• Share
  • Email
  • Embed
  • Like
  • Save
  • Private Content
Sergio ramirez   el caribe somos todos
 

Sergio ramirez el caribe somos todos

on

  • 516 views

 

Statistics

Views

Total Views
516
Views on SlideShare
516
Embed Views
0

Actions

Likes
0
Downloads
1
Comments
0

0 Embeds 0

No embeds

Accessibility

Categories

Upload Details

Uploaded via as Microsoft Word

Usage Rights

© All Rights Reserved

Report content

Flagged as inappropriate Flag as inappropriate
Flag as inappropriate

Select your reason for flagging this presentation as inappropriate.

Cancel
  • Full Name Full Name Comment goes here.
    Are you sure you want to
    Your message goes here
    Processing…
Post Comment
Edit your comment

    Sergio ramirez   el caribe somos todos Sergio ramirez el caribe somos todos Document Transcript

    • El Caribe somos todosSERGIO RAMÍREZEL PAIS, 4 SEP 2001, http://elpais.com/diario/2001/09/04/opinion/999554411_850215.htmlArchivado en:Esta mañana he recordado algo clave que olvidé decir a la periodista de la France Press que me llamó ami casa de Managua para pedirme que le diera mi opinión sobre Jorge Amado, quien acababa de moriren Salvador, la populosa ciudad del Estado de Bahía en el noreste del Brasil, donde siempre vivió. Unescritor amado por la gente, se lo dije, y que sería difícil repartir sus cenizas entre todos los que leyéndololo amaron, y a quienes él, escribiendo para todos ellos, amó, se lo dije también. Un escritor acusado deser demasiado popular, vaya acusación.Pero olvidé decirle a la periodista que Jorge Amado es un escritor del Caribe. Salvador da al Atlánticoabierto, lejos del mar Caribe, será el primer reparo del lector que conoce de geografía, y es cierto. Perosiempre diré que el Caribe, más que un concepto geográfico, es un concepto cultural. Un concepto de unaenorme variedad y un enorme poder.No hay una novela más caribeña que Gabriela, clavo y canela, y sus personajes bien pudieran vivir en LaHabana, o en Cartagena, o en Santo Domingo, o en Maracaibo, igual que los personajes de Doña Flor ysus maridos. Los ruidos nutridos de la calle; el olor del salitre, del sudor y de las frituras; el alboroto desituaciones; el desenfado provocador de las mujeres que pueblan los escenarios calurosos de losmediodías encendidos; esos caballeros tan compuestos y presuntuosos que se pierden en los meandrosde la noche. Y todo aquel mundo de pobres de solemnidad de las barriadas erizadas de antenas detelevisión, expulsados de las campiñas arruinadas, se repite por todo el Caribe en sus miserias y colores,balcones decrépitos llenos de tiestos de flores, azoteas donde flamea la ropa tendida, y las voces desoprano de las mujeres que se cruzan de una a otra ventana.No es el falso Brasil de Carmen Miranda bailando con un adorno de frutas tropicales de cera en lacabeza, o el de Pepe Carioca, el muñeco de tinta de Walt Disney creado en aquellos años felicescuarenta como el emblema del buen vecino latinoamericano bien portado, sino el Brasil caribeño de JorgeAmado: negros, mestizos, blancos europeos, chinos, hindúes, en formidable mezcolanza. El mismouniverso abigarrado de El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, o el de Paradiso, de José Lezama Lima,donde las criadas citan a Platón. En ese universo para siempre mágico los muertos regresan de sustumbas porque no dejan de penar por el cuerpo de su mujer desnudándose en la penumbra del aposentode celosías cerradas, como en Doña Flor.Pero si llevamos un poco más lejos esta tesis peligrosa, Carlos Gardel, el morocho del abasto, vendría aser también caribeño, si es que el tango sentimental viene desde el candombe que a su vez nace en elrecóndito retumbo de los tambores africanos, que engendraron también el danzón, tambores africanos ycontradanza francesa, que de Puerto Príncipe pasó a La Habana, y de allí a Veracruz. Como es tambiéncaribeño, por supuesto, Agustín Lara por jarocho veracruzano, junto con Toña la Negra, y Carlos Fuentes,como queda patente en su espléndida novela Los años con Laura Díaz.Y el maê de santo, o el pai de santo, las santerías bahianas de Jorge Amado, santerías de negros, sonlas mismas de los altares cubanos de Regla consagrados a los santos yorubas donde comparece enbusca de protección -una limpia de malos espíritus-el mismísimo Enrico Caruso después que una bombaque descalabra el teatro habanero donde cantaba Aida lo hace huir a la calle, según está debidamentecontado en la novela Como un mensajero tuyo, de la puertorriqueña Mayra Santos.Un territorio que está donde los vientos de la pasión nos lleven, Salvador en el Atlántico, o Guayaquil enel Pacífico, donde Julio Jaramillo fue enterrado en medio de un carnaval fúnebre al que asistió unamultitud de cien mil personas, un espectáculo que sólo en tierras estremecidas por los fragores de laexageración y el desenfreno se puede ver. El Caribe que está también en la costa del pacífico de
