1984

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La novela introdujo los conceptos del omnipresente y vigilante Gran Hermano o Hermano Mayor, de la notoria habitación 101, de la ubicua policía del Pensamiento y de la neolengua, adaptación del inglés en la que se reduce y se transforma el léxico con fines represivos, basándose en el siguiente principio: Lo que no está en la lengua, no puede ser pensado.

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1984

  1. 1. George Orwell1984 Ediciones P/L@
  2. 2. P/L@ - 2000 Para leer por e@mailhttp://es.egroups/group/paraleere@mail: paraleer@interlap.com.ar
  3. 3. George Orwell 1984 INDICE Biografía 4 Sinopsis 5 PRIMERA PARTE CAPITULO I 7 CAPITULO II 28 CAPITULO III 38 CAPITULO IV 48 CAPITULO V 60 CAPITULO VI 76 CAPITULO VII 83 CAPITULO VII 95 SEGUNDA PARTE CAPITULO I 118 CAPITULO II 131 CAPITULO III 141 CAPITULO IV 152 CAPITULO V 164 CAPITULO VI 175 CAPITULO VII 178 CAPITULO VIII 186 CAPITULO IX 199 CAPITULO X 242 TERCERA PARTE CAPITULO I 250 CAPITULO II 265 CAPITULO III 287 CAPITULO IV 302 CAPITULO V 311 CAPITULO VI 316Principios de Neolengua 328
  4. 4. George Orwell Seudónimo de Eric Arthur Blair (1903-1950), escritor británico política-mente comprometido que ofreció un brillante y apasionado retrato de su viday su época. Orwell nació en Motihari, India, y estudió en el Eton College deInglaterra gracias a una beca. Prestó sus servicios en la Policía Imperial Indiadestinado en Birmania, de 1922 a 1927, fecha en que regresó a Inglaterra.Enfermo y luchando por abrirse camino como escritor, vivió durante variosaños en la pobreza, primero en París y más tarde en Londres. Como resultadode esta experiencia escribió un primer libro Sin blanca en París y Londres(1933), donde relata las sórdidas condiciones de vida de las gentes sin hogar.Días en Birmania (1934), un feroz ataque contra el imperialismo, es también,en gran medida, una obra autobiográfica. Su siguiente novela, La hija del Re-verendo (1935), cuenta la historia de una solterona infeliz que encuentra demanera efímera su liberación viviendo entre los campesinos. En 1936 Orwellluchó en el ejército republicano durante la Guerra Civil española (1936-1939).El autor describe su experiencia bélica en Homenaje a Cataluña (1938), unode los relatos más conmovedores escritos sobre esta guerra y en el que se haceresponsable al Partido Comunista Español (PCE) y a la Unión Soviética de ladestrucción del anarquismo español que supuso el triunfo de la Falange. Elcamino a Wigan Pier (1937), escrita en esta misma época, es una crónicadesgarradora sobre la vida de los mineros sin trabajo en el norte de Inglaterra.Su condena de la sociedad totalitaria queda brillantemente plasmada en unaingeniosa fábula de carácter alegórico, Rebelión en la granja (1945), basadaen la traición de Stalin a la Revolución Rusa, así como en la novela satírica1984 (1949). Esta última ofrece una descripción aterradora de la vida bajo lavigilancia constante del “Gran Hermano”. Cabe citar entre otros escritos, lanovela Que vuele la aspidistra (1936) y Disparando al elefante y otros ensayos(1950), ambas consideradas modelos de prosa descriptiva, y Así fueron lasalegrías (1953), un recuerdo de sus difíciles años de estudiante. En 1968 sepublicaron en cuatro volúmenes sus Ensayos Completos: Periodismo y Car-tas. Orwell murió de tuberculosis en enero de 1950 4
  5. 5. SINOPSIS En una supuesta sociedad policial, el estadoha conseguido el control total sobre el individuo.No existe siquiera un resquicio para la intimi-dad personal: el sexo es un crimen, las emocio-nes están prohibidas, la adoración al sistema esla condición para seguir vivo. La Policía del Pen-samiento se encargará de torturar hasta la muer-te a los conspiradores, aunque para ello sea ne-cesario acusar a inocentes. Winston y Julia, apesar de ser miembros del Partido y sabiendoque el Gran Hermano les vigila, se rebelan con-tra ese poder que se ha adueñado de las con-ciencias de sus conciudadanos. El camino queseguirán se convertirá en un peligroso laberintohacia un final incierto. 5
  6. 6. George Orwell
  7. 7. 1984 PRIMERA PARTECAPITULO I Era un día luminoso y frío de abril y los relojes dabanlas trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en elpecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, sedeslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de lasCasas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidezpara evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él. El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras vie-jas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grandepara hallarse en un interior, estaba pegado a la pared.Representaba sólo un enorme rostro de más de un me-tro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarentay cinco años con un gran bigote negro y faccioneshennosas y endurecidas. Winston se dirigió hacia lasescaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. Nofuncionaba con frecuencia y en esta época la corrientese cortaba durante las horas de día. Esto era parte delas restricciones con que se preparaba la Semana delOdio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Consus treinta y nueve años y una úlcera de varices porencima del tobillo derecho, subió lentamente, descan-sando varias veces. En cada descansillo, frente a la puertadel ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba des-de el muro. Era uno de esos dibujos realizados de talmanera que los ojos le siguen a uno adondequiera queesté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las pala-bras al pie. Dentro del piso una voz llena leía una lista de núme-ros que tenían algo que ver con la producción de lingotesde hierro. La voz salía de una placa oblonga de metal,una especie de espejo empeñado, que formaba parte dela superficie de la pared situada a la derecha. Winston 7
  8. 8. George Orwellhizo funcionar su regulador y la voz disminuyó de volu-men aunque las palabras seguían distinguiéndose. Elinstrumento (llamado teidoatítalia) podía ser amortigua-do, pero no había manera de cerrarlo del todo. Winstonfue hacia la ventana: una figura pequeña y frágil cuyadelgadez resultaba realzada por el «mono» azul, unifor-me del Partido. Tenía el cabello muy rubio, una carasanguínea y la piel embastecida por un jabón malo, lasromas hojas de afeitar y el frío de un invierno que aca-baba de terminar. Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, elmundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeñostorbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían enespirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensa-mente azul, nada parecía tener color a no ser los carte-les pegados por todas partes. La cara de los bigotes ne-gros miraba desde todas las esquinas que dominaban lacirculación. En la casa de enfrente había uno de estoscartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían lasgrandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fija-mente a los de Winston. En la calle, en línea vertical conaquél, había otro cartel roto por un pico, que flameabaespasmódicamente azotado por el viento, descubriendoy cubriendo alternativamente una sola palabra: INGSOC.A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se que-daba un instante colgado en el aire y luego se lanzabaotra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policíaencargada de vigilar a la gente a través de los balcones yventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos.Lo que importaba verdaderamente era la Policía del Pen-samiento. A la espalda de Winston, la voz de la telepan-talla se-guía murmurando datos sobre el hierro y el cumplimientodel noveno Plan Trienal. La telepantalla recibía y trans-mitía simultáneamente. Cualquier sonido que hicieraWinston superior a un susurro, era captado por el apa- 8
  9. 9. 1984rato. Además, mientras permaneciera dentro del radiode visión de la placa de metal, podía ser visto a la vezque oído. Por supuesto, no había manera de saber si lecontemplaban a uno en un momento dado. Lo únicoposible era figurarse la frecuencia y el plan que emplea-ba la Policía del Pensamiento para controlar un hilo pri-vado. Incluso se concebía que los vigilaran a todos a lavez. Pero, desde luego, podían intervenir su línea de us-ted cada vez que se les antojara. Tenía usted que vivir -y en esto el hábito se convertía en un instinto- con laseguridad de que cualquier sonido emitido por usted seríaregistrado y escuchado por alguien y que, excepto en laoscuridad, todos sus movimientos serían observados. Winston se mantuvo de espaldas a la telepan-talla.Así era más seguro; aunque, como él sabía muy bien,incluso una espalda podía ser reveladora. A un kilóme-tro de distancia, el Ministerio de la Verdad, donde traba-jaba Winston, se elevaba inmenso y blanco sobre el som-brío paisaje. «Esto es Londres», pensó con una sensa-ción vaga de disgusto; Londres, principal ciudad de laFranja aérea 1, que era a su vez la tercera de las provin-cias más pobladas de Oceanía. Trató de exprimirse de lamemoria algún recuerdo infantil que le dijera si Londreshabía sido siempre así. ¿Hubo siempre estas vistas dedecrépitas casas decimonónicas, con los costados reves-tidos de madera, las ventanas tapadas con cartón, lostechos remendados con planchas de cinc acanalado ytrozos sueltos de tapias de antiguos jardines? ¿Y los lu-gares bombardeados, cuyos restos de yeso y cementorevoloteaban pulverizados en el aire, y el césped amon-tonado, y los lugares donde las bombas habían abiertoclaros de mayor extensión y habían surgido en ellos sór-didas colonias de chozas de madera que parecían galli-neros? Pero era inútil, no podía recordar: nada le que-daba de su infancia excepto una serie de cuadros bri-llantemente iluminados y sin fondo, que en su mayoría 9
  10. 10. George Orwellle resultaban ininteligibles. El Ministerio de la Verdad -que en neolengua (La len-gua oficial de Oceanía) se le llamaba el Minver- era dife-rente, hasta un extremo asombroso, de cualquier otroobjeto que se presentara a la vista. Era una enorme es-tructura piramidal de cemento armado blanco y relucien-te, que se elevaba, terraza tras terraza, a unos trescien-tos metros de altura. Desde donde Winston se hallaba,podían leerse, adheridas sobre su blanca fachada en le-tras de elegante forma, las tres consignas del Partido: LA GUERRA ES LA PAZ LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD LA IGNORANCIA ES LA FUERZA Se decía que el Ministerio de la Verdad tenía tres milhabitaciones sobre el nivel del suelo y las correspon-dientes ramificaciones en el subsuelo. En Londres sólohabía otros tres edificios del mismo aspecto y tamaño.Éstos aplastaban de tal manera la arquitectura de losalrededores que desde el techo de las Casas de la Victo-ria se podían distinguir, a la vez, los cuatro edificios. Enellos estaban instalados los cuatro Ministerios entre loscuales se dividía todo el sistema gubernamental. El Mi-nisterio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, alos espectáculos, la educación y las bellas artes. El Mi-nisterio de la Paz, para los asuntos de guerra. El Minis-terio del Amor, encargado de mantener la ley y el orden.Y el Ministerio de la Abundancia, al que correspondíanlos asuntos económicos. Sus nombres, en neolengua:Miniver, Minipax, Minimor y Minindantia. El Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía venta-nas en absoluto. Winston nunca había estado dentrodel Minimor, ni siquiera se había acercado a medio kiló-metro de él. Era imposible entrar allí a no ser por unasunto oficial y en ese caso había que pasar por un la- 10
