D em a si a d o s se c re to s
Nora Roberts

Demasiados secretos (2009)
Título Original: Mind over matter (1987)
Editorial...
Nora Roberts – Demasiados secretos

Capítulo 1
Esperaba una bola de cristal, estrellas de cinco puntas y hojas de té. Tamp...
Nora Roberts – Demasiados secretos

—Siéntese, señor Brady. Acabo de traer la bandeja, así que el café todavía está
calien...
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—Oh, eso siempre es lo mejor —su voz sonaba delicada y sincera mientras
doblaba las ma...
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—Supongo que todo el mundo tiene alguna vez la sensación de estar haciendo
algo que ya...
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—Oh, en ese caso sería completamente diferente —mientras Clarissa pensaba
en ello, el ...
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angulosa como para garantizar una segunda mirada. Las cejas eran tupidas y tan
negras ...
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—He disfrutado mucho de nuestra conversación, David. Por favor, vuelve.
David salió de...
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Por eso era la mejor. A.J. se cruzó de brazos y se lo recordó a sí misma. Había
aprend...
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Había tenido que acostumbrarse a hacerlo desde muy niña. Su madre siempre
había sido u...
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Brady podría haber vendido aquella imagen de hombre duro, viril y caminar
ligeramente ...
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—Para alguien que tiene a una vidente como cliente, muestra usted una actitud
muy cíni...
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—Eso ocurrió hace diez años.
—Secuestran al hijo de una estrella de Hollywood cuando e...
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mencionó el sueño porque sabía que a A.J. no le gustaba que le hablara de esas
cosas—....
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Todo el mundo parecía tener prisa, se dijo A.J., intentado no perder la calma.
—Estoy ...
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—No, no habría llegado a ningún acuerdo.
—En ese caso, asegúrese de darle las gracias ...
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—Estoy segura —pero entonces, David le enmarcó el rostro entre las manos y
ella se apa...
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Capítulo 2
A.J. consideró seriamente la posibilidad de parar a comer una hamburguesa
a...
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—¡Hola! Soy un ladrón de dos metros de alto que viene a robar todas sus joyas.
¿Le imp...
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—Parece que se alegra de verme.
A.J. se quedó mirando a David de hito en hito, sin apa...
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—Si una sola persona que pertenezca a este negocio me llama así, sabré
exactamente cóm...
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—¿Estás intentando protegerla de mí?
A.J. bebió un sorbo de vodka con hielo.
—Estoy in...
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—David me ha dicho que tiene un hambre voraz. Espero que le hayas
reservado una ración...
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—Yo también disfruté de mi infancia —ver a David intentando tragar aquel
puré de patat...
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comiéndoselo todo—. ¿Pero tú no eres la representante de esa mujer tan guapa que
actúa...
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—Clarissa elige a sus propios amigos.
—Y tú te aseguras de que no se aprovechen de ell...
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—No.
Era mentira. David no estaba seguro de por qué le había mentido. Y tampoco de
por...
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—Me temo que te falla la intuición. Si quieres, Clarissa puede enseñarte algunas
técni...
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que parecía impregnar cada poro de su piel. Cuando buscó de nuevo sus labios,
comprend...
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—A lo mejor en parte, pero incluso esta hostilidad es demasiado intensa para el
poco t...
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Capítulo 3
Normalmente, las reuniones de preproducción dejaban a su equipo agotado. A
...
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posible especulación. Y un hombre con la reputación de Marshall era capaz de
conseguir...
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—¿Estás lista o quieres tomar antes un té o un café?
—No, gracias. No me gusta tomar e...
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Mientras Cauldwell se alejaba, David advirtió que A.J. le observaba con la
mirada de u...
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A.J. se regañó a sí misma por aquella reacción y pensó en la respuesta
adecuada. Pero,...
Nora Roberts – Demasiados secretos

David acababa de decidir que cualquier respuesta desagradable a aquel
comentario podía...
Nora Roberts – Demasiados secretos

—Ya entiendo —sus dudas eran evidentes y, para David, aquélla era la reacción
perfecta...
Nora Roberts – Demasiados secretos

—Está diciéndome que tiene truco.
—Estoy diciendo que puede tenerlo. A mí no se me dan...
Nora Roberts – Demasiados secretos

—Ahora mismo sus dos hijos tienen ya una vida estable, algo que, como a
cualquier padr...
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—Gracias, cariño. No sé cómo me las habría arreglado sin él. Volveré en taxi.
—Tenemos...
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  1. 1. D em a si a d o s se c re to s Nora Roberts Demasiados secretos (2009) Título Original: Mind over matter (1987) Editorial: Harlequin Ibérica Sello / Colección: Top Novel 87 Género: Contemporáneo Protagonistas: David Brady y Aurora "A.J." Fields Argumento: David Brady quería hacer un documental sobre fenómenos paranormales, así que decidió entrevistar a Clarissa, una conocida vidente. El mismo día de la entrevista conoció a la agente de Clarissa, A.J. Fields, una mujer fría y profesional que conseguiría afectarle de una manera muy extraña. David se propuso entonces descubrir qué se escondía tras aquella fachada, sin embargo A.J. no estaba dispuesta a que nadie se acercara a sus secretos, y todavía menos a su corazón….
  2. 2. Nora Roberts – Demasiados secretos Capítulo 1 Esperaba una bola de cristal, estrellas de cinco puntas y hojas de té. Tampoco le habrían sorprendido las velas y el incienso. Aunque no lo habría admitido delante de nadie, en realidad, era eso lo que quería encontrarse. Como productor de documentales para la televisión pública, David Brady buscaba siempre datos objetivos y basados en una meticulosa investigación. Toda la información que incluían sus producciones era cotejada en más de una ocasión, y la mayor parte de las veces personalmente. Por eso había pensado que pasar una tarde con una echadora de cartas supondría para él un refrescante y divertido alivio después de haber dedicado el día a la presión de presupuestos y guiones. Pero aquella echadora de cartas ni siquiera llevaba turbante. Por el aspecto que tenía la mujer que acababa de recibirle en aquella acogedora casa de Newport Beach, se diría que era más probable encontrarla jugando con sus amigas al bridge que en una sesión de espiritismo. Olía a azucenas y a polvos de maquillaje, ningún aroma almizcleño o misterioso. David tuvo la impresión de que era el ama de llaves o la compañera de aquella conocida vidente, pero su anfitriona le sacó inmediatamente de su error. —Hola —le ofreció una mano pequeña y cuidada y una sonrisa—. Soy Clarissa DeBasse. Pase, por favor, señor Brady. Es usted muy puntual. —Señora DeBasse. David recompuso sus pensamientos y aceptó la mano que le ofrecía. Se había documentado lo suficiente como para que no le sorprendiera la aparente normalidad de las personas que se relacionaban con el mundo de lo paranormal. —Le agradezco que se muestre dispuesta a recibirme. ¿Debería asombrarme que sepa quien soy? Sin soltarle todavía la mano, Clarissa DeBasse dejó que fluyeran hacia ella las impresiones de aquel primer contacto con David Brady, impresiones que más adelante analizaría. Intuitivamente, supo que era un hombre en el que podría apoyarse y confiar. De momento, era más que suficiente. —Podría presumir de que ha sido una premonición, pero me temo que es una cuestión de lógica. Le esperaba a la una y media —su agente la había llamado para recordárselo. En caso contrario, seguramente Clarissa estaría trabajando todavía en el huerto que tenía en el jardín—. Supongo que sería posible que llevara solamente cepillos y muestras de champú en ese maletín, pero tengo la sensación de que lo que lleva ahí dentro son documentos y contratos. Y también estoy segura de que después de haber viajado hasta aquí desde Los Ángeles no le vendría mal un café. —Y vuelve a tener razón. David entró en un cuarto de estar de aspecto acogedor, con cortinas azules en las ventanas y un enorme sofá que se hundía notablemente por el centro. Nº Paginas 2-177
  3. 3. Nora Roberts – Demasiados secretos —Siéntese, señor Brady. Acabo de traer la bandeja, así que el café todavía está caliente. Desconfiando de aquel sofá hundido, David se sentó en una silla y esperó mientras Clarissa se sentaba frente a él y servía dos tazas de café. Tardó sólo un instante en analizar la situación. David era un hombre que confiaba plenamente en las primeras impresiones. Clarissa, que en aquel momento le estaba ofreciendo azúcar y crema para el café, le recordaba a cualquiera de sus tías favoritas: tenía un ligero sobrepeso, sin que por ello pudiera ser considerada una mujer rellenita, y era limpia y ordenada sin llegar a ser estricta. Tenía un rostro de facciones suaves y delicadas y pocas arrugas para sus cincuenta y tantos años. El pelo, rubio, lo llevaba con un corte moderno y estiloso. David atribuyó la falta de canas a las manos de su peluquera. Todo el mundo tenía derecho a ser presumido, pensó David. Cuando Clarissa le ofreció la taza, reparó en la sinfonía de sortijas que adornaba sus manos. Aquél era el único detalle que se ajustaba a la imagen que se había forjado de Clarissa antes de verla. —Gracias, señora DeBasse. ¿Sabe? Tengo que decirle que no es usted en absoluto como me la imaginaba. Clarissa DeBasse, una mujer que, evidentemente, se encontraba a gusto consigo misma, se reclinó en su asiento. —Supongo que esperaba que saliera a recibirle con una bola de cristal en las manos y un cuervo en el hombro. La diversión que asomaba a sus ojos habría bastado para que muchos hombres se removieran incómodos en su asiento. David se limitó a arquear una ceja. —Algo así —bebió un sorbo de café. El hecho de que estuviera caliente fue lo único que le animó a seguir bebiendo—. He estado leyendo mucho sobre usted durante estas últimas semanas. También he visto la grabación de su aparición en Barrow Show —intentó buscar la manera de decirlo de forma delicada—. Delante de las cámaras muestra una imagen diferente. —Eso forma parte del espectáculo —lo dijo con tanta naturalidad que David se preguntó si estaría siendo sarcástica. Pero continuaba mirándole con unos ojos limpios y amistosos—. Normalmente no me gusta hablar de negocios, y menos en mi casa, pero como me pareció que para usted era importante poder entrevistarme, pensé que estaríamos más cómodos aquí —sonrió de nuevo, mostrando unos hoyuelos apenas visibles en las mejillas—. Pero me temo que le he desilusionado. —No —y lo decía en serio—, no me ha desilusionado. Como su educación no daba ya para más, dejó el café en la mesa. —Señora DeBasse… —Clarissa. Le dirigió una sonrisa radiante que David no tuvo problema alguno en devolverle. —Clarissa, quiero ser sincero contigo. Nº Paginas 3-177
