De soldado orgulloso a veterano indigente

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De soldado orgulloso a veterano indigente

  1. 1. De soldado orgulloso a veterano indigente. La Guerra del Pacífico Resumido por: Francisco Javier Urzúa Rodríguez Basado en el trabajo de: Carlos Donoso y Juan Ricardo Couyomdjian.Furzuar Copyleft 2012, permitida la copia,redistribución y modificación, citando alautor. http://furzuar.blogspot.com [1]
  2. 2. La Guerra del Pacífico fue un enfrentamiento bélico entre el Estado de Chile y la alianza de Perú yBolivia, estalló en 1879. Las Fuerzas Armadas Chilenas se encontraban en condiciones deplorables,debido a reiterados recortes presupuestarios, bajando la dotación del Ejército de 23.000 hombres en1874 a sólo 6.000 en 1879, más al rededor de 50.000 reservistas 1, mientras que Perú y Boliviamovilizaban cerca de 120.000 hombres.El entusiasmo inicial y los enganches.Al estallar la guerra todo hombre mayor de 16 años y menor de 40 era «Reclutable» como soldado,mientras que para corneta o tambor, la edad bajaba a 10 años. La estatura mínima exigida era de 1,52metros, tener disposición al servicio y capacidad física para soportar las fatigas propias de éste. Almomento de ser enganchado, cada voluntario firmaba un documento que lo ligaba al Ejército por 5 ó 6años, recibiendo un pago de 6 pesos al mes.Junto con firmar el documento de ligación al ejército, cada soldado recibía la Cartilla del Soldado, enla cual se explicitaban las normas disciplinarias del Ejército e instrucciones de manejo del armamento.Además, cada soldado debía saber con precisión los nombres de Cabos, Sargentos y oficiales de sucompañía y conocer las leyes penales y militares.Al estallar la guerra, se generó una suerte de entusiasmo colectivo en la población, el que aumentó conla llegada de los chilenos expulsados de los territorios peruanos. Contando la guerra desde el primermomento con el apoyo popular. Centenares de jóvenes, sin distinción de clases, acudían a los cuartelespara inscribirse como voluntarios, muchos oficiales incluso manifestaron su intención de hacer lacampaña sin remuneraciones. Desde Bomberos hasta estudiantes universitarios, se organizabanformando batallones para ir al frente. Los cargos de oficiales eran ocupados por miembros dereconocidas familias.El fervor patriótico estaba en su cénit, los hombres partían con orgullo a defender a su país, muchosrenunciaban a vidas de comodidades en pos de la patria, incluso un teniente antes de partir al frente,firmó un testamento, dejando todos sus bienes al Estado en caso de morir en la guerra.El entusiasmo se contagiaba entre la población infantil, quizás el caso más patente es el de Luis CruzMartínez, quien con sólo 14 años logró ser aceptado en el Regimiento Curicó, otros ingresaban sin gocede sueldo, sólo con derecho a rancho. Un soldado acantonado en Iquique, mientras observaba eldesembarco del Batallón Quillota, vio que su hermano de 12 años estaba entre las filas, informando deesto a sus autoridades, el niño fue enviado de vuelta a Valparaíso, donde se perdió su pista,sospechándose que volvió oculto al norte. Muchos de estos niños provenían de hogares malconstituidos o de pobreza extrema, por lo que partir a la guerra, se presentaba como una solución a susproblemas.En algunos casos familias enteras partían al norte, junto a los cuerpos de los 77 héroes de LaConcepción se hallaron los de 4 mujeres que acompañaban a sus esposos, un niño de 5 años y un reciénnacido. Había soldados que partían junto a sus hijos, hermanos y mujer a la guerra.No todos los que vestían de soldado lo hacían por amor a la patria, muchos lo hacían por la paga de 6pesos, comida y vestuario. Además, los presos de la Penitenciaría de Santiago cambiaban la vida1 Soldado que ha cumplido con su servicio militar y ha retornado a la vida civil. Puede ser llamado al servicio en tiempos de guerra [2]
  3. 3. carcelaria por la militar. «Malos ciudadanos, buenos soldados» Decía un viejo oficial de Ejército.Pero llegó un momento en que el enganche voluntario no fue suficiente, por lo que se buscaron otrasformas de reclutamiento. Siendo entre todas, la mas efectiva, la del reclutamiento forzoso, para el quese utilizaron todo tipo de tácticas. Por ejemplo, si un hombre se encontraba circulando pasadas las 10de la noche, era enganchado, los peones de fundos, también lo eran, en algunas partes, se soltabanperros y en Quillota, un juez ofreció enganchar a todos los ebrios que llegasen detenidos. Losresultados de estos enganches fueron dispares, por lo que se procedió a transferir a los enganchados dedistintos batallones para llenar los que tenían vacantes, por ejemplo, el Batallón Aconcagua sólocontaba con 4 hombres de la zona, el resto provenía de Quillota, Chillán, Talca, Vichuquén yCauquenes.Problemas con los enganchados.A pesar de que la ordenanza general del Ejército fijaba pautas claras con respecto a la condición físicade los enrolados, muchos de ellos, saludables al momento de partir, llegaban al norte tan débiles que nisiquiera podían disparar su fusil.Es por esto, que en junio de 1879 el gobierno ordenó a los jefes que examinaran a los individuos yalistaran sólo a los robustos y de buena salud. Posteriormente el ministro Santa María recomendaba noenganchar a gente inútil, porque el norte ya estaba repleto de ellos.Situación Sanitaria:Al inicio de la guerra, los hospitales de campaña eran –en su mayoría– utilizados por enfermos. Porejemplo en el hospital de Pisagua, de los 199 pacientes que había en Diciembre de 1879, 194 estabanpor enfermedades y sólo 5 por heridas de guerra. A lo largo del año 1879 se dieron cerca de 200licencias por diversas enfermedades.Esta situación fue aprovechada por quienes estando sanos, querían dejar el servicio, quizásdecepcionados de las condiciones impuestas por la guerra. Hacia diciembre de 1879, el Ministro delInterior hacía ver al Ministro de Guerra en Campaña la preocupación por el elevado número delicenciados.El problema continuó con el tiempo, en marzo de 1880, el Ministro del Interior informaba al Generalen Jefe del Ejército del Norte que había comprobado que muchos de los individuos de tropa quellegaban del norte no padecían enfermedades graves o que los imposibilitaran para el servicio.Recomendaba entonces, no licenciar a nadie, sólo a quienes cuya enfermedad no pudiese ser tratada enlos hospitales del norte.De todas formas, el número de deserciones a lo largo del conflicto fue sorprendentemente bajo, seestima que no fueron más de 650 fugados, de los cuales, un tercio se produjo en los primeros dos añosde contienda. Dada la baja cantidad de plazas disponibles por fugas, fueron éstas repuestasrápidamente, incluso cuando reinaba el desencanto.La prensa difundía ampliamente los preparativos del ejército. Un ex-Ministro del Estado peruanoseñalaba que ellos no requerían de espías en Chile, les bastaba con tener todos los diarios de donde [3]
