El papel de la literatura en franz kafka
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    El papel de la literatura en franz kafka El papel de la literatura en franz kafka Document Transcript

    • EL PAPEL DE LA LITERATURA EN FRANZ KAFKA<br />Julio Ernesto<br /> <br />Aunque el apellido Kafka no fue muy airado en el arte, si fue implacable en cuanto a su impetuosidad. Es decir, que por obvias razones, Hermann era un símbolo de animalidad desbordante y patriarcal sobre su periferia, a comparación de una fuerza igual de intensa que existía en Franz, encontrado en la voracidad de su escritura y en una maldad que absorbía desde el autor hasta sus lectores. Todo ello, visto en ese deseo poderoso de sus metáforas y el flujo desordenado de sus angustias, como el camino para acceder a una “tierra prometida”, al fuego existencial y al placer que éste le causa, o sea, al único camino de la catarsis y la liberación.<br />Su encuentro con la literatura, sucedió en la manera en que encontraba unos brazos acogedores y sinceros que hablaban más humanamente que su periferia y su realidad. La literatura, su fuente adquisitiva de conocimiento (por medio de la lectura en este caso) fue el encuentro con el recinto sagrado (y con su juzgado), que le prestaría la magia para su exorcismo. Pero la llave para tal recinto, era la escritura, su catarsis, su muerte, su purgatorio, que a mayor certeza, era su liberación.<br />Franz Kafka nació como tal, en el papel de un escritor, un militante del arte, un escapista del mundo real, situaciones todas que le brindaba la estética. Si se dice que nace (a pesar de puntualizar: como escritor), es porque su nacimiento físico, haber recibido luz de su madre, cumplir su gestación, no fue un verdadero nacimiento para él; todo porque aún se sentía rodeado en una esfera que lo atrapaba, que le quitaba un principio del nacimiento y de todo ser humano; o sea, su libertad.<br />Para inicial tal explicación, nos permitimos plantar una metáfora de nacimiento, muy similar a las ideas kafkianas de una metamorfosis. Inicialmente, encerrarse en su cuarto a leer literatura, crecer internamente, y después surgir como escritor, era como la oruga que se adentra en su capullo de fina seda, para después salir como mariposa. Pero ¿qué sucedía con esta odiosa situación de encierro? No fue nada más que la manera de huir de su padre y de las facciones familiares impregnadas de él, y que tales alas de mariposa, era la necesidad de salir volando como un ave. Recordando todo esto, muy bien, que el escapismo literario, su escritura, era un acto sin permiso.<br />Franz como escritor, fue un sujeto que crea seres solo para darles un fin escabroso, muertes grises dignas de un antihéroe, provocando y exasperando las situaciones, todo para llegar a ese fin existencial definitivo llamado muerte. Aunque la vida de sus personajes están supeditadas a la vida desgarradora, dolorosa, conflictiva, fue con el interés de dejarlos siempre en una constante lucha con la vida. Es triste saber, que todos sus personajes son parte inherente de él, que su protagonismo está en él y en su vida misma, no por ser la voz narradora, sino porque todos ellos eran Franz Kafka, pero con diferentes nombres. Pero éste autor, Dios de la obra, lo condenaba a la muerte como manera de acabar la historia y el modo de lograr su liberación. Reiterándolo, que esto lo hacía a través de la equivalencia de muerte como: liberación y exhumación de culpas. Era un kamikaze, solo para exorcizar sus demonios.<br />Tal vez, por esto dicho, Georges Bataille mencionó que Franz “…fue un autor que vivió, o por lo menos murió, obsesionado por el deseo de quemar sus libros.” . Pero ¿para qué quemar sus libros? Ésto lo deseó por la sencilla razón de no querer ver su odioso reflejo, su condenada existencia altamente impregnada por su padre. Franz nunca deseo ser como su padre, y por ser alguien hecho por él, intentó descargarlo en sus escritos, y del mismo modo, quemarlos en la hoguera de la muerte, con el precio de llevarse también su vida.<br />Pero si Franz habló de una “tierra prometida”, y si se le ha tratado por éste modo como un “religioso hipócrita”, tiene sus razones. Aunque fue un obediente acreedor de las enseñanzas o creencias heredadas por sus padres, fue de cierto modo un judío (ortodoxo) postizo, que aunque no negaba la existencia de un ser supremo (porque no se dedicó a ello), se encasilló en cosas más importantes como la culpa que su existencia le oprimía. “De niño me hacía a mí mismo reproches, coincidiendo en eso contigo, por no ir lo bastante al templo, por no ayunar, etcétera. Yo no creía que de esa manera hacía algo contra mí, sino contra ti, y el sentimiento de culpa, que siempre estaba al acecho, me invadía.”. Es por ello que obedecer a un dogma le era algo rutinario y poco importante, no porque fuese un exacerbado ateo, sino porque era una máscara la cual adquirió solo siguiendo una corriente familiar, donde todo fluye, y la cual no podía contradecir. Ésta máscara religiosa, fue uno de tantos rostros que adquirió por su padre. Y aunque por esa causa modificó de cierto modo su credo, no fue de mucha trascendencia en su vida.