cálida compañera en la que refugiarse. ¿Dónde puedo encontrar al casero? —preguntó, al tiempo que abría la puerta. —Abajo, en el 1-A. —Dígale que no se mueva de allí. Le tomaré declaración en cuanto termine aquí. Entró en el apartamento y cerró la puerta. A Eve no se le revolvió el estómago al ver el cuerpo, la carne desgarrada, ni los muñecos infantiles manchados de sangre. Pero el corazón se le encogió. Luego experimentó un acceso de ira al ver la vieja arma entre los brazos de un oso de peluche. —No era más que una chiquilla. Eran las siete de la mañana. Eve no había vuelto a su casa. Había podido dormir apenas una hora en su oficina, entre informes y búsquedas por ordenador. Como el caso de Lola Starr no era un código Cinco, pudo acceder a los bancos de datos del Centro Internacional de Información sobre Actividad Criminal. Hasta el momento, en el CIIAC no había encontrado nada significativo. Ahora, pálida por la fatiga, y agitada por la falsa energía de la falsa cafeína, se enfrentó a Feeney. —Era una prostituta, Dallas. —Le habían dado la puñetera licencia hace menos de tres meses. Su cama estaba llena de muñecos.
  • 69. J. D. Robb No lograba olvidar la serie de objetos casi infantiles que tuvo que revisar mientras el lastimoso cadáver de la víctima yacía entre los almohadones y los muñecos. Furiosa, Eve dejó sobre el escritorio una de las fotos oficiales. —Por el aspecto, podría haber estado en él grupo de animadoras de la secundaria. Pero estaba acostándose con hombres por dinero y coleccionaba fotos de apartamentos de lujo y ropas costosas. ¿Crees que sabía dónde se estaba metiendo? —No creo que pensara que iba a terminar muerta —dijo Feeney, sin alterarse—. ¿Quieres discutir los códigos sexuales, Dallas? —No. —Consultó de nuevo la copia impresa de los informes—. No; pero me saca de quicio, Feeney. La pobre chiquilla... —Tienes la suficiente experiencia para no ponerte así, Dallas. —Sí, tengo mucha experiencia. —Hizo un esfuerzo por recuperar la ecuanimidad—. La autopsia se efectuará esta mañana; pero mi conclusión preliminar es que la chica llevaba veinticuatro horas muerta cuando se descubrió el cadáver. ¿Identificaste el arma? —Es una SIG 2-10, el Rolls-Royce de las pistolas, de alrededor de 1980. Fabricada en Suiza. Con silenciador. Esos silenciadores antiguos sólo servían para dos o tres disparos. El tipo lo necesitaba, porque el domicilio de la víctima no estaba aislado acústicamente como el de DeBlass. —Y esta vez el asesino no telefoneó, así que no quería que encontrasen a la muchacha enseguida. Tenía que ir a esconderse —murmuró Eve. Pensativamente, cogió un pequeño papel protegido por el sello oficial: «Dos de seis.» —Una a la semana —dijo suavemente—. Joder, Feeney, el tipo no nos da mucho tiempo. —Estoy examinando los documentos y la agenda de trabajo de la chica. Tenía un nuevo cliente citado para las ocho de anteanoche. Si tus conclusiones preliminares son acertadas, él es nuestro hombre. —Feeney sonrió levemente—. John Smith. —Eso es aún más viejo que el arma del crimen. —Eve se frotó la cara con las manos— Con esos datos, la CIIAC localizará al tipo en un abrir y cerrar de ojos. —Aún están procesando los datos. Hacen lo que pueden —murmuró Feeney, que siempre se mostraba protector e incluso sentimental hacia la CIIAC. —No creo que den con él. Nos enfrentamos a un viajero del tiempo, Feeney. Él rió desdeñosamente. —Sí, es un auténtico Julio Verne.
  • 70. J. D. Robb —Estamos ante crímenes del siglo XX —dijo Eve, sin quitarse las manos de la cara—. Las armas, la excesiva violencia, la nota manuscrita dejada en la escena del crimen. Tal vez nuestro asesino sea un historiador o un amante del pasado. Alguien que desea que las cosas vuelvan a ser como antes. —Mucha gente piensa que las cosas deberían ser de otro modo. Ese es el motivo de que el mundo está repleto de parques temáticos. Pensativa, Eve bajó las manos. —La CIIAC no nos ayudará a conseguir la cabeza del tipo. Para conseguir eso aún es necesario el uso de cerebros humanos. ¿Qué se propone el asesino, Feeney? ¿Por qué hace lo que hace? —Le gusta asesinar a acompañantes profesionales. —Desde los tiempos de Jack el Destripador las prostitutas son blancos fáciles, ¿no? Es un trabajo arriesgado. Incluso ahora, con las actuales medidas de control, sigue habiendo clientes que matan a las putas. —No sucede con frecuencia —murmuró Feeney—. A veces, los sadomasoquistas se pasan de la raya; pero la mayor parte de las acompañantes profesionales están más seguras que las maestras. —Siguen corriendo riesgo. La profesión más antigua sigue siendo la más arriesgada. Pero ciertas cosas han cambiado. Por lo general, la gente ya no mata con armas de fuego. Son demasiado costosas y difíciles de encontrar. Disponemos de distintos métodos de investigación y de toda una colección de nuevos motivos. Pero, dejando aparte todo eso, el hecho es que la gente sigue despachando a la gente. Sigue investigando, Feeney. Yo tengo que hablar con ciertas personas. —Lo que necesitas es dormir un poco, muchacha. —El que tiene que dormir es ese cabrón —murmuró ella. Haciendo acopio de fuerza, se volvió hacia su terminal. Había llegado el momento de llamar a los padres de la víctima. Cuando llegó a la suntuosa recepción de la oficina de Roarke en el centro de la ciudad, Eve llevaba ya más de treinta horas en pie. Había pasado por el mal trago de decirles a dos anonadados y llorosos padres que su única hija había muerto. Luego estuvo ante su monitor hasta que la vista comenzó a nublársele. Su conversación con el casero de Lola no dio mucho de sí. Como el hombre ya había tenido tiempo de recuperarse de la impresión, lo que hizo fue pasarse treinta minutos quejándose de la mala publicidad y de la posibilidad de un bajón en los alquileres.
  • 71. J. D. Robb Hasta ahí llegaba la compasión humana, pensó Eve. La central de Industrias Roarke en Nueva York era muy parecida a lo que ella esperaba. Moderno, lujoso y elegante, el edificio se alzaba ciento cincuenta pisos hacia el cielo dé Manhattan. Era como una lanza de ébano, reluciente como la piedra húmeda, surcada de tubos de transporte y de plataformas de aterrizaje. Allí no se veían mugrientos Glida-Grills, pensó Eve. Nada de buhoneros provistos con ordenadores personales de bolsillo. La venta callejera estaba prohibida en aquella parte de la Quinta. Las restricciones conseguían que el lugar fuera más tranquilo, aunque menos emocionante. En el interior, el vestíbulo principal ocupaba una manzana completa, y albergaba tres restaurantes de cinco estrellas, una boutique de lujo, unas cuantas tiendas especializadas, y un pequeño cine en el que se proyectaban películas de arte y ensayo. Las blancas losas del suelo medían un metro cuadrado cada una y relucían como la luna. Ascensores de cristal subían y bajaban por doquier, mientras anónimas voces guiaban a los visitantes a los diversos puntos de interés o, si se trataba de visitas de negocios, a las oficinas adecuadas. Para los que deseaban pasear a su aire, había más de una docena de mapas móviles. Eve se acercó a un monitor desde el que se le ofreció cortés ayuda. —Roarke —dijo, molesta por el hecho de que el nombre no apareciese en el directorio general. «Lo lamento. —La voz del ordenador tenía el amanerado tono que supuestamente era sedante, pero que crispó los ya alterados nervios de Eve—. No está permitido el acceso a esa información.» —Roarke —repitió Eve, mostrando su placa para que el monitor la escanease. Aguardó mientras el ordenador zumbaba, verificando su identidad y notificando su presencia al interesado. «Por favor, diríjase al ala este, teniente Dallas. Allí la atenderán.» —Bien. Eve enfiló un corredor y pasó ante un tramo de mármol en el que había todo un bosque de blancas plantas balsamináceas. —Teniente —una mujer que llevaba un vestido: rojo y el pelo tan blanco como las balsamináceas, le sonreía fríamente—. Acompáñeme, por favor. La mujer metió en una ranura una fina tarjeta de seguridad, y puso la mano sobre un lector de palmas de cristal negro. Una parte del muro se descorrió, revelando un ascensor privado.
  • 72. J. D. Robb Eve entró en la cabina tras la empleada, y no le sorprendió que su compañera pidiera el último piso. Ya había supuesto que Roarke no se conformaría con menos de la cima. Mientras subían, su acompañante guardó silencio. De la mujer emanaba un exquisito aroma a juego con sus exquisitos zapatos y su exquisito peinado. Eve admiraba secretamente a las mujeres capaces de arreglarse impecablemente de pies a cabeza y sin aparente esfuerzo. Enfrentada a aquella imagen viva de la distinción, Eve se sintió bastante incómoda con su viejo suéter y se preguntó si habría llegado el momento de comenzar a gastarse el dinero en peluquería en vez de cortarse el cabello ella misma. Antes de tomar una decisión sobre tan importante tema, las puertas se abrieron y las dos mujeres salieron a un rellano del tamaño de una vivienda pequeña. Se veían exuberantes plantas verdes, plantas auténticas: ficus, palmas y lo que parecía ser un cornejo florecido fuera de estación. Se percibía el aromático olor de un macizo de claveles de flores color rosa y escarlata. El jardín rodeaba una acogedora zona de espera llena de sofás malva, de mesas de reluciente madera, y de lámparas que, sin duda, eran de bronce macizo. En el centro había una zona de trabajo circular, tan bien equipada como una cabina de control, con monitores y teclados, calibradores y terminales. Dos hombres y una mujer trabajaban allí afanosamente, creando una especie de ballet de competencia y eficacia. Las dos mujeres siguieron adelante. Entraron en un corredor privado cuyos tabiques eran de cristal. Bastaba un vistazo a los lados para contemplar todo Manhattan. Sonaba música de Mozart, que no fue reconocida por Eve. Para ella, la historia de la música comenzaba en algún momento posterior a su décimo cumpleaños. La mujer del vestido rojo se detuvo de nuevo y, tras una fría y perfecta sonrisa, habló a un micrófono oculto. —La teniente Dallas, señor. —Hágala pasar, Caro. Gracias. Caro volvió a poner la mano sobre el cristal de un lector digital. —Entre usted, teniente —invitó, al tiempo que un panel de la pared se abría. —Gracias. —Eve observó como Caro se alejaba, preguntándose cómo podía caminar tan grácilmente llevando tacones de más de siete centímetros. Luego entró en el despacho de Roarke. Como esperaba, el lugar era tan impresionante como el resto de la central de Nueva York. Pese al espectacular panorama urbano que se veía por las tres grandes
  • 73. J. D. Robb ventanas, pese al rico techo punteado de minúsculas luces, pese a los espléndidos tonos esmeralda y topacio de los muebles ricamente tapizados, lo que más llamaba la atención era el hombre sentado tras el gran escritorio de ébano. ¿Qué demonios había en aquel hombre?, volvió a preguntarse mientras Roarke se incorporaba y le dirigía una sonrisa. Luego, con su peculiar y seductor acento irlandés, la saludó: —Teniente Dallas... Es un placer, como siempre. —Quizá cuando termine ya no pienses lo mismo. Él enarcó las cejas. —¿Por qué no te sientas y empezamos? Luego veremos. ¿Café? —No intentes distraerme, Roarke. Para satisfacer su curiosidad, echó un vistazo en torno. El despacho era del tamaño de un helipuerto, y disponía de todos los lujos de un buen hotel: bar automatizado, sillón de relax y una enorme pantalla mural que en aquellos momentos se encontraba en blanco. A la izquierda había un baño completo, incluido jacuzzi y tubo secador. El despacho estaba equipado con los medios técnicos más avanzados. Roarke la observaba con expresión absorta. Admiraba la forma en que ella se movía, y el modo en que aquellos ojos fríos y perceptivos lo escrutaban todo. —¿Te apetece una visita de inspección, Eve? —No. ¿Cómo consigues trabajar con todo esto tan abierto? —Con un ademán, abarcó los tres amplios ventanales panorámicos. —No me gusta sentirme encerrado. ¿Te vas a sentar, o prefieres seguir merodeando? —Prefiero continuar de pie. Tengo que hacerte algunas preguntas, Roarke. Tienes derecho a que esté presente un abogado. —¿Estoy detenido? —De momento no. —Entonces dejaremos los abogados para cuando lo esté. Pregunta. Aunque el hombre mantenía los ojos en los de ella, Eve sabía dónde se encontraban sus manos: en el fondo de los bolsillos de sus pantalones. Las manos delataban las emociones. —¿Puedes decirme dónde estabas anteanoche, entre las ocho y las diez? —Creo que estuve aquí hasta poco después de las ocho. —Tocó su ordenador de sobremesa—. Desconecté mi monitor a las ocho y diecisiete. Salí del edificio y me fui a casa en coche.
  • 74. J. D. Robb —¿Condujiste tú, o te llevó el chófer? —preguntó Eve. —Conduje. Tengo mi propio coche. No me parece justo que mis empleados deban estar pendientes de mis caprichos. —Muy democrático por tu parte. —Y muy lamentable, pensó Eve. Había deseado que Roarke tuviese una coartada—. ¿Y luego? —Me tomé un brandy, me di una ducha y me mudé. Luego me fui a cenar con una amiga. —¿A qué hora fue y quién era la amiga? —Madeline Montmart. Creo que llegué a su casa a las diez. Eve visualizó a una curvilínea rubia de labios sensuales y ojos almendrados. —¿Madeline Montmart, la actriz? —Sí. Creo que comimos perdices rellenas, por si el dató te sirve para algo. Ella hizo caso omiso del sarcasmo. —¿No hay nadie que pueda verificar tus movimientos entre las ocho y diecisiete y las diez de la noche? —Quizá algún miembro de mi personal me viera; pero... Se trata de gente a la que pago bien y que diría lo que yo le ordenara que dijese. —Hizo una pausa y, con voz fría, preguntó—: ¿Ha habido otro asesinato? Ella asintió con la cabeza. —Lola Starr, acompañante profesional. Antes de una hora daremos a la prensa algunos detalles del hecho. —Y algunos otros los omitiréis. —¿Tienes un silenciador, Roarke? Sin modificar su expresión, él replicó: —Varios. Pareces exhausta, Eve. ¿Estás sin dormir? —Son cosas del trabajo. ¿Tienes una pistola suiza SIG, modelo 2-10, de alrededor de 1980? —Compré una hace seis semanas. Siéntate. —¿Conocías a Lola Starr? —Eve metió la mano en su maletín, y extrajo una foto que había encontrado en el apartamento de Lola. El bonito y juvenil rostro exudaba alegría e inocencia.
  • 75. J. D. Robb Roarke miró la foto cuando ésta cayó sobre su escritorio. Parpadeó un par de veces. Esta vez, en su voz hubo una nota de piedad. —Parece demasiado joven para tener licencia. —Cumplió los dieciocho hace cuatro meses. Solicitó la licencia el mismo día de su cumpleaños. —Parece que no tuvo tiempo de arrepentirse. —Los ojos de Roarke buscaron los de Eve y ésta vio piedad en ellos—. No, no la conozco. No uso prostitutas, ni tampoco niñas. —Recogió la foto, rodeó el escritorio y se la tendió a Eve—. Siéntate. —¿Alguna vez...? —Maldita sea, siéntate. —Con súbita furia, la agarró por los hombros y la obligó a sentarse en un sillón. El maletín de Eve se volcó, diseminando fotos de Lola que nada tenían que ver con la alegría ni la inocencia. Eve pudo alcanzar las fotos antes, pero no lo hizo. Quizá deseara o incluso necesitase que él las viera. Acuclillándose, Roarke recogió una foto tomada en la escena del crimen y la examinó. —Cristo bendito —dijo, impresionado—. ¿Me crees capaz de hacer algo así? —Lo que yo crea o deje de creer no importa. Estoy investigando... —Se interrumpió, impresionada por la furia que vio en los ojos de su compañero. —¿Me crees capaz de hacer algo así? —repitió él, con tono gélido y cortante. —No, pero tengo un trabajo que hacer. —Tu trabajo es inmundo. Eve recogió las fotos y las guardó. —Sí, a veces yo también lo pienso. —¿Cómo logras dormir por las noches después de ver cosas como ésta? Eve se estremeció. Aunque se recuperó inmediatamente, Roarke se dio cuenta. Pese a lo que le intrigaban las reacciones instintivas y emocionales de ella, lamentó haber provocado su turbación. —Diciéndome que lograré detener al cabrón que lo hizo. Aparta de ahí. Él se quedó donde estaba y puso una mano sobre el rígido brazo de su compañera. —Un hombre de mi posición debe ser capaz de saber lo que les ocurre a las personas que tiene delante, Eve, y creo que tú estás a punto de venirte abajo.
  • 76. J. D. Robb —He dicho que te apartes. Él se levantó y, agarrándola por un brazo, la hizo ponerse en pie. Seguía interponiéndose en el camino de Eve. —Lo hará otra vez —dijo Roarke en voz baja—. Y tú te estás reconcomiendo intentando adivinar cuándo y a quién. —No me analices. Tenemos todo un departamento de psicólogos para ocuparse de eso. —¿Y por qué no estás hablando con uno de ellos? Supongo que habrás utilizado todo tipo de excusas para evitar ir a Reconocimiento. Eve frunció el entrecejo. Roarke sonrió sin alegría. —Tengo contactos, teniente. Debías acudir a Reconocimiento hace varios días. Normas oficiales del departamento. Todo policía debe someterse a evaluación psicológica después de una muerte justificada como la que tú provocaste la noche en que Sharon fue asesinada. —No te metas en mis asuntos —dijo ella, furiosa—. Y a la mierda con tus contactos. —¿Qué es lo que te asusta? ¿Qué temes que descubran si echan un vistazo a tu cabeza... o a tu corazón? —A mí no me asusta nada. —Se soltó de Roarke de un tirón; pero él le puso la mano en la mejilla. Fue un gesto tan inesperado y tan tierno que a Eve se le encogió el corazón. —Déjame ayudarte. —Yo... —Algo estuvo a punto de derramarse, como antes se habían esparcido las fotos de su maletín, pero en esta ocasión sus reflejos lo evitaron—. Puedes recoger tus pertenencias mañana en cualquier momento a partir de las nueve de la mañana. —Eve. Ella echó a andar con la vista fija en la puerta. —¿Qué? —preguntó sin detenerse. —Quiero que nos veamos esta noche. —No. Él tuvo la tentación de seguirla, pero se quedó donde estaba. —Puedo ayudarte a resolver tu caso.
  • 77. J. D. Robb Eve, recelosa, se detuvo y lo miró. De no ser por el hecho de que en aquellos momentos era víctima de una aguda frustración sexual, Roarke se hubiera echado a reír a causa de la mezcla de recelo y desdén que reflejaban sus ojos. —¿Cómo? —Conozco apersonas que conocían a Sharon. —Mientras hablaba, el hombre vio cómo el desdén se trocaba en interés. Pero el recelo seguía—. No hace falta ser un genio de la investigación para comprender que intentas establecer una conexión entre Sharon y la muchacha cuya foto acabas de enseñarme. Quizá a mí me sea posible encontrar esa relación. —En una investigación, los informes dados por un sospechoso no tienen mucho peso. —Y, antes de que él pudiera replicar, Eve concluyó—: Pero si averiguas algo interesante, házmelo saber. Él sonrió al fin. —Realmente, lo que me apetece es tenerte desnuda en una cama. Pero te lo haré saber, teniente. —Roarke se retiró tras su escritorio-. Mientras, procura dormir. Cuando la puerta se cerró tras Eve, de los labios del hombre se esfumó la sonrisa. Permaneció sentado y en silencio. Mientras acariciaba el botón que llevaba en su bolsillo, activó su línea privada de seguridad. No deseaba que aquella llamada constase en sus registros. Eve se colocó ante la mirilla electrónica del apartamento de Charles Monroe y, cuando iba a anunciarse, la puerta se abrió. Monroe llevaba corbata negra, una capa de cachemir descuidadamente sobre los hombros y una bufanda de seda color crema. Su sonrisa era tan impecable como su indumentaria. —Teniente Dallas, me alegro de volver a verla. —La recorrió con la mirada, y en sus ojos había un brillo de admiración que Eve estaba segura de no merecer—. Lo malo es que ahora tengo que salir. —No lo entretendré mucho. —Ella avanzó un paso y él retrocedió—. Si quiere le hago un par de preguntas aquí, informalmente, o bien lo hacemos de modo oficial, en la comisaría y en presencia de su abogado o asesor legal. Las cejas del hombre se enarcaron. —Comprendo. Creí que estábamos más allá de eso. Muy bien, teniente: pregunte. — Cerró la puerta—. Mantengamos esto a nivel informal. —¿Dónde estuvo usted anteanoche, entre las ocho y las once? —¿Anteanoche? —Sacó una agenda electrónica del bolsillo y tecleó en ella—. Ah, sí. Recogí a una cliente a las siete y media, pues debíamos estar en el Gran Teatro a las
  • 78. J. D. Robb ocho. Representan una obra de Ibsen. Bastante deprimente. Nos sentamos en la tercera fila, butacas centrales. La función terminó poco antes de las once, y luego vinimos aquí a cenar. Estuve con ella hasta las tres de la madrugada. —Monroe sonrió ampliamente y volvió a guardarse la agenda—. ¿Le parece suficiente coartada? —Si su clienta la verifica, sí. La sonrisa se convirtió en una dolida mueca. —Teniente, no me mate. —Alguien está matando a colegas suyos —replicó Eve—. Nombre y número, señor Monroe. —Esperó hasta que él, con cara de funeral, le hubo dado los datos—. ¿Conoce usted a una tal Lola Starr? —Lola Starr... No, no me suena. —Sacó de nuevo la agenda y escaneó la sección de direcciones—. No; parece que no. ¿Por qué? —Ya se enterará por las noticias de la mañana. —Ésa fue toda la explicación que Eve dio antes de abrir de nuevo la puerta—. Hasta ahora sólo han sido, mujeres, señor Monroe, pero yo de usted, me lo pensaría bien antes de admitir nuevas clientas. Sintiendo un incipiente dolor de cabeza, se dirigió hacia el ascensor. Incapaz de resistirse, miró hacia la puerta del apartamento de Sharon DeBlass, en la que parpadeaba el piloto rojo de seguridad policial. Se dijo que necesitaba dormir, irse a casa y permanecer una hora con la mente en blanco. Pero lo que hizo fue marcar su número de identidad para abrir el sello policial y entrar en la casa de una difunta. El lugar estaba vacío y silencioso. Ella había esperado tener alguna súbita intuición, pero lo único que percibía era el martilleo en sus sienes. Entró en el dormitorio. Las ventanas habían sido selladas con spray ocultador, para evitar que la prensa o los curiosos volaran en las proximidades para echarle un vistazo a la escena del crimen. Pidió luces y las sombras se esfumaron, revelando la cama. Los del departamento forense habían retirado las sábanas para examinarlas. Los fluidos corporales, el cabello y la piel habían sido ya analizados y procesados. Había una mancha en el colchón flotante, allí donde la sangre se había filtrado a través de las sábanas de raso. Los almohadones de la cabecera estaban igualmente salpicados. Eve se preguntó si alguien se tomaría la molestia de hacerlos limpiar. Miró hacia la mesilla. Feeney se había llevado el pequeño ordenador de sobremesa, a fin de examinar no sólo los disquetes, sino también el disco duro. La habitación había sido registrada a fondo. No quedaba nada por hacer. Sin embargo, fue al vestidor y examinó de nuevo los cajones. Se preguntó quién reclamaría todas aquellas ropas.
  • 79. J. D. Robb Las sedas y encajes, los cachemires y rasos de una mujer que había querido sentir sobre su piel la textura de la riqueza. La madre, se dijo. ¿ Por qué no había enviado una petición para que le entregaran las pertenencias de su hija?. Daba que pensar. Examinó el armario, las faldas, vestidos, pantalones, las elegantes capas y caftanes, las chaquetas y blusas, inspeccionando bolsillos y forros. Luego se ocupó de los zapatos, todos ordenadamente guardados en cajas acrílicas. La mujer sólo tenía dos pies, pensó con ironía. Nadie necesitaba sesenta pares de zapatos. Meneando la cabeza, examinó la punta de los zapatos y metió la mano en las botas y en la mullida suavidad de las suelas de goma. Lola no tenía tanto, pensó Eve. Amontonados en su armario, sólo había dos pares de zapatos de tacones ridículamente altos, un par de juveniles sandalias de vinilo, y un par de mocasines. Pero Sharon había sido una mujer organizada, además de vanidosa. Sus zapatos se encontraban cuidadosamente apilados en filas de... Una anomalía. Eve retrocedió un paso. Aquello era anómalo. El armario era del tamaño de una habitación, y se había utilizado hasta el último centímetro de espacio. Ahora, en los estantes había un espacio, vacío de más de un palmo. Porque los zapatos estaban dispuestos en seis filas de ocho. No era así como Eve los encontró, ni tampoco como los dejó. Habían estado organizados según color y estilo. En filas, lo recordaba perfectamente, de cuatro por doce. Un minúsculo error, pensó con una leve sonrisa. Pero un hombre que se equivocaba una vez, podía volver a hacerlo. *************************** —¿ Puede repetirme eso, teniente ? —Se equivocó al volver a colocar las cajas de zapatos, comandante. Sorteando el tráfico de la Quinta, y estremecida debido al hecho de que la calefacción de su coche sólo lanzaba un chorro de aire apenas tibio en torno a sus pies, Eve vio pasar a baja altura un dirigible turístico cuyo guía voceaba las excelencias de las tiendas del pasillo aéreo. En la esquina de la Sexta y la Setenta y ocho, un grupo de operarios con licencia especial para trabajar de día perforaba un túnel de acceso. Eve alzó la voz por encima del estruendo.
  • 80. J. D. Robb —Puede revisar los discos de la escena del crimen. Recuerdo cómo estaba organizado el armario. Me impresionó que alguien poseyese tanta ropa y tan bien arreglada. El tipo regresó. —¿Volvió a la escena del crimen? —La voz de Whitney sonó seca como el polvo. —Todos los tópicos tienen una base de realidad. —Giró hacia el oeste en un cruce y acabó inmovilizada detrás de un traqueteante microbús. ¿Acaso en Nueva York no se quedaba nadie en casa?—. De lo contrario no serían tópicos —concluyó, pasando a conducción automática, a fin de poderse calentar las manos en los bolsillos—. Había otras cosas. La mujer guardaba las joyas en un cajón con distintos departamentos. Los anillos en una parte, las pulseras en otra y así. Cuando volví a mirar, varias de las cadenas estaban fuera de su lugar. —Quizá los del equipo de inspección... —Examiné de nuevo el apartamento una vez los del equipo de inspección hubieron terminado. Sé que el asesino ha estado allí. —Eve contuvo su frustración y recordó que Whitney era un hombre cauto—. Atravesó las barreras de seguridad y entró. Buscaba algo, algo que se había olvidado. Algo que Sharon tenía. Algo que a nosotros se nos pasó por alto. —¿Desea que inspeccionen el apartamento otra vez? —Sí. Y quiero que Feeney vuelva a examinar los archivos de Sharon. Allí, en algún sitio, hay algo. Y al asesino le preocupa lo suficiente como para volver a por ello. —Firmaré la autorización. Al jefe no va a gustarle. —El comandante guardó silencio por un momento. Luego, como si acabase de recordar que hablaba por una línea segura, añadió—. A la mierda el jefe. Buen ojo, Dallas. —Gracias. Colgó. Dos de seis, pensó, y en el interior de su coche se estremeció a causa de algo más que el frío. En las calles había cuatro personas cuyas vidas dependían de ella. Dejó el coche en su garaje jurándose que al día siguiente iría al maldito taller mecánico. Lo cual significaba que se quedaría una semana sin coche mientras intentaban localizar un chip defectuoso en el sistema de calefacción. Podía pedir un vehículo sustituto en el departamento, pero no le apetecía someterse a la fatigosa tortura del papeleo. Además, estaba acostumbrada a su vehículo, con sus pequeños fallos. Todos sabían que los policías uniformados acaparaban los mejores vehículos.Los detectives tenían que arreglárselas con auténticos cacharros. Tendría que depender del transporte público, o bien tomar un coche del garaje de la policía y pagar luego el precio burocrático.
  • 81. J. D. Robb Aún con ceño a causa del papeleo que le esperaba, y acordándose que debía llamar a Feeney para decirle que volviera a repasar una semana de discos de seguridad del Gorham, subió en el ascensor a su piso. Cuando apenas había descorrido los cerrojos de su puerta, Eve empuñó su arma. En el silencio del apartamento había algo extraño. No estaba sola. Con el vello erizado, barrió la habitación con la mirada y con el arma, blandiéndola de derecha a izquierda. Aparentemente nada se movía en la penumbra de la silenciosa habitación. Pero de pronto detectó un movimiento. Sus músculos se tensaron y el índice se curvó en torno al gatillo. —Magníficos reflejos, teniente. —Roarke se levantó del sillón desde el que había estado observándola—. Tan buenos —continuó con el mismo tono suave, mientras encendía una lámpara— que tengo plena confianza en que no utilizarás eso contra mí. Eve podría haberlo hecho, dándole al hombre una buena sacudida. Eso le hubiera borrado del rostro la sonrisa de complacencia. Pero disparar el arma significaba un papeleo al que ella no estaba dispuesta a enfrentarse por simple venganza. —¿Qué demonios haces aquí? —Esperarte. —Roarke alzó las manos—. Estoy desarmado, y si no me crees te permitiré con mucho gusto que me cachees. Eve volvió a enfundar su arma.—Imagino que tienes a una legión de carísimos y listísimos abogados, que te pondrían en libertad antes incluso de que yo presentase una denuncia por allanamiento de morada. Me gustaría que me dieras un buen motivo para ahorrarme la molestia de meterte en una celda por un par de horas. A Roarke aquellas desabridas palabras le produjeron tanto placer que se preguntó si no estaría convirtiéndose en un masoquista. —No serviría para nada, Eve. Además, estás fatigada. ¿Por qué no te sientas? —No me molestaré en preguntarte cómo lograste entrar. —Eve se sentía indignada, y se preguntó hasta qué punto se sentiría satisfecha poniéndole las esposas a Roarke—. Eres el dueño del edificio, así que la pregunta se responde sola. —Una de las cosas que más me gustan de ti es que no pierdes el tiempo con las cosas obvias. —Lo que quiero saber es por qué. —Cuando te fuiste de mi despacho, me quedé pensando en ti, profesional y personalmente. —Sus labios se curvaron en una encantadora sonrisa—. ¿Comiste algo?
  • 82. J. D. Robb —¿Por qué ? —repitió ella. Roarke avanzó un paso hacia ella y la luz de la lámpara quedó a su espalda. —En el terreno profesional, esta noche hice un par de llamadas que tal vez te interesen. En el terreno personal... —Alzó una mano y le rozó con los dedos la barbilla. El pulgar acarició por unos momentos el pequeño hoyuelo—. La fatiga que vi en tus ojos me dejó preocupado. Por algún motivo, sentí el impulso de alimentarte. Aunque dándose cuenta que aquél era un gesto de chiquilla, Eve apartó bruscamente la barbilla. —¿Qué llamadas? Él se limitó a sonreír y fue al ordenador. —¿Me permites? —dijo al tiempo que marcaba el número deseado—. Aquí Roarke. Ya pueden enviar la cena. —Desconectó y sonrió de nuevo—. Espero que no tengas nada contra la pasta. —Me gusta la pasta. Lo que no me gusta es que me manipulen. —Ésa es otra de las cosas que me encantan de ti. —Como ella no se sentaba, él lo hizo y sacó su pitillera—. Yo, como mejor me relajo es con una cena caliente. Tú no sabes relajarte, Eve. —No me conoces lo suficiente. Y no te he dado permiso para fumar aquí. Roarke encendió el cigarrillo y la miró por entre el tenue y fragante humo. —Si no me detuviste por allanamiento, menos me vas a detener por fumar. Traje una botella de vino. La dejé en la repisa de la cocina. ¿Te apetece? —Lo que me apetece... —De pronto le asaltó una sospecha y se sintió invadida por una cegadora furia. Se plantó ante su ordenador y comenzó a pulsar teclas. Aquello molestó a Roarke lo suficiente como para que su voz adquiriese un tono cortante. —Si hubiese venido a husmear en tus archivos, no me habría quedado a esperarte. —Y un cuerno que no. Sería un gesto de arrogancia muy propio de ti. —Pero el sistema de seguridad estaba intacto. Eve no supo si lo que sentía era alivio o decepción. Y de pronto vio el pequeño paquete junto al monitor—. ¿Qué es eso? —No tengo ni idea. —Exhaló una nueva bocanada de humo—. Estaba junto a la puerta, en el interior del apartamento. Yo lo recogí. Por el tamaño, la forma y el peso, Eve comprendió de qué se trataba. Y tuvo la certeza de que cuando visionase el disco, contemplaría el asesinato de Lola Starr. En
  • 83. J. D. Robb sus ojos se produjo un cambio que hizo que Roarke volviera a levantarse. Con voz más suave, preguntó: —¿De qué se trata, Eve? —Asuntos oficiales. Dispensa. Eve fue al dormitorio, cerró la puerta y echó el cerrojo. Ahora le tocó a Roarke fruncir el entrecejo. Fue a la cocina, cogió dos copas y sirvió el borgoña. Se dijo que Eve vivía con gran sencillez. Pocos trastos, pocas cosas que evocaran el pasado y la familia. Ningún recuerdo. Mientras estuvo a solas en el apartamento, sintió la tentación de meterse en el dormitorio para ver qué podría descubrir allí sobre ella, pero se contuvo. No fue tanto por respeto a la intimidad de Eve como por el hecho de que ella representaba un reto, y prefería descubrir cómo era a través de su persona antes que a través de sus pertenencias. Sin embargo, los atenuados colores y la ausencia de detalles personales resultaban muy significativos. Por lo que a él le era posible discernir, lo que Eve hacía allí no era tanto vivir como existir. Dedujo que donde la mujer vivía en realidad era en su trabajo. Tomó un sorbo de vino, que mereció su aprobación. Tras apagar el cigarrillo, volvió con las dos copas a la sala. Resolver el enigma de Eve Dallas iba a ser de lo más interesante. Cuando, veinte minutos más tarde, la mujer reapareció, un camarero de blanca chaquetilla estaba terminando de disponer los platos sobre la pequeña mesa junto a la ventana. Pese al exquisito olor, Eve no sentía el menor apetito. La cabeza volvía a dolerle, y se había olvidado de tomar la medicina. Roarke despidió al camarero. No volvió a hablar hasta que la puerta se hubo cerrado y Eve y él volvieron a quedar solos. —Lo lamento. —¿El qué? —Lo que sea que te ha trastornado. Eve estaba pálida y tenía los ojos nublados. Cuando él avanzó un paso en su dirección, ella sacudió la cabeza. —Vete, Roarke. —Irse es fácil. Demasiado fácil. —Con premeditación, la rodeó con los brazos y percibió la leve crispación de su cuerpo—.Date una tregua. —Su voz era suave y
  • 84. J. D. Robb persuasiva—. ¿Por qué no te relajas y te concedes un minuto? ¿Acaso hay alguien a quien debas rendir cuentas sobre tu vida? Ella volvió a sacudir la cabeza, pero esta vez lo hizo con perceptible cansancio. Roarke la oyó suspirar y, aprovechándolo, la estrechó más fuerte. —¿No me lo quieres decir? —No. Él asintió, pero en sus ojos hubo un brillo de impaciencia. Se daba cuenta de que aquello no debería importarle. Eve no debería importarle, pero le importaba. Y mucho. —Así que hay alguien —murmuró. —No, no hay nadie más. —Dándose cuenta de cómo podían interpretarse sus palabras, intentó corregirlas—: No es que tú... —Te he entendido perfectamente. —La sonrisa de Roarke era algo forzada—. Pero lo cierto es que no va a haber nadie más, ni para ti ni para mí, al menos por algún tiempo. El paso que la mujer retrocedió no fue una retirada sino un distanciamiento. —Das demasiado por hecho, Roarke. —En absoluto. Nunca doy nada por hecho. Tú requieres trabajo, teniente. Y esfuerzos, muchos esfuerzos. Tu cena se enfría. Ella se sentía demasiado cansada para responder o discutir. Se sentó y, cogiendo el tenedor, preguntó: —¿Estuviste en el apartamento de Sharon DeBlass la pasada semana? —No. ¿Para qué iba a hacer una cosa así? Ella lo estudió. —¿Para qué iba a hacerlo nadie? Roarke guardó silencio y de pronto se dio cuenta de que la pregunta de Eve no era bizantina. —Para volver a vivir el suceso —sugirió—. Para asegurarse de que no había olvidado nada que pudiera resultar incriminatorio. —Y, siendo el propietario del edificio, tú podrías haber entrado allí tan fácilmente como aquí.
  • 85. J. D. Robb La boca de Roarke se crispó por un instante. Irritación, pensó Eve. La irritación de un hombre cansado de responder a las mismas preguntas. Era un pequeño detalle, pero buen indicio de su inocencia. —En efecto. No creo que me costase ningún esfuerzo. Mi clave maestra me permitiría entrar. No, pensó Eve, la clave de Roarke no le habría permitido atravesar las barreras de seguridad dejadas por la policía. Para conseguir tal cosa hacían falta medios más sofisticados, o bien ser un experto en seguridad. —Supongo que crees que alguien que no es de la policía ha estado en ese apartamento después del asesinato. —Puedes suponerlo —asintió ella—. ¿Quién se encarga de tu seguridad, Roarke? —Empleo a Lorimar tanto para mis empresas como para mi casa. —Alzó su copa—. Es lo más sencillo, ya que soy dueño de la compañía. —Sí, claro. Y supongo que tú debes de saber bastante sobre seguridad. —Las cuestiones de seguridad siempre han sido uno de mis principales intereses. Por eso compré la compañía. —Cogió pasta aromatizada con hierbas y puso el tenedor frente a los labios de Eve; sonrió con satisfacción cuando ella se comió el bocado—. Me dan ganas de confesarme culpable, sólo para borrar de tu rostro la tristeza y verte comer con el entusiasmo que tanto me encantó la última vez. Pero, sean cuales sean mis múltiples crímenes, entre ellos no figura ningún asesinato. Ella bajó la vista y comenzó a comer. Le molestaba que él se hubiera dado cuenta de su frustración. —¿Qué quisiste decir con lo de que yo represento trabajo? —Piensas las cosas con mucho cuidado, consideras las posibilidades y sopesas las opciones. No eres una criatura impulsiva, y aunque creo que en el momento adecuado y con el toque justo se te podría seducir, no resultaría fácil conseguirlo. Ella volvió a alzar la vista. —¿Es eso lo que pretendes, Roarke? ¿Seducirme? —Te seduciré. Lamentablemente, no será esta noche. Pero, aparte de eso, lo que deseo es averiguar qué te hace ser como eres. Y quiero ayudarte a conseguir lo que necesitas. En este momento necesitas a un asesino. Te sientes culpable, lo cual es absurdo y contraproducente. —No me siento culpable de nada. —Mírate al espejo —dijo Roarke.
  • 86. J. D. Robb —No pude hacer nada —estalló Eve—. ¿Cómo podía haber evitado lo que ocurrió? —¿Te sientes en el deber de evitar que los delitos se cometan? ¿Todos los delitos? —Sí, todos. Ése es exactamente mi deber. Él ladeó la cabeza. —¿Cómo pretendes cumplirlo? Ella se apartó de la mesa. —Actuando con inteligencia. Llegando a tiempo. Haciendo mi trabajo. Roarke se dijo que había algo más, algo más profundo. Cruzó los brazos sobre la mesa. —¿Acaso no es eso lo que estás haciendo ahora mismo? Las imágenes acudieron en tropel al recuerdo de Eve. La muerte. La sangre. Las vidas truncadas. —Ahora están muertas. —Esas palabras dejaron un amargo sabor en su boca—. Debí encontrar el modo de evitarlo. —Para detener a un asesino antes de que mate, tendrías que estar dentro de su cabeza —dijo seriamente Roarke—. ¿Quién podría soportar algo así? —Yo podría, —dijo con tono de reto. Y era la pura verdad. Eve podía soportar cualquier cosa, menos el fracaso—. «Servir y proteger. » Es algo más que una frase. Es una promesa. Si no puedo cumplir la palabra dada, no soy nada. Y no las protegí. A ninguna de las dos. Sólo puedo servirlas después de que ya han muerto. Maldita sea, apenas era más que una niña, una simple niña, y él la hizo pedazos. Yo no llegué a tiempo, y debí hacerlo. Se le atragantó un sollozo y, llevándose una mano a la boca, se dejó caer en el sofá. —Dios —fue cuanto pudo decir—. Oh, Dios. Roarke fue junto a ella. El instinto le aconsejaba tomarla entre los brazos con firmeza. —Si no puedes o no quieres hablar conmigo, con alguien tendrás que hacerlo, y tú lo sabes. —Ya me las arreglaré. Yo... —Eve tragó saliva y no pudo seguir. —Estás pagando un precio muy alto —dijo Roarke—. ¿Qué daño le haría a nadie que te desahogaras, aunque sólo fuera por una vez? —No sé. —Y quizá ése fuera su miedo, comprendió Eve. No estaba segura de que soltando todo lo que llevaba dentro o se permitía pensar o sentir en exceso, luego
  • 87. J. D. Robb fuese capaz de seguir llevando su placa o su arma—. La veo —dijo con un suspiro—. La veo cada vez que cierro los ojos y dejo de concentrarme en lo que debo hacer. —Cuéntamelo. Eve se puso en pie, tomó las copas, volvió a llenarlas y regresó al sofá. La bebida le refrescó la garganta y la calmó un poco. Se dijo que era la fatiga lo que la debilitaba, haciéndole imposible mantener la compostura. —La llamada se produjo cuando me encontraba a media manzana de distancia. Acababa de cerrar otro caso, de terminar el acopio de datos. La central llamó a la unidad más próxima. Una riña doméstica. Esas cosas siempre son una lata; pero yo me encontraba prácticamente en el lugar. Así que me encargué de ello. Había varios vecinos fuera, y todos hablaban a la vez... La escena volvió a ella con la inexorable exactitud de un vídeo. —Había una mujer en camisón. Estaba llorando. Tenía el rostro magullado, y uno de los vecinos intentaba vendarle una herida del brazo. Les dije que llamaran a una ambulancia. Ella no dejaba de decir: «La tiene. Tiene a mi pequeña. » Eve Tomó otro trago. —La mujer me agarró, manchándome con su sangre, gritando, llorando y suplicándome que lo detuviera, que salvara a su pequeña. Debí pedir refuerzos, pero pensé que la cosa no podía esperar. Subí por las escaleras y oí al tipo antes de llegar al tercer piso, donde se había encerrado. Estaba furioso. Creo que oí llorar a la pequeña. Cerró los ojos, deseando haberse equivocado. Quería creer que la niña ya estaba muerta, más allá del dolor. Haber estado tan cerca, a sólo unos pasos de distancia... No, no podía soportar aquello. —Cuando llegué a la puerta, me atuve al procedimiento habitual. Uno de los vecinos me había dado el nombre del tipo. Si se usan los nombres, la cosa supuestamente es más personal, más real. Me identifiqué y dije que iba a entrar. Pero él seguía enfurecido. Escuché el ruido de cosas rompiéndose. A la niña ya no se la oía. Incluso antes de forzar la puerta, comprendí que había usado el cuchillo de cocina para descuartizarla. Con mano temblorosa, Eve se llevó de nuevo la copa a los labios. —Había mucha sangre. La niña era muy pequeña, pero había un mar de sangre. En el suelo, en la pared, en el cuerpo del tipo... Me di cuenta de que el cuchillo estaba goteando. El rostro de la niña estaba vuelto hacia mí. Su pequeño rostro, de grandes ojos azules, como el de una muñeca.
  • 88. J. D. Robb Quedó unos momentos en silencio y luego dejó a un lado la copa. —El tipo estaba demasiado desquiciado para poderlo aturdir. Arremetió contra mí. La sangre goteaba del cuchillo y manchaba todo su cuerpo... Seguía avanzando, así que lo miré a los ojos y lo maté. —Y al día siguiente te metiste de lleno en un caso de asesinato —dijo suavemente Roarke. —Pospuse el reconocimiento. Iré dentro de un par de días. —Se encogió de hombros—. Los psicólogos creen que el problema lo causa la terminación y, si es necesario, puedo hacer que sigan creyéndolo. Pero no es así. Tenía que matarlo. Eso puedo aceptarlo. —Miró a Roarke y supo que a él podía decirle lo que ni siquiera ante sí misma había reconocido—. Quería matarlo. Quizá incluso necesitaba hacerlo. Cuando lo vi morir, pensé: Nunca volverá a hacer algo así a otro niño. Y me alegré de ser yo su ejecutora. —Y crees que eso está mal. —Sé que está mal. Sé que, en el momento en que se alegra de provocar una muerte, un policía cruza la línea. Roarke se inclinó, acercando su rostro al dé ella. —¿Cómo se llamaba la niña? —Mandy. —Con un esfuerzo, Eve normalizó el ritmo de su respiración—. Tenía tres años. —¿Estarías igual de deshecha si lo hubieras matado antes de que asesinase a la pequeña? Ella abrió la boca y volvió a cerrarla. —Bueno, supongo que nunca lo sabré. —Estarías exactamente igual —afirmó Roarke. Puso una mano sobre la de Eve y advirtió el ceño que provocaba en ella—. Lo cierto es que durante toda mi vida, por uno u otro motivo, siempre he sentido desagrado hacia la policía. Me parece sumamente extraño haber encontrado, en circunstancias tan extraordinarias, a una policía por la que siento respeto y atracción. Eve alzó de nuevo la mirada y, aunque continuó ceñuda, no retiró la mano que Roarke le tenía cogida. —Extraño cumplido —dijo.
  • 89. J. D. Robb —Por lo visto tenemos una extraña relación. —Se levantó y la obligó a hacer lo mismo—. Ahora tienes que dormir. —Miró hacia la cena que Eve apenas había tocado—. Cuando recuperes el apetito, puedes recalentarla. —Gracias. Te agradeceré que la próxima vez que, antes de entrar, esperes a que yo esté en casa. —Es un progreso —dijo él cuando llegaron a la puerta—. Aceptas que haya una próxima vez. —Con una sonrisa, se llevó a los labios la mano de Eve y, cuando rozó sus nudillos, le pareció ver en ella una mezcla de sorpresa, incomodidad y turbación—. Hasta la próxima —dijo, y salió. Eve se frotó los nudillos en los vaqueros y regresó al dormitorio. Se desnudó, se metió en la cama, cerró los ojos y se concentró en intentar dormirse. Estaba conciliando el sueño cuando recordó que Roarke no había llegado a decirle a quién había llamado ni qué había descubierto. Tras la cerrada puerta de su oficina, Eve visionó con Feeney el disco del asesinato de Lola Starr. Escuchó sin alterarse los dos amortiguados disparos del arma provista de silenciador. Sus nervios ya no reaccionaban ante eso. En la pantalla apareció el letrero final, «Dos de seis», y luego quedó en blanco. Sin articular palabra, puso la grabación del primer asesinato. Una vez hubieron visto morir de nuevo a Sharon DeBlass, Eve preguntó: —¿Qué puedes decirme? —Los discos se grabaron con una Trident MicroCam del modelo 5000. Sólo lleva seis meses en el mercado y es sumamente caro. Sin embargo, se vendió mucho por Navidades. Durante la temporada tradicional de compras, se vendieron más de diez mil sólo en Manhattan. No son tantas como las de modelos menos costosos, pero de todas maneras resultan imposibles de rastrear. Feeney clavó en ella sus ojos, tan parecidos a los de un camello. —Adivina quién es el dueño de Trident. —Industrias Roarke. —Premio para la señorita. Yo diría que resulta muy probable que el dueño de la empresa tenga una de esas cámaras. —Acceso a ella desde luego tiene. —Tomó nota de ello y rechazó el recuerdo de los labios del hombre rozando sobre sus nudillos—. El asesino utiliza una cámara sumamente costosa que él mismo fabrica. ¿Arrogancia, o estupidez?
  • 90. J. D. Robb —No parece que la estupidez sea el rasgo distintivo de nuestro hombre. —No, no lo es. ¿Qué hay del arma? —Hay más de dos millares de ellas repartidos por colecciones particulares — comenzó Feeney, mordisqueando una nuez—. Tres en las inmediaciones. Y ésas son las que están registradas —añadió con una pálida sonrisa—. Los silenciadores no hay que registrarlos, pues no son armas letales por sí mismos. No hay modo de rastrear su origen. Se echó hacia atrás y palmeó el monitor. —En cuanto al primer disco, lo he estado revisando. Me encontré con un par de sombras, lo cual me hace tener la certeza de que grabó algo más que el asesinato. Pero no he conseguido recuperar ninguna de las imágenes borradas. Quienquiera que fuese el que montó ese disco, o se sabía todos los trucos, o bien sus instrumentos se los sabían por él. —¿Qué hay del equipo de inspección? —El comandante, a petición tuya, ordenó la inspección para esta mañana. —Feeney miró el reloj—. Deben de estar en ello. De camino, recogí los discos de seguridad y los he revisado. Tenemos un lapso en blanco de veinte minutos que comienza a las tres y diez de anteanoche. —Ese cabrón se volvió a colar —murmuró Eve—. El barrio es una mierda, Feeney, pero el edificio es de lujo. Nadie se fijó en nuestro hombre, lo cual quiere decir que pasa inadvertido. —O que la gente está acostumbrada a verlo. —Porque era uno de los clientes habituales de Sharon. Ahora cuéntame por qué un hombre que era cliente habitual de una prostituta cara, sofisticada y experta, escogió como segunda víctima a una pobre putilla de poca monta. Feeney apretó los labios y aventuró: —¿Le gusta la variedad? Eve negó con la cabeza. —Quizá la primera vez le gustó tanto que se ha vuelto poco selectivo. Aún faltan cuatro, Feeney. El tipo nos dijo desde el principio que nos enfrentamos a un asesino en serie. Lo anunció claramente, haciéndonos saber que Sharon no era importante, sino sólo una de seis. Eve bufó, insatisfecha, y dijo como para sí: —Entonces, ¿para qué volvió? ¿Qué buscaba?
