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Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos
 

Varios autores ciencia ficcion los pequenos monstruos

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    Varios autores ciencia ficcion   los pequenos monstruos Varios autores ciencia ficcion los pequenos monstruos Document Transcript

    • LOS PEQUEÑOS MONSTRUOS ANTOLOGÍAÍNDICEEl metrónomo, August W. Derleth 2Juguemos a los venenos, Ray Bradbury 8La compañera de juego, Cynthia Asquith 13Fingida era la arboleda, Henry Kuttner 31El antimacasar, Greye La Spina 60Ropas viejas, Algernon Blackwood 71Cuánto temor surgió de la galería larga, E. F. Benson 94Ellos, Rudyard Kipling 104 Para Jonathan Frid, que retrata a Barnabás en «Sombras oscuras» como «el mayor monstruo de todos».
    • EL METRONOMOAugust W. Derleth Mientras permanecía en la cama, envuelta en aquella agradable y encubridoraoscuridad, sus labios se entreabrieron ligeramente dibujando una sonrisa, únicaexpresión de su tremendo alivio por el hecho de que el funeral hubiera terminado deuna vez. Nadie había sospechado que ella y el chico no habían caído accidentalmenteal río ni que ella hubiera podido salvar a su hijastro si hubiera querido. -¡Oh! Pobre Mrs. Farewell, ¡qué terriblemente mal debe sentirse! Podía escuchar las palabras debilitándose, cada vez más lejanas en la opresivaoscuridad de la noche. Ya hacía tiempo que había desaparecido el fugaz remordimiento que sintió cuando,por fin, el niño se hundió; cuando desapareció bajo la superficie del agua por últimavez y cuando ella misma quedó tendida y exhausta sobre la orilla. Había dejado depensar cómo podía haber hecho aquello. Llegó incluso a convencerse a sí misma deque el banco de la orilla se sumergió accidentalmente, de que olvidó lo débil que eraen aquella parte y la profundidad y la rapidez de la corriente en aquel trozo. Su esposo se movió en la habitación contigua. El, pobre autómata, no sospechabanada. -Ahora sólo te tengo a ti -le dijo a ella, con la pena reflejada en las desfiguradaslíneas de su rostro. Le había sido muy difícil soportar aquellos primeros días, pero el entierro definitivodel cuerpo de Jimmy alivió y finalmente disipó las débiles dudas que la atormentaban. Y, sin embargo, pensándolo fríamente, le resultaba difícil concebir cómo podíahaberlo hecho. Fue algo impulsivo, desde luego, pero también irritación ante el niño, yodio a consecuencia del parecido con su madre. Todo eso unido fue lo que motivó sudeseo. Y aquel metrónomo. A los diez años de edad, un chico ya debería haberolvidado cosas tan infantiles como un metrónomo. Si hubiera tocado el piano y lohubiera necesitado para marcar el compás, habría sido diferente. «¿Lo habría sido?» -se preguntó a sí misma. Pero tal y como estaban las cosas... No, no, demasiado paraella. Sus nervios no lo habrían podido soportar un día más. Recordaba cuánto la habíaencolerizado cantándole continuamente aquella absurda cancioncilla que escuchó aWalter Damrosch durante uno de los programas infantiles del viernes, el día en queella le ocultó el metrónomo. Se trataba de una explicación al apodo de SinfoníaMetrónomo de la Octava de Beethoven. Sus palabras, aquellas palabras absurdamenteinfantiles que Beethoven envió al inventor del metrónomo, se cruzaron en su mentehaciendo resonar todas las recámaras de su memoria. ¿Qué tal estás? ¿Qué tal estás? ¿Qué tal estás? Mi querido, mi querido míster Mel-zo. O algo parecido. No podía estar segura. Las palabras sonaban insistentemente en sumemoria, acompañadas por la melodía del segundo movimiento de la Octava,golpeándole el cerebro sin parar, como el metrónomo: tic-tac, tic-tac. Después detodo, el metrónomo y la canción habían cristalizado sus verdaderos sentimientos haciael hijo de la primera esposa de Farewell. Apartó la canción de su memoria. Después, de repente, comenzó a preguntarse dónde había guardado el metrónomo.Era un objeto bastante bonito y moderno, con una pesada base de plata y un pequeñomartillo sobre una varilla de acero acanalada que se extendía hacia arriba, sobre unfondo en forma de triángulo curvo de plata. No sucumbió a su primer impulso dedestruirlo porque pensó que, una vez desaparecido el chico (¿acaso no lo había visto yamuerto?), sería un bonito adorno, aun cuando hubiera pertenecido a la madre de
    • Jimmy. Por un momento pensó en Margot. Debía sentirse contenta de que le enviara aJimmy junto a ella... en el supuesto de que, en el otro mundo, hubiera un lugar paraél. Recordó entonces que Margot fue creyente. ¿Podría haber puesto aquel trasto en una de las estanterías de su armario? Quizá.Resultaba extraño no poder recordar algo que seguía siendo uno de sus actos másimportantes durante los últimos días anteriores a aquel en el que Jimmy perecióahogado. O quizá lo había ocultado detrás de alguno de los libros de la biblioteca. Estaba allí, echada, pensando en todo esto. Y en lo decorativo que quedaría sobre elgran piano: únicamente aquel adorno, la plata contrastando con el negro amarronadodel piano. De repente, el tic-tac del metrónomo se introdujo en su mente. Qué extraño, quesonara precisamente ahora, pensó cuando sus pensamientos se ocupaban de él. Elsonido le llegaba con bastante claridad, tic-tac, tic-tac, tic-tac. Pero al tratar dedescubrir el lugar de donde procedía el sonido, no lo consiguió. Parecía oscilar. Elsonido aumentaba, haciéndose más alto, y después se desvanecía, una y otra vez, loque le pareció muy poco normal. Reflexionó sobre el hecho de que nunca lo habíaescuchado así durante todo el tiempo en que Jimmy le acosó con su metrónomo. Todossus sentidos se agudizaron, escuchando con mayor atención. De pronto, pensó en algo que estremeció todo su cuerpo. Por un momento contuvola respiración y fue incapaz de moverse. ¿No había ocultado el metrónomo después deque Jimmy se lo entregara para darle cuerda? A menos que le fallara la memoria, así lohabía hecho. Y, en tal caso, ahora no podía estar sonando, pues se le había acabado lacuerda y ella no se la había vuelto a dar; además, era terriblemente difícil que aquelobjeto se pusiera en marcha por sí solo. Por un instante, se preguntó si no lo habríaencontrado Henry, y le habría dado cuerda para gastarle una broma dejándolo enmarcha en aquellos momentos. Echó un vistazo a su reloj de pulsera. Era la una menoscuarto. Se necesitaba tener una buena imaginación para pensar que Henry fuera capazde gastarle una broma como aquélla. Más bien le habría colocado el objeto delante y lehabría dicho: «Mira. Creí haberte oído decir que Jimmy lo había perdido, y me loencuentro ahora en tu estantería; probablemente, él no hubiera podido llegar allí.» Escuchó. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. ¿Estaría Henry oyendo aquello?, se preguntó. Probablemente no. Siempre dormíabastante profundamente. Tras un momento de duda, se levantó, extendió una mano para coger la linterna yse dirigió hacia el armario. Abrió la puerta, introdujo la mano y la linterna en el interiory escuchó. No, el metrónomo no estaba allí. Sin embargo, no pudo evitar el hacer a unlado uno o dos sombreros para asegurarse. Casi siempre ocultaba cosas allí. Se apartó del armario y permaneció apoyada contra su puerta cerrada, con las cejasfruncidas en una expresión de enfado. ¡Dios! ¿Estaba destinada a escuchar aquelinfernal tic-tac incluso después de la muerte de Jimmy? Se dirigió resueltamente haciala puerta de su habitación. Pero su conciencia escuchó un nuevo ruido. Al otro lado de la puerta, alguien estaba andando hacia alguna parte, con pisadassuaves y apagadas. Naturalmente, lo primero que hizo fue pensar en Henry, pero casi al mismo tiempoescuchó o creyó escuchar el crujido de su cama. Quiso imaginar que, por alguna razón,la doncella o la cocinera habían vuelto a casa. Pero no pudo aceptar esta absurda ideade su regreso a la una de la madrugada. Su mano dudó ante el pomo de la puerta. El instinto le advertía: «No salgas. Nocruces esa puerta.» Abrió la puerta casi con enojo y miró hacia el vestíbulo, elevando el haz de lalinterna. Allí no había nada. «¡Qué absurdo!», pensó.
    • En aquel preciso instante, volvió a escuchar los pasos, ahora rápidos y lejanos. Eldébil sonido parecía proceder del piso inferior. El tic-tac del metrónomo se había hechomás insistente; sonaba ahora con tal fuerza que, por un momento, temió que pudieradespertar a Henry. Y entonces llegó hasta ella un sonido que llenó su cuerpo de un terror helado... elsonido de la voz de un niño cantando, en algún lugar lejano. ¿Qué tal estás? ¿Qué tal estás? ¿Qué tal estás? Mi querido, mi querido míster Mel-zo, Retrocedió, tropezando con la jamba de la puerta y se agarró a ella con la manolibre. Su mente estaba completamente confusa. Pero la voz se debilitó enseguida ymurió, mientras el tic-tac del metrónomo se hacía más fuerte que nunca. Cuandoescuchó cómo su sonido se superponía al de la voz, no pudo dejar de sentir un ciertoalivio. Se quedó allí unos momentos, recuperándose. Después apretó los dedos alrededorde la linterna y comenzó a caminar lentamente a lo largo del pasillo, muy cerca de lapared. Poco antes de llegar al descansillo de la escalera, colocó la mano alrededor delpequeño haz de luz de la linterna, de modo que no pudiera ser vista por lo que hubieseallá abajo. Descendió las escaleras, con el recelo de que pudieran crujir y delatar su presencia. En el vestíbulo de abajo no había nada. Abrió suavemente la puerta de la biblioteca y el sonido del metrónomo surgió de lahabitación, envolviéndola. Sus ojos no distinguieron inmediatamente lo que había másallá del umbral. Sólo después de haber penetrado en la estancia captaron sus ojos unavaga y pequeña sombra recortada contra la pared opuesta; era una cosa confusa quese movía a lo largo de la pared, mirando detrás de los muebles, en las estanteríasllenas de libros, extendiendo unas manos fantasmales hacía los rincones... ¡Jimmy,buscando su metrónomo! Se quedó inmóvil mientras su respiración parecía quedar contenida por el horror.¡Jimmy, el difunto Jimmy, a quien ella misma había enterrado aquella mañana!Únicamente la fortaleza de su voluntad le impidió desvanecerse y perder el equilibrio. El niño espectral se acercó. Se acercó y pasó junto a ella, buscando, fisgoneandocada uno de los lugares donde pudiera estar escondido el metrónomo. Una y otra vez,dando vueltas por la habitación. Con gran esfuerzo, consiguió encontrar su voz. -Márchate -murmuró con dureza-. ¡Oh, márchate! Pero el niño no la escuchó. Continuó su búsqueda fantasmagórica, removiendo losmismos lugares donde ya había buscado tantas veces. Y el insistente tic-tac, tic-tac delmetrónomo seguía sonando, como los golpes de un martillo, en aquella opresivahabitación hundida en la noche. Su mano se apartó del haz de luz en el instante en que el niño pasaba junto a ella.Le vio el rostro, vuelto hacia ella. Sus ojos, normalmente tan amables, le lanzaban unamirada malévola, mientras la boca dibujaba una mueca petulante y enojada, con suspequeños puños apretados. Ella se volvió frenética, estaba ansiosa por escapar de allí. Pero la puerta no se abrió. Después de tres intentos inútiles por abrirla, miró para ver si existía algún obstáculoque la impidiera moverse. El niño estaba a su lado, apoyando ligeramente la manocontra la puerta. Aquello era suficiente para mantenerla inamovible. Ella lo volvió aintentar. El pomo giró en su mano, como antes, pero la puerta se negó a moverse. Laexpresión del niño adquirió un aspecto tan maligno, que ella dejó caer la linterna en unrepentino sobresalto. Retrocedió rápidamente hacia la ventana, en la pared opuesta adonde se hallaba la puerta.
    • Pero el niño estaba allí antes de que ella llegara. Trató de elevar la ventana, corriendo el cerrojo con su otra mano. No se movió.Incluso antes de mirar, sintió la mano del niño sosteniendo la ventana. Allí estaba,vagamente blanco, transparente, apoyado ligeramente contra el cristal. Echó a correr. Sucedió lo mismo con la otra ventana de la habitación. Cuando trató de levantar lamano, dispuesta a romper el cristal, descubrió que el niño sólo tenía que permanecerante la ventana para evitar que su mano pudiera penetrar la atmósfera que le rodeabay llegar al cristal. Entonces se volvió y caminó hacia la oscura esquina, detrás del piano, sollozando deterror. Inmediatamente, el niño se situó allí. Sintió cómo emanaba de él un frío cadavéricoque penetraba a través de sus delgadas ropas de noche. -¡Márchate! ¡Márchate! -sollozó. Sintió el rostro del niño apretándose muy cerca de ella, buscando su mirada con susojos acusadores, mientras extendía sus dedos fantasmales para tocarla. Volvió a huir, lanzando un sálvate grito de terror. Una vez más, se dirigió hacia la puerta, pero el niño estaba allí antes de que sumano pudiera tocar el pomo. Y, sin llegar a girarlo siquiera, supo que su esfuerzo erainútil. Entonces trató de encender la luz, pero la misma fuerza que le había impedidoromper antes el cristal de la ventana, actuaba de nuevo contra ella. Sintiéndose acosada buscó de nuevo la relativa seguridad de un rincón oscuro. El niño volvió a encontrarse junto a ella, acercándose suavemente a su cuerpo,como un animal. Echó a correr de una esquina a otra de la habitación. Pero el niño estaba en todas partes. De pronto, las puertas de su mente se cerraron y bloquearon toda su capacidad pararazonar. Sintió un profundo y desquiciado pánico apoderándose de su cuerpo. Empezóa golpear las paredes con los puños cerrados. Descubrió entonces que su voz y susgritos aliviaban el horror que se encerraba en su interior. Lo último de lo que se dio cuenta fue del estirón que las manos espectrales del niñodieron a su cintura. Entonces se desmoronó; quedó acurrucada como un ovillo contrala pared. Algo lanzó un fuerte y agudo golpe contra su sien y, en el mismo instante, elfrígido cuerpo fantasmagórico del niño se apretó sobre su rostro. Henry Farewell encontró a su esposa acurrucada contra la pared, cerca del granpiano. Cerca de su cabeza estaba el metrónomo. Se dio cuenta inmediatamente de quehabía caído por detrás de un enorme cuadro que ahora colgaba, doblado, sobre ella. Alcaer, le había dado contra la sien. Estaba muerta. Durante un minuto permaneció asombrado, mirando fijamente su cuerpo. Después,su bien ordenada y metódica mente de hombre de negocios, se aseguró de la certezade sus suposiciones y finalmente llamó al juez. Cuando éste llegó, se lo encontró en la puerta. -Ha ocurrido un terrible accidente -dijo-. Evidentemente, estaba andando en sueños,víctima del sonambulismo, y chocó contra la pared cuando un metrónomo, ocultadopor mi hijo detrás de un cuadro, poco antes de su muerte, cayó golpeándola en la sien.Está allí, muerta. Después, Henry Farewell se sentó, pues el impacto de la muerte de su esposaempezaba a alterar incluso su serenidad, deliberadamente fría. Se retorció las manos yesperó a que el juez terminara su inspección. Al cabo de unos minutos, el juez salió de la biblioteca, con aspecto muy serio. -Mire aquí, Farewell -dijo-. No comprendo esto -y sin esperar a que Henry Farewellle hiciera ninguna pregunta, siguió diciendo-: Ese golpe no fue suficiente para matarla.
    • Parece como sí hubiera sido ahogada por... sí, por unas ropas húmedas... pero no haynada parecido por aquí. Y, por otra parte, no comprendo cómo su hijo pudo haberescondido ese metrónomo detrás de ese cuadro. Está demasiado alto para que élpudiera alcanzarlo, aunque se subiera a una silla o al piano. Y hay algo más que meextraña. Venga, por favor. Penetraron juntos en la biblioteca. -Mire eso -dijo el juez, señalando con su dedo extendido la línea formada por lapared y el suelo a lo largo de toda la habitación. Había allí un gran número de pisadas que se extendían por la pared, húmedas ybrillantes a la luz que iluminaba ahora la habitación. -Como un niño pequeño con los pies húmedos -dijo Farewell, en un tono de voz queindicaba su poca predisposición a creer lo que decía-. Parece como si hubiera estadochapoteando en el agua, ¿verdad? -preguntó. -No, no -dijo el juez, con voz tensa-. Parece más bien un niño que hubiera estadocompletamente empapado, ropas y todo -se arrodilló, se puso las gafas y dijo-: Mire,gotas... como las gotas de agua que caen de las ropas mojadas. Siguen la línea de laspisadas. Y mire aquí, estos extraños recorridos del camino... hacia las esquinas...detrás de las cosas. Farewell, debo decir que, francamente, no entiendo esto. Y Henry Farewell, a quien la Naturaleza había olvidado de proporcionar un grano deimaginación, dijo: -Yo tampoco, señor juez. Únicamente sé lo que le he dicho.
    • JUGUEMOS A LOS VENENOSRay Bradbury -¡Te odiamos! -Gritaron los dieciséis chicos y chicas, apretándose alrededor deMichael en el aula. Michael gritó. El recreo había terminado, pero Mr. Howard, el maestro, aún no habíallegado. -¡Te odiamos! Y los dieciséis chicos y chicas juntos, agolpándose y resollando, abrieron unaventana. Había tres pisos de altura hasta la acera. Michael se debatió. Cogieron entre todos a Michael y lo empujaron por la ventana. Mr. Howard, su maestro, entró en aquel momento en el aula. -¡Esperad! -Gritó. Michael cayó desde tres pisos de altura. Michael murió. Nada se pudo hacer. La policía se encogió de hombros de forma elocuente. Todosaquellos niños tenían ocho o nueve años; no comprendían lo que estaban haciendo. Asíes que... El colapso de Mr. Howard se produjo al día siguiente. Se negó a volver a enseñar ensu vida. -Pero ¿por qué? -Le preguntaron sus amigos. Mr. Howard no dio ninguna razón. Permaneció en silencio y una luz terrible llenó susojos. Más tarde, les dijo que si les contaba la verdad, creerían que se había vuelto loco. Mr. Howard abandonó Madison City. Se marchó a vivir en un pequeño pueblocercano, Green Bay, donde permaneció durante siete años, manteniéndose con losingresos que conseguía de escribir historias y poesía. No se casó nunca. Las pocas mujeres a las que se aproximó siempre deseabantener... hijos. En el otoño de su séptimo año de autoforzado retiro, cayó enfermo un buen amigode Mr. Howard, un maestro. Ante la falta de un sustituto adecuado, Mr. Howard fueconvocado y convencido de que su deber era hacerse cargo de la clase. Dándosecuenta de que el compromiso no podía durar más de unas pocas semanas, Mr. Howardaceptó, desgraciadamente. -A veces -dijo Mr. Howard aquella mañana de un lunes de setiembre mientrascaminaba lentamente por los pasillos laterales de la clase-, a veces creo realmente quelos niños son como invasores procedentes de otra dimensión. Se detuvo, y sus brillantes ojos negros pasaron de un rostro a otro de sus pequeñosoyentes. Mantenía una mano en la espalda, cerrada y apretada. La otra, como unpálido animal, se posaba en la solapa de la chaqueta mientras hablaba; después aúnsubió más para jugar con las gafas. -A veces -siguió diciendo, mirando a William Arnold y a Russell Newell, y a DonaldBowers y a Charlie Hencoop-, a veces creo que los niños son pequeños monstruossurgidos del infierno porque ni siquiera el demonio puede soportarlos. Y, desde luego,creo que se debe hacer todo lo posible por reformar sus pequeñas mentes incivilizadas. La mayor parte de sus palabras sonaron muy poco familiares en las orejas limpias ysucias de Arnold, Newell, Bowers y los demás. Pero el tono de su voz les hacía sentirmiedo. Las niñas estaban apoyadas en los respaldos de sus asientos, aprisionando sustrenzas, para que él no estirara de ellas como si fueran cuerdas de campanas, con elpropósito de llamar así a los ángeles negros. Todos ellos miraban a Mr. Howard como siestuvieran hipnotizados. -Sois otra raza completamente distinta, con vuestros motivos, vuestras creencias,vuestras desobediencias -siguió diciendo Mr. Howard-. No sois humanos. Sois... niños.En consecuencia, y hasta que no seáis adultos, no tenéis ningún derecho a exigirprivilegios, ni a preguntar a vuestros mayores, que saben mejor que vosotros lo que sedebe hacer.
    • Se detuvo y colocó su elegante trasero sobre la silla situada detrás de la mesa,limpia, sin una mota de polvo. -Vivís en vuestro mundo de fantasía -dijo, frunciendo el ceño-. Bien, aquí no habráfantasías. Pronto descubriréis que un reglazo en la mano no es ningún sueño, ningúnadorno, ninguna excitación a lo Peter Pan -lanzó entonces un resoplido y preguntó-:¿Os he asustado? Lo he conseguido. ¡Bien! Bien y bueno. Os lo merecéis. Quiero quesepáis dónde estamos. Yo no os temo, recordadlo. No tengo miedo de vosotros -depronto su mano tembló y empujó atrás su silla, mientras todos los ojos estaban fijosen él-. ¡Eh! -lanzó una penetrante mirada a través de la habitación-. ¿Qué estáismurmurando por ahí atrás? ¿Algo sobre nigromancia o alguna otra cosa? -¿Qué es nigromancia? -Preguntó una niña pequeña, levantando la mano. -Discutiremos eso cuando nuestros dos jóvenes amigos, los señores Arnold y Bowersexpliquen qué estaban murmurando. ¿Y bien, jovencitos? Donald Bowers se levantó. -No nos gusta usted. Eso es todo lo que dijimos. Después volvió a sentarse. Mr. Howard elevó las cejas. -Me agrada la franqueza, la verdad. Gracias por vuestra honestidad. Pero, al mismotiempo, debo deciros que no tolero la rebelión poco seria. Esta tarde, después de lasclases, os quedaréis una hora y lavaréis las pizarras. Después de las clases, mientras se dirigía a casa, con las hojas de otoño cayendo asu alrededor, Mr. Howard se encontró con cuatro de sus alumnos. Dio un golpe seco yagudo con su bastón sobre la acera. -¡Eh! ¿Qué estáis haciendo? Los dos chicos y las dos chicas, sorprendidos, retrocedieron como sí hubieran sidogolpeados con el bastón sobre sus espaldas. -¡Oh! -exclamaron. -¿Y bien? -pidió el hombre-. Explicádmelo. ¿Qué estabais haciendo antes de llegaryo? -Jugando a los venenos -explicó William Arnold. -¡Veneno! -exclamó el maestro, con el rostro contraído; después dijo con unestudiado sarcasmo-: Veneno, veneno, jugando a los venenos. Bien. ¿Y cómo se juegaa los venenos? De mala gana, William Arnold echó a correr. -¡Vuelve aquí! -le gritó Mr. Howard. -Sólo voy a demostrarle cómo jugamos a los venenos -dijo el chico, saltando sobreun bloque de cemento que había en la acera-. Cada vez que llegamos ante un hombremuerto, saltamos sobre él. -¿Lo hacéis de veras? -preguntó Mr. Howard. -Si salta uno sobre la tumba de un hombre muerto, queda envenenado, cae y semuere -explicó Isabel Skelton con prontitud. -Hombres muertos, tumbas, envenenamientos -dijo burlonamente Mr. Howard-. ¿Dedónde habéis sacado esa idea del hombre muerto? -¿No lo ve? -preguntó Clara Parris señalando con su regla-. En este cuadrado estánlos nombres de dos hombres muertos. -¡Ridículo! -replicó Mr. Howard, mirando de soslayo-. Eso son simplemente losnombres de los albañiles que mezclaron y colocaron el cemento de la acera. Isabel y Clara abrieron la boca y se volvieron acusadoramente hacia los dos chicos. -¡Dijisteis que eran lápidas de tumbas! -gritaron las dos, casi al unísono. -Sí -dijo William Arnold, mirándose los pies-. Lo son. Bueno, casi. Da igual -levantóla mirada y añadió-: Es tarde. Tengo que marcharme a casa. Hasta luego. Clara Parris miró los dos pequeños nombres grabados en la acera.
    • -Mr. Kelly y Mr. Terrill -dijo, leyéndolos-. Entonces, ¿esto no son tumbas? ¿Mr. Kellyy Mr. Terrill no están enterrados aquí? ¿Lo ves, Isabel? Es lo que te he dicho unadocena de veces. -No lo hiciste -dijo Isabel, de mal humor. -Mentiras deliberadas -dijo Mr. Howard, pegando golpecitos con su bastón, en ungesto de impaciencia-. Falsificación del más alto calibre. ¡Buen Dios! Señores Arnold yBowers, no harán más estas cosas, ¿comprenden? -Sí, señor -murmuraron los chicos. -¡Hablad más alto! -Sí, señor -replicaron de nuevo. Mr. Howard se alejó rápidamente por la calle. William Arnold esperó hasta haberleperdido de vista antes de decir: -Espero que algún pájaro deje caer algo justo en su nariz... -Vamos, Clara, sigamos jugando a los venenos -dijo Isabel, ilusionada. -Se ha echado a perder todo -comentó Clara, poniendo mala cara-. Me voy a casa. -¡Estoy envenenado! -gritó de pronto Donald Bowers, tirándose al suelo y haciendocomo que echaba espumarajos por la boca-. ¡Mirad! ¡Estoy envenenado! ¡Ahhhh! -¡Oh! -exclamó Clara, enojada y echó a correr. El sábado por la mañana, Mr. Howard miró por la ventana que daba a la calle ylanzó un juramento al ver a Isabel Skelton haciendo señales de tiza sobre la acera ysaltando después sobre ellas, al mismo tiempo que contaba una monótona cancioncilla. -¡Deja de hacer eso! Abalanzándose al exterior, casi la tiró al suelo en su agitación. La agarró, la sacudióviolentamente y después la dejó en el suelo; permaneció en pie sobre ella y sobre lasmarcas de tiza. -Sólo estaba jugando a la pata coja -dijo la niña, lloriqueando y pasándose lasmanos por los ojos. -No importa. No puedes jugar aquí -declaró él; después, inclinándose sobre lasmarcas de tiza, las borró con su pañuelo, murmurando-: Eres una pequeña bruja.Pentagramas. Rimas y conjuros, y todo como si fuera perfectamente inocente. ¡Dios,qué inocente! ¡Eres un pequeño diablo! Hizo un gesto, como si fuera a golpearla, pero se detuvo. Isabel echó a correr,lamentándose. -¡Adelante, pequeña tonta! -gritó él con furia-. Ve corriendo y dile a tus pequeñascohortes que has fracasado. Tendrán que intentarlo de alguna otra manera. No loconseguirán conmigo. No lo conseguirán. ¡Oh, no! Volvió a entrar en su casa, se sirvió un vaso lleno de brandy y se lo bebió. Duranteel resto del día, estuvo oyendo a los niños jugando al tú-la-llevas, y los gritos y sonidosproducidos por los pequeños monstruos en cada arbusto y sombra no le dejarondescansar. -Otra semana como ésta -se dijo a sí mismo-, y me volveré loco de atar -se llevóuna mano a su dolorida cabeza-. ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué no podremos nacertodos adultos? Y transcurrió otra semana. Y, entretanto, el odio fue creciendo entre él y los niños.El odio y el temor crecían juntos. El nerviosismo, las rabietas repentinas por nada, ydespués... la silenciosa espera. La forma en que los chicos se subían a los árboles paramirarle mientras comían manzanas, el olor melancólico del otoño posándose por todala ciudad, los días cada vez más cortos, las noches que llegaban con mayor prontitud. -Pero no me tocarán, no se atreverán a tocarme -se dijo Mr. Howard a sí mismo,bebiéndose un vaso de brandy detrás de otro-. En cualquier caso, todo esto es unatontería; no hay nada detrás. No tardaré en estar lejos de aquí y... de ellos. Notardaré... Había un cráneo blanco en la ventana.
    • Eran las ocho de la noche de un jueves. Había sido una semana muy larga, conestallidos de cólera y acusaciones. Había tenido que ahuyentar continuamente a losniños de la zanja de la tubería del agua en construcción que estaba frente a su casa. Alos chicos les encantan las excavaciones, los lugares ocultos, las tuberías, lasconducciones y las zanjas, y siempre estaban subiendo y bajando, entrando y saliendopor los agujeros donde colocaban las nuevas tuberías. Gracias a Dios, todo habíaterminado y, al día siguiente, los trabajadores rellenarían de tierra la zanja, laapisonarían y colocarían una nueva capa de cemento, dejando la acera como estaba.Eso eliminaría a los niños. Pero, justamente ahora... ¡Había un cráneo blanco en la ventana! No cabía la menor duda de que la mano de un niño sostenía el cráneo, apoyándolocontra el cristal, golpeándolo y moviéndolo. Se escuchaba una risa infantil procedentedel exterior. Mr. Howard salió precipitadamente de la casa. -¡Eh, vosotros! -explotó en medio de los tres chicos que empezaban a correr. Echó a correr detrás de ellos, sin dejar de gritar. La calle estaba oscura, pero vio lasfiguras moviéndose precipitadamente por delante y por debajo de él. Las vio como siestuvieran unidas y no pudo recordar la razón de ello, hasta que fue demasiado tarde. La tierra se abrió bajo él. Cayó y quedó en un pozo, dándose un golpe terrible en lacabeza con una tubería y, mientras perdía la conciencia, tuvo la impresión de que seponía en marcha una verdadera avalancha, provocada por su caída, y que montones detierra húmeda y fría caían sobre sus pantalones, sus zapatos, su chaqueta; sobre suespalda, sobre su nuca y sobre su cabeza, llenándole la boca, las orejas, los ojos, lasventanillas de la nariz... La vecina, con los huevos envueltos en una servilleta, llamó a la puerta de Mr.Howard al día siguiente. Estuvo llamando durante cinco minutos. Cuando finalmenteabrió la puerta y se introdujo en la vivienda, no encontró más que pequeñas motas depolvo flotando en el aire iluminado por el sol: las habitaciones estaban vacías, elsótano olía a carbón y a escorias de hulla, y en el ático no había más que una rata, unaaraña y una carta descolorida. -Una cosa muy curiosa lo que le sucedió a Mr. Howard -dijo muchas veces durantelos años siguientes. Y los adultos, siendo como son, muy poco observadores, no prestaron atención a losniños que jugaban a los venenos en la calle Oak Bay durante todos los otoñossiguientes. Ni siquiera cuando los niños saltaban sobre un bloque cuadrado y extrañode cementó, miraban a su alrededor y observaban después las marcas que había en elbloque y que decían: Mr. HOWARD - R.I.P. -¿Quién es Mr. Howard, Billy? -¡Ah! Supongo que será el tipo que puso aquí el cemento. -¿Y qué significa eso de R.I.P.? -¡Ah! ¿Quién lo sabe? ¡Estás envenenado! ¡Lo has pisado! -Vamos, vamos, niños. ¡No os crucéis por delante de mamá! ¡Vámonos ya!
    • LA COMPAÑERA DE JUEGOCynthia Asquith Laura Halyard se preguntó si se acostumbraría alguna vez al encanto de su nuevohogar. Aún sentía la necesidad de restregarse los ojos cada vez que miraba aquellacasa de ensueño. Comparados con el estruendo y la luminosidad de Nueva York, la suave belleza y elverde silencio de Lichen Hall se le aparecían a la nueva dueña como un hechizo. Hacíasólo un año que, tras la desaparición de su hermano mayor, muerto sin hijos, suesposo, Claud Halyard, había heredado la propiedad. Desde su matrimonio, losnegocios habían mantenido a Claud en América; así pues, Laura nunca se encontró consu pobre y paralizado cuñado. Sin embargo, pensó en él a menudo a causa de laprofunda impresión que produjo en su imaginación su trágica historia: la pérdidaprecoz de su adorada esposa, el accidente que le convirtió en un lisiado sin esperanzasy finalmente la horrible tragedia de su única hija de diez años, muerta en el incendioque, doce años antes, destruyó un ala de Lichen Hall. La casa había sido restaurada tan hábilmente que resultaba difícil creer que sehubiera producido aquel incendio fatal, y, al principio, su nueva dueña se sintió tancautivada por aquella atmósfera de paz que le resultó casi imposible asociar el lugarcon algo tan terrible como la muerte de aquella pobre niña. ¿Podría haber ocurrido allíalgo así y tan sólo doce años antes? Laura Halyard tenía toda la notable adaptabilidad de las mujeres de su país y,cuando se sentaba en el gran vestíbulo, con su fina y delicada belleza brillando alparpadeo del fuego de la chimenea, tenía un aspecto maravilloso, perfectamenteacorde con todo lo que la rodeaba. Había invitado a tomar el té al viejo vicario, cuyosojos debilitados parpadeaban con admiración ante la gracia y la belleza de suanfitriona. Deseaba que no llegara el momento de terminar una visita tan agradable. -Si me permite decirlo así, lady Halyard -dijo, arrastrando de mala gana sus rígidosmiembros y elevándolos de las profundidades del sillón donde había estado sentado-,es muy agradable volver a tomar aquí un chátelaine. Lichen Hall ha sido un lugar muytriste durante estos últimos doce años. -Sí -admitió Laura-. Creo que mi pobre cuñado nunca consiguió superar la terribletragedia de esa pobre niña. -«Un hombre roto» es una frase que uno escucha a menudo -dijo el sacerdote-,pero, afortunadamente, en el transcurso de toda mi vida sólo he podido conocer a unhombre a quien se pudiera aplicar justamente esa frase. Ese hombre fue su cuñado.Cumplió con su deber en este lugar. Nadie lo habría hecho mejor. Pero tras la muertede su pequeña Daphne, las deudas fueron todo lo que le quedó en el mundo. No lequedó nada más. Para mí representó un gran dolor ver unas cenizas tan grises y serincapaz de distinguir en ellas ni siquiera una pequeña chispa. ¡Vivió tan sólo! Durantetodos aquellos últimos años apenas si hubo alguien que se acercara por aquí. Sólounos pocos y viejos amigos, pero siempre tuve la impresión de que él únicamente lossufría por consideración a sus sentimientos. Laura emitió un murmullo de simpatía. -Me pregunté a menudo por qué su esposo nunca vino por aquí, lady Halyard -siguiódiciendo el anciano-. A pesar de los veinte años de edad que les separaban, siemprehabían sido hermanos muy compenetrados. Parece extraño que no regresara ni unasola vez a su propia casa hasta que la heredó. -Lo sé -dijo Laura-. Mi esposo estaba muy atado por los negocios, pero, a pesar detodo, se las podría haber arreglado. Le pedí a menudo que viniéramos a hacer unavisita, pero él siempre creía que el año siguiente sería mejor. No sé por qué pensabaasí. Desde luego, Mr. Claud, mi esposo es muy sensible. Se encoge ante las desgracias.A veces pienso que, quizá, lo que le sucedía es que era incapaz de ver por sí mismo lamiseria en que se encontraba su hermano.
    • -Posiblemente -admitió el vicario-. Pero hubiera deseado verle por aquí. Podríahaber significado un gran cambio en la situación. Laura detectó un tenue matiz de reproche en la voz amable del anciano. -No es que no le guste este sitio -le aseguró-. No le puedo decir cuánto significapara él. -Lo sé, lady Halyard, lo sé. ¿Cree que no le recuerdo de cuando era un chico? Suamor por esta casa era casi motivo de chanzas entre los miembros de su familia. Encierta ocasión le puso morado un ojo a otro chico por atreverse a decir que su casa eramás hermosa que ésta. Buenos tiempos aquellos en los que él y todas sus hermanaseran jóvenes. Los pálidos ojos del anciano vicario se abrieron mucho mientras miraba tristementehacia el pasado. -Siempre he pensado que lo que necesita este jardín son niños. Se le desperdiciacuando no hay nadie en él. Se lo puedo asegurar; es una verdadera alegría ver a suhija pequeña rompiendo y arrancando la hierba de las terrazas. -No le puedo decir lo feliz que Hyacinth se siente aquí -exclamó Laura-. Se pasatodo el día como si estuviera en éxtasis. -¡Bendígala! -dijo el sacerdote-. ¡Qué maravillosa es y qué parecido tanextraordinario con... -¿Parecido? ¿Con quién? -Con su pobre prima... con la pobre y pequeña Daphne. Seguramente, esasemejanza habrá impresionado a su esposo, ¿verdad? -No... no. Al menos no me lo ha dicho así, aunque quizá, de ser cierto, no me lodiría. Ni siquiera después de todos estos años puede soportar el hablar de su sobrina.Nunca menciona el nombre de Daphne. -Sé que le causó una terrible impresión -admitió el vicario-. Se sentía tan orgullosode ella. Recuerdo que siempre estaba jugando con ella. Pero en realidad, la queríamostodos. Sí, existía una verdadera fascinación alrededor de la pequeña Daphne. -¿Y era realmente como nuestra Hyacinth? -¡Vaya si lo era! -exclamó el sacerdote-. ¡Es el parecido más asombroso que hevisto! Le aseguro que la primera vez me dejó muy asombrado, cuando la viobservándome a través de unos arbustos. Sí, el verla me hizo volver doce años atrás.Ahora tiene diez años, ¿verdad? Laura asintió. -¿Lo ve? La pobre Daphne tenía exactamente la misma edad la última vez que lavi... el día antes de... sí, sí, aún la puedo ver... el mismo pelo rubio rodeando la palidezde su cara, los ojos grandes y la misma mirada de enojo... algo extraordinariamentevivaz. -¿De veras? -dijo Laura. Su voz tembló y el vestíbulo se nubló ante sus ojos, perturbada su visión por unaslágrimas. -Sí, un parecido realmente extraordinario -siguió diciendo el anciano-. Las vocestambién eran muy similares. Y su Hyacinth parece tener la misma pasión por el juego.Nunca vi a un ser con tal capacidad como Daphne para llenar el día. Siempre parecíadesear poner más diversión de la que podía en cada hora. Era casi como si supiera deantemano que no tenía tiempo que perder. ¿Recuerda usted el pasaje de Maeterlincksobre aquellos a quienes él llama Les Avertis? -Sí, lo recuerdo -la voz de Laura era pesada. -Bien, bien, me tengo que marchar ahora. Gracias, querida señora, por la tarde tanagradable. Dé mis más queridos recuerdos a Daph... quiero decir a Hyacinth. -Buenas tardes, Mr. Claud. Vuelva pronto -dijo Laura, aunque de una formabastante mecánica. Volviéndose hacia el fuego, removió uno de los grandes troncos con el pie, ydespués removió las ascuas con el atizador, hasta que estallaron en llamas. Se sintió
    • cansada y con frío. Cuando el sacerdote volvió a entrar en la habitación, se le quedómirando, asombrada. El pidió disculpas por haberse olvidado los guantes. -¡Oh! ¿De qué color son? -preguntó Laura con un aire ausente, como si en elvestíbulo pudiera existir una gran variedad de pares de guantes-. Espere un momento,Mr. Claud -dijo, cuando el vicario hubo encontrado sus guantes-. Había algo quedeseaba preguntarle. ¿Qué aspecto cree usted que tiene mi esposo? -Bueno, lady Halyard. Siempre fue un tipo magnífico. Sí, creo que tiene un aspectobastante bueno. Pero, ya que me lo pregunta, lo único que le he notado es unaexpresión especialmente tensa en los ojos, más bien, como si estuviera haciendosiempre un gran esfuerzo mental... como si estuviera tratando de recordar algo. -¿Tratando de recordar algo? -Sí. No cabe la menor duda de que eso es a consecuencia de lo mucho que trabajaen el despacho. Me siento muy contento de no verle allí. De algún modo, no puedoimaginarme a ningún Halyard en un despacho. ¡Oh, sí! Claud siempre estuvo hechopara la vida en el campo. Buenas noches, lady Halyard, buenas noches. Una vez sola, Laura se acurrucó junto al fuego de la chimenea. ¿Claud hecho para lavida en el campo? Sí, así lo había pensado siempre. En América parecía un exiliadoañorando siempre su país natal. Y, sin embargo, ahora que se encontraban en suquerido hogar, el cual había demostrado ser mucho más maravilloso de lo que suspropias alabanzas le habían hecho esperar, ¿qué andaba mal? En su crecientedesilusión, no tuvo más remedio que admitir que el ánimo de su esposo -siempreinconstante- era ahora mucho más bajo de lo que solía ser. Parecía estar abrumado poruna atmósfera sofocante. Y, además, estaba aquella mirada tensa que el vicario yahabía notado. Otras personas también lo habían comentado. ¿Cuál podría ser la causaahora, cuando el presente y el futuro parecían tan favorables? ¿Preocupaciones por losnegocios?, se preguntó Laura, casi con la esperanza de hallar allí la respuesta. ¡No!¿Qué preocupaciones de negocios podría tener? El se lo contaba todo. ¿Acaso ahora nolo hacía?, se preguntó Laura, echándose a reír casi en voz alta. Este mismo día sehabía vuelto a encontrar con aquella terrible frase. La heroína de una mala novela queestaba leyendo, una mujer que no sabía nada con respecto a su esposo, habíaafirmado confidencialmente: «El me lo cuenta todo.» ¿Cómo puede un ser humanocontárselo todo a otro? Sin duda alguna, Claud tenía algo en mente. Desde que llegaron a casa, ella se diocuenta de la existencia de una barrera cada vez más gruesa entre ellos. Tiempo atrás,si se le planteaba la cuestión admitía a menudo encontrarse un poco deprimido. Ahora,en cambio, parecía tomarse mal cualquier pregunta sobre su salud o su estado deánimo. Si ella le preguntaba: -¿Ocurre algo? -¿Algo? -contestaba él, casi con enojo-. No, no ocurre nada. Y no inventes cosas. Laura no permaneció sola con sus reflexiones durante mucho tiempo. Alto, y conbuen aspecto, su esposo entró en la habitación, con su hija Hyacinth sentada sobre sushombros. Sus mechones de pelo rubio brillaban sobre el pelo moreno de él. Los tres se sentaron alrededor del fuego. Con las piernas cruzadas, la barbillaapoyada en una rodilla, y los ojos mirando fijamente hacia las llamas, Hyacinthaparentaba escuchar el Ivanhoe, que su padre le estaba leyendo. En cuanto terminó elcapítulo, saltó sobre las puntas de sus zapatos moviéndose como una llama liberada. -¿Puedo marcharme ahora? -preguntó ansiosamente. Impresionado de nuevo por su deslumbrante hermosura, su padre la miróamorosamente. ¡Aquella vitalidad incontenible! ¿Quizá no tenía compañeros de juegode su misma edad? -¿Te sientes sola, pequeña hada? -preguntó cariñosamente. -¡Sola! ¡Oh, no! Nunca estoy sola aquí, ¡nunca! ¡Y menos aquí! -había un acento dejúbilo en la risa feliz de la niña-. ¡Tengo que marcharme ahora! -dijo excitada.