  11. 11. 1984berinto de caminos rodeados de alambre espinoso, puer-tas de acero y ocultos nidos de ametralladoras. Inclusolas calles que conducían a sus salidas extremas, esta-ban muy vigiladas por guardias, con caras de gorila yuniformes negros, armados con porras. Winston se volvió de pronto. Había adquirido su ros-tro instantáneamente la expresión de tranquilo optimis-mo que era prudente llevar al enfrentarse con la telepan-talla. Cruzó la habitación hacia la diminuta cocina. Porhaber salido del Ministerio a esta hora tuvo que renun-ciar a almorzar en la cantina y en seguida comprobó queno le quedaban víveres en la cocina a no ser un mendru-go de pan muy oscuro que debía guardar para el desa-yuno del día siguiente. Tomó de un estante una botellade un líquido incoloro con una sencilla etiqueta que de-cía: Ginebra de la Victoria. Aquello olía a medicina, algoasí como el espíritu de arroz chino. Winston se sirvióuna tacita, se preparó los nervios para el choque, y se lotragó de un golpe como si se lo hubieran recetado. Al momento, se le volvió roja la cara y los ojos empe-zaron a llorarle. Este líquido era como ácido nítrico; ade-más, al tragarlo, se tenía la misma sensación que si ledieran a uno un golpe en la nuca con una porra de goma.Sin embargo, unos segundos después, desaparecía laincandescencia del vientre y el mundo empezaba a re-sultar más alegre. Winston sacó un cigarrillo de unacajetilla sobre la cual se leía: Cigarrillos de la Victoria, ycomo lo tenía cogido verticalmente por distracción, se levació en el suelo. Con el próximo pitillo tuvo ya cuidadoy el tabaco no se salió. Volvió al cuarto de estar y sesentó ante una mesita situada a la izquierda de latelepantalla. Del cajón sacó un portaplumas, un tinteroy un grueso libro en blanco de tamaño in-quarto, con ellomo rojo y cuyas tapas de cartón imitaban el mármol. Por alguna razón la telepantalla del cuarto de estar seencontraba en una posición insólita. En vez de hallarse 11
  12. 12. George Orwellcolocada, como era normal, en la pared del fondo, desdedonde podría dominar toda la habitación, estaba en lapared más larga, frente a la ventana. A un lado de ellahabía una alcoba que apenas tenía fondo, en la que sehabía instalado ahora Winston. Era un hueco que, alser construido el edificio, habría sido calculado segura-mente para alacena o biblioteca. Sentado en aquel hue-co y situándose lo más dentro posible, Winston podíamantenerse fuera del alcance de la telepantalla en cuantoa la visualidad, ya que no podía evitar que oyera sus rui-dos. En parte, fue la misma distribución insólita del cuar-to lo que le indujo a lo que ahora se disponía a hacer. Pero también se lo había sugerido el libro que acaba-ba de sacar del cajón. Era un libro excepcionalmentebello. Su papel, suave y cremoso, un poco amarillentopor el paso del tiempo, por lo menos hacía cuarenta añosque no se fabricaba. Sin embargo, Winston suponía queel libro tenía muchos años más. Lo había visto en elescaparate de un establecimiento de compraventa en unbarrio miserable de la ciudad (no recordaba exactamen-te en qué barrio había sido) y en el mismísimo instanteen que lo vio, sintió un irreprimible deseo de poseerlo.Los miembros del Partido no deben entrar en las tiendascorrientes (a esto se le llamaba, en tono de severa cen-sura, «traficar en el mercado libre»), pero no se acatabarigurosamente esta prohibición porque había varios ob-jetos como cordones para los zapatos y hojas de afeitar-que era imposible adquirir de otra manera. Winston,antes de entrar en la tienda, había mirado en ambasdirecciones de la calle para asegurarse de que no veníanadie y, en pocos minutos, adquirió el libro por dos dó-lares cincuenta. En aquel momento no sabía exactamentepara qué deseaba el libro. Sintiéndose culpable se lohabía llevado a su casa, guardado en su cartera de mano.Aunque estuviera en blanco, era comprometido guardaraquel libro. 12
  13. 13. 1984 Lo que ahora se disponía Winston a hacer era abrirsu Diario. Esto no se consideraba ilegal (en realidad,nada era ilegal, ya que no existían leyes), pero si lo dete-nían podía estar seguro de que lo condenarían a muer-te, o por lo menos a veinticinco años de trabajos forza-dos. Winston puso un plumín en el portaplumas y lochupó primero para quitarle la grasa. La pluma era yaun instrumento arcaico. Se usaba rarísimas veces, nisiquiera para firmar, pero él se había procurado una,furtivamente y con mucha dificultad, simplemente por-que tenía la sensación de que el bello papel cremosomerecía una pluma de verdad en vez de ser rascado conun lápiz tinta. Pero lo malo era que no estaba acostum-brado a escribir a mano. Aparte de las notas muy bre-ves, lo corriente era dictárselo todo al hablescribe, total-mente inadecuado para las circunstancias actuales. Mojóla pluma en la tinta y luego dudó unos instantes. En losintestinos se le había producido un ruido que podía de-latarle. El acto trascendental, decisivo, era marcar elpapel. En una letra pequeña e inhábil escribió: 4 de abril de 1984 Se echó hacia atrás en la silla. Estaba absolutamentedesconcertado. Lo primero que no sabía con certeza erasi aquel era, de verdad, el año 1984. Desde luego, lafecha había de ser aquélla muy aproximadamente, puestoque él había nacido en 1944 o 1945, según creía; pero,«¡cualquiera va a saber hoy en qué año vive!», se decíaWinston. Y se le ocurrió de pronto preguntarse: ¿Para qué esta-ba escribiendo él este diario? Para el futuro, para losque aún no habían nacido. Su mente se posó duranteunos momentos en la fecha que había escrito a la cabe-cera y luego se le presentó, sobresaltándose terriblemen-te, la palabra neolingüística doblepensar. Por primera 13
  14. 14. George Orwellvez comprendió la magnitud de lo que se proponía ha-cer. ¿Cómo iba a comunicar con el futuro? Esto era im-posible por su misma naturaleza. Una de dos: o el futu-ro se parecía al presente y entonces no le haría ningúncaso, o sería una cosa distinta y, en tal caso, lo que éldijera carecería de todo sentido para ese futuro. Durante algún tiempo permaneció contemplando es-túpidamente el papel. La telepantalla transmitía ahoraestridente música militar. Es curioso: Winston no sóloparecía haber perdido la facultad de expresarse, sinohaber olvidado de qué iba a ocuparse. Por espacio devarias semanas se había estado preparando para estemomento y no se le había ocurrido pensar que para rea-lizar esa tarea se necesitara algo más que atrevimiento.El hecho mismo de expresarse por escrito, creía él, lesería muy fácil. Sólo tenía que trasladar al papel el in-terminable e inquieto monólogo que desde hacia mu-chos años venía corriéndose por la cabeza. Sin embar-go, en este momento hasta el monólogo se le había seca-do. Además, sus varices habían empezado a escocerleinsoportablemente. No se atrevía a rascarse porque siem-pre que lo hacía se le inflamaba aquello. Transcurríanlos segundos y él sólo tenía conciencia de la blancuradel papel ante sus ojos, el absoluto vacío de esta blan-cura, el escozor de la piel sobre el tobillo, el estruendode la música militar, y una leve sensación de atonta-miento producido por la ginebra. De repente, empezó a escribir con gran rapidez, comosi lo impulsara el pánico, dándose apenas cuenta de loque escribía. Con su letrita infantil iba trazando líneastorcidas y si primero empezó a «comerse» las mayúscu-las, luego suprimió incluso los puntos: 4 de abril de 1984. Anoche estuve en los flicks. Todaslas películas eras de guerra Había una muy buena de subarrio lleno de refugiados que lo bombardeaban no sédónde del Mediterráneo. Al público lo divirtieron mucho 14
  15. 15. 1984los planos de un hombre muy muy gordo que intentabaescaparse nadando de un helicóptero que lo perseguía,primero se le veía en el agua chapoteando como una tor-tuga, luego lo veías por los visores de las ametralladorasdel helicóptero, luego se veía cómo lo iban agujereando atiros y el agua a su alrededor que se ponía toda roja y elgordo se hundía como si el agua le entrara por los aguje-ros que le habían hecho las balas. La gente se moría derisa cuando el gordo se iba hundiendo en el agua, y tam-bién una lancha salvavidas llena de niños con un heli-cóptero que venía dando vueltas y más vueltas había unamujer de edad madura que bien podía ser una judía yestaba sentada la proa con un niño en los brazos quequizás tuviera unos tres años, el niño chillaba con muchopánico, metía la cabeza entre los pechos de la mujer yparecía que se quería esconder así y la mujer lo rodeabacon los brazos y lo consolaba como si ella no estuviesetambién aterrada y como sí por tenerlo así en los brazosfuera a evitar que le mataran al niño las balas. Entoncesva el helicóptero y tira una bomba de veinte kilos sobre elbarco y no queda ni una astilla de él, que fue una explo-sión pero que magnífica, y luego salía su primer planomaravilloso del brazo del niño subiendo por el aire yo creoque un helicóptero con su cámara debe haberlo seguidoasí por el aire y la gente aplaudió muchísimo pero unamujer que estaba entro los proletarios empezó a armarun escándalo terrible chillando que no debían echar eso,no debían echarlo delante de los críos, que no debían,hasta que la policía la sacó de allí a rastras no creo que lepasara nada, a nadie le importa lo que dicen los proleta-rios, la reacción típica de los proletarios y no se hace casonunca... Winston dejó de escribir, en parte debido a que le da-ban calambres. No sabía por qué había soltado esta sar-ta de incongruencias. Pero lo curioso era que mientraslo hacía se le había aclarado otra faceta de su memoria 15
  16. 16. George Orwellhasta el punto de que ya se creía en condiciones de es-cribir lo que realmente había querido poner en su libro.Ahora se daba cuenta de que si había querido venir acasa a empezar su diario precisamente hoy era a causade este otro incidente. Había ocurrido aquella misma mañana en el Ministe-rio, si es que algo de tal vaguedad podía haber ocurrido. Cerca de las once y ciento en el Departamento de Re-gistro, donde trabajaba Winston, sacaban las sillas delas cabinas y las agrupaban en el centro del vestíbulo,frente a la gran telepantalia, preparándose para los DosMinutos de Odio. Winston acababa de sentarse en susitio, en una de las filas de en medio, cuando entrarondos personas a quienes él conocía de vista, pero a lascuales nunca había hablado. Una de estas personas erauna muchacha con la que se había encontrado frecuen-temente en los pasillos. No sabía su nombre. pero sí quetrabajaba en el Departamento de Novela. Probablemen-te -ya que la había visto algunas veces con las manosgrasientas y llevando paquetes de composición de im-prenta- tendría alguna labor mecánica en una de lasmáquinas de escribir novelas. Era una joven de aspectoaudaz, de unos veintisiete años, con espeso cabello ne-gro, cara pecosa y movimientos rápidos y atléticos. Lle-vaba el «mono» cedido por una estrecha faja roja que ledaba varias veces la vuelta a la cintura realzando así laatractiva forma de sus caderas; y ese cinturón era elemblema de la Liga juvenil AntiSex. A Winston le produ-jo una sensación desagradable desde el primer momen-to en que la vio. Y sabía la razón de este mal efecto: laatmósfera de los campos de hockey y duchas frías, deexcursiones colectivas y el aire general de higiene men-tal que trascendía de ella. En realidad, a Winston lemolestaban casi todas las mujeres y especialmente lasjóvenes y bonitas porque eran siempre las mujeres, ysobre todo las jóvenes, lo más fanático del Partido, las 16
