De los-cuates-pa-la-raza
Upcoming SlideShare
Loading in...5
×
 

De los-cuates-pa-la-raza

on

  • 1,853 views

 

Statistics

Views

Total Views
1,853
Views on SlideShare
1,850
Embed Views
3

Actions

Likes
0
Downloads
7
Comments
0

1 Embed 3

http://supervisionescolar175.blogspot.com 3

Accessibility

Categories

Upload Details

Uploaded via as Adobe PDF

Usage Rights

© All Rights Reserved

Report content

Flagged as inappropriate Flag as inappropriate
Flag as inappropriate

Select your reason for flagging this presentation as inappropriate.

Cancel
  • Full Name Full Name Comment goes here.
    Are you sure you want to
    Your message goes here
    Processing…
Post Comment
Edit your comment

    De los-cuates-pa-la-raza De los-cuates-pa-la-raza Document Transcript

    • © Para Leer en LibertadOctubre 2010Esta es una publicación del Partido de la RevoluciónDemocrática del Distrito Federal (PRD-DF) yPara Leer en Libertad A.C.brigadaparaleerenlibertad@gmail.comCuidado de la edición: Santiago I. Flores y Alicia RodríguezDiseño de libro: Daniela CamperoDiseño de portada: Ulises Ortiz (PLasCK)www.plasck.blogspot.com
    • De los cuates pa´ la raza Antología
    • ÍNDICEPaco Ignacio TaiboGato Culto...................…………………………….…..7José AgustínNo pases esa puerta.........................…………………..9Armando BartraTiempo de carnaval……………….............................15Sabina BermanDesembarco. A la manera de Esopo. Mis calcetas..... 23Bernardo Fernández BEFCrononáuticas …………............................................25Óscar de la BorbollaLa madre del metro……………............................…..27Beatriz EscalanteEl club de la azotea………………..............................33Gerardo de la TorreLa máscara de Muerte Roja…………….................... 39Germán DehesaEstán aventando gente………….................................49Laura Esquivel¡Sea por Dios y venga más!.............. .........................57Paco Ignacio TaiboGato Culto………………………………....................63Santiago I. FloresEn un abrir y cerrar de ojos………………….............65Carlos FuentesLa post-revolución…………..................................... 75Juan GelmanSobre la poesía……………........................................83Enrique González RojoEl Hereje………………………..................................87Juan Hernández LunaPara que no te vayas………………........................... 93Agustín JiménezSin título……………..................................................95Eduardo LangagnePiedras……………...............................................…..97
    • Mónica LavinEl desconocido.Más tarde.Despistada.PretextoTestigo......99Guadalupe LoaezaEl cristal con que se mira……………......................103Sanjuana MartínezSicaro de profesión…………………….....................113Jorge MochCarne frita……………..............................................121Carlos MonsiváisEra nuestro futuro una red llena de agujeros ……....133Carlos MontemayorQuiero saber……………..........................................139Eduardo MonteverdeSoliloquio………………………..............................141Humberto MusacchioEl baile de las tabaqueras…………..........................147Thelma NavaLos Inquisidores……………....................................153Cristina PachecoEl viaje imposible……………………......................157José Emilio PachecoManuscritos de Tlatelolco…………..................….. 163Francisco Pérez ArcePalabritas…………………...................................... 169Elena PoniatowskaEl Chino……………….............................................171Víctor RonquilloTres rolas con la música por dentro...........................175Pedro SalmerónLucio Blanco…………. ...........................................177Benito TaiboGiordano Bruno……............................................... 183Paco Ignacio Taibo IIApaches en la colonia Granjas México………….....187Armando Vega- GilDesnudos en la calle…………..................................193José Luis ZárateInvasión zombie…………........................................201Rafael Barajas DuránEl Fisgón....................................................................205
    • AntologíaGato Culto Paco I. Taibo 
    • Antología No pases esa puerta José AgustínCuauhtémoc había escapado a tiempo. Unos mesesantes Alba, su esposa, supo que la dictadura desata-ría el terror, y planearon huir. Ella lo hizo primero,para ver a sus amigos y encontrar un sitio adecuadoen el que pudiesen trabajar. Él se quedó, siempre conla idea de que Alba exageraba y de que las cosas noresultarían tan mal. Sin embargo, al poco tiempo ocu-rrieron los primeros secuestros: la gente desaparecía,ya no la volvían a ver nunca más y el terror dominabaa los pobladores. Cuauhtémoc comprendió entoncescuánta razón había tenido su mujer. Logró salir de laciudad la noche que empezaron los arrestos masivos ya duras penas logró evadir las tropas que marchabanpor todos los barrios. Su corazón se ensombreció alver que no había avisado a ninguno de sus familiares yamigos, que para esas alturas debían hallarse prisione-ros del tirano. Pero ya no había nada que hacer, salvoalegrarse de que al menos ellos se habían salvado. Alba se estableció en la ciudad de G, donde sufamilia tenía buenos amigos. Le fue muy bien, puesencontró ocupación para ella y para su marido, ade-más de que pudo hospedarse en la legendaria Casadel Sol Poniente, donde residían ancianos jubilados ygente joven que, como ellos, podían entender y apre-ciar el tipo de vida que se acostumbraba allí. La casaen realidad era un viejo e inmenso palacio. En los te- 
    • De los cuates pa’ la razachos había fuentes, jardineras y una vista formidablede los volcanes y de las puestas de sol. Allí la gentemayor descansaba a la sombra de las enormes terra-zas. En la planta alta se hallaban los grandes salonesde la vida en común, los comedores, las salas de estary de juegos, las cabinas de proyección, las estanciasde los festejos y de las grandes reuniones, además delas oficinas de la administración. En la planta alta es-taban los pequeños departamentos en donde vivíanlos ocupantes, todos con recámaras amplias, estancias,cocina, baño y un pequeño jardín con su fuente. ¡Es perfecta!, exclamó Cuauhtémoc, radiante,cuando Alba le mostró la casa. Y aún no conoces losjardines, en realidad son un bosquecito con todo yarroyos y estanques. Y los sótanos, Cuau, son intermi-nables. Un verdadero laberinto. Dicen que en algunaparte, en lo más oscuro, hay una puerta con un cuatrode oro y que por ningún motivo puedes abrir, por nadadel mundo. ¿Por qué? No sé, pero esta prohibidísimo.Pues entonces no se diga más, afirmó él, vamos a bus-carla. ¿Ahora mismo? Sí, ¿por qué no? Bueno, suspiróAlba, pero nos vamos a perder, es que no los conozcobien, y una vez de plano me perdí. De pura suerte oíque alguien andaba cerca, me puse a pegar de gritos yme encontraron. Cuauhtémoc pensó que en realidad su mujersiempre había sido más bien torpe para orientarse“medio despistadilla”, decía, en cambio él se ubicabaa la perfección en cualquier parte. Salieron ambos deldepartamento en donde vivirían y llegaron a la puerta 10
    • Antologíaque conducía al sótano. En realidad era una sober-bia escalinata de mármol que descendía hasta un arcode portón. Oye, es impresionante esto, ¿eh?, comentóCuauhtémoc. Te dije, sonrió Alba, un tanto nerviosa.Bajaron el portón, que se hallaba abierto, pero, an-tes de que pudieran traspasarlo, una muchacha de laadministración los alcanzó y les dijo que los coordi-nadores de la casa querían hablar con ellos. Otra vezserá, comentó Alba. Cuauhtémoc miró largamente laentrada de los sótanos, y se prometió explorar “ese fas-cinante subsuelo”. La ocasión se presentó pronto, y Cuauhtémocdescendió por la escalinata, franqueó el portón y llegóa una estancia de la que salían varios pasillos; tomóuno, al azar, y vio muchos cuartos llenos de libros ymesas para leer o trabajar; algunas personas lo ha-cían en ese momento y lo saludaron silenciosamenteal verlo pasar. Avanzó con buen paso por el pasillopoco iluminado, fascinado por los libros que tambiénhabía en el pasillo y por los cuadros de las paredes,encantado por la limpia humedad del aire y con lavaga aprensión, ¿a qué?, se preguntaba, pues a perder-me, claro, pues el pasillo condujo a nueva bifurcación,y el camino que tomó lo llevó a otra y él ya no sa-bía por dónde andaba. Se había perdido por comple-to, demasiado pronto, se quejaba, herido en su amorpropio. Por donde avanzaba todas las puertas estabancerradas, pero ya no sentía curiosidad por asomarse alos cuartos, sino, más bien, cierto temor. Lo hizo enalgunos y casi no vio nada por la oscuridad enrarecida 11
    • De los cuates pa’ la razaque los velaba, apenas se distinguía algo que semejabamaquinaria por los mortecinos destellos metálicos, oimprecisables muebles de madera oscura y húmeda.Pero nada de eso le importaba gran cosa, pues com-prendía que lo que quería era hallar el cuarto con uncuatro de oro en la puerta. La oscuridad era cada vez mayor. Cuauhtémocabría puertas y ya ni siquiera se asomaba. Una de ellasllevaba a un nuevo pasillo, más oscuro, y ante él se de-tuvo. Se quedó muy quieto y trató de que la intuiciónle dijera si el camino era correcto. El nuevo pasillose perdía en la oscuridad a los pocos pasos y el sóloenfrentarlos avivó la sensación de angustia calcinanteque desde momentos antes lo carcomía suavemente.Advirtió un silencio denso y cargado, solo a lo lejos leparecía oír un goteo y lo llenó una necesidad irracio-nal de cerrar la llave que goteaba. Comprendió, condesesperación creciente, que se hallaba al borde delpánico cuando, para su estupor, con toda claridad sin-tió que algo lo sujetaba de los hombros, lo hacía girarcuarenta y cinco grados y lo alejaba de ese camino.Avanzó con prisa entre la oscuridad total, rebasandolo que parecían nuevas puertas, penetró en otro corre-dor, casi corriendo, para entrar en calor porque se con-gelaba por dentro, se maldecía por haberse metido enese laberinto interminable. No quería detenerse por-que estaba seguro de que escucharía goteos y tictacs;con su estado de ánimo, la oscuridad y el silencio eranuna vía regia a las alucinaciones, y ya veía pequeñasexplosiones luminosas que se desgranaban en líneas 12
    • Antologíadestellantes y hacían más negra la oscuridad aldesaparecer. De pronto Cuauhtémoc detuvo lo que para eseentonces era una carrera frenética. El silencio. Era untenue zumbido que quién sabría de dónde llegaba,pero sí, emanaba de sí mismo, porque las cosas allítenían su propia forma de silencio. El de Cuauhtémochervía, era un estrépito sordo que por fuera, con mu-cho cuidado, podía percibir como un flujo uniformey denso. Estaba aterrado. Allí había algo terrible. Sucuerpo se había comprimido, y Cuauhtémoc lo sentíaespecialmente en una punción dolorosa en los testí-culos. Aguzó la mirada. Apenas se distinguía un nú-mero cuatro de oro en una de las puertas. Su cuerpono quería moverse pero se desplazó y sí, allí estaba elnúmero. Lo tocó y tuvo que retirar el contacto al ins-tante porque sintió una descarga que en fracciones desegundo lo llevaba a perder el sentido. El terror era muy vivo y a él sólo se le ocurríavomitar lo más posible y luego salir corriendo de allí.Con toda claridad escuchaba una voz ordenándoleque no pasara esa puerta. Sin embargo, Cuauhtémocconvocó las últimas fuerzas y tomó la perilla. ¡No lohagas!, decía la voz en su interior. Pero él abrió. Dentro encontró a una mujer completamentedesnuda, muy joven: el cabello se le ondulaba sobrelos hombros, se perdía en la espalda y realzaba la blan-cura y la suavidad de la piel, de los pechos, llenos dedureza, de la pendiente de la cintura, del pubis con sudulce vello, y de las piernas. Toda ella parecía frágil 13
    • De los cuates pa’ la razay poderosísima a la vez, había algo rotundo y con-mocionante en su perfección, algo insoportablementeglorioso que no se debía ver, y Cuauhtémoc apenaspodía retener un hilillo de vida ante la presencia dela mujer, que irradiaba su propia luz cegadora y cuyorostro perfecto parecía el de una joven y de una ancia-na, de la eternidad misma. Los ojos eran terribles, allí había un espacio ne-grísimo, el vacío total, pero también calor calcinante,una mirada muy dura y severa con una llama de com-pasión, esto lo vas a pagar, le decía la mirada, no sabeslo que te costará haberte atrevido. Cuauhtémoc cerró la puerta de golpe. Sabíaque estaba a punto de desplomarse como edificio decenizas si la continuaba viendo. Sintió que infinidadde fuerzas poderosísimas tiraban en todas las direc-ciones de su cabeza. Se iba a desintegrar. Se hallabasuspendido en una frontera fragilísima. En ese mo-mento de nuevo sintió que algo o alguien lo tomabay lo hacía girar ciento ochenta grados hasta quedarde espaldas al número cuatro. Cuauhtémoc salió co-rriendo a toda velocidad por la oscuridad, en mediode tropiezos y golpes. Conforme se alejaba advertíaque al fin cedía lo que le desgarraba su interior. Habíaun poco más de luz cuando de súbito tropezó y quedóbocarriba en un suelo helado, jadeando ruidosamente,aún con deseos de gritar, de aullar. Una profusión caó-tica hervía en él y lo hizo levantarse, correr de nuevopor los pasillos cada vez más iluminados hasta queencontró la salida del sótano. 14
    • Antología Tiempo de carnaval Armando BartraCuando las Torres Gemelas caen una y otra vez enobsceno replay televisivo mientras los muertos deManhattan siguen muriendo en Palestina, en Afga-nistán, en Irak, en Líbano... Cuando el capital virtualcoloniza el mundo por la red mientras los coloniza-dos colonizan a pie las metrópolis primermundistas.Cuando el único porvenir disponible se compra en los“contratos de futuros” de la bolsa de valores. Cuandola gran ilusión del siglo XX deviene ancien régime ylos integrismos envilecen causas que alguna vez fue-ron justas y generosas. Cuando los niños palestinosque perdieron familia, casa, tierra y patria pierden lavida, la guerra y el alma desmembrando niños judíos.Cuando por no cambiar, todo cambia en una suertede gatopardismo cósmico. Cuando lo que era sólidose desvanece en una mueca irónica como el gato deCheshire. Entonces, es hora de darle vuelta al colchóny a la cabeza. Es tiempo de enterrar a los muertos paraabrir cancha a los vivos. Es tiempo de carnaval. Porque a veces somos de izquierda por inercia,por rutina, por flojera de repensar los paradigmas. Ylos hay que siguen zurdos sólo para preservar el lookcontestatario que tantos desvelos les costó. Pero hoy,cuando el gran proyecto civilizatorio de la izquierdanaufraga y el socialismo tópico, que reveló sus íntimasmiserias, es ingresado en la morgue de la historia con 15
    • De los cuates pa’ la razaotros cadáveres ilustres como su primo, el Estado debienestar. Hoy, que se proclama el “fin de la historia”no anunciando el advenimiento del reino de Marxsino la llegada del mercado absoluto. Hoy, que se de-rrumban muros y mitos, estatuas y dogmas. Hoy, laizquierda apoltronada corre el riesgo de volverse reac-cionaria, conservadora, reculante; repetidora de caver-nosas consignas; defensora empecinada del dolorosofiasco social en que se convirtió la utopía realizada. Si izquierda significa riesgo y aventura, si es vi-vir y pensar en vilo, en el arranque del milenio hayque dejar de ser de izquierda para seguir siendo zurdo.Hay que desembarazarse de rancios usos y costum-bres, de fórmulas entrañables pero despostilladas. Hayque reordenar la cabeza, subvertir la biblioteca, vaciarel closet y el disco duro, airear la casa. Hay que disol-ver matrimonios caducos y enamorarse de nuevo. La izquierda necesita deshacerse de tilichesdesvencijados; abandonar sus ropajes envejecidos, sulenguaje de cliché, su modito de andar como arras-trando los dogmas. La izquierda necesita encuerarsepara avanzar “a ráiz” en el nuevo milenio. La izquierdanecesita una purga de caballo. Y si después de cuestionarlo todo, de subvertirlotodo, aún encontramos razones para ser zurdos, en-tonces —y sólo entonces— comenzará a nacer unanueva izquierda. Una izquierda burlona y con humor,porque para sobrellevar nuestros desfiguros y el pape-lazo que hicimos durante el siglo XX hace falta corajepero también sentido del ridículo y cierto desparpajo. 16
    • Antología Lo mejor de nosotros, los siniestros, ha empren-dido un magical mistery tour, un viaje catártico y pu-rificador con música de aquellos setenta. Llevamospoco equipaje, pero en el camino estamos descubrien-do prácticas y pensamientos heterodoxos antes sosla-yados. Aunque también revaloramos nuestra heredad,podamos el árbol genealógico y sin pasar por el divánnos vamos reconciliando con algunos episodios peno-sos del pasado. “Que la fantasía expulse a la memoria” escribióHerman Melville en “Moby Dick”. Buena consignapara una izquierda que aún alienta porque ha sido ca-paz de resistir al fatalismo, de exorcizar los fantasmasdel ayer. Pues si algo debemos rescatar del cajón delos trebejos jubilados es que la historia no es destino—ni inercia económica— sino hazaña de la libertad,es decir, de la imaginación. Cuando los catequistas del mercantilismo di-funden machacones los versículos de la teología dela neoliberalización. Cuando impera un nuevo fun-damentalismo economicista que ve en el mercado elterritorio neutral donde se resuelve el destino de lahumanidad por obra y gracia de las fuerzas ciegas,sordas y estúpidas de la libre concurrencia. Cuandose sataniza a la economía política y se rinde culto a laeconometría como presunta ciencia exacta. Cuandose proclama que la economía es dura y la sociedadblanda, de modo que las aspiraciones humanas de-ben ajustarse a los dictados de la máquina de producir.Cuando se nos quiere hacer creer que la buena vida es 1
    • De los cuates pa’ la razaresultado automático del crecimiento y la felicidad output de una matriz econométrica. Entonces, hay querevelarse contra el fatalismo, contra la inercia, contraun destino prefigurado en las cartas del Tarot de lasprospecciones financieras. Entonces, hay que reivin-dicar la socialidad y el proyecto. Si en la centuria anterior primó la desalmadaeconomía, en la nueva habrá de imperar la sociedadsolidaria. Más nos vale. La humanidad no aguan-ta otro siglo como el anterior. Pero para aplacar alautómata mercantil, para domesticar a la máquinaeconómica, es necesario reivindicar el porvenir comoproyecto; es de vida o muerte recuperar a la historiacomo afán, como invención, como aventura, comoutopía en movimiento. Y el combate no será sólo contra los intelectualesneoconservadores y los Chicago Boys, también habráque desembarazarse de los restos del fatalismo liber-tario, del determinismo económico de izquierda. Por-que, en las últimas dos centurias del milenio uno delos saldos de las pasmosas revoluciones industriales,fue la exaltación de la técnica y sus saberes, un cultoque se extendió al ámbito de lo social a través de laeconomía “científica”. Cuando el maquinismo fabrildevino corazón de una sociedad-máquina regida porlos dictados del costo-beneficio, surgieron apologistasdel sistema deslumbrados por el “todos ganan” de las“ventajas comparativas”, y también profetas de la “tasadecreciente de ganancia” y la crisis ineluctable. Pero 18
    • Antologíaunos y otros descifraban el porvenir en las entrañasdel sistema económico. “El Capital”, de Carlos Marx, fue la Biblia delnuevo socialismo. Un socialismo que se pretendía“científico” por trascender la pura condena moral dela sociedad burguesa desplegando una crítica rigurosadel sistema económico del gran dinero. Y más allá delas intenciones de su autor, el libro canónico tuvo lec-turas fatalistas según, las cuales el desarrollo produc-tivo del capital sería la antesala de un comunismo tanemancipador como ineluctable, que avanzaba monta-do en las galopantes fuerzas de producción. Así, pesea que el filósofo revolucionario concebía a la libertadcomo conciencia crítica y como práctica transforma-dora, su profesión de fe materialista se asimiló al de-terminismo metafísico de Hegel. Paradójicamente, las revoluciones del muy revo-lucionario siglo XX —consumadas varias de ellas ennombre del visionario alemán— fueron un mentís asus más caras predicciones. El asalto al cielo no se dioen los países industrializados de Europa, donde lasembarnecidas fuerzas productivas debían reventar lascosturas de las relaciones de producción, sino en lasorillas del sistema. Aunque pronosticada por el aná-lisis económico, la Revolución metropolitana no es-talló. En cambio la excéntrica y voluntarista Revolu-ción rusa fue el puente con insurrecciones igualmenteprecoces en países semicoloniales de Oriente. Y si elproletariado industrial era la clase económicamentepredestinada a encabezar las luchas por la liberación 1
    • De los cuates pa’ la razadefinitiva, fue el campesinado —desahuciado por laeconomía— quien protagonizó las grandes rebelionesdel siglo pasado. Y el marxismo se adaptó de grado opor fuerza a las insurgencias realmente existentes. Llamado a suceder al capitalismo monopolistaen los países más desarrollados, el socialismo resultóen la práctica un curso inédito a la modernidad neo-capitalista, una vía de industrialización y urbanizaciónrecorrida casi siempre por pueblos mayoritariamentecampesinos en países económicamente demorados.Anunciado como el principio del fin del Estado dic-tatorial de clase, el socialismo devino hiperestatismoautoritario. La Revolución resultó una aventura fra-casada en sus pretensiones liberadoras radicales y elnuevo orden acabó siendo inhóspita estación de trán-sito. Pero, en otra lectura, el socialismo fue igualmenteun proyecto social de largo aliento, una heroica aven-tura civilizatoria protagonizada por los trabajadoresindustriales, aunque también, y sobre todo, por loscampesinos y otros orilleros. Una excursión históricaemprendida a contrapelo de la bola de cristal de laspredicciones económicas. Leer su fracaso como evi-dencia de que la Revolución ocurrió donde no debía,de modo que los insurrectos pagaron con la derrota desus ilusiones libertarias la osadía de haber emprendidoel asalto al cielo en las orillas y no en el centro; decir,a estas alturas, que la Revolución fracasó porque nosucedió en Europa es desechar un siglo de historia. 20
    • Antología El socialismo realmente existente —de cuál otropodríamos hablar con verdadero provecho los pre-suntos materialistas— no fue la obra infame de unpuñado de malvados ni tampoco un error históricoproducto de insurrecciones prematuras o desubicadas.Rescatar de los escombros de las revoluciones fácti-cas un socialismo irreal, una utopía marxiana que secumplirá indefectiblemente cuando por fin madurensus premisas y —entonces sí— tenga lugar la verda-dera Revolución, es catalogar de extravío y valorar enmuy poco el esfuerzo de millones de seres humanosque dejaron sangre, sudor y lágrimas en la prodigiosaempresa de edificar un orden económico y social máshabitable. Si los predestinados alemanes no supieronhacer la Revolución —que sí hicieron los rusos y lue-go otros orilleros— pues ellos se lo perdieron. ¡Hic Rodhus, hic salta! Buenas, malas o feas, ésasfueron las revoluciones del siglo XX. Probemos ahí lafuerza explicativa de nuestras teorías. 21
    • Antología Desembarco. A la manera de Esopo. Mis calcetas Sabina Berman DesembarcoEstán tus lienzos, tus pomos de pintura, tus pinceles,tu cuerpo. Tu mano toma carboncillo, medita un ins-tante: traza un barco. Te vuelves a mirarme: desem-barcas. A la manera de EsopoHabía una vez una niña sentada en la playa. El solblanco del mediodía quemaba tanto, que la niña sen-tía cómo le arrugaba la cara y se la convertía en otra,como de rana. Se dijo a sí misma: ¡Oh, qué desdicha: tener una cabeza de rana yun cuerpo de humana! Entonces el sol también empezó a quemarle elcuerpo, hasta volverlo cuerpo de rana. ¡Oh, qué desdicha exclamó más la niña: teneruna cabeza y un cuerpo de rana y una mente de hu-mana! Entonces el sol ardiente la invadió de golpe y letocó hasta la mente. ¡Oh felicidad murmuró la rana conmovida: te-ner cuerpo y mente unidos! 23
    • De los cuates pa’ la raza Mis calcetasMe desperté hoy como día a día me despierto: con eldespertar de Ernesto: un súbito graznido, un sentarsesobre la cama rotundo, un canturreo idiota mientrasbusca entre las sábanas sus calcetas y hasta que se laspone. Se duerme vestido. Llega noche a noche can-sado, harto de llegar noche a noche cansado, se tirasobre la cama, dice que se pondrá la pijama en cuan-to recobre un poco de fuerzas, se duerme. Durantela noche pierde las calcetas. Se soba el pie derechocon la planta del izquierdo y viceversa. Se despiertade golpe, sacudido en un solo movimiento del sueño,se sienta sobre la cama con un graznido (mis calcetas,mis calcetas), revuelve las sábanas cantando no sé quétierna canción de un negrito y una negra jacarandosahasta que encuentra y se pone las calcetas. Yo, entreuna pestaña y otra, lo observo, me digo: me desper-té hoy como día a día me despierto: con el despertarde Ernesto: un súbito y eso y lo demás hasta llegara cansarme de describir paso a paso el despertar deErnesto; y decir simplemente que me desperté hoycomo día a día me despierto: con el despertar de Er-nesto: un súbito y eso y lo demás y me voy sumiendonuevamente en mi sueño que trata de un hombre quese despierta graznando vestido y sin calcetas. 24
    • Antología Crononáuticas Bernardo Fernández, Bef“Ayer moriré. Lo supe pasado mañana”, me dirá eltipo, esperando que yo me sorprenda. Desde luego, leobservaré inexpresivo. “Caeré por accidente en el cretácico, donde undinosaurio me aplastó el cráneo cuando salgo de lamáquina”, continuará diciendo. Luego dará un largotrago, con el que terminará de beberse la cerveza queorinó la semana pasada. “Vine al último mañana, al que ya no vi. Jamássabré qué pensé en el momento de morir. ¿Es inevi-table?”, y yo asentiré, sabiendo que al tipo no le sirvióde nada. “En fin, ayer todo valdrá madre, así que al malpaso darle prisa”, y dicho esto se levantará, subirá a sumáquina y saldrá hacia ayer, de donde partirá al cretá-cico. No será fácil ser crononauta, pero para eso es-tarán puestas esas estaciones atemporales, donde losnavegantes podremos detenernos a echar unos tragosy recordar el futuro. Si no, nos volveríamos locos. 25
    • Antología La madre del metro Óscar de la BorbollaYo fui el primer niño que nació en el Metro, un díacomo hoy, hace casi veinte años. Nací en la Línea 1,entre las estaciones Sevilla e Insurgentes. Mi madre,hija de ferrocarrileros y nieta de los hombres que hi-cieron nuestra Revolución desde los trenes, se empeñóen conocer el Metro a pesar de las advertencias de mistías de que con esa panza no era bueno ir a inaugura-ciones tumultuarias. Se fue de madrugada contra viento y marea y,cuando por la noche, regresó conmigo entre los brazosy yo con un chipote en la mollera, mis tías muy alarma-das, me desvistieron los folletos con los qué mi madreme había improvisado una chambrita y unos pañalesde papel. Le recriminaron su imprudencia: echarmeal mundo en un subterráneo, sin la ayuda aséptica deuna partera y todo por no poder aguantarse las ganasde visitar el Metro en esa ocasión: esa fue la defensade mamá. Las tías soltaron unas palabrotas injuriosas,me exprimieron unos limones en los ojos para preve-nir una infección y, como mis alaridos terminaron deenojarlas, mi madre y yo fuimos expulsados a la calle.Yo, por supuesto, no me acuerdo de nada; pero mi ma-dre me contó mil veces los pormenores de esa calami-tosa noche en que vagamos por las calles de México,de zaguán en zaguán, buscando un techo para pro-tegernos de la lluvia, porque llovía a cántaros rotos y 2