  • 91. J. D. Robb —Quizá los del equipo de inspección nos lo digan. —Quizá. —Cogió una lista de encima de su escritorio—. Repasaré de nuevo la relación de clientes de Sharon, y luego me meteré con los de Lola. Feeney carraspeó y sacó otra nuez de su pequeña bolsa. —Lamento tener que decirte esto, pero el senador exige un informe sobre el desarrollo de la investigación. —No tengo nada que decirle. —Pues tendrás que contárselo esta tarde. En East Washington. Eve alzó la cabeza. —Y una mierda. —El comandante me lo dijo. Saldremos en el aerobús de las dos en punto. — Pensando resignadamente en lo mal que le sentaban a su estómago los viajes aéreos, Feeney suspiró—: Odio la política. Eve estaba aún echando chispas por la entrevista preliminar que había tenido con Whitney cuando se dio de bruces con los servicios de seguridad de DeBlass en el exterior de la oficina del senador en el edificio del Nuevo Senado, en East Washington. Pese a haberse identificado, tanto ella como Feeney fueron escaneados y, en cumplimiento de la revisada Ley Federal de Pertenencias, los obligaron a entregar sus armas. —Como si fuéramos a cargarnos al tipo mientras está sentadito en su escritorio — murmuró Feeney mientras caminaban escoltados por la alfombra blanca, roja y azul. —No me importaría darles un buen susto a unos cuantos de estos tipos. — Flanqueada por guardas de paisano, Eve aguardó ante la puerta de la oficina del senador a que la cámara interna de seguridad les diera su visto bueno. —En mi opinión, East Washington está desquiciado desde el incidente terrorista. — Feeney le hizo una mueca a la cámara—. Pasaportan a un par de docenas de legisladores, y los tipos nunca lo olvidan. Se abrió la puerta y en el umbral apareció Rockman, impecablemente ataviado con un traje de ojo de perdiz. —La buena memoria es una baza en política, capitán Feeney. Teniente Dallas... — añadió, con una nueva inclinación—. Agradecemos su celeridad en acudir.
  • 92. J. D. Robb —No sabía que el senador y mi jefe estuvieran tan unidos —dijo Eve, pasando al interior—. Ni que ambos estuvieran tan ansiosos de tirar el dinero de los contribuyentes. —Quizá ambos consideren que en lo referente a la justicia no hay que reparar en gastos. —Rockman les indicó que avanzaran hacia el escritorio de madera de cerezo en el que ciertamente no se había reparado en gastos, tras el cual aguardaba DeBlass. Por lo que Eve vio, el hombre se había beneficiado del cambio de clima en el país — demasiado tibio en opinión de la mujer— y de la abolición de la Ley de los Dos Mandatos. Según la actual legislación, un político podía mantener su escaño durante toda su vida, por tanto tiempo como le fuera posible embaucar a sus electores. Era evidente que allí DeBlass se sentía como en su casa. Su oficina, revestida de paneles de madera, era solemne como una catedral, y el escritorio tenía algo de altar, siendo las butacas de los visitantes algo así como reclinatorios. —Siéntense —dijo DeBlass, y cruzó sus manos de grandes nudillos sobre el escritorio—. Según mis noticias, en una semana no han avanzado nada hacia la detención del monstruo que asesinó a mi nieta. —Las pobladas cejas se unieron sobre sus ojos—. Eso me resulta difícil de comprender, teniendo en cuenta los recursos del Departamento de Policía de Nueva York. —Senador. —Eve repasó mentalmente las estrictas instrucciones que le había dado el comandante Whitney: actúe con tacto, sea respetuosa, y no le diga nada que él no sepa ya—. Estamos utilizando esos recursos para investigar y conseguir pruebas. Si bien al departamento aún no le es posible efectuar arresto alguno, se están haciendo los máximos esfuerzos por llevar ante la justicia al asesino de su nieta. Ese caso es mi primera prioridad, y tiene mi palabra de que continuará siéndolo hasta que quede satisfactoriamente cerrado. El senador escuchó el breve discurso con aparente interés. Luego se inclinó y dijo: —Llevo en el negocio de la palabrería el doble de años de los que usted tiene, teniente, así que no me venga con zarandajas. No tienen absolutamente nada. A la mierda el tacto, decidió Eve. —Lo que tenemos, senador DeBlass, es una compleja y delicada investigación. Compleja, dada la naturaleza del crimen; delicada, debido al árbol genealógico de la víctima. En opinión de mi comandante, yo soy la más indicada para efectuar la investigación. Tiene derecho a estar en desacuerdo, pero sacarme de mi trabajo para venir aquí a defenderlo es una pérdida de tiempo. De mi tiempo. —Se puso en pie— No tengo nada nuevo que decirle.
  • 93. J. D. Robb Viendo en el alero tanto su carrera como la de Eve, Feeney se levantó y, con todo respeto, dijo: —Estoy seguro de que comprende, senador, que el progreso de una investigación tan delicada suele ser lento. Comprendo que le resulte difícil ser objetivo tratándose de su nieta, pero la teniente Dallas y yo estamos obligados a ser objetivos. Con impaciente ademán, DeBlass les indicó que volvieran a sentarse. —Es evidente que mis emociones están de por medio. Sharon constituía una parte importante de mi vida. Fuera lo que fuese, y por mucho que a mí me desagradase su estilo de vida, mi nieta seguía siendo sangre de mi sangre. —Aspiró profundamente y luego suspiró—. No voy a permitir que me den la información con cuentagotas. —No tengo nada que decirle —repitió Eve. —Puede hablarme de la prostituta que fue asesinada hace dos noches. —Los ojos del senador miraron a Rockman. —Lola Starr —dijo Rockman. —Imagino que sus fuentes de información sobre Lola Starr son tan solventes como las nuestras. —Eve decidió hablar directamente a Rockman—. Sí, creemos que existe una conexión entre los dos asesinatos. DeBlass los interrumpió: —Puede que mi nieta se hubiese descarriado; pero no frecuentaba a gente como Lola Starr. Así que hasta entre las prostitutas había clases, pensó Eve. Gran novedad. —No hemos podido establecer si las dos se conocían. Pero poca duda puede caber de que ambas conocían al mismo hombre. Al hombre que las mató. Ambos asesinatos siguieron una misma pauta. Utilizaremos esa pauta para encontrarlo y evitar, esperémoslo, que mate de nuevo. —Usted cree que volverá a hacerlo —dijo Rockman. —Estoy segura de ello. —¿El arma homicida era del mismo tipo? —preguntó DeBlass. —Eso forma parte de la pauta —replicó Eve, sin comprometerse más—. Existen similitudes básicas e indiscutibles entre ambos homicidios. No hay duda de que los cometió el mismo hombre. Ya más calmada, Eve volvió a ponerse en pie.
  • 94. J. D. Robb —Senador, no conocía a su nieta ni tuve ningún vínculo con ella, pero me tomo el asesinato como una ofensa personal. Voy tras el asesino. Eso es todo lo que puedo decirle. DeBlass la estudió por un momento y vio en ella más de lo que había esperado ver. —Muy bien, teniente. Gracias por venir. Eve echó a andar con Feeney hacia la puerta. En el espejo vio que DeBlass le hacía una seña a Rockman y que éste asentía. Antes de hablar, Eve esperó a estar fuera del despacho. —Ese hijo de puta nos hará seguir. —¿Cómo? —El perro guardián de DeBlass. Nos pondrá una cola. —¿Para qué demonios iba a hacer algo así? —Para enterarse de lo que hacemos y de adonde vamos. ¿Para qué, si no, se hace seguir a la gente? Lo perderemos en el centro de transporte —dijo Eve al tiempo que llamaba a un taxi—. Mantén los ojos bien abiertos para ver si te sigue hasta Nueva York. —¿Si me sigue? ¿A dónde vas tú? —Yo voy a seguir mi olfato. La maniobra no fue difícil. La terminal oeste de llegadas del National Transport era, como siempre, un caos. Y el peor momento era la hora punta, cuando todos los pasajeros que iban en dirección norte debían formar filas para ser dirigidos por voces electrónicas. Todos los transportes internos de pasajeros estaban atestados. Eve se limitó a perderse entre la multitud, colándose en un transporte que iba hacia el ala sur, y luego tomó el metro en dirección a Virginia. Tras acomodarse en el vagón, haciendo caso omiso de la gente que regresaba del trabajo, sacó su listín de bolsillo. Solicitó la dirección de Elizabeth Barrister y luego preguntó cómo llegar hasta allí. Hasta el momento, su olfato la había guiado bien. Se encontraba en la línea adecuada y sólo tendría que hacer un trasbordo en Richmond. Si continuaba teniendo suerte, podría efectuar el viaje y estar en su apartamento a la hora de cenar. Con la mano en la barbilla, jugueteó con los controles de su pantalla de vídeo. Hubiera pasado por alto las noticias —cosa que solía hacer—, pero en la pantalla apareció un rostro familiar.
  • 95. J. D. Robb Roarke, pensó enarcando las cejas. Apretó los labios, sintonizó el audio y se puso el pequeño auricular. «...en este proyecto internacional en el que se invertirán miles de millones, participarán Industrias Roarke, Tokayamo y Europa —decía el presentador—. Ha llevado tres años, pero parece que está a punto de emprenderse la construcción de la muy debatida y anticipada estación Olimpo. » Estación Olimpo, pensó Eve, repasando sus archivos mentales. Se trataba de un costosísimo paraíso vacacional de lujo. Una proyectada estación espacial construida para el placer y el ocio. Hizo un desdeñoso gesto. Le parecía impropio de Roarke dedicar tiempo y dinero a aquellas bobadas. Se dijo que, si el hombre no perdía hasta la camisa en la empresa, ganaría otra fortuna. «Roarke... Una pregunta, señor. » Eve observó cómo Roarke, que estaba bajando una larga escalinata de mármol, se detenía, alzaba una ceja tal como ella le había visto hacer en múltiples ocasiones, y se volvía hacia el reportero que lo había interrumpido. «¿Podría decirme por qué ha dedicado tanto tiempo, esfuerzo y dinero en este proyecto que, según sus detractores, nunca volará?» «Volar es justamente lo que hará —replicó Roarke—. Por así decirlo. En cuanto a por qué lo hago, la estación Olimpo, será un paraíso del placer. No se me ocurre nada mejor en lo que invertir tiempo, dinero y esfuerzos.» Te creo, pensó Eve, y alzó la vista a tiempo de darse cuenta de que estaba a punto de pasarse de su estación. Corrió hacia las puertas del vagón, maldiciendo a la voz electrónica que la reprendía por correr, y realizó el trasbordo a Fort Royal. Cuando volvió a la superficie, estaba nevando. Suaves y perezosos copos revoloteaban en torno a su cabello y hombros. Los peatones estaban pisoteando la nieve, convirtiéndola en un barrizal, pero una vez Eve consiguió un taxi y le dio la dirección, los blancos torbellinos le parecieron más pintorescos. Aún podían conseguirse residencias campestres, si se tenía suficiente dinero o prestigio. Elizabeth Barrister y Richard DeBlass poseían lo uno y lo otro, y su residencia era una espléndida casa de dos pisos de ladrillo rosado que se alzaba sobre una ladera, rodeada de árboles. La nieve de la amplia pradera estaba inmaculada. Una fina capa de armiño recubría las ramas de lo que Eve supuso que eran cerezos. La puerta de seguridad era una artística sinfonía de hierro forjado. Pese a lo muy decorativa que resultaba, Eve tuvo la certeza de que era tan segura y eficaz como la de un banco. La mujer se asomó por la ventanilla del taxi y mostró su placa al escáner.
  • 96. J. D. Robb —Teniente Dallas, policía de Nueva York. —«No figura usted en la lista de visitantes, teniente Dallas.» —Soy la agente encargada del caso DeBlass. Tengo que hacerles unas preguntas a la señora Barrister o a Richard DeBlass. Se produjo una pausa durante la cual Eve comenzó a estremecerse a causa del frío. —«Tenga la bondad del salir del taxi, teniente, y aproxímese al escáner para confirmar la identificación.» —En este sitio no corren riesgos —murmuró el taxista, pero Eve se limitó a encogerse de hombros e hizo lo que se le pedía. —«Identificación verificada. Despida su transporte, teniente Dallas. La recogerán en la puerta.» —He oído que a la hija se la cargaron en Nueva York —dijo el taxista una vez Eve le hubo pagado—. Supongo que no quieren correr riesgos. ¿Quiere que la espere? —No, gracias. Pero cuando esté lista para marcharme solicitaré su número. El taxista asintió, dio marcha atrás y se alejó. A Eve comenzaba a congelársele la punta de la nariz cuando el pequeño coche eléctrico apareció en la puerta, al tiempo que ésta se abría. —«Tenga la bondad de entrar y subir al coche —dijo el ordenador—. Será usted llevada hasta la casa, donde la señora Barrister la recibirá.» —Estupendo. El coche la llevó silenciosamente hasta la escalinata principal de la mansión. Cuando comenzaba a subir los peldaños, la puerta se abrió. O bien los criados estaban obligados a llevar lóbregos uniformes negros, o la casa seguía de luto. Eve fue cortésmente introducida en una sala contigua al vestíbulo de entrada. Mientras la residencia de Roarke simplemente hablaba de dinero en abundancia, aquélla denotaba dinero con solera. Las alfombras eran gruesas y las paredes estaban forradas de seda. Los amplios ventanales ofrecían un espectacular panorama de montes y nieve. Y soledad, se dijo Eve. El arquitecto debió de comprender que los que allí vivían preferían estar aislados. —Teniente Dallas... —dijo Elizabeth, poniéndose en pie. Se percibía nerviosismo en sus controlados movimientos y rígida actitud y, también, advirtió Eve, en sus sombríos y apesadumbrados ojos. —Gracias por recibirme, señora Barrister.
  • 97. J. D. Robb —Mi marido está en una reunión. Puedo interrumpirlo, si es necesario. —No creo que haga falta. —¿Ha venido usted por Sharon? —Sí. —Siéntese, por favor. —Elizabeth señalaba un sillón de tapicería color marfil—. Si desea tomar algo... —No, gracias. Intentaré molestarla el menor tiempo posible. No sé si está usted familiarizada con mi informe... —Creo que lo he leído completo —la interrumpió Elizabeth—. Me pareció muy concienzudo. Como abogada, tengo plena confianza de que cuando encuentre a la persona que mató a mi hija, tendrá usted lista una excelente instrucción. —Eso pretendo. —La sostienen los nervios, decidió Eve, advirtiendo cómo Elizabeth abría y cerraba sus largos y elegantes dedos-. Éstos son momentos muy difíciles para usted. —Era mi única hija. Mi marido y yo éramos (y somos) partidarios de la teoría de ajuste de la población: dos padres, un solo hijo. ¿Tiene algún dato nuevo? —En estos momentos no. Respecto a la profesión de su hija, señora Barrister... ¿Producía fricciones en la familia? Con otro de sus lentos y premeditados movimientos, Elizabeth alisó la larga falda de su traje. —No era la profesión que yo había soñado para ella. —Su suegro debió de oponerse. Al menos, políticamente se opone. —Las opiniones del senador en cuanto a legislación sexual son sobradamente conocidas. Como líder del Partido Conservador hace todo lo posible para cambiar muchas de las leyes en vigor referentes a lo que popularmente se conoce como la Cuestión Moral. —¿Comparte usted sus opiniones? —No, aunque se me escapa la importancia que eso pueda tener, Eve ladeó la cabeza. Sin duda era un tema conflictivo en la familia. Se preguntó si aquella moderna abogada estaría de acuerdo en algo con su locuaz suegro. —Su hija fue asesinada, quizá por un cliente, quizá por un amigo personal. Si usted y su hija estaban enfrentadas por el tipo de vida que ella llevaba, resulta poco probable
  • 98. J. D. Robb que ella le hubiese hecho confidencias respecto a sus relaciones profesionales o personales. —Comprendo. —Elizabeth cruzó las manos y se obligó a pensar como una abogada—. Piensa usted que, siendo yo su madre y también una mujer que tal vez compartiera alguna de sus opiniones, Sharon podría haber hablado conmigo, confiándome incluso algún detalle íntimo de su vida. —Pese a sus esfuerzos, no pudo evitar que los ojos se le nublaran—. Lo lamento, teniente; pero no es ése el caso. Sharon rara vez compartía nada conmigo. Y, desde luego, nada referente a su trabajo. Estaba muy distanciada, tanto de su padre y de mí como del resto de su familia. —¿Sabe si había algún hombre con el que estuviese particularmente implicada y que pudiera sentirse celoso? —No. No creo que lo tuviese. Sharon sentía... —Tomó aliento, como intentando serenarse—. Sentía desdén hacia los hombres. Se sentía atraída por ellos, sí, pero en el fondo los despreciaba. Desde pequeña sabía que podía dominarlos. Y los encontraba estúpidos. —A las acompañantes profesionales se las somete a pruebas muy rígidas. El desagrado, o el desprecio, como usted dice, suele ser razón suficiente para denegar una licencia. —Sharon era también muy inteligente. Siempre encontró el modo de conseguir lo que quería. Salvo la felicidad. No era una mujer feliz. —Elizabeth hizo una pausa, como para deshacer el nudo que parecía atenazarle la garganta—. Yo la malcrié, es cierto. No puedo culpar de ello a nadie más que a mí misma. Yo deseaba tener más hijos. —Se llevó una mano a la boca y la mantuvo allí hasta que pensó que sus labios habían dejado de temblar—. Ideológicamente, me oponía a tener más, y la posición de mi marido estaba sumamente clara. Pero eso no reprimió mis ansias emocionales de tener más hijos a los que querer. Sentí un cariño excesivo hacia Sharon. El senador le dirá, y con toda razón, que la eché a perder con tantos mimos. —Yo diría que, siendo su madre, estaba usted en su derecho de mimarla. El comentario hizo que la sombra de una sonrisa cruzase por los ojos de Elizabeth. —Cometí muchos errores con Sharon. Y Richard también, aunque la quería tanto como yo. Cuando Sharon quiso marcharse a Nueva York, nos opusimos a ello. Richard le suplicó, y yo la amenacé. Y lo que conseguí fue echarla, teniente. Ella me dijo que no la comprendía, que nunca la había comprendido, que sólo veía lo que me apetecía ver, que sólo me daba cuenta de lo que ocurría en los tribunales, pero que estaba ciega para lo que sucedía en mi propia casa. —¿Qué quería decir con eso?
  • 99. J. D. Robb —Que era mejor abogada que madre, supongo. Cuando Sharon se fue me sentí dolida, furiosa. Me hice la dura, segura de que ella volvería. Evidentemente, no lo hizo. Hizo una pausa para tragarse sus remordimientos y continuó: —Richard fue a verla un par de veces, pero eso únicamente sirvió para trastornarlo. Optamos por desentendernos y dejarla en paz. Pero, hace poco, me sentí obligada a intentarlo otra vez. —¿Porqué? —Los años pasan. Yo albergaba la esperanza de que mi hija se hubiera cansado de esa clase de vida, de que tal vez comenzase a lamentar haber roto con su familia. Hace cosa de un año fui a verla. Pero cuando traté de persuadirla de que volviera a casa lo único que conseguí fue que se enfureciera, se pusiese a la defensiva y terminara insultándome. Richard, aunque ya estaba resignado, se ofreció a subir a hablar con ella. Pero se negó a verlo. Hasta Catherine lo intentó —murmuró—. Fue a ver a Sharon hace sólo unas semanas. —¿La congresista DeBlass fue a Nueva York a ver a Sharon? —No fue específicamente a eso. Catherine fue allí para asistir a un acto social, pero quiso hacer el intento de hablar con Sharon. —Elizabeth crispó los labios—. Yo se lo pedí. Compréndalo: cuando intenté reanudar la comunicación con mi hija, ella me rechazó. La había perdido y no sabía cómo recuperarla. Tenía la esperanza de que Catherine, siendo de la familia, pero no la madre de Sharon, pudiera ayudar. Miró de nuevo a Eve, y siguió: —Supongo que piensa que debí volver a ir yo misma, que ése era mi deber. —Señora Barrister... —Y tiene razón —la interrumpió Elizabeth—. Pero Sharon se negaba a confiar en mí. Pensé que debía respetar su intimidad, como siempre había hecho. Nunca fui de esas madres que leen a escondidas el diario de su hija. —¿Diario? —A Eve se le activaron las antenas—. ¿Llevaba su hija un diario ? —Sí, desde pequeña. Y cambiaba con regularidad el código de acceso. —¿Y de adulta siguió con él? —Sí. De vez en cuando aludía a él, bromeando sobre los secretos que conocía y a lo que se sorprendería la gente si supiera lo que había escrito sobre ella.
  • 100. J. D. Robb Eve recordaba que en el inventario no se hacía mención de ningún diario personal. Aquellas cosas podían ser tan menudas como la uña de un pulgar. Si el equipo de inspección lo pasó por alto la primera vez... —¿Tiene usted alguno de sus diarios? —No. —Elizabeth alzó la mirada, súbitamente alerta—. Según creo, los guardaba en una caja de seguridad. Los conservaba todos. —¿Usaba Sharon un banco de aquí, de Virginia? —Que yo sepa, no. Si quiere puedo intentar averiguarlo buscando entre las cosas que dejó aquí. —Se lo agradecería. Si se acuerda usted de algo, de cualquier cosa, un nombre, un comentario, por trivial que le parezca, póngase en contacto conmigo, por favor. —Lo haré; pero Sharon nunca hablaba de sus amistades, teniente. Eso me preocupaba y alentaba al mismo tiempo, pues pensaba que no teniendo amigos era más probable que regresara con nosotros, abandonando así el camino que había tomado. Incluso utilicé como mediador a uno de mis propios amigos, pensando que a él le haría más caso que a mí. —¿De quién habla? —De Roarke. —A Elizabeth volvieron a llenársele los ojos de lágrimas—. Lo llamé pocos días antes de que Sharon fuera asesinada. Nos conocemos desde hace años. Le pedí que arreglara que invitasen a mi hija a una fiesta a la que yo sabía que él iba a asistir, y que, aprovechando la ocasión, la abordase. Él al principio no quería. Roarke no es de los que se entrometen en asuntos familiares. Pero haciendo uso de la amistad que nos une le pedí que encontrase el modo de hacerse amigo de ella, de demostrarle que una mujer atractiva no necesita hacer uso de sus encantos para sentirse alguien. Roarke nos hizo ese favor a mi marido y a mí. —¿Le pidió que entablara una relación con ella? —Le pedí que se hiciera su amigo —la corrigió Elizabeth—. Para que, en caso de que ella necesitase ayuda, él pudiera estar cerca. Se lo pedí a él porque no hay nadie en quien confíe más. Sharon se había aislado de todos nosotros, y yo necesitaba alguien de confianza. Roarke nunca la perjudicaría. Jamás haría nada contra nadie que yo quisiera. —¿Acaso él está enamorado de usted? —La aprecia —dijo Richard DeBlass desde el umbral—. Roarke siente gran aprecio por Beth, por mí y por otras pocas personas escogidas. Ahora, lo de estar enamorado
  • 101. J. D. Robb es distinto. No creo que nuestro amigo se permita una emoción tan inestable como ésa. —Richard. —Elizabeth se puso en pie, pareciendo perder parte del control sobre sí misma—. No te esperaba aún. —Terminamos temprano. —Se acercó a ella y rodeó con sus manos una de las de su esposa—. Debiste llamarme, Beth. —Es que... —La mujer se interrumpió y dirigió a su marido una mirada de impotencia—. Quería ocuparme de esto yo sola. —No tienes por qué ocuparte de nada sola. —Con las manos en torno a la de su esposa, se volvió hacia Eve—. Supongo que es usted la teniente Dallas. —Sí, señor DeBlass. Deseaba contestación a varias preguntas, y pensé que me resultaría más fácil obtenerla si las hacía personalmente. —Mi esposa y yo estamos dispuestos a cooperar en cuanto nos sea posible. —El hombre seguía en pie, una posición que Eve interpretó como de poder al tiempo que de distancia. En Richard no había ni rastro de los nervios o la fragilidad de Elizabeth. A Eve le pareció que DeBlass había decidido ponerse al mando, y protegía con igual celo a su esposa y a sus emociones. —Me pareció oír el nombre de Roarke —continuó. —Le dije a la teniente que le pedí a Roarke que hablase con Sharon. Que intentase... —Pero Beth... —Con gesto de cansancio y resignación, DeBlass meneó la cabeza—. ¿Qué podía hacer él? ¿Por qué lo metiste en esto? Elizabeth se apartó de él con expresión de desesperación. A Eve se le encogió el corazón. —Ya sé que me dijiste que me olvidara, que dejara a Sharon en paz. Pero tenía que intentarlo otra vez. Quizá ella le hubiera hecho caso a Roarke. Él sabe ser muy persuasivo. —De pronto comenzó a hablar rápida y atropelladamente—. Roarke habría conseguido algo si yo hubiese recurrido a él antes. Disponiendo de tiempo, pocas cosas son imposibles para él. Pero no contó con tiempo. Ni mi pequeña tampoco. —Vale —murmuró Richard, poniéndole a su esposa una mano en el brazo—; Basta. Ella volvió a controlarse, tomó aire y suspiró. —¿Qué puedo hacer, teniente, salvo rezar pidiendo justicia? —Yo me ocuparé de que obtenga usted justicia.
  • 102. J. D. Robb Elizabeth cerró los ojos, como aferrándose a aquella esperanza. —Sí, creo que lo hará. No estaba muy segura de ello, ni siquiera después de que Roarke me llamó para hablarme de usted. —¿La llamó para hablar del caso? —Llamó para ver cómo estábamos, y para decirme que pensaba que usted no tardaría en venir a verme. —A sus labios casi asomó una sonrisa—. Roarke no suele equivocarse. Me dijo que usted me parecería competente y seria. Así ha sido. Me alegro de haber tenido la oportunidad de verlo por mí misma y de que sea usted la encargada de investigar el asesinato de mi hija. —Señora Barrister... —Eve vaciló sólo un instante antes de decidirse a correr el riesgo—. ¿Y si le digo que Roarke es uno de los sospechosos? Elizabeth abrió mucho los ojos, pero al punto se recompuso. —Le diría que se equivoca de medio a medio. —¿Porque Roarke es incapaz de cometer un asesinato? —No, yo no diría eso. —Era un alivio pensar en ello, aunque sólo fuera por un momento, en términos objetivos—. Es incapaz de cometer un acto tan carente de sentido. Quizá pueda matar a sangre fría; pero no a alguien indefenso. Puede ser capaz de acabar con una vida, y tal vez lo haya hecho, no me sorprendería... Pero...,¿hacerle a alguien lo que le hicieron a Sharon? No. Roarke, no. —No —repitió Richard, y su mano buscó de nuevo la de su esposa—. Roarke no. Roarke no, pensó de nuevo Eve cuando estuvo otra vez en su taxi y camino del metro. ¿Por qué diablos no le había dicho él que había conocido a Sharon DeBlass para hacerle un favor a su madre? ¿Qué otras cosas le habría ocultado?. Chantaje. Sin saber por qué, Eve no lograba imaginar a Roarke siendo víctima de un chantaje. Le importaba un bledo lo que se dijese o publicara de él. Pero lo del diario cambiaba las cosas y convertía al chantaje en un nuevo e intrigante móvil.¿Qué habría anotado Sharon respecto a quién, y dónde estarían esos malditos diarios? —No tuve problema en invertir el seguimiento —dijo Feeney, al tiempo que engullía lo que en el comedor de la Central pasaba por desayuno—. El tipo estaba pendiente de mí. A ti también te buscaba, pero el lugar estaba atestado de gente. Así que me subí en el cochino avión. Sin pestañear, Feeney se tragó con ayuda de un trago de sucedáneo de café un bocado de huevos irradiados.
  • 103. J. D. Robb —El tipo subió también, sólo que se sentó en primera clase. Al apearnos, se dio cuenta que tú no estabas allí. —Con su tenedor señaló a Eve—. Se puso furioso e hizo una rápida llamada. Yo me coloqué tras él y lo seguí hasta el hotel Regent. A los del Regent no les gusta contar nada. En cuanto enseñas tu placa, todo el mundo se ofende. —Y tú, con sumo tacto, les explicaste cuál era su deber cívico. —Exacto. —Feeney metió su plato por el hueco del reciclador, y luego hizo lo mismo con el vaso—. El tipo realizó un par de llamadas, una a East Washington y otra a Virginia. Luego hizo una llamada local... al jefe. —Mierda. —En efecto. El jefe Simpson está apretando botones para DeBlass, de eso no hay duda. Lo que me pregunto es qué botones son. Eve fue a contestar, pero antes de que pudiera hacerlo sonó su comunicador. Sacó el aparato y respondió a la llamada de su comandante. —Dallas, la esperan en Reconocimiento dentro de veinte minutos. —Señor, a las nueve en punto tengo que hablar con un informante. Es respecto al asunto Colby. —Cambie la cita. —El tono del hombre era tajante—. Veinte minutos. Dallas guardó su comunicador. —Creo que ya sabemos cuál es uno de esos botones. —Parece que DeBlass se toma un interés personal en ti. —Feeney estudió el rostro de su compañera. No había un policía en todo el departamento que no detestase pasar por Reconocimiento—. ¿Podrás salir airosa? —Claro, no hay problema. Pero eso me tendrá ocupada durante casi todo el día, Feeney. Hazme un favor, investiga los bancos de Manhattan. Necesito saber si Sharon DeBlass tenía una caja de seguridad. Si en Manhattan no encuentras nada, prueba con los otros distritos. —Cuenta con ello. El departamento de Reconocimiento estaba lleno de largos corredores, algunos acristalados, otros de paredes verde pálido que, supuestamente, resultaban sedantes. Los médicos y técnicos iban de blanco. El color de la inocencia y, también, el color del poder. Cuando Eve traspuso las primeras puertas de cristal reforzado, el ordenador le pidió cortésmente que entregase su arma. Eve la sacó de su funda, la puso en la bandeja y la observó alejarse deslizándose.
  • 104. J. D. Robb Aquello hizo que la mujer se sintiese desnuda incluso antes de que la mandaran a la sala de reconocimiento 1-C y le dieran orden de desvestirse. Dejó sus ropas en el banco instalado a tal efecto, y trató de no pensar en los técnicos que la observaban por los monitores ni en las desagradables máquinas que funcionaban en silencio mientras sus luces parpadeaban impersonalmente. El reconocimiento físico fue fácil. Eve sólo tuvo que permanecer en pie en la marca situada en el centro de la cilíndrica estancia, observando cómo parpadeaban las luces mientras sus órganos internos y sus huesos eran examinados en busca de fallos. Luego le fue permitido ponerse un mono azul mientras una máquina se inclinaba sobre ella para examinarle ojos y oídos. Otra, surgida de uno de los huecos de la pared, le hizo una prueba de reflejos. Como toque personal entró un técnico para tomar una muestra de sangre. «Por favor, salga por la puerta 2-C. La fase uno ha concluido, teniente.» En la habitación contigua, Eve recibió orden de tumbarse en una mesa acolchada para someterse al escáner cerebral. Eve pensó que los jefes no querían que hubiera policías que sufrieran de tumores cerebrales que los instasen a matar indiscriminadamente. Eve observó a los técnicos situados al otro lado del tabique de cristal mientras el casco descendía sobre su cabeza. Luego comenzaron los juegos. El banco se ajustó y la sesión de realidad virtual empezó. Iba en un vehículo durante una persecución a gran velocidad. El estruendo atronó sus oídos: ulular de sirenas, ordenes contradictorias procedentes del comunicador del salpicadero. Se encontraba en una unidad policial estándar. El control del vehículo era suyo, y tuvo que girar y maniobrar para no aplastar al surtido de peatones que la RV puso ante ella. Con una parte de su cerebro se daba cuenta de que sus constantes vitales estaban siendo monitorizadas: presión sanguínea, pulso e incluso la cantidad de sudor y el flujo de saliva que, alternativamente, le humedecía y le secaba la boca. Hacía un calor casi insoportable. Estuvo a punto de chocar con un vehículo de transporte que se cruzó en su camino. Reconoció el lugar en que se encontraba: los viejos muelles de la zona este. Los olía: agua, peces en mal estado y sudor rancio. Varios transeúntes, uniformados con monos azules, formaban cola intentando conseguir un trabajo para el día. Pasó como una exhalación junto a un grupo de ellos congregado ante un centro de colocación. «Sujeto armado. Fusil lanzallamas, explosivo de mano. Buscado por robo con homicidio.»
  • 105. J. D. Robb Magnífico, pensó Eve, yendo a toda velocidad tras él. Cojonudo. Pisó el acelerador, giró el volante y chocó con el parachoques posterior del vehículo perseguido", que se desprendió entre un torrente de chispas. El delincuente disparó contra ella, y Eve notó las balas pasar cerca de su oído. El propietario de un puesto de comida de los muelles se lanzó con varios de sus clientes en busca de refugio, mientras tallarines de arroz mezclados con imprecaciones volaban por los aires. Golpeó de nuevo el vehículo perseguido, al tiempo que ordenaba a su respaldo que se situara en posición de tenaza. Esta vez, el otro vehículo se bamboleó y quedó atravesado. Mientras el hombre trataba de recuperar el control, Eve utilizó su vehículo para bloquear por completo al perseguido. Luego salió del vehículo identificándose a voces y dándole al otro el alto. El tipo se apeó disparando, y ella lo abatió. Eve vio como el hombre se estremecía, se orinaba encima y luego caía al suelo. Cuando apenas había tenido tiempo de recuperar el aliento, los malditos técnicos la colocaron en una nueva escena. Gritos de la niña, las vociferantes maldiciones del hombre que era su padre. Lo habían reconstruido todo con perfección casi excesiva, utilizando el propio informe de Eve, fotos del lugar, y los reflejos de memoria obtenidos por medio del escáner. Eve ni se molestó en maldecirlos. Conteniendo su odio y su dolor, echó a correr escaleras arriba, de regreso a su pesadilla. La pequeña había dejado de gritar. Eve golpeó la puerta, identificándose y advirtiendo al hombre del otro lado de la puerta, intentando conseguir que se calmara. —Puta. Sois todas unas putas. Entra, mala puta. Te voy a matar. Cuando la empujó con el hombro, la puerta cedió como si fuese de cartón. Eve entró empuñando el arma. —Era como su madre, como su cochina madre. Pensaron que podían escapar de mí. Eso creyeron. Les di una buena lección. Y lo mismo haré contigo, jodida poli. La niña la miraba con ojos inertes. Ojos de muñeca. Su pequeño e indefenso cuerpo estaba mutilado, y sangraba a borbotones. Y la misma sangre goteaba del cuchillo. Eve ordenó al hombre que se detuviera. —¡Suelta el arma, hijoputa! ¡Suelta el jodido cuchillo! Pero el tipo seguía avanzando hacia ella. Eve lo aturdió con su arma. Pero él continuó adelante. La habitación olía a sangre, a orines, a comida quemada. Las luces, cegadoras hacían que todo resaltase con nitidez casi dolorosa. Una muñeca a la que le faltaba un brazo sobre el destripado sofá, un postigo fuera de sus goznes que
  • 106. J. D. Robb permitía el paso de la rojiza luz del anuncio de neón situado al otro lado de la calle, la tumbada mesa de plástico barato, la pantalla rota de un ordenador. La niña de ojos muertos. El creciente charco de sangre. Y el viscoso brillo del ensangrentado cuchillo. —Te voy a meter esto por el coño, como se lo hice a ella. Eve intentó de nuevo aturdirlo. Los ojos del hombre tenían un frenético brillo. Estaba hasta las cejas de Zeus casero, la maravillosa droga que convertía en dioses a los hombres, con todo el poder y la locura que acompañaban a los delirios de inmortalidad. El ensangrentado cuchillo iba a ser descargado contra ella. Y Eve liquidó al tipo. La sacudida estremeció al hombre. Su cerebro fue lo primero en morir. Su cuerpo se desmadejó y los ojos se le vidriaron. Conteniendo sus ansias de gritar, Eve le dio una patada al cuchillo, separándolo de la aún convulsa mano, y miró a la pequeña. Los grandes ojos de muñeca la miraron sin verla, diciéndole que había llegado demasiado tarde. Relajándose con esfuerzo, Eve se obligó a no pensar en nada, salvo en su informe. La prueba de RV había concluido. Le hicieron un nuevo examen de constantes vitales antes de pasar a la fase final del reconocimiento. El cara a cara con la psiquiatra. Eve no tenía nada contra la doctora Mira. Era una mujer que se tomaba muy en serio su trabajo. En la práctica privada habría ganado el triple de lo que le pagaba el Departamento de Policía y Seguridad. Hablaba en tono sosegado y con un leve acento de Nueva Inglaterra. Sus pálidos ojos azules eran amables... y penetrantes. Llevaba bien sus sesenta años, y no estaba en absoluto amatronada. Su pelo era de un cálido color castaño, y lo llevaba recogido en la nuca, formando un pequeño moño. Vestía un pulcro traje rosa con un sobrio círculo dorado en una solapa. No, Eve no tenía nada personal contra ella. Simplemente, detestaba a los psiquiatras. —Teniente Dallas... —Cuando Eve entró, Mira se levantó de su mullido sillón azul suave. No había escritorio, ni se veía ningún ordenador. Eve sabía que aquél era uno de los trucos para que los pacientes se relajaran y olvidasen que se encontraban bajo intenso escrutinio. —Doctora... —Eve tomó asiento en el sillón que Mira le indicaba. —Estaba a punto de tomar el té. ¿Le apetece acompañarme?
  • 107. J. D. Robb —Claro. Mira fue con grácil paso hasta el servidor, pidió dos tés, y luego llevó las tazas a la zona de sillones. —Fue una lástima que hubiera que retrasar su reconocimiento. —Sonrió, tomó asiento, y bebió un sorbo—. El proceso es más concluyente y, desde luego, también más beneficioso cuando se efectúa en las veinticuatro horas posteriores a un incidente. —No pude evitarlo. —Sí, ya me dijeron. ¿Sus resultados preliminares son satisfactorios? —Están bien. —¿Sigue negándose a la autohipnosis? —Se trata de algo opcional. —Detestó el sonido de su voz al decirlo. —Sí, así es. —Mira cruzó las piernas—. Ha pasado por una experiencia difícil, teniente. Hay indicios de fatiga física y emocional. —Me han confiado un nuevo caso, sumamente delicado. Debo dedicarle todo mi tiempo. —Ya. ¿Toma usted los inductores del sueño habituales? Eve probo el té que, como esperaba, era de aroma y sabor florales. —No. Ya hemos hablado de esto otras veces. Las píldoras nocturnas son opcionales, y yo opto por no tomarlas. —Porque reducen su control. Eve la miró a los ojos. —Exacto. No me gusta que me duerman, y no me gusta estar aquí. No me gusta la violación cerebral. —¿Cree que el reconocimiento es una forma de violación? No había un solo policía con sesos que no lo creyera. —Opcional no es. Mira ahogó un suspiro. —La eliminación de un sujeto, con-independencia de las circunstancias en que se produzca, es una experiencia traumática para un policía. Si ese trauma afecta a las emociones, eso repercutirá en las reacciones, la actitud y el rendimiento del policía en
  • 108. J. D. Robb cuestión. Si el uso de medidas extremas fue determinado por un defecto físico, hay que localizar y subsanar ese defecto. —Conozco las normas de la compañía, doctora. Coopero plenamente. Pero no estoy obligada a que me guste. —No, claro que no. —Mira apoyó la taza en su rodilla—. Teniente, ésta es su segunda eliminación. Aunque no es inusual en un policía de su experiencia, hay muchos que nunca han tenido que pasar por ese trance. Me gustaría saber qué piensa respecto a la decisión que tomó, y respecto a sus consecuencias. Desearía haber sido más rápida, pensó Eve. Me gustaría que esa chiquilla estuviera en estos momentos jugando en vez de siendo incinerada. —Como mis únicas alternativas eran permitirle que me descuartizara o detenerlo, creo que tomé la decisión adecuada. Le di el aviso reglamentario y no hizo caso. Aturdirlo resultó imposible. Las pruebas de que el sujeto era capaz de matar las tenía frente a mí, repartidas por un charco de sangre. Por consiguiente, las consecuencias de mi decisión no me crean el menor problema. —¿Le trastornó la muerte de la niña? —Supongo que la muerte de una niña, o el asesinato con ensañamiento de un ser indefenso, trastorna a cualquiera. —¿Ha reparado en el paralelo existente entre la niña y usted? —preguntó Mira con suavidad. No se le escapó la crispación que sus palabras produjeron en Eve—. Teniente, ambas sabemos que estoy enterada de su historial. Fue usted víctima de abusos físicos, sexuales y emocionales. La abandonaron cuando tenía ocho años. —Eso no tiene nada que ver con... —Creo que puede tener mucho que ver con su estado mental y emocional. Durante dos años, entre los ocho y los diez, vivió en un hogar comunal mientras se intentaba localizar a sus padres. Carece usted de recuerdos de los ocho primeros años de su vida, ignora su nombre, sus antecedentes, su lugar de nacimiento. Pese a su aparente suavidad, los ojos de Mira eran agudos y penetrantes. —Le pusieron el nombre de Eve Dallas y, con el tiempo, fue enviada a un hogar de adopción. Usted no tuvo control sobre nada de todo esto. Fue una niña maltratada, dependiente de una sociedad que, en muchos aspectos, le había fallado. Eve tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para mantener la compostura. —Del mismo modo que yo, que formo parte de la sociedad, fallé al no poder proteger a la niña. ¿Quiere saber cómo me hace sentir eso, doctora Mira?, Destrozada. Asqueada. Arrepentida.
  • 109. J. D. Robb —Creo que hice todo lo que pude. Pasé por la RV y lo repetí, porque no había otra alternativa. Si hubiese podido salvar a la niña, lo habría hecho. Si hubiese podido limitarme a arrestar al sujeto, lo habría hecho. —Pero nada de eso estaba bajo su control. Puta entrometida, pensó Eve. —Estaba bajo mi control liquidarlo. Tras hacer uso de todas las opciones reglamentarias, ejercí ese control. Ya ha visto usted el informe. Fue una eliminación limpia y justificada. Mira guardó silencio por un momento. En su experiencia con Eve lo máximo que había conseguido era arañar los muros defensivos que había levantado en torno a sí. —Muy bien, teniente. Tiene usted autorización para reanudar su trabajo sin ninguna restricción. —Eve fue a incorporarse, pero Mira la detuvo alzando una mano—. Quiero decirle algo extraoficialmente. —¿Acaso existe algo extraoficial? Mira se limitó a sonreír. —Con frecuencia, la mente humana se protege a sí misma. La suya se niega a evocar los primeros ocho años de su vida. Pero esos años forman parte de usted. Cuando quiera recuperarlos, yo puedo ayudarla. —Con voz suave, añadió—: Y también puedo ayudarla a hacer frente a esos recuerdos. —Soy lo que he querido ser, y esa situación la soporto. Quizá no sea capaz de soportar lo que ignoro, así que prefiero no correr el riesgo. Eve se levantó, fue hasta la puerta y se volvió hacia Mira, que seguía en la misma posición, con las piernas cruzadas y sosteniendo la bonita taza. En el aire se percibía la fragancia del aromático té. —Me gustaría plantearle un caso hipotético. Mira asintió en silencio. —Una mujer que se encuentra en una posición privilegiada, tanto económica como socialmente, decide convertirse en puta. —Ante el gesto levemente recriminatorio de Mira, Eve chasqueó la lengua—. Creo que aquí se puede llamar a las cosas por su nombre, ¿no, doctora? Decidió ganarse la vida con el sexo. Hizo alarde de ello ante su respetable familia, incluido su archiconservador abuelo. ¿Por qué? —Resulta difícil dar un motivo específico partiendo de una información tan genérica e imprecisa. Lo más obvio sería aventurar que esa persona sólo estima de sí misma su pericia sexual. El acto en sí puede adorarlo o detestarlo.
  • 110. J. D. Robb —Si lo detestase, ¿por qué iba a convertirse en una profesional? —Para castigarse. —¿A sí misma? —Desde luego: a ella y a cuantos estén con ella. Castigo, pensó Eve. El diario. Chantaje. —Un hombre mata con brutal ensañamiento —continuó—. El asesinato tiene relación con el sexo, y es cometido de forma peculiar y distintiva. Lo graba y consigue manipular un complicado sistema de seguridad. Una grabación del asesinato es entregada al policía encargado de la investigación. En la escena del crimen se dejó un jactancioso mensaje. ¿Qué clase de hombre es el asesino? —No me da muchos datos —se quejó Mira, pero Eve se daba cuenta de que había captado su atención—. Imaginativo —comenzó—.Buen planificados Voyeur. Seguro de sí, quizá vanidoso. Dice usted que actúa de forma distintiva, así que desea dejar su marca y quiere hacer alarde de su destreza, de su inteligencia. Según usted teniente, ¿cree que disfrutó cometiendo el asesinato? —Sí, creo que le fascinó hacerlo. Mira meneó la cabeza. —Entonces volverá a darse el gusto. —Ya lo ha hecho. Dos asesinatos, separados por apenas una semana. No tardará en cometer el próximo. —Supongo que no. —Mira bebió su té como si ambas estuviesen charlando de la última moda de primavera—. Aparte del asesino y el método, ¿tienen los dos asesinatos algo más en común? —Sexo —dijo lacónicamente Eve. —Ah. —Mira ladeó la cabeza—. Pese a nuestra tecnología, pese a nuestros pasmosos avances en genética, seguimos siendo incapaces de controlar las virtudes y los defectos humanos. Quizá seamos demasiado humanos para permitir que tales cosas se manipulen. Las pasiones son necesarias para el espíritu. Aprendimos bien esa lección a comienzos de este siglo, cuando la ingeniería genética estuvo a punto de escaparse de nuestro control. Resulta lamentable que ciertas pasiones se retuerzan y deformen. Para algunos, el sexo y la violencia siguen siendo cosas inseparables. La doctora se levantó para dejar las tazas junto al servidor. —Me interesaría saber más sobre ese hombre, teniente. En el caso que desee un perfil psicológico de él, espero que recurra usted a mí.
  • 111. J. D. Robb —Se trata de un código Cinco. —Comprendo. —Si no resolvemos el caso antes de que el asesino actúe de nuevo, puede que vuelva. —Estaré a su disposición. —Gracias. —Eve... incluso las mujeres fuertes y que todo se lo deben a sí mismas tienen sus puntos flacos. No sienta usted temor de ellos. Eve sostuvo la mirada de la doctora por un momento. —Tengo trabajo que hacer. Alterada por el reconocimiento, Eve se mostró seca y hostil con su informante, lo cual estuvo a punto de hacerle perder una pista sobre un caso de contrabando de sustancias químicas. Su humor distaba mucho de ser bueno cuando regresó a la Central de Policía. Feeney no le había dejado ningún mensaje. Sus compañeros del departamento sabían dónde había pasado Eve el día e hicieron lo posible por no interponerse en su camino, de resultas de lo cual, la mujer trabajó durante una hora en solitaria exasperación. Lo último que intentó fue comunicarse con Roarke, y ni la sorprendió ni la defraudó particularmente el hecho de no poder localizarlo. Le dejó en el correo electrónico un mensaje solicitando una cita, y luego dio por finalizado su trabajo del día. Tenía la intención de ahogar sus frustraciones en licor barato y música mediocre en la Ardilla Azul, el local donde últimamente trabajaba Mavis. Era un bar de segunda categoría, poco mejor que un tugurio. La luz era tenue, la clientela bulliciosa y el servicio lamentable. Justamente lo que Eve buscaba. Nada más entrar sintió la bofetada de la música. Mavis lograba que su atractiva y fina voz se oyera por encima del sonido de la orquesta, que consistía en un muchacho cubierto de tatuajes sentado ante un sintetizador melódico. Eve rechazó la invitación a tomar un trago en uno de los reservados de fumadores que le hizo un tipo que llevaba una chaqueta con capucha. Logró abrirse paso hasta una mesa, marcó una orden pidiendo un screamer, y se arrellanó para disfrutar de la actuación de Mavis. Su amiga no lo hacía del todo mal, decidió Eve, aunque tampoco del todo bien, pero la clientela no era nada selectiva. Aquella noche, Mavis sólo llevaba pintura. Su menudo y atractivo cuerpo era como un lienzo tachonado de rayas y brochazos color naranja y violeta, con manchas color esmeralda en lugares estratégicos. La muchacha evolucionaba por el pequeño escenario elevado en medio de un entrechocar de pulseras y cadenas. Un paso más abajo, una masa humana se
  • 112. J. D. Robb estremecía al ritmo que ella marcaba. Eve observó cómo, junto a la pista de baile, un pequeño paquete cambiaba de manos. Drogas, naturalmente. Habían intentado hacerles la guerra, legalizarlas, hacer caso omiso de ellas, y luego regularlas. Nada de ello dio resultado. Como no tenía ánimos para hacer una detención, Eve optó por alzar una mano y hacerle señas a Mavis. Finalizó la parte vocal de la canción y Mavis saltó del escenario. Tras abrirse paso por entre el público, recostó una pintada cadera contra la mesa dé Eve. —Hola, forastera. —Tienes buena pinta, Mavis. ¿Quién es el artista? —Un tipo que conozco. —Se removió y tocó con una larga uña su nalga izquierda—. Caruso. Como ves, estoy firmada por él. Conseguí que me hiciera el trabajo gratis, a cambio sólo de lucir su nombre. —Abrió mucho los ojos cuando la camarera dejó frente a Eve un esbelto vaso lleno de un espumoso líquido azulado—. ¿Un screamer? ¿Y no prefieres que me agencie un martillo y te deje inconsciente con él? —Ha sido un día de mierda —murmuró Eve, y tomó el primer sorbo del fortísimo brebaje—. Joder, esto sabe a matarratas. Preocupada, Mavis se inclinó sobre su amiga. —Si quieres, puedo tomarme un descanso —dijo. —No te preocupes, estoy bien. —Eve arriesgó de nuevo su vida tomando otro sorbo—. Sólo quería echarle un vistazo a este sitio, soltar un poco de vapor. Mavis, no habrás vuelto a consumir, ¿verdad? —Pero bueno... —Más preocupada que ofendida, Mavis sacudió el hombro de Eve—. Estoy limpia, y tú lo sabes. Aquí se trapichea un poco con drogas; pero no es nada importante. Píldoras de la felicidad, calmantes, parches tónicos... —Frunciendo el ceño, añadió—: Si pensabas hacer un arresto, al menos podrías haber esperado a mi noche libre. —Lo siento. —Molesta consigo misma, Eve se frotó la cara con las manos—. En estos momentos no soy adecuada para el consumo humano. Vuelve a cantar. Me gusta oírte. —Muy bien; pero si cuando te vayas quieres compañía, hazme una seña. Puedo arreglarlo. —Gracias. —Eve se retrepó en el asiento y cerró los ojos. De pronto la música bajó de volumen y se hizo más suave. Evitando mirar alrededor, el sitio no estaba tan mal. Por veinte créditos hubiera podido alquilar unas gafas entonadoras del ánimo que
  • 113. J. D. Robb permitían ver luces y formas acordes con la música; pero de momento prefirió contemplar la oscuridad de detrás de sus párpados. —Este antro no está a tu altura, teniente. Eve abrió los ojos y vio a Roarke. —Cada vez que me doy la vuelta me encuentro contigo. Roarke se sentó ante ella. Como la mesa era pequeña, las rodillas de ambos chocaron. El hombre se acomodó, y sus muslos quedaron rozando los de Eve. —Tú me llamaste y al colgar dejaste esta dirección. —Quería una cita, no un compañero de copas. Él miró la bebida que había sobre la mesa, y se inclinó para olfatearla. —Tomando este veneno, no creo que consigas uno. —Aquí no sirven vinos de cosecha ni whisky con solera. Roarke puso una mano sobre la de ella por el simple gusto de ver cómo fruncía el entrecejo y retiraba la mano. —¿Por qué no vamos a algún sitio donde sí los sirvan? —Estoy de pésimo humor, Roarke. Dame cita para cuando mejor te convenga, y luego lárgate. —Una cita, ¿para qué? —La cantante llamó la atención de Roarke, que alzó una ceja, observando como Mavis ponía los ojos en blanco y hacía gestos—. Una de dos: o la vocalista está sufriendo un ataque de epilepsia o quiere llamar tu atención. Eve miró al escenario y luego meneó la cabeza. —Es amiga mía. —Volvió a menear la cabeza, con mayor énfasis, al advertir que Mavis le sonreía y le mostraba ambos pulgares vueltos hacia arriba—. Cree que he tenido suerte. —Y la has tenido. —Roarke cogió la bebida y la dejó en una mesa adjunta, donde manos codiciosas no tardaron en pelearse por ella—. Acabo de salvarte la vida. —Maldita sea... —Si tanto interés tienes por emborracharte, Eve, al menos hazlo con algo que no te destroce el estómago. —Echó un vistazo al menú y meneó la cabeza—. Aquí no sirven más que venenos. —Se levantó y la tomó de la mano—. Vámonos. —Aquí estoy bien. Todo paciencia, Roarke se inclinó y aproximó su rostro al de ella.