    • Centroamérica, entre volcanes que derraman lava ardiente, y donde nació Rubén Darío, un caribeño depluma debajo del sombrero igual que Gabriel García Márquez. León de Nicaragua, o Cartagena de Indias,qué más da.Las fronteras del Caribe son móviles, están donde está ese mestizaje creativo que se multiplica tanto enislas como en tierra firme. Las islas de Derek Walcott que la golondrina negra se está llevando siempre deregreso hacia África. Es un territorio cultural hecho con la música más rítmica y más sentimental delmundo, con las religiones sincréticas que visten a los santos africanos con mantos y coronas de santoscatólicos. Un territorio que es una invención constante de la literatura, de las lenguas, de las artesculinarias. En ese territorio puede ser que llueva café en el campo, como canta el dominicano Juan LuisGuerra. Y también cocina allí, desde una mecedora, aquel viejo sureño Teófilo McCaslin, personajede Desciende, Moisés que bien podría ser un Buendía, porque también William Faulkner es un escritor delCaribe: Yoknapatawpha por el norte, Macondo por el sur, el Mississippi y el Magdalena ríos desbordadosdel Caribe, como el Orinoco de Rómulo Gallegos.Es el territorio mágico de fulgores revueltos desde donde Jorge Amado ha partido, sólo para dar un paseohasta la esquina y regresar, silbando la misma tonada.Sergio Ramírez es escritor
    • Esplendor del Caribe Sergio Ramírez (Homenaje a Alejo Carpentier)En este año de centenarios, también celebramos el del nacimiento del cubano Alejo Carpentier, que puso en la forma deun nuevo barroquismo literario la voz encontrada del continente latinoamericano. A él, padre de El Reino de esteMundo , y El Siglo de las Luces , le debemos este Esplendor del Caribe con el que Sergio Ramírez le rinde tributo.Carpentier supo dar con la expresión que nos une como columna vertebral a gran parte de América Latina, cuyasfronteras son más amplias y distintas de las de los mapas, y de las que imaginamos, como nos señala Sergio.Todos somos del Caribe. Todos quienes habitamos islas, meandros, y la tierra firme, montes y llanuras querodean este mare nostrum de la imaginación. Todos, salvo quienes, por ejemplo, viven en esa alta planiciede lluvias frías de Santa Fe de Bogotá, lejos de los fragores marinos de la costa caliente, y donde la únicalujuria del paisaje son las reglas gramaticales. Todavía hace poco se vestían los bogotanos de luto riguroso yllevaban paraguas de seda, maestros temibles de la circunspección, hasta que apareció por las calles paraalborotarlo todo el temible Pedro Navaja, seguido de su corte de narcotraficantes alhajados en cuello,muñecas y dentadura, y que se sientan, además, en retretes de oro macizo.El Caribe, esa deidad tan ubicua y tan vasta, coronada de pámpanos y flores negras de Citeres, quecomienza donde uno quiere que comience, y termina en un confín de sombras vaporosas donde navega elbergantín en cuya proa se alza, enfundada, la primera guillotina traída a América por Víctor Huges, el oscuroy ardoroso comerciante marsellés afincado en Puerto Príncipe, héroe dual que vive en las páginas de El siglode las luces . Mar revuelta, encajes de espumas sanguinolentas tejidos en la prosa de Alejo Carpentier, realy maravilloso novelista, cuyo centenario celebramos este año.Tal vez comienza el Caribe en tierras del Dorado, Río Magdalena abajo, desde la ciénaga a las aguas teñidasde colores lúbricos que se revuelven frente a Cartagena, allí donde el cabello de las doncellas difuntasenterradas en los conventos crece para siempre jamás, hacia Barranquilla en fiesta perpetua, adonde sesigue yendo el caimán de fauces descomunales, dormido como un niño en la corriente, hacia Santa Marta,donde recaló adolorido el libertador, ya sin espada que empuñar, y de allí, al otro lado del cabo de La Vela,hacia Maracaibo, junto al lago de oro negro, y hacia Caracas, tras el cerro del Ávila prendido de misérrimascasuchas infinitas, el País Portátil de Adriano González León.Y entonces, después de tanto andar y navegar por entre tantas islas, sabremos que esos colores lúbricosestán también en el habla, en la lujuria del acento que se dispersa como un polen sagrado: no hayvenezolano circunspecto, aunque sea un venezolano andino, porque todo allí es una revoluta de discusionesdonde la palabra se arrebata a mansalva. Paseando a pie, de noche, por esas calles provincianas deCaracas, atrapadas entre autopistas y rascacielos excesivos, porque en el Caribe todo es también unaexageración, se podría estar, igual, en cualquier barrio de Tegucigalpa rodeada de cerros, barrios plateadospor la luna donde los vecinos se sientan a conversar en las aceras y brillan entre las acacias del andén lasfarolas de las farmacias de turno.Oigan esos ecos cantarinos, esas parrafadas que terminan atropellando en un solo sostenido