  17. 17. 1984que se tragaban todos los slogans de propaganda y abun-daban entre ellas las espías aficionadas y las que mos-traban demasiada curiosidad por lo heterodoxo de losdemás. Pero esta muchacha determinada le había dadola impresión de ser más peligrosa que la mayoría. Unavez que se cruzaron en el corredor, la joven le dirigióuna rápida mirada oblicua que por unos momentos dejóaterrado a Winston. Incluso se le había ocurrido quepodía ser una agente de la Policía del Pensamiento. Noera, desde luego, muy probable. Sin embargo, Winstonsiguió sintiendo una intranquilidad muy especial cadavez que la muchacha se hallaba cerca de él, una mezclade miedo y hostilidad. La otra persona era un hombrellamado O’Brien, miembro del Partido Interior y titularde un cargo tan remoto e importante, que Winston teníauna idea muy confusa de qué se trataba. Un rápidomurmullo pasó por el grupo ya instalado en las sillascuando vieron acercarse el «mono» negro de un miembrodel Partido Interior. O’Brien era un hombre corpulentocon un ancho cuello y un rostro basto, brutal, y sinembargo rebosante de buen humor. A pesar de su for-midable aspecto, sus modales eran bastante agradables.Solía ajustarse las gafas con un gesto que tranquilizabaa sus interlocutores, un gesto que tenía algo de civiliza-do, y esto era sorprendente tratándose de algo tan leve.Ese gesto -si alguien hubiera sido capaz de pensar asítodavía- podía haber recordado a un aristócrata del si-glo XVI ofreciendo rapé en su cajita. Winston había vistoa O’Brien quizás sólo una docena de veces en otros tan-tos años. Sentíase fuertemente atraído por él y no sóloporque le intrigaba el contraste entre los delicados mo-dales de O’Brien y su aspecto de campeón de lucha li-bre, sino mucho más por una convicción secreta quequizás ni siquiera fuera una convicción, sino sólo unaesperanza- de que la ortodoxia política de O’Brien no eraperfecta. Algo había en su cara que le impulsaba a uno a 17
  18. 18. George Orwellsospecharlo irresistiblemente. Y quizás no fuera ni si-quiera heterodoxia lo que estaba escrito en su rostro,sino, sencillamente, inteligencia. Pero de todos modossu aspecto era el de una persona a la cual se le podríahablar si, de algún modo, se pudiera eludir la telepan-talla y llevarlo aparte. Winston no había hecho nunca elmenor esfuerzo para comprobar su sospecha y es que,en verdad, no había manera de hacerlo. En este mo-mento, O’Brien miró su reloj de pulsera y, al ver queeran las once y ciento, seguramente decidió quedarse enel Departamento de Registro hasta que pasaran los DosMinutos de Odio. Tomó asiento en la misma fila queWinston, separado de él por dos sillas., Una mujer baji-ta y de cabello color arena, que trabajaba en la cabinavecina a la de Winston, se instaló entre ellos. La mucha-cha del cabello negro se sentó detrás de Winston. Un momento después se oyó un espantoso chirrido,como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruidoque procedía de la gran telepantalla situada al fondo dela habitación. Era un ruido que le hacía rechinar a unolos dientes y que ponía los pelos de punta. Había empe-zado el Odio. Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostrode Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Delpúblico salieron aquí y allá fuertes silbidos. La mujeru-ca del pelo arenoso dio un chillido mezcla de miedo yasco. Goldstein era el renegado que desde hacía muchotiempo (nadie podía recordar cuánto) había sido una delas figuras principales del Partido, casi con la mismaimportancia que el Gran Hermano, y luego se había de-dicado a actividades contrarrevolucionarias, había sidocondenado a muerte y se había escapado misteriosa-mente, desapareciendo para siempre. Los programas delos Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en nin-guno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista.Era el traidor por excelencia, el que antes y más que 18
  19. 19. 1984nadie había manchado la pureza del Partido. Todos lossubsiguientes crímenes contra el Partido, todos los ac-tos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones detoda clase procedían directamente de sus enseñanzas.En cierto modo, seguía vivo y conspirando. Quizás se encontrara en algún lugar enemigo, a suel-do de sus amos extranjeros, e incluso era posible que,como se rumoreaba alguna vez, estuviera escondido enalgún sitio de la propia Oceanía. El diafragma de Winston se encogió. Nunca podía verla cara de Goldstein sin experimentar una penosa mez-cla de emociones. Era un rostro judío, delgado, con unaaureola de pelo blanco y una barbita de chivo: una carainteligente que tenía sin embargo, algo de despreciable yuna especie de tontería senil que le prestaba su larganariz, a cuyo extremo se sostenían en difícil equilibriounas gafas. Parecía el rostro de una oveja y su mismavoz tenía algo de ovejuna. Goldstein pronunciaba suhabitual discurso en el que atacaba venenosamente lasdoctrinas del Partido; un ataque tan exagerado y perver-so que hasta un niño podía darse cuenta de que susacusaciones no se tenían de pie, y sin embargo, lo bas-tante plausible para que pudiera uno alarmarse y nofueran a dejarse influir por insidias algunas personasignorantes. Insultaba al Gran Hermano, acusaba al Par-tido de ejercer una dictadura y pedía que se firmara in-mediatamente la paz con Eurasia. Abogaba por la liber-tad de palabra, la libertad de Prensa, la libertad de re-unión y la libertad de pensamiento, gritando histérica-mente que la revolución había sido traicionada. Y todoesto a una rapidez asombrosa que era una especie deparodia del estilo habitual de los oradores del Partido eincluso utilizando palabras de neolengua, quizás con máspalabras neolin-güísticas de las que solían emplear losmiembros del Partido en la vida corriente. Y mientrasgritaba, por detrás de él desfilaban interminables co- 19
  20. 20. George Orwelllumnas del ejército de Eurasia, para que nadie interpre-tase como simple palabrería la oculta maldad de las fra-ses de Goldstein. Aparecían en la pantalla filas y másfilas de forzudos soldados, con impasibles rostros asiá-ticos; se acercaban a primer término y desaparecían. Elsordo y rítmico clap-clap de las botas militares formabael contrapunto de la hiriente voz de Goldstein. Antes de que el Odio hubiera durado treinta segun-dos, la mitad de los espectadores lanzaban inconteniblesexclamaciones de rabia. La satisfecha y ovejuna faz delenemigo y el terrorífico poder del ejército que desfilaba asus espaldas, era demasiado para que nadie pudiera re-sistirlo indiferente. Además, sólo con ver a Goldstein opensar en él surgían el miedo y la ira automáticamente.Era él un objeto de odio más constante que Eurasia oque Asia Oriental, ya que cuando Oceanía estaba enguerra con alguna de estas potencias, solía hallarse enpaz con la otra. Pero lo extraño era que, a pesar de serGoldstein el blanco de todos los odios y de que todos lodespreciaran, a pesar de que apenas pasaba día -y cadadía ocurría esto mil veces- sin que sus teorías fueranrefutadas, aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla,en las tribunas públicas, en los periódicos y en los li-bros... a pesar de todo ello, su influencia no parecía dis-minuir. Siempre había nuevos incautos dispuestos adejarse engañar por él. No pasaba ni un solo día sin queespías y saboteadores que trabajaban siguiendo sus ins-trucciones fueran atrapados por la Policía del Pensamien-to. Era el jefe supremo de un inmenso ejército que ac-tuaba en la sombra, una subterránea red de conspira-dores que se proponían derribar al Estado. Se suponíaque esa organización se llamaba la Hermandad. Y tam-bién se rumoreaba que existía un libro terrible, compen-dio de todas las herejías, del cual era autor Goldstein yque circulaba clandestinamente. Era un libro sin título.La gente se refería a él llamándole sencillamente el libro. 20
  21. 21. 1984Pero de estas cosas sólo era posible enterarse por vagosrumores. Los miembros corrientes del Partido no habla-ban jamás de la Hermandad ni del libro si tenían mane-ra de evitarlo. En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Losespectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratandode apagar con sus gritos la perforante voz que salía de lapantalla. La mujer del cabello color arena se había puestoal rojo vivo y abría y cerraba la boca como un pez al queacaban de dejar en tierra. Incluso O’Brien tenía la caracongestionada. Estaba sentado muy rígido y respirabacon su poderoso pecho como si estuviera resistiendo lapresión de una gigantesca ola. La joven sentada exacta-mente detrás de Winston, aquella morena, había empe-zado a gritar: «¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Cerdo!», y, de pronto, co-giendo un pesado diccionario de neolengua, lo arrojó ala pantalla. El diccionario le dio a Goldstein en la nariz yrebotó. Pero la voz continuó inexorable. En un momentode lucidez descubrió Winston que estaba chillandohistéri-camente como los demás y dando fuertes pata-das con los talones contra los palos de su propia silla.Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el quecada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, alcontrario, que era absolutamente imposible evitar laparticipación porque era uno arrastrado irremisiblemen-te. A los treinta segundos no hacía falta fingir. Un éxta-sis de miedo y venganza, un deseo de matar, de tortu-rar, de aplastar rostros con un martillo, parecían reco-rrer a todos los presentes como una corriente eléctricaconvirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en unloco gesticulador y vociferante. Y sin embargo, la rabiaque se sentía era una emoción abstracta e indirecta quepodía aplicarse a uno u otro objeto como la llama de unalámpara de soldadura autógena. Así, en un momentodeterminado, el odio de Winston no se dirigía contraGoldstein, sino contra el propio Gran Hermano, contra 21
  22. 22. George Orwellel Partido y contra la Policía del Pensamiento; y enton-ces su corazón estaba de parte del solitario e insultadohereje de la pantalla, único guardián de la verdad y lacordura en un mundo de mentiras. Pero al instante si-guiente, se hallaba identificado por completo con la gen-te que le rodeaba y le parecía verdad todo lo que decíande Goldstein. Entonces, su odio contra el Gran Herma-no se transformaba en adoración, y el Gran Hermano seelevaba como una invencible torre, como una valienteroca capaz de resistir los ataques de las hordas asiáti-cas, y Goldstein, a pesar de su aislamiento, de su des-amparo y de la duda que flotaba sobre su existenciamisma, aparecía como un siniestro brujo capaz de aca-bar con la civilización entera tan sólo con el poder de suvoz. Incluso era posible, en ciertos momentos, desviar elodio en una u otra dirección mediante un esfuerzo devoluntad. De pronto, por un esfuerzo semejante al quenos permite separar de la almohada la cabeza para huirde una pesadilla, Winston conseguía trasladar su odio ala muchacha que se encontraba detrás de él. Por sumente pasaban, como ráfagas, bellas y deslumbrantesalucinaciones. Le daría latigazos con una porra de gomahasta matarla. La ataría desnuda en un piquete y la atra-vesaría con flechas como a san Sebastián. La violaría yen el momento del clímax le cortaría la garganta. Sinembargo se dio cuenta mejor que antes de por qué laodiaba. La odiaba porque era joven y bonita y asexuada;porque quería irse a la cama con ella y no lo haría nun-ca; porque alrededor de su dulce y cimbreante cintura,que parecía pedir que la rodearan con el brazo, no habíamás que la odiosa banda roja, agresivo símbolo de casti-dad. El odio alcanzó su punto de máxima exaltación. Lavoz de Goldstein se había convertido en un auténticobalido ovejuno. Y su rostro, que había llegado a ser el de 22
