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Nueva york a diario (Muestra)
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Nueva york a diario (Muestra)

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Hilario Barrero ha sido capaz, con esta nueva entrega de su diario, de construir un libro que es otro y es el mismo, utilizando idénticos materiales que en los cinco precedentes. Asistimos otra vez ...

Hilario Barrero ha sido capaz, con esta nueva entrega de su diario, de construir un libro que es otro y es el mismo, utilizando idénticos materiales que en los cinco precedentes. Asistimos otra vez en "Nueva York a diario" al inagotable espectáculo de contrastes (climáticos, cromáticos, culturales, humanos) que configuran la esencia misma de esta ciudad inabarcable. Tampoco han variado gran cosa los hábitos y rutinas de su autor (las clases, los trayectos en metro, los paseos…), ni sus aficiones (la música, la poesía, la fotografía, los viajes) y obsesiones (el peso del tiempo, la fugacidad de las vidas). Se observa, sin embargo, un mayor predominio del tono elegíaco en las notas de estos dos años, que incluyen el dulce remanso de uno sabático. En su transcurso y en el ánimo del autor muchas son las corrientes enfrentadas, no solo las mareas de Nueva Escocia.
Desde Baudelaire sabemos que los ojos de nuestra ciudad son el mejor espejo en el que podemos mirarnos. Anónimo observador, olisqueador entrometido, Hilario Barrero pone toda su atención cuando pasea, cuando escucha, cuando mira, cuando ama, presto a celebrar, tanto como a sufrir, la hiriente insolencia de la belleza, de la juventud y, en fin, de la vida.

Hilario Barrero nació en Toledo en 1948. Desde 1978 vive en Nueva York. Enseñó español en la Universidad de Princeton y actualmente lo hace en el Borough of Manhattan Community College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY).
En paralelo a su labor académica, Hilario Barrero ha ido construyendo una extensa obra literaria que conjuga diversos géneros. Poesía: "Siete sonetos" (1976), "In tempore belli" (1999), "Agua y Humo" (2010), "Libro de familia" (2011). Narrativa: "Un cierto olor a azufre" (2009). Diario: "Las estaciones del día" (2003), "De amores y temores" (2005), "Días de Brooklyn" (2007), "Dirección Brooklyn" (2009), "Brooklyn en blanco y negro" (2011). Traducción: "De otra manera", de Jane Kenyon (2007), "Delicias y sombras", de Ted Kooser (2009), "El amante de Italia", de Henry James (2009), "Lengua de madera". "Antología de poesía breve en inglés" (2011). Textos suyos están presentes en numerosas compilaciones y antologías: "Líneas urbanas. Lectura de Nueva York", (2002), "Alfileres. El haiku en la poesía española última" (2004), "Escritores españoles en América" (2007), "Luz ilesa" (2008), "Erato bajo la piel del deseo" (2010), "Ventanas sobre el Atlántico" (2011) o "Historia Poética de Nueva York en la España Contemporánea" (2012). Es también colaborador habitual de revistas literarias como "Clarín", "Hélice", "Poesía española" o "Turia" y de periódicos como "Abc".

