Los problemas de la ciencia y el poder                                         Mario Albornoz (albornoz@ricyt.org)Centro d...
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Los problemas de la ciencia y el poder.

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BIBLIOGRAFÍA:

Revista Iberoamericana de ciencia, tecnología, y sociedad (CTS), Número 8, volumen 3, Abril de 2007, Mario Albornoz.

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  1. 1. Los problemas de la ciencia y el poder Mario Albornoz (albornoz@ricyt.org)Centro de Estudios sobre Ciencia, Desarrollo y Educación Superior - REDES, Argentina 47Este artículo realiza, desde un punto de vista filosófico, un recorrido sobre la articulaciónentre ciencia y poder. Para ello se sitúa a la política científica dentro de la esfera másamplia de las diversas políticas públicas y se realiza un repaso de su historia. Asimismo,se plantean las relaciones de esta política con diversos valores culturales y sociales ylas tensiones que de ellas pueden derivarse. Finalmente, se aborda la forma en que lapolítica científica expresa la confrontación entre intereses divergentes y la manera enque ellos son compatibles con la búsqueda de la equidad y la democracia.Palabras clave: política científica, política tecnológica, poder, valores culturales,valores sociales.This paper makes, from a philosophical point of view, a review of the articulationbetween science and power. Thus, it situates science policy within the broader sphereof various public policies, and reviews its history. In addition, the author presents therelations between this policy and different social and cultural values, as well as thetensions that may arise from them. Finally, it is addressed the way in which sciencepolicy expresses the confrontation between diverging interests and the form in whichthey are compatible with the pursuit of equity and democracy.Keywords: science policy, technology policy, power, cultural values, social values. Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  2. 2. Mario Albornoz Reflexionar filosóficamente acerca de la política científica es un ejercicio que trasciende la filosofía de la ciencia y en cierto modo también la filosofía política. Ambos términos -ciencia y política- están íntimamente relacionados, tal como fuera advertido ya por los filósofos clásicos, quienes abundaron en descripciones relativas al conocimiento como fuente de poder y a la política como guía de las indagaciones científicas. La política científica contemporánea, flanqueada por la política tecnológica y más recientemente por la política de innovación, encolumnada más o menos confusamente en las políticas del conocimiento, constituye un rasgo ineludible de las sociedades contemporáneas. Se ha convertido en un capítulo importante de las agendas públicas y hasta de la preocupación ciudadana como en ningún momento previo de la historia. Aparece además teñida de valores y enmarañada en complejos problemas éticos. Si bien una parte importante de quienes practican la actividad de investigar en los distintos campos disciplinarios (la comunidad científica) sostiene más o menos acríticamente la existencia de un ethos de amor por el conocimiento y otros creen más o menos desinteresadamente en la racionalidad científica como fuente segura de progreso, la doble faz de la ciencia, portadora de un poder a la vez constructivo y destructivo, se ha hecho cada día más evidente y reclama por ello una reflexión que la trascienda. Cabe advertir acerca de que el campo al que por su especificidad pudiera caberle la denominación de “filosofía de la política científica” está situado con mayor proximidad a la filosofía política que a la filosofía de la ciencia, ya que el calificativo de “científica” no resta a esta parcela política nada de su propia condición, ni la aleja48 por ello de los problemas políticos centrales, íntimamente vinculados con la cuestión del poder. Pensar filosóficamente en la política científica implica poner el foco reflexivo sobre la cuestión del poder y sobre su condición contextual de naturaleza histórica. Más aún, la ciencia no traslada al ámbito de la política científica los atributos propios de este tipo de conocimiento. Ni la metodología científica, ni los atributos de certeza y universalidad son aplicables por sí al ámbito de la política; por el contrario, cuando en determinadas circunstancias tal traslación de categorías es llevada a cabo, ello constituye un fenómeno político, no científico, y su legitimidad es, como se verá, objeto de cuestionamientos. La ciencia en el orden mundial En 1942, todavía en plena guerra, la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia organizó una conferencia internacional bajo el lema, más que sugerente desde el punto de vista de estas reflexiones, de “La Ciencia en el Orden Mundial”. La fecha de la reunión no es un dato menor, ya que se suele considerar que la segunda guerra mundial ha sido el hito que dio comienzo a la política científica contemporánea. El discurso con el que Anthony Eden, Ministro de Relaciones Exteriores del Reino Unido, inauguró el encuentro alegaba enfáticamente que el gobierno había convocado a los hombres de ciencia para colaborar en la causa por la que luchaba su país y anticipaba que se los habría de volver a necesitar en las causas por las que se habría de trabajar en la paz, cuando ella hubiera sido alcanzada. Sus palabras fueron como un anticipo de las que Vannevar Bush haría Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  3. 3. Mario Albornozcélebres dos años después. En aquella reunión John Bernal, decidido impulsor de un movimiento destinado areflexionar y llamar la atención sobre las relaciones entre la ciencia y la sociedad,intervino con un discurso de tono similar, pero con un matiz interesante, ya que en suopinión, “en esta guerra, la dependencia del gobierno con respecto a la ciencia quedade manifiesto como nunca hasta ahora” (British Association, 1942). En otrostérminos, ponía a la ciencia en la posición de dominio: el gobierno dependía de laciencia, y no la ciencia del gobierno. Se sumaba además al optimismo voluntaristaagregando que aquello que la ciencia había dado a la guerra para la destrucción dela humanidad lo daría más efectivamente y con mejor voluntad para su beneficio. También participó de aquella reunión Juan Negrín, quien además de haber sidoPrimer Ministro de la República Española era catedrático e investigador en fisiologíay por entonces estaba exiliado en Inglaterra. La intervención de Negrín, a diferenciade la de Bernal, constituyó un alegato contra un enemigo que acecha al conceptoideal de democracia: la tecnocracia. Así expresaba esta convicción: “El espíritu conel que informo estas consideraciones no sustenta, ya sea abierta o veladamente, unrégimen de ‘tecnocracia’ o, más aún, de ‘sofocracia’. La ciencia y la tecnología debenproveer lo necesario para un gobierno racional, pero de ningún modo puedenreemplazarlo” (British Association, 1942). La ciencia quedaba así instalada con toda crudeza