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La muerte un amanecer

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  • 1. LA MUERTE: UN AMANECER- Elísabeth Kübler-RossPublicado el Abril 7, 2007 por Augusto http://millenio.wordpress.com/2007/04/14/la-muerte-un-amanecer-elisabeth-kubler-ross-2/Capitulo IVivir y morir Hay mucha gente que dice: «La doctora Ross ha vistodemasiados moribundos. Ahora empieza a volverse rara». Laopinión que las personas tienen de ti es un problema suyono tuyo. Saber esto es muy importante. Si tenéis buenaconciencia y hacéis vuestro trabajo con amor, se osdenigrará, se os hará la vida imposible y diez años mástarde os darán dieciocho títulos de doctor honoris causapor ese mismo trabajo. Así transcurre ahora mi vida.Cuando ocurre que se ha pasado largo tiempo, durantemuchos años, sentada junto a la cama de niños y ancianosque mueren, cuando se les escucha de verdad, uno percibeque ellos saben que la muerte está próxima. Súbitamentealguno se des-pide, dice adiós, mientras que en ese momentouno está lejos de pensar que la muerte podría intervenir tanpronto. Si se aceptan esas declaraciones, si se permanecejunto al moribundo, se comprobará que la comunicacióncontinúa y el enfermo expresa lo que desea hacer saber.Después de su muerte, se experimenta el emocionado senti-miento de ser quizá la única persona que ha atendido conla debida seriedad sus palabras.Hemos estudiado veinte milcasos, a través del mundo entero, de personas que habíansido declaradas clínicamente muertas y que fueron llamadasde nuevo a la vida. Algunas se despertaron naturalmente,otras sólo después de una reanimación.Quisiera explicarosmuy someramente lo que cada ser humano va a vivir en elmomento de su muerte. Esta experiencia es general,independiente del hecho de que se sea aborigen deAustralia, hindú, musulmán, creyente o ateo. Es indepen-diente también de la edad o del nivel socioeconómico,puesto que se trata de un acontecimiento puramentehumano, de la misma manera que lo es el proceso natural deun nacimiento.La experiencia de la muerte es casi idénticaa la del nacimiento. Es un nacimiento a otra existencia quepuede ser probada de manera muy sencilla. Durante dos milaños se ha invitado a la gente a
  • 2. «creer» en las cosas del más allá. Para mí esto no es unasunto más de creencias sino un asunto del conocimiento. Osdiré con gusto cómo se obtiene ese conocimiento siempre quequeráis saberlo. Pero el no querer saberlo no tieneninguna importancia porque cuando hayáis muerto lo sabréisde todas maneras, y yo estaré allí y me alegraré muy parti-cularmente por los que hoy dicen: «Ay, la pobre doctoraRoss».En el momento de la muerte hay tres etapas. Con ellenguaje que utilizo en el caso de los niños moribundos demuy corta edad (por ejemplo el que empleo en la cartaDougy), digo que la muerte física del hombre es idéntica alabandono del capullo de seda por la mariposa. La observaciónque hacemos es que el capullo de seda y su larva puedencompararse con el cuerpo humano. Un cuerpo humanotransitorio. De todos modos, no son idénticos a vosotros.Son, digámoslo así, como una casa ocupada de modoprovisional. Morir significa, simplemente, mudarse a unacasa más bella, hablando simbólicamente, sesobreentiende.Desde el momento en que el capullo de sedase deteriora irreversiblemente, ya sea como consecuenciade un suicidio, de homicidio, infarto o enfermedadescrónicas (no importa la forma), va a liberar a la mariposa,es decir, a vuestra alma. En esta segunda etapa, cuandovuestra mariposa —siempre en lenguaje simbólico— haabandonado su cuerpo, vosotros viviréis importantesacontecimientos que es útil que conozcáis anticipadamentepara no sentiros jamás atemorizados frente a la muerte.Enla segunda etapa estaréis provistos de energía psíquica,así como en la primera lo estuvisteis de energía física. Enesta última vosotros tenéis necesidad de un cerebro quefuncione, es decir de una conciencia despierta para podercomunicar con los demás. Desde el momento en que estecerebro —este capullo de seda— tarde o temprano presentedaños importantes, la conciencia dejará de estar alerta,apagándose. Desde el instante en que ésta falte, cuando elcapullo de seda esté deteriorado al extremo de que vosotrosya no podáis respirar y que vuestras pulsaciones cardíacasy ondas cerebrales no admitan más mediciones, la mariposase encontrará fuera del capullo que la contenía. Esto nosignifica que ya se esté muerto, sino que el capullo de sedaha dejado de cumplir sus funciones. Al liberarse de esecapullo de seda, se llega a la segunda etapa, la de laenergía psíquica. La energía física y la energía psíquicason las dos únicas energías que al hombre le es posiblemanipular.El mayor regalo que Dios haya hecho a los hom-breses el del libre albedrío. Y de todos los seres vivientes el
  • 3. único que goza de este libre albedrío es el hombre. Vosotrostenéis, por tanto, la posibilidad de elegir la forma deutilizar esas energías, sea de modo positivo onegativo.Desde el momento en que sois una mariposa li-berada, es decir, desde que vuestra alma abandona elcuerpo, advertiréis enseguida que estáis dotados decapacidad para ver todo lo que ocurre en el lugar de lamuerte, en la habitación del enfermo, en el lugar delaccidente o allí donde hayáis dejado vuestro cuerpo.Estosacontecimientos no se perciben ya con la conciencia mortal,sino con una nueva percepción. Todo se graba en el momentoen que no se registra ya tensión arterial, ni pulso, nirespiración; algunas veces incluso en ausencia de ondascerebrales. Entonces sabréis exactamente lo que cada unodiga y piense y la forma en que se comporte. Despuéspodréis explicar con precisión cómo sacaron el cuerpo delcoche accidentado con tres sopletes. También ha habidopersonas que incluso nos han precisado el número de lamatrícula del coche que los atropello y continuó su rutasin detenerse. No se puede explicar científicamente quealguien que ya no presenta ondas cerebrales pueda leer unamatrícula. Los sabios deben ser humildes. Debe-mos aceptarcon humildad que haya millones de cosas que no.entendemos todavía, pero esto no quiere decir que sólo porel hecho de no comprenderlas no existan o no seanrealidades.Si yo utilizara en este momento un silbato de pe-rros, vosotros no podríais oírlo, y sin embargo todos losperros lo oirían. La razón es que el oído humano no estáconcebido para la percepción de estas altas frecuencias.De la misma manera, no podemos percibir el alma que haabandonado el cuerpo, aunque ésta pueda todavía grabar laslongitudes de ondas terrestres para comprender lo queocurre en el lugar del accidente o en otro lugar.Mucha genteabandona su cuerpo en el transcurso de una intervenciónquirúrgica y observa, efectivamente, dicha intervención.Todos los médicos y enfermeras deben tener conciencia deeste hecho. Eso quiere decir que en la proximidad de unapersona inconsciente no se debe hablar más que de cosasque esta persona pueda escuchar, sea cual fuere su estado.Es triste lo que a veces se dice en presencia de enfermosinconscientes, cuando éstos pueden oírlo todo.También esnecesario que sepáis que si os acercáis al lecho de vuestropadre o madre moribundos, aunque estén ya en comaprofundo, os oyen todo lo que les decís, y en ningún caso estarde paraexpresar «lo siento», «te amo», u alguna otra cosaque queráis decirles. Nunca es demasiado tarde parapronunciar estas palabras, aunque sea después de la muerte,
  • 4. ya que las personas fallecidas siguen oyendo. Incluso en esemismo momento podéis arreglar «asuntos pendientes», aunqueéstos se remonten a diez o veinte anos atrás. Podréisliberaros de vuestra culpabilidad para poder volver a vivirvosotros mismos.En esta segunda etapa, «el muerto» —sipuedo expresarme así— se dará cuenta también de que él seencuentra intacto nuevamente. Los ciegos pueden ver, lossordos o los mudos oyen y hablan otra vez. Una de misenfermas que tenía esclerosis en placas, dificultades parahablar, y que sólo podía desplazarse utilizando una sillade ruedas, lo primero que me dijo al volver de unaexperiencia en el umbral de la muerte fue: «Doctora Ross,¡yo podía bailar de nuevo!», y son miles los que estando hoyen sillas de ruedas, podrían al fin bailar otra vez, aunquecuando vuelvan a su cuerpo físico se encontrarán,evidentemente, otra vez en su viejo cuerpo enfermo.Podréiscomprender, pues, que esta experiencia extracorporal es unacontecimiento maravilloso, que nos hace sentirnosfelices.Las niñas que a consecuencia de una quimiote-rapiahan perdido el pelo, me dicen después de una experienciasemejante: «Tenía de nuevo mis rizos». Las mujeres que hanpadecido la extirpación de un seno, recobran su habitualnormalidad. Todos están intactos de nuevo. Sonperfectos.Mis colegas escépticos son muy numerosos y dicen:«Se trata de una proyección del deseo». En el cincuenta yuno por ciento de todos mis casos se trata de muertesrepentinas y no creo que nadie vaya a su trabajo soñandoque seguirá disponiendo de sus dos piernas para atravesaruna calle. Y de pronto, después de un accidente grave, veen la calle una pierna separada de su cuerpo, sintiéndosesin embargo en posesión de dos piernas.Todo esto,evidentemente, no es una prueba para un escéptico, y conel fin de tranquilizarlos hemos realizado un proyecto deinvestigación imponiéndonos como condición el no tomar encuenta más que a los ciegos que no habían tenido ni siquierapercepción luminosa desde diez años antes, por lo menos. Yestos ciegos, que tuvieron una experiencia extracorporal yvolvieron, pueden decirnos con detalle los colores y lasjoyas que llevaban los que los rodeaban en aquel momento,así como el detalle del dibujo de sus jerséis o corbatas. Esobvio que ahí no podía tratarse de visiones.Podríaistambién interpretar muy bien estos he-chos si la respuestano os diera miedo. Pero si os da miedo, seréis como esosescépticos que me han dicho que estas experienciasextracorporales serían el resultado de una falta deoxígeno. Pues bien, si aquí se tratara solamente de esacarencia de oxígeno, yo se la recetaría a todos mis ciegos.