<br /> <br />“Sería incluso posible decir que la literatura lo decepcionó”, no por ser su suicidio (porque es allí donde logra liberarse, hacer catarsis profunda, exorcizarse…), sino porque perdió la esperanza de llegar a su “tierra prometida”, la cual Moisés muere al encontrarla, y la que Dante encuentra vacía en el Paraíso como signo del descanso eterno. Su cuerpo mortal, en vida, fue lleno de tristeza, y la felicidad implicaba su muerte. Pero su felicidad en la muerte no tiene sentido. Así ¿cómo disfrutaba de ella? Y más cuando decía que “Al dejar en silencio una de mis particularidades, escribía, resultaba de ello que me detestaba a mí mismo y a mi destino, que me consideraba malo y condenado”.<br />Es de recordar, que a Franz se le acusa de una conducta infantil, o de más a ciencia cierta, de ser presa del mal. Esto se explica en el sentido en que aborrece la esencia la cual representaba su familia, y que de éste modo desea deshacerse de ella como si se fuera a exorcizar el más maldito de los demonios. La escritura, innegablemente, fue la manera en que siempre expresó su pensamiento, fue el testimonio de su ser y de sus lamentos, la cual él se adhiere como el único sentido de la existencia, como cuando un niño toma obsesivamente la mano de su padre. Ésta es la manera infantil de manifestar su naciente y primigenia existencia humana.<br />Por otro lado, entre todas estas sensaciones de indignidad y de culpabilidad, se incluía la sensación de nulidad frente a toda su familia. Fue aquella en la que se sentía excluido, no porque lo expulsaran de su esfera familiar, sino porque se sentía indigno de vivir en ella, pero en la que no negaba que quería vivir a junto, así sea en una esfera externa, o sea, en una propia. Dicho fenómenos se manifiesta, también con la literatura, como -por ejemplo- molesta a su padre con sus constantes cartas. Ahí le quería manifestarle tantas cosas de su sentir, y a la vez molestarlo (por motivo de ser consciente de que no las leería), así como cuando era niño y de manera fastidiosa le pidió agua, hasta ser sacado tarde en la noche al balcón en camisón. Es también el infantilismo de sus caprichos, o sea, de su maldadosa “venganza”, tal vez.<br />Ahora bien, sentirse excluido, era la manera en que Franz se sentía al mismo tiempo inferior frente a su fornido padre. Aunque ser pequeño y seco de carnes a su lado, solo le quedaba sentirse superior intelectualmente como manera (de cierto modo) de compensar las cosas, no solo con el fin de sentirse superior frente a su ignorante padre, si no con el fin de sentirse diferente a él. Es decir, Hermann un fornido, pero Franz un intelectual. Parecía una especie de compensación, de la cual Franz sentía placer. Tal vez, ésta era una de sus principios de maldad: “Más certero has sido con tu aversión a mi quehacer literario y a todo lo relacionado con él, y que tú ignorabas. En este punto me había alejado un tanto de ti, efectivamente, y por mis propios medios, aunque eso recordase un poco al gusano que, aplastado por detrás de un pisotón, se libera con la parte delantera y repta hacia un lado. Me encontraba hasta cierto punto a salvo, pude respirar hondo; la aversión que, naturalmente, sentiste de inmediato por mi actividad literaria, en este caso, excepcionalmente, me resultó agradable. Aunque mi vanidad, mi amor propio se resentían ante la acogida, célebre entre nosotros, que reservabas a mis libros: « ¡Déjalo encima de la mesilla de noche!».”<br />La conducta de Franz como un niño, que en ciertos caso era desobediente y provocador, no era otra manera más transparente de manifestarse entre toda esta nulidad, que más adelante presentó en sus obras. Quebrantar la ley, era la manera más placentera forma de transgredir esa figura del padre, para acceder a una libertad a través de la literatura. Esa era más concretamente el objeto de sus exorcismos, el de satisfacer tal deseo provisto de culpa, pero lleno de trampas también, porque era caer a un abismo que buscaba la perturbación, y consecuentemente la muerte. “Se convertía uno en un niño gruñón, desatento, desobediente, que pensaba constantemente en una huida interior casi siempre. Así sufrías tú, así sufríamos nosotros.”. La literatura le fue vista como un escape, la liberación para sus delitos, y ahí mismo, su juicio y su condena.<br />Su familia, en especial su padre, fueron sus fuertes (y por así decirlo, las únicas) influencias para todos sus escritos, ya que como él dice en Carta al padre: todo lo que se relacionaba con su padre le causaba aversión. Aunque de alguna manera participaban sus amigos y sus alrededores, pero no eran tan trascendentes como era la reencarnación de la culpa asignada por su familia, manifiesta en sus personajes principales. Para ello, debía sacar de sus ser todo lo relacionado con ellos y ese tema, porque “Si quería huir de ti, tenía que huir también de la familia, hasta de mi madre.”.