  4. 4. extraían todos los datos que necesitaban.Los centros de entrenamiento de las tropas presentaban serias deficiencias propias de la improvisacióncon la que se hacía frente al conflicto. Muchos de estos lugares no contaban con la más mínimainfraestructura para acoger a los huéspedes. Llegando a existir relatos de donde debían dormir 40soldados en pequeñas habitaciones.Las condiciones durante el viaje hacia el norte no eran mejores, la tropa debía dormir en la cubierta delos barcos o en las bodegas. Muchos de los soldados sucumbían ante el mareo y permanecían postradosdurante los tres días de viaje. Los más resistentes repartían el tiempo conversando o leyendo. Albertodel Solar narra que una de las distracciones preferidas de la oficialidad era permanecer cerca de lossoldados para escuchar sus cómicas reflexiones.Disciplina y preparación.El entusiasmo con que los enganchados partían al frente, muchas veces desbordó su preparación física,táctica y disciplinaria. En noviembre de 1879, el Ministro de Guerra informaba al Presidente que elEjército estaba conformado por «una multitud de paisanos que lo desquician todo». Meses mas tarde, laoficialidad hacía notar la ineficiencia de los enganchados a la fuerza, haciendo presente que con losenganchados no había forma de enseñarles a servir un cañón.Faltaba disciplina, en un simulacro de combate entre dos batallones, desembocó en una batalla campalentre ellos, dejando un muerto y varios heridos. La misma falta de espíritu de cuerpo hizo que losmarineros del transporte Rimac, ante su inminente captura, en lugar de formar, asaltaran la cámara deoficiales, destrozando todo a su paso. Misma cosa pasó luego de la toma de Iquique, los soldadosdieron rienda suelta a sus instintos, saqueando y arrasando la ciudad.Pero los problemas disciplinaros no sólo afectaban a la tropa, pocos eran los oficiales de carrera, lanecesidad de sumar oficiales, llevó al gobierno a llenar estas plazas con jóvenes de familias destacadaso por políticos que decidían ir a la guerra.Los oficiales de carrera hacían presente eso a sus familias en Santiago, el comandante del RegimientoZapadores relataba: « los cucalones2 andan todos perdidos y formándose un concepto de los asuntosguerra con libertad completa... basta con esto para que no haya dos que piensen de la misma manera».En septiembre de 1879, llegaban a Antofagasta dos hijos del presidente Pinto, ostentando grados demayor y de teniente, pese a no tener preparación alguna. Un oficial del Regimiento Esmeralda 3 relataque al momento de su arribo al norte, no tenía la menor idea ni lograba identificar los toques decorneta, limitándose sólo a mirar e imitar a sus compañeros.La falta de experiencia de los jefes tuvo funestas consecuencias, por ejemplo, en 1880 un tenienteordenó a un soldado herido que partía a Valparaíso despojarse de su uniforme y de sus pertenenciasporque le podían servir a otro, siendo castigado gravemente por su falta de criterio.La antigua oficialidad se sentía incómoda con la presencia de civiles en las fuerzas expedicionarias,2 Oficial que obtuvo su cargo por motivos familiares. (Peyorativo)3 Regimiento principalmente formado por los hijos de las principales familias de Santiago y Valparaíso. [4]
  5. 5. José Francisco Vergara recuerda que a su llegada a Antofagasta, Emilio Sotomayor había tomado unaespecie de manía con los civiles que había en el Ejército.Si bien las diferencias nunca se acabaron, amainaron con el correr del conflicto, en la medida que losciviles incorporados fueron demostrando en la práctica sus capacidades estratégicas y arrojo en elcampo de batalla. Un testigo del desembarco de Pisagua relataba asombrado el empuje de los Rotos.Marinos ingleses recorrían asombrados el campo de la acción sin poder creer que haya sido tomado por800 hombres que fueron los únicos que entraron en pelea, estando el sitio defendido por más de mil.Por eso declaran que este hecho de armas es único entre los de su especie.Mujeres en la guerra.Para evitar el desamparo económico de sus familias, muchos soldados fueron autorizados a embarcarseal norte junto con sus familias. Sin embargo, esta idea tenía un trasfondo práctico, pues las mujeres seocuparían en las cocinas y lavando ropa, sin embargo, al poco tiempo se transformó en un problemaque amenazaba la organización militar. Recién iniciada la guerra, el transporte Limarí llevaba aAntofagasta 500 soldados, más 100 mujeres y 60 niños.No todas eran esposas o parientes. Durante un examen médico a los potenciales reclutas, en la localidadde San Carlos se descubrió a una mujer disfrazada de hombre. No es de extrañar entonces, que en elnorte proliferaran enfermedades venéreas, en los primeros meses del conflicto, éstas representaron el40% de las hospitalizaciones. Ante esta alarmante situación, el General en Jefe del Ejército del Nortedispuso que el Cuerpo Sanitario de Antofagasta revisara semanalmente a las mujeres para determinar siestaban infectadas.Finalmente en agosto de 1879 un decreto prohibió que los contingentes trasladados al norte fuesenacompañados de mujeres, y dispuso el inmediato regreso a Valparaíso de las que estaban con el Ejércitoen Antofagasta. La medida se justificaba porque entorpecían el movimiento de la tropa, así como larápida ejecución de las órdenes. El decreto fue objetado por algunos comandantes, que veían en elelemento femenino un valioso auxiliar como cantineras. Para aminorar estos intereses, poco tiempodespués se dispuso que cada regimiento podía ser acompañado por dos cantineras, aunque en lapráctica fueron muchas más.A pesar de la prohibición, muchas mujeres se embarcaron ilícitamente, utilizando las estrategias másinsólitas. Algunas al subir a despedirse de los soldados, se mezclaban con la tropa y se ponían algúnuniforme de repuesto y se tiraban al suelo envueltas en un poncho. A bordo, debían viajarentremezcladas con los soldados.La vida de algunas mujeres en la guerra fue trágica, muchas murieron de sed o en medio de loscombates, otras no pudieron soportar la pérdida de sus hombres y caían en el alcohol o en la demencia.El rol de la mujer en la guerra fue fundamental. Llevaban el bagaje, los víveres, cartuchos; hacían lacomida y preparaban el campamento.Vivir en el desierto.Al momento de partir, cada soldado era provisto de un rifle, mochila, morral, un colchón, una frazada, [5]