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Nueva york a diario (Muestra) Nueva york a diario (Muestra) Document Transcript

  • Hilario BarreroNueva York a diarioImpronta
  • Hilario Barreronueva yorka diario(2010-2011)Impronta
  • 2010
  • 11eneroViernes, 1.– A las doce en punto desde Prospect Park los fuegos arti-ficiales se disparan entre la lluvia y la humedad con la misma rapidezcon que se desvanecen a través de la espesa oscuridad de la primeranoche del nuevo año. Aunque sé que es la vida quien me nubla elbrillo de la pólvora le echo la culpa a la lluvia de que el despliegueluminoso y festivo aparezca opaco y gris.Martes, 5.– A las siete y media de la mañana comienzan a apagarse lasfarolas a medida que la luz sopla en ellas. Es uno de los días más fríosdel año. Las pocas personas que van hacia el metro, abrigadas comosi fueran momias, caminan muy deprisa, casi corren. Empiezan apasar algunos coches. El asfalto parece de estaño. Corren también unhombre y su perro. Todos parecen llevar prisa. No es una prisa quedenote tardanza, no es una prisa para hacer ejercicio, no es una prisade urgencia hospitalaria. A todos les persigue alguien, les empujaalguien. Es la prisa del viento helado que quema lo poco de rostroque va al descubierto. Es la prisa del frío. La publicación en La Nueva España de una reseña de jlgm sobreDirección Brooklyn ha desencadenado una abundancia de correo in-esperado que se agradece. Todos coinciden en que el artículo les haabierto el apetito por leer el libro. Miércoles, 6.– Cuando era niño, en la iglesia de los jesuitas había unaenorme imagen del Corazón de Jesús que sacaban en procesión elúltimo viernes de junio. A mí me parecía un gigante bondadoso en-vuelto en una túnica de colores, una especie de cíclope de cuentocoronado con una diadema de rayos plateados, un Polifemo católicoque enseñaba su corazón sangrando fuera de la caja torácica. Bajo latutela y la vigilancia de mi padre, mis hermanos y yo hicimos variasveces los Nueve Primeros Viernes de mes al Corazón de Jesús, que te
  • 12aseguraban ir derecho al cielo si los hacías sin interrupción. Tambiénhicimos los Cinco Primeros Sábados a la Virgen que, en verdad, nosé qué beneficio te traían. Eran tiempos difíciles. Había que estar enayunas desde las doce de la noche para recibir a la mañana siguiente elCuerpo de Jesús. Eran tiempos felices, a pesar de todo. Al volver a casacomprábamos una rosca de cohombros que mojábamos en un espesochocolate que hacía mi madre. Después, cuando la vida fue pasando,los cohombros se enfriaron, el chocolate se aguó y mi padre perdió lafe en algún camino y ya no volvió a encontrarla. Dicen que cuandolos paramédicos lo sacaron del coche donde murió aplastado por uncamión, miraron en la cartera para obtener información y le encon-traron un crucifijo que había llevado durante toda su vida. Al perderla fe nosotros encontramos que ya no teníamos que levantarnos a lascinco de la madrugada para ir al Rosario de la Aurora, ni visitar losmonumentos en la tarde de Jueves Santo, ni ir a misa de diez o dedoce los domingos, ni hacer ayuno por Cuaresma, ni confesión gene-ral… Y nos perdimos todos un poco.Yo conozco otro corazón de Jesús del que soy fiel devoto, cuyo lati-do llevo oyendo muchos años y que conozco como si fuera mi propiocorazón. No iré al cielo después de mi muerte porque ya estoy en él.A veces se equivoca y se desboca como un potro al que dejaran enlibertad. Hace días que se sale de cauce, escondiéndose como si jugaraal escondite del sobresalto, siendo un poco un Guadiana de sangre,saltándose escalones y preocupándome. A las seis de la madrugada,como si fuéramos a ir a algún Rosario de la Aurora de mi infancia, (eneste caso a un via crucis) estamos en pie para ir al cardiólogo. Hacefrío en el metro, un frío que se clava en mi costado. En la sala de espe-ra hay un letrero que dice: «Staff is not allowed to eat or drink in pa-tient areas». La recepcionista, sin embargo, abre un cartucho marrónque hace un ruido rugoso como si carraspeara el papel y saca un trozode cruasán que se come un poco a hurtadillas. Se llevan al corazónde Jesús y mientras lo veo perderse recuerdo que hoy es el día de losReyes Magos y que en España a estas primeras horas de la mañana deaquí algunos juguetes, como tu corazón, habrán comenzado a fallar yla ilusión de algún niño se habrá perdido para siempre.