    • De los cuates pa’ la razalos perros aullaban de frío; y su principal preocupa-ción era que los túneles del Metro fueran a inundarse,porque si eso ocurría se iban a oxidar los flamantesvagones anaranjados y los rieles se mancharían conlamparones de salitre. Llovió toda la noche, pero lostúneles amanecieron secos y los vagones impecablescomo el día anterior. Ella y yo, en cambio, desperta-mos ensopados debajo de unas hojas de periódico enlas que se había deslavado la noticia de la inaugura-ción del Metro. Yo estaba muy pequeño y me faltaban fuerzaspara exigir mi desayuno de calostro, para oponerme ala decisión de mi madre de acudir, en cuanto abrieran,a comprobar el estado del Metro, a revisar si de verasfuncionaba el drenaje, a ver si todo seguía en orden y,por eso, la acompañé en ayunas, llore y llore, de unaestación a otra hasta que unos usuarios, hartos de misberridos, intercedieron por mí pidiéndole a mi madreme tapara la boca con algo. Fue mi primera comidaen este mundo, y me atraganté cuanto quise porquemamá, distraída con el paso de la pared de afuera de laventanilla, me dejó hacer y deshacer. A media mañanaera un bebé feliz, un bebé sano, contento y encueradoque por la noche iba a volver a casa de sus tías juntocon una madre arrepentida que juraba portarse biende ahí en adelante y obedecer a sus hermanas mayo-res. También en el Metro conocí a mi padre: ten-dría diez años por aquel entonces, y diariamente alsalir de la escuela iba a pararme en el andén de la es- 28
    • Antologíatación Tlatelolco para interceptar a mamá que ahí sebajaba con la intención de hacer un nuevo transbordo.Discutíamos porque ya eran las tres, hora de la co-mida, y ella deseaba seguir paseando, cuando reparéen un hombre con overol de mezclilla y gorro de fo-gonero que en el andén contrario gritaba el nombrede mi madre y nos hacía unas señas con un paliacaterojo. Allá enfrente hay un señor que te habla, le dije ami mamá, y ella, al verlo, se puso a lanzar besos con lamano y a gritar que este escuincle, refiriéndose a mí,es tu hijo, ¡míralo!, me cargó hasta el peligroso bordedel andén para que el hombre me viera mejor, y a míme dijo con los ojos arrasados de lágrimas: Ése queestá allí es tu padre. Yo, confundido, levanté la mano para saludar-lo; pero en ese momento llegó un convoy anaranjadoy se interpuso entre nosotros: mi padre entró al va-gón que nos quedaba justo enfrente, sacó la cabezapor la ventanilla y sólo alcancé a oír la frase “muchogusto”, pues en ese instante arrancó el tren y se lo lle-vó para siempre y no volví a mirarlo nunca, aunquemi madre me prometió que a la primera oportunidadiríamos a platicar con él a su trabajo, porque era unmayordomo de vía en Buenavista, un ferrocarrileromuy amable que a ella, cierta vez, le había mostradoun carro Pullman, y porque el lugar era hermoso:una especie de museo a la intemperie, un deshue-sadero de chatarra donde había las cosas más lindasdel mundo: locomotoras, ruedas de tren y ejes, clavosenormes para clavar durmientes, rieles amontonados, 2
    • De los cuates pa’ la razatornos y fresadoras descompuestas, todo un cemen-terio ferroviario, y entre esas maravillas trabajaba mipadre. Jamás fuimos porque yo no debía faltar a la es-cuela y porque mi madre, aunque yo tuviera vacacio-nes, prefería sus acostumbrados recorridos en Metro:las nuevas líneas, la red subterránea que surca haciatodos los rumbos el subsuelo de México, los ríos degente que contagiaban a mi madre con su ímpetu y sudecisión de llegar, las estaciones terminales con su bu-llicio de combis y trolebuses, las horas pico en las queno cabe un alfiler y uno se siente soldado a los demás;los tubos para detenerse, tibios y resbalosos, barniza-dos y rebarnizados con infinitas capas de sudor quelos convierten en lo más liso de cuanto existe en elUniverso y, muy en especial, los espectáculos artísticosgratuitos a cargo de la legión de limosneros cantoreseran, sumados a la velocidad del Metro, unos atracti-vos que hacían que mamá no fallara nunca, que se lapasara yendo y viniendo hipnotizada desde tempranohasta que yo aparecía para convencerla de que ya erahora de volver a casa. Y sucedió lo previsible, lo vaticinado por mistías, lo que yo mismo temí cuando las interconexionesde las líneas multiplicaron las alternativas del andarerrático de mi madre: Un día, precisamente el día enque muy ufano me presenté en el andén de Tlatelolcocon mi certificado de secundaria, mi madre no llegó:la esperé toda la tarde y la noche hasta que el guardiame dijo que debía desalojar porque la estación estaba 30
    • Antologíaa punto de cerrarse. Regresé al otro día y al siguientey durante un mes entero estuve ahí buscando a mimadre entre la multitud. Han pasado cinco años desde que la perdí, ycada que puedo vengo al Metro con la esperanza deencontrarla. A veces creo verla en un vagón que sealeja en sentido contrario de aquél en el que voy, y aveces también, cuando salgo por la boca del Metroentre los apretones y los empujones, siento que nazcoa la intemperie de México, siento que me asomo almundo por primera vez, y eso me la recuerda. 31
    • Antología El club de la azotea Beatriz EscalanteBajen ese domo gritó la señora Lupita mientras secubría el cuerpo enjabonado con una toalla de floresque el chorro de la regadera empapó inmediatamente.Por el rectángulo de cielo recién abierto en el techodel baño, asomaban dos pares de ojos infantiles y unafrente pequeña sobre la que se agitaba un fleco laciode color café. ¡Vuelvan a poner el domo, escuincles desgra-ciados! Ninguno obedeció. Corrieron entre los tan-ques de gas, esquivando las mortales zotehuelas, lasantenas de televisión y los cables que manchaban todocon su óxido; se descolgaron por la escalera que dabaal patio de la casa de Araceli y, después de recibir aLalo, que era muy pequeño para saltar solo, y de bajarel switch de la luz para que no pudiera verlos el esposode la señora Lupita, se escondieron junto al refrigera-dor. ¿A él nunca lo han visto? preguntó Lalo. Sólo en el excusado dijo Araceli y las carcajadasno se hicieron esperar. En cambio, el esposo de la señora Lupita sí sehizo esperar: no estaba de humor para vestirse e ir auna casa donde jamás hallaba a un maldito adulto conquien quejarse. Para Marcela y Araceli, todos los díaseran idénticos: meterse al jardín de la casa abandona-da a cazar chapulines o a mirar la transformación de 33
    • De los cuates pa’ la razalos ajolotes en el agua verdosa de los charcos; pasárse-la jugando avión o escondidas en su club de la azotea:un solitario cuarto de servicio situado al final de suterritorio, en el límite de esa geografía gris de tende-deros y tanques de gas, que era casi el paraíso. Pero esatarde ellas no querían estar en el club, sino en la callemirando lo que parecía ser una casa en obra negra. Ahora sí vamos a entrar a los cuartos de la casaabandonada le dijo Marcela en secreto a Araceli,quien veía en esa construcción la azotea que tanto ne-cesitaban, el puente indispensable entre sus dominiosy la casa abandonada y, por eso, aunque unos perrosse pusieron a copular a media calle, Araceli y Marcelano se rieron, ni se sonrojaron, ni se dieron de codazoscomo otras veces. ¿Hasta qué horas empieza el juego? se quejóLalo. Nosotras vamos a hacer un plan dijo Araceli,tú vete. Si no me dejas quedarme te acuso con mimamá. Si tú me acusas, yo le cuento que te castigarontoda la semana sin recreo por burro. ¡Ay, Lalo!, ya lár-gate con los niñitos de tu edad, ¿no ves que queremosestar solas? Y Lalo, con la capa de Batman que susabuelos le acababan de regalar por su cumpleaños, sefue a la banqueta de enfrente, a ver a los niños quejugaban a las canicas y que no le permitían participarporque “siempre andas con viejas, maricón”. Los alba-ñiles fueron vigilados por Marcela y Araceli durante 34
    • Antologíamuchos días, tantos, que casi se llenaron las páginasde ejercicios de los libros de texto, los últimos de lavida, pues en secundaria “no hay libros de texto, nitareas, ni horarios, ni quién se fije en si te vuelas unaclase o si te vas de pinta”, aseguraba Araceli con lospárpados semicerrados, para que esa visión de libertadno fuera a fugársele. Por fin, el cemento fresco de la construcciónalcanzó el nivel de las azoteas: ya no había separaciónentre el territorio continuo y la zona prohibida. Esamisma noche, cuando el reloj de la sala marcó las diez,Lalo y Araceli ascendieron por la escalera del patio.En cuanto estuvieron arriba, él se dedicó a brincar uncable de un lado para el otro ininterrumpidamente; encambio, Araceli se sentó en el tanque estacionario degas y, con la vista a lo lejos, esperó a su amiga casi unahora. Ojalá mi mamá también trabajara en un hospi-tal dijo Marcela justificando su retraso cuando al finapareció. Llevaba una linterna. Desde la nueva construc-ción, sembrada de varillas y costales, proyectaron elcono de luz sobre la azotea de la casa abandonada, porfin podían alcanzarla, abrir la puerta y entrar uno trasotro muertos de miedo y de risa, “porque en esta casatodo suena distinto”, dijo Araceli. “Es sólo el eco”, res-pondió Marcela. “No, no es cierto, me quiero ir, mesiento mal, la ropa me aprieta”, dijo Araceli, mejor vá-monos, insistió, y al tomar de la mano a su hermani-to sintió unos dedos anchos, grandes, que la hicieron 35
    • De los cuates pa’ la razagritar. “No te asustes, soy Lalo”, dijo una voz gravede adulto. “¿Qué pasa?”, preguntó Marcela y tambiéndesconoció su voz. “Vámonos”, gritaron los tres y, alcorrer hacia la azotea, descubrieron que tampoco suspasos medían lo de antes. Marcela dirigió la luz de lalinterna hacia su propio cuerpo y aterrada miró queya no tenía el pecho plano. Tropezando y entre gritossalieron de la casa abandonada, saltaron de una azoteaa otra hasta llegar a sus dominios y ni siquiera ahí sedetuvieron, tenían que refugiarse en la casa de Araceli,esconderse a un lado del refrigerador. Al verse pálidospor el susto y la cal empezaron a reír. “Crecimos”, dijo Marcela. “No, no es cierto,sólo nos asustamos”, dijo Araceli. “Crecimos repitióMarcela , por eso reventó nuestra ropa”. “Mentira, serompió cuando corríamos.” Para Araceli ser grandeno tenía ventajas: equivalía a convertirse en enfermeracomo su mamá; a cuidar enfermos que invariablemen-te terminaban muriendo. Le costó trabajo dormirse;soñó que atravesaba de un cuarto a otro un hospitalen forma de pasillo, un tren cuyos vagones desembo-caban en un anfiteatro. “Yo no quiero volver a esa casa”, dijo Araceli lanoche siguiente cuando, otra vez en la azotea, Marcelay Lalo estaban decididos a aclarar el misterio. “Porqueyo crecí, yo sí crecí”, dijo Lalo deseoso de ser grandepara bajar a la calle y desquitarse de los niños que noquerían jugar con él y lo llamaban maricón. Pero, pormás que intentaron convencerla, Araceli se quedó enla zona segura de las azoteas, sin aventurarse siquie- 36
    • Antologíara, a ir hasta la construcción que durante el día habíaavanzado un poco. Como si estuvieran en la casa de los espejos,pero sin risas, cada uno observó la transformación enel otro. Marcela acarició la cara de Lalo y, por prime-ra vez, lo áspero de una barba no le resultó desagra-dable. Lalo, al mirar que el vestido de Marcela casino la cubría, descubrió que esas piernas de muslosbien formados provocaban en él una sensación des-conocida que lo hacía acercarse y buscar el contacto.Marcela sintió que se erizaba. Afuera, arriba, des-de la escalera, sin atreverse a descender, Araceli lesgritaba que volvieran, que llevaban horas allá abajo,que iría a pedir ayuda si no subían cuanto antes. Yregresaron: callados, sin mirarse. Araceli les reclamósu silencio: se pierden y encima no quieren contarmenada. “Les juro que la próxima vez yo también en-tro.” Pero, aunque los tres lo desearon y no hicieronotra cosa que pensar en volver a la casa abandonada,no lo lograron: al día siguiente y al siguiente y du-rante varias semanas, la construcción que les habíapermitido cruzar fue vigilada todo el tiempo por unacuadrilla de albañiles que les impidió el paso. Le-vantaron otro piso y otro más hasta que acabaron ar-mando un edificio frente al que, una tarde, Marcelay Lalo comprendieron que ese atajo para encontrarsesiendo adultos se había perdido. 3
    • Antología La máscara de Muerte Roja Gerardo de la Torre—Tenía encendida una vela a Dios y otra al Diablo—dice Dionisia Primera. Y en seguida procede a explicarque Muerte Roja (de nombre real José Luis Domín-guez, originario de Acayucan, Veracruz, 32 años en elmomento de su muerte) se hallaba decidido a con-vertirse en el número uno, el luchador que arrastraríamultitudes a la taquilla, y en consecuencia pasaba lashoras en el gimnasio levantando pesas, fatigando lacaminadora y la bicicleta fija, dándole a la pera y elcostal, estudiando las posibilidades de la acolchadapalestra porque para ser el más grande no bastabanlas capacidades atléticas y la astucia en el combate, eranecesario darle vuelo a la imaginación y arrastrar alpúblico a escenarios inesperados. Seré el más amadode los luchadores, afirmaba Muerte Roja. Y Dionisiale decía que era ya el más amado, ningún otro recibíade ella tanto amor. La vela encendida a Dios tenía la encomiendade asegurar para Muerte Roja los triunfos en el enlo-nado, incluidas lucrativas presentaciones en arenas deLos Ángeles, Houston, Chicago y quizás en las remo-tas tierras del sol naciente. Y si Dios le fallaba, el recurso del Diablo consis-tiría en proporcionarle una plaza en la policía judicial,prometida por el comandante Cansinos, en sus tiem-pos de luchador conocido como La Bestia, que cada 3
    • De los cuates pa’ la razaviernes acudía a la Arena México y luego se llevaba aMuerte Roja a jugar dominó y beber cubalibres, o bieniban a los cabaretuchos de la colonia Obrera donde losmeseros, los músicos, las empingorotadas damas y aunel gerente atendían al comandante a cuerpo de rey:cuando se le ofrezca bailar, ya sabe, comandante, ¿letocamos la de siempre, comandante?, ¿una de güisqui,comandante? Pero decía Cansinos que el güisqui era paramaricones y demandaba buen ron jamaiquino y todoslos viernes, al filo de la tercera ronda, fuese en la ta-berna del dominó o en el ámbito lúgubre del salón debaile, colocaba el índice impetuoso, un dedo grueso ytorcido como todos sus dedos, en el pecho del jovengladiador y proclamaba: cuando te retires, Muerte,cuenta con esa chamba, te voy a hacer un investigadorchingón, mi brazo derecho. Y Muerte Roja le agradecía y luego, en el de-partamento que compartía con Dionisia, alegre se pa-voneaba ante la reina pueblerina, alardeaba de las ex-pectativas de su vida: sería el más grande en los encor-dados o el mejor en la corporación. Dionisia Primerameneaba la cabeza de arriba abajo y de abajo arriba,jamás puso en duda ni una cosa ni otra, aunque desdeluego se inclinaba por el éxito deportivo y, como sifuese dueña de premoniciones, sentía cierta aversióna la salida policiaca. Aunque el comandante Cansinosse empeñara en negarlo, mucho tuvo él que ver con lamala vida y la mala muerte de José Luis. 40
    • Antología —Pero ni una ni otra vela surtieron efecto— re-fiere Dionisia—, y lo curioso es que en esto intervinoun enmascarado de nombre Utopía. Mucho antes de que el pasante de arquitectu-ra Utopía, campeón universitario de lucha olímpicaen la categoría de los pesos medios, decidiera hacerseluchador profesional, mucho antes de que se diseñaraun atuendo azul pálido, decorada la máscara con elsímbolo del infinito, Dionisia Primera fue coronadareina de las fiestas de la sidra en Acaxochitlán, Hidal-go, y esa noche, en el baile que siguió a la gran fun-ción de lucha, tres combates preliminares y titánica(así lo anunciaba el programa) batalla campal en laque salió vencedor Muerte Roja, el luchador se acercóa la reina y le pidió la siguiente pieza. Bailaron dos,luego Dionisia cedió al acoso de los admiradores y sefue a bailar cumbias, merengues y danzones, mientrasen una mesa los luchadores, cuatro de ellos enmasca-rados, arrogantes concedían autógrafos y, sin desairarcervezas y cubalibres, se preguntaban si la soberanatendría bonitas piernas, ocultas esa noche bajo un lar-go vestido de suave color verde. Muerte Roja logró averiguarlo dos semanasdespués. Durante la última tanda de piezas que habíabailado con la reina, concertó cita para la tarde de unsábado en la cercana Tulancingo, donde lucharía esanoche. Dionisia aceptó el encuentro, a condición deque Muerte Roja se presentara en su carácter de JoséLuis Domínguez, es decir, sin máscara. ¿Pero entonces 41
    • De los cuates pa’ la razacómo vas a reconocerme?, inquirió el luchador. Puesmuy fácil, te enrollas esta mascada en el pescuezo, dijola reina y ofreció un pañolón de color naranja que lle-vaba al cuello. Habían quedado de verse en un cafecito en elcentro de la población, a un costado de la iglesia pa-rroquial. Muerte Roja, en efecto, llevaba puesto el pa-ñuelo, pero también la máscara. Dionisia, ataviada conun vestido corto y ajustado, zapatos altos, las lindaspiernas al desnudo, mostró un gesto de decepción ode molestia. Es que no me hallo sin este trapo, dijo elenmascarado a manera de disculpa. Y Dionisia, sagaz,irrespetuosa, replicó: lo que pasa es que seguro eresmuy feo. Muerte Roja soltó la carcajada, un estallidovivaz y contundente que agradó a la reina. Desde elbaile le había gustado la voz del luchador, la risa alta-nera, y lo poco que dejaba ver la máscara, unos oscurosojos briosos, labios abultados, inmaculada dentadura. Prometió Muerte Roja que esa noche, sin fal-ta, después de la función se despojaría de la máscara.Pero tiene que ser en un lugar privado, íntimo, fuerade las miradas de la gente. Abrió Dionisia unos ojosdesmesurados, dejó ver luego una sonrisa de mujerastuta. Qué dijiste, ya cayó la tonta, ni creas que voya entrar al hotel contigo. Trabajo le costó a MuerteRoja, a lo largo de un par de cafés, convencerla de queno era esa su intención, lo único que en verdad desea-ba, juró por lo más sagrado, era proteger su anonima-to. De cualquier modo dijo Dionisia que no pensaba 42
    • Antologíaquedarse a la función, y en el borde del atardecer elenmascarado, que un par de veces tuvo que detenersea firmar autógrafos, la acompañó a la salida de auto-buses. Unos segundos antes de subir al que la depo-sitaría en Acaxochitlán, Dionisia puso en manos delluchador, cuyo rostro no podemos saber si mostrabaindignación o desconcierto, un trozo de papel con susseñas: Dionisia Villada, calle Topiltzin 47. Ya sabesdónde encontrarme, se despidió. —La noche del accidente, un viernes, me des-pertó el teléfono a eso de la una de la mañana —diceDionisia. Era el comandante Cansinos. Tenía yo queir de volada al Centro Médico, donde habían inter-nado a José Luis. ¿Pues qué le pasó? No me lo quisodecir. Que estuviera lista, en diez minutos pasaríanpor mí. No había transcurrido una semana y ya MuerteRoja estaba tocando a la puerta del número 47 de lacalle Topiltzin. Era una casita de dos pisos —arriba,tres dormitorios y un baño; abajo, cocina grande, bañoy una sala comedor donde se apretujaban los mue-bles— pintada de un azul desteñido. Abrió una mu-jer de cuarenta y tantos, enjuta, cuyos rasgos hacíanrecordar, lejanamente, los de Dionisia: la nariz rectay fina, semejantes ojos castaños. Pásele, la Nicha notarda en bajar. Como si lo esperasen, como si fuera unvisitante asiduo o la reina hubiese adivinado que setrataba de él. Siéntese, no demora. Y minutos despuésDionisia Primera bajó la escalinata como una reina 43
    • De los cuates pa’ la razaauténtica. De pie, Muerte Roja, sosegado, comenzó adesatar la cinta de la máscara. Duró el noviazgo nueve semanas justas, al cabode las cuales el gladiador y la reina se casaron en la ofi-cina municipal en presencia de Fermín Villada, tabla-jero, Engracia Pérez, hogar, y dos hermanos de la no-via. Y, por la parte del contrayente, tres luchadores quehabían prescindido de las máscaras y el comandanteCansinos, quien al cabo pagó el banquete en el mejorrestaurante acaxochiteco: sopa de hongos, mixiotesde carnero y abundantes tequilas, cervezas y cubali-bres. Viajaron esa noche marido y mujer a Cuernava-ca, donde al día siguiente Muerte Roja participó enuna contienda de parejas, y luego se instalaron en eldepartamento repleto de trofeos, tapizados los muroscon diplomas y fotografías, que el luchador poseía enla colonia Tabacalera, el mismo departamento en elcual una noche, dos años después, Dionisia Primerarecibiría la llamada que anunciaba el golpe que el des-tino asestó al enmascarado. En el hospital la esperaba el comandante fati-gando un pasillo en el que ni siquiera le permitían fu-mar. Nada grave, informó el sudoroso judicial, pero loestán sometiendo a una operación larga y complicada.El accidente había ocurrido durante el combate este-lar, un mano a mano entre Muerte Roja, campeón depeso semicompleto de la estirpe de los malvados, y ellimpio y elegante Utopía. Se disponía a saltar enarde-cido Muerte Roja de lo alto de un poste y un resbalónlo echó a tierra en una caída para la que no estaba pre- 44
    • Antologíaparado. Fractura múltiple y expuesta de la articulaciónde la cadera, dictaminaron los médicos y acto seguidolo introdujeron al quirófano. Dos meses permaneció Muerte Roja en elhospital. Lo único que preocupaba al luchador era siquedaría bien. Decían los médicos que dependía de lapaciencia, de la constancia, de la voluntad que pusieraen su rehabilitación, hidroterapia, masajes, medica-mentos, un largo y tedioso programa de ejercicios. Aveces, pesimista, Muerte Roja apoyaba la cabeza enel hombro de Dionisia, que iba a visitarlo todas lastardes, y prorrumpía en llanto: no voy a quedar bien,tengo el presentimiento de que no volveré a luchar.Ya verás que sí, lo consolaba la reina, y si no, tienes eltrabajo que te ofreció Cansinos. —Pero no quedó bien y las dos velas se le apa-garon de manera simultánea —dice Dionisia. Porquetullido, cojo, no pudo regresar a las luchas ni lo acep-taron en la corporación. Sólo una vez más usó Muerte Roja la máscaraescarlata con el monograma MR bordado en negrosobre la frente. Al final, el último día de su existencia.Los casi cuatro años que mediaron entre su retiro y elmomento fatal, si bien mustios, transcurrieron apaci-bles, o al menos así lo suponía Dionisia. La verdad lareveló después el comandante. El luchador retirado había abierto un nego-cio de alquiler de videos. Por la mañana lo atendíauna empleada y todas las tardes, después de la siesta,se presentaba Muerte Roja, a quien ya solamente el 45
    • De los cuates pa’ la razacomandante Cansinos y algunos compañeros del ofi-cio conocían por ese apelativo. Buenas tardes, señorDomínguez, hoy fue un día flojo, señor Domínguez.Se ponían a hacer cuentas y el agreste propietario sequedaba en el local hasta las nueve o diez de la no-che. Todos los viernes pasaba a recogerlo Cansinos y,como si nada hubiese cambiado, iban a la cantina y alos cabarés de los días de gloria. Una vez, a eso de me-dianoche entró al teléfono móvil una llamada urgentepara el comandante. Ni modo, dijo Cansinos en cuan-to cerró el aparato, hay que ir a la comandancia, pareceque ya tienen a los secuestradores del banquero, ¿nosacompañas, Muerte? Dijo Muerte Roja que no teníanada mejor que hacer y subió al auto con ellos. En la comandancia entraron a un cuarto deparedes desnudas, sin ventanas y sin más mobiliarioque un par de sillas. En una se hallaba sentado el queseñalaban como cabecilla de una banda de plagiarios.¿Eres devoto de la virgen de Guadalupe?, le preguntóCansinos. El detenido dijo entre dientes algo indes-cifrable y el comandante le asestó un bofetón que loderribó de la silla. Conmigo vas a hablar claro, cabrón.Media hora después, el detenido había dicho todo loque Cansinos deseaba saber. Es tuyo, Muerte, inte-rrógalo, invitó el comandante.¿Pero qué le pregunto?Pues pregúntale quién se anda cogiendo a su ma-macita. Hubo una risotada y José Luis Domínguez,arrastrando la pierna derecha, se acercó al prisionero,tomándolo de la cabellera mantuvo unos segundos lacabeza echada atrás, expuso el rostro lacerado a la bri- 46
    • Antologíallante luz del techo. Luego, con la mano libre descargóun bofetón en la mejilla, otro, un puñetazo que abrióla piel sobre el pómulo. Le tomó gusto a la calentada, reveló el coman-dante en el interrogatorio de Dionisia Primera. Se-mana a semana pedía Muerte Roja que lo invitaran alas mazmorras y al menos un viernes de cada mes elcomandante le permitía ensañarse con algún deteni-do miserable. Eso le hacía bien, pensaba Cansinos, leayudaba a desahogar tanta amargura. Pero una nochede alcoholes, a dos semanas de su fin, le dijo MuerteRoja que no podía más con ese fardo y estaba dis-puesto a confesar a Dionisia su perversidad. Segura-mente te lo platicó y lo mataste, dijo el comandanteen el interrogatorio, lo considerabas un cerdo, no sólole gustaba golpear a aquellos pobres diablos, a ti tam-bién te maltrataba. No, comandante, para nada, JoséLuis nunca me hizo daño, y juro que nunca supe delas golpizas. ¿Entonces por qué lo mataste? Fue unaccidente, sucedió como le dije. ¿Y crees que vamos aaceptar esa versión descabellada? Inusitadamente, aquella noche José Luis se ha-bía puesto el viejo atuendo de luchador. Zapatillas ne-gras y medias deportivas rojas, calzón negro, máscaradel color de la sangre viva. Llevaba en la mano unapistola. Se sentó en la cama al lado de Dionisia y leofreció el arma. Ten, tómala. No quiero, no me gustanesas cosas. Tómala. Se apoderó de la mano de la reinade las fiestas de la sidra, la obligó a asir el arma. Quépequeña es la muerte, dijo el luchador, cabe en este pe- 4
    • De los cuates pa’ la razadazo de metal. Tengo miedo, no me gustan las armas,dijo ella. Muerte Roja sacó el cargador de la pistola.Ya no tienes por qué temerle. La devolvió a Dionisia,guió sus movimientos. Levántala, eso es, apunta a mifrente, tira del gatillo. Vio la reina por última vez losojos intensos de Muerte Roja. Hubo un estruendo, unfogonazo. —Fue como si nos hubiéramos muerto juntos—dice Dionisia. No agrega más. Se repliega en la vastedad delcatre y, encogida, ausente, permanece con la vista fijaen un rugoso muro del aposento. Una de las reclusasque han estado escuchando tiende la mano hacia lasuave cabellera oscura de Dionisia Primera. 48