    • Tras deslizarse de entre los brazos de su padre, subió por la oscura escalera de dostramos y, haciendo un saludo con la mano, desapareció de la vista de sus padres.Mucho después de que hubiera doblado la esquina, que la ocultó de la vista de suspadres aún pudieron éstos escuchar sus pasos rápidos y ligeros y su voz vibrante: -Vamos, chicos y chicas, dejad a vuestros padres. -Cómo se adapta la voz de Hyacinth a su rostro, ¿verdad, Claud? -preguntó Laura-.Eso no les sucede a muchas personas. La de ella tiene ese tono penetrante propio de lajuventud alegre. Es como el agua fría, o como la sensación de morder una manzana. Claud se levantó para colocar otro leño en la chimenea. -Laura, ¿qué quiere dar a entender Hyacinth cuando dice que nunca está sola aquí? -No lo sé, Claud. Pero, ahora que lo preguntas, ¿no has notado lo diferente que esdesde que llegamos? ¿Recuerdas lo apática que era a veces? Solía preocuparse poreso, y pensaba que quizá tendría que contratar a algún niño inteligente para que lehiciera compañía. Pero ahora, se siente muy feliz durante todo el día. Si quieres que tediga la verdad, no puedo evitar el echar de menos su estado de ánimo habitual... o almenos su dependencia de mí. Solía necesitarme mucho. ¿No recuerdas cómo siempreme estaba pidiendo que le contara historias? -¿Te lo pide ahora? -preguntó Claud. -No; ahora, apenas si puedo convencerla para que se quede un rato conmigo.Siempre está tratando de marcharse, como si tuviera algo mejor que hacer. La veomuy poco, a excepción de sus talones y de su cogote. ¡Se muestra tan extrañamenteautosuficiente! Entre nosotros, Claud, creo que es casi inquietantemente feliz. -¿Inquietantemente feliz? ¿Qué quieres decir, Laura? -Bueno... quiero decir... ¿no es extraño? En realidad, no sé muy bien cómoexpresarlo con palabras, pero es... es como si dispusiera de algún recurso desconocidopor nosotros. Parece estar siempre tan ocupada. Sí, eso es... ocupada. Parece bastantetonto, pero es como si, estando consigo misma, no estuviera sola del todo.Últimamente ha desarrollado una nueva forma de sonreír, una sonrisa como desoslayo, y la aparición o desaparición de esa sonrisa no tiene nada que ver con lo quela gente dice o hace. ¿No te has dado cuenta...? ¿Recuerdas lo que esa fantasmalamiga mía decía sobre Hyacinth? -No, no lo recuerdo -contestó Claud-. Por lo poco que sé de ella, estoy seguro deque será algo absurdo. -Ella decía: «He aquí a una niña que verá cosas.» Su «actitud de decaimiento» noes lo bastante grande como para «encerrarla en sí misma». Decía que tenía lo que ellallamaba «ojos escrutadores», y los párpados más transparentes que jamás había visto.En aquel tiempo pensé que no tenía ningún sentido, pero ahora, Claud, me pregunto aveces si no habrá algo de cierto en ello. Este viejo lugar... -¡Oh, Dios! Por el amor del cielo, no empieces con esas tonterías de los espíritus. Sorprendida por el tono de irritación en la voz de su esposo, Laura se echó a reír. -Querido, sé que piensas que ningún americano puede acercarse a ninguna casaantigua de Inglaterra sin llenarla de fantasmas, pero te aseguro que no he sentidonada siniestro aquí. Al contrario, soy consciente de que hay algo que es feliz, alegre...no sé muy bien cómo llamarlo, pero parece existir una especie de vitalidad en laatmósfera de esta casa... especialmente arriba y, sobre todo, en esa habitación queHyacinth insistió en ocupar como habitación de juego. Me refiero a la habitación de laantigua niñera. -No hubiera querido que utilizara esa habitación -dijo Claud de mal humor. -Lo sé, querido, lo sé -contestó su esposa, turbada por el tono de su voz-. Pero ellainsistió. ¡Pobre Claud! ¡Qué dolorosamente sensible era! Desde luego, aquella habitación fuela que su pequeña sobrina Daphne utilizó para sus juegos. Lo más probable es queestuviera retozando en ella poco antes de la tragedia. Laura se lo reprochó a sí misma.No debía haber permitido nunca que Hyacinth se apropiara de aquella habitación. Estas
    • asociaciones de ideas eran demasiado fuertes para Claud. Debería haber recordadocómo se recogía sobre sí mismo ante cualquier cosa que le recordara a aquella pobreniña. Laura se estremeció ante el pensamiento de su horrorosa muerte. Diez años deedad. ¡La misma edad que Hyacinth! -Te prometo que no hay nada... siniestro en esa habitación -repitió Laura-. Pero...por favor, no pienses que soy una tonta... siento en ella una atmósfera feliz y juvenil.Cada vez que estoy sentada allí, surgen del pasado recuerdos de mi propia niñez queme envuelven. Siento entonces cómo los años se van deslizando, alejándose de mí -seechó a reír-. No creas que estoy loca, pero a veces siento unos curiosos impulsos deponerme a jugar... a bailar... a saltar. Los dedos de mis pies empiezan a moverse. Sí,es como si existiera una especie de invitación al juego en esa habitación. Pensarás quees demasiado absurdo, pero es como si esperara ver aparecer a alguien con quienpoder jugar. Y, sin embargo, sé durante todo el tiempo que Hyacinth está en la cama,durmiendo. A veces, también siento deseos de montarme en el viejo caballo de cartóny dar una buena galopada. Lo haría, si no tuviera miedo a ser descubierta por una deesas agrias criadas. En cierta ocasión, podría haber jurado que escuché unos pasosligeros y apagados, y una especie de risa suave, ¡Imaginaciones, claro! Y, sin embargo,supongo que generaciones y generaciones de niños han jugado en esa habitación,¿verdad? -Sí -contestó Claud. El tono de su voz era lúgubre. Tras contestar, levantó el Times y lo mantuvo comoun muro de separación entre él y su esposa, para evitar cualquier otro tipo deconfidencias. Consciente de haberle irritado, Laura se marchó para decirle a Hyacinthque era hora de irse a la cama. Tardó media hora en encontrarla. Estaba en el henil yle resultó muy difícil engatusarla para que entrara en casa. Finalmente se la entregó aBessy, la doncella. En el momento en que regresó al salón, su esposo se levantó y sedirigió a las habitaciones de arriba para desearle las buenas noches a Hyacinth. -Me temo que no encontrarás en la cama a esa pequeña casquivana -le dijo-. Me hacostado mucho trabajo hacerla entrar en casa. Todas las noches sucede lo mismo. Pormuy tarde que la deje, siempre protesta diciendo que apenas si ha tenido tiempo parajugar. -¿Que no tiene tiempo suficiente para jugar? -preguntó Claud-. No será ella quiendice eso, ¿verdad? ¿No será Hyacinth? -Sí, lo dice ella, ¿por qué no habría de decirlo? -preguntó Laura, extrañada por lavehemencia de su esposo. Pero Claud se marchó del salón sin contestarle. Durante la cena, le preguntó por quése había extrañado tanto ante las palabras de Hyacinth. El contestó que no tenía niidea de a lo que se estaba refiriendo, y que no podía recordar las palabras dichas porHyacinth. Tenía que ser una de sus «tontas suposiciones». Extrañada y dolorida, Laura abandonó la cuestión. Claud no tenía buen aspecto yahora se le notaba mucho aquella expresión tensa. ¿Con qué palabras lo había descritoel vicario? ¡Ah, sí! «Como si estuviera tratando de recordar algo.» No, no creía quefuera eso lo que sugerían aquellos ojos grises y cavernosos de Claud. Pero cuando tratóde definirlo para sí misma, se sintió completamente desconcertada. Unos pocos días después, los Halyard se paseaban por el jardín. Soplaba un vientofuerte, los árboles estaban desnudos, y las hojas crujientes, del color del pelo deHyacinth, alfombraban el camino a sus pies. Como siempre, sus pensamientos sevolvieron hacia su adorada hija. -Creo que Hyacinth tenía un color muy pálido durante el almuerzo -dijo Claud. -Sí -contestó su esposa-. Está comportándose como una niña traviesa. Anoche salió. -¿Salió? -Sí. Bessy descubrió esta mañana que sus zapatos y calcetines estaban empapados,y el pequeño diablillo confesó que había salido de casa mucho después de que nosotros
    • estuviéramos acostados. ¡Figúrate el frío que debía hacer! No me quiso decir por quésalió, y cuando le pedí que me prometiera no volverlo a hacer, estalló en sollozos. -¡Pequeña hada! -exclamó Claud, echándose a reír-. Aún piensa que dormir esdesperdiciar el tiempo. Me pregunto si... ¡Por el cielo! Laura, mírala ahora. ¿Qué estáhaciendo? ¡Nunca he visto a una niña correr tan deprisa! Hyacinth, con el rostro salvajemente contraído, pasó junto a ellos, corriendo a todavelocidad sobre sus largas y delgadas piernas. Su velocidad, sorprendente para suedad, no disminuyó hasta que, extendiendo los brazos para tocarla, llegó junto a unaacacia, a cuyos pies se dejó caer después, resollando y riendo. Sus padres se le acercaron. -¡Bien hecho, Hyacinth! ¡Has corrido muy rápida! -¡Casi he ganado esta vez! -balbució la excitada niña, brillándole los ojos verdes-.¡Oh casi, casi! -¡Casi has ganado! ¿Qué quieres decir con eso de que «casi has ganado»? ¿Acasoenfrentabas una pierna con la otra? Hyacinth enrojeció, sonrió nerviosamente, se puso en pie y echó a correr de nuevo.Instantes después se perdía de vista por detrás del gran tejo. -¡Qué niña más curiosa! -exclamó su madre con una sonrisa algo intranquila-.Siempre está corriendo, como si tuviera que acudir a alguna cita en alguna parte.Ahora no parece necesitarme nunca. ¿Recuerdas lo extraordinario que le parecía poderdormir conmigo? Ahora ya no quiere. Ya sabes, Claud, parece ridículo, pero a veces,cuando entro en su habitación, me siento como si estuviera... interrumpiendo algo...como una intrusa. Mientras hablaba, Laura sintió un ligero estremecimiento. Sus propias palabrasparecían cristalizar unos vagos recelos de los que apenas si se había dado cuenta ellamisma. -¿Interrumpiendo? -preguntó Claud-. ¿Interrumpiendo qué? -No lo sé -contestó ella desesperada. Después, suspirando, se volvió hacia la casa. Claud silbó, llamando a sus perros y disponiéndose a dar un largo paseo. Aquella noche, Laura fue a ver a Hyacinth en la cama. -Querida -dijo mimosamente-, ¿no quieres venir a dormir esta noche con mamá?Mañana por la mañana tomaremos el té y jugaremos encima de mi almohada grande. Sobre el rostro dulce pero serio de la niña se extendió una expresión de ansiedad. -Gracias, mamá -contestó con astucia, pero añadió decidida-: De todos modos, mesiento muy bien en mi querida habitación. Me gusta mucho y creo que no me gustaríadejarla. Un intenso alivio traslucieron sus brillantes ojos cuando, mostrándosesilenciosamente de acuerdo, su madre la besó y le deseó las buenas noches. -Eres muy buena y dulce, mamá -dijo ella. Se removió un poco y volvió su rostroradiante hacia la ventana. Era ya muy tarde cuando, después de cenar, Laura se reunió con su esposo. La granventana salediza del salón no tenía cortinas y la luz de la luna penetraba por ella,mezclando sus tenues rayos verdes con el brillo rojizo del gran fuego ante el queestaba sentado Claud, con un libro cerrado sobre las rodillas. -¿Dónde has estado todo este tiempo, Laura? -le preguntó, escudriñando su rostro-.Espero que Hyacinth no haya cometido otra de sus travesuras. -No -contestó Laura con rapidez-. Esta vez la travesura la he hecho yo misma. -¿Qué quieres decir? -Me he comportado de una forma que tú llamarías tonta. ¿Recuerdas que tecomenté algo sobre esas curiosas sensaciones que tenía cuando me encontraba en lahabitación de juego? Bueno, pues inmediatamente después de dejarte tomando el café,tuve la necesidad de ir allí. No pongas mala cara, Claud, no lo pude evitar.Simplemente tenía que ir. Fueron mis pies los que me llevaron hasta allí. Bueno, puesmientras caminaba por el largo pasillo, escuché un sonido débil... como si algo
    • estuviera rodando. Abrí la puerta y... ¿qué crees que vi? El caballo de cartón sebalanceaba de un lado a otro…, galopando furiosamente... ¡sin jinete! -Bueno -dijo Claud-, no cabe la menor duda de que Hyacinth te escuchó llegar y,sabiendo que debía estar en la cama, saltó del caballo y salió corriendo por la otrapuerta. -¡Eso es lo que pensé!... ¡Eso era lo que esperaba! Pero me dirigí rápidamente a suhabitación y la encontré casi dormida. -Entonces, ha tenido que ser una de las doncellas. -No, no había ninguna por allí. Estaban todas cenando. Cuando regresé a lahabitación de juego, el balanceo del caballo disminuía poco a poco. Me quedéobservándolo y no tardó en quedarse quieto. -¿De veras? ¡Me sorprendes! -se burló Claud. -Lo más curioso de todo -siguió diciendo Laura con solemnidad-, fue que mientras elcaballo galopaba furiosamente, los estribos vacíos no oscilaban. Estaban bastantetirantes... extendidos hacia adelante... como si... -¿Adónde vas a parar, Laura? -preguntó Claud de repente, con enojo- ¿Qué hasestado leyendo últimamente? ¿Qué has estado comiendo? ¡Un caballo galopando solo!¡Querrás decir una pesadilla! Ni siquiera sabía que Hyacinth tuviera un caballo de esaclase. ¿Quién se lo regaló? -Nadie. Lo encontramos aquí. Era de Daphne. Seguramente tienes que recordarlo.Con unas narices de color rojo, y una cola algo menos roja. Pero, Claud, ¿quieresdecir... no has estado nunca en la habitación de juego desde que vinimos? -No. -¡Qué extraordinario! -¿Y por qué iba a ir? La voz de Claud era feroz y miraba fijamente a su esposa. -¡Tranquilo, tranquilo! -dijo Laura con cierto nerviosismo, asombrada por laexpresión de su rostro. Por un instante, la había mirado como si la odiara. ¡Claud! Su marido, siempre tanamable y cortés, cuya devoción por ella era tan palpable. -¡Oh! Me he olvidado las gafas -dijo, sintiéndose confundida-. Iré arriba a cogerlas.No tardo ni dos minutos. Con esta débil excusa, volvió a subir arriba, dejando a su esposo de mal humor, conla vista fija en las gafas que ella misma había dejado ostensiblemente sobre la mesa. Regresó cinco minutos después. Al verla, Claud se dio cuenta de que, a pesar dehaberse ruborizado, estaba muy pálida. -¿Qué pasa ahora ahí arriba? Volviéndole la espalda, Laura permaneció de cara al fuego de la chimenea. Hablócon rapidez, en un tono de voz muy bajo, como si temiera escuchar sus propiaspalabras. -Al acercarme a la habitación de juego, escuché el gramófono. También creí oír elarrastrarse de unos pies bailando. Pero al abrir la puerta, no vi a nadie en lahabitación. No me creerás, Claud, pero no había nadie en la habitación. ¡Nadie! Y, sinembargo, alguien acababa de poner un disco. Su título era Vamos, chicos y chicas,dejad a vuestros padres. Antes de encontrar el interruptor de la luz, tuve la sensaciónde que algo me rozaba muy ligeramente. Pero casi antes de que me diera cuenta deello, se había marchado. ¡Oh, con tanta rapidez...! Fue como un ligero soplo de aire.Para asegurarme, me dirigí a las habitaciones de todas las doncellas, pensando quealguna de ellas podía haber puesto en marcha el gramófono... pero todas se habíanacostado ya. Entonces, me dirigí a la habitación de Hyacinth. Tuve mucho cuidado parano despertarla en caso de que estuviera dormida, y me la encontré... sí,profundamente dormida. Pero mientras la miraba, escuché unos golpecitos en laventana. Podría haber sido una rama. En cualquier caso, aquello la despertó. Saltó dela cama en un segundo, completamente despierta y con tal expresión de alegría y
    • regocijo en su pequeño rostro... Entonces, me vio y pareció asustarse y entristecerse...sí, muy apenada por haberme visto. ¡Oh, Claud! ¡No pude soportar la mirada de surostro cuando me vio! Las últimas palabras de Laura surgieron de ella como un grito y, como sí estuvierainvocando contra no se sabía qué, se volvió hacia Claud con los brazos extendidos. -¡Condenación! -exclamó él, poniéndose en píe de un salto-. ¡Ya no puedo soportarmás esto! Mira, Laura, querida, mañana mismo nos marcharemos de aquí. Es evidenteque necesitas un cambio. Ya hemos estado aquí demasiado tiempo. Después de todo,no estás acostumbrada a permanecer siempre en un mismo lugar, como un árbol.Además, será muy divertido llevar a Hyacinth a Londres, ¿no crees? Laura, querida,dime que apruebas el plan. -Claro que me gustaría -murmuró Laura, refugiándose entre sus brazos. En la alegría de sentirse envuelta en su ternura, y de volver a estar en el nido deamor en el que se había sentido tan segura hasta hace tan poco, cualquier proposiciónle habría parecido bien. Siempre y cuando él continuara mirándola con aquella expresión tan apasionada ensus ojos, ¿qué importaba adónde fueran? Y, sin embargo, aún percibiendo la intensidadde su alivio, Laura se daba cuenta de la ironía en el deseo de su esposo: deseabaabandonar la casa que siempre había descrito casi como un paraíso terrenal. Se decidió que se marcharían al día siguiente, pero, al llegar la mañana, nopudieron llevar a cabo su propósito. Hyacinth se había torcido el tobillo y era incapazde posar el pie en el suelo. Una vez enterada de la noticia, Laura acudió presurosa a lahabitación de su hija. La encontró sentada en la cama. Tenía el rostro ligeramenteruborizado y parecía un poco atemorizada. -¡Pobre pequeña! Eso sí que es un contratiempo. ¿Cuándo ocurrió? -Lo siento, mamá -Hyacinth habló con precipitación y nerviosismo-. Pero me temoque he vuelto a ser una niña traviesa. No te enfades mucho conmigo, pero la pasadanoche volví a salir y... -¿Saliste otra vez? ¡Oh, Hyacinth, querida! Me prometiste que no lo harías. -Lo siento, mamá, pero es que era una noche tan maravillosa... tan clara a la luz dela luna. Me hizo olvidar que no debía hacerlo y simplemente no pude decir que no. -Cuanto antes aprendas a decirte «no» a ti misma, tanto mejor. Ahora ya no podréconfiar más en ti. Te has hecho daño, así que no te castigaré, pero no debes volver ahacer una cosa así, nunca más. De todos modos, ¿qué te ocurrió? ¿Cómo te hicistedaño tú misma? -Me caí. -¿Cómo? ¿Estabas corriendo? -No -contestó Hyacinth con recelo-. Estaba subiéndome a un árbol. -¿Subiendo a un árbol? ¡Por el amor de Dios! Te podrías haber roto la pierna yquedarte allí toda la noche. ¿Qué árbol fue? -El olmo grande. Ese en el que papá se hizo una casa cuando era pequeño. Serompió una rama... -Bueno, has recibido lo que las niñeras llaman «un castigo de Dios». Así es que note voy a decir nada más. Y ahora, quédate quieta hasta que venga el médico. Después de que el médico vendara el tobillo de Hyacinth, su madre fue a echarle unvistazo al olmo. Quedó aterrada al comprobar la altura a la que se encontraba la ramarota. Casi parecía un milagro el que la niña no se hubiera hecho más daño. Regresó a la casa para interrogarla. -¿No me irás a decir que te caíste desde donde se rompió esa rama, casi en la cimadel árbol? -Sí, pero, ¿sabes?, al caer me golpeé con tantas ramas que, en realidad, sólo sentíel último golpe. -No tenía la menor idea de que pudieras subir tan alto. Seguramente no habráspodido subir tanto sin ayuda.
    • -¡Oh, sí, lo hice! -gritó Hyacinth, en tono triunfante-. Y ella aún se subió más arriba,pero, claro, eso es porque sus piernas son un poco más largas que las mías. -¿Ella? ¿Quién es «ella»? Las mejillas de Hyacinth enrojecieron. Ocultando su rostro, echó los brazosalrededor del cuello de su madre. Después, la miró furtivamente y, echando un rápidovistazo por la habitación, se llevó el dedo índice a los labios. -No se lo digas a papá. ¡Oh, mamá!, por favor, no se lo digas -rogó en un tono devoz sobresaltado y anhelante. No quiso decir una sola palabra más. Después de aquel instante en el que descubrióun poco su secreto, todo su ser se encogió en el silencio. Al principio, su madre tratóde sonsacarle una explicación, pero, alarmada por la excitación de su rostro teñido derubor, controló la temperatura de la niña. Laura no dijo nada a su esposo sobre el extraño desliz de Hyacinth. «¿Ella subió aún más arriba?» ¿Cómo le podía decir una cosa así? Temía que suesposo volviera a dirigirse a ella de aquel modo insólito y agresivo tan impropio de él. Después de todo, una caída como aquélla debió suponer una conmociónconsiderable para su hija. Sin duda alguna, la niña no supo lo que estaba diciendo. Al día siguiente, Hyacinth parecía sentirse mejor y Laura emprendió un nuevointento para sonsacarle algo sobre el accidente. Pero en cuanto hizo la primerapregunta, la boca de la niña dibujó una línea delgada y dura, y en sus ojos aparecióuna expresión que reflejaba un deseo de querer levantar un muro entre ella y sumadre. Durante los días siguientes, la niña se mostró afectiva, pero, de algún modo,recelosa, y Laura se sintió extrañamente alejada de ella. Cada vez que hablaba conalguien, suspiraba por un cambio de escenario, mostrando su desilusión por el forzadoretraso. En cuanto a Claud, aunque su actitud parecía ser ahora de una amabilidadmás estable, también se sentía cada vez más deprimido. Laura estaba decidida amarcharse de allí a la primera oportunidad, pero, desgraciadamente, la herida deHyacinth demostró ser mucho más seria de lo que había supuesto, y su tobillo tardómucho tiempo en recuperarse. Ningún niño obligado a permanecer en cama dio nunca menos problemas. De hecho,parecía sentirse casi contenta, aunque de un modo muy poco espontáneo. Mientras sumadre le leía algo en voz alta toda ella era amabilidad. Pero su actitud era bien la dequien está haciendo una concesión necesaria y espera con toda la paciencia que puedareunir. En cuanto se cerraba el libro, su contento era evidente. Y cuando su madre sevolvía, dispuesta a dejar la habitación, ella le saludaba agradecida con la mano,mientras le dirigía una mirada de alivio y una suspendida sonrisa de feliz expectación,al mismo tiempo que se incorporaba ligeramente sobre las almohadas. Aunque Lauratrataba de no pensar en la impresión que la conducta de Hyacinth provocaba en ella,no podía conseguirlo del todo. En cierta ocasión, y abandonando su habitualautocontrol, preguntó, casi gritando: -¿Qué te pasa, Hyacinth? ¿Por qué siempre estás esperando... esperando a que mevaya? Sobre el sensible rostro de la niña apareció una mirada de temor. -¿Esperando? ¿Qué quieres decir, mamá? ¿Por qué crees que estoy esperando a quete marches? Después, en un intento poco hábil por soslayar el tema, comenzó a hablar de cosassin importancia... los gatitos pequeños de la gata, el nuevo jardinero, el pony quehabía coceado al mozo de caballos... cualquier cosa que le venía a la cabeza.Notándose el corazón pesado y con una sensación de estar viviendo una situaciónabsurda, Laura consintió en mantener la conversación con la niña cuyas confidenciashabía poseído por completo con anterioridad.
    • Aunque Hyacinth estaba llena de extraños deseos, lo que a su madre le pareció másextraño fue su insistencia en que le trajeran a su habitación el caballo de cartón. -Pero, querida, ocupará mucho espacio. ¿Y de qué te va a servir si no lo puedesmontar? Pero el rostro pálido de Hyacinth mostró un gesto de obstinación. -Lo quiero. Lo necesito -fue todo lo que pudo decir. Así pues, el viejo y estropeado caballo de cartón fue transportado a lo largo delpasillo y quedó con sus patas delanteras elevadas e inmóviles a los pies de la cama dela niña. Aquella noche, cuando Laura entró en la habitación. Hyacinth le lanzó unaperceptible mirada de sobresalto y, volviéndose hacia su madre con una inquietudevidente, preguntó en tono quejoso: -Mamá, ¿no soy ya lo bastante mayor como para que las personas llamen a lapuerta antes de entrar en mi habitación? Tú siempre me dices que debo llamar a lapuerta antes de entrar en tu habitación. Extrañada y dolida al mismo tiempo, Laura miró a su hija, normalmente amable,dándose cuenta de que su preocupada mirada estaba posada sobre el caballo decartón. Al mirar ella misma hacia allí, sus propios ojos se quedaron clavados en eljuguete. ¿Eran ilusiones suyas, o estaba realmente balanceándose de forma ligera, casiimperceptible? -¿Te has levantado de la cama, Hyacinth? -¡Oh, no, mamá! ¿Por qué? -Pensé que habías vuelto a ser traviesa y te habías subido al caballo. Al llegar, creíque se estaba moviendo un poco, como si hubiera estado balanceándose antes y nohubiera tenido tiempo para detenerse del todo. Pero, desde luego, tiene que haber sidomi imaginación. Con una impaciencia que no deseaba demostrar, Hyacinth preguntó: -¿Me vas a leer ahora algo, mamá? -Sí, querida. Pero antes de empezar tengo que darte unas buenas noticias. Elmédico dice que te podrás levantar dentro de una semana, y al día siguiente tellevaremos a Londres. -¿Llevarme a Londres? La voz de Hyacinth parecía desmayada. -Sí, querida. ¿No crees que será divertido? Hyacinth estalló entonces en sollozos. -¡Oh, no, mamá! ¡No, no, no! Por favor, no me saquéis de aquí. ¡No puedomarcharme! ¡No sería justo! -¿Qué quieres decir con todo eso, niña? Pasarás una temporada muy bonita enLondres. Iremos al zoológico y al establecimiento de madame Tussaud y tomaremoshelados de vainilla en el establecimiento de Gunther. Disfrutaremos de todas lasdiversiones que solía contarte en Nueva York. Los ojos de Hyacinth estaban hinchados por las lágrimas. -¡Oh, por favor, mamá! -imploró-. No me apartes de aquí. -Pero, querida, me agrada que te guste este sitio, pero no podrás permanecer aquípara siempre. Después será mucho más divertido regresar -Laura trató de suavizar latensión de la niña-. Al fin y al cabo, patito, nuestro hogar no se va a mover de aquí porel hecho de que lo dejemos durante una temporada. Cuando volvamos, todo estaráexactamente igual. -No lo sé, mamá -dijo Hyacinth, entre sollozos-. Eso nunca se sabe. Tengo miedo demarcharme. Además, no sería justo. -¿No sería justo? ¿Qué quieres decir? -preguntó Laura, ya completamente fuera desí. -¡Oh! ¡No lo sé, mamá! Pero me siento tan feliz aquí. ¿Puedo quedarme? ¡Por favor,por favor, por favor!
    • Viendo a Hyacinth tan sobreexcitada, Laura dijo con firmeza: -Ahora no sigamos hablando más del asunto. Después empezó a leer en voz alta, para unos oídos que se negaban a escucharla. Al día siguiente, Hyacinth parecía estar mucho más tranquila. Laura le dijo que supartida estaba prácticamente arreglada, y la niña hizo un evidente esfuerzo por aceptarlo inevitable con toda la paciencia posible, pero tenía un aspecto pálido y tenso y suactitud era mucho más melancólica de lo normal. -Parece como si estuviera tratando de reconciliarse -explicó Laura a su esposo. -¿Tratando de reconciliarse? ¡Qué frase más absurda! -exclamó él, riendo-. ¡Quéideas tienes sobre esa niña! -No tengo ninguna idea sobre ella -dijo Laura, asombrada ante la vehemencia de supropia voz. Laura se pasó la mayor parte de la Nochebuena decorando un pequeño árbol paraHyacinth. Cuando, todo lleno de relucientes oropeles, nueces doradas y brillantesadornos, lo llevó a la habitación de Hyacinth, la niña aplaudió encantada. Laura dejó elárbol sobre la mesa, diciéndole que venía en seguida a encender las velas. Al regresar, quedó sorprendida al encontrar la habitación suavemente iluminada porla trémula luz de las pequeñas velas. Hyacinth parecía dormida, pero se sentó en lacama en cuanto se abrió la puerta. Al suponer que la niña había persuadido a Bessy, ladoncella, para que le encendiera las velas, Laura se limitó a decir: -Bueno, después de todo lo que me ha costado, creo que al menos podrías habermeesperado. No importa. Y ahora vamos a poner los pequeños regalos. Sintiéndose avergonzada, Hyacinth señaló las figuras coloreadas de dos docenas depequeños objetos. Su cama estaba cubierta de gorros de papel, pequeñas trompetillasy silbatos. -Lo siento, mamá, no pude esperar -murmuró-. Me gustan tanto las velas. Lasllamas son muy divertidas, ¿verdad? ¿Puedo quedarme con algunos fuegos artificialesde los pequeños? ¡Por favor, mamá! ¡Me gusta tanto ver las llamas! -No sé. Creo que los fuegos artificiales son demasiado peligrosos. -¡Oh, no, mamá! ¡No lo son! Por favor, dime que puedo quedarme con algunos. ¡Yasé! Le pediré a papá que me dé algunos. Me dijo que se lo pidiera cuando lo deseara. Laura se marchó, dispuesta a reprender a Bessy. -Tendría que haberme preguntado a mí antes de encender las velas del árbol deNavidad -le dijo, con severidad-. No ha sido muy prudente dejar a la señorita Hyacinthsola en la habitación, con todas esas velas encendidas. Siempre tiene que haberalguien cerca con una esponja húmeda. Me sorprende usted, Bessy. -No he encendido ninguna vela, señora -contestó la asombrada doncella-. No heestado en la habitación de la señorita Hyacinth desde hace por lo menos dos horas. Laura se apresuró a regresar a la habitación de Hyacinth. -No quiero regañarte el día de Nochebuena, pero ha sido una acción muy traviesapor tu parte levantarte de la cama para encender las velas, cuando sabesperfectamente que se te ha prohibido poner el pie en el suelo. Por otra parte, ¿no teparece bastante egoísta poner los regalos tú sola? -Lo siento, mamá -dijo la niña-. Lo siento tanto... Impetuosamente arrojó los brazos alrededor del cuello de su madre y la besó conrapidez y cariño, como solía hacer en los días en que estaba sola. Finalmente, el tobillo de Hyacinth estuvo lo bastante bien como para permitir a losHalyard hacer todos los preparativos para marcharse al día siguiente. Aquella noche, Claud tenía que cenar con un antiguo compañero de escuela quevivía a unos seis kilómetros de distancia. Antes de marcharse, subió a la habitación deHyacinth para desearle las buenas noches. Su baúl, medio empacado, estaba abierto yella se encontraba muy atareada, yendo de un lado a otro de la habitación. Echó acorrer hacia él y le rodeó el cuello con sus brazos. -¡No me estropees la corbata! -gritó él.
    • -¡No me importa tu corbata! -dijo ella, riendo-. ¡Oh, papá, querido papá! Gracias,muchas gracias por esa maravillosa caja de fuegos artificiales. ¿No te parecenmagníficos? Mira esas maravillosas imágenes de la tapa. ¡Petardos, ruedas catalinas ytodo! -¡Oh! Ya han llegado. Bueno, ya sabes que no debes tocarlos por nada del mundo.Te los encenderé la primera noche que volvamos a casa. Ahora, me los llevaré y losdejaré bien guardados en algún lugar seguro. -¡Oh! ¿No se pueden quedar aquí, papá? Me gusta mucho mirar los dibujos de latapa. -Desde luego que no. No puedo estar seguro de que no los vayas a tocar. Hyacinth se ruborizó y puso mala cara. De pronto se volvió hacia la ventana. -¡Oh, mira, papá! -exclamó, señalando el cielo-. Mira la gran lechuza blanca. ¡Oh!¡Qué maravillosa casquivana!... No, papá. No estás mirando hacia donde yo te señalo.¿No la puedes ver? Ha volado ahora sobre la torre de la iglesia. ¡Allí! Pero, por mucho que miró, Claud no pudo ver la lechuza. Aún estaba intentandodistinguirla, dejándose guiar por el dedo errático de Hyacinth cuando llegó elmayordomo, anunciándole que su coche estaba listo. -Bueno, no tengo más remedio que dejar tranquila a esa lechuza -dijo-. Mi amigo esun gran amante de la puntualidad. Y dando un beso a Hyacinth, que no hizo ningún esfuerzo por detenerle, se marchórápidamente, olvidando por completo su regalo, la caja de fuegos artificiales, quequedó sobre la mesa. Cuando estaba a punto de subirse al coche escuchó una voz: -¡Hasta lueguito! Recordando entonces una de las habilidades de Hyacinth (podía imitar a una lechuzasilbando a través de las manos), levantó la mirada, hacia la ventana. Sí, allí estaba,asomada al exterior, a la luz de la luna, con la cabeza brillante y el rostro rodeado porun extraño y mágico hálito. Claud quedó sorprendido por su belleza. -Vete a la cama, diablillo -le gritó. Hyacinth le saludó con sus delgados y blancos brazos. -Buenas noches, papá. iHasta mañana! Aunque hacía un frío cortante, la noche, tranquila y llena de estrellas, era tanhermosa que Claud decidió regresar a pie a casa. El y su amigo tenían muchas cosasque decirse, y cuando emprendió el camino de regreso ya era más de medianoche.Mientras caminaba a través de los campos helados, empezó a sentir la falta de sucoche. El silencio, frío y claro, sólo se veía interrumpido por sus propios pasos, el cantoocasional de una lechuza, y el lejano ladrido de algún perro solitario. Se sintiódemasiado solo en aquel mundo blanco y abandonado. El presente, en el que Claud siempre trataba de instalarse cómodamente, se alejabay se desvanecía. Sin poder alguno para protegerle del pasado, se fue convirtiendo enuna neblina que poco a poco se disolvía. Siendo un hombre afectado por un recuerdo, dependía del contacto con las cosasinmediatas y extrañas que le preocupaban, que debían atraer su atención lo suficientecomo para que sus sentidos no se vieran asaltados por las visiones y los sonidos delpasado. Precisamente ahora, se sentía impulsado hacia el pasado, completamenteindefenso, a pesar de todos los años transcurridos. Después de todo, ¿qué eran elespacio y el tiempo sino simples modos del pensamiento? No puede existir ningunadistancia artificial entre uno mismo y su experiencia. ¿De qué le había servido a él elllamado paso del tiempo? De nada. Claud Halyard había pagado muy duro su herencia. Aquella expresión tensa que susamigos notaban en su rostro no se debía al esfuerzo por recordar, sino al esfuerzo porolvidar... por arrojar de su conciencia recuerdos que no le dejaban ningún respiro. Y si busco el olvido de una hora, acorto la estatura de mi alma.
    • En la vida de Claud existía una hora de la que trataba de olvidarsedesesperadamente. Por mucho que se esforzara, se veía ahora atrapado en aquellahora, forzado a revivir cada uno de sus angustiosos instantes. Se impuso a supresente, y todas las vivencias de los doce años transcurridos no tuvieron ningún poderpara disminuir toda su intensidad... ¡Hacía doce años! Una noche en la que brillaba la luz de la luna y en la que, comoahora, se encontraba caminando, en dirección a Lichen Hall, el hogar de su niñez, elhogar que había obsesionado tanto su imaginación que lo había convertido en el centrodel mundo entero. Tenía la sensación de que aquel amor debía justificar el derecho depropiedad, pero Lichen Hall no sería heredado por la línea masculina, y la muerte de supropietario, su hermano viudo y lisiado, haría que la propiedad pasara a manos de laúnica hija de éste, Daphne, quien, sin duda alguna, con el tiempo se casaría,transfiriendo así toda aquella belleza a personas extrañas. Meditando tristemente, llegó al borde del parque. De repente, algo le hizo salir deentre sus pensamientos. Quedó petrificado. ¡Qué sonidos tan extraños y terroríficos!¡Dios! La campana de alarma de la gran torre estaba tocando... estaba tocandofuriosamente. -¡Fuego! ¡Fuego! -escuchó gritar a alguien. Enfermo de terror, echó a correr hacia la casa. Se detuvo de pronto, horrorizado. Vionubes de humo elevándose hacia el cielo. De una de las alas del edificio llegaron hastaél crujidos, y de la pequeña torreta que dominaba aquella parte, vio surgir llamaradasque se elevaban hacia la luna. Llegó al prado casi sin respiración. Los frenéticos sirvientes acababan de sacar aalguien de la casa. ¡Su hermano! Claud se abalanzó hacia él. Esforzándose por elevarsu cuerpo paralizado, el hombre agonizante se agarró a Claud y, señalando hacia lacasa, gritó: -¡Daphne! ¡Daphne! Claud captó todo el horror del instante. Los bomberos aún no habían llegado y supequeña sobrina, que dormía en la torreta del ala incendiada, no había salido aún de lacasa. Apenas se acababa de dar la alarma, pues sólo hacía unos pocos minutos que sehabían despertado los criados. El fuego había adquirido grandes proporciones antes deque nadie se diera cuenta. Hasta el momento, sólo habían tenido tiempo para sacar deallí a su desamparado dueño. Confiaban en que la niña se habría despertado y habríahuido por su propia cuenta. Esperaban hallarla por allí fuera, pero, ante sudesesperación, no la pudieron encontrar por ningún lado. Lanzando gritos de aliento, Claud penetró en la casa. La escalera que conducía al alaincendiada ya estaba envuelta en un humo denso. Claud rompió una ventana y,respirando con dificultad, se abrió paso hacia arriba, llegando finalmente a la sofocantehabitación, donde vio a Daphne en el suelo... cerca de la ventana. El humo la envolvía.Estaba inconsciente, pero aún respiraba. Había llegado a tiempo. Le resultaría bastantefácil cargar aquel cuerpo ligero sobre el hombro, bajar corriendo las escaleras y ponera salvo a la niña permitiéndole respirar el aire fresco. Claud se vio con claridad a símismo haciendo esto, y vio también la alegría en los ojos de su hermano. Pero, simultáneamente, en su mente se dibujó otra imagen. La niña abandonadaallí, tal y como estaba... inconsciente, sin sufrir, sin horror alguno, sin saber nada, sindespertarse, ignorándolo todo... ¿Su propio futuro? ¿Lichen Hall? Su cuerpo parecía actuar sin consciencia, sin voluntad propia. Algo se apoderó desus miembros. «¡Nunca decidí hacerlo! ¡Nunca lo decidí!» ¡Cuántas veces acudieron aquellas mismas palabras a su mente, después de aqueldía! Tras reclinarse, elevó el cuerpo de su sobrina. El pelo rubio y quemado le rozó lamejilla. En un instante, escondió el cuerpo; lo dejó debajo de la cama. Después tuvoque bajar de nuevo las humeantes escaleras. Salió del edificio tosiendo.
    • -¡No he podido encontrarla! -balbució ante las horrorizadas personas allí reunidas-.No está en la habitación. Tiene que haber salido. Su hermano lanzó un grito de desesperación. Dos minutos después llegó la brigada contra incendios. Claud se hizo cargo delcontrol, dirigiendo a los bomberos para que buscaran a Daphne en cada una de lashabitaciones del ala incendiada, excepto en la suya... en donde estaba la niña. Finalmente vio cómo el ardiente y destrozado techo de la torreta se desplomaba. El incendio no tardó en ser apagado. Se pudieron salvar todos los cuadros. El veredicto del juez fue: -Desgraciadamente, la pobre niña se refugió debajo de la cama y, por este motivo,su valiente tío fue incapaz de encontrarla. El padre de Daphne... ¡Dios, sus ojos! Una vez más, Claud revivió cada momento de aquella hora fatal, doce años antes.Temblando, chorreando sudor, regresó de nuevo al presente. Pero aún siguió viendolos ojos de su hermano. ¿Había amado él a su Daphne tanto como él amaba ahora a suHyacinth? Ante este pensamiento, el corazón de Claud se contrajo, sintiéndoseagonizar. Podía suponer que la había amado igual. ¿Por qué no? ¿No fue su sobrina tanencantadora, tan delicadamente dulce y joven como su hija? ¿Y su impaciencia? ¿Acasosu pequeña sobrina no le había querido igual? La «perfecta compañera de juego»,como él solía llamarla. Aquella misma noche, se había despedido de ella, deseándolelas buenas noches, en su pequeña cama. -Ya es hora de marcharse a dormir -le había dicho. -¡Oh, me molesta dormir! -trató de engatusarle, jugando con sus dedos sobre sumejilla, y pidiéndole que se quedara-. Si apenas he tenido tiempo para jugar. Una vez más, sintió el ligero peso en sus brazos, el pequeño cuerpo inconscienteque habría podido revivir con tanta facilidad para alimentar su ávido espíritu, para darla bienvenida a la vida que tanto amaba. -¡Si casi no he tenido tiempo para jugar! La mente de Claud regresó del pasado al presente, volvió después al pasado yregresó de nuevo al presente... «¡Si casi no he tenido tiempo para jugar!» ¿Y el caballo de cartón, moviéndose, sin ningún jinete? ¿Y Hyacinth haciendo salidasnocturnas, ella sola? ¿Y los extraños impulsos de su esposa? ¿Jugando al escondite?...Todas estas preguntas cruzaron por su pensamiento. Se encontraba ahora cerca de la casa, casi en el hogar, con Laura y Hyacinth, ymañana por la noche, los tres estarían muy lejos de allí. Pero, entretanto, se sentía tansubyugado por los viejos recuerdos de hace doce años, que le parecía escucharrealmente aquel terrible sonido de la campana de alarma y gritos de «¡Fuego!¡Fuego!». ¡Dios! ¡Qué reales, qué fuera de sí mismo parecían sonar aquellos ruidos! ¡Peroaquello sólo era el pasado! ¿Acaso estaba perdiendo la capacidad de sus sentidos?Aquel camino le podría conducir a la locura. Tenía que marcharse de allí... abandonarla casa... regresar a América. Los sonidos eran insistentes en sus oídos... y se hicieron más fuertes. Cada vez másfuertes. La ilusión era completa. ¡Dios! ¿No serían verdaderos? ¿No se estarían produciendo realmente ahora? Al doblar la esquina que dejaba la casa a la vista, Claud se detuvo, mirandofijamente. ¡Sí, era cierto! El presente y el pasado se habían unido. La campana -aquelsonar alocado-; sus sonidos eran actuales. ¡Estaban sonando ahora! Habían pasado doce años, pero Lichen Hall se había incendiado de nuevo...furiosamente. ¿Cómo podía el fuego haber adquirido tales proporciones? Se habíaninstalado en la casa los medios más modernos para extinguir cualquier incendio. Claud echó a correr. Subió la colina y llegó al prado. En esta ocasión era la otra aladel edificio la que se había incendiado, la occidental, en la que él, Laura y Hyacinth
    • dormían. El piso superior ya se había convertido en una furiosa llamarada. Unamultitud miraba hacia arriba, con las caras pálidas, enrojecidas por el resplandor delfuego. Aquella mujer que gritaba, tratando desesperadamente de librarse de los brazosque la sujetaban... ¿podía ser su propia esposa? De una forma inconexa, y a través de varias voces, Claud se enteró de la situación.El suministro de agua se había helado, y todas las tuberías estaban inutilizadas. Loshilos del teléfono se habían cortado, pero alguien había salido en coche para avisar alos bomberos. Debían llegar en cualquier momento. Mientras, la niña... su hija...seguía arriba... y no se podía pasar por la escalera de madera. Se había incendiadoantes de que nadie se diera cuenta de lo que ocurría. Su esposa no se había acostadoaún y, como sólo la familia vivía en aquella parte del edificio, no había nadie más allí.La niña estaba arriba completamente sola, atrapada en aquel horror en llamas, y nicon la escalera más larga se podía llegar a la ventana de su habitación. ¿Una segundaescalera? Sí, estaban tratando de atar con cuerdas dos escaleras, y varios hombres sehabían ofrecido ya para subir. No. Claud insistió en subir él mismo. ¡Gracias a Dios! Ahora, las dos escalerasestaban unidas con suficiente seguridad. Aún había tiempo, aunque no se podía perderni un segundo. El techo no tardaría en desplomarse. La escalera fue colocada contra la pared, bajo la habitación de Hyacinth. Los pies deClaud se encontraban ya en el segundo tramo cuando algo atraco su atención. En laventana, la tercera a la derecha de aquella hacia la que él subía, vio aparecer a unaniña. La ventana estaba abierta y sus largos y blancos brazos se extendían hacia elexterior, brillándole la cabeza a la luz de las llamas. -¡Muevan la escalera, rápido! -gritó Claud--. No está en su habitación. Está en lahabitación de juego. ¡Ahí! ¡Al otro lado! ¿Es que no la veis? ¡Allí, asomándose por laventana! Nadie vio nada, pero le obedecieron ciegamente. Algunos hombres se adelantaron yunos brazos ansiosos cumplieron sus órdenes. La escalera fue trasladada bajo laventana señalada por Claud. Sonaron unos gritos. Claud siguió subiendo, subiendo... Ya cerca de la cúspide, elevó la cabeza y se encontró mirando directamente el rostrosonriente de la niña que había perecido entre las llamas doce años antes. Mientrasmiraba, petrificado, la encantadora sonrisa, el rostro se difuminó y desapareció. Allí no había nadie. Después de lanzar un grito, que ninguno de los que estaban abajo olvidaría jamás,Claud volvió a bajar la escalera con toda rapidez. -¡La otra ventana! -balbució-, ¡De nuevo a la otra ventana! Con una increíble rapidez, la escalera fue llevada bajo la otra ventana. Pero no conla rapidez suficiente. Los pocos minutos de retraso fueron fatales. En el instante en quelos coches de bomberos enfilaban el camino de entrada a la casa, el techo sedesplomó. Una vez más, se salvaron todos los cuadros y se recuperó un pequeño cuerpo.
    • FINGIDA ERA LA ARBOLEDAHenry Kuttner No vale la pena intentar describir ni Unthahorsten ni lo que le rodeaba porque, porun lado, había transcurrido su buen millón de años desde 1942 Anno Domini, mientrasque, por otra parte, Unthahorsten no estaba en la Tierra, técnicamente hablando. Sehallaba en el equivalente de permanecer en el equivalente de un laboratorio. Se estabapreparando para comprobar el funcionamiento de su máquina del tiempo. Después de conectar la energía, Unthahorsten se dio cuenta de pronto de que laCaja estaba vacía, lo cual no la haría funcionar. El instrumento necesitaba un control,un sólido tridimensional que reaccionara a las condiciones de otra edad. De otro modo,a la vuelta de la máquina, Unthahorsten no podría decir dónde y cuándo había estado.Mientras que, con un sólido en la Caja, éste se vería sujeto automáticamente a laentropía y al bombardeo de rayos cósmicos de la otra era y, cuando la máquinaregresara, Unthahorsten podría medir los cambios, tanto cualitativos comocuantitativos. Entonces, los Calculadores se podrían poner a trabajar y terminarían pordecirle a Unthahorsten que la Caja había visitado brevemente una época 1.000.000Anno Domini, 1.000 Anno Domini, o 1 Anno Domini, fuera cual fuese. No es que eso importara, excepto para Unthahorsten. Pero él era infantil en muchosaspectos. Había poco tiempo que perder. La Caja empezaba a brillar y a estremecerse.Unthahorsten miró rápidamente a su alrededor y se lanzó rápidamente hacia lahabitación contigua, acercándose a un arcón de almacenamiento que allí había. Saliócon las manos llenas de cosas de aspecto muy peculiar. Eran algunos de los juguetesdesechados por su hijo Snowen, que el chico había traído consigo cuando llegó desdela Tierra, tras haber dominado la técnica necesaria. Bueno, Snowen ya no necesitabamás aquellos trastos viejos. Estaba condicionado, y comenzaba a desinteresarse porlas cosas infantiles. Además, aunque la esposa de Unthahorsten conservara losjuguetes por razones sentimentales, el experimento era mucho más importante. Unthahorsten salió de la habitación y amontonó los juguetes en el interior de laCaja, cerrándola justo en el instante en que se encendía la señal de advertencia. LaCaja desapareció. La forma en que se fue hizo que a Unthahorsten le dolieran los ojos. Esperó. Y esperó. Después abandonó y construyó otra máquina del tiempo con resultados idénticos.Snowen no se extraño ante la pérdida de sus viejos juguetes, ni tampoco su madre, demodo que Unthahorsten limpió el arcón y amontonó el resto de las reliquias infantilesde su hijo en la segunda Caja del tiempo. De acuerdo con sus cálculos, ésta tendría que haber aparecido en la Tierra durantela última parte del siglo diecinueve Anno Domini. Si era eso lo que había ocurridorealmente, el instrumento debía estar allí. Disgustado, Unthahorsten decidió no construir ninguna máquina del tiempo más.Pero el daño ya había sido hecho. Había dos de ellas y la primera... Scott Paradine la encontró mientras hacía novillos en la escuela elemental Glendale.Aquel día tenían un examen de geografía, y Scott no veía ningún sentido en memorizarnombres de lugares.... lo que en 1942 era una teoría muy avanzada. Además, hacíauno de esos cálidos días de primavera, con una brisa ligeramente fresca, que invitaba aun chico a permanecer echado en un campo y mirar fijamente las nubes ocasionalesque pasaban sobre él, hasta quedarse dormido. ¡Al diablo con la geografía! Scott sequedó medio dormido. Hacia el mediodía, sintió hambre, así es que sus fuertes y delgadas piernas lellevaron hasta una tienda cercana. Allí, invirtió su pequeño tesoro con un cuidadomiserable y una desconsideración sublime para con sus jugos gástricos. Bajó alarroyuelo para comer.