las palabrasmutiladas. Son los mismos dejes, los mismos acentos que ya oímos antes en Barranquilla, en Cartagena, enSanta Marta, en Maracaibo, y que seguiremos oyendo en Veracruz, en Panamá, en Santo Domingo, en LaHabana, en San Juan, una sílaba comida de más, quizás, una entonación risueña, un registro más alto, unamuletilla esplendorosa, tan sólo como leves distinciones de un mismo cantar en el que suenan, a lo lejos, lostambores africanos que los esclavos escuchaban en lo hondo de sus sueños, hacinados en los barcos que lostraían desde Guinea y desde el Congo.Hablamos cantando, hablamos cantado. Pregones de fruteras, pregones de cerrajeros, pregones de lotería. Yhablamos contando. Todos somos novelistas en ciernes, desde luego que a cada quien, desde la infancia, lodeslumbra una historia maravillosa. Todos somos nietos de una novelista que es la abuela, todos hemos sidollevados de la mano a conocer el hielo por un abuelo. El polen mágico, las palabras y sus músicas y sus ecosvuelan sobre el mar de las Antillas arrastradas por los vientos de tormenta que empujan las velas en
    • harapos del barco errante de Víctor Huges, libertador de esclavos y luego monteador de esclavos, el barcoerrante que aparece de nuevo en las páginas de Cien años de soledad .O voces, y músicas, y ritmos, y cantos, pregones, historias cantadas o historias contadas, que pueden oírsede una ciudad a otra, de una isla a otra, de una costa a otra, en noches serenas, el sonsonete delballenato cuando salgo de parranda no me acuerdo de la muerte que desde Río Hacha se revuelve en ecoshasta México, costa adentro, donde otra vez melancólica responde en un corrido, murmullos bajo tierra delas voces de los muertos de Juan Rulfo, no vale nada la vida, la vida no vale nada ; voces que oyen tambiénen alta mar los marineros, a como oyen los timbales de las cumbiambas que suenan hasta el amanecer enlas bocas del Magdalena, o los sones de una guaracha que traen los vientos del Jibao, o como se divisandesde Isla de Mujeres las luces de la Isla de Pinos si la noche es serena y el cielo está despejado deborrascas. Un mar de ecos, un mar de espejismos.Yo vengo del otro Caribe, el de la costa del Pacífico de Centroamérica. Allí, donde yo vivo, también reina laexageración. Después de un aguacero los ríos no vuelven jamás a su cauce, y también hay huracanes quepueden soplar noches enteras, y volcanes que amanecen humeantes donde antes era campo llano. Losescritores del Caribe, como Carpentier lo probó con creces, somos hijos dóciles de la exageración.Los ingleses inventaron en la costa del Caribe de Nicaragua, para beneficio de los novelistas, una dinastía dereyes zambos, los reyes misquitos coronados con pompa en la catedral anglicana de Kingston, y que recibíancada año, como dote real, una generosa provisión de barricas de ron. Uno de esos misquitos, marinero deun bergantín de la flota de Dampier fue abandonado en castigo a su indolencia en la isla desierta de JuanFernández.Se llamaba Robin. Daniel Defoe lo transformó en Robinson Crusoe, un europeo dueño de la hazaña devalerse por sí mismo en la soledad. De allí viene el mito. Es un mito europeo, el hombre civilizado capaz deresistir las más duras condiciones materiales, no sólo el aislamiento espiritual. Nosotros, aquí dondevivimos, no conocemos la soledad. Pero este Robinson Crusoe es, de todas maneras, un personaje delCaribe que nació en el Caribe, porque no hay mito que se nos escapa ni invención que no tenga aquí susraíces alucinógenas. Aquí, donde se incuban las mejores ideas redentoras y los sueños más perversos.¿Dónde sino habría de aparecer Henri Christophe, el antiguo cocinero de una fonda en Cape Française, queinventó el trono de Haití para coronarse rey? Un rey que a diferencia de los fantoches de la dinastía de loszambos misquitos de Nicaragua, tenía poder de vida y muerte sobre sus súbditos, los antiguos esclavos queél mismo había liberado, después de pasar a cuchillo a los colonos franceses, y que bajo su férula volvían aser lo mismo de siempre, esclavos.Hizo construir encima de las lejanas rocas de las cumbre del Gorro del Obispo la ciudadela de La Ferrière,cada bloque de piedras subido a lomo de sus súbditos esclavos, y en el palacio de cantera rosada de SansSouci estableció su remedo de corte francesa con duques y marqueses que llevaban ahora las pelucasempolvadas de sus antiguos amos, una corte que quería ser más suntuosa que la que había seguido aPaulina Bonaparte, en el mismo Haití, por los salones de su propio palacio de Cape Français.Henri Cristophe, el esclavo liberto dueño de esclavos, es el personaje de la novela El reino de este mundo deAlejo Carpentier, como lo fue de la piezaEmperor Jones de Eugenio ONeill . ¿Pero qué es la historia deAmérica toda sino una crónica de lo real maravilloso?, dice el mismo Carpentier.En nuestro mar cerrado nació la imaginación más desbocada, porque los hechos eran desbocados. ¿Larealidad persigue a la imaginación o es la imaginación la que persigue a la realidad?. A las ventanas delpalacio de Sans Souci se asomaban damas coronadas de plumas, con el abundante pecho alzado por el talledemasiado alto de los vestidos de moda. En uno de los suntuosos salones ensayaba una orquesta decámara. Los oficiales de casaca roja y bicornio, con espadas al cinto, parecían oficiales napoleónicos.