    • Antología Están aventando gente Germán DehesaILa realidad es, además de inverosímil, molestísima. Yollevo 45 años tratando de evitarla, pero no hay mane-ra. Terca, tenaz y emperrada me alcanza esté yo dondeesté. Ahí tienen, por ejemplo, el lunes 26 de febrero;salvo el inusual y pelado frío que reinaba, esa fieraque es la realidad parecía dormitar en calma. El día loconsumí en mis habituales faenas y ya hacia la noche,y faltándome todavía una junta de trabajo, me comu-niqué a la humilde casa de ustedes nada más porquesoy decente y para que se vea que estoy atento a lo queocurre en el hogar. Lo que ni yo ni nadie podía preverera que en ese exacto momento se estuviera desen-cadenando en mi hogar una tragedia que, según unrápido análisis, tiene elementos de Las troyanas, LaCelestina, Romeo y Julieta y todo esto en versión deJosé Alfredo Jiménez. La heroína (to say the least) se llama Lola (nom-bre pasional y sospechosísimo) y trabaja, en calidad deauxiliar doméstica, en la casa que está junto a la mía.Según se desprende de las primeras averiguaciones,la arrebatada Lola tenía hasta el momento una fojade servicios intachable: cumplida, ordenada y “muyacomedida” es lo que declara de ella su patrona. Todoesto fue así hasta el domingo 25, fecha en la cual laferoz Lola recibió la infausta nueva (el cochino chis- 4
    • De los cuates pa’ la razame) de que un jovencito con el que ella cultivaba unaincipiente pero tórrida pasión y con el cual ya habíatenido, como diría mi abuela, sus dares y sus tomares,le era ostensible y bellacamente infiel con otra joven-cita cuyo nombre no ha podido obtener este cronista.Pongamos que se llama Enedina. Saber esto y caer enel negro y profundo pozo de la melancolía fue todouno para la hipersensible Lola. Las primeras luces del día lunes la sorprendie-ron ojerosa y en calidad de quelite hervido. Todavía,en un último y heroico alarde de servicio, bajó a servirel desayuno, tender las camas, darle “una alzadita” ala casa (todo esto fue tomado de la pintoresca decla-ración de la patrona) y preparar y servir la comida.Al término del refrigerio, y mientras acumulaba lostrastos en el fregadero, anunció su decisión de reti-rarse a sus habitaciones y ya no bajar a servir la cena(“por rotura de sonaja me retiro de la danza”, comodiría Sonia Amelio). Su enigmática explicación paratan extraña conducta fue: “es que me siento muy tris-te”. Los patrones, que son más bien poco inquisitivos,aceptaron tal declaración y se olvidaron del asunto.Lola no. Lola se trepó a la azotea, se atrinchiló en sucuarto y de su buró extrajo una novísima botella deBacardí que procedió a ingerir entera con la calma, laatención y la concentración que un menester así re-quiere. Entre vaso y vaso tarareaba aquello de que nosentierren juntos y en la misma tumba. Ya con la uvatotalmente a su favor (en este caso la caña y la quími- 50
    • Antologíaca) la ferocísima Lola decidió hacer la prueba. No ladel añejo, no la del viento, sino la de la resistencia delpiso en directa colisión con su muy extraño cuerpo.Ejecutiva como es, la gran Lola se trepó a la barda dela azotea. Desde allí se contemplan dos posibilidades:caer al patio común, que es de durísimo adoquín, ocaer en el jardín de los Dehesa, cubierto por un fino ycostosísimo pasto inglés amorosamente cuidado porla Tatcher. Dejemos a Lola en el pretil. Si ustedes quierensaber dónde azotó Lola y todo lo que de ahí siguió, nose pierdan el próximo capítulo de esta desgarradoraserie. Marzo 7, 1990IILola está en el pretil. Pasión y ron doméstico. Si suintención era arrojarse contra el patio y quedar ahíestampada en calidad de calcomanía de verificación,su fracaso fue absoluto. Ahora bien, si su intenciónfue, desde un principio, caer en el jardín de los Dehesacon un extraño sonido como de aguayón cuando loablandan, su éxito fue total. La pequeña Carlos, queya ha presenciado aguaceros, granizadas y un eclipseparcial de luna, tuvo ahora oportunidad de ampliar surepertorio de experiencias viendo el nada majestuosovuelo de Lola, que surcó los aires cual meteorito ma-zahua y se incrustó toda ella unos veinte centímetrosen nuestro cuidadísimo césped. Todavía hoy la peque-ña sigue mirando insistentemente hacia los cielos en 51
    • De los cuates pa’ la razaprevisión de que, en cualquier momento, caiga algunade sus abuelas o su tía Maruca. La pequeñísima veía a Lola incrustada en elpasto como bajorrelieve maya, volteaba hacia arribay algo intuía de que las cosas no estaban marchandonormalmente. No tuvo tiempo de elaborar más. Entromba aparecieron Josefina, Juana Inés y la Tatcherque —esto me lo explicó después— providencial-mente se le había hecho tarde (sólo se le hace tar-de 300 días hábiles al año). Josefina quería llevarse ala pequeña Carlos para que no viera el espectáculo ypara darle un migajón que le recogiera la bilis. JuanaInés estaba petrificada y, víctima del síndrome de Fe-rriz, no sabía si reír o llorar. La Tatcher se disponía ahablarle a la Cruz Roja y las cuatro féminas estabanrealmente descontroladas. La única tranquila, con esaserena catatonia que sólo las bebidas nacionales pro-porcionan, era Lola. Se levantó no sin cierto tambaleo,apreció el horizonte no sin algún desconcierto y actoseguido emprendió el camino escaleras arriba. “¡Se vaa tirar otra vez!”, gritó Josefina, que siempre ha tenidola oculta vocación de Casandra. La Tatcher soltó el teléfono (y miren que se ne-cesita), la púber reaccionó de su marasmo, la pequeñaCarlos palmoteaba presintiendo el bis y todas corríandetrás de Lola en una maniobra que en el futbol ame-ricano es conocida como “tacleo pandilla”. Mientrasesto sucedía en la casa 6, en la casa 4 el patrón deLola, el único responsable ante Dios, ante el estado yante la sociedad civil del destino de Lola, estaba en su 52
    • Antologíacamita enfundado en una bata azul de seda que com-pró a plazos disponiéndose a ver en la tele El hombredel brazo de oro. Brazo de oro fue el que necesitó larobusta Tatcher para, más o menos, reducir al orden ala enloquecida Lola, que se retorcía como almeja conlimón y gritaba lo mejor del hit parade de las lepera-das nacionales. Llegó la Cruz Roja. La Tatcher dejó a Lola enmanos de los ambulantes y se retiró discretamente a“darse una arregladita”. No era cosa de que los am-bulantes la vieran “de cara lavada”. El panorama cadavez era más sombrío. Los ambulantes se negaban allevarse a Lola porque no tenía ninguna herida. Adestiempo comenté que si la hubieran dejado tirarseotra vez, ese impedimento hubiera sido superado. Lomalo es que yo no estaba ahí y en mi ausencia (sinmi freno moral) la Tatcher discurre puras insensate-ces. En vista de que los ambulantes no querían recibirla mercancía, la Tatcher no halló mejor solución queacomodar a la frustrada suicida en una recámara y queahí los ambulantes la amarraran a la cama, mientrasLola canturreaba vigorosamente las obras completasde José Alfredo y citaba párrafos enteros de Picardíamexicana. Los ambulantes se retiraron. Treinta segundosdespués, llegué yo. De las tremendas e inesperadas co-sas que sucedieron a partir de mi llegada se enteraráel paciente y avisado lector que lea el tercer y finalcapítulo de este drama doméstico. Marzo 10, 1990 53
    • De los cuates pa’ la razaIIITodavía no termino de narrar la increíble y triste his-toria de Lola la voladora y ya los parientes y vecinos,azuzados por la Tatcher, se han dedicado a desauto-rizar mi versión. Que no, que no fue así; que no fuea esa hora; que sí tomó Bacardí, pero no alcanzó aterminarse la botella. Minucias. Para efectos de lainteligibilidad de la crónica, los hechos, tal como loscuento, son esencialmente verdaderos. Estábamos conLola amarrada y vociferante en una recámara de lahumilde casa de ustedes. Yo vengo llegando, la Tat-cher está en la cocina preparando dos hectolitros de téde tila, mis hijas parecen anuncio de Beetlejuice conlos pelos erizados y la mirada extraviada. Desde la parte superior se oyen unos aullidosterribles como de señora que acaba de leer el recibodel agua. Es Lola, la tengo amarrada en la recámarade Ángel, comenta la Tatcher con esa serenidad quele envidiaría el almirante Nelson. Instintivamente yobusco mi frasco de Frisium, que es un estupefacientelegal que mi cardiólogo me ha recetado para cuandome ponga muy locochón. Quiero tomarme una pasti-lla (o quizás un puñito) y, acto seguido, comentarle ala canciller de hierro mi total desacuerdo con la con-ducción que hasta ese momento se le ha dado al affai-re Lola. De nada me da tiempo. En el umbral de micasa se ha materializado el doctor Evadyne, afamadoneurólogo que había sido convocado telefónicamentepor la Tatcher. Dentro de la mejor tradición médicamexicana, el doctor Evadyne lo primero que hace es 54
    • Antologíaregañarnos: todo lo hemos hecho mal (yo acababa dellegar); se trata de un caso extremo de angustia y, enesos casos, lo menos indicado es amarrar al pacien-te. Yo por mí —pensé— también amarraba al doctorEvadyne, pero no dije nada. Él iba a hacerse cargo dela situación. Profesional y resuelto subió la escalera segui-do por la familia y por un representante oficioso decada una de las familias que pueblan esta unidad ha-bitacional. En mi libro de Historia sagrada recuerdoque había una ilustración titulada: “Daniel entrandoa la cueva de los leones”. Hagan de cuenta. El doctorEvadyne se enfrentó a Lola y, poco a poco, los gritosfueron cediendo hasta llegar al punto en el que sólo seoía la voz del doctor Evadyne, que era como la de esosseñores que hipnotizan tigres en los centros noctur-nos. Después, el silencio. Con gran majestad, el doctorEvadyne abandonó el cuarto y miró a la boquiabiertamultitud. Ya está —dijo con su voz de mago—, ya ladesamarré y se quedó dormida; mañana va a desper-tar sintiéndose muy mal. Yo quería gritar ¡to-re-ro! Yconcederle una oreja de Lola, pero preferí callar. En silencio bajamos la escalera y en silencio ledimos nuestro emocionado y agradecido adiós al doc-tor Evadyne. Treinta segundos después se oyó el ho-rrísono alarido de Lola; ahí te vamos hechos la mochaescaleras arriba. Cuando llegamos, Lola ya se habíatrepado otra vez al pretil (alféizar sería la palabra) dela ventana. Apenas alcanzamos a pepenarla. Comen-zó un forcejeo horrible: yo jalaba a Lola, la Tatcher 55
    • De los cuates pa’ la razame jalaba a mí al grito de “tú no, mi rey, a ti te va a daralgo”. Yo no soy tu rey, esto es una República, alcancéa decir en el momento mismo en que sentí que Lolase me iba a zafar. Ese fue el instante de la gran deci-sión. Yo nunca le había pegado a una mujer (y no porfalta de ganas, sino por tara educativa). No creo queni siquiera Julio César Chávez logre superar esa com-binación de gancho de izquierda y recto de derechacon el que envié a la lona a la terrible Lola. Ahí quedó,hecha una seda y lista para ser entregada a su legítimopatrón, cosa que hice de inmediato. Hace unos díasvino Lola por su ropa y traía un pómulo tipo volcán.Dice que recuerda que alguien la golpeó, pero no seacuerda quién. Yo ya le hice jurar a Josefina que esesecreto nos lo llevaremos a la tumba. Marzo 14, 1990 56
    • Antología ¡Sea por Dios y venga más! Laura EsquivelToda la culpa de mis desgracias la tiene la Chole.Apolonio es inocente, digan lo que digan. Lo que pasaes que nadie lo comprende. Si de vez en cuando mepegaba era porque yo lo hacía desesperar y no porquefuera mala persona. Él siempre me quiso. A su ma-nera, pero me quiso. Nadie me va a convencer de queno. Si tanto hizo para que aceptara a su amante, eraporque me quería. Él no tenía ninguna necesidad dehabérmelo dicho. Bien la podía haber tenido a escon-didas, pero dice que le dio miedo que yo me enterarapor ahí de sus andanzas y que lo fuera a dejar. Él nosoportaba la idea de perderme porque yo era la únicaque lo comprendía. Mis vecinas pueden decir misa,pero a ver, ¿quiénes de sus maridos les cuentan de labola de amantes que tienen regadas por ahí? ¡Ningu-no! No, si el único honesto es mi Apolonio. El únicoque me cuida. El único que se preocupa por mí. Conesto del sida, es bien peligroso que los maridos andende cuzcos, por eso, en lugar de andar con muchas de-cidió sacrificarse y tener sólo una amante de planta.Así no me arriesgaba al contagio de la enfermedad.¡Eso es amor y no chingaderas!, ¡pero ellas qué van asaber! Bueno, tengo que reconocer que al principio amí también me costó trabajo entenderlo. Es más, porprimera vez le dije que no. Adela, la hija de mi coma- 5
    • De los cuates pa’ la razadre era mucho más joven que yo y me daba muchomiedo que Apolonio la fuera a preferir a ella. Peromi Apo me convenció de que eso nunca pasaría, queAdela realmente no le importaba. Lo que pasaba, eraque necesitaba aprovechar sus últimos años de machoactivo porque luego ya no iba a tener chance. Yo lepregunté que por qué no lo aprovechaba conmigo, y élme explicó hasta que lo entendí, que no podía, que eseera uno de los problemas de los hombres que las mu-jeres no alcanzamos a entender. Acostarse conmigono tenía ningún chiste, yo era su esposa y me tenía a lahora que quisiera. Lo que le hacía falta era confirmarque podía conquistar a las muchachitas Si no lo hacía,se iba a traumar, se iba a acomplejar y entonces sí, yani a mí me iba a poder cumplir. Eso sí que me asustó. Le dije que estaba bien, que aceptaba que tu-viera su amante. Entonces me llevó a Adela para quehablara con ella, porque Adelita, que me conocíadesde niña, se sentía muy apenada y quería oír de mipropia boca que yo le daba permiso de ser la amantede Apolonio. Me explicó que ella no iba a quedarsecon él. Lo único que quería era ayudar en mi matri-monio y que era preferible que Apolonio anduvieracon ella y no con otra cualquiera que sí tuviera inte-rés en quitármelo. Yo le agradecí sus sentimientos yme parece que hasta la bendije. La verdad, yo estabamás que agradecida porque ella también se estabasacrificando por mí. Adela, con su juventud, bien podría casarse ytener hijos, y en lugar de eso estaba dispuesta a ser la 58
    • Antologíaamante de la planta de Apolonio, nomás por buenagente. Bueno, el caso es que el día que vino, hablamosun buen rato y dejamos todo aclarado. Los horarios,los días de visita, etc. Se supone que con esto yo debe-ría de estar muy tranquila. Todo había quedado bajocontrol. Apolonio se iba a apaciguar y todos contentosy felices. Pero no sé por qué yo andaba triste. Cuando sabía que Apolonio estaba con Adelano podía dormir. Toda la noche me pasaba imagi-nando lo que estarían haciendo. Bueno, no necesita-ba tener mucha imaginación para saberlo. Lo sabíay punto. Y no podía dejar de sentirme atormentada.Lo peor era que tenía que hacerme la dormida puesno quería mortificar a mi Apo. Él no se merecía eso. Así me lo hizo ver un díaen que llegó y me encontró despierta. Se puso furio-so. Me dijo que era una chantajista, que no lo dejabagozar en paz, que él no podía darme más pruebas desu amor y yo en pago me dedicaba a espiarlo, a ator-mentarlo con mis ojos llorosos, y mis miedos de quenunca fuera a regresar. ¿Qué, acaso alguna vez me ha-bía faltado? Y era cierto, llegaba a las cinco o a las seisde la mañana pero siempre regresaba. Yo no tenía por qué preocuparme. Debería es-tar más feliz que nunca y ¡sabe Dios por qué no loestaba! Es más, me empecé a enfermar de los colero-nes que me encajaba el canijo Apolonio. Daba muchocoraje ver que le compraba a Adela cosas que a mínunca me compró. Que la llevaba a bailar, cuando a 5
    • De los cuates pa’ la razamí nunca me llevó. Bueno, ¡ni siquiera el día de micumpleaños, cuando cantó Celia Cruz y yo le supli-qué que me llevara! De puritita rabia, los ojos se meempezaron a poner amarillos, el hígado se me hinchó,el aliento se me envenenó, los ojos se me disgustaron,la piel se me manchó y ahí fue cuando la Chole medijo que el mejor remedio en esos casos era poner enun litro de tequila un puño de té de boldo compuestoy tomarse una copita en ayunas. El tequila con boldorecoge la bilis y saca los corajes del cuerpo. Ni tarda niperezosa fui al estanquillo de la esquina, le compré aDon Pedro una botella de tequila y la preparé con suboldo. A la mañana siguiente me lo tomé y funcionómuy bien. No sólo me sentí aliviada por dentro, sino bienalegre y feliz, como hacía muchos días no me sen-tía. Con el paso del tiempo, los efectos del remediome fueron mejorando. Apolonio, al verme sonrientey tranquila, empezó a salir cada vez más con Adelay yo a tomarme una copita cada vez que esto pasaba,fuera en ayunas o no, para que no me hiciera dañola bilis. Mis visitas a la tienda de Don Pedro fueroncada vez más necesarias. Si al principio una botella detequila me duraba un mes, llegó el momento en queme duraba un día. ¡Eso sí, estaba segura de que notenía ni una gota de bilis en mi cuerpo! Me sentía tanbien que hasta llegué a pensar que el tequila con boldoera casi milagroso. Bajaba por mi garganta limpiando,animando, sanando, reconfortando y calentando todomi cuerpo, haciéndolo sentir vivo, vivo, ¡vivo! 60
    • Antología El día en que Don Pedro me dijo que ya no mepodía fiar ni una botella más creí que me iba a morir.Yo ya no era capaz de vivir un solo día sin mi tequila.Le supliqué. Al verme tan desesperada se compadecióde mí y aceptó que le pagara de otra manera. Al finque siempre me había traído ganas el condenado. Yola mera verdad, con tanto calor en mi cuerpo tambiénestaba de lo más ganosa y ahí sobre el mostrador fueque Apolonio nos encontró dando rienda suelta a lasganas. Apolonio me dejó por borracha y puta. Ahoravive con Adela. Y yo estoy tirada a la perdición. ¡Ytodo por culpa de la pinche Chole y sus remedios! 61
    • AntologíaGato Culto Paco I. Taibo . 63
    • Antología En un abrir y cerrar de ojos Santiago Flores DeachePataleó y pataleó. Todavía con la mitad del aire en suspulmones Bart emergió lo suficiente para ver hundirsela mata de pelo entre los brazos crispados de Federico.Éste se hundía más lentamente de lo que avanzaba lacorriente, Bart sintió, junto a la desesperación, que deespectador se trocaba en observado, y las un segundoantes, cristalinas aguas del arroyo lo cegaron con unaturbidez viscosa y pesada. La sensación de los lengüetazos de la Fanny so-bre su cara lo despertó. Yacía, lo supo, sobre su catrede hierro. Al abrir los ojos miró un cielo raso, ajeno,desconocido para él. Los cerró. Se tranquilizó al escu-char el canto de los canarios muy cerca de sus oídos,adivinó la enredadera del porche de la casa en EaglePass. Los volvió a abrir sólo para sentir que aquellasvigas se precipitaban sobre él. Para escapar Bart loscerró de nuevo. Los peligros del mundo de los ojos abiertosdesaparecían al cerrarlos. Probó abrirlos tapando lavisión con las cobijas. Penumbra verdosa, verdosa.Manchas negruzcas. Fue alejando la frazada paraenfocar mejor las manchas. Leyó U.S.A. ARMY. Le era insoportable estar sin combatir a las tro-pas del Kaiser. No recordaba haber sido herido, nisi habían llegado ya a las trincheras enemigas cer-canas a la ciudad de Nancy, ni si las habían tomado 65
    • De los cuates pa’ la razao los habían derrotado. Él y todos sus compañerosde la Primera División de Infantería, eran los mejorentrenados Doughboys de todas las Fuerzas Expe-dicionarias Americanas desde que desembarcaronen Bordeaux. Pero no recordaba haber participadoen alguna de estas acciones. Lo que le carcomía elalma era la muy tardía participación de los EstadosUnidos en una guerra desatada tres años antes. Elsentimiento de rechazo profundo lo extendió haciala guerra misma, hacia las guerras todas. El beso húmedo lleno de ternura y pasión duróuna eternidad en la que nunca acabó de abrir los ojos,aquella mujer al principio todo aroma y respiraciónvital, le dejó ver sus bellísimos ojos verdes acompa-ñados de mejillas sonrosadas, frente amplia, y aquellanariz que completaba el beso aspirando ansiosa comoqueriendo robarle el alma o librarlo del éter empon-zoñado. La cabeza se retiró un poco, giró para gritar“¡Isabel! ¡Ven, Isabel!” A unos metros, escuchó quela mujer llamada Isabel replicaba “¿Ya te reconoció,Rosa?”, “A mí, no estoy segura, pero a la Fanny sí.”Contestó Rosa pensando que el beso aceptablementeretribuido no garantizaba reconocimiento alguno. “¿Bart? ¡Bartolomé, soy tu madre! ¡Háblame!” Lesusurró la mujer llamada Isabel, y que decía ser su ma-dre. Mientras su mente aceptaba llamarse Bartolomé,sin dificultad sabía que Bartolomé Vanzetti, y NicolaSacco llevaban años en la cárcel del Commonwealthde Massachusetts injustamente acusados de asesinato,chivos expiatorios ideales por su pobreza y condición 66
    • Antologíade inmigrantes repudiados por el sistema. Todo elmundo los apoyaba. Los clubes anarcosindicalistas, olos obreros —sindicalizados o no—, las agrupacionesreligiosas, la gente de bien, los estudiantes, los em-pleados, amas de casa. Sandalio, su tío, narraba una y otra vez cómo losapresaron y fabricaron el juicio más puerco e injustode que se tuviese memoria en Massachusetts y en laUnión Americana en todo el siglo XIX y en lo que vadel XX, — que ya es un decir, si nos vamos a todas lamarrullerías que se vinieron realizando año con añodesde principios de siglo en contra de las huelgas obre-ras de los gremios que se nos ocurran, de las diversashermandades libertarias, y de sindicatos agrupados enla IWW. Estos pensamientos se le amontonaban enla cabeza, por momentos creía ser el mismo Vanzetti,otros ser víctima directa de aquellas criminales cam-pañas pro-belicistas, y aun ya declarada la guerra losprimeros días de abril de 1917, en Tulsa, Oklahoma,chusma pagada por chusma enriquecida desangró alatigazos a 17 o veinte trabajadores petroleros usandolos famosos látigos blacksnakes —esas víboras negrasde seis a doce pies de largo, capaces de romper la ba-rrera del sonido cuando la punta flagela el aire en lu-gar de la piel humana. En las primeras noches de invierno, a sus sieteaños, Sandalio, el magonista, le explicó por qué ciertotipo de gente de Arizona era lo peor de lo peor, ha-ciendo referencia a lo que cinco meses antes, en juliode 1917, había sucedido en la población de Bisbee, 6
    • De los cuates pa’ la razaArizona. “Vigilantes” armados secuestraron a dos milhuelguistas de las minas de cobre, los sacaron de suscamas y en camiones para ganado los transportaronal desierto donde los abandonaron sin alimentos niagua. El muchacho caviló sobre la lejanía de su in-fancia que coincidía con la guerra que pudo evitarse.Guerra que fue fomentada y declarada por unos paraque la pelearan los más. Muchachos como él... ¿Quéedad tenía en ese preciso instante?, ¿quién era? De-finitivamente no era Gabino Sotero, quien murió enlos campos de batalla franceses en 1918, se lo habíaasegurado Isabel, la que decía ser su madre, y la propiaviuda de Sotero, cuya casita se encontraba en la cimade la loma que está en el camino a... en la que vivíajunto con su hija con la pensión del Gobierno Federaldesde hacía diez años. Era 1928, vivía en Eagle Pass, pueblo texano, consus padres en esa modesta casa rentada, un... porche(vagas y múltiples imágenes), un gallinero, un cuartitocon tina de lámina galvanizada, una caseta con fosaséptica, un taller mecánico. Intentó varias veces detec-tar detalles, pero en vano, las imágenes se le movíany desaparecían sin que pudiera evitarlo. Le gustó elcielo raso ahora sosegado, y saber que su catre era unode los tres que se compraron al ejército al finalizarla Primera Guerra Mundial. Conforme fue cotejan-do, corroborando, sonriendo, se fue... durmiendo. Lapregunta fundamental que venía evitando, fuese quienfuese, viviese donde viviese era, qué hacía tirado en 68
    • Antologíaese catre y por qué no se movía, y recorría la casa a suantojo. ¿Estaba herido?, ¿enfermo? ¿Desde cuándo? Dio de manotazos, más que brazadas, contra elagua tratando de alcanzar a Federico que... ¡no sabíanadar! Lo veía desaparecer en la corriente y él no po-día acercársele... Quería pero no podía, algo se lo im-pedía, algo... Lo abrazó la oscuridad toda. Esa madrugada Beatrice Slaughter despertó aBart, quien dormía en el porche metiéndosele entrelas cobijas: “Bart, te tengo dos sorpresas para hoy, laprimera es que conseguí cinco muchachos de los po-zos petroleros que firmarán las cartas contra la ejecu-ción de Sacco y Vanzetti; la segunda te la entrego sólosi me llevas al día de campo que organizaron tus her-manas para hoy”. Estaba a punto de adelantarle algode la sorpresa, y Bart de responderle, cuando Rosa lasacó a la fuerza. “Yo sólo trataba de despertarlo” —dijohaciéndose la mustia. “¿Cuál día de campo?, ¿quiénes van? Yo tengoque seguir convenciendo gente para que contribu-ya con las estampillas postales para Massachusetts yWashington.” “Tus hermanas y primas lo organizaron,invitaron a los hermanos González Rosas, Federico yCelso, convencieron a tu mamá al decirle que tambiéniban Miss Hester, la maestra de quinto año —a quienacompañaban Mr. Williams, su novio, y la pareja deamigos, Miss Lovelace y Mr. Simmons.” Cuando Bartle expresó su asombro —puesto que Federico y Celso,así como Ernestina y Cecilia estaban comprometidas 6
    • De los cuates pa’ la razacon él para solicitar apoyo— sólo recibió un guiñomalicioso de parte de Bety. La cita era, justo, en la esquina sur poniente for-mada por las calles Sheridan y Ceylan, a la sombra delenorme mezquite. Llegaron a la desvencijada puertade la cerca que trunca la calle James Madison, y deaquí se desviaron al poniente hasta la Thomas Jeffer-son, también truncada por las barracas de los ilega-les y siguieron; pasaron la tupida mezquitosa que seextendía por el lado del jardín derecho del diamantede béisbol. La comitiva continuó por la orilla de losriachuelos de aguas broncas afluentes del profundoarroyo El Callao. Llegaron a la vereda que zigzagueaba entre ca-rrizales y jarales compuesta de tres enormes escalonespor donde las vacas lecheras del viejo Rosendo gus-taban cruzar el arroyo, tomando posesión de terrenosdel viejo Robert Browning del Condado Maverick.Este par discutía por todo, terminando siempre me-dio borrachos contándose sus respectivas desgracias.Hacía muy poco que los encontraron a punto de mo-rir con quemaduras horrendas causadas por tequila ywhisky, se sabía que este acto criminal fue causado porcobardes del Ku Klux Klan, quienes odiaban ademásde los negros, a los grasientos “mexican”, y a los queconfraternizaban con ellos, los “white thrash”, la por-quería blanca. Al pie del último “escalón” se encontraba unalaguna mucho más larga que ancha cuya agua pre-sentaba una suave corriente. Más adelante aparecía 0