  • 244septiembreJueves, 1.– Al final de su vida, y no tan al final, Jorge Guillen escribiópoemas que, a medida que el tiempo pasa, desdicen y desmerecensu obra mayor. Poemas de ocasión, ripios, anécdotas, poemas geo-gráficos, a Rosa María Lida o a Ana María Barrenechea… Hay unoque titula «Pasaporte» en el que se pregunta «¿Por qué español?» yresponde «Lo quiso mi destino. / Años, años y años extranjero, / fuilo que soy, no lo que me convino. / Hado con libertad: soy lo quequiero». Aire suyo.Viernes, 2.– De ser actor hubiera sido un Don Quijote perfecto: alto,delgado, mirada pérdida, de la edad del Caballero de la Triste Figura,dado a la lectura y soltero. Hasta hace poco llevaba melena, barbay modales de hippie, vivía en un mundo pasado. Un día se cortó lamelena, se afeitó la barba, pero siguió con la mentalidad de hippie:pantalón vaquero, camisa, zapatos todo terreno. Somos vecinos desdehace veinte años. Vivimos en el mismo rellano y cuando nos ve salir yél está saliendo, se mete en la casa pretendiendo que se le ha olvidadoalgo. De las pocas veces que hemos coincidido en el ascensor (tieneuna sorprendente gama de trucos para no encontrarse con nosotros),la conversación ha sido como si fuéramos personajes de Esperando aGodot: minimalista, existencial, al borde de la angustia vital.Así hasta dentro de cinco meses, más o menos, que cambiaremosel «cold» por el «hot». Es demócrata rabioso, no trabaja, o al me-nos no sale a la «vida», se pasa todo el tiempo en el apartamento.Un lugar que ningún vecino conoce. Es meticuloso, preciso, frío ycalculador y tiene una sonrisa de plástico con un toque de cristal.Su mayor atractivo para mí, lo que me hace mirarle como un perso-naje de novela o de cuento borgiano es su afición a The Wall StreetJournal, que recibe a primera hora de la mañana en la puerta de sucoto. A veces he visto como la abre, saca la mano, como si fuera arobar, agarra la presa y la mete rápidamente, para que no se le escape.Se pasa el día entero leyéndolo como si fueran cartas de amor, deese amor imposible que no ha tenido ni tendrá. Subraya en negro
  • 245los editoriales, en rojo la bolsa, en azul las noticias relacionadas conbonos, intereses, compañías y bancos. Lo recorta como si fuera uncoleccionable de castillos, guerreros o catedrales. Se lo aprende dememoria y por la noche, cuando no hay nadie, lo pone en el cesto depapeles en el cuarto de la basura. Por las mañanas, cuando voy a tiraryo la mía, miro el periódico iluminado, recortado y ahí está como unesqueleto de papel, todavía respirando, dando las últimas bocanadasde números, dividendos y porcentajes. Entre tanto el misterioso ve-cino está detrás de la puerta esperando el golpe del nuevo periódicopara cazarlo, meterlo en la guarida y destriparlo lentamente como uncirujano de la Bolsa.Sábado, 3.– Antes había sido una farmacia y cuando la convirtieronen café, los nuevos dueños dejaron las estanterías de color caoba,conservaron los letreros, en letras negras, de cosméticos, perfumesy pomadas, las vitrinas cerradas con cristales rayados y desvaídos, elmostrador desvencijado y tambaleante y el local se convirtió en unarebotica grande y familiar, con aire de farmacia y con olor a café y acloroformo. Se llamaba Ozzie’s y fue el primer café que tuvimos enel barrio, antes de que Starbucks y otros parecidos aparecieran comohongos. Por él pasaron José Luis García Martín, Martín López-Vega,Andrés Neuman, Marta Reyero, Enrique Bueres y un largo etcéterade amigos que, ante mi insistencia, venían desde Manhattan a cono-cer Brooklyn. Ozzie’s me acogió en días de nieve y frío y en mañanasluminosas de verano. Desde su ventana, que era como un cuadrode Hopper, pasó el tiempo y escuché, arropado por un cálido olora café, lamentos, angustias, sentimientos de clientes solitarios que,temprano en la mañana, se contaban sus penas unos a otros, mientrasfuera llovía. Vi pasar la luz, la gente y la vida y fui yo mismo pasandoy envejeciendo al mismo tiempo que el café, con olor a penicilina ya cocina de mi madre, iba subiendo de precio y perdiendo clientela.Alegra saber que el espíritu de este Ozzie’s sigue en otro Ozzie’s quehan abierto en la Quinta Avenida. Aunque se llama igual, no es elmismo. Nosotros, los de entonces, que olíamos a vida olemos ahora aungüento medieval. Y pronto tendremos que cerrar.
