La Jorobada de Nipón                                                             Por                                      ...
La carretera era pequeña pero el paisaje inmenso mientras se trasladaba desde lacarretera de la Costa hacia la punta de la...
Juan José respondiendo a la primera pregunta. El Joven le contó de las innumerables veces queMocho había sido salvado de l...
contar que eran amigos desde que la conoció en Japón desde que era perseguida por los Samuráisdel Emperador Sombra de Shog...
la cubierta, naiboa, cambur, queso blanco y los vasos que aún contenían restos de los jugosguanábana y níspero que expende...
Juan José despertó de la plácida hipnosis justo cuando el Shangri-La paró su marcha.Levanto su mirada hacia la torre de ma...
tinte dorado. Se quedó maravillado al observar como desapareció el pelo al pestañear para dejaral descubierto un inmenso c...
La observó alejarse sin voltear. Juan José seguía maravillado y atónito. Sacudió su cabeza,se hizo la señal de la cruz par...
humanidad tenía sentido y que ella se sentía responsable por no haber trasmitido bien el mensajede Dios al crear el Univer...
La ballena se animó más por la promesa de un mundo mejor. Se volteó de un lado y saludóa Juan José con su aleta dorsal der...
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La jorobada de nipón (ilustrada )

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Relato de ficción escrito por Victor J. González Q. (Derechos Resesrvados)

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La jorobada de nipón (ilustrada )

  1. 1. La Jorobada de Nipón Por Víctor J. González Q. ILUSTRACIÓN: Milagros González.Milagros González es Licenciada en Museología e Historia del Arte, Magister en Historia de las Américas, curadora e investigadora independiente. Publicó el libro "De la colección a la Nación. Aventuras de los intelectuales en los museos de Caracas (1874- 1940)"(Fundación Polar, Caracas, 2007).
  2. 2. La carretera era pequeña pero el paisaje inmenso mientras se trasladaba desde lacarretera de la Costa hacia la punta de la península oriental. El aire acondicionado comenzó a fallary el calor golpeaba agradablemente la cara con la brisa salina del ambiente. Se escuchaba laInolvidable canción de Nat King Cole que repetía su rutina al voltear el cassette. Juan José iba unpoco cansado pero alegre de conocer esas nuevas tierras que solo había visto por las postales quehabían en la tiendita del lobby del hotel, antes de salir en ese trayecto. Tarareaba mentalmente laestrofa “That´s why Darling is incredible that someone so unforgettable…” cuando un grupo depersonas con ademanes de rabia perseguía a un borrachito que casi no podía caminar pero quepor sus zigzagueo al andar confundía a la muchedumbre enojada. Juan José detuvo el carro justo al lado del letrero que decía “Caimancito”. Abrió la puertatrasera. El borracho tropezó y aterrizó en el asiento cual helicóptero en caída libre. El hombre tiróde la puerta y Juan José arrancó el vehículo antes de que el gentío lo aplastara como elefante decirco huyendo de un ratón. Juan José bajó el volumen de la canción que daba sus acordes finales,miró por el retrovisor y pudo darse cuenta que el pasajero súbito estaba dormido. Roncaba con lossonidos del anís que se había bebido. Detuvo el carro más adelante, justo al lado del camino para poder organizar sus ideas. Enese instante, una camioneta con ocho jovencitas abordo, se detenía a su lado. Desesperadas, laschicas, gritaban de miedo. Delante de la camioneta estaba el chofer muy nervioso y aturdido– Midía había empezado como lo imaginé pero ya me quiero devolver a la cama – pensó Juan Josémientras se acercaba a la camioneta. De atrás se bajó una de las muchachas que parecía haberrecobrado la compostura. – El profesor se quedó dormido y pensamos que nos íbamos a estrellar– dijo quien parecía ser la líder del grupo, uno de los pocos milagros de azul que quedan gracias alcandor de su rostro. El profesor ya se recobraba su equilibrio – Perdónenme mis hijas. No sé loque me pasó. Ya estoy despierto – se le escucho decir tímidamente. El profesor le dio la mano ajuan José en un gesto callado de agradecimiento. – Vayamos en caravana – Indicó Juan José. A loque el profesor asintió afirmativamente. Ambos vehículos emprendieron nuevamente su curso común. Dos horas más tarde sedespedían todos con un abrazo de cornetas de carros donde todos sonrientes olvidaban lossinsabores del viaje. Juan José