en relación con la cuestión delpoder. El debate de aquel encuentro condensaba muchas de las disputas, teóricas y 49prácticas, que habrían de sucederse en torno al tema en los años subsiguientes. Enla visión del primer ministro, la ciencia era un instrumento, y en la de Bernal, unafuente de poder. Para Negrín, en cambio, conllevaba un posible peligro para lademocracia.1 En efecto, la tecnocracia responde a una visión ideológica según la cualla racionalidad científica y tecnológica desplaza a la política, sobre la base de reducirla sociedad y el estado a la condición de sistemas técnicos; esto es, que deben serconfigurados y orientados fundamentalmente según los principios y los objetivospropios de la razón científica y técnica, a la que se llega a identificar con la razónpolítica o incluso con la razón en general (García Pelayo, 1974). Se parte del principiode que para cada problema existe ‘the best one way’, la solución óptima ante la cualno cabe discrepancia razonable, lo que, de ser cierto, excluiría los antagonismosideológicos o de intereses. Esta visión tecnocrática ha dado lugar a lo que en añosmás recientes fuera denominado como “el camino único”. Desde el punto de vista delos actores, la tecnocracia es una estructura de poder en la cual los poseedores desaber científico y técnico tienden a sustituir a los políticos constituyéndose,paradójicamente, en una suerte de nueva clase política.1 En tal sentido, John Ziman (2003) sostiene: “Los defensores del ‘socialismo científico’ creyeron en la‘tecnocracia’. Escritores como H. G. Wells, J. D. Bernal y C. P. Show sostuvieron que la ciencia y la tecnologíadebían ser la fuente principal de autoridad en nuestra sociedad. Ellos previeron e imaginaron un sistemasocial conducido enteramente sobre líneas racionales, donde -de alguna manera u otra- la política usualhabía sido eliminada”. Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  4. 4. Mario Albornoz La política científica y el poder El término “política científica” hace referencia al conjunto de políticas que pueden adoptar los estados y en particular los gobiernos con relación a la ciencia. En ese sentido, el término es análogo al de otras políticas públicas, como la política económica, la política educativa o la política industrial y expresa un ámbito de decisiones públicas demarcado por un objeto específico; en este caso, la ciencia. Varios autores han ensayado definiciones generalmente convergentes; entre ellas: “política científica es el proceso de decisión a través del cual individuos e instituciones asignan los recursos intelectuales y fiscales que permitan conducir la investigación científica” (Sarewitz et al., 2004). A partir de este primer señalamiento, es posible orientar la reflexión en dos direcciones. Una de ellas está referida a la cuestión política propiamente dicha; esto es, al problema de poder que ella involucra. La segunda dirección, propia de la racionalidad burocrática, orienta la reflexión hacia las instituciones, los instrumentos y las soluciones administrativas que constituyen el conjunto de medios específicos con los que, en determinados contextos históricos, los gobiernos operan en esta materia. Algunos autores se refieren a esta distinción reservando el término “política científica” para aludir a las medidas que un gobierno puede tomar en esta materia, y utilizan la expresión “política de la ciencia” para describir la relación de la ciencia con el poder y su inclusión en la lucha que por él se establece (Elzinga y Jamison, 1996). Ambas direcciones permiten seguir derroteros que transcurren en forma muy50 relacionada, aunque en algunos momentos se bifurcan y en otros se entrecruzan. La primera dirección conduce a una definición de política como la que formulara Max Weber.2 El concepto político, en su opinión, significa la aspiración a tomar parte en el poder o a influir en su distribución, ya sea entre los diferentes estados, ya sea en lo que concierne, dentro del propio estado, a los diferentes conglomerados de individuos que lo integran. Así, pues, al decir que tal o cual asunto es político se quiere dar a entender que concierne a la distribución, mantenimiento o transferencia del poder. Dicho en otros términos, la expresión “política científica” manifiesta ciertos problemas relacionados con los juegos de poder que atañen a la ciencia. Desde esta perspectiva que relaciona la ciencia con el poder sería legítimo afirmar que la política científica es tan antigua como la misma ciencia. En este sentido, la relación de la ciencia con el poder y, por lo tanto, con la esfera de la política, no es un fenómeno nuevo, sino que remite a los orígenes de una y otra. Aristóteles afirmaba que “la política es el arte maestro que ordena cuál de las ciencias debe ser estudiada en el estado y que legisla sobre lo que hemos de hacer y sobre lo que hemos de abstenernos de hacer”. En esta visión, la política tenía una posición de predominio sobre la ciencia. 2 “Por política habremos de entender únicamente la dirección o la influencia sobre la trayectoria de una unidad política; esto es, en nuestros tiempos, el estado” (Weber, 2000). Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  5. 5. Mario Albornoz La segunda dirección conduce a reflexionar acerca de los medios de que se valeel político para auxiliarse: el personal y los recursos materiales correspondientes a lagestión de las políticas públicas. El estado moderno, tal como lo señalara Weber, seha burocratizado siguiendo una lógica de optimización de los medios necesarios paraalcanzar los fines, lo que implica la existencia de un conjunto de funcionariosespecializados, instituciones adecuadas y procedimientos diseñados paraadministrar racionalmente con un criterio de eficacia. Así, la política científica, al igualque otras políticas, dispone de un conjunto de medios y procedimientos más o menosestandarizados, dependiendo de los momentos históricos y los sistemas políticos,para el cumplimiento de determinadas funciones que le son típicas. En ciertas circunstancias históricas, como advertía Negrín, la lógica burocráticaexcede su condición de medio para convertirse en un fin o, dicho en otros términos,la racionalidad técnica desplaza a la política. La ciencia y la tecnología, debido a laestructura racional que las sustenta, son proclives a la tecnocracia como formasustitutiva de la política. La idea del gobierno de los sabios, formulada por Platón ypresente también en Aristóteles, late en el fondo de la ciencia moderna. La utopía dela “Nueva Atlántida”, imaginada por Francis Bacon, el ideólogo de la ciencia comoinstrumento de transformación de la naturaleza, es otro ejemplo de ello.La naturaleza del vínculo socialPor más que la historia abunda en ejemplos de intervención política en el ámbito de 51la ciencia, la “política científica” en la forma en la que actualmente se la conoce hizosu aparición pública hacia finales de la Segunda Guerra Mundial, como consecuenciade los avances del conocimiento científico y tecnológico, la emergencia de la “bigscience” y