  • 5. ¿Comprendéis? Si alguien no quiere admitir un hecho,encuentra mil argumentos para negarlo. Esto, de nuevo, essu problema. No intentéis convertir a los demás. En elinstante mismo en que mueran, lo sabrán de todas maneras.Enesta segunda etapa os dais cuenta también de que nadiepuede morir solo. Cuando se abandona el cuerpo se encuentraen una existencia en la cual el tiempo ya no cuenta, osimplemente ya no hay más tiempo, del mismo modo en quetampoco podría hablarse de espacio y de distancia tal comolos entendemos, puesto que en ese caso se trata de nocionesterrenales. Por ejemplo, si un joven norteamericano muereen Vietnam y piensa en su madre que reside en Washington, lafuerza de su pensamiento atraviesa esos miles de kilómetrosy se encuentra instantáneamente junto a su madre. En estasegunda etapa ha dejado de existir, pues, la distancia. Sonmuchos los seres vivientes que han experimentado talfenómeno, que se manifestaba de improviso cuando ellostomaban conciencia de que alguien que vivía lejísimos, seencontraba, sin embargo, muy cerca, junto a ellos. Y al díasiguiente de ese hecho recibían una llamada telefónica o untelegrama informándoles que la persona en cuestión habíafallecido en un lugar a cientos o miles de kilómetros dedonde ellos se encontraban. Es obvio que estas personasposeen una gran intuición, pues normalmente no se tieneconciencia de tales visitas.En esta segunda etapa tambiénos dais cuenta de que ningún ser humano puede morirsolo, y no únicamente porque el muerto pueda visitar acualquiera, sino también porque la gente que ha muertoantes que vosotros y a la que amasteis os espera siempre.Y puesto que el tiempo no existe, puede ocurrir quealguien que a los veinte años perdió a su hijo, al morir alos noventa y nueve puede volver a encontrarlo, aún comoun niño, puesto que para los del otro lado un minuto puedetener una duración equiparable a cien años de nuestrotiempo.Lo que la Iglesia enseña a los niños pequeños sobresu ángel guardián está basado en estos hechos, ya que estáprobado que cada ser viene acompañado por seresespirituales desde su nacimiento hasta su muerte. Cadahombre tiene tales guías, lo creáis o no, y el que seáisjudío, católico o no ten-gáis religión no tiene ningunaimportancia. Pues este amor es incondicional y es por esoque cada hombre recibe el regalo de un guía. Mis niños pe-queños los llaman «compañeros de juego» y desde muytemprano hablan con ellos y son perfectamente conscientesde su presencia. Luego van al colegio y sus padres lesdicen: «Ahora ya eres mayor, ya vas al colegio. No hay quejugar más a esas chiquilladas». Así se olvida uno que se
  • 6. tiene «compañeros de juego» hasta que se llega al lecho demuerte. De este modo ocurrió con una anciana que al morir medijo: «Ahí está de nuevo». Y sabiendo yo de lo que ellahablaba, le pedí que me participara lo que acababa de vivir:«¿Sabe usted?, cuando yo era pequeña, él siempre estabaconmigo, pero lo había olvidado completamente». Al díasiguiente moría contenta de saber que alguien que la habíaquerido mucho la esperaba de nuevo.En general soisesperados por la persona a la que más amáis. Siempre laencontraréis en primer lugar. En el caso de los niñospequeños, de dos o tres años por ejemplo, cuyos abuelos,padres y otros miembros de la familia aún están con vida, essu ángel de la guarda personal quien generalmente losacoge; o bien son recibidos por Jesús u otro personajereligioso. Yo nunca he tenido la experiencia de que unniño protestante, en el momento de su muerte, haya visto aMaría, mientras que ella es percibida por numerosos niñoscatólicos. Aquí no se trata de una discriminación, sino deque son esperados en el otro lado por aquellos quetuvieron para ellos la mayor importancia.Después derealizar en esta segunda etapa la integridad del cuerpo ydespués de haber reencontrado a aquellos a los que más seama, se toma conciencia de que la muerte no es más que unpasaje hacia otra forma de vida. Se han abandonado lasformas físicas terrenales porque ya no se las necesita, yantes de dejar nuestro cuerpo para tomar la forma que setendrá en la eternidad, se pasa por una fase de transicióntotalmente marcada por factores culturales terrestres.Puede tratarse de un pasaje de un túnel o de un pórtico ode la travesía de un puente. Como yo soy de origen suizopude atravesar una cima alpina llena de flores silvestres.Cada uno tiene el espacio celestial que se imagina, y paramí evidentemente el cielo es Suiza, con sus montañas yflores silvestres. Pude vivir esta transición como siestuviese en la cima de los Alpes, con su gran belleza,cuyas praderas tenían flores de tantos colores que me hacíanel efecto de una alfombra persa.Después, cuando habéisrealizado este pasaje, una luz brilla al final. Y esa luzes más blanca, es de una claridad absoluta, y a medida queos aproximáis a esta luz, os sentís llenos del amor másgrande, indescriptible e incondicional que os podáisimaginar. No hay palabras para describirlo.Cuando alguientiene una experiencia del umbral de la muerte, puede miraresta luz sólo muy brevemente. Es necesario que vuelvarápidamente a la tierra, pero cuando uno muere —quierodecir, morir definitivamente— este contacto entre el ca-pullo de seda y la mariposa, podría compararse al cordón
  • 7. umbilical («cordón de plata»)* que se rompe. Después ya no esposible volver al cuerpo terrestre, pero de cualquiermanera, cuando se ha visto la luz, ya no se quiere volver.Frente a esta luz, os dais cuenta por primera vez de lo queel hombre hubiera podido ser. Vivís la comprensión sinjuicio, vivís un amor incondicional, indescriptible. Y enesta presencia, que muchos llaman Cristo o Dios, Amor oLuz, os dais cuenta de que toda vuestra vida aquí abajo noes más que una escuela en la que debéis aprender ciertascosas y pasar ciertos exámenes. Cuando habéis terminado elprograma y lo habéis aprobado, entonces podéisentrar.Muchos preguntan: «¿Por qué niños tan buenos debenmorir?». La respuesta es sencillamente que esos niños hanaprendido en poco tiempo lo que debían aprender. Y segúnlas personas se tratará de cosas diferentes, pero hay algoque cada uno debe aprender antes de poder volver al lugarde donde vino, y es el amor incondicional. Cuando loaprendáis y lo practiquéis, habréis aprobado el másimportante de los exámenes.En esta Luz, en presencia deDios, de Cristo, o cualquiera que sea el nombre con que sele denomine, debéis mirar toda vuestra vida terrestre,*Es también el nombre de la editorial alemana DieSilberschnur.desde el primero al último día de lamuerte.Volviendo a ver como en una revisión vuestra propiavida, ya estáis en la tercera etapa. En ella no disponéis yade la conciencia presente en la primera etapa o de esaposibilidad de percepción de la segunda. Ahora poseéis elconocimiento. Conocéis exactamente cada pensamiento quetuvisteis en cada momento de vuestra vida, conocéis cadaacto que hicisteis y cada palabra que pronunciasteis.Estaposibilidad de recordar no es más que una ínfima parte devuestro saber total. Pues en el momento en que contempléisuna vez más toda vuestra vida, interpretaréis todas lasconsecuencias que han resultado de cada uno de vuestrospensamien- tos, de cada una de vuestras palabras y de cadauno de vuestros actos.Dios es el amor incondicional.Después de esta «revisión» de vuestra vida, no será a Él aquien vosotros haréis responsable de vuestro destino. Osdaréis cuenta de que erais vosotros mismos vuestros peoresenemigos, puesto que ahora debéis de reprocharos el haberdejado pasar tantas ocasiones para crecer. Ahora sabéis quecuando vuestra casa ardió, que cuando vuestro hijo murió,que cuando vuestro marido fue herido, o cuando tuvisteisun ataque de apoplejía, todos estos golpes de la suerterepresentaron posibilidades para enriquecerse, paracrecer. Crecer en comprensión, en amor, en todo aquelloque aún debemos aprender. Ahora lo lamentáis: «En lugar de
  • 8. haber utilizado la oportunidad que se me ofrecía, me volvícada vez más amargo. Mi cólera y también mi negatividadhan aumentado…».Hemos sido creados para una vida sencilla,bella, maravillosa. Y quiero destacar que no sólo enAmérica hay niños apaleados, maltratados y abandonados, sinotambién en la bella Suiza. Mi mayor deseo es que veáis lavida de una forma diferente. Si considerarais la vida desdeel punto de vista de la manera en que hemos sido creados,vosotros no plantearíais más la cuestión de saber quévidas se tendría el derecho de prolongar. Nadie pregunta-ría más si es necesario administrar o no un cocktail delitio para abreviar el sufrimiento. Morir no debe significarnunca padecer el dolor. En la actualidad la medicina cuentacon medios adecuados para impedir el sufrimiento de losenfermos moribundos. Si ellos no sufren, si estáninstalados cómodamente, si son cuidados con cariño y si setiene el coraje de llevarlos a sus casas —a todos, en la me-dida de lo posible—, entonces nadie protestará frente a lamuerte.En el transcurso de los últimos veinte años sola-mente una persona me ha pedido terminar. Es lo que nuncahe comprendido. Me senté a su lado y le pregunté: «¿Porqué quiere hacerlo?». Y me explicó: «Yo no lo quiero, peromi madre no puede soportar todo esto; por eso le heprometido pedir una inyección». Claro está que hablamoscon la madre y la ayudamos. Se ve cómo no era la ira laque le hacía expresar esta petición desesperada, sino quetodo se había vuelto demasiado duro para ella. Ningúnmoribundo os pedirá una inyección si lo cuidáis con amor ysi le ayudáis a arreglar sus problemas pendientes.Querríasubrayar que a menudo el hecho de tener un cáncer es unabendición. No voy a minimizar los males del cáncer, peroquisiera señalar que hay cosas mil veces peores. Tengoenfermos que sufren esclerosis lateral amiotrófica, esdecir, una enfermedad neurológica en la que la parálisis seinstala progresivamente hasta la nuca. Estos enfermos nopueden ni respirar ni hablar. No sé si os podéis imaginar loque significa el estar totalmente paralizado hasta lacabeza. No se puede ni escribir, ni hablar, ni nada. Sialguien entre vosotros conoce a personas afectadas de esemal, hágamelo saber, pues tenemos un tablero de palabrasque permite al enfermo comunicarse con vosotros.Mi deseoes que demostréis a los seres un poco más de amor. Meditadsobre el hecho de que a las personas a las que cada añoofrecéis el mejor regalo de Navidad son a menudo aquellas alas que más teméis o por las que tenéis sentimientosnegativos. ¿Os dais cuenta? Yo dudo de que sea útil hacerun gran regalo a alguien si se le ama incondicional-mente.
  • 9. Hay veinte millones de niños que mueren de hambre. Adoptaduno de esos niños y haced regalos más pequeños. No olvidéisque hay mucha pobreza en Europa occidental. Compartidvuestra riqueza, y cuando vengan las tempestades serán unregalo que reconoceréis como tal, quizá no ahora, sinodentro de diez o veinte años, puesto que se os dará fuerzay se os enseñará cosas que no habríais aprendido de otramanera. Si, hablando simbólica-mente, llegáis a la vidacomo una piedra sin tallar, depende de vosotros el quequede completamente deshecha y destruida o que resulte unreluciente diamante.Para terminar quisiera aseguraros queestar sentado junto a la cabecera de la cama de losmoribundos es un regalo, y que el morir no esnecesariamente un asunto triste y terrible. Por elcontrario, se pueden vivir cosas maravillosas y encontrarmuchísima ternura. Si transmitís a vuestros hijos y avuestros nietos, así como a los vecinos, lo que habéisaprendido de los moribundos, este mundo será pronto unnuevo paraíso. Yo pienso que ya es hora de poner manos a laobra.Capitulo 2La Muerte no existeHe reflexionado largo tiempo sobre lo que podría deciroshoy, y me gustaría contaros cómo sucedió que unapequeña «nada» que al nacer pesaba un kilo ha llegado aencontrar su camino en la vida y de qué forma aprendió atransitar. Esto es lo que hoy os relataré. Me gustaríadeciros cómo podéis vosotros también llegar alconvencimiento de que esta vida terrestre, que vivís envuestro cuerpo físico, sólo representa una pequeña partede vuestra existencia global. Sin embargo, vuestra vidaactual tiene una importancia muy grande en el marco devuestra existencia entera puesto que estáis aquí por una ra-zón precisa que os es propia.Si vivís bien, no tenéis por qué preocuparos sobre lamuerte, aunque sólo os quede un día de vida. El factortiempo no juega más que un papel insignificante y de todasmaneras está basado en una concepción elaborada por elhombre.Vivir bien quiere decir aprender a amar. Ayer meemocioné escuchando al conferenciante que decía: «Entoncespues, fe, esperanza y amor, pero lo más grande de los treses el amor». En Suiza se hace la confirmación a los treceaños y os dan un versículo para que os acompañe en la vida.
  • 10. Como nosotros éramos trillizos hubo que encontrar uno quenos conviniese a los tres, y se pusieron de acuerdo sobreel que hemos mencionado. A mí me dieron la palabra amor. Porello yo quisiera hablaros del amor. Para mí amor quieredecir vida y muerte, pues las dos son una misma cosa.*Nacícomo una niña «no deseada». No porque mis padres noquisieran tener hijos, por el contrario, deseaban una niña,pero una niña bien robusta de unos cinco kilos. Noesperaban tener trillizos. Y cuando aparecí yo, pesabaalrededor de un kilogramo y era muy fea. No tenía nada depelo y fui seguramente para ellos una gran decepción.* Enlas versiones inglesa y alemana de la Biblia emplean eltérmino «amor» en lugar del término «caridad» que seutiliza en la versión francesa.Quince minutos después nació el segundo niño y veinteminutos después el tercero, que pesaba casi tres kilos. Enese momento nuestros padres se sintieron felices, aunquequizás hubieran preferido devolver a dos de nosotros.Yocreo que nada en la vida se debe al azar y así ocurrió conlas circunstancias de mi nacimiento. Me proporcionaron elsentimiento de que incluso una «nada» de menos de un kilodebía probar con todas sus fuerzas que tenía derecho avivir.Tuve que trabajar muy duramente, como lo hacen losciegos, que se creen obligados a aplicarse diez veces másde lo ordinario para no perder su empleo.Al final de lasegunda guerra mundial yo era adolescente y sentía en míuna gran necesidad de hacer algo por este mundo tanperturbado por la guerra. Me juré a mí misma que al final dela guerra iría a Polonia para participar en los primerosauxilios y colaborar en la atención a los más necesitados.Mantuve mi promesa y yo creo que eso fue el principio de miulterior trabajo que debía tratar sobre el morir y lamuerte.Yo misma visité los campos de concentración y vi conmis propios ojos vagones repletos de zapatos de niños, asícomo otros llenos de cabello humano que había pertenecidoa las víctimas del campo de exterminio nazi. Setransportaba ese cabello a Alemania para confeccionaralmohadas. No se puede seguir siendo la misma persona des-pués de haber visto con los propios ojos los hornoscrematorios y haber olido con la propia nariz los camposde concentración, sobre todo siendo entonces tan joven,como era mi caso, porque lo que se veía allí con todaclaridad era la inhumanidad reflejada en todosnosotros.Cada uno de los que estamos en esta sala puede
  • 11. convertirse en un monstruo nazi, pero de igual manera cadauno tiene la oportunidad de llegar a ser la Madre Teresa deCalcuta. Comprenderéis el significado de esto, y a quiénaludo. Es una de mis santas que en la India recoge por lacalle niños y adultos moribundos y hambrientos. Es un sermaravilloso, me gustaría mucho que tuvieseis ocasión deconocerla.Antes de ir a América, yo practicaba la medicinaen Suiza y me sentía muy feliz. De hecho, yo había preparadomi vida para ir a la India con el fin de trabajar comomédico —como lo hizo Albert Schweitzer en África—, perodos meses antes de partir se me informó que el proyectohabía fracasado y en lugar de la jungla india yodesembarcaba en la jungla neoyorquina, después de habermecasado con un americano que me llevó allí, donde menosganas tenía de vivir. Esto tampoco fue una casualidad. No fueel azar.Es fácil cambiarse de casa en una ciudad que a uno legusta, pero irse a vivir a una ciudad que no os atrae enabsoluto, es una prueba a la que os sometéis para verificar quesois capaces de realizar el objetivo fijado para la propiavida.Encontré un trabajo de médico en el Manhattan StateHospital, que también es un sitio horrible. En aquella épocayo no sabía gran cosa de psiquiatría y me sentía muy sola,miserable y desgraciada. Además yo no quería hacer desgraciadoa mi marido, así que me dediqué completamente a mis enfermos yme identifiqué con su soledad, su desgracia y sudesesperación.Poco a poco ellos empezaron a confiar en mí y acomunicarme sus sentimientos, y de pronto comprendí que noestaba sola con mis miserias. Durante dos años lo único quehice fue vivir y trabajar con estos enfermos. Para compartir susoledad celebraba con ellos todas sus fiestas, ya fueran YonKippour, Navidad, Hannukkan o Pascua.Como os decía, sabía pocode psiquiatría, y particularmente de psiquiatría teórica, queen mi posición tenía que conocer.A causa de mis insuficientesconocimientos lingüísticos, tenía dificultades paracomunicarme con mis enfermos, pero nos amábamos mucho. Sí,verdaderamente, nos amábamos mucho. Al cabo de dos años elnoventa y cuatro por ciento de estos enfermos pudieronabandonar el hospital y defenderse en Nueva York, y desdeentonces muchos de ellos trabajan y asumen todas susresponsabilidades. Debo deciros que todos estabancondenados como «esquizofrénicos irrecuperables».Intentoexplicaros que el saber es útil, sin duda, pero que elconocimiento solo no ayudará a nadie. Si no utilizáis,además de la cabeza, vuestro corazón y vuestra alma, noayudaréis a nadie. Fueron estos enfermos mentales, alprincipio sin esperanza, los que me enseñaron esta verdad.En el transcurso de mi trabajo con ellos (ya fueran