  23. 23. 1984una oveja, se transformó en la cara de un soldado deEurasia, el cual parecía avanzar, enorme y terrible, so-bre los espectadores disparando atronadoramente su fu-sil ametralladora. Enteramente parecía salirse de la pan-talla, hasta tal punto que muchos de los presentes seechaban hacia atrás en sus asientos. Pero en el mismoinstante, produciendo con ello un hondo suspiro de ali-vio en todos, la amenazadora figura se fundía para quesurgiera en su lugar el rostro del Gran Hermano, con sunegra cabellera y sus grandes bigotes negros, un rostrorebosante de poder y de misteriosa calma y tan grandeque llenaba casi la pantalla. Nadie oía lo que el grancamarada estaba diciendo. Eran sólo unas cuantas pa-labras para animarlos, esas palabras que suelen decirsea las tropas en cualquier batalla, y que no es precisoentenderlas una por una, sino que infunden confianzapor el simple hecho de ser pronunciadas. Entonces, des-apareció a su vez la monumental cara del Gran Herma-no y en su lugar aparecieron los tres slogans del Partidoen grandes letras: LA GUERRA ES LA PAZ LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD LA IGNORANCIA ES LA FUERZA Pero daba la impresión de un fenómeno óptico psico-lógico de que el rostro del Gran Hermano persistía en lapantalla durante algunos segundos, como si el «impac-to» que había producido en las retinas de los espectado-res fuera demasiado intenso para borrarse inmediata-mente. La mujeruca del cabello color arena se lanzó ha-cia delante, agarrándose a la silla de la fila anterior yluego, con un trémulo murmullo que sonaba algo asícomo «¡Mi salvador!», extendió los brazos hacia la panta-lla. Después ocultó la cara entre sus manos. Sin duda,estaba rezando a su manera. 23
  24. 24. George Orwell Entonces, todo el grupo prorrumpió en un canto rít-mico, lento y profundo: «¡Ge-Hache. Ge-Hache... Ge-Hache!», dejando una gran pausa entre la G y la H. Eraun canto monótono y salvaje en cuyo fondo parecíanoírse pisadas de pies desnudos y el batir de los tam-tam.Este canturreo duró unos treinta segundos. Era un es-tribillo que surgía en todas las ocasiones de gran emo-ción colectiva. En parte, era una especie de himno a lasabiduría y majestad del Gran Hermano; pero, más aún,constituía aquello un procedimiento de autohipnosis, unmodo deliberado de ahogar la conciencia mediante unruido rítmico. A Winston parecían enfriársele las entra-ñas. En los Dos Minutos de Odio, no podía evitar que laoleada emotiva le arrastrase, pero este infrahumano can-turreo «iG-H... G-H ... G-H!» siempre le llenaba de ho-rror. Desde luego, se unía al coro; esto era obligatorio.Controlar los verdaderos sentimientos y hacer lo mismoque hicieran los demás era una reacción natural. Perodurante un par de segundos, sus ojos podían haberíodelatado. Y fue precisamente en esos instantes cuandoocurrió aquello que a él le había parecido significativo...si es que había ocurrido. Momentáneamente, sorprendió la mirada de O’Brien.Éste se había levantado; se había quitado las gafas vol-viéndoselas a colocar con su delicado y característicogesto. Pero durante una fracción de segundo, se encon-traron sus ojos con los de Winston y éste supo -sí, losupo- que O’Brien pensaba lo mismo que él. Un incon-fundible mensaje se había cruzado entre ellos. Era comosi sus dos mentes se hubieran abierto y los pensamien-tos hubieran volado de la una a la otra a través de losojos. «Estoy contigo», parecía estarle diciendo O’Brien.«Sé en qué estás pensando. Conozco tu asco, tu odio, tudisgusto. Pero no te preocupes; ¡estoy contigo!» Y luegola fugacísima comunicación se había interrumpido y laexpresión de O’Brien volvió a ser tan inescrutable como 24
  25. 25. 1984la de todos los demás. Esto fue todo y ya no estaba seguro de si había suce-dido efectivamente. Tales incidentes nunca tenían con-secuencias para Winston. Lo único que hacían era man-tener viva en él la creencia o la esperanza de que otros,además de él, eran enemigos del Partido. Quizás, des-pués de todo, resultaran ciertos los rumores de exten-sas conspiraciones subterráneas; quizás existiera deverdad la Hermandad. Era imposible, a pesar de los con-tinuos arrestos y las constantes confesiones y ejecucio-nes, estar seguro de que la Hermandad no era sencilla-mente un mito. Algunos días lo creía Winston; otros, no.No había pruebas, sólo destellos que podían significaralgo o no significar nada: retazos de conversaciones oí-das al pasar, algunas palabras garrapateadas en lasparedes de los lavabos, y, alguna vez, al encontrarse dosdesconocidos, ciertos movimientos de las manos quepodían parecer señales de reconocimiento. Pero todo elloeran suposiciones que podían resultar totalmente fal-sas. Winston había vuelto a su cubículo sin mirar otravez a O’Brien. Apenas cruzó por su mente la idea decontinuar este momentáneo contacto. Hubiera sido ex-tremadamente peligroso incluso si hubiera sabido él cómoentablar esa relación. Durante uno o dos segundos, sehabía cruzado entre ellos una mirada equívoca, y esoera todo. Pero incluso así, se trataba de un aconteci-miento memorable en el aislamiento casi hermético enque uno tenía que vivir. Winston se sacudió de encima estos pensamientos ytomó una posición más erguida en su silla. Se le escapóun eructo. La ginebra estaba haciendo su efecto. Volvieron a fijarse sus ojos en la página. Descubrióentonces que durante todo el tiempo en que había esta-do recordando, no había dejado de escribir como poruna acción automática. Y ya no era la inhábil escrituraretorcida de antes. Su pluma se había deslizado 25
  26. 26. George Orwellvoluptuosamente sobre el suave papel, imprimiendo enclaras y grandes mayúsculas lo siguiente: ABAJO EL GRAN HERMANO ABAJO EL GRAN HERMANO ABAJO EL GRAN HERMANO ABAJO EL GRAN HERMANO ABAJO EL GRAN HERMANO Una vez y otra, hasta llenar media página. No pudo evitar un escalofrío de pánico. Era absurdo,ya que escribir aquellas palabras no era más peligrosoque el acto inicial de abrir un diario; pero, por un ins-tante, estuvo tentado de romper las páginas ya escritasy abandonar su propósito. Sin embargo, no lo hizo, porque sabía que era inútil.El hecho de escribir ABAJO EL GRAN HERMANO o noescribirlo, era completamente igual. Seguir con el diarioo renunciar a escribirlo, venía a ser lo mismo. La Policíadel Pensamiento lo descubriría de todas maneras.Winston había cometido -seguiría habiendo cometidoaunque no hubiera llegado a posar la pluma sobre elpapel- el crimen esencial que contenía en sí todos losdemás. El crimental (crimen mental), como lo llamaban.El crimental no podía ocultarse durante mucho tiempo.En ocasiones, se podía llegar a tenerlo oculto años ente-ros, pero antes o después lo descubrían a uno. Las detenciones ocurrían invariablemente por la no-che. Se despertaba uno sobresaltado porque una manole sacudía a uno el hombro, una linterna le enfocaba losojos y un círculo de sombríos rostros aparecía en tornoal lecho. En la mayoría de los casos no había procesoalguno ni se daba cuenta oficialmente de la detención.La gente desaparecía sencillamente y siempre durantela noche. El nombre del individuo en cuestión desapare-cía de los registros, se borraba de todas partes toda refe- 26
  27. 27. 1984rencia a lo que hubiera hecho y su paso por la vida que-daba totalmente anulado como si jamás hubiera existi-do. Para esto se empleaba la palabra vaporizado. Winston sintió una especie de histeria al pensar enestas cosas. Empezó a escribir rápidamente y con muymala letra: me matarán no me importa me matarán me dispara-rán en la nuca me da lo mismo abajo el gran hermanosiempre lo matan a uno por la nuca no me importa abajoel gran hermano... Se echó hacia atrás en la silla, un poco avergonzadode sí mismo, y dejó la pluma sobre la mesa. De repente,se sobresaltó espantosamente. Habían llamado a la puer-ta. ¡Tan pronto! Siguió sentado inmóvil, como un ratónasustado, con la tonta esperanza de que quien fuese semarchara al ver que no le abrían. Pero no, la llamada serepitió. Lo peor que podía hacer Winston era tardar enabrir. Le redoblaba el corazón como un tambor, pero esmuy probable que sus facciones, a fuerza de la costum-bre, resultaran inexpresivas. Levantóse y se acercó pe-sadamente a la puerta. 27
  28. 28. George OrwellCAPITULO II Al poner la mano en el pestillo recordó Winston quehabía dejado el Diario abierto sobre la mesa. En aquellapágina se podía leer desde lejos el ABAJO EL GRANHERMANO repetido en toda ella con letras grandísimas.Pero Winston sabía que incluso en su pánico no habíaquerido estropear el cremoso papel cerrando el libromientras la tinta no se hubiera secado. Contuvo la respiración y abrió la puerta. Instantánea-mente, le invadió una sensación de alivio. Una mujerinsignificante, avejentada, con el cabello revuelto y lacara llena de arrugas, estaba a su lado. -¡Oh, camarada! empezó a decir la mujer en una vozlúgubre y quejumbrosa—, te sentí llegar y he venido porsi puedes echarle un ojo al desagüe del fregadero. Senos ha atascado... Era la señora Parsons, esposa de un vecino del mis-mo piso (señora era una palabra desterrada por el Parti-do, ya que había que llamar a todos camaradas, perocon algunas mujeres se usaba todavía instintivamente).Era una mujer de unos treinta años, pero aparentabamucha más edad. Se tenía la impresión de que habíapolvo reseco en las arrugas de su cara. Winston la si-guió por el pasillo. Estas reparaciones de aficionado cons-tituían un fastidio casi diario. Las Casas de la Victoriaeran unos antiguos pisos construidos hacia 1930 aproxi-madamente y se hallaban en estado ruinoso. Caían cons-tantemente trozos de yeso del techo y de la pared, lastuberías se estropeaban con cada helada, había innu-merables goteras y la calefacción funcionaba sólo a me-dias cuando funcionaba, porque casi siempre la cerra-ban por economía. Las reparaciones, excepto las quepodía hacer uno por sí mismo, tenían que ser autoriza-das por remotos comités que solían retrasar dos años 28
  29. 29. 1984incluso la compostura de un cristal roto. -Si le he molestado es porque Tom no está en casa -dijo la señora Parsons vagamente. El piso de los Parsons era mayor que el de Winston ymucho más descuidado. Todo parecía roto y daba laimpresión de que allí acababa de agitarse un enorme yviolento animal. Por el suelo estaban tirados diversosartículos para deportes patines de hockey, guantes deboxeo, un balón de reglamento, unos pantalones vuel-tos del revés y sobre la mesa había un montón de platossucios y cuadernos escolares muy usados. En las pare-des, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los Espíasy un gran cartel con el retrato de tamaño natural delGran Hermano. Por supuesto, se percibía el habitual olora verduras cocidas que era el dominante en todo el edi-ficio, pero en este piso era más fuerte el olor a sudor,que se notaba desde el primer momento, aunque no al-canzaba uno a decir por qué era el sudor de una mujerque no se hallaba presente entonces. En otra habita-ción, alguien con un peine y un trozo de papel higiénicotrataba de acompañar a la música militar que brotabatodavía de la telepantalla. -Son los niños dijo la señora Parsons, lanzando unamirada aprensiva hacia la puerta-. Hoy no han salido.Y, desde luego... Aquella mujer tenía la costumbre de interrumpir susfrases por la mitad. El fregadero de la cocina estaba lle-no casi hasta el borde con agua sucia y verdosa que olíaaún peor que la verdura. Winston se arrodilló y examinóel ángulo de la tubería de desagüe donde estaba el torni-llo. Le molestaba emplear sus manos y también tenerque arrodillarse, porque esa postura le hacía toser. Laseñora Parsons lo miró desanimada: -Naturalmente, si Tom estuviera en casa lo arreglaríaen un momento. Le gustan esas cosas. Es muy hábil encosas manuales. Sí, Tom es muy... 29
