ARMANDO EL HADO CUENTO PARA COEDUCAR
<ul><li>Había una vez un hado… Sí, sí, como lo lees, por fin podemos decir eso de “había una vez un hado”. Antaño esto era...
<ul><li>Ya desde pequeño, desde que tuvo el primer encuentro con su Hada Madrina, Armando decidió que de mayor sería hado....
<ul><li>Como podéis imaginar, eso no sentó nada bien en la familia: ¿dónde se había visto antes un chico con alas de color...
<ul><li>Pasaron los años y Armando no se olvidaba: siguió leyendo libros para hadas, practicando conjuros y probando encan...
<ul><li>- La cola para la Escuela de Leñadores es al otro lado de la calle – canturreó una voz.  </li></ul><ul><li>Armando...
<ul><li>- Parece que no lo entiendes – dijo una de las chicas – verás… ¿cómo te llamas? </li></ul><ul><li>- Armando </li><...
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<ul><li>Ese mismo día le entregaron a Armando sus alitas de colores y su varita mágica de estrellitas tintineantes y, desd...
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Cuento coeducación

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  1. 1. ARMANDO EL HADO CUENTO PARA COEDUCAR
  2. 2. <ul><li>Había una vez un hado… Sí, sí, como lo lees, por fin podemos decir eso de “había una vez un hado”. Antaño esto era cosa impensable, porque como bien sabes, desde siempre, en los cuentos sólo existían hadas. Así fue por mucho tiempo y así hubiera seguido, de no ser por Armando, el hado de nuestra historia. </li></ul>
  3. 3. <ul><li>Ya desde pequeño, desde que tuvo el primer encuentro con su Hada Madrina, Armando decidió que de mayor sería hado. Desde ese momento supo que quería hacer conjuros y llevar una varita mágica que desprendiera estrellitas tintineantes, quería tener delicadas alitas de colores y que el mundo escuchara campanillas a su paso. Quería hacer conjuros poderosos, convertir a los ratones en caballos, quitar los hechizos a las bellas (o no tan bellas) durmientes y hacer posibles los sueños de los demás. </li></ul>
  4. 4. <ul><li>Como podéis imaginar, eso no sentó nada bien en la familia: ¿dónde se había visto antes un chico con alas de colores y varita de estrellitas? De todos modos, pensaron que Armando se olvidaría pronto, o cambiaría de opinión, que escogería una profesión más acorde, como podría ser… leñador. Pero los leñadores eran demasiado rudos para el gusto de Armando y ni hablar de alitas delicadas, ni hablar de encantamientos maravillosos y capaces de cumplir los sueños de los demás. </li></ul>
  5. 5. <ul><li>Pasaron los años y Armando no se olvidaba: siguió leyendo libros para hadas, practicando conjuros y probando encantamientos en su tiempo libre. Y así llegó el día en que Armando debía matricularse en la Escuela de las Hadas. Acudió con todos sus documentos ordenados en la carpeta y aguardó en la cola, nervioso e ilusionado, deseando crear buena impresión a sus nuevas compañeras. </li></ul>
  6. 6. <ul><li>- La cola para la Escuela de Leñadores es al otro lado de la calle – canturreó una voz. </li></ul><ul><li>Armando se giró y vio a su lado una chica a la que sólo le faltan las alas para parecer una hada de verdad. </li></ul><ul><li>- Oh, gracias por la información, pero yo quiero ser hado. </li></ul><ul><li>En ese momento todo el mundo dejó de hablar y todas las cabezas giraron hacia Armando. Nadie decía palabra, pero algunas miradas parecían tener pinchos: ¡había un chico en la cola de las hadas! </li></ul>
  7. 7. <ul><li>- Parece que no lo entiendes – dijo una de las chicas – verás… ¿cómo te llamas? </li></ul><ul><li>- Armando </li></ul><ul><li>- ¿Armando el hado? Ja, ja, ja, ja – rieron todas las chicas. </li></ul><ul><li>- Verás, Armando – prosiguió la primera – ser Hada no es cosa de hombres. Los chicos no tenéis lo que hay que tener para ser una buena hada, sois demasiado bruscos, demasiado pesados y no hay alitas en el mundo que puedan cargar con vuestro peso. </li></ul>
  8. 8. <ul><li>Armando tenía respuestas para todas aquellas afirmaciones: ni era tan pesado, (un día, a escondidas había probado las alitas de su Hada Madrina), ni era brusco con la gente. Pero prefirió no discutir y seguir adelante con su sueño. Según la ley, no había un resquicio por el que se le pudiera negar a Armando el derecho a estudiar la profesión que quisiera. No tuvieron más remedio que dejarle, a pesar de que a nadie le hacía gracia la situación. </li></ul>
  9. 9. <ul><li>Pasó el tiempo y todas las compañeras seguían riéndose de él a escondidas. Bueno, no todas, aquella chiquilla que le habló en la cola de las hadas, pronto se hizo amiga de Armando: por un lado le gustó la idea de que existieran los hados y, por otro lado, le pareció fatal que las demás chicas se burlaran de él de esa manera. Y así, los dos amigos, pasaron los cursos uno tras otro y Armando no volvió a tener que explicar su vocación. </li></ul>
  10. 10. <ul><li>Y llegó el examen definitivo, aquel en el que se entregaban las delicadas alas de colores y la varita de estrellitas tintineantes. El gran sueño de Armando apunto de cumplirse, sobra decir que había estudiado muchísimo y que se había preparado como la que más. </li></ul>
  11. 11. <ul><li>Les entregaron un sapo y una bellota. Con esto debían demostrar sus conocimientos. </li></ul><ul><li>Armando convirtió a su sapo en un príncipe. Después convirtió al príncipe en una princesa, después en un troll y luego en una giganta. Cogió la bellota y la convirtió en calabaza, después convirtió la calabaza en una carroza para la giganta. Y estaba dispuesto a continuar así por varias horas, pero ya no hacía falta, todas habían admitido que Armando era un hado genial. </li></ul>
  12. 12. <ul><li>Ese mismo día le entregaron a Armando sus alitas de colores y su varita mágica de estrellitas tintineantes y, desde entonces, aunque todavía hoy algunas personas se ríen al verle vestido de hada, ahora ya podemos contar nuevos cuentos y decir “había una vez un hado…”. </li></ul>

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