<br />Toda esa complejidad psíquica de Franz Kafka, es producto de una subdivisión de su conciencia y su subjetividad, la cual organiza el poder de su universo o sus enigmas existenciales, bajo la opresión de una Ignominia (no olvidando su formación religiosa, familiar, y sus estudios en abogacía): “Por ello el mundo quedó dividido para mí en tres partes: una en la que yo, el esclavo, vivía bajo unas leyes que sólo habían sido inventadas para mí y que además, sin saber por qué, nunca podía cumplir del todo; después, otro mundo que estaba a infinita distancia del mío, un mundo en el que vivías tú, ocupado en gobernar, en impartir órdenes y en irritarte por su incumplimiento, y finalmente un tercer mundo en el que vivía feliz el resto de la gente, sin ordenar ni obedecer. Yo vivía en perpetua ignominia: o bien obedecía tus órdenes, y eso era ignominia, pues tales órdenes sólo tenían vigencia para mí; o me rebelaba, y también era ignominia, pues cómo podía yo rebelarme contra ti; o bien no podía obedecer, por no tener, por ejemplo, tu fuerza, ni tu apetito ni tu habilidad, y tú sin embargo me lo pedías como lo más natural; ésa era, por supuesto, la mayor ignominia. De este género eran, no las reflexiones, sino los sentimientos de aquel niño.”.<br />Aceptar su culpa de todo lo que le pasa, notar que su padre era la voluntad ineludible y opresora que condicionó su vida, esa esencia odiosa inserta en su ser y de la cual fue hecho, esa la ley misma que lo envolvía así como la gravedad, y lograr poder ver eso, era la manera de quitarse la venda infante de los ojos. “A los empleados los llamabas «enemigos pagados», y lo eran, pero antes de que lo fueran, tú me parecías haber sido su «enemigo pagador». Allí recibí también la gran lección de que podías ser injusto; en mí mismo, no lo habría notado tan deprisa, se había acumulado demasiado sentimiento de culpabilidad que te daba la razón.”. Así podía ver con claridad el sistema de culpa que caía sobre su espalda, no por ver cómo era de injusto su padre, si no porque así era su esencia que lo conformaba, y que con claridad detestaba.<br />En otras instancias, se puede pensar los amores de Franz como fuente de inspiración y de aceptación literaria. Pero, sin embargo, solo fue en trasfondo una nueva presentación de los complejos que se despiertan de su infancia, al sentirse como su padre, cuestión la cual le causaba miedo, aberración, un papel del que huía poder ser como su padre. “Ninguna de esas jóvenes ha sido un desengaño para mí, sólo yo lo he sido para ellas dos. La opinión que me merecen es hoy exactamente la misma que me merecían entonces, cuando quise casarme con ellas.”. Entonces, esas mujeres, solo fueron la muestra de unos fracasos amorosos, por culpa de su culpa (valga la redundancia), de sus complejos internos que salen a relucir como cuando joven y niño, pero ya estas subyacen en otras circunstancias. “Según una opinión extendida, el miedo al matrimonio viene a veces de que se teme que los hijos le hagan pagar a uno más tarde las faltas cometidas con los propios padres. En mi caso, creo, eso no tiene demasiada importancia, pues mi sentimiento de culpa procede en realidad de ti…”.<br />En conclusión, si se reflexiona sobre lo que es en sí la escritura de Franz, es una pura manifestación de un niño ahogado de condicionamientos, “Pero mucho más importante al respecto es el miedo en cuanto a mí mismo. Eso hay que entenderlo del siguiente modo: ya he insinuado que con mi quehacer literario y con todo lo relacionado con esa actividad he hecho pequeñas tentativas de independencia, tentativas de evasión de mínimo éxito, que apenas llevarán más lejos, hay muchas cosas que me lo confirman”. Los temas de la obra de Kafka, el origen de ellas y de su catarsis, son la soledad, la frustración y la angustiosa sensación de culpabilidad que experimenta el individuo al verse amenazado por unas fuerzas desconocidas que no alcanza a comprender y se hallan fuera de su control. “A ello respondo que la totalidad de esa objeción, que en parte puede volverse contra ti mismo, no viene de ti sino de mí, precisamente… No le niego una cierta legitimidad a esa objeción tuya, que además aporta nuevos aspectos a la caracterización de nuestras relaciones. Como es natural, las cosas no pueden encajar unas con otras en la realidad como encajan las pruebas en mi carta…”.<br />Sería casi imposible no encontrar un pequeño Kafka en cada uno de nosotros, plasmado en sus escritos, ya que Franz, como ejemplo de un posible niño normal (desobediente, bajo un alto régimen de disciplina) revela todos los secretos de un crecimiento lleno de complejos, y muestra lo más humano del hombre, bajo las situaciones de toda condición humana. Ésta es la psicosis de un ser frente a un sistema familiar, socioeconómico, religioso, etc., vista en Franz Kafka como síntomas de violencia, la cual, a diferencia de cualquiera de nosotros (la cual culpamos a otros esas representaciones opresoras), encuentra que el culpable es él mismo. Porque -incluyendo nuestra opinión- tal vez permitimos ser invadidos por toda opresión.<br />Por: Sonia Rocío Martínez<br /> Juan Carlos Vargas <br /> Julio Ernesto Díaz.<br />