  6. 6. dos trajes completos de paño, quepis lacre con visera y ribetes negros, una chaqueta hasta la cintura decolor azul negro, un pantalón pardo o un color semejante, dos pares de botas y dos camisas. Ademásllevaba una caramayola con su depósito para líquidos, un plato y una cuchara. La rutina diaria en loscampamentos se iniciaba a las 5 de la mañana con el toque de diana. Los ejercicios comenzaban a las 6y se prolongaban hasta las 10:30, (rancho); se reanudaban entre las 14 y las 17:30; la retreta comenzabaa las 20 horas y a las 21 reinaba el silencio.La vida que les esperaba en los territorios ocupados no era mejor. Enfrentados a una férrea disciplinamarcial, con una ración de alimentos limitada, soportando un clima infernal y plagado de insectos.Miles de soldados fueron inicialmente acantonados en Antofagasta. Donde la inactividad hizo que paramuchos la estadía fuese un martirio. Allí la deserción no era una opción viable, por la aridez del áreacircundante como por las consecuencias que podía traer el ser descubierto, así, cinco cruces lerecordaban a diario a los soldados el castigo a los desertores.Lejos del hogar, el tedio de la inactividad4, sumado a la rigidez de la disciplina militar tuvo porconsecuencias el surgimiento de prostíbulos, chinganas y garitos de juegos.Los esperados días de franco terminaban en en borracheras generalizadas que fueron minandopeligrosamente la disciplina. Dicen observadores de la guerra que pocos son los soldados que no hanrecibido sanciones por faltas disciplinarias.El problema del alcohol se extendía también a la Marina. Los bravos artilleros una vez en tierra setransformaban en gañanes inútiles, los impecables trajes de la Armada se transformaban en pestilentespilchas que sólo servían para tapar las carnes.Muchos oficiales fueron licenciados por su adición a la bebida y el consiguiente relajamiento que ellosignificaba. Los centinelas también caían en el mismo vicio, aumentando los intentos de deserción.Las largas esperas generaron conflictos entre batallones, en Antofagasta, las peleas fueron tal cotidianasque debieron diferirse los días libres entre el Batallón Aconcagua y el Melipilla. Mientras que enIquique, pasaba lo mismo con los del Caupolicán y el Esmeralda.Los conflictos sucedían por asuntos menores, en Arica, dos batallones se disputaban el honor de entrarprimero en Lima. Otro caso fue la muerte de la mascota del Regimiento Lautaro, por parte de un oficialdel Coquimbo, que agrió las relaciones entre estos cuerpos por mucho tiempo.Los castigos variaban según la falta, iban desde doble turno hasta la pena de muerte. Pese a que lanorma no especificaba distinciones entre oficiales y soldados, los castigos fueron mayoritariamenteimpuestos a éstos.Diversas soluciones surgieron ante los casos de relajamiento en la disciplina, entre ellas, evitar lasaglomeraciones de tropas y luego, algunos comandantes comenzaron a restringir los días de franco yentregar el dinero necesario para la vida del soldado, pero no para alcohol. El resto del dinero seenviaba a la familia del combatiente.La iniciativa no prosperó, el comandante del Batallón Valdivia, alegando que casi la totalidad del4 La primera campaña terrestre comenzó el 2 de noviembre de 1879 y los soldados estaban acantonados en Antofagasta desde el 14 de febrero del mismo año. [6]
  7. 7. salario se gastaba en alcohol y prostitutas, propuso al Ministro de Guerra que las mesadas otorgadas alos soldados, fuesen cobradas por sus familias, reservando para ellos sólo lo necesario para cubrir lasnecesidades básicas. Sin embargo, el Ministro estimó que no se podía decretar la suspensión de lasmesadas sin el expreso consentimiento de los imponentes. Quienes sí estuvieron dispuestos a enviarparte del dinero a sus familias, sufrían de un inconveniente, los pagos se realizaban en la Intendencia deValparaíso, por lo que para quienes no eran del puerto, el costo para desplazarse hasta él era tan altocomo el dinero remitido.La dureza de los ejercicios y los esporádicos enfrentamientos con el enemigo, se transformaron eneficaces apaciguadores del espíritu en medio de tan desalentador panorama. Un capellán relataba queen ninguna otra época había tenido tan buenas confesiones.Tras el desembarco en Pisagua y el combate de Germania, hubo un tiempo en el que las tropasestuvieron inactivas, sin agua ni víveres. Un soldado recuerda que al ir a la campaña todosconsideraban justo sacrificarse en aras de la Patria, pero no tomaban en cuenta la forma en la que seríanutilizados sus sacrificios. Nadie pudo negar, que la tropa chilena después de la victoria, sintió muchahambre y sed.Aun cuando no sufriesen estas penurias, la inactividad socavaba la moral de la tropa un sargento sequeja de que nadie sospechaba que la guerra sería esperar en ese puerto (Pisagua). Pese a reconocer elSargento las labores desarrolladas en pos de la guerra por la tropa, demuestra su afán de batalla.La vida de campamento y la prolongada inactividad era considerada peligrosa por algunos oficiales,pues daba tiempo de pensar a los soldados, previendo graves faltas disciplinarias. Por ello sepermitieron festivales de chistes, mimos, funciones de títeres, de teatro, etc... Las funciones de títeresfueron prohibidas porque hacían abiertos e irónicos reclamos por la comida, vestuario y castigos.Importante papel jugaron en el desarrollo de la guerra las mascotas de los regimientos, que pasaban aconstituir una suerte de emblema y recibían el afecto de la tropa. El Coquimbo adoptó a un perrocallejero que bautizaron con el nombre del cuerpo, fiel pero debieron sacrificarlo antes de entrar aLima, pues no dejaba de ladrar, cosa que entorpecería el ataque. El Regimento Lautaro con su canhomónimo, que participó en la batalla de Tacna cazando un zorro momentos antes del ataque,augurando la victoria. Tras la dura campaña de la Sierra fue ascendido a Sargento.Lautaro se vio envuelto en una pelea con Coquimbo, el oficial de guardia del Regimiento Coquimbointentó separar a las mascotas, golpeando con su espada a Lautaro, hiriéndolo de muerte, el funeral fueconmovedor. Se le sacó el cuero al cadáver, se rellenó con paja y se trajo a Chile.