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7 días 7 días Document Transcript

  • Aníbal Ayora 7 Días. Hacía un día típico de otoño. Como lo pintan en las películas. Las calles salpicadas de las rojizas hojas caídas de los árboles y el pueblo envuelto en una brisa fresca que anunciaba el fin del verano. Daniel Vancosta era también un chico estándar, al menos en apariencia. Vestido con una camisa negra, pantalones vaqueros rectos y zapatos oscuros. Dirigiéndose al bajo que tenían alquilado él y sus amigos para pasar las tardes, escuchando música con sus auriculares recién comprados. El pelo peinado hacia un lado por encima de la frente, ondulado y rubio cobrizo. Barba incipiente y ojos castaños claros. Nada de su vida era destacable; su pueblo estaba perdido en España, su familia no era nada especial, él tampoco sobresalía de lo normal en ningún aspecto. Lo único notable en su entorno eran sus desmesuradas aspiraciones en la vida y su empeño en conseguirlas a pesar de las pocas oportunidades. Tardó unos veinte minutos, si no menos, en llegar desde su casa al bajo. Abrió la puerta y tuvo que soportar una vez más ver el desastre que tenían montado y que sus amigos se negaban a ordenar. Los muebles desperdigados sin ningún tipo de organización, restos de comida por el suelo y toda la basura arrinconada en una esquina o en los entresijos de los sofás. Pensándolo bien, es lo único que alguien puede esperar de un bajo al cargo de unos adolescentes. -Buenas. -saludó. Sus amigos le respondieron con su típico “Eeeh” de gorila de discoteca. Un “eeeh” que, por supuesto, Dani también usaba. -Hacía tiempo que no te pasabas por el local. -comentó uno de los chicos a la par que tomaba asiento. David Parla, de pelo castaño engominado y ojos azules, uno de los mejores amigos de Dani, junto a Antonio Sorní, el moreno peinado con una cresta en el otro sillón, ocupado hablando con su novia, Ana Castellanos. -He estado haciendo cosas. -rió el rubio. -Ya. Entendemos lo que quieres decir por “cosas”. -bromeó Cashel Martínez, un chico moreno de pelo y piel, delgado y de estatura estándar. -No, en serio -insistió Dani-. He estado terminando un trabajo y he ayudado a mi padre a reorganizar el salón. -¿Llevamos dos semana de clases y ya te han mandado un trabajo? -inquirió otro. Moreno, con el pelo muy rizado y corto. Tomás Torres. Se consideraba el gracioso del grupo, y a decir verdad se lo había ganado. Nadie le ganaba en una discusión verbal y sabía hacer reír a la gente. -Bachiller no es como un ciclo de los tuyos, Tom. -Lo sé. Un ciclo de los míos es más fácil y más útil. -Paso de discutir contigo ahora. -cortó Dani. Una hora después, cuando empezaba a anochecer, llegaron Alicia Blanco y Lucía Cava. Parecían alteradas. -¿Pasa algo? -preguntó Antonio tras cerrar las chicas de un portazo. La primera, con el pelo moreno y rizado, alternó la mirada entre los presentes y Lucía, que negaba con la cabeza. Suspiró y empezó a hablar. -Ha habido un... accidente, o algo, en la calle de abajo. -murmuró. -¿Cómo que un accidente “o algo”? -preguntó Dana Montero, una chica con el pelo castaño-rojizo, delgada, enarcando una ceja. -Sí, a ver, había un montón de gente y un tío muerto, pero no había ni coches destrozados, ni motos... ni nada que pareciera un accidente. -¿Y qué ha pasado? ¿Os habéis largado y ya está? -inquirió María Moreno, otra chica de pelo castaño oscuro y baja estatura. -No, se lo ha llevado la ambulancia. -balbució Lucía mientras se sentaba. Esta tenía el pelo lacio y dorado y también era corta en altura. -Entonces puede que no estuviera muerto. -Si no estuviera muerto, la policía no habría acordonado la zona y la gente no estaría llorando tanto como lo hacían. Ese hombre estaba muerto. -insistió Lucía. -Le habrá dado un infarto. -dedujo Cashel. -O algo peor -murmuró Alicia. Los demás le miraron. Todos tenían lo mismo en mente-. Recordad... lo que dijeron en los telediarios la semana pasada. Lo del virus de... -Callaos de una vez, anda. Esas cosas me ponen mal cuerpo. -irrumpió Ana. -Tiene razón -corroboró Nicolás Sorní, el hermano de Antonio-. Además, lo de las noticias pasaba solo en África y Sudamérica, ¿no? -La última vez que oí hablar de ello en la tele también mencionaron zonas rurales del sur de Europa. murmuró Lucía. -¿Queréis dejar el tema? -volvió a insistir Ana- Si pasara algo grave ya nos habríamos enterado. 1
  • Aníbal Ayora -Supongo... -Pues ya está, dejémoslo. Es ridículo que os pongáis paranoicos por la muerte de un tío. Le daría un infarto, o una muerte súbita de esas o yo qué sé. -zanjó Miguel Méndez, un chico rubio y corpulento, que había entrado justo después de Alicia y Lucía junto a su novia Inés García. -Hola, Migue. No te había visto entrar. -saludó Dani. -No quería interrumpir -rió el chico. La tarde pasó rápido y pronto reinó la noche. Eran las nueve de la tarde y había llegado la hora de recoger las cosas para marcharse a cenar. Los primeros en levantarse de los sofás fueron Dani, Tomás, David y Alicia. -¿Vendréis después de cenar? -preguntó el rubio al resto, antes de dirigirse a la salida. -Sí, creo. A las once o así estaremos ya por aquí. -Yo vendré algo más tarde, pero contad conmigo. Se despidieron y salieron del local. Todos excepto Tomás recorrían el mismo camino de vuelta a casa, así que también se despidieron de él. -Ya va haciendo fresco. -comentó David mientras caminaban. -Estamos a dos de octubre, el verano ya es historia. -contestó Dani. -Contento estarás. -Sabes lo que me gusta el invierno -ambos rieron. Después Dani miró a Alicia. Iba cabizbaja y no había dicho ni una palabra, algo impropio de ella-. Ali, ¿estás bien? -¿Eh? -casi se sobresaltó ella- No, estaba pensando en lo del tío ese. No me ha dado buena espina, no sé. -Deja de preocuparte por ello, anda. -le pidió David, dándole una palmada en el hombro. -Mira, el Birras. -dijo Dani entonces, señalando levemente hacia delante. Estaba lejos, pero David y Alicia pudieron distinguir al hombre con barriga cervecera al que llamaban ‘El Birras’ caminando hacia ellos. Iba tambaleándose, incluso cojeando cada varios pasos. -Borracho otra vez. -rió también David. -Qué asco de hombre. -escupió Alicia. -¿Por qué va solo? Siempre lo traen sus amigos. -David iba a decir algo, pero un olor pútrido le obligó a taparse la nariz. -¿A qué coño huele? -murmuró. -No lo sé, pero apesta. -afirmó Dani, deteniéndose. Alicia también paró de caminar, y David lo hizo después. Tras unos instantes de silencio, Dani abrió los ojos como platos al ver algo. -¿Qué pasa? -inquirió David, siguiendo la trayectoria de su mirada esperando encontrar la razón de su reacción, sin éxito. -Mirad... su pie. Y la mano derecha. Sus amigos le hicieron caso, y tomaron casi la misma reacción al ver que el pie izquierdo del borracho estaba literalmente cruzado, doblado hacia atrás, con el hueso totalmente partido y mal sujeto al resto de la pierna. A su mano derecha le faltaban dos dedos, y estaba empapada en sangre. Alicia retrocedió un par de pasos y aceleró la respiración. -Necesita ayuda. -murmuró David, avanzando unos metros. -David, espera. -le detuvo Dani, sin apartar la mirada del hombre. -Dani, ¡tiene el pie roto y la mano partida en pedazos! -¡Exacto! ¿Si tú estuvieras así serías capaz de levantarte siquiera? -Puede, eso no lo sabemos ni tú ni yo. Vamos, ayúdame a... -¡¡David!! ¡¡Dani!! ¡¡Eh!! -gritó alguien tras ellos. Se giraron y vieron a Tomás , en la otra punta de la calle, corriendo hacia ellos. Dani iba a preguntar, pero entonces vio por qué corría. Aproximadamente una docena de gente apareció por la misma esquina que él, siguiéndole. No corrían, simplemente andaban a tropezones y de una manera extrañamente torpe. Parecía que intentaban aligerar la marcha, pero algo les impedía coordinar bien sus movimientos. -¿Qué coño es eso? ¿Qué hacen? -susurró Alicia. -Puede que sea lo que no queríamos nombrar en el local. -murmuró Dani, de nuevo sin apartar la mirada de Tomás y la muchedumbre que se le acercaba. Entonces oyeron otro ruido tras ellos. Parecía un gemido, una queja agónica y agobiante. Se giraron, y vieron aparecer por la esquina que había cerca de El Birras tres personas, todas con el mismo andar irregular y torpe. Ya se habían acostumbrado a él, pero entonces se percataron de que el asqueroso hedor seguía allí. De repente, casi por instinto y sin saber muy bien por qué, 2
  • Aníbal Ayora los tres empezaron a correr hacia Tomás, que mantenía la puerta del local abierta. Entraron los cuatro a la vez y David bloqueó la entrada con su cuerpo tras cerrarla. -¡Cierra con llave! ¡¡Echa la llave!! -le gritó a Dani. Este sacudió la cabeza y rebuscó en sus bolsillos, muy alterado. Acabó tirando las llaves al suelo. Las recogió, tembloroso, y metió la llave pequeña en la cerradura todo lo rápido que su acelerado pulso le permitía. -¡¿Qué pasa?! ¡Eh, ¿qué hacéis?! -gritó Ana. -¡Cierra el pico! ¡Cerradlo todos! -ordenó David. Dani, por su parte, se apresuró a apagar las luces. Una vez lo hizo la gente empezó a quejarse, hasta que Miguel vio por entre la cristalera las sombras de la muchedumbre que había arrinconado a Tomás, David, Dani y Alicia. -¿Y esos? -murmuró. Acto seguido empezaron todos a callarse y a observar por las cristaleras de la puerta. No era un cristal liso y por tanto no se distinguían bien las figuras, pero se veía lo suficientemente bien para darse cuenta del porte de aquellas personas. Un porte que no podía estar más alejado de la normalidad. -¿Qué pasa ahí fuera? -preguntó Nicolás, ya en voz baja y con la voz un tanto temblorosa. -Ahora no podemos hablar. -susurró Dani. -¿Cómo que no podemos hablar? -Callaos, necesito que estéis en silencio. Por favor. -¿Pero por qué? -alzó la voz María. Una de las sombras se detuvo y se giró hacia la puerta del local. David se apartó al instante y se cubrió tras el sofá, cuyo respaldo puso frente a la entrada. El resto no sabía muy bien de qué iba, pero algunos le siguieron y se pusieron tras el sofá. -María, no grites. -continuó susurrando Dani. -¿De qué vas? ¿Es alguna broma para internet o algo? -rió Luis Bosquer, un chico robusto de pelo castaño oscuro y alborotado. -Luis, cierra el puto pico de una puta vez, te lo estoy diciendo en serio. Lo que hemos dicho antes, lo de las noticias, lo de las zonas rurales del sur de Europa y toda esa mierda, puede que dejar el tema no sea lo mejor. Ya sabéis lo que quiero decir. -insistió Dani. Entonces sí se callaron todos. -¿Me estás diciendo que el virus ese ha llegado hasta aquí y no nos hemos enterado? -inquirió Dana, ya en voz baja. -Eso es imposible. Habrían evacuado la zona, como hicieron en América. Nos habrían llamado. -negó Ana. -Es verdad. Tenían un plan para ese caso, no pueden... -empezó Toni, pero un golpe en la puerta le calló. Dani se pegó a la pared aledaña a la entrada y miró de reojo con el corazón en un puño. Desde tan cerca sí podía distinguir perfectamente lo que había al otro lado, y él veía claramente cómo un hombre empujaba la puerta casi sin entusiasmo. Pero no fue eso lo que le detuvo la respiración. Era su cuerpo. Tenía la carne de las manos pelada, sus brazos estaban repletos de heridas bastante profundas. Le faltaba, literalmente, una parte del cuello. Tenía la mandíbula descolgada y carecía de labios. Efectivamente, era lo que trataban de ignorar. A los demás no les hizo falta preguntar, prácticamente les bastó con ver la expresión de horror en la cara de Dani. Pasaron unos segundos hasta que aquel hombre... aquel monstruo, dejara de empujar la puerta y siguiera su camino, atraído por otro ruido. Alicia también estaba cerca de la puerta y había visto lo mismo que Dani. -Están muertos... ese hombre estaba muerto... -balbució, con la mirada perdida. Todos los presentes estaban paralizados y nadie se atrevía a decir nada. Ninguno asimilaba lo que estaba pasando. -Sorní... -murmuró Dani, aún en la puerta, intentando recuperar la respiración- Sorní, trae aquí ese baúl. Tráelo -el moreno dudó unos segundos antes de indicar con una señal a su hermano y a Luis que le ayudaran con ello. Empezaron a arrastrarlo hacia la puerta-. No, no, no -les detuvo Dani-, levantarlo, no hay que hacer ruido. Dicho esto lo levantaron entre todos y lo llevaron junto a la puerta. Lo atrancaron entre los dos pilares que sustentaban la entrada y pudieron ver con sus propios ojos los cuerpos demacrados de los que más se acercaban a la puerta. Se alejaron, horrorizados, volviendo con el resto de gente tras el sofá. Antonio volvió con Ana y quedaron abrazados, Miguel hizo lo propio con Inés, las chicas se apiñaron para intentar mantener la calma y quedaron Dani, David, Nicolás y Luis mirando cómo los muertos seguían avanzando. Impasibles. Sin rumbo. ¿Cómo pudo pasar? Las autoridades habían asegurado que estaba controlado, que las zonas de cuarentena en el sur de Europa, América y África eran las únicas medidas necesarias. ¿Cómo pudo evolucionar tan rápido? Pasó más de una hora hasta que la calle quedó prácticamente vacía y los gemidos cesaron, a pesar de tres o cuatro rezagados que se habían caído o quedado atrás. -¿Ha... pasado? -balbució Lucía. 3
