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Arthur c. clarke cuentos del planeta tierra

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  • 1. CUENTOS DEL PLANETA TIERRA Arthur C. Clarke
  • 2. ÍNDICEPrólogoEl camino hacia el mar (The Road to the Sea, 1950).Odio (Hate, 1961).Campaña de publicidad (Puhlicity Campaign, 1956).El otro tigre (The Other Tiger, 1953).En las profundidades (The Deep Range, 1958)."Si te olvido, oh Tierra... " (…If I forget Thee, Oh, Earth..., 1953).El cielo cruel (The Cruel Sky, 1962).El parásito (The Parasite, 1953).Los próximos inquilinos (The Next Tenants, 1957).Saturno naciente (Saturn Rising, 1961)El hombre que cribaba el mar (The Man Who Ploughed the Sea, 1957).El muro de oscuridad (The Wall of Darknea, 1949).El león de Comarre (The Lion of Comarre, 1968).En mares de oro (On Golden Seal, 1987).
  • 3. Prólogo Arthur Charles Clarke (n. 1917) es el que más me gusta de todos los escritores deciencia ficción. Desde luego, él lo negaría acaloradamente. Observaría —con acierto— que es dosaños más viejo que yo, que es mucho más calvo que yo y que es mucho menos guapoque yo. Pero ¿qué importancia tiene eso? No es una desgracia ser viejo, calvo y feo. Nos parecemos en que Arthur tiene (como yo) una educación científica completa y laemplea para escribir lo que se llama «ciencia ficción dura». Su estilo es también algoparecido al mío, y a menudo nos confunden, o al menos confunden nuestras obras. El primer libro de ciencia ficción que leyó Janet, mi querida esposa, fue El fin de lainfancia, de Arthur; el segundo fue mi Fundación e imperio. Incapaz de recordar conclaridad quién era quién, acabó casándose conmigo cuando yo creía que iba detrás deArthur. Pero aquí está una colección de cuentos de ciencia ficción de Arthur, una cienciaficción que tiene que ver con la ciencia, extrapolada de modo inteligente. ¡Os gustarámucho! Debo deciros algo más sobre Arthur. Nos conocemos desde hace unos cuarenta añosy, durante todo este tiempo, nunca hemos dejado de lanzarnos cariñosos insultos. (Estotambién me ocurre con Harían Ellison y con Lester del Rey.) Es una forma de vínculomasculino. Me temo que las mujeres no lo comprenderán. Cuando se conocen dos caballeros de clase baja (dos vaqueros, dos camioneros), lomás probable es que uno de ellos le dé una palmada en el hombro al otro y le diga:«¿Cómo estás, hijo de puta?» Esto equivale aproximadamente a: «Me alegro mucho deverte. ¿Cómo te va?» Bueno, Arthur y yo hacemos lo mismo, pero desde luego en un inglés formal en el quetratamos de introducir una chispa de ingenio. Por ejemplo, el año pasado, se estrelló unavión en lowa; aproximadamente la mitad de los pasajeros resultaron muertos y se salvóla otra mitad. Uno de los supervivientes permaneció tan tranquilo durante las peligrosasmaniobras de aterrizaje, leyendo una novela de Arthur C. Clarke. Esto se comentó en unartículo periodístico.
  • 4. Como de costumbre, Arthur mandó sacar enseguida cinco millones de copias delartículo y las envió a todas las personas a quienes conocía o de quienes había oídohablar. Yo recibí una de ellas con una nota a pie de página, de su puño y letra, que decía:«Lástima que no estuviese leyendo una de tus novelas, habría dormido durante todo elterrible accidente.» A vuelta de correo le envié a Arthur una carta en la que le decía: «Al contrario; la razónde que estuviese leyendo tu novela era que, si se estrellaba el avión, la muerte sería unabendita liberación.» Di a conocer este intercambio de cariñosos comentarios en la Convención Mundial deCiencia Ficción celebrada en Boston durante el fin de semana del Día del Trabajo, en1989 una mujer que informaba sobre la convención escuchó el relato con manifiestodesagrado. No la conozco, pero me imagino que estará químicamente libre de todosentido del humor y que no sabe nada sobre las relaciones entre amigos. En todo caso,mi observación la sacó de sus casillas y escribió sobre ella en tono de censura en Locus. Desde luego, no estoy dispuesto a que cualquier boba se interponga en los cariñososintercambios que podamos sostener Arthur y yo; por consiguiente, termino con otro. Yesta vez empiezo yo. Escribo esta introducción gratuitamente y porque quiero a Arthur. Desde luego, a él nose le ocurriría corresponder a este favor porque escatima hasta el último centavo y notiene mi excelente capacidad de colocar el arte y la benevolencia por encima del vil metal. ¡Ya está! Espero con cierto temor la respuesta de Arthur. ISAAC ASIMOV Nueva York Me encantó leer la introducción de Isaac a Cuentos del planeta Tierra. Como él mismodice, soy el escritor que más se le parece. Para repetir una observación que he hechoantes de ahora, los dos somos casi tan buenos como creemos. Una pequeña corrección; no envié cinco millones de copias del artículo de Time comodice Isaac. Sólo envié una... al propio Isaac, sabiendo muy bien que daría a conocer lanoticia al resto del mundo. Por último, ésta es mi respuesta a su desafío final, en unos términos que le produciránel mayor recelo: me ofrezco a escribir el prólogo de su próximo libro. ARTHUR C. CLARKE Colorabo, Sri Lanka
  • 5. EL CAMINO HACIA EL MAR Repasando mis archivos, encuentro que terminé El camino hacia el mar hace más decuarenta años. Poco más necesito decir acerca de él, salvo que anticipa o resume todoslos temas que he desarrollado con más detalle en obras posteriores, sobre todo en Laciudad y las estrellas y en Cánticos de la lejana Tierra. Una cuestión poco importante: me hace gracia ver que predije no sólo el invento de losmúsicos ultratransportables, sino también en rápida transformación en tal amenazapública que habría que prohibirlos. La segunda parte de esta profecía, ¡ay!, no se hacumplido aún. Estaban cayendo las primeras hojas del otoño cuando Durven se reunió con suhermano en el promontorio, junto a la Esfinge de Oro. Dejó su bólido entre los matorralesde la orilla de la carretera, caminó hasta el borde del monte y miró abajo hacia el mar. Elviento crudo que soplaba sobre las marismas amenazaba con una helada temprana, peroen el fondo del valle, Shastar la Bella aún disfrutaba de calor al amparo de su medialunade montes. Sus muelles vacíos soñaban bajo la pálida luz del sol poniente, y el mar azulbatía delicadamente sus flancos de mármol. Al mirar de nuevo hacia abajo y ver las callesy los jardines de su juventud, Durven sintió que flaqueaba su resolución. Se alegraba deencontrarse con Hannar aquí, a kilómetro y medio de la ciudad, y no entre las vistas y losruidos que le harían recordar su infancia. Hannar era una pequeña mancha en el fondo de la cuesta, que subía con su peculiarcalma y tranquilidad. Durven habría podido encontrarse enseguida con él si hubierautilizado el bólido, pero sabía que su hermano no se lo habría agradecido si lo hubiesehecho. Le esperaba por tanto al abrigo de la gran Esfinge, caminando a veces con rapidezde un lado a otro para conservar el calor. En un par de ocasiones fue hasta la cabeza delmonstruo y miró hacia arriba, a la cara inmóvil que parecía contemplar la ciudad y el mar.Recordó que de pequeño, en los jardines de Shastar, había visto recortarse contra el cieloaquella forma agazapada y se había preguntado si estaría viva.
  • 6. Hannar no parecía más viejo que la última vez que se habían visto, hacía de estoveinte años. Conservaba todavía el pelo negro y espeso, y su cara no tenía arrugas puespocas cosas turbaban la vida tranquila de Shastar y de su gente. Esto parecía injusto, yDurven, cuya cabeza se había vuelto gris con los años de continuo trabajo, sintió unarápida punzada de envidia. Sus saludos fueron breves, pero no desprovistos de calor. Entonces Hannar se acercóa la nave, que reposaba en su lecho de brezos y aplastadas aulagas. Dio unos golpecitoscon su bastón sobre el curvado metal y se volvió a Durven. —Es muy pequeña. ¿Has ido en ella durante todo el viaje? —No; sólo desde la Luna. He venido desde el Proyecto en un avión de línea cien vecesmayor. —¿Y dónde está el Proyecto? ¿O es que no quieres que lo sepamos? —No hay ningún secreto. Estamos construyendo las naves en un espacio más allá deSaturno, donde la gravedad solar es casi nula y se necesita poco impulso para enviarlasfuera del sistema solar. Hannar señaló con su bastón las aguas azules debajo de ellos, el mármol de colores delas pequeñas torres y las anchas calles con su lento tráfico. —Lejos de todo esto, en la oscuridad y la soledad..., ¿en busca de qué? Durven apretó los labios en una fina línea resuelta. —Recuerda —dijo pausadamente— que he pasado toda una vida fuera de la Tierra. —¿Y esto te ha traído la felicidad? —continuó Hannar, implacable. Durven guardó un momento de silencio. —Me ha traído más que esto —respondió al fin—. He empleado mis facultades hasta elmáximo y he saboreado triunfos que no puedes imaginarte. El día que regresó al sistemasolar la Primera Expedición fue como toda una vida en Shastar. —¿Crees —preguntó Hannar— que construiréis ciudades más hermosas que ésta bajoaquellos soles extraños, cuando hayáis dejado nuestro mundo para siempre? —Si sentimos este impulso, sí. En caso contrario construiremos otras cosas. Perodebemos construir. ¿Y qué ha creado tu pueblo durante los últimos cien años? —No pienses que hemos estado completamente ociosos porque no hayamosconstruido máquinas, porque hayamos vuelto la espalda a las estrellas y estemoscontentos con nuestro propio mundo. Aquí, en Shastar, hemos creado un estilo de vidaque no ha sido superado jamás. Hemos estudiado el arte de vivir; nuestra aristocracia esla primera en la que no hay esclavos. Éste es nuestro logro, y por él nos juzgará. laHistoria.
  • 7. —Estoy de acuerdo —replicó Durven—, pero no olvides que vuestro paraíso fueconstruido por científicos que tuvieron que luchar como nosotros para conseguir que sussueños se convirtiesen en realidad. —No siempre triunfaron. Los planetas los derrotaron una vez. ¿Por qué habrían de sermás acogedores los mundos de otros soles? Era una buena pregunta. Después de quinientos años, el recuerdo del primer fracasoseguía siendo amargo. ¡Con qué sueños y esperanzas se había lanzado el hombre hacialos planetas a finales del siglo XX! Pero los había encontrado no sólo áridos y sin vidasino furiosamente hostiles. Desde el fuego amenazador de los mares de lava de Mercuriohasta los glaciares de nitrógeno sólido de Plutón, no había ningún lugar, fuera de supropio mundo, en el que pudiese vivir sin protección; y había vuelto a su propio mundodespués de un siglo de lucha inútil. Sin embargo, el sueño no se había extinguido del todo; cuando se abandonó el plan,quedaron todavía algunos que se atrevían a soñar en las estrellas. De aquel sueño habíanacido al fin el Viaje Trascendental, la Primera Expedición y, ahora, el vino embriagadordel éxito tardío. —Hay cincuenta estrellas de tipo solar dentro de un radio de diez años de vuelo desdela Tierra —respondió Durven—, y casi todas ellas tienen planetas. Ahora creemos que laposesión de planetas es casi tan característica de las estrellas de tipo G como suespectro, aunque no sabemos la razón. Por esto, la búsqueda de mundos como la Tierratenía que triunfar necesariamente con el tiempo. No creo que fuésemos particularmenteafortunados al encontrar tan pronto Edén. —¿Edén? ¿Es así como habéis llamado a vuestro nuevo mundo? —Sí; parecía un nombre adecuado. —¡Los científicos sois unos románticos incurables! Tal vez el nombre no ha sido bienelegido. Recuerda que la vida en el primer Edén no fue muy favorable para el hombre. Durven sonrió débilmente. —Esto depende del punto de vista de cada uno —dijo. Señaló hacia Shastar, dondehabían empezado a encenderse las primeras luces—. Si nuestros antepasados nohubiesen comido del Árbol de la Ciencia, nunca habrías podido decir esto. —¿Y qué crees que sucederá ahora? —preguntó amargamente Hannar—. Cuandohayáis abierto el camino a las estrellas, toda la fuerza y el vigor de la raza se escaparánde la Tierra, como de una herida abierta. —No digo que no. Ha ocurrido antes y volverá a ocurrir. Shastar seguirá la suerte deBabilonia, de Cartago, de Nueva York. El futuro se construye sobre las ruinas del pasado;
  • 8. la sabiduría está en enfrentarse con este hecho, no en luchar contra él. Yo he querido aShastar tanto como tú; tanto que ahora, aunque no volveré a verla, no me atrevo a bajar asus calles. Me preguntas qué pasará, y te lo voy a decir. Lo que estamos haciendo sóloapresurará el fin. Incluso hace veinte años, cuando estuve aquí por última vez, sentí quemi voluntad era socavada por el ritual sin objeto de vuestras vidas. Pronto pasará lomismo en todas las ciudades de la Tierra, pues todas imitan a Shastar. Creo que el Viajeno ha sido prematuro; tal vez incluso tú me creerías si hubieses hablado con los hombresque han vuelto de las estrellas, y sentirías circular la sangre con más fuerza por tus venasdespués de estos siglos de sueño. Porque tu mundo se está muriendo, Hannar; lo quetenéis ahora puede durar todavía muchos siglos, pero en definitiva se os escapará de lasmanos. El futuro es nuestro; os dejaremos con vuestros sueños. También nosotros hemossoñado y ahora haremos que nuestros sueños se conviertan en realidad. La última luz se reflejaba en la frente de la Esfinge al hundirse el sol en el mar yhacerse la noche, pero no la oscuridad. Las anchas calles de Shastar eran ríos luminosos por los que circulaban innumerablespuntos móviles; las torres y los pináculos estaban adornados con luces de colores, yllegaba el débil sonido de una música llevada por el viento al hacerse lentamente a la maruna embarcación de placer. Durven observó con una débil sonrisa cómo se apartaba delmuelle curvo. Hacía quinientos años o más que había descargado el último barcomercante, pero mientras hubiese mar los hombres navegarían en él. Había poco más que decir, y Hannar se quedó solo en lo alto del monte, con la cabezalevantada hacia las estrellas. No volvería a ver a su hermano; el sol, que se habíaapartado de su vista por unas pocas horas, pronto se apagaría definitivamente paraDurven al hundirse en el abismo del espacio. Shastar resplandecía, despreocupada, en la oscuridad, junto a la orilla del mar. ParaHannar, embargado por los presentimientos, su funesto destino se acercaba a marchasforzadas. Era verdad lo que había dicho Durven; el éxodo estaba a punto de empezar. Hacía diez mil años, otros exploradores habían salido de las primeras ciudades de lahumanidad para descubrir nuevas tierras. Las habían encontrado y nunca habían vuelto, yel Tiempo había devorado sus moradas abandonadas. Lo mismo le sucedería a Shastarla Bella. Hannar se apoyó pesadamente en su bastón y descendió despacio la cuesta, hacia lasluces de la ciudad. La Esfinge le observó con indiferencia al desvanecerse su figura en ladistancia y en la sombra. Y todavía estaba observando, quinientos años más tarde.
  • 9. Brant aún no había cumplido veinte años cuando su pueblo fue expulsado de sushogares y llevado hacia el oeste a través de dos continentes y un océano, llenando el éterde lastimeros gritos de maltratada inocencia. Recibían pocas muestras de simpatía delresto del mundo, pues toda la culpa había sido de ellos y no podían alegar que el ConsejoSupremo hubiese actuado duramente. Les había enviado una docena de avisos y nomenos de cuatro ultimátums antes de emprender de mala gana la acción. Entonces, undía, una pequeña nave provista de un fuerte radiador acústico había llegado a trescientosmetros de altura sobre el pueblo y había empezado a emitir varios kilovatios de roncoruido. Al cabo de unas pocas horas, los rebeldes habían capitulado y empezado a hacersus bártulos. La flota de transporte había llegado una semana más tarde y los habíatrasladado, todavía protestando a gritos, a sus nuevos hogares en el otro lado del mundo. Y así se había cumplido la Ley, la Ley que ordenaba que ninguna comunidad debíapermanecer en el mismo lugar durante más de tres generaciones. La obedienciasignificaba cambio, significaba la destrucción de tradiciones y el desarraigo de antiguos yamados hogares. Este había sido el objetivo de la Ley, dictada cuatro mil años antes, peroel estancamiento que había pretendido evitar no podría impedirse durante mucho mástiempo. Llegaría un día en que no habría ninguna organización central para imponerla, ylos pueblos desparramados permanecerían donde estaban hasta que el Tiempo losdevorase, como había hecho con las antiguas civilizaciones de las que eran herederos. La gente de Chaldis había tardado tres meses enteros en construir nuevas casas, talardos kilómetros cuadrados de bosque, plantar algunos huertos innecesarios de frutalesexóticos, encauzar un río y demoler una colina que ofendía su sensibilidad estética. Fueuna obra impresionante, y todo fue perdonado cuando el supervisor local hizo una visitade inspección un poco más tarde. Entonces Chaldis observó con gran satisfacción cómose elevaban en el cielo los transportes, las máquinas excavadoras y todos los avíos deuna civilización móvil y mecanizada. Apenas se había desvanecido el ruido de su partidacuando el pueblo, como un solo hombre, se relajó una vez más en la pereza, quesinceramente esperaba que nada turbase al menos durante otro siglo. A Brant le había gustado mucho aquella aventura. Desde luego, sentía perder el hogardonde había transcurrido su infancia; ya no volvería a subir a la orgullosa y solitariamontaña que se erguía junto a su pueblo natal. No había montañas en esta tierra; sólocolinas bajas y onduladas y valles fértiles, donde habían crecido los bosques durantemilenios, desde que la agricultura había tocado a su fin. También hacía más calor que ensu antiguo país, pues estaban más cerca del ecuador y habían dejado atrás los crudos
  • 10. inviernos del norte. El cambio había sido para bien; en casi todos los aspectos, perodurante uno o dos años la gente de Chaldis sentiría una consoladora sensación demartirio. Estas cuestiones políticas no preocupaban lo más mínimo a Brant. En aquel momento,todo un curso de la historia humana, desde las épocas oscuras hasta el futurodesconocido, era mucho menos importante que la cuestión de Yradne y sus sentimientospara con él. Se preguntaba qué estaría haciendo Yradne ahora y trataba de inventar unaexcusa para ir a verla. Pero esto significaría encontrarse con sus padres, que pensaríanque su visita era de simple cortesía. En vez de esto, decidió ir al taller, aunque sólo fuese para observar los movimientos deJon. Lo de Jon era una lástima; habían sido muy buenos amigos hasta hacía poco tiempo.Pero el amor era el peor enemigo de la amistad y, hasta que Yradne eligiese entre ellosdos, permanecerían en un estado de neutralidad armada. El pueblo se extendía aproximadamente un kilómetro y medio a lo largo del valle, consus nuevas y limpias casas dispuestas en calculado desorden. Unas cuantas personasiban de un lado a otro sin prisas, o chismorreaban en pequeños grupos al pie de losárboles. Brant tuvo la impresión de que todos le seguían con la mirada al pasar y quehablaban de él, presunción que era perfectamente correcta. En una comunidad cerradade poco más de mil personas sumamente inteligentes, nadie podía confiar en tener unavida privada. El taller estaba en un claro, al final del pueblo, donde su suciedad general causaba lamenor molestia posible. Se hallaba rodeado de máquinas medio desmontadas que el viejoJohan no había empezado a reparar. Una de las tres aeronaves de la comunidad yacía,con las cuadernas desnudas expuestas al sol, en el mismo sitio donde había sido dejadasemanas atrás con una solicitud de reparación inmediata. El viejo Johan la repararía undía, pero a su debido tiempo. La ancha puerta del taller estaba abierta y desde el interior, brillantemente iluminado,llegaba el sonido chirriante de metal al tallar las máquinas automáticas alguna nuevaforma a voluntad de su dueño. Brant pasó cuidadosamente entre las atareadas esclavashasta la relativa tranquilidad del fondo del taller. El viejo Johan estaba tumbado en un sillón demasiado cómodo, fumando una pipa.Parecía como si no hubiese trabajado jamás en toda su vida. Era un hombrecillo pulcro,con una barba cuidadosamente cortada en punta, y sólo sus brillantes y móviles ojosdaban señales de animación. Se le habría podido tomar por un poeta de segundo orden—y él se imaginaba serlo—, pero nunca por un herrero de pueblo.
  • 11. —¿Buscas a Jon? —dijo entre bocanadas de humo—. Está por ahí, haciendo algo paraesa chica. No sé lo que veis en ella. Brant se ruborizó un poco. Estaba a punto de responder algo cuando una de lasmáquinas empezó a reclamar con fuerza la atención del dueño. El viejo Johan salió de lahabitación en un santiamén y, durante unos instantes, se oyeron a través de la puertacrujidos, golpes y muchas palabrotas. Pero el hombre volvió poco después a su sillón,confiando visiblemente en que no le molestasen durante un rato. —Deja que te explique una cosa, Brant —prosiguió, como si no les hubieseninterrumpido—. Dentro de veinte años será exactamente igual que su madre. ¿Haspensado alguna vez en esto? Brant no lo había pensado y se estremeció ligeramente. Pero veinte años son unaeternidad para los jóvenes; si ahora podía conquistar a Yradne, el futuro cuidaría de símismo. Esto es más o menos lo que le dijo a Johan. —Haz lo que te parezca —respondió el herrero, sin brusquedad—. Supongo que sitodos hubiésemos sido tan previsores, la humanidad se habría extinguido hace un millónde años. ¿Por qué no jugáis una partida de ajedrez como personas sensatas, para decidirquién la tendrá primero? —Brant haría trampa —respondió Jon, apareciendo de pronto en la entrada yllenándola casi por completo. Era un joven corpulento y de buena planta, en total contraste con su padre, y traía unahoja de papel cubierta de diseños de mecánica. Brant se preguntó qué clase de regaloestaba preparando para Yradne. —¿Qué estás haciendo? —preguntó, con interesada curiosidad. —¿Por qué habría de decírtelo? —preguntó amablemente Jon—. Dame una buenarazón. Brant se encogió de hombros. —Estoy seguro de que no es importante; sólo pretendía ser cortés. —Pues no te pases —replicó el herrero—. La última vez que fuiste cortés con Jon,llevaste un ojo a la funerala durante una semana. ¿Te acuerdas? —Se volvió a su hijo yañadió bruscamente—: Veamos estos dibujos, para que pueda decirte por qué no puedehacerse esto. Examinó con mirada crítica los diseños, mientras Jon daba crecientes señales deinquietud. Johan lanzó por fin un gruñido de desaprobación y dijo: —¿Dónde vas a conseguir las piezas? No hay ninguna que sea corriente y la mayoríason submicro. Jon miró esperanzado alrededor del taller.
  • 12. —No hay muchas —dijo—. Es un trabajo sencillo, y me preguntaba si... —...Si te dejaría enredar con los integradores para tratar de confeccionar las piezas.Bueno, ya hablaremos de esto. Brant, mi hijo trata de demostrar que además de músculosposee talento. Y para ello no se le ha ocurrido otra cosa que fabricar un juguete quequedó anticuado hace unos cincuenta siglos. Espero que podáis hacer algo mejor queesto. Mirad, cuando yo tenía vuestra edad... Su voz y sus recuerdos se extinguieron en el silencio. Yradne había llegado delestruendoso taller y los estaba observando desde el umbral con una débil sonrisa en loslabios. Es probable que si se hubiese pedido a Brant y a Jon que describiesen a Yradne,habría parecido que hablaban de dos personas diferentes, aunque habría habido algunacoincidencia superficial, desde luego. Los dos habrían convenido en que su pelo eracastaño; sus ojos, grandes y azules, y su piel del más raro de los colores: casi de unblanco perlino. Pero a Jon le parecía una criatura frágil, una criatura para ser mimada yprotegida; en cambio para Brant, su confianza en sí misma y su total aplomo eran tanevidentes que desesperaba de poder servirle de algo. Esta diferencia de opinión se debíaen parte a que Jon tenía quince centímetros más de estatura que Brant y nueve más decintura, pero sobre todo a razones psicológicas más profundas. La persona a quien unoama nunca existe realmente; es sólo una proyección a través de la lente de la mentesobre la pantalla que más se le adapta sin desfigurarla. Brant y Jon tenían idealesdiferentes y cada uno creía que Yradne encarnaba el suyo. Esto no la habría sorprendidoen absoluto, pues pocas cosas la sorprendían. —Voy a bajar al río —dijo—. He llamado a tu casa al pasar, Brant, pero habías salido. Estas palabras fueron como una bofetada para Jon, pero ella se corrigió al instante. —Pensé que tú habrías salido con Lorayne o con alguna otra chica, pero sabía queencontraría a Jon en casa. Jon pareció muy halagado por esta impensada e inexacta observación. Enrolló susdibujos y se metió corriendo en la casa, gritando satisfecho: —¡Espérame! ¡Vuelvo enseguida! Brant no apartó la mirada de Yradne, mientras se apoyaba incómodo en uno y otro pie.En realidad, ella no había invitado a ninguno de los dos a acompañarla y, mientras no ledespidiese definitivamente, se mantendría en su sitio. Pero recordó un antiguo adagio quedecía que si dos eran buena compañía, en cambio tres eran todo lo contrario. Jon regresó, envuelto en una sorprendente capa verde, con franjas rojas en diagonalen los lados. Sólo un hombre muy joven podía quedar bien con aquella prenda e incluso
  • 13. Jon a duras penas lo conseguía. Brant se preguntó si era el momento de ir corriendo acasa y ponerse algo todavía más deslumbrador, pero el riesgo era demasiado grande.Sería como huir frente al enemigo; tal vez la batalla habría terminado cuando volviese conrefuerzos. —¡Cuánta gente! —observó el viejo Johan cuando se marchaban—. ¿Os importa quevaya yo también? Los muchachos parecieron confusos, pero Yradne lanzó una risa alegre y contagiosa.Él se quedó durante un rato en la puerta exterior, sonriendo mientras los jóvenes sealejaban entre los árboles y descendían la larga cuesta tapizada de hierba en dirección alrío. Pero pronto dejó de seguirlos con la mirada y se perdió en los sueños más vanos quepuede acariciar un hombre; los sueños de su propia juventud perdida. Pronto volvió laespalda a la luz del sol, dejó de sonreír y desapareció en el tumulto del taller. Ahora que el sol que subía hacia el norte estaba pasando por el ecuador, los díasserían más largos que las noches y el invierno habría terminado. Los innumerablespueblos de todo el hemisferio se estaban preparando para saludar a la primavera. Con laagonía de las grandes ciudades y la vuelta del hombre a los campos y a los bosques, lagente había vuelto también a muchas de las antiguas costumbres que habían estadodormitando durante mil años de civilización urbana. Algunas de estas costumbres habíansido resucitadas por los antropólogos y los ingenieros sociales del tercer milenio, cuyogenio había conservado muchos esquemas de cultura humana a través de los siglos. Así,el equinoccio de primavera era celebrado todavía con ritos que, a pesar de sersofisticados, habrían parecido menos extraños al hombre primitivo que a la gente de lasciudades industriales cuyo humo había contaminado antaño los cielos de la Tierra. Las disposiciones para el Festival de Primavera eran siempre objeto de muchas intrigasy disputas entre los pueblos vecinos. Aunque representaban la interrupción de todas lasdemás actividades durante un mes como mínimo, todos los pueblos consideraban un granhonor su elección como sede de las celebraciones. Desde luego, no podía esperarse queuna comunidad recién establecida, que se recobraba del trasplante, asumiese semejanteresponsabilidad. Sin embargo, los paisanos de Brant habían encontrado una maneraingeniosa de recobrar el favor y de lavar la mancha de su reciente desgracia. Había otroscinco pueblos en un radio de ciento sesenta kilómetros, y todos ellos habían sido invitadosa Chaldis para el festival. La invitación se había redactado con mucho cuidado. Insinuaba delicadamente que, porrazones obvias, no se podía esperar que Chaldis ofreciera unas ceremonias tan perfectascomo habría deseado, e insinuaba por tanto que si los invitados querían pasarlo
  • 14. realmente bien, harían mejor yendo a otra parte. Chaldis esperaba como máximo unaaceptación, pero la curiosidad de sus vecinos había pesado más que su sentido desuperioridad moral. Todos habían respondido que estarían encantados de asistir, yChaldis no había tenido manera de eludir sus responsabilidades. No hubo noche en elvalle y se durmió poco en él. Muy por encima de los árboles, una hilera de solesartificiales ardían continuamente con un resplandor blancoazulado, desterrando lasestrellas y la oscuridad, y convirtiendo en caos la rutina natural de todas las criaturassilvestres en muchas millas a la redonda. Aprovechando los días más largos y las nochesmás cortas, hombres y máquinas se afanaban en preparar el gran anfiteatro necesariopara albergar a unas cuatro mil personas. En un aspecto al menos tuvieron suerte: no senecesitaba techo ni calefacción artificial en este clima. En la tierra que habíanabandonado a su pesar, la capa de nieve debía de ser todavía muy gruesa a finales demarzo. Brant se despertó temprano aquel gran día, con el ruido de las aeronaves quedescendían del cielo encima de él. Se desperezó lentamente, preguntándose cuándovolvería a acostarse, pero se vistió enseguida. Una patada a un interruptor oculto, y elrectángulo de goma espuma, a un par de centímetros del nivel del suelo, quedóenteramente cubierto por una hoja rígida de plástico que se había desenrollado desde elinterior de la pared. No hacía falta ropa en la cama porque la habitación se manteníaautomáticamente a la temperatura del cuerpo. En muchos aspectos, la vida de Brant eramás sencilla que la de sus remotos antepasados, gracias a los incesantes y casiolvidados esfuerzos de cinco mil años de ciencia. La habitación estaba suavemente iluminada por la luz que se filtraba a través de unapared translúcida, y reinaba en ella un desorden increíble. La única parte despejada delsuelo era la protegida por la cama, y probablemente habría, que limpiarla al anochecer.Brant era muy acaparador y no quería tirar nada. Era una característica nada frecuente enun mundo donde pocas cosas eran de valor porque podían hacerse muy fácilmente; perolos objetos que coleccionaba Brant no eran los que solían crear los integradores. En unrincón había un pequeño baúl arrimado a la pared y tallado en parte en forma vagamenteantropomórfica. Había grandes trozos de piedra arenisca y de mármol desparramados porel suelo, en espera de que Brant decidiese trabajar en ellos. Las paredes estabanenteramente cubiertas de pinturas, abstractas en su mayoría. No hacía falta ser muyinteligente para deducir que Brant era un artista; lo que no resultaba tan fácil era saber siera bueno.
  • 15. Se abrió paso entre los escombros y fue en busca de comida. No había cocina; algunoshistoriadores sostenían que ésta había sobrevivido hasta una fecha tan tardía como elaño 2500 d. de C., pero que mucho antes la mayoría de las familias confeccionaban suscomidas y sus ropas. Brant entró en la sala de estar y se dirigió a una caja de metalempotrada en la pared a nivel del pecho. En el centro había algo que habría sidocompletamente familiar para cualquier ser humano de los últimos cincuenta siglos: undisco con diez dígitos. Brant marcó un número de cuatro cifras y esperó. No ocurrió nada.Con aire de contrariedad, oprimió un botón oculto y se abrió la puerta del aparato,revelando un interior que, según todas las normas, hubiese debido contener un apetitosodesayuno. Estaba completamente vacío. Brant podía llamar a la máquina alimentadora central y pedir una explicación, peroprobablemente no obtendría respuesta. Era evidente que el departamento de suministrode comida estaba tan ocupado preparando las celebraciones del día que tendría suerte sial fin conseguía desayunar algo. Anuló el circuito y probó de nuevo con un número pocoempleado. Esta vez se oyó un ligero zumbido, se abrió la puerta y apareció una taza conun brebaje oscuro y humeante, unos pocos canapés de aspecto nada atractivo y una grantajada de melón. Frunció la nariz y se preguntó cuánto tardaría la humanidad en volver ala barbarie. Brant despachó muy pronto su desayuno de repuesto. Sus padres todavía dormían cuando salió sin hacer ruido de la casa a la ancha plazacubierta de césped, del centro del pueblo. Aún era muy temprano y hacía fresco, pero eldía era bueno y despejado, con esa frescura que raras veces persiste después deevaporarse el último rocío. Había algunas aeronaves posadas sobre el césped, de las quese apeaban pasajeros que se agrupaban o se desperdigaban para examinar Chaldis conojos críticos. Mientras Brant observaba, una de las máquinas se elevó zumbando y dejóuna débil estela de ionización. Un momento después la siguieron las otras; sólo podíantransportar unas pocas docenas de pasajeros y tendrían que hacer muchos viajes antesde que terminase el día. Brant se acercó a los visitantes, tratando de parecer seguro de sí mismo pero no tanreservado que le impidiese establecer contactos. La mayoría de los visitantes eranaproximadamente de su edad; los mayores llegarían a horas más razonables. Le miraron con franca curiosidad, a la que él correspondió con muestras de interés.Observó que su piel era mucho más oscura que la suya y que sus voces eran más suavesy menos moduladas. Algunos incluso tenían un poco de deje, pues a pesar de un lenguajeuniversal y de la comunicación instantánea, todavía existían variantes regionales. Al
  • 16. menos, Brant supuso que eran las que tenían acento; pero en un par de ocasiones vioque ellos sonreían un poco al oírle hablar. Durante toda la mañana, los visitantes se reunieron en la plaza y luego se dirigieronhacia el gran campo que se había talado implacablemente en el bosque. Había en éltiendas de campaña y resplandecientes banderas, y risas y griterío, pues la mañana erapara que se divirtiesen los jóvenes. Aunque Atenas había quedado diez mil años atrás enel río del tiempo, como un faro que nunca acababa de extinguirse, los deportes apenashabían cambiado desde las primeras Olimpíadas. Los hombres todavía corrían, saltaban,luchaban y nadaban; pero lo hacían mucho mejor que sus antepasados. Brant era unbuen corredor en distancias cortas y consiguió quedar tercero en los cien metros. Sutiempo pasó muy poco de los ocho segundos, pero no fue muy bueno porque el récordestaba a menos de siete. Brant se habría sorprendido muchos si le hubiesen dicho quehubo un tiempo en que nadie del mundo podía acercarse a su marca. Jon se divertía mucho derribando a jóvenes aún más corpulentos que él sobre elpaciente césped, y cuando se sumaron los resultados de la mañana, Chaldis tenía máspuntos que cualquiera de los visitantes, aunque había sido primero en pocas ocasiones. Al acercarse el mediodía, la muchedumbre empezó a bajar como una ameba al Clarode los Cinco Robles, donde los sintetizadores moleculares habían estado trabajandodesde muy temprano para llenar cientos de mesas de comida. Se había necesitadomucha habilidad para preparar los prototipos que estaban siendo reproducidos conabsoluta fidelidad hasta el último átomo; aunque la mecánica de la producción dealimentos había cambiado completamente, el arte del chef había sobrevivido e inclusoalcanzado éxitos en los que la naturaleza no había tenido ninguna participación. La principal actividad de la tarde consistió en una larga sesión poética, un pastichemontado con considerable habilidad a base de obras de poetas cuyos nombres hacíasiglos que se habían olvidado. En conjunto, Brant lo encontró aburrido, aunque algunoshermosos versos quedaron grabados en su memoria: Pues la lluvia y las ruinas de invierno han terminado, y toda la estación de nieves ypecado,.. Brant conocía bien la nieve y se alegraba de haberla dejado atrás. En cambio, elpecado era una palabra arcaica que había caído en desuso hacía tres o cuatro mil años;pero tenía una resonancia ominosa y excitante. No había podido reunirse con Yradne hasta casi el anochecer, cuando ya habíaempezado el baile. En lo alto del valle se habían encendido luces flotantes, que
  • 17. inundaban los bosques con tonos siempre cambiantes de azul, rojo y amarillo. En parejasy tríos, y después a docenas y a cientos, los que bailaban entraron en el gran óvalo delanfiteatro, hasta que éste se convirtió en un mar de formas que giraban y reían. Aquíhabía al fin algo en lo que Brant podía superar con mucho a Jon, y se dejó llevar por laoleada de pura diversión física. La música recorría todo el espectro de la cultura humana. En un momento dado, el airepalpitaba con el redoble de tambores que podía haber tenido su origen en una selvaprimigenia, cuando el mundo era joven, y un momento después, sutiles aparatoselectrónicos urdían intrincadas composiciones en cuartos de tono. Las estrellasobservaban melancólicamente mientras se deslizaban en el cielo, pero nadie las veía nipensaba en el paso del tiempo. Brant había bailado con muchas chicas antes de encontrar a Yradne. Estaba hermosay resplandeciente. Disfrutaba de la vida y no parecía tener mucha prisa en reunirse con él,pues había muchos jóvenes entre los que elegir. Pero al fin bailaron juntos en aqueltorbellino y Brant se sintió muy contento al pensar quejón probablemente les estabaobservando, ceñudo, desde lejos. Salieron de la pista de baile durante una pausa de la música, porque Yradne dijo queestaba un poco cansada. Esto le convenía mucho a Brant. Se sentaron juntos al pie deuno de los grandes árboles, observando el flujo y el reflujo de vida a su alrededor con esadespreocupación propia de momentos de total relajamiento. Fue Brant quien rompió el silencio. Tenía que hacerlo, porque podía pasar muchotiempo antes de que se le presentase otra oportunidad. —Yradne —dijo—, ¿por qué me has estado evitando? Ella lo miró con ojos inocentes. —Oh, Brant —respondió—, ¡qué cosas dices! Sabes que no es verdad. Me gustaríaque no fueses tan celoso. No puedo andar siempre detrás de ti. —De acuerdo —convino Brant con voz apagada, preguntándose si se estaba poniendoen ridículo. Pero ya que habían empezado, lo mejor era continuar. —Mira, algún día tendrás que decidir entre él y yo. Si sigues demorándolo, podríasquedarte solterona como tus dos tías. Yradne soltó una risa cantarina y echó la cabeza atrás, regocijada, al pensar que podíavolverse vieja y fea. —Si eres tan impaciente —replicó—, será mejor que confíe en Jon. ¿Has visto lo queme ha regalado?
  • 18. —No —dijo Brant, con el corazón encogido. —¡Pues sí que eres observador...! ¿No te has fijado en este collar? Yradne lucía sobre el pecho muchas joyas suspendidas del cuello por una fina cadenade oro. El collar era bonito, pero no había nada en él particularmente novedoso, y Brantno perdió tiempo en comentarlo. Yradne le dirigió una sonrisa misteriosa y se llevó losdedos al cuello. El aire se llenó al instante de un sonido musical, que primero se mezclócon la música de fondo del baile y después la dominó completamente. —¿Lo ves? —indicó con orgullo—. Vaya donde vaya, puedo llevar música conmigo.Jon dice que hay tantos miles de horas guardadas en él que nunca sabré cuándoempezará a repetirse. ¿No te parece maravilloso? —Tal vez lo sea —refunfuñó Brant—. Pero desde luego no es nuevo. Hubo un tiempoen que todo el mundo solía llevar esta clase de cosas, hasta que desapareció el silenciode la Tierra y tuvieron que prohibirlas. Piensa en el caos que se produciría si todos lasllevásemos... Yradne se apartó de él, malhumorada. —¡Ya estamos otra vez! Siempre celoso de lo que tú no puedes hacer. ¿Qué me hasregalado que sea la mitad de sorprendente y de útil que esto? Me voy... y no trates deseguirme. Brant se quedó pasmado y boquiabierto por la violencia de la reacción de Yradne.Entonces le gritó, mientras ella se alejaba: —¡Eh, Yradne, yo no quería...! Pero ella se había ido. Salió del anfiteatro muy enfadado. De nada le servía considerar la causa del exabruptode Yradne. Sus observaciones, aunque bastante malévolas, habían sido verdaderas, y aveces no hay nada más irritante que la verdad. El regalo de Jon era un juguete ingeniosopero trivial, sólo interesante porque ahora era único. Una de las cosas que ella le había dicho todavía le estaba atormentando. ¿Qué era loque él le había regalado a Yradne? No tenía nada, salvo sus pinturas, y lo cierto es queno eran muy buenas. Ella no había mostrado el menor interés cuando él le había ofrecidoalgunas de las mejores; le había costado mucho explicarle que no era pintor de retratos, yque no se atrevía a pintar el suyo. Ella nunca había comprendido aquello, y a él le habíaresultado muy difícil no herir sus sentimientos. A Brant le gustaba inspirarse en laNaturaleza, pero nunca copiaba lo que veía. Cuando terminaba uno de sus cuadros (cosaque sólo ocurría en ocasiones), a menudo el título era la única manera de saber lo querepresentaba.
  • 19. Todavía resonaba a su alrededor la música de baile, pero él ya había perdido todointerés; no podía soportar el ver a otra gente divirtiéndose. Decidió alejarse de lamuchedumbre, y el único lugar tranquilo en que se le ocurrió pensar fue la orilla del río, alfinal de la brillante alfombra de musgo recién plantado que discurría a través del bosque. Se sentó cerca del agua y se puso a arrojar ramitas a la corriente y a observar cómo selas llevaba el río. De vez en cuando pasaba gente solitaria pero generalmente iban en parejas y no sefijaban en él. Brant los miraba con envidia y pensaba que sus asuntos no marchaban bien. Pensó que casi sería mejor que Yradne se decidiese por Jon; así se acabaría suangustia. Pero ella no daba la menor señal de preferir a uno de los dos. Tal vez se estabadivirtiendo a sus expensas, como sostenían algunos, sobre todo el viejo Johan, aunquetambién era probable que fuese incapaz de elegir. Brant pensó malhumorado que erapreciso que uno de los dos hiciese algo realmente espectacular que el otro no pudiesesuperar. —¡Hola! —dijo una vocéenla a sus espaldas. Se volvió y miró por encima del hombro. Una niña de unos ocho años lo estabaobservando, con la cabeza ligeramente inclinada a un lado, como un gorrión curioso. —¡Hola! —respondió él, sin entusiasmo—. ¿Por qué no estás donde el baile? —¿Y tú por qué no bailas? —replicó la niña con viveza. —Estoy cansado —dijo Brant, confiando en que fuese una excusa adecuada—. Nodeberías andas sola por ahí. Podrías perderte. —Ya me he perdido —repuso ella, satisfecha, sentándose a su lado—. Pero me gusta. Brant se preguntó de qué pueblo habría venido; era una criatura muy linda, pero aún losería más con menos chocolate en la cara. Por lo visto había puesto fin a su soledad. Ella lo miró, con esa fijeza desconcertante que raras veces sobrevive a la infancia, talvez por fortuna. —¡Ya sé lo que te pasa! —exclamó de pronto. —¿De veras? —preguntó Brant, con cortés escepticismo. —¡Estás enamorado! Brant dejó caer la ramita que estaba a punto de arrojar al río y se volvió para observara su inquisidora. Esta lo miraba con tan solemne compasión que la morbosa lástima quesentía de sí mismo se transformó al instante en una estruendosa carcajada. La niñapareció muy ofendida y él se dominó rápidamente. —¿Cómo puedes saberlo? —preguntó con una gran seriedad.
  • 20. —He leído todo sobre esto —respondió ella solemnemente—. Y una vez vi una películaen la que había un hombre que bajaba al río y se sentaba en la orilla, como tú, y de prontose arrojaba al agua. Después sonaba una música muy bonita. Brant miró reflexivamente a la precoz criatura y se alegró de que no perteneciese a sucomunidad. —Siento no poder poner la música —se excusó gravemente—, pero en todo caso el ríono es lo bastante profundo. —Más lejos sí lo es —replicó ella, solícita—. Aquí es un río pequeño; no crece hastaque sale de los bosques. Lo vi desde la aeronave. —¿Y qué ocurre después? —preguntó Brant, contento de que la conversación hubiesetomado un rumbo más inocuo—. Supongo que desemboca en el mar, ¿no? Ella hizo un gesto vulgar de disgusto. —¡Claro que no, tonto! Todos los ríos de este lado de los montes van a parar al GranLago. Ya sé que es tan grande como un mar, pero el verdadero mar está al otro lado delos montes. Brant había aprendido muy poco sobre los detalles geográficos de su nuevo país, perose dio cuenta de que la niña estaba en lo cierto. El océano estaba a menos de treintakilómetros al norte, pero separado de ellos por una cadena de montes bajos. A cientocincuenta kilómetros tierra adentro estaba el Gran Lago, que daba vida a tierras quehabían sido desiertos antes de que los ingenieros geólogos diesen nueva forma a estecontinente. La niña precoz estaba haciendo un mapa con ra-mitas y explicando pacientemente estamateria a un discípulo bastante obtuso. —Nosotros estamos aquí —señaló—, y aquí están el río y los montes, y el lago estájunto a tu pie. El mar se encuentra aquí... y ahora te diré un secreto. —¿Qué secreto? —¡Nunca lo adivinarías! —Supongo que no. Ella bajó la voz, en un murmullo confidencial. —Si vas a lo largo de la costa, que no está muy lejos de aquí, llegarás a Shastar. Brant quiso parecer que estaba impresionado, pero no lo consiguió. —¡No creo que nunca hayas oído hablar de ella! —gritó la niña, profundamentedisgustada.
  • 21. —Lo siento —replicó Brant—. Supongo que era una ciudad, y algo leí sobre ella enalguna parte. Pero, mira, hubo tantas ciudades, como Cartago, Chicago, Babilonia yBerlín, que es imposible recordarlas todas. Y además, todas desaparecieron. —Pero Shastar no. Todavía está allí. —Bueno, algunas de las últimas que construyeron aún se conservan, más o menos, yla gente va a menudo a visitarlas. A unos ochocientos kilómetros de mi antiguo pueblohubo una ciudad muy grande llamada... —Shastar no es una ciudad vieja cualquiera —le interrumpió la niña, con airemisterioso—. Mi abuelo me habló de ella; estuvo allí. No se ha estropeado nada, y estállena de cosas maravillosas que no hay en ningún otro sitio. Brant sonrió para sus adentros. Las ciudades desiertas de la Tierra habían dado origena leyendas durante muchísimos siglos. Debía hacer cuatro o cinco mil años que Shastarhabía sido abandonada. Si sus edificios estaban todavía en pie, cosa desde luego muyposible, sin duda haría siglos que habría sido despojada de todo lo que hubiese en ella devalioso. El abuelo habría estado inventando bonitos cuentos de hadas para distraer a lapequeña. A Brant le resultó simpático. La niña siguió hablando, sin reparar en su escepticismo. Brant prestó poca atención asus palabras, intercalando un cortés «sí» o un «imagínate» cuando lo requería la ocasión.De pronto, se hizo el silencio. Él levantó la cabeza y vio que la niña estaba mirando fijamente, y con no pocacontrariedad, hacia la avenida flanqueada de árboles que dominaba el panorama. —Adiós —se despidió bruscamente—. Tengo que esconderme en otra parte; viene mihermana. Y se marchó con la misma rapidez con que había llegado. Brant pensó que su familiadebía de perder mucho tiempo buscándola; pero a él le había hecho un favor librándolode su tristeza. Pocas horas después se dio cuenta de que la niña había hecho mucho más. Simón estaba apoyado en la jamba de la puerta, viendo pasar la gente, cuando Brantacudió en su busca. Por lo general, la gente apretaba un poco el paso al cruzar pordelante de la puerta de Simón, pues era de una locuacidad inagotable y, cuando atrapabaa una víctima, ésta tardaba una hora o más en escapar. Era muy extraño que alguiencayese voluntariamente en sus garras, como ahora estaba sucediendo con Brant. Lo malo de Simón era que tenía una inteligencia privilegiada, pero era demasiadoperezoso para utilizarla. Tal vez habría sido más afortunado si hubiese nacido en una era
  • 22. de mayor energía, pues todo lo que había podido hacer en Chaldis era aguzar su ingenioa expensas de otras personas, lo cual le había dado más fama que popularidad. Peroresultaba indispensable, pues era un almacén de conocimientos, la mayoría de ellostotalmente exactos. —Simón —dijo Brant, sin el menor preámbulo—, quiero aprender un poco sobre estepaís. Los mapas no me dicen gran cosa; son demasiado nuevos. ¿Cómo era estoantiguamente? Simón se rascó la poblada cabeza. —No creo que fuese muy diferente de como es ahora. ¿A qué antigüedad te refieres? —A los tiempos en que había ciudades. —Desde luego, no había tantos árboles. Probablemente ésta era una región agrícola,donde se producían alimentos. ¿Viste aquella máquina de labranza que extrajeron cuandose construyó el anfiteatro? Debía ser muy antigua; ni siquiera era eléctrica. —Sí que la vi —dijo Brant con impaciencia—. Pero habíame de las ciudades que habíapor aquí. Según el mapa, había una llamada Shastar a unos cientos de kilómetros aloeste, junto a la costa. ¿Sabes algo sobre ella? —Shastar... —repitió Simón, tratando de ganar tiempo—. Un lugar muy interesante;creo que incluso tengo por ahí una fotografía de ella. Espera un momento; voy a ver si laencuentro. Desapareció en el interior de la casa y durante casi cinco minutos llevó a cabo unaexhaustiva búsqueda en su biblioteca, aunque un hombre de la era de los librosdifícilmente lo habría deducido de sus acciones. Todos los registros que poseía Chaldisestaban encerrados en una caja de metal de un metro de lado; ésta contenía, encerrado aperpetuidad en diseños subatómicos, el equivalente de mil millones de volúmenes en letraimpresa. Casi todos los conocimientos de la humanidad y la totalidad de la literaturasuperviviente, estaban ocultos allí. Pero no se trataba de un simple almacén pasivo de sabiduría, porque tenía unbibliotecario. Cuando Simón le indicó lo que quería a la infatigable máquina, comenzó labusca gradual a través de una red casi infinita de circuitos. Sólo tardó una fracción desegundo en encontrar la información que necesitaba, pues le había dado el nombre y lafecha aproximada. Simón se relajó entonces, al proyectarse en su cerebro las imágenesmentales bajo una ligerísima autohipnosis. El conocimiento permanecería en su podersólo durante unas pocas horas (suficientes para su fin) y después se extinguiría. Simón nodeseaba llenar su bien organizada mente de cosas insubstanciales, y para él toda lahistoria del auge y la caída de las grandes ciudades era una digresión histórica sin
  • 23. especial importancia. Era un episodio interesante, aunque lamentable, y pertenecía a unpasado que se había desvanecido de un modo irrevocable. Brant estaba esperando pacientemente, cuando de pronto apareció Simón con su pintade sabio. —No he podido encontrar ninguna foto —dijo—. Mi esposa ha debido de hacer limpiezaotra vez. Pero te diré lo que puedo recordar de Shastar. —Brant se sentó lo máscómodamente posible: seguramente estaría un rato allí—. Shastar fue una de las últimasgrandes ciudades que construyó el hombre. Recordarás que las ciudades surgieron en unperíodo muy avanzado de la cultura humana, hace sólo unos doce mil años. Crecieron ennúmero e importancia durante varios milenios; algunas llegaron a tener millones dehabitantes. Resulta difícil de imaginar lo que sería vivir en tales lugares: desiertos deacero y de piedra, sin una brizna de hierba en muchos kilómetros. Pero eran necesarias,antes de que se perfeccionasen los transportes y las comunicaciones, pues unaspersonas tenían que vivir cerca de otras para realizar las intrincadas operacionescomerciales e industriales de las que dependían sus vidas. »Las ciudades realmente grandes empezaron a desaparecer cuando el transporteaéreo se hizo universal. La amenaza de un ataque en aquellos días bárbaros y lejanostambién contribuyó a dispersarlas. Pero durante mucho tiempo... —He estudiado la Historia de aquel período —lo interrumpió Brant, no con demasiadasinceridad—. Sé todo lo de... —... Durante mucho tiempo hubo aún muchas pequeñas ciudades que se mantuvieronjuntas gracias a lazos culturales más que comerciales. Contaban con poblaciones devarios miles de habitantes y duraron siglos después de haber muerto las gigantes. Poresto Oxford, Princeton y Heidelberg aún significan algo para nosotros, mientras que deotras ciudades más grandes sólo quedan los nombres. Pero incluso éstas estabancondenadas a desaparecer cuando el invento del integrador hizo posible que cualquiercomunidad, por pequeña que fuese, fabricase sin esfuerzo todo lo necesario para unavida civilizada. »Shastar fue construida cuando las ciudades ya no eran técnicamente necesarias, peroantes de que la gente se diese cuenta de que la cultura de las ciudades estaba tocando asu fin. Parece que fue una concienzuda obra de arte, concebida y diseñada como unconjunto, y que los que vivieron allí eran sobre todo artistas. Pero no duró mucho; acabómatándola el éxodo. Simón guardó silencio de pronto, como si estuviera meditando sobre aquellos siglostumultuosos en que había quedado abierto el camino a las estrellas y el mundo se había
  • 24. partido en dos. A lo largo de aquel camino se había ido la flor de la raza, dejando al restodetrás, y a partir de entonces parecía que la Historia había llegado a su fin en la Tierra.Durante mil años o más, los exiliados habían regresado algunas veces al sistema solar,ansiosos de hablar de soles extraños, de planetas lejanos y del gran imperio que seimplantaría un día en la galaxia. Pero hay abismos que ni siquiera las naves más rápidaspodrán cruzar jamás, y uno de estos abismos se estaba abriendo ahora entre la Tierra ysus hijos errantes. Cada vez tenían menos en común; cada vez eran menos las navesque volvían, hasta que al fin pasaron generaciones entre las visitas procedentes delexterior. Simón no había oído hablar de ningún caso desde hacía casi trescientos años. Era raro que hubiese que incitar a Simón para que siguiese hablando, pero Brant tuvoque hacerlo: —De todos modos, me interesa más la ciudad en sí que su historia. ¿Crees quetodavía está en pie? —A esto iba —dijo Simón, despertando sobresaltado de su ensoñación—. Claro que loestá; en aquellos tiempos construían bien. Pero ¿por qué te interesa tanto? ¿Te hasapasionado de repente por la arqueología? Aunque me parece que ya lo sé. Brant sabía perfectamente que era inútil tratar de ocultar algo a un entrometidoprofesional como Simón. —Esperaba —explicó a la defensiva— que aún hubiese allí cosas dignas de serencontradas, incluso después de tanto tiempo. —Tal vez —repuso Simón, en tono de duda—. Un día la iré a visitar. Está como quiendice a nuestra puerta. Pero, ¿cómo vas a ir tú? No creo que el pueblo te preste unaaeronave. Y no puedes ir andando. Por lo menos tardarías una semana. Pero eso era exactamente lo que Brant pretendía hacer. Como dijo a casi todos los delpueblo durante los días siguientes, sólo valía la pena hacer cosas que costasen un duroesfuerzo. Siempre ha sido buena cosa hacer virtud de la necesidad. Brant llevó a cabo los preparativos con una reserva sin precedentes. No quería serdemasiado concreto sobre sus planes para evitar que alguna de la docena de personasde Chaldis con derecho a emplear una aeronave se adelantara a echar un vistazo aShastar. Desde luego, que esto ocurriese, sólo era una cuestión de tiempo pero la febrilactividad de los últimos meses había impedido estas exploraciones. Nada sería tanhumillante como entrar tambaleándose en Shastar después de un viaje de una semana yser recibido tranquilamente por un vecino que habría hecho el mismo viaje en diezminutos.
  • 25. Por otra parte, también era importante que el pueblo en general, e Yradne en particular,se diesen cuenta de que estaba haciendo un esfuerzo excepcional. Sólo Simón sabía laverdad, y había accedido, a regañadientes, a guardar silencio de momento. Brantconfiaba en haber desviado la atención de su verdadero objetivo, mostrando gran interésen las tierras al este de Chaldis, donde se conservaban también algunas reliquiasarqueológicas de cierta importancia. La cantidad de comida y de equipo necesaria para dos o tres semanas era realmenteextraordinaria, y sus primeros cálculos lo habían sumido en un estado de considerablepesimismo. Incluso había pensado en pedir prestada una aeronave, pero la petición lesería denegada sin duda y desbarataría el objetivo de su empresa. Sin embargo, eracompletamente imposible llevar todo lo que necesitaba para el viaje. La solución habría sido fácil para cualquier persona de una era menos mecanizada,pero Brant tardó algún tiempo en encontrarla. La máquina voladora había anulado todaforma de transporte terrestre salvo una, la más vieja y versátil de todas, la única que seperpetuaba por sí sola, y podía arreglárselas muy bien, como había hecho en otrostiempos, sin ayuda alguna del hombre. Chaldis poseía seis caballos, un número bastante reducido para una comunidad de suimportancia. En algunos pueblos, los caballos eran más numerosos que los sereshumanos, pero los paisanos de Brant, al vivir en una región salvaje y montañosa, habíantenido pocas oportunidades para practicar la equitación. El propio Brant sólo habíamontado a caballo dos o tres veces en su vida, y muy poco tiempo. El semental y las cinco yeguas estaban al cuidado de Treggor, un hombrecillo nervudoque no tenía más interés visible en la vida que los animales. No era una de lasinteligencias más sobresalientes de Chaldis, pero parecía completamente feliz dirigiendosu parque zoológico particular, que incluía perros de muchas formas y tamaños, unapareja de castores, varios monos, un cachorro de león, dos osos, un joven cocodrilo yotros animales que generalmente se admiran desde lejos. El único pesar que habíanublado su plácida existencia era no haber conseguido un elefante. Brant encontró a Treggor apoyado en la puerta del potrero. Había un desconocido conél, que Treggor presentó a Brant como un vecino de otro pueblo, aficionado a los caballos.La curiosa similitud entre los dos hombres, desde su manera de vestir hasta susexpresiones faciales, hacían completamente inútil aquella explicación. Uno siente siempre cierto nerviosismo en presencia de reconocidos expertos, y Brantexpuso su problema con cierta timidez. Treggor lo escuchó con expresión seria ypermaneció un buen rato en silencio antes de responder:
  • 26. —Sí —dijo lentamente, señalando con el pulgar hacia las yeguas—, cualquiera de ellaste serviría si supieses cómo manejarlas. Miró a Brant con expresión dubitativa. —Son como los seres humanos, ¿sabes? Si no les gustas, no hay nada que hacer conellas. —Nada —repitió el desconocido, con visible regocijo. —Pero seguro que puedes enseñarme a manejarlas, ¿no? —Tal vez sí y tal vez no. Recuerdo a un joven como tú que quería aprender a montar acaballo. Pero los caballos no le permitían que se acercara. Le habían cobrado antipatía yno había nada que hacer. —Los caballos saben mucho —intervino misteriosamente el otro. —Es verdad —asintió Treggor—. Debes caerles simpático. Entonces no tienes nadaque temer. Brant pensó que había mucho que decir en favor de la máquina menos temperamentalde todas. —No quiero montar —dijo, con cierto pesar— Sólo quiero un caballo para que me llevela carga. ¿C cabe la posibilidad de que se niegue a hacerlo? Su ligera ironía pasó inadvertida. Treggor asintió solemnemente con la cabeza. —No habría dificultad en esto —dijo—. Todos se dejarían llevar del ronzal..., es decir,todos meno: Daisy. A ésta no la pillarías nunca. —Entonces podrías prestarme una... una de la: más dóciles. Treggor se agitó confuso, luchando entre dos de seos contrapuestos. Se alegraba deque alguien quisiera utilizar sus queridos animales, pero temía que sufriesen algún daño. Los daños que pudiese sufrir Brant eran de importancia secundaria. —Bueno —empezó a decir, vacilando—, en este momento es un poco difícil... Brant observó las yeguas con más atención y comprendió lo que Treggor quería decir.Sólo una iba acompañada de un potro, pero saltaba a la vista que esta deficiencia prontosería reparada. Una complicación más que no había previsto. —¿Cuánto tiempo estarás ausente? —pregunté Treggor. —Tres semanas, como máximo; tal vez sólo dos. Treggor hizo unos rápidos cálculos ginecológicos. —Entonces puedes llevarte a Sunbeam —decidió—. No te causará ningún problema;es el anima más manso que he tenido jamás. —Muchísimas gracias —dijo Brant—. Te prometo que cuidaré bien de ella. Y ahora,¿quieres presentarnos?
  • 27. —No veo por qué tengo que hacerlo refunfuñó el bueno de Jon, mientras sujetaba elserón sobre los lisos costados de Sunbeam—, y más cuando no quieres ni explicarmeadonde vas o qué esperas encontrar. Brant no habría podido contestar la última pregunta aunque hubiese querido. En susmomentos más lúcidos, comprendía que no encontraría nada de valor en Shastar. Locierto es que resultaba difícil pensar en algo que su gente no poseyera ya o que nopudiese obtener al instante si lo deseaba. Pero el viaje sería la prueba, la prueba másconvincente que podía imaginar, de su amor por Yradne. No cabía duda de que ella estaba muy impresionada por sus preparativos, y él habíatenido buen cuidado en subrayar los peligros a que estaba a punto de enfrentarse. Seríamuy incómodo dormir a cielo descubierto, y su dieta sería muy monótona. Incluso podíaperderse y desaparecer para siempre. ¿Y si aún había bestias salvajes o fieras en losmontes o en los bosques? El viejo Johan, que era indiferente a las tradiciones históricas, había protestado ante elhecho de que un herrero tuviese que rebajarse a trabajar en algo tan primitivo como uncaballo. Sunbeam le había mordisqueado delicadamente por esto, con gran habilidad yprecisión, mientras él se inclinaba para examinarle los cascos. Pero había confeccionadorápidamente un serón en el que Brant podía colocar todo lo que necesitaba para el viaje,e incluso sus materiales de dibujo, de los que no quería separarse. Treggor le habíaasesorado sobre detalles técnicos de los arreos, mostrándole antiguos modeloscompuestos principalmente de cuerdas. Era todavía muy temprano cuando quedaron ultimados los últimos detalles. Brant habíaquerido marcharse lo más discretamente posible, y su éxito total le resultó ligeramentemortificador. Sólo Jon e Yradne fueron a despedirle. Caminaron silenciosos y pensativos hasta el final del pueblo y cruzaron el estrechopuente de metal sobre el río. Entonces, Jon dijo bruscamente: —Espero que no te rompas el maldito cuello. Le estrechó la mano y se marchó, dejándole a solas con Yradne. Fue un bonito gestoque Brant agradeció. Aprovechando la preocupación de su amo, Sunbeam empezó a pacer en la alta hierbade la orilla del río. Brant cambió torpemente varias veces de posición y después anunció,con poco entusiasmo: —Creo que debo marcharme. —¿Cuánto tiempo estarás fuera? —le preguntó Yradne.
  • 28. No llevaba el regalo de Jon; tal vez ya se había cansado de él. Brant deseó que asífuese, pero después pensó que ella podía perder interés con igual rapidez en algo que élle trajese. —Unos quince días, si todo va bien —añadió con aire sombrío. —Ten cuidado —le aconsejó Yradne, en tono un tanto impaciente—, y no cometasimprudencias. —Lo procuraré —respondió Brant, sin hacer todavía ningún movimiento paramarcharse—, pero a veces uno tiene que arriesgarse. Esta conversación inconexa habría podido durar mucho más si no hubiese sido porSunbeam. El brazo de Brant sufrió un súbito tirón y el joven tuvo que echarse hacia atrás conrapidez. Recobró el equilibrio y estaba a punto de hacer un ademán de despedida cuandoYradne corrió hacia él, le dio un fuerte beso y despareció en dirección al pueblo antes deque él pudiese recobrarse. Ella aminoró el paso cuando Brant ya no podía verla. Jon le llevaba todavía una buenaventaja, pero no hizo el menor esfuerzo por alcanzarle. La embargaba un sentimientocuriosamente solemne, fuera de lugar en aquella resplandeciente mañana de primavera.Era muy agradable sentirse amada, pero tenía sus inconvenientes si miraba más allá delmomento inmediato. Durante un instante se preguntó si había sido leal con Jon, con Brant... o inclusoconsigo misma. Un día tendría que tomar la decisión; no podía demorarla eternamente.Pero no conseguía decidir, por más que se esforzase de ello, cuál de los dos muchachosle gustaba más, y ni siquiera sabía si estaba enamorada. Nadie le había dicho, y ella aún no lo había descubierto, que cuando una tiene quepreguntarse «¿Estoy realmente enamorada?», la respuesta siempre es «No». Más allá de Chaldis, el bosque se extendía durante cinco kilómetros hacia el este, yentonces empezaba la gran llanura que abarcaba el resto del continente. Seis mil añosatrás, esta tierra había sido uno de los más terribles desiertos del mundo, y surecuperación uno de los primeros logros de la Era Atómica. Brant pensaba ir hacia el este hasta el final del bosque y dirigirse después hacia lastierras altas del norte. Según los mapas, antiguamente había existido una carretera a lolargo de la cresta de los montes, que enlazaba todas la ciudades de la costa en unacadena que terminaba en Shastar. Sería fácil seguir este camino, aunque no esperabaque la carretera hubiese soportado muy bien el paso de los siglos.