    • Una vez terminada su provisión de queso, chocolate y pasteles, y después de vaciarla pequeña botella de soda hasta la última gota, Scott se dedicó a recoger renacuajos ya estudiarlos con una considerable dosis de curiosidad científica. Pero no perseverómucho en su tarea. Algo cayó rodando por la ribera y se introdujo en un barrizal, juntoal agua. Scott, echando una cautelosa mirada a su alrededor, se acercó parainvestigar. Se trataba de una caja. En realidad, se trataba de la Caja. El artilugio atado a ellasignificaba muy poco para Scott, aunque se preguntó por qué tendría aquel aspecto demetal fundido y quemado. Lo consideró con serenidad. Utilizando su navaja, se afanó yprobó, mientras la punta de su lengua se asomaba por una esquina de su boca...Hmmm. No había nadie por los alrededores. ¿De dónde habría llegado aquella caja?Alguien tendría que haberla dejado allí y la tierra, al removerse, la habría hecho rodarhacia abajo desde su posición inicial. -Esto es una hélice -decidió Scott, bastante erróneamente. Tenía un aspecto helicoidal a causa de la deformación dimensional que se apreciaba,pero no era una hélice. Si el objeto hubiera sido un modelo de aeroplano, habría tenidomuy pocos misterios para Scott, independientemente de lo complicado que pudierahaber sido. Pero tal y como estaban las cosas, se le planteaba un problema. Algo ledecía a Scott que aquel objeto era algo mucho más complicado que el motor que habíadesmontado con habilidad el pasado viernes. Pero ningún chico ha dejado nunca una caja cerrada, a menos que se le obligara porla fuerza a hacerlo así. Scott probó con más ahínco. Los ángulos de este objeto eranmuy curiosos. Probablemente se había producido un cortocircuito. Eso lo explicaba...¡vaya! La navaja resbaló. Scott se chupó el pulgar y dio rienda suelta a las blasfemiasque conocía. Quizá fuera una caja de música. Scott no tenía por qué sentirse deprimido. Aquel artilugio hubiera dado más de undolor de cabeza al propio Einstein y hubiera vuelto loco a un Steinmetz. Naturalmente,el problema consistía en que la caja aún no había penetrado por completo en elcontinuum espacio-tiempo en el que Scott existía, por lo que, en consecuencia, nopodía ser abierta. En cualquier caso, no hasta que Scott utilizara una piedra adecuadapara martillear la especie de hélice helicoidal hasta situarla en una posición másconveniente. La golpeó, en efecto, desde su punto de contacto con la cuarta dimensión, liberandola torsión espacio-tiempo que había estado manteniéndola. Se produjo un chasquido.La caja se sacudió ligeramente y quedó inmóvil. Dejó de ser sólo parcialmenteexistente. Entonces, Scott pudo abrirla con facilidad. El suave casquete de tejido fue lo primero que llamó su atención, pero no tardó endescartarlo sin mucho interés. Sólo era una gorra. A su lado había un bloque de cristalcuadrado y transparente, lo bastante pequeño como para caber en la palma de sumano... demasiado pequeño para contener el laberinto de aparatos que había en suinterior. Scott solucionó aquel problema en un momento. El cristal era una especie decristal cóncavo, que aumentaba considerablemente el tamaño de las cosas situadas enel interior del bloque. Se trataba, de todos modos, de cosas bastante extrañas. Genteen miniatura, por ejemplo... Se movían. Como autómatas de relojería, aunque de forma mucho más suave. Eracomo estar observando una obra de teatro. Scott se interesó por sus ropas, pero quedóaún más fascinado por sus acciones. Los seres diminutos estaban construyendohábilmente una casa. Scott habría deseado que se produjera un incendio para vercómo se las arreglaba aquella gente para apagarlo. Las llamas se elevaron de la semiterminada estructura. Los autómatas, utilizandouna gran cantidad de extraños aparatos, extinguieron el fuego.
    • Scott no tardó mucho tiempo en comprender. Pero se sentía un poco preocupado.Los maniquíes obedecerían sus pensamientos. En cuanto lo descubrió, se sintióasustado, y arrojó el cubo lejos de sí. Pero cuando ya estaba a medio camino del terraplén, lo pensó mejor y volvió. Elbloque de cristal estaba parcialmente en el agua, brillando al sol. Era un juguete. Scottlo percibió así con el inequívoco instinto de un niño. Pero no lo recogióinmediatamente. En lugar de hacerlo así, regresó a donde se encontraba la caja einvestigó el resto de su contenido. Encontró algunas cosas realmente notables. La tarde transcurrió con demasiadarapidez. Finalmente, Scott colocó los juguetes en la caja y se encaminó hacia su casa,gruñendo y bufando. Cuando llegó ante la puerta de la cocina tenía el rostroencendido. Ocultó su descubrimiento en el fondo del armario de su propia habitación, en el pisode arriba. En cuanto al cubo de cristal, se lo metió en el bolsillo, donde ya tenía uncordel, un rollo de alambre, dos peniques, un trozo de papel de estaño, un mugrientosello de la Defensa y un pedazo de feldespato. Emma, la hermana de Scott, de dosaños de edad, se asomó, tambaleándose sobre sus pies, y le saludó. -Hola, babosa -le saludó Scott, desde la suficiencia de sus siete años y variosmeses. Llamaba a Emma con los nombres más raros, pero ella no conocía la diferencia.Pequeña, rolliza y de ojos muy abiertos, se dejó caer sobre la alfombra y se quedómirando tristemente sus zapatos. -¿Me atas, Scotty, pó favo? -Sapo -le dijo Scott con amabilidad, pero le ató los cordones-. ¿Sabes si ya estápreparada la cena? -preguntó. Emma asintió con un gesto de cabeza. -Veamos tus manos. Para variar, estaban razonablemente limpias, aunque probablemente no asépticas.Scott observó pensativo sus propias manos y, con una mueca, se dirigió al cuarto debaño, donde se lavó superficialmente. Los renacuajos habían dejado sus huellas. Dennis Paradme y su esposa Jane estaban en la sala de estar de la planta bajatomando un cóctel antes de cenar. El era un hombre de edad media y aspecto juvenil,con el pelo algo encanecido, el rostro delgado y la boca prominente; enseñaba filosofíaen la Universidad. Jane era pequeña, esbelta, morena y muy bonita. Después de sorberel martini, preguntó: -Zapatos nuevos. ¿Te gustan? -Aquí se va a cometer un crimen -dijo Paradine con aire ausente-. ¿Eh? ¿Zapatos?No, ahora no. Espera a que haya terminado esto. He tenido un día muy agitado. -¿Exámenes? -Sí. Esa condenada juventud que aspira en vano a llegar a la madurez. Espero quese mueran y tengan la peor de las agonías. ¡Insh Allahí! -Quiero la aceituna -pidió Jane. -Ya lo sé -dijo Paradine resignado-. Hace ya muchos años que no he podido probarni una. Quiero decir, en un martini. Aunque te ponga seis en la copa, no quedassatisfecha. -Quiero la tuya. Sangre de hermano. Es por ese simbolismo por lo que la quiero. Paradine observó a su esposa con una mirada siniestra y cruzó sus largas piernas. -Hablas como uno de mis estudiantes. -¿Cómo esa pícara de Betty Dawson, quizá? -preguntó Jane, mientras mostrabaagresivamente sus uñas-. ¿Aún te mira de ese modo tan impúdico y descarado? -Sí, aún lo hace. Esa muchacha tiene un verdadero problema psicológico.Afortunadamente, no es hija mía. Si lo fuera... -Paradine asintió significativamente-.Obsesiones sexuales y demasiadas películas. Creo que aún cree poder conseguir unaprobado enseñándome las piernas que, por otra parte, son bastante huesudas.
    • Jane se ajustó la blusa con aire de orgullo complacido. Paradine se levantó y sirviónuevos martinis. -La verdad, no veo ninguna ventaja en enseñar filosofía a esos monos. Todos tienenla edad equivocada. Sus hábitos de comportamiento, su forma de pensar; ya estáncondicionados. Son horriblemente conservadores, aunque eso, desde luego, no loadmiten. Las únicas personas capaces de comprender filosofía son los adultosmaduros, o los niños como Emma y Scotty. -Bueno, no vayas a inscribir a Scotty en tu curso -pidió Jane-. Aún no estápreparado para ser un Philosophiae Doctor. No me interesan los niños superdotados,especialmente cuando se trata de mi propio hijo. -Probablemente, Scotty sería mucho mejor que Betty Dawson -gruñó Paradine. -«Se convirtió en un viejo débil y gruñón a los cinco años» -citó Janeensoñadoramente--. Quiero tu aceituna. -Toma. Y a propósito, me gustan tus zapatos. -Gracias. Aquí está Rosalie. ¿La cena? -Está preparada, Mrs. Paradine -dijo Rosalie-. Llamaré a la señorita Emma y alseñorito Scotty. -Yo iré a por ellos -dijo Paradine. Asomó la cabeza por la habitación contigua y gritó: -¡Niños! ¡Vamos, a cenar! Unos pequeños pies bajaron las escaleras. Scott apareció, limpio y brillante, con unrebelde mechón de cabellos emergiendo de su cabeza. Emma le seguía, bajandocuidadosamente los escalones. A medio camino, abandonó el intento de bajar sobresus pies y se dio media vuelta, para terminar el descenso a modo de un mono.Mostrando su pequeña espalda, daba la impresión de poner una maravillosa diligenciaen el empeño. Paradine la observó, fascinado por el espectáculo, hasta que fue lanzadohacia atrás por el impacto del cuerpo de su hijo. -¡Eh, papá! -gritó Scott. Paradine se recuperó y observó a Scott con dignidad. -Ten cuidado. Ayúdame a llegar al comedor. Por lo menos, me has dislocado unacadera. Pero Scott ya se había abalanzado hacia la habitación contigua, donde pisó losnuevos zapatos de Jane. En pleno éxtasis de afectividad, murmuró una disculpa y seapresuró a ocupar su sitio en la mesa. Paradine elevó una ceja mientras le seguía conla rolliza mano de Emma desesperadamente agarrada a su dedo índice. -Me pregunto qué habrá estado haciendo este joven diablo. -Probablemente, nada bueno -dijo Jane con un suspiro-. Hola, querida. Vamos a vertus orejas. -Bueno, esa lengua está mucho más limpia que tus orejas -dijo Jane, haciéndole unrápido examen-. Pero mientras puedas oír, la suciedad sólo será superficial. -¿Terminado? -Un poco sucias, pero están bien. Jane cogió a su hija, la llevó hacía la mesa e introdujo sus piernas en una sillaelevada. Hacía poco tiempo que Emma había adquirido la habilidad suficiente comopara tener el privilegio de cenar con el resto de la familia y, según observó Paradine, laniña se sentía muy orgullosa ante la perspectiva. A Emma se le había dicho que sólolos bebés derraman la comida. Como consecuencia, llevaba tanto cuidado en llevarse lacuchara a la boca, que Paradine se ponía nervioso cada vez que la observaba. -Una cinta transportadora sería lo que necesitaría Emma -sugirió, acercando unasilla para Jane-. Pequeños racimos de espinacas llegando ante su boca a Intervalosdeterminados. La cena se desarrolló sin incidentes hasta que a Paradine se le ocurrió mirar el platode Scott. -¡Eh! ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo? ¿Has estado comiendo por tu cuenta?
    • Scott examinó pensativo la comida que aún tenía -Ya he comido todo lo que necesitaba, papá -explicó. -Normalmente, comes todo lo que te cabe y un poco más -dijo Paradine-. Sé que loschicos que están creciendo necesitan varias toneladas de comida al día, pero estanoche estás muy por debajo de tus posibilidades. ¿Te sientes bien? -Sí, sí. De verdad. He comido todo lo que tenía ganas. -¿Todo lo que has querido? -Claro. Yo como diferente. -¿Es algo que te han enseñado en la escuela? -preguntó Jane. Scott sacudió la cabeza con solemnidad. -Nadie me lo ha enseñado. Yo mismo lo he descubierto. Utilizo el esputo. -Vuélvelo a intentar -sugirió Paradine-. No es la palabra adecuada. -Es... sa... saliva. ¿No? -Vaya, vaya. ¿Más pepsina? ¿Hay algo de pepsina en los jugos de la saliva, Jane? Lohe olvidado. -En los míos hay veneno -observó Jane-. Rosalie ha vuelto a dejar grumos en laspatatas chafadas. Pero Paradine estaba interesado. -¿Quieres decir que le estás sacando todo el provecho posible a tu comida... sindesperdiciar nada... y comiendo menos? Scott se lo pensó un momento. -Supongo que sí. No es simplemente el es... la saliva. Elijo la cantidad que mequiero poner en la boca en una sola vez, y qué alimentos debo mezclar. Así es como lohago. -Hum -murmuró Paradine, tomando una nota para comprobarla después-. Una ideabastante revolucionaria. Los niños tienen a menudo ideas locas, pero ésta no parecía andar muy equivocada.Apretó los labios. -Supongo que, con el tiempo, la gente comerá de un modo diferente... Me refiero acómo comerán y a lo que comerán. Jane, nuestro hijo da muestras de estarconvirtiéndose en un genio. -¡Oh! -Lo que acaba de decir es una buena reflexión sobre la dietética. ¿Lo pensaste túmismo, Scott? -Claro -dijo el chico, creyendo realmente en lo que decía. -¿Y de dónde sacaste la idea? -¡Oh! Yo... -pero, en lugar de contestar, se escapó hábilmente del asunto-. No lo sé.No significa mucho, supongo. Paradine quedó desilusionado sin saber por qué. -Pero sin duda alguna... -Essssputo -gritó Emma, sintiéndose dominada por un repentino acceso de maldad-.¡Esputo! -intentó demostrarlo, pero sólo consiguió lanzar unas gotas sobre su babero. Con un aire resignado, Jane acudió en ayuda de su hija, reprendiéndola, mientrasParadine miraba a Scott con un interés bastante insólito. Pero no volvió a suceder nadamás hasta después de la cena, cuando ya se encontraban en la sala de estar. -¿Tienes algún deber que hacer? -No... no -contestó Scott ruborizándose, con una sensación de culpabilidad. A fin de ocultar su desconcierto, se sacó del bolsillo un objeto que había encontradoen la caja y comenzó a desplegarlo. El objeto parecía un mosaico, lleno de pequeñaspiezas. Al principio, Paradine no lo vio, pero Emma sí. Quiso jugar con él. -No. Estáte quieta, babosa -le ordenó Scott-. Puedes mirar. Estuvo manoseando las piezas, produciendo sonidos suaves e interesantes. Emmaextendió un grueso dedo índice y lanzó un grito. -Scotty -dijo Paradine, en tono de advertencia.
    • -No le he hecho daño. -Me ha mordido. Lo ha hecho -murmuró Emma. Paradine levantó la mirada. Frunció el ceño, mirando fijamente a Scott. ¿Quédiablos...? -¿Es eso un ábaco? -preguntó-. Déjamelo ver, por favor. De mala gana, Scott llevó el objeto hasta la silla donde estaba sentado su padre.Paradine parpadeó. El «ábaco» desplegado, de unos treinta y cinco centímetroscuadrados, estaba compuesto por hilos delgados y rígidos que se entrelazaban aquí yallá. En los hilos estaban ensartadas las piezas de colores. Podían ser deslizadas haciaatrás y hacia delante, y trasladadas de un soporte a otro, incluso por los puntos deunión. Pero... una cuenta agujereada no podía cruzar los hilos entrelazados. Así es que, al parecer, no estaban agujereados. Paradine miró el objeto más decerca. Cada pequeña esfera tenía una profunda ranura a su alrededor, de modo quepodía ser girada y deslizada a lo largo del hilo al mismo tiempo. Paradine intentóliberar una de las cuentas. Se adhería al hilo, como sí fuera magnética. ¿Hierro?Parecía más bien plástico. En cuanto a la estructura... Paradine no era un matemático. Pero los ángulosformados por los hilos le resultaban vagamente extraños, con su ridícula falta de lógicaeuclidiana. Constituían todo un laberinto. Quizá el objeto no fuera más que eso... unrompecabezas. -¿Dónde has conseguido esto? -Me lo dio el tío Harry -dijo Scott, estimulado por la dificultad del momento-. Elúltimo domingo, cuando vino a vernos. El tío Harry se había marchado de la ciudad, una circunstancia muy bien conocidapor Scott. A la edad de siete años, un niño no tarda en darse cuenta de que loscaprichos de los adultos se rigen por ciertas normas invariables y que, según ellas,siempre se ponen nerviosos ante las personas que hacen regalos a los niños. Y, lo queera más importante, el tío Harry no regresaría hasta el cabo de varias semanas; el finalde este período de tiempo era algo inimaginable para Scott o, por lo menos, el hechode que su mentira fuera descubierta al final de ese período significaba para él menosque las ventajas de que se le permitiera conservar su juguete. Paradine se encontró murmurando en silencio, confundido en su intento demanipular las piezas del objeto. Los ángulos resultaban vagamente ilógicos. Era comoun rompecabezas. Esta bola roja, si se deslizaba a lo largo de este hilo hacia eseángulo, debería llegar allí... pero no llegaba. Un extraño laberinto, pero sin dudaalguna instructivo. Paradine tenía la bien fundada sensación de no poseer la pacienciasuficiente como para descubrir el secreto del objeto. Sin embargo, Scott lo hizo. Se retiró a un rincón y empezó a deslizar bolas,manoseándolas de un lado a otro y gruñendo. Las bolas pasaron cuando Scott eligió laserróneas y trató de deslizarlas en la dirección ilógica. Finalmente, se dirigió excitado yjubiloso hacia su padre. -¡Lo he hecho, papá! -¿Eh? ¿Qué? Déjame ver. A Paradine, el objeto le pareció estar exactamente igual que antes, pero Scottseñaló y sonrió. -La he hecho desaparecer. -¿Está aún ahí? -Esa bola azul. Ahora ha desaparecido. Paradine no se lo creyó, así es que se limitó a sonreír burlonamente. Scott volvió amanosear la estructura. Ensayó varios movimientos. En esta ocasión no se produjoninguna vibración, ni siquiera ligera. El ábaco le había enseñado el método correcto demanejarlo. Ahora dependía de él seguir haciéndolo por su propia cuenta. De algúnmodo, los extraños ángulos de los hilos parecían ya un poco menos confusos. Era un juguete muy instructivo...
    • Scott pensó que actuaba de una forma muy similar a como lo hacía el cubo decristal. Al recordar aquel otro objeto, lo sacó del bolsillo y le dejó el ábaco a Emma,que se quedó muda de alegría. Empezó a trabajar deslizando las cuentas, sinpreocuparse en esta ocasión por las vibraciones del objeto que, en realidad, eran ahoramuy pequeñas y, gracias a su naturaleza imitativa, se las arregló para conseguir hacerdesaparecer una de las bolas casi con la misma rapidez con que lo hiciera Scott.Entonces, la bola azul volvió a aparecer, pero Scott no se dio cuenta. Se había retiradopremeditadamente a un rincón de la habitación y tras sentarse en una butaca empezóa entretenerse con el cubo. Había gente muy pequeña en su interior, diminutos maniquíes, muy aumentadospor las propiedades del cristal, que se movían. Construían una casa. Surgió unincendio, con llamas aparentemente reales, y las figuras se quedaron quietas. Scottmurmuró con urgencia: -¡Apagadlo! Pero no ocurrió nada. ¿Dónde estaba aquella extraña máquina contraincendios, conaquellos brazos que se movían y que había aparecido la vez anterior? Ahora llegaba.Apareció inmediatamente en la imagen y se detuvo. Scott les dio prisa. Aquello resultaba divertido. Era como estar dirigiendo una obra de teatro, sólo queparecía más real. Los seres diminutos hacían lo que Scott les decía, con sólo pensarlo.Si cometía un error, esperaban a que él encontrara el camino correcto. Hasta leplantearon nuevos problemas... El cubo también era un juguete muy instructivo. Enseñaba a Scott con unaalarmante rapidez... y de una forma muy entretenida. Pero, en realidad, aún no leproporcionaba ningún conocimiento nuevo. No estaba preparado todavía. Más tarde...más tarde... Emma se cansó del ábaco y se dirigió en busca de Scott. Pero no pudo encontrarle,ni siquiera en su habitación. Sin embargo, una vez en ella, se sintió intrigada por elcontenido del armario. Descubrió la caja. Contenía un verdadero tesoro... una muñeca,cuya presencia ya había sido advertida por Scott, pero que éste despreció con unbufido. Lanzando pequeños gritos de alegría, Emma llevó la muñeca a la planta baja,se sentó en medio de la habitación y empezó a desarmarla. -¡Querida! ¿Qué es eso? -¡Señor Oso! Evidentemente, el muñeco al que ya no le quedaban ojos, ni orejas, no era un oso,pero resultaba reconfortante en su suave gordura. Sin embargo, para Emma, todos losmuñecos eran Señor Oso. -¿Se lo has cogido a alguna otra niña? - preguntó Jane, tras un momento de duda. -No. Es mío. En aquel momento, Scott salió de su rincón, metiéndose el cubo en el bolsillo. -¡Vaya!... Eso es del tío Harry. -¿Te lo dio el tío Harry, Emma? -Me lo dio a mí, para Emma -se apresuró a decir Scott, añadiendo otra piedra a suedificio de mentiras-. El pasado domingo. -Lo vas a romper, querida. Emma llevó la muñeca a su madre. -Se separa... ¿lo ves? -¡Oh! Eso... ¡vaya! Jane contuvo la respiración. Paradine levantó la mirada rápidamente. -¿Qué ocurre? Le llevó la muñeca, pero dudó un momento y después se dirigió hacia el comedor,lanzando una mirada muy significativa a su esposo. El la siguió, cerrando la puerta trasde sí. Jane había colocado ya la muñeca sobre la mesa. -Esto no parece muy bonito, ¿verdad, Denny? -Hum...
    • Era bastante desagradable a primera vista. Uno podía esperar encontrarse con unmaniquí anatómico en una escuela médica, pero en el muñeco de una niña... La muñeca se desmontaba en diversas partes: piel, músculos, órganos, todo ello enminiatura, pero realizado con bastante perfección, por lo que Paradine pudo observar.Se sintió interesado. -No sé. Estas cosas no son muy apropiadas para un pequeño. -Mira ese hígado. ¿Es un hígado? -Después de todo, no es anatómicamente perfecto -Paradine acercó una silla a lamesa-. El canal digestivo es demasiado corto. Los intestinos no son grandes. Tampocohay apéndice. -¿Crees tú que Emma debe jugar con una cosa como ésta? -No me importaría jugar yo mismo con esta muñeca -dijo Paradine-. ¿De dóndediablos habrá sacado Harry una cosa así? No, no veo ningún mal en ello. Los adultosestamos condicionados para reaccionar de modo desagradable ante la visión de lastripas. Pero los pequeños, no. Se figuran que son sólidas en nuestro interior, como unapatata. Emma puede conseguir un sano conocimiento del cuerpo de esta muñeca. -Pero ¿qué es eso? ¿Nervios? -No, los nervios son éstos. Las arterias están aquí; las venas aquí. Un tipo de aortamuy curioso -Paradine miraba extrañado-. Eso... ¿cuál es la palabra latina paradesignar una red? ¿Rita? ¿Rata? -Rales-sugirió Jane casualmente. -Eso es una forma de respirar -dijo Paradine con decisión-. No puedo imaginarme dequé material está hecha esta red luminosa. Atraviesa todo el cuerpo, como si se tratarade nervios. -Sangre. -No. No es nada circulatorio, ni neural… ¡qué extraño! Parece tener algo que ver conlos pulmones. Quedaron absortos y extrañados ante aquella muñeca tan rara. Estaba construidacon una notable perfección hasta en sus más pequeños detalles y eso ya era bastanteextraño de por sí cuando lo comparaban a los evidentes errores fisiológicos. -Espera que coja ese libro de anatomía -dijo Paradine. Después empezó a comparar la muñeca con las láminas anatómicas del libro. Seenteró de pocas cosas, aunque la comparación aumentó aún más su curiosidad. Pero aquello era más curioso que un simple rompecabezas. Mientras, en la habitación contigua, Emma estaba deslizando las cuentas del ábacode un lado a otro. Ahora, los movimientos no parecían tan extraños como antes. Nisiquiera cuando las cuentas desaparecían. Casi podía seguir esa nueva dirección...casi... Scott lanzó un suspiro, mirando fijamente el cubo de cristal, mientras dirigíamentalmente, con muchos comienzos falsos, la construcción de una estructura algomás complicada que la destruida por el fuego. También él estaba aprendiendo... estabasiendo condicionado... El error de Paradine, desde nuestra perspectiva, fue el de no deshacerseinmediatamente de los juguetes. No se dio cuenta de su significado y cuando se diocuenta, el desarrollo de los acontecimientos se le había escapado de las manos. El tíoHarry estaba fuera de la ciudad, de modo que Paradine no pudo comprobar nada conél. Por otra parte, estaban en marcha los exámenes de mediados de curso, querepresentaban un arduo esfuerzo mental hasta llegar al completo agotamiento por lanoche; por su parte, Jane estuvo ligeramente enferma durante una semana. Emma yScott pudieron jugar libremente con los juguetes. -¿Qué es un wabe, papá? -preguntó una noche Scott a su padre. -¿Quieres decir wave, ola? -No... -dudó un momento-. No lo creo. ¿No está bien dicho wabe? -Wab es la palabra escocesa para designar web, tejido. ¿Es eso?
    • -No veo cómo puede serlo -murmuró Scott, y se marchó con el ceño fruncido, paraentretenerse con el ábaco. Ahora, ya era capaz de manejarlo con bastante habilidad. Pero, con el instinto de losniños para evitar las interrupciones, tanto él como Emma solían jugar con los juguetesen privado. Aquello no era nada evidente, desde luego, pero los experimentos másintrincados nunca se desarrollaban cuando estaban presentes los adultos. Scott estaba aprendiendo con rapidez. Lo que veía ahora en el cubo de cristal teníamuy poca relación con los problemas originales, tan simples. Al contrario, ahora eranfascinantemente técnicos. Si Scott se hubiera dado cuenta de que su educación estabasiendo guiada y supervisada -aunque sólo mecánicamente-, con toda probabilidadhubiera perdido todo su interés por los juguetes. Pero, tal y como se desarrollaban lascosas, su iniciativa nunca se veía anulada. Abaco, cubo, muñeca... y otros juguetes que los niños encontraron en la caja... Ni Paradine, ni Jane supusieron la importante influencia que estaba teniendo elcontenido de la máquina del tiempo en sus hijos. ¿Cómo podrían haberlo supuesto? Losjóvenes son dramaturgos instintivos a fin de autoprotegerse. Aún no se han adaptado alas exigencias -para ellos parcialmente inexplicables- del mundo de los seres adultos.Y, más aún, sus vidas se ven complicadas por las variables humanas. Una persona lesdice que pueden jugar en el barro, pero que, en sus excavaciones, no deben destrozarlas raíces de las plantas y de los pequeños árboles. Otro adulto, sin embargo, veta elbarro porque sí. Los Diez Mandamientos no están esculpidos en piedra; al contrario,varían, y los niños dependen sin remedio de los caprichos de quienes les han dado aluz y les alimentan y visten. Y les tiranizan. El joven no guarda resentimiento contraesa tiranía benevolente, pues es una parte esencial de la naturaleza. Sin embargo, esun individualista y defiende su integridad mediante una lucha sutil y pasiva. Cuando se encuentra bajo la mirada de un adulto, cambia. Al igual que un actor queestá sobre el escenario, cuando es consciente de ello, se esfuerza por agradar, ytambién por atraer hacia sí la atención de los demás. Esta clase de actitudes tampocoson desconocidas en la madurez. Pero en los adultos son menos evidentes... para elresto de los adultos. Es difícil admitir que los niños estén faltos de sutileza. Los niños son diferentes delhombre maduro porque piensan de otra manera. Podemos penetrar con mayor o menorfacilidad en las pretensiones que plantean... pero ellos pueden hacer lo mismo conrespecto a nosotros. Un niño puede destruir despiadadamente la propia imagen de unadulto. Su prerrogativa consiste en ser iconoclastas. Tomemos, por ejemplo, la afectación. Las amenidades de la relación socialexageradas, pero sin llegar a lo absurdo. El gigoló... ¡Ese savoír faire! ¡Esa puntillosa cortesía! La viuda y la joven rubia quedan amenudo muy impresionadas. Los hombres, en cambio, tienen comentarios algo menosagradables que hacer. Pero el niño llega a la verdadera raíz de la cuestión, cuandoexclama: -¡Eres un tonto! ¿Cómo puede un ser humano inmaduro comprender el complicado sistema de lasrelaciones sociales? No puede. Para él, cualquier exageración de la cortesía natural esuna idiotez. En su estructura funcional de modelos de comportamiento, es como elrococó. Es un pequeño ser egocéntrico, que no puede visualizarse a sí mismo en laposición de otro... y mucho menos en la de un adulto. Siendo una unidad naturalcontenida en sí misma y casi perfecta, viendo cómo sus deseos son facilitados porotros, el niño se parece mucho a una criatura unicelular que flota en la corrientesanguínea, que es la que le proporciona la nutrición y se encarga de transportar losproductos de desecho. Desde el punto de vista de la lógica, un niño es un ser extraordinario yhorriblemente perfecto. Un bebé puede ser aún más perfecto, pero también algo tanextraño a un adulto que sólo se pueden aplicar aquí niveles de comparación
    • superficiales. Los procesos de pensamiento de un niño son inimaginables. Pero losbebés piensan, incluso antes de nacer. Se mueven y duermen en el seno materno, y nolo hacen únicamente a través del instinto. Estamos condicionados para reaccionar deun modo bastante peculiar a la idea de que un embrión apenas viable pueda pensar.Nos sentimos sorprendidos, inclinados a la risa, y hasta sentimos cierto asco. Nadahumano es extraño. Pero un bebé no es humano. Y un embrión es aún mucho menos humano. Quizá fuera ésta la razón por la que Emma aprendió más a través de los juguetesque el propio Scott. El, desde luego, podía comunicar sus pensamientos; Emma no lopodía hacer, sino a través de fragmentos casi ininteligibles. Podríamos considerar, porejemplo, la cuestión de los garabatos... Demos lápiz y papel a un niño pequeño y dibujará algo que para él tiene un aspectodiferente al que tiene para un adulto. Esos garabatos absurdos tienen muy pocasemejanza con una máquina contraincendios, pero es una máquina contraincendios, almenos para el niño. Quizá sea incluso tridimensional. Los niños piensan de un mododiferente y ven las cosas de un modo diferente. Paradine reflexionó sobre todo esto una noche, mientras leía el periódico yobservaba cómo Emma y Scott se comunicaban. Scott estaba haciéndole preguntas asu hermana. A veces, lo hacía en inglés. Pero, más a menudo, recurría a un lenguajede signos que era un verdadero galimatías. Emma trataba de contestar, pero elhándicap era demasiado grande. Finalmente, Scott cogió lápiz y papel. Eso le gustó a Emma. Dejando sacarligeramente la lengua, la niña escribió laboriosamente un mensaje. Scott cogió elpapel, lo examinó y frunció el ceño. -Eso no es correcto, Emma -dijo. Emma asintió vigorosamente. Volvió a coger el lápiz y trazó más garabatos. Scott,que permaneció extrañado durante un rato, sonrió finalmente, con cierta indecisión, yse levantó. Paradine también se levantó y echó un vistazo al papel, teniendo el locopensamiento de que Emma podría haber dominado de repente los secretos de lacaligrafía. Pero no, no lo había hecho. El papel estaba cubierto de garabatos sin sentidoalguno, de ese mismo tipo que resulta familiar a todos los padres. Paradine apretó loslabios. Podría tratarse de un dibujo que mostrara las variaciones mentales de unacucaracha maníaco-depresiva, pero probablemente no lo era. Y, sin embargo, no cabíala menor duda de que tenía algún significado para Emma. Quizá no hizo otra cosa queintentar representar con aquellos garabatos la figura de Señor Oso. Scott regresó. Tenía aspecto de sentirse contento. Se encontró con la mirada deEmma y asintió. Paradine sintió la picazón de la curiosidad. -¿Secretos? -preguntó. -Ninguno. Emma... bueno... me pidió que hiciera algo por ella. -¡Oh! Paradine, recordando entonces los ejemplos de niños muy pequeños que habíanbalbuceado cosas en lenguas extrañas, dejando asombrados a los lingüistas, decidióguardarse el papel cuando los niños hubieran terminado. Al día siguiente, se lo enseñóa Elkins, en la Universidad. Elkins poseía buenos y amplios conocimientos denumerosas lenguas, pero soltó una risita ante la aventura de Emma en el campo de laliteratura. -He aquí una traducción libre, Dennis. Comienzo: no sé lo que significa esto, pero nose trata más que de chiquilladas. Termina la cita. Los dos hombres se echaron a reír y se dirigieron a sus respectivas clases. Pero mástarde, Paradine recordó el incidente. Especialmente después de encontrarse conHolloway. Sin embargo, antes de que sucediera eso, transcurrieron varios meses y la
    • situación se fue desarrollando mucho más, acercándose a un punto de extrematensión. Quizá Paradine y Jane habían mostrado demasiado interés por los juguetes. Emma yScott comenzaron a mantenerlos ocultos y a jugar con ellos únicamente en privado.Nunca lo hacían abiertamente, sino con discretas precauciones. A pesar de todo, Janese sintió algo preocupada. Habló con Paradine sobre el asunto una noche. -Esa muñeca que Harry le dio a Emma. -¿Sí? -Hoy he estado en el centro de la ciudad y he tratado de descubrir de dóndeprocede. Ningún indicio. -Quizá Harry la trajera de Nueva York. -También pregunté por esas otras cosas -añadió Jane, sin quedar convencida por laobservación de su esposo-. Me enseñaron todo lo que tenían... La tienda de Johnson esmuy grande, ya sabes. Pero no existe en ella nada parecido al ábaco de Emma. -Hum. Paradine no estaba muy interesado. Aquella noche, habían comprado entradas paraun espectáculo, y se estaba haciendo tarde. Así es que, por el momento, dejaron eltema pendiente. Más tarde, el tema volvió a surgir cuando una vecina llamó por teléfono a Jane. -Scotty nunca ha sido así, Denny. Mrs. Burns dice que atemorizó enormemente a suhijo Francis. -¿Francis? ¿No es ese bobo pequeño y regordete? Es como su padre. En ciertaocasión, cuando éramos estudiantes de segundo curso, le rompí las narices. -Deja de fanfarronear y escúchame -dijo Jane, mezclando un cóctel-. Scott enseñó aFrancis algo que le asustó. ¿No sería mucho mejor que...? -Supongo que sí. Paradine escuchó. Los sonidos procedentes de la habitación contigua le indicarondónde se encontraba su hijo. -¡Scott! -le llamó. -¡Bang! -exclamó Scott, cuando apareció sonriente-. Les he matado a todos. Piratasdel espacio. ¿Querías algo, papá? -Sí. Si no te importa dejar sin enterrar por un momento a los piratas del espacio.¿Qué le hiciste a Francis Burns? Los ojos azules de Scott reflejaron un candor increíble. -¿Qué? -Inténtalo. Estoy seguro de que puedes recordarlo. -¡Oh! Eso... No hice algo. -Nada -le corrigió Jane con aire ausente. -Nada. De veras. Sólo le permití mirar en mí aparato de televisión y eso... eso leasustó. -¿Aparato de televisión? Scott sacó entonces el cubo de cristal. -Bueno, en realidad no es eso. ¿Lo ves? Paradine examinó el objeto, asombrado por el aumento de tamaño. Sin embargo,todo lo que pudo ver fue un complicado laberinto de dibujos de colores sin ningúnsignificado para él. -El tío Harry... Paradine extendió la mano, cogiendo el teléfono. Scott tragó saliva. -¿Es que... es que el tío Harry ha vuelto a la ciudad? -Sí. -Bueno, tengo que tomar un baño. Scott se dirigió hacía la puerta. Paradine se encontró con la mirada de Jane y asintiósignificativamente.
    • Harry estaba en casa, pero aseguró no tener el menor conocimiento de todosaquellos juguetes tan peculiares. De un modo bastante hosco, Paradine le pidió a Scottque bajara de su habitación todos aquellos juguetes. Finalmente se encontraron en unmontón sobre la mesa: el cubo, el ábaco, la muñeca, el gorro en forma de casquete yalgunos otros objetos misteriosos. Scott fue interrogado. Al principio, mintió convalentía, pero finalmente se desmoronó y cantó, entre hipos, su confesión. -Tráeme la caja donde estaban estas cosas -ordenó Paradine-. Y después, vete a lacama. -¿Vas a... vas a castigarme, papá? -Por hacer novillos y por mentir, sí. Ya conoces las reglas. No verás ningúnespectáculo en dos semanas. Y nada de golosinas durante todo ese tiempo. -¿Vas a dejarme mis cosas? -preguntó Scott, tragando saliva. -Aún no lo sé. -Bueno... Buenas noches, papá. Buenas noches, mamá. Una vez que la pequeña figura del niño desapareció escaleras arriba, Paradineacercó una silla a la mesa y examinó cuidadosamente la caja. Después removiópreocupado los demás objetos. Jane le observaba. -¿Qué es, Denny? -No lo sé. ¿Quién dejaría una caja de juguetes junto al río? -Puede haberse caído de un coche. -No en ese lugar. La carretera no pasa junto al río al norte de la vía del ferrocarril.Son campos vacíos... no hay nada -Paradine encendió un cigarrillo-. ¿Quieres beberalgo? -Yo lo prepararé. Jane se dirigió a preparar las bebidas, con una mirada de preocupación. Le trajo unvaso a Paradine y se quedó detrás de él, acariciándole el pelo con los dedos. -¿Algo anda mal? -Claro que no. Sólo que... ¿de dónde habrán venido estos juguetes? -Johnson no lo sabía y ellos traen sus existencias de Nueva York. -Yo también he estado haciendo averiguaciones -admitió Paradine-. Esa muñeca -lacogió- me preocupaba bastante. Quizá sea una deformación profesional, pero megustaría saber quién la hizo. -¿Un psicólogo? Ese ábaco... ¿no hacen tests a la gente con esta clase de cosas? Paradine castañeteó con los dedos. -¡Eso es! -exclamó-. ¡Y fíjate qué suerte! Hay un tipo llamado Holloway, unpsicólogo de niños, que va a hablar en la Universidad la semana que viene. Es un tipoimportante, con bastante reputación. Puede que sepa algo de todo esto. -¿Holloway? No... -Rex Holloway. Es... ¡Hum! No vive muy lejos de aquí. ¿Crees que habrá hecho estascosas él mismo? Jane estaba examinando el ábaco. Frunció el ceño y lo dejó donde estaba. -Si lo hizo, no me gusta. Pero mira a ver si puedes descubrirlo, Denny. -Lo haré -dijo Paradine, asintiendo. Bebió su copa, mientras intentaba quitar importancia a todo aquello. Se sentíavacamente preocupado. Pero no estaba asustado... todavía. Rex Holloway era un hombre grueso y brillante, con una calva y unas gafas gruesas,sobre las que se encontraban sus espesas cejas negras, como peludas orugas. Unasemana después, Paradine le trajo una noche a cenar a casa. Holloway no parecióobservar a los niños en ningún momento, pero nada de lo que dijeron o hicieron lepasó inadvertido. Sus ojos grises, sagaces e inteligentes, no se perdieron casi nada. Los juguetes le fascinaron. En la sala de estar, los tres adultos se encontrabanreunidos alrededor de la mesa, donde habían sido colocados los juguetes. Holloway los
    • estudió cuidadosamente, mientras escuchaba lo que Jane y Paradine tenían quedecirle. Finalmente, rompió su silencio: -Me alegro de haber venido aquí esta noche. Pero no del todo. Ya sabe que todoesto es muy molesto. -¿Cómo? -preguntó Paradine, asombrado, mientras el rostro de Jane mostraba suconsternación. Las siguientes palabras de Holloway no contribuyeron a calmarles: -Nos estamos enfrentando con la locura. Sonrió ante la mirada sobresaltada de la pareja. -Todos los niños están locos, desde el punto de vista de un adulto. ¿Han leído Vientoalto en Jamaica, de Hughes? -Lo tengo. Paradine extrajo el pequeño libro de la estantería donde estaba. Holloway extendióuna mano, lo cogió y pasó las páginas hasta encontrar lo que buscaba. Después leyóen voz alta: -«Los niños, desde luego, no son humanos... Son animales, y poseen una culturamuy antigua y ramificada, como la tienen los gatos, y los peces, y hasta las serpientes;la suya es de la misma clase, pero mucho más complicada y vivaz, pues los bebés son,después de todo, una de las especies más desarrolladas de los vertebrados inferiores.En resumen, los bebés tienen mentes que actúan en términos y categorías propias, queno pueden ser traducidas a términos y categorías de la mente humana.» Jane trató de tomarse aquello con calma, pero no pudo. -¿No querrá decir que Emma...? -¿Puede usted pensar como su hija? -preguntó Holloway-. Escuche: «No puede unopensar como un bebé, del mismo modo que no puede uno pensar como una abeja.» Paradme preparó unas bebidas. Entonces, por encima de su hombro, dijo: -Está usted teorizando bastante, ¿verdad? Tal y como yo lo veo, sus palabrasimplican que los bebés tienen una cultura propia, e incluso un nivel de inteligenciaelevado. -No necesariamente. No existen normas fijas. Todo lo que digo es que los bebéspiensan de un modo diferente a como lo hacemos nosotros. No quiero decir quepiensen necesariamente mejor... eso es una cuestión de valores relativos. Pero sí lohacen en una forma diferente en cuanto a extensión... -buscaba las palabrasadecuadas con la mirada perdida en el techo. -Fantasías -dijo Paradine con cierta rudeza, extrañado al pensar en las actitudes deEmma-. Los bebés no tienen sentidos diferentes a los nuestros. -¿Y quién ha dicho que los tengan? -preguntó Holloway-. Utilizan sus mentes de unmodo diferente, eso es todo. ¡Pero es suficiente! -Estoy tratando de comprender -dijo Jane con lentitud-. Todo lo que puedo pensares en mi batidora. Puede batir mantequilla y patatas hervidas, pero también puedeestrujar naranjas. -Es algo parecido. El cerebro es un coloide, una máquina extraordinariamentecomplicada. No sabemos mucho sobre sus posibilidades. Ni siquiera sabemos cuántopuede aprender. Pero se sabe que la mente va quedando condicionada a medida queva madurando el ser humano. Sigue ciertos esquemas familiares y todo pensamientoposterior está perfectamente basado sobre un modelo que se acepta como algogarantizado. Miren esto -Holloway tocó el ábaco-. ¿Han experimentado con él? -Un poco -dijo Paradine. -Pero no mucho, ¿verdad? -¿Por qué no? -No vale la pena -se quejó Paradine-. Hasta un rompecabezas ha de tener una ciertalógica. Pero esos ángulos tan extraños... -Su mente está condicionada por Euclides -dijo Holloway-. Así es que ahora nosencontramos con que esta casa... nos preocupa, y parece no tener ningún sentido. Pero
    • un niño no sabe nada de Euclides. Si se le presentara una lección de geometríadiferente a la que nosotros conocemos, no le impresionaría por considerarla ilógica. Elniño cree en lo que ve. -¿Está tratando de decirme que este objeto posee una extensión cuatridimensional?-preguntó Paradine. -En cualquier caso, no de una forma visual -denegó Holloway-. Todo lo que digo esque nuestras mentes, condicionadas por Euclides, no pueden ver en esto otra cosa queun laberinto ilógico de hilos. Pero un niño, y especialmente un bebé, puede ver más.No al principio. Al principio sería un rompecabezas, desde luego. Pero un niño no severía limitado en sus capacidades a consecuencia de excesivas ideas preconcebidas. -Arterioesclerosis del pensamiento -observó Jane. Paradine no estaba convencido. -¿Quiere eso decir que un niño sería capaz de calcular mejor que Einstein? No, noquiero decir eso. Comprendo más o menos claramente su punto de vista. Sólo que... -Bien, mire esto. Supongamos que existen dos clases de geometría... laslimitaremos a ese número para facilitar el ejemplo. Nuestra geometría, la euclidiana, yuna segunda a la que llamaremos x. Esta segunda geometría x no tiene mucha relacióncon la euclidiana. Está basada en teoremas completamente diferentes. En ella, dos ydos no son necesariamente igual a cuatro; pueden ser igual a y2, o quizá ni siquierason igual a nada. La mente de un bebé no está aún condicionada, excepto por ciertosfactores cuestionables de herencia y medio ambiente. Comencemos a enseñar al niñola geometría euclidiana... -¡Pobre chico! -exclamó Jane. Holloway le lanzó una mirada rápida. -Me refiero a la base teórica de Euclides: los bloques alfabéticos. Las matemáticas,la geometría, el álgebra... llegarían mucho después. Estamos muy familiarizados conesa clase de desarrollo. Por el otro lado, iniciemos a bebé en los principios básicos denuestra lógica x. -¿Bloques? ¿De qué clase? Holloway se quedó mirando el ábaco un momento y dijo: -No tendría mucho sentido para nosotros. Pero hemos sido condicionados porEuclides. Paradine se sirvió una buena cantidad de whisky. -Eso es algo bastante terrible -dijo-. No está usted limitándose a las matemáticas. -¡Correcto! No me estoy limitando a nada. ¿Cómo podría hacerlo? Yo no estoycondicionado por la lógica x. -Ahí está la respuesta -dijo Jane, con un suspiro de alivio-. ¿Quién es? Me refiero ala clase de persona capaz de haber hecho la clase de juguetes que usted, al parecer,piensa que son. Holloway asintió, brillándole los ojos detrás de las gruesas gafas. -Esa clase de personas pueden existir. -¿Dónde? -Quizá prefieran mantenerse ocultas. -¿Superhombres? -Quisiera saberlo. Como ve, Paradine, volvemos a encontrarnos con la cuestión delos criterios. Para nuestros propios niveles, esa clase de seres pueden parecersuperhombres en ciertos aspectos. En otros, en cambio, pueden parecemos imbéciles.No se trata de una diferencia cuantitativa; es cualitativa. Ellos piensan de un mododiferente. Y estoy seguro de que nosotros podemos hacer cosas que ellos no puedenrealizar. -Quizá no deseen realizarlas -observó Jane. Paradine golpeó ligeramente los objetos que estaban en la caja y preguntó: -¿Y qué me dice de esto? Implica... -Un propósito, claro está.