  • 114. J. D. Robb —Intentas emborracharte lo bastante como para poder desahogarte con alguien sin preocuparte por las consecuencias. Conmigo no necesitas ni emborracharte ni preocuparte. Puedes desahogarte a gusto. —¿Por qué dices eso? —Porque veo en tus ojos una nota de tristeza. Y eso me afecta. —Mientras ella intentaba asimilar tan sorprendente declaración, él la obligó a levantarse y la condujo hacia la puerta. —Me voy a mi casa —decidió Eve. —Ni hablar. —Escucha, amigo... No pudo seguir, porque Roarke la empujó contra la pared y la besó en los labios. Eve no se resistió. El asalto había sido tan súbito que la había dejado sin aliento, y de pronto notaba unas apasionadas ansias de que el hombre continuase. Su boca sólo tardó unos segundos en quedar libre. —Basta —ordenó, y le desagradó advertir que su voz no era más que un ronco susurro. Recuperando la compostura, Roarke dijo: —Pese a lo que puedas creer, hay momentos en que se necesita compañía. Y, ahora mismo, la compañía que necesitas soy yo. —Con un brillo de impaciencia en los ojos, la sacó del local —¿Dónde dejaste el coche? Ella señaló el fondo de la calle y echó a andar junto a Roarke. —No entiendo cuál es tu problema —dijo. —Tú eres mi problema —replicó él. Luego, abriendo la portezuela del coche, añadió—: No puedes imaginarte el aspecto que tenías sentada en ese bar, con los ojos cerrados y ensombrecidos. —Evocar la imagen hizo que su irritación aumentase. Obligó a Eve a ocupar el asiento del pasajero y él rodeó el coche para ponerse al volante —¿Cuál es la puñetera clave? Fascinada por los altibajos de humor de su compañero, Eve marcó ella misma la clave del coche. Una vez quitado el seguro, Roarke puso el vehículo en marcha. —Intentaba relajarme —dijo Eve, justificándose.
  • 115. J. D. Robb —No sabes hacerlo —replicó él—. Ocultas tus tensiones, pero no te libras de ellas. El sendero por el que caminas será muy recto, pero también muy angosto. —Por él estoy acostumbrada a ir. —Pero en esta ocasión no sabes a lo que te enfrentas. Los dedos de Eve se crisparon. —Pero tú sí. Roarke guardó silencio unos momentos, intentando disimular sus propias emociones. —Hablaremos de ello más tarde. —Prefiero que lo hagamos ahora. Ayer fui a ver a Elizabeth Barrister. —Lo sé. —Más calmado, Roarke iba acostumbrándose a los tirones que daba el coche de Eve— Tienes frío. Pon la calefacción. —Está estropeada. ¿Por qué no me contaste que fue ella la que te pidió que vieras a Sharon y hablases con ella? —Porque Beth me lo pidió confidencialmente. —¿Cuál es tu relación con Elizabeth Barrister? —Somos amigos —dijo Roarke, tras dirigirle una sesgada mirada—. Tengo algunos, y Beth y Richard están entre ellos. —¿Y el senador? —Detesto a ese pomposo hipócrita —dijo Roarke—. Si consigue que su partido lo postule para la presidencia, pondré todo lo que tengo a disposición de su rival, aunque se trate del propio diablo. —Desde luego, cuando quieres hablar claro sabes hacerlo, Roarke —dijo Eve con una tenue sonrisa—. ¿Sabías que Sharon llevaba un diario? —Es natural. A fin de cuentas, era una mujer de negocios. —No hablo de un dietario, sino de un diario. Un diario personal. Secretos, Roarke. Chantaje. —Vaya, pues parece que al fin has encontrado el móvil que no tenías. —Eso está por ver. Tienes un montón de secretos, Roarke. Él lanzó una breve risa y detuvo el coche frente a las puertas de su finca.
  • 116. J. D. Robb —¿Realmente crees que a mí se me puede chantajear, Eve? ¿Crees que una pobre desgraciada como Sharon podría descubrir cosas que a ti se te escapan y utilizarlas en mi contra? —No. —Decirlo fue sencillo. Eve puso una mano en su brazo—. No voy a entrar contigo. —Decir esto fue bastante menos sencillo. —Si te hubiese traído para que nos acostáramos juntos, lo haríamos. Ambos lo sabemos. Tú querías verme. Querías disparar con un arma como la que usaron para matar a Sharon y a la otra, ¿no? Ella lanzó un breve suspiro. —Sí—dijo. —Pues ésta es tu oportunidad. Las puertas se abrieron y Roarke condujo el coche a través de ellas. El mismo mayordomo de pétreo rostro montaba guardia junto a la puerta, y se hizo cargo del abrigo de Eve con la misma desaprobación apenas encubierta. —Que nos sirvan café en la galería de tiro, por favor —ordenó Roarke, guiando a su compañera escaleras arriba. Volvía a tener la mano de Eve en la suya, pero ella decidió que el gesto, más que sentimental, estaba destinado a evitar que ella cambiase de idea y se fuese, Eve podría haberle dicho que se sentía demasiado intrigada para irse a ninguna parte, pero le divertía la nota de inquietud que advertía bajo la imperturbable fachada del hombre. Una vez en el tercer piso, él repasó rápidamente su colección, escogiendo las armas sin titubeos ni vacilaciones. Manejaba aquellas antigüedades con la competencia que da el conocimiento de las mismas y, en opinión de Eve, su uso habitual. Aquél no era un simple coleccionista, sino un hombre acostumbrado a utilizar sus posesiones. Eve se preguntó si él se daría cuenta de que aquello lo perjudicaba. Pero probablemente no le importaba. Una vez hubo metido las armas en un maletín de cuero, Roarke fue hasta una pared. Tanto la consola de seguridad como la propia puerta estaban tan bien disimuladas por un mural que reproducía un bosque, que Eve nunca las habría encontrado. El trompe l'oeil se deslizó, dejando al descubierto un ascensor. —Esta cabina sólo conduce a unas pocas habitaciones —explicó mientras subían al ascensor—. No es frecuente que lleve a mis invitados a la galería de tiro. —¿Por qué no?
  • 117. J. D. Robb —Reservo mi colección y el uso de las armas para aquellos que saben apreciarla. —¿Sueles comprarlas en el mercado negro? —Nunca olvidas que eres policía. —Le dirigió una de sus resplandecientes sonrisas, pero a Eve le pareció advertir un brillo irónico en sus ojos—. Sólo compro haciendo uso de los canales legales, como es natural. —Su mirada se fijó en el bolso de Eve—. Y seguiré diciendo lo mismo mientras tú tengas la grabadora conectada. Ella no pudo reprimir una sonrisa. Claro que tenía la grabadora conectada. Y claro que él lo sabía. Pero el interés de ella era tanto que no dudó en abrir el bolso, sacar la grabadora y apagarla. —¿Y la grabadora de apoyo? —preguntó el imperturbable Roarke. —Ser tan listo algún día te costará un disgusto. —Dispuesta a correr el riesgo, se metió una mano en el bolsillo. La grabadora de apoyo era delgada como el papel. La desactivó con la uña del pulgar—. ¿Qué hay de tus grabadoras? —Miró en torno mientras las puertas de la cabina se abrían—. Supongo que tienes cámaras y micrófonos de seguridad hasta en el último rincón de esta casa. —Desde luego. La sala era de techo alto y estaba decorada de modo sorprendentemente espartano, teniendo en cuenta el amor de Roarke por el confort. Las luces se encendieron en cuanto ellos entraron, iluminando unas paredes amarillas carentes de toda decoración, una fila de sencillas sillas de alto respaldo, y mesas, en una de las cuales ya había una cafetera de plata y un par de tazas de porcelana. Haciendo caso omiso de todo ello, Eve fue hasta una larga y reluciente consola negra. —¿Para qué sirve esto? —Para varias cosas. —Roarke dejó el maletín y apretó la palma contra una pantalla identificadora. Una luz verdosa brilló bajo su mano. Su impresión manual fue reconocida y aceptada, y se encendieron varias luces y diales—. Aquí es donde guardo la munición. —Pulsó una serie de botones y en la base de la consola se abrió un pequeño cajón—. Supongo que querrás balas. —De otro cajón extrajo tapones para los oídos y gafas de seguridad. —¿Qué es esto para ti? ¿Un hobby? —preguntó Eve, ajustándose ante los ojos las gafas de pequeños y claros cristales. Los tapones para los oídos encajaron a la perfección. —Sí. Una especie de hobby. La voz del hombre le llegaba con un ligero eco a través de los tapones protectores. Sólo eran audibles ellos dos. El resto de los sonidos desapareció.
  • 118. J. D. Robb Roarke cargó el revólver del 38. —Éste era el calibre que usaba normalmente la policía hacia mediados del siglo pasado. A partir del segundo milenio, se optó por el 9 mm. —La RS-50 fue el arma más usada durante la Revuelta Urbana y durante el tercer decenio del siglo XXI Él alzó una ceja, agradablemente sorprendido. —Parece que has hecho bien tus deberes. —En efecto. —Eve miró el arma que Roarke empuñaba—. Intento descifrar la mentalidad del asesino. —Supongo que sabes que el láser manual que llevas al costado no obtuvo la aceptación popular hasta hace unos veinticinco años. Ella lo miró con ceño mientras Roarke cerraba el cilindro del revólver. —Aunque con algunas modificaciones, el láser NS ha sido el arma oficial de la policía desde el año 2023. No vi ningún láser en tu colección. El hombre la miró con ojos risueños. —Esos juguetes sólo son para la policía. Para los demás, coleccionistas incluidos, son ilegales. —Pulsó un botón y en la pared del fondo se formó un holograma tan realista que Eve dio un respingo. —Excelente imagen —murmuró, estudiando el gran hombretón de amplios hombros que empuñaba un arma que ella no logró identificar. —Es una réplica del típico asaltante del siglo xx. Lo que empuña es una AK-47. —Cierto. —Eve estudió el arma. Resultaba más impresionante que en las fotos y vídeos que había visto—. Fue muy popular entre las bandas urbanas y los narcotraficantes de la época. —Un arma de asalto —murmuró Roarke—. Diseñada para matar. Una vez active el holograma, si el tipo hace blanco, sentirás una pequeña sacudida. Se trata de una descarga eléctrica de bajo nivel, en vez de una insultante bala. ¿Quieres probar? —Tú primero. —Muy bien. —Roarke activó el holograma, y el matón se echó hacia adelante, blandiendo su arma. Los efectos de sonido comenzaron inmediatamente. El atronador estrépito hizo que Eve retrocediera un paso. Maldiciones masculladas, bullicio callejero, aterradoras detonaciones. Atónita, contempló cómo de la imagen comenzaban a brotar torrentes de sangre que parecía real. El amplio pecho pareció
  • 119. J. D. Robb hacer explosión, y el hombre salió lanzado hacia atrás. El arma se escapó de entre sus manos. Luego, arma y hombre se esfumaron. —Vaya. Dándose cuenta de que se estaba mostrando jactancioso, como un muchacho en un puesto de tiro al blanco, Roarke bajó el arma. —Si no se utiliza un blanco realista, es imposible saber lo que puede hacer una de estas armas. —Sí, supongo que tienes razón. —Eve tragó saliva—. ¿Él te alcanzó con sus disparos? —No. Pero tratándose de uno contra uno, y estando sobre aviso de lo que va a ocurrir, no es muy difícil anticiparse a un rival. Roarke apretó unos botones y el pistolero muerto resucitó, dispuesto de nuevo al ataque. Roarke se colocó en posición con la facilidad y la destreza de un policía veterano. O de un veterano asaltante. Bruscamente, la imagen se abalanzó y, al disparar Roarke, otros hologramas aparecieron en rápida sucesión. Un hombre blandiendo una pistola, una frenética mujer empuñando un fusil y un niñito aterrado sosteniendo un balón. Todos dispararon y la sala se llenó de estampidos, maldiciones y gritos. Cuando todo hubo concluido, el niñito estaba sentado en el suelo, llorando y completamente solo. —Un ataque aleatorio como éste resulta más difícil —comentó Roarke—. Me dieron en el hombro. —¿Cómo? —Eve parpadeó y lo miró—. ¿En el hombro? Sonriendo, él replicó: —No te preocupes. Es sólo una rozadura. - Aun dándose cuenta de lo ridícula que era su reacción, Eve no podía evitar sentirse sobresaltada. —Es un juguete endiablado, Roarke. Una diversión para toda la familia. ¿Juegas con él a menudo? —De vez en cuando. ¿Lista para probar? Eve decidió que, si podía soportar una sesión de RV, también podía hacer frente a aquello. —Sí. Programa otro ataque aleatorio.
  • 120. J. D. Robb —Eso es lo que más admiro de ti, teniente. —Roarke cargó de nuevo el arma.—. Cuando te metes en algo, te metes hasta el fondo. Pero será mejor que primero practiques un poco. El hombre hizo surgir un blanco convencional, con círculos concéntricos y una diana en el centro. Luego se colocó tras ella, poniéndole el 38 en las manos y cubriéndole éstas con las suyas. Apretó la mejilla contra la de Eve. —Tienes que apuntar, ya que esto no percibe el calor y el movimiento como tu arma habitual. —Ajustó los brazos de Eve hasta que estuvo satisfecho—. Cuando dispares, aprieta el gatillo pero no mantengas la presión. Saltará un poco. Su funcionamiento no es tan suave y silencioso como el de tu láser. —Lo sé —murmuró Eve, diciéndose que era una tontería sentirse turbada por las manos del hombre sobre las suyas, por la presión de su cuerpo, por su olor—. Me estás agobiando. Él giró la cabeza, sólo lo suficiente para que sus labios rozaran el lóbulo de Eve. Éste estaba sin perforar, y era suave como el de una niña. —Lo sé. Tienes que prepararte para el estampido, porque será muy fuerte. Tu primera reacción será recular. Evita hacerlo. —No recularé. —Para demostrarlo, Eve apretó el gatillo. Sus brazos se estremecieron, cosa que la perturbó. Disparó una segunda y una tercera vez, y le faltaron menos de dos dedos para acertar en el centro de la diana—. Joder, el disparo se siente de veras, ¿verdad? —Cuadró los hombros, fascinada por la forma como éstos vibraban a impulsos del arma que sostenía. —Sí, eso hace que la cosa sea más personal —Tienes buen ojo. —Roarke estaba impresionado, aunque su tono era comedido—. Naturalmente, una cosa es disparar contra una diana y otra muy distinta hacerlo contra una persona. O contra la imagen de una persona. ¿Aquello era un reto?, se preguntó Eve. De ser así, estaba dispuesta a aceptarlo. —¿Cuántas balas quedan en el arma? —La recargaremos por completo. —Roarke programó una serie aleatoria. La curiosidad, y también su ego, le hicieron escoger una de las combinaciones más difíciles—.¿Lista? Ella lo miró de reojo y se colocó en posición de tiro. —Sí —dijo.
  • 121. J. D. Robb La primera imagen fue la de una anciana que aferraba con ambas manos un bolso de la compra. Él dedo de Eve se paralizó instantes antes de volarle la cabeza a la inocente. Se produjo un movimiento a la izquierda y ella liquidó a un asaltante que se disponía a golpear a la anciana con un grueso tubo de hierro. Percibió un leve calambre en la cadera izquierda, se volvió y le pegó un tiro a un tipo calvo que blandía un arma similar a la de ella. Después de eso, los hologramas se sucedieron con rapidez. Roarke la contempló con hipnótica fijeza. No, no se estaba achicando, se dijo. Los ojos de Eve permanecían fríos y atentos. Ojos de policía. Roarke sabía que la mujer estaba anegada en adrenalina y que el pulso se le había desbocado. Sus movimientos eran rápidos, pero tan firmes y premeditados como los de un ballet. Sus mandíbulas estaban encajadas, y sus manos eran firmes. Roarke notó una ardiente sensación en la boca del estómago y se dio cuenta de lo mucho, lo desesperadamente que deseaba a aquella mujer. —Me han alcanzado dos veces —dijo ella como para sí. Abrió el cilindro ella misma, y recargó como le había visto hacer a Roarke—. Un balazo en la cadera y otro en el abdomen, así que estoy muerta o gravemente herida. Otra serie. Roarke hizo lo que Eve le pedía, y luego metió las manos en los bolsillos y la observó actuar. Una vez hubo terminado, Eve quiso probar con el modelo suizo. Llegó a la conclusión que le gustaban más el peso y la respuesta de la SIG. Decididamente, el arma era muy preferible a un revólver. Más rápida, más sensible, más capacidad de fuego, y recargarla sólo llevaba unos segundos. Ninguna de las dos armas le resultaba tan cómoda como su láser, y sin embargo ambas le fascinaron por su primitiva y horrible eficacia. Y los daños que causaban — la piel desgarrada, las salpicaduras de sangre— convertían la muerte en algo macabro. —¿Te alcanzaron? —quiso saber Roarke. Aunque los hologramas habían desaparecido, los espectros de las imágenes seguían en los ojos de Eve. —No. Estoy ilesa —musitó. Bajando el arma, añadió -Los efectos de las balas sobre un cuerpo humano son espantosos. Imagino lo que debía de suponer usar día tras día armas como éstas, sabiendo que también podían ser usadas contra uno. ¿Quién podría enfrentarse a semejante perspectiva sin volverse medio loco? —Tú podrías. —Roarke se quitó las protecciones de ojos y orejas—. La conciencia y el deseo de cumplir con el deber no siempre superan las debilidades. Tú pasaste con éxito el reconocimiento. Te costó, pero lo conseguiste.
  • 122. J. D. Robb Eve dejó sus protectores junto a los de su compañero. —¿Cómo lo sabes? —¿Cómo sé que hoy estuviste en Reconocimiento? Tengo contactos. ¿Cómo sé que te costó? —Le cogió la barbilla—. Mirándote, me doy cuenta de ello —dijo con voz suave—. Tu corazón y tu cabeza están enfrentados. Probablemente no eres consciente de ello, pero eso es lo que te hace tan buena en tu trabajo... y tan fascinante para mí. —No intento fascinarte, sino encontrar al hombre que usó las armas que acabo de disparar; no para defenderse, sino por gusto. —Miró fijamente a Roarke—. Y ese hombre no fuiste tú. —No, no fui yo. —Pero tú sabes algo. Roarke acarició con el pulgar el hoyuelo de la barbilla de Eve. —No estoy seguro de que sea así. —Fue hasta la mesa y sirvió café—. Armas del siglo XX, crímenes del siglo xx con móviles del siglo xx. Eso es lo que pienso. —Se trata de una deducción bastante simple. —Pero... dime una cosa, teniente, ¿tus conocimientos de historia son suficientes para sacar deducciones, o estás demasiado instalada en el aquí y ahora? Eve se estaba haciendo aquella misma pregunta. —Soy flexible —dijo. —No; pero eres inteligente. Quienquiera que matase a Sharon tenía conocimiento e incluso afecto por el pasado. Quizá estuviese obsesionado por él. —Alzó burlonamente las cejas—. Yo tengo cierto conocimiento de algunas épocas pasadas y, sin duda, siento afecto por ellas. ¿Obsesión? —Se encogió de hombros—. Eso tendrás que decidirlo tú misma. —En ello estoy. —No lo dudo. Probemos a utilizar el viejo razonamiento deductivo, sin ordenadores ni análisis técnicos. Primero hay que estudiar a la víctima. Tú crees que Sharon era una chantajista. Y la cosa encaja. Era una mujer exasperada, rebelde, ansiosa de poder. Y que deseaba ser amada. —¿Todo eso lo dedujiste con sólo haberla visto dos veces? —Pues sí. —Roarke le ofreció una taza de café—. Con eso y con lo que me dijeron personas que la conocían. Sus amigos y conocidos la tenían por una mujer impresionante, muy enérgica, pero también muy reservada. Una mujer que prescindió de su familia, pero que pensaba en ella con frecuencia. Una mujer que
  • 123. J. D. Robb amaba la vida, pero dada a los remordimientos. Supongo que tú y yo hemos llegado a conclusiones muy parecidas. Aquel último comentario irritó a Eve. —No sabía que estuvieras sacando conclusiones respecto a una investigación policial, Roarke. —Beth y Richard son amigos míos y yo me tomo la amistad muy en serio. Están sufriendo mucho, Eve, y no me gusta saber que Beth se culpa de lo sucedido. Eve recordó el nerviosismo de la madre de Sharon. —Muy bien, lo acepto. ¿Con quién has hablado? —Como te dije, con amigos y conocidos, y también con relaciones de negocios. — Dejó su taza mientras Eve daba sorbos a la suya al tiempo que se paseaba de arriba abajo—. Resulta sorprendente la cantidad de opiniones y sensaciones discrepantes que puede producir una misma mujer. Preguntas a uno y te dice que Sharon era leal y generosa. Preguntas a otro y te dice que era vengativa y calculadora. Un tercero te dice que se volvía loca por las fiestas y que toda diversión le parecía poca, mientras que un cuarto afirmará que le gustaba pasar las veladas en soledad. Nuestra Sharon disfrutaba representando papeles distintos y opuestos. —Mostraba distintos rostros a distintas personas. Es algo bastante común. —Pero... ¿qué rostro o qué papel fue el que la mató? —Roarke encendió un cigarrillo—. Chantaje. —Con expresión pensativa, exhaló una bocanada de humo—. Eso se le hubiera dado bien. Le gustaba sonsacar a las personas, y lo hacía con notable habilidad y encanto. —Y utilizó ese encanto contigo. —A raudales. —Volvió a sonreír con desenfado—. Yo no estaba dispuesto a cambiar información por sexo. Aunque Sharon no hubiera sido la hija de mis amigos y una profesional, yo no me habría sentido atraído por ella. Prefiero otra clase de mujer. — Miró a Eve—. O eso creía. No termino de explicarme por qué, de pronto me resulta atractiva una mujer seria, mandona y quisquillosa. Ella se sirvió más café y lo miró por encima de la taza. —Eso no resulta muy halagador —dijo. —Tampoco pretendía serlo. Aunque para tratarse de alguien cuyo peluquero debe de ser medio cegato y que no hace uso de los métodos embellecedores habituales, resulta sorprendentemente fácil mirarte.
  • 124. J. D. Robb —No tengo peluquero ni tiempo para métodos embellecedores. —Ni tampoco, se dijo Eve, ganas de hablar sobre el tema—. Pero continuemos con las deducciones. Si Sharon DeBlass fue asesinada por alguien a quien hacía chantaje, ¿en qué parte del cuadro encaja Lola Starr? —Sí, eso es todo un problema. —Roarke dio una calada al cigarrillo—. Lo único que ambas parecen tener en común es la profesión. No parece que se conocieran ni que tuviesen el mismo tipo de clientes. Sin embargo hubo alguien que, al menos brevemente, las conoció a ambas. —Alguien que las escogió a ambas. Él enarcó una ceja, asintiendo. —Sí, ésa es una mejor forma de expresarlo. —¿Qué quisiste decir con lo de que no sabía en lo que me estaba metiendo? La vacilación de Roarke fue tan breve y estuvo tan bien disimulada que apenas resultó perceptible. —No estoy seguro de que te des cuenta del poder que DeBlass posee y es capaz de usar. El escándalo del asesinato de su hija podría aumentarlo. El tipo quiere la presidencia, y pretende ser quien dicte el clima moral del país y del resto del mundo. —¿Insinúas que podría utilizar políticamente la muerte de Sharon? ¿Cómo? - Roarke aplastó su cigarrillo. —Podría mostrar a su nieta como a una víctima de la sociedad, aduciendo que el sexo mercenario fue el arma del crimen. ¿Cómo puede no ser responsable de lo sucedido un mundo que permite la prostitución legalizada, el absoluto control de la natalidad, el cambio de sexo y demás cosas por el estilo? Aun comprendiendo que se trataba de una cuestión polémica, Eve negó con la cabeza. —DeBlass también quiere eliminar el bando contra las armas. Sharon fue asesinada por un arma que, según la legislación vigente, es imposible de obtener. —Lo cual hace la cuestión aún más insidiosa. ¿Hubiera podido Sharon defenderse de haber estado armada? —Eve fue a protestar pero él negó con la cabeza—. La respuesta carece de importancia. Lo que importa es la pregunta. ¿Acaso hemos olvidado los principios que defendían quienes fundaron nuestra nación? El derecho a llevar armas. Una mujer asesinada en su propia casa, en su propia cama, una víctima de la libertad sexual y la indefensión. Todo ello forma parte del actual panorama de decadencia moral. Roarke fue a la consola, la desconectó y luego prosiguió:
  • 125. J. D. Robb —Podrá decirse que el asesinato por arma de mano era la norma más que la excepción en los tiempos en que alguien que tuviera el dinero y el deseo podía comprar una; pero tal razonamiento no acallará a DeBlass. El partido conservador está ganando terreno a ojos vistas y el senador es su punta de lanza. Mientras Eve asimilaba sus palabras, él sirvió más café e inquirió: —¿Has considerado la posibilidad de que DeBlass no desee que se encuentre al asesino? Sorprendida, ella alzó la mirada. —¿Por qué no iba a desearlo? Eso le daría aún más armas para su causa. «Esta es la inmunda y amoral basura que asesinó a mi pobre y confusa nieta.» —Ese es precisamente el riesgo. Quizá el asesino sea un respetable ciudadano, un pilar de la sociedad, que se sienta igualmente confuso. Sin embargo, no cabe duda de que hace falta un chivo expiatorio. Hizo una breve pausa para contemplar a la pensativa Eve y continuó: —¿Quién crees que insistió en que tú pasaras por Reconocimiento en mitad de este caso? ¿Quién vigila cada paso que das y permanece al corriente del curso que sigue la investigación? ¿Quién está investigando tus antecedentes y tu vida personal y profesional? Eve volvió a dejar su taza. —Supongo que DeBlass insistió en que yo pasase por Reconocimiento. O no confía en mí, o no me cree capacitada para llevar la investigación. Además, hizo que nos siguieran a Feeney y a mí desde East Washington. —Suspiró—. ¿Cómo sabes que me está investigando? ¿Acaso tú también lo estás haciendo? A él no le importó la acusación ni la furia que reflejaban los ojos de Eve. Prefería eso a la preocupación que otra persona habría manifestado en aquellas circunstancias. —No; es porque yo lo vigilo a él mientras él te vigila a ti. Decidí que me resultaría más satisfactorio enterarme de cómo eres tratándote en persona que leyendo informes sobre ti. Se acercó más a Eve y le acarició el cabello. —Respeto la intimidad de las personas que me importan. Y tú me importas, Eve. No sé exactamente por qué, pero lo cierto es que conmueves algo en mi interior.Cuando ella fue a retroceder, Roarke aumentó la presión de sus dedos.—Estoy harto de que cada vez que tengo la oportunidad de estar contigo, el asesinato se interponga entre nosotros. —El asesinato se interpone entre nosotros. Eso es un hecho.
  • 126. J. D. Robb —No. El asesinato es lo que nos ha reunido. ¿Cuál es el problema? ¿No puedes olvidar que eres la teniente Dallas y dar rienda suelta a tus sentimientos, aunque sólo sea por unos momentos? —Ésa es mi manera de ser. —Entonces, es así como te deseo. —Los ojos del hombre estaban ensombrecidos por un imperioso deseo. Se sentía incómodo consigo mismo, pues notaba que en cualquier momento podía ponerse a suplicar—. Puede que Eve sienta miedo de mí, pero la teniente Dallas no. El café la había puesto muy nerviosa. —Tú no me das miedo, Roarke. —¿Ah, no? —Él se acercó más a ella—. ¿Qué crees que ocurriría si te decidieras a cruzar la línea? —Demasiadas cosas y no las suficientes —murmuró Eve—. El sexo no ocupa un lugar destacado en mi lista de prioridades. Constituye una distracción. En los ojos de Roarke la exasperación desapareció, dejando paso a la risa. —Tienes toda la razón, es algo sumamente divertido. Cuando se hace bien. ¿No crees que ha llegado el momento de demostrarlo? Ella le cogió los brazos. No sabía si Roarke pretendía acercarse o alejarse de ella. —Es un error. —Aunque lo sea, lo cometeremos —murmuró él, y la besó. Ella se apretó contra él, lo rodeó con sus brazos y metió los dedos entre sus cabellos. El fuerte, casi brutal beso, la hizo estremecer. La boca de Roarke era ávida, voraz, y ella sentía sus efectos en el mismo centro de su cuerpo. Las rápidas e impacientes manos de él estaban ya sacándole la camisa de los vaqueros, en busca de su piel. Eve respondió estrechándose más contra él, restregándose contra su camisa de seda. Por un instante, Roarke se imaginó a sí mismo tumbándola en el suelo y penetrándola hasta que sus gritos resonaran y el semen brotase a borbotones. Sería algo rápido y brutal. Y luego todo habría terminado. Con los pulmones ardiéndole, Roarke se echó hacia atrás. El rostro de Eve estaba enrojecido, y tenía el hombro de la camisa desgarrado. Una habitación saturada de violencia, un aire que aún olía a pólvora, todo un arsenal de armas al alcance de la mano.
  • 127. J. D. Robb —No, aquí no. Roarke la llevó casi a rastras hasta el ascensor. Para cuando las puertas se abrieron, ya le había arrancado la rasgada manga. Las puertas se cerraron y él la empujó contra el tabique e intentó despojarla de la funda de su arma—. Quítate esa cochina cosa. Quítatela. Ella soltó el broche y dejó que la funda pendiera de una de sus manos mientras con la otra le desabrochaba a Roarke los botones de la camisa. —¿Por qué llevas tanta ropa? —La próxima vez no será así. —La despojó de la desgarrada blusa. Debajo, Eve sólo llevaba una combinación casi trasparente que revelaba sus pequeños y firmes pechos de erguidos pezones. Roarke los acarició y observó cómo los ojos de la mujer se nublaban—. ¿Dónde te gusta que te toquen? —Lo estás haciendo muy bien... —Eve tuvo que apoyarse contra el tabique para evitar que las rodillas le flaqueasen. Cuando las puertas volvieron a abrirse, los dos estaban estrechamente unidos. Salieron de la cabina sin separarse. Los labios y Roarke besaban el cuello de Eve, que dejó caer su funda y su bolso. La mujer tuvo un leve atisbo de la habitación: amplios ventanales, espejos, colores tenues. Notó olor a flores y una mullida alfombra bajo sus pies. Mientras intentaba quitarle a Roarke los pantalones, reparó en la cama. —Dios bendito. Era inmensa, un lago azul rodeado por maderas labradas. Se encontraba sobre una plataforma y bajo una especie de cúpula. Frente a ella había una chimenea de piedra, en la que ardían leños fragantes. —¿Aquí es donde duermes? —Esta noche no tengo ninguna intención de dormir. Interrumpiendo la pasmada contemplación de Eve, Roarke le hizo subir los dos escalones de la plataforma y la tumbó en la cama. —Tengo que estar en comisaría a las siete en punto —dijo. —Cierra la boca, teniente. —De acuerdo. Riendo ahogadamente, Eve se colocó sobre él y lo besó con fiereza. Se sentía dominada por ciegos y arrolladores impulsos. No veía el momento de satisfacer sus imperiosas urgencias.
  • 128. J. D. Robb Se quitó las botas y permitió que Roarke la despojase de los vaqueros. Una ola de placer le recorrió el cuerpo cuando le escuchó gemir de placer. Había pasado mucho tiempo, demasiado, desde la última vez que sintiese la tensión y el calor de un cuerpo masculino. El deseo de alcanzar el clímax era ardiente y feroz. En cuanto estuvieron desnudos, quiso montar a Roarke y darse satisfacción; pero él la obligó a cambiar de posición, ahogando sus protestas con un largo y ávido beso. —¿Qué prisa tienes? —murmuró, acariciándole el pecho y mirándola a los ojos mientras le pellizcaba suavemente el pezón—. Ni siquiera he tenido oportunidad de mirarte bien. —Te deseo... —Lo sé. —Roarke se apartó y recorrió con la vista y las manos el cuerpo de Eve, desde los hombros hasta los muslos, notando en las ingles el furor de la sangre—. Alta, esbelta... —Le apretó suavemente un pecho—. Menuda. Casi delicada. ¿Quién lo habría supuesto? —Quiero tenerte dentro de mí. —Sólo quieres una parte de mí. —Oh... —gimió ella cuando Roarke le puso los labios sobre un pecho. Ella se retorció mientras Roarke la besaba, primero con suavidad torturante, y luego con ardor desenfrenado. Las manos del hombre siguieron recorriendo su cuerpo, provocando una sucesión de estadillos de placer. Eve no estaba acostumbrada a aquello. El sexo, para ella, siempre había sido rápido y sencillo. La satisfacción de una necesidad básica. Pero aquello era una vorágine de emociones, una orgía de los sentidos. Intentó topearle su firme y abultado miembro, y se sintió al borde del pánico cuando él la tomó por las muñecas y la obligó a poner las manos tras la cabeza. —No... Roarke estuvo a punto de detenerse, pero se fijó en sus ojos: en ellos había pánico, pero también deseo. —No siempre puedes ser tú quien controle, Eve. —Le pasó la mano libre por el muslo. Ella tembló, y sus ojos se nublaron al notar los dedos de Roarke en la parte posterior de su rodilla. —No... —jadeó ella.
  • 129. J. D. Robb —¿Qué temes? ¿Que encuentre una debilidad y saque partido de ella? —Acarició la sensible piel, subiendo los dedos hacia la ingle para luego retirarlos de nuevo. Eve respiraba entrecortadamente, intentando apartarse de él—. Demasiado tarde, querida —murmuró—. Quieres el placer, pero no la intimidad. —Comenzó a besarla desde el cuello y luego, poco a poco, fue bajando por aquel cuerpo, que temblaba y se estremecía como un cable de alta tensión—. Para eso no necesitas compañía. Y esta noche la tienes. Me propongo devolverte todo el placer que de ti reciba. —No puedo. —Se debatió inútilmente contra Roarke, pero cada uno de sus movimientos le provocaba nuevas y devastadoras sensaciones. —Déjate ir. —Roarke estaba ansioso por poseerla, pero los esfuerzos de Eve por contenerse lo enfurecían y excitaban al mismo tiempo. —No puedo... —Te obligaré a hacerlo, y contemplaré cómo ocurre. —Recorrió con las manos su cuerpo, notando cada uno de sus estremecimientos y temblores. Luego, con el rostro pegado al de ella, posó la palma de la mano en el montículo que se alzaba entre los muslos de la mujer. Eve gimió. —Maldito cabrón... No puedo. —Mentira —musitó él, y luego le metió un dedo. Ambos gimieron a la vez, y Roarke notó la cálida humedad dé su interior. Intentando controlarse, concentró su atención en el rostro de Eve y contempló cómo el pánico se convertía en sorpresa, y la sorpresa en absoluta indefensión. Ella notó que comenzaba a deslizarse e intentó controlarse, pero la fuerza que la empujaba era excesiva. Alguien gritó mientras ella caía, y luego su cuerpo implosionó. En el momento en que la tensión se hizo irresistible, el cálido y afilado arpón del placer la alcanzó de lleno. Ofuscada, desorientada, sintió que su cuerpo se desmadejaba. Roarke pareció enloquecer. La tomó por los hombros y la apretó contra su cuerpo. —Otra vez —exigió, echándole la cabeza hacia atrás y besándola vorazmente en la boca—. ¡Otra vez, maldita sea! —Sí... —La vorágine volvía a formarse. El deseo le roía las entrañas. Sus manos, ya libres, recorrieron el cuerpo del hombre al tiempo que arqueaba el suyo, ofreciéndolo por entero a los voraces labios de Roarke. El siguiente clímax de Eve hizo que Roarke se sintiera desgarrado por el placer. Mascullando algo inarticuladamente, puso a la mujer de espaldas, alzó sus caderas y
  • 130. J. D. Robb luego la penetró. Ella se cerró en torno a él como un ardiente y lascivo puño. Sus uñas se rozaron contra su piel, sus caderas subieron en busca de las del hombre. Cuando las agotadas manos de Eve resbalaron de los sudorosos hombros de Roarke, éste se vació dentro de ella. Eve se abstuvo de hablar durante largo rato. En realidad no había nada que decir. Había dado un paso inadecuado con plena conciencia. Si había consecuencias, las pagaría. Ahora tenía que hacer acopio de cuanta dignidad pudiese reunir y largarse de allí. —Debo irme. —Apartando la mirada, se incorporó, preguntándose cómo iba a encontrar sus ropas. —No lo creo. —La voz de Roarke sonó perezosa, confiada y exasperante. Cuando Eve fue a levantarse de la cama, él la agarró por el brazo y la hizo caer de espaldas. —Te he dicho que se acabó la diversión. —No sé hasta qué punto lo que acaba de ocurrir ha sido mera diversión. Yo diría que fue algo demasiado intenso para recibir ese nombre. Aún no he terminado contigo, teniente. —Ella frunció el entrecejo y él sonrió—. Bien, eso es justamente lo que yo... Roarke se quedó sin palabras y sin aliento cuando el codo de Eve lo alcanzó en el estómago. En un abrir y cerrar de ojos, ella había invertido sus posiciones, y su codo estaba ahora peligrosamente apretado contra la tráquea de él. —Escucha, amigo, yo voy y vengo a mi antojo, así que controla tu ego. Él alzó una mano en son de paz. Eve apartó un poco el codo y Roarke aprovechó para cambiar de posición y contraatacar. Eve era dura, fuerte e inteligente, razón de más para sentirse furiosa cuando, tras un sudoroso forcejeo, Roarke volvió a estar sobre ella. —La agresión a un policía está penada con hasta cinco años de cárcel, Roarke. Y hablo de la cárcel, no de una cómoda detención domiciliaria. —No llevas tu placa. Ni ninguna otra cosa, si vamos a eso. —El hombre la golpeó suavemente en la barbilla—. No olvides poner eso en tu informe. Eve decidió que no era momento de ponerse digna. —No quiero pelear contigo. —A ella le satisfizo advertir que su voz sonaba calmada, hasta razonable—. Tengo que irme, eso es todo. Él cambió de posición y observó cómo sus ojos se abrían más para luego entornarse cuando volvió a penetrarla. —No cierres los ojos. —Su voz era un susurro.
  • 131. J. D. Robb Incapaz de resistir la nueva oleada de placer, Eve mantuvo la vista en el rostro de Roarke, que la penetraba con lentas y placenteras acometidas. La respiración de Eve se hizo más lenta y pesada. Cuanto podía ver era el rostro de Roarke, cuanto podía sentir era el maravilloso deslizamiento de él dentro de ella. La suave fricción hizo que un orgasmo comenzara a fraguarse en su interior. Los dedos del hombre se entrelazaron con los de ella. Eve notó cómo su cuerpo se crispaba un instante, y luego Roarke escondió el rostro entre sus cabellos. Luego permanecieron inmóviles, con los cuerpos entrelazados y en silencio. Él la besó en la sien. —Quédate —murmuró—. Por favor. —Sí. —Eve cerró los ojos—. Sí, me quedaré. No durmieron. Cuando a primera hora de la mañana Eve se metió en la ducha, lo que la asaltó no fue tanto cansancio como frustración. No solía pasar la noche con un hombre. Siempre había procurado que sus relaciones sexuales fueran sencillas, directas e impersonales. Sin embargo, allí estaba, a la mañana siguiente, bajo la ducha de Roarke. Durante horas había estado a merced de aquel hombre, que la había asaltado para invadir luego partes de ella que consideraba inexpugnables. Intentaba sentir remordimientos. Le parecía importante reconocer su error y pasar a otra cosa. Pero era difícil lamentar algo que la había hecho sentirse tan viva y que había mantenido sus pesadillas a raya. —Mojada estás guapísima, teniente. Eve volvió la cabeza. Roarke se encontraba junto a ella, entre los múltiples chorros de la ducha. —Tendrás que dejarme una camisa. —Encontraremos una. —Él apretó un botón de la pared de azulejos y puso una mano bajo un grifo para recoger una pequeña cantidad de líquido blanco y cremoso. —¿Qué haces? —Lavarte la cabeza —murmuró él, y procedió a repartir el champú por su corto y húmedo cabello—. Me gustará percibir en tu cuerpo el olor de mi jabón. —Sonrió—. Eres una mujer fascinante. Aquí estamos, mojados, desnudos y exhaustos después de una noche memorable, y sin embargo sigues mirándome con ojos fríos y recelosos. —Eres un tipo sospechoso, Roarke.
  • 132. J. D. Robb —Lo tomaré como un cumplido. —Inclinó la cabeza y la mordió en los labios. El vapor los envolvió y la intensidad del agua pareció hacerse mayor—. Dime qué quisiste decir la primera vez que te hice el amor cuando murmuraste «No puedo». Roarke le echó la cabeza hacia atrás, y ella cerró los ojos para protegerlos del champú. —No recuerdo todo lo que digo. —Lo recuerdas. —De otro grifo, sacó un poco de jabón verde pálido con aroma a bosque. Sin dejar de mirarla, le enjabonó los hombros, la espalda y los pechos—. ¿Es que nunca habías tenido un orgasmo? —Claro que lo había tenido. —Bien era cierto que ella siempre había equiparado sus clímax con el leve pop del corcho de una botella de estrés, no con la violenta explosión que destruyó toda una vida de represión—. Te estás envaneciendo, Roarke. —¿Ah, sí? —¿No se daba cuenta de que su fría mirada y la muralla que estaba intentando reconstruir en torno a sí eran un reto irresistible? Evidentemente no, se dijo él. Le acarició suavemente los enjabonados pezones, y sonrió al advertir su leve respingo—. Creo que me voy a envanecer de nuevo. —No tengo tiempo —dijo ella, pero al punto, se encontró de espaldas contra la pared de azulejos—. Esto ha sido un error desde el principio. Tengo que irme. —No tardaremos. —Sintiendo un aguijonazo de deseo, Roarke le puso las manos en las caderas y la alzó—. Ni fue un error antes, ni lo es ahora. Y he de poseerte. - La respiración de Roarke se hizo entrecortada. Al hombre le asombraba lo mucho que seguía deseándola, y le pasmaba que ella no se diera cuenta de ello. Le exasperaba que Eve, por el mero hecho de existir, constituyera su único punto débil. —Abrázame —pidió con voz cortante—. Maldita sea, abrázame. Ella ya lo estaba haciendo. Roarke la apretó contra la pared y la penetró con una erección que la llenó enteramente. En las paredes resonaron los jadeantes y apasionados gemidos de Eve, que sentía deseos de odiarlo por hacerla víctima de sus propias pasiones desenfrenadas. Pero siguió abrazada a él, y se dejó sumir en la vorágine de los sentidos. Roarke alcanzó un violento clímax, golpeó la pared con una mano manteniendo el brazo rígido para conservar el equilibrio mientras las piernas de Eve se separaban lentamente de las caderas de él. De pronto, Roarke se sintió enfurecido por el hecho de que aquella mujer pudiera despojarlo de toda su sofisticación, convirtiéndolo en una especie de bestia en celo.
  • 133. J. D. Robb —Buscaré una camisa para ti —dijo bruscamente, y luego salió de la cabina, cogió una toalla y dejó a Eve sola entre las nubes de vapor. Para cuando se hubo vestido, experimentando la ligera incomodidad del contacto de la seda cruda contra su piel, en la zona de estar del dormitorio encontró esperándola una bandeja con café. Se oía el tenue rumor de las noticias de la mañana en la pantalla de visionado, por cuya parte inferior desfilaba una hilera de números. Las cotizaciones de bolsa. En el monitor de una consola estaba sintonizado un periódico. Eve advirtió que no era el Times ni ningún diario neoyorquino, sino uno japonés. —¿Tienes tiempo para desayunar? —preguntó Roarke. No le era posible concentrarse en los datos de la bolsa. Le gustaba verla vestirse: el modo como sus manos vacilaron sobre la camisa antes de remetérsela en el pantalón, la forma como se abrochó los botones, el firme tirón con que se ajustó la sisa de los vaqueros. —No, gracias. —Eve se sentía presa de la inseguridad. Roarke le había hecho el amor violentamente en la ducha, y luego pasaba a comportarse como el más cortés de los anfitriones. Se ajustó la funda de su arma y luego fue hasta la mesa para aceptar la taza de café que él ya le había servido. —¿Sabes una cosa, teniente? Llevas tu arma como otras mujeres llevan un collar de perlas. —No se trata de un accesorio caprichoso. —Creo que no lo entiendes. Hay personas para quienes las joyas son más importantes que los brazos o las piernas. —Ladeó la cabeza y la estudió—. La camisa es un poco grande, pero te sienta bien. Eve se dijo que no podía sentarle bien algo que costaba lo que ella ganaba en una semana. —Te la devolveré. —Tengo bastantes más. —Se levantó y volvió a enervarla pasándole un índice por la barbilla—. Hace un rato me porté de modo muy brusco. Dispénsame por ello. La suave e inesperada disculpa desconcertó a Eve. —Olvídalo. —Se apartó un paso, vació su taza y la dejó. —No, no lo voy a olvidar. Ni tú tampoco. —Le tomó una mano, se la llevó a los labios y observó con satisfacción el recelo que vio en sus ojos—. No me olvidarás, Eve. Pensarás en mí. Quizá no con afecto, pero pensarás en mí.
  • 134. J. D. Robb —Estoy en plena investigación de un asesinato del que tú formas parte. Claro que pensaré en ti. —Querida —comenzó él, y le hizo gracia ver cómo ella fruncía el entrecejo al escuchar el cariñoso apelativo—. Pensarás en lo que puedo hacerte. Lamentablemente, durante unos días no me será posible más que imaginarlo. Ella retiró la mano y, con gesto que esperó fuese de indiferencia, cogió su bolso. —¿Vas a viajar? —quiso saber Eve. —Los trabajos preliminares de FreeStar requieren mi presencia en el lugar para celebrar una serie de reuniones con el consejo directivo. Pasaré un par de días muy ocupado y a miles de kilómetros de distancia. Eve notó algo; pero no quiso admitir que se trataba de un sentimiento de decepción. —Sí, ya me enteré que has hecho una gran inversión en ese gran juguete para gente rica y aburrida. Él se limitó a sonreír. —Cuando el proyecto esté listo, te llevaré allí. Quizá cambies de opinión. Mientras tanto, debo pedirte que seas discreta. Se trata de reuniones confidenciales. Aún hay que atar unos cuantos cabos sueltos, y no me conviene que mis rivales se enteren de la rapidez con que avanza el proyecto. Sólo unas pocas personas sabrán que no estoy aquí, en Nueva York. Ella se atusó el cabello. —Entonces ¿por qué me lo cuentas? —Por lo visto, porque he decidido que eres una de esas pocas personas. —Tan desconcertado por aquello como Eve, Roarke la acompañó hasta la puerta—. Si necesitas ponerte en contacto conmigo, díselo a Summerset y él te comunicará. —¿Te refieres al mayordomo? Roarke sonrió, comenzando a bajar las escaleras. —Él lo arreglará —fue cuanto dijo—. Puede que esté fuera cinco días. Una semana a lo sumo. Quiero volverte a ver. —Se detuvo y cogió el rostro de Eve—. Necesito volverte a ver. A ella se le aceleró el pulso. —¿Qué está pasando, Roarke? Él le rozó los labios con los suyos.
  • 135. J. D. Robb —Todos los síntomas parecen indicar que estamos teniendo un idilio, teniente. — Lanzó una breve risa y la besó de nuevo—. Si te hubiera apoyado una pistola contra la cabeza, no hubieras puesto más cara de pánico. Bueno, dispondrás de varios días para pensar en ello, ¿no te parece? A ella le daba la sensación de que ni varios años serían suficientes. Al pie de las escaleras se encontraba Summerset, rígido y con cara de palo. El hombre le tendió el abrigo. Eve lo tomó y, mientras se lo ponía, miró a Roarke. —Buen viaje —le deseó. —Gracias. —Antes de que ella pudiese llegar a la puerta, Roarke le puso una mano en el hombro—. Ten cuidado, por favor, Eve. —Molesto consigo mismo, apartó la mano—. Nos veremos. —Sí, claro. Eve salió apresuradamente y cuando volvió la cabeza la puerta ya se había cerrado. Al abrir la portezuela de su coche, advirtió que sobre el asiento del conductor había un memo electrónico. Lo cogió y se puso al volante. Mientras conducía hacia la salida, reprodujo el memo. La que sonó fue la voz de Roarke: —«No me gusta la idea de que tiembles por algo que no sea por mí. Mantente calentita.» Eve frunció el entrecejo. Luego encendió la calefacción. Y durante todo el camino hasta la Central no dejó de sonreír. Eve se encerró en su despacho. Disponía de dos horas antes de que su turno oficial comenzase, y quería pasarse hasta el último minuto trabajando en los homicidios DeBlass-Starr. Cuando empezara su turno, tendría que ocuparse de varios casos que llevaba más o menos adelantados. Pero aquellos momentos podía invertirlos en lo que prefiriese. Como medida rutinaria, sintonizó el Banco de Datos Policiales para obtener todos los datos disponibles, y los hizo imprimir para revisarlos más tarde. La transmisión fue desalentadoramente breve y no añadió nada a lo que ya sabía. Se dijo que debía empezar de nuevo con los juegos de deducción. Distribuyó sobre el escritorio las fotos de ambas víctimas. Ahora ya conocía íntimamente a Aquellas dos mujeres. Quizá ahora, tras la noche pasada con Roarke, le fuera posible comprender qué las había impulsado a ambas. El sexo era una herramienta muy poderosa, tanto para usarla como para que la usasen contra uno. Aquellas dos mujeres la habían querido manejar y controlar; pero en última instancia, el sexo terminó matándolas.