  • 12. esquizofrénicos crónicos o niños minusválidos mentales, omoribundos) descubrí que cada uno tiene una finalidadpropia. Cada uno de estos enfermos puede, no solamenteaprender y recibir vuestra ayuda, sino llegar aconvertirse además en vuestro maestro. Esto también esverdad, tanto en los niños minusválidos mentales, aunque notengan más que seis meses, como en el de losesquizofrénicos profundos, que a primera vista tienen uncomportamiento animal. Pero los mayores maestros de estemundo son los moribundos. Si uno se toma el tiempo desentarse junto a la cabecera de la cama de los moribundos,ellos son los que nos informan sobre las etapas del morir.Nos muestran de qué modo pasan por los estados de cólera,de desesperación, del «¿por qué justamente yo?» y tambiénla forma en que acusan a Dios, rechazándolo inclusodurante un tiempo. Luego comercian con Él y caenseguidamente en las peores depresiones. Pero si a lo largo deestas fases están acompañados por un ser que les ama,pueden llegar al estado de aceptación.Todo esto no tieneaún nada que ver con las fases del morir propiamente dicho.Nosotros las llamamos fases del morir porque carecemos deuna mejor denominación. Mucha gente vive fases similares enel momento en que un amigo o amiga los abandona o al perderun empleo o si tienen que abandonar la casa en la quevivieron durante cincuenta años para ir a un asilo, oalgunas veces, incluso, al perder un animalito doméstico osimplemente una lentilla de contacto. En mi opinión, elsentido del sufrimiento es éste: todo sufrimiento generacrecimiento.La mayoría de la gente considera sus condicio-nes de vida como difíciles y sus pruebas y sus tormentoscomo una maldición, un castigo de Dios, algo negativo. Sipudiéramos comprender que nada de lo que nos ocurre esnegativo, y subrayo: ¡absolutamente nada!… Todos lossufrimientos y pruebas, incluso las pérdidas másimportantes, así como todos los acontecimientos ante losque decimos: «Si lo hubiese sabido antes no lo habría po-dido soportar», son siempre regalos. Ser infeliz y sufrires como forjar el hierro candente, es la ocasión que nos esdada para crecer y la única razón de nuestra existencia.Nose puede crecer psíquicamente estando sentado en un jardíndonde os sirven una suculenta cena en una bandeja deplata, sino que se crece cuando se está enfermo, o cuandohay que hacer frente a una pérdida dolorosa. Se crece si nose esconde la cabeza en la arena sino que se acepta elsufrimiento intentando comprenderlo, no como unamaldición o un castigo sino como un regalo hecho con unfin determinado.Quisiera citaros un ejemplo clínico. En
  • 13. uno de mis grupos de trabajo, que duran una semana, y enlos que todos los participantes viven juntos, había unamujer joven. No había perdido a su hijo, pero había tenidoque enfrentarse a varias «pequeñas muertes», como nosotroslas llamamos.Cuando dio a luz a su segundo hijo, una niñamuy esperada, se le informó de forma muy inhumana que lacriatura tenía un severo retraso y que nunca sería capaz dereconocerla como a su madre. Apenas había tenido tiempo dedarse cuenta de lo que para ella suponía esta prueba,cuando fue abandonada por su esposo.Se encontró por lotanto sola, con dos niños que dependían de ella y siningresos económicos ni asistencia.Al principio su actitudfue negativa. Negaba todo enérgicamente. No pronunciaba nisiquiera las palabras «enfermo mental». Después su cólerase volvió contra Dios. Lo maldijo, negó su existencia hastallegar a insultarlo. Después intentó negociar con Él,haciéndole promesas. «Si por lo menos mi niña pudieraaprender algo, si al menos pudiera reconocer a su madre»…Finalmente reconoció un significado profundo en el hecho dehaber tenido esta hija. Ahora me gustaría contaros cómologró solucionar su problema.Comenzó comprendiendo quenada de lo que nos ocurre es debido a la casualidad.Miraba a su hija con más frecuencia para intentar encontrarel sentido de esta vida tan miserable sobre la tierra, yencontró la solución del enigma. Me gustaría leeros unpoema que escribió y que explica cómo encontró larespuesta. Ella no es poeta, pero éste es un poema muyconmovedor en el que se identifica con su niña, que hablacon su madrina, y por eso lo ha titulado: P ARA MI MADRINA¿Quées una madrina? Yo sé que tú eres algo especial. Durantemeses esperaste mi llegada, estabas presente y me vistecuando sólo tenía unosminutos.Me cambiaste los pañalescuando tenía sólo unosdías.Imaginabas en sueños cómosería tu primeraahijada.Sería algo tan especial como tuhermana. Con tu pensamiento, ya me acompañabas a laescuela, a la universidad y al altar. ¿Qué sería yo? ¿Seríaun honor para los míos? Pero Dios tenía otros proyectospara mí. Yo no soy más que yo misma. Nadie dijo que yotendría que ser algo precioso. Algo no funciona en micabeza. Seré por siempre un hijo de Dios. Soy feliz. Amo atodo el mundo y todos me aman. No puedo decir muchaspalabras. Pero puedo hacerme entender y comprender elafecto, el calor, la ternura, el amor. En mi vida hayseres particulares. A veces estoy sentada y sonrío y aveces lloro. Quisiera saber por qué…¿Qué más puedopedir?Claro está que nunca iré a la universidad yquenunca me casaré.Pero no estés triste, Dios me ha
  • 14. hecho muyespecial.No puedo hacer el mal, yo no puedo másque amar. ¿Recuerdas cuando fui bautizada? Me teníasenbrazos y esperabas que no gritara, ¡y que no me cayerade tus brazos!Nada de eso ocurrió y fue un día muy feliz.¿Por eso fuiste mi madrina? Sé que eres tierna y cálida,que me amas, y que en tus ojos hay algo muy particular. Veoesta mirada y siento este amor en otros.Debo de serespecial para tener tantas madres. A los ojos del mundonunca tendré éxito, pero te aseguro algo que poca gentepuede hacer puesto que no conozco más que amor, bondad einocencia, la eternidad nos pertenecerá, madrina mía. Estaes la misma madre que unos meses antes estaba dispuesta aque su niña resbalara hacia la piscina, esperando que secayera y se ahogara mientras ella estuviese ocupada en lacocina. Espero que os deis cuenta de la transformación deesta mujer. Esto les ocurre a los que están dispuestos amirar las cosas que les suceden desde el otro lado de lamedalla. Nada tiene un solo aspecto. Aunque alguien estégravemente enfermo, aunque sufra y no tenga a nadie a quienconfiarse, aunque la muerte venga a buscarlo a la mitad dela vida y no haya comenzado todavía a vivir de veras, aun asíes preciso que mire el lado opuesto de la medalla.De prontose llega a formar parte de esas pocas personas que puedenechar por la borda todo lo su-perfluo, y dirigirse a alguiendiciéndole: «Te amo», pues saben que no les queda muchotiempo de vida. Se puede al fin hacer cosas que verdadera-mente se tiene deseos de hacer. Muchos de entre vosotrosno hacen el trabajo que en su fuero interno habríanquerido realizar. Deberíais volver a casa y empezar otracosa, ¿comprendéis lo que os quiero decir? Nadie deberíavivir en función de lo que los otros han dicho que hay quehacer. Esto es como si se obligase a un adolescente aemprender un oficio que no le conviene. Si se escucha lavoz interior y el propio saber interno, que con relación auno mismo es el más importante, entonces uno no seengañará y sabrá lo que debe hacer con su vida. En estecontexto el factor tiempo no tiene ningunaimportancia.Después de haber trabajado con moribundosdurante muchos años y tras haber aprendido al lado deellos lo que es esencial en la vida, ya que hablan de susarrepentimientos, de sus disgustos, justo antes de morir,cuando todo parece demasiado tarde, comencé a reflexionarsobre qué es la muerte.En mis cursos, el testimonioofrecido por la señora Schwarz fue el primero queconocimos de una experiencia extracorporal experimentadapor alguno de nuestros enfermos.Actualmente, en 1977 yadisponemos de centenares de testimonios parecidos,
  • 15. redactados en California, en Australia o en otros lugares.Todos tienen un denominador común, y es que las personas encuestión abandonaron su cuerpo físico con toda conciencia.Esta muerte, de la que los científicos quierenconvencernos, no existe en realidad. La muerte no es másque el abandono del cuerpo físico, de la misma manera quela mariposa deja su capullo de seda. La muerte es el pasoa un nuevo estado de conciencia en el que se continúa ex-perimentando, viendo, oyendo, comprendiendo, riendo, y enel que se tiene la posibilidad de continuar creciendo. Laúnica cosa que perdemos en esta transformación es nuestrocuerpo físico, pues ya no lo necesitamos. Es como si seacercase la pri- mavera, guardamos nuestro abrigo deinvierno, sabiendo que ya está demasiado usado y no nos lopondremos de todas maneras. La muerte no es otracosa.Ninguno de mis enfermos que haya vivido unaexperiencia del umbral de la muerte, ha tenido acontinuación miedo a morir, y quisiera subrayarlo, ¡nisiquiera uno solo de ellos!Muchos de estos enfermos noshan contado también que, además de la paz, de la calma y dela certeza de percibir sin ser percibidos, habían tenidola impresión de integridad física; por ejemplo, alguien quehabía perdido una pierna a consecuencia de un accidente deautomóvil, la vio separada, en el suelo, y a la vez tuvo laimpresión de conservar las dos piernas después de haberabandonado su cuerpo.Una de nuestras enfermas se volvióciega a consecuencia de una explosión en un laboratorio.Inmediatamente después se encontró en el exterior de sucuerpo pudiendo ver de nuevo. Miraba las consecuencias deeste accidente y describió más tarde lo que ocurría cuandola gente llegaba al lugar. Cuando los médicos consiguieronhacerla volver a la vida, se había quedado completamenteciega. Ésta es la explicación de por qué muchos de losmoribundos luchan contra nuestras tentativasde volverlos ala vida, cuando ellos se encuentran en un lugar mucho másmaravilloso, más bello y más perfecto.A propósito, losmomentos que me han parecido más impresionantes han sidolos que se relacionan con mi trabajo con niños moribundos.No hace mucho tiempo que me vengo dedicando a este aspectode mis tareas. Actualmente casi todos mis enfermos sonniños. Yo los llevo a sus casas para que puedan morir.Preparo a sus padres, a sus hermanos y hermanas. Los niñostemen estar solos en el momento de la muerte, tienen miedode que no haya nadie junto a ellos. En el acontecimientoespiritual del pasaje no se está solo, como tampoco estamossolos en la vida cotidiana, pero esto no lo sabemos. Portanto, en el momento de la transformación, nuestros guías
  • 16. espirituales, nuestros ángeles de la guarda y los seresqueridos que se fueron antes que nosotros, estarán cercade nosotros y nos ayudarán. Esto nos ha sido confirmadosiempre, así que ya no dudamos nunca de este hecho. ¡Notadbien que hago esta afirmación como hecho científico! Siemprehay alguien para ayudarnos cuando nos transformamos.Generalmente son los padres o madres que nos han«precedido», los abuelos o abuelas o incluso un niño quehaya partido antes que nosotros, y frecuentemente llega-mos incluso a encontrar a personas que ignorábamosestuviesen ya del «otro lado»…Tenemos el caso de unachiquilla de doce años que no quería hablar con su madre desu experiencia maravillosa, puesto que ninguna madre quiereoír que uno de sus hijos se haya sentido mejor en otrolugar que no sea su casa, y esto es comprensible. Laexperiencia de la niña era tan extraordinaria que tuvo lanecesidad de contársela a alguien y entonces le confió a supadre lo que había vivido en el momento de su «muerte».Fueron acontecimientos tan maravillosos que no queríavolver. Independientemente del esplendor magnífico y de laluminosidad extraordinaria que han sido descritos por lamayoría de los sobrevivientes, lo que este caso tiene departicular es que su hermano estaba a su lado y la habíaabrazado con amor y ternura.Después de haber contado todoesto a su padre, añadió: «Lo único que no comprendo de todoesto es que en realidad yo no tengo un hermano». Su padre sepuso a llorar y le contó que, en efecto, ella había tenidoun hermano del que nadie le había hablado hasta ahora, quehabía muerto tres meses antes de su nacimiento.¿Comprendéispor qué os cito un ejemplo como éste? Porque mucha gentetiene tendencia a decir: «Claro, no se había muerto aún, yen el momento de la muerte, naturalmente, se piensa en losque se ama y se los imagina uno físicamente».Pero esta niñade doce años no había podido representarse a su hermano.Yosiempre pregunto a todos mis niños moribundos a quiéndesearían ver, a quién les gustaría tener cerca de ellos.Claro está que mi pregunta se refiere siempre a unapresencia terrestre (muchos de mis enfermos no soncreyentes y yo no podría hablar con ellos de una presenciadespués de la muerte. Se sobreentiende que no impongo anadie mis convicciones). Les pregunto pues a mis niños aquién les gustaría tener cerca si tuvieran que elegir a unapersona. El noventa por ciento se deciden por «mamá» o«papá». Con los niños negros es diferente, ellos prefieren amenudo a una de sus tías o abuelas, pues las ven másfrecuentemente y las quieren más. Aquí sólo se trata dediferencias culturales. Ninguno de los niños que optaron
  • 17. por «papá» o «mamá» contó, tras una de estas experienciasdel umbral de la muerte, haber visto a ninguno de suspadres, a menos que uno de ellos hubiese muerto antes.Muchagente podría decir otra vez: «Se trata de una proyeccióndel pensamiento engendrada por un deseo. Como los quemueren están solos, se sienten abandonados y tienenmiedo, es por eso que imaginan a alguien a quien amar». Siesta afirmación fuera cierta, el noventa y nueve por cientode mis niños de cinco, seis o siete años deberían ver a supadre o a su madre. Hemos consignado los casos a lo largo delos años, y ninguno de ellos ha dicho, en el caso de sumuerte aparente, que había visto a su padre o a su madre,puesto que éstos vivían aún.Sobre la cuestión de saber aquién se ve en una muerte aparente, dos condiciones semanifiestan con un denominador común: primera, que la per-sona percibida debía de haber «partido» antes, aunque sólofuera unos minutos antes, y segunda, que debía de haberexistido un lazo de amor real entre ellos.Pero aún no oshe contado el caso de la señora Schwarz. Murió dos semanasdespués de que su hijo terminara la escuela. Yo la hubieraolvidado sin duda como una más de mis numerosos pacientessi ella no hubiera regresado y me hubiese visi-tado.Aproximadamente diez meses después de su entierro yoestaba furiosa, una vez más. Mi seminario sobre el morir yla muerte estaba a punto de hacer agua. Debía renunciar ala colaboración del pastor con el que trabajaba y al quequería mucho. Mientras, el nuevo pastor buscaba influir enel público recurriendo a los medios de comunicación. Está-bamos pues obligados a hablar cada semana de las mismascosas, pues mi seminario entretanto se había convertido enun acontecimiento. Yo no tenía ningunas ganas de continuarparticipando. Sentía la situación como una especie detentativa de querer prolongar una vida que no vale la penade ser vivida. Yo no podía ser yo misma. No veía otra salidapara alejarme de ese trabajo que la de dejar la universidad.La decisión era difícil pues amaba mi trabajo, pero nollevado a cabo de esa manera. Tomé a mi pesar esta decisión:«Abandonaré la universidad hoy mismo, presentaré mi dimisiónal final del seminario sobre el morir y la muerte».Despuésde cada seminario el pastor y yo tomábamos a la vez elascensor y terminábamos nuestra discusión sobre el trabajocuando uno de los dos se detenía. El problema de este pastores que oía mal, lo que lo complicaba todo. Entre la sala deconferencias y los ascensores le dije tres veces que debíavolver a los cursos, pero no me escuchaba y continuabahablando de otra cosa. Yo estaba al borde de ladesesperación, y cuando me desespero me vuelvo muy activa.