  • 246Domingo, 4.– Como ya va siendo tradicional por estas fechas, SergioSuárez, amigo mío y sobre todo de Pepe, el amigo Muñoz, ha vueltoa Nueva York. Sergio es muy meticuloso y exquisito y trae unas listas,escritas a mano, con lugares que quiere visitar: librerías legendarias,misteriosas o minoritarias, restaurantes con saber literario, edificioscinematográficos, casas de escritores, libros extraños y secretos, casiimposibles de localizar. Nos encontramos, como ya también pareceque es tradicional, en la librería Strand donde se pasa horas explo-rando el laberinto. Él se va por su lado y José por el suyo. A vecescoincidimos y los veo encaramados en escaleras alcanzando un libroque está casi cerca del techo o tirados repasando la estantería a ras delsuelo. Converso un rato con el diplomático x, que también ha veni-do; hacía casi dos años que no nos veíamos y me habla de un proyectoque me deja pensativo. Al final veo a Sergio tachando algo de la listay con una cara de gran satisfacción. Se acerca cargado con siete libros.Terminada la visita a Strand nos acercamos a la librería Three lives& Company que está en el Village, en la calle 10, en el número 154del lado oeste. Sergio se compra un libro del poeta Jack Gilbert quele recomiendo. Parece ser que es uno de los poetas favoritos de m.b.,amigo nuestro. Aquí va un poema como regalo a Sergio y a m.b.casado // Regresé del entierro y me arrastré / por el apartamento llo-rando a mares, / en busca del cabello de mi mujer. / Durante dos meseslos hallé en el desagüe, / en la aspiradora, debajo del refrigerador, / y enla ropa del armario. / Pero después que otras mujeres japonesas vinie-ron, / no hubo manera de estar seguro de cuáles eran / los suyos, así queparé. Un año después, / al trasplantar el avocado de Michiko, / encontréuna larga hebra de pelo negro enredada en la tierra.married // I came back from the funeral and crawled / around the apartment, cryinghard, / searching for my wife’s hair. / For two months got them, from drain, / from va-cuum. cleaner, under the refrigerator, / and off the clothes in the closet. / But after otherJapanese women came, / there was no way to he sure which were / hers, and I stopped. Ayear later, / repotting Michiko’s avocado, I find / a long black hair tangled in the dirt.Martes, 6.– Muere a los cuarenta y tres años el tenor SalvatoreLicitra, que fue considerado en algún momento como el sucesor de
  • 247Pavarotti. Éste, ya enfermo, suspendió una función de Tosca en laque tenía que cantar el papel de Mario Cavaradossi y Licitra lo sus-tituyó. Nosotros le vimos varias veces y no pensábamos que fuerael sucesor de Pavarotti. Por otro lado la hija de Montserrat Caballé,Monsita para los amigos, ha tenido una niña a los treinta y nueveaños. Nadie dice que sea la sucesora de su madre aunque la madrese empeñe en darle muchas oportunidades. Nada peor que ser hijade una famosa. Hoy ha amanecido nublado, ha llovido y ahora queanochece se ha levantado una brisa fría y destemplada que a mí meha recordado una escena, es lo único que recuerdo, de la películaLos pianos mecánicos, de Juan Antonio Bardem. Estaba basada en lanovela de Henri-François Rey que casi todos los jóvenes de aquellaépoca leímos. Al final de la película llegaba la lluvia a «Caldeya» y sellevaba la gloria del verano. Yo salí con frío en el alma.Miércoles, 7.