el protagonismo creciente de los gobiernos en el financiamiento yorientación de las actividades de investigación en las sociedades avanzadas. En estesentido, la política científica es un hecho cuyo momento emblemático fue el ProyectoManhattan, en el que se desarrolló la bomba atómica.3 Nacida en el ambiente bélico, e impregnada de los valores que éste conlleva, lapolítica científica ocupó cada vez más, a partir de la posguerra, la atención de losgobiernos de los países industrializados y, con diferentes matices, de gran parte delos países en desarrollo (América Latina no fue una excepción sino, más bien, unejemplo relevante de esta tendencia). El nuevo campo de las políticas públicasderivaba de la voluntad de explorar una nueva frontera: la “frontera infinita” de la3 Tal como lo afirma Daniel Bell (1994), “en la Segunda Guerra Mundial, la ciencia se unió al poder de formaradicalmente nueva. En los Estados Unidos (como en casi todos los países) todos los científicos importantes(principalmente los físicos y químicos) estuvieron ocupados en el desarrollo de armas de guerra. Incluyendo,de forma preeminente, a los dignatarios de la ‘comunidad de la ciencia’. Aun cuando los científicos estabanocupados en cientos de programas de investigación, el esfuerzo mayor, como hecho y como símbolo, fue lacreación de la bomba atómica”. Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  6. 6. Mario Albornoz ciencia.4 La política científica emergente formaba parte así de un nuevo contrato entre la ciencia, portadora de grandes promesas, la sociedad y el estado. Las decisiones de la política científica fueron vistas desde entonces como un poderoso catalizador del cambio social y económico (Sarewitz et al., 2004). La naturaleza del vínculo social y su dinamismo básico ha sido objeto de mucha discusión en los años posteriores a la guerra. Por su carácter fundacional, el documento de política científica más importante en los Estados Unidos fue el informe elaborado por Vannevar Bush. Su vigencia se mantuvo durante décadas e influenció el desarrollo de las políticas similares en el resto del planeta. El documento logró articular una eficaz solución de compromiso entre las renovadas promesas de beneficios sociales que la ciencia habría de brindar y la aspiración de las comunidades científicas a la autonomía y la autorregulación. Hay un amplio acuerdo acerca de que a partir de aquellos prolegómenos y, por lo menos, hasta los comienzos de los años ochenta, la política científica fue generalmente gobernada por las dos premisas básicas que se derivan de la posición de Vannevar Bush: la primera, que la comunidad científica es capaz de regularse a sí misma; la segunda, que si se le permite hacerlo, la ciencia retribuye con grandes beneficios económicos y tecnológicos a la sociedad. Mientras esto último constituye el propósito de la política, lo primero demarca la naturaleza de los instrumentos de los que ésta debería valerse. En el marco fundacional de la política científica surgida en la posguerra, la ciencia52 fue investida de una nueva misión social pero no por ello se desprendió de viejas tensiones; entre otras: a) La tensión entre la visión desinteresada del saber científico y el modo baconiano de asignar a la ciencia un valor instrumental, b) la tensión entre autonomía y condicionamientos exógenos, c) la tensión entre sus capacidades constructiva y destructiva, d) la tensión entre la libertad creativa y la burocratización. a) Interés y desinterés La idea del beneficio social es el cimiento del dogma de la moderna política científica (Sarewitz et al., 2004). La razón por la que los estados apoyan a la ciencia está basada en que el conocimiento científico proporciona las bases del progreso, tanto 4 En 1945 Vannevar Bush, Director de la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico de los Estados Unidos, usó la metáfora de la frontera infinita para titular el informe “Ciencia, la Frontera sin Fin” que elaborara como respuesta a la requisitoria del presidente de aquel país por saber de qué forma la ciencia podía contribuir a mejorar la salud, cómo el gobierno podía apoyar la investigación y en qué medida podía el talento científico de los jóvenes ser descubierto y desarrollado. La ciencia había sido movilizada para la guerra; ahora debía ser reconvertida para la paz. La información científica producida durante la guerra debía ser publicada gradualmente para que pudiera ser utilizada por la educación y la industria. Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  7. 7. Mario Albornozeconómico como social, por más que no se disponga de la certeza a priori de que sehabrán de producir logros inmediatos. Esta visión confiere a la ciencia y a la políticacientífica un valor instrumental. A pesar de su finalidad práctica, sin embargo, la propuesta de Bush estabacentrada en la ciencia básica destinada a explorar nuevos campos teóricos y no enla investigación aplicada, ya que se basaba en la convicción de que aquella crea lamayoría de los nuevos conocimientos. El documento expresaba la convicción de que“hoy en día es más cierto que nunca que la investigación básica es la que fija el ritmodel progreso tecnológico” (Bush, 1999). Esta visión supone que la investigaciónbásica es esencialmente desinteresada. La contraparte de las promesas benéficas habría de ser la garantía definanciamiento a la ciencia por parte del sistema institucional propuesto. Desde elpunto de vista operativo, Bush afirmaba que el desarrollo de la ciencia básica estaba,en gran parte, en manos de los institutos de investigación y de las universidades.Unos y otras debían ser por lo tanto apoyados económicamente por el gobierno.Asimismo, establecía el principio de que la acción gubernamental en este campo,aunque estuviese motivada por el propósito de obtener conocimientos útiles para ellogro de ciertos objetivos estratégicos, debería necesariamente preservar la libertadde investigación (por más que no se tuviera certeza acerca de que la marcha de losproyectos científicos produjera logros concretos e inmediatos). En concordancia conesto, los centros de investigación y las universidades deberían recibir recursospúblicos que les permitieran atraer a los mejores científicos, brindándoles buenas 53oportunidades y retribuciones, y liberándolos de la presión por los resultadosinmediatos que reclaman las empresas. Esto es, un ámbito que protegería lainvestigación de los intereses extracientíficos. La orientación en función de la cual se ajustaron los instrumentos de la políticacientífica y tecnológica de la posguerra se basaba en el concepto de “modelo lineal”,según el cual la investigación básica da lugar a la aplicada, ésta, a su vez, aldesarrollo experimental y este último a la innovación tecnológica. Esta visiónimplicaba una ingeniosa solución de compromiso entre la mirada del desinterésvalorativo y las demandas prácticas formuladas desde las esferas gubernamentales.Tal enfoque dio lugar a lo que más tarde fuera denominado como “políticas de oferta”de conocimiento a una sociedad integrada por presuntos “usuarios”. Con el tiempo,este enfoque fue cambiando hacia el estímulo de la demanda y de los procesos deinnovación. La expresión directa del interés fue haciéndose cada vez más explícitaen el plano de la política. Lo cierto es, sin embargo, que no todas las actividades de investigación científicapueden ser reducidas a la lógica utilitaria, ni todas las formas de relación de la cienciacon la sociedad pueden quedar subsumidas en una dinámica guiada por interesesextra-científicos (particularmente los de índole económica). Por un lado, muchoscientíficos investigan temáticas alejadas del interés por sus aplicaciones prácticas y,por otro lado, la influencia de la ciencia sobre la sociedad pasa por su influencia sobrelos procesos educativos y por la difusión de los conocimientos y del método científico Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  8. 