“Negras eran aquellas hermosas señoras, de firme nalgatorio, que ahora bailaban la rueda en torno a unafuente de tritones”, oímos en la novela. Y aquel mundo maravilloso se vuelve inexplicable para Ti Noel, elantiguo esclavo, ya anciano, que lo está viendo todo con ojos de asombro, y sobre cuya espalda loscapataces van a encajar pronto una piedra para que la lleve, uno más entre aquel hormiguero de esclavos,hasta la cumbre donde se construye la fortaleza de La Ferrière.¿Cuán real ha sido lo maravilloso, y cuán maravilloso ha sido lo real? Lo primero que habría de encandilar alos conquistadores españoles fue la majestad, y la inmensidad variada de una naturaleza que vieron conojos fantasiosos. Demasiado fantasiosos. V.S. Naipul, el gran escritor de Trinidad, nos dice en La pérdida deel Dorado que los españoles no venían preparados para el asombro, porque en sus cabezas había yafantasías demasiado persistentes. Son las fantasías que habría de heredar Henri Cristophe, que mientrassaca del agua hirviente un capón para desplumarlo, piensa en la opresión como esclavo, e imagina el podercomo caudillo. Imagina con delirio. Los conquistadores, antes de él, no hacían sino imaginar con delirio.Colón, el primero de todos, lo que quiso ver en nuestras costas fueron huertos floridos de azahares como los
    • de Valencia, y aún más. Con el mejor de los aplomos escribe que el río Orinoco tenía su fuente en el propioparaíso terrenal; y cuando en su último viaje de 1502 llega a la costa del caribe de Centroamérica, imaginaque está por fin a la vista de las lejanas tierras de la especiería y de la seda, Catay y Cipango, y que siseguía navegando hacia el sur alcanzaría la península de Malaya donde por fin iba a encontrar el estrechopara pasar a la India. En su mente bullían las ideas heredadas a la imaginación de Europa por otroformidable mentiroso, Marco Polo, pero Colón le iba en ventaja.En aquel mismo último viaje de 1502 encontró en Caratasca a una tribu a la que llamó la raza de losorejones, comedores de carne cruda, que tenían los lóbulos de las orejas tan grandes como para que cupieraen ellos un huevo de gallina. Eran una variedad del Homo fanesius auritus , habitante de la mítica Californiade los caballeros andantes, seres extraordinarios que podían cobijarse con sus propias orejas paraprotegerse del frío, y que a lo largo de toda la conquista seguirían siendo encontrados en América, lo mismoque aquella otra raza descabezada que tenía ojos, boca y nariz en el pecho, los esternocéfalos. Y gigantesde seis metros de estatura en la Patagonia, y hombre de un solo pie, y amazonas que se mutilaban uno delos pechos para distender sin estorbo el arco al disparar la flecha, y también las siete ciudades de Cibola, losdominios del Preste Juan, que Fray Marcos de Niza juraba haber encontrado en los desiertos ardientes deSonora.“Para empezar”, dice Carpentier, “la sensación de los maravilloso presupone una fe”, y lo maravillosocomienza a serlo de verdad cuando surge de una alteración de la realidad. El Caribe se hubiera valido a símismo sin exageraciones, como aquellas de que harán gala en sus cartas de relación los capitanes de laconquista. Ya se sabe que tenían por abanderado al mismo apóstol Santiago, gallardo jinete en caballoblanco, la espada desenvainada, como ocurrió en la batalla de Tlaxcala, donde guerreó al lado de la VirgenMaría, dedicada por su parte a cegar con artes de magia a los indígenas, según lo recuerda con algo deduda, y respetuoso desdén, Bernal Díaz del Castillo en suVerdadera relación de la conquista.“Porque no es el hombre renacentista quien realiza el descubrimiento y la conquista, sino el hombremedieval.”, dice Carpentier. No era la modernidad la que trajeron consigo, sino el pasado represado que seresolvía en oscuridad de sacristías, supersticiones, brutalidad patriarcal. Un mundo nuevo que iba amoldearse a semejanza de otro que se volvía ya caduco, pero lleno de los engendros de la imaginación quefulguraban en esa oscuridad. Los exagerados y arbitrarios engendros de los libros de caballería queCervantes no tardaría en someter al juicio de las risas, volviéndolo risible.En el Caribe se sufren fiebres que derriten la imaginación, como lo probaron los conquistadores. El Dorado,hacia el sur, en tierras de Macondo, ciudades pavimentas de oro macizo, cúpulas y almenares de oro,árboles que daban frutos de oro, el viento que