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Z-SidesPreámbulo de la I antología hispano-parlante del           Apocalipsis Zombie       Una antología de Luis Joel Cort...
Título original: Z-Sides.   Una edición de: EATER – Escritores Apocalípticos y de Terror.   Coordinado por: Luis Joel Cort...
A todo aquel que este leyendo esto, puede estar seguro que la obra es                                                para ...
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ÍndiceIntroducción. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1112 horas: Infección. . . . . . . . . . . . . . . . . . .13...
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Introducción    La compilación de relatos que en este momento lespresentamos es un preámbulo para la I ANTOLOGÍAHISPANO-PA...
Un especial agradecimiento a Alejandro Morales Mariaca,pues fue el encargado de revisar y corregir Z-Sides, sin él estetra...
12 Horas: Infección                  José García Montón (España)―No sé realmente cuando se fue todo a la mierda, pero deto...
sido transparente, a él le había llamado la atención y por esosabía que estábamos aquí. Aquella cosa notaba nuestrapresenc...
2Todo comenzó como un día cualquiera. Con la salvedad deque había ido a realizarme unas pruebas de sueño en elneurólogo y ...
creían que aquello podría provocarme una crisis repentina,pero no fue así.        La prueba, consistía en quedarme una noc...
Recordé las palabras de aquella joven enfermera depelo castaño, con ojos grandes y labios finos. Era guapa,pero no había c...
cara y boca llena de sangre empezó a aparecer cortándosecon los bordes rotos del cristal.           —Lo siento…no quería c...
suerte, una pequeña papelera alargada y cercana a mí pudohacer ese trabajo.       El pasillo en penumbra se extendía ante ...
—Aghhhh —el gemido escalofriante me dejóparalizado por segundos mientras observaba como aquel serpasó de un estado lento a...
3Llegué a unas amplias puertas abatibles. Un cartel indicabaque estaba en NIDOS. Miré hacia atrás. Aquella cosa o loque fu...
Zas…       Algo pasó de pronto de una habitación a otracontigua.       —¿Hola?       Me fui acercando hacia esa habitación...
4No lo advertí, pero mientras corría me asestaron un porrazoen la tripa tirándome al suelo. Alguien me había golpeadocon u...
—Estamos en la zona donde guardan material,sabanas y algunas otras cosas. No sé lo que le estarápersiguiendo, pero también...
—Siento habérselo hecho recordar…lo único ¿Quéhizo que provocase ese ataque?       —No sé, sinceramente…tuvo que ser algo ...
—José. —respondí— Nada...tranquilo, yo hubieraactuado también así.       El siguiente cuarto de hora lo pasamos en silenci...
—Supongo que lo utilizarían para lavar algo yecharon lejía. Bueno... pues entonces tengamos cuidado conlo del montacargas....
5Cuando bajé con el montacargas me encontré a Tomás, queseguía portando el palo con el que me dio con anterioridad.Aunque ...
—¿Se encuentra bien, señor Tomás? ¡TOMÁS! —paré de preguntar e intentar socorrerle cuando levantó lacabeza. Su mirada me i...
tirándolo. Volvía a estar solo. O eso pensé, el grito de Tomásantes de morir había llamado la atención de otras de esascos...
Seguí caminando despacio. Tenía el presentimientoque con tanto silencio algo me aguardaba allí. Observaba lascamillas mien...
La observé otra vez de nuevo. ¿Cómo una niña habíapodido sobrevivir a este caos que azotaba el edificio?       —Dime nena…...
enfrente. Seguramente llevarse a la niña le podría suponer unincordio y no querría complicaciones para intentar lucharpor ...
A la niña la pareció divertido y su amplia sonrisailuminó por unos momentos mis ojos. Sólo esa sonrisa valíala pena para l...
luz solar que se debía filtrar. Quizás acercándose a ese lugarhabría una gran ventana para que pudiéramos escapar porahí. ...
nos quedaba una oportunidad y era llegar a las ventanas quese divisaban al final.        —Corre pequeña, corre… —pero cuan...
7Rápidamente traspase de un golpe la ventana para apareceren la azotea del primer piso, una imagen me dejó helado:       U...
llover mientras notaba una sensación muy extraña por todomi cuerpo. Un frio empezaba a invadirlo.       Ya sin fuerzas emp...
Abrí los ojos entonces al escuchar esa voz. Estaba enla habitación de la prueba, junto a la enfermera de pelocastaño que m...
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Noche vieja zombi                      Paqui García (España)PRÓLOGOEsta historia tiene lugar en un centro de control de em...
Cuando se recibe una llamada, los datos se anotan en unprograma de ordenador, creando partes en el sistema con cada incide...
CAPÍTULO I. CAOSAquella noche no iba a ser como las demás. Casi todoshabían trabajado anteriormente en Nochevieja, pero ni...
sucediendo. Parecía que el caos se estaba apoderando de lasciudades y de todos y cada uno de los rincones de Alucadian.   ...
CAPÍTULO II. DESCONCIERTOFernando, el coordinador de Alpha del turno de esa noche,no tardó en llamar a su superior al ver ...
“¿Sabéis lo que pasa? ¿Queda alguien en Gálama?Intentamos contactar con el resto de ciudades pero nadie contesta”.        ...
Sole, la más joven del grupo, dijo entonces:        —Sí claro, un ataque zombi. ¡Vamos no me jodas!Qué fuerte me parece......
Mientras, Jacinto y Carmen prefirieron permanecercallados.        Fernando, aprovechando que ahora tenía un respiro,puso l...
CAPÍTULO III. LAS DOCE CAMPANADAS—El que quiera tomarse las uvas va tener que inventarse lascampanadas —pensó en voz alta ...
compartían las instalaciones. Seguramente con ellos estaríanmás seguros. Cometieron el gran error de ir todos los queestab...
tarde. Uno ya había agarrado el pie de Rocío justo cuandoJaime estaba alcanzando la puerta de arriba.       No podía perde...
Jaime nada más salir. Le preguntaron si se encontraba bien,pero éste era incapaz de articular palabra. No pudo avisarles.P...
ayudó a mover el mueble de la impresora para bloquearla.No era gran cosa, pero al menos les daba algo de tiempohasta que s...
de las manos. No sería él el responsable de ninguna muerte.Así que decidió dejar al resto hacer lo que quisiera.       —So...
noticias ni de Cristina ni de Noa. El reloj marcaba ya las dosde la madrugada, pero Elvira, que esa noche deberíaterminar ...
Se asomó a la ventana de atrás, la que daba a uncampo de fútbol. Y volvió junto a Fernando, que estabasentado, sumido en s...
Jacinto no fue tan afortunado. Al caer, su cabezachocó contra la barandilla de la calle. Fue una muerte rápida.Pero la san...
mientras él forcejeaba con lo que quedaba del camarero.Sacando fuerzas de flaqueza, le asestó un golpe en el cráneoque cas...
un par de zombis alcanzaron a Sole. El primero la agarró porla cintura, desgarrando con sus dientes amarillentos todas las...
morir matando zombis y no de aquella forma, por un simplecapricho del azar.        Valeria consiguió hacerse con el arma y...
comenzaba a moverse en el suelo, justo al lado del puesto16.       —Valeria, ábrenos. Si estamos juntas podremossalvarnos....
Mientras, el cadáver de Ángel se movía librementepor la sala...CAPÍTULO V. MAÑANA DEL DÍA 1 DE ENERO DE2011Sonó el despert...
Realmente lo que más odiaba era tener que quitarsesu pijama polar (de color rosa y estampado de ositos) y salirde la cama....
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Folle con EllaFranco DiMerda (Perú-España)                        Soy una mujer normal,                     una rosa blanc...
porque ya no sé                      dónde está mi sueño ni por qué se fue.                                       No tengo...
busca de presa, la zombi pasaría por cualquier personanormal.        —Joder, colega —dice José sin salir de su asombro.Apu...
—Nadie tiene porqué enterarse, causita —William dapequeñas palmadas en la espalda de José—. Esto sólo losabemos tú y yo.  ...
—Mi novia, huevón, mi novia. La dejé llorando en elaeropuerto Jorge Chávez de Lima. Lo que quiero decir esque lo dejé todo...
José, más calmado, deja de apuntar a la zombi.Deduce que si la muerta viviente hubiera podido atacarlos yalo hubiera hecho...
desaparecieron y el despido se hizo tan barato que unempresario podía darte una patada en el culo sólo porque nole gustara...
enfermedades mortales? Hace un año que surgió el primercaso y desde entonces sólo afecta a los españoles.       —¿Y yo qué...
Se hace un pequeño silencio. William mira endirección a la zombi que, incansable, continúa forcejeandocon sus ataduras mie...
controlado. Todo el mundo sabe que la mordida de unzombi produce contagio por lo que pocos son los que seatreven a acercar...
—Pues estoy harto, compadre. Ya no aguanto tenerque dispararle a gente que considero que está enferma yque…       —¡Muerto...
Porque para eso la tienes aquí, amarrada a la cama, con esefondo musical de mierda. ¿Quién canta esa canción? ¿MartaSánche...
—No lo entiendes, huevón. La zombi es MartaSánchez.       —¿Qu…qué? ¿Pero qué coño…?       —La zombi que ves en frente tuy...
—Pero… joder, Machu Picchu. Tienes razón. Apesar de los ojos blancos y sus greñas, viéndola bien esMarta Sánchez. No puedo...
—¿Chibolo?       —Niño, huevón. Desde que era niño siempre me hagustado Marta Sánchez. Soy su fan número uno. Cuandovivía ...
—Un maricón. Ya sabes que en mi país llamamoscabros a los maricones. Me gusta Marta Sánchez, pero nosoy cabrito.       —Va...
Cuatro pisos por planta. En el primero, nada. Vacío. En elsegundo lo de siempre, una pareja de zombis ancianos. ¡Pam,pam! ...
—Pero ¿por qué le pones música?       —Tengo la esperanza de que su cerebro, aunque seauna parte chiquitita, no se haya es...
—¿Ni siquiera se te ha cruzado la idea por la cabeza?       —Nunca.       José baja la mirada a las braguitas negras de la...
normal. Por ejemplo, mi actriz favorita siempre ha sidoAngelina Jolie. Vale, me encantan sus películas, suinterpretación, ...
piba hubiera estado consciente jamás se fijaría en un tíocomo ese gilipollas porque era una tía superbuena. ¿Lopillas? Val...
—¿Y?       —Sí, me gusta.       —Lo sabía.       —Siempre me ha gustado como mujer.       —¿Como pareja?       —Me hubiera...
—¿Cuál idea?           —La de tirármela.           Ahora es William el que observa a Marta Sánchez.José se acerca a su lad...
—Más asco me daba la música de Marta Sánchez,pero ella siempre ha estado buena.       —No me hables mal de la música de Ma...
—Yo te puedo ayudar con eso.       —Lo sé. También por eso necesitaba decírselo aalguien.       —Mañana, por ejemplo ¿a qu...
hay más rumanos y gitanos por metro cuadrado. Allí haygente de lo peor que ha invadido tierras y han construido suscasas c...
—José, huevón —dice el peruano sin dejar decontonearse—, ¿crees que siempre sea buena idea tirarse auna zombi?       —Por ...
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Aztlán               Jesús Valenzuela (México)Hermosillo, Sonora, Aztlán.           [Es tarde y el despiadado sol del     ...
rostro tome una apariencia juvenil,            a pesar de la gran cicatriz que lo            atraviesa.]Sé lo que está ust...
de semana haciendo llamadas, concediendo un par defavores y cobrando otros pocos.       [Sonríe y continúa hablando]      ...
la lista, era el clima extremo. En un día común, uno noparticularmente caluroso, la temperatura podía rebasar conrelativa ...
[Asiento invitándolo a continuar]        Antes del pánico, en Hermosillo vivían alrededor deochocientas mil personas. Segú...
durante el gran pánico. Luego al final de la guerra, cuandorecuperamos la ciudad, contabilizamos alrededor de dosmillones ...
control de la ciudad algunos de esos lugares se convirtieronen verdaderos mataderos. Los muertos siempre encontrabanla man...
cargadas hasta los topes con comida y agua en las zonasseguras.         Luego no importó, porque de igual maneraabandonamo...
[Bebe un largo trago de cerveza y poniéndosecómodo sobre el toldo de su auto comienza con surelato]          Bueno, pues c...
risible era la idea de que los muertos regresaran a devorar alos vivos.        De pronto en mitad de una de estas clases s...
tan rápidamente como había iniciado. ―¡Está en paro!‖ gritouno de los médicos, que acompañado por otro comenzaronlas manio...
salir tuve que hacerme a un lado para no correr la mismasuerte.          Se difundió la noticia de que la profesora estaba...
fue imposible seguir ocultándolos y pretender que no pasabanada. Aún así se inventaron cientos de excusas, cada unamás est...
Algunos huyeron, otros fueron requeridos para actividadesdiferentes, varios murieron, supongo. Pero la gran mayoríasencill...
radiactivo. Algo después me entere de que eso era sólo unaexageración. Pero bueno, el camino a la península no fuemás que ...
el cual otros sobrevivientes nos informaron que eraimposible cruzar por aquella ciudad, pues según habíanescuchado, las ca...
Antología Z-Sides: Preámbulo de la I Antología Hispano-parlante del Apocalipsis Zombie.