8. Mario Albornoz a escala social. La expresión “sociedad del conocimiento” da cuenta de estos procesos. b) Autonomía y condicionamientos Desde los comienzos mismos de su institucionalización, siglos atrás, los científicos buscaron constituirse como una comunidad autónoma y autodirigida; en este proceso fueron construyendo un espíritu propio, común a todos los investigadores; un “ethos” cuyos rasgos principales fueron definidos por Robert Merton, como “universalismo”, “comunalismo”, “desinterés” y “escepticismo organizado”. Este proceso se intensificó y adquirió nuevos sentidos a lo largo del siglo veinte. Derek de Solla Price se refirió a tal fenómeno como el resurgimiento del “colegio invisible” de los científicos (término utilizado siglos atrás por Boyle) y dedicó grandes esfuerzos a desarrollar indicadores y técnicas de medición que permitieran dar cuenta de la red que los vinculaba. Esta tendencia plasmó en el modelo de posguerra, según el cual la investigación básica debe ser llevada a cabo en un marco de libertad y autonomía, sin considerar los fines prácticos, por lo que su resultado es un conocimiento general y una mejor comprensión de la naturaleza y sus leyes. La expresión “República de la ciencia”, usada por Michael Polanyi (1951), aludía a los investigadores como ciudadanos de esta república, celosos defensores de su autonomía como condición para la libre búsqueda de la verdad.54 En cambio, la política científica, como cualquier otra política, dibuja un campo de intervención pública que necesariamente confronta con la pretensión autonómica. No obstante, la idea de autonomía frente al contexto político y social impregna ciertas formas culturales todavía vigentes en el ámbito académico, hasta el punto de que, después de algunas oscilaciones acerca de la centralidad de la ciencia básica y la capacidad de los gobiernos para imponer sus propios objetivos e intereses, hoy se reconoce la necesidad de lograr un equilibrio entre la demanda de resultados prácticos y la libertad que se brinde a la comunidad científica para que ésta desarrolle sus potencialidades (Sanz Menéndez, 1997). Paradójicamente, en un sentido opuesto a la reivindicación de la autonomía, las consecuencias del proceso de vinculación estrecha entre la ciencia y la política no se limitaron a los resultados científicos y los desarrollos de interés industrial y militar. Se produjeron además cambios profundos en la relación de los hombres de ciencia con las estructuras de poder. Los investigadores involucrados en el proyecto nuclear - particularmente, los físicos- fueron quienes más rápidamente tomaron conciencia de que por primera vez en la historia podían intervenir, como científicos, en las decisiones políticas y militares. Esta conducta era contradictoria con la idea de una ciencia impoluta, pero no lo era con la de que los sabios deben gobernar la sociedad. En el orden externo, se encuentra la dependencia con respecto al gobierno, en cuanto al apoyo financiero (sin duda, escribía De Solla Price, la circunstancia irregular en la época de la Ciencia Grande es el dinero) y la solicitud de que la ciencia esté subordinada a las “necesidades nacionales”, ya se trate de investigación de Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  9. 9. Mario Albornozarmamento, promoción de la tecnología, limpieza del medio ambiente o similares. Enesto radica la mayor claudicación del ideal tradicional de la ciencia. En lugar de la“autodirección” aparece la “política científica”, que se traduce inevitablemente en unconjunto de limitaciones a la libre creatividad. La más odiosa para muchos científicos,por su contradicción con el espíritu de la “frontera infinita”, ha sido la planificación dela ciencia, que resulta inevitable desde la óptica de la gestión. La planificación de laciencia introdujo en el debate público problemas tales como la medición del grado deapoyo a la ciencia en términos del porcentaje del PBI destinado a investigación ydesarrollo (I+D), las asignaciones relativas entre los distintos campos, ladeterminación de prioridades en la investigación, y así sucesivamente. La nueva realidad conmovió el imaginario de los científicos acerca de su propiaautonomía. Como cualquier comunidad, la de los científicos podía reclamar elrespeto a sus valores culturales más propios. Sin embargo, además de convertirseen comunidad, los hombres de ciencia pasaban a formar parte de estructurasburocráticas de grandes dimensiones. En este sentido, las instituciones científicas -como todas las grandes organizaciones en el seno de una sociedad- quedaronsometidas a la tensión de ser objeto de evaluación pública y de controlesgubernamentales. Al mismo tiempo, tal como ocurre con cualquier asociaciónpoderosa (como las grandes empresas), la comunidad científica se descubrió a símisma tratando de influenciar sobre las decisiones políticas en su propio interés y seconvirtió así en un demandante más dentro del sistema político. La mutación sehabía consumado. 55c) Capacidad constructiva y destructivaLa sociedad demanda de la ciencia, en forma creciente, soluciones para losproblemas de la economía y la calidad de vida. Al mismo tiempo, ha ido advirtiendoalgunos efectos negativos de las tendencias tecnológicas prevalecientes. La cienciadebe asumir además la pesada carga de que las aplicaciones más espectacularesfueran aquellas directamente ligadas con la muerte y la destrucción. La preocupaciónpor la capacidad destructiva de la ciencia registra antecedentes a la explosiónnuclear, si bien este acontecimiento le otorgó una visibilidad ineludible. Ya en uncélebre texto de 1929, titulado “Dédalo, o el futuro de la ciencia”, el científico inglésJohn Haldane se preguntaba si la imagen de la ciencia debería estar necesariamenteasociada con las desgarradoras escenas de batallas de la primera guerra mundial,en las que los gases tóxicos y las máquinas de hierro trituraban a los hombres. La cuestión de quién debe controlar el desmesurado poder de la ciencia quedóplanteada desde los comienzos mismos de la política científica. En la opinión públicade todo el mundo creció a partir de la explosión nuclear (junto con la fascinación depoder que conlleva) la preocupación por los aspectos dañinos y destructivos delconocimiento. ¿Quién debe controlar a la ciencia para prevenir tales aspectosnocivos? En el propio colectivo de los investigadores se produjo una división entreaquellos más radicalmente opuestos a la utilización de las armas nucleares yaquellos que sustentaban su poder sobre la base de su desarrollo. Asociados en lapráctica con estos últimos, quienes defendían la neutralidad de la ciencia creían que Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  10. 