  • 136. J. D. Robb La causa oficial de las muertes había sido un balazo en la cabeza, pero Eve estaba convencida de que en realidad el arma homicida había sido el sexo. Se trataba de la única conexión entre las dos fallecidas, y el único eslabón que las unía al asesino. Tomó el 38 y lo examinó. Ya le resultaba fácil empuñarlo. Sabía exactamente lo que se notaba al dispararlo, la sacudida que se propagaba brazo arriba. El sonido que producía cuando el mecanismo del arma, lanzaba violentamente el proyectil. Aún empuñando el revólver, puso el disco que había requisado y contempló de nuevo el asesinato de Sharon DeBlass. ¿Qué sentiste, maldito cabrón?, se preguntó. ¿Qué sentiste al apretar el gatillo y llenarla de plomo, cuando la sangre lo salpicó todo, cuando los ojos de tu víctima se vidriaron? ¿Qué sentiste? Entrecerrando los ojos, volvió a reproducir el disco. Ya estaba casi inmunizada contra aquellas horribles escenas. Advirtió un ligerísimo estremecimiento en el vídeo, como si la cámara se hubiese movido. ¿Acaso te tembló el brazo?, se preguntó. ¿Quizá te impresionó el modo como su cuerpo salió despedido hacia atrás, o lo intensas que fueron las salpicaduras de sangre? ¿Sería debido a ello por lo que en el audio, antes de que la imagen cambiase, era perceptible un tenue jadeo, una especie de sollozo? ¿Qué sentiste?, se preguntó de nuevo. ¿Repulsión, placer, o simple y fría satisfacción? Acercó el rostro al monitor. Sharon estaba ya cuidadosamente colocada. La cámara se movió, recogiendo con fría objetividad la escena. Si el tipo era tan frío, ¿a qué venían el temblor y el sollozo? Y la nota. Tomó el sobre sellado y lo leyó de nuevo. ¿ Cómo sabías que con seis quedarías satisfecho y podrías parar? ¿Acaso ya tienes escogidas a tus próximas víctimas? Insatisfecha, extrajo el disco y guardó éste y el 38. Luego puso el disco de Lola Starr, tomó la segunda arma homicida y repitió todo el proceso. Ahora no se notaba ningún temblor. Ni ningún sollozo ni jadeo. Todo fue fluido, preciso, exacto. Esta vez ya sabías lo que iba a ocurrir, pensó. Sabías lo que sentirías, el aspecto que ella tendría, cómo olería la sangre. Pero a ella no la conocías. O ella no te conocía a ti. Tú eras un simple John Smith en sus libros, marcado como nuevo cliente. ¿Cómo la escogiste? ¿Y cómo piensas escoger a la próxima? Poco antes de las nueve, mientras ella examinaba un plano de Manhattan, Feeney llamó a su puerta. El hombre se inclinó sobre su hombro y Eve notó su aliento a pastillas de menta. —¿Qué haces? ¿Piensas pedir un nuevo destino?
  • 137. J. D. Robb —Examino el entorno geográfico. Ampliar la visión el cinco por ciento —ordenó al aparato. La imagen se ajustó—. Primer asesinato, segundo asesinato —dijo, señalando los pequeños puntos rojos que parpadeaban en Broadway en el West Village—. Mi casa. —Había un parpadeo verde junto a la Novena Avenida. —¿Tu casa? —El tipo sabe dónde vivo. Ha estado allí dos veces. Son tres lugares en los que podemos ubicarlo. Tenía la esperanza de reducir más la zona, pero el tipo se nos escapa. Y respecto a la seguridad... —Se permitió lanzar un leve suspiro y se reclinó en su asiento—. Fueron tres sistemas distintos. El de Lola Starr era prácticamente inexistente. Un portero electrónico que, según varios residentes, llevaba un par de semanas estropeado. El de Sharon DeBlass era de primera: acceso mediante código, lector de palmas, cámaras de seguridad en todo el edificio, con audio y vídeo. El tipo tuvo que manipularlo en el mismo lugar del crimen. El salto de tiempo sólo afecta a un ascensor, y al rellano de la víctima. El sistema de seguridad de mi edificio no es tan sofisticado. Yo podría forzar la entrada, lo mismo que cualquier ladrón un poco diestro. Pero tengo instalado en mi puerta un cerrojo policial de seguridad Sistema 5000. Hace falta ser un auténtico profesional para forzarlo sin conocer la clave. Tabaleando con los dedos sobre el escritorio, Eve miró el mapa. —Nuestro hombre es un experto en seguridad, sabe de armas... de armas antiguas, Feeney. Tiene los suficientes contactos en el departamento como para saber, a las pocas horas de su primer asesinato, que yo era la encargada de la investigación. No deja huellas dactilares ni fluidos corporales. Ni siquiera un jodido vello púbico. ¿Qué conclusión sacas de todo eso? Feeney suspiró y meneó la cabeza. —Puede ser un policía. O militar. Quizá sea para-militar, o pertenezca a la seguridad del gobierno. O tal vez la seguridad sea su hobby. Es posible, aunque poco probable, que se trate de un delincuente profesional. —¿Por qué poco probable? —Si el tipo se ganase la vida con el delito ¿por qué iba a asesinar? No obtuvo la menor ganancia con esos asesinatos: —Tal vez se haya tomado unas vacaciones —aventuró Eve. —Puede. He investigado los delincuentes sexuales conocidos, cruzándolos con los datos del Banco de Datos Policiales, y no he encontrado ninguno cuyo modus operandi coincida con el de nuestro hombre. ¿Has estudiado este informe? —preguntó el hombre, señalando las hojas en que estaba impresa la transmisión del BDP. —No. ¿Porqué?
  • 138. J. D. Robb —Yo le eché un vistazo esta mañana. Quizá te sorprenda saber que el año pasado hubo en todo el país un centenar de agresiones premeditadas con arma de fuego. Y casi otras tantas accidentales. —Se encogió de hombros—. Armas de contrabando, caseras, procedentes del mercado negro, de coleccionistas... —Pero nadie encaja en nuestro perfil. —Nadie. —Feeney masticó pensativamente—. Y tampoco ningún depravado sexual, aunque estudiar los datos referentes a ellos resulta de lo más ilustrativo. Encontré uno que es mi favorito. Un tipo de Detroit que se cargó a cuatro antes de que lo atraparan. Lo suyo era ligarse a un corazón solitario e ir con ella a su casa, donde le suministraba un tranquilizante para luego desnudarla y pintarla con un spray rojo fosforescente. —Qué chifladura. —Una chifladura letal. La piel necesita respirar, así que la víctima moría asfixiada, y mientras ella daba las últimas boqueadas el cabrón jugaba con ella. No se la cepillaba, no dejaba esperma ni indicios de penetración. Se limitaba a sobarla con lascivia. —Qué monstruosidad. —Pues sí, pero el caso es que el muy cabrón se puso nervioso con una de sus víctimas, se impacientó y comenzó a manosearla antes de que la pintura estuviera seca. Parte de la pintura se desprendió del cuerpo de la mujer, que recuperó el conocimiento. Así que el tipo se asustó y huyó. La mujer, aturdida por el tranquilizante, se sintió tan furiosa que salió a la calle y comenzó a gritar. Una unidad de vigilancia la encontró brillando como un espectáculo de láser y sonido. Y atraparon al tipo sin dificultad por el resplandor rojo que despedían sus manos. E1 caso es que quizá nuestro hombre sea un depravado o un profesional. Lo estudiaré. Quizá tengamos suerte. Prefiero esa posibilidad a la de que el tipo sea policía. —Yo también. —Eve miró a su compañero—. Feeney, tú tienes una pequeña colección, y sabes algo acerca de armas de fuego antiguas. Él juntó las manos y las adelantó. —Confieso. Fíchame. Eve sonrió. —¿Conoces a otros policías que tengan colecciones? —Claro, unos cuantos. Es un hobby muy caro, así que la mayoría colecciona reproducciones. Hablando de cosas caras —añadió, tocando la manga de Eve— bonita camisa. ¿Te aumentaron el sueldo? —Es prestada —murmuró ella, y le sorprendió darse cuenta de que estaba a punto de sonrojarse—. Hazme el favor de investigar a los polis que tienen antigüedades genuinas.
  • 139. J. D. Robb La sonrisa de Feeney se desvaneció ante la perspectiva de investigar a su propia gente. —Eso me jode. —Y a mí. Pero de todas maneras investígalos. De momento, sólo a los de la ciudad. —De acuerdo. —Suspiró, preguntándose si Eve se daba cuenta de que él estaría en la lista—. Cochina forma de empezar el día. Ahora, tengo un regalo para ti. Al llegar, me encontré un memo sobre el escritorio. El Jefe va camino del despacho del comandante. Quiere vernos a los dos. —Vaya. Feeney consultó su reloj. —Nos esperan en cinco minutos. ¿Qué tal si te pones un suéter o algo para que Simpson, viendo esa camisa, no decida reducirnos el sueldo? —Vete a la mierda. El jefe Edward Simpson era una figura imponente. Medía bastante más de metro ochenta, estaba en forma, y gustaba de los trajes oscuros y las corbatas detonantes. Su ondulado cabello castaño estaba salpicado de gris. Todo el departamento sabía que aquellos distinguidos rasgos habían sido añadidos por su esteticista personal. Sus ojos eran azules —tono que, según las encuestas, inspiraba confianza en los votantes—, y rara vez reflejaban humor. Su boca era firme y severa. El hombre era la imagen viva del poder y la autoridad, aunque resultaba decepcionante saber lo arbitrariamente que los usaba para chapotear en la fangosa charca de la política. Se sentó y cruzó sus largas y elegantes manos, en las que relucía un trío de anillos de oro. Cuando habló, lo hizo con impecable voz de actor. —Comandante, capitán, teniente... Nos enfrentamos a una situación muy delicada. — La entonación también era histriónica. Hizo una pausa, y los fríos ojos azules escrutaron los rostros—. Ya saben ustedes que los medios adoran el sensacionalismo —continuó—. En los cinco años que viene durando mi mandato, el índice de delincuencia de la ciudad se ha reducido en un cinco por ciento. Sin embargo, teniendo en cuenta los recientes sucesos, no creo que sean nuestros éxitos lo que la prensa airee. Esos dos asesinatos están consiguiendo titulares. Los periodistas cuestionan la investigación y exigen respuestas. Whitney, que detestaba a Simpson con toda su alma, respondió: —La prensa no conoce los detalles, jefe. El código Cinco aplicado al caso DeBlass nos imposibilita cooperar con los medios o facilitarles información. Simpson replicó: —No facilitándosela damos pie a las especulaciones. Esta tarde haré una declaración pública. —Contuvo con una mano la protesta de Whitney—. Es necesario darle al
  • 140. J. D. Robb público elementos de juicio, de modo que pueda confiar en que el departamento tiene el asunto bajo control... aunque no sea ése el caso. —Volviéndose hacia Eve, añadió—: Siendo usted la encargada del caso, teniente, debe asistir a la conferencia de prensa. Mi departamento le está preparando una declaración para que la lea. —Con el debido respeto, señor, no me es posible divulgar detalles del caso que puedan perjudicar la investigación. Simpson se quitó una pelusa de la manga. —Teniente, tengo treinta años de experiencia y creo saber manejar una conferencia de prensa. Además —continuó, dirigiéndose de nuevo al comandante Whitney—, es imprescindible romper el vínculo que la prensa ha establecido entre los homicidios de DeBlass y de Starr. El departamento no puede poner en evidencia al senador DeBlass ni perjudicar su posición relacionando ambos casos. —Fue el asesino quien hizo eso, no nosotros —dijo Eve entre dientes. Simpson la miró. —Oficialmente no existe conexión. Si le preguntan, niéguelo. —O sea que debo mentir. —Guárdese su ética personal: Esto es la realidad. Un escándalo que se inicie aquí y repercuta en East Washington, volverá a nosotros como un bumerán. Sharon DeBlass lleva una semana muerta y aún no tienen ustedes nada. —Tenemos el arma —le recordó Eve—. Tenemos el chantaje como móvil posible, y también tenemos una lista de sospechosos. Simpson enrojeció levemente y se puso en pie. —Yo soy el responsable de este departamento, teniente, y tendré que ocuparme de arreglar lo que usted estropee. Ha llegado el momento de que deje de remover la basura y cierre el caso. Adelantándose, Feeney dijo: —Señor, la teniente Dallas y yo... —Podrían estar dirigiendo el tráfico en un puñetero abrir y cerrar de ojos —le advirtió Simpson. Crispando los puños, Whitney se puso en pie. —No amenace a mi gente, Simpson. Puede hacer su juego, sonreír a las cámaras y lamerles el culo a los de East Washington, pero no venga aquí a amedrentar a mi personal. Estamos haciendo un trabajo, y seguiremos con él. Si quiere que eso cambie, tendrá que pasar por encima de mí.
  • 141. J. D. Robb Simpson enrojeció aún más. Eve observó cómo una vena le latía en la sien. —Si meten la pata en este asunto, será usted quien pague los platos rotos. De momento tengo al senador DeBlass controlado, pero no le hace la menor gracia que la encargada de la investigación vaya a presionar a su nuera, invadiendo la intimidad de su dolor con preguntas absurdas. El senador DeBlass y su familia son víctimas, no sospechosos, y deben ser tratados de modo digno y respetuoso. —Traté a Elizabeth Barrister y a Richard DeBlass con toda dignidad y respeto. —Con calma y conteniendo su genio, Eve siguió—: La entrevista tuvo lugar con el consentimiento y la plena cooperación de ambos. Yo no estaba al corriente de que debía recibir permiso suyo o del senador para llevar este caso según mi mejor saber y entender. —Y yo no quiero que la prensa especule acerca de los motivos de este departamento para atosigar a los contritos padres, ni acerca de los motivos por los que la encargada de la investigación no pasó inmediatamente por Reconocimiento tras una eliminación. —El reconocimiento de la teniente Dallas se pospuso por orden mía —dijo Whitney, furioso—. Y con su aprobación. —Entiendo. —Simpson ladeó la cabeza—. Hablo de las especulaciones de prensa. Nosotros, todos nosotros, estaremos bajo el microscopio hasta que se detenga al asesino. Tanto el historial de la teniente Dallas como sus acciones estarán sometidas al escrutinio público. —Mi historial está limpio. —¿Y sus acciones también? —repuso Simpson con una leve sonrisa—. ¿Cómo justifica el hecho de estar poniendo la investigación en peligro al mantener una relación personal con uno de los sospechosos? Eve logró controlarse y, con voz firme y ojos inexpresivos, respondió: —Estoy segura de que usted, con tal de salvarse, dejaría que me ahorcaran, jefe Simpson. —Sin duda —admitió el aludido—. Recuerde que debe estar en el ayuntamiento a las doce en punto. Cuando la puerta se hubo cerrado tras Simpson, el comandante Whitney volvió a sentarse. —Ese cabrón no tiene cojones —dijo. Sus ojos, cortantes como navajas, se clavaron en Eve—. ¿Qué coño está haciendo, teniente? Eve tuvo que aceptar que su intimidad estaba sujeta al escrutinio general.
  • 142. J. D. Robb —Pasé la noche con Roarke. Fue una decisión personal, y lo hice en mi tiempo libre. Según mi opinión profesional, como encargada de la investigación, ese hombre ya no figura entre los sospechosos. Sin embargo, reconozco que mi comportamiento no fue el más aconsejable. —No es que no fuera aconsejable, fue una imbecilidad —estalló Whitney—. Fue casi un suicidio profesional. Maldita sea, Dallas, ¿es que no puede controlar sus hormonas? No me esperaba esto de usted. Eve tampoco esperaba algo así de ella misma. —Es algo que no afecta a la investigación ni a mi capacidad para proseguir con ella. Si piensa usted lo contrario, se equivoca. Si me quita del caso, tendrá que quitarme también la placa. Whitney siguió mirándola por unos momentos y al fin lanzó una nueva maldición. —O elimina usted definitivamente a Roarke de la lista de sospechosos, o lo detiene usted antes de treinta y seis horas. Y hay una pregunta que debe hacerse. —Ya me la he hecho —lo interrumpió Eve, sintiendo un secreto alivio por el hecho de que su jefe no le hubiera pedido la placa—. ¿Cómo se enteró Simpson de dónde estuve la pasada noche? La respuesta es que alguien me sigue. La segunda pregunta es por qué. ¿Me vigilan por orden de Simpson o por orden de DeBlass? O quizá ocurra que alguien filtró la información a Simpson a fin de menoscabar mi credibilidad y, en consecuencia, perjudicar la investigación. —Espero que averigüe qué demonios está ocurriendo. —Señaló la puerta con el pulgar—. Y ojo con lo que dice en la conferencia de prensa, Dallas. Cuando apenas habían avanzado unos pasos por el corredor, Feeney estalló: —Joder, Dallas, ¿qué diablos te propones? —No fue nada premeditado, ¿vale? —Pulsó el botón de llamada de un ascensor y hundió las manos en los bolsillos—. Déjame en paz. —Ese tipo es uno de los principales sospechosos. Que sepamos, es una de las últimas personas que vieron a Sharon DeBlass con vida. Tiene más dinero que Dios y puede comprar cualquier cosa, incluida la inmunidad. —No lo creo. —Eve entró en el ascensor y pidió su piso con voz destemplada—. Sé lo que hago. —No sabes una mierda. En todos los años que te conozco, nunca le has hecho el menor caso a ningún tipo, y ahora te vuelves jodidamente loca por éste.
  • 143. J. D. Robb —Fue sólo sexo. No todos tenemos una vida familiar bonita y confortable como tú. Yo quería que alguien me tocase, y él quiso ser ese alguien. Con quien me acuesto o dejo de acostarme no es asunto tuyo. Feeney la agarró por el brazo antes de que ella pudiera salir del ascensor. —Y un cuerno. Me preocupo por ti. Eve contuvo la furia que le producía ser interrogada, investigada, ver invadidos sus momentos de mayor intimidad. Se volvió y, bajando la voz para que los que transitaban por el corredor no la oyesen, preguntó: —¿Soy una buena policía, Feeney? —Nunca he trabajado con una mejor. Precisamente por eso... Ella lo acalló alzando una mano. —¿En qué consiste ser un buen policía? El hombre suspiró. —En tener coraje, paciencia, nervios templados, instinto... —Mi cerebro y mi instinto me dicen que el asesino no es Roarke. Intento por todos los medios encontrar indicios que lo acusen, y me estrello contra un muro. No es él. Tengo la paciencia y los nervios templados necesarios para seguir con la investigación hasta descubrir al culpable. —Pero... ¿y si esta vez te equivocas, Dallas? —Si me equivoco, no hará falta que nadie me pida la placa. —Hizo una pausa para controlar su respiración—. Si me equivoco, Feeney, estaré acabada. Totalmente acabada. Porque si no soy una buena policía, no soy nada. —Joder, Dallas, no digas... Ella meneó la cabeza. —Investiga por mí la lista de policías, ¿quieres? Tengo que hacer unas llamadas. La conferencia de prensa le dejó a Eve mal sabor de boca. Permaneció en las escaleras del ayuntamiento, en un escenario preparado para Simpson, con su patriótica corbata y un dorado pin de «Amo Nueva York» en la solapa. Representando el papel de Gran Hermano de la Ciudad, leyó su declaración con voz tonante. Una declaración, pensó Eve, que no era sino una sarta de mentiras, medias verdades y auto bombos a espuertas. Simpson afirmó que no descansaría ni un instante hasta que el asesino de la joven Lola Starr compareciese ante la justicia.
  • 144. J. D. Robb A la pregunta de si existía alguna relación entre el homicidio de Starr y la misteriosa muerte de la nieta del senador DeBlass, Simpson respondió con una negativa tajante. Torvamente, Eve se dijo que no era el primer error del hombre, y tampoco sería el último. Apenas Simpson hubo dejado de hablar, tomó la palabra Nadine First, la periodista estrella del canal 75. —Jefe Simpson, según mis informes, el homicidio de Starr está vinculado con el caso DeBlass, y no sólo porque ambas mujeres se dedicaran a la misma profesión. —Bueno, Nadine —dijo Simpson, con la más cordial de sus sonrisas—. Todos sabemos que usted y sus colegas reciben a veces informes que son inexactos. Por eso, en el primer año de mi mandato como jefe de policía, establecí el Centro de Verificación de Datos. Para verificar cualquier información, no tiene más que ponerse en contacto con el CVD. Eve logró no chasquear despectivamente la lengua, pero Nadine, con sus penetrantes ojos de gata y su rapidez mental, no se molestó en contenerse. —Según mis fuentes, la muerte de Sharon DeBlass no se debió a un accidente, como asegura el CVD, sino a un asesinato, y tanto DeBlass como Starr fueron asesinadas con el mismo método y por el mismo hombre. Esto produjo un clamor entre el grupo de periodistas, una avalancha de preguntas y comentarios que hicieron que Simpson rompiera a sudar bajo su camisa a la medida. —El departamento mantiene su teoría de que no existe relación alguna entre esos dos desdichados sucesos —contestó Simpson, pero Eve advirtió un leve brillo de pánico en sus ojos—. Y mi oficina respalda al ciento por ciento a los responsables de la investigación. Los inquietos ojos del hombre se volvieron hacia Eve, y ésta, en aquel instante, comprendió lo que significaba ser arrojada a los lobos. —La teniente Dallas, una policía veterana con más de diez años en el cuerpo, está encargada del homicidio Starr, y responderá con sumo gusto a sus preguntas. Atrapada, Eve se adelantó mientras Simpson se inclinaba para escuchar los consejos que su servil ayudante le susurraba al oído. Sobre ella llovieron las preguntas, y ella esperó a oír una que pudiese contestar. —¿Cómo fue asesinada Lola Starr? —No puedo contestar, so pena de vulnerar el secreto de la investigación. —Aguantó el chaparrón de gritos, maldiciendo a Simpson—. Diré simplemente que Lola Starr,
  • 145. J. D. Robb una acompañante profesional de dieciocho años, fue asesinada con violencia y premeditación. Las pruebas tienden a indicar que la mató uno de sus clientes. Eve advirtió que eso los calmaba. Varios reporteros usaron sus terminales para conectar con la base de datos. —¿Fue un crimen sexual? —gritó alguien. Eve alzó una ceja. —Acabo de decir que la víctima era una prostituta y que fue asesinada por un cliente. No tiene usted más que sumar dos y dos. —¿Sharon DeBlass también fue asesinada por un cliente? —quiso saber Nadine. Eve sostuvo la mirada de aquellos penetrantes y gatunos ojos. —El departamento en ningún momento ha declarado oficialmente que Sharon DeBlass fuese asesinada. —Según mis fuentes, usted es la encargada de la investigación de ambos casos. ¿Puede confirmarlo? Aquél era terreno resbaladizo. Eve entró en él. —Sí, estoy encargada de varias investigaciones. —¿Y por qué han asignado a una experta policía con diez años de experiencia la investigación de una muerte accidental? Con una sonrisa, Eve replicó: —No creo que necesite usted que le cuente cómo es la burocracia. Aquello suscitó algunas risas, pero no distrajo a Nadine. —¿Es que el caso DeBlass sigue abierto? Dar respuesta a aquello, cualquier respuesta, sería meterse en un avispero. Eve optó por decir la verdad. —Sí. Y continuará abierto hasta que yo, como responsable de la investigación, lo dé por resuelto. Sin embargo —continuó, alzando la voz para acallar los murmullos—, no se concede a la muerte de Sharon DeBlass mayor atención que a cualquier otra, incluida la de Lola Starr. Todos los casos que llegan a mi mesa son tratados por igual, con independencia de consideraciones sociales o familiares. Lola Starr era una joven perteneciente a una familia normal y corriente. No tenía status social, ni amigos importantes, ni influencia de ningún tipo. Ahora, al cabo de unos meses de haber llegado a Nueva York, está muerta. Asesinada. Merece que yo haga todo cuanto esté en mi mano por atrapar a su asesino, y eso haré.
  • 146. J. D. Robb Eve recorrió con la vista el grupo de periodistas, y cuando habló lo hizo para Nadine. —Usted busca noticias, señorita Furst. Yo busco a un asesino. Consideró que lo que yo busco es más importante que lo que usted busca, y eso es todo lo que tengo que decir. Giró sobre sus talones, dirigió a Simpson una fulminante mirada y comenzó a alejarse en dirección a su coche, oyendo cómo su jefe respondía como podía a las preguntas. —Dallas. —Nadine, calzada con unos elegantes y prácticos zapatos planos, había corrido tras ella. —Ya le dije que no tenía nada que añadir. Hable con Simpson. —Mire, si quisiera que me contasen cuentos recurriría al CVD. Parecía usted estar convencida de lo que ha dicho. Sus palabras no parecían cháchara preparada. —Me gusta hablar por mí misma. —Eve había llegado junto a su coche y, en el momento en que abrió la portezuela, Nadine la tocó en el hombro. —A usted le gustan las cosas claras, y a mí también. Escuche, Dallas: tenemos métodos distintos, pero nuestras metas son similares. —Satisfecha de haber captado la atención de Eve, sonrió. Al curvarse sus labios, su rostro se convirtió en un bello triángulo dominado por aquellos rasgados ojos verdes—. No voy a argüir el viejo tópico del derecho del público a estar informado. —Sería una pérdida de tiempo que lo hiciese. —Lo que digo es que nos enfrentamos a dos mujeres muertas en una sola semana. Mis informes y mi instinto me dicen que ambas fueron asesinadas, aunque supongo que usted no va a confirmármelo. —Supone bien. —Le propongo un trato. Usted me dice si voy por el buen camino, y yo me abstengo de divulgar cualquier cosa que pueda menoscabar su investigación. En el momento en que tenga usted algo sólido y esté a punto de efectuar una detención, me llama. Yo obtengo la exclusiva del arresto... en vivo. Levemente divertida, Dallas se recostó contra su coche. —¿Y qué me ofrece a cambio, Nadine? ¿Un apretón de manos y una sonrisa? —Le ofrezco entregarle todo lo que mi informante me ha pasado. Todo. Eve se sintió interesada. —¿Incluida la identidad de su informante?
  • 147. J. D. Robb —Eso no podría hacerlo aunque quisiese. Lo que tengo, Dallas, es un disco que me fue entregado en el estudio. Incluye copias de informes policiales, las autopsias de ambas víctimas y un par de desagradables vídeos de dos mujeres muertas. —Y una mierda. Si tuviera la mitad de lo que dice, lo habría emitido sin vacilar. —Estuve a punto —admitió Nadine—. Pero se trata de algo más importante que los índices de audiencia. Mucho más importante. Lo que quiero, Dallas, es una historia que me reporte el premio Pulitzer, y otros cuantos galardones. Sus ojos se ensombrecieron. La mujer había dejado de sonreír. —Pero vi lo que alguien les hizo a esas mujeres. Quizá a mí lo que más me importe sea la noticia; pero la noticia no lo es todo. Hoy he presionado a Simpson y la he presionado a usted. Me gustó el modo como usted respondió. Puede hacer un trato conmigo, o bien yo puedo seguir por mi cuenta. Usted elige. Eve aguardó. Una flota de taxis pasó ante ellas. —Trato hecho —dijo, y antes de que en los ojos de Furst pudiera relucir el triunfo, Eve se volvió hacia ella—. Como se le ocurra traicionarme en esto, Nadine, como se le ocurra traicionarme en lo más mínimo, acabaré con usted. —Me parece justo. En el club, los parroquianos de la tarde permanecían aburridamente inclinados sobre sus bebidas. Eve encontró una mesa libre en un rincón y pidió una Pepsi Classic y sucedáneo de pasta, Nadine se acomodó frente a ella y pidió la bandeja de pollo con patatas fritas sin aceite. Eve se dijo que la selección de menús reflejaba la amplia diferencia entre lo que ganaba un policía y lo que ganaba un reportero. —¿Qué tiene para mí? —quiso saber Eve. —Una imagen vale miles de palabras. —Nadine sacó un ordenador de bolsillo del bolso y Eve advirtió con envidia que éste era de cuero rojo. Sentía debilidad por el cuero y los colores chillones, pero raramente podía permitirse dar satisfacción a tal debilidad. Nadine insertó el disco y tendió el aparato a Eve que tuvo que contenerse para no blasfemar cuando vio aparecer en pantalla sus propios informes. Con ceñuda expresión, vio cómo por el disco desfilaban informes clasificados código Cinco, los informes médicos y lo descubierto por el forense. Paró la reproducción cuando comenzaron los vídeos. La perspectiva de contemplar dos muertes mientras cenaba no era agradable. —¿Es auténtico? —preguntó Nadine cuando Eve le devolvió el ordenador. —Lo es.
  • 148. J. D. Robb —O sea que el tipo es una especie de fanático de las armas, un experto en seguridad cuya debilidad son las prostitutas. —Ése es el perfil que parecen indicar las pruebas. —¿Hasta qué punto han podido ustedes fijar ese perfil? —No con la suficiente precisión, eso está claro. Nadine hizo una pausa mientras les servían la comida y luego comentó: —Debe de estar sufriendo presiones políticas procedentes de DeBlass. —Yo no me meto en política. —Pero su jefe sí. —Nadine dio un mordisco al pollo y luego comió unas patatas—. No es ningún secreto que DeBlass es el mejor situado para conseguir este verano la nominación como candidato del Partido Conservador. Y también es cosa sabida que el cretino de Simpson aspira al cargo de gobernador. El espectáculo que ha montado esta tarde tiene todo el aspecto de ser una tapadera. —En estos momentos, públicamente, no existe conexión entre ambos casos. Pero lo que dije sobre la igualdad fue en serio, Nadine. No me importa quién sea el abuelo de Sharon DeBlass. Pienso encontrar al tipo que se la cargó. —Y cuando lo consiga, ¿lo acusarán de ambos asesinatos, o solo del de Starr? —Eso es cosa del fiscal. Personalmente y mientras lo cuelguen, eso me importa una mierda. —Esa es la diferencia entre usted y yo, Dallas. —Nadine tomó una patata y, tras observarla, le dio un mordisco—. Yo lo quiero todo. Cuando usted detenga al tipo y yo dé la noticia, el fiscal no tendrá alternativa. Las consecuencias mantendrán ocupado a DeBlass durante meses. —¿Y ahora quién juega a la política? Nadine se encogió de hombros. —Qué demonios, yo me limito a informar de las noticias, no me las invento. Y ésta lo tiene todo. Sexo, violencia, dinero. El hecho de que alguien como Roarke esté implicado, hará que los índices de audiencia se disparen. Eve tragó un bocado de pasta. —No existen pruebas que vinculen a Roarke con los asesinatos. —El conocía a DeBlass, es amigo de la familia. ¡Cristo!, es el propietario del edificio en que Sharon fue asesinada. Posee una de las colecciones de armas más importantes del mundo, y se dice que es un excelente tirador.
  • 149. J. D. Robb Eve tomó un sorbo de su bebida. —No se ha podido relacionar con él ninguna de las armas del crimen. No tenía relación alguna con Lola Starr. —Tal vez no. Pero aunque sea como personaje periférico, Roarke siempre es noticia. Y el hecho de que él y el senador han chocado en el pasado no es ningún secreto. El tipo tiene hielo en las venas —añadió Nadine con un encogimiento de hombros—. No creo que un par de asesinatos a sangre fría le produjeran el menor problema. Pero... —Hizo una pausa para tomar un sorbo de su bebida—. También es un fanático de la intimidad. Resulta difícil imaginarlo mandando discos a una periodista para jactarse de los asesinatos. Quien hace eso es otro, alguien tan deseoso de obtener publicidad como de salir impune. —Es una teoría interesante. —Eve ya había tenido suficiente. Comenzaba a sentir dolor de cabeza, y la pasta no iba a sentarle bien. Se puso en pie y luego se inclinó hacia Nadine—. Pero, por si le interesa otra hipótesis, ésta formulada por una policía, se la daré. ¿Quiere saber quién es su informante, Nadine? Los ojos de la mujer relucieron. —Desde luego. —Su informante es el asesino. —Eve hizo una pausa, viendo cómo los ojos de Nadine se ensombrecían—. Yo en su lugar me andaría con ojo, amiga mía. Eve se dirigió a la zona de detrás del escenario. Esperaba encontrar a Mavis en el angosto cubículo que le servía de vestuario. En aquellos precisos momentos, necesitaba una amiga. Eve la encontró envuelta en una manta y sonándose con un maltrecho pañuelo de celulosa. —Tengo un puñetero catarro. —Mavis tenía los ojos hinchados y la voz tomada—. Cometí la estupidez de pasarme doce horas vestida con simple pintura estando en pleno invierno. Eve, aprensiva, mantuvo la distancia. —¿Estás tomando algo? —De todo. —Señaló una mesa llena de medicinas y cosméticos—. Es una jodida conspiración de los farmacéuticos, Eve. Hemos acabado casi con todas las epidemias, enfermedades e infecciones. De cuando en cuando, descubrimos alguna dolencia nueva, sólo para darles a los investigadores algo que hacer. Pero ninguno de esos brillantes doctores, ninguno de los informes médicos ha encontrado una cura para el puñetero catarro común. ¿Sabes a qué se debe eso?
  • 150. J. D. Robb Eve no pudo reprimir una sonrisa. Aguardó a que concluyera el violento acceso de estornudos de su amiga. —¿A qué? —quiso saber. —A que las compañías farmacéuticas necesitan vender medicinas. ¿Sabes lo que cuesta un cochino anticatarral? Las inyecciones contra el cáncer salen más baratas. Te lo juro. —Podrías ir al médico para que te recete algo que erradique los síntomas. —Ya lo he hecho. Pero el maldito potingue sólo hace efecto durante ocho horas y esta noche actúo. Tengo que esperar hasta las siete para tomármela. —Deberías haberte quedado en casa, acostada. —Los exterminadores están en el edificio. Algún listillo dijo que había visto una cucaracha. —Estornudó de nuevo y luego miró a Eve—. ¿Qué te trae por aquí? —Un asunto de trabajo. Mira, será mejor que descanses. Luego nos vemos. —No, quédate. Estoy aburrida. —Tomó una botella que contenía un líquido rosado de desagradable aspecto y tomó un trago—. Oye, bonita camisa. ¿Conseguiste un aumento o algo así? —Algo así. —Bueno, siéntate. Iba a llamarte pero el catarro me ha tenido muy ocupada. El que vino anoche a nuestro espléndido local fue Roarke, ¿verdad? —Sí, fue Roarke. —Estuve a punto de desmayarme cuando lo vi acercarse a tu mesa. ¿Qué ocurre? ¿Le estás ayudando en algún asunto referente a la seguridad o algo así? —Dormí con él —murmuró Eve, y Mavis se atragantó con un incontenible acceso de tos. —Tú y Roarke... —Con ojos llorosos, la joven cogió un nuevo pañuelo de celulosa—. ¡Jesús, Eve! ¡Cristo bendito!, tú nunca duermes con nadie y estás diciéndome que dormiste con Roarke... —Eso no es del todo exacto. No dormimos. Mavis lanzó un gemido. —No dormisteis. ¿Durante cuánto tiempo? Eve se encogió de hombros. —No sé. Me quedé toda la noche. Supongo que serían ocho o nueve horas.
  • 151. J. D. Robb —Horas. —Mavis meneó la cabeza—. ¿Y estuvisteis todo el rato haciéndolo? —Más o menos. —¿Es buen amante? Qué pregunta más estúpida—se corrigió la muchacha—. Si no lo fuera, no te habrías quedado. Bueno, Eve, ¿qué te dio ese hombre, aparte de su incansable rabo? —No lo sé. Fue una estupidez. —Se pasó una mano por el cabello—. Nunca me había ocurrido algo así, ni creía que fuera posible que me ocurriese. El sexo jamás había sido tan importante para mí y de pronto... Mierda. Mavis asomó una mano por debajo de la manta y acarició los tensos dedos de Eve. —Cariño, llevas toda tu vida reprimiendo tus necesidades normales debido a cosas que apenas recuerdas. Alguien ha encontrado el modo de sacarte de tu encierro. Deberías sentirte feliz. —Eso lo coloca a él en el asiento del conductor, ¿no? —Tonterías —dijo Mavis—. El sexo no es una pugna por el poder ni tampoco un castigo. Se supone que es algo divertido. Y de cuando en cuando, si hay suerte, es también algo especial. —Quizá. —Eve cerró los ojos—. Dios bendito, Mavis, mi carrera está en juego. —¿De qué hablas? —Roarke está implicado en un caso que estoy investigando. —Mierda. —La joven se interrumpió para sonarse de nuevo—. Pero supongo que no tendrás que arrestarlo ni nada de eso, ¿verdad? —No. Pero si no resuelvo la cosa con limpieza y rapidez, estaré acabada. Alguien me está utilizando, Mavis. —Su mirada volvió a hacerse dura—. Me despejan el camino en una dirección, y lo bloquean por la otra. Y no sé por qué. Si no lo averiguo, perderé todo lo que tengo. —Entonces tendrás que averiguarlo, ¿no? —dijo Mavis, apretando los dedos de Eve. Eve se prometió que lo averiguaría. Cuando llegó al vestíbulo de su edificio pasaba de las diez de la noche. En ese momento, comprensiblemente, no le apetecía pensar en nada. Había tenido que tragarse una reprimenda por haberse apartado de la declaración oficial durante la conferencia de prensa. El apoyo extraoficial que había recibido de su comandante no constituía un gran consuelo. En cuanto entró en su apartamento revisó su correo electrónico. Aunque era una estupidez, albergaba la tenue esperanza de encontrar un mensaje de Roarke.
  • 152. J. D. Robb No había ninguno. Pero lo que encontró le puso la carne de gallina. El vídeomensaje era anónimo y había sido enviado desde un acceso público: la niña, su padre muerto, la sangre. Eve reconoció las tomas del departamento oficial de grabaciones, las que se habían filmado para documentar el lugar del asesinato y justificar la eliminación. El audio era una reproducción de los gritos de la niña que fueron registrados por el auto grabador de Eve. Los golpes que ella dio en la puerta, las palabras de advertencia, y todo el horror que siguió. —Cabrón —masculló—. No conseguirás alterarme con esto. No podrás hacerme daño con lo de la niña. Pero, cuando extrajo el disco, lo hizo con dedos temblorosos. Y dio un respingo cuando sonó su intercomunicador. —¿Quién es? —Hennessy, del apartamento 2 D. —En la pantalla apareció el pálido y consternado rostro de su vecino de abajo—. Discúlpeme, teniente Dallas. No sabía qué hacer. Hay un problema en el apartamento de los Finestein. Eve suspiró al visualizar a la pareja de ancianos. Amables y tranquilos teleadictos. —¿Cuál es el problema? —El señor Finestein ha fallecido, teniente. Murió en la cocina mientras su esposa estaba ausente, jugando al mah-jong con unas amigas. Pensé que tal vez a usted no le importaría bajar. —Ya. —Eve lanzó un nuevo suspiro—. Ahora voy. No toque nada, señor Hennessy, y procure que nadie entre. —Por la fuerza de la costumbre, llamó a comisaría e informó de una muerte súbita y de su presencia en la escena del deceso. Cuando llegó al apartamento, reinaba la tranquilidad. La señora Finestein estaba sentada en el sofá de la sala, con sus menudas y blancas manos cruzadas sobre el regazo. Su cabello era igualmente blanco, como una masa de nieve en torno a un rostro que comenzaba a marchitarse pese a las cremas y los tratamientos antiarrugas. La vieja le dirigió una amable sonrisa. —Lamento molestarla, querida. —No tiene importancia. ¿Está usted bien? —Sí, muy bien. —Miró a Eve con sus suaves ojos azules—. Yo estaba en mi partida semanal con las chicas. Cuando volví a casa, lo encontré en la cocina. Había estado comiendo un pastel de crema. A Joe le encantaba el dulce.
  • 153. J. D. Robb La vieja miró a Hennessy, que permanecía incómodamente ante ellas. —Como no sabía qué hacer, fui a llamar a la puerta del señor Hennessy. —Hizo bien. —Y, volviéndose hacia Hennessy, Eve preguntó—: ¿Le importa quedarse unos momentos con ella? El apartamento era muy parecido al de ella. Estaba impecablemente limpio, pese a la abundancia de recuerdos y chucherías. Joe Finestein había perdido la vida y buena parte de su dignidad en la mesa de la cocina, adornada con un centro floral de porcelana. Su cara reposaba sobre media tarta de crema. Eve le buscó el pulso y no lo encontró. El difunto estaba bastante frío. Eve calculó que habría muerto a eso de la una y cuarto, dos horas más o menos. —Joseph Finestein —recitó, ateniéndose a las normas—. Varón de aproximadamente ciento quince años de edad. No hay indicios de violencia ni de que la entrada fuese forzada. No se advierten marcas en el cuerpo. Se inclinó para estudiar los sorprendidos y fijos ojos de Joe y olfatear el pastel. Una vez hubo concluido sus anotaciones preliminares, fue a relevar a Hennessy y a interrogar a la viuda del difunto. No volvió a su cama hasta pasada la medianoche. Estaba exhausta, y lo único que quería era descansar. Nada de sueños, ordenó a su subconsciente. Tómate la noche libre. En el momento en que cerraba los ojos, sonó la terminal de su mesilla. —Seas quien seas, ojalá ardas en el infierno —murmuró, y luego contestó. —Teniente. —La imagen de Roarke le dirigió una sonrisa—. ¿Te he despertado? —Lo hubieras hecho si tardas cinco minutos. —Se acomodó mejor mientras en el audio sonaba una leve interferencia—. Supongo que llegaste bien a tu destino. —Así fue. En el transporte sólo hubo un pequeño retraso. Me apeteció hablar contigo antes de dormir. —¿Por algún motivo en particular? —Porque me gusta mirarte. —De pronto, mirándola, él perdió su sonrisa—. ¿Qué te ocurre, Eve? ¿Por dónde quieres que empiece?, se preguntó ella encogiéndose de hombros. —Ha sido un día largo, y ha finalizado con la muerte de uno de tus inquilinos. Se derrumbó sobre su piscolabis nocturno, una tarta de crema.
  • 154. J. D. Robb —Supongo que hay peores formas de morir. —Roarke volvió la cabeza y dijo algo a alguien próximo. Eve vio que una mujer se movía tras él para luego desaparecer—. Acabo de decirle a mi ayudante que se retire —explicó—. Quería quedarme solo para preguntarte si llevas algo debajo de esa sábana. Ella bajó la vista y enarcó las cejas. —No, no parece. —¿Por qué no te la quitas? —No pienso satisfacer tu lascivia a través de una transmisión interespacial, Roarke. Usa la imaginación. —Eso hago. Estoy imaginando lo que pienso hacerte la próxima vez que te ponga las manos encima. Te aconsejo que descanses bien, teniente. Ella trató de sonreír. —Roarke, cuando regreses, tenemos que hablar. —Sí, claro. Conversar contigo siempre resulta estimulante. Duerme bien. —Lo haré. Hasta la vista, Roarke. —Piensa en mí, Eve. Él dio por finalizada la transmisión y luego se quedó contemplando la pantalla del monitor. Había algo en los ojos de Eve, pensó. Había aprendido a descifrar sus emociones, pese a las barreras profesionales que ella alzaba para ocultarlas. Preocupación, eso era lo que reflejaban sus ojos. Hizo girar su sillón y contempló el negro espacio tachonado de estrellas. Ella estaba muy lejos, demasiado para que él pudiera hacer más que preocuparse. Y preguntarse, una vez más, por qué Eve le importaba tanto. Eve estudió con frustración el informe sobre la búsqueda bancaria de la caja de seguridad de Sharon DeBlass. No constaba. Nada en Nueva York, Nueva Jersey ni Connecticut. Nada en East Washington ni Virginia. Sharon había alquilado una en alguna parte, pensó Eve. Había guardado sus diarios y los libros en algún lugar donde pudiera acceder a ellos con seguridad y rapidez. Eve estaba convencida de que en aquellos diarios estaba el móvil del asesinato. No queriendo pedirle a Feeney una nueva y más amplia búsqueda, Eve comenzó una por su cuenta, empezando por Pensilvania y yendo hacia el oeste y el norte, en
  • 155. J. D. Robb dirección a las fronteras de Canadá y Quebec. Concluyó su inútil búsqueda en algo menos del doble del tiempo que Feeney hubiera tardado. Luego, yendo hacia el sur, investigó Maryland y Florida. A mitad de la tarea, el aparato comenzó a hacer extraños ruidos. Eve le dio una palmada a la consola. Juró que, si la máquina le aguantaba un caso más, se sometería al agobio de solicitar una nueva a través de los canales burocráticos. Impulsada más por la testarudez que por la esperanza, hizo un escáner del Medio Oeste en dirección a las montañas Rocosas. Eras demasiado lista, Sharon, se dijo Eve, mientras en la pantalla iban apareciendo los resultados negativos. Demasiado lista para tu bien. No querías tener que salir del país, ni del planeta, porque en ese caso en cada viaje tendrías que someterte a una inspección de aduanas. ¿Por qué ibas a irte lejos, a algún sitio para llegar al cual necesitases transporte o documentos de viaje? Querías tener acceso inmediato a lo que guardabas. Si tu madre sabía que llevabas un diario, quizá otras personas también estuvieran enteradas. Te jactabas de ello porque te gustaba hacer que la gente se sintiera incómoda. Y tú sabías que los diarios estaban a buen recaudo. Pero cerca, maldita sea, pensó Eve, cerrando los ojos para evocar a la mujer que tan bien estaba conociendo. Lo bastante cerca para que pudieras experimentar la sensación de poder, ejercerlo, jugar con las personas. Pero no ibas a hacerlo de modo demasiado simple, porque entonces alguien podría localizar los diarios, hacerse con ellos, estropearte el juego. Utilizaste un alias. Alquilaste la caja de seguridad con otro nombre, por si acaso. Y tuviste la inteligencia de usar un alias, seguro que escogiste uno básico, familiar, del que no pudieras olvidarte. Tecleó el nombre de Sharon Barrister, asombrándose de lo sencilla que era la solución al problema, una solución que ni a Feeney ni a ella se les había ocurrido. Obtuvo resultados en el Brinkstone International Bank and Finance de Newark, Nueva Jersey. Sharon Barrister no sólo tenía una caja de seguridad alquilada, sino también una cuenta de corretaje por valor de 326.000 dólares. Sonriendo a la pantalla, contactó a su enlace con el departamento del fiscal. —Necesito un mandamiento judicial —anunció. Dos horas más tarde, Eve volvía a estar en el despacho del comandante Whitney, intentando no rechinar los dientes.
  • 156. J. D. Robb —Tiene otra en algún sitio —insistió Eve—. Y los diarios están guardados allí. —Nadie le va a impedir que la busque, Dallas. —Estupendo, estupendo... —Mientras hablaba, Eve no dejaba de pasear por la habitación. Se sentía rebosante de energías y deseaba acción. Señalando con una mano la carpeta que había sobre el escritorio, preguntó—: ¿Qué vamos a hacer cofiTéstoT. Ahí está el disco que encontré en la caja de seguridad, y la impresión de su contenido. Todo está ahí, comandante. Una lista alfabética de víctimas de chantaje, con nombres y cantidades. Y el nombre de Simpson figura en ella. —Sé leer, Dallas. —Whitney contuvo el impulso de frotarse la nuca para aliviar la tensión—. El jefe no es la única persona de la ciudad, ni mucho menos del país, que se llama Simpson. —Es él. —Se sentía furiosa; pero no había modo de soltar vapor—. Los dos lo sabemos. En la lista hay un montón de otros nombres interesantes. Un gobernador, un obispo católico, una respetada líder de la Organización Internacional de Mujeres, dos importantes jefes de la policía, un ex vicepresidente... —Ya he visto los nombres —la interrumpió Whitney—. ¿Se da cuenta, Dallas, de cuál es su posición y de cuáles pueden ser las consecuencias? —Alzó una mano para silenciarla—. Unas cuantas columnas de nombres y números no significan nada. En el momento en que estos datos salgan de esta oficina, se terminó. Usted está acabada y la investigación también. ¿Es eso lo que quiere? —No, señor. —Localice los diarios, Dallas, encuentre la conexión entre Sharon DeBlass y Lola Starr, y veremos adonde llegamos a partir de ahí. —Simpson tiene la conciencia sucia. —Se inclinó sobre el escritorio—. Conocía a Sharon DeBlass y estaba siendo sometido a chantaje. Y está haciendo todo lo que puede por obstaculizar la investigación. —Entonces tendremos que encontrar el modo de evitar que lo siga haciendo, ¿no cree? —Whitney guardó la carpeta en un cajón de seguridad—. Nadie sabe lo que aquí tenemos, Dallas. Ni siquiera Feeney. ¿Queda claro? —Sí, señor. —Sabiendo que debía darse por satisfecha con aquello, Eve se dirigió hacia la puerta—. Comandante, me gustaría llamar su atención sobre el hecho de que hay un nombre que no figura en esa lista. El de Roarke. Whitney la miró a los ojos y asintió. —Como ya le he dicho, Dallas, sé leer.
  • 157. J. D. Robb Cuando Eve regresó a su oficina, el piloto indicador de mensajes estaba parpadeando. Revisó su correo electrónico y se encontró con dos llamadas del forense. Impaciente, Eve dejó lo que tenía entre manos y devolvió la llamada. —Terminé de revisar las pruebas de tu vecino, Dallas. Diste en el blanco. —Vaya, maldita sea. —Se pasó las manos por la cara—. Mándame los resultados, yo me ocupo a partir de ahora. Hetta Finestein abrió la puerta. El apartamento olía a lavanda y a pan casero. —Teniente Dallas... La vieja le dirigió una tímida sonrisa y retrocedió para franquearle el paso. En el interior, la pantalla de visionado estaba sintonizada a un programa de debate al que los telespectadores que tuvieran interés podían conectarse, enviando sus imágenes holográficas al estudio para una mayor interacción. El tema del que estaban tratando parecía ser el de un aumento de salarios para las madres profesionales. En aquellos momentos, la pantalla estaba llena de mujeres y niños de diversos tamaños y tonos vocales. —Ha sido usted muy amable viniendo. Hoy he tenido muchas visitas. Es un alivio. ¿Le apetecen unas galletas? —Claro —dijo Eve, asqueada consigo misma—. Gracias. —Se sentó en el sofá y contempló el pequeño apartamento—, ¿usted y el señor Finestein tuvieron una panadería? —Pues sí. —La voz de Hetta, lo mismo que el rumor de sus movimientos, sonaba en la cocina—. Hasta hace unos años. Nos iba muy bien. A la gente le encanta la cocina casera, ya sabe. Y, aunque me esté mal decirlo, la verdad es que tengo muy buena mano con la repostería. —Pero usted sigue preparando cosas aquí, en casa. Hetta regresó con una bandeja de doradas galletas. —Ése es uno de mis grandes placeres. Hay mucha gente que ignora lo deliciosos que son los pasteles caseros. Infinidad de niños no saben qué es el azúcar. Resulta tremendamente cara, pero merece la pena el gasto. Eve probó una galleta y estuvo de acuerdo. —Supongo que fue usted quien horneó el pastel que su esposó se estaba comiendo cuando murió. —En mi casa no encontrará pasteles de tienda ni bollería industrial —dijo orgullosamente Hetta—. Naturalmente, Joe lo devoraba todo en cuanto yo lo sacaba
  • 158. J. D. Robb del horno. No existe en el mercado un AutoChef mejor que el instinto y la creatividad de una buena cocinera. —Fue usted la que horneó el pastel, señora Finestein. La mujer parpadeó y bajó la vista. —Sí, fui yo. —Señora Finestein, ¿sabe usted qué fue lo que mató a su marido? —Sí, claro que sí—dijo Hetta, con leve sonrisa—. La glotonería. Le pedí que no se lo comiera. Se lo pedí expresamente. Le dije que el pastel era para la señora Hennessy, nuestra vecina. —Señora Hennessy. —Aquello hizo que Eve retrocediera mentalmente varios pasos—. Usted... —Naturalmente, sabía que él, de todos modos, se lo comería. Para esas cosas era de lo más egoísta. Eve se aclaró la garganta. —¿Qué tal si baja usted el programa? —¿Cómo? Ah, lo siento... —La sonrojada anfitriona se llevó las manos a las mejillas— Perdone la descortesía. Estoy tan acostumbrada a tenerlo todo el día encendido que ni siquiera me doy cuenta. Pantalla fuera. —Y el audio —dijo Eve, paciente. —Claro. —Como el sonido continuaba oyéndose, Hetta meneó la cabeza—. Hace tiempo que cambiamos de mando a distancia a mando por voz, pero no me acostumbro. Sonido fuera, por favor. Bueno, así está mejor, ¿no? La mujer era capaz de hornear un pastel envenenado, pero no controlaba su propio televisor, pensó Eve. Había gente para todo. —Señora Finestein, no quiero continuar hablando sin leerle antes sus derechos y cerciorarme de que los entiende. No está usted obligada a decir nada —comenzó Eve, mientras Hetta seguía sonriendo gentilmente. Hetta esperó hasta el final del recitado. —No esperaba salir impune. La verdad es que no. —¿Salir impune de qué, señora Finestein? —Del envenenamiento de Joe. Aunque... —Apretó los labios como una niña—. Mi nieto es abogado, un muchacho muy listo. Yo creo que él diría que, teniendo en
  • 159. J. D. Robb cuenta que yo le dije a Joe expresamente que no se comiera el pastel, la culpa fue más de Joe que mía. Lo digo por si acaso —añadió, y quedó a la espera. —Señora Finestein, ¿me está diciendo que le puso al pastel de crema un compuesto de cianuro sintético con la intención de matar a su marido? —No, querida. Lo que le digo es que añadí cianuro, junto con una dosis extra de azúcar, a un pastel, y que le dije a mi esposo que no lo tocara. Joe, le dije, no se te ocurra ni oler este pastel, porque no es para ti. ¿Me has oído, Joe? —Hetta sonrió de nuevo—. Él contestó que me había oído perfectamente. Luego, antes de irme a jugar al mah-jong con las chicas, se lo dije otra vez, para asegurarme. Lo digo de veras, Joe. Deja en paz ese pastel. Yo suponía que él iba a comérselo, pero eso era asunto suyo, ¿no? Déjeme que le cuente una cosa respecto a Joe —continuó la vieja, con tono coloquial, y tomó la bandeja de galletas para ofrecerle otra a Eve, y cuando ésta vaciló, ella se echó a reír—. Vamos, no se preocupe, éstas no tienen nada malo, se lo prometo. Acabo de darles una docena a los niños de arriba. Para demostrar que lo que decía era cierto, Hetta cogió una galleta y se la comió. —Bueno, ¿qué estaba diciendo? Ah, sí, lo de Joe. Es mi segundo marido, no sé si lo sabe. En abril cumpliremos cincuenta años de casados. Era un buen socio, y el horno también se le daba muy bien. Ciertos hombres no deberían retirarse. En los últimos años me ha resultado muy difícil vivir con él. Se pasaba el tiempo de mal humor y quejándose, sacándole defectos a todo. Y nunca volvió a mancharse los dedos de harina. Aunque no por eso dejaba de meterle el diente a cuanta tarta se le cruzaba por delante. La cosa parecía tan razonable que Eve aguardó un momento antes de preguntar: —¿Envenenó usted a su marido porque él comía demasiado, señora Finestein? Hetta hinchó levemente las sonrosadas mejillas. —Eso parece, ¿no? Pero hay algo más. Es usted muy joven, querida, y no tiene familia. ¿O sí? —No. —Las familias son una fuente de solaz y una fuente de irritación. Un extraño jamás comprenderá lo que sucede en la intimidad de un hogar. No resultaba fácil vivir con Joe y, aunque no me gusta hablar mal de los que ya no están entre nosotros, lo cie rto es que me temo que había adquirido malos hábitos. Le divertía mortificarme, le gustaba echar a perder mis pequeñas alegrías. Hace apenas un mes se comió con toda intención la mitad del pastel Torre de Placer que había preparado para el concurso culinario internacional Betty Crocker. Y luego me dijo que estaba seco. — Por la voz se notó que el insulto aún le escocía—. ¿Le parece eso bien? —No —dijo cansadamente Eve—. Nada bien.