  • 29. Se mantuvo cerca del río, confiando en que no hubiese cambiado su curso desde quese habían confeccionado los mapas. Era tanto su guía como su senda a través delbosque; cuando los árboles eran demasiado espesos, él y Sunbeam siempre podríanavanzar por aguas poco profundas. Sunbeam colaboraba mucho; allí no había hierba quela distrajese, y caminaba con regularidad sin necesidad de que él la apremiasedemasiado. Poco después del mediodía, los árboles se hicieron más dispersos. Brant había llegadoa la frontera que, siglo tras siglo, había sido la de tierras que e. hombre ya no queríaconservar. Poco después, el bosque quedó atrás y se encontró en la llanura abierta. Comprobó su posición en el mapa y observó que los árboles habían avanzado untrecho considerable hacia el este desde que se había trazado el mapa. Pero había uncamino claro hacia el norte, hacia los montes bajos por donde había discurrido la antiguacarretera, y posiblemente podría llegar a ellos antes del anochecer. Llegado a este punto, se produjeron ciertas dificultades imprevistas de naturalezatécnica. Sunbeam, al verse rodeada de la hierba más apetitosa, se iba deteniendo cadatres o cuatro pasos para hincarle el diente. Como Brant la llevaba corta de la brida, lassacudidas casi le dislocaban el brazo. Darle más brida aún empeoraba las cosas, puesentonces le resultaba imposible controlarla. Brant quería mucho a los animales, pero pronto se dio cuenta de que Sunbeam seestaba aprovechando de su buen carácter. Aguantó durante cerca de un kilómetro, yentonces se dirigió a un árbol de ramas delgadas y flexibles. Sunbeam lo observócautelosamente por el rabillo del límpido ojo castaño mientras él cortaba una rama y laintroducía ostensiblemente en el cinto. A partir de entonces, la yegua emprendió un pasotan vivo que a duras penas podía seguirla. Tal como Treggor había indicado, era sin duda un animal sumamente inteligente. La cadena montañosa, que era su primer objetivo, tenía poco más de medio kilómetrode altura, y la vertiente resultaba muy suave. Pero en el camino hacia la cresta había quesalvar numerosas y molestas colinas y pequeños valles. Cuando llegaron al punto másalto estaba a punto de anochecer. Brant pudo ver hacia el sur el bosque a través del quehabían pasado y que había dejado de ser un obstáculo. Chaldis estaba en medio de él, enalguna parte, aunque sólo tenía una vaga idea de su situación. Le sorprendió no poderdescubrir ninguna señal de los grandes claros que habían hecho sus paisanos. La llanurase prolongaba indefinidamente hacia el sudeste como un mar de hierba salpicado depequeños grupos de árboles. Cerca del horizonte pudo distinguir unas pequeñas manchas
  • 30. que cambiaban de sitio, e imaginó que se trataba de una gran manada de animalessalvajes. Hacia el norte estaba el mar, a tan sólo unos veinte kilómetros de la larga vertiente ymás allá de las tierras bajas. Casi hubiera parecido negro a la luz del sol poniente de nohaber sido por las pequeñas olas coronadas de espuma del rompiente. Antes de que se hiciese de noche encontró una depresión resguardada del viento, atóa Sunbeam a un vigoroso arbusto y montó una pequeña tienda que le habíaproporcionado el viejo Johan. En teoría era una operación muy sencilla, pero, comohabían descubierto muchos antes que él, podía poner a prueba la habilidad y la paciencia.Al fin lo consiguió y se dispuso a pasar allí la noche. Hay cosas que la más aguda inteligencia no puede prever y que sólo puede enseñar laexperiencia más amarga. ¿Quién habría sospechado que el cuerpo humano era tansensible a la casi imperceptible pendiente donde había levantado la tienda? Pero másmolestas eran aún las pequeñas diferencias térmicas entre un punto y otro, producidasseguramente por las corrientes de aire que parecían atravesar la tienda por su propiavoluntad. Brant habría podido soportar cualquier temperatura uniforme, pero aquellasvariaciones imprevisibles le exasperaban. Se despertó una docena de veces de su agitado sueño, o al menos eso le pareció, yantes de que despuntase la aurora su moral había alcanzado el nivel más bajo. Tenía fríoy se sentía mal y entumecido, como si no hubiese dormido bien durante muchos días, yno habría costado mucho convencerle para que abandonase la empresa. Estabadispuesto, incluso de buen grado, a afrontar el peligro por amor; pero el lumbago era unacosa diferente. Cuando llegó el nuevo día, pronto olvidó las incomodidades de la noche. Allí, en losmontes, el aire era fresco y tenía un sabor a sal traído por el viento que subía desde elmar. Había rocío en todas partes, sobre cada brizna de hierba, pero pronto desapareceríasin dejar rastro bajo los rayos del sol naciente. Era buena cosa estar vivo, mejor aún serjoven, y mucho mejor estar enamorado. Llegaron a la carretera poco después de iniciar la marcha. Brant no la había visto antesporque estaba más abajo, en la vertiente que daba al mar, y había esperado encontrarlaen la cresta. Había sido soberbiamente construida y los milenios apenas la habíanafectado. La Naturaleza había tratado en vano de borrarla; sólo lo había conseguido detanto en tanto, enterrando unos pocos metros bajo una ligera capa de tierra; peroentonces sus servidores se habían vuelto contra ella, y el viento y la lluvia la habíanlimpiado una vez más. En una gran franja continua cerca de la orilla del mar, durante más
  • 31. de mil quinientos kilómetros, la carretera seguía enlazando las ciudades que el hombrehabía amado en su infancia. Era una de las grandes carreteras del mundo. En tiempos lejanos no había sido másque una senda por la que algunas tribus salvajes habían bajado hasta el mar para hacertrueques con astutos mercaderes de ojos brillantes, venidos de tierras lejanas. Despuéshabía tenido nuevos dueños, más exigentes; los soldados de un poderoso imperio habíandado forma y ensanchado aquel sendero entre los montes con tanta habilidad que lacarretera no había cambiado a lo largo de milenios. La habían pavimentado con piedras,de manera que sus ejércitos podían trasladarse más rápidamente que ningún otro que elmundo hubiese conocido, y sus legiones habían avanzado como rayos a lo largo de lacarretera bajo las órdenes de la ciudad cuyo nombre llevaban. Siglos más tarde, aquellaciudad los había llamado a casa en una situación de apuro, y la carretera habíapermanecido tranquila durante quinientos años. Pero vendrían otras guerras; bajo banderas de la media luna, los ejércitos del Profetamarcharían hacia el oeste para adentrarse en tierras cristianas. Y siglos más tarde, laoleada del último y más grande de los conflictos rompería aquí, al enfrentarse monstruosde acero en el desierto y llover la muerte desde el cielo. Todo había desaparecido: los centuriones, los paladines, las divisiones acorazadas eincluso el desierto. Pero la carretera, la más duradera de todas las creaciones del hombre,había permanecido. Durante muchos siglos había llevado su carga, y ahora no había mástráfico en sus mil quinientos kilómetros de longitud que un muchacho y una yegua. Brant siguió la carretera durante tres días, sin perder nunca de vista el mar. Se habíaido acostumbrando a las pequeñas molestias de la vida nómada, y ni siquiera las nochesle resultaban insoportables. El tiempo había sido perfecto, con días largos y templados ynoches suaves, pero la buena racha estaba tocando a su fin. En la tarde del cuarto día calculó que estaba a menos de ocho kilómetros de Shastar.La carretera se alejaba ahora de la costa para salvar una gran punta de tierra que seadentraba en el mar. Más allá estaba la abrigada bahía a lo largo de cuya costa habíasido construida la ciudad. Al desviarse de las tierras altas, la carretera giraba hacia elnorte en una gran curva y descendía a Shastar desde las colinas. Al anochecer resultó evidente que Brant no podría alcanzar su meta aquel día. Eltiempo estaba empeorando, y espesas y amenazadoras nubes se habían acumuladorápidamente desde el oeste. Ahora el joven estaba subiendo, pues la carretera se elevabadespacio para cruzar la última cresta, y la tempestad estaba a punto de estallar. Habríaacampado para pasar la noche si hubiese podido encontrar un lugar resguardado, pero el
  • 32. monte que atravesaba era liso, y nada podía hacer salvo seguir adelante. Al frente y a lolejos, en la cresta misma de la montaña, algo bajo y oscuro recortaba su silueta contra elcielo amenazador. La esperanza de encontrar allí abrigo le impulsó hacia delante;Sunbeam, con la cabeza gacha contra el viento, caminaba rítmicamente a su lado, conigual determinación. Estaban todavía a un kilómetro y medio de la cima cuando empezó a llover, primero agoterones y después a ráfagas cegadoras. Era imposible ver a más de unos pasos dedistancia, incluso cuando podían abrir los ojos contra la molesta lluvia. Brant estaba ya tanempapado que por más agua que siguiera cayendo ya no podría aumentar suincomodidad; había alcanzado un estado en el que el continuo chaparrón casi le producíaun placer masoquista. Pero el esfuerzo físico de luchar contra la tempestad lo estabaagotando rápidamente. Pareció que pasaban siglos antes de que la carretera se nivelase y él se diera cuentade que había llegado a la cima. Aguzó la mirada en la penumbra y pudo distinguir, no muylejos, una gran forma oscura que al principio confundió con un edificio. Aunque estaba enruinas, le ofrecería un refugio contra la tormenta. La lluvia empezó a amainar cuando se acercó a aquella cosa. En lo alto, las nubes seestaban aclarando y dejaban pasar la última y pálida luz del ocaso. Era suficiente paraque Brant pudiese ver que lo que había delante de él no era en modo alguno un edificiosino un gran animal de piedra, sentado sobre la cima y mirando hacia el mar. No teníatiempo de examinarlo con más atención, pero levantó presurosamente la tienda a suamparo, fuera del alcance del viento que seguía rugiendo sobre su cabeza. Era noche cerrada cuando se hubo secado y preparado una comida. Descansó un ratoen su abrigado y pequeño oasis, en aquel estado de feliz agotamiento que se experimentadespués de un duro y triunfal esfuerzo. Entonces se levantó, cogió una antorcha y salió ala noche. La tormenta se había llevado las nubes y la noche resplandecía de estrellas. En eloeste descendía una fina luna creciente, siguiendo las pisadas del sol. Hacia el norte,Brant percibió —aunque sin saber cómo— la presencia del mar insomne. Shastar estabaallá, abajo, en la oscuridad, atacada continuamente por las olas; pero por más queaguzaba la vista, no conseguía ver absolutamente nada. Caminó junto a los flancos de la gran estatua, examinando la obra de piedra a la luz dela antorcha. Era lisa y sin junturas ni fisuras y, aunque el tiempo la había manchado ydescolorido, no había señales de desgaste. Era imposible calcular su antigüedad; podía
  • 33. ser más vieja que Shastar o haber sido construida pocos siglos antes. No había manerade saberlo. La dura luz blancoazulada de la antorcha parpadeó a lo largo de los mojados ybrillantes flancos del monstruo y acabó fijándose en la cara grande y tranquila, y en losojos vacíos. Se habría podido decir que era un rostro humano, pero, resultaba difícilencontrar palabras para definirlo. Ni varón ni hembra; a primera vista parecía totalmenteindiferente a las pasiones de la humanidad; entonces Brant pudo ver que las tormentas demilenios habían dejado la huella de su paso. Innumerables gotas de lluvia habíangolpeado aquellas mejillas adamantinas hasta borrar las manchas de lágrimas olímpicas,lágrimas, tal vez, por la ciudad cuyos nacimiento y muerte parecían igualmente remotos. Brant estaba tan cansado que cuando se despertó el sol estaba ya muy alto.Permaneció tumbado un momento bajo la media luz que se filtraba en la tienda,recobrando sus sentidos y recordando dónde estaba. Después se puso en pie y saliópestañeando a la luz del día, protegiéndose los ojos de su brillo cegador. La Esfinge parecía más pequeña que de noche, aunque era bastante imponente. Brantvio por primera vez que era de un rico y añejo color dorado, un color que no tenía ningunapiedra natural. Esto le hizo pensar, como ya había imaginado, que no pertenecía aninguna cultura prehistórica. Había sido construida por la ciencia con alguna substanciasintética enormemente resistente, y Brant calculó que su creación se habría producido enla mitad del tiempo que mediaba entre él y el fabuloso original que la había inspirado. Poco a poco, con algún temor a lo que podía descubrir, volvió la espalda a la Esfinge ymiró hacia el norte. El monte descendía a sus pies y la carretera se deslizaba por la largacuesta como impaciente por llegar al mar, y allí, donde terminaba aquélla, estaba Shastar. Captaba la luz del sol y la reflejaba hacia él, teñida con todos los colores de los sueñosde sus artífices. Los grandes edificios que flanqueaban las amplias calles parecían nohaber sido afectados por el tiempo; la ancha cinta de mármol que contenía el marpermanecía indemne; los parques y jardines, aunque llenos de maleza, aún no se habíanconvertido en junglas. La ciudad seguía la curva de la bahía durante unos tres kilómetros,y se adentraba en tierra la mitad de esta distancia; en relación con otras del pasado, erauna ciudad realmente muy pequeña. Pero a Brant le pareció enorme; un laberinto decalles y de plazas más intrincado de lo que habría podido soñar. Entonces empezó adarse cuenta de la simetría de su planificación, empezó a distinguir las vías principales y acomprender la habilidad con que sus artífices habían evitado tanto la monotonía como laextravagancia.
  • 34. Durante mucho rato permaneció inmóvil en la cima del monte, mirando únicamente lamaravilla que se extendía ante sus ojos. Estaba solo en aquel escenario; era una figuradiminuta, perdida y humilde ante los logros de hombres más grandes. El sentimiento de lahistoria, la visión de la larga cuesta por la que había subido trabajosamente el hombredurante un millón de años o tal vez más, era casi abrumador. En aquel momento tuvo laimpresión de que, desde la cima de aquel monte, estaba contemplando el Tiempo másque el Espacio, y que en sus oídos murmuraban los vientos de la eternidad al soplar haciael pasado. Sunbeam parecía muy nerviosa al acercarse a las afueras de la ciudad. Nunca habíavisto nada parecido, y Brant no pudo evitar compartir su inquietud. Por muy pocaimaginación que uno tenga, hay algo de siniestro en los edificios que han estadoabandonados durante siglos, y los de Shastar lo habían estado durante casi cinco milaños. La carretera discurría recta como una flecha entre dos altas columnas de metal blanco;al igual que la Esfinge, habían perdido el lustre pero no estaban gastadas. Brant ySunbeam pasaron al pie de aquellos muros guardianes y se encontraron delante de unedificio largo y bajo que sin duda había servido de lugar de recepción de los visitantes dela ciudad. Desde lejos podía parecer que Shastar había sido abandonada ayer, pero ahora Brantpudo ver mil señales de desolación y abandono. Las piedras de colores de los edificiosestaban manchadas con la pátina del tiempo; las ventanas vacías como ojos decalaveras, con algún que otro trozo de cristal milagrosamente conservado de vez encuando. Brant ató a Sunbeam en el exterior del primer edificio y se dirigió a la entradacaminando sobre el polvo y los cascotes. No había puerta, si es que la había habidoalguna vez, y pasó por debajo del arco abovedado a un salón que parecía discurrir a lolargo de toda la estructura. A intervalos regulares, había aberturas a otras cámaras, ydelante mismo de él, una ancha escalera subía a la única plante superior. Tardó casi una hora en explorar el edificio, y cuando salió de él estaba enormementedeprimido. Su cuidadosa búsqueda no le había revelado nada. Todas las habitaciones,grandes y pequeñas, estaban completamente vacías; se había sentido como una hormigaarrastrándose sobre los huesos de un esqueleto. Pero fuera, a la luz del sol, recobró un poco el ánimo. Este edificio probablementehabía sido una especie de oficina administrativa y sólo habría contenido archivos y
  • 35. máquinas de información: en cualquier otra parte de la ciudad, las cosas podían serdiferentes. Aun así, la magnitud de la búsqueda le aterrorizaba. Se dirigió poco a poco al barrio marítimo, caminando lleno de asombro por las anchasavenidas y admirando las altas fachadas a ambos lados. Cerca del centro de la ciudadtropezó con uno de sus muchos parques. Estaba casi todo él cubierto de hierbajos y dematorrales, pero aún había extensas zonas de césped, y decidió dejar a Sunbeam allímientras continuaba su exploración. No era probable que se alejase demasiado teniendotanta comida. Se estaba tan tranquilo en el parque que durante un rato Brant se resistió aabandonarlo y a sumergirse de nuevo en la desolación de la ciudad. Aquí había plantasdiferentes de todas las que él había visto, descendientes silvestres de aquellas quehabían cultivado hacía siglos los moradores de Shastar. Y mientras estaba allí entre altashierbas y flores desconocidas, oyó por primera vez en el silencio de la mañana un sonidoque siempre asociaría con Shastar. Procedía del mar y, aunque no lo había oído en suvida, le causó una dolorosa impresión. Las gaviotas solitarias aún seguían gritandotristemente sobre las olas. Era evidente que necesitaría muchos días para efectuar un examen superficial de laciudad, y lo primero que tenía que hacer era encontrar un lugar donde alojarse. Pasóvarias horas buscando el barrio residencial antes de percatarse de que había algo muypeculiar en Shastar. Todos los edificios en los que entraba estaban destinados al trabajo,a las diversiones o a otros fines similares; pero ninguno de ellos había sido diseñado paravivir en él. Poco a poco comprendió lo que ocurría. Al familiarizarse con la estructura de laciudad, observó que en casi todos los cruces de calles había unos edificios bajos, de unasola planta y de forma casi idéntica. Eran circulares u ovalados y tenían muchas aberturasen todas direcciones. Cuando cruzó una de ellas se encontró delante de una serie derejas metálicas, cada una de las cuales tenía un indicador con luces verticales a un lado.Y así conoció dónde habían vivido los habitantes de Shastar. Al principio, la idea de viviendas subterráneas le pareció absolutamente repugnante.Después rechazó este prejuicio y se dio cuenta de que era algo tan sensato comoinevitable. No había necesidad de atestar la superficie y bloquear la luz del sol conedificios encaminados a satisfacer los procesos simplemente mecánicos de dormir ycomer. Al relegar todas estas cosas bajo tierra, los moradores de Shastar habían podidoconstruir una ciudad digna y espaciosa, y sin embargo, tan pequeña que se podía ir deuna punta a otra de ella en una hora.
  • 36. Los ascensores no funcionaban, desde luego, pero había escaleras de emergencia quedescendían a la oscuridad. Todo este mundo subterráneo debió de estar profusamenteiluminado en tiempos pasados, pero ahora Brant vaciló antes de bajar la escalera.Llevaba una antorcha, pero nunca había estado bajo tierra y le horrorizaba desorientarseen alguna catacumba subterránea. Después se encogió de hombros y empezó a bajar; afin de cuentas no corría ningún peligro si tomaba las precauciones más elementales, yademás había cientos de salidas si se perdía. Descendió a la primera planta y se encontró en un largo y ancho pasillo cuyo extremono podía alcanzar la luz de la antorcha. A ambos lados había hileras de puertasnumeradas, y Brant empujó casi una docena de ellas antes de encontrar una que seabriese. Despacio, incluso con reverencia, entró en el pequeño hogar que habíapermanecido desierto durante casi la mitad de los tiempos históricos. Estaba limpio y aseado, pues allí no había habido polvo ni suciedad que pudiesenacumularse. Las bien proporcionadas habitaciones estaban desamuebladas. Nada devalor se había dejado atrás en el pausado y antiquísimo éxodo. Algunos accesoriossemipermanentes aún estaban en su sitio; el distribuidor de comida, con su conocidodisco selector, era tan parecido al de la casa de Brant que su visión casi anuló los siglos.El disco giraba todavía, aunque con dificultad, y casi no le habría sorprendido veraparecer una comida en la cámara de materialización. Brant exploró algunas otras viviendas antes de volver a la superficie. Aunque noencontró nada de valor, experimentó un creciente sentimiento de parentesco con laspersonas que habían vivido allí. Pero todavía las consideraba inferiores, pues el haberresidido en una ciudad —por hermosa que fuese y bien planificada que estuviese— erapara él un símbolo de barbarie. En la última vivienda en la que entró, descubrió una habitación brillantemente pintadacon un fresco de animales danzantes alrededor de las paredes. Las imágenesexpresaban un humor caprichoso que debió encantar los corazones de los niños paraquienes habían sido pintadas. Brant las examinó con interés pues eran las primeras obras de arte figurativo que habíaencontrado en Shastar. Y a punto estaba de marcharse cuando descubrió un pequeñomontón de restos en un rincón y, al inclinarse para examinarlo, se encontró con que eranfragmentos todavía reconocibles de una muñeca. No quedaba nada sólido salvo unospocos botones de colores que se deshicieron en polvo en su mano cuando los levantó delsuelo. Se preguntó por qué aquella pequeña reliquia habría sido abandonada por su
  • 37. dueña. Después salió de puntillas y tornó a la superficie y a las calles solitarias peroiluminadas por el sol. Nunca volvió a la ciudad subterránea. Al anochecer regresó al parque para asegurarse de que Sunbeam estaba bien, y sedispuso a pasar la noche en uno de los numerosos y pequeños edificios desparramadosentre los jardines. Rodeado de flores y de árboles, casi pudo imaginarse que seencontraba de nuevo en casa. Durmió mejor de lo que lo había hecho desde su salida deChaldis y, por primera vez en muchos días, no pensó en Yradne al despertar. La magia deShastar estaba influyendo ya en su mente; la infinita complejidad de una civilización quehabía pretendido despreciar lo estaba cambiando más rápidamente de lo que podíaimaginarse. Cuanto más permaneciese en la ciudad, más distinto sería del muchachoingenuo aunque seguro de sí mismo que había entrado en ella hacía tan sólo unas pocashoras. El segundo día confirmó las impresiones del primero. Shastar no había muerto en unaño, ni siquiera en una generación. Sus habitantes la habían abandonado poco a poco amedida que las nuevas y sin embargo tan viejas formas de sociedad habían evolucionadoy que la humanidad había vuelto a los montes y a los bosques. No habían dejado nadadetrás de ellos salvo los monumentos de mármol erigidos a una vida que se había idopara siempre. Y si algo de valor había quedado, se lo habrían llevado hacía tiempo losmiles de exploradores curiosos venidos aquí a lo largo de cincuenta siglos. Brant encontrómuchos rastros de sus predecesores; sus nombres aparecían tallados en las paredes detoda la ciudad, pues ésta es una clase de inmortalidad que el hombre no ha sido nuncacapaz de resistir. Cansado al fin de su infructuosa búsqueda, bajó al muelle y se sentó en el anchorompeolas. El mar, a pocos metros debajo de él, estaba absolutamente en calma y teníaun color azul cerúleo, y el agua era tan clara que podía ver los peces nadando en elfondo. Distinguió una embarcación que yacía de costado, con las algas ondulando porencima de ella como una larga cabellera verde. Pero pensó que las olas a veces batiríanlos macizos muros porque detrás de él el ancho parapeto estaba sembrado de piedras yconchas, arrojadas allí por las tormentas durante siglos. La enervante tranquilidad del escenario y la inolvidable lección sobre la futilidad de laambición que lo rodeaba por todos lados, eliminaron todo sentimiento de contrariedad ode derrota. Aunque Shastar no le había dado nada de valor material, Brant no lamentó elviaje. Sentado allí, en el rompeolas, de espaldas a la tierra y deslumbrado por aquel azulcegador, se sentía ya lejos de sus viejos problemas y podía mirar atrás sin dolor, y sólo
  • 38. con desapasionada curiosidad, toda la inquietud y toda la angustia que lo habíanatormentado en los últimos meses. Volvió lentamente a la ciudad, después de caminar un poco a lo largo del muelle, parapoder entrar en ella por un nuevo camino. Ahora se encontró delante de un gran edificiocircular cuyo techo era una cúpula baja de un material traslúcido. Lo miró con pocointerés, pues estaba emocionalmente agotado, y pensó que quizás era un teatro o salónde conciertos. Casi había pasado por delante de la entrada, cuando un oscuro impulso lodetuvo y lo empujó a través de la puerta abierta. En el interior, la luz se filtraba a través del techo con tan pocos obstáculos que Brantcasi tuvo la impresión de hallarse al aire libre. Todo el edificio estaba dividido ennumerosos y grandes salones. Brant descubrió con súbita emoción su finalidad.Rectángulos descoloridos revelaban que las paredes habían estado antiguamente casicubiertas de cuadros: era posible que alguno se hubiese dejado allí, y sería interesantever lo que podía ofrecer Shastar en el campo de un arte serio. Brant, todavía convencidode su superioridad, no esperaba que le impresionara demasiado; por esto el efecto fuemás fuerte cuando se produjo. El resplandor de colores a lo largo de toda la pared lo sacudió como una fanfarria detrompetas. Por un instante se quedó paralizado en el umbral, incapaz de captar elsignificado de lo que veía. Después, lentamente, empezó a descubrir los detalles delenorme e intrincado mural que había aparecido de pronto ante sus ojos. Tenía unos treinta metros de largo y era la cosa más maravillosa que Brant había vistoen su vida. Shastar le había sorprendido y abrumado, pero su tragedia lo había dejadoindiferente. En cambio, esto afectaba directamente a su corazón y le hablaba en unlenguaje que podía comprender; y así, los últimos vestigios de su superioridad ante elpasado desaparecieron como hojas arrastradas por un vendaval. Sus ojos se movieron de izquierda a derecha a lo largo de la pintura para seguir lacurva de tensión hasta su momento culminante. A la izquierda estaba el mar, de un azultan fuerte como el del agua que rompía contra Shastar, y por él navegaba una flota deextraños barcos, impulsados por hileras de remos y velas hinchadas, con rumbo a la tierralejana. La pintura no sólo abarcaba kilómetros de espacio sino tal vez años de tiempo,pues los barcos habían llegado a la costa, y allí, en la amplia llanura, había acampado unejército con sus banderas, tiendas de campaña y carros empequeñecidos por las murallasde la ciudad fortificada y sitiada. La mirada ascendía por la muralla todavía incólume y se
  • 39. detenía, como se había pretendido, en la mujer que estaba en lo alto y que miraba haciaabajo al ejército que la había seguido a través del océano. Se inclinaba hacia delante para mirar por encima de las almenas, y el viento agitabasus cabellos formando una aureola dorada alrededor de la cabeza. Su cara reflejaba unatristeza demasiado profunda para ser expresada con palabras, pero que no afectaba a laincreíble belleza de su cara, una belleza que pasmaba a Brant, incapaz de apartar de ellalos ojos. Cuando al fin pudo hacerlo, su mirada pasó de las aparentemente inexpugnablesmurallas al grupo de soldados que trabajaban a su sombra. Estaban reunidos alrededorde algo tan escorzado por la perspectiva que Brant tardó en darse cuenta de lo que era.Entonces vio que se trataba de una enorme figura de un caballo, montado sobre ruedaspara poder ser trasladado fácilmente. Esto no despertó ningún recuerdo en su mente, yvolvió enseguida a la figura solitaria en lo alto de la muralla. Entonces se dio cuenta deque alrededor de ella giraban y se equilibraban todas las imágenes de la gran pintura,pues al reseguir ésta con la mirada, llevando con ella la mente hacia el futuro, distinguiólas fortificaciones en ruinas, el humo de la ciudad en llamas manchando el cielo y la flotaque volvía a casa, una vez cumplida su misión. Brant no se marchó hasta que la luz fue demasiado débil para que pudiese ver algo.Pasada la primera impresión, examinó más atentamente el gran mural y durante un ratobuscó en vano la firma del artista. También buscó algún título o nota, pero era evidenteque no los había tenido nunca, tal vez porque el tema del cuadro era demasiado conocidopara que lo necesitase. Sin embargo, en los siglos intermedios, algún visitante de Shastarhabía grabado dos versos en la pared: ¿Es ésta la cara que lanzó mil barcos y quemó las torres sin cima de Troya? ¡Troya! Era un nombre extraño y mágico; pero nada significaba para Brant. Se preguntósi pertenecería a la historia o a leyenda, sin saber que muchos antes que él se habíanhecho la misma pregunta. Al salir al luminoso crepúsculo, aún llevaba en los ojos la visión de aquella triste yetérea belleza. Tal vez si Brant no hubiese sido un artista y se hubiese hallado en unestado mental menos susceptible, la impresión no habría sido tan fuerte. No obstante, erala que había pretendido crear el maestro desconocido al hacer renacer el Fénix de lasascuas moribundas de una gran leyenda. Había captado y pintado para que la
  • 40. contemplasen todas las generaciones futuras, la belleza cuyo servicio es el objetivo de lavida y su única justificación. Durante mucho rato permaneció sentado bajo las estrellas, observando cómo sehundía la luna creciente detrás de las torres de la ciudad, y acosado por preguntas de lasque nunca sabría la respuesta. Las demás pinturas de estas salas se habíandesperdigado sin dejar rastro, no sólo por todo el mundo sino también por el universo.¿Cómo habían podido compararse nunca con la única obra genial que debía representar,desde ahora y para siempre, el arte de Shastar? Brant volvió allí por la mañana, después de una noche de extraños sueños. Habíaestado fraguando un plan en su mente. Era tan alocado y ambicioso que al principiointentó burlarse de él, pero no quería dejarlo en paz. Casi a regañadientes montó supequeño caballete y preparó las pinturas. Había encontrado una cosa en Shastar que eraúnica y hermosa; tal vez tendría la suficiente habilidad para llevar a Chaldis alguna débilmuestra de ella. Era imposible desde luego copiar más de un fragmento del gran mural, pero la elecciónera fácil. Aunque nunca había intentado hacer un retrato de Yradne, ahora pintaría unamujer que, en el caso de que hubiese existido, se habría convertido en polvo hacía cincomil años. Se entretuvo en considerar esta paradoja y al fin creyó haberla resuelto. No habíapintado nunca a Yradne porque dudaba de su propia capacidad y temía sus críticas. Aquíno habría problema, se dijo Brant. No perdería el tiempo preguntándose cómoreaccionaría Yradne cuando volviese a Chaldis llevándole, como único regalo, el retratode otra mujer. En realidad, estaba pintando para él mismo y para nadie más. Por primera vez en suvida había establecido contacto directo con una gran obra de arte clásico, y esto lodesasosegaba. Hasta ahora había sido un aficionado; tal vez nunca pasaría de esto, peroal menos lo intentaría. Trabajó sin parar durante todo el día, y la concentración en su labor le proporcionócierta paz mental. Al hacerse de noche, había esbozado las murallas y las almenas delpalacio y estaba a punto de empezar el retrato. Aquella noche durmió bien. A la mañana siguiente perdió casi todo su optimismo. Su reserva de comida estabamenguando y tal vez lo inquietó la idea de que estaba trabajando contra el tiempo. Todoparecía salirle mal. Los colores no concordaban, y la pintura, que le había parecido muyprometedora el día anterior, le resultaba menos satisfactoria a cada minuto que pasaba.
  • 41. Para empeorar las cosas, la luz se estaba debilitando, a pesar de que aún no eramediodía, y Brant imaginó que el cielo se había nublado. Descansó durante un rato, conla esperanza de que aclarase de nuevo; pero como no había señales de que esto fuera aocurrir, continuó su trabajo. Era entonces o nunca; a menos de que pudiese pintar bienaquellos cabellos, abandonaría el proyecto... La tarde discurrió rápidamente, pero su concentración era tal que apenas notaba elpaso del tiempo. Una o dos veces escuchó ruidos lejanos y se preguntó si estallaría unatormenta, pues el cielo seguía muy oscuro. No hay experiencia más estremecedora que el súbito e inesperado conocimiento deque uno deja de estar solo. Sería difícil saber qué impulso llevó a Brant a bajar despaciosu pincel y volverse, todavía más despacio, hacia la gran puerta que se hallaba a diezmetros, a su espalda. El hombre que estaba plantado allí tenía que haber entrado casi sinhacer ruido, y Brant no podía saber cuánto tiempo hacía que lo estaba observando. Alcabo de un momento se le unieron dos compañeros, que tampoco intentaron cruzar lapuerta. Brant se puso lentamente en pie, dándole vueltas la cabeza. Por un momento casi seimaginó que fantasmas del pasado de Shastar habían venido a acosarlo. Pero pronto seimpuso la razón. A fin de cuentas, si él había venido, ¿por qué no había de encontrarsecon otros visitantes? Avanzó unos pasos y uno de los desconocidos hizo lo propio. Cuando estuvieron apocos metros de distancia, el otro dijo, con una voz muy clara y hablando bastantedespacio: —Espero que no le hayamos molestado. No era un principio de conversación muy espectacular, y a Brant le intrigó un poco elacento del hombre, o mejor dicho, el excesivo cuidado con que pronunciaba las palabras.Parecía como si pensara que Brant no lo comprendería si le hablaba de otra manera. —En absoluto —respondió Brant, hablando también despacio—. Pero me hansorprendido. No esperaba encontrar a nadie aquí. —Tampoco nosotros —dijo el otro, con una ligera sonrisa—. No teníamos idea de quetodavía viviese alguien en Shastar. —Es que yo no vivo aquí —le explicó Brant—. Sólo soy un visitante, como ustedes. Los tres intercambiaron unas miradas, como compartiendo algún secreto. Uno de elloscogió entonces un pequeño objeto de metal de su cinturón y dijo unas palabras por él, envoz demasiado baja para que Brant pudiese oírlas. Imaginó que otros miembros del grupoestaban en camino y le fastidió que acabaran con su tranquilidad.
  • 42. Dos de los desconocidos se habían acercado al gran mural y se pusieron a examinarlocon ojos críticos. Brant se preguntó qué estarían pensando; lamentaba tener quecompartir su tesoro con quienes no sentirían la misma veneración que él y consideraríanaquello como una simple pintura bonita. El tercer hombre estaba a su lado, comparando lomás discretamente posible la copia de Brant con el original. Parecía como si los tres sehubieran propuesto deliberadamente no seguir conversando. Hubo un largo e incómodosilencio; entonces los otros dos hombres se reunieron con ellos. —Bueno, Erlyn, ¿qué piensas de esto? —preguntó uno, señalando la pintura con lamano. De momento parecieron haber perdido todo su interés por Brant. —Es un primitivo muy bueno de finales del tercer milenio, tan bueno como cualquierade las cosas que tenemos nosotros. ¿No estás de acuerdo, Latvar? —No del todo. Yo no diría que es de finales del tercer milenio. En primer lugar, eltema... —¡Tú y tus teorías! Pero tal vez tengas razón. Es demasiado bueno para ser del últimoperíodo. Pensándolo bien, yo lo fecharía alrededor del 2500. ¿Qué opinas tú, Trescon? —Estoy de acuerdo. Probablemente es de Aroon o de uno de sus discípulos. —¡Qué disparate! —dijo Latvar. —¡Imposible! —gruñó Erlyn. —Bueno —replicó educadamente Trescon—. Yo sólo he estudiado este períododurante treinta años, mientras que vosotros os habéis dedicado a él desde queempezamos. Así que me inclino ante vuestro superior conocimiento. Brant había seguido esta conversación con creciente sorpresa y desconcierto. —¿Son artistas los tres? —preguntó al fin. —Desde luego —respondió, dándose tono—. Si no lo fuésemos, ¿por qué estaríamosaquí? —No seas embustero —dijo Erlyn, sin levantar la voz—. Tú no serías artista aunquevivieses mil años. No eres más que un experto, y lo sabes. Los que pueden, hacen; losque no, critican. —¿De dónde vienen ustedes? —preguntó Brant, tímidamente. Nunca había conocido a nadie que se pareciese a estos hombres extraordinarios. Erande edad más que mediana, pero parecían tener unas aficiones y un entusiasmo casiinfantiles. Todos sus movimientos y gestos eran un poco exagerados, y cuando hablabanentre ellos lo hacían con tanta rapidez que a Brant le resultaba difícil seguirlos.
  • 43. Antes de que nadie pudiese contestar, se produjo otra interrupción. Una docena dehombres aparecieron en la puerta y se detuvieron un instante al ver el gran mural.Entonces se apresuraron a reunirse con el grupito que rodeaba a Brant, el cual seencontró en medio de la gente. —¿Ya estás aquí, Kondar? —preguntó Trescon, señalando a Brant—. Hemosencontrado a alguien que puede responder a tus preguntas. El hombre a quien se había dirigido Trescon miró fijamente a Brant durante unmomento, observó su pintura sin terminar y sonrió. Después se volvió a Trescon y arqueóinterrogativamente las cejas. —No —dijo Trescon. Brant empezaba a impacientarse. Allí pasaba algo que no comprendía, y esto lomolestaba. —¿Les importaría decirme a qué viene todo esto? —inquirió, en tono quejumbroso. Kondar lo miró con expresión indescifrable. Después dijo pausadamente: —Tal vez podría explicártelo mejor si saliésemos fuera. Hablaba como si nunca tuviese que repetir una orden para ser obedecido. Brant losiguió sin decir palabra, y los otros también. Kondar se apartó a un lado de la puerta ehizo ademán a Brant de que pasara. Todavía estaba muy oscuro, como si una nube de tormenta hubiese tapado el sol; perola sombra que cubría enteramente Shastar no era de ninguna nube. Doce pares de ojos observaron a Brant cuando éste miró hacia el cielo, tratando decalcular el verdadero tamaño de la nave que flotaba sobre la ciudad. Estaba tan cerca quese perdía el sentido de la perspectiva; sólo se tenía conciencia de las amplias curvasmetálicas que se extendían hasta el horizonte. Hubiese debido oírse algún ruido, algunaindicación de la energía que sostenía aquella masa formidable e inmóvil sobre Shastar;pero sólo había un silencio más profundo que el que Brant había experimentado jamás.Incluso las gaviotas se habían callado, como si también ellas estuviesen pasmadas por elintruso que les había usurpado el cielo. Brant se volvió por fin a los hombres agrupados detrás de él. Sabía que estabanesperando sus reacciones, y de pronto resultó evidente la razón de su comportamientocuriosamente reservado pero no hostil. Para aquellos hombres, que gozaban de lospoderes de los dioses, él era poco más que un salvaje que hablaba su misma lengua, unsuperviviente de su pasado medio olvidado, un ser que les recordaba los días en que susantepasados habían compartido la Tierra con los de él. —¿Comprendes ahora quiénes somos? —preguntó Kondar.
  • 44. Brant asintió con la cabeza. —Estuvisteis ausentes mucho tiempo —dijo—. Casi os habíamos olvidado. Miró de nuevo el gran arco de metal que cubría el cielo y pensó que era muy extrañoque el primer contacto después de tantos siglos se produjese allí, en esta ciudad perdidade la humanidad. Pero parecía que Shastar era bien recordada entre las estrellas, puesTrescon y sus amigos parecían conocerla perfectamente. Y entonces, muy lejos, hacia el norte, los ojos de Brant captaron un súbito destello deluz de sol reflejada. Moviéndose deliberadamente en la franja de cielo visible por debajo de la nave, habíaotro gigante de metal que podía ser su gemelo, aunque lo empequeñecía la distancia.Pasó rápidamente por el horizonte, y en pocos segundos se perdió de vista. No era por tanto, la única nave. ¿Cuántas más podía haber? Por alguna razón, estaidea recordó a Brant la gran pintura de la que acababa de separarse y la flota invasoraque navegaba con mortales intenciones hacia la ciudad condenada. Y con esta idea, ysaliendo a los recónditos rincones de la memoria racial, sintió el miedo de los extranjerosque habían sido un día maldición de toda la humanidad. Se volvió a Kondar y gritó, entono acusador. —¡Estáis invadiendo la Tierra! Durante un instante, todos permanecieron en silencio. Después dijo Trescon, con unligero toque malicioso en la voz: —Adelante, comandante; más pronto o más tarde tendrás que explicarlo. Ahora es unbuen momento para practicar. El comandante Kondar esbozó una sonrisita preocupada que primero tranquilizó aBrant, pero que después aumentó sus más tristes presentimientos. —Eres injusto con nosotros, joven —declaró gravemente—. No hemos venido a invadirla Tierra. Hemos venido a evacuarla. —Espero —dijo Trescon, que mostraba por Brant un interés protector— que esta vezlos científicos hayan aprendido la lección... aunque lo dudo. Sólo dicen «ocurriránaccidentes», y cuando han salido de un lío van y se meten en otro. El Campo Sigma eshasta ahora su fracaso más espectacular; pero el progreso nunca cesa. —Y si choca con la Tierra, ¿qué pasará? —Lo mismo que le ocurrió al aparato de control cuando se soltó el Campo: sedispersará de modo uniforme en el cosmos. Y lo mismo ocurrirá con vosotros, a menosque os saquemos a tiempo de aquí.
  • 45. —¿Por qué? —preguntó Brant. —No esperarás una respuesta técnica, ¿verdad? Es algo que tiene que ver con laindeterminación. Los antiguos griegos, o tal vez fueron los egipcios, descubrieron que nose puede determinar con absoluta exactitud la posición de cualquier átomo; existe unapequeña pero finita probabilidad de estar en cualquier parte del universo. La gente queenviasteis al Campo esperaba emplearlo para la propulsión. Cambiaría las posibilidadesatómicas, de manera que una nave espacial en órbita de Vega podría decidir de prontoque en realidad debería estar viajando alrededor de Betelgeuse. »Bueno, parece que el Campo Sigma sólo hace la mitad del trabajo. Multiplicasimplemente las probabilidades, pero no las organiza. Y ahora está vagando al azar entrelas estrellas, alimentándose con polvo interestelar y algún rayo de sol ocasional. Nadie hasido capaz de inventar la manera de neutralizarlo, aunque existe la espantosa sugerenciade que se podría crear un campo gemelo y provocar una colisión. Pero si se intenta, sé loque sucederá. —No veo por qué hemos de preocuparnos —comentó Brant—. Está todavía a unadistancia de diez años luz. —Diez años luz es demasiado poco para algo como el Campo Sigma. Estázigzagueando al azar, en lo que los matemáticos llaman el Camino del Borracho. Sitenemos mala suerte, estará aquí mañana, pero existen veinte probabilidades contra unade que la Tierra no sea alcanzada. Dentro de unos pocos años, podréis volver a casa,como si nada hubiese pasado. —¡Como si nada hubiese pasado! Fuera lo que fuese lo que les deparase el futuro, el antiguo estilo de vida habríadesaparecido para siempre. Lo que ocurría ahora en Shastar, debía estar sucediendo, enuna u otra forma, en todo el mundo. Brant observó boquiabierto cómo unas máquinasextrañas rodaban por las espléndidas calles, limpiando los escombros de siglos yhaciendo de nuevo habitable la ciudad. Así como una estrella casi extinguida puedebrillar, en una última hora de gloria, así sucedería con Shastar, que durante unos pocosmeses se convertiría en una de las capitales del mundo, albergando el ejército decientíficos, técnicos y administradores que habían descendido sobre ella del espacio. Brant empezaba a conocer a los invasores. Su vigor, la minuciosidad con que lo hacíantodo y el entusiasmo casi infantil que les producía su poder sobrehumano no dejaban deasombrarlo. Estos parientes suyos eran los herederos de todo el universo, y todavía nohabían empezado a agotar sus maravillas ni a cansarse de sus misterios. A pesar detodos sus conocimientos, parecían estar experimentando todavía muchas de las cosas
  • 46. que hacían, incluso con una alegre irresponsabilidad. El Campo Sigma era buen ejemplode esto; habían cometido un error, pero no parecía importarles en absoluto; estabanseguros de que más pronto o más tarde lo remediarían. A pesar de la agitación que reinaba en Shastar, y sin duda en todo el planeta, Brantcontinuaba tercamente su tarea. Le ofrecía algo fijo y estable en un mundo de valorescambiantes, y se aferraba desesperadamente a ello. De vez en cuando, Trescon o suscolegas le visitaban y le daban consejos, por lo general excelentes, aunque él no siemprelos seguía. Y ocasionalmente, cuando deseaba descansar los ojos o el cerebro, salía delgran museo vacío a las calles transformadas de la ciudad. Aunque sus nuevos moradorestenían que permanecer aquí tan sólo unos pocos meses, no habían ahorrado esfuerzopara hacer de Shastar una ciudad limpia y eficiente, y para darle cierta belleza total quehabría sorprendido a sus primeros constructores. Al cabo de cuatro días —el tiempo más largo que jamás había dedicado a una solaobra— Brant interrumpió su labor. Podría haber continuado indefinidamente, pero sólo lehubiese servido para empeorar las cosas. No disgustado del todo por su esfuerzo, fue enbusca de Trescon. Como de costumbre, encontró al crítico discutiendo con sus colegas sobre lo que habíaque salvar del arte acumulado de la humanidad. Latvar y Erlyn habían amenazado conutilizar la violencia si se llevaba otro Picasso a bordo o si se tiraba otro Fra Angélico.Como nada sabía de ninguno de ellos, Brant no tuvo reparos en hacer su petición. Trescon se plantó en silencio delante de su pintura, examinando de vez en cuando eloriginal. Su primera observación fue completamente inesperada. —¿Quién es la joven? —preguntó. —Usted me dijo que se llamaba Helena... —empezó a responder Brant. —Me refiero a la que has pintado realmente. Brant miró su tela, y después el original. Era extraño que no hubiese advertido antesestas diferencias. Pero indudablemente había rasgos de Yradne en la mujer que habíapintado sobre la muralla de la fortaleza. No era la copia exacta que había pretendidohacer. Su mente y su corazón habían hablado a través de sus dedos. —Ya veo qué quiere decir —respondió despacio—. Hay una muchacha en mi pueblo;en realidad vine aquí en busca de un regalo para ella, algo que pudiese impresionarla. —Entonces has estado perdiendo el tiempo —repuso Trescon con franqueza—. Sirealmente te ama, no tardará en confesártelo. Si no es así, no podrás hacer que te quiera.Es así de sencillo. Brant no lo consideraba tan sencillo, pero decidió no discutir sobre el asunto.
  • 47. —No me ha dicho qué piensa de mi pintura —se lamentó. —Es prometedora —respondió Trescon con cautela—. Dentro de otros treinta... bueno,tal vez veinte años, podrás llegar a alguna parte si persistes en tu empeño. Desde luego,las pinceladas son bastante toscas y aquella mano parece un racimo de plátanos. Perotienes una línea audaz y me gusta que no hayas hecho antes un esbozo al carbón. Estoestá al alcance de cualquiera y, al no hacerlo, has demostrado cierta originalidad. Lo quenecesitas es más práctica, y sobre todo más experiencia. Bueno, creo que podremosayudarte. —Si esto significa alejarme de la Tierra —dijo Brant—, no es la clase de experienciaque deseo. —Será buena para ti. La idea de viajar hacia las estrellas, ¿no te emociona? —No; sólo me produce consternación. Pero no puedo tomarlo en serio, porque no creoque sean capaces de hacernos marchar. Trescon sonrió tristemente. —Lo haréis con bastante rapidez cuando el Campo Sigma absorba del cielo la luz delas estrellas. Y será bueno que ocurra: tengo la impresión de que hemos llegado justo atiempo. Aunque me he burlado a menudo de los científicos, éstos nos han librado parasiempre del estancamiento en que estaba cayendo tu raza. »Tenéis que alejaros de la Tierra, Brant; ninguno de los que han pasado toda su vidaen la superficie de un planeta ha visto nunca las estrellas, sino sólo sus débilesfantasmas. ¿Te imaginas lo que significa estar suspendido en el espacio, en mitad de unode los grandes sistemas múltiples, con soles de colores resplandeciendo a tu alrededor?Yo lo he hecho, y he visto estrellas flotando en anillos de fuego carmesí, como vuestroplaneta Saturno, pero mil veces más grandes. ¿Y puedes imaginarte la noche en unmundo próximo al corazón de la Galaxia, donde todo el cielo es luminoso, con una nieblaestelar que todavía no se ha concentrado en soles? Vuestra Vía Láctea es sólo unpuñado desperdigado de soles de tercera clase. ¡Espera a ver la Nebulosa Central! »Éstas son las cosas grandes, pero las pequeñas también son maravillosas. Empápatetodo lo que puede ofrecerte el universo y, si lo deseas, vuelve a la Tierra con tusrecuerdos. Entonces podrás empezar a trabajar; entonces, y no antes, sabrás si eres unartista. Brant estaba impresionado, pero no convencido. —Según este argumento —replicó—, el verdadero arte no pudo existir antes de losviajes espaciales.
  • 48. —Hay toda una escuela de crítica fundada en esta tesis; ciertamente, el viaje espacialfue una de las mejores cosas que le sucedieron al arte. Viaje, exploración, contacto conotras culturas: éste es el gran estímulo de toda actividad intelectual. —Trescon señaló elmagnífico mural detrás de ellos—. Las personas que crearon aquella leyenda erannavegantes, y el comercio de la mitad del mundo se realizaba a través de sus puertos.Pero después de unos pocos miles de años, el mar era demasiado pequeño para lainspiración o la aventura, y llegó el momento de salir al espacio. Bueno, ahora ha llegadoel momento para ti, tanto si te gusta como si no. —No me gusta. Deseo casarme con Yradne. —Las cosas que quiere la gente son muy diferentes de las que le convienen. Te deseosuerte en tu pintura; no sé si deseártela en tu otra empresa. El arte grande y la felicidaddoméstica son incompatibles. Tarde o temprano tendrás que elegir. «Tarde o temprano tendrás que elegir.» Estas palabras aún resonaban en la mente deBrant cuando éste subía trabajosamente a la cumbre del monte y el viento bajaba arecibirlo en la ancha carretera. Sunbeam lamentaba el final de sus vacaciones, y por estose movía más despacio de lo que requería la cuesta. Pero poco a poco el paisaje se fueabriendo a su alrededor, el horizonte se alejó más sobre el mar, y la ciudad empezó aparecerse cada vez más a un juguete construido con ladrillos de colores, un juguetedominado por la nave suspendida e inmóvil sobre él. Brant pudo verla por primera vez en su conjunto, pues ahora flotaba casi al nivel de susojos y podía abarcarla con la mirada. Era de forma algo cilíndrica, pero terminaba en unascomplicadas estructuras poliédricas cuyas funciones no podía imaginar. El gran dorsocurvo estaba erizado de protuberancias, columnas estriadas y cúpulas. Allí había poder yeficacia, pero no belleza, y Brant lo miró con disgusto. Ojalá desapareciese el monstruo inmóvil que usurpaba el cielo, como desaparecían lasnubes que pasaban por su lado. Pero no desaparecía porque él lo quisiera; Brant sabía que él y sus problemas notenían importancia en comparación con las fuerzas que ahora se estaban acumulando.Era la pausa durante la cual la Historia contenía su aliento, el momento de silencio entreel fulgor del relámpago y el primer estampido. Pronto retumbaría el trueno en todo elmundo, y pronto no habría mundo en absoluto, mientras él y su pueblo serían exiliados sinhogar entre las estrellas. Este era el futuro con el que no quería enfrentarse, el futuro quetemía mucho más de lo que pudieran imaginar Trescon y sus amigos, para quienes eluniverso había sido un juguete durante cinco mil años.
  • 49. Parecía injusto que esto hubiese tenido que ocurrir en su tiempo, después de tantossiglos de tranquilidad. Pero los hombres no pueden negociar con el Destino ni elegir lapaz o la aventura a su antojo. La Aventura y el Cambio habían vuelto al mundo una vezmás, y él debía sacar el mejor partido de ello, como habían hecho sus antepasados aliniciarse la era espacial y asaltar las estrellas con sus primeras y frágiles naves. Saludó a Shastar por última vez y después volvió la espalda al mar. El sol ledeslumbraba y la carretera parecía velada, delante de ella, por una niebla brillante ytrémula, como un espejismo o el reflejo de la Luna sobre aguas agitadas. Por unmomento, Brant se preguntó si sus ojos lo habían engañado; entonces vio que se tratabade una ilusión. Hasta donde podía alcanzar con la mirada, la carretera y la tierra, a ambos lados,estaban cubiertas de innumerables hilos de telarañas, tan finas y delicadas que sólo laviva luz del sol revelaba su presencia. Durante el último cuarto de kilómetro había estadocaminando a través de ellos y no habían resistido su paso más de lo que lo habrían hechounas volutas de humo. Las arañas traídas por el viento tenían que haber estado cayendo a millones desde elcielo durante toda la mañana, y al mirar hacia el azul, Brant aún pudo captar por unmomento, a la luz del sol, aquel brillo sedoso al pasar algunas viajeras rezagadas. Sinsaber si viajarían, aquellas diminutas criaturas se habían aventurado en un abismo másinhóspito e insondable que cualquiera con el que él pudiese enfrentarse cuando llegase eldía de despedirse de la Tierra. Era una lección que recordaría durante las semanas y losmeses siguientes. Poco a poco, la Esfinge se hundió en la línea del cielo al reunirse con Shastar más alláde la curva de los montes. Sólo una vez miró Brant hacia atrás para ver el monstruoagazapado, cuya vigilancia de milenios estaba ahora tocando a su fin. Entonces caminólentamente bajo el sol, mientras dedos impalpables le acariciaban una y otra vez la cara,al ser empujados más hilos de seda por el viento que soplaba de su tierra. ODIO
  • 50. Esto va a ser demasiado inverosímil para un relato de ficción. Tendrán que aceptar mipalabra de que no me lo estoy inventando. Como casi había olvidado la génesis de lahistoria hasta que saqué mis amarillentas libretas de notas, todavía me siento algoincrédulo. En febrero de 1960 —treinta años antes de que aparezcan impresas estas palabras—,el distinguido productor de cine William MacQuitty me pidió que escribiese un guióntitulado El mar y las estrellas. Esto fue a los dos años de que el Sputnik I inaugurase laera espacial (octubre de 1957); ningún ser humano había viajado entonces más allá de laatmósfera y, a pesar de Laika y otros astronautas animales, en algunos círculos todavíase dudaba de que fuese posible una supervivencia prolongada en estado de ingravidez. Aunque desde luego entonces, no lo sabíamos, Yuri Gagarin ya se estaba preparandopara el primer vuelo orbital (12 de abril de 1961), y Bill y yo estábamos totalmente segurosde que la primera persona en el espacio sería un ruso. Pensamos que seria una películafantástica si la cápsula se hundía en el Great Barrier Reef y era descubierta con elocupante atrapado y vivo por un buceador que... no, no quiero aguarles la historia... Nada salió del guión de película, que es lo que les ocurre al 99 por ciento de ellos. Sinembargo, pensé que la idea era demasiado buena para desperdiciarla y, al mes siguiente,escribí un cuento con ella. La revista Iflo publicó en noviembre de 1961 titulándolo At theEnd of the Orbit («Al final de la órbita»). Yo prefiero el título original, tiene más garra. Casi al mismo tiempo conocí al primer hombre que entraría en órbita; una de las cosasque poseo y que más aprecio es la autobiografía de Gagarin, con esta dedicatoria: «Enrecuerdo de nuestro encuentro en Ceilán, 11 de diciembre del 61.» Años más tarde, enStar City, estuve en el despacho de Gagarin, tal como lo había dejado antes de aquelvuelo fatal de adiestramiento, con el reloj de la pared parado en el momento de su muerte. Cuando nos conocimos, Bill MacQuitty acababa de producir la película definitiva sobrela catástrofe del Titanio: A Night to Remember; el tema le interesaba sobre todo porque demuchacho había presenciado en Belfast la botadura del barco. Más tarde hizo un decididopero vano esfuerzo por llevar a la pantalla Naufragio en el mar selenita. Al no poder filmaroperaciones submarinas en la Luna, volvió a la Tierra con Above Us the Waves, historiadel ataque de la Armada británica contra el acorazado Turpitz. También empleó Ceilán, —donde había trabajado en un banco en los años treinta—, como escenario de TheBeachcomber, un cuento de Somerset Maugham de la época colonial, protagonizado porRobert Newton. («La última película —me dijo Bill—, en la que Bob estuvo sereno casitodo el tiempo.»)
  • 51. Todas estas cuestiones pueden parecer un poco irrelevantes, pero no lo son. Porque elhombre que había observado la botadura del Titanio en 1910, y podía haberme pescadoantes que Stanley Kubrick, acababa de entrar en mi despacho con el primer volumen desu autobiografía. Y estoy quebrantando una de mis normas más severas al escribir unaintroducción... Pero aún no he terminado. Una semana después de que Bill MacQuitty abandoneColombo, vendrá el hombre que filmará por fin (toquen madera) Naufragio en el marselenita, para discutir operaciones de salvamento en la Luna. Y para hacer las cosas aún más complicadas, estoy trabajando en una novela sobre elcentenario del Titanio; se acerca rápidamente el año 2012. Hablé de él una vez enRegreso a Titán, pero ahora Robert Ballard y su equipo lo han redescubierto, es hora devolver a los Grand Banks. 1 Tibor no lo vio. Estaba durmiendo e inmerso en su inevitable y doloroso sueño. SóloJoey se encontraba despierto sobre cubierta, en la fresca quietud que precede a laaurora, cuando apareció el llameante meteoro encima de Nueva Guinea. Observó cómoascendía en el cielo hasta pasar directamente por encima de su cabeza, apagando lasestrellas y proyectando sombras que se movían rápidamente sobre la atestada cubierta.La fuerte luz perfiló el aparejo desnudo, las cuerdas enrolladas y los tubos de aire, lasescafandras hábilmente colocadas para la noche, incluso la isla baja y cubierta depalmeras a media milla de distancia. Al pasar hacia el sudoeste, sobre el vacío delPacífico, empezó a desintegrarse. Desprendió glóbulos incandescentes, dejando una estela de fuego a lo largo de uncuarto de su trayectoria en el cielo. Empezaba ya a extinguirse cuando Joey lo perdió devista. Todavía resplandeciendo, se hundió en el horizonte, como si tratase de arrojarsecontra la cara del sol oculto. Si la vista era espectacular, el silencio absoluto resultaba enervante. Joey se quedóesperando, pero ningún sonido llegaba del cielo hendido. Cuando unos minutos más tardese oyó un súbito chasquido en el mar, a poca distancia, la sorpresa le produjo uninvoluntario sobresalto; después se maldijo por haberse dejado asustar por una manta,aunque tenía que ser muy grande para haber hecho aquel ruido al saltar. No oyó nadamás, y entonces volvió a dormirse.
  • 52. En su estrecha litera, a popa del compresor de aire, Tibor no oyó nada. Dormía tanprofundamente después del trabajo del día que le quedaba poca energía, incluso para lossueños. Y cuando los tenía, no eran los que hubiese querido. En las horas de oscuridad,cuando su mente rondaba por el pasado, nunca se detenía en recuerdos de deseo. Habíatenido mujeres en Sydney, en Brisbane, en Darwin y en Thursday Island, pero ninguna ensus sueños. Lo único que siempre recordaba al despertar, en la fétida quietud delcamarote, era el polvo, el fuego y la sangre cuando los tanques rusos entraron enBudapest. Sus sueños no eran de amor sino sólo de odio. Cuando Nick lo sacudió para despertarlo, estaba esquivando a los guardias en lafrontera austriaca. Tardó unos segundos en hacer el viaje de quince mil kilómetros hastael Great Barrier Reef. Entonces bostezó, echó a patadas a las cucarachas que le hacíancosquillas en los dedos de los pies, y bajó de la litera. El desayuno era el mismo de siempre, desde luego: arroz, huevos de tortuga y carneen conserva, regado todo ello con té fuerte y dulce. Lo mejor de la comida de Joey era laabundancia. Tibor estaba acostumbrado a la monótona dieta. Lo compensaba, al igualque de otras privaciones, cuando volvía al continente. El sol apenas había asomado en el horizonte cuando amontonaron los platos en lapequeña cocina y el lugre emprendió su ruta. Nick parecía animado al ponerse al timón y apartarse de la isla. El viejo pescador deperlas tenía motivos para estarlo, ya que el banco de conchas en el que trabajaban era elmás rico que Tibor había visto jamás. Con un poco de suerte llenarían la bodega en undía o dos y volverían a Thursday Island con media tonelada de conchas a bordo. Yentonces, con un poco más de suerte, podría dejar este peligroso trabajo y volver a lacivilización. Y no es que lamentase nada. El griego lo había tratado bien, y él había encontradoalgunas perlas muy buenas al abrir las conchas. Pero ahora, después de nueve meses enel Reef, comprendía por qué el número de submarinistas blancos podía contarse con losdedos de una mano. Los japoneses, los canacas y los isleños podían soportarlo; peromuy pocos europeos. El diesel enmudeció y el Arafura se detuvo. Estaban a unos tres kilómetros de la isla, baja y verde sobre el agua, pero separada deésta por una estrecha franja de playa deslumbrante. No era más que un banco de arenasin nombre, del que había logrado apoderarse un pequeño bosque. Sus únicos moradores
  • 53. eran las innumerables y estúpidas pardelas que anidaban en el blando suelo y hacían lanoche odiosa con sus gritos agoreros. Los tres buceadores apenas hablaron mientras se vestían. Cada uno sabía lo que teníaque hacer y no perdía tiempo en llevarlo a cabo. Al abrocharse Tibor la gruesa chaquetade twill, Blanco, su ayudante, lavó el cristal del casco con vinagre, para que no seempañase. Entonces Tibor bajó por la escalera de cuerda, mientras le ponían el pesadocasco y el coselete de plomo. Aparte de la chaqueta, cuyo relleno repartía el peso por igual sobre sus hombros,llevaba su ropa corriente. En aquellas aguas cálidas no había necesidad de trajes de caucho. El casco actuabasimplemente como una pequeña campana de buzo mantenida en posición por su propiopeso. En caso de emergencia, el que lo llevaba (si tenía suerte) podía desprenderse de ély subir nadando sin estorbos a la superficie. Tibor lo había visto hacer, pero no tenía elmenor deseo de experimentarlo. Cada vez que se plantaba en el último escalón, agarrando el saco para las conchascon una mano y el cable de seguridad con la otra, acudía a su mente la misma idea. Estaba dejando el mundo que conocía; pero ¿era para una hora... o para siempre? Abajo, en el fondo del mar, estaban las riquezas y la muerte, y uno no podía estarseguro de cuál de las dos cosas le esperaba allí. Lo más probable es que fuera un díamás de trabajo pesado y sin incidentes, como lo eran la mayoría de los días de la vidamonótona del pescador de perlas. Pero Tibor había visto morir a uno de sus compañerosal enredarse el tubo del aire en la hélice del Arafura. Y había sido testigo de la agonía deotro, víctima de la enfermedad de los buzos. En el mar, nada era nunca seguro o cierto.Uno se arriesgaba con los ojos abiertos. Y si perdía, de nada servían las lamentaciones. Se apartó de la escalera, y el mundo del sol y el cielo dejó de existir. Debido al peso delcasco, tuvo que agitar frenéticamente los pies para mantener el cuerpo vertical. Sólopodía distinguir una niebla azul y amorfa al hundirse hacia el fondo. Esperó que Blanco notirase demasiado pronto del cable de seguridad. Tragando saliva y bufando, trató dedespejar los oídos al aumentar la presión. El derecho se «destapó» con bastante rapidez,pero un dolor punzante, insoportable, aumentó rápidamente en el izquierdo, que lomolestaba desde hacía varios días. Metió la mano debajo del casco, se tapó la nariz ysopló con toda su fuerza. Hubo una brusca y silenciosa explosión dentro de su cabeza y el dolor cesó al instante.Ya no tendría más dificultades en esta inmersión.