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Antología zombie con relatos de:
12 horas: Infección - Autor: José García Montón
Noche Vieja Zombi - Paqui García
Folle con Ella - Franco DiMerda
Declaración - Santiago Sánchez Pérez
Aztlan - Jesús Valenzuela
El fin (Segundos) - Luis Joel Cortez
Cristina Z - Josefa González Cuesta

Coordinado por Luis Joel Cortez.
Una edición EATER.

Siete relatos nos son presentados como previo de la I Antología Hispano-Parlante del Apocalipsis Zombie que se espera este a la venta el año próximo Siete relatos llenos de historias no tan comunes. Primero Korvec con su magistral uso de la palabra para narrarnos a un protagonista atormentado dando una declaración de su lucha en la guerra contra los muertos vivientes. José García quien nos narra el inicio del apocalipsis dentro de un hospital ¿Cual sera la causa? ¿Como habrá iniciado todo esto? ¿Es esto un sueño, una premonición o la realidad?
También esta la macabra historia de Mary, quien es devorada por su padre en presencia de su mejor amiga Sam, quien tiene que huir por la ciudad para sobrevivir al fin, sin embargo nunca imagino encontrarse a mas gente con las mismas características de "papá", y tampoco supuso que alguien estaba planeando, de cierto modo, todo esto, mismo que vigila gran parte de la ciudad para poder llevar a cabo su malévolo plan, todo narrado por el más joven de todos los escritores aquí: Luis Joel Cortez.
Ademas de relatos de Jesus Valenzuela, un gran homenaje a Max Brooks y los imprescindibles relatos de Paqui García, un centro de llamadas de emergencias trabajando en noche buena cuando comienzan a recibir extrañas llamadas, hasta el punto que las llamadas se convierten en golpes en las puertas del recinto donde los paramedicos tienen que refugiarse para sobrevivir al fin del año y de los tiempos. Josefa Gonzalez. después de derrotar al virus, nos presentan la manera en que Cristina encontró la cura causante del desastre y el levantamiento de los muertos.
Por ultimo y como el humor no puede faltar, Franco DiMerda nos presenta una España en guerra contra los levantados, donde nuestro protagonista se encuentra con nada mas y nada menos que Marta Sánchez en su relato nombrado "Folle Con Ella" ¿Mas pistas de lo que habla el relato?
Entra en este mundo apocalíptico lleno de historias de autores Españoles, Peruanos y Mexicanos. EL fin, literalmente, del mundo se encuentra aquí. Cada rincón del planeta sufriendo por una raza incansable, la humanidad esta ya perdida, los muertos son insaciables, incansables pero sobre todo... Son demasiados.

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Antología Z-Sides: Preámbulo de la I Antología Hispano-parlante del Apocalipsis Zombie.

  1. 1. -2-
  2. 2. Z-Sides -3-
  3. 3. -4-
  4. 4. Z-SidesPreámbulo de la I antología hispano-parlante del Apocalipsis Zombie Una antología de Luis Joel Cortez. Ediciones EATER. -5-
  5. 5. Título original: Z-Sides. Una edición de: EATER – Escritores Apocalípticos y de Terror. Coordinado por: Luis Joel Cortez 4 de Enero de 2013, México. Portada por: Richard Zela. Encargado de corrección: Alejandro Morales Mariaca. Esta antología puede publicarse en cualquier web, blog u otra redsocial, siempre de manera gratuita y respetando la obra, incluyendo laautoría de los relatos. Ni los escritores, compilador, corrector oimplicado con Z-Sides ha sido beneficiado de manera monetaria en lapublicación de esta edición. -6-
  6. 6. A todo aquel que este leyendo esto, puede estar seguro que la obra es para ellos y por ellos. -7-
  7. 7. -8-
  8. 8. ÍndiceIntroducción. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1112 horas: Infección. . . . . . . . . . . . . . . . . . .13Noche vieja zombi. . . . . . . . . . . . . . . . . . .41Folle con ella. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .65Declaración. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .93Aztlan. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 115El fin (Segundos). . . . . . . . . . . . . . . . . . .131Cristina Z. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 175 -9-
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  10. 10. Introducción La compilación de relatos que en este momento lespresentamos es un preámbulo para la I ANTOLOGÍAHISPANO-PARLANTE DEL APOCALIPSIS ZOMBIE que enel presenta año saldrá a la venta. Z-Sides es parte de este gran proyecto nacido en México y deíndole internacional y es también nuestra carta de presentaciónpara mostrarles el potencial que tienen nuestros escritores, esnuestro comienzo. La función es sencilla: Darle la oportunidada escritores novels de todos los países de habla hispana yunirlos en un solo libro con los grandes autores consagrados dela literatura zombie; Brindar una lectura de calidad, sencilla, yasí impulsar esta misma, y por supuesto, dar más literatura, masescritor por menos dinero. Esta pequeña antología que actualmente les presentamostiene la intención crear intereses en ti, lector y escritor, dehacerle saber a todos los literatos que estamos presentes y quevendremos con aun más fuerza. A los escritores les agradezco mucho su tiempo y por ser losprimeros en confiar en su servidor. También le doy las gracias aSantiago Sánchez Pérez por escribir un relato para estaantología y confirmar así, que Z-Sides es de vital importancia, yque es la entrada a la I Antología Hispano-parlante deApocalipsis Zombie. - 11 -
  11. 11. Un especial agradecimiento a Alejandro Morales Mariaca,pues fue el encargado de revisar y corregir Z-Sides, sin él estetrabajo hubiera demorado mucho mas y tal ves no lo estaríaleyendo ahora. Un agradecimiento a todos por su apoyo, y a ti lector, esperodisfrutes de estos relatos y te hagan ansiar ya poder los relatosde la próxima I Antología Hispano-parlante. Dicho esto, agradezco su tiempo y les dejo disfrutar de estosrelatos que tal ves no son perfectos, pero realmente valen lapena ser leídos, tienen su encanto y sobre todo, al igual que estaantología, están hechos con todo el cariño del mundo. Luis Joel Cortez - 12 -
  12. 12. 12 Horas: Infección José García Montón (España)―No sé realmente cuando se fue todo a la mierda, pero detodas formas eso da igual ahora mismo: Lo importante essalir de aquí.‖ 1Seguía escondido junto a la niña entre las camillas. Habíasorteado miles de obstáculos hasta llegar a la primera planta.Sólo tenía que cruzarla e intentar llegar a una de las ventanasexteriores que daban a la calle y traspasarla, pero no iba a sertan sencillo. La actividad de esos infectados por aquella zonaera alta. —¿Crees que nos habrán seguido? —la respuesta nose hizo esperar y un golpe fuerte abrió las puertas de esa sala.Sabíamos que era uno de ellos. Seguramente el olor corporalque desprendíamos, y que para una persona normal hubiera - 13 -
  13. 13. sido transparente, a él le había llamado la atención y por esosabía que estábamos aquí. Aquella cosa notaba nuestrapresencia y debíamos escapar ya. Observé a la niña. Cerró los ojos y se apretó a mibrazo mientras en su mente sólo se repetía una cosa:Sobrevivir. Mientras, aquel infectado iba medio arrastrando lospies al avanzar. Si seguía así, llegaría un momento en que setoparía con nosotros, cerca de la camilla que habíamosutilizado de cobertura, por lo que me puse a pensar cómoescapar de ahí sin poner en peligro la vida de la pequeña. Nopodía dejarla en estos momentos. No podía…. Habíamos sobrevivido casi doce horas desde lainfección en el hospital y sabía que estábamos cerca deescapar del lugar. Maldito gobierno… todo por no escucharantes de actuar, por muy mal que esté la situación… - 14 -
  14. 14. 2Todo comenzó como un día cualquiera. Con la salvedad deque había ido a realizarme unas pruebas de sueño en elneurólogo y eran muy importantes para mí, ya que hacía unmes que no tenía crisis epilépticas, lo que indicaba unaposible reducción de medicamentos en el tratamiento. Hacíaun año desde que tuve aquel accidente de tráfico. Untransportista, cansado, no cumpliendo con sus horarios deconducción, se quedó dormido al volante y cruzó la medianaque separaba su carril del mío. Sólo me dio tiempo aobservar como la parte frontal de su camión se nos echabaencima. Por suerte, el armazón del coche hizo bien sutrabajo y evitó que me partiese en dos el cuerpo. Lo que nopudo evitar fueron las secuelas posteriores: El golpe hizoque se me crease un foco grande en la parte izquierda delcerebro, provocándome grandes crisis de epilepsia y fugacesdesvanecimientos en cualquier momento. A partir de ahíempezaron las pruebas. Esa prueba significaba mucho ya que era un granpaso. Mis padres y mi mujer habían estado muy encima demí esa semana, ya que estaba muy alterado de los nervios y - 15 -
  15. 15. creían que aquello podría provocarme una crisis repentina,pero no fue así. La prueba, consistía en quedarme una noche enteradurmiendo en una habitación vigilada con cámaras,conectado a unos cables por ventosas en la cabeza y vigiladolas 24 horas. Mi reacción en esa noche podría ser un pasoagigantado para mi recuperación. Pero lo que fue una noche,se convirtió en mi peor pesadilla. Desperté de madrugada, alrededor de las cinco de lamañana. Estaba acostumbrado a despertar a media noche,levantarme y tomar un buen vaso de agua fría, pero en laprueba no podía hacerlo. Todo estaba oscuro. Costó unossegundos situarme y recordar que estaba en la pruebanocturna. Pero mi boca estaba seca. Yo estaba seco, ynecesitaba agua para refrescarme. Tardé unos minutos hastaque me atreví a solicitar el agua. ―Pida lo que sea. Sabe que en el otro lado de lamampara estamos y le proporcionaremos todo lo quequiera.‖ - 16 -
  16. 16. Recordé las palabras de aquella joven enfermera depelo castaño, con ojos grandes y labios finos. Era guapa,pero no había comparación con Lucía. Morena, pelo largo,delgada…ella sí que me volvía loco. —Enfermera… ¿están ahí? Pasaron segundos y nadie respondió. —¿Enfermera? Por favor, necesitaría agua Pero no hubo respuesta. Empecé a pensar que sehabían olvidado por completo de mí. Mis siguientes avisosfueron ya con más fuerza. Incluso intenté encender la luz,pero nada. Al final, decidí quitarme los cables ante la falta decontestación. Molesto por la falta de atención, fui a abrir la puertadonde deberían estar las enfermeras, pero de pronto unfuerte golpe en el cristal de la mampara me dejó perplejo. Una mano ensangrentada había traspasado el cristal yempezaba a agarrarse para acceder por la estructura rotahacía donde yo estaba. Al momento, una enfermera con la - 17 -
  17. 17. cara y boca llena de sangre empezó a aparecer cortándosecon los bordes rotos del cristal. —Lo siento…no quería cabrearles... esto… Me costó unos segundos darme cuenta que esa ya noera la enfermera, cuando cruzó por completo el cristal selevantó con el cuello ladeado y su cuerpo lleno de arañazosde gravedad. Empezó con locura a ir hacía mí. Rápidamente abrí la puerta y la crucé, cerrándolaigualmente deprisa para cortar el paso a la enfermera fuerade sí. Los golpetazos que siguieron a la puerta fuerontremendos. Esa fuerza descomunal que salía de aquella mujerno era normal. Ya no me cabía duda de que algo raroocurría. Sin perder ni un sólo segundo, saliendo de la zona depruebas de sueño, busqué algo para contener la puerta queacababa de cerrar. No podía perder nada de tiempo ya que laenfermera, en su afán de atraparme, no pararía. Si hacía unatrampilla en la puerta para que no la abriese me salvaría. Por - 18 -
  18. 18. suerte, una pequeña papelera alargada y cercana a mí pudohacer ese trabajo. El pasillo en penumbra se extendía ante mí. El silencio que le invadía transmitía una sensaciónmuy extraña. Las habitaciones, abiertas la mayoría, y underribado carrito de comida a la mitad, le daban unasensación de dejadez cuando hacía unas horas que… —¿HOLA? —grité en alto ante mi asombro—¿HAY ALGUIEN AHÍ? No obtuve respuesta, sin embargo un ruido lejanoinvadió la parte del fondo. Entonces me fijé. Una sombraapareció en medio del pasillo. La imagen de una persona conlos pelos largos, piernas delgadas y unas sondas que lecolgaban de los brazos me hizo estremecer. —¿Perdone? Menos mal que le veo… ¿sabe lo queocurre aquí? —pero la sombra no contestaba. Me acerquéunos metros más y cuando empecé a ver mejor quien eraobservé que se trataba de algún paciente, también tenía laboca ensangrentada. - 19 -