se detuvo en la entrada de la posada de Punta Araya y despertó alpasajero. El hombre se sobrepuso asustado de no conocer como había llegado hasta allí. Le dio lasgracias a Juan José mientras guardaba la tarjeta de presentación en el bolsillo machacado de sucamisa. Se despidió avergonzado y caminó pesadamente por la vereda de la calle. Bajó las maletas, cerró el carro y cruzó a pie el estacionamiento improvisado. - ¿A dóndeconseguiste a Monchito? Escuchó a alguien preguntar y levantó la mirada. Se trataba de un tipopor lo menos veinte años más joven que él pero quien le lucía muy familiar. Llevaba uniformecomo de guarda parques de un País lejano. - ¿Te refieres al borracho? Respondió Juan José conotra pregunta. – Si - afirmó el guía de safaris. Juan José no atinaba a identificar definitivamente suvestimenta. La detalló y pudo leer “Cazador de Sueños” en el sombrero de pescador marrón quellevaba puesto. – Lo monté en mi carro cuando vi que una poblada parecía querer lincharlo – dijo
  3. 3. Juan José respondiendo a la primera pregunta. El Joven le contó de las innumerables veces queMocho había sido salvado de la muerto cuando estando ebrio corría del Bar de Billar del pueblocercano. Los vecinos de Caimancito ya se la tenían jurada y solo esperaban que se desmayara paracobrarle todas las deudas vencidas. Juan José se registró en la posada, se fue a su habitación para darse una ducha yrefrescarse del viaje. Como nuevo, salió de su habitación, vio al joven de nuevo y se le acercó - ¿Enqué sitio puede uno conseguir comida en este pueblo? – le preguntó. – Yo voy a comer unsancocho de pescado en el rancho de maíta aquí al lado. Si quieres me acompañas y asíalmorzamos juntos – Caminaron escuchando el bullicio del pueblo. Entre la rockola repotenciadacon estruendosa música del vallenato colombiano y la salsa brava que venía de la plaza. Eraviernes y ya todo el pueblo se alborotaba para las fiestas del fin de semana. Ambos se sentaron en la mesa, al lado del muelle, viendo el los reflejos del aguailuminando el plato de sopa que tenían al frente. Conversaron por horas. Juan José se enteró quese trataba de “Leo, el León” un joven que había conocido de niño pero que ya de adulto susaventuras recorrían el mundo entero. Se había convertido en un aventurero buscador de tesorosdesde que su maestra de preescolar lo reprendió por dibujar una mano sangrienta en una de sustareas para la casa. Explicaba Leo que trataba de fotografiar la leyenda de la mano del NegroIfigenio que su padrino le había contado en las sabanas del llano sureño. Aquella mano que elfantasma del Negro Ifigenio buscaba todas las noches después de haberla perdido en el molino decaña de azúcar que el patrón le obligó a reparar sin su consentimiento. El mismo negro quedeambulaba por las noches con el tocón del brazo sangriento aterrorizando a los llaneros delmedio. Desde esos días Leo, el león había aprendido de física cuántica, el poder de los vasoscomunicantes, la fuerza de la energía hidráulica, las pesas comparadas y la matemáticadescriptiva para descifrar los códigos cifrados de los tesoros escondidos. Había viajado desdeSuramérica por el Caribe y hasta el norte que da con el sur de Canadá. Millones de personasconectadas con sus peripecias de alto vuelo. Juan José escuchaba maravillado de tantas andanzasen tan corta edad. Del cortejo de quinceañeras hasta las esposas a distancias de años luzsincronizadas con el coraje de Leo, el león. Había llegado hasta la Punta de Araya porquedescubrió entre sus estudios de árabe, que los jeroglíficos de las pirámides, apuntaban a las nievesperpetuas de las minas de sal. Allí estarían, según Leo, el león, los secretos del mejor diseñoestructural para bomba mecánica que aún no se había inventado. La bomba que serviría paraalimentar con hechos las promesas pasadas y futuras. De repente se escuchó un canto relajante yque Juan José tenía veinte y dos años sin escuchar. Volteó y desde lejos supo que era la Jorobadade Nipón. Ella le saludaba con la misma ternura y cariño que juan José sintió al conocerla. Esta vez la jorobada estaba acompañada de su hija, una juguetona hermosa y rozagantepor los cariños trasmitidos desde la leche materna con la teta de su madre. La tierna criatura lesaludaba con gestos de amor y esperanza de un futuro promisorio sembrándolo para el universoentero. ¿También conoces a la Jorobada? Preguntó Leo, el león extrañado mientras no paraba de