  • 18. Antes de que el ascensor se detuviese lo cogí por elcuello, aunque él era gi- gantesco, y le dije: «Quédeseahí. He tomado una decisión muy importante de la quequisiera informarle».En ese momento apareció una mujerdelante del ascensor. Sin querer, yo la miraba fijamente.No puedo describirla, pero os podéis imaginar cómo sesiente uno cuando se encuentra con alguien a quien seconoce mucho y de pronto no se sabe quién es. Le dijeentonces al pastor: «Dios mío, ¿quién es? Yo conozco a esamujer, me mira y espera que usted tome el ascensor paraacercarse a mí». Estaba tan preocupada por la visión deesa mujer que se me había olvidado por completo que seguíaasiendo al pastor por el cuello. Con esa aparición miproyecto fue desbaratado.La mujer era muy transparente,pero no tanto como para poder ver a través de ella. Lepregunté una vez más al pastor si la conocía, pero no merespondió. No insistí y lo último que le dije fue más omenos esto: «¡Vaya! Iré a verla y le diré que por el momentono recuerdo su nombre». Éstas fueron mis últimas palabrasantes de que él partiera.Desde el momento en que subió alascensor la mujer se acercó a mí y me dijo: «Doctora Ross,yo debía volver. ¿Me permite que la acompañe a sudespacho? No abusaré de su tiempo». Dijo algo más o menosparecido, y cómo aparentemente sabía dónde estaba midespacho y conocía mi nombre me sentí aliviada al no tenerque admitir que yo no recordaba el suyo. Sin embargo, fue elcamino más largo de mi vida. Yo soy psiquiatra y trabajodesde hace mucho tiempo con enfermos esquizofrénicos a losque quiero mucho. Cuando me cuentan alucinaciones visualesles contesto siempre: «Sí, ya lo sé, ves una virgen en lapared pero yo no puedo verla». Y ahora yo me digo a mí misma:«Eli-sabeth, tú sabes que ves a esta mujer y, sin embargo,esto no puede ser verdad». ¿Podéis poneros en mi lugar?Mientras caminaba desde los ascensores hasta mi despacho, meseguía preguntando si era posible lo que estaba viendo, medecía a mí misma: «Estoy demasiado cansada y necesito vaca-ciones. Tengo que tocar a esta mujer para saber si estácaliente o fría». Fue el camino más increíble que yo hayahecho nunca.Durante todo el tiempo ni siquiera sabía por quéhacía todo esto ni quién era ella. De hecho, incluso rechacéel pensamiento de que esta aparición pudiera ser la de laseñora Schwarz, que había sido enterrada hacía algunos meses.Cuando juntas alcanzamos la puerta de mi despacho, ella laabrió como si yo fuera la invitada en mi casa. La abrió conuna finura, una dulzura y un amor irresistible y dijo;«Doctora Ross, yo debía venir por dos razones. La primera,para darle las gracias a usted y al pastor G. (se trataba del
  • 19. maravilloso pastor negro con el que me entendía tan bien)por todo lo que hicieron por mí, pero la verdadera razón porla que debía volver es para decirle que no debe abandonareste trabajo sobre el morir y la muerte, por lo menos, nopor ahora».Yo la miraba, pero no puedo ahora decir si enaquel momento pensaba realmente que la señora Schwarzestaba delante de mí, sabiendo que había sido enterradahacía diez meses. Además yo no creía que tales cosasfueran posibles.Finalmente me fui a mi despacho. Toqué losobjetos que conocía como reales. Toqué mi escritorio, paséla mano por la mesa, palpé la silla. Todo estabaconcretamente presente. Podréis imaginaros que todo esetiempo yo esperaba que por fin aquélla mujerdesapareciese. Pero no desaparecía sino que me repetíainsistente pero amablemente: «Doctora Ross, ¿me escucha? Sutrabajo no ha terminado todavía. Nosotros la ayudaremos,sabrá cuándo podrá dejarlo, pero se lo ruego, no lo inte-rrumpa ahora. ¿Me lo promete? Su trabajo no ha hecho másque comenzar».Durante ese tiempo yo pensaba: «Dios mío, na-die me creerá si cuento lo que estoy viviendo ahora nisiquiera mis más íntimos amigos».En aquella época,evidentemente, yo no me imaginaba que un día podría hablardelante de centenares de personas. Por fin la científicaque hay en mí termino sobreponiéndose y astutamente le dije:«Ya sabrá usted que el pastor G. vive actualmente en Urbana,puesto que ha vuelto a una parroquia». Y continué casiinmediatamente: «Seguramente estará encantado de recibir unanota suya. ¿Ve usted algún inconveniente?». Y le pasé unlápiz y una hoja de papel.Naturalmente, no tenía ningunaintención de enviar esas líneas a mi amigo, pero necesitabauna prueba palpable, puesto que está claro que una personaenterrada no puede escribir una carta. Esa mujer, con unasonrisa muy humana, mejor dicho, no humana, con unasonrisa llena de amor, podía leer todos mis pensamientos.Yo sabía mejor que nunca que se trataba de lectura depensamiento. Cogió el papel y escribió varias líneas.(Naturalmente, las enmarcamos y las guardamos como untesoro.) Después dijo, sin abrir la boca: «¿Está ustedcontenta?». Yo la miraba fijamente y pensaba: «No podrécompartir con nadie esta experiencia, Pero conservaré estahoja de papel». Después, preparándose para partir merepitió: «Doctora Ross, me lo promete, ¿verdad? Yo sabíaque me hablaba de la continuación de mi trabajo, y lerespondí: «Sí, lo prometo». Desapareció. Guardamos todavíasus líneas manuscritas.Hace alrededor de un año y medio seme informó que mi trabajo relacionado con los moribundoshabía terminado puesto que otros podrían continuarlo y que
  • 20. ese trabajo no era la verdadera vocación para la que yohabía venido a la tierra. Mi trabajo sobre el morir y lamuerte no sería para mí más que una prueba para verificarsi era capaz de imponerme a pesar de las dificultades, ladifamación, la resistencia y muchas cosas más. Salí bien deeste examen y lo aprobé. La segunda prueba consistía enverificar si la gloria se me subiría a la cabeza, pero nose me subió, y también la pasé.Mi tarea verdadera, y eneste punto necesito vuestra ayuda, consiste en decir a loshombres que la muerte no existe. Es importante que lahumanidad lo sepa, pues nos encontramos en el umbral de unperíodo muy difícil, no únicamente en América sino en todoel planeta Tierra. La falta tiene que ver con nuestra sed dedestrucción, incumbe a las armas atómicas, incumbe tambiéna nuestra codicia, a nuestro materialismo y a nuestrocomportamiento en materia de polución. Somos culpables dehaber destruido muchos dones de la naturaleza de haberperdido toda espiritualidad. Yo exagero un poco, peroseguramente no demasiado. El único modo de aportar uncambio para el advenimiento del tiempo nuevo, consiste enque la tierra comience a temblar a fin de conmovernos ytomar conciencia.Es necesario que lo sepáis, pero no quetengáis miedo. Sólo abriéndoos a la espiritualidad y per-diendo el miedo llegaréis a la comprensión y a revelacionessuperiores. A esto podéis llegar todos.Para ello, no esnecesario dirigiros a un guía, ni tenéis la obligación deiros a la India, ni siquiera os hace falta un curso demeditación. Es suficiente con que aprendáis a entrar encontacto con vuestro yo, y esto no os cuesta nada.Aprended a tomar contacto con vuestro ser profundo yaprended a desembarazaros de cualquier miedo.Una manera deno volver a tener miedo es saber que la muerte no existe yque todo lo que nos sucede en esta vida sirve para un finpositivo. Desembarazaos de vuestra negatividad, empezad atomar la vida como un reto, como un lugar de examen paraponer a prueba vuestras capacidades internas y vuestrafuerza.La casualidad tampoco existe. Dios no es alguien quecastiga y condena. Después de haber dejado definitivamentevuestro cuerpo físico, llegaréis al lugar que se designacomo cielo o infierno, lo que no tiene nada que ver con elJuicio Final. Lo que hemos aprendido por nuestros amigosque se fueron, lo que aprendimos de los que volvieron, esla certeza de que cada ser, después de su pasaje, debemirar algo que recuerda a una pantalla de televisión, en laque se reflejan todos nuestros actos, palabras ypensamientos terrestres. Esto sucede después de haberexperimentado un sentimiento de paz, equilibrio y
  • 21. plenitud, habiendo encontrado a una persona querida paraayudarnos a dar este paso. De esta manera, tenemos laocasión de juzgarnos a nosotros mismos en lugar de serjuzgados por un Dios severo. A través de vuestra vida aquí-abajo vosotros creáis desde entonces vuestro infierno ovuestro cielo en el más-allá.CAPITULO IIILa vida, la muerte,y la vida después de la muerteQuisiera hablaros de algunas experiencias que hemos podidotener a lo largo de los últimos diez años y que se refierena la vida, a la muerte, y a la vida después de la muerte, yesto después de estudiar seriamente el campo de la muerte yde una vida después de la muerte. Después de habernosocupado durante muchos años de los enfermos moribundos, hemosentendido que nosotros, los humanos, no hemos encontrado aúnrespuesta a la pregunta quizá más importante de todas, apesar de que nuestra presencia en la tierra se remonta amillones de años: la definición, el significado y el fin dela vida y de la muerte.Me gustaría compartir con vosotrosalgunos aspectos de las investigaciones en el campo delamuerte y de la vida después de la muerte. Pienso que hallegado el tiempo de reunir todo lo descubierto pornosotros, en un lenguaje accesible a todos, con el fin deestar capacitados para ayudar, eventualmente, a loshombres que deben afrontar la pérdida de un ser querido.Sobre todo cuando se trata de una muerte repentina en laque no podemos entender por qué nos sucede ese drama. Tam-bién hay que conocer estas cosas cuando se trata de asistir alos moribundos y a sus familias. Además, siempre escuchamosestas preguntas: «¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Porqué los niños tienen que morir, sobre todo los máspequeños?».Por diferentes razones, hasta el presente no he-mos dado a conocer con la debida amplitud los resultados denuestras investigaciones. Desde hace largo tiempoestudiábamos las experiencias del umbral de la muerte, peroen nuestro espíritu guardábamos el hecho de que se tratabasolamente de una experiencia del umbral de la muerte y node la muerte verdadera.Antes de saber qué les sucedía a laspersonas al final de esa transición, hemos preferido nohablar de nuestras investigaciones, con la preocupación deno propagar verdades a medias. Lo único que publicó elcentro Shanti Nilaya sobre este tema fue una carta que yoescribí e ilustré con lápices de co-lores, a un chico de