  19. 19. —Aghhhh —el gemido escalofriante me dejóparalizado por segundos mientras observaba como aquel serpasó de un estado lento a una rapidez alimentada por lafuria. No pregunté. Eché a correr en dirección hacia otropasillo central, mientras escuchaba como aquel paciente sedebía haber golpeado con el carro de la comida. Eso medaría más ventaja sobre él. Algún fluorescente que parpadeaba y una luz deemergencia era lo único que me ayudaba a avanzar por aqueltenebroso pasillo. ¿Qué habrá podido pasar? ¿Dónde está todo elmundo? Eran preguntas que me pasaban por la cabezamientras avanzaba. ¿Qué ocurrió mientras dormía? A lomejor era un sueño y todo era imaginación mía… - 20 -
  20. 20. 3Llegué a unas amplias puertas abatibles. Un cartel indicabaque estaba en NIDOS. Miré hacia atrás. Aquella cosa o loque fuera seguía acercándose, lentamente ahora. No queríasubestimar su velocidad, ya que observé como se habíamovido antes y aunque parecía torpe, cuando se veía cercade ti empezaba a correr. Accedí entonces a otra parte. No conocía mucho la estructura del hospital ni suszonas pero por el nombre, NIDOS, tendría que ser algoreferente a recién nacidos. Todo parecía oscuro y el silenciose había apoderado también de la zona. —¿Hay alguien? —no quise gritar para no llamar laatención a posibles seres como aquel. El silencio que precedió me dio la respuesta. Nadie.¿Qué estaba pasando? De pronto se empezaron a escuchar un ruidopequeño por el suelo. El sonido de algo arrastrándose. Lopeor era que no se trataba de uno solo sino que al momentose multiplicaron los sonidos. - 21 -
  21. 21. Zas… Algo pasó de pronto de una habitación a otracontigua. —¿Hola? Me fui acercando hacia esa habitación, pero alasomarme y ver lo que era me eché a correr. Varios bebés, con el rostro lleno de sangre, estabanmordiendo a una enfermera caída, seguramente muerta. Unode ellos entonces se giró y empezó a ir a por mí reptando.Por su tamaño, tuve la suerte de dejarlo atrás, pero la imagenme dejó marcado y con varias preguntas que rondaban micabeza: ¿los niños también? Me olía que esto era unainfección. - 22 -
  22. 22. 4No lo advertí, pero mientras corría me asestaron un porrazoen la tripa tirándome al suelo. Alguien me había golpeadocon una barra. Me giré doloroso y observé quien era. Un hombre,vestido de paisano, con una barra metálica parecida a la patade una silla, me iba a rematar mientras me encontraba en elsuelo, pero rápidamente le supliqué que no lo hiciese. —¿Hablas? —su pregunta me dejó helado. —¿Cómo no voy a hablar? —contesté—. Por favor,no me dé, necesito ayuda. Me está persiguiendo algo furiosoy ahora unos bebés caníbales. Por favor, ayúdeme. —¡Venga…corra! Me levanté rápidamente y aún con el dolor en laparte del estómago seguí al hombre. Este empezó a correrhacía una puerta y cuando pasamos la cerró con un pestillo. - 23 -
  23. 23. —Estamos en la zona donde guardan material,sabanas y algunas otras cosas. No sé lo que le estarápersiguiendo, pero también me ha ocurrido algo. Debe haberalgún virus que ha afectado a casi todas las personas delhospital y por eso están reaccionando así. ¿Y usted? ¿Cómoes que está aquí? —Me he despertado de una prueba de sueño ycuando he visto esto me ha dado algo. —Yo venía a ver a un familiar ingresado. Estábamosriéndonos después de que le hubieran dado la cena cuandoempezó a escupir sangre. Perdió el conocimiento actoseguido y mientras estábamos solicitando ayuda a lasenfermeras se levantó y atacó a mi mujer. Intentamossepararlos pero fue en vano. La mordió por el cuellomatándola en el acto. Cuando las enfermeras le intentaroninyectar calmantes este las atacó también como si no lehubieran metido nada…no sé… —calló por un momento yse secó unas lágrimas que brotaron de sus ojos—, no pudesalvar a Susana. - 24 -
  24. 24. —Siento habérselo hecho recordar…lo único ¿Quéhizo que provocase ese ataque? —No sé, sinceramente…tuvo que ser algo porqueaparte de mi familiar, hubo otros ataques similares enhabitaciones adyacentes. Lo peor vino cuando mi mujer y lasenfermeras atacadas tras unos minutos volvieron a la vidaintentando atacarme. Escapé por las escaleras de incendioshasta el segundo piso… donde estamos, ya que desde elprimer piso se oían disparos y me imaginé que ocurriría algosimilar por ahí. Acabé adentrándome en esta sala junto aotro hombre, el cual se ha ido hace un rato para solicitarayuda y no ha vuelto. Estaba dispuesto a salir después deunas horas de espera pero te encontré y hemos vuelto aquí. Miré la sala. Llena de mantas, sabanas, un grifo deagua, varios contenedores de basura y algo parecido a unmontacargas era lo que nos rodeaba en aquel lugar, donde laúnica luz que nos guiaba y nos salvaba de la oscuridad era lade emergencia. —Me llamo Tomás, por cierto. —tendió su mano—Siento lo del palazo. No sabía que usted no estaba infectado. - 25 -
  25. 25. —José. —respondí— Nada...tranquilo, yo hubieraactuado también así. El siguiente cuarto de hora lo pasamos en silencio,roto de vez en cuando charlando sobre supuestasinfecciones que podrían haber creado todo esto. Noschocaba todo y el hecho de que nosotros estuviéramoscomo si nada y los demás hubieran caído, significaba quetodas nuestras ideas se vinieran abajo. Al final, observando que nuestra única manera deescapar de esa sala era por otro lado que no fuera la puerta,empezamos a estudiar la salida por el montacargas. —No es muy grande, pero el montacargas puedellevarnos a zonas inferiores, entre ellas la zona baja delhospital, donde los lavaderos. Supongo que por ahí habráuna salida de emergencia que nos permitirá escapar de esteedificio. Seguramente nos ayude la policía local o alguien. —tras decir eso bebió agua del grifo que había cercano a él. —Qué asco de agua…sabe como a lejía. - 26 -
  26. 26. —Supongo que lo utilizarían para lavar algo yecharon lejía. Bueno... pues entonces tengamos cuidado conlo del montacargas. Puede que haya algunas de esas cosaspor el agujero y la liemos. —respondí. El primero en ir fue Tomás. Era más pequeño ydelgado que yo, por lo que, pese a tener las dimensiones deuna lavadora, no tuvo problemas en meterse. —Suerte José. Te espero abajo. Cerré la puerta y di al botón verde. El sonido que le precedió fue alto. Sabía queestábamos llamando la atención de los infectados, pero eraalgo por lo que nos teníamos que arriesgar. De pronto,cuando llevaba unos segundos bajando, se paró. Seescucharon toques como dándome a entender que podíasubir el montacargas y volví a dar el botón, esta vez el rojo. - 27 -
  27. 27. 5Cuando bajé con el montacargas me encontré a Tomás, queseguía portando el palo con el que me dio con anterioridad.Aunque me esperaba, no se fiaba, por si había sido atacado ome había convertido en uno de ellos. En cualquier momentopodíamos convertirnos sin saber por qué. —Esta es la primera planta. Al parecer elmontacargas no llega a más. Falta una para estar a ras delsuelo por lo que debemos seguir avanzando. —Yo creo que con que salgamos incluso a unaventana que dé al exterior me conformo. Desde el tejadopodemos estudiar la posibilidad de bajar al suelo o solicitarayuda. Puede que sea menos arriesgado que bajar otro pisomás. De pronto, Tomás me agarró del brazo y se agachóescupiendo sangre por la boca. Le agarré y intente sentarloen el suelo pero éste me apartó mientras seguía vomitandocada vez más sangre. - 28 -
  28. 28. —¿Se encuentra bien, señor Tomás? ¡TOMÁS! —paré de preguntar e intentar socorrerle cuando levantó lacabeza. Su mirada me indicaba que ya no era él, sino unamás de esas cosas. Se me tiró encima e intentó asestarme un mordisco,pero le aparté con las piernas y le lancé a un metro de mí.Tiempo suficiente para agarrar el palo que llevaba yclavárselo por la boca. Tomás soltó un grito fuerte y cesó ensu empeño por atacarme. Ahora sabía qué podría ser el brote de infección: ELAGUA. Tomás había bebido agua y al cabo de media hora lebrotó esa furia. Creo que de no haber sido porque no caí enbeber agua, ahora mismo estaría también infectado. El cuerpo inerte de mi compañero yacía ahora en elpasillo. Tuve que hacer esfuerzos por no vomitar cuandocogí el palo y lo quité de su boca. Me daba miedo que susangre pudiera infectarme a mí también, por lo que limpiéesa parte con su ropa, pero estaba tan cubierto que acabé - 29 -
  29. 29. tirándolo. Volvía a estar solo. O eso pensé, el grito de Tomásantes de morir había llamado la atención de otras de esascosas, las que empezaron a acercarse. Como si de una carrera se tratase, desde la otra zonadel pasillo tres infectados iban a por mí. Debía moverme deallí como fuera. Accedí a la primera puerta y corriendo unos metrosmás, me adentré en otra: una gran sala con unas diez camillasen los laterales se abría ante mí. Intenté poner una pequeñamesa y unas cuantas papeleras en la puerta para que no laabriesen con facilidad y darme un tiempo de reacciónprudente cuando entrasen. Estaba cerca de escapar… no podía rendirme ahora. Me giré y observé la sala. Vacía, sin movimientos nirastros de ningún infectado, cuando pasé cerca de una zonacon un extintor lo cogí y me cargué con él para utilizarlo dearma. Supuse que la espuma podría pararles un poco. Era lamejor opción en esos momentos. - 30 -
  30. 30. Seguí caminando despacio. Tenía el presentimientoque con tanto silencio algo me aguardaba allí. Observaba lascamillas mientras agarraba fuerte el extintor Estabancubiertas con sabanas y en algunas parecía haber gentedebajo. De pronto, en una se movió algo. —¿Hay alguien ahí? —me quedé parado casi a lospies de la camilla—. No lo repetiré más… o disparo — unamentira me podría salvar la vida a mí y a quien fuera. —No... por favor, no dispares. Sólo soy yo. Debajo de las sabanas una niña pequeña salióacercándose a mí. Seguí apuntándole pero conforme seacercó fui bajando el extintor, ya que no vi síntomas deinfección en ella. —Dime pequeña… ¿estás sola? —Sí señor…estoy sola y tengo miedo. Hay gentemala que se comporta de forma rara y me he tenido queesconder. - 31 -
  31. 31. La observé otra vez de nuevo. ¿Cómo una niña habíapodido sobrevivir a este caos que azotaba el edificio? —Dime nena… ¿has bebido agua? —No puedo… me dijeron que me iban a haceranálisis y que no podía beber agua... por eso he bebido unzumo que me trajo Jacinta. —¿Y quién es Jacinta? —Esa… la que está en el suelo —dijo señalando auna mujer de bata blanca manchada de sangre por la espalda.Tenía la cabeza reventada por un fuerte golpe con unabandeja de metal caída a su lado. —¿Qué la pasó? —Quiso morder a un hombre. El hombre dijo queme tapase y me escondiese dentro de las sabanas. —Se callóy empezó a caminar en silencio hacía la enfermera, perorápidamente la agarré y la abracé haciendo que la diese laespalda. Me podría imaginar la escena. Aquel sujeto la matóy luego acto seguido desapareció por la puerta que teníamos - 32 -
  32. 32. enfrente. Seguramente llevarse a la niña le podría suponer unincordio y no querría complicaciones para intentar lucharpor sobrevivir, pero yo no podía dejarla ahí, sola y menossabiendo que lo que la esperaba fuera de esa sala eraninfectados sedientos de muerte. No podía dejar que sellevasen otra vida inocente… no mientras yo estuviera ahí. 6Los golpes en la puerta nos asustaron de pronto, sabiendoque si no nos movíamos acompañaríamos a esa horda deinfectados en busca de otras almas que se encontrasen en lamisma situación que nosotros. —Vamos pequeña, debemos salir de aquí. Hay gentemala y nos quieren pillar. —ella se agarró más fuerte a mí.Creo que había metido la pata infundiéndole más miedo. —Mejor… vamos a jugar un juego: Consiste en queno nos pillen, ¿eres buena? Vamos a comprobarlo... eso sí,no mires a Jacinta. - 33 -
  33. 33. A la niña la pareció divertido y su amplia sonrisailuminó por unos momentos mis ojos. Sólo esa sonrisa valíala pena para luchar por sobrevivir. —Vamos chavala. Corrimos hacia la puerta. Justo cuando latraspasamos se oyeron ruidos en la sala que habíamosdejado: habían accedido a ella e iban detrás de nosotros. —¿Pero por qué hacen tanto ruido? —la inocenciade ella respecto a lo que estaba ocurriendo nos daba ventaja,ya que el miedo empezaba a invadirme a mí, mientras que aella aún no lo había hecho. Si ello ocurriera, tendríamos ungrave problema. —Venga… ahora te lo cuento, pero debemos irhacía la salida cercana o una ventanita que dé a lacalle….vamos. —empecé a agarrarla fuerte del brazo paraque siguiese mi ritmo. Sabía a ciencia cierta que no le gustabaque la cogiese con rudeza pero si no lo hacía, la atraparían. Salimos a otro pasillo. Oscuro, con los ruidos defondo de infectados que nos seguían. Al final se observaba - 34 -