  4. 4. contar que eran amigos desde que la conoció en Japón desde que era perseguida por los Samuráisdel Emperador Sombra de Shogun. – Pues claro que la conozco. Es mi amiga desde hace más dedos décadas cuando la vi por primera vez con su vientre esplendorosamente bello cargando a suhija antes de nacer. Ese día, con la garganta seca, el cerebro nublando su vista, la respiración entrecortada porla taquicardia que tenía desde que su esposa lo despertó en la mañana, Juan José, se dirigía en sucarro por la avenida que costeaba el muelle de la marina. El sol brillaba los dorados de la playamientras las palmeras saludaban a la brisa de esa mañana pero sentía mucho calor. Tanto, quepodía sentir los vapores del alcohol brotando de sus poros por la embriaguez que aún tenía desdela fiesta de la noche anterior. El paso era atropellado por su propia sombra debido a la resaca moral de haber llegadotarde al encuentro en la marina. Manolín e Inés ya se habían marchado. Juan José detuvo laneblina de sus ideas y pensó por un momento. – Deja la pelea mujer – le insistió a la Títi, sucompañera, que no cesaba de regañarlo por tamaña irresponsabilidad. – Por tu culpa, el niño nopodrá salir a pasear – Le seguía achacando en su cara. – Mira que irte de farra después delcompromiso con tus compadres que vienen desde la capital para disfrutar un día de playa –Repetía la Títi con el sonido del eco de todos los crímenes maritales cometidos por Juan Josédesde que se conocieron en aquel Liceo. Miró el reloj y levantó la vista hacia la puerta de la oficina que tenía cerca. Caminó unosmetros y se detuvo para golpear la puerta con los nudillos que parecían sangrar por el dolor de laincredulidad. Alguien abrió la puerta. – Buenos días mi amor. ¿En qué puedo ayudarte? Preguntóla secretaria. Juan José se apresuró a conversar con la intención de tapar la voz de la lindamuchacha que le atendía vestida con ropas de prostíbulo playero. – Quería saber si me puedenayudar a comunicarme con el Shangri-La – Atinó a decir luego de armar todo un rompecabezas depalabras atropelladas. – Claro que sí – respondió Josefina cuyo nombre resaltaba desde elsujetador que llevaba puesto. – Atención Shangri-La, Shangri-La, aquí Marina – dijo por la radio. –Adelante Marina – se escuchó por los altavoces de escritorio. Ahora la brisa acariciaba plácidamente su rostro, el olor a mar despertaba la sonrisa y lasnubes saludaban desde el azul del cielo que tenía de fondo. El calor del sol parecía funcionar comorelajante alegre mientras el taxi bote se acercaba al destino del grupo en el Shangri-La. El día lecomenzó a sonreír a José. Una vez dentro del barco, su compadre Manolín le abrazó mientras le presentaba al restodel grupo con quienes iba a la expedición submarina para conocer los tesoros escondidos que elmismísimo capitán Nemo había guardado hace siglos en sus viajes de niñez. Eran personas quevenían de varias partes del mundo porque habían nacido en la pequeña Venecia, hijos deinmigrantes europeos algunos y otros tantos de sus raíces autóctonas como los indígenasCumanagoto y Guaiqueríes. Alegres todos contando su travesía por la carretera que venía de lacapital contaban con una sonrisa, las peripecias del viaje. Juan José podía ver a la distancia, sobre
  5. 5. la cubierta, naiboa, cambur, queso blanco y los vasos que aún contenían restos de los jugosguanábana y níspero que expenden por esas vías. El Nipón, como le decían cariñosamente por sus rasgos japoneses, se acercó a losaventureros y les dio un pequeño tour por el Shangri-La. La cocina era amplia para ser un botemediano sin embargo contaba con los implementos propios de las abuelas criollas fusionados conla tecnología asiática propia del mar moderno. Budare, licuadora, cocina con cuatro hornillas,plancha para emparedados, nevera y un televisor acompañaban a Matilde mientras bailaba calipsopreparando el almuerzo de ese día. Más abajo, los tres camarotes con baño incorporado seríanutilizados por mujeres, hombres y niños, en ese orden, para cambiarse de atuendo luego dequitarse la sal de las olas del mar. Más arriba de la cubierta de madera pulida, estaba la torre decomando que utilizaba el Nipón, quien además de navegante, complicaba su acento a hablarpronunciar los términos que había aprendido en sus clases de computación. Curiosamente, JuanJosé logró ver un asador parecido al que utiliza para preparar las parrilladas en el borde del áreaverde a la entrada del edificio donde vive y que estaba marcado con el aviso de “Barbecue