  • 160. J. D. Robb —Lo hizo sólo por fastidiarme. Ésas eran las cosas que lo hacían sentirse importante. Así que horneé el pastel, le pedí que no lo tocara y me marché a jugar al mah-jong con las chicas. No me llevé ninguna sorpresa cuando, al regresar, vi que no me había hecho caso. Era un glotón sin remedio. —Con un delicado movimiento de la galleta que sostenía en una mano, añadió—. La gula es uno de los siete pecados capitales. Me parece justo que muriera por cometer un pecado. ¿Seguro que no quiere usted otra galletita? anticuado y maternal, la mujer no tendría que cumplir condena. Y si la encarcelaban, le confiarían un trabajo en la cocina y estaría tan contenta horneando bollos para los otros reclusos. Eve cumplimentó su informe, cenó rápidamente en una cafetería y luego volvió al seguimiento de su pista. Cuando aún no había investigado ni la mitad de los bancos de Nueva York se produjo la llamada. —Sí, Dallas al habla. La respuesta fue una imagen formándose en la pantalla. Una mujer muerta, dispuesta del modo que ya iba siendo habitual, sobre una sábana ensangrentada. «Tres de seis.» Contempló el mensaje sobrepuesto al cuerpo y masculló para su ordenador: —Localiza dirección. Inmediatamente, maldita sea. Una vez el ordenador le hubo dado respuesta, marcó el número de la central. —Dallas, teniente Eve. DI 5347BQ. Prioridad A. Todas las unidades disponibles acudan al 156 de la 89 Oeste, apartamento 2119. No entren en el lugar. Repito, no entren en el lugar. Detengan a cuantos estén saliendo del edificio. Que nadie entre en ese apartamento, ni uniformados ni civiles. Calculo que llegaré allí en diez minutos. —Copiado, Dallas, teniente Eve. —El droide de guardia hablaba de forma pausada y fría—. Están disponibles para responder a su llamada las unidades cinco cero y tres seis. Esperarán su llegada. Prioridad A. Central, fuera. Agarró su bolso y su kit de trabajo y se fue. Eve decidió que el mundo sería un lugar bastante estrafalario si las viejas se ponían a envenenar los pasteles de crema. Además, se dijo que, con su aspecto tranquilo, Eve entró sola en el apartamento, con el arma empuñada y lista. La sala estaba primorosa y confortablemente decorada, con mullidos cojines y gruesas alfombras.
  • 161. J. D. Robb Sobre el sofá había un libro y en los cojines se advertía una parte hundida, indicando que alguien había estado un tiempo tumbado y leyendo. Con el entrecejo fruncido, Eve traspuso la primera puerta. La pequeña habitación estaba dispuesta como un despacho. En la estación de trabajo reinaba un impecable orden, con sólo leves toques personales: una pequeña cesta con perfumadas flores de seda, un cuenco con polícromas bolas de chicle, una reluciente taza blanca decorada con un corazón rojo. La estación de trabajo quedaba frente a la ventana, y ésta daba a la fachada de otro edificio, pero nadie se había molestado en instalar pantallas de intimidad. Una de las paredes estaba ocupada por una estantería diáfana que contenía varios libros más, una caja para guardar discos, otra para anotaciones electrónicas, y una bandeja con costosos lápices de grafito y libretas de papel reciclado. También se veía un informe masa de arcilla horneada que probablemente pretendía ser un caballo y que, sin duda, había sido modelada por manos infantiles. Eve salió de la habitación y abrió la puerta de enfrente. Sabía lo que le esperaba. El estómago no se le revolvió. La sangre estaba aún muy fresca. Lanzando sólo un leve suspiro, Eve enfundó el arma, sabiendo que estaba a solas con la muerte. Tocó el cuerpo y, a través de la fina película de spray protector, advirtió que no había tenido tiempo de enfriarse. La habían colocado sobre la cama, y el arma quedó limpiamente dispuesta entre sus piernas. Eve la identificó como una Ruger P-90, una esbelta arma de combate que había sido popular como defensa doméstica durante la Revuelta Urbana. Ligera, compacta y totalmente automática. En esta ocasión no había silenciador. Pero Eve sentía la casi total certeza de que el dormitorio estaba dotado de aislamiento acústico, y de que el asesino lo sabía. Fue hacia el atestado tocador circular, abrió un pequeño bolso de arpillera, de los que tan de moda estaban. Dentro encontró la licencia de acompañante profesional de la mujer. Era bonita, se dijo. Franca sonrisa, mirada directa, impecable tez café con leche. —Georgie Castle —recitó Eve al grabador—. Hembra. Edad, cincuenta y tres. Acompañante profesional. La muerte se produjo probablemente entre las diecinueve y las diecinueve cuarenta y cinco. Causa de la muerte, heridas por arma de fuego. Que el forense lo confirme. Tres puntos de violencia visibles: frente, pecho y genitales. Producidos con toda probabilidad por una antigua arma corta de combate,
  • 162. J. D. Robb dejada en el lugar de autos. No hay indicios de lucha, ni de allanamiento de morada ni de robo. Un tenue susurro a su espalda la hizo volver blandiendo su arma. Acuclillada, contempló con ojos duros y fríos, al gato gris que se había colado en la habitación. —Joder, ¿de dónde sales tú? —Lanzó un largo suspiro de alivio y enfundó el arma—. Hay un gato —añadió, para que constase. Y cuando el animal alzó la cabeza, mostrando un ojo dorado y otro verde, Eve se inclinó para cogerlo en brazos. El ronroneo sonaba como el zumbido de un pequeño y bien lubricado motor. Cambiándoselo de brazo, sacó su comunicador y llamó al equipo de homicidios. Un rato más tarde, cuando Eve se encontraba en la cocina, observando cómo el gato olfateaba con delicado desdén un cuenco de comida, oyó voces agitadas en el exterior del apartamento. Cuando fue a investigar, encontró al agente uniformado que había dejado de vigilancia intentando cerrarle el paso a una frenética y decidida mujer. —¿Qué ocurre, agente? —Teniente. —Con evidente alivio, el agente cedió la iniciativa a su superior—. Esta civil exige entrar. Le estaba... —Claro que exijo entrar. —El oscuro cabello rojizo de la mujer, cortado en una perfecta cuña, se movía y se acomodaba en torno al rostro con cada crispado movimiento de la mujer—. Ésta es la casa de mi madre. Exijo saber qué hacen ustedes aquí. —¿Quién es su madre? —quiso saber Eve. —La señora Georgie Castle. ¿Ha habido un robo? —La mujer intentó abrirse paso ante Eve, y en su rostro la ira se convirtió en irritación—. ¿Le ha ocurrido algo a mi madre? —Venga conmigo. —Eve la hizo pasar y la condujo hasta la cocina—. ¿Cómo se llama? —Samantha Bennett. El gato se apartó del cuenco y fue a enroscarse a los pies de Samantha. En un gesto que Eve reconoció como habitual y automático, Samantha se inclinó para rascarle brevemente al animal entre las orejas. —¿Dónde está mi madre? —Con la preocupación trocándose en temor, a Samantha se le quebró la voz.
  • 163. J. D. Robb Aquélla era la parte de su profesión que Eve más temía. Ningún otro aspecto del trabajo policial le desgarraba el corazón de forma tan dolorosa. —Lo lamento, señora Bennett. Su madre ha muerto. Samantha no dijo nada. Sus ojos, del mismo cálido color de miel que los de su madre, quedaron con la mirada perdida. Antes de que la mujer se derrumbara, Eve la hizo acomodarse en una silla. —Debe de ser una equivocación —logró decir—. Tiene que tratarse de un error. Vamos a ir al cine, a la sesión de las nueve. Siempre vamos al cine los martes. —Alzó unos ojos animados por una remota esperanza—. No puede haber muerto. Apenas tiene cincuenta años, y rebosa salud. Es muy fuerte. —No se trata de ningún error. Lo siento. —¿Qué fue?¿Un accidente? —A sus ojos ya habían asomado las lágrimas—. ¿Sufrió un accidente? —No fue un accidente. —Sólo había una forma de decirlo—. Su madre fue asesinada. —No; es imposible. —Las lágrimas seguían brotando, y la mujer meneó la cabeza, negándose a admitir la realidad—. Todo el mundo la quería. Todo el mundo. Nadie le haría daño. Quiero verla. Ahora mismo. —No puedo permitírselo. —Es mi madre. —Las lágrimas comenzaron a caerle sobre el regazo—. Tengo derecho. Quiero ver a mi madre. Eve apoyó las manos en los hombros de Samantha, obligándola a sentarse de nuevo en la silla de la que se había levantado. —Eso no la ayudaría en nada a ella, ni tampoco a usted. Lo que va a hacer es contestar a mis preguntas, y eso me ayudará a encontrar al asesino. ¿Quiere que haga algo? ¿Que llame a alguien? —No. —Samantha revolvió el contenido de su bolso buscando un pañuelo de celulosa—. Mi marido, mis hijos. Tengo que decírselo. Mi padre. ¿Cómo voy a darles la noticia? —¿Dónde está su padre, Samantha? —Vive... vive en Westchester. Se divorciaron hace cosa de dos años. Él se quedó con la casa porque mi madre quería mudarse a la ciudad para escribir libros. Quería ser escritora. Eve se volvió hacia el dispensador de agua filtrada que había sobre la repisa, llenó un vaso y se lo entregó a Samantha.
  • 164. J. D. Robb _¿Está al corriente de cómo se ganaba la vida su madre? —Sí. —Samantha crispó los labios y arrugó el húmedo pañuelo entre sus ateridos dedos—. Nadie fue capaz de disuadirla. Ella se echaba a reír y decía que ya era hora de que hiciera algo escandaloso, y que se trataba de una investigación extraordinaria para sus libros. Mi madre... —Se interrumpió para beber—. Se casó siendo muy joven. Hace unos años, dijo que necesitaba un cambio, ver qué otras cosas había en la vida. Tampoco de eso pudimos disuadirla. Nunca nos fue posible disuadirla de nada. Se echó a llorar de nuevo, cubriéndose la cara y sollozando ahogadamente. Eve le quitó el vaso que apenas había tocado y esperó a que la primera oleada de aflicción pasara. —¿Fue un divorcio difícil? ¿Se enfadó mucho su padre? —Estaba anonadado. Confuso. Triste. Quería que mi madre volviese con él, y siempre dijo que se trataba de una de sus fases. Él... —De pronto Samantha comprendió lo que llevaba implícita la pregunta. Bajó las manos—. Nunca le hubiese hecho daño. Nunca, nunca, nunca. Estaba enamorado de ella. Todos la querían. Era imposible no quererla. —Muy bien. —Eve decidió que se ocuparía de aquello más tarde—. ¿Usted y su madre se llevaban bien? —Sí. Estábamos muy unidas. —¿Le hablaba ella de sus clientes? —A veces. Eso me ponía incómoda, pero ella conseguía que todo pareciese muy divertido. Tenía ese don. Se llamaba a sí misma la abuelita promiscua. Siempre terminábamos riéndonos. —¿Le comentó alguna vez si había alguien que la inquietase? —No. Ella sabía manejar a la gente. Eso formaba parte de su encanto. Sólo pensaba dedicarse a esto hasta que su libro se publicase. —¿Mencionó alguna vez los nombres de Sharon DeBlass o de Lola Starr? —No—Samantha fue a apartarse el pelo, y de pronto su mano quedó paralizada en el aire—. Starr. Lola Starr. Oí hablar de ella en las noticias. Fue asesinada. Oh, Dios, Dios... —Bajó la cabeza y el cabello le cayó sobre el rostro, ocultándoselo. —Haré que un agente la acompañe a casa, Samantha. —No puedo irme. No puedo dejarla. —Sí, claro que puede. Yo me ocuparé de ella. —Eve le cogió una mano—. Le prometo que la cuidaré. Vamos... —Suavemente, la ayudó a incorporarse. Le pasó
  • 165. J. D. Robb una mano por la cintura y la condujo a la puerta. Quería que Samantha se fuese antes de que apareciese el equipo de reconocimiento—. ¿Está su marido en casa? —Sí. Está con los niños. Tenemos dos. Uno de dos años, y otro de seis meses. Tony está en casa con ellos. —Estupendo. ¿Cuál es su dirección? Mientras ella recitaba una dirección en una de las mejores zonas de Westchester, Eve albergó la esperanza de que la ofuscación que percibía en el rostro de Samantha la ayudase a encajar aquel duro golpe. —Agente Banks. —Sí, teniente. —Lleve a la señora Bennett a su casa. Pediré que envíen otro agente para vigilar la puerta. Quédese con la familia todo el tiempo que sea necesario. —A la orden. —Banks, compasivo, condujo a Samantha hacia los ascensores—. Por aquí, señora Bennett—murmuró: Samantha, aturdida de aflicción, se apoyó en Banks. —¿Se ocupará usted de ella? —Eve miró a la apesadumbrada Samantha. —Se lo prometo. Una hora más tarde, Eve entró en la comisaría con un gato debajo del brazo. —¿Qué pasa, teniente? ¿Ahora se dedica a rescatar gatos robados? —El sargento de guardia rió su propia broma. —Muy gracioso, Riley. ¿Y el comandante? —Está aguardándola. Dijo que fuera usted a verlo en cuanto apareciese. —Tendió una mano para acariciar al ronroneante gato—. ¿Se tropezó usted con otro homicidio? —Sí. El sonido de un beso hizo que Eve mirase hacia un sonriente hombretón que vestía un mono de spandex. El mono y la sangre que le manchaba la comisura del labio eran aproximadamente del mismo color. El hombre estaba sujeto por un inmovilizador a un banco cercano. Con la mano libre, el tipo se acarició la bragueta y le hizo un guiño a Eve. —Aquí tengo algo para ti, muñeca. —Dígale al comandante Whitney que voy a verlo —dijo Eve a Riley.
  • 166. J. D. Robb Incapaz de resistir la tentación, se acercó al detenido lo bastante como para percibir su olor a vómito rancio. —Ésa ha sido una invitación encantadora —murmuró, y luego enarcó las cejas cuando el hombre se bajó la cremallera y le mostró el miembro—. Oh, fíjate, gatito. Mira qué pene tan chiquitín. —Sonrió y se acercó un poco más—. Más vale que lo cuides, gilipollas, no vaya a ser que este gatito lo confunda con un ratón y se lo coma. La humillación del hombre mientras se cerraba la bragueta animó a Eve. El buen humor le duró casi hasta que se metió en el ascensor y pidió el piso del comandante Whitney. Whitney la estaba esperando, con Feeney y el informe que ella habría transmitido directamente desde la escena del crimen. Ateniéndose a las reiterativas normas del trabajo policial, Eve volvió a repetir su informe verbalmente. —O sea que a eso viene el gato —dijo Feeney. —No tuve valor para entregárselo a la hija en el estado en que se encontraba. —Eve se encogió de hombros—. Y tampoco iba a dejarlo allí. —Metió la mano libre en el interior de su bolso—. Los discos de la víctima. Todo está etiquetado. He revisado sus citas. La última del día fue a las dieciocho treinta. John Smith. El arma. —Dejó la pistola en su bolsa sobre el escritorio del comandante Whitney—. Parece una Ruger P-90. Feeney echó un vistazo y asintió con la cabeza. —Estás aprendiendo, muchacha. —He estado estudiando. —Comienzos del veintiuno. Probablemente, del año ocho o nueve —murmuró Feeney, examinado la sellada arma que tenía entre las manos—. Espléndidamente conservada. Número de serie intacto. No nos costará identificarla, aunque el tipo es demasiado listo para usar un arma registrada. —Investíguelo —ordenó Whitney, señalando la unidad auxiliar que había al otro lado de la habitación—. Tengo su edificio vigilado, Dallas. Si el tipo intenta hacerle llegar otro disco, lo detendremos. —Si el tipo se atiene a su pauta habitual, eso no ocurrirá antes de veinticuatro horas. Hasta ahora, su modus operandi viene siendo el mismo, aunque cada una de sus víctimas ha sido distinta. DeBlass personificaba el lujo y la sofisticación; Starr, la frescura y la juventud; y la última, el confort y la madurez aún juvenil. —Estamos interrogando a los vecinos, y volveré a investigar la familia y él divorcio. Me da la sensación de que lo del tipo surgió sobre la marcha. La mujer dedicaba los
  • 167. J. D. Robb martes a salir con su hija. Quisiera que Feeney investigase su terminal, para ver si el asesino la llamó directamente. No podremos ocultarle esto a la prensa, comandante. Y los periodistas van a armar un buen barullo. —Ya me estoy ocupando de controlar a los medios. —Puede que la cosa sea más grave de lo que pensamos —Feeney alzó la vista del terminal, y la mirada que dirigió a Eve hizo que ésta sintiese un escalofrío—. El arma del crimen está registrada. Fue adquirida en puja a distancia en una subasta de Sotheby's el pasado otoño. El comprador fue Roarke. Eve permaneció muda por unos instantes. No sabía qué decir. —Eso rompe la norma —murmuró al fin—. Además es una estupidez. Y Roarke no tiene nada de estúpido. —Es una trampa, comandante. Y una trampa bastante clara. Una puja a distancia. Cualquier timador de segunda puede utilizar una identidad ajena para pujar. ¿Cómo se pagó? —-preguntó a Feeney. —Tendré que acceder a los archivos de Sotheby's mañana, en cuanto abran. —Apuesto que fue en efectivo, por transferencia electrónica. La casa de subastas recibió el dinero. ¿Para qué iba a entrar en más indagaciones? —Eve hablaba con voz calmada, pero su cabeza era un torbellino—. En cuanto a la entrega, apuesto a que fue en una estación electrónica de recogida. Para usar una EER no hacen falta documentos de identificación, lo único que hay que hacer es marcar el código de recogida. —Dallas —la interrumpió Whitney—. Tráigalo aquí para interrogarlo. Es una orden. Si tiene algún problema personal, guárdeselo para su tiempo libre. —No puedo traerlo —repitió ella—. Se encuentra en la estación espacial FreeStar, a considerable distancia del lugar del crimen. —Si dijo que iba a estar en FreeStar... —No lo hizo —interrumpió Eve—. Ése fue el error que cometió el asesino. El viaje de Roarke es confidencial, y sólo están enteradas unas pocas personas. Por lo que al resto del mundo respecta, Roarke sigue en Nueva York. Whitney inclinó la cabeza. —Entonces, más vale que verifiquemos su paradero. Ahora mismo. Sintiendo un vacío en el estómago, Eve usó el terminal de Whitney. A los pocos instantes, en sus oídos sonó la meliflua voz de Summerset. —Summerset, le habla la teniente Dallas. Necesito localizar a Roarke.
  • 168. J. D. Robb —Roarke está en una reunión, teniente. No se le puede molestar. —Él le dijo que le pasara cualquier llamada mía. Se trata de un asunto policial. Deme su número de acceso o se meterá en un buen lío por obstruir la labor de la justicia. Summerset se sonrojó. —No estoy autorizado a facilitarle la información que me pide. Lo que haré será desviar su llamada. Aguarde, por favor. La pantalla se tino del tono azul de espera mientras Eve notaba que las manos comenzaban a sudarle. Se preguntó de quién habría sido la idea de poner la almibarada música. Desde luego, no fue de Roarke. Él tenía demasiada clase. Eve se preguntó qué haría si Roarke no estaba donde había dicho que iba a estar. La pantalla azul se contrajo, convirtiéndose en un brillante punto, y luego se expandió. Apareció la imagen de Roarke. Un brillo de impaciencia relucía en sus ojos, y sus labios mostraban una fina sonrisa. —Me pillas en mal momento, teniente. ¿Te llamo dentro de un rato? —No. —Eve advirtió que Feeney estaba intentando localizar la transmisión—. Necesito verificar tu paradero. —¿Mi paradero? —Enarcó las cejas. Debió de advertir algo en el rostro de Eve, aunque ella hubiese jurado que se mantenía totalmente inexpresiva—. ¿Qué ocurre? ¿Qué ha sucedido? —Te ruego confirmes tu paradero, Roarke. Él permaneció en silencio, estudiándola. Eve escuchó que alguien hablaba a Roarke, pero éste silenció con un leve gesto a su interlocutor. —Estoy en una reunión en la cámara presidencial de la estación FreeStar, situada en el cuadrante Seis, zona Alfa. Panorámica —ordenó, y el objetivo de su terminal captó toda la habitación. Una docena de personas permanecían sentadas en torno a una gran mesa circular. El alargado ojo de buey mostraba un fragmento de cielo tachonado de estrellas y el perfecto globo azul verdoso de la tierra. —Procedencia de la transmisión confirmada —dijo Feeney en voz baja—. El tipo está donde dice estar. —Roarke, cambia a comunicación privada, por favor. Sin alterar su expresión, él se llevó un auricular a la oreja. —¿Sí, teniente?
  • 169. J. D. Robb —Se ha cometido un homicidio con un arma registrada a tu nombre. Tengo que pedirte que vengas para ser interrogado lo antes posible. Puedes traerte un abogado. Te aconsejo que lo traigas —añadió, en la esperanza de que él captara el énfasis—. Si no lo haces en el plazo de cuarenta y ocho horas, la guardia de la estación te devolverá al planeta. ¿Comprendes tus derechos y obligaciones? —Desde luego. Yo lo arreglaré. Adiós, teniente. La pantalla quedó en blanco. A la mañana siguiente, más alterada de lo que le gustaba admitir ante sí misma, Eve entró en el despacho de la doctora Mira. La mujer la invitó a tomar asiento, y Eve lo hizo y cruzó las manos para evitar que traicionaran su inquietud. —¿Le dio tiempo a completar el perfil? —Lo solicitó usted con urgencia. —Mira se había pasado en pie casi toda la noche, leyendo informes y utilizando su pericia y su experiencia para componer un perfil—. Me gustaría disponer de más tiempo para trabajar en esto, pero puedo darle una descripción a grandes rasgos. Eve se inclinó. —Bueno, dígame cómo es nuestro hombre. —En primer lugar, es efectivamente un hombre. Por lo general, los crímenes de este tipo no se cometen contra personas del mismo sexo. Es un hombre, su inteligencia es mayor de la normal y tiene tendencias sociopáticas. Es audaz, pero no temerario, aunque probablemente él se considera así. Con su discreta elegancia habitual, la doctora unió sus manos y cruzó las piernas. —Sus crímenes están bien planeados. El hecho de que practique o no el sexo con sus víctimas es accidental. Él obtiene su placer y su satisfacción al elegirlas, al hacer los preparativos, y al ejecutar su plan. —¿Por qué elige prostitutas? —Quiere controlar. El sexo es control. La muerte es control. Y él necesita controlar a la gente y las situaciones. El primer asesinato fue probablemente impulsivo. —¿Por qué? —Se vio sorprendido por la violencia, por su capacidad para infligirla. Tuvo una reacción, un ligero estremecimiento, se le cortó por un momento la respiración. Se recuperó, y trató de protegerse a sí mismo. No quiere que lo atrapen; pero necesita ser admirado. De ahí las grabaciones.
  • 170. J. D. Robb »Utiliza armas de coleccionista —continuó Mira—, que son un símbolo de estatus y fortuna. De nuevo nos encontramos con el poder y el control. Las deja tras de sí para demostrar que es un hombre especial y único. Le gusta la desmedida violencia y la absoluta impersonalidad de las pistolas. Matar desde una cómoda distancia, con toda frialdad. Ha decidido cuál será el número de sus víctimas para demostrar que es organizado, preciso. Ambicioso. —¿Es posible que tuviera escogidas a sus seis víctimas desde el principio? —La conexión que se ha podido establecer entre sus tres víctimas es su profesión — contestó Mira, consciente de que Eve ya había llegado a aquella misma conclusión, pero quería que ella se la confirmase—. Pienso que había decidido la profesión, pero la identidad de las mujeres no le importaba. Lo más probable es que sea de posición elevada y ocupe un cargo de responsabilidad. Si tiene cónyuge o pareja sexual, seguro que ella o él es sumiso. Tiene una baja opinión de las mujeres. Una vez las ha matado, las humilla y degrada para manifestar su desagrado y su superioridad. No percibe sus acciones como crímenes, sino como momentos de poder personal, como afirmaciones de su personalidad. Para mucha gente, hombres y mujeres por igual, la de prostitución sigue siendo una profesión despreciable. Él no considera que las mujeres sean sus iguales; una prostituta es un ser ínfimo, aunque él la use para su propia satisfacción. Le gusta su trabajo, teniente. Le gusta muchísimo. —¿Lo considera un trabajo o una misión? —No tiene ninguna misión. Sólo ambiciones. Lo que lo impulsa no es una religión, ni principios morales ni sociales. —¿Se trata de una cuestión personal, y lo que lo impulsa es su deseo de controlarlo todo? —Exacto —dijo Mira, a quien le agradaba el enfoque directo de Eve—. Para él se trata de una especie de hobby, un interés que ha descubierto en sí mismo y al que se ha aficionado. Es peligroso, teniente, y no sólo porque carezca de conciencia, sino porque lo que hace, lo hace bien. Y su éxito lo impulsa a querer seguir. —Parará cuando llegue a seis —murmuró Eve—. Pero encontrará alguna otra forma creativa de matar. Es demasiado vanidoso para no cumplir la promesa hecha a las autoridades, pero su hobby le gusta demasiado para abandonarlo. Mira ladeó la cabeza. —Parece como si hubiera usted leído ya mi informe, teniente. Creo que comprende a ese hombre bastante bien.
  • 171. J. D. Robb —Sí, poco a poco lo voy conociendo. —Tenía que hacer una pregunta, sobre la cual había meditado a lo largo de toda una noche sin apenas dormir—. A fin de protegerse de hacer el juego más difícil, ¿sería capaz de contratar a alguien, de pagarle a alguien para matar a una víctima determinada mientras él está protegido por una coartada? —No. —Mira contempló con simpatía el alivio que reflejaban los ojos de Eve—. En mi opinión, él necesita estar allí. Para observar, grabar y, sobre todo, sentir. No quiere satisfacer sus deseos por delegación. Y está seguro de que usted no conseguirá atraparlo. Le gusta verla sudar, teniente. Le gusta observar a las personas, y creo que se obsesionó con usted en cuanto supo que era la encargada de la investigación. La ha estudiado, y sabe que usted se preocupa por su trabajo. Considera eso una debilidad de la que él puede sacar partido, y lo hace enviándole la grabación de los asesinatos. Y no se los manda a su lugar de trabajo, sino a su domicilio. —Me envió el último disco. Lo encontré entre mi correspondencia de la mañana. Lo depositó en un buzón del centro de la ciudad al cabo de una hora de haber cometido el asesinato. Teníamos mi edificio vigilado. Debió de suponerlo, y encontró el modo de hacerme llegar su obsequio. —Se trata de un manipulador nato. —Mira le tendió un disco y una copia impresa del perfil inicial—. Es un hombre inteligente y maduro. Lo bastante maduro para contener sus impulsos, un hombre que dispone de medios e imaginación. No es de los que manifiestan sus emociones. Lo que en él domina es el intelecto y, como usted bien dice, la vanidad. —Le agradezco que haya hecho el perfil con tanta rapidez. Antes de que Eve pudiera levantarse, Mira dijo: —Hay algo más. El arma que dejó en la escena de su último asesinato. El hombre que perpetró estos crímenes no cometería el error de dejar tras de sí un arma que pudiera ser rastreada. El sistema de diagnosis da a eso un índice de improbabilidad del noventa y tres coma cuatro por ciento. —El arma estaba allí —afirmó Eve—. Yo misma la recogí. —Y estoy segura de que eso era precisamente lo que él quería. Lo más probable es que desee implicar a otra persona para enturbiar aún más la situación, para obstaculizar la investigación. Y es probable que escogiera a alguna persona en concreto con el fin de perturbarla a usted, de distraerla, incluso de hacerle daño. He incluido eso en el perfil. Quiero añadir que, personalmente, me preocupa el interés que ese hombre manifiesta por usted.
  • 172. J. D. Robb —Intentaré de que él se preocupe más de mi interés por él de lo que yo me preocupo de su interés por mí. Gracias, doctora. Eve fue al despacho de Whitney para entregar el perfil psiquiátrico. Si había suerte, Feeney ya habría verificado las sospechas de ella acerca de la compra y la entrega el arma del crimen. Si ella tenía razón, y necesitaba creer que la tenía, eso, unido al peso del perfil de Mira, dejaría limpio a Roarke. Eve ya sabía, por la forma como Roarke la había mirado durante la última transmisión, que las obligaciones profesionales de ella habían destruido cualquier puente personal que ambos hubieran estado construyendo. Estuvo aún más segura de ello cuando entró en el despacho y encontró en él a Roarke. Debía de haber usado un transporte privado, decidió Eve. Por medios normales le hubiera resultado imposible llegar tan pronto. —El perfil que ha realizado la doctora Mira. —Gracias, teniente. —La mirada de Whitney se fijó en Roarke—.La teniente Dallas lo conducirá a un despacho para interrogarlo. Agradecemos su cooperación. - Roarke no dijo nada, limitándose a ponerse en pie y a esperar que Eve fuera a la puerta. —Tiene derecho a contar con la presencia de su abogado —comenzó ella, al tiempo que llamaba un ascensor. —Lo sé. ¿Se me acusa de algún delito, teniente? —No. —Maldiciéndolo mentalmente, Eve entró en la cabina y pidió el área B—. Esto no es más que el procedimiento policial de rutina. —Su silencio continuó hasta que ella tuvo ganas de gritar—. Maldita sea, no puedo hacer otra cosa. —¿ Ah, no ? —murmuró él, y cuando las puertas se abrieron salió de la cabina antes que ella. —Es mi trabajo. Las puertas de la zona de interrogatorios se abrieron y luego se cerraron tras ellos. Las cámaras que, como hasta el más insignificante carterista sabía, estaban ocultas en todas las paredes, comenzaron a funcionar automáticamente. Eve se sentó a una pequeña mesa y esperó a que Roarke lo hiciera ante ella. —Esta conversación está siendo grabada. ¿Es usted consciente de ello? —Sí. —Teniente Dallas. DI 5347BQ, interrogadora. Sujeto, Roarke. Fecha y hora iniciales. El sujeto ha renunciado a la presencia de un abogado. ¿Es eso correcto?
  • 173. J. D. Robb —Sí, he renunciado a la presencia de un abogado. —¿Conoce usted a una acompañante profesional llamada Georgie Castle? —No. —¿Ha estado usted en el 156 de la calle 89 Oeste? —No, creo que no. —¿Es usted propietario de una Ruger P-90, arma de combate automática de alrededor del 2005 ? —Es posible que posea un arma de esas características. Tendría que verificarlo. Pero, de momento, digamos que sí. —¿ Cuándo compró usted dicha arma ? —Insisto en que tendría que verificarlo. —Roarke no parpadeaba ni apartaba la vista de Eve—. Tengo una colección muy extensa, y no llevo todos los detalles en la cabeza ni en mi agenda de bolsillo. —¿Compró dicha arma en Sotheby's? —Es posible. Suelo comprar armas para mi colección en subastas. —¿Por el sistema de puja a distancia? —A veces. Eve notó que el estómago, en el que ya tenía un nudo, comenzaba a revolvérsele. —¿Compró usted la mencionada arma por puja a distancia en Sotheby's el 2 de octubre del año pasado? Roarke sacó del bolsillo su agenda y buscó la fecha. —No. No tengo anotado eso. Parece que en esa fecha me encontraba en Tokio por negocios. Podrá usted verificar eso con facilidad. Maldito seas, maldito seas, pensó ella. Sabes perfectamente que ésa no es una respuesta adecuada. —En las subastas es frecuente usar intermediarios. —Sí, así es. —Mirándola fríamente, volvió a guardarse la agenda—. Si habla usted con Sotheby's, allí le dirán que yo no uso intermediarios. Cuando decido comprar algo es porque lo he visto con mis propios ojos. He calibrado el valor que tiene para mí. Y, cuando decido participar en la subasta, lo hago personalmente. En una puja a distancia, participaría por medio de un terminal.
  • 174. J. D. Robb —¿No es la costumbre utilizar ofertas electrónicas selladas, o un representante autorizado para pujar hasta un determinado límite? —Las costumbres no me preocupan. El hecho es que podría cambiar de opinión acerca de si quiero algo o no. Por un motivo u otro, podría perder de pronto mi interés. Eve captó el significado de aquellas palabras, e intentó aceptar el hecho de que Roarke había terminado con ella. —La mencionada arma, registrada a su nombre y comprada por el método de puja a distancia en Sotheby's en octubre del año pasado fue usada para asesinar a Georgie Castle aproximadamente a las siete y media de la pasada noche. —Usted y yo sabemos que a las siete y media de anoche yo no me encontraba en Nueva York. —Sus ojos escrutaron el rostro de Eve—. Localizó el origen de la transmisión, ¿no? Ella no respondió. No le fue posible. —Su arma fue encontrada en la escena del crimen. —¿Han establecido con seguridad que era la mía? —¿Quién tiene acceso a su colección? —Únicamente yo. Nadie más. —¿Sus empleados? —No. Por si no lo recuerda, teniente, mis vitrinas de exhibición están cerradas y el único que conoce la clave soy yo. —Las claves se pueden forzar. —Es improbable, pero posible. Sin embargo, a no ser que para entrar se utilice un lector de palma, cuando se abre una vitrina por el método que sea, se dispara una alarma. Maldita sea, dame un resquicio. ¿Acaso no se daba cuenta de que ella intentaba salvarlo? —Las alarmas se pueden bloquear. —Cierto. Cuando una vitrina se abre sin mi autorización, todas las entradas a la sala quedan selladas. No existe forma de salir y, simultáneamente, seguridad es alertada. Le aseguro, teniente, que el sistema es casi infalible. Me gusta proteger mis posesiones. Eve alzó la mirada al entrar Feeney. Éste le hizo una seña y ella se levantó.
  • 175. J. D. Robb —Dispense. Cuando las puertas se cerraron tras ellos, Feeney hundió las manos en los bolsillos. —Lo que tú dijiste, Eve. Puja electrónica, compra en efectivo, entregada por una EER. El mandamás de Sotheby's asegura que ése es un método insólito en Roarke, que suele asistir a las subastas personalmente o por terminal directo. En los quince años que lleva tratando con ellos, nunca ha utilizado el sistema de puja a distancia. Eve se permitió un suspiro de alivio. —Eso encaja con la declaración de Roarke. ¿Qué más? —Investigué los registros. La Ruger sólo apareció en los libros a nombre de Roarke hace una semana. No hay forma humana de que podamos implicarlo. El comandante dice que lo soltemos. Ella se limitó a asentir con la cabeza. —Gracias, Feeney. Eve volvió a pasar a la zona de interrogatorio. —Puede marcharse. Roarke se puso en pie mientras ella, andando de espaldas, salía de la sala. —¿Así de sencillo? —En estos momentos no tenemos motivo para detenerlo ni para causarle más molestias. —¿Molestias? —El hombre caminó hacia ella hasta que las puertas se cerraron a su espalda—. ¿Así llamas a esto? ¿Una molestia? Roarke tenía motivos para estar furioso y resentido. Pero ella tenía que hacer su trabajo. —Han muerto tres mujeres. Debemos considerar todas las posibilidades. —¿Y yo no soy más que una de tus posibilidades? —De pronto, sorprendiéndola, la retuvo—. ¿Es eso todo lo que hay entre nosotros? —Soy policía. No puedo permitirme pasar nada por alto, ni dar nada por hecho. —No puedes permitirte confiar en nada ni en nadie —la corrigió él—. Si las cosas hubieran sido un poco distintas, ¿me habrías encerrado? ¿Me habrías metido en una celda, Eve? —Retírese. —Feeney había aparecido en el corredor. Los ojos le relucían—. Suéltela. —Déjanos en paz, Feeney.
  • 176. J. D. Robb —De eso, nada. —Feeney se encaró con Roarke—. No se meta con ella, pez gordo. Se jugó el cuello por usted y, según están las cosas, le podría haber costado el empleo. Simpson ya la está preparando como chivo expiatorio porque ella fue lo bastante torpe como para acostarse con usted. —Cierra la boca, Feeney. —¡Pero Dallas...! —He dicho que te calles. —Eve miró a Roarke—. El departamento agradece su colaboración —dijo. Luego dio media vuelta y se alejó. —¿Qué demonios ha querido decir? —preguntó Roarke a Feeney. Feeney chasqueó la lengua. —Tengo cosas mejores que hacer que perder mi tiempo con usted. Roarke arrinconó a su interlocutor contra una pared. —Dentro de un instante le daré motivos para detenerme por agresión a un policía, Feeney. Explíqueme qué ha querido decir con lo de Simpson. —¿Quiere saberlo, pez gordo? —Feeney miró en torno, buscando un sitio donde hablar en privado. Señaló con un movimiento de cabeza la puerta de un servicio de caballeros—. Entre ahí y se lo contaré. El gato le hacía compañía. Eve comenzaba ya a lamentar el hecho de que tendría que devolver el inútil felino a la familia de Georgie. Ya lo habría hecho de no ser porque su compañía le resultaba un alivio. Sin embargo, lo único que sintió cuando sonó su intercomunicador fue irritación. No le apetecía tener compañía humana. Y la de Roarke, menos que ninguna, decidió tras echar un vistazo a su pantalla de seguridad. Estaba tan furiosa que optó por la solución del cobarde. Dejando la llamada sin responder, regresó al sofá y se hizo un ovillo, abrazada al gato. Si hubiera tenido una manta a mano se hubiera tapado la cabeza. Momentos más tarde, el sonido del cerrojo de su puerta al descorrerse la hizo incorporarse de un brinco. —Cabrón —dijo al ver entrar a Roarke—. No hay nada que te detenga, ¿verdad?
  • 177. J. D. Robb Él se limitó a guardarse su código maestro en el bolsillo. —¿Por qué no me lo dijiste? —No quiero hablar contigo. —La enfureció advertir que su voz sonaba más desesperada que furiosa—. Esfúmate. —No me gusta que me usen para perjudicarte. —No hace falta que te usen. Tú sólito lo consigues muy bien. —¿Qué esperas? ¿Que tú me acuses de ser un asesino y creas que lo soy y yo me quede tan tranquilo? —Nunca creí que lo fueras —dijo en un vehemente susurro—. Nunca lo creí. Pero aparté mis sentimientos personales y cumplí con mi trabajo. Ahora, lárgate. Ella se dirigió hacia la puerta y, cuando él la agarró, se revolvió rápida y furiosamente. Roarke ni siquiera intentó parar el golpe. Sin perder la calma, se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano, mientras ella, rígida, respiraba entrecortadamente. —Adelante —invitó—. Golpéame de nuevo. No tienes que preocuparte. Yo no pego a las mujeres. Ni tampoco las asesino. —Lo único que te pido es que me dejes en paz. —Se dio la vuelta y se agarró al respaldo del sofá, desde donde el gato la miraba fríamente. Las emociones se iban acumulando en su interior, amenazando con estallar—. No conseguirás que me sienta culpable por haber cumplido con mi deber. —Me partiste por la mitad, Eve. —Al hombre le enfurecía admitirlo, saber que ella podía dejarlo devastado con toda facilidad—. ¿No podrías haberme dicho que confiabas en mí? —No. —Los ojos de ella se crisparon—. ¡Dios bendito!, ¿no comprendes que habría resultado contraproducente que lo hiciera? Si Whitney no hubiese podido creer en mi objetividad, si Simpson se hubiera olido que yo te había dado el más mínimo trato preferente, habría sido peor. No me habría sido posible aducir el perfil psíquico. No podría haberle ordenado a Feeney que rastreara urgentemente el arma para eliminar una posibilidad. —No se me ocurrió pensar en eso —dijo él con voz suave—. No se me ocurrió. —Le puso una mano en el hombro y ella se la sacudió, volviéndose hacia él con ojos llameantes. —Maldita sea, te dije que llevaras un abogado. Te lo dije. Si Feeney no hubiese tocado las teclas adecuadas, podrían haberte detenido. Si estás libre es gracias a él, y al hecho de que el perfil no encaja contigo.
  • 178. J. D. Robb Él la tocó de nuevo y ella volvió a retirarse. —Parece que no necesitaba un abogado. Me bastaba con tenerte a ti. —No importa. —Hizo un esfuerzo por recuperar el control sobre sí misma—. El hecho de que tuvieras una coartada indiscutible para el momento del crimen, y de que el arma fue una trampa, te excluye como sospechoso. —Se sentía insoportablemente cansada—. No te excluye por completo, pero los perfiles de la doctora Mira son de oro. Nadie desestima sus diagnósticos. Ella te ha eliminado, y eso tiene un gran peso ante el departamento y ante el fiscal. —Ni el departamento ni el fiscal me preocupaban. —Debieron preocuparte. —Tú ya te preocupas bastante por mí. Lo siento mucho. —Olvídalo. —Desde que te conozco, no he dejado de ver sombras en tus ojos. Lamento que las de ahora se deban a mí. —La única responsable de lo que me ocurre soy yo. —¿Acaso no estuviste a punto de perder tu trabajo por mi culpa? Maldito Feeney, pensó ella. —Yo tomo mis propias decisiones, y pago las consecuencias. Pero esta vez no, se dijo él. Esta vez no estás sola. —La noche siguiente a la que pasamos juntos, te llamé. Advertí que estabas preocupada, pero no quisiste contarme por qué. Feeney me contó los motivos de preocupación que tenías aquella noche. Tu furioso amigo quería hacerme pagar por haberte dado un disgusto. Lo consiguió. —Feeney no tenía derecho a... —Quizá no. Y no hubiera tenido que decirme nada si tú hubieses confiado en mí. — El hombre la agarró por los brazos para impedir su rápido movimiento—. No me des la espalda —dijo, en voz baja—. Se te da bien desentenderte de las personas, Eve, pero conmigo no lo conseguirás. —¿Qué esperabas? ¿Que acudiera a ti deshecha en llanto? «Roarke, tú me sedujiste y ahora estoy en apuros. Ayúdame.» Y una mierda. Tú no me sedujiste. Me acosté contigo porque me apetecía. Me apetecía lo suficiente como para olvidarme de la ética. Me metí en un lío por ello, pero sé arreglármelas sola. No necesito ayuda. —No es que no la necesites, es que no la quieres.
  • 179. J. D. Robb —No la necesito. —Eve decidió que no iba a pasar por la humillación de intentar soltarse, y se limitó a permanecer pasiva—. El comandante ya no cree que estés implicado en los asesinatos. Estás limpio, y yo también, salvo por lo que el departamento puede considerar oficialmente como un error de juicio por mi parte. De haberme equivocado contigo, las cosas serían distintas. —El haberte equivocado conmigo podría haberte costado la placa. —Sí, habría perdido mi placa. Lo habría perdido todo. Y lo habría merecido. Pero las cosas no ocurrieron así. Fin de la cuestión. Lárgate. —¿Realmente crees que voy a irme? El tono suave de él hizo que la resolución de Eve se debilitase. —Eres un lujo que no puedo permitirme, Roarke. Él posó las manos en el respaldo del sofá, encerrándola entre sus brazos. —Tú también eres un lujo que no puedo permitirme. Pero no me importa. —Escucha... —Lamento haberte hecho sufrir —murmuró él—. Lamento muchísimo no haber confiado en ti, para acusarte luego de no confiar en mí. —Yo no esperaba que pensaras ni actuaras de modo distinto a como lo hiciste. Aquello dolió a Roarke más que el golpe en la cara. —No, eso también lo lamento. Corriste un gran riesgo por mí. ¿Por qué? Aquello no tenía una respuesta fácil. —Confiaba en ti. Él posó los labios sobre su frente. —Gracias. —Actué guiada por mi experiencia —comenzó Eve, y se le cortó la respiración al notar sus labios en la mejilla. —Esta noche me quedaré contigo. —Ahora posó los labios en la sien de Eve—. Haré que duermas bien. —¿Sexo como sedante? Él frunció el entrecejo y acarició con sus labios los de ella. —Si quieres llamarlo así... —La alzó en vilo—. A ver si atinamos con la dosis justa.
  • 180. J. D. Robb Más tarde, con las luces aún atenuadas, Roarke contempló a Eve. La mujer dormía boca abajo, como un exhausto guiñapo. Para satisfacerse, le pasó una mano por la espalda... piel suave, huesos menudos, músculos firmes. Eve ni se movió. Le acarició los cabellos, densos como una piel de visón, del color del brandy y de los oros viejos, mal cortados. Roarke sonrió pasando un dedo por los labios de Eve. Carnosos, firmes, sensibles. Pese a que le sorprendía haber sido capaz de llevarla , más allá de lo que ella había experimentado nunca, también le abrumaba darse cuenta de que a él mismo le estaba sucediendo. ¿Hasta qué punto iban a llegar?, se preguntó. Recordaba lo devastado que se había sentido cuando creyó que ella lo consideraba culpable. Se sintió traicionado, desilusionado. Algo que llevaba incontables años sin experimentar. Eve lo había hecho sentirse de nuevo vulnerable. Podía hacerle daño. Podían hacerse daño mutuamente. Eso era algo sobre lo que él tendría que reflexionar. Pero en aquellos momentos, la cuestión apremiante era averiguar quién quería hacerles daño a los dos. Y por qué. Aún rumiando el problema, tomó la mano de Eve, entrelazó sus dedos con los de ella y se quedó dormido. Cuando Eve despertó, Roarke no estaba a su lado. Mejor así. La ponía nerviosa la forzada intimidad de las mañanas siguientes. Ya estaba más implicada con aquel hombre de lo que nunca había estado con nadie. Era consciente de que el click que se había producido entre ellos podía resonar durante el resto de su vida. Se dio una rápida ducha, se envolvió en una bata y se dirigió a la cocina. Allí estaba Roarke, en pantalones y con la camisa aún desabotonada, echándole un vistazo al periódico de la mañana en el monitor. Sintiendo una mezcla de felicidad y desagrado, advirtió que él parecía, tan a gusto como en su propia casa. —¿Qué haces? —¿Hummm? —El alzó la vista y tendió la mano para abrir el AutoChef—. Te preparo café. —¿Me preparas café? —Te oí moverte por la casa. —Sacó las tazas y las llevó hasta el umbral, donde Eve se encontraba—. No haces eso lo bastante a menudo. —¿El qué? ¿Moverme por la casa? —No. -Roarke rió entre dientes y le tocó suavemente los labios—. Sonreír. Simplemente sonreír. Eve se percató de que estaba sonriendo. —Pensé que te habías ido. —Rodeó la pequeña mesa y le echó un vistazo al monitor. Las cotizaciones de bolsa, naturalmente—. Madrugaste mucho.
  • 181. J. D. Robb —Tenía que hacer unas llamadas. —Él la observó pasarse los dedos por el húmedo cabello. Un hábito nervioso del que, probablemente, Eve no se daba cuenta. Recogió el terminal portátil que había dejado sobre la mesa y se lo guardó en el bolsillo—. Tenía programada una reunión de trabajo en la estación. A las cinco de la mañana, hora de aquí. —Oh. —Eve tomó un sorbo de café, preguntándose cómo había podido vivir hasta entonces sin una dosis de auténtica cafeína por las mañanas—. Sé lo importantes que son esas reuniones. Lo siento. —Ya habíamos conseguido atar casi todos los cabos sueltos. Del resto puedo ocuparme desde aquí. —¿No piensas regresar? —No. Eve encendió el AutoChef y le echó un vistazo al limitado menú. —No me queda casi de nada. ¿Quieres un donut o algo así? —Eve. —Roarke dejó su taza de café y la cogió por los hombros—. ¿Por qué pretendes ocultarme que te agrada que me quede? —Tu coartada es sólida. No es asunto mío que tú... —Se interrumpió cuando él la obligó a mirarlo. Estaba furioso. Eve lo advirtió en sus ojos y se preparó para la discusión que creía inminente; pero no estaba preparada para el beso, para la forma como sus bocas se unieron, para la forma como su propio corazón le dio un vuelco. Se dejó abrazar y reposó la cabeza en el hombro de Roarke. —No sé cómo enfrentarme a esto —murmuró—. No tengo experiencia. Necesito reglas, Roarke. Reglas sólidas. —Yo no soy un caso que tengas que resolver. —No sé lo que eres; pero sé que esto está yendo demasiado deprisa. Ni siquiera debió haber empezado. Entre nosotros nunca debió haber nada. Él la hizo retroceder un poco para estudiar su rostro. —¿Porqué? —Es complicado. Tengo que vestirme e ir al trabajo. —Dame algo. —Los dedos del hombre se crisparon sobre los hombros de Eve—. Yo tampoco sé lo que tú eres.