    • Antologíauna extensión de tierra, especie de isleta larguísimade unos cuarenta metros de ancho que daba paso a lacorriente principal. Bety se adelantó corriendo para apartar un buenlugar entre varios sauces llorones donde extender elpetate y colocar sobre éste el mantel. Una vez insta-lados Bart se dispuso a tenderse al sol, cuando escu-chó: “¡Se está ahogando! ¡Auxilio!” Corrió hacia abajodonde empezaba la corriente, sacaban el cuerpo de unmuchacho cuya parte de la cara y la cabeza habíansido destrozadas por las rocas. Dejó de ir al río pormucho tiempo. Rosa se adelantó corriendo para apartar un buenlugar entre varios sauces llorones donde extender elpetate y colocar sobre éste el mantel. Una vez instala-dos Bart se dispuso a tenderse al sol, cuando escuchójunto a él, el saludo de Miss Hester dirigido a todos,e inmediatamente después: “Bart, Mister Williamsdesea platicar contigo, si tú estuvieses de acuerdo”.No acababa Bart de girar para quedar boca arriba yser deslumbrado por los rayos solares que rodeabanlas sombras de su ex maestra y Mister Williams —aquien seguiría sin conocerle la cara—, cuando la vozde éste se escuchó: “Bart, te sugiero que abandones latarea inútil de enviar cartas ridículas al Gobierno deMassachusetts, como habías abandonado la costum-bre de venir al arrollo”. Bety se adelantó corriendo para apartar un buenlugar entre varios sauces llorones donde extender elpetate y la gruesa cobija de lana, y hacer el amor sin 1
    • De los cuates pa’ la razatestigos dominicales. Bart se dejaba llevar por el de-seo sexual disminuido tan sólo por el recuerdo de lasugerencia de Mister Williams dos días antes. Unavez instalados y encuerados, Bety y Bart retozaban alsol, cuando escucharon junto a ellos la voz de MissHester: “Bart, Mister Williams desea lo acompañes ala orilla del arroyo, mientras que yo le garantizo a tu“white thrash little whore” que no le rebanaré el cuellosi se queda quietecita”. No acababa Bart de abrir los ojos cuando lo to-maron de los cabellos arrastrándolo fuera de los mus-los de Bety. Mister Williams se lo llevó más allá dela isleta a base de golpes brutales en todo el cuerpo.Finalmente le soltó la cabellera y le gritó: “Eres unimbécil Bart, como todos los grasientos mexicanos,quiero que veas cómo muere uno de los que te siguie-ron en tus estupideces, que lo veas antes de que túmismo te vayas al infierno. Nuestra patriótica acciónla hacemos en nombre de los verdaderos ciudadanosblancos anglosajones a quienes queremos librar de ra-tas negras, amarillas, o prietas que infestan este her-moso país”. Williams, dando un giro soltó la cabellera deBartolomé, quien fue a clavarse en el agua no muy le-jos del centro de la corriente, donde dos personas jala-ban arrollo abajo, cada una, un talón de Federico. “¡Nosé nadar!” Fue lo último que el muchacho gritó, dadoque fue jalado hacia abajo, obligado a tragar y tragarmás líquido. Con su propia carga a cuestas Bart nadólo más rápido que pudo, sintió que lo jalaban hacia el 2
    • Antologíafondo, tomaba aire y alcanzaba a salir un poco, veía elpelo de Federico como una planta flotante. Sus bra-zos danzaban grotescamente. No los alcanzaría nuncaporque él mismo se estaba ahogando. Se abandonó al jalón de su asesino, tanto que elesbirro tuvo que soltarlo para salvarse a su vez. Ce-rrando los ojos vio su enredadera, cerrando los ojosse aferró a ella nadando hacia el fondo, nadó y nadóhacia la oscuridad. 3
    • Antología La post-revolución Carlos FuentesFederico Robles—Pueden criticarnos mucho, Cienfuegos, y creer queel puñado de millonarios mexicanos —por lo menosla vieja guardia, que por entonces se formó— nos he-mos hecho ricos con el sudor del pueblo. Pero cuan-do recuerda uno a México en aquellas épocas, se venlas cosas de manera distinta. Gavillas de bandolerosque no podían renunciar a la bola. Paralización de lavida económica del país. Generales con ejércitos pri-vados. Desprestigio de México en el extranjero. Faltade confianza en la industria. Inseguridad en el campo.Ausencia de instituciones. Y a nosotros nos tocaba, almismo tiempo, defender los postulados de la Revo-lución y hacerlos trabajar en beneficio del progreso yel orden del país. No es tarea sencilla conciliar las doscosas. Lo que sí es muy fácil es proclamar idealesrevolucionarios: reparto de tierras, protección a losobreros, lo que usted guste. Ahí nos tocó entrarle altorito y darnos cuenta de la única verdad política, elcompromiso. Aquello fue el momento de crisis dela Revolución. El momento de decidirse a construir,incluso manchándonos las conciencias. De sacrificaralgunos ideales para que algo tangible se lograra. Yprocedimos a hacerlo bien y bonito. Teníamos dere- 5
    • De los cuates pa’ la razacho a todo, porque habíamos pasado por ésas. A éstelo había agarrado la Acordada, a aquél le habían vio-lado a la madre, al otro robado las tierras. Y a todos,el porfirismo no nos abría caminos, nos había cerradolas puertas de la ambición. Ahora era la de armarnos,Cienfuegos, la nuestra, sí, pero siempre trabajando porel país, no gratuitamente como los del viejo régimen. De pie junto a la ventana, Robles señaló la ex-tensión anárquica de la ciudad de México. Cienfuegosprolongaba sus columnas de humo, silencioso. —Mire para afuera. Ahí quedan todavía mi-llones de analfabetos, de indios descalzos, de hara-pientos muertos de hambre, de ejidatarios con unamiserable parcela de tierras de temporal, sin maqui-naria, sin refacciones, de desocupados que huyen alos Estados Unidos. Pero también hay millones quepudieron ir a las escuelas que nosotros, la Revolu-ción, les construimos, millones para quienes se acabóla tienda de raya y se abrió la industria urbana, mi-llones que en 1910 hubieran sido peones y ahora sonobreros calificados, que hubieran sido criadas y aho-ra son mecanógrafas con buenos sueldos, millonesque en treinta años han pasado del pueblo a la clasemedia, que tienen coches y usan pasta de dientes ypasan cinco días al año en Tecolutla o Acapulco. Aesos millones nuestras industrias les han dado traba-jo, nuestro comercio los ha arraigado. Hemos creado, por primera vez en la historiade México, una clase media estable, con pequeños in-tereses económicos y personales, que son la mejor ga- 6
    • Antologíarantía contra las revueltas y el bochinche. Gentes queno quieren perder la chamba, el cochecito, el ajuar enabonos, por nada del mundo. Esas gentes son la únicaobra concreta de la Revolución, y ésa fue nuestra obra,Cienfuegos. Sentamos las bases del capitalismo mexi-cano. Las sentó Calles. Él acabó con los generales,construyó las carreteras y las presas, organizó las fi-nanzas. ¿Que en cada carretera nos llevamos un pico?¿Que los comisarios ejidales se clavaron la mitad de lodestinado a refacciones? ¿Y qué? ¿Hubiera usted pre-ferido que para evitar esos males no se hubiera hechonada? ¿Hubiera usted preferido el ideal de una hon-radez angelical? Le repito: nosotros habíamos pasadopor ésas, y teníamos derecho a todo. Porque nos ha-bíamos criado en jacales teníamos —así, sin cortapi-sas— derecho a una casota con techos altos y fachadaslabradas y jardines y un Rolls a la puerta. Lo demás es no entender qué cosa es una revo-lución. Las revoluciones las hacen hombres de carne yhueso, no santos, y todas terminan por crear una nue-va casta privilegiada. Yo le aseguro que si no hubierasabido aprovechar las circunstancias y todavía estu-viera labrando la tierra en Michoacán, igual que mipadre, no me quejaría. Pero el hecho es que aquí estoy,y le soy más útil a México como hombre de empresaque como campesino. Y si no yo, otros habrían surgi-do para exigir esas prebendas, ocupar el lugar que yoocupo, hacer lo que yo hago. Nosotros también éra-mos del pueblo, y en nuestras casas y nuestros jardinesy nuestros automóviles, triunfaba en cierta manera el 
    • De los cuates pa’ la razapueblo. Además, éste es un país que se duerme muypronto, pero que también se despierta muy de repente:¿quién nos iba a decir, en aquellos días, qué cosa iba apasar mañana? Había que asegurarse. Y para obtenertodo eso, nos la jugábamos. Nada de esa politiquitafácil de ahora. Entonces se necesitaban, en primer lu-gar, güevos, en segundo lugar, güevos y en tercer lugargüevos. Para hacer negocios, había que estar metidohasta el cogote en la circunstancia política y ser muybragados. Entonces no había empresas de participa-ción norteamericana que protegieran contra cualquiereventualidad. Entonces nos la jugábamos cada día. Yasí inventamos el poder, Cienfuegos, el verdadero po-der mexicano, que no consiste en el despliegue de lafuerza. Ya ve usted qué falsa ha resultado esa imagendel mexicano sometido por la tiranía. No hace falta.Lo demuestra el hecho de que llevamos treinta añossin actos proditorios. Hacía falta otra cosa: trepárseleen el cogote al país, jorobar a los demás, no dejarse, serlos grandes chingones. Entonces, lejos de revueltas,hay admiración. Nada es más admirado en Méxicoque el gran chingón. Robles dejó caer el brazo. En la exaltación, sucolor era pizarra; volvía a ser su piel la piel del indio,tan cuidadosamente disfrazada por el casimir, los to-nos de la camisa y la corbata, los toques de loción enel pañuelo. —Nosotros tenemos todos los secretos. Sabe-mos lo que necesita el país, conocemos sus proble-mas. No hay más remedio que tolerarnos, o caer de 8
    • Antologíavuelta en la anarquía. Pero eso lo impediría la clasemedia. Ixca Cienfuegos apagó con movimientos lentosel cigarrillo y se dirigió a la ventana, encandilada porel sol de las tres de la tarde. —Usted es muy mañoso, Cienfuegos, y nomásoye. No se crea que confío en usted ni que le hablonomás por el gusto de escuchar mi propia voz. Ustedsabe más de lo que enseña y de repente me quiere pe-gar un susto. Para eso le cuento estas cosas, para quesepa usted qué terreno pisa. Nomás. Cienfuegos no ocultó una franca y simpáticasonrisa que, a pesar suyo, reblandeció las duras fac-ciones de Federico Robles. Los ojos de Cienfuegos,sonrientes, absorbieron todo el físico, tenso y fláccidoa la vez, del banquero y, en silencio, sus labios fueronrepitiendo las palabras de otra entrevista, las palabrasde otro hombre que inventó el poder mexicano, deotro gran chingón: “...México tiene ahora una clasemedia. La clase media es el elemento activo de la so-ciedad. Aquí y en todas partes. Los ricos se preocu-pan demasiado por sus riquezas y sus dignidades paraser útiles al bienestar general. Por otra parte, la clasemenesterosa es, por regla general, demasiado ignoran-te para desarrollar poder. La democracia dependerá,para su desarrollo, de los esfuerzos de la clase mediaactiva, trabajadora, amante del adelanto”. Sin dejar de sonreír, Ixca pensó que esas anchasaletas nasales, esos ojos de saurio, ese cutis cuidadosa-mente blanqueado, de Robles, se asemejaban a los de 
    • De los cuates pa’ la razaPorfirio Díaz. El banquero chupó por última vez supuro lánguido: —Cuál no será la verdad de lo que le digo,Cienfuegos, cuál no será el instinto cabal del país, quehasta los gobiernos más izquierdistas han forzado lamarcha hacia esa estabilidad burguesa. El capitalismomexicano le debe gratitud a dos hombres: Calles yCárdenas. El primero puso las bases. El segundo lasdesarrolló en vivo, creando la posibilidad de un ampliomercado interno. Aumentó los salarios, dio toda clasede garantías a la clase obrera, haciendo que se sintieraprotegida y sin necesidad de armar borlotes, instalódefinitivamente la política de gasto gubernamental enlas obras públicas, aumentó los créditos, repartió lastierras y, en todos los ámbitos, logró desatar una vastacirculación de riqueza estancada. Estos son los hechos vivos y permanentes. Superniciosa demagogia me parece secundaria. Si Cár-denas no le imprime un carácter oficial al obrerismo,los gobiernos posteriores no hubieran podido traba-jar en paz e incrementar de tal manera la producciónnacional. Y, por sobre todas las cosas, con su políticaacabó Cárdenas con el feudalismo mexicano. Despuésde él, México podrá ser lo que se quiera, menos un paíslatifundista regido por una inútil plutocracia agraria.Plutocracia la puede haber, pero gracias a que creamercados, abre fuentes de trabajo, impulsa a Méxi-co. La Revolución Mexicana ha sido sabia: entendiótemprano que, para que una revolución sea efectiva,la militancia ha de ser breve y la fortuna larga. Y no 80
    • Antologíadejó un solo acto de importancia al arbitrio sin for-mas. Todos sus actos han sido meditados. El hombrenecesario ha llegado en cada ocasión a la Presidencia.¿Se imagina usted a este pobre país en manos de Vas-concelos, de Almazán o del general Henríquez? Ahísí, para hablar sin ambages, que nos hubiera llevado lapuritita... Los cuadros técnicos y administrativos deMéxico están hechos, y no pueden ser sustituidos poradvenedizos. Ya aquí se acabó el cuento. Federico Robles se abotonó, llenando el pechode aire, su saco cruzado. Ixca sospechó que su gorduraera ficticia: una necesidad impuesta por la mimesispolítica. —Mi esposa nos espera con un jaibolito —dijoRobles, y corrió las cortinas de gasa de la oficina. 81
    • Antología Sobre la poesía Juan Gelmanhabría un par de cosas que decir/que nadie la lee mucho/que esos nadie son pocos/que todo el mundo está con el asuntode la crisis mundial/y con el asunto de comer cada día/se trata de un asunto importante/recuerdo cuando murió de hambre el tío juan/decía que ni se acordaba de comery que no había problema/pero el problema fue después/no había plata para el cajón/y cuando finalmente pasó/el camión municipal a llevárseloel tío juan parecía un pajarito/los de la municipalidadlo miraron con desprecio o desdén/murmurabanque siempre los están molestando/que ellos eran hombres y enterraban hombres/y no pajaritos como el tío juan/ especialmenteporque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viajehasta el crematorio municipal/ 83
    • De los cuates pa’ la razay a ellos les pareció un irrespetoy estaban muy ofendidos/y cuando le daban un palmetazopara que se callara la boca/el pío-pío volaba por la cabina del camióny ellos sentían que les hacía pío-pío en la cabeza/el tío juan era así/le gustaba cantar/y no veía por qué la muerte eramotivo para no cantar/entró al horno cantando pío-pío/salieron sus cenizas y piaron un rato/y los compañeros municipalesse miraron los zapatosgrises de vergüenza/perovolviendo a la poesía/los poetas ahora la pasan bastante mal/nadie los lee mucho/ esos nadie son pocos/el oficio perdió prestigio/para un poeta es cada día más difícilconseguir el amor de una muchacha/ser candidato a presidente/que algún almacenero le fíe/que un guerrero haga hazañas para que él las cante/que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaronlas muchachas/ los almaceneros/ los guerreros/ los reyes/o simplemente los poetas/ 84
    • Antologíao pasaron las dos cosas y es inútilromperse la cabeza pensando en la cuestión/lo lindo es saber que uno puede cantar pío-píoen las más raras circunstancias/tío juan después de muerto/ yo ahorapara que me quieras/ 85
    • Antología El Hereje Enrique González RojoIEn un tiempo fui partede la fracción eróticadel Partido Comunista.Era un partido dentro del partidocomo un ciego que se esconde en una gruta,un águila en el águila del vientoo unos labios cerrados en mitad del camposanto.Todos mis documentos,clandestinos,disfrazados de puertas clausuradas,concluían:“¡Proletarios y proletarias de todos los países, uníos!”,y denunciaban las razones neuróticaspor las que a vecesla hoz no se acostaba con el martilloo gusanos generados en el lechodevoraban la manzanade los puños.Mis principios:que las bocas dispersas(que hacen una antecámarade besos suspensivos) cierren filas,trituren el espacio mojigato. 8
    • De los cuates pa’ la razaQue al avanzar la piel, levante el vuelola parvada de corpiños temerosos;que nadie note, no,la militancia reservadade tus malas intenciones;que sea tu estrategia conquistar,en medio de las sábanas,en frente unido,tu táctica formar en la epidermisuna asamblea de poros excitados,un mitin en que el sexo se levantey tome la palabra.Se reparó en mis actos fraccionales,en mi pasarme los días amueblandocatacumbas.Se me buscó de arriba(como si preguntara alguna cúpulapor uno de sus sótanos)para contarme cómo Giordano Bruno—la verdad convertida en laberinto—terminó por ser pastode un hambriento rebaño luminoso.Tras una fatigosa discusión,se insistió en que debería retractarme,y que en el árbol de la noche tristede mi arrepentimientose ahorcaran mis palabras.Sin esperar al Congresose decretó la expulsión de la libido… 88
    • AntologíaY yo,sin mi carnet,como si dijeraque se le sale a uno de la bolsala identidad, salí a buscar un buitre enamoradode mis entrañas.IITambién fui yo colegade ese tipo de médicos que tienena neuróticos espermatozoidespor pacientes.Los ilustres doctores(barbas, lentes, sentadosen el muelle sillón de la ortodoxia)hablaron de espionaje, murmuraronque no era mi mónoculo otra cosaque un ojo en su corsé de cerradura,denunciaron mis escritoscomo, por lo menos,el relincho del caballo de Troyaun puñal que flirtea con la espalda.Yo hablabade que el enemigo principalera el sexo reprimido,tapiado en su bragueta moralista;le hablé directamente a los testículos;invité a discutir a los ovarios,La solución (decía, 8
    • De los cuates pa’ la razasembrando el descontento en mis colegas)no se halla en el sofá sino en la cama,Es una estupidez (grité furioso)permitir que tu sexodoblegue la cerviz en la impotenciao que haya en este siglo todavíavirginidad de orgasmos.Algo esencial:hurtarle los secretos a la cama,dominar el amor desde iniciohasta el final feliz;no sólo el arma de la crítica debe convertirseen la crítica de las armas,sino el principio del placeren el placer del principio.Todo debe empezar con algún besoque al haber estallado a quemarropaderrita la camisa y el corpiñoo que deje en los pies que se haga un charcode pantalones.También se decidió pedirme cuentas.Se me exigió asimismo desdecirmey desandar cada uno de mis libros.Con espada flamígera del dogma,Desarrollando la piel de cualquier duda,se me mostró el camino hacia la puerta.Sin perder los ideales, sin perderlos,me sentí como Adán 0
    • Antologíacuando, expulsado, no pudo retener el paraísosino tan sólo el cuerpode su amada. 1
    • Antología Para que no te vayas Juan Hernández LunaPara que no te vayas ataré tus cabellos a mi almate voy a sacar la sangresecaré tus tristezaste sostendré contra mi vida como cuando te conocí.Algún día Júpiter no será un simple planeta girandoen el absurdo firmamentotendremos corazones de pollo para la cenay vaciaremos nuestros bolsillos desde la rueda de lafortuna.Te cortaré una piernamorderé los dedos de tus doloreste voy a hacer cachos y enredaderaste voy a crecer oculta bajo esta tierra negra.Diré que te amo para escuchar tu risapediré que te quedes conmigode este ladoa mirar pasar los tranvíasa ver caer los pájaros desde la lluvia.Voy a cerrar la puerta de nuestro cuartopara hacer el amor como te gustacon las manos heridasy la espalda apoyada contra el cielo. 3
    • Antología Sin título Agustín JiménezEl mundo gira, dice el poetano necesitamos hacer nada para observarsu destrucciónpero ¿y la niña?y la mujer que luego tiembla y lo confiesacortés, solemne y bella.Y la mujer que aún es niña y miraa un hombre que la ve y siento miedo¿de quién?del hombre, del mundo o de la niña. 5
    • Antología Piedras Eduardo Langagneno tenemos la casa todavía,tenemos piedras; algunas.trozos de pan, algo de vino tenemospero la casa no;sin embargo tenemos oscuridad,porque luz no tenemos todavía;tenemos algunas lágrimas y besos,otras cosas igualmente ridículas tenemos,pero la casa no. quizáparedes que se levantan muy despacio,más no tenemos casa todavíadonde encontrar el frío, la soledad,la lluvia,pero arribaun cielo como sábana tenemosy abajo un infierno deliciosopor donde deambulamosrecogiendo piedras.“hoy no me llevas, muerte, calavera,no me voy, no quiero ir.hoy no voy ni entrego mi barco de papel,mi brazo, mi guitarra, hoy no,hoy solamente tiro piedras,poemas,muchas piedras contra tu rostro no niego, dulce rostro 
    • De los cuates pa’ la razatiro piedras,me arranco el corazón y te lo arrojo,hoy no, muerte, hoy no voy, no quiero,necesito hacer la casa”.y estoy vivocuando arrojo palabras, muchas palabras,fuego. 8
    • Antología El desconocido. Más tarde. Despistada. Pretexto. Testigo Mónica Lavín El desconocidoLo encontró en un cajón del armario. Era el retratode un hombre guapo, joven, vestido a la manera delos años treinta: sombrero de ala, traje sastre holgadode impecable corte y zapatos negro y blanco. Lo miróatraída por aquel rostro nuevo que le recordaba a al-guien. Oyó pasos y cerró el cajón de prisa con la fotosepia entre las manos. En la soledad de su habitaciónla contempló de nuevo bajo la luz del ventanal. ¿Porqué la habrá guardado mamá? Al reverso sólo unafecha estaba garabateada. Lo revisó incansable paraarrancarle a esa mirada una historia escondida. Llamaron para comer. Colocó la foto sobre lacómoda y acercó la cara al espejo para arreglarse elpelo. Fue entonces que descubrió la familiaridad desus ojos en los del hombre del retrato. * Más tardeSiempre dijo: “al rato”, “después de la carrera”, luegoque si conseguía un buen trabajo, o hasta tener unacasa propia. Al final, cuando sobraban tinta, papel ytiempo, se le habían acabado las ideas. 
    • De los cuates pa’ la raza DespistadaTardaban en abrir la puerta. Verificó que el númerodel departamento fuera el correcto. Tantas veces habíaestado frente a una casa equivocada o acudido a unacita el día después que más le valía confirmar. Sonrió acordándose de los tropiezos de su men-te. De niña olvidaba los suéteres en la banca del cole-gio, de jovencita las gafas, los nombres de los maestrosy los cumpleaños de los novios. El despiste había cre-cido con la edad. Un día regresó a casa en autobús, sumarido sorprendido por la tardanza le preguntó porel auto: lo había dejado estacionado frente al trabajo.Repetidas veces trató de subirse a un coche ajeno yforcejeó con la cerradura hasta el dueño la sorpren-dió. Nadie abría la puerta. Se asomó por las venta-nas. Las persianas cerradas sólo enseñaban la capa depolvo sobre el esmalte. Se hizo de noche. Las campanadas de la iglesiaa lo lejos la aclararon. Había olvidado su propia muer-te. * PretextoHoy me inventé un pretexto para verte: una taza decafé. Estaba nerviosa, no lo puedo negar, mis pies res-balosos se aferraban al interior de los zapatos sujetán-dolos al caminar. 100
    • Antología La cafetería apenas se había iluminado, eran lasseis de la tarde y la ciudad se disolvía en gris. El pe-sado mantel que cubría la mesa se volcaba sobre mismuslos. Al fin, un sorbo de café y contemplarte. Quégusto verte de nuevo. Me serena siempre penetrar lamirada en tus ojos claros. Tu piel tensa sobre los hue-sos de la cara transpira melancolía: Invento un par deojeras alrededor de tus ojos y las atribuyo a noches deinsomnio plagadas de ausencias mías. Me encantan tus manos, cómo extienden losdedos largos al tomar la taza y enseñan los nudillosal llevarla hasta tu boca; tu boca entreabierta anticipala llegada del líquido que, al caer en chorros delgadossobre tu lengua estremecida, la llena de vapor; tus pes-tañas que sombrean los pómulos y el pelo que te caesobre la frente. Me miras y sonríes con cautela. Mis manosse humedecen. Hablas y tu boca se transforma; mepierdo en su contorno que ondula en todos sentidos ydescubre arrugas y líneas de risas profundas. Tu brazose extiende y busca mi mano. Quiero gritarte que megustas y sólo aprieto fuerte tus dedos. Menciono algoabsurdo y reímos juntos. Ajena a los minutos transcurridos, bebo el caféabandonado y casi frío. Me tengo que ir. El mesero seacerca, le entrego un billete y digo: —Por favor, se cobra este café y los de la parejadel rincón. * 101
    • De los cuates pa’ la raza TestigoAllí estaba, como una fecha caligrafiada al final de lapágina, perpetuada en el cerrar de un libro; intrusadespistada en la intimidad de tu lectura alguna tardede jardín cuando los libros todavía costaban veintidóspesos; prueba casual del tiempo que perdiste entre es-tas letras dejando el murmullo de días más jóvenes. Aplastada en el papel, la hormiga muerta eshoy cómplice de una historia que la página no puedecontar. 102
    • Antología El cristal con que se mira Guadalupe LoaezaHasta los insomnios provocados por las muchaspreocupaciones, por la angustia, por las deudas, porlos vencimientos, por los telefonemas de los bancos,por los recordatorios del club, por el dentista, por elpsicólogo; pero los insomnios de Antonio y de Ale-jandra tenían su lado bueno. Y ese lado bueno, en elcaso de Antonio, es que el rato entre las cuatro y lassiete de la mañana se había convertido para él en unespacio de reflexión; o bien se distraía imaginandola temperatura de la habitación o se ponía a pensaren todo lo que debía: en el banco, hacer con su vida,haber hecho en relación con sus hijos… Hacer queno hubiera hecho, si la vida le daba fuerzas. Quizáy salvo contadas excepciones, Antonio no dormíamás allá de las cuatro o cuatro y media de la madru-gada; en ocasiones hasta un poco antes. En un principio trató de distraerse con la tele-visión, pero los programas a esas horas eran pésimos,o no tenía ánimo para ver películas cuando la angus-tia no lo dejaba dormir. Entonces, prefería refugiarseen su estudio. Escuchar buena música era tanto comoaceptar que no volvería a dormir, de modo que tam-poco encendía el estéreo; una taza pequeña de café,para no espantar el sueño, lo acompañaba en sus ca-vilaciones. Cuánto lo había perjudicado la impunidadreinante. En su caso, lo grave no era que miles de de- 103
    • De los cuates pa’ la razalincuentes anduvieran sueltos por las calles; lo terri-ble era la extendida cultura del no pago. Esa actitudtan enraizada provocó que no fuera posible resolverlos casos que gestionaba; que aunque conseguía sen-tencias favorables resultara casi imposible ejecutarlas.Era un hecho que en México, si alguien no quiere pa-gar, simplemente no paga, y Antonio no tenía expli-cación razonable para sus clientes. Aunque estaban altanto del desastre bancario, el Fobaproa y el IPAB,esos clientes, si encomendaban un caso a un abogadoy éste no daba resultados, tendrían que conseguir otro.Y consiguieron otro. La situación fue para él cada vez más difícil. Suprimer enfrentamiento con la impunidad lo escanda-lizó. Nunca dudó de la existencia de pillos, tramposos,chantajistas, extorsionadores, bribones, sinvergüenzaso cualquier tipo de delincuentes, organizados o no.Pero encontrar a la delincuencia organizada en unasecretaría de Estado fue algo con lo que no contó. Elasunto surgió cuando un amigo suyo le informó queen la constructora de su familia habían recibido unemplazamiento a huelga de un sindicato desconocidopara ellos, y al que no pertenecía ninguno de sus tra-bajadores. Pensó que se trataba de un error y recurrióa su amigo de la infancia en virtud de que era el abo-gado más cercano y de absoluta confianza. Antoniole explicó que él no manejaba asuntos laborales, peroque lo podía presentar con el socio del despacho en-cargado del área. Su amigo, sin embargo, insistió enque mejor lo atendiera alguien más. La razón era muy 104