«Paraff», la mascota del soldado Gregorio San Martín recorrió el Perú junto a su amo y participóactivamente en la guerra. El perro combatió en Tarapacá, donde murió su amo. Tras la ocupación deLima, la oficialidad del cuerpo lo premió con un collar de honor y le amarraron en su pata derecha, lajineta de sargento.Menos afectuoso fue el Regimiento Aconcagua con su mascota Chola, a la que ocupaban de blanco conlos soldados inexpertos, sin que jamás le llegase una sola bala.Los suministros en el desierto. [7]
  8. 8. La dispersión de los cuerpos por el amplio teatro de operaciones complicaba el abastecimiento de latropa, en especial en los primeros meses de conflicto. Seis meses después de iniciada la guerra, elIntendente General del Ejército informaba que aún no se había fijado una porción uniforme y diariapara la tropa.Ante las deficiencias en el suministro, el Ministro de Guerra le presentó al Comandante en Jefe delEjército Norte la propuesta de un particular para provisión del rancho. Ante lo que el Comandante senegó tajantemente. En cambio, propuso ofrecer el negocio a personas de las localidades ocupadas.La llamada a los particulares a ofrecer el rancho a la tropa se retrasó hasta septiembre de 1880. Eldesayuno constaría de una onza de café, una onza y media de azúcar refinada y 150 gramos de pan. Elalmuerzo consistía en 350 gramos de frijoles con el suficiente frangollo, grasa, ají y sal. La cena debíatener media libra de carne de vaca guisada y una cantidad suficiente de papas, cebollas, arroz, ají, grasay sal. Y un litro de buena agua dulce diario.Al parecer no hubo mayores interesados en aprovisionar al Ejército. Un veterano recuerda que durantesu estadía en Antofagaste, un plato de lujo era el que jocosamente llamaban banquete a lo pobre,consistía en un poco de agua, sal, bastante ají y cebolla picada sopeada con pan. Cabe mencionar que laordenanza militar prohibía, bajo castigo severo, quejarse de la calidad de la comida.Conseguir agua en Antofagasta, cuando se produjo el desembarco chileno, la planta desalinizadora sólotenía capacidad para las necesidades locales, al llegar las tropas, la planta no dio abasto y se decretóracionamiento. Cada soldado tenía derecho a medio litro de agua, que era entregado apenas salía de lamáquina.En Iquique la sitiación no era mejor, en diciembre de 1879 el desabastecimiento provocó una revueltade soldados que acabó con la muerte de 4 de ellos. La situación no mejoró hasta después de un mes,cuando se llegó a un acuerdo con algunos comerciantes de la zona para que proveyeran a las fuerzas.A diferencia de Antofagasta, el agua en esa ciudad no escaseaba, si bien era cara, el suministroalcanzaba para satisfacer a las tropas y a la comunidad.La asistencia espiritual.El vicario capitular de Santiago –una vez autorizado por la Santa Sede–, procedió a nombrar capellanesque acompañarían a las tropas de Marina y Ejército.El 18 de marzo de 1879, el Vicario nombró como capellán mayor a Florencio Fontecilla. Entre abril de1879 y marzo de 1883, se nombraron 44 capellanes (dos de ellos españoles) que prestaron servicios alEjército y a la Marina. Los capellanes compartían las condiciones de vida de los soldados y prontosufrieron sus efectos. Muchos de ellos, adelgazaron y sucumbieron ante las enfermedades propias de lazona.Varios de ellos murieron por cumplir su labor pastoral: Enrique Christie falleció en Lima afectado defiebre amarilla contraída mientras asistía a los heridos del hospital de esa ciudad. Otros en cambio,murieron en Chile a consecuencia de las enfermedades contraídas durante la guerra. [8]
  9. 9. El compromiso religioso de los capellanes no se limitó al ámbito espiritual, ni fue impedimento paraapoyar la causa chilena. En marzo de 1879, Fontecilla inició una cruzada en los cuarteles para alentar elpatriotismo y predicar moralidad entre los soldados.Tras el desembarco de Pisagua, Ruperto Marchant, prestó los primeros auxilios a los heridos delcombate, mientras Fontecilla quedó a cargo del hospital y la sepultación de cadáveres.José María Madariaga, capellán de la vanguardia del Ejército, antes de iniciar una batalla, reconrría lalínea con una imagen de la Virgen del Carmen en la mano y alentaba a la tropa gritando: «Apuntenbien, hijitos, Dios nos proteja y Nuestra Señora del Carmen nos sirva de escudo». Anecdóticamente a élle sirvió de escudo, pues durante la batalla llovían balas de todos lados, pero al cura lo respetaban.Durante la batalla vociferaba: «¡Valor, hijos, Dios y Patria! No hay que dar soga, la justcia está denuestra parte; somos menos en número y más en valor. Peleemos como cristianos. Tened confianza enDios. ¡La Virgen del Carmen nos dará la victoria».José Ramón Astorga, en abril de 1880 defendía la labor de los capellanes chilenos, rebatiendo lasacusaciones del Vicario capitular de Arequipa de no haber impedido la quema de la iglesia de Mollendopor parte de la tropa chilena. Acusando además a los curas de la alianza de cobardes y traidores porabandonar a sus feligreses en los momentos de peligro.Si los capellanes Chilenos alentaban a la tropa, lo mismo hacían los aliados, incluso tras la ocupaciónde Lima, los sacerdotes alentaban a los indios a sumarse a las guerrillas y a hacer revueltas. Un testigode época decía: «A los curas los adoran, se puede decir con propiedad, y ellos tienen la culpa de que losindios anden en revueltas, pues les aconsejan que no dejen invadir su territorio».Inicialmente no se había considerado remuneración alguna para los capellanes, quienes debíanmantenerse con recursos propios. Un sacerdote franciscano solicitó a su superior un sueldo, pues vivíade la caridad del comandante de las tropas. Solicitó también dinero para comprar una Biblia, socorrer asu madre y hermanas a la distancia y costear algunos gastos personales. El 8 de julio de 1879, elGobierno concedió un pago de 30 pesos para el