  • 182. J. D. Robb —Soy policía —farfulló ella—. Eso es todo lo que soy. Tengo treinta años y en toda mi vida sólo me he sentido unida a dos personas. E incluso con ellas me resulta fácil contenerme. —Contenerte, ¿en qué sentido? —Impidiendo que me importen demasiado. Si algo te importa demasiado puede llegar a anularte, a hacer que no seas nada. Hubo una época en que yo no era nada. Y no quiero volver a ello. —¿Quién te hizo daño? —No lo sé. —mintió—. Ni lo recuerdo, ni quiero recordarlo. Una vez fui una víctima, y estoy dispuesta a cualquier cosa con tal de no volver a serlo. Eso era yo cuando entré en la academia: una víctima. Eran otros los que movían los hilos, tomaban las decisiones, me llevaban de un lado a otro. —¿Y crees que yo estoy haciendo eso ahora? —Eso está sucediendo. Había preguntas que Roarke necesitaba hacer; pero, por la expresión de Eve, se daba cuenta de que tendrían que esperar. Quizá hubiese llegado el momento de correr un riesgo. Metió la mano en el bolsillo y sacó lo que guardaba en él. Desconcertada, Eve contempló aquel sencillo botón gris. —Eso se cayó de mi traje. —Sí. No era un traje que te sentase demasiado bien. A ti te van los colores más fuertes. Lo encontré en mi limusina. Tenía la intención de devolvértelo. —Oh. —Pero cuando Eve tendió la mano para cogerlo, él cerró los dedos en torno al botón. —Ha sido una pequeña mentira piadosa. —Divertido, él se rió de sí mismo—. No tenía intención de devolvértelo. —¿Acaso eres fetichista y sientes pasión por los botones? —He estado llevando éste encima como un colegial lleva un mechón del cabello de su novia. Eve lo miró y la embargo una dulce sensación que se hizo aún más dulce cuando advirtió que él se sentía turbado. —Eso es una chifladura. —Eso mismo creo yo. —Sin embargo, volvió a guardarse el botón en el bolsillo—. ¿Sabes qué otra cosa creo?
  • 183. J. D. Robb —No tengo ni idea. —Creo que estoy enamorado de ti. Eve sintió que el color huía de sus mejillas al tiempo que sus músculos quedaban paralizados y el corazón le daba un vuelco. —Eso es... —Sí, resulta difícil dar con la palabra adecuada, ¿verdad? —Roarke le acarició la espalda sin atraerla hacia sí—. Yo mismo he estado intentando encontrar una y no he podido. Pero eso no altera para nada el dilema. Ella se humedeció los labios. —¿Qué dilema? —Uno muy interesante e importante. Yo estoy tan en tus manos como tú en las mías. Y me resulta exactamente igual de incómodo que a ti, aunque quizá yo me resista menos que tú a encontrarme en tal posición. No te dejaré ir hasta que hayamos decidido cómo resolver nuestro dilema. —Eso es... una complicación. —Sí, una complicación espantosa. —Roarke, ni siquiera nos conocemos. Fuera del dormitorio, quiero decir. —Claro que nos conocemos. Somos dos almas perdidas. Ambos nos hemos apartado de lo que éramos para convertirnos en personas distintas. No es de extrañar que el destino haya decidido poner una desviación en lo que hasta el momento había sido un camino recto. Debemos decidir hasta qué punto deseamos seguir esa desviación. —Yo debo concentrarme en mis investigaciones. Esa es mi prioridad. —Lo comprendo. Pero también tienes derecho a una vida personal. —Mi actual vida personal surgió de la investigación. Y el asesino está haciendo que la cosa sea aún más personal. Lo de dejar en la escena del crimen una pistola para dirigir las sospechas hacia ti fue una respuesta directa a mi implicación contigo. El tipo está pendiente de mí. —¿Qué quieres decir? Eve recordó las reglas. Las había, y ella estaba a punto de romperlas. —Mientras me visto, te contaré lo que puedo. Precedida por el gato, Eve se dirigió al dormitorio. —¿Recuerdas la noche en que, al entrar en casa, te encontré aquí? ¿Recuerdas el paquete que hallaste en el suelo?
  • 184. J. D. Robb —Sí, fue algo que te trastornó. Despojándose de la bata, Eve lanzó una breve risa. —Y dicen que, de todos los de la comisaría, yo soy la que mejor cara de póquer sabe poner. —Mi primer millón lo gané en el juego. —¿De veras? —Pasándose el suéter por la cabeza, Eve recordó que no debía distraer su atención—. El paquete contenía una grabación del asesinato de Lola Starr. También me envió una del de Sharon DeBlass. Roarke sintió el gélido aguijonazo del miedo. —Estuvo en tu apartamento. Eve, trastornada al descubrir que no tenía ropa interior limpia, no advirtió el gélido tono de Roarke. —Quizá, o puede que no. Yo creo que no. No había indicios de que hubieran forzado la entrada. Pudo pasarlo por debajo de la puerta. Eso hizo la primera vez. El disco de Georgie lo envió por correo. Teníamos el edificio vigilado. Resignada, se puso los pantalones sin más. —El asesino lo sabía o se lo olió. Pero consiguió que me llegaran los discos. Los tres. Él se enteró casi antes que yo de que era la encargada de investigar el caso. Buscó unos calcetines. Tuvo suerte y encontró dos que hacían pareja. —Me llamó. Transmitió el vídeo del asesinato de Georgie Castle a los pocos minutos de cargársela. —Se sentó en el borde de la cama para ponerse los calcetines—. Dejó un arma a sabiendas de que era posible rastrearla hasta ti. No necesito decirte lo mucho que te habría complicado la vida una acusación de asesinato, Roarke. Si el comandante no me hubiera respaldado en esto, me habrían sacado del caso y del departamento en un abrir y cerrar de ojos. El tipo sabe lo que ocurre en el interior de la Central de Policía. Y sabe lo que ocurre en mi vida. —Por suerte no estaba enterado de que yo ni siquiera me encontraba en el planeta. —Sí, ése fue un golpe de suerte para ti y para mí. —Localizó sus botas y se las calzó—. Pero el asesino seguirá en sus trece. —Se levantó y cogió la funda de su arma—. Va por mí, y ve en ti el mejor medio para conseguirlo. Roarke la observó revisar el láser antes de enfundárselo. —¿Por qué tú? —quiso saber.
  • 185. J. D. Robb —No tiene una gran opinión de las mujeres. Probablemente le fastidia que una mujer lleve la investigación. Considera que eso reduce su estatus. —Se encogió de hombros y se alisó el cabello con una mano—. Al menos, eso opina la psiquiatra. El gato intentó subírsele por la pierna. Ella lo cogió y fue a dejarlo en la cama, donde el animal se arrellanó y comenzó a asearse. —¿La psiquiatra considera posible que el tipo quiera eliminarte por medios más directos? —No encajo en la pauta. Combatiendo las gélidas garras del miedo, Roarke apretó los puños. —¿ Y si el tipo se salta la pauta? —Sé arreglármelas. —¿Merece la pena que arriesgues tu vida por tres mujeres que ya están muertas? —Sí. —Eve captó la nota de reproche que había en la voz del hombre y se enfrentó a ella—. Merece la pena que arriesgue mi vida para conseguir que se les haga justicia a tres mujeres que ya están muertas y para evitar que otras tres mueran. Va por la mitad. Ha dejado una nota bajo cada cuerpo. Desde el mismo principio ha querido que sepamos que tiene un plan. Y nos reta a que lo detengamos. Una de seis, dos de seis, tres de seis. Haré todo lo que haga falta para que no haya una cuarta. —Eres toda coraje. Eso fue lo primero que admiré de ti. Ahora me aterra. Ella se acercó y le puso una mano en la mejilla. Nada más hacerlo, la bajó y retrocedió un paso, turbada. —Llevo diez años siendo policía, Roarke, y mis lesiones más graves han sido unos cuantos golpes y magulladuras. No tienes que preocuparte. —Tendrás que acostumbrarte a que haya alguien que se preocupe por ti, Eve. No había sido aquél el plan. Salió del dormitorio en busca de su abrigo y su bolso. —Te cuento esto para que te hagas una idea de a qué me enfrento y por qué no puedo malgastar energías analizando lo que hay entre nosotros. —Siempre habrá casos. —Espero que no siempre como éste. Éstos no son asesinatos por dinero ni por pasión. No son desesperados ni frenéticos. Son fríos y premeditados. Son... —¿Malvados? —Sí. —A Eve le alivió que fuese Roarke quien lo dijera. Así no parecía tan ridículo—. Pese a lo que hemos conseguido en ingeniería genética y programas sociales,
  • 186. J. D. Robb seguimos sin poder controlar las deficiencias humanas básicas: violencia, lujuria, envidia... —Los siete pecados capitales. Eve pensó en la vieja y en su pastel envenenado. —Exacto. Tengo que irme. —Esta noche, cuando acabes de trabajar, ¿irás a verme? —No sé a qué hora terminaré. Tal vez... —¿Vendrás? —Sí. Roarke sonrió, y Eve comprendió que él esperaba que ella tomase la iniciativa. Estuvo segura de que él comprendía lo mucho que le costó dar un paso hacia él y rozarle ligeramente los labios con los suyos. —Hasta luego. —Eve. Deberías usar guantes. Ella abrió la puerta y le dirigió una breve sonrisa por encima del hombro. —Ya lo sé, pero no dejo de perderlos. El buen humor le duró hasta que entró en su oficina y encontró a DeBlass y a su ayudante esperándola. DeBlass consultó con toda prosopopeya su reloj de oro. —Su horario parece más de banquero que de policía, teniente Dallas. Eve sabía que sólo pasaban unos minutos de las ocho, pero se despojó del abrigo sin decir nada. —Sí, por aquí nos damos la gran vida. ¿Puedo hacer algo por usted, senador? —Estoy al corriente de que ha habido otro asesinato. Evidentemente, me siento insatisfecho con el avance de su investigación. Sin embargo, estoy aquí para reducir al máximo las consecuencias indeseables. No quiero que el nombre de mi nieta se mezcle con el de las otras víctimas. —Para eso, diríjase a Simpson, o a su encargado de prensa. —Escúcheme bien, jovencita: mi nieta está muerta y eso nadie puede cambiarlo. Pero no toleraré que se arrastre por el lodo el apellido DeBlass, que se lo envilezca relacionándolo con la muerte de dos prostitutas comunes.
  • 187. J. D. Robb —Su opinión sobre las mujeres parece muy baja, senador. —Eve tuvo buen cuidado de no parecer desdeñosa. —Muy al contrario. Adoro a las mujeres. Por eso me revuelven el estómago las que se venden, las que se desentienden de la moral y la decencia. —¿Incluida su nieta? El senador brincó de su silla con el rostro encendido y los ojos saltones. Eve tuvo la certeza de que la habría golpeado de no interponerse Rockman entre ellos. —Senador, la teniente solo intenta provocarlo. No le dé esa satisfacción. —No deshonrará a mi familia. —DeBlass tenía la respiración agitada, y Eve se preguntó si tendría problemas cardíacos—. Mi nieta pagó muy caros sus pecados, y no estoy dispuesto a que el resto de mis seres queridos sea objeto del escarnio público. Y no pienso tolerar sus viles insinuaciones. —Lo único que intento es poner las cosas en claro. —Resultaba fascinante ver al senador luchar por recuperar la compostura. Le estaba costando lo suyo: las manos le temblaban y jadeaba—. Intento encontrar al hombre que asesinó a Sharon DeBlass, senador. Supongo que eso también tiene un lugar destacado entre sus intereses. —Encontrarlo no nos devolverá a mi nieta. —Se sentó de nuevo, agotado por su acceso de ira—. Ahora lo principal es proteger a los que quedan. Para conseguir eso, hay que separar el nombre de Sharon de las otras mujeres. A Eve no le gustaba la opinión del senador, y tampoco le gustaba su color, que seguía encendido. —¿Le traigo un vaso de agua, senador DeBlass? El hombre asintió con la cabeza. Eve salió al pasillo y llenó un vaso con agua embotellada. Cuando regresó, la respiración del senador se había tranquilizado y sus manos eran más firmes. —El senador está sometido a un gran estrés —intervino Rockman—. Mañana se presenta ante la cámara su proyecto de Ley Moral. La presión de esta tragedia familiar se ha añadido a sus tensiones. —Me hago cargo, y estoy esforzándome en cerrar el caso. —Ladeando la cabeza, Eve añadió—: La presión política también crea grandes tensiones en una investigación. No me gusta que me vigilen durante mi tiempo libre. Rockman le dirigió una tenue sonrisa. —Lo siento. ¿Le importa aclarar sus palabras?
  • 188. J. D. Robb —Me sometieron a vigilancia e informaron al jefe Simpson de mi relación personal Con un civil. No es ningún secreto que Simpson y el senador son carne y uña. —El senador y el jefe Simpson tienen vinculaciones personales y políticas —admitió Rockman—. Sin embargo, no sería ético ni conveniente para los intereses del senador hacer seguir a un miembro de la policía. Le aseguro, teniente, que el senador DeBlass ha estado excesivamente agobiado por su propio pesar y sus obligaciones hacia el país para preocuparse de sus... relaciones personales. Sin embargo, por medio del Jefe Simpson nos hemos enterado de que ha tenido usted cierto número de... entrevistas personales con Roarke. —Un oportunista carente de moral. —El senador dejó bruscamente su vaso—. Un hombre que no se detiene ante nada con tal de aumentar su poder. —Un hombre que, según se ha determinado, no tiene nada que ver con los crímenes que investigamos —añadió Eve. —Con dinero se compra todo, hasta la impunidad —dijo despectivamente DeBlass. —No en este departamento. Estoy segura de que pedirá usted mi informe al comandante. Mientras tanto, me propongo encontrar al hombre que asesinó a su nieta. —Supongo que debería elogiarle su celo. —DeBlass se puso en pie—. Procure que ese celo no perjudique el buen nombre de mi familia. —¿Qué le hizo cambiar de opinión, senador? —quiso saber Eve—. La primera vez que nos vimos me amenazó con dejarme sin empleo si no llevaba ante la justicia al asesino de su nieta. —Sharon ya está enterrada —fue cuanto el senador dijo antes de salir del despacho. —Teniente —dijo Rockman en voz baja—. Le repito que las presiones que soporta el senador son enormes, suficientes para aplastar a un hombre de menor talla. —Lanzó un lento suspiro—. A la esposa del senador la han destruido. Ha sufrido un colapso nervioso. —Lo lamento. —Los médicos no saben si se recuperará. Esta tragedia añadida tiene a su hijo deshecho de dolor; su hija ha dejado a la familia para esconderse. El senador piensa que su familia sólo se recuperará cuando el asunto de Sharon, de su terrible muerte, quede en el olvido. —Entonces, lo mejor que podría hacer el senador es retirarse y dejar que el departamento trabaje en paz.
  • 189. J. D. Robb —Teniente... —El hombre le dirigió una de sus raras miradas amables—. Ojalá pudiera convencerlo de que hiciera exactamente eso. Pero intentarlo me parece una tarea tan condenada al fracaso como pedirle a usted que deje descansar en paz a Sharon. —Sí, supongo que así es. —Muy bien. —Rockman le tocó brevemente el brazo—. Todos queremos hacer lo posible para arreglar la situación. Ha sido un placer verla de nuevo. Eve cerró la puerta tras Rockman y reflexionó. Era indudable que DeBlass era de temperamento vivo y fogoso, lo cual podía conducir a la violencia. Eve casi lamentó que no poseyera también el control y la frialdad de cálculo necesarios para planear meticulosamente tres asesinatos. Pero sería muy difícil relacionar a un político de derechas con un par de prostitutas neoyorquinas. Quizá el senador estuviera protegiendo a su familia, se dijo Eve. O quizá protegiese a Simpson, su aliado político. Era una posibilidad absurda, decidió. El senador podría proteger a Simpson si el jefe estuviera implicado en los homicidios de Starr y Castle. Pero ningún hombre protegía al asesino de su nieta. Eve se dijo que era una lástima que no anduviese buscando a dos hombres. No obstante, decidió que intentaría averiguar más cosas acerca de Simpson. Pero debía hacerlo objetivamente. Y no debía olvidar la muy probable posibilidad de que DeBlass no estuviera al corriente de que uno de sus compinches políticos favoritos había sido sometido a chantaje por su única nieta. Tendría que averiguarlo. Pero de momento debía seguir otra corazonada. Localizó el número de Charles Monroe y le hizo una llamada. La voz del hombre estaba llena de sueño y tenía los ojos hinchados. —¿Se pasa usted todo el tiempo en la cama, Charles? —Todo el tiempo que puedo, teniente Azúcar. —Se pasó una mano por el rostro y le dirigió una sonrisa—. Así es como pienso en usted. —Pues no lo haga. Un par de preguntas. —¿No puede venir y hacérmelas personalmente? Estoy calentito, desnudo y solo. —¿No sabe que es ilegal hacer ciertas proposiciones a la policía? —Estoy hablando de una muestra gratuita. Ya se lo dije: mantendríamos la cosa a nivel estrictamente personal. —Yo deseo lo contrario: que entre nosotros todo sea estrictamente impersonal. Tenía usted una colaboradora. Georgie Castle. ¿La conocía bien?
  • 190. J. D. Robb La seductora sonrisa del hombre desapareció. —Pues sí. No éramos íntimos, pero sí la conocía. Me la presentaron en una fiesta hace cosa de un año. Era nueva en el negocio. Simpática, atractiva. Un encanto. Nos caímos bien. —¿En qué sentido? —Nos hicimos amigos. De cuando en cuando tomábamos unas copas. Una vez, cuando a Sharon se le acumuló el trabajo, le dije que le mandara a Georgie un par de clientes. —¿Las dos se conocían? ¿Sharon y Georgie? —No creo. Por lo que recuerdo, Sharon llamó a Georgie y le preguntó si le interesaba atender a un par de tipos nuevos. Georgie dio luz verde y eso fue todo. Ah, sí. Sharon mencionó que Georgie le había mandado una docena de rosas auténticas. Todo un regalo. A Sharon le encantó ese alarde de viejos modales. —Era una chica a la vieja usanza —dijo Eve. —Al enterarme de que Georgie había muerto me llevé un disgusto enorme. Lo de Sharon fue un golpe muy duro, pero no una sorpresa. Vivía al borde del abismo. Pero Georgie era una persona sensata, centrada. —Puedo volver a necesitarlo, Charles. No se pierda. —Será un placer estar a su disposición para cualquier... —Déjese de tonterías. ¿Qué sabe de los diarios de Sharon? —Ella jamás me permitió leer ninguno. Yo le tomaba el pelo por ellos. Creo recordar que me dijo que llevaba un diario desde niña. ¿Lleva usted uno? ¿Figuro yo en él? —¿Dónde los guardaba? —Supongo que en su apartamento. ¿Dónde, si no? Aquélla era la pregunta clave, se dijo Eve. —Si recuerda algo más acerca de Georgie o de los diarios, llámeme. —Lo haré sea de día o de noche, teniente Azúcar. Cuente conmigo. —Lo haré. —Al cortar la transmisión, Eve no pudo evitar echarse a reír. Eve llegó a casa de Roarke cuando el sol se estaba poniendo. No se consideraba fuera de servicio. Llevaba todo el día meditando sobre el favor que iba a pedir. Pensó en ello, lo desechó y, en general, estuvo vacilando hasta exasperarse consigo misma. Al fin, por primera vez en meses, salió de la comisaría en el instante justo en que
  • 191. J. D. Robb terminaba su turno. Con los escasísimos progresos que estaba haciendo, poco era lo que allí pintaba. Feeney no había conseguido el menor resultado en su búsqueda de la segunda caja de seguridad. Lo que sí hizo, no muy a gusto, fue entregarle la lista de policías dueños de colecciones de armas que ella le había pedido. Eve se proponía investigar a. cada uno de ellos... en su tiempo libre y a su manera. Para su disgusto, comprendió que tenía que usar a Roarke. Summerset abrió la puerta con su habitual desdén. —Llega usted más temprano de lo esperado, teniente. —Si él no está, puedo esperar. —El señor se encuentra en la biblioteca. —¿Y dónde está exactamente la biblioteca? Summerset se permitió hacer un leve gesto de desagrado. Si Roarke no le hubiese ordenado hacer pasar inmediatamente a la mujer, el mayordomo la hubiese hecho esperar en alguna habitación pequeña y escasamente iluminada. —Por aquí, tenga la bondad. —¿Qué es lo que le fastidia de mí, Summerset? Con la espalda tiesa como un palo, el hombre subió con ella un tramo de escaleras y luego la llevó por un amplio corredor. —No sé a qué se refiere, teniente. La biblioteca —anunció con tono reverente, y procedió a abrirle la puerta. Eve en su vida había visto tantos libros. Nunca había creído que existieran tantos fuera de los museos. Los había en todas las paredes, de forma que la sala, con sus dos pisos, rebosaba literalmente de libros. En el nivel inferior, en lo que con toda seguridad era un sofá de cuero, estaba acomodado Roarke, con un libro en la mano y el gato sobre las piernas. —Eve, llegas temprano. —Dejó el libro, tomó el gato en brazos y se levantó. —Caray, Roarke, ¿de dónde sacaste tantos? —¿Te refieres a los libros? —Paseó la mirada por la habitación. El fuego de la chimenea se reflejaba y bailaba en los polícromos lomos de los volúmenes—. Es otra de mis aficiones. ¿Te gusta leer? —Claro, de vez en cuando. Pero los discos son mucho más cómodos.
  • 192. J. D. Robb —Y mucho menos estéticos. —Acarició el cuello del gato y el animal entró en éxtasis—. Si hay alguno que te guste, te lo puedo prestar. —No, no creo. —¿Qué tal una copa? —No me vendrá mal. El terminal de Roarke sonó. —Es la llamada que estaba esperando. ¿Por qué no sirves unas copas del vino que he dejado sobre la mesa? —Claro. —Le cogió el gato y fue a hacer lo que le había pedido. Como no quería oír la conversación, permaneció en el extremo de la habitación más alejado del murmurante Roarke. Eso le dio oportunidad de ojear los libros, cuyos títulos la intrigaron. Algunos le resultaban conocidos. Incluso con una educación pública, había tenido que leer a Steinbeck y Chaucer, a Shakespeare y Dickens. El plan de estudios la hizo conocer a King y Grisham, a Morrison y Grafton. Pero allí había docenas, quizá cientos, de libros de los que ella nunca había oído hablar. Se preguntó si alguien podía, no ya leerlos, sino simplemente aclararse con tanto título. —Lo siento —dijo Roarke tras colgar—. Era algo que no podía esperar. —No te preocupes. El hombre tomó la copa de vino que ella le había servido. —El gato se está encariñando contigo. —No creo que sienta grandes afectos particulares. —Pero Eve tuvo que admitir que le gustaba la forma en que el animal respondía a sus caricias—. No sé qué voy a hacer con él. Llamé a la hija de Georgie, y me dijo que no se sentía con ánimos para recogerlo. Insistí, y lo único que logré fue que se echara a llorar. —Podrías quedártelo. —No sé. A los animales hay que cuidarlos. —Los gatos son autosuficientes. —Se sentó en el sofá y esperó a que ella se le uniese—. ¿Por qué no me cuentas qué tal ha ido el día? —No ha sido muy productivo. ¿Y el tuyo? —El mío sí lo ha sido.
  • 193. J. D. Robb —Tienes muchos libros —comentó Eve, consciente de que estaba yéndose por las ramas. —Siento gran afecto por ellos. Yo, a los seis años, apenas sabía leer mi nombre. Entonces me tropecé con un maltratado libro de Yeats. —Y, al ver la expresión de ignorancia de Eve, aclaró—: Un escritor irlandés de cierto renombre. Me apetecía mucho leerlo, así que aprendí solo. —¿No fuiste al colegio? —Fui lo menos que pude. ¿Te pasa algo en los ojos, Eve? Ella lanzó un suspiro. ¿Para qué esforzarse en disimular, si Roarke veía a través de ella? —Tengo un problema. Quiero investigar a Simpson. Evidentemente, no puedo usar los canales habituales ni utilizar la unidad de mi casa ni la de la oficina. En cuanto intente indagar sobre el jefe de policía, todo el departamento se enterará. —Y te estás preguntando si yo poseo un sistema seguro y sin registrar. Así es, desde luego. —Claro —murmuró ella—. Los sistemas no registrados constituyen una violación del código 4 53-B sección 35. —No sabes lo mucho que me excita oírte recitar códigos, teniente. —No tiene gracia. Lo que voy a pedirte que hagas es ilegal. Invadir electrónicamente la intimidad de un funcionario del estado es un delito. —Luego puedes arrestarnos a los dos. —Esto es serio, Roarke. Soy de las que se atienen a las normas, y ahora te estoy pidiendo que me ayudes a quebrantar la ley. Él se levantó y la obligó a hacer lo mismo. —Querida Eve, no tienes ni idea de cuántas leyes he quebrantado ya. —Rodeó la cintura de ella—. A los diez años tenía organizada una partida de dados clandestina —comenzó, conduciéndola fuera de la habitación—. Fue un legado de mi viejo y querido padre, que se ganó que le rebanaran la garganta en un callejón de Dublín. —Lo lamento. —No estábamos nada unidos. El era un cabrón al que nadie quería, y yo menos qué nadie. Summerset, cenaremos a las siete y media —añadió Roarke, dirigiéndose hacia las escaleras—. Pero me enseñó, a costa de puñetazos en la cara, todo lo referente a dados, cartas y apuestas. Era un ladrón, y no demasiado bueno, como quedó demostrado por el final que tuvo. Mentí, robé y me convertí en un experto
  • 194. J. D. Robb contrabandista. Así que podrás darte cuenta de que con tu mínima petición no me estás corrompiendo, ni mucho menos. El hombre comenzó a marcar el código de una puerta del segundo piso. Eve preguntó: —¿Y sigues...? —¿Quieres saber si sigo mintiendo, robando y haciendo contrabando? —Se volvió y le acarició levemente el rostro—. Detestarías que así fuese, ¿verdad? Casi me gustaría poderte decir que sí, para luego abandonar por ti mis actividades delictivas. Pero aprendí hace mucho tiempo que son más excitantes los juegos legítimos. Y ganar resulta más satisfactorio cuando se juega con cartas sin marcar. —Le dio un beso en la frente y luego entró en la sala—. Pero no he olvidado los viejos trucos. Comparada con el resto de la casa que Eve conocía, aquella habitación era espartana, diseñada estrictamente para el trabajo. Nada de bonitas estatuas ni de ricos candelabros. La amplia consola en forma de U, que constituía la base de comunicaciones, investigación e información era totalmente negra y estaba llena de controles, diales y pantallas. Eve había oído decir que el Departamento de Hacienda tenía la base de datos más avanzada del país, pero sospechó que la de Roarke no tenía nada que envidiarle. Eve no era experta en ordenadores, pero le bastó un vistazo para advertir que aquel equipo era muy superior a cualquier cosa que pudiera usar —o permitirse— la policía de Nueva York o el Departamento de Seguridad, incluida la sofisticada División de Detección Electrónica. La alargada pared de frente a la consola estaba ocupada por las pantallas de "seis grandes monitores. Una segunda estación auxiliar contenía un pequeño y esbelto tele-terminal, un segundo fax láser, un emisor-receptor de hologramas y otras piezas de hardware que a Eve no le fue posible reconocer. El trío de estaciones informáticas poseía monitores personales con terminales propios. El suelo era de baldosas brillantes, con un dibujo de diamantes de tenues colores que se mezclaban de forma casi líquida. Por la única ventana se contemplaba un panorama urbano iluminado por los últimos rayos del sol poniente. Al parecer, a Roarke le gustaba la elegancia ambiental hasta en un lugar como aquél. —Lo tienes muy bien montado —comentó Eve. —No es tan cómodo como mi despacho, pero dispone de todo lo necesario. —Se colocó tras la consola principal, y colocó la palma de la mano sobre la pantalla identificadora—. Roarke. Iniciar operaciones.
  • 195. J. D. Robb Tras un leve zumbido, las luces de la consola comenzaron a brillar. —Concesión de acceso a voz y palma nuevas —siguió él, e hizo seña a Eve—. Nivel amarillo de autorización. A un gesto de Roarke, Eve posó la mano en la pantalla, y sintió el leve calor del sistema de lectura. —Dallas. —Listo. —Roarke tomó asiento—. orales. El sistema aceptará tus órdenes manuales y —¿En qué consiste el nivel amarillo? Él sonrió. —Te permite el acceso a cuanto desees saber; pero no te permite contradecir mis órdenes. —Hummm. —Contempló los controles, las luces que parpadeaban, la infinidad de pantallas y diales. Le hubiera gustado tener la facilidad para la informática de Feeney—. Indagación sobre Edward T. Simpson, jefe de Policía y Seguridad de Nueva York. Todos los datos financieros. —Vas derecha al grano —murmuró Roarke. —No puedo perder tiempo. ¿Seguro que esto no puede ser rastreado? —No sólo no puede ser rastreado, sino que la indagación tampoco quedará registrada. —«Simpson, Edward T. —anunció el ordenador, con cálida voz femenina—. Buscando.» Eve enarcó las cejas y Roarke sonrió. —Prefiero trabajar con voces melodiosas. —Iba a preguntarte cómo puedes tener acceso a datos sin poner sobre alerta al Compuguard. —Ningún sistema es totalmente impenetrable, ni siquiera el ubicuo Compuguard. Está protegido contra los piratas informáticos normales; pero, disponiendo del equipo adecuado, se puede penetrar. Y yo tengo el equipo adecuado. Aquí están los datos. Pantalla visora número uno —ordenó. Eve alzó la vista y vio cómo en el mayor de los monitores aparecía el informe crediticio de Simpson, en el que figuraban las entradas habituales: alquiler de vehículos, hipotecas, balances de tarjetas de crédito. Todas las transacciones electrónicas automáticas. —La cuenta de la American Express es considerable —murmuró Eve—. Y no creo que sea del dominio público que Simpson tenga una casa en Long Island.
  • 196. J. D. Robb —No hay nada como para sospechar de él. Tiene un índice crediticio de clase A, lo cual significa que paga lo que debe. Mira, ahí tenemos una cuenta bancaria. Pantalla dos. Eve estudió las cifras, insatisfecha. —Nada anómalo, depósitos y retiradas bastante normales. Transacciones automáticas en su mayoría, transferencias de pago que encajan con la hoja de crédito. ¿Qué es Jeremy's? —Una sastrería —dijo Roarke, con leve desdén—. No es de lo mejor. Ella arrugó la nariz. —Es un montón de dinero para gastárselo en ropas. —Querida, lamento sacarte de tu error. Sólo es mucho dinero si se trata de ropas de segunda. Ella suspiró y hundió las manos en los bolsillos de sus arrugados pantalones marrones. —Ahí está la relación de sus inversiones. Pantalla tres. El tipo es más bien timorato —añadió Roarke tras un breve vistazo. —¿Qué quieres decir? —Todos son valores sin riesgo. Bonos del gobierno, fondos de inversiones, unos cuantos títulos de primera. Sólo invierte dentro del planeta. —¿Y qué tiene eso de malo? —Nada, si te contentas con que tu dinero reúna polvo. —Dirigió a Eve una mirada sesgada —. ¿Tú tienes inversiones, teniente? —Sí, algunas. —Eve intentaba entender las abreviaciones y porcentuales—. Miro las cotizaciones de bolsa un par de veces al día. los puntos —Espero que no tengas una cuenta de crédito normal —dijo Roarke, en tono reprobatorio. —¿Qué tienen de malo esas cuentas? —Confíame lo que tengas, y yo te lo doblaré en seis meses. Ella se limitó a fruncir el entrecejo, intentando descifrar el informe financiero. —No estoy aquí para enriquecerme. Con su peculiar acento irlandés, él replicó: —Querida, todos estamos aquí para enriquecernos.
  • 197. J. D. Robb —¿Qué hay de los donativos, contribuciones políticas, obras de caridad y cosas por el estilo? —Acceso a la relación de desgravaciones —ordenó Roarke—. Pantalla visora número dos. Ella aguardó, tabaleando impaciente con los dedos sobre la rodilla. Los datos comenzaron a aparecer en la pantalla. —Coloca su dinero en el mismo sitio donde tiene sus afectos —murmuró Eve, revisando los donativos de Simpson al partido conservador y al fondo de campaña de DeBlass. —Por otra parte, tampoco se muestra demasiado generoso. Hummm... —Roarke enarcó las cejas—. Es interesante: ha hecho un considerable donativo a Valores Morales. —Se trata de un grupo extremista, ¿no? —Yo diría que sí, pero sus adeptos prefieren considerarlo una organización dedicada a salvarnos a nosotros, pobres pecadores, de nosotros mismos. DeBlass es uno de sus partidarios más firmes. Pero Eve estaba repasando sus propios archivos mentales. —Se sospecha que esa gente ha saboteado los bancos de datos de varias clínicas de control de la concepción. Roarke chasqueó burlonamente la lengua. —Todas esas mujeres decidiendo por sí mismas si quieren o no concebir y cuando desean hacerlo. ¿Adónde irá a parar el mundo? Evidentemente, alguien debe ocuparse de que esas locas recuperen la cordura. —Ya. —Insatisfecha, Eve hundió las manos en los bolsillos—. Se trata de una relación peligrosa para alguien como Simpson. A él le gusta dárselas de centrista. Formó parte de una candidatura moderada. —Lo hizo para enmascarar sus tendencias y conexiones conservadoras. El tipo aspira al cargo de gobernador, y tal vez piense que DeBlass puede conseguírselo. La política es un juego basado en el trueque. —Política. El disco de chantaje de Sharon DeBlass estaba saturado de políticos. Sexo, asesinato, política —murmuró Eve—. Cuanto más cambian las cosas... —Más inmutables siguen. Las parejas siguen cortejándose, las personas siguen matando a personas, y los políticos siguen besando a bebés y mintiendo.
  • 198. J. D. Robb Algo no terminaba de encajar, y Eve volvió a desear tener a Feeney a su lado. Asesinatos del siglo XX, pensó, móviles del siglo XX. Había otra cosa que no había cambiado durante el último milenio. Los impuestos. —¿Podemos acceder a sus datos de Hacienda de los tres últimos años? —Eso es más peliagudo. —Inmediatamente, el reto hizo que sus labios se crisparan. —También es un delito federal. Escucha, Roarke... —Un minuto. —Apretó un botón y en la consola apareció un teclado manual. Con cierta sorpresa, Eve observó cómo los dedos del hombre volaban sobre las teclas—. ¿Dónde aprendiste a hacer eso? —Aunque aquello formaba parte del entrenamiento obligatorio dé los miembros del departamento, Eve apenas sabía arreglárselas con el método manual. —Aquí y allá —replicó él, ausente—, durante mi desperdiciada juventud. Tengo que penetrar en los sistemas de seguridad y eso me llevará algún tiempo. ¿Qué tal si nos sirves más vino? —No he debido pedírtelo, Roarke. —Un acceso de remordimientos impulsó a Eve a acercarse al hombre—. Esto puede acarrearte problemas... —Shsss... —Con ceño, Roarke se concentró en maniobrar por el laberinto del sistema de seguridad. —Pero... Roarke se volvió hacia ella con un brillo de impaciencia en los ojos. —Ya hemos abierto la puerta, Eve. Ahora, o la cruzamos o nos volvemos. Eve pensó en las tres mujeres que habían muerto porque ella no fue capaz de evitarlo, porque ella no supo lo bastante para impedirlo. Asintió con la cabeza y se apartó de Roarke. El tenue rumor de las teclas volvió a sonar. Sirvió el vino y luego volvió frente a las pantallas. Las finanzas de Simpson parecían impecables, se dijo. Tenía el índice crediticio más alto, pagaba puntualmente sus deudas, y sus inversiones eran conservadoras y relativamente moderadas. Sin duda, el hombre gastaba en ropas, vinos y joyas más de lo normal. Pero tener gustos caros no era un crimen. No cuando uno los pagaba. Ni siquiera lo de la segunda residencia constituía un delito. Algunas de las contribuciones resultaban extrañas en alguien que era oficialmente un moderado, pero seguían sin ser un crimen. Oyó a Roarke maldecir en voz baja y volvió la vista en su dirección. Él seguía inclinado sobre el teclado, como si ella no estuviese allí. Eve jamás hubiera supuesto que Roarke tuviese los conocimientos técnicos necesarios para acceder manualmente. Según Feeney, se trataba de un arte
  • 199. J. D. Robb prácticamente perdido, salvo entre los funcionarios técnicos y los piratas informáticos. Sin embargo, allí estaba un hombre rico, privilegiado y elegante, realizando un trabajo que normalmente se delegaba a chupatintas mal pagados. Por un momento, Eve se olvidó del asunto que la ocupaba y dirigió una sonrisa a su compañero. —¿Sabes una cosa, Roarke? Eres muy mono. Eve se dio cuenta de que era la primera vez que lograba sorprenderlo. Alzó la cabeza y sus ojos denotaron desconcierto... durante un par de segundos. Luego en sus labios apareció aquella sonrisa que lograba acelerar el pulso de Eve. —Me merezco un piropo mayor, teniente. Logré entrar. —No me digas. —Excitadamente, Eve se volvió de nuevo hacia las pantallas—. ¿Dónde puedo verlo? —En las pantallas cuatro, cinco y seis. —Ahí está su saldo final. —Estudió con ceño la declaración de ingresos brutos-— Parece correcto, teniendo en cuenta su salario, ¿no crees? —Unos cuantos intereses y dividendos de inversiones. —Roarke fue haciendo pasar las diversas páginas—. Unos cuantos honorarios por apariciones personales y conferencias. Según estos datos, el tipo vive al día, pero dentro de sus medios. —Shsss. —Eve tomó un trago de vino—. ¿Qué otros datos puede haber? —Para haberla hecho una mujer tan lista, esa pregunta es sumamente ingenua. Cuentas secretas —explicó—. La doble contabilidad es un antiguo y respetado método de ocultar ingresos. —Si uno tiene ingresos ilegales, ¿por qué va a cometer la estupidez de tenerlos registrados? —Ésa es una pregunta que nadie ha sabido contestar. Pero la gente lo hace. Claro que lo hace. —Y, respondiendo a una muda pregunta, añadió—: Yo también, desde luego. Ella lo fulminó con la mirada. —No me lo cuentes. No quiero saberlo. —Roarke se limitó a encogerse de hombros. —A lo que voy es a que, como lo hago, conozco el modo de hacerlo. Aparentemente, aquí todo está a la vista, ¿no? —Con unos cuantos mandos, hizo que los informes fiscales convergieran en una sola pantalla—. Ahora, bajemos un nivel. Ordenador: Simpson, Edward T., cuentas en el extranjero. —No se conocen datos.
  • 200. J. D. Robb —Siempre hay más datos —murmuró él, impertérrito. Volvió al teclado y algo comenzó a zumbar. —¿Qué es ese ruido? —Me indica que estoy golpeando contra un muro. —Como un obrero, se desabrochó los botones de las mangas de la camisa y se remangó éstas. Eve sonrió. —Y si existe un muro, algo se oculta tras él. Continuó trabajando con una sola mano, y tomó un sorbo de su vino. Cuando repitió la orden, la respuesta cambió. —Datos protegidos. —Muy bien, ya lo tenemos. —Pero ¿cómo puedes...? —Shsss —ordenó él de nuevo, y Eve calló, impaciente—. Ordenador: establecer combinaciones alfanuméricas para conseguir el código de acceso. Satisfecho por sus progresos, Roarke se apartó del aparato. —Esto llevará algún tiempo. ¿Por qué no te vienes aquí? —¿Puedes enseñarme cómo...? —Eve se interrumpió, sorprendida, pues Roarke la había obligado a sentarse sobre sus piernas—. Escucha, esto es importante. —Y esto también. —La besó en la boca mientras subía una mano por su cadera hasta la curva del pecho—. Encontrar la contraseña puede llevar una hora o más. — Aquellas rápidas y diestras manos estaban ya moviéndose bajo el suéter de Eve—. Creo recordar que no te gusta perder tiempo. —No, no me gusta. —Era la primera vez en su vida que Eve se sentaba en las piernas de nadie, y la sensación no le resultó desagradable. Sintió placer, pero un nuevo zumbido metálico la devolvió a la realidad. Atónita, contempló la cama que surgía de un descorrido panel de la pared lateral—. El hombre que lo tiene todo —atinó a decir. —Lo tendré. —Le pasó un brazo bajo las piernas y la alzó en vilo—. Dentro de un momento. —Roarke. —Eve tuvo que admitir que, aunque sólo fuera por una vez, le gustaba que la tomaran en brazos. —¿Sí? —Siempre pensé que en la sociedad, en la publicidad y en el espectáculo se le daba demasiada importancia al sexo. —¿Ah, sí?
  • 201. J. D. Robb —Sí. —Sonriendo, Eve retorció su cuerpo con rápida agilidad haciéndole perder el equilibrio—. Pero he cambiado de opinión —dijo, al tiempo que ambos caían sobre la cama. Ella ya se había dado cuenta de que hacer el amor podía ser una experiencia intensa, arrolladora, incluso peligrosamente excitante. Ahora supo que también podía ser divertido. Fue como una revelación advertir que podía reírse y revolcarse en la cama como una chiquilla. Besos rápidos como picotazos, cosquillas, nerviosas carcajadas. Inmovilizando a Roarke contra el colchón, se dio cuenta que nunca en su vida se había reído así. —Te atrapé. —Muy cierto. —Encantado, Roarke se dejó inmovilizar por ella. Eve le llenó el rostro de besos—. Y, ahora que me atrapaste, ¿qué piensas hacer conmigo? —Usarte, ¿qué otra cosa? —Le mordió el labio inferior— Gozar de ti. —Arqueando las cejas, le desabrochó la camisa y luego se la abrió—. Tienes un cuerpo fantástico. —Le acarició sensualmente el pecho—. Pensaba que también en estas cosas se exageraba mucho. A fin de cuentas, cualquiera con dinero suficiente puede comprarse un cuerpo. —El mío no lo compré —dijo Roarke, y le sorprendió encontrarse de pronto presumiendo de su físico. —No, seguro que en esta casa tienes un gimnasio, ¿a que sí? —Inclinándose, recorrió con los labios el hombro de Roarke—. Un día tienes que enseñármelo. —Se quitó el suéter, pasándoselo sobre la cabeza—. Me apetece verte sudar. La derribó sobre la cama, invirtiendo las posiciones. Al notar las inmovilizadoras manos de él, Eve se crispó; pero enseguida se relajó. Progresamos, se dijo él. Aquél era el principio de la confianza. —Estoy dispuesto a hacer gimnasia contigo cuando quieras, teniente. —Terminó de quitarle el suéter—. Sólo tienes que decírmelo. Roarke le soltó las manos, y le gustó que ella tendiera los brazos y lo atrajera en un fuerte abrazo. Era tan fuerte, pensó él, mientras las caricias pasaban de traviesas a tiernas. Tan suave, tan atormentada. La acarició lentamente y con suavidad, percibiendo su excitación, escuchando sus suaves gemidos. La necesitaba. Aún le estremecía darse cuenta de lo mucho que la necesitaba. Se arrodilló, alzando en vilo el cuerpo de ella. Las piernas de Eve se enlazaron sedosamente en torno a él, y su cuerpo se arqueó ligeramente. Le recorrió el cuerpo
  • 202. J. D. Robb con los labios, notando el cálido sabor de su carne al tiempo que su miembro la penetraba con movimientos lentos, firmes y profundos. Cada vez que ella se estremecía, un nuevo escalofrío de placer recorría el cuerpo del hombre. Su cuello era un blanco festín al que no era capaz de resistirse. Lo besó, acarició y mordió suavemente, percibiendo cómo el pulso de tan sensible zona latía como un pequeño corazón. Y Eve pronunció entrecortadamente su nombre, al tiempo que le tomaba el rostro entre las manos y su cuerpo se mecía a impulsos del placer. Descubrió que hacer el amor la hacía sentirse tranquila y reconfortada. La lenta excitación y el prolongado y suave final la habían llenado de energía. No se sentía incómoda al volver a vestirse notando en su cuerpo el aroma de Roarke. Se sentía de maravilla. —Me gusta estar contigo. —Se sorprendió de haberlo dicho en voz alta, dándole a Roarke una ventaja así. El comprendió que para ella una admisión así equivalía a la más apasionada declaración de amor de cualquier otra mujer. —Me alegro. —Le acarició el mentón con un dedo, deteniéndose por un momento en el ligero hoyuelo de su barbilla—. Me gusta la idea de permanecer a tu lado. Ella se volvió, y fue a ver cómo por la pantalla de la consola pasaban fugazmente las secuencias numéricas. —¿Por qué me hablaste de tu infancia en Dublín, de tu padre, y de las cosas que hacías? —Tú no te quedarías con alguien que no conoces. —Estudió la espalda de Eve mientras ella se remetía la camisa en los pantalones—. Tú me contaste un poco, yo te conté un poco. Y creo que, con el tiempo, llegarás a decirme quién te hizo daño cuando eras niña. —Ya te he dicho que no me acuerdo. —Le desagradó advertir el leve pánico que subyacía en su propia voz—. No lo necesito. —No te pongas tensa —murmuró Roarke, acercándose para darle masaje en los hombros—. No voy a apremiarte. Sé perfectamente lo que siente uno al reconstruirse, Eve, al distanciarse de lo que uno era. ¿De qué serviría decirle que, por mucho que uno corriese, el pasado siempre permanecía a dos pasos de distancia?
  • 203. J. D. Robb En vez de hacerlo, cerró los brazos en torno a su cintura, y experimentó una agradable sensación cuando ella posó sus manos sobre las de él. Se dio cuenta de que Eve estaba estudiando las pantallas del otro lado del cuarto. —Qué hijo de puta, fíjate en las cifras: ingresos, gastos. Son demasiado parecidas. Prácticamente exactas. —Son exactas —la corrigió Roarke. Hasta el último céntimo. —Pero eso es imposible. —Eve se esforzó en hacer los cálculos mentales—. Nadie gasta exactamente todo lo que gana, nadie lleva la cuenta hasta el último céntimo. Todo el mundo usa al menos algo de dinero suelto, para los vendedores callejeros, para comprarse una Pepsi de una máquina expendedora, para darle propina al chico que trae la pizza. Ciertamente, casi todo el dinero es de plástico o electrónico, pero algo suelto se escapa siempre. Eve se interrumpió y miró en torno. —Tú ya lo habías visto —dijo—. ¿Por qué demonios no dijiste nada? —Pensé que sería más interesante esperar hasta que encontrásemos su tesoro escondido. —Bajó la vista cuando la parpadeante luz amarilla de búsqueda cambió a verde—. Y parece que ya pasó. Vaya, nuestro amigo Simpson parece un hombre muy tradicional. Como sospechaba, confía en los discretos y respetables suizos. Mostrar datos en pantalla cinco. —¡Cristo bendito! —exclamó Eve, pasmada, al contemplar los saldos bancarios. —Eso son francos suizos. Tienes que convertirlo en dólares estadounidenses. Más o menos es el triple de lo que declaró a Hacienda, ¿no te parece, teniente? Eve se sentía acalorada. —Sabía que robaba. Maldita sea, lo sabía. Y fíjate en las retiradas del último año, Roarke. Veinticinco mil dólares trimestrales. Todos los trimestres. Cien mil. —Se volvió hacia él sonriendo—. Eso encaja con las cifras de la lista de Sharon. Simpson, cien mil. Estaba sangrándolo. —Tal vez consigas probarlo. —Claro que lo probaré. —Comenzó a pasear de arriba abajo—. Lo tenía atrapado por algo. Quizá fuera sexo, quizá corrupción. Posiblemente, una combinación de un montón de desagradables pecadillos. Así que él la pagaba para que mantuviese cerrada la boca. Eve metió las manos en los bolsillos y volvió a sacarlas.
  • 204. J. D. Robb —Quizá ella subió la tarifa. Quizá él estaba harto de pagar cien mil al año. Así que se la cargó. Alguien está intentando sabotear la investigación. Alguien con suficiente poder e información como para complicar las cosas. Tiene que ser él, Simpson. —¿Qué hay de las otras dos víctimas? Ella estaba intentando con todas sus fuerzas encajarlas en el cuadro. —Usó una prostituta. También pudo haber usado otras. Sharon y la tercera víctima se conocían, o al menos sabían la una de la otra. Quizá una de ellas conocía a Lola, la mencionó, o incluso le sugirió por cambiar. Qué demonios, también pudo elegirla al azar. El primer asesinato le gustó y quiso repetir. Le asustó, pero también fue como una droga para él. Eve se detuvo para dirigirle una rápida mirada. Él había sacado un cigarrillo, y lo encendió sin dejar de mirarla. —DeBlass es uno de los que lo apoyan —continuó Eve—. Y Simpson se ha manifestado partidario de la Ley Moral propuesta por el senador. Estará pensando que no son más que prostitutas. Putas legalizadas, y una de ellas lo estaba amenazando, y habría constituido un peligro mucho mayor en cuanto él consiguiese la nominación para el cargo de gobernador. De pronto Eve interrumpió otra vez sus paseos y se volvió. —Bah, todo esto es basura —dijo. —A mí me parece bastante razonable. —No, teniendo en cuenta cómo es el tipo. —Eve se frotó entre las cejas—. No tiene cerebro para algo así. Sí, supongo que es capaz de matar; pero... ¿cometer una serie de asesinatos tan refinados? Simpson es un chupatintas, un funcionario, una imagen, no un policía. Si no se lo sopla un ayudante, ni siquiera puede citar un sólo artículo del código penal. La corrupción es fácil, una simple cuestión de negocios. Y de matar por pánico, por pasión o por ira, sí lo considero capaz. Pero planificar un asesinato y seguir el plan paso a paso... No. Ni siquiera tiene la inteligencia suficiente para amañar sus cuentas de Hacienda. —Así que contó con ayuda. —Posiblemente. Quizá si pudiera presionarlo, lo podría averiguar. —Quizá en eso pueda ayudarte. —Roarke aspiró una última bocanada antes de aplastar su cigarrillo—. ¿Cómo crees que reaccionaría la prensa si recibiera una transmisión anónima de las cuentas secretas de Simpson? Eve bajó la mano que acababa de pasarse por el cabello.