  • 22. nueve años del sur de los Estados Unidos que tenía cáncer yque me planteaba en una carta esta pregunta emocionante:«¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Por qué los niñosmueren y deben morir?».Anteriormente la gente tenía uncontacto mucho más estrecho con todo lo referente a lamuerte y creía en un cielo o en una vida después de lamuerte. Solamente hace cien años que empezó este proceso envirtud del cual cada vez es menor el número de personas quesabe con certeza que después de abandonar el cuerpo físiconos espera otra vida. Pero no es ahora el momento ni ésteel lugar para demostrar este proceso.Actualmente estamos yaen un nuevo tiempo de valores espirituales (en oposición alos valores materiales), aunque no hay que identificar laexpresión valores espirituales con religiosidad. Se tratamás bien de una toma de conciencia, de la comprensión deque existe algo mucho más grande que nosotros que hacreado el universo y la vida, y que en esta creaciónrepresentamos una parte importante y bien determinada quepuede contribuir al desarrollo del todo.En el momento delnacimiento cada uno de nosotros ha recibido la chispadivina que procede de la fuente divina. Esto quiere decirque llevamos una parte de este origen, y gracias a ello nossabemos inmortales.Mucha gente empieza a comprender que elcuerpo físico no es más que una casa, un templo, como nosotrossolemos llamarle, el «capullo de seda» en el que vivimosdurante un cierto tiempo hasta la transición que llamamosmuerte. Cuando llega la muerte abandonamos el capullo de seday somos libres como una mariposa. Nos servimos de esta imagendel lenguaje simbólico y la utilizamos al hablar con los niñosmoribundos o con sus hermanos y hermanas.A lo largo de estosúltimos veinte años me he ocupado esencialmente de enfermosmoribundos. Al empezar este trabajo no estaba interesada en lavida después de la muerte, incluso no tenía una idea precisasobre la definición de la muerte, dejando de lado, porsupuesto, la definición desde el punto de vista médico, queevidentemente me era familiar.Cuando se reflexiona sobre ladefinición de la muerte, muy pronto se comprende que nos re-ferimos únicamente al cuerpo físico, como si el hombre sólofuera esa envoltura. Yo misma formaba parte del conjunto decientíficos que no habían cuestionado nunca esa concepción.Creo que la definición de la muerte volvió a adquirirnotoriedad en el curso de la década de los años sesenta,cuando se planteó el problema de los trasplantes de órga-nos, sobre todo los de hígado y corazón. Desde el punto devista ético, miles de científicos cuestionaron seriamente elmomento en que se tendría derecho a tomar de alguien unórgano para trasplantarlo a un enfermo con el objeto de
  • 23. procurar salvar su vida.En los últimos años, el deber deafrontar estos problemas ha provocado varios planteamientosde tipo jurídico. Nuestro materialismo ha alcanzado unpunto en el que los médicos fuimos acusados por personasque pretendían que tal miembro de la familia aún vivíacuando se le había quitado el órgano en cuestión, o bien senos acusaba de haber esperado demasiado tiempo pararealizar el trasplante, prolongando quizás inútilmente lavida del enfermo del que se trataba. Las compañías de segu-ros contribuyeron también a poner en evidencia esteproblema porque en el momento de un accidente familiar confrecuencia les resulta importante saber cuál de laspersonas falleció primero, aunque sólo se trate deminutos.En este caso sólo cuenta el dinero y se trata desaber en quién revierte. Es inútil decirles que estasquerellas me hubieran dejado indiferente si no hubieratenido que afrontar tales problemas por ra- zón de mitrabajo y de mis propias experiencias junto a losmoribundos.Yo soy por naturaleza una persona semicre-yente,algo escéptica, para decirlo prudentemente, y como tal no meinteresaba la eventualidad de una vida después de la muerte,pero ciertas observaciones se repetían con tal frecuencia queme vi forzada a asomarme a la cuestión. En aquella épocaempezaba yo a preguntarme por qué nadie había estudiado aúneste problema, no por razones científicas precisas o para poderhacer uso de las conclusiones en caso de un proceso judicial,sino únicamente por curiosidad natural.El hombre existe sobreel planeta Tierra desde hace millones de años. Con todo, en suforma actual —en aquella que comprende su semejanza con Dios— noes demostrable que se trate de algunos millones de años. Cadadía los hombres mueren por todas partes. Y nuestra sociedad,sin embargo, no ha realizado ningún esfuerzo para estudiar lamuerte y llegar a una definición actualizada y universal de lamuerte humana, mientras que ha triunfado enviando hombres a laluna y logrando igualmente que regresaran sanos y salvos. ¿Noresulta extraño?En el período en que estaba entregada a mitrabajo con los moribundos y además daba clases, mis estudiantesy yo misma decidimos un buen día intentar buscar unadefinición actualizada y universal de la muerte. En algunaparte se ha dicho: «Pedid y se os dará. Buscad yencontraréis. Llamad y se os abrirá». En otras palabras:«Llegará el Maestro cuando el discípulo esté preparado».Esta frase resultó justa para nosotros puesto que yadurante la primera semana, después de enunciar la preguntay habernos comprometido a encontrar la respuesta, vinierona vernos algunas enfermeras para compartir con nosotros unaexperiencia provocada por una mujer que estaba en cuidados
  • 24. intensivos por decimoquinta vez. En esta ocasión se esperabasu muerte, y de nuevo consiguió salir del hospital paravivir durante semanas o meses. Podemos decir ahora que fuenuestro primer caso de una experiencia del umbral de lamuerte.Mientras estábamos estudiando este caso, yo vigilabajunto a mis pacientes moribundos, con una atención y unasensibilidad acentuadas, todos estos fenómenosinexplicables que se presentaban justo antes de la muerte.Eran numerosos los que comenzaban a «alucinar» y a repetirlas palabras de los parientes que habían muerto antes queellos y con los que parecían tener una especie de comuni-cación, aunque yo no podía ver ni entender a esos seres.Observaba también que aun los enfermos más rebeldes ydifíciles se calmaban poco antes de su muerte y sedesprendía de ellos una paz solemne apenas cesaban losdolores, aunque sus cuerpos estuvieran invadidos portumores o metástasis.Podía observar también queinmediatamente después del fallecimiento, el rostro de misenfermos expresaba paz, equilibrio y una expresión solemnede júbilo, y esto era tanto más incomprensible en los casosen los que el moribundo poco antes de morir se encontraba enun estado de cólera, de agitación o de depresión.Mi terceraobservación, y sin duda la más subjetiva, era el hecho deque estando siempre muy próxima a mis enfermos, ycomunicándome con ellos con un amor profundo, influyeronen mi vida al tiempo que yo influía en la de ellos, de unaforma muy personal e incisiva. Sin embargo, minutosdespués de su muerte mis sentimientos por ellos ya noexistían, lo que me extrañaba tanto que me preguntaba si yoera normal. Cuando los miraba en su lecho de muerte, teníala impresión de que se habían quitado el abrigo deinvierno, como cuando llega la primavera, ya que no leshacía falta nada más. Tenía la certeza increíble de que esoscuerpos no eran más que unas envolturas y de que mis que-ridos enfermos ya no estaban en la cama.Se sobreentiendeque yo, como científica, no te-nía explicación sobre esefenómeno y tenía por ello la tendencia a dejar de lado estasobservaciones, y seguramente hubiera mantenido esta actitudsi la señora Schwarz no hubiera producido un cambioen mí.Sumarido era esquizofrénico y cada vez que tenía una crisisintentaba matar a su hijo menor, que era el único de susmuchos hijos que vivía todavía en casa. La enferma estabaconvencida de que si moría ella demasiado pronto su maridoperdería el control y su hijo estaría en peligro de muerte.Gracias a una organización de ayuda social llegamos acolocar al hijo cerca de familiares, así la señora Schwarzdejó el hospital aliviada y liberada sabiendo que, aunque
  • 25. no viviera mucho tiempo, su hijo al menos estabaseguro.Esta enferma volvió a nuestro hospital después de unaño, más o menos, y fue nuestro primer caso de unaexperiencia en el umbral de la muerte. Tales experienciashan sido publicadas estos últimos años en numerosos librosy periódicos y son por consiguiente conocidas por el granpúblico.Por su informe médico, la señora Schwarz fueadmitida en un hospital local de Indiana, puesto que suestado crítico no le permitía un traslado hasta Chicago,que estaba demasiado lejos. Recuerdo que estaba muydelicada, y que la ubicaron inmediatamente en unahabitación privada. En_ tonces comenzó a reflexionar sobresi debía desafiar una vez más a la muerte o si podía dejarsellevar tranquilamente para abandonar su envoltura. Fueentonces cuando vio entrar a la enfermera, echar una miradasobre ella y precipitarse fuera de la habitación. La señoraSchwarz se vio deslizarse lenta y tranquilamente fuera desu cuerpo físico y pronto flotó a una cierta distancia porencima de su cama. Nos contaba, con humor, cómo desde allímiraba su cuerpo extendido, que le parecía pálido y feo. Seencontraba extrañada y sorprendida, pero no asustada niespantada.Nos contó cómo vio llegar al equipo de reani-mación y nos explicó con detalle quién llegó primero yquién último. No sólo escuchó claramente cada palabra de laconversación, sino que pudo leer igualmente lospensamientos de cada uno. Tenía ganas de interpelarlospara decirles que no se dieran prisa puesto que seencontraba bien, pero cuanto más se esforzaba en explicarlesmás la atendían solícitamente, hasta que poco a poco com-prendió que era ella únicamente la que podía entender,mientras que los demás no la oían. La señora Schwarzdecidió entonces detener sus esfuerzos y perdió suconciencia, como nos dijo textualmente. Fue declaradamuerta cuarenta y cinco minutos después de empezar lareanimación y dio signos de vida después, viviendo todavíaun año y medio más. Compartió su experiencia con misestudiantes y conmigo en uno de mis seminarios. No necesitodecir aquí que este caso representó para mí algo nuevo,puesto que yo no había oído hablar nunca de talexperiencia de muerte aparente, aunque era doctora enmedicina desde hacía tiempo. Mis estudiantes se extrañaronde que no clasificase esta experiencia simplemente como unaalucinación, una ilusión o como la desintegración de laconciencia de la personalidad. Querían a toda costa dar unnombre a esta vivencia para identificarla, clasificarla y notener que pensar más en ella.Estábamos convencidos de quela experiencia de la señora Schwarz no era un caso aislado.