  34. 34. luz solar que se debía filtrar. Quizás acercándose a ese lugarhabría una gran ventana para que pudiéramos escapar porahí. —Me haces daño. No quiero ser tu amiga. —perono le hice caso. Sabía que no estaba a gusto pero lo quehacía era para salvarle la vida. Íbamos por la mitad del pasillo cuando aparecieronlos infectados detrás de nosotros. El pasillo era largo pero ala velocidad que empezaron a correr nos atraparían antes dellegar al final, por lo que me decidí a enfrentarme a ellos.Cogí el extintor que aún llevaba en el otro brazo y mepreparé. —No te muevas de mi lado. —dije a la niña mientrasla miraba. Luego aparté la vista y observé al primer grupoque se acercaba. Agarré el extintor y apreté el gatillo de este. En un momento esa zona del pasillo empezó allenarse de humo blanco y espuma. No era fácil saber sihabía servido para frenar a esa horda, pero si lo suficientepara coger a la niña de nuevo y huir hacía el otro lado. Sólo - 35 -
  35. 35. nos quedaba una oportunidad y era llegar a las ventanas quese divisaban al final. —Corre pequeña, corre… —pero cuando creía quenos íbamos a salvar, de una puerta abierta que había en ellateral, surgió un infectado que se tiró encima de la niña.Sólo faltó un zarpazo de éste. Sin darme cuenta, me laacababa de arrebatar del brazo y se había colocado encimade ella. La niña gritó cuando le empezó a morder el cuello.Intenté ayudarla pero de la niebla producida por el extintor,surgieron más infectados que se abalanzaron sobre sucuerpo, llegándose a pelear por algún hueco donde podermorder o arrancar alguno de sus miembros. Ni siquiera había podido preguntarle su nombre. Lleno de rabia, pero a la vez de impotencia por nohaber podido salvarla, seguí corriendo hasta el final delpasillo, donde se divisaba la luz solar. Entonces, llegando a laesquina de donde brotaba la luz, apareció una ventanaamplia de cristal. - 36 -
  36. 36. 7Rápidamente traspase de un golpe la ventana para apareceren la azotea del primer piso, una imagen me dejó helado: Una veintena de coches militares se apostaban en losalrededores del hospital. Lo que había sido hasta hace unashoras el aparcamiento del hospital era ahora un laberinto debarricadas. En la puerta de éste, un montón de cadáveres seamontonaban cerca de la puerta. Civiles abatidos a tiros queseguramente habrían querido huir del recinto. Tenían elsanatorio en cuarentena y no dejaban salir a nadie. —¡NO SE MUEVA. REPRESENTA UN FOCODE INFECCIÓN. QUEDESE QUIETO DONDE ESTÁY NO DÉ NI UN PASO MÁS, O ABRIREMOS FUEGO!—me advirtió una voz desde un micrófono. —¡ESPEREN! —grité con las manos alzadas—¡TENGO LA RESPUESTA DEL ORIGEN DE LAINFECCIÓN! —di un paso más quedándome en el bordede la azotea, pero en aquel momento las balas empezaron a - 37 -
  37. 37. llover mientras notaba una sensación muy extraña por todomi cuerpo. Un frio empezaba a invadirlo. Ya sin fuerzas empecé a caer desde ahí al suelo. Dicen que en esos segundos se te pasa la vida antetus ojos. Yo sólo veía como la distancia iba reduciéndose. Elimpacto fue tremendo. Ya caído, tenía la mirada centrada enun militar que seguía apuntándome mientras se acercaba.Empezó a despejarse ese frio intenso que se habíaapoderado de mí segundos antes. Parecía como si hubieranabierto una ventana y de ella escapase todo. Un pitido fuertey constante sonó entonces tapando cualquier otro sonidoque se escuchara anteriormente. —¿Estás bien, José? Alarmado abrí los ojos. Pese a que me encontrabamuy cansado, con un gesto rápido me acurruqué en posiciónfetal mientras empecé a suplicar que no me disparasen. —Tranquilo… sólo ha sido una pesadilla, tranquilo. - 38 -
  38. 38. Abrí los ojos entonces al escuchar esa voz. Estaba enla habitación de la prueba, junto a la enfermera de pelocastaño que me atendía. Todo había sido una pesadilla…pero una muy real. Respiré profundo y me calme. Entonces,observándome la enfermera, se giró para coger algo y sevolvió hacía mí —¿Un vaso de agua? -Fin- - 39 -
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  40. 40. Noche vieja zombi Paqui García (España)PRÓLOGOEsta historia tiene lugar en un centro de control de emergenciascualquiera. La ciudad en la que sucede y los personajes que aparecen enella son ficticios, aunque están basados en un lugar y unos personajesreales: antiguos compañeros de trabajo con los que compartí muchosturnos. Este relato es una adaptación de una historia que escribí por ypara ellos. Todo sucede en el centro de emergencias de la ciudad deGálama, situada en la región de Alucadian. La historia gira en torno a los trabajadores de aquel centro.El lugar está organizado en dos áreas: el centro Alpha, el cual es elencargado de atender las llamadas de emergencia y el centro Beta seocupa de su posterior gestión. - 41 -
  41. 41. Cuando se recibe una llamada, los datos se anotan en unprograma de ordenador, creando partes en el sistema con cada incidenciaque ocurra. Posteriormente, estos partes serán gestionados y tramitados,dando aviso a los cuerpos y fuerzas de seguridad, a emergenciassanitarias o a quien corresponda. El centro de control de Gálama comparte instalaciones con lapolicía de la ciudad. Un edificio dividido en dos, con una puerta comúnque los separa. Cerca de aquel edificio, se encuentra una cafetería-confitería llamada Tasanca, muy frecuentada por los trabajadores delcentro. Se trabaja a turnos, a las 22h entra el turno de noche, a lasdoce en punto de la noche salen otros y hasta las 08h de la mañana nollega el relevo. Esa noche había un turno de refuerzo que salía a las dosde la madrugada. La historia que van a leer a continuación, podía habersucedido perfectamente en la Nochevieja del año 2010. - 42 -
  42. 42. CAPÍTULO I. CAOSAquella noche no iba a ser como las demás. Casi todoshabían trabajado anteriormente en Nochevieja, pero ningunacomo la que se avecinaba. Los trabajadores del centro decontrol de Gálama, no podían siquiera imaginarse lo queestaba a punto de sucederles... Como era costumbre en esa temporada, llegaron altrabajo dispuestos a pasar una noche ―movidita‖ y repleta deincidencias: personas atragantadas con las uvas, accidentesviables atribuidos a las prisas y el alcohol, peleas familiares, yun sinfín de incidentes que se repetían año tras año. Nada más sentarse en los puestos, justo cuando ya seestaban marchando los del turno de la tarde, percibieron quese estaban produciendo demasiados accidentes y situacionesque no eran capaces de clasificar en sus protocolos deactuación. La gente gritaba sin control al otro lado de la líneatelefónica y apenas nadie sabía explicar lo que les estaba - 43 -
  43. 43. sucediendo. Parecía que el caos se estaba apoderando de lasciudades y de todos y cada uno de los rincones de Alucadian. Tras recibir las llamadas y anotar lo que creíanentender, los trabajadores de Gálama no podían hacer nadamás, ya que los servicios operativos (policía, bomberos, etc.)no contestaban a sus solicitudes. Los del centro de controlBeta no podían hacer seguimientos puesto que era imposibleque se resolvieran las emergencias al no ser atendidas por losoperativos. Los partes de incidencias se abrían y se quedabantal cual, en el limbo en el que se había convertido el sistemainformático. Nada de nada. Ningún tipo de actividad al otrolado. Los teléfonos ardían y se iban acumulando montonesde incidencias que jamás serían atendidas. Con semejantevolumen de trabajo en el centro Alpha, ninguno podíacomentar nada con los compañeros. De vez en cuando sepermitían cruzar algunas miradas de desconcierto entre ellos,pero nada más. No tenían ni la oportunidad de disfrutar dela cena con la que les había obsequiado la empresa ese año. - 44 -
  44. 44. CAPÍTULO II. DESCONCIERTOFernando, el coordinador de Alpha del turno de esa noche,no tardó en llamar a su superior al ver cómo se estabadesarrollando la noche. Se consideraba autosuficiente peroesta vez necesitaba instrucciones. La situación lo requería.Quería explicarle que se estaban produciendo demasiadasllamadas y no daban abasto. Que las emergencias no estabansiendo atendidas. Que no acudía ni la policía ni losbomberos ni nadie. Pero su jefe no contestaba al teléfono. Lo intentó encinco ocasiones sin éxito. Así que, sin su consentimiento,decidió tomar el mando por su cuenta y riesgo. No queríacrear más alarma en la sala, por lo que optó por nocompartir aquello con nadie. Fue entonces cuando empezó arecibir faxes pidiendo auxilio de los otros centros Beta quecomponían Alucadian. El primero fue de la ciudad de Dránaga, decía así: “Necesito ayuda, están todos muertos”. El segundo, de Neja: - 45 -
  45. 45. “¿Sabéis lo que pasa? ¿Queda alguien en Gálama?Intentamos contactar con el resto de ciudades pero nadie contesta”. El tercero y último fue de Bódacor, un simple: “¡Socorro!” Fernando no podía permitir que sus subordinados sedieran cuenta de que estaba a punto de perder los nervios.Así que simuló no haber leído nada importante. De repente, los teléfonos dejaron de sonar. Todos semiraron aliviados... Valeria, la rubia simpática que siempre se encargabade animarlos a todos, fue la primera en hablar: —Tíos, esto me está dando muy mal rollo... —¡¡¡Seguro que se trata de un ataque zombi!!! Jajaja.— contestó divertido Ángel. Todos lo miraron con cierta preocupación. Sabíanque él era todo un adicto a ese género y seguro que le hacíailusión que fuera real su suposición... Pero eso no podía ser. - 46 -
  46. 46. Sole, la más joven del grupo, dijo entonces: —Sí claro, un ataque zombi. ¡Vamos no me jodas!Qué fuerte me parece... —Señores, tranquilidad, —añadió Elvira con laprudencia que la caracterizaba— seguro que no es nada, sehan caído las líneas de tanto trabajar... La gente se vuelveloca con tanto alcohol en las fiestas. La pobre Cristina, que llevaba muy pocos mesestrabajando allí, no hacía más que pensar en la menudanochecita que le había tocado currar. Tenía que habercambiado el maldito turno… Ahora que se había calmado lacosa, creyó que sería el momento perfecto para bajar al bañoa echarse agua fresca en la nuca, lo necesitaba realmente. Al ver que iba a bajar sola, Noa se ofreció aacompañarla diciendo: —Nena, bajo contigo, de todos modos aquí no haymucho que hacer ya y prefiero que no vayas sola. - 47 -
  47. 47. Mientras, Jacinto y Carmen prefirieron permanecercallados. Fernando, aprovechando que ahora tenía un respiro,puso la televisión para que, al menos el que quisiera, setomara las uvas, puesto que estaban a punto de dar las doce.A ver si de una vez conseguía que aquello pareciese unaNochevieja como Dios manda. Cuál fue su sorpresa aldescubrir que no aparecía ningún canal disponible... Entonces dijo: —Estoy con Valeria, no me gusta ni un pelo lo queestá pasando esta noche... Inmediatamente se descubrió siendo escrutado porlas miradas de los demás. Todos estaban sorprendidos trasoír sus palabras. Él nunca mostraba debilidad. Sus ojos, deun azul intenso, ahora se habían tornado a grismisteriosamente. Todo aquello los desconcertaba. El pánico empezaba, poco a poco, a instalarse enaquella sala. - 48 -
  48. 48. CAPÍTULO III. LAS DOCE CAMPANADAS—El que quiera tomarse las uvas va tener que inventarse lascampanadas —pensó en voz alta Valeria, para quitarle hierroal asunto. Y entonces, burlonamente, empezó a imitar elsonido de las campanas, lo que provocó alguna que otra falsasonrisa en los demás. Los que salían a las doce de la noche (José, Dunia,Jaime y Rocío) estaban deseando irse a casa, sin tomar lasuvas ni nada. La curiosidad por lo que ocurría allí fuera y lanecesidad de saber cómo estaban los suyos, superaban sumiedo a salir. Así que se colocaron los abrigos, se despidieron (porúltima vez) y bajaron las escaleras que conducían a la salida.Al mismo tiempo, los cuatro del turno de noche de Beta,estaban pensando qué hacer. Ellos también se encontrabanincomunicados y habían recibido poco antes faxes extraños,pero ninguno había querido decírselo a los de Alpha. Estaban bastante asustados. Aún así, decidieronhacer una excursión al centro de policía con el que - 49 -
  49. 49. compartían las instalaciones. Seguramente con ellos estaríanmás seguros. Cometieron el gran error de ir todos los queestaban en el turno, ya que nadie era tan valiente como paraquedarse solo en aquella sala, aunque estuviesen los de Alphajusto al otro lado, separados tan sólo por una miserablepuerta de madera. José se colocó la gorra y se dirigió a la salida, nadamás abrir la puerta, notó que algo se abalanzaba sobre él. Noreaccionó. Sólo sintió dolor y cierto calor en el estómago: —¡Joder! Pero qué coño...—no pudo decir nada más,tres extrañas cosas lo estaban despedazando. Dunia se quedó petrificada viendo cómo los restosde su compañero volaban por los aires. No le dio tiempo nide gritar. Aquellos seres ya la habían atrapado. Su sangreregaba toda la entrada del centro... Murió con una expresiónde incredulidad en sus ojos. Rocío y Jaime, al ver lo que estaba ocurriendo,intentaron subir las escaleras de nuevo, pero fue demasiado - 50 -