10. Mario Albornoz los científicos no debían culpabilizarse ni tampoco tener especial incumbencia sobre el tema del uso de estas armas. Aun así, se logró un consenso general acerca de la necesidad de poner la energía nuclear bajo el control de una autoridad civil y de elaborar acuerdos internacionales que impidieran el uso de las armas atómicas. Desde comienzos de la década de los sesenta muchos grupos sociales, desde movimientos universitarios, antinucleares, feministas, pacifistas, ecologistas y de derechos humanos, comenzaron a cuestionar la idea de progreso implícita en la concepción dominante, que asociaba indisolublemente a la ciencia con el crecimiento económico y el liderazgo militar pasando por alto los efectos negativos ya por entonces evidentes. Por ello, se ha ido presionando recurrentemente para reorientar la investigación hacia fines civiles, reclamando una mayor incumbencia pública sobre las decisiones del área. d) Libertad creativa y burocratización El problema de la burocratización de la ciencia está estrechamente vinculado con el de la autonomía, en el marco del despliegue de la política científica como política pública. Max Weber concebía a la burocracia como un tipo ideal de racionalización; un sistema objetivo de administración y de gestión que está dotado de reglas técnicas y procedimientos formales y se orienta a la optimización de las actividades sobre la base de una división del trabajo establecida según criterios objetivos.56 En un sentido similar, Daniel Bell (1994) consideraba que la burocratización de la ciencia es un proceso inevitable. Pero la burocratización de la ciencia trae consigo riesgos muy específicos. La disfuncionalidad a la que se ha hecho referencia se traduce en este campo en la posibilidad de asfixiar el proceso de investigación y dificultar los mecanismos de reconocimiento propios de la comunidad científica. De un modo casi inevitable, por lo tanto, surgen tensiones entre las tendencias burocráticas propias de la organización de la ciencia a gran escala y la dimensión carismática de la ciencia, que estima la búsqueda de la verdad y la adquisición de nuevos conocimientos como un proceso que no puede quedar subordinado a un orden administrativo. A esto hay que añadir el soterrado conflicto de poder entre dos “clases” políticas: la de los funcionarios gubernamentales y el establishment de la ciencia. Además de las repercusiones políticas ya analizadas, el tránsito de un tipo de ciencia al otro modificó el papel del investigador. Derek de Solla Price (1973) se preguntaba: “¿Qué hay de cierto en la imagen del cultivador de la Pequeña Ciencia que lo presenta como un genio solitario y melenudo, que trabaja en un ático o en un sótano, despreciado por la sociedad por inconformista y vive prácticamente en la pobreza, movido por una llama interna que lo devora? ¿Hasta qué punto es verdadera la imagen que tenemos del cultivador de la Ciencia Grande? ¿Es respetado en Washington, requerido por todas las instituciones consagradas a la investigación en la zona de Boston, forma parte de una intelectualidad minoritaria de expertos que son los árbitros de nuestro destino político y tecnológico? La base del cambio ¿ha sido la reacción pública ante la primera explosión atómica y la impresión Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  11. 11. Mario Albornozproducida por los cohetes militares y los satélites? Esto ha sucedido muyrápidamente, de tal forma que sus orígenes históricos no van más allá del ProyectoManhattan, los cohetes de Cabo Cañaveral, el descubrimiento de la penicilina y lainvención del radar y de las computadoras electrónicas”. La respuesta a los interrogantes de De Solla Price habría de verse con todaclaridad en los años posteriores, en los que se comprobaría que uno de losresultados del nuevo sistema habría de ser la profesionalización de losinvestigadores. Joseph Ben David, uno de los más destacados exponentes de unadisciplina emergente por entonces, la sociología de la ciencia, señalaba que aparecióentre los científicos el papel de “investigador profesional”, con un código de conductaque implicaba el deber de estar al tanto de los últimos desarrollos científicos,investigar y contribuir al avance de la ciencia. A la vez, el empleador debía respetarese estilo de conducta, asegurando al investigador la disponibilidad de recursos,tiempo y libertad. En opinión de Bell, la profesionalización da lugar a una “sociedad ocupacional”cuyos rasgos son los propios de los procesos de burocratización: diferenciación defunciones, especialización, regulación a cargo de una jerarquía formal y regida pornormas impersonales. Un proceso paralelo al de la politización de la ciencia e íntimamente relacionadocon él fue el del cambio de escala en la organización de la investigación. Laproducción de los conocimientos necesarios para atender a las nuevas demandas, 57tanto las del campo militar, como las de la industria y hasta el mismo desarrollo de lainvestigación básica, comenzó a demandar grandes equipamientos yconcentraciones crecientes de investigadores. La ciencia comenzó a ser desarrolladaen grandes unidades productivas de conocimientos: las unidades de I+D. Eldesarrollo de la bomba atómica, como así también el de la computadora, el radar ylos restantes logros de la ciencia y la tecnología aplicadas a la guerra fue el resultado,no solamente del talento científico, sino de la conformación de organizaciones carasy complejas. La expresión “big science” hace referencia al tránsito desde una cienciapracticada a una escala casi individual o artesanal, a emprendimientos científicos quecomenzaron a requerir enormes inversiones que generalmente están sólo al alcancede los gobiernos. Derek de Solla Price describía así el contraste entre ambos tipos de ciencia: “Laciencia de hoy desborda tan ampliamente la anterior, que resulta evidente que hemosentrado en una nueva era que lo ha barrido todo, a excepción de las tradicionescientíficas. Las instalaciones científicas básicas son tan gigantescas que han sidocon razón comparadas con las pirámides de Egipto y las grandes catedrales de laEuropa medieval. Los gastos en personal e inversiones que la ciencia supone la hanconvertido de repente en un capítulo de gran importancia de nuestra economíanacional. La enormidad de la ciencia actual, nueva, brillante y todopoderosa es tanmanifiesta que, para describirla, se ha acuñado el expresivo término de ‘CienciaGrande’” (Price, 1973). Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  12. 