  4. 4. Nora Roberts – Demasiados secretos —Oh, eso siempre es lo mejor —su voz sonaba delicada y sincera mientras doblaba las manos en el regazo. —Sí —la inocente confianza de sus ojos le hizo vacilar un instante. Si era una estafadora curtida e interesada solamente en el dinero, sabía cómo disimularlo—. Soy un hombre práctico. Los fenómenos paranormales, la clarividencia, la telepatía y ese tipo de cosas no encajan en mi forma de vida. Clarissa se limitó a contestar con una sonrisa cargada de comprensión. Fuera lo que fuera lo que pensara, lo guardó para sí. En aquella ocasión, David se movió incómodo en la silla. —He decidido realizar este documental sobre fenómenos paranormales principalmente por el valor que tienen como entretenimiento. —No tienes por qué disculparte —alzó la mano y justo en ese momento un gato negro saltó a su regazo. Sin mirarlo, Clarissa lo acarició desde la cabeza hasta la cola—. ¿Sabes, David? Una persona que está en mi posición comprende perfectamente las dudas y la fascinación que tiene la gente por… esta clase de cosas. No soy radical. El gato se acurrucó en su regazo y ella continuó acariciándolo. El animal parecía tranquilo y satisfecho. —Sencillamente —continuó diciéndole Clarissa—, soy una persona que tiene un don y, por lo tanto, cierta responsabilidad. —¿Cierta responsabilidad? David comenzó a buscar el tabaco en el bolsillo, pero se fijó entonces en que en la casa no había ceniceros. —Oh, sí —mientras hablaba, Clarissa abrió un cajón de la mesita del café y sacó un cenicero redondo de color azul—. Puedes utilizar éste. Se lo tendió y se reclinó de nuevo en su asiento. —Un joven puede recibir una caja de herramientas el día de su cumpleaños. Es un regalo, una donación, un don. A partir de ahí, tendrá que tomar decisiones. Puede utilizar la caja de herramientas para aprender, para construir, para reparar… Pero también puede utilizar las herramientas para serrar las patas de la mesa. Incluso podría guardar la caja en un armario y olvidarse para siempre de ella. Eso es lo que hacemos muchos de nosotros, porque las herramientas son demasiado complicadas o, sencillamente, nos asustan. ¿Has tenido alguna vez una experiencia paranormal, David? David encendió un cigarrillo. —No. —¿No? No hay muchas personas que puedan contestar de manera tan rotunda. ¿No has tenido nunca una sensación de déjà vu, por ejemplo? David se interrumpió un momento, repentinamente interesado. Nº Paginas 4-177
  5. 5. Nora Roberts – Demasiados secretos —Supongo que todo el mundo tiene alguna vez la sensación de estar haciendo algo que ya ha hecho, o de haber estado antes en un lugar supuestamente nuevo para él. A veces también tiene uno la sensación de recibir señales. —En eso consiste la intuición. —¿Y consideras que la intuición es un don paranormal? —Oh, claro que sí —el entusiasmo iluminó su rostro haciéndole parecer mucho más joven—. Por supuesto, eso depende completamente de cómo se desarrolle, de cómo sea canalizada y utilizada. La mayor parte de nosotros sólo utilizamos un pequeño porcentaje porque nuestra mente está ocupada con otras muchas cosas. —¿Fue la intuición la que te condujo a Matthew Van Camp? Pareció descender un velo sobre la mirada de Clarissa. —No. Una vez más, volvió a desconcertarle. El caso Van Camp era el que la había convertido en una vidente conocida. David esperaba que estuviera deseando hablar de lo ocurrido y, sin embargo, Clarissa DeBasse pareció encerrarse en sí misma al oír aquel nombre. David soltó una bocanada de humo y advirtió que el gato le miraba aburrido, pero con firmeza. —Clarissa, el caso Van Camp tiene ya diez años, pero continúa siendo uno de tus éxitos más célebres y controvertidos. —Eso es verdad. Matthew ya tiene veinte años. Se ha convertido en un joven muy atractivo. —Hay mucha gente que piensa que ahora estaría muerto si la señora Van Camp no hubiera luchado para que tanto la policía como su marido admitieran que participaras en la investigación del secuestro. —Y hay mucha otra gente que cree que todo fue una estrategia para conseguir publicidad —contestó Clarissa con calma mientras bebía un sorbo de café—. La siguiente película de Alice Camp fue un éxito de taquilla. ¿Viste la película? Era maravillosa. David no era un hombre al que resultara fácil distraer cuando se había propuesto un objetivo. —Clarissa, si estás de acuerdo en participar en este documental, me gustaría que habláramos del caso Van Camp. Clarissa frunció el ceño y amagó un puchero casi imperceptible mientras acariciaba a su gato. —No sé si en eso podré ayudarte, David. Para los Van Camp fue una experiencia muy traumática. Mucho. Sacar a relucir de nuevo el tema podría causarles mucho dolor. David no habría alcanzado el nivel de éxito del que disfrutaba si no hubiera sabido dónde y cuándo negociar. —¿Y si los Van Camp se muestran de acuerdo? Nº Paginas 5-177
  6. 6. Nora Roberts – Demasiados secretos —Oh, en ese caso sería completamente diferente —mientras Clarissa pensaba en ello, el gato se estiró en su regazo y comenzó a ronronear—. Sí, completamente diferente. ¿Sabes, David? Admiro tu trabajo. Vi tu documental sobre los niños maltratados. Atrapaba inmediatamente tu atención, aunque era angustioso. —Tenía que serlo. —Sí, exactamente. Clarissa podría haberle hablado de lo angustioso y triste que podía llegar a ser el mundo, pero no creía que David estuviera preparado para comprender cómo lo sabía y de qué manera se enfrentaba a ello. —¿Qué buscas exactamente con esto? —le preguntó Clarissa. —Un buen espectáculo —al ver sonreír a Clarissa, David tuvo la convicción de que había hecho bien al no intentar engañarla—. Un programa que haga que la gente piense y se haga preguntas. —¿Tú también querrás hacer preguntas? David apagó el cigarrillo. —Yo soy el productor. El tipo de preguntas que pueda hacer dependerá de ti. Le parecía no sólo la respuesta más apropiada, sino también la más sincera. —Me gustas, David. Creo que me gustaría ayudarte. —Me alegro de oírlo. Supongo que querrás echarle un vistazo al contrato y… —No —le interrumpió cuando alargó la mano hacia el maletín—. Esos son detalles sin importancia —le explicó, indicándole con un gesto de la mano que lo dejara—. Mi agente es la que se ocupa de estas cosas. —Estupendo —de hecho, también él se sentiría mejor hablando de ese tipo de asuntos con su representante—. Le enviaré toda la documentación, si me dices su nombre. —Agencia The Fields, en Los Ángeles. Clarissa había vuelto a sorprenderle. Aquella mujer con aspecto de ama de casa afable, con una de las más influyentes y prestigiosas agencias de la zona. —Les enviaré todo esta misma tarde. Me gustaría trabajar contigo, Clarissa. —¿Puedo verte la palma de la mano? Cada vez que David creía que por fin la tenía catalogada, Clarissa volvía a sorprenderle. Le tendió la mano. —¿Voy a hacer un viaje que me obligue a cruzar el Atlántico? Clarissa no se mostró ni divertida ni ofendida. Aunque le tornó la mano y le colocó la palma hacia arriba, apenas la miró. En cambio, le estudió con una expresión que pareció tornarse bruscamente fría. Vio a un hombre de treinta y pocos años, atractivo de una forma casi misteriosa a pesar de su pelo negro y perfectamente cortado y sus ropas elegantes. Tenía una cara de rasgos marcados, suficientemente Nº Paginas 6-177
  7. 7. Nora Roberts – Demasiados secretos angulosa como para garantizar una segunda mirada. Las cejas eran tupidas y tan negras como su pelo, y los ojos sorprendentemente tranquilos. O por lo menos eso era lo que aparentaban aquellos ojos de color verde claro tras una primera mirada. Clarissa observó que la boca era firme y suficientemente llena como para ganarse la atención de una mujer. La mano que retenía entre la suya era ancha, de dedos largos, una mano de artista. La mano de un hombre alto y de porte atlético. Pero Clarissa veía más allá del físico. —Eres un hombre muy fuerte, tanto física como emocional e intelectualmente. —Gracias. —Oh, yo no lisonjeo a nadie, David —fue un reproche delicado, casi maternal— . Todavía no has aprendido a atemperar esa fuerza con la ternura en tus relaciones. Supongo que ésa es la razón por la que nunca te has casado. A pesar del propio David, había conseguido ganarse toda su atención. Pero no llevaba alianza, se recordó David a sí mismo. Y a cualquiera que tuviera algún interés en averiguar cuál era su estado civil, le habría bastado con hacer unas cuantas averiguaciones. —La respuesta estándar es que todavía no he conocido a la mujer adecuada. —En este caso, es absolutamente cierto. Necesitas encontrar a alguien que sea tan fuerte como tú. Y lo harás antes de lo que crees. No será fácil, por supuesto, y sólo funcionará si ambos os acordáis de la ternura de la que acabo de hablarte. —¿Así que voy a conocer a la mujer de mi vida, me voy a casar con ella y voy a ser eternamente feliz a su lado? —Yo no predigo el futuro, jamás —su expresión volvió a cambiar, tornándose plácida—. Y sólo leo la mano a las personas que me interesan. ¿Puedo comunicarte lo que me dice mi intuición, David? —Por favor. —Que tú y yo vamos a tener una relación larga e interesante —le palmeó la mano antes de soltársela—. Una relación que voy a disfrutar. —Yo también, Clarisa —se levantó—. Volveremos a vernos, Clarisa. —Sí, por supuesto —se levantó, lanzando al gato al suelo—. ¡Vete, Mordred, vete! —¿Mordred? —repitió David mientras el gato saltaba sobre el sofá hundido para volver a tumbarse cómodamente. —Sí, una triste figura de la mitología celta —le explicó Clarissa—. Siempre he tenido la sensación de que no se le ha tratado bien. Al fin y al cabo, no podemos escapar a nuestro destino, ¿verdad? Por segunda vez, David sintió aquella mirada fría y extrañamente íntima sobre él. —Supongo que no —musitó, y permitió que Clarissa le condujera hasta la puerta. Nº Paginas 7-177
  8. 8. Nora Roberts – Demasiados secretos —He disfrutado mucho de nuestra conversación, David. Por favor, vuelve. David salió de nuevo al calor de la primavera, preguntándose a sí mismo por qué tenía la certeza de que lo haría. —Por supuesto que es un productor excelente, Abe. Pero no estoy seguro de que sea el adecuado para Clarissa. A.J. Fields paseaba por el despacho con aquel paso largo y fluido con el que enmascaraba su desbordante energía. Se detuvo para colocar un cuadro ligeramente torcido antes de volverse hacia su socio. Abe Ebbitt estaba sentado con las manos entrelazadas sobre su abultada barriga, una postura habitual en él. No se molestó en empujar las gafas que tenía ya casi en la punta de la nariz. Observó a A.J. pacientemente antes de alargar la mano hacia uno de los escasos mechones de pelo que tenía a ambos lados de la cabeza. —A.J., la oferta es muy generosa. —Clarissa no necesita dinero. Abe Ebbitt sintió que se le helaba la sangre en las venas al oír aquella frase, pero continuó hablando con calma. —Le dará publicidad. —¿Y ésa es la clase de publicidad que necesita? —Eres demasiado protectora con ella, A.J. —Para eso estoy aquí, para protegerla —le contradijo. Se detuvo de pronto y se sentó en la esquina del escritorio. Cuando Abe vio que fruncía el ceño, decidió permanecer en silencio. Sabía que podría seguir hablándole, pero que ella ni siquiera contestaría. La respetaba y la admiraba. Ésas eran las razones por las que un veterano representante de Hollywood estaba trabajando para la Agencia Fields, en vez de haber montado su propia agencia. Tenía edad suficiente como para ser su padre y era consciente de que, una década atrás, los papeles habrían estado invertidos. Pero el hecho de trabajar a las órdenes de A.J. no le importaba lo más mínimo. Al mejor, le gustaba decir, no le importaba trabajar para el mejor. Pasaron dos minutos. Dos. —Ella también está decidida a hacerlo —musitó A.J., pero Abe continuó en silencio—. Yo sólo… —tenía un presentimiento, pensó. Pero odiaba utilizar aquella frase—. Sólo espero que no sea un error. Un director inadecuado, un formato inadecuado y podría terminar haciendo el ridículo. Yo no quiero eso, Abe. —Creo que no le estás concediendo a Clarissa la confianza que se merece. Y tú sabes mejor que nadie que no debes dejar que tus sentimientos se interpongan en un negocio, A.J. —Sí, lo sé. Nº Paginas 8-177