  • 26. Esperábamos ahora descubrir otros casos similares e inclusoeventualmente recoger suficiente información como parasaber si la muerte aparente era un acontecimientofrecuente, raro o únicamente vivido por la señoraSchwarz.No necesito decir, puesto que en la actualidad esnotorio, que numerosos investigadores médicos y psicólogos,así como los que estudian los fenómenos parapsicológicos,se han propuesto el registro estadístico de casos como elnuestro, y en el trans-curso de los últimos años hanproporcionado más de veinticinco mil en el mundo entero.Lomás sencillo será resumir lo que estas personas, que estánclínicamente muertas, viven en el momento en que su cuerpofísico deja de funcionar. Lo llamamos simplementeexperiencia de muerte aparente o del umbral de la muerte(near death experience) puesto que todos estos enfermos, unavez restablecidos, la han podido compartir con nosotros.Más adelante hablaré de lo que les ocurre a los que novuelven más. Es importante saber que de todos los enfermoscon alteraciones cardíacas graves y que han vuelto despuésde una reanimación, solamente un diez por ciento guarda elrecuerdo de las experiencias vividas durante su parocardíaco. En otro orden, esto se comprende fácilmenteteniendo en cuenta que también todos soñamos y sólo unpequeño porcentaje de personas recuerdan sus sueños aldespertarse.Hemos ido reuniendo tales experiencias en va-rios países además de las recogidas en los Estados Unidos,Canadá y Australia. La persona más joven tenía dos años y lamayor noventa y siete. Disponemos así de experiencias delumbral de la muerte de hombres de orígenes culturalesdiferentes, como por ejemplo los esquimales, aborígenes deAustralia, hindúes, o pertenecientes a distintas religio-nes como los budistas, protestantes, católicos, judíos ylos que no pertenecen a ninguna religión, comprendidos losque se consideran agnósticos o ateos. Era importante poderhacer el recuento de los casos en ámbitos religiosos yculturales tan diferentes como fuese posible, con el fin deestar bien seguros de que los resultados de nuestrasinvestigaciones no fuesen rechazadas por falta de argu-mentos. A lo largo de las mismas hemos podido probar queesta experiencia del umbral de la muerte no está limitadaa un cierto medio social y que no tiene nada que ver conuna u otra religión. Tampoco tiene ninguna importancia queesté precedida por un asesinato o un accidente, por un sui-cidio o por una muerte lenta. Más de la mitad de los casosde que disponemos, relatan las experiencias después de unamuerte aparente brutal, de manera que las personas no hantenido tiempo de prepararse o de esperar ningún
  • 27. acontecimiento.Después de haber reunido muchos casos du-rante muchos años, podemos decir que en todas estasexperiencias hay ciertos hechos que se pueden retener comodenominador común.En el momento de la muerte vivimos latotal separación de nuestro verdadero yo inmortal de sucasa temporal, es decir, del cuerpo físico. Este yoinmortal es llamado también alma o entidad. Si nosexpresamos simbólicamente, como lo hacemos con los niños,podríamos comparar este yo, que se libera del cuerpoterrestre, con la mariposa que abandona el capullo de seda.Desde el momento en que dejamos nuestro cuerpo físico nosdamos cuenta de que no sentimos ya ni pánico, ni miedo, nipena. Nos percibimos a nosotros mismos como una entidadfísica integral. Siempre tenemos conciencia del lugar de lamuerte, ya se trate de la habitación donde transcurrió laenfermedad, de nuestro propio dormitorio en el que tuvimosel infarto o del lugar del accidente de automóvil o avión.Reconocemos muy claramente a las personas que forman partede un equipo de reanimación o de un grupo que intentasacar los restos de un cuerpo del coche accidentado.Estamos capacitados para mirar todo esto a una distanciade metros sin que nuestro estado espiritual estéverdaderamente implicado. Permitidme que hable de estadoespiritual, puesto que en la mayoría de los casos ya no es-tamos unidos a nuestro aparato de reflexión física ocerebro en funcionamiento.Estas experiencias tienen lugar,a menudo, en el momento mismo en que las ondas cerebralesno pueden ser medidas para poder probar el funcionamientodel cerebro, o cuando los médicos no pueden ya comprobarel menor signo de vida. En el momento en que asistimos anuestra propia muerte, oímos las discusiones de laspersonas presentes, notamos sus particularidades, vemossus ropas y conocemos sus pensamientos, sin que por ellosintamos una impresión negativa.El cuerpo que ocupamospasajeramente en ese momento y que percibimos como tal, noes el cuerpo físico sino el cuerpo etérico. Más tarde ha-blaré de las diferencias entre las energías física, psíquicay espiritual que originan este cuerpo.En este segundocuerpo temporal nos percibimos como una entidad integral,como ya he mencionado. Si nos hubiese sido amputada unapierna, dispondremos de nuevo de nuestras dos piernas. Sifuimos sordomudos, podremos de nuevo oír, hablar y cantar.Si una esclerosis en placas nos clavaba en la silla deruedas con trastornos en la vista, con problemas de lenguajey parálisis en las piernas, podremos cantar y bailar.Escomprensible que muchos de nuestros enfermos reanimados conéxito, no siempre agradezcan que su mariposa haya sido
  • 28. obligada a volver a su capullo de seda, puesto que con lavuelta a nuestras funciones físicas debemos aceptar de nuevolos dolores y las enfermedades que les son propias, mientrasque en nuestro cuerpo etérico estábamos más allá de tododolor y enfermedad.Muchos de mis colegas piensan que esteestado se explica por una proyección de deseos, lo que pa-rece lógico. Si alguien está paralítico, sordo, ciego ominusválido desde hace años, espera sin duda el tiempo enque el sufrimiento termine, pero en los casos de quedisponemos no se trata de proyecciones de deseo y esto sededuce de los hechos que relataremos seguidamente.En primerlugar, la mitad de los casos de experiencias en el umbral dela muerte que hemos recogido, son el resultado deaccidentes brutales, e inesperados, en los que las personasno podían prever lo que les iba a suceder. Por no hablar másque de un caso, citaré el de uno de nuestros enfermos queperdió sus dos piernas a consecuencia de un accidente enel que fue atropellado y el conductor se dio a la fuga.Mientras se encontraba fuera de su cuerpo físico inclusovio una de sus piernas en el suelo, y fue perfectamenteconsciente de encontrarse en un cuerpo etéricoabsolutamente perfecto y tener sus dos piernas. No podemossuponer que este hombre sabía de antemano que perdería lasdos piernas y que su visión era sólo la proyección deldeseo de andar de nuevo.También hay una segunda pruebapara eliminar la tesis de una proyección del deseo y nosllega por parte de los ciegos que a lo largo de este estadode muerte aparente dejan de serlo. Les pedimos quecompartieran con nosotros sus experiencias. Si sólo sehubiera tratado en ellos de una proyección del deseo, noestarían capacitados para precisar el color de un jersey, eldibujo de una corbata o el detalle de los dibujos, colores ycortes de prendas que llevaban los presentes. Interrogamos auna serie de personas con ceguera total y fueron capaces dedecirnos no solamente quién entró primero en la habitaciónpara reanimarlo sino describir con precisión el aspecto y laropa que llevaban los que estaban presentes, y en ningúncaso los ciegos disponen de esta capacidad.Además de laausencia de dolor y la percepción de integridad corporal,en un cuerpo simulado perfecto que podemos llamar cuerpoetérico, los hombres toman conciencia de que nadie llega amorir solo. Hay tres razones que lo afirman, y cuando digo«nadie» entiendo igualmente el que muere de sed en eldesierto a algunos centenares de kilómetros de la personamás cercana, como el astronauta que atraviesa sin meta elespacio en su cápsula, después de haber fracasado lamisión, hasta finalmente llegar a morir.Cuando nosotros
  • 29. preparamos para la muerte —y esto es frecuente con niñosque tienen cáncer—, nos damos cuenta de que todos tenemosla posibilidad de abandonar nuestro cuerpo físico y llegara lo que llamamos una experiencia extracor-poral.Todostenemos estas experiencias a lo largo de ciertas fases delsueño, pero son pocos los que se dan cuenta de ello. Losniños que mueren, y sobre todo los que están preparadosinteriormente, tienen una espiritualidad mayor que losniños sanos de su misma edad, y toman mejor conciencia desus breves experiencias extracorporales. Esto los ayuda enel momento de su tránsito porque se familiarizarán máspronto con su nuevo entorno.Los niños y adultos nos hablande la presencia de seres que les rodean, les guían y lesayudan en el momento de su salida del cuerpo. Los niñospequeños les llaman con frecuencia «compañeros de viaje».Las iglesias les han llamado «ángeles de la guarda»,mientras que la mayoría de los investigadores les llaman«guías espirituales». No tiene ninguna importancia ladesignación que les demos, pero es importante saber quecada ser humano, desde el primer soplo hasta la transiciónque pone fin a su existencia terrestre, está rodeado deguías espirituales y de ángeles de la guarda que le esperan yle ayudan en el momento del paso al más allá. Somos siemprerecibidos por aquellos que nos precedieron en la muerte yque en otro tiempo amamos. Entre aquellos que nos acogenpueden encontrarse, por ejemplo, los hijos que perdimosprecozmente, o los abuelos, o el padre o la madre u otraspersonas muy cercanas a nosotros en la tierra.La tercerarazón por la que no estamos solos en el momento de nuestratransición es porque después de abandonar nuestro cuerpofísico (lo que puede ocurrir antes de la muerte verdadera)nos encontramos en una existencia en la que no hay nitiempo ni espacio y podemos desplazarnos instantáneamentedonde queramos.La pequeña Susy, que muere de leucemia en unhospital, está acompañada permanentemente por su madre. Lapequeña se da cuenta de que cada vez le será más difícildejarla pues ella se inclina a veces sobre su cama y murmura:«No te mueras, querida, no me puedes hacer esto. No podrévivir sin ti». Esta madre —y se parece a muchos denosotros— culpabiliza al moribundo. Susy, que ha abando-nado su cuerpo durante el sueño y también en estado devigilia para ir allá donde tenía ganas, tiene la certeza deuna existencia después de la muerte y pide sencillamente asu madre que se vaya del hospital. En estas situaciones losniños suelen decir: «Mamá, tienes aire de cansada. ¿Por quéno te vas a casa para ducharte y descansar? De verdad, yoestoy muy bien». Quizá media hora después suena el
  • 30. teléfono de casa y alguien del hospital dice: «SeñoraSchmidt, estamos desolados al tener que informarle que suhija acaba de morir». Desgraciadamente, estos padres seculpabilizan después. Se avergüenzan y se reprochan por nohaberse quedado media hora más y haber podido estar presen-tes en el momento de la muerte de su hijo. Estos padres nosaben generalmente que nadie muere solo. Nuestra pequeñaSusy había deshecho ya sus contactos terrestres, habíaadquirido la capacidad de abandonar su envoltura yliberarse de ella rápidamente para volver con la velocidaddel pensamiento cerca de su mamá o su papá o hacia cual-quier persona que la atrajese. Como ya lo dijeanteriormente, todos llevamos el sello divino. Recibimosese don hace millones de años y además del libre albedrío,también recibimos la capacidad de abandonar nuestro cuerpoy no sólo en el momento de la muerte, sino también enmomentos de crisis después de un agotamiento, encircunstancias extraordinarias, así como en diferentesfases del sueño.Viktor Frankl ha escrito un maravillosolibro: Thesearchfor meaning,* en el que describe sus vi-* El hombre en busca de sentido, Editorial Herder, S.A.,Barcelona.vencias en un campo de concentración. Probable-mente es el científico más conocido y el que mejor haestudiado las experiencias extracorporales.Hace unosquince años, cuando el interés por estos temas era todavíamínimo, ya consignaba los relatos de gente que había tenidocaídas en la montaña y veían cómo se desarrollaba su propiavida como una película. Estudió las experiencias visua-lizadas durante los pocos segundos de la caída, parallegar a la conclusión de que en éstas no interviene elfactor tiempo. Muchas personas han tenido una experienciasemejante al ahogarse o en otras situaciones de granpeligro.Nuestras investigaciones en este campo han sidoconfirmadas por experiencias científicas realizadas encolaboración con Robert Monroe, el autor del libro Journeysout of the body.* Yo misma, no sólo he vivido unaexperiencia extracorpórea espontánea, sino también otrasque fueron inducidas en laboratorio bajo la vigilancia deMonroe, observadas y corroboradas por varios sabios de laFundación Menninger, en Topeka. Actualmente muchos sabiose investigadores vuelven a tener en cuenta sus métodos ylos encuentran realizables y opinan favorablemente. Estasinvestigaciones los llevan obligatoriamente a reflexiones másprofundas concernientes a otra dimensión que se conciliadifícilmente con nuestro pensamiento científicotridimensional.De la misma manera se nos han reclamado pruebasconcluyentes por afirmar la existencia de guías espirituales,
  • 31. de ángeles de la guarda y de parientes que precedieron almuerto, presentes en el momento del pasaje para recogerles.Pero, sin embargo, ¿cómo probar científicamente una afirmaciónrepetida tan a menudo?Como psiquiatra, para mí era interesanteimaginar que miles de hombres sobre la tierra tenían la mismaalucinación en el momento de su muerte, es decir, la percepciónde la presencia de parientes o amigos muertos antes que ellos.Después de todo, había que intentar saber si detrás de estaafirmación de los *Le voyage hors du corps, ÉditionsGaranciére.moribundos no había una verdad. Hemos intentadopues encontrar los medios para verificar estas afirmaciones,y poder probarlas seguidamente como exactas o desenmascararlassencillamente como proyecciones del deseo.Para ello pensamosque la mejor manera de estudiar este problema era sentarnos a lacabecera de la cama de los niños moribundos después de acciden-tes familiares. Centramos estas investigaciones en los días defiesta, como el 4 de julio, el Memorial Day, el Labor Day, losfines de semana, etc., ya que familias enteras tenían lacostumbre de desplazarse en sus grandes automóviles.Enestas colisiones frontales muchosmiembros de la familiamorían en el acto y otros eran llevados a diferentes hospi-tales. Puesto que me ocupo particularmente de los niños, mepropuse como tarea el sentarme a la cabecera de los queestaban en estado crítico. Yo sabía con certeza que estosmoribundos no conocían ni cuántos ni quiénes de la familiaya habían muerto a consecuencia del accidente. Para mí erafascinante, por ello, comprobar que conocían siempre muyexactamente si alguien había muerto y quién era.Yo mesiento a su lado, los observo tranquilamente, algunas vecesles tomo la mano. De esta manera percibo inmediatamentecualquier agitación que tengan. Poco antes de la muerte semanifiesta a menudo una apacible solemnidad, lo que repre-senta siempre un signo importante. En ese momento yo lespregunto si están dispuestos y si son capaces de compartirconmigo sus actuales experiencias y me responden a menudoen los mismos términos de aquel niño que decía: «Todo vabien. Mi madre y Pedro me están esperando ya». Yo ya sabíaque su madre había muerto en el lugar del accidente, peroignoraba que Pedro, su hermano, hu- biera muerto también.Poco tiempo después supe que su hermano Pedro había fallecidodiez minutos antes.Durante todos estos años en los que hemosreunido tales casos no hemos oído nunca a un niño mencionaren esas circunstancias el nombre de alguien que no hubierafallecido ya, aunque sólo fuera unos minutos antes. Para míeso se explica solamente porque esos moribundos han percibidoya a sus familiares. Éstos los esperan para reunirse de nuevocon ellos en una forma de existencia diferente. A pesar de estos