Area”que el canadiense de la junta de condominio había donado en solidaridad con los hermanos quehabía encontrado gracias a las pruebas de ADN que consiguió hacer de unos huesos encontradosen el Machu Pichu. Títi ya se reía a carcajadas de las anécdotas del viaje de los compadres. Bromeaba decómo, adrede, frenaba el carro en forma brusca para despertar a Juan José que se dormíamientras ella manejaba por la carretera. En su interior ella sabía que lo hacía como castigo por larabia que le hacía sentir su esposo, cada vez que incumplía su promesa de dejar atrás sus tiemposde farra en favor de la tranquilidad del proyecto de vida que se habían trazado pero que el muyvagabundo rompía todos los viernes para luego repetir las mismas promesas durante todo el finde semana. Manolín y Lali se divertían un mundo conociendo de las travesuras de su compadre perosiempre solidarios con la comadre como estaba escrito en la biblia de los compadres, una especiede libro sagrado y fraternal que servía como guía para orientar a la humanidad entera en caso detropezarse con algún conflicto en esa unión. En ese libro se conseguían las conductas a regir parael momento de descubrirse una fuga a los juegos de dominó, los encuentros fortuitosextramaritales y el guión a seguir en caso de presentarse alguna situación sin notificación previaque debía argumentarse con un “Me hubieras avisado antes compadre, la comadre me agarrófuera de base. No sabía que decir y me iba a meter en problemas a mí también” Repuntaba el día en forma alegre lleno de los colores tropicales que se paseaban al son dela salsa que salía de un reproductor viejo pero potente. Se podían percibir los fogones trinitariosimaginarios que se hacían realidad con los aromas del pollo al curri que salían desde la cocina delbarco para dejar su estela de sabor junto con la espuma que salía los motores marinos cuyosonido arrullaba la modorra de Juan José, extasiado con la inmensidad en la belleza del parqueMochima.
  6. 6. Juan José despertó de la plácida hipnosis justo cuando el Shangri-La paró su marcha.Levanto su mirada hacia la torre de mando y distinguió al Nipón por entre los reflejos de lasestrellas de mar. Daba instrucciones importantes así que Juan José se apresuró para escuchar decerca. – Los tanques ya están llenos de aire pero chequeen la presión cuando conecten losreguladores – dijo mientras se colocaba su panamá Jack. Juan José bajo rápidamente las escalerashasta uno de los camarotes que estaba vacío y se quitó de ropa rápidamente. Se puso losmocasines y el traje de baño que la Títi le había comprado hace una semana. Al llegar a la cubierta se dio cuenta que estaba retardado. Todos los buzos ya tenían susequipos colocados. Volteó al banquillo de la borda, frunció el ceño. Ni modo, solo quedaba untraje rosado de neopreno. Lali se reía señalándolo mientras Juan José lo enfundaba con torpeza yesfuerzo por lo estrecho de las piernas. – Compadre, eso le pasa por no seguir la agenda de hoy.Ahora le toca ponerse el mío – Juan José apretó el respirador y dejó salir el aire comprimido comodiciéndole a su comadre que se callara para dejarlo concentrar. Se colocó los guantines, ajustó elcinturón de plomo, el visor y las chapaletas que combinaban todos con el mismo rosado del traje.El Nipón lo ayudó a ponerse el morral con el tanque de aluminio. Se sentó de espaldas al borde,apretó el visor con la mano derecha, cerró los ojos y se dejó caer al vacío. Abrió los ojos al sentir el sonido espumante del mar acariciando sus oídos. Luego, silenciototal. Se llevó el manómetro a su pecho por encima del hombro derecho. Las agujas parecíanmoverse con el vaivén de la corriente. Tocó el lado izquierdo de la cremallera del chaleco y apretóel botón para desinflar un poco el compensador. La presión del aire, la profundidad, el volumendel tanque y el peso compensado parecían estar en orden. Bajó su mirada y pudo ver al grupounos metros más abajo que le hacían señas para que se les uniera. Inclinó la cabeza y comenzó adescender. Comenzó a sentir la tranquilidad del silencio. Se sentía gravitando como imaginaba lohacía los astronautas por las películas que había visto. Su cuerpo se refrescaba y sintió su cabezamucho más ligera. Todo le era más liviano. Los colores aún más vivos que cuando se levantó en lamañana. Decidió no ver más el color rosado de su equipo porque le quitaba la tranquilidad que leproporcionaban los demás colores en el caleidoscopio del mar tropical. Gratamente