  9. 9. Nora Roberts – Demasiados secretos Por eso era la mejor. A.J. se cruzó de brazos y se lo recordó a sí misma. Había aprendido a muy tierna edad a canalizar sus sentimientos. No porque fuera algo importante, sino porque para ella había sido vital. Al crecer con una madre viuda que a menudo olvidaba detalles como pagar la hipoteca, había aprendido a tratar los problemas con eficiencia y seriedad para no sucumbir a ellos. Trabajaba como agente porque le gustaba regatear y negociar. Y porque era condenadamente buena en su trabajo. Su oficina de Century City, con su majestuosa vista de Los Ángeles, era una prueba de ello. Aun así, no había llegado hasta donde estaba haciendo tratos a ciegas. —Lo decidiré después de la reunión que tengo esta tarde con él. Abe sonrió al reconocer aquella mirada. —¿Cuánto más le piensas pedir? —Creo que otro diez por ciento —tomó un bolígrafo y se dio unos golpecitos con él en la palma de la mano—. Pero antes pretendo averiguar exactamente en qué va a consistir ese documental y desde qué perspectiva quiere abordarlo. —Dicen que Brady es un hombre duro. A.J. le dirigió una sonrisa engañosamente dulce. —También lo dicen de mí. —Pobre David, no sabe a lo que va a tener que enfrentarse —Abe se levantó y se colocó el cinturón del pantalón—. Ahora tengo una reunión. No dejes de contarme cómo ha ido todo. —Claro. Para cuando Abe cerró la puerta, A.J. ya tenía la mirada clavada en la pared. David Brady. Evidentemente, el hecho de que admirara su trabajo influiría en su decisión. Era cierto que en el momento preciso y a cambio de una cantidad razonable de dinero, estaría dispuesta a que muchos de sus clientes hicieran hasta de bolsita de té en un anuncio. Pero con Clarissa era diferente. Clarissa DeBasse había sido su primera cliente. Su única cliente, recordó A.J., durante los primeros años de vacas flacas. Si era protectora con ella, como había dicho Abe, era porque sentía que tenía derecho a serlo. David Brady podía ser un productor de éxito de documentales de calidad, pero tendría que demostrárselo personalmente a A.J. Fields antes de que Clarissa firmara cualquier contrato. Años atrás, A.J. tenía que demostrar constantemente su valía. Ella no había empezado a trabajar con quince empleados y unas oficinas de lujo. Diez años atrás, tenía que luchar para conseguir un cliente y cerraba los tratos desde una oficina imaginaria que no era sino la cabina telefónica de una cafetería. Mentía sobre su edad. No había muchas personas dispuestas a confiar su carrera profesional a una adolescente de dieciocho años. Pero Clarissa había confiado en ella desde el primer momento. A.J. dejó escapar un suspiro mientras se retiraba uno de los rizos que acariciaba su hombro. En realidad, consideraba su trabajo como una vocación, más que como una profesión. Negociar, regatear, era algo casi inherente en ella. Nº Paginas 9-177
  10. 10. Nora Roberts – Demasiados secretos Había tenido que acostumbrarse a hacerlo desde muy niña. Su madre siempre había sido una mujer buena y generosa. Pero los detalles de la vida diaria nunca habían sido su fuerte. Aun siendo una niña, era A.J. la que tenía que recordarle cuándo había que pagar las cuentas, le actualizaba la libreta, desanimaba a los vendedores que llamaban a su puerta y se encargaba al mismo tiempo de los deberes de la escuela y del presupuesto de la casa. Y no porque su madre fuera una mujer de pocas luces o no se ocupara debidamente de su hija. Siempre le había ofrecido conversación, amor y un gran interés por todo lo que hacía. Pero con mucha frecuencia, se invertían los papeles entre madre e hija. Era la madre la que argüía que un cachorro perdido la había seguido hasta casa, y era la hija la que se preocupaba por cómo podrían alimentarlo. Aun así, si su madre hubiera sido diferente, ¿habría sido A.J. distinta? Ésa era una pregunta que se hacía a menudo. No era fácil engañar al destino. A.J. se levantó riendo. Seguro que a Clarissa le habría encantado aquella reflexión, pensó. Rodeó el escritorio y se dejó caer en la enorme butaca que su madre le había regalado. A diferencia del escritorio, un mueble sólido y de líneas sencillas, la butaca era de diseño rebuscado y en absoluto práctica. ¿A quién, sino a su madre, se le podría haber ocurrido comprar una butaca de cuero de color azul claro porque combinaba con el color de los ojos de su hija? A.J. cambió el rumbo de sus pensamientos y tomó el contrato de DeBasse. Estaba en el centro de un escritorio pulcramente ordenado. En él no había ni fotografías, ni flores ni pisapapeles de formas caprichosas. Todo en el escritorio tenía una función y la función era sacar adelante un negocio. Tenía tiempo de estudiar el contrato antes de su cita con David Brady. Para cuando llegara la hora de la reunión, habría analizado cada frase, cada cláusula y cada posible alternativa. Estaba tomando nota sobre la cláusula final, cuando sonó el interfono. Sin dejar de escribir, se llevó el teléfono a la oreja. —¿Sí, Diane? —El señor Brady ya está aquí, A.J. —De acuerdo, ¿hay café recién hecho? —Ahora mismo sólo nos quedan los posos. Prepararé una cafetera. —Pero no nos la traigas hasta que te llame. Hazle pasar, Diane. Regresó a la primera página de la libreta y se levantó en el momento en el que se abrió la puerta. —Señor Brady. A.J. le tendió la mano, pero no salió de detrás del escritorio. Había aprendido que era importante establecer ciertas posiciones de poder desde el primer momento. Además, durante el tiempo que David Brady tardó en cruzar su despacho, tuvo oportunidad de analizar y juzgar lo que veía. David Brady tenía un aspecto más parecido al de un cliente que al de un productor. Sí, estaba segura de que David Nº Paginas 10-177
  11. 11. Nora Roberts – Demasiados secretos Brady podría haber vendido aquella imagen de hombre duro, viril y caminar ligeramente desgarbado. Se lo imaginó convertido en el lacónico detective de una serie de televisión; o un vaquero nómada y solitario en una película de género. Era una pena que fuera productor. David también aprovechó aquella oportunidad para estudiarla. No esperaba que fuera tan joven. A.J. era una mujer atractiva, con aquella sobriedad que a él personalmente le animaba a respetarla a nivel profesional y a ignorarla en un plano más personal. Parecía incluso demasiado delgada con aquel traje que habría resultado soso si no hubiera sido por la blusa de color rojo fuego con le que lo acompañaba. El pelo, rubio, lo llevaba peinado con un corte engañosamente natural, recto a la altura de las orejas e inclinado hacia la nuca. Le gustó aquella piel del color de la miel que parecía haber sido acariciada por el sol, o por una lámpara solar. Tenía el rostro ovalado y la boca generosa. Los ojos eran de un color azul intenso, que acentuaban las sombras del maquillaje. En aquel momento los llevaba enmarcados por la montura de las gafas. Sus manos se encontraron, se estrecharon y se soltaron con la misma profesionalidad con la que lo hacían docenas de veces al día. —Siéntese, por favor, señor Brady. ¿Le apetece un café? —No, gracias. David se sentó y esperó hasta que A.J. volvió a sentarse detrás de su escritorio. Advirtió que tenía las manos encima del contrato. No llevaba anillos ni pulseras, pensó. Sólo un reloj con la correa negra. —Al parecer tenemos muchos conocidos comunes, señorita Fields. Es extraño que no nos hayamos encontrado antes. —Sí, ¿verdad? —le dirigió una educada sonrisa—. Pero lo cierto es que, como agente, prefiero mantenerme en la sombra. Ya ha conocido a Clarissa DeBasse. —Sí, la he conocido —así que prefería no ir directamente al grano, decidió David, y se reclinó en la silla—. Es una mujer encantadora. Tengo que admitir que esperaba encontrarme con alguien más excéntrico. En aquella ocasión, la sonrisa de A.J. fue espontánea y generosa. Si David hubiera estado pensando en ella a un nivel más personal, su opinión sobre su interlocutora habría cambiado. —Clarissa nunca es lo que uno espera. Su proyecto parece interesante, señor Brady, pero hay algunos detalles que me gustaría precisar. En primer lugar, me gustaría saber qué clase de documental pretende producir. —Es un documental sobre fenómenos paranormales. Tratará asuntos como la videncia, la parapsicología, el espiritismo, la quiromancia y las percepciones extrasensoriales. —¿Sesiones de espiritismo y casas encantadas, señor Brady? David advirtió la desaprobación que reflejaba su voz y se preguntó a qué se debería. Nº Paginas 11-177
  12. 12. Nora Roberts – Demasiados secretos —Para alguien que tiene a una vidente como cliente, muestra usted una actitud muy cínica. —Mi cliente no habla de almas en pena ni lee las hojas de té —A.J. se reclinó en su asiento con una postura que sabía denotaba confianza y seguridad en sí misma—. La señora DeBasse ha demostrado en más de una ocasión que es una mujer extraordinariamente sensible. Jamás ha presumido de tener poderes sobrenaturales. —Paranormales. A.J. tomó aire. —Se ve que ha hecho los deberes. Sí, «paranormales» es el término correcto. A Clarissa no le gustan las exageraciones. —Y ésa es una de las razones por las que quiero contar con ella en mi programa. A.J. se fijó en la utilización que hacía del posesivo. Había dicho «mi programa», no «el programa». Era evidente que David Brady se tomaba el trabajo como algo muy personal. Mucho mejor, decidió. Eso significaba que no querría quedar en ridículo. —Continúe. —He hablado con médiums, quirománticos, científicos y gente que se dedica al espectáculo. Le sorprendería la diversidad de personalidades con las que me he encontrado. —Estoy segura —contestó A.J., reservándose su verdadera opinión. Aunque David advirtió su diversión, decidió pasarla por alto. —He hablado con farsantes y con personas absolutamente sinceras. He entrevistado a los directores del departamento de parapsicología de impo rtantes universidades, y todo el mundo mencionaba a Clarissa. —Clarissa es una mujer muy generosa —David volvió a detectar una ligera desaprobación en su voz—. Particularmente en todo lo referente a la investigación. De la que no obtenía ningún beneficio económico. David dedujo que aquello explicaba su actitud. —Pretendo mostrar posibilidades, plantear preguntas. El público llegará a sus propias respuestas. En las cinco horas de emisión de las que dispongo, habrá tiempo para todo, desde científicos a lectores del tarot. En un gesto que A.J. había hecho suyo mucho tiempo atrás, comenzó a tamborilear con los dedos sobre el escritorio. —¿Y dónde encaja Clarissa DeBasse en todo eso? Ella era el as que tenía en la manga. Pero todavía no estaba listo para jugarlo. —Clarissa es una mujer conocida, y que ha demostrado tener, por utilizar la misma frase que usted, una «extraordinaria sensibilidad». Tenemos como ejemplo el caso Van Camp. A.J. frunció el ceño, tomó un bolígrafo y comenzó a juguetear con él. Nº Paginas 12-177
  13. 13. Nora Roberts – Demasiados secretos —Eso ocurrió hace diez años. —Secuestran al hijo de una estrella de Hollywood cuando está jugando en el parque bajo la vigilancia de su niñera. Piden medio millón de dólares de rescate. La madre está desesperada, la policía desconcertada. Pasan treinta y seis horas si n que se tenga la menor pista sobre el niño. Los padres, intentan reunir el dinero. A pesar de las reticencias del padre, la madre llama a un amiga, una mujer que le elaboró su carta astral y de vez en cuando le lee la palma de la mano. La mujer acude, por supuesto, y pasa cerca de una hora sentada tocando diferentes objetos del niño: un guante de béisbol, un muñeco de peluche, el pijama que se puso el niño la noche anterior… Al cabo de una hora, la mujer le da a la policía la descripción del secuestrador del niño y le dice la localización exacta en la que puede encontrarle. Describe la habitación en la que está encerrado, comenta incluso que está descascarillada la pintura del techo. Esa misma noche, el niño duerme en su cama. David sacó un cigarrillo, lo encendió y soltó una bocanada de humo. A.J. permanecía en silencio. —Después de una noticia como ésa, no bastan diez años para que se supere el impacto. A la audiencia le fascinará ese caso tanto como entonces. No debería haberse enfadado. Era absurdo reaccionar de esa manera. A.J. continuó sentada en silencio, mientras intentaba dominar su cólera. —Son muchas las personas que piensan que el caso de los Van Camp fue un fraude. Desenterrarlo diez años después sólo servirá para reavivar las críticas. —Una mujer en la posición de Clarissa seguro que tiene que enfrentarse continuamente a las críticas —vio el fuego que asomaba a los ojos de Clarissa. —Es posible, pero no tengo intención de firmar un contrato que sirva para garantizarlas. No quiero que mi cliente sea sometida a un juicio televisivo. —Un momento —David también era un hombre de genio y sería capaz de respetar el de su interlocutora… si lo comprendiera—. Clarissa se somete a un juicio cada vez que aparece en público. Si de verdad no es capaz de soportar la presión de las cámaras y las preguntas, no debería estar haciendo lo que hace. Siendo su agente, creo que debería tener más fe en sus capacidades. —Lo que yo crea o deje de creer no es asunto suyo —A.J. comenzó a levantarse con intención de devolverle el contrato, pero el sonido del teléfono la interrumpió. Con un juramento apenas audible, levantó el auricular—. No quiero llamadas, Diane. No… ah —A.J. apretó los dientes e intentó recuperar la calma—. Sí, pásamela. —Oh, cariño, siento molestarte cuando estás trabajando, querida. —Tranquila, no pasa nada. Ahora mismo estoy reunida, así que… —Sí, lo sé —la voz serena de Clarissa en tono de disculpa llegó hasta su oído—, con ese hombre tan amable, David Brady. —Eso es opinable. —Tenía la sensación de que la primera vez no os ibais a caer bien —Clarissa suspiró y acarició a su gato—. He estado pensando mucho en ese contrato —no Nº Paginas 13-177