    • -¿Transporte? -Al principio puede uno pensar en eso. SI es así, la caja puede haber venido decualquier parte. -¿De donde las cosas son... diferentes? -preguntó Paradine con lentitud. -Exactamente. En el espacio, e incluso en el tiempo. No lo sé. Soy un psicólogo.Desgraciadamente, yo también estoy condicionado por Euclides. -Debe ser un lugar muy extraño -dijo Jane- Denny, deshazte de esos juguetes. -Tengo la intención de hacerlo. Holloway cogió entonces el cubo de cristal y preguntó: -¿Ha interrogado mucho a los niños? __Sí -contestó Paradine-. Scott me dijo que, al principio, cuando miró, había genteen el interior de ese cubo. Le pregunté lo que había ahora en él. -¿Y qué contestó? -preguntó el psicólogo, abriendo mucho los ojos. -Me dijo que estaban construyendo un lugar. Esas fueron sus palabras exactas. Lepregunté quién lo hacía... ¿gente? Pero no me lo pudo explicar. -No, supongo que no -murmuró Holloway-. Debe tratarse de algo progresivo.¿Durante cuánto tiempo han tenido los niños estos juguetes? -Unos tres meses, supongo. -Tiempo suficiente. Como ve, se trata del juguete perfecto, tanto instructivo comomecánico. Debe hacer cosas, para interesar al niño, y debe enseñar preferiblemente sinque el niño se dé cuenta. Problemas sencillos al principio. Y más tarde... -La lógica x -dijo Jane, pálida. Paradine maldijo por lo bajo. -¡Emma y Scott son perfectamente normales! -dijo. -¿Sabe usted cómo piensan sus mentes... ahora? Holloway no siguió el razonamiento. Manoseó la muñeca. -Sería interesante saber las condiciones del lugar de donde proceden estás cosas.Sin embargo, la inducción no nos ayuda mucho. Nos faltan demasiados factores. Nopodemos visualizar un mundo basándonos en el factor x... con el medio ambientalajustado a mentes que piensan según los modelos x. Tomemos, por ejemplo, estaluminosa red existente en el interior de la muñeca. Puede ser cualquier cosa. Podríaexistir también en nuestro interior, aún cuando no lo hayamos descubierto aún.Cuando encontremos la clave correcta... -se encogió de hombros-. ¿Qué piensa ustedde esto? Se trataba de un globo carmesí, de unos cinco centímetros de diámetro, con unbulto protuberante en su superficie. -¿Qué puede pensar cualquiera de eso? -¿Y Scott? ¿Y Emma? -Yo ni siquiera lo había visto hasta hace apenas unas tres semanas, cuando Emmaempezó a jugar con eso -Paradine se mordió el labio-. Después, Scott empezó tambiéna sentirse interesado. -¿Qué es lo que hacen? -Lo mantienen frente a ellos y lo mueven hacia adelante y hacia atrás, sin ningúntipo de movimiento especial. -No es ningún tipo de movimiento euclidiano -le corrigió Holloway-. Al principio nopudieron comprender el propósito del juguete. Tenían que ser educados para utilizarlo. -Eso es horrible -dijo Jane. -No para ellos. Probablemente, Emma comprende con mayor rapidez la lógica x queScott, pues su mente todavía no está condicionada por nuestros modelos. -Pero yo puedo recordar muchas cosas de las que hice cuando era un niño -dijoParadine-. E incluso siendo un bebé. -¿Qué quiere decir con eso? -¿Estaba... loco, entonces?
    • -Las cosas que no recuerda son los criterios de su locura -replicó Holloway-. Pero heutilizado la palabra «locura» como un símbolo puramente convencional para designarla variación de la norma humana conocida. Un criterio arbitrario de mente sana. Jane dejó su vaso sobre la mesa. -Ha dicho usted que la inducción era difícil, Mr. Holloway. Pero me da la impresiónde que está usted convirtiendo algo muy pequeño en algo excesivamente grande.Después de todo, estos juguetes... -Yo soy un psicólogo y me he especializado en los niños. No soy un lego en lamateria. Estos juguetes significan mucho para mí, principalmente porque tienen tanpoco significado. -Puede usted estar equivocado. -Bueno, diría que me gustaría estarlo. Desearía examinar a los niños. -¿Cómo? -preguntó Jane, levantando los brazos. Una vez que Holloway se lo hubo explicado, ella asintió, aunque seguía mostrándoseun poco dubitativa: -Bueno, está bien. Pero no son cobayas. El psicólogo extendió blandamente una mano en el aire. -¡Mi querida señora! No soy un Frankenstein. Para mí, el individuo es el factorprimordial... no podría ser de otra forma, ya que trabajo con mentes. Si hay algo queva mal en los jóvenes, quiero curarles. Paradine dejó el cigarrillo en el cenicero y observó la lenta espiral de humo azul,oscilando hacia arriba. -¿Puede usted ofrecer un pronóstico? -Lo intentaré. Eso es todo lo que les puedo decir. Si las mentes, aún nodesarrolladas de los niños, ya han sido dirigidas hacia el canal x, será necesariohacerlas retroceder. No estoy diciendo que eso sea lo mejor que podamos hacer,aunque probablemente sea así desde nuestro propio punto de vista. Después de todo,tanto Emma como Scott tendrán que vivir en este mundo. -Sí, sí. No creo que pueda haber nada de malo en ello. Parecen niños de tipo medio,más o menos normales. -Superficialmente pueden parecerlo así. No tienen ninguna razón para actuaranormalmente, ¿verdad? ¿Y cómo puede usted decir si piensan... de un mododiferente? -Les llamaré -dijo Paradine. -Hágalo entonces de un modo informal. No quiero que estén prevenidos. Jane hizo un gesto hacia los juguetes. Holloway dijo: -Dejémoslos aquí, ¿no le parece? Pero, después de que llegaran Emma y Scott, el psicólogo no hizo ningún intentopor interrogarles directamente. Se las arregló para atraer a Scott, sin que éste se dieracuenta, hacia una conversación, en la que de vez en cuando dejaba caer palabrasclave. Nada tan revelador como un test de asociación de palabras... se necesitacooperación para eso. El momento más interesante se produjo cuando Holloway cogió el ábaco. -¿Te importaría enseñarme cómo funciona esto? -Sí, señor -contestó Scott, tras un momento de duda-. Así… Deslizó hábilmente una bola a través del laberinto, en sentido tangencial, con tantarapidez que nadie estuvo seguro por completo de sí la bola había desaparecido o no.Podría haber sido desplazada simplemente. Después, una vez más... Holloway intentó hacerlo. Scott le observó, arrugando la nariz. -¿Es así? -No, no. Tiene que ir hacia allí... -¿Aquí? ¿Por qué? -Bueno, porque es la única forma de hacerlo funcionar.
    • Pero Holloway estaba condicionado por Euclides. Para él, no existía ninguna razónparticular que explicar por qué la cuenta debía deslizarse desde aquel hilo particularhacía aquel otro. Parecía tratarse de un factor casual. De repente, Holloway también sedio cuenta de que éste no era el camino tomado previamente por la bola, cuando Scottmanipuló el rompecabezas. Al menos, por lo que pudo entender. -¿Quieres volvérmelo a enseñar? Scott lo hizo, y hasta dos veces más ante la petición del doctor. Hollowayparpadeaba detrás de las gafas. Casualidad, sí. Y una variable. En cada ocasión, Scottmovía la cuenta siguiendo un curso diferente. De algún modo, ninguno de los adultos podía decir si la cuenta desaparecía o no. Sihubieran esperado verla desaparecer, sus reacciones podrían haber sido diferentes. Al final, no se resolvió nada. Cuando se despidió, Holloway parecía sentirse muyinquieto. -¿Puedo volver otra vez? -Quisiera que lo hiciera -le dijo Jane-. En cualquier momento. ¿Sigue pensando...? -Las mentes de los niños no están reaccionando con normalidad -dijo, asintiendocon la cabeza-. No están embotadas, en modo alguno, pero tengo la másextraordinaria impresión de que llegan a conclusiones a través de un camino quenosotros no podemos comprender. Como si utilizaran álgebra mientras que nosotrosutilizamos geometría. La misma conclusión, pero un método diferente para llegar aella. -¿Qué me dice de los juguetes? -preguntó Paradine de repente. -Manténgalos fuera de su alcance. Me gustaría llevármelos, si me lo permiten... Aquella noche, Paradine durmió mal. El paralelo empleado por Holloway había sidodesafortunado. Conducía a teorías muy perturbadoras. El factor x... Los niños estabanutilizando el equivalente de un razonamiento algebraico, mientras que los adultosutilizaban la geometría. Bastante bonito. Sólo que... El álgebra puede dar respuestas a las que no se puede llegar a través de lageometría, puesto que hay ciertos términos y símbolos que no pueden ser expresadosgeométricamente. ¿Y si la lógica x mostraba conclusiones inconcebibles para la menteadulta? -¡Maldita sea! -murmuró Paradine. Jane se removió a su lado. -Querido... ¿Tampoco puedes dormir? -No. Se levantó, dirigiéndose a la habitación contigua. Emma dormía como un querubín,tranquilamente, con su grueso bracito abrazado alrededor de Señor Oso. A través de lapuerta abierta, Paradine podía ver la cabeza morena de Scott, inmóvil sobre laalmohada. Jane estaba a su lado. La rodeó con su brazo. -Pobres niños -murmuró ella-. Y Holloway les ha llamado locos. Creo que los locossomos nosotros, Dennis. -¡Eh, eh! Estamos poniéndonos nerviosos. Scott se agitó en su sueño. Sin despertarse, hizo lo que era evidentemente unapregunta, aunque no pareció ser expresada en ningún lenguaje en particular. Emmaemitió un pequeño grito, como un maullido, que cambió hasta alcanzar un tono agudo. Ella tampoco se había despertado. Ahora, los niños permanecían quietos, sinagitarse. Pero Paradine pensó, sintiéndose repentinamente enfermo, que todo fueexactamente como si Scott le hubiera preguntado algo a Emma y ella le hubiesecontestado. ¿Acaso sus mentes habían cambiado hasta el punto en que incluso... el sueño eradiferente para ellos?
    • Apartó de su mente aquella idea. -Te vas a enfriar. Será mejor que nos marchemos a la cama. ¿Quieres beber algo? -Creo que sí -contestó Jane, mirando a Emma. Extendió ciegamente su mano hacia la niña; pero la retiró antes de tocarla. -Vamos -le dijo su esposo-. Si no, les despertaremos. Bebieron juntos un pequeño sorbo de brandy, pero no dijeron nada. Más tarde, ensueños, Jane lanzó un grito. Scott no estaba despierto. Pero su mente actuaba de un modo lento y cuidadoso.Así: «Se llevarán los juguetes. El hombre grueso... listava, quizá peligroso. Pero ladirección Ghoric no se mostrará... evankrus, no les apremies. Intransdección...inteligente y luminosa Emma. Ahora, ella es más elevada khopranik que... Aún no veocómo.., thavarar lixery dist...» Una pequeña parte de los pensamientos de Scott aún podían ser comprendidos.Pero Emma había quedado condicionada por x con mucha mayor rapidez. Ella también estaba pensando. No pensaba como un adulto, ni como una niña. Ni siquiera como un ser humano.Excepto, quizá, como un humano de un tipo sorprendentemente extraño para el géneroconocido por el nombre de homo sapiens. A veces, hasta el propio Scott tenía dificultades para seguirle en sus pensamientos. De no haber sido por Holloway, la vida podría haber continuado en una rutina casinormal. Los juguetes ya no eran objetos que les recordaran el problema de un modoinmediato. Emma, con una delicia perfectamente explicable, aún disfrutaba con susmuñecas y con el cajón de arena. Por su parte, Scott se sentía satisfecho con elbaseball y con su juego de química. Hacían lo mismo que otros niños y ponían demanifiesto muy pocos rasgos de anormalidad, si es que aparecía alguno. Hollowayparecía ser un alarmista. Estaba llevando a cabo experimentos con los juguetes, con resultados bastanteidiotas. Dibujó innumerables gráficos y diagramas, mantuvo contactos conmatemáticos, ingenieros y otros psicólogos y casi se volvió loco tratando de encontraruna concordancia o una razón en la construcción de los objetos. La caja misma, con sumisterioso mecanismo, no le decía nada. Los fusibles habían derretido una gran partedel material, convirtiéndolo en escoria. Pero los juguetes.., Era el elemento aleatorio que había en ellos lo que le impedía avanzar en lainvestigación. Incluso hasta eso era una cuestión de semántica. Porque Hollowayestaba convencido de que, en realidad, no se trataba de casualidad. Lo que sucedía eraque no había suficientes factores conocidos. Ningún adulto podía hacer funcionar elábaco, por ejemplo. Y, reflexivamente, Holloway se negaba a permitir que un niñojugara con aquel objeto. El cubo de cristal era un misterio similar. Mostraba un modelo alocado de colores,que, a veces, se movían. En esto se parecía a un caleidoscopio. Pero el cambio deequilibrio y de gravedad no le afectaba. Una vez más, el factor casual. O, más bien, lo desconocido. El modelo x. Poco a poco, Paradine y Jane retornaron auna situación de tranquilidad. Tenían la sensación de que los niños habían quedadocurados de su peculiaridad mental, ahora que se había eliminado la causa quecontribuía a ella. Algunas de las acciones de Emma y de Scott les ofrecían todos losmotivos para dejar de preocuparse. Los chicos disfrutaban nadando, haciendo excursiones, viendo películas y jugandocon los juguetes funcionales y normales de su tiempo. Cierto que fallaban al tratar dedominar ciertos instrumentos mecánicos, bastante problemáticos, que implicabanalgún tipo de cálculo. Por ejemplo, un rompecabezas tridimensional, en forma de globoterráqueo, que Paradine había comprado. Pero hasta él mismo lo encontraba difícil.
    • De vez en cuando, se producían deslices. Un sábado por la tarde, Scott seencontraba con su padre, dando un paseo, y los dos se detuvieron en la cima de unacolina. Bajo ellos se extendía un valle bastante hermoso. -¿Verdad que es bonito? -preguntó Paradine. Scott examinó la escena con actitud solemne. -Todo está mal -dijo. -¿Eh? -No sé. -¿Qué hay de malo en todo esto? -Mira... -Scott terminó por guardar un extraño silencio y añadió-: No lo sé. Los niños echaron de menos sus juguetes, pero no por mucho tiempo. Emma fue laprimera en recuperarse, mientras que Scott seguía mostrándose deprimido. Manteníaconversaciones ininteligibles con su hermana, y estudiaba los garabatos sin significadoalguno que ella dibujaba en el papel que él le proporcionaba. Era casi como si estuvieraconsultándola para tratar de resolver problemas difíciles que estaban más allá de sucomprensión. Si Emma tenía una mayor capacidad de comprensión, Scott poseía una mayorinteligencia real, así como una gran habilidad manual. Utilizando su juego de mecano,construyó un artilugio, pero no quedó satisfecho. La causa aparente de su disgusto fueexactamente la misma por la que Paradine se sintió aliviado al ver la estructura. Era laclase de cosas que un niño normal construiría, algo con una vaga semejanza a unanave cúbica. Resultaba demasiado normal para agradar a Scott. Planteó más preguntas a Emma,aunque en privado. Ella se lo pensó durante un rato y después dibujó más garabatoscon un lápiz que agarraba con una fuerza terrible. -¿Puedes leer eso que escribe? -preguntó Jane a su hijo, una mañana. -Bueno, exactamente no se trata de leerlo. Puedo entender la idea que ella trata decomunicar. No lo puedo hacer siempre, aunque sí en la mayor parte de las ocasiones. -¿Se trata de una escritura? -No... no. No significa lo mismo que aparenta. -Simbolismos -sugirió Paradine por encima de su taza de café. Jane le miró, abriendo mucho los ojos. -Denny... El guiñó un ojo y sacudió la cabeza. Más tarde, cuando se encontraban solos, le dijoa su esposa: -No permitas que Holloway te saque de tus casillas. No estoy queriendo decir quelos niños se estén comunicando por medio de una lengua extraña. Si Emma dibuja ungarabato y dice que es una flor, se tratará siempre de una regla arbitraria... Scott lorecuerda. Y si en la ocasión siguiente ella dibuja la misma clase de garabato, o trata dehacerlo... ¡bueno! -Claro -dijo Jane, dudosa-. ¿Te has dado cuenta de que Scott está leyendo muchoúltimamente? -Sí, ya me he dado cuenta. Sin embargo, no es nada anormal. No es ningún Kant oSpinoza lo que lee. -Se pasa el tiempo hojeando los libros, eso es todo. -Bueno, es lo mismo que hacía yo a su edad -dijo Paradine, y se marchó a dar susclases de la mañana. Almorzó con Holloway, lo que ya se estaba convirtiendo en una costumbre diaria, yhabló de los entretenimientos literarios de Emma. -¿Tenía razón sobre lo del simbolismo, Rex? -Bastante -asintió el psicólogo-. Nuestro propio lenguaje no es otra cosa que unasimbología arbitraria. Al menos, en su aplicación. Mira esto -y en su servilleta dibujóuna elipse muy estrecha-. ¿Sabes lo que es esto? -¿Te refieres a lo que representa?
    • -Sí. ¿Qué te sugiere? Podría tratarse de una representación vulgar... pero ¿de qué? -De muchas cosas -contestó Paradine-. El canto de un cristal. Un huevo frito. Unahogaza de pan francés. Un puro. Holloway añadió entonces un pequeño triángulo a su dibujo anterior, situándolo enuno de los extremos de la elipse. Después se quedó mirando a Paradine. -Un pez -dijo éste instantáneamente. -Es nuestro símbolo familiar para indicar un pez. Se le puede reconocer, aunque notenga agallas, ni ojos, ni boca, porque estamos condicionados para identificar esafigura particular con nuestra imagen mental de un pez. Esa es la base del jeroglífico.Para nosotros, un símbolo significa mucho más de lo que en realidad vemos sobre elpapel. ¿Qué hay en tu mente cuando miras este dibujo? -¿Por qué?... Un pez. -Continúa. ¿Qué visualizas?... ¿Todo? -Escamas -dijo Paradine con lentitud, mirando hacia el espacio-. Agua. Espuma. Elojo de un pez. Las agallas. Los colores. -Como ves, el símbolo representa mucho más que la simple idea abstracta de pez.Date cuenta de que las connotaciones son las de un nombre, no las de un verbo.Resulta mucho más difícil expresar acciones mediante simbolismos, eso ya lo sabes. Encualquier caso... invirtamos el proceso. Suponte que quieres encontrar un símbolo paraalgún nombre concreto, como por ejemplo un ave. Dibújala. Paradine dibujó dos arcos conectados, con las concavidades hacia abajo. -El más bajo denominador común -dijo Holloway, asintiendo-. La tendencia naturales la de simplificar. Especialmente cuando un niño está viendo algo por primera vez ytiene pocos niveles de comparación. Trata de identificar el objeto nuevo con algo queya le sea familiar. ¿Te has fijado alguna vez cómo dibuja un niño el océano? -no esperóuna respuesta y continuó hablando-: Una serie de puntos dentados. Como la líneaoscilante de un sismógrafo. La primera vez que vi el Pacífico, tenía unos tres años. Lorecuerdo con bastante claridad. Parecía algo... cubierto de tejas. Una llanura plana,inclinada en uno de sus ángulos. Las olas eran como triángulos regulares, con elvértice hacia arriba. Ahora no las veo estilizadas de ese modo. Pero más tarde,recordando eso, sé que tuve que encontrar algún nivel familiar de comparación, que esla única forma de obtener una concepción nueva a partir de algo completamentenuevo. El niño medio trata de dibujar esos triángulos regulares, pero su coordinaciónes pobre. En consecuencia, obtiene el modelo de una línea de sismógrafo. -¿Y qué significa todo eso? -Un niño ve el océano, y lo estiliza. Dibuja un cierto modelo definido, simbólico, delo que para él es el mar. Los garabatos de Emma también pueden ser símbolos. Noquiero decir con eso que el mundo tenga para ella un aspecto diferente... más amplioquizá, o más agudo, más vívido o con una disminución de la percepción por encima delnivel de sus ojos. Lo que quiero decir es que sus procesos de pensamiento sondiferentes; que ella convierte lo que ve en símbolos anormales. -Sigues creyendo que... -Sí, continúo creyéndolo. Su mente ha sido condicionada de un modo poco normal.Puede ser que ella desmembre lo que ve en modelos individuales y obvios... y concedaun significado a esos modelos, que nosotros no podemos comprender. Como el ábaco.Ella vio en él un modelo, aunque, para nosotros, se trataba de algo completamentealeatorio. De repente, Paradine decidió cortar aquellas citas para almorzar con Holloway.Aquel hombre era un alarmista. Sus teorías se estaban haciendo cada vez másfantásticas; rastreaba cualquier cosa, aplicable o no, siempre que apoyara sus teorías. -¿Crees que Emma se está comunicando con Scott en un lenguaje desconocido? -preguntó en un tono bastante irónico. -En símbolos para los que ella no dispone de palabras. Estoy seguro de que Scottcomprende una buena parte de esos... garabatos. Para él, un triángulo isósceles puede
    • representar cualquier factor, aunque probablemente se trate de un nombre concreto.¿Crees que un hombre que no entienda nada de química puede comprender lo quesignifica H2O? ¿Se dará cuenta de que ese símbolo podría evocar la imagen delocéano? Paradine no contestó. Sin embargo, mencionó a Holloway la curiosa observación deScott en el sentido de que el paisaje, visto desde la colina, le había parecido erróneo.Un momento después se mostró inclinado a lamentar su comentario, pues el psicólogovolvió a empezar. -Los modelos de pensamiento de Scott están acumulándose, hasta llegar a unasuma que no es igual al aspecto que tiene este mundo. Quizá esté esperandoinconscientemente ver el mundo de donde procedieron esos juguetes. Paradine dejó de escucharle. Ya era suficiente. Los niños se las iban arreglandobastante bien, y el único factor perturbador que aún quedaba era el propio Holloway.Sin embargo, aquella noche, Scott demostró un interés por las anguilas, que más tarderesultó ser muy significativo. No había nada aparentemente nocivo en la historia natural. Paradine le explicó loque sabía sobre las anguilas. -Pero ¿dónde ponen sus huevos? ¿O es que no los ponen? -Eso todavía es un misterio. Los lugares donde desovan son desconocidos. Quizá lohagan en el mar de los Sargazos, o en las profundidades, donde la presión les puedeayudar a sacar los huevos de sus cuerpos. -Qué divertido -dijo Scott, reflexionando profundamente. -El salmón hace más o menos lo mismo. Remonta los ríos para desovar -siguiódiciendo Paradine, hablando sobre los detalles. Scott estaba fascinado. -Pero eso está bien, papá. Han nacido en el río y cuando aprenden a nadar,descienden hasta el mar. Y regresan después a poner sus huevos, ¿no? -Correcto. -Sólo que ellos no regresan -consideró Scott-. Se limitan a enviar sus huevos... -Para eso necesitarían un oviducto muy largo -dijo Paradine, y añadió algunasobservaciones muy bien escogidas sobre los ovíparos. Su hijo no quedó completamente satisfecho. Las flores, argumentó, envían sussemillas a grandes distancias. -Pero no las guían. No son muchas las que encuentran un suelo fértil. -Pero las flores no tienen cerebros, papá. ¿Por qué la gente vive aquí? -¿En Glendale? -No... aquí. En todo este lugar. Apuesto a que no está aquí todo lo que hay. -¿Te refieres a los otros planetas? -Esto es sólo... -Scott se mostró vacilante- parte... del gran lugar. Es como el río alque acude el salmón. ¿Por qué la gente no baja al océano cuando se hace mayor? Paradine se dio cuenta entonces de que Scott estaba hablando en sentido figurado.Sintió un breve escalofrío. ¿El... océano? Los jóvenes de las especies no están preparados para vivir en el mundo máscompleto, donde viven sus padres. Sólo entran en ese mundo cuando se handesarrollado lo suficiente. Más tarde, procrean. Los huevos fertilizados son enterradosen la arena, en la parte alta del río, donde más tarde incuban. Y aprenden. El instinto, por sí solo, es fatalmente lento. Especialmente en el caso deun género especializado, incapaz de hacer frente incluso a este mundo, incapaz dealimentarse, beber o sobrevivir, a menos que alguien proporcione previsoramente esasnecesidades. El joven, alimentado y cuidado, sobrevivirá. Habría incubadoras y robots. Losjóvenes podrían sobrevivir, pero no sabrían cómo nadar corriente abajo, hacia elmundo, mucho más amplio, del océano.
    • Así es que se les tenía que enseñar. Tenían que ser preparados y condicionados demuchas maneras. Sin dolor, sutilmente, discretamente. A los niños les encantan los juguetes quehacen cosas... y si esos juguetes enseñan al mismo tiempo... En la última mitad del siglo XIX, un inglés estaba sentado junto a la ribera, cubiertade hierba, de un río. Una niña muy pequeña estaba sentada junto a él, mirandofijamente el cielo. Había dejado a un lado un curioso juguete con el que había estadojugando y ahora tarareaba una canción corta, sin palabras, que el hombre escuchabacon cierta atención. -¿Qué era eso, querida? -preguntó al final. -Sólo es algo que me he inventado, tío Charles. -Vuélvelo a cantar -pidió, sacando un libro de notas. La niña obedeció. -¿Significa algo? -¡Oh, sí! -exclamó ella, asintiendo-. Como las historias- que te he contado, yasabes. -Son historias muy bonitas, querida. -¿Y las escribirás algún día en un libro? -Sí, pero tengo que cambiarlas bastante, o nadie las comprendería. Sin embargo,creo que no voy a cambiar tu canción. -No tienes que hacerlo. Si lo haces, puede significar cualquier cosa. -De todos modos, no cambiaré esa estrofa -prometió-. ¿Qué significa? -Creo que es el camino para salir -dijo la niña, vacilante-. No estoy segura todavía.Mi juguete mágico me lo dijo. -¡Quisiera saber qué tiendas de Londres venden esos juguetes tan maravillosos! -Mamá me los compró para mí. Ella está muerta ahora. Y papá no se preocupa. Mentía. Había encontrado los juguetes en una caja, un buen día, mientras jugabajunto al Támesis. Y, en realidad, eran juguetes maravillosos. Su tío Charles pensó que aquella pequeña canción no significaba nada. (El no era suverdadero tío, pero se portaba muy bien con ella.) La canción, sin embargo, significabamucho. Era el camino. Ahora, ella haría lo que decía la canción, y después... Pero ya era demasiado vieja. Nunca encontró el camino. Paradine había dejado de ver a Holloway. A Jane le disgustaba mucho aquelhombre, algo bastante natural puesto que ella sólo deseaba ver conjurados sustemores. Desde que Scott y Emma empezaron a actuar con normalidad, Jane se sintiósatisfecha. Pero, en parte, se trataba más de deseos que de realidades, algo en lo queParadine no podía estar de acuerdo por completo. Scott seguía llevando a Emma artilugios, pidiéndole su aprobación. Por reglageneral, la niña se limitaba a negar enérgicamente con una sacudida de su cabeza. Aveces, mostraba una expresión de duda. Muy ocasionalmente, demostraba estar deacuerdo. Entonces se producía una hora de laborioso y loco garabatear en trozos depapel, y Scott, después de estudiar las anotaciones, arreglaba una y otra vez susartilugios, las partes de su maquinaria, los cabos de vela y sus trastos viejos. Lasirvienta los limpiaba cada día y Scott comenzaba cada día de nuevo. Condescendió en explicarle algo a su extrañado padre, que no veía ningún sentido orazón al juego. -Pero ¿por qué vas a poner este guijarro aquí? -Es duro y redondo, papá. Pertenece ahí. -Este otro también es duro y redondo. -Bueno, ése tiene vaselina. Cuando se llega a este punto, no puedes ver una cosadura y redonda. -¿Y qué viene a continuación? ¿Ésta vela?
    • Scott parecía disgustado. -Eso se coloca al final. Primero hay que poner la anilla de hierro. Paradine pensó que todo aquello era como el rastro de un boy-scout dejado entrelos bosques, como marcas en un laberinto. Pero, una vez más, se encontraba aquí conel factor aleatorio. La lógica, la lógica familiar, se detenía ante los motivos que Scotttenía para acoplar los trastos viejos tal y como lo hacía. Paradine se marchó. Por encima del hombro, vio a Scott sacar un trozo arrugado depapel y un lápiz del bolsillo y dirigirse hacia donde estaba Emma, en cuclillas,pensando en sus cosas en un rincón. Bueno.., Jane había ido a almorzar con el tío Harry. En aquella calurosa tarde de veranohabía poco que hacer, excepto leer los periódicos. Paradine tomó asiento en el lugarmás frío que pudo encontrar con un diccionario Collins, y se perdió en los crucigramascómicos. Una hora después, el sonido de unos pasos en las habitaciones de arriba le despertóde su modorra. La voz de Scott estaba gritando, llena de júbilo: -¡Eso es! ¡Eso es, babosa! ¡Vamos! Paradine se levantó con rapidez, frunciendo el ceño. En el momento en quepenetraba en el vestíbulo, empezó a sonar el teléfono. Jane había prometido llamarle... Su mano estaba sobre el auricular cuando Emma lanzó un grito lleno de excitación.Paradine hizo una mueca. ¿Qué diablos estaba sucediendo allá arriba? -¡Mira! ¡Por este camino! -gritó Scott. Balbuciendo unas palabras, y con los nervios ridículamente tensos, Paradine olvidóel teléfono y echó a correr escaleras arriba. La puerta de la habitación de Scott estabaabierta. Los niños se desvanecían. Desaparecían en fragmentos, como un humo espeso transportado por el viento, ocomo un movimiento en uno de esos espejos que desfiguran la imagen. Se iban,cogidos de la mano, en una dirección que Paradine no podía comprender. Y mientras élestaba allí, parpadeando, bajo el umbral de la puerta, acabaron por desaparecer deltodo. -¡Emma! -gritó, con la garganta seca-. ¡Scotty! Sobre la alfombra quedaba un montón de fichas, una anilla de hierro... trastosviejos. Formaban una figura casual. Una arrugada hoja de papel voló hacia Paradine. La cogió automáticamente. -Niños. ¿Dónde estáis? No os escondáis... -¡Emma! ¡SCOTTY! En la planta baja, el teléfono dejó de sonar con su agudo y monótono timbre.Paradine miró el papel que tenía en la mano. Era una hoja arrancada de un libro. Había cosas escritas entre las líneas y en losmárgenes, dibujadas con los garabatos sin significado alguno de Emma. Una estrofa deversos había sido subrayada y tachada de modo que resultaba casi ilegible. PeroParadine estaba familiarizado con A través del espejo. Su memoria recordó laspalabras: Era brillante, y la estopa deslizante giraba y surgía en espiral en la banda. Fingida era la arboleda, y los momentos fueron arrebatados. De un modo idiota, pensó: «Eso lo explica todo.» Una banda, se refería al lugarlleno de hierba que hay alrededor de un reloj de sol. Un reloj de sol. Tiempo... Teníaalgo que ver con el tiempo. Hacía ya mucho tiempo, Scott le había preguntado algosobre una banda. Puro simbolismo. Era brillante... Una fórmula matemática perfecta, en la que se daban todas las condiciones delsimbolismo que, finalmente, habían comprendido los niños. Los trastos viejos en el
    • suelo. Las estopas tenían que ser hechas de modo que fueran deslizantes... ¿vaselina?Y tenían que ser colocadas de modo que guardaran una cierta relación, y pudieran asígirar y surgir en espiral. ¡Locura! Pero no había sido locura ni para Emma ni para Scott. Ellos pensaban de mododiferente. Ellos utilizaban la lógica x. Aquellas notas que Emma había garabateado enla página... había traducido las palabras de Carroll en símbolos que tanto ella comoScott eran capaces de comprender. El factor aleatorio había terminado por tener un sentido para los niños. Ellos habíancumplido las condiciones de la ecuación espacio-tiempo. Y los momentos fueronarrebatados... Paradine emitió un sonido débil y profundo a través de su garganta. Observó el locomodelo dibujado en la alfombra. Si pudiera seguirlo, tal y como habían hecho losniños... Pero no pudo. Aquel modelo no tenía sentido alguno. El factor aleatorio ledesafiaba. El estaba condicionado por Euclides. Aun cuando se volviera loco, seguiría sin poder hacerlo. Sería un tipo de locuraerróneo. Ahora, su mente había dejado de pensar. Pero, dentro de un instante, se pasaría eléxtasis de horror incrédulo y se sumiría en la angustia de un horror irracional...Paradine arrugó la página entre sus dedos, -Emma, Scotty --llamó con una voz muy débil, como si ya no esperara respuesta. La luz del sol penetraba por las ventanas abiertas, iluminando la piel dorada deSeñor Oso. En el piso inferior comenzó a sonar de nuevo el timbre del teléfono.
    • EL ANTIMACASARGreye La Spina -No duró mucho tiempo -dijo la voz resentida de Mrs. Renner. Lucy Butterfield volvió la cabeza sobre la almohada, de modo que pudiera escucharmejor los murmullos que sonaban al otro lado de la puerta de su dormitorio. Estabadispuesta a espiar una conversación en aquella casa de sucesos extraños, si con ellopudiera encontrar alguna clave que la condujera a la misteriosa desaparición de CoraKent. -Porque no era una buena mujer, señora. Fue demasiado para ella. Tendría ustedque haberlo sabido, si es que Kathy no lo supo. Lucy sabía que aquélla era la voz de Aaron Gross, el pobre anciano a quien, según lehabía explicado su patrona, había recogido de una mísera granja del condado para quele hiciera los recados. Era una voz aguda y cacareante, bastante en consonancia con elhombre seco y menudo a quien pertenecía. -¡Shhh.,.! ¿Quieres despertarla? Lucy se sentó entonces en la cama, ya completamente despierta ante aquellas vocesbajas que sonaban en el pasillo, fuera de su dormitorio. El saber que no querían queescuchara lo que su patrona y el hombre estaban discutiendo, introdujo ciertafascinación -medio maliciosa, medio en serio- en su acción de escuchar, casiinvoluntaria. -Kathy tiene que ser alimentada -dijo el agudo murmullo de Mrs. Renner-.¡Escúchala ahora! ¿Cómo voy a hacerla callar? ¡Dímelo! Lucy también escuchó. Desde una de las habitaciones cerradas situadas a lo largodel pasillo, escuchó un suave gemido, dándose cuenta entonces de que lo que habíaestado oyendo desde hacía varias noches no era un sueño. Kathy Renner, de doce añosde edad, confinada en su cama a causa de las fiebres reumáticas, y a quien se lenegaba el solaz de una simpática compañía por temor a que la excitación pudieraproducirle un ataque al corazón, estaba gimiendo suavemente: -¡Mamá! ¡Tengo hambre! ¡Mamá! ¡Tengo hambre! ¡Aquella pobre niña! Allí sola durante todo el día, sin nadie con quien hablar, yllorando toda la noche a causa del hambre. El asco de Lucy se sublevó contra la faltade eficacia de Mrs. Renner. ¿Cómo podía una madre escuchar aquel lastimero ruego sinatenderlo? Se escuchó la voz ronca de Mrs. Renner, como si un inexplicablepresentimiento le impulsara a dar una explicación: -¡Escúchala! ¡Oh, mí pequeña Kathy! No puedo soportarlo. No puedo llegar hastaellos esta noche, pero mañana voy a sacar esa madreselva, Los ojos grises de Lucy vagabundearon por la habitación, hasta posarse conextrañeza sobre un jarrón alto de madreselvas amarillas, débilmente visible en lasemipenumbra de una estantería situada en el viejo escritorio, entre las dos ventanasque daban al sur. Era para ella algo muy agradable el que su patrona se las trajeradiariamente frescas, pues su dulce y penetrante perfume parecía formar parte de lavida campesina a la que se había entregado durante unas vacaciones de dos semanas,dejando por ese tiempo su nuevo y responsable puesto de jefe de compras en eldepartamento de lencería de Munger Brothers, en Filadelfia. -No lo haga, señora. Lo sentirá si lo hace. ¡No lo haga! -protestó agudamente laquejumbrosa voz de Aaron-. Ya sabe lo que sucedió con la otra chica. No puede seguirasí, señora. Si ahora sucede lo mismo, no será como la primera vez, y entonces tendráun problema doble. Acuérdese de mis palabras. ¡No lo haga! Los accidentes son unacosa; pero a propósito es otra. Permítame coger una estaca aguda, señora, y... -¡Silencio! Vuelve a la cama, Aaron. Déjame esto a mí. Después de todo, yo soy lamadre de Kathy. No vas a detenerme. No voy a permitir que siga teniendo hambre. Tedigo que vuelvas a la cama. -Bueno, la puerta de ella está cerrada y hay madreselvas dentro. Esta noche nopuede hacer nada -accedió Aaron, con un gruñido.
    • Los pasos se fueron alejando suavemente por el pasillo. La antigua granja holandesade Pennsylvania, situada en la región de Haycock, se hundió en el silencio, a excepcióndel quejumbroso gemido procedente de la habitación de la niña. -¡Mamá! ¡Tengo hambre! ¡Mamá! Lucy permaneció despierta durante mucho rato. No conseguía dormirse mientrascontinuaba aquel desgraciado murmullo. Teniendo como fondo aquel extraño sonido,sus pensamientos se detuvieron en la razón de su estancia en la granja de Mrs.Renner, alejada del camino, en el condado de Bucks. Todo había comenzado con ladesaparición de Cora Kent, la inmediata superior de Lucy en el departamento delencería de Munger Brothers. Al final de su período de vacaciones, Cora no había vueltoal trabajo, y las investigaciones realizadas sólo pudieron poner de manifiesto el hechode su desaparición. Se había marchado al campo en su cupé, llevándose un pequeñotelar y cajas de hilos de colores. A Lucy le había agradado la señorita Kent como compañera de trabajo y por esoconsintió de mala gana en hacerse cargo de su responsabilidad. Alguien tenía queasumir la tarea y Lucy era la siguiente. Le tocaba su período de vacaciones tressemanas después del de la señorita Kent y ella insistió en disfrutarlas como unapreparación parcial para hacerse cargo de su nuevo trabajo. Decidió recorrer el campopara ver si podía descubrir alguna clave que explicara la misteriosa desaparición deCora Kent. Tenía la sensación de que Cora no se podía haber alejado mucho, así es queestableció su cuartel general en Doylestown, capital del condado de Bucks, mientrascontinuaba la tarea de detective que ella misma se había impuesto. Encontró una pista en la región de Haycock, en las afueras de Quakertown, dondehabía numerosas granjas aisladas. En el museo de Doylestown se enteró de losnombres de los tejedores de la comarca y, después, sus preguntas la llevaron a lagranja de Mrs. Renner. Al tercer día de su período de vacaciones, Lucy llegó a unacuerdo con Mrs. Renner para pasar una semana en su granja, con pensión completa,y recibir lecciones con el propósito de aprender a tejer. En la habitación del pisosuperior que daba a la fachada y que iba a ser la suya, Lucy lanzó una exclamación deentusiasmo al ver la colcha que cubría la vieja cama, los tapetes que había en ellavabo, y el antiguo escritorio con sus altas estanterías y cajones a ambos lados delelevado espejo. La atención de Lucy se dirigió hacía un sillón tapizado con un materialque, según Mrs. Renner, había sido tejido por ella misma, pero, por encima de todo, sesintió atraída por el antimacasar prendido con un alfiler en el respaldo del sillón. Mrs.Renner dijo con una cierta inquietud que aquello no lo había tejido ella misma, y sumirada evitó rápidamente los ojos escrutadores de Lucy. Propuso comprárselo einmediatamente Mrs. Renner desprendió el alfiler y dijo secamente: -Tómelo. Nunca me gustó. Me agrada esta oportunidad de desprenderme de él. Cuando Lucy regresó a Doylestown para recoger sus pertenencias, escribió unabreve nota dirigida a la madre de Stan y le incluyó el antimacasar. Dio también a sufutura suegra la dirección de Mrs. Renner. Lucy sabía que la madre de Stan, con la quemantenía excelentes relaciones, quedaría encantada con aquel tejido antiguo, y estabasegura de que se lo enseñaría a Stan cuando viniera a casa a pasar con ella el fin desemana, después de terminar las clases semanales de sus ya avanzados estudios demedicina. El antimacasar no tenía un aspecto tan estrafalario como le había parecido alprincipio. Era una bonita obra de artesanía, aun cuando el dibujo central había sidohecho de cualquier modo. Los bloques decorativos de las esquinas y de las partescentral superior e inferior no estaban tan pobremente diseñadas, y las marcasirregulares que cruzaban el centro eran divertidas; parecían una especie de símbolosantiguos. Mrs. Brunner quedaría encantada al recibir una pieza de un tejidoevidentemente original. Lucy se prometió a sí misma descubrir quién habíaconfeccionado aquel tejido, una vez contara con la confianza de la patrona.
    • Preguntó directamente a Mrs. Renner si Miss Cora Kent había estado alguna vez enaquel lugar. La patrona la observó de una forma extraña y negó haber escuchadosiquiera aquel nombre. El viernes por la mañana, su segundo día de estancia en lagranja Renner, Aaron Gross trajo a Lucy un paquete de la lavandería de Doylestown,donde ella había dejado ropa a lavar. El hombre actuó con tanta desconfianza y temorque Lucy quedó extrañada. Cuando ella deshizo el paquete y apartó la envoltura, él lacogió y la arrugó como si temiera que alguien se diera cuenta de que ella había dadosu dirección antes de acudir a la granja. Lucy contó las pequeñas piezas; había once enlugar de diez. Había un pañuelo que no le pertenecía y que tenía bordadas unasiniciales. Fue entonces cuando Lucy recibió el primer impacto de una siniestraintuición. El pañuelo llevaba las iniciales «C. K.». Cora Kent tenía que haberlo dejadoen alguna parte, por aquel vecindario. También había una nota de la lavandería, escrita a lápiz. El pañuelo había sidoenviado equivocadamente a otro cliente y se devolvía ahora, pidiendo disculpas, a ladirección de su propietaria. Aquello significaba que Cora Kent había estado en la granjaRenner. Mrs. Renner había mentido deliberadamente al decir que nunca escuchó aquelnombre. Lucy levantó la mirada al oír el sonido de una blusa almidonada. Se encontró conMrs. Renner, que miraba fijamente el pañuelo de Cora, con las cejas fruncidas, loslabios apretados, y sus ojos negros casi cerrados. Mrs. Renner no dijo nada: sólo sequedó mirando fijamente. Después, de repente, se volvió de espaldas y entró en lacasa. Lucy se sintió alterada sin saber exactamente por qué, pues la deliberadamentira de Mrs. Renner era, en sí misma, un misterio. Esta sólo era una de las pequeñas cosas que empezaron a preocuparla, como, porejemplo, la puerta cerrada con llave de la habitación donde estaba confinada KathyRenner. Mrs. Renner le había dicho en un tono definitivo que no deseaba que nadiemolestara a Kathy excitándola, pues podía sufrir un ataque al corazón a causa de susfiebres reumáticas. Al parecer, Kathy se pasaba el día durmiendo, pues a Lucy se lepidió que no hiciera ruido en la casa durante el día. Por la noche, el ruido no molestabaa la pequeña niña enferma ya que, de todos modos, se mantenía despierta. Ahora, Lucy estaba sentada en la cama, escuchando las llorosas quejas de la niña.¿Por qué la madre de Kathy no daba algo de comer a la pobre niña? El morirse dehambre no estaba incluido en ningún régimen contra las fiebres reumáticas. Seescuchó el débil sonido de una puerta abriéndose y los lamentos disminuyeron.Después, Lucy se acostó, deslizándose cómodamente en la cama, dispuesta a dormir,con la sensación de que ya se habían atendido las necesidades de Kathy. Las enigmáticas observaciones de Mrs. Renner y la malhumorada desaprobación deAaron sobre el comportamiento de su patrona, refiriéndose a alguna otra ocasiónanterior, se fueron desvaneciendo con el sueño en la aún activa mente de Lucy. No fuehasta la tarde del día siguiente cuando, al entrar en su habitación para coger las tijerasque podría necesitar en su aprendizaje con el telar, se dio cuenta, recordandorepentinamente las palabras de su patrona murmuradas la noche anterior, de que eljarrón de madreselvas brillaba por su ausencia. Se preguntó inútilmente qué relaciónpodría existir entre los lamentos de hambre de Kathy y las madreselvas. E, incluso, conella misma. Con la vaga idea de obstaculizar el propósito de Mrs. Renner, insinuado la noche delviernes a Aaron, Lucy se las arregló para arrancar varías ramas de lilas y demadreselvas, asomándose por la ventana abierta, evitando astutamente el tener quellevarlas a través de toda la casa. Las colocó en el pesado vaso de gres para los dientesque se encontraba en el anaquel del lavabo. Lucy pensó maliciosamente que, paraquitar aquellas flores, Mrs. Renner tendría que ponerse al descubierto y explicarle quérazones tenía para llevárselas.
    • La patrona había limpiado una mesa en la gran sala de estar del piso bajo, donde elelevado telar de Mrs. Renner ocupaba mucho espacio, y había dejado sobre ella unpequeño telar de unos treinta y cinco centímetros de anchura. Lucy lo examinó coninterés, pues reconoció inmediatamente uno de los modelos vendidos en la tiendadonde trabajaba. No le dijo nada de esto, pero miró con desconfianza a Mrs. Rennercuando la mujer le explicó que se trataba de una máquina muy antigua que le habíadado hacía años una antigua estudiante que ya no la necesitaba. Había una urdimbreblanca de hilo en punto de cruz, para realizar un bordado sencillo, explicó Mrs. Renner. -¿Qué clase de bordado puede hacerse en punto de cruz? -preguntó Lucy, pensandoen el antimacasar que había enviado a la madre de Stan; la pieza con la pequeñamano atravesada sobre figuras bordadas en ella. -Toda clase de bordados -contestó Mrs. Renner-. Con punto de cruz se puede hacercasi todo. La mayor parte se trata de trabajo hecho a mano -manipuló las palancasilustrando lo que decía a medida que hablaba-. Será mejor que, al principio, hagausted bordados sencillos. El trabajo hecho a mano no resulta tan fácil y ocupa muchomás tiempo. -El antimacasar que me dio es trabajo hecho a mano, ¿verdad? -probó a preguntarLucy. Mrs. Renner le lanzó una mirada extrañamente velada. -Mañana podrá usted bordar una toalla blanca de algodón con orillas de colores -dijobruscamente-. No vale la pena empezar esta noche. Es un trabajo difícil con laslámparas de queroseno. Lucy dijo que apenas si podía esperar. Le parecía increíble estar a punto deconfeccionar los bordados de una toalla con sus propias manos y dentro de los breveslímites de un mismo día. De todos modos, se dirigió a su habitación bastante tempranoy, tal y como había hecho desde el principio, cerró la puerta con llave, una costumbreadquirida en las pensiones de la ciudad donde había vivido. Se agitó en su profundosueño y se despertó ante el sonido del pomo de la puerta, que giró cautelosamente;después, pudo escuchar unos débiles pasos que se retiraban y el gemido de la pequeñaniña enferma, quejándose: -¡Mamá, tengo hambre! Le pareció escucharlo tan cerca que, por un momento, casi creyó que la niña seencontraba muy cerca de su puerta cerrada con llave. Creyó oír decir a la niña: -¡Mamá, no puedo entrar! ¡No puedo entrar! A la mañana siguiente, Mrs. Renner no se encontraba evidentemente muy bien. Susojos estaban rodeados por círculos oscuros y llevaba un pañuelo algo suelto y atadoalrededor de su cuello, aunque el calor sofocante del día parecía suficiente como parahaberle hecho renunciar a cualquier artículo de ropa superflua. Cuando Lucy se sentóante el telar, ella le enseñó a cambiar los hilos, y preparó la lanzadera para efectuar untejido sencillo; después, la dejó allí trabajando y se dirigió al piso superior paraarreglar la habitación de su huésped. Cuando bajó, momentos después, se dirigiódirectamente hacia Lucy, con una expresión ceñuda en el rostro y los labios duramenteapretados. -¿Puso usted esas flores en su habitación? -preguntó. Lucy dejó el trabajo y volvió el rostro hacia Mrs. Renner, fingiendo sorpresa, pero suintuición le dijo que en aquella pregunta se escondía mucho más de lo que aparecía enla superficie. -Me gustan mucho las flores -murmuró, con desaprobación. -No son buenas en una habitación por la noche -espetó Mrs. Renner-. No sonsaludables por la noche. Esa es la razón por la que saqué las otras. No quiero que hayaflores en mis dormitorios por la noche. El tono de su voz era el de una orden y el resentimiento natural de Lucy, así comosu ahora excitada curiosidad, le hicieron mostrarse rebelde.