rancho. La falta de biblias fue solucionada con ladonación de 1000 ejemplares por parte del presbítero Kenelm Vaughan.El 31 de diciembre se reformó el servicio religioso; se dispuso el nombramiento de un capellán mayor,con un sueldo de 100 pesos mensuales y 75 para los capellanes de división o ambulancia.Los problemas no sólo eran económicos. Bernardino Bech y Pablo Vallier, dos religiosos hospitalariosenviados a Iquique. Al poco tiempo reclamaban sufrir hostilidades por parte de los empleados, odio a lareligión y sus ministros y el olvido de toda norma de urbanidad y buena crianza. Tras hacer la denunciarespectiva, Vallier decidió no regresar a Iquique, mientras que Bech lo hizo, pero con la condición desólo atender en la casa parroquial y atender enfermos sólo cuando las circunstancias lo permitiesen.Pese a que la gran mayoría de los soldados se declaraba católico, muy pocos eran practicantes,recuerdan los sacerdotes que debieron acordar con los oficiales que oír la misa debía ser obligatoriopara los soldados.Las fiestas religiosas eran celebradas sólo con una misa y sin manifestaciones especiales. La primera [9]
  10. 10. Navidad en guerra se celebró Antofagasta e Iquique, sin expendio de alcohol, casas de juegos oprostíbulos. Un oficial recordaba que esa fue la primera vez que vio a los soldados regresar sobriosluego del día de franco. La semana santa tampoco representaba mayor fervor religioso, en Antofagasta,para la tradicional quema de imágenes, se reemplazó la de Judas por las de Ignacio Prado e HiliarónDaza. Un testigo dice que lo que se celebraba en el norte sólo tenía el nombre de Semana Santa. El díade franco, con billetes en los bolsillos hacía que los hombres se juntaran a hacer de todo, menos a rezary que volvían hablando griego a sus cuarteles.La presencia de capellanes no fue apreciada por todos los oficiales, algunos denuncian que no eran másque corresponsales de los diarios de Valparaíso y Santiago.En ciertos casos, la animadversión para con los capellanes provenía de oficiales masones, contrarios ala práctica forzosa de la religión. Un oficial –posiblemente masón– escribía en su diario que desde lallegada de Erasmo Escala a Antofagasta, las prácticas religiosas eran más frecuentes que las militares.A pesar de la aparente indiferencia religiosa, antes de enfrentarse al enemigo, todos los soldados seconfesaban y oían las pláticas y sermones. Mostrando especial devoción por la Virgen del Carmen.Muchos oficiales recordaban después con sincero aprecio la labor de los capellanes que siempreestuvieron del lado de los soldados, con su piedad, risa y consuelos, especialmente en los momentos depeligro.El servicio sanitario.El destacamento que tomó Antofagasta, no llevó médico, ni elementos quirúrgicos. Sólo seis díasdespués se enviaron 60 camas, medicinas y un boticario. Ante la ausencia de médicos, los soldadosdebían ser atendidos por los médicos de los buques de la Armada.Las consecuencias de la improvisación sanitaria no tardaron en manifestarse. En abril se presentaronlos primeros casos de escarlatina entre los pacientes de dicho hospital, los que estaban en un cuartoestrecho e inadecuado. Los que padecían enfermedades menos graves, eran rechazados por falta deespacio.Por efectos de la guerra, la población de Antofagasta aumentó en 11.000 personas, con el deterioroconsiguiente de las condiciones sanitarias. Las raciones de alimentos en descomposición, etc. Recién enagosto se ordenó una vacunación contra disentería ya existiendo más de 30 casos. Debido a laprohibición de usar medias, muchos soldados presentaron diversas infecciones en los pies. Otros teníanheridas producto de las extensas marchas por el desierto. Por si fuera poco, en noviembre se produjouna epidemia de parotiditis que afectó a buena parte de las tropas.En mayo se promulgó el Plan General del Servicio Sanitario en Campaña, que contemplaba a doscirujanos por regimiento y un servicio de ambulancia y hospitales en la retaguardia. El servicio estabacalculado para atender al 10% de los efectivos en campaña.Pronto surgieron los problemas, las boticas desabastecidas, los hospitales sin camas suficientes niutensilios adecuados.Tras el desembarco de Pisagua, sólo bajaron a tierra 4 cirujanos, sin contar con auxiliares ni [10]
  11. 11. implementos, debiendo atender a más de 100 heridos. Los más graves fueron trasladados a Valparaíso,donde muchos llegaron con sus heridas ya infectadas y sin posibilidad de tratamiento. Después de labatalla de Dolores, un gran número de heridos murió por falta de atención y elementos de curación.Algunos lograron salvar su vida llegando por medios propios a Pisagua donde estaba el improvisadohospital de campaña.Sólo en 1880 el gobierno ordenó aumentar el personal sanitario en los hospitales, en Iquique, Pisagua yla Noria se crearon tres hospitales provisorios, con capacidad de hasta 1400 enfermos.La campaña de Tacna y Arica nuevamente evidenció la mala preparación de los servicios sanitarios. Encamas sin colchón, compuestas por mantas y frazadas, buena parte de los internos debía tenderse en elsuelo. Además, en el hospital de Tacna, los soldados heridos quedaron junto con los enfermos de Tisis,Pulmonía o tercianas. Varios de los heridos fallecieron producto de esas enfermedades y no por lasheridas, sin que se tomasen las medidas de aislamiento pertinentes.Sólo después de conquistado el sur peruano, se dispuso –antes de la campaña de Lima–, la tropa fueprovista de elementos sanitarios, que debían portar los propios soldados, todo lo necesario paracuraciones de emergencia. Después de algunos meses, era raro encontrar a algún soldado que aúntuviera los implementos, pues habían utilizado su espacio para otros elementos. Sin embargo, lasambulancias mejoraron, los cirujanos disponían de cloroformo, opio, morfina, yodo y aparatosprácticos para fracturas, pero en cuanto a instrumentos, seguía siendo deficiente el servicio.Es por esto, que muchos combatientes eran conscientes de la consecuencia de ser heridos y luegoatendidos deficientemente por el servicio, la muerte.Sobreviviendo en territorio enemigo.Luego de una temporada de inactividad, la vida militar se reanudaba en busca de una definición delconflicto, los principales enemigos fueron esta vez, las enfermedades endémicas, el clima, la hostilpoblación local y, por cierto, la