  14. 14. Nora Roberts – Demasiados secretos mencionó el sueño porque sabía que a A.J. no le gustaba que le hablara de esas cosas—. He decidido que quiero firmarlo ahora mismo. Y tranquila, ya sé lo que vas a decir —continuó, antes de que A.J. hubiera dicho una sola palabra—. Tú eres la agente y tú sabes cómo funciona este negocio. Haz lo que consideres mejor respecto a las cláusulas del contrato y todas esas cosas, pero yo quiero hacer ese programa. A.J. reconoció aquel tono. Clarissa tenía un presentimiento. Y no había manera de discutir con los presentimientos de Clarissa. —Tenemos que hablar de todo esto. —Por supuesto, querida. Hablaremos todo lo quieras. David y tú os encargaréis de cerrar todos los detalles. A ti se te da muy bien todo eso. Dejaré que seas tú la que decida las cláusulas del contrato, pero quiero firmarlo. Estando David sentado enfrente de ella, A.J. no podía darse la satisfacción de aceptar su derrota dándole una patada al escritorio. —Muy bien, pero creo que deberías saber que yo también tengo mi propia opinión al respecto. —Por supuesto. Ven a cenar conmigo esta noche. A.J. estuvo a punto de sonreír. A Clarissa le encantaba solucionar los problemas con comida. Era una pena que fuera tan mala cocinera. —No puedo. Tengo una cita. —En ese caso, mañana. —De acuerdo, te veré entonces. Después de colgar el teléfono, A.J. tomó aire y miró de nuevo a David. —Siento la interrupción. —No se preocupe. —Como en el contrato no aparece nada relativo al caso de los Van Camp, su inclusión en el programa dependerá exclusivamente de la señora DeBasse. —Por supuesto. Ya he hablado con ella sobre esto. A.J. se mordió la lengua, intentando no perder la calma. —Ya entiendo. En el contrato no figura ninguna información precisa sobre la posición que ocupara la señora DeBasse en el documental. Eso habría que cambiarlo. —Estoy seguro de que podremos arreglarlo. Así que iba a firmar, pensó David, y escuchó los cambios que le proponía. Antes de que sonara el teléfono, parecía dispuesta a echarle de su despacho. Lo había visto en sus ojos. Disimuló una sonrisa mientras continuaba negociando otro punto. Él no era vidente, pero apostaría cualquier cosa a que había sido Clarissa DeBasse la que había llamado. A.J. Fields se había descubierto de pronto en el medio. El mejor lugar para un agente, pensó David, y se reclinó en su asiento. —Volveremos a redactar el contrato y estará listo para mañana. Nº Paginas 14-177
  15. 15. Nora Roberts – Demasiados secretos Todo el mundo parecía tener prisa, se dijo A.J., intentado no perder la calma. —Estoy segura de que podremos sacar adelante el documental, señor Brady, siempre y cuando lleguemos a un acuerdo en otro de los puntos. —¿A qué se refiere exactamente? —A los honorarios de la señora DeBasse. A.J. hojeó el contrato y se ajustó las gafas que llevaba para leer. —Me temo que esto es mucho menos de lo que la señora DeBasse está acostumbrada a cobrar. Necesitaremos otro veinte por ciento. David arqueó una ceja. Había estado esperando algo parecido, pero no en ese momento, sino mucho antes. Evidentemente, A.J. Fields no había llegado al lugar en el que estaba haciendo lo que todo el mundo esperaba. —Tiene que comprender que estamos trabajando para una televisión pública. Nuestro presupuesto no puede competir con el de las cadenas privadas. Como productor, puedo ofrecerle un cinco por ciento más, pero el veinte por ciento está completamente fuera de nuestro alcance. —Un cinco por ciento no es suficiente —A.J. se quitó las gafas y las sujetó por una de las patillas. Sus ojos parecían más grandes sin ellas—. Soy consciente de que es una televisión pública, y de los presupuestos que maneja —le dirigió una sonrisa encantadora—. Un quince por ciento. Típico de una agente, pensó David, más pesimista que enfadado. En realidad quería un diez por ciento, y el diez por ciento era precisamente la cantidad que podía permitirse. Aun así, aquél era un juego que merecía ser jugado. —La señora DeBasse ya va a cobrar más que ninguna de las personas que han firmado el contrato. —Y usted está dispuesto a pagarle porque será el principal atractivo del documental. Yo también entiendo de audiencias. —Siete. —Doce. —Diez. —Hecho. A.J. se levantó. Normalmente, un acuerdo como aquél le habría llenado de satisfacción. Pero como todavía no tenía su genio completamente bajo control, le resultaba difícil apreciar su éxito. —Estoy deseando revisar el contrato. —Se lo enviaré por mensajero mañana por la tarde. Esa llamada de teléfono… —se interrumpió un momento—. Si no hubiera sido por esa llamada, no habría llegado a ningún acuerdo conmigo, ¿verdad? A.J. le estudió en silencio y lo maldijo por ser tan listo, inteligente e intuitivo. Todas las cosas que necesitaba para su cliente. Nº Paginas 15-177
  16. 16. Nora Roberts – Demasiados secretos —No, no habría llegado a ningún acuerdo. —En ese caso, asegúrese de darle las gracias a Clarissa de mi parte. Con una sonrisa de suficiencia que bastó para encender de nuevo el genio de A.J., le tendió la mano. —Adiós, señor… En el momento en el que sus manos se encontraron, a A.J. se le quebró la voz. Los sentimientos que se desataron dentro de ella tuvieron el impacto de una bofetada. Aprensión, deseo, rabia, deleite… Todos ellos se abrieron paso en su interior en cuanto sus manos se rozaron. Apenas tuvo tiempo de regañarse por haber permitido que el genio desencadenara aquella oleada de sentimientos. —¿Señora Fields? Le estaba mirando fijamente, como si estuviera viendo dentro de él, como si acabara de surgir una aparición. La mano que David estrechaba entre las suyas estaba fría como el hielo y había perdido su fuerza. David la agarró automáticamente del brazo. Aquella mujer parecía a punto de desmayarse. —Será mejor que se siente. —¿Qué? —temblando todavía, A.J. se sentó de nuevo—. No, estoy bien. Lo siento. Debía de estar pensando en otra cosa. Pero mientras hablaba, rompió el contacto visual con David y se apoyó en el escritorio, como si quisiera alejarse de él. —Me alegro de que hayamos llegado a un acuerdo, señor Brady. Le comunicaré todo lo que hemos hablado a mi cliente. Comenzaba a recuperar el color y se aclaró su mirada. Aun así, David vaciló. Segundos antes parecía a punto de desmoronarse en sus brazos. —Siéntese. —¿Perdón? —Maldita sea, siéntese —la agarró del brazo y la obligó a sentarse—. Le tiemblan las manos. Antes de que A.J. pudiera decir nada, se estaba arrodillando delante de ella. —Yo le aconsejaría que cancelara la cita que tiene esta noche e intentara dormir bien. A.J. mantenía las manos dobladas en el regazo para evitar que pudiera tocarla otra vez. —No tiene por qué preocuparse. —Normalmente, tiendo a preocuparme cuando veo a una mujer desmayándose a mis pies. El sarcasmo de sus palabras ayudó a aplacar las mariposas que revoloteaban en el estómago de A.J. Nº Paginas 16-177
  17. 17. Nora Roberts – Demasiados secretos —Estoy segura —pero entonces, David le enmarcó el rostro entre las manos y ella se apartó bruscamente—. Deje de tocarme. Su piel tenía un aspecto tan suave como aparentaba, pero David decidió que ya tendría tiempo de pensar en ello más adelante. —Era un contacto puramente médico, señora Fields. Usted no es mi tipo. A.J. le dirigió una mirada glacial. —¿Se supone que tengo que darle las gracias? David se preguntó por qué le entraban ganas de reír al ver la fría indignación de sus ojos. De reír y de saborear la piel de aquella mujer. —Muy bien —musitó, y se enderezó—. No hace falta que traigan el café —le aconsejó, y se marchó de allí antes de hacer alguna ridiculez. En cuanto se quedó sola, A.J. dobló las rodillas y escondió la cara en ellas. ¿Qué se suponía que tenía que hacer después de aquello?, se preguntó mientras intentaba encogerse todavía más. En nombre de Dios, ¿qué iba a hacer? Nº Paginas 17-177
  18. 18. Nora Roberts – Demasiados secretos Capítulo 2 A.J. consideró seriamente la posibilidad de parar a comer una hamburguesa antes de ir a cenar a casa de Clarissa. Pero no tuvo valor para hacerlo. Además, si llegaba con suficiente hambre sería capaz de fingir que comía con ganas lo que quisiera que Clarissa hubiera preparado. Conducía con la capota del coche abierta, intentando disfrutar de los cuarenta y cinco minutos de trayecto desde su oficina a aquel barrio de las afueras. Llevaba a su lado el portafolios de cuero que contenía el contrato que David Brady le había enviado a la oficina, tal y como había prometido el día anterior. Había hecho todos los cambios que le había pedido, de modo que A.J. ya no tenía nada por lo que protestar. No tenía ningún motivo real para no firmar aquel contrato, ni para impedir que su cliente trabajara con Brady. Lo único que tenía era un presentimiento. Y había estado pensando en lo ocurrido durante toda la tarde anterior. Había sido el exceso de trabajo, se dijo a sí misma. No había sentido nada especial, sólo había sido un mareo, por culpa de lo rápido que se había levantado. No tenía nada que ver con ningún sentimiento hacia David. Pero la verdad era que había sentido algo. A.J. estuvo maldiciéndose a sí misma durante los quince kilómetros siguientes, hasta que volvió a recuperar el control. No podía permitirse el lujo de mostrarse afectada por el encuentro con David cuando llegara a Newport Beach. A una mujer como Clarissa DeBasse era imposible esconderle nada. Tendría que ser capaz de hablar no sólo de los términos del contrato, sino también del propio David Brady con completa objetividad, si no quería que Clarissa pusiera en funcionamiento su radar. Durante los quince kilómetros siguientes, consideró la posibilidad de parar en una cabina de teléfono para pedirle que suspendiera la cena. Pero tampoco se atrevió a anular aquella cita. Se obligó a sí misma a relajarse e intentó imaginarse que estaba en su casa, en su apartamento, haciendo estiramientos de yoga. Funcionó. Parte de la te nsión de los músculos desapareció. Encendió la radio y la mantuvo a todo volumen hasta que apagó el motor del coche delante de la casa y salió. A.J. siempre había experimentado una sensación de satisfacción al cruzar aquel camino. Aquélla no podía ser otra que la casa de Clarissa, con el césped perfectamente cortado y las contraventanas de un blanco radiante. Era cierto que con el éxito que tenían sus libros y sus apariciones públicas, Clarissa podría haberse permitido el lujo de comprar una casa dos veces más grande en Beverly Hills. Pero ninguna mansión sería tan acogedora como aquella coqueta casa de ladrillo. A.J. se colocó la bolsa de papel en la que llevaba el vino bajo el brazo y empujó la puerta, pues sabía que Clarissa rara vez la cerraba. Nº Paginas 18-177
  19. 19. Nora Roberts – Demasiados secretos —¡Hola! Soy un ladrón de dos metros de alto que viene a robar todas sus joyas. ¿Le importaría echarme una mano? —Vaya, ¿he vuelto a olvidarme de cerrar otra vez? Clarissa salió a toda velocidad de la cocina, secándose las manos en el delantal, que tenía ya plagado de salpicaduras. Tenía las mejillas sonrosadas por el calor de la cocina y los labios curvados en una sonrisa de bienvenida. —Sí, te has vuelto a olvidar de cerrar. La abrazó con la botella de vino bajo el brazo, le dio dos besos en las mejillas y olfateó, intentando adivinar lo que estaba cocinando Clarissa. —Es un estofado de carne —le explicó Clarissa—. He conseguido una receta nueva. —Oh… A.J. habría sido capaz de sonreír si no hubiera recordado en ese momento el último estofado de carne de Clarissa con tanta nitidez. Intentó olvidarse de la comida y concentrarse en Clarissa. —Tienes un aspecto maravilloso. Apuesto a que te escapas todas las semanas a Los Ángeles a uno de esos establecimientos de Elizabeth Arden. —Yo no me preocupo por ese tipo de cosas. Ya es suficiente con preocuparse con los problemas que causan las arrugas y las ojeras. Algo que tú también deberías recordar. —¿Quieres decir que parezco una bruja? —A.J. dejó el portafolios encima de la mesa y se quitó los zapatos. —Ya sabes que no es eso lo que quiero decir, pero tengo la sensación de que estás preocupada por algo. —¿Por qué no cenamos ya?—respondió A.J. con una evasiva—. A mediodía sólo he tenido tiempo de comer medio sándwich. —¿Lo ves? Te he dicho docenas de veces que tienes que comer como es debido. Vamos a la cocina. Estoy segura de que ya habrá terminado de hacerse la carne. Satisfecha por haber conseguido distraerla, A.J. comenzó a seguirla. —Así podrás contarme después lo que te pasa. —No se te escapa una —musitó A.J. Justo en ese momento, sonó el timbre de la puerta. —¿Puedes ir a abrir? —Clarissa miró preocupada hacia la cocina—. Creo que debería ir a comprobar cómo van las coles de Bruselas. —¿Coles de Bruselas? —A.J. esbozó una mueca mientras Clarissa desaparecía en la cocina—. Por si no bastara con el estofado, ahora voy a tener que comer coles de Bruselas. Debería haber parado a comerme una hamburguesa. Cuando abrió la puerta, ya tenía el ceño fruncido. Nº Paginas 19-177