  • Aníbal Ayora -Creo... creo que sí. -contestó Dani, aún en voz baja. -No, no ha pasado -negó Toni, alzando de nuevo la voz-. Si han llegado hasta aquí y el gobierno no ha hecho nada es porque es incontrolable. Habrán pasado de esta calle, pero seguirán por otras. No ha pasado, están invadiéndolo todo. -Toni, no digas eso. -intentó callarle Ana. -Me gustaría no decirlo. Pero es lo que hay. Siempre nos lo han contado. En las historias esas de zombis, en los cómics, en todos los lados. La gente se mofaba hace una semana, cuando apareció ese virus de mierda en África. Era problema de los negros, decían. Pues ahora es nuestro problema. -Yo tengo que ver a mis padres. -dijo Tomás. -Yo también. -corroboraron María y Gabriel Vázquez, otro de los chicos. También tenía el pelo moreno y peinado con una cresta, pero menor a la de Toni. Pronto todos volvieron a hablar y a quejarse. -Callaos. Chicos, por favor -pidió Dani-. ¡Callaos de una puta vez, joder! -estalló al ver que nadie hacía caso. -No me mandes callar, cierra tú el pico. -amenazó Luis. -Pues vete fuera a gritar. Parece que no sepas lo que está pasando. -contestó Dani con el ceño fruncido. -¿Y tú sí que lo sabes? ¿De verdad? ¿Eres el experto ahora? -Calmaos, los dos. -intentó relajar los humos David. Ambos guardaron silencio hasta que Dani volvió a hablar. -Lo que voy a decir no es por orgullo. No es para echarme flores, no es para parecer el mejor ni para pretender ser nada en especial. A ver, ¿alguien sabe algo de esto? ¿Algo de muertos vivientes? ¿De zombis? ¿O como queráis llamarlos? -nadie habló- Ninguno habéis visto muchas películas de ellos. Ni leído una ficción sobre ellos. Bueno, pues yo sí. Y repito, no lo digo para hacerme el chulo. Todos sabéis lo que me encanta aquella serie que hacían los sábados por la noche. Y hace poco me leí la Guía de Supervivencia Zombi. Fue antes de las noticias, y no lo hice por ser un paranoico de esos que anuncian el fin del mundo todos los días, ni mucho menos. Fue por curiosidad. Lo encontré por internet y como no tenía nada mejor que hacer lo leí. ¿Entendéis lo que quiero decir? Por suerte o por desgracia soy yo el que más sabe de este tema. -¿Me estás diciendo que ahora deberías ser tú el líder por haber visto y leído un par de cuentos chinos? casi se cabreó Luis. -No creo que ‘cuentos chinos’ sea el nombre apropiado cuando acaba de pasar una horda de muertos por delante de nuestro local. -insistió Dani, alzando otra vez la voz. -Ni siquiera los he visto. Podría ser una broma de esas que hacen para la tele. Un buen número de actores se ponen a hacer ruidos con la boca y a cojear y venga, nos lo tragamos todos. -El que ha golpeado la puerta le faltaba casi todo el cuello y tenía la dentadura al aire, imbécil. -le calló Alicia. -Tiene razón. -corroboró Dani. -Por una vez estoy de acuerdo con él. Los he visto. Han empezado a caminar hacia mí en cuanto me han oído. Uno ha intentado echárseme encima, pero ha tropezado y he conseguido salir corriendo. Había algunos con las tripas fueras, algunos sin ojos... no es mentira. -añadió Tomás. El silencio se apoderó del local y los gruñidos de los muertos terminaron por desaparecer. -Escuchadme -suspiró Dani-. Sé que nunca me hacéis caso. Cada vez que digo algo serio, cada vez que doy una solución, todo el mundo lo ignora. No me malinterpretéis, no me molesta en absoluto. De hecho así siempre he podido desentenderme de todo e ir a mi bola. No os guardo rencor por ello. Pero esta vez es diferente, porque esta vez sí me afecta directamente. Me afecta a mí y a vosotros. Así que por favor, callaos por una vez y escuchadme seriamente -le miraron sin decir una palabra, así que continuó hablando-. Gracias. A ver, es una situación bastante... jodida, sí. Pero lo último que debemos hacer es perder los nervios, a menos que queráis acabar muertos. Es lo que he dicho antes, soy el que más ha visto y leído cosas de esto de los muertos vivientes. Quiero decir, yo sé más que vosotros sobre esto, y no podéis negarlo. No quiero dármelas de líder todopoderoso, pero ahora necesitamos que alguien guíe al grupo. Y sinceramente creo que soy el más adecuado. Ya está. Es lo que pienso. -Espero que seas consciente de cómo suena eso. -apuntó Antonio. -Lo soy. -No vas a ser el líder por que tú lo digas. -negó Nicolás. -No, y por eso intento convenceros. Pensadlo, en serio. ¿Sabéis a caso de qué va todo el virus ese? ¿Sabéis cómo sobrevivir ahí fuera? ¿Tenéis claro lo que queréis hacer? -insistió Dani. Los demás volvieron a guardar silencio- ¡Lo digo en serio! ¡Decídmelo! ¿Qué queréis que hagamos ahora? ¿Irnos cada uno por separado por 4
  • Aníbal Ayora un pueblo infestado de muertos esperando llegar a nuestra casa y esperar que nuestros padres sigan vivos? ¿Y cuando lo consigamos qué? -Mis padres no han muerto. -tajó Lucía. -Yo no he dicho eso. Hablaremos de ello. -¿Entonces qué coño propones? -inquirió Luis, casi enfadado. -No, antes quiero que las cosas queden claras. No por mí, quiero que lo digáis vosotros. ¿Comprendéis que el más adecuado para ser líder soy yo? Al menos por ahora, cuando todos nos acostumbremos realmente a esto no habrá líderes y podemos colaborar en democracia. Además, no seré el único. No puedo manejar todo un grupo yo solo. -Vale, yo estoy de acuerdo. -afirmó David. -Y yo. Por un tiempo puede que sea lo mejor. -corroboró Antonio, un tanto a regañadientes. A veces le costaba darle la razón a Dani. Poco a poco, el resto fue coincidiendo en que era lo mejor. -Vale, creo que lo mejor sería que hubiéramos cuatro al cargo. -concluyó Dani. -¿Qué cuatro? -Había pensado, a parte de mí, en David, Cashel y Sorní. David, eres sensato, tienes autoridad y eres fuerte. Cashel, sabes defenderte en el combate cuerpo a cuerpo y... -No creo que vaya a matar a uno de esos huecos a puñetazos. -objetó Gabriel. -Lo sé, pero a veces no hace falta matarlos. Normalmente lo mejor es evitarlos, y tener conocimientos en deportes de contacto, como él, puede ayudar a quitarte de encima a los que se acercan demasiado. Como iba diciendo... Cashel, lo del cuerpo a cuerpo nos puede venir bien, y aparte sabes mantener el buen rollo entre nosotros. Entre tú y yo podemos conservar los ánimos del grupo. Sorní, eres fuerte y sabes ayudar cuando hace falta. La fuerza física no es mi especialidad, así que vosotros tres suplís esa falta. Me ayudaréis a mantener el grupo en condiciones y podremos organizarnos mejor. ¿Alguien tiene algo que decir? -nadie dijo nada- ¿Entonces os parece bien? -les preguntó a los elegidos. David y Cashel asintieron antes que Antonio, pero los tres estaban conformes- Muy bien, gracias. A ver... -paró un momento para frotarse los ojos y pensar en lo que iba a decir- Vale, sé que todos estáis pensando en vuestras familias, en ir con ellas para ver si están todos bien. Lo comprendo, yo estoy deseando ver a mi padre, a mi tía y a mi primo. Pero ahora comprended vosotros que es muy arriesgado salir ahí fuera. -¿Y qué cojones quieres decir? ¿Que nos quedemos aquí y olvidemos a nuestros padres? ¿A nuestros hermanos? -casi gritó Tomás. Los demás empezaron a debatir sobre el asunto y Dani tuvo que recular. -¡Silencio! ¡¡Callad!! -gritó. Por primera vez en su vida dio una orden tan directa y con una voz tan potente, apoyándose en la esperanza de que su nueva “posición” le ayudara. Y para su sorpresa, casi todos callaron al instante- No os voy a impedir que vayáis a buscarles. Simplemente he intentado convenceros, pero no puedo perder el tiempo con esto. No podemos. Quien quiera ir a su casa y arriesgarse, que lo haga. No pienso obligar a nadie a irse ni a quedarse, en primer lugar porque no me haríais caso y en segundo lugar porque no es humano. Así que, quien quiera marcharse, que lo haga ahora que la calle está tranquila. pensaba añadir algo más, pero se dio cuenta de que no podía mostrarse tan blando dando opciones y tratando de convencer a gente segura de lo que quería, como si fueran críos. Cerró la boca, sacó las llaves de su bolsillo y desbloqueó la puerta. Tras inspirar hondo, se apartó de ella. Todos quedaron callados, esperando que hubiera algo más que decir. Pero pasaron los segundos y nadie dijo nada, así que Tomás fue el primero en moverse hacia la puerta. -Suerte a todos. -murmuró, sin siquiera mirarles a la cara. Le siguieron Lucía, Gabriel y María, algo más rezagados tras despedirse de sus amigos. Dani, David, Alicia y Cashel salieron a ver cómo marchaban. Lucía y María iban por la calle de la izquierda, mientras que Gabriel acompañó a Tomás por la derecha. Estaban observando en silencio a las chicas cuando oyeron un grito de Gabriel. Alterados, miraron hacia ellos y quedaron paralizados al ver cómo uno de los muertos se abalanzaba sobre él. El chico lo echó a un lado, pero el cadáver se agarró a su chaqueta con manos que parecían tenazas. -¡Tom! ¡¡Tom, AYÚDAME!! -le gritaba al moreno, que le miraba aterrado. Un par de segundos después el hueco le clavó los dientes en el brazo derecho. Las chicas, por su parte, habían detenido la marcha al ver el macabro espectáculo. Algo que no deberían haber hecho, pues otro de los muertos alcanzó a María. Salió de la esquina, no hubo manera de verlo venir. Nada más echarse sobre ella tropezó y ambos cayeron al suelo. -¡Lucía, vuelve! ¡¡No vayas!! -gritó Alicia a su amiga, aterrada. Sin embargo la chica estaba ocupada ayudando a María, que por suerte se libró del hueco. Sin embargo otros tres muertos les bloquearon el camino de vuelta y tuvieron que huir. Las perdieron de vista, y cuando volvieron a mirar a Gabriel, habían tres muertos encima de él. A Alicia se le escaparon las lágrimas y Miguel salió corriendo a ayudarle. -¡Déjale! -le gritó David. 5
  • Aníbal Ayora -¡¡Gabri!! ¡Levántate! ¡Levanta, joder! -chillaba el otro, acercándose a su amigo. -¡Migue! ¡¿Qué coño haces?! -siguió voceando David. Finalmente, Miguel llegó hasta Gabriel y apartó a uno de los muertos de una patada. Entre los dos consiguieron librarse del resto y se levantaron para correr hacia el local. Dani suspiró de alivio al ver que el primer muerto no había conseguido atravesar su chaqueta y no estaba herido. Analizó la situación: un muerto había alcanzado a María y no vio si le había mordido o no, Lucía había huido cargándola del brazo, Gabriel por poco fue devorado y Tomás desapareció sin dejar rastro. El muy condenado se esfumó en cuanto vio el panorama. -Estamos atrayendo mucha atención -murmuró después, al ver que varios muertos se acercaban a ellos por ambas calles-. Rápido, meteos dentro. ¡Vamos! -casi gritó, empujando a los que estaban en la puerta. Minutos después habían vuelto a bloquear la puerta y a esconderse tras los sofás. Sólo un par de huecos aporrearon la puerta hasta que fueron atraídos por los gritos de alguien. Los jóvenes quedaron en silencio tras los muebles, sin nada que decir. Sin nada que pensar. Paralizados, intentando respirar con normalidad. Fue una noche muy larga. Tediosa, angustiosa y traumática. Todo había pasado tan rápido... El fallo de las películas e historias de zombis siempre fue que parecía imposible que un virus así, por letal que fuera, se expandiera por todo el mundo en cuestión de horas. Por eso nadie se preocupaba por esas cosas. Por eso habían estado a punto de perder a dos personas y habían desaparecido tres, y por eso estaban encerrados en un antro de mala muerte. Desde que volvieron a encerrarse no entablaron conversación. Simplemente intentaron reposar, aunque sólo Alicia y Ana pudieron dormir, la primera por el agotamiento y la segunda por tener cerca a su novio. Los primeros rayos de sol asomaron por el horizonte, y la calle comenzó a iluminarse. Dani se levantó el primero del suelo, para apoyarse en el baúl que bloqueaba la puerta y echar un vistazo a través de la cristalera. Cashel hizo lo mismo pasados unos minutos. -No he pegado ojo. -comentó. -Ninguno lo hemos hecho. Salvo aquellas dos. No sé como han sido capaces. -contestó el rubio, señalando con la cabeza a Alicia y Ana, que seguían durmiendo. -Oye, lo de ser líder... Quiero decir, lo de ser tú el líder, me parece buena idea. Todo eso de los zombis me parecía una estupidez, al ver películas y leer libros de ello, pero con lo de anoche... Me alegra tener a alguien como tú entre nosotros. Y me alegra que ese alguien esté dispuesto a tomar el mando, por que sé que no lo haces por orgullo sino por necesidad, tuya y nuestra. -No podría haberlo explicado mejor. -sonrió Dani. -Bueno... ¿y ahora qué? -preguntó el otro, segundos después- Empiezo a tener hambre, y no creo que aguantemos muchos días sin comer. Y a saber hasta cuándo tendremos agua corriente. -añadió, mirando al grifo que había cerca del baño. Dani suspiró. -Lo sé, he estado pensando en ello. Vamos. -dijo, volviendo con el resto. -¿Está despejado? -murmuró Luis. -Sí. -afirmó Cashel. -Tranquilos, no nos quedaremos aquí encerrados mucho más -adelantó Dani-. No hace falta que os mováis, ahora que estáis tranquilos. Todos necesitamos reponer fuerzas. Simplemente escuchadme. Primero quiero hablar de lo de ayer, sobre nuestras familias. No salisteis cuando dije aquello, pero sé que no todos os quedasteis porque os convenciera. Sé que lo hicisteis por miedo, por inseguridad o por indecisión. Mirad, no estoy diciendo que yo sea el mejor del grupo, en el sentido de tomar decisiones, pero sé que es lo mejor. Pensadlo bien: no están solos, y la unión hace la fuerza. Han pasado ya varias horas desde que aparecieron esos bichos, así que, si a estas alturas siguen vivos, les habrá dado tiempo a asegurar vuestras casas, a marcharse de ellas o a ponerse a salvo. En cambio, si... si no lo han conseguido, ya no podemos hacer nada por salvarlos. Lo que quiero decir es que aunque parezca que no, ese asunto puede esperar. No lo pasaremos por alto, de verdad, pero no es nuestra prioridad. Nuestra prioridad ahora mismo somos nosotros. Tenemos refugio, ahora nos falta comida y armas. Podemos defendernos con las herramientas de la estufa y con cosas que encontremos, pero necesitamos algo más. Sin embargo, lo más importante es la comida. Si no tenéis hambre ya, no tardaréis en tenerla. Ya hemos pasado una noche sin comer, si pasamos otra en ayunas empezaremos a estar jodidos. -Estoy de acuerdo. ¿Has pensado en algo? -preguntó David, sin levantarse del sofá. -Mercadona está a unas cinco calles de aquí. Ahí podríamos abastecernos de comida, utensilios y tal. -¿Podremos llegar? -Sí. Con paciencia, cuidado y un plan. Si es fácil lo haremos, si no, lo dejaremos estar y miraremos dónde conseguir alimentos. -Vale, ¿y las armas? -inquirió Miguel. 6
  • Aníbal Ayora -El cuartel de la policía. Algunos intercambiaron miradas, inseguros. -Eso no es tan fácil como el supermercado. -dijo Cashel. -Lo sé, pero hay que intentarlo. Es difícil sobrevivir a base de palas, hierros o palos de madera. Tenemos que encontrar armas de fuego. Nico -le llamó-, tú tienes algo de experiencia con los rifles, ¿no? -Algo. El año pasado estuve el verano practicando con uno de perdigones que tenía en casa. -Es mejor que nada. Hasta las nociones más básicas nos pueden venir bien. -Entonces, ¿vamos hoy a los dos sitios? -preguntó después Sorní. -Depende. Iremos a Mercadona, y según nos vaya barajaremos la posibilidad de ir también al cuartel. Si es fácil, no nos cansaremos mucho y podríamos intentarlo. -El cuartel está bien protegido -añadió David-, hay vallas y muros, y es muy probable que el cuerpo de policía se haya refugiado allí. -Si es así, ¿qué hacemos? -No lo sé, no había pensado en ello -admitió Dani- ¿Se os ocurre algo? -Una de dos, o nos unimos a ellos o les robamos las armas. -propuso Toni. -La primera opción me parece buena. La segunda me parece un suicidio. -murmuró Cashel. -Estoy en las mismas. Lo único es que, si nos unimos a ellos, habrá que trasladar las provisiones que hayamos conseguido. -apuntó el rubio. -No tiene por qué. -Seguramente nos sea bastante difícil llegar al cuartel siendo un grupo reducido, imagínate el mismo camino cargados de bolsas y siendo un grupo numeroso -volvieron a quedar en silencio-. Lo veremos luego. No sabemos si habrá gente allí dentro, y lo primero es conseguir comida. Descansemos un poco más. Antes de mediodía saldremos al supermercado. -¿Y cómo lo haremos? Es decir, ¿quiénes vamos y qué...? -empezó Cashel. -Luego lo hablamos. Ahora terminemos de reponer fuerzas. -repitió Dani, sentándose en el suelo, sobre un cojín. Pasaron un par de horas hasta que se levantó para movilizar a la gente. Pidió a Sorní, Cashel y David que fueran con él al otro extremo del bajo para hablar. -¿Vamos ya? -preguntó el primero. -Sí, pero no iremos los cuatro; no quiero dejar al resto sin todos nosotros. -¿Quiénes, entonces? -Habrá que cargar con cosas. David, puedes llevar peso, y Cashel, como dije anoche, puedes venirnos bien si se nos acercan demasiado. Necesito que no te amedrentes y estés dispuesto a todo hasta que consigamos armas a distancia. No digo que seas un kamikaze, iremos con sumo cuidado, pero en caso de emergencia quiero que estés al tanto -el moreno asintió-. Sorní, tú tienes aquí a tu hermano y a Ana. Quédate esta vez. Cuida de la gente y cuida del local, no dejes que nadie entre e intenta que nadie salga. Si alguien quiere ir a buscar a sus padres, trata de convencerle de que no lo haga, y según tu criterio, impídeselo o deja que se vaya si no consigues disuadirle. Lo último que queremos es perder gente. ¿Estáis todos de acuerdo? -Haré lo que pueda. -afirmó Toni. David y Cashel volvieron a asentir. -Perfecto. Nosotros tres no seremos suficientes, tenemos que llevarnos a otros dos. O a otro, como mínimo. -Mi hermano no saldrá de aquí mientras pueda hacerlo yo. -adelantó Sorní. -Eso nos deja con Miguel, Luis y Gabri. -Gabri ya pasó un mal trago anoche, y Miguel tiene mucha fuerza, pero estoy seguro de que habrá que correr en algún momento. No me gustaría ver cómo le dejamos atrás. -comentó Dani. -¿Luis, pues? -Que sea Luis. Minutos después, los cuatro desbloqueaban la puerta tras haber escogido sus armas. El arsenal consistía en una pala para David, un atizador de la estufa para Dani, una barra larga de plástico duro para Cashel y una estaca de madera para Luis. El conjunto era más bien cutre, pero no se podía pedir más de un cuchitril mal construido. Una vez en la calle, acompañados por Antonio y Miguel, llamaron la atención de uno de los muertos. Querían probar un enfrentamiento más o menos controlado. Se acercó cojeando y pronto pudieron rodearle. Todos estaban nerviosos, a pesar de los intentos de Dani de hacerles ver que no eran peligrosos si se controlaba. Incluso a él se le aceleró el pulso al ver al bicho carente de mandíbula inferior cojear de un lado a otro sin otro incentivo que morderles. 7