  50. 50. tarde. Uno ya había agarrado el pie de Rocío justo cuandoJaime estaba alcanzando la puerta de arriba. No podía perderla así, no de aquella manera. Hacíasólo un par de meses que habían empezado su relación ytenían grandes planes para el futuro. Así que intentó cogerlapor los brazos sin perder su posición, pero lo único queconsiguió fue que el engendro que la tenía sujeta, se enfadaraaún más y tirara con más fuerza de ella, tanto que terminópor partirla por la mitad, y sus piernas fueron lanzadas sobrela masa de sangre, músculos y vísceras de lo que hasta haceun momento habían sido sus otros dos desafortunadoscompañeros. Con su último aliento, marcado por el horror y unparalizante dolor, Rocío logró ver a su asesino. Los ojosfuera de sus órbitas y la piel como de cera, no podía ser unhumano. Ella murió pocos segundos después de que este serle arrancara parte del estómago, bajo la impotente mirada deJaime, que no pudo hacer nada por salvarla. Al oír los gritos, los de Beta, que ya habían salido desu sala, bajaron rápidamente a socorrerlos, encontrando a - 51 -
  51. 51. Jaime nada más salir. Le preguntaron si se encontraba bien,pero éste era incapaz de articular palabra. No pudo avisarles.Permaneció inmóvil, arriba de la escalera, viendo cómo losseres también los desmembraban. En la sala del centro A, todos escuchaban los gritos,pero ninguno se atrevía a abrir la puerta. A través de losmonitores, habían visto parte de aquel espectáculo dantesco.Sobrecogidos, la mayoría eran incapaces de reaccionar.Ahora entendían los chillidos histéricos de la gente que hastahace un rato habían estado llamándoles por teléfono.CAPÍTULO IV. ACCIÓN-REACCIÓNÁngel se peinó con la mano su larga cabellera rubia, y conuna gomilla que tenía en su muñeca, se recogió el pelo. Esosiempre le ayudaba a aclarar las ideas y se había convertidocasi en un ritual para él. Además, sería mucho más cómodo yestaría mejor preparado para defenderse de cualquier ataque. Pensó que lo ideal era bloquear la puerta, así que selo dijo a Jacinto, un chico de complexión fuerte, quien le - 52 -
  52. 52. ayudó a mover el mueble de la impresora para bloquearla.No era gran cosa, pero al menos les daba algo de tiempohasta que se les ocurriera algo mejor. Valeria exclamó entonces: —¿Y Jaime? ¿Vais a dejarlo ahí fuera? No lo he vistocomo a los demás, puede estar vivo todavía... ¿No osimporta? —Claro que nos importa. Pero tú has visto lo mismoque nosotros —replicó Fernando. —Y Noa y Cristina, ¿dónde están? Ya deberíanhaber vuelto del baño... —Dijo Carmen, temiéndose lo peor. De repente el instinto de supervivencia de Jaimeafloró, y se abalanzó sobre la puerta que escondía a suscompañeros. Empezó a aporrearla. —¡Dejadme entrar! Os lo ruego, ¡dejadme entrar! Fernando ya no sabía ni qué pensar, no le pagabanpara coordinar semejante caos. Aquello se les estaba yendo - 53 -
  53. 53. de las manos. No sería él el responsable de ninguna muerte.Así que decidió dejar al resto hacer lo que quisiera. —Son zombis Ángel, tenías razón —dijo Sole. —Sí, son zombis, por eso no podemos dejarle entrar.—afirmó Ángel— He visto demasiadas películas y he leídomiles de libros. Por lo que sé, seguro que está infectado ya. —Pero, ¿vas a dejarlo ahí? ¿No lo oyes? ¡Lo van amatar! —aulló Valeria. —Fernando, díselo, dile que le abra. —insistióSole— No puedo creerlo Ángel, creía que era tu mejoramigo —continuo entre sollozos. —Es lo mejor para todos. —sentenció Ángel—Seguro que él haría lo mismo por nosotros. —al menos, élquería pensar eso. Fernando no abrió la boca. No era su problema. Ya no se oía a Jaime a través de la puerta, sólo losgemidos ahogados de los muertos vivientes. Tampoco tenían - 54 -
  54. 54. noticias ni de Cristina ni de Noa. El reloj marcaba ya las dosde la madrugada, pero Elvira, que esa noche deberíaterminar su trabajo a esa hora, no tenía ni la más mínimaintención de irse. Ángel instó al resto de compañeros a buscar amas yla cocina presumía ser el mejor sitio de la sala paraencontrarlas. Junto con Elvira, se dedicó a coger todos loscuchillos que había en ella. Mientras tanto, Carmen, Valeria y Sole, seentretuvieron en bloquear más el acceso a la sala, colocandotodo lo que encontraban delante de la puerta, incluidos lospercheros. Valeria pensó que éstos no servirían de muchopero, al menos, si los muertos intentaban forzar la puerta,éstos caerían y harían ruido sirviéndoles de alarma. Ajenos a todo esto, estaban Jacinto y Fernando. Elprimero no podía más, no hacía más que pensar en sufamilia, en su bebe y en que quería salir de allí. Acababa deser padre. Tenía que ir a por ellos. - 55 -
  55. 55. Se asomó a la ventana de atrás, la que daba a uncampo de fútbol. Y volvió junto a Fernando, que estabasentado, sumido en sus pensamientos y con la miradaperdida. Jacinto le explicó que tenía un plan. Consistía ensaltar por la ventana. La altura no era tanta, sólo dos plantas,y si controlaba su caída apenas se harían daño. Una vezabajo, intentarían correr hasta el campo de fútbol queaparentaba estar vacío y limpio de zombis. Si conseguíanllegar hasta allí y subir por las vallas hasta llegar a la portería,estarían a salvo. Era un buen sitio donde esperar ayuda, si esque ésta llegaba. La comisaría de policía estaba cerca, quizá siviniesen a rescatarlos en un helicóptero, podrían aterrizar enmedio del campo. Sin pensarlo un segundo, Fernandoasintió. Ambos saltaron. El coordinador no calculó bien ycayó de pie, notando un penetrante dolor que le subíapunzante por la pierna. Con toda seguridad se había hecho almenos un esguince en el tobillo. —¡Mierda! —gritó y sin mirar a su compañero desalto, avanzó como pudo hasta el campo. - 56 -
  56. 56. Jacinto no fue tan afortunado. Al caer, su cabezachocó contra la barandilla de la calle. Fue una muerte rápida.Pero la sangre que brotaba de la brecha de su frente atrajo alos zombis como la miel a las moscas, apareciendo por todaspartes, gritando y dando alaridos, como avisando a losdemás. En menos de un minuto, habían destrozado elcuerpo. A Fernando lo interceptó en el camino uno que ibavestido de uniforme. Sí, lo conocía, era el camarero de laTasanca que unas horas antes les había traído la cena que nohabían podido probar. La única diferencia que notó es queaquellos ojos no tenían ni una pizca de su antiguaamabilidad, estaban vacíos. En su brazo derecho, sus huesosse abrían paso entre la carne putrefacta, pero seguía llevandola pajarita bien puesta. Cualquiera sentiría pena al ver a unser conocido tan deformado. Fernando apenas tuvo tiempo de actuar, queríaavanzar pero no podía esquivarlo. No tenía nada con quédefenderse y su tobillo no le facilitaba las cosas (se dijo a símismo que tenía que haberlo pensado antes de saltar). Elresto de zombis, hartos de su reciente festín, se acercaban - 57 -
  57. 57. mientras él forcejeaba con lo que quedaba del camarero.Sacando fuerzas de flaqueza, le asestó un golpe en el cráneoque casi rompe el cuello de aquella cosa. Lo dejó tumbadoen el suelo, con el cuello medio dislocado, sus manosaferrándose al aire y dando dentelladas a diestro y siniestro.El chico de mirada gris aprovechó para correr como pudo ylogró agarrarse a la valla y trepar. Por fin consiguió entrar enel campo. Los que aún quedaban vivos en sala no se dieroncuenta de dónde estaban Jacinto y Fernando, hasta queoyeron varios alaridos a través de la ventana. Prefirieron noperder el tiempo, seguro que también habían muerto. Ángelpropuso ir a buscar armas en la estación de policía, era unaoportunidad que no podían dejar pasar. Ninguna de laschicas quería quedarse sola allí, así que decidieron nosepararse e ir juntos a por todo lo que pudieran conseguir. Al abrir la puerta de emergencia que comunicaba conla policía, vieron a un joven agente corriendo desesperadohacia ellos, perseguido por toda una horda de aquéllas cosasque antes habían sido personas. El policía pudo colarsedentro de la sala, pero antes de que pudieran cerrar la puerta, - 58 -
  58. 58. un par de zombis alcanzaron a Sole. El primero la agarró porla cintura, desgarrando con sus dientes amarillentos todas laspartes del cuerpo de la chica que se iba encontrando a supaso. El segundo, se conformó con arrancarle parte de lapantorrilla. Valeria, Ángel, Elvira y Carmen lucharon contodas sus fuerzas por cerrar aquella maldita entrada alinfierno, al tiempo que el policía cogía aire junto a unaventana. Por fin lo consiguieron. La volvieron a cerrar. Loque quedaba de Sole se quedó al otro lado. Valeria, agitada, observó que el policía tenía unaherida en la pierna con muy mal aspecto. Ella no sabía nadade zombis, pero confiaba en su instinto. Y éste le decía queno se fiara y que cogiera la pistola. Con mucho cuidado seacercó al policía que estaba empezando a sentir los primerossíntomas de la transformación. Disimuladamente, Valeriaintentó coger el arma, pero el agente se percató de ello yempezó a forcejear con ella entre gruñidos y gritos de dolor.Durante el forcejeo, la pistola se disparó, dando de lleno enel lado izquierdo del pecho del chico que más sabía dezombis, dejando al resto casi sin opciones de supervivencia.Una muerte absurda. Seguro que a Ángel le hubiese gustado - 59 -
  59. 59. morir matando zombis y no de aquella forma, por un simplecapricho del azar. Valeria consiguió hacerse con el arma y no dudó endisparar a la cabeza del poli. —¡Uno menos! Maldito cabrón, y encima lehabíamos ayudado... —dijo Valeria con tono desquiciado. —¡Dios! ¿Cómo has podido, Valeria? —gritóCarmen, al ver a su compañero sangrando y sin vida— ¡Hasmatado a Ángel! —Yo no he matado a nadie, no ha sido culpa mía. —replicó Valeria. —¡Dejadlo ya! —sentenció Elvira— Noconseguimos nada discutiendo, ¡joder! Valeria, armada, corrió llorando a la cocina y seencerró. Empujó el frigorífico como pudo para atrancar lapuerta, mientras sus compañeras desesperadas le gritabanque no lo hiciera. Pero ninguna reparó en que Ángel - 60 -
  60. 60. comenzaba a moverse en el suelo, justo al lado del puesto16. —Valeria, ábrenos. Si estamos juntas podremossalvarnos. ¡Por favor, sal de ahí! —suplicó Carmen. —No pienso salir. —respondió. Mientras Valeria asimilaba lo que acababa de ocurrir,el horripilante ser en el que se había convertido Ángel, selevantó sin dar ningún tipo de tregua, atacando primero aElvira por encontrarse más cerca. Le hundió la mandíbula enel cuello. Ella intentó zafarse y tapar la hemorragia, pero elzombi se cebó, lleno de furia, desgarrando su cuerpo, quecayó como si fuera un muñeco de trapo. Carmen imploraba a Valeria que le abriera la puertade la cocina, el engendro se acercaba y esa era su únicaescapatoria. Valeria, sin pensarlo, retiró la nevera y la dejóentrar. Entre las dos colocaron de nuevo la máquina del caféy el frigorífico, quedando encerradas en poco más de tresmetros cuadrados. - 61 -
  61. 61. Mientras, el cadáver de Ángel se movía librementepor la sala...CAPÍTULO V. MAÑANA DEL DÍA 1 DE ENERO DE2011Sonó el despertador, Mercedes se despertó de un horriblesueño: todos los compañeros de Nochevieja habían muertopor un ataque zombi. No se lo podía creer. Estos turnos iban a acabar conella, necesitaba descansar más. —―¿Y si fuese verdad? ¿Y si al llegar al trabajoestuviesen todos muertos?‖ —pensó. No, no podía ser cierto... ¿O sí? Bueno, la verdad es que, si era sincera, tampoco leimportaba mucho. - 62 -
  62. 62. Realmente lo que más odiaba era tener que quitarsesu pijama polar (de color rosa y estampado de ositos) y salirde la cama. Ella sólo pensaba en llegar a la sala para comerse uncanapé de la Tasanca, del catering de la noche anterior. Esosiempre que los compañeros de la noche hubieran dejadoalguno... mmm qué ricos, merecía madrugar sólo por eso.Aunque estando tan buenos, seguro que se los habíanzampado todos. Pensándolo bien, si hubieran muerto en un ataquezombi, seguro que estaría la cocina llena de canapés cuandoella llegara, y… se sonrió. - 63 -
  63. 63. - 64 -
  64. 64. Folle con EllaFranco DiMerda (Perú-España) Soy una mujer normal, una rosa blanca de metal pero en este amanecer el dolor me vuelve de papel. Camino bajo el sol pero es invierno en mi corazón. Así estoy yo... Desesperada porque nuestro amor es una esmeralda que un ladrón robó. Desesperada - 65 -