    • Antologíasimple: un bufete internacional en donde se cobrabapor hora y en dólares rebasaba sus posibilidades. Da-das esas condiciones, Antonio se acordó de un viejoamigo de su padre que desde siempre había estado enla Secretaría del Trabajo. Nadie mejor que esa personapara recomendarle un buen abogado laboral, sin mu-chas pretensiones, que se hiciera cargo del caso. Pidióuna cita y lo fue a ver. Una vez que le expuso el caso elfuncionario le contestó sin pensarlo dos veces: —Te voy a recomendar al mejor abogado deMéxico: el licenciado Antonio Rincón. —Pero yo no soy laborista —intentó defen-derse. —Pues desde ahora lo eres. Además, yo voy aestar detrás de ti; y fíjate bien en esto, te estoy ha-ciendo un favor a ti, no a tu cliente. Vas a cobrar bien.Aquí en la antesala está la solución a tu problema. El funcionario pulsó el intercomunicador y pi-dió a la secretaria que hiciera pasar a un tal licenciadoRamírez. Al poco entró un individuo obeso y ensor-tijado, vestido de guayabera y calzado con botines decharro color hueso. Tras las presentaciones de rigor, lealcanzó el papel que, minutos antes, le entregara An-tonio y le preguntó si sabía de quién “era” ese sindica-to. Bastó un segundo para que el aludido sentenciara:“Es de los que emplazan por directorio. Me pareceque es de alguien cuyo nombre no recordaba. Ahoritamismo lo arreglamos”. Sin esperar respuesta descolgóel auricular de uno de los muchos teléfonos dispuestosen la credenza y pulsó algún número. Al poco estaba 105
    • De los cuates pa’ la razaal habla con la causa del problema. Entre bromas y pa-labrotas le recordó que “hacía mucho que no se rom-pían la madre”, y que por lo pronto estaba fregandoa un cuate suyo. Le dio los datos del emplazamiento,y preguntó sin rodeos, por último, que cuándo pasabapor el desistimiento. Siguieron más bromas y al finuna calurosa despedida. Sin consultar al funcionariose dirigió a Antonio: —Ya está arreglado. Que pase después de lascinco por el desistimiento. Llévele un cheque de...—dos segundos de duda— diez mil pesos. Sí, con diezmil está bien. Todo esto lo decía mientras buscaba, enuna agenda de pasta de plástico, una tarjeta. Escribióunas señas en el papel y se lo dio a Antonio. —Cobras bien —dijo el funcionario— Te hiceel favor a ti. Antonio comentó el suceso con los socioslaboralistas del bufete. Aunque ya sabía de las mafiassindicales, sus compañeros le explicaron que obtenerel registro de un sindicato era bastante difícil, peroque una vez conseguido, para muchos gángsters, eracomo sacarse la lotería. Se registra un sindicato decualquier rama de la producción, y entonces a todas lasempresas que tuvieran alguna relación con esa rama,—argumentando que por decisión mayoritaria de lostrabajadores de la empresa les correspondía a ellos latitularidad del contrato colectivo—, las emplazaban ahuelga para obtenerla. El procedimiento laboral paraaclarar la situación ante las Juntas de Conciliación yArbitraje es riesgoso y está lleno de mañas y triqui-ñuelas que esos gángsters conocen a la perfección. Es 106
    • Antologíapreferible, en cualquier caso, llegar a un arreglo comoel que Antonio había presenciado. O mejor aún, con-tar con la protección de alguno de los poderosos sin-dicatos que, mediante el pago de una jugosa iguala,no permiten la intromisión en su territorio de genteajena. Cuando Antonio fue a dejar el cheque quedóimpresionado por lo bien puesto del despacho. Seenteró que ahí se manejaban cuarenta sindicatos y sepracticaban entre mil y mil quinientos emplazamien-tos al año. A diez mil pesos cada uno, pensó, y con eldólar a veintidós, descontando gastos, un abogado deesos se lleva medio millón de dólares al año. No cabíaduda que los mocasines Gucci dejaban menos que losbotines de charro, concluyó. Pero lo escandaloso delasunto es que esto ocurría a ciencia y paciencia de laSecretaría del Trabajo. Y era así porque, formalmen-te, estas personas operan de acuerdo con la ley. Nadiepuede acusar a un sindicato de pretender la titularidaddel contrato colectivo de una determinada empresa,pero disputarla era más caro, riesgoso para la empresa,que pagar para que se hicieran a un lado. Ése era elverdadero chantaje, y las autoridades lo sabían, lo to-leraban e incluso, posiblemente, hasta participaban delos beneficios. ¿Era eso un Estado de derecho? Ése fue su primer encuentro con la impunidad,pero no el último. Ya como abogado independiente,representó a un ranchero de Michoacán que sufrió lainvasión de su propiedad, amparada por un certificadode inafectabilidad, por cuenta de un grupo de campe- 10
    • De los cuates pa’ la razasinos desconocidos en la región. El ranchero fue des-pojado hasta de la ropa que guardaba en su casa, y fueamenazado de muerte por los invasores, para el casode que se acercara al rancho. Recurrió a las autoridadeslocales, y éstas levantaron un acta y le pidieron dinero.No pasó nada. Fue a ver al gobernador pero nuncalo recibió. Contrató a un abogado y ganó un amparoque decía que la invasión había sido ilegal; pero nadiese atrevió a sacar a los invasores. Diez años despuésconoció a Antonio. Y éste, por recomendación de subuen amigo el subsecretario de Gobernación, solicitóa la Secretaría de la Reforma Agraria el pago de unaindemnización, y por intermediación de su amigo elsubsecretario, logró que la SRA accediera al pago me-diante una transacción, partiendo del avalúo que rea-lizaría la Comisión de Avalúos de Bienes Nacionales.El ranchero ya no tenía dinero para lograr un avalúojusto, de tal modo que éste resultó bajísimo. Al fin, laSecretaría le propuso el pago de cincuenta por cientodel valor de avalúo. ¿Había de otra? Antonio se rehusaba a aceptar que, en un Es-tado de derecho, una persona sufriera la invasión desus tierras, amparadas por todos los títulos legales ha-bidos y por haber, y que, tras diez años de lucha, con-siguiera la quinta parte y todavía tuviera que dar lasgracias. Recordó la genial novela de Mario Puzo, quedescribe la situación de una joven pareja que ahorrócon sacrificios lo necesario para comprar los mueblesde su futura casa. Los jóvenes entregaron el dinero aun rico comerciante que, al poco tiempo, se declaró en 108
    • Antologíaquiebra, librándose, amparado en la ley, de entregar losmuebles o devolver el dinero. Los jóvenes recurrierona la policía y ahí se les dijo que la ley era la ley; ten-drían que gastar en abogados para presentar su casoen la corte de quiebras y, al cabo de algunos años, verrepartir lo recuperado entre todos los acreedores, aca-so, veinte centavos por cada dólar que le entregaron. Acudieron los jóvenes al Padrino y éste cons-tató que el comerciante vivía en una mansión y po-seía autos deportivos y caballos de carreras; no en-tendía cómo la ley toleraba que él viviera con esoslujos mientras la joven pareja carecía de los modestosmuebles de su hogar, ya pagados, con el fruto de suesfuerzo; pero en cambio le quedó muy claro por quéese individuo había recurrido al mismo procedimien-to en varias ocasiones: formar una empresa que vendea crédito, cobrar el enganche a tantos como se pueday luego declararse en quiebra. Como es de esperarseel Padrino persuadió al comerciante de devolver a losjóvenes hasta el último centavo. La ley es la ley. Debepromulgarse teniéndose en cuenta situaciones gene-rales; y se acepta que, en algunas ocasiones, al aplicarlaa casos particulares, puede resultar injusta. Pero estodebe ser la excepción y no la regla. Lo que ahora siente Antonio es que el Estadode derecho quedó atrás. Vivió el caso del sindicatoque emplazaba a huelga con la sección amarilla en lamano y vendía el desistimiento. Entonces, eso era laregla. Vivió el caso del ranchero despojado que men-digó durante diez años la quinta parte de aquello que 10
    • De los cuates pa’ la razale robaron. Y eso también era la regla. Vivió el casode una tintorería que cobraba ochenta pesos por lavarun traje y pagaba treinta y cinco mensuales de rentacongelada. Y eso también era la regla. Si le preguntanpor la justicia sabe que está más cerca del Padrino quede los tribunales. Hoy vive y padece la cultura del nopago, la causa primera y última del tristemente céle-bre Fobaproa. Es cierto que en un principio la genteno pudo pagar sus deudas, que los abonos de sus casaso coches se triplicaron y que el “error de diciembre” locometieron Salinas y Zedillo, o sus secretarios, perono el infeliz que pagaba con grandes sacrificios su hi-poteca, aunque, como siempre, fue él quien tuvo quepagar los platos rotos. Pero ese infeliz pronto descubrió que un aboga-do habilidoso o un Barzón temerario podían sacarlodel problema. Pronto descubrió la enorme ineptitudde la banca privatizada; la precariedad de los contra-tos leoninos que le obligaron a firmar; la deficienciadel aparato contable de bancos y financieras; la inefi-cacia del aparato judicial para resolver los casos quele fueron planteados y, en última instancia, para hacercumplir sus controvertidas determinaciones. Lo quecomenzó como una asociación de deudores ahorcadosse extendió hasta convertirse en el común denomina-dor de los deudores holgados. Si la justicia no puedeobligarme a pagar, ¿entonces para qué pago? La culturadel no pago se instaló definitivamente. Los deudorespobres incumplieron con sus pagos y los empresariosricos incumplieron con sus pagos. El sistema bancario 110
    • Antologíanacional está en quiebra y el rescate correrá a cargo,como siempre, del contribuyente. Antonio no recor-daba en sus treinta años de ejercicio profesional tantadificultad para lograr que un tribunal hiciera cumplirsus determinaciones. 111
    • Antología Sicario de profesión Sanjuana MartínezEl Chino lleva a la Santa Muerte tatuada en sus pan-torrillas, también en el pecho y en la espalda, inclusomás abajo y por todas partes, lo muestra con orgullo.Dice que todo su cuerpo es una ofrenda a la santapatrona del crimen organizado. Estamos en el epicentro del clandestinaje si-naloense. Esta es la tierra del Chapo Guzmán y delMayo Zambada, amos y señores, venerados y odiadosen Culiacán. Como en tiempos de Pablo Escobar, aquílos dos grandes capos del sexenio de Felipe Calderónson considerados por muchos como benefactores, fi-lántropos o Robin Hood; gente buena, pues. El Chino entra en el Bar Papion’s. Es la unade la mañana y al ritmo de banda en la improvisadapista bailan prostitutas, narcos de poca monta y tra-vestis. El ambiente es sórdido, el olor también. El tufoa orines se mezcla con los tequilas. Los sanitarios soninexistentes. En una esquina hay una pared falsa queesconde los meaderos como en los establos. En la ba-rra están apoyadas viarias mujeres de la vida galante.Llevan minifaldas y ropa muy ajustada que deja versus extensos michelines. Hay entre diez o doce mesaspegadas a las paredes. En el centro un hombre gordo ysudoroso aprieta las nalgas de su acompañante mien-tras bailan fajando. 113
    • De los cuates pa’ la raza El lugar es centro de reunión de sicarios y ElChino sabe que hasta aquí viene gente y lo contrata.Se sienta a la mesa con la mirada retadora. Le jodeque una periodista pretenda preguntarle cosas de sutrabajo, de su chamba, de su profesión como él le dice:“Es un trabajo, jefa. Entiéndalo, alguien tiene que ha-cerlo”. Se sabe guapo. Anda en los 30 años. Tiene losojos borrados muy papujados tirando a orientales; talvez por eso le dicen El Chino. Su piel morena brillacon las luces neón del lugar. Es muy delgado y de re-pente su mirada extraviada por la cocaína se posa en larealidad del lugar al que ha llegado: “Pinches travestis,no valen verga”, espeta sin contemplaciones. Adoptapose de mamón, está recién bañado y lleva el cabellolargo peinado rechupado hacia atrás con algo de bri-llantina. Me ve de reojo. Viste unas bermudas verdesy camiseta oscura. Cruza la pierna y finalmente memira. Coquetea. Silencio. Le invito una cheve, la bebe a gran velocidady al terminar acaricia la figura en plata de la SantaMuerte que trae colgada al cuello. ¿Qué quiere saber?,me suelta de entrada, “Pa’que chingaos quiere que lecuente”. Le explico que me dedico a escribir, que ade-más de periodista, me interesa desde el punto de vistahumano conocer detalles de su profesión. “Yo estoyespecializado. ¿Entiende lo que quiere decir especia-lizado? Sí jefa, especializado, especializado”. En esemomento se saca una especie de funda dorada quellevaba en alguna parte del cuerpo. De la funda extrae 114
    • Antologíalentamente una daga grande cuyo filo resplandece. Seríe al ver mi expresión y define: “Corto cabezas”. Me explica que es un profesional. Sus cortes,según dice, son quirúrgicos. Sostiene que de un solotajo desprende la parte superior del cuerpo humano.No le gusta la tortura. Él va a lo que va. Asegura quehace su trabajo lo “más limpio” posible. Le pregunto sise droga para hacerlo. Ríe sin contestarme. Hablamos por cuarenta o cincuenta minutos.Se ve relajado. Pide más bebida. Le pregunto su cuo-ta, el precio de sus “trabajitos”. Y suelta: “Usted mecae bien, a usted se lo dejo barato. Nomás deme tresmil pesos (150 euros) y le quito al gallo de encima.¿A poco no tiene enemigos? Le agradezco el detalle,pero le explico, sin ofenderlo, que no me interesan susservicios. El Chino está cada vez más relajado y suelta lalengua. Da detalles de su chamba sin hablar sobre susjefes. Empieza a hablar cosas de su vida privada. Noquiere decir si su madre está viva, si tiene familia, siestá emparejado: “Yo sólo vivo el momento. Las pin-ches viejas siempre quieren lo mismo: casarse, las muypendejas”. Me pregunta si yo soy igual. Asiento con lacabeza. Me mira lascivamente de arriba a abajo. Aprovecho para comentarle que mi compañero,el fotógrafo Manuel Ortiz, le quiere hacer unas fotospara mostrar sus tatuajes. Dice que sí, pero lo invita asalir del lugar. Las calles en Culiacán no son un lugarseguro, especialmente en este barrio. Se van los dos ya los pocos minutos Manuel vuelve con el asombro 115
    • De los cuates pa’ la razaen la cara: “Dice que quiere que le pague, que le gus-ta mi equipo”. El Chino llega retador: “Denme seismil pesos”. Le pido que se calme, pero se pone bravo.Pedimos un taxi. Amenaza: “Ustedes no se van hastaque me paguen”. Su mirada extraviada se convierte enexpresión iracunda. Salimos como podemos. Todo pasa en cuestiónde segundos. El taxi está en la puerta. Nos metemosa estirones, pero El Chino amenaza también al con-ductor: “Si se mueve amigo, se lo lleva la chingada”. Elpobre chofer quiere huir y de paso llevarnos. El Chinono suelta la puerta. Me encabrono. Lo miro y le digogritando: “¡Cálmate!... ¿A cuenta de qué quieres dine-ro, güey?... El Chino se enfurece más: “Nomás, cule-ros. Páguenme por las fotos pinches ojetes. No quieroque me saquen la cara, pendejos. Si me la sacan, losmato cabrones”. El chofer acelera. Le alcanzo a dar las graciascon una sonrisa y le digo adiós con la mano. Nos va-mos con la puerta abierta unos metros y cerramos.En ese momento pienso en la fragilidad de la vida.Reímos a carcajada nerviosa. La adrenalina todavíase siente en el cuerpo. El hormigueo en las manospersiste. Volteo y veo al Chino encabritado haciendoaspavientos con los brazos “Anda bien loco el bato”, dice el taxista, acos-tumbrado a las incidencias nocturnas. “Es un sicario”,le digo, “según él, cobra tres mil pesos por matar a al-guien…” “¿Uffff!.. eso es caro”, comenta sin inmutarse,“Aquí matan de a gratis”. 116
    • AntologíaEl sicariatoLos golosos del dinero fácil, han encontrado una nue-va profesión remunerada y prestigiada que proporcio-na estabilidad económica, estatus social y nulo aburri-miento: el sicariato. Ser sicario en México se ha puesto de moda.La figura de esta red de hombres asesinos a sueldoha predominado en Centroamérica y el Cono Sur,particularmente utilizada desde los poderes fácticos ylas redes criminales o paramilitares. En algunos paí-ses como Colombia, Guatemala, Honduras, Ecuadoro Venezuela, los sicarios han eliminado campesinosopuestos a la expansión de empresarios terratenien-tes, también a sindicalistas incorruptibles, periodistasindependientes o políticos del bando opuesto. Es el resultado de la impunidad. Ante el incre-mento de la brecha que separa a ricos y pobres, unaparte de los jóvenes latinoamericanos están perdidosen el submundo del desempleo, la droga y la violencia.Organizar un ejército de sicarios, por tanto, no es tandifícil en nuestros países. Como asenso social es imparable. El sicariocompone una elite de sujetos matones por encargo.Su nivel económico se incrementa vertiginosamente.Visten con ropa de marca, usan coches o camionetaslujosas, se codean con los hampones más renombra-dos y muchas veces, los políticos de alto nivel, valga laredundancia. 11
    • De los cuates pa’ la raza A diferencia de los sicarios en Medellín, queandan matando en motocicleta o a pie; los sicariosmexicanos usan vehículos potentes. Llegan al lugarseñalado, se estacionan tranquilamente, bajan conmetralleta en mano y frente a los vecinos impávidos.Cumplen con su misión: acribillan a diestra y sinies-tra. Así ocurrió con la limpieza étnica emprendida porlos narcos en Ciudad Juárez contra los drogadictos.En esa ciudad han asesinado a una veintena de jóve-nes en rehabilitación, primero en el centro “Leyes deReforma” y luego en “El Aliviane”. En ambos hechosha imperado el mismo método de exterminio, comosi se les acabaran los clientes con unos cuantos desin-toxicados. Asesinatos de escarmiento, en una ciudadcon mil seiscientos asesinados en lo que va del año. La figura del sicario, sin embargo, no apareceen las condenas judiciales. Se sentencia por homicidioagravado, por lesiones, por delincuencia organizada,pero no por ser sicario; con lo cual, dicha “profesión”queda impoluta. De hecho, el Estado nunca ha decla-rado oficialmente perseguir a los sicarios, por el con-trario, niega su existencia. Los sicarios se especializan como en cualquierotro trabajo. Los hay, expertos en cortar cabezas, algociertamente común en estos días violentos que vivi-mos en México. Algunos otros, se preparan en el artede torturar, destazar, mutilar, entambar, ensabanar, en-cajuelar, empozolar, embolsar los pedacitos, quemarcon apariencia accidental… el abanico de modalida-des es amplio. 118
    • Antología El sicariato ya forma parte del tejido social.Fernando Vallejo lo rescató en su novela “La Virgende los sicarios” para retratar a las mafias que contro-lan Medellín: “Abuelo, por si acaso me puedes oír del otrolado de la eternidad, te voy a decir qué es un sicario: unmuchachito, a veces un niño, que mata por encargo.” Nuevas ciudades añaden ese fenómeno, y acomo vamos, pronto nos veremos obligados en Méxi-co a cambiar el letrero de “no estacionarse” por otraadvertencia: “Prohibido tirar cadáveres”. 11
    • Antología Carne frita Jorge MochPachito no era un mal hombre. Al contrario: era deesos que trabajan desde niños y jamás se quejan; deesos para los que trabajar es descubrir mundo y enello, felices, conocer gente; hacer algo diferente todoslos días aunque se trate de la misma rutina, del mis-mo sitio, del mismo instrumental, de las órdenes, losolores, las manchas de siempre. Siempre igual, perosiempre algo diferente. Pachito era un optimista irre-dento, un tipo de los que no abundan porque todo eltiempo le buscan el lado amable a las cosas malas, laherramienta útil al deshuesadero, la oportunidad a lapérdida. Apacible, amigo de su casa, de su sillón, delfutbol y de su oficio de taquero, Pachito era en sumaun buen partido. Un poco gordo, sí, y grandón y algotorpe para las cosas finas, pero un buen partido ensuma. Pero su mujer nunca lo creyó así. Se hicieron novios más que por amor, por mie-do: a Milena la aterraba quedarse de chismosa vesti-dora de santos como su tía Mina, que iba todos losdías a su casa después de misa de ocho a envenenarleel corazón a su madre y a sus hermanas y, si se deja-ba, también a ella con el mismo mensaje esencial: loshombres son una mierda. Nunca ni su madre ni sushermanas ni ella misma se atrevieron a entresacarle delos pelos del bigote a la tía Mina el por qué de su odiode género, de su fobia a las barrigas, las voces cantoras 121
    • De los cuates pa’ la razay aguardentosas de las serenatas, los gritos destempla-dos del borracho, los arrumacos del amoroso o el olora pies: hasta donde pudieron enterarse, la tía Mina nisiquiera había conocido varón con que ayuntarse. Allí,en secreto, escuchándola despotricar un día, Milenaconcluyó que no, que ella no iba a terminar así, y quesi se va a odiar al sexo masculino habría primero queconocerlo bien y no nomás por ese pavor demencialal miembro que, pensó con malicia, en erección algotendría de cirio como los que prendía la tía Mina to-dos los días en la capillita de la Asunción. Pero ella, al final, al único que se atrevió a cono-cer en términos de sexo masculino, fue al hijo del ten-dero de las esquina, con quien mantuvo encendidosescarceos —sin llegar a mayores, eso sí que no— enla trastienda, tumbados en mullidos sacos de harinay frijol negro sobre los que abundaron la humedadde los besuqueos y la pecaminosa ansiedad de esca-sos, mal contenidos roces de piel a piel. Luego, másexperimentado, dicharachero y enamoradizo de veras,apareció en su vida Pachito y ella se quiso creer a símisma que la prisa que de pronto le entraba, ese mie-do a verse peluda y amargada como la tía Mina, decasa en casa cuando llevaba de visita al Santo Niño opara que besaran el vestidito de la Virgen cantandosus rencores intensos, era puritito amor por las risas,los ojos negros y brillantes como escarabajos, el velloque pintaba los belfos besucones de Pachito, como elmás alambicado de los amores del mundo. 122
    • Antología Como en una vorágine de sexo incontenibley cambios de atmósfera, repentinos, drásticos comola pérdida de la potestad eterna de su padre y sere-na de su madre, Milena se vio en sucesivas estampasde las que apenas recordaría para siempre instantesaislados, minúsculas fotografías infinitesimales, breví-simas, mezcladas con una interminable sensación deaturdimiento: un vestido blanco que no le calaba bienen las gordezuelas axilas, un ajuar, hasta entonces ini-maginable, de calzones, corpiños y sostenes, un miedosilencioso al cura que la miraba con ojos acusadores,falsamente piadosos porque lo que vino inmediata-mente después, un miedo silencioso a aquel hombrefuerte y moreno, un poco panzón, que en donde jun-taba las piernas, naciendo de un mechón oscuro y des-ordenado, esa pelambrera como un insulto procaz, leofrecía un trozo de carne que ella, un poco con horrorpero mareada con una sensación casi igual a la náuseaque no supo calificar como deseo, acunó en sus manospor vez primera para maravillarse con aquellos tré-mulos, calientes latidos, como si se tratara de un ani-malejo calvo con vida propia. Y más allá, los ojos delhombre, muy abiertos, desorbitados, casi, y entre ella,el miembro y aquellos ojos de locura, el jadeo. Luego,un velo inmarcesible de tiempo, el diario, el hastío,ese vaho de inapetencia, de aburrimiento, de repulsa yodio, en ese orden. Alguna vez Milena escuchó de otra mujer sa-bia, su madre, la sentencia: “la rutina, mija, mata elcariño”. Milena supo que la rutina se le colaba en el 123
    • De los cuates pa’ la razamatrimonio con cara de bruja y silenciosas patas demosca perversa apenas recién casada, matándole alquerubín cupido día tras día, desplumándole las alasprimero, cortándoselas luego, volviéndolo peatón y enun largo final, contagiándolo de muerte lenta, consun-ción, leucemia, hambruna, hasta convertirlo en lo quequedaría ya de él: un esqueletito reseco, unas cuencasterrosas donde alguna vez hubo miradas de contem-plación; una tenue ausencia que dejaba la huella delmal olor y peor talante: a Milena la ponía de mal hu-mor tan sólo recordar que alguna vez había querido aese hombre de sonrisa fácil que ella ahora calificabade mueca idiota. Eterna inconforme o quizá simplemente in-grata, porque no era ella misma una ninfa ardiente,Milena se aburrió de Pachito, pero incapaz de rebe-larse abiertamente, discapacitada para la auténtica co-quetería —putería, habría dicho sin misericordia nimiramientos— por la educación confesional que ha-bía recibido desde niña, en lugar de buscar aventurasamorosas con que paliar el aburrimiento, Milena sededicó en cuerpo y alma a domeñar primero y simple-mente humillar después a Pachito, quien todavía porentonces se desvivía tontamente por ella. No. Pachito no era un mal hombre, y por esoMilena nunca fue capaz de identificar cuándo ni porqué empezó a detestarlo. Más que pararse a pensaren ello, prefirió dedicarle a su marido un silente des-precio, el continuo reproche por ignorar aquel des-contento rabioso que ella misma no lograba discernir 124
    • Antologíaclaramente aunque acusaba su continua mordedura.Pronto descubrió que su único afecto era la comida.Pero sin tener que cocinar. Él, amoroso siempre, seesmeraba en cumplir todos sus caprichos, saciar todossus apetitos. Es que mi vieja es de carácter fuerte, de-cía, como deben ser las mujeres llenitas. Él, optimistairredento, nunca le dijo gorda. Pinche gorda, gordade cagada, marrana, puerca, como se recriminaba ellamisma ante el espejo todos los días para luego pedirque le llevaran pastelillos, unas quesadillas, “uy, mijo,hoy quiero unas tortas de queso de puerco…” Hacia el final de sus días, ella sólo tenía claroque no quería a Pachito, que lo aborrecía, que su vidatoda sería desgano y muecas apenas él asomara suslabios gordos por la puerta de la cocina o dijera, des-de la cama desordenada a la que volvía cada mañana,después de trabajar durante la madrugada en la pre-paración de todo lo que más tarde llevaría al puesto,esa esquina del centro de la que era tácito propietariodesde hacía muchos años: “buenos días, mi vida”, paraque ella mascullara, inaudible: “tuvidatuchingadama-dre” y en cambio balbuceara, carne viva el desgano: —Mmmsbbsdss. Con el tiempo ambos, cosa previsible en cual-quiera que se dedique a la preparación y venta de tacos,tortas, sopes y enchiladas, engordaron todavía más.Pero si en Pachito era como si eso fuese precisamentelo que durante años le hubiera faltado para comple-tar su estampa amigable, barriga y esa redondez quele daba un barniz amable y bonachón, en Milena se 125
    • De los cuates pa’ la razatornó un rasgo que la volvía refractaria a la simpatíaajena: la suya era ya una gordura odiosa, cárnica, deésas que hacen evidente la pesadez de alguien más enel carácter que en la cadencia del movimiento al de-rramarse bolsas de grasa en los costados. Pachito era un gordo enjundioso, mientras queMilena se miraba todos los días desde siempre en elespejo y odiándose a sí misma cada día un poquitomás, musitaba la diaria letanía: “pinche gorda despa-rramada. Puerca. Marrana. Cochina lonjuda. Pero laculpa la tiene él por estarme cumpliendo cualquiergustito pendejo. Maldito, acabó, está acabando, va aacabar conmigo, con mis sueños, con las ilusiones detoda mi vida”. ¿Dónde estaba la adolescente rebelde y guapa,la de cabello largo y lustroso, la de los grandes ojosgarzos?; ¿dónde la que iba a ser gimnasta, cantante,maestra, mujer policía, diputada, dueña de la pana-dería, dueña de los abarrotes, azafata, arquitecta, na-dadora olímpica, la más distinguida, importante, des-piadada, elegante, displicente de las mujeres de nego-cios que México y el mundo jamás la dicha de haberconocido tuvieran? Y se envalentonaba ante la gordadel espejo y se insultaba por largos, gozosos minutospara luego, a menudo, romper a llorar silenciosamenteen la soledad del cuarto de baño. Minutos despuéshabía ya volcado su propia repulsa en un odio paula-tinamente más gordo, como ella, en su gordo marido:estaba gorda por su puta culpa. Estaba amargada porsu puta culpa. Se odiaba a sí misma por su puta culpa. 126