  • 54. Tibor tocó el fondo antes de verlo. Su visión hacia abajo era muy limitada pues no podía inclinarse sin correr el riesgo deque se inundase el casco. Podía ver a su alrededor, pero no inmediatamente debajo de él.Lo que contempló era tranquilizador en su monotonía: un llano cenagoso y ligeramenteondulado que se difuminaba a unos tres metros de distancia. A un metro a su izquierda,un pececillo mordisqueaba un trozo de coral del tamaño y la forma de un abanico. Estoera todo. Aquí no había belleza ni era un lugar de ensueño submarino. Pero había dinero.Y eso era lo que importaba. El cable de seguridad dio un ligero tirón al empezar a derivar en la dirección del viento,moviéndose de lado sobre el sector, y Tibor empezó a avanzar con el paso saltarín y lentoque le imponía la ingravidez y la resistencia del agua. Como buzo número dos, trabajabadesde la proa. En medio estaba Stephen, todavía algo inexperto, y a popa Billy, el primerbuzo. Los tres hombres raras veces se veían cuando estaban trabajando; cada uno teníasu propio territorio que explorar, mientras el Arafura se deslizaba en silencio a favor delviento. Sólo en los extremos de los zigzags que trazaban, a veces se veían de refilóncomo vagas sombras entre niebla. Se necesitaba práctica para distinguir las conchas debajo del camuflaje de algas yhierbas, pero con frecuencia los moluscos se delataban ellos mismos. Cuando sentían lasvibraciones del hombre que se acercaba, se cerraban de golpe, y entonces se producíaun fugaz destello nacarado en la penumbra. Sin embargo, incluso éstas escapaban aveces pues el barco en movimiento podía arrastrar al pescador antes de que pudieseagarrar su presa. En los primeros días de aprendizaje, a Tibor se le habían escapadobastantes ostras grandes, cualquiera de las cuales podía haber contenido una perlafabulosa. O así se lo había imaginado, antes de que se extinguiese para él el atractivo dela profesión y se percatase de que aquellas perlas resultaban tan raras que era mejorolvidarse de ellas. La perla más valiosa que había pescado se había vendido por veinte libras, y lasconchas que recogía en una buena mañana valían más. Si la industria hubiese dependidode las perlas y no del nácar, habría quebrado hacía años. No había sentido del tiempo en este mundo de niebla. Uno caminaba debajo de laembarcación móvil e invisible, con el zumbido del compresor de aire golpeándole losoídos, y la verde neblina moviéndose delante de los ojos. A largos intervalos se descubríauna concha, se la arrancaba del fondo del mar y se metía en la bolsa. Si uno tenía suerte,
  • 55. podía recoger un par de docenas en una sola inmersión. Pero también era posible que noencontrase ninguna. Uno estaba alerta ante el peligro, pero éste no le preocupaba. Los verdaderos riesgoseran accidentes sencillos y nada espectaculares, como que se enredasen el tubo del aireo el cable de seguridad, no los tiburones, los grandes peces ni los pulpos. Los tiburoneshuían al descubrir burbujas de aire, y en todas las horas de inmersión, Tibor sólo habíavisto un pulpo de medio metro de diámetro. En cuanto a los peces gigantescos, bueno,había que tomarlos en serio porque se podían tragar de golpe a un buzo si estabanhambrientos. Pero no era probable encontrarlos en esta llanura desolada. No habíacuevas de coral donde pudiesen establecer sus hogares. Por consiguiente, la impresión no habría sido tan fuerte si este ambiente gris y uniformeno le hubiese dado una sensación de seguridad. Estaba caminando con regularidad hacia una pared de niebla inalcanzable que seretiraba tan de prisa como se acercaba él. Y entonces, sin previo aviso, una particularpesadilla tomó cuerpo encima de él. II Tibor odiaba las arañas, y había cierta criatura en el mar que parecía deliberadamenteresuelta a aprovecharse de aquella fobia. Él no había visto ninguna y su mente habíaeludido siempre la idea de semejante encuentro, pero sabía que el cangrejo arañajaponés puede medir tres metros y medio desde las patas de un lado a las del otro. Elhecho de que fuese inofensivo no le importaba en absoluto. Un cangrejo araña grandecomo un hombre no tenía derecho a la existencia. En cuanto vio aparecer aquella jaula de miembros flacos en la masa gris de las aguas,Tibor empezó a chillar con terror incontrolable. No recordaba haber tirado del cable deseguridad, pero Blanco reaccionó con la percepción instantánea del ayudante ideal.Resonando todavía sus gritos en el casco, Tibor sintió que lo arrancaban del fondo delmar y lo subían hacia la luz, el aire... y la cordura. Mientras ascendía, comprendió lo absurdo de su miedo y recuperó algo de su dominio.Pero cuando Blanco le quitó el casco, aún temblaba violentamente y tardó algún tiempoen poder hablar. —¿Qué diablos pasa aquí? —preguntó Nick—. ¿Es que todos queréis terminar eltrabajo antes de la hora?
  • 56. Entonces Tibor se dio cuenta de que no había sido el primero en subir. Stephen estabasentado en mitad del barco, fumando un cigarrillo, y al parecer totalmente despreocupado.Un ayudante izaba al buzo de popa, que se preguntaría sin duda qué había sucedido, yaque el Arafura se había detenido y todas las operaciones se habían suspendido hasta quese resolviese la cuestión. —Hay una especie de embarcación hundida ahí abajo —dijo Tibor—. Tropecé con ella.Lo único que pude ver fue un montón de cuerdas y de palos. Para su gran contrariedad, el recuerdo hizo que empezase a temblar de nuevo. —No veo por qué eso te provocó el tembleque —gruñó Nick. Tampoco podía comprenderlo Tibor, sobre la cubierta bañada por el sol. Era imposible explicar cómo podía una forma inofensiva, vista a través de una niebla,llenar completamente la mente de terror. —Casi me enredé con aquello —mintió—. Blanco tiró de mí con el tiempo justo. —¡Hum! —murmuró Nick, no muy convencido—. En todo caso, no es un barco. —Señaló hacia el buzo que estaba en mitad de la embarcación—. Steve tropezó con unmontón de cuerdas y de tela, dice que como un nailon grueso. Parece una especie deparacaídas. —El viejo griego miró disgustado la mojada colilla de su puro y la arrojó porencima de la borda—. En cuanto haya subido Billy, iremos a echar un vistazo. Puede quevalga algo; recordad lo que le ocurrió a Jo Chambers. Tibor lo recordaba; la historia era famosa a lo largo del Great Barrier Reef. Jo habíasido un pescador solitario que, en los últimos meses de la guerra, había descubierto unBC-3 en aguas poco profundas a pocos kilómetros de la costa de Queensland. Despuésde prodigios de recuperación sin ayuda de nadie, se había abierto paso en el fuselaje yempezado a descargar cajas de herramientas perfectamente protegidas con envolturasimpermeables. Durante un tiempo había realizado un fructífero negocio de importaciones, pero cuandola policía dio con él, reveló de mala gana la identidad de su proveedor. Los «polis»australianos pueden ser muy persuasivos. Y fue entonces, después de semanas y semanas de fatigoso trabajo debajo del agua,cuando Jo descubrió lo que había estado transportando el DC-3 además de lasherramientas que, por valor de unos pocos miles de dólares, había estado vendiendo alos garajes y talleres del continente. Las grandes cajas de madera que no se había decidido a abrir contenían la paga deuna semana de las fuerzas del Pacífico.
  • 57. Aquí no habría tanta suerte, pensó Tibor al saltar de nuevo al agua. Pero el avión (o loque fuese) podía contener instrumentos valiosos y tal vez habría una recompensa paraquien los descubriese. Además, estaba en deuda consigo mismo. Quería ver exactamentequé era lo que le había causado semejante susto. Diez minutos más tarde supo que no era ningún avión. Tenía otra forma y era muchomás pequeño; sólo unos seis metros de largo y la mitad de ancho. El estrecho objetotenía escotillas de acceso y pequeñas portillas a través de las cuales atisbaban el mundounos instrumentos desconocidos. Daba la impresión de estar desarmado, aunque unextremo parecía haber sido fundido por un terrible calor. Del otro brotaba una maraña deantenas, todas ellas rotas o torcidas por el choque contra el agua. Incluso ahora tenían unincreíble parecido con las patas de un insecto gigante. Tibor no era tonto. Enseguida sospechó lo que era aquello. Sólo subsistía un problema, y lo resolvió con facilidad. Aunque borradas en parte por elcalor, aún había palabras legibles grabadas en algunas escotillas. Los caracteres erancirílicos, y Tibor conocía el ruso lo bastante como para captar referencias a materialeselectrónicos y sistemas de presurización. «Así que han perdido un Sputnik», se dijo, satisfecho. Podía imaginar lo sucedido.Aquella cosa había descendido demasiado aprisa y a un lugar equivocado. En uno de losextremos había restos de flotadores; se habían reventado con el impacto y el vehículo sehabía hundido como una piedra. La tripulación del Arafura tendría que disculparse con Joey. No había estado bebiendo.Lo que había visto arder en el cielo seguramente sería el cohete portador, que se habíaseparado de su carga y caído sin control en la atmósfera de la Tierra. Tibor permaneció durante mucho rato en el fondo del mar, con las rodillas dobladas a lamanera típica del buzo, mientras observaba aquella criatura del espacio atrapada ahoraen el elemento extraño. Su mente estaba llena de planes a medio elaborar, pero ningunode ellos estaba todavía claro. Ya no le importaba el dinero del salvamento. La perspectiva de la venganza era muchomás importante. Aquí estaba una de las creaciones de las que más se enorgullecía la tecnologíasoviética, y Szabo Tibor, oriundo de Budapest, era el único hombre del mundo que losabía. Tenía que haber alguna manera de aprovechar la situación, de producir daño al país ya la causa que ahora odiaba con tan ardiente intensidad. Aún no se había entretenido en
  • 58. analizar el verdadero motivo de este odio. Aquí, en este mundo solitario de mar y cielo, devaporosos manglares y deslumbrantes bancos de coral, no había nada que le recordaseel pasado. Sin embargo, no podía librarse de él. Algunas veces despertaban los demoniosde su mente y tenía accesos de rabia o un deseo cruel y desenfrenado de destrucción.Hasta ahora había tenido suerte; no había matado a nadie. Pero algún día... Un inquieto tirón de Blanco interrumpió sus sueños de venganza. Dio una señal tranquilizadora a su ayudante e inició un examen más atento de lacápsula. ¿Cuánto pesaba? ¿Podía ser izada fácilmente? Debía descubrir muchas cosas,antes de trazar algún plan definitivo. Se apoyó en la pared de metal ondulado y empujó cautelosamente. Percibió un claromovimiento, al oscilar la cápsula sobre el fondo marino. Tal vez podría ser levantada,incluso con las pocas poleas de que disponía el Arafura. Probablemente era más ligera delo que parecía. Tibor apretó el casco contra la sección plana de la cápsula y escuchó con atención. Había tenido cierta esperanza de oír algún ruido mecánico, como el zumbido demotores eléctricos. Pero el silencio era absoluto. Golpeó el metal con el mango de sucuchillo, tratando de calcular su grosor y de localizar cualquier punto débil. Su tercerintento dio resultado, pero no fue lo que esperaba. La cápsula le respondió con un furioso y desesperado repiqueteo. Hasta este momento a Tibor no se le había ocurrido pensar que pudiese haber alguienen el interior. La cápsula le había parecido demasiado pequeña. Entonces se dio cuenta de que había estado pensando en términos de aviaciónconvencional. Allí había espacio suficiente para un pequeño camarote a presión en el queun abnegado astronauta podría pasar unas pocas horas encogido. Así como un calidoscopio puede cambiar completamente su dibujo en un solomovimiento, así los planes medio elaborados en la mente de Tibor se disolvieron ycristalizaron después en una nueva forma. Se humedeció los labios con la lengua detrásdel grueso cristal del casco. Si Nick hubiese podido verlo, ahora se habría preguntado,como había hecho ya algunas veces, si su buzo número dos estaba completamentecuerdo. Todas sus ideas de una venganza remota e impersonal contra algo tan abstractocomo una nación o una máquina se alejaron de su mente. Ahora sería una cuestión de hombre a hombre. III
  • 59. —Te has tomado tiempo, ¿no? —dijo Nick—. ¿Qué has descubierto? —Es ruso —dijo Tibor—. Algún tipo de Sputnik. Si lo atamos con una cuerda creo quepodremos levantarlo del fondo. Pero es demasiado pesado para subirlo a bordo. Nick dio una chupada a su eterno puro, con expresión reflexiva. El jefe estabapreocupado por una cuestión que no se le había ocurrido a Tibor. Si se realizaba algunaoperación de salvamento allí, todos sabrían el sitio donde había estado el Arafura.Cuando llegase la noticia a Thursday Island, su banco de ostras particular sería limpiadoen un santiamén. Tendrían que mantener en secreto todo el asunto o remolcar ellos mismos aquellamaldita cosa y no decir dónde la habían encontrado. En todo caso, más parecía unengorro que algo valioso. Nick, que compartía casi todos los prejuicios de los australianoscontra la autoridad, estaba convencido de que lo único que sacarían de su trabajo seríauna bonita carta de agradecimiento. —Los muchachos no quieren bajar —anunció—. Creen que es una bomba. Quierendejarla donde está. —Diles que no se preocupen —replicó Tibor—. Yo me encargaré de esto. Trató de mantener su voz fría y normal, pero aquello era demasiado bonito para serverdad. Si los otros oían los golpes desde dentro de la cápsula, sus planes sederrumbarían. Señaló hacia la isla verde y adorable en el horizonte. —Sólo podemos hacer una cosa. Si conseguimos levantarla medio metro del fondo,podremos llevarla hacia la costa. Una vez en aguas poco profundas, no será muy difícilarrastrarla hasta la playa. Utilizaremos los botes y tal vez enganchemos una polea en unode aquellos árboles. Nick consideró la idea sin mucho entusiasmo. Dudaba de que el Sputnik pudiese pasara través del arrecife, incluso a sotavento de la isla. Pero era partidario de alejarlo de subanco de conchas. Siempre podrían dejarlo en otra parte, señalar el lugar con una boya yreclamar el mérito del hallazgo. —Está bien —dijo—. Baja. Esa cuerda de dos centímetros es la más fuerte quetenemos; será mejor que te la lleves. Pero no te pases todo el día en esto; ya hemosperdido bastante tiempo. Tibor no tenía intención de pasar todo el día. allí. Seis horas serían más quesuficientes. Ésta era una de las primeras cosas que había aprendido de las señales através de la pared.
  • 60. Era una lástima que no pudiese oír la voz del ruso; pero el ruso podía oírle y esto era loque realmente importaba. Cuando apoyó el casco en el metal y gritó, la mayoría de suspalabras fueron comprendidas. Hasta ahora había sido una conversación amistosa; Tiborno tenía intención de mostrar sus cartas hasta el momento psicológico adecuado. La primera operación había sido establecer una clave: un golpe para decir «Sí» y dospara decir «No». Después se trataba sólo de hacer las preguntas más convenientes. Contiempo, no había un hecho ni una idea que no se pudiese comunicar por medio de estasdos señales. Habría sido mucho más difícil si Tibor se hubiese visto obligado a emplear surudimentario ruso. Se había alegrado, aunque no sorprendido, al descubrir que el pilotoatrapado comprendía perfectamente el inglés. Había aire en la cápsula para otras cincohoras; su ocupante estaba ileso; sí, los rusos sabían el lugar donde había caído. La última respuesta dio que pensar a Tibor. Tal vez el piloto estaba mintiendo, peropodía ser verdad lo que decía. Aunque algo había funcionado evidentemente mal en elregreso proyectado a la Tierra, los buques de rastreo del Pacífico tenían que haberlocalizado el lugar del impacto, aunque no podía saber con qué exactitud. Pero ¿quéimportaba eso? Podían tardar días en llegar aquí, aunque viniesen a toda velocidad a lasaguas territoriales australianas sin molestarse en pedir permiso a Canberra. Era dueño dela situación. Toda la fuerza de la URSS no podría hacer nada para frustrar sus planesantes de que fuese demasiado tarde. La pesada cuerda cayó en rollos sobre el fondomarino, levantando una nube de limo que se alejó como humo, impulsado por la lentacorriente. Ahora que el sol estaba más alto en el cielo, el mundo submarino ya no seencontraba envuelto en una penumbra gris. El fondo del mar era incoloro pero brillante, yel límite de la visión estaba ahora casi a cinco metros de distancia. Tibor pudo observar toda la cápsula espacial por primera vez. Era un objeto tanpeculiar, diseñado para condiciones más allá de toda experiencia normal, que engañaba ala vista. Uno buscaba en vano la parte de delante y la de atrás. No había manera de saberen qué dirección apuntaba al volar a toda velocidad en su órbita. Tibor apretó el casco contra el metal y gritó: —¡He vuelto! —anunció—. ¿Puede oírme? Pam. —He traído una cuerda y voy a atarla a los cables del paracaídas. Estamos a unos treskilómetros de una isla. En cuanto la hayamos atado, pondremos rumbo hacia ella. Nopodemos sacarle del agua con la polea que llevamos a bordo, así que trataremos dellevarle a la playa. ¿Comprende?
  • 61. Pam. Sólo tardó unos momentos en atar la cuerda; ahora era mejor que se apartase antes deque el Arafura empezase a levantar la cápsula. Pero primero tenía que hacer algo. —¡Eh! —gritó—. He atado la cuerda. Levantaremos esto dentro de un minuto. ¿Meoye? Pam. —Entonces también podrá oír esto: nunca saldrá vivo de ahí. También esto lo he atadobien. Pam, Pam. —Tardará cinco horas en morir. Mi hermano tardó más, cuando pasó por un campo deminas. ¿Comprende? ¡Soy de Budapest! Le odio a usted, a su país y a todo lo que éstedefiende. Me han arrebatado mi casa, mi familia; han convertido a mis compatriotas enesclavos. ¡Ahora me gustaría ver su cara! Me gustaría verle morir. También a Theo le vimorir. Cuando estemos a medio camino de la isla, esta cuerda se romperá por donde yola corte. Bajaré y ataré otra, y ésta también se romperá. Puede quedarse sentado yesperar las sacudidas. Tibor se detuvo bruscamente, agotado por la violencia de sus emociones. No habíalugar para la lógica o la razón en este orgasmo de odio. No se detuvo para pensar, porqueno se atrevía a hacerlo. Pero en lo más recóndito de su mente, la verdad se estabaabriendo paso hacia la luz de la conciencia. No era a los rusos a quienes odiaba por todolo que habían hecho. Se odiaba a sí mismo, porque había hecho más. La sangre de Theo y de diez mil compatriotas había manchado sus propias manos.Nadie había sido más comunista que él ni nadie había creído más estúpidamente lapropaganda de Moscú. En el instituto y en la universidad había sido el primero en buscary denunciar a los «traidores» (¿a cuántos de ellos había enviado a los campos de trabajoo a las cámaras de tortura de la AVO?) Cuando descubrió la verdad, ya era demasiadotarde. Y ni siquiera entonces había luchado. Había echado a correr. Había corrido por todo el mundo, tratando de escapar a su culpa, y las drogas delpeligro y la disipación lo habían ayudado a olvidar el pasado. Los únicos placeres queahora le ofrecía la vida eran los abrazos sin amor que buscaba febrilmente cuando estabaen tierra firme, y su actual modo de existencia era prueba de que aquello no erasuficiente.
  • 62. Si ahora podía hacer tratos con la muerte, era sólo porque había venido aquí en buscade ella. No hubo ningún sonido en la cápsula. Su silencio parecía despectivo, burlón. Tibor lagolpeó con furia con el mango del cuchillo. —¿Me has oído? —gritó—. ¿Me has oído? Ninguna respuesta. —¡Maldito seas! ¡Sé que estás escuchando! ¡Si no contestas, haré un agujero en lacápsula para que entre el agua! Estaba seguro de que podía conseguirlo con la afilada punta del cuchillo. Pero esto eralo último que quería hacer; sería demasiado rápido, un fin demasiado fácil. Seguía sin oír nada; tal vez el ruso se había desmayado. Tibor esperó que no fueseasí, pero era inútil demorarse aún más. Propinó un fuerte golpe de despedida a la cápsulae hizo señal a su ayudante. Nick tenía noticias para él cuando salió a la superficie. —La radio de Thursday Island no ha parado un momento. Los rusos están pidiendo atodo el mundo que busquen uno de sus cohetes. Dicen que debe estar flotando en algunaparte, frente a la costa de Queensland. Parece que están muy interesados en recuperarlo. —¿Han dicho algo más sobre él? —preguntó ansiosamente Tibor. —Sí, que ha dado un par de vueltas alrededor de la Luna. —¿Eso es todo? —Nada más, que yo recuerde. Usaban muchos términos científicos que nocomprendía. Era de suponer; cuando fallaba alguno de sus experimentos, los rusos lo mantenían ensecreto tanto como les era posible. —¿Has dicho a Thursday Island que lo hemos encontrado? —¿Estás loco? Además, el transmisor no funciona; no podría hacerlo aunque quisiera.¿Has fijado bien la cuerda? —Sí; mira si puedes levantarla del fondo. El extremo de la cuerda había sido atado alrededor del palo mayor, y en pocossegundos quedó tirante. Aunque el mar estaba en calma, había un ligero oleaje y el lugreoscilaba en ángulos de diez o quince grados. A cada balanceo, las bordas se elevabanmedio metro y descendían de nuevo. Había un montacargas con capacidad para variastoneladas, pero era necesario tener mucho cuidado al emplearlo. La cuerda vibró, la madera crujió y, por un momento, Tibor temió que la debilitadacuerda se rompiese demasiado pronto. Pero resistió y se elevó la carga.
  • 63. La izaron más a la segunda oscilación, y más a la tercera. Entonces se desprendió lacápsula del fondo marino y el Arafura escoró ligeramente hacia babor. —Vamos —dijoNick, empuñando la rueda del timón—. Tendríamos que llevarla a medio kilómetro antesde que choque de nuevo. El lugre empezó a moverse despacio en dirección a la isla, transportando su cargaescondida debajo de él. Apoyándose en la borda y dejando que el sol evaporase el agua de su ropa mojada,Tibor se sintió en paz por primera vez en... ¿cuántos meses? Incluso el odio había cesadode arder en su cerebro. Tal vez, como el amor, era una pasión que nunca podíasatisfacerse. Pero al menos había sido saciada de momento. No flaqueaba en su resolución. Estaba implacablemente empeñado en la venganza demanera tan extraña, tan milagrosa, se había puesto a su alcance. La sangre pedíasangre, y al fin podrían descansar lo; fantasmas que lo acosaban. IV Empezó a preocuparse cuando estaban a dos tercios del camino hacia la isla y lacuerda no se había roto. Todavía faltaban cuatro horas. Demasiado tiempo. Por primeravez se le ocurrió pensar que su plan podría fracasar. ¿Y si a pesar de todo Nickconseguía llevar la cápsula a la playa antes de la hora límite? Con un fuerte chasquido que hizo vibrar toda la embarcación, la cuerda saltó en elagua, rociando en todas direcciones. —Debí pensarlo —dijo Nick—. Estaba empezando a dar saltos. ¿Quieres bajar denuevo o prefieres que envíe a uno de los muchachos? —Ya me encargo yo —respondió apresuradamente Tibor—. Puedo hacerlo más deprisa que ellos. Era cierto, pero tardó veinte minutos en localizar la cápsula. El Arafura se habíaapartado mucho de ella antes de que Nick pudiera parar el motor, y Tibor llegó apreguntarse si la hallaría. Describió grandes arcos en el fondo del mar, y sólo terminó la búsqueda cuando seenredó accidentalmente en el paracaídas. La tela oscilaba con lentitud en la corriente,como un extraño y horrible monstruo marino; pero Tibor ya no temía nada, salvo elfracaso, y su pulso no se aceleró al ver aquella masa blanquecina delante de él. La cápsula estaba arañada y manchada de limo, pero parecía indemne. Ahora yacía decostado y parecía una gigantesca cántara de leche que se hubiese volcado. El pasajero
  • 64. tenía que haber saltado mucho en el interior. Pero si había caído de la Luna tenía queestar muy protegido, y probablemente seguiría en buen estado. Tibor confió en que asífuese. Sería una lástima perder las tres horas restantes. Una vez más apoyó el casco oxidado en el ya no tan brillante metal de la cápsula. —¡Eh! —gritó—. ¿Puedes oírme? Tal vez el ruso tratara de engañarle guardando silencio, pero esto sería pedirdemasiado a su sangre fría. Tibor tenía razón. Casi inmediatamente sonó el fuerte golpede respuesta. —Me alegro de que estés ahí —gritó—. Todo está saliendo como te dije, aunque meparece que tendré que cortar un poco más la cuerda. La cápsula no respondió. Nunca volvió a responder, a pesar de que Tibor la golpeó unay otra vez en la siguiente inmersión... y en la siguiente. Pero ahora ya no lo esperaba porque habían tenido que detenerse un par de horaspara capear una turbonada, y el tiempo límite había pasado antes de que hiciese suúltimo descenso. Esto lo contrariaba un poco pues había proyectado un mensaje de despedida. Perogritó de todos modos, aunque sabía que gastaba energías en vano. Por la tarde, temprano, el Arafura se había acercado lo más posible a tierra. Había sólounos pocos metros de agua debajo de él y la marea estaba descendiendo. La cápsulaasomaba a la superficie en el seno de cada ola y al fin quedó firmemente varada en unbanco de arena. Era inútil tratar de arrastrarla más. Estaría pegada allí hasta que la mareaalta la desalojase. Nick observó la situación con ojos de experto. —Esta noche hay una marea de un par de metros —dijo—. Tal como ahora estásituada, la cápsula sólo estará a medio metro del agua en la bajamar. Podremos ir hastaella con los botes. Esperaron frente al banco de arena mientras bajaba la marea y el sol. Las intermitentesemisiones de radio informaban de que la búsqueda se acercaba pero estaba todavía lejosde ellos. Avanzada la tarde, la cápsula estaba casi enteramente fuera del agua. Latripulación condujo el pequeño bote hacia ella con una renuencia que el propio Tiborcompartía, a su pesar. —Tiene que haber una puerta en el costado —in-. dicó de pronto Nick—. ¿Crees quehabrá alguien dentro? —Podría ser —respondió Tibor con voz no tan firme como hubiera deseado.
  • 65. Nick lo miró con curiosidad. El buzo se había portado de una manera extraña durantetodo el día, pero se abstuvo de preguntarle qué le sucedía. En esta parte del mundo, unoaprendía pronto a cuidar de sus propios asuntos. El bote, meciéndose ligeramente en la mar rizada, había llegado ahora junto a lacápsula. Nick alargó una mano y agarró uno de los trozos retorcidos de antena. Después,con la agilidad de un gato, subió a la superficie curva de metal. Tibor no intentó seguirlo;desde el bote observó en silencio, cómo examinaba la escotilla de entrada. —A menos que esté atrancada —dijo Nick—, tiene que haber alguna manera de abrirladesde fuera. Sería mala suerte que se necesitara alguna herramienta especial. Su temor era infundado. La palabra «abrir» había sido grabada en diez idiomasalrededor de la cerradura y sólo se necesitaban unos segundos para comprender sufuncionamiento. Al salir silbando el aire, Nick lanzó un «¡Uf!» y palideció de pronto. Miró aTibor como buscando apoyo, pero Tibor eludió su mirada. Nick se metió entonces de mala gana en la cápsula. Estuvo allí mucho rato. Al principio pudieron oír golpes sordos en el interior, seguidosde una retahíla de palabrotas bilingües. Y entonces siguió un silencio que se fue prolongando cada vez más. Cuando al fin apareció la cabeza de Nick en la escotilla, su cara correosa, curtida por elviento, estaba gris y surcada de lágrimas. Cuando Tibor vio su increíble aspecto, sintióuna súbita y terrible premonición. Algo había ido horriblemente mal, pero su mente estabademasiado confusa para prever la verdad. Ésta se le manifestó bien pronto, cuando Nickle tendió su carga, no mucho más grande que una muñeca de gran tamaño. Blanco la cogió, mientras Tibor se retiraba a la popa del bote. Al mirar aquella cara tranquila y como de cera, unos dedos de hielo parecieronatenazar no sólo su corazón sino también su bajo vientre. En ese mismo instante, alcomprender el precio de su venganza, el odio y el deseo murieron para siempre dentro deél. La astronauta era tal vez más bella en la muerte de lo que había sido en vida. Aunquemenuda, tenía que haber sido fuerte y muy capacitada para que le confiasen aquellamisión. Yaciendo a los pies de Tibor, no era una rusa ni la primera mujer que había vistola cara oculta de la Luna. Era simplemente una muchacha a la que él había matado. —Tenía esto apretado en la mano —dijo Nick con voz vacilante—. Tardé mucho ratoen sacarlo de su puño.
  • 66. Tibor apenas le oía, y ni siquiera miró el pequeño rollo de cinta magnetofónica que Nicktenía en la palma de la mano. No podía adivinar, en aquel momento de insensibilidad, quelas Furias aún tenían que ensañarse con su alma... y que pronto todo el mundo estaríaescuchando una voz acusadora de ultratumba, marcándole más irrevocablemente que acualquier hombre desde Caín. CAMPAÑA DE PUBLICIDAD Escribí este cuento en marzo de 1953. Después de aparecer rápidamente en elEvening News de Londres, tardó tres años en cruzar el Atlántico; fue publicado en elprimer número de Satellite Science Fiction (octubre de 1956). Según la Science FictionEncyclopaedia, en cada uno de los cinco primeros volúmenes apareció un cuento mío; meavergüenza confesar que había olvidado incluso la existencia de aquella revista... Aunque las referencias del relato son un tanto anticuadas, las cuestiones que suscitano lo son. Y por una curiosa coincidencia, lo releí la misma semana en que los medios decomunicación estaban celebrando tristemente el quincuagésimo aniversario de la famosaradiación de La guerra de los mundos, de Orson Welles (Mercury Theatre of tbe Air deCBS, 31 de octubre de 1938). Durante las primeras décadas —después de que los marcianos hiciesen bajar el valorde los bienes inmuebles en Nueva Jersey—, los alienígenas buenos fueron pocos yestuvieron muy espaciados, siendo tal vez Klatuu, de Ultimátum a la Tierra, el ejemplomás notable. Sin embargo, hoy en día, gracias sobre todo a E. T. (El extraterrestre), losalienígenas amigos e incluso cariñosos se dan casi por supuesto. ¿Dónde está la verdad? En los últimos años, la total ausencia de pruebas fehacientes de vida en otros mundosha llevado a numerosos científicos a sostener que la inteligencia es muy rara en eluniverso. Algunos (como Frank Tipler) han llegado a afirmar que estamos completamentesolos, una proposición que nunca podrá ser probada, sino sólo desaprobada. (¿No fuePogo quien dijo: «De todas maneras, es una idea asombrosa»?) Desde luego, los alienígenas hostiles y malos se prestan mucho más a los cuentosapasionantes que los buenos. Además, como se ha observado muy a menudo, las Cosascon que Uno no Quería Encontrarse en los años cincuenta y sesenta, eran reflejo de laparanoia imperante en aquellos tiempos, sobre todo en Estados Unidos. Ahora que la
  • 67. Guerra Fría ha dado paso, afortunadamente, a la Tregua Tibia, podemos contemplar loscielos con menos aprensión. Porque hemos conocido ya a Darth Vader... y él es nosotros. El estampido de la última bomba atómica parecía persistir en el aire cuando seencendieron las luces. Durante un buen rato nadie se movió. Después, el productorayudante preguntó ingenuamente: —Bueno, R. B., ¿qué te ha parecido? R. B. se levantó de su asiento mientras susacólitos esperaban a ver en qué dirección saltaría el gato. Entonces advirtieron que elpuro de R. B. se había apagado. ¡Esto no había ocurrido ni en el avance de «G. W. T.W.»! —¡Muchachos —exclamó, entusiasmado—, ¡aquí tenemos algo! ¿Cuánto dijiste que hacostado, Mike? —Seis millones y medio. —Relativamente barato. Os diré una cosa: me comeré todos los rollos si el total deingresos no supera el de Quo Vadis. —Se volvió con toda la rapidez que podía esperarsede un tipo de su corpulencia hacia un hombrecillo que seguía agazapado en su asiento enel fondo de la sala de proyecciones—. ¡Despierta, Joe! ¡La Tierra se ha salvado! Tu hasvisto todas las películas del espacio. ¿Cómo la situarías, en relación con las anteriores? —No hay punto de comparación —dijo Joe—. Tiene todo el suspense de La cosa, sinaquella horrible decepción al final, cuando te enteras de que el monstruo era un serhumano. La única película que se le acerca un poco es La guerra de los mundos. Algunosefectos especiales eran casi tan buenos como los nuestros; pero, desde luego, GeorgePal no tenía 3D. Y esto representa una gran diferencia. Cuando se derrumbaba el puentede Golden Gate, creí que el pilar se me venía encima... —El trozo que me ha gustado más —dijo Tony Auerbach, de Publicidad— es cuando elEmpire State Building se raja por la mitad. Pero ¿no creéis que los dueños podríandemandarnos? —¿Por qué? Nadie espera que algún edificio pueda resistir a los..., ¿cómo los llama elguión...?, demoledores de ciudades. Y a fin de cuentas, arrasarnos también todo el restode Nueva York. ¡Uy..., aquella escena en el Holland Tunnel, cuando se derrumba el techo!La próxima vez, cogeré el ferry. —Sí, estuvo muy bien realizada, casi demasiado bien. Pero lo que realmente meimpresionó fueron aquellas criaturas del espacio. La animación es perfecta. ¿Cómo lohiciste, Nike?
  • 68. —Secreto profesional —declaró el orgulloso productor—. Sin embargo, te lo diré.Muchas cosas eran auténticas. —¿Qué? —Bueno, entiéndeme. No hemos estado en Sirio B. Pero en Cal Tech inventaron unamicrocámara y la empleamos para filmar arañas en acción. Insertamos las mejores tomasy creo que te costaría distinguir las que corresponden a la «micro» y las que se realizaroncon el material normal del estudio. Ahora comprenderás por qué quería que losalienígenas fuesen insectos y no pulpos, como decía al principio el guión. —Un buen tema para la publicidad —señaló Tony—. Pero hay una cosa que mepreocupa. Aquella escena donde los monstruos secuestran a Gloria. ¿Crees que elcensor...? Quiero decir que tal como lo hemos hecho, casi parece... —No te preocupes. Esto es lo que se cree que pensará la gente. De todos modos, enel rollo siguiente dejamos bien claro que en realidad la quieren para un trabajo dedisecación. Así que todo está bien. —¡Será formidable! —exclamó R. B. con los ojos brillantes, como si ya estuvieseviendo el alud de dólares cayendo en la caja—. ¡Vamos a invertir otro millón enpublicidad! Ya me imagino los carteles, Tony. ¡OBSERVAD EL CIELO! ¡LLEGAN LOS DESIRIO! Y haremos miles de modelos mecánicos. ¿Os los imagináis deslizándose de unlado a otro sobre sus patas peludas? Al público le encanta asustarse, y le asustaremos.Cuando hayamos terminado, nadie será capaz de mirar al cielo sin que se le ponga la pielde gallina. Lo dejo en vuestras manos, muchachos. ¡Esta película hará historia! Tenía razón. Monstruos del espacio conmovió al público dos meses más tarde. Al cabode una semana del estreno simultáneo en Londres y en Nueva York, tal vez no habíanadie en el mundo occidental que no hubiese visto los carteles de ¡ALERTA, TIERRA! oque no se hubiese estremecido ante las fotografías de los monstruos peludos caminandopor la desierta Quinta Avenida sobre sus delgadas patas de múltiples articulaciones.Dirigibles hábilmente disfrazados de naves espaciales surcaban el cielo, para confusiónde los pilotos que se tropezaban con ellos, y había modelos mecánicos de los alienígenasinvasores que volvían locas a las ancianas. La campaña de publicidad fue brillante y la película se habría proyectado sin dudadurante meses de no haber sido por una coincidencia tan desastrosa como imprevisible.Mientras todavía era noticia el número de personas que se desmayaban en cadarepresentación, los cielos de la Tierra se llenaron de pronto de largas y delgadas sombrasdeslizándose rápidamente entre las nubes...
  • 69. El príncipe Zervashni era bondadoso pero propenso a la impetuosidad, un defecto muypropio de su raza. No había motivos para suponer que su actual misión de establecercontacto pacífico con el planeta Tierra suscitase ningún problema especial. La técnicacorrecta de aproximación se había elaborado a fondo durante muchos miles de años,mientras el Tercer Imperio Galáctico ampliaba lentamente sus fronteras, absorbiendoplaneta tras planeta, sol tras sol. Raras veces se tropezaba con dificultades: las razasrealmente inteligentes pueden colaborar siempre, una vez superada la primera impresiónde saber que no están solas en el universo. Cierto que la humanidad había salido de su primitiva fase bélica hacía tan sólo unageneración. Sin embargo, esto no preocupaba al primer consejero del príncipe Zervashni,Sigisnin II, profesor de Astropolí-tica. —Es la típica cultura de Clase E —dijo el profesor—. Avanzada en el aspecto técnico,pero bastante atrasada moralmente. Sin embargo, ya están acostumbrados al conceptode vuelo espacial y pronto nos reconocerán. Serán suficientes las precauciones normaleshasta que nos ganemos su confianza. —Muy bien —dijo el príncipe—. Di a los enviados que partan enseguida. Fue una desgracia que las «precauciones normales» no abarcasen la campaña depublicidad de Tony Auerbach, que ahora había alcanzado nuevas alturas de xenofobiainterplanetaria. Los embajadores aterrizaron en el Central Park de Nueva York el mismodía en que un eminente astrónomo en apurada situación económica, y por endesusceptible a las influencias, anunció, en una entrevista ampliamente difundida quecualquier visitante del espacio sería probablemente hostil. Los infortunados embajadores, que se dirigían a la sede de las Naciones Unidas,habían llegado a la calle 60 cuando tropezaron con la turba. La batalla no pudo ser másdesigual, y los científicos del Museo de Historia Natural lamentaron que hubiesenquedado tan pocos restos para poder examinarlos. El príncipe Zervashni hizo otro intento, en el otro lado del planeta, pero la noticia yahabía llegado hasta allí. Esta vez los embajadores iban armados y vendieron caras susvidas antes de sucumbir bajo la superioridad numérica de sus atacantes. Aun así, elpríncipe no perdió la calma y hasta que su flota fue atacada con misiles, no decidióemprender una acción drástica. Entonces, todo terminó en veinte minutos y fue realmente indoloro. Después, elpríncipe se volvió a su consejero y dijo, subestimando considerablemente la situación: —Parece que tenía que ser así. Y ahora, ¿puedes comunicarme exactamente qué es loque fue mal?
  • 70. Sigisnin II cruzó los doce dedos flexibles con no disimulada angustia. No era sólo elespectáculo de la Tierra totalmente desinfectada lo que le afligía, aunque para uncientífico la destrucción de unos bellos ejemplares es siempre una gran tragedia. Lopreocupante era también la destrucción de sus teorías, y por consiguiente, de su fama. —¡No lo comprendo! —se lamentó—. Desde luego, las razas que se encuentran eneste nivel cultural a menudo son recelosas y se muestran inquietas cuando se estableceel primer contacto. Pero éstos no habían tenido nunca visitantes y, por consiguiente, nohabía motivo para que se mostrasen hostiles. —¿Hostiles? ¡Eran demonios! Creo que todos estaban locos. El príncipe se volvió a su capitán, una criatura con tres piernas que parecía un ovillo delana sostenido por tres agujas de hacer punto. —¿Se ha reunido la flota? —Sí, señor. —Entonces regresaremos a la Base a toda velocidad. Este planeta me deprime. En la Tierra muerta y silenciosa, los carteles seguían pregonando sus avisos en milvallas de publicidad. Las malignas formas de insectos que se representaban cayendo delcielo no se parecían en absoluto al príncipe Zervashni, que, aparte de sus cuatro ojos,hubiese podido confundirse con un panda de piel púrpura, y que además habían venidode Rigel, no de Sirio. Pero ahora era ya demasiado tarde para fijarse en estas cosas. EL OTRO TIGRE Casi había olvidado esta historia cuando la desenterró Byron Preiss; no tenía copia yno la había reeditado en colecciones. La escribí en enero de 1951 y fue publicada en los p: meros números de FantasticUniverse, una revista que apareció entre 1953 y 1960, y que la inestimable ScienceFiction Encydopaedia califica ingeniosamente de «Magazine of Fantasy and ScienceFiction de los pobres». Mi título original era «Refutación», pero el director Sam Merwincambió por «El otro tigre». Incluso entonces, esto probablemente habría significado muypoco para la mayoría de los lectores británicos; pero ¿cuántos de sus propios paisanosrecuerdan ahora el cuento clásico de Frank Stockton «La dama o el tigre»?
  • 71. Al releer mi propia variante después de más de treinta años, no estoy seguro de porqué no la incluí en el canon Clarke. Quizá porque me asustó. Y hoy me asusta aún más,por razones que explicaré después de que ustedes la hayan leído... Es una teoría interesante —opinó Arnold—, pero no veo cómo podrás demostrarla.Habían llegado a la parte más escarpada del monte, y por un instante, Webb no pudocontestar debido a la fatiga. —No pretendo hacerlo —dijo cuando hubo recobrado el aliento—. Sólo estoyestudiando las consecuencias. —Tales como... —Bueno, seamos lógicos y veamos adonde nos conduce esto. Recuerda que nuestraúnica presunción es que el universo es infinito. —De acuerdo. Personalmente, no veo qué otra cosa puede ser. —Muy bien. Esto significa que debe haber un número infinito de estrellas y planetas.Por consiguiente, según la ley de probabilidades, cada suceso posible debe ocurrir nosólo una vez, sino un número infinito de veces. ¿Correcto? —Supongo que sí. —Entonces debe haber un número infinito de mundos exactamente iguales que laTierra. Cada uno de ellos con un Arnold y un Webb subiendo este monte, como hacemosnosotros, y pronunciando las mismas palabras. —Esto resulta bastante difícil de aceptar. —Sé que es un concepto desconcertante, pero también lo es el infinito. Pero lo que meinteresa es la idea de todas las otras Tierras que no son exactamente iguales a ésta. LasTierras donde Hitler ganó la guerra y la esvástica ondea en Buckingham Palace, la Tierradonde Colón no descubrió América, la Tierra donde el Imperio Romano ha existido hastael día de hoy. En realidad, las Tierras donde todas las grandes alternativas de la Historiahubiesen dado resultados diferentes. —Volviendo al principio, ¿aquélla en la que el hombre-mono, que habría sido el padrede todos nosotros, se rompió el cuello antes de poder tener algún hijo? —Ésta es la idea, pero ciñámonos a los mundos que conocemos, los mundos en quenosotros estamos escalando este monte en esta tarde de primavera. Piensa en todosnuestros reflejos en aquellos millones de planetas. Algunos de ellos son exactamenteiguales, pero también deben existir todas las variantes posibles que no vulneren las leyesde la lógica.
  • 72. »Podríamos (deberíamos) llevar toda clase imaginable de ropa, y ninguna en absoluto.Aquí brilla el Sol, pero no en innumerables miles de millones de aquellas otras Tierras. Enmuchas de ellas será invierno o verano en vez de primavera. Pero consideremos tambiénotros cambios más fundamentales. »Pretendemos escalar este monte y bajar por el otro lado. Pero piensa en todas lascosas que podrían ocurrimos en los próximos minutos. Por muy improbables que sean,puesto que son posibles, tienen que suceder en alguna parte. —Comprendo —admitió despacio Arnold, asimilando la idea con visible renuencia. Unaexpresión de ligero malestar se pintó en su semblante—. Supongo que entonces, caerásmuerto de un ataque al corazón en alguna parte cuando des el próximo paso. —No en este mundo —dijo Webb con una sonrisa—. Esto ya lo he refutado. Tal vez lavíctima serás tú. —O tal vez —replicó Arnold— me hartaré de esta conversación, sacaré una pistola y tepegaré un tiro. —Podría ser —admitió Webb—, si no fuese porque estoy seguro de que en esta Tierrano llevas pistola. Pero no olvides que, en millones de aquellos mundos alternativos, yodesenfundaré el arma antes que tú. El sendero serpenteaba ahora en una cuesta boscosa, con espesos árboles a amboslados. El aire era fresco y suave. Todo estaba tranquilo, como si las fuerzas de laNaturaleza se hubiesen concentrado, con silenciosa intensidad, en reconstruir el mundodespués de la ruina del invierno. —Me pregunto —siguió diciendo Webb— lo improbable que puede llegar a ser unacosa antes de hacerse imposible. Hemos mencionado algunos sucesos inverosímiles,pero no son completamente fantásticos. Aquí estamos en un paraje de Inglaterra,caminando por un sendero que conocemos perfectamente. »Sin embargo, en algún universo, aquellos... ¿cómo podría llamarlos?... «gemelos»nuestros doblarán aquella esquina y no encontrarán nada, absolutamente nada quepueda concebir la imaginación. Pues como he dicho al principio, si el cosmos es infinito,deben darse todas las posibilidades. —Por consiguiente —completó Arnold, soltando una risa no tan ligera como hubiesedeseado—, es posible que nos tropecemos con un tigre o con alguna otra cosadesagradable. —Desde luego —replicó alegremente Webb, entusiasmándose con el tema—. Y si esposible, tiene que ocurrirle a alguien, en alguna parte del universo. Entonces, ¿por qué noa nosotros?
  • 73. Arnold lanzó un bufido de disgusto. —Esta conversación se está volviendo fútil —protestó—. Hablemos de algo sensato. Sino encontramos un tigre a la vuelta de aquel recodo, consideraré refutada tu teoría ycambiaré de tema. —No seas tonto —dijo alegremente Webb—. Esto no refutaría nada. No tienes manerade... Fueron las últimas palabras que pronunció. En un número infinito de Tierras, unnúmero infinito de Webbs y Arnolds se encontraron con tigres amistosos, hostiles oindiferentes. Pero ésta no era una de aquellas Tierras; estaba mucho más cerca del puntoen que lo improbable rayaba con lo imposible. Sin embargo, no era totalmente inconcebible que, durante la noche, la laderaempapada por la lluvia se hubiese hundido, poniendo al descubierto una tremenda grietaque conducía al mundo subterráneo. Respecto a lo que había abierto trabajosamenteaquella grieta hacia la desconocida luz del día..., bueno, en realidad no era másimprobable que el calamar gigante, la boa constrictor o los fantásticos lagartos de lajungla del Jurásico. Había estirado las leyes de probabilidades geológicas, pero no hastael punto de ruptura. Webb había dicho la verdad. En un cosmos infinito, todo debe suceder en alguna parte,incluida la suerte singularmente mala de aquellos hombres, pues ésta estaba hambrienta,muy hambrienta, y un tigre o un hombre eran un pequeño pero aceptable bocado paracualquiera de su media docena de fauces abiertas. Epílogo El concepto de que todo posible universo puede existir no es original, desde luego,pero ha sido revisado recientemente en una forma sofisticada por los físicos teóricos dehoy (en la medida en que puedo entender algo de lo que digo). También está relacionadocon el llamado Principio Antrópico, que tanto interesa ahora a los cosmólogos. (VéaseThe Anthropic Cosmological Principie, de Tipler y Barrow. Aunque tengan que saltarsemuchas páginas de música, los trozos de texto entre ellas son fascinantes e invitan alejercicio mental.) Los antroposistas han observado las que parecen ser algunas peculiaridades denuestro universo. Muchas de las constantes físicas fundamentales —a las que, por lo quepodemos ver, pudo dar Dios el valor que quiso— en realidad están exactamente
  • 74. ajustadas, o entonadas, para producir la única clase de universo que hace posible nuestraexistencia. Un pequeño porcentaje en cualquier dirección, y no estaríamos aquí. Una explicación de este misterio es que, de hecho, todos los demás universos posiblesexisten (¡en alguna parte!), pero desde luego carecen de vida en su inmensa mayoría.Sólo en una fracción infinitesimal de la creación total, permiten los parámetros que existala materia, que se formen los astros y, en definitiva, que surja la vida. Estamos aquíporque no podemos estar en otra parte. Pero todas estas otras partes están en alguna parte, por lo que mi cuento puede estarmuy cerca de la verdad. Por suerte, nunca habrá manera de probarlo. Creo yo... EN LAS PROFUNDIDADES Escribí el cuento En las profundidades en 1954, mucho antes del casi obsesivo interésactual por la exploración y la explotación de los océanos. Un año después fui al Great Barrier Reef, tal como expliqué en The Coast of Coral («Lacosta de Coral»). Aquella aventura me dio ímpetu —y datos— para ampliar el cuento enuna novela del mismo título, que terminé después de fijar mi residencia en Ceilán (hoy SriLanka). Por esta razón, nunca volví a publicar el cuento original en ninguna de mis colecciones,y hoy ofrezco a los esperanzados aspirantes a doctores en Literatura Inglesa laoportunidad de «comparar y contrastar». La idea de reunir en manadas a las ballenas es algo que aún no ha llegado, pero mepregunto si algún día llegará. En el curso del último decenio, las ballenas han adquiridotanto prestigio que la mayoría de los europeos y de los americanos antes comeríanhamburguesas de perro o de gato que carne de ballena. Yo la probé una vez durante laSegunda Guerra Mundial: sabía a carne de vaca bastante dura. Sin embargo, hay un producto de las profundidades que podría consumirse sinescrúpulos morales. ¿Qué les parecería un batido de leche de ballena?
  • 75. Había un asesino suelto en la zona. La patrulla de un helicóptero había visto a cientocincuenta kilómetros de la costa de Groenlandia, el gran cadáver tiñendo el agua de rojomientras flotaba en las olas. A los pocos segundos se había puesto en funcionamiento elintrincado sistema de alerta: los hombres trazaban círculos y movían piezas sobre la cartadel Atlántico Norte, y Don Burley aún se estaba frotando los ojos cuando descendió ensilencio hasta treinta metros de profundidad. Las luces verdes del tablero eran un símboloresplandeciente de seguridad. Mientras esto no cambiase, mientras ninguna de las lucesesmeralda pasara al rojo, todo iría bien para Don y su pequeña embarcación. Aire,carburante, fuerza: éste era el triunvirato que regía su vida. Si fallaba uno, descendería enun ataúd de acero hasta el cieno pelágico, como le había pasado a Johnnie Tyndall lapenúltima temporada. Pero no había motivo para que fallasen; los accidentes que unopreveía, se dijo Don para tranquilizarse, no ocurrían nunca. Se inclinó sobre el tablero de control y habló por el micro. Sub 5 aún estaba lo bastantecerca de la nave nodriza como para alcanzarla por radio, pero pronto tendría que pasar alos sónicos. —Pongo rumbo 255, velocidad 50 nudos, profundidad 30 metros, el sonar en plenofuncionamiento... Tiempo calculado hasta el sector de destino, 70 minutos... Informaré aintervalos de 10 minutos. Esto es todo... Cambio. La contestación, ya debilitada por la distancia, llegó al momento desde el HermanMelville. —Mensaje recibido y comprendido. Buena caza. ¿Qué hay de los sabuesos? Don se mordisqueó el labio inferior, reflexionando. Esto podía ser un trabajo quetuviese que hacer él solo. No tenía idea de dónde estaban en este momento Benj ySusan, en un radio de ochenta kilómetros. Lo seguirían sin duda si les hacía la señal, perono podrían mantener su velocidad y pronto se quedarían atrás. Además, podíaencontrarse con una pandilla de asesinos y lo último que quería era poner en peligro asus marsopas cuidadosamente adiestradas. Era lógico y sensato. También apreciabamucho a Susan y a Benj. —Está demasiado lejos y no sé en qué voy a meterme —respondió—. Si están en elárea de interceptación cuando llegue allí, puede que los llame. Apenas pudo oír el asentimiento de la nave nodriza, y Don apagó la radio. Era hora demirar a su alrededor. Bajó las luces de la cabina para poder ver más claramente la pantalla del sonar, se calóla gafas Polaroid y escudriñó las profundidades. Éste era el momento en que Don sesentía como un dios, capaz de abarcar entre las manos un círculo de treinta kilómetros de
  • 76. diámetro del Atlántico, y de ver con claridad las todavía inexploradas profundidades, acinco mil metros por debajo de él. El lento rayo giratorio de sonido inaudible estabaregistrando el mundo en el que él flotaba, buscando amigos y enemigos en la eternaoscuridad donde jamás podía penetrar la luz. Los chillidos insonoros, demasiado agudosincluso para el oído de los murciélagos que habían inventado el sonar un millón de añosantes que el hombre, latieron en la noche del mar: los débiles ecos se reflejaron en lapantalla como motas flotantes verdeazuladas. Gracias a su mucha práctica, Don podía leer su mensaje con toda facilidad. Atrescientos metros debajo de él, extendiéndose hasta el horizonte sumergido, estaba lacapa de vida que envolvía la mitad del mundo. El prado hundido del mar subía y bajabacon el paso del sol, manteniéndose siempre al borde de la oscuridad. Pero las últimasprofundidades no le interesaban. Las bandadas que guardaba y los enemigos que hacíanestragos en ellas, pertenecían a los niveles superiores del mar. Don pulsó el interruptor del selector de profundidad y el rayo del sonar se concentróautomáticamente en el plano horizontal. Se desvanecieron los resplandecientes ecos delabismo, pero pudo ver más claramente lo que había aquí, a su alrededor, en las alturasestratosféricas del océano. Aquella nube reluciente a tres kilómetros delante de él era unbanco de peces; se preguntó si la Base estaba enterada de esto, y puso una nota en sucuaderno de bitácora. Había algunas motas más grandes y aisladas al borde del banco:los carnívoros persiguiéndolo, asegurándose de que la rueda eternamente giratoria de lavida y la muerte no perdiese nunca su impulso. Pero este conflicto no era de lacompetencia de Don; él perseguía una caza mayor. Sub 5 siguió navegando hacia el oeste, como una aguja de acero más rápida ymortífera que cualquiera de las otras criaturas que rondaban por los mares. La pequeñacabina, iluminada tan sólo por el resplandor de las luces del tablero de instrumentos,vibraba con fuerza al expulsar el agua las turbinas. Don examinó la carta y se preguntócómo había podido penetrar esta vez el enemigo. Todavía había muchos puntos débiles,pues vallar los océanos del mundo había sido una tarea gigantesca. Los tenues camposeléctricos, extendidos entre generadores a muchas millas de distancia los unos de losotros, no podían mantener siempre a raya a los hambrientos monstruos de lasprofundidades. Éstos también estaban aprendiendo. Cuando se abrían las vallas, sedeslizaban a veces entre las ballenas y hacían estragos antes de ser descubiertos. El receptor de larga distancia hizo una señal que parecía un lamento, y Don marcóTRANSCRIBA. No era práctico transmitir palabras a cualquier distancia por un rayo
  • 77. ultrasónico, y además en clave. Don nunca había aprendido a interpretarla de oídas, perola cinta de papel que salía de la rendija le solucionó esta dificultad. HELICÓPTERO INFORMA MANADA. 50-100 BALLENAS DIRIGIÉNDOSE 95GRADOS REF CUADRÍCULA X186475 Y438034 STOP. A GRAN VELOCIDAD. STOP.MELVILLE. CORTO. Don empezó a poner las coordenadas en la cuadrícula, pero entonces vio que ya noera necesario. En el extremo de su pantalla había aparecido una flotilla de débilesestrellas. Alteró ligeramente el curso y puso rumbo a la manada que se acercaba. El helicóptero tenía razón: se movían de prisa. Don sintió una creciente excitación,pues esto podía significar que huían y atraían a los asesinos hacia él. A la velocidad enque viajaban, estaría entre ellas dentro de cinco minutos. Apagó los motores y sintió eltirón hacia atrás del agua que lo detuvo muy pronto. Don Burley, caballero de punta en blanco, permaneció sentado en su pequeñahabitación débilmente iluminada, a quince metros por debajo de las brillantes olas delAtlántico, probando sus armas para el inminente conflicto. En aquellos momentos deserena tensión, antes de empezar la acción, su cerebro excitado se entregaba a menudoa estas fantasías. Se sentía pariente de todos los pastores que habían cuidado losrebaños desde la aurora de los tiempos. Era David, en los antiguos montes de Palestina,alerta contra los leones de montaña que querían hacer presa en las ovejas de su padre.Pero más cercanos en el tiempo, y sobre todo su espíritu, estaban los hombres quehabían conducido las grandes manadas de reses en las llanuras americanas hacía tansólo unas pocas generaciones. Ellos habrían comprendido su trabajo, aunque susinstrumentos les habrían parecido mágicos. La escena era la misma; sólo había cambiadola escala. No existía ninguna diferencia fundamental en que los animales al cuidado deDon pesasen casi cien toneladas y pastaran en las sabanas infinitas del mar. La manada estaba ahora a menos de tres kilómetros de distancia y Don comprobó elcontinuo movimiento del sonar para concentrarlo en el sector que tenía delante. Laimagen de la pantalla adoptó una forma de abanico cuando el rayo de sonar empezó aoscilar de un lado a otro; ahora podía contar el número de ballenas e incluso calcular sutamaño con bastante exactitud. Con ojos avezados empezó a buscar las rezagadas. Don jamás hubiese podido explicar qué atrajo al instante su atención hacia los cuatroecos en el borde sur de la manada. Cierto que estaban un poco apartados de los demás,pero otros se habían rezagado más. Y es que el hombre adquiere un sexto sentidocuando lleva bastante tiempo contemplando las pantallas de sonar; un instinto que le
  • 78. permite deducir más de lo normal de las motas en movimiento. Sin pensarlo, accionó elcontrol que pondría en marcha las turbinas. El Sub 5 empezaba a moverse cuandoresonaron tres golpes sordos en el casco, como si alguien llamase a la puerta y quisieraentrar. —¡Que me aspen! —dijo Don—. ¿Cómo habéis llegado aquí? No se molestó en encender la TV; habría reconocido la señal de Benj en cualquierparte. Las marsopas estaban sin duda en las cercanías y lo habían localizado antes deque él diese el toque de caza. Por milésima vez, se maravilló de su inteligencia y de sufidelidad. Era extraño que la Naturaleza hubiese realizado dos veces el mismo truco: entierra, con el perro; en el océano, con la marsopa. ¿Por qué querían tanto estos graciososanimales marinos al hombre a quien debían tan poco? Esto hacía pensar que a fin decuentas la raza humana valía algo, ya que podía inspirar una devoción tan desinteresada. Se sabía desde hacía siglos que la marsopa era al menos tan inteligente como el perroy que podía obedecer órdenes verbales muy complejas. Todavía se estaban haciendoexperimentos; si éstos tenían éxito, la antigua sociedad entre el pastor y el mastín tendríaun nuevo modelo en la vida. Don puso en marcha los altavoces ocultos en el casco del submarino y empezó ahablar con sus acompañantes. La mayoría de los sonidos que emitía no habríansignificado nada a los oídos humanos; eran producto de una larga investigación por partede los etólogos de la World Food Administration. Dio una orden y la reiteró paraasegurarse de que lo habían comprendido. Después comprobó con el sonar que Benj ySusan lo estaban siguiendo a popa, tal como les había dicho. Los cuatro ecos que le habían llamado la atención eran ahora más claros y cercanos, yel grueso de la manada de ballenas había pasado más allá, hacia el este. No temía unacolisión; los grandes animales, incluso en su pánico, podían sentir su presencia con lamisma facilidad con que él detectaba la de ellos, y por medios similares. Don se preguntósi debía encender su radiofaro. Ellos reconocerían su imagen sonora y esto lestranquilizaría. Pero el enemigo aún desconocido también podía reconocerle. Se acercó para una interceptación y se inclinó sobre la pantalla como para extraer deella, por pura fuerza de voluntad, hasta las menores informaciones que pudieseproporcionarle. Había dos grandes ecos, a cierta distancia entre ellos, y uno ibaacompañado de un par de satélites más pequeños. Don se preguntó si llegaba demasiadotarde. Pudo imaginarse la lucha a muerte que se desarrollaba en el agua a menos de unpar de kilómetros. Aquellas dos manchitas más débiles debían de ser el enemigo(tiburones o pequeños cetáceos asesinos) atacando a una ballena mientras una de sus
  • 79. compañeras permanecía inmovilizada por el terror, sin más armas para defenderse quesus poderosas aletas. Ahora estaba casi lo bastante cerca para ver. La cámara de TV, en la proa del Sub 5,escrutó la penumbra, pero al principio sólo pudo mostrar la niebla de plancton. Entoncesempezó a formarse en el centro de la pantalla una forma grande y vaga, con doscompañeras más pequeñas debajo de ella. Don estaba viendo, con la mayor precisiónpero irremediablemente limitado por el alcance de la luz ordinaria, lo que el sonar le habíacomunicado. Casi al instante, se percató del error que había cometido. Los dos satélites eran crías,no tiburones. Era la primera vez que veía una ballena con gemelos; aunque los partosmúltiples no eran desconocidos, la ballena hembra sólo podía amamantar a dos pequeñosa la vez y generalmente sólo sobrevivía el más vigoroso. Ahogó su contrariedad, el errorle había costado muchos minutos y debía empezar la búsqueda de nuevo. Entonces oyó el frenético golpeteo en el casco que significaba peligro. No era fácilasustar a Benj, y Don le gritó para tranquilizarlo mientras hacía girar el Sub 5 de maneraque la cámara pudiese registrar las aguas a su alrededor. Se había vueltoautomáticamente hacia la cuarta mota en la pantalla del sonar, el eco que habíaimaginado, por su tamaño, que era otra ballena adulta. Y vio que, a fin de cuentas, habíalocalizado el sitio preciso. —¡Dios mío! —exclamó en voz baja—. No sabía que los hubiese tan grandes. En otras ocasiones había visto grandes tiburones, pero se trataba de vegetarianosinofensivos. Éste (pudo darse cuenta a primera vista) era un tiburón de Groenlandia, elasesino de los mares del Norte. Se creía que podía alcanzar hasta nueve metros de largo,pero este ejemplar era mayor que el Sub 5. No tenía menos de doce metros desde elhocico a la cola y, cuando él lo descubrió, se estaba ya volviendo contra su víctima. Comocobarde que era, iba a atacar a una de las crías. Don gritó a Benj y a Susan, y observó que entraban a toda prisa en su campo visual.Se preguntó un instante por qué odiarían tanto las marsopas a los tiburones; entoncessoltó los controles, dejando al piloto automático la tarea de enfocar el blanco.Retorciéndose y girando tan ágilmente como cualquier otra criatura marina de su tamaño,Sub 5 empezó a acercarse al tiburón, dejando en libertad a Don para concentrarse en elarmamento. El asesino estaba tan absorto en su presa que Benj lo pilló completamentedesprevenido, golpeándole justo detrás del ojo izquierdo. Debió de ser un golpe doloroso:un morro duro como el hierro, impulsado por un cuarto de tonelada de músculos
  • 80. moviéndose a ochenta kilómetros por hora, es algo que ni los peces más grandes puedenmenospreciar. El tiburón giró en redondo en una curva extraordinariamente cerrada y Doncasi saltó de su asiento al virar de golpe el submarino. Si esto continuaba así, le seríadifícil emplear el aguijón. Pero al menos el asesino estaba ahora demasiado ocupadocomo para pensar en sus presuntas víctimas. Benj y Susan estaban acosando al gigante como los perros que muerden las patas deun oso furioso. Eran demasiado ágiles para ser presa de aquellas feroces mandíbulas, yDon se maravilló de la coordinación con que trabajaban. Cuando uno de ellos emergíapara respirar, el otro esperaba un minuto para poder seguir el ataque con su compañero. Parecía que el tiburón no se daba cuenta de que un adversario mucho más peligrosose le estaba viniendo encima y que las marsopas no eran más que una maniobra dedistracción. Esto convenía mucho a Don; la próxima operación sería difícil, a menos quepudiese mantener un rumbo fijo durante quince segundos como mínimo. En caso denecesidad, podía usar los pequeños torpedos, y sin duda lo habría hecho si hubieseestado solo frente a una bandada de tiburones. Pero la situación era confusa y había unsistema mejor. Prefería la técnica del estoque a la de la granada de mano. Ahora estaba a tan sólo quince metros de distancia y se acercaba con rapidez. Nuncase le ofrecería una oportunidad mejor. Apretó el botón de lanzamiento. De debajo de la panza del submarino salió disparado algo que parecía una raya. Donhabía reducido la velocidad de la embarcación; ahora ya no tenía que acercarse más. Elpequeño proyectil, en forma de flecha y de sólo medio metro de anchura, podía moversemás de prisa que la embarcación y recorrería el trayecto en pocos segundos. Mientrasavanzaba a gran velocidad, fue soltando el fino cable de control, como una arañasubacuática desprendiendo su hilo. A lo largo del cable pasaba la energía que impulsabaal aguijón y las señales que lo dirigían hacia el objetivo. Don se había olvidadocompletamente de su propia embarcación, en su esfuerzo por guiar aquel misilsubmarino. Respondía tan de prisa a su contacto que tuvo la impresión de que estabacontrolando un sensible y enérgico corcel. El tiburón vio el peligro menos de un segundo antes del impacto. El parecido delaguijón con una raya corriente le había confundido, tal como habían pretendido losdiseñadores del arma. Antes de que el pequeño cerebro pudiese darse cuenta de queninguna raya se comportaba de aquella manera, el misil dio en el blanco. La agujahipodérmica de acero, impulsada por la explosión de un cartucho, atravesó la dura piel deltiburón y éste saltó en un frenesí de pánico. Don puso rápidamente marcha atrás, pues un
  • 81. coletazo le haría saltar como un guisante en un bote y podría incluso causar daño al Sub.Ahora no podía hacer nada más, salvo hablar por el micrófono y llamar a sus mastines. El maldito asesino estaba tratando de arquear el cuerpo para poder arrancarse el dardoenvenenado. Don había guardado ya el aguijón en su escondite, satisfecho de haber podido recobrarindemne el misil. Observó despiadadamente cómo el monstruo sucumbía a su parálisis. Sus movimientos se estaban debilitando. Nadaba sin rumbo y, en una ocasión, Dontuvo que apartarse hábilmente a un lado para evitar un choque. Al perder el control deflotación, el animal ascendió moribundo a la superficie. Don no trató de seguirlo; estopodía esperar hasta que hubiese resuelto asuntos más importantes. Encontró a la ballena y a sus dos crías a un kilómetro y las examinó minuciosamente.Estaban ilesas, y no había necesidad por tanto de llamar al veterinario, en su especialsubmarino de dos plazas, capaz de resolver cualquier crisis cetológica, desde un dolor deestómago a una cesárea. Don tomó nota del número de la madre, grabado debajo de lasaletas. Las crías, a juzgar por su tamaño, eran de esta temporada y aún no habían sidomarcadas. Don estuvo un rato observando. Ya no estaban alarmadas, y una comprobación por elsonar le había mostrado que la manada había interrumpido su desaforada fuga. Sepreguntó cómo podían saber lo que había ocurrido; se había aprendido mucho sobre lacomunicación entre ballenas, pero muchas cosas aún seguían siendo un misterio. —Espero que me agradezca lo que he hecho por usted, señora —murmuró. Entonces, mientras pensaba que cincuenta toneladas de amor maternal era unespectáculo realmente asombroso, vació los depósitos y ascendió a la superficie. El mar estaba en calma, por lo que abrió el compartimiento estanco y asomó la cabezapor la pequeña torre. El agua se hallaba a sólo unos centímetros de su barbilla, y de vezen cuando una ola hacía un decidido esfuerzo para inundar la embarcación. Había pocopeligro de que esto ocurriese pues había fijado la escotilla de manera que era como untapón completamente eficaz. A quince metros de distancia, un bulto largo y de color de pizarra, como una barcapanza arriba, se estaba meciendo en la superficie. Don lo miró e hizo algunos cálculosmentales. Una bestia de este tamaño sería muy valiosa: con un poco de suerte, tal vezconseguiría una doble recompensa. Dentro de unos minutos radiaría su informe, pero demomento era agradable respirar el aire fresco del Atlántico y sentir el cielo despejadosobre su cabeza.