desorganización de las autoridades chilenas.De hecho, las principales dificultades experimentadas en los primeros días de la campaña a Lima nofueron los soldados enemigos, sino la falta de aprovisionamiento, situación que obligó a las tropas aimprovisar medidas de subsistencia.Los primeros desembarcos dejaron en evidencia la desorganización de las tropas, los campamentosimprovisados, sin tener una línea de mando estructurada, etc.La distribución de provisiones durante y después del desembarco fue muy irregular. Poco tiempo antesde comenzar la campaña, el gobierno había acordado el suministro de 250 bueyes cada 8 días desdeArica, sin embargo, su distribución no fue equitativa, batallones debían alimentarse de Charqui ymariscos, y otros de carne, cebolla y galletas.Con el paso de los días, la situación tendió a mejorar, aprovisionando de acuerdo a las condicionespropias del lugar donde estuviese cada batallón. En este periodo, en lo que a rancho se refiere, noexistían diferencias entre oficiales y soldados.Las cocinas se organizaban en forma de carretas, formándose grupos de soldados, mientras unos [11]
  12. 12. buscaban leña, otros las provisiones y el más hábil se dedicaba a cocinar. Productos como LecheCondensada, café u otros, los compraban a los comerciantes que acompañaban la marcha del ejército.Un ejemplo de la improvisación fue la marcha de la Segunda División desde Ilo a Moquegua. A lospocos días de marcha se hicieron escasos los alimentos, por lo que debió recurrirse a lo que seencontraba en el camino, no dejando ningún animal doméstico comestible al paso.El peor enemigo que pudo tener el ejército no fue el hambre ni los aliados, sino la sed, por problemasen el transporte, no llegó agua durante tres días, en sólo un día murieron tres soldados producto de ladeshidratación.La falta de tabaco fue motivo de sufrimiento para los fumadores, muchos reemplazaban el tabaco porhojas de algodonero. Un coronel que fumaba puros era seguido por un grupo de soldados para recogerla colilla.La dramática situación generada por la falta de agua, generó conatos de motín e intentos de fugas, unoficial telegrafiaba al cuartel general que ante el imperativo de la sed, la tropa se dispersaba en buscade ella, a pesar de las órdenes estrictas y el empleo de la artillería contra quienes emprendían la fuga.No menos problemática fue la marcha de Tacna a Pacocha, durante la cual faltó apoyo logístico. Si bienlos soldados tenían la orden de no tomarse el agua de sus caramayolas hasta que la sed fuese extrema,el líquido se les acabó en la misma tarde. Alberto del Solar recuerda haber visto a un soldado revolcarseen la arena buscando humedad. Transcurridos los años (dice) no haber olvidado la sensación de lagarganta hirviendo, la lengua pegajosa y seca, la coz ronca y la frente encendida, «síntomas todos queacompañaban a una sed devoradora».Una vez asentados en Moquegua, los problemas fueron otros. Para suerte de los soldados, era una zonade viñedos, frecuentes se hicieron entonces –pese a las órdenes superiores–, los asaltos a las bodegas. Yasí, una vez, en estado de ebriedad, la tropa se lanzaba a saquear las casas abandonadas en busca deobjetos de valor.Ante esta situación, el comando del ejército decidió botar el vino de las bodegas, tal era la cantidad quelos soldados hacían represas para juntarlo y se tendían boca abajo para beberlo.El aburrimiento surtía efecto, una forma de hacer pasar el tiempo, fue escribiendo cartas, por lo cual seorganizó un servicio de correos, llegando a mover hasta 30.000 piezas mensuales.La estadía en el campamento de Pacocha fue acompañada de una impresionante plaga de mosquitoscon las consiguientes infecciones que ello significaba y lo perturbador del panorama.A este paso, la desesperanza no tardaría en aparecer, el Ministro Vergara escribía que el Ejército notenía una administración ordenada, y en cualquier momento que se intentara algo, todo se trasformabaen confusión y desorden.Lima, ciudad ocupada.La ocupación de Lima sería para muchos soldados, la merecida recompensa por sus penurias. [12]
  13. 13. Contribuía a eso una serie de rumores y mitos esparcidos por la oficialidad, entre ellos, que las limeñasno usaban ropa interior, que las joyerías eran tan fastuosas como las de Oriente, etc.Los preparativos para el ataque a la capital peruana contemplaron la normalización de la entrega deprovisiones. Las mujeres que seguían al ejército fueron retenidas en Lurín donde quedaron a cargo delos enfermos y de los bagajes. Se impidió el paso de los animales de carga, cuyos gritos podrían alertaral enemigo. Los soldados presentían que la muerte haría buena cosecha en la entrada a Lima.En la noche previa a Chorrillos, muchos soldados hicieron testamentos verbales, legando a sus familiaslos pocos recuerdos de la campaña.Nadie pensaba en la derrota, porque no teniendo para donde irse, los peruanos asesinaríanmiserablemente a cada uno de los derrotados, contando con un ejército del doble al chileno, la únicaprotección eran las bayonetas.La batalla de Chorrillos fue una de las más brillantes de la guerra, y también la más violenta. Un oficialrecuerda que los sodados mataban, saqueaban y bebían a discreción. Otro combatiente recuerda que lasbajas chilenas fueron mayores con posterioridad a la batalla que por causa de ella.Reagrupar las tropas después de Chorrillos fue una labor complicada, la mayor parte de los soldados sehallaban en las llanuras, buscando agua y alimentos saqueando casas. El enfrentamiento en Miraflores,producido mientras se desarrollaban tentativas para la rendición de la ciudad, fue precedido de unambiente de incertidumbre en medio del desorden de la tropa. Luego del desbande del Ejércitoperuano, las fuerzas chilenas permanecieron fuera de Lima, dejando la ciudad desprotegida ante laplebe. Los habitantes de Lima, temían incluso el ataque de sus propios compatriotas desbandados. Losque fueron las mayores víctimas de estos excesos, fueron los chinos, en El Callao y Lima, a tal punto,que las autoridades locales solicitaron la pronta toma de Lima por parte del General Baquedano y elEjército de Chile.Una vez resuelta la ocupación a Lima, los harapientos uniformes fueron reemplazados por unos nuevos,además se proveyó a los soldados de adelantos de sus sueldos, lo que les permitió comprar ropainterior, calzado y demás.Los cuerpos del ejército se alojaron en los antiguos cuarteles peruanos, utilizando también, loshospitales allí emplazados.A los pocos días de la entrada del Ejército se inició la publicación de diarios chilenos. Junto con laocupación, nació una nueva y creciente burocracia en Lima, miles de chilenos ocupaban puestos deprivilegio en Perú, obteniendo mayores salarios que los que podrían obtener en Chile.Después de la ocupación.Tras la toma de Lima, una buena parte del Ejército fue licenciada y se terminó con el reclutamiento devoluntarios y las comisiones de enganche. Los licenciados se devolvían a sus sitios de origen u otros sequedaban en Iquique o Antofagasta probando suerte en las salitreras.La euforia por la ocupación pronto se desvaneció, los primeros cuestionamientos contra el manejo de laguerra y el arribo de noticias provenientes de Lima informando sobre las desmedradas condiciones del [13]