  • 32. datos, son muy numerosas las personas que no pueden imaginarsesemejante desarrollo.Otra experiencia me emocionó más que lasde los niños. Se trata del caso de una india americana. Ennuestros documentos tenemos pocos elementos referentes a losindios, puesto que ellos hablan poco del morir y de la muerte.Esta joven india fue atropellada en una autopista por un malconductor que se dio a la fuga después. Un extranjero se de-tuvo para ayudarla y ella le dijo calmadamente que no habíanada que hacer, salvo prestarle el siguiente favor: si undía, por casualidad, se encontraba cerca de la reserva india,que fuera a visitar a su madre y le transmitiera el siguientemensaje: «Que estaba bien y que su padre estaba ya muy cercade ella». Después murió en los brazos del extranjero, quequedó tan impresionado por lo sucedido que se pusoinmediatamente en camino para recorrer una gran distanciaque nada tenía que ver con su itinerario. Al llegar a lareserva india supo por la madre que su marido, el padre dela joven, había muerto de un fallo cardíaco sólo una horaantes del accidente que había tenido lugar a más de milkilómetros de allí.Disponemos de numerosos casos como ésteen que los moribundos, ignorantes del fallecimiento de unode los suyos, dicen, sin embargo, cómo fueron recibidos porél. También sabíamos que estos enfermos no tenían ningunaintención de convencernos de la no existencia de lamuerte, sino que únicamente querían compartir connosotros una experiencia que consideraban como un hecho.Si vosotros mismos estáis dispuestos a abriros a estas cosassin prejuicios, podréis tener vuestras propias experienciasen este terreno. Si se suscitan, se obtienen fácilmente.Encada auditorio de ochocientas personas, al menos hay doceindividuos que han tenido una experiencia semejante delumbral de la muerte y estarían dispuestos a compartirla convosotros si no os cerraseis a tal información por lacrítica, la negati-vidad, el juicio y la idea fija deponerle inmediata-mente a ese informe la etiqueta depsiquiátrico. La única razón que impide a estas personashablar de su experiencia es la increíble actitud de nuestrasociedad, que se obstina en ridiculizar o en negar estascosas, pues nos molestan y no cuadran con nuestrospreceptos ni con nuestras ideas científicas o religiosas.Todos estos hechos que yo os he relatado os llegarán enuna situación crítica o un poco antes de vuestra muerte.Noolvidaré nunca mi caso más dramático, en el «pedid y se osdará» con relación a una experiencia del umbral de lamuerte. Se trataba de un hombre al que toda su familia iríaa buscarlo a su lugar de trabajo el día de Memorial Daypara visitar a unos parientes en el campo. Cuando el autobús
  • 33. en el que viajaban sus suegros, su mujer y sus ocho hijosestaba en camino, entró en colisión con un camión decarburante. Habiéndose inflamado la gasolina se esparciósobre el autobús y abrasó a todos los ocupantes. Cuando elhombre tuvo conocimiento del accidente permaneció algunassemanas en estado de shock y de embotamiento total. No sevolvió a presentar al trabajo pues no era capaz de dirigirla palabra a nadie y finalmente, y para resumir la historia,se convirtió en una persona viciosa que bebía medio litrode whisky al día y se drogaba con cualquier clase deproducto, incluso la heroína, para calmar su dolor. No fuecapaz de volver a trabajar de forma regular y terminó en lacuneta, en el sentido literal de la palabra.En el curso de misagotadoras giras yo había dado ya dos conferencias en SantaBárbara sobre el tema de la vida después de la muerte cuandoun grupo del personal sanitario me pidió una conferencia más.Al aceptar esta tercera conferencia me di cuenta de que estabacansada de contar las mismas historias y me dije a mí misma:«Dios mío, ¿por qué no me envías a algún oyente que haya tenidouna experiencia en el umbral de la muerte y que esté dispuestoa compartirla con los demás? Así yo podré descansar y losoyentes tendrán un testimonio de primera mano sin tener queescuchar únicamente mis historias de siempre. En ese momentoel organizador del grupo me pasó unas líneas escritas quecontenían un mensaje de carácter urgente enviado por un hombreque vivía en un asilo destinado a los vagabundos. Solicitabapoder contar su experiencia personal del umbral de la muerte.Interrumpí la conferencia y le envié la respuesta aceptando suintervención. Algunos minutos después, tras un veloz recorridoen taxi, el hombre hizo su aparición. En lugar del negligentevagabundo que yo esperaba, teniendo en cuenta el tipo dedomicilio en que vivía, subió al estrado, frente al público,un hombre correctamente vestido, de porte sofisticado, quedeseaba compartir con nosotros la experiencia que habíavivido.Contó cuánto se había alegrado con la expectativa delencuentro familiar aquel fin de semana, y cómo sobrevino eltrágico accidente en el cual todos sus familiares perecieronquemados. Habló de su tremenda impresión inicial, que loparalizó. No podía creer al principio que fuese verdad que degolpe se convirtiese en un hombre solo, él, que había tenidohijos, ya no los tendría más, habiendo perdido a toda sufamilia en ese único accidente. Describió luego su actitud alno poder superar semejante prueba, convirtiéndose de miembrode una familia burguesa, esposo y padre, en un viciosovagabundo, alcoholizado permanentemente, consumiendo cualquiertipo de drogas, y, en una palabra, tratando vanamente desuicidarse. Nos explicó también el último recuerdo que tenía
  • 34. de esa vida que llevó durante dos años: él estaba acostado,borracho y drogado, sobre un camino bastante sucio que bordeabaun bosque. Sólo tenía un pensamiento: no vivir más y reunirse denuevo con su familia. Entonces vio aproximarse un camión, y alno tener la fuerza suficiente como para alejarse fueliteralmente aplastado por él.Nos contó cómo en ese precisomomento se encon- tró él mismo a algunos metros por encimadel lugar del accidente, mirando su cuerpo gravementemutilado que yacía en la carretera. Entonces apareció sufamilia ante él, radiante de luminosidad y de amor. Unafeliz sonrisa sobre cada rostro. Se comunicaron con él sinhablar, sólo por transmisión del pensamiento, y le hicieronsaber la alegría y la felicidad que el reencuentro lesproporcionaba. El hombre no fue capaz de darnos a conocer eltiempo que duró esa comunicación y encuentro con losmiembros de su familia. Pero nos dijo que quedó tanviolentamente turbado frente a la salud, la belleza, elresplandor que ofrecían, lo mismo que la aceptación de suactual vida y su amor incondicional, que juró no tocarlosni seguirlos, sino volver a su cuerpo terrestre para comuni-car al mundo lo que acababa de vivir, y de ese modoreparar sus vanas tentativas de suicidio.Enseguida sevolvió a encontrar en el lugar del accidente y observó adistancia cómo el chófer estiraba su cuerpo en el interiordel camión. Llegó la ambulancia y vio cómo lo transportabana urgencias de un hospital, donde lo ataron a una cama.Fue en ese momento cuando volvió a su cuerpo y se despertó,arrancando las correas con las que lo habían atado. Selevantó y abandonó el hospital sin mostrar el menor síntomade delírium trémens o de intoxicación por los abusos dedrogas y alcohol.De repente se sintió curado y restablecido, yse juró a sí mismo no morirse mientras no hubiese tenidoocasión de compartir la experiencia de una vida después de lamuerte con la mayor cantidad de gente posible. A leer en unperiódico local el artículo sobre mi presencia en SantaBárbara, se decidió a mandarme el mensaje a la sala de confe-rencias. Al comunicar su experiencia al auditorio, pudocumplir la promesa que se hizo después de tener su breve yfeliz encuentro con su familia.No sabemos lo que fue de esehombre, pero no olvidaré nunca el fulgor de sus ojos, sualegría y su gratitud por haber sido guiado a un lugar en elque se le permitió hablar en una tribuna sin que nadie pusieraen duda sus palabras ni se burlara de él, y así poderparticipar a cientos de trabajadores de la salud su profundaconvicción de que nuestro cuerpo físico es sólo una envolturapasajera que rodea un yo inmortal.En la actualidad la cuestiónse plantea con toda naturalidad: ¿qué pasa después de la
  • 35. muerte?Hemos estudiado el comportamiento de los niños de cortaedad que no han leído ni el libro de Moody, La vida después dela vida, ni el material literario sobre el tema que haya podidosalir en los diarios, y que tampoco conocen testimonios comolos de este hombre del que nos hemos ocupado y que acabamos derelatar. Incluso un niño de dos años nos ha permitidoparticipar de su experiencia, de lo que él había considerado yacomo la muerte. En todas las experiencias ha quedado de mani-fiesto que personas que profesan diferentes religiones venapariciones distintas según su religión. Quizá nuestro mejorejemplo es el de este niño de dos años. Como resultado de unmedicamento que le inyectó un médico, tuvo una reacciónalérgica de tal violencia, que el médico llegó a declarar queestaba muerto. Avisaron al padre, y mientras el médico y lamadre lo esperaban, ésta abrazaba a su hijo, gimiendo, llorandoy sufriendo atrozmente. Después de un tiempo, que le parecióuna eternidad, el niño con palabras que podían haber sido lasde un hombre viejo, dijo: «Mamá, yo estaba muerto. Estaba conJesús y María. Y María me dijo repetidas veces que mi tiempoaún no había llegado y que yo debía volver a la tierra. Peroyo no quería creerle. Y como ella veía que yo no queríaescucharla, me tomó suavemente de la mano y me alejó de Jesúsdiciendo: “Pedro, debes volver. Debes salvar a tu madre delfuego”». En ese momento volvió a abrir los ojos y añadió con suspropias palabras: «¿Sabes, mamá? Cuando me dijo eso volvícorriendo hacia ti».Durante trece años esta madre fue incapazde hablar de este episodio con nadie. Estaba muy deprimida yhacía una interpretación errada de las palabras dirigidas porMaría a su hijo.Había entendido que su hijo un día la salvaríadel fuego, es decir del infierno, pero lo que no entendía erapor qué le esperaba el infierno precisamente a ella, que erauna buena cristiana, creyente y que trabajaba duramente.Intenté explicarle que había interpretado mal el lenguajesimbólico y que ese mensaje era un regalo único y maravillosode María, que, como todos los seres del plano espiritual, era unser de amor total e incondicional. Ella no podía criticar nijuzgar a nadie, contrariamente a los seres humanos, en quienestales cualidades de sensibilidad faltan todavía. Le solicité quedurante un momento hiciera abstracción de sus pensamientospara permitir que su cuadrante espiritual e intuitivo lerespondiera. Y luego le dije: «¿Qué habría sentido usted siMaría no le hubiera devuelto a su Pedro, hace trece años?».Ella tomó su cabeza con las dos manos y exclamó: «Dios mío, esohabría sido el infierno». Por supuesto que no tuve necesidadde plantearle la cuestión: «¿Comprende usted ahora por quéMaría la ha preservado del fuego?». Las Sagradas Escriturasabundan en ejemplos de lenguaje simbólico y si la gente
  • 36. escuchara más a menudo su parte intuitivo-espiritual, enlugar de envenenar los mensajes de esa maravillosa fuentede comunicación con su propia negatividad, sus miedos, sussentimientos de culpabilidad, sus ganas de castigarse a símismos y a los demás, también comenzarían a comprender elmaravilloso lenguaje simbólico de los moribundos cuando és-tos intentan confiarnos sus preocupaciones, susconocimientos y sus percepciones. Comprobamos también quepersonas que pertenecen a distintas religiones venapariciones diferentes y seguramente no necesito precisarque un niño judío no se encontrará nunca con Jesús y que unniño protestante no verá nunca a María. Esto no quieredecir que estos seres no se ocupen de los niños quepertenecen a otras religiones, sino sencillamente que cadapersona obtiene lo que más necesita. Los seres que nosencontramos en la vida después de la muerte son aquellos alos que más quisimos y que murieron antes quenosotros.Después de haber sido acogidos por nuestrospadres y amigos en el más-allá, por nuestros guíasespirituales y ángeles de la guarda, pasamos por unatransición simbólica que a menudo se describe como un túnel.Algunas veces se vive como un río, otras como un pórtico,siempre según los valores simbólicos respectivos. Mi propiaexperiencia fue en una cima de montaña con flores silvestres,por la sencilla razón de que mi representación del cielo serefiere a las montañas y a las flores silvestres que fueron laalegría y felicidad de mi juventud en Suiza. El concepto decielo depende, pues, de factores culturales.Después de haberpasado por una transición visual muy bella, digamos una especiede túnel, nos acercamos a un manantial luminoso que muchos denuestros enfermos han descrito y que a mí me fue dado aconocer. Pude vivir la experiencia más maravillosa einolvidable, lo que se llama la conciencia cósmica. Enpresencia de esta luz, que la mayoría de los iniciados denuestra cultura occidental llaman Cristo, Dios, Amor osimplemente Luz, estamos envueltos en un amor total e incon-dicional de comprensión y de compasión.Esta luz tiene suorigen en la fuente de la energía espiritual pura y no tienenada que ver con la energía física o psíquica. La energíaespiritual no puede ser creada ni manipulada por el hombre.Existe en una esfera en la que la negatividad es imposible.Esto quiere decir también que en presencia de esta luz nopodemos tener sentimientos negativos, por mala que haya podidoser nuestra vida, y sean cuales fueren nuestros sentimientosde culpabilidad. En esta luz que muchos llaman Cristo oDios es también imposible ser condenado puesto que Él esamor absoluto e incondicional. En esta luz nos damos cuenta