  • Aníbal Ayora -Vale, acordaos. Las ventajas que tenemos sobre ellos son la inteligencia, la coordinación y agilidad, y el hecho de que su carne está podrida, y es fácil atravesarla. Tenemos que darles en el cerebro, cualquier otro golpe no les hará absolutamente nada. Atravesarlo, destrozarlo, da igual cómo. El caso es dañarlo. Si se os acercan demasiado podéis darles en la mandíbula o en los brazos, quizá así consigáis que no os muerdan o arañen. Eso es lo más importante, no dejéis que os toquen. Antes de enfrentaros a ellos en un combate directo, huid. Un rasguño de dientes o uñas, y todo se habrá acabado. ¿Entendido? -Sí. -asintieron el resto, temblorosos. -Muy bien. Cashel, tú el primero. David, atráelo hacia ti para que le de la espalda. Cashel, una vez lo haga y tengas vía libre, intenta neutralizarlo. -¿Neutralizarlo? -preguntó el chico, incrédulo, mientras hacían ruidos para que el muerto no se decidiera por ninguno de ellos y volcara su atención hacia otro. -Sí, intenta tirarlo al suelo y partirle la mandíbula. Es para que sepas cómo es, cuanto antes te acostumbres mejor. -¿Quién coño te crees que soy? ¿Jackie Chan? -David, ahora. Dada la señal, el chico gritó al hueco y empezó a golpear el suelo con la pala. Los muertos de las calles cercanas se giraron, pero sólo uno empezó a caminar hacia ellos. Tenían tiempo. Dani asintió con la cabeza a Cashel, y este se apresuró. Corrió hacia el muerto y vaciló antes de darle un codazo en la nuca, seguido de una brutal zancadilla. Una vez en el suelo, el fiambre se revolvió para intentar morderle la pierna. El moreno quedó paralizado unos instantes, pero hizo acopio de valor y justo cuando levantaba la cabeza le pisó la mandíbula con todas sus fuerzas. Crujió, salió sangre de la carne desgarrada y perdió varios dientes. Después se alejó, intentando recuperar la respiración, y volvió a la formación. El resto le felicitó por ello y esperaron a que se levantara el muerto. Una vez lo hizo, Dani dio la señal. -David, Luis, cogedlo por los brazos con cuidado para que se esté quieto. -dijo. Ellos alternaron las miradas, también dudosos, pero finalmente agarraron al hueco con una mueca de asco y preocupación en la cara, y Dani se puso frente a él, alzando el atizador. Inspiró hondo y le golpeó en la cabeza con la punta. Le dio en la cara, por lo que el bicho seguía revolviéndose a pesar de haber perdido la nariz y media mejilla. Dani volvió a inspirar y dio otro golpe. Ésta vez consiguió clavarlo en la sien del muerto. Hizo fuerza para terminar de clavarlo, y el cadáver cayó a plomo al suelo. Los jóvenes sonrieron de incredulidad y se chocaron las manos antes de despedirse del resto que permanecería en el local. Pasado el rato, avanzaban a paso lento por las calles. Evitaron cualquier enfrentamiento con los muertos, pues a pesar de tener un plan de ataque no acababan de atreverse a llevarlo a cabo otra vez. Consiguieron llegar a la tercera calle sin problemas, pero tuvieron que esconderse tras los contenedores de basura al ver la plaza del pueblo. Estaba infestada de muertos, y no habría manera de abrirse camino. -¿Y ahora qué? -preguntó Luis. -Somos bastante más rápidos que ellos. Si corremos todo lo que podamos, llegaremos a Mercadona sin que nos alcancen. -propuso Cashel. -No. No sabemos si el supermercado estará vacío o tan lleno como esto. Podríamos llegar ilesos, pero nos bloquearían fácilmente las salidas. -refutó Dani. -Pues demos un rodeo. Por la calle de arriba, luego a la derecha y entramos por la puerta de atrás, la del parking. -sugirió David. Callaron unos segundos mientras pensaban en ello antes de que Dani se moviera, instando al resto a seguirle. Y así hicieron; yendo por las calles aledañas a la principal no tardaron en divisar la puerta trasera del supermercado. Sin embargo, aquella tampoco estaba libre de peligro. -Hay cinco. -murmuró David. -¿Podremos con ellos? -Puede que sea arriesgarnos, pero no veo otra opción. -¿Y no hay otro sitio donde conseguir comida? ¿Seguro? -Ya ha pasado casi una hora desde que salimos del local, Luis. Tenemos que entrar ahí, no quiero llegar a la noche sin probar bocado. -insistió Dani. -Pues no nos queda otra que echarle huevos. -resopló David, alzando la pala y avanzando hacia los huecos de la puerta. Los demás fueron tras él. -Vale, uno a uno. David, échalos al suelo con la pala y nosotros los rematamos. -ordenó Dani. David asintió sin apartar la mirada del primer muerto. Cuando estuvo cerca de él, le golpeó con el lado convexo de la pala en la cabeza, tirándolo al suelo. Mientras otros dos cojeaban hacia ellos, Cashel le clavó la barra. David, por su parte, consiguió tirar a otro de los huecos, pero le costó tanto balancear la pala de vuelta hacia el 8
  • Aníbal Ayora otro lado para darle al restante que, aunque lo consiguió, él cayó también al suelo. Luis pudo acabar con el primero, y Dani apartó al otro de una patada justo antes de que agarrara del pie a David. Le dio la mano para ayudarle a levantarse y le clavó el canto de la pala en la nuca. Los dos últimos seguían en la entrada, entretenidos con algo que todavía devoraban. Los cuatro se acercaron cautelosamente, con el arma lista. -Joder... -murmuró Cashel al ver que estaban devorando el cadáver de una persona. Asqueado, tuvo que apartar la mirada y cubrirse la boca para retener las ganas de vomitar, y lo que vio le hizo gritar del susto. Un muerto apareció de la nada para aporrear desde el interior la puerta corredora de entrada al supermercado. Su grito hizo que los que estaban comiendo se giraran hacia ellos, pero fueron rápidamente eliminados por Dani y Luis, más por nerviosismo e instinto que por profesionalidad. -¿No funciona? -inquirió David, al ver que las puertas se mantenían cerradas a pesar de estar Cashel cerca de ellas. -Pues habrá que abrirlo a golpes. -Haremos mucho ruido, podríamos atraer a los de la calle. -dudó Dani. -Si no lo hacemos nosotros lo hará ese capullo. -apuntó Cashel, señalando al hueco del interior. El rubio suspiró, se asomó a la calle y accedió con un asentimiento de cabeza al ver que los muertos estaban bastante alejados. No les fue difícil acabar con el de la entrada una vez rompieron el cristal a golpe de pala. Momentos después se adentraban en el supermercado en completo silencio. -Coged todas las bolsas que podáis y cargad primero lo esencial. Comida, herramientas, esas cosas. susurró Dani mientras cogía uno de los carritos de compra. -¿Nos dividimos? -preguntó David. -Creo que va a ser lo mejor. Esto parece tranquilo, y llevamos nuestras armas. Yo me quedaré en estos pasillos con el carrito, así lo tendremos cerca de la salida para huir en caso de que lo necesitemos. Vosotros avanzad un poco más y llenad cuantas bolsas podáis sin que os entorpezcan. Coged sobre todo comida enlatada. Nos durará mucho más tiempo y es más fácil de llevarla. Nos vemos aquí en diez minutos, si tenéis problemas intentad encontraros los unos a los otros. Gritad sólo si os veis rodeados. ¿Comprendido? -todos asintieron y se pusieron manos a la obra. David fue el primero en encontrar la carnicería. Había todo tipo de carnes y podrían cocinarlas en la estufa del local. Lo único que le frenaba era el hueco que devoraba restos de carne, justo en el centro del pasillo. Dejó en el suelo la bolsa, que había rellenado parcialmente con tres latas de judías y una bolsa de frutos secos, para pensar una manera de librarse de él. Miró hacia los lados y vio el mostrador de la carnicería, con un cuchillo jamonero clavado en una tabla de madera. Alternando la mirada entre el muerto y la barra, cogió la pala con la mano izquierda mientras se acercaba. Cuando llegó y puso la mano derecha sobre el cuchillo, otro muerto se lanzó contra él desde detrás del mostrador. David hizo un esfuerzo por no gritar del susto y se echó hacia atrás. Grata sorpresa se llevó al ver que el hueco no llegaba hasta él porque tenía las piernas destrozadas. Arrastró con el cuchillo un trozo de carne que había en el mostrador y lo tiró al lado del muerto. Éste se lanzó al instante y empezó a comer con un ansia sobrenatural. David aprovechó para clavarle el cuchillo en la nuca. Acabó con él, pero la cuchilla se atascó en el cráneo. No había contado con que si se hundía demasiado un filo en la cabeza de un muerto, puede quedarse enganchado. Sostenía la enorme pala con la otra mano, lo que le dificultaba la maniobra. Sin embargo necesitaba el cuchillo para ser más silencioso, así que no debía soltarlo. Siguió haciendo fuerza y zarandeando al cadáver hasta que consiguió desclavar la cuchilla. Casi se cae hacia atrás del esfuerzo, y el cadáver hizo ruido al golpearse con el estante de atrás del mostrador. El otro muerto que David había visto al principio se distrajo por un instante, pero no tardó en continuar despedazando el trozo de carne que llevaba entre manos. El chico suspiró, aliviado pero a la vez contrariado. En las películas de zombis, los protagonistas nunca se limitaban a ir con un cuchillo doblado y una pala oxidada. Cashel, por su parte, se juntó pronto con Luis tras registrar varios pasillos. Habían acabado enfrentándose a un muerto por sorpresa y ambos lo remataron. Ahora, Cashel seguía cogiendo provisiones mientras Luis se aseguraba de que no hubiera problemas, con la estaca de madera alzada (a pesar de temblarle el brazo). De vuelta a los corredores cercanos a la salida, Dani todavía llenaba el carro, ahorrando todo el espacio que podía. Se hallaba en la sección de bebidas. Había cargado ya tres garrafas grandes de agua, y estaba cogiendo varias bebidas isotónicas ya que pesaban poco y no ocupaban casi espacio. Cuando había cargado ya cinco de ellas, se fijó en la puerta que había frente a él, con un letrero que rezaba ‘Almacén’. Se detuvo y pensó por unos instantes. El supermercado estaba casi vacío, y muchas de las provisiones que no habían desaparecido estaban desperdigadas por el suelo, destrozadas o bañadas en sangre y suciedad. En el almacén podrían haber mejores botines. Inspiró hondo, empuñó el atizador y se dirigió a la puerta doble. Empujó, pero no pudo abrir. Hizo fuerza de nuevo por si así lo conseguía, pero no hubo manera. Y justo cuando dio 9
  • Aníbal Ayora por sentado que estaba cerrada con llave, algo la golpeó desde el interior con tanta fuerza que las puertas temblaron y la cerradura forzó su límite. No se abrió, pero empezaba a bailar con cada empujón. Dani quedó paralizado de terror, y sólo reaccionó cuando se percató de la gravedad del tema. No eran ni uno, ni dos, ni tres huecos los que habían tras la puerta. Era un grupo enorme, y acabaría echándola abajo si no rompía la cerradura antes. Miró a todos lados en busca de algo con lo que atrancar la puerta, y finalmente se tuvo que conformar con una barra larga de metal. La pasó entre las asas y volvió al carro sólo para encontrarse de frente a dos muertos. No sabía de dónde habían salido, pero se acercaban. Aferró con fuerza su arma y esperó a que avanzara uno más que el otro. Cuando lo hizo el de la derecha, le golpeó en la cabeza. Por primera vez acertó al primer intento y el cadáver cayó contra el estante. Golpeó de pleno las botellas de cerveza y alcohol que restaban en los estantes, y los tiró al suelo montando una fanfarria de cristales y golpes sordos. El otro hueco se acercó demasiado, y Dani tuvo que echarse hacia atrás para evitar sus zarpas. Tropezó con una botella de plástico y cayó al suelo. Los nervios crecieron, y retrocedió sin el atizador hasta pegarse a las puertas del almacén, que cada vez se movía más. No aguantarían nada sin la barra de metal, pero el atizador lo había dejado metros más allá y el muerto estaba a punto de caer sobre él. Apretó los dientes, arrepintiéndose de su elección antes incluso de hacerla, pero sabía que no tenía otra opción. Alzó la mano y agarró con fuerza la barra que atrancaba las puertas del almacén, a la par que levantaba el pie derecho para apartar la cara del hueco. Tiró de la palanca y golpeó al muerto en la cabeza, echándolo a un lado. Después, con esfuerzo, le clavó el metal en el cráneo. Era más duro de lo que parecía. Entonces recordó el almacén. -¡Dani! -gritó David al final del pasillo, que había acudido al oír el escándalo. Dani alternó la mirada entre él y las puertas antes de correr hacia el carrito, recogiendo el atizador por el camino. -¡Larguémonos de aquí! -le dijo, empezando a arrastrar el carro. -¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? -¡Corre, coño! -insistió el rubio. Dos segundos después, las puertas del almacén cedieron y la horda de muertos se abrió paso, algunos cayendo al suelo en el intento y siendo pisados por el resto. Eran muchísimos, más de una docena. Sin necesidad de decir nada más, David cargó sus bolsas en el carro y ayudó a Dani a tirar de él. -¡¿Dónde están Luis y Cashel?! -espetó. -¡No lo sé! ¡¡Luis!! ¡¡Cashel!! ¡Venid! -les llamó Dani a grito pelado. Mientras corrían a la salida vieron aparecer a los dos jóvenes por uno de los pasillos. Simplemente con ver el numeroso grupo de zombis que seguía a sus amigos, más otros cuantos que se vieron atraídos por el ruido, supieron lo que querían decir. Cargaron con todas sus bolsas en la misma mano y empuñaron las armas con la otra mientras corrían hacia ellos. Una vez juntos echaron todo al carro y rodearon a Dani a la par que intentaban salir del supermercado. David cerró las puertas que daban a las escaleras de salida y las bloqueó con un palo de escoba de la misma manera que Dani hizo con el almacén. Entre todos alzaron el carrito y lo subieron hasta el exterior. Todavía habían algunos muertos tras ellos, pero la situación se hizo manejable al dejar al grueso atrás. Dani continuaba llevando el carro mientras David, Cashel y Luis guardaban sus espaldas. Aún tardaron otra media hora en llegar al local, tras tener que esconderse de grupos reducidos de muertos, y tras dar otro rodeo para evitar la plaza. Al llegar a su calle, vieron que la entrada al refugio estaba acordonada por tres vallas sujetadas firmemente con bloques de piedra. -Mierda. -murmuró Dani. Podían llegar perfectamente al local, pero seguían siendo perseguidos por casi una decena de muertos, y no sería tarea fácil meter el carrito con tres vallas bloqueando el paso. -Dani, ocúpate de los fiambres. David, Luis, ayudadme a quitar las piedras. -planeó Cashel, tirando del carrito y dejando a Dani frente a los muertos. -¡No, esperad! Luis, David, ocupaos vosotros de los huecos, tenéis más fuerzas. Cashel, tú y yo abrimos paso. ¡Vamos! -ordenó Dani. Los demás se detuvieron unos instantes, pero accedieron al darse cuenta de que era mejor plan. -Vale, no hace falta que los matemos -le dijo David a Luis una vez estuvieron apartados, intentando no perder la compostura-. Basta con apartarlos y retrasarlos para ganar tiempo -aprovechó que un muerto se acercaba para golpear brutalmente sus piernas con el canto de la pala, destrozándolas al impacto-. Es mucho más fácil romper piernas que atravesar cráneos, y no queremos cansarnos. Luis detuvo la respiración por el esfuerzo y golpeó el costado de uno de los huecos con la estaca, haciéndole tropezar. Pisó sus rodillas cuando estuvo en el suelo. 10
