SER Y TIEMPO,O HACER ALGO PARA QUE SEA VISTO.          Por J. Garés Crespo.                                   1
“Todo lo que en cada caso es, cada ente, viene y va en el tiempo que le es oportuno                                       ...
hasta tú también lo desees. ¿Cómo interpretar tu silencio? Sé que el silencio tiene su lenguaje,me enseñaste sus significa...
semanas, me repugnase cuando me poseías y te deseara a los pocos días de haberlo hecho.Estimo que al principio de nuestro ...
eróticos. En realidad todos vinieron a confirmarme lo que intuía. ¡Ah, la intuición¡ Siempre hesido más intuitiva que tú, ...
queremos ver. Al menos contigo ha sido así. Tal vez por eso era que todo resultaba ser comoyo había previsto. Menos aquell...
cumplí los diez años notaba que te ponías nervioso, mirabas a mamá pidiendo disculpas y nosabías cómo disimular y yo, con ...
mientras fuimos amantes, nunca me hubieses acariciado el cabello como cuando era niña yhacía algo que querías premiar. Tod...
No me desagradó tu arrogancia, pero porque no entendí la condena que pretendías descargarsobre mí. Ha sido suficiente que ...
misma, la única, creo: compatibilizar, dar tiempo al tiempo. ¿A que nunca llegaste a pensarque pudiera ser una persona de ...
pensando por qué. En aquellos días tú estabas, por cuestiones de trabajo, dando unos cursosen Santander y venías a casa mu...
cuando te dije que no, me quisiste tranquilizar, elevando tu rango, en una actitud heróica ydiciéndome que tú se lo comuni...
me entró la nostalgia mezclada de asombro, de la noche que terminaba. Para entonces mamáya estaba malita y el ofrecimiento...
eso, eras demasiado sensible y orgulloso para serlo con conciencia. Mandar sugiriendo nuncafue un atributo de mamá. Ella t...
cuando me viene a la memoria, aquella primavera en Belgrado, la primera vez que, con unvestido negro de noche, deslumbrant...
aquella tarde, cuando me cogiste del brazo y sin decirme nada, sollozando me llevaste hacia lacama de mamá recién muerta y...
sabiendo que mucha gente encuentra la felicidad, su ser, por caminos tortuosos, inesperados ymaldecidos por otros muchos. ...
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Ser y-tiempo. Cuento

  1. 1. SER Y TIEMPO,O HACER ALGO PARA QUE SEA VISTO. Por J. Garés Crespo. 1
  2. 2. “Todo lo que en cada caso es, cada ente, viene y va en el tiempo que le es oportuno y permanece por un tiempo durante el tiempo que le es asignado. Cada cosa tiene su tiempo”. M. Heidegger: Sigo apoyada en la baranda de la escalinata que lleva a la puerta principal de laresidencia, esperando; te veo subiendo cogido del brazo de la enfermera, encorvado, lento ymantengo la vaga esperanza de que, una vez al menos, te vuelvas para verme. No parareconocerme y despedirme con el guiño habitual, no. Ya tengo asumido que no sucederá, peroal menos, ya que, según tu comportamiento en la entrevista, parecía que nos hubiéramosconocido hace media hora, podrías mirar cómo me iba, mover la mano como tanta gente, algo,un gesto que me hiciese sospechar que no debía darte por muerto. Cierto que lo mismosucedió hace un mes y he vuelto otra vez con la ilusión de que hubieses mejorado, aunquequién sabe si es lo que te conviene. No sé por qué me resisto a creer en la ciencia, tal vezporque tengo la intuición de que, cuando nos hemos mirado, tus ojos abiertos e inmóviles,parece como si me reconocieras, castigándome como si no quisieras saber nada de mí... Quiénsabe si no será un último deseo consciente de olvidar todo, un intento de vivir en paz eltiempo de vida que te quede. Por más que el neurólogo me diga, una y otra vez, que es unadegeneración irreversible, cuando añade, en un intento de hacerme entender cómo teencuentras, que es un amontonamiento de basura adherida a las conexiones neuronales delcerebro que cubren el acceso a tus recuerdos, no puedo dejar de pensar, que tal vez nopudiste triturar tanto recuerdo desagradable y estás ahogándote, desfalleciendo de tanta vida.Pienso que ese debe ser el mecanismo que salva a alguna gente de morir de tantospersistentes y malos recuerdos almacenados...Parece que sobrevive aquel que mejor olvida lodesagradable, solo que la selección de qué es bueno y qué no, siempre es temporal, segúncómo somos en cada tiempo y nada garantiza que la memoria archivará los sucesos deacuerdo a esa valoración. Menos garantía hay de que se recuperan los recuerdos tal y como seguardaron. ¿Cómo podía saber durante aquellos años, que lo que me entusiasmaba, hoy medejaría indiferente? Creo que no volveré a verte. Necesito salir de este impase, incluso piensoque es lo que tú querrías, si volvieses a la realidad, si me reconocieras como fui. Yo tambiénnecesito, antes de intentar olvidarte para siempre, resistir los embates de tantos recuerdosque, pegados a ti, insisten en hacerse presentes. ¿Sabes? Quiero volver a nacer. Puede que 2
  3. 3. hasta tú también lo desees. ¿Cómo interpretar tu silencio? Sé que el silencio tiene su lenguaje,me enseñaste sus significados, a interpretar y unir un silencio con otro hasta crear una frasevacía, un pensamiento hueco. Creo que tampoco ahora sé nada del sentido de los silencios yde poco me sirven sus significados si apenas sé hacia donde van. Tú ya no eres y tu tiempo yaha muerto. Y, al parecer, nada tengo que ver con ese nuevo ser que muestras y tu nuevotiempo, que intuyo. Probablemente tampoco tú eres... y, desde luego, no quiero quedarmeatrapada en una historia, cada vez más deteriorada y que parece que huye junto con elhombre que tanto fue para mí. Me iré, lo voy a intentar, no de mi tierra ni tampoco de mitiempo, ambos me gustan, solo de tus recuerdos que, todavía hoy, insisten en formar parte demi presente. ¿Será posible? Sí, creo que también yo debo empezar a borrar. Aún te quiero,claro, aunque me agobias y me pierdo, porque me vienes como de aluvión, sin orden,dependencias, urgencias y desespero. Solo en alguna ocasión consigues despertar una sonrisa,fugaz y variable. Ahora recuerdo que me decías que el tiempo es el que da forma al ser, que elser no existe sin el tiempo. Normal, pues, que tu tiempo, ahora, termine y tú con él, aunquebuena parte de mi ser y mi tiempo te lo llevas contigo. Casi tanto como todo el que he vividohasta hoy. Sin embargo, de ahora en adelante, de tantas cosas que vivimos, solo yo sabré.