12. Mario Albornoz La política científica después de la guerra La política científica ha experimentado cambios muy visibles a lo largo de las décadas, en parte como consecuencia de la evolución histórica de la relación de los distintos actores con el poder, pero en gran parte por una mejor comprensión de la naturaleza de la relación ciencia - sociedad y de la eficacia de los diferentes instrumentos de los que se han valido los gobiernos para lograr sus objetivos políticos en relación con la ciencia. Algunos aspectos conceptuales han tenido gran importancia en este proceso como, por ejemplo, la distinción entre ciencia, tecnología e innovación, o la modificación de los enfoques básicos, desde la oferta hacia la demanda. En otro plano, las formas institucionales e instrumentales de la política científica tendieron a replicarse, siendo imitadas frecuentemente de un país a otro. La ciencia se convirtió en un factor integral para el crecimiento económico y frente a la sociedad adquirió el carácter de omnipresente. Esto permite afirmar que al hablar de ciencia “estamos hablando de la mayor institución de nuestra sociedad; un componente mayor de nuestra cultura” (Ziman 2003). Desde el punto de vista de la política científica, la magnitud del poder de un país comenzó, en forma acelerada, a dejar de estar basada en su producción de acero y en su estructura industrial, para apoyarse en la calidad de su ciencia y en su capacidad de desarrollar mediante la I+D nuevas tecnologías. Por estas razones obvias, la nueva posición de la ciencia en la sociedad afectó crecientemente su estructura interna en varias dimensiones, según se trate de que la jerarquía derive de los aspectos cognitivos, la estructura58 organizacional del empleo o de la posición relativa en los juegos de poder. Esto significa que “el desarrollo de la ciencia moderna está configurado en gran medida por los poderes fácticos; sean gubernamental, industrial, comercial militar o clerical” (Ziman 2003). En las décadas más recientes se ha dado un proceso de homogeneización de la política científica con pautas normalizadas. La mayor parte de los países tiende a adoptar criterios similares sobre política científica, debido a que existen procesos subyacentes que llevan a coincidencias en el diagnóstico de problemas y enfoques: a) el dominio, desde lo económico, de las tecnologías científicas; b) el acuerdo sobre las prioridades futuras; c) la globalización de la creación y difusión de conocimientos; d) el incremento de los costos de tecnologías de investigación; e) la elaboración e implementación de la agenda de la política científica, desde organismos nacionales e intergubernamentales (Clark, 1985). La creciente internacionalización abrió espacios a la acción de organismos como UNESCO y la OCDE; la primera, centrada fundamentalmente sobre los países en desarrollo, y la segunda, de cara a los industrializados. Ambas instituciones generaron “pensamiento” en materia de ciencia, tecnología y desarrollo, con el propósito de orientar la formulación de la política científica por parte de los gobiernos. En 1963 la OCDE hizo público su primer informe en esta materia. El documento, denominado “Science and the Policies of Governments”, establecía la distinción entre Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  13. 13. Mario Albornozlas “políticas para la ciencia” y la “ciencia para las políticas” que fuera asumida comoun lugar común en los documentos de la época (Spaey, 1970). Proponía también lasprimeras categorías para calcular el caudal de fondos para diversos tipos deactividades.5 Lo más importante del documento fue que transformó una ambiciónpolítica o un enfoque en una doctrina de política estratégica: esto es, la idea de quela ciencia, junto con la educación superior, debía de ser considerada como un factorproductivo en pie de igualdad con el trabajo y el capital, en la búsqueda delcrecimiento económico (Elzinga y Jamison, 1996). En 1971 la OCDE hizo público un nuevo documento, al que denominó “Science,Growth and Society: a New Perspective”, en el que se abogaba por un mayor controlsocial sobre la investigación aplicada y la ampliación de las políticas científicas paraincluir a todos los sectores. El segundo informe de la OCDE dividió a la ciencia,unificada, en distintos programas sectoriales. En el discurso de las políticas pasó aestar en primera línea un nuevo conjunto de conceptos tales como la distinción entrepolítica científica y política tecnológica, prioridades y relevancia social (Elzinga yJamison, 1996). En 1981 la OCDE se hizo presente con un nuevo documento, denominado“Science and Technology Policies for the 1980’s” en el que buscaba definir pautasfrente al avance japonés, estimular el desarrollo de las nuevas tecnologías y acercara las empresas y universidades. También se comenzó a prestar atención a la teoríade la innovación, formulada a comienzos del siglo por Joseph Schumpeter, comoparte de la búsqueda de nuevos marcos conceptuales que permitieran orientar la 59reestructuración económica y el fortalecimiento de la competitividad. En la última década del siglo veinte jugó un papel importante la globalización, comoproceso homogenizador (aunque también surgieron tendencias hacia el rescate delas características propias de cada país), al tiempo que se entraba de lleno en unperíodo de alta competitividad entre los bloques económicos. En esta etapa tambiénaumentó la relevancia de las nuevas tecnologías y de la investigación básica. Lainformática y las telecomunicaciones, por un lado, y la biotecnología, por otro,irrumpieron con gran pujanza dando lugar a lo que casi unánimemente se haconsiderado como una revolución de grandes proporciones. Los diseñadores de modelos de política científica exploraron nuevos paradigmasen esta materia. Así, las políticas de fomento a la innovación, surgidas en la décadaanterior, incorporaron los marcos teóricos que enfocan el proceso desde unaperspectiva sistémica y se transformaron en políticas de estímulo al “sistemanacional de innovación”. La más reciente irrupción en escena ha sido la de laspolíticas de la sociedad de la información o sociedad del conocimiento, cuyo puntomáximo de despliegue apenas está siendo intuido en la actualidad.5 Esta fue una actividad a la que posteriormente la OCDE destinaría sus mayores esfuerzos, hasta el puntode que actualmente las estadísticas y los indicadores de ciencia, tecnología e innovación se ajustan en todoel mundo a las normas establecidas por sus célebres manuales de Frascati, Oslo y Canberra, entre otros. Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  14. 