    • AntologíaEstaba frustrada por su putachingadapincheculpa. Yasí todos los días. Pachito creía halagar a su mujer cuando le ta-rareaba canciones amorosas de Pedro Infante y JorgeNegrete, canciones que él había aprendido cuandosiendo niño disfrutaba con su madre y sus hermanaslas funciones de media tarde en la televisión, ésa queevocaba con necia, melancólica añoranza la época deoro del cine nacional porque esa época no volveríanunca. Siempre se había visto a sí mismo como lega-tario del donaire, la galanura, la alegría de vivir de esosdos grandes del cine mexicano. Para Pachito no habría jamás quien superara aPedro Infante en “Escuela de vagabundos”. Seguidollegaba a casa tarareando “amorcito corazón, yo tengotentación… de un beso”, y luego repasaba el resto dela canción —ese himno del mexicano enamoradizoy dicharachero— silbando como lo hubiera hecho elmismísimo Pepe el Toro en su carpintería. Pero desu propia, robusta Chorreada no obtenía más que unmutismo cargado de displicencia. Su mujer nunca se-ría Lula. A Milena le chocaba toda esa parafernalia tris-te del “buen cine” de antes y el ídolo de Guamúchil,su vida de escándalos, su trágica muerte la tenían sincuidado. Lo suyo era Menudo, Los Chamos, El Sol ysu conejuna sonrisa; las coreografías (que de niña pri-mero y de adolescente después gastaba tardes enterascon sus primas y amigas ensayando, copiando, soñan-do que un día sería como cualquiera de sus artistas 12
    • De los cuates pa’ la razapreferidos, sería novia de uno de ellos, estaría siempreallí) de Fresas con Crema y Flans. Nunca se lo dijoabiertamente a su marido, pero Milena hubiera que-rido contestar a “si te vienen a contar cositas malas demí” con que ella atendería el llamado de Súbete a mimoto, y que efectivamente nunca habría conocido unamor tan veloz, y que la moto, pinche gordo inmundo,guardaría el secreto de los dos. Milena nunca, a pesarde que con el tiempo pudo atreverse a insultar más ymejor a Pachito, le dijo que ella hubiera dado la mi-tad de su vida no para ser Irma Dorantes, sino Thalía.Pero entonces el espejo. La vida. La realidad. El odio.Ella toda. Aquella noche Pachito estaba de mal humor.Atendía a su clientela más bien con desgano. Picabala carne y los cueritos más con un dejo mecánico quecon el usual disfrute de quien ama su oficio. Pero en-tonces llegó la mujer con su pequeña cohorte, y esadama de negro, la palidez de ese rostro desmentido ensu altivez por esos labios gruesos, besables y oscuros,morados, casi, pero sobre todo por esas teas glaucasque tenía por ojos, la luz que parecían despedir, laslargas, sensuales pestañas que ella, sin duda, usaba tanbien, su sonrisa luminosa... Cuando aquellos labiosdel grosor del pecado se separaron en un gesto de-licioso para exhibir una ristra de blanquísimas perlaspor dientes, toda aquella visión de salvaje sexualidad apunto le puso a Pachito la carne de gallina en la nuca,los cachetes y la parte baja de la espalda, madre suya,qué hembra. 128
    • Antología Y Pachito, habiendo atendido ya de otro ta-lante el pedido de la mujer y sus acompañantes, nopudo evitar la comparación con su gorda intratable,con sus pelos tiesos, con sus labios chuecos y con losmás chuecos dientes, que se le antojaron las teclasdesiguales de una pianola vieja y destartalada, y gorda,inmensa, inabarcable pirámide de carne. Y como unrelámpago, que es como llega al corazón de los ilumi-nados el acero de una revelación, Pachito supo lo quetenía en casa, lo que más o menos pesaba y lo muchoque le podría redituar, paliar un poco los muchos añosde vejaciones y amenazas, los muchos miles de pesosque hasta entonces le habría costado ya. Miró sus trinches, los aguzados pinchos conque sujetar la carne, el tocón de vieja, gruesa y oscuramadera grasosa que hacía de tabla de picar, el par degroseras jergas con que recogía el jugo y la grasa quesoltaba la carne al ser troceada; los recipientes plásticosde colores para las abigarradas, violentas salsas hechascon chiles de todos los colores. Miró las caras felicesde sus clientes, los carrillos llenos y brillantes a la luzde las farolas, otra vez, con esa súbita inquietud… ¿ocerteza?, los ojos verdes de la mujer que ahora pedíaamablemente más servilletas de papel, los gordezue-los labios dulcemente pringados con la grasa del tacode buche que recién le había servido. Pensó —cómoevitarlo—, en Milena, y no pudo, no quiso reprimirel gesto cruel, deliberado, admonitorio de mirar susfilosos cuchillos, siempre oportunos y perfectos parael trabajo, y sonrió casi condescendiente, anticipando 12
    • De los cuates pa’ la razallegar a una casa deliciosamente sola, exquisitamentesilenciosa, únicamente suya y totalmente convencidode lo que tendría que hacer aquella misma madruga-da, antes de que Milena, aquello en que Milena se ha-bía convertido, se desperezara, almacenara concienciade lo que pasaba, comenzara el primero de los muchosreclamos, reproches, regaños del día, de todos los días,de tanto, demasiado tiempo de vivir a su lado, de ce-barla diariamente con las mejores legumbres, el maízmás fino, los más ricos chocolates o el suave pan quele hacía ir a comprar a dos barrios de distancia; an-tes de que empezara a aullar con su detestable voz depito, sus gordos brazos rematados en peligrosas uñastemibles escalpelos, brazos muy blancos, como espol-voreados de harina, lo mismo que sus pies tambiénblanquísimos, cada uña esmaltada en rojo una fresa decada uno de aquellos dos pastelitos regordetes, blan-cas también y sobre todo, las nalgas inmensas todavíaaplastadas entre las sábanas, desperdiciadas, enormes,jugosas y, ahora lo sabía, se regocijaba ante las posibi-lidades —sentía la mordedura de la impaciencia— so-segadamente puestas a punto, maduras, abundantes:sabrosas. Y por primera vez en su vida rompió las re-glas, la propia disciplina impuesta con años de ob-servar metódicamente una misma rutina, y decidiócerrar temprano aquella noche, porque en casa iba atener mucho trabajo, tanto que cortar, tanto que pelar,tantos cubos de carne que echar al perol y sazonar-los, dorarlos, mirarlos amorosamente derretirse en su 130
    • Antologíapropia, glotona grasa, y dar una pequeña probada quede sólo imaginar ya le causaba un estremecimiento,un como sobresalto, la súbita vergüenza porque, quétal si un cliente se daba cuenta, si aquella bella mujerenfundada en negro, por ejemplo, podía con aquelloshermosos ojos verdes leerle el pensamiento, el antojo,el desespero —aquello, en fin, que viéndolo sin anti-faces, había sido, sólo de imaginar el cocimiento, latextura perfecta, la inmejorable comunión de carne,grasa, cebolla, ajo laurel y sal, casi un orgasmo. Su pri-mer orgasmo en tanto, tanto tiempo mientras can-turrea para sí, casi diríase feliz, recuperado el salerodiario, el amor a la vida, el semblante de alegre locuraque se reconoce sólo en aquellos que recuperan unailusión: amorcito corazón, yo tengo tentación, yo ten-go tentación, yo tengo, chingao. De un beso. De una mordida. De un sorbo. Un sorbito nada más. De tu sangre fresca. 131
    • Antología Y era nuestro futuro una red llena de agujeros (fragmento) Carlos MonsiváisEra la tarde del mitin. Faltaban diez días para quediesen principio los XIX Juegos Olímpicos y fuesenotificado el planeta entero de cuánto habíamos pro-gresado desde que Cuauhtémoc arrojó la última fle-cha. Y eran las cinco y media y la gente se agrupaba,absorta en la fatiga de quien presiente la transferenciaque lo convertirá en el asistente del próximo mitin yestaban los Comités de Lucha con sus pancartas y losbrigadistas y los padres y madres de familia seguros dela calidad de su apoyo y había simpatizantes de clasemedia y empleados o profesionistas arraigados en lajusticia del Movimiento Estudiantil y periodistas na-cionales y reporteros de todo el mundo y quienes ven-dían publicaciones radicales y quienes vendían dulcesy curiosos y habitantes de Tlatelolco. Hace un mes estudiantes y maestros de prima-rias y obreros ferrocarrileros y maestros universitariosy del Politécnico y militantes de los grupúsculos acu-dieron a la Plaza de las Tres Culturas, con su historiaacumulada que aprovechan edificios donde la propa-ganda ha improvisado “un nivel de vida superior”, consus tesis explícitas sobre la asechanza de lo indígena,de lo colonial y de lo contemporáneo. Y el mitin seinició, al instalarse los dirigentes del Consejo Na-cional de Huelga en el tercer piso del Edificio Chi- 133
    • De los cuates pa’ la razahuahua. Dieron comienzo los discursos que cercena-ban el desánimo y sembraban la reciedumbre porquela victoria estaba próxima. El número de los asistentesse incrementaba. Por el micrófono un aviso: para con-tradecir los rumores de una represión del ejército, sesuspendía la marcha de Tlatelolco al Politécnico. Nopodían correrse riesgos después del 18 de septiem-bre, cuando el ejército ocupó la Ciudad Universitaria,cuando el humorismo darwiniano, a propósito de losejecutores de la represión, se petrificó ante esa hoscafisonomía implacable que se repetía, se desdoblaba,insistía en su corporeidad, volvía a dar órdenes, obli-gaba a los detenidos a acostarse en el suelo, postergabacualquier estado de ánimo, revisaba listas, conducía alos estudiantes hacia los camiones, les ordenaba alzarlas manos, les exigía continuar tendidos, se vanaglo-riaba de la influencia que las armas tienen siempresobre las víctimas. Y eran las seis y diez de la tarde y de pronto,mientras el equipo de sonido divulgaba otra exhor-tación, rayó el cielo el fenómeno verde emitido porun helicóptero, el efluvio verde, la señal verde de unaluz de bengala “desde la niebla de los escudos”, desdeel reposo de lo inesperado. Se oyeron los primerostiros y alguien cayó en el tercer piso del Edificio Chi-huahua y todos allí arriba se arrojaron al suelo y brota-ron hombres con la mano vendada o el guante blancoy la exclamación “¡Batallón Olimpia!”, y el gesto erairacundo, frenético, como detenido en los confines delresentimiento, como hipnótico, gesto que se descar- 134
    • Antologíagaba una y mil veces, necedad óptica, engendro de laclaridad solar desaparecida, descomposición del ins-tante en siglos alternados de horror y de crueldad. El gesto detenido en la sucesión de reiteracio-nes se perpetuaba: la mano con el revólver, la manocon el revólver, la mano con el revólver, la mano conel revólver. Alguien alcanzó a exclamar desde el ter-cer piso del Edificio Chihuahua: “¡No corran. Es unaprovocación!” Y como otro gesto inacabable se opu-so la “V” de la victoria a la mano con el revólver yel crepúsculo agónico dispuso de ambos ademanes ylos eternizó y los fragmentó y los unió sin término,plenitud de lo inconcluso, plenitud de la proposicióneleática: jamás dejará la mano de empuñar el revólver,jamás abandonará la mano la protección de la “V”. Y los tanques entraron a la Plaza y venían lossoldados a bayoneta calada, y los soldados disponíanal correr, de esa pareja precisión que el cine de guerraha eliminado (por infidelidad de la banda sonora) yque consiste en la certidumbre de la voz de mando,una voz de mando que se transformará en estatua oen gratitud de la patria, pero que antes es coraje y ali-mento, cansancio y fortaleza, severidad de los huesos,simiente de obstinación, voz de mando que distribuyelos temores y las incitaciones. Y cesó la imagen frentea la imagen y el universo se desintegró, ¡llorad amigos!Y el estruendo era terrible como apogeo de un de-rrumbe que puede ser múltiple y único, inescrutable ylímpido. El clamor del peligro y el llanto diferenciadode las mujeres y la voz precaria de los niños y los ge- 135
    • De los cuates pa’ la razamidos y los alaridos se reunieron como el crecimientopreciso de una vegetación donde los murmullos sondel tamaño de un árbol y lo plantado por el hombreresiste las inclemencias de la repetición. Y los alaridosse hundieron en la tierra preñándolo todo de oscuri-dad. Los hombres con el guante blanco y la expre-sión donde la inconsciencia clama venganza dispara-ron, y el ejército disparó, y la gente caía pesadamente,moría y volvía a caer, se escondía en sus aullidos yse resquebrajaba, seguía precipitándose hacia el suelocomo una sola larga embestida interminable, sin to-carlo nunca, sin confundirse jamás con esas piedras.Los niños corrían y eran derribados, las madres seadherían al cuerpo vivo de sus hijos para seguir exis-tiendo, había llanto y tableteo de metralla, un ruidoque no terminaba porque no empezaba, porque no erasegmentable o divisible, porque estaba hecho jironesy estaba intacto. Los fusiles y los revólveres y las ame-tralladoras entonaban un canto sin claudicaciones a loque moría, a lo que concluía entonces, iluminado condenuedo, con hostil premura, por la luz de bengalaque había lanzado un helicóptero. El olor de la sangre era insoportable porquetambién era audible y táctil y visual. La sangre era oxí-geno y respiración, el ámbito de los estremecimientosfinales y las precipitaciones y los pasos perdidos. Serenovaba la vieja sangre insomne. Y la sangre, con esaprontitud verbal del ultraje y el descenso, sellaba el finde la inocencia: se había creído en la democracia y en 136
    • Antologíael derecho y en la conciencia militante y en las garan-tías constitucionales y en la reivindicación moral. Lainocencia había sido don y tributo, una inminenciadel principio, algo siempre remitido al principio, allídonde el llanto y las reverberaciones de la sangre y elrescoldo de la desesperanza se gloriaban en la memo-ria de los días felices, cuando se vivía para la libertady el progreso. Los cadáveres deshacían la Plaza de lasTres Culturas, y los estudiantes eran detenidos y gol-peados y vejados y los soldados irrumpían en los de-partamentos y el general Marcelino García Barragán,secretario de la Defensa exclamaba: “El comandante responsable soy yo. No se de-cretará el estado de sitio. México es un país dondela libertad impera y seguirá imperando... Hago unllamado a los padres de familia para que controlen asus hijos, con el fin de evitarnos la pena de lamentarmuertes de ambas partes; creo que los padres van aatender el llamado que les hacemos”. Y Fernando M. Garza, director de prensa y re-laciones públicas de la Presidencia de la República,informaba a los periodistas mexicanos y a los corres-ponsales de la prensa extranjera: “La intervención de la autoridad... en la Plazade las Tres Culturas acabó con el foco de agitaciónque ha provocado el problema... Se garantiza la tran-quilidad durante los Juegos Olímpicos. Hay y habrávigilancia suficiente para evitar problemas”. Ametralladoras, bazukas y rifles de alto poderdisolvían la inocencia. Los rostros desencajados redu- 13
    • De los cuates pa’ la razacían a palidez y asco el fin de una prolongada con-fianza interna: no puede sucedemos, no nos lo mere-cemos, somos inocentes y somos libres. El zumbidode las balas persistía, se acumulaba como forma decultura, hacía retroceder a las manifestaciones y lasvoces de protesta y los buenos deseos reformistas delpasado. La temperatura del desastre era helada y reciay la gente tocaba con desesperación en la puerta de losdepartamentos y allí se les recibía y se les calmaba ydesparramándose en el piso todos compartían y acre-centaban el dolor y el asombro. Los detenidos eranregistrados y golpeados con puños y culatas y pistolas.Los agentes de policía emitían dictámenes: “A la pa-red, a la pared”. La inocencia se extinguía entre fogo-nazos y sollozos, entre chispas y ráfagas. 138
    • Antología Quiero saber Carlos MontemayorQuiere saber si saldré igual que todas las mañanas.Si bajaré la escalera de mi casa y caminaré por la aceracon el sabor del café negro en la boca,con la amargura dulce del cigarrillo en los labios,pensando ya en lo que no haré,pensando ya en el lo que dejaré para mañana.A cada momento la espero.Busco reconocerla,encontrarla por fin con todas las fuerzas de mi vida,saber cómo es.Hoy no me aflige la tardanza.La ciudad es así: se demora y se apresura.¿Es aquélla que acaba de pasar?¿Es ésta?Mejor descansaré, sí.Permaneceré acostado todo el día,esperando,porque siento que desde hoy le soy infiel,siento que estoy a punto de engañarla. 13
    • Antología Soliloquio Eduardo Monteverde¿De veras lo quieren escuchar? Va. Empecé a matarporque sí, primero a un perrillo lanudo que se atravesóen el parque. Le pisé la cabeza y entonces decidí ar-marme, no hasta los dientes, apenas con una navaja demuelle. Al par de días degollé a un gran danés negroque merodeaba. Lo sorprendí durmiendo una siesta.Pero, mientras vagaba por los senderos entre álamostemblones, apartaba a las hormigas para que nos lasfuera a aplastar algún caminante. Así me descubrióel señor ese, uno que dizque era vigilante. Nada másme miraba como un aparecido entre los troncos, enese lugar todo estaba caído. Me regaló una placa desheriff, yo apenas andaba en la escuela secundaria, enlas primeras borracheras, y una noche atropellé a unacriada que iba por el pan de los patrones. El señorese apareció en la comisaría, dijo que yo era marshall,me ascendió, pagó la fianza. No hubo reclamos, lospatrones se cambiaron de barrio. A la criada la volví aver una sola vez luego de estamparse en el parabrisas.Cuando salí en libertad me asomé en el sótano deledificio y estaba en una plancha de granito. No valíani la sábana porque no la taparon. Mis padres me pusieron en una escuela Mon-tessori porque era muy inquieto. Me quitaron el co-che, me robé otro. La maestra de ética sí que estababuena y era muy culta. Me ponía a ver cuadros en un 141
    • De los cuates pa’ la razalibro muy grande de los prerrafaelistas y se brincabadetrás del sofá para que le contara lo que veía. Meiban a suspender cuando el señor aquel apareció en ladirección. Yo era tan inteligente, dijo el director, queme puso a aprender francés leyendo a Julio Verne y aBaudelaire. Gané un premio humanista por llevar a laescuela una colonia de hormigas en peligro de extin-ción. Se la robé a unos ecologistas. ¿Merezco ahoraestar en prisión? Soy Nicola Barbie. La foto de Nicola Barbie salió en todos los dia-rios, en una sonreía con devoción. —¿De qué se ríe?—, le preguntó un reporterocuando lo presentaron a la prensa. —De mis ateos favoritos. De Stalin y de La-vrenti Pavles dze Béria; o en ruso que también lo ha-blo porque les compro armas: Лаврентий ПавловичБéрия,de Slobodan Milošević y de todos aquellos quesonreían cuando rescataban pajarillos en invierno. Yohe salvado una colonia de gorriones. Estaban a puntode extinguirse. Las avecillas también tienen comunas. Nicola Barbie no rehusó hacerse las pruebas deresonancia magnética con enviados de la Universidadde Heidelberg. No le faltaba ningún circuito neuronalpara considerarlo un psicópata sin conciencia. Traslas rejas, solicitó entrar a una sociedad protectora deanimales. Lo aceptaron. Un reportero osó hacer unasemblanza sobre el pérfido de La República. El editordel diario no la publicó por falta de contenido. La su-bió a Internet y a los tres días apareció ahorcado fren-te a su casa. Ni una sola nota sobre su muerte. Un blog 142
    • Antologíanaturista puso el torso de Nicola por la musculatura.El señor aquel le dio una buena suma a la viuda. El reportero había sobrepuesto fotografías de labanda del asesino confeso, encima de revolucionariosdel siglo XX y casaban muy bien. Pura plebe. El sellocensura cayó. Continúo mi soliloquio. La cuestión de los hé-roes es apenas cosa de matices. Lo dijo Bakunin. Yono soy lombrosiano. Simón Bolívar traicionó a Mi-randa y ya ven, ¿quién es el héroe? Amo por igual aEdmundo Dantes que al Capitán Nemo. En el aquíy ahora tengo más lectores que aquellos que imagi-nan. De mis canciones, de mi leyenda hay mucho más,¿por qué?, porque sin duda tengo más botas que lasde los que me cepillé, y por las hormigas y aves quehe salvado, muero con las botas puestas, como esapelícula ¿de quién? de un tal Raoul Walsh con ErrolFlynn, ese australiano borracho exaltando a Custer,el exterminador de indios, el de “Murieron con lasbotas puestas”. Es cine de culto. Sí que lo es. Ahoraque aquel editor censuró mi semblanza por falta decontenido, la cuento yo. Todos se quieren poner enmis botas sin conocer el olor a cuero, y vaya que estánvacías. No hay nada qué contar. Comencé a traficarcuando quería ser hippie. Mis padres, que el silencioguarde en su gloria, me acogían en mis idas y venidas,nunca dejé de ser hijo de familia. No hace mucho elseñor del parque me llevó de paseo y me topé, comoDon Quijote, con la Iglesia, con unas ruinas, un ins-tituto creado por un presidente liberal junto a un lago 143
    • De los cuates pa’ la razasumido en las provincias. Me remontó a los tiemposdel espejismo perdido en la belleza del paisaje indio,un centro de acopio cultural, paraíso del libre albedrío.Llegaron de ultramar cineastas, pedagogos y poetas adescubrir la sepultura del Día de los Muertos. Fuma-ban cosas raras, porque aquí no se daban las hierbasmalas que los franceses trajeron, los moros, al mediarel siglo XIX. El señor del parque, que era un mucha-cho entonces, me contó que sembró unas matas enlas riberas del lago. La semilla se la dio un gringo yempezó a hacer fortuna. Las canoas llevaban fardosde maíz en un programa de ayuda que venía del presi-dente Kennedy. Se metía yerba en los fardos y así lle-gaban al plantel de la cultura. Los costales regresabana la frontera dizque vacíos, pero con droga. Vaya bu-llicio que se armó con tanta libertad del orbe civiliza-do, que era poco, un puñadito de disidentes. Llegaronpintores, directores de cine. La minúscula empresa delos proveedores se diversificó. Lejos de ahí, en la costa,filmaba por aquel tiempo John Huston “La noche dela iguana”. Las tierras del cultivo junto al lago eran deun gobernador, —vaya a saber cuál era el nombre—,que cuidaba de sus hijos naturales, indios y mestizos,con dotes de organización. Toda una comuna que losantropólogos no estudiaron, no porque no quisieran,—unos estudiaban a la Comuna de París y otros sevolvieron marihuanos. Los comuneros de verdad sevolvieron propietarios y el señor ese que era mediohippie, llevaba los encargos a la costa, a lomo de mula,entre pantanos y breñales para que se los fumara “La 144
    • Antologíanoche de la iguana”. Era un sufridor que conocía pal-mo a palmo los caminos, olfato de hiena y pupila dezopilote albino. No da para una novela. Seguí sus en-señanzas y pasé de las brechas a las autopistas, luegode la pavimentación de la Madre Tierra, y me dirigí alos barcos y los aviones, ya en la época de las fórmulas,bienaventuradas sean las moléculas que me dan parapagar a los mejores químicos del mundo bajo la ban-dera del libre albedrío, esa es mi República. ¿Que maténaturales? Igual que el señor que me crió, aunque aquíentre nos fueron más los blancos que los indios, paraque nadie me llame Custer, a quien no le admiro ni lasbotas. Nunca las tuvo en una amalgama de avestruz ytiburón. Ninguna especie en peligro de extinción. Youso zapatos Nike de confección privada, pero a mismuchachos no les he podido quitar la costumbre delo exótico. Que valga, mañana serán como hoy lo soy,que somos muchos y seremos más, sin que en verdadse sepa que estamos tan huecos como el economistade la cuadra, el escritor del vecindario o el panaderode la esquina. Tantos escriben sobre mí sin habermeconocido y tienen apenas un ápice de fama bordandoen el vacío sobre mis historias, cuidado que yo vivo enel presente que se escapa, que ya pasó. Yo, que llevoen mi persona más hijos de la chingada muertos quePancho Villa por su mano. No me comparo exceptosi sobreponen mi fotografía sobre la cara de cualquiertropa, de pueblo cualquiera. 145
    • Antología El baile de las tabaqueras Humberto MusacchioLa Fábrica del Buen Tono estuvo ochenta años en elbarrio de San Juan. Abierta por don Ernesto Pugibeten 1882, su entrada principal se abría frente al par-que del Buen Tono, jardín flanqueado al norte por laBasílica de San José y al poniente por el templo deNuestra Señora del Buen Tono, que en 1908 sustitu-yó a la demolida iglesia de San Juan de la Penitencia,donde el coro tenía la espléndida reja que hoy está a laentrada de Chapultepec. La capital contó siempre con alguna fábricade tabacos y su personal fue predominantemente fe-menino. Desde el siglo XVII y hasta 1770, obrerosy obreras se amontonaban en una vieja casona de laplaza de Santa Catarina, donde estaba la Fábrica dePuros y Cigarros de la ciudad de México. En 1789 esamultitud proletaria fue trasladada a una sección delviejo convento de la Enseñanza, el que hoy ocupa laSecretaría de Educación Pública. Hacia 1808 los sietemil operarios fueron alojados en el edificio proyectadopor Manuel Agustín Mascaró, cuya construcción seinició en 1793 pero fue suspendida entre 1794 y 1804.Se trata del inmueble conocido desde 1815 como LaCiudadela, porque durante la guerra de independen-cia fue convertido en cuartel por el ejército colonial. Ahí, como siempre, las mujeres jugaron un pa-pel de primera importancia en la industria. En el ve- 14
    • De los cuates pa’ la razarano de 1839, cinco mil de ellas realizaron grandesmanifestaciones callejeras para oponerse a las medi-das laborales dictadas por el monopolio privado deltabaco. En febrero de 1842, las tabaqueras se amoti-naron contra el pago de sus salarios en la devaluadamoneda de cobre, y sólo desistieron ante el embate dela gendarmería. En 1846, las obreras de la Fábrica dePuros y Cigarros de la ciudad de México, enteradas deque la empresa tenía intenciones de comprar en Eu-ropa una máquina forjadora de cigarros, escribieronuna petición a las autoridades en la que se oponíana tal importación, que afectaría a 30 mil familias quedependían de la producción de cigarros y porque, ra-zonaban las trabajadoras, ningún artilugio tecnológi-co podía resolver exitosamente todos los procesos deelaboración de los cigarros que requerían iniciativa ydecisión personales. La guerra de 1847 ocupó la aten-ción general y la máquina nunca llegó a México. En 1874, los trabajadores de la fábrica La Bolaestallaron una huelga para impedir la utilización demano de obra femenina, porque las mujeres recibíanmenos salario y, decían los operarios, eran más sumisasa los mandatos de la empresa. El movimiento fue rá-pidamente derrotado y las mujeres continuaron comosiempre incorporadas a la industria, pero no tan sumi-sas como suponían sus compañeros, pues a mediadosde 1877, las obreras de La Sultana, El Borrego, LaAfricana, Los Aztecas, El Negrito y El Modelo esta-llaron una huelga para que se redujeran las cargas detrabajo. Aunque este movimiento tampoco tuvo éxito, 148