¿Para qué quieres que nadie sepa? De ti, tan hermético siempre, nadie sabrá. Apenas yo. ¿Quésé yo de tu juventud y tu madurez hasta que nací? Nada. Anécdotas entresacadas de lashazañas de las que presumías y con las que tratabas de encandilarme. Admito que ahora, sipudieras, te quejarías del pasotismo de nosotros y alardearías de tu generación contestataria,cuando en realidad sé que apenas fuisteis más allá de desear a las señoras, cuando fuisteisjóvenes y a las adolescentes cuando erais respetables padres. ¿Y de estos últimos años, quedesapareciste desde que murió mamá? No sé, la verdad, si es justo que hayas huido de ti, demí y de todo el tiempo que fuimos juntos sin saber la verdad que te ocultaba mamá, o no. Metemo que huiste de cara al pasado y eso no era huir, era intercalar semanas y meses entre tú yyo sin evitar seguir pegados mediante el tiempo, que es lo que une o separa, quien mantienela vida o la mata. Ahora, quien debería hacerle la pregunta, no existe, de nuevo terminas deconfirmármelo, con ese andar a rastras y esa mirada vacía. Yo todavía estoy saliendo de aqueltiempo y me corroe la pena por haberte dejado sin la opción; no de decidir qué pasó, ni tú niyo podíamos cambiar la realidad, pero sí de que pudieras interpretarla. ¿Qué otra cosahacemos mientras vivimos? A fin de cuentas es la única opción que tenemos todos. ¿O no?Quién sabe. La primera vez que tuve relaciones sexuales contigo, inicié, sin darme cuenta, uncomplicado y aparente camino repleto de saltos y rosas, casi mejor un laberinto, perverso ysembrado de vanidad, de odio, deseo y amor. Fue suficiente para que, en muy pocas 3
  4. 4. semanas, me repugnase cuando me poseías y te deseara a los pocos días de haberlo hecho.Estimo que al principio de nuestro extraño romance, era normal, pero ninguno de los dossentimientos terminó por ahogar o subsumir al otro, y lo esperaba. Al contrario, con el tiempo,uno y otro fueron amainando de intensidad hasta que fue naciendo una extraña relaciónserena y recargada de morbo que parecía no incordiarnos ni a ti ni a mí. Conocí la coexistenciaentre el ser y el deber ser. Fue un exitoso ejemplo de moderación a manos del tiempo. A laspocas semanas mi único objetivo era saber que eras mío, me sentía como cuando se tiene unapena pegada al cuerpo y de tanto convivir con ella terminas por quererla. Fue muy gratificanteque fueras mío frente a todas y especialmente frente a mamá. La pregunta normal de por quéno te dejaba, con tantas dudas que tuve, nunca quise contestármela y creo que igual te pasabaa ti. O tal vez no. Después hubo un cambio, sin duda, respecto a aquella primera tarde. Sucediósin apenas tener conciencia de cuantas cosas cambiaban y sin saber hacia dónde, salvo cuandome apetecía sentirte como una niña obediente. Por cierto, ¿cómo te enteraste que nuncahabía jugado con muñecas? ¿En brazos de quien vivías? Bastó que te dijera mamá que no megustaba, ¿no? Por entonces había pasado de sentirme violentada y el último mono de la casa,a saberme dueña y marcar por el simple hecho de vivir, no solo la dirección de aquel hogar, através de ti, también el ritmo de nuestra relación y hasta de la vida de mamá. Casi del mundo,pues. Sospecho que todo terminó así porque es lo natural. Al fin y al cabo tú lo quisiste.Alrededor de los catorce años, no sé si lo entendí bien, pero llegué a la convicción de que erami camino y me dije que valía la pena vivirlo como se me presentaba. No parecía muy decisivo,quizá, solo que todo tomaba un valor, distinto o no, y ya no me daba igual subir que bajar.Creía tener un norte. Uno de tantos. Ya ves, no he vuelto a saber nada, hasta hace poco,cuando me dijeron que nunca más sabrías de mi, de aquella tentación que me rondó determinar con todo. ¿Tú crees que huía y por eso me lancé al intento de suicidio con muchasganas y pocas luces? Lo que pienso que me confundió es que aquellas tentaciones me llegabancuando pasaban unos días sin saber de ti, y me disparaba la angustia verte deambular por lacasa. Imagino que lo entendí de forma retorcida, que fue un escondido pretexto quepretendía obtener la satisfacción de mirar desde lo alto de mi secreto a mamá y demostrarteque ya no era una cría. Era muy difícil adecuar mi nuevo ser al nuevo tiempo que se me abríade tu mano. Son detalles, por ejemplo, ojear los libros de tu mesa de trabajo. Me encantabaentrar a tu despacho y mirar y tocar lo que me apetecía, de entrar en tu mundo por aquellapuerta que solo de tarde en tarde y solo para limpiar, se atrevía mamá a franquear. Flirteé connumerosos filósofos alemanes que tú admirabas y me enamoré de algún francés, los únicos,creo, que saben algo serio de los griegos. Por aquel entonces, ambos tenían para mí estímulos 4
  5. 5. eróticos. En realidad todos vinieron a confirmarme lo que intuía. ¡Ah, la intuición¡ Siempre hesido más intuitiva que tú, tan ordenado y, desde luego, nada que ver con la lentitud y el ordenpropio de una excelente gourmet, como era mamá. Tuve durante casi un mes en mihabitación, escondido, El ser y el tiempo de Heidegger y cada vez que me lo pedías buscabacualquier pretexto para no devolvértelo, con la intención de que un día vinieses a buscarlo yestar a solas los dos. Una encerrona que no me salió bien durante muchos días. Pero mantuvela trampa puesta. Y caíste. ¿O caímos? ¿O caí? Semanas después, en plena canícula, viniste yestuvimos media tarde hablando de tonterías. Los dos estábamos al asedio y ninguno endefensa. Al final, por supuesto, ni nos acordamos del libro de Heidegger, y nos llevamos cadauno un susto, yo porque a punto estuviste de romper mi virginidad anal y me asusté, túcuando oíste las voces de mamá que, desde el comedor, nos convocaba a cenar. Yo no sabíamuy bien qué hacer ni qué esperar, tú me poseíste