  • 82. Una bomba gris saltó desde las profundidades y volvió a caer sobre la superficie delagua, salpicándolo de espuma. No era más que la modesta manera que tenía Benj dellamar su atención; un instante después, la marsopa se encaramó a la torre, para que Donpudiera acariciarle la cabeza. Sus ojos grandes e inteligentes se fijaron en él: ¿era meraimaginación, o bailaba en sus pupilas un regocijo casi humano? Como de costumbre, Susan se mantuvo tímidamente a distancia hasta que los celospudieron más que ella y empujó a Benj a un lado. Don distribuyó sus caricias conimparcialidad y se disculpó porque no tenía nada para darles. Decidió reparar estaomisión en cuanto regresase al Herman Melville. —También iré a nadar con vosotras —prometió— con tal de que os portéis bien lapróxima vez. Se frotó reflexivamente un gran cardenal producido por las ganas de jugar de Benj, y sepreguntó si no era ya un poco viejo para juegos tan duros como éste. —Es hora de volver a casa —dijo firmemente, metiéndose en la cabina y cerrando degolpe la escotilla. De pronto notó que estaba hambriento y que aún no había tomado eldesayuno. No había muchos hombres en el mundo con más derecho que él a la comidade la mañana. Había salvado para la humanidad más toneladas de carne, aceite y lechede lo que se podría calcular. Don Burley era el guerrero feliz, volviendo a casa después de una batalla que elhombre siempre tendría que librar. Estaba manteniendo a raya el espectro del hambrecon el que había tenido que enfrentarse la humanidad en todas las etapas anteriores,pero que nunca volvería a amenazar al mundo mientras los grandes cultivos de planctonprodujesen millones de toneladas de proteínas, y las manadas de ballenas obedeciesen asus nuevos amos. El hombre había vuelto al mar después de eones de exilio; hasta que se congelasen losocéanos, no volvería a tener hambre... Don miró la pantalla al fijar el rumbo. Sonrió al ver los dos ecos que sostenían el ritmode la mancha de luz central correspondiente a su embarcación. —Aguantad —dijo—. Los mamíferos debemos mantenernos juntos. Entonces puso en marcha el piloto automático y se retrepó en su asiento. Y ahora Benj y Susan oyeron un ruido muy peculiar que subía y bajaba contra elzumbido de las turbinas. Se había filtrado débilmente a través de las paredes de Sub 5, ysólo los sensibles oídos de las marsopas podían haberlo detectado. Pero por muyinteligentes que fuesen, difícilmente se hubiese podido esperar que comprendiesen por
  • 83. qué Don Burley estaba anunciando, en voz estridente, que se estaba dirigiendo a laÚltima Ronda... «SI TE OLVIDARA DE TÍ, OH TIERRA...» Este cuento, que ha sido publicado muchas veces, lo escribí en la Navidad de 1951. En otra Navidad, diecisiete años más tarde, los tripulantes del Apolo 8 fueron losprimeros hombres que vieron salir la Tierra desde la Luna. Esperemos que nadie contemple jamás una salida de la Tierra como la que vio el niñode este cuento admonitorio. Cuando Marvin tenía diez años, su padre le condujo por los largos y resonantescorredores que subían a través de Administración y Fuerza, hasta que al fin llegaron a losniveles superiores y se encontraron entre la vegetación de las Tierras de Labrantío, quecrecía rápidamente. A Marvin le gustaba observar las grandes y esbeltas plantas queascendían con impaciencia casi visible hacia la luz del sol que se filtraba a través de lascúpulas de plástico para salir a su encuentro. Flotaba en todas partes un olor a vida,despertando anhelos indecibles en su corazón; ya no respiraba el aire seco y fresco delos niveles residenciales, donde sólo se percibía un débil olor a ozono. Quiso quedarse unrato allí, pero su padre no se lo permitió. Siguieron adelante hasta llegar a la entrada delObservatorio, que Marvin nunca había visitado. Pero no se detuvieron, y el chicocomprendió, con creciente excitación, que sólo quedaba un objetivo. Por primera vez ensu vida, iba a salir al Exterior. En la gran cámara de servicio había una docena de vehículos de superficie, conanchos neumáticos y cabinas presurizadas. Sin duda estaban esperando a su padre,pues los condujeron inmediatamente al pequeño coche todo terreno que esperaba junto ala gran puerta circular de la cámara estanca. Tenso de expectación, Marvin se acomodóen la pequeña cabina mientras su padre ponía el motor en marcha y comprobaba loscontroles. Se abrió la puerta interior de la cámara y luego se cerró tras ellos; el muchachooyó desvanecerse lentamente el zumbido de las grandes bombas de aire al bajar a cero lapresión. Entonces se encendió la señal de «Vacío», se abrió la puerta exterior y, delantede Marvin, se extendió un terreno en el que nunca había estado.
  • 84. Lo había visto en fotografías, desde luego, y lo había observado cien veces en laspantallas de televisión. Pero ahora estaba a todo su alrededor, ardiente bajo los fuertesrayos del sol que se deslizaba despacio en un cielo negro como el azabache. Miró haciael oeste, resguardándose de aquella luz cegadora, y allí estaban las estrellas, como lehabían dicho y él no había creído del todo. Las contempló durante mucho rato,maravillándose de que algo pudiese ser tan brillante y al mismo tiempo tan pequeño. Eranunos puntos de luz intensa y fija, y de pronto recordó unos versos que había leído una vezen uno de los libros de su padre: Centellea, centellea, estrellita. Siempre me pregunto qué serás. Bueno, él sabía lo que eran las estrellas. La persona que se había planteado aquellapregunta debía de ser muy tonta. ¿Y qué quería decir con «centellea»? Se podía verinmediatamente que todas las estrellas brillaban con la misma luz fija, no centelleante.Entonces se desentendió del problema y dirigió su atención al paisaje que le rodeaba. Estaban rodando en una llanura a casi ciento cincuenta kilómetros por hora; losgruesos neumáticos levantaban nubéculas de polvo detrás de ellos. No había señales dela Colonia: en los pocos minutos en que él había estado mirando las estrellas, las cúpulasy torres de radio se habían ocultado detrás del horizonte. Sin embargo, había otrosindicios de la presencia del hombre, pues a eso de un kilómetro delante de ellos pudo verunas estructuras de formas curiosas arracimadas alrededor de la boca de una mina. Devez en cuando salía una nube de vapor de una chimenea baja y se dispersaba almomento. Dejaron la mina atrás en un instante: padre conducía con una habilidad desenfrenada,como si se tratase de escapar de algo (era extraño que la mente de un niño concibiesesemejante idea). En pocos minutos llegaron al borde de la meseta en la que había sidoconstruida la Colonia. El suelo descendía bruscamente a sus pies, en una vertiente vertiginosa cuyos trechosmás bajos se perdían en la sombra. Al frente, hasta donde podía alcanzar la vista, habíaun heterogéneo desierto de cráteres, cadenas montañosas y quebradas. Las crestas delas montañas, al recibir la luz del sol próximo al ocaso, ardían como islas de fuego en unmar de oscuridad; y sobre ellos, las estrellas seguían brillando como antes. No podían seguir adelante... Pero sí que podían. Marvin cerró los puños al pasar elcoche sobre el borde de la pendiente e iniciar el largo descenso. Entonces vio el rastro
  • 85. casi invisible en la falda de la montaña y se tranquilizó un poco. Por lo visto, otroshombres habían pasado antes por allí. De pronto se hizo de noche cuando cruzaron la línea de sombra, y el sol se ocultódetrás de la meseta. Se encendieron los faros gemelos, proyectando franjasblancoazuladas en la piedra que tenían delante, de manera que apenas era necesarioreducir la velocidad. Durante horas rodaron a través de valles y más allá de los pies demontañas cuyos picos parecían tocar las estrellas, y a veces salían momentáneamente ala luz del sol al subir a tierras más altas. A la derecha, se extendía una llanura rugosa y polvorienta y, a la izquierda, con susmurallas y terrazas elevándose kilómetro tras kilómetro en el cielo, había una cadena demontañas que se desparramaba a lo lejos, hasta que sus picachos se perdían de vistadetrás del borde del mundo. No había señales de que el hombre hubiese explorado esteterreno, pero en una ocasión pasaron por delante del esqueleto de un cohete que sehabía estrellado, y a su lado había una lápida rematada por una cruz de metal. A Marvin le pareció que las montañas se extendían hasta el infinito; pero al fin, muchashoras más tarde, la cordillera terminó en una imponente y escarpada punta de tierra quese elevaba en fuerte pendiente desde un racimo de pequeñas colinas. Cuandodescendían a un valle profundo que describía un gran arco hacia el otro lado de lasmontañas, Marvin se dio cuenta poco a poco de que algo muy extraño sucedía en la tierraque tenían delante. El sol estaba ahora detrás de los montes de la derecha: el valle que tenían delantehubiese debido estar envuelto en una oscuridad total. Sin embargo, estaba inundado poruna irradiación blanca y fría que pasaba por encima de los riscos bajo los cualescirculaban. Entonces se encontraron de pronto en campo abierto, y la fuente de aquellaluz apareció ante ellos en todo su esplendor. Una vez parados los motores reinó un silencio total en la cabina. El único sonido era eldébil susurro de la alimentación de oxígeno y alguna crepitación metálica ocasional, alirradiar calor las paredes exteriores del vehículo; no llegaba ningún calor desde la granmedialuna de plata que flotaba baja sobre el lejano horizonte e inundaba este terreno deuna luz perlina. Brillaba tanto que pasaron varios minutos antes de que Marvin pudieseaceptar su desafío y mirarla fijamente; pero al fin pudo discernir siluetas de continentes, labrumosa frontera de la atmósfera y las blancas islas de nubes. E incluso a tanta distanciapudo percibir el resplandor del sol sobre el hielo polar. Era un bello espectáculo que le conmovió a través del abismo del espacio. Allí, enaquella medialuna, estaban todas las maravillas que nunca había conocido: los matices
  • 86. de los cielos al ponerse el sol, el gemido del mar sobre las costas pedregosas, elrepiqueteo de la lluvia, la pausada bendición de la nieve. Estas y otras mil cosas hubiesendebido ser su legítima herencia, pero sólo las conocía por los libros y los relatos antiguos,y esta idea le producía la angustia del exilio. ¿Por qué no podían volver allá? ¡Parecía todo tan tranquilo debajo de aquellas nubesen movimiento! Entonces, con los ojos ya no cegados por el resplandor, vio que la partedel disco que hubiese debido estar a oscuras brillaba débilmente con una fosforescenciamaligna; y recordó. Estaba contemplando la pira funeraria de un mundo, la secuelaradiactiva de Armagedón. A través de casi medio millón de kilómetros de espacio, todavíaera visible el resplandor de los átomos moribundos, perenne recordatorio de un pasadoruinoso. Transcurrirían siglos antes de que aquel resplandor letal se extinguiese en laspiedras y la vida pudiese volver a llenar aquel mundo vacío y silencioso. Y ahora padre empezó a hablar, contando a Marvin la historia que hasta este momentono había significado para él más que los cuentos de hadas escuchados en su infancia.Había muchas cosas que no podía entender: le era imposible imaginarse el esplendorosoy multicolor estilo de vida en el planeta que nunca había visto. Tampoco podíacomprender las fuerzas que lo habían destruido al fin, dejando a la Colonia como únicosuperviviente, gracias a su aislamiento. Pero podía compartir la angustia de los díasúltimos, cuando la Colonia se había convencido al fin de que nunca volverían a llegarnaves abastecedoras, entre las estrellas, trayendo regalos desde casa. Una a una, lasemisoras de radio habían dejado de llamar; se habían ido extinguiendo en el globo enpenumbra, y ellos habían quedado finalmente solos, más solos de lo que nunca habíaestado el hombre, con el futuro de la raza en sus manos. Entonces habían seguido unos años de desesperación y la larga batalla por lasupervivencia en este mundo terrible y hostil. Aquella batalla se había ganado, aunque aduras penas: este pequeño oasis de vida estaba a salvo de lo peor que podía hacer laNaturaleza. Pero a menos que hubiese una meta, un futuro para el que trabajar, laColonia perdería la voluntad de vivir, y ni las máquinas, ni la habilidad, ni la ciencia,podrían salvarla. Así comprendió Marvin, al fin, el objetivo de esta peregrinación. Nunca caminaría por laorilla de los ríos de aquel mundo perdido y legendario, ni oiría retumbar el trueno sobresus montes suavemente redondeados. Sin embargo, un día, (¿cuándo?) los hijos de sushijos volverían allí para reclamar su herencia. El viento y la lluvia limpiarían los venenosde las tierras quemadas y los llevarían al mar, en cuyas profundidades perderían su poderhasta que no pudiesen perjudicar a los seres vivientes. Las grandes naves que estaban
  • 87. todavía esperando aquí, en las silenciosas y polvorientas llanuras, se elevarían de nuevoen el espacio y pondrían rumbo a casa. Este era el sueño, y Marvin, con un súbito destello de perspicacia, supo que un día lotransmitiría a su propio hijo aquí, en este mismo lugar, con las montañas a su espalda yrecibiendo en su semblante aquella luz de plata de los cielos. No miró atrás al empezar el viaje de regreso a casa. No podía soportar la angustia dever el frío esplendor de la Tierra en medialuna extinguiéndose en las peñas que larodeaban, mientras iba a reunirse con su pueblo en el largo exilio. EL CIELO CRUEL No me importa que cruces los mares, que surques seguro el cielo cruel, o queconstruyas magníficos palacios de ladrillos o metal... JAMES ELROY FLECKER, A un poeta de dentro de mil años. Este cuento lo escribí en 1966, seguramente cuando estaba soñando en el año 2001,idea que en gran parte dominó mi vida desde 1964 hasta 1968. Acabo de releerlo consentimientos bastante confusos, pues ahora resulta que me parezco bastante a mi«doctor Elwin». Además, la frase «uno de los más famosos científicos del mundo, y sin duda el lisiadomás famoso» puede aplicarse perfectamente al doctor Stephen Hawking, cuya obra serefiere también al campo de la gravitación. En julio de 1988 pasé tres horas en un estudiode televisión de Londres con el doctor Hawking (y vía satélite, con el doctor Sagan). Paramí, aquel encuentro fue una experiencia tanto emocional como intelectual, ya que mehabían dicho recientemente que padecía la misma dolencia incurable que el doctorHawking (ALS, más conocida en Estados Unidos como enfermedad de Lou Gehrig). Asíque no podía tener demasiadas esperanzas de ver mucho de los años noventa. Porfortuna (véase el prólogo de En mares de oro) el diagnóstico es ahora menosamenazador; pero tengo un interés más que casual en las sillas de ruedas motorizadas. Ylo que aún sería mejor es que alguien quisiera inventar la «Lewie» descrita en este relato.Incluso antes de que encontrase molesta la locomoción, ya envidiaba el Big Bad Barónflotante de Dune.
  • 88. No se tomen demasiado en serio mi ataque contra la teoría general de la relatividad;pero quisiera que los escritores que se burlan del principio de equivalencia dejasen bienclaro que sólo es cierto para pequeñísimos volúmenes de espacio. Ahora me siento un poco culpable de eliminar uno de los más raros y bellos animalesdel mundo. Tal vez habría sido un yeti, a fin de cuentas; éste también puede ser raro,pero, por consenso general, no es ciertamente bello. A medianoche, la cima del Everest estaba a menos de un kilómetro de distancia; unapirámide de nieve, pálida y espectral a la luz de la luna naciente. El cielo estabadespejado y el viento, que había estado soplando durante días, había bajado casi hastacero. Desde luego, era raro que el punto más alto de la Tierra estuviese tan tranquilo y enpaz: habían elegido bien el tiempo. Tal vez demasiado bien, pensó George Harper; había sido casi desagradablementefácil. Su único problema real había consistido en salir del hotel sin ser observados. Ladirección no permitía excursiones de medianoche a la montaña no autorizadas; podíanproducirse accidentes, y esto era malo para el negocio. Pero el doctor Elwin estaba resuelto a hacerlo de esta manera y tenía muy buenasrazones para ello, aunque nunca las mencionaba. La presencia de uno de los másfamosos científicos del mundo —y sin duda el lisiado más famoso—, en el hotel Everesten plena temporada turística, había despertado ya mucha expectación. Harper habíamitigado la curiosidad insinuando que estaban realizando mediciones de la gravedad, locual en parte era cierto. Pero ahora esta parte era pequeñísima. Cualquiera que hubiese mirado a Jules Elwin, mientras avanzaba resueltamente haciala altura de nueve mil metros, con veinticinco kilos de equipo sobre la espalda, jamáshabría sospechado que sus piernas eran casi inútiles. Había nacido víctima del desastrede la talidomida de 1961, que había dejado a más de diez mil niños parcialmentedeformes, desparramados por toda la faz de la Tierra. Elwin fue uno de los afortunados.Sus brazos eran completamente normales y se habían fortalecido por el ejercicio, hastaque llegaron a ser mucho más vigorosos que los de la mayoría de los hombres. Laspiernas en cambio eran poco más que hueso y piel. Con ayuda de aparatos ortopédicos,podía sostenerse en pie e incluso dar unos pocos pasos inseguros, pero nunca andar deveras. Y sin embargo, ahora sólo estaba a sesenta metros de la cima del Everest..
  • 89. Un cartel de viajes había sido el origen de todo aquello hacía más de tres años. GeorgeHarper, joven programador de la Sección de Física Aplicada, conocía al doctor Elwin sólode vista y por su fama. Incluso para los que trabajaban directamente bajo sus órdenes, elbrillante director de Investigación de Astrotech era una personalidad algo distante,apartada del común de los hombres tanto por su cuerpo como por su mente. No eraapreciado ni aborrecido y, aunque se le admiraba y compadecía, no se le tenía envidia,desde luego. Harper, que sólo hacía unos pocos meses que había salido de la universidad, dudabade que el doctor conociese siquiera su existencia, salvo como un nombre en unorganigrama. Había otros diez programa-dores en la sección, todos más antiguos que él,y la mayoría de ellos no habían cruzado nunca más de una docena de palabras con eldirector de Investigación. Cuando a Harper se le pidió que llevara una de las fichassecretas al despacho del doctor Elwin, se imaginó que entraría y saldría de allí sin másque unas pocas palabras de cortesía. Y a punto estuvo de ocurrir esto. Pero en el preciso momento en que iba a salir, sedetuvo en seco ante el magnífico panorama de los picos del Himalaya que cubría la mitadde una pared. Había sido colocado donde pudiese verlo el doctor Elwin siempre que levantase lamirada de su mesa, y representaba un paisaje que Harper conocía bien, pues lo habíafotografiado, como un turista pasmado y algo fatigado, desde la pisoteada nieve de lacumbre del Everest. Allí estaba la blanca cadena de Kangchenjunga, elevándose entre las nubes, a unosciento cincuenta kilómetros de distancia. Aproximadamente en línea con ella, pero muchomás cerca, se hallaban los picos gemelos de Makalu, y más cerca aún, dominando elprimer plano, la inmensa mole del Lhotse, el vecino y rival del Everest. Hacia el oeste,vertiéndose en valles tan enormes que su dimensión no podía apreciarse a simple vista,estaban los revueltos ríos de hielo de los glaciares de Khumbu y de Rongbuk. Desdeaquella altura, sus arrugas heladas no parecían más grandes que los surcos de un campoarado; pero aquellas ranuras y cicatrices en un hielo duro como el hierro tenían cientos demetros de profundidad. Harper aún estaba contemplando aquella vista espectacular y evocando viejosrecuerdos, cuando de pronto oyó la voz del doctor Elwin detrás de él. —Parece usted interesado. ¿Ha estado alguna vez allí? —Sí, doctor. Mis padres me llevaron allí una semana después de graduarme en elinstituto. Estuvimos una semana en el hotel y pensamos que tendríamos que marcharnos
  • 90. antes de que aclarase el tiempo. Pero el último día, dejó de soplar el viento, y unaveintena de personas subimos a la cumbre. Estuvimos una hora allí, haciéndonos fotos. El doctor Elwin pareció reflexionar sobre esta información durante bastante rato.Después dijo, en un tono que había perdido su anterior distanciamiento y que parecíaanimado. —Siéntese, señor... Harper. Me gustaría que me contase más cosas. Al volver hacia el sillón de delante de la ordenada mesa del director, George Harper sesintió un poco desconcertado. Lo que había hecho no era nada extraordinario; todos losaños, miles de personas iban al hotel Everest y aproximadamente una cuarta parte deellas subían a la cima de la montaña. Un año antes se había hablado mucho del turistadiez mil que se había plantado en el techo del mundo. Algunos cínicos habían comentadola extraordinaria coincidencia de que el número 10.000 fuera una estrella de vídeobastante conocida. Todo lo que Harper podía explicar al doctor Elwin, éste podía averiguarlo con igualfacilidad en una docena de fuentes; por ejemplo, en los folletos para turistas. Sinembargo, ningún joven y ambicioso científico habría perdido la oportunidad deimpresionar a un hombre que tanto podía hacer para ayudarle en su carrera. Harper noera una persona fríamente calculadora ni aficionada a la política de oficina, pero sabíadistinguir las buenas ocasiones. —Bueno, doctor —comenzó, hablando despacio al principio, mientras trataba deordenar sus ideas y recuerdos—, los aviones de reacción te dejan en una pequeñapoblación llamada Namchi, a unos treinta kilómetros de la montaña. Entonces el autobúste lleva por una carretera espectacular hasta el hotel, que domina el glaciar de Khumbu.Está a una altura de cinco mil metros, y hay habitaciones con aire presuri-zado paraquienes tengan dificultades respiratorias. Desde luego hay un servicio médico, y ladirección no admite a huéspedes que no estén en buenas condiciones físicas. Tienes quepermanecer al menos dos días en el hotel, bajo una dieta especial, antes de que tepermitan subir a mayor altura. »Desde el hotel no se puede ver la cumbre, porque se está demasiado cerca de lamontaña y ésta parece cernerse sobre uno. Pero la vista es fantástica. Se puedecontemplar el Lhotse y media docena de picos. Y también puede dar miedo,especialmente de noche. El viento suele aullar en lo alto y el hielo movedizo produceruidos extraños. Es fácil imaginar que hay monstruos rondando en las montañas... »No hay mucho que hacer en el hotel, salvo descansar, observar el panorama yesperar a que los médicos den su autorización para salir. Antiguamente, se solía tardar
  • 91. semanas en aclimatarse al aire enrarecido; ahora pueden hacer que el recuentosanguíneo suba hasta el nivel adecuado en cuarenta y ocho horas. Aun así,aproximadamente la mitad de los visitantes, y sobre todo los más viejos, deciden que yahan llegado a una altura suficiente. »Lo que pasa después depende de lo experto que sea uno y de lo que esté dispuesto apagar. Unos pocos escaladores adiestrados contratan guías y suben a la cima empleandoequipo corriente de montañismo. En la actualidad no es muy difícil, y hay refugios envarios puntos estratégicos. La mayoría de estos grupos lo consiguen. Pero el tiempo essiempre un riesgo, y todos los años muere alguien. »El turista corriente hace la excursión de una manera más sencilla. No se permiteaterrizar aviones en el mismo Everest salvo en casos de emergencia, pero hay unpabellón cerca de la cresta de Nuptse y un servicio de helicóptero desde el hotel. Delpabellón a la cima hay sólo cinco kilómetros vía South Col, una escalada fácil paracualquiera que esté en forma y tenga un poco de experiencia en montañismo. Algunos lohacen sin oxígeno, pero esto no es recomendable. Yo llevé puesta la máscara hasta quellegué a la cima; entonces me la quité y vi que podía respirar sin grandes dificultades. —¿Utilizó filtros o bombonas de gas? —Filtros moleculares; ahora son muy seguros y aumentan la concentración de oxígenoen más de un cien por cien. Han facilitado enormemente la escalada a grandes alturas. Elgas comprimido ya no lo usa nadie. —¿Cuánto tiempo se tarda en la ascensión? —Un día entero. Nosotros salimos antes del amanecer y regresamos después deponerse el sol. Esto habría sorprendido a los veteranos. Pero desde luego nosotrosestábamos descansados cuando partimos y viajamos de prisa. No hay verdaderosproblemas en el camino desde el pabellón, y se han tallado escalones en todos loslugares peligrosos. Le aseguro que es fácil para cualquiera que esté en buena forma. En cuanto hubo repetido estas palabras, Harper lamentó no haberse mordido la lengua.Parecía increíble que hubiese olvidado con quién estaba hablando; pero había recordadocon tanta vivacidad la maravilla y la emoción de aquella subida al techo del mundo quepor un momento volvió a encontrarse en aquel pico solitario y azotado por el viento. Elúnico lugar de la Tierra adonde nunca podría llegar el doctor Elwin... Pero el científico no parecía haberlo advertido, o tal vez estaba acostumbrado a lasconstantes faltas de tacto que ya no lo molestaban. ¿Por qué estaba tan interesado en elEverest?, se preguntó Harper. Probablemente por su misma inaccesibilidad; representabatodo lo que le había sido negado por el accidente de su nacimiento.
  • 92. Pero ahora, sólo tres años más tarde, George Harper se detuvo a menos de treintametros de la cima y recogió la cuerda de nailon cuando le alcanzó el doctor. Aunque nadase había dicho al respecto, sabía que el científico deseaba ser el primero en llegar a lacima. Merecía este honor, y el joven no iba a hacer nada para privarle de él. —¿Todo bien? —preguntó al alcanzarle el doctor Elwin. La pregunta era completamente innecesaria, pero Harper sintió la apremiantenecesidad de desafiar la enorme soledad que ahora les rodeaba. Podían haber sido losúnicos hombres en el mundo; en ninguna parte de aquel desierto blanco de picachoshabía la menor señal de que existiese la raza humana. Elwin no respondió, pero asintió distraídamente con la cabeza al seguir adelante, conlos ojos brillantes fijos en la cima. Caminaba con pasos curiosamente rígidos y sus piesdejaban huellas notablemente superficiales sobre la nieve. Y mientras andaba, se oía undébil pero inconfundible zumbido en la abultada mochila que llevaba sobre la espalda. La verdad es que la mochila lo llevaba a él... o a tres cuartas partes de él. Mientrasdaba los últimos pasos regulares hacia su antaño imposible meta, el doctor Elwin y todosu equipo pesaban sólo veinticinco kilos. Y si esto todavía era demasiado, sólo tenía quegirar un disco y no pesaría absolutamente nada. Aquí, en el Himalaya bañado por la Luna, estaba el secreto más grande del siglo XXI.En todo el mundo había sólo cinco de estos Levitadores Elwin experimentados, y dos deellos estaban aquí, en el Everest. Aunque Harper los había conocido hacía dos años y comprendía algo de su teoríabásica, los «Lewies» (como pronto los bautizaron en el laboratorio) todavía le parecíanmágicos. Sus mochilas contenían energía eléctrica suficiente para levantar un peso decien kilos a una altura de quince kilómetros, lo cual representaba un gran factor deseguridad para esta misión. El ciclo de ascensión y descenso podía repetirse casiindefinidamente, al reaccionar las unidades contra el campo gravitatorio de la Tierra. Labatería se descargaba en la subida, y se cargaba de nuevo en la bajada. Como ningúnproceso mecánico es completamente eficaz, había una ligera pérdida de energía en cadaciclo, pero éste podía repetirse al menos cien veces antes de que se agotasen lasunidades. Subir a la montaña con la mayor parte de su pese neutralizado había sido unaexperiencia estimulante. El tirón vertical de la mochila les producía el efecto de estarcolgados de unos globos invisibles cuya flotación podía regularse a voluntad. Necesitabancierta cantidad de peso para obtener tracción sobre el suele y, después de algunos
  • 93. experimentos, habían decidido que fuese de un veinticinco por ciento. Resultaba tan fácilsubir por una empinada cuesta como caminal normalmente por un terreno llano. En varias ocasiones habían reducido el peso casi hasta cero para trepar por paredesrocosas verticales. Había sido la experiencia más extraña y requería una fe absoluta en elequipo. Permanecer suspendido en el aire, aparentemente sostenido por una caja demecanismos electrónicos que zumbaban suavemente, exigía una considerable fuerza devoluntad. Pero despues de unos pocos minutos, la sensación de poder y libertad triunfabasobre el miedo pues aquí estaba ciertamente la realización de uno de los sueños másantiguos del hombre. Hacía pocas semanas que un miembro del personal de la biblioteca había encontradoun verso de un poema de principios del siglo XX que describía perfectamente su hazaña:«surcar seguros el cielo cruel». Ni siquiera los pájaros habían poseído nunca tantalibertad en la tercera dimensión; ésta era la verdadera conquista del espacio. El levitadorabriría al mundo las montañas y los lugares elevados, de la misma manera que en el sigloanterior la escafandra autónoma le había abierto el mar. En cuanto estas unidadeshubiesen superado las pruebas y se produjesen en serie y a bajo coste, cambiarían todoslos aspectos de la civilización humana. Se revolucionaría el transporte. El viaje espacialno sería más caro que un vuelo ordinario; toda la humanidad se lanzaría al aire. Lo quehabía sucedido cien años antes con el invento del automóvil habría sido solamente undébil anticipo de los enormes cambios sociales y políticos que se producirían ahora. Pero Harper estaba seguro de que el doctor Elwin no pensaba en nada de esto en susolitario momento de triunfo. Más tarde recibirían el aplauso del mundo (y tal vez susmaldiciones). Pero no significaría tanto para él como plantarse aquí, en el punto más altode la Tierra. Era realmente una victoria de la mente sobre la materia, de la purainteligencia sobre un cuerpo débil y lisiado. Todo lo demás sería secundario. Cuando Harper se reunió con el científico en la pirámide truncada y cubierta de nieve,se estrecharon la mano con una rigidez bastante formal, pues esto parecía lo adecuado.Pero no dijeron nada; la maravilla de su hazaña y el panorama de picachos que seextendían hasta perderse de vista en todas direcciones, les habían dejado mudos. Harper se relajó, sostenido por su mochila, y siguió lentamente con la mirada el círculodel cielo. Reconoció y repitió mentalmente los nombres de los gigantes que les rodeaban:Makalu, Lhotse, Baruntse, Cho Oyu, Kangchenjunga... Muchas de aquellas cimas aún nohabían sido escaladas. Bueno, los Levies pronto cambiarían esto. Desde luego, muchos lo desaprobarían. Pero en el siglo XX también había habidomontañeros que pensaron que era «trampa» emplear oxígeno. Costaba creer que, incluso
  • 94. después de semanas de aclimatación, algunos hombres hubieran intentado en el pasadoalcanzar aquellas cimas sin ayuda artificial. Harper recordó a Mallory e Irvine, cuyoscuerpos yacían sin haber sido descubiertos, tal vez a menos de un kilómetro de estemismo lugar. El doctor Elwin carraspeó detrás de él. —En marcha, George —dijo pausadamente, con la voz sofocada por el filtro deoxígeno—. Tenemos que estar de vuelta antes de que empiecen a buscarnos. Se despidieron en silencio de todos los que habían estado allí antes que ellos,volvieron la espalda a la cumbre e iniciaron el suave descenso. La noche, que había sidobrillantemente clara hasta entonces, se estaba haciendo más oscura: algunas nubes altaspasaban tan rápidamente por delante de la Luna que su luz se apagaba y encendía de talmanera que a veces resultaba difícil ver el camino. A Harper no le gustó el cariz quetomaba el tiempo y empezó a revisar mentalmente sus planes. Tal vez sería mejordirigirse al refugio del South Col, en vez de tratar de llegar al pabellón. Pero no dijo nadaal doctor Elwin para no alarmarle inútilmente. Ahora estaban pasando por una cresta rocosa, con una oscuridad total a un lado y eldébil resplandor de la nieve al otro. Harper no pudo dejar de pensar que sería un lugarterrible si les sorprendía una tormenta. Apenas había tenido tiempo de concebir esta idea cuando se desencadenó elvendaval. Llegó aullando una ráfaga de aire, como si la montaña hubiese estadoacumulando fuerzas para este momento. Nada podían hacer; aunque hubiesen poseídosu peso normal, habrían sido levantados de sus pies. En pocos segundos, el viento loslanzó al oscuro vacío. Era imposible calcular la profundidad de aquel abismo; cuando Harper se obligó a mirarhacia abajo, no pudo ver nada. Aunque el viento parecía transportarlo casihorizontalmente, sabía que debía estar cayendo. Su peso reducido le haría caer a unacuarta parte de la velocidad normal. Pero aun así sería excesiva; si caía mil metros, seríapoco consuelo saber que sólo parecerían doscientos cincuenta. Todavía no había tenido tiempo de sentir miedo (esto vendría más tarde, sisobrevivían) y su principal preocupación, por absurda que parezca, era que el costosolevitador podía estropearse. Se había olvidado completamente de su compañero, pues enesta clase de situación la mente sólo puede pensar en una cosa cada vez. El súbito tirónde la cuerda de nailon le causó extrañeza y alarma. Entonces vio que el doctor Elwingiraba lentamente a su alrededor en el extremo de la cuerda, como un planeta dandovueltas alrededor del sol.
  • 95. Aquella visión le volvió a la realidad y se puso a pensar en lo que había que hacer. Suparálisis había durado probablemente una fracción de segundo. Gritó, contra el viento: —¡Doctor! ¡Utilice el elevador de emergencia! Mientras hablaba, buscó el cierre de su unidad de control, la abrió y apretó el botón. La mochila empezó a zumbar inmediatamente como una colmena de abejas irritadas.Sintió que las correas tiraban de su cuerpo como si tratasen de elevarle hacia el cielo,lejos de la muerte invisible que le esperaba allá abajo. La sencilla aritmética del campogravitatorio de la Tierra apareció en su mente, como escrita con caracteres de fuego. Unkilovatio podía levantar un peso de cien kilos a un metro por segundo, y las mochilaspodían convertir energía a un ritmo máximo de diez kilovatios, aunque esto no podíamantenerse durante más de un minuto. Así pues, dada su inicial reducción de peso, seelevaría a una velocidad superior a treinta metros por segundo. Se produjo un violento tirón en la cuerda cuando quedó tensa. El doctor Elwin habíaestado lento en pulsar el botón de emergencia, pero al fin también él ascendió. Sería unacarrera entre la fuerza de ascensión de sus unidades y el viento que los empujaba haciala cara helada del Lhotse, que ahora estaba a menos de trescientos metros. La pared de roca surcada de nieve se alzaba sobre ellos a la luz de la luna como unaola de piedra helada. Era imposible calcular exactamente su velocidad, pero difícilmentepodían moverse a menos de ochenta kilómetros por hora. Aunque sobreviviesen alimpacto, sufrirían graves lesiones, y aquí las lesiones equivaldrían a la muerte. Cuando parecía que la colisión era inevitable, la corriente de aire ascendió de prontohacia el cielo, arrastrándoles con ella. Pasaron a unos tranquilizadores quince metros dela arista rocosa. Parecía un milagro, pero, después del primer instante de alivio, Harper sedio cuenta de que lo que los había salvado había sido simplemente la aerodinámica. Elviento había tenido que levantarse para pasar por encima de la montaña; al otro lado,descendería de nuevo. Pero esto ya no importaba, porque el cielo, delante de ellos,estaba vacío. Ahora se movían suavemente entre las nubes. Aunque su velocidad no se habíareducido, había cesado el rugido del viento pues viajaban con él en el vacío. Inclusopodían conversar sin esforzarse a través del espacio de diez metros que les separaba. —¡Doctor Elwin! —gritó Harper—, ¿está usted bien? —Sí, George —dijo el científico, perfectamente tranquilo—. Y ahora, ¿qué hacemos? —No debemos elevarnos más. Si seguimos subiendo, no podremos respirar, ni siquieracon los filtros.
  • 96. —Tienes razón. Tenemos que estabilizarnos. El fuerte zumbido de las mochilas se redujo a un sonido eléctrico apenas audiblecuando cortaron los circuitos de emergencia. Durante unos minutos subieron y bajaron ensu cuerda de nailon (primero, uno arriba; después, el otro), hasta que consiguieronponerse a la misma altura. Cuando por fin se estabilizaron, volaban un poco por debajo delos nueve mil metros. A menos de que fallasen los Lewies (cosa muy posible, después dela sobrecarga), no corrían peligro inmediato. Los apuros empezarían cuando tratasen de volver a la tierra. Ningún hombre había visto jamás un amanecer más extraño. Aunque estabancansados y entumecidos de frío, y tenían irritada la garganta por la sequedad del aireenrarecido, olvidaron todas estas incomodidades al extenderse el primer y débilresplandor a lo largo del mellado horizonte del este. Las estrellas se apagaron una a una;la última en desaparecer, sólo minutos antes de que saliera el sol, fue la más brillante detodas las estaciones espaciales: la Pacífico Número Tres, a treinta y cinco kilómetros porencima de Hawai. Entonces se elevó el sol sobre un mar de picachos sin nombre yamaneció el día en el Himalaya. Era como observar la salida del sol en la Luna. Al principio sólo las montañas más altascaptaron los rayos sesgados, mientras que los valles circundantes permanecían enoscura sombra. Pero la línea de luz fue descendiendo poco a poco por las vertientesrocosas, y una tierra dura y amenazadora fue despertando al nuevo día. Si se aguzaba la mirada, podían verse señales de vida humana. Había algunoscaminos estrechos, finas columnas de humo en pueblos solitarios, destellos de luz de solen los tejados de monasterios. El mundo estaba despertando allá abajo, completamenteignorante de los dos espectadores situados como por arte de magia a cinco mil metros desu superficie. El viento debió de cambiar varias veces de dirección durante la noche, y Harper notenía idea de dónde estaban. No podía reconocer un solo punto de referencia. Podíanestar en cualquier parte sobre una franja de ochocientos kilómetros de Nepal y el Tíbet. El problema inmediato era elegir un lugar de aterrizaje, y elegirlo pronto, porqueestaban derivando rápidamente hacia un revoltijo de picos y glaciares donde difícilmentepodrían encontrar ayuda. El viento los llevaba en dirección nordeste, hacia China. Sivolaban por encima de las montañas y aterrizaban allí, podían pasar semanas antes deque estableciesen contacto con uno de los Centros contra el Hambre de las Naciones
  • 97. Unidas y encontraran el camino de vuelta. Incluso podían correr algún peligro personal sidescendían del cielo en una zona habitada sólo por gente campesina analfabeta ysupersticiosa. —Será mejor que descendamos rápidamente —dijo Harper—. No me gusta el aspectode aquellas montañas. Sus palabras parecieron perderse en el vacío que les rodeaba. Aunque el doctor Elwinestaba a sólo tres metros de distancia, cabía imaginar que no podía oír nada de lo quedecía. Pero el doctor asintió por fin con la cabeza como prestando de mala gana suconformidad. —Creo que tienes razón: pero no estoy seguro de que podamos hacerlo con esteviento. No olvides que podemos bajar con la misma rapidez con que subimos. Era cierto: las mochilas de energía sólo podían cargarse un décimo de su grado dedescarga. Si perdían altura y las cargaban de energía gravitatoria demasiado aprisa, lascélulas se calentarían demasiado y probablemente estallarían. Los sorprendidos tibeta-nos (¿o tal vez nepalíes?) pensarían que un gran meteorito había estallado en el cielo. Ynadie sabría nunca lo que les había ocurrido exactamente al doctor Jules Elwin y a sujoven y prometedor ayudante. A mil quinientos metros sobre el nivel del suelo, Harper empezó a esperar la explosiónen cualquier momento. Estaban bajando rápidamente, pero no lo bastante; muy prontotendrían que desacelerar para no aterrizar con demasiada violencia. Para empeorar lascosas, habían calculado mal la velocidad del aire a nivel del suelo. El viento infernal eimprevisible estaba soplando de nuevo casi con la fuerza de un huracán. Podían verjirones de nieve, arrancados de las cumbres, ondeando como estandartes fantasmalesdebajo de ellos. Mientras se habían estado moviendo con el viento, no se habían dadocuenta de su fuerza; ahora debían hacer de nuevo el peligroso paso entre la dura roca yel blando cielo. La corriente de aire los empujaba hacia la entrada de una garganta. No habíaposibilidad de elevarse sobre ella. Su situación era comprometida y tendrían que elegir elmejor lugar que pudiesen encontrar para el aterrizaje. El cañón se estrechaba peligrosamente. Ahora era poco más que una grieta vertical, ylas paredes rocosas se deslizaban junto a ellos a cincuenta o sesenta kilómetros por hora.De vez en cuando, los remolinos los empujaban a derecha e izquierda; con frecuenciasólo evitaban la colisión por unos pocos centímetros. En una ocasión en que estabanvolando a pocos metros por encima de una cornisa cubierta de una espesa capa de nieve,Harper estuvo tentado de soltar el muelle que desprendería el levitador. Pero esto sería
  • 98. salir del fuego para caer en las brasas: volverían sanos y salvos a tierra firme, paraencontrarse atrapados a sabe Dios cuántos kilómetros de toda posibilidad de ayuda. Pero incluso en aquel momento de renovado peligro sintió muy poco miedo. Todoaquello era como un sueño emocionante, un sueño del que iba a despertar paraencontrarse seguro en su cama. Era imposible que esta fantástica aventura estuviesesucediendo en realidad... —¡George! —gritó el doctor—. Ahora tenemos la ocasión, si podemos engancharnosen aquella peña. Sólo disponían de unos segundos para actuar. Empezaron inmediatamente a soltar lacuerda de nailon hasta que pendió en un gran lazo debajo de ellos, con la parte inferior asólo un metro del suelo. Había una roca grande, de unos cinco metros de altura,exactamente en su trayectoria; más allá, un amplio espacio cubierto de nieve prometía unaterrizaje razonablemente suave. La cuerda se deslizó sobre la parte baja y curva de la peña; pareció que iba a pasar porencima de ella, pero entonces quedó prendida en un saliente. Harper sintió un fuerte tiróny giró como una piedra en el extremo de una honda. Nunca hubiera imaginado que la nieve pudiese ser tan dura. Se produjo un breve ybrillante estallido de luz, y luego, nada. Se hallaba de nuevo en la Universidad, en el salón de conferencias. Uno de losprofesores estaba hablando, con una voz que le era conocida, pero que por alguna razónno parecía propia del lugar. Soñoliento y con poco entusiasmo, repasó los nombres de losque habían sido sus profesores. No, no era ninguno de ellos. Sin embargo, conocíaperfectamente aquella voz, e indudablemente estaba dando una conferencia a alguien. —...Todavía muy joven cuando me di cuenta de que había algo equivocado en la teoríade la gravitación de Einstein. En particular, parecía haber un fundamento falso en elprincipio de equivalencia. Según éste, no se podía distinguir entre los efectos producidospor la gravitación y los de la aceleración. »Pero esto es totalmente falso. Se puede crear una aceleración uniforme; pero uncampo gravitatorio uniforme es imposible, ya que obedece a una ley inversa, y porconsiguiente puede variar incluso en distancias muy cortas. Pueden aportarse fácilmenteotras pruebas para distinguir entre los dos casos, y esto hace que me pregunte si... Estas palabras, suavemente pronunciadas, no causaron más impresión en la mente deHarper que si hubiesen sido dichas en un idioma extranjero. Se percató vagamente de
  • 99. que hubiese debido comprender todo aquello, pero era demasiado dificultoso tratar deencontrarle el significado. De todos modos, el primer problema era saber dónde estaba. A menos de que tuviese una grave lesión en los ojos, se hallaba en una oscuridad total.Pestañeó, y el esfuerzo le produjo un dolor de cabeza tan fuerte que lanzó un grito. —¡George! ¿Estás bien? ¡Claro! tenía que haber sido la voz del doctor El-win, hablando suavemente en laoscuridad. Pero hablando, ¿a quién? —Tengo un dolor de cabeza terrible. Y me duele el costado cuando intento moverme.¿Qué ha sucedido? ¿Por qué está todo tan oscuro? —Sufriste una conmoción, y creo que te has fracturado una costilla. No hablesinnecesariamente. Has estado inconsciente todo el día. Ahora vuelve a ser de noche yestamos dentro de la tienda. Estoy economizando baterías. Cuando el doctor Elwin encendió la linterna, su brillo fue casi cegador, y Harper vio lasparedes de la tienda a su alrededor. Era una suerte que hubiesen traído un equipocompleto de montañismo para el caso de que se quedaran atrapados en el Everest. Perotal vez sólo serviría para prolongar su agonía... Le sorprendió que el lisiado científico hubiese conseguido, sin la menor ayuda,desempaquetar todas sus cosas, montar la tienda y arrastrarlo al interior. Todo estabaperfectamente dispuesto: el botiquín, la latas de conservas, los recipientes de agua, laspequeñas bombonas rojas de gas para el hornillo portátil. Sólo faltaban los voluminososlevitadores; seguramente los había dejado fuera de la tienda para tener más espacio. —Estaba usted hablando a alguien cuando me desperté —dijo Harper—. ¿O lo hesoñado? Aunque con la luz indirecta que reflejaban las paredes de la tienda le resultaba difícilleer la expresión del semblante del científico, pudo ver que Elwin estaba confuso.Inmediatamente supo la causa y lamentó haber hecho la pregunta. El doctor no creía que saliesen vivos de allí. Había estado grabando unas notas, parael caso de que sus cuerpos fuesen descubiertos. Harper se preguntó tristemente si yahabría dictado sus últimas voluntades. Antes de que Elwin pudiese responder, cambió rápidamente de tema. —¿Ha llamado al servicio de socorro? —Lo he estado haciendo cada media hora, pero temo que estemos aislados por lasmontañas. Yo les oigo, pero ellos no nos reciben. El doctor Elwin cogió el pequeño transmisor que había descolgado de su sitio habitualen la muñeca, y lo encendió.
  • 100. —Aquí Socorro Cuatro —dijo una débil voz mecánica—, a la escucha. Durante la pausa de cinco segundos, Elwin apretó el botón de SOS y esperó. —Aquí Socorro Cuatro, a la escucha. Esperaron un minuto, pero no hubo respuesta a su llamada. Harper pensó con tristezaque era demasiado tarde para empezar a culparse mutuamente. Mientras estaban volando sobre las montañas, habían discutido varias veces si debíanllamar al servicio de socorro general, pero habían decidido no hacerlo, en parte porque noparecía necesario de momento y en parte por la inevitable publicidad que traería consigo.Era fácil ser prudente después del suceso. Pero ¿quién habría pensado que podíanaterrizar en uno de los pocos lugares fuera del alcance de los socorristas? El doctor Elwin apagó el transmisor y el único sonido que se oyó en la pequeña tiendafue el débil gemido del viento a lo largo de las paredes de montañas entre las que sehallaban doblemente atrapados. Sin manera de escapar, sin poder comunicar con nadie. —No te preocupes —dijo al fin—. Por la mañana pensaremos en cómo salir de aquí.Hasta que amanezca no podemos hacer nada, salvo ponernos cómodos. Así que lo mejores que tomes un poco de esta sopa caliente. Algunas horas más tarde, a Harper ya no le molestaba el dolor de cabeza. Aunquesospechaba que realmente tenía rota una costilla, había encontrado una posición en laque se hallaba cómodo mientras no se moviese, y casi se sentía en paz con el mundo. Había pasado por sucesivas fases de desesperación, cólera contra el doctor Elwin yautoinculpación por haberse metido en tan loca aventura. Ahora estaba de nuevotranquilo, aunque su mente, al buscar maneras de escapar, trabajaba demasiado paraque pudiese dormir. Fuera de la tienda, el viento casi había dejado de soplar y la noche estaba en calma. Laoscuridad ya no era completa, pues había salido la Luna. Aunque sus rayos directos nollegarían nunca hasta ellos, tenía que haber luz reflejada por la nieve de las alturas.Harper sólo podía distinguir un vago resplandor en el umbral de la visión, filtrándose através de las translúcidas paredes de la tienda, que además retenía el calor. Pensó que lo importante era que no estaban en peligro inmediato. Tenían comida parauna semana como mínimo y había mucha nieve que podían fundir para hacerse con agua.Dentro de un día o dos, si su costilla se portaba bien, podrían partir de nuevo, confiabaque esta vez con mejores resultados. No muy lejos sonó un golpe sordo que lo dejó intrigado, hasta que pensó que sería unamasa de nieve que habría caído en alguna parte. La noche estaba tan
  • 101. extraordinariamente tranquila que casi le pareció oír los latidos de su corazón, y larespiración de su compañero dormido le resultaba anormalmente ruidosa. ¡Era curioso cómo se distraía la mente con cosas triviales! Volvió a pensar en elproblema de la supervivencia. Aunque él no estuviese en condiciones de moverse, eldoctor podía intentar el vuelo solo. Era una de estas situaciones en que un hombre podíatener tantas posibilidades de éxito como dos. Se oyó otro de aquellos golpes sordos, esta vez algo más fuerte. Era un poco extraño,pensó Harper por un momento, que la nieve se moviese en la calma fría de la noche.Confió en que no hubiese peligro de alud; como no había tenido tiempo de ver conclaridad su lugar de aterrizaje, no podía calcular el riesgo. Se preguntó si debía despertaral doctor, que sin duda había examinado los alrededores antes de instalar la tienda. Perocediendo a un sentimiento fatalista, decidió no hacerlo; en el caso de que fuera inminenteun alud, no era probable que pudiesen hacer gran cosa para escapar. Vuelta al problema número uno. Había una solución interesante que valía la penaconsiderar. Podían sujetar el transmisor a uno de los lewies y hacer que éste se elevase.La señal sería captada en cuanto la unidad saliese del cañón, y el servicio de socorro lesencontraría en pocas horas, o como máximo en pocos días. Esto significaría sacrificar uno de los lewies, y si no daba resultado su situación seríaaún más apurada. Pero de todos modos... ¿Qué era aquello? No parecía el golpeteo suave de la nieve al caer. Era un débil peroinconfundible «clic», como de un guijarro chocando contra otro. Los guijarros no semueven solos. Harper pensó que estaba fantaseando. La idea de que alguien o algo anduviese por unalto puerto del Himalaya en mitad de la noche era absolutamente ridícula. Pero de prontose le quedó seca la garganta y sintió que se le ponía la piel de gallina. Había oído algo yahora ya no podía negarlo. La respiración del doctor era tan ruidosa que resultaba difícil distinguir los sonidos delexterior. ¿Significaba esto que el doctor Elwin, por muy dormido que estuviese, había sidotambién alertado por su siempre despierto subconsciente? Estaba fantaseando denuevo... Oyó el clic de nuevo, tal vez un poco más cerca. Sin duda venía de otra dirección. Eracomo si algo, que se movía con misterioso pero absoluto silencio, estuviese dando vueltaslentamente alrededor de la tienda.
  • 102. En ese momento George Harper lamentó sinceramente haber oído hablar delAbominable Hombre de las Nieves. Cierto que sabía poco sobre él, pero este poco aúnera demasiado. Recordó que el Yeti, como le llamaban los nepa-líes, había sido un mito permanentedel Himalaya durante más de un siglo. El monstruo peligroso y gigantesco nunca habíasido capturado, fotografiado ni siquiera había sido descrito por testigos fidedignos. Lamayoría de los occidentales estaban seguros de que era pura fantasía y no se dejabanconvencer por la escasez de pruebas de pisadas en la nieve o por trozos de pielconservados en oscuros monasterios. Pero la gente de las montañas opinaban de otramanera. Y Harper temió ahora que tuviesen razón. Al no ocurrir nada más durante unos cuantos largos segundos, empezó adesvanecerse lentamente su miedo. Tal vez su imaginación sobreexcitada le estabagastando bromas; dadas las circunstancias, no hubiese sido sorprendente. Con undeliberado y resuelto esfuerzo de voluntad, centró de nuevo sus pensamientos en elproblema del rescate. Estaba haciendo buenos progresos cuando algo chocó contra latienda. No pudo chillar porque tenía los músculos de la garganta paralizados por el miedo. Eratotalmente incapaz de moverse. Entonces oyó que el doctor Elwin empezaba a rebullir,soñoliento, en la oscuridad. —¿Qué ha sucedido? —preguntó el científico—. ¿Estás bien? Harper sintió que su compañero se volvía y pensó que estaba buscando a tientas lalinterna. Quiso decir: «¡Por el amor de Dios, estése quieto!», pero ninguna palabra pudosalir de sus resecos labios. Se oyó un chasquido, y el rayo de luz de la linterna formó uncírculo brillante en la pared de la tienda. La pared estaba ahora combada hacia ellos,como si un peso pesado se apoyase en ella. Y en el centro de la comba había una huellatotalmente inconfundible: la de una mano deformada o de una garra. Estaba sólo a mediometro del suelo; fuese lo que fuere aquello, parecía estar arrodillado, como si palpase latela de la tienda. La luz debió molestarlo pues la huella desapareció en el acto, y la pared de la tiendaquedó de nueva plana. Se oyó un ronco gruñido y después un prolongado silencio. Harper se dio cuenta de que había recobrado la respiración. Había esperado que serasgase la tienda y que algo espantoso e inconcebible se precipitase sobre ellos. Perosólo se oyó el débil y lejano gemido de una ráfaga de viento en las altas montañas. Sintióque temblaba sin poderse dominar, y esto nada tenía que ver con la temperatura pues seestaba cómodamente caliente en su pequeño mundo aislado.
  • 103. Entonces se oyó un sonido familiar. Fue el ruido metálico de una lata vacía al golpearuna piedra, y esto disminuyó la tensión. Harper fue capaz de hablar por primera vez, o almenos de murmurar: —Ha encontrado las latas de comida. Tal vez ahora se marchará. Casi como respondiendo a sus palabras, se oyó un gruñido grave que parecía expresarenojo y contrariedad; después, el sonido de un golpe y de latas que rodaban en laoscuridad. Harper recordó de pronto que toda la comida estaba dentro de la tienda y quelos envases vacíos habían sido arrojados al exterior. No era una idea muy esperanzadora.Lamentó no haber hecho como los supersticiosos de las tribus, que dejaban ofrendas alos dioses o demonios que las montañas podían conjurar. Lo que sucedió después fue tan repentino, tan inesperado, que acabó antes de quetuviese tiempo de reaccionar. Se oyó un ruido fuerte, como de algo que fuese lanzadocontra una roca; después, un zumbido eléctrico familiar y a continuación un gruñido desobresalto. Y por fin, un espantoso alarido de rabia, y de frustración que se convirtiórápidamente en un grito de puro terror y que empezó a extinguirse hacia lo alto, en el cielovacío. Aquel sonido despertó el único recuerdo adecuado en la memoria de Harper. Una vezhabía visto una película de principios del siglo XX sobre la historia de la aviación, con unaescena terrible que mostraba el lanzamiento de un dirigible. Algunos miembros delpersonal de tierra se habían agarrado unos segundos de más a las cuerdas de amarre yla aeronave los había arrastrado hacia el cielo, balanceándose impotentes debajo de ella.Entonces se habían ido soltando y habían caído contra el suelo. Harper esperó oír un golpe lejano, pero no se produjo. Entonces observó que el doctorrepetía una y otra vez: —Dejé atadas las dos unidades. Dejé atadas las dos unidades. Todavía estaba demasiado impresionado para que aquella información le preocupase.Lo único que sentía era la admirable contrariedad del científico. Ahora nunca sabría qué había estado merodeando alrededor de su tienda en las horasde soledad que precedieron a la aurora. Uno de los helicópteros de socorro en la montaña, pilotado por un sikh escéptico, quetodavía se preguntaba si todo aquello no era más que una broma pesada, descendió en elcañón muy avanzada la tarde. Cuando la máquina hubo aterrizado entre un remolino denieve, el doctor Elwin agitó frenéticamente un brazo, apoyándose con el otro en un palode la tienda.
  • 104. Al reconocer al lisiado científico, el piloto del helicóptero experimentó una sensación detemor casi supersticioso. Resultaba que el informe debía ser verdad; no había otramanera en que Elwin hubiese podido llegar a este lugar. Y esto significaba que todo loque volaba en y encima de los cielos de la Tierra era, desde este momento, tan anticuadocomo una carreta de bueyes. —Gracias a Dios que nos ha encontrado —dijo el doctor, con sincera gratitud—.¿Cómo ha podido venir hasta aquí con tanta rapidez? —Puede dar gracias a las redes de localización por radar y a los telescopios de laestación meteorológica en órbita. Habíamos estado antes aquí, pero al principiopensamos que todo era un bromazo. —No comprendo. —¿Qué habría dicho usted, doctor, si alguien le hubiese contado que un leopardo delas nieves del Himalaya, completamente muerto y enredado en una maraña de correas yde cajas había sido visto manteniéndose en el aire a una altitud de treinta mil metros? Dentro de la tienda, George Harper se echó a reír a pesar del dolor que esto lecausaba. El doctor asomó la cabeza por la abertura de la lona y preguntó ansiosamente: —¿Qué te pasa? —Nada... Pero me estaba preguntando qué vamos a hacer para bajar a esa pobrebestia antes de que sea una amenaza para la navegación aérea. —Bueno, alguien tendrá que elevarse con otro lewy y apretar los botones. Tal vezdeberíamos tener un control de radio en todas las unidades... La voz del doctor Elwin se extinguió a media frase. Estaba ya muy lejos, perdido ensueños que cambiarían la faz de muchos mundos. Dentro de poco bajaría de las montañas, trayendo como un nuevo Moisés las leyes deuna nueva civilización. Estas leyes devolverían a toda la humanidad la libertad que habíaperdido hacía tanto tiempo, cuando los primeros anfibios abandonaron su ingrávido hogardebajo de las olas. La batalla de mil millones de años contra la fuerza de la gravedad había terminado. EL PARÁSITO
  • 105. Este es un feo cuento sobre una fea idea; pertenece a la misma categoría que «El otrotigre». Ambos los escribí a principios de los años cincuenta. Confió en que ambos sean de fantasía, no de ciencia ficción. Pero ¿quién sabe quépoderes podrán tener nuestro remotos descendientes, o qué vicios podrán cultivar parapasar los espantosos mil millones de años antes del fin del tiempo? —No puedes hacer nada —dijo Connolly—. Absolutamente nada. ¿Por qué tienes queseguirme? Estaba de pie, de espaldas a Pearson, contemplando el agua tranquila y azulque llevaba a Italia. A la izquierda, detrás de la flota de pesca anclada, el sol se estabaponiendo con un esplendor mediterráneo, pintando de rojo la tierra y el cielo. Peroninguno de aquellos hombres se daba cuenta de la belleza que los rodeaba. Pearson se levantó y salió del sombreado porche del pequeño café a la oblicua luz delsol. Se reunió con Connolly junto a la pared del acantilado, pero tuvo buen cuidado en noacercarse demasiado. Incluso en tiempos normales, a Connolly le disgustaba que letocasen. Su obsesión, fuese lo que fuere, lo haría ahora doblemente sensible. —Escucha, Roy —dijo Pearson en tono apremiante—. Hemos sido amigos desde haceveinte años, y deberías saber que esta vez no te dejaré en la estacada. Además... —Ya lo sé. Lo prometiste a Ruth. —¿Y por qué no había de hacerlo? A fin de cuentas, es tu esposa. Tiene derecho asaber lo que ha pasado. —Hizo una pausa, eligiendo cuidadosamente las palabras—.Está preocupada, Roy. Mucho más preocupada que si se tratase de otra mujer. Estuvo a punto de añadir el término «otra vez», pero decidió no hacerlo. Connolly aplastó el cigarrillo en la pared de granito; después arrojó el filtro blanco almar, que cayó dando vueltas hacia las aguas a treinta metros por debajo de ellos. Sevolvió de cara a su amigo. —Lo siento, Jack —respondió, y por un momento reveló la personalidad familiar que,según sabía Pearson, debía estar atrapada en alguna parte, dentro del desconocido queestaba a su lado—. Sé que tratas de ayudarme, y te lo agradezco. Pero preferiría que nome hubieses seguido. Sólo empeorarás las cosas. —Convénceme de esto, y me iré. Connolly suspiró. —No podría convencerte más que a aquel psiquiatra a quien me persuadiste de quefuese a ver. ¡Pobre Curtís! Era un hombre muy bienintencionado. Me gustaría que lepresentaras mis disculpas.
  • 106. —Yo no soy psiquiatra y no trato de curarte, si me permites la expresión. Si te gusta sercomo eres, allá tú. Pero creo que deberías decirnos lo que ha pasado para que podamoshacer nuestros planes. —¿Para que me digan que estoy loco? Pearson se encogió de hombros. Se preguntó si Connolly podía ver, a través de sufingida indiferencia, la preocupación real que estaba tratando de ocultar. Ahora que todoslos procedimientos parecían haber fracasado, la actitud de «francamente no me importa»era la única que podía adoptar. —No estaba pensando en esto. Hay algunos detalles prácticos que resolver. ¿Quieresquedarte indefinidamente aquí? No puedes vivir sin dinero, ni siquiera en Syrene. —Puedo alojarme en la villa de Clifford Rawnsley todo el tiempo que quiera. Ya sabesque era amigo de mi padre. Ahora la casa está vacía, a excepción de la servidumbre, yésta no me preocupa. Connolly se apartó del parapeto en el que se apoyaba. —Voy a subir al monte antes de que anochezca —dijo. El tono había sido brusco, pero Pearson sabía que no era de despedida. Podía seguirlosi quería, y esto le dio la primera satisfacción desde que había localizado a Connolly. Eraun pequeño triunfo, pero lo necesitaba. No hablaron durante la subida; lo cierto es que Pearson apenas si tenía aliento parahacerlo. Connolly caminaba a paso vivo, como si tratase deliberadamente de agotarse. Laisla se hundía debajo de ellos; las villas blancas resplandecían como fantasmas en losvalles umbríos; las pequeñas barcas de pesca, terminado el trabajo del día, descansabanen el puerto. Y el mar se estaba oscureciendo. Cuando Pearson alcanzó a su amigo, Connolly estaba sentado delante del santuarioque los devotos isleños habían construido en el punto más alto de Syrene. En pleno día,el lugar era frecuentado por los turistas, que se fotografiaban o contemplabanboquiabiertos la belleza de la que les habían hablado y que se extendía debajo de ellos;pero ahora estaba desierto. Connolly respiraba fatigosamente debido al esfuerzo, pero sus facciones estabanrelajadas y de momento parecía tranquilo. La sombra que había nublado su mente sehabía levantado, y se volvió a Pearson con una expresión que recordaba su antigua ycontagiosa sonrisa. —Él aborrece el ejercicio, Jack. Le espanta. —¿Y quién es él? —dijo Pearson—. Recuerda que todavía no nos has presentado.
  • 107. Connolly sonrió ante la muestra de humor de su amigo; después, su rostro se pusograve de repente. —Dime, Jack —empezó diciendo—. ¿Crees que tengo una imaginaciónsuperdesarrollada? —No; más o menos normal. Eres menos imaginativo que yo, desde luego. Connolly asintió lentamente con la cabeza. —Es verdad, Jack, y esto debería ayudarte a creer en mí, porque estoy seguro quenunca habría podido inventar la criatura que me obsesiona. Existe realmente. No sufro dealucinaciones paranoicas o como quiera llamarlo el doctor Curtís. »¿Recuerdas a Maude White? Todo empezó con ella. La conocí en una de las fiestasde David Trescott, hace un mes y medio. Acababa de reñir con Ruth y estaba bastanteharto. Los dos estábamos en una situación difícil y, al estar yo en la ciudad, ella vino alpiso conmigo. Pearson sonrió para sus adentros. ¡Pobre Roy! Era la misma historia de siempre,aunque nunca parecía darse cuenta. Cada aventura era diferente para él, pero no para losdemás. Era el eterno Don Juan, siempre buscando y siempre decepcionado, porque loque buscaba sólo podía encontrarse en la cuna o en la tumba, pero nunca entre las dos. —Supongo que te reirás de lo que me impresionó tanto; parece muy trivial, pero sinembargo me asustó más que nada en la vida. Sencillamente, fui al mueble bar y preparélas bebidas, como había hecho infinidad de veces. Sólo cuando tendí un vaso a Maudeme di cuenta de que había llenado tres. El incidente era tan natural que al principio noreconocí lo que significaba. Después miré como un loco alrededor de la estancia, para verdónde estaba el otro hombre..., aunque sabía, de alguna manera, que no era un hombre.Desde luego, no estaba allí. No estaba en parte alguna del mundo exterior: estabaescondido en lo más profundo de mi propio cerebro... La noche era muy silenciosa, sin más sonido que una suave cinta de música que subíaen espiral hacia las estrellas desde algún café del pueblo, allá abajo. La luz de la lunanaciente resplandecía sobre el mar; en lo alto, los brazos del crucifijo se perfilaban contrala oscuridad. Venus, brillante faro en la frontera del crepúsculo, seguía al sol hacia eloeste. Pearson esperó, dejando que Connolly se tomase tiempo. Parecía lúcido y bastanterazonable, por muy extraña que fuese la historia que contaba. Su cara estabaabsolutamente tranquila a la luz de la luna, aunque podía ser la calma que viene despuésde la aceptación de la derrota.