llevaba en el aire polvillo de oro como si fuera arena. Y haciael norte, la Florida, donde bastaba meterse en las aguas de los ríos, que eran las aguas de la eternajuventud, para perder de inmediato las inapetencias sexuales y las magras carnes de la senectud, yrecuperar las alegrías y los bríos de la mocedad, como en el cuadro de Lucas Cranack. El Dorado, la tierra dePedro Navaja donde ahora se libra la guerra más desalmada que nunca antes vieron nuestros ojos, y laFlorida, donde ahora se alzan las torres de los castillos de Disneyworld.Pero por causa de esos sueños los conquistadores fueron comidos por la fiebre y por las fieras, y tragadospor los torrentes. El cadáver de Hernando de Soto, atado a un tronco, fue echado por sus hombres a lasaguas del río Mississipi, otro río del Caribe, y allí terminó su búsqueda de la fuente de la eterna juventud .Porque los guiaba la ambiciosa imaginación nombraron a los territorios que iban pisando, o trataban deencontrar La Florida, El Dorado, California, Amazonas, Patagonia, una geografía que ya estaba definida enlos mismos libros de caballería.Aún en 1780, unos cuerdos españoles, salidos de Angostura, se lanzaron todavía a la búsqueda de ElDorado, dice Carpentier, y “en días de la revolución francesa ¾ ¡vivan la razón y el ser supremo!—elcompostelano Francisco Méndez andaba por tierras de La Patagonia buscando la Ciudad Encantada de losCésares”. Pero en Los pasos perdidos nos devuelve a los rigores exaltados de la realidad apenas la barca delos viajeros empieza a adentrarse en el Orinoco, cuando aún se piensa en la ciudad encantada de Manoa: loshombres anfibios que iban a dormir cada noche al fondo de los lagos, y los que se alimentaban con el soloolor de las flores; los perrillos carbunclos que llevaban una piedra resplandeciente entre los ojos, las piedrasde prodigiosas virtudes halladas en las entrañas de los venados, los tatunachas bajo cuyas orejas podíancobijarse hasta cinco personas ¾ recuerdos de los libros de caballería y recuerdos de Colón ¾ ; los quetenían las piernas rematadas por pezuñas de avestruz, y la Arpía Americana, exhibida en Constantinopla,donde murió rabiando y rugiendo, y cuyos portentos habían sido cantados a lo largo de dos siglos por losciegos del camino de Santiago.El Caribe no es sólo un espacio geográfico. También es una confluencia de visiones y obsesiones. Todo loque respira con el aliento de un animal oscuro vestido de lentejuelas, es el Caribe. Una tierra bárbara. En elcaribe llamamos bárbaro a todo lo que es muy bueno, increíblemente bueno, muy bello. Una mujer bárbara.Un crepúsculo bárbaro.Un poeta bárbaro, como Rubén Darío, paseado su cadáver en andas funerarias por las calles, vestido de
    • peplo griego y coronado de mirtos, antes de ser enterrado bajo las naves de la catedral de León. En aquelpaís de peones, arrieros, mozos de cordel y aurigas analfabetos, sólo unas cuantos eran letrados, y los queleían poesías se contaban con los dedos. Pero en la procesión fúnebre marcharon miles. Hacía un calor deinfierno esa tarde del funeral y no se movían los penachos de las palmeras. Delante de la procesión lascanéforas regaban pétalos de rosas sobre el empedrado donde ardían los cagajones de los caballos de tiro.Décadas después, en Guayaquil, avanzada del Caribe en el Pacífico, habrían de enterrar a Julio Jaramillo, elrey de las roconolas, en medio de un carnaval fúnebre al que asistió una multitud frenética de cien milpersonas , un espectáculo que sólo en tierras estremecidas por los fragores de la exageración y eldesenfreno se puede ver. De aquí de donde venimos nada se hace en solitario, ni nunca puertas adentro.Hasta las decepciones amorosas cantadas en las cantinas, se vuelven espectáculos.El Caribe es una dimensión geográfica, y una dimensión cultural, de encuentros múltiples, pero mucho más.Es el territorio del mito que nunca cesa. El sur de los Estados Unidos, el Mississipi que fluye hacia el golfo deMéxico desde el venero de las novelas de Mark Twain. El profundo sur caluroso de William Faulkner.Yoknapatawpha . El Orinoco de oscuras aguas verdes incesantes.El queso bajo una jaula en el mostrador de la tienda de abarrotes en alguna página de Luz de Agosto , deFaulkner, igual que en la pulpería de mi padre en Masatepe, donde todo olía a cuero, trementina, mantecade cerdo, candelas de cebo, kerosén .O al otro lado del mar Caribe, Macondo, donde un padre lleva a su hijoa conocer el hielo, como el Coronel Félix Ramírez Madregil llevó en León de Nicaragua a Rubén Darío, su hijoadoptivo, a conocer el hielo, y las manzanas de California, y los cuentos pintados, y el champaña de Francia.Es que somos parte de una misma tramoya, imágenes del mismo juego de espejos. La misma caja demúsica. “ Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses,cuadrillas , y galopas”, le dice el Rey Burgués al filósofo. ¿Y cómo era