  20. 20. Nora Roberts – Demasiados secretos —Parece que se alegra de verme. A.J. se quedó mirando a David de hito en hito, sin apartar la mano del pomo de la puerta. —¿Qué está haciendo aquí? —Vengo a cenar. No esperó a que le invitara a entrar. David dio un paso adelante y se quedó junto a A.J. en el marco de la puerta. —Eres muy alta, incluso sin zapatos de tacón. A.J. cerró la puerta con un golpe seco. —Clarissa no me había dicho que ésta iba a ser una cena de negocios. —Creo que la considera como una invitación totalmente informal. Todavía no había sido capaz de averiguar por qué no había podido sacarse de la cabeza a la eficiente señorita Fields. Pero a lo mejor obtenía algunas respuestas antes de que la velada hubiera terminado. —¿Por qué no intentamos hacer que lo sea… A.J.? A A.J. le habían inculcado los buenos modales desde que era muy niña. Se vio obligada a asentir. —De acuerdo, David —le tuteó ella también—. Espero que te guste vivir peligrosamente. —¿Perdón? A.J. no pudo evitar una sonrisa. —Tenemos estofado de carne para cenar —tomó la botella de champán que había llevado David y examinó la etiqueta—. Esto nos servirá de ayuda. ¿Has comido mucho? Había una luz en sus ojos que David no había visto hasta entonces. La risa iluminaba su mirada, había en sus ojos una risa, una luz, que le hacía parecer muy atractiva. —¿Qué quieres decir? A.J. le palmeó el hombro. —A veces es mejor que este tipo de cosas nos pillen desprevenidos. Siéntate y te serviré una copa. —Aurora —la llamó en aquel momento Clarissa. —¿Sí? —A.J. contestó automáticamente, antes de morderse la lengua. —¿Aurora? —repitió David, experimentando con el sonido de aquella palabra entre sus labios—. ¿De ahí viene la «A»? A.J. se volvió hacia él y le miró con los ojos entrecerrados. Nº Paginas 20-177
  21. 21. Nora Roberts – Demasiados secretos —Si una sola persona que pertenezca a este negocio me llama así, sabré exactamente cómo se ha enterado de mi nombre. Y me las pagarás. David se llevó la mano a la nariz, pero ni aun así fue capaz de disimular una sonrisa. —Yo no he oído nada. —Aurora, ¿era… ? —Clarissa se detuvo en el marco de la puerta y esbozó una sonrisa radiante—. Sí, era David. Qué maravilla. Los observó a los dos, que permanecían hombro con hombro en el marco de la puerta. Se concentró un instante. El aura que los rodeaba era clara y brillante. —Sí, es maravilloso —repitió—. Me alegro de que hayas venido. David se acercó a Clarissa, que le pareció tan encantadora como la primera vez. Le tomó la mano, pero en esta ocasión, se la llevó a los labios. Clarissa se sonrojó de placer. —Champán, qué amable. La abriremos después, cuando firme el contrato — miró por encima del hombro y vio a A.J. con el ceño fruncido—. ¿Por qué no preparas unas copas para ti y para David, cariño? No tardaré mucho. A.J. pensó entonces en el contrato que llevaba en el portafolios y en sus propias dudas. Después, decidió que había llegado el momento de ceder. Clarissa haría exactamente lo que quería hacer. Lo único que podía hacer ya para protegerla era dejar de resistirse y aceptar lo irremediable. —La calidad del vodka puedo garantizarla. Lo he comprado yo misma. —Estupendo. Con hielo, por favor. David esperó mientras A.J. se acercaba al armario de las bebidas y sacaba la licorera y los vasos. —Se ha acordado del hielo —dijo A.J. sorprendida cuando abrió la cubeta y la encontró llena. —Parece que conoces muy bien a Clarissa. —Sí, la conozco muy bien —A.J. puso dos cubos de hielo en un vaso y se volvió—. Para mí es mucho más que una simple clienta, David. Por eso estoy tan preocupada por tu documental. David se acercó a ella para tomar el vaso. Era curioso, pensó, uno sólo percibía el perfume de A.J. cuando estaba muy cerca de ella. Se preguntó si utilizaría un perfume tan ligero para atraer a los hombres o para alejarlos. —¿Por qué te preocupa? Si tenían que tratar el uno con el otro, era preferible que fueran sinceros. A.J. miró hacia la cocina y dijo en voz baja. —Clarissa tiene tendencia a ser muy abierta con algunas personas. Demasiado abierta. Se expone demasiado, eso le hace vulnerable y le acarrea muchas complicaciones. Nº Paginas 21-177
  22. 22. Nora Roberts – Demasiados secretos —¿Estás intentando protegerla de mí? A.J. bebió un sorbo de vodka con hielo. —Estoy intentando decidir si debo protegerla. —Clarissa me gusta. David alargó la mano hacia ella para acariciarle uno de sus rizos antes de que ninguno de ellos fuera consciente de cuál era su intención. Dejó caer la mano tan rápidamente que A.J. no tuvo tiempo de llamarle la atención. —Es una mujer muy agradable —continuó diciendo David, mientras se volvía y comenzaba a caminar por el salón. No era un hombre que tuviera la costumbre de acariciar de manera tan informal a una contraparte en un negocio, y menos cuando apenas la conocía. Intentando guardar las distancias, se acercó a la ventana y observó los pájaros que revoloteaban alrededor del comedero que había en uno de los laterales del jardín. También estaba allí el gato, advirtió, sublimemente desinteresado de las aves mientras disfrutaba de los últimos rayos del sol. A.J. esperó hasta estar segura de que podría hablar en un tono tranquilo y profesional antes de decir: —Me alegro de que te lo parezca, pero supongo que para ti es más importante tu proyecto. Quieres hacer un buen programa y harás lo que sea para conseguirlo. —Tienes razón. El problema era que no llevaba un traje de líneas tan austeras como el del día anterior. La blusa era suave, de seda, y del color de las amapolas. Y si llevaba una chaqueta a juego con aquella falda ceñida, la había dejado en el coche. Iba descalza y el viento había despeinado su pelo. Se acercó a por otra copa. Aun así, seguía sin ser su tipo. —Pero no creo que tenga fama de explotar a nadie para conseguirlo. Hago mi trabajo, A.J., y espero lo mismo de cualquiera que trabaje para mí. —Me parece justo —A.J. se terminó aquella copa que ni siquiera le apetecía—. Pero mi trabajo consiste en proteger a Clarissa en todos los sentidos. —No creo que eso tenga que suponernos ningún problema. —Vamos, ya está todo preparado. Clarissa salió de la cocina y vio que sus invitados ya no estaban hombro con hombro, sino que se interponía toda una habitación entre ellos. Siendo una mujer tan sensible como era, notó inmediatamente la tensión, la confusión y la desconfianza. Era lógico, decidió, tratándose de dos personas rebeldes y testaduras que además estaban en posiciones encontradas. Se preguntó cuánto tiempo tardarían en admitir la atracción, y cuánto más en aceptarla. —Espero que estéis hambrientos. A.J. dejó su vaso vacío con una sonrisa. Nº Paginas 22-177
  23. 23. Nora Roberts – Demasiados secretos —David me ha dicho que tiene un hambre voraz. Espero que le hayas reservado una ración extra. —Maravilloso —absolutamente encantada, les condujo a la zona del comedor— . Me encanta cenar con velas, ¿y a vosotros? Tenía un par de velas encendidas sobre la mesa y otra media docena sobre el mostrador. A.J. decidió que, definitivamente, aquella luz tan romántica mejoraba el aspecto del pastel de carne. —El vino lo ha traído Aurora, así que estoy segura de que será buenísimo. Encárgate tú de servirlo y yo me ocuparé de la comida. —Tiene un aspecto estupendo —le dijo David, y se preguntó con extrañeza por qué estaría A.J. intentando disimular una risa. —Gracias. ¿Eres originario de California, David? —preguntó Clarissa mientras le tendía la fuente a A.J. —No, nací en el estado de Washington —inclinó la botella de Beaujolais sobre la copa de Clarissa. —Bonito estado —Clarissa le tendió a Aurora el cuenco con el puré de patata—, pero muy frío. David recordaba los fríos y largos inviernos de Washington con cierta nostalgia. —No tuve ningún problema para acostumbrarme al clima de Los Ángeles. —Yo crecí en el este y vine aquí con mi marido hace casi treinta años, pero en otoño todavía siento cierta nostalgia de Vermont. No te has servido verdura, Aurora. Y sabes que me preocupa que no comas adecuadamente. A.J. añadió unas coles de Bruselas a su plato, pero esperaba no tener que probarlas. —Deberías volver este año —le recomendó A.J. Un bocado de pastel de carne fue suficiente. A.J. alargó la mano hacia el vino. —He estado pensando en ello. ¿Tú tienes familia, David? Aquélla era la primera experiencia de David con la comida de Clarissa y todavía no se había recuperado. Todavía se estaba preguntando qué receta de pastel de carne podía haber encontrado para que uno de los ingredientes fuera el cuero. —¿Perdón? —¿Tienes familia? —Sí —miró a A.J. de reojo y comprendió el motivo de su sonrisa—. Dos hermanos y una hermana, están repartidos entre Washington y Oregón. —Yo también vengo de una familia numerosa. Disfruté a conciencia de mi infancia —alargó la mano para palmear la de A.J.—. Pero Aurora fue hija única. A.J. rió y le apretó la mano a Clarissa con cariño. Nº Paginas 23-177
  24. 24. Nora Roberts – Demasiados secretos —Yo también disfruté de mi infancia —ver a David intentando tragar aquel puré de patatas grumoso le aguijoneó la conciencia. Esperó a que hubiera terminado para preguntarle—: ¿Qué te hizo dedicarte a producir documentales, David? —Siempre me ha fascinado el cine —tomó el salero y lo utilizó a conciencia—. Con un documental, la trama ya está ahí, pero sigue dependiendo de ti elegir los ángulos desde los que la quieres narrar, encontrar la manera de presentarla a una audiencia y hacer que se informen mientras se entretienen. —¿Eso no tiene más que ver con la enseñanza? —Yo no soy profesor —valientemente, volvió a ocuparse del pastel de carne—. Puedes entretener a los demás con la verdad y las especulaciones de una manera tan satisfactoria como con la ficción. De alguna manera, al verle forcejear con el pastel de carne, éste le pareció más apetecible. —¿No tienes ganas de producir una gran película? —Me gusta la televisión —contestó con naturalidad, y alargó la mano hacia el vino. Todos lo necesitaban—. Con el cine tengo la sensación de que hay mucho trigo y pocas nueces. A.J. arqueó una ceja que desapareció bajo sus rizos. —¿Mucho trigo? —Desgraciadamente, es algo que abunda también en la televisión pública. Programas como Empire, por ejemplo, o It Takes Two. —Es verdad —A.J. se inclinó hacia delante—. Pero Empire ha sido uno de los programas más vistos durante los últimos cuatro años —no añadió que, además, era su programa favorito. —Eso es lo que quiero decir exactamente. Si un programa como ése, basado en lentejuelas y mentiras, mantiene una audiencia tan alta, es evidente que el público está siendo alimentado con basura. —No todo el mundo piensa que un programa tenga que ser educativo para ser de calidad. El problema de la televisión pública es que es tan elitista que el americano medio la ignora. Después de trabajar durante ocho horas, luchar contra el tráfico, enfrentarse a sus hijos y pagar las cuentas del taller, una persona tiene derecho a relajarse. —Absolutamente. Era asombroso, pensó David, lo atractiva que le resultaba cuando se encendía. A lo mejor era una mujer que necesitaba el conflicto en su vida. —Pero esa misma persona no tiene por qué renunciar a su inteligencia para entretenerse. Eso se llama escapismo. —Me temo que no veo suficiente televisión como para ser capaz de apreciar la diferencia —comentó Clarissa, alegrándose al ver que sus invitados estaban Nº Paginas 24-177