  30. 30. George Orwell Parsons era el compañero de oficina de Winston en elMinisterio de la Verdad. Era un hombre muy grueso,pero activo y de una estupidez asombrosa, una masa deentusiasmos imbéciles, uno de esos idiotas de los cua-les, todavía más que de la Policía del Pensamiento, de-pendía la estabilidad del Partido. A sus treinta y cincoaños acababa de salir de la Liga juvenil, y antes de seradmitido en esa organización había conseguido perma-necer en la de los Espías un año más de lo reglamenta-rio. En el Ministerio estaba empleado en un puesto su-bordinado para el que no se requería inteligencia algu-na, pero, por otra parte, era una figura sobresaliente delComité deportivo y de todos los demás comités dedica-dos a organizar excursiones colectivas, manifestacionesespontáneas, las campañas pro ahorro y en general to-das las actividades «voluntarias». Informaba a quien qui-siera oírle, con tranquilo orgullo y entre chupadas a supipa, que no había dejado de acudir ni un solo día alCentro de la Comunidad durante los cuatro años pasa-dos. Un fortísimo olor a sudor, una especie de testimo-nio inconsciente de su continua actividad y energía, leseguía a donde quiera que iba, y quedaba tras él cuandose hallaba lejos. -¿Tiene usted un destornillador? dijo Winston tocan-do el tapón del desagüe. -Un destornillador dijo la señora Parsons, inmovilizán-dose inmediatamente-. Pues, no sé. Es posible que losniños... En la habitación de al lado se oían fuertes pisadas ymás trompetazos con el peine. La señora Parsons trajoel destornillador. Winston dejó salir el agua y quitó conasco el pegote de cabello que había atrancado el tubo.Se limpió los dedos lo mejor que pudo en el agua fría delgrifo y volvió a la otra habitación. -¡Arriba las manos! chilló una voz salvaje. Un chico, guapo y de aspecto rudo, que parecía tener 30
  31. 31. 1984unos nueve años, había surgido por detrás de la mesa yamenazaba a Winston con una pistola automática dejuguete mientras que su hermanita, de unos dos añosmenos, hacía el mismo ademán con un pedazo de made-ra. Ambos iban vestidos con pantalones cortos azules,camisas grises y pañuelo rojo al cuello. Éste era el uni-forme de los Espías. Winston levantó las manos, pero apesar de la broma sentía cierta inquietud por el gestodel maldad que veía en el niño. -¡Eres un traidor! grito el chico-. ¡Eres un criminalmentall ¡Eres un espía de Eurasia! ¡Te mataré, te vapo-rizaré; te mandaré a las minas de sal. De pronto, tanto el niño como la niña empezaron asaltar en torno a él gritando: «¡Traidor!» «¡Criminal men-tal!», imitando la niña todos los movimientos de su her-mano. Aquello producía un poco de miedo, algo así comolos juegos de los cachorros de los tigres cuando pensa-mos que pronto se convertirán en devoradores de hom-bres. Había una especie de ferocidad calculadora en lamirada del pequeño, un deseo evidente de darle un buengolpe a Winston, de hacerle daño de alguna manera, unaconvicción de ser va casi lo suficientemente hombre parahacerlo. «¡Qué suerte que el niño no tenga en la manomás que una pistola de juguete!», pensó Winston. La mirada de la señora Parsons iba nerviosamente delos niños a Winston y de éste a los niños. Como en aque-lla habitación había mejor luz, pudo notar Winston queen las arrugas de la mujer había efectivamente polvo. -Hacen tanto ruido... Dijo ella—. Están disgustadosporque no pueden ir a ver ahorcar a esos. Estoy segurade que por eso revuelven tanto. Yo no puedo llevarlos;tengo demasiado quehacer. Y Tom no volverá de su tra-bajo a tiempo. -¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan? Gri-tó el pequeño con su tremenda voz, impropia de su edad. -¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos colgar! - 31
  32. 32. George Orwellcanturreaba la chiquilla mientras saltaba. Varios prisioneros eurasiáticos, culpables de críme-nes de guerra, serían ahorcados en el parque aquellatarde, recordó Winston. Esto solía ocurrir una vez al mesy constituía un espectáculo popular. A los niños siem-pre les hacía gran ilusión asistir a él. Winston se despi-dió de la señora Parsons y se dirigió hacia la puerta.Pero apenas había bajado seis escalones cuando algo ledio en el cuello por detrás produciéndole un terrible do-lor. Era como si le hubieran aplicado un alambre incan-descente. Se volvió a tiempo de ver cómo retiraba la se-ñora Parsons a su hijo del descansillo. El chico se guar-daba un tirachinas en el bolsillo. -¡Goldstein! Gritó el pequeño antes de que la madrecerrara la puerta, pero lo que más asustó a Winston fuela mirada de terror y desamparo de la señora Parsons. De nuevo en su piso, cruzó rápidamente por delantede la telepantalla y volvió a sentarse ante la mesita sindejar de pasarse la mano por su dolorido cuello. La mú-sica de la telepantalla se había detenido. Una voz militarestaba leyendo, con una especie de brutal complacen-cia, una descripción de los armamentos de la nueva for-taleza flotante que acababa de ser anclada entre Islan-dia y las islas Feroe. Con aquellos niños, pensó Winston, la desgraciadamujer debía de llevar una vida terrorífica. Dentro de unoo dos años sus propios hijos podían descubrir en ellaalgún indicio de herejía. Casi todos los niños de enton-ces eran horribles. Lo peor de todo era que esas organi-zaciones, como la de los Espías, los convertíansistemáticamente en pequeños salvajes ingober-nables,y, sin embargo, este salvajismo no les impulsaba a rebe-larse contra la disciplina del Partido. Por el contrario,adoraban al Partido y a todo lo que se relacionaba conél. Las canciones, los desfiles, las pancartas, las excur-siones colectivas, la instrucción militar infantil con fusi- 32
  33. 33. 1984les de juguete, los slogans gritados por doquier, la ado-ración del Gran Hermano... todo ello era para los niñosun estupendo juego. Toda su ferocidad revertía haciafuera, contra los enemigos del Estado, contra los extran-jeros, los traidores, saboteadores y criminales del pen-samiento. Era casi normal que personas de más de treintaaños les tuvieran un miedo visceral a sus hijos. Y conrazón, pues apenas pasaba una semana sin que el Ti-mes publicara unas líneas describiendo cómo algunaviborilla -la denominación oficial era «heroico niño» ha-bía denunciado a sus padres a la Policía del Pensamien-to contándole a ésta lo que había oído en casa. La molestia causada por el proyectil del tirachinas sele había pasado. Winston volvió a coger la pluma pre-guntándose si no tendría algo más que escribir. De pron-to, empezó a pensar de nuevo en O’Brien. Años atrás -cuánto tiempo hacía, quizás siete años-había soñado Winston que paseaba por una habitaciónoscura... Alguien sentado a su lado le había dicho alpasar él: «Nos encontraremos en el lugar donde no hayoscuridad». Se lo había dicho con toda calma, de unamanera casual, más como una afirmación cualquieraque como una orden. Él había seguido andando. Y locurioso era que al oírlas en el sueño, aquellas palabrasno le habían impresionado. Fue sólo más tarde y gra-dualmente cuando empezaron a tomar significado. Aho-ra no podía recordar si fue antes o después de tener elsueño cuando había visto a O’Brien por vez primera; ytampoco podía recordar cuándo había identificado aque-lla voz como la de O’Brien. Pero, de todos modos, eraindudablemente O’Brien quien le había hablado en laoscuridad. Nunca había podido sentirse absolutamente seguro -incluso después del fugaz encuentro de sus miradas estamañana- de si O’Brien era un amigo o un enemigo. Nitampoco importaba mucho esto. Lo cierto era que exis- 33
  34. 34. George Orwelltía entre ellos un vínculo de comprensión más fuerte ymás importante que el afecto o el partidismo. «Nos en-contraremos en el lugar donde no hay oscuridad», le habíadicho. Winston no sabía lo que podían significar estaspalabras, pero sí sabía que se convertirían en realidad. La voz de la telepantalla se interrumpió. Sonó un cla-ro y hermoso toque de trompeta y la voz prosiguió entono chirriante: «Atención. ¡Vuestra atención, por favor! En este mo-mento nos llega un notirrelámpago del frente malabar.Nuestras fuerzas han logrado una gloriosa victoria en elsur de la India. Estoy autorizado para decir que la bata-lla a que me refiero puede aproximarnos bastante al fi-nal de la guerra. He aquí el texto del notirrelámpago ... » Malas noticias, pensó Winston. Ahora seguirá la des-cripción, con un repugnante realismo, del aniquilamientode todo un ejército eurásico, con fantásticas cifras demuertos y prisioneros... para decirnos luego que, desdela semana próxima, reducirán la ración de chocolate aveinte gramos en vez de los treinta de ahora. Winston volvió a eructar. La ginebra perdía ya su fuerzay lo dejaba desanimado. La telepantalla -no se sabe sipara celebrar la victoria o para quitar el mal sabor delchocolate perdido- lanzó los acordes de Oceanía, todopara ti. Se suponía que todo el que escuchara el himno,aunque estuviera solo, tenía que escucharlo de pie. Sinembargo, Winston se aprovechó de que la telepantallano lo veía y siguió sentado. Oceanía, todo para ti, terminó y empezó la música li-gera. Winston se dirigió hacia la ventana, manteniéndo-se de espaldas a la pantalla El día era todavía frío y cla-ro. Allá lejos estalló una bombacohete con un sonidosordo y prolongado. Ahora solían caer en Londres unasveinte o treinta bombas a la semana. Abajo, en la calle, el viento seguía agitando el cartel 34
  35. 35. 1984donde la palabra Ingsoc aparecía y desaparecía. Ingsoc.Los principios sagrados de Ingsoc. Neolengua, doble-pen-sar, mutabilidad del pasado. A Winston le parecía estarrecorriendo las selvas submarinas, perdido en un mun-do monstruoso cuyo monstruo era él mismo. Estaba solo.El pasado había muerto, el futuro era inimaginable. ¿Quécertidumbre podía tener él de que ni un solo ser huma-no estaba de su parte? Y ¿Cómo iba a saber si el domíniodel Partido no duraría siempre? Como respuesta, los tresslogans sobre la blanca fachada del Ministerio de la Ver-dad, le recordaron que: LA GUERRA ES LA PAZ LA LIIBERTAD ES LA ESCLAVITUD LA IGNORANCIA ES LA FUERZA Sacó de su bolsillo una moneda de veinticinco centa-vos. También en ella, en letras pequeñas, pero muy cla-ras, aparecían las mismas frases y, en el reverso de lamoneda, la cabeza del Gran Hermano. Los ojos de éstele perseguían a uno hasta desde las monedas. Sí, en lasmonedas, en los sellos de correo, en pancartas, en lasenvolturas de los paquetes de los cigarrillos, en las por-tadas de los libros, en todas partes. Siempre los ojos queos contemplaban y la voz que os envolvía. Despiertos odormidos, trabajando o comiendo, en casa o en la calle,en el baño o en la cama, no había escape. Nada era delindividuo a no ser unos cuantos centímetros cúbicosdentro de su cráneo. El sol había seguido su curso y las mil ventanas delMinisterio de la Verdad, en las que ya no reverberaba laluz, parecían los tétricos huecos de una fortaleza.Winston sintió angustia ante aquella masa piramidal.Era demasiado fuerte para ser asaltada. Ni siquiera unmillar de bombascohete podrían abatirla. Volvió a pre-guntarse para quién escribía el Diario, para el pasado, 35