  14. 14. Ejército en Lima, comenzaba a comenzaron a frenar el entusiasmo por unirse a él. Debiendo entonces –por orden del Ministro del Interior– el Ejército volver a los enganches.Lima se encontraba bajo un estricto toque de queda y 5000 soldados de planta en la ciudad,manteniéndola bajo un régimen de terror saludable.La inactividad y el mayor margen de libertad que tuvo la tropa, trajo consecuencias negativas, entreellas los abusos de alcohol y autoridad. A tal punto, que los oficiales no se atrevían a castigar lasindisciplinas porque habrían demasiados sancionados.Los soldados solían molestar a los vecinos de Lima por su poca vergüenza de pasearse librementemientras su patria estaba invadida por el enemigo.Alberto del Solar recuerda que una vez una mujer llamó bárbaro a un oficial, siendo quizás esta laopinión generalizada de la sociedad limeña.Los soldados cometieron una serie de atropellos y vejaciones para con los limeños, entradas a casas yviolaciones de mujeres, llegando incluso a hacer un túnel para llegar a algunas casas.En algunos casos, la animosidad limeña contra los chilenos era fomentaba por las mismas autoridadesde ocupación, un soldado fue asesinado en una calle, ante lo cual, Patricio Lynch dispuso que sefusilara por sorteo a uno de los sospechosos. En Junio de 1881, Lynch se vio en la obligación deexpulsar a algunos oficiales con el objetivo de mantener la disciplina de la institución, además deprohibir que los soldados portasen armas en sus días de franco.Lynch además, al darse cuenta que el Ejército se encontraba al borde del abismo a causa del alcoholprocedió a reglamentar su consumo y reglamentar la prostitución.No todos los efectos de la ocupación fueron negativos para los limeños, la seguridad imperante en lapoblación llevó a que algunos incluso estimaran que restaurar el antiguo orden era aspirar a descender.Muchos oficiales desarrollaron estrechos vínculos con las familias peruanas y además. Otros en tanto,cayeron rendidos ante las limeñas, volviendo a Chile casados o de novios y, otro número importantedejó recuerdos vivos de su paso por la capital peruana.La vida en la Sierra.La guerra no acabó con la toma de Lima, ahora la guerra se trasladaba a la Sierra peruana, donde lasmontoneras enemigas mantenían la resistencia en forma de guerrillas.En este nuevo escenario decayeron los ánimos y el entusiasmo por combatir. Nuevamente comenzaronmuchos soldados a hacerse los enfermos, con el riesgo que ello conllevaba, pues entrar al hospitalestando sano, era exponerse ante un foco incalculable de infecciones.El grueso de los regimientos fue enviado al interior, dividiendose en pequeñas compañías asentadas enlos diversos pueblos. El asentamiento de las tropas en el interior, significaba la apertura de chincheles,produciendo con ello una serie de desórdenes producto del alcohol de mala calidad, principalmenteaguardiente de grano, caña y madera, provocando una epidemia de tifus que causó estragos en todas las [14]
  15. 15. guarniciones.El Coronel del Canto prohibió la venta de alcohol en los territorios ocupados a los soldados chilenos,quien fuere sorprendido vendiendo, se le requisaría todo el líquido que tuviese.Pese a las estrictas medidas contra el alcohol, las enfermedades derivadas de éste continuabanhostigando la marcha del Ejército. También sufrían los soldados por la altura, el soroche y elapunamiento.Luego, vino la fiebre amarilla, sólo durante octubre de 1882 murieron 419 hombres producto de ella.Se dispuso que los gastos asociados a la campaña, debían ser solventados por los habitantes de la zona.Los primeros días marchó todo bien, pero después de un tiempo comenzó la evasión. Luego se publicóun bando obligando a esto, bajo penas de expropiación de la totalidad de los bienes.La medida no surtió el efecto esperado, aumentando las animosidades contra las tropas, huyendo laspersonas junto a sus animales hacia las montañas, quedando nuevamente el Ejército sin unaprovisionamiento seguro.Los largos años de guerra habían perturbado seriamente la industria agraria peruana, por lo querápidamente comenzaron a escasear cereales y carne. La cosecha de ese año no superó el 30% de unaño normal. Faltaba de todo.En julio de 1882 Lynch informaba a Santiago la imposibilidad de solventar el ejército mediantecontribuciones forzosas, por lo que solicitaba que los ejércitos fuesen solventados nuevamente por laIntendencia General.Si las condiciones de Lima eran difíciles, peores aún eran las de la Sierra. Bandoleros en los caminosinterrumpían el paso de los convoyes de aprovisionamiento y los cuerpos pasaban meses entre lasserranías sin poder establecer contacto con éstos.El vestuario también sufrió los rigores del aislamiento y de la guerra, los uniformes ajados y a las botasno les quedaba más que la caña.A estas alturas de la guerra, los soldados añoraban a los suyos, algunos marchaban junto a sus familias,por lo que el Ejército prohibió la marcha de cualquier persona que no perteneciera al Ejército junto a él.También se restringió las visitas en Perú de las familias de combatientes.El hastío muchas veces se transformó en deserciones, los soldados se asilaban al interior o en las minas.Luego, el Ejército dispuso la multa de 1000 pesos de plata a quién tuviese empleados chilenos y instabala entrega inmediata para su ejecución.Esta última campaña de la guerra le costó más vidas al Ejército que todas las campañas anteriores.La necesidad de poner término definitivo al conflicto impulsó a Lynch a solicitar a los oficiales unúltimo esfuerzo, llegando a ofrecer de 3 a 5 pesos por cada rifle enemigo capturado además de disponerlibremente de los bienes del enemigo. Los ofrecimientos de Lynch, sumados a las noticias del interiorsobre el abatimiento de las tropas de Cáceres, llevaron a un último entusiasmo, que definió la batalla deHuamachuco en favor de Chile y con ella, el resultado de la guerra. [15]