igual que un pobre hombre, prófugo delamor y condenado por quién sabe qué extraños dioses, puede que demasiado humano, y elreclamo urgente de mamá nos impidió cometer la tontería de la posterior reconsideración ylamento habitual en estos casos. No dimos opción a que la moral interviniese. Y yo ya sabíacuánto es el tiempo que se necesita para pensar o para reflexionar. Desde entonces, cuandohe estado por primera vez con un hombre lo he considerado como un trámite por el que teníaque pasar obligada... para después saber a qué atenerme. A veces he pensado que era paratener razones y huir. Contigo no hubo caso, tenía todo previsto desde que era niña. Eso creía,no sé. Visto desde ahora, creo que fue la necesidad patológica de sentirme deseada. Paraentonces pretendía saberlo, pero se me confirmó que el destino, que tú llamabas el cálculo deprobabilidades y que a mamá la llenaba de perplejidad, ha sido mi mejor aliado, mi mejoramigo. Nunca me ha dejado en brazos de la incertidumbre y siempre hemos caminadoacompasados él y yo. Me gustaba y me gusta manosear libros y, apenas empezaba alguno,tenía suficiente con leer el prólogo o la sinopsis del editor o crítico de turno, para saber lo quepodía interesarme en sus páginas interiores, en general muy poco, y perdía el interés pronto.De hecho, en la mayoría de casos, me limitaba a ojearlos. Me irrita tener que leer cien, odoscientas páginas, en el orden que al autor se le ha ocurrido, cuando, en el mejor de loscasos, a mí me interesan siete. Lo increíble era que, cuando discutía con alguien sobre unaobra, me daba cuenta que la otra persona no sabía mucho más que yo y fácilmente la hacíadudar con mis preguntas. Contigo no era distinto, tú y tus artes de intelectual, todo un señorcatedrático. Ya ves, una fachada más que solo sirve para que se me considere una mujer culta.Siempre, ahora lo sé, me sucede así; entiendo con rapidez lo que refuerza mis prejuicios, misintuiciones; supongo que de la misma forma que todos vemos, no lo que hay, sino lo que 5
  6. 6. queremos ver. Al menos contigo ha sido así. Tal vez por eso era que todo resultaba ser comoyo había previsto. Menos aquella primera vez que, desde hacia tiempo, me apetecíapresentarme desnuda delante de un hombre y, intrigada lo hice con el que pude y tenía amano, ¿fue casual?; delante de ti. Debió parecerte una situación muy inocente ya que seguistecon lo que estabas haciendo y a punto estuve de llorar por tu impasibilidad. Pero me rehíce yadopte la actitud que correspondía. Me sentí ofendida y despreciada y me juré a mi mismavengarme. No se me ocurrió mejor venganza que poseerte y dominarte. Juzgué que seríaporque era casi una adolescente, con la intención de no tomarlo en cuenta, aunque pudo másmi vanidad y la necesidad de salir del pequeño mundo que habíais construido para mí, tandelicado y racional, donde todo estaba en orden, todos los usos determinados y un pathos conbridas y cascabeles. Nunca se te ocurrió que mi exhibicionismo, nada tenía de erótico, queutilizase mi cuerpo de adolescente cual reclamo. ¿Qué podía exhibir, siendo adolescente, quedespertase los deseos de los hombres y la envidia de la mujeres, que no fuese mi cuerpo?¿Qué otros intereses podía tener yo? ¿Sabías de otra manera para manifestar en silencio quéquería ser? Estoy convencida que hubiese actuado igual si hubiera sido un chico. Después,mucho después, comprendí que la aparente impasibilidad tuya significaba exactamente locontrario de lo que querías aparentar. Sí, no fue normal, sobretodo porque quería estardesnuda frente a ti, que eras, en aquel momento, el mundo, mi mundo. En otras muchasocasiones, incluso estando vestida, pretendías hacerme enmudecer y sonrojar con tus bromasy con ellas fui descubriendo miradas tuyas cargadas de extraños sentimientos y deseosrevueltos y a interpretar los cuales me dediqué horas y horas, hasta conseguir interpretar,pero no sé si llegué a saber, qué deseos profundos encubrían. En alguna ocasión, cuando se locomentaba a mi amiga Martha, me decía que la realidad la veía así porque soy muy morbosa yque todo lo interpreto a mi manera. Martha, de adolescente, era portadora de esa estupidez yfascinación que todas tenemos. Pero lamentablemente, a partir de los dieciséis, cuando una delas dos cualidades se pierde y la otra toma cuerpo, ella perdió la fascinación. Y tú...tú nuncahablaste de mis cualidades, solo de mis pechos, de mis labios, de mi culo, de mis ojos. Porsupuesto que todo lo veo a mi manera. ¡Vaya descubrimiento¡ Como si hubiera otra manerade ver las cosas que a la manera de cada cual. Claro que Martha, si bien tenía dos años másque yo, no podía entenderme porque ella tenía un novio al que no amaba y con el quesatisfacía sus necesidades. Al contrario que yo. ¿Cómo hacérselo entender sin parecer yo unaniña y tú un loco? La dejé hacer y nunca más supo de nosotros. Mi venganza fue constante yun poco cruel. Lo reconozco. Tú me habías dicho, reiteradas veces además, que delante demamá no debía sentarme sobre tus piernas y a mí me encantaba cuando niña. Desde que 6
  7. 7. cumplí los diez años notaba que te ponías nervioso, mirabas a mamá pidiendo disculpas y nosabías cómo disimular y yo, con un divertido y turbulento cálculo, te besaba en cualquierparte. Lo hice de nuevo en varias ocasiones hasta que conseguí, como pretendía, que medijeras en voz alta, delante de mamá para que lo supiera, restregándoselo por la cara, que yano era una niña. Ahora reconozco que durante algún tiempo me vengué de ti casi con sadismoy en demasiadas ocasiones. Pero, ¿qué querías? así tomé conciencia de mi evolución hastallegar a ser hembra y de ti como el hermoso macho que eras. Un día capté en el ambientemucha tensión y comprendí que no debía forzarte todavía. Resultó fácil, fue suficiente abrazara mamá y besarle las mejillas. ¡Qué tontas somos! Meses después, a solas contigo, entre besoy beso, me lo recriminaste hasta la saciedad, hasta hacerme llorar. Para entonces yo sabía loque quería y además era el trato que, como tú habías asumido, no tenía