    • Antologíalas operarias continuaron organizándose y diez añosmás tarde, en diciembre de 1887, crearon la SociedadMutualista Hijas del Trabajo del Ramo de Obreras deCigarrería. El proceso de mecanización era irreversible yen 1888 los obreros presenciaron la llegada de la pri-mera máquina forjadora de cigarros, similar a las queexistían en Estados Unidos y en Gran Bretaña desde1854, capaz de elaborar siete mil 520 en una hora,tres veces más cigarros que un obrero en toda la jor-nada. El introductor de aquel ingenio mecánico fueel mismo Pugibet, empresario francés que empezó en1789 con sólo tres operarios e hizo crecer su empresasiempre a golpes de imaginación y mejoras tecnoló-gicas constantes. A principios del siglo XX aumentóla importación y fabricación de máquinas para hacercigarros y en 1909 se fabricaron 511 millones de caje-tillas. Las nuevas máquinas eran mucho más rápidas:El Buen Tono podía producir 10 millones de cigarrosdiarios gracias, entre otras razones, a las decenas deinnovaciones que los obreros de la fábrica pudieronintroducir con el apoyo de Pugibet. Para los capitalinos, las marcas del Buen Tonoformaban parte de sus ritos colectivos y de sus señasde identidad. Pugibet planeaba las campañas publi-citarias de sus cigarros utilizando juegos de palabras,motivos de historia mexicana y referencias a la situa-ción política, lo que hizo de marcas como El Núme-ro 12, Reina Victoria y Canela Pura, los cigarros másvendidos. El talento empresarial de Pugibet se valió 14
    • De los cuates pa’ la razade carteles art-nouveau e historietas para anunciar suscigarros y consiguió hacer realmente célebres a algu-nos de los personajes, como Fradiávolo o Ranilla, el deLas aventuras de Ranilla. Los diseños de las cajetillasy de los anuncios tuvieron grandes aciertos y algu-nos figuran entre lo mejor del art-deco mexicano. En1910, Pugibet hizo traer de Francia un dirigible, conel que presentó al público los nuevos cigarros Alfon-so XIII, llamados así en homenaje al rey español. Nomenos impresionante fue para los capitalinos ver en1928 un avión que escribía con humo, sobre el cielode la ciudad, el nombre de la empresa y de sus marcasprincipales. Don Ernesto murió en 1915, después de cons-truir las privadas del Buen Tono, de la calle de Buca-reli. Ocho años después se instaló en Monterrey unagran fábrica de la empresa American British Tobacco,la que fomentó la producción en gran escala de tabacosrubios y promovió su consumo, al extremo de que diezaños después había logrado modificar drásticamentelos hábitos de consumo y en 1933 una sola planta, ElÁguila, producía 402 millones de cajetillas de tabacosrubios contra sólo 85 millones de El Buen Tono, quetrabajaba con tabacos oscuros. Para una empresa conmenos arraigo aquello hubiera sido el fin, pero éstaresistió hasta principios de los años sesenta, cuandola situación se hizo insostenible y la vieja fábrica dejóde sonar su silbato que tan bien conocían polleros ypescaderos de la calle de Aranda y los comerciantesdel mercado de San Juan. La modernidad derrotó a 150
    • Antologíaquien había sido uno de sus grandes abanderados y laciudad perdió la tenaz energía de esos obreros, perosobre todo la fuerza y la alegría de esas aguerridas tra-bajadoras que inspiraron a Bizet “El baile de las taba-queras”. Su ejemplo vive. 151
    • Antología Los inquisidores Thelma NavaINo respetaron nadani siquiera las cartas de amorlos retratos de familia o los pequeñosrecuerdos de infancia.IISe esconden detrás de cualquier parte.Todo lo contaminancuanto dicen sus labios es corrupto.A pesar de todoellos tampoco están segurosde amanecer al día siguiente.III¿Sabías que se pasan las nochesimaginando nuevas formas de tortura?Escriben su miserable y reptante nombreen el cráneo de su propio hermano.Ellos creen que están vivosy que un hombre dejará de gritarla palabra libertad cuando queman sus libros,cuando desnudan a su mujero cuando le roban el pasaporte. 153
    • De los cuates pa’ la razaIVIgnoran que el tirano no duerme y da saltosen su lecho cuando le falta el aire.No saben que la libertad se respira como unagolondrinase navega como una isla por todos los rincones de lapatria.VSiempre es posible que de un momento a otrollamen a la puerta destrocen las paredespara mirar qué hay detrás de los ladrillos.Te pongan una bomba de tiempo entre las manosderriben la escalera y se alejen silbando mientrasurden la versión oficiosaque habrá de publicarse al día siguiente.VIA todos puede sucedernos. Nadie escapade sus perseguidores. Usan el traje del vecino,el auto de un amigo, la sonrisa del hombrede la esquinapara sacarte con engaños de tu casa,golpearte el bajo vientre,obligarte a firmar declaracionesy pretender hablar a solas con tu viuda.VIISabes que existen y están en todas partes.Te miran por agujeros invisibles 154
    • Antologíate acechan cuando haces el amor.Están en el teléfono, en la mesa del caféy en los supermercados. Se reproducen como larvas.VIIIEs necesario conjurar el peligro de los inquisidores,escribir la palabra amor sobre las puertasdonde antes se leía “censada”.Utilizar un código secreto meterse a la pantallade la televisión, amar con gafas negras.Aprender de memoria las consignasEscritas por toda la ciudad.No viajar en un radio mayor de 250 kilómetros.Llevar un equipaje ligero. Nada de libros.No cruzar las fronteras por si acaso.No investigar el nombre de los muertos.Olvidar la tortura para siempre.Ellos avanzan y nos sitian y nadie puede verlos.Amurallan el territorio y los niños no aprendenla verdadera historia en los textos gratuitos. 155
    • Antología El viaje imposible Cristina PachecoIDesde finales de junio se modifica el ritmo en la fá-brica de esferas Ilusión. Doña Estela, la propietaria, yChalo, el supervisor, han tenido que resignarse a queen esta temporada las mujeres disminuyan su activi-dad. Roban minutos de su jornada para intercambiarinformación acerca de los horarios y precios de loscursos de verano. Para ellas representan la única po-sibilidad de que sus hijos se mantengan a salvo entrenueve de la mañana y una de la tarde, aprendiendomientras ellas trabajan, pero sobre todo disfrutandode lo que en sus casas no tienen: un poco más de es-pacio y un jardín. Lina está satisfecha por haber encontrado unbuen curso para sus dos hijos; sin embargo, le preocu-pa lo que harán cada día al terminar las clases. Magdasiente la misma inquietud, aunque confía en que suniño sabrá protegerse tomando en cuenta las adver-tencias que le hace cada mañana: Si tu papá no llega,esperas a que venga tu hermano a recogerte. Se vanderechito a la casa y cierran bien la puerta. Cuandotengan hambre se comen la torta y las papitas que lesdejé. No salgan a jugar a la calle. Si quieren entrete-nerse pongan la tele. Janet dice que esa diversión ya no es tan segura.El jueves descubrió a su hijo viendo una película para 15
    • De los cuates pa’ la razaadultos. Paulina procura tranquilizarla diciéndole quehay un sistema para bloquear esa programación. Janetpregunta si tiene un costo adicional; aunque lo tenga,está dispuesta a pagarlo con tal de que su hijo no veaesas porquerías. Danae está embarazada de seis meses. Diceque cuando su hijo crezca, ya sea hombre o mujer, sepreocupará menos si lo encuentra viendo una películapornográfica que ante la escena que ella miró la otranoche. Doña Estela abandona su sopor y se alarma:¿Qué viste? Danae se toca el vientre. Lo que menosesperaba: imagínese un salón de clases en donde ni-ños de nueve años están recibiendo instrucciones paraprotegerse contra balaceras, bombas y secuestros. Estábien que aprendan eso los militares o los policías, perono las criaturas.IIDespués de todo lo que ha oído, Tania acaba por con-fesar que, aunque lamenta el paso del tiempo, no legustaría ser niña en estos tiempos. Jazmín opina locontrario: pues fíjate que a mí sí. Los escuinclitos yano son tan dejados como fuimos nosotros; andan muydespiertos y saben muchas cosas. Mi sobrino de sieteaños maneja la computadora mejor que su papá. Condecirles que ya hasta organiza sus propios juegos y lesmanda correos a sus amigos. Tania se muestra más firme que antes. No en-vidia a ese niño ni a los demás, y hasta siente algo delástima por ellos. Crecerán sin saber lo que es vivir sin 158
    • Antologíamiedo, andar solos por la calle, irse al parque y al cinecon los amigos, pasarse las horas oyendo las historiasde los abuelos. La reflexión de Tania impone un mo-mento de silencio. Luego sus compañeras lamentanque no les haya tocado vivir ni siquiera unos años deese mundo que Tania describió. A lo lejos se escucha el silbato de la locomotoraque cruza por Tlatilco. Doña Estela agrega que a losniños de hoy les faltará otra cosa que conocieron lasgeneraciones anteriores: el tren de pasajeros. Danaele pregunta cómo eran. Lina quiere saber adónde iba;Paulina, cuánto costaban los pasajes. Chalo les pideque no sean indiscretas y sigan trabajando. Janet pro-testa: ya es hora de nuestro descanso. Deje que ellanos cuente. Doña Estela duda en hacerlo. Teme abu-rrirlas, no recordar experiencias que tuvo hace muchotiempo. Janet insiste. Vuelve a escucharse el silbato de la locomotora.Doña Estela cierra los ojos y emprende el viaje de re-greso a su infancia.III“Aquél era otro mundo. Para los niños las vacacionesestaban relacionadas con el fin de año y para nosotros,quiero decir para mi familia, con ir al pueblo a visitara los abuelos. Su casa era grande. Tenían establo. Losdomingos, junto con la leche, vendían la carne frescade algún marranito que acabaran de matar en su corral.Eso no me gustaba ni tampoco que siempre que meveían me dijeran lo mismo: ¿cuándo creces, pingüica? 15
    • De los cuates pa’ la razaDe allí se me quedó el apodo. Si mi hermano queríahacerme repelar me llamaba así: Pingüica. Hasta lafecha lo hace cuando me llama desde Cuautla, sóloque ya no me molesta”. “Los preparativos para el viaje eran complica-dísimos, más que si fuéramos astronautas que se diri-gen a la Luna. Mi mamá blanqueaba la ropa que nosíbamos a poner, mi padre iba a la estación de Buena-vista a cada rato para asegurarse de que el tren saldríapuntual. Pudo haberlo preguntado por teléfono, perono confiaba en los aparatos ni en la gente a la que nole veía los ojos.” “A mi hermano y a mí nos recordaban que de-bíamos portarnos bien cuando estuviéramos en casade nuestros abuelos, y nos repetían nuestras obligacio-nes durante la visita: tender la cama al levantarnos, nopedir más guisado si no nos lo ofrecían y sobre todono contarles que andábamos siempre mal de dinero.” “Todo, todo era soportable ante la ilusión deemprender el viaje en tren. Tomábamos el que iba alnorte y salía muy temprano. Por eso la noche anteriornos acostábamos casi al atardecer, pero nadie dormía.A las seis ya estábamos en pie, asueñados, tropezandocon las maletas y los bultos. A las siete mi padre seiba en busca de un libre que nos llevara a Buenavista.La estación ya no existe. Lástima. Era preciosa, o almenos así la recuerdo. Tenía techos muy altos y unascolumnas de metal que parecían de filigrana.” “Aunque faltara mucho tiempo para salir, no-sotros nos acercábamos al andén con los boletos en 160
    • Antologíala mano. Allí, rodeados por otras familias, permane-cíamos atentos, listos para ser los primeros en subir alvagón. Eso garantizaba que por lo menos a mi herma-no y a mí nos tocaría ventanilla. Los vidrios siempreestaban manchados de grasa y nosotros, con la mangadel suéter, los frotábamos para ver mejor lo que yatantas veces habíamos visto: vendedores de gardenias,personas con la mano levantada despidiéndose, el ve-ricueto de vías y luego la ciudad se iba quedando atráshasta que al fin llegábamos a Lechería.” “Ese punto era para nosotros el comienzo delviaje que duraba no recuerdo si 10 ó 12 horas. A mihermano y a mí nos parecía poco tiempo, quizá por-que cuando uno es niño las horas transcurren de otromodo. A media mañana el solecito entraba por lasventanillas y el paisaje se aclaraba y se hacía más árido.Había tramos en los que sólo se miraban huizaches,uno que otro pirú, y allá muy lejos caseríos.” “Cada vez que nos acercábamos a una estaciónel portero lo anunciaba para que los que iban a que-darse allí tuvieran tiempo de tomar su equipaje. Esaspersonas, de las que nunca sabré nada, me daban lás-tima. No sé por qué, a lo mejor porque su viaje habíasido muy corto o no iban, como nosotros, más al nor-te, al pueblo, a la casa de los abuelos.” “Cuando llegábamos a una estación mi padrese bajaba del tren a dar unos pasitos. Mi mamá, mihermano y yo lo veíamos alejarse con temor de queno regresara a tiempo. Pero siempre volvía con algunasorpresa agradable: dulces, bolsas de pinole, gorditas 161
    • De los cuates pa’ la razade maíz con piloncillo, una canastita de guayabas quelo llenaban todo con su olor. Nuestra felicidad crecíaal oír la voz de: ¡váaaaamonos!” “En aquellos viajes todo era divertido, hasta ir albaño. Como el tren iba ya a buena velocidad, mi her-mano y yo cruzábamos una apuesta: A ver quién llegaal baño sin agarrarse de los pasamanos y sin caerse. Eljuego no era invento nuestro. Otros niños hacían lomismo. En un segundo el carro se llenaba de asombro,risas, gritos y advertencias: niños, se van a caer. El pe-ligro inexistente hacía que nos sintiéramos heroicos.” “Al fin regresábamos a nuestro sitio. El paisajeera el mismo que habíamos visto durante todo el ca-mino: tierras áridas donde sólo crecían yerbas, huiza-ches y tequesquites. Por mucho que quisiéramos verlo,el panorama terminaba por aburrirnos y nos adorme-cíamos. Mientras tanto mis padres, ya sin tener quevigilarnos, se ponían a conversar de un asiento a otro.Nunca alcancé a oír de qué hablaban, porque el chi-rrido de las ruedas contra las vías era muy fuerte, peroconservo como algo muy grato el rumor de sus vo-ces.” El timbre del teléfono interrumpió a doña Es-tela. El viaje recordado por ella, ya imposible para to-dos nosotros, terminó en la fábrica de esferas Ilusión. 162
    • Antología Manuscrito de Tlatelolco (2 de octubre de 1968) José Emilio Pacheco1. Lectura de los “Cantares Mexicanos”.Cuando todos se hallaban reunidoslos hombres en armas de guerra cerraronlas entradas, salidas y pasos.Se alzaron los gritos.Fue escuchado el estruendo de muerte.Manchó el aire el olor de la sangre.La vergüenza y el miedo cubrieron todo.Nuestra suerte fue amarga y lamentable.Se ensañó con nosotros la desgracia.Golpeamos los muros de adobe.Es toda nuestra herencia una red de agujeros.2. Las voces de Tlatelolco(2 de octubre de 1978: diez años después)Eran las seis y diez. Un helicópterosobrevoló la plaza.Sentí miedo.Cuatro bengalas verdes.Los soldadoscerraron las salidas. 163
    • De los cuates pa’ la razaVestidos de civil, los integrantesdel Batallón Olimpia—mano cubierta por un guante blanco—iniciaron el fuego.En todas direccionesse abrió fuego a mansalva.Desde las azoteasdispararon los hombres de guante blanco.Disparó también el helicóptero.Se veían las rayas grises.Como pinzasse desplegaron los soldados.Se inició el pánico.La multitud corrió hacia las salidasy encontró bayonetas.En realidad no había salidas:la plaza entera se volvió una trampa.—Aquí, aquí Batallón Olimpia.—Aquí, aquí Batallón Olimpia.Las descargas se hicieron aún más intensas.Sesenta y dos minutos duró el fuego.—¿Quién, quién ordenó todo esto?Los tanques arrojaron sus proyectiles.Comenzó a arder el edificio Chihuahua. 164
    • AntologíaLos cristales volaron hechos añicos.De las ruinas saltaban piedras.Los gritos, los aullidos, las plegariasbajo el continuo estruendo de las armas.Con los dedos pegados a los gatillosle disparan a todo lo que se mueva.Y muchas balas dan en el blanco.—Quédate quieto, quédate quieto:si nos movemos nos disparan.—¿Por qué no me contestas?¿Estás muerto?—Voy a morir, voy a morir.Me duele.Me está saliendo mucha sangre.Aquél también se está desangrando.¿Quién, quién ordenó todo esto?—Aquí, aquí Batallón Olimpia.—Hay muchos muertos.Hay muchos muertos.—Asesinos, cobardes, asesinos.—Son cuerpos, señor, son cuerpos. 165
    • De los cuates pa’ la razaLos iban amontonando bajo la lluvia.Los muertos bocarriba junto a la iglesia.Les dispararon por la espalda.Las mujeres cocidas por las balas,niños con la cabeza destrozada,transeúntes acribillados.Muchachas y muchachos por todas partes.Los zapatos llenos de sangre.Los zapatos sin nadie llenos de sangre.Y todo Tlatelolco respira sangre.—Vi en la pared la sangre.—Aquí, aquí Batallón Olimpia.—¿Quién, quién ordenó todo esto?—Nuestros hijos están arriba.Nuestros hijos, queremos verlos.—Hemos visto cómo asesinan.Mire la sangre.Mire nuestra sangre.En la escalera del edificio Chihuahuasollozaban dos niñosjunto al cadáver de su madre.—Un daño irreparable e incalculable. 166
    • AntologíaUna mancha de sangre en la pared,una mancha de sangre escurría sangre.Lejos de Tlatelolco todo erade una tranquilidad horrible, insultante.—¿Qué va a pasar ahora, qué va a pasar? 16
    • Antología Palabritas Francisco Pérez ArceUno de los internos del manicomio, a quien los enfer-meros llamaban Palabritas, —era chaparro, moreno,lampiño y flaco—; pronunciaba hileras de palabrassin sentido, a veces con gestos desesperados, a vecessereno, entreverando palabras comprensibles, pero in-comprensibles en ese contexto de ruidos e interjeccio-nes, y a veces lloraba y señalaba la puerta, o el techo, ola ventana, o el piso, y a veces abría los brazos como sirezara y había días enteros en los que no pronunciabapalabra alguna, enmudecía y miraba hacia todas partescomo si esperara algo. Nadie sabía su nombre. Lleva-ba muchos años internado. Cada vez hablaba menos yenmudecía más. Al final ya casi no lloraba, y eran másinfrecuentes sus gestos de angustia. La empresa de Virgilio se ocupó de la seguri-dad exterior del manicomio. Envió a dos parejas deguardias que se turnaban cada 24 horas. Uno de esosguardias, Pablo Roque, chiapaneco de la selva, que yallevaba varios meses trabajando ahí, entró al manico-mio a petición de los enfermeros para que ayudara acargar unas camas y otros muebles. Casualmente, alpasar al lado de uno de los cuartos múltiples (en cadauno de ellos dormían diez o doce locos pacíficos), Pa-labritas estaba perorando. Pablo Roque entendió loque decía por la sencilla razón de que estaba hablandoen su idioma materno; lo saludó y algo le dijo. El otro 16
    • De los cuates pa’ la razano entendió lo que pasaba. Contestó con unos ojos queno le cabían en sus cuencas. Siguió el diálogo ante elrostro horrorizado de los enfermeros. Le preguntaronqué decía. Pablo les dijo que eran del mismo pueblo,de la selva, y le estaba preguntando por su familia. Así que Palabritas no estaba loco, nada más ha-blaba en su lengua y no hablaba ni una palabra deCastilla. Hablaron con el director y con los psiquia-tras y, aunque con muchas dudas, lo dieron de alta. Ytenían razón en tener dudas. Después de tantos añosPalabritas no sabía vivir en otro lado. Cuando quisie-ron sacarlo se aferró a su cama y gritaba desesperado.Llamaron a Pablo Roque. Habló con él. Simplementepedía que lo dejaran en paz. Ya estaba muy viejo ypronto murió. Cuando estaba agonizando volvieron allamar a Pablo Roque para que tuviera a alguien de sutierra en ese tránsito final. Sus últimas palabras fueronéstas: “Me equivoqué de camino, yo no quería venir aeste lugar, aquí todos están locos”. 10
    • Antología El Chino (fragmento) Elena PoniatowskaEl día 19 Héctor Méndez, apodado El Chino —porel pelo—, de 39 años, egresado de la Facultad de Co-mercio de la UNAM, le dijo a su mujer: —Haz de cuenta que estamos en guerra, mevoy a ir a Tlatelolco. En el 68 estábamos en el segundo año de lacarrera profesional, tuve una participación mínima,pero vi nacer la Prepa Popular, movimientos sindica-les independientes en la Secretaría de Programación,cooperativas; por mis inquietudes sociales fui a ayudaren la reconstrucción de casas, autoconstrucción de vi-vienda popular en Tláhuac, así como el saneamientode canales en Xochimilco, luego en Tlalnepantla y enEcatepec. A Tlatelolco la vi nacer, vi desde las exca-vaciones, cómo piloteaban, cómo fue llegando a vivirla gente, los de la Guerrero somos clase popular, peronuestro arraigo es de años. Llegó un nuevo tipo de habitantes; burócratascon otra mentalidad, pero hubo una mezcla con noso-tros, los del barrio antiguo, y nos hicimos buenos ami-gos. Por eso vine y desde el primer día entré a un túnelcon dos muchachos de Sanidad Militar, y logramossacar primero a una señora muy robusta de unos 85 a90 kilos y nos costó mucho trabajo, pero a su sobrinala sacamos facilísimo, como si fuera una muñeca. La 11
    • De los cuates pa’ la razaseñora tenía una fractura en la pierna, la sobrina en elbrazo pero vivas las dos, vivas, y estuvimos excavan-do de las 10:30 de la mañana a las 6:30 de la tarde,así que fue bastante rápido, porque otros rescates handurado hasta 42 horas, y en eso le va a uno creciendopor dentro la desesperación. A la señora de 90 kilos la montamos sobre unacolcha; en ese rescate, ya en la nochecita, nos ayudaronlos militares. Hasta el domingo 22 en la tarde dormídos horas y durante los quince días siguientes nues-tras jornadas fueron de 20 horas de trabajo continuo ycuatro de descanso. Ahora en Topeka, con la fatiga acumulada, lasituación es distinta. Trabajamos un promedio de 18 a20 horas diarias, pero ya no con la misma intensidadporque sabemos que ya no hay vida. Usamos instru-mentos más descansados también: el martillo neu-mático, el acetileno, las motosierras, porque el estarrescatando en los túneles es físicamente agotador.Héctor Méndez se ve exhausto, pero no lo admite: —Como muy bien —protesta—, muy bien;aquí está el Ejército de Salvación y yo nunca queríadejarles ni un centavo en los “altos”, pero ahora voya darles porque dan muy buen café y unas tortas ca-lientitas. Aquí vienen las muchachas de la Anáhuac,ni un solo día han dejado de venir y nos traen exce-lente comida: pasteles de caja, platillos como de res-taurante de lujo, galletas muy finas. No han fallado ja-más esas muchachas. Estamos muy bien, tenemos loselementos suficientes para trabajar. Estas muchachas 12
    • Antologíanos alimentan desde hace mucho. Ya pasó lo peor. Losprimeros días, desde el jueves al domingo, no comínada, nada más tomaba agua, y no me tiraba a dormirporque el problema era dónde dormir; después nospusieron un campamento: casa de campaña y cober-tores, y ya podíamos dormir dos o tres horas y otra veza darle. Era imposible descansar sabiendo que habíagente sepultada allá adentro. Aquí me he mojado mucho con los aguaceros,pero mire, no está uno en condiciones de pensar quese va a enfermar porque tiene uno conciencia de queestá haciendo algo más importante que cuidarse de unresfriado. —Oiga Chinito, ¿y ese cinturón con cierre demariposa? —Allí estaba tirado y como sabía que se iba air a la basura lo conservé como recuerdo. Es de mujer,pero no importa. Aquí trabajando he encontrado a gente queconozco desde que era estudiante de la Universidad,gente que anduvo en el 68 y veo que mantienen lamisma línea de ayuda. He visto a muchos preocuparsepor lo de las costureras, gente que se ha enfrentado alos patrones —peritos legales en cuestión laboral—,a Elías Serur y a otros dueños de talleres, todos ellosjudíos y explotadores de las trabajadoras de la indus-tria de la ropa. ¿Usted leyó a Shakespeare? ¿el merca-der de Venecia? Se acuerda de Shylock ¿verdad? PuesShylock es el retrato del judío mexicano, pero no merefiero a la generalidad de los judíos, sino al explo- 13
    • De los cuates pa’ la razatador, al negrero, el de las costureras y talleres clan-destinos. Porque hay gente de la comunidad israelitaque mis respetos, científicos, e incluso industrialesque son muy humanos. ¿No ha oído de Jacobo y JoséZaindenweber? Tienen una fábrica de telas, Ameri-can Textil, sus trabajadores no sólo tienen todas lasprestaciones de ley, sino que están en buenas condi-ciones, buenas instalaciones, con horarios justos, sala-rios justos. Gente bien nacida. Me refiero a gente quepor herencia en su genética ha recibido el preocuparsede los demás. Muchas costureras han muerto aquí, los respon-sables tendrán que pagar, pero del mismo modo queaquí jamás se han aparecido los dueños de las fábricasdesplomadas, tampoco he visto a ningún responsabledel gobierno. A Ramón Aguirre, a ése nunca lo vi enTlatelolco ni aquí. Y ¿a poco no hubiera sido impor-tante que se asomara aquí a ver la monstruosidad esade las costureras? 14
    • Antología Tres rolas con la música por dentro... Víctor RonquilloBolero pornoEs el recuerdo de tus sabores...la sal de la lujuria... el dulcesexo del animal en celoLa entrada al único paraíso posibleestá en tu bajo vientrepara llegar a ella hay que hurgarla maravillosa marañade tu velloNi ángeles, ni demonios.Animales de puro deseo.El enésimo sueño húmedo...sabor a ti.17/3/2003Este cielo no merecela amenaza de la guerraEl batir de la voz de los poderososno puede levantarsesobre lasvoces de mis hijasy sus juegos.En el territorio del deseo,no hay lugar para el miedo.La guerra aparece en el espejo negro del poderun payaso viejo y tristeincapaz para la risa y el llantoalardea 15
    • nos declara el miedositia la esperanza y el futuroEl abominable hombre de la Casa Blancaquiere apretar el botón...Pero el cielo, las voces de mis hijas,el cuerpo de mi mujer...Aquí no hay lugar para la guerra.Las palabras todastienen su encantosu magiason como pedernalessi las frotas una con otraprovocan fuegoLas palabras solasal encontrarse una con otrason capaces de sonara maravillasLos juegos de palabras dan siempre qué decirY todos sabemos de la existencia de las palabras mágicas.Palabra a palabrase nombra al silencioMis palabras son tuyasal leerlas las inventasen este juego de versos.Un puñado de palabrashacen un poemay pueden ser más que una historia.Palabra a palabrapalabra de palabrate doy mi palabra
    • Antología Lucio Blanco Pedro SalmerónEl hombre cuya autoridad discutía Jesús AgustínCastro, el general Lucio Blanco Fuentes era, en elverano de 1913, el más afamado caudillo militar dela Revolución. No había entonces quien compitieracon él en presencia, prestigio y poder. Álvaro Obre-gón tenía a sus órdenes contingentes más numero-sos y acababa de ganar las célebres batallas de SantaRosa y Santa María, pero su mando aún era discu-tido y estaba sometido a los directores políticos dela Revolución en Sonora. Emiliano Zapata se habíaganado el respeto de numerosos militares agraristas,pero había sido desalojado de su base de operacio-nes, el estado de Morelos, y pugnaba por hacerse unespacio en Guerrero. Pablo González iba de derrotaen derrota en Coahuila y nadie lo conocía fuera de suestado adoptivo. Pancho Villa, en fin, no era enton-ces otra cosa que un afortunado jefe de banda, conmenos de mil hombres a sus órdenes. En cambio Lucio Blanco tenía varios miles dehombres a sus órdenes, una aureola de prestigio y ca-risma incomparables, y una zona liberada sobre la queejercía un control casi absoluto, con poca o ningunainjerencia de don Venustiano Carranza o cualquierotro jefe civil de la Revolución. Algunas de sus ac-ciones en la zona bajo su mando lo harían famoso entodo el país, pero todo el poder y todo el prestigio que 1