    • -No tengo ningún miedo a tener flores en mi habitación por la noche, Mrs. Renner -insistió con tozudez. -Bueno, yo no las quiero -dijo la patrona con un tono de voz y una actitud airados. Lucy elevó las cejas. -No veo ninguna buena razón para discutir por unas pocas flores, Mrs. Renner. -He tirado esas flores, señorita. Y no necesita traer más, porque haré lo mismo conellas. Si quiere usted permanecer en mi casa, tendrá que pasárselas sin flores en sudormitorio. -Si lo plantea de esa forma, desde luego que no llevaré flores a mi dormitorio. Pero,con franqueza, debo decirle que eso de que no sean saludables me parece algo tonto. Mrs. Renner avanzó con paso decidido. Parecía sentirse satisfecha ante la afirmaciónde su autoridad como dueña de la casa. El resto del domingo se pasó iniciando a Lucyen las intrincadas tareas del bordado decorativo con punto de cruz, hasta el punto deque cuando llegó la noche, Lucy ya había terminado una pequeña toalla de algodónblanco, con bordes en color. Aquella noche, Lucy se quedó medio dormida en la hamaca. El aire fresco del campoy el abundante suministro de buena comida campestre se combinaron para llevar unarápida pesadez a sus párpados. Se despertó cuando un pequeño perro callejero, al quehabía visto de vez en cuando salir y entrar en el establo de la granja Renner, comenzóa ladrar furiosamente alrededor de las raíces de unos arbustos cercanos, poniendofinalmente al descubierto un pequeño frasco azul casi lleno de pastillas blancas. Apartóal perro y recogió el frasco, mirándolo curiosamente. Un escalofrío de recelo recorrió sucuerpo. Había visto un frasco igual en la mesa del despacho de Cora Kent, y Cora le habíacomentado algo en el sentido de que el ajo era bueno para las personas inclinadas a latuberculosis. Lucy desenroscó la tapa del frasco y olió su contenido. El olor erainconfundible. Deslizó rápidamente el frasco en el interior de su blusa. Ahora, no teníala menor duda de que Cora Kent había estado allí antes que ella, como huésped de lacasa Renner. Ahora sabía que el pequeño telar debía ser el de Cora. Otra prueba mudaera el pañuelo con las iniciales. Lucy subió a su habitación y volvió a cerrar la puerta con llave. Como una medidaadicional de precaución, deslizó el respaldo de una silla bajo el pomo de la puerta. Porprimera vez desde que llegó allí, empezó a sentir cierta amenaza sobre su propiaseguridad. Sus pensamientos se dirigieron hacia las flores que Mrs. Renner habíaapartado de la ventana. ¿Por qué aquella mujer había adoptado una posición tan duraen esa cuestión? ¿Por qué le había dicho al viejo Aaron que iba a «sacar lasmadreselvas»? ¿Qué había en las madreselvas que impulsara a Mrs. Renner a quitarlasde la habitación de su huésped, como sí aquello tuviera algo que ver con las quejas deKathy Renner: «¡Mamá, tengo hambre!»? Lucy no podía situar en su lugar correcto todas las piezas del rompecabezas. Pero laexpresa mención de las madreselvas le hizo tomar la decisión de arrancar algunas másde la parra que subía por la pared de la ventana. Si Mrs. Renner no las quería en lahabitación. Lucy estaba decidida a tenerlas allí. Abrió lentamente la ventana y seasomó al exterior. Quedó paralizada. Todos los brotes de madreselvas que seencontraban al alcance de la mano habían, sido violentamente arrancados y arrojadosal suelo, bajo la ventana. Alguien había previsto ya su reacción. Volvió a cerrar laventana y se sentó en el borde de la cama, extrañada e inquieta. Si Mrs. Rennerabrigaba inicuos propósitos misteriosamente relacionados con la ausencia demadreselvas, Lucy sabía que no podría enfrentarse adecuadamente a la situación quepudiera plantearse. Podría haber sido muy divertido a plena luz del día. Podría haberse dirigido hacia elcobertizo donde estaba aparcado su coche. Aun cuando «ellos» hubieran averiado elvehículo, Lucy suponía que siempre podría andar o echar a correr hasta alcanzar lacarretera principal, por donde, sin duda alguna, pasarían camiones y coches; pero no
    • era ésa la situación, en la aislada granja Renner, oculta detrás de colinas pobladas deespesos bosques. Se dijo a sí misma que se estaba comportando como una boba demasiadoimaginativa, estúpida y supersticiosa. ¿Qué tendrían que ver las madreselvas con supropia seguridad personal? Se preparó para meterse en la cama y apagó con decisiónla lámpara de queroseno. Se sintió invadida por el cansancio y no tardó en caer en unprofundo sueño. No escuchó, pues, el sibilante murmullo de Mrs. Renner: -¡Shhh...! ¡Kathy! Puedes venir ahora, Kathy. Está dormida. Mamá ha sacado lasmadreselvas. Ya puedes entrar. ¡Shhh...! Tampoco escuchó la quejumbrosa protesta del viejo Aaron: -No puede hacer eso, señora. Déjeme que coja la estaca. Será mucho mejor de esemodo, señora. Ningún sonido llegó hasta Lucv, profundamente dormida en su habitación cerradacon llave. Sus sueños eran extraordinariamente reales v cuando finalmente sedespertó, en la mañana del lunes, se encontró lánguidamente echada en la cama,recordando el último sueño en el que una niña vestida de blanco se había acercadotímidamente a su cama, deslizándose junto a ella hasta que sus propios brazosrodearon a la pequeña y tímida intrusa. La niña acercó sus pequeños y cálidos labios asu cuello, en lo que Lucy creyó ser un beso, un beso como Lucy no habíaexperimentado jamás en su vida. Sintió una punzada cruel. Pero cuando se disponía aprotestar por la falta de cuidado de la niña, su mente y sus músculos se vieroninvadidos por una completa relajación, como si todo su ser la estuviera abandonandopara salir al encuentro de aquellos labios infantiles que se adherían con tanta fuerza asu cuello. Fue un sueño muy inquietante y su recuerdo dejó en ella una mezcla deantipatía y fascinación. Lucy sabía que ya era hora de levantarse. Se sentó en la cama. Se sentía cansada,casi débil y, de algún modo, con muy pocos ánimos para realizar el más mínimoesfuerzo físico. Era como si algo la hubiera abandonado, pensó, exhausta. Elevóinvoluntariamente una mano, llevándosela al cuello. Sus dedos notaron una pequeñaprotuberancia, como dos pequeños pinchazos, allí donde la niña de su sueño la habíabesado de un modo tan extraño e intenso. Lucy se levantó de la cama y se dirigió haciael espejo. Vio con toda claridad aquellas dos marcas en su cuello, como si un granescarabajo hubiera cortado la carne delicada con sus agudas mandíbulas. A la vista deaquellos enrojecidos pinchazos, lanzó un débil grito. Ahora estaba convencida de que algo andaba mal. También estaba segura de queese algo tenía que ver con ella. Era incapaz de analizar con precisión la naturaleza delo que andaba mal, pero sabía que existía algo perjudicial en la misma atmósfera de lagranja Renner. Se sintió invadida por un terror irracional. ¿Podría llegar hasta su cochey escapar? ¿Escapar...? Se quedó mirando fijamente el cuello, reflejado en el espejo,tocándose con suavidad las marcas rojas. No podía dar ninguna coherencia a suspensamientos y se encontró con que únicamente estaba pensando en una cosa: enhuir. En realidad, no podía expresar con palabras de qué tenía que huir, pero sabía quedebía abandonar la granja Renner lo antes posible; y aquella necesidad se fueconvirtiendo en una convicción cada vez más fuerte a cada momento que pasaba. Ensu mente sólo aparecía con toda claridad un pensamiento inquietante eincontrovertible: Cora Kent había visitado la granja Renner y nadie la había visto desdeentonces. Lucy se vistió con precipitación y se las arregló para salir de la casa sin encontrarsecon su patrona. Halló su automóvil donde lo había dejado, en el cobertizo situado en laparte trasera del establo. Parecía estar bien, pero cuando se acercó descubrió condesmayo que tenía dos pinchazos. Como era normal, sólo disponía de una rueda derecambio. Y ni siquiera sabía cómo sacar o colocar aquella rueda de recambio, y mucho
    • menos reparar la segunda rueda pinchada. Le sería imposible alejarse en su automóvilde la granja Renner. Se quedó mirando fijamente el inútil vehículo, con desánimo. La voz aguda de Aaron Gross llegó suavemente a sus oídos. Se volvió, paraenfrentarse a él con una mirada acusadora. -¿Qué le ha pasado a mi coche? ¿Quién...? -No puede usted utilizarlo ahora mismo, señorita, con esos dos pinchazos -dijoAaron, con su tono quejumbroso-. ¿Quiere que lleve las ruedas a un garaje para que selas arreglen? -Eso sería estupendo -contestó con alivio-. Pero no sé cómo sacarlas. -Yo tampoco, señorita. No sé nada de máquinas. La impaciencia y el recelo se mezclaron en la voz de la joven. Abrió elportaequipajes y comenzó a sacar las herramientas. -Creo que podré elevar el coche, Aaron. Nunca lo he hecho hasta ahora, pero quierodisponer del coche para ir a la ciudad. De compras -añadió rápidamente, tratando desonreír con despreocupación. Aaron no hizo ningún comentario. Permaneció en un extremo del cobertizo,observándola, mientras ella trataba de colocar el gato y empezaba después a elevar elcoche del suelo. -Necesitaré una caja para mantener elevada esta parte cuando coloque el gatodebajo de la otra rueda -sugirió. Aaron se marchó. Lucy consiguió desprender el tapacubos, pero, a pesar de sus frenéticos intentos conlas tuercas y los pernos, no consiguió mover nada. Se detuvo llena de desesperación,en espera de que Aaron represara con la caja. Pensó que podría convencerle para quefuera a buscar un mecánico a la ciudad. Respirando con dificultad y despeinada, saliódel cobertizo para buscarle. Al salir, Mrs. Renner apareció ante ella, con los ojos casicerrados y los labios contraídos en una mueca. -¿Hay algo que ande mal? -preguntó Mrs. Renner, mientras con sus dos gruesasmanos acariciaba suavemente el delantal azul que cubría sus anchas caderas. -Mi coche tiene dos pinchazos. No puedo comprender cómo ha ocurrido -dijo Lucy. El rostro de Mrs. Renner permaneció impasible. Más que preguntar, afirmó: -No necesita ir a la ciudad. Aaron puede hacer sus recados. -¡Oh! Pero yo quiero ir a la ciudad -insistió Lucy con vehemencia. -No necesita su coche hasta que no se marche de aquí -dijo Mrs. Renner confrialdad. Observó a Lucy con un rostro impasible, después, le volvió la espalda y se dirigióhacia la casa sin pronunciar ninguna otra palabra. -¡Mrs. Renner! -llamó Lucy-. ¡Mrs. Renner! Quisiera que Aaron llevara las dos ruedasa la ciudad para que las reparen, pero no puedo sacarlas. Mrs. Renner siguió su camino y desapareció en el interior de la casa sin volverse, ysin dar la menor señal de haber escuchado sus palabras. Desde el interior del establo le llegó la voz quejumbrosa y precavida de Aaron: -Señorita, ¿quiere que le pida al mecánico que venga? -¡Oh, Aaron! Eso sería maravilloso. Podría pagarle bien... a él y a usted. Dígale queyo sola no puedo sacar esas dos ruedas. Con eso sería suficiente, se dijo a sí misma. Una vez que el mecánico estuviera allí,bajaría su maleta y se las arreglaría para marcharse con él a la ciudad y para quealguien fuera a recoger su coche en cuanto las ruedas estuvieran reparadas. Queríamarcharse de allí antes de que cayera la noche. Mientras Aaron permanecía fuera,trabajaría en el telar que, ahora estaba convencida, había pertenecido a Cora Kent. Asíno despertaría las sospechas de Mrs. Renner. Regresó a la casa andando lentamente. Se sintió contenta al comprobar que Mrs.Renner estaba arriba arreglando el dormitorio; podía escuchar sus pasos cuando
    • caminaba de un lado a otro de la gran cama. Lucy se sentó ante el telar y comenzó aprobar con un hilo de color, para ver si podía hacer una cenefa ornamental como la delantimacasar que enviara a la madre de Stan. No era tan difícil como había imaginado,y avanzó mucho más rápidamente de lo que había pensado; era casi como si otrosdedos estuvieran colocando el hilo en su lugar, en vez de los suyos. Comenzó aconfeccionar la cenefa con una creciente excitación. Los hilos sueltos de las esquinasparecían serpientes enroscadas que se elevaban sobre sus colas, y el del centro eracomo una serpiente con la cola en la boca. Pasó el tiempo. El bordado avanzaba, y ellatenía casi la impresión de que sus dedos eran guiados. -¡Cómo! -dijo de pronto en voz alta, extrañada ante lo que había bordado en tancorto espacio de tiempo-. ¡Si parece un S-O-S! -¿De veras? -siseó entonces Mrs. Renner significativamente. Estaba justo detrás de Lucy, mirando fijamente los símbolos bordados con sus ojoscasi cerrados y la boca contraída en una mueca. Cogió las tijeras que estaban sobre lamesa y cortó el bordado de través con deliberada intención. Al cabo de un instante, laobra de Lucy había quedado destruida sin remedio. -¡Así! -exclamó Mrs. Renner con oscura decisión. Las manos de Lucy se elevaron hacia su boca para ahogar un horrorizado grito deprotesta. Por un momento, no pudo expresar ninguna palabra. El significado de aquellaacción resultó demasiado claro para ella. De repente se dio cuenta de quién habíatejido el antimacasar. Sabía por qué se habían elegido las serpientes adaptables comomotivo de decoración. Miró a Mrs. Renner, reflejando en su asombrado rostro todasaquellas ideas y se dispuso a enfrentarse con ella, con todo el coraje y la fortaleza depropósito que pudo encontrar en sí misma. -¿Qué le sucedió a Cora Kent? -preguntó a bocajarro, elevando la cabeza, con losojos muy abiertos y llenos de horror-. Estuvo aquí. Sé que estuvo aquí. ¿Qué le hizousted? -y como si las palabras hubieran surgido de repente en su mente, preguntó-:¿Sacó usted las madreselvas de su habitación? Asombrosamente, Mrs. Renner pareció desmoronarse. Empezó a retorcerse lasmanos, en inútiles gestos de desesperación. Su actitud de indomable decisióndesapareció mientras inclinaba el cuerpo de un lado a otro, como una autómata. -No duró mucho tiempo, ¿verdad? -siguió preguntando Lucy con implacablecrueldad, al recordar en el fondo de sus pensamientos la conversación escuchada. Mrs. Renner retrocedió dando traspiés y se desmoronó, encogida, en un sillón. -¿Cómo sabe eso? -preguntó con voz ronca, añadiendo-: Yo no sabía que estabaenferma. Tenía que alimentar a Kathy, ¿no es cierto? Pensé que... -Pensó que duraría más tiempo, ¿no es así? En realidad, no quería que Kathy lamatara, ¿verdad? Aaron se encontraba en la puerta de la cocina. En su mano sostenía una robustaestaca, uno de cuyos extremos terminaba en una punta aguda. En la otra mano teníaun pesado mazo de madera. Los ojos de Mrs. Renner se fijaron rápidamente en la estaca. Lanzó un grito, débil. Aaron se introdujo en la cocina y Lucy escuchó sus pasos, subiendo las escaleras. Mrs. Renner estaba gimoteando y gritaba frenéticamente: -¡No! ¡No! Parecía sentirse totalmente desprovista de fortaleza física, incapaz de levantarse delsillón en el que se había hundido su cuerpo. Continuó gritando lastimosamente,protestando por algo que las vertiginosas conjeturas de Lucy no podían convertir enpensamientos tangibles. En el piso de arriba se abrió una puerta. Los pasos de Aaron se detuvieron. Duranteun largo y terrible momento, se hizo el más absoluto silencio. Hasta Mrs. Renner dejóde gritar. Era como si la casa y todo lo que hubiera en ella estuvieran esperando unacontecimiento irrevocable.
    • Después, sobre el mar de silencio, se extendió un largo y penetrante grito deatormentada agonía. El grito murió en amplias oleadas, absorbido poco a poco por laprofunda quietud, como si el silencio hubiera terminado por apoderarse de él. Mrs. Renner se deslizo hacia el suelo, inconsciente. Mientras su cuerpo caía delsillón, sólo pronunció una palabra: -¡Kathy! Sus labios se apartaron ligeramente para permitir que escapara el sonido. Lucy permaneció junto al telar, sin moverse, frente a su obra destrozada. Era comosi se sintiera incapaz de iniciar la escena siguiente del drama, viéndose obligada aesperar su llegada. Surgió con un sonido de ruedas y de frenos y una voz quepronunciaba su nombre repetidas veces. -¡Lucy! ¡Lucy! ¡Cómo! Era Stan. ¿Cómo era que Stan había llegado hasta allí? ¿Cómo es que ahorasus brazos la rodeaban en un gesto de protección? Fue entonces, cuando Lucy encontrósu propia voz. -Aaron ha matado a Kathy con una estaca afilada y un mazo -dijo, sintiéndoseenferma. La voz de Stan parecía llena de una serenidad tranquilizadora. -Aaron no ha matado a Kahy. Kathy estaba muerta desde hace muchas semanas. -Imposible -balbució Lucy-. La he estado escuchando, noche tras noche, pidiendoser alimentada. -¿Alimentada, Lucy? Todo lo que Kathy quería era sangre. Su madre trató desatisfacerla, pero no pudo, de modo que Kathy tomó lo que Cora Kent pudo darle, yCora no pudo resistir el esfuerzo -Mrs. Renner dijo que Cora no resistió mucho... Stan la apretó contra sí y ella se sintió segura entre los brazos fuertes y protectoresdel hombre. -Lucy, ¿hizo ella...? Lucy se tocó el cuello. Incomprensiblemente, los puntos rojos habían desaparecido. -Creo que se acercó una vez, Stan -dijo con indecisión-. Pero creí que era un sueño.Ahora, las marcas rojas han desaparecido. -Eso se lo puedes agradecer a la acción de Aaron. El ha sido quien ha terminado conel vampirismo de Kathy. Stan se inclinó sobre la mujer postrada. -No es más que un desvanecimiento -dijo. -¿Y Aaron...? -Está perfectamente sano y no hará daño a nadie, Lucy. Lo que ha hecho no serácomprendido por las autoridades, pero dudo que hagan otra cosa que declararle loco,pues cualquier examen demostrará que Kathy estaba muerta mucho antes de que élintrodujera esa estaca puntiaguda en su corazón. -¿Cómo lo sabías, Stan? -Por el antimacasar que le enviaste a mí madre. -¿Con el S-O-S en el borde? -se aventuró a preguntar Lucy. -Así es que también has descubierto eso, ¿eh, Lucy? ¿Sabías que aquella pobrejoven bordó símbolos taquigráficos en toda la pieza? En cuanto me di cuenta de quedecían «Vampiro, peligro, muerte, Cora Kent», me vine para acá, a buscarte. -¿Qué le ocurrirá ahora a Mrs. Renner? -Eso es algo difícil de decir. Pero puede ser acusada de asesinato si es queencuentran el cuerpo de Cora. Lucy se estremeció. -Lo más probable es que esté mentalmente enferma, querido. Probablemente,nunca se dio cuenta de que Kathy estaba muerta. Su castigo puede que no sea muysevero.
    • -Vamos, Lucy. Recoge tus cosas. Regresas a la ciudad conmigo y allí informaremosa las autoridades de lo que ha ocurrido.
    • ROPAS VIEJASAlgernon Blackwood I Los niños imaginativos, con sus extrañas preguntas sobre la vida y su delicadosistema nervioso, son más a menudo una fuente de gran ansiedad que de delicia parasus padres. Aneen, la hija de mi prima viuda, me impresionó desde el principio por serun ejemplo extrañamente característico. Me impresionó aún más por la forma en queechó sobre mis hombros (a ojos de su madre) mis primeras responsabilidades comotío, que no tenía ningún derecho a aludir, aunque, en realidad, no sentía ningunainclinación a evitarlas. De hecho, adoraba a aquel pequeño ser, extraño, travieso ymisterioso. No se trataba simplemente de que sus invenciones fueran extraordinariamentesinceras y obsesionantes, y que ella se pasara todo el tiempo hablando concompañeros de juego invisibles (tocándoles, elevando sus labios para que la besaran,abriéndoles las puertas para permitirles el paso a un lado y otro, y colocando sillas,pequeñas tarimas y hasta flores para ellos), pues, según mi experiencia, muchos niñoshan hecho lo mismo y también con una gran sinceridad; se trataba más bien del hechode que ella aceptara lo que ellos le ecían, con un grado tal de convicción que suspalabras llegaban a influir en su vida y, consecuentemente, en su salud. Al parecer, ellos le contaban historias en las que ella misma jugaba un papelcentral; historias que, por otra parte, no eran ni consoladoras ni prudentes. La niña sesentaba en un rincón de la habitación, como muy bien podíamos observar tanto sumadre como yo, frente a algún ocupante imaginario de la silla tan cuidadosamentecolocada ante ella; la pequeña tarima también había sido colocada con precisión, y aveces la movía un poco a un lado y a otro; la mesa sobre la que descansaban los codosinvisibles se encontraba junto a ella, con un jarrón de flores, que variaba, de acuerdocon cada visitante. Y allí esperaba ella, inmóvil, pasándose quizá una hora, mirandofijamente los rasgos invisibles de la persona que estaba hablando con ella... y que lecontaba una historia en la que ella jugaba una parte excesivamente intensa. Su rostrose alteraba con las emociones, sus ojos se hacían más grandes y se humedecían y, aveces, parecían asustados; raramente se echaba a reír y muy pocas veces balbuceabaalguna pregunta; se pasaba la mayor parte del tiempo allí sentada, tensa y ansiosa,totalmente absorbida por el cuento inaudible pronunciado por unos labios invisibles...el cuento de sus propias aventuras. Pero fue el terror inspirado por estos singulares recitales lo que afectó su delicadasalud a una edad tan prematura como los ocho años. Cuando, debido al ridículo bienintencionado pero erróneo de su madre, ella le confió más secretos, el efecto que estoprodujo sobre sus nervios y su carácter se hizo tan agudo que tuve que acudir avisitarla a fin de darle un consejo especial, aunque apenas si la apreciaba. -Y bien George, ¿qué piensas que debo hacer? El doctor Hale insiste en que hagamás ejercicio y tenga más compañía, que disfrute del aire del mar y todo eso, peroninguna de esas cosas parece hacerle ningún bien. -¿Te has ganado su confianza, o más bien: has conseguido que te tenga confianza?-me atreví a preguntar suavemente. La pregunta pareció ofenderla un poco. -Claro -fue su enérgica respuesta-. La niña no tiene ningún secreto para su madre.Me es perfectamente fiel. -Pero has tratado de reírte de ella por todo eso, ¿verdad? -Sí, pero con tal éxito que ahora mantiene esas conversaciones en mucha menormedida de lo que... -¿O acaso más secretamente? -fue mi pregunta, contestada con un encogimiento dehombros que indicaba ignorancia.
    • Después, tras otra pausa, en la que se combinaron la tensión de mi prima y mipropio y afectuoso interés por la caprichosa imaginación de mi pequeña sobrinadirigida a conmoverme, lo volví a intentar... -La invención -observé- siempre resulta un tanto extraña para nosotros, laspersonas mayores, pues aunque nos mostramos tolerantes con ella durante todanuestra vida, ya no creemos en ella; mientras que niñas como Aileen... Mi prima se apresuró a interrumpirme. -Ya sabes por qué me siento ansiosa -dijo, bajando su tono de voz-. Creo que haymotivos para sentirse seriamente alarmados -después, añadió con toda franqueza,mirado mi rostro con una expresión seria de sus ojos-: George, necesito tu ayuda... tumejor ayuda, por favor. Siempre has sido un verdadero amigo. Yo le contesté con palabras calculadas: -No existe ningún vestigio de locura en ninguna parte de la familia -dijeenérgicamente serio-, y en mi opinión Aileen es una niña perfectamente equilibrada, apesar de esta imaginación excesivamente desarrollada. Pero, por encima de cualquierotra consideración, no debes impulsarla hacia la interiorización mediante la burla.Intenta sacarla a la superficie. Edúcala. Guíala mediante una simpatía inteligente.Consigue que te lo comunique todo y haz todo lo que puedas por comunicarte con ella.Creo que Aileen quizá desea una cuidadosa observación... pero nada más. Ella observó mi rostro, en silencio, durante algunos minutos, con una miradaintensa, mientras los rasgos de su cara se agitaban ligeramente. Por su actitud, me dicuenta inmediatamente de que estaba intentando decirme algo. Se aproximó a lacuestión con dificultad y dando un rodeo, pues se trataba de algo que ella temía, nosintiéndose muy segura sobre si se trataba de algo relacionado con el cielo o con elinfierno. -Eres maravilloso, George -dijo al final--, y tienes teorías para casi todo... -Especulaciones -admití. -Y tu poder hipnótico es de gran ayuda, ya lo sabes. Pero ahora, si... si tú crees quees conveniente y si con ello no vamos a ofender a la providencia... -Theresa -la detuve firmemente antes de que llegara a un punto en el que pudierasentirse herida por una negativa-, permíteme decirte ahora mismo que no considero auna niña como un sujeto adecuado para un experimento hipnótico, y que estoybastante seguro de que una persona inteligente como tú estará de acuerdo conmigo enque una cosa así no es permisible. -Sólo estaba pensando en una ligera «sugerencia» -murmuró. -Que hará muchísimo más bien si procede de la madre. -Si la madre no hubiera perdido ya su poder por haber utilizado el ridículo -confesódócilmente. -Sí, nunca debiste haberte reído. Me pregunto por qué lo hiciste. En sus ojos apareció una expresión que, según sabía, se relacionabainvariablemente en los temperamentos histéricos con un estado de ánimo precursor delas lágrimas. Miró a su alrededor para estar segura de que nadie escuchaba. -George -murmuró y en la penumbra de aquella tarde de setiembre se interpusoentre nosotros una sombra que dejó tras de sí una atmósfera de un frío repentino einexplicable-. George, quisiera... quisiera estar completamente segura de que sólo sonimaginaciones, quiero decir... -¿Qué quieres decir? -preguntó con una severidad tras la que traté de ocultar mipropia inquietud. Pero las lágrimas aparecieron en el mismo instante, con tal fluidez que hacíaninnecesaria toda explicación inteligente. El terror de la madre por una persona quellevaba su misma sangre, continuó expresándose. -Estoy asustada... terriblemente asustada -dijo, entre sollozos.
    • -Iré arriba y veré a la niña yo mismo -dije, finalmente aliviado una vez pasada latormenta-. Iré a su cuarto. No debes alarmarte. Aileen está bien. Greo que puedoayudarte bastante en esta cuestión. II Aileen, como siempre, estaba sola en su habitación. La encontré sentada junto a laventana abierta, con una silla vacía frente a ella. La estaba mirando fijamente...penetrándola; pero no resulta fácil describir el grado de certidumbre que emanaba desu persona, en el sentido de creer que había alguien sentado en aquella silla, hablandocon ella. Era su propia actitud la que daba esa impresión. Se levantó rápidamente,asustada, en cuanto entré, e hizo un gesto ambiguo en dirección a la silla vacía, comosi estrechara la mano a alguien; después, corrigió rápidamente su actitud con unpequeño gesto amistoso de su cabeza, que podía ser entendido como una despedida...Luego se volvió hacia mí. Por muy increíble que pueda parecer, aquella silla pareciótener inmediatamente otro carácter. Estaba vacía. -Aileen, ¿quieres decirme lo que estabas haciendo? -Ya lo sabes, tío -me contestó, sin la menor duda. -¡Oh, claro! ¡Ya lo sé! -exclamé, tratando de conectar con su estado de ánimo para,más tarde, sacarle de él-. Porque yo hago lo mismo con la gente en mis propiashistorias. Yo también hablo con ellos... Se acercó a mi lado, como si todo aquello fuera una cuestión de vida o muerte. -¿Pero ellos te contestan? Me di cuenta de la extraordinaria sinceridad, incluso de la seriedad que aquellapregunta tenía para ella. La sombra evocada momentos antes en el piso de abajo,junto a mi prima, me había seguido hasta allí. Ahora, me tocaba en el hombro. -A menos que contesten -le dije-, no están realmente vivos, y la historia queda ensuspenso cuando la gente la lee. Me observó atentamente durante un momento, mientras nos asomábamos por laventana abierta hasta donde llegaba el rico perfume de los laureles portugueses,procedente del prado de abajo. La proximidad de la niña hizo que se creara una claraatmósfera propia, una atmósfera cargada de sugerencias, casi de débiles imágenes,como de cosas que yo hubiera conocido en otros tiempos. Había sentido a menudo esamisma sensación y no la acababa de recibir bien, pues las imágenes parecían estarenmarcadas en una escena emocional que, invariablemente, se escapaba a mi análisis.Comprendía, de una forma vaga, que la madre sintiese temor por su hija. Por mí cruzóuna sensación fugitiva, extraordinariamente elusiva y, sin embargo, dolorosamentereal: ella conocía momentos de sufrimiento por medios que no debía haber conocido.Por muy extraño e irrazonable que pudiera parecer el concepto, resultaba convincente.Y despertó una profunda simpatía en mí. Sin duda alguna, Aileen se daba cuenta de la existencia de esa simpatía. -Es Philip quien me habla la mayor parte de las veces -dijo libremente-, y siempre,siempre, me está explicando cosas... pero nunca termina por completo. -¿Qué cosas te explica, pequeña Niña de la Luna? -pregunté amablemente,llamándole por un nombre que solía agradarle mucho cuando era más pequeña. -Me dice que no pudo venir a tiempo para salvarme, claro -dijo-. ¿Sabes? Lecortaron las dos manos. Nunca olvidaré la sensación que me causaron aquellas palabras surgidas de laaventura mental de una niña; no fue la lección de amarga realidad lo que me obligó acomprender que eran ciertas; y tampoco se trató de ningún detalle de algún hipotéticointento de rescate de una «princesa encerrada en la torre». Una vivida corriente deideas pareció enfocar mi conciencia sobre mis dos muñecas, como si sintiera el dolorde la operación que ella acababa de mencionar. Después, en un rápido movimientoinstintivo que se puso en acción antes de que pudiera controlarlo, descubrí que habíaocultado ambas manos de su vista, llevándomelas a los bolsillos de la chaqueta. -¿Y qué más te dice «Philip»? -pregunté con amabilidad.
    • Su rostro enrojeció. Las lágrimas acudieron a sus ojos, y se deslizaron por susmejillas suavemente ruborizadas. -Que me amaba terriblemente -replicó-, y que me amaba hasta el final y quedurante toda su vida, después de que yo me hubiera marchado y después de que lecortaran las manos, no haría otra cosa más que rezar por mí... desde el fin del mundoadonde se marchó para ocultarse... Haciendo un esfuerzo, me liberé de la atmósfera envolvente de tragedia, dándomecuenta de que su imaginación tenía que ser dirigida a lo largo de canales másluminosos y de que mi deber se debía anteponer a mi interés. -Pero tienes que conseguir que Philip te cuente también todas sus divertidas yalegres aventuras -dije-, las que tendrá, ya sabes, cuando le vuelvan a crecer lasmanos... La expresión que apareció en su rostro dejó literalmente helada mí sangre. -Eso sólo son historias inventadas -dijo fríamente-. Nunca volverán a crecer. Nohubo aventuras felices ni divertidas. Busqué en mi mente algo de inspiración que me permitiera ayudarla a seguircaminos más saludables de invención. Me di cuenta, con mucha mayor intensidad queantes, de la profundidad de mi afecto por aquella niña extraña y huérfana de padre, yde cómo estaría dispuesto a dar hasta mi alma con tal de poder ayudarla y enseñarle aser alegre. Era un verdadero amor lo que me embargaba, enraizado en cosas muchomás profundas de lo que alcanzaba a comprender. Pero antes de encontrar las palabras adecuadas la sentí arrimarse a mi lado, y la oípronunciar la misma frase que, por un momento, había estado buscando en los lugaressecretos de mi alma para que ella la escuchara. La frase pareció sacudirme.Experimenté un rápido instante de dolor indescriptible que me dejó incapaz pararazonar. -Ya lo sabes -fue lo que dijo-, ¡porque tú eres Philip! Y me sentí totalmente desprovisto de toda capacidad para hablar, por la mismaforma en que lo dijo, tan serenamente, expresando de algún modo en aquellaspalabras un desprecio suave aunque compasivo y, sin embargo, dorado por un ardienteamor que llenaba su pequeña persona hasta rebosar. Lo único que fui capaz de hacerfue inclinarme, rodearla con mi brazo y besar su cabeza, que se elevó hasta la alturade mí mentón. Juro que amaba a aquella niña como no había amado a ningún otro serhumano. -Entonces, Philip te va a enseñar toda clase de aventuras alegres con sus nuevasmanos -recuerdo que dije con buena intención-, porque él ya no es malo, y está llenode alegría y te quiere el doble que antes. Y la cogí, levantándola, y bajé con ella las largas escaleras de la casa, saliendo aljardín, donde nos juntamos con los perros y retozamos juntos hasta que el rostro de lamadre surgió por una de las ventanas de arriba y nos espetó algo estúpido sobre lahora de marcharse a la cama, o sobre el descanso, y Aileen, ruborizada aún y con unosojos muy abiertos, echó a correr hacia la casa y al llegar a la puerta, se volvió y mesaludó con su mano extrañamente pequeña y su rostro sonriente, lleno de risas. Durante largo tiempo, estuve paseando de un lado a otro, fumando un puro, entrelos setos del jardín arreglado al estilo antiguo, pensando en la niña y en sus extrañasimaginaciones y en las sensaciones profundamente conmovedoras e inquietantes quehacía surgir en mí al mismo tiempo. Su rostro parecía revolotear a mi lado, a través delas sombras. No era bonita, propiamente hablando, pero su aspecto poseía un encantooriginal que me atraía fuertemente. Su cabeza era grande y, en cierto modo, de estiloanticuado; sus ojos, oscuros pero no grandes, estaban situados uno muy cerca delotro, y tenía una boca grande que, sin duda alguna, no era precisamente hermosa.Pero la expresión de angustiada y anhelante pasión que se extendía a veces sobreestos rasgos que, de otro modo no resultaban atractivos, cambiaban su aspecto,
    • dándole una belleza repentina, una belleza del alma, un alma que conocía elsufrimiento y que estaba familiarizada con el dolor. Esta es, al menos, la forma en quemi propia mente veía a la niña y, en consecuencia, el único modo en que espero poderhacer verla a los demás. Si fuera un pintor podría trasladarla al lienzo en algún retratoimaginario y llamarle, quizá, «Reencarnación»... pues no he visto nunca en la vidainfantil algo que me impresionara tan fuertemente con la extraña idea de un alma viejaque regresa al mundo para aposentarse en un cuerpo nuevo y joven... como si setratara de un traje nuevo. Pero cuando hablé con mi prima después de cenar y la consolé, asegurándole queAileen estaba dotada de una imaginación extraordinariamente vivaz que tanto eltiempo como nosotros mismos debíamos dirigir hacia algún otro objetivo máspráctico... mientras le estaba diciendo todo esto y otras cosas, en mi cabeza seguíansonando dos frases que había pronunciado la niña. Una, cuando me dijo con unadespiadada clarividencia que yo sólo estaba «inventando» historias; y la otra cuandome informó con aquella tranquila certidumbre y con aquella convicción de que «Philip»era... yo mismo. III Una expedición de caza mayor que duró algunos meses puso fin temporalmente amis responsabilidades de tío; al menos, en lo referente a cualquier tipo de iniciativas,pues había ciertos recuerdos que se mantenían curiosamente frescos entre toda laabsorbente barahúnda de la vida de nuestro campamento. A menudo, tumbado en mitienda por la noche, o incluso siguiendo las huellas de nuestra presa a través de lajungla, esas imágenes me asaltaban y exigían mi atención. El pequeño rostro desufrimiento de Aileen se interponía entre mí y el punto de mira de mi rifle; suafirmación de que yo era el «Philip» de su imaginación, me atacaba con un acento derealidad que parecía muy extraño hasta que lo analizaba y me desembarazaba de él.Más de una vez me encontré pensando en su aspecto moreno y serio cuando me dijoque «Philip» la había amado hasta el final, y que la habría salvado si no le hubierancortado las manos. Parecía como si mi propia imaginación estuviera convirtiendo losdetalles de su invención infantil en una historia, pues nunca podía pensar en esteúltimo detalle, sin experimentar, sin el menor género de dudas, una aguda sensaciónde dolor en mis muñecas... Cuando regresé a Inglaterra, en la primavera siguiente, descubrí que se habíancambiado a una casa situada junto al mar; un viejo y destartalado edificio en el queanidaban los grajos y que el padre de mi prima apenas si ocupó en vida; ella misma nofue capaz de ocuparlo hasta que no pasó a su propiedad. Una carta urgente me llamóallí, y tras mi llegada viajé a la pelada costa de Norfolk, con un extraño presagio en micorazón que fue aumentando, hasta convertirse casi en un presentimiento cuando eltaxi enfiló el largo paseo y reconocí las paredes grises y lóbregas de la vieja mansión.El aire del mar inundaba los jardines con su rocío salado y el gemido del oleaje seescuchaba incluso desde las ventanas. -¿Qué le habrá impulsado a venir aquí? -fue el primer pensamiento que acudió a mimente-. Seguramente, éste es el último lugar del mundo al que traer a una niñamórbida o demasiado sensible. Sin embargo, mi temor de que algo pudiera haberle sucedido a la pequeña niña quequería tan tiernamente desapareció en parte cuando mi prima me recibió en la puertacon los brazos abiertos y un rostro sonriente, aunque, no tardé en darme cuenta deque aquella bienvenida se debía al alivio que sentía por mi presencia. Algo le habíasucedido a la pequeña Aileen, aunque no se trataba del desastre final que temía. Habíasufrido unos ataques nerviosos durante mi ausencia, con unas características tan seriasque el médico insistió en que tomara el aire del mar, y mi prima, no utilizando quizá sumejor juicio, tuvo la idea de hacer servir la vieja casa para tal propósito. Y así, arreglóuna de las alas del edificio, haciéndola habitable por unas pocas semanas. Confiaba enque el cambio completo de escenario llenaría la mente de la niña de nuevas y más
    • felices ideas. Pero los resultados fueron exactamente contrarios. La niña comenzó allorar copiosa e histéricamente desde el mismo instante en que vio las viejas paredes ypercibió el olor del mar. Antes de que hubiéramos podido hablar más de diez minutos, se escuchó un grito yun sonido de pasos precipitados, y una figura de pelo moreno y ondulante echó acorrer hacia mis brazos. Aileen estaba sollozando... -¡Oh, has venido! ¡Por fin has venido! Me siento tan terriblemente contenta. Penséque pasaría lo mismo que antes y que serías atrapado. Sólo entonces se separó de mí y besó a su madre, riendo de placer a través de laslágrimas. Después se fue de la habitación con la misma rapidez con que había llegado. Capté la mirada de asustada extrañeza de mi prima. -¿No te parece eso muy extraño? -preguntó, con voz precipitada-. ¿No es raro? Esasson lágrimas de felicidad... Es la primera vez que la he visto sonreír desde quellegamos aquí, hace ya una semana. Pero aquello, creo que casi me irritó. -¿Por qué es extraño? -pregunté-. Aileen me quiere; es delicioso poder... -¡No es eso, no es eso! -dijo ella rápidamente-. Lo que resulta extraño es que tehaya encontrado tan pronto. Ni siquiera sabía que habías regresado a Inglaterra, y lamandé a jugar a la playa con Kempster y los perros para estar seguro de que tendríauna oportunidad de decírtelo todo antes de que la vieras. Nuestros ojos se encontraron frente a frente, aunque no con completa simpatía nicomprensión. -¿Lo ves? Ella sabía perfectamente bien que estabas aquí... en el mismo instante enque llegaste. -Pero no hay nada de extraño en eso -aseguré-. A veces, los niños saben cosas, delmismo modo que los animales. Olió a su tío favorito como un perro -y me eché a reírante mi prima. Aquella risa quizá fue un error por mi parte. Mi bienintencionado buen humor resultóquizá exagerado. Ni siquiera para mí mismo sonaba a cosa cierta. -Creo que estás de acuerdo con ella... en contra mía. Esa fue la observación con la que saludó mi risa, mientras aumentaba aquellaexpresión de temor en sus ojos que adiviné desde el primer momento en que nosencontramos junto a la puerta. No encontrando nada adecuado que responderle, labesé en la parte superior de la cabeza. Más tarde, ya retirado el servicio del té, me enteré de la situación exacta de lascosas e incluso admitiendo que había una cierta exageración en las palabras de miexcitada prima, existían cosas que parecían suficientemente inexplicables sobre la basede una explicación normal. Por muy ligeros que pudieran ser los detalles, al sercolocados en serie, su efecto acumulativo sobre mi propia mente provocó un climaximpresionante y desagradable, que hice lo mejor que pude por ocultar y no revelar.Mientras permanecía sentado en la gran habitación en penumbra, escuchando lanerviosa descripción de mi prima de aquellas cosas «infantiles», surgió en mí lasensación de que muy bien podrían tener un significado más profundo. Observé surostro ansioso y atemorizado, iluminado únicamente por las llamas parpadeantes queacompañaban el atardecer de primavera, y pensé en el objeto de nuestra conversación,revoloteando por las tristes habitaciones y pasillos del enorme y viejo edificio, comouna pequeña figura de tragedia, riendo, gritando y soñando en un mundocompletamente suyo... y se agitó en mi interior un desagradable reconocimiento deaquellas fuerzas turbulentas que se encuentran fuertemente protegidas tras losdetalles cotidianos de la vida y que ahora parecían estar dispuestas a estallar y a jugarsu misterioso role ante nuestros mismos ojos. -Dime exactamente lo que ha ocurrido -le pedí, con decisión, pero con simpatía. -Hay tan poco que decir cuando se quiere expresar con palabras, George. Pero... enfin, lo primero que me sorprendió fue que ella... conocía todo este lugar, aunque nunca
    • había estado aquí con anterioridad. Conocía todos los pasillos y escaleras, muchas delas cuales ni siquiera yo misma conocía: nos enseñó un pasaje subterráneo que daba almar, no conocido siquiera por mi padre: después, nos trazó un plano de la casa, tal ycomo era hace trescientos años, cuando la otra ala del edificio se elevaba sobre dondecrecen ahora las hayas de hojas oscuras. Había demasiados detalles. Parecía imposible explicar a una persona del temperamento de mi prima las teoríasde la memoria prenatal y aspectos similares, o la posibilidad de que hubiera adquiridoaquellos conocimientos mediante comunicación telepática establecida entre mi prima yel cerebro de su propia hija. En consecuencia, dije pocas cosas, pero escuché con unainquietud que fue aumentando de forma horrible. -Descubrió instantáneamente el camino a través de los jardines, como si hubierajugado en ellos durante toda su vida; y continúa dibujando figuras de gente, hombresy mujeres, con vestidos antiguos; ya sabes a qué me refiero, la clase de ropas quellevaban nuestros antepasados... -¡Bien, bien, bien! -le interrumpí, lleno de impaciencia-. ¿Qué otra cosa puede sermás natural? Tiene los años suficientes como para haber visto dibujos que ahora puederecordar con la exactitud necesaria como para dibujarlos... -Claro -admitió mi prima con calma, aunque se trataba de una calma debida alterror que erosionaba su propia alma, haciendo desaparecer todas las otras pequeñasemociones-. Claro, pero uno de los rostros que ha dibujado es el de... un retrato. Se levantó de repente y se acercó más a mí, pasando junto al gran hogar de piedra,bajando el tono de su voz hasta convertirlo en un murmullo. -George, es la misma imagen de ese terrible... ¡de Lorne! Debo admitir que aquella noticia me produjo un escalofrío, pues precisamente aquelantepasado, por parte de mi padre, había influido mucho mi imaginación infantil, alescuchar la crueldad y la maldad empleada por él en el pasado. Pero ahora creo que elestremecimiento que bajó por mi espina dorsal fue debido al pensamiento de mipequeña Aileen hubiera dirigido su memoria y su lápiz hacia un objeto tan vil. Esepensamiento y la palidez del rostro de mi prima, muy alarmada, se combinaron parahacerme estremecer. Sin embargo, dije lo que, en aquellos momentos, me pareció másprudente y razonable. -Si continúas así, Theresa, dentro de poco terminarás por decirme que la casa estáembrujada -sugerí. Ella encogió los hombros con una indiferencia que me pareció muy elocuente encuanto a la fuerza de este otro terror, menos preocupante. -Sería muy fácil enfrentarse a eso -dijo, sin levantar siquiera la mirada-. Unfantasma permanece en un sitio. Aileen difícilmente se lo podría llevar consigo. Creo que los dos disfrutamos del silencio que siguió. Aquello me proporcionó tiempopara reunir mis fuerzas, pues sabía lo que iba a venir. Y también le dio tiempo a ellapara situar los demás hechos dentro de un esquema con algunas pretensiones decoherencia. -¿Te he contado ya lo del cinturón? -preguntó finalmente, con debilidad, como si lascosas insoportables que ella anhelaba rechazar la obligaran a que surgiera la preguntaen sus labios. La pregunta me golpeó como si me acabaran de introducir la hoja de una espada enel pecho... Sacudí la cabeza. -Bueno, hace un año o dos, sintió aquel extraño disgusto por llevar un cinturón ensus vestidos. Pensamos que se trataba de un capricho, y no cedimos. Los cinturonesson necesarios, ya lo sabes, George -trató de sonreír tímidamente-. Pero ahora, lacuestión ha llegado hasta tal punto que he tenido que concederlo. -¿Quieres decir que le disgusta llevar un cinturón alrededor de su cintura? -pregunté, luchando contra un sobresalto repentino e inexplicable en mi corazón.
