Gabriel Cebrián      2
Los fuegos de San Juan© STALKER, 2003info@editorialstalker.com.arwww.editorialstalker.com.arIlustración de tapa: “Fuegos d...
Gabriel Cebrián Gabriel CebriánLos fuegos de San Juan           4
Los fuegos de San Juan          5
Gabriel Cebrián      “En aquellos días los hom-bres buscarán la muerte, y no laencontrarán; querrán morir, pe-ro la muerte...
Los fuegos de San Juan          7
Gabriel Cebrián            PRIMERA PARTE                          IUnos movimientos bruscos, y luego el ruido siseantede l...
Los fuegos de San Juanma neumático que los frenos, descendió los escalo-nes y puso pie, finalmente, en Cañada del Silencio...
Gabriel Cebriáncorporó para recibirlo. Gaspar amontonó sus valijasy bolso sobre el piso y saludó:-Buenas tardes.-Buenas ta...
Los fuegos de San Juan-Está en la Avenida Belgrano al 200.-Eso también lo sabía –aclaró secamente. –Solamen-te he venido a...
Gabriel Cebriánrecogió su equipaje, y cuando iba a abandonar laoficina, oyó que el viejo le decía:-Cualquier cosa que vea ...
Los fuegos de San Juantomar responsabilidad respecto de sus propias deci-siones.Llamó su atención el hecho de que nadie ci...
Gabriel CebriánGaspar rebuscó en sus bolsillos y dio con el cambiojusto. Se lo alcanzó hasta el mero borde del rec-tángulo...
Los fuegos de San JuanYa sentía que la base de su espina dorsal finalmentecedería y se quebraría por el sobrepeso, cuando ...
Gabriel CebriánLas ingresó, las depositó en el piso, y antes de echarun vistazo al resto de la casa, se arrojó en un sofáv...
Los fuegos de San JuanEl Cristo propiamente dicho, absolutamente conven-cional y de una aleación distinta a la de la cruz ...
Gabriel Cebriánla en la biblioteca sería un misterio. Aunque el restodel mueble se encontraba vacío, y todo daba a pen-sar...
Los fuegos de San Juanpero pensándolo bien, con toda seguridad tal sensa-ción se debía al cúmulo de circunstancias que est...
Gabriel CebriánDecidió ir a dar una vuelta por el pueblo, lo que re-sultaría en un todo de acuerdo con lo que suele ca-rac...
Los fuegos de San Juany oficinas del diario local, llamado “La Voz de Ca-ñada”, según la pintura adherida a los vidrios de...
Gabriel Cebriánmatas, como si el mero hecho de saludarlo los dis-trajera de la minuciosa inspección ocular de la que lohac...
Los fuegos de San Juantro de una misma estructura psicoambiental. Ahoraparecía que tendría que vérselas con personas tan d...
Gabriel Cebriány planteara su situación. Intrigado, dio voz a algunosinterrogantes. Como gozando de los aires de miste-rio...
Los fuegos de San Juanandurriales, y luego abandonó la mesa sin dejar pro-pina, esta vez, sin pronunciar el deseo de buena...
Gabriel Cebriánnegrura neblinosa a una niña rubia, enfundada en u-na campera cuadrillé con capucha, muy bonita y deojos du...
Los fuegos de San Juan-No soy eso que tu dices.-Eso es obvio.-Pero tampoco estoy mintiendo. No soy una peque-ña. O sí, per...
Gabriel Cebriántablas. Aquí, en Cañada del Silencio, puede resultarun juego muy peligroso, Gaspar.-¿Cómo sabes mi nombre? ...
Los fuegos de San Juan-Sabes de lo que hablo.-Estás rehuyendo a mi pregunta. No me hagas repe-tirla. Caería en eso mismo a...
Gabriel Cebriánnombre, y ahora pretendes que lo he adivinado. Ypor otra parte, aseguras que no conoces el mío, cosaque sé ...
Los fuegos de San Juan                         IV-¿De qué se trata todo esto? ¿Quién eres?-Agregaste una pregunta y reiter...
Gabriel Cebriáncontinuó diciendo: -Anda, grandulón, camina. Erescapaz de enfermar si sigues humedeciéndote.La niebla era c...
Los fuegos de San Juan-Está bien, pero te aclaro que tengo mucho sueño.No tengo ninguna gana de andar respondiendo lasmism...
Gabriel Cebrián-Tampoco te reiteres tanto, tú. Ya has dicho eso mis-mo de un montón de cosas en un rato, y sin embar-go, o...
Los fuegos de San Juancordó que una niña desconocida y misteriosa, se ha-bía presentado ante él como materializada en una ...
Gabriel Cebriáncula de baldosas, y más allá, el pasto algo crecido.Hacia su izquierda, un galpón abierto en el que seveía ...
Los fuegos de San Juanmarchito hasta quedarse con una pequeña nuez. In-tentó romperla con las manos, pero resultó demasia-...
Gabriel Cebriándecir nula, capacidad de comunicación de sus habi-tantes. Mientras no tuviera que volver a hablar conel age...
Los fuegos de San Juan-Ah, pero sabe qué pasa, éste es un pueblo pequeño,vea.-Sí, lo he notado –observó, tratando de dar a...
Gabriel Cebrián-Ahá.Que yo recuerde, hace unos cuantos años la ocupóun bancario, que trabajaba acá en la sucursal delProvi...
Los fuegos de San Juanyo jardín, la noche anterior, había cobrado materiali-dad la fantasmal niñita.                      ...
Gabriel Cebriáncomo le había dicho momentos antes el Cholo Ren-tería, mera desconfianza inicial. El diligente Doctorera un...
Los fuegos de San Juantuve oportunidad de comprobar... –se interrumpió, e-valuando la eventualidad de parecer arrogante o ...
Gabriel Cebrián-¿Perdón?-Digo que ya lo he tratado durante unos breves mi-nutos; y si bien mi temperamento analítico me ha...
Los fuegos de San Juan-Déjeme agasajarlo, al menos en la primera comidaque tomaremos juntos.-Bueno, entonces... ¿tiene una...
Gabriel Cebrián-No, porque anoche pasé por aquí... ¿vio la nieblaque se levantó anoche?-Sí, es común eso para esta altura ...
Los fuegos de San Juan-Mire, yo soy médico clínico, sería una muy lega o-pinión, la mía. Lo único que puedo decirle es que...
Gabriel Cebrián-No, nada, sencillamente, me desconcertó.-Le gusta jugar el rol de adivina. Hay veces que de-muestra mucho ...
Los fuegos de San Juan                          VIIEl diálogo había derivado en generalidades, tales co-mo la descripción ...
Gabriel Cebrián-Ah, estabas aquí ya –dijo el Doctor. –Creo que yase conocen, ¿no?-Yo no sabía... –comenzó a aclarar Gaspar...
Los fuegos de San Juando, algo oscuro, con rodajas de papa, guisantes, ce-bolla y unas porciones de carne cortada en forma...
Gabriel Cebriánche que se había producido en el diálogo, el Doctorse apresuró a comentar:-Mi hija ha tenido oportunidad de...
Los fuegos de San Juanera lo suficientemente ambigua como para neutrali-zar la evidencia en su contra. Sin embargo, Sanjuá...
Gabriel Cebrián-Ya le dije, es una necesidad social que tenemos quecubrir. Y bajo ningún punto de vista permitiría queuste...
Los fuegos de San Juancemos con alguna de las habitaciones de aquí mis-mo.-Oh, no, no me gustaría alterar el orden de esta...
Gabriel CebriánEntró nuevamente Haydée, retiró los platos y colocólos de postre. Se retiró y volvió al instante con unaesp...
Los fuegos de San Juan                         VIIILuego del estampido, la lata de aceite vacía que es-taba momentos antes...
Gabriel Cebrián-Bueno bueno bueno bueno... ¿era usted el que nosabía nada de armas?-Está bien, he visto televisión, tambié...
Los fuegos de San Juantas. Las latas no se espantan. Hay que tirarles albulto, rápido, ni bien las ve que se espantan. Con...
Gabriel Cebrián-Ve, no me equivocaba en nada, respecto de usted...es un joven muy agudo, tal como le dije. Dígame,por favo...
Los fuegos de San Juan-En cierto modo me estoy previniendo, dado que setrata de cuestiones tan extravagantes y supersticio...
Gabriel CebriánEra tal el pisadero que cuando alguien observó quelos náufragos, en todo caso, debían haber dejadohuellas e...
Los fuegos de San Juanpersonas, algunas que normalmente parecen decha-dos de ecuanimidad y sentido común, diciendo quehan ...
Gabriel Cebriánto a los mensajes recibidos. Dicen que hablaba una yotra vez las mismas cosas.-¿Qué clase de cosas?-Que no ...
Los fuegos de San Juan-Sí, ella es la que manifiesta haberlo visto con másfrecuencia.-Y también, según parece, Magdalena l...
Gabriel Cebrián-¿Respecto de la pequeña Annie?-Sí.-Ella me acompañó hasta casa, y me dio no sé quédejarla sola allí, en la...
Los fuegos de San Juan-Sí. Pero mientras me estaba asegurando que la niñaesa no se hubiera escondido en algún lugar de la ...
Gabriel Cebriánro, y hasta él mismo tuvo que vencer el tabú de sen-tirse un asesino y gatillar en dirección a las aves. Él...
Los fuegos de San Juandor cuando una serie de pequeñas luces titilaron so-bre la boca del aljibe. No podían ser otra cosa ...
Gabriel Cebrián-Olvídalo, sabes a lo que me refiero. No vuelvas ahacerlo, ¿me oyes? –Trató de reconvenirla severa-mente, m...
Los fuegos de San Juan-Estás un poco agresivo, conmigo. Que yo recuerde,no te he hecho nada. Solamente te acompañé hastaaq...
Gabriel Cebrián-Entonces deja de tratarme como a un párvulo al quelo están reconviniendo todo el tiempo debido a su in-exp...