  65. 65. porque ya no sé dónde está mi sueño ni por qué se fue. No tengo a donde ir, sin ti. Solo puedo repetir, desesperada. —Marta Sánchez—Madrid, un año después del primer brote zombi. El soldadoespañol, José Etxebarría, y el soldado peruano nacionalizadoespañol, William Quispe, se encuentran con sus respectivosequipamientos y fusiles automáticos en una habitación de unexclusivo piso de la avenida Cardenal Herrera Oria. En elcentro de la espaciosa estancia se encuentra una cama, ysobre ella, con cada uno de sus miembros amarrados, unazombi. Sólo viste ropa interior de encaje color negro y suestado de descomposición no parece demasiado avanzado.De no ser porque lleva el cabello totalmente revuelto y,sobretodo, por esas constantes dentelladas que da al aire en - 66 -
  66. 66. busca de presa, la zombi pasaría por cualquier personanormal. —Joder, colega —dice José sin salir de su asombro.Apunta su fusil a la zombi con nerviosismo. Sujeta tan fuerteel arma que le duelen las manos—. Estás… estás como unaputa cabra. ¿Cómo se te ocurre…? —Pucha, José. Tú eres mi compadre. Por eso te lohe mostrado a ti nomás. Ni al Pecas, ni al Flautas, ni alColombiano, a nadie de nuestra compañía. Sólo a ti, pueshuevón. Porque eres mi compadre. Mi causa, como decimosen mi tierra. —Joder, Machu Picchu. Si se enteran en la base tevan a matar. Es más, si cualquier civil se entera de queescondes una zombi en este piso te matará. Sobretodo esosgrupos de chalados que van armados y que creen que Madrides su coto de caza. Esos no se detendrán porque pertenezcasa las Fuerzas Armadas de España. Te pegarán un tiro en lacabeza, como a cualquier zombi. ¡Pumba! A tomar por culocon Machu Picchu. - 67 -
  67. 67. —Nadie tiene porqué enterarse, causita —William dapequeñas palmadas en la espalda de José—. Esto sólo losabemos tú y yo. —¿En qué coño estabas pensando cuando la trajisteaquí? —José aparta la mano de William alzando el codo desu brazo derecho, pero sin soltar su fusil— ¿Quieresexplicármelo? No solo estás arriesgando tu vida si no quetambién, si se enteran en la base que yo lo sé o soy tucómplice, lo mínimo que me harán será encarcelarme y luegoexpulsarme del ejército. —No exageres, huevón. Tampoco es para tanto. —¿Tampoco es para tanto, dices? ¿Eres gilipollas,Machu Picchu? ¿Qué pasa contigo? —Mira, compadre. Hace siete años que vine aEspaña y desde entonces no he regresado al Perú. Dejé a mifamilia, a mis amigos, mi casa… Chucha, dejé hasta a mihembrita, huevón. —¿Tu hembrita? - 68 -
  68. 68. —Mi novia, huevón, mi novia. La dejé llorando en elaeropuerto Jorge Chávez de Lima. Lo que quiero decir esque lo dejé todo por venir a España. Todo. Mi plan eraentrar al ejército español porque no sólo me gusta la vidamilitar, sino que también quería conocer mundo y que meenviasen a lugares como Afganistán, Irak, África, etc. Si mehubiera quedado en el ejército peruano al único lugar que mehabrían mandado sería a la sierra peruana, huevón. Que escomo decir aquí a las montañas. O sea a la punta del montea pelear contra los terroristas o los narcos de la selva. Perono, vengo, postulo al ejército español, paso las pruebas, meaceptan y en lugar de mandarme a Afganistán, por ejemplo,me dicen que me quede aquí, en Madrid, a matar zombis,conchasumadre. No puedo ser más piña, huevón. —¿Pero tú crees, Machu Picchu, que nosotroshemos buscado esto? —Yo no creo nada, huevón. Yo sólo sé que no mevine hasta acá ni me hice soldado para matar zombisespañoles. Para eso está la policía o los cazadores esos quevan en grupos con sus escopetas, a quienes llamas chalados. - 69 -
  69. 69. José, más calmado, deja de apuntar a la zombi.Deduce que si la muerta viviente hubiera podido atacarlos yalo hubiera hecho, por lo que las cuerdas que la sujetan a lacama deben ser resistentes. —Machu Picchu —dice José en tono paternal. Habajado el arma y posa una mano sobre el hombro deWilliam—, tienes que entender una cosa. Si el gobiernoespañol pidió al ejército que interviniera no sólo fue paraintentar controlar esta situación, sino porque en Españasurgió una verdadera emergencia que estuvo a punto deinfectar todo el país. —¿Y por qué a los españoles, José? ¿Te lo haspreguntado? ¿Por qué la infección no brotó ni se haextendido en el resto de países europeos como Francia,Alemania, Inglaterra o Suiza? —Porque somos españoles, coño. Ya te digo. Yotambién me pregunté lo mismo cuando la crisis económicase ensañó con España. ¿Recuerdas? Fue justo antes de laepidemia. En Europa, uno de cada dos ciudadanos sintrabajo era español; la sanidad y la educación gratuita - 70 -
  70. 70. desaparecieron y el despido se hizo tan barato que unempresario podía darte una patada en el culo sólo porque nole gustara el olor de la colonia que te hubieras puesto ese día.No te creas. Yo también me preguntaba ¿por qué cojonessucede esto únicamente en España? ¿Por qué no le sucede alos gabachos o a los putos ingleses? Quizás porque aquíhacemos siesta, escuché decir una vez. Quizás porquetrabajamos menos, decían otros. Pero yo creo que eraporque somos españoles. Y punto. Es más. ¿Quieres que tediga una cosa? Enhorabuena que vino a infectarnos sólo anosotros la epidemia zombi. ¿Sabes por qué? Porque así seha muerto mucho parado y se ha creado mucho empleo.Vamos que finalmente España está saliendo de la crisis. Aratos pienso que esta plaga fue propagada por el gobiernopara sacar a España de la bancarrota. ¿No lo crees así? William se queda perplejo. Segundos despuésreacciona. —Déjate de hacer bromas —dice apartando la manoque José tenía sobre su hombro—. Hablo en serio. ¿Por quéla infección no se propagó en Latinoamérica, Asia o Áfricaen donde se supone que surgen todas las epidemias y - 71 -
  71. 71. enfermedades mortales? Hace un año que surgió el primercaso y desde entonces sólo afecta a los españoles. —¿Y yo qué sé? No soy médico ni científico. Soy unsoldado. Y tú también. No te hagas pajas mentales. —Tú sabes, huevón, que si te infectas tendré quepegarte un tiro. ¿Lo sabes? —Lo sé. William mira al suelo. Se rasca la cabeza,meditabundo. —¿Y cómo crees que voy a matar a un amigo? —pregunta William con un ligero quiebre en su voz— ¿Cómocrees que voy a matarte, José? A un enfermo se le busca lacura, no se le mata. Y menos si es tu amigo. —Si me infecto ya estaré muerto, Machu Picchu. Asíque no me matarás si me pegas un tiro. Al contrario, meharás un favor porque déjame decirte que prefiero cualquiercosa antes que convertirme en un puto zombi. - 72 -
  72. 72. Se hace un pequeño silencio. William mira endirección a la zombi que, incansable, continúa forcejeandocon sus ataduras mientras da dentelladas al aire. —Más de tres millones de infectados en un año, sóloen Madrid —dice William, de pronto. —Diez millones de zombis en toda España —losecunda José. —Diez millones de zombis en todo el mundo,huevón. Porque la infección únicamente ha surgido acá y enningún otro lugar. —Por eso llamaron al ejército, pues, Machu Picchu.Nos llamaron porque nos necesitan aquí, no en Afganistánni en Irak. —¿Y cuándo crees que termine esto? —Pues supongo que o bien cuando encuentren unacura o bien cuando terminemos de exterminar a todos loszombis que queden en España. Si la infección no se extiendemás, claro. Aunque a estas alturas eso lo tenemos - 73 -
  73. 73. controlado. Todo el mundo sabe que la mordida de unzombi produce contagio por lo que pocos son los que seatreven a acercarse a alguno. A eso hay que darle gracias a laspelículas de zombis que daban en el cine y en la tele. Lasprimeras en joderse fueron las pijillas, claro, a esas tontas delculo que no les gustaban las películas de miedo, y muchomenos las de zombis, por lo que no sabían que debían evitarsus mordidas y muchas cayeron como moscas. Además, eltoque de queda ha ayudado mucho. Al estar la genteencerrada en sus casas, es más fácil detectar a los zombis queson los únicos que salen por allí tambaleándose por lascalles. Lo más difícil, y que es lo que está llevando mástiempo y curro, es intervenir piso por piso para descubrir siexisten zombis encerrados en sus casas. Tienes que ver quesegún un último informe de Inteligencia existen casi dosmillones de pisos nuevos que quedaron sin vender de laburbuja inmobiliaria. Y dicen que eso representa sólo elcinco por ciento de viviendas de toda España. Así que sacatu cuenta de cuántos pisos nos faltan revisar. William baja los hombros. Resopla. - 74 -
  74. 74. —Pues estoy harto, compadre. Ya no aguanto tenerque dispararle a gente que considero que está enferma yque… —¡Muertos vivientes, gilipollas! —corrige José—Están muertos, no enfermos. —Están infectados, huevón. Y si están infectadossignifica que están enfermos. Que todavía no encuentren unantídoto para curarlos no quiere decir que estén muertos. —Eres un cabezota, Machu Picchu. Eso es lo quepasa. Ahora me vas a decir que por eso encerraste a estazombi en este piso. ¿No es eso? Te dio pena porque está―enferma‖ y por eso la tienes amarrada a la cama, en un pisode Herrera Oria. Que por cierto —José echa cuentas con lamano—, ¿no habíamos ―limpiado‖ esta zona de zombis harácomo dos o tres meses atrás? —Sí. —Y no me digas que la tienes escondida en este pisodesde aquella vez. No me digas que te has estado follando aesta zombi desde hace tres meses, necrófilo de mierda. - 75 -
  75. 75. Porque para eso la tienes aquí, amarrada a la cama, con esefondo musical de mierda. ¿Quién canta esa canción? ¿MartaSánchez? ¿Te excita metérsela por el morro mientrasescuchas baladas? Estás enfermo, Machu Picchu. Y voy ainformar a la compañía para que te internen en un hospital oun psiquiátrico. Necesitas tratamiento urgente. Y cuantoantes mejor porque como se enteren que tienes una zombiescondida en un piso desde hace meses te fusilarán. Si alfinal me lo vas a agradecer. José hace ademán de irse. —Espera, huevón —dice William cogiéndolo delbrazo—. No te vayas. No lo entiendes, José. —¿Qué tengo que entender? Si está muy claro,Machu Picchu. Estás mal de la olla. —No lo entiendes, huevón. Escúchame primero. Megusta Marta Sánchez. —Y a mí los Guns n’ Roses. Pero yo nunca me follaríaa una zombi con el fondo de ―Sweet Child of Mine‖. - 76 -
  76. 76. —No lo entiendes, huevón. La zombi es MartaSánchez. —¿Qu…qué? ¿Pero qué coño…? —La zombi que ves en frente tuyo es MartaSánchez. Se está quedando conmigo, piensa José y a puntoestá de salir de la habitación. Pero luego mira a la zombi y leentran las dudas. Decide entonces acercarse a la muertaviviente apuntándole con el fusil reglamentario. Se detiene aescasos centímetros del alcance de sus dentelladas. Le soplalos cabellos rubios que la zombi lleva revueltos y que leocultan el rostro. Cuando el viento deja entrever la cara de lainfortunada mujer no le queda la menor duda. José se quedade piedra. —¿La cantante? —pregunta José sin salir de suasombro. —No, la panadera. Claro pues, huevón. La cantante. - 77 -
  77. 77. —Pero… joder, Machu Picchu. Tienes razón. Apesar de los ojos blancos y sus greñas, viéndola bien esMarta Sánchez. No puedo creerlo. Pensaba que la infecciónsólo afectaba a los pobres diablos como nosotros, peronunca a los famosos. Hasta donde yo sé la única famosa, porasí llamarla, que se infectó fue la Belén Esteban. —¿Te refieres a la flaquita esa, que ya parecía unazombi antes del brote de la infección? ¿La que salía en latelevisión llorando? —Esa misma. —Pero esa no era famosa, huevón. Tan sólo salía enla tele. Marta Sánchez, en cambio, sí que es una famosa. Unaverdadera artista. William levanta la mirada hacia el cielo. José sigue lamirada de su amigo pero lo único que ve son las bombillasde las luces de la habitación. Ah, va a rememorar algúnhecho que sucedió hace mucho tiempo, concluye José. —Desde que era chibolo… —comienza suevocación William. - 78 -
  78. 78. —¿Chibolo? —Niño, huevón. Desde que era niño siempre me hagustado Marta Sánchez. Soy su fan número uno. Cuandovivía en Lima, en un barrio pobre de la periferia, cada vezque salía algún disco suyo lo primero que hacía era irme alcentro de la ciudad a comprármelo en casete pirata. Le sigodesde que estaba en el grupo Cristal Oscuro en los ochentas.Luego pasó a Olé Olé sustituyendo a la cantante VickyLarraz y por fin, en los noventas, como solista. Cada vez queiba al Perú no me perdía ninguno de sus conciertos, quecostaban mucha plata, carajo, por lo que tenía que trabajarvarios meses cargando verduras como un burro. Pero eraMarta Sánchez, me decía y todo esfuerzo por verla siemprevalía la pena. Me sé las letras de todas sus canciones ycuando llegué a España lo primero que hice fue comprarmetoda su discografía en formato original. No te lo conté ni a tini a nadie de la compañía porque sabía que si lo hacíapensarían que soy un cabro. —¿Cabro? - 79 -