14. Mario Albornoz Desde el punto de vista de los actores políticos, las tendencias más recientes han implicado un auge del mercado que desafía más que nunca al ethos tradicional altruista de la comunidad científica. Desde esta perspectiva se predica como necesaria una transformación de las universidades y los centros académicos hacia un “nuevo modo de producción del conocimiento” extremadamente orientado por una demanda de la sociedad, entendida casi exclusivamente como mercado. Política científica y política tecnológica La dupla ciencia - tecnología suele ser considerada en el lenguaje común casi como dos caras de la misma moneda. En el modelo lineal constituyen dos extremos de un “continuum” de naturaleza homogénea. Tanto es así, que durante las primeras décadas del período de posguerra los términos “ciencia” y “política científica” incluían indistintamente a la tecnología y a la política tecnológica. Muchos siglos de hegemonía del conocimiento científico por sobre el conocimiento técnico, las habilidades artesanales y la capacidad de crear instrumentos sostenían esta visión “cientificista” que, en el mejor de los casos, consideraba a la tecnología como ciencia aplicada al desarrollo de artefactos. La tecnología era apenas el vínculo de la ciencia pura con el mundo social. A partir de los años sesenta esta visión comenzó a modificarse por diversos factores. En el plano valorativo, debido a factores tan disímiles como la acción de los60 movimientos radicales, por un lado, y la creciente influencia de las empresas y el mercado por el otro, la opinión pública comenzó a discriminar entre ciencia y tecnología; por decirlo de otra manera, entre el producto de la labor de los científicos y la de los ingenieros. La tecnología comenzó a recoger tanto adhesiones como rechazos propios, en razón de su capacidad de articular en forma cotidiana con la vida de las personas. El desarrollo tecnológico, tal como ocurrió antes con el teléfono o el automóvil y ahora con Internet, constituye “sistemas tecnológicos” en los que se involucran necesariamente los usuarios, como parte de ellos. La tecnología modifica los modos de vida y esto es más perceptible por la opinión pública que los logros de la ciencia. Como consecuencia de este proceso, numerosos científicos sociales comenzaron a interesarse por las relaciones entre la ciencia, la tecnología y la sociedad (lo que hoy se conoce como el campo de los estudios CTS). En el plano de los estudios económicos e industriales también se avanzó en la distinción entre ambos conceptos y en la comprensión de que el “locus” de una y otra era distinto: el de la ciencia pertenece al ámbito académico impregnado de los valores que hemos venido analizando; el de la tecnología es la empresa, y sus valores son los de hacer posibles mejores productos y procesos, con una motivación de índole económica. Los actores de la ciencia y de la tecnología son distintos. Su cultura, por lo tanto, también es diferente. También en el plano de la política, las nociones de política científica y política tecnológica significan cosas bien diversas. La política científica atañe a la creación de nuevos conocimientos en el espacio que, en términos de Merton, es “socialmente Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  15. 15. Mario Albornozlegitimado como científico”. La política tecnológica se interesa por el fomento de lainnovación y la competitividad; los procesos que regula están a cargo, en su mayoría,del sector privado y son ejecutados mayormente en establecimientos industriales. Elénfasis en la política tecnológica actual está puesto en las estrategiasgubernamentales y gerenciales destinadas a fomentar el desarrollo y la transferenciade tecnologías desde la investigación hacia su aplicación, más que en apoyar a lainvestigación como tal. En los años sesenta los conceptos instrumentales de la política científica y lapolítica tecnológica se nutrieron con las aportaciones de la teoría de sistemas. Bajoesta óptica, como forma de distinguir y al mismo tiempo vincular ambos conceptos,se acuñó la expresión “sistema científico tecnológico” que, en los años más recientes,está siendo profundamente revisada. Por otra parte, la proximidad de las nuevastecnologías con la ciencia básica como su fuente directa ha dado lugar a la apariciónde conceptos como el de “tecnociencia” que tratan de expresar la suerte de simbiosisque se estaría produciendo. Las últimas dos décadas del siglo fueron testigos de un cambio de enfoque en laspolíticas de ciencia y tecnología, con el propósito de pasar de estimular las políticasde oferta de conocimientos a las de su demanda por parte de las empresas. El focode las políticas referidas a la ciencia y la tecnología fue puesto sobre el proceso deinnovación, entendido como la efectiva incorporación del conocimiento científico ytecnológico a las actividades de las empresas, con el consiguiente éxito económico. 61 La noción de sistema de innovación (nacional o local) es un concepto relativamentereciente que expresa la trama de relaciones sociales que dan por fruto los procesosinnovadores. Este giro hacia la innovación no necesariamente reemplaza a losenfoques más tradicionales de política científica, aunque de hecho genera en el planode la acción pública algunos desajustes y confrontaciones a las que se pudieraasignar el carácter de “culturales”.Confrontación de culturasLa política científica, del mismo modo que los restantes ámbitos de las políticaspúblicas, es el resultado de la interacción dinámica entre actores que representandiferentes intereses y expresan distintas culturas políticas. Por este motivo, suanálisis debe tomar en cuenta centralmente la lógica y las estrategias de los actoresen pugna por orientar la política en un sentido determinado. El conjunto de lógicas yvalores propios de cada actor configura culturas que expresan modos diferentes deconcebir la relación entre la ciencia, la tecnología, la sociedad y, más propiamente, elámbito de las políticas. El examen de estas culturas resulta imprescindible paracomprender los conflictos propios de la relación entre la ciencia y el poder en distintosmomentos y contextos sociales. Elzinga y Jamison (1996) identifican cuatro culturastípicas diferentes que influyen en la formulación de la política científica: Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  16. 16. Mario Albornoz • Burocrática: encarnada en el aparato del estado, que procura administrar y organizar la ciencia para disponerla al servicio de la política. • Académica: encarnada en la comunidad científica, que busca preservar los valores y la autonomía tradicionales de la ciencia frente a otros intereses. • Económica: encarnada en los empresarios y los responsables de la política económica, que se interesa por las aplicaciones tecnológicas de la ciencia, orientadas hacia innovaciones rentables. • Cívica: encarnada en los movimientos sociales tales como el feminismo, el ecologismo, y los defensores de los derechos humanos, que presta atención a las repercusiones sociales de la ciencia. Desde una perspectiva muy afín a ésta, otros autores identifican cuatro aproximaciones a la política científica que se diferencian por su carácter inclusivo de actores, intereses y valores. Tres de ellas han jugado un papel importante en el pasado, en tanto que la restante ha sido avizorada en determinados períodos pero constituye básicamente una alternativa plausible (Sarewitz et al., 2004). La primera de ellas se