  • Aníbal Ayora -¡Sorní! ¡Sorní, abre la puerta! -gritaba Dani. No les había sido difícil apartar las piedras que sostenían las vallas, pero si Luis y David no hubieran entretenido a los muertos, no les habría dado tiempo. Antonio abrió la puerta y quedó paralizado al ver la escena, pero no tardó en ayudarles. -Joder, lo siento. No contaba con que trajerais un puto carro. -se disculpó, casi en tono irónico. -Has hecho bien. -le tranquilizó Dani mientras terminaban de entrar la mercancía al local. Cashel dio un fuerte silbido y David y Luis dejaron de incapacitar y rematar a los huecos para correr al local, jadeando. Cerraron rápidamente de un portazo y bloquearon de nuevo la puerta. -Entonces, ¿vamos esta tarde? -Es lo mejor. Cuanto antes consigamos armas, antes podremos... no sé, antes estaremos más seguros. Los cuatro líderes debatían en una esquina del bajo mientras el resto de gente comía hamburguesas y salchichas hechas cocinadas por Miguel en la tapa de la estufa. Habían puesto encima una plancha redonda de metal que habían encontrado en un rincón del local donde guardaban trastos, tras limpiarla. La doblaron a golpes por los bordes, simulando una especie de sartén, y Miguel cubrió la base con una pizca del aceite que quedaba en una botella traída por los del supermercado. -Querrán ver a sus padres cuanto antes. -comentó David. -Yo también lo quiero, de hecho. -confirmó Antonio. -Nadie va a ir por ahí aislado y sin armas. Por lo menos consigamos arsenal, luego haremos grupos para barrer el pueblo según donde viva cada uno. Ya habéis visto la plaza y el supermercado, todo esto está infestado. -denegó Dani. -¿Cómo ha podido pasar? ¿Tan rápido? ¿Sin alertas, sin rescates? -murmuró Cashel. -Por desgracia era de esperar. Este pueblo no es nada importante. No tienen nada que salvar. La situación se haría incontrolable y el gobierno no se arriesgaría a alertar a todos los puebluchos del país. Se centraría en las grandes ciudades. -Pues hay que descubrir si es verdad que las grandes ciudades resisten a la epidemia. Tenemos que ir a Valencia. -propuso David. -Eso es cierto. -coincidió Dani. -¿Y cómo es posible que esté todo tan lleno de muertos? ¿No hay supervivientes? ¿Está todo el pueblo criando malvas? -siguió dándole vueltas Antonio. -Sí, sí los hay. Todavía tiene que haber personas vivas en Utiel. Nuestras familias, por ejemplo. Y más gente. Ni siquiera han pasado veinticuatro horas desde que invadieron el pueblo. Estarán todos refugiados, como nosotros. -contestó Dani, convencido. -¿Creéis que habrá algún tipo de rescate? -inquirió Cashel. -Mejor no hacernos a la idea. -¿Y si la idea no es esperar un rescate, cuál es? Es decir, conseguimos armas, buscamos a nuestros padres, ¿y luego qué? -Si los encontramos, dejar que decidan ellos. Si no... no lo sé. -Podemos discutirlo más tarde -irrumpió Dani-. Lo primero es lo primero. Vamos a comer algo. Son las dos, a las cuatro o las cinco iremos al cuartel. Nos vendría bien que viniera Nico. -añadió, mirando a Toni. -Si él va, yo voy. -Es que quiero que vengas. David, Cashel, quedaos vosotros esta vez e intentad calmar a la gente si sacan el tema de sus padres. Convencedles de que cuando consigamos armas iremos a buscarles y de que estarán bien. -Dan, por poco que nos guste, hay que aceptar la posibilidad de que no lo estén. -murmuró David. -Yo ya la he aceptado. Y sé que vosotros en parte también. Es por ellos. No digo que sean débiles, pero nosotros parecemos soportarlo mejor. No lo digo yo, lo dicen los hechos. Pronto se harán a la situación, pero mientras tanto hay que evitar que pierdan los nervios. Por eso os elegí a vosotros tres. -Intentaré pintarlo todo bien. -finalizó David tras un suspiro. -Gracias. -Ya sabéis, cuando lleguemos saltamos la valla, entramos como podamos, cogemos lo más cercano y salimos cagando leches. -repitió Dani. Ya estaban de camino al cuartel, Toni con la pala de David y Nicolás con la barra de Cashel. -¿Hemos pensado en la posibilidad de que el cuartel esté cerrado? ¿O de que haya policías refugiados allí? ¿O de que tengamos que enfrentarnos a un huevo de huecos vestidos de antidisturbios? -inquirió Luis. -Sí, para todo tenemos la misma respuesta. Si es difícil pasamos de ello, si es fácil lo hacemos. Punto. 11
  • Aníbal Ayora Al contrario que la parte este del pueblo, la parte occidental parecía más tranquila. Sin muertos caminando por la calle, parecía un día normal y corriente. Tardaron veinte minutos en llegar al cuartel de la guardia civil. Efectivamente, las vallas lo protegían y sus puertas estaban cerradas a cal y canto. Había bastantes muertos transitando la amplia y larga calle, pero estaban separados y les fue fácil abrirse camino. -Eh, al final te acostumbras a matar a estos bichos. -sonrió Luis. -No es como en las películas esas -comentó Nico-. Las cabezas son duras como una piedra. -El cráneo humano es una de las cosas más duras que existen, pero eso no quita que los cráneos de los muertos estén ya en podredumbre. Si das en el lugar adecuado con algo afilado y un poco de fuerza, puedes atravesarlo perfectamente. Te cansas, sí, pero puedes hacerlo. -Esos tíos no llevarían muertos más de un día. ¿Tan rápido se ablandan los huesos? -preguntó Toni. -Normalmente no, pero al parecer el virus acelera la putrefacción de todo el cuerpo. Si te das cuenta no parecen cadáveres normales, parecen muertos hace varios meses. -explicó Dani. -Eso es cierto. -Bueno, manos a la obra. Dicho esto, comenzaron a escalar la valla con dificultad, dispuestos a buscar una manera de adentrarse en el cuartel. -¿Cuánto rato llevan ahí fuera? -preguntaba Ana poco después, de vuelta al local. -Media hora, como mucho. -contestó Cashel. -Están bien, Ana. Tranquilízate. -insistió David, mientras ordenaba la comida obtenida del supermercado. -Parecíais cansados al llegar. ¿Tan grave es lo de ahí fuera? -recordó Miguel. -No los habéis visto con vuestros propios ojos, así que no os lo imaginaréis por mucho que os lo contemos -contestó David-. Es horrible. Hay demasiados, no me cuadra que todo esté lleno de muertos y no hayamos visto supervivientes. -Estarán escondidos. -murmuró Dana. -Es lo que ha dicho Dani. Y lo más probable, a decir verdad. -Oye, tienes razón en lo de que no los hemos visto con nuestros propios ojos -añadió Ana. David le miró con una ceja enarcada, como preguntando-. No podemos estar así, en algún momento tendremos que salir y darnos cuenta de cómo es. David quedó quieto, sin saber qué responder. -Tiene razón -le ayudó Alicia-. No podéis ser vosotros, los hermanos y Dani los únicos que sepáis defender esto. El castaño miró a Cashel, que se hallaba igual de confuso que él. A las chicas no les faltaba razón, pero hasta entonces no contaban con que estuvieran dispuestas a enfrentarse a la situación. Luis resopló al terminar de comprobar que la última puerta del cuartel estaba también cerrada. Negó con la cabeza para indicárselo a Dani y los hermanos. -¿Qué hacemos? Puedo probar a romper una cerradura con la pala, pero... -empezó Toni. -No. No podemos hacer mucho ruido. Si los huecos de la calle se apelotonan no les costará echar las puertas abajo. -Pues tenemos que entrar ahí de alguna manera. Siguieron pensando cómo entrar durante un rato, hasta que oyeron un traqueteo metálico tras la puerta principal. Alzaron las armas, pero su sorpresa no tuvo semejante al ver abrirse la puerta y salir tres policías, apuntándoles con rifles. -Gracias a... -pudo decir Nico, antes de que uno de los guardias le interrumpiera. -¡Manos arriba! ¡No mováis ni un dedo! Los jóvenes obedecieron, dubitativos, a la par que se miraban entre ellos, extrañados. -Estamos vivos, ¡no somos de esos bichos! -anunció Toni. -¡Cerrad el pico! ¡Soltad las armas! ¡Vamos! ¡Tiradlas al suelo! Mientras seguía las órdenes, Dani pudo ver cómo algunos de los muertos de la calle empezaban a acercarse a la puerta. Dos de ellos ya la golpeaban fútilmente. -¿Qué hacemos, Pérez? -le preguntó el guardia a otro de ellos- ¿Les cacheamos? ¿O les echamos? -No lo sé -contestó el tal Pérez, acercándose a los chicos-. ¿Qué hacéis aquí? ¡Contestad! -Estábamos... buscando gente. -respondió Toni. Al ver la hostilidad de los guardias, Dani pensó en una alternativa y comenzó a retroceder lentamente. -¿Y para eso saltáis la valla? ¡¿Dónde está vuestro grupo?! 12
  • Aníbal Ayora -No tenemos. Estamos solos. -contestó esta vez Nico. Dani aprovechó para chistar a su hermano. Este se inclinó hacia atrás, sin hacer movimientos bruscos y manteniendo la mirada clavada en los guardias. -Cuando oigas el clic de la puerta, coge la pala y corre con tu hermano hacia dentro. -le susurró. -¿Qué pretendes hacer? -Entramos mientras ellos se encargan de los huecos, pillamos alguna bolsa de armas y salimos por la parte trasera. -Espero que sepas lo que haces. -Yo también. -dicho esto, el moreno ayudó a Luis y a su hermano con el interrogatorio para entretener a los policías. Sólo uno de ellos se fijó en Dani. -¡EH! ¡Estáte quieto! ¡Tú! -le ordenó. Todos quedaron paralizados. Rápidamente, Dani comprobó el número de muertos que se agolpaban contra las puertas. Tras contar más de una decena, quitó el pestillo que las mantenía cerradas y todo se convirtió en un caos. Gritó al resto a que corrieran al cuartel mientras cogía su atizador para apartar de su camino a un muerto que cayó cerca de él. Al mismo tiempo, los bichos de la puerta se abalanzaron al interior. Los policías perdieron su coordinación; uno disparaba a los huecos, el otro se mostraba indeciso y Pérez disparaba a Nicolás. Por suerte falló, y Toni no perdió la oportunidad. Recogió la pala, y cuando estuvo cerca de él aprovechó la inercia de la carrerilla para golpearle en la cabeza, tirándolo al suelo. Mientras Dani les alcanzaba y los otros dos guardias se ocupaban de los muertos, recogió el rifle de asalto que se le había caído a Pérez. Una vez reunidos, entraron al cuartel y bloquearon la puerta antes de coger una gran bolsa parcialmente llena de armas. -¡¿Sólo nos llevamos esa?! -gritó Toni mientras corrían hacia la puerta trasera. Justo después oyeron cómo gritaban los policías. -No tenemos tiempo, aquí dentro hay varias armas y parece que bastantes balas y trastos, ¡tenemos que irnos! -respondió Dani, retomando la marcha. Minutos después corrían de vuelta al local, viendo desde la lejanía cómo casi una veintena de zombis rodeaban el cuartel. -Un rifle de asalto, una escopeta, dos pistolas y un revólver. -listó Nico. -Es poco, ¿verdad? -inquirió Alicia. -No tenemos para todos. Y visto lo visto, vendría bien que todo el mundo tuviera un arma de fuego. La chica resopló y Dani tomó la palabra. -Tenemos cinco. Creo que lo mejor sería dar una a cada líder. -Deja de llamaros así. Suena pedante, y parece que queráis ser mejores que nosotros. -reprochó Alicia. -Ali, ya hemos hablado de eso, lo de líderes no quiere decir que... -Que vale, lo que digáis. -le ignoró ella, yendo a un sofá. El rubio suspiró e intentó pasar del tema. -Yo también opino lo mismo. ¿Cómo las repartimos? -continuó David. -Me quedo con la escopeta. -se apresuró Toni. Ninguno se opuso a su elección, así que continuaron con el reparto. -Escoged. -les ofreció Dani a David y Cashel. El primero negó con la cabeza. -Me va bien con la pala. Soy rápido y me he acostumbrado a manejarla. Me vale para apartar a los muertos, y esta mañana he metido varios cuchillos de la carnicería de Mercadona en las bolsas. Me quedaré con uno. -dijo. -¿Seguro? -Totalmente. No te preocupes por ello. -De acuerdo... cogeré el revólver entonces. -prosiguió Dani. -Las pistolas y el rifle. -Una pistola para ti, y el rifle para Nico. La otra pistola para Miguel -sugirió el rubio. Los chicos se miraron entre ellos-. Nico tiene experiencia con los rifles, aunque sólo practicara con uno de caza, y Migue todavía no ha luchado contra un hueco. Es más fácil defenderse con una pistola que con un palo, y Gabri es más ágil. Puede apañárselas con un arma de cuerpo a cuerpo siempre que vaya acompañado. -Lo veo bien -aceptó Cashel. -¿Pues todos de acuerdo? -preguntó Dani tras unos segundos. Nadie tuvo nada que objetar, por lo que dieron las pistolas a Cashel y Miguel, y Nico cogió el rifle-. Vale, escuchad -dijo después-. Lo que sé sobre las armas de fuego es que sólo hay que usarlas en caso de necesidad. Me refiero a cuando nos veamos rodeados por muchos, cuando estemos en un combate abierto, esas cosas. Nunca, y repito, nunca, las debemos utilizar 13
  • Aníbal Ayora para quitarnos de en medio a un par de huecos, ni para matar a los que se acerquen demasiado. El sonido atraería a muchos y sólo conseguiríamos joderla más. ¿Entendéis? La gente asintió y luego habló Toni. -La munición es importante; deberíamos repartirla ya y que cada uno administrara su parte a partir de ahora. -Está bien. Dani abrió de nuevo la bolsa y la registró. Lo primero que vio no fue la munición, sino una mira y dos silenciadores. Sin decir nada los enseñó al resto. -¿Para quién? -preguntó Cashel. -No valen para la escopeta, y el rifle de asalto resulta un poco absurdo con silenciador teniendo en cuenta que lo usaré más para deshacerme de un grupo numeroso. Es decir, cuando el ruido ya no importe. -informó Nico. -¿Puedo quedarme yo con uno? -preguntó Dani. -Es muy difícil encajar bien un silenciador en un revólver. La boca del cañón es distinta a la de las pistolas, y yo no tengo ni idea de cómo hacerlo bien. En pistolas convencionales como la Cashel y la de Migue es más fácil ponerlos. -Pues quedaos los silenciadores. ¿Qué hay de la mira? -No estoy seguro de que a vosotros os sirva mucho, y una escopeta con mira en mi opinión también carece de sentido porque su rango es bastante amplio. Como mucho valdría para el rifle. -Mejor estar bien equipados desde el principio. Para algo que tenemos, usémoslo. -sonrió Dani, lanzándole la mira. Después repartieron la munición correspondiente a cada uno. -¿Cuándo practicaremos? -inquirió después Toni. -Eso es lo malo, que no podemos practicar. El ruido atraería huecos, es arriesgado. Tendremos que aprender a cargar y tal sin disparar, y confiar en nuestro sentido común cuando llegue el momento. -admitió Dani. -Bueno, por lo menos tenemos las armas... -Exacto. David, ¿cuántos cuchillos has metido en la bolsa? -Cinco en total. Yo me quedaré con uno normal. -Vale. Luis, coge tú el cuchillo jamonero y cámbialo por la estaca de madera. Chicas, Gabri, los cuatro restantes repartidlos entre vosotros y uno de los que no cojan ninguno que se quede con el atizador que llevaba yo. El otro y los que llevemos armas de fuego, haremos estacas con los leños de la estufa. Los tallaremos con los cuchillos. -¿Tú crees que podremos? -Es más que nada para tener un arma cuerpo a cuerpo. Por si alguno se acerca más de la cuenta. -Quédate tú con el atizador, Ali. -ofreció Ana. -Como veas. Repartieron los cuchillos y dejaron claro el tema del arsenal. Después fue Ana la que retomó la conversación. -Esto sí que podemos practicar. -¿Con las armas cuerpo a cuerpo? -dedujo Dani. La chica asintió, y las otras le siguieron. Por dentro agradeció que estuvieran tan dispuestas a aprender y a adaptarse en vez de lloriquear o hacer quejas de todo. Sin embargo había una contrapartida- Estoy completamente de acuerdo. Pero son ya más de las siete. Pronto anochecerá. Quiero decir... hemos de elegir. O buscar a nuestras familias o practicar con las armas. No nos da tiempo a hacer las dos, porque a oscuras no nos conviene salir. Todos intercambiaron miradas, y esta vez fue Alicia la que contestó primero. -Practiquemos primero. Así seremos útiles cuando encontremos a nuestros padres... y si no los encontramos... seremos útiles aquí. Si salimos ahora, sin saber defendernos... puede que nos arrepintamos. ¿No? -Supongo que si siguen vivos ahora... podrán aguantar hasta que salga el sol. Una noche más. -completó Dana. -Tenéis razón, por poco que me guste. -afirmó Ana tras un suspiro. -Me alegra que penséis así. O sea, que penséis en perspectiva y no impulsivamente -Dani sonrió amargamente por dentro al ver que ellas también intentaban mantenerse serenas, a pesar de mantener el tono de miedo y preocupación en sus palabras. No les gustaba nada aquella decisión, pero la comprendían-. Una noche más, y volveremos con nuestros padres. 14