esa caja de música del cuentodeAzul de Darío? Carpentier lo explica: “una gran caja de música en que unas mariposas doradas, montadasen martinetes, tocaban valses y redovas en una especie de salterio”, y al lado de la que “había retratos demonjas profesas coronadas de flores” y una “Santa de Lima, saliendo del cáliz de una rosa en un alborotosorevuelo de querubines”, que “compartía una pared con escenas de tauromaquia”. Un tenderete de anticuariodonde se abigarran artilugios e imágenes viejas y a la vez contemporáneas. Eso también es el Caribe.La Florida, El Dorado. Norte y sur del arco que pulsa la brisa y que se tiende por el golfo de México. Veracruzde Carlos Fuentes y Agustín Lara. La multitud de islas que la golondrina negra de Derett Walcott se estállevando siempre hacia el África, a la deriva. El arco que pasa sobre el lomo de Centroamérica alisando supelambre, Castilla de Oro, de vuelta al friso donde el caimán se está yendo siempre, otra vez, paraBarranquilla, y de allí a los confines de las Guayanas y Trinidad Tobago, ese Caribe finis terrae de sotavento,del five oclock tea en las verandas, con sus buzones pintados de rojo y su estricta higiene municipal,decorado con mano victoriana por V.S. Naipul.Una gran olla en la lumbre, el más excelso de los milagros culinarios híbridos, como el que Carpentierrecuerda en El siglo de las luces : "Desembarcóse al día siguiente en una costa desierta y boscosa donde(...) había cochinos salvajes. (...) Después de limpiarlos tendieron los cuerpos sobre parrillas llenas debrasas con las entrañas tenidas abiertas por finas varas de madera. Sobre aquellas carnes empezó a caeruna tenue lluvia de jugo de limón, naranja amarga, sal pimienta, orégano y ajo, en tanto que una camadade hojas de guayabo verde, arrojada sobre los rescoldos, llevaba su humo blanco oloroso a verde a laspieles, que iban cobrando un color carey (...) Y cuando faltó poco para que los cerdos hubiesen llegado a supunto, sus vientres abiertos fueron llenados de codornices, palomas torcaces, gallinetas y otras aves.Entonces se retiraron las varas que mantenían las entrañas abiertas y los costillares se cerraron sobre lavolatería (...) consustanciándose el sabor de la carne oscura y escueta con el de la carne clara y lardosa, enun bucán que fue Bucán de Bucanes".Codornices en el vientre de la bestia. Un gran vuelo de cuervos que mancha el azul celeste. Una gran cocinade razas y lenguas y música y religiones y ritos. El gran melt pot sin parangones. Zainos, arahuacos,caribes, mayas, nahuas, chibchas, negros esclavos del África negra, mestizos, ladinos, mulatos, zambos,pardos y cuarterones, aventureros de Andalucía y porquerizos de Extremadura en coraza de conquistadores,y campesinos y tenderos de Galicia y de Las Canarias, los colonos portugueses llenos de prosopopeya, lasjuderías sefarditas en éxodo asentadas en Curazao cuando huían de los progoms de sus santas majestadescatólicas, los árabes de Siria y Líbano y los palestinos del Imperio Otomano que hollaron todos los caminoscomo buhoneros antes de señorear en San Pedro Sula y Barranquilla, y los chinos de Cantón que llegaron decontrabando escondidos en barriles de tocinos salados, los hindúes de Bombay en sus tiendas perfumadasde sándalo, los holandeses luteranos, los corsarios franceses.“Aquí no se habían volcado, en realidad, pueblos consanguíneos, como los que la historia malaxara enciertas encrucijadas del mar de Ulises, sino las grandes razas del mundo, las más apartadas, las másdistintas, las que durante milenios permanecieron ignorantes de su convivencia en el planeta”, diceCarpentier enLos pasos perdidos . Un caldo barroco que hierve y no reposa. Bucán de bucanes. Lacucharada de prueba en busca de su sazón le toca a José Lezama Lima, una prueba de noche tropical,según Paradiso : "La brisa tenía algo de sombra, la sombra de hoja, la hoja mordida en sus bordes por la
    • iguana columpiaba de nuevo a la noche".El verde Caribe de los bananales de la United Fruit Company de las novelas de la trilogía del banano deMiguel Ángel Asturias, donde vemos el rostro del Papa Verde, el Caribe de la fiebre asesina del caucho deJosé Eustasio Rivero en La Vorágine , el Caribe no menos verde de las plantaciones de cacao de JorgeAmado en Bahia, atlántico adentro, otra avanzada del Caribe. Ruidos nutridos de la calle, el olor del salitre,del sudor y de las frituras, el alboroto de situaciones, el desenfado provocador de las mujeres que pueblanlos escenarios calurosos de los mediodías encendidos, esos caballeros tan compuestos y presuntuosos quese pierden en los meandros de la noche en busca del algún amor patibulario.Y las barriadas erizadas de antenas de televisión donde nunca deja de sonar La guaracha del MachoCamacho tocada por Luís Rafael Sánchez. Azoteas donde flamea la ropa tendida, y las voces de soprano delas mujeres que se cruzan