corresponde con la ideología de la ciencia autónoma, que garantiza a los científicos ser reconocidos como la única autoridad para definir qué proyectos deben ser apoyados. La segunda aproximación reconoce límites éticos a la libertad de investigación; en la práctica, concede amplia autonomía, pero limitada por comités éticos. La tercera aproximación incorpora a la ciencia los intereses y la economía. La aproximación que puede ser denominada como ciencia, ética y democracia participativa integra la política científica en el marco de las preocupaciones éticas62 propias de los procesos democráticos. Requiere instituciones que faciliten la participación pública en la política de ciencia y tecnología. En definitiva, es posible reconocer en primer término la vigencia de la “república de la ciencia” encarnada en una cultura científica tradicional, sostenida fundamentalmente por los propios investigadores, que defiende la necesidad de asignar recursos al fortalecimiento de la investigación básica, siguiendo casi exclusivamente criterios de calidad. Este modelo es apoyado en forma amplia por la comunidad científica pero no encuentra suficiente apoyo en otros actores sociales. Un enfoque alternativo denota la influencia de la cultura económica y está centrado en el estímulo a los “sistemas de innovación” y la política que propone se orienta a fortalecer los vínculos entre las instituciones que integran la red sistémica. Esta política suele ser presentada como complementaria a la que se propone desde la cultura científica, pero en la práctica es percibida como confrontando con ella, en la medida que postula la necesidad de reemplazar la política científica tradicional por otra orientada hacia el estímulo de la conducta innovadora de las empresas. Un tercer enfoque se corresponde con la racionalidad burocrática de articular fines y medios. Se basa generalmente en la suposición de que las tendencias globales habrán de producir necesariamente una nueva distribución internacional del trabajo y del saber que, por necesaria, debe ser aceptada. Suele creer además en la disponibilidad universal de los conocimientos. No son, por lo tanto, en el plano lógico, las únicas alternativas posibles. Muy por el contrario, se trata de un cuadro necesariamente abierto, en el que hoy no es Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  17. 17. Mario Albornozconveniente eludir la búsqueda de nuevos enfoques flexibles y transdisciplinarios.Formular una política de ciencia, tecnología e innovación es una tarea para la que secarece de las certidumbres ideológicas de antaño, ni con sistemas institucionalesseguros y predeterminados. Sin embargo, no se carece de ciertas evidencias como,por ejemplo, la de que los países se ven forzados a fortalecer su capacidad degestionar el procesamiento social del conocimiento para mantener opciones defuturo, así como que tal capacidad no sería sustentable si se pretendiera cercenar deella la aptitud para investigar y producir conocimiento localmente. Tal certidumbreopera como una brújula gracias a la cual es posible evaluar las fortalezas y lasdebilidades en materia de ciencia y tecnología, con el fin de diseñar políticas quesirvan para sortear amenazas y aprovechar al máximo las oportunidades disponibles.CodaLa política científica se ha instalado definitivamente en el terreno de las relaciones dela ciencia con el poder y con los requerimientos sociales. Es difícilmente compatiblecon la idea de una ciencia celosa de su autonomía autorregulada y abroquelada ensu neutralidad valorativa. La posición favorable a la neutralidad de la ciencia,arraigada en la comunidad científica, enfatiza el carácter instrumental de losconocimientos científicos y tecnológicos, atribuyendo el bien y el mal a los fines a losque se los aplique. Esta concepción supone que los medios son neutros y de que lacarga de valores atañe sólo a los fines. Los dilemas y disputas acerca del control delos efectos de la ciencia ponen en cuestión tales fundamentos. 63 La ciencia, más allá de sus peculiares rasgos cognitivos, es una práctica orientadahacia fines de diversa complejidad social (propios del investigador, de la organizacióny de quienes financian sus trabajos, entre otros) y como tal constituye un conjunto deacciones intencionales. Involucra así a un número variado de actores e intereses,entrando de lleno en el amplio territorio de las relaciones sociales, los valores y lasnormas. La propia ciencia ha sido revestida en distintos contextos sociales de diversossignificados. Ha sido asociada con el mercado hasta el punto de que ella misma pasóa constituirse en una mercancía. Asociada con el poder ha sido instrumento perotambién fuente de poder. En la visión tecnocrática su racionalidad se impone a laracionalidad política; ocupa su lugar y la reemplaza. También es sojuzgada desde laesfera de la política, cuando se fuerza su reducción a esquemas productivistas. El carácter instrumental y utilitario de la ciencia es propio del “giro” baconiano ypermitió a Horkheimer, varios siglos después, afirmar que por ello la ciencia,convertida en factor de producción, reproduce las relaciones sociales. “Reproduce”significa, por una parte, que es funcional a una dada estructura de poder, en términosde la preponderancia de los intereses en juego y, por otra parte, que recibe una cargade valores y patrones culturales propios de tales intereses y de los agentesinvolucrados. En el mismo sentido, Ziman (2003) afirma sin rodeos que “cada sistemasocial prescribe un papel para la ciencia que se conforma con la agenda política que Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
  18. 18. Mario Albornoz rige en esa sociedad”. La política científica expresa la forma en que tales procesos se resuelven, qué intereses prevalecen y de qué manera son compatibles con las aspiraciones de equidad y democracia. Bibliografía ALBORNOZ, Mario (1996): “De la anomalía argentina a una visión articulada del64 desarrollo en ciencia y tecnología”, Redes, Nº 7. _______________ (1997): “La política científica y tecnológica en América Latina frente al desafío del pensamiento único”, Redes, Nº 10. BELL, Daniel (1994): El advenimiento de la sociedad post-industrial, Madrid, Alianza. BEN-DAVID, Joseph (1974): El papel de los científicos en la sociedad, un estudio comparativo, México DF, Editorial Trillas. BRITISH ASSOCIATION FOR ADVANCEMENT OF SCIENCE (1942): “El Adelanto de la Ciencia en Relación con el Progreso Mundial”, en Asociación Argentina para el Progreso de la Ciencia (ed.): El Progreso de la Ciencia, Buenos Aires. BUSH, Vannevar (1999): “Ciencia, la frontera sin fin. Un informe al Presidente, julio de 1945”, Redes, Nº 14. CLARK, Norman (1985): The Political Economy of Science and Technology, New York, Basil Blackwell Inc. COZZENS, Susan (1996): “Autonomía y poder en la ciencia”, Zona Abierta, Nº 75/76. DE SOLLA PRICE, Derek (1973): Hacia una ciencia de la ciencia, Barcelona, Ariel. Revista CTS, nº 8, vol. 3, Abril de 2007 (pág. 47-65)
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