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Los fuegos de san juan

  1. 1. Gabriel Cebrián 2
  2. 2. Los fuegos de San Juan© STALKER, 2003info@editorialstalker.com.arwww.editorialstalker.com.arIlustración de tapa: “Fuegos de SanJuan”, por el autor. 3
  3. 3. Gabriel Cebrián Gabriel CebriánLos fuegos de San Juan 4
  4. 4. Los fuegos de San Juan 5
  5. 5. Gabriel Cebrián “En aquellos días los hom-bres buscarán la muerte, y no laencontrarán; querrán morir, pe-ro la muerte huirá de ellos. Apocalipsis, 9.6 6
  6. 6. Los fuegos de San Juan 7
  7. 7. Gabriel Cebrián PRIMERA PARTE IUnos movimientos bruscos, y luego el ruido siseantede los frenos de aire del ómnibus despertaron a Gas-par. El vehículo estaba ingresando en la terminal deautobuses de un pequeño pueblo en la costa maríti-ma de la Provincia de Buenos Aires. Sintió que ledolía un poco el cuello, debido a la posición en quese había quedado dormido sin darse cuenta. Lo esti-ró, cabeceando en ambas direcciones. Sobre su plexodescansaba, abierto en la página en la que el sueñolo había sorprendido gradual pero inexorablemente,Autres écrits, de Jacques Lacan. Lo tomó, dobló elángulo superior de la hoja y lo cerró. A continuaciónpasó su mano por la comisura de la boca del lado de-recho, para quitarse los restos de saliva viscosa quehabían drenado mientras dormía. Miró por la venta-nilla. La tarde gris amenazaba lluvia. El pueblo lucíaentonces más sombrío y pequeño que cuando habíapasado por allí, el verano anterior. No sabía si iba aacostumbrarse a la vida pueblerina, ahora que lasuerte parecía estar echada.Luego de un par de frenadas quizá más bruscas de lorazonable, el ómnibus se detuvo en la plataforma.Solamente cuatro o cinco pasajeros habían llegadohasta aquel pueblo. Se incorporó, con el libro en unamano y un pequeño bolso en la otra, caminó hasta lapuerta que se abría ante él mediante el mismo siste- 8
  8. 8. Los fuegos de San Juanma neumático que los frenos, descendió los escalo-nes y puso pie, finalmente, en Cañada del Silencio.Vaya un nombre. Parecía concordar plenamente conla característica de parsimonia atemporal que se po-nía de manifiesto nomás era vista la aldea de casasbajas desde la loma en la que estaba emplazada laterminal. Ninguna persona a la vista, salvo las quedescendían el ómnibus detrás de él; solo tres perroscorriéndose entre sí y ladrando en la plaza de estiloantiguo, ubicada frente al escueto edificio de la dele-gación municipal, a su derecha.Esperó que le dieran su equipaje, cargó con sus dosgrandes valijas y preguntó al muchacho que recibíalos ticket y las propinas, por la inmobiliaria en don-de debían entregarle las llaves de la casa de la calleBelgrano, que había rentado unos días antes, a ins-tancias del médico del pueblo. El joven le indicó doscuadras a la derecha, pasando la Delegación, de lamano de enfrente. Todo quedaba muy cerca, allí; esoera, al menos, una ventaja.Luego de dos cuadras fatigosas, debido al pesado e-quipaje, encontró la oficina inmobiliaria. Dejó unamaleta en el suelo y accionó el picaporte, mas lapuerta estaba cerrada. A continuación se produjo unzumbido eléctrico potente, que en el silencio reinan-te lo sobresaltó, y la puerta se destrabó sin interven-ción alguna de su parte. La empujó para dar paso asu humanidad y los avíos, tomó la valija del piso eingresó en una oscura oficina. Un igualmente oscuroindividuo, detrás de un escritorio amplio que ocupa-ba casi la totalidad de la estancia, ni siquiera se in- 9
  9. 9. Gabriel Cebriáncorporó para recibirlo. Gaspar amontonó sus valijasy bolso sobre el piso y saludó:-Buenas tardes.-Buenas tardes –le respondió el hombre; serio, enju-to, algo calvo, con ojos sin brillo y profundas ojerasvioláceas y arrugadas. Entre ellas sobresalía una na-riz angosta pero alargada y en forma de pico que ledaba cierto aire de pajarraco. Una verruga rojiza so-bre el pómulo derecho completaba la tan poco agra-ciada fisonomía. Lucía un traje gris ceniciento, unacamisa blanca con cuellos puntiagudos, como se u-saban hace muchos años, y una corbata negra. Sos-tenía un cigarro de hoja de gran tamaño, a medio fu-mar y sin brasa, con la ceniza ingresando en el inte-rior del cilindro ya, entre el índice y el medio de lamano izquierda, la que apoyaba sobre el vidrio delescritorio y debajo del cual se podían ver vagamenteen la semipenumbra unas fotos familiares igualmen-te vetustas, al parecer.-Soy Gaspar Rincón –se presentó, mientras tomabaasiento aún sin ser invitado. La cortesía no parecíaser atributo de las gentes de por allí, si iba a tomarcomo parámetro a ese sujeto tan desagradable.-Ah, sí, encantado –Le respondió, sin tender siquierala desocupada mano derecha. –El Doctor Sanjuánme avisó que llegaba hoy. ¿Conoce la propiedad?-No.-Bueno, ya ha sido locada para usted –dijo, con undejo de impaciencia, cosa que Gaspar encontró im-procedente y afrentosa. Mas no dijo sino:-Ya lo sé. 10
  10. 10. Los fuegos de San Juan-Está en la Avenida Belgrano al 200.-Eso también lo sabía –aclaró secamente. –Solamen-te he venido a buscar las llaves.El hombre desagradable advirtió la animosidad quese había generado en Gaspar, y preguntó, con tonolejanamente contemporizador, si sabía adóndequedaba dicho domicilio. Gaspar asintió, aunque noera cierto. Solo quería munirse de las llaves y mar-charse de esa oficina tan pequeña y oscura, habitadapor esa especie de subhumano arrogante. Éste se le-vantó con cierta dificultad (circunstancia que bienpodría explicar, en todo caso, por qué no se había in-corporado para saludarlo), fue hasta un pequeño ar-mario ubicado detrás de su sillón; extrajo del bolsillosuperior de su pantalón las llaves que pendían de unllavero de cadena, escogió una y abrió la portezuela.Del lado interior de ésta pendían otros varios juegos,colgando de diversos clavitos rotulados cada uno poruna etiqueta pegada sobre ellos. Dijo, como para sí:“a ver... acá está”; tomó uno, cerró y trabó nueva-mente el mueble, en forma meticulosa. Gaspar estu-vo tentado de preguntarle si ocurrían muchos robosen ese pueblo, dada la seguridad que observara eranaplicadas al ingreso a la oficina y luego, también, alarmario. Pero no tuvo ganas de seguir intercambian-do palabras con el ceniciento sujeto. Los pueblos sonmás tranquilos en este sentido, según dicen. Así quetal vez fuera simplemente la paranoia del vejete. To-mó las llaves con cuidado de no hacer contacto conla piel apergaminada de la mano que se las tendía, 11
  11. 11. Gabriel Cebriánrecogió su equipaje, y cuando iba a abandonar laoficina, oyó que el viejo le decía:-Cualquier cosa que vea que no esté en orden, nosavisa.-Claro –respondió, y se marchó pensando que elcontrato y todas las demás formalidades, ya habríansido cumplimentadas por el Doctor Sanjuán. Mejor.Nuevamente en la calle advirtió que en la esquina,siguiendo la direción en la que había arribado a lainmobiliaria, parecía cortar una avenida. Se encami-nó hacia allí, y al llegar notó que era una calle de u-na sola mano, solo que un poco más ancha que lasdemás. Unas banderillas colgando de piolines quecruzaban la calzada y un cierto aire en la arquitec-tura, además de algunos comercios, sugerían que setrataba de una de las arterias principales de aquelpueblo. Sintió que si así era, pues bien, sin duda leiba a costar bastante acostumbrarse a tanta medianíapueblerina. En un principio, cuando recibió la ofertadel Doctor Sanjuán, hasta había elaborado fantasíasrománticas respecto de una existencia más natural,sana, simple y sencilla que la que había experimen-tado, ya que había nacido y crecido en la urbe capi-talina. Pero una cosa eran las proyecciones mentalesy otra la realidad, sí. Eso lo sabía muy bien, así queno era momento de mostrarse sorprendido. Había a-ceptado el trabajo, y debía acomodar su sistema a lanueva modalidad ambiental; debía, mínimamente, 12
  12. 12. Los fuegos de San Juantomar responsabilidad respecto de sus propias deci-siones.Llamó su atención el hecho de que nadie circulabapor allí, tampoco. Por un momento recordó los pue-blos fantasmas que había visto en los westerns cuan-do niño. Solo faltaba una bola de espinos rodando enel viento. Consideró entonces un error no haber pre-guntado al viejo de la inmobiliaria adónde quedabala casa. Pero ya era tarde para ello. Luego de per-manecer allí parado unos momentos, descansandolos brazos y la espalda, decidió tomar a la derecha.En esa dirección parecía haber más movimiento(bueno, era un decir; por un lado, la topografía ur-bana así lo sugería, y por otro, en dirección contrariala calle se terminaba apenas un par de cuadras másallá). En la esquina siguiente encontró una especiede garita de madera, casi sobre el cordón de la ve-reda. Había sido pintada quién sabe cuándo, dadoque la pintura celeste se había ajado y caído en va-rias partes de su superficie. Una especie de ventana,que se abría hacia fuera y quedaba colgando a modode puente levadizo, parecía cumplir una función demostrador. Ya a unos metros, se percató que se tra-taba de un kiosco. Se dirigió a la ventanilla. Desde laoscuridad interior, un par de ojos lo miraron sin pro-nunciar palabra. Era muy poco lo que podía versedesde fuera, y de algún atávico modo tuvo reminis-cencias de confesionario. Pidió una tira de aspirinas.Una mano morena se las tendió.-Un peso cincuenta –dijo escuetamente una voz gra-ve y aguardentosa. 13
  13. 13. Gabriel CebriánGaspar rebuscó en sus bolsillos y dio con el cambiojusto. Se lo alcanzó hasta el mero borde del rec-tángulo abierto, con la sensación que, de meter lamano allí, sería casi lo mismo que hacerlo en la jaulade un animal peligroso. La gente de esos andurrialesno parecía muy amigable que digamos, al menos conlos forasteros. Sí, la previsión acerca de las circuns-tancias existenciales en provincia habían sido quizádemasiado románticas. Aunque también quizá se es-tuviera apresurando y prejuzgaba. Ojalá así fuera.-¿Si es tan amable –preguntó finalmente, por necesi-dad y además para testear las últimas presuncionessociológicas que se había formulado,- podría decir-me cómo ir a la calle Belgrano al 200?Esta vez la respuesta no fue tan telegráfica, y tampo-co fue respuesta, sino repregunta:-¿Va a ocupar la casa de Belgrano 217?-Sí, pues. ¿Cómo lo sabe?-Hay muy pocas casa desocupadas en el pueblo.-Claro, debí suponerlo.-Una cuadra en el sentido en el que llegó aquí, ycuatro a la izquierda.-Muchas gracias.Se quedó esperando lo que para él parecía ser partede una liturgia inconciente, el consabido “de nada”.Luego de una pausa en la que su trivial y tácita de-manda interior se hizo evidente, y no hallando noobstante ello respuesta alguna, alzó las valijas, diomedia vuelta e inició el camino en la dirección indi-cada. 14
  14. 14. Los fuegos de San JuanYa sentía que la base de su espina dorsal finalmentecedería y se quebraría por el sobrepeso, cuando fuellegando al 217 de la calle Belgrano. Un par de cua-dras más abajo, siguiendo la pendiente, podía verseel verdor del campo. La casa era tradicional, no muyantigua. Un pequeño paredoncito, con dos pilaresentre los que se ubicaba una verja de alambre colorverde que alcanzaba los dos metros, quizá. Pordetrás de ellos, un espacio verde a modo de jardín,pero en el que solo había, en su centro, una palmeraenana. Y más allá, la casa amarilla, cuyo frenteconsistía en una ventana cuya persiana pintada deverde, como la verja, y una puerta de madera oscura.Volviendo a la línea de edificación, más allá del pa-redoncito con verja, una puerta de caño y alambresen igual estilo permitía acceder a una veredita debaldosas que llegaba hasta la puerta de madera; ydespués de otro pilar, un portón doble igualmenteconformado que verja y puerta exterior, permitía elacceso de vehículos a un pasaje que comunicaba conlos fondos, todo de tierra y pasto medio seco. En elfondo se distinguía un árbol de grandes dimensionesque después descubrió, era un nogal.Quitó el cerrojo mecánico de la portezuela, que ser-vía solamente para mantenerla en su sitio. Caminócon las manos libres hasta la puerta de madera oscu-ra, introdujo la llave y abrió. Un intenso olor a hu-medad salió a darle la bienvenida. Oteó una especiede sala, bastante pequeña, y volvió por las maletas. 15