  25. 25. Nora Roberts – Demasiados secretos comiéndoselo todo—. ¿Pero tú no eres la representante de esa mujer tan guapa que actúa en Empire? —Audrey Cumming —A.J. tomó la copa con los dedos y la giró ligeramente—. Es una actriz muy completa, que también ha interpretado a Shakespeare. Acabamos de firmar un contrato para que haga el papel de Maggie en una nueva versión de La gata sobre el tejado de zinc —todavía estaba saboreando el éxito de aquel contrato. Bebió un sorbo de vino e inclinó la cabeza hacia David—. Para ser una obra con tan poco glamour es sorprendente la longevidad que tiene. Pero claro, no podemos decir que sea una ópera de Verdi, ¿verdad? —En la televisión pública hay muchas otras cosas que no son Verdi —David comprendió que había tocado un punto sensible. Pero también lo había hecho ella—. Supongo que no viste el reportaje sobre Taylor Brooks. A mí me pareció uno de los más documentados e informativos que he visto nunca sobre una estrella del rock — alzó su copa, como si se dispusiera a hacer un brindis—. Pero a él no le representas, ¿verdad? —No —decidió llevar las cosas hasta el final—. Salimos de manera informal un par de veces hace unos años. Y tengo como norma separar el trabajo de las relaciones personales. —Muy sensato —alzó la copa y bebió un sorbo de vino—. Muy sensato, sí. —Y, a diferencia de ti, yo no tengo prejuicios en lo que concierne a la televisión. Si los tuviera, tendría que renunciar a muchos de mis mejores clientes. —¿Alguien quiere más pastel de carne? —preguntó Clarissa. —Yo no podría comer ni un bocado más —A.J. le sonrió a David—. A lo mejor David quiere. —Por mucho que aprecie la comida casera, soy incapaz de seguir comiendo — intentó no demostrar excesivo alivio mientras se levantaba—. Déjame ayudarte a quitar la mesa. —Oh, no —Clarissa se levantó y rechazó su ofrecimiento—. Me relaja. Aurora, creo que David se llevó una ligera decepción el día que nos conocimos. ¿Por qué no le enseñas mi colección? —Muy bien. A.J. tomó su copa de vino y le indicó a David con un gesto que la siguiera. —Has ganado puntos —le comentó—. Clarissa no le enseña su colección a cualquiera. —Me siento halagado —pero cuando llegaron a un estrecho pasillo, la agarró del codo y dijo—: ¿Preferirías que mantuviera las cosas en un terreno estrictamente profesional con Clarissa? A.J. se llevó la copa a los labios y le observó por encima del borde. Preferiría, por razones que no era capaz de explicar, que se mantuviera a cincuenta kilómetros de Clarissa. Y al doble de distancia de ella. Nº Paginas 25-177
  26. 26. Nora Roberts – Demasiados secretos —Clarissa elige a sus propios amigos. —Y tú te aseguras de que no se aprovechen de ella. —Exactamente. Por aquí —se volvió, caminó hasta una puerta situada a la izquierda y la empujó—. El efecto sería más impresionante a la luz de las velas, o de la luna llena, pero tendremos que conformarnos con lo que tenemos —A.J. encendió la luz y se apartó para que pudiera disfrutar de la vista. Era una habitación de tamaño medio, acorde con una casa como aquélla. Pero las ventanas estaban cubiertas de gruesas cortinas que bloqueaban la vista del jardín e impedían que desde el exterior pudiera verse el interior de la casa. No era difícil imaginar por qué utilizaba Clarissa las cortinas para desanimar a los curiosos. Aquella habitación parecía más propia de una torre, o de un calabozo. Allí estaba la bola de cristal que esperaba encontrarse en su primera visita. Incapaz de resistirse, David se acercó al soporte que la sostenía para examinarla. El cristal era liso, perfecto; lo único que reflejaba era el azul oscuro de la tela sobre la que se apoyaba. Las cartas del tarot, unas cartas viejas y gastadas, estaban expuestas en una caja cerrada con llave. Al acercarse, advirtió que estaban pintadas a mano. En la estantería había libros de todas clases, desde vudú hasta telequinesia. En uno de los estantes había una vela con la forma de una mujer alta y delgada con los brazos elevados al cielo. Sobre una mesa con estrellas grabadas en la madera descansaba un tablero de güija. Una de las paredes estaba llena de máscaras de toda clase de materiales: cerámica, madera e incluso papel maché. Había piedras de la runa y péndulos. Dentro de una vitrina guardaba pirámides de varios tamaños. Había también un sonajero indio de aspecto frágil y viejo y kombolois de jade y de amatista. —¿Esto se parece más a lo que esperabas encontrar? —preguntó A.J. al cabo de un momento. —No —tomó una bola de cristal, suficientemente pequeña como para que le cupiera en la mano—. Dejé de esperarme esto a los cinco minutos de conocerla. Era la respuesta que le parecía más correcta. A.J. bebió otro sorbo de vino e intentó no mostrarse demasiado complacida. —Para Clarissa, coleccionar este tipo de objetos es sólo una afición. —¿No los utiliza? —No, es sólo una colección. La empezó hace muchos años. Un amigo suyo encontró estas cartas del tarot en una tienda en Inglaterra y se las trajo. Después fue llegando poco a poco todo lo demás. David sintió el tacto frío del cristal en la mano y miró a A.J. —¿No lo apruebas? A.J. se encogió casi imperceptiblemente de hombros. —No lo aprobaría si se lo tomara en serio. —¿Alguna vez has probado eso? —señaló el tablero de la güija. Nº Paginas 26-177
  27. 27. Nora Roberts – Demasiados secretos —No. Era mentira. David no estaba seguro de por qué le había mentido. Y tampoco de por qué él estaba tan convencido de que lo había hecho. —Así que tú no crees en nada de esto. —Creo en Clarissa. El resto sólo forma parte del espectáculo. Aun así, continuaba intrigándole todo aquel material; le intrigaba con la misma fascinación con la que había intrigado a parte de la humanidad durante siglos. —¿Nunca has tenido la tentación de pedirle que te lea el futuro en la bola de cristal? —Clarissa no necesita la bola de cristal, y no lee el futuro. David bajó la mirada hacia la bola que tenía en la mano. —Es curioso. Cualquiera pensaría que con todo lo que sabe hacer, también podría leer el futuro. —No he dicho que no pueda hacerlo, he dicho que no lo hace. David volvió a alzar la mirada. —Explícate. —Clarissa cree en la fuerza del destino y en la posibilidad de forzarlo. Pero se niega a predecirlo. —Sin embargo, tú dices que podría hacerlo. —Lo que digo es que ha decidido no hacerlo. Clarissa considera que ese don es una responsabilidad. En vez de hacer un mal uso de él, ha preferido mantenerlo al margen de su vida. —Mantenerlo al margen de su vida —dejó la bola de cristal—. ¿Quieres decir que una… vidente puede negarse a serlo? ¿Basta con que bloquee el… llamémosle poder a falta de un término mejor? ¿Con que lo desconecte? La mano en la que sostenía la copa comenzó a sudarle. A.J. la cambió de mano. —Hasta cierto punto, sí. Tienes que estar abierto a él, eres un receptáculo, un transmisor, pero la intensidad con la que recibes o transmites depende de ti. —Pareces saber mucho sobre el tema. Era un hombre muy perspicaz, recordó A.J. bruscamente. Extremadamente sagaz. Forzó una sonrisa y volvió a encogerse de hombros. —Conozco muy bien a Clarissa. Si pasas mucho tiempo con ella durante los próximos dos meses, tú también aprenderás algo sobre todos estos temas. David se acercó a ella. La observó con atención, le quitó la copa de la mano y bebió un sorbo. El vino estaba más caliente, lo que acentuaba el sabor. —¿Por qué tengo la impresión de que te sientes incómoda en esta habitación? ¿O es conmigo con quien te sientes incómoda? Nº Paginas 27-177
  28. 28. Nora Roberts – Demasiados secretos —Me temo que te falla la intuición. Si quieres, Clarissa puede enseñarte algunas técnicas para ejercitarla. —Te sudan las manos —le tomó la mano y posó los dedos en su muñeca—. Y se te ha acelerado el pulso. Para eso no necesito la intuición. Era importante, vital, que mantuviera la calma. A.J. le sostuvo la mirada con firmeza y esperó ser capaz de parecer divertida. —Supongo que eso tiene que ver con el pastel de carne. —El día que nos conocimos, me produjiste una sensación muy intensa y extraña. A.J. no lo había olvidado. Ella había pasado una noche muy agitada. —Ya te expliqué que… —No me lo creí —la interrumpió—. Y sigo sin creérmelo. Probablemente ésa es la razón por la que me he descubierto pensando tantas veces en ti. A A.J. le habían enseñado a mantenerse firme, a no perder terreno. En aquella ocasión, estaba obligada a hacerlo. Hizo un último intento para conseguirlo, aunque la mirada de David le resultaba demasiado serena y perspicaz, y su voz excesivamente firme. Le quitó la copa de vino y la vació de un trago. Inmediatamente, comprendió que había sido un error, porque, además del vino, había paladeado el sabor de David. —David, intenta recordar que yo no soy tu tipo —le dijo con voz fría y ligeramente cortante. Pero si hubiera pensado en ello durante algunos segundos más, se habría dado cuenta de que aquélla no era una buena táctica. —No, no eres mi tipo —posó la mano en su nuca y la deslizó por su pelo—, pero qué demonios… Cuando se inclinó hacia ella, A.J. comprendió inmediatamente que tenía dos opciones: podía forcejear y salir corriendo o podía permitir que la besara y mostrar una indiferencia absoluta. Como la segunda opción le pareció la más potente, decidió seguir adelante con ella. Aquél fue su segundo error. David sabía cómo tentar a una mujer. Cómo seducirla. Acercó los labios a los suyos sin rozarlos apenas, mientras continuaba acariciándole el cuello y la nuca. A.J. se aferró a la copa de vino con fuerza, pero no se movió ni hacia delante ni hacia atrás. David deslizó entonces los labios sobre los suyos, acariciándolos solamente con la punta de la lengua. A.J. dejó escapar la respiración que había estado conteniendo. Cuando comenzó a cerrar los ojos y a relajarse, David se apartó de su boca para acariciarle la mandíbula con los labios. Ninguno de ellos advirtió que la copa se había deslizado de su mano y había terminado sobre la alfombra. David no se había equivocado al especular sobre lo mucho que había que acercarse a A.J. para sentirse tentado por su fragancia. Era un aroma íntimo y oscuro Nº Paginas 28-177
  29. 29. Nora Roberts – Demasiados secretos que parecía impregnar cada poro de su piel. Cuando buscó de nuevo sus labios, comprendió que aquello era algo que jamás olvidaría. Y ella tampoco. En aquella ocasión, A.J. tenía los labios entreabiertos, anhelantes. Aun así, continuó moviéndose lentamente, más por su propio bien que por prudencia. Aquélla no era la mujer dura y fría que esperaba, sino una mujer cálida, delicada, que podía arrastrarlo hasta el abismo sólo con su vulnerabilidad. Necesitaba tiempo para adaptarse, para pensar. Cuando retrocedió, ni siquiera la había acariciado y le había dado apenas la sombra de un beso. Pero los dos estaban temblando. —A lo mejor la reacción no fue tan extraña, Aurora —musitó David. A.J. tenía la piel ardiendo; y helada. Y se sentía débil. No podía permitir que su mente siguiera ese mismo camino. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, se enderezó. —Si vamos a hacer negocios… —Ya estamos haciéndolos. A.J. dejó escapar un suspiro ante aquella interrupción. —En ese caso, será mejor que comprendas las reglas del juego. Jamás me acuesto ni con mis clientes ni con mis socios. Aquello le gustó. Pero no iba a preguntarse por qué. —Eso acota bastante el terreno, ¿verdad? —Este es mi negocio —replicó ella—. Mi vida personal está completamente al margen de mi profesión. —Difícil en esta ciudad, pero admirable. Sin embargo —no pudo resistir la tentación de alargar la mano para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja—, no te he pedido que te acuestes conmigo. Le sorprendió y complació al mismo tiempo descubrir que A.J. tenía el pulso tan acelerado como el suyo. —Te lo advierto de antemano para que no te pongas en la embarazosa situación de proponérmelo y ser rechazado. —¿De verdad crees que me pondrías en una situación embarazosa? —alargó la mano para deslizar un dedo por su mejilla. —Ya basta. David sacudió la cabeza y estudió de nuevo su rostro. Era atractiva, sí. No especialmente bella ni glamurosa. Demasiado fría, demasiado sofisticada para él. Pero entonces, ¿por qué la estaba imaginando ya desnuda y abrazándole? —¿Qué es lo que hay entre nosotros? —Hostilidad. David sonrió de oreja a oreja, y terminó de hechizarla. A.J. le habría matado. Nº Paginas 29-177
  30. 30. Nora Roberts – Demasiados secretos —A lo mejor en parte, pero incluso esta hostilidad es demasiado intensa para el poco tiempo que hace que nos conocemos. Hace un minuto me estaba preguntando cómo sería hacer el amor contigo. Y lo creas o no, no es algo que se me ocurra pensar sobre todas las mujeres que conozco. A.J. volvía a tener las palmas de las manos empapadas en sudor. —¿Y se supone que debo sentirme halagada? —No. Pero supongo que nos llevaremos mejor si somos capaces de comprendernos. La necesidad de salir huyendo de allí era casi desesperada. Absurdamente desesperada. A.J. se mantuvo donde estaba. —Lo único que yo entiendo es lo siguiente: soy la representante de Clarissa DeBasse y trabajo por sus intereses, por su bienestar. Si intentas hacer algo en detrimento de su profesionalidad o que pueda afectarle personalmente, acabaré contigo. En caso contrario, no tienes nada por lo que preocuparte. —En ese caso, el tiempo lo dirá todo. A.J. se decidió entonces a marcharse. Dio media vuelta y se acercó al interruptor de la luz, pero sin considerarlo una retirada. —Mañana a la hora del desayuno tengo una reunión. Vamos a firmar los contratos, Brady, para que los dos podamos hacer nuestro trabajo. Nº Paginas 30-177