– Porque creían poseer la clave del amor, largas nochesalejados del mundo, pensaban que el verano nunca se acabaría. Llegóel invierno y llamados por voces urgentes abandonaron el lecho don-de habían dejado lo mejor de sus cuerpos y salieron a enterrar a susmuertos. Al pasar por el puente de los arcos de hierro tuvieron fríoy se sintieron solos en medio de la gente que pasaba a su lado y erafeliz. Al llegar a la casa traían la ceniza de la muerte entre sus labios ysus manos. Se les hizo difícil besarse aquella noche. Tanta muerte leshabía robado lo mejor del verano.Viernes, 9.– Me encuentro con Ricardo, un aventurero, un román-tico, un hombre inquieto que quiere poner «el taxi patas arriba yhacer, modestia aparte, lo que ha hecho Ferran Adrià con la cocina».Viene a los Estados Unidos en busca de una aventura que comienzaen Nueva York. Desde aquí viajará a Canadá, volverá a ese país y lle-gará hasta Nueva Orleans, pasará por Chicago, por las tierras hondasde la América «que no es Nueva York», «donde me han dicho que sepuede dormir por 25 dólares», hasta terminar en San Francisco. Mepide que le acompañe a cruzar el puente de Brooklyn. Antes lo llevoa que vea las cicatrices de las Torres Gemelas y, de paso, la Bolsa y la
  • 248iglesia de San Pablo y la de Trinity. En la de San Pablo, en vísperas delonce de septiembre, han atado cientos de cintas blancas en las verjasque cierran el cementerio y la iglesia. En cada cinta blanca que rega-lan, aparte de la frase que el público ha escrito, hay impresa en unade las puntas lo siguiente: «Remember to Love». Ricardo escribe en lasuya: «Vivir cada segundo de cada minuto, como homenaje a los queya no están» y la ata al lado de una de las tumbas del cementerio querodea la iglesia. Al hacerlo se le apaga toda la fuerza que traía en sumirada. Cruzando el puente comienza a sonreír y a sentir la puñaladaneoyorquina que se le clava muy dentro de sus ojos asturianos. Nosperdemos en el laberinto de Brooklyn Heights y caminando por laCalle Montague pasamos por el restaurante polaco Teresa’s, que otrosasturianos conocen y desembocamos en el Promenade donde nos da-mos de bruces con el perfil de Manhattan que Ricardo, que vienecargado con varios iphones, aparatos para conectarse desde cualquierrincón del mundo, brújulas del siglo xxi, fotografía de mil posturas.Rixar, que es su nombre de guerra, es un experto en redes sociales delas que lo sabe todo. Entramos en Sahadi’s, una tienda donde vendenproductos árabes y que ya visitaron otros asturianos y nos embriaga-mos con el perfume a dátiles, almendras, quesos, especias y aromasde las Mil y una noches. Ya de vuelta al hotel me envía un correoelectrónico en el que me dice: «me has ayudado a domar un poco estaciudad tan hostil y tan bella».Sábado, 10.– Vuelvo a quedar con Ricardo. Subimos a ColumbiaUnivesity, vemos la tumba del presidente Grant y su esposa Julia,pasamos por las calles por las que pasearon Juan Ramón Jiménez yun largo índice de ilustres republicanos y terminamos en una de lastiendas Mac. Ricardo va cargado con varias cruces de aparatos elec-trónicos que le vigilan y, según él, le protegen; admira la arquitecturaminimalista del recinto. Yo le digo que es como una catedral atea endonde cientos de archivos están adorando a plateados dioses. Algunosen trance, otros en altura mística, otros reverentes y piadosos, los quehablan lo hacen en voz baja. A la entrada y a la salida te saluda uno delos oficiantes con la «biblia» electrónica en mano. Lo saben todo, te