necesidad de tenerque recordártelo. Nunca lo hice. Lo aceptaste como solías confirmar las cosas: negándolas conla cabeza. A poco de saberlo, o mejor dicho, de ser consciente o puede que de asumirlo,porque saberlo, lo sabemos las mujeres cuando nos desea un hombre, lo sabía desde mi niñez,bueno, tal vez no tanto. Liberada ya del nudo que me ahogaba cada vez que pensaba quepodía estar enamorada de ti sin corresponderme, me decidí y te pregunté, cuando meabrazaste, minutos antes de meternos en la cama por segunda vez, si lo que querías era hacerel amor (lo decíamos así, ¿no?) con tu hija, o preferías hacerlo con una mujer. Fue la últimainfantil barrera que, inconscientemente te puse, como tratando de advertirte de la diferencia,para mí definitoria, que se abría, según que escogieses un camino u otro, intuyendo queescogerías el que nos llevaba al mundo que me parecía maravilloso y al que daba paso aquellargo abrazo del que me solté al sentir tu masculinidad sobre mi estómago y tus manos sobremis nalgas. Mientras repetías, abriendo y cerrando los ojos, que no podía ser. Me parecíaincreíble y fascinante, hasta que comprendí que las palabras sirven para mentir. Creo quetodavía no tenía conciencia de que mi deseo por los hombres era inmenso y universal. Túhubieras dicho que deseaba al género masculino. De modo ancestral, entrañable y místico,diría yo. Me di cuenta más tarde. Probablemente demasiado tarde. Creo que desde que tengouso de razón me he sentido atraída por los juegos que rompían con lo que llamáis anomalías yperversiones, para saber la fuerza de cada norma. Solo con la muerte no quise jugar nunca.Tampoco me vino a la cabeza que hasta era posible que te alegraras. Sé muy bien que en otrotiempo, cuando eras otro, estuviste muy enamorado y aún la amabas casi tanto como a mí, omás, o diferente, no sé, la respetabas cuando no bebías. Mucho; más que yo, además. Nadietenía que jurármelo para estar convencida de ello. Sabía que era tan cierto porque yo tambiénte amaba, a pesar de que pareciese como una niña tonta. Nunca te he perdonado que 7
  8. 8. mientras fuimos amantes, nunca me hubieses acariciado el cabello como cuando era niña yhacía algo que querías premiar. Todavía hoy, te amo, para qué lo voy a negar, pero seríaincapaz hasta de besarte en la boca, cuando tan solo unos años atrás me perdía, besándotedesde los pies hasta tus ojos. Qué extrañas somos las mujeres. Y es que la vida, apenas tienevalor más allá de lo que hacemos, o al menos es lo que da valor a las cosas que hay. Creo quecontigo no ha sucedido, como en otros casos, que la pérdida de interés me envolvía conformese esfumaba el morbo y me aburría saber hasta el mínimo detalle. ¿Te imaginas, saber lo queiba a pasar durante una hora o toda una noche? Nunca he entendido por qué mamá, quesiempre te dominó, como hacen los débiles, nunca sacó provecho de su dominio. Tú creías queella hizo cuanto pudo para que yo la amase. Lo sé. Quizá, en el colmo de mi perversión, meolvidé muchas veces de que era hija de aquella bondadosa y enérgica mujer, que hizo por mítodo, con tan mala suerte que apenas se le notaba, envuelta con aquella frialdad distanciadoray pusilánime. Es probable que en su subconsciente yo fuese un motivo de desasosiego. Creoque nunca pudo digerir la traición de un extraño y rebelde espermatozoide que se metió pordonde no debía. Aquello, no su traición, la llenó de culpa para siempre. Lo cierto es que yo, talvez sin aparente motivo, a mamá, desde niña, le tenía miedo y puede que, sin quererlo, en másde una ocasión, odio. Y envidia también. Demasiada, visto desde hoy. Me parecía una mujerfría, torpe y triste. Puede que nunca haya sido objetiva con ella. Ahora mismo no recuerdocómo llegué a pensar que me deseabas igual que yo a ti. Lo cierto es que objetivamente podíasdesearme porque, pese a que fuera con timidez, muchas señas y guiños te había dado con midescarada inocencia, y presumo que las recibías ya que estabas experimentado por alumnasde tu cátedra. Ahora, no es que no los sienta con nadie, es que entiendo de donde salíanaquellos besos obscenos que como ventosas nos absorbían y con extraña urgencia trataban deencabalgarse, enrojecidos, deseantes. Creo que sería difícil saber quién de los dos empezó aconstruir aquel lazo que nos tuvo atados hasta que murió mamá. También comprendí que siun día me quedaba embarazada todo terminaría y perdería el control sobre ti. En realidad yonunca lo quise. Tú tenías pavor y no te aliviaba saber que tomaba precauciones. ¿Para qué?decías. En realidad me trataste como a un muchacho en la cama. Creo que fueron dos meseslos que tuve a Juan de novio y me acosté con él solo para demostrarte que no pasaba nada yque supieses que perdía mi virginidad sin quedarme embarazada. También, creo que fue eso,necesitaba saber cómo reaccionabas delante de una infidelidad. Desde que tuve uso de razón,he sentido la necesidad de saber el por qué de cada cosa. Ahora soy más pragmática, me bastacon saber el cómo y probablemente pronto ni eso, será suficiente con el para qué. El hecho esque cuando me dijiste que fuera con quien quisiera, que siempre sería tuya, me hiciste llorar. 8