    • -Eso la hace llorar. Desde el momento en que siente algo que la rodea por la cadera,empieza a gimotear y se retuerce y se esconde, de modo que al final me he vistoobligada a ceder. -¡Pero, Theresa! ¿Realmente...? -Ella asegura que el cinturón la oprime y que nunca podrá volver a liberarse y otrasmuchas cosas. ¡Oh! Su temor es terrible, ¡pobre niña! Su rostro adquiere ese terriblecolor gris, ¿lo conoces? Hasta el propio Kempster, que siempre es demasiado firme, hatenido que ceder. -¿Y qué más? Me disgustaba mucho tener que escuchar aquellos detalles. Eso me dolía, sentíarabia por no poder aliviar inmediatamente el dolor de la niña. -La forma en que se dirigió a mí cuando se marchó el doctor Hale... ya sabes loamable y gentil que es el doctor, y cómo le gusta a Aileen, que siempre juega con él yse sienta en sus rodillas. Bueno, pues él estaba hablando de su dieta, regulándola ydándome instrucciones, diciéndole a ella que no debía comer esto y aquello... en fin,todo eso. De pronto, ella se puso de nuevo de ese horrible color gris, saltó de susrodillas lanzando un grito, esa clase de grito agudo que ella tiene y que se me clavacomo un cuchillo, George, y echó a correr hacia su habitación, encerrándose en ellacon llave. ¿Y qué crees que se llevó? ¡Todo el pan, las manzanas, la carne fría y otrosalimentos que pudo encontrar! -¡Alimentos! -exclamé, sintiendo otro espasmo de dolor. -Cuando, horas más tarde, conseguí que saliera de la habitación, estaba temblandocomo una hoja y se arrojó a mis brazos, completamente agotada. Y todo lo que pudeconseguir que me dijera fue algo que repitió una y otra vez con toda clase de súplicas ycon un tono de voz tan conmovedor que me hizo sangrar el corazón... Mi prima dudó un instante. -Dímelo en seguida. -«Volveré a morirme de hambre. Volveré a morirme de hambre.» Esas fueron laspalabras que dijo. Las estuvo repitiendo una y otra vez, entre sollozos. «Me quedarésin nada que comer. Volveré a morirme de hambre.» Y, ¿podrás creerlo?, mientraspermaneció oculta en su habitación, tragó tantos pasteles y tantas clases de comidaque estuvo muy enferma durante un par de días. Es más, ahora odia tanto el ver aldoctor Hale, pobre hombre, que resulta inútil que él intente verla. Le hace más malque bien. Me levanté y comencé a caminar de un lado a otro del gran vestíbulo, mientras ellaseguía contándome todo esto. Dije pocas palabras. En mi mente se desgarraban ycruzaban extraños pensamientos, elevándose ante mí como si procedieran de unasprofundidades de sombras increíblemente densas. Sin embargo, encontré muy pocascosas que decir, porque las teorías y las especulaciones sirven de muy poco comoayuda práctica... a menos que dos mentes las puedan comprender juntas. -¿Y el resto? -pregunté amablemente, colocándome detrás de su silla y descansandoambas manos sobre sus hombros. Ella se levantó inmediatamente y se volvió para mirarme. Temí demostrardemasiada simpatía antes de que aparecieran las lágrimas. -¡Oh, George! -exclamó-. Me siento muy aliviada por el hecho de que hayas venido.Eres realmente una persona fuerte y reconfortante. El sentir tus grandes manos sobremis hombros me anima. Pero ¿sabes?, me siento real y sinceramente asustada por laniña... -No te quedarás aquí, ¿verdad? -Nos marchamos a finales de esta misma semana -contestó-. Ya sé que no meabandonarás hasta entonces. Y Aileen estará bien mientras tú permanezcas aquí, puesejerces sobre ella una influencia extraordinariamente beneficiosa. -Bendice su pequeña y atormentada imaginación -dije-. Puedes contar conmigo.Esta misma noche haré que me traigan mis cosas de la ciudad.
    • Y entonces me contó lo que sucedía con la habitación. Era bastante simple, peroexpresaba una certidumbre sobre algo mucho más horrible que todos los demásdetalles juntos. Había una habitación en el piso bajo, destinada a ser utilizada en losdías húmedos, cuando la habitación de la niña se encontraba demasiado alejada parallegar a ella con unas botas llenas de barro... y Aileen no podía entrar en aquellahabitación. ¿Por qué? Nadie podía decirlo. Los hechos eran que, en el momento en quela niña penetró en ella por primera vez, seguida muy de cerca por su madre, sedetuvo, se tambaleó y casi se cayó al suelo. Después, lanzando gritos que fueronescuchados hasta por los jardineros que trabajaban en el exterior arreglando el caminode grava, se lanzó de cabeza contra la pared, mejor dicho: contra un rincóndeterminado de ésta, y la golpeó con sus pequeños puños hasta que se le desgarró lapiel, dejando manchas de sangre sobre el papel. Todo esto sucedió en menos de unminuto. Su madre quedó demasiado conmocionada y estupefacta como para recordarlas palabras que la niña gritó tan frenéticamente, y ni siquiera pudo escucharlasadecuadamente. Aileen casi la tiró al suelo en sus desconcertantes esfuerzos porencontrar la puerta y escapar de allí. Y lo primero que hizo, una vez lo consiguió, fuedesvanecerse sobre el suelo de piedra del pasillo exterior. -Y ahora dime, crees que eso son invenciones suyas? -preguntó Theresa en unmurmullo, incapaz de evitar el temblor de sus labios-. ¿Crees que se trata simplementede parte de una historia que ella se ha inventado y en la que representa un papel? Nos miramos el uno al otro, directamente a los ojos, durante algunos segundos. Elterror existente en el corazón de ella salió de él y se apoderó también del mío... unterror de otro tipo, mucho mayor. -Ya es muy tarde -dije, al fin-. Hablar con ella ahora sólo contribuiría a excitarlainnecesariamente. Pero mañana hablaré con Aileen. Y si parece prudente... puede...puede que sea capaz de ayudarla también de otra forma -añadí. Así pues, hablé con ella... al día siguiente. IV Siempre gocé de su confianza y eso hacía que existiera entre esta pequeña niña deojos oscuros y yo una intimidad que convertía en verdadera delicia cualquier juego oconversación. Sin embargo, por regla general y sin darme a mí mismo ninguna razónsatisfactoria, prefería hablar con ella a la luz del sol. No era extraña, excepto por lasingularidad y misterio de su pequeño corazón, pero tenía una forma de sugerir otrasformas de vida y existencia susceptibles de rodearnos, que me hacía mirar a mialrededor en la oscuridad, preguntándome qué ocultarían las sombras, o qué meesperaba al otro lado de la próxima esquina. Estábamos en el prado, donde los tejos extendían pobladas sombras, y el aire suavepermitía tomar el té fuera de la casa, mientras mi prima hacía unas llamadastelefónicas; Aileen había acudido y estaba interrogándome sobre mis manuscritos, deun modo que me enojaba, pues le había estado leyendo mis mejores cuentos y ellaseguía haciéndome preguntas que ponían de manifiesto mis limitaciones. Tambiénrecuerdo que me sentí contento de ver cómo el perro pastor iba de un lado a otro,junto a nosotros, corriendo precipitadamente y ladrando a las golondrinas quecruzaban el prado. -Sólo algunas de tus historias son ciertas, ¿verdad? -me preguntó de repente. -¿Y cómo sabes tú eso, pequeña crítica? Había estado esperando un comienzo de la conversación por parte de ella misma.Cualquier cosa que hubiera intentado forzar por mi parte, habría sido sospechada porella. -¡Oh! Me lo figuro. Entonces se levantó, acercándose a mí y, sin ninguna clase de invitación por miparte, me murmuró: -Tío, ¿es cierto que he estado contigo en otras partes? ¿Y no son sólo las cosas quehicimos allí las que forman las verdaderas historias?
    • La apertura de la conversación estaba llegando a mis manos de un modo perfecto ycompleto. No puedo comprender cómo me aproveché de ella de un modo tan extraño...quiero decir cómo fue que las palabras y el nombre surgieron por su propia cuenta,como si yo estuviera diciendo algo en una especie de sueño. -Claro, mi pequeña lady Aileen, porque, ¿sabes?, en la imaginación, nosotros... Pero antes de que tuviera tiempo para terminar la frase con la que esperaba sacar ala luz las verdaderas interioridades de su propia tensión, ella se acurrucó sobre mí,hecha un ovillo. -¡Oh! -gritó con una apasionada v repentina explosión-. Entonces, ¿sabes minombre? ¿Conoces toda la historia... nuestra historia? Estaba muy excitada, con el rostro ruborizado, los ojos saltones y con todas lasemociones de una vida rebosante de experiencias acumuladas en su pequeña persona. -Desde luego, señorita Inventora, conozco tu nombre -dije rápidamente, extrañadoy sintiendo una repentina opresión en mi garganta y que resultaba horrible. -¿Y sabes también todo lo que hicimos en este lugar? -siguió preguntando,señalando con una creciente excitación hacia los espesos muros de la vieja casa,cubiertos de hiedra. Mi propia emoción aumentó extraordinariamente, al mismo tiempo que sentía comouna rápida y precipitada inquietud trastornaba todos mis cálculos. Porque, de pronto,me di cuenta de que al llamarla «lady Aileen» no había pronunciado el nombre comosolía hacerlo. Mi lengua había efectuado un truco con las consonantes y las vocales,aunque, en el momento de pronunciarlo, fui incapaz de darme cuenta del cambio.«Aileen» y «Helen» son sonidos casi intercambiables... ¡Y yo dije, en realidad, «ladyHelen!» Este descubrimiento me hizo contener la respiración por un instante... así como porla forma en que ella captó el nombre, haciéndolo suyo. -¿Sabes? Nadie más me conoce como «lady Helen» -siguió murmurando-, porqueeso sólo aparece en nuestra historia, ¿verdad? Y ahora soy simplemente AileenLangton. Pero no me parece mal que lo sepas. ¡Oh! Me siento tan terriblementecontenta de que lo sepas. ¡Muy contenta! ¡Sí, muy contenta! Por un instante me sentí perdido en busca de palabras. Deseaba profundamenteguiar las «dolorosas historias» de la niña hacia canales más prudentes, ayudándola asía aliviar su dolor. Dudé un momento, en busca de la clave adecuada. Murmuré algotranquilizador sobre «nuestra historia», mientras buscaba vigorosamente en mi menteel mejor camino de explicarle todo su terror por el cinturón, el temor a morirse dehambre, el que gritara en aquella habitación y todo lo demás. Todo lo que deseabaansiosamente extraer de su pequeña y torturada mente, sustituyéndolo por algún otrosueño más luminoso. Pero la insidiosa experiencia había afectado un poco mi propia confianza y estasexplicables emociones destruyeron mi prudencia. La pequeña Inventora habíaconseguido llevarme a la realidad de su propia «historia» con una convicción que sehallaba incluso más allá de la brujería. Y la siguiente frase que dejó caer casiinstantáneamente sobre mí, terminó por completar mi desconcierto... -Contigo -me dijo en un susurro-, contigo podría entrar en la habitación. Pero sola...no podría nunca. El aire primaveral, que murmuraba en los tejos situados detrás de nosotros, metrajo en aquellos instantes algo procedente de los días casi olvidados de la infancia;algo que me hizo temblar. De mis profundidades surgió una oleada de pasión perdida -perdida porque no supuse ni su origen ni su naturaleza-, enviando débiles mensajeshacia la superficie de mi conciencia. Aileen, la pequeña revoltosa, cambió entoncesante mis propios ojos, mientras permanecía allí, cerca de. mí... Cambió paraconvertirse en una figura alta y melancólica, que me llamaba a través de mares detiempo y distancia, con la confusión de los tiempos en sus ojos y en sus gestos... Me vi
    • obligado a dirigir mi mirada hacia ella, haciendo un esfuerzo para volverla a ver comola niña de pelo desmelenado que estaba acostumbrado a... Entonces, sentado en la inestable silla del jardín, la coloqué sobre mi rodilla,decidido a extraer toda la historia de su mente. Estaba situado de espaldas a la casa;sin embargo, ella estaba colocada en un ángulo que le permitía observar las puertas yventanas. Digo esto porque, apenas había comenzado mi ataque, cuando vi que suatención se desviaba y que parecía sentirse curiosamente inquieta. En una o dosocasiones, cuando cambió ligeramente su posición para ver mejor algo que estabasucediendo por encima de mi hombro, me di cuenta de que un ligero temblor setransmitía desde su pequeña persona a mis rodillas. Parecía estar esperando algo...con temor. -Llevaremos a cabo una expedición especial, armados hasta los dientes -dije,sonriendo, refiriéndome a sus singulares palabras sobre la habitación-. Enviaremosprimero a «Pat» para que ladre a las telarañas, y nos llevaremos muchas provisionesy... y agua, para el caso de que tengamos que resistir un asedio... y una lima... No puedo pretender el comprender por qué elegí aquellas palabras precisas... o porqué parecía como si surgieran de mí otros pensamientos diferentes a los que intentabadecir, pugnando por expresarse. Parecía como si, todo lo que pudiera hacer fuera dejarde decir un montón de cosas sobre la habitación que sólo podrían haberla asustado, enlugar de tranquilizarla. -¿Hablarás también dentro de la pared? -me preguntó, dirigiendo de repente susojos hacia mí, ruborizándose un poco con una llamarada de pasión. Y aunque no tenía ni la menor idea de lo que ella quería decir, la pregunta meprodujo una agonía de anhelante dolor. Comprendí inmediatamente que «hablar dentrode la pared» se refería al núcleo de su problema, a la misma idea central que laatemorizaba y que proporcionaba todo el sufrimiento y todo el terror a susimaginaciones. Pero no tuve tiempo para seguir la clave que tan misteriosamente se me ofrecía,pues casi en el mismo momento sus ojos se fijaron insistentemente en algo que seencontraba detrás de mí, y pude ver en ellos una expresión de intenso horror, como siella estuviera viendo la aproximación de un peligro que podría llegar a... matar. -¡Oh, oh! -exclamó, conteniendo el aliento-, ¡Se acerca! ¡Se acerca para llevarme!¡Tío George...! ¡Philip! Al parecer, sobré nosotros actuó simultáneamente el mismo impulso, pues me puseen pie de un salto, con los puños crispados, en el mismo instante en que ella abandonómi rodilla y se quedó de píe, con todos sus músculos rígidos, como dispuesta a resistirun ataque. Estaba temblando terriblemente. Su rostro adquirió el color de una sábana. -¿Quién está viniendo? -empecé a preguntar nervioso, pero me detuve al ver lafigura de un hombre que se dirigía hacia nosotros desde la casa. Era el mayordomo... el nuevo mayordomo que acababa de llegar aquella mismatarde. Resulta imposible decir qué había en su aproximación silenciosa y rápida; eraalgo... abominable. Al parecer, el hombre estuvo prácticamente junto a nosotros casien el mismo instante en que le vi, y en el mismo momento Aileen, lanzando un grito, ymirando salvajemente a su alrededor, en busca de un lugar donde ocultarse, searrebujó en mis brazos y escondió el rostro en mi chaqueta. Horriblemente perplejo y, sin embargo, mortificado por el hecho de que el sirvientehubiera visto a mi pequeña amiga en tal estado, hice todo lo que pude por aparentarque aquello no era más que parte de un juego extraño, y levantándola en mis brazos,eché a correr, llamando al perro pastor para que nos siguiera. -¡Vamos, «Pat»! ¡Ella es nuestra prisionera! Sólo la volví a dejar en el suelo cuando llegamos junto a los tilos situados en uno delos extremos del prado. Ella estaba pálida a causa del terror y seguía mirandofrenéticamente a su alrededor, temblando de tal modo que temí que pudiera
    • desvanecerse en cualquier instante a causa de un colapso mortal. Se apretó a mí,agarrándome con unos dedos tensos, que me sujetaban con fuerza. ¡Cómo odiaba yo aaquel hombre! A juzgar por la repentina violencia de mi odio, se diría que podría habersido algún monstruo que deseaba torturarla... -¡Vamonos de aquí, mucho más lejos! -balbució. La cogí de la mano, tranquilizándola lo mejor que pude con mis palabras, mientrasme daba cuenta de que ella sólo deseaba sentir mi gran brazo alrededor de su cuerpo,protegiéndola. Me sentía terriblemente triste por ella, pero lo más extraño de todo eraque no podía hallar nada, ni una sola frase realmente cierta, capaz de reconfortarla. Dehaber dicho en aquellos momentos alguna bobada, no habría conseguido engañar aninguno de los dos, y sólo habría erosionado su confianza en mí, hasta el punto deperder todas las posibilidades que pudiera tener para ayudarla. Hubiera sido como si,ante la vista de un tigre surgiendo del bosque, le dijera que no temiera nada, que nomordería. Sin embargo, conseguí balbucir algo... -Sólo es el nuevo mayordomo. También me ha asustado a mí. Se ha acercado tansuavemente, ¿verdad? ¡Oh! Con qué ansiedad busqué una palabra, algo, que hiciera aparecer aquello comolo más normal posible... pero fue en vano. -¿Pero sabes quién es él... realmente? -me preguntó, con una voz aguda, echando acorrer por el camino y arrastrándome tras ella-. Y sí él vuelve a alcanzarme... ¡Oh, oh!-y lanzó un grito fuerte, ante la angustia de su temor. El temor nos hizo seguir andando por el camino que corría entre los matorrales. -Aileen, querida -grité, rodeándola con los dos brazos, y apretándola estrechamentecontra mí-, no tienes por qué temer nada. Yo siempre te salvaré. Siempre estarécontigo, querida niña. -Tenme siempre en tus fuertes brazos, siempre, siempre. ¿Verdad que lo harás,tío... Philip? -mezcló los dos nombres, y la extraña tensión de su voz me acongojóterriblemente-. Siempre, siempre, como en nuestra historia -rogó mientras volvía aocultar su rostro en mi chaqueta. En realidad, me sentía completamente perdido, sin saber qué hacer; apenas si meatrevía a volverla a llevar a la casa; tenía la sensación de que el volver a ver a aquelhombre podría ser fatal para su razón que ya estaba delicadamente afectada, puestemía un ataque o un paro cardíaco si ella se encontraba de nuevo con aquel hombrecuando yo no estuviera a su lado. Sin embargo, pude tomar fácilmente una decisiónsobre un aspecto. -Le despediré inmediatamente, Aileen -le dije-. Cuando te despiertes mañana, ya sehabrá marchado. Desde luego, mamá no lo tendrá en casa. Aquella afirmación pareció proporcionarle cierto alivio y. al final, sin habermeatrevido a sonsacarle toda la historia, como había esperado hacer en un principio,regresé con ella a la casa, siguiendo caminos ocultos; yo mismo la llevé a su propiahabitación. También me preocupé de dar las órdenes necesarias. Ella no debía volver aver a aquel hombre. Sin embargo, no me explicaba por qué deseaba tan ansiosamenteque yo hiciera algo atroz, lo suficiente como para poder cortar su vida de raíz, ymatarle... Pero mi prima, alarmada hasta el punto de tomar medidas incluso frenéticas, tuvofinalmente una buena sugerencia que hacerme: me pidió que sacara de allí a la afligidaniña al día siguiente, que fuera a Harwich y me la llevara durante una semana por elMar del Norte, cambiando así por completo de escenario. Entretanto, yo había llegadoya al punto en el que me convencí a mí mismo de que el experimento que hastaentonces me sintiera incapaz de hacer, se había convertido en algo permisible e inclusonecesario. El hipnotismo debería poder extraer la historia de aquella menteobsesionada, sin que ella se diera cuenta de nada, en el supuesto de que pudiera
    • introducirla en un estado de trance lo bastante profundo. En tal caso, podría borrartambién el recuerdo de su conciencia exterior, de un modo tan completo que quizápudiera conocer al fin un poco de la felicidad propia de la niñez. V Eran más de las diez y yo aún estaba sentado en el gran salón, ante el fuego deleños, hablando en voz baja. Mi prima permanecía sentada frente a mí, en un cómodosillón. Habíamos discutido con bastante amplitud la cuestión y la profunda inquietudque sentíamos revestía de un ambiente lóbrego no sólo nuestras mentes, sino hasta elpropio edificio. Creo que, de la emoción que nos preocupaba tan profundamente aambos, era bastante elocuente el hecho de que, instintivamente, ninguno de los dos serefiriera a la posible asistencia de los médicos. Me refiero a la emoción que sedesprendía de la vivida sensación de realidad de todo el asunto. Ninguna imaginacióninfantil podría habernos subyugado de tal forma, ni haber extendido una red queenmarañaba nuestras mentes hasta el punto de hacernos sentir aquella confusión yconsternación. Para mí resultaba ahora perfectamente comprensible que mi prima sehubiera sentido tan desamparada ante los convincentes efectos de la calamitosatensión de la niña. Aileen estaba viviendo una realidad, y no una Invención. Este era elhecho que colmaba los salones oscuros y los pasillos situados tras de nosotros. Yo yaodiaba hasta aquel mismo edificio. Parecía estar cargada hasta el techo con recuerdosde melancolía y antiguo dolor que estremecían mi corazón, como vientos helados. Sin embargo, y actuando a propósito, me las arreglé para aparentar cierto grado debuen humor y oculté a mi prima toda mención sobre los ataques que ciertas emocionese ideas habían provocado en mí mismo. No le dije nada sobre el hecho de haberllamado a la niña «Lady Helen», en lugar de «Lady Aileen»; tampoco comenté el queella me llamara «Philip», ni el que me incluyera fugazmente en su «historia», y, nimucho menos, comenté mi propia y singular aceptación del role. No consideréprudente mencionar todo lo que la vista del nuevo sirviente, con su siniestra caracetrina y sus sigilosas aproximaciones, había despertado en mis pensamientos. Nisiquiera permití que estas cosas emergieran constantemente hacia la superficie de mimente porque, sin duda alguna, se habrían puesto de manifiesto en mi estado deánimo, al menos con la suficiente fuerza como para que la intuición de una mujer lasadivinara. Hablé de pasada sobre la «habitación» y sobre la singular aversión de Aileenhacia ella, así como sobre su observación acerca de «hablar dentro de la pared». Sinembargo, extraños pensamientos se fueron abriendo paso en nuestras dos mentes. Enel salón, las cabezas disecadas de los venados, las zorras y los tejones nos mirabanfijamente como máscaras de cosas aún vivas por debajo de sus pieles muertas. -Pero lo que más me inquieta de todas sus ilusiones -dijo mi prima, mirándome conunos ojos que no pretendían ocultar cosas oscuras- es su extraordinario conocimientode este lugar. Te aseguro, George, que fue la cosa más misteriosa que heexperimentado jamás, sobre todo cuando me enseñó el lugar y me hizo preguntas,como si en realidad hubiera estado viviendo aquí. Su voz se convirtió en un susurro, y levantó la mirada, asombrada. Por unmomento, me pareció que alguien se estaba acercando para escuchar, moviéndose ahurtadillas a lo largo de alguno de los oscuros pasillos que conducían al salón. -Puedo comprender tu extrañeza -empecé a decir rápidamente. Pero ella me interrumpió inmediatamente. Sin duda alguna, le producía un ciertoalivio decir las cosas, sacándolas del lugar de la mente donde las ocultaba y donde lecreaban nuevas actitudes angustiosas. -George -dijo en voz más alta-, existe un límite para la imaginación. Aileen sabe loque dice. Eso es lo más terrible de todo... Algo pareció saltar a mi garganta. Mis ojos se humedecieron. -El horror al cinturón... -susurró ella, sintiendo aversión por sus propias palabras. -Olvídate de ese pensamiento -le dije, con decisión.
    • Aquel detalle me dolió inexplicablemente... mucho más de lo que se puedaimaginar. -Quisiera poder hacerlo -me contestó-, pero si hubieras visto su cara cuandoforcejeaba... y el... el frenesí con que escuchó las palabras sobre la comida y hablósobre morir de hambre... Me refiero a las palabras del doctor Hale.. ¡Oh! Si hubierasvisto todo eso, comprenderías que yo... Se interrumpió con un sobresalto. Alguien había penetrado en el salón, por detrásde nosotros, y estaba de pie junto al dintel de la puerta, en el extremo más alejado. Lapersona que escuchaba se nos había acercado desde la oscuridad. Theresa sintió lapresencia, a pesar de que estaba vuelta de espaldas, y se levantó instantáneamente. -No necesita esperarnos, Porter -dijo, en un tono de voz que sólo velaba débilmenteel recelo que se ocultaba tras él-. Ya apagaremos nosotros mismos las luces. Y el hombre se alejó como una sombra. Mi prima intercambió conmigo una rápidamirada. Desapareció entonces una sensación de oscuridad que pareció haber llegadocon la presencia del sirviente. Me resulta imposible explicar por qué razón ni yo ni miprima encontramos nada que decir durante varios minutos. Pero creo que aúnresultaba más misterioso explicar por qué los músculos de mis dos manos secontrajeron involuntariamente con tal fuerza que hinqué las uñas en las palmas, ni porqué se extendió por toda mi sangre el violento impulso de saltar sobre aquel hombre yestrangularlo, asfixiándole antes de que pudiera respirar más. Nunca, ni antes nidespués, he experimentado aquel deseo, aparentemente sin causa alguna, deestrangular a alguien. Y espero no volver a sentirlo nunca. -Siempre está dando vueltas por ahí -fue todo lo que pudo decir mi prima al cabo deun rato-. Siempre está observándonos... Pero mis propios pensamientos estaban horriblemente ocupados, y me estabapreguntando cómo era posible que aquella fea y siniestra criatura había podido seraceptada en la historia que vivía Aileen y en la que yo mismo estaba empezando acreer poco a poco. Para mí fue un verdadero alivio cuando, hacía la medianoche, Theresa se levantó delsillón para marcharse a la cama. Habíamos estado dándole vueltas a los horrores delsufrimiento que se habían apoderado de la niña, sin llegar siquiera a enfrentamosdirectamente con el fondo de la cuestión, y mientras permanecíamos allí, encendiendolas velas, con voces susurrantes, nuestras mentes se cargaron con la tensión de lospensamientos que ninguno de nosotros había creído prudente expresar. Mí prima seapoyó de espaldas contra la pared y se quedó mirando fijamente la oscuridad dearriba, allí donde la escalera bordeaba el hueco de la casa. Lanzó un grito. Al principio,creí que iba a desmayarse. Sólo tuve tiempo de recogerle la vela. Todos los sentimientos de temor que había estado reprimiendo durante nuestraconversación, surgieron entonces en aquel breve grito, y cuando levanté la miradapara descubrir la causa, vi a una pequeña figura blanca bajando lentamente la ampliaescalera, estando ya a punto de entrar en el vestíbulo. Era Aileen, con los piesdescalzos y su pelo moreno cayéndole sobre el camisón, con los ojos muy abiertos yuna expresión de angustiosa expectación en ellos que, posiblemente, nunca habríapodido expresar basándose en los conocimientos adquiridos durante sus tiernos años.Andaba con firmeza, pero, de algún modo, no lo hacía como podía haberlo hecho unaniña de su edad. -¡Alto! -susurré perentoriamente a mi prima, llevando rápidamente mi mano haciasu boca e impidiendo que continuara su primer impulso de acudir hacia su hija-. No ladespiertes. Está andando en sueños. Aileen pasó junto a nosotros como una sombra blanca, apenas audible, y atravesódirectamente el salón. Era completamente inconsciente de nuestra presencia. Evitandotodos los obstáculos de sillas y mesas, moviéndose con decisión y como si persiguieraun propósito definido, la pequeña figura penetró en las sombras situadas en uno de los
    • extremos del salón y desapareció de la vista por la boca del pasillo que conducía haciadonde -trescientos años antes- se encontrara el ala del edificio en la que ahora crecíanlas hayas de hojas oscuras, sobre el prado. No cabía la menor duda de que, para ella,se trataba de un camino muy familiar. Después de recuperarme de mi sorpresa empecéa moverme, dispuesto a seguirla. Theresa volvió a encontrar su voz y gritó en voz alta,con un sonido agudo y discordante que rompió el silencio de la noche: -¡George! ¡Oh, George! Va hacia esa terrible habitación... -Trae la vela y sigúeme -le dije, cuando ya estaba al otro lado del salón-, pero nointerrumpas a menos que te llame. Y seguí a la niña a una velocidad a la que me impulsaba la más singular mezcla deemociones que jamás haya conocido. Todo lo que había en mí de vivo estaba dominadopor una sensación de trágico desastre. Todo lo que hacía parecía surgir de algunaregión del subconsciente de mi mente, donde las pasiones obsesionantes de un pasadoprofundamente enterrado se agitaban en su sueño y despertaban. -¡Helen! -grité-. ¡Lady Helen! Me encontraba cerca de aquella deslizante figura. Aileen se volvió y, por primeravez, pareció verme con ojos que parecían oscilar entre el sueño y la plena consciencia.Me miraron directamente, por encima de la llama balbuciente de la vela, y despuésdudaron. Del mismo modo, el gesto que hizo con sus pequeñas manos hacia mí quedódetenido antes de ser completado. Me veía, sabía de mi presencia, pero tenía dudassobre quién era yo. Fue asombrosa la forma en que sorprendí ésta indecisiónmomentánea entre las dos personalidades existentes en ella, captando las dos fases desu consciencia, discerniendo a la Aileen de hoy en el momento de despertarse paradarse cuenta de que yo, su «tío George», estaba allí, y aquella otra Aileen de su gran yoscura historia, la «Helen» de algún ayer lejano que, en aquella condición desonambulismo, la había impulsado a acudir a la escena del pasado en la que nuestrasdos vidas estaban unidas en su imaginación. Porque, para mí, estaba bastante claroque la niña soñaba, durmiendo, la acción de la historia vivida en los momentos en que,despierta, sentía todo su terror. Pero la elección fue rápida. Tuve el tiempo justo para hacer señas a Theresa,indicándole que dejara la vela sobre una estantería y esperara, cuando Aileen se dirigióhacia mí, extendió sus manos, completando el primer gesto, y cayó entre mis brazoscon un suave grito de amor y de angustia que, por venir de aquellos labios infantiles,creo que fue el sonido humano más conmovedor que jamás haya escuchado. Ella se diocuenta y me vio, pero no como el «tío George» del momento actual. -¡Oh, Philip! -gritó-. Después de todo, has venido... -Claro, querida -le susurré-. Claro que he venido. ¿Acaso no te prometí que vendría? Sus ojos escudriñaron mi rostro y después se posaron en mis manos, que sosteníancon fuerza sus pequeñas y frías muñecas. -Pero... pero... -tartamudeó como comentario-, ¡no están cortadas! ¡Te las hanvuelto a poner por completo! Me salvarás y nos marcharemos de aquí y nosotros,nosotros... La expresión de su rostro se transformó, adquiriendo una gran confusión, llena deperplejidad. Pareció temblar sobre sus pies. Probablemente estaba a punto dedespertarse; volvió a sentir de nuevo una cierta indecisión y duda en cuanto a miidentidad. Sus manos se resistieron a la presión de las mías; retrocedió medio paso; ensus ojos surgió la consciencia superficial del presente. Una vez despierta, expulsaríaaquella pasión, profundamente extraña, y el misterio que obsesionaban suspensamientos y sus recuerdos se zambullirían en los rincones, más profundos de suser. Me daba cuenta de que, una vez despierta, la perdería, y con ello perdería tambiénla oportunidad de conocer la historia completa. La oportunidad era única. Escuché lospasos de mi prima, aproximándose detrás de nosotros, descendiendo por el pasillosobre las puntas de los pies... y tomé una decisión inmediata.
    • En estado de sueño profundo, desde luego, se está muy cerca de la condición detrance, y numerosos experimentos me han enseñado que el espíritu humano puedeverse sujeto a la influencia del hipnotismo con mucha mayor rapidez cuando se estádormido que cuando se está despierto; porque si el hipnotismo significa principalmente-como yo sostenía entonces- la fusión de la pequeña consciencia superficial y cotidianacon el profundo mar de la consciencia subliminal, debajo de aquélla, entonces elproceso comienza ya parcialmente en el sueño profundo, y su aparición final ninecesita mucho tiempo, ni es una cuestión difícil. Era el extraordinariamente activosubconsciente de Aileen el que «inventaba» o «recordaba» la oscura historia queobsesionaba su vida, era su región subconsciente la que emergía hacia la superficiecon excesiva frecuencia... Profundizando aún más su estado de sueño, podríaenterarme de toda la historia... Detuve la aproximación de su madre con una señal, que intenté fuera claramentecomprendida, y que, en efecto, comprendió, y di inmediatamente los pasos necesariospara zambullir el espíritu de aquella pequeña niña sonámbula en la región delsubconsciente que la había llevado hasta allí, donde se encontraban las claves de todossus poderes, de la memoria, el conocimiento y la creencia. Sólo necesitaba dar lospases más simples, ante los que ella se rindió con rapidez y facilidad; entonces volvió aaparecer en sus ojos aquella primera mirada; ya no se tambaleó, ni dudó, sino que seapretó más contra mí, pronunciando el nombre de «Philip» en sus labios. Los dosjuntos avanzamos por el largo pasillo hasta que llegamos ante la puerta de suhorrorosa habitación de terror. Y allí, ya fuera porque Theresa, que nos seguía con la vela, perturbó a la niña -puesel lazo subconsciente con la madre posee un gran e inalterable poder-, o ya fueraporque la ansiedad debilitó mi autoridad sobre su fluctuante estado mental, me dicuenta de que la niña volvía a oscilar y a dudar, mirándome con unos ojos cuyaexpresión decía en parte «tío George» y en parte «Philip». -Entraremos -dije con firmeza-, y verás que no hay nada de qué temer. Abrí la puerta, y la vela que estaba detrás de nosotros dibujó un triángulo de luz enla oscuridad de la habitación. La claridad reflejó un suelo desnudo, unas paredes sincuadros y, apenas visible, el alto techo blanco. Abrí la puerta aún más y penetramos enla habitación cogidos de la mano, con Aileen temblando como una hoja al viento. ¡Cómo renace aquella escena en mi mente, incluso ahora, cuando la escribo,muchos años después de que se produjera! La niña, con su camisón, mirándome enaquella estancia vacía del antiguo edificio, con todas las apasionadas emociones de unahistoria trágica reflejadas en sus pequeños y jóvenes ojos, mientras su madrepermanecía en el pasillo, como un fantasma, temerosa de acercarse, con las sombrasoscilantes arrojadas por la luz de la vela y el suave gemido del viento de la nochecontra las paredes exteriores. Hice oscilar varias veces la vela sobre el pequeño rostro encendido y apretésuavemente mis pulgares sobre sus sienes. -¡Duerme! -le ordené-. ¡Duerme... y recuerda! Mi voluntad se derramó sobre su ser, para controlar y proteger. Ella se sumió aúnmás profundamente en la situación de trance en la que se manifiesta la lucidez delsonámbulo y en la que el ego consciente desaparece por completo. Sus ojos seabrieron más, se hicieron más redondos, se cargaron de recuerdos cuando se dirigieronrápidamente hacia los míos. El presente, que pocos minutos antes amenazó conhacerla recuperar su consciencia, se desvaneció. Ya no me vio como a su tío George,sino como el fiel amigo y amante de su gran historia, como a Philip, el hombre quehabía acudido para salvarla. Allí permaneció, en la atmósfera de los días pasados, en lamisma habitación donde conociera tantos sufrimientos...esta habitación que, tres siglosantes, había conducido, mediante un pasillo, hacia el ala de la casa donde ahoracrecían las hayas de hojas negras.
    • Se apretó más contra mí y pasó sus delgados y desnudos brazos alrededor de micuello, mirándome fijamente a los ojos con una mirada escudriñadora. -Recuerda lo que sucedió aquí -dije resueltamente-. Recuerda y dímelo. Sus cejas se contrajeron ligeramente, como si estuviera haciendo un esfuerzo y,mirando después por encima de su hombro hacia el extremo más alejado de lahabitación, allí donde comenzaba el pasillo en otros tiempos, susurró: -Duele un poco, pero estoy... estoy en tus brazos, querido Philip, y tú me sacarás deaquí, ya sabes... -Yo te protejo y no corres ningún peligro, pequeña -le dije-. Puedes recordar yhablar sin que te duela. Dímelo. La sugerencia, desde luego, actuó instantáneamente, pues su rostro se tranquilizó ylanzó un gran suspiro de alivio. De vez en cuando, yo hacía oscilar la vela delante desu rostro para mantenerla en estado hipnótico. Después, ella habló en voz baja y clara y sus palabras se introducían en mí comouna espada, buscando mis partes más profundas. Me dio la impresión de estarsangrando interiormente. Podría haber jurado que habló de cosas ya sabidas, como siyo también las hubiera vivido. -Esta fue la última vez que te vi -dijo-. Esta era la habitación a la que viniste abuscarme para llevarme lejos de aquí, hacia la felicidad y la seguridad, a salvo de... él-y ya no fueron ni la voz ni las palabras de una niña cuando diio-: Y aquí fue adondeviniste aquella noche de viento y nieve. Penetraste por esa ventana -y señaló laprofunda ventana con alféizar situada detrás de nosotros-. ¿No puedes escuchar latormenta? ¡Cómo aulla y grita! Y el rugido del oleaje en la playa, allá abajo... Dejastelos caballos fuera, los rápidos caballos que iban a llevarnos hacia el mar, para alejarnosdesde allí de todas sus crueldades, y entonces... Dudó un momento y buscó las palabras o los recuerdos; su rostro se oscurecióentonces, con una expresión de dolor y odio. -Cuéntame el resto -ordené-, pero olvida todo tu propio dolor. Y ella me miró, sonriendo, con una expresión de increíble ternura y confianza,mientras yo apretaba aquella figura frágil contra mí. -¿Recuerdas, Philip? -siguió diciendo-. Sabes perfectamente bien cómo fue todo, ycómo él y sus hombres se abalanzaron sobre ti en el instante en que entraste, y cómoforcejeaste y me llamaste, y escuchaste mi respuesta... -Muy lejos... allá afuera... -la interrumpí rápidamente, ayudándola a refrescar sumemoria, partiendo de mis propios recuerdos, profundamente inmersos en un corazónque parecía arder y abrir una cicatriz-. ¡Tú me contestaste desde el prado! -Creías que era desde el prado, pero, en realidad, era allí... desde allí -y señalóhacia un lado de la habitación, a mi derecha. Se estremeció terriblemente y su voz disminuyó de volumen de forma extraña,como si procediera de cierta distancia... casi amortiguada. -¿Allí? -pregunté con un estremecimiento que puso hielo y fuego mezclados en misangre. -En la pared -susurró ella-. Alguien nos había traicionado y él sabía que tú ibas avenir. Me emparedó viva allí, y sólo dejó dos pequeños agujeros para mis ojos, demodo que pudiera ver. Tú escuchaste mi voz llamándote a través de aquellos agujeros,pero nunca supiste dónde estaba. Y entonces... Sus rodillas se doblaron y tuve que sostenerla. Miró de repente, con la torturareflejada en los ojos, por la habitación... hacia el ala antigua de la casa. -No le dejarás que se acerque, ¿verdad? -rogó suplicante y en su voz se percibía laangustia de la muerte-. Creo que le he oído. ¿No son ésos sus pasos en el pasillo? Escuchó, llena de temor, tratando con sus ojos de atravesar la pared y ver más alláde ella, hacía el prado. -No viene nadie, querida -dije, con convicción y autoridad-. Dímelo todo. Dime todolo que sepas.
    • -Yo lo vi todo porque no podía cerrar los ojos -siguió diciendo-. Había un cinturón dehierro alrededor de mi cintura, sujetándome firmemente... un cinturón de hierro delque nunca pude librarme. El polvo se introdujo en mi boca... mordí los ladrillos. Milengua estaba desgarrada, sangrante, pero antes de que pusieran las dos últimaspiedras para acabar de sofocarme, les vi... cortarte las dos manos, de modo que nuncapudieras salvarme... nunca pudieras permitirme salir de allí. Se apartó sin advertencia alguna de mi lado y echó a correr hacia la pared,aporreando la pared con sus manos y gritando en voz muy alta: -¡Oh, pobre, pobre! Sé lo terrible que fue. Recuerdo... cuando estaba en ti y tú mellevabas a mí... ¡Oh, pobre, pobre cuerpo! Ese trueno del último ladrillo, cuando locolocaron casi contra mi boca, y la banda de hierro que me cortaba la cintura, y elahogo, y el hambre y la sed. -¿A quién le estás hablando ahí dentro? -pregunté tenso, conteniendo las lágrimas. -Al cuerpo en el que estaba... el cuerpo que él emparedó... mi cuerpo... ¡mi propiocuerpo! Volvió a echar a correr, regresando a mi lado. Pero antes de que mi hermanalanzara aquel «grito de madre» que penetró en la profunda consciencia de la niña,peturbando sus recuerdos le había dado la orden, con todas mis fuerzas, de «olvidar»el dolor. Y sólo aquellos pocos que están familiarizados con los cambios instantáneosde la emoción que pueden ser producidos por una orden en estado hipnótico,comprenderán que Aileen regresó a mí después de aquel instante de haber estado«hablando dentro de la pared», con la risa en los labios y en sus ojos. La pequeña silueta blanca, con la cascada de pelo negro cayéndole sobre elcamisón, se arrojó entre mis brazos. -Pero te he salvado -grité-. Nunca fuiste realmente emparedada. Te he sacado deahí y te he llevado lejos de él, viajando por el mar, y después siempre fuimos felices,como la gente de los cuentos que terminan bien. Introduje las palabras en ella con mi máxima fuerza e, inevitablemente, ella lasaceptó como si fueran la única verdad, pues se colgó de mí, con su rostro infantil llenode amor y risas, desaparecido ya el horror, alejado el dolor. El cambio se produjo conuna inmediatez caleidoscópica. -Así es que, después de todo, nunca consiguieron cortarte las manos -dijo, con unaactitud vacilante. -¡Mira! ¿Cómo podrían haberlo hecho? ¡Aquí están! -y primero se las mostré ydespués las apreté contra sus pequeñas mejillas, elevando su boca hacia mí parabesarla-. Siguen siendo lo bastante grandes y fuertes como para llevarte a la cama yacariciarte hasta que caiga en un sueño tan profundo que cuando te despiertes por lamañana te hayas olvidado ya de todo lo relacionado con tu oscura historia, de Philip,de lady Helen, del cinturón de hierro, de la muerte por hambre, de tu cruel y viejoesposo, y de todo lo demás. Te despertarás y te sentirás feliz y alegre, como cualquierotro niño... -Si tú lo dices, desde luego, así será -me contestó, sonriendo y mirándome a losojos. Y fue precisamente entonces cuando se produjo aquel impacto abominable que casihizo fracasar por completo todo mi experimento, pues llegó en forma de una fuerzanegra que amenazó al principio con borrar todas mis «órdenes» y dejarlas sin efecto.Al parecer, mi nueva orden en el sentido de que debía olvidarlo todo aún no había sidocompletamente registrada en su ser; la región de consciencia profunda que construía la«historia» no se había hundido aún a una profundidad suficiente, no había traspasadoel umbral. Así, aún estaba a merced de cualquier detalle de su antiguo sufrimiento quepudiera abrirse paso con la fuerza suficiente. Y fue precisamente un detalle así el quese entrometió. Aquel toque de abominación fue calculado con una genialidad realmentesobrehumana.
    • -¡Escucha! -gritó ella, y fue esa clase de grito susurrante que sólo puede producir elmayor de los escalofríos-. ¡Escucha! ¡Oigo sus pasos! ¡Está viniendo! ¡Oh, te dije queestaba viniendo! ¡Está en ese pasillo! -y señaló hacia un lugar de la habitación. Al principio saltó de mis brazos, como si algo la hubiera quemado, y después, casiinstantáneamente, volvió a buscar mi protección. En el intervalo de unos pocossegundos se precipitó hacia el centro de la habitación, se llevó una mano a la orejapara escuchar mejor, y después entornó los ojos, escudriñando el extremo más alejadode la pared. Se quedó mirando fijamente el mismo lugar en el que, en otros tiempos,comenzaba el pasillo que conducía hacia el ala desaparecida. La ventana que mi tío-abuelo había construido en la pared ocupaba ahora el lugar exacto donde se encontraraaquella abertura. Entonces, y por primera vez, Theresa se adelantó precipitadamente y penetró en lahabitación, arrojando la cera líquida de la vela sobre el suelo. Me agarró fuertementede un brazo. Los tres nos quedamos allí... escuchando... escuchando aparentementenada, a excepción del suspiro del aire marino alrededor de las paredes, mientras Aileenpermanecía con los ojos escondidos en mi chaqueta. Yo permanecí erguido, tratandoen vano de captar el nuevo sonido. Recuerdo el rostro de color tiza de mi prima, consus ojos saltones y la vela sostenida oblicuamente. Entonces, de repente, elevó su mano y señaló por encima de mi hombro. Creí quese le iba a desprender la mandíbula de la cara. Y tanto ella como la niña hablaron en elmismo tono de voz, pronunciando las dos frases que elevaron la tensión de lo queestábamos viviendo hasta su punto máximo, en aquella silenciosa habitación. Fueron como dos pistoletazos. -¡Dios mío! ¡Hay un rostro, mirándonos...! -escuché la voz de mi prima,sobresaltada y seca. Y, en el mismo instante, la de Aileen: -¡Oh, oh! ¡Nos ha visto!... ¡Está aquí! ¡Mira!... ¡Volverá a cogerme!... ¡Escóndete lasmanos! ¡Esconde tus pobres manos! Y, volviéndome hacia el lugar que mi prima miraba fijamente, vi con toda seguridadun rostro -aparentemente el rostro de un ser humano vivo-, apretado contra el cristalde la ventana, enmarcado por dos manos, como si estuviera tratando de distinguirnosen la semioscuridad de la habitación. Vi el rápido movimiento de los dos ojos en elinstante en que la débil luz de la vela cayó sobre ellos, y hasta capté fugazmente loshombros inclinados que surgían desde atrás, cuando su propietario, que permanecíafuera, sobre el prado, se inclinó un poco más para ver mejor. Y aunque la aparición seapartó instantáneamente, reconocí en ella, sin el menor género de dudas, el semblanteoscuro y siniestro del mayordomo. Su respiración aún empañaba de vaho el cristal dela ventana. Sin embargo, lo más extraño de todo fue que Aileen, retorciéndose violentamentepara ocultarse entre los escasos pliegues de mi chaqueta, no pudo haber visto lo quevimos nosotros, puesto que su rostro permaneció durante todo el tiempo de espaldas ala ventana, y por la forma en que la sostuve, no pudo haber permanecido ni un soloinstante en posición adecuada para ver. Todo aquello sucedió a sus espaldas... Unmomento después, con sus ojos todavía pegados a mi chaqueta, la llevabarápidamente en mis brazos a través del salón, subía con ella la escalera principal y medirigía hacia su dormitorio. Naturalmente, mi mayor dificultad con ella consistió en mantenerla entre los dosestados de sueño y de consciencia, pues una vez que la metí en la cama y la volví asumir en un trance profundo, fue relativamente fácil controlar su más ligeropensamiento o emoción. Al cabo de diez minutos estaba durmiendo pacíficamente, consu pequeño rostro relajado, alejada ya toda la ansiedad del terror, y con mi imperiosaorden sonando de un extremo a otro de su consciencia en el sentido de que cuando selevantara a la mañana siguiente, todo debería ser olvidado. Finalmente, iba a olvidar...absoluta y completamente.