  36. 36. George Orwellpara el futuro, para una época imaginaria? Frente a élno veía la muerte, sino algo peor- el aniquilamiento ab-soluto. El Diario quedaría reducido a cenizas y a él lovaporizarían. Sólo la Policía del Pensamiento leería loque él hubiera escrito antes de hacer que esas líneasdesaparecieran incluso de la memoria. ¿Cómo iba usteda apelar a la posteridad cuando ni una sola huella suya,ni siquiera una palabra garrapateada en un papel iba asobrevivir físicamente? En la telepantalla sonaron las catorce. Winston teníaque marchar dentro de diez minutos. Debía reanudar eltrabajo a las catorce y treinta. Qué curioso: las campa-nadas de la hora lo reanimaron. Era como un fantasmasolitario diciendo una verdad que nadie oiría nunca. Detodos modos, mientras Winston pronunciara esa verdad,la continuidad no se rompería. La herencia humana nose continuaba porque uno se hiciera oír sino por el he-cho de permanecer cuerdo. Volvió a la mesa, mojó entinta su pluma y escribió: Para el futuro o para el pasado, para la época en quese pueda pensar libremente, en que los hombres seandistintos unos de otros y no vivan solitarios... Para cuan-do la verdad exista y lo que se haya hecho no pueda serdeshecho: Desde esta época de uniformidad, de este tiempo desoledad, la Edad del Gran Hermano, la época deldoblepensar... ¡muchas felicidades! Winston comprendía que ya estaba muerto. Le pare-cía que sólo ahora, en que empezaba a poder formularsus pensamientos, era cuando había dado el paso defi-nitivo. Las consecuencias de cada acto van incluidas enel acto mismo. Escribió: El crimental (el crimen de la mente) no implica la muer-te; el crimental es la muerte misma. Al reconocerse ya así mismo muerto, se le hizo imprescindible vivir lo másposible. Tenía manchados de tinta dos dedos de la mano 36
  37. 37. 1984derecha. Era exactamente uno de esos detalles que lepueden delatar a uno. Cualquier entrometido del Minis-terio (probablemente, una mujer: alguna como la delcabello color de arena o la muchacha morena del Depar-tamento de Novela) podía preguntarse por qué habríausado una pluma anticuada y qué habría escrito... y luegodar el soplo a donde correspondiera. Fue al cuarto debaño y se frotó cuidadosamente la tinta con el oscuro yrasposo jabón que le limaba la piel como un papel de lijay resultaba por tanto muy eficaz para su propósito. Guardó el Diario en el cajón de la mesita. Era inútilpretender esconderlo; pero, por lo menos, poclía sabersi lo habían descubierto o no. Un cabello sujeto entre laspáginas sería demasiado evidente. Por eso, con la yemade un dedo recogió una partícula de polvo de posibleidentificación y la depositó sobre una esquina de la tapa,de donde tendría que caerse si cogían el libro. 37
  38. 38. George OrwellCAPITULO III Winston estaba soñando con su madre. El debía detener unos diez u once años cuando su madre murió.Era una mujer alta, estatuaria y más bien silenciosa, demovimientos pausados y magnífico cabello rubio. A supadre lo recordaba, más vagamente, como un hombremoreno y delgado, vestido siempre con impecables tra-jes oscuros (Winston recordaba sobre todo las suelasextremadamente finas de los zapatos de su padre) y usabagafas. Seguramente, tanto el padre como la madre de-bieron de haber caído en una de las primeras grandespurgas de los años cincuenta. En aquel momento en el sueño -su madre estaba sen-tada en un sitio profundo junto a él y con su niña enbrazos. De esta hermana sólo recordaba Winston queera una chiquilla débil e insignificante, siempre calladay con ojos grandes que se fijaban en todo. Se hallabanlas dos en algún sitio subterráneo por ejemplo, el fondode un pozo o en una cueva muy honda-, pero era unlugar que, estando ya muy por debajo de él, se iba hun-diendo sin cesar. Si, era la cámara de un barco que sehundía y la madre y la hermana lo miraban a él desde latenebrosidad de las aguas que invadían el buque. Aúnhabía aire en la cámara. Su madre y su hermanita po-dían verlo todavía y él a ellas, pero no dejaban de irsehundiendo ni un solo instante, de ir cayendo en las aguas,de un verde muy oscuro, que de un momento a otro lasocultarían para siempre. Winston, en cambio, se encon-traba al aire libre y a plena luz mientras a ellas se las ibatragando la muerte, y ellas se hundían porque él estabaallí arriba. Winston lo sabía y también ellas lo sabían yél descubría en las caras de ellas este conocimiento. Perola expresión de las dos no le reprochaba nada ni suscorazones tampoco -el lo sabía- y sólo se transparenta- 38
  39. 39. 1984ba la convicción de que ellas morían para que él pudieraseguir viviendo allá arriba y que esto formaba parte delorden inevitable de las cosas. No podía recordar qué había ocurrido, pero mientrassoñaba estaba seguro de que, de un modo u otro, lasvidas de su madre y su hermana fueron sacrificadas paraque él viviera. Era uno de esos ensueños que, a pesar deutilizar toda la escenografía onírica habitual, son unacontinuación de nuestra vida intelectual y en los quenos damos cuenta de hechos e ideas que siguen tenien-do un valor después del despertar. Pero lo que de prontosobresaltó a Winston, al pensar luego en lo que habíasoñado, fue que la muerte de su madre, ocurrida treintaaños antes, había sido trágica y dolorosa de un modoque ya no era posible. Pensó que la tragedia pertenecía alos tiempos antiguos y que sólo podía concebirse en unaépoca en que había aún intimidad -vida privada, amor yamistad- y en que los miembros de una familia perma-necían juntos sin necesidad de tener una razón especialpara ello. El recuerdo de su madre le torturaba porquehabía muerto amándole cuando él era demasiado joveny egoísta para devolverle ese cariño y porque de algunamanera -no recordaba cómo- se había sacrificado a unconcepto de la lealtad que era privatísimo e inalterable.Bien comprendía Winston que esas cosas no podían su-ceder ahora. Lo que ahora había era miedo, odio y dolorfísico, pero no emociones dignas ni penas profundas ycomplejas. Todo esto lo había visto, soñando, en los ojosde su madre y su hermanita, que lo miraban a él a tra-vés de las aguas verdeoscuras, a una inmensa profundi-dad y sin dejar de hundirse. De pronto, se vio de pie sobre el césped en una tardede verano en que los rayos oblicuos del sol doraban lacorta hierba. El paisaje que se le aparecía ahora se lepresentaba con tanta frecuencia en sueños que nuncaestaba completamente seguro de si lo había visto algu- 39
  40. 40. George Orwellna vez en la vida real. Cuando estaba despierto, lo lla-maba el País Dorado. Lo cubrían pastos mordidos porlos conejos con un sendero que serpenteaba por él y,aquí y allá, unas pequeñísimas elevaciones del terreno.Al fondo, se velan unos olmos que se balanceaban sua-vemente con la brisa y sus follajes parecían cabellerasde mujer. Cerca, aunque fuera de la vista, corría un cla-ro arroyuelo de lento fluir. La muchacha morena venía hacia él por aquel campo. Con un solo movimiento se despojó de sus ropas y lasarrojó despectivamente a un lado. Su cuerpo era blancoy suave, pero no despertaba deseo en Winston, que selimitaba a contemplarlo. Lo que le llenaba de entusias-mo en aquel momento era el gesto con que la joven sehabía librado de sus ropas. Con la gracia y el descuidode aquel gesto, parecía estar aniquilando toda su cultu-ra, todo un sistema de pensamiento, como si el GranHermano, el Partido y la Policía del Pensamiento pudie-ran ser barridos y enviados a la Nada con un simplemovimiento del brazo. También aquel gesto pertenecía alos tiempos antiguos. Winston se despertó con la pala-bra «Shakespeare» en los labios. La telepantalla emitía en aquel instante un prolonga-do silbido que partía el tímpano y que continuaba en lamisma nota treinta segundos. Eran las cero-siete-quin-ce, la hora de levantarse para los oficinistas. Winston seechó abajo de la cama desnudo porque los miembros delPartido Exterior recibían sólo tres mil cupones para ves-timenta durante el año y un pijama necesitaba seiscien-tos cupones- y se puso un sucio singlet y unos shortsque estaban sobre una silla. Dentro de tres minutosempezarían las Sacudidas Físicas. Inmediatamente leentró el ataque de tos habitual en él en cuanto se des-pertaba. Vació tanto sus pulmones que, para volver a respirar,tuvo que tenderse de espaldas abriendo y cerrando la 40
  41. 41. 1984boca repetidas veces y en rápida sucesión. Con el es-fuerzo de la tos se le hinchaban las venas y sus varicesle habían empezado a escocer. -¡Grupo de treinta a cuarenta! -ladró una penetrantevoz de mujer-. ¡Grupo de treinta a cuarenta! Ocupadvuestros sitios, por favor. Winston se colocó de un salto a la vista de latelepantalla, en la cual había aparecido ya la imagen deuna mujer más bien joven, musculoso y de faccionesduras, vestida con una túnica y calzando sandalias degimnasia. -¡Doblad y extended los brazos! -gritó-. ¡Contad a lavez que yo! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cua-tro! ¡Vamos, camaradas, un poco de vida en lo que ha-céis! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ... La intensa molestia de su ataque de tos no había lo-grado desvanecer en Winston la impresión que le habíadejado el ensueño y los movimientos rítmicos de la gim-nasia contribuían a conservarle aquel recuerdo. Mien-tras doblaba y desplegaba mecánicamente los brazos -sin perder ni por un instante la expresión de contentoque se consideraba apropiada durante las SacudidasFísicas-, se esforzaba por resucitar el confuso períodode su primera infancia. Pero le resultaba extraordina-riamente difícil. Más allá de los años cincuenta y tantos-final de la década- todo se desvanecía. Sin datos exter-nos de ninguna clase a que referirse era imposible re-construir ni siquiera el esquema de la propia vida. Serecordaban los acontecimientos de enormes proporcio-nes -que muy bien podían no haber acaecido-, se recor-daban también detalles sueltos de hechos sucedidos enla infancia, de cada uno, pero sin poder captar la atmós-fera. Y había extensos períodos en blanco donde no sepodía colocar absolutamente nada. Entonces todo habíasido diferente. Incluso los nombres de los países y susformas en el mapa. La Franja Aérea número 1, por ejem- 41