  15. 15. Gabriel CebriánLas ingresó, las depositó en el piso, y antes de echarun vistazo al resto de la casa, se arrojó en un sofáverde a respirar el aire rancio, que de todos modos,sus agitados pulmones necesitaban.Girando la cabeza, hacia su derecha, pudo entrevergracias a la luz que entraba por la puerta abierta, unacama de metal. Eso era todo cuanto podía ver desdeallí. A su frente, una pequeña mesa ratona y un parde sillones individuales iguales en estilo al sofá do-ble en el que se había arrojado. A su izquierda, unaventana con postigos de metal, que de acuerdo a loprevisto desde afuera, daba al corredor donde po-drían aparcarse hasta un par de vehículos no muygrandes. Igual, él no tenía. Aún, ya que si la pagaque le había prometido el Doctor Sanjuán se hacíaefectiva, pronto lo tendría.Inspiró profundamente y se levantó mientras exha-laba. Tal vez fuera cierto eso que primero hacían loskaratecas, y luego los tenistas, boxeadores, etcétera,al proferir ruidosas exhalaciones para acompañar losmovimientos rápidos y esforzados. Fue hasta la ha-bitación que había entrevisto, y levantó la persiana.Al entrar la luz pudo ver la cama armada, con un a-colchado bordó bastante arratonado y tan desgastadoque en algunas partes se alcanzaba a ver la trama dela tela de base, amarillenta. Del otro lado, un roperovoluminoso y al parecer antiguo que hacía juego conla mesa de noche. La cama rompía el estilo, perobueno... al menos, hacía juego con un crucifijo debronce que presidía la cabecera, en cuyo pie alguienhabía puesto, quién sabe cuándo, una rama de olivo. 16
  16. 16. Los fuegos de San JuanEl Cristo propiamente dicho, absolutamente conven-cional y de una aleación distinta a la de la cruz quelo sostenía, no parecía ser un trabajo de fundiciónmuy prolijo que digamos. Gaspar, pese a la vincu-lación de su nombre con la tradición Cristiana, no e-ra un hombre creyente. Pero igual, el Cristo quedaríaallí. Estaba dispuesto a dejar las cosas como estaban,a no ser que por alguna razón lo entorpecieran omolestaran particularmente.Una puerta en la pared opuesta a la ventana daba aotro cuarto, acondicionado como escritorio, y de di-mensiones similares al anterior. No entraba allí luznatural. Probó el interruptor, y se percató que la e-lectricidad estaba activada. Una lámpara de variasbombillas, de las cuales solo dos funcionaban, se en-cendió. Era del tipo de las que tienen colgando figu-ras abstractas de vidrio, a modo de ornamento. Noestaba mal. Pudo ver entonces un escritorio de ma-dera oscura, con un sillón de base en cruz y sosténde resorte, tapizado de verde y cuyos brazos eran ta-blas curvadas que iban desde los costados del respal-do a los ángulos externos del asiento. Dos sillas y u-na biblioteca completaban el mobiliario. La bibliote-ca tenía un sector clausurado por una portezuela concerradura, en un todo análoga a la que había visto enla oficina inmobiliaria. Inmediatamente eso llamó suatención. Verificó que estaba cerrada, y comprobó asimple vista que las llaves que poseía no se corres-pondían con tal cerrojo. Tenía dos llaves, segura-mente la otra serviría para la puerta que daba a losfondos. Bueno, por ahora, el contenido de esa cajue- 17
  17. 17. Gabriel Cebriánla en la biblioteca sería un misterio. Aunque el restodel mueble se encontraba vacío, y todo daba a pen-sar que allí dentro tampoco habría nada.Prosiguió con el reconocimiento de su nueva mora-da. Una pequeña galería, al frente de esa segunda ha-bitación, un baño antiguo pero confortable, la coci-na-comedor de la cual podría decirse exactamente lomismo, y un pequeño cuarto en el cual solamentepodía permanecerse de pie, rodeado de estanterías a-dosadas a las paredes, que a todas luces únicamentepodía servir de alacena. Finalmente, la puerta dehierro y vidrio que daba al fondo. Comprobó la lla-ve, que anduvo perfectamente. Aunque la fragilidadde la puerta hacía relativa toda la seguridad que pu-diera aportar la a su vez rudimentaria y endeble ce-rradura. Bueno, en líneas generales, su vivienda noestaba mal, si uno podía habituarse a una casa deconstrucción antigua, en las afueras de una pequeñaaldea rural no muy lejana del mar, rodeado de genteque parecía permanecer encerrada y cuyo potencialde relacionarse socialmente resultaba casi nulo... to-do ello sin considerar, en otro orden, las vivenciasque podrían haber quedado encerradas allí, entre e-sas viejas paredes; experiencias de las personas –se-guramente numerosas- que habían vivido ahí. Sibien no era dado a consideraciones de tipo teosófico-espiritista, tendía a creer que las vibraciones emocio-nales, especialmente las intensas, podían generar at-mósferas que permanecían a través del tiempo, enlos lugares adonde se desarrollaron, impregnándolosde su característica. Sentía esa casa algo deprimente; 18
  18. 18. Los fuegos de San Juanpero pensándolo bien, con toda seguridad tal sensa-ción se debía al cúmulo de circunstancias que estabaatravesando, y no a una energía residual hipotéticaconcentrada en la vieja vivienda con el paso de losaños. Sí, lo razonable era pensar eso. IILuego de tomar un baño, desempacar, ordenar unpoco las cosas, comprobar que había vajilla sufi-ciente y cambiar la ropa de cama, advirtió que elúnico libro con el que podía ocupar la biblioteca delescritorio era el que había traído para leer en el viaje,detalle que podría considerarse menor tratándose deotra persona que no fuera Gaspar. Y ello sin contarque necesitaría sus libros para consulta ni bien co-menzara a desarrollar su actividad profesional. Aun-que, según parecía, la parquedad e incluso animosi-dad que había notado en el mínimo trato con la gentede allí, conspiraba contra las más elementales reglasque correspondían al debido intercambio comunica-cional en el que se basaba la psicoterapia, tal comoél la interpretaba. De todos modos, estaba volviendoa apresurarse y seguramente estaba prejuzgando otravez, a caballo de su estado anímico y de un par deexperiencias fallidas. 19
  19. 19. Gabriel CebriánDecidió ir a dar una vuelta por el pueblo, lo que re-sultaría en un todo de acuerdo con lo que suele ca-racterizarse como “la vuelta del perro”. De paso po-dría sondear y convencerse de que la gente de pro-vincia era jovial, espontánea y comunicativa, de a-cuerdo a lo que es usual oír, y lo que había tenido o-portunidad de comprobar en la Facultad, en el tratocon sus camaradas del interior.Mientras salía, ya de noche cerrada, recordó que elDoctor Sanjuán –a quien conocía únicamente porcorrespondencia electrónica- le había hecho saberque en Cañada del Silencio resultaba imprescindiblela concurrencia profesional de un psicólogo, dada lacaracterística peculiar de parte de sus habitantes, quehabía desarrollado una extraña fobia a partir de cier-tas fantasías y algunos hechos fortuitos, sin mayoresprecisiones acerca de una y de otros. Sonaba raro,mas la promesa de una paga importante, facilitadapor un subsidio estatal destinado para tal fin, y la e-ventualidad de hallar una rareza clínica que proba-blemente le permitiría desarrollar algún estudio o te-sis original, lo decidieron finalmente a abandonar lavida de ciudad para aventurarse en la empresa quecomenzaba. Eso, sin contar que estaba desocupado auna edad en la cual le resultaba ya muy molesto vi-vir a costas de su padre.Salió a la calle. Una niebla incipiente difuminaba latenue luz que proyectaban los pequeños faroles encada esquina. Tomó hacia su derecha, única direc-cion posible a no ser que su intención hubiera sido lade pasear por el campo. En la esquina vio los talleres 20
  20. 20. Los fuegos de San Juany oficinas del diario local, llamado “La Voz de Ca-ñada”, según la pintura adherida a los vidrios del la-do interior. Bueno, Cañada del Silencio al menos te-nía una voz. Enfrente se levantaba un formidablechalet de piedra, en medio de un cuidado y extensoparque. Era, sin lugar a dudas, la vivienda más im-portante del pueblo. Si bien no había visto mucho,no parecía haber mucho que ver, así que la conjeturaera por demás plausible.Siguió caminando, pasó por la inmobiliaria ya cerra-da a esas horas, llegó a la misma esquina que esamañana y la tomó en igual dirección. Antes de llegara la esquina del kiosco-garita, advirtió que sobre lavereda de enfrente había un edificio de dos pisos enel que funcionaba un hotel. A su frente, en la plantabaja, delante de la conserjería, se observaba un ser-vicio de bar. Sentados en las mesas escasamente ilu-minadas por una luz mortecina cuya fuente no le re-sultaba visible desde allí, vio a cinco o seis parro-quianos bebiendo y quizá departiendo. Hacia allí di-rigió sus pasos, atravesó la puerta transparente y o-cupó una mesa al lado de la vidriera, del otro lado dela puerta en el que estaban ubicados los clientes. Nomás se sentó, notó que era objeto de la más des-carada y meticulosa observación por parte de todoslos presentes, incluído el supuesto conserje y barmana la vez, que lo miraba apoltronado sobre el mostra-dor sin siquiera dar señal de querer atenderlo o to-mar el pedido. Ante esa situación, casi se vió obliga-do a pronunciar un “Buenas noches”. “Buenas no-ches”, le respondieron casi a coro y con aire de autó- 21
  21. 21. Gabriel Cebriánmatas, como si el mero hecho de saludarlo los dis-trajera de la minuciosa inspección ocular de la que lohacían objeto. Aprovechando que el encargado dellugar tampoco le quitaba los ojos de encima, le in-dicó por señas que fuera a atenderlo. Luego de unoslargos momentos durante los cuales la situación novarió, el hombre dejó de sostener su cabeza en lasmanos, separó los codos del mostrador, lo rodeó y seacercó hasta la mesa. Allí se quedó parado, sin decirpalabra. Por segunda vez en el día se sintió ofusca-do. Preguntó qué había para comer.-Especial de jamón y queso.-¿Solo éso?-Solo eso. O ingredientes de vermouth, si prefiere.-Bien, tráigame un Cinzano con ingredientes.El hombre, un gordo cincuentón, calvo, rubicundo yde asimismo rojizos bigotazos, sin decir más, diomedia vuelta y se marchó a preparar el pedido. Losdemás lo seguían mirando. Eran gente al parecerbasta, vestidos quien más quien menos, a la usanzadel paisano. Al menos dos de ellos, por lo que podíaver, usaban rastra de botones. En la mesa, al lado devasos de vino y platos, también descansaban dos otres sombreros criollos. Ya comenzaba a hartarse delescrutinio visual, por lo que giró su cabeza para mi-rar la calle desierta.Sería difícil. El poco ejercicio que había desarrolla-do en su profesión, siempre había sido con pacientesde su misma condición sociocultural, es decir, conpersonas de distintas edades y niveles económicos,pero inmersas en una misma atmósfera mental, den- 22
  22. 22. Los fuegos de San Juantro de una misma estructura psicoambiental. Ahoraparecía que tendría que vérselas con personas tan di-símiles a él mismo y a su experiencia, que proba-blemente debería iniciarse en los mecanismos inter-nos de funcionamiento de una visión diferente inclu-so en un nivel cósmico. Sería difícil, seguramente.Era todo tan extraño... incluso la forma en que habíatomado contacto con el Doctor Sanjuán. El veranoanterior, en ocasión de un breve paseo por la costa,estaba tomando una copa en un bar frente a la playa,casi a medianoche. En eso vio venir desde la costauna hermosa mujer rubia, en bikini, mojada como sirecién saliese del mar, aunque la temperatura y elviento no hacían muy apto que digamos el clima pa-ra tal actividad. Caminaba al acaso cuando lo vio.Inesperadamente, se dirigió a él y le pidió que le in-vitara una copa. ¿Cuál es tu nombre?, le preguntó nibien indicó al mozo que alcance un trago más. Ellase presentó como Magdalena. Gaspar hizo un co-mentario acerca de lo valiente que había que ser paraentrar al mar en esas condiciones, y ella le respon-dió, enigmáticamente: Oh, pero yo no he entrado almar. He salido de él. Le pareció gracioso, de modoque le preguntó si acaso era una sirena. Algo así, sí,puedes creerlo, respondió ella, mientras tomaba lacopa que le alcanzaba el mozo. A continuación, ellase había mostrado interesada por saber qué hacíaGaspar, y cuando se enteró que era un psicólogo de-socupado, tomó una servilleta y pidió una lapicera almozo. Anotó un E-mail, que resultó ser el del DoctorHilario Sanjuán, y le sugirió que se comunicara allí 23
  23. 23. Gabriel Cebriány planteara su situación. Intrigado, dio voz a algunosinterrogantes. Como gozando de los aires de miste-rio que parecían ser atributo esencial de su persona-lidad, Magdalena apuró la copa y comenzó a retirar-se. Gaspar, sintiendo que la beldad aquella se le es-capaba, preguntó finalmente si podían volver a ver-se. Ella le respondió que con toda seguridad lo ha-rían, si era que se comunicaba al correo electrónicoque acababa de darle. De más está decir que ésta,más que ninguna otra, fue la causa que lo llevó fi-nalmente a escribir.Ahora volvía el mozo-conserje, bandeja en mano.Depositó sobre la mesa un posavasos de cartón conpropaganda de Cerveza Quilmes, el Cinzano ya pre-parado, y los diversos platitos de ingredientes, sindecir absolutamente nada. Gaspar, que acostumbrabadecir “gracias” luego de ser servido, esta vez no lohizo.Al cabo de un rato, las miradas, ya un poco menos f-jas, dejaron de incomodarle, así que procedió a co-mer y beber más o menos tranquilamente.Seguía sorprendiéndole el escaso tránsito, tanto elvehicular como el de peatones. IIICumplió el trámite de oblar su consumición tan tele-gráficamente como parecía ser la usanza por esos 24