  • 205. J. D. Robb —Lo crucificarían. Si Simpson sabe algo, aunque se rodease de un pelotón de abogados, creo que podríamos sacárselo. —Muy bien, estoy a tus órdenes, teniente. Ella pensó en las normas, en el debido proceso legal, en el sistema del que ella formaba parte. Y también pensó en las tres mujeres muertas... y en las otras tres que aún estaba a tiempo de salvar. —Hay una reportera. Nadine Furst. Mándaselo a ella. No quiso quedarse con Roarke. Eve sabía que iba a recibir una llamada, y prefería encontrarse sola en casa cuando se produjera. Creyó que no podría dormir, pero se quedó traspuesta. Soñó primero con los asesinatos. Sharon, Lola, Georgie, todas ellas sonriendo a la cámara. Aquel instante de pánico, un relámpago en los ojos antes de derrumbarse sobre las sábanas en, que aún estaban cálidas de sexo. Papá. Lola lo había llamado papá. Y Eve se vio dolorosamente inmersa en otro sueño, más antiguo y más terrible. Ella era una buena chica. Intentaba ser buena, no crear problemas. Si creabas problemas, venían policías a detenerte, y te metían en un agujero profundo y oscuro lleno de cucarachas y arañas que se movían con suaves y silenciosas patas. No tenía amigos. Si tienes amigos, has de inventarte historias para justificar tus magulladuras. Decir que fuiste torpe cuando en realidad no lo fuiste. Que te habías caído cuando no te habías caído. Además, nunca vivían mucho tiempo en un mismo lugar, porque enseguida aparecían los malditos asistentes sociales que llamaban a los policías que te metían en el oscuro agujero lleno de insectos. Su papá se lo había advertido. Así que era una buena chica, que no tenía amigos e iba sin protestar adonde la llevasen. Pero no parecía servirle de nada. Lo oía acercarse. Siempre lo oía. Aunque estuviese profundamente dormida, el rumor de los pies desnudos en el suelo la despertaba tan rápidamente como si se tratase del estampido de un trueno. Por favor, por favor, por favor. Rezaba, pero no lloraba. Si lloraba, recibía una paliza, y él, de todas maneras, le hacía la cosa secreta. La cosa dolorosa y secreta que ella, incluso a los cinco años, sabía que era mala. Él le decía que ella era buena. Cuando le hacía la cosa secreta, no dejaba de repetirle que era buena. Pero ella sabía que era mala, y que recibiría un castigo.
  • 206. J. D. Robb A veces él la ataba. Cuando oía abrirse la puerta de su cuarto, ella gemía en silencio, rezando para que esta vez no la atase. Con tal de que no la atase, ella no luchaba, no oponía ninguna resistencia. Si él no le tapaba la boca con la mano, ella no gritaría, no pediría socorro. —¿Dónde está mi pequeña? ¿Dónde está mi niña buena? Los ojos se le llenaban de lágrimas cuando él deslizaba las manos bajo las sábanas, tanteando, sobando, pellizcando. Notaba el aliento de él en el rostro, dulce como un caramelo. Sus dedos penetraban en ella mientras con la otra mano le tapaba la boca para ahogar su grito. Ella no podía evitarlo. —Tranquila. —Respiraba en cortos jadeos, con una enfermiza excitación que ella no lograba comprender. Los dedos de él se crispaban sobre sus mejillas, haciéndole moraduras que aparecerían a la mañana siguiente—. Tienes que ser una buena chica. Así, así me gusta. No le era posible escuchar los gruñidos de él, pues tenía la cabeza llena de gritos. Gritaba una vez, y otra, y otra. No, papá. No, papá. —¡No! —El grito surgió de la garganta de Eve al tiempo que se incorporaba en la cama de un brinco. Estaba cubierta de sudor, tenía la carne de gallina y el cuerpo sacudido por temblores. No recordaba. No recordaría, se dijo, reconfortándose, y alzó las rodillas y apretó la frente contra ellas. No había sido más que un sueño que ya estaba desvaneciéndose. Podía alejarlo, olvidarlo. Ya lo había hecho otras veces. Y al final no quedaba más que una tenue sensación de náuseas. Aún temblorosa, se puso en pie y se envolvió en la bata para combatir la tiritona. En el baño, se enjuagó el rostro con agua. Al fin la respiración se le normalizó. Más tranquila, se sirvió una Pepsi, volvió a la cama y puso una de las emisoras que transmitían noticias durante las veinticuatro horas. Y se dispuso a esperar. Fue la noticia de apertura de las seis de la mañana, el titular leído por una Nadirie de gatunos ojos. Eve ya estaba vestida cuando se produjo la llamada reclamándola en la Central. Eve logró ocultar cualquier satisfacción que pudiera producirle formar parte del equipo que interrogó a Simpson. Como deferencia a la posición del hombre,
  • 207. J. D. Robb utilizaron la oficina de Administración de Seguridad en lugar de una sala de interrogatorios. Pese a los amplios ventanales y la brillante mesa acrílica, era evidente que Simpson se encontraba en graves problemas. La película de sudor que le cubría el labio superior indicaba que éste se daba cuenta de lo precaria que era su situación. —La prensa intenta perjudicar al departamento—comenzó Simpson, leyendo la declaración minuciosamente preparada por su consultor jefe. Debido al evidente fracaso de la investigación de las brutales muertes de tres mujeres, la prensa intenta iniciar una caza de brujas y, como jefe de policía, yo soy su principal diana. —Jefe Simpson. —El comandante Whitney tampoco dejaba traslucir su alborozo. Su voz era grave y sus ojos sombríos, pero su corazón cantaba—. Con independencia del motivo, tendrá usted que explicar las discrepancias que existen en sus libros. Simpson permaneció inmóvil en su butaca mientras uno de sus abogados le susurraba algo al oído. —No he admitido que haya discrepancias. Si existen, no soy consciente de ellas. —¿No es usted consciente, jefe Simpson, de una diferencia de más de dos millones de dólares? —Ya me he puesto en contacto con la firma de administradores financieros que lleva mis asuntos. Si existe algún tipo de error, ellos lo cometieron. —¿Admite o niega que la cuenta numerada 478-91127-499 es suya? Tras otra breve consulta, Simpson asintió con la cabeza. —Lo admito. —Mentir hubiera sido ponerse la soga al cuello. Whitney miró a Eve. Ambos habían estado de acuerdo en que el asunto de la cuenta era cuestión de Hacienda. Lo único que ellos querían era que Whitney lo confirmase. —¿Puede explicarnos, jefe Simpson, a qué se debió la retirada de cien mil dólares, en reembolsos trimestrales de veinticinco mil dólares, durante el pasado año? Simpson se ajustó el nudo de la corbata. —No veo por qué tengo que explicar cómo gasto mi dinero, teniente Dallas. —Entonces quizá pueda explicarnos cómo fue que esas mismas cantidades le fueron ingresadas a Sharon DeBlass a nombre de usted. —No sé de qué me habla. —Tenemos pruebas de que usted pagó a Sharon DeBlass cien mil dólares, en abonos de veinticinco mil dólares, en el plazo de un año. —Eve hizo una breve pausa—. Es
  • 208. J. D. Robb una cantidad respetable, y más teniendo en cuenta que no eran ustedes más que simples conocidos. —No tengo nada que decir al respecto. —¿Estaba ella haciéndole chantaje? —No tengo nada que decir. —Las pruebas hablan por usted —dijo Eve—. Ella estaba haciéndole chantaje y usted estaba pagándolo. Estoy segura de que usted sabe que sólo hay dos formas de acabar con una extorsión, jefe Simpson. La primera es cortar los fondos. La segunda... eliminar al chantajista. —Eso es absurdo. Yo no maté a Sharon. Le pagaba con toda puntualidad. Yo... —Jefe Simpson. —El miembro de mayor edad del equipo de abogados puso una mano en el brazo de Simpson y luego se volvió hacia Eve—. Mi cliente no tiene nada que manifestar respecto a Sharon DeBlass. Como es natural, cooperaremos de buen grado con el Departamento de Hacienda en cualquier investigación que se efectúe sobre las cuentas de mi cliente. Sin embargo, en estos momentos no se han formulado acusaciones de ningún tipo. Estamos aquí como muestra de cortesía y buena voluntad. —¿Conocía usted a una mujer que se hacía llamar Lola Starr? —quiso saber Eve. —Mi cliente no tiene nada que decir. —¿Conocía a la acompañante profesional Georgie Castle? —Le digo lo mismo —replicó el abogado, paciente. —Desde el principio ha hecho usted cuanto ha estado en su mano por obstaculizar esta investigación. ¿Porqué? —¿Es eso una declaración o una simple opinión? —Cito los hechos. Usted conocía a Sharon DeBlass, íntimamente. Ella le estaba sangrando cien mil al año. Ella está muerta y hay alguien que está filtrando información confidencial acerca de la investigación. Otras dos mujeres han muerto. Todas las víctimas se ganaban la vida ejerciendo legalmente la prostitución... algo a lo que usted se opone. —Mi oposición a la prostitución es una actitud política, moral y personal —dijo Simpson con voz tensa—. Apoyaré de corazón cualesquiera leyes que la proscriban. Pero jamás se me ocurriría intentar acabar con el problema eliminando prostitutas una a una. —¿Posee usted una colección de armas antiguas? —insistió Eve.
  • 209. J. D. Robb —En efecto —asintió Simpson, haciendo caso omiso de su abogado—. Una pequeña colección. Todas las armas están registradas, aseguradas y constan en inventario. Estoy dispuesto a entregárselas al comandante Whitney para que las inspeccione. —Le agradeceré que lo haga —dijo Whitney, desconcertando a Simpson con tal aquiescencia—. Gracias por su colaboración. Simpson se puso en pie. Su rostro era un espejo de emociones encontradas. —Cuando este asunto se aclare, seguiré recordando esta reunión. —Sus ojos se posaron brevemente en Eve—. No olvidaré a los que atacaron la oficina del jefe de Policía y Seguridad. El comandante Whitney esperó a que saliera Simpson, seguido por su equipo de abogados. —Cuando este asunto termine, ese tipo no podrá acercarse ni a cien metros de la oficina del jefe de Policía y Seguridad. —Yo necesitaba estar más tiempo con él. ¿Por qué le ha permitido que se fuese? —El suyo no es el único hombre que figura en la lista de DeBlass —le recordó Whitney a Eve —. Y de momento no se ha establecido que exista relación alguna entre él y las otras dos víctimas. Reduzca la lista, establezca un vínculo, y le concederé todo el tiempo que necesite. —Hizo una pausa y repasó la copia impresa de los documentos que habían sido transmitidos a su oficina—. Dallas, parecía usted muy bien preparada para esta entrevista. Como si la hubiera estado esperando. Supongo que no necesito recordarle que el pirateo de documentos privados va contra la ley. —No, señor. —Eso pensaba. Puede retirarse. Yendo hacia la puerta, a Eve le pareció oírle murmurar «Buen trabajo». Cuando se dirigía en el ascensor hacia su propia sección, su comunicador sonó. —Dallas. —Llamada para usted. Charles Monroe. —Yo lo llamaré. Engulló una taza de agua turbia que se hacía pasar por café, y algo que pretendía ser un donut. Luego se dirigió a la sección de archivos. Le costó casi veinte minutos conseguir que le entregaran copias de los discos de los tres homicidios. Se encerró en su oficina y los estudió de nuevo. Revisó sus notas y tomó otras nuevas.
  • 210. J. D. Robb En cada ocasión, la víctima estaba en la cama. En cada ocasión, la cama estaba deshecha. En cada ocasión, las mujeres estaban desnudas y tenían el cabello revuelto. Con los párpados fruncidos, ordenó que la imagen de Lola Starr se congelase y pasara a primer plano. —Piel enrojecida en la nalga izquierda —murmuró—. De eso no me había dado cuenta antes. ¿Azotes? ¿Dominación? No parece que haya heridas ni magulladuras. Que Feeney acreciente la imagen y lo determine. Cambio a la grabación de DeBlass. Eve la pasó de nuevo. Sharon reía ante la cámara, flirteaba con ella, tocándose, moviéndose. —Congelar imagen. Cuadrante... sí, dieciséis. Aumentar. No hay marcas. Continuar. Vamos, Sharon, enséñame el lado derecho, por si acaso. Un poco más. Congelar. Cuadrante doce, aumentar. No, no tienes marcas. Quizá fuiste tú la que dio los azotes, ¿no? Reproducir el disco de Castle. Vamos, Georgie, déjame ver. Observó a la mujer sonreír, coquetear, alzar una mano para atusarse el desordenado cabello. Eve ya se sabía de memoria el diálogo. «Ha sido estupendo. Eres magnífico.» Estaba de rodillas, sentada sobre los talones, y con una cálida y afable expresión en los ojos. Eve le rogó en silencio que se moviera un poco, que cambiara de posición. Entonces Georgia bostezó delicadamente y se volvió para mullir las almohadas. —Congelar. Vaya, a ti también te azotó, ¿verdad? Hay tipos que se excitan jugando a la niña mala y al papá. De pronto tuvo un recuerdo que fue como un relámpago en su mente. Los recuerdos la estremecieron, el sólido contacto de una mano contra sus nalgas, el escozor, la pesada respiración. «Tengo que castigarte, niña. Luego papá te besará y te curará. Te besará por todas partes.» —Joder. —Se pasó una temblorosa mano por la cara—. Detener. Retirar. Retirar. Echó mano al frío café, del que sólo quedaban posos. El pasado pertenecía al pasado, recordó, y no tenía nada que ver con ella. Nada que ver con el trabajo que la ocupaba. —Las víctimas dos y tres muestran marcas de violencia en las nalgas. En la víctima uno no las hay. —Lanzó un largo suspiro y luego aspiró con lentitud, intentando serenarse—. Se rompe la pauta. La supuesta reacción emocional durante el primer asesinato no aparece en los dos siguientes. Sonó su terminal, pero ella no le hizo caso.
  • 211. J. D. Robb —Posible teoría: el asesino fue ganando confianza y disfrutó más con los asesinatos posteriores. Nota: la víctima dos carecía de sistemas de seguridad. Lapso desaparecido en las cámaras de seguridad: en la víctima tres fueron treinta y tres minutos menos que en la víctima uno. Posible teoría: mayor adicción, mayor confianza, menos inclinado a jugar con la víctima. Deseo de una satisfacción más rápida. Es posible, es posible, se dijo, y su ordenador estuvo de acuerdo con ella tras unos rápidos cálculos electrónicos: el factor de probabilidad era del noventa y seis por ciento. Pero, viendo los tres discos en tan rápida sucesión e intercambiando secciones, advirtió que había algo más que no encajaba. —División de pantalla —ordenó—. Víctimas uno y dos desde el principio. La gatuna sonrisa de Sharon, los morritos de Lola. Ambas mujeres miraban hacia la cámara, hacia el hombre que había tras ella. Le hablaban a él. —Congelar imágenes —dijo Eve, tan bajo que sólo los agudos oídos del ordenador fueron capaces de entenderla—. Vaya por Dios, ¿qué tenemos aquí? Era una menudencia, una pequeñez que, fija la atención en la brutalidad de los asesinatos, resultaba fácil no percibirla. Pero Eve lo vio ahora, a través de los ojos de Sharon y de Lola. Los ojos de Lola miraban un poco más arriba. La altura de las camas podía justificarlo, se dijo Eve, al tiempo que añadía a la pantalla la imagen de Georgie. Cada una de las mujeres tenía la cabeza hacia atrás. A fin de cuentas, estaban sentadas y el asesino, muy probablemente, se encontraba de pie. Pero el ángulo de las miradas, el punto al que estaban dirigidas... Sin apartar la vista de la pantalla, Eve llamó a la doctora Mira. —No me importa lo que esté haciendo —le espetó Eve al funcionario dé recepción—. Es urgente. Torció el gesto mientras permanecía a la espera, con los oídos asaltados por una música insulsa y dulzona. —Una pregunta —dijo en cuanto Mira contestó. —Sí, teniente. —¿Es posible que nos enfrentemos a dos asesinos? —¿Un imitador? Es muy improbable, teniente, teniendo en cuenta que el método y el estilo de los asesinatos se han mantenido en secreto. —Ha habido filtraciones. La pauta de comportamiento está alterada. Son minucias, pero ahí están. —Las explicó rápidamente—. Ésta es mi teoría, doctora: el primer
  • 212. J. D. Robb asesinato lo cometió alguien que conocía bien a Sharon, que la mató siguiendo un impulso, y que luego tuvo bastante sangre fría para borrar sus huellas. Los otros dos son reflejos del primero, más refinados, mejor pensados, cometidos por alguien frío, calculador, sin relación con la víctima. Y, maldita sea, por un tipo que es más alto que el primero. —Ésas son meras especulaciones, teniente. Considero más probable que los tres asesinatos fueran cometidos por un sólo hombre que se va haciendo más calculador. En mi opinión profesional, sólo alguien que conociera al dedillo los detalles del primer asesinato podría haber reproducido tan perfectamente los detalles en el segundo y el tercero. El ordenador también había desestimado su teoría, dándole una probabilidad del cuarenta y ocho coma cinco. —Muy bien, gracias. —Desalentada, Eve desconectó. Era una estupidez sentirse defraudada, se dijo. ¿En qué empeoraría la situación que ella se enfrentase a dos hombres en vez de a uno sólo? Su terminal sonó de nuevo. Torciendo el gesto, contestó. —Dallas. —Escuche, teniente, voy a sacar la conclusión de que no le importo a usted en absoluto. —No dispongo de tiempo para juegos, Charles. —Oiga, no cuelgue. Tengo algo para usted. —Tampoco tengo tiempo para insinuaciones estúpidas. —No me estaba insinuando. ¡Cristo bendito!, flirteas un par de veces con una mujer, y ella deja de tomarte en serio. —En el perfecto rostro del hombre había una expresión dolida—. Me pidió que la llamase si recordaba algo, ¿verdad? —Así es. —Paciencia, se aconsejó a sí misma—. ¿Qué ha recordado? —Fue lo de los diarios lo que me hizo pensar en ello. Como le dije, Sharon siempre estaba grabándolo todo. Dado que usted aún anda buscándolos, di por hecho que no estaban en casa de ella. —Debería ser usted detective. —Mi trabajo me gusta más. El caso es que me puse a pensar dónde podría haberlos escondido. Y entonces recordé la caja de seguridad. —Ya la hemos inspeccionado. Gracias de todos modos. —Ah. Bueno, pero... ¿cómo lo hicieron sin contar conmigo? Ella está muerta.
  • 213. J. D. Robb Eve se contuvo cuando estaba a punto de desconectar. —¿Sin contar con usted? —Sí. Hace dos o tres años, Sharon me pidió que le contratase una. Dijo que no deseaba que su nombre constase. A Eve se le aceleró el corazón. —Si su nombre no constaba, ¿para qué la quería? La sonrisa de Charles fue suave y encantadora. —Bueno, técnicamente la registré como mi hermana. Tengo una en Kansas City. Así que registramos a Sharon como Annie Monroe. Como era ella quien pagaba el alquiler, me olvidé del asunto. Ni siquiera estoy seguro de que la siguiese teniendo, pero se me ocurrió que tal vez a usted le interesara saberlo. —¿De qué banco se trata? —Del First Manhattan, en la avenida Madison. —Escuche, Charles. Está usted en casa, ¿no? —En efecto. —Quédese ahí. No se mueva. En un cuarto de hora estoy ahí. —Si eso es lo máximo que puedo conseguir... Oiga, teniente Azúcar, le he dado una buena pista, ¿no? —Limítese a quedarse donde está. Estaba en pie, poniéndose el abrigo, cuando su terminal sonó de nuevo. —Aquí comunicaciones, Dallas. Tenemos retenida una transmisión para usted. Tiene el vídeo bloqueado. Se niega a identificarse. —¿La están rastreando? —Eso intentamos. —Entonces, pásemela. —Se colgó el bolso del hombro al tiempo que sonó el click del audio—. Dallas al habla. —¿Está usted a solas? —Era una trémula voz femenina. —Sí. ¿En qué puedo servirla? —No fue culpa mía. Le aseguro que no lo fue. —Nadie la acusa de nada. —Eve detectó a un tiempo miedo y dolor—. Dígame simplemente qué ha sucedido.
  • 214. J. D. Robb —Él me violó. No pude impedírselo. Me violó. Y a ella también. Luego la mató. También podría matarme a mí. —Dígame dónde está usted. —Estudió la pantalla, esperando que en ella apareciesen los datos del rastreo—. Deseo ayudarla, pero antes necesito saber dónde está. Respiración jadeante, un sollozo ahogado. —Él dijo que yo debía guardar el secreto, que no podía contárselo a nadie. Él la mató para que no hablase. Y ahora sólo quedo yo. Nadie va a creerme. —Yo la creo. La ayudaré. Dígame...—Lanzó una maldición cuando la transmisión se interrumpió—. ¿Dónde? —preguntó, tras llamar a comunicaciones. —Front Royal, Virginia. Número 703 555 3908. Dirección... —No la necesito. Póngame con el capitán Ryan Feeney, de la DDE. Aprisa. Tardaron casi dos minutos, y Eve casi se perforó la sien frotándosela mientras esperaba. —Feeney, he descubierto algo muy importante. —¿Qué? —Aún no puedo decírtelo, pero necesito que pases a recoger a Charles Monroe. —Joder, Eve, ¿tenemos ya al asesino? —No, aún no. Monroe te conducirá a la otra caja de seguridad de Sharon. Trátalo con esmero, Feeney. Vamos a necesitarlo. Y cuida bien cualquier cosa que encuentres en la caja. —¿Qué vas a hacer tú? —Tengo que coger un avión. —Cortó la transmisión y luego llamó a Roarke. Tuvo que esperar tres preciosos minutos antes de que el hombre se pusiera. —Estaba a punto de llamarte, Eve. Tengo que ir a Dublín. ¿Quieres acompañarme? —Necesito tu avión, Roarke. Ahora mismo. Tengo que ir a Virginia a toda prisa. Si espero que me autoricen el viaje, o tengo que usar el transporte público... —El avión te estará esperando. Terminal C, puerta 22. Ella cerró los ojos. —Gracias. Estoy en deuda contigo. La gratitud de Eve duró hasta que llegó a la puerta y encontró a Roarke, aguardándola.
  • 215. J. D. Robb —No dispongo de tiempo para charlar —dijo con voz seca, al tiempo que daba largas zancadas hacia el ascensor. —Hablaremos en el avión. —No vienes conmigo. Éste es un asunto oficial... —Se trata de mi avión, teniente —dijo él con voz suave mientras el ascensor comenzaba a subir. —¿No eres capaz de hacer algo sin esperar nada a cambio? —Sí, pero no esto. —La puerta se abrió. La auxiliar de vuelo aguardaba con aspecto eficiente. —Bienvenidos a bordo, señor, teniente... ¿Les apetece beber algo? —No, gracias. Que el piloto despegue en cuanto reciba autorización. —Roarke tomó asiento mientras Eve permanecía en pie, furiosa—. No podemos despegar mientras no te sientes y te acomodes. —Pensé que te ibas a Irlanda. —Ese asunto no era prioritario. Éste sí. Antes de que me digas lo que piensas, te explicaré mi situación. Tú has decidido irte a Virginia deprisa y corriendo. Eso debe de estar relacionado con el caso DeBlass. Supongo que has recibido nueva información. Beth y Richard son amigos míos, amigos íntimos. No tengo muchos amigos íntimos, ni tú tampoco. Compréndeme. ¿Qué harías si estuvieses en mi lugar? Eve tabaleó sobre el brazo del asiento mientras el avión comenzaba a rodar por la pista. —Éste no es un asunto personal. —Para ti no. Para mí es de lo más personal. Beth me llamó mientras yo estaba arreglando lo del avión. Me pidió que viniera. —¿Porqué? —No lo dijo. No necesitaba darme un motivo. Le bastaba con decirlo. La lealtad era algo sagrado para Eve. —No puedo impedirte que me acompañes, pero quedas advertido de que éste es un asunto del departamento. —Y el departamento está muy revuelto esta mañana —dijo él, imperturbable—, debido a cierta información que una fuente sin identificar filtró a la prensa. Eve lanzó un suspiro. Ella misma se había metido en aquel aprieto. —Te agradezco tu ayuda.
  • 216. J. D. Robb —¿Me la agradeces lo suficiente como para contarme los resultados? —Supongo que a última hora de hoy el asunto ya se habrá descubierto. —Movió los hombros, mirando por la ventanilla y deseosa de llegar a su destino— Simpson pretende que la firma de inversiones que se ocupa de su dinero cargue con todas las culpas. No creo que lo consiga. Los de Hacienda le acusarán de evasión de impuestos. Supongo que la investigación interna descubrirá de dónde sacó el dinero. Teniendo en cuenta la imaginación de Simpson, supongo que todo se reducirá a las comisiones, las propinas y los sobornos habituales. —¿Y el chantaje? —Bueno, estaba pagando a Sharon. Simpson lo admitió antes de que su abogado lo hiciera callarse. Y volverá a admitirlo en el momento en que se dé cuenta de que pagar un chantaje es mucho menos grave que ser cómplice de un asesinato. Eve sacó su comunicador y solicitó que la pusieran con Feeney. —Hola, Dallas. —¿Los conseguiste? Feeney alzó una pequeña caja para que ella pudiera verla en la pantalla: —Todos etiquetados y fechados. Abarcan casi veinte años. —Comienza con la última entrada y sigue hacia atrás. Llegaré a destino en unos veinte minutos. Te llamaré en cuanto pueda para que me informes de tus progresos. —Eh, teniente Azúcar. —Charles asomó la cabeza a la pantalla y le dirigió una sonrisa—. ¿Qué tal me porté? —Se portó usted muy bien. Gracias. Ahora, hasta que le diga lo contrario, olvídese de la caja de seguridad, de los diarios y de todo. —¿Qué diarios? —preguntó él con un guiño, y le envió un beso antes de que Feeney lo hiciera apartarse. —Ahora estoy volviendo a la central. Mantente en contacto. —Fuera. —Eve desconectó y se guardó el comunicador en el bolsillo. Roarke, tras un instante, preguntó: —¿Teniente Azúcar? —Cállate. —Cerró los ojos, intentando no hacerle caso, pero no pudo evitar que una leve sonrisa asomara a sus labios. Cuando aterrizaron, Eve tuvo que admitir que el nombre de Roarke era aún más eficaz que una placa. A los pocos minutos se encontraban en un potente coche
  • 217. J. D. Robb alquilado y devorando los kilómetros que los separaban de Front Royal. La mujer podría haber puesto reparos al hecho de ser relegada al asiento del pasajero, pero no tenía nada que objetar al modo de conducir de Roarke. —¿Has corrido alguna vez en Indianápolis? —No. —Él le dirigió una breve mirada mientras circulaban por la carretera 95 a más de 150 kilómetros por hora—. Pero he participado en varios Grand Prix. —Se nota. —Se cogió del reposabrazos cuando él hizo subir al coche en vertical, pasando osada e ilegalmente por encima de un pequeño atasco de coches— Dices que Richard es buen amigo tuyo. ¿Cómo lo describirías? —Inteligente, tenaz, lacónico. Sólo habla cuando tiene algo que decir. Vive a la sombra de su padre, y con frecuencia tiene choques con él. —¿Cómo describirías su relación con su padre? Roarke hizo que el vehículo se posara de nuevo en la carretera sin que las ruedas chirriasen apenas. —Por lo poco que él ha dicho y los comentarios que a Beth se le han escapado, yo diría que es una relación combativa, con grandes dosis de frustración. —¿Qué me dices de su relación con la hija? —Las decisiones que ella tomó iban en contra del estilo de vida (de la moral, si lo prefieres) de sus padres. Richard cree en la libertad de elección y de expresión. Sin embargo, no creo que a ningún padre le guste que su hija se gane la vida vendiendo su cuerpo. —¿No participó él en la última campaña senatorial de su padre? Como encargado de la seguridad, creo. Roarke volvió a hacer que el vehículo se elevase de nuevo. Lo sacó de la carretera, murmurando algo acerca de un atajo. Guardó silencio durante el tiempo que tardó en sobrevolar un pequeño bosque y varios edificios residenciales. Eve ya había dejado de contar las infracciones de tráfico cometidas por Roarke. —La lealtad familiar va más allá de la política. A un hombre con las opiniones de DeBlass, o se le ama, o se le odia. Quizá Richard esté en desacuerdo con su padre, pero, desde luego, no desearía verlo asesinado. Y como él está especializado en leyes de seguridad, es lógico que ayudase a su padre en esas cuestiones. Un hijo protege a su padre, pensó Eve. —¿Y a qué extremos llegaría DeBlass por proteger a su hijo?
  • 218. J. D. Robb —Protegerlo ¿de qué? Richard es un moderado entre los moderados. Mantiene un perfil bajo. Él... —Entonces, captó por dónde iba la pregunta de Eve—. Te equivocas —dijo entre dientes—. Te equivocas de medio a medio. —Ya veremos. La casa de la colina parecía tranquila. Bajo el frío cielo azul, su aspecto era sereno y acogedor. En el jardín, unas cuantas flores de azafrán asomaban valerosamente la cabeza por entre la gélida hierba del invierno. Eve se dijo que las apariencias engañan. Sabía que en aquel hogar de desahogada riqueza no reinaba la felicidad, y que las vidas de sus moradores no eran ordenadas ni tranquilas. Ahora tenía la certeza de saber qué había ocurrido tras los rosados muros y los relucientes cristales. Fue la propia Elizabeth quien les abrió la puerta. Estaba aún más pálida y demudada que la última vez. Tenía los ojos hinchados por el llanto, y el traje de corte masculino que llevaba parecía quedarle un poco grande en la cintura, denotando una reciente pérdida de peso. —Oh, Roarke. —Mientras Elizabeth abrazaba al hombre, Eve casi creyó oír el sonido de los frágiles huesos de la mujer entrechocando—. Lamento haberte hecho venir hasta aquí. No debí molestarte. —No seas tonta. —Roarke le hizo levantar la cabeza con una suavidad que la emocionó, pese a que intentaba mantenerse fría y distante—. No estás cuidándote como es debido, Beth. —No sé, no me veo con ánimos de trabajar, de pensar ni de hacer nada. Todo se está derrumbando bajo mis pies y yo... —Se interrumpió, recordando que no estaban solos—. Teniente Dallas... Eve captó el tenue brillo de acusación que había en los ojos de Elizabeth cuando miró a Roarke. —No fue él quien me trajo, señora Barrister. Fui yo quien lo trajo a él. Esta mañana recibí una llamada desde este lugar. ¿Fue usted quien la hizo? —No. —Elizabeth retrocedió un paso, retorciéndose las manos—. No fui yo. Debió de ser Catherine. Llegó aquí anoche, inesperadamente. Histérica, desquiciada. Su madre ha sido hospitalizada y se encuentra grave. Supongo que la tensión de las últimas semanas ha sido demasiado para ella. Por eso te llamé, Roarke. Richard ya no sabe qué hacer. Yo no sirvo para nada. Necesitábamos a alguien. —¿Por qué no entramos a sentarnos? —Están en el salón. —Con tembloroso movimiento, Elizabeth se volvió hacia el fondo del vestíbulo—. Catherine se niega a tomar sedantes y dar explicaciones. Lo único que nos ha permitido hacer ha sido llamar a su esposo y a su hijo para decirles
  • 219. J. D. Robb que ella estaba aquí, y que no vinieran. Está obsesionada por la idea de que pueden correr algún tipo de peligro. Supongo que lo sucedido a Sharon hace que se preocupe aún más por su propio hijo. Está obsesionada por salvarlo de sabe Dios qué. - Eve intervino: —Si fue ella quien me llamó, quizá quiera hablar conmigo. —Sí, inténtelo. Los condujo por el vestíbulo hasta el soleado salón. Catherine DeBlass estaba sentada en un sofá, recostada en su hermano, que la rodeaba con los brazos. Eve no pudo discernir si el hombre la estaba consolando o reteniendo. Richard miró a Roarke con atormentados ojos. —Gracias por venir. Estamos hechos polvo. —La voz se le quebró—. Auténticamente hechos polvo. Acuclillándose ante Catherine, Roarke dijo: —¿Por qué no pides que nos sirvan café? —Sí, claro. Lo siento. —Catherine. —La voz de Roarke era suave, tan suave como la mano que posó sobre el brazo de la mujer. Sin embargo, al sentir el contacto Catherine respingó y abrió ojos como platos. —No. ¿Qué... qué haces aquí? —Vine a ver a Beth y Richard. Lamento que no te sientas bien. —¿Bien? —Tras lanzar una ronca risa, la mujer se dobló sobre sí misma, haciéndose un ovillo—. Ninguno de nosotros volverá a estar bien. ¿Cómo podríamos? Estamos manchados. Todos somos culpables. —¿Culpables, de qué? Ella meneó la cabeza, retirándose al otro extremo del sofá. —No puedo hablar contigo. —Congresista DeBlass, soy la teniente Dallas. Usted me llamó hace un rato. —No, no lo hice. —Presa del pánico, Catherine se protegió el pecho con los brazos—. Yo no la llamé. Yo no dije nada. Richard se inclinó hacia ella, y Eve le dirigió una mirada de advertencia. Se sentó entre ellos y tomó la gélida mano de Catherine—. Quería que la ayudase, y estoy dispuesta a hacerlo.
  • 220. J. D. Robb —No puede. Nadie puede. Llamar fue una equivocación. Debemos mantener esto en familia. Tengo un marido, y un hijo pequeño. —Las lágrimas comenzaron a anegarle los ojos—. Debo protegerlos. Y para protegerlos he de irme lejos, muy lejos. —Nosotros los protegeremos —dijo Eve con voz sosegada—. A ellos y a usted. Era demasiado tarde para proteger a Sharon. No puede usted culparse de lo ocurrido. —No hice nada por evitarlo —susurró Catherine—. Tal vez incluso me alegré, porque así me libraba. Sí, me libraba. —Señora DeBlass, yo puedo ayudarla. Y también puedo protegerla a usted y su familia. Dígame quién la violó. Richard lanzó una ahogada exclamación. —Pero... ¿qué está usted diciendo? ¿Cómo...? Eve se volvió con ojos llameantes. —Cállese. Aquí se acabaron los secretos. —Secretos —repitió Catherine con voz temblorosa—. Tiene que ser un secreto. —No, no es así. Los secretos así son dañinos, corroen las entrañas de quien los alberga. Hacen que uno se sienta aterrado y culpable. Los que quieren mantener sus fechorías en secreto se aprovechan de eso, de la culpabilidad, el miedo y la vergüenza. La única defensa consiste en hablar. Dígame quién la violó. A Catherine se le cortó la respiración. Miró a su hermano con terror. Eve la tomó por el mentón y la obligó a volverse hacia ella. —Míreme a mí. Sólo a mí. Y dígame quién la violó. ¿Quién violó a Sharon? —Mi padre... —Las palabras salieron de su boca como un borbotón de dolor—. Mi padre. —Escondió el rostro entre las manos y estalló en sollozos. —Dios mío... —Al otro lado de la sala, Elizabeth tropezó con el droide doméstico. La porcelana se hizo pedazos. El café manchó la espléndida alfombra—. Oh, Dios mío... mi pequeña. Richard se levantó de un brinco del sofá, llegó a ella cuando la mujer estaba a punto de derrumbarse y la abrazó fuertemente. —Lo mataré por esto. —Hundió el rostro en el cabello de su esposa—. Beth. Oh, Beth... —Haz lo que puedas por ellos—dijo Eve a Roarke en un susurro, mientras abrazaba a Catherine. —Creíste que el culpable era Richard —musitó Roarke.
  • 221. J. D. Robb —Sí. —Eve lo miró con opacos e inexpresivos ojos—. Pensé que era el padre de Sharon. Quizá no quería pensar que algo tan vil puede gestarse entre dos generaciones. Roarke se inclinó con pétrea expresión. —Sea como sea, DeBlass es hombre muerto. —Ayuda a tus amigos —dijo Eve, firme—. Yo tengo cosas que hacer aquí. Dejó que Catherine se desahogase llorando, aunque sabía que las lágrimas no lograrían sanar la herida. También se daba cuenta de que ella sola no habría sido capaz de manejar la situación. Fue Roarke quien calmó a Elizabeth y Richard, el que dio orden al droide doméstico de que recogiera la porcelana rota, el que los tomó de las manos y el que sugirió que le dieran una taza de té a Catherine. La propia Elizabeth se encargó de prepararlo, y cuando volvió con el té, cerró las puertas del salón tras de sí. Luego le tendió la taza a su cuñada. —Toma, cariño, bebe un poco. —Lo siento. —Catherine rodeó la taza con ambas manos para calentárselas—. Lo siento. Pensé que la cosa había terminado. Me convencí de que había terminado. De otro modo, la vida me habría sido imposible. —Tranquila. —Con rostro demudado, Elizabeth volvió junto a su marido. —Señora DeBlass, necesito que me lo cuente usted todo. ¿Congresista DeBlass? — Eve esperó a que Catherine volviese a mirarla—. ¿Se da cuenta de que esto se está grabando? —El acabará con usted. —Ni pensarlo. Por eso me llamó usted, porque sabe que yo lo detendré. —Él la teme —susurró Catherine—. Siente miedo de usted. Me di cuenta. Le dan miedo las mujeres. Por eso les hace daño. Creo que hizo algo con mi madre. Le quebrantó la mente. Ella sabía... —¿Sabía su madre que él abusaba de usted? —Lo sabía. Simulaba que no, pero yo lo notaba en sus ojos. No quería saberlo, quería que todo fuera perfecto e ideal, y dedicarse a dar fiestas y ser la esposa del senador. —Alzó una mano y se cubrió los ojos—. Cuando él iba a mi cuarto por la noche, a mi madre se le notaba en la cara a la mañana siguiente. Pero siempre que intenté hablar con ella para que le pidiera que dejase de hacerlo, ella fingía no saber de qué le hablaba. Me decía que dejara de inventarme historias, que fuera buena y respetase a la familia. —Cogió la taza de té, pero no bebió—. Cuando era pequeña, cuando tenía
  • 222. J. D. Robb siete u ocho años, él venía por la noche a tocarme. Decía que todo estaba bien, porque él era mi papá y yo tenía que jugar a ser mamá. Era un juego, me decía, un juego secreto. Me dijo que yo tenía que hacer cosas... tocarlo... hacerle... —No pasa nada —dijo Eve cuando Catherine comenzó a temblar—. No hace falta que me lo diga. Cuénteme sólo lo que pueda. —Tenía que obedecerlo. No me quedaba más remedio. En nuestra casa era la máxima autoridad, ¿verdad, Richard? —Sí. —Richard estrechó entre las suyas la mano de su esposa—. Es cierto. —No podía decirte nada a ti porque me daba vergüenza, y además estaba asustada, y mamá se limitaba a mirar hacia otro lado, así que me dije que tenía que hacerlo—. Tragó saliva—. Cuando cumplí doce años dimos una fiesta. Con muchos amigos, un gran pastel y ponies. ¿Recuerdas los ponies, Richard? —Los recuerdo. —Las lágrimas resbalaban por sus mejillas—. Claro que los recuerdo. —Aquella noche, la noche de mi cumpleaños, vino a mi cuarto y me dijo que ya era bastante mayor. Dijo que tenía un regalo para mí, un regalo especial porque yo ya era una mujercita. Y me violó. —Escondió el rostro entre las manos, con el cuerpo recorrido por violentos temblores—. Dijo que era un regalo. ¡Dios...! Y yo le suplicaba que parase, porque me hacía daño. Y, como ya tenía edad para comprender que aquello era malo, pensé que yo también sería mala si lo hacía. Pero él no se detuvo. Y regresó una y otra vez durante todos los años que tardé en marcharme. Me fui a la universidad, bien lejos. Y traté de convencerme de que aquello no había ocurrido. Nunca había ocurrido. Traté de ser fuerte, de abrirme paso en la vida. Me casé creyendo que así estaría segura. Justin era tan amable, tan gentil. Nunca me hizo daño. Y yo nunca le conté nada. Pensé que, si se enteraba, me despreciaría. Así que seguí repitiéndome que la cosa nunca había ocurrido. Bajó las manos y miró a Eve. —A veces conseguía creérmelo. Lograba concentrarme en mi trabajo, en mi familia. Hasta que me di cuenta de que estaba haciendo lo mismo con Sharon. Quise hacer algo, pero no supe qué. Así que me desentendí, lo mismo que había hecho mi madre. Él la mató. Ahora me matará a mí. —¿Por qué cree que fue él quien mató a Sharon? —Ella no era débil como yo. Ella se revolvió contra él, lo atacó con sus mismas armas. Los oí discutir el día de Navidad, cuando todos íbamos a su casa para hacer ver que éramos una familia. Los vi entrar en su oficina y los seguí. Abrí la puerta y por el resquicio pude verlo y oírlo todo. Mi padre estaba furioso con Sharon porque
  • 223. J. D. Robb ella estaba haciendo público escarnio de todo aquello que él defendía. Y ella replicó: «Tú me hiciste lo que soy, cabrón.» Me reconfortó oírla. Me dieron ganas de aplaudir. Sharon le plantó cara. Amenazó con ponerlo en evidencia a no ser que él le pagase. Lo tenía todo documentado, dijo, hasta el último asqueroso detalle. Así que él tuvo que bailar al son que ella tocaba. Discutieron, se insultaron. Y entonces... Catherine miró a Elizabeth y a su hermano, y luego desvió la vista. —Ella se quitó la blusa. —El gemido de Elizabeth hizo que Catherine volviese a temblar—. Le dijo que podía acostarse con ella, lo mismo que cualquier cliente. Pero él tendría que pagar más. Mucho más. Se quedó mirándola con ojos lascivos. Le sobó los pechos. Ella me miró directamente. Sabía desde el principio que yo estaba allí, y su mirada fue de enorme disgusto. Quizá hasta de odio, porque sabía que yo no haría nada. Cerré la puerta y eché a correr. Me sentía enferma. Oh, Elizabeth... —No fue culpa tuya. Ella debió de intentar decírmelo. Yo nunca vi ni oí nada. Nunca se me ocurrió. Yo era su madre, y no la protegí. —Intenté hablar con ella —prosiguió Catherine, retorciéndose las manos— cuando fui a Nueva York para la gala benéfica. Ella me dijo que yo había escogido mi camino y ella el suyo, y que el suyo era mejor. Yo jugaba a la política y mantenía la cabeza enterrada en la arena, y ella jugaba al poder y mantenía los ojos bien abiertos. »Al enterarme de que había muerto, lo comprendí todo. En el entierro lo estuve observando, y él lo advirtió. Vino hasta mí y me abrazó como para reconfortarme. Y me susurró que me fijara bien en lo que ocurría cuando las familias no sabían guardar sus secretos. Y comentó que Franklin era un gran muchacho y que tenía grandes planes para él. Dijo que debía sentirme muy orgullosa. Y también que tenía que ser muy precavida, no fuera que le ocurriese algo malo. —Cerró los ojos—. ¿Qué podía hacer? Franklin es mi hijo. —Nadie le hará nada a su hijo. —Eve puso una mano sobre los rígidos dedos de Catherine—. Se lo prometo. —Nunca sabré si hubiera podido salvar a Sharon. A tu hija, Richard. —Pero lo que sí sabe es que ahora está haciendo todo lo posible. —Eve apretó las manos de la mujer, intentando tranquilizarla—. Va a ser muy difícil para usted, señora DeBlass. Tendrá que revivir todo lo ocurrido, hacer frente a la prensa e incluso testificar, si llega a haber juicio. —Él no permitirá que la cosa llegue a los tribunales —dijo cansadamente Catherine. —No le pienso dejar alternativa. —Quizá no por asesinato, pensó Eve. Aún no. Pero podía acusarlo de abuso sexual—. Señora Barrister, creo que a su cuñada le vendría bien descansar. ¿Puede llevársela arriba?
  • 224. J. D. Robb —Sí, claro. —Elizabeth se acercó a Catherine para ayudarla a incorporarse—. Anda, sube a tumbarte un rato, cariño. —Lo siento. —Catherine se dirigió hacia la puerta del salón recostándose en Elizabeth—. Que Dios me perdone. Estoy tan arrepentida... —Hay una excelente psiquiatra que trabaja para el departamento, señor DeBlass. Creo que su hermana debería acudir a visitarla. —Sí —dijo Richard con tono ausente, mirando hacia la puerta—. Necesita a alguien, algún tipo de ayuda. Todos vosotros lo necesitáis, pensó Eve. —¿Se siente con ánimos para responder a unas preguntas? —No lo sé. Siempre ha sido un hombre difícil, un tirano. Pero esto lo convierte en un monstruo. ¿Cómo voy a aceptar que mi propio padre es un monstruo? —Tiene coartada para la noche de la muerte de su hija —señaló Eve—. No puedo acusarlo sin más pruebas. —¿Una coartada? —Los registros demuestran que Rockman estuvo con su padre, trabajando con él en su despacho de East Washington, hasta casi las dos de la madrugada en que murió su hija. —Rockman diría cualquier cosa que mi padre le pidiese que dijera. —¿Se prestaría incluso a encubrir un asesinato? —Se trata simplemente de utilizar la escapatoria más fácil. ¿Por qué iba a creer nadie que mi padre está relacionado con el asesinato? —Se estremeció—. La declaración de Rockman simplemente exonera a su jefe de cualquier sospecha. —¿Cómo podría arreglárselas su padre para ir y volver desde East Washington hasta Nueva York sin que quedara constancia del viaje? —No lo sé. Si usó su transporte, debió quedar registrado. —Los registros se alteran —dijo Roarke. —Sí. —Richard alzó la cabeza, como si se hubiese olvidado de que su amigo estaba allí—. Tú sabrás de eso más que yo. —Son recuerdos de mis días de contrabandista —explicó Roarke a Eve—. Días que ya quedaron atrás. Puede hacerse, pero hay que sobornar a gente. Al piloto, quizá al mecánico, y desde luego al ingeniero de vuelo.
  • 225. J. D. Robb —O sea que ya sé a quiénes presionar. —Y si Eve podía demostrar que el vehículo del hombre había hecho el viaje aquella noche, tendría ya una causa probable. Suficiente para acusarlo—. ¿Qué sabe usted de la colección de armas de su padre? —Más de lo que me apetece saber. —Richard se puso en pie, estremecido. Fue a un mueble bar y se sirvió una copa. La tomó rápidamente, como si fuera una medicina— Le encantan sus armas y le gusta presumir de ellas. Cuando yo era más joven, intentó que me interesase en ellas. Pero no lo consiguió. —Richard considera que las armas son un peligroso símbolo de abuso del poder. Y lo que puedo decirte es que sí, DeBlass recurría ocasionalmente al mercado negro. —¿Por qué no lo mencionaste antes? —No lo preguntaste. Eve se contuvo. —¿Tiene su padre conocimientos de seguridad? Me refiero a los aspectos técnicos. —En efecto. Se enorgullece de saber protegerse. Es una de las pocas cosas de las que podemos hablar sin discutir. —¿Lo considera un experto? —No —dijo Richard—. Un aficionado con talento. —¿Qué me dice de la relación de su padre con el jefe Simpson? ¿Cómo la describiría? —Lo usaba. Consideraba a Simpson un estúpido. A mi padre le encanta usar a los estúpidos. —De pronto se derrumbó en una butaca—. Lo siento. No puedo hacerlo. Necesito tiempo. Necesito a mi esposa. —Muy bien, señor DeBlass, haré que vigilen a su padre. No le será a usted posible llegar a él sin que se sepa. Le ruego que no lo intente. —¿Acaso cree que voy a matarlo? —Richard rió sin alegría y se miró las manos—. Quisiera hacerlo. Por lo que le hizo a mi hija, a mi hermana, a mi vida. Pero no tengo el valor necesario. Una vez fuera de la mansión, Eve fue hacia el coche, sin mirar a Roarke. —¿Sospechabas esto? —preguntó. —¿Que DeBlass estuviera implicado? Sí, lo sospechaba. —Pero no me dijiste nada. —No. —Roarke la detuvo antes de que abriese la portezuela—. No fue más que una intuición, Eve. No tenía ni idea de lo de Catherine. Sospechaba que entre Sharon y DeBlass había algo.
  • 226. J. D. Robb —Ésa es una forma muy suave de decirlo. —Lo sospeché —continuó él— debido a la forma en que ella habló de él durante nuestra única cena. Pero insisto en que fue una intuición, no un hecho. Mi intuición no te hubiera ayudado a resolver el caso. Y —añadió obligándola a mirarle—, una vez llegué a conocerte, me guardé esa intuición porque no quería perjudicarte. —Ella apartó la cabeza. Él la hizo mirarlo de nuevo—. ¿No tenías a nadie que te ayudase? —No se trata de mí. —Meneó la cabeza, exasperada—. No puedo pensar en ello, Roarke, no puedo. Si lo hago, lo echaré todo a perder, y DeBlass podría quedar impune, habiendo violado y asesinado, habiendo abusado de niños a los que debió proteger. No lo permitiré. —¿Acaso no le dijiste a Catherine que la única forma de defenderse era hablando? —Tengo trabajo que hacer. Roarke intentó dominar la frustración que lo embargaba. —Supongo que querrás ir al aeropuerto de Washington donde DeBlass tiene su vehículo. —Sí. —Montó en el coche y Roarke lo rodeó para colocarse en el asiento del conductor—. Puedes dejarme en la estación de transporte más próxima. —Continúo contigo, Eve. —Muy bien, gracias. Tengo que hablar con el departamento. Mientras avanzaban por el serpenteante camino, Eve llamó a Feeney. —Tengo una auténtica bomba —le dijo—. Voy camino de East Washington. Feeney replicó: —¿Crees que tienes una bomba? Pues escucha esto. Sólo tuve que leer la última entrada del diario de Sharon DeBlass, Dallas, escrita el día de su asesinato por la mañana. Dios sabe por qué llevó el diario al banco. Caprichos de la suerte. Tenía una cita a medianoche. Jamás adivinarías con quién. —Con su abuelo. Feeney casi se atragantó. —Joder, Dallas, ¿cómo lo averiguaste? —Dime que la cosa está documentada, Feeney. Dime que ella lo menciona por su nombre. —Lo llama el senador, lo llama su puerco abuelo. Y escribe con gran fruición sobre los cinco mil que le cobra por cada polvo. Cito textualmente: «Casi merece la pena
  • 227. J. D. Robb permitir que me cubra de babas... Mi querido abuelito está aún lleno de energía. El muy cabrón. Cinco mil cada par de semanas no está nada mal. Y yo, desde luego, sé como tratarlo. No como cuando era pequeña y él me usaba. No pienso convertirme en una pasa reseca como la pobre tía Catherine. Ahora me lo paso en grande. Y un buen día, cuando me aburra, mandaré mis diarios a la prensa. Cuando lo amenazo con hacerlo, el muy cabrón se caga de miedo. Quizá esta noche retuerza un poco más el cuchillo y le pegue al senador un buen susto. ¡Cristo!, después de todo lo que me hizo, es fantástico tener el poder suficiente como para conseguir que se retuerza.» Feeney meneó la cabeza. —Era una relación que venía de antiguo, Dallas. He encontrado varias entradas al respecto. Sharon se ganaba un buen dinero haciendo chantaje, y da nombres y cita hechos. Pero esto coloca al senador en casa de Sharon en la noche en que ella murió. Así que tenemos al viejo con las pelotas en el cascanueces. —¿Puedes conseguirme una orden? —El comandante mandó que te la enviáramos en cuanto te pusieras en contacto con nosotros. Quiere que lo detengas. Acusado de tres asesinatos en primer grado. Eve lanzó un lento suspiro. —¿Dónde puedo localizarlo? —Está en el edificio del Senado, pregonando su querida Ley Moral. —Puñeteramente perfecto. Voy hacia allí. —Desconectó y se volvió hacia Roarke—. ¿Cuál es la máxima velocidad a la que puede ir este cacharro? —Lo averiguaremos. Si junto con la orden de arresto no le hubieran llegado a Eve instrucciones de Whitney de que fuera discreta, la mujer habría irrumpido en el salón de sesiones para esposar a DeBlass delante de todos sus colegas. Sin embargo, la cosa resultó aún más satisfactoria. Eve aguardó mientras él remataba su apasionado discurso sobre la decadencia moral del país, sobre la insidiosa corrupción que emanaba de la promiscuidad, el control de la concepción, la ingeniería genética. Despotricó contra la falta de moral de los jóvenes, el declive de la religión organizada tanto en el hogar como en la escuela y el trabajo. La que en tiempos fuera una nación ante Dios se había entregado al ateísmo. El derecho constitucional a portar armas había sido saboteado por la izquierda progresista. Exhibió cifras de delitos violentos, de deterioro urbano, de tráfico ilegal de drogas. Según el senador declaró, todo ello era consecuencia de la creciente decadencia moral del país, de la blandura hacia los delincuentes, y del ejercicio irresponsable de la libertad sexual.