  42. 42. George Orwellplo, no se llamaba así en aquellos días: la llamaban In-glaterra o Bretaña, aunque Londres -Winston estaba casiseguro de ello- se había llamado siempre Londres. No podía recordar claramente una época en que supaís no hubiera estado en guerra, pero era evidente quehabía un intervalo de paz bastante largo durante su in-fancia porque uno de sus primeros recuerdos era el deun ataque aéreo que parecía haber cogido a todos porsorpresa. Quizá fue cuando la bomba atómica cayó enColchester. No se acordaba del ataque propiamente di-cho, pero sí de la mano de su padre que le tenía cogidala suya mientras descendían precipitadamente por al-gún lugar subterráneo muy profundo, dando vueltas poruna escalera de caracol que finalmente le había cansa-do tanto las piernas que empezó a sollozar y su padretuvo que dejarle descansar un poco. Su madre, lenta ypensativa como siempre, los seguía a bastante distan-cia. La madre llevaba a la hermanita de Winston, o qui-zá sólo llevase un lío de mantas. Winston no estaba se-guro de que su hermanita hubiera nacido por entonces.Por último, desembocaron a un sitio ruidoso y atestadode gente, una estación de Metro. Muchas personas se hallaban sentadas en el suelo depiedra y otras, arracimadas, se habían instalado en di-versos objetos que llevaban. Winston y sus padres en-contraron un sitio libre en el suelo y junto a ellos unviejo y una vieja se apretaban el uno contra el otro. Elanciano vestía un buen traje oscuro y una boina de pañonegro bajo la cual le asomaba abundante cabello muyblanco. Tenía la cara enrojecida; los ojos, azules y lacri-mosos. Olía a ginebra. Ésta parecía salírsele por los po-ros en vez del sudor y podría haberse pensado que laslágrimas que le brotaban de los ojos eran ginebra pura.Sin embargo, a pesar de su borrachera, sufría de algúndolor auténtico e insoportable. De un modo infantil,Winston comprendió que algo terrible, más allá del per- 42
  43. 43. 1984dón y que jamás podría tener remedio, acababa de ocu-rrirle al viejo. También creía saber de qué se trataba.Alguien a quien el anciano amaba, quizás algunanietecita, había muerto en el bombardeo. Cada pocosminutos, repetía el viejo: -No debíamos habernos fiado de ellos. ¿Verdad que telo dije, abuelita? Nos ha pasado esto por fiarnos de ellos.Siempre lo he dicho. Nunca debimos confiar en esos ca-nallas. Lo que Winston no podía recordar es a quién se refe-ría el viejo y quiénes eran esos de los que no había quefiarse. Desde entonces, la guerra había sido continua, aun-que hablando con exactitud no se trataba siempre de lamisma guerra. Durante algunos meses de su infanciahabía habido una confusa lucha callejera en el mismoLondres y él recordaba con toda claridad algunas esce-nas. Pero hubiera sido imposible reconstruir la historiade aquel período ni saber quién luchaba contra quién enun momento dado, pues no quedaba ningún documentoni pruebas de ninguna clase que permitieran pensar quela disposición de las fuerzas en lucha hubiera sido enalgún momento distinta a la actual. Por ejemplo, en estemomento, en 1984 (si es que efectivamente era 1984),Oceanía estaba en guerra con Eurasia y era aliada deAsia Oriental. En ningún discurso público ni conversa-ción privada se admitía que estas tres potencias se hu-bieran hallado alguna vez en distinta posición cada unarespecto a las otras. Winston sabía muy bien que, haciasólo cuatro años, Oceanía había estado en guerra con-tra Asia Orienta] y aliada con Eurasia. Pero aquello erasólo un conocimiento furtivo que él tenía porque su me-moria «fallaba» mucho, es decir, no estaba lo suficiente-mente controlada. Oficialmente, nunca se había produ-cido un cambio en las alianzas. Oceanía estaba en gue-rra con Eurasia; por tanto, Oceanía siempre había lu- 43
  44. 44. George Orwellchado contra Eurasia. El enemigo circunstancial repre-sentaba siempre el absoluto mal, y de ahí resultaba queera totalmente imposible cualquier acuerdo pasado ofuturo con él. Lo horrible, pensó por diezmilésima vez mientras seforzaba los hombros dolorosamente hacia atrás (con lasmanos en las caderas, giraban sus cuerpos por la cintu-ra, ejercicio que se suponía conveniente para los mús-culos de la espalda), lo horrible era que todo ello podíaser verdad. Si el Partido podía alargar la mano hacia elpasado y decir que este o aquel acontecimiento nuncahabía ocurrido, esto resultaba mucho más horrible quela tortura y la muerte. El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliadade Eurasia. Él, Winston Smith, sabía que Oceanía habíaestado aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dón-de constaba ese conocimiento? Sólo en su propia con-ciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muypronto. Y si todos los demás aceptaban la mentira queimpuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mis-mo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se con-vertía en verdad. «El que controla el pasado -decía elslogan del Partido-, controla también el futuro. El quecontrola el presente, controla el pasado.» Y, sin embar-go, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nuncahabía sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, habíasido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muysencillo. Lo único que se necesitaba era una intermina-ble serie de victorias que cada persona debía lograr so-bre su propia memoria. A esto le llamaban «control de larealidad». Pero en neolengua había una palabra especialpara ello: doblepensar. -¡Descansen! -ladró la instructora, cuya voz parecíaahora menos malhumorada. Winston dejó caer los brazos de sus costados y volvióa llenar de aire sus pulmones. Su mente se deslizó por 44
  45. 45. 1984el laberíntico mundo del doplepensar. Saber y no saber,hallarse consciente de lo que es realmente verdad mien-tras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sos-tener simultáneamente dos opiniones sabiendo que soncontradictorias y creer sin embargo en ambas; emplearla lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mien-tras se recurre a ella, creer que la democracia es imposi-ble y que el Partido es el guardián de la democracia;olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante,recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuantose necesitara y luego olvidarlo de nuevo; y, sobre todo,aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Éstaera la más refinada sutileza del sistema: inducir cons-cientemente a la inconsciencia, y luego hacerse incons-ciente para no reconocer que se había realizado un actode autosugestión. Incluso comprender la palabradoblepensar implicaba el uso del doblepensar. La instructora había vuelto a llamarles la atención: -Y ahora, a ver cuáles de vosotros pueden tocarse losdedos de los pies sin doblar las rodillas -gritó la mujercon gran entusiasmo- ¡Por favor, camaradas! ¡Uno, dos!¡Uno, dos ... ! A Winston le fastidiaba indeciblemente este ejercicioque le hacía doler todo el cuerpo y a veces le causabagolpes de tos. Ya no disfrutaba con sus meditaciones. Elpasado, pensó Winston, no sólo había sido alterado, sinoque estaba siendo destruido. Pues, ¿cómo iba usted aestablecer el hecho más evidente si no existía más prue-ba que el recuerdo de su propia memoria? Trató de re-cordar en qué año había oído hablar por primera vez delGran Hermano. Creía que debió de ser hacia el sesentay tantos, pero era imposible estar seguro. Por supuesto,en los libros de historia editados por el Partido, el GranHermano figuraba como jefe y guardián de la Revolu-ción desde los primeros días de ésta. Sus hazañas ha-bían ido retrocediendo en el tiempo cada vez más y ya se 45
  46. 46. George Orwellextendían hasta el mundo fabuloso de los años cuaren-ta y treinta cuando los capitalistas, con sus extrañossombreros cilíndricos, cruzaban todavía por las callesde Londres en relucientes automóviles o en coches decaballos -pues aún quedaban vehículos de éstos-, conlados de cristal. Desde luego, se ignoraba cuánto habíade cierto en esta leyenda y cuánto de inventado. Winstonno podía recordar ni siquiera en qué fecha había empe-zado el Partido a existir. No creía haber oído la palabra«Ingsoc» antes de 1960. Pero era posible que en su for-ma viejolingüística es decir, «socialismo inglés»- hubieraexistido antes. Todo se había desvanecido en la niebla.Sin embargo, a veces era posible poner el dedo sobreuna mentira concreta. Por ejemplo, no era verdad, comopretendían los libros de historia lanzados por el Partido,que éste hubiera inventado los aeroplanos. Winston re-cordaba los aeroplanos desde su más temprana infan-cia. Pero tampoco podría probarlo. Nunca se podía pro-bar nada. Sólo una vez en su vida había tenido en susmanos la innegable prueba documental de la falsifica-ción de un hecho histórico. Y en aquella ocasión... -¡Smith! -chilló la voz de la telepantalla-; i6O79 SmithW! ¡Sí, tú! ¡Inclínate más, por favor! Puedes hacerlo me-jor; es que no te esfuerzas; más doblado, haz el favor.Ahora está mucho mejor, camarada. Descansad todos y fijaos en mí. Winston sudaba por todo su cuerpo, pero su cara per-manecía completamente inescrutable. ¡Nunca os mani-festéis desanimados! ¡Nunca os mostréis resentidos! Unleve pestañeo podría traicioneros. Por eso, Winston mi-raba impávido a la instructora mientras ésta levantabalos brazos por encima de la cabeza y, si no con gracia, sícon notable precisión y eficacia, se dobló y se tocó losdedos de los pies sin doblar las rodillas. -¡Ya habéis visto, camaradas; así es como quiero quelo hagáis! Miradme otra vez. Tengo treinta y nueve años 46
  47. 47. 1984y cuatro hijos. Mirad -volvió a doblarse . Ya veis que misrodillas no se han doblado. Todos Vosotros podéis ha-cerlo si queréis -añadió mientras se ponía derecha-.Cualquier persona de menos de cuarenta y cinco añoses perfectamente capaz de tocarse así los dedos de lospies. No todos nosotros tenemos el privilegio de lucharen el frente, pero por lo menos podemos mantenemos enforma. ¡Recordad a nuestros muchachos en el frentemalabar! ¡Y a los marineros de las fortalezas flotantes!Pensad en las penalidades que han de soportar. Ahora,probad otra vez. Eso está mejor, camaradas, mucho mejor-añadió en tono estimulante dirigiéndose a Winston, elcual, con un violento esfuerzo, había logrado tocarse losdedos de los pies sin doblar las rodillas. Desde variosaños atrás, no lo conseguía. 47
  48. 48. George OrwellCAPITULO IV Con el hondo e inconsciente suspiro que ni siquierala proximidad de la telepantalla podía ahogarle cuandoempezaba el trabajo del día, Winston se acercó alhablescribe, sopló para sacudir el polvo del micrófono yse puso las gafas. Luego desenrolló y juntó con un clipcuatro pequeños cilindros de papel que acababan de caerdel tubo neumático sobre el lado derecho de su mesa dedespacho. En las paredes de la cabina había tres orificios. A laderecha del hablescribe, un pequeño tubo neumáticopara mensajes escritos, a la Izquierda, un tubo más an-cho para los periódicos; y en la otra pared, de maneraque Winston lo tenía a mano, una hendidura grande yoblonga protegida por una rejilla de alambre. Esta últi-ma servía para tirar el papel inservible. Había hendidu-ras semejantes a miles o a docenas de miles por todo eledificio, no sólo en cada habitación, sino a lo largo detodos los pasillos, a pequeños intervalos. Les llamaban«agujeros de la memoria». Cuando un empleado sabíaque un documento había de ser destruido, o inclusocuando alguien veía un pedazo de papel por el suelo ypor alguna mesa, constituía ya un acto automático le-vantar la tapa del más cercano «agujero de la memoria»y tirar el papel en él. Una corriente de aire caliente sellevaba el papel en seguida hasta los enormes hornosocultos en algún lugar desconocido de los sótanos deledificio. Winston examinó las cuatro franjas de papel que ha-bía desenrollado. Cada una de ellas contenía una o doslíneas escritas en el argot abreviado (no era exactamenteneolengua, pero consistía principalmente en palabrasneolingüísticas) que se usaba en el Ministerio para finesinternos. Decían así: times 17.3.84. discurso gh malregistrado áfrica recti- 48