  9. 9. No me desagradó tu arrogancia, pero porque no entendí la condena que pretendías descargarsobre mí. Ha sido suficiente que el tiempo pusiese a cada cosa en su lugar entonces, y ahora,de nuevo el tiempo reordene nuestro mundo y nos indique cómo debemos ser. No es, enabsoluto, que te deseara en exclusiva como hombre, aunque también, porque he de reconocerque todavía has sido el mejor en la cama. No fue eso; para mí era un gran placer conquistarte,enamorarte, en realidad podría decirse que te robé. Por eso ahora me siento sola,abandonada, sin tiempo para ser de nuevo. Sabía que me deseabas y te resistías a reconocerlo,hasta casi odiarme por no poder, me encantaba el juego, y una y otra vez sucumbías. Así pasasiempre en estos juegos, ganó la mujer y además me comporté como quien triunfa y tú comoderrotado. No, no creo que mamá fuese totalmente ignorante de mi propósito. Lo que sí fuecierto es que con ella muerta, no tenía ningún obstáculo serio para conseguir lo que quería.Puede que nunca lo hubiese pensado así tan en frío, y en alguna ocasión, por la forma demirarme, hubiera dicho que, sabedora de la poca vida que le quedaba, por su malditaenfermedad, prefería cualquier cosa antes de que una nueva mujer, extraña a nosotros tres,entrase en su casa y en nuestra vida de tu mano. Y cualquier cosa era cualquier cosa,incluyendo que yo la sustituyese como mujer de la casa, lo cual sabes que nunca lo hepretendido. Me aburría, incluso llegué a odiarla. Sobre todo porque las dos sabíamos deljuego, ella del mío contigo, y yo de que ella lo sabía y me dejaba. No, la verdad es que no,mamá nunca había sido un obstáculo, en realidad tu pensabas que nuestras relaciones, pormucho que las deseásemos y en contra de mi parecer, no podían ser antes de los dieciséis odiecisiete. Y de nuevo te equivocaste. Y es que por entonces, creo que tú, tan formal, poníasde relieve la parte convencional de cada hecho que, si bien aporta rigor a lo que decimos ohacemos, a la vez nos aleja del placer que la ocasión genera. Como todo lo viejo, te cogías cadavez con más fuerza al cuerpo de las normas. Qué curioso, nunca confiabas en mí, sin embargoterminabas por hacer lo que yo decía, claro que a regañadientes, sin frescura. Cierto que hastapoco después de tu marcha, me dejaba embaucar por el placer sin precio y el deseo sin norma,que era sensual, fresca, inocente y naturalmente malvada, que nunca encontraba los límites demi ser en el tiempo, un tiempo que tú y tu gente habíais diseñado en largas tertulias nocturnaspara intentar orientar vibrantes asambleas mediocres y libertarias, adocenadas como unagavilla de espigas de cascarilla. No sé si fue por lo extraordinario de la situación, peroreconozco que, en aquel momento, delante de mamá muerta, no solo compartía tu pena, sinoque llegué a pensar que era más fuerte mi cariño por ella que mi deseo por ti. Sin embargocuando miraba atrás y trataba de reflexionar sobre la situación que entre los tres habíamoscreado, pretendiendo ubicar mis sentimientos y deseos, la conclusión a la que llegaba era la 9
  10. 10. misma, la única, creo: compatibilizar, dar tiempo al tiempo. ¿A que nunca llegaste a pensarque pudiera ser una persona de consenso, negociadora y transigente? Tampoco yo, y mesentía extraña a mí misma. Ya sé que día a día lo desmentía mi comportamiento. Comotambién pude detectar que en algunas ocasiones, cuando exteriorizaba mi cariño por ti, tansolo envuelto en gestos filiales, mamá, tan poco intuitiva, reaccionaba desde el egoísmo deuna mujer temerosa de ser desplazada por su hija y, otras muchas veces, desde el miedo a lasoledad, ella que siempre estuvo sola, incluso cuando, siendo niña yo, dormíamos los tresjuntos. No pretendo ser más cruel que la vida, para qué, aunque no es baladí llegar a laconclusión y añadir al trasfondo de su actitud, el hecho fundamental para la mayoría demujeres, tan traicionero, instintivo y animal, como el miedo de sentirse desplazada por otramujer. Mamá era tan ciega que nunca me consideró totalmente una hija. Su cariño hacia mí,tenía un inconfeso déficit: el de ser una hija deseada. Tú nunca has creído, por la excesivasimplicidad que, igual que la mayoría de hombres cuando se enfrentan a una mujer, te cegaba,que fuese ella quien me empujó hacia ti. Ella, que se atrevió a leer a Vargas Llosa porque teníauna mirada arrogante de putero venido a menos. Si lo hubieras sabido, tal vez hubieses tenidomenos remordimiento y habría sido factible que te preguntases el por qué. Tenía que pasar loque pasó, de lo contrario yo parecería una muchacha adocenada y pusilánime. ¿Qué podíahacer yo, si con un leve roce me abrasaba por dentro, si cerraba los ojos y el mundo seachicaba hasta caber en tus ingles? Ni uno solo de los caminos que conocía entonces, dejé depasearlos y todos me llevaban a ti. Quién sabe, quizá es lo que tú querías. Quizá si hubiéramostenido hijos, los hechos habrían sucedido de otra manera. Yo estaba suficientemente loca y lohubiera aceptado, sin que mamá se me hubiera confesado todavía. Qué más da ahora. Sientoque era más fuerte que yo. No podía doblegarme sin dejar de ser, mi tiempo no me lopermitía. Y aún me rebelo contra el rol que algunos quieren que juegue. No tengo razones depeso, quiero decir, razones convincentes para la mayoría de la gente, pero es que desde losdoce años me han producido sentimientos de indecencia y obscenidad las intimidades que seestablecen entre las mujeres, casi desde niñas. La promiscuidad que se produce en cualquierconversación entre mujeres me repele hasta el extremo de que, tanto cuando iba a jugar altenis, como en clase de gimnasia en el instituto, sudada y mojada, me cubría con el chándalhasta casa y allí me duchaba y vestía. Recelo que por eso todavía hoy me produce repelús elcuerpo desnudo de otras mujeres. No tengo claro por qué, me gustaría saberlo, pero el hechoes que no solo creo que tengo mi sexualidad bien definida sino que cualquier confusión meproduce náuseas. Ahora, mirando igual que un entomólogo mira a los bichos, me parece quees un error, la vida nunca es en blanco y negro, pero prefiero tomarme así a perderme 10