  31. 31. Nora Roberts – Demasiados secretos Capítulo 3 Normalmente, las reuniones de preproducción dejaban a su equipo agotado. A David le gustaba trabajar duro con ello. La necesidad de ajustar y cuadrar los presupuestos apelaba a su lado más práctico. Traducir aquellas cifras en iluminación, escenarios y atrezo era un desafío para su creatividad. Si no hubiera encontrado la manera de fundir esos dos aspectos de su personalidad, jamás habría decidido ser productor. David era un hombre que tenía fama de saber lo que quería y de ser capaz de cambiar cualquier circunstancia para conseguirlo. Aquella reputación estaba vinculada a su vida profesional, pero se extendía también a la personal. Como productor, era un hombre duro y, según algunos directores, no siempre justo, y no siempre cordial. David les concedía libertad a los directores, pero sólo hasta cierto punto. Cuando la creatividad del director le impulsaba a desviarse de la visión que tenía David sobre el proyecto, le detenía inmediatamente. Discutía, escuchaba y a veces era capaz de llegar a un compromiso o a un acuerdo. Pero cualquier director astuto se daría cuenta de que aquel compromiso no afectaba lo más mínimo a los deseos del director. En las relaciones, era un hombre amable y atento. Si a una mujer le gustaban las rosas, le regalaba rosas. Si prefería montar a caballo por el campo, la llevaba a montar a caballo por el campo. Pero en cuanto tenía la sensación de que pretendía de él algo más serio, la paraba en seco. Discutía, escuchaba y a veces incluso llegaba a un compromiso o a un acuerdo. Pero cualquier mujer astuta se daría cuenta de que aquel compromiso no afectaba a lo más profundo de su relación. Los directores le consideraban un hombre duro, pero todos admitían, casi a su pesar, que volverían a trabajar con él. Las mujeres le acusaban de ser frío, pero recibían con una sonrisa sus llamadas telefónicas. Su actitud no se debía a una estrategia largamente planificada. Sencillamente, era un hombre que cuidaba sus pensamientos y sus necesidades más íntimas. Para cuando terminaron las reuniones previas a la producción y hubieron decidido los escenarios de rodaje y el formato, David ya estaba ansioso por ver resultados. Había elegido personalmente a su equipo, hasta el último técnico, y como su interés por Clarissa DeBasse había llegado a convertirse en algo personal, había decidido empezar con ella. Aquella decisión, estaba seguro, no tenía nada que ver con su representante. Su deseo inicial de entrevistarla en su propia casa fue rápidamente descartado al recordar las palabras de A.J. Fields. La señora DeBasse tenía derecho a su intimidad. Y punto. Negándose a dejarse paralizar por una cuestión técnica, David pidió que decoraran el estudio con el mismo aspecto acogedor que tenía la casa de Clarissa. El encargado de aquella entrevista era Alex Marshall, un periodista con experiencia. David quería que la credibilidad de Clarissa se impusiera a cualquier Nº Paginas 31-177
  32. 32. Nora Roberts – Demasiados secretos posible especulación. Y un hombre con la reputación de Marshall era capaz de conseguirlo. David permaneció en un segundo plano mientras su equipo se encargaba de todo. Había tenido problemas con aquel director en otra ocasión, pero los dos proyectos en los que habían colaborado habían recibido un premio. Y para David, lo único que verdaderamente importaba era el producto final. —Pon un filtro en ese foco —ordenó el director—. Aunque tenga que parecer que estamos en el departamento de muebles de unos grandes almacenes, quiero crear un poco de ambiente. Alex, me gustaría hacer una prueba con esa cámara. Quiero conseguir un ángulo fijo. —De acuerdo. Con desgana, Alex apagó su puro de dos dólares y se puso a trabajar. David miró el reloj. Clarissa llegaba tarde, pero todavía no lo suficiente como para que resultara alarmante. Si se retrasaba diez minutos más, le pediría a uno de sus ayudantes que la llamara. Observó a Alex entrar en escena, completamente intachable, mientras el director se encargaba de las luces y decidió que, como en aquel momento allí no hacía ninguna falta, haría él mismo la llamada. Pero la llamaría a través de A.J. No le haría ningún daño hacérselo pasar un poco mal, decidió mientras empujaba la puerta del estudio. Aquella mujer parecía capaz de sacar lo peor de él. —Oh, David, perdona. David se detuvo al ver a Clarissa corriendo por el pasillo. Aquel día no tenía el aspecto de cualquiera de sus tías, pensó mientras Clarissa alargaba las manos hacia él. Se había recogido el pelo hacia atrás, lo que le hacía parecer mucho más joven y llamativa. Alrededor del cuello llevaba una cadena de plata con una amatista del tamaño de su pulgar. El maquillaje realzaba el color azul claro de sus ojos, acentuado también por el azul más oscuro de su vestido. No parecía la misma mujer que le había preparado un pastel de carne unos días atrás. —Clarissa, estás maravillosa. —Gracias. Me temo que no he tenido mucho tiempo para prepararme. Me había equivocado de día y estaba arrancando las malas hierbas de las petunias cuando Aurora ha venido a buscarme. David evitó la tentación de mirar hacia el pasillo por encima del hombro de Clarissa. —¿Está aquí? —Sí, está aparcando el coche —Clarissa miró por encima del hombro y suspiró—. Sé que soy un problema para ella. Siempre lo he sido. —A.J. no parece verlo así. —No, claro que no. Aurora es una mujer muy generosa. David decidió reservarse la opinión que tenía al respecto. Nº Paginas 32-177
  33. 33. Nora Roberts – Demasiados secretos —¿Estás lista o quieres tomar antes un té o un café? —No, gracias. No me gusta tomar estimulantes cuando estoy trabajando. Me impiden ver las cosas con claridad —sin soltarle las manos, alzó la mirada hacia el rostro de David—. Estás un poco inquieto. Lo había dicho en el instante en el que David había mirado hacia el pasillo y había visto a A.J. caminando hacia él. —Siempre estoy un poco tenso en los rodajes —contestó con aire ausente. ¿Por qué no se habría dado cuenta hasta entonces de cómo caminaba? Tenía un caminar ligero, fluido. —No, no es por eso —respondió Clarissa, y le palmeó la mano—. Pero no voy a invadir tu intimidad. Ah, ya ha llegado Aurora. ¿Empezamos? —Sí, vamos a empezar —musitó sin dejar de mirar a A.J. —Buenos días, David. Espero que no te hayamos descuadrado el horario. Estaba tan elegante y profesional como la primera vez que la había visto. ¿Pero por qué tenía que fijarse él en aquellos pequeños detalles? El cuello de la blusa lo llevaba ligeramente alzado, ocultando el que él ya sabía era un cuello largo y elegante. No se había pintado los labios. A David le hubiera gustado acercarse para comprobar si seguía utilizando el mismo perfume, pero en vez de acercarse a A.J., optó por agarrar a Clarissa del brazo. —En absoluto. Supongo que quieres ver el rodaje. —Por supuesto. —Por aquí, Clarissa —empujó la puerta del estudio—. Me gustaría presentarte al director, Sam Cauldwell. Sam. A David no pareció importarle estar interrumpiendo al director, advirtió A.J. mientras el productor esperaba a que fuera Cauldwell el que se acercara. Pero no podía censurarle, puesto que ella habría utilizado la misma técnica. —Te presento a Clarissa DeBasse. Cauldwell sofocó su evidente impaciencia y le tendió la mano. —Es un placer, señora DeBasse. He leído sus libros para poder preparar esta parte del documental. —Es usted muy amable. Espero que haya disfrutado con ellos. —No sé si «disfrutar» es la palabras más adecuada —sacudió la cabeza—. Pero, desde luego, me han dado mucho en lo que pensar. —La señora DeBasse está preparada para empezar en cuanto esté todo dispuesto. —Estupendo. ¿Le importaría sentarse allí? Haremos la prueba de voz y volveremos a comprobar las luces. Nº Paginas 33-177
  34. 34. Nora Roberts – Demasiados secretos Mientras Cauldwell se alejaba, David advirtió que A.J. le observaba con la mirada de un halcón. —¿Siempre estás tan pendiente de todos tus clientes? Satisfecha porque Clarissa también parecía estarlo hasta el momento, A.J. se volvió hacia él. —Sí, de la misma forma que tú estás pendiente de los directores. —Siempre trabajando, ¿eh? Mira, podrás verlo todo mejor desde aquí. —Gracias. A.J. se dirigió con él hacia un rincón del estudio y observó a Clarissa mientras le presentaban a Alex Marshall. El veterano periodista era un hombre alto, delgado y elegante. Los veinticinco años de reportero habían dejado algunas arrugas en su rostro, pero las canas que salpicaban su pelo hacían un bonito contraste con el tono bronceado de su piel. —Me parece muy inteligente la elección del narrador. —El rostro en el que los Estados Unidos confían. —Eso por una parte, por supuesto. Pero además, no puedo imaginármelo tolerando ninguna clase de tontería. Si entrevistara a una lectora de manos de Sunset Boulevard, sería capaz de dejarla en ridículo dijera lo que dijera el guión. —Tienes razón. A.J. le miró con firmeza. —Pero a Clarissa no va a dejarla en ridículo. David asintió lentamente. —Cuento con ello. La semana pasada te llamé a la oficina. —Sí, lo sé —A.J. advirtió que Clarissa se echaba a reír por algo que le había dicho Alex—. ¿Mi ayudante no te contestó? —Quería hablar contigo, no con tu ayudante. —He estado muy ocupada. Has recreado el salón de Clarissa de forma casi exacta, ¿no? —Ésa era la idea. Estás intentando evitarme, A.J. Se movió lo suficiente para bloquearle la vista y obligarla a mirarle. Irritada, A.J. le recorrió de los pies a la cabeza con la mirada, pasando por sus pantalones informales y por el cuello desabrochado de la camisa antes de clavarla en su rostro. —Esperaba que lo entendieras. —Y podrías haberlo conseguido —posó el dedo en la solapa de la chaqueta de A.J., sobre un broche con forma de media luna—. Pero ella se ha interpuesto en tu camino —miró a Clarissa por encima del hombro. Nº Paginas 34-177
  35. 35. Nora Roberts – Demasiados secretos A.J. se regañó a sí misma por aquella reacción y pensó en la respuesta adecuada. Pero, de alguna manera, no le resultó tan fácil pronunciarla como había imaginado. —David, no me pareces uno de esos hombres a los que les gusta ser rechazados. —No —continuaba acariciando el broche con forma de media luna con el pulgar mientras la miraba—. Y tú no pareces una de esas mujeres que fingen desinterés por atraer a los hombres. —Yo no finjo nada —le miró directamente a los ojos, decidida a no desviar la mirada por incómodo que le resultara—. No tengo ningún interés. Y te estás interponiendo en mi camino. —Algo que podría convertirse en un hábito —pero se apartó. Hicieron falta otros cuarenta y cinco minutos de conversaciones, cambios y ajustes técnicos antes de empezar a rodar. Como, afortunadamente, David estaba ocupado con sus asuntos, A.J. esperaba notablemente aliviada y con paciencia. Lo que quería decir que sólo miró el reloj media docena de veces. Clarissa permanecía sentada en el sofá, bebiendo agua. Cada vez que miraba en su dirección, A.J. se alegraba de haberla acompañado. El rodaje comenzó bastante bien. Clarissa estaba sentada en el sofá, Alex le hacía preguntas y ella contestaba. Hablaron de la clarividencia, de las premoniciones, del interés por la astrología. Clarissa tenía la habilidad de tomar los conceptos más complejos y hacerlos parecer simples y comprensibles. Una de las razones por las que a menudo la llamaban para dar conferencias era por su capacidad para tratar los misterios de la psique y explicarlos de manera que resultaran comprensibles para cualquiera. Aquél era un terreno en el que A.J. estaba segura de que Clarissa DeBasse podía arreglárselas perfectamente sola. Relajada, sacó de su maletín un dulce con el que sustituiría el almuerzo. Grabaron, volvieron a grabar, alteraron los ángulos y volvieron a repetir algunas preguntas ante las cámaras. Las horas iban pasando, pero A.J. estaba satisfecha. La calidad era el orden del día y ella no quería menos para Clarissa. Después, sacaron las cartas. A.J. estaba preparada para dar un paso adelante, pero Clarissa le hizo una señal casi imperceptible que la obligó a quedarse donde estaba, aunque temblando de rabia. Odiaba las situaciones como aquélla. Siempre las había odiado. —¿Algún problema? Clarissa no se había dado cuenta de que David estaba a su lado. Le dirigió una mirada asesina antes de volver a prestar atención al rodaje. —No habíamos hablado de nada de esto. —¿Te refieres a las cartas? —sorprendido por su respuesta, David también volvió a concentrarse en el rodaje—. Lo habíamos hablado con Clarissa. —La próxima vez, Brady, háblalo conmigo —respondió A.J. entre dientes. Nº Paginas 35-177