  • Aníbal Ayora Las prácticas de combate fueron sobre ruedas. Las chicas no eran tan hábiles en el combate como los chicos, pero a decir verdad podrían sobrevivir a un encuentro sencillo. Las que más cómodas se veían con un arma en la mano eran Dana y Alicia. No vacilaron al tener que acabar con los muertos, y contuvieron sus emociones tras hacerlo. Sin embargo, la segunda no pudo evitar vomitar de la repulsión que le causaban los cadáveres, así como Ana se mareó de ver tal espectáculo e Inés tuvo que apartar la mirada enseguida. En cuanto a los chicos, se familiarizaron con los mecanismos de sus armas de fuego y Dani pasó casi toda la noche en vela junto a David y Sorní, tallando las estacas de madera. La calle del local estaba despejada, así que no tuvieron que preocuparse por los muertos, pero les costó dormir por los nervios del día siguiente. En cuanto la luz invadiera el pueblo, saldrían divididos en dos grupos según la zona en la que vivieran. David, Nico, Toni, Ana, Dani, Alicia y Miguel cubrirían la parte occidental del pueblo, mientras que Dana, Cashel, Inés, Gabriel y Luis se ocuparían de la parte contraria. Conforme fueran acercándose a sus casas, se descolgarían del grupo los que vivieran en ellas y aguardarían en sus casas hasta que el resto les recogiera en el camino de vuelta, en caso de no encontrar a sus familias. Aquella noche fue menos agónica que la anterior y pudieron dormir un poco, sobre todo por cansancio. Pronto apareció el sol entre los tejados y las calles se iluminaron, a pesar de que el cielo estaba casi cubierto por las nubes. No tardaría en nublarse por completo, y puede que lloviera. Pero en cualquier caso no podían perder más tiempo. -¿Estáis todos listos? -preguntó Dani. Estaban todos en la puerta del local, dispuestos a separarse. Llevaban sus armas desenfundadas y tenían los nervios a flor de piel. Incluido Vancosta, quien se esforzaba por ocultarlo pero su naturaleza impulsiva le delataba. Todos asintieron a modo de respuesta. -De acuerdo. Recordad, son las diez, a las dos estad de vuelta en el local. Si encontráis a vuestros padres, quedaos con ellos. Si no, ya sabéis. Esperad a que el resto del grupo vuelva a por vosotros. Si pasan más de tres cuartos de hora, salid sin ellos y recoged a los que se hayan descolgado antes. -Ya sabemos el plan, no te preocupes. -le tranquilizó Cashel. Dani suspiró. -Pues luego nos vemos. Suerte. -se despidió, empezando a caminar hacia la izquierda con su grupo. El primero en separarse fue Miguel, ya que era el que más cerca vivía del local. Tal como habían acordado al idear el plan, se pusieron en la puerta y alzaron sus armas. Miguel no tenía la llave, así que David destrozó la cerradura con la pala y golpeó la pared una vez abierta la puerta. La intención era atraer a los muertos que pudiera haber dentro, para rematarlos cuando se acercaran. Sin embargo, no ocurrió nada. Miguel gritó una vez más, por si acaso, pero seguía sin aparecer un alma. Miró al resto del grupo y les indicó que no tenía problema en quedarse solo. Así pues, los demás siguieron su camino y dejaron que él se ocupara de su hogar. Tardaron un cuarto de hora hasta llegar a la bifurcación en la que siempre se separaban Ana y David de Dani, Alicia y los hermanos. El trayecto había sido fácil, tan sólo un par de muertos les obligaron a usar las armas. Una vez en el cruce, se detuvieron para decidir el siguiente paso. -Ana, voy contigo. -se ofreció Toni. -No hace falta, ve a tu casa con tu hermano. -negó la chica. -Nico puede ocuparse de ello, no quiero dejarte sola. -insistió él. -Vivimos muy cerca, con grito nos oiremos y será fácil ayudarnos si hay problemas -le ayudó Dani. Después miraron a Nico, esperando su aprobación. Él simplemente resopló, sabiendo que era inútil oponerse, y les dio la espalda para escudriñar las calles. -Será rápido. En cuanto comprobemos que puedes quedarte en tu casa, volveré con ellos. -De acuerdo. Hagámoslo cuanto antes. -accedió Ana finalmente. -Nos vemos en este cruce en media hora. -concluyó Dani. Mientras tanto, en el otro extremo del pueblo, el grupo de Cashel ya había dejado atrás a Gabriel y Dana. La casa de Gabriel también estaba aparentemente vacía y la chica había decidido ayudarle a registrarla. Luis vivía en las afueras del pueblo, así que había decidido que no iría a su casa; los muertos no habrían llegado hasta allí, y en caso de haberlo hecho no sería difícil defenderse de ellos. Estaba tranquilo respecto a eso. Así pues, el siguiente en separarse de ellos era Cashel. Era el que más lejos vivía del local, de manera casi paralela a la casa de Inés. Y por desgracia vivía en un piso, lo que suponía que debían subir hasta su planta para asegurarse de que no había peligro. 15
  • Aníbal Ayora -Las luces no van. -masculló, al ver que las lámparas del rellano estaban apagadas a pesar de los interruptores estar accionados. -Pues sacad las armas y a la mínima que veamos la montamos gorda. Hay que llegar a tu casa. -dijo Luis al instante, empuñando el cuchillo con una mano y la vara con la otra. Cashel inspiró hondo y cogió su estaca de madera. -Inés, quédate detrás de nosotros. Si te pasa algo, Miguel nos arrancará la cabeza cuando volvamos. susurró a la chica, quien asintió tras sacar su cuchillo. Avanzaron por los pasillos sin hacer un solo ruido, tensos y atentos a cualquier movimiento. Tardaron unos minutos hasta llegar a donde Cashel vivía y se detuvieron en la entrada. Habían oído algunos golpes sordos y un par de gruñidos, pero provenían de dentro de las casas o de pisos superiores. Aún así, se mantenían crispados. -No podemos entrar como planeamos. Si hacemos ruido acudirán todos los de la finca, y no llevo las llaves encima. -susurró Cashel. -Inés, trae tu cuchillo. -musitó Luis. La chica se lo dio sin decir una palabra y dejaron que Bosquer hiciera lo suyo. Segundos después se oyó un ‘clic’ y la puerta se abrió. No sabían cómo lo había hecho, pero prefirieron no preguntar. -¿Qué hacemos? Tampoco podemos atraerlos sin hacer ruido. -Entrad conmigo. Cerraremos la puerta y daremos un par de golpes. -decidió Cashel. Los tres se adentraron en la casa y cerraron tras ellos. Después, sacó su pistola silenciada y golpeó la pared con el cañón, produciendo un tintineo metálico. Ligero, pero audible a oídos de un hueco. Pasaron los segundos y no escucharon nada. Cashel frunció el ceño y volvió a golpear la pared. Esta vez oyeron un golpe proveniente de la habitación más cercana. -¿Hay alguien? ¿Estáis ahí? -preguntó, como dirigiéndose a sus padres. Los golpes cesaron, dejando un silencio tenso en el ambiente. Y justo cuando Cashel iba a moverse, un muerto apareció por la puerta de la habitación. Alzó la pistola al instante, dispuesto a acabar con él, pero quedó paralizado al reconocer su deformada cara. Luis le arrancó la pistola de la mano y disparó el mismo. Acertó en el cráneo y el cadáver cayó de bruces contra la alfombra que cubría el suelo. También él había reconocido al difunto. Era el hermano de Cashel. -Joder... -consiguió murmurar. Inés se cubrió la boca y contuvo la respiración para evitar las náuseas y las lágrimas. -Le mordieron en el cuello -balbució Cashel, señalando la herida, con los ojos llenos de lágrimas-. Dios, tío... mierda. No puede ser... -lloraba a la par que se agachaba para ver a su fallecido hermano de cerca. No tuvo mucho tiempo para lamentarse, pues otro muerto apareció por la esquina del pasillo. Luis alzó la pistola de nuevo, pero su amigo se levantó antes de que pudiera disparar y se abalanzó sobre el hueco con la estaca de madera en la mano. Se la clavó en el ojo en cuanto le alcanzó y acabó con él, pero no se dio por satisfecho. Continuó clavando y desclavando el trozo de madera en la cabeza del muerto, descargando así la ira por el brazo y la pena por los ojos. No era de su familia; era alguien ajeno. El responsable de la muerte de su hermano. Pasaron un par de minutos hasta que se levantó, con las manos ensangrentadas, moqueando y la cara empapada de lágrimas. Miró a su derecha, siguiendo las huellas de sangre que había dejado el zombi, para darse cuenta de que había salido de la habitación de sus padres. El reguero de fluidos y los restos de carne que aún quedaban en la mandíbula del muerto delataba lo que Cashel más temía. Luis e Inés fueron con él y también dedujeron lo que había pasado ahí dentro. -Cashel, ha pasado un buen rato desde que llegamos -le indicó Luis-. Podemos esperar quince minutos más hasta... -empezó, pero no le dejó terminar. -No quiero ni verlo. No lo soportaría -tartamudeó, aún llorando-. Ayudadme a coger las bolsas de mi habitación y a hacer la maleta. Cojamos la comida que quede y la ropa que quepa. -ordenó, caminando hacia su cuarto. Luis suspiró al ver cómo su amigo trataba de mantener la compostura a pesar de lo que estaba pasando. No pasó mucho tiempo hasta que Dani, Nico y Alicia se detuvieron. Fue poco más allá del cruce donde se habían separado de David, Antonio y Ana. Lo que paró su avance fue lo que vieron en el interior del colegio que había justo frente a su bloque de viviendas: tras las vallas había una persona viva, con un rifle en la mano. Dani entrecerró los ojos para escudriñar el edificio y darse cuenta de que había más gente por el interior. -Son bastantes. Parece que están bien refugiados. -murmuró. 16
  • Aníbal Ayora Nico se adelantó sin mediar palabra, dispuesto a hablar con el que guardaba la entrada. -¡Eh! -le llamó. -No grites. -ordenó Dani, mirando de reojo los pocos muertos que caminaban por la explanada de tierra en la que se encontraban, delante del colegio. Nico hizo una mueca despectiva y abrió la boca para decir algo, pero el guarda alzó el rifle y quitó el seguro. Los tres jóvenes se detuvieron. -¡Atrás! -gritó el de dentro. -¿Qué coño pasa? ¿Por qué? ¡Estamos vivos! -se quejó Nicolás. -¡¡He dicho que atrás!! ¡No deis un puto paso, u os vuelo la cabeza! -repitió el del rifle. Poco a poco, un montón de gente se apelotonó tras la valla. El que parecía ser el líder se adelantó y empezó a hablar con él. Alicia y Nico le conocían, era el director de la escuela. Ellos habían hecho la primaria allí, y pronto empezaron a reconocer las caras de los que habían dentro. Niños, jóvenes, adultos, ancianos... llegarían fácilmente a las treinta personas. -¡No pretendemos nada malo! ¡Dejadnos entrar y hablemos! -siguió pidiendo Nico, irritado al ver cómo les miraban. -No se os ocurra acercaros. -amenazó el director. -¡¿Pero por qué?! -¡¡No queremos a más gente!! ¡No podemos acoger a todo el pueblo! ¡Las aulas están llenas, largaos! -Nos van a llenar esto de huecos. -farfulló Alicia, empuñando el atizador al ver que los muertos de la zona se acercaban. -Dani, tenemos que entrar ahí. Están refugiados y la valla parece segura. Podemos vivir ahí. -le dijo Nico. -Yo soy el primero que quiere entrar, pero no pongo en duda lo que acaban de decirnos. -¿Serían capaces? Yo conozco a muchos de ellos, y no harían daño a una mosca. -replicó la chica. -Puede que ellos no, ¿pero conoces a los que llevan las armas? Yo tampoco. Y mírate la ropa. Miraos las manos. Estamos manchados de sangre y armados con palos de madera y armas maltrechas. Es normal que no se fíen. -¡¿Y qué coño esperan que llevemos?! ¡Pues claro que no es normal! -espetó Nico. -¡Ya sé que no es normal! -se contradijo Dani al instante- ¡¡Sólo intento buscar una explicación, por falsa que sea!! ¡No quieren dejarnos entrar, no van a...! -gritó, pero alguien pronunció el nombre de Nicolás desde dentro. Los tres se giraron al reconocer vagamente la voz, pero justo entonces dos muertos les alcanzaron. Uno de ellos se abalanzó sobre Alicia por la espalda. Por suerte, la chica consiguió echarse hacia delante antes de que le hincara el diente; el hueco se tropezó y cayó al suelo. El otro se acercaba a Dani, pero pudo abatirlo fácilmente con la estaca tras tirarlo de una instintiva patada. Nico ayudó a Alicia a levantarse, pero ella no perdió un instante y golpeó con la punta del atizador a su atacante. No acertó y se lo clavó en el cuello. Todavía nerviosa por el ataque, tiró de su arma, desgarrando la garganta del muerto, y lo intentó de nuevo con un golpe vertical. Esta vez sí le hundió el filo en la cabeza. Retiró el arma y se cubrió la boca al toser por la repulsión. Segundos después, aquel que había llamado a Nico llegó hasta ellos. Era Manuel Vasco, de tez morena y pelo corto de color azabache. Vestía una chaqueta negra con capucha, unos vaqueros gastados y unas zapatillas deportivas. Llevaba una pistola en la mano. -¿Vasco? -murmuró Nico. Hacía tiempo que no hablaban, pero antaño fueron grandes amigos. Dani también lo conocía, y Alicia lo veía por el instituto. -Cuánto me alegro de que estéis vivos. -dijo el otro, abrazándole. Después le estrechó la mano a Dani y saludó a Alicia con la cabeza. -Lo mismo digo. -sonrió Nicolás. -¿De qué va eso que tenéis montado ahí? -preguntó Dani, señalando con la estaca al colegio. -Hay mucha gente dentro. Lo que ha dicho el director es verdad, no queda casi espacio. En total seremos unas cien personas. Pero los que están al mando son bastante quisquillosos. No os van a dejar entrar ni de coña. -¿Y a qué viene esa mierda de norma? -husmeó Nico. -Yo qué sé, no cuentan esas cosas. No puedo hacer nada para que os dejen entrar. -Pues no sé para qué has salido. -resopló Alicia, todavía jadeando y terminando de limpiar el atizador. -Eh, hago lo que puedo. Al menos les he convencido de que sois amigos míos. -¿Y si ya saben que no somos hostiles qué problema hay? -inquirió Dani, con una ceja enarcada. -Ya te lo he dicho. Yo no pinto nada, tío, no me van a decir el por qué de sus decisiones. A todo esto, ¿qué hacéis aquí? ¿Cómo están Sorní y los demás? -Están bien, nos hemos atrincherado en el local por ahora. Veníamos para... -empezó Dani, pero Alicia le interrumpió. 17