  24. 24. Los fuegos de San Juanandurriales, y luego abandonó la mesa sin dejar pro-pina, esta vez, sin pronunciar el deseo de buenas no-ches manifestado al ingreso. Salió a la niebla, ahoramucho más espesa, y comenzó a desandar el caminohasta calle Belgrano número 217. Los faroles sola-mente ofrecían un área blanca a su alrededor, en laque, esforzando un poco la vista, podían diferenciar-se las pequeñas partículas de agua en movimientoque constituían la cerrazón visual. Caminó pegado alas paredes, dado que las referencias visuales solo al-canzaban a una mínima distancia. Por un momentose sintió inseguro, vulnerable en aquel pueblo de-sierto y relativamente hostil, privado ahora inclusode una referencia visual adecuada. Llegó a la esqui-na de calle Belgrano y dobló a la izquierda, en direc-ción a su casa. Allí, los faroles eran aún más escasosy menos potentes, la blancuzca claridad se tornó a-hora oscuridad húmeda y fantasmal. Después de undía tan inquietante, solo le faltaba eso. Hallar su nue-va morada casi a tientas.Llegado que hubo a la siguiente esquina, un hueconegro pareció abrirse a su izquierda; entonces recor-dó el chalet de piedra con un amplio terreno a su al-rededor y se tranquilizó. Pero unos pasos más ade-lante se quedó congelado al oír una voz provenienteal parecer del lado ciego.-Buenas noches.Era una voz de jovencita, cristalina y melodiosa.Sintiendo su pulso latir en las sienes y todos los pe-los del cuerpo erizados, se volvió en dirección a lavoz y alcanzó a ver como materializándose desde la 25
  25. 25. Gabriel Cebriánnegrura neblinosa a una niña rubia, enfundada en u-na campera cuadrillé con capucha, muy bonita y deojos dulces de un tono claro, difícilmente precisabledebido a la escasa visibilidad. No debía tener más deonce o doce años. Pasado el sobresalto, respondió:-Buenas noches.Se quedaron viendo durante unos momentos. Él, aúncon un rictus de susto; ella, con una sonrisa apacibley despreocupada. Era la primera sonrisa que veía enaquel pueblo. Aunque el contexto era inquietante,por cierto. ¿Qué hacía una niña en la húmeda oscu-ridad de la noche, hablando confiadamente con unforastero, tan tranquila y tan segura de sí misma?Como parecía que podía quedarse así indefinida-mente, Gaspar le preguntó:-¿Qué estás haciendo ahí, en la oscuridad, en una no-che como ésta?-Lo mismo que todas las demás noches.-¿Saben tus padres que estás aquí?-No tengo padres.-¿No...-Bah, sí, debo tenerlos. Pero no sé adónde están.-¿Cómo es eso? ¿Dónde vives?-Aquí, en el pueblo. Bah, a veces. A veces me voypor ahí.-Quiero decir, ¿dónde es tu casa?-No tengo casa.-No te creo.-¿Por qué habría de mentirte?-No lo sé. De todos modos, no luces como una pe-queña abandonada que vive en las calles. 26
  26. 26. Los fuegos de San Juan-No soy eso que tu dices.-Eso es obvio.-Pero tampoco estoy mintiendo. No soy una peque-ña. O sí, pero solamente si te refieres al tamaño.-Ah, ¿no? ¿Y qué eres, entonces? ¿Acaso un fantas-ma que viene a asustarme?-Digamos que al principio lo logré, ¿no es cierto?Aquella inquietante aparición no se comportaba nihablaba como la niña que parecía ser. Gaspar sintiócómo el sobresalto del principio, que no había cesa-do del todo aún, se convertía en un miedo creciente.Mas intentó recobrar su aplomo diciéndose a sí mis-mo que era absurdo sentir temor de una niña, pormás rara que fuese.-Bueno –intentó llevar el diálogo a una instancia demayor concisión, -dime qué te traes.-¿Yo? –Preguntó la niña, con una ingenuidad tal quedifícilmente podía ser fingida. –Yo solo te deseé lasbuenas noches cuando pasabas por aquí –y luego a-ñadió, con ironía: -Mis padres me enseñaron de esaforma.-Ah, entonces tienes padres.-Mira, nos estamos moviendo en círculos. Aquí yotendría que decirte que no tengo, o que sí, que debotenerlos. Pero que no sé adónde están. Y si me lopermites, te daría un consejo. Ten mucho cuidadocon esas repeticiones, con esas jugadas reiteradasque en el juego de ajedrez solo pueden resumirse en 27
  27. 27. Gabriel Cebriántablas. Aquí, en Cañada del Silencio, puede resultarun juego muy peligroso, Gaspar.-¿Cómo sabes mi nombre? –Preguntó, conciente deque sus pelos habían vuelto a erizarse.-Tú me lo dijiste.-No, no recuerdo habértelo dicho.-Tú me lo dijiste.-No, estoy seguro que no lo he hecho.-Acabo de advertirte acerca de la peligrosidad de in-gresar en diálogos como éste.Gaspar se sintió amenazado. La única persona queparecía dispuesta a dialogar gentilmente con él erauna niña extraña, aparecida como de la nada, que de-cía ser mayor de lo que en realidad se veía y que co-nocía espontáneamente su nombre. También parecíaestar al tanto de algunas particularidades propias deaquel lugar, en el que las recurrencias dialécticas, se-gún lo que ella decía, constituían algo así como unextraño y difuso peligro. Por un momento, la apari-ción de la niña le recordó la aparición que en el ve-rano había hecho ante él mismo Magdalena, quiendijo haber salido del mar; y advirtió que, si bien pa-recía haber bastantes años de diferencia entre ambas,los rasgos faciales eran similares de un modo osten-sible.-¿Cómo te llamas, tú? Inquirió secamente.-Ves, ésa es la impronta que debe darse al diálogo.Debes huir como de la peste de juicios analíticos ocosas por el estilo, aquí.-¿Eh? 28
  28. 28. Los fuegos de San Juan-Sabes de lo que hablo.-Estás rehuyendo a mi pregunta. No me hagas repe-tirla. Caería en eso mismo acerca de lo que me estásalertando.-No entiendo como haces.-¿Cómo hago qué?-Hablar de algo mientras piensas en otra cosa.-¿Cómo dices?-Mientras decías lo que decías estabas pensando queno hablo como debería hablar una persona de mi e-dad. Lo cierto es que no tengo la edad que tú crees.Pero eso ya te lo dije y si seguimos así, de este mo-do, nos va a encontrar la eternidad hablando de lomismo.-Aún no me has respondido. De alguna manera meestás obligando a detenerme en las mismas viejaspreguntas.-No suelo responder a lo que mi interlocutor ya sabe.-Yo no soy como tú –aclaró engañosamente Gaspar,intentando seguir el sentido que la niña trataba deimponer, echando mano a la vieja maniobra psicoló-gica de correr al supuesto enajenado para el lado enque se disparaba. –Yo no conozco el nombre de lapersona con la cual hablo, si no me lo dice.-Estás yendo hacia atrás, otra vez.-No es así. He agregado un elemento.-Sí, el que supones un nuevo elemento es tu inten-ción de seguirme la corriente a ver si te enteras dealgo, ¿verdad? De algo que pueda servirte para aco-modar lo que está pasando a tu lógica. Estás peor delo que yo creía. No recuerdas haberme dicho tu 29
  29. 29. Gabriel Cebriánnombre, y ahora pretendes que lo he adivinado. Ypor otra parte, aseguras que no conoces el mío, cosaque sé positivamente que no es verdad. Yo te he di-cho mi nombre, y tú me has dicho el tuyo.-No es así.-Dime cómo me llamo.-Eso, deberías decírmelo tú.-Anda, tú lo sabes.-No lo sé –respondió, pensando que tal vez hubieradebido decir “Magdalena”, pero eso no habría sidomás que entrar en el juego de la pequeña, que pare-cía ella misma estar intentando sacarle de mentiraverdad.-No ves, pierdes dos casilleros. Tal vez si hubierasdicho lo que tenías en mente, habríamos avanzadoalgo. Mira, creo que estoy perdiendo mi fe en ti. Talvez no salgamos nunca de esta niebla.Entonces Gaspar advirtió que la niebla era tanespesa que no era capaz de ver nada. Salvo a lapequeña, que parecía generar un fulgor propio; y noera que lo veía, sino que su razón le decía que deotra manera, sería incapaz de verla a ella, como lo e-ra respecto de todo lo demás, como por ejemplo, suspropias manos, las que intentaba divisar colocándo-las incluso a menor distancia de la que lo separabade aquella aparición, sin conseguir hacerlo. 30
  30. 30. Los fuegos de San Juan IV-¿De qué se trata todo esto? ¿Quién eres?-Agregaste una pregunta y reiteraste otra. O sea, per-maneces en el mismo lugar. Esta niebla suele tra-garse a las personas, ¿sabes? Sería bueno que te des-pabiles. Ahora resultaría ocioso que inquieras nueva-mente acerca de qué se trata todo esto, y por supues-to, mucho más aún que vuelvas a preguntarme quiénsoy y obligarme de ese modo a repetirte que tú lo sa-bes.-Esto parece el estúpido cuento de la buena pipa.-Ya lo creo, tienes razón. Pero no soy yo la respon-sable de que las cosas sean así.-Es una noche horrible. ¿Tienes adónde ir?-No. No tengo adónde ir, ni tampoco tengo por quéir a sitio alguno.-Te iba a ofrecer que duermas en mi casa.-¿Puedo fiarme de ti?-¡Por supuesto! –Dijo Gaspar, e inesperadamente pa-ra él, la niña prorrumpió en carcajadas a su reacción.-Está bien, está bien. Pero ten en cuenta una cosa: e-res tú quien necesita de un lazarillo. En estas condi-ciones, jamás encontrarías tu casa, ni aún tanteandolas paredes.-Eso es lo que crees –aseguró él, no muy seguro ensu fuero íntimo.-¿Quieres probar? –Desafió la niña, en tanto una pre-gunta cobraba entidad en la conciencia de Gaspar.¿Hallaría su casa aún sin que él le dijera la direc-ción? Entonces, la mocosa lo tomó de la mano y 31
  31. 31. Gabriel Cebriáncontinuó diciendo: -Anda, grandulón, camina. Erescapaz de enfermar si sigues humedeciéndote.La niebla era concreta. De algún modo funcionabasobre su conciencia y lo ponía a merced de una apa-rición a la que ya no veía ni aún en su fulgor propio,sino que la única referencia que tenía ahora de ellaera su manita, que lo conducía, supuestamente, haciasu nueva morada sin que siquiera le hubiera men-cionado dónde quedaba. Debía estar asustado, masuna especie de apatía emocional que mucho teníaque ver con el esponjoso aletargamiento de su vistale impedía agitarse del modo que su razón parecíaexigirle. Caminó con paso inseguro, guiado por unaaparición que tenía mucho de irreal y por supuesto,nada de lógica o razonabilidad de acuerdo a cual-quier parámetro de experiencia previa al que pudiesehaber echado mano. Momentos después se detuvie-ron, por supuesto a instancias de la niña, que dijocon connivencia tal que invertía completamente todarelación fundada de caracteres cronológicos entreambos:-Aquí está tu puerta de reja, cegatón. Si quieres te a-compaño dentro, o si vas a estar más tranquilo, memarcho. Como prefieras.-No, ven, pasa –ofreció gentilmente Gaspar, pero enel fondo quería más que nada averiguar qué era loque había detrás de todo aquel extraño suceso. Mien-tras empujaba la puerta de reja y se acercaba a tien-tas a la otra, llave en mano, oyó que ella le decía, co-mo respondiendo a su pensamiento: 32
  32. 32. Los fuegos de San Juan-Está bien, pero te aclaro que tengo mucho sueño.No tengo ninguna gana de andar respondiendo lasmismas preguntas.-No has respondido ninguna aún –observó Gaspar,en tanto accionaba su encendedor para hallar la ce-rradura. La niña rió suavemente. Finalmente entra-ron. Encendió la luz y mientras cerraba la puerta, laniebla, en forma de humos que se le antojaron mias-máticos, dibujó unas volutas móviles que se fuerondesvaneciendo. Jamás había visto algo como eso.Se quedaron viendo uno al otro durante unos instan-tes. Gaspar, ansioso y sumido en un mar de dudas ytemores. La niña, ligeramente sonriente y al parecer,gozando del dominio absoluto de la situación. Final-mente, él le preguntó:-¿Cómo sabías que vivo aquí?-No vives aquí. Llegaste hoy.-Ahá. Tienes razón. ¿Y cómo... –se interrumpió antela evidencia que iba a reiterarse.-Todo el pueblo lo sabe. Bah, casi todo. Si te sirvepara dejar de torturarte con misterios que lo son so-lamente para ti, considéralo así. Cualquier personaque llegue a este pueblo, debe acostumbrarse a quetodo el mundo sepa de ella. No soy adivina, o bruja,o cualquier otra fantasía que se te pueda ocurrir.Simplemente, presto oídos a lo que se comenta.-No me has dicho tu nombre.-Te he dicho... bueno, que tú lo sabes. Por favor, nome obligues a repetirme, ¿quieres? Tal vez la nieblaingrese y vuelva a apresarte aquí dentro.-Eso no es posible. 33
  33. 33. Gabriel Cebrián-Tampoco te reiteres tanto, tú. Ya has dicho eso mis-mo de un montón de cosas en un rato, y sin embar-go, ocurrieron. ¿O no?-Está bien. Oye, no tengo nada de comer, aquí. Solopuedo ofrecerte un té.-No, gracias, hazte para ti si te apetece. Yo tan solonecesitaría unas mantas –indicó, mientras se apoltro-naba en el sillón verde. Él se las alcanzó. Luego, en-tró en su habitación, cerró la puerta, se desvistió y sedispuso a dormir por vez primera en aquella cama.El sueño tardó en venir, la extrañeza del primer díaen Cañada del Silencio lo había agitado mucho, ymás aún la rara niña que dormía en el sillón de la sa-la. Si bien había tomado contacto con ella de un mo-do que parecía irreal, contaba con que no fuera a tra-erle problemas más terrenales, como podría ser porejemplo una eventual denuncia por pederastia. Final-mente se durmió, y soñó algo que tenía que ver conMagdalena, pero fue lo suficientemente difuso y le-jano como para no poder precisar circunstancia algu-na. VLos gallos cantaban en todo el derredor. Fue un des-pertar tan clásico como inusual para Gaspar. Debíaser muy temprano, dado que según decían los galloscantaban al romper el alba. Se estiró, vio el crucifijode metal desde un punto de vista contrapicado y re- 34