  • 108. —Después de aquello, lo primero que recuerdo es que estaba tumbado en la camamientras Maude me limpiaba la cara con una esponja. Estaba muy asustada: yo me habíadesmayado y al caer me hice un corte profundo en la frente. Había mucha sangre portodas partes, pero esto no importaba. Lo que realmente me aterrorizaba era la idea deque me había vuelto loco. Parece curioso, ahora que me horroriza mucho más el estarcuerdo. »Él estaba todavía allí cuando me desperté; y ha estado allí desde entonces. De algunamanera me libré de Maude (no fue fácil) y traté de averiguar lo que había sucedido. Dime,Jack, ¿crees en la telepatía? La brusca pregunta pilló desprevenido a Pearson. —Nunca he pensado mucho en ello, pero las pruebas parecen bastante convincentes.¿Sugieres que otra persona está leyendo tu mente? —No es tan sencillo. Lo que te estoy contando lo he descubierto poco a poco,generalmente cuando estaba soñando o me hallaba algo bebido. Puedes pensar que estoinvalida la prueba, pero yo no lo creo. Al principio fue la única manera en que podía pasarpor la barrera que me separa de Omega..., más tarde te diré por qué le llamo así. Peroahora no hay ningún obstáculo: sé que él está siempre allí, esperando que yo baje laguardia. De día y de noche, borracho o sereno, soy consciente de su presencia. Enocasiones como ésta, permanece quieto, observándome por el rabillo del ojo. Mi únicaesperanza es que se canse de esperar y que se vaya en busca de otra víctima. La voz de Connolly, tranquila hasta ahora, se le quebró de pronto. —Imagínate el horror de aquel descubrimiento: el efecto de saber que cada acción,cada idea o cada deseo que pasa por tu mente está siendo observado y compartido porotro ser. Desde luego, esto significó para mí el fin de toda vida normal. Tuve que dejar aRuth, sin poder darle una razón. Entonces, para empeorar las cosas, Maude empezó aperseguirme. No me dejaba en paz y me bombardeaba con cartas y llamadas telefónicas.Era un infierno. No podía luchar contra los dos, y por esto me escapé. Y pensé queprecisamente en Syrene, él encontraría bastantes cosas de interés para que dejase demolestarme. —Ahora comprendo —dijo Pearson, a media voz—. Es eso lo que busca. Una especiede voyeur telepático que ya no se contenta sólo con observar... —Supongo que me estás tomando el pelo —replicó Connolly, sin resentimiento—. Perono me importa, y además has resumido muy bien la situación, como sueles hacersiempre. Pasó bastante tiempo antes de que yo me diese cuenta de cuál era su juego.Una vez pasada la primera impresión, traté de analizar la cosa racionalmente. Pensé en lo
  • 109. que había precedido al momento del primer reconocimiento, y al fin caí en la cuenta deque no había sido una súbita invasión de mi mente. Él había estado conmigo desde hacíaaños, tan escondido que no me había dado cuenta. Supongo que eso te hará reír,conociéndome como me conoces. Pero nunca había estado del todo tranquilo con unamujer, ni siquiera cuando hacía el amor, y ahora sé la razón. Omega estaba siempre allí,compartiendo mis emociones, refocilándose con unas pasiones que ya no puedeexperimentar en su cuerpo. »La única manera de conservar algún control era contraatacando, tratando de llegar alas manos con él e intentando comprender lo que era. Y al fin lo conseguí. Está muy lejosy su poder debe tener algún límite. Tal vez el primer contacto fue accidental, aunque noestoy seguro de ello. »Supongo que lo que te he contado hasta ahora, Jack, te resultará bastante difícil decreer, pero no es nada en comparación con lo que voy a decirte. En todo caso, recuerdaque estuviste de acuerdo en que no soy un hombre imaginativo, así que a ver si puedesencontrar un fallo en el relato. »No sé si has leído alguna vez que la telepatía es, de alguna manera, independientedel tiempo. Yo sé que lo es. Omega no pertenece a nuestra era: está en alguna parte delfuturo a una distancia inconmensurable de nosotros. Durante un tiempo pensé que debíaser uno de los últimos hombres, y por esto le puse aquel nombre. Pero ahora no estoyseguro; tal vez pertenece a una era en la que hay innumerables razas humanasdiferentes, esparcidas por todo el universo; algunas todavía en auge, y otras en plenadecadencia. Su pueblo, dondequiera que esté, ha alcanzado las alturas y caído desdeellas a unas profundidades que nunca conocerán las bestias. Todo él respira maldad,Jack; la maldad substancial que la mayoría de nosotros no conoceremos jamás. Sinembargo, a veces casi me compadezco de él, porque sé qué le ha hecho como es. »Jack, ¿te has preguntado alguna vez lo que hará la raza humana cuando la ciencia lohaya descubierto todo, cuando no haya más mundos por explorar, cuando todas lasestrellas hayan revelado sus secretos? Omega es una de las respuestas. Espero que no sea la única, porque si así fuesetodos nuestros esfuerzos habrían sido en vano. Espero que él y su raza sean un cánceraislado en un universo todavía sano; pero no puedo estar seguro. »Han mimado sus cuerpos hasta hacerlos inútiles y han descubierto su errordemasiado tarde. Tal vez pensaron, como algunos hombres, que podían vivii sólo con lainteligencia. Y quizá son inmortales, } ésta es su verdadera perdición. A lo largo deltiempo sus mentes han estado corroyendo sus débiles cuerpos, buscando algún alivio a
  • 110. su tedio insoportable. "V al fin han encontrado la única manera de lograrlo: enviando susmentes a una era anterior y más viril, y convirtiéndose en parásitos de las emocionesd”otros. »Me pregunto cuántos serán. Tal vez explican to dos los casos que solíamos llamar deposesión. ¡Come habrán saqueado el pasado para saciar su hambre ¿Te los imaginasvolando como cuervos alrededor de Imperio Romano en decadencia, disputándose la:mentes de Nerón, Calígula y Tiberio? Tal vez Omega no consiguió hacerse con aquellosgrandes premios O tal vez no tiene mucho entre lo que elegir y tiene que apoderarse decualquier mente con la que pueda establecer contacto en cualquier tiempo, pasando d<ella a la siguiente a la primera oportunidad. »Naturalmente, todo esto lo descubrí con mucha lentitud. Creo que él se regocija másal saber que percibo su presencia. Creo que me ayuda deliberada mente, rompiendo supropio lado de la barrera. Por que al fin pude verle. Connolly se interrumpió. Pearson miró a su alrededor y vio que ya no estaban solos enla cima del monte. Una joven pareja, cogida de la mano, subía por la carretera endirección al crucifijo. Ambos tenían la belleza física tan común entre los isleños. Noreparaban en la noche que los envolvía ni en los espectadores, y pasaron junto a nosotrossin la menor señal de reconocimiento. Una sonrisa amarga se pintó en los labios deConnolly mientras los veía alejarse. —Supongo que debería avergonzarme, pero pensaba que a lo mejor él me dejaba y seiba detrás de aquel muchacho. Pero no ha querido; aunque me niego a seguirle el juego,se queda para ver qué sucede. —Ibas a decirme cómo es —dijo Pearson, contrariado por la interrupción. Connolly encendió un cigarrillo y aspiró profundamente antes de responder. —¿Puedes imaginarte una habitación sin paredes? El está en un espacio hueco, enforma de huevo, rodeado de una niebla azul que siempre parece estar girando yretorciéndose, pero nunca cambia de posición. No hay entrada ni salida, ni gravedad, amenos que haya aprendido a desafiarla. Porque él flota en el centro, y a su alrededor hayun círculo de cortos cilindros aflautados que giran lentamente en el aire. Creo que debenser algún tipo de máquinas sometidas a su voluntad. Y una vez había un óvalo grandesuspendido a su lado, con brazos humanos y muy bien formados. Sólo podía ser un robot;pero las manos y los dedos parecían vivos. Le palpaban y daban masajes, tratándolecomo a un niño pequeño. Era horrible... »¿Has visto alguna vez lémures o társidos espectrales? Se les parece bastante: unapesadilla disfrazada de hombre, con grandes ojos malignos. Y lo más raro es que
  • 111. contradice lo que pensábamos de la evolución: está cubierto de una fina capa de vello tanazul como la morada en que vive. Siempre que lo he visto estaba en la misma posición:encogido hacia arriba, como un niño durmiendo. Creo que sus piernas deben estarcompletamente atrofiadas, y tal vez también los brazos. Sólo su cerebro está todavíaactivo, buscando su presa a lo largo de los siglos. »Y ahora ya sabes por qué ni tú ni nadie podéis hacer nada. Los psiquiatras podríancurarme si estuviese loco, pero la ciencia que pueda con Omega aún no ha sidoinventada. Connolly hizo una pausa y sonrió con ironía. —Precisamente porque estoy cuerdo, sé que no me vas a creer. Así que no hay unterreno común en el que podamos encontrarnos. Pearson se levantó de la piedra en que se hallaba sentado, con un ligero temblor. Lanoche se estaba enfriando, pero esto no era nada en comparación con el sentimiento deimpotencia interior que se había apoderado de él mientras Connolly le hablaba. —Te seré franco, Roy —dijo, hablando lentamente—. No te creo, desde luego. Pero sitú crees en Omega, es real para ti; y lo aceptaré sobre esta base y lucharé contigo contraél. —Puede ser un juego peligroso. ¿Sabemos acaso lo que es capaz de hacer si se veacorralado? —Correré este riesgo —repuso Pearson, echando a andar cuesta abajo. Connolly losiguió, sin discutir—. Y ahora dime, ¿qué piensas hacer tú? —Relajarme. Evitar las emociones. Y sobre todo mantenerme lejos de las mujeres, deRuth, de Maude, de todas ellas. Esto ha sido lo más difícil. No es fácil romper con loshábitos de toda una vida. —Esto sí que lo creo —dijo Pearson, con cierta sequedad—. ¿Y has tenido éxito hastaahora? —Un éxito total. Mira, el propio afán de Omega va contra sus fines, infundiéndome unaespecie de repugnancia y de desprecio de mí mismo cuando pienso en el sexo. ¡Y pensarque me burlé de los mojigatos durante toda mi vida, y que ahora me he convertido en unode ellos...! Aquí está la respuesta, se dijo Pearson con súbita inspiración. Nunca lo habría creído,pero el pasado de Connolly al fin había podido con él. Omega no era más que un símbolode la conciencia, una personificación de la culpa. Cuando Connolly se diese cuenta deesto, dejaría de obsesionarse. En cuanto a la naturaleza notablemente detallada de laalucinación, era otro ejemplo de los trucos de que es capaz la mente humana para
  • 112. engañarse a sí misma. Tenía que haber alguna razón que explicara por qué la obsesiónhabía tomado esta forma, pero esto no tenía tanta importancia. Pearson se lo explicó a Connolly con cierta prolijidad mientras se acercaban al pueblo.El lo escuchaba con tanta paciencia que Pearson tuvo la desagradable impresión de queahora Connolly le estaba tomando el pelo, pero continuó seriamente hasta el final.Cuando hubo terminado, Connolly lanzó una risa breve y nada divertida. —Tu interpretación es tan lógica como la mía, pero ninguno podrá convencer al otro. Sitú tienes razón, con el tiempo podré volver a ser «normal». No puedo rebatir estaposibilidad; sencillamente, no creo en ella. Tú no puedes imaginarte lo real que es Omegapara mí. Más real que tú; porque si cierro los ojos tú desapareces y en cambio él sigueestando presente. ¡Quisiera saber a qué está esperando! He dejado atrás mi antigua vida;él sabe que no volveré a ella mientras él esté aquí. Entonces, ¿qué va a ganarquedándose? —Se volvió a Pearson con ansiedad febril—. Esto es lo que realmente meespanta, Jack. Él debe saber cuál será mi futuro; toda mi vida debe ser como un libro quepuede abrir donde le plazca. Por consiguiente, tengo que pasar por alguna experienciaque está deseando saborear. A veces..., a veces me pregunto si será mi muerte. Se encontraban entre las casas de las afueras del pueblo, y delante de ellos empezabala vida nocturna de Syrene. Y al no estar solos, se produjo un cambio sutil en la actitud deConnolly. En la cima del monte se había mostrado, ya que no en su manera normal, almenos amigable y dispuesto a hablar. Pero ahora, al ver a la multitud despreocupada yfeliz, pareció encogerse dentro de sí mismo. Se quedó atrás mientras Pearson avanzaba,y al poco rato se negó a seguir adelante. —¿Qué te pasa? —le preguntó Pearson—. Supongo que vendrás al hotel y cenarásconmigo, ¿no? Connolly sacudió la cabeza. —No puedo —dijo—. Encontraría demasiada gente. Era una observación asombrosa por parte de un hombre a quien siempre habíaencantado el gentío y las fiestas. Demostraba sobre todo lo mucho que había cambiado.Y antes de que Pearson hubiese pensado una respuesta adecuada, giró sobre sustalones y se metió en una calle lateral. Molesto y contrariado, Pearson empezó a seguirle,pero enseguida pensó que sería inútil. Aquella noche mandó un largo telegrama a Ruth, tranquilizándola lo mejor que pudo.Después se sintió cansado y se metió en la cama. Pero durante una hora no pudo dormir. Su cuerpo estaba agotado pero el cerebroseguía activo. Permaneció tumbado en la cama, observando el movimiento de un rayo de
  • 113. luna en los dibujos de la pared, marcando el paso del tiempo tan inexorablemente comoen la era lejana a la que se había asomado Connolly. Desde luego, esto era pura fantasía;pero a despecho de su voluntad, Pearson empezaba a aceptar a Omega como unaamenaza real y viva. Y en cierto sentido Omega era real, tan real como otrasabstracciones mentales: el ego y la mente subconsciente. Pearson se preguntó si Connolly había hecho bien en volver a Syrene. En tiempos decrisis emocional (había habido otras, pero ninguna tan importante como ésta), la reacciónde Connolly era siempre la misma. Volvía una vez más a la adorable isla donde susencantadores e inútiles padres lo habían engendrado y donde había pasado su juventud.Pearson sabía muy bien que ahora estaba buscando la alegría que sólo había conocidodurante un período de su vida, y que en vano había tratado de encontrar en brazos deRuth y de las otras mujeres que no habían podido resistírsele. Pearson no pretendía criticar a su desdichado amigo. Nunca juzgaba a nadie; selimitaba a observar con amable y vivo interés que no podía llamarse tolerancia, porque latolerancia implicaba la relajación de normas que nunca había seguido. Después de una noche inquieta, Pearson se sumió al fin en un sueño tan profundo quese despertó una hora más tarde que de costumbre. Desayunó en su cuarto y bajódespués a recepción, para ver si había respuesta de Ruth. Alguien había llegado por lanoche: había dos maletas, evidentemente inglesas, en un rincón del vestíbulo, esperandoa que el mozo cargase con ellas. Pearson miró las etiquetas, por simple curiosidad, paraver quién podía ser su compatriota. Entonces se puso rígido, miró rápidamente a sualrededor y se dirigió a toda prisa al recepcionista. —Esa dama inglesa —dijo ansiosamente—, ¿cuándo ha llegado? —Hace una hora, signar, en el barco de la mañana. —¿Está aquí? El recepcionista pareció un poco indeciso, pero capituló amablemente. —No, signar. Tenía mucha prisa y me pregunte dónde podía encontrar al señorConnolly. Se lo dije, Supongo que hice bien. Pearson maldijo para sus adentros. Era un golpe increíble de mala suerte, algo contralo que nunca habría soñado protegerse. Maude White era una mujer todavía más resueltade lo que había insinuado Connolly. Había conseguido averiguar dónde había huido él, yel orgullo o el deseo, o ambas cosas, la habían impulsado a seguirlo. No era de extrañarque hubiese venido a este hotel pues era una elección casi inevitable para los inglesesque visitaban Syrene.
  • 114. Mientras subía por la carretera hacia la villa, Pear-son luchó contra un crecientesentimiento de inutilidad. No tenía la menor idea de lo que haría cuando se encontrasecon Connolly y Maude. Sólo sentía un vago pero apremiante impulso de ayudar. Si podíaalcanzar a Maude antes de que llegase a la villa, tal vez podría convencerla de queConnolly estaba enfermo y de que su intervención sólo podía serle perjudicial. Sinembargo, ¿era esto verdad? Era muy posible que ya hubiese tenido lugar unaconmovedora reconciliación y que ninguno de los dos tuviese el menor deseo de verle. Cuando Pearson cruzó la verja y se detuvo para recobrar aliento, estaban conversandoen el bien cuidado jardín de la villa. Connolly estaba sentado en una silla de hierro forjado,a la sombra de una palmera, mientras Maude paseaba arriba y abajo a pocos metros dedistancia. Hablaba rápidamente; Pearson no podía distinguir sus palabras, pero eraevidente por su tono de voz que estaba suplicando a Connolly. Era una situaciónembarazosa. Mientras Pearson todavía estaba preguntándose si debía seguir adelante,Connolly levantó la mirada y lo descubrió. Su cara era una máscara completamenteinexpresiva; no mostraba satisfacción ni resentimiento. Maude giró en redondo para ver quién era el intruso, y Pearson pudo ver su cara porprimera vez. Era una mujer hermosa, pero la desesperación y la cólera había deformadosus facciones hasta convertirla en personaje de tragedia griega. Sufría no sólo laamargura de verse desdeñada sino también la angustia de no saber por qué. La llegada de Pearson debió de actuar como un fulminante de sus emocionesreprimidas. De pronto le volvió la espalda y se enfrentó a Connolly, que seguíaobservándola con ojos apagados. De momento, Pearson no pudo ver lo que estabahaciendo; después, gritó horrorizado: —¡Cuidado, Roy! Connolly se movió con sorprendente rapidez, como si de pronto hubiese salido de untrance. Agarró la muñeca de Maude, y tras un breve forcejeo se apartó de ella, mirandocon asombro algo que llevaba en la mano. La mujer permaneció inmóvil, paralizada por elmiedo y la vergüenza, apretándose los labios con los nudillos de los dedos. Connolly sujetó con fuerza la pistola con la mano derecha y la acarició amorosamentecon la izquierda. Maude lanzó un gemido ahogado. —¡Sólo quería asustarte, Roy! ¡Te lo juro! —Esta bien, querida —la tranquilizó suavemente Connolly—. Te creo. No te preocupes. Su voz era perfectamente natural. Se volvió hacia Pearson y le dirigió una de sus viejassonrisas infantiles. —Así que esto es lo que él estaba esperando, Jack —dijo—. No voy a defraudarle.
  • 115. —¡No! —gritó Pearson, pálido de terror—. ¡Detente, Roy, por el amor de Dios! Pero Connolly hizo caso omiso de la súplica de su amigo y volvió la pistola contra sucabeza. En aquel momento, Pearson supo al fin, con terrible claridad, que Omega era realy que ya estaría buscando un nuevo ser en el que alojarse. No vio el fogonazo de la pistola ni oyó la débil pero clara detonación. El mundo queconocía se había borrado de su vista, y ahora lo rodeaban las sombras fijas peroespeluznantes de la habitación azul. Mirando desde su centro (como habrían mirado atantos otros a lo largo de milenios) había dos ojos grandes y sin párpados. De momentoestaban saciados..., pero sólo de momento. LOS PRÓXIMOS INQUILINOS Escribí esta narración en 1954 como parte de la serie proyectada para completar Loscuentos de la taberna del Ciervo Blanco. Yo vivía entonces en Coral Gables, Miami, yhabía visto la primera prueba de la bomba H por televisión. No cabe duda de que era unbuen tema de inspiración para el relato... También recuerdo que la primera obra de ciencia ficción que intenté, Retirada de laTierra (Amateur Science Fiction Stories, marzo, 1938; reeditada en The Best of Arthur C.Clarke: 1937-1955, Sphere Books, 1976), se refería a las termitas: ...Y en los largos siglos anteriores al nacimiento del hombre, los alienígenas no habíanestado ociosos sino que habían cubierto la mitad del planeta con sus ciudades,llenándolas de ciegos y fantásticos esclavos, y aunque el hombre conocía estas ciudadesporque a menudo le habían causado infinitas molestias, nunca sospechó que a sualrededor, en los trópicos, se preparase una antigua civilización para el día en que seaventuraría de nuevo en los mares del espacio para recobrar su herencia perdida... Y retrocediendo aún más en este esfuerzo de medio siglo, sospecho que mi interés porestas sorprendentes criaturas lo despertó The Raid on the Termites, de Paul Ernst, enAstounding Stories (junio, 1932). Para más ilustración sobre esto, véase el capítulo 11,«Beyond the Vanishing Point», en Astounding Days: A Science Fictional Autobiography.
  • 116. Se ha exagerado enormemente la cantidad de científicos locos que desean conquistarel mundo —dijo Harry Purvis, mirando reflexivamente su cerveza—. En realidad sólorecuerdo haber conocido a uno. —Entonces no debían de ser muchos —comentó Bill Temple con cierta acritud—. Esascosas no se olvidan fácilmente. —Supongo que no —repuso Harry con aquel aire de inocencia tan desconcertante parasus críticos—. Y de hecho, aquel científico no estaba realmente loco. Pero sin dudaestaba dispuesto a conquistar el mundo. O para ser más preciso, a permitir que el mundofuese conquistado. —¿Y por quién? —preguntó George Whitley—. ¿Por los marcianos o por los conocidoshombrecitos verdes de Venus? —Por ninguno de ellos. Estaba colaborando con alguien de mucho más cerca de casa.Comprenderéis lo que esto significa cuando os diga que era un mirmecólogo. —¿Un qué? —preguntó George. —Déjele continuar con su relato —lo amonestó Drew, desde el otro lado delmostrador—. Son más de las diez, y si esta semana no están todos fuera a la hora decerrar, me cerrarán el local. —Gracias —dijo Harry, con dignidad, tendiéndole su vaso para que lo llenase denuevo—. Todo esto ocurrió hace casi dos años, cuando estaba en una misión en elPacífico. Fue un asunto muy secreto, pero en vista de lo que ha ocurrido desde entoncesno hay ningún mal en hablar de ello. Tres científicos fuimos llevados a cierto atolón delPacífico, a menos de mil seiscientos kilómetros de Bikini, y se nos dio una semana paramontar un equipo de detección. Desde luego, estaba destinado a no perder de vista anuestros buenos amigos y aliados cuando empezaron a jugar con las reaccionestermonucleares; de hecho, a recoger algunas migajas de la mesa de la Comisión deEnergía Atómica. Los rusos estaban haciendo lo mismo, naturalmente, y en ocasionesnos tropezábamos los unos con los otros y ambos bandos pretendíamos que estábamosallí por nuestra cuenta. »Se pensaba que aquel atolón estaba deshabitado, pero esto era un gran error. Enrealidad tenía una población de varios cientos de millones. —¿Qué? —exclamaron todos.—Varios cientos de millones —repitió tranquilamente Purvis—, de los cuales sólo unindividuo era humano. Lo conocí un día que fui tierra adentro para echar un vistazo alpanorama.
  • 117. —¿Tierra adentro? —preguntó George Whitley—. Creí que habías dicho que era unatolón. ¿Cómo puede un anillo de coral...? —Era un atolón muy grande —dijo Harry con firmeza—. Y además, ¿quién estácontando esto? Esperó un momento, con aire desafiante, para recobrar el hilo del relato. —Caminaba por la orilla de un delicioso riachuelo, a la sombra de los cocoteros,cuando me sorprendió ver una rueda hidráulica, que parecía muy moderna y queaccionaba una dinamo. Si hubiese sido más sensato, habría tenido que dar media vueltae informar a mis compañeros; pero no pude resistir la curiosidad y decidí hacer unreconocimiento por mi cuenta. Recordé que todavía se pensaba que por aquellos lugareshabía tropas japonesas que no sabían que la guerra había terminado; pero estaexplicación parecía bastante improbable. »Seguí el cable eléctrico hasta lo alto de una cuesta y vi que al otro lado había unedificio bajo y enjalbegado, levantado en un gran claro. En todo el claro había altos eirregulares montículos de tierra, unidos entre sí por una red de alambres. Era una de lascosas más desconcertantes que jamás había visto, y me quedé allí durante diez minutos,mirante y tratando de descubrir lo que pasaba. Pero cuanto más miraba, menos sentido leencontraba a todo aquello. »Estaba pensando en lo que tenía que hacer, cuando un hombre alto y de cabellosblancos salió del edificio y se acercó a uno de los montículos. Llevaba una especie deaparato y unos auriculares colgados del cuello, por lo que imaginé que estaba utilizandoun contador Geiger. Sólo entonces me di cuenta de lo que eran aquellos altos montículos.Eran termiteros..., unos rascacielos, en relación con sus constructores, mucho más altosque el Empire State Building, y en los que viven las llamadas hormigas blancas. »Observé con el mayor interés, aunque totalmente desconcertado, cómo el viejocientífico insertaba su aparato en la base del termitero, escuchaba atentamente duranteun instante y volvía después al edificio. Pero esta vez era tanta mi curiosidad que decidírevelar mi presencia. Fuera lo que fuese lo que allí se estaba investigando, estaba claroque nada tenía que ver con la política internacional; yo era por tanto el único que teníaalgo que ocultar. Veréis más adelante lo equivocado que estaba. »Grité para llamar la atención y descendí la cuesta agitando los brazos. El desconocidose detuvo y me miró: no parecía particularmente sorprendido. Al acercarme, observé quetenía un bigote descuidado que le daba un aspecto ligeramente oriental. Tendría unossesenta años y caminaba muy erguido. Aunque sólo llevaba unos pantalones cortos,parecía tan digno que me sentí bastante avergonzado de mi ruidosa aparición.
  • 118. »—Buenos días —saludé en tono de disculpa—. No sabía que hubiese alguien en estaisla. Yo formo parte de un... equipo científico que trabaja en el otro lado. »Al oír esto, al desconocido se le iluminaron los ojos. »—¡Ah, un compañero científico! —dijo en un inglés casi perfecto—. Encantado deconocerle. Entremos en la casa. »Lo seguí de buen grado pues tenía bastante calor después de mi caminata, y vi que eledificio no era más que un gran laboratorio. En un rincón había una cama y un par desillas, así como un hornillo y uno de esos lavabos plegables que utilizan los que hacencamping. Parecían los únicos objetos que empleaba en su vida cotidiana. Pero todoestaba limpio y aseado: mi desconocido amigo parecía un recluso, pero creía en lasapariencias. »Me presenté y, como había esperado, él hizo lo propio. Era un tal profesor Takato,biólogo de una importante universidad japonesa. No parecía japonés, salvo por el bigoteque he mencionado. Con su actitud digna y erguida me recordaba a un viejo coronel deKentucky a quien había conocido tiempo atrás. »Después de ofrecerme un vino raro pero refrescante, nos sentamos y estuvimosconversando durante un par de horas. Como la mayoría de los científicos, parecíaencantado de estar con alguien que podría apreciar su trabajo. Realmente me interesanmás la física y química que la biología, pero la investigación del profesor Takato mepareció fascinante. »Como supongo que no sabéis mucho de termitas, os recordaré las principalescaracterísticas. Son unos de los insectos sociales más evolucionados y viven ennumerosísimas colonias en los trópicos. No pueden soportar el tiempo frío y, aunqueparezca extraño, tampoco la luz directa del sol. Cuando tienen que ir de un lugar a otro,construyen pequeños caminos cubiertos. Parecen tener algún desconocido y casiinstantáneo medio de comunicación y, aunque la termita individual es bastante inútil ytorpe, toda la colonia se comporta como un animal inteligente. Algunos escritores hanhecho comparaciones entre el termitero y el cuerpo humano, que también está compuestode células vivas individuales que forman una entidad muy superior a las unidades básicas.A las termitas se las llama con frecuencia "hormigas blancas” pero esto es absolutamenteincorrecto ya que no son hormigas sino una especie de insecto muy diferente. ¿O deberíadecir "género"? No entiendo mucho de estas cosas... »Disculpad esta pequeña conferencia, pero cuando hube escuchado a Takato duranteun rato empecé a entusiasmarme realmente con las termitas. ¿Sabíais por ejemplo que
  • 119. no sólo cultivan huertos sino que tienen también vacas (insectos vacas, naturalmente) yque las ordeñan? Son unos diablillos muy refinados, aunque lo hagan todo por instinto. »Pero será mejor que os diga algo sobre el profesor. Aunque estaba solo en aquelmomento y llevaba varios años viviendo en la isla, tenía varios ayudantes que le traíanequipo desde el Japón y lo ayudaban en su trabajo. Su primera gran hazaña fue hacercon las termitas lo que Von Frische había hecho con las abejas: aprender su lenguaje. Eramucho más complicado que el sistema de comunicación que emplean las abejas y que,como probablemente sabéis, se funda en el baile. Comprendí que la red de alambres queenlazaban los termiteros con el laboratorio, no sólo permitía al profesor Takato escuchar alas termitas cuando hablaban entre ellas sino también comunicarse con ellas. Esto no estan fantástico como parece, si se emplea la palabra "hablar" en su sentido más amplio.Nosotros hablamos a muchos animales, no siempre con la voz sino por otros medios.Cuando se arroja un palo a un perro, esperando que corra a buscarlo, es una manera dehablar, un lenguaje por signos. Deduje que el profesor había inventado alguna clase delenguaje en clave que las termitas comprendían, aunque no supe hasta qué punto eraeficaz para comunicar ideas. »Volví allí cada día, siempre que tenía un rato libre, y al cabo de una semana noshabíamos hecho buenos amigos. Tal vez os sorprenderá saber que oculté estas visitas amis colegas, pero la isla era muy grande y cada cual tenía mucho que explorar. Yo teníala impresión de que el profesor Takato me pertenecía, y no quería exponerlo a lacuriosidad de mis compañeros. Éstos eran unos personajes bastante toscos, graduadosen alguna universidad provinciana como Oxford y Cambridge. »Me satisface decir que pude prestar cierta ayuda al profesor, reparando su radio yajustando algunos de sus aparatos electrónicos. Él empleaba trazadores radiactivos paraseguir a termitas individuales. En realidad, estaba siguiendo a una de ellas con uncontador Geiger cuando le vi por primera vez. »Cuatro o cinco días después de conocernos, sus contadores empezaron a volverselocos, y el equipo que habíamos montado, comenzó a vacilar en sus grabaciones. Takatoadivinó lo que había sucedido; nunca me había preguntado exactamente qué estaba yohaciendo en las islas, pero creo que lo sabía. Cuando lo saludé, puso en marcha suscontadores y me hizo escuchar el zumbido de las radiaciones. Se había producido algunafuga radiactiva, no peligrosa, pero suficiente para armar aquel alboroto. »—Creo —dijo suavemente— que sus físicos se están divirtiendo de nuevo con susjuguetes; y esta vez son muy grandes.
  • 120. »—Temo que tiene usted razón —respondí. No estaríamos seguros hasta que lasseñales hubiesen sido analizadas, pero parecía que Teller y su equipo habían iniciado lareacción del hidrógeno—. Muy pronto conseguiremos que las primeras bombas atómicasparezcan petardos mojados. »—Mi familia —dijo el profesor Takato, sin emoción—, estaba en Nagasaki. »Poca cosa podía decir yo a esto, y me alegré cuando él prosiguió: »—¿Se ha preguntado alguna vez quién se encargará de esto cuando hayamosterminado? »—¿De sus termitas? —dije medio en broma. »Pareció vacilar un momento. Después continuó a media voz: »—Venga conmigo: todavía no se lo he mostrado todo. »Fuimos a un rincón del laboratorio donde había algo cubierto con un paño pararesguardarlo del polvo, y el profesor descubrió un curioso aparato. A primera vista parecíauno de esos manipuladores que se emplean para manejar a distancia materialesradiactivos peligrosos. Tenía unas manijas que producían movimientos por medio devarillas y palancas, pero todo parecía centrarse en una cajita de pocos centímetros delado. »—¿Qué es? —le pregunté. »—Un micromanipulador. Los franceses lo inventaron para trabajos biológicos. Todavíano hay muchos en el mundo. »Entonces lo recordé. Eran unos aparatos con los cuales, mediante un adecuadosistema de reducción, se podían realizar operaciones increíblemente delicadas. Se movíael dedo un centímetro, y el instrumento que se estaba manejando se movía una milésimade centímetro. Los científicos franceses que habían inventado esta técnica habíanconfeccionado pequeñas fraguas en las que podían fabricar pinzas y escalpelos diminutosa base de vidrio fundido. Trabajando sólo con microscopios, habían podido disecar célulasindividuales. Extirpar el apéndice a una termita (en el caso muy improbable de que elinsecto lo posea) sería un juego de niños con este instrumento. »—Yo no soy muy hábil en el uso del manipulador —confesó Takato—. Uno de misayudantes hace todo el trabajo con él. No he mostrado esto a nadie más, pero usted meha ayudado mucho. Acompáñeme, por favor. »Salimos al aire libre y cruzamos las avenidas de altos montículos, duros como sifuesen de cemento. No todos tenían el mismo estilo arquitectónico, pues hay muchasclases diferentes de termitas: algunas ni siquiera construyen montículos. Me sentí como
  • 121. un gigante que caminase por Manhattan, pues eran verdaderos rascacielos, cada uno consus propios y numerosos habitantes. »Había una pequeña choza de metal (no de madera, porque las termitas habrían dadopronto cuenta de ella) junto a uno de los montículos, y al entrar nosotros en ella quedóatrás la luz del sol. El profesor pulsó un interruptor y un débil y rojo resplandor me permitióver varios tipos de instrumentos ópticos. »—Odian la luz —dijo—; así que observarlas es un gran problema. Nosotros lo hemossolucionado empleando infrarrojos. Esto es un convertidor de imágenes del tipo que seempleó en la guerra para operaciones nocturnas. ¿Sabe algo sobre ellos? »—Desde luego —contesté—. Los tiradores emboscados los fijaban en sus fusiles parapoder disparar con precisión en la oscuridad. Unos aparatos muy ingeniosos; me alegrode que hayan encontrado la manera de utilizarlos para fines pacíficos. »Pasó bastante rato antes de que el profesor Takato encontrase lo que quería. Parecíaestar moviendo alguna clase de periscopio, atisbando en los pasillos de la ciudad de lastermitas. Después dijo:” —¡Dese prisa, antes de que se vayan!”Me acerqué y adopté su posición. Tardé unsegundo o dos a enfocar debidamente la mirada, y un poco más en comprender la escenaque estaba viendo. Seis termitas, muy ampliadas de tamaño, se movían rápidamente enmi campo visual. Viajaban en grupo como si fueran perros esquimales; y la analogía eramuy buena, dado que arrastraban un trineo... »Tan asombrado estaba que ni siquiera advertí la clase de carga que transportaban.Cuando se hubieron perdido de vista, me volví al profesor Takato. Mis ojos se habíanacostumbrado ya al débil resplandor rojo y pude verlo claramente. »—Así que eso es lo que ha construido con su micromanipulador —le dije—. Esasombroso; nunca me lo hubiera podido imaginar. »—Pero esto no es nada —replicó el profesor—. Hay pulgas amaestradas que tiran deuna carreta. Todavía no le he dicho lo más importante. Nosotros sólo construimos unospocos trineos de ésos. El que acaba de ver lo construyeron ellas. »Esperó a que asimilase lo que acababa de decirme; tardé algún tiempo. Entoncesprosiguió a media voz, pero con un entusiasmo controlado: »—Recuerde que las termitas, como individuos, carecen virtualmente de inteligencia.Pero la colonia en su conjunto es una clase muy elevada de organismo, e inmortal, salvoaccidentes. Se quedó paralizada en su actual condición instintiva millones de años antesde que naciese el hombre, y nunca podría escapar por sí sola de su actual perfecciónestéril. Ha llegado a un punto muerto, porque no tiene herramientas ni manera eficaz de
  • 122. controlar la naturaleza. Yo le he dado la palanca, para aumentar su fuerza, y ahora eltrineo, para aumentar su eficacia. He pensado en la rueda, pero esto será mejor dejarlopara una fase posterior; ahora no sería muy útil. Los resultados han superado misesperanzas. Empecé con este termitero, pero ahora todas tienen los mismosinstrumentos. Se han enseñado unas a otras, y esto demuestra que saben colaborar.Cierto que tienen guerras, pero no cuando hay comida suficiente para todas, como aquí. »"Pero no se puede juzgar el termitero por un patrón humano. Lo que yo quiero haceres dar un impulso a su rígida cultura estancada; sacarla de la rutina por la que se haregido durante millones de años. Le daré más herramientas y técnicas nuevas; esperover, antes de morir, que el propio termitero empieza a hacer inventos... »—¿Y por qué hace usted esto? —le pregunté, pues sabía que había en ello algo másque una mera curiosidad científica. »—Porque no creo que el hombre sobreviva, pero espero que se conserven algunas delas cosas que ha descubierto. Si ha de encontrarse en un callejón sin salida, creo que hayque echarle una mano a otra raza. ¿Sabe por qué elegí esta isla? Para que miexperimento permaneciese aislado. Si mi supertermita llega a evolucionar, tendrá quepermanecer aquí hasta que haya alcanzado un alto grado de conocimiento. En realidad,hasta que pueda cruzar el Pacífico... »"Hay otra posibilidad. El hombre no tiene rival en este planeta. Creo que le convienetener uno. Podría ser su salvación. »No supe qué decirle: los sueños del profesor eran desconcertantes..., y sin embargo,en vista de lo que acababa de observar, muy convincentes. Sabía que el profesor Takatono estaba loco. Era un visionario, y su aspecto revelaba una sublime indiferencia, pero sefundaba en una base segura de la realización científica. »Y no es que fuese hostil a la humanidad, sino que se compadecía de ella. Creíasimplemente que la humanidad había quemado su último cartucho, y deseaba salvar algode la catástrofe. No podía censurarle. »Debimos estar mucho tiempo en aquella choza, explorando posibles futuros.Recuerdo que le sugerí que quizá podría haber cierta comprensión mutua, ya que dosculturas tan diferentes como las del hombre y la termita no debían tener motivos deconflicto. »Pero en realidad no me lo creía, y si se producía un conflicto, no estaba seguro dequién triunfaría, porque ¿de qué servirían las armas del hombre contra un enemigointeligente que podía destrozar todos loí trigales y los arrozales del mundo?
  • 123. »Cuando salimos de nuevo al aire libre, era casi de noche. Fue entonces cuando elprofesor me hizo su última revelación. »—Dentro de unas semanas —dijo—, daré el paso más importante. »—¿Y cuál va a ser? —le pregunté. »—¿No lo adivina? Les daré el fuego. »Sus palabras me causaron un gran impacto. Sentí un escalofrío ajeno a la noche quese acercaba. La espléndida puesta de sol más allá de las palmeras parecía simbólica... yde pronto me percaté de que el simbolismo era más profundo de lo que había creído. »Era una de las puestas de sol más hermosas que jamás había visto, y en parte eraobra del hombre. Allá arriba, en la estratosfera, el polvo de una isla que había muerto esedía envolvía la Tierra. Mi raza había hecho un gran avance; pero ¿tenía eso algunaimportancia ahora? »"Les daré el fuego". Nunca había dudado que el profesor triunfaría, y cuando estoocurriera, las fuerzas que mi propia raza acababa de desencadenar no la salvarían... »La nave volante vino a recogernos al día siguiente y no volví a ver a Takato. Todavíaestá allí, y creo que es el hombre más importante del mundo. Mientras nuestros políticosse pelean, está haciendo que parezcamos obsoletos. »¿Creéis que alguien debería detenerlo? Tal vez aún se estaría a tiempo. Confrecuencia he pensado en ello, pero nunca he encontrado una razón lo bastanteconvincente. Un par de veces estuve a punto de decidirme; pero cogí un periódico y leí lostitulares. »Creo que deberíamos darles una oportunidad. No creo que puedan hacer un trabajopeor que el que hemos hecho nosotros. SATURNO NACIENTE Este cuento me trae vividos recuerdos de la primera vez que vi los anillos de Saturnocuando fui evacuado, con mis colegas del Departamento de Finanzas y Cuentas de SuMajestad, a Colwyn Bay, en el norte de Gales, durante los primeros meses de la SegundaGuerra Mundial.
  • 124. Yo había comprado un anticuado telescopio de poco más de dos centímetros deabertura a un cadete naval de un centro local de instrucción, que probablemente andabaescaso de dinero (y no es que yo anduviese sobrado con mi salario del Servicio Civil, deunas cinco libras a la semana). El instrumento, bastante estropeado, consistía en un tubode laton que se deslizaba dentro de otro. Extraje el tubo interior (que contenía las lentes yel ocular) y lo sustituí por una lente de foco corto, aumentando considerablemente con elloel poder de ampliación. A través de este tosco aparato contemplé por primera vez Saturnoy sus anillos, y, como cualquier observador desde Galileo, me quedé extasiado ante unode los espectáculos más sobrecogedores del cielo. Poco me imaginaba yo, cuando escribíeste cuento en 1960, que dentro de dos decenios, las misiones del Voyager, coronadaspor éxitos fantásticos, revelarían que los anillos de Saturno eran más complicados yhermosos de lo que nadie había soñado jamás. El cuento ha quedado anticuado debido alos descubrimientos científicos de las tres últimas décadas. Ahora sabemos, por ejemplo,que Titán no tiene una atmósfera compuesta principalmente de metano sino de nitrógeno.(Y a eso se refiere la tesis principal de mi novela Regreso a Titán, que se sitúa también enTitán. Bueno, no se puede acertar siempre: ahora la historia se desarrolla en un universoligeramente paralelo; véase mi nota a El Muro de Oscuridad.) Hay otro error que hubiesedebido corregir entonces. Aunque se pudiese observar Saturno desde la superficie deTitán (cosa que probablemente impediría la neblina de la atmósfera), nunca se lo vería«nacer». Casi con toda seguridad, Titán, como nuestra Luna, tiene su rotación frenada detal manera que siempre tiene la misma cara vuelta hacia el planeta. Por consiguiente,Saturno permanece fijo en el cielo de Titán, como la Tierra en el de la Luna. Pero esto no es problema: construiremos nuestro hotel en órbita, que, en todo caso, esuna idea mucho mejor. Desde Titán, los anillos aparecerán siempre de lado, de maneraque se verán simplemente como una estrecha franja luminosa. Sólo observándolos desdeuna órbita inclinada se podrían apreciar en todo su esplendor. Además, sospecho que las condiciones de la superficie de Titán harían que la Antártidapareciese Hawai. Esto es absolutamente cierto. Conocí a Morris Perlman cuando yo tenía unosveintiocho años. Conocí a muchísima gente en aquellos días, desde presidentes haciaabajo. Cuando regresamos de Saturno, todo el mundo quería vernos, y la mitad de latripulación empezó a viajar para dar conferencias. A mí siempre me ha gustado hablar (no
  • 125. digan que no se han dado cuenta), pero algunos de mis colegas afirmaban que preferíanir a Plutón que enfrentarse otra vez con el público. Y algunos lo hicieron. Yo recorrí el Medio Oeste, y la primera vez que me tropecé con el señor Perlman(nadie le llamaba de otra manera, y desde luego, nunca «Morris») fue en Chicago. Laagencia siempre me reservaba habitaciones en buenos hoteles, aunque no demasiadolujosos. Esto me convenía; me gustaba alojarme en sitios donde pudiese ir y venir a miantojo, sin estar sometido a un tropel de criados con librea, y donde pudiese vestir decualquier manera, dentro de lo razonable, sin sentirme como un vagabundo. Veo que sesonríen ustedes; bueno, yo era entonces, un muchacho, y las cosas han cambiadomucho. Hace muchos años de aquello, pero supongo que estuve pronunciando conferencias enla Universidad. Sea como fuere, recuerdo que me sentí contrariado porque no pudieronmostrarme el lugar donde Fermi había creado el primer reactor nuclear; me dijeron que eledificio había sido demolido hacía cuarenta años, y sólo había una placa conmemorativaen aquel sitio. La estuve contemplando durante un rato, pensando en todo lo que habíasucedido desde aquellos lejanos días de 1942. Entre otras cosas, yo había nacido, y laenergía atómica me había llevado a Saturno en viaje de ida y vuelta. Esto eraprobablemente algo en lo que no habían pensado Fermi y compañía cuando construyeronsu primitivo enrejado de uranio y grafito. Estaba desayunando en la cafetería cuando un hombre de edad mediana y complexiónligera se sentó al otro lado de la mesa. Me dio cortésmente los buenos días, y despuéshizo un ademán de sorpresa al reconocerme. (Era un encuentro premeditado, desdeluego, pero yo entonces no lo sabía.) —¡Es un placer! —exclamó—. Anoche asistí a su conferencia. ¡Qué envidia me dio! Le dirigí una sonrisa un poco forzada; nunca soy muy sociable a la hora del desayuno,y había aprendido a ponerme en guardia contra los chiflados, los latosos y los entusiastasque parecían considerarme como su legítima presa. Pero el señor Perlman no era unlatoso, aunque sí un entusiasta y supongo que lo podría considerar chiflado. Tenía el aspecto de un próspero hombre de negocios, e imaginé que se alojaba en elmismo hotel. El hecho de que hubiese asistido a mi conferencia no era de extrañar; habíasido muy popular, abierta al público y, naturalmente, muy anunciada en la prensa y en laradio. —Desde que era pequeño —dijo mi autoinvitado compañero— me ha fascinadoSaturno. Sé exactamente cuándo y cómo empezó todo. Debía de tener unos diez años
  • 126. cuando descubrí aquellas maravillosas pinturas de Chesley Bonestell que muestran cómodebería verse el planeta desde sus nueve lunas. Supongo que usted las habrá visto, ¿no? —Desde luego —le respondí—. Aunque tienen casi medio siglo, nadie las ha superadotodavía. Teníamos un par a bordo del Endeavour, clavadas en la mesa de gráficos. Yo lasmiraba con frecuencia, para compararlas con la realidad. —Entonces ya sabe lo que sentía yo en los años cincuenta. Solía pasar horas enterastratando de captar el hecho de que ese cuerpo increíble, con los anillos de plata girando asu alrededor, no era el sueño de un artista sino que existía en realidad, y que era unmundo diez veces mayor que la Tierra. »En aquella época no me imaginaba que podría ver esta cosa maravillosa con mis ojos;daba por supuesto que sólo los astrónomos, con sus gigantescos telescopios, podíandisfrutar de esas vistas. Pero entonces, cuando tenía unos quince años, hice otrodescubrimiento tan emocionante que apenas podía creerlo. —¿Qué descubrimiento fue ése? le pregunté. Ya me había resignado a compartir con él el desayuno; parecía un personajeinofensivo, y su evidente entusiasmo me resultaba muy atractivo. —Descubrí que cualquier tonto podía hacer un telescopio de gran alcance en la cocinade su casa, con unos pocos dólares y un par de semanas de trabajo. Fue una revelación;como miles de muchachos, pedí prestado un ejemplar de Amateur Telescope Making, deIngalls, en la biblioteca pública, y puse manos a la obra. Dígame, ¿ha construido ustedalgún telescopio? —No; yo soy ingeniero, no astrónomo. No sabría cómo empezar. —Es increíblemente sencillo, si se siguen las instrucciones. Se empieza con dos discosde cristal, de un grueso aproximado de un par de centímetros. Yo los conseguí porcincuenta centavos en una tienda de artículos navales; eran cristales de portillas que noservían porque estaban descantillados. Entonces se pega el disco a una superficie planay firme: yo utilicé un viejo tonel puesto boca abajo. »Después hay que comprar polvos de esmeril de varios gruesos y empezar por el mástoco hasta acabar con el más fino. Se pone un pellizco del polvo más grueso entre los dosdiscos, y se empieza a frotar el superior arriba y abajo con suavidad. Mientras tanto, sepasa lentamente alrededor del disco. »¿Y qué ocurre? El disco superior se ahueca por la acción cortante del polvo deesmeril y, al pasar uno a su alrededor, adquiere la forma de una superficie cóncava yesférica. De vez en cuando hay que cambiar a un polvo más fino y hacer algunassencillas pruebas ópticas para comprobar que la curva es la adecuada.
  • 127. »Más tarde se prescinde del esmeril y se pasa al colectar, hasta que se consigue unasuperficie suave y pulida que a uno le cuesta creer que sea obra suya. Falta sólo otraoperación, aunque es un poco delicada. Hay que azogar el espejo y convertirlo en unbuen reflector. Para esto hay que comprar algunos productos químicos en la droguería yhacer exactamente lo que indica el libro. »Todavía recuerdo la impresión que recibí cuando la película de plata empezó aextenderse como por arte de magia sobre la cara de mi pequeño espejo. Este no eraperfecto, pero sí bastante bueno, y no lo habría cambiado por nada de lo que hay enMonte Palomar. »Lo fijé a un extremo de una tabla de madera; no había necesidad de preocuparse porun tubo de telescopio, aunque puse medio metro de cartón alrededor del espejo paracerrar el paso a luces inoportunas. Como ocular empleé una pequeña lupa que habíacomprado en un baratillo por unos pocos centavos. En total no creo que el telescopiocostase más de cinco dólares, aunque esto era mucho dinero para mí cuando era niño. »Entonces vivíamos en un destartalado hotel que poseía mi familia en la TerceraAvenida. Cuando hube montado el telescopio, subí al terrado y lo probé, entre el bosquede antenas de televisión que cubrían todos los edificios en aquellos tiempos. Tardé unbuen rato en ajustar el espejo y el ocular, pero no había cometido ningún error y la cosafuncionó. Como instrumento óptico era probablemente muy malo (a fin de cuentas, setrataba de mi primer intentó), pero con él lograba al menos cincuenta aumentos, yesperaba con impaciencia que se hiciese de noche para probarlo con las estrellas. »Había consultado el almanaque y sabía que Saturno estaba alto en el este despuésde ponerse el sol. En cuanto hubo oscurecido, subí de nuevo al terrado y apoyé miestrafalario artefacto de madera y cristal entre dos chimeneas. Era a finales de otoño,pero no sentí el frío porque el cielo estaba lleno de estrellas... y todas eran mías. »Tardé algún tiempo en enfocar el aparato lo mejor posible, empleando la primeraestrella que entró en el campo visual. Entonces empecé a buscar a Saturno y prontodescubrí lo difícil que era localizar algo en un telescopio reflector que no estabaadecuadamente montado. Pero el planeta entró de pronto en el campo visual y moví elinstrumento unos centímetros en distintos sentidos hasta fijarlo bien. »Era pequeño, pero perfecto. Creo que estuve un minuto sin respirar; no podía darcrédito a mis ojos. Después de tantas imágenes, aquí estaba la realidad. Parecía unjuguete suspendido en el espacio, con los anillos ligeramente abiertos e inclinados en midirección. Incluso ahora, después de cuarenta años, recuerdo que pensé: "Parece
  • 128. artificial, como un árbol de Navidad." Había una sola estrella brillante a su izquierda, ycomprendí que era Titán. Hizo una pausa, y supongo que por un momento los dos pensamos lo mismo. PorqueTitán ya no era para nosotros simplemente el satélite más grande de Saturno, un puntoluminoso conocido sólo por los astrónomos. Era el mundo terriblemente hostil en el quehabía aterrizado el Endeavour y donde tres de mis compañeros yacían en tumbassolitarias, más lejos de sus casas que cualquier otro ser humano muerto. —No sé cuánto tiempo estuve aguzando la mirada y moviendo el telescopio asacudidas al elevarse Saturno sobre la ciudad. Estaba a mil seiscientos millones dekilómetros de Nueva York; pero ahora Nueva York me alcanzó. »Ya he hecho referencia a nuestro hotel; pertenecía a mi madre, pero mi padre lodirigía... no muy bien por cierto. Perdía dinero desde hacía años, y durante toda miinfancia había sufrido continuas crisis financieras. Así que no puedo censurarle a mi padrepor haberse dado a la bebida; debía de estar loco de preocupaciones la mayor parte deltiempo. Y yo había olvidado que tenía que ayudar al recepcionista... »Papá subió a buscarme, pensando en sus cosas y sin saber nada de mis sueños. Meencontró en el terrado, mirando las estrellas. »No era cruel, pero no podía comprender la paciencia y el cuidado que yo había puestoen mi pequeño telescopio ni las maravillas que me había mostrado durante el brevetiempo en que lo había empleado. Ya no lo odio por ello, pero recordaré toda la vida elchasquido de mi primer y último espejo al estrellarse contra los ladrillos. Yo no sabía qué decirle. Mi resentimiento inicial por su intromisión hacía rato que sehabía trocado en curiosidad. Tenía la impresión de que en aquel relato hábil mucho másde lo que había oído hasta entonces, y advertí otra cosa: la camarera nos trataba conexagerada deferencia, de la que yo recibía sólo una pequeña parte. Mi compañero jugaba con el azucarero, mientras yo esperaba con silenciosa simpatía.En aquel momento sentí que había algún lazo entre nosotros, aunque no sabíaexactamente lo que era. —Nunca construí otro telescopio —dijo—. Algo más se rompió, aparte del espejo; algoen mi corazón. En todo caso, estaba demasiado ocupado. Habían ocurrido dos cosas quehabían cambiado totalmente mi vida: papá nos abandonó, dejándome a mí como cabezade familia, y derribaron el ferrocarril elevado de la Tercera Avenida. Debió de ver mi expresión de perplejidad, porque me sonrió desde el otro lado de lamesa.
  • 129. —Seguramente usted no lo sabe, pero cuando yo era muchacho había un ferrocarrilelevado que pasaba por la Tercera Avenida. Esto hacía que toda aquella zona fueseruidosa y sucia; la Avenida era un barrio de bares, casas de empeños y hoteles baratos,como el nuestro. Todo esto cambió cuando desapareció el ferrocarril elevado; el valor delos terrenos se puso por las nubes, y de pronto fuimos ricos. Papá volvió bastante prontopero demasiado tarde; yo dirigía ya el negocio. En poco tiempo lo extendí por la ciudad, ydespués por el campo. Ya no era un despistado observador de las estrellas, y di a papáuno de mis hoteles más pequeños, donde no podía causar mucho daño. »Han pasado cuarenta años desde que contemplé Saturno, pero nunca he olvidadoaquella única visión, y sus fotografías de la otra noche me hicieron recordar todo aquello.Sólo quería decirle lo muy agradecido que le estoy. Hurgó en su cartera y sacó una tarjeta. —Espero que me llame cuando vuelva a la ciudad; puede estar seguro de que asistirési da más conferencias. Que tenga suerte, y lamento haberle robado tanto tiempo. Y se marchó sin que yo apenas pudiese pronunciar palabra. Miré la tarjeta, me laguardé en el bolsillo y terminé mi desayuno, bastante pensativo. Cuando aboné la cuenta al salir de la cafetería, pregunté: —¿Quién era el caballero que se sentó a mi mesa? ¿El jefe? El cajero me miró como si estuviese frente a un retrasado mental. —Supongo que se le puede llamar así, señor —respondió—. Desde luego es el dueñode este hotel, pero hasta ahora nunca le habíamos visto por aquí. Cuando está enChicago siempre reside en el Ambassador. —¿También es dueño de aquel hotel? —pregunté sin demasiada ironía, pues ya habíaadivinado la respuesta. —¡Oh, sí! Y también de... —y enumeró una serie de hoteles, incluidos los dos másgrandes de Nueva York. Yo estaba impresionado y también bastante divertido, pues era evidente que el señorPerlman había venido aquí con la deliberada intención de conocerme. Parecía unamanera bastante indirecta de conseguirlo; pero yo ignoraba entonces la reserva y timidezque le caracterizaban. Desde el principio no se había mostrado tímido conmigo. Después me olvidé de él durante cinco años. (Bueno, debo añadir que cuando pedí lacuenta en el hotel me dijeron que no debía nada.) A los cinco años, hice mi segundo viaje. Esta vez sabíamos lo que nos esperaba y no íbamos a un lugar completamentedesconocido. No teníamos que preocuparnos por el carburante, pues todo el quepudiésemos necesitar lo teníamos en Titán; sólo debíamos bombear la atmósfera de
  • 130. metano para llenar los depósitos, y habíamos hecho planes contando con ello. Visitamoslas nueve lunas, una tras otra, y después pasamos a los anillos. La cosa ofrecía poco peligro, aunque fue una experiencia muy emocionante. Ya sabenque el sistema de anillos es muy delgado; sólo tiene unos treinta kilómetros de grosor.Descendimos a él muy despacio y con cautela, después de comprobar su giro paramovernos exactamente a la misma velocidad. Era como subir a un tiovivo de doscientossetenta mil kilómetros de diámetro. Pero en un tiovivo fantasmal, porque los anillos no son sólidos y se puede mirar através de ellos. De cerca son casi invisibles; los miles de millones de partículas que losconstituyen están tan espaciadas entre sí que lo único que se puede ver en el espacioinmediato son pequeños trozos ocasionales que pasan con mucha lentitud. Sólo cuandose mira hacia lo lejos se funden los innumerables fragmentos en una sábana continua,como una granizada que girase eternamente alrededor de Saturno. Esta frase no es mía, pero es muy acertada. Cuando metimos la primera pieza de unauténtico anillo de Saturno en la cámara de aire, se fundió en pocos minutos dejando uncharco de agua fangosa. Algunos piensan que el hecho de que los anillos, o el noventapor ciento de ellos, estén compuestos de hielo ordinario estropea su mágica imagen. Peroesto es absurdo; no serían más maravillosos si estuviesen hechos de diamantes. Cuando volví a la Tierra, el primer año del nuevo siglo, inicié otra serie de conferencias,pero esta vez más corta porque ahora tenía una familia y quería estar lo más posible conella. Esta vez tropecé con el señor Perlman en Nueva York; yo daba una conferencia enColumbia y presentaba nuestra película Explorando Saturno (un título engañoso ya quehabíamos estado a unos treinta mil kilómetros del planeta. En aquellos días, nadieimaginaba que el hombre aterrizaría alguna vez en el turbulento fangal que es lo másparecido a la superficie de Saturno). El señor Perlman me estaba esperando después de la conferencia. No lo reconocíporque me había encontrado con un millón de personas desde nuestra primera entrevista.Pero cuando me dijo su nombre lo recordé todo con tanta claridad que me di cuenta deque había tenido que causarme una impresión muy profunda. No sé cómo, pero me apartó de la multitud; aunque le disgustaba el gentío tenía unahabilidad especial para dominar a cualquier grupo en caso necesario y para largarseantes de que sus víctimas se diesen cuenta de lo que había sucedido. Le vi hacerlomontones de veces, pero nunca supe exactamente cómo lo conseguía. Lo cierto es que media hora más tarde estábamos compartiendo una soberbia cena enun restaurante distinguido (suyo, naturalmente). Fue una cena maravillosa, en especial
  • 131. después del pollo y helado que seguían a las conferencias, pero me lo hizo pagar; quierodecir, metafóricamente. Todos los hechos y fotos reunidos por las dos expediciones a Saturno estaban ahora alalcance de cualquiera, en cientos de folletos, libros y artículos de divulgación. El señorPerlman parecía haber leído todo el material no demasiado técnico; lo que quería de míera algo diferente. Incluso entonces, pensé que su interés era el de un hombre solitario yde edad avanzada que trataba de revivir un sueño perdido en su juventud. Era verdad;pero esto no era más que una parte del asunto. Buscaba algo que no se encontraba en las crónicas ni en los artículos. Quería saberqué se sentía cuando uno se despertaba por la mañana y veía aquel globo grande ydorado con sus cinturones móviles de nubes dominando el cielo, y el efecto queproducían aquellos anillos en la mente cuando estaban tan cerca que llenaban el cielo deuno a otro confín. —Lo que usted necesita —le dije— es un poeta, no un ingeniero. Pero le diré una cosa:por mucho que se contemple Saturno y se vuele entre sus lunas, uno no acaba nunca decreerlo. A menudo piensa: «Todo es un sueño, algo que no puede ser real.» Y va a laventanilla más próxima... y allí está él, robándole el aliento. »Debe usted pensar que, además de hallarnos tan cerca, podíamos mirar los anillosdesde ángulos y puntos completamente imposibles de conseguir desde la Tierra, dondesiempre se los ve vueltos en dirección al Sol. Podíamos adentrarnos en su sombra yentonces ya no brillaban como plata, sino que eran como una débil neblina, un puente dehumo sobre las estrellas. «La mayoría de las veces podíamos ver la sombra de Saturno proyectándose sobretoda la anchura de los anillos, eclipsándolos tan completamente que parecía como si leshubiesen arrancado un gran pedazo. También podía observarse el efecto contrario; en ellado del planeta iluminado por el Sol, había siempre la sombra de los anillos como unafranja nubosa paralela al Ecuador y no lejos de él. »Y sobre todo, aunque esto sólo lo hicimos unas pocas veces, podíamos elevarnossobre los polos del planeta y divisar todo el maravilloso sistema de anillos, como siestuviesen extendidos en un plano debajo de nosotros. Entonces pudimos ver que en vezde los cuatro anillos visibles desde la Tierra había al menos una docena de ellosseparados, pero que se confundían entre sí. Cuando los descubrimos nuestro capitán hizouna observación que nunca olvidaré: "Aquí es donde los ángeles aparcaron sus aureolas." Todo esto y mucho más conté al señor Perlman en el pequeño pero carísimorestaurante al sur de Central Park. Cuando hube terminado, pareció muy satisfecho,
  • 132. aunque guardó silencio durante unos minutos. Después dijo, casi con la mismanaturalidad con que uno pregunta la hora del próximo tren en una estación: —¿Cuál sería el mejor satélite para un centro de turismo? Cuando oí estas palabras, casi se me atragantó el coñac de cien años. Después dije,paciente y cortés (al fin y al cabo había disfrutado de una cena maravillosa): —Escuche, señor Perlman. Usted sabe tan bien como yo que Saturno está a casi milseiscientos millones de kilómetros de la Tierra, e incluso más cuando nos encontramos enlados opuestos del sol. Alguien calculó que nuestros billetes de ida y vuelta costaban sietemillones y medio de dólares cada uno, y puede creerme si le digo que no habíahabitaciones de primera clase en el Endeavour I ni en el 77. De todos modos, por muchodinero que alguien tuviese, no podría adquirir un pasaje para Saturno. Sólo científicos ytripulaciones espaciales van a ir allí, en un futuro previsible. Pude ver que mis palabras no le producían la menor impresión: se limitó a sonreír,como si conociese algún secreto que me estuviese vedado. —Lo que usted dice es cierto, ahora —respondió—; pero he estudiado Historia. Ycomprendo a la gente, pues éste es mi negocio. Permítame que le recuerde unos cuantoshechos. »Hace dos o tres siglos, casi todos los grandes centros turísticos y los sitios máspintorescos estaban tan alejados de la civilización como hoy está Saturno. ¿Qué sabíaNapoleón, pongo por caso, del Gran Cañón, las cataratas Victoria, Hawai o el Everest? Ypiense en el Polo Sur; se llegó a él por primera vez cuando mi padre era un muchacho,pero hace toda una generación que hay un hotel allí. »Ahora el asunto empieza de nuevo. Usted sólo puede apreciar los problemas y lasdificultades, porque está demasiado cerca de ellos. Sean cuales fueren, el hombre lossuperará, como ha hecho siempre en el pasado. »Dondequiera que haya algo extraño, algo bello, o nuevo, la gente querrá verlo. Losanillos de Saturno son el espectáculo más grande del universo que conocemos. Yosiempre lo había pensado, y usted acaba de confirmármelo. Hoy en día se necesita unafortuna para llegar a ellos y los hombres que van allí se juegan la vida. Lo mismo hicieronlos primeros hombres que volaron, y ahora hay un millón de pasajeros en el aire en cadamomento del día y de la noche. »Lo mismo va a ocurrir en el espacio. No sucederá en diez años, ni en veinte tal vez.Pero recuerde que sólo se necesitaron veinticinco años para que comenzaran los vueloscomerciales a la Luna. No creo que se tarde tanto en ir a Saturno... Yo no estaré para
  • 133. verlo; pero cuando suceda quiero que la gente se acuerde de mí... Entonces, ¿dóndepodríamos construir? Seguía pensando que estaba loco, pero al menos empezaba a comprender lo que tantole entusiasmaba. No había por qué seguirle la corriente, así que pensé seriamente en lacuestión. —Mimas está demasiado cerca —dije— y también Enceladus y Tetis. (No me importareconocer que estos nombres eran difíciles de pronunciar después del coñac.) Saturnollena el cielo, y parece como si a uno se le fuera a caer encima. Además, no son lobastante sólidos; parecen grandes bolas de nieve. Dione y Rea son mejores; hay unavista magnífica desde ellos. Pero todos estos satélites interiores son muy pequeños; Reatiene sólo mil trescientos kilómetros de diámetro y los otros aún son mucho máspequeños. »No creo que haya la menor duda; tendrá que ser en Titán. Es un satélite de buentamaño, mucho mayor que nuestra Luna y casi tan grande como Marte. También hay unagravedad razonable, aproximadamente la quinta parte de la de la Tierra, de manera quesus clientes no flotarán en él. Y podrán repostar allí gracias a la atmósfera de metano, quedebería ser un factor importante en sus cálculos. Cualquier nave que vaya a Saturnodeberá hacer escala en Titán. —¿Y los otros satélites? —Bueno... Hiperión, Japeto y Febe están demasiado lejos. Hay que aguzar la miradapara ver los anillos desde Febe. Olvídese de ellos. Decídase por el viejo Titán, aunque latemperatura sea de cerca de ciento cincuenta grados bajo cero y la nieve de amoníaco noresulte muy buena para esquiar... Me escuchó atentamente y no dio muestras de que pensara que me burlaba de susideas tan poco científicas como impracticables. Nos despedimos poco después (norecuerdo nada más de aquella cena) y debieron pasar quince años antes de que nosvolviésemos a ver. No me había necesitado en todo aquel tiempo; pero cuando quisohablar conmigo, me llamó. Ahora comprendo lo que había estado esperando; su visión había sido más clara que lamía. Desde luego, no había podido imaginar que en menos de un siglo el cohete seguiríala suerte del motor de vapor; pero sabía que vendría algo mejor, y creo que financió losprimeros trabajos de Saunderson sobre el impulso de paragravedad. Pero sólo volvió aponerse en contacto conmigo cuando se empezaron a construir plantas de fusión quepodían calentar doscientos cincuenta kilómetros cuadrados de un mundo tan frío comoPlutón.