  79. 79. —Un maricón. Ya sabes que en mi país llamamoscabros a los maricones. Me gusta Marta Sánchez, pero nosoy cabrito. —Vale. Ya lo entiendo, Machu Picchu. Te gustaMarta Sánchez y por eso te la follas y no te importa que seauna zombi. —No, huevón. No has entendido nada. No me latiro. Únicamente soy un fan que la admira como artista. José observa detenidamente a la zombi en cuestión.Esta continúa sacudiéndose y dando incansables dentelladasal aire. Vista así, con el fondo musical, la diva parecía queestuviera bailando al ritmo de su música. —¿Y por qué la tienes amarrada a la cama? —pregunta José sin dejar de mirar los contorneos de MartaSánchez. —Para que no se escape ni le hagan daño. Hace tresmeses, cuando la compañía vino a este barrio para que―limpiásemos‖ los pisos, me tocó revisar los números paresde este edificio. A ti te tocó revisar los números impares. - 80 -
  80. 80. Cuatro pisos por planta. En el primero, nada. Vacío. En elsegundo lo de siempre, una pareja de zombis ancianos. ¡Pam,pam! Otro piso ―limpiado‖. En el tercero, nada. Vacío comoel primero. Pero cuando entro al cuarto, en el número 402,después de volar la cerradura, me encuentro con MartaSánchez en la sala. Casi me cago de la emoción,conchasumadre. La reconocí al toque, a pesar que estabamanchada de sangre seca y masticando algo que luego supeque era una de las patitas traseras de un perrito Shih Tzu.Resulta que antes, en ese piso, vivían una pareja de ancianosy cuatro perros Shih Tzu. Nunca supe qué hacía MartaSánchez en ese lugar. Quizás esos viejos serían sus tíos y ellalos estaba visitando, o quizás esos viejos le estaban cuidandosu perrito y ella había venido a recogerlo, no sé. Lo únicoque sé es que ella estaba allí alimentándose de lo poco quequedaba de ellos. Y con ellos me refiero no sólo a los restosde los animales sino también de los ancianos. Vaya comilonaque se dio la Marta. Ahora la ves flaquita, como era antes dela epidemia. Pero cuando yo me la encontré estaba gorditade tanto viejo y Shih Tzu que se había comido. Como sabíaque si les decía algo a ustedes lo primero que harían seríareventarle la cabeza decidí esconderla aquí mismo. - 81 -
  81. 81. —Pero ¿por qué le pones música? —Tengo la esperanza de que su cerebro, aunque seauna parte chiquitita, no se haya estropeado del todo con lainfección y que, escuchando su propia música, recuerde loque era antes. La gran artista Marta Sánchez López, hija deltenor Antonio Sánchez Camporro. Quizás recobrar losrecuerdos perdidos en un zombi sea parte de un antídotocontra su mal. José vuelve a observarla. Sólo lleva puesto un encajenegro que deja entrever su cuerpo que, a excepción de lasmuñecas y tobillos amoratados por causa de las cuerdas,parece conservarse en perfectas condiciones. Mientras que,en términos generales, la palidez propia de los zombis lesuelen causar repelús, en el caso de Marta Sánchez sucedetodo lo contrario. Ese tono mortecino le sienta de putamadre, piensa José para sí mismo. —¿Y no te la has follado? —pregunta José sin dejarde mirar el encaje de la voluptuosa zombi. —No, huevón. Ya te he dicho que no. - 82 -
  82. 82. —¿Ni siquiera se te ha cruzado la idea por la cabeza? —Nunca. José baja la mirada a las braguitas negras de la zombi.Sus prendas, si bien escasas, parecen limpias y bien cuidadas.William no sólo le cambia de muda, piensa José, sino queseguro también le limpia, baña y perfuma. —Déjame entenderlo, Machu Picchu —dice elespañol dirigiendo la mirada a su colega William—. MartaSánchez es tu cantante favorita. Sigues su carrera musicaldesde que vivías en Perú siendo un chaval. Tienes todos susdiscos, ibas a sus conciertos… eras su fan número uno. ¿Yme vas a decir que ella nunca te gustó físicamente? Merefiero a cuando no era zombi, claro. Antes del brote de lainfección. —¿Con físicamente a qué te refieres? —Sabes de lo que te estoy hablando, Machu Picchu.No te hagas el huevón, como dices tú. ¿Nunca te atrajoMarta Sánchez como mujer y no únicamente como artista?Hombre, no pasa nada con que me lo digas. Es de lo más - 83 -
  83. 83. normal. Por ejemplo, mi actriz favorita siempre ha sidoAngelina Jolie. Vale, me encantan sus películas, suinterpretación, su arte… Pero, coño, esa tía está tan buenaque te mentiría si te digo que no me gustaría darle unrevolcón. Ya hubiera querido ser el Brad Pitt aunque sea porun día. Le daría un viaje que no olvidaría en su puta vida. Ydéjame decirte que si yo me encontrase a la Jolie en un pisode Madrid convertida en zombi lo último que haría seríaponerle música o echarle sus películas para que se sane.Vamos que me la follaría todo lo que no me la he follado entoda la vida. ¿No te das cuenta que siendo zombi está a tuentera disposición? Puedes hacer con ella lo que te salga delnabo, como si fuera tu muñeca hinchable, porque no tienecontrol sobre sí misma. ¿Has visto la película ―Hable conella‖ de Pedro Almodóvar? —No. No me gusta el cine español. Me aburre. Megustan más las películas de Estados Unidos, con muchaacción y pocos diálogos. —Igual que a mí y que a todo el mundo. Bueno, estapelícula va de un tío medio gilipollas que está enamorado deuna piba que está en coma en un hospital. Vamos que si la - 84 -
  84. 84. piba hubiera estado consciente jamás se fijaría en un tíocomo ese gilipollas porque era una tía superbuena. ¿Lopillas? Vale, el gilipollas se las arregla para quedarse en elhospital cuidando a la piba, pero aprovecha y se la folla cadavez que puede, así, estando la piba en coma. Hasta que undía descubren que la piba está embarazada y lo meten al tío ala cárcel. Al final el tío se suicida y la piba, ¿qué crees? Sesanó. —¿Se sanó? —Sí, se sanó. Despertó. Y todo a base de pollazos.¿No te digo? Si follarla le hizo recuperar la conciencia, segúnAlmodóvar, ¿por qué no pensar que también eso puedefuncionar con una zombi? Con tu Marta Sánchez, porejemplo. —La respuesta es sí. —¿Sí qué? ¿Te la has follado? —No, huevón. La respuesta a la pregunta de que sime gusta Marta físicamente. - 85 -
  85. 85. —¿Y? —Sí, me gusta. —Lo sabía. —Siempre me ha gustado como mujer. —¿Como pareja? —Me hubiera casado con ella. —¿Cómo esposa? —Hubiera querido ser el padre de su hija Paula. —¿Tenía una hija? No tenía ni puta idea. ¿Y ahoraqué vas a hacer, Machu Picchu? —La voy a cuidar. —¿Hasta cuándo? —Hasta que se recupere. No había pensado en laidea que me diste. - 86 -
  86. 86. —¿Cuál idea? —La de tirármela. Ahora es William el que observa a Marta Sánchez.José se acerca a su lado y posa una mano sobre el hombro desu compañero. Ambos miran embelesados los contoneos dela diva. —Tendré que taparle la boca con algo para que nome muerda mientras hacemos el amor —dice William. —O quizás sea mejor que le saques los dientes paraque no nos muerda la polla mientras nos la mama. —¿Nos? —Soy tu amigo, coño. Recuerda, Machu Picchu. Hayque compartir con los amigos. Si yo me encontrase aAngelina Jolie haría lo mismo contigo. Dejaría, por ejemplo,que le chupes las tetas. —Pero ¿no que te daban asco los zombis, huevón? - 87 -
  87. 87. —Más asco me daba la música de Marta Sánchez,pero ella siempre ha estado buena. —No me hables mal de la música de Marta Sánchezque sino no te dejo tocarla, huevón. —Cálmate, Machu Picchu. Estaba de guasa.José y William, abrazados, se disponen a salir de lahabitación. Cargan sus fusiles de asalto y se dirigen hacia lasalida mientras la zombi sigue forcejeando con sus ataduras,dando feroces dentelladas al aire. En aquel momentoempieza a sonar la canción ―Desesperada‖. Ambos soldadosmueven las caderas al ritmo del pegajoso estribillo. —¿Y cómo has hecho todo este tiempo paraalimentarla, Machu Picchu? —pregunta José sin dejar demover las caderas. —Le he estado trayendo restos de otros cadáveresque encontrábamos en nuestras incursiones en los pisos deMadrid. - 88 -
  88. 88. —Yo te puedo ayudar con eso. —Lo sé. También por eso necesitaba decírselo aalguien. —Mañana, por ejemplo ¿a qué no sabes dóndetenemos incursión, Machu Picchu? —No. No sé. —¡En Valdemingómez, nada menos. ¿Qué te parece,Machu Picchu? —¿Y? José deja de abrazar a William y detiene elmovimiento de caderas. Mira fijamente a su amigo. —¿¿Y, preguntas?? ¿Cómo que Y? —No lo pillo. —¡Hostias, Machu Picchu! Tú sí que eres lento.Valdemingómez es uno de los barrios más pobres deMadrid. Bueno, más que pobres digamos que es en donde - 89 -
  89. 89. hay más rumanos y gitanos por metro cuadrado. Allí haygente de lo peor que ha invadido tierras y han construido suscasas como han querido. Ningún gobierno ha tenido loscojones de echarlos a todos. Pero gracias a esta epidemiamañana nosotros podremos limpiar por fin ese lugar. Si ya tedigo yo que el gobierno ha creado esta plaga. Era imposibleque España saliera de la crisis de otra forma. Imposible. —¿Y tú crees que hayan suficientes cadáveres en esebarrio? —¿Qué si creo que habrán suficientes? Puff. ¡MartaSánchez se va a hartar! Un camión vamos a necesitar parapoder trasladar a todos los que me cargue yo mañana. Puff.Y te juro que si veo a algún vivo, que lo dudo, igual me locargo al hijoputa por okupa. José vuelve a abrazar a William. Cierran tras de sí lapuerta del piso 402 y, una vez más, mueven las caderas alritmo de la canción ―Desesperada‖ mientras se alejan por elpasillo del edificio. - 90 -
  90. 90. —José, huevón —dice el peruano sin dejar decontonearse—, ¿crees que siempre sea buena idea tirarse auna zombi? —Por supuesto, Machu Picchu —responde José sinparar el ritmo—. Quizás el esperma tenga alguna propiedadbenéfica que todavía no han descubierto. Ese Almodóvar losabrá de algo. - 91 -
  91. 91. - 92 -
  92. 92. Aztlán Jesús Valenzuela (México)Hermosillo, Sonora, Aztlán. [Es tarde y el despiadado sol del desierto se oculta tras las altas montañas que rodean la ciudad. Desde lo alto del cerro de la campana, Rock of ages de Def Leppard suena en el auto estéreo del coche de mi anfitrión. Un hombre delgado y de apariencia adolescente que ha excusado el envejecimiento prematuro que afecta a la gran mayoría de los hombres de su generación. “James” Saca del maletero de su coche un par de cervezas. Me ofrece una. La acepto. Él sonríe amistosamente haciendo que su - 93 -
  93. 93. rostro tome una apariencia juvenil, a pesar de la gran cicatriz que lo atraviesa.]Sé lo que está usted pensando: sé que aparento muchosmenos años de los que tengo en verdad. [Trató de justificarme, pero “James” hace ungesto con la mano como restándole importancia.] Tranquilo, no pasa nada. En los viejos tiempos lagente solía decírmelo todo el tiempo. [Hace una pausa. Se acerca al borde delmirador. Con una mano sujeta la cerca de malla queprotege el lugar. Y observa con aire anhelante la ciudadbajo nosotros.] ¿Sabe?, antes cualquiera podía venir aquí. De hechoeste era uno de los lugares favoritos de la juventudHermosillense. Si uno no tenía nada que hacer un sábadopor la noche, podía venir, tomar un par de cervezas y charlarcon otras personas. Ahora apenas y dejan subir a lostrabajadores de la emisora de radio (1). No tiene idea de loque tuve que hacer para que nos dejaran subir. Me pase el fin - 94 -
  94. 94. de semana haciendo llamadas, concediendo un par defavores y cobrando otros pocos. [Sonríe y continúa hablando] Antes de la guerra este sitio era emblemático.Aparecía en cada postal, en cada reportaje y en cadafotografía que hablara sobre la ciudad. Claro que entoncesera mucho más bonita, no había tantos escombros, ni tantopolvo, a demás apenas estamos restableciendo la corrienteeléctrica en el centro, así que cuando oscurezca en un par dehoras no podremos ver nada. Y la bajada será un pocopeligrosa, pero por Dios que merece la pena sólo por poderver mí amada ciudad desde lo alto una sola vez más. Pero bueno. Comencemos. Hermosillo es una ciudaden verdad hermosa, de ahí viene su nombre, supongo, enrealidad no estoy seguro (2). Lo importante es que lo fuehace quince años y ahora está en proceso de recuperar suantigua gloria. Pero, desde el primer día del gran pánicohasta la muerte del último hostil y la culminación de laguerra una década después, la ciudad fue un verdaderoinfierno. Había docenas de problemas, cada uno más graveque el anterior. El principal, excluyendo a los caminantes de - 95 -