  34. 34. Los fuegos de San Juancordó que una niña desconocida y misteriosa, se ha-bía presentado ante él como materializada en una es-pesa niebla. Tal reminiscencia, acompañada del sen-tido de irrealidad que había impregnado toda la se-cuencia de hechos, lo llevaron a vestirse rápidamen-te y salir a ver al extraño huésped. Por supuesto, noestaba allí. Fue hasta la cocina, y tampoco. Lo mis-mo ocurrió en el resto de la casa, pero cuando ingre-só al escritorio, se percató que la portezuela de la ca-ja en la biblioteca estaba abierta. La tapa caía a cien-to ochenta grados, dejando ver el interior vacío. Losiguiente que hizo fue comprobar que tenía las llavesen el bolsillo del pantalón, y que todas las puertas yventanas estaban cerradas. Era imposible que la niñalas hubiera tomado, ya que Gaspar era de sueño li-viano y la hubiese oído ni bien accionara el pica-porte de la puerta de su dormitorio. Aparte, debía ha-ber echado llave desde fuera, y la única manera depoder hacerlo era poseyendo una copia. Ésa era unareal posibilidad, más allá de cualquier especulaciónesotérica o clínica.El día era soleado, y el contraste hacía lucir comomucho más fantástica la experiencia de la noche an-terior. Si no hubiera sido por la portezuela de la bi-blioteca, habría dudado de su entidad real. Pero lapuerta aquella, que él había comprobado, se encon-traba cerrada, ahora estaba abierta; y si había algo ensu interior, jamás, probablemente, lo sabría.Luego de ir al baño y prepararse un té –que era todala substancia que tenía, por el momento-, abrió lapuerta y salió al fondo. Había una pequeña cuadrí- 35
  35. 35. Gabriel Cebriáncula de baldosas, y más allá, el pasto algo crecido.Hacia su izquierda, un galpón abierto en el que seveía un piletón para lavar ropa y algunas herramien-tas, entre ellas, una vetusta podadora de césped. A sufrente, y donde el cuadro de baldosas terminaba, unabomba para extraer agua cuya boca drenaba en unapequeña pileta de cemento. Más atrás, en el centrodel espacio abierto, se levantaba un viejo aljibe. Ypor detrás de todo, un árbol del cual pendían unaspelotitas verde claro y una edificación cuadrangularque correspondía a un antiguo excusado, cuyo dete-rioro y suciedad le hicieron descartar de plano su e-ventual puesta en funcionamiento. Hacia la derecha,donde desembocaba la entrada de autos, un alambra-do bajo y endeble separaba la propiedad de un terre-no baldío que ocupaba toda la esquina. Siguiendo lapared que delimitaba el fondo de su casa, ya en el re-ferido terreno, podía distinguirse algo así como uncorredor angosto y largo, de unos dos metros de alto,cubierto de enredaderas y malezas. Quién sabe quéfunción habría cumplido en el pasado... parecía tenerque ver con alguna cuestión ferroviaria, pero no seobservaban en la cercanía vías ni ninguna otra cosaque así lo indicara.Volvió a su terreno. Algunas de las pelotitas verdesque caían del árbol, se habían descompuesto y ad-quirido tonalidades oscuras, incluso negruzcas. To-mó una, ya casi reseca, y quitó con su pulgar lamembrana ennegrecida, para hallar dentro algo co-mo un carozo o semilla de madera rugosa. Le pare-ció conocido, de modo que siguió quitando el tejido 36
  36. 36. Los fuegos de San Juanmarchito hasta quedarse con una pequeña nuez. In-tentó romperla con las manos, pero resultó demasia-do dura, así que fue hasta la puerta y la apretó entreella y el marco hasta oír el crujido. Quitó los frag-mentos de cáscara y vio la parte comestible algo a-plastada por la presión. La quitó y la probó. Estabamuy buena. Tenía nueces, y en cantidad. Ya era al-go.Volvió al interior de la casa y se dijo que ya era horade entrevistarse con el Doctor Sanjuán. Se aliñó unpoco el pelo frente al espejo del baño, volvió a echarllave a la puerta del fondo, antes de salir vio la man-ta sobre el sofá verde que había sido usada, segúnparecía, por una niña que tenía la llave de su casa oque era capaz de abrir cerrojos y cerrarlos desde fue-ra. O algunas otras posibilidades, como ya habíapensado, que probablemente obedecieran a posiblesmaniobras esotéricas de parte de ella, o a patologíasmentales de su parte.Salió de nuevo a la calle. Una mujer volvía del algúnmercado con una bolsa llena de mercaderías. Él de-bía hacer algo así, organizarse un poco en ese senti-do. Tenía una alacena vacía que llenar. Y no muchodinero, esperaba que Sanjuán pudiera adelantarle al-go. Ahora bien, ¿adónde vivía el tal Sanjuán? Segu-ramente todos, en ese pueblucho, lo conocían. Le ha-bía pasado su domicilio por E-mail, pero obviame-te, había olvidado anotarlo. No se preocupó mucho,sabía que era un personaje conocido del pueblo. Loque no había tomado en cuenta era la escasa, por no 37
  37. 37. Gabriel Cebriándecir nula, capacidad de comunicación de sus habi-tantes. Mientras no tuviera que volver a hablar conel agente inmobiliario...Pero no, no iba a hacer falta. Cuando pasaba por eldiario tuvo la idea de ingresar a preguntar allí. Lagente de un medio de comunicación debía, a más decumplir con su función, ser comunicativa. Al menos,eso habría sido lo lógico. Entró sin tocar a la puerta.Un hombre regordete, morocho, semicalvo, con bi-gotes anchos y de anteojos, lo saludó:-Buenos días. Usted debe ser el nuevo vecino –le di-jo, sorprendiéndolo con su amabilidad aún a pesar delas disquisiciones previas acerca de la gente de losmedios.-Buenos días. Sí, soy Gaspar Rincón y me acabo demudar a la casa de la esquina, acá en calle Belgrano.-Encantado, joven. Soy Carlos Rentería, pero me di-cen Cholo. Puede decirme así usted, si prefiere. ¿Asíque ocupó la casa del 217? –La recurrencia a lamención del número de su nueva morada pareció co-menzar a estas alturas a inquietar a Gaspar, quien detodos modos no tenía razón objetiva para tal sensa-ción.-Sí, exacto. –Y aprovechando la fluidez del diálogoprocedió a inquirir, en la forma más sutil que se leocurrió:-Parece ser célebre, esa casa, ¿no es verdad?-Pues no, que yo sepa. ¿Por qué lo dice?-Porque sucede que con todos quienes he hablado,tienen presente el número. 38
  38. 38. Los fuegos de San Juan-Ah, pero sabe qué pasa, éste es un pueblo pequeño,vea.-Sí, lo he notado –observó, tratando de dar a su ase-veración el carácter menos peyorativo posible.-Por eso. Sabemos todos los números, que no sontantos.-Claro, claro.-Usted viene de la Capital, ¿verdad?-Sí.-Claro, por allá es otra cosa. Dicen que uno no sabeni quién vive al lado de uno.-Sí, suele ser así.-No me gustaría vivir en un lugar como ése, vio.-Uno se acostumbra a todo. Es cuestión de costum-bre.-Puede ser, pero la verdad es que no me veo.-La gente de por acá es un poco huraña, ¿no es así? –Se aventuró a preguntar, aún a riesgo de quedar malcon la única persona que se había mostrado amable;y eso sin contar a la niña, cuya amabilidad relativa –ya que pareció más atención que amabilidad- prove-nía de una fuente para él inclasificable en términosde experiencia previa.-No, joven, no es así. Por ahí es un poco descon-fiada, sobre todo con los forasteros. Pero va a verque ni bien lo conozcan un poco, la cosa va a cam-biar.-Bueno, me agrada oír eso.-No tenga dudas.-¿Y quién ocupaba la casa de Belgrano 217, antes?-Hace rato que está desocupada, vea. 39
  39. 39. Gabriel Cebrián-Ahá.Que yo recuerde, hace unos cuantos años la ocupóun bancario, que trabajaba acá en la sucursal delProvincia. El pobre no llegó a jubilarse y volverse asu ciudad, murió acá.-Ahá.-Después vino un médico, o algo así. O sea, trabaja-ba para el Doctor Sanjuán. Nunca supe a qué se de-dicaba, o cuál era su especialidad. Ése duró poco, di-cen que se ahogó en el mar.-Bueno, con razón se acuerdan de la casa... pareceestar maldita...-Oh, qué ocurrencia. Son cosas que pasan, vea. Novaya a impresionarse por lo que le cuento...-No, está bien, yo decía, nomás. Resulta que hom-bres solos, como yo, ambos corriendo la mismasuerte... dicen que no hay dos sin tres.-Bueno, déjese de embromar, joven... Gaspar, me di-jo, ¿no? Mire las cosas que dice...-Aparte, en la jerga quinielera, el 17 es la desgracia,para colmo.-Bueno, si sabía que era tan cabulero no le decía na-da.-No, está bien, Don Cholo, es broma.-Ah. Me había parecido que se estaba julepiando.-No, nada de eso. Dígame, necesito hablar con elDoctor Sanjuán. ¿Usted podría decirme adónde pue-do encontrarlo?-Pues aquí enfrente. Ése es su chalet –le respondió,señalando la importante vivienda de piedra desde cu- 40
  40. 40. Los fuegos de San Juanyo jardín, la noche anterior, había cobrado materiali-dad la fantasmal niñita. VIEmpujó la portezuela baja de madera entre los dospilares y avanzó por un camino igualmente pétreohacia el lujoso chalet. Llegó a una especie de alerode tejas y observó la fina cristalería de los ventana-les. También llamó su atención la calidad y termina-ción de la puerta, al parecer de roble. Había dineroallí; sí, señor.Oprimió el botón del timbre y un melodioso dingdong llegó hasta sus oídos. Poco después, una muca-ma negra y ataviada clásicamente según su oficio, ala usanza de Hollywood, abrió la puerta y le pregun-tó qué deseaba.-Soy Gaspar Rincón – se presentó. –Acabo de llegarde la Capital. Desearía entrevistarme con el DoctorSanjuán, si es posible.La morena lo hizo pasar y tomar asiento en un mo-biliario acorde al resto de la ostentosa ambientacióny ornamentos. Ingresó por un pasillo y a poco volvióy le indicó seguirla. Así lo hizo, y luego de recorreralgunos metros de un pasillo oscuro, ingresaron enun escritorio. El Doctor Sanjuán se levantó y estiróla mano hacia el recién llegado, saludándolo efusiva-mente. Parecía que la animosidad de la gente de Ca-ñada del Silencio había sido solo una impresión, o 41
  41. 41. Gabriel Cebriáncomo le había dicho momentos antes el Cholo Ren-tería, mera desconfianza inicial. El diligente Doctorera un hombre alto, de unos cincuenta años, ligera-mente canoso, de buena estampa física y rasgos deli-cados, ojos claros y un don de gente que se eviden-ciaba tanto en su tono como en sus movimientos.Luego de indicarle tomar asiento y de hacer lo pro-pio, le preguntó:-¿Cuándo llegó?-Ayer a la tarde.-Hombre, podía haberme avisado y venía a cenar a-quí conmigo...-No me pareció prudente importunarlo. Mire, entreque tomé un baño, acomodé un poco las cosas, reco-nocí la casa, etcétera, se hizo un poco tarde, ¿sabe?No me pareció adecuado...-Mire, ésta es su casa, ¿me entiende?-Agradezco su hospitalidad.-Fíjese que mandé a rentar esa casa para usted, sola-mente por no ser tan invasivo y respetar su intimi-dad; si no, le hubiera ofrecido que se instale acá mis-mo.-Oh, pero hizo muy bien. Jamás me atrevería a un a-buso semejante.-No sería un abuso, sería un gusto, en todo caso. Ve-a, la casa es muy grande, a veces me hallo solo, y meencanta poder conversar con alguien que no perte-nezca al populacho de esta aldea. Digo, con alguienpulido, de la ciudad, formado en universidades...-Bueno, creo que eso puedo entenderlo. Ayer estuvedando una vuelta, comí algo en el hotel de por acá, y 42
  42. 42. Los fuegos de San Juantuve oportunidad de comprobar... –se interrumpió, e-valuando la eventualidad de parecer arrogante o des-considerado.-Sí, dígalo, de comprobar que la gente de por aquí esbasta e ignorante.-Bueno, yo no quería decir eso.-Dígalo, ya que así es.-Bueno, me pareció algo hosca y me molestó la ma-nera en que me observaban, sin el menor indicio deubicuidad.-Lo sé, lo sé, por eso le decía que hubiera sido buenoque me llame ni bien bajó del ómnibus. Y dígame,¿qué le pareció la casa?-Me pareció adecuada. La verdad, podría resultar unpoco amplia para mí solo, pero está de lo más bien.Me encanta el nogal que tiene en los fondos.-Ah, sí. Es un árbol noble y añoso. Pero volviendo ala casa en sí, se habituará. De todos modos, por lalimpieza en general no debe preocuparse. Haydée, lamujer que lo condujo hasta acá, se hará cargo de e-lla.-No, pero...-Pero nada, Gaspar. No vamos a pretender que unprofesional de sus quilates pierda tiempo en menes-teres como ésos, ¿verdad?-Mire, Doctor, con todo respeto, usted no me cono-ce. Podría resultarle un fiasco, ¿sabe? Ya estoy te-miendo no estar a la altura de las circunstancias, cré-ame.-Oh, por favor no diga eso. Aparte, en cierto modo,seguramente involuntario, está descalificándome. 43