  11. 11. pensando por qué. En aquellos días tú estabas, por cuestiones de trabajo, dando unos cursosen Santander y venías a casa muy de tarde en tarde y yo estaba de exámenes. Con loshombres, tuve que esforzarme para que los sentimientos no pudieran parecer los mismos, yme sucedía en la adolescencia, en ocasiones. Fue el misterio y el morbo de descubrir alhombre desnudo, al macho, según dice Martha, al otro, y saberme deseada por ellos, a pesarde aquel cuerpecito tan indefinido y bobo que en apariencia aún tenía, que no solo aliviaba mimalestar, sino que me producía un sentimiento agridulce, contradictorio entre la timidez y elansia, sin embargo, eso sí, siempre me comportaba como una chica vergonzosa.Probablemente, se me ocurre ahora, porque había observado que esa actitud de vergüenza ydescontrol insinuante, hacía que aumentasen sus sonrisas y zalamerías llegando, en algunoscasos, a sonrojarme, y me daba cuenta que aumentaba su interés y su deseo por mí. Estimoque son cosas del género. Tomé conciencia de que, decir que no con mis gestos e insinuar quesí con mis ojos, resultaba atractivo. Me sentía aceptada, querida y deseada. Y me encanta. Yasabes lo vanidosa que he sido siempre. Esa doble y simultánea actitud me la enseñé contigo.Al principio tenía que dejar la puerta entreabierta por si necesitaba salir, amenazar, más aún,tener margen para enfadarme contigo y confundirte más. Sé que cuando te miraba con esamezcla perversa de patetismo y abandono y el calculado deseo que dejaba traslucir, losnervios recorrían todo tu cuerpo y en ocasiones una inoportuna erección te traicionabateniendo que abandonar, dondequiera que estuviésemos. Te aseguro que entonces no eraconsciente de lo mucho que sufrías, que te hacía sufrir yo. Por eso intuyo que te salvarás de losinfiernos, porque has sido un hombre sensible y tu único defecto era desear ser querido ysubías o bajabas, según el cangilón de la noria al que te empujaban las circunstancias y tuequivocada idea sobre el tiempo. Recuerdo la primera vez que tuve la menstruación, la escasapreocupación que me dio, quizá porque la esperaba incluso con ansia y cómo te aturrullaste,balbuceando y sin saber qué hacer. Sucedió dos días antes de decírselo a mamá, te abracémientras te besaba en la mejilla y te murmuré, como si fuera un extraordinario secreto quenos afectaba por igual a los dos: he tenido la menstruación. Estuvimos un buen rato abrazados,acariciándonos, tú paternalmente, mientras que yo, besándote la cara y colgada de tu cuello,te dije, con todo el misterio que pude recargar sobre la frase: ya soy una mujer. No recuerdobien si fue la primera vez, pero noté tu masculinidad sobre mi ombligo y me quedé traspuesta,asustada y contenta a la vez, como si un mundo nuevo, fantástico y maravilloso se abriese antemí y muy asustada, hubiese encontrado la manera de descubrirlo, al mismo tiempo quehubiera encontrado la mano que me guiaría por tan deseado y desconocido mundo. ¿Cómo seme podía ocurrir todo aquello a los doce años? Me preguntaste si se lo había dicho a mamá y 11
  12. 12. cuando te dije que no, me quisiste tranquilizar, elevando tu rango, en una actitud heróica ydiciéndome que tú se lo comunicarías. Una extraña alarma me aconsejó que debiera ser yo yte dije que no, que eso era cosa mía. Tú no habías entendido nada y tuve que insistir: no tepreocupes, solo quería que lo supieses. A los pocos días, cuando se lo dije a mamá, me parecióque ya lo sabía. Se lo habías dicho. Desde aquel día empezó una obsesión discreta ypormenorizada sobre mi persona y mis comportamientos. Eran días de mirarme y remirarmeen el espejo y extrañarme de mis reacciones. Aquella actitud tuya de ser cómplice mío, y almismo tiempo ser incapaz de mantener un secreto hacia mi mamá, me preocupó, me sirviópara descubrir una relación con ella por tu parte, de sumisión, demasiado servicial, humillante,sobre todo para mí. Me dio a entender, y me molestó, cual era la relación que manteníais.Supe que no iba a ser fácil ganar la batalla, tenía que ser mucho más tajante y sibilina contigoporque tú nunca tratarías de decidir, solo te dejarías conquistar. Así fue. Curiosamente estenuevo sentimiento mío reforzó mi ansiedad por separarte de ella, y aunque arrecié el asediocon todas las armas a mi alcance, añadió un nuevo sentimiento de compasión y deseo hacia ti.No te merecías un trato de respeto y me dio la pauta de mis futuras relaciones. ¿Pero quésabía yo, si apenas conocía las armas de que disponía? No encontré otra manera de intentardominarte que saber de tus debilidades más oscuras e inconfesables cuyo centro neurálgicoera yo. Tus regañinas no me extrañaron. No hacía falta que me dijeses qué estaba bien y quémal. Sabía que mi comportamiento era propio de una adolescente virgen, inocente y perversahasta casi la obscenidad. Incluso cuando trataba temas serios de mis estudios, lo hacía condescaro, como si estuviera hablando de lencería fina con una amiga íntima. Serené misarranques incontrolados de orgullo y maldad, decidí quitarla del medio, por su bien, pues no temerecía. Nada me importó lo que pensase ella y planeé, creo que por primera vez en mi vida,una estrategia y conseguí establecer ese bonito juego, cuando una es el sujeto, de alternarcariño y desplantes, como si no estuviese enamorada, o mejor, dudosa y deseante. Duró bienpoco. Cierto que en algunos momentos de debilidad, llegué a pensar que era mejorcompartirte. Esto es lo que me recomendaba una y otra vez el sentido común. Para llegar adonde quería, el tiempo tenía que intervenir, dejarlo hacer. Me diste la oportunidad de saberhasta dónde estabas dispuesto, tiempo después, al amanecer de aquel domingo que pasamosen la casona, cuando entre lágrima y beso te ofrecí la alternativa de, o ella o yo. Tres veces melo tuviste que jurar y consentí como premio, solo entonces, que disfrutases del primer griegoque me hiciste, ocultando el placer y exagerando el dolor, y dejarte llorar después un buenrato sobre mi espalda. Desfallecida y hambrienta tuve que ladearme para poder sobrevivir,respirar y me dormí. Cuando me despertaste y ofreciste el desayuno supe que había ganado y 12