    • De los cuates pa’ la razaacumuló se desvanecieron como por encanto y tuvoque reiniciar su carrera militar a mil kilómetros dedistancia, donde nadie lo conocía. ¿Cómo llego Lucio a Matamoros, base de sufuerza y de su fama? Nacido en Nadadores, Coahuila,en 1879, “un hermoso villorrio agrícola donde peque-ños productores se dedicaban a la siembra de trigo yotros productos”, Lucio descendía de una prestigio-sa familia del centro de Coahuila, que había dado ungobernador de Texas y un secretario de Guerra (en elgabinete de Juárez). Como buena parte de los futurosjefes carrancistas del Noreste, era de familia acomo-dada y con fuerte raigambre en la región, lo que lepermitió cursar estudios medios en Saltillo y superio-res en Estados Unidos. Se dice de él, sin pruebas, queparticipó en la rebelión magonista de 1906, aunque síestá probada su filiación al Partido Liberal Mexica-no hasta 1909 ó 1910, cuando se unió al maderismopor invitación de don Atilano Barrera (cuya filiaciónmagonista sí está más que probada). A fines de 1910reclutó a un grupo de hombres junto con Luis Alber-to Guajardo: el pie veterano del regimiento Libres delNorte, que tan famoso lo haría en la lucha armada.Lector voraz de novela romántica y participante ac-tivo en el magonismo, desarrollaría una actitud y undiscurso que, sumados a su presencia, lo harían un jefeparticularmente atractivo. ¿La presencia? Dice Mar-tín Luis Guzmán: Rafael Zubarán hizo las presentaciones necesa-rias. Muy en particular nos presentó al general Lucio 18
    • AntologíaBlanco y a Adolfo de la Huerta. Blanco, con su portenoble, sus facciones correctas, su bigote fino y su som-brero de forma entre tejana y mexicana —sombrero depelo café con visos de oro viejo, ala ancha y arriscada,copa caída hacia atrás, con dos pedradas deformes porel uso— suscitó en mí, impresión gratísima: corrierondel uno al otro, en el acto, efluvios subconscientes desimpatía. Muchos años después, su mejor biógrafoescribió: “Es cierto: Lucio Blanco era un hombrefascinante. Fascinaba a las mujeres, fascinaba a sussoldados, fascinaba a los cronistas y fascinaba aúnal que se detenga brevemente a contemplar su vida.Me ha fascinado a mí también”.El reparto de “Los Borregos”Lucio, mientras tanto, seguía holgando y acrecentan-do sus efectivos militares. Al mismo tiempo, planea-ba con Francisco J. Múgica —el más influyente desu círculo una vez alejado Saucedo— un acto políti-co espectacular aunque poco trascendente: el repartoparcial de la hacienda La Sauteña, que con sus anexosabarcaba el 10 por ciento del estado (tendría setecien-tas u ochocientas mil hectáreas), siendo una de lasmás grandes de México. En 1913, la antigua hacien-da estaba constituida, legalmente, por dos compañíasagrícolas, la de Colombres y la del Río Bravo, cuyosaccionistas estaban encabezados por Íñigo Noriega yotros socios, de quienes se decía que eran prestanom- 1
    • De los cuates pa’ la razabres de Porfirio Díaz y de su sobrino Félix, propietariode un anexo de hacienda llamado “Los Borregos”. Lucio Blanco pasó al imaginario de la Revo-lución al instrumentar el primer reparto agrario delconstitucionalismo, para disgusto de Carranza, quienconsideró violados los términos del Plan de Guadalu-pe pero, sobre todo, porque Lucio pasó por encima desu autoridad. Pero además se ganó el respeto y la sim-patía de muchos revolucionarios jóvenes, tanto los re-unidos en Matamoros como —sobre todo—, los queseparados por grandes distancias de ese puerto, vieronagigantarse por el rumor y sus propios deseos el actoefectivo que, en sí, consistió en el reparto de 151 hec-táreas a 12 campesinos. Sin embargo, la importanciaestribó no en lo repartido, sino en el precedente sen-tado y en las movilidades del reparto que creara unaespecie de propiedad protegida por la figura de “patri-monio familiar”. También fue importante por el sentido políticoque se le dio al acto, pues en la ceremonia de entregade los títulos de propiedad, el 30 de agosto, luego delos discursos de Francisco J. Múgica y Ramón Puente,Lucio leyó un manifiesto en el que se decía, que porfin, luego de tres años de lucha, “la Revolución co-mienza a orientarse en la manera de resolver uno delos grandes problemas (…) La repartición equitativade la tierra”. Expuso que la tierra había sido acumu-lada por unos cuantos terratenientes porque los viciosde la antigua administración así lo habían permiti-do, “otorgando concesiones monstruosas a favoritos y 180
    • Antologíaespectaculares”, mermando la riqueza de la patria y“matando el impulso de los humildes”. Arrancando la tierra por la fuerza de las armasa los despojadores de ella —a los que, bajo un gobier-no tiránico como el del general Porfirio Díaz, usurpa-ron derechos y violaron prerrogativas sagradas—, vaa volver de nuevo a nuestro pueblo: a los humildes, alos desheredados, para que bajo la influencia de unalegislación apropiada y liberal, que dictará el gobiernoemanado de la Revolución, puedan transformar, conel empeño noble de su trabajo constante, los camposincultos del país, en centros de activa producción y deriqueza. 181
    • Antología Giordano Bruno (1548-1600) Benito TaiboTener razónpica en la gargantanubla la vista,quema las plantasde los pies.En el Campo de Floresla multitud, sin pizcade recato, come manzanas,jalease apeñuscabuscando ver de cercaal condenado.Tener razónsin duda duele.Y no hay al finalni el más mínimo atisbode aleteos de ángelesque suelten las amarras.En el Campo de Floreslos pétalos brillanpor su ausencia.El hombredesmadejado, roto 183
    • De los cuates pa’ la razalleno de sí mismo,ha perdidohasta la última letrade esperanza.Tener razónes, estar equivocado(a menos que seas salamandra).En el Campo de Floresel humodenso, acre, negro.obliga a que la nochecaiga como un golpe.Al centro de la plazaun resplandor malditoilumina sin quererlotodo.Tener razón esno tenerla nunca.Al finalacabaremostodosjunto a Giordano Brunoen el centro mismo de lahoguera.Pavesas en al aireascuas,escoria 184
    • Antologíacenizaspolvoy por fin,sólopor tener razónseremos hombres. 185
    • Antología Apaches en la colonia Granjas México Paco Ignacio Taibo II“Sigilosos en la noche, y en el día cabrones. Comoapaches”A la salida de la reunión Severo se detuvo en una es-quina a fajarse el pantalón y a rascarse los tompiates, yle dijo al Máspendejo: —Este guey está bien loco. —A mí sí me pasa —respondió el Máspendejo,que era parco en sus opiniones y fiel a la primera de-cisión. —No, si a mí también me pasa, pero está bienlurias. Ve si no. Fuimos a buscar a un licenciado pa’ lodel registro, el licenciado nos dijo que si no éramosveinte no lo hacíamos; pa’ pronto que nos mandó a laverga, y llega este güey, por las escaleras y nos dice queno hace falta, que a puro valor y con estrategias noscogemos al patrón. Y ahí vamos. Y ahora nos sale conlo de los apaches. —A mí me pasa —dijo el Máspendejo. Chingomi madre si no le hago caso. —Se me hace que ese güey no es comunista, esorate. —A mí me pasa —repitió el Máspendejo son-riente. Y estaba sonriente el Gordo (que cargaba conel terrible apodo porque en esa fábrica eran todos muy 18
    • De los cuates pa’ la razacabrones), imaginándose lo que iba a pasar un día des-pués. Y así pasó. La hora de entrada era a las siete y media ytenían de tolerancia diez minutos. Por eso de la des-confianza, se fueron juntando en la esquina de Avena,a una cuadra de la fábrica y allí aguantaron hasta lassiete cuarenta, para luego, en la bola, avanzar hacia laempresa. La fábrica era un galerón de 30 metros de largo,sin más división departamental que la que los mue-bles levantándose en pilas construían. Sillones destri-pados, un poco obscenos con sus fierros saliendo portodos lados, borra aventada por aquí y allá, y tachuelaspor todos lados. El suelo estaba lleno de humedad yse hacían charquitos por todos lados cuando llovía. Eltaller de costura era una esquina del galerón, con cin-co máquinas de coser y rollos de tela amontonados. La oficina del jefe, una cueva de paredes de me-tal y vidrio con un escritorio y una caja fuerte. Ahíhabía teléfono. El teléfono a veces servía y a veces noservía. Pero valía madres, porque el patrón (y capataz)manejaba la fábrica a la antigüita, con el látigo, ca-mioneta de reparto, botella en la noche para pagar conpomo las horas extras, pistola en el cajón del escritoriocuando las discusiones subían de tono. El patrón había dicho, primero muerto que unsindicato. Era una fábrica chica, de 21 trabajadores, ydos eran tan culeros, o más que el patrón, de maneraque con 19 no salía el sindicato. 188
    • Antología —Te ves a toda madre, hijo —le dijo Severoal Máspendejo. Éste ni contestó, contemplando em-bobado el penacho de plumas de águila que tría donRamón el carpintero. —¿Nos encueramos? —preguntó Marcial alasesor del sindicato, un estudiante de psicología cha-parrito que había llegado trajeado en bicicleta y queestaba quitándose los clips para no delatarse. —A güevo. ¿Han visto alguna vez apaches conchamarra? Severo negó muy serio. A él le había costado ungüevo salir de su casa con tres tremendas rayas rojaspintadas en los cachetes y una franja ondulante deamarillo eléctrico cruzándole la frente. Su vieja esta-ba convencida de que no iba a trabajar, que se iba deextra a una película o a un concurso de la tele. Y él,la verdad, no tenía fuerza para explicar, pero se habíajuramentado y ahí estaba. Lo mismo que los otros 18.Nadie había fallado. La fuerza del juramento, o el ha-ber tocado fondo, el haber perdido siempre, el tantover los amaneceres desde el fondo del barril. El Máspendejo era rechoncho y se había pinta-do en la panza tres círculos concéntricos con pinturablanca. —Mi vieja no quiso dormir conmigo —infor-mó mientras se quitaba la camisa. —¿Cuándo te lo pintaste? —Desde ayer, para ensayar. —Las armas, compañeros, no se les olviden—dijo el asesor mientras se calaba unos lentes sin au- 18
    • De los cuates pa’ la razamento para ver si disimulaban un poco los veinte añosque tenía. Relucieron desarmadores, cuchillos de cocina,martillos tachueleros, un par de hachas de muy buenfilo, algunas navajas de palmo y medio. —Listos. Ya todo el mundo sabe lo que hay quehacer. La columna avanzó por Avena. Un borrachoque salía de La Vencedora se zurró al verlos venir defrente. —¡Ahí vienen los pinches indios¡ —se fue gri-tando sin acabárselo de creer y jurándole a San JuanTadeo que sólo iba a beber brandy del bueno de ahoraen adelante. Jerónimo, el Chiflas, se escondió en la bola alpasar frente a la tlapalería. Servando lo jaloneó. —No sea puto. ¿Vamos o no vamos? Los patrones de la pequeña industria mexicanasólo habían podido resistir en aquellos años a puntade instinto, y el famoso Mieles, propietario cincuen-tón de Mieles y Maderas S.A., salía hacia la calleimpulsado por malas vibras que le estaban llegando,cuando se dio frente con sus 19 obreros vestidos deapaches. Retrocedió prudentemente mientras se mea-ba del miedo. Luego empezó a correr y terminó encerrado enel despacho. —¡Sobre él, sobre él! —grita Severo metido delleno en su papel. 10
    • Antología —No se lo acaben, compañeros, ahora me tocaa mí. Fase dos —dijo el asesor. Los apaches muebleros se fueron sobre los vi-drios del despacho mostrando cuchillos y navajas, ha-chas y caras pintadas. Los rostros se apretaban contrael cristal deformándose. El asesor muy serio tocó lapuerta con dos suaves golpecitos de nudillos. A la media hora salió con el contrato firmando yun 75 por ciento de aumento en los destajos, promesade baños nuevos con todo y papel higiénico, limpiezade las coladeras y retechado con impermeabilizante. Ypor sacar, traía hasta un convenio para que la empresaentregara a los trabajadores diez mil pesos el Día delNiño para comprar dulces a los hijos de la plebe. Mientras leía el convenio ante aullidos de losapaches muebleros, el patrón se estaba tomando tresaspirinas en la oficina, aún no muy seguro de lo quehabía pasado. —Hay un pedo, compañeros —dijo el asesorimpidiendo que la raza lo alzara en hombros— ¿Quéchingaos vamos a hacer cuando nos toque revisar elcontrato dentro de un año? —Ya se nos ocurrirá —dijo Severo mientras co-menzaba a soltar la imaginación y trataba de conteneruna lágrima que amenazaba con despintarle las rayasrojas del cachete. 11
    • Antología Desnudos en la calle. Hotel de paso en la madrugada.Cambio de temperatura Armando Vega-GilPara Caro y Jorge la relación que los unía era una pe-sadilla verde y permanente: sus pleitos alcanzaban lospuntos más álgidos a las cuatro de la mañana, comen-zando en la cama, bajo las sábanas calientitas, tal ycomo lo hacen las pesadillas verdes. La ventaja con lossueños podridos es que siempre despiertas de ellos (amenos que en la pesadilla te dé un infarto fulminante)y cuando mucho quedas llorando un rato en la almo-hada. Pero los espectáculos de luz y sonido que Jorgey Caro armaban de madrugada no tenían el consuelodel despertar, como cuando la propia Caro sufría esehorrible sueño recurrente en el que se veía corrien-do desnuda por la calle, atenazada por la angustia denunca encontrar una esquinita o matorral donde es-conderse. Las discusiones con Jorge la animaban volverrealidad estos sueños y salir disparada de la cama ala calle, así tal cual, sin ropa, pues ellos, desde novios,dormían encuerados, incluso durante las peleas inver-nales. A lo más lejos que llegaba Caro era la puerta.Ella quería huir de los sarcasmos crueles y violentosde él, pero el piso de loseta siempre estaba helado, asíque Caro, descalza, regresaba al tapetito de la sala aecharse a llorar. Jorge se burlaba y la acusaba de cobar- 13
    • De los cuates pa’ la razade, a lo que ella respondía lanzándole algún pisapape-les de piedra rumbo a la cabeza, sin atinarle jamás. Pero algo ocurrió aquella noche del 24 demarzo, ¿la primavera?, en que Caro se echó a co-rrer desesperada, ensordecida por los gritos de Jorge,abrió la puerta, bajó los dos pisos del edificio y cruzóel pasillo del zaguán con ganas de reventar y hacerculpable a Jorge por todo el mal que le pudiera ocu-rrir. Y salió a la calle desnuda, corriendo, para morirsebien muerta y desaparecer fulminada. En esas recordóque una tía suya, esquizofrénica y desesperada, salíatrotando en cueros a la calle en sus ataques de an-gustia. Un terror místico se le echó encima a Caro aldarse cuenta de la desmesura que hacía, pero no podíadetenerse ni volver a casa, pues Jorge venía detrás deella, con sus aullidos de loco, también desnudo. El terror de que alguien la viera así y le gritaraobscenidades o la trepara a un coche a golpes parahacerle lo peor, se fundía con la vergüenza radical yun pudor gigante ardiéndole por dentro como si sehubiera tragado una fogata entera y viva. Pero a dife-rencia de sus sueños recurrentes, Caro encontró unaesquinita salvadora y dobló por ella, entonces un ali-vio absurdo le pellizcó los talones y corrió aún másde prisa para alcanzar una segunda, una tercera y unacuarta esquinas por las que doblaba siempre a la iz-quierda en torno a su manzana. Como en un sueño (otro sueño, éste de alivio),estaba de nuevo en la calle de su depa. Jorge casi laalcanza, pero un guijarro con sus filos se le clavó en 14
    • Antologíaun pie. Caro volvió a entrar por el zaguán de su edifi-cio, subió los dos pisos, cruzó por la puerta que Jorgehabía dejado abierta, se echó de un clavado a la camay se cubrió con el edredón. Su corazón retumbaba amás de ciento cincuenta bofetones por minuto. Jorgeapareció pálido, sofocado por la carrera y se le quedóa ella mirando sin dar crédito a lo que había pasado.Permanecieron callados más de un minuto, recupe-rando el aliento, quitándose el sudor de la cara. Depronto, Caro se echó a reír, así nomás, como la loca desu tía, y Jorge también. Rieron y rieron, se abrazaron,se pidieron perdón e hicieron el amor con una calmainaudita esa noche en que salieron desnudos a la calle,como en una pesadilla de la que despertarían al díasiguiente, desnudos en la calle. Hotel de paso en madrugadaChayo, parada a media sala en aquel higiénico y pu-trefacto cuarto de hotel de la Portales, se cuestionó:¿en qué momento la amistad se vuelve enemistad, uncórtalas-córtalas para siempre? ¿Por qué la fronteraentre estos dos universos excluyentes era tan poca yflaca cosa? Chayo tenía que haber salido de la fiesta a las11 para llegar a la terminal de autobuses de Taxqueña,tomar el último camión de la noche, y salir pitando aAcapulco para hacer su práctica de campo (¿prácticade mar?) con esbeltos peces vela, esgrimistas velocesdel Pacífico que terminarían en tostadas de marlin en 15
    • De los cuates pa’ la razaalgún restaurante sinaloense de la Narvarte. De estapráctica dependía su calificación final en BiologíaMarítima III y la requería alta para que no le degolla-ran su beca. ¿Qué esperas para despedirte de todo mundo?,se achacó, pero la fiesta estaba buenísima. Le gustóque pusieran en la rocola rolas retro-antidiluvianas deThe Kings y T. Rex. Edith y ella se disfrutaban muer-tas de risa, agitando juntas los brazos como jipis de lossesentas. Miguel las calificaba con ojos sospechosos.Edith y Migue eran novios, Edith y Migue eran susmejores amigos, sí, los amaba juntos y por separado,pero en la amistad frágil de la vida siempre ronda elgusanillo barrenador del erotismo, pensó Chayo, y sise hubiera decidido habría besado los labios de Edy yacariciado las nalgas de Migue, pero esa idea la turbó:ella, con sus 19 años encima, aún era virgen, ¡uf! Pasó una hora más, ¡el autobús se le iba! Mi-guel se ofreció, ligero y neutral, a darle un aventón ala caseta a Cuernavaca: chance y alcanzamos allí alcamión. Voy con ustedes, apuntó Edith con güeva. Note preocupes, yo la llevo y luego me lanzo a mi casa adormir, estoy molido. Todos creyeron creer esta excu-sa débil, y Chayo salió a la carrera con Miguel. En elcamino pusieron Radio Universal para seguir con elmood. Al llegar a la caseta se enteraron, entre risasnerviosas, de que el camión de Acapulco había pasadohacía horas. Y van de regreso, pero no a casa de Chayosino a la Portales, paisaje siniestro y lleno de mons- 16
    • Antologíatruosa maquinaria de construcción, a Eje Central consus moteles de seiscientos pesos la noche. Chayo teníala piel erizada. Entraron sin decir nada al estaciona-miento, de allí al garage con puerta corrediza. Subie-ron al cuarto con jacuzzi. Chayo pensó con asco en las cosas que flotaríanallí si abrían las llaves de agua, y le dijo a su ex ami-go: —yo no voy a estar aquí un minuto más, Edy esmi mejor amiga y tú su novio. —Qué más da, Edithno tiene por qué enterarse. —Claro, no tiene por quéenterarse de que te dejé aquí para que te bañaras soloen una tina con burbujas. Y salió, con su maletita debióloga marina, a pararse a las 3 de la mañana a lasiniestra avenida Central. Chayo sabía que perder su virginidad no eracosa de sexo deportivo y se sintió una cursi espanto-sa. Encima, no llegó a su práctica. Miguel no llegó adormir a su casa pues tenía que desquitar en el hotelsu vergüenza de macho mandado al carajo, y Edith, alenterarse de que su novio no llegara a dormir, dedujoque Chayo y él habían intercambiado fluidos vitales. 25 años más tarde seguirían viéndose, desa-yunando una vez al mes en el Konditori, amándose,guardando un silencio denso como el frío de la ma-drugada que precede al asesinato, aunque supieranque se les había roto el corazón, todos contra todos,con sus consuelos por separado, a sabiendas de queese año Chayo perdiera su beca pero no su virginidad,decidiéndose la boda de Migue y Edy, perdonándose 1
    • De los cuates pa’ la razaporque la frontera entre la amistad y la enemistad estan fácil de saltar como el escalón de un motel. Cambio de temperaturaAnimal de costumbres y holgazán para cualquier tipode cambio, mudanza o variación, Manuel se había ne-gado por décadas a abandonar su oscuro departamen-to en la colonia Álamos, conocido por él y sus amigoscomo el Jacal Hiperbóreo. La buhardilla aquella estaba en planta baja, ro-deada de edificios y árboles llenos de plagas que ata-jaban cualquier rayito de sol, a más de que, metrosabajo, metros a un lado, un manto freático fresco yla cisterna del edificio mantenían los cimientos de sucondominio perennemente empapados. Él le había hecho la broma a Inés de que po-días dejar un litro de leche en el comedor y ésta nose echaría a perder durante un par semanas debido alas bajas temperaturas que habitaban el departamen-to: el secreto era no cerrar la ventila, —por la que elgato hacía sus entradas y salidas callejeras—, para quelas corrientes de aire lamieran sillones, platos, toallas,pantuflas y el piso de losa anacrónica con sus babasde hielitos. Pero su prometida tenía una contracturacrónica cuyo dolor se agudizaba con las frioleras noc-turnas, debido a dos huesos mal ensamblados en elhombro y, durante la primera temporada de invierno,ella lo visitaba con chamarra doble, bufanda y un gorroandino de orejas caídas: un chuyo. Gripas y faringitis 18
    • Antologíaeran las medallas que Manuel portaba con orgullo seisveces al año, e Inés, cuando su novio la invitó a que-darse a vivir en su casa, estalló. Meses después del primer rito de enamora-miento que Manuel planeara con meticulosidad paraligarse a Inés, no quedaba ahora un solo rastro deaquella cita en el sabroso restaurante neomexicano dela Roma y sus botellas de cabernet Santo Tomás re-comendados por el sommelier para acompañar tacosal pastor con mucha piña. Esa madrugada entraroneufóricos y mareados al Jacal Hiperbóreo para, segúnesto, oír un disco que él decía era la cumbre de SigurRós, Svefn-g-englar, y ella se echó a temblar comoperro de Tres Marías. Manuel no encontró otro mé-todo para aliviar su ataque de hipotermia que meterlabajo el edredón de plumas de ganso y volver esa ma-drugada de temblores un hornito de pan. Estupendopretexto. Pero el noviazgo, cansado y repetitivo, cum-plía ya más de un año y había que sacar las pasionesdel refrigerador. Inés se negaba a vivir con el brazoizquierdo atrofiado por el frío a perpetuidad, con susdedos y labios en continuo morado, criogenizada todaella como la cabeza de Walt Disney. Luego de cien batallas en las que descubriógrietas aguanosas en los muros sur de aquel departa-mento-iglú, moho olorosísimo tras los cuadros col-gados en las paredes, ampollas de yeso en rincones ytecho, mantos de salitre en el piso del baño y pelos degato en la cama, Inés buscó un departamento soleadoen la Condesa. Los enormes ventanales de éste deja- 1
    • De los cuates pa’ la razaban entrar hasta la sala-comedor la última brizna so-lar que anduviera vagando por la atmósfera chilanga,y el calor de verano se vaticinaba de crematorio. Vivirallí fue la primera condición que, de entre una largalista sin espacios para negociaciones, Inés impuso a sucontrincante. Para colmo, el gato estuvo de acuerdo. Ypor fin, Manuel se mudó. Herido de furia, día tras día, Manuel finge ol-vidar el bote de Alpura light 2000 en su comedor deMichoacán y Amsterdam, para explicarle a sus amigosque, obligado a dejar su pasado hiperbóreo, el amor noes más que un vasito de leche tibia..., tibia, cortada yamarga. 200
    • Antología Invasión zombie José Luis ZárateTal vez fue el cometa, un virus, la maldición. Lo muer-to cobró vida. Las novelas que no terminé están aquíatormentándome. **Lázaro se levantó para comer cerebros. **No circular por ciertos sitios, cerrarlo todo, armas paraprotegerse. Suspiró. Y él que pensaba que la invasiónzombie iba a cambiar su vida. **Tuvo que matar a su madre, a su esposa, a sus compa-ñeros. Luego se sentó a esperar que la invasión zom-bie cubriera los rastros. ** LA NOCHE DE LOS MUERTOS MURIENTESNada pudo detener a los zombies. Excepto los gusa-nos, las moscas, los carroñeros, las ratas, los… ** PREJUICIOS DE CLASEEntre los inmortales: dioses, vampiros, marineros eter-nos, alquimistas, qué despreciados son los zombies. 201
    • De los cuates pa’ la raza LA MALDICIÓN DE LA MOMIATutankoth III va a matarlos a todos, en cuanto puedaquitarse de encima esas mil toneladas de la pirámide. **Cuando un mago zombie mete la mano dentro delsombrero saca un cerebro. **Rastros hay de lo que fueron. El policía zombie em-pieza a tratar de arrestar a la multitud gris por asesi-nato. **De ti sólo conservo los recuerdos y parte del cerebro. **Miran impasibles la masacre, las hordas devorando alos vivos, lo fantástico triunfante. Las estatuas empie-zan lenta, densamente a sonreír. **Después de eternidades de silencio y soledad, salíande sus tumbas dispuestos a satisfacer un hambre mi-lenaria que, ni por asomo, era de comida. ** DÍA ACIAGOLos muertos salieron de la tumba con un hambre mi-lenaria. Abarrotaron restaurantes y cafés. No conse-guimos mesa en ninguna parte. 202
    • AntologíaLa comida no satisfacía a los zombies, infectaronhamburguesas que se arrastraban por el piso buscan-do devorar no sabemos qué ni cómo. **El virus Z muere arriba de los 50 grados. Para quelos zombies continúen siendo una efectiva arma noinfecciosa basta con hervirlos. **—Amor, traje un zombie a cenar. **Tal vez sea yo quien no sabe integrarse, pensó el mons-truo de Frankenstein al no hallarse cómodo entre lashordas de muertos vivos. ** CÓMO TERMINÓ LA HUMANIDADDemostrándonos que más de cuarenta años de pelí-culas de zombies no nos prepararon para esa even-tualidad. **El virus Z se transmite por la saliva. Por ello los zom-bies se pasan horas pontificándonos sobre las ventajasde no morir. 203
    • De los cuates pa´ la razaLa última mujer del mundo está en su habitación. To-can a la puerta. Balbucean:—Cerebros. **El virus zombie revive lo muerto. Aquellos que logra-ron cerrar los imbatibles portones, se sintieron a salvoen el museo de historia natural. **Los muertos caminan. Los sepultados salen de sustumbas. Una densa, hambrienta nube de polvo negroreúne a los cremados. 204
    • Antología El Fisgón 205
    • Los derechos de autor de la presente antologíahan sido cedidos gratuitamente por los autorespara una única edición que se regalará durantela Feria Alternativa del Libro en la Alameda. Agradecemos enormemente este gesto de solidaridad con la actividad y con los lectores. Brigada Para Leer en Libertad AC Octubre 2010Este libro se imprimió en la ciudad de México en el mes de octubre del año 2010. El tiraje fue de 4000 ejemplares para sudistribución gratuita, cortesía del Partido de laRevolución Democrática del Distrito Federal y Para Leer en Libertad AC Queda prohibida su venta. Todos los derechos reservados.