  • Aníbal Ayora -¿No nos deja entrar y le vamos a contar nuestros planes? -Ali, cálmate. No tiene nada de malo. Vasco, ¿si pasamos de largo nos dejarán en paz? -Por supuesto. Mientras no intentéis nada contra ellos, ni os dirigirán la mirada. Dani inspiró hondo antes de contarle sus intenciones, tras mirar de reojo a Alicia. -Hemos venido para registrar nuestras casas. Volver con nuestros padres, y si no podemos, coger suministros para el local. Vasco quedó en silencio por unos segundos. -Es buena idea, sí. Os... os ayudaré con ello. Es lo único que puedo hacer por vosotros, no voy a abandonar la escuela. Mi madre está ahí. -¿Y tu padre y tu hermana no...? -preguntó Nico en voz baja. Vasco simplemente negó con la cabeza, mordiéndose los labios. -Agradecemos tu ayuda entonces. Movámonos antes de que lleguen aquellos. -finalizó Dani, mirando al resto de fiambres que se les acercaban torpemente. Empezaron a andar en dirección al bloque de casas de Nico y Dani. Alicia vivía una manzana más allá, pero no estaba lejos. Vasco y Vancosta sacaron unos metros de ventaja y el primero aprovechó para susurrarle al segundo: -No quiero amargaros el día, pero te lo digo a ti porque parece que ahora estás al mando -Dani hizo una mueca de extrañeza al oír esa expresión-. Aquí no queda nadie. -¿Cómo que no queda nadie? -repitió, alertado, pero sin detener la marcha. -Los del colegio revisaron todo el barrio. No quedaba nadie, los supervivientes vinieron con nosotros en cuanto pudieron. Conozco a tu padre, a los de Nico y a los de Alicia. Ninguno de ellos está aquí. -explicó, con el ceño fruncido. Dani mantuvo los ojos abiertos, intentando asimilarlo. -Es imposible. ¿Ninguno de nuestros padres? ¿Y alguien del barrio? -No conozco a muchos de esta zona, pero me suenan varias caras. Lo siento. Dani miró de reojo a sus amigos. Ellos realmente esperaban encontrar a sus familias, pero no era su desilusión lo que le alarmó y le aceleró el pulso. Era algo personal, no tenía nada que ver con otras personas. Con todo lo del liderazgo y la organización del grupo no se había tomado el lujo de poder pensar en su situación, pero ahora los pensamientos pesimistas le invadieron la mente y se dio cuenta de que la tremenda angustia que anudaba su garganta era por pensar en el hecho de que no iba a volver a ver a su padre. El camino de Toni, Ana y David se hizo más difícil. Tuvieron que ocuparse de varios muertos por el trayecto, pero pudieron manejar la situación sin problemas. David también vivía en un piso, así que siguieron el mismo procedimiento que Cashel, Inés y Luis. Sin embargo la finca de David fue más costosa de atravesar; la escalera estaba atorada de muertos, y tuvieron que atraerlos hasta abajo para deshacerse de ellos. Entre los tres pudieron acabar con los siete que habían apelotonados, y deshacerse del resto fue sencillo. Los padres de David tampoco estaban en su casa, pero no había rastros de sangre o batalla. De hecho sólo había una mancha en la puerta. Aunque también se le escaparon las lágrimas, decidió quedarse en su casa mientras Toni y Ana iban a la de la chica. Así le daría tiempo a ducharse y a coger provisiones. Ahora la pareja se encontraba de camino a la alameda del pueblo, cerca de un instituto, al lado de donde vivía Ana. Era increíble cómo en dos días había cambiado tanto el pueblo. Estaba totalmente desierto, sólo los muertos poblaban las calles y no había ni rastro de un alma viva. El asfalto de las calles estaba lleno de marcas ocasionadas por los frenazos de los coches. Muchos intentarían huir... unos lo conseguirían y otros no. Sorní no paraba de pensar en qué habría pasado si hubieran salido la primera noche. Si hubieran corrido todo lo que pudieran, seguro que habrían encontrado supervivientes. Podrían haber encontrado un grupo grande de personas antes de que abandonaran el pueblo, y ahorrarse aquella situación. Puede que encerrarse en el local no fuera la mejor idea. Doce mil personas no podían sucumbir a los zombis en una noche, y los supervivientes habían tenido tiempo suficiente para huir en aquellos dos días. Nadie sería tan estúpido de quedarse en un pueblucho como aquel. Todo el mundo habría ido a Valencia o a Cuenca. Miró a Alicia, que caminaba con la mirada clavada al frente, y por primera vez temió por su vida más que por la suya propia. No soportó la idea de verla morir, de separarse de ella, y tuvo que sacudir la cabeza para deshacerse de esos pensamientos. Fuera buena o mala, la decisión del grupo estaba hecha. Ahora tocaba centrarse en lo que tenían. -Ya estamos, es ahí delante. -señaló la chica. Frente a ellos se hallaba una hilera de chalets, similares a las casas de Toni y Dani. Sólo un muerto caminaba cerca de la casa de Ana, y Sorní se adelantó para clavarle la estaca en el ojo antes incluso de que 18
  • Aníbal Ayora pudiera caminar hacia ellos. Le sorprendió la facilidad con la que lo hizo, si bien seguían dándole arcadas del asco. No supo si acostumbrarse a atravesar cabezas era bueno o malo, pero al menos le mantenía a salvo. Se pegaron a la puerta y Ana sacó las llaves mientras el chico apuntaba al interior con la escopeta. La chica tembló mientras abría la puerta. Sorní golpeó el marco de madera con el cañón de la escopeta, haciendo ruido. Cruzaron las miradas y el chico le hizo una señal para que entrara al ver que nada se inmutaba. Ana cruzó la entrada y dio un par de pasos. -¿Mamá...? ¿Esteban? -preguntó, alzando un poco la voz. No hubo respuesta. Sorní entró también, aún con la escopeta por delante, y cerró la puerta. Después se puso delante de Ana y caminó por el corto pasillo. No había rastros de sangre. Tan sólo estaban los muebles revueltos, las estanterías tiradas y cosas por el suelo. -¡Eh! ¿Hay alguien ahí? -casi gritó, para comprobar que estaban solos. Seguía sin haber contestación a la llamada, así que bajó el arma y la sustituyó por la estaca de madera. -¿No están...? -murmuró Ana, notando cómo se le humedecían los ojos. -Tranquila. No hay sangre por ningún lado, no tuvieron problemas. Puede que estén arriba y no nos hayan oído. -propuso el chico. En realidad no lo creía, pero sólo pensaba en darle esperanzas a su novia. Así pues, subieron las escaleras hasta el segundo piso y volvieron a hacer ruido, pero nada ocurrió. Abrieron la puerta de la habitación de la madre de Ana, y no se sorprendieron al verla desordenada y vacía. Sin embargo, les llamó la atención un papel con algo escrito, sobre la cama. Ambos hicieron ademán de ir a leerla, pero la chica detuvo a Sorní. -Yo la leo. Ve a mi habitación y empieza a llenar las bolsas. Hay una maleta y una mochila de viaje en la parte de arriba de mi armario. Y en la cocina debe quedar algo de comida. -susurró, soltando una lágrima. -Mantén la calma, ¿vale? -contestó él, dándole un beso y dejando que entrara sola a la habitación. Suspiró y bajó a la cocina para coger lo que restara. No abundaban las provisiones, pero al menos encontró una lata de melocotón en almíbar, dos botes de lentejas y una lata de sardinas, así como una barra de pan congelada. Cogió bolsas de plástico que había en un armario y comenzó a llenarlas con lo que encontrara. Añadió un par de bolsas de frutos secos y cambió su estaca de madera por un cuchillo largo y afilado. Después subió a la habitación de Ana. Aquella no estaba destrozada como el resto de la casa. Abrió el armario, sacó la mochila y la maleta de ruedas que había mencionado la chica y empezó a llenarlas con la bolsa de comida y mudas de ropa para ella. Miró de reojo por la ventana y se detuvo al ver los tres huecos que caminaban sin rumbo frente a la casa. Empezó a ponerse nervioso, pero recordó las palabras de Dani e intentó hacerle caso. “Es esencial que nos acostumbremos a esto. Cuando veamos muertos andando por la calle, no debemos perder los nervios, quitaos de la cabeza el pensar que son peligrosos. Mientras mantengamos la compostura, será fácil ocuparnos de ellos. Son imbéciles; nosotros no”. Inspiró hondo y se apresuró a terminar de llenar la bolsa de equipaje. Le faltaba poco para terminar cuando oyó un fuerte golpe en la habitación de al lado, donde estaba Ana. Al principio quedó paralizado, pero al ver que los golpes no cesaban apartó de su camino la maleta y salió corriendo del cuarto, gritando el nombre de Ana. Abrió de una patada la puerta de la habitación contigua, y una parte de él se alivió profundamente al ver que la chica estaba bien. Estaba destrozando la habitación, volcando y rompiendo lo que pudiera, hecha una furia y llorando de rabia. Se echó sobre ella y le rodeó con los brazos, haciendo que parara. Ya estaba todo hecho un desastre. -¡Tranquila! ¡Ana, relájate! -le gritó. La muchacha se zafó de él, se dio la vuelta y le abrazó. Seguía llorando a rienda suelta. Sorní le rodeó de nuevo con los brazos y le besó en la cabeza, intentando consolarla. Iba a preguntar, pero no le hizo falta cuando vio que la carta, en el suelo, a estaba a medio escribir. Al final del párrafo, el trazo se interrumpía y se tornaba irregular, para terminar mezclando la tinta con una mancha de sangre seca. La ventana estaba abierta y su marco estaba manchado del mismo fluido. Se preguntó cómo no se había dado cuenta al entrar la primera vez, y prefirió no imaginar qué paso para que quedara así. Cerró los ojos con fuerza y le abrazó con más fuerza. Ana se dejó caer al suelo y él la acompañó, arrodillándose, y dándole tiempo para llorar todo lo que tuviera que hacerlo. David acababa de salir de la ducha (que aún tenía agua caliente) cuando, a medio vestir, oyó una sacudida en el armario del baño. Dio un respingo y casi se cae al suelo. Vio entonces que las asas estaban cubiertas por una toalla, atada por un extremo a la ventana de la derecha y por el otro a la barra del toallero. Al entrar estaba tan ocupado llorando e intentando pensar en positivo que no se había dado cuenta de ello. Todavía sin camiseta ni calzado, cogió la pala apoyada en la puerta y la alzó. Se preguntó por qué las sacudidas no habían empezado en cuanto hubo ruido en el piso, pero un rayo de esperanza iluminó sus pensamientos. Al acercarse, arrancó la toalla del toallero y la dejó colgando de la ventana. Las asas, antes cubiertas por ella, 19
  • Aníbal Ayora estaban bloqueadas con un candado. Frunció el ceño y dio un par de toques en las puertas del armario. Como sospechaba, los golpes se intensificaron y comenzaron los gruñidos. Apretó los dientes, iracundo, y se echó hacia atrás levantando la pala. Tras un suspiro, golpeó con todas sus fuerzas el candado y el armario en sí. Olvidó el detalle de que las puertas estaban hechas de cristal grueso tintado. Lo recordó en cuanto este se resquebrajó por todas partes por el golpe, pero no le dio tiempo a reaccionar. Otro empuje desde el interior terminó por romper la puerta entera, y un muerto se abalanzó sobre él, acompañado de gruesos cristales y todos los utensilios que había en el interior del armario. Ni siquiera habían comprobado que su casa estaba vacía cuando Nico decidió entrar solo. Dani, hizo lo mismo en su caso, dejando solos a Vasco y Alicia, que subieron al bloque de casas que había tras una cuesta, cerca de un parking. Andaban tranquilos, pero se detuvieron al ver que la zona de aparcamiento estaba llena de muertos. Varios coches con los cristales destrozados estaban agolpados contra la entrada. En total había seis muertos, pero pasaron por alto un rezagado que se arrastraba tras el pequeño muro que delimitaba el estacionamiento. A pesar de tener el pie partido, consiguió echarse sobre Alicia gracias al factor sorpresa. Por suerte, Vasco lo vio y sacó una pistola silenciada al instante. Le voló la cabeza y la chica pudo apartar al cadáver antes de que cayera sobre ella. El resto de muertos ya había llegado hasta ellos, y se vieron obligados a combatir. El chico gastó las tres balas que llevaba cargadas, pero sólo acabó con uno de ellos ya que al otro sólo le dio en la garganta y en la mejilla. -¡No te separes! -le dijo a Alicia, sacando un machete de su cinturón. Los huecos se echaron encima de ellos. Vasco empezó a cercenar cuellos como podía e inutilizando a dos de ellos. Empezó a ponerse nervioso al ver que otros cuatro fiambres se les acercaban por la espalda. Maldijo por lo bajo, se dio la vuelta y se ocupó de ellos. Alicia, mientras tanto, pudo atravesar la nuca de uno de sus rivales con el atizador. Otro se abalanzó sobre ella, pero pudo golpearle en el gaznate con el cuerpo de su arma y echarlo hacia un lado. Iba a rematarle, pero un tercero le obligó a centrarse en él. Tenía el cuerpo de un hombre adulto y robusto, así que tuvo que darle varias patadas en el vientre para mantenerlo a raya. Tras varios intentos, logró clavarle la punta del metal en la sien. El pulso le aceleró al ver que su arma se había atascado en el cráneo, pero aún más cuando recordó que todavía quedaba otro por rematar, tras ella. En aquel instante Vasco ya solo se enfrentaba a uno de los muertos. Le golpeó en la frente con la boca de la pistola y le clavó el machete justo cuando escuchó un grito de Alicia. Aterrado, tiró el cadáver al suelo y se dio la vuelta. Vio a la chica tirando al último de los muertos con el atizador enterrado en su cabeza, respirando alterada y con expresión de dolor. Pero no parecía estar herida. -¿Estás bien? ¿No te ha mordido? -le preguntó. La chica tragó saliva, arrancó su arma pisando el cráneo del bicho y le miró. -No, me ha dado tiempo a matarle. Vamos, ve tú delante. -murmuró, intentando recobrar el aliento. Dani se hallaba en el estudio, mirando por la ventana. Ya había comprobado que la casa estaba vacía. No había rastros de sangre, y sólo el piso inferior estaba revuelto. Estaba llorando, pero no sollozaba. Simplemente dejaba que las lágrimas recorrieran sus mejillas y colgaran de la barbilla, intentando recuperar la calma. En su mano llevaba un folio, escrito de arriba abajo. Era de su padre, pero no lloraba porque no hubiera conseguido terminar de escribir. Lloraba por lo que ponía en la nota. Pasaron varios minutos hasta que se le agotaron las lágrimas y dejó de llorar. Se asomó por la ventana y comprobó una vez más cómo todo se había podrido al ver la calle asfaltada con algunos cadáveres y poblada de varios muertos andantes. Definitivamente ya nada sería lo mismo. Inspiró hondo y dio un puñetazo a la mesa. Sacudió la mano al hacerse daño y se revolvió el pelo, intentando centrarse en lo que le ocupaba. Abrió el armario y escogió dos mudas de ropa. Después llenó, con ellas y con las provisiones restantes de la casa, una maleta sin ruedas. Una vez hecho el equipaje, fue al baño para ducharse. -Lo siento. -repitió Vasco, poniendo una mano en el hombro de Alicia. La chica continuaba llorando a rienda suelta. Ni un mueble de su casa seguía en pie. Habían encontrado el cadáver de su padre, y su madre y su hermana no habían dejado rastro por ninguna parte. El chico se había ocupado rápidamente del hueco responsable del destrozo, y ahora esperaba a que ella se recuperara para poder volver con Vancosta y Nicolás. -Escucha, yo también he perdido a mi padre. Y a mi hermana. Pero no me he perdido a mí, y tú no te has perdido a ti. Debemos centrarnos en eso todos los supervivientes, en mantenernos con vida por aquellos que no lo consiguieron. 20