  • 249aclaran las dudas, los misterios de fe. Al ser el edificio de cristal, la luzentra como si fuera una catarata, un aviso divinamente electrónico deque Mac es la nueva religión para millones de personas que necesitancreer en algo y en alguien. Ricardo me dice: «dentro de unos años lacruz será remplazada por la manzana, el símbolo de Mac». Al salir delrecinto sagrado, tengo la sensación de que he asistido a misa de doce.El becerro de plata es el nuevo tabernáculo.Domingo, 11.– A las siete de la mañana depositan, en las puertas delcuartel de bomberos de mi barrio, dos enormes torres hechas conflores blancas, rojas y blancas. Alguien deja un ramo de claveles alos pies del monumento que pusieron a los pocos meses del atenta-do. Vuelan muy bajo dos helicópteros. Una mujer mayor enciendeuna vela roja. Los bomberos han sacado a la calle uno de los cochesbomba. Su presencia parece tener un doble significado: el rojo esmás rojo, quema, y el armazón es carroza para la muerte y para elfuego y nos recuerda los cientos de bomberos que murieron el 11 deseptiembre de 2001. A las diez y media salen todos los miembrosdel cuartel, se cuadran al lado del coche y permanecen en silencioun minuto. Hay unas treinta personas asistiendo a la ceremonia. Lamayoría está llorando. Al mediodía el monumento se ha llenadode flores y de velas. Una madre acompañada de su hijo pequeñodeposita un ramo de flores y ayuda al niño a poner una banderaamericana junto al ramo. Al caer el día la luz de las velas se espesa ycrea sombras rojas y negras. Una lluvia ligerísima cae sobre la mon-taña de flores. En una iglesia cercana suena el Réquiem de Fauré.Anochece y dos columnas de luz azul se disparan hacia el infinito,hacia el cielo. Como si el mar se hubiera puesto de pie. A las nuevey media de la noche la Orquesta Sinfónica de Nueva York, dirigidapor su nuevo y joven titular Alan Gilbert, dirige la Sinfonía número2, Resurrección, de Mahler. Algunos textos, en esta ocasión, tienenun doble sentido:¡Te elevarás, sí, te elevarás / Mi ceniza, después de breve descanso!Rise up, yes you will rise up / My dust, after short rest!
  • 250Martes, 13.– «No infoxiques», le dice un amigo a otro en un mensajedesde una de esas llamadas redes sociales. Ya lo dijo Gracián hacesiglos, pero mejor: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno».Domingo, 18.– Nuestra amiga Eloísa nos invita a su casa, en Laurelton,en las afueras de la ciudad, a comer sardinas asadas, que sabe que nosgustan mucho. Encontrar sardinas frescas aquí tiene su intríngulis.Vienen también María y el profesor de la Campa. Todos, excepto elmarido de la hermana de Eloísa y yo, son cubanos. Empezamos losaperitivos en el jardín, pero el tiempo se enfría, aparecen unos nu-barrones y María siente frío y decidimos pasarnos dentro de la casa.La madre de Eloísa tiene noventa y seis años y María ha cumplidoochenta y cinco. Se habla de Cuba, como siempre. Se repiten mo-mentos, se localizan lugares, calles, cines, se recuerdan olores, sabo-res, se intenta agarrar el tiempo perdido. Hablan como quien hablade un muerto, como si estuviéramos en un velatorio. Hablan sin ira,el tiempo les ha apagado la rabia y no mencionan para nada a Castro,solo se lamentan de la destrucción de la ciudad, de la miseria, delcaos. Citan nombres de calles como quien cita algo familiar, se sabenlos autobuses que pasaban por tal o cual esquina, recuerdan a susprofesores, los colegios donde estudiaron, los amores que tuvieron.Uno de ellos, cuando parece que la conversación decae, anota queno hay que olvidar que de todo lo que se ha hablado es historia, quenada existe, que todos o la mayoría han muerto, que su colegio esahora un edificio en ruinas, que el cine de su barrio está apuntaladoy parece ser que todos comienzan a sentir frío. María dice: «Llevo cincuenta y un años fuera de Cuba y con miestado de salud no creo que vuelva. Lo que me quede de vida lopasaré en Miami». María vive en el Village, en un quinto piso de unedificio sin ascensor. Durante cincuenta años ha estado subiendo ybajando sin ninguna dificultad. «La mayoría de la gente se preocupade las escaleras, esas son las que menos me preocupan. Desde queme fui a vivir una temporada a Miami los dueños de la casa me hanquerido echar y me amenazan con sacarme los muebles a la calle». Aldecir esto es cuando María comienza a sentir frío. Frío en el cuerpo,