    • Desde luego, cuando después me dirigí lleno de odio y rabia a la habitación delmayordomo, en el lado de la casa ocupado por los sirvientes, éste tenía una explicaciónperfectamente plausible. Estaba a punto de marcharse a la cama, dijo, cuando el ruidodespertó sus sospechas y, sintiéndose impulsado por su deber, dio una vuelta por losalrededores de la casa, pensando en poder descubrir a los ladrones... Con el salario de un mes en el bolsillo y un considerable grado de estupor en sualma -probablemente, porque el hombre no era culpable de nada peor que haberaterrorizado involuntariamente a una niña-, el mayordomo regresó a Londres al díasiguiente. Y unas pocas horas más tarde, yo mismo viajaba sobre las olas azules delmar del Norte, acompañado por Aileen y por el viejo Kempster, llevando a la niña, pormuy curioso que parezca, hacia la libertad y la felicidad de la misma forma en que su«imaginación» había visualizado su huida en la «historia» de hacía tanto tiempo,cuando ella no era más que lady Helen, mantenida en esclavitud por un esposo cruel, yyo no era más que Philip, su devoto amante. Sólo que, en esta ocasión, su felicidad fue larga y completa. La sugestión hipnóticahabía eliminado de su mente el último vestigio de sus terribles recuerdos; su rostroestaba lleno de alegres sonrisas; la alegría que disfrutó en su viaje y en la semana quepasamos en Amberes no se vio entorpecida absolutamente por ningún nubarrón. Jugóy rió con todo el resplandor de una niña sin obsesiones, y su imaginación quedó curaday libre de aquellas visiones. Cuando regresamos, su madre ya había trasladado de nuevo el hogar a la primeramansión de la familia. Allí llevé a la niña completamente curada y allí estaba mi prima.Yo cogí los antiguos archivos familiares y verifiqué ciertos detalles sobre la historia deLorne, aquel antepasado malvado y semifabuloso, cuyo retrato colgaba en el rincónmás oscuro de las escaleras. Siempre había entendido que su vida fue malvada hastarebosar, pero ni yo ni Theresa sabíamos -o al menos no lo habíamos recordadoconscientemente- que se había casado dos veces y que su primera esposa, lady Helen,había desaparecido misteriosamente, y que sir Philip Lansing, un caballero de lascercanías, del que se suponía que fue el amante de la esposa, emigró poco después aFrancia, dejando que se arruinaran sus tierras y sus propiedades. Pero aún hice otro descubrimiento, que guardé celosamente para mí y que tenía quever con aquella «habitación de terror» de la vieja casa de Norfolk, donde, bajo elpretexto de una renovación necesaria, hice remover las piedras y en el mismo lugarque Aileen solía aporrear con sus manos, pegando puñetazos contra los ladrillos y«hablando en la pared», los obreros, bajo mi supervisión directa, pusieron aldescubierto el esqueleto de una mujer, sujeta al granito por medio de un estrechocinturón de hierro que le rodeaba toda la cintura... el esqueleto de alguna desgraciadaque había sido emparedada viva y había visto acercarse la muerte de la mano de losagudos dolores provocados por el hambre, la sed y la falta de aire... varios siglos atrás.
    • CUANTO TEMOR SURGIÓ DE LA GALERÍA LARGAE. F. Benson Church-Peveril es una casa tan acosada y frecuentada por los espectros, tantovisibles como audibles, que ninguno de los miembros de la familia que habita bajo sumás de media hectárea de tejados verdes se toma en serio los fenómenos psíquicos.Porque, para los Peveril, la aparición de un fantasma apenas si es una cuestión demayor importancia que la aparición del cartero para quienes viven en casas másnormales. Prácticamente, llega todos los días, llama a la puerta (o produce otrosruidos), y se le observa subiendo por el paseo (o en otros lugares). Yo mismo, estandoallí, he visto a la actual Mrs. Peveril, que es bastante corta de vista, escudriñar laoscuridad, mientras nos encontrábamos en la terraza tomando café, después de cenar,y decirle a su hija: -Querida, ¿no es la Dama Azul la que se acaba de meter por entre esos arbustos?Espero que no asuste a «Flo». Silba a «Flo», querida. (Debe decirse que «Flo» es el más joven y precioso de los perros tejoneros.) Blanche Peveril lanzó un rápido silbido y masticó el azúcar que no se había disueltoen su taza de café, mostrando sus dientes blancos. -¡Oh, querida! En realidad, «Flo» no es tan tonto como para que le importe -dijo-.¡La pobre tía Bárbara azul es un fastidio! Cada vez que me la encuentro parece como siquisiera decirme algo, pero cuando yo le pregunto: «¿Qué hay, tía Bárbara?», nuncapronuncia una sola palabra, sino que se limita a señalar hacia alguna parte, endirección a la casa, pero de un modo muy vago. Creo que quería confesar algo ocurridohace doscientos años, pero se ha olvidado de qué se trata. En ese momento, «Flo» lanzó dos o tres ladridos de contento, y salió de los arbustosmoviendo la cola, haciendo cabriolas alrededor de lo que, para mí, parecía ser unespacio perfectamente vacío del prado. -¡Allí! «Flo» se ha hecho amigo de ella -dijo Mrs. Peveril-. Me pregunto por qué sevestirá con esa estúpida tonalidad azul. Por todo lo anterior se puede colegir que incluso en relación con los fenómenospsíquicos hay algo de cierto en ese proverbio que habla de la familiaridad. Pero losPeveril no tratan a sus fantasmas con lo que podríamos considerar como desprecio,pues la mayor parte de los miembros de esa deliciosa familia nunca desprecian anadie, excepto a aquellas personas que, de una forma abierta, no se preocupan enabsoluto por la caza, el golf o el patinaje. Y como todos sus fantasmas son de lafamilia, parece razonable suponer que todos ellos, incluso la pobre Dama Azul,sobresalieron en otros tiempos en la práctica de los deportes al aire libre. Así pues, noalbergan hacia ellos ninguna crueldad o desprecio, sino tan sólo lástima. De hecho, sesienten muy orgullosos de un Peveril que se rompió el cuello en un vano intento porsubir la escalera principal montado en una yegua pura sangre, tras haber realizado unamonstruosa y violenta hazaña en el jardín trasero, y Blanche baja la escalera por lamañana con unos ojos anormalmente brillantes cuando puede anunciar que el maestreAnthony fue «muy ruidoso» la noche anterior. El fue un tipo tremendo en toda laregión (aparte del hecho de haber sido un asqueroso rufián), y a ellos les agradanestas indicaciones que demuestran la continuidad de la enorme vitalidad del maestre.De hecho, se supone que cuando uno acude a Church-Peveril, es un cumplido que se leasigne un dormitorio que suela ser frecuentado por miembros difuntos de la familia.Eso significa que uno es considerado lo bastante como para mirar a la augusta ymalvada muerte, y uno se encontrará alojado en alguna cámara abovedada o cubiertade tapices, sin poder disfrutar de la comodidad de la luz eléctrica, y se le dirá que,ocasionalmente, la tataradeuda Bridget tiene cosas ambiguas que hacer junto a lachimenea, pero que es mejor no hablarle, y que podrá uno escuchar a maestreAnthony «terriblemente bien» si se le ocurre subir por la escalera principal cualquiermomento antes del amanecer. Y allí queda uno, para su reposo nocturno y, habiéndosedesnudado temblorosamente, comienza de mala gana a apagar las velas. Estas
    • grandes cámaras están llenas de corrientes de aire, y los solemnes tapices se mueven,oscilan y se calman, y la luz del fuego de la chimenea baila sobre las formas decazadores y guerreros y duras escenas de persecución. Después se mete uno en lacama, una cama tan enorme que siente uno como si se acabara de extender bajo sucuerpo el desierto del Sahara, y reza, como los marineros que navegaron con SanPablo, para que amanezca el nuevo día. Y, durante todo el tiempo, sabe uno muy bienque Freddy y Harry y Blanche, y posiblemente hasta la misma Mrs. Peveril, sonbastante capaces de vestirse de etiqueta y llamar inquietantemente a tu puerta, demodo que cuando uno termina por abrirla, se enfrenta con algún horror imposible dedefinir. En cuanto a mí mismo, me aferré firme y tenazmente a la afirmación de quepadecía una oscura enfermedad valvular en el corazón, así es que pude dormir, sin quenadie me molestara, en la nueva ala de la casa, hacia donde nunca penetran ni la tíaBárbara, ni la tataradeuda Bridget, ni el maestre Anthony. He olvidado los detalles dela tataradeuda Bridget, pero, sin duda alguna, le cortó el cuello a algún pariente lejanoantes de que se arrancara las entrañas ella misma con el hacha que había sidoutilizada en Agincourt. Antes de eso, había llevado una vida muy apasionada, plagadade incidentes asombrosos. Pero hay en Church-Peveril un fantasma ante el que nunca se ríe la familia, y por elque no sienten ningún interés amistoso o divertido, y del que sólo hablanestrictamente lo necesario para la seguridad de sus invitados. En realidad, debería serdescrito como dos fantasmas, pues la «aparición» en cuestión es la de dos niños muyjóvenes, que fueron hermanos gemelos. A estos niños, la familia se los toma muy enserio, y no sin razón. Su historia, tal y como me la contó Mrs. Peveril, es la siguiente: En el año 1602, el último del reinado de la reina Isabel, un cierto Dick Peverildisfrutaba de un gran favor en la corte. Era hermano del maestre Toseph Peveril, queera por aquel entonces el propietario de la casa y de los terrenos de la familia, y quedos años antes, a la respetable edad de setenta y cuatro años, se convirtió en el padrede dos gemelos, los primeros de su progenie. Se sabe que la real y anciana virgen lehabía dicho al elegante Dick, que era casi cuarenta años más joven que su hermano: -Es una lástima que no seas el dueño de Church-Peveril. Y, probablemente, estas palabras le sugirieron un plan siniestro. Fuera como fuese,el elegante Dick, que mantenía de forma adecuada la malvada reputación de la familia,cabalgó hasta Yorkshire, donde se enteró de que, muy convenientemente, su hermanoJoseph acababa de sufrir un ataque de apoplejía, que parecía ser el resultado de uncontinuado período de calor, combinado con la necesidad de calmar su sed con unaexcesiva cantidad de líquido, y terminó por morir mientras el elegante Dick, con Diossabe qué pensamientos en su mente, viajaba hacia el norte. Y ocurrió que llegó aChurch-Peveril con el tiempo justo para asistir a los funerales de su hermano. Asistió alas exequias con gran corrección y regresó para pasar uno o dos días de compasivoduelo con su cuñada viuda, que era una dama de corazón débil, poco adecuada paraunirse a halcones como éste. Durante la segunda noche de su estancia, Dick hizo loque los Peveril lamentan hasta ahora. Penetró en la habitación donde dormían losgemelos con su niñera y estranguló tranquilamente a esta última, mientras dormía.Después cogió a los gemelos y los puso en el fuego de la chimenea que calienta lalarga galería. El tiempo, que había sido tan caluroso hasta el mismo día de la muertede Joseph, había cambiado de repente hasta pasar a ser frío y amargo, por lo que sehabía encendido el fuego, alimentado con grandes leños, que entonces ardían con todosu poder. Dick dejó libre una especie de cámara crematoria en medio de toda aquellaconflagración, y arrojó a ella a los dos niños, obligándoles a permanecer allí a patadas.Los niños ya habían aprendido a andar, pero no pudieron salir de aquel lugar ardiente.Se dice que Dick reía mientras añadía más leños al fuego. De ese modo, se convirtió enel dueño de Church-Peveril.
    • El nunca fue acusado del crimen, pero no vivió más que un año disfrutando deaquella herencia manchada de sangre. Cuando estaba moribundo hizo su confesión aun sacerdote que le atendió, pero el espíritu abandonó su carne antes de que se lepudiera administrar la absolución. Desde aquella misma noche comenzó en Church-Peveril la aparición de la que, hasta hoy, raramente se habla en la familia y, cuando sehace, sólo en tonos bajos y con actitudes serias y graves. Porque, sólo una o dos horasdespués de la muerte del elegante Dick, uno de los sirvientes que pasaba por la puertade la larga galería escuchó, procedentes del interior de ésta, sonidos de fuertescarcajadas, tan joviales y, sin embargo, tan siniestras como jamás creyó que pudieranvolver a escucharse de nuevo en la casa. En uno de esos momentos de frío coraje tanvinculados al terror mortal, abrió la puerta y penetró en la galería, esperando ver no séqué manifestación del que estaba muerto en la habitación de abajo. Pero lo que vio fuedos pequeñas figuras vestidas de blanco, que avanzaban hacia él, cogidas de la mano,sobre el suelo iluminado por la luz de la luna. Quienes velaban el cadáver en la habitación de abajo subieron corriendo lasescaleras, asombrados al escuchar el crujido del cuerpo del sirviente al caer al suelo.Le encontraron presa de alguna terrible convulsión. El hombre recuperó elconocimiento poco antes de amanecer y narró su historia. Después, señalando con undedo tembloroso y ceniciento hacia la puerta, lanzó un grito y cayó hacia atrás,muerto. Durante los cincuenta años siguientes se consolidó esta extraña y terrible leyendasobre los hermanos gemelos. Afortunadamente para quienes habitaban la casa, susapariciones eran extraordinariamente raras, y parece que durante todos aquellos añossólo se les vio en cuatro o cinco ocasiones. En cada una de ellas, aparecieron durantela noche, entre la puesta y la salida del sol, siempre en la misma galería larga ysiempre en forma de dos niños que parecían estar aprendiendo a andar y que apenas sipodían caminar. Y, en cada una de las ocasiones, el desgraciado individuo que les viomurió rápida o terriblemente, o con ambas cosas: velocidad y terror, después de quese le apareciera la infausta visión. A veces, conseguía vivir durante unos pocos meses:podía considerarse afortunado si moría al cabo de unas pocas horas, como le sucedieraal sirviente que les viera por primera vez. Mucho más terrible fue el destino de una talMrs. Canning, que tuvo la mala suerte de verles a mediados del siguiente siglo o, porser más exactos, en el año 1760. Por aquella época ya se conocían bien las horas ylugar de su aparición y, como ha seguido sucediendo hasta hace apenas un año, atodos los visitantes de la casa se les advertía que no penetraran en la larga galeríaentre la puesta y la salida del sol. Pero Mrs. Canning, una mujer brillantemente inteligente y hermosa, admiradora yamiga del notorio escéptico Voltaire, entró caprichosamente en el lugar de lasapariciones, donde permaneció noche tras noche, a pesar de todas las protestas. Novio nada durante cuatro noches, pero a la quinta pudo cumplir su capricho, pues lapuerta existente en el centro de la galería se abrió y allí aparecieron los dos inocentespequeños, caminando difícilmente hacia ella. Parece que ni siquiera entonces se sintióatemorizada, pero la pobre se burló de ellos, diciéndoles que ya era hora de queregresaran al fuego. Ellos no dijeron una sola palabra, pero se volvieron, alejándose desus sollozos y de sus gritos. Inmediatamente después de que desaparecieran de suvisión, ella se precipitó escaleras abajo, hacia donde la familia y los invitados laestaban esperando, anunciando triunfalmente que les había visto y que necesitabaescribir inmediatamente a Voltaire, para anunciarle que había hablado con espíritusque se habían manifestado ante ella. Eso le haría reír. Pero, cuando algunos mesesmás tarde, llegaron hasta él las nuevas noticias, no se echó a reír. Mrs. Canning fue una de las más grandes bellezas de su tiempo, y en el año 1760estaba en la cumbre de su hermosura. Su principal belleza, si es que se puede señalarun rasgo en particular cuando todo en ella era tan exquisito, radicaba en el color
    • deslumbrante y en la incomparable brillantez de su cutis. Tenía entonces treinta añosrecién cumplidos, pero, a pesar de los excesos de su vida, conservaba la frescura y lafragancia de la juventud, y disfrutaba de la luminosa luz del día junto con otrasmujeres que tomaban el sol, pero mostrando la gran ventaja del esplendor de su piel.En consecuencia, quedó considerablemente consternada una mañana,aproximadamente unos quince días después de su extraña experiencia en la galeríalarga, cuando observó en su mejilla izquierda, pocos centímetros por debajo de susojos de color turquesa, una pequeña mancha grisácea en la piel, casi tan grande comouna moneda de tres peniques. En vano se aplicó sus acostumbrados lavados yungüentos; también fueron vanas las artes de su fardeuse y las de su consejeromédico. Se mantuvo recluida durante una semana, martirizándose con la soledad y conejercicios físicos a los que no estaba acostumbrada, y al final de la semana no pudoapreciar ningún resultado que la reconfortara: al contrario, aquella pequeña manchagrisácea había doblado su tamaño. A partir de entonces, la enfermedad sin nombre,fuera cual fuese, se desarrolló de formas nuevas y terribles. Partiendo del centro dellugar descolorido, se fue extendiendo en forma de pequeños hilillos de un gris verdosoy no tardó en aparecerle otra mancha en el labio inferior. Esta tampoco tardó enextenderse y una mañana, al abrir los ojos al horror de un nuevo día, se dio cuenta deque su visión era extrañamente borrosa. Se dirigió rápidamente hacia su espejo y loque vio le hizo lanzar un agudo grito, lleno de horror. Partiendo de la zona situada bajouno de los párpados, había surgido una nueva ampliación de la mancha, que crecía congran rapidez y cuyos filamentos se extendían hacia abajo, ocultando la pupila de suojo. Poco después vio atacadas su lengua y su garganta: los conductos del aire sevieron obstruidos y la muerte por sofocación fue algo piadoso después de tantosufrimiento. Pero más terrible aún fue el caso de un cierto coronel Blantyre, que disparó contralos niños con su revólver. Sin embargo, no vamos a recordar aquí los sufrimientos yhorrores por los que pasó. Es pues, esta aparición, lo que los Peveril se toman con mucha seriedad y, a sullegada, cada uno de los invitados es advertido de que no debe entrar en la galeríalarga, bajo ningún pretexto, después de la caída de la noche. Durante el día, sinembargo, es un lugar delicioso que merece ser descrito, al margen del hecho de que ladebida comprensión de su situación geográfica es necesaria para la narración que va aseguir. Tiene unos veinticinco metros de longitud, y está iluminada por una serie deseis altos ventanales que dan a los jardines de la parte trasera de la casa. Una puertacomunica con el rellano de la parte superior de la escalera principal yaproximadamente hacia el centro de la galería, en la pared situada frente a losventanales, hay otra puerta que comunica con la escalera de servicio y con lasdependencias de los sirvientes, de modo que la galería en cuestión es un lugar de pasoconstante para ellos, en su camino hacia las habitaciones situadas en el primer piso.Fue a través de esta puerta por donde aparecieron los hermanos gemelos ante Mrs.Canning, y se sabe que en otras ocasiones también hicieron su entrada por estapuerta, pues la habitación de la que les sacó el elegante Dick se encuentra justamentedetrás de la parte superior de las escaleras de servicio. Más adelante, y en la mismagalería, está la gran chimenea a la que aquél los arrojara y en el extremo más alejadohay un gran ventanal con alféizar que da directamente sobre la avenida. Sobre estachimenea cuelga, de un modo muy significativo, un retrato del elegante Dick, con lainsolente belleza del hombre juvenil; este retrato es atribuido a Holbein, y también hayotra docena de retratos de gran mérito que dan a los ventanales. Durante el día, éstees el lugar de estar más frecuentado de la casa, pues sus otros visitantes nuncaaparecen por aquí a la luz del día, ni tampoco resuena entonces la dura risa jovial delelegante Dick que, a veces, cuando ya ha caído la noche, es escuchada por quienespasan junto a la galería. Pero Blanche ni siquiera abre más de la cuenta los ojos
    • cuando la escucha: al contrario, cierra los oídos y se apresura a poner una mayordistancia entre ella misma y el sonido de esa risa atroz. Pero, durante el día, la galería larga es frecuentada por muchas personas yresuenan allí numerosas risas que en modo alguno suenan siniestras ni saturninas.Cuando el verano extiende su calor sobre los campos, esas personas se arrellanan enlos cómodos sillones que hay frente a los ventanales, y cuando el invierno extiende sushelados dedos y sopla agudamente por entre sus heladas palmas, los ocupantes de lacasa se congregan alrededor de la gran chimenea del extremo y charlan, en compañíade animados conversadores, sentados en el sofá, en los sillones, en las sillas e inclusoen el suelo. A menudo he permanecido sentado allí, en las largas tardes de agosto, casihasta la hora de irse a acostar, pero nunca he permanecido cuando alguien ha parecidodispuesto a permanecer hasta muy tarde, sin tener en cuenta la advertencia. -No tardará en ponerse el sol. ¿Nos vamos? Más tarde, durante los días más cortos del otoño, se sirve a menudo el té en lagalería larga, y a veces ha sucedido que, cuando la tertulia parecía más alegre yentretenida, Mrs. Peveril ha mirado de repente por los ventanales y ha dicho: -Queridos, se está haciendo tarde. Terminemos de charlar abajo, en el salón. Y entonces, toda la locuaz familia y sus invitados, sentimos una curiosa precipitacióny, como si acabáramos de conocer malas noticias, todos salimos en silencio del lugar.Pero el humor de los Peveril (y me refiero aquí al de los vivos) es de lo más vivo que sepueda imaginar y la mancha que el pensamiento del elegante Dick y de sus actosarroja sobre ellos, vuelve a olvidarse con una sorprendente rapidez. Poco después de las Navidades del pasado año, había en Church-Peveril una típica ygran reunión de gente joven y peculiarmente alegre y, como de costumbre, Mrs.Peveril organizaba su baile de Fin de Año, para el 31 de diciembre. La casa estababastante llena y había tenido que utilizar incluso los otros alojamientos de los Peverilpara acomodar a tanta gente como llenaba la casa. Durante los últimos días un fríodesolador y sin viento había impedido toda excursión de caza, pero es precisamente lafalta de viento la que hace soplar los vientos del mal (si es que se me puede permitiruna metáfora así) y el lago situado delante de la casa se había cubierto durante losúltimos días con una adecuada y admirable capa de hielo. Todos los habitantes de lacasa estuvimos ocupados durante toda la mañana en realizar rápidas y violentasmaniobras sobre la deslizante superficie, y en cuanto terminó el almuerzo todosnosotros, a excepción de una sola persona, volvimos a dirigirnos al lago. Estaexcepción fue Madge Dalrymple, que había tenido la mala fortuna de caer en malaposición durante la mañana, pero que, descansando su rodilla herida en lugar de unirsede nuevo a los patinadores, confiaba en hallarse en condiciones para bailar aquellanoche. Cierto que aquella esperanza era de lo más optimista, pues apenas si pudoregresar cojeando a la casa, pero con ese despreocupado optimismo que caracteriza alos Peveril (ella es prima hermana de Blanche), comentó que, en su estado actual,apenas si podría disfrutar tibiamente del patinaje, mientras que si se sacrificaba unpoco, podía ganar mucho. En consecuencia, y tras tornar una rápida taza de café que se nos sirvió en la galeríalarga, dejamos a Madge cómodamente reclinada en el gran sofá, en ángulo recto con lagran chimenea y con un atractivo libro entre sus manos para entretener el tedio hastala hora de tomar el té. Siendo de la familia, conocía todos los detalles sobre el eleganteDick y los niños gemelos, así como los destinos de Mrs. Canning y del coronel Blantyre,pero cuando salimos oí a Blanche que le decía: -No te quedes aquí demasiado tiempo, querida. -No -replicó Madge--, me marcharé antes de que se ponga el sol. Y así, la dejamos sola en la galería larga. Madge leyó su libro durante algunos minutos, pero no pudiendo interesarse por lalectura, lo dejó a un lado y se levantó, cojeando hacia la ventana. Aunque sólo eran
    • poco más de las dos de la tarde, por allí sólo penetraba una luz débil e incierta, pues laluminosidad cristalina de la mañana había dado paso a una notable oscuridadproducida por tropeles de nubes espesas que llegaban sigilosamente del noreste. Elcielo ya estaba completamente cubierto por ellas y ocasionalmente unos cuantos coposde nieve caían oscilando ante los largos ventanales. Por la oscuridad y el frío agudo dela tarde, le pareció que no tardaría mucho tiempo en caer una copiosa nevada, y estossignos exteriores encontraron eco en su interior a través de ese adormecimiento delcerebro que afecta a las personas sensibles a las presiones y cambios de tiempo, sobretodo cuando se acerca una tormenta. Madge era una persona peculiarmente sensible atales influencias externas; para ella, una mañana luminosa y activa le infundíainefablemente un estado de ánimo activo y luminoso, mientras que la aproximación deun tiempo tempestuoso producía en sus sensaciones una somnolencia que laamodorraba y la deprimía. Y así fue, con este estado de ánimo, como regresó cojeando al sofá, tumbándose denuevo en él, junto al fuego de leños. Toda la casa era cómodamente calentada porradiadores de agua, y aunque había pedido que el fuego de leños y turba, una mezclaadorable, quemara poco, la estancia estaba muy caliente. Madge observódistraídamente las llamas oscilantes, sin volver a acordarse del libro, pero echada en elsofá, con el rostro vuelto hacia el fuego, tenía la vaga intención de marcharse a suhabitación, aunque no inmediatamente, para pasar allí las horas hasta que regresaranlos patinadores, que volvieran a traer alegría a la casa, aprovechando el tiempo paraescribir una o dos cartas que tenía pendientes y descuidadas. Aún amodorrada,comenzó a pensar en lo que tenía que comunicar: una de las cartas, pospuesta desdehacía varios días, la enviaría a su madre, que se sentía inmensamente interesada porlos asuntos parapsicológicos de la familia. Le diría cómo el maestre Anthony se habíamostrado prodigiosamente activo en la escalera hacía una o dos noches, y cómo laDama Azul, sin tener en cuenta la crudeza del tiempo, había sido vista aquella mismamañana por Mrs. Peveril, dando vueltas por ahí. Resultaba bastante interesante: laDama Azul había bajado por el paseo de laureles y se la había visto entrar en losestablos donde, en aquellos momentos, Freddy Peveril estaba inspeccionando loscaballos de caza, helados de frío. En aquellos momentos, un pánico repentino seextendió por los establos y los caballos relincharon, cocearon, se agitaron y sudaron.En cuanto a los fatales hermanos gemelos, no se les había vuelto a ver desde hacíamuchos años, pero, tal y como sabía su madre, los Peveril nunca utilizaban la galeríalarga después del anochecer. Entonces, y por un momento, se incorporó, recordando que ahora se encontraba aúnen la galería larga. Pero sólo eran poco más de las dos y media de la tarde y si semarchaba a su habitación dentro de media hora dispondría de tiempo más quesuficiente para escribir aquella carta y otra que también tenía pendiente, antes de lahora de tomar el té. Hasta entonces, leería el libro un rato. Se dio cuenta entonces deque lo había dejado en el alféizar de la ventana y pensó que no valía la penalevantarse para recogerlo. Se sentía excesivamente amodorrada. El sofá en el que estaba echada había sido tapizado últimamente con un terciopelode color verde grisáceo que, de algún modo, recordaba el color del liquen. Era de unatextura muy espesa y suave y Madge se desperezó lujuriosamente, extendiendo losbrazos a cada lado de su cuerpo y apretando los dedos sobre la tela. Qué horrible fueaquella historia de Mrs. Canning: las manchas que le salieron en la cara eran del colordel liquen. Y después de esto, sin ninguna otra transición o pensamiento que le cruzarala mente, Madge se quedó dormida. Soñó. Soñó que se despertaba y se encontraba exactamente en el mismo lugar en elque se había quedado dormida y exactamente en la misma posición. Las llamas de losleños se habían avivado de nuevo y se reflejaban sobre las paredes, iluminando aintervalos la imagen del elegante Dick, situada sobre la chimenea. En su sueño, supocon toda exactitud lo que había hecho hoy y por qué razón se encontraba echada aquí,
    • en lugar de encontrarse fuera de la casa, junto con el resto de patinadores. Tambiénrecordó (siguiendo con su sueño) que iba a escribir una carta o dos antes de tomar elté, y que se preparaba para levantarse y dirigirse a su habitación. Cuando se incorporóa medias, captó la visión de sus propios brazos extendidos a ambos lados de sucuerpo, sobre el sofá de terciopelo gris. Pero no podía ver dónde terminaban susmanos, ni dónde empezaba el terciopelo gris: sus dedos parecían haberse fundido conla tela. Podía ver sus muñecas con bastante claridad, y una vena azul en el dorso desus manos y un nudillo aquí y allá. Entonces, y en su sueño, recordó el últimopensamiento que había tenido antes de caer dormida: la extensión de la vegetación delcolor del liquen sobre el rostro, los ojos y la garganta de Mrs. Canning. Ante estepensamiento, comenzó el sofocante terror de una verdadera pesadilla: sabía queestaba siendo transformada en aquella tela gris, y que era absolutamente incapaz demoverse. El gris no tardaría en extenderse por sus brazos y sobre sus pies; cuando losdemás regresaran de patinar, no encontrarían allí más que un enorme y deformadocojín de terciopelo de color del liquen, y eso sería ella. El horror se hizo más agudo yentonces, con un violento esfuerzo, se liberó de las garras de aquel sueño demoníaco,y se despertó. Permaneció allí, durante un minuto o dos, únicamente consciente del tremendoalivio que significaba verse despierta. Volvió a sentir con sus dedos el tacto agradabledel terciopelo, e hizo avanzar y retroceder los dedos, asegurándose de que no se habíafundido con el gris y con la suavidad de la tela, como le había sugerido su sueño. Pero,a pesar de la violencia de su despertar, aún se encontraba muy adormilada, ypermaneció allí, quieta, hasta que, mirando hacia abajo, se dio cuenta de que no podíaver sus manos en absoluto. Ya era casi de noche. En aquel momento, un repentino temblor de la llama le llegó desde el fuego, que sehabía ido apagando, y un flamear de gas ardiente se elevó de la turba, inundando lahabitación. El retrato del elegante Dick la miraba con perversidad y sus manos volvíana ser visibles. Y entonces, se sintió poseída por un pánico mucho mayor que elexperimentado en su sueño. La luz del día se había desvanecido por completo y sedaba cuenta ahora de que se encontraba a solas y a oscuras en la terrible galería. Estepánico era como el de una pesadilla, pues se sintió incapaz de moverse, tan grande erael terror que sentía. Pero era mucho peor que una pesadilla porque sabía que estabadespierta. Entonces cayó en la cuenta de cuál era la causa que provocaba aquel temorhelado: supo, con la certidumbre de la convicción más absoluta, que estaba a punto dever a los hermanos gemelos. Sintió cómo una repentina humedad aparecía en su rostro y en su boca, tanto lalengua como la garganta quedaron repentinamente secas y notó la lengua rasposa a lolargo de la superficie interior de sus dientes. De sus miembros había desaparecido todacapacidad para moverse, dejándola muerta e inerte, y se quedó mirando fijamente,con los ojos muy abiertos, hacia la oscuridad. La llamarada surgida de la turba habíaterminado por consumirse, y la oscuridad la rodeaba. Entonces, en la pared situada frente a ella, enfrente de los ventanales, surgió y fuecreciendo una débil luz de un rojo oscuro. Por un momento creyó que aquelloanunciaba la aproximación de la terrible visión; pero después renació en ella laesperanza al recordar que, antes de dormirse, espesas nubes habían oscurecido elcielo, y ahora supuso que aquella luz procedería del sol, que aún no se habíaterminado de ocultar. Este renacer repentino de su esperanza le ofreció el estímulonecesario, y saltó del sofá donde se encontraba. Miró por la ventana y vio el apagadoresplandor en el horizonte. Pero antes de que pudiera dar un solo paso adelante, todose volvió a oscurecer de nuevo. Un diminuto centelleo de luz le llegó desde lachimenea, lo que no hizo más que iluminar las baldosas de la misma, mientras lanieve, que ya caía pesadamente, golpeaba los cristales de la ventana. No habíaninguna otra luz ni sonido, excepto aquéllos.
    • Sin embargo, el coraje que la había invadido, devolviéndole la capacidad demovimiento, no la había abandonado aún, así es que comenzó a moverse por lagalería, tanteando el camino. Se dio cuenta entonces de que se había perdido. Tropezócontra una silla y, tras recuperarse, volvió a tropezar con otra. Entonces, una mesa lecortó el paso y, haciéndose rápidamente a un lado, se encontró con el respaldo de unsofá. Se volvió una vez más y vio el débil brillo de la luz del fuego sobre la parteopuesta a aquella en que hubiera esperado verla. En sus ciegos tanteos debía haberinvertido la dirección. Pero ¿qué camino debía seguir ahora? Parecía estar bloqueadapor los muebles. Y durante todo ese tiempo, de una forma insistente e inminente,estaba el hecho de que los dos inocentes y terribles fantasmas estaban a punto deaparecérsele. Empezó entonces a rezar. -Ilumina nuestra oscuridad, ¡oh, Señor! -dijo, para sí misma. Pero no pudo recordar cómo continuaba la oración y tenía una absoluta necesidadde ella. Había algo en los peligros de la noche. Durante todo ese tiempo, sintió a sualrededor manos temblorosas que la agarraban. El brillo del fuego, que debería haberestado a su izquierda, volvía a estar ahora a su derecha; en consecuencia, debía volvera dar media vuelta. -Ilumina nuestra oscuridad -susurró, repitiendo después en voz alta-: Iluminanuestra oscuridad. Tropezó contra una cortina, y no pudo recordar la existencia deaquella cortina. Ansiosa y ciegamente, introdujo las manos por entre las cortinas y tocóalgo suave y aterciopelado. ¿Era el sofá en el que había estado tumbada? De ser así,¿dónde estaba el cabezal? Tenía un cabezal, y un respaldo, y unas patas... era comouna persona, toda cubierta de liquen gris. Entonces perdió la cabeza por completo.Todo lo que le quedaba por hacer era rezar; estaba perdida; perdida en aquel lugarterrible, al que nadie acudía en la oscuridad, excepto los niños pequeños que gritaban.Y escuchó su propia voz, elevándose, dejando de ser un susurro para convertirse enpalabras, y dejando de ser palabras para convertirse en un grito. Gritó las palabrassantas; las lanzó corno si estuviera blasfemando, mientras tanteaba ciegamente porentre las mesas, las sillas y las cosas agradables de la vida ordinaria, que ahora sehabían transformado en cosas tan terribles. Entonces le llegó una repentina y terrible respuesta a su oración gritada. Una vezmás, surgió una llamarada de gas inflamado de entre la turba de la chimenea, y lahabitación se iluminó. Vio los malvados ojos del elegante Dick, y vio los pequeños yfantasmales copos de nieve cayendo espesamente en el exterior. Y vio dónde estaba,justo frente a la puerta a través de la cual hacían su entrada los terribles hermanosgemelos. Después, la llamarada volvió a apagarse, dejándola una vez más sumida enla oscuridad. Pero había conseguido algo, porque ahora sabía dónde se encontraba. Elcentro de la estancia estaba libre de muebles y un avance rápido la llevaría hacia lapuerta que daba al rellano de la escalera principal, poniéndola a salvo. Durante aquelinstante de repentino resplandor, había podido ver el pomo de la puerta, de broncebrillante, luminoso como una estrella. Se dirigiría directamente hacia él; ahora, sóloera una cuestión de segundos. Respiró profundamente, en parte a causa del propio alivio que sentía, y en partepara satisfacer las exigencias de su galopante corazón. Pero la respiración sólo se llevóa cabo a medias cuando se vio envuelta una vez más por una parálisis de pesadilla. Llegó hasta ella un pequeño susurro, no fue más que eso, desde la puerta frente a laque se encontraba, y a través de la cual entraban los hermanos gemelos en laestancia. Fuera no estaba del todo oscuro, pues pudo ver que la puerta se estabaabriendo. Y allí, en la abertura, se encontraban dos pequeñas figuras blancas, una allado de la otra. Avanzaron lentamente hacia ella, arrastrando los pies. No pudo ver conclaridad ni sus rostros ni sus formas, pero las dos pequeñas figuras blancas estabanavanzando. Sabía que eran los fantasmas del terror, inocentes sobre el terrible destino
    • que traían consigo, del mismo modo que ella era inocente. Con una rapidez depensamientos inconcebible, Madge decidió lo que debía hacer. Ella ni les había hechonada, ni se había reído de ellos, mientras que ellos... ellos no eran más que niñoscuando un hecho monstruoso y sangriento les envió a la muerte por fuego. Sin dudaalguna, los espíritus de estos niños no serían inaccesibles al grito de alguien quellevaba la misma sangre que ellos, y que no había cometido ninguna falta que semereciera el destino que ellos le traían. Si ella les suplicaba, quizá tuvieran piedad,quizá dejaran de traerle la maldición, quizá la dejaran salir del lugar sin hacerle daño,sin lanzar sobre ella la sentencia de muerte o la sombra de destinos mucho peores quela misma muerte. Sólo dudó por espacio de un instante; después, se arrodilló y extendió sus manoshacia ellos. -¡Oh, queridos! -dijo-. Sólo me quedé dormida. No he cometido ningún otro pecadomás que ése... Se detuvo un momento, y su tierno corazón de joven ya no pensó más en sí misma,sino sólo en ellos, en aquellos pequeños e inocentes espíritus sobre los que había caídoun final tan terrible que sólo llevaban consigo la muerte en lugar de las risas queacompañaban a otros niños. Pero todos aquellos que les habían visto con anterioridadse habían sentido aterrorizados, les habían temido, o se habían burlado de ellos. Entonces, mientras se sentía invadida por la piedad, desapareció su temor, como lavaina arrugada que contiene los dulces brotes de primavera. -Queridos, lo siento mucho por vosotros -dijo-. No es culpa vuestra que tengáis quetraerme lo que me traéis, pero ahora ya no tengo miedo. Únicamente siento piedad porvosotros. Que Dios os bendiga, queridos. Levantó la cabeza y les miró. Pudo ver ahora sus rostros, a pesar de que todoestaba en tinieblas y oscilaba como la luz de las llamas pálidas sacudidas por unacorriente de aire. Pero los rostros no mostraban una expresión triste ni fiera... lesonreían, con la sonrisa tímida de los niños pequeños. Y, mientras ella les estabamirando, la visión se debilitó y desaparecieron lentamente, como nubéculas de vaporen el aire helado. Madge no se movió inmediatamente una vez que los niños se hubieron desvanecido,pues en lugar de temor se sintió envuelta en una maravillosa sensación de paz, tanfeliz y serena que no estaba dispuesta a moverse por miedo a perturbarla. Sinembargo, no tardó excesivamente en levantarse; entonces, tanteando su camino, perosin notar ya ninguna sensación que la oprimiera como en una pesadilla, ni resto algunode temor, salió de la galería larga para encontrarse con Blanche que, en aquellosinstantes, subía las escaleras silbando y haciendo oscilar sus patines. -¿Cómo está la pierna, querida? -le preguntó-. Ya no estás cojeando. Hasta ese momento, Madge no había pensado en ello. -Creo que debe estar bien -contestó-. De todos modos, me había olvidado de ella.Blanche, querida, no te asustarás por mí, ¿verdad?, pero... pero he visto a los gemelos. Por un instante, el rostro de Blanche palideció, lleno de terror. -¿Qué? -preguntó en un susurro. -Sí, los acabo de ver ahora. Pero fueron amables, me sonrieron y yo sentí muchalástima por ellos. Y de algún modo, estoy segura de que no tengo nada que temer. Y todo parece indicar que Madge tenía razón, pues hasta ahora nada le ha sucedido.Tuvo que haber algo, quizá su actitud hacia ellos, su piedad, su simpatía, algo que lesafectó y que disolvió y aniquiló la maldición. De hecho, estuve en Church-Peveril lapasada semana, llegando allí después de oscurecer. Justo en el momento en quepasaba junto a la puerta de la galería larga, Blanche salió por ella. -¡Ah, eres tú! -dijo-. Acabo de ver a los gemelos. Parecían muy dulces ypermanecieron conmigo cerca de diez minutos. Vayamos a tomar el té.
    • ELLOSRudyard Kipling Un paisaje me llevaba a otro; desde la cima de una colina hasta la siguiente, através del campo, y como frente a algún problema no podía hacer otra cosa que nofuera el avanzar una palanca hacia adelante, dejé que el terreno fluyera bajo misruedas. Los campos sembrados de huertos del Este, dieron paso al tomillo, las encinasy la hierba de las tierras bajas, y éstas dieron paso a su vez a los ricos campos degrano e higueras de la costa inferior, desde donde se puede contemplar lo mejor de lamarea, a mano izquierda, a lo largo de casi veinticinco kilómetros; y cuando,finalmente, giré hacia el interior a través de un grupo de colinas redondeadas y debosques, ya había dejado atrás las partes conocidas. Más allá de ese preciso caserío,apadrinado por la capital de los Estados Unidos, encontré pueblos escondidos donde lasabejas, los únicos seres despiertos, zumbaban en los tilos de casi veinticinco metros dealtura que sobresalían por encima de grises iglesias normandas, con milagrososarroyuelos deslizándose bajo puentes de piedra construidos para soportar un tráficomucho más pesado del que jamás les volverían a molestar; graneros para el diezmo,mucho más grandes que sus iglesias, y una vieja herrería, que ponía de manifiestocómo habían sido en otros tiempos las residencias de los Caballeros del Temple.Encontré a unos gitanos en un campo comunal donde crecían las aulagas y los brezospugnaban por abrirse paso, junto con un kilómetro y medio de camino romano, y unpoco más allá molesté a una zorra roja que echó a correr como un perro bajo ladesnuda luz del sol. A medida que las colinas boscosas se fueron cerrando a mi alrededor me levanté enel coche para orientarme hacia esas tierras bajas cuyo principio está señalado con unmojón, el único en casi ochenta kilómetros a través de los campos bajos. Pensé que laconfiguración del terreno me llevaría a través de alguna carretera que, en dirección aloeste, llegaría hasta sus pies, pero no tuve en cuenta la confusión desorientadora delos bosques. Un giro rápido me precipitó primero hacia un desmonte verde rebosantede líquida luz solar, y después hacia un tenebroso túnel donde las hojas muertas delaño anterior susurraron y se agitaron alrededor de los neumáticos. El ramaje de losfuertes avellanos que se elevaban sobre mi cabeza no había sido cortado durante, porlo menos, un par de generaciones, y ningún hacha había ayudado a los robles y hayascubiertos de musgo a sobresalir por encima de ellos. Aquí, la carretera cambióclaramente en una vereda alfombrada sobre cuyo terciopelo marrón surgían las matasde primavera, como si fueran de jade y unas pocas y achacosas campánulas azules detallo blanco se mecían juntas. Aprovechando la cuesta abajo, apagué el motor y medeslicé sobre las hojas que formaban rápidos remolinos, esperando encontrarme encualquier momento con un guardabosque, pero sólo escuché a un arrendajo, allá lejos,disputando con el silencio, bajo la luz crepuscular de los árboles. El camino seguía descendiendo. Estaba a punto de frenar y retroceder haciendomarcha atrás antes de que pudiera terminar metido en algún terreno pantanoso,cuando vi la luz del sol a través de la maraña que se extendía ante mí, y quité el piedel freno. Volví a bajar inmediatamente. En el momento en que la luz me dio en la cara, misruedas delanteras pisaron el césped de un gran prado silencioso, del que saltaroncaballeros de tres metros y pico de altos, con las lanzas en ristre, monstruosos pavosreales y brillantes damas de honor, de cabeza redondeada... -azul, negra y reluciente-,formado todo ello por tejos podados. En uno de los extremos del prado -los bosquesarreglados la vencían por tres lados-, había una casa antigua, de piedras cubiertas deliquen y desgastadas por el tiempo, con ventanas divididas con parteluces y cubiertade tejas rosadas. Estaba flanqueada por muros semicirculares, también rosados, quecerraban el prado por el cuarto lado, y a sus pies se elevaba un matorral de boj, de laaltura de un hombre. En el tejado, había palomas alrededor de las chimeneas de
    • ladrillo delgado, y capté la visión fugaz de un palomar octogonal situado detrás de lapared protectora. En aquel momento, me detuve; la lanza verde de uno de los caballeros me dio en elpecho; contuve la respiración ante la extraordinaria belleza de esta joya, situada enaquel lugar. «Si no soy despachado por intruso, o si este caballero no se lanza al galope contramí -pensé-, Shakespeare y la reina Isabel, por lo menos, deben surgir ahora de esapuerta semiabierta del jardín para invitarme a tomar el té.» Un niño apareció en una ventana superior y creí que aquel pequeño ser me saludabaamistosamente con una mano. Pero eso fue para llamar a un compañero, pues notardó en aparecer otra cabeza. Entonces escuché una risa entre los tejos, similares apavos reales, y volviéndome para asegurarme (hasta entonces sólo había estadoobservando la casa), vi la plata de una fuente detrás de un seto, que se elevaba contrael sol. Las palomas del tejado arrullaban, lo mismo que el agua; pero entre aquellasdos notas, capté la feliz risita de un niño absorto en alguna pequeña travesura. La puerta del jardín -una pesada hoja de roble profundamente hundida en laespesura del muro- se abrió aún más: una mujer, con un gran sombrero de hortelana,puso lentamente su pie sobre el escalón de piedra desgastado por el tiempo y avanzótambién con lentitud por el prado. Estaba pensando en alguna disculpa cuando ellalevantó la cabeza y me di cuenta de que era ciega. -Le he oído -me dijo-. ¿No es eso un vehículo a motor? -Me temo que me he equivocado al tomar el camino. Tendría que haber dado lavuelta mucho antes... Nunca pensé... -empecé a decir. -¡Pero si me alegra mucho que haya venido! Es muy divertido que un coche hayaentrado en el prado. Será un placer extraordinario -se volvió e hizo como si mirara a sualrededor-. ¿No... no habrá visto quizá a alguien? -Nadie con quien hablar, pero los niños parecían sentirse interesados, al menos acierta distancia. -¿Qué? -Acabo de ver a un par de ellos en la ventana, y creo que escuché una pequeñarisita allá al fondo. -¡Oh, qué suerte la suya! -exclamó, iluminándosele el rostro-. Yo les oigo, desdeluego, pero eso es todo. ¿Les ha visto y les ha escuchado? -Sí -contesté-, y si sé algo de niños, creo que uno de ellos se lo está pasandoestupendamente junto a esa fuente. Me imagino que habrá burlado la vigilancia. -¿Le gustan a usted los niños? Le di una o dos buenas razones por las que no tenía ningún motivo para odiarles. -Desde luego, desde luego -admitió ella-. Entonces lo comprenderá. Entonces nopensará que es una tontería si le pido que lleve su coche una o dos veces a través delprado... con bastante lentitud. Estoy segura de que les encantará verlo. Ven tan pocascosas, los pobres. Una trata de hacer su vida agradable, pero... -extendió las manoshacia los bosques--. Estamos tan alejados del mundo, aquí. -Será espléndido -dije-, pero no puedo aplastar su hierba. -Espere un minuto -dijo, volviendo el rostro hacia la derecha-. Estamos en la puertaque da al sur, ¿verdad? Detrás de esos tejos hay un camino empedrado. Le llamamosel Camino de los Tejos. No puede usted verlo desde aquí, según me dicen, pero si seintroduce por la esquina del bosque, puede doblar en el primer tejo que vea y llegar alcamino empedrado. Era un verdadero sacrilegio despertar aquella casa de ensueño con el estruendo dela maquinaria, pero hice avanzar el coche por el borde del prado y a lo largo delbosque y di la vuelta en el amplio camino de piedra donde estaba el gran cuenco de lafuente, como si fuera un zafiro estrellado. -¿Puedo ir yo también? -me preguntó la mujer-. No, por favor, no me ayude. Lesgustará mucho más si me ven.