  36. 36. Nora Roberts – Demasiados secretos David acababa de decidir que cualquier respuesta desagradable a aquel comentario podía esperar cuando la voz grave y profunda del entrevistador se oyó con firmeza en el estudio. —Señora DeBasse, la utilización de las cartas para comprobar las percepciones extrasensoriales es algo bastante habitual, ¿verdad? —Sí, aunque tienen su límite. También se utilizan para realizar pruebas de telepatía. —Tengo entendido que ha participado en pruebas de ese tipo en ocasiones anteriores, en las universidades de Stanford, UCLA, Columbia, Duke, así como en algunas universidades inglesas. —Sí, es cierto. —¿Podría explicarnos el proceso? —Por supuesto. Las cartas que se utilizan en las pruebas de laboratorio normalmente son de dos colores y pueden tener formas diferentes. Pueden ser cuadradas, redondas, onduladas… ese tipo de cosas. Utilizando las cartas, es posible determinar cuántos aciertos son casuales y producto de las probabilidades y cuales van más allá. Es decir, si utilizamos dos colores, las probabilidades de acertar serán de un cincuenta por ciento. Si un sujeto acierta el color un cincuenta por ciento de las veces, los aciertos serán fortuitos. Si el sujeto acierta un sesenta por ciento de las veces, en ese caso, el porcentaje está por encima de las probabilidades. —Suena relativamente simple. —Cuando se trabaja solamente con los dos colores, sí. Las formas alteran ese porcentaje. Con, digamos, veinticinco cartas, el investigador es capaz de determinar por el número de aciertos o de coincidencias el porcentaje que ha sido casual. Si el sujeto acierta quince respuestas de veinticinco, llegará a la conclusión de que sus capacidades extrasensoriales están altamente sintonizadas. —Es muy buena —musitó David. —Por supuesto que sí. A.J. se cruzó de brazos e intentó mitigar su enfado. Aquél era el negocio de Clarissa y sabía perfectamente cómo llevarlo. —¿Podría explicarnos cómo funciona? —Alex barajaba las cartas mientras hablaba—. Cuando le piden que adivine una carta, ¿tiene una especie de premonición? —Es una imagen —le corrigió Clarissa—. Veo la imagen de la carta. —¿Está diciéndome que ve la imagen real de la carta? —La imagen real que contiene su mano —sonrió—. Estoy segura de que usted es un gran lector, señor Marshall. —Sí, soy un gran lector. —Cuando usted va leyendo, las frases evocan imágenes en su cabeza. Esto es algo parecido. Nº Paginas 36-177
  37. 37. Nora Roberts – Demasiados secretos —Ya entiendo —sus dudas eran evidentes y, para David, aquélla era la reacción perfecta—. Es una cuestión de imaginación. —La utilización de las capacidades extrasensoriales requiere imaginación y mucha concentración. —¿Es algo que puede hacer cualquiera? —Ésa es una de las cuestiones que se están investigando. Hay quien piensa que las percepciones extrasensoriales pueden ser aprendidas. Otros dicen que es algo con lo que se nace. Yo mantengo una opinión intermedia entre esas dos posiciones. —¿Le importaría explicarse mejor? —Creo que cada uno de nosotros tiene ciertos talentos y el grado en el que se desarrollan y utilizan depende de cada individuo. Es posible bloquear esas habilidades. De hecho, creo que lo más habitual es ignorarlas para que nunca puedan ser cuestionadas. —Sus habilidades están largamente documentadas. Nos gustaría que pudiera hacernos una demostración. —Por supuesto. —Esta es una baraja de cartas normal y corriente. La ha comprado esta mañana uno de los miembros del equipo y usted ni siquiera la ha tocado, ¿es cierto? —Sí, es absolutamente cierto. De hecho, no se me dan muy bien los juegos de cartas —esbozó una sonrisa medio divertida y medio de disculpa que hizo las delicias del director. —Ahora, si yo elijo una carta y la sostengo así —Alex sacó una carta del medio de la baraja y la colocó frente a ella, del revés—. ¿Puede decirme qué carta es? —No —su sonrisa no se desvaneció cuando el director alzó la mano, como si estuviera a punto de indicar que cortaran—. Tendrá que mirar la carta, señor Marshall, pensar en ella e intentar reproducirla mentalmente. Mientras continuaban rodando, Alex asintió e hizo lo que Clarissa le pedía. —Me temo que no está usted muy concentrado, pero es una carta roja. Sí, así está mejor —le dirigió una sonrisa radiante—. Nueve de diamantes. La cámara captó la sorpresa que reflejaba el rostro del periodista antes de mostrar la carta. Nueve de diamantes. Tomó una segunda carta y repitió el proceso. Cuando llegaron a la tercera, Clarissa le detuvo y frunció el ceño. —Está intentando confundirme pensando en una carta que no es la que tiene en la mano. La imagen me llega borrosa, pero la que percibo con más fuerza es el diez de tréboles. —Fascinante —musitó Alex mientras giraba la carta—. Verdaderamente fascinante. —Me temo que, en muchas ocasiones, este tipo de ejercicios no son más que un juego de mesa —le corrigió Clarissa—. Un mentalista inteligente podría hacer lo mismo que acabo de hacer yo, de una manera diferente, por supuesto. Nº Paginas 37-177
  38. 38. Nora Roberts – Demasiados secretos —Está diciéndome que tiene truco. —Estoy diciendo que puede tenerlo. A mí no se me dan bien los trucos, de modo que ni siquiera intento hacerlos, pero soy capaz de apreciar un buen espectáculo. —Usted empezó su carrera leyendo las manos —Alex dejó las cartas en la mesa sin tenerlas todavía todas consigo. —Hace mucho tiempo, sí. Técnicamente, cualquiera puede leer la palma de la mano, interpretar las líneas —le tendió su mano—. Las líneas representan la situación económica, los sentimientos, la duración de la vida. En cualqui er biblioteca puede encontrar algún libro bueno que le enseñe a interpretarlas. Para leerle a alguien la mano, en realidad no es tan necesario haber desarrollado capacidades extrasensoriales como ser capaz de absorber los sentimientos ajenos. Encantado con su respuesta, pero muy lejos de creérsela, Alex le tendió la mano. —No sé cómo puede absorber sentimientos mirando la palma de mi mano. —Porque usted los transmite —le explicó—. De la misma forma que transmite todo lo demás: sus esperanzas, sus tristezas, sus alegrías. Me basta tomarle la mano para saber que es usted una persona con una gran capacidad de comunicación y una buena situación económica. Por supuesto, ninguna de esas informaciones es difícil de adivinar. Pero… —le tendió la mano—. Si no le importa… —tomó la mano del presentador y la sostuvo entre la suya—, puedo volver a mirar y decirle… —se interrumpió, parpadeó y se le quedó mirando fijamente—. Oh… A.J. se echó hacia delante, pero David le impidió que siguiera avanzando. —Déjala —musitó—. Recuerda que esto es un documental. No podemos preverlo todo. Si al final se siente incómoda con esta parte de la grabación, podemos cortarla. —Si al final se siente incómoda con esta parte de la grabación, tendrás que cortarla. Clarissa sostenía la mano de Alex con firme delicadeza, pero tenía los ojos abiertos como platos y parecía asombrada. —¿Debería ponerme nervioso? —preguntó Alex, medio bromeando. —Oh, no —Clarissa soltó una risita y se aclaró la garganta—. No, en absoluto. Tiene usted vibraciones muy fuertes, señor Marshall. —Gracias, creo. —Enviudó hace quince o dieciséis años. Y era un buen marido —le sonrió, de nuevo relajada—. Puede estar orgulloso de ello. También es un buen padre. —Le agradezco que me lo diga, señora DeBasse, pero digamos que tampoco ésa es información particularmente relevante. Clarissa continuó hablando como si él no hubiera dicho nada. Nº Paginas 38-177
  39. 39. Nora Roberts – Demasiados secretos —Ahora mismo sus dos hijos tienen ya una vida estable, algo que, como a cualquier padre, le tranquiliza. Nunca le han dado motivos serios para preocuparse, aunque hubo un periodo en el que su hijo, cuando tenía unos veinte años, le hizo pasar malos ratos. Pero hay personas a las que les cuesta más encontrar su lugar en el mundo, ¿no es cierto? Alex ya no sonreía. Estaba mirando a Clarissa con la misma intensidad con la que ella le miraba a él. —Supongo que sí. —Usted es un hombre perfeccionista en su trabajo y en su vida privada. Eso le puso las cosas un poco difíciles a su hijo. Sentía que no estaba a la altura de sus expectativas. En realidad, no debería haberse preocupado usted tanto, pero, por supuesto, todos los padres se preocupan. Ahora que su hijo está a punto de ser padre, se siente más cerca de él. La idea de tener un nieto le complace, aunque, al mismo tiempo, le hace pensar más en el futuro, en su propia mortalidad. Pero me pregunto si hace bien en pensar en retirarse. Usted está en la flor de la vida y demasiado acostumbrado a vivir bajo presión como para conformarse con dedicarse a pescar durante horas y horas. Ahora, si… —se interrumpió bruscamente y sacudió la cabeza—. Lo siento, tiendo a divagar cuando alguien me interesa. Me temo que me estoy adentrando en un terreno demasiado personal. —En absoluto —cerró la mano lentamente—. Señora DeBasse, es usted increíble. —¡Corten! Cauldwell habría sido capaz de arrodillarse y besarle los pies a Clarissa. Alex Marshall pensando en retirarse. Era la primera noticia que se oía al respecto. —Quiero ver la grabación dentro de treinta minutos. Alex, gracias. Ha sido un comienzo magnífico. Señora DeBasse… —le abría vuelto a tomar la mano si no hubiera sido porque tenía miedo de emitir malas vibraciones—. Es usted sensacional. Estoy deseando volver a grabar con usted. Antes de que hubiera terminado de darle las gracias, A.J. ya estaba a su lado. Sabía lo que iba a suceder, lo que ocurría siempre. Algún miembro del equipo se acercaría a hablarle de algo extraño que le había ocurrido. Otro le pediría que le leyera la mano. Algunos se acercarían con sorna, otros por curiosidad, pero en menos de diez minutos, Clarissa estaría rodeada de gente. —Si ya has terminado, te llevaré a casa —comenzó a decir A.J. —Creo que eso ya lo habíamos dejado suficientemente claro —Clarissa miró despistada a su alrededor para buscar el bolso. No tenía la menor idea de dónde lo había dejado—. Estamos demasiado lejos como para que tengas que conducir hasta allí y regresar otra vez. —Forma parte de mi trabajo —le tendió el bolso, que había guardado ella durante todo el rodaje. Nº Paginas 39-177
  40. 40. Nora Roberts – Demasiados secretos —Gracias, cariño. No sé cómo me las habría arreglado sin él. Volveré en taxi. —Tenemos un chofer para ti —a David no le hizo falta mirar a A.J. para saber que estaba que echaba humo. Le bastaba con sentir su calor—. No voy a permitir que vuelvas en taxi. —Eres muy amable. —Pero no será necesario —replicó A.J. —No, claro que no —Alex se acercó a ellos y tomó a Clarissa de la mano—. Espero que la señora DeBasse me permita llevarla a su casa, después de que me conceda el honor de cenar conmigo. —Me encantaría —contestó Clarissa antes de que A.J. hubiera podido decir una sola palabra—. Espero no haberle violentado, señor Marshall. —En absoluto. De hecho, ha sido fascinante. —Es usted muy amable. Gracias por haberme acompañado, cariño —le dio un beso a A.J. en la mejilla—. Siempre me tranquiliza saber que estás cerca. Buenas noches, David. —Buenas noches, Clarissa. Alex —permaneció al lado de A.J. mientras Clarissa y Alex se alejaban del estudio con las manos entrelazadas—. Hacen una buena pareja. David no había terminado de decirlo cuando A.J. ya estaba dispuesta a atacar. Si hubiera sido posible sacar los colmillos en aquel momento, lo habría hecho. —Imbécil. Estaba ya a medio camino de la puerta cuando David la detuvo. —¿Y ahora qué te pasa? Si no lo hubiera dicho con aquella sonrisa, A.J. habría sido capaz de control arse. —Quiero ver los últimos quince minutos de grabación, Brady, y si no me gusta lo que veo, tendremos que borrarlo. —No recuerdo que el contrato dijera que tuvieras ningún derecho sobre la edición. —Pero tampoco dice nada sobre que Clarissa tenga que leerle la mano a nadie. —Desde luego. Ha sido una improvisación de Alex, pero ha funcionado bastante bien. ¿Cuál es el problema? —¡Tú también estabas viendo la grabación, maldita sea! Como necesitaba desahogare con algo, empujó con fuerza las puertas del estudio. —Sí, claro que sí —se mostró de acuerdo David y la agarró del brazo para obligarla a aminorar el paso—. Pero es evidente que no he visto lo mismo que tú. —Estaba disimulando —A.J. se pasó nerviosa una mano por el pelo—. Ha sentido algo en cuanto le ha agarrado la mano. Cuando veas la grabación, te darás Nº Paginas 40-177

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