  49. 49. 1984ficar times 19.12.83 predicciones plantrienal cuarto tri-mestre 83 erratas comprobar número corriente times14.2.84. Minibundancia malcitado chocolate rectificar times 3.12.83 referente ordendía gh doblemásnobuenorefs nopersonas reescribir completo someter antesar-chivar Con cierta satisfacción apartó Winston el cuarto men-saje. Era un asunto intrincado y de responsabilidad yprefería ocuparse de él al final. Los otros tres eran tarearutinaria, aunque el segundo le iba a costar probable-mente buscar una serie de datos fastidiosos. Winston pidió por la telepantalla los números necesa-rios del Times, que le llegaron por el tubo neumáticopocos minutos después. Los mensajes que había recibi-do se referían a artículos o noticias que por una u otrarazón era necesario cambiar, o, como se decía oficial-mente, rectificar. Por ejemplo, en el número del Timescorrespondiente al 17 de marzo se decía que el GranHermano, en su discurso del día anterior, había predi-cho que el frente de la India Meridional seguiría en cal-ma, pero que, en cambio, se desencadenaría una ofensi-va eurasiática muy pronto en África del Norte. Comoquiera que el alto mando de Eurasia había iniciado suofensiva en la India del Sur y había dejado tranquila alÁfrica del Norte, era por tanto necesario escribir un nuevopárrafo del discurso del Gran Hermano, con objeto dehacerle predecir lo que había ocurrido efectivamente. Yen el Times del 19 de diciembre del año anterior se ha-bían publicado los pronósticos oficiales sobre el consu-mo de ciertos productos en el cuarto trimestre de 1983,que era también el sexto grupo del noveno plan trienal.Pues bien, el número de hoy contenía una referencia alconsumo efectivo y resultaba que los pronósticos se ha-bían equivocado muchísimo. El trabajo de Winston con-sistía en cambiar las cifras originales haciéndolas coin-cidir con las posteriores. En cuanto al tercer mensaje, 49
  50. 50. George Orwellse refería a un error muy sencillo que se podía arreglaren un par de minutos. Muy poco tiempo antes, en febre-ro, el Ministerio de la Abundancia había lanzado la pro-mesa (oficialmente se le llamaba «compromiso categóri-co») de que no habría reducción de la ración de chocola-te durante el año 1984. Pero la verdad era, como Winstonsabía muy bien, que la ración de chocolate sería reduci-da, de los treinta gramos que daban, a veinte al final deaquella semana. Como se verá, el error era insignifican-te y el único cambio necesario era sustituir la promesaoriginal por la advertencia de que probablemente habríaque reducir la ración hacia el mes de abril. Cuando Winston tuvo preparadas las correcciones lasunió con un clip al ejemplar del Times que le habíanenviado y los mandó por el tubo neumático. Entonces,con un movimiento casi inconsciente, arrugó los men-sajes originales y todas las notas que él había hechosobre el asunto y los tiró por el «agujero de la memoria»para que los devoraran las llamas. Él no sabía con exactitud lo que sucedía en el invisi-ble laberinto adonde iban a parar los tubos neumáticos,pero tenía una idea general. En cuanto se reunían y or-denaban todas las correcciones que había sido necesa-rio introducir en un número determinado del Times, esenúmero volvía a ser impreso, el ejemplar primitivo sedestruía y el ejemplar corregido ocupaba su puesto en elarchivo. Este proceso de continua alteración no se apli-caba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, fo-lletos, carteles, programas, películas, bandas sonoras,historietas para niños, fotografías..., es decir, a toda cla-se de documentación o literatura que pudiera tener al-gún significado político o ideológico. Diariamente y casiminuto por minuto, el pasado era puesto al día. De estemodo, todas las predicciones hechas por el Partido re-sultaban acertadas según prueba documental. Toda lahistoria se convertía así en un palimpsesto, raspado y 50
  51. 51. 1984vuelto a escribir con toda la frecuencia necesaria. Enningún caso habría sido posible demostrar la existenciade una falsificación. La sección más nutrida del Depar-tamento de Registro, mucho mayor que aquella dondetrabajaba Winston, se componía sencillamente de per-sonas cuyo deber era recoger todos los ejemplares delibros, diarios y otros documentos que se hubieran que-dado atrasados y tuvieran que ser destruidos. Un nú-mero del Tiwes que -a causa de cambios en la políticaexterior o de profecías equivocadas hechas por el GranHermano- hubiera tenido que ser escrito de nuevo unadocena de veces, seguía estando en los archivos con sufecha original y no existía ningún otro ejemplar paracontradecirlo. También los libros eran recogidos yreescritos muchas veces y cuando se volvían a editar nose confesaba que se hubiera introducido modificaciónalguna. Incluso las instrucciones escritas que recibíaWinston y que él hacía desaparecer invariablemente encuanto se enteraba de su contenido, nunca daban a en-tender ni remotamente que se estuviera cometiendo unafalsificación. Sólo se referían a erratas de imprenta o acitas equivocadas que era necesario poner bien en inte-rés de la verdad. Lo más curioso era -pensó Winston mientras arregla-ba las cifras del Ministerio de la Abundancia- que nisiquiera se trataba de una falsificación. Era, sencilla-mente, la sustitución de un tipo de tonterías por otro.La mayor parte del material que allí manejaban no teníarelación alguna con el mundo real, ni siquiera en esaconexión que implica una mentira directa. Las estadís-ticas eran tan fantásticas en su versión original como enla rectificada. En la mayor parte de los casos, tenía quesacárselas el funcionario de su cabeza. Por ejemplo, laspredicciones del Ministerio de la Abundancia calcula-ban la producción de botas para el trimestre venidero enciento cuarenta y cinco millones de pares. Pues bien, la 51
  52. 52. George Orwellcantidad efectiva fue de sesenta y dos millones de pares.Es decir, la cantidad declarada oficialmente. Sin embar-go, Winston, al modificar ahora la «predicción», rebajó lacantidad a cincuenta y siete millones, para que resulta-ra posible la habitual declaración de que se había supe-rado la producción. En todo caso, sesenta y dos millo-nes no se acercaban a la verdad más que los cincuenta ysiete millones o los ciento cuarenta y cinco. Lo más pro-bable es que no se hubieran producido botas en absolu-to. Nadie sabía en definitiva cuánto se había producidoni le importaba. Lo único de que se estaba seguro era deque cada trimestre se producían sobre el papel cantida-des astronómicas de botas mientras que media pobla-ción de Oceanía iba descalza. Y lo mismo ocurría con losdemás datos, importantes o minúsculos, que se regis-traban. Todo se disolvía en un mundo de sombras en elcual incluso la fecha del año era insegura. Winston miró hacia el vestíbulo. En la cabina de en-frente trabajaba un hombre pequeñito, de aire eficaz,llamado Tillotson, con un periódico doblado sobre susrodillas y la boca muy cerca de la bocina del hablescribe.Daba la impresión de que lo que decía era un secretoentre él y la telepantalla. Levantó la vista y los cristalesde sus gafas le lanzaron a Winston unos reflejos hosti-les. Winston no conocía apenas a Tillotson ni tenía ideade la clase de trabajo que le habían encomendado. Losfuncionarios del Departamento del Registro no habla-ban de sus tareas. En el largo vestíbulo, sin ventanas,con su doble fila de cabinas y su interminable ruido deperiódicos y el murmullo de las voces junto a loshablescribe, había por lo menos una docena de perso-nas a las que Winston no conocía ni siquiera de nombre,aunque los veía diariamente apresurándose por los pa-sillos o gesticulando en los Dos Minutos de Odio. Sabíaque en la cabina vecina a la suya la mujercilla del cabe- 52
  53. 53. 1984llo arenoso trabajaba en descubrir y borrar en los nú-meros atrasados de la Prensa los nombres de las perso-nas vaporizadas, las cuales se consideraba que nuncahabían existido. Ella estaba especialmente capacitadapara este trabajo, ya que su propio marido había sidovaporizado dos años antes. Y pocas cabinas más allá,un individuo suave, soñador e ineficaz, llamadoAmpleforth, con orejas muy peludas y un talento sor-prendente para rimar y medir los versos, estaba encar-gado de producir los textos definitivos de poemas que sehabían hecho ideológicamente ofensivos, pero que, poruna u otra razón. continuaban en las antologías. Estevestíbulo, con sus cincuenta funcionarios, era sólo unasubsección, una pequeñísima célula de la enorme com-plejidad del Departamento de Registro. Más allá, arriba,abajo, trabajaban otros enjambres de funcionarios enmultitud de tareas increíbles. Allí estaban las grandesimprentas con sus expertos en tipografía y sus bien do-tados estudios para la falsificación de fotografías. Habíala sección de teleprogramas con sus ingenieros, sus di-rectores y equipos de actores escogidos especialmentepor su habilidad para imitar voces. Había también ungran número de empleados cuya labor sólo consistía enredactar listas de libros y periódicos que debían ser «re-pasados». Los documentos corregidos se guardaban ylos ejemplares originales eran destruidos en hornos ocul-tos. Por último, en un lugar desconocido estaban loscerebros directores que coordinaban todos estos esfuer-zos y establecían las líneas políticas según las cuales unfragmento del pasado había de ser conservado, falsifica-do otro, y otro borrado de la existencia. El Departamento de Registro, después de todo, no eramás que una simple rama del Ministerio de la Verdad,cuya principal tarea no era reconstruir el pasado, sinoproporcionarles a los ciudadanos de Oceanía periódi-cos, películas, libros de texto, programas de telepantalla, 53
  54. 54. George Orwellcomedias, novelas, con toda clase de información, ins-trucción o entretenimiento. Fabricaban desde una esta-tua a un slogan, de un poema lírico a un tratado debiología y desde la cartilla de los párvulos hasta el dic-cionario de neolengua...Y el Ministerio no sólo tenía queatender a las múltiples necesidades del Partido, sino re-petir toda la operación en un nivel más bajo a beneficiodel proletariado. Había toda una cadena de seccionesseparadas que se ocupaban de la literatura, la música,el teatro y, en general, de todos los entretenimientos paralos proletarios. Allí se producían periódicos que no con-tenían más que informaciones deportivas, sucesos y as-trología, noveluchas sensacionalistas, películas que re-zumaban sexo y canciones sentimentales compuestaspor medios exclusivamente mecánicos en una especiede calidoscopio llamado versificador Había incluso unasección conocida en neolengua con el nombre dePornosec, encargada de producir pornografía de claseínfima y que era enviada en paquetes sellados que nin-gún miembro del Partido, aparte de los que trabajabanen la sección, podía abrir. Habían salido tres mensajes por el tubo neumáticomientras Winston trabajaba, pero se trataba de asuntoscorrientes y los había despachado antes de ser interrum-pido por los Dos Minutos de Odio. Cuando el odio termi-nó, volvió Winston a su cabina, sacó del estante el dic-cionario de neolengua, apartó a un lado el hablescribe,se limpió las gafas y se dedicó a su principal cometidode la mañana. El mayor placer de Winston era su trabajo. La mayorparte de éste consistía en una aburrida rutina, pero tam-bién incluía labores tan difíciles e intrincadas que seperdía uno en ellas como en las profundidades de unproblema de matemáticas: delicadas labores de falsifi-cación en que sólo se podía guiar uno por su conoci-miento de los principios del Ingsoc y el cálculo de lo que 54

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