    • Fue tanteando su camino ligeramente hasta llegar frente al coche y, con un pie en elguardabarros, gritó: -¡Niños! ¡Eh, niños! ¡Mirad lo que va a ocurrir! La voz hubiera sido capaz de arrancar a las almas perdidas del infierno por el ansiaque se percibía bajo su dulzura, y no me sorprendió nada escuchar un grito porrespuesta detrás de los tejos. Tuvo que haber sido el niño que se encontraba junto a lafuente, y que echó a correr ante nuestra proximidad, dejando un pequeño barco dejuguete en el agua. Vi el destello de su blusa azul por entre los caballeros inmóviles. Muy decididos, avanzamos con el coche a lo largo de todo el camino y, ante supetición, volvimos a retroceder. En esta ocasión, el niño se había librado ya de lo peorde su pánico, aunque aún se mantenía alejado y en actitud incierta. -El pequeño nos está observando -dije-. Me pregunto si le gustaría dar un paseo. -Aún son muy tímidos. Muy tímidos. Pero ha sido una suerte que les haya podidover. Escuchemos. Detuve inmediatamente el motor y el húmedo silencio, cargado con el susurrar delboj, se nos metió muy adentro. Pude escuchar las tijeras de algún hortelano queestaba podando; un zumbido de abejas y de voces rotas, que muy bien podrían habersido las palomas. -¡Oh, qué poco amables! -exclamó ella, con fatiga. -Quizá sólo se sienten tímidos a causa del motor. La niña pequeña que está en laventana parece sentirse tremendamente interesada. -¿Sí? -elevó la cabeza-. Ha sido un error por mi parte decir eso. Se sientenrealmente orgullosos de mí. Es la única cosa por la que vale la pena vivir... cuando sesienten orgullosos de una, ¿verdad? No me atrevo a pensar cómo sería este lugar sinellos. Y, a propósito, ¿es bonito? -Creo que es el lugar más hermoso que he visto jamás. -Así me lo dicen. Yo lo puedo sentir, desde luego, pero eso no es exactamente lomismo. -Entonces, ¿nunca ha...? -empecé a preguntar, pero me detuve, avergonzado. -No, al menos que yo pueda recordar. Todo sucedió cuando sólo tenía unos pocosmeses. Eso es lo que me dicen. Y, sin embargo, tengo que recordar algo, puesto quede otro modo no podría soñar colores. Veo luz en mis sueños, y también colores, peronunca los veo. Únicamente los escucho, tal y como hago cuando estoy despierta. -Resulta difícil ver los rostros en sueños. Algunas personas pueden hacerlo, pero lamayor parte de nosotros no poseemos ese don -comenté, mirando hacia la ventana,donde se encontraba la niña, aunque ocultándose. -Eso también lo he oído decir antes -dijo ella-. Y ellos me dicen que una nunca ve enun sueño el rostro de una persona muerta, ¿Es eso cierto? -Creo que sí... ahora que lo pienso. -¿Pero a usted cómo le sucede... a usted mismo? -los ojos ciegos se volvieron haciamí. -Nunca he visto los rostros de mis muertos en ningún sueño -contesté. -Entonces, eso debe ser tan malo como ser ciego. El sol desapareció por detrás de los bosques y las largas sombras se ibanapoderando de los insolentes caballeros, uno tras otro. Vi cómo la luz moría,desapareciendo del extremo de una brillante lanza y todo el luminoso verde adquirióun tono suavemente oscuro. La casa, aceptando el final de otro día, como habíaaceptado otros muchos miles, pareció asentarse más profundamente en susfundamentos, entre las sombras. -¿Lo ha deseado alguna vez? -preguntó ella después de un silencio. -Sí, a veces mucho -contesté. La niña dejó la ventana cuando las sombras se cernieron sobre ella. -¡Ah! Yo también. Pero no creo que esté permitido... ¿Dónde vive usted?
    • -Al otro lado del condado... a más de noventa kilómetros de aquí, y tengo queregresar. He venido sin las luces largas. -Pero todavía no es de noche. Lo puedo sentir. -Me temo que lo será para cuando regrese a casa. ¿Puede prestarme a alguien queme muestre antes el camino? Creo que me he perdido por completo. -Enviaré a Madden con usted hasta el cruce. Estamos tan alejados del mundo queno me sorprende que se haya perdido. Le conduciré hasta la casa, pero irá despacio,¿verdad?, al menos hasta que haya salido del prado. No es nada tonto, ¿no cree? -Le prometo que iré despacio -dije, y dejé que el coche se deslizara lentamente porel camino empedrado. Rodeamos el ala izquierda de la casa, cuyos canalones de plomo ya valían la pena,lo suficiente como para viajar todo un día para verlos; pasamos bajo una gran puertarodeada de rosales en la pared roja y fuimos dando la vuelta hacia la elevada fachadade la casa, cuya belleza y majestuosidad superaron con mucho todas las que ya habíavisto. -¿Es todo tan bonito? -me preguntó melancólicamente cuando escuchó misexclamaciones de admiración-. ¿Le gustan también las figuras de plomo? Detrás está elviejo jardín de azaleas. Ellos dicen que este lugar debe haber sido construido para losniños. ¿Me ayudará usted a bajar, por favor? Me gustaría poder acompañarle hasta elcruce, pero no debo dejarles. ¿Eres tú, Madden? Quiero que le enseñes a este caballeroel camino, hasta llegar al cruce. Se ha perdido, pero... les ha visto. Un mayordomo apareció sin hacer ningún ruido ante el milagroso y viejo roble quedebe ser llamado la puerta frontal, y se deslizó a un lado para ponerse el sombrero.Ella se quedó de pie, mirándome con unos ojos azules abiertos en los que no habíavisión y, por primera vez, me di cuenta de lo hermosa que era. -Recuerde -me dijo con tranquilidad-, si le gustan a usted, volverá de nuevo -ydesapareció en el interior de la casa. Ya en el coche, el mayordomo no dijo nada hasta que nos encontramos cerca de laspuertas de salida donde, .al percibir el destello fugaz de una blusa azul entre unosarbustos, di un amplio viraje para que el diablo que impulsa hacia el juego a todos losniños pequeños no terminara por convertirme en un infanticida. -Perdóneme -me preguntó de repente-, pero ¿por qué ha hecho éso, señor? -Por aquel niño. -¿Por nuestro joven caballero de azul? -Claro. -Corre bastante de un lado a otro. ¿Le ha visto junto a la fuente, señor? -¡Oh, sí! Varias veces. ¿Giramos aquí? -Sí, señor. ¿Y le ha visto también arriba? -¿En la ventana de arriba? Sí. -¿Fue eso antes de que la señora se acercara a usted para hablarle, señor? -Sí, un poco antes. ¿Qué es lo que quiere saber? Guardó un momento de silencio. -Sólo quería asegurarme de que... ellos habían visto el coche, porque con los niñoscorriendo de un lado a otro, y aunque estoy seguro de que usted conduce con muchocuidado, se puede producir un accidente. Eso era todo, señor. Aquí está el cruce. Apartir de ahora, ya no puede equivocarse de camino. Gracias, señor, pero no esnuestra costumbre, no con... -Le ruego me disculpe -dije, guardándome la moneda inglesa. -¡Oh! Es bastante correcto hacerlo con los demás, como una costumbre. Adiós,señor. Se retiró hacia la torreta blindada de su casta, y se marchó. Evidentemente, era unmayordomo cuidadoso con el honor de su casa e interesado en los niños,probablemente a través de una niñera.
    • Una vez detrás de las señales de tráfico del cruce, miré hacia atrás, pero las colinasse entrelazaban tan celosamente, que no pude distinguir dónde se encontraba la casa.Cuando pregunté su nombre en una granja situada junto a la carretera, la gruesamujer que vendía dulces allí me dio a entender que los propietarios de automóvilestenían poco derecho a la vida... y mucho menos a «ir por ahí hablando como genteimportante». Evidentemente, no formaban una comunidad de actitudes agradables. Aquella noche, cuando volví a trazar la ruta seguida en el mapa, fui un poco máscuidadoso. La Vieja Granja de Hawkin parecía ser el título de reconocimiento del lugar,y la vieja Gaceta Campesina, generalmente tan amplia, no aludía a ella. La gran casade aquella parte era Hodnington Hall, estilo georgiano, con adornos del primer estiloVictoriano, como atestiguaba un atroz grabado en acero. Transmití mi dificultad a unvecino -una persona profundamente enraizada en aquellos lugares-, y me dio elnombre de una familia que no tuvo ningún significado para mí. Aproximadamente un mes después... volví, aunque puede que fuera el coche el quetomó aquella carretera por voluntad propia. Recorrió las estériles tierras bajas,sintiendo como una amenaza cada uno de los giros del complicado laberinto de veredassituadas bajo las colinas, atravesó los altos bosques, impenetrables cuando están enpleno florecimiento. Llegó hasta el cruce donde me dejara el mayordomo y un pocomás allá presentó un problema interno que me obligó a detenerlo al borde del camino,cubierto de hierba, que penetraba en el bosque de avellanos, silencioso en el verano.Por lo que podía cotejar a través del sol y del gran mapa ampliado que llevaba, éstedebía ser el camino que cruzaba aquel bosque y que era el que había visto primerodesde las alturas. Me tomé la cuestión de las reparaciones como algo muy serio, saquémi reluciente y recién comprada caja de reparaciones, las llaves inglesas, la bomba yotras cosas similares, que extendí ordenadamente sobre una manta de viaje. Era unatrampa destinada a atraer a los niños, pues en un día como aquél suponía que losniños no estarían muy lejos. Me detuve en mi trabajo y escuché, pero el bosque estabatan repleto de ruidos de verano (aunque las aves ya se habían apareado) que alprincipio no pude distinguir los ruidos de los pequeños y cautelosos pasos queavanzaban furtivamente sobre las hojas muertas. Toqué entonces el claxon, de unaforma atractiva, pero los pasos huyeron y me arrepentí de haberlo hecho. Así pues,para un niño, un sonido repentino produce un verdadero terror. Tuve que haberpermanecido trabajando durante una media hora cuando, de pronto, escuché en elbosque la voz de la mujer ciega, que gritaba: -¡Niños, oh niños! ¿Dónde estáis? Y el silencio se cerraba después lentamente sobre la perfección de aquel grito. Ellase fue acercando a mí, medio tanteando su camino por entre los troncos de los árboles,y aunque había un niño cerca, se metió por entre el follaje como un conejo en cuantoella se acercó un poco más. -¿Eres tú? -preguntó-. ¿El que viene del otro lado del condado? -Sí, soy el que viene del otro lado del condado -contesté. -Entonces, ¿por qué no has venido por los bosques de arriba? Ellos estaban allí enestos momentos. -Estaban por aquí hace unos pocos minutos. Esperaba que se dieran cuenta de quemi coche se había estropeado y vinieran a ver lo que pasaba. -Supongo que no será nada serio, ¿verdad? ¿Cómo se pueden estropear los coches? -De cincuenta formas diferentes. Pero el mío parece haber elegido el númerocincuenta y uno. Se echó a reír alegremente ante la pequeña broma y se llevó el sombrero haciaatrás. -Permítame escuchar -me pidió. -Espere un momento -gritó-. Le traeré un cojín. Colocó un pie sobre la manta de viaje, toda cubierta de repuestos, y se inclinó,ansiosamente.
    • -¡Qué cosas tan deliciosas! -las manos a través de las cuales veía, brillaban a ladébil luz del sol-. Una caja aquí... ¡otra caja! ¿Por qué las ha colocado todas como siestuviera en una tienda? -Confieso ahora que las he puesto así para atraer a los niños. En realidad, nonecesito ni la mitad de esas cosas. -¡Qué bonito por su parte! He escuchado su claxon cuando me encontraba en elbosque de arriba. ¿Dice que estuvieron por aquí? -Estoy seguro. ¿Por qué son tan tímidos? Ese pequeño niño vestido de azul, queestaba cerca de usted hace un momento, tendría que haber superado ya su timidez.Me ha estado observando como un piel roja. -Tiene que haber sido su claxon -dijo ella-. Cuando bajaba hacia aquí, escuché auno de ellos pasando por mi lado, y parecía tener problemas. Son muy tímidos...incluso conmigo -volvió el rostro, por encima del hombro, y gritó de nuevo-: ¡Niños!¡Oh, niños! ¡Mirad y venid a ver esto! -Tienen que haberse marchado a sus propios asuntos -le sugerí yo, pues detrás denosotros se produjo un murmullo de voces bajas, rotas por las repentinas risitaspropias de la infancia. Volví a mi faena, mientras ella se inclinaba hacia adelante, con la mejilla en lamano, escuchando interesadamente. -¿Cuántos son? -pregunté al fin. Ya había terminado la reparación, pero no veía ninguna razón para marcharme. Su frente se arrugó un poco, como si estuviera haciendo un pequeño esfuerzo porpensar. -No lo sé muy bien -dijo, simplemente-. A veces más... otras veces menos. Vienen yse quedan conmigo porque yo les quiero, ¿comprende? -Eso debe ser muy bonito -dije, colocando en su sitio una de las cajas, y mientrashablaba me di cuenta de la necedad de mi contestación. -No... no se estará riendo de mí, ¿verdad? -preguntó, elevando el tono de su voz-.Yo... no tengo ninguno propio. No me casé nunca. A veces, la gente se ríe de mí acausa de ellos porque... porque... -Porque son salvajes -dije yo-. No hay nada de qué reírse. Lo único que hacen ensus vidas es reírse de todo lo que ven. -No lo sé. ¿Cómo iba a saberlo? Lo único que no me gusta es que se rían de mí acausa de ellos. Eso duele. Y cuando una no puede ver... No quiero parecer tonta -sumejilla se estremeció como la de un niño, al decir-: Pero creo que nosotros, los ciegos,sólo tenemos una piel. Todo lo del exterior choca directamente contra nuestras almas.Con ustedes, eso es diferente. Tienen buenas defensas en sus ojos... mirando alexterior... antes de que nadie pueda realmente causarles algún daño en el alma. Lagente suele olvidar eso con nosotros. Guardé silencio, reflexionando sobre aquella cuestión inagotable... la algo más queheredada brutalidad de los cristianos (pues también se la enseña cuidadosamente),frente a la que el simple paganismo del negro de la costa occidental es algo limpio ymoderado. Aquellos pensamientos me llevaron a una gran distancia de mí mismo. -¡No haga eso! -gritó ella de repente, poniéndose las manos delante de los ojos. -¿Qué? Ella hizo un gesto con la mano. -¡Eso! Es... es todo morado. ¡No lo haga! Ese color duele. -Pero ¿cómo diablos conoce usted los colores? -pregunté, pues había descubiertouna revelación en sus palabras. -¿Los colores como colores? -preguntó ella. -No. Esos colores que acaba de ver ahora. -Lo sabe usted tan bien como yo -contestó, sonriendo-. De otro modo, no habríahecho esa pregunta. No están en absoluto en el mundo. Están en usted... cuando seenfada tanto.
    • -¿Quiere usted decir una mancha oscura, como el vino tinto mezclado con tinta? -pregunté. -No he visto nunca ni el vino tinto ni la tinta, pero los colores no están mezclados.Son separados... están todos separados. -¿Quiere usted decir como rayas y cintas que atraviesan el morado? -Sí... -asintió ella-, sí, son así -y trazó un movimiento de zigzagueo con el dedo-.Pero es todo más rojo que morado... ese mal color. -¿Y cómo son los colores en la parte superior de... lo que usted ve? Ella se adelantó lentamente y trazó sobre la manta de viaje la figura de un huevo. -Los veo así -dijo, señalando después con una brizna de hierba-, blanco, verde,amarillo, rojo, morado, y cuando la gente está enfadada o se siente mal, el negro através del rojo... tal y como estaba usted ahora. -¿Quién le dijo algo sobre todo esto... quiero decir quién fue la primera persona quese lo dijo? -pregunté. -¿Sobre los colores? Nadie. Solía preguntar por los colores cuando era pequeña... enlos tapetes, las cortinas, las alfombras... porque algunos colores me duelen y otros mehacen feliz. La gente me lo decía y cuando crecí fue así como empecé a ver a la gente -y volvió a trazar los contornos del huevo, que muy pocos de nosotros podemos ver. -¿Y todo eso por usted misma? -volví a preguntar. -Todo por mí misma. No había nadie más. Sólo más tarde descubrí que otraspersonas no veían los colores. Se apoyó sobre el tronco de un árbol, trenzando y destrenzando las briznas dehierba que arrancaba. Los niños se habían acercado más, aunque continuaban en elbosque. Les podía ver por el rabillo del ojo, jugueteando como ardillas. -Ahora estoy segura de que nunca se reirá de mí -dijo ella, después de un largosilencio-. Ni tampoco de ellos. -¡Por Dios! ¡No! -grité, sacudiendo la continuidad de mis pensamientos-. Un hombreque se ríe de un niño es un bárbaro... a menos que el niño también se esté riendo. -No quería decir eso, desde luego. Nunca se ha reído usted de los niños, pero creí...pensé... que quizá se podría haber reído de ellos. Así es que ahora le pido perdón...¿De qué se va a reír ahora? Yo no había producido ningún sonido, pero ella lo sabía. -De su petición de perdón. Si hubiera usted cumplido con su deber como pilar delEstado y como propietaria de tierras, tendría que haberme arrojado por intruso el otrodía, cuando penetré por ente sus bosques. Fue algo inexcusable por mi parte. Ella levantó la cabeza hacia mí, apoyándola contra el tronco del árbol... ypermaneció así obstinadamente, durante largo rato... esta mujer capaz de ver el almadesnuda. -¡Qué curioso! -medio susurró, casi para sí misma-. ¡Qué curioso es! -¿Por qué? ¿Qué he hecho? -No comprende... Y, sin embargo, comprendió usted lo de los colores. ¿Entiendeahora? Habló con una pasión que no estaba justificada por nada, y yo la observé,desconcertadamente, mientras se levantaba. Los niños se habían reunido detrás deunas grandes zarzas. Una cabeza brillante se inclinaba sobre otra algo más pequeña yla posición de los pequeños hombros me dio a entender que tenían los dedos en loslabios. Ellos también tenían algún tremendo secreto infantil. Únicamente yo meencontraba desamparadamente extraviado bajo la luminosa luz del sol. -No -dije y sacudí la cabeza en sentido negativo, como si los ojos muertos pudieranpercibir el movimiento-. Sea lo que fuere, no lo entiendo aún. Quizá lo comprenda mástarde... si me permite usted volver. -Volverá usted -comentó ella-. Estoy segura de que volverá y andará por entre elbosque.
    • -Quizá para entonces los niños ya me conozcan lo bastante como para dejarmejugar con ellos... como una especie de favor. Ya sabe usted cómo son los niños. -No es una cuestión de favor, sino de derecho -replicó la mujer. Mientras me estaba preguntando lo que significaba aquello, una mujer desmelenadadobló el recodo del camino, con el pelo suelto, el rostro amoratado, casi dandomugidos de dolor mientras corría. Se trataba de mi ruda y querida amiga gruesa quevendía dulces. La mujer ciega la escuchó y avanzó, preguntando: -¿Qué ocurre, Mrs. Madehurst? La mujer se llevó el delantal a la cabeza y se arrojó literalmente al suelo, gritando ydiciendo que su nieto estaba enfermo de muerte, que el doctor de la localidad se habíamarchado a pescar, que Jenny, la madre, estaba a punto de volverse loca; repetía unay otra vez todo lo que decía, entre grandes gritos. -¿Dónde vive el médico más cercano? -pregunté, muy agitado. -Madden se lo dirá. Vaya a la casa y lléveselo consigo. Yo atenderé esto. ¡Déseprisa! La ciega recogió a la mujer gruesa y la llevó hacia la sombra. Dos minutos despuésyo estaba haciendo sonar todas las trompetas de Jericó ante la fachada de la CasaHermosa, y Madden, que se encontraba en la despensa, estuvo a punto de sufrir unacrisis corno mayordomo y como hombre. Después de viajar durante un cuarto de hora a velocidades prohibidas, encontramosa un médico a unos diez kilómetros de distancia. Al cabo de media hora le dejamos enla puerta de la tienda de dulces, y salimos a la carretera para esperar el veredicto. -Los coches son cosas muy útiles -comentó Madden, sintiéndose hombre y nomayordomo-. De haber tenido uno cuando mi hija se puso enferma, no habría muerto. -¿Cómo ocurrió? -le pregunté. -Difteria. Mi esposa estaba fuera. Nadie sabía bien lo que hacer. Recorrí quincekilómetros en un camión que me recogió hasta encontrar a un médico. Cuandoregresamos, la niña ya había sufrido un colapso. Este coche la hubiera salvado. Ahoratendría cerca de diez años. -Lo siento -dije-. Por lo que me dijo el otro día, mientras me enseñaba el camino deregreso al cruce, pensé que le gustaban mucho los niños. -¿Les ha vuelto a ver... esta mañana? -Sí, pero parecen bien protegidos contra los coches. No conseguí que ninguno deellos se acercara a menos de veinte metros de distancia. Me observó cuidadosamente, del mismo modo en que un explorador podría observara una persona extraña... y no como un sirviente elevando sus ojos hacia su superior. -Me pregunto por qué -dijo, dejando que su voz se elevara apenas sobre surespiración. Esperamos. Una ligera brisa procedente del mar subió y bajó a lo largo de loscortafuegos de los bosques, y las hierbas del camino, bloqueadas ya por el polvo delverano, se elevaron y se inclinaron en oleadas amarillentas. Una mujer, quitándose las pequeñas burbujas de jabón de los brazos, se acercó a latienda, procedente de la granja contigua. -He estado escuchando en el patio de atrás -dijo alegremente-. Resulta que Arthurestá muy mal. ¿Acaban de oírle gritar? Está muy mal. Recuerdo que la próximasemana le toca a Jenny pasear por el bosque, Mr. Madden. -Perdóneme, señora, pero... se está usted confundiendo -dijo Maddenrespetuosamente. La mujer le miró asombrada, balbució unas palabras de disculpa y se marchóapresuradamente. -¿Qué quiere decir con eso de «pasear por el bosque» -pregunté. -Debe tratarse de alguna frase hecha que utilizan por ahí. Yo soy de Norfolk -dijoMadden-. En este condado son gente muy independiente. Le ha confundido a usted conun chófer.
    • Vi al doctor que en aquellos momentos salía de la casa, seguido de una muchachaque arrastraba los pies, y que colgaba de su brazo como si él pudiera acordar por ellaun pacto con el diablo. -Eso -decía ella-, ellos son para nosotros tanto como si hubieran nacido legalmente.Tanto... tanto. Y Dios estará tan contento si le salva, doctor. No se lo lleve de mi lado.Miss Florence le dirá exactamente lo mismo. ¡No le deje, doctor! -Lo sé, lo sé -dijo el hombre-, pero ahora estará tranquilo durante un rato.Conseguiremos la enfermera y la medicina con la máxima rapidez que podamos. Me hizo señas para que avanzara con el coche y sentí no haber estado enterado delo que iba a seguir. Pero vi el rostro de la muchacha, encogido y helado por el dolor, ysentí la mano, sin ningún anillo, que se agarró a mis rodillas cuando nos marchamos. El médico era un hombre de buen humor, pues recuerdo que puso mi coche bajo eljuramento de Esculapio, y utilizó, tanto el vehículo como a mí mismo, sin piedadalguna. Primero llevamos allí a Mrs. Madehurst y a la mujer ciega para que esperaranjunto al lecho del enfermo hasta que llegara la enfermera. Después invadimos unapequeña y limpia ciudad del condado para buscar medicinas (el médico decía que setrataba de una meningitis cerebro-espinal), y cuando el Instituto Médico del condado,flanqueado por un mercado de ganado, informó que no disponía de enfermeras por elmomento, nos lanzamos literalmente a recorrer todo el condado. Conferenciamos conlos propietarios de grandes casas -magnates que vivían al extremo de avenidasbordeadas de árboles y cuyas mujeres de buen esqueleto se levantaban de las mesasdonde estaban tomando el té para escuchar al imperioso doctor. Finalmente, unaseñora de pelo blanco, sentada bajo un cedro del Líbano, y rodeada por una corte demagníficos perros -todos ellos hostiles a los motores-, entregó al doctor órdenesescritas, que éste recibió como si de una princesa se tratara, y que llevamos a muchoskilómetros de distancia, a toda velocidad, a través de un parque, hasta llegar a unconvento de monjas francesas, donde, a cambio de los papeles escritos, recibimos auna hermana temblorosa, de rostro pálido. Ella se arrodilló, rezando sus oraciones sinpausa alguna, cortadas únicamente por breves observaciones del médico, hasta quellegamos una vez más a la tienda de dulces. Había sido una tarde muy larga, plagadade terribles episodios que surgían y se disolvían como el polvo de nuestras ruedas;intersecciones de vidas remotas e incomprensibles a través de las cuales pasamos enángulo recto; y me marché a casa al anochecer, agotado, para soñar con los cencerrosdel ganado; monjas de ojos redondos andando por un jardín lleno de tumbas;agradables reuniones donde se tomaba el té bajo la sombra de los árboles; los pasillospintados de gris, que olían a ácido carbólico, del Instituto Médico; los pasos de unosniños tímidos en el bosque, y las manos que se agarraron a mis rodillas en cuantoempezó a zumbar el motor. Tenía la intención de volver uno o dos días después, pero quiso el destinomantenerme apartado de aquella zona del condado, mediante numerosos pretextos,hasta que los saúcos y las rosas silvestres ya habían florecido. Amaneció finalmente undía brillante, con la claridad extendiéndose desde el sudoeste, lo que hacía que lascolinas parecieran encontrarse al alcance de la mano... un día de aire inestable y denubes altas y diáfanas. Aunque no había hecho ningún mérito propio, me encontrabalibre, así es que puse el coche en marcha dirigiéndome por tercera vez hacia aquellacarretera, ya conocida. Al llegar a la cresta de las colinas de las tierras bajas, sentí elcambio de aire, mucho más suave, como satinado bajo el sol; mirando hacia el Canalvi cómo en aquel instante el azul del mar cambiaba y adquiría un tono plateado pulidoque terminó por convertirse en un color de acero opaco. Un mercante empezaba aalejarse de la costa, buscando aguas más profundas, y vi cómo las velas se elevabanuna tras otra sobre la flota de pesca anclada. Por detrás de mí un repentino remolinode aire bramó a través de los protegidos robles, arrojando de ellos las primeras hojasdel otoño. Cuando llegué a la carretera de la playa, la neblina marina humeaba sobrelos muelles, mientras que la superficie del mar era agitada por el ventarrón. En menos
    • de una hora desapareció el verano inglés, convirtiéndose en una cosa fría y gris.Volvíamos a ser la isla cerrada del norte, con todas las naves del mundo bramandoante nuestras peligrosas puertas; y por entre sus gritos se escuchaban los graznidos delas gaviotas. Mi capa se humedeció, los pliegues de la manta de viaje recogieron elagua en pequeños charcos o la desviaron en diminutos riachuelos, y la salinidad delmar se pegó a mis labios. Tierra adentro, el olor del otoño cargaba la espesa niebla suspendida de los árbolesy el goteo se convirtió en una lluvia continua. Sin embargo, las flores tardías -lasmalvas, escabiosas y dalias- se mostraban alegres en medio de la humedad y, apartede la respiración salinosa del mar, había pocos signos de decaimiento en las hojas. Enlos pueblos, las puertas de las casas aún permanecían abiertas y los niños, de cabezarapada, permanecían sentados sobre los escalones de las puertas para burlarse de losextraños. Me atreví a llamar a la tienda de dulces, donde Mrs. Madehurst se encontróconmigo, mostrando las lágrimas acogedoras de una mujer gruesa. El hijo de Jenny,me dijo, había muerto dos días después de la llegada de la monja. Ella creía que eramejor de esa manera, pues ni siquiera las empresas de seguros estaban dispuestas aasegurar una vida tan aislada, por razones que ella no pretendía comprender. -Después del primer año, Jenny no atendió a Arthur como si hubiera nacidoadecuadamente... como la propia Jenny. Gracias a miss Florence el niño había sido enterrado con una pompa que, en opiniónde Mrs. Madehurst, ocultaba más que nada la pequeña irregularidad de su nacimiento.Me describió el ataúd, tanto por dentro como por fuera, el coche fúnebre de cristal y lashojas perennes que se arrojaron a la tumba. -Pero ¿cómo está la madre? -pregunté. -¿Jenny? ¡Oh, le pasará! Yo ya me he sentido así con uno o dos hijos míos. Losuperará. Ahora está paseando por el bosque. -¿Con este tiempo? -No sé, pero es como si abriera el corazón. Sí, abre el corazón. Eso es por lo que, ala larga, y según decimos nosotros, los que se marchan y los que llegan se parecentanto. La sabiduría de las esposas viejas es. mucho mayor que la de todos los padresjuntos, y esta última frase me hizo pensar tanto mientras regresaba a la carretera, quecasi tropecé con una mujer y un chiquillo situados en la esquina de la valla de madera situada junto a las puertas de entrada a la Casa Hermosa. -¡Un tiempo terrible! -dije, aminorando la velocidad para realizar el giro. -No es tan malo -me contestó plácidamente desde la niebla-. Estamosacostumbrados a él. Creo que estará usted mejor dentro de la casa. Dentro, Madden me recibió con una cortesía profesional y con amables preguntassobre la salud del motor, que él se encargó de proteger, cubriéndolo. Esperé en una sala silenciosa, del color de la nuez, adornada con flores y calentadacon un delicioso fuego de madera... un lugar de influencia beneficiosa y de gran paz.(A veces, y después de un gran esfuerzo, los hombres y mujeres pueden conseguir unlugar adecuado donde descansar; pero la casa, que es su templo, no puede decir otracosa más que la verdad sobre quienes han vivido en ella.) Un cochecito de niño y unamuñeca se encontraban sobre el suelo blanco y negro, del que se había retirado unaalfombra. Tuve la sensación de que los niños acababan de salir de allí a toda prisa -posiblemente para ocultarse en los numerosos recovecos de la gran escalera que subíafirmemente, a partir de la sala, o para ocultarse a las miradas detrás de los leones y delas rosas esculpidas en la galería de arriba. Entonces, escuché su voz encima mío,cantando como puede cantar una ciega desde lo más profundo del alma: En el agradable final del huerto Y, ante aquella voz, regresó a mí toda la primera época del verano. En el agradable final del huerto,
    • decimos que Dios bendice todas nuestras ganancias Pero si Dios bendijera todas nuestras pérdidas, sería mejor para nuestro rango. Dejó caer aquella afortunada quinta estrofa y repitió: ¡Sería mejor para nuestro rango! La vi inclinarse sobre la galería, con sus manos unidas tan blancas como las perlas,contra la madera de roble. -¿Es usted... el que viene desde el otro lado del condado? -me preguntó. -Sí, soy yo... el que viene desde el otro lado del condado -le contesté, riendo. -¡Cuánto tiempo ha pasado antes de que haya vuelto de nuevo! -dijo, bajando lasescaleras, tocando ligeramente el pasamanos-. Hace ya dos meses y cuatro días. ¡Elverano ha terminado! -Quise haber venido antes, pero el destino me lo impidió. -Lo sabía. Por favor, haga algo con ese fuego. No me dejan jugar con él, pero puedosentir que se está apagando. ¡Remuévalo! Miré a ambos lados de la profunda chimenea y sólo encontré un palo mediochamuscado, con el que aticé el fuego y coloqué sobre él un tronco negro. -Nunca se apaga, ni de día ni de noche -dijo ella, a modo de explicación-. Para elcaso de que alguien venga con los dedos de los pies fríos. -Se está mucho mejor aquí dentro que fuera-murmuré. La luz roja se derramaba a lo largo de los polvorientos paneles de madera, pulidospor el tiempo, hasta que las rosas Tudor y los leones de la galería adquirieron color ymovimiento. Un viejo espejo convexo, rematado por un águila, captaba la imagen ensu misterioso corazón, distorsionando las ya distorsionadas sombras, y doblando laslíneas de la galería hasta convertirlas casi en las curvas de un navío. El día se ibaapagando en medio del ventarrón, mientras los girones de niebla se deslizabanrápidamente. A través de los parteluces sin cortinas de la gran ventana, podía ver a losvalientes caballeros del prado retroceder y recuperarse ante el viento, que les insultabacon legiones de hojas muertas. -Sí, debe ser maravilloso -dijo ella-. ¿Quiere usted mirarlo desde arriba? ¿Aún quedaluz suficiente? La seguí por la impávida y amplía escalera hasta la galería, donde abrió unasdelicadas puertas de estilo isabelino. -¿Se da cuenta qué bajas han puesto las cerraduras por el bien de los niños? -mepreguntó, abriendo una ligera puerta hacia dentro. -Y, a propósito, ¿dónde están? -pregunté-. Hoy ni siquiera los he escuchado. No me contestó enseguida. Después dijo: -Sólo puedo escucharlos -contestó suavemente-. Esta es una de sus habitaciones...todo está preparado, como podrá ver. Me señaló al interior de una habitación pesadamente enmaderada. Había allí mesaspequeñas y sillas para niños. Una casa de muñecas, con su parte delanterasemiabierta, estaba situada frente a un gran caballo de cartón, desde cuyo estribo sóloquedaba muy poca distancia hasta el ancho asiento que había junto a la ventana, ydesde donde se podía observar todo el prado. Un arma de juguete estaba en un rincón,junto a un atractivo cañón de madera. -Seguramente, acaban de marcharse -susurré. En la débil luz del atardecer, una puerta crujió cautelosamente. Escuché el susurrode un vestido y los ligeros pasos de unos pies... de unos pies que se movíanrápidamente por la habitación de al lado. -He oído eso -gritó ella triunfalmente-. ¿Lo ha escuchado usted? ¡Niños! ¡Oh, niños!¿Dónde estáis? La voz llenó las paredes hasta la última y perfecta nota, pero no se escuchó ningunarespuesta, tal y como había ocurrido en el jardín. Nos dirigimos apresuradamente aotra habitación con suelo de madera de roble; un paso arriba aquí, tres pasos abajo
    • allí; cruzamos un verdadero laberinto de pasillos, siempre burlados por nuestraspresas. Era como si estuviéramos tratando de explorar una madriguera con variasentradas, utilizando un solo hurón. Había innumerables refugios... nichos en lasparedes, alféizares en las ventanas profundamente rajadas y ahora oscurecidas,rebasadas las cuales podían salir por detrás nuestro; y chimeneas abandonadas, conmampostería de dos metros de espesor, así como una verdadera maraña de puertasque se comunicaban. Pero, sobre todo, ellos disfrutaban de la penumbra en nuestrojuego. Capté una o dos jocosas risitas de evasión, y en una o dos ocasiones más vi lasilueta de un vestido infantil, reflejándose contra alguna ventana oscurecida, en elextremo de algún pasillo; pero regresamos a la galería con las manos vacías, en elinstante en que una mujer de edad media estaba encendiendo una lámpara en sunicho. -No, tampoco la he visto esta tarde, miss Florence -la escuché decir-, pero eseTurpin dice que la quiere ver en su cobertizo. -¡Oh! Mr. Turpin debe querer verme con urgencia. Dígale que acuda al salón, Mrs.Madden. Miré abajo, hacia el salón, cuya única luz era el fuego opaco, y por fin les pude veren aquellas profundas sombras. Debían haber bajado hasta allí, sigilosamente,mientras les buscábamos por los pasillos, y ahora creían hallarse perfectamenteocultos detrás de una atractiva pantalla de cuero. Según todas las leyes infantiles, mibúsqueda inútil era tan buena como una presentación de mí mismo, pero como mehabía tomado tantas molestias, decidí forzarles a salir más tarde, mediante el simpletruco, detestado por los niños, de aparentar que los ignoraba. Estaban cerca, en unpequeño montón; no eran más que sombras, excepto cuando alguna rápida llamaradapermitía distinguir algún que otro contorno. -Y ahora tomaremos el té -dijo ella-. Creo que tendría que habérselo ofrecido alprincipio, pero, de algún modo, no se acostumbra una a conservar las buenas formascuando se vive sola y es considerada como alguien... hmmm... peculiar -después, conaquel mismo tono de burla, me preguntó-: ¿Quiere usted una lámpara? -La luz del fuego es mucho más agradable. Descendimos a la deliciosa penumbra y Madden nos trajo el té. Coloqué mi silla en dirección a la pantalla, preparado para sorprender, o para sersorprendido, según y como se desarrollara el juego. Después de solicitar su permiso,porque el fuego de una chimenea siempre es sagrado, me incliné hacia adelante parajugar con el fuego. -¿Dónde consigue estos maravillosos haces de leña corta? -pregunté por decir algo-.¡Pero cómo! ¡Si son cuentas de medición! -Claro -replicó ella-. Como no puedo leer ni escribir, me veo obligada a utilizar lasantiguas cuentas inglesas de medición para hacer mis propias cuentas. Déme uno deesos palos y le diré lo que significa. Le entregué una estaca no quemada, de poco más de treinta centímetros delongitud, y ella recorrió las muescas con los dedos. -Estas son las cuentas de la leche del mes de abril del año pasado, en galones -dijo-. No sé lo que hubiera hecho sin estas cuentas. Un viejo guardabosque me enseñó elsistema. Ahora ya está anticuado para todo el mundo; pero quienes me rodean lorespetan. Uno de los arrendatarios va a venir ahora a verme. ¡Oh! No importa. No tienenada que hacer aquí fuera de las horas de oficina. Es un hombre avaro e ignorante...muy avaro o, de otro modo... no vendría aquí después de oscurecido. -¿Quiere eso decir que tiene usted mucho terreno? -Sólo unas ochocientas hectáreas, gracias a Dios, al menos de forma directa. Lasotras dos mil cuatrocientas están arrendadas casi todas a la gente que conoció a mispadres antes que a mí, pero este Turpin es un hombre bastante nuevo... y un ladrónde caminos. -Pero ¿está segura de que yo no debería...?
    • -Desde luego que no. Tiene usted todo el derecho a quedarse. El no tiene niños. -¡Ah, los niños! -exclamé y deslicé mi silla baja hacia atrás de modo que casi toquéla pantalla que les ocultaba-. Me pregunto si saldrán para verme. Se produjo un murmullo de voces -la de Madden y otra más profunda- junto a lapuerta, baja y oscura, y en la sala penetró un gigante con el pelo de color rojo,cubierto con una capa, al modo inconfundible de los granjeros arrendatarios. -Acérquese al fuego, Mr. Turpin -dijo ella. -Sí... sí me permite, señora, estaré... estaré mejor aquí, junto a la puerta. Al hablar, se sujetó al pomo de la puerta como un niño asustado. De repente, me dicuenta de que se hallaba afectado por un temor casi insuperable. -¿Y bien? -Sobre ese nuevo cobertizo para los animales jóvenes... eso era todo. Estastormentas de primeros de otoño... pero volveré otra vez, señora -sus dientes nocastañeteaban más de lo que temblaba el pomo de la puerta. -Creo que no --contestó ella sensatamente-. El nuevo cobertizo... hmmm. ¿Qué leescribió mi agente el día 15? -Supuse que, quizá, si venía a verla... como de... hombre a hombre, señora. Pero... Sus ojos escudriñaron cada uno de los rincones de la estancia, muy abiertos y llenosde horror. Medio abrió la puerta por la que había entrado, pero noté entonces que lapuerta volvía a cerrarse... desde el exterior y con firmeza. -El le escribió lo que yo le dije -siguió la mujer-. Ya tiene usted existenciassuficientes. La granja de Dunnett nunca tuvo más de cincuenta novillos... ni siquiera enlos tiempos de Mr. Wright. Y él estaba endurecido. Ahora tiene usted setenta y cinco yno es lo bastante duro. Ha roto usted el pacto en ese aspecto. Está sacándole elcorazón a esa granja. -Voy... voy a traer algunos minerales, superfosfatos... la semana que viene.Prácticamente, ya he pedido un camión lleno. Mañana bajaré a la estación a por ellos.Después puedo venir a verla y hablar... de hombre a hombre, miss, a la luz del día.Este caballero no se va a marchar, ¿verdad? -casi gritó. Sólo había deslizado la silla un poco más hacía atrás, extendiendo la mano para darunos golpecitos en la pantalla, pero él saltó como una rata. -No. Por favor, atiéndame, Mr. Turpin -dijo ella, volviéndose hacia él, que estaba deespaldas a la puerta. Fue una especie de pequeña, vieja y sórdida intriga la que ella le fue sacando... elruego de él de que fuera la patrona la que pagara el nuevo cobertizo, que él podríapagar con el estiércol obtenido, deduciéndolo del pago de la renta del año siguiente,como ella dejó bien claro, mientras que él había agotado los pastos hasta los huesos.No pude dejar de admirar la intensidad de la avaricia de aquel hombre, cuando le viresistiendo el terror que pudiera sentir y que hacía que el sudor le corriera por lafrente. Dejé de dar golpes en el cuero... en realidad, estaba calculando el coste delcobertizo, cuando noté cómo mi mano relajada era tomada y doblada suavementeentre las manos suaves de un niño. Así es que, finalmente, había triunfado. Dentro deun momento, podría girarme y conocer personalmente a aquellos traviesos de piernasrápidas... El pequeño y susurrante beso cayó en el centro de la palma de mi mano... como unregalo sobre el que se esperaba ver cerrar los dedos: como la señal de un niño fiel, enactitud reprochante, por no estar acostumbrado a que se le tenga en cuenta aúncuando las personas mayores puedan estar muy ocupadas... un fragmento del códigomudo inventado hacía mucho tiempo. Entonces, lo supe. Y fue como si lo hubiera sabido desde el primer día, cuando miréa través del prado, hacia la ventana de arriba. Oí cerrarse la puerta de un portazo. La mujer se volvió hacia mí, en silencio, y tuvela sensación de que ella también lo sabía.
    • No puedo decir cuánto tiempo pasó después de esto. Me sentí sobresaltado por lacaída de un tronco, y me levanté mecánicamente para colocarlo de nuevo en su sitio.Después regresé a mi lugar en la silla, muy cerca de la pantalla. -Ahora locomprenderá -susurró ella, a través de las densas sombras. -Sí, lo comprendo... ahora. Gracias. -Yo... yo sólo les escucho -ocultó su cabeza entre las manos-. No tengo ningúnderecho, ya lo sabe... ningún otro derecho. No los he dado a luz, ni los he perdido... ¡Nidado a luz ni perdido! -Siéntase entonces muy contenta -dije, pues mi alma se había abierto por completoen mi interior. -¡Perdóneme! Ella quedó en silencio, y yo regresé a mis penas y alegrías. -Fue porque les quería tanto -dijo ella al fin, con la voz rota-. Esa fue la razón,incluso desde el principio... incluso antes de saber que ellos... ellos serían todo lo queiba a tener jamás. ¡Y les amaba tanto! Extendió los brazos hacia las sombras que había dentro de las sombras. -Ellos vinieron porque yo les amaba... porque les necesitaba. Yo... tuve que haberleshecho venir de algún modo. ¿Fue algo incorrecto? ¿Qué piensa usted? -No... no. -Le... garantizo que los juguetes... y toda esa clase de cosas no tienen ningúnsentido, pero... pero solía ponerlos porque odiaba las habitaciones vacías cuando erauna niña -señaló hacia la galería y añadió-: Y los pasillos todos vacíos... ¿Y cómopodría soportar tener siempre cerrada la puerta del jardín? Suponga... -¡No! ¡Por el amor de Dios, no! -grité. El crepúsculo había traído consigo una lluvia fría que caía a ráfagas, tamborileandosobre los cristales de las ventanas. -Y lo mismo sucede con eso de mantener encendido el fuego por la noche. No creoque sea nada tan tonto... ¿verdad? Observé la gran chimenea de ladrillos y creo que, a través de las lágrimas, vi que nohabía ningún hierro en ella o cerca de ella, e incliné la cabeza. -Hice todo eso y muchas otras cosas... sólo para hacer creer. Entonces vinieron. Lesescuché, pero no sabía que no eran míos por derecho, hasta que Mrs. Madden me lodijo... -¿La esposa del mayordomo? ¿Qué? -Uno de ellos... oí decir... ella lo vio. Y lo supo. ¡De ella! No para mí. No lo supe alprincipio. Quizá estaba celosa. Después comencé a comprender que todo era porque yoles amaba, no porque.... ¡Oh! Se les tiene que parir o perder -dijo, piadosamente-. Noexiste ningún otro camino... y, sin embargo, ellos me aman. ¡Tienen que amarme!¿Verdad? No se escuchó ningún ruido en la habitación excepto el chisporrotear del fuego, perolos dos escuchamos atentamente y, finalmente, ella se alivió con lo que escuchó. Serecuperó y se incorporó a medias. Yo seguía sentado en mi silla, junto a la pantalla. -No crea que soy una bruja como para gimotear sobre mí misma de este modo,pero... pero ya sabe que estoy en la más completa oscuridad, mientras que ustedpuede ver. Sí, podía ver, y mi visión me confirmaba en mi resolución, aunque eso era como laseparación del espíritu y la carne. Sin embargo, me quedaría un poco más, puesto queera la última vez. -Entonces, ¿cree usted que es algo erróneo? -preguntó agudamente, aunque yo nohabía dicho nada. -No para usted. Mil veces no. Para usted es correcto... Me siento muy agradecidohacia usted, más allá de lo que puedan expresar las palabras. Pero para mí seríaerróneo. Para mí sólo...
    • -¿Por qué? -preguntó ella, pero se pasó la mano por delante de su cara, como habíahecho durante nuestro segundo encuentro, en el bosque-. ¡Oh! Ya comprendo -dijo,como si fuera una niña-. Para usted sería erróneo -y después, con una ligera risita,añadió-: Y ¿recuerda usted? Una vez le llamé afortunado... al principio. ¡Usted, que yano tiene por qué volver aquí otra vez!. Me dejó permanecer sentado un poco más junto a la pantalla, y escuché el sonidode sus pasos muriendo a lo largo de la galería de arriba.