  43. 43. Gabriel Cebrián-¿Perdón?-Digo que ya lo he tratado durante unos breves mi-nutos; y si bien mi temperamento analítico me hallevado a evaluarlo de un modo similar al que los pa-lurdos ésos lo hicieron anoche, claro que en otro ni-vel y con otra altura, éste al parecer breve lapso detiempo que hemos compartido hasta ahora, digo, mepermite decirle desde ya que usted es un joven agu-do mentalmente y un serio y responsable profesio-nal, munido de todas las herramientas conceptualesnecesarias para un óptimo desarrollo de sus aptitu-des.-Bueno, espero que sea así, ya que, a pesar del brevelapso que mencionara usted, parece estar más segurode ello que yo.-Es usted humilde, Gaspar.-No, trato de ser objetivo.-Bueno, dejemos eso. ¿Qué le gustaría almorzar?-Mire, Doctor Sanjuán, usted es muy amable, pero...-Vamos, no toleraré una negativa.-No, iba a decirle que estoy un poco preocupado porsaber las características y condiciones del desempe-ño que espera usted de mí.-Hay tiempo para eso. De todos modos, he de ade-lantarle que no se trata de un desempeño covencio-nal.-Sí, algo ya me había anticipado por correo.-Bueno, pero ahora no me ha contestado qué le gus-taría tomar para el almuerzo.-Lo que usted escoja está bien para mí. 44
  44. 44. Los fuegos de San Juan-Déjeme agasajarlo, al menos en la primera comidaque tomaremos juntos.-Bueno, entonces... ¿tiene una parrilla?-Sí, claro, pero... ¿cuál es la idea?-Si le parece, yo prepararía un asado.-De ningún modo. No voy a ponerlo a trabajar justohoy.-Entonces, elija usted el menú.-Ve, le dije, usted es un muchacho muy hábil. Ha si-do una muy buena manera de salir del paso y evitar-se la responsabilidad de la elección. Dejemos enton-ces que Haydée prepare lo que quiera. Es una mag-nífica cocinera.-Está bien. Pero me gustaría preguntarle algo, si noes un atrevimiento de mi parte.-Adelante, pregúnteme lo que quiera.-Usted dijo que se sentía solo, en este pueblo. Apartede Haydée, ¿vive alguna otra persona en esta casa? –Inquirió, dado que las facciones y el color de los o-jos del Doctor le recordaban vagamente a los de laniña que la noche anterior parecía haber salido de a-llí.-Bueno, Haydée trabaja, y pasa buena parte de sutiempo en esta casa, pero no vive aquí. La única per-sona que sí lo hace, es mi hija.-Ah, me parecía.-¿Sí?-¿Es una niña de unos diez, o doce años?-Oh, no. Es una mujer de veintidós años, ya. ¿Y porqué me pregunta eso? 45
  45. 45. Gabriel Cebrián-No, porque anoche pasé por aquí... ¿vio la nieblaque se levantó anoche?-Sí, es común eso para esta altura del año.-¿Sí? ¿Tanta?-¿Tanta, fue?-No podía ver mis propias manos.-Ah, no, por ahí no tanta. Pero decía que pasó poraquí...-Claro que entonces no sabía que era su casa. Lacuestión que venía casi a tientas, cuando una niñarubia salió de su jardín y me abordó.-Ah, claro. Ya sé de quién se trata. Es la pequeña A-nnie –dijo, y esbozó una sonrisa.-No me dijo su nombre en ningún momento. Es unapersonita de lo más extravagante.-Ni que lo diga. Es tremenda. Suele andar por aquí,dando vueltas. Seguramente vio a un desconocido yaprovechó la oportunidad de jugarle alguna broma.-Y vaya que lo hizo. Consiguió desconcertarme real-mente. ¿Quién es?-Es una niña con alteraciones mentales, no muy gra-ves, según creo. Usted es el especialista, quizás ten-ga oportunidad de tratarla y verá por usted mismo.-Me dijo que no tenía casa, ni padres.-Eso no es cierto. Vive sobre la costa. Sus padres noson mucho más sanos que ella. Y ella vive escapán-doseles. Pero siempre vuelve, así que ellos han lle-gado a tomar como naturales sus aventuras noctur-nas.-¿Y cuál sería su patología, según usted lo ve? 46
  46. 46. Los fuegos de San Juan-Mire, yo soy médico clínico, sería una muy lega o-pinión, la mía. Lo único que puedo decirle es que supatología responde a muchos de los rasgos caracte-rísticos de lo que yo he dado en llamar “el Síndromede Cañada del Silencio”-Ahá –pronunció Gaspar, mostrándose muy interesa-do, como lo estaba, ante la mención del eventual de-sequilibrio típico que sería objeto de su análisis. –Me interesaría saber todo cuanto pueda decirme a-cerca de él.-Lo sé, lo sé, pero me parece muy pronto para abor-dar temas laborales. Ya tendremos quizá demasiadotiempo para el intercambio profesional, ¿no le pare-ce?-Como usted diga –concedió, cuando en realidad, nole parecía. –Aunque si me disculpa, voy a volver so-bre el tema de esa niña...-Annie.-Sí. Sabía mi nombre sin que yo se lo hubiese dicho.-Claro, pero puede haberlo oído de boca de alguienmás.-¿Le parece? ¿Usted ha hablado de mí con la gentedel pueblo?-Bueno, mínimamente, que recuerde, con el agenteinmobiliario. Quizá él lo haya mencionado.-¿Le parece? Se lo ve como un individuo muy parco.-Sí, esa puede ser la imagen que tuvo usted. Entrenosotros, y francamente, es un chismoso peor quecualquier comadre en la peluquería.-Bueno, siendo así...-¿Qué le ha hecho creer? Ésta Annie... 47
  47. 47. Gabriel Cebrián-No, nada, sencillamente, me desconcertó.-Le gusta jugar el rol de adivina. Hay veces que de-muestra mucho talento, y su predilección consiste entratar de parecer extravagante. Es una chiquilla ver-daderamente inteligente. Podría contarle muchas a-nécdotas acerca de cómo ha conseguido embaucar acantidades de gentes, sobre todo a los turistas quesuelen invadirnos en verano cuando las plazas hote-leras de la costa se agotan. Incluso ha generado al-gunos problemas, ha impresionado tanto a algunaspersonas que han tenido que ser atendidas debido acuadros de pánico. Claro que se trataba de personasbásicamente desequilibradas y demasiado crédulas.-Pero eso no parece algo muy normal que digamos...-Por eso le dije, Annie no es una niña normal. Es de-masiado inteligente para su edad, y tiene tendencia aprovocar situaciones morbosas y engaños sutilesque, en algunos casos, son procesados por las vícti-mas de una forma normal; pero en otros, cuando portemperamento o predisposición, alguna persona a-tiende y cree sus manipulaciones, puede resultar da-ñada.-Entiendo –dijo Gaspar, deseando fervientementevolver a encontrar a la niña y averiguar bien qué ha-bía detrás de su presunta neurosis. 48
  48. 48. Los fuegos de San Juan VIIEl diálogo había derivado en generalidades, tales co-mo la descripción de la vida en la capital y sus dife-rencias con la de provincia, de algunas caracterís-ticas y atractivos de la zona, de pesca, de ciertos per-sonajes locales, etcétera. Gaspar prestaba oídos ymantenía la concentración en tales banalidades sola-mente para mantener el hilo de la conversación, todavez que únicamente dos o tres tópicos le interesaban.Uno, el que tenía que ver con su desempeño profe-sional y la contraprestación monetaria correspon-diente; otro, la patología atípica que parecía haberselocalizado allí; y en un orden más personal, el even-tual reencuentro tanto con la pequeña Annie comocon la hermosa y sensual Magdalena, por distintosmotivos, obviamente.El aroma de una comida casera y agradable llegóhasta el escritorio. Ya había pasado el mediodíacuando la negra Haydée se apersonó y anunció quela mesa estaba servida. Se dirigieron al comedor –Gaspar por delante como había indicado con gestocaballeresco el anfitrión,- y cuando ingresaban, el jo-ven se detuvo bruscamente, provocando una ligeracolisión con el Doctor. Allí, sentada a la mesa, ex-quisitamente iluminada por la luz del sol que desdela ventana atravesaba unos tules y se derramaba do-rada sobre ella, estaba Magdalena, observándolo conuna sonrisa a la vez cautivante e intencionada. 49
  49. 49. Gabriel Cebrián-Ah, estabas aquí ya –dijo el Doctor. –Creo que yase conocen, ¿no?-Yo no sabía... –comenzó a aclarar Gaspar, en tantoMagdalena, sin abandonar la expresión de disfruteque la situación le provocaba, se incorporó y lo salu-dó con un beso. Luego, los tres tomaron asiento.-No sabía que era su hija -completó al fin la frase,tratando de dejar traslucir lo menos posible el im-pacto que la presencia de la dama le había produci-do.-Claro –explicó ociosamente el Doctor,- si ha sido e-lla quien ha propiciado nuestro contacto...-¿Cómo estás, Gaspar?-Bien, ¿y tú?-Oh, muy bien, contenta de que estés por aquí. Tusabes, es bueno poder departir con alguien diferente,alguien más parecido a uno.-Me decía tu padre.-Sí, por supuesto. Nos viene bien cambiar de aire yhablar con gente de la capital, máxime tratándose deuna persona culta e instruida.-Bueno, trataba de explicarle a tu padre que quizá nosea lo que ustedes esperan.-Sí, seguro que lo eres. Salta a la vista –aseguró ella.-Parecen ser tan gentiles como perceptivos –dijoGaspar, no muy seguro de que los calificativos queempleaba fuesen los adecuados. En eso entró Hay-dée, cargando una fuente humeante de la cual aso-maba el mango de un cucharón. La depositó sobre lamesa y comenzó a servir, primero a Gaspar, comocorrepondía al protocolo. Vio un guisado amarrona- 50
  50. 50. Los fuegos de San Juando, algo oscuro, con rodajas de papa, guisantes, ce-bolla y unas porciones de carne cortada en forma ar-bitraria, grandes y pequeños, de distintas formas, al-gunos como desgarrados sin el menor cuidado. Esollamó su atención. Mientras la mucama proseguíasirviendo a los otros comensales, el Doctor Sanjuánretomó la palabra:-Bueno, los grandes encuentros se producen así, demanera fortuita.-Oigan , ya les dije que me siento algo intimidadopor los comentarios que formulan acerca de mí sinconocerme lo suficiente.-¿Intimidado? –Preguntó Magdalena. -¿Qué podríastemer?-Ya le decía a tu padre, no estar a la altura de vues-tras expectativas.-Y yo le decía a él –se apresuró a informar el Doc-tor- que sabemos muy bien con quién estamos tra-tando... –Iba a continuar, pero su hija lo interrumpió:-O sea, estamos cayendo en diálogos recurrentes.La frase que dejó caer como al acaso, produjo a Gas-par una sorpresa tal que casi le fue imposible disi-mular. En cambio, Sanjuán miró con fiereza a su hijadurante un par de segundos. A pesar del estupor, eljoven lo advirtió con claridad. Inmediatamente re-cordó el parecido físico que había observado entre lapequeña que ellos llamaban Annie y el recuerdo, a-hora presente, de la agraciada Magdalena. Tal vezcompartieran también la patología. Para salvar el ba- 51
  51. 51. Gabriel Cebriánche que se había producido en el diálogo, el Doctorse apresuró a comentar:-Mi hija ha tenido oportunidad de compartir una co-pa con usted. Yo, aparte de la correspondencia y dela suerte de currículum informal que puedo deducirde ella, he platicado casi toda esta mañana con usted.Así que Gaspar, lo invito a dejar de lado cualquiermodestia o humildad de su parte y al propio tiempolo insto a asumir que, sin lugar a dudas, está sobra-damente calificado para desempeñarse en este pue-blo.-Está bien, me convencieron –concedió Gaspar, másque nada con el propósito de terminar con lo que sehabía llegado a convertir en una situación molesta. Ya continuación añadió: -Hablando de eso, y sepandisculpar mi ansiedad, me gustaría saber qué es loque se espera que yo haga.-Antes coménteme qué le parece el estofado de Hay-dée –hasta ese momento, Gaspar ni se había percata-do que, por una mínima cuestión de cortesía, debiódecir algo acerca de la comida.-Claro, disculpen, está tan bueno que ni siquiera meda tiempo a comerlo –intentó justificarse. -Lo mis-mo este Merlot.-Sin embargo, te da tiempo para hablar –observóMagdalena, provocando otra mirada furibunda de supadre.-Cierto, pero eso es debido a mi temperamento laca-niano –replicó Gaspar, quien a falta de razones obje-tivas, apeló a lo que podría considerarse una hum-orada pero de lo cual tampoco estaba seguro, mas 52
  52. 52. Los fuegos de San Juanera lo suficientemente ambigua como para neutrali-zar la evidencia en su contra. Sin embargo, Sanjuánla festejó estentóreamente, y recomendó a su hija nopracticar juegos verbales con un joven intelectual defuste, circunstancia que hizo que Gaspar gozara deun breve momento de triunfo. Volviendo al tema delguisado, preguntó que clase de carne era aquella, yaque la encontraba sabrosa pero rara. El Doctor lerespondió que se trataba de un ciervo que había ca-zado días antes.-Mire usted. Es la primera vez que como carne deciervo, entonces.-No es muy usual en la Capital, claro.-Es verdaderamente buena.-Ya lo creo. Sí, es una de las pequeñas compensa-ciones de la vida rural. Ahora volvamos a su consul-ta acerca de un tema que parece preocuparlo más delo debido, esto es, la cuestión laboral.-Imagínese.-Claro, pero por eso le digo. No debe preocuparsetanto, por eso. Vayamos por partes, primero lo pri-mero. Dígame, ¿le parece bien un sueldo de tres milpesos mensuales?-¿Qué es lo que dice? ¡Me parece fantástico! Oiga,usted me escribió que la paga era superior a los milquinientos, pero ¿tres mil? ¿No es mucho, eso?-No, no lo creo así. Eso, descontando además que lalocación del inmueble de calle Belgrano corre porcuenta de la Fundación.-No, de ningún modo. Eso ya me parece excesivo. 53