  • 251tiene un cáncer, y frío en el alma, tendrá que dejar Nueva York defi-nitivamente e irse a Miami. El cáncer la ha deteriorado, anda despa-cio, come poco, apenas si bebe y, antes del postre, abre el bolso, sacauna caja de pastillas y veo que se toma siete. Es cuando María vuelvea tener frío y veo cómo le tiembla la mano al ir cogiendo una por unalas pastillas. La madre de Eloísa en una silla de ruedas sueña con vol-ver a Cuba, de nuevo. A diferencia de María y de los otros invitadosque no han vuelto ni desean hacerlo, ella fue hace unos meses. «Esque allí tengo a mis hijos que son mi tesoro y uno de ellos está enfer-mo y no hago más que pensar en él». Ella no tiene frío, nos mira conunos ojos grandes y abiertos, come con dificultad, el tiempo y la vidala han atado de pies y manos y no se puede mover, pero su actitudante la vida es valiente. «Cuando sus hijas la llevan al casino pareceque tiene veinticinco años menos», dice el yerno, que es quien lasube y la baja en la silla de ruedas. La tarde se nubla definitivamentecuando veo entrar a María al jardín. Y por un momento las sardinasme saben a madera, los frijoles me queman y los plátanos fritos meamargan. María tiene frío y yo, que me siento a su lado, tambiénlo tengo. Volvemos en tren y la noche se nos ha echado encima enla estación. Un andén con gente que viene del trabajo, con mujeressolas que no sé muy bien a quién esperan, con niños que miran llegarel tren con alegría. Aunque tengo frío mientras esperamos el tren ysomos dos sombras en la noche, te siento a mi lado y es como si unanoche calurosa de julio hubiera llegado de pronto. Envejecer juntosda mucho menos frío que hacerlo solo.Jueves, 22.– Hay días que en los que parecen ocurrir muchas cosasseguidas, como una secuencia cinematográfica. El portero te sonríe,ves cruzar la calle a una amiga con el perro, el semáforo está en ver-de, el tren no tarda en llegar, el hombre bajito con la guitarra que lle-va años cantando las mismas canciones sigue con La flor de la canela,una mujer con poca blusa y generosa de escote y pechos se pinta deun rojo rabioso las uñas de los dedos de la mano, al terminar, comoestán frescas, coge el bolso y el periódico entre los brazos sin usarlas yemas de los dedos, hay un asiento libre en el vagón, no pasa
  • 252nadie que vende biblias, ni amenazando, ni contando historias quenadie cree de locuras, violaciones, enfermedades y muertes, al llegaral trabajo tienes poco correo en el buzón, te saluda la secretaria, tesonríe tu enemigo, te habla tu enemiga, los alumnos se emocionanal leer las «Nanas de la cebolla» y un estudiante habla del significadode pecho, la luna y la cebolla, al volver a casa encuentras asientootra vez, dos mujeres musulmanas vestidas con túnicas negras quesolo dejan los ojos visibles, suben las escaleras del metro al mismotiempo que tú, un grupo de estudiantes baja las escaleras, un hom-bre indigente en la calle hurga en una papelera buscando algo quecomer, un hombre sentado en un banco mira un iphone, los chorrosen la fuente de la plaza están como envueltos en plata, la sombra delos árboles reposa suavemente en la acera, huele el aire a otoño, elcorreo está repartido, miras y ves que te están esperando, sientes unvuelco dentro de ti, las ventanas parece que se iluminan, la puertaestá cerrada pero la cerradura sin pasar, la abres y te están esperando.Entras al paraíso y es jueves.Viernes, 23.