  • 228. J. D. Robb Oyéndolo, Eve se sintió asqueada. —En el año 2016 —le susurró a Roarke—, al final de la Revuelta Urbana, antes del bando contra las armas, se produjeron más de diez mil muertos y heridos por arma de fuego sólo en el distrito de Manhattan. Continuó observando a DeBlass pregonar, notando la mano de Roarke en la parte inferior de su espalda. —Antes de legalizar la prostitución se producía una violación o un intento de violación cada tres segundos. Claro que sigue habiendo violaciones, porque tienen menos que ver con el sexo que con el poder, pero las cifras han descendido. Las prostitutas autorizadas no tienen chulos, así que no sufren palizas ni las maltratan, ni las asesinan. Y no pueden usar drogas. Hubo épocas en que las mujeres recurrían a auténticos carniceros para resolver el problema de los embarazos no deseados. En los que tenían que arriesgar o arruinar sus vidas. Antes de que la ingeniería genética permitiera las correcciones in-vitro, nacían infinidad de niños ciegos, mudos o deformes. Éste no es un mundo perfecto, pero escuchando a DeBlass uno se da cuenta de que podría ser mucho peor. —Imagina lo que hará con él la prensa cuando esto se sepa. —Lo crucificarán —murmuró Eve—. Espero que no lo conviertan en un mártir. —La voz de la derecha moral acusada de incesto, de tratar con prostitutas, de asesinato. —Roarke meneó la cabeza—. No, no creo que lo conviertan en ningún mártir. Está acabado. En más de un sentido. Eve oyó la atronadora ovación de la galería. Era evidente que el equipo de DeBlass había repartido bien a su claque entre los espectadores. Al demonio con la discreción, se dijo Eve cuando sonó el mazazo anunciando un receso de una hora. Avanzó entre el remolino de senadores, secretarios y auxiliares hasta llegar junto a DeBlass, al que los periodistas del Senado estaban palmeando en la espalda y felicitando por su elocuencia. Esperó a que él la viera, a que sus ojos se posaran en ella y Roarke. El senador hizo un gesto de contrariedad. —Teniente... Si necesita hablar conmigo, la atenderé dentro de un momento en mi despacho. Allí estaremos solos. Puedo dedicarle diez minutos. —Va a disponer de mucho más tiempo. Senador DeBlass, queda usted arrestado por los asesinatos de Sharon DeBlass, Lola Starr y Georgie Castle. —El hombre fue a protestar, y comenzaron a sonar murmullos. Alzando la voz, Eve siguió—: Las acusaciones adicionales incluyen la violación incestuosa de su hija Catherine DeBlass y de su nieta Sharon DeBlass.
  • 229. J. D. Robb El hombre seguía inmóvil y estupefacto cuando Eve lo obligó a poner las manos a la espalda y le colocó las esposas en las muñecas. —Tiene derecho a permanecer en silencio. —¡Esto es un ultraje! —exclamó DeBlass, mientras Eve seguía recitándole sus derechos—. Soy un senador de Estados Unidos, y éste es un edificio federal. —Y esos dos agentes federales lo escoltarán —replicó ella—. Tiene derecho a un abogado o representante. —Con una llameante mirada, hizo retroceder a los agentes federales y a los mirones—. ¿Comprende usted sus derechos? —Te quitaré la placa, puta —masculló mientras ella lo empujaba entre la multitud. —Interpreto eso como un sí. No se altere, senador, no vaya a ser que le dé un ataque cardíaco. —Y, hablándole al oído, añadió—: Y no me quitarás la placa, cabrón; seré yo quien te quite a ti el resuello. —Lo entregó a los agentes federales—. En Nueva York lo están esperando —dijo lacónicamente. Casi nadie pudo oírla. DeBlass estaba poniendo el grito en el cielo, exigiendo ser liberado. El Senado era un clamor de voces y cuerpos en movimiento. Entre la algarabía, Eve distinguió a Rockman, que fue hacia ella con el rostro convertido en una máscara de furia. —Comete usted un error, teniente. —Nada de eso. Fue usted el que se equivocó con su declaración. Creo que sus palabras lo convierten en cómplice del hecho. En cuanto regrese a Nueva York me pondré a trabajar en ello. —El senador DeBlass es un gran hombre, y usted no es más que un peón del partido liberal y de sus planes para destruirlo. —El senador DeBlass es un incestuoso corruptor de menores, un violador y un asesino. Y yo soy la policía encargada de entregarlo a la justicia. Más vale que se busque usted un abogado si no quiere hundirse con él. A Roarke le costó un esfuerzo no despegarse de Eve mientras ella avanzaba por los sacrosantos salones del Senado. Miembros de la prensa se abalanzaban hacia ella, pero Eve fingió no verlos. —Me gusta tu estilo, teniente Dallas —dijo, una vez hubieron logrado abrirse paso hasta el coche—. Me gusta un montón. Y, por cierto, en cuanto a estar enamorado de ti, ya no lo creo: lo sé. Ella tragó saliva. —Larguémonos de aquí de una puñetera vez.
  • 230. J. D. Robb Fue la simple fuerza de voluntad lo que la mantuvo firme hasta llegar al avión y lo que le permitió informar a su superior con voz fría y firme. Al concluir, se tambaleó y, librándose del apoyo de los brazos de Roarke, corrió al servicio, donde tuvo un violento acceso de vómitos. Al otro lado de la puerta, Roarke permanecía sin saber qué hacer. Intentar confortarla sólo empeoraría las cosas. Murmuró unas instrucciones a la auxiliar de vuelo, tomó asiento y fijó la mirada en el asfalto de la pista. Alzó la vista cuando se abrió la puerta. Eve estaba muy pálida y tenía los ojos sombríos y demasiado abiertos. Sus movimientos eran torpes e inseguros. —Lo siento. Creo que he dejado que la cosa me afectase demasiado. Cuando se sentó, Roarke le ofreció una taza. —Bebe. Te ayudará. —¿Qué es? —Té con un poco de whisky. —Estoy de servicio —repuso, pero la reacción de él le impidió continuar. —Tómatelo o te lo haré beber a la fuerza. —Accionó un conmutador y ordenó al piloto que pegase. Eve cogió la taza, diciéndose que era más fácil beber que discutir, pero las manos le temblaban. Apenas logró tomar un sorbo antes de que Roarke le quitase la taza. No podía dejar de temblar. Cuando Roarke fue a abrazarla, ella se echó hacia atrás. Las náuseas seguían dominándola, y notaba como si le estuvieran dando martillazos en la cabeza. —Mi padre me violó. —Escuchó con incredulidad sus propias palabras, y el pasmo se reflejó igualmente en sus ojos—. Muchas veces. Y también me pegó muchas veces. Si me resistía o no, daba lo mismo. Él me violaba y me pegaba igual. Y yo no podía hacer nada. Es imposible hacer nada cuando las personas que supuestamente deben cuidarte abusan de ti. Te utilizan. Te hacen daño. —Eve. —Roarke le tomó una mano y la retuvo cuando ella intentó retirarla—. Lo siento mucho. —Dicen que yo tenía ocho años cuando me encontraron en un callejón de Dallas. Estaba cubierta de sangre y tenía un brazo roto. Mi padre debió de dejarme allí. No lo sé. Puede que me escapase. No recuerdo. Pero él nunca me reclamó. Nadie fue nunca a buscarme. —¿Y tu madre?
  • 231. J. D. Robb —A ella no la recuerdo. Quizá estuviese muerta. Quizá fuera como la madre de Catherine, y fingía no darse cuenta. Sólo tengo recuerdos fugaces que aparecen en mis pesadillas. Ni siquiera sé cuál es mi nombre auténtico. No les fue posible identificarme. —Pero al menos estuviste segura. —Tú no sabes lo que es que el sistema se ocupe de ti. No existe la menor sensación de seguridad. Sólo sientes impotencia. Con las mejores intenciones, te dejan sin nada. —Lanzó un suspiro, echó la cabeza atrás y cerró los ojos—. No quería arrestar a DeBlass, Roarke, quería matarlo con mis propias manos a causa de lo que me sucedió. Me lo tomé como algo personal. —Hiciste tu trabajo. —Sí, hice mi trabajo. Y seguiré haciéndolo. —Pero en ese momento no pensaba exactamente en su trabajo, sino en la vida. Su vida, y la de él—. Roarke, tienes que saberlo. Llevo muchas cosas malas dentro. Es como un virus que anda suelto por mi cuerpo y que ataca cuando menos resistencia puedo oponer. Es arriesgado apostar por mí. —Me gustan las apuestas arriesgadas. —Le tomó una mano y la besó—. ¿Qué tal si apostamos juntos y averiguamos si nos es posible ganar? —Nunca le había contado esto a nadie. —¿Te sientes mejor después de hacerlo? —No lo sé. Quizá. Joder, estoy tan cansada... —Apóyate en mí. —La rodeó con un brazo, y la obligó a reposar la cabeza en su hombro. —Sólo un ratito —murmuró ella—. Hasta que lleguemos a Nueva York. —Pues sólo un ratito. —Roarke le rozó los cabellos con los labios, en la esperanza de que se durmiese. DeBlass no estaba dispuesto a hablar. Sus abogados le pusieron la mordaza desde el principio, y se la apretaron bien. El interrogatorio fue lento y tedioso. Hubo momentos en que Eve pensó que el hombre, de tanto contener su fogoso carácter, sufriría un ataque de apoplejía. Ella ya admitía que se trataba de un asunto personal. No deseaba un juicio complicado, una fiesta para la prensa. Quería una confesión.
  • 232. J. D. Robb —Tenía usted una relación incestuosa con su nieta, Sharon DeBlass. —Mi cliente no ha admitido tales alegaciones. Sin hacer caso del abogado, Eve escrutó a DeBlass. —Tengo ante mí una trascripción parcial del diario de Sharon DeBlass, fechada la noche de su asesinato. Empujó el papel hacia el otro lado de la mesa. El abogado de DeBlass, un hombre pulcro y atildado, de fina barba y claros ojos azules, lo cogió y lo estudió. Con independencia del efecto que le produjera, lo único que manifestó fue una fría indiferencia. —Esto no prueba nada, teniente, y usted sin duda es consciente de ello. No son más que las destructivas fantasías de una difunta. Una mujer de mala reputación que se encontraba alejada desde hacía tiempo de su familia. —Pero existe una pauta, senador DeBlass. —Porfiadamente, Eve insistía en dirigirse al acusado en vez de a su escudero—. Usted abusó sexualmente de su hija Catherine. —Eso es ridículo —farfulló DeBlass antes de que su abogado alzase una mano para silenciarlo. —Tengo una declaración jurada y firmada ante testigos de la congresista Catherine DeBlass. —Eve ofreció el papel, y el abogado se lo arrebató antes de que el senador pudiera moverse. El hombre le echó un vistazo y luego cruzó sobre él sus bien manicuradas manos. —Tenga en cuenta, teniente, que se trata de una persona que lamentablemente tiene un largo historial de desórdenes mentales. En estos mismos momentos, la esposa del senador se encuentra bajo observación debido al derrumbamiento nervioso que sufrió. —Lo recordamos. —Eve dirigió al abogado una fugaz mirada—. Y nos disponemos a investigar su condición y las causas que la han producido. —Además, la congresista DeBlass ha sido atendida por síntomas de depresión, paranoia y estrés —continuó el abogado con el mismo tono neutro. —De ser así, senador DeBlass, demostraremos que las raíces de tales trastornos están en los sistemáticos y continuados abusos a que usted la sometió de niña. La noche del asesinato de Sharon DeBlass se encontraba usted en Nueva York, no en East Washington como declaró. —Y antes de que el abogado pudiera intervenir se inclinó y, con los ojos fijos en los de DeBlass añadió—: Le diré cómo lo hizo. Utilizó su transporte privado, pagando al piloto y al ingeniero de vuelo para que alterasen los registros. Se dirigió al apartamento de Sharon, practicó el sexo con ella y lo grabó
  • 233. J. D. Robb para sus propios propósitos. Llevó consigo un arma, un antiguo revólver Smith & Wesson del 38. Y, como ella se burló de usted, como ella lo amenazó, y como usted ya no podía seguir soportando la presión de tales amenazas, la mató. Le disparó tres veces, en la cabeza, el corazón y los genitales. Eve hablaba con rapidez, con el rostro muy cerca del senador. Le agradó percibir el olor de su sudor. —El último disparo fue sumamente estratégico, ya que nos impidió verificar si había habido actividad sexual. Le destrozó las ingles. Quizá fue algo simbólico, o tal vez una maniobra de autodefensa. ¿Por qué llevó usted el revólver? ¿Lo tenía todo planeado? ¿Había decidido terminar con aquella situación de una vez por todas? La mirada de DeBlass fue de derecha a izquierda, y su respiración se hizo rápida y pesada. —Mi cliente no ha reconocido que el arma en cuestión fuera suya. —Su cliente es basura. El abogado se encrespó. —Teniente Dallas: le recuerdo que habla usted de un senador de Estados Unidos. —Eso lo convierte en basura elegida. Se llevó usted un buen sobresalto, ¿verdad, senador? La sangre, el ruido, el modo en que el arma brincó en su mano. Quizá no se consideraba capaz de hacerlo, capaz de apretar el gatillo. Pero una vez lo hizo, ya no hubo vuelta atrás. Tenía que protegerse. Ella lo hubiese arruinado, nunca le habría dado tregua. A diferencia de Catherine, Sharon no se retiraría a un rincón a sufrir su miedo, su culpabilidad y su vergüenza. Sharon utilizó todo ello contra usted, y usted no vio más salida que matarla. Luego se dispuso a cubrir sus huellas. —Teniente Dallas... Sin apartar los ojos de DeBlass y haciendo caso omiso del abogado, Eve siguió machacando al senador: —Fue algo fantástico, ¿no? Creyó que podía usted salir impune. Es usted un senador de Estados Unidos y abuelo de la víctima. ¿Quién iba a sospechar de usted? Así que dispuso convenientemente el cadáver de su nieta sobre la cama, dando con ello satisfacción a su ego. Podía hacerlo de nuevo, ¿y por qué no? Aquel asesinato despertó algo en usted. ¿Qué mejor forma de protegerse que hacer ver que había un loco asesino suelto? Eve hizo una pausa mientras DeBlass tomaba su vaso y bebía ansiosamente. —Y, en efecto, había un loco asesino suelto. Usted escribió la nota y la dejó debajo del cadáver. Y luego se vistió, más calmado pero aún excitado. Programó el terminal para que llamase a la policía a las dos cincuenta y cinco. Necesitaba tiempo para
  • 234. J. D. Robb manipular las grabaciones de seguridad. Luego volvió a su vehículo, voló de regreso a East Washington, y se dispuso a representar el papel de abuelo ultrajado. DeBlass permanecía en silencio, pero un músculo de su mejilla no dejaba de estremecerse. —Se trata de una teoría fascinante, teniente —dijo el abogado—. Pero en eso se queda: en una teoría. Una hipótesis. Un intento desesperado por parte del departamento de policía para salir del atolladero en que se encuentra ante la prensa y los neoyorquinos. Y, naturalmente, resulta una curiosa coincidencia que tan ridículas y perjudiciales acusaciones se lancen contra el senador en los momentos en que su Ley Moral va a ser debatida en la cámara. —¿Cómo escogió a las otras dos? ¿Cómo seleccionó a Lola Starr y Georgie Castle? ¿Tenía ya elegidas a la cuarta, a la quinta y a la sexta? ¿Cree que se habría conformado con seis? ¿Podría haberse detenido, cuando asesinar le hacía sentirse tan poderoso, tan invencible, tan justo? DeBlass ya no estaba rojo sino gris, y su respiración era ronca y entrecortada. Cuando intentó beber de nuevo agua, la mano le tembló y el vaso cayó al suelo. —El interrogatorio ha terminado. —El abogado se levantó y ayudó a DeBlass a incorporarse—. Mi cliente está enfermo. Requiere atención médica inmediata. —Su cliente es un asesino. Recibirá toda la atención médica necesaria en la colonia penal, durante el resto de su vida. —Eve pulsó un botón. La puerta de la sala de interrogatorios se abrió y entró un policía uniformado—. Llame a los tecno-médicos —ordenó Eve—. El senador se siente un poco tenso. —Y, volviéndose hacia el senador, añadió—: Y se pondrá aún peor. Ni siquiera he empezado con usted. Dos horas más tarde, tras cumplimentar los informes y reunirse con la fiscal, Eve se encontraba en pleno tráfico. Había leído buena parte de los diarios de Sharon DeBlass. Pero se trataba de algo que, de momento, debía dejar aparte, el retrato de un hombre desequilibrado que convirtió a una niña en una mujer casi tan desequilibrada como él. Porque Eve se daba cuenta de que aquélla habría podido ser su propia historia. En la vida había que tomar decisiones, se dijo, pensativa. Y la que tomó Sharon, la condujo a la muerte. Le apetecía soltar vapor, repasar los acontecimientos paso a paso con alguien que supiera escuchar, comprender, y manifestarle su apoyo. Alguien que, al menos por unos momentos, se interpusiera entre ella y aquellas pesadillas: la real, y la que habría podido producirse. Se dirigió hacia casa de Roarke.
  • 235. J. D. Robb Cuando sonó una llamada en el terminal del coche, Eve rezó por que no fuese una orden de regresar al trabajo. —Dallas. —¿Qué tal, muchacha? —En la pantalla había aparecido el fatigado rostro de Feeney—. Acabo de ver los discos del interrogatorio. Buen trabajo. —Por culpa del maldito abogado, no pude llegar tan lejos como habría querido. Pero pienso conseguir que DeBlass se derrumbe, Feeney. Lo juro. —Sí, apuesto a que sí. Pero tengo que decirte algo que no te sentará nada bien. DeBlass ha sufrido un pequeño incidente cardíaco. —Joder, espero que no se nos quede tieso entre las manos. —No; lo están atendiendo y hay quien propone hacerle un trasplante la próxima semana. —Estupendo. —Exhaló hondamente—, Quiero que viva muchos años... entre rejas. —Nuestra acusación es sólida. El fiscal tiene ganas de canonizarte; pero en el ínterin han soltado al senador. Ella pisó el freno, suscitando un clamor de indignados claxonazos. Se apartó a un lado, bloqueando el desvío hacia la Décima. —¿Qué quieres decir? Feeney hizo una mueca. —Lo han puesto en libertad provisional bajo caución juratoria. Es un senador de Estados Unidos, una prestigiosa figura que ha consagrado su vida a los deberes patrióticos, padece una afección cardíaca... y tiene a un juez en el bolsillo. —Maldita sea. —Eve se tiró del pelo hasta que el dolor fue equiparable a su frustración—. Está acusado de tres asesinatos. La fiscal dijo que no habría fianza... —Le bajaron los humos. El abogado de DeBlass soltó un patriótico discurso que habría hecho llorar a una piedra. DeBlass se encuentra en estos momentos de regreso en East Washington, y el médico le ha ordenado descansar. En las próximas treinta y seis horas no nos será posible interrogarlo. —Mierda. —Golpeó el volante con el filo de la mano—. No le servirá de nada —dijo, torva—. Por mucho que se haga el estadista enfermo, y aunque baile claque ante el monumento a Lincoln, lo tengo en el bote. —Al comandante le preocupa que, en esas treinta y seis horas, el senador logre urdir alguna estratagema. Quiere que mañana a las ocho estés de nuevo con la fiscal, repasando todos los detalles del caso.
  • 236. J. D. Robb —Allí estaré. No te preocupes, Feeney, el tipo no se nos escapará. —Procura no dejar ningún cabo suelto, muchacha. Hasta mañana a las ocho. —Ya. Furiosa, volvió a incorporarse al tráfico. Estuvo a punto de dirigirse a su casa para hacer un meticuloso repaso de las pruebas; pero sólo estaba a cinco minutos del domicilio de Roarke. Eve decidió usarlo como banco de pruebas. Podía contar con que él, de ser necesario, hiciese de abogado del diablo y detectara los posibles fallos. Además, también la calmaría, de modo que ella pudiese pensar con claridad y sin estar bajo el influjo de sus violentas emociones. No podía darse el lujo de alterarse, de evocar una y otra vez el rostro de Catherine y su vergüenza, su miedo y su sensación de culpa. Pero resultaba imposible olvidarse de ello. Eve quería que DeBlass no sólo pagase por las tres muertes, sino también por lo que había hecho a Catherine. Una vez le fue permitido cruzar la entrada a la finca de Roarke, Eve dejó el coche frente a la casa y subió la escalinata de entrada con el corazón en la boca. Idiota, se dijo. Pareces una adolescente con sobredosis de hormonas. Sin embargo, cuando Summerset abrió la puerta, la encontró con una sonrisa en los labios. —Tengo que ver a Roarke —dijo. —Lo siento, teniente. El señor Roarke no se encuentra en casa. —Oh. —El sentimiento de decepción que experimentó le hizo sentirse ridícula—. ¿Dónde está? Con inexpresivo gesto, Summerset replicó: —Creo que ha ido a una reunión. Se vio obligado a cancelar un importante viaje a Europa y, por consiguiente, tuvo que trabajar hasta tarde. —Muy bien. —Apareció el gato, bajando las escaleras, e inmediatamente fue a rozarse contra las piernas de Eve. Ella lo recogió y le rascó la tripa—. ¿Cuándo espera que regrese? —Los horarios del señor Roarke son asunto suyo, teniente. Yo no estoy al corriente de ellos. —Escuche, amigo, yo ya he obligado a Roarke a que me dedique su valioso tiempo, así que por qué no se saca el palo que lleva en el culo y me explica por qué, cada vez que me ve, me trata como a una rata de alcantarilla. El rostro del escandalizado Summerset palideció.
  • 237. J. D. Robb —Me incomodan los malos modales, teniente Dallas, aunque es evidente que a usted no. —Yo me siento tan cómoda con ellos como con unas viejas pantuflas. —No lo dudo. —Summerset se irguió—. El señor Roarke es un hombre de gustos selectos, refinado e influyente. Se codea con reyes y presidentes. Ha sido acompañante de las mujeres más elegantes y distinguidas. —Y yo no soy ni elegante ni distinguida. —Se hubiese echado a reír, pero lo cierto es que la pulla le hizo mella—. Parece que ni siquiera un hombre como Roarke se libra de tener cretinos a su alrededor. Dígale que me llevé el gato —añadió, dando media vuelta. Eve se consoló diciéndose que Summerset era un insufrible snob. Y la silenciosa presencia del gato mientras ella conducía resultaba sorprendentemente sedante. Ella no necesitaba la aprobación de ningún estirado mayordomo. Como para manifestarle su acuerdo, el gato se le puso sobre las piernas y le rozó los muslos con sus patas. Hizo una mueca al notar la leve punzada de las uñas del animal, pero lo dejó donde estaba. —Supongo que tendremos que ponerte un nombre. La verdad es que jamás he tenido gato —murmuró—. No sé cómo te llamaba Georgie, así que tendremos que empezar de nuevo. No te preocupes, no te llamaré Micifuz ni ningún otro nombrecillo ridículo. Entró en el garaje, estacionó y vio que el piloto rojo de su puesto de aparcamiento parpadeaba. Era el aviso de que no estaba al corriente de pago. Si la luz se ponía en rojo, se cerraría la barrera automática y ella estaría jodida. Lanzó unas maldiciones, más por costumbre que porque estuviese realmente furiosa. No había tenido tiempo de pagar sus cuentas, y ahora se daba cuenta de que tendría que pasar unas horas poniendo en orden sus finanzas. Con el gato bajo el brazo, se dirigió al ascensor. —Fred, quizá. —Bajó la cabeza y escrutó los bicolores ojos del animal—. No, no tienes pinta de Fred. Vaya, debes de pesar lo menos diez kilos. —Acomodándose el bolso, entró en la cabina—. Tendremos que pensar en tu nombre, gordinflón. Una vez en su apartamento, dejó en el suelo al animal, que corrió a la cocina. Tomándose en serio sus deberes de ama, y decidiendo que aquélla era una buena excusa para no ponerse a echar cuentas, Eve lo siguió y le puso un plato con leche y unas sobras de comida china ligeramente rancia.
  • 238. J. D. Robb En apariencia, en lo referente a la comida, el gato no era nada melindroso, y se puso a devorarla con gran fruición. Se quedó unos momentos mirándolo, con la mente en blanco. Le apetecía estar con Roarke. Necesitaba verlo. Eso era algo en lo que también tendría que pensar. No sabía hasta qué punto tomarse en serio el hecho de que él asegurase estar enamorado de ella. El amor era algo que cada cual interpretaba a su modo y que, hasta el momento, nunca había formado parte de su vida. Se sirvió una copa de vino y se la quedó mirando, ceñuda. Sentía algo hacia Roarke, eso era indudable. Algo nuevo y fuerte, incómodamente fuerte. Sin embargo, era mejor dejar que las cosas siguieran su curso. Las decisiones rápidas solían lamentarse con igual rapidez. ¿Por qué demonios no habría estado Roarke en casa? Dejó la copa a un lado, y se pasó una mano por el cabello. Aquélla era la peor parte de acostumbrarse a estar con alguien. Cuando ese alguien no estaba presente, una sentía el peso de la soledad. Se recordó que tenía cosas que hacer. Debía cerrar un caso, y jugar a la ruleta rusa con sus finanzas. Quizá lo mejor fuera darse un reparador baño caliente antes de ponerse a preparar su reunión de la mañana con la fiscal. Dejó al gato con su agridulce festín y se dirigió al dormitorio. Sus reflejos, abotagados a causa de la larga jornada y de sus preocupaciones personales, actuaron con un levísimo retraso. Ya tenía la mano en su arma aún antes de identificar el movimiento. Pero la dejó caer al ver el largo cañón del revólver. Cok, pensó. Del 45. El arma que domó el Oeste norteamericano, y que cargaba seis proyectiles. —Esto no ayudará a su jefe, Rockman. —Yo creo que sí. —El hombre salió de detrás de la puerta. El revólver que empuñaba apuntaba al corazón de Eve—. Saque despacio su arma, teniente, y tírela al suelo. El láser era rápido, pero no más que un 45 amartillado. A aquella distancia, le haría un agujero como una gruta. Dejó caer su arma. —Empújela con el pie hacia mí. Y tire también su comunicador. Prefiero que esto quede entre usted y yo. Bien —dijo Rockman, cuando la unidad golpeó contra el suelo.
  • 239. J. D. Robb —Puede que para algunos su lealtad hacia el senador resulte admirable, Rockman. A mí me parece estúpida. Mentir para facilitarle una coartada es una cosa, y amenazar a una policía, otra muy distinta. —Es usted una mujer muy lista, teniente, y sin embargo comete errores muy estúpidos. La lealtad no tiene nada que ver con esto. Le ruego se quite la chaqueta. Ella se movió muy despacio, sin apartar los ojos de los de Rockman. Mientras se despojaba de la prenda, conectó disimuladamente el grabador que guardaba en el bolsillo. —Si lo que lo impulsa a apuntarme con un arma no es su lealtad hacia el senador DeBlass, ¿por qué lo hace, Rockman? —Por defensa propia y también por gusto. Llevo tiempo con ganas de matarla, teniente, pero no se me ocurría el modo de que su muerte encajase en el plan. —¿De qué plan habla? —¿Por qué no se sienta? En el borde de la cama. Quítese los zapatos y charlaremos. —¿Los zapatos? —Sí, tenga la bondad. Esto me da la primera y (estoy seguro) única oportunidad de charlar acerca de lo que he hecho. Los zapatos. Ella se sentó, eligiendo el lado de la cama más próximo al terminal. —Usted ha ayudado a DeBlass en todo este asunto, ¿verdad? —Usted quiere acabar con él. Hubiera podido llegar a presidente y, con el tiempo, a ser el máximo mandatario de la Federación Mundial de Naciones. La marea está cambiando, y él podría haber llegado al Despacho Oval e incluso más allá. —¿Con usted junto a él? —Desde luego. Juntos hubiéramos llevado en otra dirección el país y después el mundo. En la dirección adecuada. Con énfasis en la moral y la defensa. Ella se lo tomó con calma. Primero se quitó un zapato y luego comenzó a soltarse el otro. —Defensa... ¿como sus viejos amigos de SafeNet? La sonrisa de Rockman era dura, y sus ojos relucían malignamente. —El país lleva demasiado tiempo gobernado por diplomáticos. En vez de mandar, nuestros generales discuten y negocian. Con mi ayuda, DeBlass hubiera cambiado tal situación. Pero usted estaba decidida a acabar con él, y de paso conmigo. Ahora la presidencia ya se nos ha escapado.
  • 240. J. D. Robb —El senador es un asesino, un corruptor de menores. —Es un estadista —la interrumpió Rockman—. Nunca comparecerá ante un tribunal. —Será juzgado y condenado. Asesinándome no evitará que suceda. —No, pero destruirá el caso que usted ha instruido contra él. Póstumamente por ambas partes. Ha de saber que, cuando lo dejé hace menos de dos horas, el senador DeBlass se encontraba en su despacho de East Washington. Yo estaba a su lado cuando sacó una Magnum cuatro cincuenta y siete, un arma muy potente. Y vi cómo se metía el cañón en la boca y moría como un patriota. —¡Cristo! —La imaginada imagen la impresionó—. Suicidio. —El guerrero cayendo sobre su espada. —La voz de Rockman reflejaba admiración—. Le dije que era el único camino, y él estuvo de acuerdo. Nunca hubiera podido someterse a la humillación pública. Cuando encuentren los dos cadáveres, el suyo y el de usted, la reputación del senador volverá a quedar intacta. Se demostrará que él murió varias horas antes que usted. No pudo ser él el asesino, y como el método será idéntico al de los otros asesinatos, y como habrá otros dos más, según lo prometido, las pruebas contra el senador perderán todo su peso. Todo el país lo llorará. Yo capitalizaré el sentimiento nacional de furia e indignación... y ocuparé el puesto de DeBlass. —Esto no tiene nada que ver con la política, maldita sea. —Se levantó, dispuesta a recibir el golpe. Agradeció que, en vez del arma, Rockman utilizase el puño para obligarla a sentarse de nuevo. Trastabilló y fue a caer contra la mesilla de noche. La copa que había dejado allí se hizo añicos contra el suelo. —Levántese. Ella lanzó un leve gemido; la mejilla le ardía y su visión se hacía borrosa a causa del golpe. Se incorporó, girándose con cuidado para mantener el cuerpo frente al terminal que acababa de conectar solapadamente. —¿De qué le servirá matarme, Rockman? —De mucho. Usted era la punta de lanza de la investigación. Está sexualmente implicada con un hombre que fue uno de los primeros sospechosos. Su reputación y sus móviles serán sometidos a estrecho escrutinio después de su muerte. Es un error conferir autoridad a una mujer. Eve se limpió la sangre de la boca. —¿No le gustan las mujeres, Rockman?
  • 241. J. D. Robb —Tienen sus utilidades, pero en el fondo todas son unas putas. Quizá usted no le vendiera su cuerpo a Roarke, pero él la compró. Su muerte no quebrará la pauta que he establecido. —¿Que usted ha establecido? —¿Realmente cree que DeBlass era capaz de planear y ejecutar una serie de asesinatos tan meticulosos? —Esperó hasta que Eve captó el significado de sus palabras—. Sí, él mató a Sharon. Se dejó llevar por un impulso. Yo ni siquiera sabía que consideraba la posibilidad de hacerlo. Después de hacerlo, fue presa del pánico. —Usted se encontraba allí. Estaba con él la noche que mató a Sharon. —Me quedé esperándolo en el coche. Siempre lo acompañaba en sus visitas a Sharon. Yo, su hombre de confianza, era el único que estaba al corriente de lo que hacía. —Era su nieta. —Eve no se atrevía a volverse para cerciorarse de que estaba transmitiendo—. ¿No le asqueaba a usted eso? —Quien me asqueaba era ella, teniente. Sharon se aprovechaba de la debilidad de su abuelo. Todo hombre tiene derecho a sus fallos, pero ella los utilizó, los explotó, y luego lo amenazó. Una vez estuvo muerta, comprendí que era lo mejor. Sharon hubiera esperado a que DeBlass fuese presidente, y entonces habría retorcido el cuchillo en la herida. —Así que usted ayudó a su jefe a ocultar lo ocurrido. —Claro que sí. —Se encogió de hombros—. Me alegro de tener esta oportunidad. Me frustraba que nadie conociera mis méritos. Me encanta ponerla a usted al corriente de ellos. Ego, se dijo Eve. No sólo inteligencia, sino también ego y vanidad. —Pensó usted con celeridad —comentó—. Fue rápido y brillante. —Sí. —Su sonrisa se ensanchó—. DeBlass me llamó al terminal del coche, me dijo que subiera rápidamente. Estaba medio loco de miedo. De no haberlo calmado yo, quizá Sharon hubiese conseguido su meta de arruinarlo. —¿La culpa usted a ella? —Era una puta. Una puta muerta. —Se encogió de hombros. La mano que empuñaba la pistola permanecía firme, sin el menor temblor—. Le di un sedante al senador, y procuré arreglar el estropicio. Le expliqué que era necesario hacer que Sharon fuera sólo una parte del total. Utilizar las debilidades de ella, el lamentable oficio que había escogido. Alterar los discos de seguridad fue pan comido. El senador era aficionado a grabar sus actividades sexuales, y se me ocurrió utilizar eso como parte de la pauta.
  • 242. J. D. Robb —Sí —dijo ella con labios crispados—. Eso fue una buena idea. —Limpié a fondo el apartamento y el arma. Como DeBlass había tenido la sensatez de no usar una que estuviese registrada, la dejé allí. También para establecer una pauta. Sin alzar la voz, Eve dijo: —O sea que lo usó todo y a todos. El revólver, al senador y a Sharon. —Únicamente los estúpidos desaprovechan las oportunidades. Una vez nos hubimos alejado del lugar, el senador volvió a ser el de siempre y pude esbozarle el resto de mi plan, que consistía en utilizar a Simpson para aplicar presiones y filtrar información. Lamentablemente, el senador no se acordó de mencionarme los diarios de Sharon. Tuve que correr el riesgo de regresar. Pero, como ya sabemos, Sharon había tomado la precaución de esconderlos bien. —Usted mató a Lola Starr y Georgie Castle. Lo hiso para encubrir el primer asesinato. —Sí, sólo que, a diferencia del senador, a mí me gustó hacerlo. Desde el principio hasta el final. Fue sencillísimo seleccionarlas, escoger los nombres y los lugares. A Eve le resultaba difícil disfrutar del hecho de que ella tuvo razón y el ordenador se equivocó. A fin de cuentas, los asesinos habían sido dos. —¿No las conocía? ¿Ni siquiera las conocía? —¿Le parece mal que matase a extrañas? —El hombre lanzó una breve risa—. Quienes fueran, apenas importaba. Sólo importaba lo que eran. Sólo eso. Las putas me disgustan. Las mujeres que se abren de piernas para debilitar a los hombres me ofenden. Usted me ofende, teniente. —¿A qué vino lo de los discos? —¿Dónde demonios estaba Feeney? ¿Por qué no había aparecido ya un grupo especial de la policía?—. ¿Por qué me envió los discos? —Me gustaba verla dar vueltas como un ratón detrás del queso... Una mujer que se consideraba capaz de pensar como un hombre. Procuré que sospechase de Roarke, pero él terminó acostándose con usted. Muy típico. Me defraudó. Actuó de modo muy emocional, teniente: respecto a las muertes, respecto a la niña que no pudo salvar. Pero tuvo mucha suerte. Y por eso ahora va a tener muy poca. Rockman caminó de lado hacia la cómoda sobre la que había una cámara preparada. La puso en funcionamiento. Notando que el estómago comenzaba a revolvérsele, Eve dijo: —Puede usted matarme, pero no me violará.
  • 243. J. D. Robb —Hará usted exactamente lo que quiero que haga. Todas lo hacen. —Bajó el arma, apuntándola al estómago—. A las otras, primero les disparé en la cabeza. Muerte instantánea, probablemente indolora. ¿Se hace usted idea de lo mucho que debe de doler un balazo del 45 en las tripas? Me suplicará que la mate. —Con ojos relucientes, ordenó—: Quítese la ropa. Eve dejó caer las manos a los costados. Haría frente al dolor, pero no a la pesadilla. Ni ella ni Rockman advirtieron que el gato se había deslizado al interior de la habitación. —Usted elige, teniente —dijo él, y de pronto respingó al notar al gato rozándose contra sus piernas. Eve embistió con la cabeza, baja, y utilizó el impulso de su cuerpo para lanzar a Rockman contra la pared. ************************************** Regresando del comedor con media hamburguesa de soja en una mano, Feeney se entretuvo cerca del expendedor de café, charlando con otro par de policías sobre los detalles de un robo. Intercambiaron anécdotas, y Feeney decidió que no le vendría mal otra taza de café antes de dar la jornada por concluida. Prometiéndose una tranquila velada doméstica ante la televisión, con una cerveza en la mano y seguida quizá de un rato de esparcimiento en la cama, si su esposa estaba de humor, estuvo a punto de no volver a pasarse por su despacho. Pero Feeney era un hombre rutinario. Entró un momento para echarle un vistazo a su precioso ordenador. Y entonces escuchó la voz de Eve. —¿Qué tal, Dallas, qué te cuen...? —Se interrumpió, oteando el vacío despacho—. Trabajo demasiado —se dijo, y entonces la oyó de nuevo. «Usted estaba con él la noche que mató a Sharon.» —¡Cristo bendito! Apenas le fue posible ver nada en la pantalla: la espalda de Eve, el lateral de la cama. A Rockman no se lo veía, pero el audio era claro. Cuando llamó a Comunicaciones, Feeney estaba rezando. Eve oyó el furioso maullido del gato cuando le pisó la cola, y oyó también el estrépito del revólver al caer al suelo. Rockman la superaba en estatura y peso, y se había recuperado con demasiada rapidez de la embestida. La formación militar que el hombre había recibido quedó palmariamente demostrada.
  • 244. J. D. Robb Eve se debatió furiosamente, sin atenerse a los calculados movimientos del combate cuerpo a cuerpo. Luchó con uñas y dientes. Un contundente golpe en el estómago la dejó sin aliento. Consciente de que iba a derrumbarse, se agarró a Rockman y lo arrastró con ella. Aunque trató de rodar al caer al suelo, él se desplomó sobre ella. La mano del hombre le aferró el cuello. Ella trató de arañarle los ojos, falló, y sus uñas le rasguñaron las mejillas. Rockman aulló como un animal herido. De haber utilizado la otra mano para golpearla en el rostro, tal vez la hubiera dejado inconsciente; pero éste estaba demasiado ansioso de alcanzar el arma. Lo golpeó torpemente en el codo, haciéndole aflojar la mano con que estaba aferrándole el cuello. Jadeando, se arrastró junto con Rockman hacia el revólver. Pero fue la mano del hombre la que se cerró primero sobre el Colt. ******************** Atravesando el vestíbulo del edificio de Eve con un paquete bajo el brazo, Roarke se dijo que le agradaba que ella hubiese acudido a él. Esperaba que ella siguiese con aquella costumbre. Pensó que, habiendo cerrado Eve su caso, tal vez pudiera convencerla que se tomase un par de días de vacaciones. El poseía una isla en las Antillas que probablemente Eve encontraría de su agrado. Pulsó el timbre de Eve con una sonrisa en los labios, imaginando cómo se bañarían desnudos en cristalinas y azules aguas, haciendo el amor bajo el tórrido sol, cuando a su alrededor estalló el pandemónium. —¡Quítese de en medio! —Feeney avanzaba como una apisonadora, seguido por una docena de agentes uniformados—. ¡Policía! —¡Eve! —Roarke palideció, al tiempo que se introducía a viva fuerza en el ascensor. Haciendo caso omiso de él, Feeney ladró a su comunicador: —Vigilen todas las salidas. Que esos malditos tiradores de élite se sitúen de una vez. Con los inútiles puños colgando a los costados, Roarke preguntó: —¿DeBlass? —Rockman —lo corrigió Feeney—. Tiene a Eve. Apártese, Roarke. —Y una mierda. Feeney lo midió rápidamente con la mirada. No estaba dispuesto a desperdiciar a un par de agentes para inmovilizar a un civil, y además tenía la corazonada de que aquel civil, lo mismo que él, estaba dispuesto a llegar a cualquier extremo por Eve. —Muy bien, pero haga lo que yo le diga. Oyeron la detonación en el momento en que se abrían las puertas del ascensor.
  • 245. J. D. Robb Cuando embistió la puerta del apartamento, Roarke iba dos pasos por delante de Feeney. Rebotó contra la madera, lanzó un juramento y a continuación Feeney y él embistieron de nuevo contra la puerta. **************************** El dolor fue como uña cuchillada de hielo. Luego desapareció, dominado por la furia. Eve aferró la muñeca de la mano con que Rockman empuñaba el Colt, y le hundió las uñas en la carne. Rockman la cubría con su cuerpo en una patética parodia del acto sexual. La muñeca de Rockman estaba empapada en sangre. Eve lanzó un juramento cuando sus dedos resbalaron y la muñeca quedó libre. Él comenzó a sonreír. —Peleas como una mujer. —Se apartó un mechón de los ojos. De su arañada mejilla no dejaba de brotar sangre—. Voy a violarte. Lo último que sabrás antes de que te mate es que no eres mejor que una puta. Ella jadeó y él, excitado por su victoria, le rasgó la blusa. La sonrisa de Rockman se esfumó cuando Eve le dio un puñetazo en la boca. La sangre cayó sobre ella como lluvia caliente. Lo golpeó de nuevo, escuchó el crujido del cartílago nasal al romperse, y la nariz del hombre se convirtió en un nuevo surtidor de sangre. Rápida como una víbora, Eve se incorporó. Lo golpeó de nuevo. Un codo contra la mandíbula, unos magullados nudillos contra el rostro. No dejaba de gritar y maldecir, como si su voz fuera un arma tan contundente como sus puños. No escuchó los golpes en la puerta, ni el ruido de ésta al venirse abajo. Presa de incontenible furia, Eve puso a Rockman de espaldas y continuó descargando los puños contra su rostro. —¡Eve! ¡Dios bendito! Roarke y Feeney tuvieron que aunar fuerzas para separarla de Rockman. Se debatió, furiosa, hasta que Roarke la obligó a apoyar la cabeza contra su hombro. —Tranquila. Ya ha terminado. —Iba a matarme... Asesinó a Lola y a Georgie. Se proponía matarme, pero antes quería violarme... —Eve se separó de Roarke y se enjugó la sangre y el sudor que le cubrían el rostro—. Ése fue su error. —Siéntate. —Las manos de Roarke estaban temblorosas y húmedas de sangre cuando la hizo sentarse en la cama—. Estás herida.
  • 246. J. D. Robb Eve se controló con esfuerzo, recordándose que era una policía y debía actuar como tal. —¿Recibiste la transmisión? —preguntó a Feeney. —Sí. —El hombre se enjugó con un pañuelo el sudoroso rostro. —¿Y se puede saber por qué demonios tardaste tanto? —Eve esbozó una leve sonrisa—. Pareces trastornado, Feeney. —Mierda, ha sido un día fatigoso. —Conectó su comunicador—. Situación controlada. Necesitamos una ambulancia. —No pienso ir a ningún centro médico. —No es para ti, princesa. Es para él. —Feeney bajó la mirada hacia Rockman, que emitió un débil gemido. —En cuanto esté limpio, arréstalo. Acusado de los asesinatos de Lola Starr y Georgie Castle. —¿Estás segura? Con piernas algo temblorosas, Eve se levantó y fue hasta su chaqueta. —Lo tengo todo. —Sacó el grabador—. DeBlass se cargó a Sharon, pero aquí nuestro amigo también es cómplice de ese crimen. Y quiero que se le acuse de intento de violación y asesinato contra una agente de policía. Ah, y de propina añade allanamiento de morada. —Joder. —Feeney se guardó el grabador en un bolsillo—. Dallas, estás hecha un asco. —Sí, supongo que sí. Saca de aquí a ese tipo, ¿quieres, Feeney? —Claro. —Espere, yo lo ayudo. —Roarke se inclinó, alzó a Rockman por las solapas y lo mantuvo ante sí—. Míreme, Rockman. ¿Me ve bien? El ensangrentado Rockman parpadeó un par de veces. —Lo veo... —Bien. —El puño de Roarke se movió con la rapidez de un rayo y se estrelló contra el ya maltrecho rostro de Rockman. —Vaya por Dios —dijo Feeney cuando Rockman volvió a caer redondo al suelo—. Parece que las piernas no le aguantan. —Se inclinó y le puso las esposas—. Que un par de agentes lo saquen de aquí. Y que la ambulancia no se vaya sin mí. Quiero acompañar a este pájaro. —Sacó una bolsa de pruebas y metió en ella el revólver—. Bonita pieza. Empuñadura de marfil. Un balazo de esto debe de ser tremendo.
  • 247. J. D. Robb —Cuéntamelo a mí. —Eve se llevó la mano al brazo. Feeney dejó de contemplar la pistola y miró vivamente a su compañera. —Mierda, Dallas, ¿estás herida? —No lo sé —dijo como en sueños, y se llevó una sorpresa cuando Roarke le desgarró la manga de su ya rota blusa—. ¡Cuidado! —Es sólo una rozadura —dijo Roarke con voz ronca. Desgarró de nuevo la manga, y usó la tela para secar la herida—. Necesita atención y cuidados. —Supongo que eso puedo dejarlo a su cargo, Roarke —dijo Feeney—. Será mejor que pases la noche en otra parte, Eve. Daré orden de que un equipo de limpieza venga a arreglar esto. —Muy bien. —Eve miró con una sonrisa como el gato se encaramaba a la cama. Tras lanzar un suave silbido, Feeney murmuró: —Menudo día. —De todo tiene que haber —murmuró ella, acariciando al gato. Galahad, pensó, su caballero blanco. —Hasta luego, Eve. —Gracias, Feeney. Decidido a que ella le hiciera caso, Roarke se acuclilló ante Eve y, cuando Feeney se hubo marchado, dijo: —Eve... estás conmocionada. —Sí, más o menos. El cuerpo empieza a dolerme. —Tiene que verte un médico. Ella movió los hombros. —Me vendría bien una píldora antidolor y asearme un poco. Se miró e hizo sosegado inventario. Tenía la blusa desgarrada y salpicada de sangre. Sus manos estaban magulladas, y tenía los nudillos hinchados, hasta el extremo de que apenas podía cerrar el puño. Un centenar de otras magulladuras comenzaban a anunciar su presencia, y la herida del brazo, donde la bala había rozado la piel, se estaba convirtiendo en una llama viva. —No creo que la cosa sea tan mala como parece —decidió—, pero mejor que lo vea el médico. Cuando fue a levantarse, él la sostuvo.
  • 248. J. D. Robb —Me gusta que me lleves. Me hace sentir temblores muy agradables, aunque luego me siento estúpida por ello. En el baño hay cosas. Como quería ver los daños por sí mismo, Roarke cargó con Eve hasta el interior del baño y la dejó sobre el inodoro. En el semivacío botiquín encontró píldoras antidolor especiales para la policía. Entregó una a Eve, junto con un vaso de agua, y luego humedeció una toalla. Ella, con lentitud, se echó para atrás el cabello con el brazo bueno. —Se me olvidó decirle a Feeney que DeBlass se ha suicidado. Se comió la pistola, como se decía antes. Toda una frase. —Ahora no te preocupes por eso. —Roarke se ocupó en primer lugar de la herida de bala. Era un feo rasguño, pero ya había dejado de sangrar. Cualquier tecno-médico competente podría cerrarla en un par de minutos, lo cual no aumentó la firmeza de las manos de Roarke. —Eran dos asesinos. —Eve miraba con ceño la pared—. Ese era el quid del problema. A mí se me ocurrió, pero lo deseché. Según el cálculo realizado por la máquina, el porcentaje de probabilidad era muy bajo. Qué estupidez. Tras enjuagar la toalla, Roarke comenzó con el rostro. Advirtió con alivio que la mayor parte de aquella sangre no era de Eve. Tenía un corte en la boca y el ojo izquierdo comenzaba a hinchársele. Sus pómulos estaban despellejados. Roarke lanzó un suspiro de alivio. —Vas a estar cubierta de moraduras. —Ya me ha pasado otras veces. —La medicación iba haciendo efecto, convirtiendo el dolor en una bruma. Cuando él la desnudó hasta la cintura para buscar otras lesiones, ella se limitó a sonreír—. Tienes buenas manos. Me encanta que me toques. Nunca me habían tocado como tú lo has hecho. ¿Te lo había comentado? —No. —Y Roarke dudaba que Eve recordara habérselo dicho ahora. Él se encargaría de refrescarle la memoria. —Y tú eres tan valioso para mí... —dijo Eve, llevándose una ensangrentada mano al rostro—. No dejo de preguntarme qué demonios haces aquí. Él le tomó una mano y la vendó suavemente con un paño. —Yo mismo me he hecho esa pregunta. Ella sonrió bobamente y se dejó flotar. Tengo que hacer mi informe, pensó perezosamente. Ya lo haría.
  • 249. J. D. Robb —Supongo que no crees que de lo nuestro vaya a salir nada serio, ¿verdad? Roarke y la teniente. —Tendremos que averiguarlo, digo yo. —Había muchas magulladuras, pero el amoratamiento de las costillas era lo que más le preocupaba. —Muy bien. Será mejor que me acueste. Si quieres vamos a tu casa, porque Feeney va a enviar gente a grabar la escena y a limpiar. Me gustaría dormir un rato antes de hacer mi informe. —A donde vas es al centro médico más próximo. —Ni hablar. No los soporto. Hospitales, centros médicos, doctores... —Eve le dirigió una desvaída sonrisa y alzó los brazos—. Déjame dormir en tu cama, Roarke. ¿De acuerdo? La cama grande, sobre la plataforma y bajo el cielo. Como no tenía a mano nada mejor, Roarke se quitó la chaqueta y envolvió a la mujer con ella. Cuando la hizo levantarse de nuevo, la cabeza de Eve quedó sobre su hombro. —No te olvides de Galahad. El gato me salvó la vida. ¿Quién iba a suponerlo? —Entonces estará a caviar durante el resto de sus siete vidas. —Roarke chasqueó los dedos y el feliz gato se les acercó. —La puerta está rota —murmuró Eve cuando él la traspuso y salió al corredor—. El casero se va a cabrear. Pero yo sé cómo contentarlo. —Dio un beso en la garganta de Roarke—. Me alegro de que todo haya terminado —dijo con un suspiro—. Me alegro de que estés aquí. Sería estupendo que te quedaras cerca. —Cuenta con ello. —Cambiando a Eve de posición, se inclinó a recoger el paquete que había dejado caer al suelo del corredor durante su carrera hacia la puerta. Dentro había medio kilo de café. El hombre pensó que lo necesitaría como soborno para cuando Eve despertase y se encontrara en la cama de un hospital. —Esta noche no quiero soñar —murmuró ella, adormilada. Él entró en el ascensor, seguido por el gato. —No. —Le rozó con los labios el cabello— Esta noche no habrá sueños. FIN
  • 250. J. D. Robb J. D Robb sigue con: - Eve Dallas 2 - Una Muerte Gloriosa