  53. 53. Gabriel Cebrián-Ya le dije, es una necesidad social que tenemos quecubrir. Y bajo ningún punto de vista permitiría queusted deje de lado su vida, las posibilidades de viviren una ciudad con todo lo que ello implica, su fami-lia, sus afectos, para venir a enterrarse acá y encimano recibir una compensación adecuada. Piénselo así,aparte de honorarios, estaríamos pagándole algo quepodría considerarse como una suerte de indemniza-ción.-Yo le agradezco, pero...-Pero, nada. Si está de acuerdo, ese tema ya está ce-rrado. Ahora pasaremos a hablar de las funcionesque deberá asumir, si le parece.-Me parece muy bien. Lo escucho.-Bien, en principio, le comento que muchas personasvienen a mi consultorio a plantearme problemas re-feridos a su especialidad, a falta de un profesional i-dóneo en tales disciplinas. Lo que haría yo, en prin-cipio, es derivárselos.-Entiendo. Me parece muy bien.-Es más, ya he dicho a algunos pacientes que conta-ría con su concurrencia, y lo están esperando con an-siedad.-Bueno, me esforzaré por ayudarlos, entonces.-Y dígame, ¿adónde piensa atenderlos?-No sé. Esperaba que usted me lo indicara.-Verá, en la clínica hay pocos espacios, y sobre todo,según mi criterio, resultan absolutamente inadecua-dos para el tipo de terapia que usted deberá efectuar.Así que quedan dos posibilidades: o acondicionamosel escritorio de su casa en la calle Belgrano, o lo ha- 54
  54. 54. Los fuegos de San Juancemos con alguna de las habitaciones de aquí mis-mo.-Oh, no, no me gustaría alterar el orden de esta fami-lia.-No sería así, créame. ¿No es cierto, Magda?-Sería un placer, cambiar un poco las rutinas. Mira,Gaspar, mi padre pasa el día en la clínica o dandovueltas por el campo, o pescando. Yo, simplementelanguidezco, veo televisión o leo. Me encantaría queatiendas aquí, al menos vendría gente, habría movi-miento, sucederían cosas nuevas...-No, yo les agradezco, sinceramente, pero estaríamás cómodo en mi casa, digo, si a ustedes les pare-ce.-No, está bien –acordó el Doctor. Magdalena, por suparte, hizo un visage de desagrado. –Siendo así, puesdígame cuándo le parece que estará en condicionesde atender.-Mañana mismo, si usted así lo dispone.-¿No necesita poner en orden las cosas, conseguir unsofá...?-¿Un sofá? –En este punto, Gaspar tuvo que conte-nerse para no soltar una risa que bien podría habersemalinterpretado. –No, yo no utilizo sofá. Prefierohablar con el paciente cara a cara, escritorio de pormedio.-Bueno, sepa disculpar mi visión tradicional y talvez arcaica de su profesión –se justificó Sanjuán, ad-virtiendo inmediatamente su concepto arquetípico dela psicoterapia. 55
  55. 55. Gabriel CebriánEntró nuevamente Haydée, retiró los platos y colocólos de postre. Se retiró y volvió al instante con unaespecie de budín acaramelado. Sirvió las porciones,y esta vez, Gaspar se adelantó a elogiarlo.-Mmmmh, exquisito. Budín de nuez, ¿no es así?-Sí, Haydé lo prepara exquisito –dijo Magdalena.-Claro que -intervino el doctor – es casi una invita-ción suya, este postre.-¿Cómo dice?-Claro, que el otro día fui a ver las condiciones enlas que se encontraba la casa de calle Belgrano y metomé el atrevimiento de tomar algunas nueces.-Ah, claro, está muy bien. Sobre todo si iba a darleun destino tan apropiado, vea.-¿Qué tiene que hacer, por la tarde?-¿Yo? Nada, pues. Hasta mañana lunes, si es que co-mienzo con mi tarea...-Entonces vamos a tirar unos tiros por ahí. Vayamosde caza.-Nunca he practicado la caza. Es más, no he usadonunca un arma de fuego.-Siempre hay una primera vez para todo, en la vida.-Sí –acordó la joven. –Siempre es bueno pasar porexperiencias nuevas. No reiterar siempre los mismosesquemas, volver una y otra vez a las mismas situa-ciones, ahogarse en rutinas. 56
  56. 56. Los fuegos de San Juan VIIILuego del estampido, la lata de aceite vacía que es-taba momentos antes sobre un poste de alambrado,voló hacia atrás y rebotó tres o cuatro veces antes dedetenerse sobre el pasto. El Doctor Sanjuán acababade demostrarle prácticamente cómo se usaba la esco-peta del doce. La detonación, mucho mayor a la queesperaba, sobresaltó a Gaspar, quien tenía en susmanos, con verdadera aprensión, un arma de simila-res características.-Ve, es algo muy sencillo. Usted tiene que apoyar laculata acá, inclinar la cabeza, cerrar un ojo y con elotro mirar este fierrito que está acá, que se llama“testigo”, de modo que quede justo en medio de estaranura de acá...-Mire, Doctor, la verdad es que me asusta un poco,este tema.-Vamos, hombre, déjese de embromar. No hay mu-chas cosas que pueden hacerse por acá, ¿sabe? Éstaes una de las más divertidas, así que le recomiendoque no se la pierda, y menos teniendo en cuenta queen cuanto rompa el hielo le encantará. Ánde, dispá-rele a esa lata.Gaspar levantó el arma y la apoyó en el hueco de suhombro derecho. Dirigió el caño hacia una segundalata apoyada a unos veinte metros, sobre otro poste,y antes de jalar el gatillo se volvió un instante y pre-guntó:-Oiga, ¿tiene mucho retroceso esta escopeta? 57
  57. 57. Gabriel Cebrián-Bueno bueno bueno bueno... ¿era usted el que nosabía nada de armas?-Está bien, he visto televisión, también, ¿sabe? Y a-demás he oído hablar.-Claro, por supuesto, solo estaba bromeando. Ape-nas patea un poco. Solamente tire el pie derecho unpaso hacia atrás, y cualquier cosa aguante el pesosobre él. Pero es mucho ruido, nomás. A lo sumosalta un poquito. Agárrela fuerte, y no se haga pro-blemas. Solo cuesta el primero.Tiró del gatillo con dedo tembloroso. El resorte, alprincipio rígido, perdió tensión de golpe y el estam-pido, esta vez más cercano, lo aturdió ligeramente.No obstante vio caer su lata, no tan aparatosamentecomo la anterior, pero al menos, le había dado.-¡Muy buen tiro! –Festejó Sanjuán. -¿Vio que le di-je?-Sí, no parece tan difícil.-No lo es. Aparte, está cargada con perdigones. Ve-remos si encontramos perdices. Para ciervos, o chan-chos salvajes, se preparan postas de plomo. Pero ésaes la segunda materia. Vamos paso a paso.-Está bien, como usted diga. Usted es el instructor decacería –dijo Gaspar, pensando que aquella no era u-na mala forma de embolsar tres mil pesos por mes.-¿Necesita otro tiro de prueba?-No, está bien, creo que ya tengo el concepto.-En ese caso, nos conviene rumbear para allá. Porentre los matorrales de cola de zorro, salen perdices,y hasta liebres. No hay que apuntarle como a las la- 58
  58. 58. Los fuegos de San Juantas. Las latas no se espantan. Hay que tirarles albulto, rápido, ni bien las ve que se espantan. Concuidado, eso sí. Debemos ir caminando en la mismalínea, y nunca tirar para el costado de golpe, ¿entien-de?-Entiendo.Mientras caminaban en el sentido indicado, y sinmediar comentario previo, el Doctor comenzó a ha-blar de cierto problema que no le había referido du-rante el almuerzo.-Se trata de un problema familiar –explicó.-Creo que lo imagino –aventuró Gaspar.-Ah, ¿sí? ¿Y qué es lo que imagina?-Bueno, según yo veo, su único familiar parece serMagdalena. No hay que ser muy suspicaz, en esesentido.-Ahá.-Y en base a algunas cosas que me pareció advertirdurante el almuerzo, ella no está muy bien, ni muchomenos conforme con la vida que lleva.-Es usted muy observador.-No tanto, pero gracias, de todos modos.-Sí, se trata de ella.-¿Está acaso afectándola a ella también lo que ustedha dado en denominar “Síndrome de Cañada del Si-lencio”?-¿Cómo se ha dado cuenta de eso?-Mire, si no hubiera sido porque anoche me topé conla pequeña Annie, probablemente no lo habría podi-do inferir. 59
  59. 59. Gabriel Cebrián-Ve, no me equivocaba en nada, respecto de usted...es un joven muy agudo, tal como le dije. Dígame,por favor, cómo, o mejor dicho, por qué relaciona ala pequeña Annie con mi hija.-Bueno, básicamente porque las dos hicieron refe-rencia a las frases recurrentes. Claro que con dife-rente impronta, pero me pareció significativo.-Usted me sorprende, ¿sabe? Creo que fue una exce-lente idea contratarlo.-Gracias –dijo Gaspar, mientras pensaba que por elmomento dejaría suelto el cabo del parecido físicoentre el propio Doctor, su hija y esa suerte de apari-ción llamada Annie. Y ello por una cuestión de meraprudencia. –Y digo, sin pretender que vayamos a de-jar de lado la debida concentración en aras de la ca-cería, ¿podría informarme algo acerca de la etiologíaque corresponde al síndrome ése que usted mencio-na?-Es un poco largo, y realmente dificultoso para unlego como el que le he dicho que soy. Pero lo inten-taré. Vea, para ello, debería hacer un poco de histo-ria.-Adelante, cuantos más detalles me dé, tanto mejor.-Siendo así... sinceramente, no vaya a pensar ni porun momento que comparto las disparatadas hipótesisque puedan inferirse, más o menos directamente, demi relato. Trataré de interpretar, de algún modo, loque piensan o creen los afectados.-Pero claro, Doctor, lo entiendo perfectamente, y esome ayudará mucho, créame. 60
  60. 60. Los fuegos de San Juan-En cierto modo me estoy previniendo, dado que setrata de cuestiones tan extravagantes y supersticio-nes tan patéticas que me avergonzaría sobremaneraque usted...-No se preocupe, ya tomé nota de ello.-En ese caso... todo parece haber arrancado con lallegada, hace ya unos veinte años, de un barco. Enrealidad, no es que llegó, sino que encalló aquí, enestas costas.-Encalló un barco aquí, qué extraño.-Sí, pero eso no es lo más extraño.-Seguramente. Disculpe.-No, está bien. Fue una noche de niebla muy espesa.-Oh.-Claro, como la que dice usted que hubo anoche.Pero no se va a sugestionar, ¿no?-No, mire, sus previsiones parecen contar más paramí que para usted, por lo visto –observó Gaspar, yambos rieron, aunque en el ánimo del joven algo, si-nestésicamente, se nubló. –Continúe, por favor. Nome haga caso.-Bueno, al día siguiente, unos muchachos del pueblofueron de madrugada a pescar, y vieron el mástil,mar adentro. Debido a los palos, y a los velámenesrotos, advirtieron que era una nave de vela. Como elinvierno estaba a punto de comenzar, la mañana eramuy fría, así que desistieron de ingresar al agua a a-veriguar si había llegado alguien en él. Sin embargo,se comunicaron con el pueblo y dieron la nueva. Alpoco rato, vio cómo suceden las cosas en los sitiosen donde nada sucede, la playa estaba llena de gente. 61
  61. 61. Gabriel CebriánEra tal el pisadero que cuando alguien observó quelos náufragos, en todo caso, debían haber dejadohuellas en la arena, ya era absolutamente imposiblediscernir nada. Entraron con lanchas, y volvierondesconcertados. Dijeron que se trataba de una espe-cie de galeón, pero aquellos individuos no eran ave-zados en temas navieros, y mucho menos en térmi-nos históricos. Lo que sí parecía ser incontrovertible,era su antigüedad.-Mire usted, una especie de barco fantasma.-Claro que eso fue exactamente lo que dijeron. Y talsuposición fue abonada fuertemente por la circuns-tancia que, apenas unos minutos después de que loshombres de las lanchas volvieran, y justo momentosantes que arribara el fotógrafo del diario, la cosa a-quella, haya sido lo que haya sido, había desapareci-do bajo las aguas y nunca más volvió a ser vista.-Es realmente una historia muy extraña, pero no meparece tan impactante como para provocar una se-cuela psicológica semejante.-Es que aún no he terminado.-Disculpe que lo haya interrumpido.-No, en todo caso, viene bien para intercalar lo quepuede parecer una digresión, pero que en realidad esuna aclaración necesaria. Cañada del Silencio es unbonito pueblo, tiene estos campos, está cerca delmar, la tierra es buena; y la gente también lo es, soloque es muy dada a las fantasías y a las supesticiones.Ello al grado que cíclicamente hacen su apariciónseres fantásticos como “la Llorona”, o “el Lobizón”,o el mismo legendario Basilisco. Hay montones de 62
  62. 62. Los fuegos de San Juanpersonas, algunas que normalmente parecen decha-dos de ecuanimidad y sentido común, diciendo quehan oído a una o visto a los otros. Es cierto quecuando se pone de moda la Llorona, por ejemplo, yotambién la oigo, pero no me cabe duda que es algúngracioso que se entretiene a costa de la credulidad a-jena. La cuestión que a partir de aquel suceso no fal-taron personas que decían haber visto entre la nieblala figura de un marino que respondía a estereotiposantiguos, con aires de bucanero, o algo así, divagan-do enloquecido, e incluso arrojando mandobles adiestra y siniestra con su sable a enemigos invisibles.-Parece parte del folklore propio de la zona, estotambién, ¿no es verdad?-Sí, y si me pregunta a mí, estoy seguro que es así.Pero la cuestión es que cuando había pasado alrede-dor de un año, y ya el número de presuntos avistajesdel sujeto aquél crecía de modo llamativo, sucedióque algunas personas comenzaron a decir que se lesaparecía en sueños; y aún más, que hablaban con élen medio de la niebla, aún en vigilia. A todas luces,un fenómeno de sugestión que parecía comenzar aprovocar alucinaciones colectivas.-No es difícil generar una psicosis cuando las condi-ciones internas y externas reciben tanto estímulo.-Claro que sí, usted me reafirma en mi convicción deque he efectuado el análisis correcto, ¿ve?-Me agradaría saber qué dijeron las personas quedicen haber hablado con el fantasma.-Eso resulta curioso, eso precisamente era lo que ibaa decirle. Que los testimonios son contestes en cuan- 63