  13. 13. me entró la nostalgia mezclada de asombro, de la noche que terminaba. Para entonces mamáya estaba malita y el ofrecimiento de mi juventud, que no mi experiencia, te llevó a un cálculofrío que evaluó tu tiempo y tu ser menguando a la puerta de un mundo abierto y unasfantasías al galope, sin más freno que la experiencia del jinete que las montase. Y yo, ególatray triunfante, estaba envuelta en un juego loco que no admitía ni un solo paso en direccióncontraria a mi capricho ciego. Tan fuera de mí estaba que llegaste a darme pena en algunasocasiones, casi siempre que pensaba en ello. Tu soledad era estremecedora. Los dos losabíamos. Solo descansabas cuando cerrabas los ojos y te perdías a mi lado, como si yo fueraun inmenso mar donde te hundías tragado por las olas de mi cuerpo. Miedoso de gritar almundo que me amabas, incapaz de buscar una puta para tranquilizarte y alguien que tecomprendiera, torpe para abrirte al corazón de nadie, tan comprensivo en apariencia, tandispuesto a aceptar que quizá era el otro quien tenía razón, por miedo. En eso, qué poco teparecías a mí. Entonces, digo. Ahora, a veces, también me siento sola, sola de mí, que es laúnica soledad que no resisto, que me duele. Alguna vez te confesé lo bien que me llevabaconmigo misma, lo bien que me acompañaba. Solo tú tenías llave de mi mundo, cerrado a cal ycanto para el otro mundo, el de todos vosotros. Ahora es distinto, no me encuentro, más quesola estoy vacía. Tampoco me parecía yo a mamá, afortunadamente, claro. ¿Cómo pudisteenamorarte de una mujer así? No podía entenderlo. Pero más allá de la literatura y larecreación que todos, cuando buscamos en el pasado, añadimos, entre otras cosas para cubrirlos vacíos que la memoria deja, yo la quería y me lo pasé muy mal cuando murió y nos dejósolos. Lo bien cierto es que su ausencia y la soledad que se instaló en la casa, en más de unaocasión me llevó a reflexionar sobre lo que me parecía tener resuelto y estaba confuso, muchomás de lo que me creía. Me refiero a cómo cortar y separar un mismo sentimiento que tienetantas caras y personajes. De hecho, hay quienes distinguen varios tipos de amor: amor-pasión, amor-gusto, amor-físico y amor de vanidad, todos ellos dominados, encorsetados y enel estrecho callejón del genérico amor macho-hembra. Me temo que cuando este elemental yprimario instinto se mezcla con las múltiples variantes que la civilización ha puesto en práctica,el número debe ser casi tan infinito o más que las estrellas del universo. No sé, pero creo queno trato de justificar lo que para mí está más que justificado. Yo diría que eras incapaz desentirte bien en una relación amorosa si no estás subyugado a la mujer. Este es, me parece, elpunto de enganche que fallaba entre mamá y tú. También hubiera fallado conmigo, aunque hesido más flexible y zalamera, o caprichosa. Siempre he creído que tú desde el fondo de tu serhas deseado ser de alguien, saberte hombre en tanto y cuanto servías a una mujer. En todosestos años nunca supe aprovechar esta actitud tuya, que no era propiamente servil. No, no es 13
  14. 14. eso, eras demasiado sensible y orgulloso para serlo con conciencia. Mandar sugiriendo nuncafue un atributo de mamá. Ella te manipulaba a su antojo y te tenía sujeto, pero era a voces ycon malas caras, le faltaba la zalamería que abría hecho que te sintieras feliz y dominado. Y telo hacía saber. Y siempre mostrando sus rígidos principios morales. Recuerdo aquellaNochebuena, tan absurda y comercial como todas, cuya permisividad os llevó a emborracharosen cuanto dieron las doce. Toda la alharaca religiosa que tenía montada mamá se cayó y fuesuficiente para perder definitivamente el respeto que aún tenía por los adultos. Fue suficientepara entender que mis valores, vicios y criterios, valían tanto como los vuestros. Tú llegaste aentender por qué a mí me satisface un amor sometido y rebelde. Desde entonces, las cosasseguían siendo buenas o malas, pero no según vuestros criterios. Intuyo que lo mío es máscomplejo porque mi deseo de poseer es desde la libertad del amante, lo contrario sería pocoplacentero y no se daría ese coctel perverso que mueve a servir alegre. Recuerdo bien cómo, alprincipio de nuestros primeros encuentros amorosos, me asustaba todo cuanto me proponíasy se alejaba de lo habitual; justamente eso me deslumbró y me hizo comprender que eras, sinduda, el mejor amante que podía encontrar para sacar de mí todos los impulsos y placeres quemi cuerpo escondía. Por entonces quería conocerme, tantas ideas y cosas nuevas que meamenazaban con ahogarme y tú fuiste el guía perfecto. No recuerdo que nunca me dijeras queme amabas, ni menos aún que me deseabas, solo estabas atento a deslumbrarme yconfabularte con el placer para, entre los dos, doblegarme de manera casi enfermiza a cuantasocurrencias te asaltaban. Te traté como lo que has sido, un niño grandote vestido de señor yyo tu juguete preferido. Lo supe desde niña y no me equivoqué viendo en mi corazón latrabada ligazón que ibas estableciendo con tu víctima preferida, tu niña deseada. Desde quecumplí los veinte años ya poco podía descubrir en ti que no supiese y tampoco tú en mi cuerpoy mis deseos. Desde entonces, fue nuestra relación un pulso entre dos amores, alternando lapasión y la estrategia de los dos, casi nunca coincidente y en algunos casos, pocos,amenazante. Yo al menos llegué hasta el absurdo de sentirme aprisionada por tu ausencia másque por tus abrazos, caricias, fantasías y antojos que de tantos prejuicios me liberaron. Siendotu dueña, porque lo fui, me entregué hasta la extenuación para serlo como tú querías. Nuncate agradeceré suficiente haberme liberado de la vergüenza, del miedo, del absurdo, de esarelación conflictiva que es siempre la relación con los demás, en especial de aquellos a quienesamamos. Tú me enseñaste a volar, a ser yo de acuerdo con mi tiempo. Era la forma que teníade dominarte, mirarte desde lo alto. Más allá de ti y de mamá, con sus cuidados y absurdosconsejos, tú, hombre, me hiciste sentir mi individualidad frente a las otras mujeres y hombresy al mundo; aprendí a apreciar lo fundamental y distinguirlo de lo accesorio. Todavía tiemblo 14