extasiado se sentía en un mundo extraterrestre y extrasensorial. El coralcobraba vida en colores que le recordaban las guacamayas en vuelo pero en cámara lenta.Amarillo, anaranjado, azul, rojo y verde eran los que se veían más alegres cantando a coro con losrayos del sol. Comenzó a detallar y pudo identificar al cangrejo solitario rosado, a un damnificadoladrón de inmuebles, al pez loro, un mero rayado y a un grupo de sardinas pequeñas desfilando alritmo del redoblante sincronizados todos que parecían confundirse por la figura de una paredplateada con ruedas por la increíble movilidad en bloques. A su derecha, alguien que no lograba identificar por la máscara le hacía señas con el pulgarhacia abajo. – Nerón me ha ordenado matar al gladiador – se preguntaba Juan José mientrasapretaba sus dientes al respirador para sonreírse de sus ocurrencias. Le estaban indicando bajarun poco más para que pasara su mano por encima de algo que asemejaba a una cabellera larga de
  7. 7. tinte dorado. Se quedó maravillado al observar como desapareció el pelo al pestañear para dejaral descubierto un inmenso cráneo sin huesos, un cerebro blanco sin latidos donde se escondían loscabellos de esa figura que hasta hace segundo le hizo recordar a las sirenas nunca fotografiadas enlos libros que Herman Melville nunca pudo fotografía para ilustrar Moby Dick porque en 1851 aúnno se descubrían los colores del océano. Seguía soñando despierto Juan José sin percatarse que, en una pequeña cueva contigua,una figura lo atraía con gestos del bebé que aprende a apretar sus deditos llamado a su mamá.Curioso se le acercó aún más, inclinó la cabeza para ponerse boca abajo y no levantar arena con elmovimiento de sus pies. Dejó salir un poco más de aire de su chaleco y bajó un poco, casi podíatocar con su visor el puñito del niño. De repente el puñito se convirtió en un brazo. Sorprendido,se volteó sin dejar de quitarle la mirada. Entre la carrera del pensamiento y los latidos del corazónpudo retratar mentalmente al animal. Chequeó su archivo y logró asociar la fotografía intelectual.Efectivamente, se trataba de una Morena caribeña, prima de Helena del Mediterráneo. No dejaba de ver como se empequeñecía como si la estuviese observando desde unmicroscopio lunar retrocediendo sus lentes. Sintió dolor de cabeza y los ojos cansados. Levantó elmanómetro cuando logró estructurar las ideas no sin antes asegurarse la Morena ya no se veía porningún lado. Quince metros más tenía. La Morena no corrió despavorida. Era Juan José que sindarse cuenta por la mirada concentrada en la figura había descendido en un tiempo que no podíacalcular. Se tranquilizó. Ajustó su ritmo cardíaco con una infusión de tranquilidad. Miró a sualrededor y notó que se había alejado del grupo. Sacó su cuchillo y golpeó el tanque con la culata.El grupo volteó a ver de dónde venía el sonido y lo vieron pidiéndoles que aguardaran por él. Seaseguró bien que habían entendido sus señas y se dejó caer un poco para sentarse en el fondo. Los ojos le ardían y los sentía como aprisionados por unos pulgares imaginarios. – Debocompensar la presión pensó - Se acomodó mejor, bajó la mirada y mientras colocaba las manos enel visor sintió como las nubes le tapaban el color del fondo. Separó el visor de su cara y levantó lacabeza para dejarle entrar aire del respirador. Se lo ajustó nuevamente y notó que ya no estabaempañada la vista. Giró su cabeza como orando al cielo. Se quedó inmóvil sin siquiera soltarglobos de aire. Solo podía ver la magnanimidad de ese vientre de casi 15 metros de largo. Setrataba de una ballena jorobada. Extasiado por la belleza se concentró en los detalles. El color azul, gris, blanco y negroadornaban el canvas de su cuerpo. Azul para resaltar su tranquilidad y placidez al nadar. El Blancopureza para el alma que se combina con gris pizarra de aprendizaje para esconder los coralesnómadas abordo. Un negro sobrio de solemnidad a sus clases de notas musicales para recordar asu amada con su canto. La jorobada no veía a Juan José pero estaba seguro que le daba saludabacon su aleta derecha en forma personal y sincera en señal de reconocimiento con agrado. Sedeslizaba como una fortaleza construida sin ruedas pero se movía con el susurro del mismo DiosTritón que, con su trompeta de caracol, agradecía a Poseidón elevando las olas por disgustos conun humanidad insensata o calmando su corriente para proteger a sus hijos más viejos y sussúbditos más antiguos.