  • Aníbal Ayora Alicia se frotó los ojos y se levantó, todavía sollozando. Vasco suspiró, empuñó el machete y abrió de nuevo la puerta de la casa. Comprobó que la calle era segura y le hizo una señal a Alicia para que saliera. La chica caminó hacia él y cogió el atizador, pero se le cayó al suelo en cuanto tuvo que sostenerlo sin el apoyo de la mesa de la entrada. Puso una mueca de dolor y se cubrió la parte trasera del hombro, apretando los dientes y cerrando los ojos. Vasco frunció el ceño y fue con ella. -¿Qué te pasa? ¿Estás bien...? -empezó, pero languideció al ver lo que la chica intentaba ocultar. El jersey y la camisa que llevaba debajo estaban rasgados en la zona del hombro, y su mano se había cubierto de sangre. Alicia bajó el brazo sin dirigirle la mirada. Entonces Vasco vio la herida que se extendía desde la parte superior del omóplato hasta medio brazo, todavía supurando sangre. -¿Te han...? -balbució. -Sí. -musitó ella. -¡Dani! ¿Vamos o qué? -gritaba Nico desde la puerta. Vio de lejos cómo un muerto se giraba hacia ellos, peor no le dio importancia. Segundos después oyó un portazo y vio a Dani bajar las escaleras de la entrada. Se había cambiado de ropa; ahora llevaba puestas unas converse negras, pantalones vaqueros y un polo dorado, cubierto por un jersey de cuello de pico negro, bajo una holgada chaqueta blanca con capucha. También llevaba unos guantes de medio dedo algo deshilachados. También se había peinado con el flequillo hacia abajo. Llevaba la bolsa de viaje colgando de su hombro izquierdo y la mochila de acampada en la espalda. Nico, por su parte, sólo arrastraba una maleta de ruedas. -¿Han aparecido Ali y Vasco? -preguntó el rubio. -No, deben estar apunto, son ya las doce y llevamos aquí casi una hora. En cuanto los veamos larguémonos, no quiero volver a pisar este barrio en mi puta vida. -contestó Nico. Tenía los ojos irritados; él también había llorado. -Tengo que hablar contigo. Y con tu hermano, sobre vuestros padres. -¿Qué? ¿A qué te refieres? Dímelo ya. -Luego, en el local. Por ahí vienen. -Dani apuntó con la cabeza a la cuesta, por la que bajaban corriendo Vasco y Alicia. No traían equipaje, y la chica llevaba una manta por encima. -¿Por qué corren? -murmuró Nico- ¡Eh! ¿Qué pasa? -No hay tiempo, vámonos. -dijo simplemente Vasco cuando llegaron con ellos. Nicolás iba a replicar, pero comprendió lo que quería decir al ver la turba de muertos que aparecía por encima de la cuesta. Delante iban dos hombres vivos, corriendo hacia los jóvenes. Pronto alcanzaron al primero, y el segundo empezó a pedir ayuda a gritos. -Joder. Corred, hay que correr. -¿Qué coño es eso? -preguntó Dani entonces, al ver cómo un trozo de la manta de Alicia se había empapado de sangre. Se dio cuenta de que la chica aún lloraba. -Le han mordido. -respondió Vasco al ver que ella no decía nada. Dani abrió los ojos como platos y casi se deja caer. -No, ha sido un arañazo. Ese hijo de puta tenía el hueso al descubierto, y me lo clavó por la espalda. tartamudeó Alicia. -¡Lo miraremos en el local! ¡Puede que alguno traiga medicinas, pero ahora tenemos que irnos! -insistió Nico. Dani se había quedado petrificado, sin saber qué hacer. -Dani, ayúdale a caminar. Nico y yo nos ocuparemos de la retaguardia ¡Vamos! -le pidió Vasco, tendiéndole a la chica. El rubio, todavía en shock, asintió y pasó su brazo por encima del hombro. La sujetó de la cintura con la otra mano y empezó a avanzar dificultosamente por el peso de las bolsas. -Va a traerlos a todos contra nosotros. -murmuró Nico, cabreado. Vasco no contestó. El otro apretó los dientes y alzó el rifle. -¡Eh! ¡EH! ¡¿Qué haces?! -Le han mordido. -contestó Nico al observar por la mira del arma. Segundos después apretó el gatillo y acabó con el hombre que corría hacia ellos. Ahora muchos de los infectados se entretendrían con el festín, y tendrían una oportunidad. Nadie dijo nada, y retomaron la marcha. -Alicia, espera. Isabel... Isabel está viva. -dijo Vasco justo antes de despedirse, en la puerta del colegio. Todos quedaron sorprendidos. Isabel era la hermana de Alicia. -¿Qué cojones estás diciendo? -preguntó Nico, apuntando con el rifle a los muertos que empezaban a aparecer por la esquina más lejana. 21
  • Aníbal Ayora -Está con nosotros. Te lo digo para que sepas que está a salvo. No dejaré que le ocurra nada. Te lo prometo. -siguió hablando Vasco, haciendo caso omiso de Nico. -Isabel... -murmuró Alicia, volviendo a humedecérsele los ojos y alzando un brazo hacia la escuela. -No tenemos tiempo, ¡joder! -gritó Nico, al ver que más de una docena de muertos se dirigía hacia ellos. -Isabel... ¡Isabel! ¡Tengo que verla! ¡¡Déjame verla!! -No, no podéis. No os van a dejar entrar, y si insistís os volarán la cabeza. Y más en tu estado. Tenéis que marcharos. Tú sólo piensa que tu hermana estará bien. Haré lo posible por que sobreviva, te lo juro por Dios. Está con sus amigos y conocidos, no tienes de qué preocuparte en lo que a ella respecta. Nicolás dio el primer disparo. -¡¡Vamos, hostia!! -gritó. Dani empezó a tirar de Alicia, que empezó a gritar el nombre de su hermana, histérica, y a hacer fuerza para ir a verla. -Ali, no podemos. No podemos... -le decía el rubio, pero la chica no le hacía caso y tuvo que hacer fuerza para arrastrarla. Nico fue el último en empezar a caminar. -¡Tened cuidado, volveremos a vernos! ¡Muchísima suerte y manteneos vivos! ¡¡Corred!! -voceó Vasco, ya en la lejanía, entrando al colegio. Nico alzó el brazo a modo de despedida, con semblante serio, y se dio la vuelta. Al igual que Dani y Alicia, quedó de piedra al dirigir la mirada hacia el cruce. Allí les esperaban Sorní y Ana, abrazados, David, apoyándose en la pared y con una venda manchada de sangre cubriéndole el ojo izquierdo, y una chica rubia, menuda y temblorosa, a su lado. Era Lucía. -Nunca he pasado tanto miedo. -decía Dana. Ya se habían juntado ella y Gabriel con Luis, Inés y Cashel. Tampoco hubo suerte con el resto de padres. Los de Gabriel, además, estaban muertos y tuvieron que deshacerse de ellos. Ahora la chica hablaba de cómo él le había salvado de un ataque de los muertos. -Habéis salido ilesos, es lo importante. -intentó animar Luis. -Ambos nos hemos ayudado. Si no hubieras insistido, puede que siguiera en mi casa llorando. -añadió Gabriel, dirigido a Dana. -Todavía estás llorando. -bromeó Luis, aún buscando levantar los ánimos. Ninguno cambió su expresión, y borró el amargo intento de sonrisa. -Me va a costar asimilarlo. -balbució Inés. Dana se secó los ojos y tosió. -A todos nos va a costar horrores. -murmuró Gabriel. Cashel no dijo una sola palabra durante el camino. Iba delante de todos, con dos bolsas llenas a su espalda y con la pistola en la mano. Avanzaron durante casi media hora sin incidentes, hasta que empezó a lloviznar. -Seguro que empeora. Más nos vale llegar pronto al local. -murmuró Luis. Aligeraron la marcha, cubriéndose con las capuchas y chaquetas, pero volvieron a detenerse al ver algo en la calle de enfrente que les llamó la atención. Era una persona. Viva, pues empujaba un carrito del supermercado. El traqueteo metálico se oía desde allí, así que era de esperar el grupo de muertos que apareció tras él por la esquina. El carro estaba lleno de bolsas de comida y una mochila mal cerrada. El chico parecía joven, de la edad de Cashel y compañía. Al verles, no dudó en girar para ir hacia ellos. Empezó a acercarse, estando a punto de tropezarse un par de veces, y nadie supo qué pensar cuando comprobaron que aquel imbécil que atraía la atención de todo el pueblo con un carrito de Mercadona no era otro que Tomás. El grupo de Dani caminó a paso lento debido a los heridos, y tardaron una hora en llegar al local. Habían dejado de hablar cuando David y Lucía terminaron de explicar lo que les ocurrió. El primero, que le costaba equilibrarse y se sentía débil por la pérdida de sangre, habló antes que ella. Todo tuvo que ver con el muerto que se encontró en el armario. De la sorpresa, tuvo que tirar la pala al suelo en cuanto el bicho se tiró sobre él, y de los nervios trastabilló. Ambos cayeron al suelo y fueron rociados por la lluvia de cristales y utensilios del armario. Sufrió varios cortes en los brazos, y al moverse para evitar los mordiscos, desafortunadamente puso el ojo izquierdo justo en la trayectoria de uno de los últimos cristales. No dio detalles de qué paso exactamente, simplemente dijo que había perdido la vista. Tuvo que cubrir la herida con los trapos de su casa hasta que pudo sustituirlos por las vendas que trajo Lucía. Esta explicó su historia después; ella y María llegaron hasta la casa de la segunda, y encontraron a sus padres. Acompañaron a Lucía, diciéndole que hiciera el equipaje para marcharse con ellos. Pero cuando salió con la bolsa llena ya no estaba el coche de María. La habían abandonado y tan solo dejaron un rifle en su puerta. Tuvo la suerte de no encontrar casi muertos por el camino, pero tuvo que correr por no atreverse a matar a ninguno de los que se cruzó. Vivía cerca de David, así que no le costó encontrarle. 22
  • Aníbal Ayora Todos sabían lo del arañazo de Alicia, pero no mencionaron el tema. Recordaban lo que dijo Dani el primer día: “Un mordisco, un arañazo, y todo se habrá acabado”. Pero en realidad el único que sabía lo que de verdad iba a pasar, y lo que tenían que hacer, era el propio Vancosta. El resto tan sólo lo imaginaba e intentaba ignorarlo. Llegaron al bajo Dani y Lucía llevando a Alicia, por delante del resto. David se apoyaba en Nico, tras ellos, y Sorní y Ana continuaban abrazados sin decir nada. Pasaron por la casa de Miguel, pero no había nadie. Sus preocupaciones desaparecieron al ver que el chico se encontraba en la puerta del local, ocupándose de tres huecos junto a una chica. Dani hizo una señal a Nico, y este se apresuró a ayudar a Miguel. Sólo acabó con uno de ellos, pues los otros dos los remató el otro con un puño americano. Lucía corrió a abrazar a la chica que había con él, y después a la otra que sujetaba una escalera pegada a la fachada del local. Eran Paula Cadena y Alba Esparza. La primera alta y rubia, de ojos azul turquesa, y la segunda algo más baja, con el pelo ondulado y castaño. Miguel saludó a sus amigos y quedó petrificado al ver la herida de Alicia. Dani le indicó con un gesto que luego hablarían de ello. -¿Y eso? -preguntó Sorní, señalando la escalera de la pared. Llegaba hasta el tejado, a unos tres metros del suelo. -Para subir ahí arriba. No será una mucha ventaja porque los edificios de al lado tapan bastante, pero sí que veremos toda esta calle. Sabremos cuando vienen esos bichos. -Bien hecho. -le agradeció Dani, dándole una palmada en el hombro. -Gracias. No me ha costado traerla. Mis padres... en fin -no continuó para evitar más lágrimas-. Con ella he podido destrozar a tres, y he descubierto que sirvo de mula de carga. Además, he encontrado esta maravilla. -sonrió Miguel, mirando el puño americano. David también esbozó una sonrisa y admiró la entereza de su amigo ante la situación. -¿Qué hacéis aquí? -preguntó entonces Ana a Paula y Alba. -Estábamos juntas cuando pasó toda esta mierda -empezó Alba-. Nos refugiamos en casa de Paula mientras sus padres iban a buscar ayuda. -No volvieron. -murmuró la rubia. -Anoche pensamos que vosotros quizá estaríais en el local, así que esta mañana hemos venido. Nos hemos encontrado a Migue al llegar. -Me alegro de que estéis bien. Siento lo de tus padres. -le dijo Sorní a Paula. -¿Ali? ¿Estás bien? -preguntó esta, pasando del tema. No se había fijado en el aspecto de la chica; parecía débil y era literalmente incapaz de andar por sí sola. -Sí... -musitó ella. -No, no está bien. -negó Dani, con el ceño fruncido. -He dicho que estoy bien, joder. -insistió Alicia, dándole un apagado empujón para ir sola, pero las piernas le flaquearon al segundo paso. Dani la cogió de nuevo antes de que cayera, y Paula corrió a ayudar. -¿Qué coño le ha pasado? ¿Y por qué? -inquirió Alba, abriendo la puerta del local. -Se explicará todo enseguida. Cuando vuelvan Cashel y los demás. -contestó Dani, entrando al bajo. -No, habla ya. -He dicho que cuando vuelvan. Hasta entonces, cállate y no des el coñazo. Paula se sorprendió al ver la ruda actitud de su amigo, tan impropia en él. Ni siquiera le miraba al hablar. -¡Míralos! Ahí están -anunció Miguel desde la puerta, antes de cerrar. Volvió a abrirla de par en par e hizo señales para que sus amigos corrieran- ¿Y eso...? ¿Ese es Tomás? ¡¿Qué coño hace con un carrito?! Había pasado ya media hora y lo único que rompió el silencio al principio fueron los saludos, los reencuentros y las breves explicaciones de lo que había ocurrido esa mañana. Ahora, por raro que pareciera, estaban esperando a que Dani empezara a hablar. Continuaba en la puerta del local, observando la lluvia a través de la cristalera. No se había movido. Parecía una estatua esculpida con angustia y temor. Sorní no aguantó más y habló en voz baja. Se dirigía a Tomás. -¿Y dices que tus padres ya no estaban? -No. No había nadie en casa. Me quedé ahí encerrado hasta esta mañana. He salido para buscaros. -Con un carrito de Mercadona. -Quería llevar comida. Y mi mochila. -Por tu culpa estuve a punto de morir, gilipollas. -recordó Gabriel. Ya lo había mencionado siete veces desde que se encontraron. -Te repito que lo siento. Creía que te habían mordido y me puse nervioso, ya está. Joder, ¿qué hubieras hecho tú? -reprochó Tomás, sin alzar la voz. Gabriel apretó el puño y se levantó, plantándole cara. 23