  • 134. Era muy viejo y se estaba muriendo. Me dijo lo rico que era y a duras penas le creíhasta que me mostró los minuciosos planos y los bellos modelos que habían preparadosus expertos con una notable falta de publicidad. Estaba sentado en una silla de ruedas como una momia arrugada, observando miexpresión mientras yo estudiaba sus modelos y gráficos. —Capitán —me dijo entonces—, tengo un trabajo para usted... Y aquí estoy. Desde luego es como pilotar una nave espacial; muchos problemastécnicos son idénticos. Y ahora sería demasiado viejo para pilotar una nave; estoy muyagradecido al señor Perlman. Suena el gong. Si las damas están dispuestas, sugiero que bajemos a cenar pasandopor el Salón de Observación. Incluso después de todos estos años, me gusta observar a Saturno naciente, y estanoche casi está en el pleno. EL HOMBRE QUE CRIBABA EL MAR Como Los próximos inquilinos, esta narración la escribí expresamente para Cuentos dela taberna del Ciervo Blanco y en la misma época y el mismo lugar (Miami, 1954), cuandotodavía estaba bajo la influencia de mi primer contacto con el mundo de los arrecifes decoral. Más tarde, aquel mismo año, partiría para el más imponente de todos: El GreatBarrier Reef, en Australia. Quisiera dedicar este cuento a mis viejos amigos de Florida, y en especial a la familiade mi anfitrión, submarinista con escafandra autónoma, el difunto doctor GeorgeGrisinger. A pesar del tiempo transcurrido, muchos de los temas de este relato son increíblementeactuales; hace pocos años me sorprendió leer en un periódico científico la descripción deun aparato transportado en barco... para extraer uranio del agua del mar. Envié una copiadel cuento a los inventores y me disculpé por haber usurpado su patente. Este cuento debería leerse en relación con En mares de oro, que trata del mismo tema.Pero ha habido una hazaña ulterior: el descubrimiento de las chimeneas geotérmicas enmitad del océano, donde brota del fondo del mar agua sobrecalentada y cargada de
  • 135. minerales. Este es el sitio donde hay que buscar metales valiosos, no en el océanoabierto. Hay oro en aquellas chimeneas... Las aventuras de Harry Purvis tienen una especie de lógica loca que convence por supropia inverosimilitud. Al surgir estas complicadas pero bien ensambladas historias, unose pierde en una especie de perplejo asombro. Seguramente, dirán ustedes, nadie tendríala caradura de inventar todo eso: tales absurdos sólo ocurren en la vida real, no en lasobras de ficción. Y así se desarman las críticas o al menos se mitigan hasta que Drewgrita «¡Por favor, caballeros, es la hora!», y nos lanza al frío y duro mundo. Consideren, por ejemplo, la inverosímil cadena de sucesos que envolvieron a Harry enla siguiente aventura. Si hubiese querido inventar todo el asunto, sin duda habría podidohacerlo con mucha más sencillez. Desde el punto de vista artístico, no había la menornecesidad de empezar en Boston para concertar una cita frente a la costa de Florida... Al parecer, ha pasado mucho tiempo en Estados Unidos donde tiene tantos amigoscomo en Inglaterra. A veces los trae al «Ciervo Blanco» y a veces ellos se marchan porsus propios medios. Sin embargo, a menudo sucumben a la ilusión de que la cerveza tibiaes también inocua. (Soy injusto con Drew: su cerveza no es tibia, y si insisten ustedes, lesdará, sin cobrarles ninguna cantidad extra, un cubito de hielo tan grande como un sello decorreos.) Como ya he indicado, esta saga particular de Harry empezó en Boston, Massachusetts.Estaba como invitado en la casa de un famoso abogado de Nueva Inglaterra cuando unamañana su anfitrión le dijo con el tono despreocupado que suelen emplear losamericanos: —Vayamos a mi casa de Florida. Tengo ganas de tomar un poco el sol. —Muy bien —contestó Harry, que nunca había estado en Florida. Treinta minutos más tarde se encontró, para su gran sorpresa, viajando hacia el sur enun Jaguar sedán rojo a toda velocidad. El viaje en sí fue épico y digno de una narración completa. Desde Boston hasta Miamihay nada menos que 2.508 kilómetros, una cifra que según Harry ha quedado grabadapara siempre en su corazón. Cubrieron la distancia en treinta horas, acompañados confrecuencia del sonido decreciente de sirenas de los coches de la policía que se ibanquedando atrás. De vez en cuando, consideraciones tácticas les inducían a realizarmaniobras evasivas y desviarse por carreteras secundarias. La radio del Jaguar estaba
  • 136. sintonizada con todas las frecuencias de la policía, de manera que siempre estaban sobreaviso si pretendían interceptarlos. En un par de ocasiones llegaron con el tiempo justo a lafrontera de un Estado, y Harry no pudo dejar de preguntarse qué habrían pensado losclientes de su anfitrión si hubiesen conocido la fuerza del impulso psicológico que loapartaba de ellos. También se preguntó si llegaría a ver Florida o si continuarían a estavelocidad por la US 1 hasta que fuesen a parar al mar en Cayo Oeste. Por fin se detuvieron a cien kilómetros al sur de Miami, frente a los Cayos, esa larga yfina línea de islas próximas al extremo meridional de Florida. El Jaguar salió de pronto dela carretera y rodó por un tosco camino abierto en los manglares. El camino terminaba enun ancho claro de la orilla del mar, donde había un muelle, un yate de diez metros, unapiscina y una moderna casa ranchera. Era un pequeño pero magnífico refugio, y Harry calculó que debía haber costado unoscien mil dólares. No vio gran cosa del lugar hasta el día siguiente, pues se fue directamente a la cama.Después de lo que pareció un tiempo demasiado corto, lo despertó un ruido parecido alde una sala de calderas en plena actividad. Se duchó y vistió con movimientos torpes.Cuando salió de su habitación casi había recobrado su estado normal. Parecía que nohabía nadie en la casa, por lo que salió al exterior para observar el lugar. Ya se había acostumbrado a no sorprenderse por nada, de manera que apenas arqueólas cejas cuando vio que su anfitrión estaba en el muelle, arreglando el timón de unpequeño submarino, evidentemente de confección casera. La pequeña embarcación teníaunos seis metros de eslora y una torreta con grandes ventanas de observación, y llevabapintado en la proa el nombre de Pámpano. Después de pensarlo un poco, Harry no vio que hubiera nada realmente extraño entodo aquello. Unos cinco millones de visitantes acuden todos los años a Florida, lamayoría de ellos resueltos a navegar o sumergirse en el mar. Su anfitrión era uno de esoshombres lo bastante rico como para entregarse a lo grande a su afición. Harry miró el Pámpano durante un rato, y entonces se le ocurrió una idea inquietante. —George —dijo—, supongo que no esperarás que yo me sumerja en esa cosa,¿verdad? —Claro que sí —respondió George, dando un golpe final al timón—. ¿Qué tepreocupa? He ido muchísimas veces en él y es tan seguro como una casa. No nossumergiremos a más de seis metros.
  • 137. —Hay ocasiones —replicó Harry— en que dos metros de agua me parecen más quesuficientes. ¿No te he hablado de mi claustrofobia? Siempre me ataca más en esta épocadel año. —¡Tonterías! —exclamó George—. Te olvidarás de todo cuando estemos en elarrecife. —Se echó atrás y contempló su obra. Después prosiguió, con un suspiro desatisfacción—: Ahora parece que está perfectamente. Vamos a desayunar. Durante los treinta minutos siguientes, Harry aprendió mucho sobre el Pámpano.George lo había diseñado y construido él mismo, y el pequeño pero poderoso Dieselpodía imprimirle una velocidad de cinco nudos cuando estaba totalmente sumergido. Tanto los ocupantes como el motor respiraban por un esnórquel, por lo que no habíaque preocuparse de motores eléctricos ni de un suministro independiente de aire. Lalongitud del esnórquel limitaba la inmersión a ocho metros, pero esto no era un graninconveniente en aquellas aguas poco profundas. —Le he aplicado muchas ideas nuevas —dijo George, entusiasmado—. Por ejemplo,aquellas ventanillas; fíjate en su tamaño. Tienes una visión perfecta y son completamenteseguras. Empleo el viejo principio de la escafandra autónoma para mantener el airedentro del Pámpano a idéntica presión a la del agua en el exterior, de manera que noexiste tensión sobre el casco ni las portillas. —¿Y qué ocurre —preguntó Harry—, si te quedas pegado al fondo? —Naturalmente, abro la puerta y salgo. Hay un par de escafandras autónomas en lacabina y un bote salvavidas con una radio impermeable: de manera que siemprepodemos pedir ayuda si nos hallamos en dificultades. No temas, he pensado en todo. —Ya es algo... —murmuró Harry. Pero pensó que después del viaje desde Boston su vida estaba sin duda asegurada: elmar era probablemente un lugar más seguro que la US 1 con George al volante. Aprendió bien el funcionamiento de las salidas de emergencia antes de hacerse a lamar, y se sintió bastante satisfecho al ver lo bien diseñada y construida que parecía lapequeña embarcación. El hecho de que un abogado hubiese producido semejante obrade ingeniería naval en sus ratos perdidos no le pareció nada extraordinario. Harry habíadescubierto hacía tiempo que muchos americanos dedicaban el mismo esfuerzo a susaficiones que a su profesión. Zarparon del pequeño puerto y se mantuvieron en el canal marcado hasta que sehubieron alejado de la costa. El mar estaba en calma y, a medida que se apartaban detierra, el agua se hacía cada vez más transparente. Estaban dejando atrás el coralpulverizado que enturbiaba las aguas costeras, donde las olas roían incesantemente la
  • 138. costa. Al cabo de treinta minutos llegaron al arrecife, visible debajo de ellos como unaespecie de parche sobre el que hacían piruetas los peces multicolores. George cerró lasescotillas, abrió las válvula de los depósitos de flotación y dijo alegremente: —¡Vamosallá! El arrugado velo de seda se levantó y deslizó delante de la ventanilla, deformando demomento la visión... y ya no fueron extranjeros contemplando el mundo de las aguas, sinociudadanos de aquel mundo. Estaban flotando sobre un valle alfombrado de arena blancarodeado de pequeñas colinas de coral. El valle en sí estaba desierto, pero las colinas a sualrededor rebosaban de vida, con cosas que crecían, cosas que se arrastraban y cosasque nadaban. Peces tan deslumbrantes como rótulos de neón se movían perezosamenteentre animales con aspecto de árboles. Parecía un mundo no sólo adorable sino tambiénen paz. No había prisa, ni señales de lucha por la existencia. Harry sabía muy bien queesto era una ilusión, pero durante todo el tiempo que estuvieron sumergidos nunca vioque un pez atacase a otro. Se lo comentó a George. —Sí, hay algo muy curioso en los peces —dijo el abogado—. Parece que tienen horasfijas para comer. Se pueden ver barracudas nadando de un lado a otro, pero si no sonadoel gong, los otros peces no les hacen caso. Una raya parecida a una fantástica mariposa negra aleteó sobre la arena manteniendoel equilibrio con la larga cola parecida a un látigo. Las sensibles antenas de un bogavanteoscilaron cautelosamente en una grieta del coral, y aquellos movimientos exploradoresrecordaron a Harry el soldado que levantaba el gorro en la punta de un palo para engañara los francotiradores. Había tanta vida y de tantas clases acumulada en aquel lugar quese habrían tardado años en estudiarla toda. El Pámpano navegaba lentamente por el valle. —Yo salía hacer esto con escafandraautónoma —comentó George— pero un día decidí que sería mucho mejor estar sentadocómodamente y tener un motor que me impulsase. Podría estar todo el día en el mar,comer algo y utilizar las cámaras fotográficas sin tener que preocuparme si se acercabaun tiburón. Mira aquella alga ¿habías visto un azul tan brillante en tu vida? Además,podría enseñar todo esto a mis amigos y hablar al mismo tiempo con ellos. Uno de losgrandes inconvenientes de los equipos ordinarios de inmersión es que uno está sordo ymudo y tiene que hablar por señas. Mira aquellos angelotes; un día voy a tender una redpara pillar algunos. ¡Fíjate cómo /desaparecen cuando están de lado! Otra razón de queconstruyese el Pámpano fue que con él podría buscar barcos hundidos. Hay cientos deellos en esta zona; es como un cementerio. El Santa Margarita está a sólo ochentakilómetros de aquí, en Biscayne Bay. Naufragó en 1595 cuando llevaba siete millones de
  • 139. dólares en lingotes de oro. Y hay un pequeño tesoro de sesenta y cinco millones frente aLong Cay, donde naufragaron catorce galeones en 1715. El inconveniente es que lamayoría de estos buques han sido destrozados y están revestidos de coral, por lo que nose ganaría mucho aunque pudiesen ser localizados. Pero es divertido probar. Harry había empezado a comprender la psicología de su amigo. Pensó que la suya erauna de las mejores maneras de librarse de la práctica del Derecho en Nueva Inglaterra.George era un romántico reprimido, aunque bien pensado, quizá no tanto. Navegaron felizmente durante un par de horas, manteniéndose en aguas que nuncatenían más de diez metros de profundidad. En una ocasión aterrizaron en un lecho decoral deslumbrador para comer unos bocadillos y beber unas cervezas. —Una vez bebí cerveza de jengibre aquí abajo —comentó George—. Cuando subí, elgas que llevaba dentro se expandió y me causó una impresión muy rara. Algún día tendréque probar con champán. Harry se estaba preguntando dónde debía tirar los envases vacíos cuando el Pámpanopareció eclipsarse al pasar una oscura sombra por encima de él. Miró por la ventanilla deobservación y vio que un barco se movía lentamente a tres metros por encima de ellos.No había peligro de colisión porque habían recogido el tubo de respiración y de momentopodían respirar con el aire de que disponían. Harry no había visto nunca un barco desdeabajo y añadió una nueva experiencia a las muchas de aquel día. Se sintió contento de que, a pesar de su ignorancia en cuestiones náuticas, habíaadvertido casi tan de prisa como George que había algo raro en el buque que pasaba porencima de ellos. En lugar de una hélice normal, la embarcación tenía un túnel a lo largode la quilla. En el mismo instante, el Pámpano fue sacudido por una súbita corriente deagua. —¡Arrea! —dijo George, agarrando los controles—. Parece un sistema de propulsión achorro. Ya era hora de que alguien lo probase. Echemos un vistazo. Levantó el periscopio y averiguó que el barco que navegaba lentamente delante deellos era el Valency, de Nueva Orleans. —Es un nombre curioso —señaló—. ¿Qué significa? —Supongo —respondió Harry— que quiere decir que el dueño es químico, pero nocreo que ningún químico gane dinero suficiente para comprar un barco como ése. —Voy a seguirlo —decidió George—. Sólo lleva una velocidad de cinco nudos, y megustaría ver cómo funciona ese cacharro.
  • 140. Elevó el tubo de respiración, puso el motor en marcha e inició la persecución. Al pocorato, el Pámpano llegó a quince metros del Valency, y Harry casi se sintió como uncapitán de submarino a punto de lanzar un torpedo. No podía fallar desde esta distancia. En realidad, casi hicieron blanco. Porque el Valency se detuvo de pronto y, antes deque George se diese cuenta de lo que había pasado, se encontró al lado del barco. —¡Ninguna señal! —se lamentó, sin mucha lógica. Un minuto más tarde quedó claro que la maniobra no había sido accidental. Un lazocayó exactamente sobre el esnórquel del Pámpano y quedaron atrapados. No pudieronhacer otra cosa que emerger, bastante avergonzados, y poner al mal tiempo buena cara. Afortunadamente, sus aprehensores eran hombres razonables y aceptaron laexplicación que les dieron. Cinco minutos después de subir a bordo del Valency, George y Harry estaban sentadosen el puente, mientras un camarero uniformado les servía whisky con agua y escuchabanatentamente las teorías del doctor Gilbert Romano. Los dos estaban todavía un poco asombrados de hallarse en presencia del doctorRomano; era como estar con un Rockefeller auténtico o con un Du Pont reinante. Eldoctor era un fenómeno virtualmente desconocido en Europa e incluso poco frecuente enEstados Unidos: un gran científico que se había convertido en un hombre de negociostodavía más importante. Tenía más de setenta años y acababa de ser jubilado, tras unafuerte batalla, de la presidencia de la gran empresa de productos químicos que habíafundado. Harry nos dijo que era bastante divertido observar las sutiles distinciones sociales quepueden producir las diferencias de riqueza, incluso en el país más democrático. Según elpatrón de Harry, George era un hombre muy rico: Sus ingresos eran de unos cien mildólares al año. Pero el doctor Romano pertenecía a otra categoría muy superior, y porconsiguiente se le tenía que tratar con una especie de respeto amistoso que nada teníaque ver con la adulación. Por su parte, el doctor mostraba una total naturalidad; nadahabía en él que diese la impresión de riqueza, si se olvidaban detalles tales como yatesoceánicos de cincuenta metros. El hecho de que George se tutease con la mayoría de los amigos de negocios deldoctor contribuyó a romper el hielo y a confirmar sus buenas intenciones. Harry pasómedia hora muy aburrida mientras negocios que habían causado sensación a medio paísse comentaban en términos de qué hizo Fulano de Tal en Pittsburgh, o con quién seenfrentó Mengano de Cual en el Club de Banqueros de Houston, o cómo fue que ClydeThingummy estuviese jugando al golf en Atlanta cuando Ike estaba allí. Era una visión
  • 141. fugaz de un mundo misterioso donde unos hombres que parecían haber ido a las mismasuniversidades o pertenecer a los mismos clubs detentaban un poder extraordinario. Harrypronto se dio cuenta de que George no estaba simplemente haciéndole la pelota al doctorRomano porque era lo correcto. George era un abogado lo bastante astuto como para noperder la ocasión de forjar una buena amistad, y parecía haber olvidado el objetivooriginal de su expedición. Harry tuvo que esperar una pausa adecuada en la conversación para suscitar el temaque realmente le interesaba. Cuando el doctor Romano se percató de que estabahablando con otro científico, abandonó rápidamente el tema de las finanzas y fueentonces George quien se quedó al margen de la charla. Lo que a Harry le intrigaba era por qué se interesaba un químico distinguido en lapropulsión naval. Como no se andaba por las ramas, interpeló al doctor sobre este punto.El científico pareció un poco confuso y Harry estuvo a punto de disculparse por sucuriosidad, cosa que le habría supuesto un verdadero esfuerzo. Pero antes de quepudiese hacerlo, fue el doctor Romano quien se disculpó y desapareció dentro del puente. Volvió al cabo de cinco minutos, con una expresión bastante satisfecha en elsemblante, y prosiguió como si nada hubiese ocurrido. —Una pregunta muy natural, señor Purvis —dijo, riendo entre dientes—. A vecestambién yo me he hecho la misma pregunta. Pero ¿realmente espera que se la conteste? —Bueno, digamos que tenía cierta esperanza —confesó Harry. —Entonces voy a darle una sorpresa; en realidad, dos sorpresas: voy a responderle yvoy a demostrarle que la propulsión naval no es algo que me apasione. Aquellos bultos enla quilla de mi barco que inspeccionaban ustedes con tanto interés contienen las hélices,pero también otras muchas cosas. Permitan —prosiguió el doctor Romano— que les déunos pocos datos elementales sobre el océano. Desde aquí podemos ver unos cuantoskilómetros cuadrados. ¿Sabían que cada kilómetro cúbico de agua de mar contiene unostreinta y siete millones de toneladas de minerales? —Francamente, yo no —respondió George—. Es una cifra impresionante. —A mí también me impresionó mucho tiempo —dijo el doctor—. Andamos como locosbuscando metales y sustancias químicas en tierra cuando todos los elementos queexisten pueden encontrarse en el agua del mar. En realidad el océano es una especie demina universal inagotable. Podemos saquear la tierra, pero nunca conseguiremos vaciarel mar. »El hombre ya ha empezado a explotarlo como una mina. Hace años que DowChemicals extrae bromo del mar; cada kilómetro cúbico contiene unas setenta y cinco mil
  • 142. toneladas. Más recientemente, hemos empezado a conseguir algo de los dos millones detoneladas de magnesio por kilómetro cúbico. Pero la cosa sólo está empezando. »El gran problema práctico es que la mayoría de los elementos que contiene el agua demar se hallan en concentraciones muy bajas. Los primeros siete elementos representan,aproximadamente, un noventa y nueve por ciento del total, y el uno por ciento restantecontiene todos los metales útiles, salvo el magnesio. »Durante toda mi vida me he estado preguntando cómo podríamos sacar algo de esto.La solución se encontró durante la guerra. No sé si tienen ustedes conocimiento de lastécnicas empleadas en el campo de la energía atómica para extraer de solucionescantidades diminutas de isótopos; algunos de estos métodos están todavía en ciernes. —¿Se refiere a las resinas de intercambio de iones? —aventuró Harry. —Bueno, algo parecido. Mi empresa desarrolló varias de estas técnicas contratada porla Comisión de Energía Atómica, e inmediatamente me di cuenta de que podían teneraplicaciones más amplias. Hice que algunos de mis jóvenes más brillantes pusiesenmanos a la obra y fabricaron lo que podríamos llamar «criba molecular». Es unadenominación muy descriptiva: en cierto modo esa cosa es una criba, y podemosdisponerla de modo que elija lo que queramos. Su funcionamiento se fundamenta enteorías mecánicas ondulatorias muy avanzadas, pero lo que en realidad hace esincreíblemente sencillo. Podemos elegir cualquier componente del agua de mar quequeramos y hacer que la criba lo separe. Con varias unidades, trabajando en serie, sepuede extraer un elemento tras otro. La eficacia es muy elevada, y el consumo de energíadesdeñable. —¡Ya veo! —exclamó George—. ¡Está usted extrayendo oro del agua del mar! —Bueno —dijo el doctor Romano, con indulgencia—, tengo cosas mejores en las queemplear mi tiempo. En todo caso, el maldito oro está por todas partes. Voy detrás demetales útiles desde su punto de vista comercial y que escasearán terriblemente ennuestra civilización dentro de un par de generaciones. De hecho no valdría la pena buscaroro, ni siquiera con mi criba. Hay sólo unos cinco kilos y medio de oro por kilómetrocúbico. —¿Y qué me dice del uranio? —preguntó Harry—. ¿O es todavía más escaso? —Preferiría que no me hubiese formulado esta pregunta —respondió Romano en untono alegre que desmentía la observación—. Pero como puede informarse en cualquierbiblioteca, el uranio es doscientas veces mas corriente que el oro: dos toneladas y mediapor kilómetro cúbico; una cantidad bastante interesante. Así que no tenemos por quépreocuparnos por el oro.
  • 143. —¿Por qué? —preguntó George. —Como le iba diciendo —prosiguió el doctor Romano—, incluso con la criba molecularnos encontramos con el problema de procesar enormes volúmenes de agua de mar. Haymuchas maneras de resolverlo; por ejemplo, se podrían construir gigantescas estacionesde bombeo. Pero siempre he sido partidario de matar dos pájaros de un tiro, y el otro díahice un pequeño cálculo que me dio un resultado sorprendente. Descubrí que cada vezque el Queen Mary cruza el Atlántico, sus hélices agitan aproximadamente mediokilómetro cúbico de agua. Dicho en otras palabras, quince millones de toneladas deminerales. O cojamos el caso que usted se atrevió a mencionar: casi una tonelada deuranio en cada travesía del Atlántico. Interesante, ¿no? »Por esto me pareció que lo único que teníamos que hacer para crear una instalaciónmóvil de extracción, muy útil, era montar las hélices de cualquier barco dentro de un tuboque obligaría a la corriente a pasar por una de mis cribas. Se pierde alguna fuerza depropulsión, desde luego, pero nuestra unidad experimental funciona muy bien. Nopodemos ir a tanta velocidad como solíamos, pero cuanto más lejos viajamos más dineroganamos con nuestras operaciones de minería. ¿No creen que las compañías navierasencontrarían esto muy interesante? Pero desde luego esto es sólo incidental. Preveo laconstrucción de plantas de extracción flotantes que navegarán por los océanos hasta quellenen sus depósitos con cualquier cosa que se les pida. Cuando llegue este día,podremos dejar de destrozar la tierra y se habrá acabado nuestra escasez de minerales.A la larga todo vuelve al mar, y cuando hayamos abierto el cofre del tesoro todo quedaráeternamente solucionado. Durante unos momentos reinó el silencio en el puente, salvo por el débil tintineo delhielo en los vasos, mientras los invitados del doctor Romano reflexionaban sobre laextraordinaria perspectiva. Entonces, Harry tuvo una súbita duda. —Éste es uno de los inventos más importantes de los que he oído hablar en mi vida —dijo—. Por eso me parece bastante extraño que nos lo haya explicado con tanta claridad.A fin de cuentas, para usted somos unos desconocidos, y podría sospechar que leestábamos espiando. El viejo científico se echó a reír alegremente. —No se preocupe por esto, muchacho —lo tranquilizó—. Ya he comunicado con Washington y he pedido a mis amigos que tomeninformes de ustedes. Harry se quedó un momento pensativo, y entonces comprendió losucedido. Recordó la breve ausencia del doctor Romano. Habría hecho una llamada porradio a Washington; algún senador habría comunicado con la embajada; el representantedel Ministerio de Aprovisionamientos habría puesto su granito de arena, y el doctor había
  • 144. conseguido en cinco minutos la respuesta que le interesaba. Sí, los americanos eran muyeficientes..., bueno, los que podían permitirse el lujo de serlo. Fue entonces cuando Harry se fijó en que ya no estaban solos. Un yate mucho másgrande e imponente que el Valency se acercaba a ellos, y a los pocos minutos pudo leersu nombre: Sea Spray. Pensó que este nombre era más adecuado para unas velashinchadas que para unos motores diesel palpitantes, pero lo cierto es que el Spray erauna embarcación estupenda. No le sorprendieron las miradas de envidia no disimulada deGeorge y del doctor Romano. El mar estaba tan en calma que los dos yates pudieron acercarse hasta establecercontacto. Un hombre vigoroso y tostado por el sol, de unos cincuenta años, saltó a lacubierta del Valency. Se acercó al doctor Romano y le estrechó la mano con fuerza. —Bueno, viejo zorro, ¿qué te traes entre manos? —dijo a modo de saludo. Después miró con curiosidad a los demás. El doctor hizo las presentaciones. Por lovisto habían sido abordados por el profesor Scott McKenzie, que había estado navegandoen su yate desde Cayo Largo. «¡Esto es demasiado! —se dijo Harry—. Lo máximo que puedo soportar es un científicomillonario al día.» Pero no había escapatoria posible. Aunque a McKenzie se le veía poco en losambientes académicos, era catedrático de Geofísica en una universidad de Texas. Pero elnoventa por ciento del tiempo lo pasaba trabajando para las grandes compañíaspetrolíferas y dirigiendo una empresa de consulta propia. Parecía haber sacado buenprovecho de sus balanzas de torsión y sus sismógrafos. En realidad, aunque era muchomás joven que el doctor Romano, aún tenía más dinero que él ya que participaba en unaindustria en más rápida expansión. Harry sospechó que las peculiares leyes fiscales deTexas también tendrían algo que ver en su posición económica. Parecía demasiada coincidencia que aquellos dos magnates científicos se hubiesenencontrado por casualidad, y Harry tuvo curiosidad por saber qué estarían maquinando.Durante un rato, la conversación recayó sobre lugares comunes, pero era evidente que elprofesor McKenzie sentía mucha curiosidad por los otros dos invitados del doctor. Pocodespués de las presentaciones, presentó alguna excusa para volver a su propio barco, yHarry protestó interiormente. Si en la embajada recibían dos peticiones de informes sobreél en media hora, se preguntarían qué estaba haciendo. Tal vez incluso el FBIsospecharía de él, y entonces, ¿cómo sacaría del país los veinticuatro pares de mediasde nailon que le habían prometido?
  • 145. A Harry le resultaba fascinante estudiar las relaciones entre los dos científicos. Erancomo un par de gallos de pelea buscando posiciones. Le pareció que Romano trataba alhombre más joven con una rudeza que ocultaba su íntima admiración. Estaba claro que eldoctor Romano era un conservador casi fanático y consideraba las actividades deMcKenzie y de sus patronos con abierta desaprobación. —Sois una pandilla de ladrones —dijo una vez—. Estáis estudiando la manera dedespojar rápidamente a este planeta de sus recursos y no os importa un comino lapróxima generación. —¿Y qué ha hecho por nosotros la próxima generación? —replicó McKenzie, concínico humor. La conversación continuó durante casi una hora, y mucho de lo que hablaron estabacompletamente fuera del alcance de Harry. Éste se preguntaba por qué no les importabaque George y él estuvieran presentes, pero al cabo de un rato empezó a comprender latécnica del doctor Romano. Era un oportunista genial: se alegraba de tenerlos allí, porquesu presencia preocuparía al profesor McKenzie y haría que se preguntase qué otrosnegocios proyectaba. Hizo alguna mención esporádica de la criba molecular, como si no fuese realmenteimportante y sólo se refiriese a ella de pasada. Sin embargo, el profesor McKenzie leprestó una atención inmediata y cuanto más evasivo se mostraba Romano, más interésmanifestaba su adversario. Era evidente que su actitud evasiva era deliberada y, aunqueel profesor McKenzie lo sabía perfectamente, no podía dejar de seguirle el juego al viejocientífico. El doctor Romano había estado comentando el aparato de una manera indirecta, comosi se tratase de un proyecto futuro más que de un hecho actual. Se refirió a susasombrosas posibilidades y afirmó que dejarían anticuadas todas las formas actuales deminería, además de eliminar para siempre el peligro de la escasez mundial de metales. —Si el método es tan bueno —le espetó McKenzie—, ¿por qué no lo has puesto enpráctica? —¿Y qué crees que estoy haciendo aquí, en la corriente del Golfo —replicó el doctor—.Echa un vistazo a esto. Abrió un armario de debajo del sonar y sacó una barrita de metal que arrojó aMcKenzie. Parecía plomo, y evidentemente era muy pesada. El profesor la sopesó y dijoal instante: —¡Uranio! ¿Quieres decir que...? —Sí, hasta el último gramo. Y hay mucho más en ellugar del que procede. —Se volvió al amigo de Harry y continuó—: George, ¿y si llevase
  • 146. al profesor en su submarino a echar un vistazo a la instalación? No verá gran cosa perose convencerá de que estamos trabajando en el asunto. McKenzie estaba aún tan pensativo que no puso reparos a dar un paseo en una cosatan insignificante como aquel submarino particular. Volvió a la superficie quince minutosmás tarde, después de haber visto lo suficiente para despertar su apetito. —Lo primero que quiero saber —dijo a Romano— es por qué me has enseñado esto.Es uno de los inventos más grandes que se han hecho jamás; ¿por qué no lo explota tuempresa? Romano lanzó un pequeño gruñido. —Ya sabes que tuve una pelea con la junta —explicó—. En todo caso, esa pandilla de viejos decrépitos no podría ocuparse de algo tangrande como esto. Lamento tener que reconocerlo, pero creo que los piratas de Texassois los chicos adecuados para este trabajo. —¿Es un invento tuyo? —Sí; la compañía no sabe nada de ello, y yo he invertido medio millón de dólares en laempresa. Ha sido una especie de hobby. Pensé que alguien tenía que reparar el mal quese estaba haciendo, el saqueo de los continentes por gente como... —Está bien, ya hemos oído esto otras veces... ¿Has pensado en dárnoslo a nosotros? —¿Quién ha hablado de dar? Tras un silencio embarazoso, McKenzie dijo cauteloso: —Me parece que no es necesario que te comunique que nos interesaría mucho. Si nosdas cifras sobre rentabilidad, porcentajes de extracción y demás datos importantes (nohará falta que nos suministres detalles técnicos si no quieres), podríamos hablar denegocios. Desde luego no puedo responder de mis socios, pero estoy seguro que puedenaportar lo suficiente para hacer un trato... —Scott —dijo Romano, y su voz tenía ahora una nota de cansancio que por primeravez reflejaba su edad—, no me interesa hacer un trato con tus socios, no tengo tiempopara regatear con los muchachos en la sala de juntas y con sus abogados y los abogadosde sus abogados. He estado haciendo esto durante cincuenta años y te aseguro queestoy cansado. Éste es mi invento. Lo he hecho con mi dinero y todo el equipo está en mibarco. Quiero hacer un trato personal contigo, directamente. Después, podrás encargartede todo. McKenzie pestañeó. —No podría cargar con algo tan grande como esto —protestó—. Aprecio tu oferta,desde luego, pero si es lo que tú afirmas, vale miles de millones. Y yo no soy más que unpobre pero honrado millonario.
  • 147. —El dinero ya no me interesa. ¿Qué haría con él a mis años? No, Scott, ahora sóloquiero una cosa, y la quiero inmediatamente, en este momento. Cámbiame el Sea Spraypor mi invento. —¡Estás loco! Incluso teniendo en cuenta la inflación, podrías construir el Spray pormenos de un millón. Y tu invento debe valer... —No quiero discutir, Scott. Lo que dices es verdad, pero soy viejo y tengo prisa, y porlo menos tardarían un año en construirme una embarcación como la tuya. La he estadodeseando desde que me la enseñaste aquella vez en Miami. Mi proposición es que tú tequedes con el Valency, con todo su equipo de laboratorio y toda su documentación.Nosotros sólo tardaremos una hora en recoger nuestros efectos personales, y aquítenemos un abogado que dará forma legal a la transacción. Después me dirigiré al Caribe,pasaré entre las islas y cruzaré el Pacífico. —Lo tienes todo muy pensado, ¿verdad? —observó McKenzie, que no salía de suasombro. —Sí. ¿Lo tomas o lo dejas? —Es la primera vez en mi vida que hago un tratotan loco como éste —confesó McKenzie con cierto mal humor. Claro que lo tomo; sé loque es una muía terca. La hora siguiente fue de frenética actividad. Tripulantes sudorosos corrían arriba yabajo cargados con fardos y maletas mientras el doctor Romano permanecía sentadotranquilamente en medio del torbellino que había creado, con una sonrisa feliz en su viejoy arrugado semblante. George y el profesor McKenzie se pusieron a hablar de cuestioneslegales y redactaron un documento que el doctor Romano firmó sin apenas echarle unamirada. Empezaron a salir cosas inesperadas del Sea Spray, como un hermoso visón mutantey una bella rubia no mutante. —Hola, Sylvia —saludó cortésmente el doctor Romano—. Lamento que va a encontrarlas habitaciones un poco más exiguas. El profesor no me dijo que estuviese a bordo. Nose preocupe, no figurará en el contrato; será un acuerdo entre caballeros. No quisiéramosinquietar a la señora McKenzie. —¡No sé qué quiere usted decir! —dijo Sylvia, poniendo mala cara—. Alguien tiene queescribir a máquina para el profesor. —Y tú lo haces terriblemente mal, querida —señaló McKenzie, ayudándola a pasar deuna a otra embarcación con auténtica galantería del Sur. Harry no pudo dejar de admirar su aplomo en una situación tan embarazosa comoaquélla. Dudaba de que él lo hubiese hecho tan bien en su lugar, aunque lamentó nohaber tenido oportunidad de comprobarlo.
  • 148. Por fin cesó aquel caos; el torrente de cajas y bultos se convirtió en un goteo. El doctorRomano estrechó la mano a todos, dio las gracias a George y a Harry por su ayuda, subióal puente del Sea Spray, y diez minutos más tarde estaba a medio camino del horizonte. Harry se estaba preguntando si era ya el momento de despedirse también (no habíanexplicado al profesor McKenzie lo que estaban haciendo en aquel lugar), cuando depronto empezó a sonar el radioteléfono. Era el doctor Romano. —Supongo que se habrá olvidado el cepillo de dientes... —dijo George. La cosa no era tan trivial. Fue una suerte que estuviera conectado el altavoz. Laescucha casi les era impuesta y no requería ninguno de los esfuerzos que la hacen tanincómoda para un caballero. —Escucha, Scott —dijo el doctor Romano—, creo que te debo una explicación. —Si me has timado, me pagarás hasta el último centavo... —Nada de eso. Pero te presionaré bastante, aunque todo lo que dije era la puraverdad. No te enfades conmigo, porque has hecho un buen negocio. Ahora bien, tardarásmucho tiempo en ganar dinero con él y tendrás que invertir unos cuantos millones dedólares. Mira, habrá que elevar al cubo la eficacia para que la cosa resulte comercial:aquella barrita de uranio me costó dos mil dólares. Pero no te saltes la tapa de los sesos,porque puede hacerse, estoy seguro. Tienes que recurrir al doctor Kendall, uno de mishombres, que es quien hizo el trabajo básico; contrátalo te cueste lo que te cueste. Séque eres obstinado y terminarás la obra que ahora tienes entre manos. Por eso quise quefueses tú. Y también por un poético sentimiento de justicia: así podrás pagar algunos delos daños que has causado a la Tierra. Lástima que te harás multimillonario; pero esto nopuede evitarse. »Espera un momento... no cuelgues. Yo habría terminado el trabajo si hubiese tenidotiempo, pero se necesitarán por lo menos otros tres años. Y los médicos dicen que sólome quedan seis meses de vida: no bromeaba cuando te expliqué que tenía prisa. Mealegro de haber cerrado al trato sin tener que decirte eso, pero puedes estar seguro deque lo habría utilizado como arma en caso necesario. Sólo una cosa más: cuando laoperación funcione, ¿querrás ponerle mí nombre? Esto es todo; no hace falta que mellames. No te contestaría... y sé que no puedes alcanzarme. El profesor McKenzie no se tiró de los pelos. —Me imaginaba que sería algo así —comentó, a nadie en particular. Entonces se sentó tranquilamente, sacó una complicada regla de cálculo de bolsillo yse olvidó del mundo. Apenas levantó la cabeza cuando George y Harry, rebasados por losacontecimientos, se despidieron cortésmente y se alejaron en silencio.
  • 149. —Como muchas cosas que ocurren estos días —concluyó Harry Purvis—, todavía nosé en qué acabó todo aquello. Me imagino que el profesor McKenzie habrá tropezado conalgunos obstáculos, porque de lo contrario habríamos oído hablar de la operación. Perono me cabe duda de que, más pronto o más tarde, se llevará adelante; así pues,dispóngase a vender sus acciones de compañías mineras... »En cuanto al doctor Romano, no hablaba en broma, aunque sus médicos seequivocaron un poco en sus cálculos. Duró todo un año, y creo que el Sea Spraycontribuyó mucho a ello. Lo sepultaron en medio del Pacífico y estoy seguro de que elviejo lo habría agradecido. Ya les he dicho que era un conservador fanático, y resultacurioso pensar que tal vez ahora esté pasando algunos de sus átomos por su cribamolecular... »Observo algunas miradas incrédulas, pero eso no tiene vuelta de hoja. Si cogenustedes un vaso de agua, lo vierten en el océano, lo mezclan bien y llenan después elvaso con agua del mar, aún habrá en ella algunas moléculas de agua original del vaso.Por consiguiente —añadió, lanzando una extraña risita—, sólo es cuestión de tiempo queno sólo el doctor Romano sino todos nosotros hagamos alguna contribución a la criba. Ycon esta reflexión caballeros, les deseo a todos muy buenas noches. EL MURO DE OSCURIDAD La primera frase de El Muro de Oscuridad ha sido citada recientemente en documentosde Cosmología, porque algunos físicos teóricos creen ahora que es literalmente cierto. Elcuento (reimpreso ahora en mi colección The Other Side of the Sky) refleja mi antiguacuriosidad sobre dimensiones más altas y la naturaleza del espacio y del tiempo, aunquehace mucho que perdí la esperanza de seguir las teorías modernas en este campo. El Muro de Oscuridad se funda realmente en dos ideas. Primera: la cinta de Moebius,por simple que parezca, contiene más de lo que se ve a simple vista. Segunda: elUniverso es todavía más extraño de lo que podemos imaginar (hipótesis de Haldane). Pocas horas después de escribir esto, tropecé con este pasaje en Sky & Telescope:«Las leyes de la física de baja energía e incluso la dimensionalidad de espacio-tiempo,pueden ser diferentes en cada uno de estos miniuniversos el campo quantum que da
  • 150. origen al Universo no es uniforme a escala microscópica, sino que se parece a unaespuma no homogénea y "caótica" de espacio-tiempo.» (The Self Reproducing Universe,por Eugene F. Mallove, septiembre 1988, págs. 253-56.) ¿Comprenden lo que quiero decir? Muchos y extraños son los universos arrastrados como burbujas en la espuma del Ríodel Tiempo. Algunos, muy pocos, se mueven contra o a través de su corriente, y menosaún son los que se mantienen eternamente fuera de su alcance, sin saber nada del futuroni del pasado. El cosmos diminuto de Shervane no era de ninguna de estas clases: surareza era de un orden diferente. Contenía sólo un mundo, el planeta de la raza deShervane, y una sola estrella, el gran sol Trilorne, que le daba vida y luz. Shervane no conocía la noche porque Trilorne se hallaba siempre alto sobre elhorizonte, acercándose sólo a él en los largos meses de invierno. Cierto que, más allá delas fronteras de la Tierra de la Sombra, había una estación en que Trilorne desaparecíadebajo del borde del mundo y se hacía una oscuridad en la que nada podía vivir. Pero nisiquiera entonces la oscuridad era absoluta, aunque no había estrellas para mitigarla. Solo en un pequeño cosmos, presentando siempre la misma cara hacia su sol solitario,el mundo de Shervane era la última y más extraña broma del Hacedor de las Estrellas. Sin embargo, mientras contemplaba las tierras de su padre, las ideas que llenaban lamente de Shervane eran las mismas que habría podido concebir cualquier criaturahumana. Sentía respeto, curiosidad y un poco de miedo, y por encima de todo, un grandeseo de salir al gran mundo que se extendía ante él. Todavía era demasiado joven paraesto, pero la antigua casa se hallaba en el terreno más elevado en muchos kilómetros a laredonda, por lo que podía mirar hasta muy lejos la tierra que un día sería suya. Cuando sevolvió hacia el norte, con Trilorne brillando sobre su cara, pudo ver a muchos kilómetrosde distancia la larga cadena de montañas que torcía hacia la derecha, elevándose cadavez más hasta desaparecer detrás de él en dirección a la Tierra de la Sombra. Un día,cuando fuese mayor, cruzaría aquellas montañas por el puerto que conducía a lasgrandes tierras del este. A su izquierda estaba el océano, a sólo unos pocos kilómetros, y a veces Shervanepodía oír el estampido de las olas al romper sobre las playas suavemente inclinadas.Nadie sabía hasta dónde llegaba el océano. Algunos barcos habían intentado cruzarlo,navegando hacia el norte mientras Trilorne se elevaba cada vez más en el cielo y el calorde sus rayos se hacía más intenso. Mucho antes de que el gran sol alcanzase el cénit, se
  • 151. habían visto obligados a regresar. En el caso de que existieran las míticas Tierras delFuego, no había esperanza de llegar a sus ardientes costas, a menos que las leyendasfueran realmente ciertas. Se decía que hubo un tiempo en que rápidas embarcacionesmetálicas podían cruzar el océano, a pesar del calor de Trilorne, para llegar a las tierrasdel otro lado del mundo. Aquellos países ahora sólo podían alcanzarse con un tediosoviaje por tierra y mar, que únicamente podía acortarse un poco yendo lo más posiblehacia el norte. Todos los países habitados del mundo de Shervane se hallaban en un estrechocinturón entre el calor ardiente y el frío insoportable. En cada uno de ellos, el lejano norteera una región inaccesible, azotada por la furia de Trilorne. Y al sur de todos los países seextendía la vasta y tenebrosa Tierra de la Sombra, donde Trilorne no era más que unpálido disco en el horizonte, a menudo completamente invisible. Estas cosas las aprendió Shervane en los años de su infancia, durante los cualesnunca tuvo deseos de abandonar las vastas tierras entre las montañas y el mar. Desdelos albores del tiempo, sus antepasados y las razas que los precedieron se habíanafanado por hacer de sus tierras las mejores del mundo; si no lo habían conseguido,había sido por muy poco. Había jardines resplandecientes de extrañas flores; habíaarroyos que fluían suavemente entre rocas cubiertas de musgo para perderse en lasaguas puras de un mar sin mareas; había campos de cereales que susurrabancontinuamente bajo el viento, como si generaciones de semillas aún no germinadas sehablasen unas a otras. En los extensos prados y entre los árboles, el manso ganado semovía a su antojo. Y allí estaba la casa grande, con sus vastas habitaciones y susinterminables pasillos; bastante grande en realidad, pero más aún en la mente de un niño.Éste era el mundo que conocía y que amaba. Hasta ahora, lo que había detrás de susfronteras no le había preocupado. Pero el universo de Shervane no era de los que están libres del dominio del tiempo. Lacosecha maduraba y se recogía en los graneros. Trilorne se mecía lentamente en supequeño arco de cielo, y con el paso de las estaciones fueron creciendo la mente y elcuerpo de Shervane. Su tierra parecía ahora más pequeña: las montañas estaban máscerca y bastaba un corto paseo desde la casa para llegar al mar. Empezó a aprendercosas sobre el mundo en el que vivía y a prepararse para el papel que tendría querepresentar en su desarrollo. Algunas de estas cosas las aprendió de su padre, Sherval, pero la mayoría se lasenseñó Grayle, que había venido del otro lado de las montañas en tiempos del padre desu padre, y que había sido preceptor de tres generaciones de la familia de Shervane. Éste
  • 152. apreciaba a Grayle, aunque el viejo le enseñaba muchas cosas que no deseaba aprender,y los años de su infancia pasaron agradablemente, hasta que le llegó el momento decruzar las montañas e ir a las tierras de más allá. Hacía muchísimo tiempo que su familiahabía venido de los grandes países del este y, desde entonces y en cada generación, elhijo mayor había hecho aquella peregrinación para pasar un año de su juventud entre susprimos. Era una sabia costumbre pues allende las montañas se conservaban muchosconocimientos del pasado, y uno podía conocer hombres de otras tierras y estudiar suscostumbres. En la última primavera, antes de la partida de su hijo, Sherval tomó tres criados y unosanimales a los que llamaremos caballos, y llevó a Shervane a visitar aquellas partes delpaís en las que nunca había estado. Cabalgaron hacia el oeste, hasta el mar, y siguieronpor su orilla durante muchos días, hasta que Trilorne fue visible más cerca del horizonte.Luego siguieron hacia el sur, alargándose sus sombras ante ellos, y sólo volvieron haciael este cuando los rayos del sol parecieron haber perdido toda su fuerza. Ahora estabandentro de los límites de la Tierra de la Sombra, y no sería prudente ir más hacia el surhasta que fuese pleno verano. Shervane cabalgaba al lado de su padre, observando el paisaje cambiante con la ávidacuriosidad del muchacho que ve un nuevo país por vez primera. Su padre hablaba delcampo, de los cultivos que podrían prosperar allí y de los que podrían fracasar. Pero laatención de Shervane estaba en otra parte: contemplaba la desolada Tierra de la Sombra,preguntándose hasta dónde se extendía y qué misterios ocultaba. —Padre —dijo ahora—, si fueses hacia el sur en línea recta, cruzando la Tierra de laSombra, ¿llegarías al otro lado del mundo? Su padre sonrió. —Los hombres se han hecho esta pregunta desde hace siglos —explicó—, pero haydos razones por las que nunca sabrán la respuesta. —¿Cuáles son? —La primera es la oscuridad y el frío, desde luego. Incluso aquí, nada puede vivirdurante los meses de invierno. Pero hay otra razón más poderosa. Quizás ya, te hayahablado Grayle de ella. —Me parece que no; al menos no lo recuerdo. Sherval se puso en pie sobre los estribos y observó la tierra, hacia el sur. —Tiempo atrás conocía muy bien este lugar —dijo a Shervane—. Ven, voy a enseñartealgo.
  • 153. Se desviaron del camino que habían estado siguiendo, y durante varias horascabalgaron nuevamente de espaldas al sol. La tierra se elevaba ahora con suavidad, yShervane, se dio cuenta de que estaban subiendo a una cadena de montañas rocosasque apuntaba como una daga al corazón de la Tierra de la Sombra. Por fin llegaron a unmonte demasiado empinado para que pudiesen subir los caballos; desmontaron y dejaronlos animales al cuidado de los servidores. —Se puede dar un rodeo —indicó Sherval—, pero es más rápido subir a pie que llevarlos caballos al otro lado. El monte, aunque escarpado era pequeño, y llegaron a la cima en pocos minutos. Alprincipio, Shervane no pudo ver nada que no hubiese visto antes; era el mismo desiertoondulado, que parecía hacerse más oscuro y amenazador a cada paso que dabanalejándose de Trilorne. Se volvió a su padre, un poco desconcertado, pero Sherval señaló hacia el lejano sur ytrazó una cuidadosa línea a lo largo del horizonte. —No es fácil de distinguir —dijo pausadamente—. Mi padre me lo mostró desde estemismo lugar, muchos años antes de que tú nacieras. Shervane miró hacia la sombra. El cielo meridional era tan oscuro que resultaba casinegro, y descendía para encontrarse con el borde del mundo. Pero no del todo, porque alo largo del horizonte, en una gran curva que se separaba la tierra del cielo, y queparecería no pertenecer a ninguno de los dos, se veía una franja de oscuridad másprofunda, negra como la noche que Shervane no había conocido jamás. Miró fijamente aquello durante mucho rato, y tal vez algún atisbo del futuro se deslizóen su alma pues aquella tierra oscura pareció de pronto viva y como si lo estuvieseesperando. Cuando al fin apartó la mirada, supo que nada volvería a ser lo mismo,aunque era todavía demasiado joven para reconocer el desafío. Y así fue como Shervane vio el Muro por primera vez en su vida. A principios de la primavera se despidió de los suyos y cruzó con un criado lasmontañas para ir a las grandes tierras del mundo oriental. Allí conoció a hombres quetenían antepasados comunes con él, y allí estudió la historia de su raza, las artes nacidasen tiempos antiguos, y las ciencias que habían regido las vidas de los hombres. En loslugares de enseñanza se hizo amigo de muchachos que habían venido al este desde máslejos aún; a pocos de ellos volvería a ver de nuevo, pero había uno que representaría ensu vida un papel más importante de lo que ninguno de los dos podía imaginar. El padre deBrayldon era un famoso arquitecto, pero su hijo pretendía superarlo. Viajaba de un país a
  • 154. otro, siempre aprendiendo, observando, preguntando. Aunque sólo tenía unos pocos añosmás que Shervane, su conocimiento del mundo era infinitamente mayor, o al menos esole parecía a su compañero más joven. Entre los dos despedazaban el mundo y lo reconstruían según sus deseos. Brayldonsoñaba ciudades cuyas grandes avenidas e importantes torres eclipsarían incluso a lasmaravillas del pasado. El interés de Shervane recaía más bien en la gente que viviría enaquellas ciudades y en la manera en que organizarían sus vidas. Con frecuencia hablaban del Muro, que Brayldon conocía por los relatos de su familia,pero que no había visto nunca con sus ojos. Muy hacia el sur de cada país, comoShervane había podido comprobar, se extendía como una gran barrera a través de laTierra de la Sombra. Viajeros que habían estado en aquellas playas solitarias, apenascalentadas por los últimos y débiles rayos de Trilorne, habían observado cómo marchabala oscura sombra del Muro mar adentro, despreciando las olas bajo sus pies. Y en lascostas lejanas, otros viajeros lo habían visto avanzar a través del océano y adelantarlesen su viaje alrededor del mundo. —Un tío mío, cuando era joven, fue una vez hasta el Muro —dijo Brayldon—. Lo hizopor una apuesta, y cabalgó durante diez días para llegar a él. Creo que lo aterrorizó, deenorme y frío como era. No pudo saber si era de metal o de piedra, y cuando lanzó unosgritos no se oyó ningún eco sino que la voz se fue extinguiendo rápidamente, como si elMuro se hubiese tragado el sonido. Mi familia cree que es el fin del mundo, y que más alláno hay nada. —Si esto fuese verdad —replicó Shervane con lógica irrefutable—, el océano se habríavertido por el borde antes de que se construyese el Muro. —No, si lo construyó Kyrone al crear el mundo. Shervane no estuvo de acuerdo. —Los míos creen que es obra del hombre, tal vez de los ingenieros de la PrimeraDinastía que hicieron tantas maravillas. Si realmente disponían de naves que podíanllegar a las Tierras del Fuego, e incluso naves que podían volar, debían tenerconocimientos suficientes para construir el Muro. Brayldon se encogió de hombros. —Debieron tener buenas razones —dijo—. Nunca sabremos la respuesta, así que nomerece la pena preocuparnos. Este consejo eminentemente práctico era, según pudo descubrir, todo lo que le daría elhombre corriente. Sólo los filósofos se interesaban por preguntas sin respuesta: para lamayoría de la gente, el enigma del Muro, como el problema de la existencia, era algo que
  • 155. apenas pasaba por su mente. Y todos los filósofos que había conocido le habían dadorespuestas diferentes. Primero fue Grayle, al que preguntó a su regreso de la Tierra de la Sombra. El viejo lomiró serenamente y dijo: —Sólo hay una cosa detrás del Muro, según he oído decir. Y es la locura. Después fue Artex, que era tan viejo que apenas si podía oír las tímidas preguntas deShervane. Había mirado al muchacho entre unos párpados que parecían demasiadocansados para abrirse del todo, y le había respondido, después de mucho rato: —Kyrone construyó el Muro en el tercer día de la creación del mundo. Lo que hay másallá lo sabremos cuando muramos, porque es allí donde van las almas de los muertos. En cambio, Irgan, que vivía en la misma ciudad, le había dado una respuestatotalmente distinta: —Sólo la memoria puede contestar tu pregunta, hijo mío. Porque detrás del Muro estála tierra donde vivimos antes de nacer. ¿A quién tenía que creer? Lo cierto era que nadie lo sabía: si alguna vez se habíatenido este conocimiento, se había perdido desde tiempo inmemorial. Aunque esta indagación no había tenido éxito, Shervane había aprendido muchascosas en aquel año de estudio. Cuando llegó la primavera se despidió de Brayldon y delos demás amigos a quienes había tratado durante tan poco tiempo, y se lanzó a laantigua carretera que lo conduciría de nuevo a su país. Hizo de nuevo el peligroso viaje,atravesando el gran puerto de montaña donde las paredes de hielo se alzabanamenazadoras hacia el cielo. Llegó al lugar donde la carretera se torcía hacia abajo, denuevo hacia el mundo de los hombres, donde había calor y corrientes de agua y larespiración no resultaba penosa por el aire helado. Desde allí, en la última cuesta delcamino, antes de descender al valle, se podía ver una gran extensión de tierra y elresplandor lejano del océano. Y desde allí, casi perdida en la niebla, en el borde delmundo, Shervane pudo ver la línea de sombra que era su propio país. Descendió por la ancha cinta de piedra hasta que llegó al puente que los hombreshabían construido sobre la catarata, hacía mucho tiempo, cuando el único camino fuedestruido por un terremoto. Pero el puente ya no estaba: las tormentas y los aludes deprincipios de la primavera se habían llevado uno de los macizos pilares, y el bello arco irisde metal yacía trescientos metros más abajo, como una ruina retorcida, sobre el agua y laespuma. Hasta después del verano no podría abrirse de nuevo la carretera. Y Shervanese volvió tristemente, sabiendo que tendría que pasar otro año antes de que pudieseregresar a su casa.
  • 156. Se detuvo durante un buen rato en la última curva de la carretera, mirando atrás, haciala tierra inalcanzable que guardaba todo lo que él amaba. Pero la niebla se había cerradosobre ella y no pudo verla. Desanduvo resueltamente el camino hasta que desaparecieronlas tierras despejadas y lo envolvieron de nuevo las montañas. Cuando regresó Shervane, Brayldon aún estaba en la ciudad. Se quedó sorprendidopero al mismo tiempo se alegró de ver a su amigo, y juntos discutieron lo que tendríanque hacer al año siguiente. Los primos de Shervane, que apreciaban a su huésped, nolamentaron verlo de nuevo, pero sugirieron amablemente que no estaría bien consideradoque dedicase otro año a sus estudios. El plan de Shervane fue madurando lentamente, frente a una considerable oposición.Ni siquiera Brayldon se mostró muy entusiasta al principio, y sólo después de muchasdiscusiones se avino a colaborar. A partir de entonces, la conformidad de los demás fuesólo cuestión de tiempo. Se acercaba el verano cuando los dos muchachos emprendieron el viaje hacia el paísde Brayldon. Cabalgaban velozmente, porque el trayecto era largo y debían terminarloantes de que Trilorne iniciase su descenso de invierno. Cuando llegaron a las tierras queBrayldon conocía, hicieron ciertas preguntas que fueron recibidas con sacudidas decabeza. Pero las respuestas que les dieron fueron exactas. Pronto se encontraron en laTierra de la Sombra, y Shervane vio el Muro por segunda vez en su vida. No parecía muy lejos cuando lo divisaron, elevándose en una llanura desolada ysolitaria. Pero tuvieron que cabalgar durante mucho tiempo sobre aquella llanura antes deacercarse al Muro. Casi habían llegado a sus pies cuando se dieron cuenta de lo cercaque estaban de él, pues no había manera de calcular la distancia hasta que podía tocarsealargando el brazo. Cuando Shervane contempló aquella monstruosa pared de ébano que tanto habíaturbado su mente, tuvo la impresión de que se cernía sobre él y que estaba a punto dederrumbarse y aplastarlo. Apartó con dificultad los ojos de la visión hipnótica y se acercótodavía más para examinar el material de que estaba construido. Tal como le había explicado Brayldon, era frío al tacto, más frío de lo normal incluso enaquella tierra privada de sol. No era duro ni blando, pues su textura eludía la mano de unamanera difícil de comprender. Shervane notó que algo le impedía establecer contacto conla superficie, pero no vio ningún espacio entre el Muro y sus dedos cuando los apoyó enél. Más extraño era aún el misterioso silencio de que había hablado el tío de Brayldon: laspalabras eran amortiguadas, y todos los sonidos se extinguían con una rapidez anormal.
  • 157. Brayldon descargó algunos instrumentos y herramientas de los caballos y empezó aexaminar la superficie del Muro. Pronto descubrió que ningún taladro ni instrumentocortante podría mellarlo, y llegó a la misma conclusión que Shervane. El Muro no sólo erainexpugnable sino que resultaba imposible establecer contacto con él. Contrariado, cogió una regla de metal totalmente recta y aplicó su borde contra lapared. Mientras Shervane sostenía un espejo para reflejar la débil luz de Trilorne a lolargo de la línea de contacto, Brayldon observó la regla desde el otro lado. Tal como habíaimaginado, entre las dos superficies había una estrechísima raya de luz. Brayldon miró pensativo a su amigo. —Shervane —dijo—, no creo que el Muro esté hecho de materia según el conceptoque tenemos de ella. —Entonces tal vez eran ciertas las leyendas que señalaban que no había sidoconstruido sino creado tal como lo vemos ahora. —También yo pienso lo mismo —convino Brayldon—. Guardó sus herramientas inservibles y empezó a montar un sencillo teodolito portátil. —Ya que no puedo hacer nada más —dijo con una sonrisa forzada—, al menos podrésaber exactamente su altura. Cuando miraron atrás para echar un último vistazo al Muro, Shervane se preguntó sivolvería a verlo. Nada más podía averiguar: debía olvidar para siempre al absurdo sueñode que un día podría descubrir su secreto. Tal vez no había ningún secreto; tal vez laTierra de la Sombra se extendía más allá del Muro y seguía la curva del mundo hastavolver a encontrar la misma barrera. Esto parecía lo más probable. Pero si era así,¿porqué había sido construido el Muro, y qué raza lo había hecho? Hizo un esfuerzo extraordinario por apartar estas cuestiones de su mente y cabalgóhacia la luz de Trilorne, pensando en un futuro en que el Muro no jugaría más papel queel que tenía en las vidas de otros hombres. Pasaron por tanto dos años antes de que Shervane pudiese regresar a su casa. En dosaños pueden olvidarse muchas cosas, sobre todo cuando se es joven; incluso la máspróximas al corazón pierden su diafanidad y no es posible recordarlas con claridad.Cuando Shervane pasó por las últimas estribaciones de las montañas y se halló de nuevoen la tierra de su infancia, el gozo del regreso a casa estuvo mezclado con una extrañatristeza. ¡Había olvidado tantas cosas que pensaba que siempre recordaría! Se tenía noticia de su regreso y pronto vio un grupo de caballos que galopaban hacia élpor la carretera. Espoleó ansiosamente su montura, preguntándose si Sherval habría
  • 158. salido a recibirle, y se sintió un poco desilusionado al ver que era Grayle quien iba alfrente de la comitiva. Shervane se detuvo cuando el viejo llegó junto a él. Entonces Grayle apoyó una manoen su hombro, pero volvió la cabeza y estuvo un rato sin poder hablar. Shervane se enteró entonces de que las tormentas del año anterior habían destruidoalgo más que el viejo puente: un rayo había arruinado completamente su casa. Añosantes de lo previsto, todas las tierras que poseía Sherval habían pasado a manos de suhijo. E incluso mucho más, pues toda la familia se hallaba reunida en la casa grande,siguiendo la costumbre anual, cuando el fuego descendió sobre ella. Todo lo que habíaentre las montañas y el mar había pasado a su poder en un instante. Era el hombre másrico que había conocido su país durante generaciones, pero lo habría dado todo por podermirar de nuevo los ojos grises y tranquilos del padre, a quien nunca volvería a ver. Trilorne había salido y se había puesto muchas veces en el cielo desde que Shervanese había despedido de su infancia en la carretera que bordeaba las montañas. La tierrahabía prosperado en los años transcurridos, y las propiedades que Shervane poseía depronto habían aumentado continuamente de valor. El las había administrado bien, y ahoravolvía a tener tiempo para soñar. Más aún, tenía riquezas suficientes para hacer que sussueños se convirtiesen en realidad. Con frecuencia habían llegado noticias, desde el otro lado de las montañas, del trabajoque estaba haciendo Brayldon en el este, y aunque los dos amigos no habían vuelto aencontrarse desde su juventud, habían intercambiado mensajes con regularidad. Brayldonhabía realizado sus ambiciones: no sólo había diseñado los dos edificios más grandeslevantados desde los antiguos tiempos, sino que había proyectado toda una nuevaciudad, aunque no podría verla terminada en vida. Al conocer estas cosas, Shervanerecordaba las aspiraciones de su propia juventud, y su pensamiento volaba a través delos años al día en que los dos habían llegado al pie del majestuoso Muro. Durante muchotiempo luchó contra sus ideas, temiendo revivir viejos afanes que no podrían ser saciados.Pero al fin tomó su decisión y escribió a Brayldon, porque ¿de qué servían la riqueza y elpoder si no podían emplearse para llevar a cabo sus sueños? Mientras esperaba la respuesta se preguntó si Brayldon habría olvidado el pasado enlos años que le habían dado fama. No tuvo que esperar mucho: Brayldon no podía venirenseguida, pues tenía que terminar obras importantes, pero cuando estuviesenconcluidas se reuniría con su viejo amigo. Shervane le había lanzado un desafío digno de
  • 159. él, un desafío que, si salía triunfante le daría más satisfacción que todo lo que habíahecho hasta entonces. Vino a principios del verano siguiente, y Shervane fue a recibirlo a la carretera, al piedel puente. Eran unos muchachos cuando se habían despedido, y ahora se acercaban ala edad madura; sin embargo, al saludarse, los años parecieron desvanecerse y uno yotro se alegraron interiormente al ver lo bien que había tratado el Tiempo al amigo querecordaba. Pasaron muchos días hablando de los planes que había diseñado Brayldon. La obraera enorme y tardaría muchos años en realizarse, pero para un hombre tan rico comoShervane era factible llevarla a cabo. Antes de prestar su conformidad definitiva, llevó asu amigo a ver a Grayle. El viejo llevaba viviendo algunos años en la casita que Shervane había construido paraél. Durante mucho tiempo no había desempeñado un papel activo en el cuidado de lasgrandes fincas, pero siempre estaba a punto para dar un consejo, que erainvariablemente acertado. Grayle sabía por qué había venido Brayldon a esta tierra, y no mostró sorpresa cuandoel arquitecto le mostró sus planos. El dibujo más grande representaba el Muro, con unagran escalera subiendo a su lado desde el llano. A seis intervalos iguales, la rampa queascendía lentamente se detenía en amplias plataformas, la última de las cuales estaba apoca distancia de lo alto, del Muro. Sobresaliendo de la escalera, en una veintena depuntos a lo largo de ella, había unos contrafuertes volantes que Grayle consideró alprincipio muy frágiles y delicados para el trabajo que tenían que hacer. Pero entonces sepercató de que la gran rampa se sostendría en gran parte por sí sola y que, en un lado,todo el impulso lateral sería soportado por el propio Muro. Miró en silencio el plano durante un rato, y después observó pausadamente: —Siempre has conseguido salirte con la tuya, Shervane. Tenía que haber sospechadoque esto ocurriría algún día. —Entonces, ¿crees que es una buena idea? —preguntó Shervane. Nunca había obrado contra los consejos del viejo y estaba ansioso por conocerlosahora. Como de costumbre, Grayle fue directamente al grano. —¿Cuánto costará? —preguntó. Cuando Brayldon dio la cifra, se produjo un impresionante silencio. —Esto incluye —añadió apresuradamente el arquitecto—. La construcción de unabuena carretera a través de la Tierra de la Sombra y la de una pequeña población paralos trabajadores. La escalera propiamente dicha se hará con un millón de bloques
  • 160. idénticos que serán ensamblados para formar una estructura rígida. Espero que podamoshacerlos con los minerales que encontraremos en la Tierra de la sombra. —Suspirósuavemente—. Me habría gustado construirla con varillas de metal soldadas, pero estoaún habría costado más porque habrían tenido que traerse del otro lado de las montañas. Grayle examinó más atentamente el plano. —¿Por qué te has detenido antes de lo alto del Muro? —preguntó. Brayldon miró a Shervane, que contestó la pregunta un poco confuso. —Quiero ser el único que haga la ascensión final —declaró—. La última fase será unamáquina elevadora sobre la plataforma más alta. Puede ser peligroso, y por eso iré solo. No era la única razón, pero sí buena. Grayle había dicho que detrás del Muro estaba lalocura. Si esto era verdad, no hacía falta que nadie más lo viese. Grayle prosiguió en su tono pausado y soñador: —En este caso, lo que hagas no será bueno ni malo ya que sólo te afectará a ti. Si elMuro fue construido para impedir que algo pase a nuestro mundo, seguirá siendoinfranqueable desde el otro lado. Brayldon asintió con la cabeza. —Ya había pensado en eso —dijo con un poco de orgullo—. En caso necesario larampa podrá ser destruida al instante por explosivos colocados en sitios adecuados. —Está muy bien —comentó el viejo—. Aunque yo no creo en esas historias, convieneestar preparados. Espero que cuando quede terminada la obra aún esté aquí. Y ahoraintentaré recordar lo que oí sobre el Muro cuando era tan joven como eras tú. Shervane,cuando me preguntaste por vez primera sobre esto. Antes de que llegase el invierno, se había trazado la carretera del Muro y se habíacomenzado los cimientos de la población provisional. La mayoría de los materiales quenecesitaba Brayldon no eran difíciles de encontrar, porque la Tierra de la Sombra era ricaen minerales. Brayldon también había observado el Muro y elegido el lugar para levantarla escalera. Cuando Trilorne empezó a hundirse en el horizonte, Brayldon estaba muysatisfecho del trabajo realizado. El verano siguiente se habían tallado a satisfacción de Brayldon los primeros de losinnumerables bloques, y antes de que llegase el invierno ya tenían varios miles y habíanpuesto parte de los cimientos. Brayldon dejó a un ayudante de confianza al cuidado de laproducción para él poder reanudar su trabajo interrumpido. Cuando se hubiesen elevadolos bloques suficientes, volvería para supervisar la construcción, pero hasta entonces nosería necesaria su presencia.