  8. 8. La observó alejarse sin voltear. Juan José seguía maravillado y atónito. Sacudió su cabeza,se hizo la señal de la cruz para agradecerle a Dios haberle permitido mirar de cerca parte de suvastísima obra. Volteó a su alrededor y notó que no podía distinguir al grupo. Giró su cabeza haciaarriba y a su izquierda y pudo ver el casco del Sangri-La. Presionó el botón de su chaleco. Mientrassubía, cerró los ojos como tratando de grabar las imágenes que había presenciado como unapelícula a colores de una parte de su vida. Llegó a la superficie, se colocó de espaldas y pedaleóhasta llegar a la cubierta para subir. Arriba le esperaba un ayudante del Nipón quien lo atendió para quitarse la mochila con eltanque. Sentado, tiró de las abrazaderas posteriores de las chapaletas y se zafó de ellas. Los ojosle ardían mucho. Casi se arrancó la careta del rostro que le parecía estar tirando de la tapa de unacompota de manzanas por el sonido de la succión que generó al desprenderla. Sentía el calor y elbrillo del sol quemándole el rostro pero no distinguía porque las lágrimas no le permitían ver.Escuchó la voz del Nipón acercarse junto con los pasos del instructor quien insistía en que abrieselos ojos. Juan José daba instrucciones a su cerebro para abrir las ventanas de colores. Los párpadosno levantaban en rebeldía por el trajín. Poco a poco lo levantaron entre todos y escuchó decir aalguien – Se trata de un “Mask Squeeze” Juan José pidió explicaciones de ese término importado mientras el instructor lo ayudabaa quitarse el traje de neopreno rosado. – Ocurre por no haber compensado bien la presión dentrodel visor. Tendrás que esperar a que se nivelen los vasos sanguíneos para poder abrir los ojos –Indicó el especialista. Sin embargo, Juan José solo hablaba de la ballena que había visto, loimpresionante de la tranquilidad y paz que sintió al verla. – Esa es la Jorobada de Nipón- Ahoraera el ayudante del capitán quien hablaba. – Él fue quien la recibió por primera vez en la bahía –Aun aturdido por los agradables sucesos, sin preocuparse por la falta de visión, Juan José serecostó en el camarote y empezó a soñar con la Jorobada de Nipón. Ya en la orilla de la playa en la bahía de pozuelo, estaba sentado Juan José, treinta añosdespués, oteando la brisa marina con los poros del corazón saboreando los colores del dulce sol yabrazando el aroma de los gratos recuerdos. A lo lejos, en el mar, podía ver alguien con losaludaba. Se montó en un peñero para acercarse. La reconoció al instante, era la hija de laJorobada de Nipón. No se veía bien. Todo su cuerpo lleno de cicatrices, navegaba lento y como sinenergía de vida. Juan José se le acercó. Ella le dejo escapar una lágrima que parecía venir del guiñotierno de sus ojos. – Por Dios hija, ¿Qué ha pasado? Le preguntó a la malherida Ballena. – Hellegado tarde Juan José. No pude arribar a tiempo como le prometí a mi madre- respondió con uncanto de dolor no por las heridas sino por un corazón con sentimiento destrozado. Sin hablar, le contó toda la historia. La Jorobada de Nipón, junto a su hija, había huido delJapón perseguida por la indiscriminada matanza de toda su especie. Se había refugiado en el marArábigo para refugiarse en sus cálidas pero apropiadas aguas. Sin embargo, la Jorobada de Nipónhabía quedado muy mal herida y padeció por años en lecho de muerte. Se mantuvo viva paraconvencer a Tritón de que no se enojase. Prolongó su agonía para convencerlo de que la