  63. 63. Gabriel Cebriánto a los mensajes recibidos. Dicen que hablaba una yotra vez las mismas cosas.-¿Qué clase de cosas?-Que no les fuera a pasar lo mismo que a él, que lamaldición de San Juan los obligaría a recalar siem-pre en los mismos puertos. O que el infierno es lareiteración de las mismas situaciones, y que el mis-mo demonio habla en círculos.-Que el demonio habla en círculos...-Eso decían que les dijo. A mí, qué quiere que le di-ga, me parece una versión oligofrénica de la baladadel viejo marinero, de Coleridge, no sé si la leyó...-Sí, la leí, y sabe qué, parece usted tener razón –con-cedió Gaspar, sonriendo; aunque a pesar de la refe-rencia poética, centraba su atención en el palmariocomponente lingüístico que traslucía en el aún inci-piente esbozo de la sintomatología.-No sabría decirle a ciencia cierta el grado de razónque me asiste. Pero lo que ocurrió a continuación fueque las personas que decían haberlo visto, o no, me-jor debería decir las que lo oyeron, o que dicen ha-berlo oído, se pusieron medio obsesivas con el temade la reiteración.-Sí, pero eso es casi una contradicción en los térmi-nos, fíjese. La obsesión, sin ir mas lejos, es esencial-mente reiterativa.-Bueno, no lo había visto de ese modo, pero ahoraque lo dice...-Ya conocía esa cuestión. Es decir, eso es lo que meremarcó precisamente la pequeña Annie anoche. 64
  64. 64. Los fuegos de San Juan-Sí, ella es la que manifiesta haberlo visto con másfrecuencia.-Y también, según parece, Magdalena lo ha visto.El Doctor Sanjuán se quedó viéndolo unos momen-tos. Luego asintió. Gaspar entonces explicó:-Me llamó la atención -como ya le dije recién,- du-rante el almuerzo, que ella formulara una observa-ción respecto de una repetición en el diálogo. Y ade-más que usted reaccionara, aún sin palabras, ante u-na objeción que hubiese resultado casual y entera-mente inocente, y que habría pasado absolutamenteinadvertida para mí de no haberme topado antes conla niñita, como también le comenté. Aunque deboestar repitiéndome.-¡No empiece usted! –Exclamó Sanjuán, y profirióunas risas. -Lo dicho. Es usted un eminente psicólo-go. Sí, Magdalena dice que el individuo ése se con-tacta con ella en sus sueños.-Es una forma de elaboración de las fantasías, segúnlo que podría parecer a primera vista, sin algunas se-siones que lo verifiquen.-¿Usted estaría de acuerdo en atenderla?-Hombre, es mi función, ¿verdad? Mucho más si us-ted me lo pide, con todas las consideraciones que hamostrado hacia mi persona. Claro que ella debe estarde acuerdo, también.-Mire, Gaspar, cualquier cosa que sea novedosa laencararía sin dudar un instante.-Pero en honor a la verdad, Doctor, hay algunas co-sas que sucedieron anoche que no me cierran. 65
  65. 65. Gabriel Cebrián-¿Respecto de la pequeña Annie?-Sí.-Ella me acompañó hasta casa, y me dio no sé quédejarla sola allí, en la noche, con esa niebla, así quela invité a pasar y le ofrecí el sillón del living paraque duerma.-Ahá.-Luego cerré todo, y me fui a dormir a mi vez. Lacosa es que a la mañana siguiente, no estaba. Las lla-ves quedaron en el bolsillo de mi pantalón, y no haymodo que las haya tomado de allí sin que yo me des-pertara. Tengo el sueño muy liviano, ¿sabe?-Seguramente hay muchos modos de salir de allí, so-bre todo para una pilluela de su calibre.-Así, pues hombre, si hay tantos modos de salir, de-be haber otros tantos para entrar, cosa que no me re-sulta tranquilizadora.-Bueno, he dicho que para una diablilla ágil, peque-ña y despierta como Annie. De todos modos, no sepreocupe. No se registran casos de delito, casi, enCañada del Silencio. Nadie va a entrar subrepticia-mente a su casa, créame. Tal vez solamente la pe-queña, cosa que igual, no creo que vaya a hacer. Pro-bablemente nada más lo haya hecho para inquietarlo,para jugar esas bromas que le decía.-Sí, pero eso no es todo. Cuando llegué a la casa porprimera vez, observé una cajuela con llave que eraparte del mueble biblioteca del estudio. Obviamente,llamó mi atención. Comprobé que se hallaba cerra-da.-¿Con llave? 66
  66. 66. Los fuegos de San Juan-Sí. Pero mientras me estaba asegurando que la niñaesa no se hubiera escondido en algún lugar de la ca-sa, advertí que la portezuela ahora estaba abierta,colgando de las bisagras.Mientras contaba esto, una detonación casi lo para-lizó. Unos veinte metros al frente, un ave pequeña yparduzca daba unos saltos agónicos, para luego que-dar inerte sobre el pasto. IXLlenó la copa del añejísimo brandy que el DoctorSanjuán le había regalado luego de la cena. Lo pro-bó, y aún a pesar que no era una persona avezada nimucho menos en virtudes sibaríticas, o al menos enlas que hacen a un medianamente buen catador, pu-do advertir la nobleza y antigüedad de aquellas ce-pas. No tenía televisor, ni radio, ni más libro que a-quél que lo había acompañado durante el viaje. So-los él y la noche pueblerina.A pesar del frío, decidió salir a beberla en el fondo.Mientras miraba la bóveda celeste, estrellada comono recordaba haberla visto, pensó en aquel extrañodía que había pasado, prácticamente en su totalidad,con el Doctor. Muy poco había agregado a su juiciodespués que hubo cobrado la primera pieza. A partirde allí, las perdices habían aparecido en gran núme- 67
  67. 67. Gabriel Cebriánro, y hasta él mismo tuvo que vencer el tabú de sen-tirse un asesino y gatillar en dirección a las aves. Élmismo había derribado dos o tres, ya que a una ledispararon en forma simultánea, de modo que no sepudo saber cuál de los dos le había dado. En cambio,su nuevo amigo había atrapado más de diez, las queiba recogiendo y guardando en una bolsa que pendíade su cinturón. Comentó que Haydée haría un exqui-sito escabeche con ellas, y además observó que eramuy cuidadosa para extirpar los perdigones, dadoque, caso contrario, podían ocasionar sorpresas muydesagradables a la dentadura de los comensales.Durante la cena, Magdalena se había mostrado ca-llada y como taciturna. Solo pudo percibir algo deentusiasmo en ella cuando su padre le anunció que aldía siguiente, hacia las cinco de la tarde, Gaspar larecibiría para su primera sesión de análisis. El Doc-tor, en cambio, había hablado casi todo el tiempo delas virtudes del joven, en la cacería, en los concep-tos, en su calidad profesional, etc. etc. etc. No solohabía logrado ponerlo incómodo, sino que hasta ha-bía comenzado a sospechar que algo debía haber de-trás de toda esa lisonja excesiva. Y de la cuantiosapaga, y de su actitud obsequiosa. Encima de todo a-quello, el contexto algo tenebroso ya de Cañada delSilencio y sus folklores de bucaneros fantasmasconspiraban también para arrojarlo a un cuadro desensibilidad alerta, casi alarmada.El brandy estaba bueno, sí señor. No acostumbrabafumar mucho, pero la ocasión parecía ameritar unbuen cigarrillo. No más había accionado el encende- 68
  68. 68. Los fuegos de San Juandor cuando una serie de pequeñas luces titilaron so-bre la boca del aljibe. No podían ser otra cosa queluciérnagas, pero la sincronicidad con que había o-currido lo dejó pasmado. Pasado un poco el estupor,pensó que mal podían ser luciérnagas en una nochetan fría, pero se tranquilizó diciéndose que quizá porallí las cosas fueran distintas, o que tal vez no hubie-ra sido otra cosa que una ilusión óptica producto desu imaginación exacerbada por tantas cuestionesnuevas y singulares. Se quedó mirando un buen rato,pero el fenómeno, si es que había existido, no se re-pitió. Al cabo de unos minutos, había acabado el ci-garrillo y la tibieza del brandy lo había devuelto a suestado emocional corriente.De pronto, y a pesar de la clara noche de fase lunarcreciente, la niebla comenzó a levantarse otra vez.Había decidido entrar de nuevo en la casa cuandodesde atrás, sin ningún aviso o ruido previo, la pe-queña Annie le dijo Hola, provocándole un sobresal-to tal que dejó estrellar la copa, casi vacía, contra elpiso de ladrillo. Se volvió hacia ella impelido por elpropio movimiento instintivo de defensa, que le ha-cía al propio tiempo manifestar atávicas funcionesinvoluntarias como el escalofrío a lo largo de su es-pina dorsal. Se quedó viéndola con cierto aire de fu-ria. Ella sonreía, parecía gozar del terrible susto queacababa de propinarle.-Nunca vuelvas a hacer eso, ¿me oyes?-¿Qué nunca vuelva a hacer qué?-Aparecerte así, subrepticiamente, dentro de mi casa.-No estoy dentro de tu casa. 69
  69. 69. Gabriel Cebrián-Olvídalo, sabes a lo que me refiero. No vuelvas ahacerlo, ¿me oyes? –Trató de reconvenirla severa-mente, mas halló como respuesta una mirada que,sin decir palabra alguna, de algún modo le observabaque estaba incurriendo en una reiteración.-¿Qué diablos es lo que estás haciendo aquí? ¿Acasoes la niebla la que te trae?-Si la niebla te trae, no importa gran cosa. Lo que sídebería importarte es tratar de que la niebla no te lle-ve.-No empieces con las frases crípticas. Recién te co-nozco y ya me estás cansando, ¿sabes?-¿A qué llamas frases crípticas?-A esas cosas que afirmas pretendiendo que tienensentido cuando no tienen pies ni cabeza.-Ah, pero sí tienen sentido. Pasa que aún no lo ha-llas. Pero es cuestión de tiempo. Y fundamentalmen-te, de que llegues a aprender a pensar que las cosasno siempre se ajustan a tus criterios.-Oye, no necesito clases de una niña freak que juegaa asustar turistas haciéndose la misteriosa.-Ya te he dicho que no soy una niña.-Bueno, yo voy adentro, ¿quieres pasar? –le dijo,con la real intención de someterla a un interrogatorioexhaustivo y descubrir realmente qué había pasadola noche anterior, quién era verdaderamente y quéquería.-Está bien, si no te incomoda.-Me incomoda que andes husmeando y apareciendode golpe donde no debes. 70
  70. 70. Los fuegos de San Juan-Estás un poco agresivo, conmigo. Que yo recuerde,no te he hecho nada. Solamente te acompañé hastaaquí cuando andabas algo perdido en la niebla.-Tienes razón, discúlpame –concedió, mas no obs-tante continuó en la misma vena. -¿Y? ¿Vienes o tequedas allí?Entraron a la cocina. Gaspar puso el agua para el ca-fé –Ya su alacena estaba atestada de provisiones queesa misma tarde, mientras cazaban, Haydée había al-macenado- y se sirvió más brandy en otra copa.-Bebes como mi padre.-¿Acaso tienes uno?-Tú sabes la respuesta.-Según tú, yo sé todas las respuestas. Mirá, quieroque hablemos como amigos, ¿vale?-No me tomaría la molestia de hablar contigo si noconsiderara que lo necesitas, ¿sabes? No estoy aquíporque no tenga nada que hacer, ni mucho menos. Yolvida la peregrina idea de que soy una fantasiosa ala que le gusta asustar turistas. ¿Acaso quieres que teasuste a tí?-No, no quiero. Quiero que seas sincera conmigo ydejes de comportarte de manera extraña.-Oye, desde mi punto de vista, quien se comporta enforma extraña eres tú. ¿Qué has aprendido en la Uni-versidad? ¿Qué eres el paradigma de la realidad y eljuez absoluto de los juicios verdaderos?-No, precisamente todo lo contrario, supongo que heaprendido a ver las cosas desde varios enfoques. 71
  71. 71. Gabriel Cebrián-Entonces deja de tratarme como a un párvulo al quelo están reconviniendo todo el tiempo debido a su in-experiencia y su insensatez. Ayer estabas perdido enla niebla, y te aseguro que ésa es una situación muypoco recomendable para un individuo que, como estu caso, no maneja los códigos de tal experiencia; yconste que no me estoy refiriendo al mero fenómenoclimático, sino a lo que realmente es esa niebla.-¿Y qué es lo que verdaderamente es, esa niebla?-Ojalá lo supiera.-¿De qué hablas, entonces?-Bueno, mi ventaja sobre ti es que, si bien no sé loque es, sé, positivamente, que no se trata de una nie-bla y nada más.-¿Y cómo sabes eso?-Porque me ha llevado.-¿Adónde?-No lo sé. Nada allá es como aquí. Sé que yo tampo-co era así, antes de eso.-¿Cómo dices?-Tú eres el profesional, aquí. ¿Acaso hablo como u-na niña? ¿Qué clase de preguntas haces? Hasta queno caigas en la cuenta que no se trata de un estúpidopsicoanálisis de ésos que tan bien tienes conocidosen teoría, no avanzaremos un ápice, créeme, y la nie-bla ahí afuera nos devorará, y esta vez quizá no pue-da engañarla.Gaspar se incorporó como para terminar de prepararel café y servirlo, aunque en realidad lo hizo para ga-nar unos segundos durante los cuales tratar de clari- 72

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