– Estamos cenando cuatro amigos en un restaurante ita-liano que está a la orilla del East River, en el barrio de Brooklyn.Hemos venido pronto, «la prima sera», y apenas si ponemos aten-ción al escenario que tenemos delante. De pronto, uno de nosotrosque está enfrente del gran ventanal nos avisa. Dejamos la conversa-ción, paramos de comer y de beber y miramos a través del ventanal.Un poco antes de atardecer aparece encima del perfil de Brooklyn,que tenemos a la izquierda, una luz rosa, como un cometa de fuego,una enorme rosa, unas nubes como si las hubiera pintado Tiépolo,un decorado para la llegada del Espíritu Santo. Los edificios se ilu-minaron como si comenzaran a arder y el río se tiñó de carmesí.Es ese momento incierto en que se unen, como el agua de un ríoque va a dar a la mar, la luz de la tarde con la de la noche. Tenemosenfrente de nosotros, casi al alcance de la mano, el perfil de NuevaYork. Volvemos a la conversación y a la cena. Yo tengo delante demí a Manhattan y la observo minuto a minuto. Cuando la luz co-mienza a tambalearse y se siente incierta, ya las sombras atacando
  • 253las ventanas de Manhattan comienzan a hacer guiños y se van en-cendiendo. Aparece una estrella sobre el Chrysler Building, algunasotras cúpulas se iluminan con una luz de plata, el Empire State cobravolumen, se solidifica y parece que crece al ser perforado de luz ensus ventanas. Las luces del puente delinean los arcos y las curvas. Lanoche lo ha envuelto todo y las luces bajan hasta el río a lavarse ylo dejan plateado. Es una vista que uno no sabe si la está soñandoo la está viviendo, una vista que deja huella, que se queda con unopara siempre. Al terminar de cenar, ya noche cerrada, la vista es unaorgía de luces y de sombras, de chispas, de reflejos, de fulgores, unaapoteosis de destellos engarzados en cóncavas oscuridades.Sábado, 24.– Hace veinticinco años caminábamos por la misma ca-lle y llegábamos al mismo edificio para ver «l’opéra du roy» que noconocíamos. Eran tiempos aparentemente felices, los amigos no semorían en serie como ocurriría años más tarde. La mayoría estaba enla sala para asistir a un espectáculo que recordarían durante toda suvida. El teatro estaba lleno, había venido mucha gente de Manhattany se notaba que no era un público de ópera; era un público «moder-no», conectado con la última moda, cazadores de piezas raras queluego exhibirían en sus conversaciones entre cócteles y güisquis demarca. Olía a perfume hondo y la seda brillaba como una pieza ba-rroca. La ópera fue un éxito, descubrimos a un compositor olvida-do, tuvimos la ocasión única de escuchar a una orquesta insuperabley dedicada y salimos emocionados y sabedores de haber asistido auna función para hablar en días de lluvias y en tiempo de soledad.Caminábamos anoche en medio de una lluvia aparatosa y ostentosacon veinticinco años encima por el mismo camino que lo hicimoshace ya tanto tiempo. Los amigos no están, han muerto o han desa­parecido, a alguno de los que quedan les cuesta trabajo bajar o subirlas escaleras para llegar a la butaca, vienen mojados de tiempo y, envez de tomar el metro que les lleve a Manhattan, al apartamentodonde eran felices, les espera un coche o un autobús especial quelos dejará en un chalet a las afueras de la ciudad o en un lujosopiso de Manhattan. De vuelta a casa, con la lluvia insistiendo en los