  9. 9. humanidad tenía sentido y que ella se sentía responsable por no haber trasmitido bien el mensajede Dios al crear el Universo. Tritón, poco a poco fue cediendo y le concedió el beneficio de la duda a la Jorobada deNipón. Se tragó su furia y se retiró a orar. Durante ese descanso, la Jorobada de Nipón le enseño asu hija todo lo que había visto y las bondades de un planeta en armonía de amor con todos susseres vivos. Con cariño y resentimiento la fue educando para la vida en concierto con otrasespecias conectadas por la energía divina que los une unos a otros. Se centró en la belleza de laorquesta en conjunto de seres produciendo paz para una tierra grande en amor pero pequeña ensu tamaño proporcional con las galaxias. Estando en esa pausa, los pueblos árabes levantaban su voz de protesta por la dictadurade hombres férreos con la violencia pero débiles en su moral. Desde Israel y Palestina pasando porIraq, Egipto, Irán, Yemen, Sudán, Omán, Eritrea y Kuwait, los gobernantes no acabaron porcomprender la importancia de la unión de las personas sin necesidad de fronteras que Dios jamástrazó y que ningún astronauta ha logrado delinear desde la estación espacial. Por esa razón, la Jorobada de Nipón le pidió a su hija que buscara los amigos conocidos enel mundo navegado juntas para hacerles ver lo aprendido con la esperanza de que a través de susredes sociales de conocidos y otros por conocer pudiesen abrir los ojos de los no muchos que aúnno los han abierto. Comenzó entonces su hija a recorrer el mundo pero fue atrapada por el fuegocruzado de las guerras entre las tribus del mundo que peleaban por los tesoros encontrados sinhaberle dedicado tiempo a buscar los más preciados y aun escondidos en el corazón del que no seve así mismo. La jorobada de Nipón falleció. Su hija aún no alcanzaba encontrar la jovencita de tez demilagro azul, al profesor, las muchachas y otros tantos. Manolo, Lali y algunos tantos se habíanmudado a la madre Patria donde no los podía localizar. Atinó a alcanzar a Leo, el León, que junto asu amigo más preciado, José, aquel a quien amaba como a un hijo y quien lo admiraba a él como aun padre, seguía librando aventuras y alcanzando vencer batallas, unidos, como los mosqueterosdel nuevo siglo. Pero no pudo conseguir a Juan José a tiempo. Tritón se enojó mucho, levanto su trompeta de conchas y elevó las corrientes marinas. ElTsunami alcanzó a Japón el día de ayer. El desastre natural más grande sufrido en esa zona desdeel año 1.900. La ballena no dejaba de evocar su canto de dolor sincero, de profundo conocimientocierto. Juan José la acariciaba con la mano del corazón despierto a través de su mirada reflejada enel horizonte del cerro del Morro. Mirando con mucho desconcierto sin conseguir palabras. - ¿Quépuedo hacer? – logró preguntar con un suspiro. – Solo prométeme que contarás la historia con elmensaje que mi mamá te mando conmigo – respondió la ballena sin ánimo. – Dale por hecho. Tuhistoria la haré llegar por los cuatro vientos –
  10. 10. La ballena se animó más por la promesa de un mundo mejor. Se volteó de un lado y saludóa Juan José con su aleta dorsal derecha. Juan José se alegró por verla jugueteando de nuevo,bañando el aire con su chorro alegre de los mares recorridos. La retrató para el recuerdo. Seencaminó motivado por la esperanza del mundo que cada día está más cercano a todos. Llegó acasa y llamó a todos los amigos de la historia de su vida para comenzar a escribir juntos el espíritujubiloso de una nueva era. <<< F I N >>>

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