  • 37. de lo que pudimos ser y de la vida que hubiéramos podidollevar. En presencia de esta luz, rodeados de compasión,de amor y de comprensión, debemos revisar toda nuestravida para evaluarla. Ya no estamos unidos a la inteligenciafísica que ha limitado nuestro cuerpo terrestre; por lotanto, ya no estamos atados a un espíritu o cerebro físicoque nos limita, y poseemos el saber y la comprensiónabsoluta. Es ahora cuando debemos revisar, evaluar yjuzgar cada pensamiento, cada palabra y cada acto denuestra existencia y cuando comprendemos sus efectos sobrenuestro prójimo. En presencia de la energía espiritual, nonecesitamos una forma física. Nos separamos del cuerpoetérico y volvemos a tomar la forma que teníamos antes denacer sobre la tierra, entre nuestras vidas, y la quetendremos en la eternidad, cuando nos unamos a la Fuente,es decir a Dios, después de haber cumplido nuestrodestino.Importa mucho comprender que desde el principio denuestra existencia hasta nuestro retorno a Dios conservamossiempre nuestra propia identidad y nuestra estructura deenergía y que entre los millares de seres de todo eluniverso no hay dos es-tructuras de energía iguales; por lotanto, no existen dos hombres que sean idénticos ni siquierasi se considera el caso de los gemelos homocigotos. Sialguien dudara de la grandeza de nuestro Creador no tienemás que reflexionar en el genio que hace falta ser paracrear millones de estructuras energéticas sin una solarepetición. Así recibe cada hombre el don de susingularidad. Podría compararse esto a los infinitos coposde nieve que caen sobre la tierra, todos diferentes en sí.Me fue concedida la gracia de ver con mis propios ojosfísicos, en pleno día, centenares de estas estructurasenergéticas en movimiento. Parecían copos con pulsaciones,colores y formas diferentes. Así seremos después de lamuerte y así hemos existido antes de nuestro nacimiento.Nose necesita espacio ni tiempo para trasladarse de unaestrella a otra, ni del planeta Tierra a otra galaxia. Lasestructuras energéticas de estas mismas entidades puedenencontrarse entre nosotros. Si tan sólo tuviéramos ojos paraver nos daríamos cuenta de que no estamos nunca solos,sino rodeados de entidades que nos guían, que nos aman ynos protegen. Intentan guiarnos y ayudarnos para quepermanezcamos en el buen camino con el fin de cumplirnuestro destino.Hay veces, en momentos de gran dolor, degransufrimiento o de gran soledad, en que nuestra per-cepción aumenta hasta el punto de poder reconocer supresencia. También, podríamos hablarles por la noche antesde dormirnos y pedirles que se muestren a nosotros, y
  • 38. hacerles preguntas conminándoles a darnos las respuestas enlos sueños. Los que recuerdan los sueños saben que muchasde nuestras preguntas encuentran una respuesta. En lamedida en que nos acercamos a nuestra entidad interior, anuestro yo espiritual, nos damos cuenta de cómo somosguiados por esta entidad interior que es la nuestra y querepresenta nuestro yo omnisciente, esta parte inmortal quellamamos: « mariposa».Quisiera ahora compartir con vosotrosalgunos aspectos de mis propias experiencias místicas queme han ayudado a saber, más que a creer, que todo lo queestá más allá de nuestra comprensión científica son verdadesy realidades abiertas a cada uno de nosotros.Deseo destacaren forma especial que anteriormente yo no tenía ningunaidea de una conciencia superior. No tuve nunca gurú, y nohe sabido ni tan siquiera meditar. La meditación es fuentede paz y comprensión para muchas personas no solamente enOriente, sino cada vez más en nuestra parte del mundo. Escierto que yo entro en mí misma cada vez que hablo con losenfermos moribundos, y son quizás esas miles de horas que he pa-sado junto a ellos, sin que nada ni nadie pudieramolestarnos, las que constituían una meditación. Visto desdeeste ángulo, efectivamente medité muchas horas.Estoy convencidade que para tener experiencias místicas no es necesario vivircomo un eremita en la montaña ni estar sentado a los pies de ungurú en la India. Cada ser tiene un cuadrante (un cuarto)físico, emocional, intelectual y espiritual. Pienso tambiénque si pudiéramos aprender a liberarnos de los sentimientosdesnaturalizados, de nuestra ira, de nuestros miedos o denuestras lágrimas no vertidas, podríamos encontrar de nuevola armonía con nuestro yo verdadero y ser tal como debiéramosser. Este yo verdadero está compuesto de estos cuatrocuadrantes, que deberían equilibrarse y dar un todo armonioso.No podemos alcanzar ese estado de equilibrio interior más quecon una condición: la de haber aprendido a aceptar nuestropropio cuerpo-físico. Debemos llegar a expresar nuestrossentimientos libremente sin tener miedo de que se rían denosotros cuando lloramos, cuando estamos enfadados o celosos,o nos esforzamos en parecemos a alguien por sus talentos,dones o comportamientos. Debemos comprender que sólo existendos miedos: el miedo a caerse y el miedo al ruido. Todoslos otros miedos han sido impuestos poco a poco en nuestrainfancia por los adultos, pues proyectaban sobre nosotrossus propios miedos y los transmitían así de generación engeneración.Sin embargo, lo más importante de todo esaprender a amar incondicionalmente. La mayoría de nosotroshemos sido educados como prostitutas. Siempre se repetía lomismo: «Te quiero si…» y esta palabra «si…» ha destruido
  • 39. más vidas que cualquier otra cosa sobre el planeta Tierra.Esta palabra nos arrastra hacia la prostitución, pues noshace creer que con una buena conducta, o con unas buenasnotas en la escuela, podemos comprar amor. De esa maneranunca podemos desarrollar el sentido del amor o lagratificación de uno mismo.Cuando éramos niños, si nocumplíamos la voluntad de los adultos, éramos castigados,y sin embargo una educación afectuosa habría podidohacernos entrar en razón. Nuestros maestros espiritualesnos han dicho que si hubiéramos crecido en el amorincondicional y en la disciplina no tendríamos nunca miedode las tempestades de la vida. No tendríamos más miedo, nisentimientos de culpabilidad, ni angustias, pues éstosson los únicos enemigos del hombre. «Si cubrís el Gran Cañóndel Colorado para protegerlo de las tempestades, no veréisnunca la bella forma de sus rocas.»Como ya he dicho, yo nobuscaba un gurú y no intentaba meditar ni llegar a un nivelde conciencia superior, pero cada vez que, a través de unenfermo o de una situación de la vida, tomaba conciencia dealgo negativo en mí, buscaba la manera de enfrentarlo con elfin de alcanzar un día esa armonía entre mis cuadrantesfísico, emocional, intelectual y espiritual. Y cuando hacía«mis deberes» y me intentaba aplicar a mí misma lo queenseñaba a otros, me encontraba cada vez más colmada deexperiencias místicas. Éstas eran el resultado tanto de unintercambio de pensamientos con mi yo espiritual,intuitivo, omnisciente, que comprende todo, como de latoma de contacto con fuerzas conductoras que vienen de unmundo intacto. Permanentemente nos rodean y esperan laocasión para transmitirnos no sólo el conocimiento oalgunas indicaciones, sino también para ayudarnos ennuestra comprensión de nuestra razón de ser y másparticularmente sobre el significado de nuestra tarea aquíen la tierra, permitiéndonos cumplir nuestrosdestinos.Viví una de mis primeras experiencias en el cursode una investigación científica en la que me fue permitidoabandonar mi cuerpo. Esta experiencia fue inducida pormedios iatrógenos en un laboratorio de Virginia y vigiladapor algunos sabios escépticos. En el transcurso de una deellas fui atraída de mi cuerpo físico por el jefe dellaboratorio, que estimó que había partido demasiado prontoy demasiado deprisa. Ante mi gran consternación, élinterfirió así en mis propias necesidades y en mi propiapersonalidad. Después del siguiente intento decidí soslayarel problema de una intervención ajena programando yo mismami salida para ir más rápido que la velocidad de la luz ymás lejos, donde ningún ser humano haya estado durante una
  • 40. experiencia extracorporal. En el mismo momento en que éstafue inducida, abandoné mi cuerpo a una velocidadincreíble.Lo único que recuerdo de la vuelta a mi cuerpofísico fueron las palabras SHANTI NILAYA. No tenía ni idea delsignificado o de la interpretación de esa palabra. Tampocotenía noción de dónde había estado. Lo único que sabía antesde volver es que estaba curada de un estreñimiento casitotal así como de un problema dorsal muy doloroso que mehabía impedido incluso recoger un libro. Ahora bien,después de esta experiencia extracorporal pude comprobarque mi intestino funcionaba de nuevo y que podía levantarun saco de cincuenta kilos sin cansancio ni dolor. Laspersonas que estaban presentes me decían que habíarejuvenecido veinte años. Cada uno de ellos intentabaobtener otras informaciones sobre mis experiencias. Yo nosupe dónde había estado, hasta que aprendí algo más lanoche siguiente.Esa noche la pasé sola, en una pensiónaislada en medio del bosque de Blue Ridge Mountains. Poco apoco, y no sin miedo, me di cuenta de que había idodemasiado lejos en mi experiencia extracorpo-ral y que ahoradebía sufrir las consecuencias de mi propia decisión.Intenté luchar contra mi cansancio, presintiendo que«aquello» llegaría, y sin saber lo que «aquello» podía ser.En el momento en que me abandoné tuve probablemente laexperiencia más dolorosa y solitaria que un ser humanopueda vivir. En el propio sentido del término, viví en mímisma las miles de muertes por las que habían pasado misenfermos. Agonizaba en el sentido físico, emocional,intelectual y espiritual. Fui incapaz de respirar. En mediode esos sufrimientos físicos yo era perfectamenteconsciente de que no tenía a nadie cerca para ayudarme.Debía atravesar esa noche completamente sola.En esas horasatroces no tuve más que tres descansos muy breves. Estosdolores se podrían comparar con las contracciones de unparto, salvo en que aquí se sucedían sin interrupción. Enlos momentos de descanso en los que conseguí respirarprofundamente, ocurrieron algunos acontecimientosimportantes en el plano simbólico que sólo entendí muchomás tarde. En el momento del primer descanso yo pedía unhombro en el que apoyarme y en efecto yo pensaba queaparecería el hombro izquierdo de un hombre en el quepodría apoyar mi cabeza para poder soportar mejor misdolores. Apenas se había formulado esta demanda una vozprofunda y serena, pero llena de amor y compasión, me dijosencillamente: «No te será concedido».Después de un tiempoinfinitamente largo me fue acordado otro plazo. Esta vezyo pedía una mano que yo habría podido coger. Y de nuevo
  • 41. esperaba que una mano surgiría por el lado derecho de micama y que yo podría cogerla para soportar mejor misdolores. Se dejó oír h, misma voz: «No te será concedida».Enel tercero y último descanso decidí no pedir más que lapunta de un dedo. Pero enseguida añadí, dado mi carácter:«No, si no me es dada la mano, renuncio a la punta de losdedos». Claro que cuando yo decía punta de los dedos lo quequería era una presencia, aunque no pudiera engancharme ala punta de su dedo.Y por primera vez en mi vida, la salidafue la de la fe. Esta fe llegaba del saber profundo de queyo disponía de la suficiente fuerza y del coraje como parapoder sufrir sola esta agonía. De pronto comprendí que sólotenía que cesar en mi lucha, transformar mi resistencia ensumisión apacible y positiva, y decir sencillamente «sí».Enel mismo momento en que dije «sí» mentalmente, cesaron lossufrimientos. Se calmó mi respiración y desapareció eldolor físico. En lugar de esos miles de muertes fuigratificada con una experiencia de renacimiento que nopodría ser descrita con nuestro lenguaje.Al principio hubouna oscilación o pulsación muy rápida a nivel del vientreque se extendió por todo mi cuerpo. Esto no fue todo,porque esta vibración se extendió a todo lo que yo miraba,fuera el techo, la pared, el suelo, los muebles, la cama, laventana y hasta el cielo que veía a través de ella. Losárboles también fueron alcanzados por esta vibración yfinalmente el planeta Tierra. Efectivamente, yo tenía laimpresión de que la tierra entera vibraba en cada molécula.Después vi algo que se parecía al capullo de una flor deloto que se abría delante de mí para convertirse en unaflor maravillosa y detrás apareció esa luz esplendorosa dela que hablaban siempre mis enfermos. Cuando me aproximé ala luz a través de la flor de loto abierta y vibrante, fuiatraída por ella suavemente pero cada vez con másintensidad. Fui atraída por el amor inimaginable,incondicional, hasta fundirme completamente en él.En elinstante en que me uní a esa fuente de luz cesaron todaslas vibraciones. Me invadió una gran calma y caí en unsueño profundo parecido a un trance. Al despertarme sabíaque debía ponerme un vestido y unas sandalias para bajar dela montaña y que «esto» ocurriría a la salida delsol.Cuando me desperté de nuevo una hora y media más tardeaproximadamente, me puse el vestido y las sandalias y bajéde la colina. En ese momento caí en el éxtasis másextraordinario que un ser humano haya vivido sobre latierra. Me encontraba en un estado de amor absoluto yadmiraba todo lo que estaba a mí alrededor. Estaba encomunión amorosa, con cada hoja, con cada nube, brizna de
  • 42. hierba y ser viviente. Sentía incluso las pulsaciones decada piedrecilla del camino y pasaba «por encima» de ellas,en el propio sentido del término, interpelándolas con elpensamiento: «No quiero pisaros porque podría hacerosdaño», y cuando llegué abajo de la colina y me di cuenta deque ninguno de mis pasos había tocado el suelo, no dudé dela realidad de esta vivencia. Se trataba sencilla-mente deuna percepción como resultado de la conciencia cósmica.Me fue permitido reconocer la vida en cada cosa de lanaturaleza con este amor que soy incapaz de formular.Mehicieron falta varios días para volver a encontrarme bienen mi existencia física, y dedicarme a las trivialidades dela vida cotidiana como fregar, lavar la ropa o preparar lacomida para mi familia, y necesité varios meses para poderhablar de mi experiencia. Pude compartirla con un grupo degente maravillosa que no juzgaban sino que comprendían yque me habían invitado a Berkeley, en California, conocasión de un simposio sobre psicología transpersonal.Después de haber participado, este grupo le dio un nombre ami experiencia: «Conciencia Cósmica». Según mi costumbre,me dirigí rápidamente a una biblioteca por si encontrabaun libro que tratase de este tema, para poder comprender susignificado también en el plano intelectual. Gracias aeste grupo aprendí que «Shanti Nilaya», que me fuecomunicado cuando me fundí en la energía espiritual (elprimer manantial de energía), significa el abra y el puertode paz final que nos espera. Ese estar en casa al que volve-remos un día después de atravesar nuestras angustias,dolores y sufrimientos después de haber aprendido adesembarazarnos de todos los dolores y ser lo que elCreador ha querido que seamos: seres equilibrados entre loscuadrantes físico, emocional, intelectual y espiritual.Seres que han comprendido que el amor verdadero no esposesivo y no ponen condiciones con el «si…».Si vivimosuna vida de amor total estaremos sanos e intactos y seremoscapaces de cumplir en una sola vida las tareas y los finesque nos han sido asignados.La experiencia que acabo derelataros cambió mi vida de una manera que no os sabríaexplicar. Creo haber comprendido también en aquella épocaque si yo difundía mi conocimiento sobre la vida después dela muerte tendría que pasar literalmente por miles demuertes, puesto que la sociedad en la que vivo intentaríaaniquilarme, pero la experiencia y el saber, la alegría, elamor y la excitación que siguen a la agonía son recompensassiempre superiores a los sufrimientos.

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