  • Aníbal Ayora -Si vas a ser un cobarde puedes largarte otra vez. -Estás vivo, Gabri. ¿Qué habrías hecho tú en mi situación? -Tirar de ti, tal vez. Al menos antes de que supiera que eres capaz de dejar tirado a un amigo. -Pues vale. -zanjó Tomás, apartando la mirada. -¿Pues vale? ¡¿Pues vale?! -casi gritó Gabriel, alzando el puño. Cashel le paró antes de que descargara. Iba a decirle algo, pero entonces Dani se movió y todos le miraron para prestarle atención. Vancosta arrastró una de las sillas y se sentó en ellas, frente al resto. Sacó de su bolsillo la carta de su padre. -Estaba en mi habitación. Mi padre la escribió antes de marcharse, explica varias cosas que dan más sentido a todo esto -inspiró hondo antes de empezar a leer, haciendo un esfuerzo por no trabarse al hablar-. «Daniel, sé que leerás esto. No sé cuándo y no sé cómo, pero estoy seguro de que sigues ahí fuera y de que no vas a morir. Eres fuerte, me lo has demostrado muchas veces y sé que vas a vivir. Tienes que hacerlo, hijo. Hazlo por mí. Nos están trasladando. Van a sacarnos de aquí, y no me dejan ir a buscarte. Son militares. Llevan todoterrenos y camiones. Dicen que el centro está infestado y por eso no permiten ir a nadie. No comprenden el dolor que impone eso -tuvo que hacer una pausa para retener las lágrimas-. Tú no te preocupes por mí, ni por tu tía y tu primo. Si estás con Antonio y Nicolás, diles que sus padres están con nosotros. Pueden mantener la calma. Hace un momento he visto a la madre de David en uno de los coches, supongo que su padre irá con ella. Saldremos dentro de unos minutos hacia Valencia. Allí tomaremos un avión hacia Francia. En siete días zarparemos a Inglaterra. Los militares dicen que el virus no ha llegado a Reino Unido todavía. Supuestamente estaremos a salvo. No quiero pensar en nada más, Daniel. Por Dios, hijo, cuídate y cuida de los tuyos. Haz lo que sea por sobrevivir. Eres cauto. Estoy seguro de que volveremos a vernos. Ambos debemos confiar en ello. Con el mayor cariño que pueda albergar un humano, tu padre. Te quiero». Los hermanos se abrazaron al oír la noticia, contentos, y David sonrió. Aunque era una felicidad más impulsiva que real, pues en su interior seguían tan preocupados y angustiosos como antes. Prueba de ello fue el radical cambio de actitud que tomó la mayoría al pensar en algo más. Sorní fue el primero en levantarse y dirigirse a Dani. -¿Estaban evacuando gente? -Sí. -¿Y no pasaron por aquí? -No. -¡¿Y nos quedamos quietos mientras sacaban a casi todos los del pueblo?! -Sí. -¡¿Me estás diciendo que es probable que si hubiéramos salido y hubiéramos conseguido llegar a nuestras casas, nos habríamos salvado y habríamos visto a nuestros padres?! Esta vez Dani tardó unos segundos en contestar. -Sí. Sorní gritó de rabia e intentó darle un puñetazo en la cara. El otro lo vio venir y se echó hacia atrás justo a tiempo. Cuando su amigo iba a cargar otra vez, Ana le cogió del brazo, pidiéndole que parara. Se dieron cuenta de que Dani estaba llorando. -También soy consciente de ello -murmuró. Le temblaba la voz-. Es posible eso que has dicho. Y sé que fui yo el que propuso quedarnos. Soy yo el primero que se arrepiente, joder. ¡¿Pero qué queríais que hiciera?! ¡Estaba acojonado! ¡Vi cómo un tío sin garganta caminaba hacia nosotros, no quería salir ahí fuera! ¡¡No quería que ninguno de nosotros se arriesgara!! ¡¡Ni siquiera sabemos si podríamos haber llegado a nuestras casas!! ¡¡Lucía salió al rato y casi no sale viva, no ha comido casi nada!! ¡¿Qué coño habríamos hecho nosotros si no lo hubiéramos conseguido?! Nadie dijo una palabra. No sabían qué decir, pues tanto uno como otro tenían razón. Al ver que no ocurría nada, Dani le dio una patada a la silla, apartó el baúl de la puerta y salió tras dar un portazo que resquebrajó el cristal. Algunos hicieron ademán de ir a por él, pero se quedaron quietos al oír cómo el chico subía por la escalera metálica al tejado del local. -Ya son las dos y media. -murmuró Cashel. -Aún nos quedan horas de sol. -completó David. -Podemos discutir lo de Dani más tarde. -dijo Ana. Toni resopló y se sentó en un sofá. -No quiero ni pensar en ello por si me pongo como él -farfulló Cashel, mirándole-. Tenemos que decidir qué hacer ahora. Ya lo hemos comprobado, los supervivientes de este pueblo no quieren conocer a nadie más. Lo demás son todo muertos. 24
  • Aníbal Ayora -Y nosotros no nos enteramos de la evacuación. -masculló Sorní. -Toni, deja el puto tema. Lo debatiremos luego. -¿No sería mejor que saliéramos de Utiel cuanto antes? -propuso Dana. -Es buena idea. A lo mejor en las grandes ciudades hay más personas. -corroboró Miguel. -Y más muertos. -añadió Gabriel. -Tenemos dos alternativas: Cuenca o Valencia. -El avión del que hablaba el padre de Dani salía desde Valencia. -recordó Gabri. -Sí, ayer por la madrugada. Ya no habrá ni Dios allí. -refutó Lucía. Tenía a Alicia entre sus brazos, todavía cubierta con la manta. No estaba dormida, pero su cara había palidecido y parecía ausente, a pesar de respirar con normalidad. Tenía la frente ardiendo y pronto la fiebre mostraría sus síntomas. -Podría ser un suicidio. Si no hay personas vivas, habrán muchísimos más huecos que aquí. -siguió hilando Cashel. -Lo que tenemos que hacer es ir a Madrid. -dijo entonces Luis. -Tiene razón. A lo mejor allí sí que queda gente. -afirmó Tomás. -Puede que sea cierto. Es decir, la capital no puede caer tan rápido, ¿no? -Paula dejó la pregunta en el aire. Nadie contestó, pues todos pensaban en ese “tan rápido”- Es que me parece absurdo que esto haya pasado así tan de sopetón. ¿Es realmente posible que invadan un pueblo en una sola tarde? -No sabemos a qué hora empezaron la evacuación. Nosotros no salimos del local desde las cinco de la tarde, y nos encerramos a las nueve y pico. En cuatro horas puede que sí diera tiempo. -reflexionó David. -¿A invadir todo un pueblo? ¿Y qué hay de...? -Dejad el jodido tema de una vez, ¡hostia! -espetó Cashel- A ver, lo pasado es pasado. No podemos hacer nada, aunque no sepamos por qué pasó. Centrémonos en lo que tenemos, ¿vale? -Si seguimos hablando, a la que queramos hacer algo se nos habrá hecho de noche. -Una cosa está clara: tenemos que salir de Utiel. Hagámoslo rápido. A votación: ¿Madrid o Valencia? Dani pasó un buen rato solo en el tejado, mirando cómo los torpes muertos tropezaban y cojeaban por la calle, hasta que Dana apareció por la escalera con rapidez para que los bichos no le prestaran atención. -Hola. -le dijo. Dani saludó con la cabeza. La chica se agachó frente a él. -¿Estás bien? -¿En serio lo preguntas? -No sé, no sabía qué decir. Oye, han estado hablando ahí abajo. Han dicho que tenemos que salir de Utiel. Dani alzó la mirada y entrecerró los ojos para protegerlos de la escasa lluvia que todavía caía. -Me parece bien. -murmuró. -Deberías bajar... quieren hablar del tema de Alicia. El chico frunció el ceño al oír el nombre y se levantó sin decir una palabra, alterado. Avanzó hasta el borde del tejado y cruzó los brazos. -Sigues siendo el que más sabe de esto. Al menos di algo en ese debate. Y sobre lo otro... no creo que fuera tu culpa, la verdad. -Fui yo quien decidió que era mejor quedarse. Sorní tiene razón, si hubiéramos salido a lo mejor ahora no estaríamos así. -Bueno, estamos vivos. Oye, hemos empezado a adaptarnos a esto, algo es algo. Y ninguno hemos visto otro grupo de adolescentes con vida y sin compañía. Eso quiere decir que lo estamos haciendo bien. Además, si sigues sintiéndote culpable, ¿por qué no bajas y... no sé, pides perdón? Dani tardó en responder. -Ni siquiera sé si deberían perdonarme. -Esto sí que es grave. Grave de verdad. Ya os lo he explicado, no hay nada que hacer. Se pueden cortar extremidades, pero sólo si es justo tras el mordisco. Además, en su caso sería imposible. -insistía, minutos después, delante de casi todos. Estaban en la calle del local. Ya no llovía y hablaban de lo que debían hacer con Alicia mientras Lucía, Paula y Alba cuidaban de ella en el interior. -¿Y qué hacemos, tío? ¿Matarla y punto? -Cashel estaba nervioso, no paraba de moverse. -Ella, ehm... -empezó Dani, frotándose la cara- He hablado un poco con ella por el camino de vuelta, y lo ha comprendido. Está aterrada, no quiere morir, pero en el fondo entiende que no hay alternativa. Yo no había pensado en nada, pero ella me ha dicho que... que le dejáramos en un sitio apartado de nosotros. Que le dejásemos... morir sola. 25
  • Aníbal Ayora -Y eso se traduce en que la dejemos en el local mientras nosotros nos vamos, ¿no? -completó David, tenso y triste a la vez. Dani cerró los ojos, dando a entender que estaba en lo cierto. -Joder. -murmuró Cashel, cabreado, golpeando la pared de un edificio. -¿No hay nada que podamos hacer? -preguntó Ana. -Si ella lo comprende... Dios, no puede ser. Es que si no es dejarla aquí, ¿qué coño hacemos? Yo no sería capaz de matarla ya, pero no quiero vivir pensando en cómo pasará sus últimas horas sola, fría y en un pueblo podrido. -¿Cuánto le puede quedar de... ya sabes...? -inquirió Gabriel, mirando a Dani. -No lo sé. Supuestamente la fiebre ataca una hora tras la herida, pero han pasado ya más de tres horas y todavía no parece tener muchos grados. Quiero decir, va más lento de lo que se supone. Así que, teniendo en cuenta que lo “normal” serían veinticuatro horas de vida, puede que le queden dos días o o así. -No es humano que muera así. Es muy agónico. -siguió lamentándose Cashel. -¿Dices que ella estaba de acuerdo? -comprobó Dana una vez más. -Sí. Me ha dicho que no quería ser una carga, que hiciéramos lo que teníamos que hacer. No pensaba así en realidad, no quería que la dejásemos, pero está dispuesta a aceptar su destino. Volvieron a quedar en silencio. -Mira, decidid vosotros. -se descolgó Cashel, cogiendo su equipaje y cargándolo a la espalda. Habían sacado todas las bolsas y los dos carritos al exterior, ya que ya estaba decidido que saldrían enseguida. Poco a poco, todos lo hicieron también y tan sólo quedaron Gabriel, Dana, Sorní y Ana en el corro. -Dani -le llamó el moreno-. Decide tú esto porque me estoy poniendo nervioso y ya no sé ni lo que quiero. Ya hablaremos de lo de antes, ahora necesito despejarme. -dicho esto, él y Ana fueron a por sus bolsas. Gabriel les siguió poco después y Dana hizo lo mismo tras un suspiro. Minutos después, estaban todos en la calle, incluidas Lucía, Paula y Alba. Empezaba a salir el sol entre las nubes. Dani había decidido que había que dejar a Alicia en el local, cerrando la puerta y dejándole agua y comida para dos días. La gente no se había opuesto, unos porque estaban de acuerdo y otros porque sentían ganas de llorar si pensaban en cómo sería ver a Alicia a su lado, palideciendo más y más hasta que exhalara su último aliento. Se habían despedido de la chica con las lágrimas en los ojos antes de salir. Estaban agotados tras pasar los dos días más intensos de sus vidas, no podían pensar con claridad. Vancosta les hizo a todos una señal para que empezaran a caminar lentamente. Él sería el último en despedirse, en dejarle la comida a su alcance y en cerrar la puerta con llave. La gente empezó a caminar y entró al local. La vio tendida en el sofá del fondo, tumbada hacia arriba, con una venda cubriéndole la herida. Se acercó a ella. -Lo siento. -murmuró. La chica esbozó una débil sonrisa y se incorporó con dificultad. -No te preocupes, Dani. Estaré bien. Me dormiré y no me enteraré de nada. -gangueó, con los ojos humedecidos y la frente sudorosa. Dani sabía que la muerte por infección no era nada agradable. Cuando terminara de perder las pocas fuerzas que le quedaran, empezarían los delirios y las pesadillas. No dormiría hasta morir de agotamiento, al menos estando sola. -Tienes comida justo aquí, y una botella de agua. Mantén la calma e intenta no pensar en nada malo. Relájate y descansa. -tartamudeó el chico, terminando de colocar sus provisiones. -Cuidaos, ¿vale? Gracias por todo... Por cierto -añadió, tosiendo, antes de que Dani se diera la vuelta-. Toma el atizador. Lo usabas mejor que yo. Cogió el metal con la mano derecha y lo levantó con tremendo esfuerzo. Vancosta quedó paralizado al ver que todavía luchaba contra la infección. La chica no aguantó el peso, la debilidad atoró su brazo y lo dejó caer. Dani agarró el otro extremo antes de que tocara el suelo. Alicia lo soltó y volvió a tumbarse, tosiendo de nuevo. Él miró cómo se cubría la boca e intentaba inspirar hondo. Sintió impotencia al recordar que no podía cambiar su destino. Pero negó ese desaliento al darse cuenta de que sí podía cambiar sus últimas horas de vida. Tardó varios minutos en salir del local. El resto se había parado en la esquina de la calle, vigilando por si aparecían huecos mientras le esperaban. Entonces oyeron cómo se abría la puerta del bajo. Se giraron, y segundos después vieron cómo salía Vancosta. Miró hacia dentro, alzó la mano y Alicia salió también, cubierta por la manta. Dani agarró sus bolsas con tesón y pasó el brazo de la chica por encima de su hombro, empezando a andar hacia el resto del grupo. A nadie le hizo falta verle de cerca para notar cómo Dani luchaba por no dejar a nadie atrás por precaria que fuera la situación. Sorní, entre otros, comprendió que se sentía responsable de la inminente muerte de la chica y de que estuvieran solos y sin rumbo. 26
  • Aníbal Ayora Una hora más tarde, el grupo de jóvenes caminaba por la carretera en dirección a Cuenca, hacia el interior del país. Sólo hablaban para comprobar el estado de Alicia, comentar cosas banales en un fútil intento de levantar los ánimos o informar de la hora que era: las cuatro y media de la tarde. Habían intentado viajar en coche, pero al asaltar los del pueblo saltaron las alarmas y se vieron rodeados de muertos, por lo que tuvieron que huir a pie. Llevaban mucho equipaje en los carritos de compra. Las chicas llevaban las maletas, Miguel se había ofrecido para llevar lo que no cupiera en los carros y el resto sólo cargaba con una mochila personal. Dani iba metros por delante de todos. Se adelantó en cuanto salieron del pueblo y no había dicho nada desde que sacó a Alicia del local, pero el resto decidió de manera unánime que cuidarían de ella lo máximo posible hasta que llegara el momento. Ahora eran conscientes de que no pasaría mucho tiempo hasta que exhalara su último aliento. Algunos pensaban en el rubio que lideraba la marcha. Nunca habrían pensado que Daniel Vancosta tuviera tanta determinación y estuviera tan dispuesto a dirigir un grupo. También reflexionaron sobre su discusión con Sorní. Era cierto que si no le hubieran hecho caso a Dani en un principio, podrían haberse reunido con sus padres, pero igual de cierto era que el chico les había mantenido con vida hasta entonces, cosa que era difícil. Casi todo el pueblo había sucumbido a la horda de muertos, exceptuando a los pocos refugiados y a los evacuados, pero aquel grupo de jóvenes normal y corriente había sobrevivido. Era surrealista. Todo lo era. Ahora tenían tiempo para despejar la mente y pensar en lo que había pasado; todo fue extremadamente precipitado. Lo del supermercado, después el asalto al cuartel de la guardia civil, el entrenamiento con las armas, la odisea que supuso ir a sus destrozadas y vacías casas... todo eso ocurrió en tan solo dos días, pero parecía una eternidad. Se dieron cuenta de que no habían tenido tiempo de pensar en nada. Todo fue instinto, incluso lo que decía Dani. Él tampoco había tenido tiempo de reflexionar con claridad ni de ordenar sus prioridades, y se había refugiado en la idea de que el grupo era lo importante. Ahora que estaban fuera de la urbe y relativamente a salvo, pusieron sus mentes en marcha. Y muchos lloraron de nuevo, al darse cuenta de que su vida había cambiado para siempre. Eran conscientes de ello desde el principio, pero ahora era palpable. Estaba claro que ya absolutamente nada sería igual que antaño. Se desahogaron en los hombros de sus amigos y parejas, porque no habían soltado todas las penas que se habían acumulado en su subconsciente. Dieron rienda suelta al llanto y a la queja porque no habían tenido tiempo de sufrir como humanos que eran. Pasado el rato vieron un camión, dos coches y una moto en la lejanía, cerca de la carretera. No parecían estar en mal estado, y cabrían en ellos si se repartían bien. Casi todos los chicos sabían conducir, Cashel conocía cómo hacer un puente e Inés se había sacado el carné hacía poco. No les hizo falta decir nada para asumir que debían apropiarse aquellos vehículos, por lo que desviaron su trayectoria para ir hasta ellos. Algunos miraron hacia atrás como dando un último adiós a su anterior vida. Otros fruncieron el ceño o sacudieron la cabeza, asumiendo que habían de mirar hacia delante, tanto metafóricamente como en la realidad. Habían pasado el peor trago de su vida, pero lo habían pasado. Estaban vivos a pesar de las pérdidas. Lo peor que podían hacer era tirarse al suelo y llorar hasta que el sollozo consumiera su vida. No, no era hora de llorar. Era hora de descargar la rabia acumulada, no de aletargarse en la melancolía. Era hora de alzar el mentón, cambiar de mentalidad y estar dispuesto a comenzar de cero, de compenetrarse con sus amigos y protegerse entre ellos, pues ahora sólo se tenían los unos a los otros. Había llegado la hora de empezar una nueva vida. 27