  • 161. Shervane cabalgaba dos o tres veces al año hasta el Muro para ver cómo se apilaba elmaterial en grandes pirámides, y cuatro años más tarde Brayldon volvió con él. Las hilerasde piedra empezaron a trepar junto al flanco del Muro, y los delicados contrafuertescomenzaron a arquearse en el espacio. Al principio la escalera crecía lentamente, pero alacercarse a lo alto del Muro lo hacía cada vez con más rapidez. Durante una tercera partede cada año había que suspender el trabajo. Durante el largo invierno, Shervane seacercaba al límite de la Tierra de la Sombra, y escuchaba las tormentas que retumbabanal sumirse en la resonante oscuridad. Pero Brayldon había construido bien y su obraaparecía ilesa cada primavera, como si tuviese que sobrevivir al propio Muro. A los siete años del comienzo de la obra se colocaron los últimos bloques. Desde unkilómetro de distancia, para poder ver enteramente la estructura, Shervane recordó conadmiración cómo todo esto había surgido de los primeros planos que Brayldon le habíamostrado hacía años, y comprendió la emoción que debe sentir el artista cuando sussueños se hacen realidad. Y recordó también el día en que, siendo un muchacho y al ladode su padre, había contemplado por primera vez el Muro en la lejanía, contra el cielooscuro de la Tierra de la Sombra. Había una barandilla alrededor de la plataforma superior, pero a Shervane no leimportó acercarse al borde. El suelo estaba a una distancia vertiginosa, por lo que trató deolvidar la altura en que se hallaba para ayudar a Brayldon y a los trabajadores a montar lapequeña grúa que lo elevaría los cinco metros que restaban. Cuando estuvo preparada,entró en la máquina y se volvió a su amigo con todo el aplomo que le fue posible. —Sólo estaré ausente unos pocos minutos —informó con forzada naturalidad—.Encuentre lo que encuentre, volveré enseguida. No podía imaginar entonces lo inexacta que era su presunción. Grayle estaba ahora casi ciego y no conocería otra primavera. Pero reconoció laspisadas que se acercaban y saludó a Brayldon por su nombre antes de que el visitantetuviese tiempo de hablar. —Me alegro de que hayas venido —dijo—. He estado pensando en todo lo que medijiste y creo que al fin sé la verdad. Tal vez también tú la hayas adivinado. —No —declaró Brayldon—. He tenido miedo de pensar en ello. El viejo sonrió ligeramente. —¿Por qué hay que tener miedo de algo, sólo porque es extraño? El Muro esmaravilloso, sí, pero no hay nada terrible en él para quienes se enfrenten sin vacilar consu secreto.
  • 162. »Cuando yo era un muchacho, mi viejo maestro me dijo una vez que el tiempo nuncapodía destruir la verdad, que sólo podía ocultarla entre leyendas. Tenía razón. De todaslas historias que se han urdido sobre el Muro, ahora puedo elegir las que son parte de laHistoria. »Hace mucho tiempo, cuando la Primera Dinastía estaba en su apogeo, Trilorne eramás cálido que ahora y la Tierra de la Sombra era fértil y estaba habitada, como tal vez loestarán las Tierras de Fuego cuando Trilorne sea viejo y débil. Los hombres podían irlibremente hacia el sur porque no había un Muro que les cerrase el camino. Muchosdebieron de hacerlo, buscando nuevas tierras en las que se asentarse. Lo que le haocurrido a Shervane les ocurrió también a ellos y debió trastornar muchas mentes; tantas,que los científicos de la Primera Dinastía construyeron el Muro para impedir que la locurase extendiese por toda la tierra. No puedo creer que esto sea verdad, pero la leyendaafirma que se construyó en un solo día, sin trabajo, de una nube que cercaba el mundo. Se quedó ensimismado, y Brayldon permaneció en silencio. Su mente estaba lejos, enel pasado, imaginando su mundo como un globo perfecto flotando en el espacio mientrassus antiguos pobladores levantaban la franja de oscuridad alrededor del ecuador. Porfalsa que pudiese ser esta imagen en su detalle más importante, nunca pudo borrarla porentero de su mente. Al pasar lentamente los últimos metros del Muro por delante de sus ojos, Shervanenecesitó hacer acopio de todo su valor para no pedir a gritos que la bajasen. Recordóalgunas terribles historias de las que se había reído, pues procedía de una raza queestaba singularmente libre de supersticiones. Pero ¿y si aquellas historias fuesen verdady el Muro se hubiese construido para salvar al mundo de algún horror? Intentó olvidar aquellas ideas y descubrió que no era muy difícil en cuanto hubosuperado el nivel más alto del Muro. Al principio no pudo interpretar el cuadro que leofrecían sus ojos; después vio que estaba mirando a través de una continua sábananegra cuya anchura no podía calcular. La pequeña plataforma se detuvo, y Shervane advirtió, con una admiración apenasconsciente, lo exactos que habían sido los cálculos de Brayldon. Entonces, con una últimapalabra para tranquilizar a los de abajo, saltó sobre el Muro y echó a andar resueltamentehacia delante. Al principio le pareció que la llanura que se extendía delante de él era infinita, pues nopodía ver dónde se encontraba en el cielo. Pero siguió caminando sin vacilar, dando la
  • 163. espalda a Trilorne. Le hubiera gustado utilizar su propia sombra como guía, pero ésta seperdía en la oscuridad más intensa de debajo de sus pies. Había algo que marchaba mal: a cada paso que daba, aumentaba la oscuridad. Sevolvió en redondo, sobresaltado, y vio que el disco de Trilorne era ahora pálido y mate,como si lo estuviese mirando a través de un cristal ahumado. Y con creciente temor, sedio cuenta de que no era sólo esto lo que había sucedido: Trilorne era más pequeño queel sol que había conocido durante toda su vida. Sacudió la cabeza en un ademán de desafío. Todo esto eran fantasías; se lo estabaimaginando. Realmente era tan contrario a todas sus experiencias, que por alguna razóndejó de sentir miedo y avanzó resueltamente, después de echar una mirada al sol quetenía, a sus espaldas. Cuando Trilorne quedó reducido a un punto y la oscuridad envolvió completamente aShervane, pareció llegado el momento de abandonar la empresa. Un hombre másprudente habría vuelto atrás en aquel mismo instante. Tuvo la súbita sensaciónangustiosa de encontrarse perdido en aquel eterno crepúsculo, entre la tierra y el cielo,incapaz de encontrar el camino salvador. Entonces pensó que mientras pudiese verTrilorne no se encontraría en verdadero peligro. Siguió caminando, algo indeciso, mirando continuamente atrás hacia la débil luz que loguiaba. Trilorne se había desvanecido, pero aún había un resplandor en el cielo, dondehabía estado. Y ahora ya no necesitaba su ayuda porque a lo lejos y delante de él estabaapareciendo una segunda luz en el cielo. Al principio fue sólo un resplandor muy tenue, y cuando estuvo seguro de su existenciaadvirtió que Trilorne había desaparecido ya del todo. Pero se sentía más confiado, yaquella luz contribuyó a mitigar su miedo mientras seguía avanzando. Cuando se dio cuenta de que realmente se estaba acercando a otro sol, cuando estuvoseguro de que éste se dilataba, como había visto contraerse Trilorne hacía unosmomentos encerró todo su asombro en lo más profundo de la mente. Sólo tenía queobservar y recordar: más tarde ya habría tiempo de comprender estas cosas. A fin decuentas, que su mundo pudiese tener dos soles, uno brillando a cada lado, no era nadainverosímil. Al fin pudo distinguir, débilmente, a través de la oscuridad, la línea negra que marcabael otro borde del Muro. Pronto sería el primer hombre, en miles de años, tal vez en toda laeternidad, que vería las tierras que habían sido separadas de su mundo? ¿Serían tanbellas como la suya? ¿Habría gente a la que se alegraría de saludar?
  • 164. Pero que estuviesen esperando, y de qué manera, era más de lo que nunca hubierapodido soñar. Grayle alargó una mano hacia el bargueño que tenía detrás y buscó a tientas una hojagrande de papel que había encima. Brayldon lo observó en silencio, y el hombreprosiguió: —¡Cuántas veces hemos oído discutir sobre las dimensiones del universo y sobre si eslimitado! Podemos imaginarnos que el espacio no tiene fin, pero nuestra mente se rebelaante la idea del infinito. Algunos filósofos han imaginado que el espacio es limitado poruna curvatura en una dimensión más elevada; supongo que conoces la teoría. Puede sercierto en otros universos, si es que existen, pero en el nuestro la respuesta es más sutil. »A lo largo de la línea del Muro, Brayldon, nuestro universo llega a un fin... y sinembargo no llega. Antes de que se construyera el Muro no había fronteras, nada queimpidiese seguir adelante. El Muro en sí no es más que una barrera levantada por elhombre y que tiene las propiedades del espacio en que se encuentra. Estas propiedadesestuvieron siempre allí, y el Muro no les añadió nada. Sostuvo la hoja de papel delante de Brayldon y la hizo girar lentamente. —Aquí tenemos una hoja normal. Naturalmente, tiene dos caras. ¿Puedes imaginarteuna que no las tenga? Brayldon le miró, asombrado. —¡Es imposible..., absurdo! —¿Seguro? —preguntó Grayle con suavidad. Volvió a estirar el brazo hacia el bargueño y hurgó con los dedos en suscompartimientos. Entonces saco una tira larga de papel flexible y miró a Brayldon, que loobservaba en silencio. —No podemos compararnos con los sabios de la Primera Dinastía, pero lo que susmentes pudieron captar directamente nosotros podemos considerarlo por analogía. »Este sencillo truco, que parece tan trivial, puede ayudarte a percibir la verdad. Pasó los dedos a lo largo de la cinta del papel y después juntó los dos extremos parahacer un lazo circular. —Aquí tenemos una forma que conoces perfectamente: la sección de un cilindro. Pasoun dedo por la parte interior, así y ahora por la exterior. Las dos superficies soncompletamente distintas: sólo se puede pasar de una a otra a través del grueso de lacinta. ¿Estás de acuerdo? —Desde luego —dijo Brayldon, todavía confuso—. Pero eso, ¿qué demuestra? —Nada —respondió Grayle—. Pero mira...
  • 165. Shervane pensó que aquel sol era gemelo de Trilorne. Ahora la oscuridad se había levantado completamente, y ya no tenía la impresión, queno quería tratar de comprender, de estar caminando por una llanura infinita. Se movía despacio porque no deseaba llegar de pronto a aquel vertiginoso precipicio.Al poco rato pudo ver un horizonte lejano de pequeños montes, tan árido y sin vida comoel que había dejado atrás. Esto no lo contrarió demasiado, pues la primera visión de supropia tierra no sería más atractiva que ésta. Siguió andando, y cuando sintió que una mano helada le apretaba el corazón no sedetuvo como habría hecho un hombre menos valeroso. Observó sin inmutarse el paisajeextrañamente familiar que se alzaba a su alrededor, hasta que pudo ver el llano dondehabía empezado su viaje, la gran escalera y, al fin, la cara ansiosa y expectante deBrayldon. Grayle juntó de nuevo los dos extremos de la cinta, pero ahora le había dado mediogiro, de manera que aparecía torcida. Se la tendió a Brayldon. —Pasa ahora el dedo a su alrededor —indicó pausadamente. Brayldon no lo hizo: porque sabía a qué se refería el viejo. —Comprendo —dijo—. Ya no tienes dos superficies separadas. Ahora forma una solacinta continua, una superficie unilateral, algo que a primera vista parece completamenteimposible. —Sí —repuso Grayle, con mucha suavidad—. Pensé que lo comprenderías. Unasuperficie unilateral. Tal vez ahora caigas en la cuenta de por qué el símbolo del lazoretorcido es tan común en las antiguas religiones, aunque su significado se ha olvidadopor completo. Desde luego, no es más que una tosca y simple analogía, un ejemplo endos dimensiones de lo que puede ocurrir en tres. Pero en nuestras mentes está lo máscerca posible de la verdad. Hubo un largo y reflexivo silencio. Entonces Grayle suspiró profundamente y se volvió aBrayldon como si aún pudiese verle la cara. —¿Por qué has venido antes que Shervane? —preguntó, aunque ya sabía larespuesta. —Teníamos que hacerlo —respondió tristemente Brayldon—, pero no quería verdestruida mi obra. Grayle asintió con la cabeza.
  • 166. —Lo comprendo —dijo. Shervane resiguió con la mirada los largos tramos de escalera que no volverían a serpisados jamás. No sentía remordimiento: había luchado y nadie habría podido hacerlomejor. Había triunfado, en la medida de lo posible. Poco a poco levantó la mano y dio la señal. El Muro ahogó el ruido de la explosióncomo había hecho con los demás sonidos, pero Shervane recordaría toda la vida lapausada elegancia con que se habían inclinado y caído las largas hileras de bloques. Durante un instante tuvo la súbita, inexpresable e intensa visión de otra escalera,observada por otro Shervane, derrumbándose de manera idéntica al otro lado del Muro. Pero comprendió que era una idea tonta, porque nadie sabía mejor que él que el Murono tenía otro lado. EL LEÓN DE COMARRE Escribí El león de Comarre en junio de 1945. Fue aceptado rápidamente (¡y pagado!)por mi primer editor británico, Walter Gillings; por desgracia no tuvo oportunidad deutilizarlo. Tres años más tarde, mi nuevo agente Scott Meredith lo vendió a ThrillingWonder Stories, que lo publicó en agosto de 1949. Entonces se perdió de vista hasta que fue publicado en 1968 con A la caída de lanoche, por Harcourt Brace. Fue una combinación adecuada, porque los dos cuentostienen mucho en común. En ambos casos, el protagonista es un joven rechazado por unmedio demasiado utópico, y que va en busca de novedades y aventuras. Recuerden que este cuento lo escribí antes de los explosivos albores de la era delordenador; al releerlo me hizo gracia ver que había situado la primera máquina pensadoraen el siglo XXI, Desde luego, en 1945 no se me había ocurrido imaginar que sólo cuarentaaños más tarde habría empresas que venderían artículos rotulados, tal vezprematuramente, como «inteligencia artificial». No tengo la menor duda de que el verdadero artículo estará en el mercado en el cursodel próximo siglo. Mientras tanto, hay una gran oferta de estupidez artificial a preciosrazonables...
  • 167. Me alegró, también descubrir que en la vieja libreta donde registré mis escritos deaprendiz, hay después de El león de Comarre un ensayo proponiendo el empleo desatélites geoestacionarios para la teledifusión mundial. ¿Qué fue de aquella loca idea? 1. Rebelión A fínales del siglo XXIV había empezado a refluir por fin la gran marea de la ciencia.Estaba tocando a su fin la larga serie de inventos que habían dado forma y moldeado elmundo durante casi mil años. Todo había sido descubierto. Los grandes sueños delpasado se habían convertido en realidad. La civilización estaba completamente mecanizada aunque la maquinaria casi habíadesaparecido. Ocultas en los muros de las ciudades, o enterradas, las máquinasperfectas llevaban la carga del mundo. En silencio, discretamente, los robots satisfacíanlas necesidades de sus dueños y trabajaban con tanta eficacia que su presencia parecíatan natural como la aurora. Todavía había mucho que aprender en el reino de la cienciapura, y los astrónomos; ahora que ya no estaban ligados a la Tierra, tenían trabajo paralos próximos mil años. Pero las ciencias físicas y las artes alimentadas por ellas habíandejado de ser la principal preocupación de la raza. En el año 2600, las mentes humanasmás privilegiadas ya no se encontrarían en los laboratorios. Los hombres que todo el mundo consideraba más importantes eran los artistas, losfilósofos, los legisladores y los estadistas. Los ingenieros y los grandes inventores pertenecían al pasado. Los hombres queantaño habían curado unas enfermedades desaparecidas desde hacía tiempo, habíanhecho tan bien su trabajo que ya no eran necesarios. Tendrían que pasar quinientos años antes de que el péndulo oscilase de nuevo haciaatrás. La vista desde el estudio era asombrosa porque la larga y curvada habitación estaba amás de tres kilómetros de la base de la Torre Central. Los otros cinco gigantescosedificios de la ciudad se apiñaban abajo, con sus paredes metálicas resplandeciendo contodos los colores del espectro al recibir los rayos del sol de la mañana. A un nivel todavía más bajo, los campos escaqueados de las explotaciones agrícolasautomáticas se extendían hasta perderse en la niebla del horizonte. Pero esta vez,
  • 168. Richard Peyton II no reparaba en la belleza del escenario mientras paseaba irritado entrelos grandes bloques de mármol sintético que eran la materia prima de su arte. Las grandes masas de piedra artificial y de varios colores dominaban completamente elestudio. La mayoría eran cubos toscamente tallados, pero algunas adquirían formas deanimales, seres humanos y cuerpos abstractos a los que ningún geómetra se habríaatrevido a dar nombre. Incómodamente sentado sobre un bloque de diez toneladas de diamante (el másgrande que se había sintetizado), el hijo del artista observaba a su famoso padre conexpresión hostil. —No creo que me importase tanto —observó malhumorado Richard Peyton II— si tecontentases con no hacer nada, con tal de que lo hicieses con gracia. Algunas personasdestacan en esto, y en general hacen que el mundo sea más interesante. Pero quequieras estudiar ingeniería para toda la vida es algo que no puedo ni imaginar. »Sí, sé que te dejamos estudiar tecnología como asignatura principal, pero nuncapensamos que la tomases tan en serio. Cuando yo tenía tu edad, me apasionaba labotánica, pero nunca la convertí en el principal interés de mi vida. ¿Te ha estado dandoideas el profesor Chandras Ling? Richard Peyton III se puso colorado. —¿Por qué no había de hacerlo? Yo sé cuál es mi vocación y él está de acuerdoconmigo. ¿Has leído su informe? El artista agitó varias hojas de papel en el aire, sujetándolas entre el índice y el pulgarcomo un insecto repugnante. —Lo he leído —dijo fríamente—. «Muestra una extraordinaria habilidad mecánica. Hahecho un trabajo original en investigación subelectrónica», etcétera, etcétera. ¡Yo creíaque hacía siglos que la raza humana había superado esos juguetes! ¿Quieres ser un granmecánico y andar por ahí reparando robots averiados? Este no es trabajo para un hijomío, por no decir para el nieto de un Consejero Mundial. —Me gustaría que no metieses al abuelo en esto —replicó Richard Peyton III, concreciente irritación—. El hecho de que él fuese un hombre de Estado no impidió que tú tehicieses artista. Entonces, ¿por qué habías de esperar que yo fuese una de las doscosas? La espectacular barba dorada del padre empezó a erizarse amenazadoramente. No me importa lo que hagas con tal que sea algo de lo que nos podamos enorgullecer.Pero ¿por qué esta locura por los artilugios? Tenemos todas las máquinas quenecesitamos. El robot fue perfeccionado hace quinientos años; las naves espaciales no
  • 169. han cambiado, al menos en estos cinco siglos; creo que nuestro actual sistema decomunicaciones tiene casi ochocientos años de antigüedad. Entonces, ¿por qué cambiarlo que ya es perfecto? —¡Esto es un alegato inadmisible! —replicó el joven—. ¡Un artista diciendo que algo esperfecto! ¡Me avergüenzo de ti, padre! —No hiles tan fino. Sabes perfectamente lo que quiero decir. Nuestros antepasadosdiseñaron máquinas que nos dan todo lo que necesitamos. Algunas podrían ser un pocomás eficaces, qué duda cabe. Pero ¿por qué preocuparnos? ¿Puedes mencionar un soloinvento importante de que hoy carezca el mundo? —Escucha, padre —dijo pacientemente Richard Peyton III—. He estudiado tantahistoria como ingeniería. Hace doce siglos había gente que afirmaba que todo había sidoinventado... y esto antes del advenimiento de la electricidad, por no hablar de laastronáutica. Y es que no miraban hacia delante; sus mentes estaban atrapadas en elpresente. »Hoy ocurre lo mismo. Durante quinientos años, el mundo ha estado viviendo gracias alos cerebros del pasado. Estoy dispuesto a reconocer que algunas vías de desarrollo hanllegado a su fin, pero hay docenas que todavía no han empezado. «Técnicamente, el mundo se ha estancado. La nuestra no es una época oscura,porque no hemos olvidado nada. Pero no avanzamos. Fíjate en los viajes espaciales.Hace novecientos años que llegamos a Plutón, ¿y dónde estamos ahora¿¡En Plutóntodavía! ¿Cuándo vamos a cruzar el espacio interestelar? —¿Y quién quiere ir a las estrellas? El muchacho lanzó una exclamación de enojo y saltó del bloque de diamante. —¡Vaya una pregunta, en esta era! Hace mil años, la gente decía: «¿Quién quiere ir ala Luna?» Sí, ya sé que es increíble pero así lo indican los viejos libros. Hoy la Luna estáa sólo cuarenta y cinco minutos de aquí, y personas como Harn Jansen trabajan en laTierra y viven en Plato City. »El viaje interplanetario es cosa hecha. Un día se dirá lo mismo del verdadero viajeespacial. Podría mencionar docenas de cuestiones que están estancadas simplementeporque la gente piensa como tú y se contenta con lo que tiene. —¿Y por qué no? Peyton agitó un brazo, examinando el estudio. —No bromees, padre. ¿Te has sentido satisfecho alguna vez de lo que has hecho?Sólo los animales están contentos. El artista se echó a reír.
  • 170. —Tal vez tengas razón. Pero esto no invalida mi argumento. Creo que malgastarás tuvida, y el abuelo también lo cree. —Pareció un poco confuso—. En realidad va a bajar a laTierra sobre todo para verte. Peyton pareció alarmado. —Escucha, padre, ya te he dicho lo que pienso: No quiero tener que repetirlo. Porqueni el abuelo ni todo el Consejo Mundial me hará cambiar de idea. Era una declaración jactanciosa y Peyton se preguntó si hablaba realmente en serio.Su padre iba a replicar cuando una grave nota musical vibró en el estudio. Un segundomás tarde, una voz mecánica informó desde el aire: —Su padre viene a verle, señor Peyton. Este miró a su hijo con aire triunfal. —Hubiese debido añadir —dijo—. que el abuelo venía ahora. Pero conozco tucostumbre de desaparecer cuando se te necesita. El muchacho no respondió. Observó que su padre se dirigía a la puerta. Entonces sedibujó una sonrisa en sus labios. La vidriera del estudio estaba abierta, y el joven salió al balcón. Tres kilómetros másabajo la gran pista de hormigón resplandecía blanca bajo el sol, salvo donde estabasalpicada por las sombras diminutas de naves aparcadas. Peyton miró hacia atrás, en lahabitación. Estaba vacía, aunque podía oír la voz de su padre a través de la puerta. Noesperó más. Colocó una mano sobre la barandilla y saltó al espacio. Treinta segundos más tarde entraron dos personajes en el estudio y miraronsorprendidos a su alrededor. Richard Peyton sin número de orden, era un hombre queaparentaba sesenta años, pero esta edad era sólo un tercio de la que en realidad tenía. Vestía el traje púrpura que sólo llevaban veinte hombres en la Tierra y menos de cienen todo el si; tema solar. Parecía irradiar autoridad; en comparación con él, incluso sufamoso hijo, seguro de sí mismo, parecía inquieto y superficial. —Bueno, ¿dónde está? —¡Maldito sea! Se ha ido por el balcón. Al m< nos aún podemos decirle lo quepensamos de él. Richard Peyton II levantó una mano y marcó u número de ocho cifras en sucomunicador persona La respuesta llegó casi al instante. Una voz clan automática y detono impersonal, repitió: —Mi señor está durmiendo. Por favor, no le molesten. Mi señor está durmiendo. Porfavor no le molesten... Richard Peyton II lanzó una maldición, apagó el aparato y se volvió a su padre.
  • 171. —Bueno, piensa de prisa —dijo el viejo, con una sonrisa—. Nos ha vencido. Nopodemos agarrar: hasta que le dé la gana de apretar el botón de comunicación. A mi edadno pretendo perseguirlo, desde luego. Se produjo un silencio mientras los dos hombres se miraban con expresiones distintas.Después, casi simultáneamente, se echaron a reír. 2. La leyenda de Comarre Peyton cayó como una piedra durante tres kilómetros y medio antes de pulsar elneutralizador. Aunque dificultaba la respiración, la corriente de aire era estimulante. Caíaa menos de doscientos cincuenta kilómetros por hora, pero la impresión de velocidadcrecía por la suave ascensión del gran edificio a sólo unos metros de distancia. El delicado tirón del campo desacelerador le frenó a unos trescientos metros del suelo.Cayó suavemente hacia las líneas de aparatos voladores aparcados al pie de la torre. La suya era una pequeña máquina automática de un solo asiento. Al menos había sidototalmente automática cuando la habían construido hacía tres siglos, pero su dueño actualhabía hecho en ella tantas modificaciones ilegales que nadie más en el mundo habríapodido volar en ella y sobrevivir para contarlo. Peyton desconectó el cinturón neutralizador (un divertido aparato, técnicamenteanticuado, pero que aún ofrecía interesantes posibilidades), y entró en la cabina de sumáquina. Dos minutos más tarde, las torres de la ciudad se hundían bajo el borde delmundo y las Tierras Salvajes deshabitadas discurrían debajo de él a seis mil quinientoskilómetros por hora. Peyton puso rumbo al oeste y casi al instante se halló sobre el océano. Nada podíahacer, salvo esperar; la nave llegaría automáticamente a su destino. Se retrepó en elasiento del piloto, rumiando amargas ideas y compadeciéndose. Se hallaba trastornado de lo que estaba dispuesto a confesar. Hacía años que habíadejado de preocuparle el que su familia no compartiese sus intereses técnicos, pero lacontinua y creciente oposición, que ahora había llegado al máximo, era algocompletamente nuevo. No podía comprenderlo. Diez minutos más tarde, una sola torre blanca se elevó del océano como la espadaExcalibur surgiendo del lago. La ciudad conocida en el mundo como Scientia, y comoCampanario del Murciélago entre sus más cínicos habitantes, había sido construida hacíaocho siglos en una isla, lejos de las grandes extensiones de tierra. Fue un gesto de
  • 172. independencia, pues las últimas manifestaciones de nacionalismos aún persistían enaquella lejana época. Peyton descendió sobre la pista de aterrizaje y caminó hacia la entrada más próxima.Nunca dejaba de impresionarlo el rugido de las grandes olas de romper sobre las rocas, acien metros de distancia. Se detuvo un momento en la entrada, inhalando el aire salado y observando lasgaviotas y las aves migratorias que volaban en círculo alrededor de la torre. Habíanempleado este trocito de tierra como lugar de descanso, cuando el hombre estabaobservando la aurora con ojos perplejos y preguntándose si era un dios. La Oficina de Genética ocupaba cien plantas cerca del centro de la torre. Peyton habíatardado diez minutos en llegar a la Ciudad de la Ciencia. Tardó casi otro tanto en localizaral hombre a quien buscaba en los kilómetros cúbicos de oficinas y laboratorios. Alan Henson II era todavía amigo íntimo de Peyton, aunque había dejado dos añosantes que él la Universidad de Antártida y se había puesto a estudiar biogenética en vezde ingeniería. Cuando Peyton se hallaba en algún apuro, cosa que ocurría con frecuencia,la calma y el sentido común de su amigo le resultaban muy tranquilizadores. Era naturalque hubiese volado ahora a Scientia, sobre todo teniendo en cuenta que Henson le habíallamado con urgencia el día anterior. El biólogo se sintió complacido y aliviado al ver a Peyton, pero sus palabras debienvenida disimulaban su nerviosismo. —Me alegro de que hayas venido; tengo algunas noticias que te interesarán. Peropareces preocupado, ¿qué te pasa? Peyton se lo dijo, no sin exagerar un poco. Henson guardó unos momentos de silencio. —¡Así que ya han empezado...! —exclamó—. Era de esperar. —¿Qué quieres decir? —preguntó Peyton, sorprendido. El biólogo abrió un cajón y sacó un sobre cerrado. Extrajo dos hojas de plástico en lasque estaban cortados varios surcos paralelos de variadas longitudes y tendió una a suamigo. —¿Sabes qué es esto? —Parece un análisis de personalidad. —Exactamente. Es el tuyo. —Esto es bastante ilegal, ¿no? —Da lo mismo. La clave está impresa a lo largo del pie de la hoja: va desdeApreciación Estética hasta Ingenio. La última columna da tu Cociente Intelectual. No dejesque se te suba a la cabeza.
  • 173. Peyton estudió atentamente la hoja. Es una ocasión, se ruborizó ligeramente. —No veo cómo pudiste averiguarlo. —No te preocupes —Henson le hizo un guiño Ahora mira este análisis. Le tendió una segunda hoja. —¡Pero si es igual...! —No del todo, pero casi. —¡A quién pertenece? Henson se retrepó en su sillón y midió cuidadosamente sus palabras. —Este análisis, Dick, corresponde a un antepasado tuyo por línea directa masculina,de veintidós generaciones atrás: el gran Rolf Thordarsen. Peyton se disparó como un cohete. —¡Qué! —No grites. Si alguien entra, estamos hablar de nuestros viejos tiempos en launiversidad. —Pero... ¡Thordarsen! —Bueno, si nos remontamos lo suficiente en el pasado, todos tenemos antepasadosdistinguidos. Pero ahora ya sabes por qué tu abuelo tiene miedo de ti. —Lo ha dejado para bastante tarde. Ya he ten nado mi formación, prácticamente. —Puedes darnos las gracias por esto. Normalmente, nuestros análisis se remontan adiez generaciones, o a veinte en casos especiales. Es un trabajo tremendo. Hay cientosde millones de fichas en la biblioteca de la Herencia, una por cada hombre y mujer quevivió desde el siglo XXIII. Esta coincidencia descubrió accidentalmente hace cosa de unmes. —Fue cuando empezó el jaleo. Pero todavía no comprendo a qué viene todo esto. —Dick, ¿qué sabes exactamente de tu famoso antepasado? —Supongo que no mucho más que cualquiera. No sé cómo ni por qué desapareció, sies esto lo que me quieres preguntar. ¿No abandonó la Tierra? —No. Dejó el mundo, si quieres llamarlo así, pero no la Tierra. Muy pocas personas losaben, Dick, pero Rolf Thordarsen fue el hombre que construyó Comarre. ¡Comarre! Peyton pronunció la palabra con los labios entreabiertos, saboreando susignificado y su sorpresa. Así que después de todo, existía. Incluso esto había sidonegado por algunos. —Supongo que no sabes mucho sobre los Decadentes —prosiguió Henson—. Loslibros de Historia han sido editados con mucho cuidado. Pero toda la cuestión estárelacionada con el final de la Segunda Era Electrónica..
  • 174. La luna artificial que albergaba al Consejo Mundial giraba en su eterna órbita a treintamil millas por encima de la superficie de la Tierra. El techo de la Cámara del Consejo erauna hoja inmaculada de cristalita; cuando los miembros del Consejo celebraban unareunión, parecía como si no hubiese nada entre ellos y la gran esfera que giraba abajo y alo lejos. El simbolismo era profundo. Ningún mezquino punto de vista pueblerino podíasobrevivir en semejantes ambiente. Sin duda allí producirían sus obras más grandes lasmentes de los hombres. Richard Peyton el Viejo había pasado toda su vi dirigiendo los destinos de la Tierra.Durante quinientos años, la raza humana había estado en paz y había carecido de nadade lo que podían proporcionar el arte o la ciencia. Los hombres que gobernaban elplaneta podían estar orgullosos de su trabajo. Pero el viejo estadista estaba inquieto. Tal vez cambios que se avecinaban yaproyectaban sombras delante de ellos. Tal vez sentía, aunque fuese en subconsciente,que los cinco siglos de tranquilidad estaban tocando a su fin. Puso en marcha su máquina de escribir y empezó a dictar. Peyton sabía que la Primera Era Electrónica ha empezado en 1908, hacía más de oncesiglos, cuando De Forest inventó el tríodo. El mismo siglo fabuloso había visto la llegadadel Estado Mundial, el avión, la nave espacial y la energía atómica, y había sido testigotambién de la invención de todos los apara termiónicos que hicieron posible la civilizaciónque conocía. La Segunda Era Electrónica había empezado quinientos años más tarde. La habíanpuesto en manos de los físicos sino los médicos y psicólogos. Dura: casi cinco siglos,habían estado estudiando las corrientes eléctricas que fluyen en el cerebro duranteprocesos de pensamiento. El análisis había sido terriblemente complicado, pero se habíallevado a termino gracias al esfuerzo de muchas generaciones. De este modo quedóabierto el camino para las primeras máquinas capaces de leer la mente humana. Pero esto sólo era el principio. Cuando el hombre descubrió el mecanismo de su propiocerebro, pudo llegar más lejos. Pudo reproducirlo, utilizando transistores y redes decircuitos en vez de células vivas. A finales del siglo XXV se construyeron las primeras máquinas penantes. Eran muytoscas; se necesitaban cien metros cuadrados de equipo para hacer el trabajo de un
  • 175. centímetro cúbico de cerebro humano. Pero en cuanto se hubo dado el primer paso, no setardó mucho en perfeccionar el cerebro mecánico y en hacerlo de uso general. Sólo podía realizar el trabajo intelectual de niveles inferiores y carecía de lascaracterísticas propiamente humanas, como la iniciativa, la intuición y las distintasemociones. Pero en circunstancias que apenas variaban y cuando sus limitaciones noeran graves, podía hacer lo mismo que el hombre. La aparición de los cerebros de metal había provocado una de las grandes crisis de lacivilización humana. Aunque los hombres aún tenían que desempeñar las más altasfunciones de gobierno y de control de la sociedad, toda la enorme rutina de laadministración había sido asumida por los robots. El hombre había conseguido al fin lalibertad. Ya no tenía que estrujarse el cerebro proyectando complicados planes detransporte, decidiendo programas de producción y equilibrando presupuestos. Lasmáquinas, que habían asumido todo el trabajo manual hacía siglos, habían prestado susegunda gran contribución a la sociedad. El efecto sobre los asuntos humanos fue inmenso, y los hombres reaccionaron de dosmaneras ante la nueva situación. Unos empleaban su recién conquistada libertad,persiguiendo noblemente lo que siempre había atraído a las mentes más elevadas: labúsqueda de la belleza y de la verdad, aún tan esquivas como cuando se construyó laAcrópolis. Pero había otros que pensaban de modo diferente. «Por fin se ha levantado parasiempre la maldición de Adán —decían—. Ahora podemos construir ciudades donde lasmáquinas cubrirán todas nuestras necesidades en cuanto pensemos en ellas... o antes,porque los analizadores pueden leer incluso los deseos ocultos en el subconsciente. Elobjetivo de cualquier ser humano es el placer y la búsqueda de la felicidad. El hombretiene derecho a ello, porque se lo ha ganado. Estamos hartos de esta lucha interminablepor el conocimiento y el ciego deseo de cruzar el espacio hasta las estrellas.» Era el antiguo sueño de los Comedores de Lotos, un sueño tan antiguo como elhombre. Ahora, por primera vez, podía realizarse. Durante un tiempo, no fueron muchoslos que lo compartieron. El fuego del Segundo Renacimiento no había empezado todavíaa extinguirse. Pero con el paso de los años, los Decadentes fueron consiguiendo cada vezmás para su modo de pensar. En lugares escondidos de los planetas interioresconstruyeron las ciudades de sus sueños. Durante un siglo florecieron como flores exóticas, hasta que se extinguió el fervor casireligioso que había inspirado sus construcciones. Después se desvanecieron, uno a uno,
  • 176. del conocimiento humano. Al morir, habían dejado gran cantidad de fábulas y leyendasque se habían exagerado con el paso de los siglos. Sólo una de aquellas ciudades había sido construida en la Tierra, y estaba envuelta enun misterio que el mundo exterior nunca había resuelto. Por motivos que sólo él sabía, elConsejo Mundial había destruido todo el conocimiento que se tenía del lugar. Su situaciónera un misterio. Algunos decían que estaba en las zonas inhóspitas del Ártico. Nada sesabía de cierto, salvo su nombre: Comarre. Henson hizo una pausa en su relato. —Hasta ahora no te he explicado nada nuevo, nada que no sea de conocimientocomún. El resto de la historia es un secreto del Consejo Mundial y tal vez de un centenarde hombres de Scientia. »Como ya sabes, Rolf Thordarsen fue el genio mecánico más grande que el mundo haconocido. Ni siquiera Edison puede compararse con él. Sentó los conocimientos de laingeniería del robot y construyó la primera máquina de pensar. »Sus laboratorios produjeron una serie continua de brillantes inventos durante veinteaños. Y entonces, de pronto desapareció. Se dijo que había tratado de llegar a lasestrellas. Pero lo que en realidad ocurrió fue lo siguiente: »Thordarsen creía que sus robots, las máquinas que aún gobiernan nuestracivilización, eran sólo el principio. Acudió al Consejo Mundial con ciertos proyectos quehabrían cambiado la faz de la sociedad humana. No sabemos cuáles hubieran sido estoscambios, pero Thordarsen creía que, a menos que se adoptasen, la raza llegaría a uncallejón sin salida como muchos de nosotros creemos que ha llegado. »El Consejo rechazó violentamente sus proyectos. En aquella época, el robot sólohabía empezado a desintegrarse en la civilización, y la estabilidad se restablecíalentamente, una estabilidad que se ha mantel durante quinientos años. »Thordarsen quedó amargamente decepción; Con el olfato que tenían para atraer a losgenios Decadentes se pusieron en contacto con él y lo disuadieron de que renunciase almundo. Era el ú hombre que podía convertir sus sueños en realidad. —¿Y lo hizo? —Nadie lo sabe. Pero Comarre fue construida esto es seguro. Nosotros sabemosdónde está, y bien lo sabe el Consejo Mundial. Hay cosas que pueden mantenerse ensecreto.
  • 177. Desde luego, pensó Peyton. Incluso en esta desaparecía gente y se rumoreaba quehabía ido en busca de la ciudad de sus sueños. La frase «ha ii Comarre» se habíaintegrado hasta tal punto e lenguaje corriente que casi se había olvidado su significado. Henson se inclinó hacia delante y habló cor tono cada vez más serio. —Esta es la parte más extraña. El Consejo Mundial podía destruir Comarre, pero noquiso hacerlo. La creencia de que Comarre existe tiene sin duda influencia estabilizadoraen la sociedad. A pesa todos nuestros esfuerzos, todavía tenemos psicópatas. No es difícil hacerles insinuaciones, bajo hipnosis, sobre Comarre. Puede que nunca laencuentren, pero la búsqueda los hará inofensivos. »Al principio, poco después de la fundación de la ciudad, el Consejo envió agentes aComarre. Ninguno de ellos regresó jamás. Y no hubo juego sucio; simplemente,prefirieron quedarse allí. Esto se sabe con seguridad porque enviaron mensajes. Supongoque los Decadentes se dieron cuenta de que el Consejo destruiría la ciudad si se retenía asus agentes. »He visto algunos de estos mensajes. Son extraordinarios. Sólo hay un calificativo paraellos: exaltados. Sí, Dick, había algo en Comarre que podía hacer que un hombre olvidaseel mundo exterior, sus amigos, su familia, ¡todo! Imagínate lo que esto significa. »Más tarde, el Consejo hizo otro intento, cuando estuvo seguro de que ninguno de losDecadentes podía estar vivo todavía. Y volvió a intentarlo hace cincuenta años. Pero,hasta hoy, nadie ha vuelto nunca de Comarre. Mientras Richard Peyton hablaba, el robot analizaba sus palabras en grupos fonéticos,insertaba la puntuación y enviaba automáticamente el texto a los archivos electrónicos. »Copia para el Presidente y mi archivo personal. »Su nota del 22 y nuestra conversación de esta mañana. »He visto a mi hijo, pero R. P. III me ha esquivado. Está completamente decidido ysería perjudicial que tratásemos de coaccionarlo. Mientras no descubra que R. T. fueantepasado suyo, no habrá peligro. A pesar de la similitud de caracteres, no es probableque trate de repetir la obra de R. T. »Debemos asegurarnos ante todo de que nunca localice ni visite Comarre. Si estoocurriese, nadie podría prever las consecuencias.» Henson hizo una pausa en su narración, pero su amigo siguió en silencio. Estabademasiado asombrado para interrumpirlo. —Esto nos trae al presente y a ti —prosiguió Henson—. Dick, el Consejo Mundialdescubrió tu linaje hace un mes. Lamentamos habérselo dicho; pero ahora es demasiado
  • 178. tarde. Genéticamente, eres una reencarnación de Thordarsen, sólo en el sentido científicode la palabra. Se ha dado ahora una de las más remotas probabilidades de la Naturaleza,como se da a intervalos de varios siglos en una u otra familia. »Dick, tú podrás continuar el trabajo que Thordarsen se vio obligado a abandonar,cualquiera que fuese. Tal vez se ha perdido para siempre, pero si existe algún rastro estáen Comarre. El Consejo Mundial lo sabe. Por eso trata de apartarte de tu destino. »No te amargues por eso. En el Conejo hay algunas de las mentes más nobles que haproducido hasta ahora la raza humana. No te quieren mal ni nunca te harán ningún daño,pero están ansiosos por preservar la estructura actual de la sociedad, que consideran lamejor. Peyton se puso lentamente en pie. Por un instante parece como si fuese un observadorneutral que estudiase desde fuera a un personaje llamado Richard Peyton III, que ya noera un hombre sino un símbolo, una de las claves del futuro del mundo. Tuvo que hacerun gran esfuerzo mental para reidentificarse. Su amigo lo estaba observando en silencio. Hay algo más, que no me has dicho, Alan: ¿Cómo sabes todo esto? —Estaba esperando que me lo preguntases —dijo Henson con una sonrisa—. Yo nosoy más que un portavoz. Me han elegido a mí porque te conozco. No puedo indicartequiénes son los demás. Pero entre ellos se encuentran varios científicos a los que sé queadmiras. »Siempre ha existido una rivalidad amistosa entre el Consejo y los científicos que lesirven; pero en los últimos años, nuestros puntos de vista se han separado más. Muchosde nosotros creemos que nuestra era, que el Consejo piensa que durará eternamente, essólo un interregno. Consideramos que un período demasiado largo de estabilidad podríaconducir a la decadencia. Los psicólogos del Consejo confían en poderlo evitar. A Peyton le brillaron los ojos. —¡Esto es lo que yo estaba diciendo! ¿Puedo unirme a vosotros? —Más adelante. Primero hay que hacer algún trabajo. Mira, nosotros somos unaespecie de revolucionarios. Vamos a provocar un par de reacciones sociales. Cuandohayamos terminado, el peligro de decadencia social se habrá aplazado miles de años. Tú,Dick, eres uno de nuestros catalizadores, aunque no el único, desde luego. —Hizo unabreve pausa—. Aunque no salga nada de Comarre, tenemos otra carta en la manga.Confiamos en haber perfeccionado el vuelo interestelar dentro de cincuenta años. —¡Por fin! —exclamó Peyton—. ¿Y qué haré entonces?
  • 179. —Lo presentaremos al Consejo y diremos: «Mirad, ahora podéis ir a las estrellas.¿Verdad que si somos unos buenos chicos?» Y el Consejo no tendrá más remedio quesonreír y empezar a desarraigar civilización. Una vez logrado el viaje interestelar,tendremos de nuevo una sociedad en expansión, y el estancamiento será aplazadoindefinidamente. —Espero vivir para verlo —dijo Peyton—. Y ahora, ¿qué queréis que yo haga? —Queremos que vayas a Comarre para descubrir lo que hay allí. Aunque otrosfracasaron, creemos que tú puedes triunfar. Lo tenemos todo planeado. —¿Y dónde está Comarre? —En realidad, es muy sencillo —dijo Henson con una sonrisa—. Sólo puede estar enun lugar, el uní lugar al que no pueden volar las aeronaves, donde vive nadie, dondetodos los viajes se hacen a pie. En la Gran Reserva. El viejo desconectó la máquina de escribir. Arriba (o abajo, lo mismo daba), la granmedialuna de Tierra eclipsaba las estrellas. En su eterna circunvalación, la pequeña lunahabía alcanzado la línea divisoria entre la luz y la sombra y se estaba sumiendo la noche.La tierra centelleante, allá abajo, estaba: picada de luces de las ciudades. Esta visión llenó de tristeza al viejo. Le record; que su propia vida estaba tocando a sufin, y pan predecir el final de una cultura que él había tratado de proteger. A fin decuentas, tal vez tenían razón los jóvenes científicos. El largo descanso estaba terminandoy el mundo se movía hacia nuevos objetivos que él nunca vería. 3. El león salvaje Era de noche cuando la nave de Peyton, que volaba hacia el oeste, llegó sobre elocéano Indico. Sólo se podía ver la línea blanca de las olas que rompían contra la costaafricana, pero la pantalla de navegación mostraba todos los detalles de la tierra que habíaabajo. La noche no ofrecía ahora protección ni salvaguardia, desde luego, pero significabaque ningún ojo humano podía verlo. En cuanto a las máquinas que hubiesen debido estarobservando, bueno, otros se habían encargado de ellas. Al parecer eran muchos los quepensaban como Henson. El plan había sido hábilmente concebido. Los detalles habían sido elaboradoscuidadosamente por personas que sin duda habían gozado con ello. Peyton tenía queaterrizar en la linde del bosque, lo más cerca posible de la barrera de energía.
  • 180. Ni siquiera sus desconocidos amigos podían desconectar la barrera sin provocarsospechas. Afortunadamente sólo había unos treinta kilómetros de terreno bastantedespejado hasta Comarre. Tendría que terminar el viaje a pie. Se produjo un fuerte crujido de ramas al aterrizar la pequeña nave en el bosqueinvisible. Descansó sobre la quilla plana, y Peyton apagó las débiles luces la cabina y mirópor la ventanilla. No vio nada. Recordó lo que le habían dicho, y no abrió la puerta. Se pilo más cómodo posible para esperar la aurora. Se despertó cuando la brillante luz del sol le dió de lleno en los ojos. Se pusorápidamente el equipo que le habían proporcionado sus amigos, abrió puerta de la cabinay entró en el bosque. El lugar de aterrizaje había sido cuidadosamente elegido y no era difícil llegar al campoabierto, a pocos metros de allí. Delante de él había pequeñas cuñas cubiertas de hierba ysalpicadas de arboledas, temperatura era suave, aunque era verano y el ecuador noestaba lejos. Ello se debía a ochocientos a de control del clima y a los grandes lagosartificiales que habían inundado los desiertos. Casi por primera vez en su vida, Peyton experimentaba la Naturaleza como había sidoantes de existiese el hombre. Pero lo que le parecía más extraño no era el p; rama silvestre. Peyton nunca habíaconocido el si ció. Siempre había estado oyendo los rumores d< máquinas o el lejanosilbido de las rápidas aeronaves de pasajeros desde las imponentes alturas de la etosiera. Aquí no había ninguno de estos ruidos porque las máquinas no podían cruzar labarrera de energía rodeaba la Reserva. Sólo había el susurro del vi en la hierba y lasvoces casi inaudibles de los insectos. Peyton encontró enervante aquel silencio e hizo loque habría hecho la inmensa mayoría de los hombres de su época. Pulsó el botón de suradio personal que elegía la música del fondo. Así fue caminando, kilómetro tras kilómetro, por las onduladas tierras de la GranReserva, la zona más extensa de territorio natural que se conservaba en la superficie delglobo. Era fácil caminar porque los neutralizadores incorporados a su equipo casianulaban el peso de éste. Llevaba consigo el discreto ambiente musical que habíaacompañado las vidas de los hombres casi desde el descubrimiento de la radio. Aunquesólo tenía que hacer girar un disco para ponerse al habla con cualquier habitante delplaneta, prefería imaginarse que estaba solo en el corazón de la Naturaleza, y por uninstante sintió todas las emociones que debieron experimentar Stanley o Livingstonecuando entraron los primeros en esta misma tierra, hacía más de mil años.
  • 181. Afortunadamente Peyton era un buen andarín, y al mediodía había cubierto la mitad dela distancia hasta su objetivo. Se detuvo para almorzar en un bosquecillo de coníferasmarcianas importadas, que habrían desconcertado y consternado a un explorador de losviejos tiempos. En su ignorancia, Peyton, las tuvo por auténticas. Había vaciado varias latas de conservas cuando advirtió que algo se movíarápidamente en el llano, en la dirección de la que él provenía. Estaba demasiado lejospara saber lo que era. Pero cuando aquello se acercó más, se levantó para observarlomejor. Hasta entonces no había visto animales (aunque muchos animales lo habían vistoa él) y miró con interés al recién llegado. Peyton no había visto nunca un león, pero no le costó reconocer al magnífico animalque se le acercaba dando saltos. Hay que decir, en su honor, que sólo miró una vez haciael árbol que tenía detrás. S mantuvo firmemente en su sitio. Sabía que en el mundo ya no había animales rea mente peligrosos. La Reserva eraalgo entre un vasto laboratorio biológico y un parque nacional, visitado todos los años pormiles de personas. Se daba generalmente por sabido que, si se dejaba en paz a losanimales, éstos corresponderían de la misma manera. En general, el convenio dababuenos resultados. El animal quería mostrarse amistoso. Trotó hacia Peyton y empezó a frotarseafectuosamente contra su costado, y cuando éste se levantó de nuevo, paree prestarmucha atención a las latas vacías de comida. Finalmente se volvió hacia él con unaexpresión irresistible. Peyton se echó a reír, abrió otra lata y puso cuidadosamente su contenido sobre unapiedra plana, león aceptó encantado el tributo y, mientras comí Peyton consultó el índicede la guía oficial que los desconocidos patrocinadores le habían proporcionado. Había varias páginas sobre los leones, con fotografías, para los visitantesextraterrestres. La información era tranquilizadora. Mil años de crianza científica habíanmejorado considerablemente al rey de selva. Sólo se había comido a una docena depersonas en el último siglo; en diez casos, la información su siguiente le había exoneradode toda culpa, y los otros dos no se habían podido demostrar. Pero el libro no decía nada sobre la mejor manera de librarse de leones inoportunos. Tampoco decía que normalmente eran tan amistosos como este ejemplar. Peyton no era muy buen observador. Pasó un buen rato antes de que advirtiese la finacinta de metal alrededor de una pata delantera del león. Llevaba una serie de números yletras, y el sello oficial de la Reserva.
  • 182. No era por tanto un animal salvaje; tal vez había pasado toda su juventud entre loshombres. Probablemente era uno de los famosos superleones que habían criado losbiólogos y que después habían puesto en libertad para mejorar la raza. Algunos eran casitan inteligentes como los perros, según lo que Peyton había leído. Pronto descubrió que el león podía comprender muchas palabras sencillas, sobre todosi se referían a comida. Incluso para esta era, se trataba de un animal espléndido, unpalmo más alto que sus flacos antepasados de diez siglos atrás. Cuando Peyton reemprendió el viaje, el león trotó a su lado. No creía que su amistadvaliese más que medio kilo de carne sintética de buey, pero era agradable tener alguien aquien hablar, alguien que además no intentaría contradecirle. Después de pensarlo bien,decidió que «Leo» sería un nombre adecuado para su nuevo amigo. Peyton había caminado unos cientos de metros cuando se produjo de pronto undestello cegador en el aire, delante de él. Aunque enseguida se dio cuenta de lo que era,se sobresaltó y se detuvo, pestañeando. Leo había huido precipitadamente y no se lo vepor ningún sitio. Peyton pensó que no sería una gran ayuda en caso de emergencia. Mastarde tendría que rectificar esta opinión. Cuando sus ojos se hubieron recobrado de la in presión, vio un rótulo multicolor, conletras de fuego. Pendía inmóvil en el aire y decía: ¡AVISO! SE ESTÁ USTED ACERCANDO A TERRITORIO PROHIBIDO VUELVA ATRÁS! Es una orden del Consejo Mundial Peyton contempló pensativo el aviso durante un momentos. Después miró a sualrededor, buscando proyector. Estaba en una caja de metal, no muy disimulada, a unlado de la carretera. La abrió rápidamente con las llaves universales que le había ofrecidola confiada Comisión de Electrónicos cuando se graduó. Después de unos minutos de inspección, suspiró aliviado. El proyector era un aparatoautomático se cilio. Lo activaba cualquier cosa que llegase por la carretera. Tenía unregistro fotográfico, pero lo había desconectado. Esto no le sorprendió, pues cualquier
  • 183. animal que hubiese pasado por allí habría hecho funcionar el aparato. Era una suerte. Esosignificaba q nadie sabría que Richard Peyton III había camina una vez por esta carretera. Llamó a gritos a Leo, el cual volvió despacio, bastante avergonzado. El aviso habíadesaparecido y Peyton mantuvo desconectado el aparato para impedir que aquélreapareciese cuando pasara Leo. Entonces cerró de nuevo la puerta y prosiguió sucamino, preguntándose qué sucedería ahora. Cien metros más adelante, una voz incorpórea empezó a hablarle con severidad. No ledijo nada nuevo, pero lo amenazó con varias sanciones leves, algunas de las cuales no leeran desconocidas. Era divertido observar la cara de Leo cuando trataba de localizar el origen de aquelsonido. Peyton buscó de nuevo el proyector y lo inspeccionó antes de proseguir. Pensóque sería más seguro abandonar la carretera. Podía haber en ella más aparatosregistradores. Logró convencer a Leo con cierta dificultad para que permaneciese en la superficiemetálica mientras él caminaba por la árida tierra que flanqueaba la carretera. En el mediokilómetro siguiente, el león activó otras dos trampas electrónicas. La última parecía haberrenunciado a la persuasión. Decía simplemente: CUIDADO CON LOS LEONES SALVAJES Peyton miró a Leo y se echó a reír. Leo no le vio la gracia, pero lo imitó cortésmente.Detrás de ellos, el rótulo automático se desvaneció con un último parpadeo. Peyton se preguntó por qué estarían allí aquellos rótulos. Tal vez para asustar avisitantes accidentales. Los que conocían el objetivo difícilmente se dejan disuadir por ellos. De pronto la carretera dio un giro en ángulo recto..., y allí estaba Comarre. Era curiosoque se dará tan impresionado por algo que había estad esperando. Delante de él habíaun claro inmenso de la jungla, medio ocupado por un estructura metálica negra. La ciudad tenía forma de cono en terrazas de unos ochocientos metros de altura y milen la longitud. Lo que pudiese haber bajo tierra, le resultaba imposible de adivinar. Sedetuvo asombrado por las dimensiones y la rareza del enorme edificio. Después, empezóa andar poco a poco en su dirección. Como un animal de presa agazapado en su cubil. La ciudad estaba allí esperando.Aunque ahora los visitantes eran muy pocos, estaba preparada para recibirlos, fueranquienes fuesen. A veces volvían atrás al primer aviso; otras, al segundo. Unos pocos
  • 184. habían llegado hasta la entrada antes de que flaquease su resolución, pero la mayoría,después de llegar hasta tan lejos, habían entrado de buen grado en la ciudad. Peyton llegó a la escalera de mármol que conducía a la alta pared de metal y al curiosoagujero i que parecía ser la única entrada. Leo trotaba lado en silencio sin prestar muchaatención al ex ambiente. Peyton se detuvo al pie de la escalera y marcó un número en su comunicador. Esperóa recibir el de recepción y habló despacio por el micrófono. —La mosca está entrando en el salón. Lo repitió dos veces, sintiéndose bastante tonto. Pensó que alguien tenía un perverso sentido del humor. No hubo respuesta. Esto eraparte de lo que se había convenido. Pero tenía la seguridad de que el mensaje había sidorecibido, probablemente en algún laboratorio de Scientia, ya que el número que habíamarcado era una clave del Hemisferio Occidental. Peyton abrió la lata más grande de carne y extendió la comida sobre el mármol. Pasólos dedos por la melena del león y se la retorció alegremente. —Creo que es mejor que te quedes aquí, Leo —dijo—. Tal vez esté ausente bastantetiempo. No trates de seguirme. Miró hacia atrás desde lo alto de la escalera. Se sintió aliviado al comprobar que el leónno había intentado seguirle. Estaba sentado sobre las patas traseras, mirándolotristemente. Peyton agitó una mano y se volvió. No había puerta sino tan sólo un agujeronegro en la curva superficie de metal. Resultaba muy extraño y Peyton se preguntó cómohabían esperado impedir los constructores que entrasen animales. Entonces algo le llamóla atención en aquella abertura. Era demasiado negra. Aunque la pared estaba en la sombra, no había motivo para quela entrada fuese tan oscura. Sacó una moneda del bolsillo y la arrojó a la abertura. Letranquilizó el sonido que hizo al caer y dio un paso adelante. Los circuitos discriminatorios delicadamente ajustados no habían reparado en lamoneda ni en todos los animales descarnados que habían entrado en el oscuro portal.Pero la presencia de una mente humana había sido suficiente para accionar los resortes.Por una fracción de segundo, la pantalla a través de la que se movía Peyton vibró deenergía. Después quedó de nuevo inerte. Peyton tuvo la impresión de que su pie tardaba mucho tiempo en tocar el suelo, peroesto apenas le preocupó. Mucho más sorprendente fue el paso instantáneo de laoscuridad a una súbita luz, del calor bastante sofocante de la jungla a una temperatura
  • 185. que parecía casi fría en comparación con la del exterior. El cambio fue tan brusco que lehizo jadear. Se volvió con abierta inquietud hacia el arco por el que acababa de entrar. Ya no estaba allí. Nunca había estado allí. Peyton se hallaba sobre una tarima de metalelevada, en el centro exacto de una gran habitación circular, con una docena de arcosojivales alrededor de su circunferencia. Habría podido entrar por cualquiera de ellos si nohubiesen estado a cuarenta metros de distancia. Peyton se sintió presa de pánico. Le palpitaba el corazón y algo raro le sucedía a suspiernas. Con una tremenda impresión de soledad, se sentó en la tarima y empezó aconsiderar racialmente la situación. 4. El signo de la amapola Algo le había transportado en un instante desde la negra entrada hasta el centro de lahabitación. Sólo podía haber dos explicaciones, las dos igualmente fantásticas. O algoandaba muy mal en el espacio dentro de Comarre, o sus constructores habían dominadoel secreto de la transmisión de la materia. Desde que los hombres habían aprendido a enviar sonidos e imágenes por radio,habían soñado en transmitir materia por los mismos medios. Peyton miró la tarima dondese encontraba. Podía contener fácilmente equipo electrónico, y había un abulta-miento enel techo, encima de él. Fuera lo que fuese, no podía imaginar una manera mejor de intimidar a visitantesimportunos. Se apresuró a bajar de la tarima. Prefería no permanecer demasiado enaquel sitio. Era inquietante saber que ahora no tenía manera de salir de allí sin la colaboración dela máquina que lo había traído. Decidió tomarse las cosas con calma. Cuando hubiese terminado su exploración,conocería éste y los demás secretos de Comarre. En realidad, no era presuntuoso. Entre Peyton y los constructores de la ciudad habíasiglos de investigación. Aunque podía encontrar muchas cosas nuevas para él, no habríanada que no pudiera comprender. Eligió una de las salidas al azar y empezó laexploración de la ciudad. Las máquinas estaban observando, tomándose tiempo. Habían sido construidas conuna finalidad, y todavía desempeñaban ciegamente su misión. Mucho tiempo anteshabían traído la paz del olvido a las cansadas mentes de sus constructores. Aquel olvidopodían traerlo todavía a todos los que entrasen en la ciudad de Comarre.