  16. 16. El esfuerzo de los soldados no fue debidamente recompensado, recibiendo el llamado «Pago de Chile».El «pago» de Chile.El esfuerzo de los soldados en el frente no fue debidamente recompensado una vez concluido elconflicto. La recepción de las tropas en Valparaíso fue un mal augurio de lo que vendría, Una vez quedesembarcaron, debieron permanecer formados durante horas, sin agua ni pan, no se les permitíacomprar ni recibir nada de los concurrentes. Algunos ciudadanos se arriesgaron y regalaron a lossoldados carretillas con tortillas, otros con arrollados de chancho, botellas de vino, cerveza o pisco.A pesar de esta desorganización, durante los primeros meses tras el regreso, los soldados recibieron eltratamiento de héroes.Tras la euforia del primer momento, los soldados debieron enfrentar la realidad. Para la mayoría, elregreso estuvo marcado por el desencanto y la desorientación. Sólo algunos lograron re-acostumbrarsea su antigua vida. La tasa de criminalidad en el país se duplicó entre 1879 y 1881. Un númeroimportante de ex-combatientes pasó a engrosar las bandas de salteadores y cuatreros que asolaban loscampos.La reinserción de los combatientes había sido analizada aún durante la guerra. Algunos proponíanilustrar a los soldados o insertarlos en alguna industria.Si la vida en campaña fue dura y la paga escuálida. Un soldado recibía $10 mensuales, mientras que uncapitán $95. El Inspector General del Ejército escribió al Ministro de Guerra: «... el sueldo de los jefes ioficiales en servicio activo no está a la altura de la situación que ha alcanzado la república en su estadofloreciente de las rentas nacionales. El de la tropa es más deficiente aún. Si quiere tener buenossoldados, deben ser éstos bien rentados...».Los ingresos de los oficiales nunca fueron suculentos, Carlos Condell, envió una carta a su mujerdejando en evidencia la precariedad de la situación de la oficialidad. «Le mando el saco con la ropapara que la laven. Nada le puedo enviar como regalo, estoy muy pobre, pero para otra vez esperoenviarle naranjas, camotes, plátanos, platas... Pero si esto no va, en cambio le envío un cargamento debesos, abrazos i cariñitos».Rara vez se pagaba con puntualidad, menos durante la Campaña de la Sierra en 1882 se dispuso que latotalidad de la paga le sería entregada al soldado al momento de licenciarse. Muchos soldadosvolvieron a Chile sin haber recibido su paga, y sin recibirla nunca.Mejor no era la situación de los familiares de los caídos, un oficial jubilado, con 20 años de servicio,recibía el 50% del sueldo correspondiente al grado en actividad. En caso de haber contraído unaenfermedad incurable durante la guerra, recibía el pago completo sólo si contaba con 10 años deservicio. En caso de haber perdido un miembro en la guerra, recibía dos tercios del sueldo.La primera Ley de pensiones de 1879 estipuló que los «Asignatarios Forzosos» recibirían sólo la mitaddel sueldo. [16]
  17. 17. La segunda Ley de pensiones incluyó a los Inválidos y a las familias de los fallecidos, los inválidosabsolutos recibirían una pensión equivalente al sueldo del empleo en el que se desempeñaban. Losinválidos relativos recibirían dos tercios del sueldo de soldado. El Estado suministraría los aparatosortopédicos necesarios para suplir los miembros mutilados. Para el caso de los muertos en acto deservicio, la viuda e hijos legítimos tendrían derecho a la mitad del sueldo, la madre viuda de un muerto(en caso de ser soltero) recibiría una cuarta parte del sueldo. Los hijos naturales de combatientesmuertos en acto de servicio (que no dejasen familia), recibirían un tercio del sueldo. Las viudas e hijoslegítimos percibirían tres meses de sueldo, sin perjuicio del pago de montepío. A partir de 1883 elgobierno creó una serie de instituciones con el objeto de ayudar a los soldados, viudas y huérfanos,entre los que destaca la creación de becas y escuelas agrícolas para huérfanos de guerra.Sin perjuicio de las buenas intenciones, las pensiones para los veteranos y sus familias resultaron deltodo insuficientes, por los montos y la baja cobertura de éstas. La «Ley de recompensas» de 1881 fuecalificada como «Ley de miserias». Gran parte de la población creía que que el tema de lasgratificaciones no pasaba de ser una «halagadora quimera».La mayoría de los soldados que volvieron del frente eran analfabetos, gran parte de los mutiladosestaba entre éstos y, sin tener otra forma de ganarse la vida que sus brazos perdidos no tuvieron másopción que convertirse en mendigos.Cruel presagio fue el himno Adiós al Séptimo de Línea: «Volverán sin ser los que partieron». Algunosex-combatientes no pudieron reintegrarse a la sociedad y terminaron sus días en hospitalespsiquiátricos. Destaca el caso del Alférez Luis Salvatici, quien murió en la casa de orates creyéndoseNapoleón I y llamando a la batalla de Tarapacá como Waterloo y su permanencia en el recinto laexplicaba diciendo que estaba tomando baños en Baden Baden.Muchos de los veteranos, duchos en el uso de armas participaron en la Guerra Civil de 1891,enrolándose la mayoría a las fuerzas del Congreso, continuando en el Ejército luego de lareestructuración al término del conflicto. En cambio, quienes tomaron parte en el bando presidencialperdieron honores y beneficios. Con todo, para la mayor parte de los veteranos, el triunfo de las fuerzascongresistas no alteró su situación. En 1900 un ex-combatiente recuerda la situación de él y suscamaradas: «Cuando vemos por nuestros campos, por nuestras ciudades, i aun en tierra estranjera, a tanto soldado, a tantas clases i a tantos oficiales vivir en la miseria, arrastrar el carro de la indigencia, sacudir el polvo de las necesidades, carecer de trabajo i tener que dar alimento al estómago, uno se siente avergonzado y humillado». [17]

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