  95. 95. la lista, era el clima extremo. En un día común, uno noparticularmente caluroso, la temperatura podía rebasar conrelativa facilidad los treinta y ocho grados. No importabaque hicieras o donde te metieras. El calor era abrazador.Empeoró todavía más cuando se cortó la corriente eléctricay el suministro de agua potable. Por suerte para nosotros,hoy en día el cambio climático, producto de la guerra, hadisminuido en gran medida este problema. Gracias a Dios. ¿Sabe?, he leído que su gobierno afirma que unoctavo de la cantidad total de zombis exterminados durantesu marcha de reconquista eran latinos, mexicanos en su granmayoría que intentaban llegar al norte de Canadá. (3) Sí, estaba al tanto de esa información. Bueno, pues, yo creo que ese dato es mentira. O unagran exageración por lo menos. ¿Por qué cree usted eso? Antes que nada he de avisarle que yo sólo tengoestimaciones y que este es mi punto de vista personal. Siquiere datos exactos tendrá que hablar con los federales. - 96 -
  96. 96. [Asiento invitándolo a continuar] Antes del pánico, en Hermosillo vivían alrededor deochocientas mil personas. Según las mejores estimaciones,en los peores momentos del pánico la ciudad triplicó supoblación. Esto es sólo un estimado, como le dije, yo notengo datos exactos. Por supuesto, Continúe. Bien, entonces resulta que a mitad del gran pánicoéramos casi dos millones y medio de personas entreHermosillenses, habitantes de poblaciones cercanas, genteque venía de tan al sur, como, no sé, Chiapas. Y por ultimosu gente, los ―Gringos‖ que cruzaban por centenares el riobravo creyendo estúpidamente que estarían a salvo de estelado de la frontera. Pobres idiotas, nunca se enteraron que seenfrentaban a un enemigo que no conocía de fronteras ni delíneas divisorias. [Hace una pequeña pausa] Ahora, según uno de los primeros censos llevados acabo en la península de Baja California. Cerca de un millón ymedio de personas decían haber pasado por Hermosillo - 97 -
  97. 97. durante el gran pánico. Luego al final de la guerra, cuandorecuperamos la ciudad, contabilizamos alrededor de dosmillones y medio de muertos vivientes. [Le miro con cierta desconfianza] No salen las cuentas, ¿verdad amigo? [Tomo nota del dato en mi cuaderno.] ¿Confirmara él dato con sus superiores? Por supuesto. Bien. Ahora, eso representó el segundo mayorproblema en la ciudad: La sobrepoblación. Cantidadesingentes de personas llegaban de todas direcciones.Montados en coches y camiones, cargando bolsas, maletas,niños y mascotas. Hermosillo siempre fue una ciudadrelativamente pequeña y no contaba con los recursos paramantener y proteger a tantas personas. La policía, losservicios hospitalarios y de emergencia se vieron rebasadosrápidamente. Se establecieron campos de refugiados endistintos sitios como la Universidad de Sonora o el estadiode los Naranjeros. Cuando los caminantes se hicieron con el - 98 -
  98. 98. control de la ciudad algunos de esos lugares se convirtieronen verdaderos mataderos. Los muertos siempre encontrabanla manera de abrirse paso atreves de las defensas…arañaban, rasgaban, mordían, golpeaban, gemían yempujaban cada minuto del día, hasta que lograban entrar.Por supuesto una vez ellos entraban nadie salía. Pero… no todos cayeron a causa de los no muertos.Algunos otros cayeron presas del caos, del desabasto, de laviolencia y de la estupidez humana. El sólo recordar lo queocurrió en el estadio me pone los pelos de punta. ¿Qué ocurrió en el estadio? A alguien le pareció buena idea bloquear todos losaccesos al edificio con grandes cajas de camiones, a las quese les retiraron las ruedas y se llenaron de escombros y tierra.Hasta ahí fue una idea magnifica. Los no muertos nuncaentraron. Cuando nosotros llegamos, también nos costó unhuevo abrir las puertas. Una defensa maravillosa. Lo únicomalo fue que a alguien se le olvidó la existencia de dichocampo a la hora de repartir provisiones. Incluso se les olvidóavisarnos cuando en los años siguientes sobrevolábamos laszonas infestadas en helicópteros dejando caer pesadas cajas - 99 -
  99. 99. cargadas hasta los topes con comida y agua en las zonasseguras. Luego no importó, porque de igual maneraabandonamos a muchas otras personas cuando el GeneralRibero ordenó la gran retirada. ¿Abandonamos? Disculpe, pero tengo entendidoque usted era civil en ese entonces. Claro que lo era. Pero ahora, viendo las cosas enperspectiva no puedo evitar sentirme culpable de todasmaneras. [Le miro sin entender y continúo con laentrevista] ¿Puede contarme como comenzó todo parausted? ¿Habla de la primera vez que vi un zombi? Sí. - 100 -
  100. 100. [Bebe un largo trago de cerveza y poniéndosecómodo sobre el toldo de su auto comienza con surelato] Bueno, pues cuando todo inició yo tenía diecinueveaños. Y como a cualquiera a esa edad me preocupaban cosasbanales, cosas que ahora parecen incluso ridículas. Queríasacarme la licencia de manejo, hacerme un tatuaje, recuperara mi ex novia. Mi cumpleaños estaba cerca. Cosas de esetipo, amigo. Entiendo. La primera vez que vi un zombi ya se había oídohablar mucho sobre los muertos que regresaban de la tumbapara devorar la carne de los vivos. En los diarios y noticierostrataban de encubrir todo el asunto, diciendo cosas como―histeria colectiva‖, ―violencia de pandillas satánicas‖ o ―unanueva cepa del virus del ébola‖. Pero claro, después delpatinazo de la influenza porcina un par de años atrás, nadieles creyó una mierda. Además, yo estudiaba entonces paraser paramédico y rodeado de doctores y personal médico nome podía creer cualquier tontería. Perdí la cuenta de cuantasveces en clase los médicos nos explicaban cuan ridícula y - 101 -
  101. 101. risible era la idea de que los muertos regresaran a devorar alos vivos. De pronto en mitad de una de estas clases se escuchóun perturbador grito fuera del salón. Todos salimos a verqué pasaba, yo por estar más cerca de la entrada fui de losprimeros en llegar. Una profesora de sociales o algo así,estaba tendida en mitad del pasillo, rodeada por otrosprofesores y algunos alumnos. Mantuve mi distancia,sorprendido al verla, pues hacia más de dos meses que no laveía por ahí. Se había corrido el rumor de que estabaincapacitada tras haber recibido un trasplante de riñón opulmón, no estoy seguro. Lo único que recuerdo es que nosgustaba bromear diciendo que se había hecho una cirugíaplástica. [Ríe de buena gana, como si recordara unabroma privada. Termina su cerveza de un trago ycontinúa] De haber sabido lo que ocurriría después, habríasalido corriendo en ese mismo instante. La profesoracomenzó a convulsionar, primero sólo una pierna, luego elcuerpo entero se sacudió violentamente antes de detenerse, - 102 -
  102. 102. tan rápidamente como había iniciado. ―¡Está en paro!‖ gritouno de los médicos, que acompañado por otro comenzaronlas maniobras de RCP (4), después no vi ni oí nada hastaque uno de los doctores pegó un alarido de dolor al sermordido en el musculo trapecio. Al instante, dos de los allíreunidos intentaron detenerla pero usted y yo sabemos lodifícil que es detener a un no muerto. No se imagina usted elterror que sentí al ver como Manuel, uno de miscompañeros que rebasaba el metro noventa de estatura, y eldoctor Torres, un hombre fuerte que en su juventud habíasido jugador de futbol americano, eran superados en fuerzapor aquella mujer pequeñita, por la socióloga de sesentakilogramos con problemas de autoestima. Una personacomún que de pronto había enloquecido y comenzado apegar mordiscos a todo el mundo. Claro, ahora sabemos queesas creaturas son tan fuertes, como, no sé, ¿elefantes?,¿rinocerontes llenos de estimulantes? Aún más, supongo.Porque finalmente ellos jamás se cansan. Una vez más no recuerdo bien que ocurrió, sólotengo imágenes de cómo corría por los pasillos, de como laestampida humana aplastaba a un par de personas y como al - 103 -
  103. 103. salir tuve que hacerme a un lado para no correr la mismasuerte. Se difundió la noticia de que la profesora estabametida en líos de drogas y cosas por el estilo. Nadie se locreyó y casi nadie asistió a clases. Yo fui sólo el primer día.Luego hubo otros casos de ataques similares pero de algúnmodo lograron encubrirlo todo. Alegando una vez máshisteria colectiva y mierdas por el estilo. Luego llegó elprimer invierno y como usted y yo sabemos las cosas setranquilizaron mucho. Para la primavera siguiente, todo elasunto era ya noticia vieja. [El pesado Dodge Charger de mi anfitrión sedetiene en una de las pocas estaciones de combustibleabiertas. James abre el portaequipaje dejando ver unpar de cilindros que el encargado rellena rápidamentecon gas LP (5)] ¿Usted como vivió el gran pánico? Aquí fue conocido como el gran desmadre. Empezó enmitad de la primavera, cuando los caso de infección fuerontantos y tan comunes entre la población que al gobierno le - 104 -
  104. 104. fue imposible seguir ocultándolos y pretender que no pasabanada. Aún así se inventaron cientos de excusas, cada unamás estúpida que la anterior. Incluso entonces las cosaspermanecieron sólo algo ―tensas‖. El verdadero desmadrefue el día en que aquella guapa reportera de la CNNencendió las luces y reveló la verdad sobre los muertos quevolvían para devorar a los vivos. Las cosas se salieron decontrol en cuestión de horas. Las carreteras, los hospitales ylas iglesias se llenaron tan rápido como se vaciaron lossupermercados. Nadie pudo hacer nada para detener laavalancha. Hubo asesinatos, violaciones, secuestros, tiroteos,ejecuciones públicas, robos. En fin, hubo de todo enaquellas primeras y caóticas semanas. Pero luego ocurrióalgo que nadie se esperaba… al ser tan generalizada laanarquía se consumió así misma y las cosas se tranquilizaronun poco. Pero sólo un poco. Fueron un par de semanas en laque los servicios de emergencia hicimos lo mejor quepudimos para ayudar a mantener el escaso orden quequedaba. Los primeros días éramos un centenar de personas,bomberos, paramédicos, voluntarios de la cruz roja, oficialesde policía, doctores, dentistas. Pero eso no duró,paulatinamente muchos dejaron de acudir a sus puestos. - 105 -
  105. 105. Algunos huyeron, otros fueron requeridos para actividadesdiferentes, varios murieron, supongo. Pero la gran mayoríasencillamente había dejado de preocuparse por los demás yhabían comenzado a ver por ellos mismos. No los culpo,sabe. Tenían que proteger a sus familias. Yo mismo lo hice.Aunque claro, fui de los que aguantaron casi hasta el final.Hasta el día en que tuvimos nuestro propio Yonkers. Dos otres días después de eso tuvimos un golpe de estado lideradopor el General Ribero. Quien luego de matar al presi yautodenominarse nuevo presidente de México, aceptó laderrota de nuestro ejército y ordenó la gran retirada hacia laspenínsulas de Baja California y Yucatán. Al día siguiente mi mamá, mi hermano menor y yonos metimos en el auto y emprendimos el largo camino alnorte. Yo, habiendo pasado toda mi vida viendo películasapocalípticas, creía tener una idea más clara que la media dela población sobre lo que nos esperaba en el camino. Asípues, me pase todo el camino hablando y especulando sobrelo que veríamos más adelante. No mucho fue como yo lopredije. Ese mismo día en la tarde, supimos que habíaexplotado la planta nuclear de Laguna Verde en Veracruz yque todo el Sur del país no era más que un agujero - 106 -
  106. 106. radiactivo. Algo después me entere de que eso era sólo unaexageración. Pero bueno, el camino a la península no fuemás que otro capítulo de aquella puta novela de horror.Había cientos de coches y miles de peatones en las carreterasla violencia no se hiso esperar. Era de noche cuando pasábamos por un pequeñopueblo que aparentaba estar abandonado, de pronto de lanada un tipo armado con un hacha apareció e intentórobarnos el coche, se subió al cofre y comenzó a dar fuertesgolpes con el canto de su arma al techo y el parabrisas. Mimadre gritó y me miró desesperada. Yo la miré y sinpensarlo demasiado saqué mi pistola de la guantera. Era unrevolver S&W M10 del .38. Le apunté lo mejor que pude ydisparé. El parabrisas estalló y vi como el cuerpo del hombrese desplomó hacia un lado, cayendo ruidosamente sobre elpavimento. Me bajé, camine hacia él. Aquel hombre me mirócon ojos suplicantes. No dijo nada y yo tampoco lo hice.Diez minutos después estaba arrodillado vomitando de puratensión a la orilla de la carretera. Continuamos el camino, al amanecer llegamos juntoa otros refugiados a un pequeño pueblo cerca de Caborca, en - 107 -
  107. 107. el cual otros sobrevivientes nos informaron que eraimposible cruzar por aquella ciudad, pues según habíanescuchado, las carreteras circundantes estaban plagadas debandas organizadas de antiguos narcotraficantes, quienes aldarse cuenta de que sus ―productos‖ ya no se vendían,habían tomado sus armas y sus camionetas blindadas paradarse a la tarea de asaltar a todo el que cruzara por aquellazona serreña. Algunos insensatos ignoraron aquellaadvertencia y continuaron al norte. Pero no nosotros, nodespués de lo que había pasado la noche anterior. €

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