de una a otra ventana, asomadas a los balcones decrépitos llenos de tiestos deflores, como los que nunca dejó de ver Eliseo Diego en La Habana, "los balcones, de fragantes barandas dehierro, como flores extrañas, secas entre páginas..." .Las santerías bahianas que son las mismas de los altares haitianos del Vudú, y de los ritos garífonos delWallagallo en Laguna de Perlas en Nicaragua, y de los altares cubanos de Regla consagrados a los santosyorubas donde comparece en busca de protección, para una limpia de malos espíritus, el mismísimo EnricoCarusso después que una bomba que descalabra el teatro habanero donde cantaba Aída lo hace huir,disfrazado de Radamés, a refugiarse a la cocina de un hotel, según está debidamente contado en lanovela Como un mensajero tuyode Mayra Montero.Y los fetiches de Wilfredo Lamm, y los gallos de Mariano Rodríguez que cantan a medianoche, y la nochenegra del alma de Reinaldo Arenas, y las historias de George Lamming contadas a la luz de la lumbre, y lapoesía de símbolos nutricios de Aimée Cesaire, y aquellas advertencias de que éramos desde entonces loscondenados de la tierra en la voz apocalíptica de Frank Fannon.Un territorio que está donde los vientos de la pasión nos lleven. Y así a lo mejor vamos a dar hasta el río dela Plata si pensamos en el Candombe, esa música afrocaribe de donde nació la milonga y después el tango,una tesis peligrosa ésta, que si la llevamos más lejos, vendría a resultar en que Carlos Gardel, el morochodel abasto, sería también de estos pagos, más que de Toulouse, o de Tacuarembó .El tango, y también el danzón, mezcla excelsa de la contradanza de la corte francesa y el fragor de lostambores africanos inventado, a lo mejor, en las fiestas de la corte del rey Henri Christophe en Sans Souci, ylas habaneras que Bizet llevó hasta las tramoyas de Carmen , y los boleros de Álvaro Carrillo en noche deluna, y las bachatas y los merengues de Juan Luís Guerra ¡ojalá, de verdad, lloviera café en el campo! y losvallenatos de Rafael Escalona, y los que canta Diómedes, prófugo de la justicia en Colombia pero amado entodas las barriadas, y protegido por santos y sicarios. Y Benny Moré, un alarido solitario que nunca termina,y Bola de Nieve, caballeros, chivo que rompe tambor, con el pellejo lo paga . Y el calipso trinitario, y elreggee de Bob Marley, no woman no cry, el mambo Patricia de Dámaso Pérez Prado que sigue en el fondode la noche enLa Dolce Vita , y la rumba El Manicero que está en Arroz Amargo y que siempre siguecantando el fantasma adorable de Silvana Mangano en un viejo disco de pizarra raspado por la aguja, y lostimbales de Tito Puente, y toda la selva de Rómulo Gallegos que huele a frutos podridos.Podemos navegar por esas aguas de espejismos sin perdernos, si acertamos a adivinar que no hay Caribesin África, ése es el eje de la brújula. Sólo tenemos que poner oído a los tambores que palpitan en nuestrassienes, oír a través de los siglos el ruido de las viejas cadenas en los galpones de las plantaciones dealgodón del sur de Estados Unidos, en los bohíos de los ingenios azucareros, en los vergeles del cacao.Y todo lo que llamamos barroco es también el Caribe. Ese paisaje arquitectónico y de decorados que nosasalta desde las primeras páginas de El siglo de las luces , exuberancia y movimiento en las formas, creceráen diversidad y contraste hasta el punto de una explosión, la explosión de una catedral indigesta deartilugios y ornamentos. Porque igual que el Caribe, esta novela es una representación barroca de elementosbarrocos, un arrastre de la propia historia y sus tramoyas que hace contemporáneo el desconcierto de lasacumulaciones del pasado.Igual que Asturias, Carpentier pasa su visión por el tamiz del surrealismo. Y el Caribe es ya desde antessurrealista. “Sólo la maravilloso es bello”. Lo maravilloso, y lo desconcertante. La selva, madre de todaexistencia, igual que el mar, que se abre como una muralla vegetal para dejar salir “un cargamento demariposas, o pieles de lagartos, sacos llenos de plumas de garza, pájaros vivos que silbaban de extrañamanera, o piezas de alfarería antropomorfa, enseres líricos, cesterías raras...veinte indios que traíanorquídeas”.Y otra vez, la vieja pregunta acerca de la realidad y la imaginación. Carpentier había nacido en un mundobarroco, que daba sustento a lo real maravilloso, y lo real maravilloso dio sustento luego al realismo mágico.La convivencia de un mundo rural, antiguo, anacrónico, ecos de esclavos y gritos de encomenderos, con las