  • 186. Los instrumentos habían comenzado sus análisis cuando Peyton había venido delbosque. La disección de una mente humana, con todas sus esperanzas, deseos ytemores, no era algo que se pudiese hacer rápidamente. Los sintetizadores no entraríanen acción hasta dentro de unas horas. Hasta entonces el visitante sería entretenido,mientras se preparaba un recibimiento más hospitalario. El escurridizo visitante dio mucho trabajo al pequeño robot antes de que éste lolocalizase al fin, pues Peyton pasaba rápidamente de una habitación a otra en suexploración de la ciudad. La máquina se detuvo en el centro de una pequeña estanciacircular llena de interrupciones magnético e iluminada con un solo tuvo fluorescente. Según sus instrumentos, Peyton estaba a sólo unos pocos pasos de distancia, pero suscuatro lentes no podían ver rastro de él. Se quedó desconcertado y permaneció inmóvil ysilencioso. Sólo se oía el débil zumbido de sus motores y de vez en cuando el chasquidode algún resorte. Peyton observaba la máquina con gran interés desde una pasarela a tres metros delsuelo. Vio un brillante cilindro metálico encima de una gruesa placa montada sobreruedecitas. No tenía ningún tipo de miembros, y el cilindro era homogéneo, salvo por loscírculos de las lentes y una serie de rejillas metálicas para los sonidos. Era divertido observar la perplejidad de la máquina al debatir su mente diminuta dosinformaciones contradictorias. Aunque sabía que Peyton tenía que estar en la habitación,sus ojos le indicaban que el lugar estaba vacío. Empezó a caminar de un lado a otro enpequeños círculos, hasta que Peyton se compadeció de ella y descendió de la pasarela.La máquina interrumpió inmediatamente sus vueltas e inició su mensaje de bienvenida. —Soy A-Cinco. Le llevaré donde usted quiera. Por favor, deme sus órdenes en elvocabulario corriente del robot. Peyton se sintió bastante decepcionado. Era un robot perfectamente normal y él habíaesperado algo mejor en la ciudad que había construido Thordarsen. Pero la máquinapodía serle muy útil si la empleaba debidamente. —Gracias —dijo—. Por favor, llévame a las residencias. Aunque Peyton ahora estaba seguro de que la ciudad era completamente automática,aún cabía la posibilidad de que hubiese en ella alguna vida humana. Podía haber otrosque lo ayudasen en su investigación, aunque tal vez todo lo que podía esperar era que nose opusieran. Sin añadir palabra, la pequeña máquina giró en redondo sobre sus ruedas y salió de lahabitación. El pasillo por el que condujo a Peyton terminaba en una puerta bellamentetallada que éste había tratado en vano de abrir. Por lo visto A-Cinco conocía su secreto,
  • 187. pues cuando se acercaron, la gruesa placa de metal se deslizó sin ruido hacia un lado. Elrobot siguió adelante y entró en una pequeña cámara parecida a una caja. Peyton se preguntó si habría entrado en otro transmisor de materia, pero descubriórápidamente que no era más que un ascensor. A juzgar por lo que duró la subida, debióde haberlos llevado casi hasta la cima de la ciudad. Cuando se abrieron las puertas, tuvola impresión de hallarse en otro mundo. Los pasillos en que había estado primero eran grises y no estaban decorados; eranmeramente utilitarios. En contraste con ellos, los espaciosos vestíbulos y salones estabanamueblados casi con lujo. El siglo XXVI había sido un período de decoración florida ymulticolor, muy despreciada en los siglos siguientes. Pero los Decadentes se habíanadelantado mucho a su propio período. Se habían valido de los recuerdos de la psicologíay del arte para diseñar Comarre. Se habría podido pasar toda una vida sin acabar de ver todos los murales, las tallas,las pinturas y los complejos tapices que parecían conservar el brillo de cuando fueronconfeccionados. Parecía absurdo que un lugar tan maravilloso estuviese desierto y ocultoal mundo. Peyton casi se olvidó de su interés científico, corriendo como un chiquillo de unmaravilla a otra. Había obras geniales, tal vez tan grandes como las mejores que hubiese conocido elmundo. Pero era una genialidad enfermiza y desesperada, como si hubiese perdido la feen sí misma, aunque conservaba una enorme habilidad técnica. Por primera vezcomprendió por qué habían recibido aquel nombre los constructores de Comarre. El arte de los Decadentes le repelía y fascinaba al mismo tiempo. No era maligno, puesestaba completamente al margen de las normas morales. Tal vez su característica másdestacada era el cansancio y la desilusión. Al cabo de un rato, Peyton, que nunca sehabía considerado muy sensible en cuestiones de arte visual, empezó a sentirseembargado por una sutil depresión. Pero era completamente incapaz de sobreponerse aella. Por fin se volvió de nuevo al robot. —¿Vive gente aquí? —Sí. —¿Dónde están? —Durmiendo. Parecía una respuesta perfectamente natural. Pey-ton se sentía muy cansado. Laúltima hora se había esforzado por mantenerse despierto. Algo parecía obligarlo a dormir,
  • 188. imponiéndose a su voluntad. Mañana tendría tiempo sobrado de averiguar los secretosque había venido a descubrir. De momento, sólo tenía ganas de dormir. Siguió automáticamente al robot cuando éste lo sacó de los espaciosos salones y locondujo a un largo pasillo flanqueado por puertas metálicas, cada una de ellas señaladacon un signo que le resultaba algo familiar pero que no acababa de reconocer. Su mentesoñolienta aún estaba luchando sin mucho entusiasmo con el problema, cuando lamáquina se detuvo delante de una de las puertas, que se abrió sin ruido. La cama, cubierta con una gruesa colcha, era irresistible. Peyton se dirigióautomáticamente a ella, tambaleándose. Al tumbarse para dormir, un destello desatisfacción alertó su mente. Había reconocido el símbolo de la puerta, aunque su cerebroestaba demasiado fatigado para comprender su significado. No había engaño ni malevolencia en el funcionamiento de la ciudad. De maneraimpersonal, estaba realizando las tareas para las que había sido destinada. Todos los quehabían entrado en Comarre habían aceptado sus dones de buen grado. Este visitante erael primero que los había desdeñado. Los interrogadores habían estado preparados durante horas, pero la inquieta y curiosamente los había eludido. No obstante podían esperar, como lo habían hecho durante losúltimos quinientos años. Y ahora las defensas de esta mente extrañamente obstinada se estaba derrumbando alhundirse tranquilamente Richard Peyton en el sueño. Lejos y abajo, en el corazón deComarre, saltó un resorte, y unas corrientes complejas y lentamente fluctuantesempezaron a fluir y refluir a través de una serie de tubos vacíos. La conciencia que habíasido Richard Peyton III dejó de existir. Peyton se había dormido al instante. Durante un rato cayó en un completo olvido.Después volvió a experimentar breves ráfagas de conciencia. Y entonces, como siempre,empezó a soñar. Era extraño que su sueño predilecto acudiese a su mente y fuese ahora más vivido delo que había sido nunca. Durante toda su vida había adorado el mar, y en una ocasiónhabía visto la increíble belleza de las islas del Pacífico desde la cabina de observación deuna aeronave que volaba bajo. Nunca las había visitado, pero con frecuencia habíadeseado pasar la vida en alguna remota y tranquila isla, sin preocuparse del futuro ni delmundo. Era un sueño que casi todos los hombres habían tenido en alguna época de sus vidas,pero Peyton era lo bastante sensato como para darse cuenta de que dos meses desemejante existencia lo habrían llevado de nuevo a la civilización, medio loco de
  • 189. aburrimiento. Sin embargo, sus sueños nunca le habían preocupado por estasconsideraciones y, una vez más, yacía al pie de palmeras ondulantes mientras el olea] febatía el arrecife de más allá de la laguna que enmarcaba el sol con un espejo de azur. El sueño era tan extraordinariamente vivido, que Peyton pensó, incluso durmiendo queningún sueño tenía derecho a ser tan real. Entonces cesó tan súbitamente que parecíacomo si hubiera una fisura en sus pensamientos. La interrupción lo trajo de nuevo alestado consciente. Amargamente decepcionado, permaneció acostado durante un rato con los ojoscerrados, tratando de recuperar el paraíso perdido. Pero fue en vano. Algo repicaba en sucerebro, impidiéndole dormir. Además, la cama se había vuelto de pronto muy dura eincómoda. Y de mala gana volvió a pensar en aquella interrupción. Peyton había sido siempre realista y nunca le habían inquietado las dudas filosóficas,por lo que su impresión fue mucho mayor que la que habrían experimentado muchasmentes menos inteligentes. Hasta ahora jamás había dudado de su propia cordura, peroen ese momento la puso en duda pues el ruido que lo había despertado había sido, enefecto, el de las olas contra el arrecife. Estaba tumbado en la arena dorada, junto a lalaguna. A su alrededor, el viento suspiraba entre las palmeras, acariciándolo con suscálidos dedos. De momento, Peyton sólo pudo imaginarse que aún estaba soñando. Pero esta vez nocabía duda. Cuando uno está cuerdo, la realidad nunca puede confundirse con un sueño.Y esto era real, si había algo real en el universo. Poco a poco empezó a desvanecerse su impresión de asombro. Se puso en pie y laarena se desprendió de su cuerpo como una llovizna de oro. Resguardándose los ojoscontra el sol, miró a lo largo de la playa. No se entretuvo en preguntarse por qué le resultaba tan familiar aquel lugar. Parecíabastante natural saber que el pueblo estaba un poco más lejos, siguiendo la orilla de labahía. Ahora se reuniría con sus amigos, de los que se había separado durante un rato enun mundo que estaba olvidando rápidamente. Tenía el vago recuerdo de un joven ingeniero (ni siquiera recordaba su nombre) que undía había aspirado a la sabiduría y a la fama. En aquella otra vida, había conocido bien aaquella persona, pero ahora no podría explicarle jamás la vanidad de sus ambiciones. Empezó a pasear perezosamente a lo largo de la playa, con los últimos y vagosrecuerdos de su vida en la sombra desprendiéndose de él a cada paso, como sedesvanecen los detalles de un sueño a la luz del día.
  • 190. Al otro lado del mundo, tres científicos muy preocupados estaban esperando en unlaboratorio abandonado, con la mirada fija en un comunicador de múltiples canales y dediseño insólito. La máquina había guardado silencio durante nueve horas. Nadie habíaesperado un mensaje durante las primeras ocho, pero en ese momento la señalconvenida llevaba más de una hora de retraso. Alan Henson se puso en pie de un salto, llevado de su impaciencia. —¡Tenemos que hacer algo! Voy a llamarle. Los otros dos científicos se miraron inquietos. —¡Podrían localizar la llamada! —No, a menos que nos estuviesen observando. Pero aun así, no diré nada fuera de locorriente. Peyton comprenderá, si es que puede responder... Si Richard Peyton había conocido el tiempo, ahora había olvidado este conocimiento.Sólo el presente era real, pues tanto el pasado como el futuro estaban ocultos detrás deuna pantalla impenetrable, como una lluvia espesa que oculta un gran paisaje. Disfrutando del presente, Peyton se sentía absolutamente satisfecho. Nada quedabadel espíritu inquieto que lo había lanzado una vez, con cierta incertidumbre, a conquistarnuevos campos de conocimiento. Ahora, el conocimiento de nada le servía. Más tarde no pudo recordar nada de su vida en la isla. Había conocido a muchoscompañeros, pero sus nombres y sus caras se habían borrado de su memoria. Amor, pazmental, felicidad: todo esto fue suyo por un breve instante. Y sin embargo, sólo podíarecordar los últimos momentos de su vida en el paraíso. Es extraño que todo terminasecomo había empezado. De nuevo estaba junto a la laguna, pero ahora era de noche y nose hallaba solo. La luna, que siempre parecía llena, estaba baja sobre el océano y sularga cinta de plata se extendía hasta el borde del mundo. Las estrellas, que nunca cambiaban de sitio, resplandecían en el cielo sin pestañear,como brillantes joyas, más radiantes que los astros olvidados de la Tierra. Pero Peyton pensaba más en otra belleza, y se inclinó de nuevo hacia la figura queyacía sobre la arena que no era más dorada que los cabellos extendidosdescuidadamente sobre ella. Entonces tembló el paraíso y se disolvió a su alrededor. Peyton lanzó un gritoangustioso al serle arrebatado todo lo que amaba. Sólo la rapidez de la transición salvó sumente. Después se sintió como debió sentirse Adán cuando las puertas del paraíso secerraron detrás de él.
  • 191. Pero el sonido que lo había sacado de aquella situación era el más vulgar del mundo.Tal vez ningún otro habría podido alcanzar su mente en un lugar tan escondido. No eramás que la llamada estridente de su comunicador colocado en el suelo junto a la cama,en la oscura habitación de la ciudad de Comarre. El sonido se extinguió al alargar automáticamente la mano para apretar el botón delreceptor. Debió contestar algo que satisfizo al desconocido que le llamaba (¿quién eraAlan Henson?), pues después de un instante enmudeció el circuito. Peyton se sentó en lacama, todavía aturdido, sujetándose la cabeza con las manos y tratando de orientarnuevamente su vida. No había estado soñando; estaba seguro de ello. Más bien era como si hubiese vividouna segunda vida y ahora volviese a su antigua existencia, como recobrándose de unataque de amnesia. Aunque seguía aturdido, en su mente se formó una clara convicción:nunca debía volver a dormir en Comarre. La voluntad y el carácter de Richard Peyton III volvieron lentamente de su destierro. Sepuso en pie tambaleándose y salió de la habitación. De nuevo se encontró en el largopasillo con sus cientos de puertas idénticas. Con una nueva comprensión, miró al símbolotallado en ellas. Apenas se daba cuenta de adonde iba. Su mente estaba fija en el problema inmediato.Mientras caminaba, se fue despejando su cerebro y, poco a poco, fue comprendiendomejor. De momento sólo era una teoría, pero pronto la pondría a prueba. La mente humana era una cosa delicada y recluida, sin contacto directo con el mundo,que obtenía todos sus conocimientos y experiencia a través de los sentidos corporales.Era posible registrar y almacenar ideas y emociones, del mismo modo que los hombresde una era anterior habían registrado el sonido transmitido por kilómetros de alambre. Si aquellas ideas eran proyectadas a otra mente, cuando el cuerpo estaba inconscientey con todos los sentidos embotados, aquel cerebro creería estar experimentando larealidad. No podía detectar en modo alguno el engaño, como no se podía distinguir unasinfonía perfectamente grabada de la interpretación original. Todo esto se conocía desde hacía siglos, pero los constructores de Comarre habíanutilizado este conocimiento como no lo había hecho nadie en el mundo hasta entonces.En alguna parte de la ciudad debía haber máquinas que podían analizar todos lospensamientos y deseos de los que entraban en ella. En otro lugar, los creadores de laciudad debían haber almacenado todas las sensaciones y experiencias que podíaconcebir la mente humana. A partir de esta materia prima podían construirse todos losfuturos posibles.
  • 192. Peyton comprendió al fin toda la importancia del genio puesto a contribución paraconstruir Comarre. Las máquinas habían analizado sus más profundos pensamientos yconstruido para él un mundo fundado en sus deseos subconscientes. Entonces, cuandose había presentado la oportunidad, habían tomado el control de su mente e inyectado enella todo lo que había experimentado. No era de extrañar que todo lo que había deseado hubiese sido suyo en aquel paraísoya medio olvidado. Y no era de extrañar que, a través de los siglos, hubiesen sido tantoslos que habían buscado la paz que sólo Comarre podía darles. 5. El Ingeniero Cuando Peyton volvía a ser el de siempre, el sonido de unas ruedas hizo que mirasepor encima del hombre. El pequeño robot que le había servido de guía regresaba. Sinduda las grandes máquinas que lo controlaban se estaban preguntando qué le habíaocurrido al hombre que tenía a su cargo. Peyton esperó, mientras se estaba formandolentamente una idea en su mente. A-Cinco empezó de nuevo con su lenguaje programado. Parecía incongruenteencontrar una máquina tan sencilla en un lugar donde el automatismo había alcanzado elúltimo grado de perfección. Peyton pensó entonces que tal vez el robot era tan pococomplicado, deliberadamente. Habría sido inútil emplear una máquina compleja, si otrasencilla podía servir tan bien..., o mejor. Peyton prescindió del ya familiar discurso de la máquina. Sabía que todos los robotsdebían obedecer las órdenes de los humanos, a menos que otros hombres les hubiesendado anteriormente instrucciones de que no lo hiciesen. Incluso los proyectores de laciudad, pensó irónicamente, habían obedecido las desconocidas y mudas órdenes de sumente subconsciente. —Condúceme a los proyectores de pensamiento —ordenó. Como había esperado, el robot se limitó a contestar, sin moverse: —No comprendo. Peyton se sintió animado al verse nuevamente dueño de la situación. —Ven aquí y no vuelvas a moverte hasta que te lo ordene. Los sectores y relés del robot consideraron las instrucciones. No pudieron encontrarninguna contraorden. La pequeña máquina rodó despacio hacia delante. Se habíacomprometido; ya no podía volverse atrás. Tampoco podría moverse de nuevo hasta que
  • 193. Peyton se lo ordenase o algo anulase sus órdenes. La hipnosis del robot era un truco muyviejo, muy apreciado por los niños traviesos. Peyton vació rápidamente la bolsa de herramientas que siempre llevaban consigo losingenieros: el destornillador universal, la llave inglesa extensible, el taladro automático y,sobre todo, el cortafrío atómico capaz de seccionar las más gruesas planchas de metal enpocos segundos. Después, con la facilidad que se consigue con una larga práctica,empezó a trabajar en la incauta máquina. Afortunadamente el robot había sido construido para un servicio sencillo y podía abrirsesin gran dificultad. No había nada desconocido en sus controles y Peyton tardó muy pocoen descubrir el mecanismo locomotor. Ahora, pasara lo que pasase, la máquina no podríaescapar. Estaba paralizada. Después la cegó, y uno a uno, fue descubriendo sus otros sentidos eléctricos y losinutilizó. Pronto la pequeña máquina no fue más que un cilindro lleno de complicados peroestropeados aparatos. Se sintió como un niño que acabase de hacer un estropicio en unindefenso reloj de pared. Seguidamente se sentó a esperar lo que sabía que tenía queocurrir. Era un poco desconsiderado por su parte sabotear el robot tan lejos de los talleresprincipales. El transporte tardó cerca de quince minutos en subir de las profundidades. Peyton oyó el ruido de sus ruedas a lo lejos y vio que sus cálculos habían sidocorrectos. El equipo de reparación estaba en camino. El transportador era una máquina sencilla, con un par de brazos que podían agarrar ysujetar a un robot averiado. Parecía ciego, aunque sin duda sus sentidos especiales eranmás que suficientes para su fin. Peyton esperó a que la máquina recogiese al desgraciado A-Cinco. Entonces saltósobre el transportador, manteniéndose fuera del alcance de los brazos mecánicos. Nodeseaba que lo confundiesen con otro robot estropeado. Por fortuna, la gran máquina nose fijó absolutamente en él. Así fue descendiendo las distintas plantas del gran edificio, dejando atrás lasresidencias, la primera habitación donde había estado y otros pisos inferiores que nuncahabía visto. Mientras descendía, el carácter de la ciudad fue cambiando a su alrededor. Habían desaparecido el lujo y la opulencia de los niveles superiores y ahora se hallabaen una tierra de nadie de grises pasadizos que apenas eran otra cosa que conductosgigantescos de cables. Pero también éstos terminaron. El transportador pasó por unaserie de grandes puertas deslizantes y llegó al fin a su destino.
  • 194. Las hileras de paneles de relés y de mecanismos selectores parecían interminables.Aunque estuvo tentado de saltar de su inconsciente montura, Peyton esperó a ver losprincipales paneles de control. Entonces se apeó del transportador y lo vio desaparecer alo lejos, hacia alguna parte todavía más remota de la ciudad. Se preguntó cuánto tardaría el superautómata en reparar A-Cinco. Su sabotaje habíasido muy concienzudo, y pensó que lo más probable era que la pequeña máquina fuesellevada al montón de chatarra. Entonces, como un hombre muerto de hambre invitado depronto a un banquete, empezó a examinar las maravillas de la ciudad. Durante las cinco horas siguientes, sólo se detuvo una vez para enviar la señal derutina a sus amigos. Deseaba poder contarles su éxito, pero el riesgo era demasiadogrande. Después de prodigiosas investigaciones en los circuitos, había descubierto lasfunciones de las unidades principales, y empezaba a investigar algo de los equipossecundarios. Era exactamente lo que había esperado. Los analizadores y proyectores depensamiento estaban en el piso inmediatamente superior, y podían controlarse desdeesta instalación central. En cuanto a su manera de funcionar, no tenía la menor idea: sepodía tardar meses en descubrir todos sus secretos, pero los había identificado y creíaque podría desconectarlos si fuese necesario. Un poco más tarde descubrió el monitor de pensamientos. Era una máquina pequeña,bastante parecida a una antigua centralita telefónica, pero mucho más complicada. Elasiento del operador era una estructura muy curiosa, aislada del suelo y cubierta por unared de alambres y barras de cristal. Era la primera máquina, de entre todas las que habíavisto, que estaba destinada sin duda a un uso humano directo. Probablemente, losingenieros la habían construido para montar el equipo en los primeros días de la ciudad. Peyton no se habría atrevido a emplear el monitor de pensamiento si no hubiesenestado impresas con detalle las instrucciones en su panel de control. Después de algunaspruebas, conectó uno de lo circuitos y aumentó lentamente la fuerza, manteniendo elcontrol de intensidad muy por debajo de la señal roja de peligro. Fue una buena precaución pues la sensación que experimentó fue tremenda. Todavíaconservaba su personalidad, pero ideas e imágenes totalmente extrañas para él sesuperponían a sus propios pensamientos. Estaba contemplando otro mundo a través delas ventanas de una mente ajena. Era como si su cuerpo estuviese en dos lugares al mismo tiempo, aunque lassensaciones de su segunda personalidad eran mucho menos vividas que las delverdadero Richard Peyton III. Ahora comprendió el significado de la línea de peligro. Si el
  • 195. control de intensidad de pensamiento era demasiado elevado, ocasionaría sin duda lalocura. Peyton cerró el instrumento para poder pensar sin interrupción. Ahora comprendía loque había querido decir el robot cuando había respondido que los otros habitantes de laciudad estaban durmiendo. Había otros hombres en Comarre, yaciendo en trance bajo losproyectores de pensamiento. Su mente volvió al largo pasillo y a sus cientos de puertas metálicas. Durante sudescenso había cruzado muchas galerías parecidas, y era evidente que la mayor parte dela ciudad no era más que una vasta colmena de cámaras en las que miles de hombrespodían soñar sus vidas. Uno tras otro, fue comprobando los circuitos en el tablero. La inmensa mayoría de ellosestaban parados, pero aún funcionaban unos cincuenta, y cada uno de ellos transmitíatodos los pensamientos, deseos y emociones de la mente humana. Ahora que estaba plenamente consciente, comprendió cómo había sido engañado,pero esto le sirvió de poco consuelo. Podía ver los fallos de estos mundos sintéticos,podía observar cómo eran paralizadas todas las facultades críticas de la mente mientrasse vertía en ella un torrente interminable de sencillas pero vividas emociones. Ahora, todo parecía muy sencillo. Pero no alteraba el echo de que este mundo artificialera completamente real para el que lo experimentaba, tan real que el dolor deabandonarlo aún persistía en su propia mente. Durante casi una hora exploró los mundos de las cincuenta mentes dormidas. Era unainvestigación fascinadora, repulsiva. En aquella hora aprendió más del cerebro humano yde sus sistemas ocultos de lo que nunca hubiera podido imaginar. Cuando huboterminado, permaneció durante mucho tiempo sentado e inmóvil ante los controles de lamáquina, analizando su conocimiento recién descubierto. Había ganado muchos años ensabiduría y su juventud le pareció de pronto muy lejana. Por primera vez conoció directamente el hecho de que los malos y perversos deseosque a veces afloraban en la superficie de su propia mente eran compartidos por todos losseres humanos. Los constructores de Comarre no se habían preocupado del bien ni delmal, y las máquinas habían sido sus fieles servidores. Era agradable saber que sus teorías habían sido correctas. Peyton comprendía ahoraque se había librado por muy poco. Si volvía a dormirse dentro de estas paredes, tal vezno despertaría nunca más. La casualidad lo había salvado una vez, pero no volvería ahacerlo.
  • 196. Los proyectores de pensamiento tenían que ser inutilizados de manera que los robotsno pudiesen repararlos nunca. Aunque podían arreglar las averías normales, les seríaimposible reparar un sabotaje deliberado a la escala que Peyton se proponía. Cuandohubiese terminado, Comarre dejaría de ser una amenaza. Nunca volvería a atrapar sumente ni las de futuros visitantes que pudiesen llegar por el mismo camino. Pero primero tenía que localizar a los durmientes y reanimarlos. Podía ser una largatarea, pero afortunadamente el lugar donde se hallaban las máquinas estaba equipadocon un aparato corriente de monovisión. Con él podía ver y oír lo que pasaba en cualquierparte de la ciudad, enfocando simplemente los rayos sobre el sitio que hiciera falta.Incluso podía proyectar su voz en caso necesario, pero no su imagen. Aquel tipo demáquina no había sido de uso general hasta después de la construcción de Comarre. Tardó un poco en dominar los controles, y al principio el rayo se paseó errático por todala ciudad. Peyton se encontró mirando un serie de lugares sorprendentes, y en unaocasión vio incluso el bosque..., aunque invertido. Se preguntó si Leo andaría todavía porallí, y con cierta dificultad localizó la entrada. Sí, allí estaba, tal como la había visto el día anterior. Y a unos pocos metros se hallabatumbado el fiel Leo de cara a la ciudad y con una expresión preocupada en el semblante.Peyton se sintió profundamente conmovido. Se preguntó si podría hacer entrar al león enComarre. Su apoyo moral sería valioso y empezaba a sentir la necesidad de compañíadespués de las experiencias de la noche pasada. Recorrió metódicamente el muro de la ciudad y se alegró al descubrir varias entradasdisimuladas al nivel del suelo. Se había preguntado cómo iba a marcharse de allí. Aunquepudiese hacer funcionar a la inversa el transmisor de materia, la perspectiva no era muyatractiva; prefería, con mucho, el anticuado movimiento físico a través del espacio. Todas las aberturas estaban cerradas, y por un momento se sintió desconcertado.Entonces empezó a buscar un robot. Al cabo de un rato descubrió uno de los gemelos deA-Cinco que rodaba a lo largo de un pasillo, realizando alguna misteriosa misión. Se sintióaliviado cuando obedeció su orden sin discutir y abrió la puerta. Peyton dirigió de nuevo el rayo a través de las paredes y lo enfocó muy cerca de Leo.Entonces lo llamó a media voz: —¡Leo! El león levantó la cabeza, sorprendido. —¡Hola, Leo! Soy yo, Peyton. El león, con aire desconcertado, caminó despacio en círculo. Después desistió y sesentó indeciso.
  • 197. Peyton consiguió persuadir a Leo con mucha paciencia de que se acercase a laentrada. El león reconocía su voz y parecía dispuesto a obedecerle, pero estabaterriblemente confuso y bastante nervioso. Vaciló un rato en la abertura, desconfiando deComarre y del silencioso robot que lo estaba esperando. Peyton insistió a Leo para que siguiese al robot. Repitió sus instrucciones con palabrasdiferentes hasta que estuvo seguro de que el león comprendía. Entonces hablódirectamente a la máquina y le ordenó que guiase al león hasta la cámara de control. Sequedó un momento observando para comprobar que Leo le seguía. Después, con unaspalabras de ánimo, abandonó a la extraña pareja. Fue bastante enojoso descubrir que no podía ver el interior de ninguna de lashabitaciones cerradas y señaladas con el símbolo de la amapola. O bien estabanprotegidas del rayo, o bien los controles habían sido dispuestos de manera que nopudiera emplearse el monovisor para escudriñar dentro de aquellos espacios. Peyton no se desanimó. Los durmientes se despertarían bruscamente, lo mismo que sehabía despertado él. Después de mirar en sus mundos privados, sintió poca simpatía porellos; sólo un sentimiento del deber le impulsaba a despertarles. No eran dignos deconsideración. Lo asaltó una terrible idea. ¿Qué habían inculcado los proyectores en su propia menteen respuesta a sus deseos, en aquel olvidado idilio del que de tan mala gana habíaretornado? ¿Habían sido sus pensamientos ocultos tan vergonzosos como los de losotros soñadores? Era una idea incómoda, y la apartó a un lado al sentarse de nuevo ante el tablerocentral. Primero desconectaría los circuitos y después sabotearía los proyectores demanera que no pudiesen ser utilizados de nuevo. El hechizo de Comarre sobre tantasmentes quedaría roto para siempre. Peyton alargó los brazos para accionar los múltiples cortocircuitos, pero nunca terminósu movimiento. Suavemente, pero con firmeza, cuatro brazos de metal agarraron sucuerpo desde atrás. Pataleando y debatiéndose, fue levantado en el aire, lejos de loscontroles, y llevado al centro de la habitación. Allí le dejaron de nuevo y le soltaron losbrazos de metal. Más enojado que alarmado, Peyton se volvió en redondo para enfrentarse con suaprehensor. El robot más complicado que jamás había visto lo estaba mirando desdeunos pocos metros de distancia. Tenía algo más de dos metros de estatura y descansabasobre una docena de gruesos neumáticos.
  • 198. Desde varias partes de su chasis metálico se proyectaban en todas direccionestentáculos, brazos, varillas y otros mecanismos menos fáciles de describir. En doslugares, grupos de miembros estaban desmontando o reparando afanosamente piezas demaquinaria que Peyton reconoció con una súbita sensación de culpabilidad. Peyton consideró en silencio a su adversario. Era sin duda un robot de máximacategoría. Pero había empleado la fuerza física contra él, y ningún robot podía hacer estocontra un hombre aunque se negase a obedecer sus órdenes. Sólo bajo el control directode la mente de un hombre podía cometer un robot semejante acción. Por consiguiente,había vida en alguna parte de la ciudad, una vida consciente y hostil. —¿Quién eres? —exclamó Peyton al fin, dirigiéndose no al robot sino a quien locontrolaba. La máquina respondió inmediatamente con una voz precisa y automática que noparecía una mera voz humana amplificada: —Soy el Ingeniero. —Entonces, sal y deja que te vea. —Me estás viendo. El tono inhumano de la voz, tanto como las propias palabras, transformaron al instantela cólera de Peyton en una impresión de incrédulo asombro. Ningún ser humano controlaba a aquella máquina. Era tan automática como los otrosrobots de la ciudad, pero, a diferencia de ellos y de todos los demás robots que noconocía el mundo, tenía voluntad y conciencia propias. 6. La pesadilla Mientras contemplaba con ojos muy abiertos la máquina que tenía delante, Peytonsintió un escalofrío en la piel, no a causa del miedo sino de la misma intensidad de suexcitación. Su búsqueda había sido recompensada: el sueño de casi mil años estabaaquí, delante de sus ojos. Hacía tiempo que las máquinas habían conseguido una inteligencia limitada. Ahora alfin habían alcanzado el objetivo de la conciencia misma. Este era el secreto queThordarsen habría revelado al mundo, el secreto que el Consejo había sofocado pormiedo a las consecuencias que podía originar. La fría voz habló de nuevo: —Me alegro de que comprendas la verdad. Esto hará más fáciles las cosas. —¿Puedes leer mi mente? —preguntó Peyton con voz entrecortada.
  • 199. —Naturalmente. Lo he estado haciendo desde el momento en que llegaste. —Sí, lo imaginaba —dijo tristemente Peyton—. ¿Y ahora qué piensas hacerme? —Debo impedir que causes daños en Comarre. Peyton pensó que esto era bastante razonable. —Supón que me marchase ahora. ¿Estarías de acuerdo? —Sí. Sería una buena cosa. Peyton no pudo contener la risa. El Ingeniero no era más que un robot, aunquepareciera un ser humano. Era incapaz de poseer malicia, y tal vez esto le daba ventaja aPeyton. Debía intentar engañarlo para que le revelase sus secretos. Pero el robot leyó denuevo su mente. —No lo permitiré. Ya has aprendido demasiado. Debes marcharte enseguida. En casonecesario, utilizaré la fuerza. Peyton decidió ganar tiempo. Al menos podía descubrir los límites de inteligencia deaquella sorprendente máquina. —Antes de que me vaya, dime una cosa. ¿Por qué te llaman el Ingeniero? El robot respondió casi al instante. —Si se producen serias averías que no pueden ser reparadas por los robots, yo meencargo de ello. En caso necesario, podría reconstruir Comarre. Normalmente, cuandotodo funciona como es debido, me estoy quieto. Peyton pensó en lo extraña que era la idea de «quietud» para una mente humana. Lehacía gracia la distinción que había hecho el Ingeniero entre él mismo y «los robots». Hizola pregunta obligada: —¿Y si eres tú el que sufre una avería? —Somos dos. El otro está inactivo ahora. Cada uno puede reparar al otro. Esto fuenecesario una vez, hace trescientos años. Era un sistema infalible. Comarre estaba a salvo de accidentes durante millones deaños. Los constructores de la ciudad habían montado estos eternos guardianes mientrasellos iban en busca de sus sueños. No era extraño que Comarre siguiese cumpliendo suextraño objetivo, mucho después de morir sus creadores. ¡Qué tragedia, pensó Peyton, que este genio hubiese sido malgastado! Los secretosdel Ingeniero podrían revolucionar la tecnología del robot, podrían dar origen a un mundonuevo. Ahora que se habían construido las primeras máquinas inteligentes, ¿había algúnlímite en lo que vendría después? —No —dijo inesperadamente el Ingeniero—. Thordarsen me dijo que los robots seríanun día más inteligentes que el hombre.
  • 200. Era extraño que la máquina hubiese pronunciado el nombre de su artífice. ¡Así queéste había sido el sueño de Thordarsen...! Todavía no acababa de comprender suinmensidad. Aunque estaba algo preparado para comprenderlo, no podía aceptar lasconclusiones. A fin de cuentas, había un abismo enorme entre el robot y la mentehumana. —No mayor del que hay entre el hombre y los animales de los que procede, según dijouna vez Thordarsen. Tú, hombre, no eres más que un robot muy complicado. Yo soy mássencillo pero más eficaz. Esto es todo. Peyton consideró con mucho cuidado esta afirmación. Si el hombre no era más que uncomplejo robot, una máquina compuesta de células vivas en vez de alambres y tubos alvacío, podrían fabricarse un día robots todavía más complicados. Y cuando llegase estedía, la supremacía del hombre habría terminado. Las máquinas seguirían siendo susesclavas, pero serían más inteligentes que su amo. Todo estaba muy tranquilo en la gran estancia revestida de estantes de analizadores ypaneles de relés. El Ingeniero observaba atentamente a Peyton, con los brazos comotentáculos ocupados en su trabajo de reparación. Peyton empezaba a desesperarse. Como era característico en él, la oposición le hacíamás obstinado que nunca. Tenía que descubrir, de alguna manera, cómo estabaconstruido el Ingeniero. Si no lo conseguía, se pasaría toda la vida tratando de igualar elgenio de Thordarsen. Era inútil. El robot estaba fuera de su alcance. —No puedes hacer planes contra mí. Si intentas escapar por aquella puerta, arrojaréesta unidad de energía a tus piernas. A esta distancia, mi margen de error es de menosde medio centímetro. Era imposible eludir los analizadores de pensamiento. El plan apenas estaba medioformado en la mente de Peyton, pero el Ingeniero ya lo conocía. Peyton y el Ingeniero se sorprendieron por igual de aquella interrupción. Hubo un súbitodestello de oro rojizo, y media tonelada de huesos y tendones chocó a una velocidad deochenta kilómetros por hora contra el robot. Se produjo una momentánea agitación de tentáculos. Después, con un fatídicochasquido, el Ingeniero cayó al suelo. Leo, lamiéndose reflexivamente las patas, se sentósobre la máquina caída. No podía comprender del todo al brillante animal que había estado amenazando a suamo. Su piel era la más dura que había conocido desde un desafortunado incidente conuna rinoceronte, hacía muchos años.
  • 201. —¡Buen chico! —gritó alegremente Peyton—. ¡No dejes que se levante! El Ingeniero se había roto algunos de los miembros más grandes, y los tentáculos erandemasiado débiles para causar daño. Una vez más, la bolsa de herramientas de Peytonfue de un valor incalculable. Cuando hubo terminado, el Ingeniero no podía moverse,aunque Peyton no había tocado ninguno de sus circuitos neurales. En cierto modo, esocasi habría sido un asesinato. —Ahora puedes irte, Leo —dijo, una vez terminada su tarea. El león obedeció de mala gana. —Lamento haber tenido que hacer esto —se disculpó Peyton con ironía—, pero esperoque comprenderás mi punto de vista. ¿Aún puedes hablar? —Sí —respondió el Ingeniero—. ¿Qué piensas hacer ahora? Peyton sonrió. Cinco minutos antes, había sido él quien había hecho esta pregunta. Sepreguntó cuánto tiempo tardaría en llegar el hermano gemelo del Ingeniero. Aunque Leopodía resolver la situación, si se trataba de una prueba de fuerza, el otro robot habría sidoadvertido y podía ponerles la cosa difícil. Por ejemplo, podía apagar las luces. Los tubos fluorescentes se apagaron y reinó la oscuridad. Leo lanzó un gruñido decontrariedad. Peyton, bastante irritado, sacó su linterna y la encendió. —En realidad, esto me importa poco —dijo—. Ya puedes volver a encenderlas. El Ingeniero no dijo nada. Pero los tubos fluorescentes volvieron a encenderse. ¿Cómo diablos se podía luchar contra un enemigo que podía leer tus pensamientos eincluso observar cómo te preparabas para defenderte?, pensó Peyton. Tenía que evitarcualquier idea que pudiese provocar una reacción contraproducente para él, como porejemplo... Se detuvo justo a tiempo. Bloqueó por un instante sus pensamientos tratandode integrar la función omega de Armstrong en su cabeza. Después volvió a poner lamente bajo control. —Mira —dijo al fin—. Haré un trato contigo. —¿Qué es eso? No conozco esta palabra. —No importa —repuso apresuradamente Peyton—. Lo que propongo es esto: deja quedespierte a los hombres que están atrapados aquí, dame tus circuitos fundamentales yme marcharé sin tocar nada. Habrás cumplido las órdenes de tus constructores y no sehabrá causado ningún daño. Un ser humano habría discutido el asunto, pero no el robot. Su mente tardaba tal vezuna milésima de segundo en valorar cualquier situación, por complicada que fuese. —Muy bien. Leo en tu mente que piensas cumplir tu palabra. Pero ¿qué significa«chantaje»?
  • 202. Peyton se puso colorado. —No tiene importancia —se apresuró a decir—. No es más que una expresión humanavulgar. Supongo que tu..., que tu colega llegará dentro de un momento, ¿no? —Está esperando fuera desde hace un rato —respondió el robot—. ¿Quieres decir a tuperro que se esté quieto? Peyton se echó a reír. Que un robot entendiese de zoología, habría sido esperardemasiado. —Entonces..., tu león —dijo el robot, corrigiéndose al leer en la mente de Peyton. Éste dirigió unas pocas palabras a Leo y, para estar más seguro, enredó los dedos enla melena del león. Antes de ser invitado a hacerlo, el segundo robot entró silenciosamente en lahabitación. Leo se puso a gruñir y trató de soltarse, pero Peyton lo calmó. Ingeniero II era exactamente igual que su colega. Mientras se acercaba a él, ya habíapenetrado en la mente de Peyton de aquella manera desconcertante a la que éste nopodía acostumbrarse. —Veo que quieres ir a ver a los que sueñan —dijo—. Sígueme. Peyton estaba cansado de que le diesen órdenes. ¿Por qué los robots no decían nunca«por favor»? —Sígueme, por favor —indicó ahora la máquina, recalcando lo menos posible laexpresión. Peyton lo siguió. Se encontró de nuevo en el pasillo con cientos de puertas con el signo de la amapola...o en otro corredor parecido. El robot lo condujo a una puerta que no se distinguía en nadade las demás, y se detuvo delante de ella. La plancha metálica se deslizó sin ruido, y Peyton entró, no sin cierta aprensión, en elcuarto a oscuras. Había un hombre viejo en la cama. A primera vista, parecía muerto. Su respiración eratan lenta que casi no se percibía. Peyton lo miró fijamente durante un instante, y despuésdijo al robot: —Despiértalo. En alguna parte de las profundidades de la ciudad, se detuvo la corriente de impulsos através de un proyector de pensamiento. Un universo que nunca había existido sederrumbó en ruinas. Desde la cama, dos ojos febriles miraron a Peyton con el brillo de la locura. Miraron através de él y más allá, y brotó de sus labios un torrente de palabras confusas que Peyton
  • 203. apenas podía distinguir. El viejo gritaba una y otra vez nombres que podían ser depersonas o de lugares del mundo de los sueños del que había sido arrancado. Erahorrible y patético a la vez. —¡Basta! —le gritó Peyton—. Ahora has vuelto a la realidad. Los ojos brillantes parecieron verle por primera vez. El viejo se incorporó con untremendo esfuerzo. —¿Quién eres —preguntó con voz temblorosa. Y entonces, antes de que Peytonpudiese responder, prosiguió con voz entrecortada—: Esto debe ser una pesadilla... Vete,vete. ¡Deja que me despierte! Dominando su repulsión, Peyton apoyó una mano en el hombro huesudo. —No temas, estás despierto. ¿No te acuerdas? El hombre pareció no oírle. —Sí, debe ser una pesadilla..., ¡tiene que serlo! Pero ¿por qué no me despierto?Nyran, Cressidor, ¿dónde estáis? ¡No puedo encontraros! Peyton aguantó lo máximo posible, pero nada de lo que hacía podía atraer de nuevo laatención del viejo. Con corazón afligido, se volvió al robot. —Duérmele de nuevo. 7. El Tercer Renacimiento Poco a poco cesó el delirio. El débil cuerpo se quedó inmóvil en la cama y la caraarrugada volvió a convertirse en una máscara inexpresiva. —¿Están todos tan locos como éste? —preguntó Peyton. —Éste no está loco. —¿Que no está loco? ¡Claro que lo está! —Ha estado muchos años en trance. Supón que te fueses a una tierra lejana y quecambiases completamente tu estilo de vida, olvidando todo lo que conociste en tu vidaanterior. En definitiva, no tendrías más conocimiento de ella que el que tienes de tuprimera infancia. »Si por algún milagro fueses enviado de pronto al tiempo anterior, te comportaríasexactamente de esta manera. Recuerda que su vida soñada es completamente real paraél y que ahora la ha vivido ya durante muchos años. Esto era verdad. Pero ¿cómo podía ser tan perspicaz el Ingeniero? Peyton se volvióhacia él, asombrado, pero como de costumbre no tuvo necesidad de hacer la pregunta.
  • 204. —Thordarsen me dijo esto el otro día, cuando aún estábamos construyendo Comarre.Algunos de los durmientes ya llevaban veinte años en trance. —¿El otro día? —Tú dirías hace unos quinientos años. Estas palabras suscitaron una extraña imagen en la mente de Peyton. Pudo imaginarseel genio solitario, trabajando aquí entre sus robots, tal vez sin ningún compañero humano.Todos los demás habrían ido hacía tiempo en busca de sus sueños. Pero Thordarsen debió de quedarse hasta terminar su obra, pues el deseo de creaciónlo ligaba todavía al mundo. Los dos Ingenieros, su mayor logro y tal vez la hazañaelectrónica más maravillosa que se había producido en el mundo, eran sus últimas obrasmaestras. Peyton se sintió abrumado. Puesto que el genio había derrochado su vida, decidió quesu obra no pereciera sino que fuera entregada al mundo. —¿Son todos los soñadores como éste? —preguntó al robot. —Todos, salvo los más recientes. Éstos aún pueden recordar sus vidas anteriores. —Llévame hasta uno de ellos. La habitación en la que entraron era idéntica a la anterior, pero el cuerpo que yacía enla cama era el de un hombre que no tendría más de cuarenta años. —¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó Peyton. —Llegó hace pocas semanas; fue el primer visitante que tuvimos durante muchosaños, antes de que vinieses. —Despiértalo, por favor. Los ojos del durmiente se abrieron muy despacio. No había locura en ellos; sóloasombro y tristeza. El hombre debió recordar algo y se incorporó. Sus primeras palabrasfueron completamente racionales. —¿Por qué me has llamado? ¿Quién eres? —Acabo de escapar de los proyectores de pensamiento —le explicó Peyton—. Quieroliberar a todos los que aún pueden salvarse. El hombre se echó a reír amargamente. —Salvarse... ¿de qué? Yo tardé cuarenta años en escapar del mundo, y ahora túquieres arrastrarme de nuevo a él... ¡Vete y déjame en paz! Peyton no iba a darse por vencido tan fácilmente. —Crees que este mundo de ficción es mejor que la realidad? ¿No deseas escapar deél? El hombre se echó a reír de nuevo, pero sin pizca de alegría.
  • 205. —Comarre es la realidad para mí. El mundo nunca me dio nada, ¿por qué habría dedesear volver a él? Aquí he encontrado la paz, y es todo lo que necesito. Peyton giró de pronto sobre sus talones y salió de la habitación. Oyó que el hombre setumbaba de nuevo, con un suspiro de alivio. Se dio cuenta de que había sido derrotado. Yahora supo por qué había deseado reanimar a los otros. No había sido por ningún sentidode deber, sino por su propio objetivo egoísta, Había querido convencerse de que Comarreera el mal. Ahora sabía que no lo era. Siempre habría alguien, incluso en Utopía, a quienel mundo nada tendría que ofrecer, salvo pesares y desilusiones. Cada vez serían menos con el paso del tiempo. En las edades oscuras de mil añosatrás, la mayor parte de la humanidad había estado de algún modo inadaptada. Por muyespléndido que fuese el futuro del mundo, todavía habría algunas tragedias. Así pues,¿por qué había que condenar a Comarre, si ofrecía a los desgraciados su únicaesperanza de paz? No intentaría más experimentos. Su sólida fe y su confianza habían sido gravementequebrantadas. Y los soñadores de Comarre no le agradecerían el trabajo que se habíatomado. Se volvió de nuevo al Ingeniero. El deseo de abandonar la ciudad se habíaintensificado en los últimos minutos, pero el trabajo más importante estaba todavía porhacer. Como de costumbre, el robot se le anticipó. —Tengo lo que tú quieres. Sígueme, por favor. Contrariamente a lo que casi había esperado, no le condujo de nuevo a la planta de lasmáquinas, con su laberíntico equipo de control. Al final del trayecto se hallaron a mayoraltura de la que nunca había estado Peyton, en una pequeña habitación circular queimaginó que estaría en la cima misma de la ciudad. No había ventanas, a menos queunas curiosas placas puestas en la pared pudiesen hacerse transparentes por algúnmedio secreto. Era un estudio, y Peyton lo observó con veneración al comprender quiénhabía trabajado en él hacía muchos siglos. Las paredes estaban revestidas de antiguoslibros de texto que no habían sido tocados durante quinientos años. Parecía como siThordarsen hubiese salido de allí pocas horas antes. Había incluso un circuito a medioterminar, fijado en un tablero contra la pared. —Casi parece como si le hubiesen interrumpido —señaló Peyton, como si hablara parasí. —Así fue —dijo el robot. —¿Qué quieres decir? ¿No se reunió con los demás cuando os hubo construido?
  • 206. Era difícil creer que no hubiese la menor emoción en la respuesta, pero el robot hablóen el mismo tono frío con que lo había hecho hasta entonces. —Cuando nos hubo terminado, Thordarsen aún no se sintió satisfecho. El no era comolos demás. Con frecuencia nos decía que había encontrado la felicidad al construirComarre. Repetía una y otra vez que iba a reunirse con los demás, pero siempre surgíauna última mejora que deseaba hacer. Y así continuó hasta un día en que lo encontramostumbado aquí, en esta habitación. Se había parado. La palabra que leo en tu mente es«muerte», pero yo no tengo idea de lo que esto significa. Peyton guardó silencio. Le parecía que el final del gran científico no había carecido denobleza. La amargura que había oscurecido su vida por fin había desaparecido de ella.Había conocido el gozo de la creación. De todos los artistas que habían venido aComarre, él era el más grande. Y su trabajo no habría sido humano. El robot se deslizó en silencio hacia una mesa de acero y metió uno de sus tentáculosen un cajón. Cuando lo sacó, sostenía un grueso volumen encuadernado con dos hojasde metal. Se lo tendió a Peyton sin decir palabra, y éste lo abrió con manos temblorosas.Contenía muchos miles de páginas escritas en un papel fino pero muy resistente. En la guarda figuraban estas palabras, en firmes caracteres: Rolf Thordarsen Notas sobre Subelectrónica Empezado: Día 2, Mes 13, 2598 Debajo continuaba la escritura, muy difícil de descifrar, por lo visto garrapateaba conuna prisa frenética. Al leerlo, Peyton comprendió al fin, con la rapidez de una auroraecuatorial. A quien lea estas palabras: Yo, Rolf Thordarsen, que no he hallado comprensión en mi tiempo, envío este mensajeal futuro. Si Comarre existe todavía, habrás visto mi obra y escapado a las trampas quehe tendido para seres menos inteligentes. Por consiguiente, tú eres la persona adecuadapara llevar este conocimiento al mundo. Confíalo a los científicos y diles que lo empleencon prudencia. He derribado la barrera entre el hombre y la máquina. Ahora deben compartir por igualel futuro.
  • 207. Peyton leyó varias veces el mensaje y sintió un creciente afecto por su antepasadomuerto hacía tanto tiempo. Era un plan brillante. De esta manera, y tal vez de ningunaotra, Thordarsen había podido enviar su mensaje con seguridad a lo largo de los siglos,sabiendo que sólo lo recibirían las manos adecuadas. Peyton se preguntó si Thordarsenlo había proyectado ya al reunirse con los Decadentes, o si lo había concebido en unperíodo más avanzado de su vida. Nunca sabría la respuesta. Miró de nuevo al Ingeniero y pensó en cómo sería el mundo cuando todos los robotshubiesen alcanzado la conciencia. Y miró aún más allá, en la niebla del futuro. El robot no tendría ninguna de las limitaciones del hombre, ninguna de sus lamentablesflaquezas. No dejaría nunca que las pasiones nublasen su lógica. No sería nuncaarrastrado por el egoísmo y la ambición. Sería un complemento para el hombre. Peyton recordó las palabras de Thordarsen: «Ahora deben compartir por igual elfuturo.» Peyton interrumpió su ensueño. Todo esto, si llegaba a producirse tardaría siglos. Sevolvió al Ingeniero. —Voy a marcharme. Pero un día volveré. El robot se apartó despacio. —Quédate absolutamente quieto —le ordenó. Peyton miró desconcertado al Ingeniero. Entonces observó apresuradamente el techo.Allí estaba de nuevo aquel abultamiento enigmático bajo el que se había encontradocuando entró en la ciudad. —¡Eh! —gritó—. No quiero... Demasiado tarde. Detrás de él estaba la pantalla oscura, más negra que la mismanoche. Ante él se extendía el claro, con el bosque en su orilla. Era por la tarde y el sol casitocaba los árboles. Sonó un súbito gemido detrás de él: un asustado león contemplaba el bosque conincredulidad. A Leo no le había gustado el traslado. —Ahora todo ha terminado, viejo amigo —le dijo Peyton, en tono tranquilizador—. Nopuedes censurarles por intentar librarse de nosotros lo más pronto posible. A fin decuentas, hemos causado algunos estropicios. Vamos, no quiero pasar la noche en elbosque. Al otro lado del mundo, un grupo de científicos se dispersaba pacientemente, sin sabertodavía la importancia de su triunfo. En la Torre Central, Richard Peyton II acababa dedescubrir que su hijo no había pasado los dos últimos años con sus primos en Américadel Sur, y estaba escribiendo un discurso de bienvenida para el hijo pródigo.
  • 208. A mucha altura sobre la Tierra, el Consejo Mundial trazaba planes que pronto seríananulados por el advenimiento del Tercer Renacimiento. Pero el causante de todosaquellos trabajos no sabía nada de esto, y de momento le importaba poco. Peyton descendió pausadamente los peldaños de mármol de la misteriosa entrada queseguía siendo un secreto para él. Leo lo siguió a poca distancia, mirando por encima delhombro y gruñendo en voz baja de vez en cuando. Juntos emprendieron el regreso por lacarretera metálica y la avenida flanqueada por pequeños árboles. Peyton se alegró deque el sol no se hubiese puesto aún. De noche, este camino resplandecería deradiactividad interna, y los árboles retorcidos no tendrían siluetas agradables contra elcielo tachonado de estrellas. Se detuvo un rato en el recodo de la carretera para contemplar la pared curva de metalcon su única abertura negra tan engañosa a la vista. Todo su sentimiento de triunfopareció desvanecerse. Sabía que mientras viviese nunca podría olvidar lo que habíadetrás de aquellos imponentes muros: la dulce promesa de paz y de infinita felicidad. En el fondo de su alma temía que cualquier satisfacción, cualquier logro que pudieseofrecer el mundo exterior, no sería nada en comparación con la bienaventuranza gratuitaque brindaba Comarre. Por un instante se vio, como en una pesadilla, volviendo viejo yachacoso por esta carretera en busca del olvido. Pero se encogió de hombros y apartóesta idea de su mente. En cuanto hubo salido del llano, recobró rápidamente el ánimo. Abrió de nuevo elprecioso libro y hojeó sus páginas microimpresas, embriagado por las promesas quecontenía. Hacía siglos que lentas caravanas habían pasado por este camino, trayendo oroy marfil para Salomón el Sabio. Pero todos aquellos tesoros no eran nada en comparacióncon este simple libro, y toda la sabiduría de Salomón no había podido imaginar la nuevacivilización de que esta obra sería la semilla. Peyton empezó a cantar, cosa que hacía muy raras veces y terriblemente mal. Lacanción era muy antigua, tan antigua que procedía de una era anterior a la energíaatómica, anterior a los viajes interplanetarios e incluso anterior al advenimiento de laaviación. Se refería a cierto barbero de una desconocida ciudad llamada Sevilla. Leo guardó silencio todo el tiempo que le fue posible. Después, también él empezó acantar. El dúo resultó un fracaso. Cuando se hizo de noche, el bosque y todos sus secretos se ocultaron detrás delhorizonte. Peyton durmió bien, de cara a las estrellas y con Leo vigilando a su lado. Y esta vez no soñó.
  • 209. EN MARES DE ORO No estoy seguro de si esto debería considerarse un cuento corto o un artículoinventado. Le otorgaré el beneficio de la duda y así podré utilizarlo para terminar estaantología. Lo escribí como reacción a las montañas de literatura que había leído sobre la Iniciativade Defensa Estratégica (como, para pesar de George Lucas, La guerra de las galaxias)desde que el presidente Reagan la anunció en su famoso discurso de marzo de 1983.Cuanto más estudiaba este tema increíblemente complejo (y deprimente), tanto másconfuso me sentía, hasta que al fin decidí que sólo había una manera de tratarlo: la queutilizo En mares de oro. Fue también una respuesta a un discurso ulterior del presidente Reagan en el que,para mi regocijo algo mortificado, fui utilizado en favor de su proyecto predilecto alatribuirme este dicho: «Cada nueva idea pasa por tres fases. Primera: Es una locura; nome haga perder el tiempo. Segunda: Es posible, pero no vale la pena. Tercera: ¡Ya dijedesde el principio que era una buena idea!»* (Sé quién dio esta munición al presidente:siga leyendo...) En mares de oro, que en principio había titulado «Iniciativa de defensa del presupuesto:una breve historia», tuvo un récord de publicación increíble. Apareció por primera vez enun periódico de circulación un tanto minoritario, el número de agosto de 1986 deNewsletter, de la Junta de Ciencia de Defensa del Pentágono, que seguramente noencontrarán ustedes en la librería de su barrio. La persona responsable de esta pieza de desinformación de alto nivel fue, en 1943, unjoven graduado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts que trabajaba en el GroundControl Approach Team (véase mi única novela que no es de ciencia ficción, Clide Path,pero que habría sido de ciencia ficción si se hubiese publicado veinte años antes). Micolega durante la guerra, Vert Fowler, había ascendido, convirtiéndose en el doctorCharles A. Fowler, vicepresidente de la Mitre Corporation y presidente de la DefenseScience Board. A pesar de estas responsabilidades, no había perdido el sentido delhumor. Cuando le envié mi pequeña sátira, pensó que alegraría las grises vidas de losmuchachos de la Iniciativa de Defensa Estratégica, hasta entonces sólo interrumpidas por
  • 210. ocasionales rayos láser y por explosiones de pocos megatones. En todo caso, dioresultado. El año siguiente, en el número de mayo de 1987, la revista OMNI presentó la obra a unpúblico bastante numeroso, y el consejero de ciencias de la Casa Blanca, doctor George(Jay) A. Keyworth II, fue bombardeado con copias por todos sus amigos, los cuales, poralguna oscura razón, pensaron que podía interesarle... Por fin nos conocimos en el mes de julio de 1988 en el Johns Hopkins Medical Center,de Baltimore, en el que Jay, para mi profunda gratitud, había patrocinado mi admisión.También debo mi agradecimiento al doctor Daniel Drachman, director de la unidadneuromuscular de la Johns Hopkins School of Medicine y a sus valiosos colegas poranimarme con la noticia de que mi problema no era la enfermedad de Lou Gehrig, sino elbastante menos amenazador síndrome de pospolio. Todavía espero llegar al 2001 enbuena forma. ¿Que si volveré a escribir más cuentos reales? Pues realmente no lo sé; no he tenidodeseos de hacerlo durante más de una década y considero que Encuentro con Medusa esun canto del cisne bastante bueno. Lo seguro es que voy a estar ocupado durante lospróximos años con una trilogía Rama muy ambiciosa, con mi colaborador en Cuna,Gentry Lee, y con una novela propia, cuyo título actual es The Ghost of the Grand Banks. En todo caso, todavía no me creo merecedor del descarado comentario que apareciórecientemente en un ensayo, deplorando el triste estado de la moderna ciencia ficción, de«esos famosos no-muertos, Clarke y Asimov». Inútil decir que envié esto de buen grado a mi amigo transilvano, con este comentario:«Bueno, esto es mucho mejor que la alternativa.» Tengo la seguridad de que el Buen Doctor estará de acuerdo. En contra de lo que opinan muchos de los llamados expertos, hoy es incuestionableque la controvertida Iniciativa de Defensa del Presupuesto de la presidenta Kennedy fueuna idea enteramente suya, y su famoso discurso «Cruz del Bien» sorprendió tanto alOMB y al secretario del Tesoro como a todos los demás. El asesor científico presidencial,doctor George Keystone («Cops» para los amigos) fue el primero en enterarse de ello. Laseñora Kennedy, gran lectora de ficción histórica, del pasado o del futuro, tropezó con unaoscura novela sobre el Quinto Centenario, en la que se decía que el agua de mar contieneconsiderables cantidades de oro. Con intuición femenina (así dijeron más tarde sus
  • 211. enemigos), la presidenta vio al instante la solución a uno de los problemas másapremiantes de su administración. Era la última de una larga lista de jefes del ejecutivo que se habían horrorizado por elprogresivo e inexorable déficit presupuestario, y dos noticias recientes habían exacerbadosu preocupación. La primera era el anuncio de que en el año 2010 cada ciudadano deEstados Unidos nacería con un millón de dólares de deuda. La otra era la difundidainformación de que la moneda más fuerte del mundo libre era ahora el billete del metro deNueva York. —George —dijo la presidenta—, ¿es verdad que hay oro en el agua del mar? Y si esasí, ¿podemos extraerlo? El doctor Keystone le prometió una respuesta al cabo de una hora. Aunque nuncahabía conseguido que la gente se olvidase de que su tesis doctoral había versado sobrela un tanto extraña vida sexual del trivit de Patagonia (que, como se había dichoinnumerables veces, sólo podía interesar a otro trivit patagón), era sumamente respetadotanto en Washington como en los medios académicos. Esta hazaña, se debía en granparte a que era el experto en ordenadores más rápido del Este. Después de consultardurante menos de veinte minutos los bancos de datos globales, había obtenido toda lainformación que necesitaba la presidenta. Ésta quedó sorprendida, y hasta un poco mortificada, al descubrir que su idea no eraoriginal. Ya en 1925, el gran científico alemán Fritz Haber había intentado pagar lasenormes reparaciones de guerra impuestas a Alemania, extrayendo oro del agua del mar.El proyecto había fracasado, pero, como señaló el doctor Keystone, la tecnología químicahabía progresado en proporción geométrica desde los tiempos de Haber. Y si EstadosUnidos podían ir a la Luna, ¿por qué no iban a poder extraer oro del mar...? El anuncio de la presidenta de que había fundado la Organización para la Iniciativa deDefensa del Presupuesto (OIDP) provocó inmediatamente una enorme cantidad dealabanzas y de críticas. A pesar de numerosos requerimientos desde la finca de lan Fleming, los medios dedifusión apodaron inmediatamente doctor Goldfinger al consejero de ciencias de lapresidenta, y Shirley Bassey salió de su retiro con una nueva versión de su canción másfamosa. Las reacciones a la Iniciativa de Defensa del Presupuesto se dividieron en trescategorías principales, que a su vez dividieron a la comunidad científica en gruposterriblemente belicosos. Primero estaban los entusiastas, seguros de que la idea eramaravillosa. Después los escépticos, que argüían que era técnicamente imposible o, al
  • 212. menos, tan difícil que el costo superaría el rendimiento. Y por último los que creían queera realmente posible pero que sería una mala idea. Tal vez el más conocido de los entusiastas era el famoso doctor Raven, del LaboratorioNevermore, fuerza impulsora detrás del Proyecto EXCELSIOR. Aunque los detalles eranabsolutamente secretos, se sabía que la tecnología incluía la utilización de bombas dehidrógeno para evaporar grandes cantidades de océano, dejando todo el mineral (incluidoel oro) listo para su ulterior proceso. Inútil decir que muchos criticaban duramente el proyecto, pero el doctor Raven podíadefenderlo desde detrás de la cortina de humo del secreto. A los que se lamentaban «¿Noserá el oro radiactivo?», les respondía alegremente: «¿Y qué? ¡Así será más difícilrobarlo! Además estará enterrado en las cámaras acorazadas de los bancos, así quepoco importará que sea radiactivo.» Pero tal vez su argumento más contundente era que se lograría un producto derivadode EXCELSIOR: varios millones de toneladas de pescado hervido al instante paraalimentar a las multitudes que se morían de hambre en el Tercer Mundo. Otro sorprendente defensor de la IDP fue el alcalde de Nueva York. Al enterarse deque se calculaba que el peso total del oro del océano era de cinco mil millones detoneladas como mínimo, el polémico Fidel Bloch proclamó: «¡Al menos nuestra granciudad tendrá las calles pavimentadas de oro!» Sus numerosos críticos sugirieron queempezase por las aceras, para que los desventurados neoyorquinos dejasen dedesaparecer en profundidades insondables. Las críticas más acerbas fueron las de la Unión de Economistas Preocupados, queseñalaron que la IDP podía tener consecuencias desastrosas. A menos que secontrolasen minuciosamente, la inyección de grandes cantidades de oro tendría efectosdevastadores sobre el sistema monetario mundial. Algo parecido al pánico había yaafectado al comercio internacional de joyería: las ventas de anillos de boda habíandescendido a cero después del discurso de la presidenta. Pero las protestas más ruidosas habían procedido de Moscú. A la acusación de que laIDP era un sutil complot capitalista, había replicado el secretario del Tesoro diciendo quela URSS tenía ya la mayor parte del oro del mundo en sus cámaras acorazadas, por loque sus objeciones eran sencillamente hipócritas. Todavía se estaba discutiendo la lógicade ésta respuesta cuando la presidenta aumentó la confusión. Sorprendió a todo elmundo al anunciar que, cuando se hubiese perfeccionado la tecnología de la IDP,Estados Unidos la compartiría de buen grado con la Unión Soviética. Nadie la creyó.
  • 213. Apenas si había una organización profesional que no se hubiese inclinado en pro o encontra de la IDP. (O en algunos casos, tanto en un sentido como en otro). Los abogadosde Derecho Internacional suscitaron un problema que la presidenta había pasado por alto:¿Quién era realmente dueño del oro del océano? Cabía presumir que todos los paísesreclamaran como suyo el contenido del agua de mar dentro del límite de doscientas millasde la Zona Económica; pero como las corrientes marinas agitaban continuamente esteenorme volumen de líquido, el oro no se quedaría quieto en un lugar. En definitiva, una sola planta de extracción, en cualquier lugar de los océanos delmundo, podría llevárselo todo... sin tener en cuenta las reclamaciones nacionales. ¿Quépensaba hacer Estados Unidos al respecto? Sólo brotaron unos débiles rumores dedesconcierto de la Casa Blanca. Una persona a la que no preocupaban estas críticas —ni ningunas otras— era elcapacitado y ubicuo director de la OIDP. El general Isaacson había conseguido unaextraordinaria y merecida fama como reparador de entuertos en el Pentágono; tal vez suhazaña más celebrada fue la desarticulación del siniestro círculo controlado por la Mafiaque había intentado monopolizar uno de los productos más lucrativos de Estados Unidos:los innumerables miles de millones de rollos de papel higiénico para el servicio militar. Fue este general quien arengó a los medios de difusión e informó sobre elfuncionamiento de la todavía incipiente tecnología de la IDP. Su ofrecimiento desujetadores de corbata de oro —bueno, chapados de oro— a periodistas y reporteros detelevisión fue un golpe genial alabado por todos. Sólo después de haber publicado susprolijos artículos se dieron cuenta los representantes de la prensa de que el astutogeneral nunca había dicho que el oro procediese realmente del mar. Pero entonces ya era demasiado tarde para rectificaciones. En la actualidad, cuatro años después del discurso de la presidenta y todavía dentrodel primer año de su segundo mandato, es imposible predecir el futuro de la IDP. Elgeneral Isaacson ha enviado al mar una gran plataforma flotante que, según informóNewsweek, parecía como si un portaaviones hubiese intentado hacer el amor a unarefinería de petróleo. El doctor Keystone, alegando que había terminado con éxito sutrabajo, ha dimitido para ir en busca del más grande trivit patagón. Pero la mayoramenaza, según han revelado los satélites de reconocimiento de Estados Unidos es quela Unión Soviética está construyendo enormes y perfectas tuberías en los puntosestratégicos de su costa.
  • 214. FIN