  15. 15. cuando me viene a la memoria, aquella primavera en Belgrado, la primera vez que, con unvestido negro de noche, deslumbrante y más radiante que una diosa, eso dijiste, en aquelrestaurante colgado sobre el Danubio, me sacaste a bailar y me obsequiaste con una rosa roja.Qué elegante estabas y qué celosa me puse con aquellas mujeres, serbias parecían, rubias,maduras y agresivas, que cenaban en una mesa cercana. Me sentí obligada a descubrirlesnuestro amor, ellas que solo adivinaron nuestro parentesco y te sonrieron tantas veces. Nopude ver su cara cuando, al volver del servicio, te besé en la boca y me entretuve un instantemordiendo tus labios. Las hubiera estrangulado. Fui tan feliz que casi me dormí sobre tuhombro, oyendo las canciones balcánicas que aquella muchacha, acompañada por dos guzlas yuna pandereta, nos dedicó sonriéndonos con su cara morena, aquellos inmensos ojos grandesy rasgados y el cabello negro y ensortijado que cubría su espalda mientras movía las caderasde una manera impúdica y evocadora. Sí, no solo tú estabas disfrutando de aquel viaje que meregalaste al cumplir los veinte años. También yo, y por más que nunca te lo dije, prometíquererte, delante de aquel extraño icono en la iglesia ortodoxa de Petra. De regreso al hotel tebesé, mimosa y zalamera, bajo la torre Nebojsa Kula, como a un bebe, lo que para mí has sido,un bebé travieso cuyo cuerpo maduro me ha llevado, alternativamente del infierno al paraíso yviceversa. Aquella noche, en el hotel, intenté imitar a la zíngara sin conseguirlo y tú creísteobligarme a tantas cosas. Fue, sin duda, el viaje más feliz. Deduzco que el viaje de novios debeser algo así. Todo cuanto insinuaba te faltaba el aire para conseguírmelo. Me sentí, comonunca, una niña consentida y adorada. Me sentí obligada a portarme contigo como sabía quedeseabas. Creo que fuiste sincero cuando me dijiste que nunca con nadie habías sido tan feliz.No se me olvidó que, durante más de un mes, me tuviste trastornada, como en una noria,vacilándome respecto a si íbamos o no de viaje. Hasta que un día me enfadé y te di elultimátum. Quisiste, como tantas veces, aprovecharte. Te vi venir y después de asegurarme elsí conseguí contentarte con una simple felación y alegar que se me hacía tarde para una clasede antropología. Ahora que te has quedado solo, perdido como estás en las sombras, sin elmás mínimo enganche con tu pasado o presente, con el tiempo parado y envuelto por la nada,que ha muerto tu mujer y mi mamá, siento la incomprensible necesidad de ser tu hija, dequererte a distancia y de manera distinta y desde luego, quiero que sepas que no te buscaréen brazos de otro hombre. Al contrario. Desde que me fui de casa, odio el sexo, egoísta y capazde sacrificar cualquier cosa, aunque se presente recubierto de amor, con tal de apurar los díasque le queden. Sigo despreciando a las mujeres, y los hombres solo me interesan si son comoniños. Como tú, que siempre fuiste un niño. Y necesito aprender todo de nuevo. Y estoyrodeada por la duda, temerosa de dar un paso en cualquier sentido. Para qué decirte que 15
  16. 16. aquella tarde, cuando me cogiste del brazo y sin decirme nada, sollozando me llevaste hacia lacama de mamá recién muerta y me abrazaste yo ya sabía la verdad. Una verdad que si te lahubiera contado puede que te aliviaría una pena aunque te abriría otra, no sé si mayor.Porque, ¿sabes?, tú sigues siendo muy machista. No viene a cuento, pero se me quedógrabada la escena, en la fiesta del arzobispado, el salón lleno de empresarios, artistas,políticos, intelectuales, y unas pocas mujeres, eso sí, muy hermosas y retocadas, y tancontento me susurraste al oído: qué sería de estas fiestas sin la belleza de las mujeres. ¿Quépuedo hacer, papá? A fin de cuentas, la mamá ha muerto y hace años que apenas nos vemos,tu hundiéndote en tu soledad hasta quedarte tan solo que hasta tus recuerdos te hanabandonado, ni me reconoces, y yo corroída por la duda de no saber qué hacer, vegetando enespera de no sé qué. Quiero decir que en alguna ocasión, con extrañeza por mi parte,sorprendí extrañas miradas suyas que todavía entonces no sabía traducir a su verdaderosignificado. No sé si por no entender muy bien qué pensaba cuando me miraba así, o porquesin saberlo lo intuía y me quería engañar a mí misma, el hecho es que me turbaba y me dabavergüenza que en el fondo, muy allá en el fondo, claro, me hiciese sentirme bien. Lo cierto esque mamá no murió. Fue despidiéndose, deslizándose poco a poco del ser a la nada,llevándose su tiempo y dejando detalles esparcidos, tal vez con la intención de que nunca laolvidásemos, como así ha sucedido. Hasta en eso fue una mujer discreta, de trato suave y defuertes creencias que nunca entendí, inamovibles. Hasta el final, guardó intactas susconvicciones, su severidad moral, su incapacidad para llorar delante de nadie y sin perdonarsela infidelidad que hizo que naciera yo. Tantos años después, seguía sin perdonarse habertenido una hija del pecado, de un hombre que amó con locura, para el que ella fue unaaventura, y así vivió, con el engaño instalado frente a ti y frente al mundo. Intuyo que si un díate enterases, a ti te resultaría aberrante que, con tal de no confesar en público su pecado,prefirió consentir el nuestro. El nuestro según tú pensaste, porque ella murió con la convicciónde una verdad que no era más que un castigo equilibrado: Su esposo le era infiel con unajoven, hija suya y de un aventurero putero y olvidado. Si no hubiese sido tan retorcidamentesanta, su despedida tenía que haber sido la bendición de nuestro amor. Pero ya ves, creo quelo que hizo fue maldecirnos y consiguió que a la semana tú te fueras y durante estos años hasestado huido, hasta que te ingresaron en esta residencia, olvidado de todos, hasta de ti mismo.¿Qué verdad te hubiera hecho más feliz, saber que fuiste cornudo y lo nuestro no fue incesto,o saber que mamá te fue fiel y cometimos incesto? Qué más da, ¿no? En fin, querido papá,como ves, todos los recuerdos son demasiado viejos. Y a mí, ¿cómo me ves a mí, papá? Lo quetengo claro es que con mi felicidad llego mi culpa. Ahora, con treinta y seis años, me consuelo 16
  17. 17. sabiendo que mucha gente encuentra la felicidad, su ser, por caminos tortuosos, inesperados ymaldecidos por otros muchos. Tú me la prometiste, pero solo será si yo la encuentro. En fin...Ninguno de los dos somos el ser que fuimos y este hoy es un tiempo que nada tiene que vercon el nuestro. No sé en qué orden, pero así es. Volveré dentro de un mes, si sigues vivo 17

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