    • pretensiones de mundo moderno, que fracasa siempre bajo el peso del caudillo enlutado. La supervivenciade aquel mundo viejo, al que nunca se come la polilla, produce el asombro.El desajuste es lo maravilloso, y es real maravilloso porque es real. Mágico vendrá a ser todo lo demás,como el repentino despertar del vuelo de mariposas que alarga las noches porque forman manto tan densoque oscurece al sol. “Eran mariposas pequeñas, de un amaranto profundo, estriadas de violado, que sehabían levantado por miríadas y miríadas, en algún ignoto lugar del continente, detrás de la selva inmensa,acaso espantadas, arrojadas, luego de una multiplicación vertiginosa, por algún cataclismo, por algún sucesotremendo, sin testigos ni historia”. “Una noche diurna, enrojecida de alas”.Cuba es quizás el país más barroco de entre todos los nuestros, y el que acumula más nutridos elementosde cultura africana, y más elementos de la cultura peninsular española, por más tiempo, desde luego que elrégimen colonial se prolongó hasta finales del siglo XIX. Cuba y Puerto Rico, escenarios de la agonía final delimperio español que venía arrastrando sus cadenas desde la conquista, como un fantasma de sí mismo,destinado a disolverse en el humo de los cañones de la armada de los Estados Unidos, cuando aquelmaltrecho Quijote ceñido de latas viejas, como lo vio Darío, se enfrentó a los búfalos de dientes de plata quesalían a estrenar en las aguas esmeralda de este mar sus acorazados, con ímpetus de nuevo imperio.Pero en el siglo XVIII los criollos de Cuba eran los más ricos de todo el Caribe, y los más ilustrados, dueñosde las centrales azucareras y de los campos de caña, de las destilerías de ron, de las factorías de tabaco, delcomercio de ultramarinos, más rica y próspera Cuba que la propia metrópoli arruinada. Es el mundo deabigarrados contrastes, de potentados y esclavos que se nos ofrece en vísperas de la revolución francesaen El siglo de las luces .En sus páginas suena el clarín de una batalla, la batalla por los derechos del hombre que encandilará laimaginación de ese héroe confuso que es Víctor Huges. La revolución francesa viene a proclamar la aboliciónde todos los privilegios reales, y los de casta, a anunciar algo tan peligroso y disolvente como la abolición dela esclavitud, el nuevo evangelio que reverberará en los oídos de Henri Christophe el cocinero. Y VíctorHuges abolirá en Cayena y Guadalupe la esclavitud bajo el directorio, agente fiel de Robespierre, y larestablecerá sin parpadeos bajo el consulado, agente fiel de la restauración.Sofía, la heroína de El siglo de las luces ha vivido todo para saberlo todo ¾ al fin y al cabo Sofía no significasino sabiduría ¾ . Aguarda el advenimiento del poder redentor, lo busca y lo provoca. Y el ideal resulta endesilusión porque Huges, el amante y el héroe, ahora montea con perros a los esclavos que una vez liberó,igual que Henri Christopher los hace llevar las piedras para construir sus palacios. Para Esteban, el otroadolescente hermano de Sofía, el ideal es intocable, y eso lo vuelve frágil y vulnerable. Ha sido laencarnación de la rebeldía ética, el individuo que quiere la revolución a su propia medida, como Cándido deVoltaire. Y ambos ven cómo los sueños de los ideales son trastocados por las pesadillas del poder. Lossueños de la razón que terminan engendrando monstruos.“Las palabras no caen en el vacío”, advierte Zohar: las palabras que llevan a la acción, y la acción quecontradice las palabras. No hay conciliación posible. Lo alegórico para Carpentier es que las revoluciones sonhechos históricos que desbordan la suerte de los personajes. Un péndulo que va y viene, de la luz hacia laoscuridad, repitiendo el mismo viaje desde siempre. El poder, que se vuelve contra los ideales. Lasrevoluciones que terminan en fracasos éticos, y devoran a sus propios hijos, como Saturno.Los ideales libertarios llegan a cristalizar luego la figura del caudillo que deviene en dictador, tal comoCarpentier lo exhibe en El recurso de método . Es el dictador ilustrado, que ahora sólo entiende el poder apartir de su propia persona. El dictador arquetípico del caribe, modelo de los demás dictadores que habránde surgir luego en la vida, y en la literatura.Y no libra Carpentier a las revoluciones de su sino trágico. Las revoluciones son deidades mudas, como laguillotina embozada que navega en las aguas del Caribe sobre la cubierta de un barco que será luego unbarco fantasma. Nadie puede librar su cabeza de ese péndulo con filo de guillotina que es el destino vestidocon los ropajes del poder.Ya hemos oído muchas necedades acerca del fin de la historia, y Carpentier no iba a ser quien se adelantaracon ellas. “Una revolución no se discute, se hace”, proclama Víctor Huges. Pero para un novelista curtido,que prueba no ser ingenuo, la repetición de la historia humana no termina con ninguna ideología, o con laimposición de un régimen político.Los seres humanos, que siguen siendo los mismos. El caribe no cesa, ni tampoco terminan de reproducirsesus personajes. El caribe, un acorde de músicas y un ruido de voces, como de tormenta. El caribe quesomos todos.
    • Las Vegas, octubre 2004. http://www.caratula.net/archivo/N3-1204/secciones/ensayo-ramirez.htm